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El Espejo

Clara, que siempre ha sentido incomodidad con los espejos, hereda uno de su abuela que provoca una creciente inquietud y extraños sucesos en su vida. Tras ser absorbida por el espejo, se encuentra atrapada en un mundo de sombras, mientras una impostora toma su lugar en el mundo real. Finalmente, Clara logra regresar, pero decide deshacerse del espejo para siempre, sintiendo que la historia aún no ha terminado.

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El Espejo

Clara, que siempre ha sentido incomodidad con los espejos, hereda uno de su abuela que provoca una creciente inquietud y extraños sucesos en su vida. Tras ser absorbida por el espejo, se encuentra atrapada en un mundo de sombras, mientras una impostora toma su lugar en el mundo real. Finalmente, Clara logra regresar, pero decide deshacerse del espejo para siempre, sintiendo que la historia aún no ha terminado.

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El espejo

Clara nunca se había sentido cómoda con los espejos. No era algo irracional como una fobia,
pero desde niña los había evitado. Cada vez que veía su reflejo, sentía que algo estaba fuera
de lugar, como si el cristal devolviera algo más que su imagen. Había algo profundamente
inquietante en esa sensación, como si el espejo no fuera un simple objeto, sino una puerta mal
cerrada hacia algo desconocido.
De niña, esta incomodidad había pasado casi desapercibida. Clara la atribuía a su brillante
imaginación, a los cuentos que sus tías abuelas le contaban sobre espejos mágicos o malditos.
Sin embargo, al crecer, esa inquietud persistió, y aunque evitaba los espejos siempre que
podía, nunca compartió esta extraña sensación con nadie. Temía que se rieran de ella o que
pensaran que tenía alguna enfermedad mental, entonces callaba.
Todo empeoró el día que heredó el espejo de su abuela. Lo encontró en el desván de la vieja
casa familiar, cubierto por una sábana amarillenta y polvorienta. El desván en sí tenía un aire
pesado, como si el tiempo se hubiera detenido allí. Clara no recordaba haber entrado mucho a
ese lugar cuando era niña. Siempre estaba cerrado, y su abuela le prohibía subir, diciendo que
no había nada interesante allí arriba. Ahora, con su abuela fallecida, todo el contenido de la
casa estaba bajo su responsabilidad.
Cuando Clara quitó la sábana, un escalofrío recorrió su espalda. El espejo era imponente, más
grande de lo que había imaginado. Su marco de madera estaba tallado con detalles intricados:
querubines pequeños con expresiones que parecían cambiar según el ángulo. Desde un lado,
los querubines parecían sonreírle y eso le agradaba mucho, pero desde otro, sus ojos tenían
una intensidad que le provocaba desviar la mirada. Clara se sintió vigilada. Fue una
impresión tan vívida que la impulso a huir de su habitación.
Estando en el pasillo, “Es solo un espejo”, se dijo, obligándose a regresar y tocarlo.
La superficie estaba fría, mucho más fría de lo que debería estar, considerando el calor
acumulado en el desván. A pesar de su incomodidad, decidió llevárselo a su departamento.
Quizá podría venderlo o restaurarlo, aunque en el fondo sentía que no debía quedárselo.
Había algo en ese objeto que parecía exigir distancia, como si llevarlo consigo fuera una mala
decisión.
Esa noche, Clara colocó el espejo en el pasillo, frente a su cuarto. No había otro lugar donde
ponerlo, y moverlo había sido un suplicio. Estaba agotada y no le dio más vueltas al asunto.
Sin embargo, algo empezó a inquietarla mientras trataba de dormir. Sentía como si una
presencia la vigilara desde el pasillo. Era una sensación sutil, pero constante, como una
corriente eléctrica que recorría su piel. A las tres de la mañana, despertó de golpe.
Había tenido un sueño inquietante: alguien caminaba por su departamento, arrastrando los
pies, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No había ruido real, pero la sensación de que
alguien más estaba allí era tan vívida que encendió la luz y revisó cada rincón. Todo estaba
en orden, excepto el espejo. Cuando lo miró, algo parecía diferente. El marco lucía más
oscuro, casi como si absorbiera la poca luz del pasillo, y el cristal brillaba con un matiz que
no recordaba haber visto antes.
Clara se acercó lentamente. En el espejo, su reflejo le devolvía la mirada, pálida y sin vida,
pero no había nada más. Solo el vacío del pasillo detrás de ella. “Es solo tu imaginación”, se
repitió, tratando de convencerse. Pero esa noche soñó con el espejo. En el sueño, algo la
observaba desde el otro lado. Era una figura borrosa, indefinida, pero su presencia era tan
intensa que Clara sentía que la atravesaba. Cuando intentó apartarse, descubrió que su reflejo
no la seguía.
