Copyright
EDICIONES KIWI, 2025
www.grupoedicioneskiwi.com
Editado por Ediciones Kiwi S.L.
Primera edición, febrero 2025
© 2025 María Viqueira
© 2025 Ediciones Kiwi S.L.
Corrección: María Coma
Gracias por comprar contenido original y apoyar a los nuevos autores.
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los
apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta
obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el
tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra
sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
Nota del Editor
Tienes en tus manos una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y
acontecimientos recogidos son producto de la imaginación del autor y ficticios.
Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, negocios, eventos o
locales es mera coincidencia.
Índice
Copyright
Nota del Editor
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Epílogo
Agradecimientos
Prólogo
Siempre había pensado que el amor de verdad era algo
sencillo, un camino recto que fluía en una única dirección.
Tan solo tenía que circular por ahí, al lado de mi pareja y
sin soltarle la mano.
Por supuesto, había otros tipos de amor; unos más
pasajeros, más alocados, más intensos, más posesivos, más
espontáneos… pero menos reales.
Nick y yo éramos del primer tipo. Estaba convencida de
que sería para siempre, de que él era mi destino en la vida.
Y entonces todo cambió. Fue una pregunta la que inició
un nuevo camino y, a partir de ahí, el universo pareció
alinearse. Como si todo lo anterior solo me hubiese estado
conduciendo a ese punto exacto: el momento en el que
apareció él.
La pregunta fue corta: «¿Te parece?».
La historia, en cambio, es un poco más larga.
Capítulo 1
HAILEY
No me debería haber tomado ese tercer café.
Los nervios burbujean en mis tripas y empiezo a
confundirlos con otra cosa. Vuelvo a mirar el reloj del
móvil: las ocho menos cinco. No falta mucho para que
embarque mi avión, pero estoy apurando el tiempo antes de
tener que decir adiós.
El aeropuerto Will Rogers World de Oklahoma está
abarrotado de gente. No me fijo en nadie, solo en Nick, mi
novio, que me acompaña, arrastrando mi enorme maleta
morada. El control de seguridad es la señal para
separarnos.
Me giro hacia él, con el gesto compungido.
—Ha llegado el momento —le digo, de forma casi
dramática.
Nick está inquieto. Juega con sus manos y evita mirarme.
Pensaría que se debe a que vamos a pasar casi cuatro
meses distanciados, si no fuese porque llevamos juntos tres
años y lo conozco casi mejor que a mí misma.
—¿Qué te preocupa? —pregunto sin rodeos.
Levanta la cabeza de golpe y me mira, con esos ojos
azules y avispados que consiguieron que me enamorara de
él.
—Yo… —titubea, aunque no deja de observarme—, he
estado pensando.
Noto una bola de plomo en el estómago, como si alguien
la hubiese arrojado ahí con todas sus fuerzas. Soy una
lectora empedernida. He visto muchas veces esa frase y
ninguna ha terminado bien.
Solo que somos Nick y Hailey. Él es el amor de mi vida.
Eso no va a pasarnos a nosotros.
—Has estado pensando… —repito, invitándolo a
continuar.
—Vas a pasar cuatro meses en ese pueblo perdido…
—Harper Springs —espeto con un poco de fastidio. Se lo
he repetido doscientas veces, pero no se ha molestado en
aprenderse el nombre.
—Eso es lo de menos. —Le resta importancia—. El caso
es que vas a pasar cuatro meses ahí, escribiendo tu novela,
y quizá se haga demasiado largo y…
—Nick —lo interrumpo, perdiendo la paciencia—. ¿Vas a
dejarme?
—¿Qué? ¡No, claro que no! Sabes que te quiero, peque. Y
sé que necesitas esto, que la historia se te está atravesando
y te vendrá bien la inspiración. Lo que pasa es que es
demasiado tiempo sin sexo. Llevo semanas dándole vueltas
al tema y he encontrado la solución perfecta. Lo he estado
hablando con Josh y Miranda y me han abierto un abanico
nuevo de posibilidades.
No sé qué habrá hablado con ellos, pero Miranda
también es mi amiga y confío en ella. No creo que le haya
recomendado nada que pueda hacerme daño.
—¿Qué posibilidades?
—Deberíamos abrir la relación —suelta por fin—. Solo
mientras estés fuera.
—¿Abrir la relación? —pregunto sin entender—. ¿A qué te
refieres?
—Pues eso, peque. En estos cuatro meses puedes
acostarte con quien quieras.
—Yo no quiero acostarme con nadie.
—Eso dices ahora, pero no lo puedes saber. No te culpo si
te apetece darle un meneo al cuerpo y se lo das.
—Me voy cuatro meses, Nick. Lo estás pintando como si
fuese para toda la eternidad.
—No, hago lo que considero más sano para los dos. Tú y
yo vamos a estar juntos pase lo que pase. También te
servirá para probar cosas nuevas. Llevamos juntos tres
años. ¿Nunca te ha apetecido estar con alguien más? Eso
no es incompatible con que nos queramos. No tienes que
contarme nada, no sé si querría saberlo.
—¡Pasajeros del vuelo con destino a Salt Lake City, última
llamada para el embarque! —La voz de la megafonía
empuja hacia abajo la bola de plomo y me recarga de una
nueva energía, una turbia y poco clara.
—Tienes que irte para no perder el avión —dice Nick con
tranquilidad, como si no acabase de decirme que quiere
acostarse con otras mujeres. Se acerca para darme un
ligero beso en los labios. Estoy bloqueada, así que no lo
respondo—. Entonces, abrimos la relación. ¿Te parece?
No sé qué decir.
Quiero seguir con él. Llevamos tanto juntos, que ni
siquiera me reconocería de no estar a su lado. Además,
estoy convencida de que ninguno de los dos necesita tener
sexo con otras personas, que solo es una propuesta «por si
acaso».
Asiento, incapaz de articular palabra.
Y con esa despedida me subo en el avión, sin ser
consciente de lo mucho que esta conversación va a cambiar
mi vida.
Capítulo 2
HAILEY
El vuelo dura solo dos horas y media, pero se me han hecho
eternas. He pasado cada minuto pensando en las palabras
de Nick y, cuanto más he incidido en ellas, más me he
cabreado.
Nick lleva semanas dándole vueltas al tema y ha
esperado a que estuviese a punto de embarcar para
soltarlo. ¿Por qué demonios no ha podido consultármelo
antes? Podríamos haber tenido una conversación más
decente. Al menos, yo habría tenido tiempo y espacio para
asimilarlo. Lo ha hablado incluso con Josh y Miranda. No
entiendo por qué conmigo no. Mi amiga tampoco me ha
dicho nada y eso me duele.
No estoy en contra de las relaciones abiertas, pero no sé
si soy la persona apropiada para tener una. A mis veintidós
años he tenido dos parejas. Con Elijah estuve poco más de
un año, desde los quince hasta los diecisiete. Con Nick
empecé al cumplir diecinueve. Han sido mis únicas
experiencias sexuales. Nunca he sido el tipo de chica que
sale una noche de fiesta y se acuesta con un desconocido.
Eso va más con mi amiga Jenna.
Nada más bajar del avión y recuperar la cobertura,
escribo un mensaje a Nick:
No entiendo por qué quieres abrir la relación ni tampoco por qué
has esperado hasta el último momento para decírmelo, pero si es
lo que deseas, ok.
Eso sí, te advierto algo: no sé cómo terminará. Estas cosas
suelen tener consecuencias.
Por cierto, ya he aterrizado.
Nick responde enseguida:
No te preocupes, peque. Muchas personas abren la relación y
sale bien. Nosotros nos queremos, confía en eso.
Avísame luego cuando te instales en Harper Collins.
Te quiero.
—¡Harper Springs! —grito a la pantalla del móvil.
Abro las conversaciones de Jenna y mi hermano Luke
para avisarlos también y bloqueo el teléfono, sin ganas de
hablar con nadie más.
Tardo casi dos horas más en recoger mi maleta, buscar
un Uber y llegar a mi destino. Sin embargo, toda sensación
negativa desaparece en cuanto veo el lugar.
Harper Springs es un pueblo pequeño, de apenas unos
quinientos habitantes. Está situado cerca de Salt Lake City,
en el estado de Utah. La única carretera de acceso
serpentea entre las montañas, enmarcada por multitud de
árboles. La vista es increíble a medida que avanzamos y se
va apreciando, al fondo, la inmensa cordillera.
En el mes de septiembre, los tonos marrones y naranjas
empiezan a asomar y le otorgan un aura mágica al paisaje.
Otoño es mi estación favorita y, aunque todavía quedan
unas semanas para que empiece, sé que va a ser el entorno
perfecto para lo que necesito.
Durante el trayecto, me fijo en todos los detalles que
puedo atesorar. No hay edificios, sino que predominan las
construcciones bajas de madera, ladrillos rojizos y piedras
de colores claros. Pasamos por un supermercado, una
iglesia, el ayuntamiento, un par de bares. La vegetación
está presente en cada rincón, y eso es lo que más me llama
la atención. Hay multitud de flores en tonos claros y algún
que otro puesto de mercado en la calle principal.
No ha sido casualidad venir a Harper Springs. Oklahoma
es una gran ciudad, marcada históricamente por la
tradición petrolera y vaquera y, aunque soy feliz allí, no es
lo que necesito en este momento de mi vida.
Me está costando mucho escribir el cierre de mi trilogía
de fantasía, por eso me planteé el retiro. Mi hermano me
sugirió este sitio en cuanto hablé con él. Luke lo conoce
porque su mejor amigo vive aquí y ha venido varias veces
de visita. Imagino que ya le habrá pedido que me vigile.
Adoro a mi hermano mayor, pero a veces es demasiado
sobreprotector.
Dejamos atrás el pueblo y nos internamos por el bosque.
Abro la ventana del coche para asomar la cabeza y percibir
mejor todo lo que me rodea. Escucho el murmullo de un río
circular en la cercanía, el cantar de los pájaros, el aroma a
lluvia y a hierba fresca.
La primera cabaña de madera aparece cuando el Uber
gira a la izquierda. Después otra, y otra más. Son
pequeñas, distanciadas las unas de las otras y rodeadas de
árboles, lo que les otorga intimidad.
—¿Me repite la dirección exacta? —pregunta el
conductor. Se trata de un hombre mayor, quizá ronde los
sesenta.
—No tiene número —digo al percatarme—. Aquí indica
Harper Springs, Residencial Woods, cabaña del lago.
—No necesita número, solo hay una con esas
características. ¿Conoce al dueño?
—Es amigo de mi hermano. ¿Por qué pregunta?
—Curiosidad —responde, pero me da la sensación de que
hay algo más—. Mire, ahí está la casa. Es mi favorita.
Dirijo la cabeza hacia donde señala y con una pequeña
ojeada ya coincido con su opinión. La cabaña es más
grande que las anteriores y está rodeada de árboles
anaranjados y de abetos altos que se pierden en el cielo. Es
de madera oscura y tiene amplios ventanales para disfrutar
de las vistas.
En la parte delantera hay un lago de aguas verdosas. No
parecen sucias, solo reflejan el color de la naturaleza que
las rodea. También identifico un porche de madera con un
embarcadero y una escalera para bajar al lago; un par de
butacas y un brasero en el centro. Encuentro algo hipnótico
en el ambiente, algo que hace que la casa se asemeje más a
una postal que a la realidad. Tiene un aura de cuento
perfecta para lo que busco y, enseguida, me doy cuenta de
que, cuantas más cosas descubro, más me atrapa y me
ilusiona este lugar.
Hace mucho que me siento atascada, que intento
enfrentarme a la página en blanco sin éxito. La presión, las
expectativas, el qué dirán… todo me frustra y me bloquea.
Por eso he querido alejarme de mi vida cotidiana y
aislarme, para dejar que la inspiración fluya, impedir que
los elementos exteriores me roben tiempo. Aquí, en esta
pequeña cabaña, solo vamos a estar mi ordenador y yo.
Esa era la idea, al menos.
Ahora vamos a estar mi ordenador, yo y la incertidumbre
de qué estará haciendo Nick en Oklahoma.
—Fin del trayecto —anuncia el conductor al detener el
coche.
—Muchas gracias.
—Si quiere puedo dejarle mi número. En Harper Springs
no existe Uber ni ningún servicio similar —explica—. Si yo
no estoy disponible, conseguiré a alguien que sí.
—Sí, no estaría mal —respondo y lo apunto en mi teléfono
mientras me lo dicta—. Muy amable…
—Mason —termina por mí.
—Gracias, Mason. Yo soy Hailey.
—Espero que disfrute su estancia en Harper Springs.
Estos pueblos pequeños tienen su encanto.
Me ayuda a bajar la maleta y me despido de él tras
dejarle una propina.
Me detengo delante de las escaleras para subir a la
cabaña, como si quisiese terminar de asimilar que estoy
aquí.
Me hago un par de selfies con el lago de fondo y después
al revés, para que salga el lugar en el que voy a vivir
durante los próximos cuatro meses. Se las envío a mi
hermano, para que vea que he llegado, y también a Jenna.
A ella, además, le envío otra foto. Levanto el brazo de
forma que se vea el interior de mi muñeca, con el
embarcadero de fondo. Justo en ese trozo de piel tengo
tatuado un diente de león, a juego con mi amiga. Nos lo
hicimos al cumplir los dieciocho años, y se ha convertido en
un gesto de unión entre nosotras. Una promesa de que,
pase lo que pase, seguiremos pidiendo deseos y luchando
para que se cumplan.
Dudo un instante, pero termino por avisar también a
Nick. Soy escueta porque quiero que note mi enfado.
Su respuesta no tarda en llegar.
Parece un lugar increíble, espero que te inspire. Vas a disfrutar
mucho en Harper Neyer. No estés de morros, sabes que no
puedes cabrearte conmigo. Somos Nick y Hailey. Te quiero.
Bloqueo el teléfono sin responder, cojo la maleta y me
acerco a la puerta.
No funciona con código de acceso, ni mediante un
intermediario que me dé la llave, ya que aquí todo está
abierto. Yo no haría jamás algo así con el acceso a mi casa
(además, Jenna me mataría si se enterase de que he dejado
la puerta de nuestro apartamento sin cerrar), pero, según
Luke, Harper Springs es un pueblo tranquilo con un índice
nulo de criminalidad.
El interior tiene la misma esencia que el exterior. Hay un
zaguán con un armario, un banco y un mueble para dejar
las llaves. Se ve que sí existen, aunque no las usen a
menudo. El salón es más amplio, con un gran sofá
esquinero, una televisión y una chimenea perfecta para los
meses de invierno. Lo que más me llama la atención es la
estantería. Hecha a medida, ocupa una pared entera y tiene
todo tipo de libros. Echo un rápido vistazo. Conozco a
muchos de los autores. Sarah J. Maas, Leigh Bardugo,
Stephanie Garber, Brandon Sanderson, Robert Jordan,
Rebecca Ross, Neal Shusterman, V. E. Schwab… Es una
colección increíble. La dejo de lado de momento para
seguir investigando la casa.
La cocina está separada del salón por una isla. Los
muebles son clásicos; de distintos tonos y sin relación
aparente. Me gusta. Me parece una casa personal, como si
cada elemento pudiese contar una historia. Además, tiene
un rincón del café con tazas coloridas a las que pienso
darles mucho uso.
Sigo mi exploración y descubro un baño completo y, al
lado, mi dormitorio. Lo sé porque en la puerta hay un
pequeño cartel que reza: «Bienvenida, Hailey». Tiene una
cama pequeña, un armario y un escritorio junto a la
ventana. Me acerco al cristal y observo a través. El corazón
me palpita con fuerza cuando soy consciente de que este va
a ser mi lugar de escritura, con vistas hacia el bosque, en
lugar de hacia los edificios frente a mi casa de Oklahoma.
Los latidos se me disparan cuando escucho un golpe
fuera de la habitación, pero dentro de la casa. Me río yo del
índice cero de criminalidad de este pueblo. Así empiezan
siempre las películas de terror: con una pobre ilusa
mudándose a una cabaña apartada de la civilización. Busco
algo que sirva como arma, pero solo encuentro unas tijeras
de manualidades.
—Será un gato —me digo para tranquilizarme—. O un
oso. Harper Springs parece más de osos que de gatos.
Me planteo qué hacer durante un instante. ¿Escapo por
la ventana y echo a correr? ¿Asumo que no es un maníaco
asesino y exploro la casa? ¿Existe la posibilidad de que sea
algo sobrenatural? Tenía que haber estudiado la historia
del pueblo antes de venir. Quizá desapareció una joven en
esta misma cabaña y ahora busca venganza.
Los nervios me llevan a pensar locuras. Al final, decido
priorizar la razón y salgo del dormitorio. El corazón me da
un nuevo vuelco cuando escucho otro ruido; ahora uno
metálico que proviene de la entrada. Me dirijo hacia allí
con las tijeras en la mano y doy un brinco al descubrir lo
que hay.
Un hombre de espaldas.
No parece un asesino y, si es un ladrón, ha decidido
empezar por dejar algo sobre el mueble del recibidor.
Un momento, da igual si está de espaldas, reconozco a
este hombre.
Los latidos se me disparan y noto cómo me ruborizo. Uno
de los recuerdos más bochornosos de mi vida me golpea de
lleno y yo lo alejo todo lo que puedo. He luchado mucho por
olvidarme de él.
—Hola, microbio —me saluda con una sonrisa divertida.
Después se fija más en mí y se ríe, como si mi expresión
(miedo inicial y una profunda vergüenza a continuación)
fuese algo cómico—. Déjame adivinar: Luke no te ha dicho
que estaría aquí, ¿no?
Capítulo 3
HAILEY
«Microbio» es el apodo con el que empezó a referirse a mí
cuando era niña, porque decía que era diminuta. A decir
verdad, un poco lo sigo siendo; sobre todo, si tenemos en
cuenta que él debe de estar más cerca del metro noventa.
Yo mido un metro sesenta y uno, la altura exacta para que
no se me pueda considerar una minion.
Escuchar ese mote ahora que ya soy una mujer adulta
que quiere olvidar esa etapa resulta aún más embarazoso.
No me defiendo. He perdido la capacidad del habla, pero
solo porque mi cerebro está tratando de procesar
demasiadas cosas a la vez.
—Te acuerdas de mí, ¿no? Soy Cole, Cole Matthew
Jenkins, el mejor amigo de Luke. Hace mucho que no nos
vemos, pero no he cambiado tanto. —Se rasca la cabeza,
como si de verdad estuviese valorando esa opción.
Cole Matthew Jenkins, como se ha presentado, fue mi
primer crush. ¿Lo peor? Que él lo sabe. Fui una
adolescente apasionada y creativa que no dudó en declarar
sus sentimientos. ¿El problema? Yo tenía doce años; él,
dieciocho. Teníamos ideas muy diferentes de lo que era el
amor por aquel entonces.
Vuelvo a desterrar ese recuerdo y pongo mi mejor cara
de póker. Para mí fue un momento horrible, pero para él
debió de ser una anécdota más que ha olvidado. O, al
menos, de eso trato de convencerme.
—Sí, creo que me acuerdo —respondo, fingiendo hacer
memoria—. Perdona, es que no sabía que estarías aquí.
—Vivo aquí.
Cole se quita la chaqueta y la deja en el perchero.
Aprovecho para fijarme mejor en él, ahora que ya he
descartado la idea de que sea un asesino. Sinceramente,
ojalá lo hubiese sido. Prefiero morir a soportar la
vergüenza de revivir en mi mente mi primera confesión
romántica.
Reconozco esa cara: esos ojos marrones que reflejan
regocijo, ese pelo moreno y despeinado, la barba de tres
días; incluso esa sonrisa pícara que no parece esconder
buenas intenciones. Ha cambiado en este tiempo, pero
Luke tiene cientos de fotos más actuales de su amigo en
Instagram, donde he seguido su evolución.
Está más guapo todavía, más hombre y menos niño.
—¿Pensabas atacarme con esas tijeras? —pregunta,
mirándolas, sin perder ese deje de diversión—. Apruebo la
iniciativa, aunque creo que hay opciones mejores, sobre
todo, porque tienen la punta redonda. Personalmente,
siempre he preferido un arma contundente. Me siento más
preparado para aporrear que para acuchillar. No juzgo,
solo opino.
Dejo las tijeras e ignoro su comentario. Hay algo que me
parece más apremiante.
—¿Has dicho que vives aquí? —cuestiono sin poder
esconder la sorpresa.
Hace un par de meses que hablé con Luke sobre mi
bloqueo con la escritura. Él me sugirió venir a Harper
Springs, consciente de lo mucho que me ayuda la
tranquilidad para concentrarme. Sé que soy una
afortunada, porque conozco a muchas escritoras que no
tienen tal privilegio. Yo vivo de mis libros, así que no tengo
que compaginar la escritura con un segundo trabajo que
me robe tiempo y energía.
Una de las condiciones indispensables era la soledad
para evitar distracciones.
—Hasta donde yo sé, sí. Por tu cara, asumo que tu
hermano no te contó nada.
—No, lo cierto es que no. No te ofendas, pero creía que
tendría la casa para mí sola.
—No me ofendo. Parece un error de comunicación. Luke
me dijo que su hermana pequeña iba a venir, que me
asegurara de procurarle la mejor cabaña. Esta es la mejor
cabaña: es más grande, más bonita y se encuentra pegada
al lago.
—Me he dado cuenta —respondo de manera escueta.
Conozco a Luke y sé por qué lo ha hecho. Quiere que
Cole me vigile y me proteja, incluso en un pueblo diminuto
con índice de criminalidad nulo. Añado a mi hermano a la
lista mental de personas con las que enfadarme, justo por
debajo de Nick.
—No te preocupes por mí, no suelo molestar demasiado.
Quizá los primeros días, pero terminarás por
acostumbrarte.
—No es que me molestes —intento sonar amable, pues
soy consciente de lo mal que estoy quedando. Cole no solo
me ha cedido de forma gratuita esta casa, sino que es su
casa. Si alguien tiene derecho a tener reparos es él, no yo
—. Me ha sorprendido. Suelo necesitar silencio para
escribir, por eso di por hecho que estaría sola.
—Silencio es mi palabra favorita. O la segunda. Quizá la
tercera —admite, pensativo. Lo peor es que me da la
sensación de que lo dice en serio—. De verdad, terminará
por gustarte mi presencia. Tengo ese don.
—Gracias por dejar que me quede —digo al final. No sé si
eso es suficiente para remendar mi rabieta inicial, pero
necesito esconderme un rato, solo hasta que el pasado
vuelva a su lugar.
Cole sonríe. Noto que él no le ha dado importancia y yo
intento hacer lo mismo.
—¿Quieres que te enseñe la casa? No hay mucho que ver,
pero te contaré lo importante.
—Claro —respondo, pese a que ya he hecho una primera
exploración.
Al lado del recibidor hay una puerta de madera que antes
he pasado por alto. Cole no la abre.
—Este es mi dormitorio —me explica—. No lo tomes
como algo personal, pero es un lugar privado. Demasiado
íntimo.
—Lo entiendo, tranquilo —afirmo.
La habitación de una persona puede decir mucho sobre
ella. Comprendo que no me muestre la suya, yo tampoco
enseñaría la mía a cualquiera.
—El salón es amplio, como ves. La cocina es un poco más
pequeña, pero está equipada con todo lo necesario. Luke
me ha dicho algunas comidas que te gustan y he salido a
por ingredientes, pero te enseñaré dónde queda el
supermercado para que puedas ir por ti misma. Hay cosas
que te recomiendo comprar en el mercado; sobre todo, los
productos frescos.
Asiento, conforme.
—Muchas gracias.
Ya he visto la casa al entrar, cuando pensaba que no
tendría compañía. Ahora me fijo con más detalle. Por
supuesto, lo que más me llama la atención es, otra vez, la
enorme estantería. De color verde botella, llega hasta el
techo, y tendrá más de cuatrocientos ejemplares. Me doy
cuenta de que está ordenada por autores, por temática y
por editoriales.
—Sabía que este sería tu lugar favorito —comenta Cole a
mi lado. Estoy tan absorta mirando los títulos, que no me
he dado cuenta de que se ha acercado—. ¿Cómo los
ordenas tú?
—Utilizo el mismo sistema —confieso con una sonrisa—.
Aunque en mi salón tenemos dos baldas con los libros
puestos por colores y tonalidades. Jenna dice que le gusta
más, que le da paz ver esa armonía.
—Odio a la gente que los ordena por colores —afirma con
una rabia fingida—. ¿Cómo vas a tener las sagas
separadas? Eso es como separar hermanos.
Me río ante su dramatismo y sigo fijándome en sus libros.
Predomina la fantasía, pero tiene algunos grandes clásicos
de la literatura, varios thrillers conocidos y novelas
históricas. Abro los ojos cuando descubro otra sección.
Cojo un tomo de Nicholas Sparks y me giro hacia él.
—¿Lees romántica? —pregunto, sin poder ocultar mi
asombro.
—Sí, a veces. ¿Por?
—Me ha sorprendido. Hay tanta gente que da por hecho
que es literatura para mujeres…
—Los libros románticos profundizan en los sentimientos.
Creo que las personas que piensan así carecen de la
habilidad para gestionar los propios, no digamos ya
congeniar con los ajenos.
—Voy a imprimirme eso en una camiseta —comento y me
río—, aunque necesitaré una versión más corta.
Dejo el libro en la estantería y reanudamos el tour por la
casa.
—Tu dormitorio ya lo has visto antes, supongo —explica.
Mi maleta junto al armario me delata—. Puedes decorarlo
como quieras, es todo tuyo mientras estés aquí. Yo tengo mi
baño propio, así que este es para ti. Bueno, también para la
gente que viene de visita, claro. Lo siento, no tengo más.
—No pasa nada, no necesito uno propio. En casa tampoco
lo tengo.
—Te recomiendo que dediques un tiempo a explorar el
exterior mientras aún quede luz. El agua del lago está fría,
pero todavía te puedes bañar. En noviembre es probable
que empiece a helarse y para Navidad se congelará. El
bosque tiene un sendero. Termina en el pueblo, aunque da
un rodeo grande. El camino es de casi dos horas si lo haces
andando. Tengo una bici que puedes usar: era de mi
hermana Camille, pero ella ya no la coge. La he puesto a
punto para ti.
—Gracias, suena perfecto.
—Bueno, no te entretengo más. Dejo que te instales. Si
necesitas ayuda, simplemente búscame.
Cole se va y me quedo sola.
El tour no solo ha servido para enseñarme lo importante,
sino que también me ha ayudado a relajarme. Ha pasado
mucho desde que me enamoré de él (o lo que yo creía que
era amor) y él parece haberlo olvidado, así que yo también.
Me dejo caer sobre la cama, exhausta después del viaje,
pero feliz.
Acabo de llegar a Harper Springs y ya estoy segura de
que voy a adorar este lugar.
Capítulo 4
HAILEY
Estoy en medio del salón, sentada en la mesa de despacho
que hay junto a la estantería. El escritorio de mi habitación
tiene vistas al bosque, pero desde aquí puedo contemplar
mejor el lago. Los colores que componen el paisaje me
resultan más inspiradores. O lo harían, si la inspiración
fuese suficiente.
Llevo casi veinte minutos delante del ordenador. La
música de Taylor Swift suena de fondo, como parte
importante de la lista de reproducción que he creado para
la novela. Una página en blanco me devuelve la mirada y,
por mucho que desee que se rellene sola, me temo que eso
no va a pasar.
Ese es mi problema. No el hecho de que el libro se
escriba solo, pues escribir es algo que me apasiona, sino
que no sé cómo terminar con este bloqueo que tengo desde
hace meses. Si minimizo Google Drive, la herramienta que
utilizo (porque me gusta que la novela esté disponible para
poder trabajar en ella desde cualquier lugar), tengo
abiertos dos documentos muy diferentes. Selecciono uno de
ellos y lo leo mentalmente:
La nueva reina del romantasy tiene nombre propio: Hailey Bedford.
Descubre la sensación de TikTok que lo está petando: La última canción
oscura. El mundo no vivía un fenómeno fan tan grande desde que la
saga ACOTAR revolucionó la literatura juvenil.
El otro, en cambio, contiene una información muy
diferente:
No entiendo el revuelo alrededor de estos libros cuando, literalmente,
son bazofia. Imagino que todas las lectoras serán niñatas de Wattpad
que no han leído un libro de verdad en su vida. Personajes sin
coherencia, narración mediocre y trama inexistente. Pero bueno, nada
nuevo. Lo que se consigue cuando las editoriales apuestan por los
seguidores en vez de por la calidad. Hailey podría hacernos un favor a
todos y dedicarse a otra cosa. Como a morirse.
Tengo esa reseña de Goodreads guardada, no sé muy
bien por qué. La primera vez que la leí estuve llorando
durante varios días. Todo mi entorno me dijo que la
ignorara. Mi editora, Adrianne, incluso me aseguró que
esos comentarios son habituales cuando las historias se
hacen tan famosas, pero vienen más movidos por la envidia
y el odio que por la novela en sí.
Ya no me afecta como antes, pero sigo recordándola de
vez en cuando para no olvidarme de que la popularidad
tiene un precio, aun si ese precio a veces es que la gente se
crea con derecho a poder insultar tu trabajo sin ningún tipo
de escrúpulo. O de desearte la muerte.
Cualquiera de esos dos documentos ayuda al bloqueo que
atravieso. Tanto las críticas como las expectativas me
generan la misma presión.
Doy un sorbo a mi tercer café mientras sigo mirando la
pantalla, con las piernas encogidas encima de la silla. Dicen
que la absenta era la bebida de los escritores en la
antigüedad. Hoy en día, las escritoras sobrevivimos gracias
a la cafeína.
—¿Qué tal? ¿Fluye?
Me giro, sobresaltada, y veo a Cole. Tiene el pelo húmedo
y solo lleva puesto un bañador. La vista me traiciona un
segundo al recorrer su torso desnudo, con decenas de
gotas de agua resbalando por su piel. En mi defensa,
cualquier persona con ojos en la cara hubiese contemplado
esos músculos definidos y…
No. No puedo seguir mirando.
Yo llevo un pantalón viejo y holgado de cuadros, una
camiseta ajustada y un moño mal hecho. Supongo que no
es mi mejor outfit, pero es lo más cómodo y mi uniforme de
trabajo.
—¿Has estado nadando? —pregunto, en cambio.
—Sí, me ayuda a despejarme. Podrías probarlo un día,
quizá te sirva.
Miro hacia el aparador, donde hay un par de
termómetros. Cole cuenta con dos sensores de
temperatura; uno dentro de la casa y otro en el exterior. El
de fuera marca 12°C.
—¿No está el agua congelada por la mañana?
—Hago terapia de frío. ¿Has oído hablar de Win Hof? No
pasa nada —responde al ver mi cara de confusión—.
Intento acostumbrar a mi cuerpo a pasar frío de manera
gradual. Se supone que aporta un millón de beneficios,
como reducir el estrés, fortalecer el sistema inmunitario o
mejorar la calidad del sueño. Por ahora no lo llevo del todo
bien —bromea—, pero cumple una función. Salgo del agua
totalmente espabilado. ¿Y bien? No me has respondido.
¿Fluye la escritura?
—No —respondo de forma escueta.
—¿No estás inspirada?
—No.
—Seguro que termina por salir —me anima—. Esa
cabecita tuya siempre lo consigue.
—Ojalá pudiese creerlo.
—Tu hermano presume mucho de ti. Dice que siempre
estás escribiendo algo o tomando notas en alguna libreta o
mirando imágenes en Pinterest que te sirven de
inspiración. Luke sabe que eres capaz de todo, y yo
también. Terminar siempre es más difícil que empezar, pero
sé que lo conseguirás.
No tengo tiempo para responder, pues recibe una
llamada y se aleja un poco para hablar. Intento escribir
algo, lo que sea, pero termino aporreando el teclado con
frustración.
Cole me encuentra así al regresar, se ríe y se acerca de
nuevo.
—Era Camille, mi hermana —me informa—. Ha tenido un
problema. Voy a acercarme a echarle una mano. ¿Quieres
acompañarme? Sé que estás trabajando, pero lo mismo te
viene bien una distracción. Así la conoces, es más o menos
de tu edad.
—¡Sí! —exclamo y parezco casi desesperada.
No me importa. Estoy cansada de enfrentarme a esta
página en blanco día tras día. Cole me ofrece una
alternativa mejor, aunque a mi editora seguramente no le
hará ninguna gracia.
—Tienes cinco minutos para prepararte. Si tardamos
más, Cami nos matará a los dos.
Se pierde hacia su dormitorio para vestirse y yo hago lo
mismo. Me pongo unos vaqueros elásticos, una sudadera y
unas botas cómodas porque doy por hecho que vamos a
realizar algún tipo de trabajo físico.
Cole me está esperando en su camioneta; una RAM de
color azul que es el doble de grande que mi coche, que se
ha quedado en Oklahoma.
—Vamos al pueblo.
Recorremos el camino que hice ayer en el Uber, pasando
cerca del lago y luego por dentro del bosque, en el que se
esconden multitud de cabañas de madera. Aprovecho para
mirar el móvil. Tengo varios mensajes. Compruebo primero
los de Nick. Sabe que sigo enfadada con él, así que se
dedica a repetirme varias veces que me quiere y a pedirme
que no esté así. Sin embargo, en ninguno de ellos ofrece la
posibilidad de volver a cerrar la relación. Yo tampoco se lo
digo, así que imagino que no puedo culparlo de todo.
El chat con mi amiga Jenna me anima más, aunque solo
sea por la cantidad de tonterías que es capaz de inventar.
Respondo de forma rápida y guardo el teléfono para
disfrutar de las vistas.
Cole enciende la radio y conecta su móvil para poner
música. Suena Beautiful Things, de Benson Boone, y él
comienza a tararear la canción por lo bajo.
—Es un pueblo pequeño, pero tiene su encanto —dice de
pronto.
—¿Tú eres de aquí?
—Sí. Viví aquí hasta los dieciocho, después me fui a la
universidad.
—En Filadelfia —afirmo, pues mi hermano me ha contado
la historia. Además, recuerdo bien esa época en la que veía
a Cole más a menudo.
—Correcto. Ahí conocí a Luke y nos hicimos amigos.
—Mi hermano habla mucho de ti. Te aprecia mucho.
—Es mutuo. Quizá no nos conozcamos desde siempre,
pero si tuviera que dejar mi vida en manos de alguien sería
en las de Luke.
Sonrío al escucharlo. Yo también dejaría mi vida en sus
manos, incluso si a veces se excede siendo tan protector.
Puedo entender por qué es así, aunque no deje de ser un
fastidio.
—Sí. Suele tener ese efecto —respondo—. ¿Por qué
regresaste? Después de vivir en grandes ciudades, esto se
queda…
—¿Pequeño? —termina por mí. Me mira un instante, con
el ceño fruncido y pensativo—. Puede ser, pero pequeño no
tiene por qué ser malo. Aquí están mi madre, mi hermana,
mis amigos de la infancia… No sé si será definitivo o solo
algo pasajero. Después de haber vivido todo, esta paz es
justo lo que necesito. Necesito paz —repite y veo cómo sus
manos se aferran con más fuerza al volante. Noto que no
quiere hablar del tema, así que no insisto—. ¿No es
también lo que estás buscando tú?
—Sí, creo que sí.
Solo llevo aquí un día y ya sé que esa cabaña perdida en
medio de un bosque de ensueño cuenta con todos los
elementos para ayudarme a volver a escribir. Al menos,
quiero aferrarme a ese pequeño rayo de esperanza.
Bajo la ventana del coche y saco la cabeza para poder
contemplar mejor el paisaje, para poder respirarlo mejor.
Me encanta este aroma. A hierba húmeda, a hojarasca, a
pino.
El pueblo aparece al fondo, con sus construcciones bajas
de ladrillos rojizos, piedra blanca y madera. Cole callejea
un poco y se detiene delante de una casa enorme y ruinosa.
Pese a su estado, me gusta. Rodeada de vegetación, un
pequeño arroyo cruza por delante, atravesado por un
puente de piedra.
—Qué pasada de sitio —comento sin poder evitarlo.
—Eso mismo dijo Camille. Por eso está tan empeñada en
reformarlo.
—¿Lo está haciendo ella?
—Yo la ayudo un poco, pero todo el mérito es suyo.
Bajamos del coche a la vez y él se dirige hacia la casa de
madera. Tiene parte del techo caído y un agujero en una
pared que parece una ventana rota. Ahora sigue dando luz,
pero dudo que quieran ese efecto.
Una chica aparece corriendo. Es más bajita que yo. Viste
un chándal y una coleta morena despeinada. Apenas me fijo
en ella porque lo que más llama la atención es que va
completamente empapada.
—¡Cole! ¡Menos mal que has venido!
—¿Qué ha pasado?
—Estaba tirando abajo una pared y sin querer le he dado
a una tubería. ¡No para de salir agua por todas partes!
La hermana corre hasta el interior y Cole la sigue. Hago
lo mismo, sin saber cómo actuar, aunque no puedo evitar
sentirme una intrusa.
La vivienda está medio derruida. En algunas zonas
carece de paredes interiores. Cole se limita a seguir el
enorme charco de agua hasta que da con el problema: una
tubería oxidada con un agujero a un metro de altura.
De pronto se oye el llanto de un niño pequeño y la
hermana se detiene en seco.
—Mierda —gruñe—. ¡Caden, ya voy!
Echa a correr hacia otro lado y Cole y yo nos quedamos
ante el peligro.
Él trata de taponar la fuga con las manos, pero solo
consigue que el agua salga con más presión y en todas las
direcciones. Antes de poder apartarme, me da de lleno en
el pecho. Le lleva unos segundos conseguir que cese.
—Busca la llave de paso —me ordena.
Miro hacia el suelo, pero no hay ninguna herramienta a
simple vista.
—¿La qué? —pregunto, pues no tengo ni idea de qué me
habla.
—Tapa el agujero de la tubería; yo me encargo —me dice.
Hago lo que me pide sin pensarlo demasiado. Descubro
que no es tan sencillo. Mis manos son más pequeñas y el
agua sale disparada, generando el efecto de un aspersor.
Suelto un grito cuando, unos centímetros más arriba, otro
agujero surge solo y un chorro impacta contra mi cara.
De repente, el agua deja de salir con fuerza, hasta
desaparecer del todo. Cole vuelve en ese instante y me
observa, mojada de pies a cabeza, con el pelo en las
mejillas y todavía gritando.
Para mi sorpresa, una carcajada se le escapa de la
garganta; yo lo imito porque toda la situación me parece
surrealista.
—Bienvenida a Villa Ruina, microbio.
Capítulo 5
HAILEY
Cole y yo estamos sentados en dos sillas de plástico, los
únicos muebles que hay en Villa Ruina.
Camille ha ido a llevar a Caden al colegio. Me ha dejado
ropa seca, aunque me queda un poco pequeña. Se ha
disculpado varias veces por el percance. No estoy molesta;
al contrario, sé que Jenna se partirá de risa cuando se lo
cuente. Sobre todo si le hablo de que he visto a Cole sin
camiseta.
Mi mejor amiga y yo tendemos a describir a los hombres
mediante comparaciones porque nos entendemos mejor
con una imagen visual que con una explicación detallada.
No voy a decirle que Cole posee unos abdominales duros y
marcados, no. Voy a decirle: «Su torso es igual que el de
Ryan Gosling en Crazy, Stupid Love» y su imaginación hará
el resto. Tengo novio, pero no creo que haya nada malo en
mirar. «De hecho, no hay nada malo en nada. Tienes una
relación abierta», me dice una vocecilla que decido ignorar.
Además, Jenna ya conoce a Cole. Todavía no le he
contado que estoy viviendo con él. Va a alucinar cuando lo
sepa, aunque quiero terminar de procesarlo yo antes de
añadir a mi amiga a la ecuación.
—¿Puedo preguntarte algo? —digo al cabo de un rato—.
Es un poco personal.
—Adelante.
—Es sobre tu hermana… ¿Qué edad tiene? Parece más
pequeña que yo.
—Es un poco mayor, acaba de cumplir veintitrés.
Supongo que lo dices por mi sobrino, ¿no?
—Sí. Perdón, no quería ofender ni nada, es solo que me
ha llamado la atención que sea madre tan joven.
—Camille tuvo a Caden con diecinueve años. No fue
intencionado, pero decidió seguir adelante con el
embarazo. En la familia la ayudamos en todo lo que
pudimos, aunque lo más duro le ha tocado a ella. Es una
gran madre.
—No lo dudo. ¿Y el padre?
—No hay padre —responde, serio—. No voy a contarte su
historia, eso es algo que hará Camille si ella quiere.
—Claro, no pretendía…
—Tranquila, no pasa nada —me interrumpe antes de que
termine la disculpa—. Tampoco es que sea una gran
historia, de todos modos. Esto de aquí es su nuevo proyecto
—añade y abre los brazos para abarcar la casa—. No ha
tenido uno desde que Caden nació porque el pequeño le ha
consumido. Ahora va al colegio y Camille tiene tiempo
libre, energía y ganas de empezar algo que sea solo suyo.
—¿Qué pretende hacer aquí?
—Un hotel. Uno de esos Bed and Breakfast. Algo
modesto, con unas seis habitaciones. Este sitio es muy
grande, así que también va a hacerse su propia casa para
vivir cerca del negocio. Creo que es una buena inversión
porque Harper Springs cada vez tiene más turismo, pero
sigue sin capacidad hotelera, así que habrá demanda.
—Me parece una gran idea. Seguro que le quedará
genial. ¿Cuándo espera abrirlo?
—Pues lo está haciendo ella con la ayuda que va
encontrando. Lo bueno de un pueblo pequeño es que todo
el mundo se presta a colaborar. Lo malo es que tiene
mucho trabajo. Por eso no hay fecha concreta, pero será
antes de Navidad.
Eso son unos meses solo por delante para terminar.
—No es que yo sepa mucho, pero podéis contar también
conmigo. Aprendo rápido.
Cole sonríe, divertido, y me mira.
—Bueno, al menos ya sabes lo que es una llave de paso.
Antes, cuando me ha enseñado lo que era, me ha dado
por reírme. Pensaba que se refería a algún tipo de
herramienta para taponar la fuga, pero nada más lejos. Una
llave de paso es una válvula que corta el acceso general de
agua.
Cole no ha llegado a reparar la fuga, porque las tuberías
están oxidadas y hay que valorar si es mejor sustituirlas
enteras.
—¿Qué te parece Villa Ruina? —me pregunta, sacándome
de mis pensamientos.
—Tiene bastante potencial —respondo con diplomacia.
Él suelta una carcajada.
—Una forma muy optimista de verlo.
—De verdad, creo que quedará bien. El sitio es precioso.
—Eso no puedo discutirlo.
—¿Puedo ver la casa entera?
—Claro, te la enseño.
Nos levantamos y sigo a Cole. Me va explicando la idea
de Camille para la reforma. Una cocina común con vistas al
bosque, una sala de estar y varias habitaciones, dos de
ellas con baño propio y las otras cuatro con uno
compartido. Incluso quiere hacer una especie de sala de
juegos.
Camille llega cuando salimos de nuevo al jardín. Lleva un
par de vasos de cartón y nos tiende uno a cada uno.
—Os he traído un café para agradeceros la ayuda. Hailey,
no sabía qué tomabas, así que he elegido un mocca. A todo
el mundo le gusta el mocca.
—La verdad es que sí, me encanta —coincido y cojo mi
vaso para darle un sorbo al que será mi cuarto café de la
mañana. Tengo que empezar a medir el consumo o voy a
terminar con taquicardias—. Muchas gracias.
—A mí no me gusta el mocca —replica su hermano.
—Tú lo tomas solo, Cole. Tu opinión sobre el café no
cuenta —afirma. Después se gira hacia mí—. Siento haber
interrumpido tu jornada de escritura. Mi hermano dice…
—Le he enseñado Villa Ruina en tu ausencia —la
interrumpe Cole—. Se ha ofrecido a ayudar.
—No hace falta, no te preocupes, sé que estás ocupada
y…
—No es ninguna molestia —la corto yo esta vez—. Nunca
he sido una manitas, pero puedo intentarlo. Además, me
viene bien la distracción —añado con sinceridad.
Noto la mirada de Cole clavada en mí, pero es su
hermana la que se atreve a preguntar.
—¿Por qué?
—El libro no está fluyendo como debería. Intento
obligarme a escribir, pero no funciona así. Quizá si hago
otras cosas vuelva a reconectar conmigo misma y con lo
que de verdad me apasiona.
El móvil de Cole suena y se disculpa antes de alejarse
para responder. Camille aprovecha para seguir su
interrogatorio. La veo curiosa, no entrometida.
—Has venido al pueblo para escribir, ¿no?
—Sí, es la idea. Voy a estar cuatro meses, tengo tiempo
para todo.
—¿Vas a pasar aquí el invierno? Espero que hayas traído
ropa de abrigo. Esto no es Oklahoma.
—Sí, Luke me avisó. Nick también me lo dijo.
—¿Quién es Nick?
—Mi novio.
—Ah, no sabía que tenías pareja —comenta Camille—.
Luke habla mucho de ti, pero no lo mencionó.
—¿Tú también hablas con Luke?
—Claro, es el mejor amigo de mi hermano. Viene a veces
por el pueblo. Presume mucho de ti.
—Lo sé. —Sin querer, se me dibuja una sonrisa. Es el
efecto que suele tener Luke en mí—. Si no te ha hablado de
Nick es porque no le cae bien. Llevamos juntos tres años,
pero a él nunca le ha gustado porque es mayor que yo.
—¿Qué edad tiene? —pregunta Cole, que acaba de volver
de su llamada.
—Treinta y dos años.
—¿Treinta y dos? —casi grita Camille—. Eso es… genial
—termina por decir, aunque está claro que no era lo que
iba a soltar en un primer momento—. ¿Qué tal con él?
—Bien —respondo de forma escueta.
No me apetece contar todo lo que envuelve a mi novio.
Todavía no he asimilado que ahora tenemos una relación
abierta y que quizá se esté enrollando con otra persona.
—¿Qué os parece si vamos a El Gato con Botas? —
pregunta Cole. Creo que ha notado mi incomodidad y está
intentando salvarme de seguir con la conversación—. Es
uno de los dos bares del pueblo y hacen las mejores
hamburguesas de todo el país. Así conoces otro de los
grandes atractivos de Harper Springs.
—Harper Springs no tiene grandes atractivos —corrige
su hermana—, pero, sí, ese bar es uno de los mejores.
Venga, te hacemos un tour por la zona y te compensamos el
hecho de haberte calado entera.
—¿Un tour a cambio de haberme mojado? Me parece una
gran recompensa.
—Bueno, esta ha sido solo la primera vez. Si de verdad
vas a ayudar en Villa Ruina, prepárate para muchos otros
desastres.
Cole y Camille se ríen, como recordando otros que han
vivido. No siento miedo ni preocupación. Más bien al
contrario: me gusta sentirme implicada en un proyecto, uno
en el que no estoy bloqueada.
Además, voy a pasar aquí cuatro meses. Todavía es
pronto para saberlo, pero creo que voy a encontrar en
Camille una gran amiga.
Capítulo 6
HAILEY
Estoy sentada delante del ordenador, frente a una página
en blanco. En la pantalla se leen los dos mensajes que
siempre tengo presentes. Las expectativas contra las
críticas destructivas.
No sé por qué lo hago. A veces, cuando el síndrome del
impostor ataca y me siento una pésima escritora, vuelvo a
releerlas, pese a que eso sirva únicamente para hacerlo
más fuerte.
Esta pequeña tortura solo se interrumpe cuando escucho
el timbre de la puerta. No sé quién puede ser. Cole se fue
hace un rato a Villa Ruina y dudo mucho que se trate de
algún repartidor, pues ese estilo de mercado no existe en
Harper Springs.
Observo a través de la mirilla y veo a un grupo variado de
personas. Un par de hombres adultos, una mujer, una
anciana, una adolescente y tres perros.
Abro la puerta y me encuentro con muchas sonrisas
radiantes, todas fijas en mí.
—Buenos días —saludo algo cohibida.
—¡Bienvenida a Harper Springs! —corean casi al
unísono.
La única que no lo hace es la adolescente, que evita el
contacto visual conmigo, imagino que por vergüenza.
La anciana da un paso adelante y me entrega una enorme
cesta de fruta. He visto estas cosas en las películas, pero
nunca he estado ni cerca de vivirlo.
—Somos el comité de bienvenida del Residencial Woods
—explica—. Yo soy Ruth, la presidenta de la comunidad.
Ellos son Liam, Anthony, Esther y Amanda. La mayoría de
las cabañas se llenan en verano, cuando vienen sus
propietarios para disfrutar del lago. En invierno somos
menos, pero nos quedamos los mejores —añade con una
sonrisa y me guiña un ojo.
—Muchas gracias —consigo decir. Todavía estoy un poco
abrumada—. Yo soy…
—Hailey Bedford, por supuesto —me interrumpe Esther
—. Lo sabemos.
Aquí todo el mundo conoce a Luke, entiendo.
—¿Sabes si tu hermano tiene pensado venir pronto? —
pregunta Liam. Es fácil distinguirlos porque Anthony es
pelirrojo—. Cuando pasa por aquí siempre saca tiempo para
organizar un partido.
—Nos da una paliza a todos, pero lo pasamos bien —
afirma Anthony.
—Los niños disfrutan mucho y luego presumen de
conocerlo con sus amigos de la capital —aclara Esther con
una sonrisa.
—No queremos entretenerte mucho, solo veníamos a
presentarnos formalmente —interviene Ruth—. Si necesitas
cualquier cosa, estamos a tu disposición. Mi cabaña está
más allá del lago, es la de la puerta verde. Amanda es mi
nieta y vive conmigo. Suele ser muy habladora, pero ahora
la vergüenza le puede.
—Abuela, cállate ya… —murmura la adolescente, con la
mirada clavada en el suelo.
—Nosotros vivimos en la número dieciocho, la que tiene
el cobertizo rojo al lado —informa Esther y señala a
Anthony—. Liam y él son hermanos.
—Mi cabaña es de madera de colores normales —explica
Liam con una sonrisa divertida—. Pero estos tres perros
son míos, así que también puedes encontrarla con facilidad.
Son unos mastines enormes. En otro momento quizá me
acercaría a acariciarlos, pues parecen muy cariñosos.
Ahora, no obstante, tengo una cesta de frutas encima que
debe de pesar unos diez kilos.
—Pues eso es todo —dice Ruth—. No te entretenemos
más. Lo único, no te comas todos los melocotones, son las
frutas favoritas de Cole.
El comité de bienvenida se despide y se va. Sonrío, feliz.
Venir a saludar a la vecina nueva es un pequeño gesto, pero
me gusta. Harper Springs cada vez me parece un pueblo
más adorable, y eso que apenas lo conozco por ahora.
Dejo la cesta sobre la isla y examino el contenido. Hay
fruta de todo tipo, además de tres cajas de galletas de
mantequilla y unos bombones. Hago una foto para mis
redes sociales, y también para mí, porque quiero conservar
este recuerdo. Organizo el contenido y vuelvo al ordenador,
con un par de galletas en la mano y otra en la boca.
Cierro las críticas que tenía abiertas, sin ganas de
recordarlas más. La página en blanco me devuelve la
mirada. Antes de que pueda empezar a pelearme con ella,
mi teléfono suena y veo que se trata de Jenna.
—¿De verdad tus vecinos han ido a presentarse y a
llevarte fruta? —dice en cuanto descuelgo. Ha debido de
ver mi historia en Instagram—. Me encanta.
—Y también hay galletas y chocolate.
—Espera un segundo, estoy mirando un vuelo para irme a
vivir contigo —bromea—. ¿Qué tal va la adaptación? Bien,
por lo que veo, ¿no?
Supongo que ha llegado la hora de contarle a Jenna lo
que le he estado ocultando estos días. De todos modos, no
creo que pueda guardar el secreto mucho más tiempo.
—No me mates, pero hay algo que no te he dicho.
—Dime lo que es y ya veré luego si te mato o no.
—No estoy sola en la cabaña. Luke tuvo la genial idea de
que la compartiera con…
—¿Con quién? —pregunta, histérica, cuando dejo la frase
en el aire—. Por todas las tabletas de Milka del mundo,
Hails, como no me digas ahora mismo con quién, te juro
que voy a…
—¿Recuerdas a Cole? El amigo de mi hermano.
—¿Cole Jenkins? ¿El mismo Cole al que le cantaste una
canción de Taylor Swift versionada por ti para declararle tu
amor cuando tenías doce años?
Suelto un grito agudo al escucharla. Llevo días peleando
para enterrar ese recuerdo y Jenna acaba de traerlo de
vuelta, como si nada, como si no fuese el momento más
vergonzoso de toda mi vida.
—¡Traidora! —exclamo—. ¡Dijiste que nunca más lo
volverías a mencionar!
—¡Y tú no me dijiste que el abdomen de Ryan Gosling era
en realidad el suyo! —se defiende. No estamos enfadadas,
claro que no. Es nuestra forma de querernos—. Cuéntamelo
todo.
—No hay mucho que contar… Creo que él no se acuerda
de esa confesión de amor y lo prefiero. Se porta bien
conmigo, aunque tampoco es que hayamos hablado mucho.
Charlamos durante una media hora en la que monopolizo
la conversación. Nick, la página en blanco, Harper
Springs… Jenna bromea conmigo o se enfada cuando toca,
haciendo su papel de mejor amiga.
—¿Tú no piensas contarme nada? —pregunto, entonces
—. ¿Has terminado ya tu propuesta?
—La envié ayer —responde.
El corazón se me acelera por los nervios y la expectación.
Jenna acaba de terminar la carrera de Periodismo y su
sueño es conseguir un puesto de trabajo en Madness. Se
trata de una revista de Nueva York centrada en las mujeres
y sus gustos, así que habla sobre moda, literatura, cine,
política, deportes… Tiene varias columnas de opinión,
todas enfocadas a un público femenino. Lleva meses
currándose una propuesta para presentar su currículum a
una oferta que salió y ahora ninguna de las dos vamos a
poder dejar de pensar en ello hasta que le respondan.
—¡Eso es genial, Jen!
—Todavía queda un mes de pruebas hasta que decidan
con quién se quedan. No creo que pueda dormir en todo
ese tiempo.
—Si son inteligentes, te elegirán a ti.
—Lo sé —dice. Hay broma en su tono, pero también
muchos nervios.
—Te debo una celebración. —Caigo entonces—. Dijimos
que nos iríamos a beber champán cuando lo enviaras.
—Pienso cobrarme intereses, así que prepara por lo
menos dos botellas.
Cuando colgamos el teléfono, tras otra media hora más
de cháchara, me siento más feliz de lo que he estado estos
últimos días.
Y, aunque la primera página de mi manuscrito sigue en
blanco, estoy convencida de que en algún momento podré
romper esa barrera y dejar que las palabras fluyan.
Luke tenía razón: Harper Springs es justo lo que
necesito.
Capítulo 7
HAILEY
Es sábado por la mañana, lo que quiere decir que ya llevo
casi una semana completa en Harper Springs. He
desarrollado una rutina y creo que me está sentando bien.
O lo hará, cuando empiece a dar sus frutos. Me levanto,
desayuno, pongo música de Taylor Swift y me dirijo al
escritorio del salón.
He cambiado mi oficina un par de ocasiones y he elegido
el porche que hay junto al embarcadero, con el ordenador
apoyado en la mesa; aunque no he llegado a escribir nada.
Desde ahí, puedo contemplar a Cole: hay algo hipnótico en
las brazadas que da dentro del agua. Él me recuerda un
poco a Evony, el personaje de mi libro, y tengo la esperanza
de que me inspire.
Cole tiene su propia rutina también: se despierta
temprano para nadar en el lago y poner a prueba su
resistencia al frío; después, se ducha y se viste, desayuna y
se va para ayudar a Camille en Villa Ruina. Yo lo he
acompañado en un par de ocasiones, pero el resto de días
me he quedado en la cabaña, peleándome con la página por
escribir.
A veces, salgo con la bici por el sendero tras la cabaña y
me adentro en el bosque. Pedalear me ayuda también a
despejarme, aunque termino regresando pronto. La
culpabilidad por no avanzar con la historia siempre me
ataca cuando no estoy sentada frente al ordenador.
Ayer me llamó Adrianne y hablamos durante más de una
hora sobre la novela. No la he engañado: le he contado que
no fluye, que estoy bloqueada. Me agobian las expectativas
porque sé que hay muchas personas esperando el cierre de
la trilogía. El segundo libro no gustó tanto como el primero
y Adrianne dice que eso es habitual, pero a veces me siento
un poco impostora. O me sentía.
Después de nuestra charla, de la lluvia de ideas y de unas
palabras de ánimo dignas de la mejor coach emocional, he
conseguido arrancar. Solo tengo dos párrafos que no llegan
ni a sumar doscientas palabras, pero me siento tan feliz
que apenas puedo dejar de sonreír. Sé que las terminaré
modificando y desaparecerán de la historia, pero lo que
más me cuesta siempre es el comienzo y ya está hecho.
Ahora solo tengo que seguir.
El problema es que estoy un poco distraída porque hoy
he amanecido con un mensaje de Nick más romántico que
los últimos:
Eres el amor de mi vida, nena. Quiero que lo sepas siempre. Pase
lo que pase.
He respondido con un escueto «te quiero», pero es la
primera vez que se lo digo desde que llegué al pueblo, así
que es un avance.
Me levanto para prepararme un café, el segundo del día,
justo cuando mi teléfono suena. La sonrisa se ensancha al
comprobar que es una videollamada de Jenna. ¿Tendrá un
sexto sentido de la amistad que ha notado que he
empezado a vencer el bloqueo?
—¡Hola, Jen! —la saludo, entusiasmada.
El primer signo de alarma es su cara. No parece feliz,
sino enfadada.
—Hola —responde, sin un ápice de emoción.
—¿Qué pasa? Me estás asustando.
Por un momento pienso que la han descartado ya del
proceso de selección, pero entonces mi amiga habla:
—Perdón, no sé ni cómo empezar a decirte esto, así que
voy a hacerlo a bocajarro.
—Suéltalo.
—Anoche salí de fiesta, ¿te acuerdas que te lo conté? —
dice. Yo asiento—. El caso es que coincidí en el mismo sitio
que Nick, aunque él no me vio. Yo… Hailey… Nick se ha
acostado con Miranda.
Durante un instante no digo nada. Mi cerebro se queda
bloqueado y creo que se detiene mi sinapsis neuronal.
—¿Qué? —Es todo lo que me sale.
—Siento contártelo así y siento aún más no estar ahí
contigo, pero los vi. Luego le pregunté a Miranda y ni
siquiera lo negó. Me dijo que no hacía nada malo, que
teníais una relación abierta. No estoy orgullosa, pero es
posible que le tirara el cubata en la cara y le dijera de todo.
A Nick no lo vi, por eso se escapó. Por ahora, porque te juro
que cuando lo vea…
Dejo de escuchar.
Miranda, mi amiga.
La misma Miranda que ayudó a convencer a Nick de
abrir la relación.
Ha pasado menos de una semana.
Y Nick y ella se han acostado.
¿Para eso quería que nos relacionásemos con otras
personas? ¿Quería tener algo con Miranda desde antes?
¿Ya lo tenía?
—Hailey, di algo —me pide Jenna, que está viendo mi
cara descompuesta a través de la pantalla—. ¿Sabes? Creo
que es la oportunidad perfecta para dejar a ese cabrón. No
te merece, nunca lo ha hecho.
Cole entra y percibe enseguida que algo no va bien. Yo
estoy al borde de las lágrimas, sin llegar a asimilar todavía
lo que ha pasado.
—Jenna, te llamo ahora, ¿vale? —le digo.
—Ni se te ocurra colgar. Si vas a llorar, estoy aquí y…
Cuelgo de todos modos, justo cuando las primeras
lágrimas empiezan a caer. Cole se acerca de dos grandes
zancadas y se planta delante de mí.
—Eh, microbio, ¿qué ha pasado? ¿Qué te pasa?
Pasa sus pulgares por mi cara y atrapa esas pequeñas
gotas saladas y traidoras que se han derramado sin
remedio. Me mira con ternura, casi como lo haría mi
hermano, pero no me presiona para que hable.
—No tienes que contármelo. Solo quiero que sepas que
sé escuchar.
—Mi novio se ha acostado con otra chica.
—Qué cabrón —escupe, con los labios apretados.
—No… El caso es que no sé si lo es. Me pidió que
abriésemos la relación antes de venir, así que técnicamente
no son cuernos.
—¿Entonces, por qué lloras?
—No ha pasado ni una semana. Yo pensé que… pensé que
esperaría más.
Cole se separa un poco de mí para mirarme mejor. Me
fijo en sus ojos. Son de un marrón tan oscuro que casi
parecen negros. Hay un brillo de preocupación, algo que
los hace infinitamente profundos.
—Hailey, ¿tú quieres tener una relación abierta? Porque
para que funcione, las dos partes deben estar de acuerdo. Y
no parece que tú…
—Sí estoy de acuerdo —me apresuro a contestar, no sé
muy bien por qué. De repente, tengo la necesidad de
defender a Nick. Cole no lo conoce, no lo puede juzgar tan
rápido. Si alguien tiene que hacerlo, esa soy yo. Nick es mi
novio. Lo lleva siendo tres años—. Es solo que me ha pillado
por sorpresa, ya está.
—Claro, supongo que lloras por la sorpresa —comenta
muy serio. Yo no digo nada y, durante unos largos minutos,
permanecemos en silencio, cada uno sumido en sus propios
pensamientos—. Esta noche voy a salir con los chicos.
¿Quieres unirte? Camille también se apunta.
—No sé si…
—Si vas a tener una relación abierta, tú también puedes
hacer uso de ella. —Sus palabras me impactan, pese a la
realidad que representan—. Hoy te vienes, no acepto un no
por respuesta.
—No sé…
—Hailey, tienes veintidós años. Te mereces darle una
alegría al cuerpo, sobre todo si tu novio ya está en ello.
Además, quizá así aprenda a valorarte mejor.
No necesito escuchar esto ahora mismo. Sobre todo
porque creo que puede tener un poco de razón.
Cojo el móvil y abro la conversación con Nick. Leo el
último mensaje que me envió, ese que me pareció tan
bonito. Miro la hora: las cinco y media de la madrugada.
Seguramente ahí ya se habría tirado a Miranda. ¿Me lo ha
mandado por eso? ¿Porque se sentía culpable?
Aún es temprano, pero no me importa. Marco su número
y lo llamo por teléfono. Necesito escuchar su explicación,
sea la que sea. Cole se aleja al ver mis intenciones, imagino
que para darme intimidad. Lo veo negar con la cabeza
mientras se va.
Nick responde al segundo tono, con la boca pastosa por
la resaca.
—Eh, nena, estaba dormido. ¿Qué tal va todo?
—La verdad es que pensaba que esperarías un poco más
para acostarte con otra, sobre todo si esa otra era mi amiga
—espeto con rabia—. Creía que cuatro meses eran mucho
tiempo para estar sin sexo y por eso hacíamos el trato, pero
es que no has aguantado ni seis días.
—Eh, eh, espera, no es así. Deja que me explique.
—Adelante, soy toda oídos.
—Ayer salí con unos amigos porque estaba jodido. Llevas
toda la puñetera semana ignorándome o hablándome a
cuentagotas y yo qué sé, me pasé bebiendo. Miranda
apareció después y empezamos a charlar sobre ti, y creo
que fue eso lo que me pasó, que todo me recordó
demasiado a nosotros y se me fue la cabeza y terminé
acostándome con ella, pero no pensé en Miranda, te lo juro.
Solo puedo pensar en ti.
Tengo un nudo en la garganta que me impide responder.
En la cabeza de Nick quizá esa excusa suene genial, pero a
mí me duele igual. Además, me parece repugnante. ¿Para
qué se acostó con ella si supuestamente pensaba en mí?
—Di algo, nena. Sabes que te quiero, que eres el amor de
mi vida. No volveré a ver a Miranda, te lo prometo. Pero…
no puedo perderte, cielo. No puedo. —La voz se le quiebra
—. Somos Nick y Hailey, ¿recuerdas?
Algo se parte en mi interior cuando lo escucho llorar.
Noto su dolor y me convenzo de que sabe que lo ha hecho
mal. No lo perdono, no del todo, pero sí lo suficiente por
ahora.
—Sigo enfadada.
—Me parece bien, enfádate. Te compensaré, te lo
prometo, pero no me dejes —suplica. Silencio por mi parte
—. Te quiero, peque. Te quiero siempre.
Cuelgo sin responder, pero creo que Nick sabe que no
pienso dejarlo, pese a que tampoco me haya propuesto
ahora cerrar la relación.
Levanto la mirada y veo a Cole, mirándome desde el otro
lado del salón. No sé cuánto ha escuchado, pero ya se ha
duchado, así que ha debido de volver hace poco. Me mira,
serio, y vuelve a negar, despacio, dejando claro que no está
de acuerdo conmigo. No pasa nada, no lo necesito.
—Me apunto —afirmo y repito lo que él mismo me ha
dicho antes—: Si voy a tener una relación abierta, a lo
mejor yo también merezco hacer uso de ella.
Mis palabras no reflejan mi convencimiento, pero no pasa
nada, porque las voy a mantener.
Cole sonríe y me guiña un ojo.
—Me alegro, microbio. Esta noche vas a darte un
homenaje.
Capítulo 8
COLE
Me he tomado la situación de Hailey como un reto
personal.
No quiero prejuzgar la relación con su novio. Ellos llevan
tres años saliendo y yo conozco solo un par de detalles: la
diferencia de edad y que él se ha tirado a otra. Sin
embargo, son dos detalles que no me gustan nada. Así que
voy a enseñarle el mundo que creo que se está perdiendo.
Me miro en el espejo del dormitorio para comprobar mi
aspecto. El pelo, de un marrón tan oscuro que a veces
parece negro, está cuidadosamente despeinado; sobre
todo, en la zona del tupé. Me he recortado un poco la
barba, como siempre. No me gusta llevar demasiado vello
facial, pero mi cara afeitada del todo me hace parecer un
adolescente. Me he vestido con un jersey azul y un vaquero
gastado. Las noches de septiembre ya refrescan, como un
pequeño anticipo de lo que nos espera en invierno.
Camille ha venido a casa para prepararse. Ha llegado
cargada de conjuntos «por si acaso». Al parecer, salir de
fiesta no entraba en la idea del retiro de escritura de
Hailey. ¿Somos una mala influencia? Espero que no. Estoy
convencido de que la diversión no es opuesta a la
responsabilidad.
Voy a salir del dormitorio cuando mi móvil suena y veo en
la pantalla que se trata de Luke. Hablamos de forma
habitual, aunque estas llamadas se han duplicado ahora
que su hermana vive aquí.
—Eh, tío, ¿qué tal? —respondo. Se escucha música de
fondo, así que imagino que ha huido de alguna fiesta en la
que está invitado. La vida de una estrella de la NFL es muy
dura.
—Bien, con el equipo, celebrando la última victoria.
—Vi el partido. Menuda paliza le metisteis a Baltimore.
Jugaste de puta madre.
—No es lo mismo desde que tú no estás —se le escapa, y
sus palabras me golpean directamente en el pecho. Luke y
yo nunca hablamos de esa época. Él es el único que sabe
cómo me sigue afectando, por lo que se produce un silencio
incómodo—. ¿Qué tal Hailey? —pregunta para romperlo—.
¿Cómo lleva el libro?
—Tiene un bloqueo, pero se está esforzando. Ahora nos
vamos de fiesta para distraerla un rato.
—¿Distraerla? ¿Qué pasa?
No pienso contarle lo de Nick, por mucho que sea mi
mejor amigo. Me considero una persona leal y, si Hailey
quiere mantenerlo informado, lo hará ella misma.
—Está agobiada por el tema del libro.
—Ya imagino, es muy responsable —responde, y lo
imagino sonriendo—. ¿Quiénes vais?
—Los de siempre. Camille se ha apuntado. Se han
conocido y se llevan bien.
—Genial, va a pasar allí unos meses. Le vendrá bien una
amiga. No dejes que beba mucho, sus resacas son terribles.
—No soy su padre, Luke.
—Bueno, cuídala.
—Lo haré.
—Gracias, tío. Sé que está en buenas manos.
Cuelgo el teléfono antes de que siga por ahí. Es mi mejor
amigo y lo quiero, pero es lo más pesado del mundo cuando
se trata de su hermana pequeña. No sé cuántas veces me
ha repetido lo mismo.
Me fijo en que tengo varias notificaciones de mi grupo de
amigos para esta noche. Solo somos tres: Sean, Adam y yo.
Les he dicho que vienen las chicas y Sean está desatado.
Aprovecho para responder:
Sean:
A Camille la tenemos vetada, vale, pero no ha dicho nada de
Hailey.
Colega, que es una cría.
Adam:
Ahí tengo que darle la razón al pervertido. Ya es mayorcita.
Correcto. Es mayorcita y te mandará a la mierda ella sola.
Adam:
Además, sigue siendo la hermana de Luke. También está vetada.
A ver si nos entendemos. No están vetadas por ser hermanas de
un hombre, están vetadas porque Sean es un enfermo. Le tira a
todo lo que se mueve, Taylor incluida.
Adam:
A mi novia ni te acerques.
Sean:
Vale, vale. Mantendré la pistola dentro de los pantalones. A
menos que alguien me pida que dispare… =)
Dejo el teléfono cuando escucho revuelo en el salón y
salgo del dormitorio. Mi hermana está preciosa, como
siempre. Nos parecemos bastante, aunque ella es más
guapa. Ambos hemos salido a mi madre. Pelo oscuro, ojos
oscuros, piel un poco morena. Solo que Camille mide
menos de metro sesenta y me llega por debajo de los
hombros. Se ha vestido con una falda negra y una blusa
azul de una sola manga.
—Muy guapa —le digo con una sonrisa—. Y muy sexi.
Luke es el sobreprotector; no yo. Yo confío en mi
hermana y puede hacer lo que quiera. Con todo lo que le ha
pasado a sus apenas veintitrés años, se merece cualquier
alegría y cosa buena que pueda sucederle.
—Espera a ver a Hails.
Como invocada por su nombre, mi compañera de piso
aparece en el salón. Y… joder. Adam tiene razón, no es
ninguna cría.
Lleva la larga melena rubia en una media coleta, o como
sea que se llame el peinado que solo recoge la parte de
arriba del pelo. Parece más salvaje. El aroma de su cabello
me llega cuando se acerca: huele increíblemente bien,
como a piruleta. Ha optado por un maquillaje ahumado en
tonos verdes que resalta sus ojos avellana. Me he fijado en
que cambian de color dependiendo de la luz. A veces, se
ven más ámbar, otras más marrones; pero hoy destaca el
verde.
Reconozco la ropa que le ha dejado Camille porque se la
he visto varias veces, solo que en ella no surte el mismo
efecto. Un pantalón negro, un top de color dorado apagado
y una chaqueta de cuero oscura.
Creo que mi repaso es descarado, sobre todo, cuando me
detengo en su trasero. Pero es que, maldita sea, tiene un
culo que…
—Ya estamos listas —dice Camille a mi lado.
Carraspeo y termino de volver en mí. Vale, sí, me ha
sorprendido. Me he acostumbrado a ver a Hailey con
sudaderas grandes y mallas o vaqueros. Así ya me parece
guapa y adorable, pero esta noche la encuentro
jodidamente sexi. En cualquier caso, no me fijo en ella más
allá. Sigue siendo joven y la hermana de Luke.
—Bien, pues cuando queráis —comento con una sonrisa
—. No creo que tengáis ningún problema para encontrar un
ligue esta noche.
Hailey baja la mirada, avergonzada. Camille se coloca a
su lado y le guiña un ojo.
—Tienes una relación abierta. Eso no quiere decir que
debas tener sexo si no te apetece… Solo vamos a salir. Te
presentaré a Taylor, te va a caer muy bien, ya lo verás,
aunque es un poco más loca.
—Bueno, soy experta en tener amigas locas.
—Vamos a bailar, a beber y a pasarlo bien. Olvídate de lo
demás, ya irá surgiendo.
—¿Dónde vamos a ir? —pregunta con curiosidad—. ¿Al
bar de vuestra madre? ¿A El Gato con Botas?
Camille y yo soltamos una carcajada.
—Harper Springs es un pueblo pequeño —le digo—. Aquí
todo se comenta después. Cuando uno sale de fiesta, tiene
que irse a los pueblos de alrededor.
—¿En serio?
—Créeme, Hails. Es lo mejor —dice Camille—. Si no,
mañana comentarán hasta cuántos chupitos te has tomado.
Y es tu primera salida, vamos a tomar muchos.
Los ojos de Hailey se abren por la sorpresa, pero se ríe.
—¿Cómo volveremos?
—No te preocupes, yo no voy a beber —afirmo—. Soy un
conductor responsable y, además, he prometido cuidaros.
Esta noche podéis vivirla como queráis.
—Gracias, chicos —dice Hailey una vez toma asiento en
la parte trasera del coche—. Creo que me hace falta esta
salida.
—La primera de muchas —promete Camille.
—La primera de muchas —repite ella.
Y yo sonrío porque las veo bien juntas. Hailey no es la
única que necesita una amiga.
A Camille también le va a venir genial.
Capítulo 9
HAILEY
He perdido la cuenta de los chupitos que nos hemos
tomado ya.
La verdad es que estoy un poco sorprendida con Cami. Es
tan pequeña que no sé cómo puede tolerar estas cantidades
de alcohol. Yo hace rato que voy más desinhibida. El lado
positivo es que no paramos de reír y de bailar.
Taylor parece tan simpática como me prometió Cami.
Además, es pelirroja. Jenna también lo es, así que, si Taylor
y yo terminamos por hacernos amigas, posiblemente me
convierta en la persona con mayor porcentaje de amigas
pelirrojas en la faz de la Tierra. O esa es la conclusión a la
que he llegado después del cuarto chupito.
Adam y Sean me han caído bien, aunque los hermanos
Jenkins me han advertido de que tenga cuidado con este
último. «Es un pervertido», me ha dicho Cole. Cami se ha
limitado a darle la razón mientras Sean negaba, con una
sonrisa en la cara.
No he hablado mucho con ellos, pues se han quedado
jugando una partida de billar, charlando con una copa
mientras nosotras corríamos a la pista. Por lo visto, ellos no
bailan.
Hemos venido a Sandy, un pueblo a una media hora de
camino en coche, en dirección a Salt Lake City. Me ha
fascinado, pues parece más bien una ciudad pequeña. Al
contrario que en Harper Springs, hay incluso pubs. Tienen
un estilo rústico. Además, está lleno de gente, por lo que
dudo que alguien se fije en lo que hacemos nosotras.
—¡Me encanta esta canción! —exclama la hermana de
Cole.
Suena Pink en los altavoces. No reconozco el tema, pero
me gusta el ritmo y la letra es genial.
—U + Ur hand —informa Taylor en mi oído, para que la
oiga por encima de la música—. Es un himno para nosotras.
Por la manera de entregarse mientras la bailan, me lo
creo. Apenas termina la canción, Cami se acerca a mí con
una sonrisa divertida dibujada en los labios.
—No mires ahora, pero hay un chico en la barra que no
te quita el ojo de encima. A las tres en punto, un rubio con
los ojos más bonitos que he visto en mi vida.
Taylor y yo hacemos justo lo que nos ha dicho que no
hagamos y nos giramos a la vez para buscar a nuestro
espía. El chico me sonríe en cuanto me descubre y, vaya, no
solo tiene los ojos más bonitos que Cami ha visto en su
vida, sino que a mí me gusta todo en su conjunto.
—¿Qué hago? —pregunto, nerviosa, sin saber cómo
actuar.
—¿Qué te apetece hacer? —cuestiona Cami de vuelta—.
¿Te animas a conocerlo o no?
Dudo un instante.
Tengo novio.
Un novio del que estoy enamorada.
Un novio que me pidió una relación abierta.
Un novio que se acostó con una antigua amiga mía,
porque Miranda no sigue en mi círculo ni de coña. Con ella
no tenía ninguna «amistad abierta». Además, ni me enteré
por ella ni me ha escrito para disculparse.
Quiero acercarme a ese chico.
Algo se contrae en mi pecho ante ese pensamiento. No
tiene nada que ver con Nick, sino con el miedo y la
vergüenza.
—¿Qué le digo? —pregunto casi en una súplica—. Llevo
tanto tiempo en una relación que ni siquiera me acuerdo de
cómo se liga.
Taylor se ríe a mi lado, pero Cami me mira con
convicción.
—Eso no se olvida, Hails. Además, lo difícil ya está hecho;
es él quien se ha interesado primero. Tú solo acércate.
—Ya… pero sigo sin saber qué decirle.
—Invítalo a una copa —sugiere Taylor—. Es el recurso
infalible de los tíos.
—Pero…
Camille me da un empujón hacia la barra antes de que
tenga oportunidad de decir nada. Taylor y ella me animan
con gestos y palabras obscenas y, cuando me giro hacia el
chico de antes, veo que está observando toda la escena con
cierta diversión reflejada en su rostro.
Genial, supongo que ya no hace falta romper el hielo.
—Hola —digo, y me coloco a su lado, dibujando una
sonrisa tímida.
—Hola —responde con otra sonrisa, aunque la suya tiene
poco de tímida—. Me hubiese acercado yo, pero no me
atrevía con tus amigas.
—¿Por qué? Son simpáticas.
—Me lo creo. Sobre todo la que te ha empujado para que
vengas a conocerme —bromea—. Me llamo Jake, por cierto.
—Yo soy Hailey.
Se acerca para darme un beso en la mejilla y, al hacerlo,
coloca su mano a la altura de mi cadera. Llevo un top que
me deja el vientre al descubierto, por lo que noto el tacto
de su mano cálida directamente sobre mi piel.
—Lo siento, ¿tengo la mano fría?
—No, no. Está bien.
—¿Te apetece bailar?
—Vaya, empezaba a pensar que no era una cualidad que
tuviese el sexo masculino —bromeo.
Nick detesta tanto bailar, que nunca hemos salido juntos
de fiesta. A Cole tampoco parece gustarle, ni a sus amigos.
—No quiero presumir, pero se me da bastante bien.
Tiende la mano hacia mí y la acepto con una sonrisa. Nos
encaminamos juntos a la pista. Me fijo en Taylor y Cami,
que vuelven a hacerme esos gestos obscenos de antes. Por
suerte, esta vez Jake no se percata. Sin querer, miro
también a Cole en la mesa de billar. Me sorprende
comprobar que me observa. Levanta su vaso de Coca-Cola
hacia mí y me guiña un ojo. No se me da muy bien leer los
labios, pero estoy casi convencida de que forman una sola
palabra: «tíratelo». Me ruborizo sin poder evitarlo y Cole
suelta una carcajada. Me giro para centrarme en Jake.
—De acuerdo, muéstrame tus dotes de baile —le digo.
Está sonando Umbrella de Rihanna. Ya me he percatado
de que este bar no pone música actual. Muchos temas ni
los conozco, pero me gusta el estilo.
Para mi asombro, Jake no miente: se mueve francamente
bien. Además, no invade mi espacio ni parece un sobón. La
canción termina y da paso a otra y después a otra.
Bailamos juntos, charlando y riendo. Descubro que lo estoy
pasando bien. Tanto, que ni siquiera pienso en Nick.
Cuando un tema más lento resuena en los altavoces, Jake
se detiene y me dedica una mirada profunda.
—¿Puedo? —pregunta y hace un gesto como para
acercarse más a mí.
Asiento, convencida. Coloca las manos en mis caderas y
yo llevo las mías a sus hombros. Nos movemos al son de
Nickelback, un grupo al que solo reconozco por Jenna.
Jake pega su frente a la mía y sonríe. Yo me dedico a
observarlo, sin dejar de mecernos despacio.
—Si sigues mirándome así, voy a tener que besarte —me
dice.
—Voy a seguir mirándote así —aseguro.
Al instante, tengo los labios de Jake sobre los míos. Son
dulces y atentos y hambrientos. Noto su lengua abriéndose
camino hacia la mía y, de repente, el pánico me invade.
No puedo hacerle esto a Nick.
Yo no soy así.
Me aparto de forma brusca. Jake me mira, confundido.
—Lo siento, yo… —empieza, pero lo interrumpo.
—No, yo lo siento. Yo no soy así. Yo…
Las primeras lágrimas empiezan a asomar y me alejo.
