De linaje indomable
De linaje indomable
Diana Collado
Copyright © 2024 Diana Collado
Todos los derechos reservados.
ISBN:9798325861444
DEDICATORIA
Para quienes continúan disfrutando de momentos increíbles entre las
páginas de un libro.
Por vosotros, valientes.
« El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que
temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan, pero
para los que aman, el tiempo es eternidad » .
William Shakespeare.
« Ningún mar en calma hizo experto a un marinero”
Año 1623. Condado de Cornwall. Inglaterra.
Los árboles aparecían y desaparecían a través de la ventana del carruaje. El
rítmico sonar de los cascos de los caballos golpeando contra el suelo se fue
poco a poco haciendo más hueco y más lento a medida que se acercaban a
su destino.
Como cada domingo de los cuatro últimos años de la vida de Sarah, sir
Thomas y su esposa, lady Rosaline, con sus tres hijas y su dama de
compañía, la señora Talbot, se dirigían hacia la iglesia de Santa María que
estaba situada en un pueblo cercano a la hacienda en la que vivían, en el
condado de Cornwall, al sur de Inglaterra.
Pero ese domingo no era un domingo cualquiera, era un día especial, al
menos para la hija mayor de la familia, Agnes O’Neal, que, con dieciocho
años recién cumplidos, se acababa de prometer en matrimonio con el señor
Arthur Scott, un comerciante quince años mayor que ella de muy buena
familia y quien, a pesar de no ser muy agraciado físicamente, gozaba de
buena salud y poseía la fortuna suficiente para mantener la calidad de vida
de la dama, obteniendo así el beneplácito de su ambiciosa madre y la
conformidad de su padre para el casamiento.
Esa mañana toda la familia se había ataviado con sus mejores galas,
incluso la más pequeña de las hijas, lady Sarah, que, con solo nueve años y
desacostumbrada a lucir elegantes y pomposos vestidos, no paraba de
moverse inquieta, ansiosa por que llegase el momento de volver a casa y
liberarse, al fin, de esos ropajes tan incómodos.
—Si vas a seguir moviéndote de esa manera tan vulgar, sería preferible
que te quedaras en el carruaje con la señora Talbot y nos esperases allí. No
queremos espantar a la nueva familia de tu hermana con tus modales,
¿verdad que no, querida?
Sarah miró apenada la expresión de desprecio con la que su madre
acompañó sus palabras y asintió con la cabeza. Ni en un día como ese en el
que todos parecían irradiar felicidad, lady Rosaline era capaz de tratarla con
un poco de afecto.
Ya debería estar acostumbrada a sus maneras, o al menos, eso se repetía
continuamente, pero era una niña de buen corazón, incapaz de entender la
maldad que albergaban otros corazones distintos al suyo. Y la única razón
de tanta crueldad para con ella, no era otra que, desde el mismo momento
de su nacimiento, lady Rosaline culpó a la pequeña Sarah de la muerte de su
hermano gemelo varón por el que tanto suplicó en sus oraciones. Ni
siquiera consintió en amamantar a la criatura después del parto, sin
importarle lo más mínimo el trágico destino que le esperaba si no lo hacía.
Fue su padre, sir Thomas, quien, desesperado por la infame actitud que
había adoptado su mujer hacia su hija, buscó incesante alguien que pudiera
cuidar de ella. Por suerte, la mejor de las venturas le llevó hasta la casa de
una peculiar mujer que vivía en una aldea cercana y que acababa de parir a
un bebé sin vida. Sarah fue un regalo del cielo para su desolada alma, rota
por la reciente pérdida. Agradecida por la segunda oportunidad que se le
presentó, la señora Leonor no dudó en tomar a la niña bajo su protección, y
la cuidó y la obsequió con el mismo cariño y dedicación con el que hubiera
tratado a su propio hijo.
Sir Thomas adoraba a su pequeña y no quiso desentenderse de ella.
Siempre se mantuvo partícipe de su crianza. Cuando Sarah alcanzó la edad
de cinco años, desoyendo las protestas de Rosaline, su mujer, la trajo a vivir
con ellos a la hacienda, con el único propósito de que recibiese la misma
educación y oportunidades que sus otras dos hermanas mayores. Sin
embargo, siempre que le fue posible, permitió que mantuviese el contacto
con la mujer a la que Sarah consideraba y siempre consideraría su
verdadera y única madre.
Desde el mismo momento en que salió de los protectores cuidados de
Leonor y puso un pie en la hacienda, la vida cambió para ella y se convirtió
en un tormento que tuvo que aprender a manejar para sobrevivir. Sus
hermanas nunca la trataron mal, al menos, no con la crueldad con la que le
obsequiaba lady Rosaline cuando su padre no estaba presente, situación
que, por desgracia para ella, era demasiado frecuente en la vida de un
comerciante.
El único afecto que recibía en esa casa en ausencia de su progenitor era
el de su ama, la señora Talbot que, aunque exigente y con unos principios
muy conservadores propios de la época, la protegía y cuidaba lo mejor que
le permitían sus intachables maneras, si bien hay que decir que, con el paso
del tiempo, fueron suavizándose ante el irresistible carácter de la pequeña.
Sarah, aburrida de estar sentada, bajó del carruaje buscando la manera
de distraerse mientras aguardaba el regreso de su familia de la iglesia.
—Tenga cuidado, milady —le advirtió la señora Talbot—. Ya sabe que
lady Rosaline se enfadará mucho si se ensucia el vestido.
—Nana, no sufra, solo voy a pasear. No me alejaré.
Pero no quería el destino que Sarah cumpliese su palabra.
A unos metros de donde estaba parado el carruaje, en mitad de una gran
pradera verde que lindaba con las orillas de un río, se veía a unos chiquillos
elegantemente ataviados riéndose a carcajadas. Sus risas captaron enseguida
la atención de Sarah quien, desde donde se encontraba, solo alcanzaba a ver
cómo se agachaban y se erguían, tomando y lanzando piedras hacia un
blanco que no lograba distinguir con claridad.
La curiosidad y el aburrimiento impulsaron a la niña a acercarse un poco
más, con la única intención de averiguar que les causaba tanta diversión.
Un pequeño cordero de color negro, atado a un gran roble, era el objeto
de los lanzamientos que provocaban sus risas cuando el animal, golpeado
sin piedad, saltaba y balaba con desesperación, tratando de escapar del cruel
castigo.
Sarah no tenía más de nueve años aquel día, pero, al darse cuenta de lo
que estaban haciendo esos niños, no paró a fijarse en cuántos eran o la edad
que tenían, ni tan siquiera pensó en la reprimenda que seguro recibiría
después. Únicamente echó a correr hacia ellos. Y corrió, corrió tan rápido
como sus pequeñas piernas y su vestido le permitían. Corrió sin mirar atrás
e ignorando los gritos de su dama de compañía que trataba en vano de
frenar su impulso. Corrió tanto que no tardó en llegar hasta donde se
encontraban los muchachos, y cuando los alcanzó, saltó sobre el más
corpulento de ellos tirándole al suelo mientras le golpeaba con sus pequeños
puños, que suplían la escasa fuerza de su corta edad con la rabia contenida
ante tan espantosa acción.
Sorprendidos por la inesperada reacción de la pequeña y temerosos
también de las posibles consecuencias que su hazaña les acarrearía si eran
descubiertos por sus padres, dos de los chicos huyeron precipitadamente
mientras el tercero aún rodaba sobre el césped tratando de quitarse a Sarah
de encima.
—¿Estás loca? Suéltame, niña estúpida. ¡Qué me sueltes te digo!
—Solo si me promete que nunca más volverá a hacer daño a un pobre
animal que nada ha hecho para merecerlo —gritó con terquedad sin dejar de
golpearle.
—Pero si es un esperpento, ¿no lo has visto?
—¡No lo es!, ¡no lo es!
—Está bien. No lo haré más, pero suéltame ya.
Atendiendo a su palabra, Sarah sosegó su furia y disminuyó la fuerza de
su agarre, instante que el niño aprovechó para darle un empujón y
apresurarse a escapar de allí.
Satisfecha con la promesa que consiguió a golpes, se levantó del suelo y,
tras sacudirse el vestido, se encaminó hasta donde yacía el cordero,
desatando la cuerda que lo mantenía preso.
—Tranquilo, ya no tendrás que preocuparte más por esos abusones. No
les hagas caso. Eres más hermoso que ninguno de tus hermanos y, con este
color, tu madre nunca podrá confundirte —dijo con orgullo.
Tan sola se había sentido siempre desde que regresó a la hacienda que
Sarah hablaba con cualquier animal que encontraba como si se tratase de un
ser humano. Estaba segura de que la comprendían mejor que la mayoría de
las personas que compartían su tiempo.
—Vamos, corre. Tu mamá te está esperando. Ve.
Después de asegurarse de que el cordero volvía al rebaño, se volvió
dispuesta a regresar al carruaje. Pero al bajar la cabeza y darse cuenta de
cómo había quedado el vestido tras su hazaña, y observar el amasijo de
barro que ahora cubría por completo los zapatos recién estrenados, suspiró
profundamente; iba a estar castigada muchas semanas por eso.
Sin embargo, a pesar del temor que sintió ante la inminente reprimenda,
en modo alguno se arrepentía de lo que acababa de hacer. Con paso firme y
decidido, salió del prado y se dirigió hasta donde se encontraba la señora
Talbot. Pero un jirón del vestido, que se había desprendido en la pelea, se
enredó entre sus pies, haciéndola caer de bruces en la calle adoquinada y
golpearse la cabeza contra el suelo.
Unas cálidas manos le ayudaron a levantarse, mientras las lágrimas
corrían por su rostro infantil y se mezclaban con la sangre que brotaba del
corte abierto en la frente.
—Deberíais tener más cuidado —advirtió el muchacho que la sostenía
—. Casi rompéis la pobre piedra que ha osado cruzarse en vuestro camino.
Sin duda, sois una chica dura —comentó burlón, mientras con la manga de
la camisa limpiaba la sangre del rostro de la niña.
El comentario hizo sonreír a Sarah, que enseguida levantó la cabeza
para mirar a su autor. Un joven, cuatro o cinco años mayor que ella, estaba
de pie y la observaba con ternura. El tono del azul de sus ojos le recordó el
color que el mar embravecido mostraba en los días de tormenta y, por un
instante al menos, se olvidó del dolor.
—Tenéis una sonrisa preciosa, señorita. No dejéis que nada la empañe y,
mucho menos, una piedra tan fea como esta —añadió sin dejar de presionar
el corte.
—Se está manchando la camisa —susurró temerosa, pensando en el
castigo que ella recibiría si lo hiciera.
El muchacho se encogió de hombros.
—Solo es una camisa.
El tono grave de un hombre a su espalda hizo que el joven cambiara su
expresión risueña por otra más sombría.
—Vamos, gandul. ¿Qué estás haciendo ahí parado como un bobo?
Tenemos que buscar otro sitio donde pasar la noche. Esos desgraciados nos
han echado de la pensión como si fuésemos perros —gruñó.
—Sí, padre. Ya voy —contestó. Dirigiéndose a la pequeña, continuó—:
tengo que marcharme, pero no dejéis de apretaros así, como lo hago yo. Y
recordad; no permitáis que nada ni nadie borre vuestra preciosa sonrisa. —
El muchacho se dio la vuelta y fue a ayudar a levantarse al hombre que,
apoyado sobre una cuba, continuaba gritando y maldiciendo.
Sarah se quedó unos segundos observando al joven que tanta amabilidad
mostró con ella. El hombre al que acompañaba apenas se tenía en pie y,
varias veces mientras caminaban, tuvo que sostenerlo para que no diera con
las narices en el suelo. Y a pesar de los bondadosos cuidados que el
muchacho le brindaba, no escuchó salir de su boca palabra de
agradecimiento alguno para él, solo injurias y maldiciones demasiado feas
para ser escuchadas por una niña.
Mientras divagaba en esos pensamientos, una mano la agarró con fuerza
por la espalda y casi le hace tropezar de nuevo.
—¡Estás aquí! Cuando madre vea lo que has hecho con el vestido —
exclamó Claire, enfadada—, te va a caer una buena reprimenda. Yo que tú,
empezaría a rezar todas las oraciones que conozcas, aunque ten por seguro
que ni eso te librará de unos buenos azotes.
Tirando del brazo de la pequeña de malas formas, la llevó a rastras con
ella.
Pero Sarah no estaba asustada. Demasiados castigos desde que volvió a
casa le habían hecho acostumbrarse a ellos. Si no era el vestido, habría sido
otro el motivo.
Pese a lo que sucediera después, ese día también fue especial para ella.
Durante años, los ojos de aquel joven y sus bonitas palabras le
acompañaron como parte de los mejores recuerdos de su infancia, hasta que
poco a poco, como casi todo en la vida, fueron diluyéndose en su memoria.
2
Condado de Cornwall. Inglaterra. Once años después.
El sol asomó tras varias semanas escondido y, como gratificación, iluminó
con más intensidad los verdes prados que florecían hermosos tras un año de
lluvias abundantes. El tiempo fue benevolente con los agricultores y, a
diferencia de otros años, presagiaba una buena cosecha con abundantes
beneficios para los señores de la casa y de las tierras, lo que sin duda
disminuía, que no hacía desaparecer, el malhumor de lady Rosaline.
—Milady, ¡levántese ya! Su madre está más contenta de lo habitual,
pero ya la conoce, es mejor no darle motivos para enfadar.
—Nana, déjeme dormir un poco más. Apenas ha amanecido y ayer me
quedé leyendo hasta tarde.
—Pues no haber leído tanto. Hoy no puede quedarse en la cama, ya lo
sabe. Tiene que desayunar rápido y comenzar a arreglarse. El conde de
Astor vendrá a pedir su mano y debe estar preparada para su llegada o…
—El conde no hace sino perder su tiempo y el nuestro. Me da igual lo
que diga esa mujer, ¡no pienso casarme jamás! —gritó enfadada,
incorporándose de la cama—. Sí, Nana, no me mire así, me ha oído bien;
¡jamás! Apenas he salido de esta hacienda y ya desean encerrarme entre
otras cuatro paredes; porque por más palacio que tenga el conde, eso es lo
que son, cuatro paredes. No es lo que deseo en mi vida, y no me obligarán a
aceptarlo.
—No se queje tanto, niña. Tiene mucha suerte. ¡Cuántas damas de la
corte estarían encantadas de recibir las atenciones del conde! No me dirá
que no es un hombre bien parecido. Además, se le ve joven y vigoroso.
—Mire, en eso tiene razón. Se gusta tanto a sí mismo que es de lo único
que habla. Si en el altar colocaran un espejo en mi lugar, le aseguro que
sería más dichoso que conmigo.
—¡Pero qué cosas dice, niña!
Sarah se asomó a la ventana y fijó la mirada en el horizonte.
—Viajar es lo que anhelo. Viajar y descubrir qué maravillas se esconden
tras esa línea lejana por donde sale y se pone el sol cada día —suspiró—.
Quiero vivir aventuras emocionantes y experimentar, aunque solo sea por
un instante, todas las intensas emociones que leo en los libros de mi querida
Leonor.
—Mi niña rebelde —suspiró—. Tiene demasiados pájaros revoloteando
por la cabeza, ¿lo sabía? Y esa Leonor en su afán de instruirla no ha hecho
otra cosa que alimentarlos más. Y eso no es bueno, no lo es.
—¿Por qué dice eso, Nana?, ¿por qué no es bueno soñar con algo
distinto a lo que la sociedad nos impone?
La señora Talbot volvió a suspirar mientras con una tinaja continuaba
llenando la bañera.
—Sueñe, niña, sueñe todo lo que quiera, pero recuerde mantener
siempre un pie apoyado en la tierra, por si ha de volver. Hágame caso. El
mundo es esto que ve cada día y no como cuentan esos dichosos libros que
de seguro escribe el mismísimo Satanás.
—No hable así. Los libros no tienen nada de malo, más bien diría que
todo lo contrario. Nos permiten ver a través de los ojos de la persona que
los escribe y ponernos en su piel, sentir lo que sienten, anhelar lo que
anhelan... Abre la mente a otros mundos tan diferentes al nuestro… —
suspiró.
—La cabeza es lo que le va a abrir su madre si no está lista cuando
llegue el conde. Así que ahórrenos disgustos a las dos y métase de una vez
en la bañera.
—Está bien —contestó resignada—. Por usted, lo hago solo por usted.
Sarah se deshizo de la ropa sin muchas ganas y metió un pie en el agua.
—¡Qué fría está! —se quejó.
—No quiere emociones, pues aquí tiene la primera del día. El agua fría
vigoriza el cuerpo y el alma, y ayudará a su cabeza alocada a regresar al
mundo real.
3
Los casamientos de conveniencia eran una costumbre profundamente
arraigada de la época, más aún en las familias pertenecientes a la nobleza
como era la suya. En particular, cuando no existían herederos varones que
se hicieran cargo de las propiedades del padre ni pudiesen heredar sus
títulos.
Rosaline había conseguido desposar a sus dos hijas mayores con
hombres adinerados, aunque sin los títulos nobiliarios que siempre deseó
para ellas. Pero era una mujer ambiciosa; convertirse en la madre de una
condesa o de una duquesa elevaría su posición social a las más altas cimas
de la sociedad aristocrática, y no pensaba conformarse con menos.
Sarah era para ella la oportunidad de hacer realidad su ansiado sueño. La
niña enclenque y frágil, a la que siempre despreció, se había convertido en
una preciosa mujer, cuya exótica belleza y atrayente espíritu suplía con
creces su carácter orgulloso y sus modales poco coquetos y refinados, nada
propios de una dama de la alta nobleza.
Nada más presentarla en sociedad, recibió decenas de proposiciones de
matrimonio que, por supuesto, fue rechazando una a una ante la creciente
irritación de su madre y la benevolencia de su padre, quien no tenía
intención de casar a su hija pequeña si ella no aceptaba hacerlo por voluntad
propia, situación que estaba lejos de producirse.
Los planes de Sarah eran muy distintos de los de Rosaline, quien puso
todo su empeño en educarla en la idea de que el matrimonio era una
representación de clase y prestigio que salvaguardaba el honor familiar,
cuyo único objetivo era tener descendencia y ayudar a mantener el orden
social. Y era ese orden social el que contribuiría a su felicidad, nada más.
Pero Sarah vivió el casamiento de sus dos hermanas mayores y fue testigo
de la poca o, mejor dicho, ninguna dicha que les proporcionó. No halló luz
en sus ojos las ocasiones que volvieron a visitarlas, solo soledad y desidia.
No estaba dispuesta a vivir en una prisión, ni siquiera en una prisión
construida de oro macizo. Ella soñaba con vivir libre, como la mujer a la
que siempre consideró su verdadera madre, Leonor. Esta, movida
únicamente por el sincero afecto que sentía por ella, le abrió las puertas de
su corazón y de su casa sin condición alguna cuando la mujer que la llevó
en el vientre la despreció, sin más falta que la de haber sobrevivido al parto
en lugar del varón que tanto deseó tener.
Leonor no solo cuidó de ella, sino que a través de la tinta que llenaba los
libros de sus estanterías, le permitió viajar despierta a lugares increíbles que
no se hubiera atrevido ni a soñar. Descubrió formas de pensar tan distintas a
las que había observado toda su vida y que con tanto ímpetu trataron de
inculcarla sus institutrices, que ya no había verdad absoluta en su
pensamiento.
Sarah no tardó en arreglarse. Del brazo de la señora Talbot, entró al
salón donde Rosaline esperaba su llegada junto al conde. Al verla entrar, el
conde se puso en pie e, inclinando la cabeza, hizo una pomposa reverencia a
la dama.
—Milady —saludó cortés—, como siempre, es usted un regalo para mis
ojos.
Sarah lucía un vestido de corte inglés de una tonalidad verde claro, con
un escote redondeado y una manga francesa ajustada hasta el codo, de
donde partía un precioso encaje blanco. El único adorno que consintió
exhibir fue su indomable melena cobriza, recogida en una gruesa trenza y
adornada con pequeñas flores de lirio que conseguían ensalzar aún más el
color miel de sus ojos.
—Rosaline. Conde —respondió al saludo exagerando la reverencia—.
Lamento que haya tenido que esperar por mí.
—Habría esperado un siglo por vos si fuera menester, y sin duda la
espera ha merecido la pena. Ahora que estáis aquí, si lady Rosaline disculpa
mi osadía —dijo dirigiéndose a la dama—, me gustaría pedirle permiso
para hablar a solas con su hija.
Sarah no pudo reprimir una mueca de desagrado al oír esa palabra
referida a Rosaline. Hacía tiempo que había dejado de considerarla una
madre.
—Por supuesto, Conde. Estaré en el salón contiguo, por si necesita algo.
Les dejo a solas. —Y lo más aprisa que su rimbombante y aparatoso vestido
le permitió, salió de la sala junto al resto del servicio que los acompañaba,
cerrando la puerta tras ella.
En cuanto la vio desaparecer, el conde se aproximó a Sarah.
—No es necesario que le diga que es usted la dama más bella de
Inglaterra.
—Agradezco su cumplido, milord, aunque supongo que no es mi belleza
lo que le ha traído esta mañana a mi casa, sino mi dote. ¿Me equivoco,
Conde?
—Quizá yo no lo habría expresado de esa manera, pero no le niego que
nuestra unión sería un acuerdo muy ventajoso para ambas familias. —Con
las manos enlazadas en la espalda, continuó la declaración—: Como ya
sabrá, mi padre ha fallecido hace unos meses, y al ser yo su primogénito he
heredado el título y las tierras que poseía en el condado de Yorkshire.
Nuestro casamiento y, como no, la dote que lo acompaña, aportaría un
empujón en las inversiones iniciales para modernizar la explotación de los
campos y saldar algunas deudas que tengo pendientes. De más está decir
que ahora que ostento el título de conde, tengo el imperioso deber de
asegurar la posteridad de mi estirpe con cuantos hijos pueda darme. —El
conde paseó sus ojos por ella—. No obstante, milady, además de estas
importantes consideraciones, su belleza es para mí el exquisito aderezo de
nuestra negociación, y no me cabe ninguna duda de que su madre, lady
Rosaline, estará encantada de ser la abuela del futuro conde de Astor.
Las palabras del conde no dejaron indiferente a Sarah, aunque su
reacción no fue la que él esperaba.
—Si la última frase que acaba de expresar no fuese suficiente para
rechazar su proposición, que lo es, el mismo hecho de que yo no haya
encontrado mi aderezo para la unión que propone sería otra traba insalvable
para, ¿cómo lo ha llamado usted?, nuestro ventajoso acuerdo.
—Creo no entenderos bien. ¿Estáis manifestando acaso que rechazáis
mi generosa oferta de matrimonio? ¿Es qué pensáis que con vuestra
negativa podríais conseguir algo mejor que mi persona?
—No pretendo conseguir nada, ni mejor ni peor. Solo deseo ser dueña
de mi vida y de mis decisiones. Lamento la molestia que os habéis tomado
viniendo hasta aquí, pero mi respuesta es no.
—No puedo creer que me tratéis así —dijo abochornado—.
¿Desobedeceréis deliberadamente las disposiciones de vuestra madre sobre
nuestra unión?
—Cuando una madre antepone sus necesidades a las de su hija sin
miramiento alguno, el que una hija siga el ejemplo y anteponga las suyas a
las de su mal llamada « madre » , no debería ser reprobable, sino un
comportamiento digno de elogio. Aunque estoy segura, Conde, que el título
que ostentáis os garantizará un digno casamiento ventajoso con una dama
que se lo merezca más que mi humilde persona.
Herido el orgullo de gravedad y ofendida su arrogancia, el conde se dio
la vuelta y salió de la sala a toda prisa.
—Conde, ¿qué ha pasado? —preguntó inquieta lady Rosaline al ver las
formas con las que abandonaba el salón.
Su mirada colérica respondió a la pregunta antes que sus palabras.
—¡Me ha rechazado! ¡A mí!, ¡a un conde! La insolencia de su hija no
tiene parangón. ¿Nadie le ha enseñado la necesidad de mantener el orden
social y las consecuencias de no hacerlo? ¡Ha sido bochornoso,
bochornoso! —repitió fuera de sí.
—Milord, discúlpela, se lo ruego. Su padre la obligará a casarse con
usted, se lo aseguro. Ahora mismo hablaré con ella y le haré entrar en
razón.
—Sí, hágalo. Y rápido. No me gustaría que una familia respetable como
la suya cayese en desgracia. Avíseme cuando su hija se atenga al acuerdo
que tenemos, de lo contrario…
En cuanto el conde salió por la puerta de la mansión, Rosaline volvió al
salón donde estaba Sarah y se lanzó hacia ella gritando encolerizada.
—Niña estúpida, ¿qué has hecho? —Rosaline cogió del pelo a Sarah y
tiró de ella con fuerza—. Te casarás con el conde, aunque tenga que llevarte
a rastras hasta el altar.
—No, no lo haré. Y tampoco voy a permitirle que vuelva a ponerme una
mano encima. Suélteme. Ya no soy la niña asustadiza a la que podía
manejar a su antojo. Usted no tiene ningún poder sobre mí. ¡Ninguno! —
repitió elevando la voz.
—Eres una descarada, eso es lo que eres. ¿Cómo te atreves a hablarme
así? Soy tu madre y te ordeno que me obedezcas. ¡Es tu obligación!
—Usted es muchas cosas, Rosaline, pero no es mi madre y nunca lo
será. En unos meses cumpliré veintiún años y saldré de esta casa para
siempre. En cuanto mi padre regrese de su viaje, se lo haré saber. —Cogió
aire para tratar de controlar su arrebato—. Ahora si me disculpa, tengo otros
asuntos más importantes que atender.
Durante años, las lágrimas formaron parte de la vida de Sarah en la
hacienda, aunque también le ayudaron a levantar un muro defensivo en su
corazón. La crueldad de Rosaline ya no le causaba dolor, pues cualquier
cosa relacionada con ella había dejado de importarle. Solo se lamentaba de
la tortura que imaginaba soportaba su pobre padre al tener que compartir la
vida con esa odiosa mujer y, con certeza, el hecho de que cada vez pasara
más tiempo fuera de casa tenía mucho que ver con eso.
Acompañada de su fiel ama, Sarah regresó corriendo a la habitación
para deshacerse de los opresivos ropajes que llevaba y ponerse algo más
cómodo con la idea de ir a visitar a Leonor. Ansiaba compartir con ella la
decisión que había tomado. Su deseo era vivir a su lado para siempre, y no
le importaba lo más mínimo tener que renunciar a la vida de lujos que tan
escasas alegrías le había brindado hasta el momento.
Desoyendo los sabios y fraternales consejos de su ama, quien buscaba la
forma de moderar su impulsivo carácter, Sarah salió de la casa y corrió
colina abajo hasta llegar a la aldea de Falmouth donde vivía su madre.
Fiona, la mujer del carpintero, estaba de pie frente a la puerta de entrada
de la cabaña de Leonor.
—Señorita Sarah, ¡qué alegría tenerla por aquí! Hace ya varias semanas
que no se dejaba ver por el pueblo.
—Muy cierto, señora Fiona. Mi padre ha estado en casa unos días, y
como no sé cuándo volveré a verle, quise pasar tiempo con él antes de que
partiera. Además, lady Rosaline no está de buen humor estos días y no he
querido acrecentar su malestar con mis escapadas. Pero, dígame, ¿qué hace
aquí fuera? ¿No se encuentra mi madre en casa?
—Cuando llegaba la vi salir corriendo. La señora Francis lleva unos días
con fiebre y supongo que habrá ido a verla. Estoy esperando a que regrese;
seguro que no tardará.
—¿Qué necesita de ella? Es posible que yo misma pueda ayudarla y así
no tendrá que esperar.
—Pues se lo agradecería, hija mía. He dejado a la pequeña Margot a
cargo del fuego y no crea que me fio demasiado. Últimamente no sé dónde
tiene la cabeza esa criatura.
—Entonces no se hable más, entremos en casa y me cuenta.
La señora Fiona acompañó a Sarah mientras le iba explicando.
—¿Recuerda que mi marido empezó con unas toses secas el invierno
pasado?
—Sí, me acuerdo bien.
—Pues anoche le sobrevino otro ataque de esos, como entonces,
igualito. Podrías prepararme un jarabe como el de aquella vez, fue mano de
santo —continuó—. Desde que los nuevos señores se instalaron en la
mansión de la colina oeste, el pobre tiene mucho trabajo, y con esas toses ni
duerme él ni deja dormir a nadie en casa.
—No se preocupe, señora Fiona y vaya tranquila. Ahora mismo me
pongo a prepararle el brebaje y enseguida se lo haré llegar.
—Muchas gracias, hija. Eres un ángel.
Con una sonrisa en la cara, Sarah buscó las plantas que necesitaba y se
puso a preparar la mezcla. Disfrutaba ayudando a los demás. Leonor le
enseñó a tratar algunas dolencias comunes y conocía a la perfección las
propiedades curativas de las plantas que se podían encontrar por los
alrededores, además de algunas que, por su frecuente uso, cultivaban en el
patio de atrás.
Casi había terminado de embotellar el jarabe cuando Leonor abrió la
puerta y entró canturreando una melodía que Sarah conocía bien.
Leonor era una mujer enigmática y muy bella, de tez morena y ojos
rasgados, poco comunes por aquellos parajes. Sarah la adoraba, la adoraba
por encima de todo y de todos. Tanto era así que agradecía cada uno de los
desplantes y maltratos a los que le sometía Rosaline y que habían permitido
que se cruzase en su camino y, gracias a su cuidado, se convirtiera en la
mujer que era.
En el momento en que sus ojos del color de la obsidiana se posaron en
Sarah, una reluciente sonrisa iluminó su rostro y corrió hasta donde se
encontraba para estrecharla entre los brazos. Sarah era su vida, la luz de su
mirada. No tenía otra familia, al menos, ninguna reconocida, ya que ese era
un tema del que nunca quiso hablar, y Sarah no había insistido para no
incomodarla.
—Mi rebelde inconformista —suspiró tras escuchar el relato de su hija
sobre lo que había sucedido en la mansión apenas unas horas antes—.
Pensar que soy en buena parte responsable de ese carácter tuyo que tantos
quebraderos de cabeza te está ocasionando…
—Madre, de lo único que es responsable es de mi felicidad.
—Y tú lo eres de la mía.
—Hay algo más que debo contarle. Me gustaría volver a vivir con usted,
como antes. Si me lo permite, claro.
—No hay nada en el mundo que pudiera hacerme más feliz, hija mía,
pero ¿esa decisión la has compartido con tu padre?, ¿crees que él estará de
acuerdo?
—Aún no he tenido oportunidad. Él apenas está en casa. Ayer salió de
viaje y no tengo idea de cuándo volverá, pero en cuanto lo haga, hablaré
con él y estoy segura de que lo entenderá.
—Pues entonces, celebrémoslo. Hace un día espléndido y no sabemos
por cuánto tiempo más se dejará ver el sol. Vayamos a dar un paseo por la
colina.
***
Recostada con la cabeza apoyada sobre la falda de su madre, Sarah cerró
los ojos sintiéndose la mujer más afortunada de la tierra. Leonor jugueteaba
con sus tirabuzones mientras dirigía la mirada sobre el inmenso mar que
descansaba dócil a los pies de la colina.
La brisa estaba cargada de una humedad salada que refrescaba sus
rostros y trasmitía calma a sus corazones, calma que se vio interrumpida por
la chillona voz de Evelyn, quien llamaba a gritos a su amiga, corriendo
colina arriba a su encuentro.
Sarah se incorporó sobresaltada al oírla. Por el escándalo que estaba
armando, las noticias debían ser jugosas.
—Evelyn, ¿qué es lo que pasa?
—Hola… Sarah. Buenos… días…, señora Leonor —jadeó mientras se
encogía para recuperar el aliento perdido tras la carrera—. Espera un poco
que me llegue el aire a los pulmones para que pueda continuar.
—Vamos, respira.
—Ya está. Ya estoy bien. —Evelyn se enderezó y colocó las manos
sobre la cintura.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —le preguntó Sarah.
—La señora Fiona me dijo que habías venido a ver a tu madre y, al ver
que no estabais en casa, supuse que habríais subido a la colina.
Las dos jóvenes eran amigas desde su más tierna infancia y lo más
parecido a lo que Sarah pensaba que debería ser una hermana. Evelyn
estuvo presente en la mayoría de los contados momentos de su niñez que
guardaba como los mejores de su vida. Era una joven robusta, de cabello
rubio y ojos azul calma. Aunque el conjunto de las facciones de su rostro
era bastante corriente, su rebosante simpatía y buen corazón lo suplía con
creces.
Evelyn miró a Sarah y luego a Leonor, sin atreverse a decir nada, pero
esta captó su intención con rapidez.
—Veo que tenéis cosas de las que hablar —Leonor se levantó del suelo
y se sacudió el vestido—, y las madres casi siempre estamos de sobra en las
confidencias de nuestras hijas, así que voy a marcharme a casa y os dejaré a
solas. Divertíos, muchachas.
Tras besar la frente de su hija, caminó presurosa colina abajo.
—Ojalá mi madre fuese la mitad de comprensiva que es la tuya.
—Es estupenda, lo sé. Pero venga, cuéntame, ¿a qué viene tanto
sobresalto y tanta prisa? No te había visto correr así desde el día que nos
persiguió el perro del señor Hans —se burló.
—No te rías de mí. ¿Quieres saber lo que vengo a contarte o no?
—Claro que sí.
—¿Te acuerdas de la finca en la que tantas veces nos colábamos cuando
éramos pequeñas?
—Como para no hacerlo, con las regañinas y los azotes que nos
llevamos por eso.
—Pues parece ser que un príncipe irlandés ha comprado la casa y la está
adecentando para, en unas semanas a más tardar, dar un baile de apertura de
la temporada de primavera.
—¿Y? —Sarah no sabía a dónde quería llegar su amiga.
—Me han contratado de sirvienta para atender a los invitados de la
fiesta. ¿No te das cuenta? —añadió al ver la cara que ponía Sarah—. ¡Voy a
asistir a un baile en el lujoso salón con el que tanto soñamos! Escucharé la
música, veré a las parejas bailar, y bailar, y bailar… —gritó emocionada
mientras comenzaba a moverse con gracia al compás de una romántica
melodía que se le escapaba de la garganta.
—¡Estás loca! —afirmó Sarah riéndose a carcajadas. Y de un brinco se
levantó del suelo para unirse al baile con su amiga —. Milady, ¿me concede
el próximo baile?
—Por supuesto, caballero.
Sin dejar de reír, disfrutaron de su mutua compañía, y continuaron
bailando y soñando juntas, como tantas y tantas veces habían hecho antes.
4
Los días eran diferentes para los caballeros. La sociedad trataba a los
hombres de manera muy distinta a las mujeres y, más aún, si además tenían
la suerte de pertenecer a ese grupo reducido y privilegiado que era la
nobleza.
Neizan levantó la cabeza al vislumbrar la luz entrando por la ventana de
la alcoba mientras dos preciosas mujeres continuaban enredadas en su
cuerpo.
Se desenvolvió con cuidado, se levantó y se vistió aprisa para ir a buscar
a su amigo, que se encontraba en condiciones similares a la suya en la
habitación de al lado.
—¡Philippe! —llamó golpeando la puerta—. Levanta. Tu padre nos
espera y ya se nos ha hecho tarde. ¡Philippe! —volvió a gritar.
Pero cansado de no escuchar respuesta alguna, abrió la puerta y se coló
en la habitación.
—Vamos, hombre, ¿qué te pasa?, ¿te has quedado sordo o es que ya te
ha llegado la hora de ir con Nuestro Señor? Te advertí que cuatro mujeres
serían demasiadas incluso para ti.
Philippe asomó la cabeza entre las sábanas.
—No digas tonterías, ¿o es que acaso no me conoces? Solo necesitaba
un descanso, ¿verdad, señoritas? —preguntó dirigiéndose ahora hacia las
damas que le acompañaban y que, sin mostrar pudor alguno ante la
presencia de Neizan, no cesaban en su cometido—. Claro que si tienes
mucha prisa, podrías quitarte la ropa y echarme una mano. De seguro
acabaríamos antes.
Neizan esbozó una sonrisa traviesa, se agachó para recoger el pantalón
que su amigo había tirado al suelo y se lo lanzó a la cama.
—Vamos. Ya continuarás otro día. Ahora, vístete. Salimos para el
castillo en veinte minutos. Te espero abajo, en la barra.
—Ve, tú. No creo que mi padre note mi ausencia. Muchas veces pienso
que desearía que fueses tú y no yo su verdadero hijo. Además, no me
gustaría desilusionar a estas damas a las que he prometido satisfacer en
todas sus necesidades. —Philippe le guiñó un ojo con picardía—. Sé bueno
conmigo e inventa una excusa creíble para mi padre. Estaré en el castillo
antes de que anochezca. —Dicho esto, se dio la vuelta para atender mejor a
sus acompañantes.
***
Un sirviente entró a la sala para anunciar la llegada de Neizan.
—Alteza, lord Neizan acaba de llegar al castillo.
—¿No viene Philippe con él?
—No, alteza.
—Está bien. Id a recibirle y que venga a verme de inmediato.
El criado salió y regresó en compañía de Neizan, quien, tras darle las
gracias, se encaminó hasta su benefactor.
—Alteza —saludó con una reverencia.
—Deja las formalidades y siéntate aquí a mi lado, o ¿acaso no eres un
hijo para mí? Dime, ¿dónde está tu hermano?
—Se ha entretenido con unos asuntos de la hacienda Dressex, pero no
tardará en llegar.
—Ya. Asuntos de la hacienda, ya veo. Neizan, hijo, no voy a pedirte que
no des la cara por tu hermano, de hecho, te honra en gran manera esa
acción, pero ya son muchas las excusas que has tenido que inventar
últimamente. Demasiadas, diría yo. —El duque suspiró con resignación—.
No me trates como si no supiera lo que está pasando. Entiendo que sois
jóvenes y que necesitáis algún que otro escarceo, pero el deber es lo
primero y parece que a tu hermano eso no le entra en su noble cabezota —
resopló—. Algún día tendrá que sentar la cabeza, olvidarse de las
cortesanas que tanto frecuenta y buscar una mujer digna con la que
continuar nuestro linaje. Si no lo hace pronto, me veré obligado a hacerlo
por él. Esto también va dirigido a ti, Neizan. Os daré un plazo razonable
para elegir esposa, mas si como parece, os cuesta tanto decidiros, seré yo
quien tome la decisión y os desposaréis con la dama que escoja; en ese
momento, ya no toleraré protesta alguna.
Neizan asintió. El duque había cambiado el rumbo de su vida y se había
ganado su respeto y su cariño incondicional.
—Pero bueno, hablemos de otras cuestiones que tenemos pendientes.
Cuéntame, ¿cómo van las fincas?, ¿algún problema con la producción de
este año?
—No, Duque, todo lo contrario. El tiempo ha sido clemente con los
campesinos y las cosechas están siendo más abundantes que en los últimos
cinco años. Tanto es así que destinaremos bastante excedente de grano para
la producción de cerveza y, se me había ocurrido que parte de los ingresos
de su venta podríamos emplearlos para invertir en nueva tecnología para los
campos. Creo que, a la larga, mejoraría los beneficios y también la calidad
de vida de la gente de nuestras aldeas.
—Me gusta tu entusiasmo, y tu visión de futuro. Además, no solo
piensas en tu bienestar, sino que te preocupas por la gente que está a tu
cargo. Y esta es otra de las muchas cualidades que te honran y que no veo
en tu hermano.
—No diga eso, alteza. Philippe es alocado, pero…
—No sigas. Lo sé. Conozco muy bien a mi hijo, sus virtudes y sus
defectos. Y me alegra que estés a su lado porque me temo que te necesitará
cuando yo falte.
—No hable así. Aún queda tiempo para eso.
—Hace mucho ya de mi infancia. Más cerca queda el final de mis días.
Y, ahora que os tengo a vosotros dos para administrar nuestras propiedades,
he pensado disfrutar un poco de lo que me reste de vida. —El rostro de
Neizan se ensombreció al escucharle—. Que no te apenen mis palabras. No
es mi intención morir pronto, te lo aseguro. Ahora, ve con Dios, y cuando
regrese tu hermano, hazle saber que deseo verle.
—Así lo haré.
—Espera. Se me olvidaba. En unas semanas se celebrará un baile en el
condado de Cornwall y somos los invitados de honor. El hermano del rey ha
abandonado Londres y se ha instalado definitivamente en su casa de campo.
—El gesto de Neizan hizo que continuase explicándose—. Tendréis que
asistir, los dos; esta vez no es opcional y no voy a tolerar excusas. Nos
instalaremos unos días en la hacienda que tenemos cerca. Ya he mandado
acondicionarla para que esté lista cuando lleguemos.
Neizan asintió con la cabeza y, tras hacer un ademán mostrando su
respeto, salió de la sala.
5
El día de la recepción del príncipe llegó. Decenas de carruajes y jinetes a
lomos de sus caballos se detenían en la majestuosa escalinata de mármol
blanco que daba acceso a la mansión y a su enorme pórtico de seis
columnas.
Un despliegue de los más bellos y elegantes trajes de la época desfilaban
ceremoniales por los salones, derrochando el exceso y el lujo propios de su
estamento. Toda la alta nobleza estaba invitada al evento, incluida la familia
real, lo que aumentaba la expectación de los invitados y, sobre todo, de las
damas solteras que buscaban mejorar su posición social con un buen
casamiento.
Lady Rosaline obligó a Sarah a asistir al baile con ella, aunque, al
contrario que en otras ocasiones similares, esta vez la joven no mostró
oposición alguna al saber que su mejor amiga también estaría allí. Aunque
la idea de Rosaline y la suya sobre cómo emplear el tiempo en el baile eran
bien diferentes.
No sentía gran inclinación por ese tipo de celebraciones vanas y
ostentosas que nada tenían que ver con su personalidad, pero esa noche era
distinta. Sentía una gran curiosidad por conocer el interior de la mansión en
la que tantos sueños construyeron Evelyn y ella cuando eran unas niñas.
Además, existía otra buena razón para su conformidad; Sarah había ideado
un grandioso plan para su amiga y, si todo salía como imaginaba, Evelyn
nunca olvidaría esa noche.
—Tus hermanas también acudirán al baile con sus esposos. Te pido que
pienses en la reputación de tu familia que tanto disfrutas mancillando.
Aunque solo sea por una vez en tu vida, compórtate acorde con tu linaje.
—No se preocupe, Rosaline. Se me da bien fingir quien no soy; es una
de las pocas cosas que he aprendido de vos. Si no trata de venderme como
si fuera ganado, no tendrá ningún motivo de disgusto por mi parte.
Con esas palabras flotando en el aire, entraron al salón.
Habiendo pretendido lo contrario, el vestido de Sarah llamaba la
atención por su sencillez y la carencia de los ornamentos extravagantes y
desmesurados que lucían la mayoría de las mujeres que abarrotaban la sala.
Un jubón de seda de color gris perla con un amplio escote redondeado y
unas mangas anchas hasta el codo, conjuntado con una falda abierta por
delante y no muy abultada, que contrastaba en su apertura delantera con una
tela de encaje de color gris marengo.
Ninguna joya lucía aparte de sus expresivos ojos de miel que relucían
más que todas las gemas juntas del resto de las asistentes.
Sin prestar atención a las miradas que suscitó desde su entrada en la
sala, Sarah saludó a alguna que otra cara conocida. En cuanto tuvo la
oportunidad de separarse de Rosaline, caminó por los salones en busca de
su amiga. El salón principal era espectacular y lucía tal y como ellas lo
soñaron, incluso diría que más majestuoso aún, con unos techos
increíblemente altos de los que colgaban lámparas de araña con hasta tres
filas de velas, cuya luz, reflejada en los pequeños cristales que las
formaban, producía reflejos irisados tan bellos que era imposible no quedar
extasiada al verlo. Evelyn estaría emocionada, pensaba Sarah sin dejar de
contemplar embelesada cada detalle del mobiliario.
Tan ensimismada caminaba, admirando la ostentosa decoración de las
paredes y techos de la sala, y tantas personas tenía que esquivar en su
camino, que chocó de forma accidental con uno de los invitados a la fiesta,
provocando que la copa, que este sujetaba en la mano, vertiese el contenido
sobre el elegante jubón de raso azul del caballero.
—Lo siento mucho —se disculpó—. Le ruego que perdone mi torpeza.
—Sarah bajó la mirada, avergonzada.
—No se preocupe, milady. El ímpetu de la juventud siempre es una
cualidad digna de alabar. Supongo que corría en busca de su esposo.
—No, milord. Esa no es mi excusa, pues no estoy casada.
—Entonces, tras su prometido.
Sarah sonrió.
—Tampoco estoy prometida.
—No puedo creer que una mujer tan bella como usted no haya recibido
ya decenas de peticiones de casamiento.
—Ninguna que me haya interesado lo suficiente para tentarme a
aceptarla.
—Me alivia saber que no soy el único padre de la fiesta al que se le
revelan sus hijos —admitió con una sonrisa—, pero viniendo de una mujer,
me resulta aún más sorprendente. Es usted una dama única, se nota a simple
vista.
—Como bien ha dicho antes, no sé si mis padres pensarán igual que vos.
Aunque me apena ser la responsable de haber estropeado su elegante traje.
¿Podría compensarle de algún modo, milord?
—Bueno, en vista de que ahora ninguna dama querrá bailar conmigo,
¿le concedería usted el próximo baile a este vejestorio charlatán?
—No diga eso. Ni es viejo, ni charlatán —contestó luciendo una sincera
sonrisa—. Por supuesto que bailaré con usted. Será un honor.
Dicho esto, el galante caballero le ofreció el brazo, orgulloso de tan
bella acompañante, y caminaron juntos hacia la zona del salón donde otras
parejas comenzaban a bailar.
Ninguna pareja tuvo tanta expectación en toda la noche. Ajena a las
miradas que suscitó, Sarah bailó con el amable caballero a quien arruinó el
traje hasta que un sirviente se acercó a ellos, interrumpiéndoles.
—Alteza, siento tener que molestarle, el príncipe reclama su presencia.
El hombre volvió la cabeza hacia Sarah y su mirada transmitió una
sincera contrariedad.
—Sintiéndolo en el alma, debo liberarla de su compromiso conmigo. El
deber me llama a mi pesar, pero debo decirle antes de marcharme que su
compañía ha sido lo mejor que me ha sucedido en mucho tiempo. Espero
volver a verla más tarde. Milady —dijo reverenciándose ante ella antes de
retirarse.
Sarah trató de escabullirse también, aunque tuvo que declinar varias
peticiones de baile para continuar con el ingenioso propósito que había
urdido e intentó pasar lo más desapercibida posible, lo que no le resultó
sencillo. En cuanto tuvo ocasión, continuó recorriendo las salas del palacio
en busca de Evelyn mientras, entusiasmada, se deleitaba contemplando cada
detalle de su alrededor.
Fue una mano amiga la que consiguió liberarla de su ensoñación.
Evelyn, con una bandeja en la mano, se acercó a ella y, tal como
sospechaba, la rojez de sus mejillas revelaba a gritos la emoción que
contenía.
—¡Madre mía!, ¿acaso sabes con quién has estado bailando?
—¿Me has visto? —Sarah parecía sorprendida.
—¡Todos te han visto! Nunca pensé que Rosaline supiese sonreír hasta
ese momento. Pero, respóndeme, ¿de veras no sabes quién era tu
acompañante?
—Diría que un hombre bastante agradable y poco ostentoso para ser un
noble.
—¡No sé cómo puedes pertenecer a la nobleza y estar tan desinformada!
—dijo molesta ante la falta de emoción de su amiga—. Ese hombre de
quien hablas con tan poco entusiasmo, no es un noble cualquiera, es nada
menos que su alteza, John Russells, duque de Kent y mano derecha del rey
de Inglaterra. Uno de los hombres más poderosos y ricos de nuestro
maravilloso país.
—Me alegro por él, y le deseo con sinceridad que pueda disfrutar de su
título y de su dinero durante muchos años.
—¿¡Eso es todo lo que vas a decir!? Pues, aunque no parece interesarte,
te contaré que su alteza tiene dos hijos guapísimos a los que no se les
conoce compromiso aún, y que cualquiera de ellos sería un buen partido
para ti.
—Si tanto te gustan, quizá deberías casarte tú con alguno —soltó entre
risas.
—¿Yo? Sí claro, si de mí dependiera, ahora mismo le concedería mi
mano sin pensar, pero ¿crees que con estas pintas un duque se fijaría en mí?
Sarah sonrió con picardía.
—Eso lo arreglaremos ahora mismo. Vamos a alguna sala donde no
puedan vernos. Tengo una sorpresa para ti.
—¿Qué estás tramando?
—No seas impaciente. Ya lo verás.
6
—¡Madre mía! Creo que has perdido el juicio. No sé cómo he podido
dejarme convencer para hacer una cosa así. —Evelyn miraba su reflejo en
el cristal.
—No te hagas la mojigata que nos conocemos. Te encanta esto.
Reconócelo.
—Es cierto. Me encanta. Es como un sueño hecho realidad —suspiró
emocionada—, pero ¿te parece que voy a atreverme a salir de esta guisa?
—Por supuesto que sí. Estás preciosa, Evelyn, pareces una princesa.
Ahora no tienes excusa alguna para bailar con quien quieras, incluso con el
hijo del gran duque que tanto te gusta. Te aseguro que nadie notará el
cambio. ¿No era eso lo que deseabas?
—Claro que sí. Pero ¿y tú?, ¿qué pasa contigo? No quiero ni imaginar lo
que te haría la bruja de Rosaline si te viera vestida con mi ropa de sirvienta.
—Yo ya he bailado suficiente por esta noche —afirmó con burla—. En
verdad, sabes que no me agradan estas fiestas, y a ti solo hay que verte la
cara para entender que te mueres por disfrutarla. Quizá sea el último baile al
que asista. Cuando viva con Leonor no podré hacer esto por ti. —Sarah dio
los últimos retoques al atuendo de su amiga—. No tienes que preocuparte
de nada. Me ocultaré en las cuadras para que nadie me vea y así estaré a
salvo y en buena compañía. Ningún noble que se precie de serlo bajará a los
establos. Ahora, vamos, no hay tiempo que perder. Sal de aquí y ve a
disfrutar del baile. En una hora nos encontraremos en esta misma sala.
Sarah y Evelyn se tomaron las manos con cariño.
—Deséame suerte, amiga.
—No la necesitas. Saborea tu sueño y no dejes de bailar.
Tras soltar un agudo grito de júbilo, Evelyn se encaminó emocionada
hacia el gran salón.
Ataviada con los modestos ropajes de una doncella y con un pañuelo
ocultando su preciosa melena, Sarah se escabulló por la puerta de la cocina
con sigilo, procurando no llamar la atención. Desde allí, se encaminó con
paso decidido hacia los establos.
***
En ese mismo instante, dos distinguidos jinetes a galope alcanzaban la
mansión.
—En esta ocasión, eres el único culpable de que lleguemos tarde al baile
—se quejaba uno de ellos—. ¿A quién se le ocurre ponerse a cargar la
mercancía del tipo aquel? Ese no es tu trabajo, sino el suyo.
—¡Bah! No ha sido para tanto. El pobre hombre estaba enfermo y si no
llegaba a tiempo al mercado, se hubiera quedado sin cobrar. Eso, querido
hermano, para él y para su familia significa no comer en… no sé, ¿una
semana?
—¿Y qué? Sigo pensando que no era tu problema. Les malacostumbras
con tu compasión y los haces débiles.
—Hermano, olvidas que no siempre he vivido con los privilegios de los
que disfruto ahora.
Un sirviente se acercó a ellos para recibirles y hacerse cargo de los
caballos.
—Muchas gracias, señor. Mas si me indica dónde se encuentran los
pesebres, los llevaré yo mismo —se ofreció uno de los caballeros.
—Déjalo, Neizan. Deja que este hombre haga su trabajo. No has tenido
ya bastante. Llegamos tarde —apremió malhumorado.
—A Furia no le gustan los desconocidos y a mí no me cuesta nada
acompañarla, ya lo sabes. Pero ve entrando. Ahora mismo voy.
—Tan terco como siempre —resopló—. Está bien, pero no tardes. Es
seguro que mi padre me habrá buscado una aburridísima pareja que trate de
acabar con mi tan preciada soltería.
Philippe se deshizo de la capa y de los guantes y se los entregó al
sirviente antes de dirigirse hacia la entrada. Neizan tomó las riendas de
ambos caballos y se encaminó hacia el lugar indicado. Sin embargo, cuando
se disponía a entrar en los establos, una voz dulce y melodiosa detuvo sus
pasos, obligándolo a agudizar el oído.
—Hace una noche preciosa, ¿verdad? Aunque no debéis confiaros,
pronto se pondrá a llover de nuevo. Y no es que no me guste la lluvia, mas
todo se vuelve tan colorido cuando sale el sol que es imposible
entristecerse.
—Si la pregunta fuese dirigida a mí, le diría que también soy de su
opinión —intervino Neizan—. Me gustan más los coloridos días soleados
que los aburridos grises lluviosos, aunque hay momentos en los que esos
días nublados también tienen su encanto, especialmente cuando uno goza de
una placentera compañía frente al calor de un buen fuego.
Sorprendida por tan repentina intromisión, Sarah dejó caer al suelo el
cubo repleto de heno que sostenía en la mano.
—Discúlpeme. No era mi intención asustarla. —Neizan se agachó y se
puso a recoger la paja esparcida por el suelo mientras las miradas de ambos
se cruzaban sorprendidas—. La he oído hablando sola y me pareció
oportuno intervenir.
—En modo alguno diría que estaba hablando sola, o ¿no ve los caballos
que hay aquí? —Sarah se levantó y se dio la vuelta para continuar con su
cometido como si tal cosa. Pero Neizan, intrigado, continuó interrogándola.
—Entonces, ¿he de creer que habla usted con los caballos?
—No me considero quien para decirle lo que debe o no debe creer,
milord.
—Si no es así, ¿con quién hablaba?
—Ahora mismo con usted.
—¿Qué pretende?, ¿es que acaso quiere confundirme o solo se está
riendo de mí?
Sarah interrumpió su labor y le miró muy seria.
—Jamás cometería una falta así. Es usted quien se ha propuesto
hacerme confesar que no estoy en mis cabales y yo me resisto a darle la
razón, eso es todo. Ahora, si me perdona, debo seguir con mi tarea.
—Es usted una dama singular y me resulta… intrigante. ¿Cuál es su
nombre? Me gustaría volver a visitarla otro día.
—Eso es imposible, milord —contestó alarmada ante la repentina
demanda del caballero.
—¿Por qué razón? ¿Acaso es usted una mujer casada? o ¿es que está
prometida?
Sarah sonrió al ver la expresión de desconcierto del caballero.
—Ni casada ni prometida.
—Entonces, ¿qué le impide que volvamos a vernos?
—El trabajo —dijo sin pensar—, tengo mucho trabajo y no me sobra
tiempo para perderlo en distracciones mundanas. —Esas serían las palabras
que habrían salido de la boca de su ama y sonrió al pensar en ello y en lo
orgullosa que se sentiría esta si la hubiese escuchado.
—¿Me rechaza?
—El señor está empeñado en poner en mi boca palabras que nunca han
salido de ella.
—Sus ambiguas respuestas me hacen sospechar que solo trata de
incentivar mi interés por usted con su negativa, ¿o no es así?
El inoportuno comentario de Neizan que tantas veces había oído antes
hizo bullir su interior, propenso a ello, más de lo que le hubiera gustado.
—Pues no tema, esta vez seré muy clara en mi respuesta para evitar
malentendidos y le contestaré que no. Nunca he tratado de despertar ningún
interés ni en usted ni en ningún otro caballero. Aunque no lo crea, tengo
otros propósitos en la vida distintos al de encontrar un marido. Disculpe si
le he hecho perder el tiempo, no era mi intención y no se repetirá.
Ninguna mujer le había hablado así antes. La respuesta de Sarah lo dejó
tan fascinado que tardó en encontrar una réplica adecuada que se ajustase al
nivel de su interlocutora. Y cuando lo hizo, uno de los sirvientes acudió en
su busca, desviando su atención.
—Lord Neizan, su alteza el duque de Kent solicita su presencia en el
salón.
—Gracias por el aviso. Dígale que voy enseguida.
Pero cuando quiso girarse para retomar la conversación, la dama que lo
dejó sin palabras había desaparecido sin dejar rastro alguno.
—¿Por casualidad ha visto hacia donde se fue la señorita que estaba
aquí conmigo?
—Lo siento, señor. No he visto a nadie más que a usted.
—Está bien, gracias de todos modos. Puede retirarse.
Tras comprobar, perplejo aún, que, en efecto, la enigmática dama se
había esfumado, abrevó a los caballos y se encaminó hacia el salón.
7
—¿Puede saberse dónde te habías metido? Llevo un buen rato buscándote
—le reprochó Philippe cuando Neizan apareció en el salón.
—No te vas a creer cuando te cuente lo que me pasó en los establos.
—Prueba. Después de presenciar el humor de mi padre, hoy ya nada
podría extrañarme.
—¿Por qué lo dices?, ¿el duque está molesto?
—¿Molesto dices? Creo que me gustaría que así fuese. Preferiría verlo
irritado que en este estado.
—¿Entonces?
—Compruébalo por ti mismo; por ahí viene.
El duque, luciendo la más maravillosa de sus sonrisas, se acercó hasta
sus dos hijos en cuanto vio a Neizan.
