Capitulo 22.
Estuve parte de la tarde en el sofá leyendo y con la tele de fondo para no sentir el
silencio de la casa. La tele hay veces que acompaña, auunque no le eches
demasiada cuenta.
Fuí a la cocina a meter el vino en la nevera, y pensé que sería una buena idea
hacer un postre para después de cenar. Estuve un rato pensando que hacer y
como no sabía si le gustaba la crema. Fuí a lo más fácil y que nunca falla. Tarta de
tres chocolates. Miré los ingredientes, y me faltaba chocolate blanco y chocolate
negro. Me acerqué al supermercado con el coche en un momento y al salir de
aparcamiento ví por la acera de enfrente en una de las cafeterías a Bea y a un
chico al lado. Cuando pasaba el semáforo en verde, me dije a mí misma que no
podía ser. Era Berto el que estab con ella. Para asegurarme, dí la vuelta y me
paseé por alli en segunda para verlo mejor.
Era él. Confirmado. Me entró de todo por el cuerpo. Mala ostia, tristeza, rabia y
muchas ganas de llorar. ¿Pero por qué quedaba con ella? ¿Solos?. No había más
nadie en la mesa, y era una mesa de dos. No ví nada raro, eso si es verdad. Pero
jodió mucho verlo con ella. Ella. Tan perfecta.
No quisé pensar que estaba jugando a dos bandas. No quisé, pero era en lo único
que pensaba en ese momento.
Me dispuse a hacer la tarta, ya no se si para comerla o para tirársela por la cabeza,
o estamparsela en la cara. Pero la hice. Quizás para distraerme. La repostería me
relajaba muchísimo. LLegaron las nueve, y Berto no venía. Ni un Whatsaap, ni un
nada. Bueno esperaría un rato más. Me metí en Instagram, pero el muy cabronazo
esa tarde no había subido nada. Claro, no le interesaba...
Y sonó el timbre. A las nueve y veinte. Era él. Venía algo acelerado con el sushi y
el pelo mojado.
- ¿Te ha cogido el toro?.
- ¿Qué?. No, es que han tardado algo más de la cuenta con el pedido, y yo me
entretuve en casa con mis primos y me duchado corriendo y me venido como ves,
hasta con el pelo mojado.
No quisé ni mirarlo y me fuí directamente a la cocina a por los cubiertos, copas,
vino y servilletas. Cuando quise darme cuenta, estaba detrás de mí, en la cocina.
Yo no quería parecer la típica celosa, sin no tener en realidad, nada serio. Asi que
respiré hondo y me volví con una sonrisa falsa. Sí falsa. No me salía otra.
- ¿Te ayudo?.
- Sí coge el vino de la nevera.
- Vaya pinta. ¿La hiciste tú?.
- Sí. - me callé todo lo demás. Pero no por ganas si no por no liarla.
- Pues tiene pintaza.
Lo miré a los ojos para averiguar algo, pero nada. El tío mentía de fábula. Otro
mentiroso de mierda. No se le notaba nada. Después me fijé en él, en general.
Hasta en chándal era pijo. Chándal negro de Boss y zapatillas classic de Tomy
Hilfiguer.
- Estas muy seria. ¿Te pasa algo?.
- No he pasado buena tarde que digamos.
- ¿Y eso, qué ha pasado?.
- Nada. -le dí el abridor para que abriera el vino.
- ¿No quieres contarmelo?.
- No. ¿Y tú no quieres contarmelo?.
Me estaba poniendo de los nervios, no me podía callar más. Además no tenía
necesidad. No, no quería callarme más. Estaba harta de que se rieran de mí. No
quería que ningún tío se riera más de mí.
- ¿Qué tengo que contarte?.
- ¿En serio Berto?. ¿Vamos es que me tomaís todos por tonta o qué?.
- Malena te he preguntando si te pasaba algo, me has dicho que no. Y sabía que te
pasaba algo, te conozco.
- Sí me conoces muy bien. Por eso me mientes.
- ¿Me vas a decir ya algo, o vas a seguir con el misterio?.
- Te he visto.
- ¿Me has visto, dónde?.
- En la cafetería, con Bea. Te he visto.
Su gesto cambió por completo. Dejo la botella en la encimera, y se apoyó con sus
manos en ella. Agachó la cabeza, respiró ondo, solotó el aire mirando hacia arriba
pero no me miraba.
