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Aurora, una artista impulsiva que vive en un pueblo costero, enfrenta un cambio drástico en su vida tras recibir un diagnóstico terminal y descubrir la infidelidad de su pareja. Decide vivir intensamente y emprender un viaje de autodescubrimiento junto a Narel, un guardafauna marino, donde aprenderá sobre el amor y la belleza de la vida. A medida que se enfrenta a su enfermedad, recuerda las enseñanzas de su madre sobre la importancia de vivir cada momento plenamente.

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Aurora, una artista impulsiva que vive en un pueblo costero, enfrenta un cambio drástico en su vida tras recibir un diagnóstico terminal y descubrir la infidelidad de su pareja. Decide vivir intensamente y emprender un viaje de autodescubrimiento junto a Narel, un guardafauna marino, donde aprenderá sobre el amor y la belleza de la vida. A medida que se enfrenta a su enfermedad, recuerda las enseñanzas de su madre sobre la importancia de vivir cada momento plenamente.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

Aurora es una artista libre e impulsiva que vive rodeada de

velas en un precioso estudio frente a la playa de un peque-

ño pueblo al sur de Califor nia. Adora las piedras naturales,

los gatos y andar descalza contemplando el cielo nocturno.

Pero todo da un vuelco el día que descubre que le quedan

pocos meses de vida y, por si fuera poco, que su chico le

ha sido infiel.

Es entonces cuando decide dar un giro radical a su manera

de entender el mundo, que coincide con la llegada al pue-

blo de Narel, el nuevo guardafauna marino que pondrá pa-

tas arriba su existencia. Junto a él emprenderá un viaje en

el que no solo conocerá la belleza de las ballenas del Pacífi-

co, sino también la magia del amor y la importancia de vivir

cada momento como si fuera el último.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

A todas las personas que creen

que el amor puede salvarlos

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

Dicen que al morir ves pasar toda tu vida ante tus ojos, a

cámara lenta o a toda hostia. Yo no sé si eso será cierto o

no, pero sin duda es lo que he sentido esta mañana en la

consulta del doctor John.

Hace semanas tuve migrañas, o eso creía yo, pero como

soy tan antimédicos lo dejé pasar. Si tu mejor amigo es tu

médico de cabecera es delito, lo sé. Pero es que odio todo

eso de estar enfer ma, que me mediquen y cualquier cosa

que escape de mi control. Quizá es por lo mal que lo pasé

cuando mi madre enfer mó. Quién sabe. Pero sí, lo admito.

Soy adicta a controlar la situación. No porque me guste te-

nerlo todo ordenado, sino todo lo contrario, porque soy un

completo caos. Una artista, como diría Mark, mi chico.

Hace un par de semanas, mientras John y yo tomába-

mos té en mi casa, le comenté que tenía dolores de cabe-

za, totalmente convencida de que era por el estrés de mi

etapa infértil creativamente hablando. Por haber perdido

las musas. O quien sabe por qué. Pero en definitiva, que no

hay manera de crear una buena obra. Tras mucha insisten-

cia, John me convenció para hacer me unos tacs, se pasó

una semana recordándome que la enfer medad que ter minó

con mi madre es hereditaria y no me quedó más remedio.

Esta mañana me ha tocado ir a por los resultados a San

Francisco, ciudad en la que crecí y conocí a John. Os lo

contaré como si la cosa no fuera conmigo porque aún estoy

en shock. Porque aún me da vueltas el alma y porque aún

me niego a creer que esta que os voy a presentar sea yo.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

Me llamó Aurora mi madre, que era una hippie de las

auténticas, de las que escuchaban a los Beatles en topless

en los 60, de las que luchaban por los derechos civiles, se

emocionaban con la labor de Martin Luther King, celebra-

ban la llegada al poder de Fidel Castro en Cuba y lloraban

por el inicio de la guerra de Vietnam. De las que se alegra-

ron por la existencia de grandes como Muhammad Ali,

Andy Warhol, el pop art y la explosión de Bob Dylan, de ahí

mi espíritu bohemio y creativo. Decidió poner me Aurora en

honor a las preciosas luces del norte, más conocidas como

auroras boreales. Siempre decía que no hay fenómeno más

mágico en la naturaleza que ver una aurora boreal. Esa

combinación de luces multicolores que nacen del cielo po-

nen la piel de gallina, aun viéndolas en foto. ¡Imagináoslas

en vivo! Cuando cumplí ocho años me llevó a contemplar-

las. Por aquel entonces aún vivíamos en Carolina del Norte

en una casita cerca del río. Viajamos a Whitehorse, en el te-

rritorio canadiense del Yukón, que es el lugar con más avis-

tamientos de luces del norte de todo el continente.

