Instituto Superior de Formación Docente N° 83.
Trabajo final
E.D.I
Violencia política
como estrategia de poder:
conflictos y resistencias.
Profesor: Accinelli Rubén
Alumna: Ifran Laura Eugenia.
Curso: 4°GH
Año de Cursada: 2024
Año de Presentación: 2025
El golpe cívico militar liderado por Eduardo Lonardi en septiembre de 1955,
autodenominado Revolución Libertadora, puso final a la experiencia peronista, pero dio
paso a una etapa de inestabilidad institucional signada por el predominio de los militares
como factor de poder. Los partidos políticos atravesaron una crisis y ninguna de las
fuerzas que se disputaban el poder logró imponerse. Se origino la llamada resistencia,
ante el rol los militares y el protagonismo obrero, lo que fragmentó la sociedad y la
política argentina en torno al problema peronista.
El periodo iniciado en 1955 minimizó la importancia de la democracia para resolver los
problemas políticos y aumentó el interés de los militares en asegurar la seguridad
nacional. Simultáneamente, comenzó un ciclo de violencia política que se intensificó
durante la Dictadura Militar (1976-1983).
La problemática de la violencia asociada con el poder político se sostiene en una
relación causal entre la represión del estado, que se inició como un combate contra la
corrupción, y el autoritarismo del gobierno peronista y la violencia revolucionaria que
emergió como respuesta a las tensiones generadas por la proscripción peronista. La
misma da forma al ambiente de violencia política predominante, así como a las
tensiones partidarias, entre grupos políticos y militares, y al papel que jugaron las
organizaciones armadas de principios de los sesenta y sus conexiones con la dirigencia
gremial y la militancia peronista.
En el marco de la década del sesenta, en un contexto internacional convulsionado por
los avances de distintos procesos revolucionarios que representaban la lucha contra las
dictaduras y las demandas de una distribución equitativa del ingreso, emergió en el país
un proceso de movilización masiva, liderado por el movimiento obrero y la juventud. La
juventud se destacó como un grupo social singular, desafiando las estructuras
tradicionales y promoviendo mayores libertades y derechos civiles, orientándose hacia
la idea de una revolución necesaria impulsada por fuerzas inevitables. Claudia Gilman
denomina época al bloque que en América Latina comienza con el triunfo de la
Revolución Cubana y termina con el inicio de las dictaduras que surgieron tras el golpe
en Chile el 11 de septiembre de 1973, destacando que este intervalo tiene una densidad
histórica particular y fronteras más o menos definidas que lo caracterizan como una
entidad temporal conceptual por sí misma. Es un período en el que la autora identifica
una estructura común de sentimientos, entendida como el ámbito de lo que se podía
expresar públicamente durante ese tiempo: la percepción extendida de un cambio
inevitable y anhelado en la política, las instituciones, el arte y la subjetividad, así como
la creencia de escritores y artistas de que tienen un papel que desempeñar en ese
proceso y la certeza de que están destinados a contribuir en dicho proceso. Se expandió
un discurso intelectual progresista y de izquierda que planteaba la necesidad de un
cambio radical y necesario. Ser parte de la izquierda se volvió un aspecto fundamental
para la legitimidad en la práctica intelectual. La convicción de que el socialismo iba a
llegar de forma inevitable iba asociada a la noción de que éste, y no el capitalismo,
representaba la auténtica racionalidad histórica.
Un periodo que se puede definir por la presencia de fuerzas sociales y/o políticas que
hacen evidente su rechazo hacia ciertos modelos de gobernabilidad, hacia los sistemas
económicos establecidos y hacia los valores de vida predominantes. Bajo este contexto
se definen claramente los sujetos sociales, políticos e ideológicos de la protesta, la
revuelta y la oposición, se encuentran la clase trabajadora, los campesinos y los
estudiantes, quienes emergen desde un enfoque completamente renovador. Los
estudiantes intentarán transformar la sociedad desde su papel protagónico. Aparece la
idea de generación, de juventud con una subjetividad renovada, que posee sus propias
razones, valores, significados históricos y culturales.
La revolución cubana despertó en América Latina las ideas fundamentales sobre las
cuales se construyó un mismo sentimiento: Se manifiesta la inevitabilidad de la
revolución en todo el mundo y en todos los órdenes. “La violencia adquirió un estatuto
central en la vida política de la militancia y la intelectualidad de izquierda” La
cohesión de los años sesenta y setenta está dada por la idea de revolución, idea
generalizada por un cambio radical e inminente en todos los órdenes de la vida. Un
fenómeno de imparable de ascenso en la participación política de las masas.
