Resistencias en Psicoanálisis 2023
Resistencias en Psicoanálisis 2023
a) Las resistencias del yo: resistencia de represión, resistencia de transferencia, beneficio secundario.
b) Lo inconsciente que no insiste. El ello resiste: compulsión a la repetición, viscosidad de la libido y
alteración del yo
c) Ganancia primaria, necesidad de castigo, reacción terapéutica negativa: el Superyó resiste.
Bibliografía obligatoria:
✔ “Inhibición, síntoma y angustia” (1926): Cap. III, 93-6. Cap. XI: Addenda, punto A: “Modificación de
opiniones anteriores”, a) “Resistencia y contrainvestidura”, AE, XX, 149-50.
✔ “¿Pueden los legos ejercer el análisis?” (1926), cap. V, AE, XX, 208-13.
✔ “Análisis terminable e interminable” (1937), caps. V y VI, AE, XXIII, 236-48.
✔ “Esquema del psicoanálisis” (1938), Parte II, cap., VI, AE, XXIII, 173-182.
Bibliografía ampliatoria:
✔ “Fragmento de análisis de un caso de histeria [Dora]” (1905), punto I: “El cuadro clínico”, AE, VII, 38-
40.
✔ Construcciones en el análisis (1937), AE, XXIII, 259-70.
✔ “Recordar, repetir y reelaborar” (1914), AE, XII, 149-57
En esta unidad podemos reunir las consecuencias del giro del ‘20 a partir de “Más allá del
principio del placer” (1920) y la nueva formulación del aparato psíquico que venimos trabajando
con el texto “El yo y ello” (1923). Es una unidad que tiene una perspectiva decididamente más
clínica, ya que podemos situar las referencias en relación al tratamiento analítico pensadas por
Freud en función de las construcciones teóricas que hemos recorrido hasta acá en esta tercera
parte del programa. Es decir, intentaremos señalar qué se modifica en la clínica psicoanalítica, a
nivel de la práctica, en función de todos estos conceptos que Freud va formulando o reformulando
a partir del giro del ‘20.
La pregunta que uno puede hacerse nuevamente es ¿para qué alguien se analiza?, ¿cuál es la
finalidad de un tratamiento analítico?, ¿qué se pretende lograr? Esta pregunta no tiene la misma
respuesta siempre. En un sus comienzos Freud se la contesta más o menos fácilmente, pero a
medida que avanza, y con la complejidad de las construcciones teóricas, también la respuesta se
va complejizando. Entonces, en los primeros tiempos con el descubrimiento -algunos dirán
invención- invención de lo inconsciente, el análisis consistía en intentar hacer consciente lo
inconsciente, batallar contra algo del orden de lo reprimido, una representación devenida
inconsciente por obra de la defensa que retornaba desfigurada en un sustituto, el síntoma e
impedía la posibilidad de una vida más o menos satisfactoria para el sujeto ya que le provocaba
sufrimiento. Así estaban cifrados los síntomas, a partir de algo reprimido y el análisis, haciendo un
camino inverso que partía desde ellos, intentaba cancelar esa represión, hacer consciente lo
inconsciente. La meta era recordar.
2. Resistencia de Transferencia
Esta segunda forma de la resistencia también fue descubierta tempranamente en la medida en
que pudo ir pensando la transferencia. Desde los “Estudios sobre la histeria” la transferencia
irrumpe, hace aparición, en la cadena asociativa y toma valor resistencial. En la tercera clase lo
empezamos a presentar bajo el nombre de “Falso enlace o anudamiento equivocado” (falsche
Verknüpfung), cuando tomamos el ejemplo de lo sucedido en el caso de Anna O. y Breuer. El
analista entraba allí como uno más de los hilos de la trama que se intentaba reconstituir. La figura
del médico, que ha sido investida, aparece en medio de la cadena como obstáculo. Recuerden
que Breuer salió espantado. Sabemos que Freud no recomienda eludirla. Con el avance de sus
elaboraciones nos plantea incluso que es la única opción posible para el psicoanálisis, la que da
la “neurosis de transferencia” como vía de intervención del síntoma. El problema aparece en todo
caso cuando la transferencia deviene un obstáculo y se pone al servicio de las resistencias.
Uno de los textos centrales para trabajar esta forma de la resistencia del Yo es el que vimos en la
clase once, “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912). El otro es “Recordar, repetir,
reelaborar” (1914). En ellos, luego de despejar algunas cuestiones en torno a por qué se
produce la transferencia, aclara que no es exclusiva del análisis, y que puede darse en otros
ámbitos, sólo que en ellos no se trabaja a partir de ella. En el primer artículo, Freud nos da una
perlita clínica sencilla y clara donde sitúa a la transferencia al servicio de la resistencia. ¿Cómo
era la cosa? En determinado momento del transcurso del tratamiento donde el sujeto viene
asociando, respetando la regla fundamental del psicoanálisis, aparece un detenimiento en las
asociaciones, el paciente se calla. Y Freud postula que ese detenimiento tiene que ver con la
figura de aquel a quien el paciente le está hablando. Esta figura, ese lugar de la escucha,
comienza a tener bordes más nítidos, deja ser alguien abstracto y pasa a ser alguien frente al
cual a uno le pasan cosas de diferente matiz, simpatía o antipatía, odio, amor. Una amplia gama
de sentimientos, sensaciones en relación a ese otro, el analista, a quien en realidad no conoce
personalmente. Empieza a aparecer de alguna forma la persona del analista y ¿de qué manera?
Como un obstáculo para la asociación, las asociaciones se detienen. “No le digo tal cosa a ver si
no le gusta”, o “me puede perjudicar” o “me va a dejar de atender”, o “parece que tal tema le
interesa más que otro”, etc.
En “Recordar, repetir, reelaborar” (1914), habíamos también mencionado cómo allí ese vínculo se
pone al servicio de la repetición. Donde el recuerdo como tal no adviene, una compulsión a repetir
en torno al analista se apoderaba de la escena transferencial: “lo que más nos interesa es la
relación de esta compulsión de repetir con la trasferencia y la resistencia” (AE, XII, p. 152). Allí
Freud propone una proporción entre resistencia, repetición y transferencia. “Tampoco es difícil
discernir la participación de la resistencia. Mientras mayor sea esta, tanto más será sustituido el
recordar por el actuar (repetir) (…) repite en vez de recordar, y repite bajo las condiciones de la
resistencia” (AE, XII, p. 153). De todos modos, recuerden que Freud considera todavía en estos
años, que se repite compulsivamente, lo “que desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto
paso hasta su ser manifiesto”. Es una repetición compulsiva que tiene en su fundamento
representaciones reprimidas. Se trata de una repetición concebida como modalidad del recuerdo,
modalidad indeseada ya que allí: “la resistencia puede explotar la situación para sus propósitos”
(AE, XII, p. 154)
La situación, si no hay un manejo adecuado, puede tornarse más extrema, más pasional y llegar
a impedir la prosecución el análisis: “la trasferencia nos sale al paso como la más fuerte
resistencia al tratamiento” (AE, XII, p. 99). Por ejemplo, “Si no me quiere no vengo más” o “lo
odio, es un idiota, no lo soporto más”. Freud dice que estas manifestaciones no son azarosas o
inventadas, está en juego la transferencia y esa figura del analista que no tiene características
propias, porque de él no se habla en una cura, sólo está allí para recibir y operar con la palabra
del analizante. El analista recoge sobre sí las características que el sujeto pone en él
inevitablemente, las cuales provienen de su propia historia. Pero aparecen en lo inmediato como
una resistencia. Freud lo plantea así, la resistencia se ha valido de un arma poderosa haciendo
uso de la transferencia: “la trasferencia se nos aparece siempre (…) como el arma más poderosa
de la resistencia” (AE, XII, p. 102). Dicho de otra manera, la transferencia se pone al servicio de la
resistencia o se manifiesta como resistencia porque permite sostener ese “no querer saber” sobre
lo que me pasa. El problema pasa a ser imaginariamente el analista “que no sabe”, “que no me
quiere”, “que es un odioso, un indiferente”, etc. Es interesante aquí articular este fenómeno con lo
que hemos estado trabajando en términos de ambivalencia respecto del padre. El analista debe
estar atento y advertido del lugar en que es ubicado en virtud de la transferencia.