Esperamos dos días hasta que por fin vimos una. Re-

cuerdo que estábamos en una cabaña de madera de color

marrón muy oscuro en medio de un bosque que a mí me

aterraba. Si os preguntáis por mi padre, no, él no vino.

Nunca lo conocí y nunca lo he necesitado. Mi madre fue

una de esas mujeres capaces de serlo todo a la vez y hacer-

te sentir completa y feliz. Fui fruto de una noche de locura,

pasión y mucho amor del efímero mientras sonaba de fon-

do Light my fire de The Doors. Cuando me contó quién era

mi padre, o mejor dicho, quién no iba a ser nunca mi pa-

dre, puso la famosa canción y me hizo bailarla para celebrar

esa noche, ese hacer el amor salvaje con un desconocido.

Que según ella, sin saberlo, le regaló lo más grande de es-

te mundo. Yo. Qué grande eras, mamá. Eres, estés donde

estés.

Aquella segunda noche en Canadá me abrigó con todas

las prendas que llevábamos en la maleta, me recogió la lar-

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

ga cabellera rizada y pelirroja dentro de un buen gorro de

lana, me dio un cuaderno, pinturas y unos pinceles y me

arrastró hacia el porche de la cabaña, donde había una me-

sa antigua medio rota; pero ahora que la recuerdo, era pre-

ciosa y me pidió que dibujara lo que sentía. No lo que veía,

sino lo que sentía. Dibujé un centenar de mariposas envol-

viendo mi cuerpo en for ma de aurora porque eso es lo que

sentí. Magia. Ni siquiera sentí el frío. Solo eso. Mariposas.

Recuerdo sus ojos color miel, brillando, mientras me pre-

guntaba.

—¿Te gusta llamarte Aurora, cielo, en honor a este fenó-

meno natural tan grandioso?

Mi mirada seguía fija en el cielo, incapaz de mirar hacia

otro lado. Asentí con la cabeza.

—Sabía que te gustaría —contestó acariciándome la ca-

beza.

Creo que en ese momento empezó mi obsesión con la

pintura. Aquellas luces me absorbieron y quedé prendada

de ellas. Desde entonces, adoro mi nombre. Pero volvamos

a esta mañana en la consulta.

—Doctor John, su despacho es horrible.

Saludo a mi mejor amigo con esa broma y un fuerte

abrazo. Sabe que, en el fondo, es porque tengo miedo a su

profesión. Me siento en su butaca gris y lo miro con cara

escéptica. Está raro, distante.

—Hola, cariño, ¿cómo te encuentras? —me pregunta

cariñosamente.

—Mucho mejor, hace días que no tengo dolor de cabe-

za. Te he traído algo. —Saco una lámina que llevo envuelta

en el bolso.

La he hecho para él. El retrato de su preciosa perrita Mi-

lka, a la que adora, en acuarela. Y con un collar rosa, como

a él le gusta.

—Ostras, qué bonito. —Sonríe. No hacía falta—. Veo

que vuelven las musas —se burla.

—No te creas. —Sonrío—. Me apetecía traerte algo.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

—Aurora, tengo que contarte una cosa.

—¿Me voy a morir? —bromeo riendo.

—Aurora… —me regaña como si acabara de decir una

tontería.

—¡Aurora nada!, John. ¿Qué ocurre? Estas raro… ¿Tan

mal han salido los tacs?

—Voy a contarte esto como si no fueras mi amiga y lue-

go si quieres vamos a tomar un café y seguimos hablan-

do…

—John, no me fastidies. —Es lo único que logro pro-

nunciar, me está asustando y si es una de sus bromas, «Juro

que rompo el dibujo de Milka y lo quemo», pienso como si

fuera una niña pequeña.

