¿Qué nos mueve a preguntarnos por el hombre? ¿De se convierte furtivamente en un libro sobre Dios.
Con
dónde surge irrecusablemente esta preguma? ¿Cuáles son todo, este tema de teología no será aquí tratado en forma
las respuestas que encontramos, cuáles las que hoy no de una teología pura que hable tan sólo de la eterna situa-
resultan ya convincentes, cuáles las que buscamos? ¿Y de ción del hombre ante Dios. Porque, si en lo que respecta
dónde aguardaremos una respuesta que dé cumplimiento «al hombre», se trata en todo caso de un proceso abierto
a la búsqueda y haga enmudecer el tormento del ser hu- emre lo humano y lo inhumano, habrá de resultar más
mano? Y, si el hombre es un ser problemático, digno de adecuado hacer teología en la acción, teología referida
cuestión, ¿qué le retiene del escepticismo de abandonar a las experiencias y a la praxis vital de los hombres que
ese inquirir, y conformarse con sus circunstancias sin más se encuentran en la sociedad industrial de hoy, y explorar
cuestiones? ¿No tendríamos primero que percibir cons- caminos hacia una humanización de este hombre. Porque
cientemente la dignidad de este hombre digno-de-cuestión, el punto de partida de toda antropología es éste: el cono-
para marchar apasionadamente en pos de las respuestas? cimiento de las estrellas les es a las estrellas mismas
Escribir sobre «el hombre» es toda una osadía ... cuando indiferente, pero para el ser del hombre el conocimiento
uno mismo es hombre. «Quise escribir un libro», decía del hombre no queda sin consecuencias. Es conocimiento
un sabio maestro de la literatura arábiga, «que llevara Transformador. «El hombre» es un proceso abierto. Quien
por título 'Adam' y se encontrase en él el hombre entero. intervenga en un proceso que está dirimiéndose, siempre
Luego, reflexionando, pensé no escribir ese libro». Al será un jurado que o acusa o absuelve. Y esto ha de tenerlo
hacer de «el hombre» un tema de la teología, no se está en claro todo aquél que desee hablar sobre «el hombre».
abrigando la necia pretensión de presentar al hombre A los señores Gerhard M. Martin y Michael Welker
entero o de querer emitir el juicio definitivo. Si el autor, les agradezco muchas acotaciones crítico-subsidiarias.
reflexionando, ha pensado sin embargo en escribir este
libro, su deseo sería el de exponer en la medida en que
quepa qué es lo humano, sin ninguna osadía celeste y
como coetáneo de los sufrimientos y esperanzas que hoy
día atormentan y mueven a los hombres. Si, por otra parte,
no se entrega a la resignación meditada de que es mejor
callar, ello se debe tan sólo a que en Dios ve él la dignidad
de este hombre digno-de-cuestión que somos todos nosotros,
y en consecuencia opina que la teología viene a tematizar
la antropología. «Sin Dios todo sería o.k», dice cierto
personaje en una película de lngmar Bergman. Pero con
la pregunta sobre Dios y con lo que en ella a su vez se en-
cierra, es decir, la pregunta de Dios sobre lo que hay de
«hombre» en el hombre, viene a hacerse cuestionable mu-
cho de lo que tenemos por incuestionable y por obvio, y
vienen también a iluminarse de esperanza otras cosas que
nosotros juzgábamos desesperadas.
En este sentido, por tanto, el libro sobre «el hombre»
12 13
l. ¿Qué es el hombre?
¿ Quiénes somos nosotros? Y yo, ¿dónde estoy?
Estas preguntas son tan antiguas como el hombre
mismo, que toma conciencia de su ser propio. Una vaca
siempre será una vaca. No pregunta «¿qué es un vaca?»,
«¿quién soy yo?». Sólo el hombre pregunta así, y, al
parecer, tiene por fuerza que preguntar así sobre sí
mismo y sobre su esencia. Es su pregunta. Su pregunta
le acompaña en infinidad de formas. Pregunta que se
hace consciente cuando !a persona que espontánea-
mente actúa, se ve replegada hacia sí misma y obligada
a reflexionar en torno a sí. Descubre entonces una di-
ferencia entre los objetos de su mundo circundante,
a los que ella elabora, y lo que ella misma es. O bien,
descubre una diferencia entre el mundo vital que com-
parte con otras, y ella misma, en un destino particular
que a ella le afecta. Las preguntas con que el hombre
apremió a la naturaleza y a otros hombres, dan un giro
y se le encaran a él mismo. La actividad con que trans-
formaba las otras cosas, se torna en las experiencias de
sufrimiento por las que él mismo viene a transformarse.