—Miradlos. Tenéis ante vuestros ojos a los dos solteros más deseados
de Inglaterra y mi orgullo de padre. Caballeros, las damas del lugar os
echaban en falta.
—Pero bueno, ¿qué le pasa? —preguntó Neizan, acercándose con
disimulo a Philippe.
—No lo sé, lleva así desde que me ha visto entrar. Creo que se le está
yendo la cabeza. Me dan ganas de sacar a bailar a las mujeres más
espantosas del salón antes de seguir aguantando tan exasperante jovialidad.
—Vamos, muchachos. Id a divertiros. La noche es joven y merece la
pena disfrutarla. Por cierto, Neizan, Lady Anna no ha dejado de preguntar
por ti.
—¡Qué suerte la tuya! —se mofó Philippe—. No sé lo que me gusta
más de ella, su enorme nariz o su espeso bigote.
Apenas pudieron reprimir las carcajadas tras el mordaz comentario, pero
buscando no disgustar al duque, que tan de buen humor parecía encontrarse,
los jóvenes bailaron con todas las damas casaderas de la fiesta, aunque no
era ninguna de ellas quien ahora ocupaba la mente de Neizan, y Philippe no
tardó en darse cuenta de ello.
—¿Qué buscan tus ojos con tanto anhelo? Tú también estás muy raro
esta noche, querido hermano.
—Aciertas en tu apreciación, no voy a negarlo. Al final no he tenido
tiempo de contarte, y es que no paro de darle vueltas a un incidente que me
ha sucedido en los establos. Un encuentro de lo más inquietante con una
preciosa dama que ni tan siquiera consintió en darme su nombre.
—¿La conozco?, ¿de quién es hija? Vamos, habla. Por fin algo
interesante que me saque de esta desidia.
—Nada he logrado saber de ella. Ya te he dicho que no quiso ni darme
su nombre, aunque, por los ropajes que vestía, imagino que pertenecerá a la
servidumbre de la casa. Hermano, desde que la he visto no consigo
quitármela de la cabeza. Tenía una mirada con la que hubiera podido
embrujar los corazones de todo un ejército —exclamó en un suspiro.
—¿Una sirvienta dices? No hay gracia, ni encanto, ni emoción alguna en
conquistar a una sirvienta. Son terriblemente vulgares en aspecto e
intelecto.
—No había nada de vulgar en el aspecto de la joven de la que te hablo y
mucho menos en su intelecto o en su ingenio —sonrió al recordarlo—.
Primero se burló de mí, luego me rechazó como si tal cosa y sin ni siquiera
mostrar cortesía alguna al hacerlo. Por si eso no fuera suficiente
humillación, huyó dejándome con la palabra en la boca. Si lo que pretendía
era acrecentar mi interés por ella, no cabe duda de que lo ha conseguido.
—Deja a un lado el romanticismo, Neizan. ¿Por qué perseguir a una si
puedes tenerlas a todas?
—No me interesan todas.
—Tú mismo. Ve a buscarla entonces, aunque no creo que nuestro padre
apruebe tu elección si la dama no posee un noble linaje. Sin embargo, he de
decir, ahora que lo pienso bien, que tienes mi completa aprobación. Por una
vez, serás tú y no yo el que decepcione a padre. —Exhibiendo una sonrisa
en los labios, Philippe fue a pedir un baile a otra de las damas que los
miraba impaciente.
Philippe y Neizan eran hijos del duque de Astor, no necesitaban más que
eso para tener a todas las damas del reino suspirando por sus atenciones.
Pero, además, eran los jóvenes más apuestos de Inglaterra. De estatura
elevada y complexión atlética, sus amplios y musculosos hombros les
conferían una presencia majestuosa. Su porte, elegante y cautivador,
prendaba al instante a cualquier mujer que tenía el privilegio de cruzarse en
su camino.
Era la primera vez que una mujer no caía rendida a los pies de Neizan y
probablemente eso, y solo eso, era lo que despertaba en él tan inusual
interés por la muchacha del establo o, al menos era lo que se obligaba a
creer. Tenía que volver a verla una vez más y asegurarse así de que no era
solo producto de su imaginación y su deseo.
***
Sarah aprovechó la interrupción del criado para salir corriendo del establo y
escapar de una situación que la comprometía más de lo que le hubiese
gustado. Sin mirar atrás, corrió, escondiéndose de la vista de todos, hacia la
sala donde había quedado con Evelyn, quien llevaba un buen rato allí
esperándola.
—Menos mal —exclamó aliviada al verla—. Me tenías en vilo
preguntándome si te habría descubierto alguien. Ha sido como un sueño,
amiga. No he parado de bailar desde que nos hemos separado —le contó
emocionada sin dejar de moverse al ritmo de la música que se continuaba
escuchando de fondo—. Y no pecaré de inmodestia si aseguro que lo he
hecho mejor que muchas de esas nobles estiradas del salón. Pero cuéntame
tú, ¿dónde has ido?, ¿por qué razón has tardado tanto en regresar? Estás
muy pálida.
—No he salido del establo, como te dije, aunque allí me he encontrado
con un caballero que quiso burlarse de mí.
—¡¿Un caballero en los establos?! ¿Crees que te reconoció?
—¡No!, gracias al cielo —suspiró aliviada—. Ni yo le conozco a él ni
tampoco él a mí, aunque he de decir ahora que lo pienso que sus ojos me
resultaron familiares, como si los hubiera visto antes.
—¿Era apuesto tu caballero?
—No es mi caballero —la increpó Sarah—, pero atendiendo a la verdad
te diré que sí, puede que no fuera desagradable a la vista, aunque de seguro
pecará de engreído y vanidoso como todos los nobles que he conocido hasta
el momento.
—Eres demasiado severa en tu criterio. Si no bajas las expectativas, te
quedarás soltera para siempre.
—Pues que así sea —afirmó con orgullo mientras se cambiaban la ropa
—. Hasta ahora no he conocido matrimonio dichoso.
—En eso puede que tengas razón. Pero venga, salgamos antes de que
noten tu ausencia.
Por primera vez, Rosaline no solo no se opuso a la petición que le hizo
Sarah de regresar a casa cuanto antes, sino que se mostró atenta y dispuesta
a agradarla de una forma exageradamente inusual en ella.
La luna creciente trataba de filtrar su luz entre las oscuras nubes que
presagiaban tormenta, mientras Sarah, ensimismada, la observaba desde el
cristal del carruaje. No desvió la vista en todo el trayecto, el silencio era
habitual entre las dos y hacía mucho tiempo que dejó de sentirse incómoda
por ello. Así que no se percató de la maliciosa sonrisa complaciente que se
dibujaba en la cara de Rosaline y que, de seguro, hubiese helado su sangre
al mirarla.
Las cosas habían salido mejor de lo esperado. El plan ya estaba urdido,
y ahora solo quedaba ultimar los detalles para llevarlo a cabo lo antes
posible.
8
La señora Talbot preparaba el desayuno en la cocina cuando Sarah apareció
por su espalda.
—Buenos días, Nana. Parece que se ha levantado un día espléndido
después de la tormenta de anoche. Hace apenas unas horas, daba la
sensación de que iba a caerse el cielo y, ahora, ni una sola nube queda que
tape el sol. ¿Qué está preparando? —preguntó mientras metía la mano en
uno de los platos y se llevaba un panecillo a la boca.
—¡Niña! —gruñó su ama—. Esos no son los modales que le he
enseñado. Vaya a sentarse en la mesa y espere a que le sirva.
—¡Es que estoy hambrienta! —se quejó.
—¿Hambrienta? Una señorita distinguida como lo es usted no puede
hablar de esa forma tan vulgar. Debería estar por encima de las debilidades
mundanas.
—¿Es que las damas no deben de tener hambre? Deme otro panecillo y
dejaré de molestarla.
—Está bien, pero solo uno.
La señora Talbot le entregó un panecillo y Sarah le propinó un
espontáneo y sonoro beso en la mejilla que la hizo sonreír, aunque trató de
disimularlo.
—Vaya, hoy todos se han levantado de buen humor.
—¿Todos?, ¿quiénes son todos?
—Me refería a lady Rosaline —resopló—. En los treinta años que llevo
a su servicio, nunca la había visto de tan buen humor tantos días seguidos,
ni siquiera tras su casamiento. Diría que lleva así desde la noche del baile.
—Ahora que lo mencionáis, podría decir que últimamente ha estado
menos malvada de lo que me tiene acostumbrada. Seguro que algo se trae
entre manos. Habrá que estar alerta. ¿Sabe dónde se encuentra?
—Salió temprano y no dijo a dónde iba, aunque sí tuvo la deferencia de
informarme de que no era necesario que preparara comida.
—¡Perfecto! —exclamó risueña—. Ahora el sol luce con más intensidad
y el aire se respira limpio y puro. —Sarah cogió de las manos a su ama y
comenzó a dar vueltas y más vueltas con ella mientras reía feliz.
—¡Niña! —gritó la señora Talbot—, estese quieta o conseguirá que me
caiga.
—Un poco de diversión y locura no hace daño a nadie. Pero está bien, si
es lo que desea, la dejaré con su faena y me iré al pueblo.
—Eso es. Corra a que le dé un poco el aire, aunque primero termínese el
plato. No voy a tirar la comida —gruñó de nuevo.
Sarah no tardó en vaciar el plato que le sirvió su ama y, después de
vestirse para la ocasión, salió corriendo campo a través hasta llegar a la casa
de su querida Leonor que, daba la casualidad, salía por la puerta en aquel
preciso instante.
—Cariño mío, no te esperaba tan temprano. ¿Cómo lo pasaste la otra
noche en el baile?
—Como de costumbre, madre —contestó sin demasiado entusiasmo en
la voz—. ¿Se va a algún sitio?
—La señora Brown ha venido a llamarme. Su hija se ha puesto de parto
y, como es primeriza, voy a ir a su casa para ayudarles en lo que me sea
posible.
—Pues, mientras regresa, iré a buscar a Evelyn y daremos un paseo por
la colina.
—Me parece bien. Ya que subes, llévate la cesta y recoge lavanda y algo
de tilo, si encuentras caléndula tráela también. Este invierno ha sido duro en
la aldea y apenas nos quedan existencias.
—No se preocupe. Buscaré lo que pide.
Con la cesta en el brazo y canturreando una melodía, Sarah se dirigió a
casa de su amiga para pedirle que la acompañase, así podrían hablar un rato
sin prisa. Pero Evelyn también estaba ocupada esa mañana.
—Espérame en la colina. En cuanto termine la faena que me ha puesto
mi madre te buscaré. Tengo que contarte algo que pasó cuando te fuiste de
la fiesta la otra noche y que puede que no te agrade.
—Cuéntamelo ya. No querrás tenerme en ascuas hasta entonces.
—¡Evelyn! —llamó su madre desde la cocina—, deja de zanganear de
una vez y ven aquí ahora mismo.
—Ya voy, madre —gritó, y volviendo la cabeza a Sarah continuó—.
Ahora no puedo hablar. Tendrás que esperar.
—Si no queda más remedio… —contestó sin convencimiento.
En realidad, no le importaba estar sola en el prado, y menos aún en un
día como el que se había levantado esa mañana en la que el sol que rozaba
su piel comenzaba a templarla apacible.
Todo se veía tan bonito desde donde se encontraba que, en cuanto hubo
recogido las plantas que consideró suficientes, se sentó sobre la hierba para
admirar el espléndido paisaje repleto de belleza que se extendía bajo sus
pies mientras regalaba la mejor de sus sonrisas a ese astro que lo inundaba
todo de color.
Las veces que había admirado los prados desde ese mismo lugar y
siempre descubría algo distinto en ellos, algo que conseguía dejarla sin
aliento y con ganas de volver al día siguiente para descubrir los detalles que
habrían cambiado entonces.
Embebida en sus pensamientos no se dio cuenta de que alguien se
acercaba a ella a caballo, pero ese alguien no tardó en reclamar su atención.
—Señorita, ¿sería tan amable de ayudarme a encontrar a una joven que
se escapó la otra noche de un establo sin tener la cortesía de darme su
nombre?
Sarah se sobresaltó al oír su voz y, dando un brinco, se levantó del suelo.
El apuesto y atractivo joven que conoció en los establos estaba allí,
delante de ella, montado a lomos de una magnífica yegua blanca.
—Veo que, además de una bella cara y una mente despierta, es usted
ágil como una gacela. ¿Alguna otra virtud o defecto que debiera conocer? A
parte de su nombre, claro.
—No creo que tenga tiempo suficiente para escucharme enumerar mis
defectos, milord, pues le aseguro que son mucho más numerosos que mis
virtudes.
—Si su modestia es sincera, podemos añadir una virtud más a las ya
nombradas. Y por el tiempo no se preocupe, tengo todo el del mundo para
atenderla, salvo que vuelva a salir corriendo como hizo la otra noche. Tengo
curiosidad, ¿por qué huyó de mí?
—¿Huir? No fue eso lo que pasó. Nuestra conversación terminó y
también mi cometido en ese establo. No tenía razón alguna para continuar
allí por más tiempo.
—¿Y para negarme su nombre? ¿Tiene la dama razón para eso?
—Ninguna que pueda darle. Más no debería sorprenderse tanto. Es
usted un completo desconocido, e imagino que sabrá que no está bien visto,
en mi posición, conversar con hombres desconocidos y, mucho menos, sin
nadie que supervise la conversación. Por lo que le rogaría, milord, que
volviera por el mismo camino que le ha traído hasta aquí antes de que
alguien pueda verle hablando conmigo y ponga mi buena reputación en
boca de todos. Sabe que a la gente le gusta hablar más de la cuenta en los
pueblos.
—Eso es lo último que querría para vos, se lo aseguro. Por lo que si el
problema para su negativa a hablar conmigo radica en que no nos
conocemos suficiente, la acompañaré a su casa para que pueda presentarme
a sus padres —propuso y de un salto desmontó del caballo.
—¿Presentarle a mis padres?, ¿eso es lo que ha dicho? —exclamó
incrédula y algo escandalizada ante la inesperada proposición del joven—.
¿Qué motivo tendría para querer conocer a mis padres?
—Si es esa la única forma de saber su nombre, no me deja otra opción
posible.
—Está usted fuera de sus cabales, ahora lo veo claro. —Sarah sonrió
complacida con la respuesta del caballero—. Vuelva a montar en su caballo,
y si me asegura que después se irá de aquí, le diré mi nombre con gusto.
Pero Neizan se quedó prendado de su inocente sonrisa y, por primera
vez en su vida, no fue capaz de pronunciar una palabra temiendo que esta
pudiera alejar la intensa emoción que, sin permiso, se apoderó de su ser al
mirarla.
—¿Qué le pasa?, ¿no contesta? —apremió ella.
—Usted me desconcierta de una manera que no consigo entender. Está
bien, haré lo que me pide con una condición.
—¿No pretenderá que la acepte sin conocerla primero? Hable, pues.
—Montaré en mi caballo y me iré de aquí, tal y como desea, pero le
ruego que me permita volver a verla. Me complacería mucho tener el
privilegio de conocerla mejor.
—Yo… —Sarah agachó la cabeza con timidez.
—Le aseguro que mis intenciones son honorables. Permítame visitarla
de nuevo, se lo ruego.
La mujer con el corazón de hierro que tantas proposiciones había
rechazado desde que lady Rosaline se empeñó en presentarla en sociedad
enmudeció. La mirada penetrante y sincera del caballero que tenía delante
turbó su serenidad y tambaleó su interior de un modo tan intenso que le
hizo sentirse vulnerable.
La rojez de las mejillas de la dama y su esquiva mirada delataron su
turbación y, Neizan, aventajado en cuestiones amorosas, sonrió complacido
al percibir la inocencia que desprendían sus acciones.
—Un nombre; solo deme un nombre —insistió mientras, con gran
agilidad, subía al caballo sin apartar los ojos de ella.
—Está bien, pero se marchará y no volverá a molestarme —cedió al fin.
—Eso último no lo creo posible, aunque contestando a la primera parte
de su petición, sí, me marcharé de inmediato como pide.
—Sarah —pronunció ella tras unos segundos de silencio—. Ese es mi
nombre.
—Sarah —repitió él—, un bello nombre para una mujer aún más bella
—dijo cortés—. Bien sabe Dios que me quedaría hablando con usted más
tiempo del considerado decoroso; sin embargo, debo cumplir la palabra que
le he dado para hacerme merecedor de su confianza. ¿Podré volver a verla
mañana?
—No lo creo.
—Pues pasado mañana.
—También estaré ocupada.
—Entonces volveré a buscarla cada día hasta que la encuentre. No sabe
aún cuán tozudo puedo llegar a ser cuando lo que quiero merece la pena.
Ambos sostuvieron las miradas hasta que otra voz más chillona se
escuchó a lo lejos gritando el nombre de Sarah.
—¡Váyase!, ¡váyase ya o me buscará un problema!
—Lo haré. Me iré, pero nos veremos aquí mañana.
—Le he dicho que no me es posible. No insista más y váyase, por favor.
Haciendo caso omiso a sus excusas, repitió.
—Mañana, no lo olvide. La estaré esperando. —Acto seguido, se alejó
galopando hasta desaparecer de la vista.
Evelyn no tardó en llegar al encuentro de su amiga, que continuaba
desconcertada por lo que acababa de suceder.
—¿Quién era?
—Desconozco su nombre —respondió Sarah con la cara tan pálida que
Evelyn por un instante temió que cayera desmayada.
—Tengo la impresión de que se trataba del hombre del que venía a
advertirte.
—Explícate, ¿qué sabes de ese caballero?
—Al poco de irte de la fiesta, un caballero, mejor dicho, ese caballero,
se presentó en la cocina buscando a una sirvienta con la que se había
encontrado en el establo. Y era tan guapo, tan galante y tan persuasivo en su
empeño por averiguarlo que no pude resistirme y terminé contándole lo que
me pidió.
—¿Todo?
—Bueno, todo no. Únicamente le dije dónde podía encontrarte.
—He comprobado por mí misma su tozudez, y solo eso te libra de morir
asesinada en este instante, pero que sepas que estaré enojada contigo
durante mucho tiempo.
—Bueno, esta vez me lo merezco —reconoció Evelyn, y con una pícara
sonrisa continuó sonsacando a su amiga—. Pero ahora cuéntame tú: ¿Que
ha pasado entre vosotros? Incluso desde lejos se podía apreciar cómo te
miraba, y no dirás que es el dinero de tu padre lo que busca, porque estoy
segura de que piensa que eres una sirvienta.
—Me ha dicho que volverá mañana —le contó a su amiga en apenas un
susurro.
—¿¿Qué??
El alarido que brotó por la garganta de Evelyn pudo oírse en toda la
aldea.
—No alces tanto la voz. No me parece que sea para tanto. Ni siquiera sé
lo que pretende.
—Pues en mi opinión está muy claro. Quiere cortejarte y luego pedirte
en matrimonio.
Un cosquilleo desconocido recorrió el abdomen de Sarah al escuchar las
palabras de Evelyn.
—¿Te has vuelto loca? Ni me conoce ni yo a él. Eso que dices no es
posible.
—Casamientos por menos he visto. Pero te diré que con esa cara y esa
planta ni falta que hace más. Si aceptase el cambio, me casaría yo con él
ahora mismo. Una casa propia y un marido —suspiró exageradamente—.
No podría pedirle más a la vida.
—No hablas en serio.
—Claro que sí. ¿Es que no te gustaría escapar de las garras de esa
madame diabólica que tienes como madre?
—Por supuesto, mas no para irme a otras manos que podrían ser aún
peores. —Sarah suspiró—. Ya tengo decidido lo que quiero. Mi futuro está
escrito. En cuanto cumpla la mayoría de edad, dejaré la hacienda de mi
padre y me mudaré para siempre con Leonor. Las dos solas, sin nadie que
nos diga qué hacer ni dónde ir. Libres por fin.
—Pero alguna vez querrás formar tu propia familia, ¿no?
—Nunca he pensado en eso. Y no voy a empezar a hacerlo en un día tan
bonito. Vamos, no me líes más. Regresemos a casa y te mostraré unos
perfumes que he hecho.
9
—¿Qué te pasa, hermano?, ¿crees que podrás borrar esa estúpida sonrisa de
la cara y regresar tu pensamiento de dónde quiera que haya ido? —Sentados
a la mesa mientras les servían el desayuno, Philippe trataba de entender el
cambio en la actitud de Neizan—. No tengo ni idea de qué bebida sirvieron
la otra noche en el baile, pero el duque también está exultante desde
entonces. Parece que en los últimos días, soy el único miembro de la familia
en sus cabales. Padre ni me ha recriminado que no apareciera por casa
anoche.
—Estoy feliz. Eso es todo. —Pero no quiso aún compartir el motivo con
su hermano y cambió de tema—. Y ya que hablamos del duque, ¿dónde
está? Aún no le he visto desde que me he levantado.
—También eso es un misterio. Salía de casa esta mañana cuando yo
entraba, aunque no quiso decirme dónde iba. Algo se trae entre manos,
estoy seguro. Pero bueno, tarde o temprano terminaremos enterándonos. —
Philippe levantó la vista del plato—. Por cierto, anoche unas bellas y
apenadas señoritas me preguntaron por ti. Vendrás esta noche a la posada,
¿verdad? Las he prometido que te traería conmigo.
—Pues esta vez tendrás que excusarme.
—¡Vaya! —contestó decepcionado—. ¿Acaso tu negativa tiene que ver
con la sirvienta de la que me hablaste en la fiesta?
—Así es.
—Debe ser muy buena entre las sábanas para que rechaces los favores
de las hermanas Thomson.
—¡¿Qué estás diciendo?! No son sus favores lo que busco, al menos,
todavía, y te puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que tampoco me los
otorgaría aunque así fuese. Es una joven distinta a las damas que he
conocido. Aún trató de entender lo que siento cuando estoy con ella.
—Es una plebeya, Neizan, no una dama; no lo olvides.
Neizan levantó la cabeza para responder a su hermano cuando el duque
entró por la puerta, silenciándole.
—Me alegra veros a los dos aquí. Acompañadme al salón. Tengo que
hablar con vosotros de un asunto importante.
—Tú dirás, padre. Te escuchamos —añadió Philippe y buscó la mirada
cómplice de su hermano.
—Bueno, la verdad es que no sé bien cómo empezar —murmuraba
mientras paseaba de un lado a otro de la habitación ante la mirada
expectante de sus hijos—. Han pasado más de diez años de la muerte de tu
madre, Philippe.
—Lo sé, padre, pero ¿eso a qué viene ahora?
—Paciencia. Os lo explicaré. Como iba diciendo, Sophie fue una buena
madre y también una buena esposa. Pero al morir recayó en mi la
responsabilidad de tu educación y, a los pocos meses, también de la tutela
de Neizan. Fuisteis dos adolescentes rebeldes y tuve que emplear toda mi
energía en procurar hacer de vosotros unos hombres de valía, como en los
que os habéis convertido. —Los ojos del duque brillaban con una emoción
que despertó la curiosidad en sus hijos—. Jamás imaginé que el fuego del
amor volvería a arder en mí. Nunca lo busqué tampoco, mas ha surgido así.
Y ahora que ya no requerís mi atención como antaño, no pienso renunciar a
esta emoción que ha cautivado mi alma y enardecido mi cuerpo,
rejuveneciéndome.
—Padre, sea más claro, ¿qué es lo que pretende decirnos? No estará
considerando volverse a casar a estas alturas de la vida. —Philippe estaba
desconcertado.
—Si la dama que me ha hecho florecer de nuevo me acepta, la respuesta
será que sí, me casaré con ella. Claro que me casaré, con la gracia de Dios
Nuestro Señor.
—No había oído locura semejante en mucho tiempo —murmuró
Philippe para sí—. Al menos puedo preguntar quién es la elegida, ¿acaso la
conocemos?
—No, aún no, pero lo haréis pronto. Es una mujer excepcional —afirmó
con seguridad—. Su padre es un próspero comerciante y su madre, hija del
barón de Hastings, si bien nada haría cambiar mis intenciones, aunque fuese
solo una humilde sirvienta.
» Esta misma mañana he llegado a un acuerdo con su madre y ya he
ordenado traer mi mejor carruaje. En cuanto llegue, uno de vosotros lo
escoltará junto con la dama hasta el castillo. Pretendo celebrar nuestras
nupcias tan pronto como se publiquen las amonestaciones. Estoy muy
mayor para perder tiempo.
—Aunque no para casarse, parece ser —ironizó Philippe—. ¿Acaso
habéis informado también a la tía Greta de vuestra intención? Puede que
ella tenga algo que objetar ante tal insensatez.
—No debes preocuparte por mi hermana, hijo mío. Hablaré con ella
cuando regresemos al castillo, aunque quiero dejaros claro que no preciso ni
su aprobación ni tampoco la vuestra.
La noticia no fue bien acogida por Philippe, quien no dudó ni un
segundo en hacer partícipe a su padre de su opinión.
—Padre, ¡ha perdido el juicio por completo! Seguro que su elegida será
una mujer joven que no tardará en engendrar, Dios sabe cuántos hijos.
—Así es, y no hay mayor deseo en mi corazón. Solo espero estar aún a
la altura para ello. Dime, Philippe, ¿qué es lo que tanto te irrita? Si es mi
fortuna lo que te preocupa, permíteme recordarte que es suficientemente
cuantiosa para que continúes viviendo sin preocupación alguna, por más
hermanos que tuvieras. Y si lo que te incomoda es el bullicio que, espero,
pronto colmará nuestros salones, puedes trasladarte a otra de nuestras
haciendas o construir una nueva a tu gusto. Tal vez así, mi matrimonio
pueda servir también para ayudarte a madurar.
Dominado por la ira, Philippe abandonó la sala dando un portazo.
Neizan, sin embargo, que guardó silencio hasta ese momento, trató de
sosegar el ambiente que se había enturbiado.
—Alteza.
—Padre, llámame padre, porque eso es lo que soy para ti, como tú eres
un hijo para mí.
—Claro, padre —continuó—, me alegra verle tan feliz, y eso es lo único
que importa. Planeo quedarme unos días más en Cornwall. Si está de
acuerdo, seré yo mismo quien se encargue de escoltar a su futura esposa
hasta vuestro castillo. —Al notar la tristeza en los ojos del Duque, se acercó
a el—. En cuanto a Philippe, no debe preocuparse. Puede ser impulsivo,
pero estoy seguro de que recapacitará y verá las cosas de otra forma en unos
días. La noticia le ha tomado por sorpresa.
—Eres un buen hijo, Neizan —afirmó mientras posaba la mano en su
hombro—, el mejor.
Pero la expresión de su cara seguía mostrando preocupación. Hacía
tiempo que se había dado cuenta de que su hijo Philippe no era la persona
adecuada para sucederle en la administración de sus propiedades. Tarde o
temprano tendría que contarle la decisión que había tomado, aun cuando
temía las consecuencias que tendría esta.
El duque dejó escapar un suspiro profundo. No era el momento de
pensar en ello, todavía quedaba tiempo.
10
Era tarde cuando Sarah dejó el libro que estaba leyendo sobre la mesilla y
se acercó hasta la lumbre donde su madre ponía a hervir unas flores dentro
de un pequeño caldero.
—Madre, ¿puedo preguntarle algo?
—Claro, amor mío, lo que quieras.
—Es posible que mi pregunta le parezca absurda, pero en nadie confío
tanto para responderla.
—Dime, pues.
—¿Cree usted en el amor? Y no me refiero al amor entre padres e hijos
o hermanos o amigos. Hablo del amor entre un hombre y una mujer. He
leído novelas que tratan sobre él, sin embargo, nunca lo he visto en ningún
matrimonio que conozca. ¿Realmente existe ese amor, o es tan mentira
como lo son los orcos y las hadas de las historias que leo en sus libros?
—Oh, sí. Por supuesto que existe ese amor. Tan real como lo somos tú y
yo.
—¿Cómo puede afirmarlo con esa seguridad? ¿Qué le hace pensar que
ese tipo de amor es verdadero? Ninguna de las parejas que veo a mi
alrededor muestra dicha al estar juntas, sino solo conveniencia de algún
tipo. Incluso vos, madre, nunca me habéis hablado de ningún hombre al que
hayáis amado. ¿Cómo sabéis que esa forma de amor es real ?, ¿es que acaso
lo habéis sentido alguna vez sin yo saberlo?
Leonor suspiró destilando melancolía por toda su piel.
—Una sola vez. Pero lo sentí tan fuerte y tan apasionado que renuncié a
mi vida para entregársela a él —volvió a suspirar—. Y, a pesar de nuestro
trágico final, lo haría de nuevo sin pensar.
—Pero nunca habéis estado casada…
—No, nunca lo estuve.
—Y si no os habéis casado, ¿cómo podéis haber amado tanto?
Leonor retiró el caldero del fuego y se sentó al lado de Sarah.
—Hija mía, no importa lo que trate de hacerte creer la sociedad en la
que vivimos. Una persona puede amar apasionadamente a otra sin
desposarse con ella, de igual manera que puede aborrecer a su marido o a su
mujer tras su casamiento. —La mirada de Leonor se quedó fija en las brasas
—. Una vez amé a un hombre, y le amé con tanta pasión y tanta locura que
abandoné a una familia maravillosa para estar a su lado.
Los ojos de Sarah brillaban ávidos de saber más.
—¿Por qué tuvo que abandonar a su familia?, y ¿dónde se encuentra
ahora ese hombre si no está con vos?
—Mi niña curiosa, te lo contaré todo. Paciencia. —Leonor se recostó en
el asiento y envolvió la mano de Sarah con las suyas antes de continuar—.
Cuando tu padre te separó de mí con cinco años, no tenías edad para que te
hablase de esa parte de mi vida. Desde entonces, he tratado de no influir en
tu manera de pensar mientras estuvieras viviendo en la hacienda, con la
única intención de no perjudicarte con pensamientos nada apropiados en la
sociedad que frecuentas. Pero ahora que veo en ti a una mujer formada y
has decidido regresar a casa por ti misma, es necesario que sepas toda la
verdad sobre mi pasado.
—La escucho, madre —dijo mirándola con una curiosidad inagotable.
—Como ya sabes, no soy inglesa. Nací en un pueblo costero del norte
de Escocia, de donde es natural mi familia. Allí crecí y me crie con tres
hermanos mayores que me adoraban tanto como yo a ellos, pero, quienes, al
morir mi padre, se volvieron más protectores conmigo de lo que siempre
fueron. —Leonor soltó la mano de Sarah y señaló el tatuaje que ambas
tenían en el hombro—. Este dibujo, la hermosa flor del cardo escocés, es
parte del escudo de mi familia. La belleza siempre tiene espinas que la
protegen y que al mismo tiempo la condenan a la soledad —suspiró
pensativa—. En mi caso, no cabe mayor similitud.
Sarah apoyó la cabeza sobre las piernas de su madre.
—A pesar de lo apartada del mundo que trataban de tenerme mis
hermanos, con la equivocada intención de cuidar de mí y garantizar mi
seguridad, me enamoré perdidamente de un marinero y él también se
enamoró de mí. Sin embargo, cuando descubrieron nuestro romance, me
encerraron en casa y me obligaron a abandonar toda esperanza de volver a
verlo. Sin patria conocida ni familia ni linaje, nunca sería para ellos un buen
candidato para desposarse conmigo. Pero, ya me conoces —añadió con una
sonrisa melancólica—, no puedes encerrar al viento por mucho que lo
intentes. Y yo siempre fui como el viento, igual que tú, amor mío —le dijo
mientras le acariciaba el pelo con ternura—. Una noche, escapé con él.
Durante casi un año nuestra patria fue la mar y fuimos felices, muy felices.
El fruto de nuestro amor no tardó en llegar y quedé encinta. No tuve un
buen embarazo desde el principio, así que decidimos buscar una aldea
tranquila que nos sirviera de hogar hasta que llegara el momento de parir.
—El rostro de Leonor se crispó—. Por desgracia, el destino quiso que no
llegase a conocer esta casa. Robert aceptó un último encargo para ganar un
dinero extra y poder vivir desahogados durante un buen tiempo, pero la
fiebre amarilla se le llevó junto a toda su tripulación y también, a una parte
de mi corazón con él. —Los ojos de Leonor se llenaron de lágrimas y tuvo
que respirar hondo antes de continuar el relato—. Me trasladé lo más lejos
que pude de aquel puerto que tan malos recuerdos me traía y, gracias a un
conocido de mi infancia que encontré por casualidad, vine hasta aquí
esperando la llegada de lo único que me quedaba de él. Mas cuando mi
bebé nació sin vida…
—No es necesario que sigáis, madre. No quiero que os pongáis triste al
recordar.
—Debo hacerlo. No te preocupes, mi vida, estoy bien. Quiero que sepas
lo que pasó.
Sarah apoyó la cabeza en el pecho de su madre como cuando era niña y
Leonor pasó el brazo por su espalda para estrecharla más fuerte contra ella
antes de seguir hablando.
—Cuando mi bebé nació sin vida, sentí que me arrancaban el corazón
del pecho. No creo que pueda existir en el mundo un dolor mayor que ese.
Lo único que pensaba era en dejarme morir. Nada me quedaba ya por lo que
seguir adelante. Aunque al darme cuenta de que, por más que lo pidiera
cada día, la vida no iba a abandonarme con facilidad, la idea de regresar a
mi pueblo natal y buscar a mis hermanos empezó a cobrar sentido.
» Estaba decidida a emprender el viaje tras el entierro de mi pequeño
cuando tu padre apareció en la puerta de mi casa. Lo recuerdo como si
hubiese sido ayer. —Sonrió mientras sus ojos se quedaban clavados en las
llamas de la lumbre—. Llevaba consigo una pequeña cesta con una manta
azul de lana que cubría algo que no vi en un principio. Pero cuando levantó
la manta y te vi allí desnuda y tan pequeña, tan indefensa, algo cambió en
mí, un destello de luz invisible coloreó la oscuridad en la que se sumió mi
alma tras la pérdida de mi hijo.
» Al igual que ahora, ya entonces eras el bebé más bonito que había
visto jamás, y con tus manitas regordetas acariciándome la cara y las
sonrisas que no dejabas de brindarme, sanaste mi corazón, que creí roto
para siempre. —Leonor miró a su hija—. Sarah, has sido el único amor de
mi vida desde entonces y mi orgullo al ver en qué clase de mujer te has
convertido.
—Gracias a usted. Lo que soy se lo debo a usted. Pero me apena saber
que tuvo que renunciar a su familia por cuidar de mí —se lamentó, con las
lágrimas humedeciéndole los ojos.
—No digas eso, ni lo pienses siquiera. Tú eres mi familia, mi mayor
tesoro, mi única razón para vivir. Solo me queda desearte que algún día tú
también encuentres el verdadero amor y te enamores de un buen hombre
que te quiera como te mereces. Ese día mi felicidad será completa, aunque
tengas que alejarte de mí para siempre.
Sin pretenderlo, la imagen del caballero del establo se coló en la mente
de Sarah, y un extraño cosquilleo le recorrió la espalda desde la nuca hasta
los pies.
—No voy a separarme nunca de usted. Deseo quedarme para siempre a
su lado. ¿Dejará que lo haga? —le suplicó mientras trataba de adivinar por
qué su madre la miraba como si supiese a ciencia cierta que ese no sería su
destino.
—Esta es tu casa, al igual que la mía. Aunque estoy segura de que antes
o después, el amor llamará a tu puerta. Si es que no lo ha hecho ya…
El color brotó en las mejillas de Sarah al escuchar las palabras de su
madre y, aunque Leonor se dio cuenta, se limitó a abrazarla, sin decir nada.
11
Debía pasar por casa. Quería asearse y cambiarse de ropa antes de volver de
nuevo a la aldea. Además, la señora Talbot seguro que estaría preocupada.
Ella siempre se preocupaba cuando no regresaba a dormir a la hacienda,
aunque supiese de sobra dónde había pasado la noche.
Y daba igual si llovía a mares o salía el sol, el camino a pie a través de
las extensas praderas que llevaban hasta la hacienda de su padre siempre era
un bálsamo de paz en su habitual vida de sobresaltos. Era su momento de
reflexión y sosiego, aunque su ama no siempre estaba de acuerdo con esa
forma suya de actuar, sobre todo, cuando llegaba a casa embarrada de pies a
cabeza. Pero aquella mañana no había sosiego sino inquietud en su alma.
Sarah no dejaba de darle vueltas a la misma cuestión. Apenas pudo dormir
esa noche pensando si debería hacer caso a su amiga Evelyn y acudir al
encuentro con su caballero o, por el contrario, dejarse guiar por la razón y el
sentido común, que últimamente parecían haberla abandonado, y no
asomarse por la colina durante unos días para evitarle a él y también los
problemas que intuía podía acarrearle aquel encuentro. Difícil decisión para
su alocada mente. Pero aún había tiempo para decidirse.
—¡Dichosos los ojos! —espetó la señora Talbot al verla aparecer—.
¿Dónde os habíais metido, chiquilla?, ¿es que os habéis propuesto acabar
conmigo antes de tiempo?
—Ya lo sabe —sonrió con benevolencia—. He dormido en casa de
Leonor. Pronto me iré a vivir con ella para siempre. Y lo único que echaré
de menos de esta mansión será a mi padre y a usted, Nana. Aunque no debe
preocuparse, porque siempre que esté segura de que Rosaline no se halle en
casa, vendré a visitarla y pasearemos juntas por el jardín. Ya sabe cuánto la
quiero.
—Es usted una zalamera. Eso es lo que es.
Sarah se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla. Sabía que a la
señora Talbot no se le daba bien recibir cumplidos, aunque no quería decir
que no le gustasen.
—¿Sabe si ha vuelto ya mi padre de su viaje?
—No, aún no y, por lo que he oído comentar a lady Rosaline, va a
demorar su vuelta más de lo que estaba previsto.
—¿Por qué razón?, ¿acaso ha tenido algún problema?
—No conozco la respuesta a esa pregunta, aunque supongo que la
misma lady Rosaline le informará en el almuerzo.
—No voy a quedarme a almorzar aquí. Solo he venido a cambiarme,
pero ya me iba.
—No puede irse aún, niña. Lady Rosaline ha preguntado varias veces
por usted.
—Pues, si vuelve a preguntar, haga como si no me hubiera visto —
susurró en voz baja—, o invente alguna excusa por mí. Estaré de vuelta al
anochecer.
Y de puntillas, como una chiquilla que no quiere ser descubierta, salió
agazapada por la puerta trasera de la gran mansión.
—Esta jovencita conseguirá acabar con mis nervios —se quejó para sí la
señora Talbot.
***
Estaba decidido, aunque era plenamente consciente de que la elección que
había tomado rozaba la imprudencia, pero la temeridad comenzaba a ser
costumbre en sus acciones.
Sarah era joven e impulsiva y disfrutaba rebelándose contra los
convencionalismos sociales establecidos o, dicho de otra manera más
práctica y realista, encontraba un gran placer fastidiando a Rosaline. Sin
duda, un encuentro a solas con un auténtico desconocido era la clase de acto
tan poco decoroso que, si se descubriera, pondría en tela de juicio el buen
nombre de la familia de la dama e incluso podría causar su decadencia entre
la sociedad aristócrata.
Mientras caminaba colina arriba con un libro en la mano que había
pensado leer bajo el gran roble que vigilaba la aldea, Sarah sonrió traviesa
al imaginar la cara que se le quedaría a Rosaline si supiera lo que estaba a
punto de hacer. Pero al vislumbrar la cima, un cosquilleo incómodo en el
estómago le hizo cambiar de opinión. Seguro que su caballero no se
presentaba, pero ¿y si lo hacía? No estaba preparada para ese supuesto, así
que detuvo la marcha. Apenas acababa de darse media vuelta para deshacer
lo andado cuando el perro del señor Johnson se abalanzó sobre ella
arrojándola al suelo y comenzó a lamerle la cara con impaciencia.
—¡Black, basta! No puedes echarte sobre mí cada vez que me ves. Mira
cómo me has puesto. Voy a decirte una cosa, perro malo. —Sarah se puso
en pie y continuó con su advertencia mientras se sacudía el vestido—. Si
vuelves a tirarme una vez más, no te guardaré la carne que tanto te gusta,
¿lo has entendido?
—Veo que la costumbre de hablar con los animales es bastante común
en vos. Estoy convencido de que después de vuestra severa amenaza, Black
tendrá más cuidado la próxima vez que os encontréis —comentó sin dejar
de sonreír y comenzó a ojear el libro que acababa de recoger del suelo—.
¿Es vuestro?
Sarah, avergonzada, se volvió hacia él.
—Sí, lo es, y lamento si mis modales le han ocasionado alguna
turbación. Este perro estúpido —dijo en tono de reproche hacia el animal—
cada vez que me ve termina tirándome al suelo.
—No tiene nada que lamentar. Hacía tiempo que no presenciaba una
escena tan divertida ni a una dama en esa tesitura, se lo aseguro. —Neizan
posó su mirada en ella antes de apartarla hacia el libro que sostenía en las
manos—. Sueño de una noche de verano —leyó en voz alta—. No está del
todo mal, aunque, en mi humilde opinión, sir William ha producido obras
mejores que esta.
Las palabras de Neizan desviaron la atención de Sarah de lo demás.
—¿No está mal? —expresó con evidente indignación—. Su comentario
es muy osado y algo insolente, me atrevería a decir. ¿Podría preguntarle qué
es lo que no le ha gustado de la obra?
—Uummm… —Elevó la vista, pensativo—. Su final, sobre todo su
final. Después de tantos enredos e intrigas, todo se resuelve en un instante.
Amores y desamores no cambian tan rápido. ¿No estáis de acuerdo
conmigo?
—Lamento tener que contradecirle. No serían esas mis palabras al
hablar de esa obra ni el final lo que destacaría de ella. Si le interesa
escuchar mi opinión, le diré que me parece una historia romántica, además
de divertida, alocada y excitante al mismo tiempo. Y de su final, qué decir,
el que debería ser. No querría haber leído otro distinto.
—Me intriga usted, y mucho. Tiene unos modales y una forma de
expresarse que rara vez he visto en mujeres instruidas en la corte. Y esto…
—dijo mostrando el libro antes de entregárselo—, no creí que la lectura
fuera una distracción común entre las gentes del pueblo.
Sarah agachó la cabeza, irritada ante el desafortunado comentario, pero
no tardó en alzarla de nuevo, dispuesta a enfrentarle.
—Pues cree usted mal. ¿Con cuánta gente « del pueblo » ha
conversado últimamente para respaldar tal afirmación, milord? Puede que la
condición de una persona limite sus posibilidades, mas en modo alguno
define lo que es o los intereses que le motivan.
Sorprendido por el cambio en la expresión de Sarah y en el tono de su
voz, Neizan trató de explicarse mejor.
—Si la he ofendido con mi comentario, le ruego que me perdone. Es la
segunda vez desde que nos conocemos que mis observaciones suscitan esa
respuesta en vos y le aseguro que nada más lejos de mi verdadera intención.
No se preocupe, cuidaré mis palabras a partir de este momento para no
volverla a molestar con ellas.
La sinceridad en la expresión del caballero sosegó su impulso.
—Está bien. Discúlpeme a mí también. Más veces de las que me
gustaría me dejo llevar por mi orgullo.
—Es ese orgullo del que habla y la pasión que demuestra con él una de
las muchas cualidades de vos que me tienen cautivado.
La rojez inundó las mejillas de Sarah y enmudeció su boca; no solo por
las palabras del caballero, sino por la mirada tan intensa con la que las
acompañó.
Nadie la miró nunca de ese modo, y aunque su manifiesta inexperiencia
no le permitía descifrar el significado de los gestos del caballero, una
intensa emoción se agitaba en su interior, haciéndola incapaz de sostenerle
la mirada por más tiempo.
—Debería irme ya. Se está haciendo tarde.
—No se vaya, por favor. Aún tengo mucho de lo que conversar con vos.
—Neizan cambió de tema, buscando una conversación que captara la
atención de la joven—. ¿Sabéis que en mi infancia tuve el honor de conocer
al maestro Shakespeare?
Acertó de lleno en su cometido. Sarah alzó la vista, esta vez con visible
asombro.
—¿De veras?, ¿habló con él? ¿Qué aspecto tenía?
—Solo conservo vagos recuerdos. Era muy joven y en aquel entonces ni
siquiera sabía quién era él. —Satisfecho al percibir el interés que despertó
en su acompañante, prosiguió—. Sin embargo, su apariencia no la tengo por
excepcional, ni su porte lo recuerdo elegante o aristocrático, sino más bien
diría que algo vulgar.
—No, no y no —interrumpió Sarah tapándose las orejas—. Si va a decir
esas cosas del maestro, no quiero oírlas. Prefiero retener la imagen que mi
mente ha creado para él y no esa tan horrible que acaba de revelarme con
sus palabras.
Sin embargo, Neizan se echó a reír con tantas ganas que también logró
arrancarle una sonrisa a Sarah. ¡Era demasiado inocente para ser real!
—Creo que ahora sí debería marcharse a casa. Estoy poniendo todo mi
empeño en contener el deseo de acercarme a vos y besaros, pero mis
fuerzas se agotan más rápido de lo que quisiera.
—¿Qué está diciendo!, ¿y se hace llamar caballero? ¿No hay límite en
sus palabras o acaso ha perdido el juicio por completo?
—Así es, perdí el buen juicio que siempre me acompañó en el mismo
momento en que la vi por primera vez. No me malinterprete, mis
intenciones hacia vos son las de un verdadero caballero. Decidme el
nombre de sus padres y hablaré con ellos de inmediato para que me
permitan cortejaros formalmente.
—¡Si apenas nos conocemos! —exclamó Sarah, escandalizada.
—Tiene razón, no lo niego, y os aseguro que no suelo ser tan franco ni
tan impulsivo. Pero con vos siento una emoción que no puedo explicar con
palabras. Desearía que pasásemos más tiempo juntos, y tengo la certeza de
que eso no podría suceder sin la debida aprobación por parte de su familia.
Permitidme pedir su consentimiento para cortejaros como es debido.
—No es posible, de veras que no —murmuró con nerviosismo mientras
se movía sin dirección—. Es una insensatez lo que proponéis, una auténtica
locura. No sabemos nada el uno del otro. ¡Si ni siquiera conozco vuestro
nombre!
—Neizan, me llamo Neizan y no me rechacéis otra vez, os lo ruego. Lo
único que os pido es que meditéis con calma mi proposición y en este
mismo lugar me brindéis una respuesta antes de que concluya el día de
mañana. Luego tendré que ausentarme varias semanas para atender un
asunto importante que se me ha encomendado.
Las palabras que le informaban de su futura ausencia apenaban a Sarah
más de lo que hubiera imaginado.
—No puedo prometeros nada —contestó ella.
—No lo espero. Me conformaré con saber que hoy estaré en vuestro
pensamiento como vos estaréis en el mío.
Sarah se dio la vuelta para tratar de ocultar el rubor que inundaba su
rostro al completo y emprendió el camino colina abajo.
—Sarah —susurró Neizan con deseo contenido mientras seguía su
figura a través del prado hasta verla desaparecer—, mi querida Sarah.
12
—¡Señora Talbot! —gritó Rosaline con su estridente y desagradable voz—.
¡Señora Talbot!
—Milady, ¿en qué puedo ayudarle?
—¿Dónde está Sarah? Le dije que viniera a verme en cuanto pusiera un
pie en la hacienda.
—Lo tengo en cuenta, milady, pero la señorita Sarah aún no ha
regresado a casa.
—Pues búsquela, ¿a qué está esperando? Mande a alguien a por ella y
que la traigan a mi presencia lo antes posible. Hay asuntos importantes que
debo comunicarle sin demora.
—Como guste, milady. Haré lo que me pide.
—Bien. Una cosa más. Dele esta carta al señor Roberts para que la lleve
a la dirección que está escrita. Dígale que utilice el caballo más veloz que
haya en la cuadra, quiero que llegue lo antes posible a su destinatario. ¿Lo
ha entendido bien? ¿o tengo que repetírselo?
—Perfectamente, milady.
—Pues vamos, ¿a qué espera? ¡Muévase!
***
Ajena a lo que sucedía en la hacienda, la cabeza de Sarah no dejaba de darle
vueltas a las palabras del hombre que, a todas horas, invadía su
pensamiento sin permiso. No lograba comprender el porqué de esa tormenta
de sentimientos desconocidos e incontrolables que alborotaban su apacible
serenidad. Necesitaba respuestas y solo existía una persona que pudiese
dárselas.
—Madre. He estado pensando en lo que hablamos el otro día y aún
tengo más preguntas.
—Te escucho —contestó Leonor sin dejar de cepillarle el pelo.
—¿Cree que solo existe un hombre perfecto para cada mujer?
Leonor sonrió con picardía.
—Mucho me hablas de hombres y de amor últimamente. Veo que mi
pequeña se hace mayor antes de lo que me gustaría.
—¡Madre! No me avergüence y contésteme, se lo ruego.
—Querida niña, no hay hombres perfectos en el mundo, como tampoco
existen mujeres perfectas.
—Entonces, ¿cómo saber si amas a alguien? ¿No es posible confundir el
amor con otro sentimiento distinto? ¿Es posible tenerlo delante y no darse
cuenta? o ¿creer que amas a alguien y estar equivocado?
—No dispongo de una respuesta sencilla a lo que preguntas. El amor se
siente, aunque no es una emoción fácil de explicar con palabras puesto que
no creo que haya siquiera dos formas de sentir iguales. Sí te diré que sabrás
que es amor verdadero cuando lo sientas aquí dentro —dijo llevándose la
mano al pecho—, y aquí —ahora señaló su cabeza—, y también por todo el
cuerpo.
—No crea que me ha quedado nada claro aún. Tengo que pensar más en
sus respuestas.
—Pues, mientras lo meditas, contéstame tú a una pregunta. ¿Estas
inquietudes repentinas tienen algo que ver con las visitas que te brinda en la
colina un apuesto caballero?
Sarah se giró hacia su madre, sorprendida.
—¿Cómo lo ha sabido? ¿Acaso tiene poderes mágicos como asegura
Rosaline? Pues, de ser así, debería haberlos usado hace tiempo para
convertirla en un sapo o algo peor.
Leonor volvió a reír.
—El único poder mágico que poseo es saber escuchar, con la única
virtud de elegir primero a quién preguntar. Y la mejor cualidad de tu amiga
Evelyn no es guardar secretos.
—Sí, eso lo sé demasiado bien —contestó con una gran sonrisa.
—El único consejo que puedo darte, hija mía, es que siempre te guíes
por el corazón. Sé precavida, pero no tengas miedo. En la sociedad en la
que vivimos, nosotras somos quienes tenemos todo que perder, aunque ya
me ves, siempre es posible salir adelante y gozar de una vida plena y
maravillosa fuera de los dictámenes marcados.
—Quiere conocerla —susurró tan avergonzada al decirlo que apenas se
oían sus palabras.
—Bueno —asintió, tratando de ocultar la sorpresa—, eso está bien. No
es solo un caballero de título —comentó con cierto orgullo en la voz—. Me
agrada. ¿Cuándo vendrá?
—Mañana mismo. Si le doy una respuesta afirmativa, claro.
—Parece que tu caballero no quiere perder el tiempo. ¿Ha pasado algo
entre vosotros dos que deba conocer?
—¡Madre! —exclamó todavía más avergonzada—, ¿qué habría de
pasar? Si hubiera intentado besarme siquiera, le habría abofeteado allí
mismo.
—¿Besarte? —Leonor sonrió—. Vida mía, tienes un alma inocente y
noble. Creo que ha llegado el momento de explicarte ciertos asuntos
íntimos sobre el amor de los que deberías estar informada. Quizá ya tendría
que haberlo hecho, pero los hijos crecéis más rápido de lo que nos gustaría
a los padres.
—¿De qué asuntos habla?, ¿qué quiere contarme que no sepa aún?
Unos golpes repetidos y ansiosos en la puerta interrumpieron la
conversación y Evelyn entró llorando desesperada en busca de consuelo.
—¡Se ha prometido! —sollozaba—. El estúpido de Tom se ha
prometido con la engreída de Alice. —Evelyn lloró con amargura y se
abrazó a Sarah que trataba de consolarla sin éxito alguno.
***
Sentada en la cómoda de la habitación de Sarah, con la escasa luz de una
vela apoyada en la mesilla, Rosaline esperaba impaciente el regreso de su
hija. Estaba exultante. Su plan había salido mejor de lo que nadie hubiera
esperado. Incluso la terrible noticia del naufragio de uno de los barcos que
transportaba parte de la mercancía del señor O ´Neil le vino de maravilla
para materializar su ardid sin que su esposo tuviese la oportunidad de
oponerse al no estar presente. Todas las pérdidas económicas de la familia
habrían merecido la pena si finalmente conseguía lo que hacía semanas
habría parecido imposible.
La señora Talbot entró en la habitación.
—¿Aún no ha llegado?
—No, milady.
—Que preparen mi carruaje. Yo misma iré a buscarla. Así
solucionaremos dos problemas de una vez —murmuró para sí—. Señora
Talbot, avise al condestable parroquial que venga a casa. Y que traiga a
alguno de sus hombres con él. Es posible que vayamos a necesitarlos.
—¿El condestable, milady? ¿Es que piensa mandar a arrestar a su propia
hija?
—No digas estupideces. El señor Wellington y yo hemos hablado esta
mañana y ya sabe por qué le mando llamar. Vamos ve. Haz lo que te ordeno
y no rechistes.
***
En otra hacienda cercana a la aldea, Neizan organizaba los preparativos
para la tarea que le había encomendado el duque.
—Capitán, ¿tenemos noticias del resto de la guardia que custodiará el
carruaje?
—Sí, señor, ya han salido de palacio. Llegarán mañana con tiempo
suficiente para que los caballos descansen y retomar el viaje con la futura
duquesa.
—¿Y mi hermano?, ¿tiene alguna noticia de él?
—Partió a la posada después de comer y aún no ha regresado. ¿Quiere
que mande a buscarle?
—No se preocupe, capitán, iré yo mismo. Aunque es seguro que tenga
que traerlo a rastras. Mañana debería salir de madrugada para llegar a
Yorkshain a tiempo para reunirse con el administrador del pueblo. Es
menester que firme unos papeles que le he dejado debidamente redactados.
—¿Y usted, señor?, ¿partirá también con él?
—Esta vez no. Mi padre me ha pedido que escolte el carruaje de su
prometida junto con el resto de la guardia. Y, además, existen otros asuntos
más importantes en este condado que me gustaría resolver antes de partir
hacia el castillo.
—Parece contento, señor.
—Lo estoy, capitán. Exultante, diría. Por fin he encontrado lo que
andaba buscando. Y puedo asegurarle que es la cosa más bonita que he
visto en mi vida.
El capitán sonrió satisfecho. Apreciaba a lord Neizan, todos lo hacían. A
diferencia de Philippe, Neizan era un hombre íntegro y justo, un líder nato
en quien confiaban y a quien seguirían sin pensar.
—Pues si me permite la indiscreción, le diré que toda la guardia estaría
encantada de celebrar dos bodas en lugar de una. Ya va teniendo edad para
sentar la cabeza, milord.
—Bueno, Alfred, no corras tanto. Nadie ha hablado de boda aún —rio
complacido con la idea—, aunque, y que conste que lo negaré si lo repite,
desposaría a esa mujer hoy mismo si ella accediese.
13
Las emociones en casa de Leonor se fueron calmando. Al fin consiguieron
consolar a la pobre Evelyn y, sentadas frente a la chimenea, las tres reían a
carcajadas ridiculizando de forma exagerada a los hombres que conocían,
aunque sus burlas se centraban en Tom, el causante de las desdichas de su
querida amiga.
—¿Qué me dices de la risa chillona que tiene? Si te casaras con él,
acabarías encerrada en un manicomio, ¿o no ves cómo está su madre por
tener que aguantarle cada día? —se burló Sarah.
—Muy cierto. Y el ruidito que hace al respirar… ¡Aggggg! Me pone de
los nervios.
El sonido cercano de un carruaje advirtió a los presentes sobre una visita
inesperada. Aunque más sorprendente fue cuando la puerta de la entrada se
abrió y la figura de lady Rosaline apareció allí, escoltada por varios
hombres uniformados y armados con espadas que la seguían de cerca. Solo
uno de ellos cruzó el umbral junto a lady Rosaline, mientras que los demás
permanecieron fuera, aguardando nuevas órdenes.
Las tres mujeres se pusieron en pie sin entender nada.
—Buenas noches, señores —saludó Leonor—. Horas intempestivas y
poco apropiadas son estas para una visita. ¿Podrían darme a conocer al
menos a qué debemos el honor de su presencia en mi humilde casa?
Rosaline se volvió hacia el agente que la acompañaba antes de contestar.
—Señor Wellington, ¿le importaría esperarme fuera? Tengo asuntos
personales que debo resolver con esta mujer antes de ninguna otra cuestión.
—Por supuesto, milady. Llámeme si me necesita.
En cuanto la puerta se cerró, Rosaline comenzó a hablar mientras, sin
mostrar ninguna cortesía, paseaba su vista inquisidora por el cuarto.
—Así que esta es la casa dónde mi hija pasó los primeros cinco años de
su vida. Ahora entiendo mejor el porqué de la vulgaridad que exhibe.
—No se confunda, Rosaline. Usted no es mi madre y, por tanto, yo no
soy su hija —replicó Sarah.
Leonor se volvió hacia ella haciéndola un gesto para que se calmara y
no respondiera a las provocaciones de esa mujer, que sabía solo pretendían
herirla.
—Imagino por sus palabras que no está aquí para admirar mi casa. ¿A
qué ha venido entonces, Rosaline?
—Lady Rosaline para usted. Somos de clases distintas, no lo olvide.