—Verás… La cosa no pinta bien. Pero podemos seguir

haciendo pruebas.

—¿Qué ocurre? —pregunto impaciente.

—Tras revisar tu tac he encontrado una anomalía en el

lóbulo izquierdo de tu cerebro. Parece un fallo neuronal ge-

nético que afecta a…

—De acuerdo —le interrumpo antes de que acabe su

explicación. Por un segundo me quedo sin aire y en silen-

cio.

Pasan treinta segundos.

—Aurora… —Apoya su mano sobre las mías como

siempre que algo va mal.

No necesito que siga. Sé qué enfer medad tengo. Lo sé,

la he vivido y sé perfectamente lo que va a ocurrir ahora.

—Me voy a morir —afir mo fría como un témpano de

hielo.

—Por favor, no digas eso.

—John… —Ahora sí, nudo en la boca del estómago.

Náuseas. Me quiero morir. No, no. Nada de eso. Quiero

que sea una broma, esto no puede ser real—. Recuerdo es-

ta enfer medad perfectamente…

—No se puede predecir cuánto tiempo puede tardar en

afectar a tu cuerpo. Ya lo sabes, pero según el infor me está

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

muy avanzado, se podrían empezar a vislumbrar síntomas

en pocos meses, y una vez empiezan los primeros brotes,

ataca al cuerpo en pocas semanas… Aurora, yo…

—Lo sé —vuelvo a interrumpirle—. Vi a mi madre pasar

por esto. —Trago saliva. Triste. Hundida—. Puedes vivir

tiempo con ella sin que dé síntomas. Pero cuando se mani-

fiesta, en dos o tres semanas acaba con todo tu cuerpo.

Empezando por la piel, como si envejecieras de golpe, lue-

go vienen los mareos, la confusión, los fallos respiratorios,

la falta de flujo sanguíneo que provoca delirios e incons-

ciencia y, finalmente, los órganos dejan de funcionar. Re-

cuerdo las palabras de mi madre días antes de morir. «Au-

rora, si esta enfer medad alguna vez te alcanza, no le dejes

ganar la batalla. Véncela, no te quedes en la cama, no te

hundas, solo vive, ríe, salta, comete locuras, no dejes que

te ahogue. Tú eres una aurora boreal. Capaz de atravesar el

mismo cielo. Te quiero, mi tesoro». —Suspiro al recordarla.

Mamá, ojalá estuvieras aquí…

—Hay que hacer más pruebas. Estoy seguro de que tie-

ne que haber algún tratamiento experimental que…

—No, John. Eso sí que no. Obligué a mi madre a pasar

por tratamientos absurdos. Ella no quería, se negaba, sabía

que no servía para nada. Está demostrado que no hay cura.

Pero aun así la obligué, me enfadé con ella por no querer

luchar. Probarlo todo. Al final lo hizo por mí. La obligué a

estar postrada en una cama su último mes de vida. Y eso es

algo que jamás me perdonaré. Me hizo prometerle que si

alguna vez enfer maba, viviría con intensidad y no pasaría

por lo que ella pasó. John, no me mires así. ¿Sabías que los

síntomas de esta enfer medad son exactamente los mismos

que los de alguien que muere de deshidratación? El cuerpo

se comporta igual que si dejara de beber agua. Curioso,

¿verdad? Por eso es tan rápido, tan implacable y tan incura-

ble —pronuncio «incurable» con fuerza para que se dé por

vencido.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

—No puedes pedir me como médico que te deje pasar

por esto sin intentarlo todo.

—Tienes razón. Por eso, te lo pido como amigo.

—Joder, Aurora… —me contesta en voz baja—. Ve a ca-

sa. Recapacita. Hazme caso. Hablamos esta noche.

—Vámonos a tomar algo, John —le pido a mi amigo.

No quiero ir me a casa sola ahora mismo.

—No puedo ahora, me quedan tres horas de consulta,

te llamo al salir y voy a verte —me dice con cara de decep-

ción. Triste y abatido.

