El Cólera Morbo
Guillermo Prieto
(Guillermo Prieto tenía 15 años cuando en 1833 presenció la
epidemia en la Ciudad de México)
Era el año horriblemente memorable del Cólera
Morbo.
Había pasado la fugaz presidencia de Pedraza, de
quien se dice que él mismo se concedió licencia absoluta
para dar ejemplo a generales que de nada servían.
Había visto México llenas sus prisiones y conducidos
en cuerda los hombres más notables por la persecución
política.
Los pronunciamientos de Escalada, Durán y Artista,
todo había pasado sin preocuparme.
Lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la
terrible invasión del cólera en aquel año. Las calles
silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los
pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio;
las banderolas amarillas negras y blancas que servían de
aviso de la enfermedad, de médicos, de sacerdotes y casas
de caridad; las boticas apretadas de gente, los templos con
las puertas abiertas de par en par con mil luces en los
altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y
derramando lágrimas… A gran distancia el chirrido lúgubre
de carros que atravesaban llenos de cadáveres… todo ese se
produce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace
estremecer.
¡De cuántas escenas desgarradoras fui testigo!
Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el
entonces barrio de La Lagunilla, que tendría como treinta
cuartos, todos vacíos, con las puertas que cerraba y abría el
viento, abandonados muebles y trastos… espantosa soledad
y silencio como si se hubiese encomendado su custodia al
terror de la muerte.
No olvidaré nunca el dolorosos espectáculo que
ofreció a mis ojos una madre que acababa de expirar en un
gemido postrero, con el que despertó de su sueño en la
cuna a una niña bella como arcángel, que riendo y traviesa
jugaba con la cabellera profusa de la madre muerta!…
De tal manera dominaba el pánico, que se anunció que
un sabio, que vivía en el Puente de San Francisco número
5ç4, había descubierto un parche que era preservativo
infalible de la epidemia; esta medicina se atribuía a un
químico, don Manuel Herrera.
La gente se agolpó de un modo tan ansioso y tumultuoso
por aquel fíat de salvación de vida, que fue forzoso poner
guardias numerosos en la casa del señor Herrera, para
evitar un desastre; pero caten ustedes ahí que el día menos
pensado derrama en son de chisme, publica avisos, pega en
las esquinas papeles y esparce alarmas alguien afirmando
que los parches eran segurísimos pasaportes para la
eternidad.
Al día siguiente de este pánico las calles amanecieron
blanqueando como una terrible nevada. Eran los parches
que se habían arrancado del cuerpo las gentes.
El pánico había invadido los ánimos, de manera que
estaban en juego las medicinas y procedimientos más
contradictorios.
A una mujer del pueblo ordenó el doctor Alarcón una
sangría; la mujer interpretó la medicina tomándose un vaso
de sangría y el resultado fue magnífico; el médico pedía la
sangre y ella le decía que habría dejado el vaso vacío.
El gobernador, que lo era el señor Martínez (a)
Macaco, fulminó un bando con tremendas prohibiciones a
las frutas, los figones y comestibles; en ese bando hay un
anatema contra los chiles rellenos que escalofría.
Contaba mi maestro Cardoso, con su inagotable chiste
que atravesando un día por la calle del Espíritu Santo, vio
un cochero tendido ala larga en el pescante devorando una
chirimoya que no le cabía en las dos manos: A su lado y
parada en el suelo estaba su mujer.
Mi maestro, ardiendo en santa caridad, dijo al cochero:
—¡Bárbaro! ¿No ves que te suicidas? ¿No conoces que
esa fruta te abre el sepulcro y te lleva a la condenación
eterna?
Absorto quedó el auriga con el apóstrofe; a medida que
mi maestro hablaba, bajaba la mano, se limpiaba los labios y
suspiraba contrito.
Cuando mi maestro dejó de hablar, exclamó el cochero:
—Es cierto señor amo, no lo vuelvo a hacer —y
volviéndose a su mujer continuó—: Tómate, tú, mi alma —
dando a su mujer la fruta homicida.
Los panteones de Santiago Tlatelolco, San Lázaro, el
caballete y otros, rebosaban en cadáveres de los accesos de
terror, de los alaridos de duelo se pasaba en aquellos
lugares a las alegrías locas y a las escenas de escandalosa
orgía interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias
religiosas.
En el interior de la casa todo eran fumigaciones, riegos
de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre detrás de las
puertas, la cazuela solitaria del amor y la parrilla en el
brasero y frente a los santos velas encendidas.
Era un tarde del mes de agosto: Por medida higiénica
todo el equipo de la casa aún estaba en el corredor,
cabalgando en sendos mecates o reclinado en inseguras
sillas: Mi hermano y yo estábamos ausentes. Mi señora
madre, medio paralítica, cuidaba la casa.
Cuando menos se pensaba se descolgó un aguacero
estupendo, corrían los canales, se inundaron las calles, en
breves instantes tomó la ciudad el aspecto de lago
profundo.
Colchones , sábanas, lienzos de todo género y
cobertores de todas clases se empaparon sin que se pudiese
remediar.
Cuando penetré en la casa escurriendo el agua y
convertidas en lagos y canales las arrugas de mi vestido, mi
señora madre estaba a oscuras y sin darse cuenta de lo
grave de la situación. La primera de las necesidades era
tener luz, que era mucho muy ardua tal empresa, que
suponía lumbre, pajuela, buen pulmón y pulso firme.
Eso de cambiarse ropa, empresa era que tocaba el
imposible… y ante omnia vela o lámpara que encender.
Entre lamentos y discusiones pasó el tiempo y después
de la queda, hora en que se cerraban al toque de la
campana mayor de las casas de vecindad y el comercio
todo, oímos en el zaguán unos toques ya acelerados, ya
débiles que nos sobresaltaron.
Era mi hermano, conducido por unas personas
caritativas, gravemente atacado de cólera.
¿A quién clamar? ¿A quién acudir en aquella lóbrega
noche que añadía horror a los horrores de la muerte que
por todas partes nos cercaba? Casi sin luz por lo muy exigua
que daba la enana y única bujía, sin lumbre en el brasero,
sin ropa con que cubrir al moribundo, ni con que mudarnos
nosotros, veíamos aquellos ojos brillantes y hundidos, aquel
color anheloso que pintaban las facciones, aquellos gestos
espantosos que producían los calambres manifestados en
contracciones indescriptibles.
Tendimos el cuerpo de mi hermano, nos acurrucamos
contra él medio desnudo, y nuestra respiración congojosa
fue su abrigo y las copiosas lágrimas de mi madre su sola
medicina. Entre aquel sollozar y aquellas aclamaciones a la
Providencia Divina cuando vibrara sobre nosotros al
amenaza de muerte, el enfermo repentinamente se rehace,
se incorpora, nos separa de su lado, se arrodilla y con
acento sonoro y triunfal exclama: «Creo en Dios Padre.»
Mi madre y yo seguimos la oración fervorosa que en mi
espíritu se reproducía como un cántico de resurrección…
¿Y que haya animales que me supongan incrédulo?