—No solo no lo olvido, señora, sino que cada día doy gracias al cielo
por no parecerme en nada a usted.
Rosaline sonrió con el desdén y la soberbia de la que hacía gala.
—Ya veo también de dónde ha sacado « Sarah » su arrogancia. Pero
dejémonos de charla. Como bien debe suponer, no he venido aquí para
entablar una conversación con usted. Mi única intención es llevarme a mi
hija a su verdadero hogar. Al fin voy a sacar buen provecho de esta criatura
ingrata. Todo el sufrimiento que he soportado con sus desmanes hacia mí y
su insufrible soberbia se verán recompensados.
—¿Cómo puede hablar de Sarah con ese desprecio sin que se le parta el
alma? ¿Es que acaso usted no alberga sentimiento alguno en su corazón?
¡Por Dios, la llevó en su vientre durante nueve meses!
—¡Qué sabrá usted de mis sentimientos! Esa niña es un castigo para mis
ojos; lo ha sido siempre, desde el día que vino al mundo. Cuando la miro
solo veo al pobre hijo que perdí por su culpa.
—¿Por su culpa? Usted no está bien, señora, ¿o acaso no piensa lo que
está diciendo?
—Déjelo madre —intervino Sarah—. No merece la pena. Me iré con
ella. En unos meses estaré viviendo con usted y esta mujer dejará de formar
parte de mi vida para siempre.
—Parece que no me he explicado con suficiente claridad porque no hay
duda de que no has entendido nada, mi querida Sarah. Eso que planeas tan
solícitamente solo podrá suceder en tus sueños, mas no en la vida real.
—¿A qué se refiere?
—Hace unos días firmé un acuerdo de matrimonio ciertamente
ventajoso para ti, y por supuesto, también para el resto de la familia. En dos
días partirás hacia la que será tu futura residencia. —Una sonrisa
despiadada asomó a los labios de Rosaline al ver como palidecía el rostro
de su hija—. Ya está todo listo. Incluso los reyes han dado su aprobación
para el enlace, e imagino que el que será tu futuro marido no querrá tardar
en desposarte —concluyó con maldad.
—¡Miente! Eso que dice no puede ser cierto. Es una insensatez. ¿Acaso
está informado mi padre del acuerdo del que habla? Él nunca accedería a
algo así.
—Es cierto, tu padre no lo aprobaría, pero resulta que él no está aquí y
la fortuna ha querido que tarde bastante en regresar, al menos el tiempo
suficiente para que ya no haya marcha atrás.
—No importa lo que diga usted. Aunque padre esté ausente yo no he
dado mi consentimiento para ese casamiento y no lo haré. Me oye. ¡No lo
haré! —gritó con fuego en los ojos.
—En eso te equivocas, querida. Lo harás. No solo porque quieras o no
soy tu legítima madre y me debes obediencia ante la ley, sino que tengo una
razón mucho más… más convincente, diría yo.
—Puede saberse ¿de qué razón está hablando?
—Ha llegado a oídos del señor Wellington, nuestro adorado condestable
parroquial, que Leonor, esta mujer a la que llamas madre, ha ejercido
prácticas de brujería en la aldea desde el mismo día que puso los pies en
ella. Hay testigos que afirman que llegó a ofrecer la vida de su hijo al
mismísimo Satanás a cambio de su favor. —Soltó un suspiro teatral—. He
intentado frenar esas habladurías que corren de boca en boca desde hace
tiempo, pero ya no me es posible salvo, claro está, que tú quieras hacer algo
por mí.
—Pero ¿usted se oye? Es absurdo lo que dice.
—Tranquila, amor mío, es una acusación sin sentido. No tiene ninguna
prueba que lo demuestre —intentó tranquilizar Leonor.
—Eso tendrá que decidirlo un juez. Y Sarah, ¿quieres saber cuál es la
pena por ejercer la brujería en este país? Te lo diré encantada: es la muerte,
querida.
—No. No. Solo intenta asustarme. Ni siquiera usted sería capaz de un
acto tan mezquino.
—¿Eso crees? Es evidente que no has aprendido nada. Sigues siendo la
niña tonta e inocente que has sido siempre.
Sarah se abrazó a Leonor mientras Rosaline se volvía, abría la puerta y
hacía un ademán a los hombres que la esperaban fuera y que no tardaron en
entrar a la casa, dirigiéndose hasta Leonor para esposarla, ante la mirada
desesperada de Sarah, quien trataba de evitarlo por todos los medios.
—¡Déjenla! ¡Suéltenla les digo! Ella no ha hecho nada. La única bruja
que hay en esta habitación se llama Rosaline. Llévensela a ella y no a mi
madre.
—Tranquila, cariño. No va a pasarme nada. Solo es una denuncia
absurda con la que intenta asustarte para conseguir lo que se propone.
Leonor permanecía serena, no aumentaría el sufrimiento de su hija
mostrándose temerosa. Sarah era lo único que le importaba.
—Sarah, escúchame, no debes preocuparte por mí. Estaré bien y me
soltarán pronto. No cedas al chantaje de esta mala mujer.
—¡Madre! —gritó ahogada en lágrimas al ver cómo tiraban de ella hacia
fuera de la casa, mientras Evelyn, espantada por lo que estaba pasando, la
sostenía con fuerza para impedir que saliera tras ella.
Rosaline se acercó a Sarah para aprovecharse de su momento de
debilidad.
—Todo esto es por tu culpa. Traes la desgracia a cualquiera que esté
cerca de ti. Aunque todavía hay una forma de solucionar la incómoda
situación en la que nos encontramos. Acepta el acuerdo, Sarah. Acéptalo y
te doy mi palabra de que Leonor saldrá inocente de la acusación.
—No escuches a esa bruja. No dejes que te convenza, te lo ruego —
suplicó Evelyn, que veía como la voluntad de su amiga se derrumbaba.
—Si no aceptas lo que te propongo, pronto estarás lamentando la muerte
de tu querida madre, y entonces ya nada se podrá hacer para remediarlo.
¿Ese es el amor tan profundo que pregonas por ella?
Con los ojos inundados en lágrimas, Sarah observó horrorizada como se
llevaban a su madre esposada hacia el carruaje, mientras las retorcidas
palabras de Rosaline penetraban en su mente, debilitándola.
—¡Deteneos! —gritó con todas sus fuerzas—. Aceptaré el acuerdo. Lo
aceptaré.
—Sarah, no lo hagas —rogó Evelyn que aún la sostenía—. Eso es lo que
busca ese diablo de mujer, ¿no te das cuenta?
—Lo sé, pero no permitiré que Leonor sufra algún daño por mi culpa.
Ella me lo ha dado todo en la vida, Evelyn, todo. Renunció a su familia y a
sus sueños por mí, y no dejaré su vida en manos de personas de tan
detestable calaña. Si casarme es el precio que debo pagar para que mi
madre esté a salvo, lo haré, me casaré.
Rosaline, segura de su victoria, intervino de inmediato al oírla.
—Entonces, dime, ¿me das tu palabra de que aceptarás desposarte con el
caballero que he elegido para ti?
Con la mirada pérdida, Sarah asintió con la cabeza mientras las palabras
salían sin vida de su boca.
—Ya se lo he dicho. Lo haré. Me casaré con quien usted mande.
—Eso está mejor.
—Pero solo si me da su palabra de que dejará en paz a Leonor para
siempre.
—No te confundas, niña. Esa mujer no me interesa ni me interesó
nunca.
—Prométalo de igual modo.
—Te doy mi palabra. No obstante, estará presa hasta que reciba la
confirmación de tu casamiento.
—Libérela ya. Dijo que la dejaría en libertad.
—Y lo haré, mas no creerás que voy a correr el riesgo de que te
arrepientas y huyáis juntas de aquí, ¿verdad? Cuando te desposes, Leonor
será libre para siempre. Tú decides, ¿aceptas mis condiciones?
—¿Acaso tengo alguna otra opción?
—Ves que fácil es llegar a un acuerdo, querida. Ahora sube al carruaje,
rápido. Hay mucho que preparar y solo tenemos dos días.
Cuando Leonor fue consciente de lo que había sucedido, trató de
liberarse de su arresto para correr hasta la carroza, que se puso en marcha
llevándose a Sarah con ella.
—¡Hija, no! ¡No lo hagas!
—Madre, ¡volveré a por usted! —sollozaba desconsolada desde su
asiento.
—Eso será si tu esposo lo permite. Imagino que a un duque no le
agradará que te rodees de gente tan vulgar como ella. Las apariencias son
muy importantes en la corte. —Rosaline disfrutaba como nunca con su
triunfo.
Asomada a la ventana del carruaje, Sarah observó desesperada la
imagen de su madre que, arrodillada, no dejaba de gritar su nombre.
Sarah miró a Rosaline con los ojos enrojecidos por el llanto y la furia
contenida.
—La odio. La odio con toda mi alma. Tarde o temprano pagará por esto,
lo prometo.
—Oscuros sentimientos para un alma tan pura e inocente como es la
tuya. En verdad deberías estarme agradecida. Tendrás el mejor casamiento
de toda Inglaterra. Pertenecerás a la alta nobleza de este país y, por
supuesto, yo contigo. Además, estoy segura de que agradecerás el hecho de
que tu esposo sea mucho mayor que tú, sobre todo cuando tengas que
complacerle en la alcoba.
No comprendió lo que quería decir Rosaline con sus palabras, pero no
preguntó. La rabia, la pena y la impotencia competían por su alma en ese
instante. Su destino había dejado de importarla y, por primera vez, la sed de
venganza se abría camino en su vida.
14
La señora Talbot también estaba desolada por lo sucedido. Conocía
demasiado bien a Sarah para adivinar el terrible sufrimiento que escondía
tras su estado de aparente serenidad.
Sabía que la niña a la que ayudó a criar tenía un espíritu fuerte, y estaba
segura de que saldría adelante a pesar de las adversidades que le deparara la
vida, que hasta el momento habían sido muchas. Además, había tomado la
determinación de no alejarse de ella mientras le quedara salud para cumplir
con su cometido.
—Mi niña, no me dé más disgustos. Tiene que comer algo o terminará
enfermando.
—No tengo apetito, Nana.
—Creo que sería bueno que le diera un poco de aire en la cara. Desde
que llegó anoche no se ha movido del cuarto y ya está comenzando a
oscurecer. Le recomiendo que vaya a pasear por el jardín oeste.
—No quiero parecerla desagradecida, pero tampoco me apetece salir a
pasear.
—Estoy segura de que el jardín oeste será de su agrado. Está bellísimo
en esta época del año. Los jacintos ya han empezado a florecer y confío en
que después del paseo se sentirá mejor. Hágame caso por una vez y salga a
pasear.
Sarah se dio la vuelta, desconcertada, para observar minuciosamente el
rostro de la señora Talbot. Tanta insistencia no era habitual en ella.
—Está bien. Pasearé un rato.
—Por el jardín oeste —insistió.
La señora Talbot había conseguido despertar su curiosidad con su
empecinamiento. Sarah se colocó la capa sobre los hombros y fue hacia los
jardines.
No había recorrido ni cinco minutos cuando averiguó la razón de tanta
insistencia. Oculta entre los frondosos matorrales, una voz conocida
pronunció su nombre.
—¿Quién está ahí?, Evelyn, ¿eres tú?
—Sí, la misma.
—¡Evelyn! —gritó mientras corría a abrazarla—. ¿Qué haces aquí? Si te
encontrara Rosaline…
—Esa mala bruja. Ni me la recuerdes. Dios quiera que le caiga un rayo
en la cabeza.
—No digas eso, pobre rayo. Me conformaría con que un barco se la
llevara a las Américas y se quedara allí para siempre.
—Me vale, también. Pero no hablemos más de esa diabólica mujer.
Vengo a traerte noticias de Leonor.
—Dime, por favor, ¿cómo está mi madre?, ¿sabes dónde se la han
llevado?
—Tranquila, Leonor está bien. Serena. Ya sabes cómo es. No creo que
exista persona con tanta sangre fría como ella.
—Sí —sonrió con melancolía—. Es más fuerte de lo que yo seré nunca.
—Mi padre a veces trabaja para el condestable y nos ha contado que
pronto la dejarán volver a su casa, aunque, hasta que reciban la
confirmación de tu casamiento, escoltarán sus salidas para evitar que pueda
escaparse e ir en tu busca.
» Mi madre está indignada con lo que os han hecho. Y muchas personas
más en el pueblo. Hay que encontrar la forma de solucionar esta situación
antes de que te obliguen a desposarte.
El tono de voz de Evelyn se volvió más melancólico al pronunciar la
última frase. Conocía los sueños de su amiga, y casarse con un hombre al
que ni conocía ni amaba no formaba parte de ellos. Además, en los últimos
días había notado un cambio en el brillo de sus ojos, y sospechaba que tenía
que ver con el apuesto caballero que la rondaba desde la noche del baile.
—He contemplado todas las opciones posibles y no encuentro ninguna
distinta a la ya tomada. Si desposarme libra a mi madre de tan horribles
acusaciones, no me queda más remedio que aceptar el compromiso. —
Sarah suspiró—. Fui una ingenua al pensar que podría escapar del destino,
pero… ya me ves…
—¿Y tu caballero? ¿Qué será de él?
—Mi caballero —repitió mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro y
su mirada se perdía en el horizonte—. Nunca fue mío y nunca lo será. Muy
pronto solo será parte de un hermoso recuerdo.
***
Entretanto, en la colina, ajeno por completo a los acontecimientos que se
desarrollaban a escasas millas de distancia, Neizan desesperaba aguardando
por una visita que no llegaba.
No entendía que podía haber sucedido. Estaba seguro de que la joven a
la que trataba de cortejar compartía sus sentimientos, o tal vez solo era lo
que él deseaba creer. Pero la realidad era que llevaba todo el día
esperándola allí y ella ni se había presentado ni mandó a nadie a excusar su
ausencia.
No estaba en su naturaleza rendirse tan pronto; no pensaba darse por
vencido. La buscaría en la aldea en cuanto volviera de realizar el encargo
que le confío el duque. Iría casa por casa si era necesario hasta dar con ella,
expresarle sus sentimientos abiertamente y conseguir el beneplácito de su
familia para cortejarla primero y desposarla después.
La luz de la luna iluminaba los prados ya carentes de color cuando
decidió regresar a la mansión donde le esperaba la comitiva lista para partir
a primera hora de la mañana. Pero un sonido a su espalda lo hizo volverse.
—Milord.
Envuelta con una oscura capa que solo dejaba parte de su rostro al
descubierto, Sarah salió de entre los árboles.
—¡Ha venido! —exclamó aliviado—. Me desesperé pensando que no lo
haría.
—No me ha sido fácil, se lo aseguro, mas no quería que pensara que soy
una persona descortés. Pero no tengo mucho tiempo.
—Pues no lo desperdiciemos. Lléveme ahora mismo a hablar con sus
padres. Si me dais vuestro consentimiento, me gustaría pedirles permiso
para…
—No diga nada más, milord. Antes de pronunciar otra palabra, debéis
conocer la razón por la que he decidido acudir hasta aquí a pesar de las
dificultades. Creo menester informaros sobre la nueva situación en la que
me encuentro.
—¿Situación?, ¿de qué situación habláis?
—Desde esta misma mañana soy una mujer prometida y en poco más de
un mes me habré desposado.
—No es posible eso que dice. ¿Comprometida? Pero si ayer…
—Ayer forma parte del pasado y ha dejado de importar. Es el ahora en el
que estoy prometida.
—No veo entusiasmo en su cara al brindarme tan feliz noticia, y
tampoco veo un anillo en el dedo por el que tenga que retirar mis
intenciones —contestó contrariado.
—Ni entusiasmo ni anillo, mas me desposaré, se lo aseguro.
—¿Le amáis? Decidme al menos si es amor lo que os ha llevado a
aceptar tal proposición.
—¿Acaso importa eso? Soy mujer, nadie ha pedido mi parecer.
—A mí sí me importa. Respondedme, os lo ruego, ¿le amáis?
—Apenas le vi una vez.
—Sí o no. Sea clara, por Dios.
—No, no le amo, ni le amaré jamás. Mas un deber mayor que mi orgullo
y mi deseo me obliga a seguir adelante con este matrimonio.
—Llevadme a vuestra casa. Hablaré con vuestra familia y veremos la
manera de deshacer ese compromiso que la tiene atada sin amor. Cuando les
informe de mis intenciones con vos y sepan quién soy…
—No es posible. El acuerdo no puede romperse. La vida de una persona
muy importante para mí está en juego y no haré nada que comprometa su
seguridad, aunque tenga que sacrificarlo todo. He dado mi palabra y la
cumpliré.
—Sarah, por favor. —Neizan la tomó de los brazos y la atrajo hacia él.
—Soltadme. No lo hagáis más difícil, os lo ruego. Apenas nos
conocemos y pronto podréis olvidar que he existido en vuestra vida.
Sarah, sollozando, se zafó de sus manos y salió corriendo entre las
sombras, desvaneciéndose antes de que Neizan, conmocionado aún con la
noticia, tuviese tiempo de reaccionar.
***
—Capitán. Que todos estén listos a primera hora, debemos partir cuánto
antes. Mi padre ha mandado el mayor de sus carruajes y también el más
lento. Al menos nos llevará una semana alcanzar el castillo, sin contar los
imprevistos que este tiempo tan revuelto nos pueda acarrear. —Neizan
ultimaba los detalles.
—No se preocupe. Estaremos preparados para salir al amanecer. ¿Pudo,
mi señor, resolver los asuntos que tenía pendientes? —se interesó el capitán
de la guardia.
—Por desgracia, no. Y no parece que vaya a cambiar mi suerte.
Abatido por lo sucedido en la colina, se dirigió hacia su habitación. La
mirada y la sonrisa de aquella joven le acompañaban allá donde iba, incluso
se colaban sigilosos cada noche en sus sueños desde el día que se cruzaron
sus caminos. No sería capaz de olvidarse de ella… Al menos, el cometido
que le confió su padre le serviría de distracción temporal, y luego… No
podía pensar con claridad, aún no, aunque no iba a conformarse.
15
—Milord, estamos listos para partir.
—Perfecto, capitán. Adelantaos con el carruaje para ir a recoger a la
dama a su mansión. Os alcanzaré antes de que salgáis del pueblo, aún me
quedan por arreglar unos asuntos aquí.
—Como desee, milord.
***
El ruido de los caballos anunciaba que había llegado el momento de partir
hacia su nuevo destino. Sarah no se hizo esperar; sin muestra de emoción
alguna en el rostro, se enfundó en su capa, cubriéndose la cabeza y, tomada
del brazo de la señora Talbot, abandonó la mansión.
Fue el mismo capitán de la guardia quien se acercó para escoltarlas en
su camino.
—Sir Robin Green, capitán de la guardia, para servirla —se presentó
con una reverencia.
—Capitán —contestó Sarah con un sutil movimiento de cabeza—. Esta
es mi doncella, la señora Talbot que también viajará con nosotros.
—Señora —saludó inclinándose de nuevo para enseguida volver la
atención hacia la futura duquesa de Kent—. Mis hombres están cargando
los equipajes en el carruaje. Nuestra intención es partir sin más demora. El
viaje es largo y el tiempo que parece que nos acompañará durante todo él no
lo hará más fácil. ¿Desean subir al coche o prefieren esperar a que hayamos
acabado?
—Subiremos ya y nos iremos acomodando, así no les retrasaremos
después.
—Cómo guste, milady.
Rosaline, regocijada con su éxito, miró por la ventana para comprobar
cómo su hija abandonaba la hacienda. Su rostro no mostró ni un indicio de
remordimiento o culpa, más bien todo lo contrario. Con una mueca de
satisfacción en la cara, se quedó observando su partida, sin importarle lo
que le deparara el destino, puesto que ella acababa de asegurarse el suyo.
***
Ni sus ojos ni su ánimo tenían intención alguna de fijarse en la lujosa
carroza en la que viajaban. Acomodadas en los acolchados asientos
tapizados de terciopelo rojo a juego con las cortinillas que cubrían las
ventanas, Sarah apoyó la cabeza sobre el hombro de su ama, quien
respondió abrazándola con ternura.
—Tantas veces soñé con salir de la hacienda y viajar a otros lugares que
nunca me detuve a pensar cómo me sentiría al hacerlo. Y lo único que
siento, querida Nana, es desdicha; ninguna otra emoción alberga mi corazón
—suspiró con melancolía—. Tenía razón en todo lo que siempre trató de
enseñarme, aunque es tarde para mí, ahora me doy cuenta. En nada se
parece la vida que nos toca vivir con la forma en la que la imagina uno
cuando sueña con ella.
—No, mi querida niña, no hable así. Son sus sueños y sus ilusiones los
que han forjado la maravillosa persona que es hoy, y son también esos
sueños los que, tarde o temprano, animarán al cambio de una sociedad tan
injusta como la nuestra. —La señora Talbot le acarició el cabello con
ternura—. Al hacerle esos reproches, solo quise conformarla para protegerla
del sufrimiento que, muy a mi pesar, ha sido fiel compañero en su vida. Y
sin embargo, nunca se ha doblegado ante él, y me siento orgullosa de usted
como seguro lo está la señora Leonor.
—Nana, mi querida Nana.
—Mi niña indomable. Todo saldrá bien, ya lo verá.
16
Las nubes parecían enfadadas con su marcha y mostraron el más atroz de su
aspecto, como si quisieran dar a entender a la comitiva que formarían parte
importante del viaje.
Desde la ventana del carruaje, Sarah contempló la hacienda y las colinas
donde había pasado toda su vida. Los buenos momentos vividos se
agolpaban en su cerebro en forma de difusas imágenes superpuestas que
desfilaban incesantes antes de desvanecerse en algún rincón de la memoria.
Un intenso vacío ocupó su interior al pensar en las personas que tanto
significaban para ella y a las que quizá no volvería a ver nunca más. Las
lágrimas volvieron a cegarla mientras todo lo que le importaba fue
empequeñeciéndose hasta terminar por desaparecer de la vista. Aun así, su
mirada se perdió sobre el horizonte unos minutos más tratando de hacer
acopio del valor perdido. No iba a rendirse, nunca lo hizo antes, y no
permitiría que nada ni nadie doblegaran su carácter. Se casaría con el
duque, pero cuando su madre estuviese a salvo, regresaría a por ella y
huirían juntas a cualquier lugar en el que nadie pudiese encontrarlas. Pronto
volvería a verla, muy pronto, aunque temía que ella ya no sería la misma.
Sus ojos, doloridos y agotados por tanto llanto, no permanecieron
mucho tiempo abiertos. Sarah se acurrucó en el asiento y se dejó llevar
hasta el maravilloso e irreal país de los sueños.
No había transcurrido más de una hora cuando un jinete alcanzó el
carruaje uniéndose a la guardia.
—Capitán, ¿cómo ha ido todo?, ¿algún contratiempo? —se interesó el
recién llegado.
—Ninguno, milord. La dama y su doncella estaban preparadas para
partir cuando llegamos a su hacienda y no se han movido de la carroza
desde entonces.
—Bien. Vamos a tener que aligerar la marcha. Creo que la lluvia será
fiel compañera en este viaje y deberíamos aprovechar los momentos de
tregua para avanzar tanto como se pueda.
—Hablaré con el cochero para informarle.
—Hágalo. Mientras, presentaré mis respetos a la futura duquesa. Luego
me adelantaré hasta la posada para asegurarme de que las habitaciones estén
listas cuando lleguemos.
—Permítame decirle que su padre ha tenido un gusto exquisito, milord.
Es una joven muy bella nuestra futura duquesa.
—No esperaba menos de él —sonrió.
Neizan instó a su caballo a posicionarse junto a la puerta del carruaje y
golpeó la ventana con delicadeza.
—¿Milady?
Las cortinas se corrieron y la cabeza de la señora Talbot asomó por la
ventana.
—¿Qué desea, milord?
—Quería presentar mis respetos a su señora.
—Milady está descansando, mas si desea que la despierte…
—No, no lo haga. Ya habrá tiempo de presentarme cuando alcancemos
la posada. El viaje no es corto.
—Agradecida, milord. En cuanto mi señora abra los ojos, le haré saber
su intención.
Y, con una inclinación de cabeza, Neizan se despidió.
Todo había sucedido tan rápido que Sarah no perdía la esperanza de que
al despertar, lo acontecido en los últimos días no fuese más que un sueño
producto de su delirante y alocada imaginación. Pero al abrir los ojos y
verse encerrada en ese carruaje, una sensación opresiva en el pecho la instó
a incorporarse con rapidez. Con desesperación, abrió la boca buscando el
aire que parecía no querer llenar sus pulmones, abrió la ventana de par en
par y asomó la cabeza por ella.
—Tranquila, niña. Respire, respire despacio —le decía la señora Talbot
tratando de relajarla, aunque de sobra sabía que ya era demasiado tarde.
—Paren, por favor. Detengan el carruaje —apremió Sarah al cochero.
Aunque ni siquiera aguardó a que este obedeciera, Sarah abrió la puerta del
coche, se lanzó hacia fuera y rodó por el prado.
Sus voces alertaron al resto del grupo. Cuando Neizan observó,
incrédulo, como la dama se arrojaba al suelo desde el carruaje en marcha,
desmontó del caballo y corrió para auxiliarla.
—Milady, ¿por qué ha hecho algo así?, ¿se ha lastimado?
—No, señor, estoy bien. Necesitaba respirar un poco de aire, eso es
todo.
—¿Está segura de que se encuentra bien?
—Sí, de veras lo estoy, al menos en la parte visible de mí persona.
Pero cuando alzó la cabeza y convergieron sus miradas, los corazones
de los dos jóvenes interrumpieron sus latidos.
—¿Sois vos de verdad o es que he perdido la razón por completo? —
dijo Neizan, sorprendido, mientras la ayudaba a levantarse—. ¿Sois una de
las doncellas de la prometida del duque?
Sarah agachó la cabeza, avergonzada, pero la señora Talbot interrumpió
su respuesta.
—Milady —gritó, abalanzándose sobre ella—, ¿cómo ha hecho una
locura así? ¿Es que se ha propuesto matarme a disgustos?
—¿Milady? —preguntó Neizan, desconcertado—. Entonces, ¿sois vos
la prometida del duque?
Sin atreverse a mirarle a los ojos, Sarah asintió con la cabeza.
—Les pido disculpas por mi comportamiento. No pretendía asustar a
nadie, pero necesitaba notar el aire en la cara, no soporto sentirme
encerrada. ¿Les supondría un contratiempo permitirme montar en uno de
sus caballos durante una parte del camino?
El capitán, sorprendido ante una petición tan inusual en una dama, miró
a Neizan buscando su consentimiento, si bien este estaba tan descolocado
tras su inesperado descubrimiento que ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar
para negárselo.
—Como deseéis, milady. —Dirigiéndose a la guardia, el capitán
continuó—. Que uno de vosotros suba al pescante con el cochero y prepare
un caballo para lady Sarah.
El destino no podía ser más despiadado con él. La mujer que le había
robado el corazón no solo estaba prometida, sino que su compromiso era
nada menos que con su alteza, el duque de Kent, el hombre a quien Neizan
veneraba desde que, hacía más de diez años, le rescató de una vida de
penuria, hambruna y calamidades a la que su fortuna le avocó, y quien, sin
esperar nada a cambio, le trató como a un hijo, otorgándole las mismas
posibilidades que al suyo propio.
En otra circunstancia, habría peleado contra cualquiera por ella, mas era
el hombre al que a veces se permitía llamar padre quien iba a desposar a su
dama.
Lo único que le quedaba ahora era aprender a luchar contra sí mismo y
aceptar su destino con la misma resignación que ella parecía haber aceptado
el suyo.
Neizan y Sarah no volvieron a dirigirse la palabra durante el resto del
trayecto hasta la posada, aunque ambos se lanzaron miradas furtivas lo
suficientemente fugaces para pasar inadvertidas a sus compañeros de viaje.
Comenzaba a diluviar cuando alcanzaron la primera parada tras horas de
viaje sin descanso. Tan pronto como soltaron y abrevaron a los caballos,
entraron a la posta para alimentarse y descansar hasta el día siguiente.
Neizan, sin despedirse de nadie, se dirigió a sus aposentos, y Sarah, que
continuaba sin apetito, tuvo que comer algo obligada por su ama antes de
excusarse con los allí presentes y subir a la habitación.
Ninguno de los dos pudo pegar ojo en toda la noche, y no había
amanecido aun cuando ambos habían tomado su decisión. El deber y la
lealtad para con las personas más importantes de sus vidas estaban por
encima de sus propios deseos, por intensos y perturbadores que fueran.
Ahora quedaba una tarea difícil, aprender a vivir con esa decisión.
17
El cielo no parecía estar muy contento con la decisión tomada por los
jóvenes; las nubes descargaron con furia durante la noche y toda la mañana
siguiente. Aunque a pesar de las inclemencias del tiempo, debían continuar
el camino marcado y, sin más demora, el carruaje partió de la posada a
primera hora de la mañana.
Sarah no dejaba de moverse inquieta. Las primeras horas de viaje no las
llevó mal, pero como la lluvia impedía que pudiera salir de la carroza,
comenzó a sentirse enclaustrada de nuevo.
En un intento por sofocar la sensación de angustia que la oprimía, abrió
las cortinas de seda roja que cubrían las ventanas aislándoles del exterior,
corrió el cristal más próximo a ella y asomó la cabeza sin tener en cuenta
las continuas protestas de su ama. Aun así, el frondoso bosque enmarañado
que atravesaban no permitía vislumbrar más allá del estrecho sendero por el
que a duras penas circulaba el carruaje.
Varias veces durante el trayecto tuvieron que detenerse para desatascar
las ruedas del carro de los enormes charcos que se habían formado en los
caminos, o para retirar alguna que otra rama que encontraban desprendidas
cortando el paso, lo que fue retrasando la llegada a su destino.
La luz del sol pronto se escondería entre las colinas, la lluvia comenzó a
amainar y dejó paso a una intermitente llovizna algo menos molesta. Sarah,
desesperada por su encierro, aprovechó la tregua para detener el carruaje y
solicitar de nuevo un caballo sobre el que viajar.
A Neizan no pareció agradarle la idea, pero, como se había propuesto no
dirigirle la palabra salvo que fuera imprescindible, no hizo comentario
alguno cuando el capitán accedió.
Volver a sentir el aire fresco en la cara le devolvió la vida y, a pesar del
tiempo desagradable y sombrío que parecía no iba a abandonarles nunca, la
sonrisa volvió de nuevo a los labios de Sarah.
Neizan, que la estaba observando en ese instante, apartó la mirada de
inmediato, un gesto que ella entendió de manera contraria al verdadero
significado que tenía.
Molesta por lo que interpretó como un desplante y decidida a resolver la
incómoda situación en la que se encontraban ambos, guio a su caballo hasta
la cabecera del grupo donde se hallaba el caballero, colocándose a su altura.
—Por lo que veo, no va a otorgarme palabra alguna en lo que nos resta
de viaje. ¿No es así, milord?
Neizan aminoró la marcha del caballo y clavó su intensa mirada sobre
ella.
—Al contrario que en ocasiones anteriores, esta vez soy yo quien no
tiene nada que decirle, milady —dijo poniendo mucho énfasis en la última
palabra—. He sido un tonto confiando ciegamente en usted, si bien parece
que no ha tenido ningún reparo en mentirme acerca de su condición desde
el día en que la conocí.
—¿Y qué condición cree usted que es esa?
—No trate de jugar más conmigo. Sabe muy bien a que me refiero. No
es usted una sirvienta como me hizo pensar.
—Nunca le dije tal cosa, aunque le aseguro, milord, que me cambiaría
por cualquiera de ellas.
—¿Tanto desprecia su posición privilegiada?
—Sólo desprecio lo que implica esa posición, aunque no pretendo que
lo entienda. Siendo varón y de noble linaje, sus circunstancias no son las
mismas que las mías.
Enfadada e impotente como se sentía, aceleró el paso de su caballo
decidida a alejarse de él sin dejar de murmurar en voz baja.
—¿Qué se habrá creído? ¡Terco, arrogante, vanidoso!
Sin embargo, Neizan no estaba dispuesto a dejar así las cosas; reconocía
que algo de razón había en lo que decía la joven. Sin pararse a reflexionar,
apresuró el paso para alcanzarla.
—Lo he hecho otra vez, ¿verdad?
—¿A qué os referís? —preguntó Sarah sin apartar la vista del camino.
—He vuelto a incomodaros con mis palabras. Disculpadme de nuevo, os
lo suplico. En realidad, no estoy molesto con vos, sino conmigo mismo por
mi falta de tino. No sabía quién erais cuando intenté cortejaros, con poco
éxito sin duda, y os ruego aceptéis la más sincera de mis disculpas por ello.
—El tono compungido de su voz captó la atención de Sarah—. No sé si os
han informado con anterioridad, pero el hombre con quien estáis prometida
es la persona más importante de mi vida. No soy de noble linaje como me
reprochasteis antes. El duque me recogió en la calle cuando…, bueno, esa
es otra historia con la que no quiero aburriros. El caso es que vuestro
prometido apareció en mi vida cuando más lo necesitaba, me acogió y me
ha tratado como a un verdadero hijo hasta el día de hoy. —Neizan desvió la
vista al frente—. Quiero que sepáis que no osaría nunca obrar de forma que
pudiera disgustaros. Vos, milady, sois la futura duquesa de Kent, y os
aseguro con orgullo que mi padre es el más gentil y noble de los hombres
que he conocido nunca y que posee el más puro y desinteresado de los
corazones.
—Desconocía su parentesco con el duque, pero, después de escucharle,
veo que usted y yo tenemos más cosas en común de lo que creía. Al
contrario que vos, nací en una familia adinerada, aunque fui criada por una
maravillosa mujer de la más humilde de las clases por motivos que no
quiero contarle ahora. Pero sí le diré que de este enlace depende la vida de
la persona a la que más quiero en el mundo. —A Sarah se le escapó un
suspiro—. Ni dinero, ni posición, ni título alguno me han movido a aceptar
este compromiso, puesto que esas razones no significan nada para mí.
Únicamente el amor hacia una persona que siempre lo dio todo por mí.
Los dos jóvenes continuaron caminando en silencio sumidos en sus
pensamientos.
—Ahora que hemos aclarado la situación, ¿podría pedirle un favor? —
Sarah se revolvía inquieta sobre el caballo.
—Lo que desee —dijo Neizan con cierto aire de nostalgia.
—En mi pueblo he dejado a todas las personas importantes en mi vida.
Solo tengo a mi querida Nana conmigo. Pero, aunque la adoro, no puede
decirse que sea la más entretenida de las compañías —afirmó con una tierna
sonrisa—. Es posible que lo que voy a pedirle le resulte un tanto fuera de
lugar… —Hizo una pausa y, avergonzada, bajó la cabeza antes de continuar
—: me gustaría que usted y yo pudiésemos ser amigos.
—¿Amigos? —preguntó sorprendido ante tan peculiar solicitud.
—Sí, amigos. No ponga esa cara. Aunque demasiado a menudo
consigue sacarme de mis casillas, me agrada hablar con vos, bueno, cuando
no está huraño y taciturno como hace un rato.
Neizan soltó una carcajada.
—No era eso lo que pretendía ser para vos cuando la conocí, pero
acepto, seré su amigo como pedís. Y, contadme, ¿qué hacen los amigos,
señorita Sarah?
—Hablar, reír y contarse confidencias, o eso es, al menos, lo que hago
yo con Evelyn.
—Bien. Pues empezaré con una confidencia.
—Perfecto, le escucho —dijo Sarah, mostrando gran interés.
—Pues le diré que es posible que haya conocido a la mujer más
increíblemente alocada y con peor gusto literario de Inglaterra.
—Muy gracioso, milord, muy gracioso.
Con un mohín en la cara y haciéndose la ofendida, Sarah giró su caballo
y volvió a la carroza.
—Sois una amiga con muy poco sentido del humor —gritó Neizan con
una sonrisa en el rostro.
Y, aunque ella tuvo que ocultar la suya que también luchaba por
dibujarse, continuó el camino sin responderle.
Sarah se metió en la carroza y no tardó en quedarse dormida mientras
escuchaba a la señora Talbot quejarse de su inclinación por desobedecerla.
—No me convencerá nunca de lo contrario. ¡No es propio de una dama!
¡Qué dirán de usted esos caballeros tan distinguidos! Su futura duquesa
montando a caballo como un hombre —repitió escandalizada—. ¡Dónde
vamos a llegar!
—Me han vendido como a un animal, Nana. Déjeme al menos que
disfrute de lo que me queda de libertad.
18
—Señoritas, hemos llegado. —El capitán abrió la puerta del carruaje y les
ofreció la mano, ayudándolas a bajar—. Sus habitaciones están preparadas,
con las chimeneas encendidas para que enseguida entren en calor. La señora
Mars les espera en la puerta y las acompañará a sus aposentos. Suban a
asearse si lo desean, en una hora nos servirán la cena en el salón.
—Gracias, capitán —contestó Sarah.
Hasta que emprendió ese viaje, Sarah no había salido del condado.
Salvo la hacienda de su padre y la aldea de su madre, nunca estuvo en
ningún otro lugar. Y, a pesar de que la posada en la que se alojaron no era
nada que llamara la atención a cualquier otro más acostumbrado a moverse
por los caminos, ella se sentía fascinada con cada detalle que iba
descubriendo.
Por primera vez prestaba atención al lugar en el que se encontraban. La
noche anterior se sintió tan descolocada con su inesperado descubrimiento
que no tuvo cabeza para otra cosa. Pero ahora, más calmada, su insaciable
interés por lo novedoso le impulsó a examinar con detenimiento el sitio que
les daría cobijo durante la noche.
La luz del sol había desaparecido por completo y solo las velas
colocadas en viejos candelabros de madera o latón oxidado alumbraban la
estancia, junto al fuego de una enorme chimenea que ardía con gran
intensidad. El olor a madera quemada se mezclaba con otros aromas
distintos que flotaban en el ambiente y que no era capaz de reconocer,
salvo, quizá, el de alguna especia que debían estar usando para sazonar los
platos que no tardarían en servirles.
Aunque lo que más llamó la atención de Sarah desde que franqueó el
umbral de la entrada fue el ambiente alegre y chillón que les rodeaba. La
gente que llenaba el local hablaba a voces y reía a carcajadas sin soltar el
vaso de la mano, salvo para coger otro lleno. Nunca había conocido un
lugar tan ruidoso ni con gentes tan dispares como las que allí se reunían.
Incluso el crujido de la madera mientras subía las escaleras hacia sus
aposentos le pareció un sonido encantador, aunque, como el resto del lugar,
también un poco espeluznante. No tardó en cambiarse de ropa y bajar al
salón, deseosa de continuar maravillándose con sus nuevos
descubrimientos. La señorita Talbot, sin embargo, no compartía el
entusiasmo de Sarah. Ella aborrecía ese tipo de locales sórdidos que tenía
necesariamente asociados con el vicio y los peores instintos de degradación
del ser humano.
En cuanto Sarah puso un pie en el salón principal de la posta, acaparó
las miradas de los caballeros y de otros no tan caballeros que se
encontraban allí. Neizan fue el único que no volvió la cabeza para mirarla,
ya que estaba entretenido conversando con un par de damas que rivalizaban
por acaparar su atención.
Cuando Sarah vio como una de esas señoritas de llamativa vestimenta se
sentaba sobre las rodillas de Neizan y colocaba su brazo alrededor del
cuello de este, una sensación de calor repentino, desconocida hasta ese
momento, la descolocó por completo. Confundida e irracionalmente
molesta, desvió la mirada.
El capitán enseguida se aproximó a ellas y las condujo hasta un lugar
más apartado, alejándolas de la larga barra de madera en la que se
encontraba la clientela más ruidosa y alborotadora.
—Acompáñenme por aquí, señoritas. Nos han reservado las mesas más
cercanas a la chimenea y no tardarán en servirnos la cena. Luego podrán
retirarse a descansar. Deben de estar agotadas después de tantas horas de
viaje.
Pero en el momento en que Neizan vio pasar a Sarah, la sonrisa que
dedicaba a las jóvenes que lo agasajaban se enfrió, y siguió su figura con la
mirada como si no hubiese nadie más en ese salón, porque, en realidad, así
era para él.
No quiso acercarse a ella durante la cena, aunque, con disimulo, seguía
atento cada uno de sus movimientos. Cuando la vio levantarse de la mesa y
salir de la posada con un plato en la mano repleto de comida, se disculpó
con sus acompañantes e, intrigado, fue a su encuentro.
Retirada de la puerta de entrada y en cuclillas, sin importarle el barrizal
sobre el que descansaba su vestido, Sarah repartía las sobras de la cena con
unos perros en los que se fijó al entrar en la posta y que estaban famélicos y
hambrientos.
—Tomad. Yo he comido suficiente y a vosotros esta carne os parecerá
un auténtico manjar.
—Hay costumbres que no cambian, ¿verdad, milady? Como vuestro
amigo más reciente me veo en la obligación de advertiros. No habléis con
ningún animal delante de los nobles de rancio abolengo o es posible que os
miren raro.
Sarah sonrió al escucharle y se puso en pie.
—No crea que he perdido la cordura, es que no tuve la fortuna de hacer
muchos amigos en mi infancia.
—Bueno, ahora me tenéis a mí —señaló con una mirada indescifrable
para ella.
—Sí, es cierto. Aunque me he dado cuenta de que no soy la única. Diría
que tiene « muchas amigas » . No sabía que se pudiese tener tantas, aunque
tampoco imaginaba que fuese posible meter a tanta gente en un local tan
pequeño —comentó contrariada—. Y, devolviéndole el favor del gran
consejo que me acaba de otorgar, creo mi deber advertirle de que sus
amigas del salón coquetean con otros hombres distintos a usted en cuanto se
aleja de ellas.
Neizan soltó una carcajada.
—¿Mis amigas? ¿Eso cree que son las señoritas con las que hablaba?
—¡No me dirá usted que dejaría sentarse en sus rodillas a alguien que no
sea su amiga! —exclamó escandalizada.
—¿De veras no sabe qué clase de mujeres son? ¿Acaso sus padres la han
tenido recluida en un convento?
—Por supuesto que no —contestó indignada por su suposición—. Tal
vez no haya salido demasiado de la aldea, pero no soy tan ingenua como
insinúa.
—Jamás pensaría algo así de vos, milady.
La sinceridad que desprendía la voz del caballero y la calidez que
acompañaba su mirada apaciguaron el ánimo de la dama, quien continuó
explicándose:
—Cierto es que he pasado una parte importante de mi vida castigada en
mis aposentos, pero empleé ese tiempo para leer todos los libros que
llegaban a mis manos. Aunque reconozco que a veces me cuesta distinguir
lo que es real de lo imaginario. Los elfos no existen, ¿verdad? —preguntó
con burla.
Neizan se echó a reír de nuevo. En su vida había conocido a nadie igual;
tan inocente, tan natural, tan pura… Era como una hermosa muñeca de
porcelana a la que aún nadie se había atrevido a sacar del envoltorio.
—Pues yo tampoco podría afirmarlo con rotundidad —respondió en el
mismo tono jocoso.
Pero, al verla sonreír, Neizan endureció sus facciones y enfrió su
comportamiento. No podía dejarse llevar por los sentimientos que con tanta
facilidad brotaban cuando estaba a su lado.
—Es tarde ya. Debería irse a descansar. Mañana nos espera otro duro
día de viaje —sugirió buscando una excusa para alejarse de ella.
Sarah se dio cuenta de su repentino cambio de actitud.
—¿Qué os pasa?, ¿he dicho algo que no debiera? A veces me excedo
con mis palabras, es uno de mis mayores defectos.
—Por supuesto que no. Me agrada escucharos, os lo aseguro. Sin
embargo, debo atender al resto de los amigos que me esperan en el salón.
—Y a sus amigas…
—En efecto, a mis amigas también.
—Pues no se demore. Sería de mala educación hacerles esperar.
Tan molesta como daba a entender, Sarah se dio media vuelta y entró al
comedor. Después de encontrarse con la señora Talbot en el lugar en el que
la dejó minutos antes, subió con ella al dormitorio.
Mientras tanto, Neizan trataba en vano de dejarse obsequiar con mimos
por las insistentes señoritas, cuyas intenciones para con él eran evidentes.
Pero la imagen de Sarah se colaba una y otra vez en sus pensamientos,
arruinando lo que podrían haber sido sus planes en cualquier otra
circunstancia.
—Capitán, me retiro a mis aposentos.
—Pero, milord, las señoritas han mostrado gran entusiasmo en usted.
Quedarán sumamente desilusionadas con su marcha.
—Estoy seguro de que habrá otros caballeros en la sala que no tardarán
en consolarlas. Hoy no estoy de buen humor y no podría atenderlas como se
merecen.
Con la esperanza de encontrar a Sarah en el único lugar donde le estaba
permitido, subió a su habitación.
19
No era capaz de conciliar el sueño por más que lo intentaba. Estaba
aburrida de dar vueltas y más vueltas entre las sábanas sin lograr calmarse.
Y, por si eso no fuera lo suficientemente frustrante, la imagen de Neizan
dejándose agasajar por las cariñosas señoritas del salón conseguía irritarla
aún más. Sentía como si algo dentro de su cuerpo hubiese comenzado a
hervir, haciéndola perder el control, aunque no acertaba a comprender la
verdadera razón de su creciente desasosiego. ¿Estaría poniéndose enferma?
—¿Qué le pasa, niña? No ha parado de moverse desde que se ha
tumbado en la cama.
—No lo sé. Puede que tenga fiebre, porque me noto como si estuviese
ardiendo por dentro.
La señora Talbot se incorporó de la cama y se acercó a tocarle la frente.
—No lo parece, su piel está fresca, mas no me extrañaría que hubiera
cogido un resfriado. Le advertí que no saliera de la carroza con el tiempo
que hacía. Y ahora no hay remedio, así que cierre los ojos e intente dormir.
—Ya lo intento, no crea que no. Pero está bien, pondré más empeño.
Solo habían pasado unos minutos cuando Sarah volvía a la acción.
—Nana, ¿sigue despierta?
—¡Qué remedio! —suspiró—. Dígame, ¿qué le sucede ahora?
—Sigo sin poder dormirme. De veras que no. Lo intento con todas mis
fuerzas, mas no puedo.
—Yo tampoco, gracias a vos —contestó malhumorada.
—Pues como está despierta, ¿le importa si le hago una pregunta?
—Ya lo está haciendo. Hable antes de que me levante y le dé con un
palo en la cabeza.
—¿Quiénes eran las mujeres que estaban anoche en el salón, que reían y
se abrazaban a cualquier hombre que encontraban a su paso?
—Ni las mencione, niña. —La señora Talbot estaba escandalizada—.
Son rameras, mujeres de mala reputación. Yacen con hombres por dinero o
cobijo. Será mejor que ni se acerque a ellas.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo. Esas mujeres son inmorales y lascivas, sus almas
están condenadas a vagar eternamente en el infierno.
—Espero que no más que la de los hombres a quienes acompañan.
—¡Pero que está diciendo, niña! Sí que debe tener fiebre, porque solo
eso justificaría sus palabras. Vamos, duérmase ya o mañana no habrá forma
de levantarla, que nos conocemos bien. No me haga perder la paciencia.
—Está bien, no se enfade conmigo. Ya me callo.
***
En otra de las habitaciones, con los ojos abiertos de par en par, Neizan
miraba al techo, pensativo, mientras dejaba pasar las horas en vela. No
acababa de oír el canto del gallo anunciando un nuevo día cuando se
incorporó de la cama y salió a preparar la partida.
Tampoco Sarah tardó mucho más en despertar, aunque remoloneó entre
las sábanas lo que le fue posible hasta que la señora Talbot tiró de ellas,
obligándola a levantarse. No tenía ninguna prisa por llegar al castillo que
pondría fin a su libertad y, en cada amanecer, sentía ese fin un poco más
cerca.
—Termine de prepararse. La esperaré en el salón y así iré pidiendo el
desayuno para no perder más tiempo. Pero dese prisa.
—No se preocupe. No me demoraré.
Sarah se arregló con rapidez y salió de sus aposentos camino del salón,
donde la esperaba su ama, cuando se topó con una de las « señoritas » con
las que conversaba Neizan la noche anterior. Esta, sentada en un pequeño
taburete de madera, se limpiaba un corte en la ceja que no dejaba de
sangrar.
—No quisiera parecer entrometida, pero ¿se encuentra usted bien? ¿Qué
le ha sucedido?
—A ti que te importa —le replicó con brusquedad—. Vete de aquí,
muchacha. Nadie ha pedido tu ayuda.
—Lo sé, aunque me es igual lo que diga, la pida o no, se la ofreceré de
todos modos, porque, aunque su orgullo no le permita reconocerlo, la
necesita. Déjeme ver.
La reacción de la joven le sorprendió tanto que no acertó a negarse a
tiempo. Cuando quiso hacerlo, Sarah ya estaba presionando la herida con un
paño.
—Sujétese así. Ahora mismo vuelvo.
En cuestión de minutos, regresó con unas hojas en la mano, se acercó a
la mujer de la posada, retiró con sumo cuidado el trapo de la piel y colocó
las hojas sobre el corte para, inmediatamente después, volverlo a cubrir.
—Las he cogido por el camino. Sabía que tarde o temprano las podría
necesitar, y mire, estaba en lo cierto. Quizá le escueza un poquito —
advertía mientras aplicaba el jugo de las hojas sobre el corte abierto—, si
bien no dura mucho la sensación. Tendrá que sujetar el paño hasta que deje
de sangrar, luego colóquese estas otras hojas frescas por encima durante
unas horas. Si lo hace como le digo, esta noche estará como nueva.
—Gracias, muchacha. ¿Dónde has aprendido a tratar las heridas de esta
manera?
Sarah sonrió con orgullo.
—Me lo enseñó mi madre.
—Perdóname por lo que te dije antes. No debí responderte así, pero no
he tenido una buena noche. No todos los caballeros saben comportarse
como debieran.
—¿Insinúa que esto se lo ha hecho un caballero? —exclamó
conmocionada—. Dígame quien ha sido el responsable y le haremos pagar
la ofensa.
La mujer sonrió al ver la sincera indignación que mostraba la joven.
—Eres muy inocente aún, muchacha. Pronto te darás cuenta de que no
hay ofensa en lo que un caballero haga a una mujer. Doy gracias porque el
daño sufrido solo haya sido un corte.
—Pero eso no es justo.
—¿Y qué lo es? ¿Acaso es justo que la obliguen a casarse con alguien a
quien no ama? No se sorprenda —añadió al ver la expresión de asombro de
su cara—. Los caballeros a veces hablan más de la cuenta. ¿Eres la joven
que va a desposarse con el duque de Kent, no es así?
—Sí, señora. La misma.
—¿Lo ves? ¿Alguien te ha preguntado si eso es lo que quieres? A nadie
le importa lo que nos sucede a nosotras. Con dinero o sin él, somos mujeres,
seres inferiores para muchos. En mi caso y en el de otras como yo, los
mismos hombres que nos utilizan y nos golpean en la intimidad de la
alcoba, porque se creen con derecho o simplemente porque ese
comportamiento forma parte de sus fantasías más oscuras, son los que en
público se escandalizan por nuestra existencia cuando pasean del brazo de
sus esposas.
» Vaya tranquila, milady. Estaré todo lo bien que pueda estar. Al igual
que vos.
Sarah se disponía a marcharse cuando la mujer le llamó de nuevo.
—Muchacha, espera un momento. Respóndeme a una pregunta si lo
crees a bien. ¿Nunca has compartido lecho con un hombre, me equivoco?
—Sarah agachó la cabeza, contrariada—. No hace falta que me contestes.
Tu rubor habla por ti. Y dime, ¿alguien te ha instruido sobre cómo te debes
comportar para hacerlo más soportable?
—¿Soportable? Me está asustando, señora.
—No es esa mi intención, te lo aseguro. Has sido amable conmigo. Tus
manos no han temblado al ayudarme y no veo rastro alguno de condena en
tu mirada por lo que hago. Por eso quiero advertirte. He visto las miradas
que un galante caballero y tú os habéis cruzado durante toda la noche.
—No es lo que parece —dijo avergonzada, adivinando a quién se refería
la cortesana.
—Tranquila, muchacha, no creo que nadie más se haya dado cuenta de
ello y a mí no tienes nada que explicarme. Simplemente, déjame darte un
consejo para agradecerte lo que has hecho por mí. Procura que sea él y
ningún otro quien te muestre el amor de alcoba. Al menos la primera vez,
luego todo será un poco más fácil.
Pero, cuando se disponía a pedirle que le contara algo más sobre esa
cuestión tan desconocida para ella y que había comenzado a inquietarla, el
capitán, obedeciendo la petición insistente de la señora Talbot, subió
corriendo las escaleras en su busca.
—Milady, está aquí —dijo sorprendido al ver a su acompañante—. La
estamos esperando en el salón. Venga conmigo, por favor, tenemos que
partir. Se nos ha hecho tarde.
—Gracias, capitán. Ahora mismo bajo.
La mujer se levantó para marcharse, no sin antes volver a recordarla sus
palabras.
—Hágame caso, muchacha. Solo con él.
Sarah asintió con la cabeza, aunque estaba muy confusa tras la breve
conversación que mantuvo con la manceba. Sin duda, ella sabía bien de lo
que hablaba. Ojalá hubiese tenido más tiempo para conversar con ella y
pedirle que le explicase que era eso del amor de alcoba y porqué razón
debía prepararse como si fuese algo horrible. Recordó que Rosaline también
lo mencionó en una ocasión, aunque en ese momento su estado de ánimo no
era el propicio para atenderla. Si al menos Leonor estuviese allí… Ella
podría darle buenos consejos, pero no estaba, y no tenía nadie que
respondiese a todas las inquietudes que le asaltaban la mente.
Para colmo, Neizan no parecía encontrarse de buen humor. Ni siquiera
se dignó a mirarla ni a hablar con ella en toda la mañana.
***
En el horizonte, las nubes teñidas de hollín avanzaban veloces hacia ellos y
adelantaban las horas del día con su oscura apariencia. Pronto descargarían
sin piedad alguna sobre sus cabezas, y Sarah no soportaba permanecer
encerrada por más tiempo.
—Preparadme un caballo, por favor. Quiero salir antes de que empiece a
llover.
No resultaba fácil distinguir entre el día y la noche y, mucho menos en
aquella zona boscosa que atravesaba la comitiva. El aroma dulzón a tierra
mojada perfumó la brisa húmeda que comenzaba a empapar sus rostros y
presagió el inicio de la tormenta y, con él, el fin de su paseo fuera del
claustrofóbico carruaje en el que viajaba. Pero no volvería a encerrarse sin
haber podido hablar con Neizan, después de todo, él era su único amigo en
esos parajes inhóspitos. Así que azuzó al caballo hasta alcanzarle.
—Debo decirle que no es el mejor de los amigos. No he oído palabra
suya desde anoche. Y no espero que me cuente su vida al completo, pero al
menos podría haberme dado los buenos días, como hacen las personas
educadas.
Neizan la miró un instante y volvió la cabeza hacia el camino sin
contestarla.
—Ya veo. No tiene un buen día —insistió.
—No, no lo tengo, y vos, milady, deberíais dejar de comportaros como
una chiquilla caprichosa y volver al carruaje. En pocas semanas seréis una
duquesa y tenéis que empezar a actuar como tal.
—Casi hubiera preferido vuestro silencio, milord, porque os aseguro que
la respuesta que os daría ahora mismo no sería nada apropiada para una
duquesa. Mas no temáis, la guardaré para mí. No tengo intención de
escandalizaros más con mis maneras. —Con una leve inclinación de
cabeza, que acompañó con una irónica mueca de sus labios, dio la vuelta al
caballo y se dispuso a alcanzar la carroza que se había quedado rezagada.
Sin embargo, no tuvo tiempo de llevar a cabo su cometido.
Un fogonazo de luz serpenteante rasgó el cielo, iluminando fugazmente
el bosque que les rodeaba. Segundos después, un ruido ensordecedor hizo
vibrar su interior y el de los que se encontraban cerca. Parecía como si las
nubes, enfadadas, se golpeasen entre sí en un intento de huir de los destellos
eléctricos que continuaban iluminando el firmamento sobre sus cabezas,
como despiadados y atronadores latigazos.
La lluvia torrencial comenzó a calarles y, aprisa, trataron de
resguardarse bajo los tejados de ramas entrelazadas que formaban los
antiquísimos robles y hayas del bosque que atravesaban.
Sarah aumentó la velocidad del caballo para llegar a cobijarse del
aguacero lo antes posible. Fue entonces cuando un relámpago se estrelló en
la copa de uno de los árboles más altos de las lindes del camino, haciendo
que una de sus grandes y retorcidas ramas se desplomara con estrépito entre
su caballo y el carruaje.
Asustado por el estruendo y el inminente peligro que percibió, el caballo
que montaba Sarah sintió la imperiosa necesidad de huir de aquel lugar.
Lanzándose a una carrera irracional, comenzó a galopar sin control hacia el
bosque, ignorando las órdenes de las riendas de su jinete.
20
No era la más experimentada de las amazonas, pero sabía demasiado bien
que no sería capaz de controlar la violenta reacción de huida de su caballo,
por más que lo intentase, así que presionó las pantorrillas con fuerza y trató
de mantenerse a lomos del animal hasta que se calmara y detuviera su
marcha, o hasta que la arrojara al suelo. Lo que ocurriera primero.
Todo su séquito quedó atrapado por el enorme tronco que bloqueaba el
paso, excepto Neizan, quien, al presenciar la estampida iniciada por el
caballo en el que montaba Sarah, instó a su yegua a perseguir al de la dama,
manteniendo una distancia suficiente para no exacerbar la huida
incontrolada de este.