- ¿Vas a hablar?. -le inisistí.
- No quería contarte nada porque sabía que lo malinterpretarías.
- ¡Ah, qué graciso!. Lo malinterpretaría... ya...
- Sí. Y eso mismo ha pasado. -por fin se digno a mirarme.
- Vale, pues para que lo deje de malinterpretar -y eso último lo dije en su mismo
tono. - Cuentamelo.
- Me ha llamado, porque necesitaba hablar conmigo, llevas días llamándome y yo
no le cojo el teléfono. Y hoy me llamó mucho mas intensa, una llamada detrás de
otra, y como no se lo cogía llamó a casa. Mí madre me dijo que era ella, y ya no
tuve más remedio que contestar. ¿Quieres una copa de vino?. Yo me la voy a
toamar, la necesito.
- No, hasta que termines de contarme. -él si se la hecho.
- Quedé con ella ahí, porque no quería ir con ella a ningún sitio...
- Que te pudieran ver... Pues te salió mal. Porque a mí me hace falta chocolate,
voy al súper y ¡sorpresa! te veo con ella.
- Vale, sí. Ha sido así. Pero no hemos quedado para nada raro. Eso sí es verdad. -le
dio un sorbo a la copa que casi se la bebe entera de un trago.
- ¿Qué quería?. ¿Volver?.
- Ella siempre quiere volver. Pero no, no era el caso. Le hacía falta dinero, porque
debe dinero. Y se lo he dado.
- ¿Ahora vas de hermanito de la caridad?. -me miró ofendidísimo.
- Yo flipo contigo.
- Pues sigue flipando.
- Estupendo... -se terminó la copa y se la volvió a llenar.
Menuda discusión de besugos. Estuvimos en silencio más de cinco minutos. Que
se me hicieron eternos, tensos, irrespirables. Cada segundo que pasaba iba
resonando dentro de mí un reloj imaginario que me hacía indignarme, más y más.
Al final por supuesto exploté.
- Perdona, pero es que te lo tengo que pregunta... ¿Qué reacción esperabas de
mí?.
- No voy a contestara eso. No me gusta discutir y cuando no tengo necesidad, lo
esquivo y punto. -dijo sin mirarme.
- Era curiosidad.
- No es curiosidad. Es hostilidad. Y solo voy a añadir que no voy a cargar con las
consecuencias de las cosas que te hizo otro tío.
- ¿La cosas que me hizo otro tío? ¡No tienes ni idea!.-le grité.
- ¡Claro que la tengo! Y no voy a cargar con eso, ¿Te enteras?.
- ¡Lo que me haya hecho, no es asunto tuyo!. -refunfuñé entre dientes.
- Sí es asunto mío, porque soy yo el que paga el pato. Estas en carne viva, y no te
fías ni de tu propía sombra, lo entiendo. Pero no me hagas pagarlo a mí. Yo no soy
él.
No sabía que decirle, me temblaba la mandibula de aguantar las lágrimas. Y ya no
pude más y exploté en llanto.
- ¡Joder no puedo verte así!. - soltó la copa y vino a abrazarme.
- Lo siento. -fué lo único que me salió decirle.
- No digas nada. Tranquila. Echaló todo. Tienes que llorar. Tienes que sanar. No
estabas sacando a fuera tus sentimientos, y esto tenía que pasar. Sabía que tenías
que romperte en algún momento. Estabas siendo muy fría.
- ¿Fría? -lo miré con la cara empapada en llanto.
- Sí fría. No lo digo a malas. Solo que... te veía muy entera y no me parecía lo
normal. ¿Quieres un poco de agua?.
- Vino, dame vino.
Mientras me llenaba la copa, me soné los mocos, me sequé la cara y él se reía.
- ¿Las pijas no se suenan la nariz?. -me cedió la copa.
- ¡Eres la tía más rara con la que me he cruzado en la vida!.
- ¿Eso es bueno o malo?.
- Eso... es... que vamos a cenar, porque siempre pasa algo. Cada vez que tú y yo
vamos a comer, siempre pasa algo. -se ecercaba despacio con cada frase. - Y
después nos vamos a comer ese postre con pintaza... y después te voy a llevar a la
luna. -me atrapó con sus brazos.
- ¿A la luna?. ¿Eres astronauta?.