El papel del analista es poder utilizar esa misma transferencia como motor del tratamiento. Freud
es claro al respecto, dice la transferencia es “motor y obstáculo” al mismo tiempo. Estamos
hablando entonces de una segunda forma de resistencia, la “Resistencia de transferencia”. La
cual también pone a la cuenta del yo. La particularidad es que aquí la cosa pasa a jugarse entre
el yo y el yo del analista. Para poder intervenir el analista deberá correrse de ese lugar en que es
puesto. Recuerden aquí lo que en la segunda parte de la clase once trabajamos en torno al
llamado “principio de abstinencia”, y la particular ética no sostenida en ideales que orienta al
analista en su práctica. En este punto vale la pena citar una indicación freudiana, extraída del
apartado VI del “Esquema del psicoanálisis” (1938), apartado dedicado a la técnica analítica:
“Es verdad que cabe aquí la advertencia de no abusar del nuevo influjo. Por tentador que pueda
resultarle al analista convertirse en maestro, arquetipo e ideal de otros, crear seres humanos a su
imagen y semejanza, no tiene permitido olvidar que no es esta su tarea en la relación analítica, e
incluso sería infiel a ella si se dejara arrastrar por su inclinación. No haría entonces sino repetir un
error de los padres, que con su influjo ahogaron la independencia del niño, y sustituir aquel
temprano vasallaje por uno nuevo. Es que el analista debe, (…) respetar la peculiaridad del
paciente” (AE, XXIII, p. 176).
No se trata entonces de que acá estamos “vos y yo” como en espejo, sino de que haya alguien
que habla y otro en el lugar de la escucha, desdibujado en lo personal –sobre todo en sus
prejuicios- , en una posición disimétrica. Se trata de sostener un lugar, practicando el principio de
abstinencia, no es una conversación simétrica entre amigos que toman mate en la que ambos
están como sujetos.
Una estrategia que Freud utiliza y se sigue utilizando para disminuir o atenuar estos efectos
imaginarios en el dispositivo es el uso del diván. Es una cuestión rara si tenemos que hablarle a
otro no poder mirarlo a la cara. El sujeto no se sienta frente al analista, si no que habla recostado.
Porque se trata de que se hable, no importa mi cara, si luzco cansado o contento. Por lo general
cuando uno le habla al otro, se está pendiente de sus gestos de aprobación o desaprobación, o
desinterés y se va acomodando lo que se va diciendo o se calla algo si piensa que es molesto.
Por eso el diván evitaría estar pendiente de esa imagen del otro todo el tiempo presente, de modo
tal que eso no se convierta en un obstáculo para la asociación. Por eso decimos que la
resistencia de transferencia es una resistencia del yo. En este punto Freud considera que si con
cuidado se consigue un correcto manejo de la transferencia “se habrá despojado a sus resistencia
de un arma poderosa y mudado peligros en ganancias, pues el paciente no olvida más lo que ha
vivenciado dentro de las formas de la trasferencia, y tiene para él una fuerza de convencimiento
mayor que todo lo adquirido de otra manera” (AE, XXIII, p. 177).
¿Y si el analista no logra correrse del lugar en que la resistencia de transferencia lo coloca? Él
mismo pasa a ser un obstáculo para la prosecución del tratamiento, una resistencia más. Se
produce un redoblamiento del problema por culpa de lo que podríamos considerar como las
“resistencias del analista” (Lacan, 1953-1954). Si el analista yerra en el manejo de la trasferencia
él mismo se convierte en una resistencia para el análisis. Respecto de esta cuestión, en
“Análisis terminable e interminable” (1937), Freud plantea que es decisivo para el éxito del
tratamiento que el analista haya aprendido bastante sobre sus “yerros y errores”, sobre los
“puntos débiles de su propia personalidad” (AE, XXIII, p. 248). Es que “también la peculiaridad del
analista demanda su lugar entre los factores que influyen sobre las perspectivas de la cura
analítica y dificultan esta tal como lo hacen las resistencias” (AE, XXIII, p. 249). Considera que el
analista corre el riesgo de ser constantemente estorbado por sus propios defectos para captar
correctamente lo que está en juego en cada caso e intervenir en consecuencia. Habla de una
“prueba de aptitud” (AE, XXIII, p. 249), difícil de alcanzar que hace del analizar una de las tres
profesiones imposibles junto al educar y el gobernar. ¿De dónde puede extraer el “pobre diablo”
(AE, XXIII, p. 250) aquella aptitud que le hace falta en su profesión? La respuesta de Freud es
directa “en el análisis propio, con el que comienza su preparación para su actividad futura” (AE,
XXIII, p. 250). Esta es una de las tres patas en las que apoya la formación del analista. Lo
habíamos señalado en la primera clase del año y lo reencontramos aquí, como vía para no
alimentar la resistencia de transferencia.
3. Beneficio Secundario
Hasta acá entonces, tenemos dos tipos de resistencias que dejamos del lado del yo, la de
“represión” y la de “transferencia”. A cuenta del yo Freud va a ubicar también en este breve texto
que seguíamos, el de la Addenda de “Inhibición, síntoma, angustia”, una tercera forma: la llamada
ganancia secundaria de la enfermedad. Para esto cuentan con lo que Freud señala en el historial
de Dora en la nota al pie N° 32 (AE, VII, p. 39) y “¿Pueden los legos ejercer el análisis?” (1926).
También tienen el apartado III, de “Inhibición, síntoma, angustia”, y la “Conferencia 24” de las
clases especiales sobre síntoma.
Se trata de una forma de resistencia ligada a cómo se comporta el yo una vez que el síntoma está
instalado, en tanto formación de compromiso frente al conflicto. Freud nos dice que si bien el
síntoma es un cuerpo extraño para el yo, y que goza de cierta “extraterritorialidad” (AE, XX, p.
39), esta instancia, en su afán de síntesis, realiza una serie de acomodaciones. Las mismas van a
actuar como resistencias en la cura, como obstáculos en la renuncia a los beneficios que aporta
el síntoma.
El síntoma como retorno de lo reprimido, está lo suficientemente desfigurado como para que no
sea intolerable, aparece justamente como algo que el yo no sabe de dónde viene. No sabe por
qué pasa eso pero está y no se lo puede sacar de encima. Es el lastre de la enfermedad, dirá
Freud, luego de que se generara el conflicto que se resolvió con la formación de compromiso.
Nos queda ese huésped molesto. Vimos las distintas formas que un síntoma puede adoptar: por
ejemplo, una idea que no puedo sacarme de la cabeza, que se me impone, aunque reconozca lo
absurda que es, un temor inexplicable a un insecto cuando bien sé que no puede dañarme o
determinados dolores que no se van, aparecen en determinados momentos y en otros no.
Retomando, una vez instalado el síntoma que puede perdurar por años, el Yo tiene que vérselas
con él. Aquí Freud nos dice que: “al primer acto de la represión sigue un epílogo escénico
{Nachspiel] prolongado, o que no se termina nunca; la lucha contra la moción pulsional encuentra
su continuación en la lucha contra el síntoma” (AE, XX, p. 94). Esta “lucha defensiva secundaria”,
tiene dos tendencias contrapuestas. Nos interesa aquí sobre todo la primera de ellas.
