La hija del adelantado -Salomé Gil
(José Milla)
Capítulo I
Inusitada animación y extraordinario movimiento se advertían, al caer la tarde
del día 15 de setiembre del año de gracia 1539, en la Ciudad de Santiago de los
Caballeros de Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y venían por
calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpábanse, en mayor número, delante de
un edificio grande, de dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el
extremo de la población más inmediato a la falda del Volcán de agua, a cuyo pie
estaba situada la primitiva capital del Reino, en el mismo sitio en que hoy vemos el
pobre y miserable villorrio llamado Ciudad-vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se
conservaban aún a fines del siglo XVII, según leemos en la obra inédita del cronista
Fuentes y Guzmán, era el Palacio del Adelantado, Gobernador, Capitán General de
estas provincias y fundador de la ciudad, Don Pedro de Alvarado. Abríanse las
puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, alfombras y
muebles; mayordomos, maestresalas y pajes daban apresuradamente la última mano
al arreglo de aquella espléndida morada, que por algunos años había permanecido al
cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía con interés y
curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban plenamente el rumor, esparcido
pocos días antes de la próxima llegada del Adelantado.
Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayuntamiento su arribo a
Puerto-Caballos, en carta de 4 de abril de aquel año; participando además a
los Magníficos —6→ Señores del Concejo, su nuevo matrimonio. «Sabréis, dice,
como vengo casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas muy
gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos linajes. Bien creo que es
mercadería que no me quedará en la tienda nada, pagándomelo bien, que de otra
manera excusado es hablar en ello». El Adelantado había venido de España con una
escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en tres navíos grandes de su
propiedad. Con todo aquel aparato de damas de honor, caballeros y soldados, se
encaminaba a la ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al oro y
la plata arrancados a los naturales, aparecía ya por aquel tiempo, si no muy
abundante en población, aventajada en el lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente
adquirida.
En sesión celebrada por el Concejo en 25 de Mayo, se había leído otra carta del
Adelantado, en la que proponía fuesen a avistarse con él un Alcalde y dos Regidores
para haber de mostrarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar algunos
puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El Cabildo, dividido en dos
bandos, favorable el uno y contrario el otro a don Pedro, decidió no acceder a
aquella indicación, contestando al Adelantado no estar en obligación de salir al
recibimiento; pero que manifestándose las reales provisiones, se conformaría con
todo aquello que Su Majestad mandase. Los principales promotores de esa discordia
eran el Veedor Gonzalo Ronquillo, el Tesorero Francisco de Castellanos, el
Comendador Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Ovalle y otros caballeros, que, a
fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación y mala voluntad contra don
Pedro, infundiendo en el ánimo pacífico y naturalmente bueno del Juez de
residencia, Alonso de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. Los
partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por su denuedo, munificencia y
porte noble y caballeresco, recibieron con júbilo la noticia inesperada de su
aproximación a la capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado.
Preparábanse, pues, a recibirlo con el honor y aplauso que merecía quien había sido
recientemente colmado por el Rey, por su secretario Cobos y otros personajes de la
corte, de favores y distinciones, justa recompensa de sus grandes y señalados
servicios.
—7→
Pregoneros de los favores dispensados a su señor, de la gentileza de su esposa,
del garbo de las damas que la acompañaban y del aparato con que se acercaba el
Adelantado, habían sido ciertos mensajeros que don Pedro envió desde Puerto-
Caballos, conductores de las cartas que escribía al Cabildo. Excitada así la pública
curiosidad, no menos que la envidia de los émulos, poníanse en juego las intrigas
para lograr que no se diese posesión del gobierno a Alvarado, cohonestando la
desobediencia con la ambigüedad de la real cédula de nombramiento, que había
circulado en copia. Los amigos del Adelantado, sin hacer cuenta de aquellos
manejos, y como quien tuviese seguridad de que todo saldría a medida de su deseo,
apresuraban, según hemos dicho, los preparativos del recibimiento. El pueblo
adornaba espontáneamente las calles de la entrada, y reunido en corrillos, discurría
sobre el grave acontecimiento que iba a verificarse. En un grupo que formaban
varios caballeros delante de la puerta Palacio, un criado de Alvarado, llamado Pedro
Rodríguez, el viejo, unos de los que había despachado el Gobernador desde la costa
de Honduras con sus mensajes, respondía a diversas preguntas que lo dirigían los
curiosos.