O bien, se habrá entregado hasta tal punto a su negocio,
a su familia o a su labor política, que percibirá el peligro
de perderse a sí mismo. Entonces se dice: «antes que
nada, he de reencontrarme», o si no «quisiera volver a
15
acceder a mí mismo», o incluso «ya no sé en absoluto sner 1). De lo cual resulta: «Por ello, antes que nada,
quién soy propiamente yo». Así es como esta pregunta nos hacemos» (J;. Bloch).
sobre «el hombre» acecha al hombre en las experiencias Pero sea cual sea la forma como se describe esta di-
totalmente cotidianas, en las especiales situaciones de ferencia que el hombre experimenta en sí mismo; en
felicidad y de dolor, y en las reflexiones supremas de su cualquiera de los casos le es a éste igual de importante el
conciencia. llegar a respuestas fidedignas y hacerse digno de crédito
Pero, al convertirse el hombre en una cuestión para ante los demás, que el permanecer consciente del misterio
sí mismo, incide entonces en una escisión. El mismo es de que él existe para los otros y los otros para él, y el
el interrogador, y a la vez el interrogado, el que se in- respetar ese misterio. El conocimiento propio y el cono-
terroga. Al ser simultáneamente interrogador e inte- cimiento de los hombres comportan en sí algo fascinante
rrogado, resulta inevitable que todas las respuestas que para el hombre: «Algo que tiene de regocijante, eso es
él mismo se da o se hace dar por otros, le sean insuficien- el hombre, si es un hombre», dijo el estoico Menandro.
tes y vuelvan a convertírsele en interrogación. De igual Ser hombre constituye el experimento en que nosotros
modo a como intenta penetrar detrás de las cosas para mismos tomamos parte activa y entramos en juego.
conocerlas y utilizarlas, querría también penetrar por Pero en ello late también algo pavoroso. Por eso siempre
fin tras de sí mismo para conocerse. Pero, al ser él mismo lleva el hombre consigo un justificado espanto y un na-
quien desearía penetrar tras de sí, siempre está volviendo tural pudor frente a todo encuentro excesivamente di-
a escaparse de sus manos, y se hace para sí propio un recto consigo mismo. La desnuda honradez de quienes
enigma, tanto mayor cuantas más son las posibilidades se desvelan y se confiesan a sí propios, produce efectos
de solución que se le ofrecen en forma de proyectos sobre penosos; porque renuncian a la conciencia de lo ambiva-
el hombre. Cuanto mayor es el número de respuestas lente de su conocimiento, y, a una con su misterio,
posibles, tanto más le parece a él encontrarse como en abandonan también su futuro. Uno no debe «aparentar»
un salón de mil espejos y máscaras, y le invade una con- nada ni ante sí ni ante los demás, pero no debe tampoco
fusión respecto a sí. aparentar que «es más de lo que parece poder». «Todo
Así es como el hombre viene a ser de hecho el mayor espíritu profundo precisa de una máscara», pensaba
de los misterios para el hombre. Tiene que conocerse, Nietzsche. Y ello es verdad en lo que afecta no sólo a
para vivir y darse a conocer a los demás. Pero a la vez los «espíritus profundos» sino a cada hombre que sea
él mismo ha de quedar guarecido, para permanecer en consciente de la escisión que se da en él y no le deja iden-
vida y en libertad. Pues si llegara por fin_ ~ penetrar tificarse totalmente consigo. Ni puede identificarse to-
«tras de sí mismo>>, si pudiera constatar qué es lo que talmente con su «máscara», es decir, con la apariencia
pasa con él, entonces ya no pasaría con él absolutamente que observa para los demás, ni es tampoco capaz de
nada, sino que todo estaría constatado y fijado, y él· acceder a sí mismo, por mucho que quiera desvelarse
habría llegado al fin. Entonces el «enigma resuelto» por entero.
del hombre sería a la vez la definitiva liquidación del ser
humano. Siempre que tengamos experiencia del ser hu-
mano, lo experimentaremos como pregunta, como li-
bertad y apertura. «Somos, pero no nos tenemos» -és- l. H. Plessner, Conditio humana: Einleitung zur Propyliien-
Weltgeschichte, Berlin 1961; Opuscula 14, Pfullingen 1964, 49;
ta es manifiestamente la conditio humana (H. Ples- E. Bloch, Spuren, Frankfurt a.M. 1959, 7.