A la mañana siguiente, un recuerdo olvidado emergió en su mente. De niña, había tenido un
encuentro extraño con ese mismo espejo. Clara tenía siete años y jugaba frente a él, haciendo
caras graciosas para entretenerse. Su abuela entró rápido a la sala, al ver a su nieta, sus ojos
se movían con rapidez entre Clara y el espejo; sus ojos se abrieron de par en par, reflejando
un terror que parecía surgir de un recuerdo profundo y oscuro. Su boca se torció en un grito
ahogado, los labios tensos y secos, temblando como si no pudiera encontrar las palabras. Las
arrugas en su frente se acentuaron, marcando un surco desesperado con una expresión de
pánico.
—¡Clara! ¡Aléjate ya de ese espejo! —le gritó, con voz temblorosa.
Clara, sorprendida, se apartó inmediatamente. No comprendía por qué su abuela la regañaba,
pero la fuerza de su reacción le causó un miedo que se le quedó clavado en el pecho.
Esa misma noche, mientras intentaba dormir, escuchó un cuchicheo en la sala. Al principio
creyó que su abuela hablaba con alguien, pero cuando se asomó, la vio sola, de pie frente al
espejo. Murmuraba algo, palabras que Clara no alcanzó a comprender del todo.
—No es mi reflejo… no es mío —decía su abuela, en un susurro casi inaudible.
Al día siguiente, el espejo apareció cubierto con una sábana blanca, y nunca más volvió a
estar expuesto. La abuela prohibió de forma terminante que alguien lo usara. Cuando Clara le
preguntó por qué, su abuela solo respondió:
—Hay preguntas que no deben hacerse.
—Hay cosas que no deben ser miradas.
Con los años, ese recuerdo se desvaneció, enterrado bajo la rutina de la vida.
Pero ahora, frente al espejo en su departamento, Clara sentía un eco de aquella advertencia.
Algo en el cristal parecía estar vivo, observándola con una intensidad que no podía ignorar.
Los días siguientes fueron cada vez más extraños. Clara empezó a notar pequeños cambios en
su departamento. Cosas que no estaban donde las había dejado: una silla movida, una lámpara
ligeramente torcida, una taza que reaparecía en la mesa después de haberla lavado.
Al principio trató de ignorarlo, atribuyéndolo al estrés o al cansancio. Sin embargo, la
sensación de ser observada crecía cada día.
Una noche, mientras leía en el sofá, algo llamó su atención. Una sombra en el espejo. No era
un reflejo, sino algo más, una sombra que cruzó el pasillo y atravesó el cristal. Clara se quedó
helada. Miró hacia el pasillo, pero no había nada allí. Cuando volvió a mirar al espejo, su
reflejo estaba intacto, pero la sensación de que algo estaba mal era innegable.
Decidió cubrir el espejo con una sábana. Esa noche, durmió un poco más tranquila, pero a las
tres de la mañana un ruido metálico la despertó. Era un sonido seco, como si algo pesado se
arrastrara por el suelo. Se levantó y encendió la luz del pasillo. La sábana estaba en el suelo,
arrugada, y el espejo descubierto. El cristal brillaba con una intensidad que no era normal,
como si vibrara suavemente.
Clara sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. La superficie del espejo parecía líquida,
moviéndose con pequeñas ondulaciones. Sintió una presión en el pecho, una fuerza que
parecía empujarla hacia el cristal. Trató de retroceder, pero sus pies no respondieron. En el
reflejo, su rostro comenzó a moverse… aunque ella permanecía inmóvil.
—Estás en mi lugar —susurró su reflejo con una sonrisa que no le pertenecía.
Un grito ahogado quedó atrapado en su garganta cuando sintió un tirón en el pecho. Era como
si algo invisible la arrancara de su propio cuerpo. La superficie del espejo se agitó y, en un
instante, Clara fue absorbida por el cristal.
Despertó en un lugar que parecía su departamento, pero no lo era. Todo estaba sumido en
sombras, las paredes pulsaban como si estuvieran vivas, y el silencio era opresivo. Desde el
fondo del pasillo, vio el marco del espejo, pero esta vez estaba del otro lado. Corrió hacia él,
desesperada. Desde allí podía ver su sala, pero no estaba vacía. Su reflejo estaba allí,
probando su cuerpo como si fuera un traje nuevo.
Clara golpeó el cristal con todas sus fuerzas, pero el sonido no atravesaba.
—¡Déjame salir! —gritó, mientras su reflejo le dedicaba una sonrisa maliciosa y apagaba las
luces.
El mundo de Clara se sumió en la penumbra, y el espejo quedó en silencio. Afuera, la vida
continuó. Nadie notó que Clara había desaparecido, porque alguien, o algo, seguía viviendo
en su lugar.
El mundo de Clara real se convirtió en un lugar de sombras y ecos. No había tiempo ni días,
solo un vacío eterno que se extendía en todas direcciones. Su única conexión con el mundo
que conocía era el espejo, una ventana a su antiguo departamento, donde la otra Clara —la
impostora— vivía su vida.
Clara golpeaba el cristal, gritaba, pero sus puños solo hacían ruido en ese lugar hueco. Nadie
podía oírla, ni siquiera la figura que habitaba su cuerpo. Desde el otro lado, la impostora