- Sí nena. Tengo una nave espacial. -nos reímos a carcajadas.
- Imbécil.
- Idiota.
Detrás de ese idiota... vino un polvazo de los de reconciliación, como dice Aurora.
Estuvimos besándonos hasta llegar al sofá. Ahora iba a resultar que lo iba a utilizar
en un mes, más que en todo el tiempo atrás. Berto me bajó el pantalón del
pijama junto con las braguitas, mientras yo lo miraba desde allí tumbada. Me besó
el monte de Venus. Después se deslizó entre mis labios exteriores. Su lengua se
hundió más hasta encontrar el cítoris y yo me agarré a los cojines mientras
lanzaba un suspiro. Me abrió las piernas a la altura de las rodillas, se metió en
medio y le acaricié su pelo negro con los dedos.
Sentía el calor de su respiración y el paseo de sus dedos arriba y abajo por todos
los labios de fuera. Cerca de mi entrada. Yo no me reconocía. Le pedí casi
suplicándole que me los metiera dentro, no podía más.
Se quitó las gafas, las dejó encima de la mesa y del tirón me metió unp, dos y tres
dedos. Empezó con el movimiento que ya tenía más que ensayado para mí. Y gemí
fuerte. Pobres vecinos...
Sus dedos seguían penetrándome y su lengua recorría todo. Le avisé de que me
correría si no paraba, y de que no quería hechar a peder el cheslong de
novecientos euros.
- Mira como estoy de verte disfrutar. No me lo niegues.
- Pero es que no quiero mearme otra vez. -Y se lo dije con un puchero de niña
pequeña.
Berto se incorporó entonces, se secó la boca con el dorso del chándal, se quitó
toda la ropa, mientras yo lo miraba allí abierta y expuesta, sin quitarme la mirada.
Se lanzó sobre mí metiendo su lengua entre mis labios. Saboreé mi propio sabor y
así desnudo y expuesto, su erección se coló dentro de mí arráncandome otro
grito.
- ¡Dios! - gruñó él.
Berto me agarró con fuerza de las caderas y empezó a embestirme fuerte y a un
ritmo bestial. Sentía la fricción de sus embestidas, una, dos, tres veces.
- Me corró... -me avisó.
Pero en lugar de acelerar sus movimientos, se retiró de encima de mí y se puso a
tocársela delante de mí.
- Tócate. -me pidió. - Dejame ver como te tocas...
Abrí las piernas con timidez y bajé mi mano derecha hasta mi entrepierna. Cuando
le ví la cara, lancé la cabeza hacia atrás con un gemido mientras me acariciaba
rítmicamente en círculos húmedos. Él seguía mirándome embelesado mientras se
tocaba también. Cuando ya estaba a punto de estallar, Berto se volvió a colocar
dentro de mí y se corrió manchándome con su semen, los muslos. Pasé la mano
por mi sexo mientras lo miraba con la respiración aún ajitada. Tenía el pelo
revuelto, al natural, sin peinar. Y estab guapo, muy guapo.
Seguí tocándome y cerré los ojos, cuando los abrí me lo encontré mirándome casi
sin pestañear. Apoyado de lado a uno de los brazos en el hueco que quedaba del
sofá a mí lado. Me besó y bajo hasta mi cuello para olerme y al oído me dijo.
- Me muero por ti, cuando te corres.
Confusa, me lleve la mano de nuevo hasta mi sexo y jugueteé hasta ponerme muy
cachonda. Los ojos de Berto no se despegaban de mí.
- ¡Ah!- grité.
- Córrete, córrete...
Me arqueé cuando note ese latigazo de placer y Berto seguía con los ojos clavados
en mí.
- ¿Te has corrido?.-me preguntó.
- ¿No se ha notado?. -me reí.
- No, no se ha notado. -me besó, agarándome la cara y el pelo.
- Contigo siento que jamás tengo suficiente. Eres... adictiva.
- ¿Te tengo borracho de sexo?.
- No, me tienes borracho de tí.
Después evidentemente, nos duchamos. Le volví a decir que se trajera ropa para
cuando se quedará en casa, y comimos con mucha hambre y muchas ganas de
estar juntos aquella noche.
No nos pusimos de acuerdo con la película e hicimos un maratón de Aquí no hay
quien viva. Hasta que nos quedamos dormidos y nos subimos a dormir a mí
habitación.