Freud señala que el Yo es una organización con tendencia a la síntesis. Entonces tiende a
incorporarlo todo de una manera más o menos organizada para conservar la coherencia. El yo
hace esfuerzos por “amigarse” con el síntoma para incorporarlo a su organización. Quiere tomarlo
para su propio bando y sacarle alguna ventaja: “Así se comprende que el yo intente, además,
cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma, aprovechando toda oportunidad para ligarlo de
algún modo a sí e incorporarlo a su organización mediante tales lazos” (AE, XX, p. 94). “el
síntoma ya está ahí y no puede ser eliminado; ahora se impone avenirse a esta situación y
sacarle la máxima ventaja posible. Sobreviene una adaptación al fragmento del mundo interior
que es ajeno al yo y está representado {repräsentieren} por el síntoma” (AE, XX, p. 95).
Este intento de cancelar la ajenidad pueden compararlo si quieren con lo que sucedía con el
trabajo del sueño. ¿Recuerdan que al trabajo del sueño, realizado por los mecanismos del
proceso primario, se le agregaba posteriormente lo que Freud llamaba una “elaboración
secundaria”? Esta no intervenía en su formación, sino al momento de su relato, como un modo de
cancelar lo disparatado y de integrarlo a una organización de sentido. Aquí sucede algo parecido,
no con el sueño, sino con otra formación del inconsciente: el síntoma.
Tomemos el ejemplo de la compulsión a lavarse las manos repetidas veces, aunque estén más
que limpias, porque no puedo evitar dejar de lavármelas, algo me lleva, me obliga, no lo puedo
vencer. ¿El yo cómo actúa con esto? puede intentar hacer de ello una virtud, resaltando la
pulcritud como un valor que se tiene. “¡Soy más limpio que todos en esta casa!” O ir más lejos y
ponerme a estudiar química para inventar productos de higiene personal que podré ir mejorando,
etc. Es decir el yo al intentar incorporar eso que le resulta ajeno e inevitable, puede obtener
ventajas, alguna ganancia. “Así el síntoma es encargado poco a poco de subrogar importantes
intereses, cobra un valor para la afirmación de sí, se fusiona cada vez más con el yo, se vuelve
cada vez más indispensable para este” (AE, XX, p. 95).
En la 24° Conferencia van a encontrar varios ejemplos propuestos por Freud. Uno de ellos dice:
“Un empeñoso obrero que se gana su sustento queda inválido por un accidente de trabajo; queda
imposibilitado para trabajar, pero el desdichado recibe con el tiempo una pequeña pensión por
accidente y aprende a sacar partido de su mutilación, como mendigo. Su nueva vida, si bien
estropeada, se basa ahora justamente en lo que le hizo perder su vida primera. Si ustedes logran
quitarle su invalidez, al principio se queda sin medios de subsistencia; y hasta es dudoso que sea
capaz de retomar su trabajo anterior. Lo que en el caso de la neurosis corresponde a esa clase
de aprovechamiento secundario de la enfermedad podemos adjuntarlo, como ganancia
secundaria, a la primaria que ella proporciona” (AE, XVI, pp. 349-350). La primaria era la
satisfacción sexual sustitutiva, la más directamente ligada a la causa del síntoma.
Otro ejemplo lo encontramos en el famoso caso Dora, donde Freud hace una clara mención a
esto (AE, VII, pp. 38-39). Los síntomas de la paciente generaban compasión y despertaban
atención e interés de su padre.
Dicho todo esto, volvamos a la secuencia de la cura. En la medida en que un análisis progresa y
amenaza con quitarle ese síntoma, en la medida en que se empieza a trabajar con lo que está en
juego en ese síntoma, aparecerá la misma reacción que en el albañil devenido mendigo inválido,
¡No, voy a perder lo que obtengo del síntoma! Es decir que estamos ante otro modo de
resistencia a la que Freud llama “beneficio secundario o ganancia secundaria de la enfermedad”.
“El yo querría liberarse de este displacer de los síntomas, pero sin resignar la ganancia de la
enfermedad” (AE, XVI, p. 349). Decimos que es secundaria y no primaria porque no intervino en
el armado del síntoma como tal. Es secundaria a la formación del síntoma, no es una ganancia
que se obtiene en el momento de la formación del síntoma. No lo sostiene en su composición
interna como sí los es la satisfacción sexual sustitutiva, sino que es un agregado posterior, una
manera de sacarle jugo, de obtener una ventaja extra. Esto no requiere una interpretación
analítica particular. “En la vida civil, la enfermedad puede ser usada como protección para
disimular la propia insuficiencia en el trabajo profesional y en la competencia con otros; en la
familia, como medio para constreñir a los demás a hacer sacrificios y dar pruebas de amor, o para
imponerles su voluntad. Todo esto se sitúa bastante en la superficie” (AE, XX, p. 208). En
general, logra verlo todo el mundo que rodea el paciente.
Es una miserable ventaja que obtuvo el yo y que no la quiere perder. Es decir la estamos
atribuyendo al yo. Acá se pierden estas ventajas, viajar gratis en los transportes públicos, la
conmiseración de los otros (padre de Dora) etc., cosas miserables que racionalmente
comparadas con el beneficio de sacarse de encima la enfermedad no tienen punto de
comparación si lo miramos con la lógica de la razón. Lo que sí podemos problematizar en relación
a esta ganancia secundaria es su vínculo con lo sexual. ¿Por qué? Porque Freud dice
simultáneamente que estas ventajas “cobran un elevado valor para el yo (…) le deparan una
satisfacción narcisista de que estaba privado” (AE, XX, p. 95). Sabemos que el narcisismo es una
organización libidinal. Las satisfacciones narcisistas no dejan de ser satisfacciones sexuales. El
punto clave es que son posteriores y no previas al conflicto que dio origen a la formación del
síntoma. En todo caso, este beneficio secundario refuerza la fijación al síntoma, es por lo tanto
una forma de resistencia del yo. “Y cuando después intentamos prestar asistencia analítica al yo
en su lucha contra el síntoma, nos encontramos con que estas ligazones de reconciliación entre
el yo y el síntoma actúan en el bando de las resistencias” (AE, XX, p.95). Freud se muestra en
gran medida asombrado de que el yo del enfermo no sepa nada de cómo se encadenan esos
motivos y sus acciones. “El modo de combatir el influjo de esas aspiraciones es obligar al yo a
tomar noticias de ellas” (AE, XX, p. 208).
1. Compulsión de repetición
Recordemos un poco, y en contrapunto con lo que recién trabajamos como “resistencia de
transferencia” la redefinición que Freud hace en “Más allá del principio del placer” recortando un
fenómeno que aísla en diferentes contextos y que llama “compulsión de repetición”
(Wiederholungszwang). La insistencia de algo que ya no tenía explicación dentro del principio del
placer, y que Freud explica a partir de que lo que supone está en juego que es la dimensión
pulsional. Esta compulsión de repetición, ya no es considerada tan favorablemente como en
“Recordar, repetir, reelaborar” (1914) como una forma especial del recordar, sino que aparece
como testimonio de un régimen no ligado de la pulsión. Es un intento de ligar algo de eso
pulsional, pero que recordemos que es un intento siempre fallido, a medias. Además, es clave no
olvidar que en ese intento hay una ganancia de satisfacción a nivel pulsional.
