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E Sta Rosa Negra: Oscar Hahn

El documento presenta la obra 'Esta rosa negra' de Oscar Hahn, un poeta chileno nacido en 1938, que incluye una serie de poemas que exploran temas de muerte, amor y existencia. A través de un lenguaje evocador, Hahn reflexiona sobre la vida y la muerte, utilizando metáforas potentes y un estilo lírico. La obra se caracteriza por su profundidad emocional y su conexión con la tradición poética chilena.

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E Sta Rosa Negra: Oscar Hahn

El documento presenta la obra 'Esta rosa negra' de Oscar Hahn, un poeta chileno nacido en 1938, que incluye una serie de poemas que exploran temas de muerte, amor y existencia. A través de un lenguaje evocador, Hahn reflexiona sobre la vida y la muerte, utilizando metáforas potentes y un estilo lírico. La obra se caracteriza por su profundidad emocional y su conexión con la tradición poética chilena.

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Oscar Hahn

E sta rosa
negra
© Oscar Hahn, 1961
Inscripción N9 23356

Compuesto con matrices


Linotype Bodoni 10/14
e impreso en los talleres de la
Editorial Universitaria, S. A.
en Santiago,
Ricardo Santa Cruz 747

Proyectó la edición Mauricio Amster


O SCAR HAHN

Esta rosa negra

E d ic io n e s ALERCE
OSCAR HAHN nació en Iquique en 1938. Actualmente estudia
en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Su
cuento “Ceremonia del dormitorio” fue seleccionado por
Armando Cassígoli para la antología “ Cuentistas de la Univer­
sidad” publicada en 1959. Ese mismo año fue premiado en
Poesía por la Federación de Estudiantes de Chile. Acaba de
obtener una beca de la Universidad de Texas, para cursar
un Seminario en los Estados Unidos.
In d ic e

Soy una piedra lanzada de canto — 13

Canción de los amantes muertos — 15

Fuego fatuo —- 16

Esta rosa negra — 17

Fábula nocturna — 19

Cuadrilátero -- 21

Reencarnación de los carniceros — 23

Letania para un poeta difunto - 25

Fábula del lenocinio — 27

Egloga fúnebre 29

Danza de la muerte — 31

ii Elevación de la amada 35
A mi madre. A mi padre
A mis hermanos
A ti, Antonieta
Soy una piedra lanzada de canto

Muerte,
escondiéndose en los arrabales
del silencio;
en los sutiles pliegues
de las sombras,
¿Soy el lanzado como una piedra
por la mano de Dios,
en el agua de la existencia?
¿Soy el que en ondas circulares

13
irá creciendo
hasta desbordarse en el vacío letal?
Porque ahora,
como una tangente en agonía,
toqué el acuoso círculo de las ondas
despeñables;
y lleno de pavor,
como quien ve resucitar
a sus muertos olvidados,
sentí el hambre de conocer
la lejanía eterna.
Se romperá el espejo
de mi vigilia,
y no reflejará mis carnes
en la florida tierra.
Pero hay que morirse con las uñas largas
para poder cogerse del recuerdo.
He allí la más pura forma de resurrección.
Heme aquí creando la inmensidad de Dios
a imagen y semejanza de la muerte.

14
Canción de los amantes muertos

Canción de los amantes muertos,


canción de las palabras secas;
malhaya el sol que iluminó sus besos,
malhaya sus pupilas arrugadas.

Por amor se miraron,


por amor se mataron.
Nadie los vio ponerse
la muerte como un traje;
pero vieron sus carnes
yaciendo derribadas.
Al fondo de sus ojos
nadie vio llamaradas;
nadie vio las ventanas
del silencio temblando;
pero vieron sus carnes
yaciendo despeinadas.

Canción de los amantes muertos,


canción de los claveles rotos;
malhaya el sol que iluminó sus besos,
malhaya las palabras desbocadas,
y malhaya sus carnes yaciendo derramadas.

15
Fuego fatuo

Es el instante de morir.
Ahora,
cuando la noche desmadeja
constelado
rocío de silencio;
cuando se me acurruca el esqueleto
al fondo de la médula,
hecho un feto fosforescente
y asustado,
es el instante de morir:
de morirse tan profundamente,
como si caravanas de cirios
agonizantes
pudieran aparecer en los ojos
y cantar:
“Es la luz, es la luz, es la única luz”

16
Esta rosa negra

Esta muerte,
esta rosa negra,
llenándome de párpados el cuerpo
porque se cierre como un caracol,
¿Es el luminoso signo de un mañana invisible?
¿Es la señal del alma
apagada
por el bostezo de la muerte?
Porque la muerte tiene lengua
de camaleón,
para cazarnos como a insectos
en vuelo.
Pero a mis palabras les crecerán
alas intemporales;
a los besos desbocados
que coloqué

17
en unos labios dulces,
les brotarán cascos para cabalgar
más allá del exterminio.
Alguien guardará mis sollozos
en el cofre del oído.
Esta muerte,
esta rosa negra:
a mí te debes;
y agradéceme,
que cuando yo comience a morir
tú estarás naciendo.

