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Descartes

El racionalismo de René Descartes marca el inicio del pensamiento moderno al situar al sujeto como el centro de la reflexión filosófica. Descartes propone la duda metódica para alcanzar verdades indudables, culminando en su famosa afirmación 'Cogito, ergo sum', que establece la existencia del sujeto pensante como la primera certeza. Además, clasifica las ideas en adventicias, facticias e innatas, siendo estas últimas las que pueden proporcionar conocimiento verdadero, destacando la idea de Dios como un ser infinito.
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Descartes

El racionalismo de René Descartes marca el inicio del pensamiento moderno al situar al sujeto como el centro de la reflexión filosófica. Descartes propone la duda metódica para alcanzar verdades indudables, culminando en su famosa afirmación 'Cogito, ergo sum', que establece la existencia del sujeto pensante como la primera certeza. Además, clasifica las ideas en adventicias, facticias e innatas, siendo estas últimas las que pueden proporcionar conocimiento verdadero, destacando la idea de Dios como un ser infinito.
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EL RACIONALISMO

●​ 4. Los orígenes de la modernidad


●​ 4.1 La razón en busca de la verdad
La obra del francés René Descartes es especialmente significativa para la historia de la
filosofía, porque generalmente se considera que con él comienza el pensamiento
auténticamente moderno. El aspecto más relevante e innovador del pensamiento cartesiano
es la importancia que le otorga al sujeto como punto de partida para la reflexión filosófica. A
partir de entonces, el papel central de la subjetividad se convertirá en la característica de la
filosofía moderna y marcará así una diferencia fundamental con la orientación del
pensamiento anterior.
El énfasis en el papel del sujeto es un aspecto esencial de la filosofía moderna que se inicia
con la obra de Descartes.

Además de filósofo, Descartes fue un matemático y científico eminente que admiraba


enormemente el rigor de las matemáticas, capaces de ofrecer conocimientos seguros y
exactos. Según Descartes, esta precisión contrasta fuertemente con las incertidumbres y
controversias que caracterizan al pensamiento filosófico, dado que los grandes pensadores
parecen incapaces de ponerse de acuerdo, porque están continuamente disputando sobre
los grandes temas de la filosofía desde los tiempos de Platón. Para superar esta
incertidumbre, Descartes se propuso descubrir un camino firme y seguro para encontrar la
verdad que nos permitiera avanzar en la filosofía con las mismas garantías que nos ofrecen
las matemáticas. Para él, este camino no puede basarse en la autoridad de la tradición, sino
que sólo debe basarse en la luz de la razón.

Esta desconfianza de Descartes en la herencia de los autores antiguos, que consideraba


llena de errores, también es un rasgo típicamente moderno de su pensamiento que le
distingue con claridad de la actitud que habían mantenido
los filósofos anteriores. Descartes es un filósofo racionalista, porque rechaza los
argumentos de autoridad, y afirma en cambio el poder de la razón para encontrar la verdad.

●​ En busca de un método fiable para conocer

Según Descartes, la ciencia sólo podrá avanzar de forma firme y segura si somos capaces
de encontrar un punto de partida absolutamente indudable sobre el que no pueda haber ni
incertidumbre ni controversia. Por eso, el primer objetivo del pensamiento cartesiano
consiste en encontrar estas verdades seguras e indudables que son como los cimientos
sobre los que se puede construir todo lo que podemos conocer.

La filosofía de Descartes aspira a diseñar un método que nos permita conseguir verdades
firmes y seguras sobre las que se puedan construir
todos nuestros conocimientos.
El procedimiento ideado por Descartes es verdaderamente radical. Para no correr el riesgo
de aceptar como válida algo que en realidad pueda resultar falso, lo que propone Descartes
es empezar con la supresión de todos los conocimientos que no sean absolutamente
indudables. En esto consiste la duda metódica, que lleva a Descartes a eliminar todos los
saberes y todas las creencias que tengan la menor posibilidad de ser falsos.

●​ ME FIJO
Cuando escribía en latín, que en esa época era todavía la lengua utilizada habitualmente
por los científicos y los filósofos, René Descartes firmaba con el nombre de Renatus
Cartesius. Por eso utilizamos el adjetivo cortesía para referirnos al pensamiento de
Descartes. Si piensas en ello, te darás cuenta de que es el mismo término que se utiliza en
matemáticas para designar los puntos que se utilizan en la representación de una función
mediante sus "coordenadas cartesianas". Esto se debe a que fue precisamente Descartes
quien introdujo por primera vez este sistema de representación gráfica, con el que
estableció una conexión importante entre la álgebra y la geometría.

Esto significa, para empezar, que no podemos aceptar ningún conocimiento en el testimonio
de los sentidos, dado que nuestros sentidos a menudo nos engañan. Tampoco deberíamos
fiarnos del mundo que nos rodea y que parece constituir la realidad, porque a veces lo que
percibimos cuando soñamos también parece ser muy real, y, sin embargo, no es más que
una ilusión.
¿Cómo saber, con certeza absoluta, que lo que vemos y tocamos ahora mismo no es
producto de un sueño? No podemos estar absolutamente seguros de cuál es la realidad
auténtica, dada la imposibilidad de distinguir con certeza total entre el sueño y el velatorio.
Además, Descartes cree que, si buscamos certezas absolutamente seguras, ni siquiera
podemos fiarnos de los razonamientos, porque a menudo cometemos errores cuando
razonamos, incluso cuando estamos convencidos de haber razonado correctamente.

