5ta CHARLA:
Paola Natalia López
Lic. en Psicopedagogía
Prof. Nivel Superior en Psicopedagogía
Esp. en Gestión Educativa
¿En qué consiste la moral cristiana?
¿Añade algo a la ética o “moral humana”?
¿Cuáles son sus contenidos principales y, si se quiere decir así, específicos?
El Catecismo de la Iglesia Católica explica que la moral cristiana
responde a la vocación del hombre: la vida en el espíritu.
Puede resumirse en los siguientes puntos:
• Vida nueva en Jesús por el Espíritu Santo.
• Educación para la vida de la gracias y las bienaventuranzas.
• Educación sobre el pecado y el perdón.
• Educación de las virtudes y del discernimiento.
• El doble mandamiento de la caridad.
• Educación para la vida Eucarística y eclesial.
Los Diez Mandamientos o Decálogo son las «diez
palabras» que recogen la Ley dada por Dios al
pueblo de Israel durante la Alianza hecha por
medio de Moisés (Ex 34, 28).
El Decálogo, al presentar los mandamientos del
amor a Dios (los tres primeros) y al prójimo (los
otros siete), traza, para el pueblo elegido y para
cada uno en particular, el camino de una vida
liberada de la esclavitud del pecado.
Los Mandamientos, ¿Prohibiciones o caminos?
“El peligro radica en un modo de ver las normas morales cristianas como si se
tratase de leyes hechas por los hombres.”
Los Mandamientos no son simples prohibiciones ni normas con las que podemos
jugar para ver hasta donde SÍ y hasta donde NO… Cada uno nos pone ante metas
a veces difíciles, pero siempre capaces de embellecer, desde corazones generosos
un mundo que necesita testigos alegres de la vida cristiana.
¿Qué es lo que Dios me pide realmente? ¿Qué es lo que se
espera de mí?
No tenemos todas las respuestas; pero Dios quiere que elija
el BIEN y NO el MAL.
Desea que uno AME y NO odie. Desea que sembremos la
PAZ y se haga realidad las BIENAVENTURANZAS en la Tierra.
BIENAVENTURANZAS, CAMINO DE LA FELICIDAD
El Papa explicó que las “bienaventuranzas” son el camino
a la felicidad.
“Las bienaventuranzas son el camino de vida que el
Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas”.
Jesús representa el modelo de mansedumbre y el Papa
explicó que “la mansedumbre es un modo de ser de vivir
que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre
nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que
nos divide y enfrenta, y se busquen modos siempre
nuevos para avanzar en el camino de la unidad.
Las virtudes teologales
La virtud, en general, «es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (Catecismo , 1803)
«Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima
Trinidad» (Catecismo, 1812). «Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como
hijos de Dios» (Catecismo, 1813).
Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad (cfr. 1 Co 13, 13).
La fe «es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa
Iglesia nos propone» (Catecismo, 1814). Por la fe «el hombre se entrega entera y libremente a Dios» y se esfuerza
por conocer y hacer la voluntad de Dios: «El justo vive de la fe» ( Rm 1,17).
La esperanza «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad
nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los
auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo, 1817).
La caridad «es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo
como a nosotros mismos por amor de Dios» (Catecismo, 1822). Este es el mandamiento nuevo de Jesucristo: «que os
améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12).
Las virtudes humanas
«Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento
y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la
razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena». Éstas «se
adquieren mediante las fuerzas humanas; son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos».
Entre las virtudes humanas hay cuatro llamadas cardinales porque todas las demás se agrupan en torno a
ellas. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
— La prudencia «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero
bien y a elegir los medios rectos para realizarlo». Es la «regla recta de la acción».
— La justicia «es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que
les es debido».
— La fortaleza «es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del
bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud
de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las
persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa».
— La templanza «es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de
los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos». La persona templada orienta hacia
el bien sus apetitos sensibles, y no se deja arrastrar por las pasiones. En el Nuevo Testamento es llamada
"moderación " o "sobriedad".
Con respecto a las virtudes morales, se afirma que in medio
virtus. Esto significa que la virtud moral consiste en un medio
entre un defecto y un exceso.
In medio virtus no es una llamada a la mediocridad. La
virtud no es el término medio entre dos o más vicios, sino la
rectitud de la voluntad que —como una cumbre— se opone
a todos los abismos que son los vicios.
Conclusión:
Jesús en el centro de la EDUCACIÓN MORAL CRISTIANA
Como conclusión, en la perspectiva del
Catecismo de la Iglesia Católica, la
moral cristiana es “vida nueva” en
Jesús, “Camino, verdad y vida” (Jn 14,
6), centro y referente primero y último
de la educación de la fe.
Para la fe cristiana, la vida plena,
verdadera y eterna nace y madura en
relación con el “conocimiento
amoroso” de Jesús (cf. Jn 17, 3), que es
la finalidad de la educación de la fe.