-Sí, señores, decía, doña Beatriz excede en gentileza, ingenio y garbo a su
hermana doña Francisca, que santa gloria haya, la primera esposa de nuestro valiente
Adelantado.
-¿Y cómo ha podido casarse, dijo uno de los del grupo, con su cuñada? Ese
parentesco no lo dispensa nuestra santa madre iglesia con facilidad.
-Ciertamente que no, replicó Rodríguez, y en el presente caso, no lo había
dispensado su Santidad, a no haberse interpuesto nada menos que nuestro
invictísimo Emperador, así por hacer merced al Adelantado, como por mostrar
buena voluntad al señor Duque de Alburquerque, tío carnal de ambas señoras, doña
Francisca y doña Beatriz.
-Alto ha trepado don Pedro, dijo otro.
-No tanto como él merece, contestó el viejo; que los servicios hechos a Su
Majestad por nuestro capitán, lo hacían acreedor a la mano de tan principal señora
no menos que al título de Almirante de la mar del Sur y a la cruz de Comendador de
Santiago con que lo ha recompensado el César.
—8→
-¡Comendador de Santiago!, dijo entonces un viejecillo jorobado, de cara entre
osada y burlona, que estaba en el corrillo. ¡Comendador de Santiago! Ya no se lo
llamarán de burlas, como en México, cuando vestía, por las Pascuas, un sayo viejo
de terciopelo de su padre, el Comendador de Lobón, en el cual había quedado
estampada la señal de la Cruz. Ja, ja, ja, ja; y rompió a reír con una risa casi
diabólica.
Nadie contestó a aquella burla impertinente, no obstante la expresión de
disgusto que se pintó en los semblantes de todos los demás caballeros.
-Habláis, continuó el burlón, de los méritos y servicios de don Pedro, y a fe que
lleváis razón en vuestros encomios. El Adelantado es denodado cual ninguno en el
campo de batalla; y cualquiera lo sería como él, si poseyese un amuleto que lo
preserva contra todo riesgo.
-¿De qué amuleto habláis?, preguntó uno de los caballeros.
-¡Toma! de ese joyel que lleva siempre, al cuello, pendiente de una cadenilla de
oro, y en que están trazados ciertos signos, caracteres arábigos, o no sé lo que son,
que nadie hasta ahora ha podido descifrar.
-Y que algo hubierais dado vos por poseer en la batalla de Quezaltenango, señor
Veedor Gonzalo Ronquillo, dijo a la sazón un caballero de noble porte y elevada
estatura, embozado en una capa de paño oscuro, cubierta la cabeza con una gorra
con pluma blanca, y que sin ser percibido de los del corrillo, se había acercado y
puesto la mano derecha en el hombro del contrahecho viejecillo.
Al escuchar aquellas palabras, el burlón mudó de color; y visiblemente azorado,
notando la satisfacción con que el nuevo interlocutor había sido escuchado, dijo:
-Os agradezco el recuerdo, señor don Pedro de Portocarrero, no podía ser más
oportuno. No he olvidado que en aquella sangrienta refriega debí la vida a vuestro
valor, y que sin el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los pechos a
aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí, como lo estoy, pronto a
serviros.
-No lo digo por tanto, don Gonzalo, replicó Portocarrero. Cualquiera habría
hecho lo que yo hice en aquella jornada; únicamente he querido advertiros que el
que ha huido cobardemente delante del enemigo, no es —9→ el mejor juez de los
hechos militares de un capitán como Alvarado.
