EL OBJETO DEL CONTRATO
(Vincenzo Roppo)
1. El objeto del contrato en sentido genérico (el bien) y el específico (la
prestación)
Ninguna disposición normativa nos da una definición sobre lo que es el “objeto”.
De manera simple, podemos decir que el “objeto” es el bien material que se acuerda en los
contratos. O incluso el “objeto” puede tratarse de bienes inmateriales, como el crédito,
conjunto de derechos y relaciones, títulos accionarios, etc. Pero “lo más simple” no es siempre
lo correcto.
En muchos contratos ni siquiera podemos encontrar algún “bien” que llegue a constituir el
objeto; por ejemplo, no hay ningún “bien” en un contrato de trabajo subordinado. A veces
incluso se suele forzar esta identificación o llega a ser confusa; por ejemplo, cuando se dice
que el objeto en un contrato de venta es el mismo que en uno de usufructo. Ahora bien, algo
que aclarar, es que el objeto en un contrato no debe ser uniforme, sino que este variará según
las diferencias entre contratos diferentes.
El bien puede observarse como objeto del contrato en sentido genérico, como la entidad que,
superficialmente, parece tocada por los efectos contractuales. Pero para captar más a fondo el
sentido del contrato respecto al bien es necesario ir más allá del mero bien para aferrar el bien
debido; es decir, el bien por cómo es deducido en la prestación contractual.
VENTA DE INMUEBLE “A” LOCACIÓN DE INMUEBLE
“A”
MERO BIEN El inmueble “A” El inmueble “A”
(sentido genérico)
BIEN DEBIDO La atribución de la propiedad Atribución del goce del
(varía según la prestación del inmueble “A” inmueble “A”
contractual de cada
contrato)
De esta forma, el objeto del contrato es la prestación contractual.
No confundir cuando se dice que la “prestación” es el objeto de las obligaciones, y cuando
luego se dice que la “prestación” es el objeto del contrato; son diferentes, ya que la
prestación contractual es una realidad más amplia respecto a la prestación en una
obligación.
2. Objeto y contenido del contrato
Existe otra noción que todos vinculan con el “objeto”: la noción de contenido del contrato.
Ambas nociones (objeto y contenido) deben ser distinguidas. El contenido del contrato dice
más sobre el sentido del contrato, que lo que hace la prestación contractual (o sea, el
objeto).
A veces suceden casos donde la prestación contractual (objeto específico) de dos contratos
puedan ser iguales: en la venta y donación de un mismo bien, la prestación de ambos es la
atribución en propiedad del bien. Sin embargo, aquí es donde la “causa” del contrato ayuda a
discernir ambos, pero en relación con el contenido del contrato, el cual es el objeto del
contrato calificado por la causa. En ese sentido, diferente es el contenido contractual en la
venta (la atribución onerosa del bien) y en la donación (atribución gratuita del bien).
La noción de contenido es más rica que la de objeto, porque da sentido completo a las
normas que la emplean.
3. Los requisitos del objeto
El art. 1346 indica los requisitos del “objeto” (prestación contractual) del contrato:
Posible
Lícita
Determinada o determinable
La relevancia de este enlistado de requisitos es NEGATIVA, ya que sirve sólo para acusar de
nulidad si un contrato carece de alguno de ellos.
4. El objeto imposible
Cuando se dice que el objeto contractual debe ser “posible”, se habla sobre la posibilidad
originaria (que el objeto exista al momento de la celebración del contrato). Aunque no sólo
debe existir al inicio, sino que debe persistir hasta cuando el contrato adquiera eficacia. Si
comienza siendo imposible, pero en ese lapso de tiempo se vuelve posible, el contrato es
válido. Por otro lado, si con el tiempo, a futuro, el objeto se vuelve “imposible” (imposibilidad
sobrevenida), el contrato permanecerá válido, pero se puede exigir la resolución (fin del
contrato).
La “imposibilidad originaria” para que anule la prestación contractual del contrato debe ser
objetiva y absoluta, es decir, que de ninguna manera esa prestación se habría podido actuar.
La imposibilidad es objetiva y absoluta si se debe a causas físicas o técnicas. Aunque, puede
ser también por imposibilidad jurídica (si está obstaculizada por una norma).
La nulidad se justifica en los casos extremos en los cuales la imposibilidad de actuar la
prestación contractual es tan irremediable (no hay arreglo ni solución) que, no solo el
contratante obligado, sino ningún otro contratante podría realizarla. Pero, si tan imposible
resultó la prestación, ¿¿por qué celebraron el contrato en primer lugar?? Si la parte conocía o
debió conocer esta imposibilidad, se le puede imputar responsabilidad precontractual;
siempre que la otra parte haya desconocido esta imposibilidad desde el inicio.