Puedo ver cómo se le humedecen los ojos en un intento

absurdo de disimularlo y empieza a contar me todos los

descubrimientos de los últimos años sobre mi enfer medad.

Con todo el tacto y cariño de los que es capaz, dados nues-

tros sentimientos. Somos amigos desde que dejó de ser el

novio de mi compañero de piso en el campus de la facul-

tad. Se acercó a mí para que lo ayudara a volver con él, y

aunque nunca lo logré, al final nos hicimos íntimos amigos.

Dejo de escucharle. Me levanto de la silla y salgo de la

consulta con un movimiento mecánico y robótico, como si

no fuera yo misma. Ni siquiera digo adiós. Él lo respeta. Ni

siquiera trata de detener me. Lo dejo a medias. Me alejo de

su despacho. Camino como una zombi. Piloto automático.

Todo empieza a sonar me a voz en off. Cojo el ascensor y

me dirijo a la cafetería más cercana. La del hospital no, gra-

cias.

Empiezo a andar y encuentro un bonito café de esos de

moda a dos calles de allí. Me pido un chocolate con leche

de soja y me petrifico en una butaca preciosa y comodísima

de color beige que hay en la esquina del fondo. Pegada a

un gran ventanal que da a una avenida pequeña pero re-

pleta de gente. Me quedo mirando al vacío como si esta vi-

da ya no fuera conmigo.

Debo haber pasado bastantes horas con la mirada per-

dida en la ventana porque cuando la chica encantadora

que me ha servido se acerca y me dice que es hora de ce-

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

rrar me parece surrealista. Ya son las ocho de la tarde y, cal-

culando que he tenido la consulta a las cuatro, he pasado

aquí más de tres horas atrapada en un estado de incons-

ciencia absoluta. Casi hipnosis. No. ¡Qué diablos! Hipnosis

del todo.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

Cojo mi coche viejo y destartalado y conduzco rumbo a

casa. Vivo a una hora y media de San Francisco y, aunque

parezca un rollo, vengo a menudo a visitar a mis amigos

John y Cloe. Contemplo cómo los últimos rayos de sol de

un día cualquiera de primavera dibujan un bonito atardecer

en el horizonte mientras voy de camino a Capitola, un pue-

blo pequeño y costero de la bahía de Monterrey en el sur

de Califor nia. Vivir en un pueblo pequeño al lado de la cos-

ta tiene sus ventajas. La paz, la calma, el sonido del agua

que viene y va, el olor a mar, los entrañables vecinos… Me

paso todo el trayecto sin pensar en nada. Cuando por fin

llego, veo en la entrada del pueblo un cuatro por cuatro

parado y un chico haciendo aspavientos tratando de que

alguien se pare a ayudarlo. Rezo para que el semáforo no

cambie justo cuando pase por su lado y, como si lo hubiera

invocado, rojo. Mierda, no quiero hablar con nadie ahora.

El chico se acerca y me dan ganas de subir la ventanilla de

golpe. Pero mi educación me lo impide.

—Cielo santo, ¡menos mal! Qué poca gente pasa por

aquí. Por favor, me he quedado sin gasolina y soy incapaz

de localizar la gasolinera más cercana.

—A quinientos metros en dirección al muelle hay una

pequeña gasolinera —le contesto desganada.

Se queda algo extrañado por mi apatía pero me dedica

su mejor sonrisa. Preciosa, por cierto. Noto cercanía en sus

ojos.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

—Mil gracias, llevo veinte minutos intentando que al-

guien me indique. Muy amable.

Lo miro con atención un instante y me pregunto si esta-

rá de paso o de vacaciones, tiene toda la pinta de haber

venido a surfear. Qué envidia.

—De nada, que pases unas buenas vacaciones —le di-

go educadamente antes de arrancar.

—No, yo no…

Antes de que acabe la frase, el semáforo se pone verde

y acelero sin hacerle caso. Me doy cuenta de que le he de-

jado con la palabra en la boca pero sinceramente ahora

mismo no me importa. Demasiadas cosas tengo en la cabe-

za como para ayudar a un desconocido. Por más guapo,

dulce y sexi que parezca.