El animal no dejó de galopar desbocado bosque a través, sorteando
milagrosamente los obstáculos que encontraba en su camino. La adrenalina
se vertía en el torrente sanguíneo de Sarah, acelerándole el pulso, y, por
supuesto, también el del caballero que la perseguía, temiendo un fatal
desenlace en cualquier momento y rogando al cielo que no se produjese.
Tras la interminable carrera frenética, el caballo comenzó a aminorar la
marcha y, vencidas las fuerzas, Sarah aprovechó para dejarse caer en la
zona más despejada que encontró a su paso.
Segundos después de ver desesperado como Sarah caía del caballo,
Neizan llegó hasta ella, se apeó de la montura y corrió para asistirla con el
temor y la angustia atenazándole la garganta.
Extenuada y aturdida por el miedo que aún le revolvía el cuerpo, Sarah
permaneció tumbada en el suelo boca arriba. No se atrevía a moverse, ni
siquiera abrió los ojos mientras la lluvia continuaba empapándola incesante.
—Sarah, por favor, Sarah, ¿estáis bien? ¡Decidme algo, por Dios!
¡Contestadme!
Al sentir las cálidas manos de Neizan rozándola la cara y percibir la
ansiedad que le transmitía su voz, abrió los ojos.
—¿Estoy muerta? —alcanzó a preguntar al encontrarse con la mirada de
sincera preocupación del caballero, que, sin dejar de acariciarla mientras la
separaba el pelo de la cara con delicadeza, dejó escapar una sonrisa de
alivio al escuchar sus palabras.
—Gracias al cielo parece que no, mas mi corazón se ha parado hace
unos largos minutos por su culpa.
—Lo tiene bien merecido por haber sido tan grosero conmigo.
—¿Eso os he parecido? —preguntó con tristeza en la voz—. Puede que
tengáis razón, pero en mi defensa diré que tengo buenos motivos para mi
comportamiento.
—¿Y no vais a decirme cuáles son los motivos a los que os referís?
—Creo que primero trataré de ponerla a salvo, si es que existe esa
posibilidad con vos, que, la verdad, comienzo a dudarlo. —Neizan se puso
en pie—. Habla con los animales, salta de carruajes en marcha y monta
caballos en estampida. ¿Alguna cosa más que tenga que saber para estar
prevenido?
—Creo que no.
—Ya veremos —dijo con una expresión más relajada—. ¿Podréis
caminar?
—Eso espero, déjeme probar. —Sarah apoyó las manos en el suelo y
trató de incorporarse.
—Despacio. Dejadme ayudaros. Sosteneos en mí —se ofreció.
Neizan la cogió de la mano y tiró de ella con firmeza hasta ponerla en
pie.
—Gracias. Creo que estoy bien. No parece que me haya roto ningún
hueso.
Pero al ir a dar un paso, sus temblorosas piernas, extenuadas tras la
tensión que soportó, no la sostuvieron. Estaba a punto de desplomarse
contra el suelo cuando los fuertes brazos de Neizan la sujetaron por la
cintura, impidiendo su caída.
Ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro, avergonzados ambos por
un deseo incontrolable y perturbador al sentirse tan cerca. Sus respiraciones
se aceleraron desbocadas y ni el agua que calaba sus huesos conseguía
sofocar la llama que comenzaba a arder en el interior de ambos.
¿Qué la estaba pasando? ¿Por qué su cuerpo se negaba a separarse de él?
¿Qué era ese estremecimiento palpitante que la recorría de la cabeza a los
pies y que se empeñaba en no dejarla tomar aire?
Neizan también creyó perder el control que tanto luchaba por mantener.
La deseaba con todo su ser, como no creía que fuese posible. Sentía la
respiración y los latidos frenéticos de su corazón sincronizándose con los de
ella. Tuvo que hacer acopio de su férrea voluntad para no sucumbir al deseo
y, tras respirar hondo varias veces, recuperó de nuevo el dominio de sí
mismo y continuó con el papel de amigo que le tocaba representar.
—Deberíamos encontrar un refugio cuanto antes —consiguió decir al
fin—. Tiene que cambiarse de ropa pronto o enfermará. ¿Si lograse subiros
al caballo, seríais capaz de manteneros en él?
—Claro que sí, pero dadme un instante, por favor —dijo aún agitada.
—Tranquila. Quedaos aquí apoyada mientras voy a por los caballos.
Será mejor que montéis a mi yegua, es más dócil. Yo cabalgaré en el suyo
por si aún continúa alterado.
—¿Qué habrá sido de los demás? —preguntó Sarah pensando en su
ama.
—Supongo que habrán llegado a la parada que teníamos programada,
aunque, con esta oscuridad y en mitad del bosque, no adivino a saber dónde
nos encontramos. Será mejor que busquemos una posada cercana y pasemos
allí la noche. Mañana ya veremos cómo continuar.
No les resultó sencillo encontrar una posta. Tuvieron que caminar sin
tregua y bajo la incesante lluvia durante bastante tiempo, hasta que al fin, el
humo de una chimenea y unos débiles destellos de luz que divisaron a lo
lejos los condujeron hacia una taberna a las afueras de una aldea. Una tabla
anunciadora colgada con cadenilla a la pared de piedra del establecimiento
les informó que se hallaban ante un mesón en el que, con fortuna, podrían
descansar esa noche.
—No os mováis de aquí. Pondré los caballos a buen recaudo y
enseguida vuelvo a por vos.
—Id tranquilo; no podría moverme, aunque me lo propusiera.
Cuando los dos jóvenes, calados hasta los huesos y con la cara
entumecida por el frío, atravesaron la puerta de la taberna, todas las miradas
se volvieron a ellos. La mujer que estaba detrás de la barra fue quien les
llamó la atención.
—Por Dios, pasad señores, pasad y acercaros a la lumbre. No es noche
esta para andar de viaje. Pero, chiquilla, ¡estáis empapada!
Neizan condujo a Sarah hacia la chimenea para que fuera entrando en
calor y se acercó a hablar con la posadera.
—Muchas gracias, señora. Nos vendrá bien el calor del fuego para
recuperar las extremidades que hemos perdido de camino hacia aquí —dijo
esforzándose por sonar despreocupado—. ¿Tendría la amabilidad de
decirnos dónde nos encontramos? La tormenta desbocó el caballo de la
dama y perdimos nuestra ruta y a nuestros compañeros de viaje.
—¡Qué contrariedad! Pero claro, joven, le diré dónde han ido a parar.
Las luces que han visto a pocas millas de aquí son las de una pequeña aldea
que se encuentra a las afueras de Salisbury —le explicó sin dejar de rellenar
con vino unos cuencos de arcilla para servirlos en las mesas.
—Esa es una buena noticia —afirmó aliviado—. Nos hemos alejado
menos de lo que pensé. Mañana no tardaremos en dar con nuestros amigos.
Aún tengo otra pregunta que hacerla —continuó—. ¿Dispondría de alguna
habitación libre donde pudiésemos pasar la noche y tal vez algo de ropa que
prestar a la señorita hasta que se sequen las suyas?
—Por supuesto, querido. Para una pareja tan encantadora y educada
como son ustedes, disponemos de una preciosa habitación con chimenea en
el piso de arriba. La cama no es amplia, aunque no creo que eso sea un
problema —dijo guiñándole un ojo a Neizan y, sonriendo con picardía,
continuó—. De ese modo podrán dormir más pegados y así no pasarán frío.
Sarah se sonrojó al escuchar el comentario de la posadera, y Neizan, que
la miraba de reojo atento a su reacción, sonrió al darse cuenta.
—Vengan, vengan conmigo, jovencitos. Los acompañaré arriba. Por
cierto, me llamo Corina. Pregunten por mí si necesitan cualquier otra cosa.
Corina era una mujer alta y corpulenta, con unos ojos tan vivaces y
alegres como parecía ser su temperamento, y un pecho voluptuoso que no
temía mostrar con el generoso escote del corpiño que lucía con orgullo.
—Miren —dijo mientras abría una puerta—, esta será su habitación.
Bonita, ¿verdad? Aquí les dejo ropa para cambiarse —Corina miró a Sarah
de arriba abajo—, aunque viendo lo delgada que está, igual le queda
grande; mas le hará un apaño. Les dejo a solas, pero no se demoren en
bajar. He preparado un caldo caliente que les sentará de maravilla y no
quiero que esos rufianes que hay abajo les dejen sin él.
—Es usted muy amable —agradeció Sarah.
—De nada, querida. —Cerrándoles la puerta al salir, regresó al salón.
—Qué mujer tan agradable —afirmó Sarah en cuanto se quedaron a
solas.
—Sí, lo es, aunque un poco indiscreta en sus comentarios.
Pero no era la posadera lo que tenía alborotado el pensamiento de
Neizan, quien, de nuevo a solas con la mujer que incendiaba su alma, no se
sentía capaz de mantener la cordura.
—Cambiaos primero o cogeréis una pulmonía. Saldré al pasillo hasta
que hayáis terminado.
—No es necesario. Será suficiente con que os deis la vuelta. Puede que
necesite ayuda.
—Como deseéis.
Con los nervios a flor de piel por la situación en la que se encontraban,
Sarah continuó hablando sin parar para alejar otros pensamientos más
perturbadores que se colaron en su cabeza.
—Deberían inventar pantalones también para mujeres, porque estos
vestidos son tan engorrosos de quitar y de poner que no resultan nada
prácticos, aún menos cuando están mojados. No se hace una idea de lo que
pesa tanta tela —resopló—. Si los hombres tuviesen que llevarlos alguna
vez, seguro que se dejaban de confeccionar. —Suspiró y cambió de tema—.
Me pregunto cómo se encontrará mi querida Nana. Seguro que estará muy
preocupada por mí, no creo que la pobre pueda dormir en toda la noche. —
Sarah se dio la vuelta—. Ya estoy lista, aunque necesito ayuda con los
botones de la espalda. ¿Le importa?
—Por supuesto que no.
Con una parte de la espalda al descubierto, se colocó delante de Neizan
sin interrumpir su monólogo.
—Veis lo que os decía. No es normal que se requieran dos personas para
vestirse, y eso que no llevo corsé. Un hombre no necesita la ayuda de nadie.
Pero sentir la calidez de los dedos de Neizan rozando con suavidad la
piel de su espalda desnuda silenció su voz y aceleró el pulso y la respiración
de ambos.
Un cosquilleo incómodo se concentró en una zona del cuerpo en la que
Sarah no había reparado hasta entonces, y se ruborizó al pensar que él se
habría dado cuenta de su turbación y que se burlaría de ella.
Aunque no era risa lo que percibió en la expresión del caballero al
girarse y mirarle a la cara. Neizan estaba pálido, su respiración sonaba tan
agitada como la suya propia y sus ojos centelleaban con un fuego que jamás
había visto en nadie. Si bien, no fueron más que unos segundos, porque tras
el fuego percibió dolor e impotencia justo antes de que este agachase la
cabeza y se alejase de ella.
—Vamos. Bajemos a comer algo. Ha sido un día con demasiadas
emociones para mí, aunque ya debería estar acostumbrado. Uno no se
aburre con vos, milady.
Agitada aún, Sarah dejó escapar un profundo suspiro y fue tras él.
No querían llamar la atención. Era lo más prudente dado que habían
perdido a los miembros de su escolta. El local estaba abarrotado, y los
hombres y las mujeres que frecuentaban el salón no parecían de la mejor
clase. Muchos de ellos, con seguridad, habrían ingerido grandes cantidades
de alcohol. Con el afán de evitar más problemas que hubiesen puesto el
broche final a una tarde ya agitada, optaron por sentarse en el lugar más
apartado posible. Una vez saciada el hambre y mitigada la sed, se retiraron
a la alcoba.
Pero la copa de vino que la señora Corina se empeñó en que tomara
Sarah para ayudarla a entrar en calor alborotó su pensamiento y desmidió su
osadía.
—Será mejor que me quede vigilando en la puerta, así dormirá más
tranquila. Sacaré este sillón al pasillo y me recostaré en él —propuso
Neizan.
—Pero no estará cómodo. Además, pasará frío.
—En peores condiciones he dormido. No se preocupe por mí, estaré
bien.
—¿No puedo convencerlo para que cambie de opinión?
—No —contestó con la misma desesperación que Sarah había percibido
antes en su rostro.
Tras desearle buenas noches, Sarah entró en la alcoba. Cuando cerró la
puerta se apoyó en ella y dejó que su espalda resbalase lentamente hasta
tocar el suelo. En esa postura se quedó un buen rato, pensativa.
—Milord, seguimos siendo amigos, ¿verdad? —se atrevió a decir a
través de la puerta.
Neizan sonrió.
—Si es lo que deseáis…
—Sí, no he cambiado de opinión —aseguró convencida, aunque las
palabras salían torpes de sus labios.
—¿Estáis bien, milady?
—Muy bien, tal vez un poco mareada, pero será del cansancio.
—No culparía al cansancio de la voz que escucho, sino más bien al vino
de la señora Corina —se burló él.
—Puede que esté en lo cierto, pero hay que reconocerla que no ha
errado en su afirmación. El frío ha desaparecido como por arte de magia. —
Tras unos segundos en silencio, Sarah retomó la conversación—: Ahora que
me consideráis una buena amiga y que una puerta de madera nos separa y
no puedo veros la cara ni vos a mí la mía, ¿podría haceros una pregunta?
—Cuantas queráis.
—¿Me dais vuestra palabra de que responderéis con sinceridad y sin
tapujos?
—No sabría hacerlo de otro modo.
—Le aseguro que si pudiera preguntar a otra persona lo haría sin
dudarlo un instante, mas, por desgracia, vos sois mi único amigo aquí y
llevo dándole vueltas a un asunto desde la pasada noche. Una de las
mujeres de la taberna me previno sobre algo que… que me asustó mucho, y
me gustaría saber qué hay de cierto en lo que decía.
—Me acabaréis poniendo nervioso a mí también si seguís dándole tantas
vueltas. Preguntadme, por favor. Le prometo que no me escandalizaré sea lo
que sea.
—Está bien. —Sarah apretó los ojos con fuerza para armarse de valor—.
¿Cómo es yacer con alguien por primera vez?
—¿Me estáis diciendo que nadie os ha explicado nunca que sucede en el
lecho matrimonial? ¿Acaso no tenéis madre ni hermanas mayores? ¿Alguna
amiga más aventajada en esas cuestiones? —preguntó con sincera
incredulidad en la voz.
—Me dijisteis que no os escandalizaríais, milord, y por vuestro tono
diría que no es así.
—No estoy escandalizado, solo un poco sorprendido.
—No me creáis tan ingenua, señor. He leído sobre el tema, aunque no
consigo aclararme. Le pido que me responda a una pregunta concreta. ¿Es
tan horrible como me dio a entender la señorita de la posada? ¿Duele?
—Es posible que yo no sea el más adecuado para responderos. No es lo
mismo para un hombre que para una mujer. Ni tampoco es igual la primera
vez que las siguientes.
—¿Es que hay muchas siguientes? —preguntó espantada.
Neizan sonrió al oír formular tan inocente pregunta e imaginar la cara
que estaría poniendo al exponerlo.
—Todas las que ambos estén dispuestos a compartir.
—¡No se ría de mí!
—No es de vos, os lo aseguro. Es una conversación que nunca imaginé
tener con una dama, y menos con vos, milady.
—Siga entonces, aún no me ha respondido. ¿Es o no es doloroso?
—No voy a engañaros; puede que un poco, al principio. Pero un hombre
que os ame de verdad procurará que ese instante de dolor sea breve y os
premiará después con el mayor de los placeres que existen.
—Exageráis —se burló Sarah—. Si tan maravilloso es, ¿por qué no se
hace más? En veinte años que tengo no he visto a nadie en esa tesitura.
Neizan volvió a reír con más intensidad esta vez.
—En eso tiene razón, milady. ¿Puedo haceros yo una pregunta a vos?
—Hacerla sí. Si la contestaré o no, es otro asunto, pero preguntad.
—¿Nunca habéis sentido un delicioso cosquilleo que os recorre el
cuerpo sin permiso cuando estáis con alguien? Como una violenta
palpitación que se concentra en una zona íntima y os nubla la razón. ¿Nadie
ha conseguido erizar vuestra piel sin ni siquiera rozaros?
Un silencio ansioso respondió a su pregunta.
—Descansad, Sarah. Y tranquila, yo estaré aquí, velando vuestro sueño.
21
Tras su conversación con Neizan, Sarah despertó sintiéndose avergonzada.
¿Cómo había sido capaz de hablar de un tema tan íntimo con él?
¡Precisamente con él! No se reconocía a sí misma. El vino de la señora
Corina debió nublarle el buen juicio; era la única explicación plausible. No
volvería a beberlo nunca más, al menos no cuando pudiese ponerse en
evidencia de un modo tan bochornoso. Ahora, ni siquiera era capaz de
cruzar la mirada con él sin sentirse obligada a desviarla, mientras notaba
como una llamarada coloreaba de rojo intenso sus mejillas.
Estaba resuelta, evitaría el contacto con el responsable de su turbación
en la medida de lo posible o volvería a ponerse en ridículo.
Pero, aunque Neizan percibió de inmediato el cambio de actitud de
Sarah hacia él e intuía a qué se debía su comportamiento, prefirió permitir
que mantuviera la distancia sin hacer ningún comentario al respecto. Sin
duda era mejor así. Su voluntad era fuerte, pero su deseo comenzaba a
quebrantarla sin remedio y no sabía por cuánto tiempo podría soportarlo sin
cometer alguna imprudencia que luego lamentaría.
Por fortuna, no tardaron en dar con el carruaje y con el resto del grupo,
quienes, aliviados viéndolos a salvo, corrieron a su encuentro.
—¡Gracias al cielo que están bien! —les dijo el capitán—. Cuando
vimos salir desbocado el caballo de lady Sarah, temimos por su suerte.
—Fue un gran susto, cierto, aunque finalmente se quedó en eso. Por
ventura, nadie resultó herido. Aunque nos adentramos tanto en el bosque y
estaba tan oscuro que nos fue imposible encontrar el camino de vuelta.
Hemos pasado la noche en una posada que encontramos cerca de Salisbury.
¿Dónde están los hombres que faltan? —se interesó Neizan.
—Buscándolos por los alrededores del camino. Se reunirán con nosotros
en la siguiente posada.
—¡Mi niña! —gritó la señora Talbot que corrió hacia Sarah y la estrechó
entre sus brazos en cuanto esta se hubo bajado del caballo—. ¡Qué miedo
me ha hecho pasar! Pensé que… Pero vamos, súbase al coche —ordenó
enfriando su actitud—. No voy a consentirla que salga más del carruaje.
¿Me ha entendido bien?
—Está bien, Nana.
No tenía fuerza para discutir. Entendía que la actitud protectora de la
señora Talbot solo era el reflejo del afecto que la profesaba y las horribles
horas de incertidumbre que tuvo que soportar hasta dar con ellos.
Durante los siguientes días de viaje, Sarah apenas salió del carruaje,
embebida en sus pensamientos. Y las veces que lo hizo, Neizan procuró
mantenerse lo suficientemente alejado de ella para frenar la tentación y el
deseo que despertaba en él con su mera cercanía.
Y así, evitándose mutuamente para huir de sus incontrolables y cada día
más intensos sentimientos, que trataban de reprimir sin demasiado éxito,
llegó la última jornada del viaje. Si no surgía ningún problema y el tiempo
se mantenía estable como parecía, llegarían al castillo antes de que se
pusiese el sol, y esa certeza no hacía sino incrementar el malestar de ambos,
agitando aún más sus espíritus ya de por sí inquietos.
—Capitán, partan sin mí. Aún me quedan asuntos por resolver aquí. Lo
más probable es que les alcance antes de que hayan llegado al castillo, pero,
si no es así, no debe preocuparse.
—Como ordene, milord. Cuidaremos bien de las damas.
—No lo dudo. —Con una inclinación de cabeza en señal de
agradecimiento, Neizan entró de nuevo al salón.
***
Con el cuerpo reclinado sobre la barra de la taberna, Neizan miraba
pensativo el vaso que tenía en la mano.
—¿Quiere que le ponga otro?
—Sí es tan amable —contestó sin cambiar la dirección de su mirada.
Un caballero de porte elegante entró en ese momento al local y caminó
directo a la barra. Después de quitarse la capa y los guantes y dejarlos sobre
ella, se acomodó en el asiento contiguo al de Neizan mientras, sin disimulo
alguno, observaba la actitud melancólica que desprendía el apuesto joven
que se hallaba a pocos centímetros de distancia.
—No debe haber tenido un buen día. Ni una buena semana, me atrevería
a decir por su semblante sombrío y ese vaso en la mano a tan tempranas
horas de la mañana. Si me lo permite, me uniré a usted. Las penas son
siempre menores en compañía. —El hombre levantó la mano para llamar la
atención del posadero—. Póngame lo mismo que al caballero.
Neizan esbozó una sonrisa ante tan acertada afirmación, levantó la
cabeza y fijó la mirada sobre aquel desconocido.
—No sé si le gustará lo que estoy bebiendo. Lo único que contiene este
vaso es té, nada más y nada menos.
El hombre que tenía ante él debía ser de la edad de su padre. La nobleza
que desprendía su mirada le recordó, por un instante, a él mismo.
—Entiendo vuestro estado entonces. Es difícil desterrar las penas con un
té —rio, claramente sorprendido—. Y sería poco prudente preguntar la
razón, supongo.
—Suponéis bien, mas no tengo reparos en decíroslo. Crecí viendo como
el alcohol fue consumiendo la vida de mi padre, y también la de cualquier
persona que se acercara a él, incluida la mía, mejor dicho, sobre todo la
mía. —Neizan dio un sorbo a la taza antes de continuar—. Es por esa razón
por la que ya entonces me prometí que no probaría ni una gota de ese
líquido infernal. Y, salvo en momentos como este, no me he arrepentido
nunca de la decisión que tomé. Debo deciros que el alcohol no alivia las
penas, solo las esconde para hacerlas más pesadas después.
—Es grande el hombre que aprende de los errores que observa y se
atreve a cambiar su estrella en lugar de dejarse llevar por la inercia de la
costumbre.
Neizan asintió y los dos hombres continuaron conversando durante largo
rato, intercambiando confidencias que solo le contaría a un completo
desconocido como era aquel.
—Debe de ser una dama excepcional la mujer que tan cautivado le tiene.
—Por desgracia para mí, así es. Excepcional. No creo que exista otra
igual en el mundo.
—¡Cuán cruel es el amor! Y cuántas desdichas nos acarrea. Pero, en mi
humilde opinión, si su padre es tan justo como presume, debería hablar con
él y ponerle al corriente de sus sentimientos.
—¿Y de qué serviría eso sino para hacerles daño a todos? Sarah también
tiene una razón de peso para haber aceptado el compromiso con él y,
aunque no conozco los detalles, sé bien que significa mucho para ella.
—Pues pregúntela. Hable con su dama. Investigue. Mas nunca se dé por
vencido. Negar el verdadero amor solo trajo desdicha a mi familia. Ojalá lo
hubiese sabido entonces.
—¿Por qué dice eso? ¿Qué es lo que le sucedió para hablar así? Si tiene
a bien contármelo.
—Por supuesto que sí. No es fácil encontrar un buen conversador como
usted —sonrió con sinceridad—. Fue hace mucho ya, aunque el dolor sigue
tan vivo como el primer día.
El caballero dejó escapar un profundo suspiro antes de iniciar el relato.
—Perdimos a mi hermana pequeña porque no supimos escuchar lo que
su corazón trataba de decirnos. Por lo que cuenta usted, se parecía bastante
a esa mujer que tan enamorado le tiene. Era inteligente, vivaz y la más bella
y atenta de las mujeres. —El caballero levantó su vaso y observó el
contenido—. Mi padre había fallecido hacía pocos meses y en su lecho de
muerte nos hizo prometer que cuidaríamos de ella y la protegeríamos con
nuestra vida si era necesario. Así lo hubiésemos hecho, se lo aseguro, pero
obsesionados con evitarle todo mal, nos negamos a aceptar el amor que
surgió entre ella y un marinero al que nunca consideramos digno. Al tratar
de separarles, solo conseguimos alejarla a ella también. Una noche nos
abandonó y se fugó con él, y aunque la buscamos sin descanso, nunca más
supimos de su paradero. —Neizan le miraba con atención, apenado por el
profundo dolor que trasmitían aquellas palabras—. Mi hermano mayor
murió pocos meses después, y le aseguro, milord, que mucho tuvo que ver
la pena y el peso de la culpa. Negamos el verdadero amor —suspiró—, y la
dolorosa pérdida de dos de mis queridos hermanos fue la trágica
consecuencia de ello.
El caballero se bebió de un trago el vaso de aguardiente que tenía en la
mano.
—Póngame otro. —Volvió la vista a Neizan y prosiguió—. Pero bueno,
eso pasó hace más de veinte años, no quiero aburrirle con mis penas que
bastante tiene con las suyas. Buscaba animarle y mire —sonrió con
nostalgia—. Veinte años… —repitió con la mirada perdida—. ¡Cómo pasa
el tiempo!
De un trago se bebió otro vaso de aguardiente que acababan de servirle.
—Siento su pérdida.
—Bueno, ya ve que todos cargamos con nuestro pasado. Por cierto, hace
bien en no beber alcohol. No sabe cómo quema por dentro este líquido del
infierno.
—Lo imagino —sonrió al ver las ridículas muecas que ponía su
acompañante—. ¿Puedo hacerle una pregunta? Es posible que le parezca
algo absurda. Es solo una curiosidad.
—No tema. Pregunte.
—¿Qué significa la flor que lleva bordada en la capa? Mi amada tiene
una igual pintada en el hombro.
La mandíbula del caballero se tensó y su expresión se volvió ansiosa.
—¿Cuántos años tiene su dama?
—Veinte.
—¿Conoce el lugar de su nacimiento?
—En Falmouth, a unas trescientas millas de viaje de aquí.
—¿Y, por casualidad, no sabrá el nombre de su madre?
—Creo haberlo escuchado alguna vez. —Neizan se esforzó por recordar
—. Lady Rosaline. Sí, ese mismo. Pero ¿a qué vienen tantas preguntas?
—Rosaline —pronunció pensativo, aunque se calmó tras la respuesta—.
Ese no es el nombre de mi querida hermana. Por un momento pensé… No
me mire así, no me he vuelto loco todavía —sonrió—. Verá, esta flor ha
sido el símbolo de mi familia desde generaciones.
» Como habrá podido deducir por mi acento, soy natural del norte de
Escocia, y las mujeres de nuestro clan llevan esta preciosa y espinosa flor
tatuada en la espalda. ¿Cómo me ha dicho que se llama el pueblo?
—Falmouth. En el condado de Cornwall.
—Falmouth —repitió—. Aún debo arreglar algunos negocios en
Brighton, pero cuando termine saldré hacia allí. Igual la persona que se lo
tatuó a su dama fuera ella, o al menos alguien que la conociera —suspiró—.
Como ve, señor, después de tantos años, aún no he perdido la esperanza de
encontrarla. No la pierda usted tampoco.
—Gracias por tan amables consejos. Ahora debo partir. Ha sido un
agradable placer conversar con un caballero como usted. Espero que nos
volvamos a encontrar algún día y pueda darme buenas noticias y
presentarme a su hermana. Le deseo toda la suerte del mundo en su
búsqueda.
—Yo también le deseo suerte, joven. Se la merece.
22
Sarah no estaba de buen humor esa mañana; su comportamiento la delataba
sin pretenderlo. Apenas quedaban unas horas para alcanzar su destino y, por
si eso no fuese suficiente desgracia, no había vuelto a mantener una
conversación a solas con Neizan desde la noche que pasaron juntos en la
posada. Aunque, en gran parte, solo ella era responsable de ese hecho y
nada podía reprocharle.
—Voy a bajar de la carroza, necesito un poco de aire fresco —informó a
su ama.
—De ninguna manera. Ya le he dicho que no lo consentiré. Bastantes
disgustos me ha dado ya en este viaje. Hasta que no alcancemos el castillo,
no saldrá del carruaje salvo para lo estrictamente necesario.
—¡Os empeñáis en hacerme la vida imposible! —protestó airada.
Mas no era su naturaleza soberbia ni arrogante y tardaba poco en
arrepentirse y disculparse cuando era necesario.
—Perdóneme, Nana. No sé lo que me pasa. A veces siento que otra
persona ha poseído mi mente y me arrastra a decir cosas que no debería.
Usted no tiene la culpa de mis desgracias. Venga, déjeme darle un beso —le
pidió con zalamería.
—Está bien, está bien. Acepto sus disculpas, pero no ponga pucheros ni
trate de camelarme con buenas palabras, porque no voy a ceder en mi
empeño. Se lo repito: hasta que no lleguemos al castillo, no se bajará del
carruaje.
—Puuuuffff —resopló decepcionada, cruzándose de brazos.
—Colóquese bien y enderece la espalda. Esos no son los modales
propios de una señorita y mucho menos de una futura duquesa.
—Si hubiera nacido varón, nada de esto estaría pasando.
El carruaje avanzaba por el último tramo del bosque antes de alcanzar
las vastas praderas donde se encontraba el castillo del duque. El tiempo
brindaba una tregua a los viajeros y el sol, aunque tímido, iluminaba
intermitente el camino, mostrando un arco iris de tonos verdes en todo su
esplendor.
Un inmenso y caudaloso río rompía la continuidad del bosque,
interrumpiendo su solemne serenidad con el rugido de las aguas
embravecidas tras las lluvias de las últimas semanas. El antiguo y estrecho
puente que debían de atravesar llevó a la guardia a adelantarse para
asegurarse de que resistiera el peso de la carroza antes de permitirles el
paso.
Cuando se disponían a reanudar el viaje, entre los árboles del bosque
aparecieron diez o quince hombres a caballo, envueltos en capas oscuras
que ocultaban sus rostros. Algunos de ellos se dirigieron hacia el puente,
bloqueando el paso y apuntando con sus mosquetes a quienes se atrevieran
a cruzarlo, mientras el resto aprovechaba para saquear la carroza y llevarse
consigo los equipajes y cualquier objeto de valor que encontrasen en ellos.
El asalto fue tan rápido y tan bien ejecutado que ningún miembro de la
guardia tuvo margen para reaccionar. Los asaltantes ya se retiraban hacia el
bosque cuando uno de los hombres encapuchados se bajó del caballo, abrió
la puerta del carruaje y se adentró en él.
—Señoras —saludó en un tono inesperadamente cortés al ver a las
damas—, no deben asustarse por mi presencia. No es mi intención infligiros
daño alguno, pero, si son tan amables, me gustaría pedirles que
compartieran conmigo y con mis hombres cualquier objeto de valor que
lleven encima. El río está muy crecido estos días y de esa forma os
ayudaremos a aligerar la carga.
—No llevamos nada que valga la pena robar y, aunque así fuera, vive
Dios que tampoco se lo daría, señor —contestó Sarah, indignada—. De
hecho, si aún le quedara honor, debería devolvernos de inmediato el
equipaje que nos han arrebatado sus hombres.
Al fin Sarah había encontrado alguien con quien descargar su
frustración sin sentirse culpable por ello, si bien su descaro solo provocó la
risa del bandido ante la inesperada reacción de la dama. Por desgracia, no
había tiempo para divertirse. Tras evaluar el lugar, el forajido se acercó a la
señora Talbot y con un tirón certero, le arrebató un crucifijo de oro que ella
siempre llevaba colgado al cuello.
—Esto servirá. Señora, señorita —se despidió, y tras obsequiarles con
una reverencia, salió del carruaje.
Pero Sarah no podía permitir semejante ultraje; no era su naturaleza.
Sabía la importancia que tenía para su ama ese crucifijo, era el único objeto
que conservaba de su madre. Además, ¿qué tenía que perder?, se
preguntaba. Y la respuesta que volvía a su mente era simple; nada,
absolutamente nada. Así que, como en otras tantas ocasiones en su vida, no
se detuvo a pensar en las posibles consecuencias que le eran indiferentes.
Bajándose aprisa del carruaje, se lanzó a la carrera tras el bandido ante los
gritos histéricos de la pobre señora Talbot que trataba una vez más de
frenarla.
Mientras corría sin rumbo, un jinete rezagado apareció por su espalda y,
agarrándola de los brazos, la levantó como si fuera un fardo y la llevó
consigo a lomos de su caballo, desapareciendo con ella en la espesura del
bosque.
23
Cuando Neizan avistó el carruaje a lo lejos y se aproximó a sus hombres, lo
primero que percibió fue el llanto desconsolado de la señora Talbot.
—¿Alguien puede explicarme qué es lo que ha pasado aquí? ¿Por qué
habéis detenido la marcha? ¿Dónde está el resto de la guardia?, ¿y lady
Sarah?
—Milord, nos han tendido una emboscada en el puente. Eran al menos
veinte hombres, si no más. Cuando conseguimos reaccionar, ya se la habían
llevado —balbuceó nervioso.
—Repítamelo, por favor, soldado. ¿A quién se han llevado?, ¿a Sarah?
—Sí, milord. El capitán ha mandado a uno de nuestros hombres al
castillo para avisar al duque de lo sucedido y pedir refuerzos. Después, él
mismo, junto al resto de la guardia, se adentraron en el bosque en su busca.
Solo mi compañero y yo nos hemos quedado aquí con la orden de velar y
proteger a la señora hasta que los demás regresen.
Neizan no podía creerse la noticia. Sin duda, lady Sarah era un imán
para los problemas. Alterado por su desaparición, se acercó hasta la
desconsolada señora Talbot en busca de información que pudiera ayudarlo a
dar con ella.
—Señora, procure tranquilizarse y cuénteme lo sucedido. Cualquier
detalle que logre recordar será de gran ayuda.
—Doy gracias al cielo por tenerle aquí. ¡Se han llevado a mi niña! —
sollozó histérica—. Tiene que encontrarla, milord.
—Nadie lo desea más que yo. Mas para lograrlo debo entender lo
sucedido. ¿Por qué se llevaron a lady Sarah? ¿Acaso reconoció a alguno de
los asaltantes? ¿Cuénteme lo que pasó? Haga un esfuerzo por recordar —
pidió con ansiedad.
La señora Talbot asintió e intentó serenarse.
—Me quitaron la cadena —se lamentó desconsolada y se llevó la mano
al cuello de forma instintiva—. Un hombre encapuchado entró al carruaje y
tiró de ella hasta que se soltó. Sarah se enfadó mucho al verlo. Estaba
nerviosa desde hacía unos días, lo sé bien, es mi niña y la conozco mejor
que nadie; también sé que cuando se enfada se deja llevar. Es muy
impulsiva, ¿sabe?
—Sí, ya me he dado cuenta de eso. Pero respóndame, ¿por qué se la
llevaron a ella? No lo entiendo.
—Milady se enfadó como ya le he dicho, y en un arrebato de los suyos
salió corriendo tras el bandido. La intenté parar, le juro que lo intenté, mas
nunca me hace caso, desde bien pequeña, nunca lo hace —dijo levantando
la voz—. Tráigame a mi niña, se lo ruego. ¿Dónde se la habrán llevado esos
desalmados? ¡Qué habrán hecho con ella, Dios mío! —sollozó.
El llanto le impidió continuar hablando, pero, aunque lo hubiese hecho,
Neizan no la habría escuchado. Su mente estaba ocupada, torturándolo con
posibles desenlaces poco halagüeños para la dama. Con la desesperación
oprimiéndole el pecho, montó sobre su yegua y, a galope, se adentró en el
bosque en busca de su mayor quebradero de cabeza.
***
Sarah no dejó de gritar y de patalear durante todo el trayecto, hasta que el
jinete que la llevaba a cuestas detuvo el caballo y le permitió poner los pies
en el suelo antes de continuar su camino.
Aturdida por la incómoda postura que tuvo que soportar durante el
recorrido, necesitó tomarse unos segundos para que la sangre volviera a
distribuirse por su cuerpo y no caer desplomada. Sin embargo, al alzar la
cabeza, una mueca de asombro asomó a su rostro.
Se hallaba en mitad de un denso bosque de fresnos y robles, rodeada de
pequeñas casitas de madera construidas sobre estos centenarios árboles,
cuyas ramas, retorcidas por el inexorable paso del tiempo, formaban el
mejor de los techados imaginables.
Hombres de todas las edades, mujeres y niños correteaban por el lugar,
ignorando su presencia, y los encapuchados que perpetraron el asalto a la
carroza en la que viajaba ya habían desmontado de sus caballos y se
entretenían deshaciendo los equipajes robados y repartiendo lo que
encontraban en ellos entre las gentes que se congregaban a su alrededor.
Nadie parecía advertir la presencia de Sarah, lo cual supuso un gran
alivio para ella, ya que le concedió la oportunidad de estudiar con detalle el
singular asentamiento al que había sido arrastrada. Por un momento,
recordó las historias que su madre le contaba cuando era pequeña acerca de
un forajido llamado Robin de Loxley, quien vivía al margen de la ley en un
bosque desde el que asaltaba a las gentes de bien. Sonrió al imaginar qué
diría Leonor de ese descubrimiento, pero su alegría desapareció cuando sus
ojos se toparon con el hombre que, con tanta crueldad, le arrancó el
crucifijo del cuello de su querida Nana. Recordando la razón por la que
había acabado en ese pintoresco lugar, fue directamente hacia él para
increparle.
—Discúlpeme, señor —dijo buscando llamar su atención—. Tiene usted
en su poder un objeto que no le pertenece y le exijo que me lo devuelva de
inmediato para que pueda marcharme de aquí y olvidar para siempre este
desagradable incidente.
Descolocado al oír sus palabras, el bandido posó la mirada sobre ella,
tratando de recordar por qué le resultaba familiar el rostro de la mujer que
le cortaba el paso. Pero su descarado atrevimiento al hablarle, tan impropio
de una dama, provocó que una enorme sonrisa maliciosa le asomase a la
cara al recordar a la joven del carruaje que acababan de asaltar.
—Está usted en mi casa, señorita, y lo que hay en mi casa es de mi
propiedad.
—Se confunde, caballero. El crucifijo que lleva en la mano no es suyo
ni lo ha sido nunca, y le exijo que me lo devuelva para hacérselo llegar a su
legítima dueña, a quien se lo ha arrebatado de la más indigna de las
maneras.
—¿Me exige? —preguntó asombrado por la altivez de la joven—. ¿Cree
de veras que está en condiciones de exigir nada? Mire a su alrededor. Por si
no se ha dado cuenta, las gentes que vivimos en este lugar, incluida mi
persona, somos proscritos. La única ley que conocemos y a la que rendimos
cuentas es la nuestra. Y le informo, señorita, de que en nuestra ley, si desea
conseguir lo que tengo en mi poder, vos tendréis que ofrecerme algo a
cambio de igual o mayor valor. ¿Posee alguna cosa de esas características?
Sarah agachó la cabeza.
—Lo que imaginaba. Pues si no tiene nada con qué negociar, no me
moleste más. Y dé gracias por su suerte; le aseguro que no todos los
bandidos que patrullan por estos bosques os habrían tratado con la misma
cortesía.
—¿Cortesía? Asaltan mi carruaje, roban nuestras pertenencias y me
arrastran hasta aquí contra mi voluntad. ¿A eso llama usted cortesía?
Gracias al cielo que no ha sido descortés entonces —se mofó.
El hombre la miró inquisitivo y dejó asomar una mueca de sarcasmo en
la cara, pero ignoró sus palabras y se dio la vuelta, sin concederle más
atención. Sin embargo, Sarah no estaba dispuesta a darse por vencida.
—Espere un momento, señor —gritó y corrió tras él hasta la puerta de
una cabaña de madera. Sin pararse a pensar en lo que hacía, se coló en su
interior.
Una mujer, sentada en el suelo en mitad del pequeño espacio de la choza
en la que acababa de entrar, acariciaba sin descanso la cabeza de un joven
que permanecía inmóvil, tumbado en un lecho de paja y cubierto con
mantas. El aspecto del muchacho no parecía muy saludable; su rostro estaba
tan pálido como el marfil y resplandecía por el sudor que emanaba de su
piel. Sus ojos hundidos y sin un ápice de luz, los labios resecos y agrietados
y su acelerada respiración alertaron a Sarah sobre el mal estado de salud en
el que se hallaba el joven.
El bandido al que Sarah perseguía estaba de pie y apoyaba una mano
consoladora sobre el hombro de la mujer. Pero, al notar la presencia de la
intrusa, se dio la vuelta, furioso ante su entrometimiento.
—¿Qué diablos hace usted aquí, señorita? Salga ahora mismo de esta
habitación. Usted no es de los nuestros y no es bienvenida en esta casa.
Sarah no se dio por aludida y, desoyendo la advertencia, se interesó por
lo que sucedía.
—¿Qué le pasa al muchacho? Es posible que pueda ayudarle, o al
menos, podría intentarlo si me lo permiten.
—¿Usted?, ¿ayudarle a qué? Han sido sus escoltas o los de algún otro
noble los que han provocado su mal y ya no hay nada que podamos hacer
por él salvo acompañarle en sus últimos momentos. Vamos, márchese de
inmediato o me hará enfadar de verdad.
—No.
—¡¿No?! —gritó fuera de sí—. ¿Es que se ha propuesto acabar usted
sola con mi paciencia?
—No es eso lo que pretendo. Solo le pido que me deje verle. Por favor,
¿qué podría perder?
Pero cuando fue hacia ella con la intención de sacarla de allí por la
fuerza, la mujer, que cuidaba con tanto mimo y dedicación al joven, levantó
la cabeza.
—Déjala, Sam. —Acto seguido centró la atención en Sarah, que
también la observaba impaciente—. Acércate, muchacha.
Sarah obedeció de inmediato. La expresión de sufrimiento y desolación
de la mujer que tenía frente a ella la entristeció sobremanera. El dolor que
desfiguraba su hermoso rostro solo podía ser el de una madre, y viendo el
cariño y la dedicación con la que obsequiaba a aquel joven, recordó a la
suya propia.
Cuando Regina, que así se llamaba la mujer, levantó la manta que cubría
el cuerpo del muchacho, Sarah no tardó en darse cuenta de la causa de su
mal. La punta de una flecha permanecía clavada en el hombro del chico y
un olor a podredumbre emanaba de la herida e inundaba la estancia
presagiando su trágico e irremediable destino.
Pero cuando la causa era visible, la solución era posible, o al menos era
lo que Leonor le dijo siempre.
—Necesito fuego, agua, trapos y miel. Y también algunos cuencos de
barro o madera. Voy a ir a recoger unas bayas de enebro y otras plantas que
vi mientras colgaba boca abajo viniendo hacia aquí, pero no tardaré en
volver. Señora, ¿podría poner agua a hervir?
La mujer asintió ante la actitud resolutiva de la joven desconocida y
Sarah percibió un atisbo de esperanza en sus ojos antes de abandonar la
choza. Sam salió con ella también, aunque su malhumor no había
disminuido.
—¿Puedo preguntarle qué pretende con esa actuación?, ¿acaso es usted
curandera o solo le gusta jugar a serlo? No martirice a esa pobre mujer con
falsas esperanzas que no harán más que agravar su sufrimiento.
—No es esa mi intención, señor. Mi madre me enseñó a utilizar las
plantas para muchos usos, como también a no rendirme nunca mientras la
sangre siguiera corriendo por mis venas. Y eso es lo que voy a hacer ahora,
le guste o no. —Sarah se cuadró delante de él—. ¿Me ayudará a intentarlo o
seguirá reprendiéndome mientras vemos morir a ese pobre muchacho?
Sam suspiró resignado.
—Está bien. Espero no tener que arrepentirme por esto. ¿Qué tengo que
hacer?
—Primero debería sacarle la flecha. Necesitaré brasas y un cuchillo tan
afilado como pueda conseguirme.
—Tengo que saberlo, ¿ha hecho esto alguna vez?
—No le mentiré, únicamente he extraído algún hierro incrustado en la
pata de un par de ovejas, nada más, aunque confío que no sea muy distinto.
Es posible que necesite ayuda para sujetar al chico. ¿Se quedará conmigo,
verdad?
Sam asintió y Sarah corrió hacia el bosque. No tardó en regresar, y
cuando lo hizo, el agua estaba hirviendo y las brasas ardían en un recipiente
de cobre dispuesto en la entrada de la choza.
Sarah preparó los utensilios que iba a usar, junto con las hojas y las
flores que había recogido. Algunas las vertió en el agua hirviendo y, tras
unos minutos, retiró la mezcla del fuego para dejarla enfriar. Luego colocó
el cuchillo que Sam le proporcionó sobre las brasas y, mientras esperaba a
que alcanzara la temperatura adecuada, aplicó sobre la herida del joven la
savia de una hoja que conocía bien por la cantidad de veces que vio como la
empleaba su madre en toda clase de cortes.
La obnubilación en la que se encontraba el joven por la fiebre tan alta y
mantenida que le tenía postrado en el lecho desde hacía varios días resultó
ser ventajosa para extraer la punta de la flecha sin tener que infligirle un
dolor que hubiese sido intolerable en otra circunstancia. Una vez retirada,
selló la herida cauterizando la entrada con la hoja del cuchillo y aplicó un
emplasto compuesto de miel mezclada con hojas de enebro.
El pulso de Sarah, que no había temblado durante el proceso, sí lo hizo
una vez concluido. Había hecho todo lo que estaba en su mano, aunque el
pronóstico del muchacho seguía siendo incierto.
—Mójele los labios con esta infusión, poco a poco, hasta que él pueda
beberla por sí mismo —le explicó a Regina—. También deberá colocarle
paños fríos sobre la frente hasta que consigamos bajar la temperatura de su
cuerpo.
—No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por nosotros, niña —
dijo emocionada sin separarse de su hijo—. Haré todo lo que me dices.
Muchas gracias, de veras.
—No tiene que dármelas. Luego volveré a ver cómo está y le prepararé
más infusión si la necesita.
Cuando Regina volvió la mirada hacia su hijo, Sarah salió del cuarto.
—Aquí tiene —dijo Sam entregándole el crucifijo de la señora Talbot—.
Se lo ha ganado con creces. Ahora si lo desea, uno de nuestros jinetes la
llevará hasta el lugar que le indique.
—Le agradezco que me devuelva el crucifijo. Tiene mucho valor para
una persona muy querida para mí. Aunque, si no tiene inconveniente, me
gustaría quedarme por aquí unos días más. Aún tengo que hacerle algunas
curas antes de marcharme tranquila.
—Es usted una dama poco común, ¿lo sabía?
—¿Eso es bueno o malo, señor?
—Yo diría que es el mayor cumplido que le he hecho a una mujer que
no fuese la mía. Ha demostrado mucha valentía en esa habitación. Valentía
y coraje, dos cualidades que admiro y que escasean en este mundo.
—Únicamente obré cómo mi madre me ha enseñado.
—Pues me agradaría conocer a su madre. No me cabe duda que será una
mujer excepcional.
—Lo es.
La expresión de Sarah se entristeció al pensar en Leonor, lo que no pasó
desapercibido a Sam, aunque no comentó nada al respecto.
—Venga conmigo. La llevaré a que coma algo, y después le enseñaré la
que será su casa durante el tiempo que quiera quedarse con nosotros.
***
Neizan se topó con el capitán y sus hombres cuando galopaba a través del
bosque.
—Capitán —gritó al verle.
—Milord, gracias a Dios que está aquí. ¿Ha visto el carruaje? —
preguntó cabizbajo.
—Sí, y me han informado de lo sucedido. Por desgracia, veo que
vuelven con las manos vacías.
—Me avergüenza reconocerlo, pero no hemos encontrado ni rastro de
esos bandidos.
Neizan miró hacia el bosque con desesperanza.
—Vuelvan al carruaje y continúen hacia el castillo; yo seguiré con la
búsqueda.
—Pero, milord, apenas quedan unos minutos de luz. Cuando el sol se
ponga, será inútil continuar aquí.
—Tiene razón, pero debo intentarlo. Le prometí a mi padre que velaría
por el bienestar de Lady Sarah.
—Pues entonces, nos quedaremos con usted.
—Haga lo que le he pedido, capitán. La señora Talbot está muy alterada.
Necesita llegar al castillo y que la asistan lo antes posible. Además, me será
más útil si habla con mi padre y organizan las partidas de búsqueda para
cuando comience a clarear el día.
—Venga con nosotros, se lo ruego. Este bosque es peligroso, y aún más,
cuando cae el sol.
—Soy consciente de ello, pero no me iré de aquí sin lady Sarah. Vamos,
váyanse ya. No hay tiempo que perder, no tema por mí, me he criado por
estos parajes y los conozco bien. Además, capitán, un hombre solo se oculta
con más facilidad que muchos.
Sin tiempo que perder, Neizan azuzó a su yegua y se perdió entre los
arbustos.
24
Con un palo en la mano, Sam avivaba el fuego de la hoguera. Sarah,
sentada sobre un tronco frente a él, saboreaba un caldo recién servido
mientras analizaba con detenimiento las facciones de su asaltante.
Debía tener más o menos la edad de Leonor, aunque conservaba más
cabello de lo que apreció en otros hombres de edad similar a la suya que
conocía de su aldea y, también, una espesa barba canosa que sería la envidia
de muchos de ellos. Su rostro no era particularmente bello, al menos nada
que ver con el perfecto rostro de Neizan, o eso pensaba ella, sin embargo,
había algo en su mirada que lo hacía atractivo a la vista, y poseía un porte
fornido y rudo que imponía respeto a quienes se topaban con él. Aunque
Sarah no tardó en darse cuenta de que esa rudeza no era sino un escudo
forjado con el pasar de la vida y el dolor y las desventuras que habría tenido
que librar en ella.
—Aún no le he preguntado su nombre, milady —dijo levantando la
vista hacia ella.
—Sarah, me llamo Sarah.
—Un bonito nombre. Y dígame, lady Sarah.
—Llámeme Sarah, por favor. A estas alturas, no me parece que sean
necesarios los formalismos.
—Como quiera. ¿Qué le trae de viaje a nuestras tierras? No parece usted
de por aquí. ¿Hacia dónde se dirigía su carruaje?
—Nací y he vivido toda mi vida en Falmouth. Hace apenas una semana
partimos con destino al castillo de Hever. Nos quedaban unas horas de viaje
cuando aparecieron ustedes y cambiaron nuestros planes.
—Pero no ha respondido a mi pregunta, ¿qué le trae a nuestro castillo?
—Mi compromiso. Estoy prometida con el duque de Kent, e imagino
que nuestras nupcias se celebrarán en el castillo o en alguna iglesia de los
alrededores.
—No veo mucha emoción en su voz al informarme de tan grata noticia.
—No, señor, no la ve porque no la hay.
—¿Por qué no es dichosa? —preguntó sorprendido—. Va a desposarse.
Debería mostrar alegría por ello o ¿es que acaso no ama al caballero? He
oído que las familias nobles pactan sus casamientos por otros intereses
distintos al de los sentimientos. ¿Es ese su caso?
—Apenas si he visto una vez en mi vida al duque con quien debo
desposarme, aunque me consta que es un hombre bueno y afable. Le
aseguro que mejor que muchos otros con los que mi familia me ha querido
casar antes.
—Pero no le ama.
—No sé lo que es el amor, señor. Mi madre trató de explicármelo días
antes de partir, pero, como puede ver, no parece que tuviera mucho éxito.
—¡Explicar lo que es el amor! —sonrió con burla—. Nunca escuché
nada más absurdo. El amor no se explica, el amor se siente o no se siente.
¿Nunca ha encontrado algún joven que revolviese su ser sin permiso?,
¿alguien con quien el tiempo pase tan rápido cuando está a su lado que da
miedo? ¿Un hombre que desboque su corazón al sentir su cercanía?
—¿Y qué importa si he sentido algo así? Mi destino está marcado,
señor, y enamorarme de otra persona solo aumentaría mi sufrimiento —
afirmó Sarah con determinación.
—Me apena oírla hablar así. El día de mi boda fue el más feliz de mi
vida, y qué decir de su noche… —sonrió al recordarlo—. Perdóneme,
milady, no tengo costumbre de conversar con una dama como usted.
—No se preocupe, no soy fácil de ofender. Dígame, ¿dónde está su
mujer?
—Mi mujer ya no se encuentra entre los vivos y tampoco mi hijo. Una
plaga en las cosechas que duró varios años trajo el hambre a la aldea en la
que vivíamos. Muchos murieron mientras otros despilfarraban la comida en
fiestas absurdas, y nadie hizo nada para ayudarnos. Desde entonces vivimos
aquí, en estas tierras sin dueño. El bosque nos proporciona agua y comida y,
bueno, algún que otro botín, como ya ha podido apreciar. —Sam volvió a
avivar la hoguera—. Siento de veras haber asustado a la señora que viajaba
con usted. Hágala llegar mis disculpas cuando vuelva a verla.
—Pobre Nana. Seguro que estará muy preocupada por mí.
—Hábleme de usted. No crea que no me he dado cuenta de cómo se
ruborizaba cuando le hablé del amor. Aunque se empeñe en negarlo, estoy
seguro de que hay un hombre que se cuela en sus pensamientos.
—Tengo un amigo, pero es solo eso, un amigo. —Pero su expresión la
delataba más de lo que su inocente voluntad quería mostrar—. Y ni tan
siquiera diría que es un buen amigo. En demasiadas ocasiones me hace
perder la paciencia con su cambiante comportamiento; unas veces es dulce
y cariñoso conmigo y otras se muestra grosero y antipático sin causa
aparente.
Sam sonrió con picardía.
—No existe el amor sin un poco de resentimiento.
Un alboroto inesperado a su espalda interrumpió la interesante
conversación. Tres hombres corrían tras una yegua blanca, tratando de
doblegarla sin demasiado éxito.
—¿Qué pasa ahí?, ¿a qué viene tanto escándalo, señores? —les gritó
Sam poniéndose en pie.
—¡Es la yegua! Está salvaje o poseída. No hay forma de hacernos con
este maldito animal.
Pero en el momento en que Sarah alzó la vista y vio al caballo lo
reconoció de inmediato.
—¿Dónde habéis encontrado a esa yegua? ¿Qué ha sido del caballero
que la montaba? —dijo, dirigiéndose hacia ellos—. ¡Furia! —llamó a viva
voz.
Ante el asombro de los presentes, la yegua irguió las orejas, dejó de
moverse inquieta y se acercó a ella con la cola pegada a la grupa, moviendo
la cabeza de arriba abajo en señal de aceptación.
—¿Qué sucede, Sarah? ¿Conocéis a ese animal?
—Es la yegua de un amigo —contestó intranquila pensando en cómo
habría llegado hasta allí.
—Responded a la dama. ¿Dónde está el jinete que la montaba? —
preguntó Sam a sus hombres al ver la expresión ansiosa de su invitada.
—Dirá lo que quede de él —rieron los hombres—. Nuestro Henry se
está haciendo cargo del intruso. Es la primera vez que alguien encuentra la
entrada del campamento. Pero le aseguro, jefe, que va a arrepentirse de
haberlo hecho. —Y volvieron a reír entre miradas de complicidad.
Sam miró a Sarah que, con los ojos muy abiertos, escuchaba espantada
la conversación.
—¿Quién es ese Henry que mencionan sus hombres? —se atrevió a
preguntar.
—Lo verá usted misma. Vamos, sígame. Debemos llegar lo antes
posible al río.
Con la angustia oprimiéndole le estómago, corrió tras él.
25
No dejaría de buscarla hasta dar con ella. Sin embargo, en un bosque tan
extenso como aquel y en una noche tan oscura, no albergaba muchas
esperanzas de lograr su empeño.
Si no se hubiera quedado atrás lamentándose de su mala fortuna, eso no
habría sucedido; aunque ¿a qué persona sensata se le ocurre salir corriendo
tras unos bandidos? Claro que Sarah era muchas cosas, pero ni sensata ni
prudente eran adjetivos que pudiesen describirla.
Seguro que estaba bien, debía estarlo, porque solo pensar otra
posibilidad distinta destruía la inquebrantable entereza de su espíritu.
—Amiga mía —se dirigió a su yegua por primera vez—, imagino que la
obstinada de Sarah os habla porque está convencida de que puedes
entenderla. Si es así, te pido que me lleves hasta donde esté. También tú la
echas de menos, ¿no es así? —Tras dar unas palmadas de afecto en el cuello
del animal, dejó que guiase sus pasos.
El río no estaba lejos de donde se encontraba y el sonido del agua
resonaba con más intensidad en el sosegado silencio de la noche. Con paso
ligero, la yegua se acercó a la orilla y cruzó al otro lado.
—¿Estás segura? —preguntó sin esperar respuesta, aunque no hizo nada
para cambiar la dirección que el animal tomó libremente.
Cansado y cada vez más frustrado por el resultado de su búsqueda, las
horas pasaban lentas.
—Te he pedido un imposible, al menos lo hemos intentado —murmuró
desesperanzado—. Ahora voy a liberarte de la carga, iremos por otro lado.
Neizan tiró de las riendas tratando de hacerse con el control del caballo
cuando este se negó a responder y siguió su camino.
—¿Qué te pasa, pequeña?
Pero al alzar la vista, le pareció distinguir en la lejanía la tenue luz de lo
que intuía serían las hogueras de un campamento.
—¡Increíble! —exclamó asombrado por el descubrimiento—. Te debo
una.
Y espoleando la marcha de la yegua, galopó en esa dirección.
***
Cuando Sarah y Sam llegaron al río, se encontraron con un tumulto de
gente que se arremolinaba formando un círculo alrededor de algo que no
acertaban a distinguir.