16 17
?
Todo esto no es más que un equívoco. Nunca acabamos de sólo una demasía humana, sino igualmente una gracia
quitamos nuestras máscaras. Y de esa última que se adhiere escondida.
a nuestro rostro... es completamente incierto el que la
muerte consiga arrancárnosla (Fran<;ois Mauriac). La pregunta del hombre sobre «¿qué es el hombre?»
no constituye aún en sí ningún sólido punto de partida
en orden a su contestación, ya que dicha pregunta puede
En el mito chino, cada uno de los hombres tiene su ser planteada muy diversamente. Emerge en contextos
yo auténtico, que siempre se encuentra tras él como diversos y son muchos los lugares desde los que se inicia
espíritu de compañía; pero en el instante en que el hom- su marcha. La pregunta de «¿qué es el hombre?» es siem-
bre mira tras de sí y lo conoce -es decir, y se conoce a pre una pregunta comparativa. Nunca se da absoluta-
' sí mismo-, entonces muere. Así pues, entre la fundamen- mente en el espacio, por lo mismo que el hombre tampoco
tal interrogabilidad del hombre y las respuestas con que se halla aislado.
éste se asegura de sí mismo, tendrá uno que encontrar
un equilibrio vital. El hombre no puede persistir de
porfía en la actitud radical de la pregunta. En tal caso 1. La pregunta surge de la comparación del hombre
nunca llegaría a la encarnación de su vida. Pero tampoco con el animal
puede asentarse y contentarse únicamente con la faz
que le confiere su época y su cultura. En tal caso se es- De esta comparación surgen las afirmaciones de la
tancaría. El equilibrio lo encontrará cuando respete antropología biológica 2 • Los testimonios más antiguos
aquella barrera que hace históricas a las formas de la de la cultura humana son testimonios de cazadores y de
vida humana, y cuando vea que en la transformación pastores. El hombre conoce a los animales. Examina pe-
de culturas e imágenes del hombre, movidas por la se- netrantemente sus formas de vida y su medio ambiente.
riedad y la expectación de lo último, está en juego algo Puede entonces adaptarse a ellos, llegando incluso a la
provisional. Sin embargo, por insuficientes que sean las identificación mítica, como es el caso de los animales-
respuestas históricas y culturales del ser humano concre- totem. Conoce, hablando modernamente, que los ani-
to frente a la pregunta abierta y siempre acuciante acerca males viven en un medio ambiente propio, de índole
del hombre verdadero, ofrecen por su parte posibili- específica, y que en sus reacciones están ligados a sus
dades para la realización de una vida humana y otorgan impulsos y proceden por instintos. Pero simultáneamente
posada en el tiempo. se conoce también a sí mismo, y encuentra, que en él
A la pregunta que el hombre es para sí propio, se la esos órdenes de vida no se dan. El mismo es pobre de
puede designar como la inquietud en la historia de los instintos y no tiene otro medio ambiente fijo que el de
hombres y de los pueblos. Al ser históricas y no eternas una esfera vital en la que él se mueve. Continuamente
las respuestas que los hombres dan de una u otra forma
con su vida, son también superables por otras respuestas 2. A. Gehlen, Der Mensch: seine Natur und Ste!lung in der
nuevas. Pero cuando éstas resultan históricamente lo~ We/t, Bonn 6 1958; Id., Urmensch und Spiitkultur, Bonn 1956·
gradas, ofrecen por una cierta época una base susten- F. J. J. Buytendijk, Mensch und Tier, Hamburg 1958; Id., Da;
Mensch/iche-Wege zu seinem Verstiindnis, Stuttgart 1958; H. Pless-
tadora en orden a la vida personal y social. Entonces· ner, Lachen und Weinen. Eine Untersuchung nach den Grenzen
·no se da en ellas únicamente algo perecedero, sino ya menschlichen Verhaltens, Bern 31961; A. Portmann, Biologie
también la pre-aparición de una plenitud futura, y no und Geist, Zürich 1956; Id., Zoologie und das neue Bild vom Mens-
chen, Hamburg 1956.