●​ La hipótesis del genio maligno

Pero, por si fuera poco, Descartes incluso va un poco más en-Ilá. En este punto nos pide
que imaginemos algo verdaderamente extraño y singular. ¿Qué pasaría si hubiera una
especie de genio maligno capaz de engañarnos y confundirnos incluso en las cosas que
nos parecen más verdaderas y ciertas?
Naturalmente, cuando Descartes nos propone esta hipótesis, lo natural es que
reaccionemos con sorpresa e incredulidad. La existencia de un ser de este tipo es
altamente improbable, y la idea de Descartes nos aparece como una suposición
extravagante e inverosímil. Él mismo reconoció el carácter exagerado de esa idea, que llegó
a llamar "duda hiperbólica".

Sin embargo, debemos recordar cuál era el objetivo inicial de Descartes, que consistía en
encontrar alguna verdad absolutamente indudable. Si pensamos con detenimiento,
¿podemos estar del todo seguros de que no haya un genio maligno que se divierta
confundiéndose? ¿Cómo puedo saber, con toda la certeza, que mi sistema funciona
correctamente, que nada me engaña y que lo que me parece segurísimo es realmente una
verdad? ¿No podría ser que el entendimiento humano esté distorsionado, de modo que lo
falso nos parezca cierto?
Para encontrar verdades absolutamente indudables, Descartes utilizó la duda metódica, que
consiste en no aceptar ningún conocimiento que tuviera la menor posibilidad de ser erróneo.

Después de introducir la hipótesis del genio maligno, parece que la duda metódica
cartesiana nos ha arrebatado todo aquello en lo que creíamos firmemente. ¿Nos resta
ahora alguna verdad de la que podamos estar totalmente seguros?

●​ La primera verdad indudable


En un primer momento parece que no, por lo que hemos caído aparentemente en un
escepticismo radical y sin salida. Sin embargo, es justamente en este punto que Descartes
nos descubre que sí que hay una verdad auténticamente indudable y cierta. Si yo dudo, si
me estoy haciendo preguntas y si estoy intentando encontrar respuesta, entonces, al
menos, puedo estar del todo seguro que yo exista. En Ilatín, Descartes formuló esta primera
verdad con una frase que se ha hecho célebre: "Cogito, ergo sum", que significa 'Pienso;
por tanto, existo'. Por eso de esta primera verdad indudable se ha llamado "el cogito
cartesiano"
La primera verdad del todo incuestionable encontrada por Descartes es el cogi-to: Yo
pienso, y, por tanto, yo debo existir necesariamente.
Efectivamente, mi existencia como sujeto pensante es algo del todo cierto e indudable, una
verdad firme y segura ante la que no existe ninguna posibilidad de duda. Incluso si el mundo
exterior no existiera y no fuera más que un sueño, incluso si hubiera un genio maligno que
me engañara continuamente, lo que es incuestionable es que yo debo existir, si es que
estoy ahora mismo planteándome estas cuestiones tan complicadas.

Es importante señalar que esta primera verdad indudable no es resultado de un


razonamiento complicado ni de una sofisticada elaboración. Según Descartes, el cogito es
una verdad que se capta directamente por medio de la intuición. Descartes afirma que se
trata de una idea clara y distinta, lo que significa que es del todo nítida y que no es posible
confundirla con ninguna otra idea diferente. El hecho de que yo forzosamente debe existir
resulta una verdad evidente, que podemos conocer sin duda alguna mediante la intuición,
de manera directa e inmediata.
De hecho, para Descartes el cogito es el mejor ejemplo de conocimiento del todo indudable,
que puede proporcionarnos un criterio de verdad para determinar cuándo una afirmación
puede considerarse segura. En la filosofía de Descartes, el carácter indudable del cogito
sirve como modelo para establecer un criterio de verdad. Según Descartes, una idea será
verdadera si se puede captar de manera clara y diferente por medio de la intuición directa,
tal y como ocurre con el cogito.

●​ RENÉ DESCARTES (1596-1650)

René Descartes era hijo de un consejero del Parlamento de Bretaña. La elevada posición
social de su familia permitió al joven Descartes recibir una educación muy cuidadosa en el
colegio de La Flèche, que estaba a cargo de los jesuitas. Descartes fue un buen alumno y
se sintió atraído especialmente por la exactitud y el rigor de las matemáticas. Pero, en su
vida adulta criticó duramente el sistema de educación tradicional, que, a su juicio, daba
demasiada importancia al aprendizaje memorístico y dificulta el adecuado desarrollo de las
verdaderas capacidades del alumno.
Terminados los estudios, Descartes se propuso completar el aprendizaje entrando en
contacto con la vida mundana. Para ello se enroló en las tropas del príncipe de Nassau, a la
vez que profundizó en el estudio de las matemáticas. Más adelante entró a servir al ejército
de Maximilia de Baviera, lo que le conllevó la ocasión de viajar por diferentes países de
Europa. En el curso de uno de estos viajes, según él mismo narra, Descartes tuvo un sueño
para encontrar la verdad por medio del uso de la razón. Este sueño decisivo estimuló a
Descartes a desarrollar su propio método filo. sofic, con el que posteriormente cambió el
rumbo del pensamiento occidental.
Una vez terminados los servicios al ejercido, Descartes se trasladó a París, y poco después
a Holanda, donde estableció su residencia. Allí encontró la calma que necesitaba para
reflexionar, así como un ambiente de tolerancia y respeto relativos que no era muy habitual
en la Europa del siglo XVII.
Hacia 1640, las obras de Descartes empezaron a publicarse y difundirse por toda Europa, y
este modesto científico y filósofo se convirtió en uno de los personajes más célebres de su
tiempo. Su llamada llegó a ser tan grande que la reina Cristina de Suecia le invitó a su corte
para poder recibir clases directamente. La insistencia de la reina logró convencer a
Descartes, que se trasladó a Estocolmo en 1649. Pero, el rigor del clima sectional no le fue
bien, porque entre sus obligaciones estaba la de visitar a la reina a las cinco de la mañana.
El duro invierno sueco hizo que Descartes enfermara hasta su muerte, en 1650.