—¿Dónde está Henry? —preguntó Sam a uno de los hombres.
—Dándose de puñetazos con un intruso. Y, aunque nadie lo hubiera
dicho al ver el aspecto del forastero, la lucha está bastante reñida. El joven
tiene agallas.
—Señor —suplicó Sarah, angustiada—, tiene que parar la pelea.
—Claro, hija, lo haré. No te angusties, lo haré.
Abriéndose paso entre la multitud, llegaron hasta el claro en el que
Henry, el más fornido de sus hombres, peleaba a golpes con un joven
desconocido.
—¿Es ese su amigo?
—Sí, señor, el mismo.
Sarah apartó la mirada en cuanto le reconoció. No soportaba presenciar
una disputa de ese tipo y, mucho menos cuando uno de los contendientes
era Neizan. Sam soltó una carcajada al observar su reacción y el gesto de
angustia que se reflejó en su rostro.
—No sufráis, milady. Su amigo sabe defenderse muy bien. Creo que
vamos a esperar un poco más antes de separarles. Mire a su alrededor. No
gozamos de muchos entretenimientos por estos parajes y parece que mis
chicos se están divirtiendo con este.
—¿A qué clase de personas les divierte ver golpearse a dos hombres?
¡Son todos unos bárbaros! —gritó irritada ante la mirada divertida de Sam
—. Pues no me quedaré de brazos cruzados. Si usted, señor, no tiene
intención de detener este absurdo, lo haré yo misma.
Con la impulsividad que la caracterizaba, ignoró la voz de Sam que la
llamaba a gritos y se abrió paso a empujones entre los hombres para
alcanzar el interior del corro que se había formado para observar la
contienda sin perder detalle y decidir el mejor momento en el que intervenir
y detenerla.
Neizan acababa de lanzar al suelo a su contrincante con un certero
puñetazo en la mandíbula e, inclinado con las manos en las rodillas, trataba
de recuperar el aliento mientras permitía que su oponente se levantase. El
nombre de Sarah resonó sobre el griterío de la multitud arremolinada,
haciendo que Neizan alzase la cabeza. Al verla aparecer corriendo hacia él,
el interés por la contienda se desvaneció en un instante e, ignorando a su
adversario, se giró para ir a su encuentro.
Pero Henry, poco acostumbrado a perder una disputa, no iba a dejar que
las cosas terminasen así. Nadie le había derrotado nunca y mucho menos en
su territorio. No estaba dispuesto a permitir que un forastero, que apenas
abultaba la mitad que él, lo pusiese en ridículo delante de sus amigos. Así
que se levantó del suelo con rapidez, cogió un palo que encontró tirado y,
aprovechando la distracción de Neizan, lo golpeó con contundencia en la
cabeza, haciéndole aterrizar inconsciente en la arena.
26
—¿Qué tratáis de decirme? ¿Qué unos bandidos se han llevado a lady Sarah
delante de vuestras narices? Explicádmelo mejor, capitán, porque creo que
no lo he entendido bien.
—Alteza, nos tendieron una emboscada cuando íbamos a cruzar el
puente. La guardia había atravesado el río para comprobar que el paso de la
carroza fuese seguro tras las crecidas de los últimos días. Pero esos
malhechores nos bloquearon el paso y aprovecharon para asaltarnos y
llevarse las pertenencias de las damas sin que pudiésemos hacer nada por
evitarlo.
—Las pertenencias de las que habla no me importan nada en absoluto.
Las cosas materiales pueden reponerse con facilidad. Mas ¿qué pasa con la
dama?, ¿por qué se la llevaron a ella y a nadie más?
El capitán agachó la cabeza, avergonzado, antes de contestar:
—Alteza, fue lady Sarah quién salió corriendo de la carroza para
perseguir a los asaltantes. Quería recuperar un objeto de valor que le
arrebataron por la fuerza a su dama de compañía.
—Esto cada vez se pone más interesante —bufó el duque con evidente
disgusto—. Una joven dama persigue a unos bandidos para proteger a su
dama de compañía mientras los miembros de mi guardia se quedan
mirando.
El duque estaba fuera de sí y resoplaba mientras caminaba de un lado a
otro del salón.
—¿Y Neizan?, ¿dónde está mi hijo?
—No ha consentido volver hasta no dar con lady Sarah. Nos ordenó
poner a salvo a la señora Talbot, informarle de lo sucedido y organizar las
partidas de mañana si aún no había regresado con ella.
—Espero por su bien, capitán, que no le suceda nada a la dama. Neizan
no me preocupa; mi hijo sabe cuidarse.
» ¡Qué todos estén listos para salir en cuanto haya claridad en el cielo!
No pararemos hasta encontrarlos. Y por Dios, que alguien vaya a buscar a
Philippe a la posada y lo traiga aquí inmediatamente.
—Ahora mismo, alteza.
—¿Y la señora Talbot?, ¿se encuentra bien?
—Está muy agitada después de lo sucedido. La señora Benedit está
atendiéndola.
—De acuerdo. Puede retirarse, capitán.
27
Sarah no se movió de los pies de la cama donde Neizan descansaba tras el
golpe a traición de su contrincante que lo había dejado sin consciencia
durante más de veinticuatro horas.
El sol había salido por el horizonte y la tenue luz que entraba en la
habitación perfilaba las facciones del rostro del caballero y le permitía
contemplarlo sin prisa. El labio partido, un corte en la ceja y varias
magulladuras en las mejillas fueron el resultado visible de la contienda de la
noche anterior, pero no hacían sino resaltar la firmeza y la perfección de sus
rasgos.
Un suspiro escapó de los labios de Sarah mientras luchaba con las
emociones que se agitaban en su interior. La presencia de Neizan, aún en su
estado maltrecho, despertaba sentimientos que le resultaba imposible
ignorar. Con un gesto suave, apartó un mechón de cabello de la frente del
caballero.
Neizan comenzó a moverse inquieto en el lecho y una mueca de dolor se
dibujó en su cara.
—Tranquilícese. No debe moverse todavía —le susurró con cariño
mientras le sostenía los hombros con firmeza para frenar su impulso.
Pero al notar el cálido roce de las manos de Sarah sobre la piel, abrió los
ojos, encontrándose con los de ella, que le miraban con preocupación.
—¿Dónde estamos?, ¿qué estoy haciendo aquí? —murmuró
desorientado mientras trataba de incorporarse de la cama.
—¿No recuerda nada de lo que pasó anoche? ¿Sabe al menos quién soy
yo?
Neizan fijó la mirada en ella.
—Eso no es fácil de olvidar. Vos sois mi mayor quebradero de cabeza.
—Ya está mejor entonces —suspiró aliviada al oír su contestación y
trató de calmarle explicándole la situación—. Le golpearon en la cabeza en
una contienda, ¿se acuerda? Lleva inconsciente desde entonces, pero,
tranquilo, en un par de días más estará recuperado por completo.
—¿Un par de días? ¡Ahora mismo nos vamos de aquí los dos! Debemos
marcharnos antes de que se den cuenta de que he despertado y traten de
impedírnoslo.
—¿Irnos?, ¿qué locura está diciendo? No puede moverse aún. No podría
ni mantenerse en pie como para montar a caballo durante horas.
A pesar de las advertencias de Sarah, Neizan se levantó de la cama. Un
dolor punzante en las costillas lo hizo encogerse de nuevo, y un quejido
involuntario escapó de sus labios.
—Es un cabezota. Le he dicho que no debía moverse —reprendió Sarah
—, ¿no se da cuenta de que está malherido?
—Sí, estoy malherido. Y ¿quién tiene la culpa de eso? —contestó con
cierto tono de reproche en la voz.
—¿Qué insinúa?
—No insinúo nada, lo afirmo categóricamente. Si no fuera por esa
cabeza alocada que tiene, no estaríamos en esta situación. ¿A qué persona
sensata se le ocurre salir corriendo tras unos bandidos?
—¿Acaso le he pedido que viniera a rescatarme?
Neizan gruñó.
—No creo que exista en el mundo mujer más terca que vos, milady.
Aunque ya discutiremos esa cuestión con más tiempo. Ayúdeme a ponerme
en pie, busquemos a mi yegua y marchémonos de aquí.
—¡Y yo soy la terca! —bufó, poniendo los ojos en blanco—. Le repito
que no puede moverse aún. No llegaría ni a la entrada del campamento.
Déjeme que vea eso que le duele tanto y quizá consiga ayudarle para que
cure antes.
—No es nada.
—Permitidme decidirlo a mí. Súbase la camisa, no se comporte como un
crío.
—¿Como un crío? ¿Yo? Está bien. Mire todo lo que quiera.
Neizan, con cuidado, se desprendió de la ropa que llevaba puesta,
revelando un enorme moratón que se extendía desde el pecho hasta la
cintura.
—¡Por Dios! —exclamó Sarah, alarmada al verlo—. ¡Pero si no le
queda ni una porción de piel de su color!
—Es menos de lo que parece, se lo aseguro. He estado en peores
condiciones.
—Quédese ahí quieto. Ni se le ocurra moverse o yo misma le atizaré
con un palo en la cabeza para volver a dejarle inconsciente —amenazó con
determinación—. Enseguida vuelvo.
—No se vaya, se lo ruego. —Neizan la cogió de la mano para retenerla
—. Mire cómo hemos terminado la única vez que me he separado de vos.
Sarah se volvió y contempló sus manos entrelazadas, luego alzó la vista
para perderse en los profundos ojos azules del caballero que con tanta
intensidad abrasaban su interior.
—No tardaré, lo prometo. Solo voy a recoger un cuenco que he dejado
fuera. —Con sutileza, se deshizo de la mano de Neizan que aún sostenía la
suya y salió de la habitación. Regresó segundos después con el ungüento.
—¿Qué es? —preguntó el caballero con el ceño fruncido.
—Una mezcla de árnica y otras hierbas que recogí en el bosque. Os
aliviará el dolor y la hinchazón —le explicó—. Ahora tendréis que
levantaros la camisa y sostenerla lo más arriba que podáis hasta que yo os
indique.
—¿No hay otra manera? —protestó.
—No, no la hay. No seáis testarudo y dejadme hacer.
—¿Por qué sabe tanto de estos remedios? —preguntó y dejó asomar el
enorme moratón que lucía cada vez más violáceo y extenso.
—Desde niña lo he visto hacer a mi madre.
—Vos, milady, sois una caja de sorpresas sin límite —exclamó Neizan
con admiración.
Sarah ignoró sus palabras. Era la primera vez que tenía tan cerca el torso
desnudo de un hombre y sintió un cosquilleó incómodo en el abdomen.
—Voy a extenderle la mezcla sobre la zona amoratada; lo notará frío —
advirtió—. Le prometo que seré cuidadosa, aunque puede que sienta una
leve molestia al principio, pero verá como enseguida le aliviará.
Sarah tomó parte de la mezcla que había preparado y la aplicó con
delicadeza sobre la suave piel del pecho y del abdomen del caballero, cuyo
vello se erizó al instante al sentir su contacto. Y ni el intenso dolor que
padecía fue capaz de sosegar la emoción que se abría paso y que no era
capaz de ocultarse.
—Ya he terminado. Podéis bajaros la camisa. —Sarah apoyó el cuenco
sobre la mesa y se limpió las manos—. Ahora os echaré un vistazo al corte
que tenéis en la ceja. Si no lo tratamos, mañana apenas podréis ver con ese
ojo de lo hinchado que estará.
Neizan obedeció. No se sentía capaz de articular palabra alguna,
concentrado únicamente en controlar el ansia que le impulsaba a besarla,
acariciarla y tomarla allí mismo sin importarle las consecuencias.
Sin embargo, en lugar de remitir, el deseo fue intensificándose hasta
volverse insoportable. Sarah se puso de puntillas para alcanzar la herida, y
al hacerlo, las bocas de ambos se quedaron a escasos centímetros. Sus
alientos tibios y jadeantes se entremezclaban ávidos por confluir en uno
solo.
—¿Le duele mucho? —preguntó ansiosa tratando de no cruzar la mirada
con él.
—Tenerla lejos. Solo eso me duele —le susurró con la voz entrecortada.
Neizan rodeó con el brazo la cintura de Sarah y la atrajo hacia sí con
firmeza sin que ella opusiera resistencia alguna. Sarah tuvo que abandonar
su cometido ya que sus manos y sus piernas se negaban a obedecerla. Las
miradas se buscaron, enamoradas, y gritaron sentimientos que ninguno se
atrevía a confesar. Los labios, ansiosos por saborearse, fueron acortando
distancias, deseosos de encontrarse y sentirse de todas las formas posibles.
—Sarah —susurró decidido a permitir que su corazón tomase las
riendas de ese instante.
Pero la puerta de la cabaña se abrió de golpe y Sam entró en la
habitación devolviéndoles a la tierra con demasiada brusquedad.
Con la cara tan colorada como una amapola, Sarah no se atrevió a
levantar la cabeza del suelo ahora que la cordura había vuelto a su ser y,
presurosa, se dispuso a recoger los utensilios que usó para las curas.
—¿Cómo está, muchacho? —se interesó Sam.
—Hasta verle aparecer por esa puerta, estaba en la gloria —contestó
mirando de reojo a Sarah.
Ni el comentario ni el nerviosismo en las acciones de los dos jóvenes
pasó desapercibido a Sam que, con una pícara sonrisa en el rostro, continuó
con su propósito.
—Vengo a ver cómo se encuentra, pero también a pedirle disculpas por
lo sucedido. La verdad es que Henry no actuó como un caballero. Está
arrepentido por lo que le hizo, se lo aseguro. No había encontrado a un
adversario que le hiciera frente hasta no dar con usted, y eso debió
molestarle bastante. No obstante, yo diría que, a pesar de todo, él ha salido
peor parado.
—No diré que lo siento porque mentiría —afirmó Neizan que aún
lamentaba la inoportuna interrupción de ese hombre en la habitación.
Sam soltó una carcajada.
—Tal para cual, no hay duda. —sonrió y cambió la atención a Sarah—.
Milady, voy a pasar por casa de Regina y ayer insistió mucho en que la
avisara cuando lo hiciera. ¿Quiere acompañarme para ver cómo ha pasado
la noche el joven Thomas?
—Por supuesto. Tenía pensado visitarle en cuanto terminase aquí. Iré
con usted y así dejaremos que el caballero descanse.
—Estupendo. Vayamos entonces.
Neizan suspiró al verla salir del cuarto y, con la imagen de sus labios en
el pensamiento, volvió a reclinarse en la cama, no sin antes escuchar un
nuevo quejido brotar de la garganta al hacerlo.
28
Solo con ver la felicidad en la cara de Regina, era fácil adivinar que el
estado de su hijo había mejorado. Sin embargo, ni en el mejor de los
supuestos habrían imaginado cuánto.
Cuando Sarah entró por la puerta, Regina se abalanzó sobre ella y la
estrechó agradecida entre sus brazos, al tiempo que le regalaba infinitas
palabras de aprecio y gratitud. Y es que Thomas, el joven al que hacía unos
días se le escapaba la vida inexorablemente, estaba reclinado en su lecho
mientras él mismo se llevaba a los labios la infusión que Sarah dejó
preparada la noche anterior.
¡Su aspecto había cambiado tanto en tan poco que apenas si podía
reconocerle! Sam tampoco daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos y,
de no ser estos los que le informaban, no lo habría creído nunca.
—Milady, es usted una dama extraordinaria —dijo Sam rebosante de
felicidad—. Sus padres deben sentirse muy orgullosos. Ha obrado un
milagro con este chico.
—Oh no, no todo el mérito es mío. El muchacho es joven y ha luchado
con valor para recuperarse. Yo solo he ayudado en el proceso.
—Venga conmigo. Me gustaría mostrarle todo el campamento, a ver si
logro tentarla para que se quede con nosotros por más tiempo. Alguien con
sus habilidades nos vendría bien por aquí.
—Déjeme primero que cambie la cura a Thomas, después iré con usted.
—Claro, claro, tómese el tiempo que necesite. La esperaré fuera.
***
—¿Alguna novedad? ¿Algún rastro de ellos?
El duque estaba perdiendo la paciencia. Llevaban días peinando el
bosque sin hallar ni una sola pista que les alentase a pensar que se
encontraban más cerca de dar con su paradero, y sabían perfectamente que
el tiempo jugaba en su contra. Parecía como si se hubiesen desvanecido
entre la espesa niebla que desde el amanecer lo envolvía todo.
—Seguid buscando. No nos moveremos de aquí hasta que no les
hayamos encontrado, ¿entendido?
—Sí, alteza.
—Philippe —llamó el duque—, ve con el capitán. Tu hermano y tú
trasteasteis mucho por estos bosques. Es posible que recuerdes algún
escondite que tuvierais o alguna zona que frecuentarais más.
—Como desee, padre.
Pero en cuanto se dio la vuelta, Philippe continuó hablando, ignorando
la seriedad de la búsqueda que se había organizado.
—Y también perdí la virginidad entre estos arbustos, y otras muchas la
perdieron después conmigo —susurró jocoso al capitán—. Eso sí lo
recuerdo bien. —El capitán ignoró el comentario—. Sabía que este
matrimonio no era buena idea —reprochó Philippe, malhumorado—. Aún
no se han desposado y mira cómo nos tiene a todos; perdiendo nuestro
preciado tiempo para buscar a su prometida.
—No hable así, milord. Su padre es un buen hombre que merece ser
feliz. Ha pasado mucho tiempo desde la muerte de su madre.
—Sí, ya lo sé —contestó sin convencimiento.
El capitán notó el gesto de desagrado que acompañaba sus palabras y
optó por el silencio. Juró obediencia y lealtad a la familia del duque sin
excepción, aunque no todos fuesen dignos de su respeto.
***
—Entonces, ¿este bosque es vuestra única morada? —preguntó
sorprendida.
—Así es. La naturaleza que nos rodea nos proporciona lo que
necesitamos para vivir, y nosotros a cambio la respetamos y la cuidamos
como a un miembro más de la familia.
—¿No salís nunca de aquí? ¿Nadie ansía conocer otros lugares, otras
tierras, otros mundos distintos fuera de estos parajes?
—La mayoría de nosotros nos conformamos con llevarnos algo a la
boca cada día y tener un techo donde resguardarnos cada noche. Somos
gente sencilla, sin grandes pretensiones, ya lo ve —dijo señalando a su
alrededor—. Pero no tema, su vida no será igual cuando se haya desposado
con el duque. Ese hombre es poseedor de una de las fortunas más grandes
de toda Inglaterra y, de seguro, estará deseoso de complaceros en lo que le
pidáis. Tendréis los más lujosos vestidos, las joyas más hermosas que se
puedan comprar, viajaréis en los mejores carruajes a lugares increíbles con
los que muchos de nosotros nunca nos atreveríamos a soñar. Seréis la
envidia de cualquier mujer del reino, milady.
La mirada de Sarah se perdía entre los árboles.
—Y a pesar de lo que le estoy diciendo, su rostro no desprende felicidad
ni tampoco luz sus ojos al imaginar el futuro que la espera.
—No se confunde —respondió con tristeza en la voz—. No es ese el
futuro con el que tanto soñé. Pero mi madre estará a salvo y eso es lo único
que importa. Cuando ella tuvo la opción de elegir no lo dudó un instante y
me eligió a mí. En ese momento renunció a la libertad que tanto ansió y
también a su familia.
—Viendo la persona que es, me imagino como es su madre y adivino lo
orgullosa que debe estar de la decisión que tomó.
Le resultaba fácil conversar con ese hombre, se sentía extrañamente
cómoda hablando con él de asuntos sobre los que nunca trató con nadie.
***
Neizan salió de la habitación en busca de Sarah. Era evidente que sus
potingues habían dado resultado y, aunque dolorido aún, podía moverse
mejor. Después de lo que había sucedido entre ellos esa mañana, necesitaba
verla y aclarar con ella algunos asuntos que tenían pendientes desde hacía
tiempo.
No había caminado muchos metros cuando vio a lo lejos la figura de
Sarah que, sentada sobre unas rocas, charlaba con un hombre que estaba a
su lado. Una sensación de calor asfixiante invadió su cabeza cuando vio
como aquel hombre al que Sarah acababa de conocer hacía pocos días la
cogía de la mano y la miraba a los ojos con una actitud demasiado
afectuosa. « ¿Pero qué diablos estaba haciendo esa mujer? » , pensaba para
sí mismo. E incapaz de mantener la vista sobre la pareja sin terminar
perdiendo el control, se dio media vuelta y, ofuscado, volvió a la habitación
de donde había salido para no volver a moverse de allí.
***
Estaba oscureciendo cuando Sarah fue en busca de Neizan para interesarse
por su estado. Retrasó la visita todo lo posible, ya que aún continuaba
avergonzada pensando en lo que habría pasado entre ellos si no les hubieran
interrumpido esa misma mañana. Al entrar en la cabaña, apenas se atrevió a
mirarle a los ojos.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó manteniéndose a una distancia
prudente.
—Mucho mejor, gracias a vos —contestó con gesto serio sin dejar de
observarla.
—Le he traído un té de plantas que le ayudará a descansar mejor esta
noche. ¿Cree que podrá incorporarse solo?
—Sí, creo que sí.
Neizan se levantó despacio del lecho, apoyó los pies en el suelo, tomó el
cuenco que le ofrecía Sarah y bebió parte del contenido antes de apoyarlo
en la mesa y continuar hablando:
—Sarah, deberíamos marcharnos de aquí cuanto antes. Estas gentes
corren peligro si les encuentra la guardia del duque. Estoy seguro de que mi
padre habrá ordenado peinar el bosque día y noche hasta dar con nosotros.
—Ya lo había pensado —suspiró preocupada—. Pero aún no está en
condiciones de montar a caballo. Tal vez si mañana se encuentra mejor nos
sería posible partir. Mi amigo Sam se ha ofrecido a escoltarnos hasta el
puente del río donde nos encontró en cuanto estemos dispuestos a ello.
—¿Su amigo Sam? Vaya, qué pronto hace usted amigos, milady —
manifestó con una mueca de desaprobación que no la pasó desapercibida.
—¿A qué viene la cara que ha puesto? Sam es un hombre encantador y
un jefe bondadoso y capaz. Ha sido muy amable conmigo, y con vos
también, acogiéndole aquí.
—¡Es un ladrón, milady! Asaltó el carruaje.
—Lo sé. No olvide que era yo quien iba dentro. Aunque reconozca que
no hizo daño alguno a nadie. Es fácil juzgar los actos de los demás cuando
se vive como hemos tenido la suerte de vivir usted y yo, ¿no le parece?
—Lo que me parece es que le defendéis con demasiada vehemencia.
Incluso diría que más de la que se podría considerar decorosa —contestó
claramente irritado.
—¿Que insinúa, milord?
—He presenciado como ese hombre, ese tal Sam, os tomaba de la mano
en público, y tengo el deber de advertiros de que esa actitud no me parece
apropiada para una dama como vos, y mucho menos cuando estáis a punto
de desposaros.
Sarah no pudo evitar esbozar una sonrisa sarcástica ante tal afirmación.
—Agradezco vuestra advertencia, milord. No obstante, a mi modo de
ver aún soy una mujer libre. Si os sentís ofendido con mi actitud, vuestra
única opción es apartar la mirada, puesto que no tengo intención de cambiar
mi comportamiento. Ahora, si me disculpáis, saldré afuera a ver si se me
ocurre algo más para dar que hablar.
Pero cuando se dio la vuelta con la intención de marcharse, Neizan la
cogió de la mano y, volteándola, la atrajo hacia él.
Sus miradas se fundieron con una intensidad que hacía temer el
descontrol.
—¿Y esto, milord? —se atrevió a decir, desafiante, sin apartar la mirada
—. ¿Es acaso esta una actitud decorosa para vos?
—Sarah…
—Soltadme —dijo empujándole—. No quiero escucharle más. Ya
habéis conseguido irritarme bastante por hoy. Descansad —añadió antes de
abandonar la sala—. Lo organizaré todo para que mañana salgamos
temprano.
29
Apenas había amanecido, Sam y algunos de sus hombres escoltaban a los
dos jóvenes hasta el puente, asegurándose de que llegaran sanos y salvos a
su destino. Ninguno de los dos intercambió palabra alguna durante el
camino, haciendo más que evidente la tensión que pesaba sobre ellos.
Sam se acercó a Sarah bajo la atenta mirada de Neizan, mientras Henry,
aún arrepentido por su nada loable actuación, volvía a disculparse con él.
—Mi querida niña. Quiero que sepa que siempre será bienvenida en
nuestra casa. Y Dios no lo quiera, pero si alguna vez se encuentra en un
apuro y nos necesita, solo tiene que dejar una prenda roja anudada en
alguna de las barandillas del puente y, tan pronto como nos sea posible,
acudiremos en su ayuda.
Sarah tomó su mano y lo miró afligida. Iba a echar mucho de menos el
poder charlar con alguien con tanta confianza como lo hizo con él, sobre
todo ahora que Neizan y ella habían discutido y no parecía cercana su
reconciliación.
—Espero que perdone mi atrevimiento, pero me veo en la obligación de
aconsejarle que piense bien con quien quiere pasar su vida antes de que se
celebren sus nupcias. Existe un vínculo especial entre vos y aquel caballero
que no nos quita los ojos de encima —afirmó mirando de reojo a Neizan
que seguía observándolos con disimulo—. Ese caballero la ama, Sarah.
—Se confunde, señor. No es amor lo que ve en sus ojos.
—Puedo asegurarle que lo que afirmo es cierto. Tengo los suficientes
años vividos como para reconocer el amor cuando lo veo. Y ustedes dos…
—sonrió con picardía—, ustedes dos son cabezotas y orgullosos, pero,
también, la pareja más enamorada que he conocido. Sus miradas no
engañan a nadie, aunque se empeñen en intentarlo, y aún no entiendo la
razón.
Sarah se sonrojó al oír tal afirmación y miró hacia donde estaba Neizan,
que desvió la suya al verla.
—Sea como dice o no, eso no importa. Nada importa ya. En unas
semanas me habré desposado con su padre. Tengo razones demasiado
importantes que no me permiten romper el compromiso.
—Solo tenemos una vida, niña. No la desperdicie dándole la espalda al
amor. —Sam giró el caballo y caminó hacia el resto del grupo—. Milord,
cuídela bien. Afortunado quien encuentra una joya como esta en su camino,
pues son escasas. Ahora, marchen. Sus hombres están a pocos minutos de
aquí, solo tienen que seguir el camino hasta la arboleda y enseguida les
darán alcance.
Neizan lo miró y asintió, agradecido por sus palabras. Y tras las
despedidas, Sam y el resto de sus hombres inclinaron la cabeza e iniciaron
la marcha hasta desaparecer entre la niebla.
Como tantas otras veces, el loable propósito de Neizan de mantenerse
alejado de Sarah no tardó en verse frustrado y, tan pronto se quedaron solos,
se aproximó a ella con cautela.
—Veo que le apena despedirse de Sam.
—No lo niego —contestó ella a la defensiva sin apartar la mirada del
camino—, ya le dije que era un buen hombre. Le he cogido cariño en el
tiempo que hemos pasado en el campamento.
—Entonces, ¿debería estar celoso?
—¿Celoso?
—No me malinterprete, pero creí que yo era su mejor amigo por estas
tierras.
Sarah frenó el caballo y lo miró a los ojos.
—No sé qué pretende, milord, si bien le diré que me desconciertan
sobremanera sus vaivenes emocionales. Y no solo eso, me exaspera, me
exaspera como nadie lo hizo nunca. ¿Por qué razón querría ser amigo de
una mujer tan poco decorosa como lo es mi persona, o no era eso lo que me
reprochaba ayer?
—Tal vez sacara las cosas de contexto. Puede que exagerase un poco.
—¿Solo un poco? —bufó ella.
—¿Qué le dijo de mí el caballero cuando se despidió? Tengo curiosidad.
—Eso, cambiad de tema. Lo hacéis de maravilla.
—Contestad a mi pregunta, por favor. ¿Qué le dijo?
—Nada —se apresuró a responder, nerviosa.
—¿Nada? No es eso lo que parecía. Además, se acaba de sonrojar, no
creáis que no me doy cuenta cuando queréis ocultarme la verdad. Vuestra
cara es un gran detector de mentiras.
Sarah alzó las cejas y le miró de reojo.
—Explíquese.
—Con gusto. —Neizan continuó—. Cuando algo la incomoda, sus
mejillas parecen arder, se muerde el labio inferior y esquiva la mirada,
como está haciendo ahora. ¿Lo ve?
—El cielo está despejado y el sol calienta mi rostro, eso es todo —
contestó sin desviar la mirada del camino.
—¿Qué le dijo sobre mí? Quiero saberlo.
—Solo una tontería, no insistáis más.
Como les informó Sam, los hombres de la guardia del duque
aparecieron de pronto y, al verlos, galoparon a su encuentro.
—No va a librarse de mí con tanta facilidad. Tenga por seguro que
encontraré el momento para que continuemos con esta conversación.
—No lo creo —contestó altiva. Azuzando al caballo, galopó hacia el
capitán que dirigía la expedición.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó aliviado al verlos—. Empezábamos a
temer por la suerte que pudiesen haber corrido después de tantos días sin
noticias de su paradero. ¡Qué alegría se llevará su padre, milord!
—Lamento el disgusto que les hemos ocasionado y el esfuerzo que
habrán empleado para encontrarnos.
—Nada importa ahora que les hemos hallado sanos y salvos. Soldado —
dijo a uno de sus hombres—, adelántese y lleve las buenas nuevas al
castillo.
—De nuevo le doy las gracias. Pero vamos, regresemos. Ya hemos
perdido demasiado tiempo.
El momento que tanto temió Sarah desde que partió de su casa en
Falmouth se aproximaba inexorable y, sin embargo, solo una cosa ocupaba
su mente en ese instante. ¿Sería cierto lo que le aseguró Sam al despedirse?
¿Esa emoción que le agarrotaba el estómago y turbaba sus sentidos sin
permiso con solo escuchar el sonido de la grave voz de Neizan era amor? Y
si así era, ¿por qué a veces sus palabras conseguían irritarla de tal manera
que su único deseo era no volver a verle más? ¡Era todo tan confuso!
Neizan, a su vez, no dejaba de observarla. Se estaba volviendo loco
tratando de adivinar cuales eran los pensamientos que la tenían tan
distraída. No soportaba la idea de perderla, pero ¿qué otra opción tenía?
Sarah era la prometida del duque y no tardaría mucho en ser su mujer.
Un estremecimiento violento al considerar esa última idea le hizo
encogerse de dolor y tuvo que frenar la marcha. Sobreponiéndose a la
angustia que le atenazaba, se enderezó y siguió el camino. Tenía que tomar
una decisión cuanto antes.
Tan ensimismada caminaba Sarah que no vio aparecer ante sus ojos la
inmensa pradera de terciopelo verde con el majestuoso castillo erigido en su
centro y rodeado de cuidados jardines, lagos y alguna zona boscosa que,
iluminada con un haz de luz que escapaba entre las nubes, lo hacían parecer
salido de un cuento de hadas.
—Milady —le informó Neizan—, ya estamos llegando.
Sarah alzó la cabeza y la imagen que se reflejó en su retina la dejó sin
habla. Neizan sonrió con orgullo al ver la expresión maravillada de su cara.
—Es bonito, ¿verdad?
—No creo que fuera capaz de describirlo con una sola palabra y seguro
que tampoco con veinte distintas. Es la imagen más bella que hayan visto
mis ojos —afirmó con una radiante sonrisa.
—Tiene una sonrisa increíble —dijo embobado al mirarla—. No debería
dejar que nada la ocultase —añadió con más entusiasmo del que se propuso
mostrar antes de darse la vuelta y alejarse galopando.
Sus palabras despertaron un recuerdo que Sarah guardaba en la memoria
desde hacía mucho tiempo, pero no, no podía ser.
—Milady —El capitán llamó su atención e interrumpió sus
pensamientos—, pronto será la señora de este castillo, y créame cuando le
digo que será un verdadero privilegio servirla.
—Agradezco sus palabras, capitán. Espero ponérselo más fácil que hasta
ahora —sonrió.
Y tan maravillada por el paisaje que contemplaba como compungida por
su amargo destino, Sarah cogió aire profundamente y continuó el camino.
30
Las buenas noticias no tardaron en llegar al castillo y, más tranquilos
sabiendo que los jóvenes estaban a salvo, esperaron con alegría verlos
aparecer por el horizonte. No habían hecho más que penetrar los muros
exteriores cuando el duque, impaciente, salió a recibirles escoltado por su
séquito.
—Hijo mío —exclamó al ver desmontar a Neizan mientras se acercaba
para abrazarle—. Estaba seguro de que regresarías de una pieza. Pero
cuéntame, ¿qué te ha pasado? ¿Qué son esos golpes que veo en tu cara? —
preguntó preocupado al ver las magulladuras que aún cubrían el rostro del
joven.
—Nada que no vaya a curarse con tiempo —sonrió—. No se preocupe
por mí, estoy bien.
—Ya veo —dijo y dirigió la atención a Sarah quien llegaba acompañada
del capitán y otros dos de sus hombres—. Una vez más, eres tú, hijo mío,
quien cumple con los deseos de tu padre y recuperas a la que es su joya más
preciada.
» Milady, no sabe la dicha que me causa verla a salvo. Ha tenido que
pasar un verdadero calvario retenida tanto tiempo entre esos malhechores.
No dude que les daremos caza tarde o temprano y haré que paguen por los
delitos que han cometido.
—Le agradezco su preocupación, alteza, sin embargo, no deseo en modo
alguno que persigan a esos hombres.
—Pero, milady, asaltaron la carroza y se la llevaron contra su voluntad.
Esos actos de tamaña vileza merecen un castigo a la altura.
—Verse obligados a robar para sobrevivir es ya suficiente castigo. Le
rogaría que no los persiguiera. A pesar de todo, no nos han infringido daño
alguno.
—Es usted tal y como la recordaba —sonrió—. Está bien. No puedo
negarla nada si me lo pide con tanta dulzura. Se hará como dice.
La sangre que recorría el cuerpo de Neizan se revolvió al observar las
atenciones de su padre hacia Sarah.
—Le estoy muy agradecida. Y, aunque no querría parecerle caprichosa
ni abusar de tan amable recibimiento, necesito hacerle una última petición.
—Por favor, pídame lo que quiera, con gusto atenderé sus deseos.
—¿Sería posible enviar una misiva a lady Rosaline para informarla de
que hemos llegado a nuestro destino con salud?
—Por supuesto, milady. Se hará como dice, no lo retrasaremos más.
Sois una buena hija queriendo aliviar la preocupación que seguro tendrá
vuestra madre.
—Sí, buena hija —susurró bajando la cabeza.
Neizan la conocía lo suficiente para no pasarle desapercibida la breve
mueca de desagrado que asomó a su rostro. Siempre hablaba con orgullo
sobre su madre, por eso no entendía el porqué de su despectiva actitud
cuando alguien la nombraba.
—Pero vamos, no nos quedemos aquí. Entremos al castillo. Hay una
persona que lleva varias noches en vela y que se alegrará mucho de verla.
—¡Nana! —La expresión de Sarah cambió al pensar en ella y aceleró el
paso.
Mientras la señora Talbot y Sarah se abrazaban, su alteza se acercó a
Neizan.
—Necesito que hablemos a solas. Hay un asunto importante que deseo
compartir contigo.
—Por supuesto, padre.
—Milady —dijo dirigiéndose a Sarah—, la señora Talbot la acompañará
hasta sus aposentos. Más tarde, la presentaré al resto de la familia.
Sarah se limitó a asentir con la cabeza antes de irse.
—Neizan, hijo, acompáñame.
Confundido, Neizan miró a Sarah, quien le respondió con una expresión
de desconcierto en el rostro. Fueron solo unos segundos, porque enseguida
se dio la vuelta para acompañar a su padre hasta uno de los salones.
Una vez dentro, el duque se apresuró a cerrar la puerta con cierto
nerviosismo, un rasgo poco común en su persona. Antes de pronunciar una
sola palabra, paseó la mirada de un lado a otro, como si no supiera como
iniciar la conversación.
—¿Qué ocurre, padre? ¿Ha sucedido algo en mi ausencia que le
preocupa? Le noto intranquilo.
—Nada que no supiera hace tiempo —suspiró—. Tenía que haber
hablado contigo de esto mucho antes. Sabía que las cosas no cambiarían,
más un padre nunca se da por vencido y siempre espera equivocarse con un
asunto así.
—No le entiendo. ¿A qué se refiere?
—Es tu hermano.
—¿Qué ocurre con Philippe? —preguntó angustiado—, ¿ha tenido algún
problema que deba saber?
—No, hijo, tranquilo. Philippe sigue gozando de buena salud, gracias a
Dios, aunque ambos sabemos que no está preparado para dirigir las
haciendas, y lo que es más frustrante para mí, nunca lo estará. —Suspiró—.
A diferencia de ti, tu hermano es perezoso, irresponsable y no muestra la
más mínima empatía por quienes están a su lado.
—Tal vez no haya encontrado aún una motivación para ello. Pero lo
hará, tarde o temprano, lo hará.
—No le defiendas, Neizan, él no lo haría con tanta vehemencia contigo.
Le conozco bien, y en lo único que piensa tu hermano es en sí mismo y en
disfrutar entre las sábanas de algún burdel; nada más le importa.
—¿Por qué me cuenta esto?, ¿qué trata de decirme?
—Voy a casarme en pocas semanas y deseo disfrutar de la vida que aún
me queda, y para que eso sea posible, estoy decidido a cederte la gestión de
nuestras tierras. He hablado con mis letrados y todo ha quedado dispuesto.
Tras mi matrimonio, serás nombrado mi sucesor absoluto. —El duque se
dejó caer sobre una silla, resignado—. Mi título nobiliario pasará a Philippe
cuando yo muera, así lo dicta la ley, si bien todo lo demás será tuyo. Sé que
te ocuparás de tu hermano y que nada le faltará. Eso me proporcionará la
tranquilidad que necesito para que, llegado el momento, me marche en paz.
—Le agradezco la confianza que me muestra, se lo aseguro, pero
Philippe es su hijo legítimo y también el mayor de los dos. Es a él a quien
corresponde sucederle en título y posesiones.
—Tú también eres mi hijo, Neizan, no lo olvides nunca. Aunque mi
sangre no corra por tus venas, eres hijo mío a ojos de Dios y de la ley. Y
serás tú quien ocupe mi puesto y no Philippe. Esa es mi voluntad.
—Pero yo no quiero sus posesiones, no las necesito. Me sobra con lo
que me ha dado desde que me recogió de la calle. Ayudaré a mi hermano en
la gestión de las haciendas si es lo que precisa para estar tranquilo.
—Por la misma razón por la que no quieres mis tierras ni las necesitas
es por lo que te las ofrezco. Y no voy a discutir contigo sobre esta decisión
que, te aseguro, ha sido muy meditada. Ya está todo dispuesto y no habrá
marcha atrás. —El rostro del duque reflejaba la firmeza de su intención—.
Aprovecharé el viaje para poner a tu hermano al corriente de mis planes. Sé
que no le agradarán lo más mínimo, sin embargo, no veo otra salida. —El
duque continuó—. Lo que más me preocupa es que esto pueda acabar con
la buena relación que siempre habéis tenido tu hermano y tú. Philippe te
respeta y te necesita mucho más de lo que le gusta reconocer.
—Se me ocurre que yo también podría viajar con vos y así los tres
discutiríamos el asunto —propuso con la idea de alejarse del castillo y de
Sarah, sobre todo de Sarah.
—No. Esa es mi carga. Tú te quedarás aquí y te encargarás de la
seguridad de lady Sarah hasta que yo regrese. Y hablando de la dama. —A
Neizan se le hizo un nudo en la garganta—, tengo varias propuestas de
matrimonio sumamente interesantes para ti, aunque algo me contó tu
hermano sobre una sirvienta que conociste en el baile del príncipe. ¿Qué
hay de eso?
Neizan sonrió con amargura.
—No pudo ser. Demasiadas trabas insalvables.
—Eres uno de los hombres más apuestos que conozco, inteligente y con
un noble corazón. No te faltarán damas en la corte que suspiren por ser tu
elegida.
Aunque la única que ocupaba su mente iba a desposarse con otro.
—Ahora, ve a descansar, hijo mío. Me alegra mucho tenerte de vuelta.
***
Acompañada por su inseparable señora Talbot, Sarah caminó por los
pasillos observando cada detalle a su paso. El interior del castillo era aún
más fastuoso y exquisito que el salón de la hacienda del príncipe que tanto
les impresionó a ella y a su amiga Evelyn. El recuerdo afloró a su
consciencia por un instante y sonrió. Si ella estuviese allí, no pararía de
gritar y de saltar de la emoción.
A pesar de los muchos ornamentos que revestían las estancias, la
decoración, en general, no era nada recargada y estaba armonizada con
buen gusto. Grandes lámparas de cristal pendían de los altísimos techos de
cada una de las salas que atravesaba; escudos, lienzos y tapices coloridos
vestían las paredes, y esculturas y muebles de caoba llenaban las salas que
atravesaba reflejando fielmente la abundancia en la que vivían.
Tardaron un buen rato en llegar hasta la alcoba de Sarah porque a cada
paso que daba se paraba a observar los detalles que llamaban su atención y,
en esa enorme mansión eran muchos.
—Vamos —la apremió la señora Talbot—, ya tendrá tiempo de mirarlo
todo. Ahora debe descansar, luego la ayudaré a bañarse y a prepararse para
la cena. Aún no ha conocido a lady Greta, la hermana del duque, mas tengo
que advertirla de que, por lo que he podido apreciar en estos días, es una
mujer severa y poco amiga de trivialidades. Debe darle una buena
impresión para que no le ponga trabas en su vida de casada.
Las palabras de la señora Talbot ensombrecieron el rostro de Sarah que
por un momento había olvidado la razón por la que se encontraba allí.
—No quiero casarme, Nana.
—Mi querida niña, el duque es un hombre bueno y cortés. Estoy
convencida de que la tratará bien y no permitirá que le falte de nada en toda
su vida.
—Mas ¿y el amor? No amo al duque.
—Mi niña romántica y soñadora. Ya verá como con el tiempo llegará a
amarlo. Además, piense que Dios pronto la bendecirá con hijos. Ellos serán
la razón de su existencia y también de la mía —le dijo con afecto.
—No, no es eso lo que sucederá. Me casaré con el duque, he dado mi
palabra, pero, cuando esté segura de que mi madre está a salvo, huiré de
aquí. Me marcharé tan lejos como me sea posible.
—¡Qué insensatez está diciendo, niña! ¿Tanta inquina me tiene que
quiere acabar con mi vida tan pronto?
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación, y la señora
Talbot se apresuró a ver de quién se trataba.
—Niña, es lord Neizan. Me ha pedido hablar con usted.
—Claro, Nana, dígale que pase, no le haga esperar —respondió
nerviosa.
Neizan entró en la habitación y la señora Talbot se apresuró a salir,
dejándoles a solas.
—Sarah —dijo inclinando la cabeza ligeramente.
—Milord.
Aún continuaba enojada con él después de las estúpidas acusaciones que
le hizo respecto a Sam, pero no era capaz de retener a su corazón que seguía
acelerándose al sentir su presencia ni tampoco lograba frenar las ganas de
volverle a ver, aunque nunca permitiría que él las percibiera.
—¿A qué debo su visita?, ¿tan pronto me echaba de menos? —preguntó
con burla, si bien, al notar la rigidez en la expresión de Neizan, no continuó
con la broma.
—Venía a pedirle disculpas por el inadecuado comportamiento que he
tenido con vos.
—Me alegra que se haya dado cuenta. Los celos hacia Sam eran, cuanto
menos, completamente infundados.
—No lo ha entendido, no es solo por eso —suspiró—. Quiero
disculparme por todo lo que ha pasado entre vos y yo desde que nos
conocimos. Sé que la he puesto en alguna que otra situación comprometida
durante estos días que hemos compartido. Me acerqué « demasiado » a vos
ignorando el compromiso que tiene con el duque y el respeto y la
consideración que les debo a ambos. —Neizan agachó la cabeza y, agitado,
retorció el guante que sostenía entre las manos—. Usted tiene sus motivos
para haber aceptado el compromiso con el duque y solo me queda respetar
esos motivos, sean cuales fuesen, y alejarme lo más posible de vos para no
complicar su existencia ni tampoco la mía.
—¿Qué pretende decirme con eso?, ¿va a dejarnos?
—Me encargaré de su seguridad hasta que el duque regrese de su viaje a
Londres. Lo demás aún está por decidir, aunque no tengo intención de
permanecer en el castillo tras su boda.
—Está bien. Veo que su decisión es firme. —Sarah se giró para que
Neizan no notase la desolación en su rostro—. Yo tampoco permaneceré
mucho tiempo aquí después de desposarme —susurró para sí .
—¿Qué decís?
—Que lo entiendo, solo eso.
El interior de los dos jóvenes se quebró al tomar consciencia del
significado de sus palabras.
—Quédese tranquilo. Nada hay que tenga que perdonarle puesto que
nada me ha forzado a hacer que yo no deseara. Aunque si me lo permite, me
gustaría pedirle una cosa más.
—Hágamelo saber e intentaré complacerla.
—Seguirá siendo mi amigo hasta el día de mis nupcias.
—Creo que no ha funcionado nada bien eso de la amistad entre vos y
yo, ¿no le parece? —sonrió. Hasta en los peores momentos esa mujer era
capaz de hacer asomar una sonrisa a sus labios.
—Mantendremos siempre una distancia de un metro entre nosotros.
Puede que así nos vaya mejor.
—Se aprovecha de mi falta de voluntad cuando estoy con vos. —Hubo
un silencio cargado de intención—. Usted gana —contestó al fin—, seguiré
siendo su amigo.
Pero sentir cómo se estremecía su cuerpo al contemplar la sonrisa de
Sarah le hizo arrepentirse de inmediato de su decisión.
—La dejo descansar. Nos veremos en la cena, aunque aprovecho para
advertirle, como amigo suyo que soy, que cuide sus maneras delante de mi
tía. Lady Greta es una mujer extremadamente estricta con los protocolos.
—Bien. Fingiré que no entiendo las voces de ninguno de los animales
que nos rodean. —Los dos rieron—. No se preocupe por mí, sé cuidarme.
31
—¿No le parece que este atuendo es un poco excesivo, Nana? Solo vamos a
cenar en el salón —protestó mientras se miraba al espejo—, y esta ropa,
además de incómoda, es demasiado glamurosa para mí.
—Ahorre esfuerzo, niña. De nada le van a servir las quejas. Bajará al
salón así vestida, quiera o no. Pronto será una duquesa y debe empezar a
lucir como tal. Esa lady como se llame no va a poder sacarla ni un solo
defecto.
—¿Lady como se llame? ¿Quién es usted y qué ha hecho con mi ama?
—se burló.
—No se ría. La hermana del duque es una mujer peculiar. Pone los pelos
de punta a cualquiera, y le aseguro que no le agradará la idea de dejar de ser
la señora de la casa. Y eso no es bueno, no lo es.
—Exageras, Nana. No creo que sea tanto como dices.
—Ya me lo dirá, ya. Pero, de cualquier modo, debéis comportaros como
la dama que sé que sois. Os lo pido por favor.
—Tranquilícese. Representaré mi papel lo mejor de lo que soy capaz. Es
todo lo que puedo prometerle.
***
El duque y su familia estaban sentados a la mesa cuando el mayordomo
anunció la entrada de lady Sarah en el salón.
—Vamos, Nana. Entremos.
—Olvidé decírselo antes; no cenaré con ustedes. La señora Benedit me
espera en la cocina para cenar con ella y el resto del servicio.
—¿Por qué razón? Quiero que cene conmigo como ha hecho siempre.
—Las normas de esta casa son así, pero no sufra por mí. Estoy
encantada de no tener que ver a lady Greta de nuevo. —El gesto de Sarah
alertó a la señora Talbot—. No, no. No ponga esa cara que la conozco muy
bien y nunca trae nada bueno. Compórtese como la he enseñado. Si no
quiere hacerlo por usted, hágalo por mí, se lo ruego.
Sarah asintió y se dio la vuelta, sin embargo, la expresión que traslucía
en el rostro no dejó tranquila a la señora Talbot.
Al verla aparecer, los cuatro caballeros que estaban sentados a la mesa
se levantaron de sus asientos, aunque el duque se adelantó y le ofreció el
brazo para acompañarla hasta su lugar.
—Está usted preciosa, milady. Nunca vi nada tan bello.
—Exagera alteza, mas le agradezco el cumplido.
Solo había dos personas en la mesa a las que Sarah no reconoció. Una
de ellas era un joven apuesto que intuyó sería Philippe, el hermano del que
Neizan le había hablado en alguna ocasión; la otra, una mujer de regio
semblante y de mayor edad que el resto de los comensales.
Sarah no tardó en darse cuenta de por qué, tanto la señora Talbot como
Neizan, le advirtieron sobre ella. Lady Greta iba vestida de negro y sin más
adorno en su traje que un cuello de lino blanco almidonado. Un gran moño
canoso sobre la cabeza, escrupulosamente peinado, fue lo que más llamó la
atención de la joven, después, claro está, de la mirada impasible y sin rastro
de emoción que le dedicó desde que la vio entrar por la puerta del salón.
Sarah la observó con disimulo unos instantes. Su piel era tan pálida que
parecía no haber visto un rayo de luz desde el día de su nacimiento, y la
expresión severa e inexpresiva de su rostro no mejoraba en nada la
inquietante impresión que causaba al verla. Solo sus ojos azules daban un
toque de color a una figura que, sin ellos, hubiese parecido sacada del
mismísimo mundo de los muertos.
—Hermana —comenzó el duque con las presentaciones—, esta preciosa
joven es lady Sarah, mi prometida y futura duquesa de Kent.
—Milady —dijo Sarah con una reverencia perfecta que tardaría poco
tiempo en estropear.
Lady Greta respondió a la reverencia con una inclinación de cabeza, y el
duque continuó:
—Y este joven es…
—Philippe —se adelantó a decir él—. Soy Philippe, para servirla,
milady.
—Philippe es mi primogénito. A Neizan y al capitán los conoce de
sobra.
—Así es. Les he dado más guerra de la que habría deseado —apuntó
sonriente—. Encantada de conocerlos a todos, y confío que podamos
charlar con más tiempo en otro momento. Ahora si me disculpan, debo
ausentarme.
—¿Por qué razón? Si aún no hemos comenzado la cena… —preguntó el
duque, sorprendido.
—Lo siento mucho, alteza, pero la señora Talbot, mi dama de compañía,
está cenando en otro salón distinto al nuestro y había pensado en
acompañarla. La he echado tanto de menos… —suspiró—. Otro día tendré
el placer de su compañía.
Los ojos de lady Greta se abrieron como nunca antes lo habían hecho al
oír el impropio comentario de Sarah, mientras el resto de los comensales se
miraban extrañados. Todos menos Neizan, que habiendo sido testigo tantas
veces del carácter rebelde de la dama, no pudo evitar que asomase una
sonrisa burlona a sus labios.
—Milady, no será necesario que se marche. Mandaré llamar a la señora
Talbot y se sentará a nuestra mesa junto a vos —propuso el duque.
—Eso sería maravilloso. Se lo agradezco mucho, alteza —contestó
jovial.
Las mejillas de la señora Talbot ardían casi tanto como las de lady Greta
cuando entró al salón, aunque ambas por diferentes motivos. Avergonzada
sabiendo que infringía una de las normas establecidas por la hermana del
duque allí presente, no fue capaz de levantar la mirada hasta que no pasó el
suficiente tiempo sentada a la mesa.
El resto de la comida transcurrió sin más incidentes y el aire de
jovialidad que Sarah irradiaba se contagió a todos los asistentes menos a
uno de ellos. Lady Greta no entabló conversación con nadie en ningún
momento de la noche. Sin duda, no era una mujer a la que le gustasen los
cambios, y aún menos sentirse desafiada por una joven que acababa de
irrumpir como un vendaval en sus ordenadas, apacibles y metódicas vidas.
—Neizan, ¿es cierto lo que me ha dicho padre?, ¿vas a pedir la mano de
la princesa de Gales? Valiente sinvergüenza, no me habías contado nada de
eso.
El corazón de Sarah dejó de latir para escuchar su contestación.
—Sí, así es —contestó sin levantar la cabeza del plato.
—Pues no entiendo nada. Entonces, ¿qué pasó con la sirvienta que tan
loco te tenía la noche del baile? No me digas que te dio calabazas —
comentó burlón.
Neizan miró a Sarah que se había puesto colorada y que, nerviosa,
esquivó su mirada.
—Pues sí, hermano. Se prometió con otro hombre.
—Ya era hora de que una mujer se resistiese a tus encantos, aunque, a
decir verdad, creo que sales ganando. La princesa es mejor partido que una
vulgar sirvienta y no creo que exista otra dama que la iguale en belleza.
—Aprende de tu hermano, Philippe, y compláceme buscando una
esposa cuanto antes o seré yo quien la elija por ti —intervino el duque.
—No tengo intención de sacrificar mi tan preciada libertad, al menos
por ahora. Con esposa o sin ella, siempre seré una terrible decepción para
vos —le reprochó con evidente sarcasmo.
—Venga, Philippe, no empieces. Hoy no es momento para esto —trató
de calmar Neizan.
—Tranquilos. No pretendo avergonzaros delante de nuestras invitadas,
así que, si me disculpáis, me iré a tomar el postre a la posada. ¿Me
acompañas, hermano? Llevas mucho tiempo fuera y te echan de menos por
allí. Además, deberías aprovechar ahora que aún no estás obligado a
guardar fidelidad a ninguna mujer.
Fue el duque quién se adelantó a responder a su hijo.
—Nadie va a salir esta noche del castillo y mucho menos tú, Philippe.
Mañana vendrás conmigo a la capital y partiremos temprano. Hay asuntos
importantes que tenemos que resolver y me gustaría que, por una vez,
estuvieses despejado para hacerlo.
—¡Perfecto! —espetó—. Pues ya que está todo dicho y no tengo
posibilidad de réplica, me retiro a mis aposentos a descansar. Milady —dijo
dirigiéndose a Sarah—, habéis sido lo único agradable de la cena. —Y tras
forzar una exagerada reverencia, salió del salón.
El duque resopló malhumorado y se puso en pie para ir tras él, pero
Neizan se le adelantó.
—Ya voy yo. Usted tiene invitadas que atender. No se preocupe, hablaré
con él y le haré entrar en razón.
El ambiente se enturbió tras la discusión y, lady Greta, incómoda desde
el principio, aprovechó la excusa para retirarse.
—Siento que haya tenido que presenciar los modales de mi hijo en su
primera noche en el castillo. Como ve, Philippe nada tiene que ver con
Neizan y, aunque trato de no pensarlo mucho, sé que la culpa es mía.
Siempre le consentí demasiado tratando de suplir la falta de su madre. Por
desgracia, no pensé en las consecuencias que tendría mi comportamiento
hasta que ha sido demasiado tarde.
—No hable como si todo estuviese perdido con él. La juventud es
impetuosa, como una vez me dijo usted mismo, si bien es una enfermedad
que se cura con el tiempo.
Los ojos del duque se iluminaron al escucharla.
—¿Aún recuerda usted mis palabras?
—Por supuesto, como también el desastre de jubón que le dejé al vaciar
la copa sobre él.
Las carcajadas del duque retumbaron en el castillo.
—Hacía mucho tiempo que no me reía con tantas ganas. Soy muy
dichoso de tenerla aquí.
Sarah le sonrió, aunque no dijo nada y el duque continuó:
—A pesar de que me encantaría que esta velada no terminase, mañana
debo salir temprano hacia la capital. Además, estaréis cansada después de
los desatinos de vuestro viaje. Durante mi ausencia, la dejaré al cuidado de
mi hermana. Ella se encargará de todo hasta mi vuelta y os pondrá al día de
los preparativos del casamiento.
—Le deseo que tenga un buen viaje, alteza.
Con una reverencia, Sarah se despidió antes de salir del salón.
***
—Philippe, ¿dónde vas? ¿A qué ha venido esa actuación?
—Estoy harto de mi padre. ¡Harto! Ya no lo aguanto más. Voy a cumplir
veintiséis años y me sigue tratando como si fuese un niño. ¿Quién se cree
para prohibirme nada? —Bufó fuera de sí—. Al menos, ya que no puedo
salir del castillo, podría tener la deferencia de prestarme a su prometida para
calentar mi lecho.
—¡Ya está bien, Philippe! —reprendió Neizan, molesto con su
comentario—. No deberías hablar así de la prometida de tu padre.
—Vale. Tienes razón —dijo tratando de calmarse—, pero es que no sé
cómo no se le cae la cara de vergüenza. ¡La dama es más joven que
nosotros! Al menos no puedo reprocharle nada sobre ella; el viejo tiene
buen gusto.
—Tu padre es aún un hombre joven y conserva una buena forma. Lo
único que debería extrañarte es que no se hubiese desposado antes.
—¡Deja de defenderle, Neizan! Me exaspera tu benevolencia con él.
—Tu padre ha hecho mucho por mí, ya lo sabes, y aunque te cueste
verlo, también por ti. No tienes ni idea de lo que es tener un padre como el
que tuve. Ni una palabra amable salió de su boca durante los años que viví
con él. Y, después de todo lo que me vi obligado a hacer por satisfacerle, me
vendió. Me vendió como a un perro por una simple botella de vino. —
Neizan apretó los puños y su rostro se crispó con el recuerdo—. Después de
tantos años y de tantos cuidados, eso es lo que valía yo para él, una botella
de vino. No tienes ningún derecho a quejarte, hermano.