Se formaron y fortalecieron nuevos grupos gremiales, políticos y sociales que dirigieron
la militancia de un creciente número de jóvenes de diversas clases sociales, reflejo del
ambiente político de esa época. De este modo, dispersas en diferentes grupos y ámbitos,
con signos político-ideológicos igualmente diversos, surgió una especie de cultura de la
militancia, de lucha. Esta cultura se destacó por el compromiso y participación social,
gremial o política.
Este proceso de resistencia en Argentina estuvo marcado por la impronta de los golpes
militares, relacionados en diferentes niveles con la proscripción al peronismo,
mantenida desde 1955. Tanto en las Fuerzas Armadas, como en el sindicalismo y en los
otros partidos políticos, se discutió sobre cuál debería ser la postura por adoptar frente al
reto que planteaba el movimiento, cuyo líder, aunque se encontraba en el exilio, seguía
tomando decisiones en el país. Inés Izaguirre explica que “Desde el derrocamiento del
peronismo en 1955, la clase obrera va estableciendo alianzas con otros sectores
sociales, se va consolidando como fuerza social y política y se radicaliza en sus luchas
contra el gobierno, mientras trata de quebrar la hegemonía de las fuerzas armadas
estatales antiperonistas y de las fracciones de burguesía que las sostienen, contra las
cuales intenta todo tipo de tácticas de lucha” (Izaguirre 2009)
La movilización social se centró en determinar cuál era el camino para alcanzar el poder
político y fomentar el cambio social. Algunas organizaciones de izquierda incorporaron
la lucha armada dentro de su estrategia política.
Se producen en forma constante grandes movilizaciones de masas, puebladas y
confrontaciones políticas y sociales en diversas ciudades del país, el conflicto social
elevado se había incrementado de manera continua desde el Cordobazo, la primera y la
más importante de una serie de manifestaciones sociales, pero se acentúa a partir de
1970, con el secuestro de Aramburu.
La represión de los estudiantes impulsó la creación de alianzas con otros sectores. Este
contexto de represión y de contestación popular, provocará la aparición de varios grupos
guerrilleros de inclinación marxista (FAP, EGP, Montoneros, ERP, FAR o
Descamisados). Estas organizaciones desempeñaban un papel fundamental en la
movilización política y social, lo que conllevaba un amplio y diverso rango de
actividades, que abarcaban desde la propaganda hasta la acción armada (la toma de
fábricas, el reparto en villas y barrios pobres de alimentos, la autodefensa ante la
represión policial o enfrentamientos en manifestaciones, el desarme de policías y el
secuestro extorsivo, entre otros)
La intensa violencia y conflicto interno en Argentina generó una fuerte polarización
política y social, destacándose el choque entre el gobierno, los grupos paramilitares y
las organizaciones guerrilleras mencionadas. La escritora Inés Izaguirre se refiere a esto
como una "situación de guerra civil", que no solo implicaba enfrentamientos
convencionales, sino que representaba una lucha interna marcada por la violencia
política y la represión ejercida por el estado. Los incipientes grupos armados
revolucionarios habían comenzado a plantearse –en la teoría y en la práctica– la disputa
por la hegemonía y el monopolio de las fuerzas armadas del Estado. La combinación de
lucha armada, lucha obrera y masas en las calles con ánimo insurreccional constituía
una verdadera amenaza para el orden social dominante. (Izaguirre 2009).
El grupo más amplio de las fracciones populares (las clases trabajadoras organizadas
mediante sindicatos y de identidad peronista) aguardaron el regreso de Perón y
detuvieron la resistencia violenta. Por otro lado, otros grupos intensificaron la
movilización económica y política, empleando formas de violencia de manera
recurrente y avaladas por la coalición popular. La izquierda peronista fue virando hacia
una tendencia revolucionaria.
La crisis interna proyectaba un estado de guerra civil en el movimiento peronista. El uso
de la violencia se convirtió en un requisito indispensable en los movimientos radicales
de la época. Por esta razón, se tornaba complicado actuar dentro del marco legal, ya que
su propia práctica es justamente lo opuesto a ello.
La apertura institucional (1973-1976) y el regreso del peronismo al poder, caracterizado
por la movilización de las masas y un contexto de crisis, presentó nuevos desafíos. El 11
de marzo de 1973 el FREJULI triunfó llevando a Cámpora a la presidencia. La elección
contenía una reivindicación histórica, el fin de la proscripción y la vuelta del peronismo
a la esfera política después de 18 años, y había canalizado gran parte de las expectativas
de cambio de sectores populares que venían siendo parte de las luchas contra la
dictadura, en particular de Montoneros y la Juventud Peronista.