●​ 4.2 El sujeto pensante


El descubrimiento del cogito como primera verdad indudable es el punto de partida firme y
seguro que Descartes buscaba a fin de establecer el fundamento de la filosofía. Lo que
resulta especialmente significativo es que, según Descartes, esta base incuestionable sólo
puede encontrarse en el interior del sujeto que piensa.
La novedad que introduce y que le convierte en el primer filósofo moderno consiste
justamente en este importante nuevo papel que otorga a la subjetividad individual. A partir
de ese momento, la función del sujeto pasa a ocupar un espacio esencial en el pensamiento
de la modernidad, y esta variación supone un cambio decisivo en la orientación de la
filosofía occidental.

Pero, para poder elaborar su sistema filosófico, Descartes debe encontrar la forma de ir más
allá de la verdad del cogito. Es indudable que yo existo, porque pienso, dudo, siento y me
hago preguntas. Por tanto, yo soy algo que piensa, una conciencia que tiene contenidos de
diferente tipo.

●​ Los tres tipos de ideas

Descartes clasifica las ideas presentes en la conciencia en tres grandes grupos. Las ideas
adventicias proceden del exterior y se captan con los sentidos. Las ideas facticias son
producto de mi propia actividad mental.
Las ideas innatas están en mi interior desde el nacimiento y pueden ser captadas de forma
directa mediante la intuición

Las ideas adventicias, que son las representaciones mentales elaboradas a partir de lo que
mis sentidos perciben de lo que creo que es el mundo exterior. Así, una casa, un libro, un
perro o un árbol son ejemplos de ideas adventicias. Sin embargo, no puedo estar seguro de
que estas ideas se correspondan con una realidad verdadera, porque en este punto de mi
razonamiento estoy seguro de mi propia existencia, pero no tengo garantías de que el
mundo que percibo sea auténtico.
Recordemos que Descartes nos había propuesto prescindir de todos los conocimientos que
no fueran absolutamente seguros. Como no puedo fiarme de mis sentidos y tampoco tengo
garantías de no estar soñando, de momento no me queda más remedio que reconocer mi
incapacidad para afirmar algo seguro sobre las ideas adventicias.
El segundo tipo de contenidos mentales son las ideas facticias, que son las que mi mente
ha elaborado por sí misma. Por ejemplo, un centavo, una sirena o un dragón son ejemplos
de ideas facticias. Yo nunca he visto ninguna de estas cosas, sino que las he fabricado en
mi interior combinando en mi conciencia elementos diferentes procedentes de orígenes
diversos. Por esta razón, las ideas facticias tampoco pueden proporcionarnos verdades
firmes e indudables que nos permitan avanzar en la búsqueda de la verdad.

El tercer y último tipo de contenidos de conciencia está formado por las ideas innatas, que
son muy diferentes de las ideas adventicias o de las facticias. Según Descartes, las ideas
innatas no pueden ser percibidas con los sentidos, y tampoco han sido elaboradas por mí
mismo. Como su nombre indica, estos contenidos mentales se encuentran en mi interior
desde mi nacimiento. Se trata de ideas claras y diferentes que pueden ser captadas de
manera intuitiva, como ocurre con la idea del cogito, que es la primera idea innata y la más
evidente. Pero, además, Descartes cree que existe otra idea innata de gran importancia,
que es la idea de Dios.

●​ PIENSO, POR TANTO EXISTO


Ya estoy persuadido de que no hay nada en el mundo; ¿ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni
cuerpos, y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si estoy
persuadido de algo, o sólo si pienso algo, es porque yo soy. Es cierto que hay no sé qué
engañador todopoderoso y muy astuto, que emplea todo su ingenio para burlarse. Pero
entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, aunque me engañe tanto
como quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy
algo. De modo que, después de pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta
que hay que concluir y dar como algo cierto que esta proposición: "yo soy", "yo existo", es
necesariamente verdadera, cada vez que las pronunció o las concibo en mi espíritu. ​

●​ LOS TRES TIPO DE IDEAS SEGÚN DESCARTES
Bien, pues, de estas ideas, unas me parecen nacidas conmigo; otras, extrañas y venidas de
fuera, y otras, hechas e inventadas por mí mismo.
Tener, pues, la facultad de concebir lo que es en general una cosa, o una verdad, o un
pensamiento, me parece que procede sólo de mi propia naturaleza; pero, si oigo ahora un
ruido, si veo el sol, si oigo calor, he considerado hasta el momento actual que estas
sensaciones procedían de ciertas cosas existentes fuera de mí; y, finalmente, creo que las
sirenas, los hipogrifos y otras quimeras de este tipo son ficciones e invenciones de mi
espíritu.

●​ 5. Dios en la filosofía cartesiana


●​ 5.1 La idea de un ser infinito
La idea de Dios, según Descartes, corresponde a la de un ser infinito, pero
efecto, todopoderoso, eterno y omnisciente. La intuición me permite reconocer esta idea,
que está presente en mi conciencia, de forma clara y diferente. La cuestión consiste, por
tanto, en determinar de dónde procede esta idea que tengo en mi interior. Corresponde a un
ser que existe realmente o ¿se trata sólo de una imagen mental ficticia e ilusoria?

