Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
¿Sabes en cuánto tiempo se puede arruinar la vida de una
persona? En dos segundos, lo que se tarda en compartir
una foto por WhatsApp.
Tú lo sabes, te han dado charlas sobre cyberbullying, a ti
nunca te pasaría, ya estamos con los rollos de siempre ¿ver-
dad? Eso es lo mismo que pensó Glauca. ¿Qué podía pasar
si le mandaba una foto a su novio si se querían mucho? Lo
que no sabía era que su novio se la pasaría a Andrea. Y An-
drea, que la odia con toda su alma, la compartiría con más
gente y la subiría a inter net para convertirla en el hazme-
rreír de todos.
Y en inter net, tu vida deja de ser tuya al instante. Pero An-
drea no contaba con que, cuando Glauca estaba a punto
de tirar la toalla, alguien no se cansaría de luchar por ella…
y le ofrecería un paraguas azul.
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Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
Para mi hija Nuria,
por ser la luz que ilumina mi vida.
Para Alberto Muñoz, porque pedir ayuda
es siempre el paso más difícil, y tú lo lograste.
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Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
Hace poco más de un año que tuve la suerte de leer esta
novela.
Y digo suerte, aunque con la boca pequeña, porque por
desgracia el tema que toca Elena es delicado y son muchos
quienes sufren cyberbullying. Este es un asunto que siem-
pre, siempre, se tiene y se debe denunciar, sean cuales
sean las amenazas que se reciban, porque como muy pron-
to descubriréis en estas páginas, bastan muy pocos minu-
tos para que tu vida dé un giro de ciento ochenta grados y
lo ponga todo patas arriba. Nadie está libre de sufrir acoso
escolar, aunque estemos convencidos de que a nosotros no
nos va a tocar. Lamento deciros que en cualquier momento
podemos caer en la trampa de un acosador. Creedme si os
digo que siempre se puede salir de un acoso, que la solu-
ción siempre está en denunciar y en buscar ayuda, porque
este tema está penado por la ley.
Lo primero que me sorprendió desde el inicio de la lec-
tura fue la fuerza que tenía Glauca, una protagonista real,
una chica que siempre resulta cercana, tanto que podría ser
nuestra mejor amiga. Porque Elena ha tenido la virtud de
crear un personaje con corazón, pero sobre todo le ha
aportado la ter nura necesaria para que queramos proteger-
la cuando más lo necesita.
Esta es la historia de Glauca, un personaje de ficción,
aunque bien podría haber sido uno de los cientos de casos
que suceden todos los años en España, algunos, por des-
gracia, con final trágico. Para que un personaje protagonis-
ta brille como toca, los secundarios tienen que aportar ri-
queza a la historia y han de dejarle el espacio suficiente pa-
ra que se desarrolle en todo su esplendor. Y Glauca brilla
desde el primer momento; ella sola podría muy bien defen-
der la novela. Aun así, Bajo el paraguas azul tiene unos se-
cundarios de lujo, aunque yo me quedaría sin lugar a dudas
con Alberto, un personaje que sabe bien lo que es amar,
como también sabe lo que es sufrir por no ser correspondi-
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Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
do. Alberto sería ese amigo que todas desearíamos tener
cuando caemos, esa mano que se nos tiende cuando cree-
mos que no podemos dejar de caer en un pozo profundo y
sin fondo. Alberto muestra desde el inicio una generosidad
que desborda, y os aseguro que os enamorará. Yo caí ren-
dida en sus redes.
Solo me queda recomendar esta historia una y mil ve-
ces, y cuando la leáis, la compartáis con vuestras amista-
des. Espero que acompañéis a Glauca en este viaje hacia la
madurez, que le deis la mano y que esta novela os emocio-
ne como lo hizo en su día conmigo. A Elena Martínez Blan-
co le diría que confiara en esta historia, en Glauca, que ya
no es solo suya, ahora es de todos, porque cuando algo se
escribe desde el corazón, nos llega de la misma manera.
Ahora hay que dejarla que camine y que encuentre a mu-
chos lectores, que estoy segura que serán muchos. Sin du-
da os emocionará y llorareis con el alma.
Anabel Botella
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Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
Un rayo de luz se coló por la persiana, deslizándose con
suavidad, como temiendo despertarla, por la mejilla de la
aún dor mida Glauca. Restos de maquillaje enmarcaban sus
ojos.
