Descartes
Descartes
Según Descartes, la ciencia sólo podrá avanzar de forma firme y segura si somos capaces
de encontrar un punto de partida absolutamente indudable sobre el que no pueda haber ni
incertidumbre ni controversia. Por eso, el primer objetivo del pensamiento cartesiano
consiste en encontrar estas verdades seguras e indudables que son como los cimientos
sobre los que se puede construir todo lo que podemos conocer.
La filosofía de Descartes aspira a diseñar un método que nos permita conseguir verdades
firmes y seguras sobre las que se puedan construir
todos nuestros conocimientos.
El procedimiento ideado por Descartes es verdaderamente radical. Para no correr el riesgo
de aceptar como válida algo que en realidad pueda resultar falso, lo que propone Descartes
es empezar con la supresión de todos los conocimientos que no sean absolutamente
indudables. En esto consiste la duda metódica, que lleva a Descartes a eliminar todos los
saberes y todas las creencias que tengan la menor posibilidad de ser falsos.
● ME FIJO
Cuando escribía en latín, que en esa época era todavía la lengua utilizada habitualmente
por los científicos y los filósofos, René Descartes firmaba con el nombre de Renatus
Cartesius. Por eso utilizamos el adjetivo cortesía para referirnos al pensamiento de
Descartes. Si piensas en ello, te darás cuenta de que es el mismo término que se utiliza en
matemáticas para designar los puntos que se utilizan en la representación de una función
mediante sus "coordenadas cartesianas". Esto se debe a que fue precisamente Descartes
quien introdujo por primera vez este sistema de representación gráfica, con el que
estableció una conexión importante entre la álgebra y la geometría.
Esto significa, para empezar, que no podemos aceptar ningún conocimiento en el testimonio
de los sentidos, dado que nuestros sentidos a menudo nos engañan. Tampoco deberíamos
fiarnos del mundo que nos rodea y que parece constituir la realidad, porque a veces lo que
percibimos cuando soñamos también parece ser muy real, y, sin embargo, no es más que
una ilusión.
¿Cómo saber, con certeza absoluta, que lo que vemos y tocamos ahora mismo no es
producto de un sueño? No podemos estar absolutamente seguros de cuál es la realidad
auténtica, dada la imposibilidad de distinguir con certeza total entre el sueño y el velatorio.
Además, Descartes cree que, si buscamos certezas absolutamente seguras, ni siquiera
podemos fiarnos de los razonamientos, porque a menudo cometemos errores cuando
razonamos, incluso cuando estamos convencidos de haber razonado correctamente.
Pero, por si fuera poco, Descartes incluso va un poco más en-Ilá. En este punto nos pide
que imaginemos algo verdaderamente extraño y singular. ¿Qué pasaría si hubiera una
especie de genio maligno capaz de engañarnos y confundirnos incluso en las cosas que
nos parecen más verdaderas y ciertas?
Naturalmente, cuando Descartes nos propone esta hipótesis, lo natural es que
reaccionemos con sorpresa e incredulidad. La existencia de un ser de este tipo es
altamente improbable, y la idea de Descartes nos aparece como una suposición
extravagante e inverosímil. Él mismo reconoció el carácter exagerado de esa idea, que llegó
a llamar "duda hiperbólica".
Sin embargo, debemos recordar cuál era el objetivo inicial de Descartes, que consistía en
encontrar alguna verdad absolutamente indudable. Si pensamos con detenimiento,
¿podemos estar del todo seguros de que no haya un genio maligno que se divierta
confundiéndose? ¿Cómo puedo saber, con toda la certeza, que mi sistema funciona
correctamente, que nada me engaña y que lo que me parece segurísimo es realmente una
verdad? ¿No podría ser que el entendimiento humano esté distorsionado, de modo que lo
falso nos parezca cierto?
Para encontrar verdades absolutamente indudables, Descartes utilizó la duda metódica, que
consiste en no aceptar ningún conocimiento que tuviera la menor posibilidad de ser erróneo.
Después de introducir la hipótesis del genio maligno, parece que la duda metódica
cartesiana nos ha arrebatado todo aquello en lo que creíamos firmemente. ¿Nos resta
ahora alguna verdad de la que podamos estar totalmente seguros?
René Descartes era hijo de un consejero del Parlamento de Bretaña. La elevada posición
social de su familia permitió al joven Descartes recibir una educación muy cuidadosa en el
colegio de La Flèche, que estaba a cargo de los jesuitas. Descartes fue un buen alumno y
se sintió atraído especialmente por la exactitud y el rigor de las matemáticas. Pero, en su
vida adulta criticó duramente el sistema de educación tradicional, que, a su juicio, daba
demasiada importancia al aprendizaje memorístico y dificulta el adecuado desarrollo de las
verdaderas capacidades del alumno.