-No olvidaré la lección, don Pedro, contestó Ronquillo, y será un favor más que
pondré en la cuenta que os llevo desde lo de Quezaltenango; y dio la vuelta lanzando
una mirada amenazadora al caballero, que permaneció imperturbable y sereno.
-¡Miserable envidioso! dijo uno de los presentes; y, dirigiéndose a Portocarrero,
agregó: guardaos, don Pedro de su saña. Ese hombre es implacable; su odio ha
causado ya graves disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con
Gonzalo Mexía, sujeto poderoso en la corte.
-El que ni teme ni espera, contestó Portocarrero con cierta firmeza en la que
había algo de profundamente melancólico, no tiene por qué guardarse. Cumplo mi
deber, como cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas y al
amigo ausente; sigo el recto sendero y no curo de las serpientes que pueden
atravesarse en mi camino.
En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del Palacio, conduciendo una
litera pintada exteriormente y cuya parte interior se veía ricamente tapizada, con
tafetán de la China.
-Una litera, dijo uno de los presentes, ¿si será para la señora Adelantada?
-No, contestó el viejo Rodríguez, debe ser para doña Leonor, que viene mala.
Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta, pero dominando su emoción
cuanto le fue posible, preguntó con fingida indiferencia:
-¿Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña Leonor?
-Creo que no, dijo el viejo; calenturas de la costa, fatiga del camino y una poca
de melancolía.
-Cosas que pasarán, replicó un caballero, tan luego como la noble hija de la
princesa Jicotencal se aviste con su prometido, el Licenciado don Francisco de la
Cueva, hermano político de su padre.
-¿Pero es cierto que se casan? dijo otro.
-¡Toma! Tan cierto como que se lo he oído al Alcalde Juan Pérez Dardon;
sujeto, como sabéis, caballeros, tan verídico como el que más.
-Así es, dijo el otro; pero ¿qué tenéis don Pedro?, —10→ añadió, volviéndose
a Portocarrero; estáis pálido como la muerte. ¿Os sentís malo?
-Sí, contestó Portocarrero, procurando recobrar su serenidad; sabéis que desde la
última expedición que hicimos en tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El
sol se ha puesto ya y tal vez el viento frío, que comienza a soplar me haya causado
algún ligero pasmo. Buenas noches.
Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el pecho, como quien se
halla dominado por alguna grave preocupación.
-¡Cómo ha cambiado! dijo uno de los del grupo, cuando hubo desaparecido
Portocarrero. Ya no es aquel gallardo y altivo mancebo, tan pronto para los juegos y
para el galanteo como para la batalla.
-Es que, no olvida a Agustina, dijo otro, que lo tiene como hechizado.
-Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque según se dice, ella lo
ama cada día más y lo persigue con sus exigentes solicitudes.
-Así me persiguiera a mí, que por cierto no fuera yo de mármol a sus ruegos,
dijo otro. Agustina Córdova es una moza hechicera.
-¿En qué sentido lo decís? preguntó uno de tantos. Eso de hechicerías tratándose
de Agustina, admite dos interpretaciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar
por los aires montada en un mango de escoba.
-¡Ave María purísima! Interrumpió Rodríguez, santiguándose. Si es así, bien
pudiera tomar cartas en ello la santa Inquisición de México. Yo creía que sólo los
indios paganos de estas tierras eran dados a hechicerías y sortilegios.
-Aun los indios que han recibido las aguas del santo bautismo, dijo uno de los
caballeros, suelen mantener relaciones con el espíritu maligno; y algunos españoles,
contaminados con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el
demonio. Si no, oíd lo que yo mismo vi, trece años hace, cuando combatíamos a los
sublevados de Sacatepequez.
-Decid, decid, que ya os escuchamos.