Había llegado demasiado cansada la noche anterior co-
mo para preocuparse por si se había desmaquillado bien o
no. Esos mismos restos fueron vistos como la prueba del
delito por su madre. Lucía había pasado a la habitación pa-
ra airearla apenas unos segundos antes, sorprendiéndose
de encontrar a su hija aún dor mida cuando debería estar en
el instituto.
—¡Glauca! ¿Se puede saber qué haces todavía en la ca-
ma? ¿Qué es este olor a tabaco? ¿Y tus ojos? ¡Tienes ma-
quillaje!
—Mamá nooooooooo —contestó Glauca poniéndose la
almohada sobre la cara para no ver la luz del sol y maldi-
ciendo la hora en que acompañó a Sergio a fumar a la calle
el día anterior. Se le había pegado el olor a la ropa.
—A mí no me vengas con gruñidos, ¿eh, niña? ¡A levan-
tarte, gandula! —contestó Lucía enfadada, echando para
atrás el edredón nórdico que cubría a Glauca. Al hacer es-
to, el cuerpo vestido con la ropa con la que salió la noche
anterior quedó al descubierto.
—¿Pero qué…?
—¡Mamá! ¡Déjame en paz! Ahora me levanto y voy al
instituto, por dios, ¡ya no puede una ni descansar tranquila!
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Bajo el paraguas azul Elena Martínez Blanco
—gritó Glauca volviendo a taparse malhumorada.
—¡Tú a mí no me levantas la voz! ¿Me oyes? Mientras vi-
vas en mi casa, harás las cosas como yo te diga. ¿Se puede
saber por qué estás dur miendo con ropa de calle y con res-
tos de maquillaje? ¿Volviste a salir ayer y el imbécil de tu
padre te lo per mitió? ¡Se va a enterar este! ¡Qué cruz de
hombre, dios mío, inútil hasta para cuidar de su hija adoles-
cente! ¡Manuel!
¡Manuel! —Lucía abandonó la habitación, gritando en
busca de su marido.
Los padres de Glauca estaban a punto de divorciarse y,
desde que empezaron los trámites, la vida en casa había si-
do un verdadero infierno. Peleas, gritos, llantos… y en me-
dio de todo eso estaba ella. ¿Cómo habían llegado sus pa-
dres a esa situación? Recordaba lo mucho que se querían
cuando era pequeña. O quizá lo había idealizado todo en
su mente infantil.
Lo que sí recordaba con exactitud fue el día en que en-
contró a su padre llorando tirado en el suelo de su habita-
ción porque su madre le había pedido el divorcio. Nunca
había visto llorar a su padre, a su madre algunas veces, pe-
ro a su padre no, y no podía olvidar esa sensación de des-
concierto que la invadió al ver al hombre de la casa, al que
se suponía que llevaba las riendas de la familia según el pa-
trón tradicional, completamente perdido.
Glauca no sabía los motivos exactos para que su madre
hubiese pedido el divorcio, pero desde entonces apenas
les veía juntos:
Lucía había solicitado en el hospital en el que trabajaba
un cambio de turno para no tener que coincidir en casa con
su marido, aunque eso significase que durante la semana
tampoco vería a su hija mucho.
Glauca iba a uno de los institutos de Tres Cantos, el IES
Er nesto Gutiérrez, estaba en 3.º de la ESO y pensaba que
el tiempo no pasaba lo suficientemente rápido. Era muy
buena estudiante, pero estaba deseando poder ter minar el
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instituto para empezar la vida universitaria, que ella ideali-
zaba como un mundo de libertad que le per mitiría vivir ale-
jada de su familia. Aunque todavía no sabía lo que quería
hacer con su vida, tenía muy claro que necesitaba largarse
de esa casa cuanto antes.
Cuando decidió que su madre estaba lo bastante ocu-
pada gritando a su padre como para ocuparse de ella, se
levantó de la cama y se dirigió al baño. Entró con los pár-
pados semicerrados porque la luz seguía molestándola y,
cuando por fin los abrió frente al espejo para lavarse la ca-
ra, observó su aspecto desastroso y no pudo evitar soltar
una carcajada. ¿Qué más daba que su madre se enfadase?
La noche anterior había sido genial y nada podría hacer
que lo olvidase.
