Textos literarios
“Atrapado”
Mario Méndez
Cuando el padre de Agustín llegó a Toranzo esperaba encontrar a su hijo muy enojado. Se había
preparado para recibir muchas quejas o, peor aún, ese silencio hosco que el chico solía usar, y que a él
tanto le dolía. Sin embargo, Agustín estaba feliz, acompañado de un cachorrito blanco, su nuevo amigo.
―Desde que encontró al cachorrito es otro chico ―le dijo el abuelo Ramón al padre de Agustín.
Y Agustín se rio, contento con el comentario. Sí, hasta su risa sonaba distinta.
Agustín se había aburrido mucho, todos esos días. Con su experiencia de hijo único de padres
separados, tenía claro que el divorcio de los viejos a veces le significaba ventajas, y otras veces
problemas. Y que los problemas solían amontonarse en las vacaciones. Sus padres tenían compromisos
de trabajo, y el tiempo libre del hijo adolescente les complicaba la vida. Si por ellos hubiera sido, Agustín
estaba convencido, el colegio tendría que durar todo el año. La casa de los abuelos, entonces, era una
solución posible. Posible, pero tremendamente aburrida. Y su padre, una vez más, había apelado a la
intolerable solución: lo había llevado a Toranzo, y allí lo había dejado, con la promesa de que en una
semana lo iría a buscar, para pasar unos días en Mar del Plata. Pero habían pasado diez días, del padre
no había noticias y Agustín ya no lo podía soportar. Sus abuelos lo trataban muy bien, pero él ya tenía
14 años y que la abuela le cocinara sus postres favoritos, o que el abuelo lo llevara hasta algún campo
vecino en la chata vieja, no le alcanzaba. Enero avanzaba con una lentitud exasperante, y él no había
conseguido hacer amistad con ningún chico ni chica de su edad, sencillamente porque en todo el pueblo
no había ni uno. Los abuelos no tenían televisión por cable ni internet, así que se la pasaba dando vueltas
en bicicleta, por las escasas diez cuadras del pueblo.
A la noche del undécimo día sonó el teléfono y Agustín corrió a atenderlo. Era su padre, pero en vez
de anunciar su llegada le explicaba que tenía problemas en la oficina: le pedía que tuviera paciencia,
hasta el fin de semana. Era lunes: faltaban cuatro días, por lo menos. Y si el padre llegaba al pueblo el
viernes, seguramente el sábado se querría quedar, para no ofender a los abuelos. Otro día más en el
pueblo. Para sacarse la bronca les avisó a los abuelos que se iría a pedalear un rato. No hacía falta que
le pidieran que tuviera cuidado: en Toranzo no había tránsito, no había robos, no había nada.
Pedaleó hasta un montecito de eucaliptos, del otro lado de la ruta. Allí se levantaba la única casa más
o menos interesante de la zona, la única que tenía una tapia que la circundaba, la única con un jardín
delantero –ahora cubierto de yuyos– que seguramente había sido hermoso. Según decían sus abuelos,
había pertenecido a un gobernador, y nadie sabía por qué la habían abandonado.
Estaba vacía desde hacía años, y los portones de la entrada, vencidos por el tiempo, dejaban pasar a
cualquiera. En Toranzo no había ni siquiera cuentos de aparecidos: nadie decía que la casa estuviera
embrujada, nadie les tenía miedo a sus altos paredones, a ninguno de los pocos habitantes del pueblito
se le había ocurrido jamás que esa casa pudiera albergar más que mugre, comadrejas o cuises. Pero
Agustín era de la ciudad, y había visto suficientes películas de terror como para meterse así como así, a
oscuras, en una casa abandonada. Por muy aburrido que estuviera, no se atrevería a entrar, salvo que
alguien, como en ese preciso momento ocurría, lo llamara.
–Pibe –oyó que le decían–. Pibe, vení, ayudame.
Agustín bajó de la bici y se acercó, despacio. No tenía linterna, pero como había luna llena se veía
bastante. El que le hablaba era un hombre viejo, de barba canosa. Estaba sentado en el piso del antiguo
jardín, y se agarraba una pierna.
–Vos sos el nieto de Ramón, ¿no?
Agustín asintió. Si era el único chico en Toranzo, seguro que el viejo tenía que haberlo visto con su
abuelo.