Ahora bien, la compulsión de repetición se manifiesta en un análisis y es pensada como un
obstáculo, como una resistencia también. Recuerden que Freud no sólo la ubicaba en los sueños
de las neurosis traumáticas, en el juego del Fort-Da, y en la compulsión de destino, sino que le
daba suma importancia a cómo se presentaba como obstáculo en la cura, en particular en los
restos no tramitables en la transferencia, poniendo en crisis al poder y alcance de la interpretación
analítica para disolver al síntoma. Lo podemos pensar ahora en la continua queja de alguien que
viene por décima vez a decir “me pasó otra vez lo mismo”, “otra vez terminó todo mal…” “qué
hago yo acá, esto no funciona, me sigue pasando lo mismo…”. El análisis apunta a una no
repetición, a que pase otra cosa, a que se produzca alguna diferencia. La dificultad remite al
hecho de que la repetición se produce a pesar de que el tratamiento puede haber avanzado
mucho en relación a hacer consciente lo inconsciente: “Sí, eso ya lo sé…, pero me sigue
pasando….”. Así lo dice Freud: “Hacemos la experiencia de que el yo sigue hallando dificultades
para deshacer las represiones aun después que se formó el designio de resignar sus resistencias,
y llamamos «reelaboración» {«Durcharbeiten»} a la fase de trabajoso empeño que sigue a ese
loable designio”. (AE, XX, p. 149). En este sentido, dice Freud, la compulsión de repetición
expresa lo que llama allí un “factor dinámico”, un modo de satisfacción pulsional que insiste y que
no produce diferencia, es una resistencia en el análisis.
En los párrafos que estamos comentando de “Inhibición, síntoma, angustia” (1926) nos dice que
“tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar todavía el poder de la compulsión de
repetición, la atracción de los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido; y
nada habría que objetar si se quisiese designar ese factor como resistencia de lo inconsciente”
(AE, XX, p. 149). Esta expresión puede prestarse un poco a confusión. Dijimos más arriba que lo
inconsciente reprimido como tal no resiste. ¿Entonces? Sabemos de dónde proviene la
compulsión de repetición en términos de la segunda tópica: del Ello, de ese inconsciente no
reprimido del que nos hablaba al comienzo de “El yo y el ello”. Si fuera del inconsciente reprimido,
estaríamos en el registro de lo ligado a representaciones, y por lo tanto interpretable, descrifrable.
Por el contrario, el Ello es la sede de lo pulsional. Nos encontramos entonces que existe una
resistencia del Ello. Es la resistencia de lo pulsional al cambio, a alterar la forma de satisfacción
que la pulsión conlleva. Esto está ligado a su carácter conservador. ¿Qué está señalando Freud?,
cuando está en juego una satisfacción pulsional cualquier intento por alterarla, por transformarla
en otra cosa, por modificarla se encuentra con esta resistencia del Ello, como algo a lo que
permanece fijado, que vuelve siempre al mismo lugar. Esta forma de la resistencia es la que
Freud hace “responsable de la necesidad de reelaboración” en el párrafo que estamos
comentando de “Inhibición, síntoma, angustia”.
2. Viscosidad de la libido
Revisemos aquí otro texto que proponemos en el programa para este tema. Se llama “Análisis
terminable e interminable” (1937), texto bien tardío donde justamente Freud se está preguntando
por la finalidad del análisis, sus posibilidades y sus escollos. En el apartado VI propone una
expresión que es la de la “viscosidad de la libido” („Klebrigkeit der Libido") (AE, XXIII, p. 243) para
referirse de otro modo a esta resistencia del ello. ¿Qué es esto de la viscosidad? También se lo
podría traducir como “adhesividad” o “pegajosidad”. En realidad es un término que la física utiliza
al estudiar la mecánica de los fluidos. Si tienen algún amigo que estudia ingeniería seguramente
les pueda explicar algo de esto. Si no, pueden revisar este breve tutorial para ayudarse con la
referencia: [Link]
En principio retengamos la idea de que los fluidos son sustancias cuyas partículas se mueven y
cambian de posición con facilidad, que se deforman cuando se les aplica una fuerza. En la
analogía freudiana, la libido sería un fluido que se debería poder movilizar aplicándole la fuerza y
el corte de la interpretación. De hecho la idea de libido yoica y libido de objeto suponían
colocaciones diferentes de la libido, en función de un sistema de vasos comunicantes. La idea es
que la libido debería tomar la forma del recipiente que se le proponga. “Los diversos caminos por
los que migra la libido se comportan desde el comienzo entre sí como vasos comunicantes” (AE,
VII, p. 137), decía con optimismo en “Tres ensayos…” (1905).
Fíjense cómo ilustró la tapa de esta revista de psicoanálisis al problema de los puntos de fijación.
Es elocuente, como pesos que cuelgan sobre el cuerpo e impiden avanzar y caminar.
Freud mantiene la idea de que si el paciente pudiera “disponer de nuevo de su libido” (AE, XVI, p.
413) podría sanar. La orientación de la cura supone entonces “desasir la libido de sus
provisionales ligaduras sustraídas al yo, para ponerla de nuevo al servicio de este” (AE, XVI, p.
413). Sin embargo, nos dice que: “uno encuentra personas a quienes atribuiría una particular
«viscosidad de la libido». Los procesos que la cura inicia en ellas trascurren mucho más
lentamente que en otras, porque, según parece, no pueden decidirse a desasir investiduras
libidinales de un objeto y desplazarlas a uno nuevo, aunque no se encuentren particulares
razones para tal fidelidad a las investiduras (…) uno es sorprendido por una conducta que no
puede referir sino a un agotamiento de la plasticidad, de la capacidad para variar y para seguir
desarrollándose, que de ordinario se espera. Sin duda que en el análisis estamos preparados
para hallar cierto grado de inercia psíquica; cuando el trabajo analítico ha abierto caminos nuevos
a la moción pulsional, se observa casi siempre que no se los emprende sin una nítida vacilación.
A esta conducta la hemos designado, de manera quizá no del todo correcta, «resistencia del
ello». Pero en los casos que ahora consideramos, todos los decursos, vínculos y distribuciones de
fuerza prueban ser inmutables, fijos, petrificados” (AE, XXIII, p. 243). Freud cuestiona el prejuicio
de que esto suceda sólo en gente de edad avanzada, por una suerte de fuerza de la costumbre, o
un agotamiento de la capacidad receptiva. “Aquí se trata de individuos todavía jóvenes” (AE,
XXIII, p. 244).
Esta es una resistencia fuerte para vencer en un análisis comparada con las que veníamos
hablando del Yo. Se trata de algo más estructural, es decir, de alterar la modalidad de
satisfacción pulsional privilegiada en el síntoma de un sujeto. De modo que allí aparece uno de
los obstáculos mayores en un análisis, transformar o hasta dónde es posible transformar estas
modalidades que han coagulado en formas particulares de satisfacción pulsional. En el síntoma
siempre se juega una satisfacción pulsional, por ende resignar al síntoma supone renunciar a ese
modo de satisfacción a cambio de otro. Pero debido a esta “viscosidad”, no es fácil transformar
esto. Y es muy interesante el punto en que Freud menciona un “no pueden decidirse”, una
“vacilación” del sujeto. ¿Depende de una característica de la libido o de una decisión del sujeto?
En la Addenda de “Inhibición, síntoma, Angustia” vimos que Freud dice que esto supone un
trabajo de reelaboración (Durcharbeiten) traducido también como "perlaboración", o
"translaboración". Con este término quiere decir que el trabajo del análisis en este punto se trata
de acompañar estas repeticiones, estas vueltas, acompañar este “otra vez lo mismo” y en esas
repeticiones intentar que algo de todo eso pueda mínimamente transformarse, alterarse. Es decir,
que se produzca una diferencia en la repetición, a eso Freud lo llama “reelaboración”. En esto la
transferencia es clave: “Tal influjo personal es nuestra más poderosa arma dinámica, es lo nuevo
que introducimos en la situación y aquello mediante lo cual la fluidificamos” (AE, XX, p. 210).