Para aclarar esta cuestión es necesario saber a qué tipo de contenido mental corresponde
la idea de Dios. Podemos afirmar con seguridad que la idea de Dios no es adventicia,
porque no es posible captar a este ser por medio de los sentidos. Pero, según Descartes,
tampoco se trata de una idea facticia, porque a mí me habría sido imposible crear por mí
mismo la idea de un ser infinito. Dado que Descartes supone que debe existir una
proporción entre los efectos y las causas, yo, que soy finito, imperfecto y limitado (porque
dudo), nunca habría podido producir la idea de un ser infinito y perfecto. Si existe en mi
interior la idea de un ser infinito, es necesario que el origen de esta idea proceda de una
causa efectivamente infinita, que exista en la realidad. De esta manera Descartes
demuestra la existencia de Dios, cuyo ser perfecto procede la idea de divinidad que hay en
mi conciencia.
La existencia de Dios puede probarse, según Descartes, a partir de la idea in-nata de que
todos tenemos de un ser infinito. Esta idea no puedo haberla creado yo, que soy un ser
finito e imperfecto, por lo que debe provenir de un ser realmente perfecto que existe en la
realidad.

Según Descartes, la existencia de Dios también puede demostrarse por medio de otros dos
argumentos. Para empezar, podemos partir de la primera verdad evidente e intuitiva
encontrada por Descartes. Yo existo, de eso no cabe duda; sin embargo, lo que no está tan
claro es quien me ha creado a mí.

En un primer momento podría pensarse que provengo de mis padres, pero si pienso un
poco más me daré cuenta de que mis padres, en todo caso, sólo han producido mi cuerpo,
que es la materia de la que estoy hecho. Sin embargo, yo no soy simplemente mi cuerpo,
porque mi realidad verdadera consiste en ser algo que pienso. ¿Quién me ha creado a mí
como algo pensante? | ¿Quién me mantiene existiendo en todo momento? ¿Quizás me he
creado yo mismo? Es evidente que no, porque si hubiera tenido el poder de crear yo mismo
indudablemente me habría proveído de mayores perfecciones. No cabe duda de que ha
tenido que crearme alguien mucho más poderoso que yo mismo, que debe ser Dios.
En segundo lugar, para sostener su razonamiento sobre la existencia de Dios,
Descartes recurre al argumento ontológico que había sido propuesto originalmente por
Anselmo de Canterbury en la Edad Media. Si definimos a Dios como el ser más grande que
se puede pensar, indudablemente Dios debe existir, porque, de no ser así, sería posible
imaginar un ser aún mayor, que tuviera existencia real. Para que la definición no sea
contradictoria, debe concluirse que Dios verdaderamente existe como ser infinito y perfecto
en la realidad. Para demostrar la existencia de Dios, Descartes también empleó otros dos
argumentos. El primero identifica a Dios como ser todopoderoso que me ha creado. El
segundo se basa en el argumento ontológico anselmia.

●​ DIOS ES LA SUSTANCIA INFINITA


Como Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente,
omnipotente, que me ha creado a mí mismo y todas las demás cosas que existen (si es que
existe ninguna). Pues bien, esto que entiendo como Dios es tan grande e inminente que
cuanto más atentamente lo considero, menos convencido estoy de que una idea así pueda
proceder sólo de mí. Y, en con-
secuencia, hay que concluir necesariamente, según lo dicho anteriormente, que Dios existe.
Pues, aunque yo tenga la idea de substancia por el hecho de ser yo una substancia, no
podría tener la idea de una sustancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí
una sustancia que verdaderamente fuese infinita.

●​ 5.2 La divinidad como garantía de lo real


La demostración de la existencia de Dios es un punto primordial en la filosofía de Descartes.
Recordemos que, después de aplicar el procedimiento radical de la duda metódica,
Descartes había sido capaz de encontrar en el cogito una primera verdad firme e indudable.

Descartes afirma la propia existencia como sujeto pensante, pero no ha podido garantizar
que ni su cuerpo ni el resto de lo que se ve, se toca o piensa corresponda a algo
auténticamente real. En este punto el razonamiento cartesiano está a punto de deslizarse
hacia un solipsismo* estéril. La existencia de Dios ofrece a Descartes un camino para huir
de este callejón sin salida peligroso. Si efectivamente hay un Dios perfecto, entonces está
claro que es bueno y que este ser infinitamente bueno no puede permitir que yo viva
engañado. Dios no puede consentir que las cosas que percibo con claridad y distinción
resulten falsas. Esto permite a Descartes rechazar de forma definitiva la hipótesis del genio
maligno y afirmar con confianza que el mundo exterior no puede ser un sueño ni una ilusión.

Según Descartes, la existencia de un Dios infinitamente bondadoso sirve como garantía


para afirmar la realidad del mundo que me rodea y descartar todo peligro de caer en el
solipsismo y el escepticismo.

●​ DESCARTES, UN RELATO AUTOBIOGRÁFICO


Es sorprendente que la escritura filosófica de Descartes adopte una forma claramente
autobiográfica. Una razón para ello es, sin duda, que esta forma se debió de correr de forma
natural; pero -aún más importante- es que debía de ser particularmente adecuada a sus
propósitos, porque es un método expositivo propio de la conversación que le permite
explicar sus puntos de vista mostrando cómo ha llegado. [...]
Este punto de partida -el punto de partida cartesiano de los datos personales hacia el
mundo exterior, cuyo camino está señalado por una garantía de certeza por no ser una
ilusión creada por un error de percepción o del raciocinio, o el equino-voco de un genio
maligno que trata de hacernos creyó en falso genstein en el siglo XX, y se convirtió en la
fuente de dificultades infinitas, como el compromiso dualista (la división de alma y cuerpo)
de la metafísica cartesiana. [...]
Descartes legó a sus sucesores un problema insoluble para el que ninguna respuesta
parecía plausible, salvo para aquellos que propusieron algunas de las soluciones
epistemológicas: John Locke y el obispo Berkeley, Bertrand Russell.