18
Fábula nocturna

Fíjense que murió la noche, fijensé,


por volar de teja en teja, fijensé;
que se cayó a la vereda, fijensé,
como gato negro muerto, fijensé.

La taparon con diarios negros, fijensé,


con plumas de ángel alquitranado, fijensé,
con negra sangre de carboneros, fijensé,
y con tinieblas llenas de ojeras, fijensé.

Después llegaron curas negros


y se ofrecieron a enterrarla,
después llegaron los caníbales
y se ofrecieron a enterrarla;
los curas negros, donde fuera,
mas los caníbales en la panza.

Fíjense que murió la noche, fijensé;


se cayó como los mudos, fijensé;
que no pueden sepultarla, fijensé,
no hay ataúd para ella, fijensé.

19
Después volvieron esos curas
con un paquete de beatas,
y me metieron en la boca
la noche toda hasta mi alma,
como una hostia ennegrecida
por el negror de las sotanas.

Fíjense que ellos hallaron, fijensé,


ataúd para la noche, fijensé:
me la metieron al alma, fijensé;
fíjense que murió la noche, fijensé
y la metieron en mi alma: ¡fijensé!

20
Cuadrilátero

A los que vengan a golpearse,


sin conocerse, sin odiarse,
el cuadrilátero ya espera.

A los que vengan a golpearse,


sin conocerse, sin odiarse.

Blanco con blanco frente a frente,


negro con negro frente a frente;
y blanco y negro, y negro y blanco,
danzan la danza de la muerte.
Pégale, pégale en la cara,
pégale, pégale en la m ente.. .
Con sangre negra o sangre blanca
se embriagarán igual las gentes.

21
Dale más fuerte sobre el tórax,
dale más duro sobre el vientre.. .
Bailen al son de los aplausos,
bailen la danza de la muerte.

A los que vengan a golpearse,


sin conocerse, sin odiarse,
el cuadrilátero ya espera.

A los que vengan a golpearse,


sin conocerse, sin odiarse.

22
Reencarnación de los carniceros

“Y salió otro caballo, rojo: y al que


estaba sentado sobre éste, le fue dado
quitar de la tierra la paz, y hacer que
los hombres se matasen unos a otros...”
San J uan . Apocalipsis.

Y vi que los carniceros, al tercer día,


al tercer día de la tercera noche,
comenzaban a florecer en los cementerios,
como brumosos lirios o como liqúenes,

Y vi que los carniceros, al tercer día,


llenos de cuervos, que eran ellos mismos,
volaban persiguiéndose, persiguiéndose,
constelados de azufres fosforescentes.

Y vi que los carniceros, al tercer día,


rojos como una sangre avergonzada,
jugaban con siete dados hechos de fuego,
pétreos, como los dientes del silencio.

23
Y vi que los “perdedores”, al tercer día,
se reencarnaban en toros, cerdos o carneros,
y vegetaban como animales en la tierra,
para ser carne de las carnicerías.

Y vi que los carniceros, al tercer día,


se están matando entre ellos perpetuamente.
Tened cuidado, señores los carniceros,
con los terceros días de las terceras noches.

24
Letanía para un poeta difunto

A Oscar Castro

Ahora o un primero de Noviembre,


me recuerdo de tu infinita muerte:
de tu mortaja, poncho y arcoiris,
tan tejida con nieblas por la muerte,
de los llampos sangrando sobre el tiempo,
cobre y nidos de nieve por tu muerte,
de las cavernas de tu pensamiento,
pintarrajeadas negras por la muerte,
de tu sombra comida por la luna,
como engullen las Artes a la muerte,
de tus palabras nunca entumecidas
derramándose fuera de la muerte,

25
de la tuberculosis llena de alas,
como aleteando en cuervo hacia la muerte,
de la hierba que invade tus ojeras,
como pestañas puestas por la muerte,
de tu altísima luz de sangre y sueño
constelando las cumbres de la muerte,
de tu resurreción en mi marea,
como surgen las almas de la muerte;
las verdaderas almas, de la muerte;
las poéticas almas, de la muerte.

26
Fábula del lenocinio

Ahorcaron a una prostituta,


con volutas
de humo negro, triste y sospechoso.

Cuatro besos de cera


eran las velas,
con que adornaban todos
el ataúd.
Unos lloraban vino,
otros bebían
charcos de virgen muerta
a su salud.