Glauca llevaba enamorada de Sergio desde que entró
en el instituto. Siempre había sido su amor platónico por-
que, con lo poco que se apreciaba ella físicamente, nunca
albergó ninguna esperanza que le hiciese pensar que ten-
dría una oportunidad con él. Según pasaban los años había
visto a Sergio salir con muchas chicas, pero todas eran gua-
písimas, casi siempre rubias, delgadas y vestidas a la últi-
ma. Ella, por el contrario, tenía unos kilos de más (lo que su
madre no se cansaba de recriminarle a la mínima oportuni-
dad), tenía el pelo como una escarola y llevaba gafas de
pasta pasadas de moda. No es que fuese precisamente al-
guien que supiese coordinar bien los colores, por lo que la
apariencia de su ropa era siempre un poco estrafalaria ti-
rando a anticuada, ya que, de nuevo, su madre era la que
se metía en lo que se compraba y lo que no y, por no discu-
tir, siempre acababa cediendo y elegía lo que ella quería.
Todavía no sabía a ciencia cierta qué había cambiado
para que Sergio se acercase a ella para ser algo más que
amigos. ¡Había soñado con ello tantas veces! ¿Sería quizá
el nuevo corte de pelo que se había hecho, dejando más
corta la parte de atrás para que se le viese la nuca? ¿Quizá
empezaban a llevarse las camisolas largas que disimulaban
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sus for mas? Daba igual cuál fuese el motivo, ella se sentía
en las nubes y no quería pararse a pensar el porqué.
Sergio empezó a llamarla por las noches para encontrar-
se a solas en el parque o para acudir a un pub. Ella tenía
ter minantemente prohibido salir entre semana, pero sabía
que su padre no se enteraría si salía, porque al trabajar des-
de casa vivía pegado a su portátil, por lo que se escabullía
para encontrarse con Sergio.
Poco a poco fue cambiando su modo de vestir, se ponía
ropa que antes nunca se habría puesto, como minifaldas y
camisetas ajustadas. En el fondo sabía que ella no era así,
pero enterraba esa molesta voz que le gritaba que fuese
ella misma porque creía que así Sergio estaría más conten-
to.
La última noche que salieron, Sergio le hizo una extraña
petición: como ella se negaba aún a dar el paso de tener
relaciones sexuales, él le pidió que le enviase una foto suya
sexi para poder disfrutar de ella cuando estuviese solo, así
se imaginaría todas las cosas que harían cuando estuviese
preparada.
Al principio le pareció un poco extraño e intentó esca-
quearse porque le daba miedo dónde podía ir a parar esa
foto, pero acabó cediendo y le prometió que se la manda-
ría. Total, Sergio era su novio, ¿qué podía salir mal?
Cuando su madre la despertó de for ma tan brusca se
molestó muchísimo, pero pronto olvidó el enfado porque
tenía una misión: fotografiarse para Sergio. Decidió poner-
se la ropa interior más sexi que tenía, si es que podía lla-
mársele así al conjunto negro que se compró a escondidas
de su madre por inter net. No es que fuese precioso, pero
por lo menos le quedaba bien. Practicó varias posturas de-
lante del espejo y, cuando estuvo lista, se hizo varios sel-
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fies hasta dar con el que más le gustaba. Sin concederse
tiempo para pensar, lo envió para no arrepentirse. Ya esta-
ba lista para ir a clase, seguro que Sergio la recibiría con
una enor me sonrisa al verla.
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Mientras Fer nando, el profesor de matemáticas, explicaba
un problema en la pizarra sobre un autobús, Sergio sacaba
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su móvil para enviarle por WhatsApp a Andrea una foto
de Glauca que acababa de recibir. Andrea no pudo reprimir
la risa al verla, lo que hizo que el profesor se diese la vuelta
y les pidiese explicaciones.
—¿Se puede saber qué tiene tanta gracia, Sergio y An-
drea?
—Nada, Fer nando, que me he acordado de un chiste y
no he podido remediar contárselo a Andrea, perdona —
contestó Sergio intentando quitarle importancia al asunto.
—Está bien, para que vuelvas a la clase en vez de estar
en lo que no tienes que estar, creo que deberías salir y ex-
plicar nos a todos cómo continúa esta corrección.
Sergio salió a la pizarra y ter minó el problema ante la
mirada de desconfianza del profesor, que estaba seguro de
que le había visto guardar algo en el estuche mientras se
daba la vuelta, aunque no había podido pillarlo a tiempo.