parecía cada vez más cómoda. Al principio, se movía torpemente, como si aprender a usar el
cuerpo humano fuera un desafío. Pero con el tiempo, su andar se hizo fluido, sus gestos
naturales. Se convirtió en Clara a los ojos del mundo.
La impostora tomó su lugar en el trabajo, con sus amigos, en las pequeñas rutinas de su vida.
Al principio, las diferencias eran sutiles: una risa más aguda, una inclinación por mirar los
espejos más de lo normal, y una forma peculiar de observar a las personas, como si estuviera
evaluándolas. Sus compañeros notaron algo extraño en su comportamiento, pero lo
atribuyeron al estrés.
Para Clara, la verdadera, el tiempo era insoportable. Cada día veía cómo la usurpadora
construía una nueva vida, despojándola de todo lo que era suyo. Pero algo en el reflejo le dio
esperanza. Notó que el cristal no era completamente sólido. Cuando tocaba su superficie,
pequeñas ondulaciones se propagaban, como si aún hubiera una conexión entre ambos
mundos. Era tenue, pero estaba allí.
Un día, la impostora se sentó frente al espejo, observándose con detenimiento. Clara sintió
que era su oportunidad.
—¡Oye! ¡Sé que puedes verme! —gritó con todas sus fuerzas, golpeando el cristal.
La impostora levantó la vista y, por primera vez, su sonrisa se desvaneció. Sus ojos se
encontraron, y Clara sintió una chispa de reconocimiento en esa mirada ajena. La impostora
inclinó la cabeza, curiosa, como si estuviera evaluando si debía responder.
—No te pertenece… ¡Ese cuerpo es mío! —insistió Clara, sintiendo una mezcla de furia y
desesperación.
La impostora no dijo nada. En lugar de eso, se levantó y cubrió el espejo con la sábana,
cortando la conexión. Para Clara, fue como perder la única luz en la oscuridad. Pero el breve
contacto le dio algo crucial: esperanza. Si la impostora la había visto, significaba que aún
había un puente entre sus mundos.
Mientras tanto, en el mundo real, la impostora empezó a experimentar extrañas interferencias.
Por las noches, soñaba con el lugar de sombras donde Clara estaba atrapada. Las imágenes
eran fragmentadas, pero intensas. Una figura en la oscuridad la miraba con ojos llenos de
rabia. Por el día, sentía que el cuerpo que había tomado no le pertenecía del todo. Las manos
temblaban a veces, y su reflejo en los espejos parecía moverse con un leve desfase, como si
su verdadera esencia intentara luchar por el control.
Un incidente la puso al borde de la paranoia. Una mañana, mientras se cepillaba el cabello
frente al espejo, su reflejo no la imitó. En lugar de moverse junto a ella, el reflejo sonrió de
una manera que no estaba haciendo en la realidad.
—No eres tú quien manda aquí —susurró el reflejo antes de desaparecer.
La impostora retrocedió, aterrada. El control que había asumido como total empezaba a
resquebrajarse.
Para Clara, las interferencias eran una señal de que el vínculo entre su esencia y su cuerpo no
estaba completamente roto. Decidió probar algo nuevo: en lugar de gritar y golpear, se
concentró en calmar su mente. Recordó las palabras de su abuela: “Hay cosas que no deben
ser miradas demasiado”. Quizá el secreto no era confrontar al espejo, sino usarlo.
Clara empezó a imaginar que el cristal no era un muro, sino un pasaje. Cerraba los ojos y
visualizaba cómo su esencia atravesaba la superficie ondulante. Día tras día, repetía el
proceso, acumulando energía, hasta que una noche algo cambió. La impostora, atormentada
por los sueños y las alteraciones, se acercó al espejo y lo tocó. En ese momento, Clara sintió
que su oportunidad había llegado.
—¡Ahora! —pensó Clara, proyectándose hacia el cristal.
La impostora retrocedió con un grito cuando las ondas en el espejo se intensificaron. La
superficie vibraba, emitiendo un sonido agudo. Clara sintió un tirón, pero esta vez no era
hacia dentro, sino hacia afuera. Una fuerza la empujaba de vuelta al mundo real.
Cuando abrió los ojos, estaba en su departamento. Miró sus manos, su reflejo, y supo que
había regresado. Pero no estaba sola. En el espejo, la figura de la impostora la miraba,
atrapada ahora en el lugar de sombras.
—No… ¡Esto no puede ser! —gritó la impostora, golpeando el cristal desde el otro lado.
Clara la observó en silencio, una mezcla de compasión y alivio en su rostro. Había
recuperado su lugar, pero sabía que el peligro no había desaparecido. Cubrió el espejo con la
sábana y decidió hacer lo que su abuela nunca pudo: deshacerse de él para siempre.
Esa misma noche, Clara llevó el espejo a un bosque apartado. Lo dejó allí, enterrado bajo
ramas y tierra, esperando que nunca fuera encontrado. Sin embargo, mientras se alejaba,
sintió una última mirada clavada en su espalda, como una promesa de que la historia aún no
había terminado.

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