18 19
está percibiendo cosas a las que no se encuentra aún Todo animal tiene un ciclo al que pertenece desde su naci-
miento entra en seguida en él, en él permanece de por vida
adaptado, sino que ha de ir penosamente realizando la y mue;e ... El hombre no tiene esa clase de esfera uniforme
correspondiente adaptación. Se halla desbordado por y restringida, en la que le aguarda tan sólo un trabajo: un
los estímulos. No cuenta con ninguna protección natural mundo de negocios y determinaciones se extiende en torno a
él... La naturaleza fue para él la más dura madrastra, ya que
frente al mundo exterior. Le falta la seguridad instintiva para cada uno de los insectos fue la madre más pródiga.
en el reaccionar. Tiene en primer lugar que construir El hombre es un huérfano de naturaleza: desnudo y despo-
jado, débil e indigente, apocado e inerme, y, lo que consti-
su medio ambiente mediante lenguaje y cultura. Tiene tuye el culmen de su miseria, privado de todas las guías de la
en primer lugar que aprender sus ft ·mas de comporta- vida. Nacido con una capacidad sensorial tan dispersa y
miento. El hombre, considerado en mera biología, no debilitada, con unas facultades tan indeterminadas, con unas
pulsiones tan divididas 3.
tiene en ningún sitio hogar. Por eso, ante la vida de los
animales, se plantea la pregunta: ¿qué es el hombre? Podrían también resumirsea sí estas apreciaciones:
Generalmente, a esta pregunta se le da hoy día una las necesidades pulsionales del hombre no disponen, en
doble contestación: biológicamente el hombre es un ser orden a su exteriorización, de un sistema innato de es-
deficitario, y a la vez un ser creador de cultura. quemas propios de comportamiento, que se pongan en
Como ser biológicamente deficitario, está abierto al marcha al recibir los estímulos del mundo externo.
mundo, sin medio ambiente que le dé cobijo, desbordado Nosotros no somos autómatas sociales como los ani-
por los estímulos del mundo exterior e inseguro en sus males (A. Mitscherlich). La sujeción y regulación de la
instintos. Como «dilettante», la naturaleza lo ha pro- naturaleza pulsional del hombre tiene lugar mediante
ducido a modo de un animal comparativa o relativa- la cultura, y ésta es un prolongado proceso de apren-
mente sin terminar. dizaje, en el que el conocimiento de la necesidad social
de renunciar a las pulsiones pugna con la naturaleza pul-
· La hormiga conoce la fórmula de su hormiguero. La abeja
conoce la fórmula de su colmena. No las conocen ciertamen- sional del hombre, difícil de domeñar.
te al modo humano sino al modo suyo. Pero no nec_esitan En el animal, las necesidades pulsionales y los objetos
más. Sólo el hombre desconoce su fórmula (F. Dostojewski). de la pulsión observan una vinculación fija, específica.
El hombre, en cambio, está en su naturaleza pulsional
La armonía de mundo propio y reacción instintiva relativamente falto de especialización, es decir, por una
que examina y admira en el animal, a él, el hombre, parte no cuenta en el mundo externo con objetos pulsio-
no le ha sido dada; en todo caso, le ha sido dada como nales fijados por herencia, sino tan sólo por la cultura.
tarea. No se encuentra a todas vistas en su esencia, sino Dándose pues esta diferencia permanente entre la in-
que el encontrar su esencia es su cometido. Por eso terna abundancia pulsional y el encauzamiento cultural
Nietzsche tenía al hombre por el «animal todavía no de las pulsiones, la apropiación de la cultura por parte
determinado», que ha de determinarse antes que i:iada del hombre deberá antes que nada ser aprendida 4 •
por promesa y acción consciente. Por otra parte, sin embargo, el hombre habría desapa-
La antropología moderna, que pretende exponer la
posición privilegiada del hombre en el cosmos de lo
viviente a base de comparaciones, comenzó con el fa- 3. J. G. Herder, Über den Ur.1prung der Sprache (1770), Berlin
1959, 18 s.
moso escrito de Herder Über den Ursprung der Sprache, 4. A. Mitscherlich, Die Unfahigkeit zu trauern. Grundlagen
1770 (Sobre el origen del lenguaje). Herder escribe allí: kollektiven Verhaltens, München 1968, 86 s.
20 21