—Está bien —repuso Philippe, poco convencido—. Por esta vez te haré
caso y lo dejaré estar. De cualquier modo, no creo que tarde en cedernos el
control de las haciendas. Sin duda cuando lo haga, mejorará mi estima hacia
él.
Neizan agachó la cabeza, decepcionado ante el comportamiento de su
hermano. Sentía por Philippe un verdadero cariño fraternal. Se habían
criado juntos, y nunca observó nada en la actitud de su padre hacia él que
fuese motivo del desprecio que este le profesaba.
Pero esa no fue la única razón que le impidió conciliar el sueño esa
noche.
32
Un creciente desasosiego sembraba el caos en su subconsciente, haciendo
emerger sus miedos por medio de los sueños que, transformados en
pesadillas, no se disiparon hasta el amanecer. Y cuando el cansancio al fin
logró doblegarlos, unas manos corrieron las cortinas de la habitación de
Sarah y un haz de luz incidió directo a sus ojos, sobresaltándola.
—Nana, por favor, estoy cansada. No he dormido bien esta noche.
Déjeme un ratito más. —Sin abrir los ojos, Sarah se tapó la cabeza con la
manta para continuar su sueño.
Aunque no fue la dulce voz de la señora Talbot quien contestó a sus
ruegos.
—La pereza es la madre de todos los vicios. —Esas fueron las primeras
lecciones de otras muchas que tuvo que escuchar en los días siguientes
hasta su boda.
Lady Greta era una mujer que se jactaba de ser la personificación de la
virtud, y había dedicado su vida a corregir los defectos de los demás y
llevarlos, con su consentimiento o sin él, hacia el buen camino. Tras la cena
de la noche anterior, lady Sarah le pareció necesitar con urgencia su
asesoramiento en cuestiones de modales, decencia y moralidad.
Cuando Sarah escuchó esa desabrida y cortante voz tan cerca de ella,
asomó la cabeza entre las sábanas con timidez y se topó con sus fríos ojos
azules, que la miraban inquisidores.
Su aspecto exterior, tan recio y sobrio como debía serlo el interior,
imponía respeto y miedo a todo aquel que se atrevía a contemplarlo con
detenimiento.
—¿Dónde está Na …, la señora Talbot? —se atrevió a preguntar.
—Preparando su desayuno —contestó sin sentimiento alguno en la voz
—. Levántese, lady Sarah. En quince minutos la quiero ver en el comedor,
vestida y aseada. Y le ruego encarecidamente que no se retrase. La
puntualidad es costumbre de personas bien educadas, ¿no lo cree usted así?
—Sin despegar sus ojos de ella la hizo partícipe de sus juicios—. Hemos de
comenzar cuanto antes con su preparación. Tengo la impresión de que hay
mucho que hacer antes de que sea digna de desposarse con el duque.
Sarah ni siquiera se atrevió a contestarle. Esperó paciente a que saliera
por la puerta para levantarse de un salto de la cama y ponerse en marcha.
Desde ese momento todo fue a peor. En los días siguientes las rutinas se
repitieron sin descanso. Sarah se levantaba con la luz de la mañana y
comenzaba un programa de actividades meticulosamente organizado que
finalizaba después de ponerse el sol; lecciones de protocolo, clases de
francés, alemán, español y latín, clases de piano y de canto, dibujo y
costura, lectura obligada de la biblia y un montón de tareas más. Solo se le
permitía descansar para comer y no mucho, puesto que el ayuno, según lady
Greta, era la mejor forma de mostrar arrepentimiento de los pecados y, para
ella, era evidente que Sarah debía haber cometido muchos a lo largo de su
vida.
La jornada de la joven transcurría encerrada entre cuatro paredes, con la
figura de lady Greta acechando entre las sombras mientras velaba por el
adecuado cumplimiento de las tareas encomendadas. Y la única razón por la
que Sarah no se revelaba, como habría hecho en cualquier otra
circunstancia similar, era el hecho de que la sobrecarga de obligaciones
provocaba que llegara sin fuerzas a la noche y la impedían pensar en la
noticia del inesperado compromiso de Neizan, e incluso, del suyo propio.
Sin embargo, la señora Talbot cada día que pasaba estaba más
preocupada por el estado de salud de Sarah, más aún, teniendo en cuenta
que no le estaba permitido acercarse a ella sin el permiso expreso de lady
Greta, y ese permiso nunca llegaba.
Neizan, ajeno a la situación, también trataba de ocupar su tiempo en las
tareas de administración de la hacienda, evitando a toda costa coincidir con
Sarah. Si bien, tantos días sin verla se estaban convirtiendo en una
intolerable agonía que le auguraba como sería el resto de su vida sin ella a
su lado.
Unos golpecitos en la puerta del despacho le sacaron de su voluntario
enclaustramiento. La señora Talbot abrió la puerta y asomó la cara con
timidez.
—Pase, señora, pase sin miedo. ¿A qué debo su visita? ¿Algún asunto
que requiera mi ayuda?
—No es mi intención molestarle, milord. Si está ocupado, puedo
regresar más tarde.
—No, claro que no. Pase y cuénteme, por favor, la noto preocupada. ¿Le
ha sucedido algo a lady Sarah?
—¡Qué no le sucede, diga mejor! Mucho me temo que a esa niña la
mala fortuna le acompaña allí donde se encuentra.
—¿Por qué dice eso, señora? ¿Es que acaso la dama está enferma?
¿Tiene algún mal que deba conocer?
—Si no está enferma, le aseguro que no tardará en estarlo. Es posible
que me esté excediendo en mis funciones al decirle esto, pero sé que usted
aprecia a mi niña y a mí no me permiten verla.
—¿Quién no se lo permite? Sea clara, por el amor de Dios.
—Su tía, lady Greta, milord. Esa mujer no deja a mi niña ni a sol ni a
sombra. Todo el día la tiene atareada. Apenas si tiene tiempo de comer, casi
no duerme, y lo que más preocupada me tiene es que no la he oído quejarse
ni una sola vez desde que comenzó este castigo. Porque lady Greta lo
llamará de otra manera, pero un castigo es lo que es. —La señora Talbot
hablaba atropellada mostrando su sincera indignación—. Usted no la
conoce tan bien como yo, pero mi Sarah nunca ha tenido miedo a los
castigos ni a las represalias de ningún tipo. Si algo no es de su agrado, se
queja y protesta escandalosamente, aunque esté convencida de que nada
conseguirá con ello. Pero desde muchos días ya, ni una queja, ni un grito,
nada ha salido de su boca.
Neizan escuchaba con atención las palabras de la señora Talbot y su
interior comenzó a removerse, nervioso.
—No se inquiete, señora. Ahora mismo voy a buscarla y veré que está
haciendo. No dude de que, si es como dice, hablaré con mi tía para que
suavice su actitud con ella.
—Le estoy muy agradecida, milord. ¡Qué Dios se lo pague! Es usted
una buena persona.
33
A poco más de trescientas millas del castillo, en la hacienda de Falmouth,
lady Rosaline comenzaba a impacientarse ante la ausencia de noticias desde
el condado de Kent.
—Señora Chester, acérquese. ¿Tenemos alguna nueva del duque? ¿Ha
llegado alguna carta dirigida a mi persona?
—No, milady.
—¿Está segura?
—Sí, milady, lo estoy. Yo mismo he recogido el correo esta mañana.
Lady Rosaline se frotaba las manos con nerviosismo, poniendo en
evidencia delante de su doncella la inquietud que la carcomía por dentro.
—Sarah ya debería haber llegado al castillo. ¿No le parece, señora
Chester? Confío en que esa cría rebelde y egoísta no intente jugármela en el
último momento. Pero no, no lo creo —trató de convencerse a sí misma—.
Tiene demasiado aprecio a la bruja esa que la crio como para arriesgarse a
poner en riesgo su vida. Y, hablando de la bruja, ¿hay alguna novedad?
—No, milady. Los guardias siguen vigilando la casa. Únicamente se le
permite tener una visita al día para procurarle la comida y el agua.
—Está bien. Retírese. Deberemos tener un poco de paciencia aún.
***
Neizan esperó paciente a que llegase la hora en la que su tía abandonaba
todos sus quehaceres y se entregaba a la lectura de la Biblia para acercarse a
ella y abordarla directamente.
—Buenas tardes, querida tía.
—Buenas tardes —contestó sin levantar la vista del libro que sostenía
entre las manos.
—Vengo a buscar a lady Sarah. Debo llevarla a conocer el resto del
castillo que aún no ha tenido tiempo de visitar.
Esta vez sus palabras sí suscitaron el suficiente interés para que lady
Greta dejase la biblia sobre la mesa y fijase la atención en él.
—Lady Sarah aún no ha completado las tareas que tiene asignadas para
el día de hoy.
—No quisiera inmiscuirme en su desempeño, tía, si bien, el duque me
dio indicaciones precisas antes de partir y ya las he retrasado más de lo que
debería. ¿Qué tarea tiene pendiente la dama?
—Cuando termine la hora de lectura de la palabra de Dios, lady Sarah
debe asistir a su clase de piano. El profesor Walter está a punto de llegar y
no puede venir a ninguna otra hora. Es menester que la dama no pierda su
clase.
—Entonces no habrá problema. Esperaré a que llegue el profesor y me
disculparé con él, luego llevaré conmigo a lady Sarah para mostrarle el
castillo cumpliendo el deseo expreso de mi padre. Por la clase de piano no
debe preocuparse, ya sabe que soy un alumno aventajado en esa materia.
Cualquier otro día, cuando usted lo estime oportuno, estaré dispuesto a ser
yo mismo quien imparta la clase perdida a la futura duquesa.
Sin darle tiempo a la réplica que seguro formularía, Neizan entró a la
sala donde se encontraba Sarah que, al sentir su presencia, levantó la cabeza
del libro y esbozó una deslumbrante sonrisa que hizo tambalear su interior
una vez más.
—Milady —dijo mientras le guiñaba un ojo, cómplice—, siento tener
que privarle de la excepcional compañía de lady Greta, pero insisto en
atender las indicaciones que me dio el duque antes de su partida y
acompañarla a que conozca el resto de las salas del castillo que aún no ha
visitado.
—Por supuesto, milord. Una mujer virtuosa se debe a sus obligaciones y
no a sus deseos. —Y tras obsequiarles con una reverencia exagerada y una
mueca traviesa que trató de ocultar a su carcelera, salió de la sala tras
Neizan.
Una vez fuera de la vista de lady Greta, Sarah relajó su actitud.
—Pufff —exhaló con alivio—. No sabe cómo le agradezco que me haya
liberado de las garras de su tía. Esa mujer es verdaderamente insufrible se
mire por donde se mire. —Sarah inició un divertido monólogo mientras
Neizan, sin atreverse a pronunciar una palabra, la contemplaba embelesado
—. Cada día me convenzo más de lo atrevida que es la ignorancia. Siempre
pensé que era imposible que alguien pudiera superar a lady Rosaline siendo
despiadada. ¡Qué equivocada estaba! Es posible que tengan algún familiar
en común, ¿no cree? —sugirió con burla y volvió la cabeza hacia él—.
Perdóneme, no quiero aburrirle con tanta charla, ¡pero es que llevo tantos
días sin hablar con nadie! —suspiró—. ¿Desde cuándo permanecer en
silencio se considera una virtud? Porque yo no he leído eso en ningún sitio.
Neizan se echó a reír.
—No tengo nada que perdonar. Me gusta escucharla hablar, aunque no
crea que siempre consigo seguir sus divagaciones cuando menciona a
personas que no conozco —observó con un tono agridulce en la voz—.
Siento mucho que lady Greta sea tan intransigente con vos, aunque no
debéis tomarlo como algo personal. Ella siempre se comporta así, y vos,
milady, sois su antítesis en todos los sentidos.
—Pero ¿cómo habéis sabido que os necesitaba tanto? Tengo la cabeza
tan embotada que no sé por cuánto tiempo más hubiese aguantado sin
cometer alguna estupidez de la que seguro tendría que arrepentirme
después.
—Me gustaría decirle que fue cosa mía. Como su amigo debería
haberme preocupado más por vos, sin embargo, faltaría a la verdad. La
señora Talbot vino a verme hace unas horas. Está muy preocupada por su
salud, tanto que consiguió preocuparme a mí también. Y, ya ve, aquí me
tiene.
—Rescatándome de nuevo, como un valiente caballero —afirmó
mirándole a los ojos.
Ambos sentían la poderosa fuerza que les atraía hacia el otro, si bien,
ambos tenían nobles razones para luchar contra ella.
—Venga conmigo. Antes de devolverla a la encantadora señora Talbot,
quiero enseñarle un lugar que creo que le gustará.
***
Evelyn golpeó la puerta y la señora Fiona salió a recibirla.
—Señora —preguntó con impaciencia—, ¿tenemos alguna noticia sobre
mi querida Sarah?
—No, hija, seguimos igual. En la hacienda aún no han recibido correo
alguno sobre su paradero y lady Rosaline está de los nervios. No se fía de lo
que haya podido hacer su hija. ¡Pobre Sarah! —suspiró—. Tan dulce y
buena que es esa muchacha y la madre tan malvada que tiene. Y su padre,
desaparecido también cuando más falta le hacía. Pero pasa, pasa, que tengo
la comida en el fuego. —Evelyn la acompañó hasta la cocina y se sentó en
un taburete—. ¿Y qué me dices de la señora Leonor? Encerrada en esa casa
todo el día sin poder salir. Ella que es un alma libre. Debe estar sufriendo
mucho, la pobre.
—Sí, señora, está desesperada, se lo digo yo que la visito todas las
tardes y veo como cada día se hunde más. Intento animarla, ¿sabe? Pero
claro, sin noticias de Sarah no es fácil. No deja de echarse la culpa de lo que
sucedió y yo le digo que no, que la única culpable es esa arpía de mujer que
siempre ha odiado a mi querida amiga. Pura envidia es lo que tiene esa
mujer. Pura envidia de Sarah. —Evelyn suspiró—. ¡No se imagina cuánto la
echo de menos!
—Una pena, hija. Una pena.
***
—¿Dónde me lleva, milord?
—Se lo diré si deja de llamarme así, al menos cuando no haya nadie más
a nuestro alrededor.
—Entonces, ¿cómo quiere que le llame?
—Por mi nombre si le parece bien. ¿O es que no le agrada?
—No diga eso. Tiene un nombre hermoso, con personalidad. ¿Acaso
sabe lo que significa?
—Pues no, aunque diría que vos sí, ¿no es cierto?
—Sí —sonrió triunfante—, aunque no sé si decírselo, no se le vaya a
subir a la cabeza.
—La he liberado de mi tía, ¿no cree que me merezco cierta gratitud por
su parte?
—Esta vez no puedo quitarle la razón. Pues le contaré que Neizan es un
nombre hebreo que significa « el regalo de Dios » .
Neizan sonrió complacido.
—Bueno, no está mal. No me quejaré entonces. ¿Y el suyo? Seguro que
también sabe qué significa.
—Claro que lo sé, ¿por quién me toma?
—¿No va a decírmelo? —preguntó curioso sin dejar de sonreír.
—Dejaré que lo averigüe usted mismo.
—Muy bien, lo haré. Pero ahora debe cerrar los ojos hasta que le diga.
Hemos llegado al lugar que deseo mostraros.
—Nooo.
—¿Por qué no?, ¿no confía en mí? Cierre los ojos, Sarah, solo será un
instante.
Sarah le miró indecisa, aunque al final accedió.
—Voy a cogeros de la mano, pero no os asustéis, enseguida estamos.
Neizan abrió la puerta de la sala y tiró de ella hacia el interior. Luego la
soltó y, sin dejar de observarla, añadió:
—Ya puede abrirlos.
34
Sarah abrió los ojos despacio, con expectación, y contempló maravillada el
lugar al que Neizan la había acompañado. Era la sala más amplia y
espaciosa que había visto en su vida. Las paredes de piedra estaban
apuntaladas por columnas de maderas policromadas y cubiertas por
estanterías de varios pisos de altura ocupadas por cientos de libros apilados
a los que solo se podía acceder a través de unas escaleras incrustadas entre
los arcos que las separaban.
Ni en sus mejores sueños habría imaginado que existiese tanta palabra
escrita almacenada en un solo lugar. Mucho menos, que ese lugar pudiese
estar ante sus ojos, al alcance de sus manos. Y aunque esa visión hubiese
sido suficiente para embelesarla, la riqueza de los techos abovedados del
salón, adornados con coloridos frescos de distintos motivos, no hizo más
que aumentar su excitación.
Como si tratara de deleitarse en su visión, paseó despacio por el pasillo
central, en silencio, absorta en sus pensamientos, y con un brillo en los ojos
que no pasó desapercibido a Neizan, que la observaba con atención. De
pronto Sarah se quedó quieta, cerró los ojos, e inspiró profundamente,
ademán que despertó la curiosidad del caballero.
—¿Qué es lo que hace? —preguntó acercándose a ella.
—Aspiro el aroma de los libros —contestó sin abrir los ojos.
—¿Su aroma?
—Así es. ¿No lo percibe? Haga lo mismo que yo: cierre los ojos y coja
aire tan profundo como le permitan sus pulmones.
Neizan se colocó a su lado y obedeció las instrucciones de la dama sin
queja alguna.
—¿No nota ese aroma dulzón que se mezcla con el olor a polvo de las
estanterías? Pues respírelo, siéntalo y deje que le transporte hasta donde su
mente desee viajar.
—Contadme, milady, ¿dónde os lleva a vos?
—Uuummm —ronroneó—. Ahora mismo me veo en mi casa, frente a la
chimenea encendida. Estoy tumbada, con la cabeza apoyada sobre las
piernas de mi madre que me lee un precioso cuento que sujeta con una
mano mientras con la otra me acaricia el pelo con tanta dulzura que no
quiero que pare.
Deleitado con sus palabras, Neizan abrió los ojos para observarla
mientras Sarah continuaba hablando.
—Me siento afortunada de tenerla a mi lado y muy querida. Los
párpados me pesan, aunque me niego a cerrarlos porque no quiero
dormirme y perderme el final de ese cuento tan bonito, pero, acunada por la
suave voz que acompaña a sus palabras, termino cediendo a la dulce
inconsciencia del sueño.
Después de unos segundos sin hablar, Sarah abrió de nuevo los ojos y se
encontró con los de Neizan que la miraban fascinados.
—¡Me ha mentido! ¡No ha cerrado los ojos! —reprendió.
—La he traído hasta aquí; supongo que podrá perdonarme.
—No estoy segura —respondió con burla—. Respóndame a una
pregunta si de veras desea que le perdone. ¿Cómo es posible juntar tantos
libros en una sola hacienda? ¿No sería mejor repartirlos para que más
personas tuviesen acceso a los conocimientos que trasmiten?
—Bueno, aquí se mantienen en mejor estado, y el duque no pone
impedimentos a nadie que solicite consultarlos. —Neizan retomó el paseo
por la sala—. La mayor parte de la biblioteca es heredada. Los libros nunca
se han incluido como bienes vinculados al título y, por tanto, se distribuyen
equitativamente entre los herederos. Por eso es difícil encontrar una
colección como esta. Sin embargo, ni el abuelo del duque ni su padre
tuvieron más hermanos con quienes repartirlos, por lo que los libros
pasaron a manos del duque y de lady Greta. Al no haberse casado esta,
permanecen aquí, en el castillo familiar. —Neizan se acercó a una columna
con Sarah tras él—. Hay tomos muy antiguos de todas las materias que
pueda imaginar; medicina, geografía, historia, ciencias, derecho civil,
filosofía, astronomía, teología… El duque ha tratado de aumentar este
patrimonio con novedades bibliográficas según sus gustos y también los
nuestros.
» Hay obras escritas en todos los idiomas, y autores tan conocidos como
Cervantes, Lope de Vega, Nicolás de Montreux, Marlow, Wyatt y como no,
también de su querido sir Williams —recalcó burlón.
Los ojos de Sarah brillaban reflejando la intensa emoción de su corazón.
—¿Cree que podré venir aquí siempre que desee? O, quizá, ¿llevarme
alguno de estos libros a mi dormitorio para leerlo allí?
Neizan sonrió.
—Por supuesto, milady. Cuando se haya desposado con el duque, todo
esto será suyo también.
El comentario borró la sonrisa de la cara de la joven dama quien, en
silencio, siguió admirando la sala durante unos minutos más.
—Gracias por traerme aquí —dijo al fin.
—Me complace que os haya gustado. Y ahora, si lo deseáis, permitidme
guiaros por los jardines del castillo antes de que anochezca; veremos si es
posible que la luz del sol atenúe la palidez de su rostro y no espante a la
señora Talbot que tan preocupada está por vos. —Neizan le ofreció el brazo
con galantería—. Sois afortunada de tenerla; os tiene mucho aprecio.
—Y yo a ella —sonrió—. Nana es como una segunda madre para mí.
En silencio, pasearon por los senderos que atravesaban los espaciosos y
bien cuidados jardines que rodeaban el castillo. La suave fragancia de las
flores impregnaba el ambiente embellecido ya por sus intensos colores
primaverales, mientras los armoniosos cantos de las aves que poblaban el
jardín engalanaban la quietud del lugar.
—Está muy callada, milady, y eso no es habitual en vos, ¿se encuentra
bien? —preguntó preocupado.
Sarah lo miró a los ojos sin dejar de caminar.
—Es la primera vez desde que crucé el umbral del castillo que puedo
contestar afirmativamente a esa pregunta —respondió con un hilo de voz—.
Es solo que quiero grabar estos instantes en la memoria para recordarlos
siempre. ¡Está todo tan hermoso!
—¿No ha paseado antes por los jardines?
—Su tía no es partidaria del tiempo libre. Ya sabe: « El ocio corrompe
el cuerpo y el alma » , como ella no deja de repetirme —ironizó imitando la
voz y las maneras de lady Greta—. Por esa razón, ha procurado
fervientemente que no tuviera un segundo para ello. Pero como mi querida
madre dice siempre —Sarah sonrió con picardía—, no se puede encerrar al
viento por mucho que uno lo intente. ¿Puedo confiarle un secreto?
—Sin ningún miedo. Mis labios permanecerán sellados.
—Un par de noches escapé de mi encierro y vine a hurtadillas hasta
aquí. Aunque debo reconocer que la luz del día lo baña de una viveza
distinta que no había podido apreciar hasta ahora. —Sarah se acercó a uno
de los matorrales para aspirar el delicado aroma de una flor—. Hay unos
columpios preciosos muy cerca de donde nos encontramos, tienen unas
vistas increíbles al lago y a la arboleda que hay detrás. ¿Conoce el lugar?
—Por supuesto, milady, es uno de mis lugares preferidos. ¿Desea que
vayamos hacia allí?
—Me encantaría —contestó risueña.
Neizan la observaba sin pestañear, no podía apartar la mirada de aquella
delicada criatura que el destino había puesto en su camino. También él
trataba de retener esos mágicos momentos a su lado que pronto se
convertirían en sus recuerdos más preciados. Su afán por mantenerse
alejado de ella había sido en vano, ya que solo su presencia calmaba su
espíritu, aunque tenía el efecto contrario sobre el resto de su cuerpo.
—Siempre habla de su madre con cariño y orgullo —dijo tratando de
averiguar alguna cosa más de la vida de Sarah—. Debe ser una mujer
increíble la persona que despierta unos sentimientos tan nobles. Pero me
pregunto por qué no ha venido ella también con vos. Rosaline, se llama,
¿me equivoco?
La expresión de Sarah cambió por completo al oír aquel nombre que
aborrecía y frenó la marcha.
—Ya he visto antes ese semblante suyo de desagrado y creo que por el
mismo motivo, pero no consigo entender la razón. Siempre tiene presente a
su madre en sus comentarios, más se irrita cuando alguien pronuncia su
nombre.
—No es lo que usted cree. Rosaline no es la madre de la que tanto
hablo. Esa mujer, cuyo nombre me revuelve el estómago, me llevó en su
vientre por equivocación, pero no es mi madre ni yo soy para ella más que
la prueba de su mayor fracaso desde el día que vine al mundo. —El color de
los ojos de Sarah se oscureció—. Solo humillaciones, crueldad y desprecio
he recibido de esa mujer.
» Intenté agradarla, le juro que durante un tiempo lo intenté con todas
mis fuerzas, incluso traté de cambiar mi forma de ser actuando de la manera
que me pedía para complacerla, y, sin embargo, ni una palabra ni un gesto
amable me prodigó nunca. Tardé mucho en darme cuenta de que yo no era
la culpable de su actitud conmigo; solo era una niña que buscaba el cariño
de quienes le rodeaban, nada más.
—Comprendo sus sentimientos más de lo que cree y le ruego me
perdone por haberle hecho recordar esos duros momentos de su vida con
mis palabras —se disculpó.
—No ponga esa cara de tristeza —repuso mirando el rostro compungido
de Neizan—. Fue su rechazo el que me guio a los brazos de la mujer más
maravillosa que existe, Leonor, mi verdadera madre y a quien le debo la
vida. Ella lo es todo para mí, y también yo para ella. Esa y nada más que
esa es la razón que me llevó a aceptar este absurdo compromiso con el
duque.
—Pero ¿qué razón es esa? No termino de entenderlo. ¿Qué tiene que ver
Leonor con su compromiso?
—¿Recuerda el último día que vos y yo nos encontramos en la colina
del gran roble?
—Recuerdo cada instante que he pasado en su compañía.
Sarah esquivó la intensa mirada que le dirigió el caballero y continuó
hablando:
—Esa noche mi amiga Evelyn había tenido un mal día. El joven que la
tenía prendada se acababa de prometer con otra mujer y se sentía fatal.
—Pobre. La entiendo perfectamente —interrumpió, con cierto sarcasmo
en el tono de voz.
—No me distraiga —protestó.
—Perdón. Continúe.
—El caso es que estábamos las tres en casa de mi madre cuando
Rosaline apareció por sorpresa ante su puerta junto al condestable
parroquial —La cara de Sarah se crispó al recordarlo—, y se llevaron presa
a mi querida Leonor sin que pudiese hacer nada para evitarlo.
—Les darían alguna razón…
—Por absurdo que le pueda parecer, Rosaline la acusó de ejercer la
brujería en la aldea. Es una mujer malvada, sin escrúpulos y con mucho
poder en el condado, al menos, el suficiente para llevar a cabo su amenaza.
—Pero ¿qué tiene que ver ese arresto con su compromiso con el duque?
—¿No se lo imagina aún? Rosaline sabe lo mucho que quiero a Leonor
y también que haría cualquier cosa para salvar su vida. Ella busca un título
nobiliario con el que elevar su puesto en la sociedad; eso es lo único que le
ha importado siempre —suspiró—. Si me caso con el duque, Leonor estará
libre de cualquier cargo, pero, si no lo hago, el juicio por brujería seguirá
adelante y la pena si la declarasen culpable…
No pudo terminar la frase.
—A veces pienso que a esa odiosa mujer no le falta razón cuando
asegura que solo traigo desdicha a todo el que se acerca a mí. La suerte de
Leonor hubiese sido mejor si hubiese sido yo, en lugar de mi hermano
varón, quien hubiese nacido sin vida aquel día.
La tristeza ensombrecía su rostro al hablar, y las incontenibles lágrimas
que luchaba por esconder, comenzaron a humedecerla los ojos, nublándole
la visión.
Neizan no soportaba verla sufrir y, tomándola de la mano, la atrajo hacia
él y la estrechó protector entre sus brazos.
—No vuelva a decir nunca algo así. ¡Nunca! ¿Me oye?
Sin dejar de arroparla, la besó en la cabeza con el amor que sentía por
esa mujer que nunca podría ser suya.
Sarah levantó la mirada sin soltarse de sus brazos guardianes y los
labios de ambos se buscaron ansiosos. Sin embargo, tras las confesiones de
esa tarde, Neizan decidió esconder sus sentimientos en un lugar en el que
no pudiesen perjudicarla nunca, renunciando a la posibilidad de estar con
ella. Tomando toda la fuerza que le quedaba en su interior, se separó de ella.
—Un metro —dijo y dio un paso atrás—, un metro de separación o
nuestra amistad no será posible.
—Tiene razón. —Avergonzada por su falta de control, Sarah se volvió
para ocultar el rostro mientras se enjugaba las lágrimas que aún lo
empapaban—. Regresemos al castillo. Se está haciendo tarde y quiero ver a
Nana.
—Como desee, milady.
35
Aquella mañana, fue la luz del sol y no la odiosa voz de lady Greta lo que la
sacó de su maravilloso sueño.
Y, aunque no podía evitar preguntarse qué habría pasado para ser
merecedora de tan inestimable privilegio, la curiosidad por averiguar la
respuesta no superaba en modo alguno la inigualable sensación de
permanecer unos minutos más en la cama, mientras dejaba volar la
imaginación inventando bonitas historias con finales distintos a los que
tendría que vivir en su cruda realidad.
Trataba de negárselo a sí misma, pero Neizan estaba presente en todos
esos finales de cuento de hadas soñados. Solo pensar en él le revolvía el
cuerpo de tal manera que hacía explosionar su ardiente interior con deseos
que, hasta conocerle, no sabía que existían.
Luchando por hacer desaparecer las imágenes que atormentaban su alma
enamorada, Sarah se levantó de la cama, se aseó, se vistió y fue en busca de
la señora Talbot. Si bien, en cuanto abrió la puerta de la habitación, se dio
cuenta de que algo distinto sucedía en el castillo. Los sirvientes iban de un
lado a otro más alborotados que nunca y la calma habitual de la mañana se
había transformado en un bullicio incesante que llenaba por completo el
lugar.
—¿Ya está levantada? —preguntó la señora Talbot al verla—. No quise
despertarla para que pudiese descansar después de los días tan ajetreados
que ha tenido.
—Tan buena conmigo como siempre —dijo abrazándola cariñosa—.
Pero dígame, ¿qué es lo que sucede hoy? El servicio está alborotado y,
¿dónde se ha metido lady Greta con sus sermones matutinos?
—Ni me mencione a esa señora, chiquilla. Solo con oír su nombre se me
pone el vello de punta. Gracias al cielo estará ocupada con los preparativos
para la llegada del hermano del rey y de su hija, la princesa con quien se
dice que va a desposarse lord Neizan.
Sarah sintió de pronto como si un jarro de agua fría le devolviese a la
realidad y el gesto que puso no pasó desapercibido a la señora Talbot que
había notado, hacía tiempo ya, los sentimientos que compartían los dos
jóvenes.
—Mi querida niña, no te aflijas. Así es mejor para todos.
—Lo sé, Nana. Aunque no por eso duele menos.
***
Las noticias de la llegada de Sarah al castillo de Hever mejoraron el humor
de Rosaline durante un tiempo, no así el de Leonor, en quien la tranquilidad
inicial al enterarse de que su hija había alcanzado su destino sin pormenores
se vio enturbiada por la angustia de saber que el desgraciado final, que esta
se vio obligada a escoger para salvarla, estaba cada vez más próximo, y
ella, encerrada entre esas paredes, no podría hacer nada para evitarlo.
***
La llegada del duque y de los invitados que trajo consigo llenó de color la
vida del castillo y liberó a Sarah de las atenciones constantes que lady Greta
tenía con ella, aunque aún debía asistir a algunas de las clases de protocolo
y tampoco podía faltar a las citas con la modista, que confeccionaba los
lujosos vestidos que tendría que llevar a partir de su casamiento. Pero, al
menos, mientras durase la visita, disfrutaba de tiempo libre y de personas
con las que conversar sin sentirse juzgada en todo momento.
Sin embargo, a cambio de aquellas escasas horas de libertad de las que
gozaba, la visión continua de Neizan junto a la princesa Margarite le
provocaba una turbadora inquietud que no era capaz de controlar, por lo
que, siempre que le era posible, evitaba su compañía.
Philippe, en cambio, buscaba con disimulo la forma de acercarse a Sarah
y la colmaba de atenciones en cuanto tenía oportunidad. Era un joven bien
parecido y de trato agradable si se lo proponía, aunque había algo en su
forma de ser y en su forma de mirarla que le suscitaba cierta desconfianza
irracional. No obstante, el interés que la prodigaba constantemente la
mantenía distraída de la nueva pareja protagonista.
El duque también pasaba su tiempo libre, que no era mucho, agasajando
a su prometida. Era un hombre bueno y atento y siempre se comportaba con
ella como un verdadero caballero. Sarah comenzaba a sentir por él un
sincero y respetuoso afecto que, por más que insistiera la señora Talbot,
sabía que no cambiaría de rumbo con el paso del tiempo. Aceptó que su
corazón, sin pedir permiso, había elegido a un hombre que nunca sería
suyo, así que la idea de su casamiento dejó de importarla. Si no podía
desposarse con Neizan, el duque era una opción mejor que muchas otras.
—Hermano, no sé cómo lo haces para volver locas a las damas con tu
mera compañía. La princesa no se separa de ti ni a sol ni a sombra —
bromeó Philippe mientras paseaban por los jardines—. Aunque no veo el
mismo entusiasmo en tu persona, ¿o es que me engañan los ojos?
Neizan, que no podía apartar la mirada de Sarah mientras caminaba
agarrada del brazo del duque por delante de ellos, asintió resignado.
—No tienes que casarte con ella si no lo deseas. No importa lo que diga
padre, hay muchas mujeres donde elegir. ¿Estás seguro de querer desposarte
con la princesa?
—¿Acaso importa que sea con ella o con cualquier otra? —contestó con
desgana.
—En eso tienes razón. Y para ser justos, la princesa no es un mal
partido, aunque diría que nuestro padre ha elegido mejor que tú. Puede que
renunciase a mi soltería por una mujer como lady Sarah. De hecho, creo que
ha sido muy egoísta al no pensar primero en nosotros cuando la conoció.
Con su edad, no podrá satisfacer en el lecho las necesidades de una mujer
como ella sin ayuda, por lo que se me había ocurrido actuar por fin como un
buen hijo y ofrecerle mis servicios cuando guste —rio burlón.
Neizan se encendió al escucharle.
—Philippe, ya está bien. No deberías hablar de esa manera de Sarah ni
de tu padre.
—Tranquilízate, hermano, no te pongas así. Solo estaba bromeando, ya
me conoces. ¿Qué te pasa?
—Nada. No me pasa nada. Discúlpame con los invitados, por favor. He
dejado cosas pendientes en el despacho y me gustaría terminarlas antes de
la cena.
—Ve; a ver si así te mejora el carácter. Llevas unos días
extremadamente irascible.
El mal humor de Neizan saltaba a la vista para cualquiera que le
conociera, aunque nadie sospechaba la verdadera razón de su amargura. Su
pensamiento se sumía en la locura al imaginar a Sarah en los brazos de otro
hombre que no fuesen los suyos, y los comentarios de Philippe al
recordárselo solo agravaban su tormento.
Y mientras Neizan buscaba la manera de huir del castillo y de su
sufrimiento, otros trataban desesperadamente de alcanzarlo.
***
—¿Sabe, señora Leonor? Hoy ha sucedido un hecho curioso en la hacienda
y me parece que algo tiene que ver con nuestra Sarah, aunque no termino de
entender la relación, por más vueltas que doy.
—Vamos, niña. Si tiene que ver con mi hija, quiero saberlo.
—Me lo acaba de contar la señora Fiona y a ella el ama de llaves de
lady Rosaline, que es íntima amiga suya, ya sabe, su marido y el de ella
trabajan juntos desde hace años.
—Vamos, Evelyn, habla, que te vas por las ramas, querida.
—Está bien, está bien. El caso es que bien entrada la tarde de ayer, lady
Rosaline recibió la visita inesperada de un caballero. Al principio, la señora
se negó a permitirle el paso en su casa. Sin duda, el hombre no iba ataviado
con sus mejores galas, aunque se presentó como miembro de una
antiquísima y noble familia escocesa. Y claro, como esa arpía ha sido
siempre una interesada a la que solo le importan los títulos que una persona
ostenta, en cuanto el caballero le informó de los suyos, le faltó tiempo para
atenderle con las más grandes reverencias y consideraciones.
—Típico de esa señora —murmuró Leonor con un dejo de
desaprobación—. Pero ¿qué tiene eso que ver con mi niña?
—Tenga paciencia que ahora viene lo mejor de la historia. Pues lo
dicho, el misterioso caballero pidió hablar con la señora de la casa para
interesarse por alguien. ¿Adivina por quién?
—Pues no, aunque confío en que no tardes en informarme —apremió
cada vez más impaciente.
—Por nuestra Sarah. Estaba muy interesado en conocer a su familia y el
lugar dónde se crio. Lo que no he conseguido averiguar es la razón de su
empeño. Eso no me lo ha sabido decir la señora Fiona.
Leonor se quedó pensativa.
—¿Y dices que se presentó como un caballero escocés?
—Sí, así es. Al menos, eso me dijo la señora.
—¿Qué aspecto tenía? ¿Sabes cómo era su atuendo? Dime, niña, ¿te
contaron algún detalle más sobre ese hombre? —Leonor, con la cara
desencajada, lanzaba una pregunta tras otra a Evelyn, que no sabía qué
contestar y se iba poniendo más y más nerviosa—. Evelyn, tienes que
hacerme un gran favor.
—Claro, señora Leonor, lo que quiera.
—Debes encontrar a ese hombre. Entérate de dónde se ha quedado
alojado y ve a hablar con él.
—Pero mi madre me mataría si supiera que he ido en su busca.
—Te lo ruego, es importante. No insistiría tanto si no fuera así. Pídele a
alguien de confianza que te acompañe y, por Dios, averigua todo lo que
puedas de él y del motivo que le ha traído a este pueblo.
—Está bien, señora. Haré lo que me pide.
—Te lo agradezco, cielo. Sarah tiene mucha suerte de contar con una
amiga como tú. Ahora ve, no pierdas tiempo. Estaré ansiosa esperando tus
noticias. Con algo de fortuna, tal vez aún exista una oportunidad para mi
pequeña.
Era consciente de que sus opciones eran limitadas, pero tenía que
aferrarse a la esperanza para no sucumbir. Como siempre trató de enseñar a
su hija, rendirse nunca era una opción, al menos no para ellas.
36
En los días siguientes, Neizan apenas le dirigió la atención a Sarah y, las
veces que esta se acercó a él con alguna excusa, se comportó tan frío y
distante con ella que estaba comenzando a colmar la paciencia de la dama.
—Lady Sarah, ¿no es cierto que mi prometido es el hombre más apuesto
y galante de todos los que haya visto jamás? —preguntó Margarite, sin
soltarse del brazo de Neizan.
Sarah, que no estaba de buen humor ni tenía intención alguna de ser
agradable, miró a Margarite con expresión seria y luego a Neizan, que
continuaba esquivando su mirada, antes de contestar.
—Espero, querida Margarite, que lo sea para vos, ya que tendrá que
verle a diario, mas si lo que quiere saber es mi opinión al respecto, lord
Neizan, y doy gracias al cielo por ello puesto que es un hombre
comprometido, no es el tipo de hombre que me haría suspirar por amor.
En esta ocasión, el mordaz comentario de Sarah sí propició la reactiva
respuesta del aludido.
—¿Y podría revelarnos cuál es el tipo de hombre por el que suspiraría?
—No responderé a su pregunta, milord, puesto que voy a desposarme en
menos de una semana y solo cabría una respuesta posible. —Sarah mantuvo
la mirada desafiante sobre él, luego la desvió con una despectiva
indiferencia que consiguió el efecto que deseaba.
Claramente molesto, Neizan se deshizo con sutileza del agarre de
Margarite y se encaminó hacia donde el duque charlaba con lady Greta y el
príncipe.
—Padre, ¿sería posible hablar a solas con vos?
—Claro, hijo, ven, iremos a mi despacho, allí estaremos más tranquilos.
Si nos perdonáis, solo será un momento —se disculpó con sus
acompañantes antes de salir del salón con Neizan.
Tan pronto como alcanzaron el despacho, Neizan comenzó su
exposición:
—No había tenido la oportunidad de veros a solas desde que regresaron
de su viaje, y me preguntaba si pudo aprovechar su estancia en Londres
para hablar con Philippe.
—No, hijo mío, no lo he hecho —contestó claramente contrariado—. Lo
intenté en varias ocasiones, pero no fui capaz. Es imperativo que hable con
él antes de que se celebre la boda, y ya no queda tanto para ello.
—No lo haga padre, todavía puede cambiar de opinión. Permita que
Philippe sea el heredero de las fincas, y yo le ofreceré mi consejo y mi
ayuda siempre que lo necesite. Mas no las deseo para mí.
—Esa cuestión ya la hemos discutido antes. Tu hermano no está
preparado para ser el administrador de mi patrimonio. Si atendiera a tu
petición, en menos años de los que crees, lo que me ha costado tanto
levantar se desmoronaría como un castillo de naipes en sus manos. —El
duque agachó la cabeza, abatido—. Neizan, sé que no es fácil lo que te
estoy pidiendo. Pero debes hacerme caso y confiar en mi criterio. Las vidas
de muchos hombres y de sus familias dependen de esas fincas. Si no lo
haces por ti, acepta por ellos. Sé lo mucho que te importa el pueblo y su
bienestar.
—Está bien —claudicó—, sabe que ese es uno de mis puntos débiles.
Hace no tanto fui también uno de ellos y no es asunto que pueda olvidarse
con facilidad.
—Pues entonces, no hay más que decir.
—Hay otra cuestión que quiero comentarle.
—Habla, hijo. Te escucho.
—Quería informarle de mi intención de abandonar el castillo tan pronto
termine la ceremonia civil de su casamiento. No me quedaré a la
celebración, si me lo permite.
—¿Y por qué esas prisas?
—La princesa y yo deseamos iniciar los preparativos de la boda lo antes
posible. Me gustaría empezar a buscar una casa adecuada donde establecer
nuestro nuevo hogar, y no quiero perder más tiempo.
—Me gusta ese entusiasmo tuyo. Margarite parece una joven agradable.
—Lo es.
—Te deseo lo mejor, hijo mío.
—Y yo a vos, padre.
—Tienes mi bendición.
***
Por increíble que se le antojara hacía una semana, Sarah comenzó a extrañar
las arduas y agotadoras tareas que lady Greta le impuso en los días previos
al regreso del duque. Al menos entonces, llegaba a la noche tan exhausta
que apenas cerraba los párpados caía tan profundamente dormida que no
tenía tiempo de pensar.
Ahora todo era distinto, cada noche daba vueltas y vueltas en la cama
tratando de conciliar un sueño que nunca llegaba para, al menos mientras
durase su inconsciencia, olvidarse de su trágico destino. Solo quedaban
unos días para su casamiento y cada vez se sentía más tensa e irascible. Para
colmo, el estúpido de su amigo Neizan no se lo estaba poniendo nada fácil
con el comportamiento que había adoptado hacia ella. Si no podía contar
con él en esos momentos, ¿para qué quería que fuese su amigo? Estaba
decidida; lo declararía persona no grata y no le dirigiría más la palabra en lo
que le quedara de vida.
Siguiendo las absurdas divagaciones que asaltaban su pensamiento, se
levantó de la cama, harta de dar vueltas infructuosas, se colocó una capa
sobre los hombros, abrió la ventana y bajó enganchada a la enredadera que
tapizaba su balcón hasta que alcanzó el suelo del patio que daba a los
jardines.
La luna estaba casi llena y el cielo tan despejado como pocas noches, lo
que aseguraba un espectáculo grandioso en su rincón favorito del jardín.
***
Neizan tampoco gozaba de mejor suerte. La imagen de Sarah estaba
grabada en su mente y se regodeaba torturándolo, mientras los momentos
que habían vivido juntos se paseaban impunes, avivando su amor y su
deseo. Podía sentir cada una de las miradas que se habían cruzado, la
calidez de su aliento tantas veces entremezclado con el suyo propio, el roce
de sus manos recorriendo la piel que consiguió encenderle como nunca
antes. Se estaba volviendo completamente loco y, pensamientos
disparatados comenzaron a hacerse hueco en su pensamiento.
Agitado, se levantó de la cama. Era absurdo tratar de dormir en el estado
en el que se encontraba. Iría al jardín. Tal vez la brisa de la madrugada
consiguiera enfriar su mente y calmar su ardor tantas veces insatisfecho.
***
Leonor no podía quedarse quieta. Esperaba con agitación el regreso de
Evelyn y las noticias que ella le trajese, Y ante la imposibilidad de salir a
pasear, se dedicaba a caminar en círculos por la casa. Lo más probable era
que se estuviese agarrando a una idea disparatada y poco realista, pero ¿qué
otra cosa le quedaba?
El ruido de unas voces se oyó en el exterior. La puerta de la casa se
abrió y la cara de Evelyn asomó por ella, buscando a Leonor con la mirada.
—Gracias a Dios, chiquilla. Me estaba volviendo loca esperando tu
regreso.
Pero alguien más cruzó la puerta tras Evelyn, alguien que hizo que el
corazón de Leonor dejase de palpitar, haciendo desaparecer la sangre que le
irrigaba la cara.
—¡Arthur! —exclamó con el escaso aire que le quedaba en los
pulmones.
—¿Leonor? —preguntó ansioso y emocionado—. ¿No me engañan los
ojos? ¿Eres tú, Leonor, mi hermana, mi querida hermana?
—¡Mi Arthur! —repitió con un nudo de emoción en la garganta.
Ni una palabra más logró pronunciar antes de cobijarse entre los brazos
del caballero, mientras las lágrimas, tantos años contenidas, rodaban por las
mejillas de ambos.
37
Su humor mejoraba con rapidez al sentir un atisbo de libertad. Notar la
brisa húmeda acariciándole la cara, serenaba su indomable espíritu y alejaba
sus inquietudes en un instante.
Sentada en el columpio de su lugar preferido del jardín, cerró los ojos e
inspiró con profundidad mientras se balanceaba. Y al abrirlos de nuevo, el
fascinante manto de estrellas reflejado en el enorme espejo líquido que
formaban las calmadas aguas del lago le hizo contener el aliento. Tan
fascinada estaba con esa visión que no se dio cuenta de que alguien la
observaba, cautivado con otra imagen distinta.
—Parece que ya no la encuentro siempre hablando con los animales que
la rodean, ¿es que mi tía ha conseguido al fin doblegar sus costumbres?
—Oh, no, nada de eso. Le aseguro, milord, que no soy fácil de doblegar.
Sin embargo, tanto los animales como yo tenemos consideración con el
descanso nocturno, y a eso le podríamos añadir que la belleza de este paraje
en una noche así hace enmudecer a muchos de nosotros.
—Muy bello, es cierto —afirmó sin dejar de contemplarla, embobado
—. Pero contésteme, ¿qué hacéis aquí tan sola?, ¿también a vos os costaba
dormir?
Sarah sonrió.
—Aunque no lo creáis, este es el lugar del castillo en el que menos sola
me siento. Esas estrellas que ve en el firmamento me han acompañado
desde que tengo uso de razón. Mi madre aprovechaba las noches despejadas
y me llevaba a la colina para mostrármelas. Allí en lo alto, me contaba
historias increíbles sobre seres mitológicos tratando de calmarme antes de
dormir. Aunque lo que conseguía era precisamente lo contrario. —Sarah
suspiró con melancolía, siempre lo hacía al pensar en Leonor—. Estoy
segura que esté donde esté ahora, cuando mire al cielo pensará en mí como
yo pienso en ella. —Se quedó en silencio unos segundos—. A algunas de
las más brillantes las he puesto nombre —añadió sin apartar la vista del
cielo.
—¿Le importaría que me sentara a su lado y me las presenta?
—No me parece prudente que se coloque tan cerca, más aún sin el
permiso de su prometida. No quiero revuelos ni malos entendidos que
puedan comprometer su felicidad ni la de su amada —contestó con
sarcasmo.
—Me lo merezco. Cualquier cosa que me diga, me lo merezco.
—No sé de qué me está hablando, milord.
—No me he portado bien con vos estos días, pero tengo una buena
razón para ello.
—Es cierto, no se ha portado bien. Pero no le preguntaré la razón puesto
que no creo que haya hecho nada para merecer ese trato. Hasta donde yo
sabía, vos y yo éramos amigos.
—¿Amigos? —Neizan sonrió con amargura—. Es evidente que la
amistad no funciona para nosotros. Ni cuando estamos demasiado cerca ni
tampoco si tratamos de mantenernos alejados.
—Puede que tenga razón —afirmó Sarah con tristeza en la voz—. No se
nos da nada bien ser amigos. La amistad no debería ser tan complicada…
Sarah continuó balanceándose sin apartar la mirada pensativa de la
brillante oscuridad de la laguna.
—¿Entonces?, ¿ya está?, ¿aquí termina nuestra amistad? —preguntó
Sarah tratando de dar una razón a su conversación.
—Parece que no queda más remedio.
—Está bien —afirmó tajante tras unos segundos en silencio—. Si eso es
lo que quiere. Así será desde este mismo instante.
La frialdad con la que Sarah aceptó una propuesta que a él le resultaba
tan dolorosa fue suficiente para hacerlo estallar.
—¿Creéis de veras que eso es lo que yo quiero? Después de todo lo que
hemos pasado juntos, me despedís así, como si no os importase.
—¿Y qué pretende que diga entonces? —se revolvió, poniéndose en pie
furiosa—. Es usted, milord, quien se empeña en que sea así, mas luego se
irrita de esta manera. No le entiendo, lo digo de veras, ¿qué es lo que quiere
de mí?
—¿De verdad desea saber qué es lo que quiero?, ¿no os resulta obvio?
La quiero a vos, Sarah. Desde el mismo día en que la vi por primera vez en
ese establo; solo a vos. Y el único motivo de mi rechazo no es otro que
protegerme del dolor de verla prometida a otro hombre, porque sé que su
casamiento tiene un noble propósito al que no puede renunciar. —Neizan se
quedó callado tratando de serenarse mientras las miradas de ambos se
cruzaban desconcertadas—. Estoy enamorado de vos sin remedio, como
nunca imaginé que fuese posible. Habéis poseído mi corazón y mi alma con
tanta intensidad, que nada puede la voluntad ni la razón frente a las
emociones que despertáis en mí. Y con esta confesión, solo pretendo que
entendáis mi comportamiento de los últimos días y no os sintáis mal por
ello. Ya no tendréis que verme por aquí mucho más tiempo, y eso, sin duda,
aliviará vuestro pesar. —Neizan agachó la cabeza y cogió aire—. Partiré al
norte en cuanto termine la ceremonia civil de vuestra boda. Ya lo he
hablado con mi padre y tengo su beneplácito. Mas no me parecía justo
marcharme sin daros a conocer mis verdaderos sentimientos, aunque confío
no haberla molestado demasiado con ellos. —No esperó a recibir una
contestación por parte de Sarah, y tampoco podía permanecer allí y seguir
conteniendo las ganas, así que se dio la vuelta y se marchó en silencio.
Era la primera vez que las palabras de Neizan enmudecieron las suyas.
Sarah se sentó de nuevo en el columpio mientras procesaba lo que acababa
de escuchar. Y tan confundida estaba que no se dio cuenta de que él había
desaparecido de su vista.
« De ninguna manera. No podía soltarle una cosa así y retirarse sin darla
tiempo a contestar » , pensó. No toleraría una actitud tan descortés y
egoísta. Ella también tenía algo que decir y Neizan tendría que escucharla.
Levantándose de su asiento, salió corriendo tras él.
***
Arthur, sin creerse aún su buena fortuna, no dejaba de acariciar con ternura
la mano de su hermana mientras, sentados delante de la lumbre, escuchaba
atento su relato sin apenas parpadear.
—Más de veinte años y eres la misma preciosa mujer de mis recuerdos.
No sabes cuánto pedimos para encontrarte con vida. ¡Cuánto! —Arthur
elevó las manos al cielo—. El Señor por fin ha escuchado nuestras
plegarias. Al fin podré morir en paz cuando llegue el momento.
—Lo siento tanto, mi querido Arthur. Siento el daño que os causé con
mi fuga. Era tan joven y tan impulsiva cuando me marché…
—No es mi intención que te aflijas, hermana. Fuimos nosotros quienes
no supimos entender tus sentimientos. Estábamos tan cegados tratando de
protegerte que no nos dimos cuenta de que te habías convertido en una
mujer que ansiaba libertad. Fue nuestro amor lo que nos impidió ver lo que
necesitabas de verdad, aunque, aun así, no tenemos excusa. ¿Crees que
podrás perdonarnos algún día?
—No tengo nada que perdonar. Estás aquí, conmigo. Vuelves a mí como
un ángel cuando más te necesito. —Sin dejar de sollozar, volvió a abrazarse
a él—. Pero dime, ¿cómo lograste encontrarme después de tanto tiempo?,
¿qué te llevó a buscarme en este recóndito lugar de Inglaterra?
—El destino —afirmó con rotundidad—. Fue la bendita providencia la
que guio mis pasos para que se cruzaran con los de un joven caballero que
conocí en una posada a las afueras de Winchester. Detuve mi marcha en ese
lugar para que descansase mi caballo antes de llegar a mi destino en
Brighton, donde había quedado para concluir unos negocios. —Arthur
sonrió recordando ese instante—. El caso es que, desde que entré por la
puerta de la posada, la actitud de un joven me llamó la atención. Estaba
cabizbajo y pensativo, y ya me conoces —suspiró—, no soporto ver a una
persona triste sin preguntar, aunque se trate de un caballero inglés.
» El joven me habló de una bella mujer que le traía de cabeza y en su
relato te vi reflejada en el carácter de la dama. Mas no fue hasta el momento
en que me preguntó acerca del cardo de mi capa cuando caí en la cuenta.
Me dijo que su amada llevaba uno idéntico tatuado en el hombro y, aunque
el nombre de la madre que mencionó no coincidía con el tuyo, decidí probar
fortuna y planeé acercarme para comprobarlo por mí mismo en cuanto
terminase los asuntos que me llevaron allí.
—Después de tantos años y aún seguías pensando en encontrarme —
suspiró con melancolía mientras envolvía sus manos.
—Aunque hubiesen pasado veinte más, no habría cesado en mi empeño
por buscarte mientras me quedase vida para ello.
—Pues tu búsqueda ha terminado al fin. Y soy muy feliz de tenerte a mi
lado, si bien necesito pedirte un gran favor.
—Haré por ti todo lo que esté en mi mano.
—Te ruego que me ayudes a recuperar a mi hija Sarah. Ella es lo más
importante que tengo en la vida y es por mi culpa por lo que se ha visto
obligada a aceptar un casamiento que nunca le hará feliz.
—No lo entiendo, ¿no es la señora a quién fui a visitar ayer la madre de
esa joven?
—Hermano, no pretendas comprender en unos minutos la historia que
ha acontecido en estos veinte últimos años. Te lo contaré todo, con pelos y
señales, pero ahora no tenemos tiempo que perder. Debemos evitar un
casamiento equivocado.
—Pues si es eso lo que hay que hacer, eso haremos. ¿Por dónde
empezamos?
—En primer lugar, tengo que salir de esta casa en la que llevo presa casi
un mes.
—Eso ya está hecho. Tuve una charla con los guardias antes de entrar y
te aseguro que no pondrán ninguna objeción para dejarte salir de aquí.
Leonor sonrió orgullosa.
—No recordaba lo persuasivo que puedes llegar a ser cuando te lo
propones.
—Únicamente cuando vale la pena el esfuerzo, hermana.
—Pues entonces, solo necesitamos dos buenos caballos y esperar a que
amanezca para partir hacia nuestro destino.
—¿Y para cuando vas a pedirme lo complicado? Mañana mismo
tendremos dos caballos en la puerta de tu casa.
Evelyn, que se mantuvo callada mientras, conmovida, observaba el
emotivo encuentro de los hermanos, levantó la voz.
—¡Qué sean tres! Tres caballos si es posible. Sarah es mi hermana
también, y si me lo permiten, iré con ustedes a buscarla.
—Por supuesto que sí, querida mía —contestó Leonor, agradecida—.
Eres tú quien ha hecho posible este encuentro.
—No se hable más. Entonces serán tres caballos.
38
Sarah corrió tras Neizan lo más aprisa que pudo, pero el caballero casi
había llegado hasta su alcoba cuando logró alcanzarlo.
—Milord, Neizan, parad, volved aquí. No vais a dejarme con la palabra
en la boca.
Desoyendo sus continuos ruegos y sin volver la vista atrás, Neizan
continuó la marcha y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—De eso nada. Esto no va a quedar así. Vais a tener que escucharme os
guste o no —exclamó irritada. Y, sin pedir permiso, Sarah abrió la puerta de
la alcoba sin remilgos y pasó al interior, saltándose todas las reglas de
moralidad que con tanto esfuerzo habían intentado inculcarle desde niña.
Neizan, enfurecido por la impotencia que le embargaba, se volvió al
escuchar la puerta abrirse.
—No deberíais entrar en la habitación de un caballero. ¿Ni para eso os
han servido los continuos sermones de lady Greta?
—¿Le parece que me importa lo más mínimo esas normas estúpidas que
no sé quién ha dictado y cuyos propósitos me resultan tan desconocidos
como absurdos? Estoy convencida de que me conocéis lo suficiente para
saberlo, y también, que no me moveré de aquí hasta que no haya escuchado
lo que vengo a decirle. ¿Acaso tenéis miedo de mí y por eso huis de esa
manera tan absurda?
—¿Miedo?, ¿a vos? —contestó con sarcasmo—. No digáis insensateces.
He sido yo quien os ha confesado sus sentimientos abiertamente, ¿no os
parece suficiente con eso? Pero está bien. Aquí me tenéis. Hablad. Os
escucho.
—¡Oh¡, ¡por supuesto que me vais a escuchar! No podéis soltar una
declaración así y luego negarme la oportunidad de responder.