–Se me escapó un cachorrito que tengo. Entré a buscarlo por miedo a que se lo coman las ratas, y
me enganché la pata en un pozo. Vení, no tengas miedo.
Agustín ya había empezado a acercarse, pero curiosamente ese “no tengas miedo” lo detuvo. No había
tenido ningún miedo hasta ese momento, pero en cuanto el viejo lo mencionó, un escalofrío le corrió por
la espalda.
–Voy a casa a buscar al abuelo –improvisó–. Venimos con la chata.
El viejo se quejó de dolor.
–Vení ahora, pibe. Ayudame a sacar la pierna, que me duele.
Agustín dudó. Pensó que debía entrar y ayudarlo, pero en ese instante una nube tapó la luz de la luna
y el miedo pudo más. Salió corriendo, agarró la bici y le gritó al hombre que enseguida volvía con el
abuelo Ramón.
Un rato después, mientras arrancaba la chata, el abuelo se rascaba la cabeza, confundido. No acertaba
a adivinar quién podía ser el vecino accidentado. En un instante estuvieron en la casona y bajaron, pero
no encontraron a nadie.
–Se habrá liberado solo, pobre hombre –le reprochó el abuelo–. Mirá que dejarlo ahí tirado, m’hijo.
Agustín bajó la cabeza, avergonzado. Al otro día buscaría al accidentado para pedirle disculpas. Al
menos la aventura le había dejado algo que hacer.
Pero al día siguiente, por más que buscó y pedaleó por todos lados, no pudo encontrar a nadie que
se pareciera al viejo de la casona. Nadie rengueaba. Nadie, ni en la panadería ni en el bar, conocía a un
viejo de barba que tuviera un cachorro. Agustín, vagamente, empezó a sentirse preocupado.
A la noche, después de la cena, otra vez pidió permiso y montó en la bicicleta. Esta vez llevaba una
linterna, por las dudas. Pedaleó directo hasta la casona, que en esa noche nublada se presentaba más
oscura, un poco más atemorizante. Dejó la bicicleta apoyada en el paredón, encendió la linterna y entró
en el jardín, esquivando los yuyos y las ortigas. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero le parecía que
tenía el deber de atravesar los portones y meterse en el yuyal, era como una manera de disculparse con
el pobre viejo accidentado que había dejado abandonado. Caminó unos cuantos pasos hacia la galería
delantera, y estaba pensando en si se metería o no dentro de la casa cuando se sobresaltó con el ruido
de algún bicho que pasó corriendo y de inmediato decidió que no, que era mejor irse. En ese momento
oyó un breve ladrido y se dio vuelta: a unos pasos había un cachorrito, que se quejaba. Agustín se agachó
a ver qué le pasaba, y lo vio medio atrapado en un pozo. Lo levantó con cuidado y lo dejó en el piso, para
ver si el animal podía caminar bien. Entonces oyó que alguien pedaleaba en su bicicleta.
–¡Eh! –gritó–. ¡Mi bici!
La bicicleta parecía alejarse. Agustín corrió hacia los portones y, cuando ya llegaba, metió el pie en
un agujero y cayó.
Gritó de dolor. Se había doblado el tobillo y no podía destrabarse. La bicicleta, como si el ciclista que
la había robado lo hubiera visto todo, regresó.
Un chico de su edad asomó la cara.
–Vení, pibe, ayudame –dijo Agustín, pero su propia voz le sonó rara, como cascada.
–¿Qué le pasó, señor? –le preguntó el chico de la bicicleta.
Agustín sintió que el miedo le subía por la garganta. ¿“Señor”? ¿Cómo que “señor”?
–Vení, pibe –repitió, cada vez más asustado de su voz, de su irreconocible voz–, no tengas miedo.
El chico retrocedió. Pero no parecía que tuviera miedo, no. Al contrario, mientras se alejaba en la
bicicleta lentamente, sonreía con toda la boca. El cachorro pasó rápido al lado de Agustín, de ese viejo
que era ahora Agustín, ahí atrapado, y corrió detrás de la bicicleta, hasta que ambos, el perro y el chico,
se perdieron de vista.
Méndez, Mario (2009). “Atrapado”, en Un mes después y otros cuentos aterradores. Buenos Aires: Amauta.