3. Alteración del yo
Pasemos ahora a revisar el apartado V de “Análisis terminable e interminable” (1937). En él Freud
menciona diferentes factores que intervienen de modo decisivo sobre el éxito posible del
tratamiento analítico. Los dos primeros son los que en la octava clase discutimos bajo el nombre
de “series complementarias” o “ecuación etiológica”, es decir, la etiología traumática versus la
intensidad constitucional de las pulsiones. Para Freud los casos de mejor pronóstico son aquellos
donde predomina la etiología traumática. Es que el “gobierno” o “domeñamiento” de las pulsiones
como tal resulta poco promisorio.
Pero además de estos dos factores, introduce aquí lo que denomina la “alteración del yo”
(Ichveränderung), (AE, XXIII, p. 237). Si bien hace referencia a una modificación en la
organización que es el Yo, no se trata de una resistencia del yo, sino del ello. ¿Por qué plantear
esto que suena bastante contradictorio? Porque lo que aquí está en juego es la relación entre el
yo y la pulsión. Es central la noción de defensa. Van a ver que habla mucho de “mecanismos de
defensa”. Su hija, Anna Freud, publicó en esos años un libro que se hizo bastante famoso al
respecto.
La idea es que el yo se defiende de los reclamos o reivindicaciones pulsionales provenientes del
ello, los trata como peligros. En esa lucha “el yo se vale de diversos procedimientos para cumplir
su tarea, que, dicho, en términos generales, consiste en evitar el peligro, la angustia, el displacer.
Llamamos “mecanismos de defensa” a estos procedimientos” (AE, XXIII, p. 238). La represión se
cuenta entre ellos. Si bien consiguen su propósito, el yo paga un precio demasiado alto.
Sostenerlos implica un elevado gasto dinámico y suponen serias limitaciones para esta instancia.
En el curso de esta operación defensiva el Yo termina alterándose. Sufre una deformación. Por
esta razón Freud nos dice que no existe ningún yo que sea normal: “ese yo normal, como la
normalidad en general, es una ficción ideal" (AE, XXIII, p. 237). Además, el problema es que
estos mecanismos no se abandonan con el paso del tiempo, sino que “se fijan en el interior del
yo, devienen unos modos regulares de reacción del carácter que durante toda la vida se repiten”
(AE, XXIII, p. 239). Aquí también habla de fijación.
Con estos mecanismos de defensa, ingresa nuevamente la problemática del carácter. Recuerden
que en la séptima clase los habíamos mencionado al señalar las “formaciones reactivas”. Esa
acentuación del rasgo contrario al elemento reprimido. Allí dijimos que Freud detectaba por
ejemplo el funcionamiento del erotismo anal en la presencia de determinados rasgos de carácter.
Lo llamaba justamente “carácter anal”: personas ordenadas (en el aseo personal o en el
cumplimiento de obligaciones, y de las demandas del otro; sometiéndose a veces incluso a
imperativos crueles o sádicos), ahorrativas (hasta el extremo de la avaricia) y pertinaces
(obstinadas, tercas y hasta desafiantes). Consideraba que esos rasgos eran formaciones
reactivas, surgidas posteriormente contra lo que supo ser un gran interés por lo sucio, lo
perturbador, lo que no debe pertenecer al cuerpo. Estos rasgos tienen raíces en la organización
pulsional anal, y por eso resultan tan estables y fijos. Ellos acentúan el elemento contrario y
delatan así el privilegio dado en la infancia a esa forma de satisfacción pulsional. Aquí, en
“Análisis terminable e interminable” esta estabilidad del carácter es tratada en términos de una
“fijación” del mecanismo de defensa contra la exigencia pulsional.
Con esta noción de carácter nos alejamos del concepto de síntoma. Mientras que el síntoma es
un cuerpo extraño para el yo, una molestia que quiere sacarse de encima; el carácter es un modo
estable de ser, un funcionamiento permanente del yo que tiene raíces pulsionales. Se diferencian
en que mientras el síntoma supone el fracaso de la defensa, y un retorno desfigurado de la
satisfacción pulsional que se puede interpretar en términos de “sentido sexual”; el carácter
supone el éxito de la defensa, la “defensa lograda” o “salud aparente” con un síntoma primario de
defensa, de la que hablaba tempranamente en las “Nuevas puntualizaciones de las neuropsicosis
de defensa”. Allí no hay lugar para la interpretación como tal. No se deja leer al modo de las
formaciones del inconsciente, sustitutos descifrables, retorno de lo reprimido. En todo caso, con el
carácter habría que trabajar para perturbar la defensa misma.
¿Cómo interviene todo esto en la cura? “los mecanismos de defensa frente a los antiguos peligros
retornan en la cura como resistencias al restablecimiento” (AE, XXIII, p. 240). Su perdurabilidad
está anclada en las pulsiones del ello. “tratándose del desenlace de una cura analítica, este
depende en lo esencial de la intensidad y la profundidad de arraigo de estas resistencias de
alteración del yo” (AE, XXIII, p. 241). Si se quiere intervenirlos para modificarlos, la cura deberá
buscar perturbar la defensa caracterial, e incidir a nivel pulsional.
Luego, en el inicio del apartado VI Freud se pregunta si ¿todas las alteraciones del yo provienen
de las defensas experimentadas a lo largo de su primera infancia, y si eso es lo único que fija los
mecanismos de defensa del yo? Responde que no. Piensa que habría aquí algo más allá. El
hecho de constatar mecanismos de defensa típicos que lo llevan a decir que “aun antes que el yo
haya surgido a la existencia están ya preparadas para él las líneas de desarrollo, los impulsos y
las reacciones que más tarde exhibirá” (AE. XXIII, p. 242). Es la idea de que la defensa, no es
sólo una mecanismo psíquico individual, sino una suerte de orden pre-subjetivo que se extiende a
“particularidades psicológicas de familias, razas y naciones” (AE, XXIII, p.242). Estos mecanismos
de defensa, constitutivos del carácter, formarían parte de la “herencia arcaica” en el Yo. Esta
expresión de “herencia arcaica”, que ya vimos que la utilizaba en relación al ello está ligada a la
filogenia. Es una manera que Freud tiene de nombrar eso que parece venir con uno, y que no
cambia a lo largo de la cura. En ese punto, también el yo no es más que un sector diferenciado
del ello, y por eso esta “alteración del yo” forma parte de las resistencias del ello.
¿Qué sucede con el Yo a medida en que la cura progresa y algo de todo esto logra ser
modificado? Freud piensa que se “produce una ventajosa alteración del yo, que se conserva
independientemente del resultado de la trasferencia y se afirma en la vida” (AE, XXIII, p. 179). El
análisis pretende modificar la alteración del yo, sin que eso signifique recuperar la normalización,
en la medida en que no existe un yo normal. Mencionemos finalmente, que algunos discípulos de
Freud propusieron algunas innovaciones técnicas, para intentar avanzar, no siempre respetando
la orientación freudiana, sobre el denominado “análisis del carácter”.
c) Las resistencias del Superyó
1. Reacción terapéutica negativa y necesidad de castigo
Finalmente nos queda la otra instancia, el Superyó, la resistencia del Superyó ya la conocimos
cuando trabajamos “El yo y el ello” (1923). Comenzamos a trabajarla en detalle la clase pasada
ya. Retomaremos lo que desarrollamos para poder avanzar hoy desde el punto de vista de las
resistencias. Freud le pone un nombre claro “Reacción terapéutica negativa” (AE, XIX, p. 50). Es
curioso lo que sucede en determinados momentos de la cura con algunos sujetos que frente al
claro avance del tratamiento en el sentido de aliviar los síntomas, nos encontramos con que
empeora y este empeoramiento, esta fuerte resistencia a curar uno tiene que pensar que
responde a una fuerza también muy fuerte. Freud comienza por pensar si tiene que ver con una
cuestión transferencial, de desafío al analista, pero no le resulta concluyente. Esta había sido en
realidad la primera manera en que la había considerado, en el caso del Hombre de los Lobos
(1918 [1914]). Allí decía que “También en el tratamiento analítico se comportaba de igual modo,
desarrollando una «reacción negativa» pasajera; tras cada solución terminante, intentaba por
breve lapso negar {negieren} su efecto mediante un empeoramiento del síntoma solucionado” (AE
XVII, p 65). En aquel momento, antes de 1920, Freud comparaba tal reacción con la de esos
niños que, habiendo sido castigados por algún motivo, repiten la acción una sola vez más, como
deteniendo por propia voluntad su repetición futura y, al mismo tiempo, desafiando la prohibición.