●​ 5.3 El origen del error


Una vez demostrada la existencia de un Dios infinitamente bueno, ya no hay por qué dudar
de la realidad. Si Dios realmente existe, entonces no cabe duda de que todo lo que perciba
con claridad y distinción debe ser auténticamente cierto. Así, el problema que se plantea en
la filosofía cartesiana ya no es aclarar qué cosas son verdaderas, sino más bien explicar
cómo es posible que, existiendo Dios, yo a veces me equivoque y cometa errores. ¿Cómo
permite Dios esto, si efectivamente existe y es un ser infinitamente bueno y providente?​
​ ​ ​ ​ ​

Para responder a esta cuestión, Descartes distingue entre el entendimiento y la voluntad. La


existencia de Dios garantiza la veracidad de todo aquello que mi entendimiento capta de
forma clara y diferente. Lo que ocurre, según Descartes, es que a veces mi voluntad decide
aceptar como válidas algunas ideas que no tienen estos rasgos de claridad y distinción. El
error surge cuando mi voluntad admite como válidas ideas que no deberían aceptarse,
porque son oscuras y confusas. De esta forma el origen de los errores humanos se
encuentra en un error de la voluntad, y no del entendimiento. Para evitar estas
equivocaciones debemos entrenarnos para aceptar voluntariamente sólo lo que realmente
se percibe con total claridad y distinción.

●​ 6. La unidad de las ciencias


●​ 6.1 El método cartesiana
Ya hemos visto que el objetivo principal de Descartes consistía en encontrar un camino
adecuado para alcanzar verdades firmes e indudables. Este procedimiento, que Descartes
expuso de forma detallada en su célebre Discurso del método, proponía una serie de reglas
claras y sencillas que pretendían servir como orientación para el trabajo de los científicos y
de los filósofos. En lugar de basarse en la autoridad de los antiguos, el método cartesiano
se fundamenta en el uso sistemático de la razón, que considera la única fuente fiable para
encontrar la verdad.

Según Descartes, existen dos operaciones que la razón puede utilizar para captar
conocimientos: la intuición y la deducción. La intuición nos proporciona un conocimiento
inmediato de las verdades infalibles que se pueden percibir con toda evidencia, de forma
clara y distinta. Así, la verdad fundamental del cogito se alcanza por medio de la intuición.
Sin embargo, otras verdades más complejas sólo se pueden conseguir por medio de un
proceso indirecto que requiere seguir diferentes etapas encadenadas. Este segundo
procedimiento es la deducción, que también puede ofrecernos verdades firmes y seguras si
les dedicamos la atención necesaria para no cometer ningún error en la cadena del
razonamiento deductivo.
El método que Descartes propone para alcanzar la verdad hace uso de éstas
dos operaciones, que aplica en cuatro etapas distintas:

●​ Evidencia: La búsqueda de la verdad debe empezar por un punto de partida firme y


seguro, como un fundamento sólido sobre el que podemos edificar todos nuestros
conocimientos. La base de todos nuestros saberes debe estar formada por algunas,
muy pocas, verdades evidentes, claras y distintas, que pueden captarse por medio
de la intuición.
●​ Análisis: El segundo paso del método consiste en dividir la cuestión concreta que
queramos estudiar en partes más simples. Por lo general, el campo de estudio que
nos interesa investigar está formado por realidades diversas y complejas que no
resultan fáciles de conocer completamente. Por eso, lo más conveniente es separar
los diferentes elementos del problema, de modo que podamos estudiarlos
separadamente y de forma individual.
●​ Síntesis: Cuando cada uno de los diferentes elementos ha sido estudiado y resuelto,
es necesario recomponer nuevamente la totalidad del problema, para ofrecer una
respuesta completa a la cuestión global que nos interesaba aclarar.
●​ Repaso: Para asegurarnos de que no hemos hecho ningún error en la aplicación del
método-todo, es necesario repasar con cuidado todo el proceso que hemos seguido
hasta este punto. En primer lugar, es necesario enumerar los diferentes pasos que
hemos seguido para comprobar que no nos hemos dejado ninguno. En segundo
lugar, debemos revisar cuidadosamente todas las operaciones para asegurarnos de
no habernos equivocado en ningún momento.
Sólo así podremos estar del todo seguros de haber resuelto de forma completa y definitiva
el problema que nos habíamos planteado inicialmente.
Descartes propone aplicar a todas las ciencias un único método racional en el que se
utilizaba la geometría.

●​ LAS CIENCIAS PARTICULARES Y LA CIENCIA UNIVERSAL


La filosofía toda es como un árbol, en el que las raíces son la metafísica, el tronco es la
física y las ramas, que salen de ese tronco, son todas las demás ciencias, que se reducen a
tres principales: la medicina, la mecánica y la moral, quiero decir la más alta y la más
sabiduría, la que presume la más alta y la más perfecta moral, aquella que presume.

●​ 6.2 Un único árbol con muchas ramas


Con la formulación de las cuatro reglas del método, Descartes creía haber encontrado el
camino más seguro para alcanzar la verdad en cualquier campo del conocimiento. Este
método podría servir de guía para el desarrollo de cualquier tipo de investigación científica o
filosófica. Según él, esto se debe a que, en realidad, las diferentes ciencias no son más que
diferentes aspectos de una sola realidad, que los seres humanos podemos conocer si
emplea la razón de una manera rigurosa y sistemática.