Jake se queda congelado en medio de la pista de baile,
supongo que asimilando mi cambio de actitud. No me
detengo. Necesito que me dé el aire. Me acerco a la mesa
donde hemos dejado nuestras cosas y agarro mi bolso.
—Eh, ¿estás bien? —me grita Cole desde la mesa de
billar.
Niego con la cabeza, sin articular palabra, y salgo
corriendo hacia afuera. El frío me golpea, pues con las
prisas no he cogido mi chaqueta. Me envuelvo los brazos
con las manos para darme calor, aunque no es suficiente.
Camino un poco para alejarme de la puerta y de la
multitud, pero no me pierdo demasiado.
Estoy borracha, triste y enfadada y creo que es una
combinación horrible. Una combinación que me lleva a
buscar mi teléfono y marcar el número de Nick.
Responde enseguida.
—Cielo, ¿qué pasa? Es tarde.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —pregunto con rabia—. ¿Cómo
has podido acostarte con alguien una semana después?
—Ya hemos hablado de esto y…
—No, tú has hablado de esto, yo no he dicho lo que tenía
que decir —espeto.
Estoy tan enfadada que no tiemblo solo por el frío.
Presiono el botón del altavoz para escucharlo bien y porque
quiero que él también escuche todo lo que tengo que
decirle. Sé que sobria no me atreveré a soltar nada de esto.
—¿Se oye música de fondo? ¿Estás de fiesta?
—Sí, he salido con unos amigos. ¿Y sabes qué? He
conocido a un chico y…
—¿Cómo que has conocido a un chico? —me interrumpe y
noto ahora el enfado en su voz.
—Pues sí, tenemos una relación abierta, ¿no?
—Sí, la tenemos —afirma entre dientes—, pero tú no eres
así, peque. No hagas ninguna tontería solo porque estás
molesta conmigo.
—En eso tienes razón: yo no soy así. Nos hemos besado,
¿sabes? Y luego me he dado cuenta de que no podía ir más
allá, porque estoy enamorada de ti, no de él. Y entonces he
pensado que tú sí fuiste capaz, tú sí…
Las lágrimas me empañan la visión, el dolor me estruja el
pecho.
—Nena, hablamos mañana, ¿vale? —me pide Nick, más
relajado. No sé cómo puede estar tranquilo mientras mi
mundo no deja de temblar—. Ahora estás borracha.
—Eh, por fin te encuentro —dice una voz a mi lado. Me
giro para descubrir a Cole. Viene sudando e imagino que ha
corrido para llegar hasta mí. Se quita su chaqueta y me la
pasa por encima de los hombros—. Ponte esto, estás
helada.
—¿Quién es ese? —ruge Nick al teléfono—. ¿Es el tío de
antes? ¡Hailey! —grita, al ver que no respondo—. ¿Quién es
ese tío?
Decido ignorarlo.
—Cuelga, microbio. No es un buen momento para hablar
con tu novio —me pide Cole.
Obedezco, a sabiendas de que tiene razón. Nick me
llama, pero apago el teléfono y lo relego al fondo de mi
bolso.
—¿Qué haces aquí fuera? —pregunto, entonces.
—Te he visto salir sola y me he preocupado. No te
encontraba. Llevo buscándote casi cinco minutos y… Joder,
Hailey, me has asustado.
Me lanzo a abrazarlo. Cuelo los brazos por debajo de sus
axilas y apoyo la cabeza contra su pecho. Cole me devuelve
el gesto, apretando con la misma fuerza que yo, consciente
de lo mucho que necesito este abrazo ahora mismo. Y
sienta tan bien, que noto cómo me relajo un poco.
—No importa si no tienes nada con otras personas, no
debes forzarte a ello —afirma, sin soltarme ni separarse ni
un centímetro—. Aunque entonces deberías preguntarte si
una relación abierta es apropiada para ti.
No sé si es apropiada, pero sé que es lo que Nick quiere.
Y, si está decidido a mantenerla, es un juego al que los dos
podemos jugar. Sobre todo ahora que estoy lo
suficientemente enfadada como para seguir adelante.
—Llevo tres años saliendo con Nick. No quiero dejarlo,
pero sí… probar otras cosas. Hoy ha sido raro, quizá me
lleve un poco de tiempo. He estado a gusto con Jake. Creo
que puede volver a pasar. —Mis palabras suenan más
convincentes que yo, aunque sí es cierto que voy a
intentarlo.
—Entonces pienso ayudarte —se ofrece y me aprieta
contra él con más fuerza.
No sé si es a consecuencia de los chupitos, que me
nublan un poco la mente. Me separo un poco, levanto la
cabeza y lo miro.
—¿Vas a acostarte conmigo? —pregunto. Cole suelta una
carcajada, y yo frunzo el ceño. ¿Tan poco atractiva le
parezco?—. Tampoco hace falta que te burles de mí —
murmuro por lo bajo.
—No es una burla, te lo prometo —se apresura a decir—.
No es eso. Es que… No sabes lo que dices, estás borracha.
Lo mío no es el sexo delicado, microbio, e intuyo que es lo
que te gusta a ti. A mí me va más el sexo sucio.
Siento una descarga en la entrepierna cuando lo escucho
decir esas palabras sin quitarme ojo de encima, casi como
si estuviese evaluando mi reacción. Joder. Cole ya no
provoca en mí el mismo efecto que cuando tenía doce años,
pero la mezcla del alcohol y que esta noche esté
especialmente atractivo me ha descolocado.
—Voy a enseñarte a ligar —me explica. Claro, eso tiene
mucho más sentido que lo otro—. Solo te pido una cosa.
—Dispara.
—No se lo digas a tu hermano. Si Luke se entera de que
quiero ayudarte a explorar tu sexualidad con otros
hombres, dejará de hablarme para siempre.
—A mí dejaría de hablarme para siempre —bromeo y, de
pronto, noto cómo la presión en el pecho desaparece y se
sustituye por alivio, por diversión—. A ti directamente te
mataría.
Capítulo 10
HAILEY
Tengo una resaca horrible que no me deja salir de la cama,
mucho menos ponerme a escribir.
Pese a todo, no me arrepiento de la fiesta de anoche.
Quizá Adrianne piense diferente, pero me ha sentado bien
para cambiar el chip con respecto a esta última semana. Mi
relación con Nick es distinta ahora y tengo que aceptar ese
cambio, con todo lo que implica, tanto para él como para
mí. No sé dónde nos va a llevar esto, pero creo que no me
da miedo averiguarlo.
Reviso el teléfono móvil. Tengo varios mensajes de
Camille y Taylor. La hermana de Cole hizo ayer un grupo
con las tres y parece que va a tener bastante movimiento.
Se interesan por mi resaca y por mi estado de ánimo
después de lo que pasó anoche. Respondo que estoy bien y
pido perdón por mi momento de lágrimas.
El siguiente mensaje me hace sonreír:
Cami:
Hails, esto es una advertencia: la próxima vez que te disculpes
por llorar te vas fuera del grupo.
Taylor:
¡Ponte dura con ella!
Taylor:
Es broma, pero Cami tiene razón. Aquí no funcionamos así.
La verdad es que no sé ni por qué lo he hecho. Jenna
hubiese reaccionado igual que ellas.
Aprovecho para poner al día a mi amiga con respecto a
las últimas novedades. Se quedó preocupada después de
contarme lo de Nick, pero ya hablamos y lo aclaramos.
Cuando no tengo nada más que responder y no puedo
postergarlo más, entro en el chat de Nick y leo su
conversación:
No me gustó nada cómo te pusiste anoche. Para empezar, ¿quién
era el tío que colgó el teléfono? ¿Por qué dejas que alguien haga
eso con tu móvil? ¿Tanta confianza tenéis ya?
¿Es el tío con el que te liaste?
No me hace gracia que no me respondas, Hailey.
¿Es esto una venganza porque me tiré a Miranda? Por Dios, ya te
dije que no tuvo importancia, que lo hice porque me recordaba a
ti.
Lo siento, peque. No me encuentro muy bien, pero tú no tienes la
culpa de nada. Siento no haber reaccionado de otra forma, es
solo que me ha sorprendido.
No esperaba que fueses a liarte con otro y menos tan pronto.
Pensaba que no eras así, que te conocía, pero está bien.
Somos Nick y Hailey. Vamos a estar siempre juntos.
Te quiero.
Me tapo la cara con la almohada y suelto un grito de
impotencia. Sé que hay algo raro en la conversación, una
alarma que me indica que su actitud no es sana, pero no
consigo identificar el qué.
Nick está jodido por lo que le conté ayer y eso es normal.
A mí también me dolió cuando supe lo de Miranda. Si le
afecta es porque me quiere; si no, le daría igual.
Somos Nick y Hailey. Nos queremos. Pienso en eso
cuando respondo:
Yo también.
Dejo el móvil en la mesita y saco fuerzas para salir de la
cama. Cole no está en la cabaña. Me doy una larga ducha
para despejarme y me visto con mi atuendo de ir por casa:
unas mallas anchas y una camiseta ajustada. Me preparo
un tazón de cereales y fruta. Todavía estamos terminando
la enorme cesta de los vecinos. Después, enciendo el
ordenador. Si ayer hubo tiempo para salir, hoy toca ser
responsable y avanzar el número de palabras que me
corresponde. Lo que pasa es que no funciona así, y una
hora más tarde solo he escrito un párrafo de calidad
cuestionable.
Cole me encuentra contemplando la pantalla, como
empieza a ser habitual.
—Admiro que lo estés intentando, pero con la resaca que
tienes que llevar encima no sé ni cómo tienes ganas de
sentarte ahí —comenta.
La conversación que mantuvimos anoche vuelve a mi
mente. Me muero de vergüenza. ¿De verdad le pregunté si
quería acostarse conmigo? ¿Debería disculparme? Creo
que mejor no. Fingiré que fue fruto del alcohol y que no
recuerdo nada. Evito mirarlo a la cara para que no se dé
cuenta de que me he ruborizado.
Cole deja un par de bolsas encima de la isla de la cocina
y empieza a guardar la compra.
—No son ganas, es que tengo que hacerlo —respondo,
poniendo énfasis en la necesidad—. De todos modos, tienes
razón. Es inútil.
—¿Quieres que vayamos juntos al pueblo? Puedes pasar a
conocer a mi madre. Lleva una semana preguntando por ti
y al final va a empezar a pensar que eres una especie de
fantasma que me he inventado.
Cole siempre habla de su madre, en singular. No tengo
que preguntar para saber qué pasó con su padre. Luke me
contó que falleció hace años a consecuencia de una larga
enfermedad.
—¿Por qué cree tu madre que te inventarías a una chica?
—Porque no es capaz de creer que viva con una fémina
con la que no me esté acostando, se ve.
Me rio.
—Me cambio y nos vamos.
El camino por el bosque de las cabañas al pueblo
empieza a serme familiar, incluidas las canciones que se
escuchan en la radio del coche. Suena Do I Wanna Know,
de Arctic Monkeys, y Cole tamborilea con los dedos en el
volante.
Adoro abrir la ventanilla y sentir el aire en la mano que
saco, el olor de la naturaleza, el sonido de los pájaros. Los
colores anaranjados siguen dominando el paisaje hasta que
el invierno se abra paso y todo quede cubierto por un
manto blanco.
—Luke me dijo que a Harper Springs se lo conocía por
ser el pueblo de la lluvia, pero no parece llover mucho,
¿no?
—Espera y verás. Las lluvias son torrenciales y siempre
te pillan en el lugar menos indicado.
Me doy cuenta de que, por mucho que conozca este
camino, apenas he pisado el pueblo desde que estoy aquí.
Cole aparca delante de El Rincón de Maggie, el bar que
regenta su madre.
Desde fuera, el local se ve pequeño, con ladrillos de color
claro y madera pintada de verde oscuro. El rótulo tiene las
letras blancas y, de cada extremo, cuelga un atrapasueños.
Hay unas pocas mesas en el exterior, todas de madera con
sus sillas a juego. Al lado de la puerta reina una pequeña
estantería con multitud de libros, decorada con plantas y
una guirnalda de luces. Me fijo un poco en los ejemplares.
Son muy variados y hay de prácticamente todos los géneros
y épocas.
—Empezó como bookcrossing —me explica Cole,
observando cómo contemplo los ejemplares de la estantería
—. Una persona libera un libro en algún lugar público para
que otra persona lo encuentre y lo lea. En Harper Springs
somos adictos a la literatura, así que la iniciativa tuvo
mucho éxito. Hay varios locales en el pueblo con
estanterías para compartir ejemplares; también alguna
casa.
—Me parece una iniciativa muy guay —admito.
—Lo es. Normalmente, la gente deja sus mejores lecturas
para que otros puedan disfrutarlas también. Los comercios
tienen más cantidad porque mucha gente viene aquí a dejar
sus libros preferidos y a llevarse otros, pero es habitual
encontrarte ejemplares por cualquier parte. Hace poco
estuvieron los tuyos, pero alguien se los habrá llevado.
—¿Han estado los míos? —pregunto, sorprendida.
—En algún momento vas a tener que empezar a confiar
en ti misma como escritora, microbio.
—¿Tú has dejado alguno? —Desvío la atención—. ¿Cuáles
son tus autores favoritos? He visto tu gran colección en tu
casa, sobre todo de fantasía.
—Soy de clásicos; poco original, la verdad. Neil Gaiman,
George R. R. Martin, Úrsula K. Le Guin, Jay Kristoff, Taylor
Jenkins Reid… J. R. R. Tolkien, por supuesto.
—¿Te puedes creer que no he leído a Tolkien? —confieso.
Cole me mira, perplejo.
—Una persona que escribe fantasía no puede decir eso.
Tolkien es… es el padre del género, casi el inventor. Bueno,
a ver, claro que puedes escribir fantasía sin haberlo leído —
se retracta en el acto—, es solo que soy un gran fan de sus
obras.
—Tranquilo, no me ha molestado tu comentario. Además,
es algo a lo que quiero poner remedio. No recuerdo haber
visto a esos autores en tu estantería —comento, haciendo
memoria.
—Eso es porque mis mejores lecturas están en mi
habitación. Tengo una especie de altar para ellas. Las del
salón también me gustan, solo que son más normales,
aunque Sarah y Leigh están muy cerca de venirse a mi
cuarto. ¿Quiénes son tus escritores favoritos?
—Son casi todos españoles —admito—. Estuve varios
años viviendo allí y conocí un montón de autoras
maravillosas que se han convertido en amigas. Sé que no
soy imparcial, pero no puedo evitarlo.
—Recomiéndame una —me pide.
—¿De fantasía? Paula Gallego, Miriam Mosquera o Belén
Martínez. Si te sirve romántica; Alice Kellen o Lorena
Pacheco. En thriller, Alexia Mars. Son escritoras que no
fallan.
—Las buscaré —afirma, y consigue que lo mire,
sorprendida.
—¿De verdad vas a leerlas?
—Bueno, no te prometo nada. Mis conocimientos de
español se limitan a los dos años que lo cogí como optativa
en el instituto hace ya mucho. Pero voy a probar.
Sonrío, feliz de que sienta curiosidad por mis gustos.
—A Alice Kellen la han traducido al inglés, aunque creo
que no han escogido su mejor título para hacerlo. Puedes
empezar por ahí.
—¿Empezarás tú con Tolkien? Puedo dejarte alguno de
mis ejemplares.
—¿Alguno?
—El Señor de los Anillos es mi historia favorita. Por
supuesto que tengo varias ediciones —admite y se ríe—. No
tienes que leerlo si no te apetece, pero puede ser una
buena fuente de inspiración también.
—Lo haré, aunque necesitaré tiempo. No acostumbro a
leer historias tan densas.
Cole me ofrece la mano para sellar el pacto y la acepto.
—Venga, te invito a almorzar. Mi madre hace los mejores
huevos revueltos de todo el estado.
Capítulo 11
HAILEY
El Rincón de Maggie es, por dentro, lo que te imaginas al
ver el exterior. Mesas y sillas de madera y una barra verde
desgastada que le otorga cierto aire rústico. Las paredes
tienen un papel pintado en tonos claros, excepto una, que
es de ladrillo. Esta última la han decorado con una bicicleta
de paseo colgada, justo encima de un pequeño mueble con
sobres de azúcar, edulcorantes, paletinas para mover el
café y otros complementos.
Hay varios muebles antiguos que ha restaurado la propia
Maggie, según me dice Cole, tres pizarras que muestran
distintos productos y menús y, mires donde mires, abundan
las plantas, incluso cayendo del techo o enredadas en las
lámparas.
Noto varias miradas clavadas en mí y me giro para
ubicarlas. Sentadas alrededor de una mesa hay tres
mujeres mayores. Hay cierto parecido entre ellas. No
genético, sino en sus peinados y sus ropas. Murmuran sin
molestarse en disimular que hablan de mí, a juzgar por
cómo me observan.
—Son las señoras Helen, Molly y Amelia, las cotillas del
pueblo —me informa Cole—. No tienen maldad, pero les
puede el chismorreo.
Cole sonríe al trío, que le devuelve el gesto a la vez.
—Maggie, tu hijo cada día está más guapo —dice una de
ellas.
—Mi nieta no va a estar disponible siempre, Jenkins —
añade otra—. Decídete pronto.
—Mi nieto tampoco —termina la última.
—¿No veis que va con una chica? —pregunta la primera
—. Dejad por lo menos que despache a esta antes de querer
meterlo en vuestra familia.
—Hemos venido a ver a mi madre —acorta Cole—.
Después hablamos. Siempre me ofrecen a sus nietos como
si fuesen ganado —susurra para que solo yo pueda oírlo—.
Los conozco y no tienen ningún interés en mí, pero estas
tres disfrutan con esos líos. Ven, huyamos.
Se dirige hacia la barra y me lleva con él. Nos
encontramos con otra mujer, que aparenta unos sesenta
años. Se ha recogido la melena castaña en un moño bajo.
Se parece mucho a Cole, excepto que sus ojos son de un
color azul intenso y destacan detrás de unas gafas de pasta
de color morado.
Cole se apoya en la barra para tomar impulso y le da un
beso en la mejilla.
—Hola, mamá. He cumplido mi parte —le dice. Después
se gira hacia mí y me guiña un ojo—. Me amenazó con no
volver a hacer albóndigas si no te traía hoy aquí.
—¡Hailey, por fin! —exclama su madre.
Sale de detrás de la barra para darme un abrazo. Me dejo
hacer, un poco sorprendida por su reacción. En realidad,
Luke me ha hablado de ella y siempre la define como una
mujer encantadora. Supongo que me choca porque mi
madre no es para nada así.
Vuelvo a escuchar los cuchicheos de las tres cotillas, esta
vez alucinando al saber quién soy.
—Buenos días, señora Jenkins —saludo, ignorando a las
cotorras.
—Nada de señora Jenkins, soy Maggie. No me hagas
sentir vieja, que este año he cumplido sesenta y todavía
tengo que asimilar el cambio de decena.
—Está usted estupenda.
—Y nada de hablarme de usted. Tengo el mejor bar del
pueblo, no te conviene enemistarte conmigo —bromea.
—En eso tiene razón —añade su hijo.
—Siento no haber pasado antes a saludar. He estado
intentando crearme una rutina de trabajo.
—¡Es verdad! ¡Tenemos una escritora en Harper Springs!
Ven un día a nuestro club de lectura.
—Mamá, no la avasalles tan pronto.
—Calla, hijo —lo chista—. Hemos leído tus dos libros,
¿sabes? Sería genial poder hacer una charla con la autora.
—¿Habéis leído mis libros? —pregunto, extrañada.
Es una tontería. He vendido cientos de miles de
ejemplares y me han traducido a varios idiomas, sé que mi
saga está funcionando bien. No todo el mérito es mío; me
respalda una buena editorial y una grandiosa campaña de
marketing. Además, la primera parte ya tenía muchos
lectores en Wattpad, así que no partí de cero. Aun así, no
deja de asombrarme cuando alguien confiesa que me ha
leído, o cuando me piden una foto o una firma.
—No te voy a engañar. El primero lo leímos porque eras
la hermana de Luke y quiero a ese cretino como si fuese mi
hijo.
—Aunque lo consideres un cretino —apunta Cole.
—Nos gustó tanto que nos costó horrores esperar al
segundo. Hicimos miles de teorías y ninguna resultó ser
cierta. Se te da bien eso de despistar. Ahora estamos
deseando saber algo sobre el tercero. ¡Podrías darnos
alguna información confidencial! No saldrá de aquí, por
supuesto.
—Mamá, no la pongas en apuros, no creo que pueda
contar nada de la historia todavía.
—Solo dime una cosa entonces. ¿Farah y Hayes terminan
juntos? ¡Necesito saberlo!
—Ya está bien, mamá. Deja el modo fan para otro día.
—No pasa nada, tranquilo —le aseguro—. ¿Qué te parece
si me paso un día por ese club de lectura y os adelanto
alguna cosita? Nada que sea spoiler, eso sí.
—¡Perfecto! —exclama, emocionada—. Nos llamamos el
Club de Lectura Springs, porque no somos muy originales.
Verás cuando se lo cuente a los demás, van a alucinar.
—Muchas gracias por la oportunidad —afirmo con una
sonrisa.
—¡Muchas gracias a ti! Venga, sentaos, voy a prepararos
un picoteo. Algo me dice que necesitáis meterles comida a
esos cuerpos.
—¿Huevos revueltos con beicon? —le pide Cole a su
madre—. ¿Y un par de Coca-Colas? —pregunta, mirándome.
—Perfecto —respondo.
—Cuando tengas el pedido, me avisas y lo recojo.
Cole escoge una mesa junto a la ventana. El local está
prácticamente lleno. Supongo que el hecho de ser domingo
ayuda. Algunas personas nos contemplan con curiosidad y
me saludan con un gesto de cabeza cuando cruzamos
miradas.
—Harper Springs es un pueblo pequeño —explica Cole,
que me estaba observando—. Aquí todos saben quién eres.
—¿Tanto viene Luke por aquí?
—Ha venido unas cuantas veces, sí, pero ya has visto que
tienes fans. También te conocen por ti misma.
—Siempre se me hace extraño.
—¿Que la gente te lea? Eres escritora.
—Ya, lo sé. Se me hace raro encontrarme con gente que
me lee, por tonto que suene.
—No suena tonto —comenta y, de pronto, parece más
serio y pensativo.
Maggie aparece en ese momento y llama a Cole desde la
barra. Él se levanta para traer dos platos de huevos
revueltos tan llenos que dudo que pueda terminarme la
mitad del mío. Empezamos a devorarlos en silencio. Lo
cierto es que están buenísimos.
Sigo dándole vueltas a las últimas palabras de Cole. Ha
sido su gesto, como si estuviese recordando otra época, lo
que me ha llamado la atención. Y, de repente, caigo en la
cuenta de algo: Luke no habla mucho sobre su vida y yo
hace mucho que no veo a Cole, así que no me ha contado
casi nada sobre su mejor amigo.
Tampoco le seguí demasiado la pista una vez superé mi
amor platónico por él. Sé que conoció a mi hermano en la
universidad y que jugaban en el mismo equipo de fútbol. Y
también sé que se convirtieron en profesionales de la liga
NFL y jugaron juntos en los Eagles. Luke acaba de empezar
la temporada y, sin embargo, Cole está aquí.
¿Es posible que se quedase sin equipo este año?
—¿Puedo preguntarte algo? —empiezo con tacto. Ni
siquiera sé cómo abordar el tema—. No pretendo meterme
donde no me llaman.
—No puedo saberlo hasta que no me preguntes.
—¿A qué te dedicas? —Decido tirar por ahí—. ¿Estás de
vacaciones? Quiero decir, pareces tener mucho tiempo
libre.
Cole deja el tenedor en el plato, apoya los codos en la
mesa y me mira de forma profunda.
—¿Luke no te ha contado nada?
—No demasiado —respondo. Evito mencionar que ya le
dejé claro a mi hermano que no quería saber nada sobre
Cole cuando maduré lo suficiente como para no morirme de
vergüenza tras mi confesión. Creo que Luke también estuvo
de acuerdo en poner distancia entre su mejor amigo y yo.
—De verdad no sabes qué me pasó —suelta, y suena más
como una afirmación sorprendida que como una pregunta.
—¿Debería?
—¿Te gusta el fútbol?
—Sé que tendría que decir que sí porque mi hermano se
dedica a eso, pero lo cierto es que me aburre mucho. Veo
algunos partidos, solo cuando sale él, pero…
—Hace tres años fui el MVP de la NFL, que viene a ser al
que escogen como mejor jugador de la temporada.
Ganamos la Super Bowl.
—¡Guau! Eso suena increíble —exclamo. Sabía lo de la
victoria porque Luke también jugó ese partido, incluso lo
celebramos juntos con Jenna cuando nos vimos una semana
después. Vi a Cole en la televisión, ambos hicieron un
partido muy bueno. De lo que no tenía ni idea es de que
hubiesen escogido a Cole como MVP. Después, me quedo
más seria. No sé si quiero saber cómo termina la historia—.
¿Y este año…? —pregunto con miedo.
—Y este año estoy medio escondido en el pueblo porque
no me apetece volver a la vida que tenía antes, aunque
tampoco es que me quede nada de eso ya. Literalmente. Me
rompí el tendón de Aquiles en un partido de la temporada
pasada. En ese momento no jugaba con Luke, pues fiché
con los Buffalo Bills. Fueron nueve meses de recuperación
y luego me dijeron que no podía volver al deporte
profesional.
Me quedo paralizada, procesando toda su confesión. No
estaba preparada para una respuesta tan sincera. Ahora
veo a Cole con otros ojos, porque no sé cómo ha hecho para
reponerse de un revés tan grande.
—Lo siento —termino por decir. Es algo básico, y quizá
tonto, aunque también es cierto—. Ha debido ser muy duro.
—Lo fue —admite él—. Ahora ya me he hecho a la idea.
Todavía tengo que pensar muchas cosas y buscar una
forma de reconducir mi vida, voy poco a poco. De todos
modos, no me quedaban muchos años jugando a ese nivel.
—¿Por qué dices eso? No eres tan mayor.
Él y Luke tienen solo veintiocho años.
—¿Tan mayor? —repite y suelta una carcajada—. Dios,
microbio, no me digas eso. No soy mayor, a secas. El fútbol
no es como otros deportes. Solemos retirarnos antes de los
treinta. Los jóvenes se encuentran en mejores condiciones
físicas. A mí me quedaban un par de años a lo sumo.
—¿Y cuál era tu plan entonces? ¿Qué pensabas hacer al
retirarte?
Cole me mira fijamente durante unos instantes que se
hacen eternos.
—¿Sabes? Creo que deberíamos limitarnos a desayunar
—suelta de pronto. No suena borde, sino más bien triste—.
No es un tema del que me apetezca hablar ahora mismo.
—Claro —cedo sin presionar—. Tenías razón. Estos
huevos revueltos están buenísimos.
La conversación que tenemos es mucho más amena; sin
embargo, una parte de mí sigue distraída pensando en sus
palabras. Porque antes dijo que lo había perdido todo. Y
empiezo a pensar que no hablaba solo del deporte; que
hubo más cosas que se quedaron por el camino. ¿Qué,
exactamente? No puedo preguntar, pero, sea como sea,
espero que termine por encontrarlo.
Capítulo 12
COLE
Llevo solo unos meses en Harper Springs, pero ya me he
acostumbrado a esta nueva rutina. Al principio, el cambio
fue demasiado brusco. Estuve años viviendo en Filadelfia,
de ahí me mudé a Búfalo. El ritmo era frenético entre los
entrenamientos, los partidos, los viajes, la extensa vida
social… y, de pronto, nada.
Harper Springs.
Mi pueblo de siempre.
Sin el ajetreo de una gran ciudad, sin obligaciones ni
expectativas, sin ningún tipo de evento.
Solo paz y tranquilidad.
No me había dado cuenta de lo mucho que lo necesitaba
hasta que el tiempo pareció detenerse y todo desapareció
para dar paso a una única cosa: yo. Yo y todo lo que me
rodea. Mi familia, mis amigos de siempre y este pueblo
recóndito perfecto para desconectar.
Hoy, sin embargo, una parte de mi pasado ha aparecido
de nuevo.
Vuelvo a leer por tercera vez el mensaje de mi último
entrenador.
Aaron:
El 23 de septiembre el club se va a reunir para celebrar los
últimos éxitos. Vienen los jugadores actuales y también los
antiguos. No puedes faltar, Jenkins.
Todo el equipo quiere verte, y yo también.
No seas de los que se esconden, nunca te tuve por uno de esos.
Puedes traer compañía. Vente con Luke si es lo que quieres, pero
no acepto un no por respuesta. Lisa me mataría.
Tengo un nudo en el estómago desde que lo he leído esta
mañana por primera vez. No he vuelto a ver al equipo
desde que todo se vino abajo, después de la lesión. Me
apetece reencontrarme con ellos y ponernos al día. Con
todos menos con Riley, con él no tengo ninguna intención
de pasar el rato.
—Pues yo creo que deberías ir —me dice Adam—. Así
demuestras que te da igual, que lo llevas bien.
Estoy con él y con Sean en el lago, sentado en una silla
mientras tomamos una cerveza alrededor del brasero. Los
he llamado para hablar del tema porque prefiero soltarlo en
voz alta y tener otras perspectivas que comerme la cabeza
todo el tiempo.
—Además, puedes llevarte a Luke —añade Sean—.
Saludas a tus viejos compañeros, a tu entrenador, pasas un
día entre amigos y te vas con la cabeza bien alta. Y si te
encuentras con Shanon o con Riley les derramas una copa
por encima y te vas corriendo.
Lo fulmino con la mirada, pero mis amigos solo se ríen.
—¿Qué? No sería muy profesional, de acuerdo, pero
admite que te quedarías a gusto.
En realidad, ni siquiera sé si le guardo rencor a Shanon.
Sé que no me porté bien con ella, que cuando me lesioné y
mi vida se vino abajo, la aparté de mi lado. Ella podría
haber hecho mejor las cosas, pero supongo que no era la
única.
A quien no tengo ganas de ver es a Riley. Él fue mi
primer apoyo cuando llegué al equipo. Creía que se
convertiría en un buen amigo… pero un buen amigo no se
lía con tu novia mientras tú estás en rehabilitación en el
hospital.
—Tenéis razón —digo al final.
—¿Vas a tirarle una copa por encima? —pregunta Adam
—. Porque no creo que Sean lo haya dicho en serio.
—Pues claro que lo he dicho en serio.
—No me refiero a eso, sino a que debo ir. Me apetece ver
al equipo y a Aaron. No voy a esconderme porque vayan a
estar los otros dos. Además, es una buena excusa para
quedar con Luke.
—Brindemos por otra sabia decisión acuñada en el
consejo de sabios —propone Adam y levanta su cerveza
para afianzar sus palabras.
Chocamos nuestras latas antes de dar un sorbo. El mío es
más largo que los anteriores, porque una cosa es que me
apetezca ir y otra que no vaya a ser raro ver a Shanon de
nuevo por primera vez desde la ruptura.
Reenvío los mensajes de mi entrenador a Luke y luego le
pregunto si se apunta. Su respuesta no tarda en aparecer.
Llegaré el mismo día y me iré a la mañana siguiente (problemas
de agenda), pero cuenta con ello.
Sonrío a la pantalla. Por esta clase de cosas es mi mejor
amigo; siempre está ahí cuando lo necesito. Siempre,
incluso en los momentos más oscuros.
—¿Os parece si salimos un rato por la noche? —pregunta
Sean—. Solo los tres.
—¿Qué pasa, que llevas mucho sin echar un polvo? —se
burla Adam.
—Correcto.
Me río y niego con la cabeza.
—Mañana he quedado con Cami para echarle una mano
en Villa Ruina —informo—. No sé si debería…
—Saldremos en plan tranqui —responde Sean, aunque
todos sabemos que miente—. Y prometo que Adam y yo
iremos también a echar una mano. Así, aunque vayamos
resacosos, seremos tres. Eso es mejor que uno.
—Vamos, que ya me va a tocar a mí trabajar en mi día
libre solo para que este tío eche un polvo.
—¿No te parece una razón de peso apoyar a un amigo?
Qué digo a uno, a dos. Dile a Taylor que se venga mañana,
así ya ayudaremos cuatro.
—Está bien, saldremos —cedo con una sonrisa—, deja de
añadir gente o me veo a todo el pueblo mañana en Villa
Ruina.
—Puedes decírselo a Hailey también, así nos alegramos
la vista un rato.
Me pongo más serio de golpe.
—Último aviso, Sean. Deja a Hailey en paz.
—Qué capullo te pones. Eres como el del refrán ese, el
que ni come ni deja comer.
—Tiene novio —le recuerdo.
—Por ahora —deja caer Sean.
Después, se pone en pie, se quita la ropa en cuatro
segundos y se lanza al lago soltando un grito de júbilo.
Miro la lata de cerveza. Solo nos hemos tomado un par,
es imposible que le hayan subido tanto.
—No busques explicación —comenta Adam—. Es Sean.
Y, acto seguido, imita a nuestro amigo y salta también al
agua.
—Qué demonios… —murmuro antes de unirme a ellos.
Y la verdad es que no miento cuando digo que me gusta
mi nueva rutina. Harper Springs no es Filadelfia ni Búfalo,
pero es mi hogar y justo aquí tengo todo lo que necesito.
Capítulo 13
HAILEY
Para ser un pueblo tan pequeño, la biblioteca de Harper
Springs sorprende. No es excesivamente grande ni
moderna, pero tiene un tamaño decente y una buena
colección.
Hay tres filas de estanterías que llegan hasta el techo y
de un vistazo rápido diría que cuentan con más de mil
libros. Paseo entre ellos mientras me fijo en los tomos; la
mayoría de ellos viejos y desgastados. Hace unos años era
de las que conservaba mis libros impolutos, casi como si
nunca se hubiesen abierto. Ahora, sin embargo, disfruto
subrayando mis frases favoritas, haciendo dibujos que me
inspiran las escenas o llenándolos de post-it. Para mí, notar
que un libro está usado, que ha pertenecido a alguien, es
una forma de hacerlo más mágico. Después de todo, en eso
precisamente consiste la lectura. Hay que compartirla, que
expresarla, que sentirla.
Que vivirla.
Casi todos los libros de aquí son grandes clásicos de la
literatura. Tienen pocas novedades, pero no me extraña.
Me impacta encontrar una copia de mis dos libros en la
sección de fantasía. No está catalogada como juvenil, esa
etiqueta que a veces solo depende de si la ha escrito un
hombre o una mujer.
—Llegas temprano —dice Maggie a mi espalda,
sobresaltándome—. La reunión del club no empieza hasta
dentro de quince minutos.
—He calculado mal el tiempo que tardaría en llegar aquí
en bicicleta —confieso—. Estaba aprovechando para
explorar este sitio.
He venido por el sendero que me dijo Cole, ese que da un
rodeo, pero atraviesa el bosque. Me he sentido como un
personaje de un cuento encantado, sin poder dejar de
contemplar toda la naturaleza de mi alrededor.
—¿Y qué te parece? Imagino que en Oklahoma tendréis
bibliotecas mucho más grandes y bonitas.
—A mí cualquier biblioteca me parece bonita. Esta tiene
su encanto y huele genial.
—Ah, en eso sí estamos de acuerdo. Huele a libros y nada
huele mejor que las páginas y la tinta. Bueno, quizá el café
y el bizcocho de limón, pero poco más. Ven, te invito a un
desayuno rápido en lo que llega el resto, que me ha entrado
hambre.
Salimos juntas y sigo a Maggie. El clima aquí es más frío
que en mi ciudad, pero, por ahora, nada excesivo.
Cruzamos la avenida y entramos dentro de El Gato con
Botas.
—¿Esto no es pecado? —pregunto con una sonrisa
divertida.
—¿El qué?
—Vamos a la competencia —respondo en alusión al bar.
—Aquí esas cosas no importan, todos somos vecinos.
Además, está más cerca. ¿O tienes ganas de andar diez
minutos para tomarte un café? Mejor que este, eso sí —
añade, sonriéndome ahora ella a mí.
—Vamos a por un mocca.
—Ah, los urbanitas, ni tomarse el café saben —protesta—.
Con lo bueno que está solo, sin tanta azúcar que estropee
el sabor.
Ahora sé de dónde sale el gusto de Cole por el café
amargo.
—El dulce siempre es bien.
Me fijo en que el local está decorado con cantidad de
atrapasueños y recuerdo que en su bar vi un par parecidos.
—Tenemos un grupo de manualidades —me informa
Maggie, que ha seguido mi mirada—. Cada mes nos
juntamos y hacemos algo diferente. En agosto la propuesta
fueron los atrapasueños, así que los verás por todas partes.
—Me parece algo muy guay.
—¿Sí? Supongo que estás ocupada, pero puedes
apuntarte cuando quieras. Este mes vamos a tallar
calabazas para Halloween.
—Gracias, lo tendré en cuenta —respondo con una
sonrisa. Es algo que me llama la atención, pero la novela
sigue siendo mi prioridad y por ahora no he avanzado casi
nada.
Poco después, estamos de vuelta en la biblioteca con mi
dosis de cafeína habitual.
Me sorprende la cantidad de gente que hay dentro,
esperándome. Son unas veinte personas, de distintas
edades. Los protagonistas de mis libros son personajes
jóvenes, pero considero que escribo para cualquier rango
de edad. Por eso me gusta descubrir que hay incluso dos
personas mayores que Maggie. Una de ellas es Ruth, que
ha venido con su nieta. Las saludo y me doy cuenta de que
la adolescente vuelve a ruborizarse cuando me acerco a
ella.
Sin duda, lo que más me sorprende es ver a Cole sentado
con los demás. Frunzo el ceño, sin entender qué hace aquí.
Esta mañana se fue temprano para ayudar en Villa Ruina
mientras yo intentaba escribir. No me ha dicho que
fuésemos a vernos en el club. ¿Habrá acudido obligado por
su madre? ¿Preocupado por si no venía nadie?
No tengo tiempo de preguntarle, pues todas las miradas
se vuelven hacia mí en cuanto me ven aparecer.
—Damas y caballeros, hoy tenemos el placer de tener con
nosotros en el Club de Lectura Springs a la gran Hailey
Bedford —me presenta Maggie con una sonrisa, haciendo
que me muera de la vergüenza.
—Buenos días —saludo con timidez, roja hasta la médula.
Tomo el único asiento libre, justo frente a ellos, y me fijo
en Cole. Una cara conocida me da más tranquilidad ante
tanto rostro nuevo.
—Buenos días —dice alguien.
—No me puedo creer que esté aquí.
—¿De verdad es la autora? Parece muy joven.
Los comentarios se siguen unos a otros hasta que Maggie
pide silencio y todos obedecen. Me resulta curioso el
contraste, porque es una mujer que aparenta ser dulce y
tierna, pero se nota que también tiene autoridad y se hace
respetar.
—Hoy, en lugar de una reunión normal del club, vamos a
charlar con la autora. La semana que viene discutiremos el
libro Asesinato para principiantes. Se presentó esta
oportunidad y no podíamos desaprovecharla, así que hoy
hablaremos de de La última canción oscura, tanto de la
primera parte como de la segunda. Con spoilers. Si alguien
no lo ha terminado, que se levante ahora y…
—¿Van a terminar juntos Farah y Hayes? —pregunta una
chica joven—. Por favor, dime que sí.
—Yo quiero que se líen Takara y Airena. Esas dos tienen
algo —aporta Ruth.
—Pues yo quiero que muera alguien —comenta un
hombre—. El grupo necesita recibir un fuerte golpe
emocional para que todo estalle.
—¡Orden, por favor! —exclama Maggie. Después se gira
hacia mí y me enseña una sonrisa cariñosa—. Lo siento,
cielo, tus libros nos han gustado mucho. No podemos evitar
la emoción al tenerte aquí.
—¿De verdad os han gustado tanto? —pregunto con un
hilo de voz.
—A mí me encanta el sistema de magia —aporta un chico
—. ¿Los tejedores? Me flipan. Ojalá ser uno de ellos.
—Son mis libros favoritos —asegura Amanda casi a la vez
—. Me gusta porque hay romance, pero lo más importante
es la trama. Adoro a todos los personajes, no podría elegir
un favorito. Bueno, y también porque amo el salseo.
—Sí que tienes un favorito —aclara su abuela—. Vive
enamorada de Evony y de Davina.
—A lo mejor tienes que empezar a creértelo —replica
Maggie—. Claro que habrá personas a las que no les guste,
pero seguro que somos más las que lo adoramos. Hemos
preparado unas preguntas entre todos, ¿te importa si te las
hacemos?
—No, por supuesto, adelante.
Durante más de una hora, hablamos acerca de mis libros
y de mi vida como escritora. Cómo empecé, cómo publiqué,
cómo se me ocurrió la idea, costumbres y manías… Me
preguntan por mi época en España, cuando empecé a subir
la primera novela por capítulos en Wattpad y cómo fue el
momento en el que me contactó un agente editorial y
consiguió que publicaran el libro en varios países.
Poco a poco me voy soltando y pierdo la vergüenza
inicial. Estoy a gusto con ellos. De vez en cuando miro a
Cole, que se mantiene en silencio, escuchando con atención
todo lo que digo.
—¿Qué tal va la tercera parte? —pregunta Amanda, que
ya se ha soltado un poco más—. No creo que pueda esperar
mucho para leerla.
—Pues te va a tocar, porque ha venido aquí a escribirla,
¿no? —afirma un hombre de mediana edad. Tom, creo
recordar que se llama.
—Va avanzando despacio —miento a medias. Lo cierto es
que va tan despacio que no estoy segura de que se pueda
considerar avanzar.
—Creo que hay algo que todos queremos saber —
comenta Sophie, la otra mujer mayor—. ¿Qué va a pasar
entre Evony y Davina?
El gesto me cambia en el acto. Ese fue uno de los
grandes plot twists de la segunda parte y, sin duda, el peor
recibido por los fans. Todavía hay días en los que me
arrepiento de haberlo hecho. He llegado a recibir incluso
insultos y amenazas.
—No me gustó eso —afirma Amanda—. Me encantaba esa
pareja y ahora… Ahora no sé qué esperar.
—Pues yo creo que es uno de los mejores puntos de toda
la historia —asegura Cole, participando por primera vez.
Me giro hacia él, sorprendida. ¿Ha… leído mis libros?—. Es
un giro brutal que puede hacer crecer a ambos como
personajes. Además, está guay que no sea predecible. Para
mí, ese giro justo antes de la tercera parte es lo que más
ganas me da de leer el cierre. Salga lo que salga de esa
cabecita, sé que nos vas a fascinar a todos.
—No sabía que me habías leído —se me escapa, sin poder
ocultar mi asombro.
—¿Bromeas? Este chico es tu mayor fan —deja caer
Maggie.
Creo que la boca se me abre por la sorpresa, pero Cole
solo sonríe. Llevamos viviendo juntos unas semanas y no
me ha comentado nada al respecto. Saber que me ha leído
es raro, pero también gratificante.
La reunión continúa con más teorías, hasta que todos
sacan sus libros para que se los dedique. Cojo dos
bolígrafos, uno negro y otro plateado, y me preparo para
empezar. Siempre firmo con ambos, por la noche, la luna y
las estrellas.
—Mira —me dice Amanda—. Marco con post-it las partes
que más me gustan y tus libros están repletos. —Me enseña
por encima la cantidad de adhesivos que hay en las páginas
y sonrío, agradecida—. Mi escena favorita es la del dragón
—confiesa.
—Me gustó mucho escribir esa parte —admito.
—Yo también quiero ser escritora y crear mundos como
los tuyos. Eres una inspiración para mí y mi mayor sueño es
algún día ser como tú. ¿Algún consejo?
Los ojos se me empañan al escucharla, emocionada. No
hay mayor cumplido que se le pueda hacer a un escritor
que considerarlo su inspiración. No soy nadie para dar
consejos, pues sigo aprendiendo yo también, pero sé lo
importante que es recibirlos cuando crees que más los
necesitas.
—Escribe siempre pensando en ti, en lo que deseas
expresar, en lo que te gustaría leer. Y, sobre todo, no dejes
de hacerlo. A escribir se aprende escribiendo, así que, si de
verdad lo disfrutas, no lo abandones. Si quieres, puedes
enseñarme tus textos. Así podré ayudarte a…
—¿De verdad leerías lo que tengo escrito?
—Siempre y cuando quieras enseñármelo…
—¡Claro que sí! ¡Mis amigas de Instagram no se lo van a
creer cuando se lo cuente!
Nos tomamos una foto juntas y nos quedamos hablando
un poco las dos. Su abuela me explica que no es una chica
especialmente tímida, pero que le intimidaba conocerme
porque soy su autora favorita. Y creo que eso me da más
vergüenza a mí que a ella.
La mano me duele cuando salgo de la biblioteca, pero
tengo una sonrisa dibujada en la cara que no creo que se
me borre en todo el día. Y lo más importante: he
recuperado las ganas de escribir. No hay mejor estímulo
que una charla animada sobre una historia para que te
apetezca continuarla.
Cole me está esperando a la salida, con la espalda
apoyada en la pared y una rodilla flexionada.
—¿Por qué no me habías dicho que has leído mis libros?
—pregunto con curiosidad.
—Daba por hecho que lo sabías.
—¿Por qué iba a saberlo?
—Tienes un muy mal concepto de mí, microbio —bromea
—. Has visto mi casa, vives allí. Sabes que me encanta leer,
sobre todo fantasía. Y, en el caso de que no me gustase, me
los hubiese leído igualmente. Eres la hermana de Luke.
Siento cómo me ruborizo y, después, me decepciono. Ese
concepto tan simple, que se hubiese interesado en mi
trabajo solo por ser la hermana de su mejor amigo, no es en
realidad tan simple. Nick nunca ha leído nada mío, porque
no es algo que le guste. Sé que odia la literatura, y lo
entiendo, pero es que ni siquiera me ha preguntado nunca
sobre la trama o los personajes.
Olvido a mi novio, no dejaré que me enturbie un día tan
feliz.
—No vi mis libros en tu casa —insisto.
—Te dije que mis favoritos los guardo en un altar en mi
habitación, no están en el salón.
—¿Tienes mis libros puestos con tus favoritos? Qué
honor.
—No tengo tus libros puestos con mis favoritos. Tus
libros están entre mis favoritos —me corrige—. Hay una
sutil diferencia.
Siento cómo me ruborizo de nuevo, pero Cole se ríe.
—Empieza a creértelo más, microbio. Eres una escritora
jodidamente buena. Dime, ¿qué quieres hacer ahora?
—Intentar escribir.
Y también quiero colarme en su dormitorio y comprobar
si lo que ha dicho es cierto.
—Lo imaginaba —replica con una sonrisa—. Echa la bici
al coche, podemos volver juntos.
Pasamos el camino de regreso hablando sobre La última
canción oscura. Cole tiene cantidad de teorías interesantes
y, aunque no lo admito, algunas de ellas son ciertas y se
desvelarán en la tercera parte. Por suerte, no las ha
adivinado todas.
Nada más entrar en la cabaña, él enciende la chimenea,
coge un libro y se deja caer en el sofá. Me fijo en la
cubierta.
—¿Estás leyendo a Alice Kellen? —pregunto, asombrada.
—Te dije que leería a tus autoras favoritas. Un momento,
¿eso quiere decir que no vas a leer a Tolkien?
—Sí, sí… Es solo que me ha sorprendido, nada más.
—Tienes un concepto tan malo de mí que voy a empezar
a preocuparme. Anda, tira a escribir y déjame terminar
esto —me anima.
Con una sonrisa, me siento delante de mi ordenador. No
suelo escribir con gente alrededor, pero Cole sabe respetar
el silencio. Como me dijo, es su tercera palabra favorita.
Las frases fluyen, por primera vez en mucho tiempo. Estoy
tan concentrada que de verdad estoy disfrutando de estas
páginas. Eso es importante, me ayuda a reconectar.
Hasta que ese silencio se rompe cuando Cole suelta un
pequeño grito de impotencia.
—¿Qué pasa? —pregunto y me giro hacia él. Lo veo con el
móvil en las manos.
—Perdona, no quería distraerte.
Noto su enfado, aun si trata de esconderlo.
—No pasa nada, he terminado el capítulo.
—¿Recuerdas el evento que te dije que tenía el finde que
viene? Con los del fútbol.
—Sí, lo recuerdo.
—Me acaba de escribir Luke para decirme que lo siente,
pero que no puede venir. Su entrenador los ha llevado a
hacer no sé qué y no puede escaparse, ni siquiera está en
Filadelfia.
—Vaya mierda. —Me levanto para sentarme a su lado
porque lo veo jodido de verdad—. Podrías ir tú solo,
¿sabes? Creo que eso también demostraría que estás bien,
que lo has superado.
Cole me ha contado con más detalle el tema de su lesión
y supongo que debe de ser duro ver a sus antiguos
compañeros sabiendo que él nunca volverá a jugar.
—No pienso comerme una fiesta de ese tipo yo solo.
Su cara se transforma, poco a poco, hasta que termina
por esbozar una sonrisa casi angelical. No del todo, porque
empiezo a conocerlo y sé que se parece más bien a un
demonio.
—¿Por qué no te vienes tú? No quiero distraerte ahora
que estás inspirada, pero serías un gran apoyo.
—¿Yo? Ni siquiera sé en qué consisten esas fiestas. ¿Por
qué no se lo pides a Cami? ¿O a Adam?
—Mi hermana no va a moverse de Villa Ruina hasta que
la acabe. Y no puedo llevar ni a Adam ni a Sean porque los
dos son demasiado fanáticos del fútbol y no saben
contenerse.
—No tengo nada que ponerme —añado, entonces—. No
metí ese tipo de ropa en mi maleta.
—Si ese es el problema, volveremos a hablar con Camille.
Vamos, no puedes dejarme solo, microbio. Es cuestión de
vida o muerte.
No tengo ni que fingir pensármelo porque él también
empieza a conocerme bien. Por eso suelta un grito de júbilo
y sonríe antes de que llegue a aceptar.
—Voy a escribirle a Aaron para decirle que voy contigo.
—Me debes una. —Es todo lo que digo—. Y bien grande.
Capítulo 14
HAILEY
Todavía no sé muy bien cómo me dejé convencer por Cole
para hacer esto.
Me siento fuera de lugar, como si no encajase para nada
en este mundo de lujo y dinero; y eso que de momento solo
he visto el vestíbulo del edificio.
Estamos dentro del ascensor, subiendo hasta la terraza.
Cole va especialmente guapo esta noche con un traje negro
y una camisa de color gris oscuro. Evito mirarlo demasiado,
pero resulta complicado. ¿Cómo es posible que un traje
pueda sentarle tan bien a un hombre? No lleva corbata,
aunque eso no le resta elegancia.
Yo me miro en el espejo por quinta vez y me vuelvo a
recolocar el vestido. Me lo ha dejado Cami y tengo la
sensación de que me queda un poco pequeño, aunque quizá
es que es así de ajustado. Es una prenda negra, atada al
cuello. Tiene la espalda descubierta y una raja en la pierna
derecha. Algunos brillos lo decoran, nada excesivo. Llevo
un abrigo oscuro para protegerme del frío, abierto para
que se vea el outfit. Adoro tener el pelo largo, pero lo he
recogido en una coleta alta de burbujas para que no me
moleste. He elegido un zapato de tacón ancho y agradable
porque, ante todo, soy una persona práctica.
—¿Qué tal me veo? —pregunto, nerviosa.
Cole me mira de arriba abajo, despacio, hasta detenerse
en mis ojos. No responde, sino que continúa observándome
en silencio. Me giro de nuevo hacia el espejo, incómoda por
su falta de respuesta.
—Impresionante —contesta al final, con esa mirada
profunda que podría acabar con la estabilidad emocional de
cualquiera.
El ascensor se detiene y salimos juntos.
Cole me ha dicho que me ha anunciado como una amiga
y me ha pedido que evite dar mi apellido al presentarme.
No le ha contado a Luke que ha venido conmigo y no quiere
que lo sepa. Lo entiendo, porque no sé si a mi hermano le
parecería bien que estuviese en una fiesta de este tipo.
La terraza es preciosa. La han decorado con grandes
jarrones, esculturas relacionadas con el fútbol y guirnaldas
de luces.
—Vaya pasada de sitio —digo sin poder ocultar la
sorpresa.
—Paga el club —responde Cole, que de repente parece
molesto.
—¿Estás bien?
Dedica una mirada rápida al lugar, sin detenerse en nada
en concreto, hasta volverse hacia mí.
—Es raro. Este era mi equipo y ahora ya no soy parte de
él.
—Tu antiguo entrenador te ha invitado. Aaron cuenta
contigo —le recuerdo.
—Sigue siendo raro —insiste—. En fin, da igual, ya
estamos aquí. Vamos a coger una copa y te presento.
Una camarera pasa cerca con una bandeja repleta de
bebidas. Elijo una copa de vino blanco y Cole me imita. Da
un sorbo más largo que el mío y se encamina hacia un
hombre de mediana edad.
—¡Has venido! —exclama este. Cole enseguida se acerca
a él para darle un abrazo sentido. Aprecio el cariño en el
gesto.
Veo cómo Cole sonríe y se relaja.
—Te dije que vendría —responde una vez se separan.
—Y bien acompañado, además —añade el entrenador. Me
dedica otra sonrisa, más paternal que otra cosa—. No sé
quién eres, pero gracias por convencerlo para que viniese.
—Se llama Hailey, es una amiga —me presenta Cole—.
Hailey, este es Aaron.
—No he tenido que convencerlo de nada, tenía ganas de
veros.
—Mientes fatal —bromea y se ríe. Después, se gira y mira
hacia una mujer rubia—. ¡Lisa!
A ella se le ilumina la cara cuando se vuelve y ve a Cole.
Se acerca rápido hacia él y le da un fuerte abrazo.
—¡Qué bien que estés aquí!
—Lisa, esta es Hailey, una amiga de Cole. Hailey, te
presento a mi esposa.
A mí me da un beso en la mejilla, sin dejar de sonreír. Se
muestran simpáticos y agradables, y creo que es justo lo
que ambos necesitábamos para relajarnos. Se nota que el
entrenador le tiene un cariño especial a Cole, a pesar de
que no llegaron a estar ni una temporada juntos. Unos diez
minutos después, Aaron y Lisa se disculpan con la excusa
de saludar a más invitados.
—No os alejéis mucho, quiero hablar contigo y que me
cuentes qué tal te va —le dice Aaron antes de desaparecer.
—Bueno, ya está roto el hielo —digo una vez nos
quedamos solos—. No ha ido tan mal, ¿no?
—Aaron y Lisa son la parte sencilla.
—Son muy simpáticos. Te quieren mucho.
—Y yo a ellos —admite Cole y esboza una pequeña
sonrisa—. Aaron se portó muy bien conmigo cuando me
lesioné. Estuvo pendiente toda la rehabilitación. Mantuvo
la esperanza de que pudiese volver al equipo mucho más
tiempo que yo.
Me quedo callada, sin saber qué responder a eso.
—Parece un gran entrenador —comento al final.
—Lo es. Me ofreció quedarme con él, como su segundo.
—¿Y no te gustaría?
—Quizá en un futuro, pero ahora no. No puedo estar tan
cerca del campo y saber que no puedo jugar… —La voz se
le quiebra un poco al pronunciar esas palabras.
Lo entiendo, claro que sí. Todavía es muy pronto. No sé
qué sería de mí si mañana me dijesen que no puedo seguir
escribiendo o contando historias. Sin duda, no lo llevaría
tan bien como él.
—Bueno, sabes que esa opción está ahí si algún día te
apetece. Mientras tanto, puedes dedicarte a ti, a lo que
necesites y te haga feliz.
Me acerco un poco a él, le cojo la mano y la aprieto en
señal de apoyo. Cole baja la mirada hasta nuestras manos,
pero no se suelta. Solo entrelaza sus dedos con los míos y
me devuelve el apretón. Me gusta su tacto, cálido entre
tanto frío. Deja de mirarme cuando un hombre aparece a
nuestro lado. Alto, guapo y con los ojos más tristes que he
visto.
—Hola, Cole —saluda con un hilo de voz.
A Cole se le tensa la mandíbula en el acto, y noto más
presión en su agarre.
—Riley —responde con voz tensa.
—Lo siento, de verdad que lo siento. Me alegra que hayas
venido. ¿Crees que podríamos hablar…?
—Ya estamos hablando, ¿no?
—Eh… sí, claro, supongo. Me refiero a otro día, en algún
sitio más privado. Quiero darte la disculpa que te mereces.
Yo… sé que no estuve a la altura, tío, lo sé.
—¿Y cuál crees que es la disculpa que merezco? ¿Cuál es
el perdón por tirarte a mi novia mientras yo estaba en el
hospital? —escupe con rabia, sin dejar de mirarlo.
El rostro de Riley se transforma en el acto y veo la culpa,
la vergüenza. Baja la mirada hacia el suelo, sin saber qué
decir.
Yo me quedo callada, queriendo parecer invisible. Cole
no me ha contado nada, pero de pronto entiendo a qué se
refería cuando me dijo que lo había perdido todo,
literalmente. No sé si pinto algo en medio de esta
conversación. No, claro que no pinto nada. Pero Cole me
pidió que viniese para darle apoyo, ¿no? Este parece el
verdadero motivo por el que necesita compañía.
—Hice las cosas mal, lo sé —continúa Riley una vez
recupera la compostura—. Lo haría de otro modo si pudiera
volver atrás. Pero de verdad quería disculparme contigo,
cuando hayas superado a Shanon y…
—¿Crees que esto es porque no he superado a Shanon? —
Bufa y suelta una pequeña carcajada irónica—. Ella me da
igual, hace mucho tiempo que dejó de importarme. Lo que
me dolió fue que tú me traicionaras, y si no eres capaz de
entender eso, entonces no sé qué haces pidiéndome
perdón. —Se gira hacia mí y me mira con una especie de
súplica en los ojos.
—Vamos a saludar al resto del equipo —le digo. Ni
siquiera dedico un último vistazo a Riley, sino que echo a
andar y tiro de Cole para que me siga.
—Gracias por sacarme de ahí.
—No me des las gracias todavía. Pensaba conseguirte
otra copa de esas de vino.
—Tú sí que sabes cómo animarme —intenta bromear. No
le sale del todo, pero ya no se le nota tan tenso.
—Bueno, eso es solo porque pensaba tomarme otra. Esta
fiesta tiene comida y bebidas gratis, así que vamos a
aprovecharnos de eso mientras podamos.
Esta vez sí se ríe y atacamos otra de las bandejas de los
camareros.
Quiero preguntarle por Shanon y Riley, por lo que sea
que pasó entre ellos, pero no lo hago. Cole no parece
querer hablar del tema, por mucho que yo me muera de
ganas de saber más.
Nos acercamos a otro grupo y charlamos un rato con
ellos. Son antiguos compañeros del equipo de Buffalo Bills,
algunos jugadores en activo y otros ya no. También hay
miembros del equipo técnico y, por supuesto, los familiares
y parejas que los acompañan.
Cole parece más animado. Todos se muestran simpáticos
con él. Algunos le preguntan por su lesión, por su vida; se
alegran de que esté bien. La cantidad de halagos que
recibe me sirve para saber que debía ser realmente bueno
jugando.
—Imagino que no vas a contar nada, pero tenemos que
intentarlo de todos modos —comenta uno de los jugadores
en activo—. ¿Por qué Bedford no se presentó en el partido
de la final de la Super Bowl? Sabemos que es tu mejor
amigo.
Cole se tensa un instante, solo uno, antes de responder:
—Como acabas de decir, es mi mejor amigo. No voy
hablando de su vida.
—Claro, lo entiendo. Tenía que intentarlo.
Sé a qué momento se refiere. El año pasado, los Eagles
ganaron la Super Bowl. No obstante, su jugador estrella no
se presentó al partido. Falló en el último momento y no
explicaron la razón. Durante días, no se habló de otra cosa
en la prensa deportiva; sobre todo, porque estuvieron a
punto de echarlo del equipo. Supongo que la victoria sin él
ayudó a conservar su puesto, pues de haber perdido,
estaría fuera.
A mí tampoco me contó nada. Recuerdo estar con Jenna,
la televisión puesta y ambas con nuestras camisetas del
equipo, esperando a que empezara el partido. Me preocupé
al no verlo, pero sí que recibí un mensaje suyo en el que me
decía que había tenido un imprevisto, uno que no tenía que
ver con él, pero que era muy importante.
Le he preguntado varias veces y nunca me ha
respondido. Acabo de descubrir que Cole sí lo sabe, pero no
va a compartirlo conmigo. Intento no pensar en ello. Fuese
lo que fuese, ya quedó atrás, y Luke vuelve a brillar en su
carrera deportiva.
De pronto, la cara de Cole se descompone.
El motivo es la chica que se acerca a él, con una sonrisa
radiante en los labios. Me fijo en ella: en su larga melena
oscura, en que es casi igual de alta que él con los tacones,
en esa figura esbelta que se contonea con cada paso que
da. Se mueve con una confianza y seguridad envidiables. O
no. Yo sería incapaz de acercarme de ese modo al hombre
al que engañé con uno de sus amigos.
—Buenas noches —saluda a Cole. A mí ni me mira.
—Buenas noches, Shanon —responde él. No suena borde
como con Riley, sino más bien indiferente.
—Te veo bastante bien —comenta Shanon. Le dedica un
repaso de arriba abajo, tan descarado que creo que Cole
también es consciente.
Intento soltarme de su mano para alejarme y darles
privacidad. Además, de repente me siento diminuta; y no
solo porque esta mujer me saque casi una cabeza. Sin
embargo, Cole me sujeta con más fuerza para detenerme.
Entiendo la indirecta y me quedo con él.
—Esta es Hailey, una amiga —me presenta.
Solo entonces Shanon se digna a observarme y casi
preferiría que no lo hubiese hecho. No me mira con asco,
sino con pereza. Como si fuese insignificante o,
directamente, no existiese.
—Encantada —murmura y vuelve a centrarse en Cole—.
No esperaba que vinieses. No después de todo lo que pasó.
—Me apetecía ver al equipo.
—Sea como sea, me alegra que estés aquí. Sigues igual
de guapo que siempre. Guárdame un baile para después, si
tu… amiga te lo permite, claro.
—Mejor baila con Riley —responde él con la misma
indiferencia—. Yo no bailo.
—Cierto, cómo olvidarlo —dice, y hasta yo soy consciente
del rencor en su voz.
—Bueno, Shanon, estaba hablando con Curtis, así que si
no te importa…
Cole no espera respuesta, se despide con un gesto de
cabeza y nos alejamos de ella. Creo que vuelvo a respirar
una vez salgo de ese ambiente. Es como si Shanon robase
todo el aire con su presencia.
—¿Estás bien? —pregunto una vez nos quedamos a solas.
—Sí.
—Shanon es… guau, es impresionante —suelto sin
pensar.
Cole también es muy guapo. Sus hijos hubiesen sido
pequeños dioses de la belleza, porque de verdad que solo
he visto mujeres más agraciadas que ella en la televisión.
—Shanon no es más que un cascarón vacío. ¿Sabes una
cosa? Me da pena Riley. Quizá fuese un cabrón, pero creo
que incluso él merece algo mejor que ella.
—Eres demasiado buena persona —replico—. Estos días
he deseado varias veces que un coche atropellara a
Miranda por haberse acostado con Nick.
Cole se ríe y suelta mi mano, pero luego coloca la suya
alrededor de mi cintura y me acerca más a él.
—Gracias por haber venido conmigo esta noche. No se lo
digas a Luke, pero creo que estás siendo mejor compañía.
—¿Por hablar de atropellos y beber alcohol contigo?
—Por estar, microbio. Me vale con que estés.
Capítulo 15
COLE
Mientras Hailey está en el aseo, me apoyo en la barandilla
de cristal que delimita la terraza y dejo que el aire frío me
azote la cara.
Ya me ha hecho un favor al acompañarme esta noche;
sobre todo, teniendo en cuenta lo poco que este se parece a
su ambiente habitual, así que no pienso separarme de su
lado. Tampoco es que me moleste, la verdad. No la conocía
demasiado antes de que llegase a Harper Springs, no más
allá de las visitas puntuales a Luke y todo lo que me ha
contado él. Ya no es la adolescente que recuerdo. Lo cierto
es que me está gustando tenerla estas semanas conmigo.
Hailey es mucho más que la hermana pequeña de mi mejor
amigo. Creo que puede ser una amiga por sí.
Sin embargo, necesito unos minutos de soledad para
despejarme, para asimilar todo lo que está pasando en la
fiesta. Está siendo más extraña de lo que esperaba, muy
distinta. Me ha gustado ver a mis antiguos compañeros y a
Aaron y a Lisa. Me ha dolido ver a Riley. Él fue un gran
apoyo dentro del equipo, la persona que más me ayudó
cuando me trasladé desde Filadelfia.
Lo he visto arrepentido y eso ha sido lo peor. Sería más
sencillo odiarlo si Riley fuese un cabrón despiadado que se
acostó con mi novia, pero Riley es más cosas. Fue ese
amigo que me ayudó con la mudanza, que me facilitó la
integración con el resto del equipo, que me aconsejó para
encajar mejor en el juego de los Bills. Supongo que, a la
hora de hablar sobre comportamientos, las personas no
somos negros y blancos, sino que hay toda una escala de
grises por la que nos movemos. Y no sé si soy capaz de
perdonar su traición, pero eso solo hace que duela más. No
hay nada sencillo en perder a un amigo.
Con Shanon he sentido algo muy distinto, más parecido a
la decepción. Sigue igual de guapa que antes. Recuerdo
que cuando nos conocimos y empezamos a salir, la miraba y
no podía dejar de admirarla. Shanon tiene ese tipo de
belleza que hace que todos se giren para observarla cuando
entra en una sala llena de gente. Me sentía tan bien
teniendo una chica así a mi lado, como si fuese la envidia
de cualquier hombre o mujer que se sintiese atraído por
ella. Siempre fue presumida y con un gran ego. No lo veía
como un defecto. Ahora, no obstante, más que orgullosa de
sí misma, me ha parecido narcisista, soberbia e incluso un
poco déspota.
Quizá ella no ha cambiado; quizá siempre fue así y el que
ha cambiado he sido yo. Regresar a Harper Springs me ha
hecho reconectar más conmigo mismo y dejar atrás esas
partes de mí que no me gustaban tanto.
He visto cómo Shanon ha mirado a Hailey, como si no
importase en absoluto, y en lo único que he podido pensar
ha sido que, si Hailey entrase en esa habitación llena de
gente, no sé qué haría el resto de la sala, pero yo sí me
giraría a mirarla. A ella y solo a ella. Y ese pensamiento me
ha asustado y lo he desechado pronto. Hailey es guapa y
esta noche está espectacular con ese vestido negro, claro
que me llamaría la atención.
Me sobresalto cuando noto a alguien ponerse a mi lado.
Me giro para descubrir a Shanon, con una sonrisa perfecta
dibujada en los labios. Apoya los brazos en la barandilla y
voltea la cabeza hacia mí. Está cerca, muy cerca, así que
me separo.
—Ya que no hay baile, podemos tener una conversación
—dice sin borrar el gesto de la cara—. ¿Qué tal te va la
vida? Estás desaparecido del mapa.
—Volví a Harper Springs, con mi familia —respondo y
devuelvo la vista a la eternidad del cielo nocturno—. Estoy
ayudando a mi hermana con mi sobrino y con un nuevo
proyecto.
—Eso suena… fascinante —comenta, aunque por su tono
se aprecia que no lo siente para nada así. Shanon siempre
estuvo acostumbrada a un modo de vida más espectacular,
más dada a los grandes momentos y menos a los detalles y
gestos simples. En el tiempo que salimos, ni siquiera le
interesó conocer a mi familia por no visitar el pueblo—. ¿No
vas a volver, entonces?
—Por ahora, no. Estoy bien así. ¿Tú qué tal?
—La verdad es que todo genial. No pretendía decirte esto
porque creo que te lo quería contar Riley, pero no puedo
aguantar más: vamos a casarnos. En noviembre. —Clava la
mirada en mí y noto su escrutinio.
No estoy seguro, pero creo que intenta averiguar mi
reacción, y no precisamente para saber si me duele que
estén prometidos. Es más bien como si intentara ponerme
celoso, como si quisiera ver si aún sigo prendado de ella.
—¡Vaya! No me lo esperaba —admito con sinceridad—.
Me alegro por vosotros, supongo.
En realidad, una parte de mí los odia un poco. Otra, sin
embargo, sí que se alegra. Prefiero que Riley tenga
sentimientos auténticos por ella y que hiciera lo que hizo
por un motivo de peso antes que pensar que me traicionó
por un polvo de una noche.
—No hace falta que finjas, Cole —espeta muy seria. Da
un paso hacia mí y, cuando intento retroceder, me agarra
del brazo—. Te conozco muy bien, no puedes engañarme.
Llevas toda la noche actuando raro, sin despegarte de esa
rubia que has traído. Sé que no me has olvidado, que por
eso tenías miedo de venir esta noche.
—¿Qué? Shanon, eso no es así para nada.
—Por eso te has presentado aquí con una «amiga» —
afirma poniendo un especial desdén en la palabra—, para
ver si así me ponías celosa. Pues no ha funcionado. ¿De
verdad creías que me tragaría que saldrías con esa cría
insípida que no levanta un palmo del suelo? Si no…
Shanon se calla de golpe y su mirada se transforma, pero
no me fijo en ella. No lo hago, porque de repente noto algo
muy diferente. Primero, un brazo rodeándome la cintura,
con la mano aferrada a la tela de mi chaqueta. Después, el
aroma a piruleta del cabello de Hailey apoderándose de
todo el ambiente. Por último, unos labios posarse en mi
cuello y darme un beso ligero y húmedo. Y no sé qué coño
pasa, pero siento un escalofrío crecer en el centro de mi
espina dorsal y extenderse por todo el cuerpo, como una
pequeña descarga eléctrica que me estremece y me hace
temblar.
—Cole, no te encontraba —me dice Hailey.
Me enseña una sonrisa increíble, aunque en sus ojos leo
mucho más. Hay sorpresa, pero también duda. Ha
escuchado lo que Shanon ha dicho, no me cabe duda. Por
eso está aquí, fingiendo ser mi novia, pese a que solo
íbamos a ser amigos. Ha creído que tenía un problema y
trata de ayudar de la única manera que se le ha ocurrido. Y
supongo que no necesito fingir que salgo con una chica
para superar a una exnovia, pero esa exnovia es Shanon y
no está de más que se lleve un chasco: esta va a ser la
forma más sencilla de que se dé cuenta de lo mucho que la
he olvidado.
—Estaba conmigo —suelta Shanon. Su sonrisa flaquea,
pero perdura.
—Me contaba que se casa con Riley —explico sin apartar
la mirada de Hailey. La atraigo un poco más hacia mí. Y no
tiene nada que ver con mi ex; de repente, me apetece
sentirla cerca.
—Ah, enhorabuena. Me alegro por vosotros.
—Muchas gracias.
—¿Quieres ir a felicitar a Riley? —me pregunta Hailey.
—Lo cierto es que no.
—¿Te parece entonces si nos largamos de esta fiesta? —
me propone. Apenas llevamos juntos unas semanas, pero
creo que ya me conoce mejor de lo que llegó a conocerme
Shanon.
—Claro —coincido y esbozo mi mejor sonrisa—. Se me
ocurren un millón de cosas mejores que hacer ahora
mismo, aunque voy a tener que arrancarte ese vestido para
casi todas.
La cojo de la mano y tiro de ella antes de que Shanon vea
la cara de Hailey. Sus ojos se abren de pura sorpresa y se
ruboriza hasta la coronilla. Se me escapa una carcajada
mientras huimos de la terraza, sin despedirnos de nadie.
Mañana pediré perdón y hablaré con Aaron y con Lisa, pero
ahora solo quiero alejarme de aquí.
—Así que ahora también eres mi novia… —comento
mientras bajamos en el ascensor.
—Novia por encargo para situaciones de emergencia, y la
emergencia ha terminado. No creo que haga falta repetir.
—Quién sabe. Quizá se presente alguna otra ocasión.
Hailey vuelve a ruborizarse, aunque nada tiene que ver
ahora con un comentario sexual. Desvío la mirada hacia la
puerta y sonrío.
Tenía miedo de esta noche, pero lo cierto es que no ha
ido nada mal.
Capítulo 16
HAILEY
Ya he vuelto a la rutina después del viaje a Búfalo. Fue tan
exprés que no hubo turismo, ni siquiera para visitar el
famoso paseo marítimo.
Necesitaba regresar a Harper Springs. Creo que he
pasado tanto tiempo a solas con Cole que me ha aturdido la
mente. ¿Fingir ser su novia? ¿Darle un beso en el cuello?
¿Qué diablos se me pasó por la cabeza? Jenna va a alucinar
cuando se lo cuente. Todavía no lo he hecho porque sé lo
que va a decir y no quiero escucharlo.
Hoy me he levantado, me he preparado mi café y he
escrito un capítulo. Poco a poco la novela avanza. Aún no
he conseguido entrar del todo en la historia y lo que hago
es forzarme a seguir escribiendo, con la idea de que, quizá,
cuando pase el principio, me costará menos. La charla en el
Club de Lectura Springs me ayudó mucho y, aunque no voy
a decírselo a Cole por ahora, estoy leyendo El Señor de los
Anillos y sí que resulta inspirador.
Además, refugiarme en la escritura es una buena forma
de no pensar en todo lo demás.
Adrianne no deja de insistir, así que le he enviado un
correo electrónico con lo que llevo escrito hasta ahora. No
es mucho, ni tiene suficiente calidad, pero es un boceto de
hacia dónde va la historia y una prueba de que estoy
trabajando en ella.
Después, he retomado el yoga. Me relaja practicarlo y,
aunque no es la finalidad, también me vienen ideas de
escenas que escribir. La música relajante y el incienso me
ayudan a conseguir la atmósfera perfecta.
La llamada de Jenna se produce justo durante la
relajación, así que me salto todo ese proceso y busco el
teléfono.
—Hoy te has adelantado —digo al responder. Suele
llamarme siempre a la misma hora.
—¡Voy a ir a visitarte! —exclama ella a la vez—. He visto
un vuelo muy barato a finales de octubre, así que
pasaremos Halloween juntas. ¿No es genial?
—¡Sí que es genial! —grito como respuesta.
—No puedo hablar ahora porque voy de camino a un
sitio, que he quedado, pero necesitaba decírtelo.
¿Hablamos más tarde?
—Sí, claro. Te quiero.
—Te quiero.
Llevo menos de un mes aquí, pero ya echo de menos a mi
mejor amiga. Me gusta la idea de estar unos días con ella,
de enseñarle este pueblo y hablar en persona.
Aunque eso vaya a implicar que vea a Cole y se vuelva
completamente loca.
***
El timbre suena puntual y, cuando abro la puerta, me
encuentro con una Amanda tan nerviosa como el día que la
conocí. Tiene en las manos un portátil desgastado y en la
cara una sonrisa de emoción.
—Hola —me saluda con timidez.
—Hola —respondo y la invito a pasar—. ¿Te apetece
tomar algo?
—No, gracias. Mi abuela siempre dice que el desayuno es
la comida más importante del día, así que con lo que me
prepara podría aguantar casi hasta la cena.
—La comida de una abuela siempre es genial —comento,
recordando las delicias que nos prepara la de Jenna. La mía
también era una gran cocinera. Viví unos años con ella en
España, hasta que falleció y volví a Estados Unidos.
—Si quieres, la semana que viene podemos desayunar
juntas —ofrece, nerviosa, sin mirarme a la cara
directamente—. Bueno, tampoco hace falta, supongo que
tendrás mejores cosas que…
—Me encantaría —la interrumpo con una sonrisa.
Amanda me imita y veo en sus ojos la felicidad por el
simple hecho de haber aceptado su invitación—. ¿Has
traído la novela? Podemos empezar cuando te venga bien.
—¡Claro! ¡La tengo aquí mismo!
Contempla la casa al entrar, fijándose sobre todo en la
enorme estantería que tiene Cole en el salón. La veo
cotillear los títulos de los libros antes de dejar el ordenador
sobre la mesa y tomar asiento a mi lado.
—¿Has estado alguna vez aquí? —pregunto con
curiosidad.
—Una vez, hace más de un año. Cole pasó mucho tiempo
fuera del pueblo y, cuando regresó, mi abuela preparó la
bienvenida.
—Me parece un gesto muy bonito.
—Es un poco pesada. —Bufa.
—Es acogedor —opino yo—. A mí me ayudó a sentirme
mejor recibida en Harper Springs. No existe esa clase de
detalles en las ciudades.
—Supongo que en las ciudades tenéis mejores cosas que
hacer…
No insisto. Amanda es una adolescente, e imagino que
sus preferencias en su vida cambiarán más adelante. Sin
embargo, ahora tiene que vivir y experimentar esos años
que, al final, terminan por forjar al adulto que vamos a ser.
—¿Quieres ver los libros de Cole? Hay un montón.
—¡Claro!
Nos acercamos juntas a las estanterías y, durante un
rato, Amanda se dedica a mirar los diferentes tomos y a
hacer comentarios sobre ellos.
—Cuando quieras empezamos —le digo al final—. He
leído ya el texto y, como te dije, la idea es muy buena, pero
hay alguna cosilla que puedes pulir.
En el Club de Lectura Springs me ofrecí a ayudarla con
su escritura. No tengo demasiado tiempo y seguramente
debería estar trabajando en mi propia historia, pero no
puedo evitarlo. Amanda está empezando y sé que la
motivación le vendrá muy bien. Además, un par de horas a
la semana no debería influir en el ritmo de mi novela. Va a
presentar su obra a un concurso y la idea es ayudarla a
enviar la mejor versión posible.
Trabajamos sin parar.
Amanda es una chica muy inteligente y aplicada. Anota
cada consejo que le doy sobre los personajes, la trama y la
narración. Me explica sus ideas para el desarrollo y los
giros inesperados que ha preparado.
Cuando se va a su casa, no puede dejar de sonreír ni de
darme las gracias. Y es curioso cómo funciona, pero
ayudarla con su historia también me ha motivado a mí:
vuelvo a sentarme frente a mi ordenador y el nuevo
capítulo fluye solo.
Poco a poco me voy dando cuenta de que para superar mi
bloqueo no basta con olvidarme de las expectativas, sino
que también necesito reconectar con mi pasión por la
literatura.
Y eso incluye varias cosas, como ayudar a una chica que
está empezando y sueña con ser escritora, escuchar a
distintas personas compartir su pasión por la lectura o
simplemente adentrarme en el libro favorito de un amante
de la fantasía.
Capítulo 17
COLE
Últimamente estoy más involucrado en Villa Ruina. Octubre
ya ha llegado, y cada vez queda menos tiempo para la fecha
de apertura que Cami se propuso. Dado que todavía no
tenemos ni las paredes terminadas, entiendo la histeria de
mi hermana.
Esta mañana he dejado a Hailey intentando escribir y he
venido al pueblo. Camille ha ido a llevar a Caden al colegio,
pero nos ha dejado preparado todo para que podamos
empezar sin ella.
—Manos a la obra —dice Sean.
Trabaja en el aserradero del pueblo, aunque hoy es su día
libre. Puede ser un poco capullo, pero también es un gran
amigo y siempre está dispuesto a ayudar.
Coge la pesada caja de herramientas y se encamina hacia
la cocina.
—Esto me vale como gimnasio —comenta, aprovechando
para subir y bajar varias veces la caja, como si de una pesa
se tratase.
—Deja de vacilar y vamos a lo que vamos —replico,
bromeando. Sean se ríe y obedece—. Cami quiere terminar
esta habitación la primera porque es la que más trabajo
tiene.
—¿Habéis acabado ya de colocar las nuevas tuberías? No
me gustaría que se me rompiera una en la cara.
—¿Por qué? Te daría una excusa perfecta para quitarte la
camiseta.
Vuelve a reírse y, esta vez, lo imito.
—No me hubiese importado haber estado allí ese día y
haber visto a Hailey empapada.
—Deja a Hailey en paz —digo. Sean suele hacer esos
comentarios a menudo, no solo sobre la rubia, sino sobre
cualquier chica. Yo siempre le respondo lo mismo—. La
nueva fontanería está instalada. La electricidad también —
añado antes de que tenga oportunidad de preguntar algo
más—. Anthony y Esther vinieron a ayudarnos.