El breve tiempo que duró el gobierno de Héctor J. Cámpora marcó un hito en las
confrontaciones políticas, estuvo caracterizado por el auge de las masas, la legitimidad
política del gobierno y la crisis del sistema de dominación político y social. Representó
un momento decisivo: fue la etapa de mayor activismo de los trabajadores, quienes se
lanzaron a ocupar el territorio empresarial o sindical a través de “tomas”, lo que
coincidió con el pico de las confrontaciones entre las direcciones sindicales y político-
sindicales (Izaguirre, 2009)
Los grupos ortodoxos del peronismo y la Confederación General del Trabajo (CGT),
bajo la dirección de José Ignacio Rucci, tenían recelo hacia la JP y los Montoneros. En
respuesta, Montoneros y las FAR decidieron fusionarse, formando la "tendencia
revolucionaria", que buscaba relacionar el peronismo con el socialismo. No obstante,
tras la solicitud de Galimberti de crear milicias populares para salvaguardar la
democracia, Perón lo despidió, dejando a Montoneros sin respaldo oficial. A pesar de
esto, continuaron su guerra revolucionaria mientras ocupaban cargos en el gabinete de
Cámpora.
El regreso definitivo de Perón el 20 de junio de 1973, marcado por la llamada “masacre
de Ezeiza”, generó una erupción de tensiones entre la Juventud Peronista (JP) y el ala
ortodoxa del peronismo, terminando con el vínculo de Perón con los grupos armados.
Ezeiza es la génesis de un periodo de guerra civil abierta, porque marcó el fin de la
alianza entre peronistas de izquierda y derecha.
El asesinato del secretario general de las CGT, José Ignacio Rucci en septiembre de
1973 profundizó la mala relación entre Perón y la facción izquierda del partido. La
distancia de Perón se evidenció en varios discursos en los que el líder peronista
describió a la juventud peronista como: idiotas, inútiles e infradotados, acompañando
esto con un reconocimiento a las organizaciones sindicales y a los veteranos militares
peronistas, posicionando a la juventud peronista como enemigos ocultos.
La intensa situación de caos sirvió como la justificación para establecer la Alianza
Anticomunista Argentina, llamada “La Triple A”, un grupo que surgió cuando López
Rega asumió como primer ministro y no vaciló en emplear las tácticas características
del terrorismo de estado.
Tras la renuncia de Cámpora y la convocatoria a elecciones, el 12 de octubre Perón
asume la presidencia. El plan de Perón tenía su base en dos ideas centrales: el acuerdo
político y el pacto social.
A inicios de 1974, la lucha entre las diversas facciones del peronismo parecía
encaminarse hacia la derecha. Un indicio de ello fue que la Tendencia comenzó a ceder,
una tras otra, las posiciones que había logrado durante la administración de Héctor
Cámpora. En un contexto de caos social, marcado por la rutina de los conflictos en el
ámbito político, el 1° de junio Perón fallece. El 15 de julio, Isabel Martínez de Perón
asumió el cargo de presidente.
Uno de los principales ejes del proyecto político fue terminar definitivamente con la
tendencia revolucionaria del peronismo en general y también con los sectores obreros,
disidentes combativos y clasistas por lo que la agrupación Montoneros decidió pasar a
la clandestinidad y reactivar las acciones armadas.
El gobierno de Isabel Perón se encontraba debilitado y sin capacidad de respuesta frente
a la crisis política y la violencia. La falta de liderazgo y la corrupción contribuyeron al
deterioro de la situación. Los actos de violencia cometidos por guerrillas de izquierda y
grupos paramilitares de ultraderecha generaron un clima de inseguridad y temor en la
sociedad. Las Fuerzas Armadas consideraron que era necesario tomar medidas drásticas
para restablecer el orden y la seguridad. Liderados por el comandante del ejército Rafael
Videla, los militares fueron generando los preparativos del golpe que fue publicado a
través de un ultimátum al gobierno, diciendo que si no se ponía orden las Fuerzas
Armadas lo iban hacer a interviniendo el poder. El primer ensayo de intervenir el poder
se realizó en diciembre de 1975 con un intento de golpe que fracasó y que se terminó
consumando el 24 de marzo 1976. En este contexto de violencia y crisis, los ataques
guerrilleros se intensificaban, y se justificaba la necesidad de una respuesta militar
concluyente.