¿Y si la imposibilidad no es tan extrema? O sea, si la prestación es imposible, pero no en
sentido objetivo y absoluto, sino subjetivo y relativo, siendo elementos que pueden ser
remediados, quizás consiguiéndose un nuevo contratante. En ese caso no habría nulidad del
contrato, pero sí responsabilidad de la parte que se comprometió a la prestación.
Imposibilidad originaria Hay responsabilidad para la parte que se
(Existía al momento de celebración del comprometió con la prestación, pues sabía o
contrato) debió saber.
Imposibilidad sobrevenida Se libera a la parte comprometida de
(No era previsible al momento de responsabilidad contractual.
celebración del contrato)
5. La inexistencia del bien. Contratos sobre bienes futuros
Ahora, ¿qué pasa con los contratos donde el bien, originariamente, no existe?
Lo lógico sería decir: si el bien no existe, es imposible atribuirlo; y si la prestación atributiva es
imposible, el contrato es nulo por imposibilidad del objeto. Sin embargo, esto cambia cuando,
si bien el bien es inexistente al momento de celebrado el contrato, puede llegar a existir
posteriormente, ¡y las partes son conscientes de esto!
El contrato que tiene por objeto la prestación de bienes futuros, en principio, es válido, salvo
para casos típicos, en los cuales la ley no lo admite. No se trata de una prestación “imposible”.
Si la ley no lo prohíbe, entonces es posible.
El contrato se perfecciona válidamente con el acuerdo y es inmediatamente eficaz. El
problema viene cuando ¿y si el bien nunca llega a existir? ¿y si existe, pero siendo inferior a las
expectativas que se tenían respecto a él? En ese caso sería incumplimiento de la parte que
debía y se puede resolver el contrato, con el resarcimiento del daño contractual.
Emptio rei speratae Emptio spei
Venta de cosa esperada Venta de esperanza
Artículo 1534 CC Artículo 1536 CC
6. El objeto ilícito: normas imperativas, orden público y buenas costumbres
(reenvío)
El objeto es ilícito cuando es contrario a normas imperativas, al orden público o a las buenas
costumbres (se le aplican los mismos criterios de licitud que a la “causa”). Estos expresan un
juicio de reprobación o peligro social.
Además, es ilícito cuando, si bien la prestación no está prohibida en sí, sirve como medio para
un resultado prohibido.
7. Determinación y determinabilidad del objeto. La identificación del bien
El objeto del contrato está determinado cuando la prestación contractual está definida de
manera suficiente como para que el destinatario sepa qué cosa puede pretender, y la parte
obligada sepa qué cosa debe prestar. Con esto, se protege la seriedad del compromiso
contractual. No es necesario establecer cada detalle mínimo, si estos pueden ser cubiertos por
el sentido común, interpretación o integración legal.
El objeto será indeterminado cuando la prestación no está definida en alguno de sus aspectos
relevantes; por ejemplo, el contrato de venta “del inmueble de la avenida Universitaria”
(cuando hay decenas de inmuebles a lo largo de la avenida). O la compraventa de un auto, sin
fijar el precio o “al justo precio”. En este tipo de casos, una parte no sabe qué cosa debe
prestar y la otra no sabe qué cosa puede pretender.
Sin embargo, el objeto se puede salvar cuando, si bien es originariamente indeterminado, es
determinable (existe modo de definirla posteriormente). En este caso, el contrato es válido,
porque el requisito de la determinación puede ser reemplazado por el de la determinabilidad
(suficiente para garantizar la seriedad del compromiso y la posibilidad de actuación de la
operación).
Los modos para determinar la prestación no determinada al inicio son tres:
Puede existir determinabilidad convencional: las partes indican los elementos de los
cuales extraer la posterior determinación.
Puede existir determinabilidad legal: las partes prefieren disponer de la ley. Por
ejemplo, cuando se dice “al justo precio”, el art. 1474 de los criterios para
cuantificarlo.
Puede existir determinabilidad legal/judicial: en donde la ley misma remite la
determinación al juez, siendo él quien debe determinar. Por ejemplo, para el valor de
un inmueble, el juez puede determinar el precio en base al precio de mercado.
Claro está que, si esta indeterminación en realidad se debe a que las partes no se pusieron de
acuerdo sobre el objeto del contrato, entonces simplemente no existe un contrato (porque
nunca hubo acuerdo).
Cuando la prestación contractual es la atribución de un bien, el problema de la determinación
del objeto a menudo coincide (al menos en parte) con el problema de la identificación del
bien. Para que el bien esté identificado (y, por lo tanto, determinado) el contrato debe indicar
los elementos necesarios de identificación. Si hay ambigüedad, se resolverá con la
interpretación. Si hay divergencia en la voluntad de las partes, podrá señalarse “error”. Si se
indica correctamente, pero el bien termina siendo incorrecto, existirá defectuosa actuación de
la prestación debida.