La psiquiatría contemporánea habla de esto en términos de “negativismo desafiante”. Sin
embargo ahora no le alcanza ese argumento. Tampoco el de la inaccesibilidad narcisista, ni el del
beneficio secundario de la enfermedad. Freud remite esta reacción a aliviar algo, a cierta función
que para el sujeto debe tener el propio sufrimiento. Es decir en este punto el sujeto lo que no
soporta es dejar de sufrir. Paradojal, ya que se supone que uno lo que más quiere es dejar de
sufrir en la vida, y que para eso inició un análisis. Freud dice este sufrimiento tiene una función,
¿cuál era? La función de castigo, al padecimiento supone un castigo. ¿Recuerdan que había
llegado a postular la hipótesis sobre la existencia de un sentimiento inconsciente de culpa que
empujaba a la necesidad de castigo? “Este sentimiento de culpa es mudo para el enfermo, no
dice que es culpable, él no se siente culpable, sino enfermo. Sólo se exterioriza como una
resistencia a la curación, difícil de reducir” (AE, XIX, p. 50). Estamos en el campo de las
resistencias más complejas para la curación.
Nosotros ya sabemos cuál es la relación entre las instancias de este aparato psíquico que Freud
propone, en donde se juega la vigilancia, el juzgamiento y el castigo del propio yo. En el Superyó.
Éste es quien castiga, quien le exige al yo determinadas cuestiones que en principio responden al
Ideal del yo, pero que después se independizan de ese ideal y sólo responden a esa exigencia
pulsional del Superyó frente al yo, que le exige precisamente castigo. De modo tal que Freud dice
que el sujeto no quiere dejar de padecer porque ese padecer supone la satisfacción ¿de qué? De
esta necesidad de castigo que el yo se impone frente al Superyó. Es decir que el Yo está
ofreciéndose sacrificialmente con su padecimiento y con eso intenta calmar la ira de su propio
Superyó. De este manera, si el análisis le permite la posibilidad de aliviarse del síntoma que
comporta sufrimiento, ese paciente quedaría sin ese sufrimiento necesario que alimenta la
crueldad del Superyó. “La quinta resistencia, la del superyó, discernida en último término y que es
la más oscura pero no siempre la más débil, parece brotar de la conciencia de culpa o necesidad
de castigo; se opone a todo éxito y, por tanto, también a la curación mediante el análisis” (AE, XX,
pp. 149-150).
En este sentido podemos repensar las figuras de “los que delinquen por sentimiento culpa” o “los
que fracasan al triunfar” (Freud, “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo
psicoanalítico” (1916) AE, XV). De modo tal que no quiere renunciar a su propio padecimiento
porque está allí en juego el vínculo del Yo con el Superyó, que se da en el terreno de lo que
llamábamos en la otra clase: satisfacción masoquista, en particular el masoquismo moral.
Entonces tenemos una resistencia que atribuimos al Superyó, resistencia a dejar de sufrir, a
renunciar a la satisfacción masoquista que se juega en el síntoma, es decir nuevamente estamos
frente a la satisfacción pulsional. Esta es para Freud una de las mayores resistencias a la cura, la
más difícil de trabajar, la considera la medida de gravedad de la neurosis: “quizás es justamente
este factor, la conducta del ideal del yo, el que decide la gravedad de una neurosis” (AE, XIX, p.
51). En “Pueden los legos ejercer el análisis” (1926) lo dice así: “La enfermedad es utilizada como
un medio de ese «autocastigo»; el neurótico se ve forzado a comportarse como si lo gobernara un
sentimiento de culpa que, para satisfacerse, precisara de la enfermedad en calidad de
castigo”.(…) “el «sentimiento inconciente de culpa» representa {repräsentieren} la resistencia del
superyó, y es el factor más importante y más temido por nosotros” (AE, XX, p. 209).
Un ejemplo paradigmático de esto Freud lo encuentra en la clínica de la neurosis obsesiva. En el
apartado V de “Inhibición, síntoma, angustia” (1926) trabaja el mecanismo de formación de
síntomas obsesivos. Van a ver que allí Freud le asigna al superyó un rol muy patente en este
asunto, incluso planteando algunas novedades desde lo metapsicológico al insistir sobre el papel
de la regresión y la desmezcla pulsional. Después de establecer que los más antiguos son los de
“naturaleza negativa” (AE, XX, p. 107), es decir prohibiciones, penitencias y medidas
precautorias; señala que esos se enlazan finalmente con los síntomas positivos (ej,
representaciones obsesivas), los que conocemos como satisfacciones sexuales sustitutivas. Lo
importante es que a medida que la enfermedad se prolonga, Freud constata que “prevalecen las
satisfacciones que burlan toda defensa. Constituye un triunfo de la formación de síntoma que se
logre enlazar la prohibición con la satisfacción, de suerte que el mandato o la prohibición
originariamente rechazantes cobren también el significado de una satisfacción” (AE,XX, p. 107).
Lo que era punitorio y evitaba la satisfacción se vuelve entonces una satisfacción en sí misma. La
tendencia es entonces la de “procurar cada vez más espacio para la satisfacción sustitutiva a
expensas de la denegación {frustración}” (auf Kosten der Versagung) (AE, XX, p. 112). ¿Cómo
entender este “a expensas de”? En términos de un “a partir de”, “con el costo de”. Es decir que no
se trata de que en el síntoma haya satisfacción “a pesar” del sufrimiento, eso que podía explicar
antes de 1920 como displacer para una instancia y placer para otro; sino que hay satisfacción “a
partir” del sufrimiento mismo, a partir de la denegación punitoria misma. “El resultado de este
proceso (…) es un yo extremadamente limitado que se ve obligado a buscar sus satisfacciones
en los síntomas” (AE, XX, p. 112). Es un costo muy caro para el Yo, cada vez más limitado y
paralizado.
En artículos posteriores, “Análisis terminable e interminable” (1937) y “Esquema del
psicoanálisis” (1938) Freud parece querer introducir alguna forma de distinción interna dentro de
este grupo de resistencia. Parece tener que ver con las chances de influir sobre ella y utiliza los
pares “ligado”/ “no ligado” para poder decir algo allí. Destaquemos de todos modos la honestidad
intelectual de sus planteos, a los que les reconoce un carácter aproximativo y no conclusivo. La
parte más convincente del asunto, es la que puede referir conceptualmente al superyó. En la nota
al pie 2 de la página 51 de “El yo y el ello” ya nos decía que sobre el sentimiento inconsciente de
culpa nada se podía hacer directamente. La única posibilidad, indirecta, era la de intentar poner
poco a poco en descubierto sus fundamentos reprimidos inconscientes, y así mudarlo de a poco
en un sentimiento de culpa consciente. Cuando ese sentimiento de culpa era “prestado”,
resultado de una identificación con otra persona que antes fue objeto de investidura libidinal,
había una especial oportunidad para influir sobre él. Por eso nos dirá ahora que la cura en cierto
sentido debe apuntar a desmontar progresivamente el superyó hostil. Pero fíjense que habla de
fundamentos “reprimidos”, con lo cual habría margen de conexión con el régimen ligado de la
pulsión.