Para cerciorarse de que no se le escapaba, Fer nando se pu-
so a andar entre los pupitres mientras dictaba el siguiente
problema que tenían que resolver, chocando «casualmen-
te» con la mesa de Sergio al pasar junto a él y haciendo
que el estuche cayese al suelo. El profesor se agachó para
cogerlo y fue entonces cuando vio el móvil dentro.
—Así que un chiste, Sergio. Muy bien, haz el favor de
enseñar me lo que estabas mirando cuando Andrea se ha
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reído.
—No, en serio, si era una tontería, una broma de esas
que mandan por el WhatsApp… —Intentó escaquearse
Sergio.
—Me parece perfecto, aun así, quiero verla, por favor,
enséñamela o tendré que llamar al jefe de estudios para
que le expliques por qué tienes un móvil encendido en cla-
se cuando sabes que está prohibido.
—No creo que sea un buen momento para ver la foto
ahora…
—¿Sergio? —insistió el profesor enarcando una ceja.
—Verá es que… bueno, la verdad es… en fin… no pue-
do enseñársela —contestó Sergio agachando la cabeza.
Llegado a ese punto, Fer nando cogió el móvil de la ma-
no de Sergio antes de que este pudiese reaccionar y le dio
al botón de encendido, esperando que no estuviese prote-
gido por una contraseña.
—¿Pero qué…? —Fer nando no pudo continuar, sor-
prendido como estaba al ver la foto que apareció en la
pantalla—. Sergio, por favor, acompáñame a Jefatura de
Estudios, esto ahora mismo escapa de mis manos. Los de-
más, por favor, seguid con los problemas, vuelvo ensegui-
da.
En cuanto profesor y alumno salieron por la puerta, toda
la clase se volvió hacia Andrea para preguntar de qué iba
todo eso.
Andrea, con una mirada triunfal, sacó su móvil y, sin nin-
gún tipo de reparo, les enseñó a todos la foto que le había
reenviado Sergio. ¿Qué había de malo en ello? Así compar-
tían unas risas gracias a la empollona de la clase, esa a la
que no podía soportar.
Cuando había pasado media hora tocó la campana sin
que el profesor hubiese regresado, anunciando el cambio
de clase.
Tocaba naturales con Amaya, que además de ser su tu-
tora era la profesora favorita de todos por lo simpática que
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era. Al entrar en clase pidió silencio y les preguntó por qué
estaban las cosas de Fer nando en la mesa del profesor si él
no estaba y los asientos de Sergio y Glauca vacíos. Nadie
dijo nada, por lo que Amaya se olió que algo grave había
pasado y salió para la sala de profesores a llevarle sus cosas
a Fer nando y preguntar qué ocurría.
—Ay hija, qué exagerada eres, seguro que no es tan
grave —le contestó Dolores, la profesora de Sociales, qui-
tándole importancia al asunto.
—Bueno, creo que no es muy nor mal que un compañe-
ro deje sus cosas en una clase y no estén dos de los alum-
nos, pero seguro que tienes razón y no es nada —replicó
Amaya, molesta por el tono con el que Dolores le había
contestado. Por lo general, todos los profesores del claus-
tro se llevaban bien, pero había algunos que intentaban
quedar por encima de los demás, y este era el caso de Do-
lores, una profesora con veinticinco años de carrera a sus
espaldas que solía tratar a sus compañeros con desprecio y
altanería pensando que sus años de experiencia ♡ valían
más que cualquier otra cosa que pudiesen aportar los de-
más.
Ante la falta de respuesta por parte del resto de los
compañeros que estaban en la sala de profesores, Amaya
regresó a la clase.
Estaba inquieta, puesto que no era propio de Fer nando
abandonar una clase así. Según se iba acercando por el pa-
sillo, le pareció oír un escándalo en la clase. Pensó que los
alumnos habían aprovechado su ausencia para liarla, como
solían hacer cuando faltaba algún profesor, pero nunca es-
peró encontrar lo que vio a su llegada.
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—Se lo vuelvo a repetir, Sergio, a mí no me toma usted
más el pelo. Dígame cómo ha llegado la foto de esta alum-
na a su poder y qué hacía mostrándola en clase.
—¿Pero por qué no cree que me la haya mandado ella?
Es que no lo entiendo. Fue así, yo solo estaba enseñándo-
sela a mi novia Andrea.