Esta visión, que tal vez pueda parecernos hoy natural y evidente, fue en ese momento una
propuesta muy atrevida, que chocaba frontalmente con las interpretaciones tradicionales
sobre el conocimiento. Aristóteles, por ejemplo, manifestó en sus libros un punto de vista del
todo distinto. Para él, cada ciencia se interesa por un aspecto diferente de la realidad, por lo
que es necesario adaptar los métodos de investigación al objeto de estudio. Por ejemplo,
las matemáticas se aplicaban a la física, pero no a la astronomía.

En cambio, Descartes pensaba que el saber está constituido, en el fondo, por una sola
ciencia universal, en la que se integran las diferentes ciencias particulares, al igual que las
distintas ramas de un árbol salen todas del mismo tronco central. Por eso el método
aplicado puede ser el mismo, porque en el fondo todas las ciencias son aspectos diversos
de uno mismo y único saber. A diferencia de lo que pensaban los antiguos filósofos,
Descartes sostuvo que las diferentes ciencias formaban parte de un saber universal único.
Por eso creía que su método podría aplicarse igualmente a todos los campos de
investigación.

●​ 7. La sustancia en Descartes
●​ 7.1 Las tres sustancias de Descartes
El elemento central de la metafísica cartesiana es el concepto de sustancia. Descartes
define la sustancia como "lo que existe por sí mismo y que no necesita nada más que
existir". Según esta definición, Descartes identificó tres tipos de sustancias completamente
distintas entre sí. Cada sustancia está caracterizada por una serie de propiedades o
atributos. Además, estos atributos pueden manifestarse bajo la forma de diferentes
calidades cambiantes o modos.

Si aplicamos la definición cartesiana con todo el rigor, nos daremos cuenta de que
Dios es el único ser que existe por sí mismo y que no necesita más para existir. De hecho,
en su época el concepto de Dios era el de un ser infinito y perfecto, creador de todo lo que
existe, por lo que en realidad el resto de los niños le deben la existencia. Por eso, Dios es,
para Descartes, la substancia infinita (o nada infinita, en latín). El atributo que caracteriza a
Dios como sustancia es su infinitud. Dios es un ser perfecto que no experimenta cambios,
por lo que la sustancia infinita no presenta modas. Puesto que Dios es la única sustancia
verdadera en sentido estricto, para identificar los otros tipos de sustancia existentes,
Descartes debe modificar la definición de sustancia, que ahora resulta demasiado
restrictiva. Así, define sustancia, de forma más extensa, como 'lo que existe por sí mismo y
que, aparte de Dios, no necesita nada más que existir'. De esta forma resulta posible
distinguir dos tipos nuevos de sustancia: la pensante y la extensa.

La sustancia pensante (nada cogitans, en latín) consiste, según Descartes, en la actividad


mental. También se puede decir que la sustancia pensante es la conciencia, el yo o el alma.
Todos estos términos se refieren a una misma realidad, que es mi capacidad para pensar,
imaginar, sentir, dudar o desear.
Recordemos que la existencia de mi propio ser como sustancia pensante es la primera
verdad firme e indudable que Descartes encontró en su búsqueda de seguridades
absolutas. El hecho de que yo sea una sustancia pensante, que es una realidad inmaterial
independiente de mi cuerpo, me permite asegurar que mi conciencia es una actividad
mental que existe de forma separada de mi dimensión material. Esto significa que mi alma
existe por sí misma y no necesita el cuerpo para existir. Por eso, mi mente es una sustancia,
ya que existe por sí misma de forma independiente y separada del resto de la realidad. El
atributo que caracteriza a este tipo de sustancia es el pensamiento, que se puede
manifestar en dos modos diferentes: el entendimiento y la voluntad.

El tercer tipo de sustancia es la sustancia extensa (nada extensa, en latín), que se identifica
con la materia. El atributo que caracteriza a este tipo de sustancia es la extensión, dado que
todo lo que es material forzosamente ocupa algún lugar en el espacio. Los modos que
puede adoptar la sustancia extensa son la forma y figura que nos presentan los objetos del
mundo material.

●​ EL ALMA Y EL CUERPO SON SUSTANCIAS DISTINTAS


Del simple hecho de que conozco con certeza que existo, y que, sin embargo, no noto que
ninguna otra cosa pertenezca por necesidad a mi naturaleza sino que soy algo que piensa,
concluyó muy bien que mi esencia consiste sólo en que soy algo que piensa, o una
sustancia cuya esencia que, o su naturaleza, no es. Y, aunque tal vez (o mejor, con certeza,
cómo lo diré enseguida) tengo un cuerpo al que estoy unido de forma muy estrecha; pero,
como tengo, por un lado, una idea clara y distinta de mí mismo, por el hecho de que soy
algo que piensa, y no extensa, y como, por otra, tengo una idea distinta del cuerpo dado
que es sólo algo extenso y que no piensa, es cierto que este yo, es decir, mi distinto puede
ser mi alma, por lo que soy lo que soy, es lo que soy yo, y soy lo que soy.

●​ 7.2 Mecanicismo y determinismo


Los avances de la ciencia en el siglo XVII, en los que el propio Descartes tuvo una
intervención muy destacada, contribuyeron a difundir la idea de que la naturaleza está
sometida a leyes fijas e inamovibles. De acuerdo con esta interpretación, el comportamiento
de todos los cuerpos materiales puede determinarse con toda precisión y seguridad
mediante la aplicación de las leyes de la física. Así, todo el universo actúa como un gran
sistema mecánico, como si fuera una máquina enorme o un reloj cuyo funcionamiento
puede calcularse con toda exactitud.
Según Descartes, todo el material está sujeto a las leyes de la naturaleza y se comporta de
manera mecánica y determinista.