-Una noche, estábamos acampados frente a unos peñoles en que se habían hecho
fuertes los indios rebeldes. Andaba yo de ronda, y habiéndome acercado a uno de los
puestos avanzados más próximos al enemigo, en cuyo —11→ punto estaba un
centinela, fui a reconocer al soldado que montaba la guardia. Media hora antes había
sido colocado en aquel puesto un Juan Gómez, de la compañía del capitán Luis
Marín, a quien sus compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz de
las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos al supuesto centinela, cuyo
rostro tenía un no sé qué de horroroso y siniestro, que no acertaré a describiros.
Dirigile la palabra y guardó silencio; puse mano a la espada y permaneció inmóvil.
Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo atravesé con él de parte a parte, sin
encontrar resistencia, como si fuese una fantasma impalpable.
Entonces, eché mano disimuladamente a la cruz de mi rosario, y mostrándola de
improviso al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa oscuridad nos
envolvió instantáneamente, y cuando la tiniebla fue disipándose y haciéndose lugar
de nuevo el tenue resplandor de las hogueras, encontramos a nuestros pies un
arcabuz y una armadura, cuyo desagradable olor a azufre, manifestaba claramente
haber servido de aquellos arreos al común enemigo de las almas. Esa misma noche,
casi a la propia hora, otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar el
real, en un punto muy distante, a Juan Gómez, acompañado de una mala mujer, a
quien solía visitar. Al siguiente día fue puesto en estrecha prisión, en que
permaneció dos meses, sin querer confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda
del espíritu familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó, sin que se haya
vuelto a saber de él.
Con atención, aunque sin asombro, oyeron las demás personas que formaban el
corrillo la extraña aventura del soldado que encargó al diablo le hiciese el cuarto de
centinela; y como advirtiesen que la noche se les había entrado ya, embebidos en
aquellas pláticas, se despidieron unos de otros, apalabrándose para el siguiente día,
con el objeto de presenciar la entrada del Adelantado y de su ilustre comitiva. La
luna, en su cuarto creciente, alumbraba débilmente la ciudad, entregada al reposo y
al silencio, y el volcán se alzaba majestuoso, escondiendo su descarnada cúspide
bajo un cendal de espesas y blanquizcas nubes, más imponente aún a la dudosa
claridad del astro de la noche, que cuando se ostenta en toda su grandeza bañado por
los rayos del sol del mediodía.
ASI ME NACIÓ LA COCIENCIA – Rigoberta Menchú
Entonces, me llamaron. La comida que me dieron era un poquito de fríjol con unas
tortillas bien tiesas. Tenían un perro en la casa. Un perro bien gordo, bien lindo,
blanco. Cuando vi que la sirvienta sacó la comida del perro. Iban pedazos de carne,
arroz, cosas así que comieron los señores. Y a mí me dieron un poquito de fríjol y
unas tortillas tiesas. A mí eso me dolía mucho, mucho, que el perro habría
comido muy bien y que yo no merecía la comida que mereció el perro...
Desde el primer momento le amarraron las manos atrás, y empezaron a empujar a
puros culatazos. Caía mi hermano, no podía defender la cara. Inmediatamente, lo
que primero empezó a sangrar fue la cara de mi hermanito. Lo llevaron por los
montes donde había piedras, troncos de árboles. Caminó como dos kilómetros a
puros culatazos, a puros golpes. Cuando ellos lo dejaron, ya no se veía como una
persona. Toda la cara la tenía desfigurada por los golpes, de las piedras,
de los troncos, de los árboles, mi hermano estaba todo deshecho. Lo sometieron a
grandes torturas, golpes, para que él dijera dónde estaban los guerrilleros y dónde
estaba su familia. Qué era lo que hacía con la Biblia, porque los curas son
guerrilleros. Ellos acusaban inmediatamente la Biblia como un elemento subversivo
y acusaban a los curas y a las monjas como guerrilleros. Mi hermano estuvo con
muchos cadáveres ya muertos en el hoyo donde no aguantaba el olor de todos los
muertos. Había más gentes allí, torturadas. Allí donde estuvo, él había reconocido
muchos catequistas que también habían sido secuestrados en otras aldeas y que
estaban en pleno sufrimiento como él estaba. Mi hermano estuvo más de dieciséis
días en torturas.