Terminados los estudios, Descartes se propuso completar el aprendizaje entrando en
contacto con la vida mundana. Para ello se enroló en las tropas del príncipe de Nassau, a la
vez que profundizó en el estudio de las matemáticas. Más adelante entró a servir al ejército
de Maximilia de Baviera, lo que le conllevó la ocasión de viajar por diferentes países de
Europa. En el curso de uno de estos viajes, según él mismo narra, Descartes tuvo un sueño
para encontrar la verdad por medio del uso de la razón. Este sueño decisivo estimuló a
Descartes a desarrollar su propio método filo. sofic, con el que posteriormente cambió el
rumbo del pensamiento occidental.
Una vez terminados los servicios al ejercido, Descartes se trasladó a París, y poco después
a Holanda, donde estableció su residencia. Allí encontró la calma que necesitaba para
reflexionar, así como un ambiente de tolerancia y respeto relativos que no era muy habitual
en la Europa del siglo XVII.
Hacia 1640, las obras de Descartes empezaron a publicarse y difundirse por toda Europa, y
este modesto científico y filósofo se convirtió en uno de los personajes más célebres de su
tiempo. Su llamada llegó a ser tan grande que la reina Cristina de Suecia le invitó a su corte
para poder recibir clases directamente. La insistencia de la reina logró convencer a
Descartes, que se trasladó a Estocolmo en 1649. Pero, el rigor del clima sectional no le fue
bien, porque entre sus obligaciones estaba la de visitar a la reina a las cinco de la mañana.
El duro invierno sueco hizo que Descartes enfermara hasta su muerte, en 1650.
Pero, para poder elaborar su sistema filosófico, Descartes debe encontrar la forma de ir más
allá de la verdad del cogito. Es indudable que yo existo, porque pienso, dudo, siento y me
hago preguntas. Por tanto, yo soy algo que piensa, una conciencia que tiene contenidos de
diferente tipo.
Descartes clasifica las ideas presentes en la conciencia en tres grandes grupos. Las ideas
adventicias proceden del exterior y se captan con los sentidos. Las ideas facticias son
producto de mi propia actividad mental.
Las ideas innatas están en mi interior desde el nacimiento y pueden ser captadas de forma
directa mediante la intuición
Las ideas adventicias, que son las representaciones mentales elaboradas a partir de lo que
mis sentidos perciben de lo que creo que es el mundo exterior. Así, una casa, un libro, un
perro o un árbol son ejemplos de ideas adventicias. Sin embargo, no puedo estar seguro de
que estas ideas se correspondan con una realidad verdadera, porque en este punto de mi
razonamiento estoy seguro de mi propia existencia, pero no tengo garantías de que el
mundo que percibo sea auténtico.
Recordemos que Descartes nos había propuesto prescindir de todos los conocimientos que
no fueran absolutamente seguros. Como no puedo fiarme de mis sentidos y tampoco tengo
garantías de no estar soñando, de momento no me queda más remedio que reconocer mi
incapacidad para afirmar algo seguro sobre las ideas adventicias.
El segundo tipo de contenidos mentales son las ideas facticias, que son las que mi mente
ha elaborado por sí misma. Por ejemplo, un centavo, una sirena o un dragón son ejemplos
de ideas facticias. Yo nunca he visto ninguna de estas cosas, sino que las he fabricado en
mi interior combinando en mi conciencia elementos diferentes procedentes de orígenes
diversos. Por esta razón, las ideas facticias tampoco pueden proporcionarnos verdades
firmes e indudables que nos permitan avanzar en la búsqueda de la verdad.
El tercer y último tipo de contenidos de conciencia está formado por las ideas innatas, que
son muy diferentes de las ideas adventicias o de las facticias. Según Descartes, las ideas
innatas no pueden ser percibidas con los sentidos, y tampoco han sido elaboradas por mí
mismo. Como su nombre indica, estos contenidos mentales se encuentran en mi interior
desde mi nacimiento. Se trata de ideas claras y diferentes que pueden ser captadas de
manera intuitiva, como ocurre con la idea del cogito, que es la primera idea innata y la más
evidente. Pero, además, Descartes cree que existe otra idea innata de gran importancia,
que es la idea de Dios.