Es importante señalar que el mecanicismo determinista de Descartes se extiende a todo lo


material. Esto incluye no sólo los cuerpos inanimados,
como las piedras o planetas, sino también los seres vivos. De hecho, Descartes sos-
tenía que los animales eran seres materiales que podían compararse a una máquina
sofisticada oa un automat muy complejo. No creía que los animales tuvieran conciencia,
anima o sentimientos. Para Descartes, los animales son sólo sistemas mecánicos muy
complejos formados exclusivamente por materia.

7.3 El dualismo antropológico


La distinción entre sustancia pensante y sustancia extensa es el principio en el que se basa
la antropología cartesiana. Descartes era partidario del dualismo antropológico, porque
consideraba que en el ser humano están presentes dos realidades del todo distintas. Estas
dos realidades tan diferentes corres-
ponen a las dos sustancias que están presentes en el ser humano, que está
compuesto por la unión de cuerpo y alma.

La parte material del ser humano es el cuerpo, que es una substancia extensa.
Dado que está formado de materia, el cuerpo obedece a las leyes de la física y está sujeto
al determinismo. Esto explica por qué sentimos hambre o sed, por qué nos cansamos y
enfermamos o por qué envejecemos y morimos. Sin embargo, la realidad humana no se
agota en lo material, porque en nosotros existe también un principio inmaterial que es la
actividad mental consciente, que también podemos llamar alma. Dado que el alma no es
material, esta parte de nuestro ser no está sujeta al mecanicismo determinista. De hecho,
Descartes creía que el alma humana es la dimensión espiritual de la persona, por lo que
goza de libre albedrío y puede seguir existiendo después de la muerte del cuerpo.

La antropología cartesiana es dualista, porque distingue dos dimensiones completamente


distintas en el ser humano. Por un lado, está el cuerpo, que es material y está sujeto al
determinismo. Por otra, está el alma, que
es inmaterial, libre e inmortal.

La división que establece Descartes entre nuestra dimensión material y nuestra dimensión
espiritual plantea el grave problema de esclarecer cuál es la interacción que existe entre
estos dos principios. Si realmente el cuerpo y el alma son sustancias distintas, que pueden
existir separadamente, ¿cómo podemos explicar la conexión que parece existir entre estas
dos realidades? De hecho, lo que observamos es que cuando nuestro cuerpo sufre un mal,
nuestra conciencia siente dolor. Igualmente, cuando mi mente manda a mi cuerpo que se
mueva, éste responde obedeciendo al orden. ¿Cómo es posible explicar esta relación entre
lo material y lo inmaterial, si realmente se trata de dos ámbitos radicalmente separados? El
problema de la relación entre las sustancias nunca encontró una respuesta satisfactoria
dentro del pensamiento cartesiano. A veces, Descartes afirma que nuestra auténtica y
verdadera realidad es la conciencia, mientras que el cuerpo es sólo un instrumento a su
servicio. A veces compara el alma con el timonel de una nave, para entender que nuestro
cuerpo obedece las órdenes de nuestra mente al igual que una nave responde a las
órdenes del piloto que la lleva.
Sin embargo, en otros casos parece que Descartes está pensando más bien en dos
realidades separadas que podrían conectarse a través de algún punto concreto, como
podría ser la glándula pineal, que es una pequeña protuberancia en la base del cerebro. En
realidad, estas explicaciones no resultan muy convincentes, de modo que la cuestión de
aclarar las relaciones entre el cuerpo y la mente siguió siendo un problema controvertido y
espinoso de la filosofía moderna.

●​ 7.4 Una ética provisional


En comparación con las numerosas obras filosóficas y científicas de Descartes, sus escritos
sobre ética resultan bastante esquemáticos y poco desarrollados. Podemos hacernos una
idea de sus planteamientos recordando que, en sus reflexiones sobre el ser humano,
Descartes insiste en la importancia de que nuestra mente domine los deseos del cuerpo.
Dado que el cuerpo es material y mecánico mientras que el alma es libre, la auténtica
felicidad sólo puede alcanzarse cuando la voluntad, dirigida por la recta razón, controla y
domina nuestras pasiones. Así es como lo anima puede posicionarse para conseguir la
auténtica libertad, puesto que lo contrario equivaldría a convertirnos en esclavos de los
deseos materiales.
En principio, Descartes también podría haber utilizado su método para elaborar una teoría
ética racional que fuera rigurosa, completa y sistemática. Pero lo cierto es que nunca llegó a
desarrollar esta ética según las reglas del método. Sin embargo, Descartes era consciente
de que para relacionarnos con los demás necesitamos algún tipo de guía que oriente
nuestro comportamiento. Por eso, propuso seguir unas normas básicas que sirvieran a
modo de una "moral provisional" que pudiera servir de manera transitoria hasta que hubiera
una teoría ética completa y elaborada adecuadamente. Estas normas elementales de
conducta que Descartes se propuso a sí mismo son las siguientes:
1. Seguir fielmente las leyes y costumbres del país donde se vive.
2. Ser decidido y resuelto en las acciones, manteniendo firmemente las decisiones
adoptadas.
3. Asumir el orden del mundo y los descalabros de la fortuna intentando modificar los
propios deseos más que cambiar la realidad.
Descartes consideraba que la auténtica felicidad sólo se logra cuando la voluntad, dirigida
por la razón, se impone a los deseos y anhelos corporales. Además, para guiarse en la vida,
se propuso seguir una moral provisional que podría utilizarse mientras no existiera una ética
racional elaborada según las reglas del método.