La pareja controla sobre detalles de ese tipo, no en vano
llevan años trabajando en Salt Lake City para una de las
mejores empresas de construcción del país.
—Vaya, la cosa avanza a buen ritmo.
—Pues vamos a mantenerlo —le digo.
Nos ponemos manos a trabajar y, poco después, Cami se
nos une con su uniforme de faena.
Las mañanas se pasan rápido dándole forma a Villa
Ruina; a los sueños de mi hermana. Hago todo esto por
ayudarla, pero una parte de mí sabe que hay otro motivo,
uno más pequeño.
Y es que mientras esté sumido en los sueños de Camille
no tengo que pensar en los propios.
***
Cuando llego a casa ya son más de las cinco de la tarde.
Avisé a Hailey para que supiera que no comería con ella,
que nos habíamos entretenido más de lo esperado.
Voy sudado después de tantas horas de trabajo físico, así
que me paso directamente por el embarcadero. Me quito la
ropa y me lanzo al lago. Los músculos se me contraen al
notar el agua helada: mi terapia contra el frío no está
funcionando en absoluto. Decido nadar para
contrarrestarlo y, unas pocas brazadas después, me noto
activo y enérgico. Salgo, me envuelvo en la toalla que
siempre dejo a mano y me dirijo hacia la casa.
Sin embargo, me detengo justo en la entrada. Percibo el
olor a sándalo del incienso y una música relajante, pero no
es eso lo que me detiene: es Hailey, haciendo yoga en
medio del salón. Está de espaldas a mí, con las rodillas
apoyadas en la esterilla y todo su trasero frente a mis ojos.
Ya me había fijado antes en que tenía un culazo, pero verlo
así, en esa postura, con esas mallas apretadas y con el
recuerdo del escalofrío que me produjo su beso en el
cuello… es demasiado. Noto cómo me empalmo enseguida
y huyo hasta mi habitación. Cierro la puerta de golpe y con
prisas. No puedo dejar que Hailey me vea así. Maldita sea,
es que no debería estar así. ¿Cómo se me ha puesto dura
tan rápido?
—¿Cole? ¿Eres tú? —pregunta ella, alzando la voz.
Apenas dos segundos después, escucho dos golpes en la
puerta—. ¿Cole?
—¡Sí! —exclamo, quizá con demasiada urgencia—. ¡Ahora
salgo!
—¿Estás bien?
—¡Sí, sí! ¡Necesito ir al aseo!
Esa explicación parece bastarle, porque se aleja de
nuevo. No tengo ganas de mear, tengo ganas de algo muy
diferente. ¿Qué diablos me pasa? Es Hailey, joder, la
hermana pequeña de Luke.
Me encierro en el baño. Todavía la tengo dura, porque el
recuerdo de Hailey sigue nítido en mi cabeza. Cierro los
ojos con fuerza para intentar alejarlo. Sucede todo lo
contrario.
No puedo contenerme más.
Salgo de mi dormitorio y veo que ella sigue en el salón,
haciendo esa maravillosa postura de yoga. Se gira y me
mira, con los ojos encendidos y una sonrisa pícara en los
labios.
—Cole, te estaba esperando —me dice. Mueve el culo
hacia mí, invitándome a acercarme.
Es justo lo que hago. Voy hacia ella con decisión, me
arrodillo detrás para quedar a su altura y me pego a su
cuerpo. La tengo tan dura, que siento que va a estallar
dentro del pantalón. Hailey suelta un gemido cuando la
nota contra sus mallas y se frota contra mí, para sentirme
más. Llevo una mano a su cadera y aprieto más la polla
contra su culo. Con la otra mano, la cojo de la coleta y tiro
hacia atrás. Vuelve a gemir, esta vez más fuerte.
Abro los ojos de golpe y alejo esa imagen de mi cabeza.
Pensar en ella así no está bien, no puedo follarme a Hailey,
ni siquiera en mis sueños más perversos. Tampoco pienso
masturbarme pensando en ella, así que me quito la toalla y
entro en la ducha, abro el grifo y espero que el agua fría se
encargue del resto.
Salgo un rato después. Ya no estoy empalmado, pero me
siento culpable por lo que ha pasado. Trato de encontrar
una explicación lógica y, al cabo de unos minutos, la
encuentro: no he echado un polvo en más de un mes, ni me
he dado placer a mí mismo. No es que Hailey me ponga, es
que estoy necesitado. Cojo mi móvil, busco el chat con mis
amigos y escribo:
Este finde salimos.
Sean:
Ahora eres tú el que necesita echar un polvo, ¿eh?
Exacto.
Capítulo 18
HAILEY
La mañana de escritura no está cundiendo tanto como
estos días atrás. No me siento bloqueada. He ido pasando
octubre sumida en una rutina que ha terminado por
funcionar. La novela avanza a buen ritmo y, aunque todavía
me queda mucho trabajo por delante, ver cómo las páginas
aumentan me motiva para continuar.
La distracción de hoy es por un motivo de peso. Jenna va
a venir de visita a Harper Springs y no puedo dejar de
mirar el reloj, esperando que sea la hora de salir a
recogerla. En realidad, no he pasado tanto tiempo sin verla,
pero siento como si hubiese sido una eternidad.
Cami y Taylor van a llevarme. Hoy nadie trabaja en Villa
Ruina, quizá por eso ayer Cole salió de fiesta con Sean y
Adam.
Me giro al escuchar la puerta de su dormitorio abrirse.
Sin embargo, no sale él, sino una chica rubia. Incluso
despeinada, sigue siendo impresionante.
—Buenos días —saludo. Es la tercera que me encuentro
en apenas dos semanas. Cole ha retomado su vida sexual
desde que volvimos de la reunión con su club y yo podría
haber hecho lo mismo, pero lo cierto es que estoy tan
centrada en la novela que no pienso en nada más—.
¿Quieres un café? Hay en la isla. Soy Hailey, por cierto, la
compañera de piso temporal.
—Ay, por un momento he pensado que eras su novia y me
he sentido fatal. Tomaré el café, sí. Gracias.
Me parece mucho más simpática que la anterior, que
salió corriendo despavorida en cuanto me vio.
Me fijo más en ella, en la ropa que lleva puesta.
Reconozco la antigua camiseta de los Eagles de Cole, verde
con el número 23 en la espalda. Nunca se la he visto en
persona, pero sí en alguno de los partidos que jugó con mi
hermano. Tiene varios dibujos hechos con rotulador.
También, frases escritas y distintos garabatos.
Cole sale de su dormitorio medio corriendo. Su ligue
sonríe.
—Jess, necesito que te quites esa camiseta —le pide casi
con urgencia—. Puedes coger cualquier cosa de mi
armario, excepto esa.
La chica contempla la prenda un instante antes de
devolver la mirada hacia él. Por supuesto, la sonrisa ha
desaparecido de su cara. Se la quita de malas maneras y se
queda semidesnuda en medio de la cocina.
—No pensaba robártela, ¿sabes? —espeta—. Tampoco
quería sentirme realizada poniéndomela, ha sido lo primero
que he pillado del cajón. Ni siquiera eres tan famoso, no
desde que te rompiste la rodilla. Deberías volver a poner
los pies en la tierra, flipado.
Se levanta del taburete, sin darle tiempo a réplica, y se
adentra en el dormitorio para recoger su vestido de
anoche. Sale medio corriendo de la cabaña, tan rápido que
el café no ha llegado a enfriarse.
Miro a Cole, preocupada por si le ha afectado el
comentario que ha hecho sobre su rodilla. No parece así en
absoluto.
—¡Me rompí el tendón de Aquiles, no la rodilla! —grita
mientras Jess huye. Después se gira hacia mí—. ¿Te ha
parecido que le he faltado al respeto? —pregunta,
desconcertado.
—No —respondo con sinceridad—. ¿Por qué no puede
ponerse esa camiseta? La verdad, dudo que sea por lo que
ella ha imaginado.
—Jugaba con ella en los Eagles, no me gustaría perderla
—me explica. Aprecio la nostalgia en la voz al hablar de su
antiguo equipo.
Se agacha y la recoge del suelo. La extiende para ver que
no ha sufrido ningún daño y suspira de alivio cuando la ve
intacta.
—Esta parecía simpática —comento—. Es evidente que
no.
—Ayer también me lo pareció a mí. Tengo la camiseta en
el tercer cajón de la cómoda, así que dudo que sea lo
primero que haya encontrado.
—¿Crees que se ha acostado contigo por ser quién eres?
—Sé que el hecho de ser un exjugador de la NFL es un
plus, a veces, pero no le pongo pegas. Anoche quedó claro
qué era lo que buscábamos el uno del otro y está
conseguido. No necesito más.
—Excepto que no se pongan tu camiseta —bromeo.
—Excepto eso, sí —afirma y me sonríe—. ¿Qué tal la
escritura? Hoy te he escuchado darles a las teclas durante
mucho tiempo.
—Ha ido bien, sí.
Las paredes de esta cabaña no están muy bien aisladas.
Si Cole ha oído el simple sonido de un teclado de
ordenador, ¿cómo no iba yo a escuchar los jadeos de esa
chica durante toda la noche? No pienso admitir en voz alta
la curiosidad que me han despertado. ¿Se puede siquiera
gemir tanto? ¿A qué se refería Cole exactamente cuando
dijo que le gustaba el sexo sucio? ¿Cómo sería acostarse
con él y…? No.
Por suerte, no tengo tiempo de castigarme demasiado
pensando en cómo es eso posible, pues escucho el claxon
en la puerta y recuerdo que hoy viene Jenna de visita.
Me despido de Cole con prisas y salgo disparada hacia el
coche.
Cami baja con Caden para dejar al pequeño bajo el
cuidado de su tío y, tras unas rápidas indicaciones, las tres
ponemos rumbo al aeropuerto.
—Qué ganas tengo de conocer a Jenna —comenta Camille
con una sonrisa.
—Os va a caer genial —aseguro, convencida.
Abro la ventanilla del coche para impregnarme del aroma
a pino y a hierba. Sigo nerviosa y emocionada y, mientras
hablamos de todos los planes que hemos hecho para estos
días, el viaje hasta Salt Lake City se me pasa volando.
***
La veo aparecer entre la gente, con su melena más
anaranjada que rojiza, su cara llena de pecas y una maleta
que es más grande que ella. Viene corriendo hacia mí en
cuanto nuestros ojos se encuentran. Deja caer el equipaje a
medio camino, suelta un grito agudo y me abraza con tanta
fuerza que parece que se me vayan a salir los pulmones por
la boca.
—¡Hails! ¡Joder, te he echado tanto de menos! —Una cosa
que caracteriza a Jenna es que dice cantidad de palabrotas.
—No puedo respirar… —respondo con un hilo de voz,
pero sin que eso me borre la sonrisa de la cara.
—Lo siento, ha sido la emoción —se disculpa mientras me
suelta—. Vosotras tenéis que ser Camille y Taylor, ¿no? —
añade, mirando a las otras dos chicas—. Hails me ha
hablado de vosotras.
—Puedes llamarme Cami, todos lo hacen —se presenta la
primera.
—A mí a veces me llaman Jen —comenta ella—. Eres la
hermana de Cole, ¿no? —pregunta y esboza una sonrisa
divertida—. Puedo ver el parecido.
—¿Conoces a mi hermano?
Me dedica una mirada fugaz y mis ojos reflejan el pánico.
Niego tan deprisa, que todas deben de notarlo, pero me da
igual. No estoy preparada para que Jenna cuente por qué
conoce a Cole.
—Hails me ha dicho que vive con él, lo he visto en alguna
foto —miente de forma descarada. Agradezco su lealtad, de
todos modos.
Da un beso a cada una y después se acerca a recoger su
maleta, que sigue tirada en mitad del aeropuerto. Por
suerte, es de color naranja chillón y sería imposible robarla
sin llamar la atención. Seguramente, ese sea el motivo de
que la escogiera.
—¿Os importa si vamos a por un café antes de ponernos
en marcha? —pregunta Jenna—. Necesito meterme cafeína.
—Aquí hay un Starbucks.
—Perfecto, vamos a por uno con mucha azúcar.
Pillamos uno cada una. Taylor, además, pide una cookie
enorme para devorar en el camino de regreso. Hay algo
menos de una hora entre el aeropuerto de Salt Lake City y
Harper Springs. Lo pasamos hablando, poniéndonos al día
de lo que hemos hecho durante este tiempo y haciendo mil
planes para la semana que va a pasar aquí mi amiga.
—¡Qué pasada! —exclama Jenna cuando llegamos al
camino por el bosque, el que conduce a las cabañas de
madera.
—Espera a verlo de día, el paisaje es precioso —afirmo
con una sonrisa.
El vuelo se ha retrasado y, para cuando llegamos al
pueblo, ha oscurecido. Es noche cerrada, además, por lo
que la única luz que nos acompaña es la de los faros del
coche.
—Se respira paz.
—Harper Springs es un sitio muy tranquilo —explica
Cami—. No tenemos todos los servicios y facilidades que
hay en una gran ciudad, pero no lo cambio por nada.
—Estoy deseando empezar a conocer este lugar. Hails me
ha dicho que tenéis una biblioteca enorme.
—¿Te gusta leer?
—Mi mejor amiga es escritora. Leer es mi segunda
pasión en la vida.
—¿Cuál es la primera?
—El chocolate.
Hay una conformidad general antes de que todas
estallemos en carcajadas.
—El tour tendrá que esperar a mañana —dice Cami—. Se
ha hecho un poco tarde y yo tengo que regresar con Caden.
—Tu hijo, ¿no? Hails me lo ha contado.
—Sí.
—Eres muy valiente, la verdad. Yo no sé mantenerme a
mí misma con vida, no sé cómo haría si una personita
dependiera de mí.
—No soy valiente —contradice Camille—. Caden vino sin
que lo buscara, pero vino igualmente. No me
malinterpretes, sí quise tenerlo al descubrir que estaba
embarazada; de lo contrario, habría abortado. Una vez
nació, todo cambió. Él es mi prioridad, ahora y siempre, y
cuando sabes que una vida depende de ti aprendes todo lo
que necesitas. O vas improvisando, pero siempre
procurando lo mejor para él.
—Eres una madre estupenda —dice Taylor y se acerca
para cogerle la mano y darle un apretón—. Caden tiene
mucha suerte de tenerte.
—Sí que la tiene —añado desde el asiento de atrás—. Ese
niño pertenece a una familia maravillosa.
—No me hagáis llorar que voy conduciendo, y yo con
estas cosas soy muy sensible.
—Cambiemos de tema que no quiero morir tan joven —
suelta Jenna y todas volvemos a reírnos.
Poco después, Camille aparca el coche en la puerta de la
cabaña. Hay una luz encendida, pese a que Cole está en
casa de su hermana. Nos avisó antes de que se iba para
allá, de modo que su sobrino pudiera acostarse cuando
quisiera.
Taylor y Cami bajan para despedirse.
—Mañana nos vemos —dice la primera, antes de darme
un beso rápido en la mejilla—. Nos vamos ya, que estoy
congelada.
El frío se nota en el ambiente de finales de octubre.
Hemos hecho planes para toda la semana. Ha sido Cami,
que ha resultado ser una maniática de la organización. Ha
creado una lista de cosas que hacer y nos la ha pasado por
el grupo, Jenna incluida, con los horarios y los lugares que
visitar.
—Enséñame lo que va a ser mi nuevo hogar —me pide
Jen.
Pasamos al interior de la cabaña. Me sorprende ver que
la chimenea está encendida. La luz del salón también, pero
Cole no me ha escrito para decirme que haya vuelto. Veo
que hay una nota pegada en el espejo de la entrada.
Hacía frío, así que os he encendido la chimenea
para que tuvierais la casa calentita al llegar.
Luego nos vemos.
Jenna me mira con una sonrisa pícara en los labios.
—En serio, no sé a qué esperas para tirártelo, Hails. Mira
cómo se preocupa por ti.
—No tiene ningún interés en mí. Desde que vine se ha
acostado ya con varias chicas. Esta mañana, sin ir más
lejos, ha sido la última.
—O sea, que tú sí estás interesada… —deja caer y se ríe
—. Ay, pequeña pajarilla.
—No he dicho eso —suelto y noto que me ruborizo. No
voy a acostarme con él, aunque alguna vez mi mente me
haya traicionado y se haya imaginado cosas que no pueden
pasar.
—Eso ya lo veremos. Venga, vamos a hacer el tour por
esta casa que huele a sexo y romanticismo.
—Jenna, por Dios, compórtate esta semana. Cole y yo
somos amigos, nada más. No quiero que hagas comentarios
de ese tipo delante de él.
—Está bien, está bien. Solo los haré delante de ti.
Me río, dándola por perdida, y le enseño las habitaciones.
Va a dormir conmigo en la cama. La cabaña es grande, pero
hay dos dormitorios y no voy a dejar que se quede en el
sofá. Su parte favorita es el baño.
—¿Y esa puerta? —pregunta una vez termina la visita.
—El dormitorio de Cole, pero tenemos prohibida la
entrada.
—¿Tienes prohibida la entrada?
—Eso es.
—Bueno, al menos por ahora —comenta y me vuelve a
mirar con suspicacia—. ¿Qué? Cole no ha vuelto, todavía
puedo hacer esos comentarios.
—Mañana te enseñaré la parte de fuera —continúo, como
si nunca hubiese dicho nada—. Así ves el lago y el
embarcadero. Y el bosque, claro.
—Solo aquí puedes tener un puto bosque como jardín.
¿Podemos comer algo? No he probado bocado desde hace
unas cinco horas.
Mi móvil vibra antes de que pueda responder. Miro la
pantalla para comprobar que se trata de Cole.
—¿Se ha instalado ya Jenna? —me pregunta después de
contestar la llamada y saludar.
—Sí, acabo de enseñarle la casa. Íbamos a preparar algo
para cenar, antes de que, literalmente, se muera de
hambre.
Cole se ríe al otro lado de la línea y mi amiga sonríe al
escuchar el sonido. Pongo los ojos en blanco.
—Voy de camino. Si quieres, puedo pillar algo para los
tres. Yo tampoco he cenado.
—¡Sí, por favor! —grita Jenna para que lo oiga.
—¿Hamburguesas? Estoy al lado de El Gato con Botas.
—Eso suena genial —vuelve a responder mi amiga por
mí.
—Vale, pues parece que está decidido. Ahora te paso el
pedido por WhatsApp —le informo.
—Hails, por favor, ese hombre de verdad se preocupa por
ti —comenta Jenna una vez cuelgo el teléfono.
—Somos amigos.
—Tíratelo —me vuelve a decir.
—¿Por qué no te lo tiras tú?
—Créeme cuando te digo que lo intentaría si no estuviera
convencida de que, en el futuro, no te iba a gustar pensar
en ello. Cole es tu primer amor. No podría hacerte eso.
La fulmino con la mirada en cuanto lo menciona y Jenna
se parte de risa en mi cara.
—Tranquila, mi pequeña compositora, mis labios están
sellados. Pero te lo digo en serio, Hails. Aquí está pasando
algo. Deberías tirártelo.
Por una vez, no digo nada. Me quedo valorando lo que ha
dicho. Sé que Cole se interesa por mí, pero eso es todo.
Excepto esa corriente eléctrica que sentí cuando le besé en
el cuello. Si un beso me provocó eso, ¿cómo sería
acostarme con él?
Las palabras de Cole resuenan en mi memoria:
«A mí me va más el sexo sucio».
Un escalofrío me recorre la espina dorsal cuando pienso
en esa voz ronca, uno que termina directamente en mi
entrepierna.
Y es verdad que no hay nada entre nosotros, pero
también es verdad que siento una curiosidad incipiente por
saber por qué las chicas con las que se acuesta Cole gimen
de esa manera.
Tengo una relación abierta. Cole no es de los que se
comprometen, así que… ¿tan malo sería acostarme con él?
Y, de repente, me doy cuenta de lo evidente: si quiero que
estos pensamientos paren, tengo que acostarme con Cole.
Capítulo 19
HAILEY
La cena de ayer fue rápida. Una presentación agradable y
poco más. Jenna y Cole se mostraron simpáticos el uno con
el otro; el problema fue que yo tenía miedo de lo que Jen
pudiese decir. Mi estrategia fue fingir que estaba muy
cansada y acostarme pronto. Por supuesto, mi amiga se
vino conmigo.
Jenna y yo hemos madrugado para desayunar en el
pueblo. Cole no ha podido venir porque Cami está cada vez
más nerviosa con Villa Ruina y necesita ayuda, aunque no
tanto como para pedir que vaya Jenna también, así que
vamos a hacer un poco de turismo.
Hoy hemos ido en bici. Cole dijo de llevarnos, pero él se
iba demasiado temprano. También me ofreció su coche,
pero decliné la propuesta porque él lo necesita más que
nosotras. Además, así tenía una excusa para enseñarle el
sendero a Jenna.
—Parecemos sacadas de una serie de los 90 —ha dicho la
pelirroja mientras recorríamos el bosque camino de Harper
Springs.
Entonces le ha sonado el móvil con la canción Nice to
meet you, de Imagine Dragons, y ha roto el momento.
—Volveremos a parecerlo cuando lleguemos. Ese pueblo
es como viajar al pasado. Tiene su encanto.
Y me ha dado la razón. Las calles amplias, las
construcciones bajas, los árboles que crecen en las
avenidas. Hay algo que se respira en el aire que lo
diferencia de las grandes ciudades. No sé qué es, aunque
quizá sea simplemente la falta de contaminación.
Maggie nos recibe con una amplia sonrisa, un plato de
tortitas y dos cafés enormes. Nos da un abrazo a cada una,
como si ya conociese a mi mejor amiga, que me mira con
los ojos abiertos como platos. Ninguna de las dos estamos
acostumbrada a este tipo de cariño familiar.
—Encantada de conocerla, señora Jenkins —saluda al
separarse.
—¡Cómo que señora! Soy Maggie, niña —la corrige—. Y
no me hables de usted, que me hace sentir anciana.
—Claro, Maggie —repite Jenna con una sonrisa—.
Gracias por el desayuno, tiene una pinta estupenda.
—Espera a probarlo.
Vamos a una mesa junto a la ventana, al lado de la
bicicleta que cuelga sobre la pared, y tomamos asiento.
Jenna dobla las tortitas para hacerlas un rollo y las devora
en tres bocados. Me río por su ansia, pero mi amiga
siempre es así.
—¿Qu? —pregunta con la boca tan llena de comida que
apenas se la entiende—. Tenfo hambe.
—No he dicho nada.
Me tomo las mías despacio. Soy el tipo de persona que
come con lentitud porque disfruto del sabor y no quiero
que acabe nunca. El plan de Jenna es mejor. Maggie ha
visto la rapidez con la que ha terminado con las suyas y le
ha puesto otras delante.
—En mi restaurante nadie se queda con hambre —le
dice.
—Esto está delicioso. Tienes que darme la receta.
—¿Te gusta cocinar?
—Admito que me gusta más comer, pero, sí, también
cocinar.
—Pues pasaos una tarde por aquí y os enseñaré a las dos
unos truquitos.
—¡Eso suena muy bien! —exclama mi amiga.
—Nos pasaremos —aseguro yo.
Maggie tiene una mano increíble con la cocina y no
imagino a nadie mejor de quien aprender algunas recetas.
Además, es una buena razón para pasar más tiempo con
ella. La pobre mujer está casi todo el día trabajando y,
aunque se nota que este le apasiona, parece agotador.
Salimos del restaurante un rato después, cuando Jen está
tan llena que podría vomitar, y después de tomar el mejor
café que ha probado en su vida. No sé si le regalaba los
oídos a Maggie, pero lo cierto es que, para mí, está
buenísimo. No cogemos las bicicletas; las hemos dejado
aparcadas en la calle sin necesidad de candado.
—¿Segura de que no se las querrán llevar? —pregunta mi
amiga.
—Harper Springs es un pueblo seguro.
—Si mi carrera en el periodismo fracasa, intentaré ser
policía aquí.
—Tendrías poco trabajo.
—Es la idea —asegura, y ambas reímos.
—¿Te han dicho ya algo de la solicitud? —indago.
—Todavía nada —responde—. Pero no han anunciado a
nadie, así que toca esperar. De verdad, ese puesto es mío.
Me encanta el entusiasmo y positivismo que desprende
siempre.
—Lo sé —afirmo, igual de convencida que ella. Se lo
merece más que ninguna otra.
Jenna se para delante de la estantería de libros que hay
al lado de la puerta de El Rincón de Maggie y coge algunos
ejemplares para cotillearlos.
—Es algo típico del pueblo —le explico—. Se llama
bookcrossing. Varios locales y casas tienen estanterías en
las entradas y la gente deja sus libros favoritos para
intercambiarlos.
—Me parece una iniciativa muy guay. Faltan los tuyos —
añade mientras observa los ejemplares.
—Cole me contó que hace un tiempo estuvieron, pero ya
no. No tienen por qué estar, de todos modos. Harper
Springs…
—Tiene un club de lectura en el que han leído tu libro —
termina la frase por mí, aunque no era eso lo que yo iba a
decir—. Cuentas con lectores en todas partes, Hails. Tu
saga es una de las más vendidas y tú eres una puta
celebridad.
Noto cómo me ruborizo y me reprendo por ello. No puedo
ponerme así cada vez que recibo un cumplido.
—Venga, vamos a ver el pueblo. Vas a enamorarte de
Harper Springs.
—Ya estoy enamorada desde que he visto el culo de Cole
con ese pantalón vaquero, pero, está bien, paseemos.
Volvemos a reír y emprendemos la marcha.
Durante varias horas, le enseño lo más importante del
pueblo: visitamos la biblioteca y la iglesia, el mercado y la
floristería. Algunos vecinos nos saludan al pasar y, cuando
nos encontramos con las tres mujeres cotillas, nos hacen un
interrogatorio del que nos cuesta más de media hora huir.
—Joder, solo les ha faltado preguntarme mi talla de ropa
interior —comenta Jenna entre risas.
—Helen, Molly y Amelia son así. Por norma general, lo
que intentan es emparejarte con alguien.
Jenna mira hacia el trío y la veo fruncir el ceño, como si
estuviese maquinando algo.
—Ni de broma —suelto, pues la conozco demasiado bien.
—No he dicho nada.
—Quieres meterles en la cabeza algo entre Cole y yo,
pero no vas a hacerlo. Esas tres no pararían nunca.
—Esa es la idea —responde. La fulmino con la mirada y
ella se ríe—. Tranquila, no diré nada… por ahora.
Paseamos por la plaza principal y por los parques más
bonitos. Por algunos, circulan pequeños arroyos que van a
parar a ríos que desembocan en el Great Salt Lake. La
visita a Villa Ruina es rápida porque el estrés se respira en
el ambiente; entendiendo a Camille como «ambiente». No
queremos robarles mucho tiempo, así que continuamos
nuestra ruta.
Paramos en El Gato con Botas para tomar un batido
enorme cuando mi amiga vuelve a tener hambre. Sin
embargo, nuestra exploración no dura mucho más. Al salir,
vemos cómo el cielo empieza a encapotarse y una nube
negra amenaza con tormenta.
—Deberíamos volver —le digo a Jenna—. Antes de que
eso descargue aquí.
—Tengo pocas ganas de mojarme, así que ya puedes
pedalear rápido.
—Hija del viento, me llaman —bromeo.
Ponemos rumbo a las cabañas, tan veloces como
podemos. Vamos por la carretera, un camino más directo
que el sendero del bosque. Sin embargo, apenas estamos
entrando en la calzada cuando las primeras gotas empiezan
a caernos encima.
—Hija del viento, mis cojones —refunfuña mi amiga.
—¡Eh! Que yo voy por delante —me defiendo.
Cinco minutos más tarde, la nube se ha roto y nos cae
encima el diluvio universal. Pedaleamos más despacio, pues
apenas vemos nada. Encima, no hemos cogido luces ni
chaleco; nada reflectante que nos haga destacar frente a
los conductores.
—¡Vamos a parar aquí! —le grito a Jenna, para que me
oiga por encima del sonido de la lluvia.
—Aquí, ¿dónde? ¡No hay un puto techo para
resguardarse!
—¡Hay árboles!
—Sabes que los rayos caen en la madera, ¿no?
—No es una tormenta, Jenna, es lluvia. ¡Vamos a
refugiarnos a ver si amaina un poco!
Buscamos el cobijo de los árboles y tiene su efecto. No
deja de llover, ni siquiera parece que vaya a parar pronto,
pero al menos no seguimos mojándonos. De todos modos,
ya estamos caladas.
—Estoy congelada —dice mi amiga mientras se abraza a
sí misma para darse calor.
—Voy a llamar a Cole, a ver si puede venir a por nosotras.
Busco mi teléfono y veo que ya está vibrando. Tengo
varias llamadas perdidas, pero no me he dado cuenta por
llevar el teléfono en silencio. Es él quien se ha adelantado.
—¿Cole? —medio grito, pues la lluvia cada vez suena más
fuerte.
—¡Hailey! ¿Dónde estáis? —pregunta con urgencia,
preocupado—. ¡Voy a por vosotras!
—¡En el camino a la cabaña, no sé exactamente! ¡Hemos
parado debajo de unos árboles!
—¡No os mováis de allí! ¡Voy enseguida!
Cuelgo y guardo el teléfono para evitar que se moje más.
—Viene Cole a por nosotras —informo a Jenna.
Ella asiente, sin decir nada. Eso me inquieta más. Tiene
tanto frío que ni siquiera es capaz de hacer un comentario
sexual sobre Cole, aunque la conozco lo suficiente como
para saber que se lo guardará para luego.
Me abrazo también para conservar mejor el calor. La
lluvia cae con fuerza y el viento solo lo empeora. El cielo
sigue igual de negro. Al menos, tenemos una forma de
volver mejor que seguir pedaleando.
No sé cuánto tardamos en ver un vehículo, pero se me
hace eterno. Va con las luces encendidas y circula despacio,
pues no sería prudente correr con la carretera resbaladiza.
Reconozco el coche de Cole en cuanto para frente a
nosotras, en el arcén.
—¡Rápido, subid al coche! —nos ordena.
Cojo la bicicleta para ponerla en la parte de atrás, pero él
me detiene.
—¡Subid! —repite.
Se encarga él de meter las dos bicicletas, tan rápido que
parece que no le pesen. Quizá sea así. Cole es bastante
alto, y el deporte que practica se nota en cada músculo de
su cuerpo.
Cuando toma el asiento del piloto, Jenna y yo ya nos
hemos puesto el cinturón y todo. Cole ha cubierto los
asientos con toallas y calentado el interior con la
calefacción. Noto cómo me voy destensando poco a poco;
no me había dado cuenta, pero tengo todas las
articulaciones contraídas por el frío.
—¿Cómo sabías que no estábamos en el pueblo? —
pregunta Jenna cuando consigue que le vuelva a funcionar
la boca.
—Me han dicho que os han visto salir con las bicicletas —
responde Cole—. ¿No habéis visto las nubes? ¡Está todo el
cielo encapotado!
—Las hemos visto, pero pensábamos que nos daría
tiempo a llegar a la cabaña —me defiendo.
—¿Y no era más lógico esperar en algún bar y volveros
conmigo? Esto no es Oklahoma. Joder, os podía haber
pasado algo.
—Ya nos ha pasado algo, Capitán Evidente —comenta
Jenna desde el asiento de atrás—. Por si no te has dado
cuenta, estamos empapadas y congeladas. Deja la puta
bronca para más tarde, ahora solo quiero llegar a tu casa,
tirarme en el suelo junto a la chimenea un rato, reunir
fuerzas, darme una ducha y ponerme algo calentito.
Cole no vuelve a decir nada. Aprieta los labios en una
fina línea y las manos contra el volante. Yo me encojo
contra el asiento y me siento un poco estúpida. Su
planteamiento es más lógico que el nuestro, pero no me
habría imaginado que fuésemos a terminar así. Y podía
haber sido peor. Nos podía haber atropellado un coche al
circular sin luces, o haber caído a causa de la visión
reducida o de un resbalón, incluso podríamos haber cogido
una pulmonía si no llega a recogernos Cole. Pero lo último
que necesito es que me lo recrimine: ya me siento yo
bastante mal por mí misma.
Desvío la mirada hacia el cristal de la ventana y me limito
a contemplar la lluvia. Se ve distinta ahora desde dentro
del coche que cuando te está cayendo encima.
Escucho música de repente. Cole ha puesto la radio, una
emisora de rock en la que suena una canción de Imagine
Dragons. Es el grupo favorito de Jenna, que tararea
Demons desde atrás.
Noto una presión en el muslo y me giro para ver a Cole,
dándome un ligero apretón.
—Lo siento —se disculpa, mirándome durante un
segundo, antes de volver a centrarse en la carretera—.
Estaba muy preocupado por vosotras, pero eso no es
excusa para hablaros así. —Retira su mano y la utiliza para
subir un poco más la calefacción—. Ya casi llegamos. Voy a
encender la chimenea para calentar la cabaña y, si queréis
ducharos las dos al llegar, una puede utilizar mi baño.
Miro a Jenna a través del retrovisor. Tiene los ojos
abiertos como platos de la sorpresa. Sé que la muy cotilla
va a aceptar para poder ver su dormitorio, así que me
adelanto:
—No pasa nada, nos ducharemos por turnos. De todas
formas, tengo que preparar las cosas.
—Puedes ir primero —cede, una vez he desechado la
oferta de Cole. Sé que él lo ha hecho por compromiso; una
disculpa por habernos gritado, y no me parece bien
aprovecharme—. Yo voy a tirarme en el suelo un rato hasta
que me vuelvan las ganas de vivir.
Cole sonríe y, de pronto, toda la tensión que sentía
desaparece.
—Ahora sí: bienvenidas a Harper Springs, el pueblo de la
lluvia.
Capítulo 20
COLE
Hailey ha cogido el primer turno de ducha porque era
cierto que Jenna quería tirarse al suelo a recuperar
energía. Las dos se lo han tomado con tranquilidad: una
tumbada boca abajo sin hacer absolutamente nada y la otra
dentro del baño.
Yo me he dado también una ducha rápida y me he puesto
ropa cómoda. La chimenea calienta toda la casa, así que
llevo un pantalón de chándal y una camiseta de manga
corta, con el dibujo de un cuervo, en la que se lee «no
mourners, no funerals».
He decidido aprovechar el tiempo y me he metido en la
cocina para preparar la cena. Llevo viviendo solo desde los
dieciocho años, cuando me mudé a la universidad. Además,
mi madre es una experta en la materia, por lo que a mí
tampoco se me da nada mal. Preparo una salsa carbonara
di mare, que es parecida a la receta original, pero sustituye
la panceta con salmón, y unos tallarines de huevo. Pongo la
mesa y dejo una botella de vino blanco con tres copas. Es
otra manera de pedir perdón, después de cómo he
reaccionado en el coche con Hailey.
—Qué bien huele —dice la rubia al aparecer por el salón.
Tiene el pelo húmedo todavía, suelto y ondulado. El
aroma a piruleta me llega hasta aquí. Lleva una sudadera,
unas mallas y unas zapatillas de Sully, el personaje de
Monstruos S.A. Suelta una carcajada y señala mi camiseta.
—Me encanta.
—¿Has leído a los cuervos?
—¿Bromeas? Es de mis bilogías favoritas.
—Sabía que tenías buen gusto.
—¿Te ayudo con algo? —se ofrece—. Jenna aún va a
tardar un rato.
—Está todo preparado. ¿Qué tal llevas la novela? ¿Algo
que puedas contarme de forma confidencial…? —indago
con una sonrisa.
Lo cierto es que estoy deseando leerla, y no solo porque
Hailey sea la hermana de mi mejor amigo, sino porque
adoro la historia que ha creado.
—¿Algo concreto que quieras saber?
—¿Los Custodios de la Magia tienen algo que ver con la
oscuridad del exterior? ¿Cayó realmente El Bastión de
Thilea? ¿Cabe la posibilidad de que algún personaje vuelva
de la muerte?
Hailey se ríe y niega.
—No responderé a ninguna de esas preguntas.
—Mierda —protesto y sonrío también.
—Pero puedo hacer otra cosa.
—¿El qué?
—Puedo dejarte que la leas —responde y se ruboriza
enseguida.
—¿En serio? ¿Me dejarías? Eso sería…
—Si te apetece, claro. No quiero ponerte en ningún
compromiso ni nada, pero…
—Hails, para —la interrumpo y me acerco a ella para
mirarla de cerca—. No es ningún compromiso, no te estaría
haciendo ningún favor. Al contrario, me lo harías tú a mí.
¿Sabes las ganas que tengo de saber cómo acaba tu
novela? No me viciaba tanto a algo desde que leí la trilogía
Nuncanoche el año pasado.
Muestra una sonrisa pequeña y tímida. Todavía me
sorprende el síndrome del impostor que lleva a cuestas. Su
saga está triunfando a nivel internacional y, aun así, ella no
termina de creerse que su historia pueda ser buena, que
pueda gustar. Supongo que la autoestima no depende del
éxito que nos dan los demás, sino de la confianza propia.
Hailey todavía tiene que trabajar en eso. Y se me empieza a
ocurrir una pequeña manera de ayudarla.
—Tendrás que esperar a que tenga el primer borrador,
eso sí —me dice—. Suelo cambiar algunas cosas una vez
escribo el final, para que cuadre todo. Así me darás una
opinión más real.
—Cuando tú me digas. Esperaré sin paciencia —bromeo.
—Gracias.
—Gracias a ti.
—No, de verdad. Sé que has leído muchos libros de
fantasía y eres una persona crítica. Valoro tu opinión y los
comentarios que me hagas sobre la historia me servirán
para mejorarla.
—Qué presión.
—Bueno, no vas solo a leer un libro, vas a hacer de lector
cero. Tienes que estar a la altura —bromea ella esta vez.
—Yo también quiero leerlo —comenta Jenna, que acaba
de salir del baño. Ella se ha puesto el pijama, un mono con
forma de Stitch que se cierra con una cremallera por
delante—. ¿Qué? Es muy calentito —se defiende cuando ve
el repaso que le echo.
—Me encanta —aseguro y sonrío—. ¿Tenéis hambre? He
preparado la cena.
—Cásate conmigo —me pide Jenna cuando ve el plato de
tallarines. Hails y yo nos reímos—. Y con vino. Esta noche
pinta genial.
Devoramos la comida en cuestión de minutos. Jenna no
deja de halagar mi faceta de cocinero y, de vez en cuando,
me repite su propuesta de matrimonio. La primera botella
de vino cae y la pelirroja me pide permiso para coger otra y
después otra más.
Ya estamos bastante desinhibidos cuando recogemos la
mesa y nos sentamos en el sofá. Hailey propone sacar
algún juego de mesa y, dado que no tenemos cabeza para
mucho más, coge la caja del Sushi Go. Las dos primeras
partidas terminan con Jenna perdiendo estrepitosamente.
—No es justo —se queja y da un sorbo de su copa de vino
—. Os habéis compinchado contra mí.
—Pierdes siempre porque estás más pendiente de
fastidiarme que de hacer puntos —contraataca Hailey.
—No, lo que pasa es que vas contra mí porque Cole te ha
seducido.
Casi escupo el trago que acabo de tomar, pero Hailey se
ríe. No se ruboriza, no; se ríe. Supongo que el alcohol que
llevo en sangre tiene mucho que ver, pero me sienta mal su
reacción. Quizá no sea el orgullo, quizá sea otra cosa que
no estoy dispuesto a admitir.
—Estás loca. Y borracha —le dice la rubia a su amiga—.
Cole no me seduciría ni aunque…
—¿Ni aunque qué? —la interrumpo, mirándola fijamente.
Hailey se calla en el acto y me devuelve la mirada, más
seria de repente—. No soy un maestro de la seducción,
pero tengo mis truquitos.
—Te creo, no hace falta que… —responde Hailey con un
hilo de voz y apartando sus ojos de los míos.
—Sí, sí que hace falta —suelta Jenna—. No seas
fanfarrón. Yo quiero ver esos truquitos.
Hailey se levanta del sofá y se encamina hacia la
chimenea. No sé si trata de huir, pero no se lo permito. De
repente, necesito demostrarme algo a mí mismo, aunque
solo lo haga por esta extraña valentía que me otorga el
vino.
Me levanto con ella y la hago retroceder hasta que su
espalda choca contra la pared. Coloco una mano a su lado,
a la altura de la cabeza. La otra en el otro lado, cerca de su
cadera. Mis dedos rozan la piel de su vientre, ahí donde la
sudadera se ha subido un poco. Hailey se queda
completamente quieta, sus ojos clavados en los míos. Me
pierdo en ellos durante un segundo, fijándome en detalles
que solo se perciben desde esta distancia. No sabría decir
de qué color son. A veces, se ven de un verde tan intenso
que parecen dar nombre a la primavera. Otras, un marrón
claro predomina, casi más parecido al ámbar. Tiene un
lunar en el centro de la mejilla, dos más en la frente y otro
cerca del labio. Siento unas repentinas ganas de besarlos
todos, pero las contengo.
—¿Así es cómo me seducirías? —Escucho la voz de Hailey
—. Un poco trillado, ¿no?
Esbozo media sonrisa, sugerente y tentadora. Me gusta
este juego, mucho más que el Sushi Go.
—Esto es solo el principio —aseguro con voz ronca—.
Atraparía este mechón de pelo y lo pondría detrás de tu
oreja, aprovechando el movimiento para acariciarte.
Mientras hablo, voy haciendo lo que describo: mis dedos
le rozan la mejilla despacio, ahí donde tiene el lunar. Lo
hago con delicadeza, disfrutando del tacto de su piel. Es
suave y cálida y perfecta, y noto algo eléctrico que me pone
el vello de punta. Hailey continúa inmóvil, con su mirada en
la mía y su atención en cada uno de mis movimientos.
—Después, acercaría la boca a tu cabeza, para quedar
más cerca de tu oreja —prosigo. Me llega de nuevo su olor
a piruleta, y no puedo evitar inspirar su aroma. Joder, qué
bien huele—. Te hablaría con voz ronca y dejaría escapar
una respiración fuerte, casi como un jadeo, para darte un
pequeño avance de lo que podríamos sentir luego. Y te diría
algo bonito. Lo preciosa que eres, lo mucho que me gusta
este lunar que tienes aquí —señalo y acerco un poco más
mis labios a su oreja para indicar el punto del que hablo,
justo en el lóbulo—. O lo bien que te quedan estas mallas.
Quito una mano de la pared, la que estaba al lado de su
cintura, para llevarla a su pierna. Subo despacio,
acariciando por encima de la tela, pero imaginándome
cómo sería hacerlo por debajo o notar su piel bajo mis
dedos, su cuerpo contra el mío.
Hailey se mueve entonces, como si acabase de salir de su
parálisis. Una inclinación pequeña, un leve giro de su
cabeza hacia la mía. Pero, de pronto, sus labios están a
milímetros de los míos. Sus ojos se posan sobre ellos antes
de volver arriba. Me olvido de todo. Me olvido de que esto
empezó siendo un juego, de quién es ella, de quién soy yo.
Me olvido hasta de mi nombre y solo pienso en una cosa:
necesito besarla.
Hailey se mueve un poco más hacia mí y, al hacerlo,
nuestros cuerpos se rozan. Mi entrepierna está a la altura
de su cintura y noto cómo crece, cómo se endurece. No
necesito besarla, sino mucho más. Necesito aprisionarla
contra la pared, pegar mi cuerpo al suyo. Dejar que mis
labios y mi lengua conozcan cada parte de su piel,
averiguar a qué sabe, colar mis dedos por debajo de su
ropa interior y palpar su humedad…
—¡Joder! —Escucho—. ¿Vais a liaros ya o qué?
Me giro hacia Jenna, sobresaltado. Se me había olvidado
por completo que estaba ahí. Dibuja una sonrisa divertida
en la cara mientras mira a su amiga. Hailey se ha vuelto a
ruborizar y tiene la vista fija en el suelo.
—Y así es cómo lo haría —digo, intentando sonar firme
para que no se aprecie el temblor en mi voz.
Sin añadir nada más, trato de encerrarme en mi
habitación, pero la voz de Jenna me interrumpe antes.
—¡Eh, no huyas! Creo que tendrías que darle a ella la
oportunidad de intentar seducirte a ti.
Como si no lo hubiese hecho ya…
Me giro e intento poner mi mejor sonrisa divertida,
tratando de fingir que no ha pasado nada extraño entre
Hailey y yo.
—No hace falta —bromeo, todo lo bien que puedo dadas
las circunstancias—. Para conquistar a un hombre lo único
que se necesita es no llevar ropa interior en público.
Ahora sí, me encierro en mi habitación, dando gracias de
que esté tan cerca. Huir no es la solución idónea, lo sé,
pero tenía que esconderme antes de que una de las dos
notase que estoy empalmado.
¿Qué acaba de pasar ahí fuera? ¿Cómo puedo haber
perdido tanto el control?
—Es la hermana de tu mejor amigo —dice una voz en mi
cabeza.
Luke me mataría si se enterase de que me he imaginado
follándome a su hermana. Dos veces. Él me pidió que la
cuidara y no creo que se refiriese precisamente a esto.
El problema es que he descubierto que no se trata solo
de echar un polvo cualquiera para despejarme la mente.
Lo que necesito es echárselo a Hailey para quitarme esta
obsesión que no me permite pensar con claridad.
Capítulo 21
HAILEY
Cole no ha vuelto a salir de su habitación después de lo que
quiera que sea que hemos vivido en el salón. Para él no ha
significado nada, está claro, pero yo no puedo decir lo
mismo.
Me he olvidado incluso de que estaba mi mejor amiga
frente a nosotros y, por un momento, solo he querido que
recortara los milímetros que nos separaban y que nos lo
montáramos allí mismo. Es que ni siquiera he pensado en
Nick, y no sé cómo sentirme al respecto. Ojalá pudiese
echarle la culpa de todo al vino, pero me temo que no es
tan sencillo.
Después de esperar un rato prudencial, nos hemos ido a
la cama y llevamos desde entonces hablando sin parar.
Jenna está alucinando y no puedo culparla: yo estoy igual.
—Vale, quiero dejar una cosa clara —asegura, tan firme
que casi me da por reír. Se gira en el colchón para quedar
de lado, hacia mí. Yo hago lo mismo—. Desde esta noche y
hasta que me vaya, mi único objetivo va a ser que te tires a
Cole. Qué digo hasta que me vaya; mientras viva, Hails.
Mientras me quede un último aliento, intentaré que
cabalgues a ese semental. Y para que veas que hablo en
serio, mira. —Se incorpora un poco y se levanta la manga
de su pijama, dejando al descubierto el tatuaje del diente
de león que compartimos—. Deseo que te tires a Cole
Jenkins —pide y sopla.
—Qué bestia eres —suelto, pero no puedo evitar reírme
—. No sé si es buena idea. Ya lo has visto, para él ha sido
solo un juego. Ha soltado esa coña al final y se ha largado
como si nada.
Hablamos en susurros, para que Cole no nos escuche
desde su habitación al otro lado de la cabaña. No
encendemos las luces, así que no puedo ver la cara de mi
amiga. Mejor, porque así ella tampoco puede ver lo mucho
que me he ruborizado por su comentario.
—Créeme que no ha huido por eso; al contrario. Joder,
me siento una estúpida. Si no hubiese abierto la puta boca,
te habría metido la lengua ahí mismo. Y no solo en la boca,
ya me entiendes.
Cojo uno de los cojines que dejo siempre a un lado de la
cama al acostarme y le pego con él en la cara.
—Jenna, compórtate. Estamos hablando en serio.
—¿Te parece que bromeo? Hails, de verdad. He visto las
ganas que teníais. Los dos. Por eso creo que os debéis esto.
—¿Sexo?
—Exacto.
Me quedo en silencio. Si soy sincera conmigo misma, sí
que quiero acostarme con Cole. Hace tiempo que me
pregunto cómo será en la cama, cómo sería sentir sus
manos acariciándome, o su lengua explorando mi piel. Pero
solo tiene dudas una parte de mí, porque la otra, mucho
más grande, tiene miedo. Un miedo con nombre propio.
—No sé si sería capaz de hacerle eso a Nick —confieso
por fin.
Ni yo me entiendo. ¿Está bien que tenga novio y me
imagine acostándome con otro? ¿Incluso aunque tengamos
una relación abierta? ¿Cuáles son los límites?
Nick y yo no andamos en nuestro mejor momento, pero
no sé si quiero cruzar esa barrera.
—Él ya te lo ha hecho a ti —me espeta sin rodeos. Uno de
los motivos de que Jenna sea mi mejor amiga es que sé que
siempre puedo contar con su franqueza, aunque ahora
mismo no me importaría que tuviese un poco más de tacto.
Si duele, me recuerdo, no es por sus palabras, sino por los
actos de Nick—. Mira, no sabía si decirte esto porque sé
que te va a herir, pero voy a hacerlo para ver si abres los
ojos de una vez por todas. Nick ha seguido acostándose con
chicas. Además de Miranda, que yo sepa, son por lo menos
tres más.
Me quedo impactada al escucharla. Me olvido de Cole, de
su intento de seducirme y de todo lo que tiene que ver con
él. Ahora mismo solo puedo pensar en mi novio y en el
cabreo que va creciendo en mi interior.
—¿Qué? ¿Y cómo lo sabes? ¿Y por qué no pensabas
decírmelo?
—Tenemos amigas en común y me lo han contado —
explica, con un tono más relajado—. No sabía si decírtelo
porque no quiero que sufras. Ya te dije que se acostó con
Miranda y, si eso no te hizo abrir los ojos sobre cómo es
Nick, ¿de qué sirve que venga a enumerarte cada vez que
repite? ¿Va a ser diferente?
—Tenemos una relación abier…
—Joder, Hails, cállate —me interrumpe, cabreada de
nuevo—. Tenéis una relación abierta que tú no quieres y de
la que ni siquiera te estás beneficiando. A Miranda la has
bloqueado de todos lados y me parece genial; yo también.
¿No te das cuenta de que con Nick deberías hacer lo
mismo? Deja de justificar a ese cabrón. Entiendo que estás
enamorada, pero deberías darte cuenta de una puñetera
vez. Si no quieres romper, vale, no lo hagas. Pero haz algo.
Enfádate con él.
—Ya estoy enfadada con él.
—Pero que se note, Hails. Que él lo note.
—Ya se lo he dicho, créeme que lo sabe.
—¿Y tan preocupado lo ves si sigue acostándose con
otras?
No, es evidente que no. Últimamente no hablamos tan a
menudo. Casi ni me acuerdo de él. Pero somos Nick y
Hailey y no lo imagino de otro modo.
—Mañana lo llamaré y hablaré con él —aseguro.
—¿Para qué?
—Para que vea cómo me siento.
—Mira, Hails, sabes que te quiero, por eso voy a decirte
lo que creo que deberías hacer. No lo llames, porque te
manipula. Va a darle la vuelta a todo para que te sientas
culpable, y tú vas a dejarte engañar porque cuando se trata
de Nick no ves con claridad. Hay más formas de
demostrarle que estás cabreada. Ahora mismo estás aquí,
en este pueblo sacado de un cuento, si no fuese por la
lluvia repentina. Sigue como hasta ahora. Olvídate de Nick
y haz tu vida. Escribe, ayuda en Villa Ruina, sal de fiesta,
haz tu yoga. Fóllate a Cole. Fóllate a quien te dé la gana,
pero no pienses en Nick. Tómate estos cuatro meses de
retiro de tu vida y, cuando terminen, si todavía quieres
estar con él, pues corre a sus brazos.
Me quedo callada, valorando sus palabras. Sigo molesta
con Nick. No sé si molesta es la palabra. Estoy dolida,
decepcionada y muy muy muy enfadada. No puedo creerme
que, después de las discusiones que hemos tenido y de la
distancia, siga con ganas de acostarse con otras personas.
Por eso no me ha pedido todavía cerrar la relación, claro,
porque sigue haciendo uso de sus beneficios. Y yo… yo solo
soy la idiota que se cree sus tonterías.
Jenna tiene razón. Me acerco a ella en la cama, con los
ojos llenos de lágrimas, pero sin llegar a derramarlas, y la
abrazo. Ella me devuelve el gesto, aprieta con fuerza y me
acaricia la cabeza con cariño.
—No llores por él, no se lo merece —me susurra—. No
quería hacerte daño, de verdad que no. Y no te he dicho
todo esto para que te tires a Cole, aunque de verdad espero
que lo hagas. Te lo digo porque te quiero, Hails. —Se
separa un poco de mí y me muestra de nuevo el interior de
la muñeca con el diente de león tatuado—. Deseo que estés
bien —asegura y sopla sobre el dibujo.
Esbozo una sonrisa, pequeña, pero sincera. Nos hicimos
el tatuaje precisamente para eso, para pedir deseos sin
necesidad de buscar estrellas fugaces o tréboles de cuatro
hojas. Y, este deseo en concreto, me parece mucho mejor
que el anterior.
La abrazo con más fuerza. Sé que tiene razón. Mientras
tenga a una amiga como ella a mi lado voy a estar bien.
Capítulo 22
HAILEY
Esta mañana he decidido ser productiva para compensar la
falta de trabajo de la semana. Con Jenna por aquí tengo
que aprovechar cualquier rato libre. Ella todavía duerme.
No es muy fan de madrugar, sobre todo si está de
vacaciones, y yo soy de las personas a las que se les da
mejor trabajar por la mañana que por la noche.
Octubre está llegando a su fin y, según mi planning,
debería tener más de la mitad de la historia. Voy por
detrás, pero creo que terminaré a tiempo. El inicio me ha
costado más porque la segunda parte terminó en un punto
álgido para todos los personajes, el mayor cliffhanger que
he escrito jamás. Ahora que ya tengo la trama reconducida,
la escritura fluye más rápido. Mi objetivo son seis mil
palabras diarias. Hay días que fallo, pero otros lo compenso
quedándome más frente a la pantalla.
Hoy he trasladado mi ordenador al embarcadero y estoy
escribiendo junto al lago y refugiada bajo una manta con
forma de tiburón que le he robado a Jenna. Los árboles
cada vez están más desnudos, y esos tonos anaranjados ya
no predominan tanto en el paisaje. Dentro de poco, este
será blanco y la nieve lo dominará todo. Tengo ganas: el
frío también me resulta inspirador, aunque solo sea por la
pereza que me da salir de casa para congelarme.
Cole no está. Casi no lo he visto desde el extraño
momento que vivimos hace dos noches y que he guardado
en mi caja de recuerdos que no quiero rememorar.
Tampoco he vuelto a hablar con Nick, y ni siquiera me
siento mal al respecto.
—Eh, te estaba buscando —dice Jenna y se sienta a mi
lado. Lleva dos tazas de café humeante. Deja una sobre mi
mesa y rodea la otra con ambas manos para calentarse—.
¿Qué tal va la escritura?
—Bastante bien.
—No te molesto, entonces. Me tomo esto en silencio y
voy a ducharme.
—No te preocupes, acabo de terminar un capítulo —
aseguro. Han sido tres al final, un total de 7600 palabras y
dos horas que me han cundido muchísimo.
—¿Cuál es el plan para hoy?
—Vamos a dar un paseo por el pueblo. Ah, y Maggie me
dijo que todavía podíamos sumarnos al taller de calabazas.
Si quieres, tallaremos una para nosotras.
—¿Bromeas? ¡Claro que quiero! —exclama. Jenna es una
fiel amante de Halloween, así que no dudaba de que le
haría ilusión.
—Me preparo y salimos. ¿Tú estás lista?
—¿Te refieres a si voy a salir con esta manta? —Me río.
—Eh, es el mejor tiburón del mundo.
No lo dudo. La forma de la batamanta está muy
conseguida con sus aletas, su cola y su boca. Además, es
muy calentita, aunque poco apropiada para el turismo.
—Mando los últimos capítulos a Adrianne, me visto
rápido y salimos.
—Perfecto.
Un par de horas más tarde, estamos en la Plaza del
Mercado. Hay una treintena de personas congregadas,
todas con una calabaza en el suelo.
El taller de octubre empezó hace tiempo y los
pueblerinos van muy avanzados con sus manualidades. Ya
les han tallado a sus calabazas unas caras terroríficas y
solo les falta perfilarlas y añadirles una vela dentro.
Maggie nos saluda con un abrazo en cuanto nos ve llegar
y Ruth, mi vecina, nos entrega dos calabazas enormes, una
para cada una. Nos da un cuchillo tan grande que parece
más bien una daga.
—¡Qué bien que os hayáis podido pasar! —exclama la
madre de Cole—. Nosotros ya vamos por el último paso,
pero podéis poneros al día.
—Tengo práctica decorando calabazas —comenta Jenna
—. Así que iremos rápido. ¿Luego nos la podemos quedar?
¿O se colocan en algún lugar especial?
—Cada uno hace lo que quiere con la suya —responde
Helen, una de las mujeres cotillas. Me fijo en su creación,
con ojos triangulares y una boca irregular. Lo que más
llama la atención es que le ha pintado los labios de rojo y le
ha colocado unas gafas de sol—. Nosotras la solemos dejar
en la plaza, para que el pueblo se vea más terrorífico.
—Y también porque está convencida de que la suya es la
mejor y le gusta señalarla y decírselo a todo el que pasa —
añade Amelia.
—«¿Has visto qué miedo da esa calabaza? Es la mía.
Todos los años gano el concurso» —imita Molly. Varias
personas reímos porque ha clavado la voz de la otra
anciana—. No gana el concurso, y eso que se vota a sí
misma.
—¡No seas envidiosa! —replica Helen. No parece
enfadada, al contrario, solo divertida—. Está molesta
porque intentó liar a su nieto con Cole y no pudo.
—¡Por mucho que lo repitas, tu nieta tampoco se lio con
él!
—Oh, ya lo creo que sí. Esas cosas se saben.
—¡Dejad a mi hijo en paz! —interviene Maggie—. Aquí
hemos venido a tallar las calabazas. Cole hará con su vida
lo que él quiera.
—Y lo que él quiere es liarse contigo —comenta Jenna en
voz baja.
La miro con pánico y mi amiga se ríe. Por suerte, nadie
parece haberla escuchado.
—La próxima vez, te rajo. —Acompaño mis palabras con
un gesto amenazante con el cuchillo, pero solo consigo que
se vuelva a reír. Yo la imito y, por fin, nos ponemos manos a
la obra.
Jenna no ha mentido cuando ha dicho que se le daba
bien. Yo tengo más dificultades. Anthony y Esther me dan
indicaciones sobre cómo dar forma a la cara de la calabaza
y, cuando mi amiga termina con lo básico de la suya, me
ayuda a mí.
Pasamos una mañana entretenida. Las tres cotillas
discuten a ratos y, entre medias, intentan sonsacarnos
cualquier información. Indagan incluso sobre Cole. Creo
que el hecho de tener a una estrella de la NFL en el pueblo
llama la atención de todos porque cuando las preguntas son
sobre nosotras el resto de vecinos sigue trabajando en su
calabaza, pero cuando desean saber sobre Cole Jenkins son
muchas las cabezas que se giran para prestar atención.
—Tienen fijación con mi hijo —informa Maggie—. En este
pueblo, todo el mundo lo adora.
—Nosotras también lo adoramos —responde Jenna con
una gran sonrisa.
La doy por perdida.
Si quiero que se calle, solo me queda asesinarla, pero sé
que en algún momento la echaría de menos.
No ahora, eso desde luego.
Al final, nos da tiempo a terminar la calabaza. Algunos
vecinos han ayudado. Hoy es el último día del taller y nadie
quiere que queden a medias.
El resultado de Jenna es increíble. Ha colocado una vela
roja en el interior y, cuando la enciende, es absolutamente
aterradora. Si me encontrase eso caminando sola por la
noche, me faltaría pueblo para correr.
La mía no está mal. No es como la de mi amiga, pero
tampoco como la de Helen. Las nuestras se vendrán con
nosotras a la cabaña, pues apenas hemos decorado nada la
casa.
—Si os animáis, el mes que viene estaremos creando
velas —nos dice Maggie—. Serán de soja, aromáticas y con
alguna ambientación.
—Yo he elegido el invierno —comenta Amelia—. Quiero
poner algodón como si fuese nieve.
—Se te va a quemar el algodón —afirma Helen—. Va a
parecer eso una fogata.
—¡Calla, envidiosa! Eso es porque te gusta mi idea.
—Claro, me encanta la idea de hacer una vela que va a
prender entera. La mía va a ser de papel.
Algunos se ríen cuando las ancianas empiezan a discutir
de nuevo, pero Jenna y yo aprovechamos para despedirnos.
Anthony se ofrece a llevar nuestras calabazas más tarde,
cuando vaya hacia su casa. Nosotras hemos venido en bici y
no podemos trasladarlas. En Harper Springs el índice de
criminalidad sigue siendo cero, algo que no entiendo
después de conocer al trío de ancianas.
Comemos en El Gato con Botas y, para cuando llegamos a
casa después de hacer turismo por el pueblo, ambas
estamos agotadas.
Jenna se encierra en el baño para darse una ducha de
agua caliente y yo enciendo el ordenador. No voy a escribir,
solo quiero leer la contestación de Adrianne al correo y ver
qué le parecen los capítulos que le he enviado hoy.
El mensaje escueto, la sonrisa que me deja dibujada en la
cara, no:
Sigue por ese camino.
La tercera parte pinta incluso mejor que las anteriores. Va a ser BRUTAL.
—¿Son buenas noticias?
Me giro para ver a Cole en el salón. Ha debido de entrar
ahora mientras yo gritaba, emocionada. Adrianne es una
persona sincera. Si no le hubiese gustado, me lo habría
dicho.
—A mi editora le está gustando la novela.
—No tenía ninguna duda al respecto. ¿Cuándo me la vas
a enviar a mí? No pretendo meter prisa, es solo que tengo
muchas ganas.
—Antes quiero terminar un primer borrador…
Me pone nerviosa la idea de que Cole la lea, pero confío
en su criterio.
Si me está hablando tan natural, supongo que es porque
le dio cero importancia a lo que pasó entre nosotros el otro
día. Yo debería hacer lo mismo, lo que pasa es que mi
cerebro no piensa igual. Por eso, alguna vez me ha
traicionado imaginándose que todo terminaba de una forma
muy distinta. No quiero entrar en detalles, pero Jenna no
estaba y sí había un cómodo sofá y una no tan cómoda
alfombra.
—Tengo un par de regalos para ti —comenta entonces,
sacándome de esos pensamientos en los que no debo
adentrarme.
—¿Un regalo?
—Dos, en realidad. No están envueltos, lo siento.
Entra en su dormitorio y sale enseguida, con una bolsa
en la mano. Lo miro, nerviosa, sin saber qué puede ser.
¿Por qué tiene este gesto, para empezar? Intento dejar de
darle vueltas y cojo la bolsa cuando la tiende hacia mí.
—Te dije que te ayudaría con dos cosas y, aunque he
hecho poco hasta ahora, no te mentí.
Lo primero que encuentro me desconcierta. No lo
reconozco, pero diría que es un dispositivo USB, ahuevado
y de color rosa. Cole se ríe al ver mi expresión confundida.
—Deduzco por tu cara que no sabes lo que es.
—La verdad es que no.
Me enseña su mano, donde intuyo algo escondido.
Presiona un botón y mi USB comienza a temblar. ¿Estas
cosas tiemblan?
—Es un huevo vibrador. Un juguete sexual —añade, al ver
que no he reaccionado a sus primeras palabras—. ¿Has
usado alguna vez juguetes sexuales?
—No como este, eso seguro —respondo mirando de
nuevo el huevo, aunque lo hago solo para no tener que
verlo a él y que note, de nuevo, que me he ruborizado.
—Tienes que introducirlo en la vagina. Lo normal es que
el mando a distancia se lo quede tu pareja sexual, pero
dado que ahora mismo no hay, me lo voy a quedar yo. —
Ahora sí que evito mirarlo, porque mi mente me ha
traicionado para imaginarlo a él como pareja sexual y eso sí
que no—. La idea es que lo utilices en Halloween. Estaré
pendiente de ti y, si veo química entre tú y algún chico… —
No termina de hablar, solo pulsa el botón y el huevo vibra
con más intensidad en mi mano—. Si te sientes cómoda,
claro. Puedes usarlo tú sola o no usarlo en absoluto.
—Eh… me lo pensaré —digo, pues sigo un poco
sorprendida.
—Saca lo otro.
Después de conocer el primer regalo, no estoy preparada
para el segundo. Sin embargo, es algo muy diferente. Se
trata de un papel bastante grande y plastificado.
—Mira lo que pone.
Lo coloco derecho y obedezco.
No he leído nada igual. Se ha convertido en mi nueva escritora favorita.
¿Ese final? Podemos chillar juntas. AAAAAAAAA. NECESITO MÁS.
He llorado mucho con este libro y eso que todavía queda el final. Quiero
mucho a estos personajes, necesito que todo les salga bien.
Hay muchas más reseñas, todas recortadas y pegadas
unas encima de las otras, para dejar al descubierto solo
una parte. Los ojos se me llenan de lágrimas en cuanto
comprendo lo que es.
Cole ha sacado esto de Goodreads, una red social donde
los lectores dejan sus opiniones sobre los libros. Arriba y
centrado, en una letra más grande para que destaque sobre
lo demás, se puede ver:
La última canción oscura
Hailey Bedford
4,49/5 estrellas
955.980 valoraciones · 103.263 reseñas
—Es para que lo utilices a modo de alfombrilla para el
ratón —me informa Cole—. Puedes colocarlo debajo del
portátil y, siempre que trabajes en la historia, las verás.
Quizá así termines de creerte de una vez por todas que
eres realmente buena escritora y que por eso la gente
adora tu historia.
Me lanzo a abrazarlo tan rápido que casi nos caemos al
suelo. A Cole le pilla por sorpresa, pero me devuelve el
gesto.
—Muchas gracias —le digo, aunque no tengo palabras
para expresar lo que siento. Nunca me han hecho un regalo
con un trasfondo tan bonito como este. Sé cuál es su
intención y que intenta ayudarme con mi síndrome del
impostor. Voy a luchar contra él y a convencerme de que, si
a tanta gente le gusta lo que publico, no puede ser tan
malo.
—No tienes que darlas, microbio —me responde, sin
soltarme todavía. Me aprieta un poco contra él. Me parece
escucharlo respirar el aroma de mi pelo, pero solo me da
un beso en la cabeza—. Me gusta cuidar de mis amigos.
—¿En esta casa no se cena? —pregunta Jenna a voz de
grito desde la puerta del baño antes de aparecer por el
pasillo—. ¡Hoy voy a preparar mi especialidad: sándwich
mixto!
Cole y yo nos miramos, sin decir nada.
Solo puedo sonreír. Independientemente de que alguna
que otra vez (vale, muchas veces) haya pensado en
acostarme con él, sí que nos hemos convertido en buenos
amigos.
Capítulo 23
HAILEY
Esta noche celebramos Halloween.
He escrito un poco más mientras Jenna dormía. En
general, no me ha cundido demasiado, pues hemos
quedado pronto, pero en especial porque de vez en cuando
se me iba la mirada hacia mi nuevo mousepad. Más que
leer las reseñas, pensaba en el hecho de que es un regalo
de Cole.
—¿Cuál es el plan para hoy? —indaga Jen después de
desayunar juntas. Todos los días le cuento lo que vamos a
hacer, y todos los días me lo pregunta de nuevo.
—En un rato nos recogerán Taylor y Camille. Tenemos
que comprar los disfraces.
—Ah, sí. Bueno, yo he traído el mío, pero siempre me
apunto a un plan de compras.
Jenna es una fanática de Halloween. Ha decorado un
poco la cabaña, a pesar de que dentro de poco se vuelve a
Oklahoma y no teníamos casi nada que utilizar. Solo
algunas telarañas, esqueletos, una lápida y, por supuesto,
nuestras dos calabazas.
Ella tiene la idea para el disfraz desde hace meses. Va de
Caperucita, con un traje que se ha confeccionado ella
misma. Lo cierto es que le viene perfecto con su pelo
anaranjado, sus pecas y sus ojos azules. Su cara infantil,
además, le otorga un aire aún más siniestro.
—Espero que me des ideas para el mío, se me da fatal
todo esto.
—Cualquier cosa que dé miedo será genial.
Escuchamos el sonido de un claxon fuera y salimos a la
carrera.
—¡Hola, chicas! —saluda Taylor desde el asiento del
copiloto—. ¿Habéis decidido ya de qué iréis?
—Yo voy de Caperucita, Hailey no lo sabe todavía. ¿Y
vosotras?
—Yo quiero ir de Miércoles —afirma Cami, arrancando el
coche y poniendo rumbo a Salt Lake City, pues no creemos
que en el pueblo vayamos a encontrar nada útil para esta
noche—. Sé que es un clásico y que estará muy trillado con
la serie, pero me apetece.
—Miércoles siempre es un acierto —coincido. Le quedará
bien, con su pelo oscuro y sus ojos negros.
—Yo iré de Harley Queen, que tampoco es que sea
superoriginal, pero Adam va de Joker. Además, pega con la
ambientación que hemos elegido.
—Ah, los disfraces en pareja, el culmen del amor —
comenta Jenna desde atrás y sonríe—. Y, hablando de amor,
¿de qué va tu hermano, Cami?
Asesino a mi amiga con la mirada, pero no digo nada
para que no se enteren en los asientos de delante.
—No me lo ha querido decir, siempre es muy misterioso
con todo lo que envuelve Halloween. El año pasado se
disfrazó de Munch, el pintor. Por detrás tenía una máscara
del cuadro del Grito y confeccionó algún tipo de sistema
para hacer que, al apretar un botón, le saliera sangre por la
cabeza, como si tuviese una brecha.
—Vaya, cuánto le motiva.
—Desde pequeño. Es algo que se curra mucho, sí.
—En su casa no tiene nada —digo—. A menos que lo haya
escondido sin que nos enterásemos.
—Esta noche lo veremos, no hay que esperar mucho.
—Eh, dale voz a esta canción. Me encanta —pide Jenna.
Taylor obedece y Flowers, de Miley Cyrus, suena a todo
volumen en el interior del coche. Hacemos el resto del
trayecto cantando a pleno pulmón y bailando los temas que
van poniendo en la radio. No sé cuál de las cuatro suelta
más gallos, es posible que sea Taylor, pero ninguna podría
dedicarse a ser cantante profesional sin una buena dosis de
autotune de por medio.
Para cuando llegamos, me duele la boca de tanto reírme.
Taylor conoce las mejores tiendas, así que vamos
directamente a una de ellas. El cartel de fuera es una bruja,
una de verdad, siniestra y terrorífica. Me pierdo en la
estética del local. La decoración lo hace de lo más tétrico
con sus lápidas, sus esqueletos y sus telarañas.
—Me encanta este sitio —comenta Taylor mientras mira
todo con una sonrisa—. En serio, me fliparía trabajar en
alguna tienda así.
—¿A qué te dedicas? —pregunta Jenna sin dejar de ojear
por encima los disfraces que hay colocados en el burro más
cercano.
—Estoy estudiando a distancia para ser maestra de
infantil, pero tengo un trabajo a media jornada en una
panadería. Unas veces atiendo al público y otras llevo los
pedidos a domicilio. También me gusta. No imagino un
lugar que huela mejor que el horno de una panadería.
—Una biblioteca —opino—. El olor de las páginas es…
—¿Hemos venido a hablar de aromas o a buscar
disfraces? —interrumpe Cami—. ¡Venga, no tenemos todo
el día! Si queremos comer y maquillarnos para la fiesta de
esta noche, ya vamos bastante atrasadas.
—Tenemos horas por delante… —intento decir, pero las
tres me miran escandalizadas.
—Yo necesito mucho tiempo para prepararme —afirma
Jenna.
—Y yo también —coincide Taylor—. Además, soy la
anfitriona. Se supone que lo tengo todo listo, pero siempre
surge algo al final.
Me pongo manos a la obra al sentir la presión de las
fanáticas de Halloween. Como Jenna ya tiene el suyo, se
ocupa de ayudarnos a las demás, ofreciéndonos opciones.
En la tienda hay de todo: disfraces de piratas, de
superhéroes, de monjas, de fantasmas, de licántropos, de
cualquier cosa que se vea atrevida…
Mi mejor amiga me muestra uno de diablesa, que
descarto poniendo los ojos en blanco. Acepto probarme el
de muñeca de trapo, porque me recuerda a Sally, de la
película Pesadilla antes de Navidad.
—Te queda bien —opina cuando me ve—. Lo que pasa es
que no es nada sexi.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Jen? —inquiero.
Mi amiga es una fiera enemiga de los disfraces
provocativos para Halloween. Defiende que deben dar
miedo o, en todo caso, ser originales, pero no ser una
excusa para enseñar carne.
—¿Recuerdas el plan que tengo en marcha? —pregunta,
bajando el tono de voz para que solo yo la escuche—.
Siempre es más sencillo ligarse a un chico en una fiesta si
vas sexi que si vas de muñeca de trapo.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con tu plan?
—Hasta que te lo tires —suelta como si nada—. Deja que
te mire yo algo, ve quitándote eso.
Taylor y Cami están entretenidas buscando lo que
necesitan para el suyo. En su caso es más sencillo porque
ya tienen la idea. Yo parto de cero.
Jenna entra en el probador cuando ya me he quitado el
disfraz. Lleva una túnica oscura que no distingo bien hasta
que la extiende. Todavía no me la he probado y ya intuyo
que tapar, lo que es tapar, tapa más bien poco.
—¿Qué es eso?
—Es perfecto para ti —comenta, ilusionada—. Es de
hechicera, Hails. Podrías ir vestida de Takara.
Takara es una de las protagonistas de La última canción
oscura, y que Jenna la nombre me toca la fibra. Sin
embargo…
—Créeme, Takara no viste así.
—Pruébatela a ver qué tal te queda. Voy a buscar algún
complemento mientras.
Obedezco, aunque a regañadientes, y me giro para
mirarme en el espejo.
El disfraz es bonito, aunque es demasiado. Se trata de
una túnica color granate, con un tirante fino que deja el
hombro al descubierto, pero luego tiene una manga larga
sujeta con un broche dorado en forma de protección de
armadura. El escote es generoso y, justo debajo, se ajusta a
la cadera un cinturón dorado del que cuelgan algunas
cadenas finas que terminan en varias semilunas. La túnica
es larga hasta los pies. Lleva dos aberturas en la parte
delantera hasta la altura de la cintura y, al caminar, el trozo
de tela que queda en medio se cuela entre las piernas,
dejándolas enteras al descubierto. Me siento sexi, pero
también expuesta.
—No sé si me convence… —le digo a Jenna cuando entra
de nuevo en el probador.
Ella se limita a mirarme con los ojos abiertos como
platos.
—Tía, estás buenísima así.
—No sé si…
—Espera, te he encontrado los complementos perfectos.
Póntelos y luego juzga. Si no te convence, no te presionaré
más. Pero, si te gusta, deberías llevártelo.
—¿De verdad no te parece que enseña demasiado?
—¿Y desde cuándo enseñar es malo? Es tu cuerpo, haz
con él lo que quieras.
—Nick no…
No sé por qué lo digo, la verdad, porque sigo molesta con
él. Supongo que una parte de mí tiene ese comportamiento
muy interiorizado. Nick es mi novio y no le parecería bien
que llevase esto a una fiesta sin él.
—Que le den por saco a Nick. Él no está aquí y, aunque
estuviera, no es nadie para opinar. Que sea tu novio no le
da derecho a decidir por ti, Hails. Piensa solo en ti y escoge
lo que mejor te haga sentir.
Jenna me tiende los accesorios: una corona dorada, un
collar del mismo color que se ajusta al cuello y una capa
negra con capucha que me cubre entera.
Salgo del probador para contemplarme mejor y, al
hacerlo, Taylor y Cami se acercan.
—¡Me encanta! —exclama la primera—. Te queda genial,
en serio.
—Es demasiado —añade Cami—, parece hecho para ti.
—No sé si será muy caro…
—Es una tienda de segunda mano, no hay nada que sea
muy caro —me tranquiliza Taylor.
—Es tu disfraz —afirma Jenna—. No se hable más.
Sonrío al observar mi reflejo en el espejo. Las tres
sueltan un grito de júbilo al ver mi gesto, conscientes de
que, sí, voy a comprar este.
Pero Jenna tiene razón: me gusta. Me gusta cómo me
queda y me siento yo con él. Y lo que pueda o no pueda
pensar Nick no me importa en absoluto.
Capítulo 24
COLE
Halloween es una fiesta que siempre he disfrutado, desde
muy pequeño. Recuerdo ser un niño y esperar con ilusión a
que llegara el día. Decorábamos calabazas terroríficas con
mi padre y hacíamos dulces en forma de brujas o
murciélagos con mi madre. Por aquel entonces, los adornos
se componían de sábanas con las que fingíamos ser
fantasmas, telarañas de hilo colgadas de las paredes o
arañas gigantes de papel.
El nivel de miedo que soportamos ahora ha cambiado,
pero creo que el resultado es difícil de mejorar. Taylor y
Adam lo organizan, como cada año. Ponen el sitio, piensan
la temática y el resto ayudamos en la medida de lo posible.
Camille ofreció Villa Ruina porque, siendo honestos, una
casa vieja y a medio construir da bastante miedo ya de por
sí. Sin embargo, terminamos por descartar esa idea. Una
fiesta sumaría algún que otro destrozo y tiempo es justo lo
que mi hermana no tiene.
Además, este año la pareja acaba de mudarse a una casa
perfecta. Es grande y está aislada. Querían disfrazarse de
Joker y Harley, así que han optado por convertir su hogar
en un puñetero manicomio.
Llego a la fiesta temprano, acompañado de Sean. Las
chicas iban a tardar más en prepararse y nosotros
queríamos ver si había que ayudar con algo. He visto la
decoración durante el día y se notaba el trabajo, pero de
noche… de noche sí que da miedo. Todo está oscuro,
iluminado con tenues luces que dejan ver solo lo que Taylor
ha querido, para esconder lo que puede aterrorizar e
incrementar el efecto. Hay camillas de hospital con
muñecos que se levantan y te miran con auténtica locura
en los ojos. Por si eso no asusta, la risa histérica que
sueltan se encarga del resto. Hay sillas con correas para
atar a los invitados. Camisas de fuerza, paredes pintadas
con lo que simula ser sangre… Todo un sanatorio digno de
Halloween.
—Cada año se supera —comenta Sean a mi lado—. No se
puede negar que Taylor es intensa.
—Tiene una imaginación increíble —digo, sin dejar de
mirar todo lo que han montado—. Vamos a ver si necesitan
que les echemos un cable.
La pareja está en la cocina, terminando de preparar las
bebidas. Hay cervezas y distintos tipos de cócteles,
decorados con banderillas de murciélagos y calabazas.
Sus disfraces no son los más originales, pero están muy
conseguidos. Taylor lleva dos coletas: una con las puntas
rosas, las de la otra, azules. Ambos se han maquillado como
lunáticos, con el pintalabios corrido y las sonrisas enormes.
Adam lleva un bate apoyado en el hombro.
—¿De qué se supone que vas tú? —pregunta conforme
me mira.
—De hechicero —respondo, sin explicar nada más.
—Y yo voy de hombre lobo, porque esta noche me
convierto en un depredador —contesta Sean con una
sonrisa lobuna.
—Tú siempre eres un depredador —afirma Adam y niega
con la cabeza.
Taylor suelta una carcajada repentina.
—¿Qué pasa? —curiosea su novio.
—Luego lo verás —dice de forma misteriosa—. Venga,
pillad una bebida, que esto está a punto de empezar.
Taylor tiene razón. La casa enseguida comienza a
llenarse. Además de otros conocidos de Harper Springs, las
fiestas de la pareja son famosas en los pueblos cercanos,
así que es normal que aparezcan decenas de personas que
no conocemos. No solemos ser de este tipo de
celebraciones, nuestro ambiente es más íntimo y cerrado,
aunque en Halloween siempre se va de las manos.
Miro varias veces hacia la puerta, para ver si llega
Hailey. Estoy expectante por verla e intento ignorar esta
sensación, pero no puedo esconder mis propias emociones
de mí mismo.
Observo a un par de chicas gritar cuando pasan por un
pasillo oscuro y alguien las sorprende con una sierra
eléctrica. Corren tan rápido que se tropiezan; sin embargo,
todos terminan riéndose cuando un joven se quita la
máscara y enseña una grabación con el sonido, no una
herramienta real. Claro que no es real. Si lo fuese, nadie
seguiría aquí.