La parte más oscura del planteo sobre estas resistencias está ligada al costado estrictamente
pulsional, pero no tanto en su costado libidinal sino a los desarrollos introducidos en términos de
un más allá del principio del placer y de pulsión de muerte. De todos modos, las trata en conjunto,
como participando en un mismo campo problemático en tanto resistencias mayores para el
análisis.
En “Análisis terminable e interminable” (1937) nos dice: “Durante el trabajo analítico no hay
impresión más fuerte de las resistencias que la de una fuerza que se defiende por todos los
medios contra la curación y a toda costa quiere aferrarse a la enfermedad y el padecimiento. A
una parte de esa fuerza la hemos individualizado, con acierto sin duda, como conciencia de culpa
y necesidad de castigo, y la hemos localizado en la relación del yo con el superyó. Pero se trata
sólo de aquella parte que ha sido, por así decir, psíquicamente ligada por el superyó, en virtud de
lo cual se tienen noticias de ella; ahora bien: de esa misma fuerza pueden estar operando otros
montos, no se sabe dónde, en forma ligada o libre. Si uno se representa en su totalidad el cuadro
que componen los fenómenos del masoquismo inmanente de tantas personas, la reacción
terapéutica negativa y la conciencia de culpa de los neuróticos, no podrá ya sustentar la creencia
de que el acontecer anímico es gobernado exclusivamente por el afán de placer. Estos
fenómenos apuntan de manera inequívoca a la presencia en la vida anímica de un poder que, por
sus metas, llamamos pulsión de agresión o destrucción y derivamos de la pulsión de muerte
originaria, propia de la materia animada. No cuenta aquí una oposición entre teoría optimista y
pesimista de la vida; sólo la acción eficaz conjugada y contraria de las dos pulsiones primordiales,
Eros y pulsión de muerte, explica la variedad de los fenómenos vitales, nunca una sola de ellas.
De qué manera sectores de las dos variedades pulsionales se conjugan entre sí para la ejecución
de las diversas funciones vitales; bajo qué condiciones tales reuniones se aminoran o
descomponen; qué perturbaciones corresponden a esas alteraciones, y con qué sensaciones
responde a ellas la escala perceptiva del principio de placer: poner en claro todo ello sería la tarea
más lucrativa de la investigación psicológica. Provisionalmente nos inclinamos frente al
hiperpoder de las potencias ante las cuales vemos naufragar nuestros empeños. Ya conseguir
influjo psíquico sobre el masoquismo simple pone a dura prueba nuestro poder (AE, XXIII, pp.
244-245). Reaparece entonces nuevamente aquí el problema de la satisfacción masoquista.
En “Esquema del psicoanálisis” (1938) señala: “Mientras más progrese nuestro trabajo y a mayor
profundidad se plasme nuestra intelección de la vida anímica del neurótico, con nitidez tanto
mayor se impondrán a nuestro saber otros dos factores que reclaman la máxima atención como
fuentes de la resistencia. El enfermo los desconoce por completo a ambos, y no pudieron ser
tomados en cuenta cuando concertamos nuestro pacto; además, tampoco tienen por punto de
partida el yo del paciente. Se los puede reunir bajo el nombre común de «necesidad de estar
enfermo o de padecer», pero son de origen diverso, si bien de naturaleza afín en lo demás. El
primero de estos dos factores es el sentimiento de culpa o conciencia de culpa, como se lo llama,
pese a que el enfermo no lo registra ni lo discierne. Es, evidentemente, la contribución que presta
a la resistencia un superyó que ha devenido muy duro y cruel. El individuo no debe sanar, sino
permanecer enfermo, pues no merece nada mejor. Es cierto que esta resistencia no perturba
nuestro trabajo intelectual, pero sí lo vuelve ineficaz, y aun suele consentir que nosotros
cancelemos una forma del padecer neurótico pero está pronta a sustituirla enseguida por otra;
llegado el caso, por una enfermedad somática. Por otra parte, esta conciencia de culpa explica
también la curación o mejoría de neurosis graves en virtud de infortunios reales, que en
ocasiones se ha observado; en efecto, sólo importa que uno se sienta miserable, no interesa de
qué modo. Es muy asombrosa, pero también delatora, la resignación sin quejas con que tales
personas suelen sobrellevar su duro destino. Para defendernos de esta resistencia, estamos
limitados a hacerla conciente y al intento de desmontar poco a poco ese superyó hostil.
Menos fácil es demostrar la existencia de la otra, para combatir la cual nos vemos con una
particular deficiencia. Entre los neuróticos hay personas en quienes, a juzgar por todas sus
reacciones, la pulsión de autoconservación ha experimentado ni más ni menos que un trastorno
{Verkehrung). Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos. Quizá
pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran realmente el suicidio.
Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión a consecuencia de las
cuales se han liberado cantidades hipertróficas de la pulsión de destrucción vuelta hacia adentro.
Tales pacientes no pueden tolerar ser restablecidos por nuestro tratamiento, lo contrarían por
todos los medios. Pero, lo confesamos, este es un caso que todavía no se ha conseguido
esclarecer del todo” (AE, XXIII, p. 180). Tenemos que revisar entonces, la cuestión de la ganancia
primaria para poder decir algo más sobre esta dimensión pulsional que excede a la función
normativa y pacificante del superyó en tanto heredero del Complejo de Edipo y de la identificación
al padre frente a la cual la cura se detiene.
2. Ganancia primaria
Respecto de este aspecto de la resistencia del superyó es necesario decir que supone un
problema teórico para lo que veníamos planteando previamente. Cuando nos ocupamos de situar
la función del síntoma en la octava clase, introdujimos la noción de “beneficio primario”. Allí
dijimos, siguiendo a lo que señala Freud en el Caso Dora respecto de los “motivos para
enfermar”, (en particular la corrección que introduce en la nota al pie N° 32, AE, VII, p. 39) que la
elaboración del síntoma obedecía a la obtención de una ganancia. Distinguíamos entonces entre
una ganancia “primaria” de la enfermedad, y una ganancia “secundaria”. Esta última la estuvimos
trabajando más arriba en tanto forma de resistencia del yo. Dijimos que era algo accesorio que se
agregaba posteriormente, una vez que el síntoma ya estaba formado.
El beneficio primario, en cambio, estaba ligado al problema de la causa, de la etiología más
directa en la producción de los síntomas. En aquella clase nos centramos en el cambio que
implicaba en sus hipótesis el abandono de la teoría de la seducción traumática, su sustitución por
la denominada “constitución sexual infantil”, y el rol de las fantasías en todo ello. Hicimos jugar la
idea de que cuando la represión fracasa, y algo de la sexualidad infantil retorna, lo hace de modo
desfigurado a través del síntoma. El beneficio primario del síntoma era el nombre que Freud le
daba a la conexión con la etiología sexual infantil, de donde derivaba esa satisfacción sexual
sustitutiva parcial y paradójica que habita en el síntoma, considerado como práctica sexual de los
enfermos. Las fantasías quedaban implicadas en su conformación, eran premisas para el cifrado
de la pulsión que la producción sintomática supone. Habíamos subrayado también una frase del
artículo “Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad” (1908): “la meta última de todo el
proceso patológico (es) restablecer la satisfacción sexual en su momento primaria” (AE, IX, p.
143). Si la satisfacción sexual es lo que enferma (“etiología sexual”) algo de esa satisfacción, se
refugia en la enfermedad, y deviene “aquel grano de arena que el molusco ha envuelto con las
capas de madreperla” (AE, XVI, p. 356). Esta manera de pensar el beneficio primario es
coherente con la práctica de la interpretación que permitía descifrar el sentido sexual del síntoma,
al desandar vía el recorrido de la cadena asociativa, la sustitución por la que se había formado.