Para aclarar esta cuestión es necesario saber a qué tipo de contenido mental corresponde
la idea de Dios. Podemos afirmar con seguridad que la idea de Dios no es adventicia,
porque no es posible captar a este ser por medio de los sentidos. Pero, según Descartes,
tampoco se trata de una idea facticia, porque a mí me habría sido imposible crear por mí
mismo la idea de un ser infinito. Dado que Descartes supone que debe existir una
proporción entre los efectos y las causas, yo, que soy finito, imperfecto y limitado (porque
dudo), nunca habría podido producir la idea de un ser infinito y perfecto. Si existe en mi
interior la idea de un ser infinito, es necesario que el origen de esta idea proceda de una
causa efectivamente infinita, que exista en la realidad. De esta manera Descartes
demuestra la existencia de Dios, cuyo ser perfecto procede la idea de divinidad que hay en
mi conciencia.
La existencia de Dios puede probarse, según Descartes, a partir de la idea in-nata de que
todos tenemos de un ser infinito. Esta idea no puedo haberla creado yo, que soy un ser
finito e imperfecto, por lo que debe provenir de un ser realmente perfecto que existe en la
realidad.
Según Descartes, la existencia de Dios también puede demostrarse por medio de otros dos
argumentos. Para empezar, podemos partir de la primera verdad evidente e intuitiva
encontrada por Descartes. Yo existo, de eso no cabe duda; sin embargo, lo que no está tan
claro es quien me ha creado a mí.
En un primer momento podría pensarse que provengo de mis padres, pero si pienso un
poco más me daré cuenta de que mis padres, en todo caso, sólo han producido mi cuerpo,
que es la materia de la que estoy hecho. Sin embargo, yo no soy simplemente mi cuerpo,
porque mi realidad verdadera consiste en ser algo que pienso. ¿Quién me ha creado a mí
como algo pensante? | ¿Quién me mantiene existiendo en todo momento? ¿Quizás me he
creado yo mismo? Es evidente que no, porque si hubiera tenido el poder de crear yo mismo
indudablemente me habría proveído de mayores perfecciones. No cabe duda de que ha
tenido que crearme alguien mucho más poderoso que yo mismo, que debe ser Dios.
En segundo lugar, para sostener su razonamiento sobre la existencia de Dios,
Descartes recurre al argumento ontológico que había sido propuesto originalmente por
Anselmo de Canterbury en la Edad Media. Si definimos a Dios como el ser más grande que
se puede pensar, indudablemente Dios debe existir, porque, de no ser así, sería posible
imaginar un ser aún mayor, que tuviera existencia real. Para que la definición no sea
contradictoria, debe concluirse que Dios verdaderamente existe como ser infinito y perfecto
en la realidad. Para demostrar la existencia de Dios, Descartes también empleó otros dos
argumentos. El primero identifica a Dios como ser todopoderoso que me ha creado. El
segundo se basa en el argumento ontológico anselmia.
Descartes afirma la propia existencia como sujeto pensante, pero no ha podido garantizar
que ni su cuerpo ni el resto de lo que se ve, se toca o piensa corresponda a algo
auténticamente real. En este punto el razonamiento cartesiano está a punto de deslizarse
hacia un solipsismo* estéril. La existencia de Dios ofrece a Descartes un camino para huir
de este callejón sin salida peligroso. Si efectivamente hay un Dios perfecto, entonces está
claro que es bueno y que este ser infinitamente bueno no puede permitir que yo viva
engañado. Dios no puede consentir que las cosas que percibo con claridad y distinción
resulten falsas. Esto permite a Descartes rechazar de forma definitiva la hipótesis del genio
maligno y afirmar con confianza que el mundo exterior no puede ser un sueño ni una ilusión.
Según Descartes, existen dos operaciones que la razón puede utilizar para captar
conocimientos: la intuición y la deducción. La intuición nos proporciona un conocimiento
inmediato de las verdades infalibles que se pueden percibir con toda evidencia, de forma
clara y distinta. Así, la verdad fundamental del cogito se alcanza por medio de la intuición.
Sin embargo, otras verdades más complejas sólo se pueden conseguir por medio de un
proceso indirecto que requiere seguir diferentes etapas encadenadas. Este segundo
procedimiento es la deducción, que también puede ofrecernos verdades firmes y seguras si
les dedicamos la atención necesaria para no cometer ningún error en la cadena del
razonamiento deductivo.
El método que Descartes propone para alcanzar la verdad hace uso de éstas
dos operaciones, que aplica en cuatro etapas distintas:
Esta visión, que tal vez pueda parecernos hoy natural y evidente, fue en ese momento una
propuesta muy atrevida, que chocaba frontalmente con las interpretaciones tradicionales
sobre el conocimiento. Aristóteles, por ejemplo, manifestó en sus libros un punto de vista del
todo distinto. Para él, cada ciencia se interesa por un aspecto diferente de la realidad, por lo
que es necesario adaptar los métodos de investigación al objeto de estudio. Por ejemplo,
las matemáticas se aplicaban a la física, pero no a la astronomía.