Me tomo un par de cervezas con Adam, mientras Sean
intenta ligar con alguna de las chicas. Prueba con una y
después con otra. Tiene razón: sí que parece un poco
depredador.
—Por eso me reía antes. —Escucho que dice Taylor a su
novio.
Me giro para ver de qué habla y caigo en la cuenta al
instante. Sean se ha disfrazado de hombre lobo y Jenna
viene de Caperucita Roja. Una caperucita sangrienta,
viendo cómo se ha maquillado la cara, llena de cortes que
simulan ser las garras de un lobo.
Adam se ríe y vuelve a negar con la cabeza.
—Ahora Sean va a intentarlo con ella toda la noche.
—Veremos si Jenna cae.
—Apuesto veinte dólares a que sí —dice Adam.
—Una semana de fregar los platos —Taylor propone como
contraoferta.
—Hecho.
Dejo de escucharlos, porque detrás de Caperucita Roja y
de Cami, que se ha vestido de Miércoles, aparece Hailey.
Lleva la larga cabellera rubia suelta y la mirada ahumada
le da un aspecto felino, salvaje. El rojo intenso de los labios
me resulta casi hipnótico. Una capa oscura le cubre el
cuerpo por completo y en la mano derecha porta un báculo,
así que imagino que se ha disfrazado de maga.
—Joder… —se me escapa cuando se quita la capa y la
cuelga en el perchero de la entrada.
Porque debajo de esa prenda lleva otra mucho mejor: una
túnica ajustada que le deja al descubierto las piernas, el
escote y los complementos dorados que le brillan en la piel.
Y solo puedo pensar en que esta misma mañana
quedamos en que hoy se pondría el huevo vibrador que le
regalé. Meto la mano en mi bolsillo, donde tengo el mando.
Estoy tentado de darle al botón, pero me contengo.
—Puedes cerrar la boca cuando quieras —murmura
Adam a mi lado.
Ni siquiera voy a negarlo, porque todavía no puedo
reaccionar. Así que me limito a beberme la cerveza de un
trago.
—Hola —saluda mi hermana cuando llega a nosotros—.
Qué guapos estáis.
—Eres demasiado simpática para ser Miércoles —bromea
Jenna—. ¿De qué vas disfrazado tú?
Hailey clava los ojos en mí, pero centro la mirada en su
amiga para evitar el contacto visual. Necesito un par de
minutos para no fijarme en su escote y serenarme.
—Soy un hechicero —respondo y hago un gesto para
mostrar mi disfraz.
Llevo una túnica del color de la noche con ribetes
plateados. Me he pintado las uñas de negro y me he
maquillado los ojos con eyeliner del mismo color. Bueno,
Taylor lo ha hecho por mí, porque soy nefasto con eso. Mi
báculo oscuro termina en forma de luna, con varias
estrellas alrededor.
Jenna, que es más observadora de lo que sabía, me coge
una mano y le da la vuelta, para dejar las palmas hacia
arriba. Después, hace lo mismo con la otra. Sé lo que está
comprobando. En una mano me he dibujado un sol grande
de color negro. En la otra, una media luna enfrentando al
sol.
Jenna intercambia una mirada fugaz con su amiga que no
paso por alto. La primera sonríe, pero la segunda tiene el
ceño fruncido y la sorpresa reflejada en el rostro.
Porque voy disfrazado de hechicero, pero no de cualquier
hechicero.
Hoy soy Evony, el famoso personaje de La última canción
oscura.
Capítulo 25
HAILEY
Mis ojos siguen fijos en los tatuajes de las manos de Cole.
El resto del disfraz podría encajar con la descripción de un
hechicero estándar, pero ese detalle es más personal. No
solo eso, sino las uñas pintadas de negro, el maquillaje de
los ojos, la forma del báculo…
No puedo evitar sonreír. Me hace sentir bien que se haya
caracterizado de uno de mis personajes. Sé que es su
favorito y, aunque es una opinión muy impopular entre mis
lectores, también es de los míos. Hayes es genial, el héroe
al que todos idolatran, pero siento debilidad hacia los
personajes grises.
—Anda, vais a juego —comenta Adam—. Los dos sois
brujos, ¿no?
—Eso parece —respondo. Noto tal intensidad en la
mirada de Cole que sé que, si se la devuelvo, me voy a
ruborizar.
—Nosotros también vamos a juego, pelirroja. —Ese es
Sean, que se ha acercado al grupo. Echa un brazo sobre los
hombros de Jenna y le muestra una sonrisa que hace juego
con su disfraz—. ¿Qué me dices, Caperucita? ¿Con ganas
de comerte al lobo?
—Si no recuerdo mal, el lobo se comía a la abuela.
Caperucita prefiere buscar a algún cazador.
—Soy lobo y cazador, preciosa.
—Lo que pasa en Halloween, se queda en Halloween —
aporta Cole.
—Me parece que voy a necesitar mucho alcohol —bromea
Jenna y se deshace del agarre de Sean. Ya la he advertido
sobre él, así que sabe a qué atenerse—. ¿Quién me
acompaña a por una bebida?
Nos movemos todos, excepto la pareja, que vuelve al
salón para seguir recibiendo visitas. Inconvenientes de ser
anfitriones.
Me voy fijando en la decoración, alucinada por lo bien
montada que está. He ido a varias fiestas de Halloween,
pero a ninguna tan currada como esta. Taylor y Adam
deben de llevar semanas preparando todo. Me quedo
mirando la pintura de una pared, en la que se lee en color
rojo sangre: «Huye mientras puedas» y «Yo maté a Camille
Jenkins». Busco a mi amiga, pero me he quedado atrás
mientras cotilleaba. No tengo tiempo de alcanzarlos,
porque una voz me detiene antes.
—Así que una hechicera… —Escucho a Cole a mi lado—.
¿Ha sido casualidad o te habían chivado mi disfraz?
—Ha sido casualidad. ¿Tu hermana lo sabía, entonces?
Qué mentirosa, me dijo que no.
—Yo no se lo he dicho.
—Y tú… ¿Y eso que has elegido un hechicero?
—En realidad, voy disfrazado de uno de mis personajes
literarios favoritos —responde, y noto un vuelco en el
estómago—. No te ruborices, microbio. Ya te dije que me
encantaban tus historias.
—Lo sé, es solo que no termino de creérmelo.
—Pues deberías.
Llegamos a la barra en la que se han dispuesto las
bebidas. Los demás ya se han servido. Cami me tiende un
vaso con un líquido rojo. Lo miro asqueada: parece que en
su interior floten trozos de cerebro.
—¿Qué es eso? —pregunto.
—Ginebra con granadina. Los sesos son de Baileys, que
se queda así al mezclarlo con otro alcohol.
Doy un sorbo con miedo y descubro que está bueno, noto
un toque dulce.
—¿Tenemos que beber a ciegas? —indaga Jenna—. Solo
me gusta el ron.
—En ese libro han puesto lo que lleva cada cóctel según
el color, puedes leerlo antes.
El libro del que habla parece un grimorio antiguo, que en
lugar de hechizos, recoge recetas de bebidas alcohólicas.
Mi mejor amiga se queda leyéndolas mientras el resto nos
encaminamos a la pista de baile sin alejarnos demasiado.
Sean y Cole no bailan, sino que conversan entre ellos.
Nosotras nos movemos al ritmo de una canción de Karol G.
La música no acompaña a la ambientación de la fiesta. Lo
prefiero así. Escuchar un par de temas tétricos está bien,
pero más me resultaría pesado. Además, no anima tanto.
—¿Vas a morir hoy? —pregunta Jenna al regresar con
nosotras—. Por la pintada esa, digo. —Mi amiga señala a la
pared que leí antes, la que reza «yo maté a Camille
Jenkins».
La aludida se ríe.
—No me extrañaría —responde—. Seguro que Taylor me
tiene reservada alguna sorpresa.
—Espero que no te mate. Quiero ver Villa Ruina
terminada, aunque sea en una foto —bromea antes de reír.
Pasamos casi una hora así; bebiendo, charlando y
bailando. Taylor se acerca a nosotras a ratos, cuando los
invitados se lo permiten. También se arriman algunos
chicos, pero los despachamos rápido. Por ahora, a ninguna
de las tres nos apetece ligar.
Al final tengo que ir al aseo, porque mi vejiga no lo
soporta más. Me fascina ver que el baño también está
decorado. Hay manchas de sangre en el suelo y en las
paredes y una silueta dibujada con tiza, como si hubiese
habido un cadáver. No me fío de que no hayan preparado
algún tipo de susto ahora que estoy sola, así que soy tan
rápida como puedo. Solo me entretengo un segundo frente
al espejo para comprobar el maquillaje, que sigue intacto.
Salgo casi a la carrera, dispuesta a volver con el grupo.
Sin embargo, me choco con alguien y freno en seco. Rubio,
alto, fuerte.
—Hailey, qué sorpresa —dice una voz masculina.
Levanto la cabeza y me encuentro con el chico que
conocí en aquel bar de Sandy.
—Jake, qué casualidad. —Le devuelvo el saludo—. ¿Qué
tal estás?
—Ahora mejor —responde y me enseña una sonrisa
preciosa—. ¿Eres amiga de Adam?
—De Taylor. ¿Y tú? No sabía que fueses de Harper
Springs.
—No soy de aquí, pero siempre venimos en Halloween.
Estas fiestas son legendarias.
Un hombre pasa por detrás de Jake de camino al aseo y
capta mi atención: no es cualquier hombre, sino que se
trata de Cole. Me parece verlo serio, con los labios
apretados y la mirada más oscura, pero me sonríe tan
rápido cuando me descubre mirándolo, que dudo de si me
lo he imaginado.
Abro los ojos de golpe cuando noto un calambre
directamente en mi entrepierna. Un momento, no es un
calambre. Es el maldito huevo vibrando dentro de mí. Cole
me guiña un ojo y yo reprimo un jadeo. Uno que no sé si
tiene más que ver con el juguete o con la persona que lo
controla.
¿Me está animando a que me lance con Jake? Cole
siempre me ha alentado a que explore mi vida sexual.
—Me gusta mucho tu disfraz —comenta Jake, sacándome
de mis pensamientos—. Una bruja muy diferente.
—Soy una hechicera —lo corrijo.
—Me lo creo. A mí ya me has hechizado. —Vuelve a
sonreír y se aproxima un poco más.
Está tonteando conmigo, como hicimos aquella noche,
pero yo ya no estoy tan receptiva. Muestro otra sonrisa,
una más amable que coqueta, y doy un paso atrás para
poner más distancia entre nosotros.
—Hoy es una noche de amigas —le digo. Una forma sutil
de darle a entender que no me interesa ir más allá.
—Nos veremos por ahí entonces —responde, captando mi
indirecta.
Jake se va y no tengo tiempo a dar dos pasos, porque una
voz me detiene antes.
—¿Y tu chico? —se interesa Cole—. ¿Ya se ha ido?
—Jake no es mi chico —replico.
Cole se acerca un poco a mí y, al contrario de lo que he
hecho con Jake, no me echo para atrás.
—Me ha parecido reconocerlo. ¿Ese no es el tío que
conociste en Sandy?
—Sí.
—¿Y qué ha pasado? Podías haber terminado lo de la otra
noche. Es muy guapo. ¿No te apetece tirártelo y explorar tu
vida sexual? ¿No ha funcionado el huevo?
Me parece detectar algo en su voz. ¿Celos? No estoy
segura. Además, no lo creo. Cole ha dejado claro que no
desea nada conmigo.
Precisamente por eso no sé por qué pronuncio las
siguientes palabras que salen de mi boca. Puede que sea el
alcohol o que Jenna se haya metido en mi mente y me haya
poseído. Sea como sea, lo miro seria y digo:
—El huevo sí ha funcionado, pero no es con él con quien
quiero explorar mi vida sexual.
—Ah, ¿no? ¿Y con quién?
—Contigo, Cole.
Mira mis labios un instante y traga saliva, despacio.
—Joder, Hailey. Joder —repite.
Me coge de la mano y tira de mí para que lo siga. Por
cómo se mueve, intuyo que conoce bien esta casa. Cerca
del pasillo en el que estamos hay una puerta. La abre y
pasamos los dos dentro. Cierra y me guía contra la madera.
Quedamos frente a frente, tan cerca que noto su aliento
chocando contra el mío. Me contempla un segundo, como
tanteándome. Me muerdo el labio inferior y Cole recorta
esos escasos centímetros que nos separan y me besa. Su
lengua se abre camino y explora la mía con avidez, con
unas ganas contenidas que está liberando de golpe.
He imaginado cientos de veces cómo sería besar a Cole y,
aunque en todas y cada una de ellas era increíble, la
realidad supera con creces a mi inventiva. Soy escritora de
romantasy, así que eso ya es mucho decir. Si tuviera que
describírselo a Jenna utilizando una de nuestras
comparaciones, le diría que es como si en una misma
persona mezclaras a Rhysand, a Cassian y a Jacks con sus
manzanas.
Sus manos se posan en mis muslos desnudos, en una
caricia ascendente que termina con él agarrándome el culo
con fuerza. Gruñe contra mí y deja de besarme solo para
llevar la lengua a mi cuello. Tiene auténtica hambre: no
deja de lamer, de morder, de besar cada parte por la que
pasa. Sus manos también recorren mi cuerpo con
vehemencia, agarrando y apretando con ganas. Sus dedos
abandonan mi culo y siguen subiendo en un roce rápido
que acaba en mis pechos.
—Oh, Dios… —Se me escapa un gemido cuando agacha la
cabeza y me besa directamente en el pezón. Juega con él,
mientras su otra mano acaricia el otro.
Tiro de él hacia arriba, buscando su boca con la mía. Esto
es nuevo para mí. Cole es más intenso, más directo, más
primitivo. Y me gusta, me gusta de una forma a la que no
estoy acostumbrada. Me hace perder la cabeza.
Cole obedece sin rechistar. Sube de nuevo y me besa en
los labios; su lengua chocando contra la mía. Sus manos
vuelven a bajar por mi cuerpo, solo que esta vez tienen otro
objetivo. La tela de mi túnica es abierta por delante y Cole
aprovecha cada abertura del traje para colarse y sentir mi
piel. Me toca por encima de la ropa interior y me hace
gemir de nuevo. Estoy tan húmeda que seguro que lo nota
porque tengo las bragas empapadas.
—Joder, Hailey —gime ahora él justo antes de echar la
tela a un lado y colar dos dedos dentro de mí. Antes, retira
el vibrador y lo guarda en su bolsillo. No lo echo de menos.
Tengo que agarrarme a sus hombros cuando empieza a
masturbarme. Yo me he tocado muchas veces, pero esto es
muy diferente y, joder, Cole es demasiado bueno.
—Si quieres parar, solo pídelo… —me avisa, mirándome.
Y, a pesar de su hambre, a pesar de sus ganas, sé que lo
dice en serio.
—No pares —casi le suplico—. No pares, por favor.
Sonríe, sin dejar de mirarme, sin dejar de masturbarme.
—Esto no va a ser buena idea…
—Lo que pasa en Halloween, se queda en Halloween —
repito lo que dijo él antes.
—Sigue sin ser buena idea, microbio. Tú eres todo
dulzura y caricias y cariño. Y yo no soy así. Ya te dije que lo
mío no es hacer el amor. Lo mío es el sexo sucio.
Cole no ha dejado de masturbarme en ningún momento,
despacio, con sus ojos clavados en los míos. No sé qué
pretende diciéndome eso mientras me conduce a un
orgasmo. No sé si trata de convencerse a sí mismo y aun
así no puede parar o si trata de convencerme a mí para que
sea yo la que se arrepienta. No va a ser así. Por eso, lo miro
con tanta convicción como puedo, me vuelvo a morder el
labio y respondo:
—Entonces, que sea sexo sucio.
Capítulo 26
COLE
He perdido la cabeza del todo. Podría decir que ha sido
después de que Hailey me haya pedido que follemos sucio,
pero lo cierto es que ha sido mucho antes, cuando la he
cogido de la mano para encerrarla en una habitación
privada y poder hacer exactamente eso.
Sus palabras se extienden por mi cuerpo como si fuesen
electricidad. Aparto la mano de su sexo y le doy la vuelta
para colocarla de cara a la puerta. Este cuarto tiene
cerradura y la llave está puesta, pero ni siquiera me he
molestado todavía en echarla. De todos modos, nadie
podría abrir ahora mismo desde fuera.
Aprovecho que Hailey se encuentra de espaldas a mí
para aspirar el aroma de su cabello. Llevo semanas
obsesionado con ese olor a piruleta y necesito respirarlo
para aliviar la adicción.
Me pego a ella y me froto contra su culo. Estoy muy
excitado, así que tiene que notarlo. Joder, es que podría
correrme ya de solo restregarme contra ella, todavía con la
ropa puesta. Por supuesto, no pienso hacerlo.
Sé que, en parte, esto está mal; que debería controlar
mis impulsos. Hailey es más dulce que esto. Y, sin embargo,
ha sido ella la que me lo ha pedido. Se mueve contra mí
para sentirme más y jadea cuando me aprieto con fuerza.
Está húmeda y todavía tengo el olor de su placer en los
dedos. Me abro camino entre la puerta y ella para volver a
acariciarla como antes. Froto su clítoris, dejándome guiar
por sus sonidos para saber cuándo le gusta más.
—Si sigues así me voy a correr… —murmura como puede
mientras se sostiene a la puerta con ambas manos.
—Córrete —le pido muy cerca de su oído.
En cuanto me escucha, noto su orgasmo entre mis dedos
y en forma de gemido. Le sujeto la cadera con el brazo
cuando pierde un poco el equilibrio y dejo que recobre el
aliento. Busco sus labios para besarla, todavía de espaldas
a mí.
Al movernos, aprieta el culo contra mi polla y tengo que
apartarme para respirar. Se restriega contra mí para sentir
más el roce y se me escapa una pequeña carcajada.
—¿Quieres más? —le pregunto.
—¿Tú no?
—Yo no he hecho más que empezar.
Meto la mano en el bolsillo de mi túnica y saco mi
cartera. Dentro tengo un par de condones. Cojo uno y me lo
pongo tan rápido como puedo. Hailey se recoloca para
facilitar que entre y la penetro con facilidad. Ambos
jadeamos a la vez: ella, más fuerte; yo, más gutural. No me
detengo. Empujo primero despacio, pero después más
rápido, más intenso, más profundo. Ella vuelve a tener las
manos apoyadas en la puerta y suena el golpe de cada
nueva embestida en la madera. No sé si se estará
escuchando fuera porque ahora mismo solo puedo pensar
en lo mucho que me gusta la sensación de estar dentro de
Hailey; tan apretada, tan caliente, tan para mí.
Llevo una mano a su nuca y subo los dedos para
enredarlos en su pelo. Tiro hacia atrás con cierta fuerza,
pero no tanta como para que llegue a dolerle. Me muevo
con más potencia y rapidez, llegando al límite.
—Córrete —me pide ahora ella.
Y, como si sus palabras fuesen una orden, obedezco.
Exploto con una última embestida más profunda y me
quedo unos segundos todavía dentro de ella, quieto. Suelto
su melena y apoyo la frente en su hombro para recuperar el
aliento. Dejo un beso donde antes estaba mi cabeza y me
separo para salir de ella, con cuidado de llevarme el
preservativo conmigo.
Hailey se gira con las mejillas sonrojadas, el pelo
revuelto y los ojos brillantes.
Y de repente me doy cuenta de lo estúpido que he sido.
No por haberme acostado con ella, por ahora no me
arrepiento para nada de haberlo hecho. De lo que sí me
arrepiento es de no haberla mirado a la cara mientras se
corría, mientras disfrutaba. Porque sí, hemos echado un
polvo fantástico, pero ha sido rápido y frío y he
desperdiciado la oportunidad de tenerlo completo.
Hailey se acerca un poco a mí, con la respiración aún
acelerada, y me da un ligero beso en los labios, muy
distinto a los que hemos compartido antes.
—Lo que pasa en Halloween, se queda en Halloween —
me repite. Sus ojos evitan los míos, como si se avergonzara
de lo que ha pasado.
Y yo no digo nada, solo me pregunto por qué diablos esas
palabras me han sonado tan terriblemente mal.
Capítulo 27
HAILEY
Hace rato que me desperté. Me quedé en la cama, mirando
hacia el techo y sin ganas de salir de la habitación, con
Jenna durmiendo a mi lado. Estaba roncando con suavidad,
algo que únicamente le pasa cuando se acuesta con
grandes cantidades de alcohol en el cuerpo.
He sido un poco cobarde, pero he esperado a escuchar la
puerta de la cabaña cerrarse para animarme a levantarme.
No me he sentido segura hasta que Cole se ha ido a Villa
Ruina. Sé que no puedo evitarlo para siempre, solo la
mañana de después. Anoche, tras el sexo, hui despavorida.
No porque me arrepintiera, sino porque, de repente, me
apeteció tumbarme a su lado y quedarnos abrazados, sin
hacer absolutamente nada. Y eso no puede ser por dos
motivos.
Primero: porque no es lo que Cole espera u ofrece. Me lo
ha advertido siempre; él es de sexo sucio y ya. Nada de
cariño antes, mucho menos después. Lo he visto en cada
chica que ha salido de su habitación en las últimas
semanas.
Y, segundo: porque pese a lo mal que estén las cosas
entre nosotros, Nick sigue siendo mi novio. Una cosa es
que abramos la relación para acostarnos con otras
personas y otra que implique una complicidad más próxima
a una pareja que a un polvo de una noche. El sexo fue
rápido, aunque increíble. Lo que no me cuadra son las
ganas de abrazarlo al terminar. Está mal, ¿no? No lo sé, la
verdad. Empiezo a darme cuenta de que Cole tenía razón y
soy una inexperta sobre estos temas.
Después de una ducha rápida y un café, me he sentado
delante del ordenador, dispuesta a escribir un capítulo.
Tengo un poco de resaca. Ayer bebí de más en la fiesta. Lo
pasé bien con las chicas, sobre todo rescatando a Camille
cuando intentaron «asesinarla». No fueron más que Adam y
Taylor intentando asustarla, pero funcionó.
Al final, apenas estuvimos con los chicos.
¿Cole también me evitaba a mí? No sabría decirlo, la
verdad. De vez en cuando lo buscaba con la mirada y lo
encontraba con los ojos clavados en mí. Ese fue todo el
contacto que tuvimos después del polvo salvaje que
echamos contra la puerta. Tengo que admitir que nunca, en
toda mi vida, me había sentido así con el sexo.
Alejo esos pensamientos de mi mente para centrarme en
lo que tengo que centrarme. Sé que, si pienso mucho en
ellos, voy a excitarme solo con el recuerdo. Pero ¿cómo no
iba a hacerlo? Cole no mentía cuando me dijo que era
bueno en la cama. O de pie, dadas las circunstancias. Sus
manos, su lengua, esa forma intensa de penetr… No,
Hailey. Para. Tienes que escribir.
Abro el documento y descubro que, justamente, hoy me
toca un capítulo de Davina y Evony. Ahora mismo no puedo
enfrentarme a esto. No pensaría en el Evony de La última
canción oscura, sino en otro. Más cercano, más sexi y que
ayer consiguió que tuviese varios orgasmos en apenas
media hora.
Decidido, me salto esta parte. Soy escritora brújula, así
que esto es muy común en mis manuscritos. Me dejo una
nota que dice: «Problema para la Hailey del futuro» y
empiezo la siguiente. Me siento mucho más segura con un
capítulo narrado desde el punto de vista de Airena.
Me lleva una larga hora y media terminarlo y el resultado
no es tan bueno como me hubiese gustado, pero hace
tiempo que no me preocupo por eso. Sigo el consejo de
Adrianne e intento tener listo un borrador. Ya después lo
perfeccionaré.
—No sé cómo puedes escribir con la resaca —comenta
Jenna con la voz ronca a mi espalda. Se acerca para darme
un beso en la cabeza y se queda leyendo un poco la
pantalla de mi ordenador—. ¿Airena? Ella y Takara son mis
favoritas. Bueno, y Farah, pero tengo debilidad por las
protagonistas como ella.
—¿Qué tal estás? ¿Dolor de cabeza?
—Un poco, sí.
—Si quieres quedarte descansando hoy, no hay problema.
—No, no. Prefiero hacer algo. Voy a tomarme una
aspirina, una ducha y un café. Seguro que eso lo arregla.
Después, soy toda tuya.
En tiempos de Jenna, eso puede ser perfectamente otra
hora y media. Como no voy a escribir más, decido ponerme
la ropa de yoga y practicar ejercicio mientras la espero.
Vuelvo a darme una ducha rápida para eliminar los restos
de sudor y me visto con unas mallas y una sudadera ancha
que me regaló mi hermano, con el logo de los Eagles de
Filadelfia.
No quiero tomar más café, así que me hago un sándwich
y un zumo para desayunar algo junto a Jenna.
—¿Vamos a ir a Villa Ruina? —pregunta sin mirarme.
—Sí, es la idea. Luego podemos hacer turismo por el
pueblo o ir a alguna excursión cercana. Yo no lo he hecho
nunca, pero hay rutas muy guays de senderismo.
—Entonces, ¿vamos a ver a Cole?
Noto una pequeña voltereta en el estómago, fruto de los
nervios, pero la ignoro a conciencia.
—Supongo, sí —respondo con lo que creo que es
indiferencia. Quizá a otra persona la hubiese engañado,
pero a Jenna es imposible.
—¿Vas a contarme ya qué pasó ayer entre vosotros?
—¿Cómo sabes que pasó algo?
—¡Te lo has tirado! ¡Lo sabía! Y no me has contado los
detalles, cerda. ¿Cómo fue? Tengo unas expectativas muy
altas sobre él. Por favor, no me defraudes.
Me río ante su entusiasmo. No siento vergüenza, ni
reparos. De repente, hablarlo con ella resulta incluso un
alivio.
—No recuerdo ni cómo empezó. Solo sé que de repente
estábamos encerrados en alguna habitación de la casa de
Taylor y Adam y la cosa se puso… caliente —admito. Jenna
suelta una risita y me invita a continuar—. Fue rápido y un
poco a lo guarro.
—Me encanta el sexo guarro.
—Ni siquiera nos quitamos la ropa.
—¿Qué postura?
—De pie, yo estaba contra una puerta y él detrás y fue…
—Joder, Hails, qué suerte tienes —me interrumpe al ver
que no encuentro palabras para describir cómo fue—.
Venga, dime lo que quiero saber.
Suelto una carcajada. No quiere la descripción, claro,
sino la comparación que entenderá a la perfección.
—Si tuviera que utilizar un libro… creo que sería algo así
como Nesta y Cassian.
—¡Me muero! —exclama y se lleva una mano al pecho—.
¿Y en qué quedasteis? ¿Vais a repetir?
—No —admito con rotundidad—. No debería.
—¿Por qué? ¿Cole no quiere?
—No me dijo nada, la verdad es que hui después del sexo.
—¿Cómo se te ocurre huir? Estás viviendo con él, ¿no
pensaste en eso?
—Pues, obviamente, no.
—¿Por qué huiste?
—Pues porque ya sabes cómo soy. Después del sexo me
apetecía acurrucarme con él y abrazarlo y, si hubiese hecho
eso, sí que se habría asustado. No pude ni mirarlo a la cara.
—Ay, mi pobre Hails —me dice y se acerca a mí para
darme un abrazo sentido—. Tú no eres «Nesta», tú eres
«Elain». ¿Crees que te estás pillando por él?
—No —afirmo, aunque ni siquiera me paro a pensar bien
en la pregunta—. Tengo novio, Jenna.
—Tienes un novio de mierda. Nadie te culparía por fijarte
en otro. Además, fue él quien abrió la relación. Que se
atenga a las consecuencias.
Recuerdo que esas mismas palabras se las dije yo cuando
nos despedimos en el aeropuerto, un minuto después de
que me comunicara su intención de abrir la relación.
No tengo que responder a Jenna porque, justo en ese
momento, mi móvil empieza a sonar. Veo en la pantalla que
se trata de Luke. Mi mejor amiga suelta una carcajada al
ver el nombre de mi hermano, pero yo tiro el teléfono al
sofá y dejo que la llamada termine por sí sola.
—¿Vas a contárselo? —pregunta Jenna, todavía divertida
a mi costa.
—¿Contarle a mi hermano que me he acostado con Cole?
¿Quieres que nos mate a los dos? No, gracias.
—Una relación prohibida —murmura con voz sugerente
—. Cada vez me gusta más. El morbo está implícito en cada
paso que dais.
—Cállate —le pido, aunque una risa amenaza con
aparecer en mi boca. La oculto mientras finjo estar
molesta.
—Estás muy borde, teniendo en cuenta la noche de ayer.
Voy a tener que decirle a Cole que esta vez te quite la ropa,
a ver si así te dibuja una sonrisa en la cara.
—Eres idiota.
—¿Yo soy idiota? Tú te has tirado a semejante adonis y,
en lugar de estar intentando repetir, estás aquí escondida.
Quién es la idiota, ¿eh?
Jenna se ríe y esta vez no puedo hacer más que imitarla.
Cojo uno de los cojines del sofá y se lo lanzo a la cara.
Después, salgo corriendo para que no me pille. Ella no me
sigue. Se limita a irse hacia la puerta de la cabaña y
abrirla. Se gira para mirarme y, sin borrar la sonrisa de la
cara, me guiña un ojo.
—Hora de enfrentarse a tus actos, microbio —me llama
del mismo modo que hace Cole.
Y yo solo puedo seguirla, porque tiene razón: es hora de
enfrentarse a lo que pasó anoche.
Capítulo 28
COLE
Villa Ruina ha avanzado mucho en el último mes. Las
paredes ya están terminadas y lisas, a falta de pintarlas.
Queda trabajo por delante, pero ya se aprecian los cambios
desde que empezamos. Sobre todo, se ve la luz al final del
túnel.
Noviembre ya está aquí y falta poco para la inauguración,
por eso, pese a que ayer saliésemos los dos, no
descansamos. Le he dicho a Cami que ese ha sido el motivo
por el cual he llegado antes de la hora habitual, aunque no
es cierto.
Hailey me dijo que lo que pasaba en Halloween, se
quedaba en Halloween. Y supongo que es lo más sencillo,
pero no dejo de pensar en ella desde anoche.
—¿No quieres descansar un rato? —pregunta mi hermana
—. Has venido con resaca, llevas ya tres horas a tope y no
te has parado ni a tomarte un café. Me siento una
explotadora.
—Estoy bien, de verdad —aseguro, mientras coloco los
azulejos en la pared de uno de los aseos.
Mis conocimientos sobre albañilería son bastante
limitados, se basan en unos pocos tutoriales que he visto en
YouTube y en el método de acierto y error, que consiste en
ir despacio y corregir cada vez que queda mal puesto.
—¿Seguro? Porque me da la sensación de que estás de
todo menos bien.
No digo nada, sino que sigo concentrado en mi trabajo.
—¿Tiene algo que ver con Hailey? —continúa Cami—.
Ayer actuabais raro los dos. Ella tampoco me contó nada.
No puedo evitarlo; doy un respingo cuando escucho su
nombre. Eso es suficiente para que mi hermana lo note.
Siempre ha sido muy perceptiva, sobre todo si se trata de
mí.
—Cole, si no me lo cuentas tú, lo hará ella…
Termino de colocar un azulejo de color azul y me giro
para mirarla. Tiene razón: de un modo u otro, se va a
enterar. Prefiero ser yo quien se lo diga.
—Anoche nos acostamos —informo sin rodeos.
Cami abre la boca por la sorpresa y después frunce el
ceño, como si no supiese reaccionar. No puedo juzgarla.
—¿Y ahora? —pregunta, prácticamente sin pestañear
todavía.
—Ahora nada. Hailey dijo que sería cosa de una sola
noche y así ha sido.
—¿Eso dijo Hailey? —Su asombro me molesta un poco,
porque parece ponerme en duda. Supongo que es más fácil
pensar que ha sido al revés—. ¿Y tú? ¿Estás de acuerdo en
eso?
¿Estoy de acuerdo? No lo sé. No pretendo complicarme la
vida, y buscar algo con Hailey no entra en mis planes por
muchos buenos motivos. El problema es que vivo con ella y
no sé cómo voy a hacer para actuar de forma natural
cuando la vea.
—Claro que estoy de acuerdo —afirmo y esbozo una
sonrisa. No quiero preocupar a mi hermana, ni que le diga
nada a Hailey—. Lo hablamos. Solo fue un polvo rápido.
Camille me fulmina con la mirada.
—No hables así de ella. Hailey es una amiga. Y, aunque
no lo fuese, sigue siendo una persona, podrías tener un
poco más de respeto.
—Créeme, para Hailey fue lo mismo.
—Está bien, te creo. Voy a ir a comprar algo de almuerzo,
necesito asimilar esto a solas. Y tú necesitas comer algo o
vas a terminar por desmayarte.
Se va antes de que pueda decir nada. No sé si debería
haber dejado que se lo contase Hailey. Camille no va a
juzgarme, pero tampoco le va a parecer bien. Y lo entiendo;
ni siquiera sé si a mí me parece bien.
Me levanto para despejarme un poco. Me lavo las manos
y la cara y salgo de la casa. El jardín delantero está hecho
un desastre todavía: seco, con malas hierbas por todas
partes y lleno de materiales de la obra. Poco a poco;
primero el interior, después los alrededores.
Me dejo caer cerca del arroyo que cruza el jardín. No es
más que un pequeño caudal de agua, pero me gusta
escuchar el ruido que hace mientras circula hasta el lago.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra un palé lleno de
maderas. Mi cabeza vuela a la noche anterior. El sexo con
Hailey fue rápido y duro y bestial, aunque también fue
incompleto. No es algo que me pase habitualmente, pero
creo que me he quedado con ganas de más. No lo haría
diferente, no es eso. La espina que tengo clavada es la de
no haberla ni mirado a la cara; haber visto sus ojos
brillantes, sus mejillas rosadas, su pelo revuelto. Hailey es
preciosa y he malgastado esa oportunidad. Porque si algo
tengo claro es que no podemos repetir.
Me suena el teléfono de pronto y el estómago se me
encoge cuando veo de quién se trata. ¿Cómo diablos le
contesto a mi mejor amigo cuando anoche me acosté con su
hermana? Estoy a punto de pasar, pero lo conozco lo
suficiente como para saber que eso será peor.
—Luke —respondo, bloqueado. Ni siquiera saludo.
—Por fin. —Lo escucho suspirar—. He llamado dos veces
a Hailey y no me lo coge. ¿Está bien?
—Estará concentrada escribiendo —comento. Puede ser
cierto, o puede ser que le haya pasado lo mismo y no se
haya visto capaz de contestar—. Yo estoy en Villa Ruina,
ayudando a Cami.
—Ah, ¿qué tal va el proyecto? ¿Ya tenéis el hotel?
—Es un Bed and Breakfast.
—¿No es lo mismo?
—No exactamente. Cami siempre me corrige si lo llamo
hotel. La cosa es que todavía queda trabajo, pero creo que
dará tiempo a abrir antes de Navidad. Mi hermana quiere
inaugurar en diciembre, para aprovecharnos del turismo de
montaña y nieve. A ver si hay suerte.
—¿Ya ha nevado?
—Todavía no, pero no quedará mucho. Las lluvias sí han
empezado.
—Bueno, eso no es ninguna novedad allí —bromea y se
ríe—. ¿Tú qué tal? ¿Adaptado ya al cambio de vida?
—Me gusta la rutina que tengo aquí, Luke. Sé que es
complicado de entender después de lo que hemos pasado,
pero es justo lo que necesitaba.
—No es complicado de entender. Solo tengo que hablar
un minuto contigo para ver que estás bien. Nada que ver
con antes…
Hay un pequeño silencio. Imagino que Luke, al igual que
yo, se ha perdido en esa época. Cuando la lesión era todo
en lo que pensaba y volver a andar parecía un sueño. Pude
volver a caminar, pero jugar sí que fue imposible. Y
después llegó la ruptura con Shanon, la traición de Riley y
todo se desmoronó. Apenas ha pasado un año, pero me
parece tan lejano, como si hubiese sido otra vida.
—Os visitaré pronto, en cuanto me deje el entrenador —
dice Luke después de la pausa.
—Eso sería genial. Todos tenemos ganas de verte, sobre
todo mi madre —afirmo. Mi madre quiere a Luke como si
fuese un hijo más, así que es igual de intensa con él que
conmigo y con Cami.
—¿Hailey también?
—Por supuesto. Eres su hermano favorito.
—¿Qué tal está? ¿La estás cuidando? Aunque no ha ido
en su mejor momento, confío en que la ayudarás en todo lo
posible.
Noto un nuevo pinchazo en la boca del estómago. Me
llevo una mano a la cabeza y me la paso por el pelo. Estoy
nervioso. No, no es nervioso, es arrepentido, decepcionado.
Conmigo mismo, no con Hailey ni Luke. Mi mejor amigo
esperaba más de mí y yo… joder, yo me he portado fatal.
—Bien —termino por responder, con un hilo de voz—.
Jenna ha venido de visita y no se separan. Le diré que te
llame cuando la vea, pero ahora tengo que colgar, que Cami
me está presionando para que termine de alicatar el baño.
—Quién te ha visto y quién te ve —se burla entre risas—.
Gracias, tío. Eres un buen amigo.
Se despide de mí y yo cuelgo sin añadir nada, con las
palabras atascadas en la garganta y formando un nudo que
no puedo deshacer. Agradezco que esté a miles de
kilómetros de distancia, porque ahora mismo no sabría
cómo mirar a Luke a la cara.
Pero entonces veo aparecer una bicicleta de color mint.
Hailey viene acalorada por el constante pedaleo y algún
mechón rubio se le ha escapado de la coleta. Nuestros ojos
se encuentran cuando deja la bici aparcada en la entrada, a
unos metros de mí. Esboza una sonrisa tímida y se ruboriza
enseguida, y sé, sin que me diga nada, que el recuerdo de
lo que pasó anoche le afecta tanto como a mí.
Solo que no puede afectarme. Porque le prometí a Luke
que la cuidaría y es lo que tengo que hacer.
Lo que pasó en Halloween se quedó en Halloween.
Y nunca más se volverá a repetir.
Capítulo 29
HAILEY
Veo a Cole en cuanto dejo la bicicleta. Muestro una
pequeña sonrisa de disculpa. No sé cómo se sentirá él, pero
a mí no me hubiese gustado que huyera después de
acostarse conmigo.
En algún momento vamos a tener que normalizar esta
situación y cuanto antes, mejor. Le dedico una mirada a
Jenna que entiende enseguida. Ella saluda a Cole desde
lejos y se encamina al interior de la casa para darnos
intimidad. Yo voy hacia la zona del jardín en la que está
sentado. ¿Siempre ha sido así de guapo o es que hoy me lo
parece más? ¿Qué diablos te pasa, Hailey? Además, es
obvio que siempre he tenido ese concepto de él. No en vano
fue mi primer amor.
—¿Puedo sentarme? —pregunto, nerviosa.
—Claro —responde, mucho más tranquilo que yo. Palmea
un par de veces el suelo a su lado y yo tomo asiento.
Me fijo en él ahora que lo tengo cerca. Me doy cuenta de
que, por muy sereno que aparente sentirse por fuera,
también está inquieto. Lo noto en sus músculos en tensión,
en su mandíbula ligeramente apretada.
—Esta noche me ha servido mucho para pensar —
empiezo, como se suele decir en España, cogiendo el toro
por los cuernos—. Y, bueno, lo primero es que quería
pedirte perdón. Anoche te evité después de lo que pasó y
estuvo feo.
—¿Me evitaste? Ni siquiera me di cuenta. ¿Por qué?
¿No se había dado cuenta? Vale, quizá le esté dando yo
más importancia que él.
—No sé… Creo que entré un poco en pánico.
—¿Te arrepientes…?
—Para nada —admito. Me parece verlo suspirar, aliviado
—. ¿Tú sí?
—Para nada —me imita y esboza una pequeña sonrisa—,
pero tenías razón. No es algo que se pueda repetir.
—Lo sé. ¿Seguimos siendo amigos, entonces? —Suelto la
pregunta que me ha preocupado desde el principio.
—Ay, microbio —dice. Me coge la cabeza, se la apoya en
su hombro y me da un beso en la coronilla—. Pues claro
que somos amigos. ¿De verdad creías que eso iba a
cambiar? ¿Qué pasa, tan poco te gustó? —bromea.
—Qué idiota eres —le suelto, ya ruborizada.
—¡Hora de almorzar! —grita Camille.
Ambos nos levantamos enseguida. Estoy más relajada
ahora que ya he hablado con Cole y hemos aclarado todo.
Cami viene hasta nosotros cargada con dos bolsas. En
una de ellas lleva cuatro cafés y en la otra varios dónuts.
—Jenna me ha dicho que estabais aquí, así que he
contado con vosotras —explica mientras saca los vasos y
nos los va entregando.
—Gracias.
—No me las des. Os he traído esto para que cojáis
fuerzas, que ahora os voy a poner a trabajar.
—Malditas vacaciones que me vais a dar… —comenta
Jenna en tono bromista—. Espero que luego podamos
comernos algo rico.
—Voy a hablar con mi madre para que prepare
macarrones con queso —dice Cole—. Es una de sus
especialidades.
—Dónuts y pasta. Contad conmigo cuando queráis.
El ambiente es ameno mientras tomamos el almuerzo.
Cole y yo incluso bromeamos. Por una parte, me alivia
recuperar la normalidad con él. Por otra, hace que me
pregunte qué importancia le ha dado él a lo que pasó
anoche, porque parece que ninguna. Y, aunque suene
contradictorio, eso también me molesta.
Por suerte, no tengo tiempo de pensarlo mucho. En
cuanto nos terminamos los cafés y los dónuts, Camille da
órdenes para empezar a movernos. Los hermanos Jenkins
entran para seguir alicatando los baños y Jenna y yo, que
tenemos como cero nociones sobre el mundo de la
albañilería, nos quedamos en el jardín arrancando malas
hierbas para empezar a adecentar el exterior.
Nos lleva unas tres horas y, para cuando llegamos a El
Rincón de Maggie, estamos tan agotados que nos
dedicamos a devorar la deliciosa comida que ha preparado
la dueña.
—Me da pena irme dentro de dos días —comenta Jenna
un rato después, todavía en el restaurante—. Me está
gustando mucho este sitio.
—Siempre puedes volver —le sugiero.
—Lo intentaré.
—Podemos hacer una despedida —sugiere Cole—,
aunque sea en la cabaña.
—No me importaría…
—Lo dice porque adora irse por la puerta grande —
bromeo sobre mi amiga.
—Pues siempre que Camille me dé una tarde libre…
—¡Eh! ¡Que yo no os exploto! Puedes tomarte una tarde
libre. Pero solo una.
—Pues que no se hable más. Voy a decírselo al resto y nos
juntaremos en casa.
No paso por alto el hecho de que Cole no ha dicho «mi»
casa, sino que la ha ampliado a los demás.
Y quizá sea una tontería porque llevo menos de dos
meses viviendo aquí, pero me gusta cómo suena.
Entiendo por qué Luke considera Harper Springs un
segundo hogar.
Capítulo 30
COLE
Hoy es el último día de Jenna aquí. Ella, Hailey y mi sobrino
están con mi madre en su restaurante. Por lo visto,
aceptaron una invitación para aprender algunas de las
famosas recetas de la mejor chef de Harper Springs.
Llego temprano. Mi trabajo en Villa Ruina ha terminado
antes de lo que esperábamos y Cami me ha dado el visto
bueno para irme. Da igual que sea más joven que yo o que
le saque más de una cabeza de estatura, mi hermana es
una auténtica sargento.
Saludo a Annie, la chica que trabaja a veces de camarera
en El Rincón de Maggie.
—Están dentro —me informa.
Paso por detrás de la barra para dirigirme hacia la
cocina. Sin embargo, me detengo en la puerta cuando
contemplo la escena.
Mi madre está de espaldas, metiendo algo en el horno.
Jenna remueve una sartén, entregada. Hailey se tapa la
cara con las manos mientras se ríe y, a su lado, Caden no
deja de lanzarle pequeñas bolas de masa envueltas en
harina.
—¡Alto el fuego! —grita Hailey—. ¡Me rindo!
Mi sobrino le tira una última. No para de reír con unas
carcajadas que resuenan por todo el espacio.
—Cole, cariño, no sabía que vendrías tan pronto —dice
mi madre. Acaba de darse la vuelta y me ha descubierto
observando desde el umbral.
—La tirana de tu hija me ha dado permiso para acabar
antes —bromeo.
—No hables así de Camille. Ya sabes que prefiere que la
llamemos villana —me sigue el juego.
Las dos chicas ríen al escucharla. Supongo que aún no
conocen demasiado el humor de mi madre.
—No quería interrumpiros, podéis terminar —afirmo—.
Esperaré fuera tomando algo.
—Ya hemos terminado —anuncia la chef—. De hecho,
aquí mi nieto y esta señorita llevan tiempo jugando a
lanzarse comida.
—¡Eh! Yo solo me defendía —protesta Hailey.
—No te hagas la inocente ahora, has empezado tú cuando
lo has llenado de harina.
—Me ha pedido que le pintara la cara como a un pirata.
—¡Y luego he atacado al barco de al lado! —exclama
Caden entre risas—. ¡Y al final he ganado yo! Te has
rendido.
—Buscaré la revancha —le promete la rubia.
—¿Vamos a volver a jugar juntos? —pregunta el pequeño.
—Depende, ¿quieres?
—¡Claro que sí!
—Entonces, la próxima vez te machacaré.
—¡Ni hablar! Soy más fuerte que Hulk y más rápido que
Spiderman. —Da un par de puñetazos como si peleara y
sale corriendo cuando Hailey comienza a perseguirlo.
—Ya limpio yo todo esto —comenta Jenna—. Deja que los
niños jueguen.
—No, no te preocupes —responde mi madre—. Yo me
hago cargo.
—Ya nos has enseñado algunas de tus recetas secretas,
no vamos a dejar que, además, recojas tú.
—No pasa nada. La cocina siempre me relaja, tanto los
fuegos como el orden.
—Lo que mi madre quiere decir —intervengo—, es que
esta cocina es suya y no le gusta que nadie se la trastoque.
Su orden, su limpieza, su todo.
—Exactamente.
Insisten un poco más en ayudar, pero mi madre termina
por salirse con la suya. Jenna coge una bolsa y se encamina
hacia la puerta después de agradecer doscientas veces las
nuevas recetas.
—¡Espera! —grita Caden.
Corre hasta Hailey con los brazos abiertos y ella se
agacha para recibirlo. Lo levanta y lo abraza.
—¿Quieres ser mi amiga? —le pregunta.
—Pero, bueno, yo creía que ya éramos amigos —responde
la rubia con una sonrisa.
—Mi mejor amiga. Antes era Becca, pero tú eres más
divertida.
—¿Y qué pensará Becca?
—Ella también querrá ser tu mejor amiga cuando te
conozca.
—Umh… Vale. Somos mejores amigos, entonces. —Hailey
extiende el meñique hacia él—. Vamos a sellar el pacto
como te he enseñado antes.
Caden entrelaza su dedo con el de ella y lo besa tras
separarlo. Terminan de despedirse de mi familia, cogemos
nuestras cosas y nos marchamos.
—¿Cuándo te has ganado tanto a mi sobrino? —indago un
rato después, ya de camino por la carretera del bosque.
Hailey va sentada a mi lado, con la mano haciendo olas
por fuera de la ventanilla mientras tararea Take me to
Church, de Hozier, la canción que suena en la radio.
—¿Estás celoso? Porque ese niño me adora.
—Nunca podrías competir con su tío favorito.
—Si os liais, los dos seríais tíos y problema resuelto —
comenta Jenna desde el asiento de atrás.
Hailey abre muchísimo los ojos y se gira para fulminarla
con la mirada, pero yo solo me río. Me hace gracia cómo
funciona su mente, aunque no termino de entenderla.
—Lo mismo deberías liarte tú con Sean —contraataca su
amiga—. No para de tirarte los trastos.
—¿Estás comparando a Cole con Sean?
—Eso, ¿me estás comparando con Sean?
—A lo mejor podría liarme con Cole —continúa Jenna—.
¿Qué dices?
Ambas comparten una mirada que no sé interpretar. La
pelirroja parece divertida, pero hay una amenaza implícita
en la de mi compañera de casa. Como si solo quisiese que
cerrase el pico.
Hailey sube el volumen de la música. Suena una canción
de Taylor Swift y eso hace que Jenna se ría más alto.
—Eres insoportable —murmura mi copiloto.
—Pero me quieres.
—Anda, mira quién hay ahí —comenta. Acabamos de
llegar a la cabaña y justo en el embarcadero ya están Cami,
Adam, Taylor y… —¡Sean! —le grita para que la oiga—.
¡Jenna estaba deseando verte!
—Estás muerta —la amenaza Jenna, ya sin rastro de una
sonrisa en su cara.
—Pero me quieres —repite Hailey.
Las dos se ríen, como si todo esto fuese cotidiano entre
ellas, y salen del coche para saludar a los demás.
***
La despedida de Jenna no es una fiesta enorme ni nada
parecido, pero aquí no necesitamos esos gestos.
Vivimos de momentos que, aunque son más pequeños,
también son más reales.
Nos hemos juntado los mismos que fuimos en Halloween.
No es que sean grandes amigos de Jen ni nada parecido,
pero a todos nos ha caído bien. Algo me dice que no será la
última vez que la veamos. Ya ha prometido diecisiete veces
que volverá de visita, aunque quizá las cervezas que se ha
tomado hablen por ella.
Hemos cenado la comida que han cocinado junto con mi
madre: una deliciosa carne en salsa, patatas con queso
gratinado y una tarta de arándanos, y todo esto junto al
brasero del embarcadero para contrarrestar el frío. Ya ha
anochecido, aunque no deben de ser más de las seis de la
tarde.
Me siento de nuevo como un niño pequeño. Camille ha
traído malvaviscos, los ha insertado en palos y ahora los
calentamos al fuego mientras charlamos entre nosotros.
—No me puedo creer lo rápido que ha pasado octubre —
comenta Hailey—. Antes de que nos demos cuenta, ya será
Navidad.
—Lo que yo no me puedo creer es que este año no
vayamos a decorar juntas la casa —dice Jenna—. Pero
bueno, es por un buen motivo.
—Terminaré la novela y lo celebraremos todo juntas —le
promete su amiga.
Ambas hacen el mismo gesto a la vez. Se levantan la
manga del jersey para soplar el tatuaje de la muñeca.
—¡Acabo de acordarme! —exclama de pronto Cami—.
Tengo un detalle para vosotras. Lo vi en el mercado y,
bueno, me recordó a…
Del bolsillo de su abrigo, saca un par de plantas. Un tallo
verde coronado por una bola blanca que parece de algodón.
—Son artificiales, pero…
—¡Un diente de león! —chilla Jenna a la vez—. ¡Me
encanta!
Cogen uno cada una. Se hacen una foto juntas y, después,
otra con mi hermana. La sesión continúa cuando Jenna le
pide a Hailey que coja los dos e inmortaliza esa imagen con
el móvil.
—¡Vamos a tomar una todos! Cole, haz tú el selfie, que
tienes el brazo más largo —me pide Taylor.
Y, entre fotografías, risas y los intentos de Sean de
acostarse con Jenna (todos en vano), la noche se pasa
volando y me quedo con la certeza de que voy a extrañar
tener en casa a la mejor amiga de Hailey, pero, sobre todo,
voy a extrañar ver lo feliz que es Hailey cuando están las
dos juntas.
Capítulo 31
HAILEY
Hoy toca ir a comprar el árbol de Navidad. Para los
hermanos Jenkins, es tradición visitar el vivero de los
Wallace. Cuentan con una gran variedad de árboles
naturales y, además, se comprometen a plantar dos abetos
nuevos por cada uno que venden. Es su manera de ayudar
al planeta y me parece una buena forma de compensar.
Vamos en el coche de Cole, que es el único lo
suficientemente grande como para cargar con dos
ejemplares en la caja de atrás.
—¿Tienes alguna idea de lo que vais a elegir? —me
pregunta Cami.
—Pues no lo había pensado —admito.
Es la primera vez que hago esto. Cuando éramos
pequeños, en mi casa no se celebraba ningún tipo de fiesta.
Me independicé a los dieciocho años, cuando empecé en la
Universidad de Oklahoma.
Viví en un piso de estudiantes junto a Jenna y Sarah, otra
compañera de clase. Luke costeaba mi parte del alquiler,
pues yo no tenía dinero, pero a él no le iba nada mal. Allí
compramos un árbol artificial que colocamos durante los
dos años que permanecimos en esa casa.
Más tarde, Sarah nos dejó y Jenna y yo buscamos algo
más acorde a nosotras. Más pequeño, pero mejor situado.
Nos llevamos el árbol con nosotras y es el que seguimos
poniendo. Esta es la primera Navidad que no vamos a pasar
juntas en mucho tiempo. Me da un poco de pena, pero creo
que es mejor así. Ella se irá a Nashville con su familia
paterna y yo la pasaré en Harper Springs, conociendo otra
manera de celebrarlas.
—Supongo que uno normal —termino diciendo.
—No, no, no —replica Cami, dedicándome una mirada
seria.
Cole suelta una carcajada y lo veo negar con la cabeza.
—¿Qué he dicho?
—No puedes coger uno normal. Esos son los que coge
todo el mundo, son todos iguales.
—¿No cambia después con la decoración que le pongas?
—Hay que buscar uno especial.
—¿Y cómo es uno especial?
—Escoger el árbol de Navidad es un ritual sagrado. No lo
eliges tú, te elige él. Cuando estés delante del que está
destinado para ti, lo sabrás. Sientes como un vuelco en el
corazón, es difícil de explicar, pero notas algo dentro. Una
fuerza interior que te hace decir: «Me llevo este». Ya lo
verás cuando lleguemos.
Miro de reojo a Cole. No tenía ni idea de lo intensa que
era Cami con la Navidad, pero me ha dejado sin palabras.
Su hermano se ríe de nuevo.
—Es su época favorita del año —comenta, como si eso
fuese explicación de su entusiasmo.
—También la tuya —contraataca.
—Pensaba que era Halloween —intervengo.
Cole me observa un instante, con un brillo distinto en los
ojos. Y entonces recuerdo lo que pasó este Halloween,
aunque yo no lo he dicho por eso. Desvío la cabeza para
que no pueda ver que me he ruborizado.
—Adora Halloween, pero Navidad es Navidad —responde
Cami por él—. Cuando éramos pequeños, mi padre se
disfrazaba de Santa Claus y nos dejaba que lo pillásemos
poniendo los regalos. Soltaba la típica risa y huía antes de
que descubriésemos su verdadera identidad. Cole flipaba.
—Era Santa Claus, ¿cómo no iba a flipar?
—Nos decía que no le dejásemos leche y galletas, que él
prefería un café y un trozo de bizcocho. Lo hacíamos con
mi madre la noche anterior y la casa olía genial todo el día,
a dulce y a limón. Y siempre había un montón de regalos al
día siguiente bajo el árbol. Bueno, eso sigue habiendo, la
verdad, porque en esta época se nos va de las manos.
Escucho su historia con una mezcla entre alegría y
tristeza. Sus palabras suenan bonitas, un recuerdo tierno
de la infancia fruto de la felicidad. Pero yo nunca tuve una
Navidad así y es algo que me hubiese gustado.
—Cami, déjalo ya. —Escucho que le dice Cole a su
hermana.
Ella me mira con la disculpa reflejada en los ojos y se
calla de golpe.
—Lo siento, yo…
—No pasa nada —interrumpo—. Me parece genial cómo
celebráis las fiestas. Jenna y yo organizamos algo parecido
en Oklahoma, también tenemos nuestras tradiciones. Nos
regalamos la una a la otra una taza navideña, preparamos
chocolate y malvaviscos y nos hacemos siempre dos
regalos, uno material y otro no. Luke también viene
siempre que puede. Sus regalos sí son más materiales, pero
dado que el año pasado me compró un coche, no tengo
reparos en que lo haga —bromeo.
Tener un hermano que es una estrella en la NFL tiene
muchas ventajas.
El ambiente se destensa y los hermanos Jenkins sonríen
mientras me escuchan.
—Jenna es una gran amiga —dice Cami.
—Jenna es mi hermana —afirmo—. La familia también es
la que se elige, y yo no podría haber elegido mejor.
—Nosotros también podemos serlo —añade Camille—.
Harper Springs terminará por conquistarte, ya lo verás.
Luke siempre repite y no solo porque Cole esté aquí. Este
lugar le da paz.
—Su vida es demasiado estresante. Entiendo por qué le
gusta estar aquí.
—¡El desvío! —exclama Camille y señala una carretera de
tierra que se abre hacia la derecha.
Cole detiene el vehículo apenas dos kilómetros después.
Me coloco el abrigo, la bufanda y el gorro y bajo del coche
para descubrir qué tiene de especial este sitio.
La entrada es un arco verde con unas letras luminosas
que rezan «Granja de Árboles Navideños Wallace e Hijos».
Después, filas y filas de abetos de distintas formas y
tamaños. Debe de haber cientos. Según me contó Cole,
viene mucha gente de los pueblos de alrededor para
comprar. Hay guirnaldas de luces de distintos colores
decorando los pasillos, incluso un par de árboles llenos de
adornos navideños para que imagines en lo que puede
convertirse. Suena música acorde a la época para terminar
de ambientar el vivero.
El lugar lo regenta una pareja mayor. La mujer se acerca
enseguida a nosotros, envuelta en un abrigo rojo y con una
gran sonrisa dibujada en los labios.
—Ah, los hermanos Jenkins, ya me preguntaba cuándo
apareceríais por aquí.
—Estábamos deseando venir —admite Cami—. Si por mí
fuese, sería Navidad todo el año.
—Entonces perdería la gracia, cariño. Para que haya
momentos felices, tiene que haber momentos tristes. En
otro caso, no los apreciaríamos igual.
—Siempre tan sabia mi Mary —bromea el hombre, que
debe de ser su pareja, y se coloca a su lado. Me fijo en él,
con su pelo canoso y su barba larga, y aprecio cierto aire a
Santa Claus. Muy apropiado para alguien que trabaja
vendiendo árboles navideños—. ¿Vais a echar un vistazo
primero?
—Correcto.
—Suerte, este año tenemos muchos ejemplares
especiales.
—El lugar es increíble, pero como marketing deja un
poco que desear —bromeo cuando nos alejamos. Señalo al
árbol que está detrás de la pareja, junto a la puerta de lo
que parece la oficina. Es bastante grande, debe de medir
casi tres metros, el problema no es ese. Tiene la copa
torcida y pelada, casi sin ramas.
—Ese no se vende —comenta Cole y señala el cartel que
dice que es de exposición.
Supongo que no es tan mala idea exponer el peor
ejemplar en lugar de malgastar uno de los especiales.
Camille se pierde por los pasillos para buscar ese que le
llame la atención y yo voy con Cole. Después de todo,
nuestro árbol es para su casa. Realmente, ni siquiera es
nuestro, es su árbol.
—Camille necesita su tiempo, así que podemos tomarnos
el nuestro —me asegura—. ¿Has pensado en algo?
—¿Cómo lo eliges tú? ¿No hay ritual?
—Busco uno que me guste y ya está, pero ya te dije que
quiero que lo elijas tú.
—¿Por qué?
—Porque yo hago esto todos los años. Para ti es la
primera vez.
—¿Vas a fiarte de mi elección?
—Bueno, ahora empiezo a tener miedo… —bromea—.
Pero sí, me fío.
Voy fijándome en los ejemplares. Al principio todos me
parecen iguales, aunque pronto me voy dando cuenta de
sus diferencias. Unos son más frondosos, otros más altos,
otros con las ramas más oscuras.
Me lleva un rato, pero termino dando con mi favorito. No
noto esa fuerza interior que me ha dicho Cami, solo sé que
me gusta. Y no tiene nada de especial, al contrario,
seguramente sea el árbol más bonito de todos los que he
visto. Mide algo menos de dos metros y es del tono de
verde que asocio a la Navidad. Parece más o menos
simétrico y las ramas son pobladas. Lo imagino lleno de
luces, de bolas, de distintos adornos y sonrío sin poder
evitarlo.
—Este, quiero este —le digo a Cole, sin dejar de observar
el árbol.
Él lo contempla, también con una pequeña sonrisa
dibujada en los labios.
—Lo imaginaba —comenta a mi lado.
Me giro para mirarlo, con la duda asomando en los ojos.
—¿Por qué?
—El primer año que vine aquí con Luke eligió el más
grande de todos. Ni siquiera pudimos ponerlo dentro de la
cabaña, tuvo que quedarse fuera. Era la primera Navidad
de Luke, la primera de verdad, y quería que fuese perfecta.
Ese árbol —dice mientras señala el que acabo de elegir—,
también lo es.
—¿Has estado aquí con Luke?
—Claro. Si Jenna es tu hermana, él es el mío.
Los ojos se me llenan de lágrimas, sin saber el motivo.
Me gusta que hable así de él, que Luke tenga a alguien
más. Siempre nos hemos tenido el uno al otro, pero el
mundo es demasiado grande como para compartirlo con
una única persona. O quizá sea la Navidad, que me pone
más nostálgica.
Cole se acerca un poco a mí y me enjuga las lágrimas con
delicadeza, pasando sus dedos por mis mejillas. Y durante
un instante nos miramos, sin decir nada. Hasta que tira de
mí y me envuelve en sus brazos.
—Ay, no quería ponerme así —comento y suelto una
pequeña risa.
—La familia también es la que se elige —repite él.
Sé por qué lo dice, por qué lo hace. Es el mejor amigo de
Luke, sabe todo lo que hemos vivido de pequeños, lo mucho
que nos ha faltado la nuestra. Aprieto a Cole un poco más.
Se está bien así, más cálido, más seguro. Pero termino por
separarme y limpiarme las lágrimas que me quedan.
—Vamos, antes de que nos lo quiten —le digo.
Cole asiente y volvemos al principio. La pareja mayor
está ahí, junto a la puerta de madera de la oficina. Camille
está hablando con ellos, aunque no veo ningún árbol a su
lado.
—¿Todavía no te has decidido? —pregunto.
—Me voy a llevar ese —responde, señalando el que
hemos visto antes, torcido y con la punta pelada.
—Pensaba que ese no estaba a la venta.
—Bueno, digamos que me han hecho el favor.
Levanto las cejas y oculto la risa. Es evidente que el favor
se lo está haciendo ella al escoger el árbol más feo de todo
el vivero.
—Si no me lo llevo yo, no lo hará nadie —afirma y se
encoge de hombros—. Además, me gustan los retos. Voy a
convertirlo en el más bonito de todos.
Contemplo su elección sin decir nada mientras cargan
nuestros árboles en el coche de Cole.
Entiendo que Camille elija ese. Ella hace esto cada año,
cuenta con muchas oportunidades de decorar un árbol para
Navidad. Para mí es la primera vez. Mi ejemplar no tiene
nada que ver con el vacío en el salón cuando éramos niños,
ni siquiera con el árbol de plástico que compré con Jenna.
Este es de verdad y por eso era importante que fuese
perfecto, aunque pueda parecer una tontería.
Creo que a Luke le pasó lo mismo. Cole lo sabe, y por eso
intuye cómo me siento yo. Y es justamente entonces cuando
pienso en cómo Cole me ha abrazado mientras yo me
perdía en recuerdos tristes, recuerdos que no le he
contado, pero que conoce de todos modos, cuando noto ese
vuelco en el estómago del que me ha hablado antes
Camille.
Porque este año, por fin, voy a tener una Navidad como
la que siempre soñé.
Capítulo 32
COLE
Todavía es pronto para montar el árbol de Navidad, pues
estamos a mediados de noviembre.
Sin embargo, no es tan pronto para las dos fanáticas que
me rodean. Camille puso el suyo al día siguiente de volver
de la granja. Tengo que admitir que ahora Villa Ruina
parece mucho menos ruina. Lo ha colocado en el jardín,
pues no cabe en el interior. Lo ha decorado con enormes
bolas azules y blancas, luces pequeñas y doradas y distintas
figuras de animales. Imagino que ese toque es de Caden,
que vive enamorado de toda la fauna. También hay algún
lazo a juego y, coronando el árbol, una estrella que se
ilumina y que, incluso, emite una canción navideña cuando
presionas un botón. El conjunto es elegante y bonito, y los
adornos ocultan las imperfecciones que tenía el árbol
cuando lo eligió Camille; excepto la cima, que sigue
estando torcida.
La velocidad de mi hermana ha terminado por convencer
a Hailey. He conseguido aguantarla unos días, pero me ha
advertido de que hoy lo montaría y de que quería hacerlo
sola, para que fuese una sorpresa para mí. No sé qué
trama, pero lleva días preparando todos los adornos.
Sé que el árbol va a estar montado en la cabaña al
regresar y, aun así, no puedo evitar asombrarme al verlo.
Hailey no se ha limitado a poner los típicos adornos
navideños, aunque sí que hay alguno. Bolas rojas, bastones
de rayas, guirnaldas de luces. Tiene un toque sutil, porque
lo que predomina son las imágenes.
Me acerco más para descubrirlo con detalle. No son
imágenes cualesquiera, sino que se trata de cubiertas de
libros. Hay decenas de ellas, impresas y plastificadas para
que no se estropeen. Reconozco muchas de las portadas:
Seis de Cuervos, Nuncanoche, Alas de Sangre, Reino de
Cenizas… Incluso la de El Señor de los Anillos, la edición
que le dejé para que se leyera.
—¿Te gusta? —me pregunta con entusiasmo.
Tardo un par de minutos en responder, solo porque estoy
dando una vuelta al árbol para ver todo lo que oculta.
Aunque predominan las cubiertas, descubro un par de
fotografías de formato polaroid. En una salimos junto a
Jenna, todos en el embarcadero el día de su despedida.
Hailey está especialmente guapa, con las mejillas
sonrojadas por el frío, un gorro blanco y una bufanda a
juego que le tapa la boca y casi media cara. La otra es en
Villa Ruina, un día que fuimos una gran cuadrilla de
combate para ayudar. Están mi madre, Camille, Sean,
Adam y Taylor. Hay una tercera, una que evito mirar
demasiado. Es del día de Halloween y salimos los dos solos.
A Taylor le hizo gracia la coincidencia en nuestros disfraces
y decidió inmortalizar el momento. Esa noche Hailey estaba
espectacular. Demasiado espectacular. No quiero pensar en
todo lo que pasó entre nosotros, mucho menos ahora que
ya está hablado y aparcado, así que levanto la cabeza para
contemplar la estrella que corona el árbol de Navidad.
Excepto que no es una estrella.
Es una maldita imagen de Velaris, la ciudad de las
estrellas, de la saga ACOTAR.
¿Por qué poner solo una cuando puedes presumir de
todas ellas?
Sonrío. La mayoría de las personas no entenderán lo que
supone, pero es mi detalle favorito. Hailey y yo
compartimos el amor por la literatura y ella ha creado un
árbol diferente, especial y que, a la vez, nos guste a los dos.
Noto su mirada clavada en mí, expectante. No me puedo
creer que esté nerviosa, como si de verdad pensase que
pudiera no gustarme un árbol así. Si algo estoy
descubriendo de Hailey, es lo insegura que es.
—Es casi perfecto —termino por decir—. Falta un
pequeño detalle.
—¿Cuál?
—¿Por qué no has puesto también las cubiertas de tus
libros? Me gustan todos los que has elegido, pero esas dos
serían las mejores.
—Ah, eso —responde con un hilo de voz y veo cómo se
ruboriza—. No sé, me daba cosa ponerlas, por eso de que
son mías.
—Precisamente por ser tuyas deberían estar las
primeras. ¿Me das permiso para que las coloque yo? —se lo
pido porque, aunque me encantaría que resplandecieran
junto a las demás, no lo haré si ella está en contra.
—Sí, claro.
—Es el mejor árbol de Navidad que he tenido en mi vida
—admito, devolviendo la vista a su creación.
Hailey sonríe y yo la imito.
—Voy a sacar un par de vídeos para mis redes sociales —
comenta de pronto—, hace días que no subo contenido y
mis seguidores me están preguntando qué es de mí.
—Yo voy a preparar un par de chocolates, creo que la
inauguración temprana de nuestro árbol se lo merece.
—No es tan temprana…
—Ni siquiera ha pasado Acción de Gracias todavía —
informo y suelto una carcajada—. Me encanta tenerlo ya,
no me malinterpretes, pero sí es temprano. Por cierto, ¿te
he contado cómo celebramos ese día en Harper Springs?
—¿Coméis pavo relleno alrededor de una mesa familiar y
dais las gracias por lo mejor que os ha pasado este año?
—Sí, solo que la mesa familiar incluye a medio pueblo.
Nos juntamos casi ochenta personas en los graneros de los
Anderson, que son más grandes. Cada uno lleva un plato.
Cami y yo nos libramos, claro, porque mi madre cocina
como para trece personas. No te lo voy a intentar vender
bien, es tan malo como suena. Generalmente, Amelia se
emborracha en la cena y se queda dormida sobre el pavo,
Molly Peterson y Helen Bell discuten sobre qué salsa está
más buena, un tercio de los comensales se queda viendo el
partido… En fin, es todo desorden y gritos para hacerse oír
entre tanta gente.
Estoy sonriendo mientras lo cuento, porque sé que es un
caos, pero es nuestro caos y me gusta.
Hailey, sin embargo, no sonríe.
—Suena muy bien, a pesar de lo mal que me lo intentas
vender, pero no voy a poder. Luke me ha escrito esta
mañana para que me vaya con él a Filadelfia para cenar
juntos. En Navidad viene él, así que me parece justo ir yo
entonces. Además, me apetece verlo.
—Ah, claro —respondo, sin poder esconder la decepción.
¿Por qué me importa, para empezar? No pasa nada si
Hailey se va unos días, o si ya me había imaginado
teniéndola por aquí todo el tiempo—. ¿Cuándo te vas?
—El día antes y volveré el día después. Luke me ha
pagado los billetes.
—¿La vais a pasar solos?
—La cena, sí. Después, iremos juntos a una fiesta. Me ha
asegurado que será tranquila. Imagino que será un
muermo, Luke nunca me llevaría a una fiesta demasiado
divertida.
Me río, sin poder evitarlo. Mi amigo es así.
—Bueno, nos queda la Navidad, entonces.
—Me voy a principios de enero, nos queda más tiempo —
me corrige—. Lo que pasa es que estas semanas voy a
apretar todo lo que pueda con el libro. Va a haber muchos
días que no pueda escribir y quiero adelantar todo lo
posible. Más que nada porque Adrianne ya ha amenazado
con matarme.
—Es posible que me una a esas amenazas —bromeo—. Yo
también estoy deseando leer cómo termina la historia. No
te entretengo más. Voy a hacer los chocolates mientras
creas tu contenido.
Hailey saca el móvil y se prepara para grabar. Yo me voy
a la cocina para darle intimidad, o toda la intimidad que se
puede tener en una casa diáfana.
Mientras sirvo la bebida caliente en las tazas, pienso en
sus palabras, en unas que se me han quedado clavadas.
Hailey se va en enero. Me he acostumbrado tanto a estar
con ella, que se me va a hacer muy raro cuando esta
cabaña vuelva a quedarse vacía.
Y me pregunto qué es lo que más me molesta.
Que Hailey se vaya, o que yo vaya a seguir pensando en
ella de una forma en la que nunca debería haberlo hecho.
Capítulo 33
HAILEY
Noviembre pasa volando mientras estoy sumergida en mi
nueva rutina.
Mi deadline se acerca y, con tanta festividad de por
medio, me he propuesto adelantar la novela todo lo que
pueda. Me levanto temprano para escribir cuatro horas. He
ampliado la lista de reproducción de la novela y, aunque
Taylor Swift sigue siendo la reina indiscutible, he añadido
varias canciones más. Algunas son de las que escucha Cole,
como las de Imagine Dragons o Benson Boone, aunque me
he acostumbrado a ellas; otras son antiguas y me
recuerdan a Harper Springs.
Las vistas desde el salón siguen siendo espectaculares
con todos esos árboles ya desnudos. Todavía no ha llegado
la nieve. De vez en cuando caen unos pocos copos blancos,
pero no los suficientes como para cuajar y teñir el paisaje.
Lo que más me fascina es que veo el lago congelado. Solo
una fina capa de hielo recubre la superficie. Cole me ha
asegurado que esta seguirá creciendo. Por supuesto, ha
tenido que dejar de nadar. Tampoco creo que su terapia
contra el frío pudiera soportar estas temperaturas tan
heladas.
El último día que intentó nadar fue un fracaso absoluto.
Yo siempre he sido más de terapia del calor, así que me
quedaba en el sillón del porche del embarcadero, sentada
junto al brasero, para estar calentita y leía algún libro.
Hace tiempo que terminé El Señor de los Anillos y se ha
convertido en uno de mis favoritos de la vida. Ni siquiera sé
por qué no le di antes una oportunidad. He seguido otras
recomendaciones de Cole y he conocido grandes plumas,
como la de Úrsula K. Le Guin o Margaret Atwood. Mi
última lectura, sin embargo, fue un libro navideño de
Violeta Reed.
Según mi rutina, hago una pausa para un almuerzo,
porque soy de esas personas que necesita comer cada
pocas horas para no morir y no volverme antipática, ya que
el hambre me pone de mal humor. Luego, continúo otras
tres horas. Hago la comida los días que me toca a mí y
como junto a Cole o avanzo un poco más con la escritura
cuando se encarga de cocinar él.
A veces, se queda en Villa Ruina trabajando, así que me
preparo algo rápido para mí y vuelvo a la escritura.
Después, me tomo un descanso para leer junto a la
chimenea o el brasero del lago, según el frío que tenga ese
día. A veces viene Amanda y seguimos trabajando en su
novela. Tras ese instante de relax, retomo la escritura otro
par de horas.
Por las tardes soy menos productiva, pero las aprovecho
para arrancar otras dos mil palabras más. Lo cierto es que
la novela está avanzando muy rápido. Ya he vuelto a
conectar con los protagonistas y me he metido en la
historia; sobre todo, disfruto de las interacciones entre los
personajes. Del afecto que tiembla entre Farah y Hayes, del
amor tierno entre Takara y Airena, del odio y la tensión
sexual entre Evony y Davina. A veces, se me va
completamente la cabeza y, mientras escribo sobre estos
últimos, pienso en Cole y en mí de manera que, digamos,
no sería una lectura apta para todos los públicos. Pero
siempre queda en eso: en unos pensamientos sucios que
nunca volverán a ser realidad.
Acabo la sesión del día habiendo sumado más de ocho mil
palabras nuevas. Cuando digo que avanza rápido, es que
avanza rápido.
Envío los nuevos capítulos a mi editora y me dejo caer en
la silla, feliz. Al minimizar el documento en el que escribo,
ya no aparecen las dos opiniones que antes tenía siempre
abiertas: una con la crítica destructiva y otra con las
expectativas de los fans. Ahora, en su lugar, veo todas las
reseñas que me imprimió Cole para que me ayudasen a
luchar contra mi síndrome del impostor.
Me aproximo al final y estoy en ese momento en el que
disfruto de verdad de la historia. Sé que más tarde vendrán
los miedos, las expectativas, las inseguridades… pero ahora
mismo La última canción oscura es mía y solo mía, y no
tengo que temer por las opiniones de los demás.
Me dispongo a empezar la sesión de yoga para estirar los
músculos y relajarme cuando recibo una llamada de
Adrianne.
—Acabo de ver el correo que me has enviado —dice, sin
un saludo previo. Ella es así, de las que va al grano—.
Todavía no lo he leído, pero son cuatro capítulos. Ha vuelto
la inspiración, ¿verdad?
—Últimamente fluye mejor —respondo con sinceridad.
—Y no me extraña. Esto que te voy a decir quizá no sea
muy profesional, pero te lo voy a decir de todos modos.
Cuando me llegan capítulos de alguno de mis otros autores
me decepciono un poco. No por nada, son buenas historias
también, es solo que estoy tan enganchada a la tuya que
necesito saber más. Por favor, Hailey, qué tensión entre los
personajes. ¿Se van a liar de una maldita vez? ¿Y qué pasa
con el impostor del trono? Quiero que alguien lo mate. Qué
asco de personaje. A ver, no. Como personaje es genial,
claro, pero lo odio. Quiero que sufra.
Sonrío mientras la escucho divagar sobre la historia.
Hace sus teorías sin que yo diga nada. No comparto los plot
twists de mi saga ni siquiera con ella. La opinión de
Adrianne es la más importante para mí y necesito que
venga desde el desconocimiento para comprender el
impacto real del manuscrito.
—¿Cuándo crees que tendrás el borrador terminado?
Recuerda que hablamos de que sería este año.
—Al ritmo que voy, espero poder mandártelo entero a
mediados de diciembre.
—Te está sentando bien Harper Springs —comenta, y yo
sonrío al escucharla porque es cierto—. ¿Te quedarás allí
más tiempo?
—Hasta enero, cuando termine con las correcciones y
tengamos el manuscrito terminado.
—Me parece genial, ahí te noto mucho más centrada que
en Oklahoma.
Mi mente vuela hacia esa ciudad en cuanto pronuncia su
nombre, a la vida que tengo allí. Hace tantos días que no
hablo con Nick que ni siquiera estoy segura de si seguimos
juntos. Supongo que sí, porque no ha habido ruptura.
Me he distraído en este pueblo y me he olvidado de todo
lo demás. No me siento culpable. Nick no me echa de
menos, precisamente. Tampoco él ha puesto de su parte.
Siento que hemos ido dejando que la relación muera sin
que ninguno de los dos hiciera nada por salvarla. Aun así,
nos debemos una conversación para saber en qué punto
estamos. Una que prefiero mantener en persona cuando
regrese.
—Oye, Hailey, de verdad me encanta lo que estás
escribiendo —continúa mi editora—. Confía más en ti
misma y en tus historias. Y sé que no me vas a creer, pero
deberías. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué? —pregunto al ver que no dice nada más.
—Porque soy tu editora, joder. De tu trabajo depende el
mío. ¿Apostaría por ti si no fuese un éxito asegurado? Yo
solo publico buenos libros, me lo puedo permitir. Esta es tu
primera saga y ya pareces una autora consagrada, te lo
aseguro. Voy a preparar algo para el lanzamiento. Todavía
no sé el qué, pero algo que te ayude a que veas lo que yo
veo.
No digo nada porque me he quedado sin palabras. Noto
un nudo en la garganta que me atora la voz y los ojos
llorosos de la emoción. Para una persona con un síndrome
del impostor tan grande como el mío, estos elogios me
llegan al corazón. Sobre todo porque vienen de una
persona a la que admiro muchísimo.
—Y no tienes que creerme, pero ¿sabes lo que puedes
hacer? Enseña lo que llevas de la historia a alguien más.
Búscate ya un lector cero de confianza. Jenna o Luke o
quien quieras. Si no te dice lo mismo que yo, dimito
mañana mismo y me busco trabajo en otro sector —asegura
con convencimiento.
—Gracias, Adrianne, de verdad —consigo responder.
—De gracias nada. Voy a leer estos capítulos y a rezar
para que tengas pronto los siguientes. Estoy tan metida en
la historia que voy a ser muy pesada si no me das más
droga pronto —bromea.
Suelto una especie de carcajada. Su comentario me hace
gracia, pero la emoción que siento sigue atascada en la
garganta y por eso suena extraña. Adrianne se ríe conmigo
y se despide antes de colgar.
Me quedo un rato más ahí sentada, mirando la pantalla
del móvil con una sonrisa dibujada en la cara. No tiene
nada que ver, pero Adrianne es la madre que me hubiese
gustado tener, incluso si es un pensamiento egoísta y cruel
dado que mi madre auténtica sigue viva.
Estoy tan feliz que ni siquiera su recuerdo puede
enturbiarme este instante.
Por un momento, pienso en volver a escribir, porque la
conversación me ha animado mucho. Sin embargo, rechazo
la idea. Hoy ya he pasado muchas horas frente al
ordenador y terminaría por dolerme la espalda y la cabeza.
Decido prepararme para el yoga y aprovechar para
darles una vuelta a los capítulos que me tocan mañana. Eso
también me ayuda, lo de planearlos el día anterior para que
fluyan mejor.