8. La determinación per relationem
El contrato con objeto determinable per relationem es el que no determina la prestación
contractual, pero indica los elementos que la hacen determinable. Tales elementos serán
externos al contrato; pueden ser eventos naturales, objetivos o hechos humanos.
¿Y si estos elementos externos no comparten la misma forma que el contrato? Igual deben ser
admisibles. Es suficiente con que la forma debe cubra a aquellos elementos que la ley indica
como los elementos esenciales de un contrato válido.
9. La determinación remitida al tercero: arbitramiento; arbitraje no formal;
pericia contractual
Cuando el contrato per relationem deja a la valoración de un tercero el elemento que hará
determinado el objeto (por el momento sólo determinable), se tiene el arbitramiento.
Es necesario que el tercero (el arbitrador) haya recibido de las partes el encargo de determinar
la prestación contractual, y que él lo haga justamente en relación a ese encargo.
Este encargo a tercero para que determine el objeto, tiene límites:
Límites específicos: el caso de la donación (art. 778 CC.)
Límites más generales: un tercero no puede determinar totalmente la prestación
contractual, de la cual las partes no hayan indicado al menos algún elemento de
identificación.
En cuanto a la naturaleza jurídica del acto de arbitramiento, se prefiere la tesis por la cual este
acto no es un negocio, sino un acto jurídico, pudiendo ser impugnable.
Con el arbitraje no formal, los árbitros, encargados por las partes de definir una disputa
surgida entre ellas, resuelven mediante un laudo que determina las posiciones de las partes. La
naturaleza sustancial de este laudo no es de sentencia, sino de negocio (transaccional, puesto
en existencia por los árbitros, pero vinculante para las partes).
Sobre la pericia contractual, esta se presenta cuando las partes encargan a uno o más terceros,
calificados por su específica competencia, formular una valoración técnica, cuyo resultado las
partes se comprometen a aceptar como fuente de regulación de su relación, como si la
hubieran contractualmente definido ellas mismas.
10. La disciplina del arbitramiento
El encargo al arbitrador puede basarse en dos lógicas distintas (de acuerdo con el modo en el
cual las partes solicitan al tercero realizar su valoración y que cambiará la disciplina del
arbitramiento):
Lógica de la apreciación equitativa Lógica del mero arbitrio
El tercero debe determinarse mediante el Se aplica sólo si resulta con certeza que las
empleo de criterios objetivos, teniendo en partes han querido recurrir a esta,
cuenta las circunstancias relevantes que rechazando el modelo de la apreciación
específicamente caracterizan el caso equitativa. Las partes exoneran al tercero de
concreto. Deben ser explícitas las seguir un iter lógico rigurosamente fundado
motivaciones de su elección. en criterios objetivos y racionales, teniendo
Es asumida si no hay distinta previsión de que motivarse; aunque lo autorizan a
las partes. elecciones que pueden presentarse
racionalmente no motivadas. Es más
subjetivo.
Si falta la determinación del tercero, será La sustitución por obra del juez no es
hecha por el juez. La sustitución es posible, porque las partes han deseado
admisible. confiar en la subjetividad del tercero
elegido. Pueden sustituirlo con otro
arbitrador.
Si la determinación del tercero existe, pero La posibilidad de la impugnación está
resulta afectada por un vicio, se la puede circunscrita: puede hacerse probando su
impugnar cuando sea “manifiestamente mala fe, es decir, por ejemplo, si el
inicua o errónea”, afectada por evidente arbitrador obró de manera parcial en
desequilibrio o irrazonabilidad. ventaja de una parte y en perjuicio de la
otra.
No se puede atacar la determinación del tercero por las mismas causas que permiten
impugnar los negocios (incapacidad, vicios del querer).
11. La determinación remitida a las partes o a una parte
¿Si tenemos un contrato con objeto indeterminado y se acuerda la determinación al
posterior acuerdo de las partes? Si las partes logran acordar determinar la prestación,
perfecto. Si no acuerdan, deberá verse si la prestación es determinable, mediante algún
elemento de integración. Si ningún elemento del género existe, el contrato es nulo.
Más problemático es cuando el contrato remite la determinación del objeto a una sola de las
partes, pues sería una elección “parcial”, susceptible de lesionar el interés de la otra parte. Se
podría vulnerar el principio y el valor del contrato como acuerdo. Sin embargo, esto no
significa que se excluya esta posibilidad, más aún cuando la determinación llega a ser
razonablemente previsible o se basa en parámetros objetivos. Si no es así, puede ser
impugnada por la otra parte.