En cambio, Descartes pensaba que el saber está constituido, en el fondo, por una sola
ciencia universal, en la que se integran las diferentes ciencias particulares, al igual que las
distintas ramas de un árbol salen todas del mismo tronco central. Por eso el método
aplicado puede ser el mismo, porque en el fondo todas las ciencias son aspectos diversos
de uno mismo y único saber. A diferencia de lo que pensaban los antiguos filósofos,
Descartes sostuvo que las diferentes ciencias formaban parte de un saber universal único.
Por eso creía que su método podría aplicarse igualmente a todos los campos de
investigación.
● 7. La sustancia en Descartes
● 7.1 Las tres sustancias de Descartes
El elemento central de la metafísica cartesiana es el concepto de sustancia. Descartes
define la sustancia como "lo que existe por sí mismo y que no necesita nada más que
existir". Según esta definición, Descartes identificó tres tipos de sustancias completamente
distintas entre sí. Cada sustancia está caracterizada por una serie de propiedades o
atributos. Además, estos atributos pueden manifestarse bajo la forma de diferentes
calidades cambiantes o modos.
Si aplicamos la definición cartesiana con todo el rigor, nos daremos cuenta de que
Dios es el único ser que existe por sí mismo y que no necesita más para existir. De hecho,
en su época el concepto de Dios era el de un ser infinito y perfecto, creador de todo lo que
existe, por lo que en realidad el resto de los niños le deben la existencia. Por eso, Dios es,
para Descartes, la substancia infinita (o nada infinita, en latín). El atributo que caracteriza a
Dios como sustancia es su infinitud. Dios es un ser perfecto que no experimenta cambios,
por lo que la sustancia infinita no presenta modas. Puesto que Dios es la única sustancia
verdadera en sentido estricto, para identificar los otros tipos de sustancia existentes,
Descartes debe modificar la definición de sustancia, que ahora resulta demasiado
restrictiva. Así, define sustancia, de forma más extensa, como 'lo que existe por sí mismo y
que, aparte de Dios, no necesita nada más que existir'. De esta forma resulta posible
distinguir dos tipos nuevos de sustancia: la pensante y la extensa.
El tercer tipo de sustancia es la sustancia extensa (nada extensa, en latín), que se identifica
con la materia. El atributo que caracteriza a este tipo de sustancia es la extensión, dado que
todo lo que es material forzosamente ocupa algún lugar en el espacio. Los modos que
puede adoptar la sustancia extensa son la forma y figura que nos presentan los objetos del
mundo material.
La parte material del ser humano es el cuerpo, que es una substancia extensa.
Dado que está formado de materia, el cuerpo obedece a las leyes de la física y está sujeto
al determinismo. Esto explica por qué sentimos hambre o sed, por qué nos cansamos y
enfermamos o por qué envejecemos y morimos. Sin embargo, la realidad humana no se
agota en lo material, porque en nosotros existe también un principio inmaterial que es la
actividad mental consciente, que también podemos llamar alma. Dado que el alma no es
material, esta parte de nuestro ser no está sujeta al mecanicismo determinista. De hecho,
Descartes creía que el alma humana es la dimensión espiritual de la persona, por lo que
goza de libre albedrío y puede seguir existiendo después de la muerte del cuerpo.
La división que establece Descartes entre nuestra dimensión material y nuestra dimensión
espiritual plantea el grave problema de esclarecer cuál es la interacción que existe entre
estos dos principios. Si realmente el cuerpo y el alma son sustancias distintas, que pueden
existir separadamente, ¿cómo podemos explicar la conexión que parece existir entre estas
dos realidades? De hecho, lo que observamos es que cuando nuestro cuerpo sufre un mal,
nuestra conciencia siente dolor. Igualmente, cuando mi mente manda a mi cuerpo que se
mueva, éste responde obedeciendo al orden. ¿Cómo es posible explicar esta relación entre
lo material y lo inmaterial, si realmente se trata de dos ámbitos radicalmente separados? El
problema de la relación entre las sustancias nunca encontró una respuesta satisfactoria
dentro del pensamiento cartesiano. A veces, Descartes afirma que nuestra auténtica y
verdadera realidad es la conciencia, mientras que el cuerpo es sólo un instrumento a su
servicio. A veces compara el alma con el timonel de una nave, para entender que nuestro
cuerpo obedece las órdenes de nuestra mente al igual que una nave responde a las
órdenes del piloto que la lleva.