Ahora bien, ¿cómo queda reubicado todo esto después de 1920, una vez que ha introducido el
segundo dualismo pulsional y que la mudez de las pulsiones de muerte juega su rol decisivo más
allá del sentido sexual del síntoma interpretable, cuando no todo el secreto del síntoma es libido,
cuando no todo el inconsciente es por serlo reprimido?
En “El problema económico del masoquismo” (1924), Freud nos dice, hablando de la reacción
terapéutica negativa, que “la satisfacción de este sentimiento inconsciente de culpa es quizás el
rubro más fuerte de la ganancia de la enfermedad" (AE, XIX, p. 171). Parece entonces que la
ganancia de la enfermedad tiene diversos rubros. Aquí nos presenta lo que podríamos denominar
una ampliación respecto de lo que hasta ahora veníamos considerando como beneficio primario.
¿Cómo es posible esto? Gracias al cambio que se produjo en la conceptualización misma de la
satisfacción masoquista. Recuerden lo que vimos la clase pasada. En ese mismo artículo, Freud
modifica sus opiniones previas y admite la existencia de un “masoquismo primario, erógeno”
(ursprünglichen, erogenen Masochismus) (AE, XIX, p. 168.) del cual podrá derivar luego la forma
especial de masoquismo moral. Lo primario, lo que tiene valor etiológico va en este caso más allá
de lo libidinal y alcanza a la dimensión mortífera de la pulsión, eso que condiciona
compulsivamente los fenómenos de repetición situados más allá del principio del placer. Luego,
desde el superyó, esa peculiar forma de satisfacción se erige como una resistencia contra la
curación. La fantasía de paliza, en tanto cicatriz del Edipo, supone un punto límite que como
hemos visto, toca ambos rostros de la relación ambivalente con el padre, en la juntura entre Eros
y Tánatos.
¿De qué modo podemos pensar esto en relación al síntoma? Tomaremos aquí lo que nos había
quedado pendiente de la clase pasada. El artículo “Dostoievski y el parricidio” (1928), es en
realidad una introducción que Freud escribió para una publicación en alemán de “Los hermanos
Karamazov”. Freud la consideraba “la novela más grandiosa que se haya escrito” (AE, XXI, p.
175). Lo interesante es que la pone en serie con “Edipo Rey” de Sófocles y con “Hamlet” de
Shakespeare teniendo en cuenta el eje del parricidio. No nos vamos a centrar ahora en la lectura
propuesta por Freud de esta obra maestra de la literatura rusa, sino en el análisis que nos
presenta de su autor, Fiódor Dostoievski.
El artículo tiene dos partes bastante definidas centradas fundamentalmente en sus síntomas. En
la primera, se ocupa de sus ataques de epilepsia. El escritor ruso padeció de “graves ataques,
acompañados de pérdida de conciencia, convulsiones musculares y la desazón subsiguiente”
(AE, XXI, p. 177). Freud conjetura que no se trataba de una “verdadera” epilepsia en el sentido en
que la conciben los neurólogos, sino de un síntoma neurótico: “es en un todo probable que esta
llamada epilepsia sólo fuera un síntoma de su neurosis, que, por tanto, debería clasificarse como
histeroepilepsia, vale decir, histeria grave” (AE, XXI, p. 177).
Esgrime una serie de argumentos basados en su biografía para apoyar su hipótesis. En primer
lugar, el hecho de que el inicio de los mismos se remontaría al momento del asesinato de su
padre en manos de sus siervos. En segundo lugar, que estos ataques desaparecieron en un
momento de su vida en que estuvo deportado en Siberia como preso político bajo el régimen
zarista. En tercer lugar, que esos ataques estuvieron precedidos en su juventud por unos estados
de “angustia de muerte y consistían en estados de dormir letárgico”, con el sentimiento “como si
debiera morir enseguida” (AE, XXI, p. 180).
Freud entiende que estos últimos ataques significan una identificación con un muerto, una
persona que efectivamente falleció o que todavía vive y cuya muerte se desea. Apoyándose en
los desarrollos de la teoría concluye que “ese otro es por regla general el padre, y el ataque (que
se denomina histérico) es entonces un autocastigo por haber deseado la muerte del padre
odiado). Tras esto el artículo desarrolla la incidencia de la ambivalencia frente al padre en la
génesis del superyó y destaca cómo dentro del yo se genera una gran necesidad de castigo, que
en parte se dispone a recibir las tragedias exteriores del destino, y en parte encuentra satisfacción
masoquista en el maltrato interno, destructivo, por parte del superyó.
¿Cómo lo aplica a Dostoievski? “El temprano síntoma de los «ataques de muerte» puede
comprenderse entonces como una identificación-padre del yo, consentida por el superyó a modo
de castigo. «Tú has querido matar a tu padre para ser tú mismo el padre. Ahora eres el padre,
pero el padre muerto»: el mecanismo habitual de los síntomas histéricos. Y además: «Ahora el
padre te mata». Para el yo, el síntoma de la muerte es una satisfacción en la fantasía del deseo
viril, y al mismo tiempo una satisfacción masoquista; para el superyó, una satisfacción de castigo,
vale decir, sádica. Ambos, yo y superyó, siguen desempeñando el papel del padre” (AE, XXI, p.
183). Posteriormente, los ataques cobran el carácter epiléptico, y siguen significando la
identificación-padre a modo de castigo, pero se vuelven tan temibles como la terrorífica muerte
del padre. El hecho de que Dostoievski se viera liberado de sus ataques durante el período en
Siberia sería la confirmación de que los ataques eran su castigo. En todo caso, esos años de
miseria y humillación no lo quebrantaron. A pesar de que la condena como supuesto criminal
político era injusta, él aceptó el inmerecido castigo del “padre” Zar, “como sustituto del castigo que
había merecido por sus pecados hacia el padre real. En lugar de autocastigarse, se hizo castigar
por el subrogado del padre (…) “Puede decirse que Dostoievski nunca se liberó de la hipoteca
que el propósito del parricidio hizo contraer a su conciencia moral” (AE, XXI, p. 184). Fíjense
cómo quedan articulados allí el superyó con el padre de la horda primordial.
En la segunda parte del artículo, Freud analiza otro síntoma, con la misma clave de lectura. Se
trata de su “manía del juego”. Habla de su adicción al juego como de una “conducta apasionada
{triebhaft}” (AE, XXI, p. 188). Destaquemos el “trieb” presente en este adjetivo, que señala la
participación del componente pulsional en este síntoma. En esta manía del juego el sentimiento
de culpa se había procurado un sustituto mediante una acumulación de deudas. Según cuenta el
diario íntimo de su mujer: “Nunca descansaba hasta perderlo todo. El juego era para él también
una vía de autocastigo. Innumerables veces había prometido y hasta dado su palabra de honor a
su joven mujer de no jugar más o no hacerlo ese día y, como ella nos dice, la quebrantaba casi
siempre. Y si las pérdidas los habían llevado a él y a ella a la miseria más extrema, extraía de ahí
una segunda satisfacción patológica. Podía insultarse, humillarse ante ella, exhortarla a
despreciarlo, conmiserarla por haberse casado con él, viejo pecador, y tras este aligeramiento de
la conciencia moral el juego proseguía al día siguiente” (AE, XXI, p. 188). Es una relación al juego
que por su carácter compulsivo parece más cercana al ejemplo del Fort-Da que al prototipo del
juego infantil (jugar al doctor) puesto al servicio del principio del placer. Se extrae de allí una
satisfacción masoquista anclada en su relación con la mujer, una ganancia primaria fijada no en el
amor sino en el odio destructivo al padre que le retorna como castigo y reproche.