Los militares, actuando cada rama de las fuerzas armadas independientemente,
asumieron la tarea institucional de establecer el orden político implementando medidas
represivas que siguieron la lógica del “amigo-enemigo”. El terrorismo de Estado se
convirtió en una estrategia utilizada por el gobierno para combatir a los grupos
insurgentes.
Marcos Novaro, sostiene que el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional
constituyó un momento decisivo de nuestra historia, un punto de inflexión por su rol de
bisagra en el tiempo. Es un asunto que se ha mantenido en silencio, pero que al mismo
tiempo se discute constantemente. Además, es también un tabú, ya que oculta violencia,
muerte y sufrimiento. Abarca la historia de personas desaparecidas, de muertos que no
tienen sepultura, del genocidio dictatorial, así como de culpas, remordimientos y
arrepentimientos. El autor ve la dictadura como un acontecimiento destacado en nuestra
historia, que no solo deja una huella en nuestro presente, sino que también marca el
inicio de un extenso período de inestabilidad política, descenso económico y tensiones
sociales. Sostiene que la inestabilidad política y económica, el fracaso democrático y la
violencia tienen una continuidad temporal desde mediados de siglo. La barbarie y la
devastación que se establecieron en 1976 no son el resultado de un incidente aislado: la
sociedad civil también tuvo su parte de responsabilidad.
La dictadura actuó con mucha celeridad en los terrenos prioritarios para la elite golpista,
por ser clave para el disciplinamiento y la reingeniería social que se buscaba lograr: la
llamada “guerra antisubversiva”, la instrumentación del terrorismo de Estado y las
reformas económicas.
Pilar Calveiro plantea que el papel y las prácticas que asumieron las Fuerzas Armadas
en 1976 fueron la culminación de un largo proceso de usurpación y sustitución del lugar
del Estado, con el consentimiento de amplios sectores sociales y políticos. La
combinación de una autonomía relativa y un incremento de poder llevó a las Fuerzas
Armadas a tomar claramente el rol del Estado, encargándose de su conservación y
reproducción, que es el corazón de las instituciones políticas. Dentro de una sociedad en
la que los partidos no lograban crear una propuesta que uniera al bloque en el poder y le
diera hegemonía tanto social como política, los militares tomaron para sí la
responsabilidad de esa hegemonía.
El Proceso se organizó como un régimen despótico que a la vez que concentraba en las
FFAA el poder del Estado, para disciplinar a la sociedad ejerciendo la violencia y el
arbitrio, desconcentraba internamente el poder de decidir y ejecutar políticas públicas,
disipando las jerarquías del propio aparato estatal. Para Pilar Calveiro, el régimen
militar adoptó la violencia como una herramienta para imponer su dominio y reprimir a
la oposición política con medidas represivas, que abarcaron la censura de los medios de
comunicación, la persecución y arresto de opositores políticos, así como la desaparición
forzada de miles de personas. Afirma que la violencia no es únicamente una herramienta
para lograr objetivos políticos, sino que también constituye un modo de ejercer poder y
controlar a la sociedad.
Un nuevo orden era necesario. El objetivo de las FFAA era cerrar un ciclo histórico
abierto con el peronismo en 1946. Para lograr el objetivo se radicalizaron las acciones
violentas de los militares, mismo ocurrió con la ofensiva violenta que desplegaron las
organizaciones armadas. La violencia se tornó despiadada y avanzó hacia la sociedad en
su conjunto por medio de prácticas ilegales que tenían la finalidad inmediata de
procurar, la extirpación del “cáncer” alojado en lo más profundo del tejido social. Y en
este contexto, los campos de concentración funcionaron como el quirófano donde se
realizó esta cirugía. La violencia por parte del Estado no era una novedad en la historia
argentina, y esto puede ser rastreado fácilmente, pero lo inédito fue la fuerza
descomunal que desplegó a partir de marzo del 76, que, como sostiene Pilar Calveiro, se
constituyó en un poder desaparecido que avanzó sobre lo material y lo simbólico, sobre
los cuerpos y las ideas.