—No lo entendéis aún. No hay respuesta posible, por eso no la esperaba.
¿No os dais cuenta de que no importa lo que digáis? Nada podrá cambiar
nuestro destino. En pocos días, vos estaréis desposada con el duque y yo
habré salido de vuestra vida para siempre.
—¡No os vayáis! —pidió compungida, cambiando por completo su
actitud.
—¿Y veros convertida en la mujer de otro hombre? Me volvería loco.
¿Es que no os dais cuenta? —Neizan se llevó las manos a la cabeza con
desesperación—. No puedo quedarme, Sarah, no lo soportaría.
—Pero no quiero que os vayáis, os lo ruego —volvió a repetir ella.
—¿Por qué? Decidme. No hay razón alguna para alargar esta tortura que
me está consumiendo sin remedio. ¿Por qué habría de quedarme?
Un silencio incómodo se adueñó del momento y Neizan agachó la
cabeza, sintiéndose derrotado.
—Porque os amo —confesó Sarah en un susurro—, os amo y no soporto
la idea de perderos para siempre. No os vayáis.
Cegada por el miedo a no volver a verle, apartó la razón y sus
inhibiciones y dejó que su corazón tomase las riendas de ese instante. Sarah
dio un paso hacia él, que la miraba con adoración e incredulidad. Con
delicadeza, posó su mano en la mejilla de Neizan y fue acortando la
distancia entre ellos hasta alcanzar sus labios y envolverlos con la calidez y
la ternura del amor puro e inocente que sentía.
Apenas tardó unos segundos en percatarse de su atrevimiento y,
avergonzada, se alejó con rapidez. Neizan permaneció imperturbable, sin
mover ni un solo músculo del cuerpo. Mantuvo los ojos cerrados y la boca
ligeramente entreabierta, aún después de que sus labios se separaran.
—Lo siento, lo siento mucho. No debí hacer algo así. ¡Soy una persona
horrible! No era mi intención… no debí… Perdonadme, milord, se lo ruego.
Algo ha debido nublar mi buen juicio sin darme cuenta. Olvídese de lo que
he dicho, olvide este instante —balbuceó con la voz entrecortada antes de
darse la vuelta con la intención de escapar lo más aprisa posible de él.
—No podría olvidarlo, aunque quisiese hacerlo, que no es el caso —
escuchó que decía a su espalda.
Neizan sujetó a Sarah del brazo para evitar que saliera huyendo del
cuarto. Cuando la giró, sus ojos azules ardían con tanta intensidad que
consumieron la voluntad de ambos, y sus labios buscaron los de ella con el
ansia del deseo que tantas veces había contenido estando a su lado.
Solo la cálida luz de las velas iluminaba la habitación y nada se oía allí,
salvo el pálpito de sus corazones latiendo desbocados y el sensual sonido
que hacían sus bocas mientras se encontraban y se separaban ansiosas de
continuar su lucha.
Las manos de Neizan se enredaron ávidas en la preciosa melena de
Sarah y la empujaron hacia él, como si ninguna cercanía fuese suficiente
para conformarle.
El mundo entero desapareció en ese instante de locura. Sarah tembló
entre los brazos de Neizan quien, al notar su estremecimiento, deslizó las
manos sobre su cintura estrechándola contra él, mientras continuaba
devorando su boca hasta hacerla gemir.
—Sarah —susurró con la voz entrecortada por el deseo que se apoderó
de su ser—, todo este tiempo he luchado en vano tratando de mantenerme
alejado de vos, pero mi amor es más fuerte que mi voluntad, que mi razón,
e incluso que la lealtad y la gratitud que profeso al duque. —Agitado por el
deseo arrebatado, Neizan consiguió dar un paso atrás y liberó a Sarah de su
íntimo abrazo—. Debéis marcharos antes de que acabe por perder el escaso
control que me queda. Prometo no volver a molestaros. Abandonaré el
castillo lo antes posible. Os amo demasiado para contener mis sentimientos
cuando estoy con vos, y quedándome aquí solo lograría complicaros la vida.
No podría vivir sabiendo que sería en parte responsable de vuestra
infelicidad.
¿Cómo se esperaba que reaccionase ella ante algo tan desconocido y
estremecedor? Nadie la había preparado para eso. Sarah se sentía incapaz
de pensar con claridad. Demasiadas emociones. Demasiados sentimientos
que alborotaban su ingenua e inexperta mente. Demasiados deseos
prohibidos que consumían su alma. Demasiado miedo, demasiado dolor,
demasiado amor. Demasiado…
Ahora que la cordura volvía a su pensamiento, el rubor prendió sus
mejillas y, avergonzada por su falta de control, salió de la habitación lo más
aprisa que sus temblorosas piernas le permitieron. Las lágrimas de
impotencia que le recorrían el rostro, la acompañaron de camino a la
seguridad de su alcoba.
Nada más entrar en su cuarto, corrió hacia la ventana y la abrió de par
en par. Necesitaba respirar la brisa fresca de la madrugada, tratando en vano
de sosegar su agitada respiración y calmar su inquietud. Pero su interior
continuaba en llamas, y un cosquilleo inquietante en el abdomen no dejaba
que su corazón aminorase el ritmo por más que se esforzaba. Y cuando
parecía que comenzaba a tomar el control de su cuerpo, la puerta del cuarto
se abrió y Neizan, con paso firme y decidido, se dirigió hasta donde se
encontraba.
—Arderé en el infierno si es necesario —dijo mientras caminaba hacia
ella—, pero, si me dais vuestro consentimiento, no permitiré que otro
hombre que la ame menos que yo le muestre el amor carnal que tanto temor
le causaba.
Sin darle tiempo a reaccionar, la besó con tanto ímpetu y tanta pasión
que el mundo entero volvió a desvanecerse bajo sus pies.
No apartó sus ojos de los de ella mientras desanudaba con habilidad los
cordones del corsé que aprisionaban el cuerpo de Sarah. Sus alientos,
jadeantes, se entremezclaban por la proximidad de sus labios, intensificando
la urgencia por amarse. Necesitaba despojarla de las barreras que les
impedían sentirse la piel como ansiaban.
Las manos de él recorrieron el cuerpo de Sarah con maestría, y cada
prenda que ella sentía deslizarse y caer a sus pies aumentaba su nerviosismo
al tiempo que prendía su interior y alentaba la necesidad de él.
Su inocente y temerosa mirada mientras Neizan la desnudaba, el temblor
incontrolable de su cuerpo con cada roce translucía la inseguridad de la
dama y provocaba en él un frenesí vertiginoso que le enloquecía.
Solo una prenda guardaba ya su virginal desnudez.
—Sarah, decidme que deseáis que continúe tanto como yo.
El rubor en las mejillas de Sarah era evidente incluso en la penumbra de
la habitación. Solo sus labios, enrojecidos en la batalla que sus bocas
continuaban lidiando sin descanso, igualaba su rojez.
—Tengo miedo —susurró temblorosa.
Neizan le acarició la cara mientras la sonreía con la dulzura y el amor
sincero que emanaba en cada aliento.
—Soy yo quien tiene miedo de vos, de la locura que desatáis en mí solo
con miraros. Os amo como no imaginé que fuese posible y deseo con ansia
haceros mía. Pero nada debéis temer, pararé si así lo queréis.
» Sarah, ¿deseáis que continúe?
Sarah no contestó. Durante unos segundos eternos le sostuvo la mirada,
luego alzó sus manos inexpertas y comenzó a desabrochar los botones de la
camisa de lino blanco que vestía Neizan, hasta que logró deshacerse de la
prenda, dejando su torso al descubierto.
Neizan gimió de placer al sentir la tímida caricia de los dedos de Sarah
sobre su abdomen y, con la mirada oscurecida por la locura del deseo
incontenible de poseerla, la tomó entre sus brazos, la tendió sobre la cama y
terminó de despojarle de la escasa ropa que aún la protegía.
Durante unos segundos, sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de Sarah
mientras también él se desprendía de las prendas que aún le cubrían. Sus
manos expertas siguieron el mismo camino, explorándola, acariciándola
hasta llevarla a la locura y, solo entonces, se colocó sobre ella, alcanzó sus
manos y deslizó los dedos suavemente entre los suyos.
—¿Qué es lo que deseáis, Sarah? Decídmelo.
Los ojos de ambos ardieron al encontrarse, presos de una necesidad que
les consumía por dentro.
—A vos, solo a vos. Quiero sentiros más cerca de mí —jadeó con un
hilo de voz mientras levantaba la cabeza buscando sus labios.
No podía contenerse más, la necesitaba tanto como ella a él. Neizan
cumplió los deseos de su dama y se acercó más…, y más…, y luego más
aún, mientras Sarah arqueaba la espalda para recibirle. Las lágrimas
desbordaron sus ojos y, por primera vez en su vida, también los de él.
Solo un leve quejido que Neizan ahogó con su boca salada brotó de la
garganta de la joven mientras él penetraba en la virginidad de su alma. Y
con la fuerza de la pasión que los devoraba, continuaron sintiéndose hasta
sofocar las llamas que abrasaban las entrañas de ambos y fundirse en un
instante eterno de amor.
39
Era incapaz de apartar sus ojos de ella. Neizan acarició su precioso rostro
con delicadeza para no despertarla. Sentimientos desconocidos para él, más
intensos y puros de los que hubiera soñado nunca le inundaban el alma y,
por primera vez, le hicieron suspirar de amor.
No le quedaba nada que no le hubiese entregado a esa mujer sin reservas
y, aun siendo conocedor del cruel destino que los esperaba a partir de ese
momento, volvería a repetirlo sin dudarlo.
Ahora solo quedaba una pregunta por resolver: ¿cómo podría seguir
viviendo sin ella?
El sol pronto asomaría tras las colinas del este y debía cumplir la
promesa que Sarah le obligó a hacer antes de caer exhausta tras la agitada
noche de inagotable pasión que ambos se regalaron. Todo debía volver a ser
como si ese momento nunca hubiese existido, aunque ambos sabían que ya
nada sería igual.
En silencio, se levantó de la cama y se vistió sin dejar de contemplarla.
Mientras luchaba contra el dolor desgarrador de la despedida, se inclinó
sobre ella y acarició sus labios por última vez. Neizan abandonó la
habitación con la certeza de que, sin importar lo que el destino les deparara
a partir de entonces, una parte de su alma siempre permanecería junto a ella.
***
Con los primeros rayos de la mañana, tres jinetes partían de Falmouth con
un destino común, el castillo de Hever. La esperanza volvió a resurgir en el
corazón de Leonor y, con ella, el miedo a llegar demasiado tarde para
cambiar la fortuna de su hija. Ya había transcurrido más de un mes de la
partida de Sarah y, aunque aún no había llegado a la hacienda la
confirmación de su casamiento, era seguro que no faltaría mucho para que
las nupcias se celebrasen, condenando a su hija a la infelicidad eterna.
***
Sarah abrió los ojos aturdida y con una sensación de plenitud que no había
experimentado nunca. Una radiante sonrisa asomó a su cara al recordar
algunos de los momentos vividos hacía tan solo unas horas y sus mejillas
volvieron a encenderse. Pero, al buscar a Neizan con la mirada y comprobar
que había cumplido la promesa que le hizo, la sonrisa se borró y dejó paso a
una mueca de tristeza y resignación.
Solo quedaban tres días para su casamiento y los hubiese pasado metida
en esa cama que olía a él y a su noche de amor. Sin embargo, lady Greta
tenía otros planes distintos para ella.
Con la sobria y casta vestimenta que la caracterizaba y el agrio e
inflexible carácter del que siempre hacía gala, lady Greta abrió la puerta de
la habitación de Sarah sin pedir permiso, como ya era habitual, y fue directa
a descorrer las cortinas de los ventanales para dejar que la luz penetrase en
el interior de la alcoba. La señora Talbot entró corriendo tras ella.
—Le he dicho que mi señora aún seguía en la cama.
—Y yo le repito, señora Talbot, que una futura duquesa no debería
permanecer acostada una vez haya salido el sol. Son muchos los asuntos
que deberá atender a partir de ahora. El duque ha invitado a algunos de los
miembros más honorables de la nobleza de Inglaterra y lady Sarah debe
estar presentable para recibirles.
Sarah se incorporó en la cama al escuchar las voces de las damas,
aunque al irse a levantar y ver las marcas de sangre que manchaban las
sábanas y delataban la pérdida de su virginidad, palideció. La señora Talbot
enseguida se dio cuenta de cómo se apagaba su rostro, y tampoco le pasó
desapercibida su actitud de tapar las sábanas sobre las que descansaba.
—Levántese —ordenó lady Greta—. En diez minutos quiero verla en el
salón. Debemos volver a repasar el protocolo en la mesa antes de que
lleguen nuestros invitados.
—No se preocupe. Yo me encargaré de que esté lista, mas ahora, si nos
disculpa, lady Sarah debe asearse.
A Lady Greta no le gustó la forma en la que la señora Talbot se
inmiscuía en sus asuntos, aunque por esta vez lo dejó pasar. Esa mujer
pronto dejaría de ser un incordio para ella.
***
—¡No y no! Y no querría tener que discutir más sobre ello. ¿Acaso has
perdido el juicio? No vas a marcharte a ningún sitio antes de mi boda. Eres
mi hijo, y deseo que tanto Philippe como tú estéis a mi lado en un momento
tan importante para mí. ¿Puedo saber a qué viene tanta prisa? Y no me
digas que son las ganas por desposarte porque no me lo creo. —El duque
resopló tratando de sosegar su irritación—. ¿Qué es lo que te pasa, hijo? Te
noto abatido desde que regresé de Londres. ¿Hay algo que te inquiete y
deba saber?
—No es nada, padre, de veras, no tiene por qué preocuparse por mí.
Siento que llevo demasiado tiempo sin salir del castillo y estoy empezando
a agobiarme.
—¿No será la idea de tu casamiento lo que te provoca esa ansiedad
repentina? Neizan, sé que más veces de las debidas he insistido en mi deseo
de veros desposados, pero no quiero que te precipites con una decisión
como esa. Si no estás convencido, no tienes que hacerlo. Mírame a mí. He
tardado casi quince años en elegir una esposa y, finalmente, esa larga espera
ha merecido la pena, te lo aseguro.
Neizan agachó la cabeza. Se sentía un completo miserable por mentir al
hombre que tan bien se portó siempre con él. Lo intentó todo para alejarse
de Sarah, trató de luchar contra sí mismo y sus intensos sentimientos, pero
nada fue suficiente.
—Olvida esas ideas absurdas y vayamos al salón. Los invitados no
tardarán en llegar. Por cierto, esta misma noche hablaré con tu hermano
sobre la decisión que he tomado, no lo retrasaré más.
***
Avergonzada, sabiendo que las sábanas confesaban a gritos su pecado,
Sarah esquivó la mirada de la señora Talbot y, en silencio, se dirigió hacia la
bañera para asearse.
—Vi a lord Neizan esta mañana salir de su alcoba —comenzó
diciéndole su ama—, y le aseguro, niña, que su semblante estaba tan pálido
como el suyo ahora mismo. Ese hombre la ama de corazón.
Los ojos de Sarah se abrieron como platos al escuchar aquellas palabras
salir de la boca de la intachable y recatada señora Talbot.
—¿Sabe lo que he hecho? —preguntó con la vergüenza reflejada en el
tono de voz.
—No es fácil que me ocultéis nada. Os conozco demasiado bien, niña.
—¿Y no está enfadada conmigo? He deshonrado todo lo que ha tratado
de enseñarme con tanta paciencia. ¿Se avergüenza de mí? —susurró
cabizbaja.
La señora Talbot se acercó a la bañera y cogió un cuenco con el que
comenzó a mojarla el pelo con delicadeza.
—Mi niña, mi pequeña rebelde. Nunca conocí alma tan pura como la
suya. Siempre soportó la crueldad injustificada de las personas que más
debían haberla amado, y lo hizo con la esperanza de que un día sería libre.
Ahora, ha renunciado a esa libertad que le traería la dicha con la que tantas
veces soñó. Y lo ha hecho por amor. ¿Cómo podría avergonzarme? Solo
siento orgullo de la valentía que demuestra al levantarse cada día.
Sarah salió de la bañera y, sollozando desconsolada, se abrazó a la
señora Talbot, que la sostuvo con el infinito cariño que la profesaba.
—Mi dulce niña. Mi dulce e inocente niña.
40
Las clases de protocolo con lady Greta llegaron a su fin tras cuatro horas
ininterrumpidas de un aburridísimo dictado de normas, conductas,
prohibiciones y procedimientos estipulados por la sociedad y, cómo no, por
la mismísima lady Greta. Y mantener los ojos abiertos durante ese tiempo
fue un verdadero calvario tan difícil de soportar que en algunos momentos
llegó a temer que se desplomaría delante de su inquisidora. Sin embargo, la
tortura había terminado esa mañana y el estómago de Sarah rugía
hambriento mendigando por un pequeño bocado que llevarse a la boca.
Sabía que no tardarían en servirles la comida, pero no podía aguantar
más, así que antes de acercarse al salón donde estaría el duque y sus
invitados, caminó directa hacia la cocina buscando algún alma caritativa
que se apiadase de ella y le diese un panecillo que calmara su apetito.
Con el cabello despeinado, la cara enrojecida y ajustándose el vestido,
una de las sirvientas abandonaba el cuarto cuando Sarah entraba.
Desconcertada al encontrarse frente a la dama, se disculpó con ella y se
alejó de allí, nerviosa y sofocada. Tras ella, otra joven casi la golpea por la
fogosidad con la que también parecía tratar de escapar.
Sarah entró en la cocina mientras se preguntaba de qué huían aquellas
mujeres con tanta celeridad. Fue entonces cuando se topó con Philippe,
quien, con una calma arrogante, se ajustaba los botones de su casaca para
después acomodarse el pelo que lucía alborotado.
—Milady —la saludó en cuanto se percató de su presencia en la cocina
—, ¿qué hace una dama como usted en este lugar? ¿No debería estar junto a
mi padre y sus invitados en el gran salón?
—Ahora mismo me dirigía hacia allí, pero he visto salir de aquí a dos
mujeres algo agitadas y quise averiguar la razón de su turbación.
Philippe sonrió con malicia.
—No se preocupe por esas criadas. No les ha sucedido nada que no
estuviesen deseando.
—¿Eso se lo han dicho ellas? Porque de lo único que me han parecido
deseosas era de escapar de este lugar lo más aprisa posible.
—Bueno, a veces hay que leer entre líneas. Hay mujeres que no saben lo
que quieren hasta que un hombre se lo hace ver. —Philippe se acercó a
Sarah con una actitud provocadora que la incomodó—. ¿Y vos, milady?,
¿está segura de lo que quiere? Porque no tendría ningún reparo en
complacer todos sus deseos —le susurró Philippe al oído con clara
intención de violentarla.
—Le agradezco el ofrecimiento, mas no hay nada de vos que me
interese lo más mínimo. —contestó ella, mostrando una visible muestra de
desagrado y sin dejar de sostener su mirada—. Y le rogaría, milord, que a
partir de hoy preguntase primero a las damas antes de dar nada por
supuesto. Ahora, si me disculpa…
—No tan rápido, aún no he terminado con vos —dijo agarrándola del
brazo con brusquedad.
La señora Talbot entró en la cocina buscando a Sarah y les interrumpió.
—Milady, ¡qué bien que la encuentro! —dijo, ignorando a su
acompañante—. El duque la está esperando en el salón. Vamos.
Acompáñeme.
—Sí, Nana, ya voy.
Deshaciéndose de la mano de Philippe con la misma rudeza con la que
él la tomó antes, se dio la vuelta y salió de la cocina.
***
Parecía bastante evidente que la providencia había decidido hacerla pagar
por sus pecados, y durante toda la comida tuvo que soportar los continuos
coqueteos y muestras de cariño tan poco apropiados con los que Margarite
agasajaba a Neizan, mientras Philippe y lady Greta no dejaban de escrutarla
con la mirada, aunque ambos por motivos diferentes.
Ni siquiera se atrevió a mirar a la cara a Neizan después de lo que había
sucedido esa noche, aunque, si lo hubiera hecho, habría visto el amor y el
dolor que los ojos de este dejaban escapar por sus pupilas al mirarla, aun en
contra de su voluntad.
Tras la comida y aprovechando la preciosa luz de la tarde, que no
demoraría en desaparecer oculta por las grises nubes de tormenta que
comenzaron a asomar por el horizonte, la comitiva, casi al completo,
caminó por los senderos del jardín que iban a terminar en el lago de los
cisnes.
Margarite aprovechó un instante en el que Philippe se adelantó a hablar
con Neizan para acercarse a Sarah.
—¿Sabe, lady Sarah? Ya hemos decidido la fecha de nuestro casamiento
—le explicó radiante de felicidad—. Será con la siguiente luna llena.
—Me alegra verla tan dichosa, alteza, y le doy mi enhorabuena por sus
próximas nupcias.
—La verdad es que no creo que exista en el mundo mujer más
afortunada que yo ni tampoco caballero tan apuesto, educado y valiente
como lo es lord Neizan.
Sarah asintió con la cabeza.
—Aunque es tan prudente y cela tanto mi virtud que ni un solo beso me
ha robado aún. Si bien, ahora que tenemos la fecha de la boda fijada,
pretendo ayudarle a dar el paso. ¿Qué opina, lady Sarah? ¿Se escandaliza
usted de mis palabras?
—Por supuesto que no, alteza. Si un beso es consentido por ambas
partes, no creo que ofenda ni dañe a nadie.
—Estaba segura de que me entendería bien —sonrió con picardía—.
Más me resulta tan difícil estar a solas con él… —suspiró con excesiva
languidez—. ¿Cree que podría ayudarme en mi empeño? Parece que mi
prometido la tiene a usted en mucha estima.
Esta vez fue Sarah quien tuvo que suspirar, resignada.
—¿Cómo podría ayudarla? ¿No piensa que sería mejor que se lo pidiera
sin artificios?
—¡De ninguna manera! ¡Cómo se le ocurre algo así! Tengo una
reputación que cuidar —exclamó falsamente ofendida—. Prefiero crear la
ocasión perfecta para que sea él y no yo quien tome la iniciativa en ese
asunto. Mas no se preocupe, no tendrá que hacer nada que la violente, solo
traerle hasta mí. Del resto me ocuparé yo.
—Por supuesto, alteza. Haré lo que me pide.
***
A pocos metros de donde se encontraban las damas.
—Padre quiere que vaya a hablar con él esta noche. Creo que al fin va a
cederme la administración de las fincas. Sin duda, eso mejorará en gran
medida mi relación con él.
Neizan oía a Philippe sin escucharle, ensimismado en sus propios
pensamientos.
—Por supuesto, hermano, tú siempre serás mi mano derecha. Ve
eligiendo la hacienda que más te guste para formar tu nidito de amor con la
princesa —se burló—. Y hablando de amor, tengo que confesarte que la
prometida de padre me tiene loco. Tiene cara de ángel, pero también un
carácter combativo que nunca vi en una mujer y que me atrae
poderosamente. Espero que también me la ceda como parte de su herencia.
—No hables de Sarah como si fuese un objeto que se pudiese traspasar
—contestó enfadado.
—¿Acaso las mujeres son otra cosa? Dios las puso en la tierra para
satisfacernos.
—¡Philippe!, ya está bien! Sabes que no me gusta oírte decir esas
barbaridades. No puedes hablar en serio.
—No te hagas el santo conmigo. ¿Crees que no me he dado cuenta de
las miradas que posas en ella? Si no conociera el amor y el respeto que
profesas a padre, pensaría que estás enamorado de lady Sarah. Y hablando
de la dama, mira, por ahí viene.
Neizan se giró a tiempo para encontrarse con los ojos de Sarah por
primera vez desde su encuentro furtivo, y un escalofrío le recorrió el
cuerpo, dejándole sin respiración.
—Milord —saludó dirigiéndose a él, mientras también trataba en vano
de contener la emoción—, su prometida se ha torcido un tobillo caminando
y necesita un hombro fuerte en el que apoyarse para continuar. ¿Podría
ayudarla?
—¿Y vos? —intervino Philippe—. ¿No desea apoyarse en el mío? —
Neizan le miró inquisitivo.
—Se lo agradezco, pero me valgo por mí misma, y si necesitara ayuda,
la buscaría en su padre, el duque. —Sarah le dirigió una falsa sonrisa y
continuó su camino.
41
—¿Qué le pasa, mi querida Sarah? La he notado demasiado callada durante
todo el día.
—Tal vez las lecciones de su hermana al fin estén dando sus frutos —
sonrió—. Puede que hoy esté orgullosa de mi comportamiento.
—Mi hermana… —El duque puso los ojos en blanco—. Mi hermana es
exigente, mas no tiene mal corazón. No debe dejarse amedrentar por sus
maneras. No desearía que cambiara la forma de ser que tanto admiro de vos,
milady.
Sarah agachó la cabeza.
—Aunque creo que hay otro asunto que la tiene preocupada. Los
muchos años que tengo deben servir para algo más que para lucir canas.
¿Acaso está nerviosa por la proximidad de la boda? ¿Se arrepiente de haber
aceptado mi proposición?
—Alteza, fue lady Rosaline quien lo hizo en mi nombre, ya que apenas
le conocía cuando se firmó el compromiso. Y no crea que es mi intención
ser descortés con vos al decir esto ni debe malinterpretar mis palabras. Me
consta que es un hombre bueno y considerado; nada podría reprocharle de
su comportamiento hacia mí. Siempre me ha tratado con amabilidad y una
exquisita educación.
—Le aseguro que trataré de ser un buen marido también. No crea que
me engaño, de sobra sé que aún no me amáis, mas tened por seguro que eso
cambiará pronto. El mero hecho de que os atreváis a hablarme con tanta
sinceridad es un buen principio para ello y una cualidad que admiro por lo
poco común entre los hombres y las mujeres que me rodean. —El duque
tomó la mano de Sarah y la miró a los ojos—. Conseguiré hacerme
merecedor de vuestro cariño, mi querida Sarah.
Sarah esbozó una tímida sonrisa mientras un sentimiento de culpabilidad
corroía su corazón.
—Me encuentro un tanto fatigada por tanto ajetreo. Si me disculpa,
alteza, me retiraré a mis aposentos.
—Por supuesto, pero permítame acompañarla.
—No será necesario. Tiene invitados que atender y conozco el camino.
—Está bien, no insistiré. —Con una melancólica mirada, el duque se
quedó observándola mientras se alejaba caminando.
***
Evelyn nunca había salido de la aldea ni había montado en un caballo
durante tantas horas seguidas, y, aunque su férrea voluntad intentaba resistir
lo que le hubiese parecido insoportable hacía unos días, sus fuerzas habían
desaparecido por completo.
—Hermana, deberíamos parar. La señorita Evelyn necesita descansar y
los caballos también. Hemos avanzado mucho y a pocas millas de aquí hay
una posada que dirige un escocés al que tengo en gran estima. Es un lugar
cálido y confortable. Seguro que seremos bienvenidos.
—Pero aún podríamos aprovechar los últimos rayos de sol y avanzar un
poco más.
—Mira a esa chiquilla. No puede tenerse sobre el caballo y todavía nos
quedan varios días de viaje. Debes calmarte y confiar en que todo saldrá
bien.
—Tienes razón, Arthur. Vayamos donde dices —contestó resignada.
La pobre Evelyn apenas pudo probar bocado; el cansancio superaba con
creces su apetito. En cuanto se reclinó sobre la mesa de la taberna para
esperar a que les sirvieran, se quedó dormida.
—Leonor, debes sosegar tu espíritu. No te haces ningún bien ni a ti ni a
los que te rodean —le aconsejó Arthur, afligido por el gesto de
preocupación que no lograba hacer desaparecer en la cara de su hermana
—Lo sé, lo sé muy bien. Pero el miedo es un sentimiento cruel que
atormenta mi mente. Mi hija está en un lugar desconocido, rodeada de gente
desconocida. Y es tan inocente aún que no me atrevo a imaginar que será de
ella si no llegamos antes de que se celebren sus nupcias. Se ha hecho mayor
demasiado pronto y no me di cuenta. Tuve que haberle advertido. —Sin
poder contener la angustia de su alma, Leonor se echó a llorar desconsolada
en los brazos de su hermano—. Todo es culpa mía.
—No hables así. Estoy convencido de que no es débil la mujer que has
criado, y debe consolarte saber que había verdadero amor en las palabras
del caballero que conocí cuando se refería a ella. Todo se arreglará, ya lo
verás. Es una McKein cabezota como su madre, y nuestras mujeres no se
doblegan con facilidad ante nada ni ante nadie.
***
Recluida en su habitación y con tantos frentes acechándola, la asaltó una
opresiva sensación en el pecho junto a un deseo incontenible de
desaparecer. Tenía que borrar de la mente los momentos vividos en ese
cuarto, porque solo le recordaban que nunca más experimentaría la
intensidad de la emoción que se adueñó de su alma. Ella misma le arrancó
la promesa a Neizan la noche anterior, aunque le partía el alma saber que él
pronto desaparecería de su vida para siempre.
¡Y si al menos tuviese a alguien con quien hablar! Si Evelyn estuviese
allí con ella, las cosas serían distintas, pero con Neizan pegado a las faldas
de Margarite y la señora Talbot atareada en los interminables quehaceres
que lady Greta le encomendó, con la clara intención de separarla de ella, sus
opciones de desahogo desaparecían por completo.
Necesitaba sentir la caricia del aire en la cara una vez más. Eso siempre
alivió sus pesares. Y el hecho de que ya se hubiese puesto el sol hacía horas
no iba a frenarla. Decidida a escapar de esa habitación y de los recuerdos
que la atormentaban, cogió la capa para resguardarse del frío y se dirigió a
la puerta.
La señora Talbot abrió la puerta de la estancia de Sarah y, al hallarse
frente a ella, sus miradas se entrelazaron, revelando a la señora las
intenciones de su dama. Pero resuelta a frenar su impulso o, al menos, a
intentarlo, se colocó delante de ella para impedirle el paso.
—Nana, apártese, se lo pido por favor. Solo voy a tomar el aire. ¡Me
asfixio en este lugar! ¡No puedo aguantarlo más!
—Pero, niña, ya se ha puesto el sol. ¡Quédese conmigo! Iremos juntas a
pasear por el jardín si lo desea. No me dé más disgustos, se lo ruego.
—No puedo, Nana… De verdad, no puedo. Necesito estar sola, pero
volveré pronto, sabe que siempre lo hago.
Sarah tomó la mano de la señora Talbot y la apretó con cariño antes de
salir apresuradamente en dirección a los establos.
No debería permitir que Sarah se fuese sola, más nadie podía parar a esa
chiquilla cuando algo se le metía en la cabeza. « Neizan » , pensó. Debía
buscar a Neizan y contárselo todo. Seguro que él sabría qué hacer.
***
Movida por el irracional impulso que, una vez desencadenado, nunca fue
capaz de refrenar, Sarah llegó hasta la cuadra y ensilló uno de los caballos
que había llevado en su viaje desde Falmouth.
—Tú me servirás para lo que necesito.
Subida a lomos del animal, se acercó a los puestos de vigilancia para
informar de su intención a los guardias.
—Voy a salir —les dijo.
—Como desee, milady. Uno de nosotros la acompañará en su recorrido.
—No será necesario su protección. Quiero ir sola, mas no teman, no me
alejaré demasiado ni tardaré en regresar.
—Pero, milady, es arriesgado aventurarse a estas horas fuera del castillo
—le advirtió el centinela.
—Ya le he dicho que regresaré pronto. No tiene motivo para inquietarse.
He informado al duque y tengo su aprobación —mintió.
No permitió que los guardias tuviesen tiempo de reaccionar impidiendo
su huida. Sarah espoleó al caballo y partió al trote hacia la libertad.
***
La caricia de la brisa húmeda en sus mejillas volvió a avivar su ánimo y
calmó la angustia que la desgarraba por dentro; fue su única medicina en
tantos momentos de su infancia… Ese soplo de aire fresco y de aroma
silvestre que tantas veces le alborotó el cabello, templó su cólera y le
masajeó el rostro, regalándole las caricias que tanto la negaron. Esa
bocanada de libertad que conseguía que se olvidase de las injusticias, del
egoísmo, de la hipocresía y de la malicia con la que tuvo que convivir a lo
largo de la vida.
Sarah cerró los ojos e inspiró el aire limpio y puro, impregnado de paz,
y así permaneció durante unos minutos. Cuando ya se disponía a regresar,
una lata de metal, repleta de piedras, se estrelló contra las patas delanteras
de su caballo que, asustado, se encabritó, lanzándola al suelo.
42
—Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? Una dama sola, en mitad del bosque
y a estas horas de la noche. Este no es lugar para una señorita, y mucho
menos para una como usted. ¿No está de acuerdo conmigo?
Sarah se incorporó del suelo, pero aún tardó unos segundos más en ser
consciente de la situación en la que se hallaba. Tres hombres, que apestaban
a alcohol y que no parecían tener muy buenas intenciones, estaban de pie,
rodeándola y mirándola de una forma que hizo que la adrenalina corriese
por su cuerpo, agudizando sus sentidos.
—No estoy sola —dijo en cuanto se puso en pie—, mi escolta está cerca
de aquí y no tardará en alcanzarme. Cuando lo haga, no les gustará saber lo
que le han hecho a mi caballo.
—¿Nosotros?, nosotros no hemos hecho nada. Fue su caballo quien
chocó con nuestro cubo, ¿no es así, chicos?
—Sea como fuere. Si desean evitar problemas, será mejor que se vayan
de aquí antes de que lleguen.
—Me parece que no nos está diciendo la verdad. Creo que está sola y
sin nadie que pueda defenderla si lo necesitase.
—¿Por qué voy a necesitarlo? ¿Acaso me está amenazando, señor?
—¡Señor! ¡Me ha llamado señor! —se carcajeó y dejó asomar una rígida
sonrisa desdentada mientras buscaba la complicidad de sus compañeros—.
¿Lo habéis oído? Es la primera vez que alguien se dirige a mí con ese título,
señorita. Me agrada lo suficiente para llevarla conmigo, me gusta que se me
trate con respeto.
—Ni lo sueñe, no voy a ir a ningún sitio con usted. —Sarah se dio la
vuelta para volver a montar en su caballo cuando uno de los hombres la
agarró por la espalda y tiró de ella hacia atrás—. ¡No se atreva a ponerme
una mano encima o se arrepentirá! —gritó furiosa.
—Espero ponerla más de una, señorita, y no me parece que vaya a
arrepentirme de ello. —Sus palabras volvieron a provocar las risas de los
tres hombres—. Sujetadla bien. Nos la llevamos de aquí.
—No se atrevan a tocar a esa mujer o pagarán su atrevimiento con la
vida.
Con una actitud imperturbable, el semblante contraído y tensa la
mandíbula por la crispación, Neizan, a lomos de su yegua blanca, apareció
de pronto entre los arbustos, sorprendiendo a los bandidos.
—Mucha amenaza para un solo hombre. Es usted muy osado. Tal vez
debería mirar a su alrededor antes de hablar así. Le superamos en número y
el botín merece la pena lo suficiente para luchar por él.
—Únicamente si lograran vivir para disfrutarlo. Y puedo asegurarles,
señores, que ese no va a ser el caso.
—Tampoco se ponga así. No queremos pelear, ¿verdad, chicos?
Estamos dispuestos a compartirla con vos, milord.
El comentario solo consiguió enfurecer más a Neizan quien, fuera de sí,
saltó del caballo y desenvainó la espada contra los bandidos. Sarah
aprovechó la distracción del hombre que la tenía sujeta para arrearle un
mordiscó en el brazo con toda su rabia y, en cuanto logró desasirse de él,
corrió hasta el lugar donde se encontraba su caballero quien, sin reparar en
ella, siguió atento a los movimientos de sus adversarios.
—¡Aaagggg! La muy zorra casi me arranca un trozo —voceó con rabia.
Los otros dos hombres se miraron y se abalanzaron blandiendo las
espadas contra Neizan que, adiestrado en el combate, no tardó en
desarmarles con demasiada facilidad para que se planteasen siquiera
intentar una nueva acometida. Ansioso por poner a salvo a Sarah, él
tampoco insistió en continuar la contienda cuando percibió la intención de
los forajidos de salir huyendo.
—¡Largo de aquí! No me gustaría tener que derramar sangre delante de
la dama, pero si les vuelvo a encontrar por las tierras de mi padre, no seré
tan benevolente. Vamos —apremió dando un puntapié a uno de ellos—,
váyanse antes de que me arrepienta y termine lo que he empezado.
Sin articular una sola palabra, los tres hombres se dieron a la fuga y se
perdieron en la oscuridad de la noche.
—Gracias —se aventuró a decir Sarah. No tardó en arrepentirse de su
atrevimiento cuando Neizan le dirigió una gélida mirada en respuesta y
pudo contemplar la rabia y la impotencia que desfiguraban el rostro del
caballero.
—Busquemos su caballo y volvamos al castillo —repuso con una
hiriente indiferencia que le heló la sangre.
Una fina lluvia los acompañó mientras, en silencio, caminaban a través
del bosque hasta el prado donde suponían que el caballo habría huido.
—¿No vais a decirme nada? ¿Tan enojado estáis conmigo?
Neizan alzó la cabeza contestándola con su severa mirada, pero
enseguida la apartó.
—Tampoco creo que haya sido para ponerse así —siguió murmurando
cabizbaja.
Sin embargo, aquel comentario desencadenó la frustración que Neizan
había contenido por esa y por muchas otras razones.
—¿Qué no es para tanto? Ah, claro —comentó con sarcasmo—,
olvidaba que disfruta poniendo en riesgo su vida, porque no dude ni un
instante que eso es lo que ha hecho esta noche. ¿Podría saber en qué
estabais pensando cuando decidisteis salir sola del castillo? ¿Se os ha
ocurrido siquiera pensar en lo que os habrían hecho esos malnacidos si no
hubiese llegado a tiempo?
—¿No lo entendéis? ¡No aguantaba más! Me sentía tan enclaustrada en
ese castillo repleto de gente frívola y superficial que necesitaba respirar.
Solo quise sentir un poco de aire en la cara, solo eso. No me paré a pensar
en nada más.
—No lo pensó, ya me he dado cuenta. Nunca piensa en lo que hace ni,
por supuesto, en las consecuencias que tienen esas alocadas acciones suyas.
Y no solo para vos. ¿Cómo cree que se sentiría la señora Talbot si os
hubiese pasado algo?, ¿o su querida Leonor a la que tanto nombra? ¿Cómo
cree que me sentiría yo?, ¿cómo cree que me he sentido cuando he visto lo
que esos hombres pretendían haceros? —remarcó con la voz desgarrada—.
¿Acaso se ha parado a meditarlo un instante? ¡Claro que no! Milady no
piensa en esas cosas. Ella es una mujer cabezota e impulsiva, con la mente
llena de fantasías.
—Ya le dije que mis defectos superaban con creces mis virtudes —
contestó a la defensiva—. Puede dar gracias a Dios de que su prometida no
se parezca a mí en ninguna de las cualidades que tanto le desagradan. No
tengo la menor duda de que con ella tendrá la vida tranquila y sin
sobresaltos que tanto desea.
Furiosa por las duras palabras del caballero, Sarah se dio la vuelta dando
por finalizada la conversación, pero Neizan la tomó del brazo, atrayéndola
hacia él con decisión.
—¿No os he demostrado ya que la única mujer en el mundo a la que
deseo es a vos? La amo contra toda razón y buen juicio, y no consigo
arrancarla de mi cabeza ni un solo instante y, desde anoche, tampoco de mi
piel.
Las miradas de ambos ardían con tanta fuerza al cruzarse que hacían
evaporarse el agua que no dejaba de empaparles.
—Os prometí olvidar nuestra noche de amor, pero no puedo hacerlo.
¡No puedo, Sarah! ¡Voy a volverme loco! Decidme algo, os lo ruego.
—¿No os lo dicen mis ojos cuando se cruzan con los vuestros? Me
asfixio entre esas paredes si no estáis conmigo. Besadme y dejad que os
sienta mío de nuevo —susurró acercándose a sus labios.
Era lo único que necesitaba escuchar. Neizan aprisionó a Sarah con
ansia entre los brazos y saboreó posesivo su boca hasta que un gemido de
placer brotó de los labios de la dama.
—Sois mía, Sarah, como yo lo soy vuestro. Decidme que me amáis
tanto como yo a vos.
—Os amo. Os amo tanto como para haberos entregado mi cuerpo y mi
alma sin condición alguna.
—Volvamos al castillo —propuso ansioso—. Mi piel necesita sentir la
vuestra y no quiero que tengáis que morir congelada para ello. Vamos,
montad conmigo.
Poseídos por el deseo irrefrenable de sentirse, corrieron de la mano por
los pasillos del castillo hasta la habitación de Neizan. Cuando la
traspasaron, cerraron la puerta tras de sí y se dejaron llevar por la pasión y
la locura de su amor prohibido.
Pero en la penumbra del castillo, unos ojos escrutadores se desencajaron
al ver como la enamorada pareja, sin soltarse de la mano, se movía sigilosa
hasta meterse en la alcoba para no volver a salir de allí.
Una sombra de resentimiento y rabia comenzó a materializarse en el
interior de esos ojos. El mal que pugnaba por escapar de la coraza que le
mantuvo oculto durante años se había despertado.
43
Philippe golpeó la puerta de los aposentos de su padre, aunque no esperó a
recibir permiso para abrir y pasar al interior.
El duque estaba sentado y leía unos papeles bajo la tenue y parpadeante
luz de unas velas que ardían en un candelabro de oro que reposaba sobre el
escritorio. Al oírle entrar, no tardó en levantar la vista y dirigirla hacia él.
—Padre —saludó—, me dijisteis esta mañana que queríais hablar
conmigo.
—Sí, es cierto hijo. ¿Qué hora es? —preguntó desorientado—. He
perdido por completo la noción del tiempo entre tanto papeleo. Ya estoy
mayor para estas cosas. Aunque mi espíritu es joven, la edad no perdona y
pasa factura tanto a mi vista como a mi memoria.
—Si está cansado, puedo volver mañana.
—No. Ya he retrasado esta conversación más de lo que debiera. Ven,
siéntate aquí, a mi lado.
Philippe acercó una silla y cedió a la petición del duque.
—Hable, padre, ¿qué es lo que quiere decirme?
—Philippe, hijo —comenzó mientras se volvía para atenderle—. Sé que
no siempre he sido para ti el padre que necesitabas, aunque te aseguro que
cada una de las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida fueron
pensando en ti, en tu bienestar y también en el de tu hermano. Por
desgracia, estoy convencido de que erré en mi empeño más veces de las que
me hubiese gustado, y no hay defecto o carencia en ti que no haya sido
antes la evidencia de los errores que yo mismo cometí.
—Imagino que no me ha hecho venir aquí solo para lamentarse… —dijo
mostrando la impaciencia que le caracterizaba.
—Así es. Quiero hablarte de la decisión que he tomado sobre el modo
en el que se regirán las tierras a partir de mi casamiento. —El duque suspiró
antes de continuar su difícil revelación—. Eres mi primogénito y mi único
hijo legítimo hasta el momento. Como ya sabes, la ley estipula que el título
de duque de Kent pasará directamente a tu persona cuando yo falte.
—Espero hacer honor a ese noble título, padre.
—Yo también lo espero y lo deseo de corazón.
—Respecto a la administración de las haciendas —se adelantó Philippe
que había ansiado ese momento desde hacía mucho tiempo—, imagino que
preferirá delegarme al menos una parte de ellas y así gozará de más tiempo
que dedicar a su preciosa futura esposa.
—Una parte no, he pensado delegar por completo el control de todas
mis tierras. Solo estipularé una renta al año para mí y mi esposa que sea
adecuada para mantener nuestro nivel de vida como hasta ahora.
—Me parece una decisión muy acertada. —El rostro de Philippe mostró
su dicha—. No se arrepentirá, padre. Me esforzaré en dirigir las haciendas
de la mejor manera posible para hacerlas prósperas y todo lo rentables que
puedan llegar a ser. Tengo buenas ideas que…
—Espera. Espera, hijo. Aún no te lo he dicho todo.
—¿A qué se refiere?, ¿qué más debo saber?
—Heredarás el título de duque, sin embargo, las tierras y la gestión que
conllevan pasarán a manos de tu hermano. Neizan será quien administre
nuestros bienes después de mi boda. Ya está todo organizado para ese fin.
Furioso e incrédulo, Philippe se puso en pie.
—¡No podéis hablar en serio! Vos mismo lo acabáis de decir, vuestro
único hijo legítimo soy yo y, por tanto, es a mí a quien corresponde heredar
sus bienes y no a Neizan.
—Philippe, no hables así. Legítimo o no, Neizan es mi hijo como lo eres
tú y, aunque te cueste aceptarlo, estoy seguro de que pronto te darás cuenta
de que la decisión que he tomado es la mejor para todos.
Philippe dio unos pasos atrás mirando al suelo y esbozó una amarga y
cínica sonrisa.
—Lo mejor para todos… —repitió con un hilo de voz sin levantar la
mirada—. Lo mejor para todos —dijo más alto esta vez—. Una vez más, el
gran duque es quien decide por los demás.
Philippe ardía de la impotencia.
—¿Alguna vez habéis confiado en mí, padre? No respondáis. Conozco
vuestra respuesta. Nunca lo habéis hecho. ¡Nunca! Daba igual lo que
hiciera, daba igual lo que me esforzara para agradaros, nunca vi en sus ojos
el orgullo que mostraban cuando miraban a Neizan.
—Eso no es cierto. Te he querido tanto o incluso más que a tu hermano.
Te he protegido más que a él durante toda la vida. Te he consentido lo que
no consentiría a nadie.
—Eso es cierto, mas solo porque nunca confiasteis en mí como lo
hicisteis en él. Neizan siempre fue su hijo más noble, el más amable, el más
bondadoso, el más hábil, el más…, siempre el más —gritó colérico—. ¿Está
mi hermano al corriente de su decisión?
—Así es, aunque tuve que persuadirle para que lo aceptase. Neizan
nunca quiso arrebatarte nada. Lo sabes.
—Sí, lo sé. Y es su irritante generosidad la que me exaspera como nunca
imaginé. El bueno de Neizan —murmuró mientras caminaba lentamente
alrededor de la mesa—, la perfección personificada —escupió de su boca
con cruel sarcasmo—, siempre tan atento y tan complaciente con vos.
Entiendo que le prefiráis a él, yo también lo haría si estuviese en vuestro
lugar.
—No es así. Un padre no puede elegir entre sus hijos. Os quiero a
ambos por igual. Y siento mucho si alguna vez te hice sentir que no era así,
porque no es cierto. Philippe, hijo, daría mi vida por ti sin pensarlo.
Perdóname por no habértelo dicho tanto como necesitaste escucharlo.
—¡Cuántas veces soñé oír esas palabras salir de su boca! ¡Cuántas
noches me dormí esperando un gesto de cariño por su parte! Sin embargo,
ya es tarde padre…, demasiado tarde.
—Lo siento. Lamento no haberme dado cuenta antes de tus
sentimientos. No puedo borrar el pasado, pero podemos crear un futuro
mejor, juntos. Aún no es tarde. Ven —El duque extendió los brazos hacia
Philippe—, deja que te abrace y te demuestre lo mucho que siempre has
significado para mí.
Con los ojos nublados por las lágrimas que comenzaban a asomar,
Philippe caminó hasta el duque y le estrechó con fuerza.
—¡Hijo mío! Perdóname por el daño que te haya causado sin darme
cuenta.
Pero los ojos de Philippe estaban vacíos cuando abrazó a su padre y los
únicos sentimientos que abrigaba en su interior eran de odio y desprecio
hacia él.
—Le perdono —susurró con un tono de voz que hizo que él mismo se
estremeciera al escucharlo—, aunque tendrá que demostrarme que no
miente al decir que daría su vida por mí.
Perplejo ante la intención que percibió en sus palabras, el duque dio un
paso atrás, alejándose unos centímetros de su hijo, cuando sintió un golpe
en la espalda que hizo que sus piernas flaqueasen y los párpados se le
abrieran desorbitados, mirándole a los ojos con incredulidad.
—Philippe, ¿qué has hecho? —dijo tratando de sostenerse en pie
mientras sentía como las fuerzas le abandonaban y las imágenes
comenzaban a desvanecerse a su alrededor.
—Sorprenderle por primera vez. ¿Nunca hubiera esperado un acto así de
un hombre como yo, verdad, padre? Tan inútil… tan cobarde…
—Hijo mío, ayúdame. —El duque se intentó agarrar a él, pero cayó al
suelo ante la impasible mirada de Philippe, que no mostró piedad alguna al
verlo suplicar.
—Esta vez terminaré lo que he empezado, como siempre me pidió que
hiciese con tanta insistencia. Bien mirado es bastante irónico; tal vez ahora
sí se sienta orgulloso de mí.
Debilitado por la cantidad de sangre que no dejaba de derramar, el
duque apenas pudo escuchar las últimas palabras antes de desmayarse para
no volver a despertar jamás. Aunque Philippe aún no había terminado.
Todavía quedaba un detalle que perfilar para consumar su venganza.
Mientras la oscuridad y los más bajos instintos del ser humano ganaban
la batalla en esa fría habitación, el amor y la pasión desenfrenada llenaban
de luz otra de sus estancias.
44
Deseosos de sentirse de nuevo y sin querer preocuparse de lo incierto de sus
destinos, los amantes se despojaron con prisa de sus empapados ropajes y
dieron rienda suelta a su incontenible pasión.
Las escenas se sucedían como en un sueño; la incomparable belleza de
sus cuerpos desnudos sobre las sábanas de seda roja, entrelazados como si
se tratasen de uno solo; el latir frenético de sus corazones acompasados y
silenciados por los gemidos agónicos que inundaban el silencio de la
alcoba; el tibio sudor que les cubría la piel y aliviaba el ardor que les
consumía el alma mientras buscaban penetrar su frontera; el enloquecedor
aroma de los alientos de ambos entrecortados por el deseo mientras se
saboreaban extasiados, y las profundas miradas cargadas de amor que no
eran capaces de rehuir y que coloreaban las mejillas de Sarah, mientras
Neizan se hundía en su interior hasta calmar la urgencia de ambos y
restaurar así la frágil cordura de los enamorados tantas veces perdida en la
noche.
Embriagado de amor, Neizan no era capaz de apartar la mirada de ella,
nunca lo era, desde la noche que se cruzó en su camino en aquel establo. Y
mientras la contemplaba, retiraba con delicadeza los mechones de pelo que,
alborotados, cruzaban su rostro sereno, para después acercarse y envolver
sus labios. Una intensa emoción desbordaba su interior de una manera
salvaje e incontrolada que no podía esconder. Sarah abrió los ojos al sentir
sus caricias.
—Iremos directos al infierno —susurró antes de devolverle el beso.
—Cielo o infierno me es igual si estoy allí con vos.
—Me he quedado dormida —dijo con una preciosa sonrisa en los labios
—, mas vuestros ojos parecen no haberse cerrado en toda la noche.
—Y no lo han hecho —suspiró—. Os habéis colado tantas veces en mis
sueños, que tengo miedo de dormirme y que al despertar hayáis
desaparecido también con ellos.
—Si así fuera, solo tendríais que volveros a dormir para encontrarme —
le susurró y deslizó con suavidad la yema de los dedos por el torso desnudo
de él—. Tantas veces como ambos estén dispuestos, ¿lo recordáis? —
insinuó traviesa.
—Casi tan bien como el esfuerzo que tuve que hacer para contenerme y
no tirar la puerta abajo. Pero ya no nos esconderemos más. Esta misma
mañana hablaré con mi padre y le explicaré el amor que existe entre
nosotros. Sois mía, de nadie más, y tendrá que aceptarlo le guste o no.
Sus palabras la trajeron de vuelta a la realidad que había olvidado
durante unas horas y, envolviéndose vergonzosa con las sábanas, se
incorporó de la cama con brusquedad.
—¿Qué os pasa?, ¿por qué os cubrís ahora? No hay ni un solo espacio
en vuestro cuerpo que no haya visto y amado de vos.
—¡No es posible lo que decís! —exclamó nerviosa mientras buscaba sus
prendas entre la ropa desperdigada por la alcoba.
—¿Qué no es posible? —preguntó sin entender la reacción de su amada.
—No podéis contarle nada de esto al duque. Debo casarme con él para
que mi madre esté a salvo. ¿Es que no lo entendéis? Su vida es más
importante para mí que cualquier otra cosa. Si no cumpliese el compromiso
que firmé, Rosaline…
—Calmaos, mi amor. Venid aquí —dijo atrayéndola de nuevo a la cama
y estrechándola cariñoso entre sus brazos—. Mientras dormíais, he pensado
en eso que decís, y también en la forma de solucionarlo. Hablaré con mi
padre y se lo contaré todo, desde el día que os conocí. Debo lo que soy a ese
hombre y se merece conocer la verdad de mis labios. Después de mi
confesión, le pediré que mande una carta a lady Rosaline como si las
nupcias ya hubiesen tenido lugar, y vos y yo iremos a buscar a Leonor para
que pueda pedirle su mano como pretendía hacer antes de su precipitado
compromiso con mi padre.
Los inocentes ojos de Sarah le miraban incrédulos. No podía ser tan
fácil, al menos, nunca fue así para ella.
—He traicionado la confianza y el cariño del duque y no dejo de
sentirme un miserable por ello. Estoy dispuesto a pagar cualquier precio
que me imponga por haberme interpuesto en sus planes con vos. Pero el
duque es un buen hombre, el mejor y más justo que haya conocido nunca, y
estoy seguro de que no permitirá que nadie más que yo pague por mi
atrevimiento. Si es necesario, renunciaré a los privilegios que me ha
otorgado tan generosamente, incluso a su apellido, si lo dispone así. —
Neizan sostuvo las manos de Sarah—. Soy hábil y tengo buena formación,
no temo trabajar en cualquier oficio ni vivir sin comodidad alguna mientras
sea con vos a mi lado. —Levantó la mirada y sus ojos brillaron con más
intensidad al encontrarse con los de ella—. Sarah, ¿estaríais dispuesta a
renunciar a la vida de lujo que tendríais si eligierais otro camino distinto?
Lo único que puedo ofreceros es mi amor y mi lealtad incondicional, junto
con la promesa de entregar mi vida para hacer de vos la mujer más dichosa
de la tierra.
Sarah dejó caer las sábanas que sujetaba para rodear el cuello de Neizan
con los brazos.
—Es vuestro amor la única riqueza que ansío, nada más que vuestro
amor —proclamó y envolvió su boca con la de él, encendiendo de nuevo el
deseo.
—Creo que mi padre tendrá que esperar un poco más para escucharme.
—Neizan la levantó del suelo sin despegarse de sus labios y volvió a
tenderla sobre las sábanas.
45
Ya había amanecido cuando Sarah, radiante de felicidad, entró en sus
aposentos.
Con los labios enrojecidos, la cara raspada y calambres en zonas del
cuerpo donde no sabía que se podían sufrir, se dejó caer sobre la cama entre
las macizas columnas de madera de caoba que la apuntalaban. Y allí
permaneció, sin moverse, con una imborrable sonrisa en el rostro mientras
revivía, embriagada de amor, los momentos vividos esa noche como los
más dichosos de su vida.
Si los planes salían como Neizan había previsto, y parecía bastante
convencido de ello, en pocos días volvería a abrazar a su querida Leonor, y
a Evelyn, incluso a la chismosa de la señora Fiona.
Un gélido escalofrío le recorrió el cuerpo, sobrecogiéndola, y, sin
pretenderlo, le vinieron a la mente las palabras que su madre le repitió
alguna vez: « Mi abuela siempre me decía que el hormigueo que a veces
notaba y que recorría mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies era la forma
en la que los ángeles trataban de advertirnos de la existencia de un peligro
cercano. Yo no soy supersticiosa, cielo mío, aunque nunca está de más estar
alerta »
Con las palabras de su madre en la cabeza, Sarah cerró los ojos y se dejó
acunar por los cálidos brazos de Morfeo tratando de recuperar las horas de
sueño robadas en sus noches de amor.
***
Neizan se sentía el ser más afortunado de la tierra. Sarah se había
convertido en la razón de su existencia, y el sueño de verla convertida en su
mujer a los ojos del mundo estaba más cerca que nunca. Pero una sombra se
cernía sobre su pensamiento; era consciente de que había actuado a espaldas
de su generoso benefactor, y ese hecho no dejaba de atormentar su
conciencia más de lo que quería reconocer. Ya no había marcha atrás. Lo
intentó todo para alejarse de ella y fue inútil. No podía seguir fingiendo, ni
ocultando unos sentimientos que crecían a cada instante. Su alma se negaba
a renunciar a Sarah. Y tras los últimos acontecimientos, aun sin las
bendiciones de un sacerdote, ella era su mujer.
La decisión estaba tomada y no la retrasaría. Le explicaría su historia al
duque, desde la noche del baile en el que la conoció hasta los constantes
intentos infructuosos de ambos de mantenerse alejados. Después de eso,
aceptaría cualquier castigo que le quisiese imponer, por duro que fuera.
Conocía las costumbres del duque y no recordaba ni un solo día en los
diez últimos años en los que su alteza se levantase más tarde de la salida del
sol, así que no tardó en asearse y salió de la habitación para dirigirse a sus
aposentos.
Un grito desgarrador, que parecía provenir de los aposentos del duque,
seguido del escandaloso sonido del metal al chocar contra el suelo, perturbó
la paz del castillo y alertó a Neizan, que aceleró el paso, intranquilo por
averiguar la razón de tan ruidoso alboroto.