El viaje de vuelta se me ha hecho pesado, por fin en ca-

sa empiezo a pensar cómo contárselo a Mark. Dejo mis za-

patos tirados en el porche y entro descalza, como siempre.

Acaricio la cabecita redonda de Yogui, mi gatito, dejo sonar

Running with the wolves de Aurora (tocaya) en mi tocadis-

cos vintage y planeo como mínimo veinte discursos que al

final todos vienen a decir lo mismo: «Estoy jodida».

La casa está toda patas arriba, he salido con prisa esta

mañana y, entre el montón de lienzos pintados, sin pintar y

otras obras de arte apoyadas en algunas paredes, las pilas

de libros y vinilos abarrotando las estanterías, la cocina sin

recoger y varias coladas pendientes, parece que haga se-

manas que no limpio nada. La verdad es que me paso los

días en el estudio últimamente y cuando llego a casa estoy

muerta de sueño. Aun así, mi casa es preciosa, llena de ve-

las, piedras naturales y conchas que recojo de la playa, teji-

dos tipo crochet blancos y beige, un «atrapasueños» pre-

cioso y cortinas de macramé blancas en vez de puertas. El

baño y el dor mitorio son los únicos que mantienen las

puertas nor males. Una mezcla entre la típica casa en la pla-

ya y la de una tarotista. Eso dice siempre Cloe. Ya le vale.

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

—Yogui, a comer, pequeño. —Le dedico un suave beso

en la naricita mientras lo cojo y lo llevo a la cocina para po-

nerle su ración de latita diaria.

Es un mimado y está muy viejito ya. No sé qué haré sin

él y sus mimitos. En el fondo siempre me he sentido como

un gato. Tan suyos, tan pasionales cuando algo les importa

y tan pasotas cuando, por lo contrario, algo no les suscita

interés.

Mark y yo llevamos saliendo ocho años y hemos vivido

cinco juntos, hasta hace tres meses. Sí, hace tres que ya no

vivimos juntos. Empezamos a salir cuando apenas teníamos

veinte, nos conocimos en la facultad de Bellas Artes. Aun-

que luego a él le dio por la publicidad y abandonó su face-

ta artística. Odia que se lo diga, pero así es. Nuestra rela-

ción hoy por hoy está adaptándose a duras penas a nuestro

último cambio de vida. Siempre he sido muy independien-

te, no soy esa clase de chica que lo deja todo para seguir a

un hombre. Tengo mis proyectos, mis sueños, y creo que lo

ideal de una pareja es crecer juntos. Sumar.

Pero a la vez soy incapaz de dejar a alguien que quiero

solo porque nuestra relación no sea la más idílica. Creo que

las malas rachas se superan y que las crisis ocurren y pasan.

En definitiva, que aunque no tenemos el tipo de relación

que yo querría, por la distancia y la falta de comunicación

desde que dejamos de vivir juntos, le quiero a él y tengo fe

en que todo vuelva a la nor malidad pronto.

Hace medio año, cuando aún vivíamos juntos en Santa

Cruz, a Mark le propusieron entrar en el departamento de

prensa y comunicación de una gran multinacional en Los

Ángeles, a cinco horas largas de la que era nuestra casa.

Fue muy duro puesto que yo tenía, bueno, tengo, mis

alumnos de dibujo; sí, aparte de pintar imparto clases de

pintura en un pequeño estudio, aquí en Capitola. Un estu-

dio que compré y decoré con todo detalle hace cuatro

años. Venía casi cada día desde Santa Cruz para trabajar y

pintar. Y esto es algo que no pude tirar por la borda cuan-

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

do Mark me dio la gran noticia. Tras dos semanas de dudas

y casi una ruptura, pues yo no quería que rechazara su nue-

vo empleo, que era un sueño suyo de toda la vida, decidí

que tampoco quería ir me con él. Cosa que no entendió ni

entiende muy bien a día de hoy. Al final logramos tomar la

decisión más difícil de nuestra relación. Él aceptó el empleo

en Los Ángeles y yo continué con mis clases aquí.