Vuelvo a encender el ordenador y tomo una fotografía del
proceso de escritura para redes sociales. No suelo
compartir las etapas previas con mis seguidores. Me da
ansiedad pensar en lo que me pueden comentar, en lo que
esperan, en que no les guste. Hoy me siento un poco más
segura y me apetece mostrárselo, así que subo la foto y
escribo un escueto: «Ya queda menos para poder leer el
final. ¿Hay ganas?». Añado dos emoticonos de fuego y dejo
el móvil para hacer yoga.
No se me borra la sonrisa en toda la sesión de ejercicio.
Capítulo 34
HAILEY
Hoy me he tomado un día de descanso. La escritura marcha
y llevo varias sesiones a tope. Cole y Camille también, solo
que ellos con la reforma de Villa Ruina. Es domingo y
hemos decidido aparcar a un lado nuestras obligaciones y
dedicarnos simplemente a desconectar.
Estamos de paseo por el pueblo, de camino a El rincón de
Maggie donde hemos quedado para comer con Sean, Adam
y Taylor. Camille va un poco adelantada con Caden, que
circula a toda velocidad con una bicicleta con ruedines. La
admiro mucho. La maternidad no parece nada fácil, y
compaginarla con un proyecto como reconstruir Villa Ruina
debe de absorberle mucha vida, pero ella lo lleva como si
no fuese un esfuerzo.
Voy cobijada bajo mi gorro y mi bufanda blancos, con una
tote bag en la que se lee: «Por culpa de Alice Kellen creo en
el amor».
Nadie ha decorado todavía sus casas o comercios con
motivos navideños, excepto Camille, que siempre es la
primera en el pueblo.
—Hay algo que quiero pedirte —le digo a Cole. Llevo toda
la semana dándole vueltas al tema, pero al final me he
decidido.
—Yo hay algo que tengo que comentarte también —
responde—. Empieza tú. ¿Es sobre lo que llevas dentro de
esa bolsa y no me has querido enseñar?
—No. Bueno, relacionado.
—Ahora tengo más curiosidad.
—Es una tontería, en realidad. El otro día hablé con
Adrianne por teléfono sobre el borrador. Le está gustando
mucho.
—No me extraña en absoluto.
—Sé que ahora mismo tienes mucho lío con Villa Ruina y
que quizá no sea un buen momento, porque queda poco
para la inauguración y… —Empiezo a divagar, con la voz
temblorosa. Me cuesta pedir las cosas, siempre. Por eso
estoy poniendo excusas para justificar una negativa antes
incluso de preguntar.
—Hailey, puedes pedirme lo que quieras. Solo dilo.
—¿Recuerdas que te ofrecí que leyeras el borrador de la
novela?
—¿Estás intentando decirme que ya puedo leer lo que
llevas? Espera, ¡¿has terminado?!
—¡No! Qué va, todavía me queda…
—¿Pero sí puedo leer ya? Porque estoy esperando a que
me lo pases desde que me lo mencionaste por primera vez.
—¿De verdad? No quiero…
—Ahora me has creado una obsesión. Necesito leer ese
borrador y lo necesito ya. Me he puesto hasta nervioso.
Sonrío y me alivio. Solo espero no robarle demasiado
tiempo de trabajo en Villa Ruina.
—Todavía no está terminado, pero me puedes decir qué
te parece lo que llevo hasta ahora. Tengo dudas sobre todo
con el desarrollo de la trama principal y la evolución de
Davina y Farah.
—Perfecto. En dos días te diré mi opinión sincera.
—No hace falta que sea tan rápido…
—Tengo tantas ganas de leer que no creo que tarde más
—responde y sonríe—. Joder, tenías que habérmelo dicho
luego. Ahora voy a estar todo el rato pensando en eso.
—Qué idiota eres —comento ante su efusividad, aunque
en realidad me gusta esa reacción—. Bueno, dame unos
días para que termine primero los siguientes capítulos.
Están relacionados y no quiero dejar esa parte a medias.
¿Qué querías decirme tú?
—Ah, sí. Esta mañana me ha llamado Luke y me ha
invitado a pasar Acción de Gracias con vosotros. A mí y a
Cami.
—¿En serio? ¡Qué bien! ¿Y qué le has dicho?
—Pues quería preguntártelo a ti primero, pero veo que te
parece bien.
—¡Claro que me parece bien! Va a ser mucho más
divertido si venís vosotros dos. Bueno, y Caden. —Hago una
pausa—. ¿No preferís pasarlas en familia? Tu madre se va a
enfadar.
—Ya te he contado cómo celebramos ese día: nunca ha
sido una festividad especialmente familiar. A mi madre no
le importará siempre y cuando pasemos aquí Navidad.
Además, es posible que se quede a Caden. Es un viaje largo
para un niño tan pequeño, y como vamos a estar solo dos
días…
—Ah, claro. Pues me gusta la idea, salir los cuatro me
parece mucho mejor que salir yo sola, vigilada por Luke.
Ambos nos reímos, justo cuando llegamos al restaurante
de su madre. Su hermana y su sobrino han entrado ya, pero
yo me detengo en la puerta.
—¿Qué pasa?
—He traído algo.
Abro la tote bag y saco dos libros de dentro. Los coloco
con prisa en la librería que tienen fuera, esa que utilizan
para intercambiar sus mejores lecturas.
—¿Son los tuyos? —pregunta Cole y se acerca para
mirarlos. Coge uno de ellos y lo hojea mientras yo me
muero de la vergüenza—. Por fin te has animado. Anda, los
has dedicado y todo. No sabes lo que has hecho.
—Sé que la gente deja sus favoritos y no sé si está feo
que deje los míos, porque claro, no son mis favoritos, no
soy tan egocéntrica.
—No es egocentrismo que te guste lo que escribes,
microbio. Se llama confianza, autoestima. Autosabotearte
no es mejor, desde luego. ¿Sabes por qué te he dicho que
no sabes lo que has hecho? —pregunta; yo niego despacio
—. Porque cuando vean que están dedicados van a matarse
por ellos.
—Ya firmé ejemplares en el club de lectura que hicimos.
—A ese club no vinieron todas las personas que te han
leído. En cuanto se enteren de que has traído estos, se los
llevarán.
—¿Los quito?
Cole se ríe.
—Al contrario, deja que empiecen Los juegos del hambre
—bromea.
No me da tiempo a decir nada porque entra al
restaurante. Sus amigos ya están sentados en la mesa. Dejo
el abrigo, el gorro y la bufanda en el respaldo de la silla y
saludo a todos con un beso en la mejilla.
—Si vas ya así, cuando llegue el invierno profundo lo vas
a pasar mal —me dice Sean en tono bromista. Él lleva un
jersey y una chaqueta que para mí sería de entretiempo.
—Tengo abrigos más gruesos —le informo—, además de
ropa térmica. No temas por mí.
—Hola, mi niña. —Maggie me da un abrazo lleno de
ternura. Ha salido a saludarme, como siempre—. He hecho
la pasta que te gusta.
—Tú sí que sabes cómo ganarte a la gente —bromea
Adam.
—El estómago es su punto débil —añade Taylor—. Dale
de comer y te querrá para siempre.
—Bueno, no es tan fácil. Tienes que darme de comer, sí,
pero algo rico. La última vez que Sean lo intentó, calcinó la
pizza hasta convertirla en hollín.
—Solo seguí las instrucciones de preparación del paquete
—se defiende—. ¿Qué culpa tengo yo si están mal?
—¿En las instrucciones ponía que te olvidases de la pizza
y la sacases treinta minutos después?
—Han pasado ya dos años desde ese día, ¿por qué
tenemos que recordarlo siempre? Ni que hubiese sido para
tanto.
—Casi quemas la casa —interviene Camille—, tuvimos
que llamar a los bomberos.
—Bueno, pues ya está, hacéis las pizzas vosotros y fin del
problema.
—Ya las hacemos nosotros —apunta Cole—. Cualquiera
vuelve a fiarse de ti en la cocina.
—Y así es como uno se libra de cocinar para el resto de
su vida —murmura Sean en mi oído, con una sonrisa
inocente dibujada en el rostro.
Comemos entre risas y anécdotas del grupo. Yo no he
participado en ninguna, pero me gusta escucharlas. Es una
buena forma de conocerlos un poco más, de sentirme
integrada entre ellos. Me han acogido desde el principio y,
aunque todos sabemos que mi estancia es temporal, cada
vez estoy más convencida de que voy a regresar a este
pueblo de vez en cuando para volver a verlos.
Salimos del restaurante un par de horas después con el
estómago lleno. Caminamos hasta Villa Ruina para ver los
últimos avances. Queda un mes para la inauguración y ya
está casi todo terminado.
Caden va a mi lado, tirándome de la mano para que corra
tras él.
—Ya verás qué bonito es ahora —me dice—. Me gusta
mucho el jardín, es más grande que el nuestro y tiene un
río, aunque está hecho todo un desastre.
—Es que este jardín es muy chulo.
—¿Te ha dicho ella que me digas eso? —me pregunta
entrecerrando los ojos como si sospechara de mí.
—No, ¿por qué?
—Porque ella me dijo lo mismo.
—Eso es porque es cierto.
—Caden, deja de tirar del brazo de Hailey —le pide su
madre—. Se lo vas a romper.
—Es que es muy lenta.
—Vamos a ver quién es el lento —replica Cole y echa a
correr.
Caden se ríe y lo sigue. Por suerte, no me arrastra detrás.
—Es un niño adorable —le digo a Camille sin dejar de
mirar al pequeño.
El resto del grupo avanza un poco por detrás, así que
estamos solas.
—Sí que lo es.
—¿Va a ser fácil compaginar el negocio con él? Un niño
absorbe tanto tiempo…
—Lo será —afirma, convencida—. Además, tengo ayuda.
Cole, mi madre, Taylor… Sé que puedo contar con todos.
Qué distinto es esto a mi vida en la ciudad. Allí tengo
amigos, novio y a Jenna. Sin embargo, esto me parece más
familiar. Están muy unidos, son más bien una comunidad
que un pueblo pequeño.
—También puedes contar conmigo. Siento haber estado
distraída estas semanas, me he puesto a tope con el
borrador.
—No te preocupes, lo entiendo. Esto avanza bien y el
libro te necesita más que yo. Aquí tengo otras manos, pero
ese libro no va a escribirse solo.
—Aun así, sacaré un rato para ayudarte con el jardín. Te
lo prometí.
—Todo tuyo —me dice divertida—. Tienes que saber que
es la parte que más trabajo va a dar. —Camille entrelaza su
brazo con el mío y me mira con una gran sonrisa dibujada
en los labios—. Estoy enfadada contigo desde que mi
hermano me dijo que tu árbol era mejor que el mío —
bromea—. La Navidad es mi negocio, no puedes venir a
pisármelo. Así que no me importa vengarme dejando que
prepares tú las plantas. Además, odio la jardinería.
Hasta que no veo Villa Ruina, no comprendo del todo la
verdad de sus palabras.
El interior está muy avanzado, pero el exterior…
Voy a tener que ponerme pronto si quiero llegar a
cumplir mi promesa.
Capítulo 35
HAILEY
Tengo que agradecer por el cambio de plan para Acción de
Gracias. Quiero mucho a mi hermano, pero sé que nunca
me hubiese llevado a una fiesta divertida si hubiésemos
estado los dos solos. Su personalidad sobreprotectora se lo
hubiera impedido.
Han venido Cole y Camille y, ahora que tengo una amiga
conmigo, Luke está más relajado. Lo que le pone nervioso
es pensar que puedo quedarme sola e insegura.
Hemos cenado en su casa. No es lo mismo que si hubiese
cocinado Maggie, pero sus hijos han heredado parte de su
talento culinario. No tenemos un pavo relleno en la mesa,
ni salsa de arándanos o ensalada de coles. Tampoco puedo
decir que lo extrañe, pues son platos que nunca han estado
en mi vida. En una mesa para cuatro, Camille y Cole han
preparado un jamón ahumado que tiene una pinta
maravillosa, con patatas gratinadas como guarnición. Yo he
hecho una ensalada con frutas tropicales y Luke ha
comprado varias botellas de vino y una tarta de limón.
Cuando éramos pequeños, Acción de Gracias era solo un
día más. Igual de triste y solitario. Luke lo intentaba, pero
sus talentos están enfocados al fútbol profesional, no al
ámbito culinario.
Con Jenna nos limitábamos a pedir comida a algún sitio
casero.
Lo cierto es que la velada es agradable y, conforme el
contenido de las bebidas baja, se vuelve mucho más amena.
Después de la cena, Camille y yo nos vamos al dormitorio
que utilizo cuando vengo a casa de Luke. Este es mío, pues
sus invitados suelen quedarse en el otro. Incluso aunque
haya más gente, mi hermano mantiene que este es mi
espacio y prefiere mandarlos a dormir al sofá.
Nosotras terminamos de prepararnos mientras ellos
recogen la cocina. Quizá no sea un trato justo, pero dado
que nos lleva más tiempo, es lo más práctico.
—Teníamos que habernos maquillado por la tarde —
protesta Camille—. Ahora voy achispada, no voy a atinar
con el eyeliner.
—No nos hemos maquillado esta tarde porque queríais
hacer turismo por Filadelfia —le recuerdo.
—Maldito turismo por Filadelfia.
—Deja, yo te maquillo. Te haré algo sencillo, tú solo
tienes que estarte quieta.
—Me ha tocado la parte difícil. —Se ríe.
Vamos a ir a una fiesta con amigos de Luke, lo que
supone que será un sitio glamuroso. Desde que juega en el
equipo, se mueve en entornos de gente con mucho dinero.
Sigue manteniendo amigos de otra época, pero no viven en
esta ciudad.
Nos maquillo a las dos con unos ojos ahumados. A
Camille se los potencio más en color negro, mientras que
los míos los dejo en tonos verdes y más sutiles. Utilizo un
rojo intenso para sus labios y estoy a punto de ponerme un
color frambuesa, pero me detiene antes.
—Si yo llevo los labios rojos, tú también.
—No sé si me convence. Son como más llamativos, ¿no?
—¿Y eso es malo? Estamos en la otra punta del país, si no
te atreves aquí, ¿dónde vas a hacerlo? ¿En Harper Springs?
Además, ¿no te los pintaste así en Halloween?
—Eso era un disfraz.
Creo que es por eso por lo que no estoy convencida de
utilizar este labial. Por mucho que intente no pensar en
ello, esa noche sigue muy presente en mi cabeza. Recuerdo
perfectamente cómo me miró Cole los labios rojos antes de
que nos besáramos.
Eso fue hace tiempo.
Somos amigos y nada más.
—Bueno, pues hoy serás tú misma —replica Camille. Me
quita el pintalabios de la mano y me maquilla ella—. Ahora
sí estás perfecta.
Me miro en el espejo. No me siento extraña, al contrario.
Me gusta cómo queda.
Camille se deja el pelo suelto, pero yo me lo recojo en
una coleta alta. Me conozco lo suficiente como para saber
que termino por agobiarme si no lo hago. Hemos
completado el look con un par de vestidos. El suyo es rojo,
motivo por el cual le he pintado los labios de ese color en
primer lugar. El mío es dorado, con pedrería en la zona del
escote. Me lo ha dejado Taylor y, a pesar de que ella es más
alta que yo, me queda por encima de la rodilla. Mis tacones
son anchos y cómodos, mientras que Camille se coloca unos
zapatos negros de tacón de aguja.
—No sé cómo puedes caminar con eso —le digo.
—Práctica. Aunque no me creas, no voy incómoda.
—Estás buenísima ahora mismo. —No es el alcohol: Cami
es muy guapa y, esta noche, así maquillada y vestida es
todo un pibonazo.
—Estamos —me corrige con una sonrisa. Tira de mí para
ponerme junto a ella, frente al espejo de cuerpo entero, y
contemplo el reflejo de las dos—. ¿Habrá chicos guapos en
la fiesta?
Mi mente me traiciona cuando decide pensar en Cole al
escuchar la palabra «guapo». Me ruborizo, pero el
maquillaje esconde un poco el efecto. Dudo de que me esté
preguntando precisamente por su hermano.
—Seguro que sí.
—Eso espero, porque quiero echar un polvo —suelta sin
rodeos, arrancándome una carcajada—. He dejado a Caden,
me he puesto un vestido, estoy en otro estado. Es Acción de
Gracias. Si voy a agradecer algo, Dios, deja que esta noche
me tire a alguien. ¿Te importa? —cuestiona de pronto—. Es
decir, vamos a salir juntas. Si se da la oportunidad, no
debería dejarte sola.
—Camille, te mereces ese polvo —le aseguro—. Además,
no me quedaré sola. Están nuestros hermanos.
—Sí, claro, eso suena a planazo —replica—. Buscaremos
otro para ti. Hoy es noche de sexo.
No quiero pensar en sus palabras porque sé que me van
a llevar de vuelta a la misma persona, así que me limito a
reírme y salimos de la habitación.
Los chicos están en el salón, esperándonos. Se ponen en
pie nada más vernos. Ni siquiera sé lo que hace mi
hermano, porque no puedo apartar la mirada de su mejor
amigo. Cole me dedica un repaso de arriba abajo tan
evidente que me ruborizo. Tiene el semblante serio, un
poco tenso. Se ha cambiado también, optando por un
atuendo más elegante: un pantalón negro y una camisa azul
que le sienta muy bien. Se le ajusta a los músculos del
pecho y el abdomen y, joder, no estoy preparada para esto.
—Estáis preciosas —dice Luke.
Me fijo por fin en él. Viste un traje oscuro que le
favorece, aunque mi hermano está guapo con cualquier
cosa. Todo el mundo dice que nos parecemos. Los dos
somos rubios, pero él tiene los ojos azules y la piel más
morena. Siempre lleva una barba de pocos días, más
poblada que la de Cole.
—Vosotros tampoco estáis nada mal —responde Camille
con una sonrisa enorme.
Al menos, una de las dos ha conseguido reaccionar.
—He pedido un Uber —anuncia Luke—. Cuando queráis
bajamos; no creo que tarde mucho en llegar.
Mi hermano nos tiende los abrigos a ambas y salimos de
su casa. Cole sigue tenso, sin decir nada. Entramos los
cuatro en el ascensor. Es bastante amplio. Luke vive en un
edificio nuevo y lujoso, con todas las comodidades que eso
implica.
Mi hermano habla con Cami de forma animada. Cole y yo
quedamos atrás, más cerca del espejo del fondo. Nuestros
hombros están cerca y puedo notar la tensión todavía en
sus músculos. Evita mis ojos, a pesar de que yo le dedico
varias miradas fugaces. No sé qué le estará pasando por la
mente, pero se comporta de forma extraña. ¿Ha pasado
algo mientras nos preparábamos que le ha afectado?
Quiero preguntárselo. Lo haré en algún momento en el que
nos quedemos a solas, no delante de nuestros hermanos.
La puerta del ascensor se abre y Luke y Camille salen.
—¿Estás bien? —susurro, para que solo él me escuche.
No responde. Lo escucho suspirar con fuerza y me doy
cuenta de que ha estado conteniendo la respiración.
Camina más despacio y yo me adapto a sus pasos, así que
pronto nos quedamos atrás. Los demás ya están casi en el
coche y nosotros todavía no hemos salido del edificio.
Cole se detiene de golpe, me sujeta por la muñeca y tira
de mí para que pare. Me apoya contra la pared del rellano
y se acerca a mí. No hay capa de aire entre nosotros. Me
mira con intensidad, con sus ojos oscuros llenos de algo
que se parece bastante al deseo. Los desvía hacia mis
labios y después acerca la boca a mi oreja.
—Joder, Hailey —murmura. Su aliento en mi oído me
provoca un escalofrío por todo el cuerpo—. Me lo estás
poniendo muy difícil.
—¿El qué? —consigo preguntar, mi voz un susurro
tembloroso.
Se separa un poco, solo para volver a mirarme a los ojos.
—No querer follarte como el otro día.
Trago saliva.
El escalofrío de antes se convierte en una corriente
eléctrica que termina directamente en mi entrepierna.
Quiero que lo haga. Que me toque, que me bese, que me
acaricie. Lo que sea, cualquier cosa me vale.
Al cuerno, si él no lo hace, lo haré yo. Me acerco para
atrapar sus labios con los míos.
—¡Chicos! ¿Venís o qué? —grita Luke.
Lo escuchamos acercarse. Cole se separa con rapidez y
se da un golpe con la puerta. Yo me giro, para que no vea
mi cara sonrojada en este momento. Detrás tengo un
espejo, así que sirve de poco.
—Sí, sí —responde Cole—. Tu hermana estaba
comprobando su maquillaje —improvisa. Yo hago como si
estuviese mirando el pintalabios. Me coloco un mechón que
se ha escapado detrás de la oreja e intento respirar con
tranquilidad, bajar las pulsaciones de un corazón
desbocado.
—Estás genial —me dice mi hermano, que se ha tragado
la excusa—. Vamos, nos están esperando.
Salgo del rellano a toda prisa para meterme en el coche.
Camille está mirando el móvil, así que no nota nada raro.
Cole ocupa el asiento de mi lado y Luke el delantero.
Ninguno de los dos hablamos durante los veinte minutos
que dura el trayecto, tampoco nos miramos ni nos tocamos.
Yo me refugio en el teléfono, fingiendo que estoy
comprobando los mensajes y las redes sociales mientras
que Cole contempla el paisaje nocturno de la ciudad a
través de la ventanilla.
Se nos da bien actuar como que no ha pasado nada, que
mi hermano no ha estado a punto de pillarnos
enrollándonos en el portal de su edificio.
Pero este trayecto son solo veinte minutos y nos queda
toda una noche por delante en la que no sé cómo voy a
ignorar las ganas que le tengo.
«No puedes, Hailey. Luke está aquí».
Tengo que inventarme algo para distraerme o voy a
volverme loca.
Más bien, Cole va a volverme loca.
Capítulo 36
COLE
El viaje en coche hasta el local me resulta eterno. El aroma
del perfume de Hailey me aturde, aunque quizá tenga más
que ver con lo que he estado a punto de hacer antes.
¿Cómo se me ha podido ir tanto la cabeza? Si Luke nos
hubiese pillado… Podía haber echado a perder nuestra
amistad, en el mejor de los casos. En el peor, ahora mismo
estaría muerto.
El problema es que Hailey está jodidamente preciosa esta
noche. No es el vestido, ni los tacones. Son esos puñeteros
labios rojos que no dejo de imaginar sobre mi boca, mi
cuello o cualquier otra parte de mi cuerpo.
Va a ser una noche larga.
Por fin llegamos a nuestro destino. No se trata de ningún
pub, sino que entramos en el chalet de algún amigo de
Luke. Tenía que haberlo imaginado. Luke Bedford es la
estrella de los Philadelphia Eagles. Es famoso en todo el
país, así que salir en su ciudad debe ser misión imposible.
A mí también me pasaba cuando vivía aquí o un año
después al trasladarme a Búfalo. Salir a la calle era
exponerse a que te pidieran fotos y autógrafos. Nunca lo
llevé mal mientras jugaba al fútbol, lo malo vino más tarde.
Tras la lesión, se convirtió en acoso y derribo por parte
de la prensa. Yo no estaba de humor para tratar con nadie,
mucho menos con una horda de periodistas dispuestos a
todo por conseguir la exclusiva sobre Cole Jenkins y su
regreso o retirada del deporte. A ninguno le importaba mi
estado, solo el titular.
Alejo esos pensamientos de mi cabeza. Ahora que me he
reconciliado conmigo mismo y he aprendido a ser feliz de
nuevo después de un cambio de vida, no quiero regresar a
esa época oscura.
Me fijo en la casa en la que estamos. Se trata de un
chalet enorme, con la fachada de color blanco y grandes
cristaleras. Hay césped natural en la parte delantera y el
olor a hierba recién cortada me inunda las fosas nasales.
No nos quedamos mucho tiempo fuera, sino que
recorremos un sendero de piedras grisáceas y Luke llama a
la puerta.
Nos recibe una chica rubia despampanante. Saluda a mi
amigo con un beso en la mejilla y una sonrisa coqueta. No
necesito que me lo cuente; sé que se han acostado en el
pasado. Ahora no creo que tengan nada. Luke vive
demasiado centrado en el deporte como para tener otras
distracciones.
—Os presento a Rachel —dice Luke, una vez estamos en
el rellano, a salvo del frío exterior—. Rachel, esta es mi
hermana, Hailey; mi mejor amigo, Cole, y su hermana
pequeña, Camille.
—Sentíos como en vuestra casa —responde ella y hace un
gesto para que pasemos al salón.
Se trata de una vivienda diáfana. El salón, en concreto,
tendrá más de ochenta metros cuadrados. Hay gente
dentro, aunque no se ve abarrotado. Bailan al ritmo de la
canción que está sonando por los altavoces y beben en
copas de cristal. Parece una fiesta relativamente tranquila.
Al menos, dudo que vaya a haber mucho desfase.
—Vamos a por una bebida —le dice Cami a Hailey y se la
lleva del brazo.
Las chicas se pierden en busca de algo de alcohol y yo
me quedo con Luke, contemplando el lugar.
—¿Tú no vas a tomar nada? —le pregunto a mi amigo, al
ver que no se mueve para ir a por una también.
—Sí, pero no quiero que piensen que las sigo. Hailey ya
se queja mucho de que la sobreprotejo, estoy intentando
dejarle su espacio.
—Vamos a pillar algo de beber y después dejamos que se
alejen.
Luke suelta una carcajada, pero asiente y se encamina
hacia la cocina. Yo lo sigo, mientras me fijo en la casa para
quedarme con la distribución. Luke me hace un tour y me
va señalando las puertas que nos cruzamos, explicándome
cuáles son los baños, los dormitorios, la sauna, la piscina
climatizada. Esta casa es una auténtica pasada. Para
cuando llegamos a la cocina, las chicas ya no están. Quizá
sea una postura cobarde, pero lo prefiero. Necesito evitar a
Hailey tanto como sea posible.
Nos servimos un par de copas. Ginebra para mí y ron
para él, porque hay cosas que nunca cambian.
—Estás haciendo una temporada brutal —le digo. Luke
pocas veces saca el tema del fútbol conmigo, pero quiero
que sepa que podemos hablar de ello.
—La verdad es que este año está siendo fantástico —
afirma con una sonrisa—. Estoy teniendo mucha suerte, no
sé, como que todo me sale bien. El equipo es genial, eso
ayuda.
—No es suerte, es que eres bueno —contradigo.
Luke es un jugador increíble, aunque le cuesta creérselo
del todo. Supongo que es algo que tiene en común con su
hermana: ni siquiera triunfando en las carreras que han
elegido confían en sí mismos. Quizá la fama no lo sea todo.
El éxito no siempre es sinónimo de talento. Hay gente que
lo consigue sin esfuerzo, ya sea por dinero, suerte o
contactos. Hay gente brillante que no lo consigue nunca
porque el mundo es muy grande y las oportunidades muy
escasas. Y luego hay gente como ellos, que son
maravillosos y únicos en sus profesiones, pero se sabotean
a sí mismos y no terminan de verlo.
—¿Qué tal van las cosas por el pueblo? —me pregunta,
desviando el tema de conversación—. Tengo ganas de ver a
tu madre.
—Ya, lo que pasa es que echas de menos su comida —
bromeo—. Cuentan con tu visita para Navidad.
—Allí estaré, sí.
—En Harper Springs las cosas no cambian mucho, ya lo
sabes.
—¿Te vas a quedar allí de forma permanente?
—No tengo otro plan por ahora.
—Tu único plan de vida no puede ser ayudar a tu
hermana en su proyecto, Cole. Dentro de poco ese proyecto
pasará a ser un negocio de verdad, pero su negocio, no el
tuyo.
—No pretendo quitárselo.
—Ya lo sé. Lo que digo es que necesitas tu propio
proyecto. ¿No te ofreció Aaron entrar en el equipo como su
ayudante?
—Sí, pero no quiero hablar de esto ahora, ¿vale? Estamos
en una fiesta, no necesito una encerrona.
—¿Y qué necesitas?
—Divertirme con mi mejor amigo, al que hace tiempo que
no veo. Además, todavía me debes una por haberme dejado
tirado en la fiesta de los Bills.
—Lo siento, tío. No pude escaparme, de verdad. Sabes
que…
—Estaba de coña, Luke —lo interrumpo—. Ya sé que
habrías venido. Voy un momento al baño, ahora te busco.
Él se queda hablando con un par de amigos que se
encuentra y yo vuelvo sobre mis pasos para buscar una de
las puertas que me dijo antes que conducía al aseo.
De camino, veo a las chicas en el salón, bailando entre
ellas. Se lo están pasando bien. Se mueven despacio al
ritmo de la música, meciendo sus cuerpos la una contra la
otra. No hay nada obsceno, pero acaparan decenas de
miradas de hombres a su alrededor. Y aunque lo hubiese,
deberían poder actuar como quisieran sin que hubiera
tantos pares de ojos al acecho.
Dos chicos jóvenes se acercan y empiezan a hablar con
ellas. No parecen incómodas, al contrario, ríen por alguna
broma. Me fijo en Hailey, en cómo sonríe con esos labios
rojos a un hombre que se ha prendado de ella. Y puedo
entenderlo, claro que puedo, porque está preciosa esta
noche. Bueno, esta noche y siempre. Pero una cosa es
entenderlo y otra que me guste contemplarlo.
Me tenso enseguida y desvío la mirada. Hailey puede
hacer lo que quiera y yo no tengo derecho a molestarme
por lo que haga.
De pronto, sus ojos se topan con los míos. Nos quedamos
así unos segundos, atrapados el uno en el otro. Tiene una
mirada intensa y caigo de lleno en ella. Y esos labios, esos
labios rojos que…
No.
Me giro de golpe y me apresuro a entrar en el aseo. Vacío
la vejiga y me tomo mi tiempo para lavarme las manos,
para echarme agua en la cara.
—Contrólate, Cole —me digo frente al espejo.
Nada más salir, me encuentro con Hailey. Esbozo una
sonrisa que trata de aparentar normalidad, como la que uso
cada día con ella.
—¿Qué tal lo estás pasando? —pregunto de forma casual.
—Bien, por ahora —responde más seria—. ¿Vamos a
hablar de lo que ha pasado antes…?
—¿Antes…, cuándo? —Finjo no saber a qué se refiere,
como si pudiera olvidar todo lo que he querido hacerle
apenas un par de horas atrás.
Hailey frunce el ceño.
—¿En serio? Sabes perfectamente al momento que me
refiero.
—No ha pasado nada —digo, y eso sí es cierto—. Además,
te he visto entretenida ahora, ¿no? —Ni siquiera sé por qué
suelto eso, pero lo hago de todos modos—. Es un chico
guapo.
—¿Estás celoso? —pregunta ella. Se acerca un poco a mí
y, al hacerlo, mi concentración me traiciona cuando desvío
la mirada para fijarme en sus labios. Un segundo, solo uno,
pero se da cuenta—. Porque no tienes motivos. Dilo y…
—Puedes acostarte con él si quieres, microbio —
respondo, antes de que termine esa frase. No necesito
saber cómo acaba, porque puedo perder el escaso control
que me queda si se acerca un poco más o si insinúa algo
sobre nosotros—. Sigo queriendo que disfrutes de tu vida
sexual.
Hailey se separa y me mira más seria. Por fin puedo
respirar con normalidad. Creo que he estado conteniendo
el aire.
—Está bien, todo claro, entonces —me dice—. Me vuelvo
a la pista.
Por un momento, dudo. Todavía estoy a tiempo de
pararla, encerrarla en el baño y besarla hasta que ese
pintalabios rojo sea tan mío como de ella. De explicarle que
sí que significa algo, aunque ni yo mismo tenga claro el
qué. Pero no lo hago, dejo que se marche y vuelva a la pista
con Cami.
Yo también regreso, solo que mantengo las distancias y la
observo desde lejos. El chico de antes está esperándola y
sonríe nada más verla. Se aproxima más a ella y le coloca la
mano en la cintura. Hailey da un paso hacia atrás para
evitar el contacto y se pone seria al instante. El chico
insiste una vez más y ella se aparta de nuevo. No hay una
tercera vez; parece captar y respetar la indirecta.
Puedo mentir y esconder las ganas que tengo de ella,
pero no puedo engañarme a mí mismo. Porque lo que
siento cuando Hailey se aparta no es otra cosa que alivio.
Es un pensamiento egoísta, ya que no puedo acostarme con
ella, pero tampoco quiero que lo haga otro.
Escucho un gruñido a mi lado y veo a Luke, que se ha
acercado a mí. El enfado cruza sus ojos y se dirige hacia su
hermana con paso vertiginoso.
—¡Luke, para! —Trato de detenerlo, pero es más rápido
que yo—. ¡No te entrometas, puede hacer lo que qu…!
No me escucha. Llega hasta Hailey y se encara con el
joven.
—¿Se puede saber qué haces? —lo increpa—. ¿Nadie te
ha enseñado que no puedes tocar a una mujer únicamente
porque te apetezca?
El chico se sorprende y retrocede un poco, supongo que
asustado. Hailey se pone delante de su hermano.
—¿Se puede saber qué haces tú? —espeta ella a Luke—.
Solo estamos hablando, joder.
—Y una mierda. He visto cómo te tocaba y tú te echabas
atrás y…
—¿Y? ¡No ha pasado nada! ¡No ha insistido más! Además,
aunque lo hubiese hecho, ¡yo también puedo defenderme
sola!
Camille me mira con asombro y se coloca a mi lado. Los
Bedford discuten cada vez más fuerte, aunque el sonido de
la música amortigua un poco sus gritos. Ambos parecen
fuera de sí.
—¿Ha pasado algo? —le pregunto a Cami, mucho más
tranquilo que mi amigo.
—Estábamos hablando… —repite ella, que no termina de
creerse la reacción de Luke. Ella no lo conoce como yo.
—¡Intentaba protegerte! —grita mi amigo a una réplica
que no hemos llegado a escuchar.
—Ya, pero es que no necesito que me protejas —suelta
Hailey con los ojos llenos de lágrimas. No sé en qué
momento se ha puesto así, pero parece tan enfadada como
triste—. Estoy harta de esto, harta de que te metas en mi
vida siempre con la excusa de que me estás cuidando. No
me estás cuidando, me estás reprimiendo.
—No piensas eso —responde Luke. Ya no grita. Tampoco
está molesto. Al igual que Hailey, parece dolido—. No
quiero que te pase nada, por eso te protejo. No…
—¡Déjame vivir mi vida! —vuelve a gritar—. ¡Yo no soy
Lucy!
Se aleja corriendo y Cami se va detrás de ella y, por
mucho que una parte de mí quiera seguirla para ver cómo
está, me quedo con Luke. Tiene la cara traspuesta después
de lo que le acaba de chillar su hermana. No puedo ver la
mía, pero debe de lucir parecida.
Los Bedford no hablan nunca de Lucy y que Hailey la
haya mencionado ahora para recriminárselo le ha afectado.
Le coloco la mano en la espalda y se la acaricio con
cariño.
—Vamos fuera, Luke —le digo.
Él asiente y deja que lo conduzca hacia el exterior de la
casa. El aire frío nos azota de golpe, pero sirve para
despejarnos. El ambiente dentro estaba demasiado
caldeado ya.
—¿Estás bien? —pregunto, aunque sé de sobra la
respuesta—. Hailey no quería decir…
—Hailey quería decir justo lo que ha dicho —me corta. Se
pasa las manos por la cara, pensativo—. Y tiene razón,
¿sabes? Tiene toda la puta razón.
—¿A qué te refieres?
Pasea por el jardín delantero. Está inquieto y necesita
moverse. Le dejo su espacio.
—Quiero protegerla —responde al final—. Es mi hermana
pequeña, claro que intento cuidarla y que esté bien
siempre, que no sufra ni le pase nada malo. Solo que… en
algún momento se me ha ido de las manos, ¿no? Una cosa
es cuidarla y otra no dejarla vivir. ¿De verdad cree que no
la dejo vivir? Llevas un tiempo con ella. ¿Ese es el concepto
que tiene de mí?
—Hailey te quiere más que a nadie en el mundo, Luke —
afirmo con sinceridad—. Esto mismo deberías hablarlo con
ella. Así sabrás mejor cómo se siente.
—La conozco y no va a querer hablar conmigo ahora.
Está muy enfadada.
—Pues no lo hagas ahora. Mañana nos vamos, limítate a
disculparte y ya. Pero dile que tenéis esta conversación
pendiente, que esperas tenerla pronto. Le gustará saber
que, al menos, te estás replanteando las cosas.
Luke viene hasta mí y me da un abrazo, uno largo y
sentido. Me aprieta contra él con intensidad y le devuelvo
el gesto. Apoya la cabeza en mi hombro y noto cómo se me
humedece la camisa. Luke está llorando y no parece que
ahora tenga que ver con Hailey. Seguramente esté
pensando en Lucy. Lo abrazo con más fuerza y dejo que se
alivie el tiempo que necesite, no importa cuánto sea.
—Gracias, hermano —me dice un rato después cuando se
separa. Ya no llora, aunque tiene la cara y los ojos
enrojecidos.
—Estoy aquí, Luke. Siempre.
—Sigue cuidándola, ¿vale? Mientras yo aprendo a cómo
hacerlo de otra forma, mientras aprendo a hacerlo bien.
Asiento y vuelve a abrazarme.
Luke se relaja del todo, pero yo… Yo solo noto el peso de
la culpa.
Capítulo 37
HAILEY
El resto de la visita en Filadelfia fue tan incómodo que me
alegré de regresar a Harper Springs. Luke intentó hablar
conmigo antes de partir, pero seguía enfadada, así que lo
dejó en una disculpa y la promesa de una conversación
pendiente.
Sé que le dolió que nombrase a Lucy. Lo hice porque así
es exactamente como me siento, aunque nunca hable de
ello. Tampoco quiero hacerlo ahora.
Para ser justas, no todo mi cabreo iba contra Luke.
También me molesté con Cole. Después de lo que pasó en
Halloween decidimos continuar como amigos y estaba bien
así. Fue él quien se acercó la noche de Acción de Gracias,
quien me arrinconó y me dijo que tenía ganas. Y, sí,
entiendo que Luke nos interrumpió y lo incómodo que
hubiese sido que nos pillara, pero volvemos a lo mismo. No
voy a dejar que Luke controle mi vida y, si Cole sí está
dispuesto a permitirlo, entonces que le den.
Cami es el único apoyo que me ha quedado después del
nefasto viaje, y ni siquiera tenía ganas de hablar con ella
cuando llegamos al pueblo. Me refugié en mi habitación y
no he salido hasta esta mañana, después de asegurarme de
que Cole ya se había ido.
Me ha dejado una nota en la isla de la cocina, junto a un
chocolate templado. Supongo que pensó que me
despertaría antes, pero no tenía ganas de abandonar la
cama. La nota, un post-it con forma de Santa Claus, me
hace sonreír. Solo pone un escueto «lo siento, microbio».
Me gusta el formato navideño en el que lo ha plasmado,
como un recordatorio de que tengo vía libre para
encargarme de la decoración en cuanto pasara Acción de
Gracias.
Quiero empezar hoy, pero antes va mi rutina. Paso por el
aseo, vuelvo a calentar el chocolate para tomarlo como
desayuno y enciendo el ordenador. Apenas llevo una hora
escribiendo cuando mi teléfono me distrae.
Por un momento pienso que se trata de Luke, que me
llama de nuevo para disculparse. No ha dejado de
mandarme mensajes desde ayer y he respondido, pero
necesito tiempo para poder tener esa conversación que
espera. Además, prefiero hacerlo en persona.
No se trata de Luke, aunque ojalá hubiese sido él.
Es Nick.
Me sorprende tanto su llamada que tardo casi un minuto
en reaccionar. Llevamos mucho sin hablar, ya ni siquiera
por mensajes. Sin embargo, todavía es mi pareja. O eso
considero, al menos. Sigo sin saber en qué punto estamos.
—Hola, Nick —respondo al final. Un tono neutro; no me
sale otro.
—Hola, cielo —saluda él.
Hay distancia entre nosotros, claro. Me pregunto por qué
me llama ahora. ¿Se siente culpable de nuevo porque se ha
acostado con otra persona? No, no creo que sea eso. Jenna
ya me contó que después de Miranda ha habido otras
tantas más y no ha tenido remordimientos. No puedo
culparlo; a mí también me ha pasado.
Pero me duele. No el hecho de que ambos hayamos
estado con otras personas, sino el darme cuenta de que
estoy convencida de que solo me llama porque se siente
culpable, no para hablar conmigo o saber de mí.
—Feliz Acción de Gracias —me dice—, aunque sea con
atraso. Te hubiese llamado antes, pero tenía la esperanza
de que lo hicieras tú.
—Podías haberme llamado tú.
—Ya, sí, lo sé. Solo esperaba… No sé, pensé que, al ser
un día especial, te acordarías de mí, pero veo que no fue el
caso.
—Acción de Gracias nunca ha sido un día especial para
mí —le recrimino—. ¿Para esto me has llamado, para
echármelo en cara?
—No sé qué te está pasando, cielo. Antes no eras así.
—¿Y cómo soy ahora?
—¿Te has acostado con alguien…? —lanza la pregunta,
evitando la mía. Noto su tono molesto a través del teléfono,
pero me da igual. Más enfadada estoy yo.
—Sí.
Silencio.
—¿Con cuántos? —indaga.
—¿Qué más te da? ¿Tú me has dicho con cuántas te has
acostado tú?
—O sea, que con más de uno —afirma. No corrijo su
equivocación—. Se suponía que esto no iba a funcionar así
—casi ruge. Me quedo tan impactada por su tono que no
digo nada. Nick nunca me ha hablado así.
—Fuiste tú quien abrió la relación, ¿cómo esperabas que
funcionara? —me atrevo a responder.
—Pensaba que te conocía, que me respetarías. Abrí la
relación, sí, para no tener que engañarte si me apetecía
tirarme a alguien el tiempo que tú no ibas a estar aquí.
Fuiste tú la que decidió largarse, para empezar.
—Son cuatro meses, Nick. Cuatro putos meses. Llevamos
juntos tres años, ¿tanto te cuesta esperar?
—Te estoy esperando, Hailey. Ese es mi puto problema,
que te estoy esperando. Y mientras tú te tiras a medio
pueblo.
—Te acostaste con Miranda la primera semana —le
recuerdo. No me puedo creer nada de lo que me está
diciendo.
—Ya te conté que eso fue porque te echaba de menos.
—Ya, claro. ¿Y las siguientes? ¿También fue por eso?
—¿Por eso te has acostado con otros, para castigarme?
—¿Se puede saber por qué abriste la relación si no
querías que yo estuviese con otros?
—Porque pensaba que te conocía, joder. Pensé que tú no
harías nada. Eres mucho más cerrada con el tema del sexo.
—Ah, así que tu idea era acostarte con quien quisieras
mientras yo no hacía nada. —Suelto una carcajada, más
fruto de la rabia que siento que de diversión.
—Mira, esta no es la conversación que había imaginado.
No quiero hablar contigo mientras estés así tan a la
defensiva.
—Eres tú el que ha llamado para atacarme, Nick. ¿Me
has preguntado en todo este tiempo cómo estoy yo? ¿Cómo
llevo el libro? ¿Cómo me va la vida aquí?
—¿Eso es lo que te molesta? Está bien, dime. ¿Qué tal te
va la vida en Harper Collins?
—¡Harper Springs! —grito. Llevo aquí más de dos
puñeteros meses y sigue sin aprenderse el nombre.
Nick no dice nada, solo lo escucho respirar al otro lado
de la línea.
—Dime una cosa, ¿alguno de ellos ha significado algo
para ti? ¿Ha sido sexo o ha habido algo más?
Por un momento, me pierdo en la noche de Acción de
Gracias. No en la de Halloween, donde sí hubo sexo, sino
en esa otra y en lo que podía haber pasado.
—Ya, supongo que tu silencio responde por sí solo —me
dice, y ya no parece enfadado, sino triste—. Tengo que
colgar, cielo, ya hablamos otro día. Te quiero.
Espera unos segundos más, pero sigo sin decir nada.
—¿Ni siquiera eres capaz de decirme que tú también? —
pregunta y vuelve a sonar enfadado—. Mira, no sé qué está
pasando contigo, pero no sé si me gusta la Hailey en la que
te estás convirtiendo. Tengo la sensación de que te estás
volviendo un poco…
—¿Un poco qué?
—Un poco puta —termina y cuelga el teléfono.
No sé qué acaba de ocurrir. Me siento triste y
decepcionada. Entonces me doy cuenta de que eso es justo
lo que pretende: me está castigando y haciendo sentir
culpable por hacer lo mismo que ha hecho él. Él lo sugirió,
para empezar, ¿cómo puede tener la cara de cabrearse
conmigo? Incluso después de admitir que el muy cabrón
abrió la relación con la esperanza de que yo no hiciese
nada.
La tristeza se transforma en rabia cuando entiendo la
gravedad de lo que ha pasado. No solo su chantaje y
manipulación. Me ha llamado puta. Nunca me ha insultado
hasta ahora. Antes no estaba segura de en qué punto
estaba mi relación con Nick, pero cada vez me voy
aclarando más, porque no voy a darle la oportunidad de
volver a faltarme el respeto. De todos modos, no es algo
que tenga que ver con esta conversación, es algo que lleva
pasando desde que cogí ese avión en Oklahoma. Quizá
incluso antes, aunque no hubiese notado nada todavía.
Me limpio las lágrimas que se han escapado, vuelvo al
escritorio y apago el ordenador. Se me han quitado todas
las ganas de escribir.
Necesito distraerme con alguna otra cosa y solo hay una
persona con la que quiera estar ahora mismo. Además,
tengo que cumplir la promesa que le hice.
No deseo más hombres en mi vida, únicamente traen
complicaciones. Lo único que echo en falta es una amiga.
Jenna está lejos, pero escribirle un mensaje hace que me
sienta un poco menos sola.
Este año, Acción de Desgracias ha sido más desgraciado que
nunca. Te cuento pronto, prometido. Te quiero.
No quiero que me llame. Ella me conoce mejor que nadie,
pero también tiene una sinceridad para la que no me
encuentro preparada todavía.
Jenna quizá no esté, pero tengo otra opción. Camille se
ha convertido en un gran apoyo y su jardín sigue
necesitando que lo acondicione para la inauguración.
Capítulo 38
HAILEY
Dejo la bici aparcada en el jardín delantero y me siento un
rato para tomar aliento. Tengo las manos y las mejillas
congeladas, pero el vehículo de dos ruedas sigue siendo mi
único medio de transporte en un lugar donde Uber suena al
universo de Matrix.
He avisado a Camille de que venía porque la escritura no
estaba fluyendo y necesitaba despejarme.
Ella estuvo presente en la fiesta en la que me peleé con
Luke y debe de intuir que algo me pasa, pero espero que no
me presione. Quiero hablar con ella y contarle cómo me
siento cuando yo esté lista.
Imagino que Cole estará aquí, ayudando con los últimos
preparativos. Mi plan es saludarlo de forma cordial y
después ignorarlo, justo como él hizo conmigo la otra
noche.
Lo que no espero es encontrármelo fuera, sentado en una
vieja mecedora de madera mientras mira su móvil con el
ceño fruncido. Mi primer impulso es preguntar si sucede
algo, pero lo contengo. Me encamino hacia el interior de la
casa, intentando ser silenciosa. Spoiler: no lo consigo. Cole
levanta la mirada de su teléfono.
—Hailey —Se sorprende—. ¿Está todo bien?
—¿Por qué debería ir algo mal? —respondo a la
defensiva. No es por él; hoy no estoy de humor, eso es todo.
Se me ha acumulado todo de golpe y ni siquiera sé cómo
me siento. ¿Enfadada? ¿Dolida? ¿Decepcionada? ¿Triste?
Luke, Cole, Nick… Todo son problemas.
—No sé, ¿porque estás aquí en lugar de en casa,
escribiendo?
—He terminado mi objetivo del día —miento. No he
llegado ni a la mitad—. Vengo a ayudar a tu hermana. Le
prometí que me encargaría del jardín.
—¿Tienes un momento antes? Me gustaría hablar contigo
de lo del otro día y disculparme por…
—Vas a tener que ponerte a la cola —lo interrumpo.
Parece ser que tengo conversaciones pendientes con todo
el mundo, pero es que no me apetece lidiar con nada ahora
—. Voy a ver a Cami.
Paso sin decir nada más y lo dejo con la palabra en la
boca. Estoy siendo injusta, lo sé. La mayor parte de mi
enfado se debe a Luke y a Nick, no a él, pero no puedo
evitarlo.
Encuentro a Camille en la cocina con una tablet en las
manos. Me fijo en la pantalla. Tiene abierta la página de
Pinterest y, por lo que puedo ver, contempla distintas
decoraciones para ver cuál le encaja mejor.
—Pensaba que ya tenías comprados los muebles de la
cocina —digo mientras me acerco a ella—. Cole me dijo que
llegaban esta semana.
—Llegan esta semana, sí. Solo estoy mirando los
complementos. Mira, ayúdame —me pide. Se pone a mi
lado para que la pantalla quede inclinada hacia las dos y
me enseña varias imágenes—. Me gustan este tipo de
jarrones con flores secas, pero también las plantas
naturales. He pensado en poner dos baldas de madera ahí,
que sean bastante largas, y colocar botes encima con tés,
cafés y esas cosas. Así podría poner un mueble debajo, una
mesita o un carrito, a modo de desayunador.
—Un rincón para el desayuno siempre es un acierto.
Puedes poner las baldas un poco más cortas y colgar una
pizarra con algún mensaje bonito, o que diga «Breakfast
Time» o algo así.
—Me gusta, me gusta esa idea —comenta, pensativa. Se
coloca la tablet hacia ella y la veo tomar anotaciones a toda
prisa. Después, la bloquea y la deja sobre la mesa—.
Perdona, es que quería terminar esto, pero ya lo dejo.
—No hace falta que dejes nada, es tu trabajo y yo estoy
aquí para ayudarte.
—Y yo estoy aquí para hablar contigo. Apenas me has
dicho nada desde el otro día. ¿Estás bien? Fue una
discusión incómoda, hasta Cole actúa raro desde entonces.
—¿Podemos hablar en otro sitio?
Camille asiente. Prefiero una conversación privada, sin
que su hermano pueda entrar y escuchar.
Salimos por el jardín trasero. Es curioso, pero creo que
nunca he estado aquí. No es un jardín exactamente, es más
como salir a un pequeño bosque. Al igual que la cabaña de
Cole, esta casa delimita con decenas de árboles. No hay
una valla que acote el terreno. En Harper Springs no hace
falta, supongo.
Camille se coloca su abrigo y yo me arrebujo bajo la
bufanda, que no me he llegado a quitar.
—Ni siquiera sé por dónde empezar… —confieso,
nerviosa de pronto.
—¿Puedo hacerlo yo? Le he preguntado primero a Cole,
pero me ha dicho que no es algo que tenga que contarme
él.
Abro los ojos, sorprendida. ¿Es posible que Camille haya
notado que nos hemos acostado?
Asiento como respuesta, temiéndome lo peor. Sin
embargo, no es eso lo que quiere saber, sino algo mucho
más íntimo.
—¿Quién es Lucy?
Imagino que notó cómo cambió el ambiente en la
discusión cuando le espeté esas palabras a Luke. No estoy
orgullosa de haberlo hecho, pero sí de haberlo sacado de
dentro de una vez por todas. Y, aunque no es un tema del
que suela hablar a menudo, me apetece contárselo a
Camille.
—¿No te han dicho nada? —indago primero. Hay gente en
el pueblo que debe de saber la historia por medio de Luke o
de Cole.
—No te voy a engañar, he preguntado por ahí. Nadie ha
soltado prenda. Mi hermano me dijo que, si quería saberlo,
hablase contigo; que era tu historia, no la suya.
No me extraña nada. Cole es una persona leal, no lo veo
aireando la vida personal de los demás.
—Lucy era mi hermana —respondo al final.
Capítulo 39
HAILEY
Guardo silencio, dejando que Camille procese esa primera
información, porque sé que le ha causado impresión. He
dicho «era», en pasado. Eso, sumado al hecho de que
nunca hablo de ella y de que Cole ha mantenido el secreto,
le sirve para atar algunos cabos. No todos, no los
importantes.
—Lo cierto es que no recuerdo nada de ella, todo lo que
sé es lo que me han contado, sobre todo Luke. Antes
vivíamos en Florida y teníamos una familia maravillosa.
Esto no solo me lo han dicho, hay miles de fotografías que
lo demuestran. Una madre cariñosa, un padre atento… No
sé, éramos afortunados, supongo. Un día, estábamos
jugando en el jardín delantero. Luke tenía ocho años, Lucy,
seis y yo no había cumplido todavía dos. Mi padre estaba
en el trabajo y mi madre haciendo la comida.
»Desde la cocina había una ventana por la que nos
vigilaba, pero, aun así, siempre le decían a Luke que se
encargara de nosotras. Ese día, a Lucy se le escapó la
pelota hacia la carretera y salió corriendo detrás de ella.
Luke gritó para que parara y, justo cuando Lucy obedeció,
una furgoneta la arrolló. Los médicos dijeron que murió en
el acto.
Creo que soy afortunada por no recordar nada de aquello
porque he visto cómo ha arruinado la vida de toda mi
familia. La mía también, claro, pero fue un efecto colateral,
no tan traumático como para ellos. En su momento lloré y
me asusté, y más tarde preguntaba por Lucy, pero nunca
fue igual.
—Dios mío… —se le escapa a Camille. Se lleva la mano a
la boca, sin poder contener su asombro. Los ojos se le
vuelven llorosos. Ella es madre, debe de entender muy bien
el dolor que puede provocar algo así.
—Mi familia ya no volvió a ser la misma. Al principio, mis
padres estaban devastados. Luke también, claro. Mi madre
se recluyó en sí misma. Empezó a tomar pastillas, pero
tampoco ayudaban. El tiempo fue pasando y algunas cosas
cambiaron, otras no. Esto sí lo sé, porque yo ya había ido
creciendo. No recuerdo tener la madre cariñosa de la que
me ha hablado Luke, sino una distante, fría. Mala —
confieso. Es muy duro hablar así de ella, pero es como lo
siento. Porque mi madre no perdió solo a Lucy ese día, nos
perdió a los tres. La diferencia es que Lucy murió, pero a
nosotros nos abandonó ella. Yo no era más que un bebé
cuando sucedió la tragedia y nunca en toda mi vida he
recibido una palabra amable de mi madre—. Tengo algunos
recuerdos de cuando era más pequeña y mi madre nos
ignoraba en todos.
»A Luke siempre lo culpó de lo sucedido, le decía que él
era el mayor, que tenía que haberla vigilado. Mi padre lo
defendía: «Por el amor de Dios, Claire, solo es un niño». A
mí, a veces, me llamaba Lucy. Mi padre me cogía en brazos
y me alejaba de ella. Durante mucho tiempo, le pidió que
fuera a un psicólogo y que buscara ayuda. Ella siempre se
negaba. «No necesito ayuda, necesito a mi niña», decía, y
se encerraba a llorar. Casi siempre estaba encerrada.
»Las discusiones entre ellos cada vez eran más fuertes y
más continuas. Él la acusaba de no pensar en nosotros, de
ser una egoísta, de no poner de su parte. Ella lo acusaba de
pasar página, de haberse olvidado de Lucy con tanta
facilidad. No creo que ninguno de los dos pensara en
nosotros, pero al menos mi padre nos cuidaba. Y entonces
llegó el divorcio y mi padre se fue de casa. Yo estaba
emocionada, aunque suene extraño, porque por fin íbamos
a salir de ese lugar horrible. Pero se fue sin nosotros y nos
dejó ahí, conviviendo con una mujer tan consumida por la
pena que no tenía tiempo ni amor para sus hijos.
Camille llora mientras me escucha. Intento expresarme lo
mejor que sé, pero no es suficiente. Cuando Luke habla de
ellos, habla desde el conocimiento. Él era mayor para
entender todo lo que pasó, pero yo no. A menudo me sentía
culpable y egoísta, porque yo no extrañaba a Lucy, no como
la extrañaban ellos. Tampoco me dolía igual.
Al revés, a veces, incluso me enfadaba de forma
irracional con ella, como si Lucy hubiese tenido la culpa de
algo. Yo no era más que una niña y lo que veía era que me
habían arrebatado a mis padres, que nos habían dejado
desamparados a merced de un mundo demasiado grande
para nosotros.
Años más tarde, cuando salimos de esa casa, Luke buscó
ayuda psicológica para los dos. No me había dado cuenta
de lo mucho que necesitaba terapia hasta que conocí al
doctor Smith y me ayudó a entender mis sentimientos. La
pena, el dolor y, también, la rabia. Y hoy día soy feliz,
aunque solo tenga a mi hermano. Porque, sí, quizá es
demasiado sobreprotector, pero entiendo sus motivos.
Además, sigue siendo la única persona que nunca me ha
fallado en el mundo.
—Los primeros meses estaba convencida de que volvería,
pero no lo hizo. Un par de años más tarde me lo encontré
por casualidad. Estaba con otra mujer, tenían un bebé
pequeño. Y entendí que mi madre siempre había tenido
razón, que él había pasado página demasiado rápido. De la
muerte de Lucy, y también de nosotros. Nunca más intenté
ponerme en contacto con él.
—¿Cómo pudo dejaros ahí? —pregunta Camille con rabia
—. ¿Cómo puede una madre o un padre abandonar a sus
hijos así…?
—Sé que Luke se excede en ocasiones, pero también sé
que lo hicieron así. Yo no extraño a mi madre porque nunca
la conocí. No extraño a mi padre porque nadie me ha
decepcionado tanto como él. Pero Luke tenía ocho años, su
cambio fue mayor. Pasó de tener una familia idílica a lidiar
con una mujer que lo responsabilizaba de la muerte de su
hermana pequeña y a enfrentarse a un padre que lo
abandonó para formar una familia mejor.
»Por eso me cuida de esta forma tan feroz: porque tiene
tanto miedo de perderme que no lo puede soportar, porque
ha pasado gran parte de su vida pensando que Lucy estaría
con nosotros si él la hubiese vigilado mejor. Y yo se lo he
echado en cara, joder, soy una persona horrible.
Ahora sí rompo a llorar porque, de repente, he caído en
la cuenta de lo cruel que he sido con él. Estoy cansada de
su sobreprotección, pero hay otras formas de decírselo sin
reflotar el recuerdo de Lucy.
Soy yo la que le debe una conversación, una disculpa.
Camille se lanza a abrazarme y llora conmigo. Nos
vaciamos hasta que el dolor se alivia, aunque solo sea una
pequeña parte. Al rato, Cami se separa un poco de mí y me
limpia las lágrimas con sus dedos, sin dejar de mirarme.
—Siento lo que le pasó a Lucy y que tus padres fueran
así, pero tienes un hermano que te adora, Hails. Háblame
de él, de los buenos recuerdos que tenéis juntos —me pide.
Sé por qué lo hace. Quiere distraerme de Lucy y, al
mismo tiempo, volver a acercarme a Luke. Enseguida
comienzo a contarle todas nuestras anécdotas y recuerdos
felices:
—Una vez, Luke montó un picnic para los dos. Mi padre
ya se había ido y, bueno, aunque fuese de otra manera, mi
madre también. El caso es que preparó tacos y limonada,
cogió una botella de vino y nos fuimos a un parque cercano
a celebrar la noche de Fin de Año. Empezó a sacar recortes
y más recortes y los colocó a mi alrededor.
—¿Recortes?
—Eran imágenes de Nueva York. Yo siempre le decía que
nunca viviría una Navidad hasta que fuese a la Gran
Manzana. Creo que se debía a que era adicta a las películas
navideñas y muchas están ambientadas allí. Luke sacó
imágenes de la Estatua de la Libertad, del Central Park, del
skyline… incluso del famoso toro de Wall Street. Me llevó a
Nueva York a su manera. Fue una noche muy feliz.
—Todos los hermanos se pelean a veces, Hails, pero se
nota lo mucho que te quiere Luke. No solo eso. Tienes a
Jenna también y todas las personas que te conocemos
acabamos cogiéndote cariño. Ya ves, nosotras llevamos
juntas apenas dos meses y ya te has convertido en una gran
amiga. Y no es lo mismo, lo sé, pero mi madre se preocupa
por ti. Lo que intento decirte es que aquí también tienes
familia y todos te queremos.
Vuelve a abrazarme y esta vez me sostengo a ella con
más fuerza.
Familia.
Suena tan bien.
Porque ni siquiera sabía que deseaba una con tantas
ganas, pero, al pensar en esa palabra, en ellos, me siento
mejor de lo que me he sentido en mucho tiempo.
Capítulo 40
HAILEY
La conversación con Camille ha dado pie a que continuara
abriéndome. Siento que puedo confiar en ella. Hay
personas con las que conectas enseguida y Cami es una de
ellas.
Por eso he aprovechado para contarle también la llamada
de Nick. No solo la discusión que hemos tenido, sino cómo
es nuestra relación desde que vine aquí. La distancia que
noto entre nosotros, la frialdad. Llevamos saliendo tres
años, pero eso no me parece razón ni excusa para justificar
nada. Al contrario, creo que, precisamente por haber
estado juntos todo este tiempo, merecíamos más. Yo
merecía más.
Pero, por otro lado, somos Nick y Hailey.
Se suponía que eso era suficiente para que pudiésemos
enfrentarnos a cualquier cosa. Y ahora… ahora no voy a
soportar nada más de él.
—¿Puedo ser sincera? —me pregunta Cami con tacto.
Hay gente que confunde la sinceridad con la crueldad,
pero no parece que sea su caso. Si me tantea antes, es
porque sabe que lo que va a decir me va a doler. No a
propósito, sino porque es una verdad para la que quizá no
esté preparada. Aun así, quiero escucharla.
—Lo prefiero.
—No conozco a Nick, solo a través de las palabras que
me has contado, pero no me gusta, Hails. No es que no me
caiga bien, es que no creo que sea bueno para ti. Todo a su
alrededor me parecen enormes red flags. Lo primero,
lleváis juntos tres años, ¿no?
—Sí.
—Es decir, tú tenías diecinueve años cuando empezasteis
y él, veintinueve. No estoy del todo en contra de la
diferencia de edad en las parejas, a veces funciona, pero
pocas veces. Son las excepciones, no las reglas. Diez años
es una diferencia muy grande teniendo en cuenta que tú
eras todavía adolescente. La mayoría de esas relaciones
suelen ser relaciones de poder.
—Nunca he tenido la sensación de que se aprovechase de
mí en ese sentido. Nick dice que soy muy madura para mi
edad.
Este es el principal motivo por el cual nunca le ha caído
bien a Luke, pero hay otros más. Siempre he defendido a
mi novio ante mi hermano porque todos sabemos cómo de
protector es Luke conmigo. Ahora me pregunto si no estaba
en lo cierto, si no supo ver cosas que yo ignoraba. Si lo
pienso, Nick me ha hablado tantas veces mal de Luke,
criticando su comportamiento, que puede que eso me haya
influido también.
—¿Y qué pasa, que él es poco maduro para su edad? —
espeta Camille—. Mira, esa excusa me parece una mierda.
Ya te digo que considero que sí hay relaciones con
diferencia de edad que funcionan, pero es que la tuya
flaquea por todos lados. Te vienes cuatro meses aquí y te
pide abrir la relación, como si fuese mucho tiempo. Pero
resulta que no quería abrirla, que solo quería tirarse a
quien quisiera, sin que tú hicieras lo mismo. Y, después,
para rematar, intenta hacerte sentir culpable a ti. «Pensaba
que tú no eras así», ¿qué mierdas es eso? Si sabía que tú no
eras así, ¿por qué te pide abrir la relación? Hails, Nick se
aprovecha de ti y te manipula. No es una relación sana y
sospecho que tú también lo sabes, por eso apenas lo has
mencionado desde que estás en Harper Springs.
Una parte de mí, una cada vez más grande, sabe que
tiene razón. Quizá por eso he omitido la parte en la que
Nick me ha insultado antes de colgarme: para que Camille
no me juzgara aún más.
La otra, sin embargo, sigue queriendo aferrarse a lo que
sea que he estado defendiendo durante estos tres años.
Siento que soltarlo sería rendirme. Y no lo entiendo, porque
hace unas horas estaba convencida de que no había nada
que salvar, pero ahora tengo dudas.
—Somos Nick y Hailey… —murmuro, aunque no hay
apenas convicción en mi voz.
—¿Y eso qué significa? Te lo repites a ti misma como si
fuese una justificación, pero no lo es. Tú eres Hailey y no
necesitas a un Nick ni a nadie para quererte o estar bien.
—No lo sé, Cami. Siento que sería rendirme —confieso en
voz alta mis pensamientos—, como si fuese una derrota.
—Nada que te ayude a mejorar puede considerarse una
derrota. Tampoco es rendirse, es apostar por ti misma.
¿Sabes lo que yo creo? Creo que estás tan abatida porque
te has dado cuenta tú sola de que esta relación ha muerto y
lo que te pasa es que estás triste por dejarlo. No por
romper con Nick.
»Sabes que es lo mejor. Va a ser un cambio en tu vida, y
los cambios, sean grandes o pequeños, siempre asustan. Y
este va a ser enorme. Pero te digo otra cosa: el cambio no
empieza ahora. Llevas más de dos meses en Harper
Springs y estás bien, ¿no? —dice. Asiento a su pregunta. De
hecho, solo estoy triste las veces que hablo (y discuto) con
Nick—. La ruptura no es ahora; sucedió hace tiempo,
aunque tú no lo hayas notado. Sigue como lo estás
haciendo, incluso si es solo por inercia. Aprovecha esa
sensación de estabilidad que te queda.
Pienso en sus palabras y me doy cuenta de la razón que
tiene.
Sí, estoy triste y herida, pero no por Nick. Creo que lo
nuestro murió hace mucho, que el proceso de duelo lo he
ido experimentando poco a poco, discusión tras discusión,
desde que estoy en Harper Springs.
Lo que me duele es abrir los ojos y darme cuenta de todo
lo que he perdido por haber pensado que mi relación con
Nick era idílica, pero nada más lejos de la realidad. Él ha
sido el sol y yo he orbitado a su alrededor, pendiente de
cada cosa que conformaba su mundo. ¿Y qué sabe él del
mío? No tiene relación con Luke ni con Jenna. Nunca se ha
interesado por mis libros. Sé que no le gusta leer, pero la
gente de este pueblo le dio una oportunidad a mi saga solo
porque conocían a mi hermano. ¿No merecía algo más por
parte de mi novio?
Nunca lo hubiese obligado, pero, al menos, me habría
gustado que hubiese puesto interés en que le contara el
argumento de mi historia. Ni siquiera sabe que escribo
fantasía o cómo se llaman mis protagonistas. ¿Y por qué iba
a saberlo si ni se ha molestado en aprenderse el nombre de
este pueblo? Yo también he tenido parte de culpa en esto,
lo sé. No puedo negar que, en las últimas semanas, he
pensado más en Cole que en Nick. Aunque trate de
negármelo o de ocultarlo.
Despejo mi cabeza de cualquier pensamiento que tenga
que ver con Cole. Suficientes preocupaciones tengo ahora
mismo como para incluir más.
—Tienes razón —le digo, recuperando la fuerza de mi voz
—. Voy a dejar a Nick, si es que todavía hay algo que dejar.
Pero no ahora.
Camille frunce el ceño.
—No tienes que esperar una fecha concreta ni…
—Quiero hacerlo en persona —la interrumpo—. En enero
volveré a Oklahoma. Puede que se haya aprovechado de mí
o que no me haya tratado del todo bien, pero hemos
compartido tres años de nuestra vida. Nos merecemos una
ruptura cara a cara.
—Me parece bien —afirma y esboza una sonrisa.
Después, se lanza y me da un abrazo—. Estoy tan contenta
por ti.
—¿Porque voy a romper con mi novio? —pregunto, medio
riendo, medio llorando. Sé que va a ser para mejor, pero
una parte de mí no puede evitar sentir pena.
—Porque vas a apostar por ti. Avisaré a Taylor y
saldremos a celebrarlo.
Ahora sí me río del todo. Su entusiasmo y su interés por
mí sí que me hacen feliz.
—Saldremos a celebrarlo, pero no le digas nada a nadie
todavía. Quiero contarlo yo.
—Mis labios están sellados.
Camille se separa un poco, pero deja apoyada su cabeza
sobre mi hombro.
—Pensaba que te llevaría más tiempo darte cuenta —
admite entonces—. Me gusta que tengas las cosas tan
claras. Creo que las relaciones así, las que salen mal, no
son malas del todo si nos ayudan a salir más fuertes de
ellas.
—También estaría guay no tener relaciones malas y que
solo fuesen buenas.
—Sí, claro, eso es lo ideal. Me refiero a una vez te metes
en ellas, la forma de salir.
—¿Tú has tenido malas relaciones?
—No, la verdad es que no —afirma y levanta la cabeza de
mi hombro. Se gira y quedamos cara a cara, mirándonos—.
Yo he tomado malas decisiones. ¿Te ha contado Cole cómo
me quedé embarazada?
—No. Hablamos una vez sobre ello, pero me dijo que era
tu historia.
—No hay historia, en realidad. El padre se llama Dylan.
Fue un turista que pasó por aquí de camino a Oregón. Nos
liamos esa noche y me quedé embarazada. Yo estaba
tomando la píldora y no sabía que había un porcentaje de
error. Imagina mi cara de sorpresa cuando tuve la primera
falta, me hice el test y dio positivo. Conseguí el teléfono de
Dylan porque se hospedó en una de las cabañas del
Residencial Woods y Ruth me dio el número. Lo llamé, se lo
conté y me colgó.
»Una hora más tarde me mandó un mensaje para
decirme que él no era padre de nadie, que no lo volviera a
contactar. Lo busqué en redes y descubrí que el muy
cabrón había ido a Oregón para pedirle matrimonio a su
novia. Yo no quería nada con él, solo hacerle saber que
tenía un hijo. No se interesó, ni entonces ni nunca. Y lo
prefiero. Caden es el niño más especial del mundo y me
gusta tenerlo siempre aquí, conmigo. No es que eso pueda
considerarse siquiera una relación, fue sexo de una noche,
pero a esto me refería. Siempre sale algo bueno.
—Él se lo pierde —digo con rabia. Guardo más rencor
hacia los padres que abandonan a sus hijos, quizá porque
sé bien lo que se siente—. Caden es un niño muy especial.
No solo por él, sino porque tiene una madre increíble, y eso
se nota.
No puedo ni imaginar lo duro que habrá sido para
Camille. Hace que parezca sencillo, pero sé que no lo es.
Por suerte, su familia la apoya en todo lo que emprende,
porque los sueños son más alcanzables cuando tu entorno
te respalda y te ayuda.
—Se terminó hablar de estos temas —zanja Camille y se
pone en pie de un salto—. Y se terminó el descanso. Aquí
hemos venido a trabajar.
Lo dice con tono bromista, pero tiene razón. Me levanto
también y la sigo hacia el jardín delantero. Nos detenemos
justo en la puerta.
Frente a la casa hay aparcado un coche oscuro y
descapotable que no reconozco. No entiendo mucho del
mundo del motor, solo una cosa: ese coche parece caro.
Muy caro. Además, nadie de Harper Spring lo llevaría con
el techo descubierto sabiendo la probabilidad que hay de
que aparezca una tormenta de la nada.
Busco a Cole con la mirada y lo veo apartado en un lado
del jardín, hablando con un hombre de espaldas. No lo
reconozco, hasta que se gira un poco y puedo contemplar
su perfil.
Solo lo he visto una vez y no estuvimos juntos apenas
tiempo, pero sé quién es.
—Riley —murmura Camille a mi lado.
¿Qué hace aquí el amigo que lo traicionó para liarse con
su novia?
Capítulo 41
COLE
Todavía no entiendo bien qué hace aquí Riley.
Me ha explicado cómo me ha encontrado. Ha venido al
pueblo, ha preguntado por mí y alguien le ha dicho que
estaría en esta dirección. Esa parte la entiendo, la que no
comprendo es la otra, la que explica no el «cómo», sino el
«para qué».
Está nervioso. Puede que ya no seamos amigos o que no
lo conociera tan bien como creí que lo conocía, pero hay
cosas que sí sé: la forma en la que mueve las manos o cómo
camina de un lado para otro sin poder estarse quieto.
No digo nada, no tengo ganas de facilitarle lo que quiera
que haya venido a hacer.
—He tenido dos días de viaje para pensar en qué te iba a
decir cuando te viera y, ahora que por fin estoy aquí, me he
quedado en blanco —empieza.
—¿Has venido en coche desde Búfalo?
—Sí, siempre me ha gustado conducir. Me ayuda a
despejar la mente. Se supone.
Lo sé. Riley era de los que necesitaba darse un paseo en
su coche antes de cada partido importante. Cuando me
rompí el tendón de Aquiles conducía más a menudo. Antes
pensaba que se debía a que estaba preocupado por mí,
pero seguramente tenía más relación con Shanon que
conmigo.
—Tengo trabajo —suelto. No me importa sonar antipático
—. Puedes ir a tomar algo hasta que sepas por qué has
venido.
—No, no —se apresura a negar—. Sé por qué estoy aquí.
Ya te lo dije cuando nos vimos en la fiesta del equipo, pero
no tuve tiempo suficiente. Quiero disculparme por todo,
Cole. Sé que fui un capullo y…
—Te tiraste a mi novia mientras yo estaba en el hospital,
Riley —lo interrumpo—. Creo que eso es mucho más que
ser un capullo.
—Lo sé —admite y, pese a todo, parece sincero y
arrepentido—. Fui rastrero, un cabrón. Cualquier cosa que
vayas a decirme, ya me la he dicho yo antes. Y, aun así…
aun así, lo hice. Porque por aquel entonces yo ya estaba
enamorado de Shanon. Lo estaba incluso antes de que
empezara a salir contigo, solo que nunca tuve el valor de
decirte nada. Vosotros erais la pareja perfecta y yo era
alguien a quien ella ni siquiera veía. Entonces llegó la
lesión y tú empezaste a dejarla de lado, a tratarla mal…
Se interrumpe de golpe. Imagino que, si ha venido a
pedir perdón, incluso él se está dando cuenta de que ese no
es el camino correcto.
Tampoco puedo negarlo. No traté bien a Shanon. No es
que hiciera algo realmente malo, solo me vine tan abajo
que la aparté. No quise su lástima, tampoco su apoyo. De
todos modos, Shanon no es el tipo de persona a la que se le
da bien ayudar a los demás. Ella se limitaba a decirme que
me iba a recuperar, que todo iba a salir bien, que volvería a
jugar, que volveríamos a nuestra antigua vida. Yo no quería
escuchar esos comentarios, unos comentarios vacíos que
sabía que eran mentira. Quería la realidad, por dura que
fuese. El problema es que a Shanon le gustaba esa realidad
incluso menos que a mí.
—Shanon y yo nos unimos más después de eso y una cosa
llevó a la otra y… Estuvo mal, no intento justificarnos. Te lo
tendría que haber dicho, haber actuado de otro modo.
Créeme que lo sé, yo también me castigo por ello. Lo que
intento explicarte es que no fue solo por un polvo, que
estaba de verdad enamorado de ella. Todavía lo estoy, Cole,
por eso vamos a casarnos.
Lejos de molestarme, eso es algo que me alivia. Yo ya no
sentía nada hacia Shanon cuando se acostaron, por eso me
dolió más perder a un amigo que perderla a ella. A decir
verdad, no llegué a enamorarme de ella.
—¿Crees que es posible que en algún momento me
perdones? —pregunta, sin llegar a mirarme a la cara.
Supongo que es por la vergüenza—. Si hay alguna cosa que
pueda hacer, lo que sea… De verdad que estoy arrepentido.
Si pudiera volver atrás y actuar de otra manera, lo haría,
incluso aunque eso implicara perder a Shanon. No quiero
perderla —se apresura a añadir al ver mi cara de confusión
—, pero sí que me perdones. Quizá, algún día, también
pueda perdonarme a mí mismo.
—¿A ti mismo?
—Le fallé a un amigo… Esa culpa aplasta mi conciencia
todas las malditas noches. Y no te confundas, no he venido
para poder aliviar mi culpa de forma egoísta, sino porque
me gustaría que volvieras a formar parte de mi vida. Me
caso en una semana y estos días no le estoy dando vueltas a
mi traje ni a la ceremonia, ni siquiera a cómo irá ella o a
que todo salga perfecto. En lo único que puedo pensar es
que se acerca uno de los días más felices de mi vida y tú no
vas a estar ahí. No me entra en la cabeza, es superior a mí.
Quiero a mis amigos conmigo, a mi lado, y quizá yo sea una
mierda de amigo y no me lo merezca, pero voy a hacer por
merecerlo de ahora en adelante, te lo prometo.
Me siento mal y culpable. Nunca fue mi intención que
Riley se sintiese así y, aunque no he sido yo quien ha
ocasionado esto, no puedo evitar que también me duela.
Está arrepentido. Al menos, ahora está intentando hacer las
cosas bien. Se ha disculpado, me ha dicho cómo se siente,
cómo se sintió. Admite su error. Ha tenido el coraje de
venir y decírmelo en persona.
Aun así… No lo sé, las dudas siguen ahí.
—¿Me estás invitando a tu boda? —pregunto primero.
—No tengo derecho a nada, pero sería muy importante
para mí que estuvieses allí.
—¿Y qué dice Shanon al respecto?
—Le parece bien.
—¿Estás seguro de que quieres casarte con ella? —
tanteo. Sé cómo es Shanon y no me parece que sea buena
ni para mí ni para nadie a quien aprecie. La última vez que
nos vimos, intentó ligar conmigo. ¿Qué pensaría Riley de
eso?
—Sí —responde sin dudarlo siquiera—. ¿Vendrás a la
boda?
—Iré —cedo al final—. Si tan importante es para ti, estaré
ahí.
Riley deja escapar el aire de golpe, como si hubiese
estado conteniéndolo. Suspira aliviado y se acerca para
darme un abrazo. Lo detengo antes.
—Despacio —le digo—. Quiero perdonarte, pero necesito
tiempo. Estaré ahí el día de tu boda y ya iremos viendo…
poco a poco.
—Poco a poco, sí, me parece perfecto; como tú desees,
vale —suelta tan rápido que las palabras casi se atropellan
unas con otras. Está inquieto, solo que sus nervios ahora se
deben a la emoción y no a las dudas—. Se llamaba Hailey,
¿no? —pregunta de pronto, mirando detrás de mí. Me doy
la vuelta y la veo a unos metros de distancia, junto a mi
hermana. No sé cuál de las dos tiene el ceño más fruncido
—. Puede venir también, claro.
—¿Hailey? —cuestiono sin entender.
—Es tu novia, ¿no?
Cierto. La última vez que nos vimos, Hailey le hizo saber
a Shanon que estaba conmigo.
—¡Hola! —saluda a las chicas. Hace un gesto hacia ellas,
que se acercan despacio—. ¿Os acordáis de mí? Soy Riley.
—Eh… sí, me acuerdo —responde Hailey.
Camille no abre la boca.
—He venido a disculparme con Cole y, bueno, parece que
vamos por buen camino. Ha aceptado venir a mi boda. Me
caso la semana que viene —anuncia. Lo veo tan
emocionado que no puede dejar de hablar—. Hailey, estás
invitada también, por supuesto. Tú eras Camille, ¿no?, la
hermana, si os parecéis un montón. Siento no poder
invitarte a ti también, pero Shanon me mataría si le
descuadro ahora tanto las mesas del banquete.
—No te preocupes —responde Cami, dejando claro que
no le apetece nada ir. Después, se gira hacia su hermano—.
¿Estás bien?
—Sí, sí.
—Bueno, pues nos vemos el sábado. Cole, te paso todos
los detalles por WhatsApp. Nos casamos en el Marriot,
podéis alojaros en el mismo hotel. Siento que mi visita sea
tan breve, pero tengo que volver. Venir en coche me
parecía una idea genial al principio. Ahora que me quedan
dos días para llegar y me caso el sábado, empiezo a ver las
lagunas que decía Shanon sobre el plan.
Riley se despide rápido y se va. Creo que tiene tanta
prisa por si acaso cambio de opinión. No me apetece
demasiado ir a esa boda, pero tengo palabra y, si me he
comprometido a ir, lo haré.