Cuelga en la cabecera
como una pierna,
cuelga como campana
ya sin sonido,
cuelga como un lamento
desvanecido,

27
cuelga como una colcha
tapando lirios;
cuelga en manos de monja
rosario negro,
cuelgan en la plazuela
niño y columpio;
todo cuelga esta noche,
cuelga la muerte,
cuelga la prostituta
de la humareda.

Ahorcaron a una prostituta,


con volutas
de humo negro, triste y sospechoso.
Y está en silencio colgando,
para allá
para acá,
para allá,
¡y para acá!

28
Egloga fúnebre

Las ocho han dado y sereno,


las nueve cinco y soñando;
muriendo, las diez un cuarto,
la medianoche, llorando.

¡Dónde está el sol, dónde el agua,


dónde el pastor y su piño!
La muerte cortaba rosas:
duerma en paz, que cortó un niño.
Mire como llora el guaina,

29
mire a la china, amarilla,
mire el guitarrón sin lengua.
Un ángel sobre una silla.
Déjese de zancadillas,
a Usted, muerte, se lo digo:
ya no le importa ni un higo
destrozarnos las rodillas.. .
El niño de las ovejas
que quiso cantarle a Dios,
se nos voló en una cueca:
su nicho es un guitarrón.
Qué dulce el pastor escrito
por la pluma de la muerte:
en unos escribe suave
y en otros la entierra fuerte.

Las ocho han dado y sonando,


las nueve cinco rompiendo;
callando las diez un cuarto,
la medianoche naciendo;
la muerte han dado y llorando,
la muerte en punto y lloviendo.

30
Danza de la muerte

Gota
a
gota
mamando los senos de la muerte,
en una leche extraña
de ritmo y de ceniza.
¡De adonde tanta muerte!
¡De adonde saco tanta muerte y la masco
¡Por qué entre mis cabellos
como gatos quemados
en los gritos tremendos espaciales!
¿Estos ojos con que amo
la tornan en imagen?
¿Estas manos que besan
la tapan de silencio y la elevan
como leche caliente hasta morirse?
Pero los bailadores.. .
los bailadores danzan escondidos
de sus sexos crujientes,

31
y crecen en la noche igual que espuma
de tinieblas gomosas.
Los besadores muertos en la boca,
se entregan a la lucha
con deshielos de risas,
y van surgiendo apenas escondidos
detrás de sus deseos;
los bailadores y los besadores,
muertos como una chicha ya bebida...
Y tanta y tanta muerte,
tanta muerte que bailan y qué tanta,
con ritmo y ritmo entréganse a la danza,
con ritmo y tanto ritmo que se mueven,
los bailadores y los besadores,
moviéndose con ritmo y tanto ritmo,
con tanta muerte y muerte que se mueren.
Pero yo caigo en ellos,
igual como paloma madurada,
del árbol del espacio;
mezclándome a los vahos que se fugan
de mi greda sangrante;
tapiándome la muerte
con todos sus cementos.
Corteza de mi cuerpo,
mi voz se evade en ti,
mi agua se va de ti,
mi alma se va de ti.
Hoy me pesqué una soledad tremenda
y los caballos de la muerte cruzan.

32
II

“Matando, muerte en vida la has trocado”


San J uan de la Cruz
Elevación de la amada

“¿Qué es el Hombre, para que de él tengáis me-


[moría?”
Para que de ella tengáis olvidos, ¿qué es la muerte?
¿Los dioses, qué son, para que de ellos cojáis an­
gustias?
¿Qué es la Amada, para que tengáis de ella insom-
[nios?

¿Cuál silencio puede ser más hondo?


¿El que aureola las llagas de la Nada,
o el que fulge después de Sus sollozos
como una lámpara invisible?

Dulce es la aurora de las madreselvas;


dulce es;
dulce es el beso de la Amada;
dulce es.
Cuán dulce eres tú, oh más vasta que las llanuras del
[vacío
donde acudo a pastar cielos
trocado en belfo de antiguo vellocino.

35
Si los descoloridos resplandores del huso enhebran
las cuencas del aire pétreo,
remotos alquimistas multiplican los panes de la
[muerte
en Infiernos y Cielos;
mas tú, oh intacta, arrobadora como el temblor
de los párpados que retienen
los amorosos llantos,
perpetuamente alientas con iguales resinas
escondiendo silencios en tu alcancía húmeda.
¿Quién eres tú, quién eres tú, oh hurtadora de mi
[agónico sueño,
para que de ti yo tenga amores?

Para beber tu imagen,


he allí los labios entrabiertos del agua.
Así los aires vulnerados nutriéndose de flechas vivas.
Para beber tu alma, he aquí mi corazón cortado
por el filo de la noche.
Así los gitanos que se roban las trenzas
del crepúsculo,
para adornar sus fuentes de sol y cobre.

¡Quién eres tú, quién eres tú, oh incandescida


por los musgos del tiempo,
para que de ti yo tenga muertes!

36

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