●​ 8. El racionalismo de Spinoza
●​ 8.1 La sustancia es sólo una
Descartes no fue el único filósofo en defender el poder de la razón para lograr un
conocimiento seguro. A lo largo del siglo XVII muchos otros pensadores del continente
europeo compartieron este punto de vista, que define la corriente filosófica del racionalismo.
Entre los autores racionalistas más destacados se encuentran, además de Descartes,
figuras tan importantes como Pascal, el ocasionalista Malebranche, Leibniz o Spinoza.

La filosofía de Spinoza (1632-1677) es particularmente interesante si se compara con la


cartesiana, porque su metafísica también da una gran importancia al concepto de sustancia,
entendida como lo que existe por sí mismo.
tejo. Pero, ante las tres sustancias que distinguen a Descartes, Spinoza creía que en
realidad no había más que una sola sustancia, que coincide con la totalidad de lo que
existe. Spinoza identifica esta sustancia universal única, formada por todo lo que hay, con
Dios y con la naturaleza en su conjunto.
Según Spinoza, lo que ocurre es que esta única sustancia tiene infinitos atributos diferentes.
Pero los seres humanos sólo somos capaces de captar dos: el pensamiento y la extensión.
Por eso nos parece que se trata de cosas diferentes, aunque en realidad no son más que
dos manifestaciones distintas de esa realidad suprema que es la divinidad o el cosmos. La
célebre frase de la Ética que afirma que la substancia es "Dios, o la naturaleza" se puede
considerar como una forma de panteísmo, según el cual todas las cosas son Dios.

Para Spinoza la auténtica realidad está formada por una sustancia única, que coincide con
Dios y con el universo en su conjunto, aunque la percibimos dividida en facetas diferentes
debido a la limitación de nuestro entendimiento.
La teoría de Spinoza sobre la sustancia tiene consecuencias importantes en el plano
antropológico, dado que resuelve la visión dualista de Descartes, al considerar que el
cuerpo y el alma no son más que dos aspectos diferentes de una misma realidad única.
●​ 8.2 Una ética racionalista
A diferencia de Descartes, Spinoza sí logró elaborar una teoría ética racional y completa. Su
racionalismo se manifiesta con clara-
dato en Ética demostrada al modo geométrico, que está escrita en forma rigurosamente
deductiva, como si fuera un tratado de matemáticas. La obra co-
comienza estableciendo una serie de definiciones básicas y de axiomas* elementales, a
partir de los cuales se van sucediendo teoremas*, demostraciones y corolarios*.

Aparte del formato, bastante curioso, lo cierto es que el contenido de la ética spinozista es
fascinante. Spinoza cree que todos los seres que integran la realidad, incluso los
inanimados, sienten un impulso básico que les empuja a seguir existiendo. El nombre que
Spinoza da a ese esfuerzo común es conatus.
En los seres humanos, además, existe una conciencia de esta tendencia natural, por lo que
se puede decir con propiedad que las personas están sometidas al deseo. Este deseo nos
empuja a aspirar continuamente a conseguir mayores grados de perfección y
autorrealización personal. Cuando lo conseguimos experimentamos la alegría, que se
relaciona con un aumento de nuestro poder de acción. En cambio, cuando no lo
conseguimos, sentimos tristeza, que se corresponde con una disminución en nuestra
capacidad y en nuestro poder. Spinoza es un autor determinista, porque cree que todas las
cosas que ocurren responden a causas concretas y prefijadas. Lo que ocurre, según
Spinoza, es que no todas las personas son conscientes de las fuerzas que nos impulsan a
actuar en una dirección u otra. Por eso los seres humanos creen que actúan libremente,
porque ignoran las causas que explican su comportamiento. En esto se distingue el sabio
de las demás personas, porque el sabio sí es capaz de comprender las razones profundas
de todo lo que ocurre y esto le ayuda a aceptar la realidad tal y como es.
De ahí que la mayor forma de felicidad imaginable, según Spinoza, consiste en comprender
todo lo que pasa como una consecuencia lógica y necesaria de la estructura causal a la que
responde toda la naturaleza. Spinoza se refiere a esta alta forma de sabiduría diciendo que
consiste en ver la realidad
"bajo la especie de la eternidad", es decir, desde el punto de vista global que nos acerca a
Dios, o, lo que es igual, a la totalidad del universo.
*Axioma: verdad elemental que se acepta como válida y que sirve como punto de partida
para desarrollar pensamientos posteriores.
*Teorema: verdad que se obtiene a partir de otros afirma-
ciones previas, y que es necesario demostrar de manera adecuada.
*Corolario: consecuencia que se deriva de una afirmación o verdad determinada.

●​ NO DETESTAR, SINO COMPRENDER


Quiero volver, pues, a aquellos que prefieren detestar o ridiculizar los afectos y las acciones
de los hombres, más que entenderlos. A estos les parecerá sin duda admirable que yo me
proponga examinar los vicios de los hombres según el método geométrico y que quiera
demostrar con una razón cierta aquellas cosas que ellos proclaman ser contrarias a la
razón, vanas, absurdas y horribles.
bles. Pero mi razón es esta: que nada sucede en el eje de la naturaleza que pueda ser
atribuido a un vicio.

Porque la naturaleza es siempre la misma, y ​ser una y la misma en todas partes es su virtud
y potencia de actuar; es decir, que las leyes y reglas de la naturaleza, según las cuales se
hacen todas las cosas y se cambian de unas formas en otras, son siempre y por todas
partes las mismas; y, por tanto, una y la misma debe ser también la razón de entender la
naturaleza de las cosas, cualesquiera que sean, es decir, por medio de las leyes y reglas
universales de la naturaleza.

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