De repente, caigo en la cuenta de algo. Hailey no ha
abierto la boca en todo este tiempo, ni siquiera para
aceptar la invitación. La otra vez se ofreció a hacerme un
favor, ya que Luke me falló. Las circunstancias entre
nosotros eran muy distintas. Ahora no sé qué va a decir y,
elija lo que elija, no puedo culparla. He sido yo quien ha
puesto esta distancia entre nosotros.
—Tía, ¿y a ti por qué te ha invitado? —cuestiona Camille
—. ¿Vas a ir?
Agradezco en silencio a mi hermana por atreverse a
preguntar lo que yo no me atrevo.
—¿Te acuerdas de cuando estuve en la fiesta esa del
equipo? —responde Hailey. Mi hermana asiente—. Pues me
pareció buena idea decirle a Shanon que yo era la novia de
Cole.
Camille suelta una carcajada.
—Vas a tener que contarme esa historia mejor —le pide
—. Pero no te envidio en absoluto, ahora te espera una
boda con una pinta terrible.
Hailey me mira de reojo, sin querer posar sus ojos en mí
más de un segundo seguido.
—Vas a ir, ¿no? —vuelve a preguntar Camille, ahora sin
rastro de diversión—. No puedes dejar a Cole solo esa
noche. Aunque él no te lo diga, te va a necesitar.
Ni siquiera me molesto en mencionar que estoy aquí, que
no tiene que hablar por mí, porque lo cierto es que me
gusta que lo haga. Miro a Hailey, a la espera de su
respuesta.
Duda durante unos segundos que se me hacen eternos.
Va a negarse, lo sé. Y no estaría tan mal que lo hiciera, ¿no?
Quiero decir, la primera vez que tuve ganas de besarla fue
en la fiesta del equipo. Irnos juntos de nuevo puede
suponer un problema mucho mayor ahora que ya sé lo que
se siente al acostarse con ella.
—La maleta que hice para venir aquí no es apropiada
para este viaje —responde Hailey por fin—. No tengo nada
para ir a una boda.
Camille suelta un gritito, emocionada, y enseguida
empieza a ofrecerle su ropa, la de Taylor e incluso la de
nuestra madre.
Y da igual si hace un minuto me intentaba convencer de
que era mejor que no viniese conmigo. Quiero que lo haga.
Cómo voy a enfrentarme a una noche en la que finjamos
ser pareja… bueno, eso son problemas del Cole del futuro.
El Cole del presente solo puede sonreír.
Capítulo 42
HAILEY
Vuelvo a mirar la pantalla del ordenador, esa palabra de
tres letras que acabo de escribir:
«Fin».
Me lleva unos largos minutos asimilarlo. Es solo un
primer borrador que sufrirá muchas modificaciones hasta
convertirse en el libro que verá la luz, pero está terminado.
Después de tanto tiempo, tanto esfuerzo y tanto miedo…
He terminado.
Una lágrima silenciosa se me escapa al comprender todo
lo que significa. Seguiré trabajando en estos personajes,
pero es el primer paso hacia su final. Tendré que dejarlos
cuando comience a crear otros nuevos. Sin embargo, son
los primeros y siempre tendrán un hueco enorme en mi
cabeza y en mi corazón.
Abro el reproductor de música y busco en la lista Long
Live de Taylor Swift. Subo el volumen y me levanto de un
salto y, casi sin ser consciente de ello, estoy bailando y
cantando en el salón.
Me detengo al ver a Cole abrir la puerta de su dormitorio
y mirarme desde dentro.
—¿Has…? —empieza a preguntar.
—¡He terminado! —grito a la vez—. Es el primer
borrador, pero…
No termino la frase. Cole viene corriendo y me abraza y
salta y grita conmigo. Y yo me río mientras sigo llorando,
emocionada. Ahora no solo por haber terminado, sino
porque sé que la agitación que le invade a él también es
real, que ha vivido este proceso conmigo incluso más que
Adrianne. Y aunque sigo un poco enfadada con él por todo
lo que pasó en Acción de Gracias, hoy estoy tan feliz que
eso no tiene importancia.
—Bueno, dime… ¿qué le pasa a una escritora cuando
pone punto y final a lo que será la trilogía más famosa del
país?
—Qué idiota eres —respondo, pero no se me borra la
sonrisa de la cara—. Todavía tiene mucho trabajo por
delante y, aun así, estoy muy contenta —admito después de
buscar las palabras para expresarme.
—Eso sí que es una sorpresa.
—¿Por qué?
—Te he escuchado hablar sobre tus libros y no los tienes
en muy alta estima. Este debe ser una jodida pasada si
incluso a ti te ha gustado.
—Bueno, yo no he dicho eso. Estoy feliz por haber
terminado después de todo lo que me ha costado.
—Sigo pensando que será genial. Eh, espera, ¿significa
eso que dejaremos de escuchar Taylor Swift en esta casa
todo el santo día? —bromea.
Este año tuve la oportunidad de ir al Eras Tour que hizo
la artista. Ya me gustaba su música desde antes, pero ahora
se ha convertido en una de mis cantantes favoritas. Obvio
que sus canciones tenían que formar parte de la banda
sonora de mi novela.
—Aún tengo que pasar las revisiones… —respondo y me
río.
—Y después lo tendrás, por fin: el cierre de tu trilogía.
—Todavía no me lo puedo creer… —confieso y noto otra
lágrima resbalarse por mi mejilla. No puedo evitarlo, me
siento demasiado eufórica y sentimental.
—Eso me recuerda… Ven conmigo.
Cole me coge ambas manos y tira de mí para que lo siga.
Me sorprende cuando se dirige hacia su dormitorio. Ha
dejado la puerta abierta y pasamos directamente al interior.
El corazón me palpita con fuerza y noto los latidos
acelerados, fruto de la expectación. No sabía las ganas que
tenía de ver este lugar hasta que me ha traído. Tampoco
esperaba nada en concreto, pero, me asombra tanto verlo,
que apenas puedo reaccionar.
La habitación de Cole es la mejor que he visto en mi vida.
Podría haberla descrito en uno de mis libros porque es todo
con lo que sueñas cuando imaginas un dormitorio.
Tiene una cama gigante en la esquina y, aunque está
desecha, distingo a la perfección la funda nórdica de la
película Al revés. Al lado hay un ventanal enorme. Un estor
oscuro esconde las vistas al lago y al bosque, pero,
basándome en lo que se ve, los árboles están muy cerca.
A modo de cabecero, una estantería de madera se eleva
hasta el techo y recorre toda la pared, adornada con baldas
tanto por encima como por debajo del cristal de la ventana.
Una encantadora escalera de mano, también de madera,
invita a alcanzar los volúmenes más altos, otorgándole al
espacio un aire mágico, similar al de la biblioteca de La
Bella y la Bestia.
Cole toca un botón y una guirnalda de luces diminutas se
enciende, salpicando la estantería de pequeñas estrellas
que brillan en tonos plateados.
Al fondo de la habitación distingo un armario grande, una
cómoda y la puerta entreabierta que debe de conducir al
baño, pero no exploro nada más porque mi mente (y mi
corazón y mi cordura y todo mi ser) se han quedado en esta
parte del dormitorio.
—¿Te gusta…? —me pregunta. La sonrisa en sus labios
delata que conoce la respuesta.
—Este lugar es mágico —respondo, a falta de una palabra
mejor—. Nunca jamás te enseñaré mi habitación. Al lado de
esto es… —Me interrumpo, sin terminar la frase. Ahora no
tiene nada que ver con que no encuentre la forma de
describirla, sino que no sé por qué he dicho eso. ¿Qué pinta
Cole en Oklahoma?
—Esta es mi zona favorita.
Me guía hasta una parte de su estantería y me fijo en los
libros que esconde. Cuenta con grandes colecciones de sus
autores favoritos, incluyendo las distintas ediciones de El
Señor de los Anillos de las que me habló. Y ahí, en una
balda que me queda a la altura del pecho, están mis dos
libros publicados. No hay ningún otro ejemplar a su lado,
únicamente unas ilustraciones y un par de velas literarias
con frases de la novela.
—Nemeria puede arder en el fuego más absoluto y yo
seguiré salvándote solo a ti —lee una de ellas en voz alta—.
Evony es un personaje con las ideas claras.
Coge ambos libros, y la sonrisa de sus labios se
ensancha. La música de Taylor Swift sigue sonando en el
salón, ahora la canción Anti-hero. Es curioso, porque
mientras escribía, a menudo me he identificado con su
letra.
I´ll stare directly at the sun,
but never in the mirror.
It must be exhausting,
always rooting for the anti-hero.
«Miraré directamente al sol, pero nunca al espejo. Debe
ser agotador apoyar siempre al antihéroe».
Desecho esa idea. No es así como me gustaría sentirme
ahora mismo.
—¿Me los firmarías? —me pregunta Cole mientras me los
tiende junto con un par de bolígrafos de distinto color: uno
negro y otro plateado. ¿Cómo sabe que son los dos tonos
que utilizo? —Me fijé en el club de lectura —añade,
adivinando mi duda.
—¿Vas a revenderlos? —bromeo.
—Podría, estos ejemplares serán carísimos en el futuro.
Una primera edición y dedicada… Pero prefiero
quedármelos. No hay dinero en el mundo suficiente para
que me deshaga de ellos.
Sonrío y tomo ambos.
—No puedes leer las dedicatorias hasta que estés solo —
le pido—. Es algo que me da vergüenza.
—Entonces escríbelas y vete. Es broma —añade con
rapidez y se ríe—. Puedes quedarte el tiempo que quieras
en mi pequeño santuario.
—Es un honor estar aquí —aseguro, con el mismo tono
desenfadado que él mientras escribo en la página destinada
a las firmas—, aunque me haya llevado la friolera de tres
meses poder pisarlo.
—No es tanto. Hay mucha gente de Harper Springs que
todavía no lo ha visto. De hecho, aquí han estado Caden,
Cami, mi madre y Luke.
—También hay chicas que han entrado el primer día… O
la primera noche —comento, sin saber muy bien por qué.
No son celos (o eso creo), sino un dato.
—A esas chicas no volveré a verlas nunca. No entran aquí
para conocerme mejor. ¿Estás celosa de ellas? No sé si te
has dado cuenta, pero hace tiempo que no viene ninguna…
Levanto la mirada hacia él cuando dice esas palabras y
trago saliva. Sí que me he dado cuenta. La última chica
vino en octubre, poco antes de la fiesta de Halloween…
¿Por qué me dice eso? Más bien, ¿qué intenta conseguir?
Mi móvil suena de pronto, y reconozco la melodía de la
alarma. Me pongo en pie de un salto y le entrego sus libros.
—Esa es la llamada de la esclavitud con tu hermana —
intento seguir bromeando, aunque ya no me sale la voz
igual que antes—. Hice una promesa a esa villana y la
tengo que cumplir.
Cole suelta una carcajada y asiente.
—Te llevo al pueblo. Tengo pendiente un par de recados.
Salgo de la habitación y dejo dentro todos esos
pensamientos que ha despertado. Me preparo para otra
jornada de trabajo, aunque ahora vaya a ser una física.
El trayecto no se hace incómodo porque hablamos sobre
libros, sobre todo de los míos, y no del motivo por el cual
Cole no ha vuelto a tener sexo después de que él y yo nos
acostásemos.
Me bajo en Villa Ruina y me quedo sola. Ha pasado poco
tiempo desde que le prometí a Cami que me encargaría del
jardín delantero, pero ya he avanzado bastante. Le mostré
unas imágenes de Pinterest para coger ideas hasta que
dimos con una que le convenció.
Poco queda ya de esas malas hierbas que todo lo
dominaban o de la pasarela medio derruida que cruzaba el
pequeño arroyo. Los hermanos Jenkins construyeron un par
de puentes de piedra que parecen sacados de un cuento.
En la parte derecha del jardín ha instalado una especie de
carpa provisional para dejar los materiales y las plantas.
Me encamino hacia allá, me pongo los guantes de
jardinería, cojo las herramientas y empiezo a trabajar.
Mi objetivo de hoy es trasplantar los árboles, arbustos y
flores de las macetas a la tierra. Después, tendré que
añadir las piedras blancas, el césped artificial y la
decoración, pero eso será más adelante.
La escritura me enseñó a marcarme metas pequeñas.
Todo suma. Paso a paso, palabra a palabra, planta a
planta. Con constancia y esfuerzo se acaba consiguiendo un
sueño.
Capítulo 43
HAILEY
Para el lanzamiento de la segunda parte de Una canción
oscura, la editorial alquiló un local y lo decoró ambientado
en el universo de la saga con toques de fantasía y de magia.
Se pidió a la gente que fuese vestida acorde a la temática.
El primer libro tuvo una acogida increíble y por eso se
permitieron venirse arriba con la presentación del
siguiente. Por supuesto, se invitó a varias de las influencers
más conocidas en la comunidad literaria, que hicieron muy
buena publicidad sobre las novelas.
Pensaba que nunca iba a vivir un momento más lujoso y
elegante que ese hasta que he puesto un pie en esta boda.
Para empezar, se están casando en uno de los hoteles más
caros de la ciudad, el Buffalo Marriott at LECOM
HARBORCENTER. Desde nuestra habitación tenemos
vistas a toda la ciudad, al Río Niagara y al Lago Eire. El frío
de diciembre ya se nota, por lo que, además, se puede ver
una pista de hielo con gente patinando. Me he quedado tan
embobada con el lugar que he pasado por alto el hecho de
que en nuestra habitación solo hay una cama.
Cole insistió en encargarse él de la reserva, pero Riley,
que se siente culpable y sigue tratando de sumar puntos
para conseguir el perdón de su amigo, insistió más. A sus
ojos, Cole y yo somos novios. ¿Por qué íbamos a querer dos
habitaciones o dos camas separadas? Por eso ha escogido
para nosotros una Junior Suite, que ha pagado él mismo. Si
Cole siente un reparo sobre eso, no me ha dicho nada. La
habitación en concreto cuenta con una cama enorme,
podríamos caber los dos sin rozarnos siquiera. Pero
también un sofá no tan grande y, sinceramente, prefiero
que Cole haga uso de él antes que dormir bajo las mismas
sábanas.
No hemos tenido oportunidad para hablar del tema, de
todos modos. Hemos llegado con el tiempo justo, nos
hemos preparado y bajado hasta la capilla donde tiene
lugar esta conmemoración del dinero y el lujo.
La ceremonia ha sido breve y los novios se han ido a
hacerse las fotografías de rigor. Le he preguntado a Cole si
quería felicitarlos antes, pero se ha limitado a responderme
un escueto «después».
El salón de celebraciones es bastante grande, como para
unas trescientas personas. Hay unas escaleras por las que
supongo que se lucirán los novios cuando bajen. Dedico
una rápida ojeada a los invitados antes de unirme a ellos.
Los hombres visten sus esmóquines oscuros, a juego con
cadenas doradas o plateadas. Algunos incluso llevan una
capa negra. He vivido unos cuantos años en España con
mis abuelos maternos. Quizá por eso no puedo evitar
pensar en Ramón García presentando las Campanadas al
verlos así.
Las mujeres no se quedan atrás, con sus vestidos llenos
de pedrería, tul o encaje. Varias usan tiaras y coronas y
hacen que me sienta muy sencilla con mi vestido rojo. Me
lo ha dejado Taylor, y es precioso, pero no sé si resulta
insuficiente; me siento como si yo fuese la Cenicienta entre
tanta princesa auténtica. De hecho, me planteo si de
verdad habrá alguna princesa.
Mi vestido es de manga larga, simple por delante. Una
raja en la pierna derecha sube casi hasta la cadera. No
tiene escote, pero sí una pequeña línea de pedrería
brillante en forma de cinturón. Por detrás deja un poco de
espalda al descubierto gracias a un escote drapeado, nada
excesivo. Camille me ha prestado unos tacones negros y un
abrigo elegante, mucho más que los chaquetones
abullonados que me llevé yo a Harper Springs.
Me he hecho un semirrecogido con ondas. El maquillaje
sí lo he trabajado más. Ojos ahumados en tonos grises
oscuros, un colorete que resalta más mis pómulos y los
labios rojos. Tengo que admitir que he dudado con eso,
pues es el mismo que utilicé en Acción de Gracias. Pero que
le jodan a Cole, me pega con el vestido y me gusta cómo
me queda, piense él lo que piense al respecto.
Cole también ha elegido algo más sencillo, aunque podría
ponerse cualquier cosa, porque todo le sienta bien. Un traje
negro, una camisa del mismo color y una corbata a juego
con mi vestido. Fue un detalle que pensó Camille para
darnos más aire de pareja consagrada.
—Vayan bajando —nos invita una mujer, que parece una
de las jefas de sala—. Los novios van a hacer su entrada.
Obedecemos para unirnos a los invitados y, una vez entre
ellos, giro la cabeza para fijarme en los protagonistas de
esta noche.
Paso por alto a Riley para observar a Shanon y lo
increíblemente bella que es. Su larga melena morena está
recogida en un elaborado moño que respira elegancia con
cada mechón. Su maquillaje es tenue y natural, lo
suficiente para potenciar sus rasgos y su mirada. Y el
vestido es perfecto. Ha elegido el crepé como tela principal
y se le ajusta a su figura esbelta. Tiene un escote sutil,
mangas largas con un adorno en la hombrera y una falda
que cae por sus largas piernas hasta el suelo. De la parte
trasera de su cadera, sale una especie de sobrefalda que
hace de cola del vestido y debe de medir más de cuatro
metros. Ella también lleva una tiara brillante, con varios
diamantes adornándola que, sospecho, son auténticos.
—¿Cuánto gana un jugador de la NFL? —le pregunto a
Cole en voz baja.
Él se ríe a mi lado.
—Los padres de Shanon son empresarios de éxito, tienen
mucho más dinero del que gana Riley, eso te lo aseguro.
—¿Cómo estás? —me intereso y, por primera vez, me
paro para mirarlo de verdad.
—¿Por qué me preguntas?
—Supongo que todo esto no será fácil para ti. Shanon va
guapísima así vestida y…
—No me importa cómo vaya vestida Shanon, microbio —
me interrumpe—. No se me remueve ningún sentimiento, si
es lo que crees. Miro a Shanon y sí, es guapa, pero no me
cambiaría por Riley. Prefiero estar donde estoy.
Pienso que se refiere al hecho de que sea Riley quien se
ha casado con ella, pero entonces me mira, me coge de la
mano y tira de mí con delicadeza hacia la gente.
—Se supone que tú y yo somos pareja —me recuerda—.
Vamos a comer, a pasar un rato en esta boda y después nos
largamos.
—A seguir comiendo, espero —bromeo mientras lo sigo—.
Tiene pinta de que vamos a comer un montón de canapés
de tamaño diminuto.
—Entonces vamos a beber. Seguro que las copas sí son
de tamaño normal.
—¿Te parece si primero le damos la enhorabuena?
—Claro.
La mujer que nos ha pedido que bajáramos se acerca a
los novios y le entrega un micro a Riley, que se aclara la
garganta y pide la atención de todos.
—Antes de que esto empiece, apreciamos que estéis aquí.
A los que habéis tenido que pedir días en el trabajo, a los
que venís desde lejos, a los que no habéis querido dejar de
compartir con nosotros uno de los días más felices de
nuestras vidas. Shanon y yo os estamos agradecidos de
corazón. Y ahora, cabrones, ya podéis comer y beber, que
está todo pagado.
Unas risas generalizadas terminan su discurso y Riley
entrega el micro de nuevo a la mujer. Las primeras
personas empiezan a acercarse a la pareja para felicitarlos
por su matrimonio. Yo me encamino hacia ellos, pero Cole
me sujeta con más fuerza de la mano y me detiene.
—¿Has cambiado de idea?
—No. Es solo que… Gracias por hacer esto por mí, Hailey.
Sé que sigues molesta conmigo y, aun así, has venido.
No he olvidado lo que pasó en Acción de Gracias, pero
tampoco estoy enfadada.
—Seguiré molesta luego —respondo en cambio, y lo digo
medio en serio, medio en broma—. La comida y la bebida
gratis facilitan todo.
—Eres idiota —bromea él ahora—. Venga, vamos.
Esperamos a que las personas que están más cerca
terminen de hablar con los novios y nos acercamos. Noto
cómo el ambiente se tensa durante un instante. A mi lado
tengo a Cole. Frente a mí, a su exnovia y a su examigo. No
sé cómo van a reaccionar, pero Riley lo hace más sencillo.
—Gracias por venir —suelta con una sonrisa enorme.
Creo que la euforia del día lo tiene dominado. Coge a Cole
por los hombros y lo atrae hacia él para darle un abrazo.
Cole se lo devuelve y me doy cuenta de que está más cerca
de perdonarlo de lo que admite—. Me da igual si no me lo
merezco, me hace feliz que estés aquí. Y tú también, Hailey
—dice y me da otro abrazo, mucho más pequeño que a Cole
—. Espero que lo paséis genial.
—Seguro que sí —respondo con otra sonrisa, una
auténtica.
El saludo con Shanon es más frío, más sutil. Cole le da la
mano y la enhorabuena. Yo lo intento también, pero no me
devuelve el apretón. Finge colocarse un mechón invisible
del cabello y solo me dedica una mirada de superioridad,
similar a la que me dedicó la otra vez.
—La verdad, tendríamos que haberle dado el pésame a
Riley —le digo a Cole cuando nos damos la vuelta, aunque
no me espero lo suficiente para que Shanon ya no pueda
oírme—. Vaya vida le espera.
—Sabe dónde se mete. Vamos a beber a su salud.
—Me gusta cómo suena eso.
Capítulo 44
HAILEY
No me he equivocado demasiado con el tema de la comida.
El cóctel de bienvenida ha estado repleto de decenas de
platos exquisitos, todos ellos del tamaño aproximado de
una nuez. La mayoría de ellos ni siquiera sé de qué eran.
¿Por qué un cocinero se toma las molestias en utilizar
distintas técnicas y muchos sabores en un plato que no es
más que un bocado? Podrían hacerlo más grande y, así, al
menos, podrías llegar a saborearlo de verdad. No sé, es
como si yo pasase años creando un worldbuilding complejo
y enrevesado para un libro, con sus dioses, su sistema de
magia, sus diferentes razas y después solo escribiese un
microrrelato de cinco líneas.
La cena ha seguido el mismo camino. Una minúscula
ensalada, un suspiro de pescado y, como protagonista del
menú, un plato de marisco que no he podido comerme,
porque no me ha gustado. Nunca he pensado en casarme,
pero si algún día celebro mi boda, lo principal de ese día
será que nadie se quede con hambre. Y que todos lo pasen
bien, claro.
Sobre todo, si me gasto el dineral que parece que se han
gastado aquí.
Por suerte, con el tema de la comida ha terminado todo lo
negativo de la boda. Nuestra mesa de la cena ha sido muy
divertida, rodeada de los antiguos compañeros de Cole,
incluidos el entrenador y su mujer. La lesión que lo separó
del equipo ya no es tema tan tabú, porque algunos incluso
han bromeado al respecto. El primero, y para romper el
hielo, ha sido Cole.
Los novios han abierto la barra libre con un baile nupcial
clásico: un vals. Después, cada uno de ellos ha bailado con
sus padres y luego una canción de Shakira ha dado pie a la
fiesta.
Cole no es de los que baila, así que hemos ido a pedirnos
una bebida y a seguir la conversación con Aaron y Lisa.
—Me alegra que hayáis venido —me dice ella, con una
sonrisa que no ha borrado en toda la velada y que empiezo
a pensar que es perpetua—. La última vez que nos vimos,
Aaron se quedó preocupado por Cole.
Los hombres hablan sobre fútbol a un escaso metro de
distancia, pero la música suena tan alta que ni nosotras
escuchamos su conversación ni ellos la nuestra.
—¿Por qué?
—Le dio la sensación de que anda un poco perdido, de
que se refugió en ese pequeño pueblo para no tener que
afrontar la realidad. Pero no es así, en ese pueblo ha
encontrado algo que le hace feliz.
—Sí que lo ha encontrado —respondo e imito su sonrisa.
No creo que Cole huyera, ni que buscara refugio.
Simplemente, cuando el fútbol dejó de ser una alternativa,
regresar con los suyos fue la mejor decisión. No sé si se
quedará allí de forma permanente, pero por ahora está
ayudando a su familia y me parece la mejor manera de
invertir su vida—. Pasa mucho tiempo con Cami y Caden y,
la verdad, considero que les hacía falta.
—No lo niego, pero no lo decía por ellos. Lo decía por ti.
La sorpresa se refleja demasiado en mi cara antes de que
pueda disimularla. «Se supone que somos novios», tengo
que repetirme.
Lisa se ríe e incluso ese sonido es encantador. Esta mujer
es adorable en todos los aspectos y eso hace que me sienta
mal por mentirle sobre la relación.
—He visto cómo te mira —continúa— y se nota lo mucho
que le importas.
—¿Y cómo me mira? —pregunto, llena de curiosidad.
—Mi madre siempre me decía una frase que no entendí
hasta años más tarde: «Si quieres saber si alguien está
enamorado, fíjate en sus miradas cuando cree que nadie lo
observa. Ahí es cuando se revelan sus verdaderos
sentimientos». Y cariño, cada vez que estás distraída, sus
ojos se pierden en ti. No le cuentes que te he dicho esto, no
sé el tiempo que lleváis juntos y no intento presionarte,
pero que sepas que lo tienes comiendo de la palma de tu
mano.
Me fijo en él sin poder evitarlo y, al hacerlo, descubro
que Cole ya me estaba mirando. Me sonríe, con esa sonrisa
perfecta y arrebatadora, y sigue hablando con Aaron.
—Voy a ir al aseo —le digo a Lisa, porque de repente
preciso un momento para mí—. Ahora seguimos hablando.
No solo intento huir, es cierto que tengo que evacuar
líquidos.
Pero quizá también necesito procesar lo que acaba de
admitir sobre Cole.
Cuando regreso después de vaciar la vejiga y comprobar
mi maquillaje, descubro que Lisa no está. Aaron y Cole
siguen hablando entre ellos, aunque ahora se les ha unido
otro hombre que, si no me equivoco, es uno de los
fisioterapeutas del equipo.
No quiero acercarme e interrumpir su conversación.
—¡Eh! ¡Ven aquí, Hailey! —me llama Mona.
Es la novia de uno de sus antiguos compañeros con quien
hemos compartido mesa. Todos me han caído bien, no
tienen nada que ver con Shanon. Está en medio de la pista
de baile, junto con otras chicas que conozco de la cena. Me
acogen como a una más y bailamos y reímos juntas.
Y, dos canciones más tarde, parecemos amigas de toda la
vida y esta boda se vuelve mucho más divertida.
Capítulo 45
COLE
La boda no está tan mal como había pensado. Es decir, no
esperaba que la celebración fuese un desastre, sino que no
estaba seguro de lo que iba a sentir una vez estuviera aquí.
Y ha sido… liberador. Descubrir que no me importa en
absoluto. No solo eso. Sé que Riley no se portó como un
buen amigo, pero no puedo evitar sentirme feliz por él. Si
esto es lo que quiere, espero de corazón que le vaya bien.
Aaron me ha pedido una segunda copa y nos la bebemos
con tranquilidad junto a la barra del local. Cuando no eres
de los que baila, eres de los que se queda cerca de la zona
bar. Hace un rato que Hailey se fue al baño y que, a la
vuelta, la interceptaron las chicas. Ahora está con ellas en
la pista de baile, dejándose llevar al ritmo de la música y se
nota que ella también lo está pasando bien.
Yo he aprovechado para ponerme al día con antiguos
compañeros, incluso con un par de periodistas deportivos
con los que tenía buena relación. Sin embargo, con quien
más hablo es con Aaron y Lisa.
—¿Has pensado en mi oferta? —me dice él, quedándose
serio de repente—. Cuando estés preparado para volver al
fútbol profesional, te haré un hueco en mi equipo.
—La verdad, todavía no —admito con sinceridad—.
Aunque te suene poco creíble porque Harper Springs es un
pueblo pequeño, me mantiene muy entretenido.
—La oferta seguirá ahí. Me han extendido el contrato
tres años más.
—Te lo mereces.
Aaron es un gran entrenador. No solo entiende en el
terreno de juego, sino que es una persona cercana, de las
que sabe llegar a ti para sacar lo mejor que puedas dar y
siempre desde el respeto y el cariño.
—Además, ten en cuenta una cosa: si fichas con los Bills
podrás vacilar a Luke cuando le metamos una paliza a los
Eagles.
Ambos reímos. Quiero mucho a mi amigo, pero sería
divertido poder restregarle una victoria así.
—Ya está bien de hablar de fútbol —nos corta Lisa—. Le
dije a Aaron que no te comentara nada, que una boda no es
lugar para los negocios. No presiones al chico.
—No pasa nada, no me molesta —afirmo.
Extraño jugar, claro que sí, pero, al menos, ya no duele
saber que no podré volver a hacerlo.
—Te creo. No recuerdo la última vez que te vi tan feliz.
Lisa me conoce, a pesar de que no hayamos coincidido
tanto. Tiene esa capacidad que solo poseen algunas
mujeres para captar bien a las personas, para conectar con
ellas y percatarse de cómo son realmente sin necesidad de
compartir cientos de momentos o vivencias.
—Y, si me permites mi opinión…
—Que te va a dar de todos modos —bromea Aaron.
—… creo que has cambiado a mejor. A Shanon no la
mirabas así.
Mis ojos viajan hasta Hailey. Está bailando una canción
de Olivia Rodrigo y no para de reír. Está preciosa con ese
vestido rojo a juego con el color de su boca. Me vuelvo a
perder en esos labios. Y, joder, quiero volver a probar a qué
saben.
Hailey se gira de pronto y me descubre observándola. Me
sonríe de una forma absolutamente perfecta y encantadora,
y la imito por inercia. ¿Qué me está pasando? Suelo tener
más autocontrol con ella, pero hoy es como si todo me
diese igual y solo quisiese besarla de nuevo.
—¿Lo ves? A esa mirada me refiero —dice Lisa y me saca
de mi ensoñación.
—Y luego soy yo el que presiona —suelta Aaron entre
risas.
—Ve con ella, con nosotros puedes hablar en cualquier
momento.
Me despido de ellos con la promesa de buscarlos luego y
me encamino a la pista de baile. Apenas doy unos pasos
cuando alguien me intercepta. Me fijo en su vestido blanco
antes de toparme con Shanon.
—Qué entretenido te veo —comenta con una sonrisa en
los labios. No tiene nada que ver con las de Hailey, esta es
más distante, más artificial—. Resulta imposible acercarse
a saludarte.
—Bueno, eres la novia, la que debería estar entretenida
eres tú. Una boda muy bonita —le digo, tras un pequeño
silencio—. No esperaba menos de…
—No hace falta que sigas fingiendo, Cole —me
interrumpe. Frunzo el ceño, sin entender—. ¿De verdad has
vuelto a traerla para intentar darme celos? Vas a tener que
currártelo un poco más si es lo que intentas. Buscar a
alguien más guapa o no tan poca cosa, por lo menos.
Se me escapa una carcajada al escucharla.
—Ni viviendo mil vidas conseguirías llegarle a la suela de
los zapatos a Hailey, Shanon.
Intento irme, pero Shanon me retiene, sujetándome por
el brazo. Cuando la miro, veo que tiene los ojos llorosos.
—Espera, quizá no he estado acertada diciéndote eso. Lo
admito, ¿vale? La que está celosa soy yo. No soporto verte
con ella y…
—Es tu boda —la corto yo esta vez—. Te acabas de casar
con Riley, ¿recuerdas? ¿Es que no hay ni un maldito
sentimiento ahí dentro?
—Claro que tengo sentimientos —murmura. Parece
dolida, como si hubiese dado justo en el clavo—. Vas por ahí
como si tú fueses el pobrecito y yo la mala que te engañó y
no es justo, ¿sabes? No es justo. Las mujeres del resto de
compañeros del equipo apenas me hablan porque me
consideran una puta. Nadie sabe la historia de verdad,
cómo me apartaste cuando te lesionaste y dejaste de contar
conmigo.
—Tú solo querías que me recuperase para que volviese a
jugar al fútbol, ni siquiera te importaba cómo estuviera
realmente.
—Quería que volvieras a jugar porque eso te hacía feliz,
porque quería retomar nuestra vida de antes.
—Ya, pero es que eso no era posible. Siento que
romperme el tendón de Aquiles cambiara tus planes,
tampoco entraba en los míos —espeto, enfadado.
—¿Sabes que me enrollé con Riley para llamar tu
atención? —suelta entonces y me quedo tan impactado por
sus palabras que no consigo decir nada—. Él era tu amigo y
pensé que, si creías que podías perderme, lucharías por mí.
—¿Tu plan para no perderme era liarte con un amigo?
¿En serio te pareció que eso sería buena idea?
—¡Estaba desesperada!
—¿Por qué te has casado con él, Shanon? ¿Sigue siendo
un intento de recuperarme?
Baja la cabeza y mira hacia el suelo. Eso solo me cabrea
más. Riley de verdad está enamorado de ella. No importa si
no fue un buen amigo, sé que a ella la quiere. No se merece
esto. Cuando vuelve a levantarla, ha recuperado su
semblante frío y superficial. Me sonríe, sin que la sonrisa
llegue a los ojos y con los labios temblando.
—Podría haber funcionado si no te hubieses traído a esa
niñata contigo.
Abro la boca para defender a Hailey, pero no llego a
hacerlo. No, porque ella misma ha venido. Percibo primero
su aroma a piruleta, su gesto enfadado que transforma
poco a poco en una sonrisa a medida que queda dentro del
campo de visión de Shanon.
Supongo que, al igual que la otra vez, estaba pendiente
de mí. Me ha debido de ver discutiendo con Shanon, los
cambios en mi expresión y mi cara enfadada, y ha querido
ayudarme. Me basto yo solo para ponerle los pies en su
sitio, pero admito que me gusta su actitud.
Hailey está sudada por el baile y los ojos le brillan. Pasa
su brazo por detrás de mi espalda en una buena actuación
de novia perfecta. La última vez que hizo esto, me besó en
el cuello y me hizo perder los sentidos. Ahora no lo hace,
solo se queda cerca.
—¿Tanta inseguridad tienes que cada vez que hablo con
Cole sientes la necesidad de venir a marcarlo como tuyo? —
escupe Shanon. Observa a Hailey con rabia, pero ella no se
cohíbe.
No tengo tiempo de decir nada, pues la rubia se adelanta.
—¿Por qué iba a estar preocupada por eso? Riley y Cole
ya no son amigos. Si buscas a alguien a quien tirarte,
imagino que empezarás por Matthew, ¿no? Ha sido el
padrino, seguro que es más tu tipo.
Shanon la fulmina con la mirada y yo suelto una
carcajada tan alta, que se escucha muy por encima del
volumen de la música.
Agarro a Hailey de la mano y tiro de ella de vuelta hacia
la pista.
—Vamos a bailar —le pido.
—Pero tú no…
—¿Me estás rechazando?
Por suerte, el DJ ha puesto una canción lenta. Coloco las
manos en su cintura y la acerco a mí. Ella apenas se mueve.
—No quiero que lo hagas solo para molestar más a
Shanon.
—Shanon no podría importarme menos ahora mismo —le
aseguro sin dejar de mirarla a los ojos—. Quiero bailar
contigo, Hailey.
Me enseña otra de sus sonrisas preciosas y, por fin, se
deja llevar. Con sus manos en mis hombros, nos mecemos
al ritmo de la música. Para ser sinceros, ella se mueve, yo
intento no pisarla.
—Sí que bailas fatal —me dice entre risas, cuando
termina la canción.
—Siempre puedes enseñarme.
El DJ me da poco margen, porque la siguiente pista es un
tema de reguetón. Si ya soy bastante patoso de por sí,
moverme a ritmo de esto es una misión imposible para mí.
—Primera lección que tienes que saber. El perreo
siempre hasta el suelo. —Dice la palabra en español, algo
que pocas veces hace, pero suena increíblemente bien en
su voz.
Y quizá yo no tengo ni idea de cómo bailar esto, pero
Hailey sabe moverse por los dos. Me pierdo en sus
movimientos de cadera, en el twerking que intenta que yo
imite. Solo que mi mente ya no está puesta en el baile, no
en uno que se haga en vertical, al menos.
Se pega a mí para bailar y juro que jamás en mi vida he
visto nada más sexi que ella. Y puede que la cabeza se me
vaya del todo, pero ya no puedo más. Le sujeto la
mandíbula con las manos y atrapo su boca con la mía.
Hailey entreabre los labios para que mi lengua se abra
camino y explore con avidez. Porque no es un beso casto, ni
tímido, ni siquiera estoy seguro de que sea para todos los
públicos, pero tengo tanta hambre que no me puedo
contener. Lleva las manos a mi nuca y enreda los dedos en
mi pelo antes de ladear la cabeza para permitirme
profundizar más el beso. Bajo las manos por su espalda
despacio, acariciando la piel que queda descubierta hasta
detenerlas en su trasero y, entonces, la aprieto contra mí.
Hailey suelta un gemido que me bebo con un nuevo beso. Y,
de pronto, se separa. Me mira con un deseo tan grande, tan
para mí, que mi ego se hincha al momento.
—Quizá deberíamos seguir bailando… —digo, con la
respiración agitada y un intento de frenar esto, sea lo que
sea.
No sé por qué lo hago. Mi cuerpo está pidiendo a gritos
otra cosa, pero otra parte de mí opina que quizá lo mejor
sea detenerlo ahora que todavía estamos a tiempo.
Ella asiente, sin añadir nada más.
Le cojo la mano y la hago girar. Hailey se detiene a mitad
de la vuelta y pega su cuerpo al mío, de espaldas a mí.
Estoy bastante seguro de que nota mi erección en su culo,
porque la tengo tan dura ahora mismo que es imposible
disimularlo. Sobre todo cuando se aprieta un poco más
contra mí y gira la cabeza para mirarme.
Coge mi mano y la lleva a su pierna derecha, la que tiene
la raja en el vestido. Sin soltármela, la conduce en un
camino ascendente.
—¿Te cuento un secreto? —pregunta, sin dejar de
mirarme.
Trago saliva. Ahora mismo, estoy totalmente a su
merced. Hailey puede hacerme lo que quiera porque, pida
lo que pida, sé que voy a ceder.
Mis dedos van acariciando por encima de la pierna la tela
de las medias, hasta que llego a la mitad del muslo y
empiezo a notar su piel erizada por mi contacto. Está suave
y me estremezco a su paso. Su culo apretado contra mí, su
boca a escasos centímetros de la mía, su aliento aturdiendo
mis sentidos, el aroma a piruleta que desprende su pelo,
sus ojos encendidos que buscan provocarme. ¿De verdad en
algún momento llegué a pensar que necesitaba consejos de
seducción? Estoy excitado y ávido de conocer ese secreto, y
ni siquiera soy capaz de pensar.
Mis dedos llegan hasta su cintura y Hailey detiene la
mano, obligándome a mí también a parar. Se pone de
puntillas para acercar sus labios a mi oído y me susurra:
—No llevo ropa interior.
Y me da igual si hace dos segundos pensaba que tenía
que frenar esto, porque no podría aunque quisiera. Y no
quiero.
La agarro de la mano y salimos de la pista de baile. Estoy
más cachondo de lo que recuerdo haber estado nunca, pero
no voy a cometer el mismo error de la otra vez. Si fuese
otra chica, si fuesen otras circunstancias, seguramente la
encerraría en un baño y me la follaría encima de cualquier
lavabo. Pero estamos en un hotel y nuestra habitación se
encuentra a solo unos pisos de distancia. Puedo esperar
cinco minutos.
La que no puede esperar es Hailey, que se lanza a
besarme en cuanto las puertas del ascensor se cierran con
nosotros dos dentro. No sé ni cómo atino a darle al botón
de nuestra planta.
No deja de besarme mientras salimos, ni cuando intento
abrir la puerta de la habitación. La cierro con la pierna, sin
volverme siquiera. Me voy quitando los zapatos mientras
camino y Hailey se deshace de mi chaqueta. Lo intenta con
mi camisa, desabrochando uno a uno los botones, pero
están más duros de lo que esperaba y suelta un pequeño
grito por la frustración. Me saco la prenda por arriba, sin
terminar de desabrocharla del todo. Todavía no he bajado
los brazos y Hailey ya me está acariciando el torso con sus
manos.
—Joder, es que estás buenísimo —comenta y me arranca
una carcajada.
Con la misma urgencia, me desata el cinturón y la ayudo
quitándome los pantalones. Ella todavía no se ha soltado
ninguna prenda y yo ya estoy solo con los boxers. Le doy la
vuelta para bajarle la cremallera del vestido y se lo quito
por los pies. Hace el amago de girarse, pero coloco la mano
en su espalda y se lo impido. Su cuerpo acaba contra la
pared y me alejo un par de centímetros para poder
contemplarla. Totalmente desnuda, a excepción de unas
medias transparentes que terminan en un liguero negro a
la altura del muslo y los zapatos de tacón. Y como ya me
advirtió, sin ropa interior.
Me pego a ella y la aprisiono más contra la pared. Tiene
la cara girada, pero se mantiene quieta, expectante. Llevo
las manos a sus hombros y acaricio con lentitud,
disfrutando de la calidez de su piel. Bajo despacio por sus
brazos para volver a subir y repetir lo mismo en la espalda,
apenas rozando con la yema de los dedos. Noto cómo
contiene la respiración mientras deja que viaje por su piel.
Regreso arriba y suelto las dos horquillas que le recogen el
pelo. Su cabellera rubia cae hacia atrás en forma de ondas
despeinadas y revueltas y aspiro ese aroma que me vuelve
loco.
Intenta voltearse, pero se lo impido.
—Todavía no —le pido.
Tengo intención de recorrer su cuerpo otra vez, solo que
no con las manos. Poso los labios en su cuello y voy bajando
con besos ligeros y húmedos por la espalda. Me coloco de
rodillas para llegar al glúteo, a los muslos. Hailey me
regala una respiración entrecortada y sé que voy por buen
camino. La sujeto de la cintura para darle la vuelta de
nuevo y colocarla de frente. Busco sus ojos con los míos. Su
mirada me enciende todavía más.
—Quiero probarte —le digo, casi suplicando.
La veo tragar saliva justo antes de asentir. Le sujeto una
pierna y me la paso por encima del hombro. Con la otra
mano me aferro a su cintura. Beso la piel de sus muslos y,
cuando llego al centro de su sexo, Hailey jadea de una
manera que me vuelve loco. Me tomo mi tiempo para
saborearla, para aprender los puntos que más le gustan.
Lleva los dedos a mi cabeza y me agarra del pelo. Me
acerca más a ella, como si temiese que me separase, o
como si quisiese más. Se lo doy, porque yo también lo
deseo. No dejo de besar, de lamer cada milímetro.
—Dios, Cole, si sigues así… —susurra, con la voz
entrecortada entre gemido y gemido.
Escuchar mi nombre saliendo de sus labios elimina el
poco control que me quedaba. Bajo las manos hasta su
trasero y la aprieto contra mi boca. Necesito devorarla,
sentir cómo se deshace a causa de las caricias de mi
lengua.
Hailey suelta un grito ahogado y noto cómo llega al
límite. Sus manos aflojan el agarre, las piernas pierden
tensión y me trago su orgasmo. Me separo un poco para
poder observarla y esa imagen se queda grabada en mi
retina.
Sonrío sin dejar de mirarla, tan preciosa como luce
ahora.
—No me llames Dios todavía, aún me queda mucho por
hacerte —bromeo, aunque solo en lo primero.
Tira de mí para que me incorpore. No le molesta el sabor
de su sexo en mi boca, porque me besa como si también
quisiese devorarme. Cuela una mano entre nuestros
cuerpos y agarra mi erección. Me acaricia arriba y abajo,
ejerciendo una deliciosa presión. Le sujeto la muñeca para
que se detenga y niego, despacio.
—Vamos a la cama.
—¿No deseas que te toque…?
—No es eso. Lo que pasa es que, si sigues haciéndolo, no
te puedo prometer que aguante mucho más.
—¿Y cuánto quieres aguantar?
—En Halloween no pude verte la cara —confieso. Ese
momento me atormenta desde entonces—. Esta noche voy
a enmendar ese error.
Hailey suelta una carcajada y corre hacia su bolso. La
observo extrañado, hasta que la veo girarse con un
preservativo en las manos.
—Jenna me dejó esto por si hacía falta…
Soy yo quien ríe ahora.
Llegamos hasta el colchón sin dejar de besarnos. El sofá
está más cerca, pero esta noche tengo otros planes en
mente. Hailey se sienta en el borde para deshacerse de los
zapatos de tacón que todavía tiene puestos. Ella se quita
uno y yo le ayudo con el otro. Sin embargo, cuando se
inclina para quitarse las medias, me separo un poco para
poder contemplarla mejor. Hailey clava sus ojos en los míos
y esboza una sonrisa al percatarse de mi gesto. Coge el
liguero y lo baja por su pierna despacio, sin dejar de
observarme, y juro que es la cosa más sexi que he visto en
mi vida.
Apenas puedo esperar a que termine para subirme
encima de ella. Nos movemos por el enorme colchón para
acomodarnos en la parte central. No quiero pensar en las
complicaciones que pueda tener esta noche para nosotros.
Ahora mismo, toda mi atención está puesta en Hailey y solo
en Hailey.
Vuelvo a besarla con vehemencia. Las ganas que le tengo
me llevan a dejarle un pequeño mordisco en los labios al
separarme. Nos miramos con los ojos incendiados, con el
deseo latente.
Rasgo el envoltorio del preservativo y me lo pongo con
rapidez.
La giro para que quede boca abajo. Yo me quedo detrás,
de rodillas sobre el colchón. Hailey se incorpora e imita mi
postura para volver a notar el roce de mi cuerpo contra el
suyo.
—Creía que esta noche querías mirarme a la cara —me
dice, a consecuencia del cambio de postura.
—Y quiero —me reafirmo—, pero también quiero que te
la veas tú.
Le sujeto la barbilla y la obligo a mirar hacia delante.
Este es el principal motivo de que hayamos venido a la
cama en lugar de haberme conformado con el sofá.
Justo frente a nosotros hay un espejo que ocupa toda la
pared.
Me pego más a ella y dejo que sienta lo duro que estoy.
Todavía con una mano en su mandíbula, me agarro la polla
con la otra y me coloco en su entrada.
Noto su mirada puesta en mí a través de su reflejo, igual
que la mía está fija en ella. Sonrío de medio lado,
consciente del deseo que veo en ella, de la expectación.
La penetro de una embestida profunda y los dos
gemimos. Continúo moviéndome dentro de ella con
deliberada lentitud. Necesito controlar el ritmo para no
correrme enseguida. Ella cierra los ojos, pero yo no puedo
dejar de contemplarla. No he mentido cuando he dicho que
quería mirarla a la cara. No es solo eso, es que no quiero
perderme ni un detalle. Tampoco es que esto vaya a durar
mucho.
Ahora mismo tengo todos los sentidos aturdidos,
literalmente. La lengua me sabe todavía a ella, al orgasmo
que ha derramado en mi boca. El aroma a piruleta me
enciende y me altera. Llevo una mano a su cadera para
poder ayudarme con cada nueva acometida, cada vez más
rápidas, más intensas, más profundas. Deslizo la otra mano
desde su mandíbula hacia su vientre, acariciando su piel
suave y sudada. Hailey gime todavía más alto cuando
agarro un pecho y aprieto con fuerza. Y son esos gemidos
los que me aceleran el ritmo. La respiración se vuelve más
sonora por el esfuerzo y el anhelo, los latidos se me
disparan mientras entro y salgo de ella y sigo necesitando
más.
Sin embargo, es la visión la que me hace perder del todo
el control. Sus mejillas rojas, su pelo rubio despeinado y
revuelto, su cuerpo meciéndose al compás de mis
movimientos. Hailey abre los ojos y me devuelve la mirada
a través del espejo.
—Eres jodidamente preciosa —se me escapa.
Ni siquiera sé por qué suelto eso. Podría decirle lo mucho
que me gusta follármela, lo húmeda y caliente que está o
cuánto me enciende que me contemple de esa manera
mientras la penetro desde atrás. Pero, en su lugar, lo único
que ha salido de mis labios es que es preciosa.
Subo la mano desde su pecho para acariciarle los labios.
Entonces, ella atrapa dos dedos con la boca, los lame y los
succiona.
Y no aparta la mirada de mí.
Es más de lo que puedo soportar. Las embestidas se
vuelven tan fuertes que Hailey tiene que apoyar las manos
en el colchón para no caerse.
—Dios, Hailey, voy a… —No termino la frase.
Suelta un grito que ahoga contra las sábanas y noto cómo
se deshace en otro orgasmo. Empujo un par de veces más,
de forma más lenta pero más profunda, y apenas un
instante después me corro también.
Nuestra respiración tarda un rato en calmarse, el pulso
de nuestro corazón desbocado en normalizarse.
Cuando lo consigo, me quedo con una sensación rara
rondando la mente. Porque esta vez sí que la he mirado a la
cara.
Y, sin embargo… sigo queriendo más.
Capítulo 46
HAILEY
—Hailey, despierta. Despierta.
Sigo con los ojos cerrados, convencida de que tiene que
ser muy temprano. Acabo de dormirme hace como dos
minutos, no puede ser ya de día. Me giro en la cama,
dispuesta a seguir bajo las sábanas un rato más.
Entonces, los recuerdos de anoche vuelven de golpe.
El comentario despectivo que hice sobre Shanon.
Cole y yo bailando.
Cole y yo besándonos.
Cole y yo desnudos, enredados en la cama.
Abro los ojos de golpe y me encuentro con la mirada de
Cole fija sobre mí. Sonríe nada más verme y eso me alivia.
Ayer tenía muy claro lo que quería, pero hoy las dudas
vuelven. No solo sobre él, sino también sobre mí. ¿Qué es
lo que hay entre nosotros? Una tensión sexual increíble,
eso es cierto. Una amistad que no quiero perder.
Y nada más.
—¿Qué pasa? Son las… —Cojo el móvil de la mesita de
noche para mirar la hora y me sorprendo cuando la veo—.
No son ni las diez. Anoche nos acostamos pasadas las
cuatro. Necesito descansar más.
Hago el amago de volver a taparme con las mantas, pero
Cole me lo impide.
—Ya dormirás en el avión.
—Nos volvemos mañana —protesto—, no hoy.
—Vamos a coger un avión de todos modos.
Me fijo en él, sin entender nada. Sus ojos reflejan
diversión. No sé qué ha preparado, pero es evidente que
hay algo.
—¿Puedo ducharme por lo menos?
—Puedes y debes —me confirma—. A menos que quieras
ir gritando a los cuatro vientos lo que hicimos aquí anoche
que, por otro lado, a mí no me importa en absoluto.
—Prefiero ducharme, gracias.
Me tomo mi tiempo en el baño y me lavo incluso el pelo.
Tengo los restos de laca de ayer y se me ha quedado
apelmazado. Anoche no me desmaquillé, así que mi cara es
un completo desastre. Me hago mi skin care routine y me
maquillo un poco; solo corrector, base y un poco de rímel.
Cole está preparado cuando salgo, vestido con un
pantalón vaquero claro y un jersey blanco. Ha recogido la
habitación, pues ayer dejamos la ropa y los zapatos tirados
por todas partes. Me ruborizo al recordarlo. Odio tener este
sentido de la vergüenza. Ayer no parecía importarme nada.
De hecho, fui yo quien lo provocó. Pero hoy me cuesta
mirar hacia la pared del rellano de la habitación y pensar
que hace apenas unas horas la cara de Cole estaba perdida
en mi entrepierna, regalándome uno de los mejores
orgasmos que he tenido en mi vida.
Sonríe, como si fuese capaz de leerme el pensamiento.
Voy hacia mi maleta y cojo la ropa. No he traído demasiado
para un viaje tan corto. Me resulta gracioso comprobar que
mi muda consiste en otro pantalón vaquero y un jersey del
color de la nieve.
—Parece que vamos a ir a juego —comenta.
Cole actúa con completa normalidad, como si anoche no
hubiese pasado nada, y eso me despista. No ha habido beso
de buenos días ni ningún gesto cariñoso, aunque tampoco
es como si tuviera que haberlo. Seguimos siendo solo
amigos y eso es lo mejor para los dos.
—Tenemos que estar en el aeropuerto dentro de una
hora. Hay una cosa que quiero hacer antes, si no te
importa.
—No me importa.
—¿Segura? No podremos desayunar hasta que lleguemos
al aeropuerto, entonces.
—¿Qué es?
—Despedirme de Riley.
—Podemos desayunar más tarde —afirmo, porque
entiendo que eso es más importante que mi café de buena
mañana, por mucho que lo necesite.
Cole coge su móvil para, imagino, escribirle. Yo termino
de guardar mis cosas en la maleta y prepararme la mochila
para hoy con mi monedero, el gorro y los guantes.
—He quedado con él abajo. Cuando estés lista, nos
vamos.
El camino en el ascensor se me hace bastante más largo
que ayer, pero, claro, ayer estaba demasiado ocupada
besando al hombre al que ahora evito mirar demasiado.
Realizamos el check-out mientras esperamos a que llegue
Riley. Por suerte, apenas tarda unos pocos minutos. Parece
cansado, aunque feliz.
—¿Ya os vais? —pregunta al vernos con las maletas—.
Pensaba que os quedaríais un día más. Shanon y yo no nos
vamos de Luna de Miel hasta mañana.
—Ha surgido algo —responde Cole.
—Está dormida, si queréis despediros de ella no…
—No queremos —la interrumpe. Su semblante cambia y
lo noto más seco.
—¿Ha pasado algo…? —indaga Riley, que también se ha
percatado del cambio en su amigo.
—He venido a tu boda porque me pediste que te
perdonase, que volviésemos a ser amigos. No sé si estoy
preparado para retomar esa amistad, pero sí quiero que
sepas que te perdono —admite. Riley suspira de alivio y
sonríe, aunque Cole continúa, igual de serio—: Aún estoy
debatiéndome conmigo mismo y me he dado cuenta de una
cosa. Si no me importases en absoluto, te diría que ayer fue
una boda muy bonita, que Hailey y yo lo pasamos muy bien
y nos iríamos con la promesa de que, quizá, te
felicitaríamos el Año Nuevo y poco más.
»Pero si de verdad te tuviese todavía aprecio y fuese
capaz de volver a llamarte amigo, aunque en un futuro y no
ahora, te diría que te equivocaste al casarte con Shanon. Te
confesaría que ayer intentó ligar conmigo durante la barra
libre y que en la fiesta del equipo del mes pasado también
lo hizo, que no creo que ella te quiera, no del modo en el
que la quieres tú. Y sé que el amor puede cegar y puede ser
complicado, pero te mereces algo mejor que ella. Nunca es
tarde, incluso el matrimonio tiene vuelta atrás. Nos vemos,
Riley.
Cole me coge de la mano y me guía hasta la puerta del
hotel. Miro hacia atrás, hacia Riley. Sigue con la cara
descompuesta, asimilando todavía lo que le ha dicho su
amigo. Porque sí, es su amigo. En otro caso no se hubiera
tomado las molestias de avisarlo sobre la mujer con la que
ha decidido compartir su vida.
Un taxi está esperándonos en la puerta. El conductor y
Cole guardan nuestro equipaje en el maletero antes de que
Cole le indique que nos lleve al aeropuerto. Tomamos
asiento en la parte de atrás.
—¿De verdad ayer Shanon intentó ligar contigo? —
pregunto, confundida.
—¿Crees que me inventaría algo así?
—No, claro que no —respondo enseguida—. No dudo de
ti, es que me cuesta entender cómo puede estar ligando
con otra persona en el día de su boda.
—No intentes entenderla. Shanon es cruel y egoísta, solo
piensa en ella misma.
—Pero tú saliste con ella también.
—Hay relaciones en las que te encierras tanto que
parecen una burbuja. No te das cuenta de lo tóxica que es
una persona hasta que explota y consigues verlo desde
fuera.
Mi mente vuela a Nick sin poder evitarlo. Cole y Shanon
salieron durante casi un año, pero yo llevo tres con Nick.
Tres malditos años pensando que tenía una relación
perfecta, de esas de las que se habla en los libros y las
películas. Y he necesitado alejarme para darme cuenta de
cómo era realmente él, de lo engañada que estaba.
No soy nadie para juzgar las relaciones de los demás,
sobre todo teniendo en cuenta cómo he gestionado la mía.
—Eh —me llama Cole. Pone dos dedos en mi barbilla y
me gira la cara hacia él—. ¿Estás bien?
—Eso depende —respondo y esbozo una pequeña sonrisa.
No quiero pensar en Nick, no se lo merece—. ¿Vas a
decirme ya a dónde vamos?
—Solo tienes que esperar unos minutos y lo verás en la
pantalla de embarque.
Y así es.
Un pequeño trayecto en taxi, un desayuno rápido en la
terminal del aeropuerto y Cole se dirige hacia el avión que
nos llevará a nuestro destino.
Los ojos se me abren por la sorpresa y tengo que
taparme la boca con la mano para no gritar de la emoción.
—¿En serio? —pregunto, sin poder creérmelo del todo.
—Camille me lo contó. No has vivido unas Navidades
completas hasta que conoces las de Nueva York.
Capítulo 47
HAILEY
Me duele la boca de tanto sonreír, pero tampoco puedo
dejar de hacerlo.
Solo vamos a pasar unas horas en la ciudad que nunca
duerme y la idea es aprovecharlas bien. Hemos dejado las
maletas en una consigna del aeropuerto y no hemos
perdido el tiempo. La primera visita es el mercado
navideño de Columbus Circle, situado al suroeste de
Central Park. Es enorme, mucho más grande que
cualquiera que haya visto hasta ahora. Hay cientos de
puestos con figuras de madera, chocolates, joyas, ropa…
Todo ello acompañado del delicioso olor de galletas de
jengibre y pasteles. Me siento como una niña pequeña,
pero no puedo dejar de observarlo todo. Hago alguna
compra navideña para los amigos y para Luke.
—¿Quieres una? —pregunta Cole.
Señala una galleta igualita que Jenji, el personaje de
Shrek. Incluso tiene los mismos botones lilas y adorables.
Intento no pensar en él cuando asiento y le arranco un
trozo de cabeza de un bocado.
—Qué buena está —casi gimo, todavía con la boca llena.
—Toda una señorita —bromea y se ríe.
Paseamos durante un rato más entre los puestos. Imagino
que se verán más espectaculares por la noche, cuando las
luces navideñas les den ese toque mágico. Sin embargo,
ahora tampoco están mal acompañados de guirnaldas,
árboles y figuras de Santa Claus.
Salimos del mercado cargados con un par de bolsas cada
uno y las metemos dentro de nuestras mochilas.
Tengo la sensación de que caminamos sin rumbo fijo por
Central Park. He visto este parque cientos de veces en
películas y en series y estar aquí por fin es una sensación
que no puedo describir. Voy tan ensimismada mirándolo
todo, que no me doy cuenta de que me he adelantado. Cole
me sujeta de la muñeca para frenarme.
—Vamos mejor por aquí —me dice.
No me suelta, sino que desliza la mano por la mía hasta
que nuestros dedos quedan entrelazados. Su tacto es cálido
y suave. Me gusta.
—¿Dónde…? —No llego a terminar la pregunta.
La famosa pista de patinaje del parque aparece frente a
mí, tan blanca y tan enorme, que me abruma un poco. Hay
varias personas deslizándose por el hielo, aunque no
demasiadas a estas horas. Los conos naranjas delimitan la
zona y parecen formar un pequeño circuito.
—Wollman Rink —informa Cole—. Para mí, la mejor pista
de hielo en la que he estado. La sensación de patinar aquí,
con Central Park a un lado y las vistas de los mejores
rascacielos de fondo, es simplemente inigualable. ¿Quieres
probar?
—Me encantaría.
Patinar sobre hielo es una tradición que Jenna y yo
consolidamos cada año cuando empieza diciembre y abren
las primeras pistas. Desde que le hablé de cómo eran
nuestras fiestas en la infancia, se tomó como algo personal
convertirlas en inolvidables, en la medida de lo que su
familia le permitía.
Sin embargo, hacerlo aquí tiene un aire diferente.
Cole se adelanta para pagar el alquiler de patines y la
entrada. Yo sugiero invitarlo u ocuparme de mi parte al
menos, pero él insiste.
—Te invitaré a comer más tarde —digo como
contraoferta.
Nos equipamos y entramos al hielo.
Él es mucho más hábil, pese a que yo no me defiendo
nada mal. Tampoco es que sea una eminencia, pero sé
avanzar hacia delante sin caerme y deslizarme hacia atrás.
Cole salta a mi lado y da una vuelta en el aire antes de caer
con una sola pierna. Me río al verlo disfrutar como un niño.
—¿Por qué te dedicaste al fútbol y no al hockey sobre
hielo? O al patinaje artístico, visto lo visto.
Me arrepiento en el acto por la pregunta, pero no lo he
pensado antes. No solemos hablar de fútbol y no sé si para
él es molesto mencionarlo ahora que lo ha perdido.
—Me gustaba más el fútbol. Además, se me daba mejor.
Mi salto no es nada complicado y no sé hacer mucho más,
la verdad.
Intento imitarlo. Patino más rápido para tomar impulso,
salto y termino aterrizando con mi culo sobre el hielo.
—Pues parece que es más difícil de lo que dices —
comento mientras me levanto, frotándome el trasero con
una mano y sin poder parar de reír.
Cole se ha acercado para ayudarme, preocupado, pero
ríe conmigo al ver que no ha sido nada serio.
—Que sea sencillo no quiere decir que te tenga que salir
a la primera, aunque el primer paso es intentarlo.
—Bueno, esto es lo que pasa cuando haces algo que no
has hecho nunca.
—No haberlo hecho nunca no debe ser una excusa para
frenarte. De ser así, nunca haríamos nada. Para todos hay
una primera vez. A ti no te ha frenado.
—No, pero me ha dado hambre. ¿Vamos a pillar algo para
comer?
—Vamos.
Capítulo 48
HAILEY
Apenas nos quedan unas horas en Nueva York antes de
coger el vuelo a Salt Lake City, pero estamos aprovechando
cada segundo.
Cole tiene todo preparado. No sé cuándo ha tenido
tiempo de hacerlo, debe de conocerse muy bien la ciudad.
Doblamos la última esquina y llegamos a nuestro destino.
He visto el árbol de Navidad de Rockefeller Center en
decenas de películas ambientadas en esta época. Ahora que
el cielo está oscuro se aprecia todo mejor. Las guirnaldas
de luces, la estrella que brillan con fuerza en la parte más
alta del árbol.
La famosa pista de patinaje sobre hielo está a rebosar de
gente. Varias familias hacen uso de ella, embutidas bajo sus
abrigos y las risas que les provocan este tipo de felicidad
tan sencilla. Cuando era pequeña, soñaba con ser parte de
una de esas familias, aunque a lo máximo que podíamos
aspirar era a que Luke pidiera tacos para los dos y
preguntarnos si mi madre saldría a comer con nosotros o se
quedaría de nuevo en su habitación.
—¿Estás bien? —me pregunta Cole.
Los ojos se me han llenado de lágrimas. No son lágrimas
tristes por estar perdida en mi pasado. Al contrario, son
lágrimas felices por estar por fin aquí.
—Gracias por traerme —digo por toda respuesta.
—Ponte ahí, voy a sacarte una foto —me pide.
—Prefiero que salgas conmigo.
—Primero una tú sola —insiste. Al ver que frunzo el ceño,
explica—: Si te gusta, puede ser tu foto de autora de este
libro.
—Pero si estoy llorando —protesto medio riendo—.
¿Cómo va a ser mi foto de autora?
—Casi he terminado de leer tu manuscrito.
—¿Ya? ¡Qué rápido! Si no has tenido tiempo entre una
cosa y otra…
—Leer no solo es cuestión de tiempo, también es de
prioridades, y La última canción oscura es mi prioridad —
recalca—. Todavía me queda el final, pero presiento que
nos vas a dejar a todos con el corazón hecho trizas. No
pasa nada si sales con lágrimas en la foto de autora, sería
un buen spoiler del final.
Suelto una carcajada y Cole aprovecha justo ese instante
para inmortalizar el momento. Me la muestra y, pese a
todo, pese a que tengo los ojos un poco rojos, la risa
espontánea y las mejillas rojas por el frío… me gusta. Es
natural.
—Eres un buen fotógrafo —le digo.
—Eres una buena modelo.
Su mirada cambia y se vuelve más profunda. Se fija un
instante en mis labios, solo uno, antes de volver a centrarse
en mis ojos y esbozar una sonrisa divertida. Como si no
hubiera pasado nada, pero las ganas de besarlo han sido
muy reales.
—Venga, vamos a hacernos una los dos.
Se coloca a mi lado e inmortaliza el momento con su
móvil. De pronto, aparece un mensaje de Luke en la
pantalla. Cole aparta el teléfono con rapidez y se aleja un
poco antes de empezar a responder.
No sé si piensa que sigo enfadada con mi hermano y no
quiero saber nada de él, pero su reacción me parece
excesiva.
—¿Qué quería? —pregunto cuando regresa, unos
instantes después.
—Nada —contesta. Frunzo el ceño ante su respuesta—.
¿Patinamos aquí también?
—Claro, por qué no.
Acepto su cambio de tema porque el tiempo corre y voy a
aprovecharlo. Probablemente mañana tenga agujetas, pero
merecerá la pena si es por entrar en la pista de hielo de
Rockefeller.
Esta vez me encargo yo de pagar y Cole no pone ninguna
pega. ¿Es esto una especie de cita? No lo parece.
Exceptuando el momento de la foto, no ha habido ningún
tipo de acercamiento más que el de dos amigos. Dos
amigos que ayer tuvieron un sexo bastante salvaje en el
hotel.
Salimos de la pista diez minutos antes de que termine el
tiempo que hemos pagado.
—¿Te duele la pierna? —pregunto mientras nos quitamos
los patines y nos volvemos a poner nuestros zapatos.
Cole solo niega y vuelve a comprobar el móvil.
—Ven, tengo una sorpresa para ti. No te enfades
conmigo…
Lo sigo haciendo preguntas que él no responde. Pero
entonces veo cuál es su sorpresa. Parado frente a mí, con
un abrigo marrón y una sonrisa de disculpa en la cara está
Luke.
—Los dos necesitáis esta conversación en persona.
Capítulo 49
HAILEY
Me lanzo a abrazarlo, sintiéndome culpable. Luke me
devuelve el gesto y me aprieta con fuerza, estrujándome
contra su pecho y apoyando la barbilla sobre mi cabeza.
—Siento haberme comportado todo este tiempo como un
capullo —me dice, todavía sin soltarme—. Eres lo más
importante de mi vida. Siempre lo vas a ser, pero eso no me
da derecho a meterme en todos tus asuntos.
—Siento haberte dicho que yo no era Lucy. Por muy
enfadada que estuviese, eso no es excusa para…
—Lo sé —me interrumpe y me abraza con más fuerza—.
No tienes que disculparte. Está todo bien.
—¿Seguro? Tú eres toda la familia que tengo y no quiero
que estemos enfadados.
—No podría estar enfadado contigo ni aunque lo
intentara.
Noto cómo mi cuerpo se relaja. Estaba preocupada por lo
que pudiera pensar Luke de mí, pero ahora me doy cuenta
de que no tenía motivos. No importa lo que pase entre
nosotros, siempre nos perdonamos, siempre seguimos bien.
—No sé si voy a poder acostumbrarme a que no te metas
en mi vida —medio bromeo—. Es algo con lo que he
crecido.
—Bueno, poco a poco, ¿vale? Voy a intentarlo, intentarlo
de verdad, te lo prometo. Solo te pido que tengas paciencia,
alguna vez me costará más —me sigue la broma.
—¿Y qué haces tú aquí? —pregunto un poco después,
cuando Cole ya se ha unido a nosotros y caminamos juntos
a FAO Schwarz, la juguetería que esconde el teclado en el
suelo inspirado en la película Big.
—Cole me avisó ayer. Me dijo que se le había ocurrido
venir contigo porque estabais en Búfalo y cayó en la cuenta
de que yo tengo partido aquí. No tengo mucho tiempo
porque me toca entrenar, pero no quería desaprovechar la
oportunidad de hablar contigo. Sé que nos veremos en
Navidad, pero todavía quedan dos semanas para eso y no
soporto que estemos enfadados.
—No estoy enfadada contigo, Luke. No me gusta que te
metas tanto en mi vida, eso es cierto. Por supuesto que
haré cosas mal y me equivocaré y me harán daño, pero es
mi vida, tengo que aprender de mis propios errores, no
puedes salvarme de eso. También sé que te lo tendría que
haber dicho de otra manera y no mencionando a…
—Sé que solo lo dijiste porque estabas molesta —me
interrumpe—. Está todo bien, de verdad.
—¿Entonces por qué nunca la mencionamos? Yo no tengo
recuerdos de Lucy, a mí no me duele como a ti, pero si
necesitas hablar de ella, estoy aquí.
Luke no dice nada. Se detiene y se gira hacia mí para
darme un abrazo sentido. Cole camina por delante,
distraído con el móvil para darnos intimidad.
—Está bien echarla de menos —le digo cuando nos
separamos—. Aunque pasen los años, eso no quiere decir
que tengas que olvidarla. Lucy sigue siendo nuestra
hermana.
Durante muchos años fue un tema tabú entre nosotros. A
Luke le dolía demasiado hablar de ella. No solo por la
pérdida, aunque ese era el mayor motivo. Afectó a todo lo
que llegó después y, como fue el desencadenante que
destruyó a nuestra familia, Luke necesitó mucho tiempo y
terapia para entender que nada había sido culpa suya, pero
terminó por aceptarlo y sanar esas heridas.
Ahora le duele en ocasiones, al pensar en la vida que se
perdió Lucy, sin que eso impida ser felices con las que
tenemos nosotros.
—A veces todavía pienso en cómo sería todo si ella
siguiese aquí con nosotros —confiesa mientras reemprende
la marcha—. Sobre todo en estas fechas.
—Navidad es una época que evoca a la familia. La que
tenemos, y también la que no.
—Confío en que Lucy esté bien allá donde esté. Y me
gusta la familia que tengo —añade y esboza una pequeña
sonrisa.
Alarga el brazo y me lo pasa por los hombros para
atraerme contra él. Luke es bastante más alto que yo, así
que apenas le llego a la altura de la axila. Después, avanza
un poco y hace el mismo gesto con su amigo, como si
quisiese dejar claro que él entra dentro de ese concepto de
familia.
Si Cole se extraña, no dice nada. Solo pasa su propio
brazo por detrás del de mi hermano. Su mano roza la mía al
encontrarse en la espalda de Luke. Su tacto es tan cálido
como siempre. Trato de apartarme un poco, pero Cole
coloca su pulgar sobre mi mano y me acaricia un poco con
el dedo. Busco su mirada y me sonríe cuando la encuentro.
Esto sigue sin ser una cita… pero cada vez tengo más
ganas de que se convierta en una.
Capítulo 50
COLE
Llegamos a Harper Springs ayer por la tarde, tan cansados,
que nos acostamos enseguida. Cada uno en su cama, por
supuesto. Hailey no dijo nada y yo tampoco, como si
hubiese una especie de acuerdo tácito por el cual ninguno
de los dos quisiera mencionar lo que ha pasado en este
viaje.
No solo en la boda de Shanon y Riley, sino también en
Nueva York, en ese día raro en el que, aunque no hubo
besos ni gestos cariñosos, la atmósfera entre nosotros se
notaba diferente.
O quizá fui el único que lo notó así.
A propósito de la boda, Riley no me ha escrito ni me ha
vuelto a decir nada. Supongo que no le ha dado
importancia a lo que le dije. Puede que ni siquiera me haya
creído. Después de todo, es la palabra de su esposa contra
la de un antiguo compañero que ya no es ni amigo.
Estoy en la cocina, merendando tranquilamente; hoy
Camille no me necesita en Villa Ruina. Por lo visto, mi
gusto decorativo es pésimo, así que no me quiere allí.
Mañana es la fiesta de inauguración y los últimos detalles
los van a colocar ella y Taylor. Ha llevado mucho trabajo,
pero por fin se ve el resultado y es magnífico.
Le he mandado un correo a Hailey con las sensaciones
que me ha provocado su novela. Creo que soy un pésimo
lector beta, pues he actuado más bien como su mayor fan.
Lo que pasa es que he adorado toda la historia, de principio
a fin.
Remuevo mi yogur con frutas mientras recuerdo las
palabras que me dijo Lisa hace un tiempo. Ayudar a mi
hermana está bien, pero ese es su proyecto. Yo necesito
uno propio, pero ¿cuál? Aceptar la propuesta de Aaron
tiene algunas ventajas. Volver al fútbol, aunque sea desde
el otro lado del juego. Relacionarme de nuevo con mis
compañeros, incluso con Luke. Mantenerme ocupado, tener
objetivos propios, metas propias. Sin embargo, tendría que
mudarme a Búfalo y no sé si estoy preparado para dejar
atrás Harper Springs.
Levanto la cabeza de los cereales y miro a Hailey. Está
sentada frente al escritorio del salón, sumida en la
escritura. ¿Por qué la miro a ella cuando pienso en
abandonar este pueblo? Ni que ella fuese a quedarse aquí,
para empezar. Volverá a Filadelfia, a su vida con su novio, y
todo lo demás quedará atrás.
Me gusta contemplarla así, mientras escribe, dentro de
su mundo interior; ajena totalmente a la realidad. A decir
verdad, es ese mundo interior lo que me fascina. Esta chica
solo tiene veintidós años y es la creadora de una de mis
sagas de fantasía favoritas. No porque la conozca, no
porque sea la hermana de mi mejor amigo. Su obra de
verdad es increíble. Y yo tengo la suerte de conocerla, de
poder llamarla amiga. Joder, tengo la suerte de que esté
escribiendo el final de su historia en el salón de mi casa, de
que haya confiado en mí para leerlo antes que nadie.
Ella todavía no se cree la calidad y talento que posee,
pero terminará por hacerlo. Quizá no salga de su interior
de primeras, pero todo a su alrededor ayuda. Por ejemplo,
el hecho de que anoche Sarah J. Maas subiera una historia
a su perfil de Instagram para decir que llevaba mucho
tiempo sin engancharse tanto a un libro y, acto seguido,
mostrara la primera parte de La última canción oscura.
Hailey también alza la cabeza, solo que lo hace para
mirar a través de la ventana. La veo parpadear varias
veces, como si tuviese que acostumbrar los ojos a esa
claridad diferente de la de su pantalla. Murmura algo, pero
no llego a escucharlo. Echa la vista hacia atrás y se gira en
la silla para mirarme.
—¡Está nevando! —exclama y vuelve a fijarse en la
ventana.
—Ya iba siendo hora, este año se han retrasado bastante
las nevadas de…
No termino la frase. Hailey se levanta de un salto y viene
corriendo hasta mi silla. Me coge de las manos y tira de mí
para que la siga al exterior. Los copos de nieve caen
despacio, todavía no lo suficiente como para llegar a cuajar
en el suelo, aunque pronto empezará a teñirse todo de
blanco.
Hailey me suelta para correr hacia los árboles. Da vueltas
bajo la nevada y ríe, como si fuese lo más mágico que ha
visto en su vida. Me fijo en sus mejillas coloradas, en su
sonrisa radiante y sus ojos cerrados. Lleva puesto el pijama
todavía y tiene que estar congelada. Decido ser más
responsable y entro de nuevo en casa. Me pongo mi
chaquetón y cojo el suyo, además de su gorro blanco de
lana y sus guantes a juego.
Salgo apenas un minuto después y le doy todas sus cosas.
En cuanto se las coloca, se agacha para hacer una bola de
nieve y me la lanza a la cara a traición. Su risa rompe el
silencio del bosque y me arranca una carcajada.
—¡Ahora verás! —la amenazo.
Empezamos una guerra que solo termina cuando corro
hacia ella y le hago un placaje para tirarla al suelo. He
hecho esto cientos de veces mientras jugaba al fútbol, por
eso sé cómo amortiguar el golpe para que no se haga daño.
Cae de espaldas, riendo tanto que se le escapan algunas
lágrimas. Yo caigo encima, sin reír en absoluto. De repente
soy consciente de nuestra cercanía, de lo bonita que está
ahora mismo con las mejillas sonrojadas por el frío, de que
sus labios se encuentran a un solo suspiro de los míos.
Un único pensamiento me invade: quiero besarla.
Necesito besarla. No como algo lascivo o como una
antesala del sexo.
No.
Quiero besarla, sin más.
Recorto ese suspiro y dejo que mis labios se encuentren
con los suyos. Despacio, con una lentitud que contrasta con
todos los besos que hemos compartido hasta ahora. Con
todos los besos que he dado hasta ahora, pues a ninguna
otra chica la he besado así. Noto el corazón en la garganta,
formando un nudo en el que no quiero pensar ahora mismo.
Hailey entreabre la boca y nuestras lenguas se buscan y
se reconocen. Se exploran con tranquilidad, descubriendo
nuevos sabores. Llevo las manos a su mejilla y la acaricio
con delicadeza, apartando algunos copos de nieve de su
cara. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me separo de
ella. Hailey sigue con los ojos cerrados, tan preciosa que
duele.
—Creo que deberíamos entrar —comento. No sé por qué
lo digo, pero necesito romper el silencio—. Debes estar
empapada.
Me levanto y extiendo la mano para ayudarla a hacer lo
mismo. Noto la espalda y los pantalones mojados, aunque
no se ha quejado en ningún momento por la nieve.
—Vamos dentro.
La calidez de la cabaña nos acoge, con el crepitar de la
chimenea como sonido de fondo. Me doy cuenta de que no
nos hemos soltado todavía la mano. Me giro hacia ella y, al
hacerlo, se pone de puntillas y me besa. Se le escapa un
gemido y transforma ese beso en algo muy diferente, más
ansioso y necesitado. La levanto sin esfuerzo y enrosca las
piernas alrededor de mis caderas.
Entro en mi dormitorio sin molestarme en cerrar la
puerta. La llevo hasta la cama y la dejo caer en el colchón.
El frío ha desaparecido del todo y no tiene solo que ver con
el fuego que arde en el salón, pues el que ha despertado en
mí es mucho más intenso. Me sobra toda la ropa. Me quito
con urgencia el chaquetón y el jersey, pero Hailey se
levanta de golpe.
—Espera, para —me pide.
—¿Qué pasa?
—No quiero hacerlo así. Hoy no —matiza. La miro con el
ceño fruncido, sin entender del todo a qué se refiere—. Las
otras veces ha sido a tu manera. Y me ha gustado, no es eso
—añade al ver mi cara de confusión—, pero hoy prefiero
marcar yo el ritmo. Algo menos salvaje. Más…
No termina la frase, pero sé a lo que se refiere.
Más íntimo.
Una palabra que me asusta, sobre todo por lo que
implica. Tampoco deseo pensar en ello, así que me limito a
asentir, incapaz de pronunciar palabra alguna mientras
Hailey lleva sus manos a mi camiseta para quitármela ella
misma. Deja un beso en mi abdomen, en el pecho, en el
cuello. Son gestos ligeros, más cargados de cariño que de
hambre. Y, sin embargo, mi cuerpo tiembla cada vez que
sus labios se posan sobre mi piel.
Llevo las manos a su abrigo, necesitado también de hacer
algo. La desvisto con la misma lentitud con la que ella me
desviste a mí hasta que quedamos totalmente desnudos.
Me separo un par de pasos para poder contemplarla.
Nunca lo he hecho, no así. Sigue siendo preciosa.
Acerco las manos a su cuello y me tomo mi tiempo para
acariciarla. Recorro su piel con la yema de los dedos
mientras ella hace lo mismo. Descubro nuevos lunares, las
pecas de sus hombros, el tatuaje en la muñeca. El vello se
me eriza por el camino que va explorando ella hasta que
lleva las manos a mis brazos y me conduce hasta la cama.
Me tumbo boca arriba sin dejar de mirarla. Hailey se sienta
a horcajadas sobre mí, sin que nuestros sexos se rocen.
Me observa desde ahí y descubro algo nuevo en su
mirada. Sus ojos son más ámbar que verdes, pero el brillo
tan intenso sí es nuevo. Recorro su cuerpo sin molestarme
en disimular el deseo que me invade. De todos modos, solo
tiene que moverse un par de centímetros y notar lo duro
que estoy para comprobarlo ella misma. Me fijo en sus
pechos y las ganas de devorarlos surgen con urgencia.