Enseguida se me hizo tan duro vivir en nuestra casa de

Santa Cruz sola que decidí buscar algo más pequeño que

estuviera más cerca de mi estudio y empezar un nuevo epi-

sodio. Junto a Mark en la distancia. Así que me mudé a es-

ta casa preciosa de madera color turquesa. Ahora vivo a es-

casos minutos en bicicleta de mi estudio y de la playa. Nos

vemos todos los fines de semana. Nos ha costado, pero pa-

rece que nos empieza a ir bien. Ya no tenemos las típicas

peleas por la convivencia, aunque debo admitir que Mark

nunca ha sido asiduo a los conflictos; si a mí no me apetece

hacer una tarea, la hace él. Lo cierto es que ahora el poco

tiempo que pasamos juntos disfrutamos de nuestros ho-

bbies y amigos. Pero claro, no es el tipo de relación que yo

elegiría. Por eso aún trato de decidir si vendo el estudio y

me mudo con él o si espero a que él se canse y vuelva.

Aunque, siendo honesta, ahora todo ha cambiado. Eso es

lo que pensaba hasta esta mañana. No sé, quizá he estado

siendo egoísta.

Casi siempre viene él a ver me, como está a punto de

hacer hoy. Los vier nes al salir del trabajo a las ocho. Así que

pasadas las doce llegará y me tocará darle la noticia.

Tras inventar cien versiones más del discurso, imagino

que lo más honesto será contárselo todo sin más. Como

John hizo conmigo. Por cierto, seguro que me ha llamado,

pero no estoy de humor.

Ya son las once, me preparo un sándwich de tomate,

aguacate y rúcula y cojo el portátil. Tecleo el nombre raro

de mi enfer medad y mientras carga me dirijo al buzón de

entrada de mi email. La pantalla se abre al instante y apare-

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El día que el océano te mire a los ojos Paola Calasanz

ce un email con un nombre que no me suena en absoluto:

«Thais». ¿Será una alumna nueva? Hago clic sobre el men-

saje y de repente caigo en que es la cuenta de correo de

Mark, ¡qué tonta! Debió dejarlo abierto el fin de semana

pasado y como yo siempre uso el ordenador de sobremesa

no me habré dado cuenta. Clico para volver a la bandeja

de entrada y abrir mi buzón cuando de for ma automática

leo casi de reojo la palabra «cariño». Noto un pequeño pe-

llizco en el estómago. No habré leído bien. Nunca hago es-

tas cosas, que conste, pero me ha parecido leer la palabra

«cariño». ¿Es posible que una chica llame «cariño» a Mark?

No, no creo. Así que sin pensarlo ni un segundo clico sobre

el mensaje de la tal Thais.

De: Thais Francis ([email protected]). Recibido hace un minuto.

Cariño, ¿cómo estás? Imagino que estarás a punto de llegar a casa

de… ella. :(

Pff, sé que no debería escribirte pasadas las ocho pero es que estoy

muy muy mal. De verdad que me encuentro fatal. Te echo de menos y me

da rabia. Rabia echarte de menos, rabia ser tan tonta y rabia quedar me

aquí sola esperándote mientras tú vuelves a casa con ella. Sé que no lo es-

tás pasando bien y sé lo difícil que es esto. Pero por favor, piensa en mí

también… Ya ha pasado un mes.

Shock. Dejo de leer. Respiro. Joder, no puedo, no pue-

do respirar. ¿Qué está pasando? Dios mío, Mark… ¿Un

mes? ¿Cómo puede ser posible? Me mareo y pierdo por un

segundo la visión. Hoy ha sido un día horrible, surrealista, y

después de saber lo de mi mierda de enfer medad, esta es

la peor cosa que podía ocurrir me. Náuseas. Corro hacia el

lavabo y llego a tiempo de levantar la tapa y vomitar. Vacío.

Me apoyo en la bañera y las lágrimas empiezan a recorrer

mis mejillas. Me muerdo la manga del jersey para evitar chi-

llar pero no funciona. Me levanto y, con toda mi rabia, de-

cepción y miedo, cojo el vaso de los cepillos de dientes y

14
FIN DEL FRAGMENTO

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