Había también una mujer. La habían violado y después de violarla, la habían
torturado. Inmediatamente mi madre se comunicó a través de otros medios y yo
regresé a casa. Tenía mi hermano tres días de desaparecido cuando yo llegué a casa.
Más que todo consolando a mi madre, porque sabíamos que los enemigos eran
bastante criminales y no podíamos hacer nada, pues. Si íbamos a reclamar,
inmediatamente nos secuestraban. Ella fue los primeros días pero la amenazaron y le
dijeron que si llegaba por segunda vez, le tocaba lo que a su hijo le estaba tocando.
Y ellos dijeron de una vez a mi madre que su hijo estaba en torturas, así es que no se
preocupara.
Llegamos allí. Ya había mucha gente desde temprano. Niños, hombres, mujeres,
estaban allí. Minutos después, el ejército estaba rodeando a la gente que lo estaba
presenciando. Había aparatos, tanquetas, jeeps, había todas las armas.
Entonces mi madre se acerca al camión para ver si reconocia a su hijo. Cada uno de
los torturados tenía diferentes golpes en la cara. O sea, llevaban diferentes caras
cada uno de ellos. Y mi mamá va reconociendo al hermanito, a su hijo, que allí iba
entre todos. Los pusieron en fila. Unos, casi estaban medio muertos o casi estaban
en agonía y los otros se veía que sí, los sentían muy, muy bien. El caso de mi
hermanito, estaba muy torturado y casi no se podía parar. Todos los torturados
llevaban en común que no tenían uñas, les habían cortado partes de las plantas de los
pies. Iban descalzos.
Yo, no sé, cada vez que cuento esto, no puedo aguantar las lágrimas porque para mí
es una realidad que no puedo olvidar y tampoco para mí es fácil contarlo. Mi madre
estaba llorando. Miraba a su hijo. Mi hermanito casi no nos reconoció. O quizá... Mi
madre dice que sí, que todavía le dio una sonrisa, pero yo, ya no vi eso, pues. Eran
monstruos. Estaban gordos, gordos, gordos todos. Inflados estaban, todos heridos. Y
yo vi, que me acerqué más de ellos, la ropa estaba tiesa. Tiesa del agua que le salía
de los cuerpos.
El caso de mi hermanito, estaba cortado en diferentes partes del cuerpo. Estaba
rasurado de la cabeza y también cortado de la cabeza.
No tenía uñas. No llevaba las plantas de los pies. Los primeros heridos echaban agua
de la infección que había tenido el cuerpo. Y el caso de la compañera, la mujer que
por cierto yo la reconocí. Era de
una aldea cercana a nosotros. Le habían rasurado sus partes. No tenía
la punta de uno de sus pechos y el otro lo tenía cortado. Mostraba
mordidas de dientes en diferentes partes de su cuerpo. Estaba toda
mordida la compañera. No tenía orejas. Todos no llevaban parte de la
lengua o tenían partida la lengua en partes. Para mí no era posible
concentrarme, de ver que pasaba eso. Uno pensaba que son humanos
y qué dolor habrían sentido esos cuerpos de llegar hasta un punto
irreconocible. Todo el pueblo lloraba, hasta los niños. Yo me quedaba viendo a los
niños.
Y decía el capitán, éste no es el último de los castigos, hay más, hay
una pena que pasar todavía. Y eso hemos hecho con todos los subversivos que
hemos agarrado, pues tienen que morirse a través de
puros golpes. Y si eso no les enseña nada, entonces les tocará a ustedes vivir esto. Es
que los indios se dejan manejar por los comunistas. Es que los indios, como nadie
les ha dicho nada, por eso se van
con los comunistas, dijo.