—¿Y por qué iba Glauca a enviarle una fotografía prácti-
camente desnuda a usted si Andrea es su novia?
—Bueno es que… la verdad es que como Glauca ha es-
tado saliendo también conmigo, supongo que es nor mal
que me haya mandado esa foto, ¿no?
—¿Sabía Glauca que usted tenía novia? ¿Conocía el he-
cho de que estaba saliendo con dos chicas a la vez?
—No, la verdad es que no lo sabía, de hecho iba a cor-
tar con ella hoy mismo para que no hubiese malentendi-
dos, pero entonces me envió esa foto y mi novia Andrea la
vio… ¿Sabe el lío en el que me ha metido Glauca?
—¿Que si sé el lío en el que le ha metido? Más bien,
¿es usted consciente de que si esa foto llega a distribuirse
sin per miso de Glauca estaría usted infringiendo la ley y
que eso está castigado?
No tendrá intención de pasársela a nadie, ¿verdad?
Sergio agachó la cabeza sin responder. No pensaba de-
cirle la verdad al jefe de estudios, tendría que inventarse al-
go. ¿Cómo decirle que todo había sido idea de Andrea pa-
ra comprobar si realmente estaba dispuesto a hacer lo que
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fuese por ella? Al principio pensó en negarse a hacerlo, al
fin y al cabo Glauca le caía bien y sabía que llevaba colada
por él desde 1.º de la ESO, pero total, conseguir una foto
suya y enseñársela a Andrea valía la pena con tal de estar
con ella. ¿Qué daño podía hacerle a Glauca aparte de rom-
perle el corazón un poquito?
—No, no, no se preocupe, si yo no se la he mandado a
nadie.
Mire, la borro ahora mismo para que vea que no pienso
hacer nada con ella —dijo rápidamente Sergio borrando la
fotografía del móvil. Quizá, después de todo, si su futuro
estaba en peligro, no había sido tan buena idea hacerla.
Tendría que hablar con Andrea.
—Bien, me alegro de que haya tomado esa decisión.
Como comprenderá, tengo que llamar a Glauca para infor-
marle de eso. Cuando vaya a clase, dígale que se pase por
mi despacho, por favor. En cuanto a usted, ya que asegura
que no envió la foto a nadie más, su castigo por tenencia
de móvil encendido en clase será la expulsión de un día del
instituto, que será el día de hoy. Recoja sus cosas, por favor.
—Sí, señor, lo entiendo. Esto, por cierto, Glauca no ha
llegado todavía al instituto, no sé qué le habrá pasado —
contestó Sergio, aunque se imaginaba que tras la juerga de
la noche anterior, se habría quedado dor mida.
—Bien, salga y que no se vuelva a repetir.
Cuando Sergio salió del despacho, Fer nando se dirigió
al jefe de estudios preocupado.
—Teodosio, a mí esto me huele muy mal…
—No, hombre, es una chiquillada, están en plena ado-
lescencia, las hor monas, ya sabes…
—No sé, yo creo que deberíamos vigilarlos por si esto
trae repercusiones para Glauca.
—¿Qué repercusiones va a tener? Igual hasta ahora la
hace popular, no le vendría mal un poco de atención para
su autoestima, con lo gordita que está…
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—¡Pero Teodosio…! —En ese momento, Fer nando se
dio cuenta de que no merecía la pena seguir hablando con
alguien que no quería abrir los ojos. No era la primera vez
que se topaba en su carrera como docente con un jefe de
estudios que hacía oídos sordos a los problemas de sus es-
tudiantes para ahorrarse papeleos y complicaciones. Mien-
tras no hubiese peleas y agresiones físicas, Teodosio no se
involucraba nunca en la vida del alumnado. ¿Para qué estar
tan encima de ellos? Hacían las tonterías propias de su
edad, tampoco había que preocuparse tanto. No le mere-
cía la pena involucrarse en chiquilladas ahora que estaba a
punto de jubilarse, ya empezaban a ser mayorcitos para so-
lucionar sus problemas entre ellos.
Fer nando abandonó el despacho cabizbajo, preguntán-
dose qué consecuencias tendría lo ocurrido para Glauca.
Estaba seguro, por haberlo vivido antes en otro centro, de
que todo eso acabaría muy mal…
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FIN DEL FRAGMENTO
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