El terrorismo de Estado requirió una meticulosa estrategia en sus operaciones, una
organización de la represión ejercida por el poder. El sistema represivo era llevado
adelante por “grupos de tareas” constituidos generalmente por oficiales y suboficiales,
policías y también civiles. Luego de la selección del sospechoso, el modus operandi
consistía en un operativo para conseguir su detención, generalmente de noche, así se
producía el secuestro, y el inmediato traslado de la víctima hacia algún centro
clandestino de detención. Se confeccionaba una ficha y se procedía al interrogatorio:
torturas físicas y psicológicas a las que se sumaban como parte constantes vejaciones y
violaciones. El objetivo era quebrar la integridad de la persona. Finalmente, el
prisionero era transferido (ejecutado). El paso posterior era la desaparición del cuerpo,
decisión que correspondía a los más altos rangos entre los oficiales que se encontraban
al frente de la represión. La desaparición de personas se registró como una práctica
inaudita y masiva, que alcanzaba a todos los sectores de la sociedad. La muerte tras la
desaparición es más que la muerte privada, es la muerte despojada de identidad. El
centro clandestino de detención fue el espacio de encubrimiento, promovía el olvido,
limitaba la solidaridad y la denuncia.
Las desapariciones también marcaron un punto de inflexión en la historia de la violencia
política en Argentina y plantearon un reto sin precedentes en la construcción de la
memoria en este contexto, al quitar de la vista pública la responsabilidad de los actos de
muerte política, que ahora se llevaban a cabo de forma oculta y anónima. Precediendo al
golpe, los asesinos políticos se hacían responsables de sus crímenes, los cuerpos
aparecían en las calles y los eventos eran reportados por los medios. Ahora, el terror no
se basaba, de manera privilegiada, en la presencia espectacular de la muerte, sino en su
discurrir oculto y en su indeterminación.
Los organismos de derechos humanos dan cuenta de la existencia durante la dictadura
de más de 500 centros clandestinos de detención y una composición de las víctimas fue
diversa: militantes políticos y sociales, estudiantes, delegados gremiales, sacerdotes,
intelectuales, activistas de organizaciones de derechos humanos, y otros.
Emilio Crenzel, desde la perspectiva del informe Nunca Mas, plantea el cambio en la
cultura de la denuncia. Se fue formando un núcleo homogéneo de reclamo al amparo de
las nuevas relaciones que establecieron con las redes transnacionales de derechos
humanos. La represión fue denunciada desde una narrativa humanística que, desde la
moralidad, convocaba a la empatía con las víctimas. El relato de la denuncia paso a
estar enfocado en la descripción fáctica y en detalle de las violaciones perpetradas, de
sus responsables y víctimas, de las que resaltaba sus valores morales y sus datos
identitarios básicos. Los denunciantes intentaban combatir el discurso estigmatizador de
la dictadura que catalogaba a los desaparecidos como integrantes de la guerrilla.
En ese marco de transformación cultural y política, la expresión "Nunca Más" empezó a
ser promovida por las organizaciones de derechos humanos y grupos de exiliados en
relación con los crímenes de la dictadura.
El Informe “Nunca Más”, producido por la Comisión Nacional sobre la Desaparición
de Personas, documentó las atrocidades de la dictadura y evidenció de manera metódica
el terrorismo de Estado. El mismo fue utilizado para enjuiciar y condenar a las Juntas
Militares en 1985. Sostiene que la represión estatal violó los derechos humanos,
también señala que los altos mandos de las Fuerzas Armadas planearon una metodología
del terror. Rechazó la equivalencia moral entre la violencia estatal y la guerrilla,
subrayando la magnitud y el poder de la violencia estatal. Afirmando que las
desapariciones eran responsabilidad del aparato estatal y propuso a la democracia como
garante de que estas violencias no se repitieran. En la narrativa también existen disputas
sobre la memoria, como “La teoría de los dos demonios”, planteando la violencia como
producto de extremos ideológicos (Guerrilla vs. represión estatal), lo que generó críticas
por minimizar la responsabilidad exclusiva del Estado. Intervienen diferentes actores
como organismos de derechos humanos, gobiernos democráticos, que han
reinterpretado el lema Nunca Más, para destacar la búsqueda de justicia y denunciar
políticas de impunidad.
En las investigaciones acerca de la historia reciente argentina, el tema de la violencia
vinculada al poder político tiene un lugar destacado. La historia de Argentina en el siglo
XX se define por los golpes de estado y la participación de las Fuerzas Armadas en la
política, el autoritarismo, las limitaciones a los derechos ciudadanos, la prohibición
política (de los grupos de izquierda y del peronismo) y la represión de los conflictos
sociales y laborales, la cual aumentó considerablemente en la segunda mitad del siglo.