Al mismo tiempo quería convencer al pueblo pero lo maltrataba en
su discurso. Entonces los pusieron en orden y les echaron gasolina. Y
el ejército se encargó de prenderles fuego a cada uno de ellos. Muchos pedían
auxilio. Parecía que estaban medio muertos cuando estaban allí colocados, pero
cuando empezaron a arder los cuerpos, empezaron a pedir auxilio.
Cuando se acabó el fuego, cuando nadie sabía qué hacer, a veces
daba miedo de ver los torturados quemados y a veces daba un ánimo,
valor para seguir adelante. Mi madre casi se moría de tanto dolor.
Abrazó a su hijo, platicó todavía con el muerto, torturado. Lo besaba
y todo, quemado. Yo le decía a mi mamá: vámonos a casa. No podíamos ver... No
podíamos seguir viendo a los muertos. No era tanto
la cobardía de no verlos, sino que era una cólera. Era algo que no se
podía soportar. Entonces, toda la gente prometió darle supultura cristiana a todos
esos torturados y muertos..
Fue secuestrada mi madre y desde los primeros días de su secuestro
fue violada por los altos jefes militares del pueblo. Y quiero anticipar
que todos los pasos de las violaciones y las torturas que le dieron a
mi madre los tengo en mis manos. No quisiera aclarar muchas cosas
porque implica la vida de compañeros que aún trabajan muy bien en
su trabajo. Mi madre fue violada por sus secuestradores. Después, la
bajaron al campamento, un campamento que se llamaba Chajup que
quiere decir abajo del barranco. Después, mi madre estuvo en grandes torturas.
Desde el primer día la empezaron a rasurar, a ponerle
uniforme y después le decían, si eres un guerrillero, por qué no nos
combates aquí. Y mi madre no decía nada. Pedían a mi madre, a través de golpes,
decir dónde estábamos nosotros. Y si daba una declaración, la dejaban libre. Pero mi
madre sabía muy bien que lo hacían para torturar a sus demás hijos y que no la
dejarían libre. Mi
madre no dio ninguna declaración. Ella defendió hasta lo último a
cada uno de sus hijos. Y, al tercer día que estaba en torturas le había
cortado las orejas. Le cortaban todo su cuerpo parte por parte. Empezaron con
pequeñas torturas, con pequeños golpes para llegar hasta
los más grandes golpes. Las primeras torturas que recibió estaban
infectadas.
Desgraciadamente, le tocaron todos los dolores que a su hijo le tocaron también. La
torturaban constantemente. No le dieron de comer
por muchos días. Mi madre, de los dolores, con las torturas que tenía
en su cuerpo, toda desfigurada, sin comer, empezó a perder el conocimiento, empezó
a estar en agonía. La dejaron mucho tiempo y estaba
en agonía. Para mi era doloroso aceptar que una madre estaba en
torturas y que no sabía nada de los demás de mi familia. Nadie de
nosotros se presentó. Mucho menos mis hermanos. Pude tener contacto con uno de
mis hermanos y él me dijo que no había que exponer la vida. De todos modos iban a
matar a mi madre como también nos iban a matar a nosotros. Esos dolores los
teníamos que
guardar nosotros como un testimonio de ellos y que ellos nunca se
expusieron cuando también les pasaron los grandes sufrimientos. Así
fue cómo tuvimos que aceptar que mi madre de todos modos tenía
que morir.
Claro, para nosotros, cuando supimos que mi madre estaba en plena agonía, era muy
doloroso, pero después, cuando ya estaba muerta, no estábamos contentos, porque
ningún ser humano se pondría contento al ver todo esto. Sin embargo, estábamos
satisfechos porque sabíamos que el cuerpo de mi madre ya no tenía que sufrir más,
porque ya pasó por todas las penas y era lo único que nos quedaba desear que la
mataran rápidamente, que ya no estuviera viva.