Intento incorporarme para hacerlo, pero Hailey me sujeta
las muñecas y me lo impide.
—¿Intentas torturarme? —pregunto, la voz ronca—.
Porque está funcionando.
Sonríe y niega, despacio.
Apretando todavía mis muñecas con fuerza, me obliga a
tumbarme de nuevo sobre el colchón, solo que esta vez,
ella viene conmigo. Con los brazos por encima de mi
cabeza, se inclina sobre mi cuerpo y, por fin, me besa.
Empieza lento, pero pronto el hambre se abre camino y
nuestros besos se vuelven ansiosos, vehementes. Me suelto
de su agarre, desesperado. Necesito hacer algo con mis
manos, tocarla, sentir su piel bajo mis dedos. Me aferro a
sus caderas y la muevo un poco. A ambos se nos escapa un
gemido cuando por fin nos rozamos y aprovecho para
apretarla contra mí.
Hailey se inclina sobre mí para besarme en el cuello. Lo
lame con lentitud, saboreando cada rincón de mi piel. Un
calambre me recorre entero y agarro con más fuerza sus
caderas. Se aleja de nuevo para quedar sentada y me
acaricia el torso con una mano, despacio, como si quisiera
memorizar cada recoveco de mi cuerpo. Hago lo mismo con
ella. Subo los dedos por su costado, tomándome mi tiempo
para disfrutar de la suavidad de su piel, de la calidez que
irradia. Llego hasta su pecho y, en lugar de aferrarlo, solo
lo rozo con delicadeza. Bordeo su pezón rosado y le arranco
un pequeño jadeo. Desde esta postura puedo contemplarla
mejor. Veo el placer reflejado en su cara, el deseo que
destellan sus ojos. Es tan jodidamente preciosa, que no
puedo apartar la mirada de ella.
Sigo el camino ascendente por su cuello y le acaricio el
labio inferior. Aprieto con la otra mano, la que sigue
rodeando su cintura, y subo las caderas hacia ella para
notarla más. Me está volviendo loco tenerla así. Desnuda,
encima, tan cerca y a la vez tan lejos. Una parte de mí
quiere tomar las riendas y hacérselo duro, pero me ha
pedido marcar ella el ritmo y, aunque necesito más,
reconozco que esta dulce tortura también me está
gustando.
—¿Tienes condones a mano? —pregunta, con los ojos
clavados en los míos de una forma que hace que el pene me
palpite.
—En el cajón de la mesilla —respondo enseguida, con la
voz ronca.
Hailey se aleja para coger uno, pero no tarda en volver.
Rasga el envoltorio con la boca y me lo coloca. Después,
vuelve a ponerse a horcajadas sobre mí. Sujeta la base de
mi sexo con una mano, la dirige hasta su entrada y se deja
caer. Su calor me envuelve de inmediato y ambos gemimos
a la vez.
Coloca las manos en mis pectorales para moverse más
cómoda y empieza con un balanceo lento y profundo. Mi
vista no podría ser más perfecta. La melena rubia le cae
por delante, tapándole una parte de los pechos, aunque no
toda. No aparta la mirada de mí, así que yo tampoco lo
hago.
Hailey acelera poco a poco y sus gemidos se intensifican.
El roce entre nuestros cuerpos también aumenta y tengo
que cerrar los ojos, convencido de que voy a correrme si
sigue así. Es extraño. Estoy acostumbrado a otro tipo de
sexo. Uno más duro, más salvaje, más primitivo. Pero esta
manera de mirarme, de acariciarme, de moverse sobre mí
como si supiese exactamente qué tiene que hacer para que
la note más… me está encendiendo demasiado.
Hay una intimidad entre nosotros que antes no existía;
quizá sea eso. O quizá sea lo mucho que me gusta mirarla
mientras me cabalga con absoluto control sobre mí. O tal
vez sea el modo en el que Hailey empieza a moverse arriba
y abajo, deslizándose por mi polla de forma que sale hasta
casi la punta y luego entra de nuevo con fuerza, para que la
penetre con profundidad, con mucha profundidad.
—Joder —se me escapa con la voz ronca—. Dios, Hailey,
voy a…
—Hazlo —me pide—. Córrete conmigo.
Y eso es lo que hago. Un par de movimientos más y sus
músculos internos se aprietan contra mi sexo. Hailey gime
cuando el orgasmo la alcanza y, apenas un instante
después, yo también descargo.
Se queda unos segundos más encima de mí, mientras
nuestras respiraciones se relajan y el clímax termina de
desaparecer. Después, sin llegar a salir, se recuesta sobre
mí, me da un beso rápido en el cuello y apoya la cabeza en
mi pecho.
—Me gusta hacerlo a tu manera —le digo.
La noto sonreír contra mi piel, con los ojos cerrados y
sumida en una paz absoluta.
Llevo una mano a su cabeza y la acaricio un poco. El
nudo del pecho que he sentido antes vuelve a formarse. Y
sé muy bien a qué se debe, pero lo sigo ignorando.
No quiero que este instante termine. La abrazo contra mí
para evitar que pueda separarse. Cierro los ojos y alejo
todo lo que me preocupa.
La misma paz que la invade a ella me llena a mí y, en
algún momento, ambos nos quedamos dormidos.
Capítulo 51
COLE
Me despierto despacio, como si quisiese alargar al máximo
este momento.
Ayer, no sé cuándo, Hailey y yo nos movimos. No fui muy
consciente, así que supongo que estaríamos adormilados.
Me quité el condón y lo dejé en el suelo, al lado de mi
mesita de noche. Nos metimos bajo las sábanas y
continuamos durmiendo, abrazados, con su cabeza apoyada
sobre mi hombro.
Hailey se mueve cuando me nota y me mira con una
pequeña sonrisa.
—Buenos días —me dice.
—Buenos días.
Miro la hora. Apenas son las ocho de la mañana, pero nos
acostamos demasiado temprano. También teníamos
cansancio acumulado después del viaje a Búfalo y a Nueva
York.
—¿Qué tal has dormido? —pregunto.
—No puedo quejarme. ¿Y tú?
—Creo que voy a tener una contractura en el hombro —
bromeo—, pero nada mal.
—Debería ducharme…
—Puedes utilizar mi baño si quieres —le ofrezco.
Hailey me da un beso rápido y se levanta de la cama para
perderse tras la puerta del aseo. Ella actúa de forma
natural, como si esto fuese normal. ¿Lo es? Tiene una
relación abierta, pero ¿esto es lo mismo? ¿Lo que hay entre
nosotros es sexo y ya? Antes lo parecía. Ahora… bueno,
ahora parece más. O quizá solo me lo parezca a mí.
¿Qué diablos estoy haciendo?
Me repito todos los inconvenientes.
Tiene novio.
Soy seis años mayor que ella.
Es la hermana de Luke.
Tiene novio.
Soy seis años mayor que ella.
Es la hermana de Luke.
Tiene novio.
Soy seis…
Todo se me olvida en cuanto sale del baño, con el pelo
húmedo y envuelta en mi toalla. Anoche tuvimos sexo, pero
noto cómo me endurezco mientras la contemplo y cientos
de ideas sucias me atraviesan la mente.
—Acabo de ducharme —me dice a modo de advertencia,
aguantándose la risa y adivinando mis intenciones.
—Podemos ducharnos juntos más tarde…
—No —suelta—. Es decir, sí, podemos hacerlo, pero no.
Tengo que ser responsable. Necesito terminar las
revisiones y…
—Está bien, está bien —cedo con rapidez. Sigo estando
duro, pero entiendo las prioridades—. Lo dejaremos para
cuando las termines.
—Adrianne va a estar muy contenta. Nunca he tenido una
motivación mejor para acabarlas pronto —bromea y me
arranca también una carcajada—. ¿Puedo cogerte algo de
ropa?
—Lo que quieras.
Hailey se dirige hacia la cómoda y abre un cajón. Se
queda paralizada un instante, con una prenda verde entre
las manos que no alcanzo a ver. La deja de nuevo y la veo
seguir rebuscando.
—¿Qué pasa? ¿Estás descartando las que no te gustan?
—No es eso. Es…
Coge de nuevo la prenda y se gira hacia mí. Se trata de
mi camiseta de los Eagles. Antes la tenía guardada más
abajo, pero la dejé ahí después de lavarla la última vez.
—Póntela —le pido, mi voz suena casi como una orden.
Sus ojos se abren por la sorpresa.
—No hace falta, sé que no te gusta que…
—Póntela —repito—. Quiero ver cómo te queda.
—¿Estás seguro? Literalmente, he visto cómo se la
quitabas a…
—Esa camiseta es especial para mí. No solo es la
camiseta con la que jugaba en los Eagles. Mis compañeros
de equipo me la firmaron cuando me fui a los Bills. No dejo
que cualquiera la utilice, pero tú no eres cualquiera, Hailey.
Póntela.
Esboza una sonrisa preciosa y por fin se convence. Se
quita la toalla sin vergüenza por estar desnudándose
delante de mí y se coloca la camiseta. Le está enorme, no
solo de hombros, sino que le cae hasta la mitad del muslo.
Y, sin embargo, está increíblemente sexi con ella puesta.
Me levanto para contemplarla mejor. Sigo desnudo
porque no me he vestido desde anoche, así que solo tiene
que bajar un poco la mirada por mi cintura para ver lo
mucho que me gusta cómo le queda.
—¿Suena muy arrogante o posesivo si te digo que estás
buenísima con mi camiseta puesta?
Hailey se ruboriza, pero no aparta la mirada.
—Lo que suena es un poco cerdo, si me lo dices con eso
apuntándome así —responde y señala hacia mi pene erecto.
Suelto una pequeña carcajada y me acerco hasta ella de
una zancada.
—¿Cómo de rápido tienes que pasar las correcciones? —
le pregunto con la voz ronca.
—Digamos que no pasa nada si empiezo dentro de unos
quince minutos.
No necesito más.
Termino de recortar la distancia que nos separa y la beso
con ganas. Llevo las manos hasta sus caderas y camino con
ella hacia atrás hasta que su cuerpo choca contra la
cómoda. La levanto sin dejar de besarla y la siento sobre el
mueble de madera. Nuestras lenguas se buscan sin
descanso, chocando con una intensidad que contrasta con
el sexo lento de ayer. Llevo una mano a su pierna y la
acaricio de forma ascendente. Bajo la velocidad cuando
llego a la cara interna del muslo. Hailey se abre un poco
más en una silenciosa invitación a que continúe. Eso hago.
Dirijo la mano hasta su sexo y la acaricio desde fuera. Está
húmeda y eso hace que mi polla palpite con fuerza, como si
quisiese recordarme que también está aquí. Hailey gime
contra mi boca en cuanto empiezo a masturbarla.
—Quiero que me folles —me ordena.
—Qué ansiosa —susurro, sin dejar de acariciarla.
Introduzco un dedo en su interior, haciendo que vuelva a
gemir.
—Tenemos quince minutos, ¿recuerdas?
Cierto, me ha puesto tiempo y no voy a poder disfrutarla
como me gustaría. Pero no pasa nada, porque solo tengo
que esperar a que termine esas dichosas revisiones. Paro
de masturbarla, para sostenerla en brazos y llevarla hasta
la cama. La dejo sobre el colchón y cojo directamente el
condón de la mesilla de noche. Me lo coloco con prisas,
pero me detengo un instante para mirarla. Con el pelo
todavía húmedo y revuelto, las mejillas sonrosadas, los ojos
encendidos y mi camiseta de la NFL subida por los muslos.
—¿Lo hacemos a tu manera? —pregunto.
—Puedes follarme como quieras.
Me tomo la invitación al pie de la letra. Tiro de ella en la
cama para que quede en el borde del colchón y le coloco
una almohada detrás para levantarle las caderas. Hailey
suelta un pequeño grito por la sorpresa, pero me mira
excitada, expectante.
Llevo una mano a su cintura y con la otra me coloco en
su entrada, para penetrarla de una sola vez. El jadeo que
suelta me arranca otro a mí. Marco un ritmo rápido e
intenso. Hailey se agarra a las sábanas para frenar su
cuerpo, que se mueve con cada nueva embestida. Me dejo
caer un poco sobre ella, sin bajar el ritmo. Subo la mano
hasta su cuello y lo rodeo con los dedos. Aprieto con fuerza,
aunque no tanta como para que resulte doloroso.
—¿Te molesta esto? —le pregunto.
No me responde con palabras, sino que lleva las manos a
mi cuello y me hace exactamente lo mismo. Intensifico el
ritmo y lo hago más y más profundo. Hailey me aprieta
cada vez que me hundo en ella y sus gemidos se vuelven
tan fuertes, que se convierten en gritos.
—Córrete —le pido, porque lo necesito.
Estoy conteniéndome para que termine, pero no voy a
poder aguantar mucho más.
—Dios, Cole, no pares —me suplica.
Escuchar mi nombre entre jadeos no me lo pone fácil,
pero continúo moviéndome. Me hundo con fuerza en su
interior y noto cómo llega al clímax en el acto. Me
desinhibo del todo y termino de derramarme mientras bajo
el ritmo de las embestidas y aflojo la fuerza de las manos.
Me dejo caer a su lado para que se me relajen las
pulsaciones y se me normalice la respiración. Hailey se gira
para mirarme.
—Cole… —me llama con un susurro—. Esto que hay entre
nosotros… ¿qué es?
—¿A qué te refieres? —pregunto, el nudo en la garganta
va ganando fuerza de nuevo.
—¿Sigue siendo sexo? Porque si es así, no lo parece. Tú…
—duda, pero no aparta los ojos de los míos—, me gustas.
No solo en la cama, aunque también. Me gustas más allá de
una relación física y quería decírtelo. Solo para que lo
supieras —añade, al ver que no digo nada.
Pero, joder, ¿qué quiere que le diga? Me está
confundiendo. Es ella la que tiene una relación, no yo. ¿Qué
diablos significa esto? Ni siquiera sé qué responder, pero
tampoco tengo que hacerlo.
Porque mientras ordeno mis pensamientos, suena el
timbre de la casa.
Una vez, y otra, y otra.
—¿Quién viene tan temprano? —me pregunta Hailey con
tono natural, como si no acabase de confesarme nada y yo
no acabase de quedarme callado.
El corazón se me dispara con una mala sensación. La
única persona que se me ocurre que puede estar llamando
con esta insistencia es Camille, pero no para traer buenas
noticias.
—Espera, voy yo —se ofrece.
Ella está vestida y lo único que yo llevo puesto es un
preservativo.
Se adecenta un poco el pelo como puede, se alisa mi
camiseta y corre hacia la puerta.
Desde mi dormitorio, veo cómo su cara se transforma y
se queda totalmente pálida.
—Hola, cielo —dice una voz masculina desde la puerta.
Para cuando Hailey responde, el nudo que tengo en el
pecho desde ayer me ha apretado con tanta fuerza que está
empezando a asfixiarme.
—Hola, Nick.
Capítulo 52
HAILEY
Me quedo totalmente paralizada. No es que no sepa
reaccionar, es que no puedo.
Nick está frente a mí, pero no sé qué está haciendo aquí.
Tiene una sonrisa dibujada en la cara y, si es consciente de
lo extraña y desconcertada que me siento ahora mismo, lo
disimula muy bien.
Percibo todo como si estuviese fuera de mi propio
cuerpo, en algún lugar lejano. Nick da un paso al frente y
entra en la cabaña, pues ni siquiera lo he invitado. Se
inclina para darme un beso en los labios. No lo respondo,
aunque tampoco me aparto. Sigo bloqueada. Creo que dice
algo, pero no llego a escuchar nada.
Consigo girar la cabeza hacia el dormitorio de Cole. La
puerta sigue abierta. Veo que se ha puesto un pantalón y
me observa con evidente incomodidad en la mirada. Nick
sigue sin percatarse de nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, con la voz temblorosa y
el ceño fruncido.
—Quería darte una sorpresa —responde sin borrar esa
sonrisa de su cara. Me está poniendo aún más nerviosa—.
Cogí un vuelo anoche. Fue algo improvisado. En el pueblo
me han dicho dónde podía encontrarte.
—No me refiero a eso —intento explicarme—. ¿Por qué
has venido…?
No lo entiendo. Ha pasado tiempo desde la última vez
que hablamos y discutimos. No lo dejamos entonces, pero
solo porque esa conversación teníamos que mantenerla en
persona, no por teléfono. Sin embargo, creo que quedó
patente con lo que nos dijimos.
Y ahora Nick está aquí, saludándome con una sonrisa y
un beso como si nunca hubiese habido problemas entre
nosotros, como si fuésemos una pareja feliz
reencontrándose tras un tiempo separados.
No solo eso. Llevo tres años saliendo con Nick, pero,
aunque suene egoísta, es en Cole en quien no puedo dejar
de pensar. Algo ha cambiado entre nosotros desde la boda
de Riley y Shanon. Ya se lo he dicho. No me importa que no
haya respondido ni que no sienta lo mismo porque eso no
va a borrar lo que siento yo.
Cole cierra la puerta de su habitación para darnos
intimidad o, quizá, porque no quiera vernos.
Esto es un maldito desastre.
—Ven, hablemos en mi dormitorio —casi le ordeno a
Nick.
Me fijo entonces en que lleva una maleta de equipaje.
¿De verdad se ha traído una maleta? ¿Piensa pasar aquí
unas vacaciones después de lo último que me dijo?
Vamos juntos hasta mi habitación, pero me quedo fuera.
—Espérame un segundo —le pido.
Sin esperar respuesta, cierro la puerta de nuevo y me
alejo. Me encuentro a Cole en la cocina, que ha debido de
salir para coger agua. No me mira.
—No lo he invitado yo —le digo en voz baja, porque
necesito que lo sepa—. Ni siquiera sabía que iba a venir…
—No pasa nada —responde. Sé que miente porque sigue
evitando mirarme a la cara—. Ve con él, no lo hagas
esperar.
—Lo de antes iba en serio, Cole —aseguro y trato de
sonar tan convencida como me dejan los nervios ahora
mismo—. ¿No vas a decirme nada al respecto?
Él no responde, solo guarda silencio, con los labios
apretados y la vista fija en la botella de agua que tiene en
las manos. Intenta irse, pero lo sujeto por la muñeca.
—Eres un cobarde —espeto, molesta.
Creo que me merezco una respuesta, aunque sea para
darme una negativa. Que me diga algo, lo que sea.
No habla.
Cole levanta la mirada entonces y clava los ojos en los
míos. Hubiese preferido que no lo hiciera. Son fríos y
distantes y reflejan dolor y decepción.
—¿Yo soy un cobarde? —repite y suelta una pequeña
carcajada cargada de sarcasmo—. Eres tú la que tiene a su
novio ahí dentro, Hailey.
Justo en ese momento se vuelve a abrir la puerta del
dormitorio y Nick me llama. Cole se suelta de mi agarre y
se va a su dormitorio, sin decir nada más.
Regreso a la habitación, decidida a afrontar los
problemas uno a uno. Nick se acerca de nuevo con la
intención de besarme, pero esta vez sí me aparto.
—¿Qué te pasa? —me pregunta—. ¿No te alegras de
verme? Han pasado casi cuatro meses y te he echado de
menos, pero parece que a ti te molesta mi presencia.
—¿Es que no recuerdas nuestra última conversación por
teléfono?
—¿Cuándo me dejaste claro que te estabas tirando a
medio pueblo? —inquiere a la defensiva—. Mira, creo que
en todo caso el que tiene derecho a estar molesto soy yo,
no tú. Perdóname si no entiendo nada. Si yo estoy dispuesto
a perdonar lo que hiciste, no sé qué problema…
Soy yo la que suelta una carcajada ahora,
interrumpiéndolo.
—¿En serio? ¿Esa fue la conclusión que sacaste? Te
repito, Nick, que fuiste tú quien abrió la relación. Te dije
que tendría consecuencias y, aun así, no te importó.
—Y yo te repito, Hailey —me imita con una
condescendencia que me enfada más todavía—, que lo hice
porque pensaba que tú no te acostarías con nadie.
Me llevo las manos a la cara por la impotencia. No puede
ser que yo sea la única que se da cuenta de lo mal que está
que admita eso, pero eso dice mucho de cómo ha sido
nuestra relación todo este tiempo.
—Entonces deberías haberme dicho que querías un pase
para tirarte a quien quisieras, incluyendo a mis amigas, y
que yo no hiciera nada. No es eso lo que ofreciste.
—Ya, supongo que creía que te conocía y es evidente que
no.
—Sí, es evidente que no.
Mi voz ya no suena enfadada, sino triste. Porque
comprendo lo cierta que es esa afirmación. No por lo que él
insinúa, por todo lo demás. No sabe nada de mi vida, ni la
personal ni la profesional. No se ha molestado nunca en
preguntarme la trama de mis libros, o por qué no tengo
relación con mis padres, ni siquiera conoce el nombre del
pueblo en el que llevo meses viviendo… Lo único que no
entiendo es cómo he tardado tanto en darme cuenta.
—Eh, no, no, cielo, no me mires así —me dice de pronto.
El enfado ha desaparecido para dar lugar a una mirada que
antes me hubiese parecido cariño, pero ahora reconozco
como manipulación—. Podemos con todo, cielo. Yo te
quiero. Somos Nick y Hailey, ¿recuerdas?
—No. Tú eres Nick y yo soy Hailey, somos personas
diferentes, no partes del mismo pack. Y ya ha llegado el
momento de que…
—No —me interrumpe—. No puedes dejarme, cielo, no
puedes —casi suplica.
Pese a todo, me duele verlo así. Parece estar sufriendo de
verdad. He compartido tres años de mi vida con él y no le
deseo ningún mal. Sin embargo, tampoco quiero continuar
esta relación. No es sana, no para mí. Además, siendo
honesta conmigo misma, hace ya tiempo que no siento por
él lo mismo que sentía. Nick se da cuenta de que voy en
serio, de que esta vez no voy a ceder. Entonces su
semblante cambia y la pena se transforma en enfado.
Su mirada me recorre de arriba abajo, como si de
repente cayese en la cuenta de algo.
Recuerdo que todavía llevo puesta la camiseta de Cole.
Eso es lo que ha visto.
—Es él, ¿verdad? —me espeta con una rabia que no había
visto antes en él—. El tío que te estás tirando es tu
compañero de piso, el amigo de tu hermano.
—Eso no tiene nada que ver con lo que estamos
hablando.
—¿Cómo que no? ¡Claro que tiene que ver, joder! ¡Si
hasta llevas su puta camiseta puesta mientras discutimos!
Te lo has follado, ¡¿verdad?!
Retrocedo cuando empieza a gritarme, fuera de sí. Nick
se acerca a mí con dos grandes zancadas y lleva las manos
a la camiseta.
—¡Quítatela! —exige, mientras lo intenta. Le aparto las
manos—. Que te la quites —repite, su tono de voz es mucho
más flojo, pero más amenazante. Por primera vez desde
que estamos juntos, tengo miedo de él.
No por mí. Nunca me ha puesto la mano encima y no
creo que vaya a hacerlo ahora tampoco. Sin embargo, sí
que temo que termine por romper esta camiseta y no voy a
permitírselo. Sé lo especial que es para Cole.
—No voy a seguir discutiendo contigo mientras llevas eso
puesto —espeta. Se acerca de nuevo y coge la prenda por
abajo. Al agarrarla, la tela sube por mis muslos. Veo el
segundo exacto en el que la mirada de Nick cambia de
nuevo y una rabia que no había visto hasta ahora refulge en
sus ojos azules—. ¿Te lo estabas follando cuando he
llegado? ¿O es que te paseas por aquí sin las bragas
puestas? ¿Qué clase de puta eres?
La puerta del dormitorio se abre en ese momento y Cole
entra con furia. Separa a Nick de mí con un empujón y
siento que me encojo contra el armario. No puedo evitar
sentir alivio al verlo, pero me dura poco. Enseguida Nick y
él se encaran y no me gusta nada en qué puede terminar
eso.
—No le vuelvas a poner la puta mano encima —ruge
Cole.
—¿Piensas que voy a pegarle, en serio? —se burla Nick—.
Es mi jodida novia, tío. No soy un maltratador.
—No es lo que parece.
—¿Crees que porque te la tiras tienes algún derecho
sobre ella? Hailey y yo llevamos juntos tres años. Tres
malditos años, te aseguro que me la he follado bastantes
más veces de las que te la hayas follado tú. Si no te
importa, ¿puedes largarte? Esta conversación es privada.
Cole se gira un instante para mirarme y comprobar que
estoy bien. Asiento, despacio.
Nick aprovecha que Cole se ha girado y le propina un
puñetazo en la cara. Cole se prepara para devolvérselo,
pero corro hacia ellos y me cuelo en medio.
—¡No! —grito, tan fuerte, que me hago daño en la
garganta—. ¡Parad ya!
—Lárgate de mi casa —le dice Cole—. Ahora.
Nick no dice nada más. Coge su maleta y se dispone a
salir del dormitorio. Sin embargo, lo detengo antes.
—No, espera —le digo.
Cole me mira, todo su enfado ahora dirigido a mí.
—¿En serio? —bufa—. Haz lo que te dé la gana, Hailey. Yo
ya he terminado aquí.
Trato de explicarle la razón, pero no me da tiempo a
nada. Sale del salón con prisa y, aunque intento seguirlo, lo
máximo que veo es el portazo que deja tras él al abandonar
la casa.
Nick se acerca a mí de nuevo.
—Sabía que al final me escogerías a mí —comenta y
esboza una ligera sonrisa—. Al final, siempre lo haces. Por
mucho que digas que no, seguimos siendo Nick y Hailey.
—No te estoy eligiendo a ti. Si te he pedido que te
quedaras, es porque no hemos terminado la conversación y
no quiero que te queden dudas y te montes películas como
pasó la otra vez. Tú y yo hemos terminado, Nick. Para
siempre.
Noto cómo mis palabras impactan en él. Antes me ha
dado pena verlo así, pero ahora no. No siento ninguna
lástima después de cómo se ha comportado conmigo, de
cómo se ha comportado con Cole.
—No puedes, cielo, no puedes… Te amo, lo sabes. Nunca
nadie te va a querer como te quiero yo.
—Eso espero.
—Pero yo te quiero… —repite, como si eso tuviese que
bastar.
—Yo también me quiero, Nick, y más y mejor de lo que
me quieres tú. No necesito más. Ahora sí puedes largarte
de esta casa.
—No sabes lo que dices. Lo ves así ahora porque estás
aquí, pero dentro de poco termina tu retiro. ¿Cómo va a ser
cuando vuelvas a Filadelfia? ¿O es que piensas quedarte en
este pueblo de mierda?
—Lo que vaya a hacer con mi vida ya no es asunto tuyo.
Nick bufa. La ira vuelve a asomarle a los ojos cuando se
da cuenta de que no voy a cambiar de opinión. Coge su
maleta con rabia y sale del dormitorio. Antes de llegar a la
entrada de la cabaña, se gira de nuevo hacia mí y me mira
con un odio que poco tiene que ver con las palabras que
acaba de decirme.
—Voy a contarles a todos lo puta que eres —me espeta—.
Y, solo para que lo sepas, también me tiré a Miranda antes
de abrir la relación. Y no, no era porque me recordara a ti,
sino porque folla mucho mejor que tú.
Sus palabras me duelen, no por el insulto, sino por el
hecho de volver a comprobar que Miranda nunca fue
realmente una amiga.
—Eso lo puedo entender —respondo yo—. Yo pensaba
que el sexo entre nosotros era bueno, pero solo porque no
tenía experiencia. Pero después conocí a Cole y, joder, él sí
que me ha enseñado cosas. Anoche tuve tres orgasmos con
él. ¡Tres! —exclamo, para darle énfasis a mis palabras—. Y
hoy nos hemos despertado y hemos repetido. Disfruta con
Miranda, Nick.
Cierro la puerta en sus narices y dejo escapar el aire que
he estado conteniendo casi sin ser consciente de ello.
Me siento un poco liberada después de haber despachado
a Nick. Sin embargo, también me siento mal por Cole.
Mañana es la inauguración de Villa Ruina y me gustaría
hablar con él antes de que llegue el momento para no
enturbiar el día de Camille.
Lo llamo por teléfono y le dejo un mensaje:
¿Puedes cogerme el teléfono? Ha sido un malentendido. No
quería que te fueses.
Solo necesitaba que Nick se quedara para dejarle claro que ya no
estamos juntos.
No responde, ni siquiera parece haberlo recibido. Harper
Springs es un pueblo pequeño, no hay muchos sitios en los
que pueda haberse escondido.
Cojo mi abrigo, el gorro y los guantes y me encamino
hacia la puerta. Nada más abrirla, me topo con una
persona. Alguien que tampoco esperaba, pero a la que sí
me alegro de ver. Hoy es el día de las sorpresas.
Rompo a llorar y me lanzo a abrazarla.
No sé qué está haciendo Jenna aquí.
Lo que sí sé es lo mucho que la necesito.
Capítulo 53
HAILEY
Jenna me devuelve el abrazo y me aprieta con fuerza contra
ella. Me deja llorar mientras necesito desahogarme y no
habla hasta que me separo un poco y la miro, con los ojos
rojos, pero sin nuevas lágrimas.
—Vamos dentro y me cuentas qué ha pasado —me dice—.
Me estoy congelando la nariz.
A pesar de las circunstancias, me arranca una pequeña
carcajada.
Entramos juntas y cierro la puerta. Me quito toda la ropa
de abrigo y la dejo en el perchero. Jenna hace lo mismo. Me
fijo en que arrastra una maleta, igual que Nick, solo que la
suya no me molesta en absoluto.
—Deduzco por tu cara que la sorpresa de Nick no ha ido
del todo bien —comenta sin dejar de observarme.
—¿Tú sabías que iba a venir?
—Sí, ahora te lo cuento todo, pero lo primero es lo
primero. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo estás?
—Hemos roto —resumo tras tomar asiento en el sofá.
—¡Vaya! Estoy segura de que eso no se lo esperaba.
—No sé por qué, la verdad. Desde que estoy aquí
prácticamente no hemos hablado y las veces que lo hemos
hecho ha sido para discutir. Siento como si todo este
tiempo hubiese vivido engañada, ¿sabes? Tú y Luke me
dijisteis muchas veces la forma en la que me manipulaba, y
hoy ha sido tan evidente que no entiendo cómo me ha
engañado hasta ahora…
—El amor nos ciega, Hails. No es tu culpa. Los chicos
como Nick son perfectos manipuladores, saben cómo
hacerlo. Me alegra que por fin te hayas dado cuenta. Yo voy
a estar aquí siempre —añade y se acerca a mí para darme
un abrazo—. ¿Qué sientes ahora? Respecto a él, quiero
decir.
Solo tengo que pensarlo un segundo antes de responder:
—Rabia. He desperdiciado tanto tiempo con él… Tendrías
que haber visto cómo se ha puesto. Incluso le ha pegado a
Cole.
Los ojos de Jenna se abren por la sorpresa. Durante más
de veinte minutos, le cuento cómo ha sido la ruptura, desde
que Nick ha aparecido por la puerta hasta que se la he
cerrado en las narices. No oculto detalle, ni siquiera el
hecho de que me estuviese acostando con Cole cinco
minutos antes de la aparición de mi ahora ex.
Jenna me escucha y se comporta como lo que es: mi
mejor amiga. Me abraza y me anima cuando me hace falta,
insulta a Nick y amenaza varias veces con matarlo por
haberme tratado mal y se escandaliza y me pide detalles al
enterarse de lo de Cole. Con todo el viaje no he tenido
tiempo de ponerla al día de lo que ha pasado entre
nosotros, pero suspira con cada mención de mi compañero
de piso.
—Tía, no te enfades, pero ¿por qué has dejado que Cole
se fuese y Nick se quedara? Te ha defendido y aun así…
—Quería una ruptura definitiva con Nick —le explico—,
no medias tintas de nuevo.
—Ya, entiendo. Cole vive aquí, puedes explicárselo en
cualquier momento y lo entenderá. Seguro que se alegra de
que por fin hayas sacado a ese cabrón de tu vida.
—Vale, ahora vamos a hablar de ti. ¿Qué haces aquí? ¿Por
qué no me dijiste nada de lo de Nick?
—Yo iba a venir para darte una sorpresa, porque hay
cosas que quiero contarte en persona. Ayer se me escapó y
estaba Nick delante, así que se le ocurrió apuntarse a mi
plan. No me dijo nada, me lo he encontrado en el
aeropuerto cuando iba a tomar el vuelo. Me ha pedido que
le guardara el secreto y yo qué sé, ahora me doy cuenta de
que debería habértelo dicho nada más aterrizar, pero
supongo que he pensado que eso chafaría también mi
sorpresa y me he echado atrás. Si hubiese sabido lo que iba
a pasar, créeme que te habría advertido. Él quería hablar
antes contigo en privado, así que he visitado a Cami un
rato. Tenía que avisarme cuando terminase, pero no me ha
dicho nada, así que he venido igualmente.
—Gracias por estar aquí.
—No me las des, idiota. No hay ningún otro sitio en el
que preferiría estar.
—Oye, ¿y qué es lo que quieres contarme en persona?
—No sé si decírtelo ahora…
—¿Por qué? ¿Son malas noticias?
—¡No! Al contrario.
—¿Entonces? —insisto—. Buenas noticias es lo que más
necesito ahora mismo.
—¡Me han dado el contrato de prueba! —exclama sin
poder contenerse—. Un año en Nueva York, tía.
—¡Enhorabuena! ¡Sabía que entrarías! Nadie lo merece
más que tú.
Me lanzo sobre ella para abrazarla. Era cierto: noticias
así es justo lo que necesito. Me alegro tanto por ella, que
no puedo dejar de sonreír. Jenna tampoco. La atmósfera
deprimente y de enfado que ha dejado Nick tras su paso
desaparece gracias a mi amiga y pronto su nombre pasa a
un plano tan lejano que ni siquiera pienso en él.
—Empiezo en enero, así que tengo que buscar
alojamiento ya. Desde la revista me pagan el hotel el
tiempo que tarde, ¿te lo puedes creer? O sea, además de
sueldo, me pagan una habitación en un hotel de cuatro
estrellas. Estoy flipando.
—Les ha encantado tu perfil y te quieren. No te van a
dejar escapar después de ese año de prácticas.
—Eso espero. Este trabajo es mi sueño.
Lo sé. Jenna ha luchado mucho para conseguirlo y no
puedo estar más feliz. Se queda seria y me dedica una
mirada profunda. Conozco esa mirada.
—Dispara —la insto.
—La verdad es que ahora tengo menos dudas que antes.
Si quería decírtelo en persona, no era solo por ver tu cara,
sino porque quería proponerte algo. ¿Por qué no te vienes
conmigo a Nueva York? No quiero dejar de vivir contigo, ni
de tenerte en mi vida. Que sí, que seguirías estando.
Soportamos todos los años que estuviste en España,
podemos soportar esto también. Pero no quiero. Quiero que
sigamos siendo compañeras de piso. Antes tenía dudas
porque pensaba que quizá escogerías quedarte en
Oklahoma con Nick, pero ahora que por fin nos hemos
deshecho de ese capullo, nada te ata a esa ciudad. Además,
no me digas que no suena sofisticado que tu próxima
novela la escribas en Nueva York. Es la cuna de Gossip Girl.
Tenlo en cuenta antes de responder.
Lo cierto es que no he pensado demasiado en lo que voy
a hacer. La idea de mudarme a Nueva York con Jenna suena
increíblemente bien. Sin embargo, noto un pinchazo
cuando me imagino viviendo en la Gran Manzana. No tiene
nada que ver con Jenna, sino con cierta persona que ha ido
colándose poco a poco y se ha metido hasta las entrañas.
Porque lo que no me suena tan bien es la idea de irme de
Harper Springs, de alejarme de Cole…
—Estás pensando en Cole, ¿no? —pregunta Jenna, que ha
seguido el hilo de mis reflexiones—. La verdad, no había
contado con eso. Es más difícil competir con él que con el
otro.
—No tienes que competir con nadie —aseguro—. Un año
viviendo contigo en Nueva York suena genial. Lo único que
no puedo decirte es cuándo me iré. Necesito un tiempo
antes en Harper Springs.
Porque sí, porque Jenna sigue siendo mi mejor amiga y
estar con ella es una prioridad. Y la forma en la que encaja
Cole en todo esto es algo que tengo que descubrir.
Capítulo 54
COLE
He pasado todo el día tratando de poner mis asuntos en
orden, y por «asuntos» me refiero a lo que sea que está
pasando con Hailey.
Lo intento, de verdad que lo intento, pero no entiendo
nada. Todo era más sencillo cuando nuestra relación se
limitaba a sexo esporádico. Ahora hay más que atracción,
aun si no dejo de negármelo a mí mismo. He intentado
luchar contra ello. Quiero decir, Hailey aparecía en mi
mente con un cartel rojo y luminoso para que evitara
acercarme demasiado a ella. Todas esas reticencias que he
tenido durante este tiempo no han desaparecido, a pesar de
que haya decidido ignorarlas.
Sigue siendo más joven.
Sigue siendo la hermana pequeña de Luke.
Sigue teniendo novio.
¿Es la edad un problema? ¿Son seis años demasiados? No
lo pienso así cuando estoy con ella. Hay muchas parejas
que funcionan, incluso con diferencias de edad más
grandes. Blake Lively y Ryan Reynolds son el mejor ejemplo
de ello. Claro que también hay otras que no, que utilizan la
madurez para aprovecharse de una chica más joven, como
Nick con Hailey. Yo no siento que me aproveche de ella,
pero tampoco sé qué pensar. Ahora mismo, mi cabeza es un
hervidero que no deja de darles vueltas a cosas que quizá
ni tengan sentido.
¿Y qué pensaría Luke? La última vez dijo que intentaría
ser menos sobreprotector con ella. ¿Tanto como para
permitir algo entre nosotros? Claro que no tiene que
permitirlo, no es su dueño. La verdadera pregunta es: ¿me
arriesgaría a perder a mi mejor amigo por estar con ella?
Porque sé que él nunca me perdonaría algo así.
¿Qué más da?
Nick es un gilipollas, eso lo tengo más que comprobado.
Sin embargo, es a mí a quien ha despachado, no a él. Joder,
es mi propia casa. Me he ido de mi propia casa para que se
quede ese malnacido. Pero es que ese malnacido es el novio
de Hailey y yo solo soy el tío al que se ha estado tirando.
No lo entiendo.
¿Por qué me ha dicho entonces que le gusto? ¿A qué está
jugando conmigo?
Me llevo las manos a la cara y suelto un grito ahogado
contra las palmas. Me siento impotente y confundido, y lo
odio. Odio sentirme así de perdido, porque no me pasaba
algo parecido desde que me enteré de que mi lesión sería
permanente y no podría volver a jugar al fútbol profesional.
—¿Por qué no entras? —me pregunta Cami—. Caden y yo
vamos a cenar. Puedes quedarte a dormir con nosotros.
Estoy nerviosa por la inauguración de mañana —añade—,
prefiero no pasar la noche sola.
Estoy en el jardín de Cami and Caden’s Bed and
Breakfast. No le he contado a mi hermana lo que ha
pasado, pero creo que algo intuye. Por eso me ofrece pasar
aquí la noche, para que no tenga que volver a esa casa que,
aunque es mía, ahora mismo prefiero evitar. No necesito
compartir techo con Hailey y su novio ni ver cómo se besan
o se abrazan. Ella me ha llamado varias veces y me ha
pedido hablar, pero he terminado por apagar el móvil.
Sea lo que sea lo que tiene que decirme, ahora mismo no
me apetece escucharlo.
—Gracias —le digo a Cami. Entro en su casa y sonrío a mi
sobrino, que enseguida se levanta para abrazarme.
—¿Vas a dormir con nosotros? —pregunta el pequeño.
—Voy a dormir contigo —le aseguro y sonrío. Por primera
vez en el día, una sonrisa de verdad—. Pero en una de las
habitaciones de Cami and Caden’s Bed and Breakfast.
Quiero ser tu primer cliente.
Me olvido de Hailey y de todo lo que tiene que ver con
ella. Mañana es el gran día de mi hermana y no voy a dejar
que nada se lo enturbie, ni siquiera mi pésimo estado de
ánimo.
Capítulo 55
HAILEY
No puedo disimular los nervios mientras nos encaminamos
a Villa Ruina o Cami and Caden’s Bed and Breakfast, como
debería empezar a llamarlo.
Anoche Cole no regresó a casa. Tampoco me devolvió las
llamadas ni los mensajes. Entiendo que esté enfadado, pero
yo también lo estoy, y no solo por el hecho de que no dijera
nada después de mi confesión, aunque admito que eso
duele. Incluso si me hubiese rechazado, si me hubiese
contestado que para él solo era sexo, sin ninguna otra
implicación, eso hubiese sido mejor que el silencio. Ahora,
además, me molesta que me evite. Ni siquiera ha leído los
mensajes, y las llamadas han terminado yendo directas al
buzón de voz. ¿Por qué me ignora? Creo que, al menos,
debería conocer mis razones antes de condenarme al vacío
absoluto para siempre.
Sin embargo, a medida que nos acercamos a Cami and
Caden’s Bed and Breakfast la ansiedad aumenta porque sé
que voy a verlo. Lo que no sé es lo que voy a decirle.
Si es que me da la oportunidad de hablar, claro.
—Yo no me preocuparía por Cole —me dice Jenna desde
el asiento del piloto. Conduce el coche de Cami, que ayer se
lo dejó para que pudiéramos ir a su casa hoy—. Es más que
evidente que le gustas, la única que no lo ha notado eres
tú.
—Me está ignorando —le recuerdo a mi amiga.
—Te está ignorando porque le duele el orgullo o como
quieras llamarlo. Ayer lo echaste de casa.
—No lo eché.
—Bueno, le pediste a Nick que se quedara.
—Porque quería dejarlo.
—Pero eso Cole no lo sabe.
—Lo sabría si hubiese leído los mensajes en lugar de
ignorarme —insisto.
Jenna bufa y termina por reír.
—Tía, eres imposible. Lo único que te pido es que
cambies esa cara, hoy es el día de Camille.
—Lo sé, no voy a amargarle nada, tranquila.
—Puedes estar mal, no digo lo contrario —se retracta
enseguida—. Han pasado muchas cosas en muy poco
tiempo y lo de Nick es reciente todavía.
—No estoy dolida por Nick. Lo único que siento es rabia y
decepción —digo, y es cierto. He tenido meses para
desenamorarme de él, incluso si no habíamos roto
oficialmente todavía.
—Me alegra escucharlo. Ese cabrón no se merece ni una
sola de tus lágrimas.
Seguimos hablando hasta que llegamos a Villa Ruina. Por
suerte, el tema de conversación cambia antes al nuevo
contrato de Jenna y todo es más alegre. Le han ofrecido
una oportunidad única y maravillosa y no puedo estar más
feliz. Lo dije en serio cuando me comprometí a irme con
ella. Puedo escribir desde cualquier ciudad y la idea de
tener a Jenna a mi lado suena mejor que otra alternativa.
El jardín delantero está abarrotado, como si todos los
habitantes del pueblo hubiesen venido. No sabía en qué iba
a consistir la inauguración, pero debe de ser esto: una
fiesta con los vecinos para celebrar la apertura de un nuevo
establecimiento.
Mientras caminamos entre los árboles y la vegetación
que yo ayudé a plantar, me fijo en un detalle. Hay decenas
de gnomos de jardín de distintos colores y tamaños. Jenna
se los queda mirando con el ceño fruncido y yo suelto una
carcajada.
—¿Por qué hay figuras tan feas de decoración? ¿Y por
qué hay tantas? —pregunta, buscando más.
No puedo juzgarla. Están por todas partes. En los
árboles, junto a las flores, en los arbustos, incluso junto al
camino o la puerta.
También entiendo lo que dice sobre que son feas, solo
que a mí no me lo parecen.
—¿Recuerdas el taller de manualidades? Hicieron estos
enanitos de jardín y se los han regalado a Camille para que
tenga suerte con el negocio. Los han pintado ellos mismos,
por eso lucen esas caras.
—¿No iban a ser velas? —pregunta, recordando aquella
discusión entre las de algodón y las de papel.
—Cambiaron de idea —respondo y río al rememorarlo.
Algunas personas tienen más habilidad que otras, eso es
indiscutible, pero me parece un detalle muy bonito y
personal. Maggie me contó que es tradición, que hacen
esto con cada persona que apuesta por el futuro del pueblo.
Saludo a los vecinos mientras avanzamos. Algunas
personas beben chocolate caliente de sus tazas, otros
conversan mientras descubren el lugar.
—Mi hermana siempre pasa unos días aquí a principios
de año porque a sus hijos les encanta la nieve —dice Molly,
hablando a un grupo numeroso de gente—. Normalmente
se quedan en mi casa, pero ahora les he dicho que no
pueden porque tengo una gotera.
—¿Tienes una gotera? —se escandaliza Ruth—. Le diré a
Tom que se pase a…
—No tengo tal cosa —la interrumpe Molly, con una
sonrisa divertida—. ¡Se lo he dicho para que se hospede
aquí, claro! Le pasé el contacto para que reservara las
habitaciones. Los Jenkins han hecho mucho por el pueblo y
Cami se merece que este negocio despegue bien.
—¡Qué idea tan buena! ¡Voy a hacer lo mismo con mis
nietos! —apunta Amelia.
—Y yo con los míos —añade Helen—. Si es que alguna vez
vienen a verme…
Jenna y yo nos reímos al escucharlas. Estas tres son unas
auténticas maquinadoras, pero me parece genial que lo
hagan para ayudar con el negocio de mi amiga.
La encontramos en el interior, sirviéndose un refresco en
la cocina. No hay ni rastro de Cole, aunque no le doy
importancia de momento. Es el día de Camille.
—¡Vaya fiesta has montado! —exclama Jenna—. Quiero
grabar contenido para mis redes. Con los seguidores que
tengo, seguro que es una buena publicidad.
—Ahí fuera tienes a un trío de ancianas dispuestas a
llenarte esto de reservas. Si dejas el negocio en sus manos,
nunca te faltarán clientes.
Camille se ríe y se acerca para saludarme con un abrazo.
Aprieta más de lo que exige un simple saludo y, sin
soltarme todavía, me pregunta con un susurro:
—¿Estás bien?
—Sí, claro. ¿Por?
Me separo de ella y noto cómo me observa con el ceño
fruncido, escrutándome para ver si digo la verdad.
—Anoche vino Cole y parecía afectado. No me ha contado
mucho, pero imagino que tiene que ver contigo.
—Está todo bien, de verdad —miento—. Hoy es tu día,
vamos a celebrarlo.
—Luego quiero respuestas —dice y hace que suene como
una amenaza.
—¿Qué tal las reservas? —pregunta Jenna, quizá para
cambiar de tema.
—Decentes. Abrir en esta época no era casualidad.
Mucha gente viene por aquí por el turismo de nieve, o de
camino a alguno de los pueblos cercanos para pasar unas
buenas Navidades. Si no encuentran alojamiento, buscan
por los alrededores. Además, los vecinos se han movilizado
para conseguir los primeros clientes. Con ellos vendrán las
primeras valoraciones y son importantes para empezar.
Pero no puedo vivir de ellos, claro.
—Va a ir bien —le aseguro—. Ya lo verás.
—¿Me lo enseñas? —pide Jenna y echa un vistazo a la
cocina en la que estamos—. Esto no tenía ni paredes
cuando estuve aquí la otra vez. Y ahora… ¡Joder! Ahora es
una pasada.
Camille nos hace un tour a las dos, aunque yo lo he visto
bastante más avanzado que Jenna. Ha elegido muebles y
decoración tipo rústica, con plantas artificiales de trigo,
jarrones de vidrio en tonos oscuros y alfombras que
parecen de mimbre y rafia.
Nada queda de aquella casa grande y vieja que empezó a
reformar. Ha aprovechado muy bien el espacio, pues a un
lado ha montado su propia casa para vivir con Caden y, al
otro, este negocio. Solo dispone de seis habitaciones, pero
tiene terreno para seguir creciendo si fuese necesario.
Jenna no para de halagar todo lo que ve, desde los
cuadros y los marcos con fotografías de paisajes del pueblo,
hasta la elección de los cojines. Yo me quedo en silencio
cuando volvemos a la cocina y me topo con un grupo que
no había visto hasta ahora.
Están Adam, Sean, Taylor… y Cole. Caden está con él,
subido sobre sus hombros. No se percatan de mi presencia
hasta que el pequeño grita mi nombre y hace amago de
bajarse de la espalda de su tío.
—¿Has visto toda la gente que ha venido al hotel de
mamá? —exclama Caden, eufórico—. ¡Vamos a ser ricos!
¡Por fin me voy a poder comprar la cama coche que mamá
me prometió!
Cole lo ayuda a bajar y Caden viene corriendo hacia mí
para darme un abrazo.
—Quién sabe, quizá te la traiga Santa Claus —comento y
me agacho para devolverle el gesto.
Apenas nos hemos abrazado dos segundos cuando se
separa y corre hasta su madre. Este niño no para nunca.
—¡Mamá! ¡Tenemos que escribir la carta a Santa Claus!
Me acerco al resto del grupo para saludar también.
Taylor y Adam me dan un beso en la mejilla, pero Sean
parece más interesado en Jenna.
—No empieces otra vez —amenaza mi amiga—. Tú y yo
no vamos a tener nada.
—Nunca digas nunca —responde Sean sin dejar de
sonreír.
Jenna pone los ojos en blanco, pero no contesta.
Yo me fijo en Cole, en que ni siquiera me ha saludado. Sí
que me observa, con pena y decepción reflejadas en su
mirada. Decido dar yo el primer paso y me acerco a él para
darle un beso en la mejilla, justo como he hecho con el
resto de amigos. Cole cierra los ojos y se deja hacer, hasta
que se separa de forma un poco brusca.
—¿Dónde te has dejado a tu novio? —me pregunta
entonces.
—Lo sabrías si hubieses mirado tu teléfono —replico a la
defensiva.
No da tiempo a continuar la conversación, porque
alguien entra en la cocina. Estoy de espaldas, así que solo
veo la emoción en la cara de todos. Me giro, con el corazón
acelerado y creyendo adivinar a quién voy a encontrarme.
Mi hermano está en la puerta, con un ramo de flores en
una mano y una botella de champán en la otra.
—¡Luke! —exclamo, feliz.
Nos hemos visto hace poco tiempo, pero no importa.
Luke tiene la capacidad de cambiarme el ánimo con su
presencia. Él es mi hermano, mi única familia de sangre, y
siempre hemos sido el mejor equipo de todos. Corro hasta
él para darle un abrazo, que me devuelve como puede con
las manos ocupadas.
—¿Qué haces aquí?
—No pensaríais que iba a perderme la inauguración, ¿no?
—responde, sin dejar de sonreír—. Seguramente mi
entrenador me mate, pero me he escapado hoy. Mañana
tengo que estar de vuelta en Filadelfia.
—¿Has venido solo para mi inauguración? —pregunta
Camille, que parece atónita.
—Pues claro. Tengo una habitación reservada para pasar
la noche, Cole se encargó de ello.
—Bueno, pues ya estamos todos —comenta Cole y sonríe
también—. Ahora sí que podemos despedirnos de Villa
Ruina e inaugurar de una vez por todas Cami and Caden’s
Bed and Breakfast.
Capítulo 56
HAILEY
El ambiente mejora con la presencia de mi hermano.
No sabía que él y Camille eran tan cercanos como para
no querer perderse este momento. Aunque quizá no lo haya
hecho solo por ella, sino porque es la hermana de su mejor
amigo.
Conforme pasa el tiempo y disminuye la comida, la gente
va desapareciendo de la fiesta de inauguración. Los propios
vecinos han cocinado, sobre todo Maggie, que ha traído
tanta cantidad de tentempiés que parece que de verdad
haya cocinado para el pueblo entero. Se retira temprano y
se lleva con ella a Caden, que se ha cansado después de los
juegos y necesita una siesta reparadora.
Me encuentro en la cocina con Jenna mientras el resto
del grupo de amigos se divierte en la sala de estar. No sé
qué me ha pasado, pero me ha dado un bajón repentino.
Puede que haya sido precisamente por eso; por haberlos
visto a todos riendo y compartiendo bromas.
Ayer yo hubiese estado igual, pero hoy no. Porque en las
últimas veinticuatro horas he descubierto que he
malgastado tres años de mi vida junto a una persona que
no me merecía y me he declarado a otra persona que me
está ignorando. Y quizá tenga que ver también el hecho de
que hoy me ha bajado la regla, y cuando eso pasa soy una
hormona andante. Sea lo que sea, de repente rompo a
llorar.
—Eh, ¿qué pasa? —pregunta Jenna al escucharme. Está
abriendo un par de cervezas, pero las deja sobre la barra y
viene hasta mí con preocupación—. ¿Es por Cole? ¿Por
Nick?
—Es por la regla —respondo intentando controlar las
lágrimas, sin mucho éxito—. Y sí, también por ellos. Yo qué
sé, me siento tan extraña ahora mismo. ¿Crees que Nick
cumplirá su amenaza y les contará a todos que soy una
zorra? ¿Crees que Cole me ignorará hasta que me vaya de
aquí y que ya no volverá a ser lo mismo?
Me siento un poco sobrepasada. No sé por qué estoy así,
pero me ha venido todo de golpe.
—Seguramente Nick hable, sí, pero nadie que lo conozca
un poco le prestará atención. Además, tú también puedes
defenderte. Puedo sacarlo en mis redes si quieres, solo
tienes que autorizarme.
—No, no —digo enseguida. Sé que lo haría si se lo
pidiera, pero me siento incómoda con la idea de que lo
exponga ante tantos seguidores.
—Bueno, solo quiero que sepas que la opción está ahí. Y
no te preocupes por Cole, tenéis una conversación
pendiente, claro que sí. ¿Crees que este es el mejor sitio
para tenerla, con vuestros hermanos aquí presentes? Esta
noche, cuando volváis a casa, podréis hablar con
tranquilidad. Yo me encerraré en el dormitorio con los
cascos puestos. No pretendo escuchar el sexo de
reconciliación. —Jenna suelta una carcajada y a mí me
arranca otra.
Todavía se me escapan unas cuantas lágrimas más, pero
hablar con ella es reparador.
—¿Por qué tardáis tanto? ¿Pasa…? —Luke entra en la
cocina para buscarnos, pero se detiene al verme llorar.
Mierda. No quería que él me viese así. Está intentando ser
menos sobreprotector, eso no significa que lo haya
conseguido ya. Recorta la distancia entre nosotros con dos
rápidas zancadas y me coge de la cara con cariño para
mirarme—. ¿Qué te pasa? ¿Quién…?
—No es nada —me apresuro a negar—. Me ha bajado la
regla y estoy más sentimental. Eso es todo.
Luke asiente, sin dudar ni un instante sobre mi palabra.
—Vale, cojo unas cervezas y os dejo, entonces.
—Espera, te ayudo a llevarlas —se ofrece Jenna.
No entiendo por qué lo hace hasta que me percato de la
presencia de otra persona. Cole está en la entrada de la
cocina, mirándome. Y ya no hay rastro de esa pena que he
visto antes en sus ojos, sino que ahora solo muestran
desasosiego.
Luke y Jenna desaparecen y nos quedamos a solas. Noto
la atmósfera extraña al momento. Por fin he conseguido
dejar de llorar. Me limpio las lágrimas con el dorso de la
mano, aunque no puedo eliminar el rastro de unos ojos
enrojecidos.
Parece que no voy a tener que esperar a la noche para
tener esta conversación con Cole. Se acerca despacio, con
poca decisión, y se detiene a una distancia prudencial. Me
doy cuenta de que no lo hace por mí, sino por él. Porque en
nuestro último encuentro vio cómo mi entonces novio me
besaba y también cómo me amenazaba. Después, Nick le
pegó un puñetazo y aun así le pedí que se quedara cuando
Cole lo echó.
Soy yo quien recorta la distancia que queda y llevo la
mano a su mejilla. Un pequeño moretón asoma en su
pómulo e imagino que mañana estará mucho peor.
—¿Te duele?
Capítulo 57
COLE
Cierro los ojos al sentir su caricia. Es involuntario, casi por
inercia. Quiero retener este momento y exprimirlo al
máximo. Sé que no está bien, que Hailey tiene novio y yo no
debería sentirme así, pero tampoco puedo evitarlo.
—No —consigo responder cuando la voz me lo permite.
Sigo sin abrir los ojos. Estoy seguro de que, en cuanto lo
haga, la realidad me golpeará de lleno y no estoy preparado
para ello.
—He roto con Nick —dice ella. Sus palabras me suenan
tan bruscas, que abro los ojos de golpe—. Ayer le pedí que
se quedara, no porque prefiriese estar con él, sino porque
necesitaba decírselo. Llevábamos semanas sin hablar y la
última conversación que tuvimos fue una discusión. No lo
dejé entonces porque quería hacerlo en persona, pero no
esperaba que se presentase aquí, mucho menos del modo
en el que lo hizo. Nick me presta tan poca atención que él
pensaba que las cosas estaban bien entre nosotros o que
podría volver a manipularme. No es así.
»No quiero estar con él. No te mentí cuando te dije lo
que sentía por ti, y no importa si tú no sientes lo mismo. Si
lo he dejado con Nick, ha sido por mí, solo por mí,
independientemente de lo demás. Me he dado cuenta de
que no deseo ser una parte de alguien más. No quiero que
seamos Nick y Hailey. Quiero ser Hailey, a secas.
Todo lo que dice suena muy bien y no puedo evitar
sonreír. Me alivia que ya no estén juntos. Nick siempre me
ha parecido un poco capullo, pero desde que vi cómo la
trata, esa palabra se ha quedado bastante corta.
Ahora mismo lo único que me apetece es besarla, así que
eso es lo que hago. Hailey está tan cerca, que solo tengo
que inclinar la cabeza. Lo hago despacio, para dar tiempo a
que decida. Cierra los ojos y se acerca también. Es toda la
invitación que necesitaba. Dejo que mis labios encuentren
los suyos y los beso con ganas.
Parece mentira que hayan pasado solo dos días desde ese
momento en la nieve, ese preciso instante en el que me di
cuenta de que Hailey se había convertido para mí en mucho
más de lo que estaba dispuesto a admitirme. Entonces ella
tenía novio y lo nuestro debía ser solo físico, pero ahora
empiezo a ver una posibilidad de algo más.
Hailey jadea cuando mi lengua se abre camino, y ese
gemido me provoca una descarga en cada extremidad de
mi cuerpo. Me olvido de todo, la levanto y la subo sobre la
encimera de la cocina. Le acaricio la pierna, sin dejar de
explorar su boca. No vamos a llegar más allá, no con todos
nuestros amigos en el salón, pero no puedo contener las
ganas de besarla, quizá porque estaba convencido de que
esto no se volvería a repetir, de que la presencia de Nick
terminaba con lo nuestro.
—Vamos a pedir algo de cenar, ¿queréis…?
La voz de Luke nos interrumpe. Me separo con
brusquedad, con el corazón acelerado, que poco tiene que
ver con Hailey ahora mismo.
Es imposible disimular.
—¿Se puede saber qué pasa aquí? —pregunta él. Se
acerca hasta nosotros y nos dedica una mirada
reprobatoria—. ¿Qué coño estáis haciendo?
—No es lo que parece… —me apresuro a responder con
cobardía. Claro que es lo que parece, no hay forma de
esconder esto.
—Nos estábamos besando —contesta Hailey a la vez.
Nos miramos, solo que es una mirada muy distinta. En
sus ojos veo una valentía que ahora mismo yo no
encuentro. Luke es mi mejor amigo y entiendo que no tiene
que meterse en la vida de su hermana, pero también
entiendo que así no se gestionan las cosas y yo llevo tiempo
haciéndolas muy mal. Debería haber hablado con él en
lugar de dejar que me encontrara metiéndole mano a su
hermana en la cocina.
—Creía que ya habíamos aclarado que no podías meterte
en mi vida —le dice Hailey. Se baja de un salto de la
encimera y lo encara—. Esto no te incumbe.
—¿Que no me incumbe? —espeta Luke, dejando que su
enfado fluya. Pasa la vista de Hailey a mí. Nos conocemos
desde hace diez años y nunca, jamás, me ha mirado así: con
tanto odio, con tanta decepción. Siento que me encojo y el
nudo del pecho vuelve y aprieta con más fuerza. Me he
aliviado tanto al saber que Hailey ya no sentía nada por
Nick, que me he olvidado de algo más importante: sigue
siendo la hermana de Luke, mi mejor amigo—. ¿A esto
crees que me refería cuando te pedí que la cuidaras? ¿Te
confío lo más importante que tengo en la vida y te dedicas
a meterte entre sus piernas? ¿Esto es lo que significa
nuestra amistad para ti, en serio?
—No es eso… —empiezo a decir, pero Luke no escucha.
Se gira hacia Hailey, igual de molesto.
—¿Y tú? ¿No se supone que estabas aquí para escribir?
¿Qué pasa con Nick?
—¿Ahora te importa Nick? —suelta ella, igual de
enfadada—. Nunca te ha caído bien.
—Claro que no me cae bien. Es diez años mayor que tú,
sabe cómo manipularte para…
—Hemos roto —lo ataja ella—. Ya no estoy con él. ¿Y
sabes qué? Eso sigue sin darte derecho a que te metas en
mi vida.
—Me meto en tu vida porque me preocupo por ti, porque
está claro que las decisiones que tomas son una mierda —
me acusa—. ¿Por fin sales de Nick y eliges a Cole? ¿Es que
no puedes fijarte en alguien de tu edad?
—Al menos yo me fijo en alguien. ¿Alguna vez has tenido
novia? ¡Estás tan centrado en joderme la vida que ni
siquiera tienes una propia!
La expresión de Luke cambia cuando Hailey le grita. Ella
parece al borde de las lágrimas, aunque no llora. Y yo… yo
estoy tan bloqueado, que no sé ni qué decir.
Luke se gira hacia mí y me cuesta horrores mirarlo a la
cara, pero lo hago.
—Hay cientos de tías con las que puedes acostarte, ¿por
qué has elegido a mi hermana? Sé cómo eres, Cole. Hemos
vivido juntos y te he visto tirarte a una y a otra sin reparos.
Sé lo que te hizo Shanon y cómo de hecho polvo te dejó, así
que no entiendo esto, no lo entiendo. ¿Merece la pena
mandar a la mierda nuestra amistad por un polvo? ¿Eso es
lo que me valoras? Pensaba que después de lo que te hizo
Riley a ti serías incapaz de comportarte así, ¿pero sabes
qué? Tú eres peor —dispara. Esa acusación me desarma
por completo y siento cómo me destroza por dentro.
Tiene razón, joder, claro que la tiene. He sido egoísta y
no he pensado en nadie, salvo en mí. Riley sacrificó nuestra
amistad al acostarse con la que entonces era mi novia.
Hailey no es una pareja, pero es más importante. Es su
familia. Su única familia. Y yo… Dios, yo he estado
mintiendo a Luke todo este tiempo.
—Y tú —le dice entonces a Hailey, mucho más relajado,
pero con el mismo tono frío— es cierto, puedes hacer lo
que quieras. No voy a meterme más en tu vida, es lo que
querías, ¿no? Deseo concedido. Cuando Cole te deje con el
corazón hecho pedazos, no vengas a pedirme nada —
sentencia de forma mordaz—. Esto es demasiado para mí.
Me largo.
Luke sale de la cocina y de la casa sin dejar que ninguno
de los dos diga nada más. Hailey no aguanta y empieza a
llorar, con unas lágrimas silenciosas, pero cargadas de
sufrimiento. Imagino que, por mucho que deseara que Luke
le diese cierta libertad, no era este el modo en el que
quería conseguirla.
—¿Por qué le has dejado creer que solo nos estamos
acostando? —me pregunta con un hilo de voz—. ¿Es eso,
entonces? ¿Por eso no me respondiste ayer cuando te dije
lo que sentía, porque solo soy un polvo para ti? —No puedo
responder. No porque no quiera, sino porque me siento
sobrepasado ahora mismo y cualquier cosa que diga puede
ser peor—. ¿Sabes qué? Pienso como Luke respecto a ti.
Que te jodan, Cole.
Sale de la cocina y yo me dejo caer contra la encimera a
mi espalda. El nudo aprieta y termina por ahogarse. Intento
desahogarme con unas cuantas lágrimas que se me
escapan, pero eso no parece suficiente.
¿Cómo se ha podido torcer tanto todo?
Luke tiene razón.
Hailey tiene razón.
Soy un cobarde.
Capítulo 58
HAILEY
He salido de Villa Ruina sin despedirme de nadie. Jenna ha
notado que algo iba mal y me ha seguido. Todos han debido
de notarlo, ya que primero se ha ido mi hermano y después
yo.
No puedo ir a la cabaña porque es la casa de Cole.
Tampoco puedo quedarme en el único hotel del pueblo
porque la dueña es la hermana de Cole.
Ni siquiera puedo ir a un bar cercano, porque lo regenta
la madre de Cole.
Harper Springs está impregnado de los Jenkins por todas
partes y lo último que me apetece ahora mismo es tener
algo que ver con él.
Me esperaba esto de Luke. No lo justifico, pero lo he
vivido siempre y no me sorprende su reacción, aunque no
por ello deje de cabrearme también. Se suponía que iba a
hacer un esfuerzo por cambiar, por darme espacio. A la
primera oportunidad tira todo por la borda y deja de
confiar en mí. Aun así, me duele.
Me duele lo que me ha dicho al final. La forma en la que
me ha prometido que no volverá a meterse en mi vida… No
quiero pensar en ello. Por muy enfadada que esté en este
momento, Luke es mi única familia. No me imagino mi vida
sin él.
La verdadera decepción ha sido Cole. Una parte de mí
pensaba que entre nosotros sí que había algo más que sexo.
De repente he comprendido que no ha sido así, que he sido
otra chica más de las que ha pasado por su cama. Por eso
guardó silencio la primera vez que le dije que me gustaba.
Si lo pienso, antes tampoco ha llegado a responderme.
Después de confesarle que ya no estaba con Nick y que
todo lo que le había dicho era cierto, Cole solo me ha
besado.
Una prueba más de que lo nuestro es físico.
Camino por el pueblo, sin saber muy bien a dónde me
dirijo. Jenna me sigue en silencio. Al principio me ha
preguntado, pero ha entendido que no tengo ganas de
hablar. Me está dejando mi espacio, mientras me muestra
su apoyo en silencio.
Termino cerca de la biblioteca, no sé por qué. Supongo
que los libros siempre han sido mi lugar seguro. Está
cerrada a estas horas de la noche, pero me quedo en sus
jardines.
—¿Vas a contarme ya qué ha pasado? —pregunta Jenna—.
Nunca he visto a Luke tan enfadado. Esa mirada… parecía
fuera de sí. Y después te has ido tú llorando.
—Lo que ha pasado es que odio a los hombres —
respondo, y luego se lo cuento todo.
Jenna me escucha con atención, sin intervenir ni
interrumpirme. Cuando termino, solo se acerca para
abrazarme con fuerza.
—Yo también odio a los hombres —me dice entonces—.
¿Qué vas a hacer ahora? No digo ahora, ahora. Podemos
quedarnos aquí el tiempo que necesites. Me refiero a…
Se refiere a mi vida, imagino.
—No lo sé —admito con sinceridad. Ni siquiera sé cuáles
son mis opciones.
—¿Hablar con Cole…?
—No —le aseguro—. Ya hemos hablado todo lo que
teníamos que hablar.
Sobre todo porque las conversaciones las mantengo yo
sola. Él nunca dice nada y no voy a dejar que vuelva a
aprovecharse de mí.
—¿Y con Luke?
—Mi hermano ha dejado claro que no quiere nada de mí
y, sinceramente, ahora mismo yo tampoco.
Jenna se acerca para abrazarme y me dejo hacer.
—Luke no piensa eso y tú tampoco, solo sois dos
hermanos que habéis discutido. Conociéndolo, él no tardará
ni unas horas en arrepentirse. ¿Por qué no compruebas tu
móvil?
Hago lo que me dice.
Luke no ha dado señales de querer ponerse en contacto.
No debería, pero voy más allá. Tampoco hay nada de Cole.
Camille sí me ha escrito y Taylor también. No me apetece
hablar con ellas en este instante, así que vuelvo a guardar
el teléfono en el bolsillo del abrigo.
—Aún es pronto —me consuela.
El problema no es ese, sino que no sé qué hacer. Ya he
terminado de escribir el borrador del libro. Quedan las
revisiones, sí, pero esa tarea me cuesta menos. Además, no
necesito inspiración, solo horas de trabajo. Vine a Harper
Springs para aislarme de mundo y centrarme en el proceso
creativo. Y lo logré, he conseguido entregar la novela
dentro del plazo de Adrianne.
Sin embargo, Harper Springs ya no me produce las
mismas sensaciones. Aquí no tengo tranquilidad ni puedo
despejar la mente. No voy a poder dejar de pensar en Cole,
incluso si encuentro un alojamiento que no esté
impregnado de la presencia de los Jenkins.
Por eso sé lo que tengo que hacer.
Lo que quiero hacer.
Mi vida ha cambiado mucho en las últimas horas, pero
me adapto a los cambios con facilidad. Jenna me ha abierto
un camino nuevo, uno que cada vez me apetece más.
—Nos vamos juntas a Nueva York —anuncio, dejando de
llorar y separándome un poco de mi amiga para ver su
expresión.
—¿Estás segura? —pregunta, sin poder ocultar la
emoción en su voz.
—Segurísima.
—Mi vuelo sale mañana por la noche… —deja caer.
—Genial. Aprovecharé el día para despedirme de algunas
personas y luego podemos marcharnos juntas.
Una parte de mí está deseando dejar este lugar, pero no
puedo irme sin más. Los vecinos me han tratado bien. He
conocido a personas que considero amigas. Camille,
Taylor… Incluso Maggie, quiero poder decirles adiós. No
será definitivo, porque me gustaría seguir en contacto con
ellas.
La única duda es Cole.
Quiero despedirme de él, pero no sé si estoy preparada
para hacerlo. Sus silencios todavía me pesan en el pecho y
no me apetece coleccionar otro más. Supongo que lo dejaré
en manos del azar.
Tengo que ir a su casa a recoger las cosas. Si está allí,
habrá un último adiós. Si no, me iré sin más. No me
consideraré una cobarde si eso pasa.
Después de todo, es él quien ha causado esta situación.
Capítulo 59
HAILEY
Cole no está en la cabaña cuando Jenna y yo llegamos.
Hemos venido en el coche de Camille, pues seguimos
teniendo las llaves.
Mi mejor amiga me ha ayudado a recoger todas mis
cosas, aunque hemos tardado bastante en terminar. No es
porque tenga muchas, ni siquiera porque una parte de mi
subconsciente quiera dar tiempo a ver si aparece Cole. Se
trata simplemente de que duele. Solo he vivido en esta casa
unos meses, pero la he llegado a sentir como mía.
Jenna se encarga de mi ropa mientras yo reviso todo lo
demás. Me lleva un rato recorrer las estanterías del salón.
Están repletas de libros, a pesar de que sus favoritos los
tiene en el dormitorio. Ahí guarda también mis ejemplares,
esos que dejé firmados para él.
Me alejo de la estantería y de esos recuerdos para seguir
haciendo la maleta. Tengo mis cosas de yoga desperdigadas
por el salón y algunas notas de las revisiones repartidas
por el escritorio. Guardo mi portátil y acaricio un momento
la tapa. Estoy satisfecha con el cierre de la saga y sé que,
en parte, es gracias a Cole.
Él me ayudó a encontrar la inspiración cuando estaba
sumida en el bloqueo de escritura. Me dio ideas para
desarrollar algunos puntos de la trama. Incluso se ofreció a
leer en primicia el manuscrito y me hizo sus observaciones.
Debajo del ordenador, a modo de alfombrilla del ratón,
están todas las reseñas que me imprimió para que me
animaran cada día; esas de cinco estrellas y con
comentarios maravillosos sobre mi historia y mis
personajes que sacó de Goodreads.
Algo me aprieta en el pecho y me aparto. No me llevo
conmigo ese documento, no lo quiero ahora mismo. El
bloqueo no ha vuelto, ni la inseguridad, pero no necesito
ese recuerdo de Cole ahora que voy a alejarme de él.
Me apresuro para terminar de recoger y, cuando Jenna y
yo terminamos por fin, subimos todo al coche y me alejo de
la cabaña sin volver a mirar atrás.
—¿Próximo destino? —pregunta mi amiga.
En este rato hemos hablado de cómo lo vamos a hacer.
Dado que en Harper Springs no tenemos alojamiento, la
idea es pasar la noche en Salt Lake City. He llamado a
Mason para pedir un Uber para que nos recoja aquí dentro
de unas horas, cuando haya dicho adiós a las personas de
las que quiero despedirme.
—Vamos a El Rincón de Maggie —respondo. Voy a
empezar por lo más sencillo.
—¿Voy contigo?
—Prefiero hacerlo sola.
—Daré una vuelta. Dame un toque cuando termines.
Asiento mientras Jenna pone rumbo al restaurante de
Maggie. No tardamos mucho en llegar. Aparca fuera y me
bajo. No me fijo a dónde va mi amiga, pues estoy mirando
la fachada que tan familiar se me hace ya. La madera con
la puerta verde, la estantería donde la gente puede
intercambiar libros. Un atrapasueños cuelga de la entrada
y recuerdo que lo hicieron en el taller.
Paso al interior y el calor de la chimenea me recibe. Todo
está decorado con motivos navideños. Algunas personas
están cenando las famosas hamburguesas del local
mientras ríen y comentan el futuro prometedor que le
auguran a Camille.
Molly, Helen y Amelia me saludan desde su mesa y me
sonríen. Si ellas no están cotilleando sobre la discusión que
hemos tenido Luke, Cole y yo, es que de momento no es un
asunto conocido en el pueblo.
Me acerco hasta la barra y tomo asiento en un taburete.
Maggie se acerca enseguida, dibujando una sonrisa tan
radiante que se me clava un poco en el pecho.
—Hola, cariño. ¿Qué haces aquí sola? Pensaba que hoy
cenabais todos en casa de Camille.
—Ha habido un cambio de planes…
La sonrisa se le borra. Maggie es una persona muy
intuitiva, con ese instinto que poseen las madres, solo que
más desarrollado. Se percata de que algo va mal y se
inclina un poco hacia delante para mirarme más de cerca.
—¿Qué ha pasado? Si mi hijo…
—No, no es nada de eso —me apresuro a mentir. No
quiero darle estas explicaciones, mucho menos a ella. Le
corresponde a Cole, no a mí—. Jenna vino ayer…
—Sí, la vi. Estuvo aquí con Cami, Caden y los chicos.
¿Qué tiene que ver ella?
—Vino al pueblo para decirme que le han dado un trabajo
en Nueva York por el que lleva un año luchando. Mañana
sale su vuelo y yo me voy con ella.
—¿Y por eso pareces tan triste? —se sorprende—. Es una
gran noticia para Jenna, me alegro mucho por ella. No pasa
nada si tienes que irte unos días, Harper Springs siempre
será tu casa. ¿Cuándo vuelves?
Un nuevo pinchazo en el pecho. ¿Cuántos seré capaz de
soportar antes de derrumbarme del todo? Maggie me mira
esperanzada, creyendo que de verdad es una partida
temporal. No sé qué ve en mi cara, pero veo reflejada en la
suya el instante exacto en el que se da cuenta.
—No vas a volver —suelta. No es una pregunta, sino una
afirmación—. Pero dentro de poco es Navidad… ¿Cómo vas
a pasar las fiestas tan lejos cuando tu familia va a estar
aquí?
No le digo que puede que Luke tampoco venga, que
seguramente él prefiera no ver a Cole por un tiempo. No
verme a mí.
—Ha sido un poco inesperado, pero es lo mejor. Vine aquí
para terminar la novela y ya he entregado el borrador. Y de
verdad me hace ilusión vivir con Jenna en Nueva York.
—¿Entonces por qué no es ilusión lo que veo en tus ojos?
¿Por qué se parece mucho más a un agujero en el pecho? Y
no trates de engañarme, cariño. Yo me sentí de una forma
similar cuando perdí a mi Josh.
¿En qué momento he pensado que empezar por Maggie
sería más sencillo? El sexto sentido de esta mujer no da
lugar a las mentiras.
—He discutido con Cole y con Luke —termino por admitir
—. También lo he dejado con mi novio, Nick. Bueno, mi ex.
Creo que lo que necesito ahora es poner un poco de
distancia con todo. Poner mis asuntos en orden y
priorizarme a mí.
—Eso sí puedo entenderlo. Anda, ven aquí.
Maggie sale de la barra y viene directa a darme un
abrazo. Me aprieta con fuerza, con la misma que imagino
que hubiese utilizado mi madre si nuestra vida no se
hubiese truncado, si nunca hubiésemos perdido a Lucy.
Pero la perdimos y lo cierto es que Maggie se ha
comportado más como una madre en los cuatro meses que
he estado aquí que la mía en toda mi vida.
—No sé qué ha hecho mi hijo —me dice, todavía sin
soltarme—, pero no tiene mal corazón. Cole está un poco
perdido, eso es todo. Solo… dale un poco de tiempo, por
favor. Él también necesita organizarse la cabeza.
Asiento, sin saber qué otra cosa responder.
Cuando me separo de ella, me fijo en que el trío de
marujas nos está observando. Ellas ya se han enterado de
que me voy del pueblo, así que dentro de poco será noticia
en el periódico local.
Se levantan para despedirse de mí, con un abrazo más
rápido y con menos sentimiento.
—Espero que vuelvas pronto —me dice Molly—. Ya les he
dicho a mis nietas que por aquí vive una escritora famosa.
—Mi nieto es de tu edad —comenta Helen—. Ahora que
estás soltera, puedo presentártelo. En tu próxima visita,
claro. Es muy guapo, ya verás. Tengo una foto por aquí…
—Calla, Helen —suelta Amelia—, deja que la niña se
quede soltera una temporadita. Disfruta, que antes de que
te des cuenta te verás casada y con hijos y ya no podrás
volver a ligar.
Consiguen arrancarme una carcajada y, aunque sigo con
el ánimo por los suelos cuando salgo del restaurante,
también siento el corazón un poco más calentito.
Sé que volveré a Harper Springs y que, cuando lo haga,
seguiré creyéndolo un hogar.
Aunque Cole ya no vaya a formar parte de esas personas
a las que considero «casa».
Capítulo 60
COLE
Me tomo mi tiempo en volver a salir al salón. Necesito
recomponerme antes de que mis amigos me vean. Sobre
todo, antes de que lo haga mi hermana.
Noto las caras de inquietud en cuanto entro. Cami se
acerca hasta mí para darme un apretón en la mano y me
mira con una mezcla entre cariño y preocupación.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con cuidado—. Nunca
había visto a Luke así… Y después se ha ido Hailey también
y… —deja la frase en el aire.
No sé ni por dónde empezar a contarlo. La he cagado
tanto y a tantos niveles… Con él y también con ella.
Encima, siento que, si escojo a uno, estaré defraudando al
otro.
—Luke ha entrado en la cocina y me ha pillado
enrollándome con Hailey —empiezo de forma directa.
Eso no hace justicia a todo lo que ha pasado, pero
describe a la perfección el motivo de la pelea y el hecho de
que los hermanos Bedford estén tan enfadados.
Un silencio sigue a mi declaración. Supongo que tienen
que asimilarlo porque ninguno de ellos sabía que entre
Hailey y yo había algo.
Sean es el primero en romperlo y casi hubiese preferido
que se mantuviese callado.
—¿Te estás tirando a Hailey? —pregunta, anonadado—.
¿No decías que era una cría, que la dejáramos en paz? ¿Era
solo porque la querías para ti?
—Cállate —le espeta Taylor.
—Ahora no —comenta Adam a la vez.
Mis amigos y mi hermana lo fulminan con la mirada. Yo
no digo nada, porque es cierto. No pienso que Hailey sea
una niña, pero sí que dije en serio que se apartaran de ella
por la diferencia de edad. Y luego yo he ignorado mi propia
advertencia.
Nick me pareció un capullo por muchos motivos. El
principal signo de alarma fue que empezaran a salir cuando
ella tenía diecinueve y él, diez años más.