A partir del golpe de Estado de 1976, el periodo se destaca por la violencia política y
por una intensa movilización social en un proceso de radicalización de las protestas
contra el gobierno dictatorial, con la aparición de organizaciones político-militares que
tenían como principal método de acción la lucha armada. El aumento de la represión por
parte del Estado y de organizaciones paramilitares para hacer frente a la insurgencia
armada y disminuir la conflictividad social, indicó un escenario de creciente violencia
política y represiva.
Teniendo en cuenta todo esto, es fácil entender que la violencia política y represiva se
haya transformado en la principal herramienta para interpretar el pasado reciente y su
memoria. La cuestión no solo ha alimentado la elaboración intelectual acerca de las
últimas décadas de la historia argentina, sino que también ha influido en las memorias o
narrativas creadas sobre ese pasado que se sitúan en un ámbito público y político más
extenso. La última dictadura militar argentina fue un régimen eminentemente represivo,
caracterizado por las violaciones masivas a los derechos humanos.
En Argentina, la violencia política marcó gran parte del siglo XX y se manifestó en
distintos períodos de la historia a través de golpes de Estado, persecución política,
terrorismo de Estado y enfrentamientos entre distintos sectores ideológicos…
Pilar Calveiro Su mirada se centra en cómo el Estado ejerce la violencia para disciplinar
a la sociedad y en la forma en que los regímenes autoritarios configuran el miedo como
herramienta de control. Para Calveiro, la violencia política no es un fenómeno aislado ni
circunstancial, sino una estrategia de poder utilizada para sostener un determinado orden
social y eliminar cualquier disidencia. No solo se manifiesta en golpes de Estado o
dictaduras, sino también en democracias con represión y exclusión social. Analiza cómo
la dictadura argentina (1976-1983) implementó el terrorismo de Estado, donde la
desaparición de personas no solo eliminaba físicamente a los opositores, sino que
buscaba generar miedo en toda la sociedad.
La desaparición era un mecanismo de aniquilación total: no solo mataba, sino que
negaba la existencia misma de las víctimas. enfatiza que la violencia política se ejerce
sobre los cuerpos como una forma de dominación. La tortura, las desapariciones y el
sometimiento físico son formas extremas de disciplinamiento social.
Mientras Calveiro pone el foco en el terrorismo de Estado y la desaparición forzada
como estrategias de disciplinamiento social, Izaguirre estudia la violencia política desde
una perspectiva sociológica y estructural, analizando sus causas y consecuencias en el
largo plazo. Ambas autoras coinciden en que la violencia política no es un hecho aislado
ni exclusivo de las dictaduras, sino una práctica recurrente en la historia argentina.
Para Calveiro, la desaparición forzada fue una herramienta del Estado para generar
miedo y moldear subjetividades.
Izaguirre amplía esta visión, señalando que la violencia política tiene raíces
estructurales y responde a una lucha por el poder entre distintos sectores.
alveiro enfatiza el terrorismo de Estado como una forma de poder que busca aniquilar
cualquier resistencia y generar una sociedad disciplinada.
Izaguirre analiza cómo el Estado ha sido históricamente un actor central en la represión
de movimientos populares, desde los golpes de Estado hasta la represión en democracia.
Novaro: Analiza la dictadura desde una perspectiva política e institucional, viendo el
terrorismo de Estado como una respuesta brutal a la crisis del sistema político, pero
también como un fracaso en la construcción de consensos democráticos. Reconoce la
persistencia de tensiones políticas, pero argumenta que la democracia argentina logró
consolidarse a pesar de los desafíos, con altibajos en la resolución de conflictos. Analiza
la transición democrática como un proceso complejo, destacando la dificultad de juzgar
a los responsables del terrorismo de Estado y la evolución del consenso sobre los
derechos humanos en la sociedad argentina.
El historiador Emilio Crenzel ha abordado la violencia política en Argentina desde una
perspectiva centrada en la memoria, los derechos humanos y los procesos de justicia
transicional.
Bibliografía:
Calveiro, Pilar. 2004. Poder y desaparición: los campos de concentración en
Argentina. Colihue.
Crenzel, Emilio. 2010. Políticas de la memoria. La historia del informe nunca
más. Papeles del CEIC https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/190296
Gilman, Claudia. 2003. Entre la pluma y el fusil Debates y dilemas del escritor
revolucionario en América Latina. Siglo XXI Editores.
Izaguirre, Inés. 2009. Lucha de clases, guerra civil y genocidio en Argentina.
1973-1983. Eudeba.
Novaro, Marcos. 2006. Historia de la Argentina contemporánea. De Perón a
Kirchner. Edhasa, Cap. 3