Sin embargo, en otros casos parece que Descartes está pensando más bien en dos
realidades separadas que podrían conectarse a través de algún punto concreto, como
podría ser la glándula pineal, que es una pequeña protuberancia en la base del cerebro. En
realidad, estas explicaciones no resultan muy convincentes, de modo que la cuestión de
aclarar las relaciones entre el cuerpo y la mente siguió siendo un problema controvertido y
espinoso de la filosofía moderna.
● 8. El racionalismo de Spinoza
● 8.1 La sustancia es sólo una
Descartes no fue el único filósofo en defender el poder de la razón para lograr un
conocimiento seguro. A lo largo del siglo XVII muchos otros pensadores del continente
europeo compartieron este punto de vista, que define la corriente filosófica del racionalismo.
Entre los autores racionalistas más destacados se encuentran, además de Descartes,
figuras tan importantes como Pascal, el ocasionalista Malebranche, Leibniz o Spinoza.
Para Spinoza la auténtica realidad está formada por una sustancia única, que coincide con
Dios y con el universo en su conjunto, aunque la percibimos dividida en facetas diferentes
debido a la limitación de nuestro entendimiento.
La teoría de Spinoza sobre la sustancia tiene consecuencias importantes en el plano
antropológico, dado que resuelve la visión dualista de Descartes, al considerar que el
cuerpo y el alma no son más que dos aspectos diferentes de una misma realidad única.
● 8.2 Una ética racionalista
A diferencia de Descartes, Spinoza sí logró elaborar una teoría ética racional y completa. Su
racionalismo se manifiesta con clara-
dato en Ética demostrada al modo geométrico, que está escrita en forma rigurosamente
deductiva, como si fuera un tratado de matemáticas. La obra co-
comienza estableciendo una serie de definiciones básicas y de axiomas* elementales, a
partir de los cuales se van sucediendo teoremas*, demostraciones y corolarios*.
Aparte del formato, bastante curioso, lo cierto es que el contenido de la ética spinozista es
fascinante. Spinoza cree que todos los seres que integran la realidad, incluso los
inanimados, sienten un impulso básico que les empuja a seguir existiendo. El nombre que
Spinoza da a ese esfuerzo común es conatus.
En los seres humanos, además, existe una conciencia de esta tendencia natural, por lo que
se puede decir con propiedad que las personas están sometidas al deseo. Este deseo nos
empuja a aspirar continuamente a conseguir mayores grados de perfección y
autorrealización personal. Cuando lo conseguimos experimentamos la alegría, que se
relaciona con un aumento de nuestro poder de acción. En cambio, cuando no lo
conseguimos, sentimos tristeza, que se corresponde con una disminución en nuestra
capacidad y en nuestro poder. Spinoza es un autor determinista, porque cree que todas las
cosas que ocurren responden a causas concretas y prefijadas. Lo que ocurre, según
Spinoza, es que no todas las personas son conscientes de las fuerzas que nos impulsan a
actuar en una dirección u otra. Por eso los seres humanos creen que actúan libremente,
porque ignoran las causas que explican su comportamiento. En esto se distingue el sabio
de las demás personas, porque el sabio sí es capaz de comprender las razones profundas
de todo lo que ocurre y esto le ayuda a aceptar la realidad tal y como es.
De ahí que la mayor forma de felicidad imaginable, según Spinoza, consiste en comprender
todo lo que pasa como una consecuencia lógica y necesaria de la estructura causal a la que
responde toda la naturaleza. Spinoza se refiere a esta alta forma de sabiduría diciendo que
consiste en ver la realidad
"bajo la especie de la eternidad", es decir, desde el punto de vista global que nos acerca a
Dios, o, lo que es igual, a la totalidad del universo.
*Axioma: verdad elemental que se acepta como válida y que sirve como punto de partida
para desarrollar pensamientos posteriores.
*Teorema: verdad que se obtiene a partir de otros afirma-
ciones previas, y que es necesario demostrar de manera adecuada.
*Corolario: consecuencia que se deriva de una afirmación o verdad determinada.
Porque la naturaleza es siempre la misma, y ser una y la misma en todas partes es su virtud
y potencia de actuar; es decir, que las leyes y reglas de la naturaleza, según las cuales se
hacen todas las cosas y se cambian de unas formas en otras, son siempre y por todas
partes las mismas; y, por tanto, una y la misma debe ser también la razón de entender la
naturaleza de las cosas, cualesquiera que sean, es decir, por medio de las leyes y reglas
universales de la naturaleza.