Nosotros solo nos llevamos seis años. ¿Sigue siendo
demasiado? ¿Por qué me lo parece en Nick y no en mí? ¿En
qué momento dejó de importarme? Sé la respuesta.
Conforme la fui conociendo. Se metió bajo mi piel y no ha
sido solo por haberme acostado con ella, hay más. Siempre
ha habido más.
—Hailey es mayorcita para hacer lo que quiera, Cole —
dice Camille, que no se separa de mí—. Y tú también. Y lo
que diga Luke ahí no tiene que…
—Sí tiene, Cami —la interrumpo—. Luke es muy
sobreprotector, lo sé. Pero es que yo no he hecho las cosas
bien. No le he dicho nada de lo que había entre nosotros y
he dejado que nos viera… —Dejo la frase en el aire, porque
decir «metiéndole mano sobre la encimera de la cocina» no
me parece apropiado ahora—. Tiene todo el derecho del
mundo a estar enfadado.
—Hailey tampoco se lo dijo, ¿no? Quizá porque temía que
esto pasara. Luke se dará cuenta de que no tiene razón, ya
verás que enseguida se le pasa el enfado.
—No se le va a pasar —explico, y siento cómo el pecho se
me encoge ante la realidad de esas palabras—. No habéis
visto cómo nos ha mirado a Hailey y a mí. No solo está
enfadado, está decepcionado. Le he fallado y yo… joder, no
lo soporto.
—Seguro que sí se le pasa… —trata de animarme Adam,
aunque sus palabras no suenan muy convincentes.
—No lo entendéis. Luke es mi mejor amigo desde que
empezamos juntos la universidad. —Quiero mucho a Sean y
a Adam e, incluso si los conozco desde hace más tiempo, no
tengo la misma conexión que con Luke—. Ha estado
siempre ahí, apoyándome como nadie. Cuando me rompí el
tendón de Aquiles, Luke fue el único que estuvo a mi lado
todos los días en rehabilitación. No solo me ayudaba con la
lesión, también con mi estado de ánimo, porque lo más
duro no fue tener que aprender de nuevo a andar ni luchar
contra el dolor que me provocaba hacer cualquier mínimo
movimiento.
»Lo peor estaba en la cabeza. —Nunca he hablado esto
con nadie, ni siquiera con Cami, porque no quería que se
preocupasen más por mí. Sin embargo, siento que ahora es
el momento: tengo que hacerlo si quiero que entiendan lo
importante que es Luke en mi vida y lo mucho que me
duele haberlo defraudado—. Nunca pensé en suicidarme,
pero sí que me despertaba cada día sin encontrar motivos
para seguir viviendo. —Trato de no mirar a mi hermana
mientras digo esto, pero noto sus ojos abiertos por la
sorpresa, su gesto contraído por el dolor—. Lo perdí todo
de golpe y, al principio, no supe gestionarlo.
»Toda mi vida me había preparado única y
exclusivamente para dedicarme al fútbol profesional. Dejé
la carrera a medias cuando me ficharon en los Eagles y, de
un día para otro, todo se truncó. Pero Luke estuvo ahí.
Primero venía al hospital para verme y ayudarme. Hacía los
ejercicios conmigo, me motivaba a moverme cuando yo
había perdido la esperanza y no me apetecía. Y, más tarde,
cuando pude salir del hospital y se dio cuenta de lo mal que
estaba de ánimo, me recogía dos veces por semana, me
dejaba en la consulta de una psicóloga que él mismo me
buscó y se esperaba a que terminase la sesión para volver
juntos. Y eso teniendo en cuenta que no vivíamos en el
mismo estado.
»Cuando me enteré de que Shanon y Riley se acostaban,
se lo conté. Ni siquiera sabía qué día era, solo que lo llamé
por teléfono y se presentó en mi casa. Se quedó conmigo
casi una semana porque tenía miedo de que hiciese
cualquier tontería. Hasta que no se fue y puse la televisión,
no me di cuenta de lo que había hecho. El día que llamé a
Luke coincidió con la final de la Super Bowl.
»Se la perdió por venir a verme.
»No dio explicaciones a nadie, cogió su coche y se largó.
Casi lo echaron del equipo por la falta, pero el entrenador
lo defendió. Solo él sabía lo que pasaba y, quizá porque
también me conocía a mí, lo entendió. La prensa no fue tan
benévola. Los Eagles ganaron ese año por poco. Si
hubiesen llegado a perder porque su jugador estrella no
estaba, entonces sí que lo hubiesen despedido.
»Luke se jugó la carrera por mí; no se lo pensó dos veces
antes de venir a buscarme. Lo único que me ha pedido
desde entonces es que cuidara de su hermana pequeña. Y
no lo he hecho. No lo he hecho —repito.
Casi sin ser consciente de ello, rompo a llorar. Revivir esa
época, lo mucho que sufrí y lo mucho que me ayudó Luke,
ha abierto viejas heridas. No puedo perder a Luke, la
simple idea me abre el pecho en canal. Tampoco quiero
perder a Hailey, pero si tengo que elegir…
—Dios mío, Cole —dice Camille con un hilo de voz. Ella
también está llorando—. ¿Por qué nunca me dijiste nada? Si
hubiese sabido que…
—Tenías un bebé de un año —respondo—. Lo último que
necesitabas era otra carga.
—¿Has vuelto a pensar lo mismo? Sobre no tener más
motivos para vivir y…
—No. Nunca. Te lo prometo.
Puede que siga un poco perdido, pero empiezo a ver
salidas. La oferta de Aaron sigue ahí, como una vía de
escape y un futuro más prometedor. Además, la idea de
continuar en Harper Springs ya no me atrae tanto.
—Sé que ahora estás mejor, pero si alguna vez vuelves a
pasar por algo así, o por cualquier cosa parecida, quiero
que sepas que también puedes contar conmigo —comenta
Adam—. No soy Luke, pero también somos amigos.
No hay reproche en su voz, sino quizá un poco de
decepción.
—Sé que puedo contar con vosotros, solo que esa época…
bueno, fue complicada en muchos niveles.
—Siento lo que he dicho antes —añade Sean—, ha estado
fuera de lugar.
—No pasa nada, no tiene importancia.
—Deja que se disculpe —interviene Taylor, tratando de
relajar la tensión del ambiente—. Es un capullo, para una
vez que lo hace, vamos a disfrutarlo.
Se escucha una carcajada general. Yo no me río, pero al
menos ya no me noto tan tenso. Tampoco quedan lágrimas
ya.
—Tienes que hablar con Hailey —dice entonces Camille
—. Explícaselo, lo entenderá. Pero no dejes que se quede
pensando otra cosa.
La verdad es que no sé qué pensará ella ahora mismo,
pero está enfadada. No quiero continuar callado, así que
me despido de ellos de forma apresurada y me monto en mi
coche, porque siento la repentina necesidad de verla y
aclararlo todo.
El camino a mi casa se me hace eterno. Entro,
llamándola, pero no está. La busco por el salón y en su
dormitorio, pero no es que no esté, es que la casa está
vacía. Tardo unos minutos en comprender por qué se ve tan
diferente.
Ha recogido sus cosas.
Sé que es una invasión a su intimidad, pero necesito
confirmarlo. Abro su armario, los cajones de la mesita de
noche.
No hay nada.
No está su ropa, ni su ordenador, ni su esterilla de yoga
enrollada junto al sofá.
No hay nada.
Bueno, eso no es del todo así.
Ha dejado las reseñas que le imprimí. Y también perdura
su aroma, la estela de su presencia y esta pesada carga que
me aplasta el estómago y me impide respirar.
Salgo de casa, aunque no sé dónde ir. ¿Dónde puede
haberse metido Hailey? Sin embargo, no tengo tiempo ni de
coger el móvil. Hay alguien en la puerta. Un hombre que,
aunque está de espaldas, reconozco a la perfección.
—¿Riley? —pregunto, sin entender nada. ¿Qué pasa este
fin de semana, que todo el mundo se presenta aquí?
—Cole —suelta, sorprendido, pese a que es él quien se ha
plantado en mi casa. Solo ha venido una vez de visita, hace
ya mucho tiempo—. Quería verte.
—¿Ha pasado algo? —indago. Tiene mala cara y no
parece solo fruto del cansancio del viaje.
—Sí. No. Bueno… voy a divorciarme —suelta a bocajarro
—. Estuve pensando en lo que me dijiste, sobre Shanon.
Creo que merezco más. Yo no he sido la mejor persona,
mucho menos el mejor amigo, pero quería agradecerte eso.
Lo que me confesaste sobre ella, me refiero —explica. Está
nervioso. Juega con sus manos y evita mirarme a los ojos,
aunque no deja de hablar—. No tenías por qué hacerlo. Se
lo conté a Shanon, quería ver su reacción. ¿Sabes cuál fue?
—¿Cuál? —pregunto, aunque puedo intuirla.
—Dijo que estabas celoso, que intentabas interponerte
entre nosotros, que nunca la habías superado, que fuiste tú
quien se declaró y no me lo había contado porque no le
había dado importancia. Y ahí me di cuenta de que mentía.
—¿Por qué?
—Porque recuerdo cómo mirabas a Hailey en la boda,
como si nadie más importara en el mundo. Nunca habías
mirado así a Shanon, ni siquiera cuando estabais juntos. No
hace falta ser un lince para sumar dos más dos.
Ese momento me quema la mente. El viaje a Búfalo y a
Nueva York fue perfecto. Apenas han pasado unos días de
eso y, sin embargo, parece que hubiese sido hace años.
Salvo porque el daño todavía sigue latente.
—Yo… solo quería decirte eso. El equipo está en Salt
Lake City, por eso quise acercarme para decírtelo en
persona. Tenemos un evento publicitario, no me enteré muy
bien de qué. Nos quedaremos unos días, por si quieres
pasarte a saludar. A Aaron le gustará.
Riley retrocede para meterse en su coche, como si ya
hubiese hecho todo lo que ha venido a hacer. Lo llamo
antes y se gira con rapidez. Me mira expectante, ansioso.
—No estoy enfadado contigo —le digo. Noto su alivio
inmediato, cómo suspira y casi sonríe—. Y me alegra que te
dieras cuenta de cómo es Shanon y salieras de ahí.
—Ojalá nunca hubiese…
—Eso no podemos cambiarlo —lo interrumpo—, pero no
te guardo rencor.
—¿Crees que podemos ser amigos? Quizá no como antes,
pero amigos, al menos.
—Dame tiempo —respondo con sinceridad. Lo he
perdonado, eso es cierto. Restaurar la confianza puede que
lleve un poco más.
—El que necesites.
No hay abrazos de despedida. Riley sube en su coche y se
va. Nos merecemos una conversación más larga, con un
café por delante y más tiempo disponible.
Sin embargo, ahora mismo no es una prioridad.
Saco el móvil para llamar a Hailey. No llego a hacerlo,
porque veo la notificación de un mensaje de mi hermana.
Acaba de llegar Hailey. Viene a despedirse. Date prisa.
Capítulo 61
HAILEY
El grupo de amigos sigue dentro de la casa de Camille,
aunque Cole no está con ellos. Los ánimos parecen por los
suelos e imagino que se han enterado de la discusión que
hemos tenido.
Jenna pasa conmigo, aunque se queda en la puerta para
darme intimidad.
Cami viene hacia mí en cuanto me ve. Me da un abrazo y
me aprieta con fuerza. No sé si conoce con exactitud lo que
ha pasado, pero es evidente que algo sí.
—Cole ha ido a buscarte —me dice cuando nos
separamos—. Quería hablar contigo.
El estómago me da un vuelco al escuchar su nombre, al
saber que me está buscando. Lo ignoro. He tomado una
decisión y voy a seguir adelante con ella.
He estado saliendo durante mucho tiempo con Nick sin
ser consciente de la manipulación a la que me sometía. No
creo que Cole me manipule ni sea como mi ex, pero
tampoco creo que sea bueno para mí.
Se ha portado muy bien conmigo, pero lo ha hecho solo
como amigo, no como nada más. Nos hemos acostado
varias veces, sí, y eso es todo. A la hora de la verdad, a la
hora de hablar de sentimientos, Cole se ha quedado
callado. Imagino que no ha abierto la boca para evitar
hacerme daño. Lo que pasa es que yo hubiese preferido
que me dijese la verdad a que no me dijese nada en
absoluto.
—No he venido a ver a Cole —le respondo a Cami—. He
venido a despedirme de vosotros. Me voy a Nueva York con
Jenna.
—¿Qué? —pregunta, sorprendida—. ¿Ya? ¿No ibas a
pasar la Navidad aquí?
—Ha habido un cambio de planes. A Jen la han cogido
para la revista y se va mañana.
—Mi hermano nos ha contado lo que ha pasado y sé que
todos estáis enfadados, pero tenéis que hablar y…
—Tu hermano no está interesado en hablar —la
interrumpo—. El Uber nos está esperando.
—¿De verdad no te vas a despedir de Cole? —espeta
Sean, poniéndose en pie y viniendo hacia mí.
—He venido aquí, no es mi culpa que él no esté.
—Y una mierda —suelta, molesto—. Te ha abierto la
puerta de su casa. Has estado viviendo con él durante
cuatro meses y todo este tiempo se ha preocupado por ti,
¿y ahora vas a largarte sin decirle ni adiós? ¿Y tú dices que
el cobarde es él?
Puedo entender su punto de vista. Me hace sentir peor.
Cole se ha portado bien conmigo y quizá no esté siendo
justa solo porque yo he desarrollado unos sentimientos que
él no comparte. Pero saber que no es justo no cambia lo
que necesito. Y, en este momento, después de haber
descubierto cómo he desperdiciado años de mi vida con
alguien como Nick, de haber discutido con mi hermano y de
que Cole le haya dejado pensar que lo único que hay entre
nosotros es una relación superficial, lo que más necesito es
alejarme de todo y ser Hailey.
Solo Hailey.
—Supongo que los dos somos unos cobardes —admito.
Camille vuelve a abrazarme, con los ojos repletos de
lágrimas. Taylor viene hasta mí y hace lo mismo. Me aferro
a ambas con fuerza, consciente de lo mucho que las voy a
echar de menos.
—No es un adiós definitivo —les aseguro. Mi voz tiembla
un poco; yo también he empezado a llorar—. Volveré pronto
para veros.
—Más te vale —me amenaza Cami.
—Escribe cuando llegues a Nueva York —pide Taylor.
La despedida con los chicos es un poco más fría, aunque
incluso Sean me abraza.
—Te equivocas con Cole —me dice antes de soltarme—,
pero no soy yo quien debe decírtelo. Cole lo hará.
Solo que Cole no aparece.
Jenna y yo nos subimos al Uber. Mi amiga me da la mano
y me dedica una mirada profunda, cómplice. Una que
expresa que ella está a mi lado, siempre, pase lo que pase.
Las lágrimas vuelven con más fuerza mientras dejamos
atrás Harper Springs.
He estado apenas cuatro meses en este pueblo, pero el
cambio que ha despertado en mí durará para toda la vida.
Capítulo 62
COLE
El tiempo es relativo.
Hay años en los que las horas no pasan e instantes que
marcan toda una vida.
Me doy cuenta de ello en el momento en que llego a Cami
and Caden’s Bed and Breakfast y veo a mi hermana y a mis
amigos en la puerta.
—Se han marchado hace un rato —me dice Camille antes
de venir hasta mí y abrazarme—. Lo siento.
El cielo se abre sobre nuestras cabezas y un nuevo
diluvio nos cae encima. Harper Springs es el pueblo de la
lluvia y esto es habitual, pero no deja de parecerme un
reflejo perfecto de cómo me siento ahora mismo.
Supongo que podría correr detrás de ella y aparecer en
el aeropuerto, como si fuese una película romántica de
principios de los 2000. Sé que no voy a llegar a tiempo.
Además, si se ha ido así es porque no quiere despedirse de
mí y, dadas las circunstancias, me lo he ganado.
Así que me quedo clavado en este instante y abrazo más
fuerte a Cami.
Harper Springs era un bálsamo para mí, un refugio
después de la tormenta de emociones que viví en Búfalo.
Ahora es el pueblo en el que los dos hermanos Bedford
han empezado a odiarme.
Porque sí, soy un cobarde, pero no quiero serlo.
Y sé exactamente lo que tengo que hacer ahora.
Capítulo 63
HAILEY
Las últimas dos semanas han sido una completa locura.
Jenna y yo nos vinimos a Nueva York. Los primeros días
nos quedamos en un hotel, pero después nos mudamos a un
pequeño apartamento. Tenemos el espacio justo para las
dos, pero está situado en Manhattan y solo por eso merece
la pena.
Mi amiga está casi todo el día en el trabajo. Está
empezando y quiere causar una buena sensación. Además,
sé que adora su nuevo empleo y no le importa hacer horas
de más.
De todos modos, yo también he estado ocupada.
Adrianne no ha dejado de apretarme para que pasara las
revisiones y enviara el manuscrito definitivo. Conseguí
terminarlo el último día del año.
Y como estábamos solas en una ciudad desconocida,
compramos una botella de champán y lo celebramos juntas.
Brindamos por Jenna y por su inicio en la revista. Después,
brindamos por el fin de mi trilogía de fantasía. Y
compramos una tercera botella para brindar por nosotras y
porque no necesitáramos a nadie más.
Sin embargo, cuando volvimos a casa y me metí en la
cama bajo los efectos del alcohol, no pude evitar coger mi
móvil para felicitarle el año a Luke. El mensaje que recibí
no fue de mi hermano, sino de Cole. El vuelco que me dio el
estómago poco tuvo que ver con el tequila.
Feliz Año Nuevo, microbio.
Adjuntó una foto de las vistas desde la cabaña, con el
lago congelado de Harper Springs de fondo.
Feliz Año Nuevo.
Y mandé una foto que me había tomado esa misma
noche, un selfie con el árbol de Navidad de Rockefeller
Center.
Estás preciosa.
No me vi capaz de responder a ese mensaje y la vida
siguió.
Jenna tenía razón con respecto a Nick: contó muchas
barbaridades sobre mí en Oklahoma. También acertó en lo
otro: hubo gente que se creyó sus mentiras, pero hubo más
gente que me escribió para preguntarme mi versión. Él
puede quedarse con Miranda, me he dado cuenta de que no
me hace falta tener cerca a gente así. Yo me quedo con mis
amigos, los de verdad, entre los que se incluyen Camille y
Taylor, que no han dejado de escribirme desde que llegué a
Nueva York.
No echo de menos a Nick en absoluto.
En cambio, no puedo decir lo mismo de Cole. Por eso
estoy tirada en la cama, mirando los últimos mensajes que
me envió:
Tenías razón, soy un cobarde, pero no quiero serlo. Voy a hacer
las cosas bien. Te lo prometo.
Estoy tan concentrada regodeándome en mi propio
sufrimiento que la llamada de Jenna me sobresalta.
Adrianne me habla a la vez, pero le doy prioridad a mi
amiga.
—¿Te he asustado? —pregunta—. Lo he sentido desde
aquí.
—Tienes el don de la oportunidad.
—¿Estabas masturbándote? ¡No me digas que has
empezado los Bridgerton sin mí!
—Qué bruta eres. No estaba…
—Bueno, espera, que no tengo mucho tiempo. Llegaré
para la cena, sobre las siete, porque tenemos mucho lío en
la oficina. Voy con grandes noticias, así que encarga tacos y
mete en el frigo la botella de vino blanco buena.
—¿Te van a extender el contrato? —indago, emocionada.
Jenna se ríe.
—Te quiero —me dice y cuelga, sin darme ninguna otra
pista.
Preparo ya la mesa para la noche y programo el pedido
para la hora que me ha dicho. Noto un nuevo vuelco en el
estómago, solo que este no tiene nada que ver con Cole,
sino con Luke. Los tacos eran la cena que preparaba él por
Navidad, cuando nuestra madre estaba encerrada en su
habitación y nuestro padre demasiado ocupado con su otra
familia. A pesar de todo, nunca me sentí sola, porque
siempre lo había tenido a él. Luke y yo contra el mundo.
O así era, hasta que Luke también se alejó. No me ha
vuelto a hablar desde la discusión en Villa Ruina y, aunque
una parte de mí está enfadada con él por su reacción, la
otra (que es mucho más grande) solo puede echarlo de
menos.
Me preparo con tiempo y aprovecho que no tengo nada
que hacer hasta las siete para devolverle la llamada a
Adrianne.
—Vas a alucinar —me dice en cuanto descuelgo—. Ya
tenemos todo listo para el lanzamiento del libro. El salón
que ha reservado Alice es una auténtica pasada. ¿Tienes ya
tu outfit? Seguro que es increíble, pero bueno, no te
llamaba para eso. Ya han llegado los ejemplares de la
imprenta y son más bonitos en persona, incluso. En unos
días los tendrás en tu casa. Recuerda grabar el vídeo del
unboxing para redes.
—Sí, eso está hecho.
—Bueno, aquí va la sorpresa, iba a dejar que la vieras en
la contracubierta, pero quiero decírtelo yo. Espera, te
cuelgo.
Adrianne hace justo eso y me deja con cara de idiota
mirando la pantalla. ¿Está bajo el efecto de alguna droga?
No entiendo nada.
Entonces me entra una videollamada de ella y descuelgo
en el primer tono.
—Quería ver tu cara cuando te diera la noticia. ¿Estás
lista?
—Adrianne, me estás poniendo nerviosa —casi chillo,
histérica—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
—Hemos conseguido que las frases promocionales de tu
novela las hagan tres de las autoras más queridas del
momento. —El corazón se me dispara y no sé qué cara
pongo, pero mi editora se ríe al verme—. ¿Te cuento
quiénes son?
—¡Claro!
—Rebeca Yarros, Leigh Bardugo y Sarah J. Maas.
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
—¡Sí!
Rompo a llorar, sin poder evitarlo. No soy capaz de
imaginarme un universo en el que tres autoras a las que
admiro tanto sepan que existo, mucho menos que hayan
leído un libro mío o me hayan hecho una frase promocional.
Adrianne sigue hablando, pero yo ya no soy capaz de
prestar atención. De todos modos, no creo que vaya a decir
nada más importante que lo que me acaba de contar.
Me siento como flotando en una nube; una que sabe a
sueños cumplidos que van más allá de lo que esperaba.
En algún momento cuelga y yo pongo Long Live a todo
volumen en los altavoces, y me dedico a bailar y cantar en
el salón.
Oigo el timbre de milagro y salgo corriendo hacia la
puerta. No sé cuál es la noticia de Jenna, pero ya tenemos
dos celebraciones pendientes.
Solo que cuando abro no es mi amiga.
Es Luke.
Capítulo 64
COLE
Unos días atrás…
Con la llegada de enero no ha sido solo un año lo que he
dejado atrás.
Me he hecho varios propósitos y, como si no hubiese ni
un segundo que perder, me he puesto manos a la obra con
todos.
Luke tenía razón cuando me dijo que necesitaba mi
propio proyecto. Ya no queda nada de la Villa Ruina que
conocíamos. Se ha convertido en un Bed and Breakfast
perfecto para todos los turistas que vienen a Harper
Springs, y no son pocos. Durante las primeras semanas casi
todas las reservas corrían a cargo de familiares y amigos
de vecinos. Por supuesto, el trío de cotillas ha sido quien
más ha apoyado, aunque solo fuese por ver quién de las
tres traía a más gente. Así llegaron las primeras reseñas y
valoraciones de cinco estrellas, y han seguido las de otras
familias y grupos de amigos que buscaban turismo de
montaña o un lugar tranquilo donde desconectar del
bullicio de la gran ciudad.
Aunque Camille está hasta arriba de trabajo, llevaba
tiempo sin verla tan feliz.
Villa Ruina era su sueño y ha costado sudor y lágrimas,
pero ha valido la pena. Ella necesitaba esta satisfacción
personal para sentirse realizada. Hay días en los que es
duro compaginarlo con Caden, pero una de las ventajas de
vivir en un pueblo tan pequeño es que todos somos familia
y cuidamos unos de otros.
Lo peor de vivir en un pueblo tan pequeño es que ahora
está impregnado de los recuerdos de Hails. Los más
dolorosos se esconden en nuestra cabaña. En ese lago
congelado donde yo nadaba (he abandonado la terapia del
frío y estoy intentando abrazar la del calor) mientras ella
leía. O justo al lado, donde contemplamos nuestra primera
nevada juntos, antes de que cayésemos al suelo. Y, a pesar
de que nos rodease el blanco en ese momento, creo que el
mundo nunca ha tenido tantos colores como cuando nos
besamos en la nieve. Y, por supuesto, dentro de la cabaña.
En su dormitorio, ahora vacío. No solo de su ropa y sus
cosas, sino también de su esencia, su voz y su risa. La
música de Taylor Swift sigue sonando, pero solo porque yo
la pongo, no porque forme parte de la banda sonora de La
última canción oscura. El escritorio del salón no tiene su
portátil, ni esos rastros de mi historia favorita de fantasía.
Sí queda la alfombrilla que le hice y dejó aquí.
A veces me descubro tirado en la cama, mirando en mi
móvil lo poco que me queda de ella. Una fotografía durante
la despedida de Jenna, en la que sale la cara de Hailey
entre dos dientes de león. O la última que me envió en
Navidad en Rockefeller Center. Recuerdo que esa noche
escribí y borré el mensaje cientos de veces. Quise decirle
que la echaba de menos, que la cabaña no era lo mismo sin
ella, que yo no era el mismo sin ella.
Pero me limité a poner que estaba preciosa y ya no
respondió.
Volviendo a lo de antes, he conseguido mi propio
proyecto de vida: acepté la propuesta de Aaron. Soy parte
del equipo técnico de los Buffalo Bills. Va a ser diferente no
jugar en el campo, pero para mí esa opción ya no es
posible. El fútbol siempre fue mi sueño y hay distintas
formas de vivirlo; ahora voy a probar con otra. Me anima
tener a mi lado a un entrenador como Aaron y a unos
jugadores que conozco en su gran mayoría. Incluido Riley,
con quien estoy retomando nuestra antigua amistad.
El perdón sí es posible.
Yo se lo he concedido a un amigo que me traicionó
porque creo que de verdad lo merece. Y, mientras espero
impaciente, confío de corazón ser merecedor también de él.
Luke aparece mientras pienso en el perdón.
No nos hemos visto desde la discusión que mantuvimos,
por eso no sé cómo va a reaccionar. ¿Me pegará? ¿Me
gritará? ¿Se limitará a mirarme con decepción? Nada de
eso. Se detiene frente a mí y me saluda, tan serio que
apenas parecemos amigos.
—Gracias por acceder a venir —le digo.
Hace unos días que le escribí para vernos. Me sorprendió
que respondiera después de tanto tiempo ignorando mis
llamadas. Así que aquí estoy, de vuelta en Filadelfia.
—Tú dirás —comenta.
—Necesito pedirte perdón. Sé que no he estado a la
altura de nuestra amistad, que te he fallado. Debería
haberte contado lo de Hails en el momento en el que
ocurrió, pero…
—No sé si quiero escuchar esto, Cole —me interrumpe—.
Se suponía que eras mi amigo. Mucho más que eso, eras mi
hermano. Te pedí que la cuidaras porque confiaba en ti,
joder. ¿Y qué haces tú? ¿La manipulas para acostarte con
ella?
—No la manipulé —respondo con los labios apretados,
conteniendo el enfado. He venido para pedir perdón, sí,
pero no pienso dejar que insinúe nada así—. Yo nunca le
haría eso a tu hermana. Me preocupo por ella.
Luke suelta una carcajada que se me clava directa en la
piel.
—¿Te preocupas por ella? Vaya, qué curiosa forma de
demostrarlo.
—A ti no tengo que demostrarte nada.
—¿Se lo has demostrado a ella, entonces? Porque tengo
entendido que ni os habláis.
Sus palabras son más mortíferas que su risa anterior,
pero solo duelen por lo ciertas que son.
Fueron solo cuatro meses, pero me acostumbré tanto a
tenerla alrededor, que su ausencia se nota demasiado.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Hailey? —pregunto con
interés. Porque, si es así, significaría que al menos a ella la
ha perdonado.
Me mata la idea de saber que he perdido a Hailey, pero
me tortura mucho más pensar que le arrebaté a su
hermano en el proceso.
—No, me lo dijo Cami —responde en cambio.
—¿Habláis?
Cami no me ha dicho nada, imagino que por lealtad a
Luke. Me alegro de que se siga apoyando en alguien.
—La considero una amiga, claro que hablamos. Además,
ella sí cuidó de Hailey. —Lanza la pulla.
—Mira, Luke, entiendo tu enfado, de verdad que sí. Te he
pedido perdón por no haberte contado lo que pasaba entre
tu hermana y yo, pero no me arrepiento de lo que hubo
entre nosotros —suelto, rápido y sincero. Mi lealtad a Luke
es infinita y, aun así, no puedo engañarme a mí mismo—.
Hailey no es un polvo para mí. Estoy enamorado de ella.
Los ojos de mi amigo se abren de puro asombro. No
esperaba mi confesión, eso está claro. No puedo culparlo: a
mí también me sorprendió darme cuenta de ello.
—¿Qué dices? No… —empieza, aunque no termina la
frase.
—Es la verdad, por eso ahora intento hacer las cosas
bien. He venido a pedirte perdón, porque actué mal,
porque no fui honesto contigo. Porque para mí sigues
siendo mi hermano, porque te quiero. Pero no he venido a
pedirte permiso.
—¿A qué te refieres?
—A que te estoy contando esto ahora para que lo sepas.
Voy a ir a por todas con tu hermana. Y quizá ella no me
perdone o no quiera volver a saber nada de mí, pero voy a
intentarlo de todos modos. No necesito tu aprobación,
aunque me gustaría tenerla. No voy a renunciar a Hailey.
No puedo, Luke, no puedo. Y si eso significa que ya no
vuelvas a hablarme, me dolerá, me dolerá muchísimo, pero
no soporto pensar que Hailey está ahí, creyendo que para
mí ha sido solo sexo cuando lo cierto es que no me la saco
de la cabeza. Y yo… yo nunca había sentido esto, nunca. No
pienso renunciar a estos sentimientos.
Me contempla, serio, en silencio. Tengo el corazón
desbocado y los ojos humedecidos, aunque no he llegado a
llorar. Hay un nudo en mi garganta que me aprieta con
fuerza y que contengo. Porque es cierto que no quiero
rendirme con Hailey, pero tampoco me gusta la idea de
perder a Luke.
—Sé que enamorarme de la hermana de mi mejor amigo
no ha sido mi mejor idea, pero ha pasado —continúo.
—Nunca has sido muy listo, no —dice él. No sé si bromea,
no hay expresión en su rostro—. ¿De verdad estás
enamorado de mi hermana?
—No dejo de escuchar a Taylor Swift porque me recuerda
a ella.
Luke suelta una carcajada ante mi confesión y esa
sencilla risa consigue deshacer el nudo que me estaba
asfixiando.
—Entonces estás jodido.
—¿Significa eso que me perdonas? —pregunto casi con
miedo.
—Significa que voy a intentarlo. Necesito un tiempo para
digerir esto. Hails es todo para mí. Todo. Solo se merece lo
mejor.
—Sé que yo no soy lo mejor, pero, si me deja, voy a
intentar ser merecedor de ella cada día.
—Joder, para, para ya —suelta Luke. Esta vez, sus risas sí
denotan que está bromeando—. Demasiado cursi para mí,
tío. Guárdate todo eso para ella.
—¿No te parece mal?
—No la necesitas, pero te daré mi bendición con dos
condiciones: una, no quiero saber detalles asquerosos
sobre vuestra relación y, dos, si le haces daño, aunque sea
sin querer, te romperé la otra pierna.
Los ojos se me abren por la sorpresa. La amenaza no es
de verdad, o eso creo, pero ha sido tan específico. De
repente, se acerca y me abraza con fuerza, poniendo en el
gesto todo el cariño que nos ha faltado estas semanas. Y yo
aprieto más, porque he venido aquí sin saber qué esperar,
pero me llevo la mitad de lo que necesito: recuperar a mi
mejor amigo.
La otra mitad depende de Hails.
—¿No has sabido nada de ella? —pregunto cuando nos
separamos.
—He ignorado todos sus mensajes. Joder, soy idiota.
—Los dos lo somos.
Durante tantas horas que pierdo la noción del tiempo,
nos dedicamos a reconectar. Nos contamos lo que nos
hemos perdido, cómo le va a Luke en el equipo (aunque
esto lo he seguido por la televisión) y que yo voy a empezar
con los Bills.
Y hablamos de ella, de cuánto la echamos de menos. Lo
más triste es que nos hemos distanciado tanto que ninguno
de los dos sabe cómo le va.
Pero la distancia, ya sean millas o prioridades o
desengaños, se puede recortar. Y yo estoy dispuesto a
saltar para salvarla.
Capítulo 65
HAILEY
Me quedo mirando a mi hermano, sin saber muy bien cómo
reaccionar. No por nada, sino porque no consigo asimilar
que esté aquí. ¿Lo ha preparado Jenna? ¿Por eso me ha
pedido que encargara tacos?
—¿No me invitas a pasar? —pregunta con timidez.
—Eh, sí, claro. Adelante.
Cierra la puerta tras de sí y me sigue hasta el salón. Me
giro hacia él, dispuesta a romper el silencio que me ha
bloqueado la mente, pero Luke reacciona antes que yo y, de
pronto, me veo envuelta en un fuerte abrazo.
—Lo siento mucho, Hailey —murmura sin soltarme.
—Yo sí que lo siento —respondo.
Luke me aprieta más contra él y, casi sin darme cuenta,
rompo a llorar. No me había dado cuenta de lo mucho que
necesitaba este abrazo, de lo mucho que necesitaba a mi
hermano. El enfado desaparece de golpe, como si nunca
hubiese existido.
Permanecemos así durante un largo rato, abrazándonos
en silencio. No se precisan palabras, el sentimiento con el
que nos envolvemos el uno al otro habla por sí mismo.
Cuando nos separamos, me fijo en que Luke también
tiene los ojos enrojecidos por las lágrimas.
—He sido un idiota —me dice—. Sí, me enfadó lo que vi y
me dolió todavía más que ninguno de los dos me hubiese
contado nada, pero no debí negarme a hablar contigo.
Joder, ni siquiera te felicité la entrada del año. Yo…
—No pasa nada —lo interrumpo—. Lo importante es que
ahora estás. Quiero decirte que lo siento, lo siento de
verdad, no…
—Sí que pasa —me corta ahora él—. Hailey, tú eres mi
única familia. Siempre hemos sido tú y yo contra todo,
siempre. Así que no me digas que no pasa nada, porque me
duele en el alma cada vez que pienso que has pasado las
Navidades aquí mientras yo estaba en una fiesta con gente
que no me importaba.
—¿Qué te parece si dejamos de pedirnos perdón,
cenamos y nos ponemos al día con todo lo que nos ha
pasado? —propongo.
Luke sonríe y acepta.
Tomamos asiento en la mesa, con los tacos ya
preparados.
—¿Qué tal llevas el libro? —me pregunta.
—Ya entregué el manuscrito definitivo. Ahora
empezaremos con la promo para el lanzamiento. Todavía no
me lo puedo creer. En un par de días tenemos ya el primer
evento.
—Hace años que estás sumergida en esa historia. Tiene
que ser emocionante poner punto final.
—Es emocionante, pero también triste. Además, dentro
de poco dejará de ser solo mía para ser de todos los
lectores. Me da miedo que a la gente no le guste el final de
la trilogía.
—Todavía no lo he leído, pero apuesto lo que quieras a
que amarán ese final. Eres la mejor escritora que conozco.
—¿Conoces a más escritores?
—No —admite y se ríe—, pero no importa. Aunque los
conociese a todos, seguirías siendo la mejor escritora para
mí.
—Te he echado mucho de menos.
—Y yo a ti.
—¿Puedo preguntarte algo? —pido. Luke asiente—. ¿Por
qué has cambiado de opinión ahora? Es decir, estoy
agradecida de que lo hayas hecho, es solo que no lo
entiendo.
—La parte más importante es que me he dado cuenta de
que no podía seguir enfadado contigo. Eres mi hermana y
te quiero. No hay nada que puedas hacer que nos separe.
—¿Ni aunque me cargase a alguien?
—Soy tu hermano mayor, Hails. Si alguien te hace algo y
vas a matarlo, solo dímelo y lo haré por ti. O contigo, lo que
prefieras.
Me río y él se une. No me puedo creer que esto sea tan
fácil. Han pasado semanas en las que no nos hemos
hablado y ahora estamos juntos y es sencillamente como si
el tiempo entre nosotros no hubiese pasado.
—Has dicho que es la parte más importante… ¿Cuál es la
otra? —indago.
—Sé que, si no me lo contaste, fue porque temías mi
reacción —responde. No especifica a qué se refiere, pero
no hace falta. Habla de Cole—. Y tenías motivos para
pensar así después de la forma en la que me he
comportado todos estos años. Supongo que solo te di la
razón al enfadarme así.
—Entiendo que te enfadaras así, no hicimos las cosas
bien. Tenía que habértelo contado, aunque realmente no
hubiese mucho que decir.
—¿Por qué dices eso?
—Tenías razón sobre Cole, solo quería acostarse conmigo
y ya está.
Luke me mira con el ceño fruncido, confuso.
—¿Eso piensas?
—Eso sé. Le confesé varias veces que me gustaba, y él
nunca me respondió.
Decirlo en voz alta todavía duele. Las cosas que vivimos
juntos parecían indicar lo contrario. Quizá empezó siendo
sexo, pero luego se transformó. Sin embargo, cada persona
siente las experiencias de una manera y donde él solo veía
amistad, yo empecé a ver más, mucho más.
—No quiero hablar de Cole —informo y cambio el gesto.
Si esta es la cena de reconciliación con mi hermano, quiero
que sea un momento feliz—. ¿Qué tal estás? ¿Cómo va el
equipo?
Luke respeta mi deseo y no volvemos a nombrar a Cole
durante toda la cena. Ni siquiera he preguntado si a él
también lo ha perdonado. Después de todo, son mejores
amigos. Pero decido que hoy solo me importa la familia
Bedford. Así que hablamos de nosotros, de lo que hemos
estado haciendo estas semanas, de cómo nos sentimos y de
nuestros proyectos,
Y un par de horas más tarde, cuando ya no quedan tacos,
pero todavía tenemos mucho que contarnos, Jenna se une a
nosotros y la noche mejora todavía más.
Porque ella no es una Bedford de nacimiento, pero sé que
está detrás de que mi hermano esté aquí esta noche y yo
me sienta un poco más completa. Así que da igual su
apellido: sigue siendo parte de mi familia.
Capítulo 66
HAILEY
—Estás espectacular —me dice Jenna—. Pareces una
auténtica reina.
—La reina de Nemeria —añade Luke, sin quitarme los
ojos de encima.
Ambos son mis acompañantes para el evento de esta
tarde, donde presentaremos el libro ante magnates del
sector editorial y distintas influencers.
Me detengo delante del espejo de la entrada para poder
contemplarme bien. El atuendo me lo envió Adrianne al
final. Lo vio, pensó en mí y me pasó una foto. Acepté de
inmediato porque acertó de lleno.
Se trata de un vestido largo. La parte de arriba se ajusta
a mi cintura y al pecho en un escote con forma de corazón.
Es de color celeste, pero tiene tantos brillantes que parece
relucir como un sol. La falda es vaporosa y de un tono más
oscuro. Algunos bordados simulan ser estrellas y lágrimas y
mariposas y, dependiendo de cómo les dé la luz, cambian
de color. Hay una capa azul oscura para resguardarme del
frío de enero en Nueva York. Llevo una tiara negra y un
colgante a juego que simboliza uno de los objetos
legendarios del libro.
Lo cierto es que sí que estoy espectacular. Las mujeres
necesitamos más excusas para poder vestirnos así sin
llamar tanto la atención, como si todos los días nos
dirigiésemos a recibir a una corte de apuestos ilyrios.
—Vamos, ya llegamos bastante tarde —comenta Jenna.
Mi hermano coge nuestros bolsos y nos encaminamos
hacia el coche que ha mandado la editorial para buscarnos.
Por suerte, no es un carruaje medieval, sino un elegante
BMW negro.
—¿Estás nerviosa? —pregunta mi amiga sin dejar de
mirarme.
—Sí —admito con sinceridad.
—Es normal, pero se te pasará en cuanto lleguemos. Si
no es porque el evento será un éxito, será porque el vino
blanco nos hará olvidarnos de todo lo demás —comenta y
se ríe—. Es broma. Va a ser una fiesta legendaria.
No dudo de ello. Adrianne, Lucy y todo el equipo han
hecho un trabajo fabuloso. Sin embargo, mi mente hoy me
está traicionando más de lo que debería y un único
pensamiento me hace venirme abajo. Esta vez no tiene que
ver con las expectativas de mis lectoras, ni siquiera está
relacionado con el libro.
Lo que me aflige es saber que voy a presentar La última
canción oscura y Cole, su mayor admirador y una de las
personas que más me ha ayudado a finalizar la trilogía, no
está aquí. Esta mañana he recibido un mensaje suyo para
desearme suerte. Al leerlo, he visto el último que me envió:
Tenías razón, soy un cobarde, pero no quiero serlo. Voy a hacer
las cosas bien. Te lo prometo.
No sé a qué se refería con «hacer las cosas bien», pero
no implicaba nada que tuviera que ver conmigo.
—Eh, alegra esa cara —me pide mi hermano—. Todo va a
salir bien, ya lo verás.
El camino hacia el local elegido por la editorial está lejos.
Una vez aparto a Cole de mi mente, el trayecto se me pasa
volando entre conversaciones con Jenna y Luke. Casi todas
giran en torno a la novela y, aunque no me gusta
monopolizar el tema, hoy estoy tan dentro del universo de
La última canción oscura que necesito hablar sobre él.
Adrianne y Lucy están en la puerta para recibirme. Me
reclaman que las acompañe para ultimar algunos detalles.
Miro a mis acompañantes con una disculpa en los ojos.
—No te preocupes, estaremos bien —me dice Luke.
—Podéis tomar una copa de vino, pero no asaltéis todavía
la comida —les pide Lucy.
Jenna sonríe, pero lo que realmente quiere decir es:
«Haré lo posible por no comerme varios canapés. No
prometo nada».
—Por ahora solo han llegado algunas influencers. Las
hemos citado antes para que graben mejor contenido con el
local vacío. Así pueden recrearse en el escenario y sus
vestidos y, además, ir despertando la curiosidad de otras
personas del mundillo —me informa Lucy—. Por cierto,
estás preciosa —añade, mirándome, como si se acabara de
percatar de mi vestido.
—Muchas gracias. Fue un regalo de Adrianne. Vosotras
también estáis geniales.
Lucy se ha vestido de guerrera, con un traje que simula
ser una armadura de metal, solo que más ligero. Mi editora
ha escogido el atuendo de tejedora, y no esperaba otra cosa
de ella. Lleva una túnica color burdeos que le tapa el cuello
y pedrería en la zona del escote. Es sencilla, pero elegante.
—Vamos a repasar el programa —comenta Adrianne—.
Primero grabaremos unos vídeos y tomaremos unas fotos
promocionales para redes sociales. Cuando pasen los
invitados y empiece la charla, leerás el prólogo para crear
expectación y el público podrá hacerte algunas preguntas.
—Sin spoilers, claro —apunta Lucy—. Después,
comenzará la fiesta. Puedes relacionarte con quien quieras,
pero es aconsejable que seas simpática con las influencers
y que hables con gente del sector. Hemos invitado a
algunos críticos literarios que ya han leído tu novela, pero
todavía no han hecho comentarios.
Me dedico a asentir mientras continúan avasallándome
con información. Lo cierto es que todo me parece muy
lógico. No necesito que me digan que sea simpática con las
influencers, como si solo fueran un medio para conseguir
un fin. Lucy trabaja de esto e imagino que habrá visto
escritores de todo tipo, por eso da sus indicaciones,
independientemente de lo lógicas que puedan parecerme a
mí.
Yo adoro hablar con la gente de libros, sobre todo, y
aunque suene egocéntrico, de los míos. Me encanta
reunirme con lectores y conversar sobre personajes, sobre
trama, sobre las teorías que tienen con respecto a la
historia; incluso sobre otras novelas que les gusten porque,
además de escritora, también soy una lectora voraz. Lo más
bonito de mi profesión es compartirlo con las lectoras, y
eventos como este me acercan a ellas mucho más.
—Antes de empezar, vamos a presentarte a unas pocas
personas —comenta Adrianne.
Todo se vuelve muy protocolario. Me llevan de un lado a
otro, presentándome a gente de la editorial que todavía no
conozco o a otras personas del mundo literario. Hablo de
forma educada con todos ellos, pero son tantas
conversaciones y tan rápidas que mañana no recordaré con
detalle ninguna de ellas.
Después, me conducen a la sala donde tendrá lugar el
evento. Me quedo impresionada nada más entrar. Han
decorado el salón como si fuese un auténtico palacio, con
sus lámparas lujosas, sus tapices y sus antorchas. Han
recreado un trono oscuro, incluso los distintos objetos
legendarios. A un lado, hay un dragón negro en miniatura y,
cada cierto tiempo, unas luces verdes simulan ser el ácido
que escupe. A tamaño real, han impreso los personajes
principales y los han colocado en un photocall para que se
puedan tomar fotografías junto a ellos.
—Esto es perfecto —digo con un hilo de voz—.
Muchísimas gracias.
No tengo palabras para expresar lo que siento ahora
mismo. Mi trilogía ha crecido mucho desde que la empecé,
pero nunca llegué a imaginar algo así. Tanto cariño, tanto
mimo… Me siento abrumada y feliz.
—El cierre de la historia va a ser un éxito, la editorial ha
apostado a tope por ello —afirma Lucy—. Y, aunque te
pueda parecer un final, esto es solo un principio. Queremos
seguir publicando lo que sea que vayas a seguir creando.
No quiero meter prisa, por supuesto. Esperaremos lo que
sea necesario.
La siguiente hora se pasa grabando videos y haciéndome
distintas fotos. Hablo con las invitadas al evento. Algunas
de ellas chillan al verme, emocionadas. Yo también chillo,
porque sigo sin creerme que todo esto me esté pasando a
mí. El departamento de marketing ha seleccionado las
cuentas de redes sociales con mejores números y yo he
añadido otras tantas más. Personas que no cuentan con
tantos seguidores ni alcance, pero que me han apoyado
desde el principio y crean su contenido con el mismo cariño
y pasión.
Cuando me toca leer el prólogo, la sala está llena de
gente, todos mirándome con atención. Hay tantas caras
desconocidas que me siento un poco cohibida. Carraspeo
para alejar los nervios y abro el libro.
—El reino de Nemeria vivía plagado de leyendas, mitos;
algunos basados en la realidad y otros en imaginaciones y
desvaríos que se transmitían de boca en boca, de pueblo en
pueblo, de generación en generación. De las miles de
leyendas que circulaban por el reino, ninguna sería tan
comentada como esta: como la última canción oscura —
empiezo.
Cuando termino el prólogo, todo el mundo aplaude.
Algunas personas me piden que siga, pero Adrianne se ríe y
las insta a leer el libro. Se lo llevarán hoy firmado por mí,
junto con una caja especial que contiene merch variado. No
se trata solo de un regalo, como muchas personas creen,
sino que es mera publicidad.
La ronda de preguntas incluye cuestiones de todo tipo, la
mayoría de ellas relacionadas con el futuro de los
personajes. Respondo a todas con tranquilidad, entre
bromas y risas, como si fuese una charla con amigas y no
una presentación con desconocidos.
Hasta que una pregunta en concreto me dispara el
corazón.
—Se ha hablado mucho del futuro de dos de los
personajes principales de la historia —comenta una voz
masculina que conozco muy bien—. Él cometió errores,
pero siempre ha sido evidente lo que sentía por ella. Te
pregunto como autora, pero también como persona, ¿crees
en las segundas oportunidades?
Los ojos de Cole están fijos en los míos, esperando la
respuesta. Se ha puesto la misma ropa que utilizó para
Halloween, cuando se disfrazó de Evony. Mi corazón
trastabilla al recordar lo que pasó esa noche que ahora me
parece tan lejana. Han pasado apenas dos meses y medio.
La distancia no tiene que ver con el tiempo, sino con los
sentimientos. En aquella fiesta nos acostamos por primera
vez y fue solo sexo rápido. Ahora hay mucho más.
Y yo pienso en la respuesta a su pregunta. Porque sé que
no solo alude a mis protagonistas, sino a nosotros.
Capítulo 67
COLE
Todas las miradas se posan sobre mí cuando hablo, pero a
mí solo me importa la de ella.
Tengo el corazón en un puño mientras espero la
contestación. Llevo días queriendo hablar con Hails, sin
encontrar la forma ni el momento. Creo que la única razón
para posponerlo era el miedo a su reacción. Me dije que
dejaría a un lado la cobardía e intentaría hacer las cosas
bien, pero no estoy preparado psicológica ni
emocionalmente para que Hailey me rechace.
Entonces Luke me habló de esta presentación y supe que
no podía perdérmela.
—Bueno, dependería de cuál haya sido el problema, pero
sí. Estoy a favor de las segundas oportunidades.
Varias chicas del público rompen en vítores por lo que
eso significa para los personajes. Yo dejo escapar el aire
que había estado conteniendo, más tranquilo de repente.
La ronda de preguntas continúa después. Hailey me
busca de vez en cuando con la mirada. Parece confundida,
pero también feliz.
Adrianne anuncia que dará paso a la firma. Hailey se
disculpa para ir al aseo primero, solo que no se dirige hacia
los baños, sino directa a mí.
—Cole —dice al verme, todavía extrañada—. ¿Qué haces
aquí?
—No podía perdérmelo. Es un día muy importante para ti
y sé que no me merezco estar aquí, pero quería seguir
apoyándote. Ya te he fallado otras veces y bueno, tenemos
una conversación pendiente, si tú quieres, claro, pero no
ahora. Mereces disfrutar la noche y…
—Ven —me pide.
Me coge la mano y tira de mí. En ese instante pasan
varias cosas. Su editora se da cuenta de lo que sucede e
intenta acercarse a nosotros, seguramente para impedir
que la autora se retire. Jenna y Luke, las personas que me
han ayudado a venir, la interceptan para evitarlo. Espero
que den una buena explicación que no ponga en más
aprietos a Hailey. Pero yo apenas me fijo en eso, porque lo
que acapara todos mis sentidos es esa sensación cálida que
recorre todo mi cuerpo cuando siento sus dedos
entrelazados con los míos mientras me saca de esa sala
atestada de gente y me conduce a una donde no hay nadie.
—Espera, para —la detengo—. Esta noche es tuya,
microbio. No era mi intención que huyeras de tu firma,
puedes…
—No, no puedo —me asegura—. Adrianne y todos pueden
esperar diez minutos. Necesito hablar contigo primero, que
me expliques qué haces aquí.
Si solo voy a tener ese tiempo, necesito utilizarlo bien.
—Me he dado cuenta de lo idiota que he sido. Cuando tu
hermano nos descubrió, entré en pánico. Pensé que lo
perdía y no estaba preparado para ello. Luke ha sido
siempre mi gran apoyo, mi hermano. Ha hecho cosas por
mí que nadie más haría y sentí que le había fallado, que no
había estado a la altura. Por eso no dije nada, porque la
situación me sobrepasó.
»Nunca tuvo que ver con mi falta de sentimientos hacia
ti. Al final, eso me llevó a perderos a los dos y yo… no
puedo. Simplemente, no puedo. Tenías razón en todo. He
tardado tanto en hablar contigo, en parte, porque no sabía
ni cómo empezar a pedir perdón, pero también porque,
como te dije, quería hacer las cosas bien. Tengo un
proyecto propio. Bueno, no es así del todo. He aceptado la
oferta de Aaron y ya he empezado a trabajar con él y con
los Bills —le cuento. Hailey sonríe al enterarse, una sonrisa
sincera y emocionada—. Me he trasladado a Búfalo.
—Eso es genial, Cole, me alegro mucho por ti.
—Me fui de Harper Springs porque sé que esto es lo
mejor para mi futuro y me apetece empezar una nueva
etapa. Me siento preparado para ello. Pero no fue solo por
eso. Nuestra cabaña está vacía desde que te fuiste, Hails.
Los días se hacían muy largos sin ti tecleando en el salón,
sin nuestras conversaciones sobre libros. Sin ti.
—Yo…
—No, espera, deja que termine. Nunca ha sido solo sexo.
No creo que lo fuera ni siquiera al principio, pero había
varias cosas que me retenían. Tú tenías novio y…
—Nick y yo cortamos, ya te lo dije.
—Sí, lo sé, pero eso pasó más adelante. No intento
culparte, de verdad, quiero explicarte cómo fue para mí. He
intentado ignorar lo que sentía por ti por distintos motivos,
pero no puedo más. Hace poco hablé con Luke para
explicárselo a él también.
—¿Para explicarle qué? —pregunta, confundida—.
¿Necesitabas pedirle permiso antes de hablar conmi…?
—No, claro que no. Hablé con él justamente para lo
contrario. —Su gesto se transforma al instante, aunque no
sé interpretarlo—. Eso fue lo que le dije a tu hermano. Que
te quiero y que no puedo dejar de pensar en ti, y que él es
una persona muy importante para mí y no quería perderlo,
pero que estaba dispuesto a ello porque a quien nunca
podría renunciar es a ti.
—¿No puedes renunciar a mí? —repite. Los ojos se le
llenan de lágrimas que no derrama.
—No quiero hacerlo. —Después de todo, está en sus
manos y no en las mías.
Hailey esboza una sonrisa, demasiado pequeña para toda
la esperanza que deposito en ella.
—Mi hermano está aquí y…
—Tu hermano solo desea que tú seas feliz. Ha hecho sus
amenazas, claro —intento bromear, pero sigo con el pulso
temblando—. Y, si te preocupa lo que pueda pensar él, le
parece bien. Lo único importante es lo que pienses tú. Sé
que este tiempo has creído que no significabas nada para
mí, pero no es así. Quiero estar contigo. No sabría decirte
exactamente desde cuándo, pero sí el momento en el que
me di cuenta.
»Estábamos jugando en la nieve, te hice un placaje y
caímos al suelo. Y después te besé muy despacio, porque no
quería que ese instante terminase jamás. —Ahora sí que sé
interpretar su cara. Hailey abre los ojos, sorprendida, y esa
sonrisa se ensancha y se convierte en el gesto más bonito
que he visto en mi vida, capaz de disparar mis pulsaciones
y a la vez templar mis nervios—. I still remember the first
fall of snow. And how it glistened as it fell. I remember it
too well —tarareo.
Y entonces suelta una carcajada auténtica y yo sonrío con
ella.
—Cole Jenkins, ¿acabas de declararte con una canción de
Taylor Swift?
—Me pareció buena idea. Ya sabes, copiando a la
maestra… —Ahora sí soy capaz de bromear—. Even if it’s
just in your wildest dreams… Co-o-o-le —repito la misma
que me cantó ella hace ya años, con el coro incluido que
modificó con mi nombre.
Su rostro de asombro me saca una risa.
—¡Dios mío! —exclama, horrorizada—. ¿¡Recuerdas eso!?
—Claro que lo recuerdo, microbio. —El único motivo por
el que no dije nada fue porque ella parecía avergonzada y
dispuesta a olvidarlo. Merece la pena haberlo mencionado
solo por ver su reacción.
—Yo… tenía doce años y… —empieza a decir—. Mira,
¿podemos olvidarlo? Por favor.
—Bueno, eso depende. Todavía no me has dicho si ha
tenido éxito o no haberme inspirado en tu declaración
adolescente.
—Eres idiota —suelta y se tapa la cara, avergonzada—.
Además, tú ya no eres adolescente.
—Entonces…
—Pero tú vives en Búfalo, yo en Nueva York… —deja caer.
—No me importa si es en Búfalo, en Nueva York o bajo la
lluvia de Harper Springs. Estoy enamorado de ti, Hailey, y
si tú también lo…
Me sujeta la cara, se pone de puntillas y me besa. Nunca
me han interrumpido de una forma tan dulce como esta.
Entreabro la boca para recibir ese beso que llevo
semanas esperando, anhelando. Coloco las manos en su
cintura y me pego más a ella. Su lengua juega con la mía,
despacio, contrarrestando los latidos desbocados de mi
corazón. Nos hemos echado de menos. Lo noto en la suave
caricia de sus dedos en mis mejillas, en el tiempo que se
toma para saborearme con lentitud, en esa nostalgia que
siento al percibir su aroma a piruleta. No sé cómo he
podido estar tanto sin ella cuando este momento parece
todo lo que está bien en mi vida.
Nos separamos tras escuchar un carraspeo a nuestras
espaldas. Ambos nos giramos a la vez y descubrimos a
Adrianne, observándonos fijamente. Detrás de ella, Luke y
Jenna nos contemplan, divertidos.
—No hemos podido entretenerla más —comenta su amiga
—, pero veo que tampoco hace falta. Es decir, podéis
continuar luego donde lo habéis dejado en algún dormitorio
más privado. —Luke la fulmina con la mirada, pero Jenna
se ríe—. ¿Qué? Crece de una vez, Luke. Tu hermana va a
echar un polvo con tu amigo, empieza a asimilarlo cuanto
antes.
—Lo tengo asimilado, enana, pero no necesito verlo con
mis propios ojos —bromea él.
—Muy bonito todo —interviene Adrianne—, pero, como
ha dicho la pelirroja, podéis seguir en un rato. Hailey, te
están esperando.
Ella me da otro beso, uno mucho más rápido y ligero, y
vuelve al evento.
—Me alegra que os hayáis reconciliado —admite Jenna
mientras seguimos a la protagonista de este evento, muy
por detrás, para dejarle su espacio. Es su día y de nadie
más—. Y aquí voy a actuar como ha hecho tu mejor amigo.
Como le hagas daño…
—Moriré —termino la frase—. Es una suerte que no entre
en mis planes.
Los tres nos quedamos apartados, observando cómo
Hailey firma los libros de los asistentes al evento. La miro
con una sonrisa tonta dibujada en los labios, feliz por todo
lo que ha conseguido y por estar viviéndolo con ella.
Y no sé qué nos deparará el futuro, pero, si algo tengo
seguro, es que quiero que sea su lado.
Epílogo
HAILEY
5 meses después…
Los nervios se apoderan de mí mientras recorremos los
últimos kilómetros.
Viajamos en la RAM de Cole. All Too well, de Taylor Swift,
suena en el interior del coche. Bajo la ventanilla y saco un
poco la cabeza en cuanto veo aparecer los primeros
árboles. Sigue oliendo a pino, a hierba fresca y, a pesar de
que estamos a finales de mayo, huele también a lluvia.
Huele a hogar.
Pasé poco tiempo en Harper Springs, pero los
sentimientos que se me remueven dentro del pecho
mientras entramos al pueblo hablan por sí solos.
—¿No íbamos a ir primero a la cabaña para dejar el
equipaje? —le pregunto a Cole.
Al hacerlo, me giro en mi asiento para mirarlo. Está
guapísimo, con esa mirada profunda y los músculos de los
antebrazos marcados mientras conduce. Se me escapa una
sonrisa tonta, pero es que todavía no me puedo creer todo
lo que ha cambiado entre nosotros desde la última vez que
estuve aquí.
Me fui de Harper Springs detestando a este hombre y
regreso totalmente enamorada de él. Bueno, vale, quizá ya
lo estaba un poco cuando hui del pueblo, pero sí que ha
cambiado todo.
Ahora tenemos una relación estable.
—Vamos a hacer primero una parada —responde él. Me
dedica una mirada fugaz y yo ensancho mi sonrisa.
—Espero que sea para comer —añade Jenna desde el
asiento trasero.
Mi amiga se apuntó al viaje sin dudarlo. Los pocos días
que estuvo en el pueblo le sirvieron también para
enamorarse y querer repetir.
Cole conduce por la carretera principal, rumbo a Villa
Ruina. Sé que se llama de otra forma, pero en mi mente
siempre será la misma.
El corazón se me detiene de golpe antes de llegar a
nuestro destino.
Porque, justo en el jardín delantero, ese mismo que
ayudé a diseñar, se ha reunido todo el mundo. Distingo a
Camille y Caden; a Taylor, Sean y Adam; a Maggie; a Ruth,
al trío de mujeres cotillas… Parecen formar una cadena
humana. Todos sostienen algo con las manos extendidas
hacia delante. Cuando Cole estaciona el coche y observo de
frente, me doy cuenta de lo que es. Se me escapa una
carcajada auténtica y algunas lágrimas acompañan a la
risa.
Cada vecino del pueblo sujeta una letra enorme,
decorada de forma individual y personalizada. Leo el
mensaje en voz alta:
—Vienbenida de nuevo a casa, Hailey. Harper Springs
siempre será tu hogar. Si quieres puedes escribir un libro,
pasarte por la biblioteca, comerte una hamburguesa o
ligarte a nuestra estrella.
Jenna y Cole se ríen también.
—Manda narices —bromea Cole—. Yo soy del pueblo y
llevo fuera casi tanto tiempo como tú, pero eres tú la que
tiene la bienvenida.
—No te pongas celoso. Después nos encargaremos de tu
bienvenida en la cabaña.
Sus ojos se oscurecen cuando me mira. Lleva la mano
derecha a mi muslo y me regala una pequeña caricia.
Para de golpe cuando escuchamos un carraspeo.
—Os recuerdo que sigo aquí —comenta Jenna—. Hoy me
quedo en casa de Cami, pero, por favor, no os lo montéis
ahora mismo. Ya no por mí, es que hasta tu madre, tu
hermana y tu sobrino están ahí fuera, pervertido —acusa a
Cole.
Los tres volvemos a reír y salimos del coche casi a la vez.
—¡Bienvenidos! —gritan los vecinos a destiempo,
haciendo que una sola palabra suene terriblemente mal.
Me lanzo primero hacia Cami para abrazarla. Hemos
hablado todos los días durante estos meses, pero la he
echado de menos. Sigo saludando al pequeño Caden, a
Taylor y a todos los amigos que dejé atrás. Mientras lo
hago, escucho a Molly, a Helen y a Amelia discutir.
—Al final lo habéis hecho mal las dos —riñe esta última.
—Ha sido culpa de Molly —acusa Helen—. Hizo la letra V
y aun así se empeñó en ponerse la primera.
—Mi letra es la más bonita, por eso me puse la primera —
se defiende Molly—. La he decorado con conchas que me
trajo mi nieta desde California.
—Pues mira, ya que estás, dile que ya no puede
enrollarse con Cole, que está pillado.
—¡Serás malvada! ¡Díselo tú a tu nieto, que bien que
querías meterlo en su cama!
—Yo lo que le voy a decir es que la hermana está todavía
disponible —responde Helen con una sonrisilla—. Cami
también es muy guapa, y Caden podría ser mi bisnieto.
Me río en silencio al escucharlas, pero dejo de prestar
atención cuando Maggie me estrecha entre sus brazos y me
aprieta con fuerza.
—Gracias por la bienvenida —le digo. Ella dirige el club
de manualidades. Todo esto habrá sido idea suya.
—Aprovechamos el mes de abril para hacerlas. A ratos ha
sido una odisea, a ratos ha sido divertidísimo. Mira, en la
mía he puesto algunas fotos. —Me muestra su letra H
adornada con cantidad de imágenes inmortalizadas. Me
sorprende estar en algunas, como cuando me invitaron a
participar en su club de lectura con mi libro o inauguramos
Villa Ruina.
—Muchas gracias, Maggie —le digo con sinceridad—.
Con gente como tú es más sencillo sentirse en casa.
—No, Hailey. Gracias a ti. He tenido la suerte de ver
crecer a mi hijo durante toda su vida. Su infancia fue
maravillosa; su padre y yo nos desvivimos por él y por
Camille. Lo he visto derrumbarse y tocar fondo. También lo
he visto experimentar distintos tipos de felicidad, desde las
que producen las cosas más sencillas, como salir una noche
con sus amigos o cruzar el lago nadando, hasta las más
completas, como cuando fichó con los Eagles y debutó en la
NFL o cuando nació Caden.
»No le quito mérito a ninguno de esos actos, Dios sabe
que existen muchos tipos de felicidad. Pero la que le veo
ahora en los ojos, en la forma que tiene de mirarte y de
sonreír, como si nada más importara en el mundo… esa
clase de amor no se lo había visto hasta ahora. Mi Cole es
un gran chico, con un corazón enorme. Él te lo ha
entregado a ti y no se me ocurre nadie mejor para tenerlo.
Atesóralo bien, cariño. Nadie lo va a merecer más que tú.
Los ojos se me llenan de lágrimas a medida que habla.
Escuchar esas palabras de la madre de Cole, una madre a
la que, además, admiro mucho, significan un mundo.
—Ay, mi niña, no quería hacerte llorar —me dice Maggie
justo antes de darme otro abrazo—. Qué bonito os vais a
querer.
Me fijo en Cole. Está hablando con su sobrino. Al notar
mis ojos clavados en su figura, me detecta, se gira y me
sonríe. No se acerca, sino que me da mi espacio para que
salude a todos.
Me tomo mi tiempo para hablar un poco con los vecinos.
Al menos, con los que forjé más relación mientras estaba
aquí. Amanda es la última en venir, la mirada emocionada.
—¡Hola! —me saluda, sin la timidez que la acompañaba
antes—. ¡Tenía tantas ganas de verte para contarte lo que
me ha pasado!
—¿Qué te ha pasado? —pregunto con el mismo
entusiasmo que ella—. ¿Ha salido ya el resultado del
concurso al que te presentaste?
—Sí. No gané ni quisieron publicar la novela. Me dijeron
que estaba bien, pero que no tenían espacio para tantas
publicaciones y habían tenido que desecharla —me explica.
No parece defraudada con el resultado, sino que sigue muy
animada—. Es el primer libro que escribo, seguiré
mejorando, no pasa nada. Pero como yo estaba contenta
con la historia, me dio igual el rechazo editorial. Me acordé
de ti y la subí a Wattpad. ¡Y ahora tengo un montón de
lectoras! Me escriben para decirme lo mucho que les está
gustando Kieran y hablamos un montón. Algunas se han
convertido en amigas.
—Me alegro muchísimo, Amanda —le digo con sinceridad
—. Te lo mereces. Lo más bonito de escribir es la
comunidad que se forma con las lectoras y con otras
escritoras, así que disfrútalo.
—¡Y ya he empezado a escribir mi próxima novela! Va a
ser un enemies to lovers con fake dating, todo mezclado
con intrigas palaciegas a la hora de heredar un trono
maldito.
—Eso pinta demasiado bien para que lo rechacen las
editoriales. Espero que me dejes leerlo cuando lo termines.
—¿De verdad volverías a leerlo? —pregunta con los ojos
llorosos—. ¡Jo, gracias! ¡Eres la mejor!
—¡Amanda, espero que no estés otra vez atosigando a
Hailey con tus libros! —la regaña Ruth—. Acaba de llegar al
pueblo. Espérate por lo menos a mañana —termina con
tono bromista.
La reunión de bienvenida se alarga una hora más, hasta
que poco a poco la gente se va retirando y solo quedamos
el grupo de amigos. Lo agradezco. Me encantan las
molestias que se han tomado el resto y el entusiasmo con el
que nos han recibido, pero apenas he tenido tiempo de
hablar con el grupo y es lo que más me apetece.
Nos metemos en la sala de estar del Cami and Caden’s
Bed and Breakfast. No parece haber ningún huésped.
—Quité este fin de semana del calendario porque no me
apetecía trabajar —me explica Camille—. Además, así
tenemos esto para nosotros solos cuando queramos.
Los chicos se van a la cocina a por unas cervezas,
refrescos y algo de picar mientras nosotras nos quedamos
en el sofá.
—No hacía falta… —empiezo a decir.
—No hay ningún problema —me interrumpe ella—. El
negocio funciona genial. Ya tengo cubierta la temporada de
verano, incluso algunas reservas para Halloween. Le he
pedido ayuda a Cole para ampliar el negocio en el lago. He
comprado un par de cabañas de antiguos vecinos que ya no
han vuelto por el pueblo y vamos a poner piraguas, tablas
de paddlesurf y un bote para pescar. Con las nuevas
actividades, seguro que la gente se sigue animando.
—Eso es genial, Cami. Cole no me había comentado nada.
—Le dije que no lo hiciera, quería contártelo yo.
—Así que un nuevo proyecto… —comento y sonrío—.
Estoy muy feliz por ti.
—No sé de dónde saca la energía —apunta Taylor—, pero
la admiro.
—No hablemos más de mí. Cuéntanos, ¿cómo es la vida
saliendo con Cole? Es mi hermano, pero sabes que, si te
hace algo, podemos hundirlo en el lago y nadie se enterará
nunca.
—Yo conozco varios métodos —añade Jenna—. Leer tanto
thriller tiene sus ventajas.
Todas nos reímos.
—No será necesario. Cole y yo somos muy felices. Por
ahora la relación sigue a distancia, pero hemos hablado y
quizá me traslade a Búfalo la temporada que viene.
Él trabaja como entrenador allí mientras que yo vivo en
Nueva York con Jenna. Me encanta mi vida en Manhattan,
pero yo tengo más facilidad para desplazarme que él, dado
que mi empleo lo puedo desempeñar desde cualquier lugar.
—Estoy acabando mi próxima novela y, cuando lo haga,
miraremos esa posibilidad —termino de explicar.
—¿Ya? ¡Qué rapidez! —dice Camille.
—Solo el primer borrador, me queda trabajo aún.
—¿Una nueva fantasía? —se interesa Taylor.
—Una distopía esta vez, es la primera parte de una
bilogía. El mundo tal y como lo conocemos ha cambiado a
consecuencia de las guerras y las pandemias. Además, cada
cien años, un ente desconocido al que la gente llama
Morador de los cielos destruye lo que queda de vida
humana. La protagonista vive en la única ciudad habitable
del país, porque el aire está muy contaminado en el
exterior. Pasan una serie de cosas que la enfrentan a una
complicada situación; fuera de El Núcleo no existe la vida,
pero dentro la quieren muerta.
—¡Me encanta la premisa! —exclama Adam, que han
vuelto cargados con las cervezas—. ¿Cómo se va a llamar
esa novela?
—La última era.
—La necesito en cuanto la acabes —añade Sean.
—¿Pero tú sabes leer? —se burla Jenna.
—Cuando quieras puedo leerte un libro de esos guarrillos
que te gustan al oído.
—¿Para qué, para ver si así les cojo asco? No, gracias.
—Algún día caerás, pelirroja. Como todas —suelta de
forma natural, como si solo fuese un dato más.
—Cuando aquí haya sequía, hablamos —replica,
arrancándoles a todos una carcajada. En el pueblo de la
lluvia, eso será complicado de conseguir.
Seguimos poniéndonos al día durante un largo rato.
Hablamos a menudo, pero es distinto hacerlo en persona.
Las anécdotas y las risas pronto se convierten en las reinas
del ambiente. A media tarde, pedimos hamburguesas para
cenar, como en los viejos tiempos.
—Menuda temporada se están marcando este año los
Bills —dice Adam.
—Los dos fichajes de última hora se notaron una
barbaridad —opina Sean.
—Los pidió Cole —apunto yo.
Él sonríe y mueve la mano, buscando la mía. Estamos
sentados uno al lado del otro, con nuestros muslos
rozándose y los dedos entrelazados.
—Aaron y yo somos un buen equipo —responde él,
quitándose mérito.
Aaron es un gran entrenador, pero, con Cole a su lado,
los Bills han mejorado mucho. Y lo más importante; Cole
está feliz. Tenía dudas sobre volver al fútbol y no hacerlo
como jugador. Ahora sabe que eran infundadas. Su nuevo
proyecto de vida lo llena e ilusiona tanto como el anterior.
Se desvive por su equipo, incluido Riley, con quien ha
retomado su amistad. Nos hemos visto algunas veces, en
eventos del club a los que también he acudido yo. Ya se ha
divorciado de Shanon, y de ella sí que no sabemos nada.
Creo que todos lo preferimos así. Riley ha empezado a salir
con otra chica y, aunque apenas llevan dos semanas juntos,
se les ve felices.
Un rato después, Cole se pone en pie.
—Os quiero mucho a todos, ya lo sabéis, pero estoy
cansado y tengo ganas de llegar a casa —anuncia—. Nos
vemos mañana.
Me despido también y me levanto para seguirlo.
—Yo me quedo aquí —afirma Jenna—. Ya se lo había
dicho a Cami antes de escucharos hablar en el coche. Soy
una chica previsora.
—Mañana te veo. Te quiero. —Le doy un beso en la
mejilla y salimos.
El corazón se me dispara de nuevo mientras recorremos
la carretera del bosque, ya los dos solos. Los colores
otoñales y los tonos blancos han desaparecido para dar
paso a la primavera. Todo es de un verde intenso, salpicado
de amarillos por la floración.
Apenas puedo creerme las ganas que tengo de volver a
ver la cabaña. Un lugar no se convierte en casa por el
tiempo que residas en él, sino por lo segura y feliz que te
hace sentir.
Y justo ese sentimiento me produce esta cabaña perdida
en el bosque.
Cole detiene el coche y bajamos juntos. Rodea el vehículo
para colocarse a mi lado, mientras yo contemplo el lago y el
embarcadero. Está anocheciendo y el agua se ve a destellos
naranjas y rojizos.
—Este año podemos probar la terapia del calor —sugiere
con la mirada clavada en el lago.
—¿Ya te has cansado del agua fría?
—¿Quién habla de la temperatura del agua? —responde
con un susurro ronco.
Me ruborizo un instante y suelto una carcajada.
—Sigues siendo un pervertido, Jenkins. Parece que va a
llover —añado mirando hacia el cielo.
—Me encanta que ya conozcas tan bien la meteorología.
Cole sonríe y tira de mí hacia el interior justo un instante
antes de que la lluvia se abra camino y empiece a caer.
La cabaña está exactamente igual que en enero, cuando
me fui. La chimenea está apagada y el olor a leña no inunda
la estancia, pero en esta época del año no hace tanto frío.
Dejamos las chaquetas en el perchero de la entrada y Cole
me conduce al dormitorio.
—¿Tantas ganas tienes? —pregunto y me río mientras lo
sigo.
Cole solo ensancha la sonrisa.
—Quiero enseñarte algo.
Me tapa los ojos antes de entrar en la habitación y los
latidos se me disparan por los nervios. Apenas tarda un
minuto en detenerme y colocarse detrás de mí. Quita las
manos de mi cara y me fijo en lo que tengo delante.
Son sus estanterías. Aquí están sus altares a sus autores
favoritos, incluyendo mis libros. No solo tiene las primeras
ediciones, sino que también ha añadido las especiales.
Acaban de salir a la venta dentro de un estuche y son en
tapa dura, con nuevas portadas y los cantos pintados con
distintos tonos de negro y plateado. Sin embargo, no es eso
lo que me está enseñando.
Ha añadido una nueva estantería. Casi todas las baldas
están vacías, aunque hay unos pocos libros. Reconozco
enseguida a las autoras: Lorena Pacheco, Alexia Mars,
Alice Kellen, Paula Gallego, Belén Martínez, Miriam
Mosquera, Lucía G. Sobrado, Alexandra Roma… Noto un
vuelco en el estómago y me giro para mirarlo.
—¿Qué es esto…?
—¿No son tus autoras favoritas de España? Ay, lo siento.
Le pregunté a Jenna y…
—Sí que son mis autoras favoritas —lo interrumpo—. Lo
que no sé es qué…
—Esta es nuestra habitación, ¿no? Si hay un altar a mis
autores favoritos, creo que también debería haber uno con
las tuyas.
Me quedo sin palabras.
Ni siquiera tenía acceso a este dormitorio hace unos
meses porque era su mausoleo. Y ahora desea compartirlo
conmigo. No solo eso, sino que lo ha adaptado para los dos.
—Me iré leyendo todos esos libros poco a poco —me dice
—. Voy a tardar mucho, mi nivel de español sigue siendo
malo, pero lo mejoraré.
—¿Por qué quieres leértelos?
—Porque son tus favoritos, para saber qué te gusta tanto
de ellos. Quiero poder conocerte en todos los sentidos,
microbio, aunque eso implique tener que hacerme fan de
Taylor Swift.
Se me escapa una carcajada y Cole se la bebe con un
beso. Lleva las manos a mis caderas y se mueve hacia la
cama, empujándome con él. Nos perdemos entre las
sábanas, entre caricias, besos, orgasmos y sentimientos.
Todavía nos queda mucho camino por recorrer. Quizá yo
me mude a Búfalo, quizá venga él a Nueva York. Sea como
sea, nuestro hogar siempre estará en Harper Springs, en
esta cabaña perdida en un bosque mágico e inspirador.
Porque yo siempre había pensado que el amor era algo
sencillo, un camino recto que fluía en una sola dirección.
Pero para nada es así.
El amor no es una línea recta, sino que tiene multitud de
desvíos y de paradas. Hay tramos oscuros en los que se te
parte el corazón y se queda hecho añicos y otros luminosos
que te devuelven la esperanza y los latidos. Solo hay que
seguir avanzando y, quizá, ese camino se entrelace con el
de otra persona que quiera recorrerlo contigo.
Acompañándote en tus momentos malos y buenos, en tus
sueños y en tus caídas, mientras tú también la acompañas a
ella.
Mi camino es Cole y yo soy el suyo.
Y estoy deseando que lo descubramos juntos.
Agradecimientos
Escribir estas páginas suele ser de mis partes preferidas,
porque tengo la oportunidad de dedicar un espacio (aunque
sea pequeño) a las personas que me ayudan a que un nuevo
libro sea posible. Esta vez, sin embargo, van a ser
diferentes.
Porque, en primer lugar, y con vuestro permiso, quiero
agradecérmelo a mí misma. Terminar la novela ha sido una
auténtica odisea. Empecé a escribirla en julio de 2023 con
la intención de terminarla ese octubre, dado que estaba
con la baja por riesgo en el embarazo y disponía de más
tiempo libre.
Qué ilusa.
En medio del proceso estuvo una niña que no dormía
bien y un embarazo que me dejaba exhausta y, cuando llegó
la nueva bebé, se sumaron las noches de lactancia materna.
Conseguir sacar tiempo para continuar con la historia era
un milagro, pero, aun así, lo sacaba. En parte, porque
escribir es algo que me apasiona. En parte, también,
porque sufro esa cultura de la productividad que me
castiga si siento que no hago nada (aunque sí lo haga) y
porque este mundo literario es muy bonito, pero también
efímero, y no quiero dejar de publicar y caer en el olvido.
Por si todo eso fuese poco, cuando ya quedaba nada para
terminar, cogimos la sarna. Estaba segura de que eso era
algo extinto, una enfermedad de la Edad Media relacionada
con la falta de higiene. Y no sé si sabéis lo que es, pero
espero de corazón que no lleguéis a conocerla de cerca,
porque es horrible.
Quizá suene un poco egocéntrico, pero no es mi
intención. Solo quiero reconocerme a mí misma haber sido
capaz de terminar esta historia con todo lo que he
atravesado en el proceso, porque ha sido duro, muy duro.
Estoy orgullosa de mí misma por la capacidad de seguir
luchando y por el sacrificio, y ojalá el resultado no refleje el
cansancio y sí la ilusión que he volcado en cada página.
Y ahora sí, porque no me voy a quedar toda esta sección
para mí, quiero agradecéroslo a todos:
A Lorena, mi compi de letras y sueños, gracias por seguir
acompañándome en todo este camino. Contigo no hay
tramos oscuros, solo esos luminosos y bonitos, y llenos de
comida basura y gifs de Friends.
A Sam, por compartir conmigo esta locura que es
compaginar la escritura con la maternidad, por esos
plannings que hacemos para no cumplir y esas
«moruetones» que nos sirven para avanzar, aunque nunca
tanto como queríamos.
A mis chicas de siempre, que me seguís desde el
principio, y también a las que me habéis conocido hace
poco, pero me apoyáis de todos modos. Millones de gracias
por seguir ahí.
A mi familia, en especial a mis hermanos, por seguir
leyendo mis libros y presentándose en las ferias, aunque
solo sea por las risas. Si os quiero más, me muero.
A Manu, Andrea, Carla y Buddy, porque vosotros sois mi
Harper Springs.
Y a ti, que escogiste mi libro entre tantos otros y has
llegado hasta aquí, gracias por ayudarme a seguir soñando.