LA MANZANA DE LA DISCORDIA
—¡No quiero que Eris venga a mi boda! —dijo la bella Tetis—. Es la diosa de
la discordia, solo nos traerá problemas.
Peleo, su futuro marido, aceptó sin discutir. Era un gran rey, pero también era
un simple mortal, muy orgulloso de que una ninfa del mar hubiera aceptado
casarse con él.
Pero no invitar a Eris era tan peligroso como invitarla. Y quizá más.
Estaban en pleno banquete de bodas, al que habían sido invitados todos los
dioses del Olimpo, cuando llegó el regalo de la Discordia. Una hermosísima
manzana de oro del Jardín de las Hespérides rodó sobre la mesa como si la
hubiera arrojado una mano invisible. Tenía una inscripción en grandes letras:
PARA LA MÁS HERMOSA
¿Y quién era la más hermosa? Estando presentes Atenea, Hera y Afrodita, la
novia no se atrevió a reclamar el regalo. Las diosas se echaron miradas de
fuego. —¡Que lo decida mi padre Zeus! —dijo Atenea.
Pero el mismísimo Zeus temía la cólera de las diosas. La decisión no era fácil
para él, que era el suegro de Afrodita, el padre de Atenea y estaba casado con
Hera. ¿Quién podría ser un buen juez en tan delicada cuestión? Entonces Zeus
pensó en uno de los hijos de Príamo, el rey de Troya. El joven Paris era
inteligente, apuesto, y no parecía corrompido por las riquezas y el poder. Era
famoso y muy consultado por sus sensatas decisiones. Sería un juez justo.
Y tan justo era Paris que cuando Hermes, el mensajero de los dioses, bajó a
comunicarle la decisión de Zeus, su primera elección fue la mejor y la que se
debió haber tomado: que se dividiera la manzana en tres partes. Pero las diosas
no aceptaron la división y le exigieron que eligiera entre las tres.
En el monte Ida se realizó el juicio. Cada una de las diosas, por separado, se
entrevistó con Paris. Cada una descubrió para él todas sus belle zas. Y cada
una le ofreció un soborno irresistible.
—Tendrás todo el poder —le dijo Hera—. Si me eliges a mí, te haré el
emperador del Asia.
—Tendrás sabiduría —le dijo Atenea—. Si me eliges a mí, serás el más sabio
y el mejor en la guerra.
—Mira este espejo mágico —le dijo Afrodita, la diosa del amor. Y Paris vio
por primera vez a Helena y supo por qué la llamaban la mujer más hermosa
del mundo. Afrodita le prometió, simplemente, el amor de Helena. Fue
suficiente.
—Afrodita es la más bella de las diosas —declaró Paris. Y le entregó la
manzana de oro.
Hera y Atenea, despechadas, se fueron tramando venganza contra Paris,
contra Troya y contra todos los malditos troyanos. Y quizás no fuera tan difícil
cumplir sus propósitos. Porque Helena no solo era hija de Zeus y hermana de
los Dióscuros, Cástor y Pólux. No solo era la mujer más hermosa y más
deseada del mundo. También era una mujer casada: la esposa de Menelao, el
rey de Esparta.
La terrible, la destructora Guerra de Troya estaba a punto de comenzar.