Cuando el taxi se acercó un poco más, Somerset divisó a dos agentes
uniformados
que mantenían a raya a los mirones mientras dos enfermeros permanecían
inclinados
sobre un cuerpo que yacía sobre la acera. Somerset alcanzó a ver el rostro
ensangrentado del cuerpo y se preguntó por qué no le proporcionaban
oxígeno si
todavía estaba vivo. Se sintió tentado de salir y ayudar, pero se contuvo antes
de
ordenar al taxista que parara, recordándose a sí mismo que la policía ya había
llegado
y que él no era el único detective de Homicidios de la ciudad. Además, aquél
ni
siquiera era su distrito.
La gente encargada del caso era quien debía ocuparse del asunto. No era su
problema. O al menos no lo sería a partir de la semana siguiente.
El taxista tocó el claxon al ver que el coche que iba delante no atravesaba el
cruce
tal como él quería.
—¡Joder! —espetó, al tiempo que asestaba un puñetazo al volante.
Somerset intentó mirarlo a los ojos por el espejo retrovisor.
—¿Es que no le importa? —preguntó haciendo una seña en dirección al
cuerpo
que yacía sobre la acera.
—Pues claro que me importa —replicó el taxista—. Estoy perdiendo dinero
aquí
parado en este puto atasco.
A Somerset no se le ocurrió ninguna respuesta.
En el cruce siguiente de repente se inició una pelea junto al bordillo; dos
hombres
de veintitantos años se vapuleaban mientras a su alrededor una multitud los
animaba,
abucheándolos y gritando. En aquel momento llegó un coche patrulla, se
subió a la
acera y dos agentes bajaron de un salto. Uno de ellos intentó detener la pelea
mientras
el otro se esforzaba en dispersar a la multitud sedienta de sangre. Ninguno de
los dos
parecía tener demasiado éxito.
Somerset puso la mano en el picaporte, listo para saltar del taxi y acudir en
auxilio de los agentes, pero de repente el taxista pisó a fondo el acelerador y
dejó a un
lado a los mirones que entorpecían el tráfico, hasta situarse en el carril
contrario.
—Chalados de mierda —espetó.
Cuando el taxista volvió por fin al carril derecho, Somerset exhaló un
profundo
suspiro, se recostó en el asiento y cerró los ojos para no tener que ver cada
una de las
asquerosas marquesinas de los cines porno y cada cartel fluorescente de los
sexshops.
—¿Adónde me ha dicho que iba? —preguntó el taxista.
—Muy lejos de aquí —repuso Somerset abriendo los ojos.
Sí —pensó—. Muy lejos de aquí…
El metrónomo estaba perdiendo la batalla contra la alarma del coche, que lo
empujaba de regreso a la realidad.
Somerset contempló el brazo oscilante con el ceño fruncido, lo miró con
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