Inmóvil, con el rostro lívido, la señora Benedit, la asistenta personal del
duque, mantenía sus desorbitados ojos fijos en algún lugar que Neizan no
era capaz de vislumbrar desde donde se encontraba. A su alrededor,
desparramado por el suelo de la habitación, había una bandeja y restos de
platos y vasos hechos añicos.
—Señora Benedit —exclamó Neizan, zarandeándola para tratar de que
reaccionase—, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué ha visto? ¿Dónde está mi padre?
¡Hábleme, se lo ruego!
No fue capaz de pronunciar una palabra, la señora Benedit, con la cara
pálida y desencajada, alzó la mano señalando hacia un lugar próximo a
ellos.
Neizan se giró con rapidez hacia donde ella indicaba, y la expresión de
su rostro se descompuso al contemplar la atroz escena que presenciaron sus
ojos.
Tendido boca abajo, en medio de un gran charco de una sustancia
oscura, descansaba el cuerpo inerte del duque. Neizan corrió hacia él
mientras daba órdenes a la sirvienta.
—Señora, por favor, vaya a buscar ayuda. ¡Qué traigan a un médico!
¡Vamos! ¡Dese prisa!
Aunque al abrazar el cuerpo gélido que yacía sobre el suelo y notar su
rigidez, supo de inmediato que ya nada podría hacerse por su padre en el
mundo de los vivos.
Desgarrado por un dolor inhumano e impotente al ser consciente de su
pérdida y de la forma tan cruel con la que le había sido arrebatada la vida al
duque, no pudo contener un ensordecedor alarido de rabia ni tampoco las
lágrimas que desbordaban sus ojos, quebrando su espíritu.
Allí permaneció, acunando aquel cuerpo sin vida, hasta que la guardia,
lady Greta y otros miembros del servicio aparecieron en la habitación junto
al médico del duque, quien fue el único que se acercó a donde estaban para
confirmar la ausencia de pulso y así certificar la muerte. Un hecho que
Neizan ya había corroborado minutos antes con su abrazo.
No escuchó el barullo que se organizó a su alrededor ni se percató de las
distintas respuestas que la muerte de su padre provocó en cada uno de los
presentes. El duque fue la única persona en el mundo que se preocupó por
él. Si no hubiese aparecido en su vida, posiblemente ya estuviese muerto, o
preso, o quizá algo peor. Sin cesar en su llanto desconsolado, Neizan cerró
los párpados de su padre, que aún permanecían abiertos. Al levantar la
cabeza notó las miradas de todos fijas en él, aunque no comprendió el
porqué hasta que el capitán de su guardia se acercó a él con el semblante
descompuesto.
—Milord, vamos, levántese. Lo siento mucho, milord, pero debe
acompañarme.
—¿Por qué razón? ¿Qué sucede, capitán?
—Mire al suelo.
La visión de su padre tendido sobre su propia sangre le impresionó lo
suficiente para no reparar en ningún detalle más. Sin embargo, al fijar la
vista en la dirección que el capitán le señalaba, entendió la razón de la
desconfianza de los presentes.
Las letras de su nombre estaban escritas con la sangre de su padre en el
mismo suelo en el que, minutos antes, yacía su cuerpo.
—Tendrá que acompañarme a los sótanos hasta que se esclarezca lo
sucedido, milord. Son órdenes de lady Greta.
Una sensación de irrealidad se adueñó de su pensamiento. Se sentía
inmerso en una horrible pesadilla de la que no era capaz de despertar.
Muchas preguntas atormentaban su mente: ¿qué habría llevado a su padre a
cometer semejante acto?, ¿qué razón podía tener alguien para arrebatarle la
vida a sangre fría a un hombre bueno y generoso, a quien no se le conocía
enemigos?
La cabeza le daba vueltas y no podía pensar con claridad. Solo una cosa
era obvia: las pruebas apuntaban inequívocamente hacia él. No iba a
resistirse. Era inocente, eso era lo único de lo que estaba seguro en ese
momento. Pero no podía pensar, no podía. Con mucho cuidado, volvió a
dejar el cuerpo de su padre en el suelo y se levantó desmadejado, como si
una parte de él se quedase también en ese charco oscuro y frío para no
volver a levantarse jamás.
—Está bien, capitán —dijo con un hilo de voz—. Le acompañaré.
46
Acababa de comprobar que estaba mucho más cansada de lo que pensó;
cuando abrió los ojos y se asomó por la ventana de la habitación, el sol se
encontraba ya en su cenit.
Estaba gratamente sorprendida; ni la señora Talbot ni lady Greta habían
venido a despertarla. Seguramente, estarían ocupadas con los preparativos
de la boda. Pero al pensar en ello, muchas preguntas cruzaron su mente:
¿habría hablado ya Neizan con el Duque?, y si así era, ¿cómo habría
recibido este la noticia?, ¿qué represalias estaría pensando tomar contra
ellos?
Un nuevo cosquilleo recorrió su columna vertebral, erizando el vello de
su cuerpo por segunda vez. No iba a esperar, debía encontrar a alguien que
respondiese a sus dudas. En menos de quince minutos, Sarah estaba lista
para ir en busca de respuestas. Sin embargo, apenas cruzó el umbral de la
puerta, supo que algo malo había ocurrido en el castillo. Sentía como si el
color de las cosas hubiera desaparecido de pronto, llevándose consigo la
alegría.
En silencio, caminó por los pasillos observándolo todo, tratando de
descubrir el porqué de la creciente zozobra que llenaba la atmósfera de
aquel lugar. La señora Talbot salió a su encuentro.
—Nana, ¡qué bien que la encuentro! ¿Qué es lo que pasa? Las pocas
personas con las que me he cruzado por los pasillos estaban cabizbajas. ¿Es
que se ha muerto alguien y no me he enterado?
La señora Talbot tomó a Sarah del brazo y la instó a cerrar la boca.
—Sshhhh —susurró bajito—, volvamos a su habitación y le contaré
todo.
No habían terminado de cerrar la puerta cuando Sarah, inquieta,
comenzó el interrogatorio.
—Ya estamos aquí. Hable que me tiene en vilo. ¿Qué es lo que pasa?
Me estoy empezando a asustar de verdad, Nana.
—Y no es para menos, niña. Venga, siéntese aquí, a mi lado.
—Dígame que ha sucedido.
—¡Es una desgracia, hija!, ¡una desgracia muy grande! —se lamentó—.
Estamos todos consternados. Hoy es un día de luto para el Condado de Kent
y para toda Inglaterra.
—¿Quiere dejarse de rodeos y contarme de una vez qué es lo que ha
pasado?
—Se lo diré, sí, pero quiero que esté tranquila. ¿Lo hará por mí? —
Sarah asintió, impaciente—. Una irreparable tragedia ha sucedido esta
madrugada en el castillo y, aun habiéndolo visto con mis propios ojos, me
cuesta creerlo —comenzó nerviosa—. Ya sabe que la señora Benedit cada
mañana de los últimos veinte años prepara el desayuno para el duque y se lo
lleva a sus aposentos, porque a él le gusta desayunar allí, sin más compañía.
—Sí, eso lo sé.
—Pues cuando esta mañana ha entrado en la habitación con la bandeja
en la mano, se ha encontrado al duque tendido en el suelo, rodeado de un
enorme charco de sangre.
—¿Qué le ha pasado al duque? ¿Se encuentra bien? ¿Han llamado al
médico? —exclamó, poniéndose en pie sobresaltada.
—Claro que sí, aunque ya era tarde para eso. Lo único que el doctor
pudo hacer por él fue certificar su muerte —explicó apenada.
—¡No es posible! Parecía gozar de buena salud —comentó incrédula
aún—. ¿Se sabe cómo ha sido? ¿Quizá una caída?, ¿un golpe?…
—Menos conmoción hubiese causado algo así —suspiró—. Por
desgracia, no ha sido esa la causa de su infortunio. Alguien entró anoche en
sus aposentos y le quitó la vida, clavándole una daga por la espalda.
—¡Dios mío! —exclamó Sarah, llevándose las manos a la cara—.
¡Pobre duque! ¿Qué razón tendría alguien para cometer un acto tan infame?
Impactada por la noticia, Sarah se movía de un lado a otro de la
habitación buscando posibles razones para lo acontecido.
—¿Existe alguna sospecha sobre quién pudo ser el culpable? El duque
era un hombre bueno y noble. Todos le querían en el castillo. Desde que le
conozco, jamás le vi envuelto en una disputa.
La señora Talbot agachó la cabeza, esquivando su mirada.
—¿Qué sucede, Nana? ¿Por qué no me mira a los ojos? ¿Qué es lo que
trata de ocultarme? Hay algo más que no me quiere contar. La conozco
bien, a mí no puede engañarme.
—Es cierto. Hay un detalle que he preferido evitar porque no sé cómo
decírselo. Pero quiero que sepa que estoy segura de que todo es un
malentendido y pronto le liberarán y…
—¿Liberar?, ¿a quién tienen que liberar? —La expresión de sorpresa y
pena de su cara se tornó en preocupación y angustia al adivinar, por la
actitud de su ama, a quien se refería con sus palabras—. Dígame que no
habla de Neizan. ¡Dígamelo!
No fue necesario responder. Un dolor agudo en el estómago la obligó a
inclinarse para contener las náuseas que buscaban liberarla de su disgusto.
—¡No puede ser! Esto no puede estar pasando.
—No se ponga así, querida mía. Ya verá como muy pronto se resuelve
el malentendido. Lady Greta ha dispuesto su arresto y permanece retenido
en los sótanos desde esta mañana, pero, en cuanto regrese su hermano y se
entere, seguro que no tardará en liberarle.
—Pero ¿por qué a él? ¿Cómo pueden pensar que Neizan sería capaz de
un acto tan horrible? ¿Acaso no le conocen?
—Es que hay algo más… —suspiró—. Con el último aliento de vida, el
duque escribió el nombre de Neizan sirviéndose de su propia sangre. Esa es
la prueba que lady Greta ha usado para encarcelarle con impunidad.
—¿Qué le llevaría al duque a hacer algo así? ¡Dios mío! Voy a volverme
loca. Nana, tengo que verle. Necesito hablar con él. Estará roto de dolor por
la muerte de su padre y, por si eso no fuese suficiente, le culpan a él. ¡A él!
—gritó cada vez más agitada.
Las lágrimas de rabia, impotencia y preocupación corrían por su rostro,
pálido ahora como la luz de la luna llena.
—Hemos pasado toda la noche juntos —confesó avergonzada—. Él no
pudo cometer tal atrocidad porque estaba conmigo. Iré a hablar con lady
Greta y se lo contaré. Tendrán que liberarlo.
—¡No hará eso! ¡No lo permitiré!, aunque para ello tenga que
encadenarla a la cama —exclamó la señora Talbot elevando el tono—. Es
posible que en otros siglos venideros una mujer pueda confesar algo así sin
ser juzgada su virtud y condenada por ello, mas este no es ese tiempo. Y si
ese buen caballero, lord Neizan, es merecedor de su amor, tampoco lo
consentiría nunca.
Sabía que su ama tenía razón en sus palabras. ¿Mas cómo podría
guardar un secreto que salvaría la vida de su amado?
Sarah se echó a llorar, desesperada.
—Fue a la alcoba de su padre a contarle que estamos enamorados.
Quería liberarme del compromiso que tenía con él. Le quiero, Nana. Le
quiero mucho y él también a mí.
La señora Talbot la abrazó con cariño como tantas y tantas veces hizo
antes. Demasiadas para ser justos.
—Tranquila, niña. Ya verá como pronto se arreglará todo. Tenga fe.
47
No opuso resistencia a su encarcelamiento. Ya era lo suficientemente
doloroso para su capitán tener que esposar a un superior al que sin duda
apreciaba, como para hacerle la tarea más ardua todavía.
Lady Greta no titubeó cuando ordenó apresarle. La guardia del castillo
había jurado fidelidad al duque y, con su alteza fallecido, ella era quién
ostentaba el título y a quien debían obediencia.
Neizan lo veía todo a través de una nebulosa, sintiendo que nada de lo
que estaba sucediendo ante sus ojos era real. No podía serlo. Sólo le
quedaba confiar en que pronto despertaría y lo vivido como verdadero
habría sido fruto de una angustiosa pesadilla que tardaría mucho tiempo en
olvidar. Aunque, según iban pasando las horas encerrado entre esas cuatro
paredes frías e inhóspitas, la consciencia de lo sucedido iba cobrando el
realismo que, por desgracia, tenía. Su padre estaba muerto. ¡Su padre! La
única persona en el mundo que le demostró un cariño sincero y
desinteresado. No le sería sencillo aceptar que ya no volvería a verle.
—¡Neizan!
Tardó un poco en reaccionar al escuchar su voz, pero cuando la
reconoció, levantó la cabeza, se puso en pie y se acercó hacia los barrotes
de hierro oxidados que protegían la puerta de la prisión.
—Sarah, ¡no deberíais estar aquí! ¿Quién os ha dejado entrar?
—El capitán de la guardia. Se lo pedí con amabilidad y no ha tenido
valor para negarme el paso, aunque nadie, salvo él y la señora Talbot, sabe
que he venido a verle.
—Mi amor, os ruego que no salgáis de vuestra alcoba hasta que se haya
esclarecido lo ocurrido. Hay un asesino en el castillo y, hasta que no se
descubra quién es, también vos corréis peligro. Si os sucediera algo yo…
—No soy yo quien está presa en este horrible lugar —sollozó—.
Necesitaba veros y asegurarme de que estabais bien.
Con una mano, Neizan tomó la de Sarah entre los barrotes, y con la otra,
acarició su mejilla limpiando las lágrimas que la empapaban.
—No lloréis más. Me parte el alma veros así por mi culpa. Pronto se
aclarará este absurdo y saldré de aquí. Cuando eso pase, no volveré a
alejarme de vos.
Pero verle con los grilletes envolviéndole las muñecas no alivió en nada
la angustia de Sarah.
—No quiero que estéis preso ni un segundo más. Ahora mismo iré a
hablar con lady Greta y le contaré que hemos pasado la noche juntos. Es la
única forma de que os liberen de inmediato.
—¡Sarah, no! Por nada del mundo consentiría que confesarais nuestro
pecado. Preferiría morir en la horca mil veces que permitir que mancillen
vuestro honor y os expongan a la censura de la sociedad por tratar de
exculpar mi pena. Jamás me lo perdonaría. —Neizan apretó su mano—.
Prometédmelo, Sarah. Prometedme que ni una palabra sobre nosotros saldrá
de vuestros labios, pase lo que pase.
—Pero yo…
—Sois lo único que me importa, más que mi propia vida, y solo estaré
bien si vos lo estáis. He perdido a mi padre y no podría vivir si os pierdo a
vos también. Si deseáis aliviar mi pesar, prometedme aquí y ahora que
vuestros labios estarán sellados para siempre. Si debo hacerlo, prefiero
morir en paz que vivir eternamente en agonía; pero eso no sucederá aún.
Sus palabras no la convencieron, aunque la profunda intensidad de sus
ojos al mirarla, le impidió negarse.
—No deseo aumentar vuestro pesar... Lo prometo —susurró al fin—.
Pero vos prometedme entonces que regresaréis conmigo.
—¿Acaso existe algún otro lugar en el que querría estar? Mi mundo sois
vos —suspiró emocionado—. Mas ahora debéis alejaros de aquí. Marchad
antes de que alguien os descubra. Muy pronto volveremos a estar juntos y
nada se interpondrá entre nosotros.
Despacio, sus dedos se deslizaron entre los de Neizan hasta liberarse y,
con un nudo en el estómago, abandonó la mazmorra.
Aunque no eran esas las creencias en las que había sido educada por
Leonor, fueron muchos los años en los que, separada de esta, lady Rosaline
le hizo temer la ira de Dios. Así que en cuanto alcanzó su habitación, Sarah
se puso a rezar. No por ella, sino rogando que sus acciones no tuvieran
consecuencias para sus seres más queridos. Nadie más que ella debía pagar
por sus faltas.
48
Las horas transcurrían muy despacio para Neizan en ese lúgubre agujero en
el que se encontraba preso. Aunque ningún encierro era tan despiadado
como la pena que ahogaba sus quejidos de dolor por su trágica pérdida. La
humedad y el frío comenzaron a entumecer sus músculos, cansados de
permanecer tanto tiempo en la misma postura. El chirriar quejumbroso de
las bisagras de una puerta hizo que se levantase del suelo esperando
encontrar algún rostro conocido que fuese a sacarle de allí.
—¿Philippe? ¡Eres tú! ¡Gracias al cielo que estás aquí! —exclamó
aliviado mientras, arrastrando sus cadenas, se acercó a él para estrecharle
entre sus brazos, mostrándole su sincero pesar por lo sucedido. Philippe era
quien mejor podía entender su dolor y compartirlo. Sin embargo, el abrazo
que le devolvió su hermano fue tan gélido como el aire de la celda—. ¿Qué
te pasa?
—Dímelo tú —contestó distanciándose de él.
Neizan le miró extrañado, intentando averiguar el porqué de su frío
comportamiento.
—¿A qué viene esa expresión? No me digas que crees que he tenido
algo que ver con la muerte de nuestro padre. —La silenciosa respuesta de
su hermano le tomó por sorpresa—. Por Dios, Philippe, me conoces mejor
que nadie y sabes cuánto lo quería. Hubiese dado mi vida por él sin
pensarlo.
—Oh sí, lo sé. « El bueno de Neizan » —exclamó con sarcasmo—,
« el orgullo del duque » . Fuiste el hijo que siempre deseó tener mi padre.
Al contrario que yo, tú nunca le decepcionaste.
—¿Puedo saber a qué vienen esos reproches? ¿Por qué me hablas así?
¿Qué te pasa conmigo?
—¿Que qué me pasa? Te diré lo que me pasa, hermanito. Llevo
viviendo a tu sombra desde el mismo día que apareciste en nuestras vidas
con la cara sucia y vestido de harapos. Desde ese momento, vi como mi
padre te ponía por delante de mí una y otra vez, y no me quedó más
remedio que conformarme y aprender a vivir con ello. —Neizan miró con
tristeza la cara descompuesta de su hermano y las hirientes palabras que la
acompañaban—. Pero lo que más me dolía, lo que me partía el alma en mil
pedazos, era ver los ojos de orgullo con los que te miraba el duque sin que
fueras consciente de ello. ¡No sabes las veces que intenté hacerme
merecedor de una mirada como la que te regalaba! Pero daba igual cuanto
me esforzase, tú siempre me superabas en todo, sin siquiera proponértelo.
—¡No sabes lo que dices! Estás cegado por el dolor, no hay otra
explicación posible. Tu padre te quería más que a nada ni a nadie. Él
siempre buscó verte feliz.
—Sí, claro, por eso pensaba dejarte a ti la administración de sus
haciendas, para hacerme feliz. ¿Cuándo tenías pensado contármelo, Neizan?
Me has mentido, hermano. Conocías su intención desde hacía semanas y no
me dijiste nada —le acusó con rabia.
Neizan agachó la cabeza, apenado.
—Nunca las quise. Intenté persuadirle de su decisión, pero…
—No confiaba en mí. No hace falta poseer tu intelecto para saber lo que
padre pensaba de mí.
—Quise contártelo, pero no me lo permitió; quería ser él quien hablase
contigo.
—Claro, lo entiendo. Tú siempre obedeces a padre —contestó con
sarcasmo—. Menos cuando se trata de mantener las manos alejadas de su
prometida. Entonces te cuesta más obedecer, ¿no es así?
—¿A qué viene eso?
—No me tomes por tonto, Neizan. Anoche vi como lady Sarah y tú
entrabais juntos en tu alcoba, sin embargo, no vi a ninguno de los dos salir
de allí.
—Philippe, tranquilízate, no es lo que parece. Si me dejas hablar puedo
explicártelo.
Pero, mientras pronunciaba esas palabras, su cabeza comenzó a atar los
cabos que se negó a atar antes.
—¿Cuándo has hablado con nuestro padre? ¿Dónde estabas anoche
cuando dices que nos viste a Sarah y a mí entrar en mis aposentos? Dime
por favor que no has sido tú quién ha… —Un insoportable dolor y la
amarga desilusión de la certeza de su suposición no le dejaron terminar la
frase—. ¡Por Dios, hermano! ¿Cómo has sido capaz? —susurró desgarrado
mientras se dejaba caer de rodillas delante suyo—. ¿¡Cómo¡?
—¿Y qué querías? —gritó con rabia—, ¿que me quedase de brazos
cruzados mientras veía cómo me arrebatabas todo lo que es mío? La culpa
de lo que ha pasado es tuya. ¡Solo tuya! ¡Por fin las cosas volverán a ser
como debían haber sido desde el principio!
Neizan apenas podía atender a las palabras de Philippe. El duque y él
eran la única familia que tenía y, ahora, uno estaba muerto y el otro acababa
de confesarle que había sido su verdugo. Ni un ápice de arrepentimiento
había en su voz, únicamente odio, rencor y otros sentimientos tan oscuros
que despedazaban su alma.
Neizan levantó la cabeza con los ojos velados por las lágrimas que había
comenzado a derramar, mas no pudo reconocer al hermano que él apreciaba
en la expresión cruel e insensible que crispaba el rostro de este.
—No me mires así, aún no he terminado. Me queda otra sorpresa que
darte y tengo la impresión de que no va a gustarte. Aunque, tal vez, cuando
lo medites bien, termines agradeciéndomelo.
No le contestó, no tenía fuerza para hacerlo. Philippe también había
clavado una daga en su corazón sin saberlo y el dolor que sentía no le
dejaba respirar.
—¿Qué pasa?, ¿no vas a decir nada? ¿No quieres conocer la sorpresa
que he reservado para ti? Igual, si te digo que tiene que ver con tu querida
Sarah, muestres algo más de interés. —El rostro de Neizan se crispó al
escuchar el nombre de su amada—. ¿Lo ves? Estaba convencido de que así
captaría tu atención.
—Deja en paz a Sarah. Ella no tiene nada que ver con esto —contestó
con rabia.
—Bueno, eso no es del todo cierto. Milady firmó un acuerdo para
desposarse con el duque de Kent, ya lo sabes.
—¿Qué es lo que intentas?
—¿No lo adivinas? Tu querida Sarah está obligada a cumplir el acuerdo
y, puesto que tras la muerte de mi padre seré yo quien ostente el título,
tendrá que casarse conmigo. Aunque, bien pensado, le hago un gran favor.
Perdida su virtud, ¿quién querría desposarse con ella? No pensabas en eso
anoche cuando os encerrasteis en tu alcoba.
—¡Philippe, por favor! —suplicó desesperado—. Haz lo que quieras
conmigo, castígame tanto como desees, pero te ruego que dejes en paz a
Sarah. Quédate con las haciendas, con las tierras, con el título…, pero
permite que ella regrese con su madre.
—Claro que me quedaré con las tierras. ¡Me quedaré con todo! —gritó
con rabia—. Porque me pertenece por derecho de nacimiento. Y tu querida
Sarah… ella también será mía.
La tristeza que, segundos antes, desprendían los ojos de Neizan al
mirarle, se tornó en furia e impotencia.
—No te atrevas a acercarte a ella —le advirtió—. Lo digo en serio,
Philippe. Si le tocas un solo pelo, te arrepentirás, te lo juro.
—¡Qué bonito! —aplaudió—. Siempre fuiste un romántico
empedernido. Aunque parece que no te das cuenta del lío en el que te
encuentras. En el castillo todos piensan que eres el asesino del duque, y si
no demuestras lo contrario, serás condenado a la horca. Como habrás
podido deducir de nuestra entretenida conversación, haré lo posible para
que así sea.
—Te he protegido y cuidado desde que nuestros caminos se cruzaron —
afirmó con pena—. Siempre confié en ti y nunca te juzgué por ninguna de
tus acciones, aunque no estuviese de acuerdo con ellas. Te consideré mi
hermano, el único que he tenido. ¡El duque y tú erais toda mi familia,
Philippe! ¿En qué momento te dejaste arrastrar por la densa oscuridad en la
que estás sumido? —Neizan se aferró a los barrotes con rabia—. Suelta mis
cadenas y arreglemos esto como hombres; me lo debes.
Philippe negó con la cabeza sin borrar la sonrisa.
—Tengo otros planes mejores para ti, hermano. Además, debo ir a
buscar a « mi futura esposa» a sus aposentos. Debemos ir a dar el último
adiós al duque y no querría llegar tarde.
—¡Eres un mezquino cobarde y siempre lo serás! Tu padre lo sabía y,
ahora, yo también.
Irritado por sus palabras, Philippe se dio la vuelta, alejándose unos pasos
de la celda.
—Pasad —dijo alzando la voz.
Tres hombres fornidos aparecieron por la galería que comunicaba con
las celdas. Philippe fue hasta ellos.
—Conseguid que firme la declaración. Luego haced lo que queráis con
él, pero no le matéis, al menos, de momento. ¿Me habéis entendido?
—Sí, milord.
Y volviendo a dirigirse a su hermano:
—Voy a dejarte con unos amigos. Espero que te hagan disfrutar de su
compañía tanto como mereces.
Philippe hizo un ademán a los hombres y estos entraron en la celda. Sin
volver la vista, se alejó de allí, dejando atrás los sonidos de la injusta
contienda que comenzaba a escucharse a su espalda.
49
¡Cómo pudo cambiar todo en tan poco tiempo! Hacía tan solo unas horas,
Sarah se sentía la mujer más dichosa del mundo planeando rescatar a su
madre junto al hombre que se había apoderado de su corazón y de su ser por
completo. Y ahora, el futuro de las dos personas más importantes de su vida
era tan incierto como su propia felicidad. Ambos estaban acusados por
actos que no habían cometido, y, aunque ella tenía la forma de liberarlos de
la culpa, se encontraba atada de pies y manos.
Pero lo había prometido; Neizan la obligó a hacerlo. No obstante, solo
sería cuestión de tiempo. Si las circunstancias no se esclarecían pronto,
revelaría a todos dónde estuvo Neizan la noche del asesinato del duque. Las
consecuencias que le aguardaran después le eran indiferentes; no podría
soportar la carga de permitir que condenaran injustamente al hombre que
amaba.
Durante horas, Sarah permaneció encerrada en su alcoba sin que nadie
llamara a su puerta; ni siquiera la señora Talbot, cosa que no dejaba de
extrañarla en un momento como aquel. Intuía que lady Greta estaría tan
ocupada en los preparativos del funeral de su hermano que no habría
reparado aún en ella. Aunque sabía que tarde o temprano tendría que
presentarse en el velatorio. Después de todo, seguía siendo la prometida del
difunto duque. Y, aunque era egoísta permitirse tales pensamientos cuando
una persona acababa de perder la vida de una forma tan injusta y cruel, la
incertidumbre sobre el destino de su madre cuando Rosaline se enterara de
lo sucedido ensombrecía aún más su ánimo.
Unos golpes en la puerta anunciaron visita. Philippe, con el rostro
desencajado, fingiendo un dolor que no sentía, atravesó el umbral de la
habitación. Tras él, una sirvienta traía en los brazos un vestido negro que
tendió con cuidado sobre la cama de Sarah.
—Milady, mi tía me ha pedido que se ponga este vestido y me
acompañe a la sala donde descansa el cuerpo de mi padre. Pronto darán
comienzo los actos del velatorio.
Nunca le agradó ese hombre, aunque no sabía por qué su instinto le
advertía que no debía confiar en él. Sin embargo, imaginar el dolor que ella
sentiría si fuera su padre quien hubiese fallecido, ablandó su corazón.
—Philippe, no he tenido la oportunidad de decírselo hasta ahora, pero
quiero que sepa que siento mucho su irreparable pérdida. El duque era un
hombre noble y bondadoso como pocos que haya conocido.
—Le agradezco sus palabras, milady. He perdido a un padre y también a
un hermano en una sola noche —se lamentó—. ¿No es cruel mi destino?
—No hable así de su hermano. Ha sido encerrado injustamente. Estoy
convencida de que él no ha tenido nada que ver con lo sucedido. Es posible
que alguien quiera que lo parezca, mas yo confío en su inocencia. ¿Acaso
no lo cree así? De hecho, pensé que le soltaría en cuanto se enterara de su
situación.
—Las pruebas que me han mostrado le señalan a él —dijo atento a la
reacción de Sarah—, aunque a vos puedo deciros que también le creo
inocente. No obstante, por el momento, nada me está permitido hacer para
liberarle.
—Vos sois el duque. ¿Quién más que vos podría intervenir?
—Bueno, el título aún le corresponde a mi tía y ella ha dejado el asunto
en manos del juez. Habrá que esperar con paciencia a que terminen los
actos fúnebres para mediar por él y ver qué opciones existen. Pero, hasta
entonces, me gustaría pedirle un gran favor.
—Dígame. Lo haré si está en mi mano.
—Desearía que estuviese a mi lado en los actos que tendrán lugar estos
días para honrar el nombre de mi padre. Sé lo importante que era su persona
para él, aunque aún no se hubiesen desposado.
Una punzada de remordimiento por los últimos acontecimientos no le
permitieron negarse ante tal petición; algo que él ya sabía.
—Pero su tía…
—Ella estará de acuerdo; me consta.
—Entonces lo haré, estaré junto a vos como me pide.
Sarah se cambió de ropa con la ayuda de su asistenta mientras Philippe
esperaba fuera de la habitación. Cuando ella salió del cuarto, le ofreció el
brazo para acompañarla hasta la sala donde descansaba el cuerpo del duque.
***
Nunca había entrado en esa habitación. Lo primero que llamó su atención
fue el tenue y característico olor a cirios encendidos y cera quemada que se
adelantaban al murmullo de la interminable retahíla de responsos y
oraciones que, en voz baja, entonaban los presentes.
El féretro de madera con el cuerpo del duque reposaba sobre la cama
con los pies del difunto hacia delante y tapado con paños enlutados
decorados únicamente con el escudo de armas de su familia. Alrededor de
la cama, decenas de sillas en las que descansaban quienes iban acercándose
a ofrecer sus condolencias y oraciones en aras de pedir el descanso eterno
para el desaparecido.
En silencio y con el semblante sombrío, Philippe y Sarah caminaron
hacia el féretro y se sentaron junto a Lady Greta, que levantó la cabeza un
instante para mirarlos sin dejar de rezar. Después, dirigió la vista hacia el
difunto para no volverla a apartar en el tiempo que permaneció en la sala.
Una mezcla de tristeza e impotencia se apoderaron del ánimo de Sarah
al observar el rostro pálido y sin expresión del hombre que, solo hacía unos
días, le manifestaba sus sentimientos en los jardines del castillo. Mas allí
permaneció durante horas, en un respetuoso silencio, observando la luz de
los cirios enlutados y los estrechos ríos de humo que se esfumaban en la
penumbra de la sala. Y, mientras contemplaba aquello, su mente volvía a
Neizan y al horrible lugar donde se encontraba preso. Cuánto le hubiera
gustado proclamar a voces su inocencia y que él estuviese allí, donde le
correspondía, dando el último adiós al hombre al que consideró su
verdadero padre. Mas no podía, se lo prometió y solo le quedaba esperar
con paciencia a que todo se terminase solucionando.
Sarah buscó con la vista a la señora Talbot entre la multitud de gente
que entraba y salía de la habitación, pero ni rastro de ella. ¿Dónde se habría
metido? Estaba segura de que su ausencia tenía algún motivo que aún no
conocía. Ella nunca la dejaría sola en un momento como ese.
***
El anuncio de la muerte del duque alcanzó cada rincón del condado con
mayor rapidez de lo esperado. Mientras en el interior del castillo los nobles
que iban llegando velaban el cuerpo del duque esperando que amaneciese
para partir tras el cortejo fúnebre hasta el panteón familiar donde
descansarían sus restos, en el exterior, cientos de personas se acercaban
hasta los jardines más próximos, luciendo sus mejores galas, para dar su
último adiós al duque. Él siempre fue un señor justo y generoso, y los
amargos llantos que de forma continua rompían el silencio de la noche no
hicieron sino corroborar ese hecho.
Un incesante doblar de campanas se escuchó en todos los rincones del
castillo acompañando al cortejo fúnebre en su recorrido. Solo cesó una vez
que la tierra hubo cubierto por completo los restos del féretro del duque.
Desde una de las más recónditas celdas del sótano, Neizan, que se
encontraba luchando por sobrevivir tras la brutal paliza que había recibido,
también escuchó el lento repiqueteo final, agradecido de estar consciente
para despedir a su padre.
—Hasta pronto, padre. Nos veremos en la otra vida —murmuró con una
profunda y amarga tristeza.
Fueron días largos y tristes, aunque la vida debía continuar pesa a la
gran pérdida y las personas que les acompañaron fueron partiendo hacia sus
residencias, haciéndose más evidente con ello el vacío que llenaba el
castillo.
A pesar del cansancio acumulado, Sarah aprovechó el primer instante
oportuno para hablar con Philippe sobre la situación de Neizan. No todo se
había resuelto aún y no esperaría ni un día más para arreglarlo. Pero la
máscara con la que Philippe ocultó su verdadero rostro hasta ese momento
comenzó a desprenderse, dejando al descubierto el monstruo que llevaba
dentro.
—Milord, creo que ya es hora de liberar a su hermano del injusto
encierro en el que se encuentra. Bastante duro habrá sido para él no haber
estado presente en el último adiós a su padre.
—Me parece que eso no va a ser posible.
—¿Cómo qué no? ¿Por qué dice eso? Usted me aseguró que arreglaría
su situación en cuanto finalizasen los actos fúnebres. Sabe tan bien como yo
que Neizan no ha sido el autor de ese horrible crimen. Cualquiera que le
conociera un poco lo afirmaría.
—Yo también lo pensaba en un principio. Sin embargo, las pruebas
aseguran lo contrario. Ya le dije que mi tía puso el asunto en manos del
juez, y me acaban de informar de que mi hermano ha sido juzgado y
condenado. Él mismo firmó una carta de confesión, milady. Es posible que
estuviésemos equivocados respecto a su persona.
—Pero ¿qué está diciendo? ¿De qué juicio habla? Me es igual lo que
diga esa carta. Le aseguro que su hermano no ha cometido el crimen del que
se le acusa. Lléveme ante el juez y le daré pruebas de que estoy en lo cierto.
—Eso ya no importa, mi querida Sarah. Neizan ha sido condenado a la
horca hace unas horas y nada de lo que diga o haga cambiará el veredicto.
La inesperada noticia provocó que la sangre que recorría el cuerpo de
Sarah cesase su movimiento. Sus piernas perdieron la fuerza para sostenerla
en pie y sus ojos la visión del mundo que la rodeaba.
—¿Condenado? No, no, no. Debe ser un error, Neizan no ha podido ser
condenado. Decidme que no es cierto, os lo ruego.
—Lo es, milady.
—Permítame que tome asiento —susurró a punto de perder el
conocimiento. Una sensación de opresión en el pecho la impedía llenar los
pulmones.
—Tranquilícese. Aún es posible que pueda intervenir para reducir su
pena y librarle de la horca.
—Pues hágalo, ¿a qué está esperando? Hágalo. Neizan es su hermano.
¡Debe ayudarle!
— Lo haré, pero vos debéis darme algo a cambio.
—¿Qué puede querer de mí, alteza? No poseo nada que usted no tenga
ya.
—Lo único que le pido es que mantenga el acuerdo que tenía con mi
padre. —Philippe se colocó frente a ella—. Yo soy ahora el duque de Kent
y, al igual que el difunto duque, necesito una esposa con quien compartir mi
vida y que me dé la descendencia con la que asegurar el futuro de mi linaje.
—Me está pidiendo que…
—Sí, le pido que se case conmigo como lo habría hecho con mi padre si
no hubiese sido asesinado.
Sarah no lo había previsto, debería haberlo hecho, pero no fue así, y
ahora, turbada por tan inesperada petición y sin haberse recuperado aún de
la noticia de la sentencia de Neizan, necesitó tomarse un tiempo para
responder.
—¿Qué me contesta, milady?
Sarah levantó la vista y fijó sus pupilas en él.
—Si acepto desposarme con vos, su hermano no morirá. ¿Es eso lo que
me propone, alteza?
—Así es.
—¿Y qué será de él?
—Bueno, no hay demasiadas alternativas que pueda ofrecerle. La horca
o el destierro a las Américas son los únicos destinos tras la sentencia de
culpabilidad.
El corazón se le partía en mil pedazos con cada palabra que escuchaba,
aunque aún no podía perder la esperanza de salvarle.
—Tengo la sensación de que se alegra de lo que está pasando.
—Así es, no tengo intención de mentirle. Mi hermano me ha
decepcionado y se ha ganado el cruel destino que tanto le apena. Quiso
arrebatármelo todo y, ya ve, al final, las cosas vuelven a estar como debían.
—¿Cómo puede hablar así de él? Es usted un ser despreciable. ¡No! ¡No
me casaré con usted!
—Debo decirle que ya contaba con su negativa —aseguró con
indiferencia—. Veo que Neizan no significa tanto para vos como creía. El
pobre se llevará una gran decepción cuando se entere.
—Estoy convencida de que su hermano preferiría morir antes que verme
convertida en su esposa.
Philippe sonrió, con una sonrisa tan fría como la sangre que le recorría
el cuerpo, mientras sacaba un sobre de su chaqueta y lo abría delante de
ella.
—No quería tener que recurrir a esto, sin embargo, no me deja otra
alternativa. Esta carta llegó en el correo de esta mañana desde una hacienda
en Falmouth.
El rostro de Sarah palideció y, complacido al darse cuenta, prosiguió:
—Parece que su madre, Lady Rosaline, sigue esperando la confirmación
de su boda para resolver una cuenta pendiente en el juzgado del condado.
Algo sobre una acusación de brujería contra una tal Leonor, ¿le suena? Su
madre no ha escatimado en palabras y me lo describe con mucho detalle —
dijo, mostrándole el lacre que tan bien conocía—. Deberíamos contestarla
cuanto antes para informarla de lo sucedido estos días y que sepa también
que ya no se desposará con el duque.
—¡Maldito bastardo! ¡Maldito! —gritó con los ojos enrojecidos.
—Milady, cuide sus palabras. No son apropiadas para una futura
duquesa —rio triunfante—. Entonces, ¿qué me responde? ¿Se casará
conmigo, o prefiere ver como mi hermano y esa tal Leonor pierden la vida
por culpa de su reticencia a ser mi esposa?
—Me casaré con usted —contestó derrotada—. Aceptaré lo que pide y,
a cambio, dejará vivir a Neizan y escribirá a Rosaline para que libere a
Leonor cuanto antes.
—Me parece justo.
—Mas quiero que sepa que jamás le amaré. En mis ojos solo verá
desprecio y lo único que poseerá de mí será mi cuerpo; nada más.
—No se confunda, milady. Es vuestro cuerpo lo único que deseo de vos.
Al menos, de momento. Aunque hasta que llegue ese día permanecerá en su
habitación. Ya sabe, por su protección. Guardias —llamó en voz alta a los
miembros de la escolta que estaban apostados en la puerta—. Acompañen a
lady Sarah hasta sus aposentos y que uno de ustedes haga guardia en su
puerta las veinticuatro horas del día. Luego les daré más indicaciones.
La mirada de odio que le dirigió Sarah antes de marcharse no le pasó
desapercibida; sin embargo, no le importó. Por primera vez, había ganado la
partida a Neizan, y, por supuesto que le dejaría vivir, aunque no por la
promesa que acababa de hacerle a Sarah, sino para que su hermano sufriese
cada día al saber lo que él le había arrebatado.
50
Con el alma fracturada, el corazón partido en mil pedazos y prisionera en su
propia habitación, Sarah dejaba pasar las horas con la mirada perdida en el
horizonte, esperando un milagro que nunca llegaba.
La fecha de su boda estaba fijada. Philippe no aceptó retrasarlo más de
tres semanas tras la muerte de su padre, desatendiendo las encarecidas
recomendaciones de su tía, lady Greta, de posponerlo hasta completar el
período de luto marcado y que se leyesen las amonestaciones en la catedral.
Ahora, él era el duque y, aunque solo ostentaba el título hacía unos días, las
cosas en el castillo habían cambiado.
La señora Benedit entró en la habitación con la bandeja del desayuno en
la mano. Sarah estaba sentada al pie de la ventana, en la misma posición en
la que la dejó al retirar la cena de la noche anterior.
—Milady —dijo mientras dejaba la bandeja sobre la mesa y lanzaba una
mirada al lecho aún intacto—. No se ha metido en la cama desde hace
varios días. Coma un poco y acuéstese. Hágame caso, se lo ruego, le vendrá
bien dormir. La señora Talbot no me perdonaría que enfermase por no
cuidar bien de usted, como con tanta insistencia me pidió que hiciese.
Oír ese nombre tan querido para ella, la sacó de su ensimismamiento.
—¿La señora Talbot? ¿Acaso tiene noticias de ella? No he vuelto a verla
desde… ¿Dónde se encuentra? ¿Está bien?
—Milady, no debería hablar —musitó—. Las paredes retienen cada
susurro de este castillo. Mas sí le diré que insistió en que las tortitas eran su
desayuno preferido. Hoy las he preparado especialmente para usted.
Cómaselas y, verá, se sentirá mejor; confíe en mí.
Las órdenes eran claras. Nadie podía permanecer más de lo necesario en
la habitación sin el permiso expreso del duque, por lo que Sarah no pudo
continuar el interrogatorio. El guardia que custodiaba la entrada abrió la
puerta para conocer la razón del retraso de la señora Benedit.
—Perdone. Estaba recogiendo el cuarto de la dama. Ya salgo —se
disculpó.
Una vez abandonaron la habitación, Sarah fue a la mesa con la intención
de obligarse a comer, pero mientras masticaba el primer bocado sin muchas
ganas, una explosión de ira e indignación por los acontecimientos recientes
la obligó a escupir lo que tenía en la boca y arrojó la bandeja al suelo con
todo su contenido, provocando un ruido ensordecedor al chocar contra el
pavimento y, como no, una nueva visita de su centinela para comprobar el
porqué del estruendo.
—Se me ha caído —ironizó al verle entrar.
Cuando Sarah se levantó para recoger lo que acababa de tirar, vio un
pequeño rollo de papel que le había pasado desapercibido. Al desenrollarlo,
enseguida se dio cuenta de que la letra que llenaba la página era la de la
señora Talbot.
Ansiosa por conocer su contenido, se acercó a la ventana con el escrito
en la mano cuando la puerta de la habitación volvió a abrirse.
—Ya le he dicho que se me ha caído la bandeja. No tema, no estoy
organizando una rebelión.
—No se preocupe, milady, enseguida vendrá alguien a recogerlo.
Al escuchar la odiosa voz de Philippe a su espalda, arrugó el papel entre
las manos y procuró mantenerlas fuera de la vista de este antes de volverse
hacia él.
—Alteza —saludó con una reverencia.
Philippe la miró de arriba abajo, sin prisa, y después escrutó su
alrededor buscando asiento antes de comenzar a hablar.
—Creía que vos y yo teníamos un acuerdo, milady.
—Así es, lo tenemos. De lo contrario, ya estaría lejos de usted y de este
horrible lugar.
—Sin embargo, los guardias me cuentan que lleva varios días sin probar
bocado y sin apenas dormir, ¿es eso verdad?
—Bueno, no tengo mucho apetito últimamente; eso es todo.
—No, no es todo. Si no come, enfermará, y si enferma y muere, no
podrá cumplir la parte de su acuerdo, y entonces, yo tampoco cumpliré la
mía.
—No se angustie tanto por mí. Siempre he gozado de buena salud. Le
aseguro, alteza, que viviré para mi casamiento. Aunque tal vez, si me dejara
salir de esta prisión y moverme con libertad por el castillo, mi apetito
mejoraría.
—No está presa, milady. Hace pocos días que mi padre fue asesinado en
sus aposentos y no desearía que corrieseis la misma suerte. Usted misma
asegura que mi hermano no fue el responsable de su asesinato, y si eso
fuese cierto, es probable que la persona que lo cometió siga aún entre
nosotros.
Philippe se levantó de la silla y fue hacia ella, acercándose lo suficiente
para hacerla sentir incómoda.
—Debe comer y reservar energías para la noche de bodas. Si es que
consigo contener mi amor hasta entonces —susurró y hundió la nariz en el
cuello de Sarah para aspirar su aroma.
Sarah, que continuaba con las manos entrelazadas en la espalda, cerró
los ojos con fuerza y asco, pero no se movió, temerosa de que pudiese
descubrir la carta que su ama le había mandado a través de la bondadosa
señora Benedit.
Unos golpes en la puerta antes de abrirse le obligaron a retroceder.
—Oficial, ¿acaso le he dado permiso para entrar? —gritó claramente
irritado por la interrupción.
—Perdón, alteza. Volveré más tarde.
—Ya me has interrumpido, así que dime qué es tan urgente.
—Los mercaderes que estaba esperando acaban de llegar al castillo.
Pensé que querría saberlo.
—No te pago para pensar, sino para obedecer. Está bien. Llévalos a mi
despacho y esperadme allí. Ahora mismo voy.
—A sus órdenes, alteza.
—Bueno, en pocos días seréis mi mujer y entonces nadie nos molestará.
Tras despedirse de ella con otra reverencia, salió con prisa de la
habitación.
En cuanto Sarah recuperó el aliento que había contenido, volvió a abrir
el rollo de papel y leyó su contenido.
« Mi querida niña:
A las 3 de la tarde del día de hoy se oficiará una misa
por el alma del fallecido duque, que Dios tenga en su gloria.
La familia y todo el servicio acudirán a esta misa, con la
excepción de los centinelas de las dos torres del exterior que
permanecerán de guardia.
Invente una excusa creíble para no asistir y la
esperaré bajo la enredadera de su balcón por donde escapa
cada noche.
No ponga la cara que está poniendo. Me hago la
tonta, mas no lo soy.
Su ama »
Fue la primera sonrisa que asomó a su rostro en días y, también, un
soplo de esperanza para su atormentado espíritu. Por la actitud que adoptó
Philippe, sospechaba que los mercaderes de los que habló su guardián
serían los responsables de trasladar a Neizan al barco que le llevaría a las
Américas, al menos eso le comentó la señora Benedit unos días atrás.
Era urgente pensar en un plan infalible. Necesitaba desesperadamente
encontrarse con su ama. Tenía que pedirle un último favor.
***
Los tres jinetes que partieron de Falmouth llegaron a la colina desde donde
se veía la misma inmensa pradera verde aterciopelada que Sarah contempló
extasiada hacía más de un mes.
La noticia sobre el reciente fallecimiento de su alteza, el duque de Kent,
se propagó como un reguero de pólvora por todo el condado, llegando a los
oídos de la comitiva en la última posada en la que se alojaron. Sin embargo,
circulaba junto a otras informaciones tan contradictorias y alocadas, que
lejos de calmar el nerviosismo, lo acentuaron aún más.
Leonor esperaba impaciente que su hermano regresara del castillo donde
fue a solicitar audiencia con el duque, aunque, por desgracia, no trajo las
noticias que ella esperaba escuchar.
—El duque solo recibe visitas por la mañana. Siempre y cuando hayan
sido concertadas con anterioridad.
—No puedo creerme que estando tan cerca de mi hija tengamos que
partir sin haberla visto.
—Paciencia, hermana. He concertado una audiencia con el duque para
mañana mismo, mas ahora debemos regresar a la posada. Los guardias me
han dejado claro que hoy no nos recibirá, y nada podemos hacer aquí hasta
entonces.
Leonor estaba abatida. Los últimos días se le estaban haciendo eternos y,
por si fuera poco, un mal presentimiento había comenzado a turbar su
espíritu, intensificándose a medida que se acercaban a esa magnífica
edificación. Algo no estaba bien en aquel hermoso castillo. Algo perverso y
cruel deambulaba impune por sus pasillos. Algo que hizo que se erizase el
vello de su cuerpo al contemplar su fachada.
—Hermana, ¿qué te pasa? Tus mejillas han perdido el color.
—No es nada. Me he quedado fría. Venga, volvamos a la posta.
***
Philippe acompañó a los hombres hasta las mazmorras donde Neizan
continuaba encerrado, luchando por su vida.
—Este es el prisionero.
Uno de los hombres se aproximó hasta el cuerpo inmóvil de Neizan y le
empujó con el pie para asegurarse de que continuase con vida.
—Aún respira, aunque será una suerte si llega vivo hasta la
embarcación. No pagaría ni un chelín por este hombre, mejor dicho, por lo
que queda de él.
—No le he pedido ningún dinero. —Philippe habló con despotismo—.
Simplemente quiero que se lo lleve de aquí cuanto antes. No se deje
engañar por lo que ve. Si por un milagro lograse recuperarse de sus heridas,
sería un buen trabajador, puedo asegurárselo.
—Está bien. Si no cuesta nada, no lo rechazaré. Mañana antes del
mediodía vendremos a por él.
—Les estaremos esperando. Ahora, si me disculpan, mis criados les
acompañarán hasta la puerta. No quiero llegar tarde a la misa de mi querido
padre.
***
Fue la misma lady Greta quien entró a comprobar por sí misma que Sarah
se encontraba indispuesta para abandonar sus aposentos.
Lo que ella no sabía, era que una hora antes, Sarah había ingerido unas
hojas de estramonio, una planta tóxica que crecía por todas partes en los
jardines del castillo. Si no la mataba, sería la excusa perfecta para no asistir
a la misa en honor del duque y así poder acudir a su cita con la señora
Talbot. Y, por primera vez en mucho tiempo, la suerte le sonrió.
Sarah esperó unos minutos desde que lady Greta salió de su cuarto para,
con el cuerpo tiritando por la fiebre que ella misma se provocó, bajar por la
enredadera hasta el patio como había hecho tantas veces.
La señora Talbot, escondida tras unos matorrales, la aguardaba allí, y, en
cuanto la vio, corrió a abrazarla.
—Mi niña, mi niña querida, no me permitieron ni despedirme. Esa
odiosa mujer aprovechó la lamentable situación en la que nos
encontrábamos para separarnos y mandarme de vuelta a Falmouth. Pero yo
no podía irme de aquí sin verla. ¿Cómo voy a dejarla sola con esa gente
malvada y sin el amparo del pobre lord Neizan? ¿Cómo? —sollozó con
sincera aflicción.
—Nana, no temas por mí. Estoy demasiado acostumbrada a gente como
esta. ¡La he echado tanto de menos! —dijo apretándola con fuerza—. No
disponemos de mucho tiempo y necesito pedirle un gran favor.
—Lo que quiera, hija. Pídame lo que quiera.
—¿Recuerda el puente donde nos tendieron la emboscada cuando
llegábamos al castillo?
—No creo que pueda olvidar el miedo que pasé en ese lugar mientras
viva.
—Pues debe volver allí. Esta misma tarde si fuera posible. Y cuando
esté en el puente atará este pañuelo rojo en la barandilla y esperará paciente.
Sam la encontrará y deberá entregarle esta carta.
—¿Sam?, ¿quién es ese Sam?
—El hombre que arrancó el crucifijo de su cuello.
—¿Ha perdido el juicio, niña?, ¿cómo cree que un bandido de esa calaña
nos servirá de ayuda?
—A mí nadie puede ayudarme ya; mi suerte está escrita. Sin embargo,
es posible que aún puedan hacer algo por Neizan y también por usted. Sé
que no es fácil lo que le pido, pero debe confiar en mí. ¿Lo hará?
—He estado a su lado desde que no abultaba más de un palmo y la
quiero tanto como si fuera mi propia hija. Tenga por seguro que haría
cualquier cosa que me pida, incluso una locura como la que propone.
—También usted es como una madre para mí —dijo y volvió a abrazarla
—. Debo volver a mis aposentos antes de que nos descubra alguien.
Recuérdelo. No se mueva del puente, ellos la encontrarán.
51
Si alguien le hubiese dicho hacía unos años lo que sería capaz de hacer, no
solo no lo habría creído, sino que, además, le habría tomado por loco. Pero
allí estaba, sola, en mitad de un bosque desafiando el sentido común, con el
sol poniéndose a su espalda y con la única compañía del rugir de las aguas
bravas del río y los pequeños pájaros que revoloteaban sobre su cabeza
buscando resguardo para la noche. Y no había que ser muy inteligente para
intuir que no era el frío el responsable del temblor que agitaba su cuerpo
desde que alcanzó el puente.
Habían pasado un par de horas desde que llegó, y cada ruido que
escuchaba cerca o lejos de donde se encontraba hacía palpitar su corazón a
un ritmo vertiginoso. Sentía como si estuviese cogiendo carrerilla para salir
corriendo, abriéndose paso a través del pecho.
¿Cuánto tiempo más tendría que esperar? Sarah no especificó nada
sobre eso.
El crujir de unas ramas a su espalda hizo que se volteara con rapidez.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con la voz temblorosa del miedo que la
recorría el cuerpo.
Mas solo oscuridad fue la respuesta.
Inspiró con profundidad en un intento de relajarse cuando unas enormes
manos le taparon la boca, provocando que sus párpados se abrieran
desorbitados.
—¿Ese pañuelo es suyo, señora? ¿Quién la manda?
—¡Uuuummmmm!
—Voy a destaparle la boca para que me conteste. Pero se lo advierto, si
grita o hace cualquier otra tontería parecida, le rebanaré el cuello como el
de un cochino. Queda advertida.
—Sarah, Lady Sarah —escupió en cuanto fue liberada de su agarre—.
Ella me pidió que viniera hasta aquí. Me dijo que Sam me encontraría.
—¡Sarah! —repitió mirando hacia los hombres que le acompañaban—.
¡Nuestra Sarah! Señora, haber empezado por ahí. ¿En qué lío se ha metido
esa chiquilla rebelde?
—Es más que un lío, señor. Tenga. Me ha dado esto para vos —dijo
entregándole el sobre.
Sam no esperó un segundo para abrir la carta y comenzó a leerla. Pero,
según pasaban los segundos, la expresión de su cara se tornó más dura.
—Regresemos al campamento —propuso impaciente—. Tenemos que
organizarnos. Usted, señora, también vendrá con nosotros. Si es amiga de
Sarah, también lo es nuestra.
—Se lo agradezco de veras, aunque, si no le importa, preferiría volver
por donde he venido. No soy mujer de aventuras.
—Estos bosques no son seguros para una mujer sola. Nos acompañará
ahora, y mañana, si aún lo desea, la llevaremos donde nos indique. No hay
más discusión posible. Vamos, monte.
—¿Yo?, ¿a caballo? Preferiría que me cayera un rayo y me fulminara
aquí mismo.
Los hombres se miraron divertidos. No iban a perder más tiempo por las
reticencias de esa peculiar mujer, así que uno de ellos la agarró por la
cintura sin mediar palabra y la subió a lomos del caballo de Sam.
Los gritos de la señora Talbot resonaron en todos los rincones de
Inglaterra.
—¡Salvajes! Son unos salvajes. ¡Bájenme de aquí! —gritó antes de
cerrar los párpados y comenzar a rezar todas las oraciones que sabía
mientras durara su tortura.
52
Ignoraba si era el cansancio acumulado de tantas noches en vela o el efecto
del letargo del envenenamiento con el estramonio, pero despertó casi diez
horas después de cerrar los ojos en la misma posición en la que se acostó.
Había hecho lo que estaba en su mano para ayudar a Neizan, solo
quedaba confiar en el destino, aunque, hasta el momento, no había sido
buen compañero de viaje con ella.
Leonor, la señora Talbot, Evelyn, su padre y ahora, Neizan. Todas las
personas que le habían importado en la vida estaban lejos y, casi con total
seguridad, no volvería a verlos. Le vinieron a la memoria las palabras que
su madre le dijo un día: « la vida no iba a abandonarla por mucho que lo
pidiera » . Leonor encontró un motivo para vivir cuando lo perdió todo, y
ahora, sería ella quien tendría que buscar el suyo propio, aunque el dolor
que sentía todavía era demasiado reciente e intenso para pensar en eso.
Había amado intensamente a un hombre que también la había amado a
ella, y eso era más de lo que muchos tendrían nunca. Nadie podría
arrebatarle el recuerdo de los maravillosos momentos a su lado, que la
acompañarían durante toda su vida.
Y mientras Sarah se sumía en sus divagaciones, en los pasillos del
sótano del castillo, Philippe acompañaba a los hombres que transportaban el
cuerpo malherido del hombre al que tantas veces trató como a un hermano.
Pero el niño que llegó a su vida con las manos vacías había intentado
arrebatárselo todo. Y la culpa de su amargo final fue suya, solo suya.
Philippe se acercó para despedirle antes de que el carruaje emprendiera
la marcha.
—Nos volveremos a ver en el infierno —le susurró al oído—, aunque,
mientras tanto, me divertiré un poco con tu dama.
Neizan consiguió entreabrir uno de sus amoratados párpados y le
fulminó con la mirada.
—No me mires así. ¿No te lo había dicho aún? Tu querida Sarah pronto
será mi esposa. Espero que le hayas enseñado a satisfacer a un hombre en el
lecho, o tendré que hacerlo yo de una manera, ya sabes, menos sutil.
—Te mataré. Lo juro, Philippe. Te mataré.
Una sonrisa de desprecio asomó al rostro del joven duque al oír las
palabras de su hermano. La seguridad y el convencimiento con el que
Neizan las pronunció hicieron que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Sin
embargo, trató de calmarse. Era absurdo preocuparse por él. Lo más
probable era que pronto estuviese muerto, y si un milagro lo hiciera
sobrevivir a sus heridas, cuando pudiese ponerse en pie, estaría a miles de
kilómetros de allí, muy lejos de cruzarse en su camino.
—Señores, ya pueden arrear a los caballos.
El carruaje de los mercaderes inició la marcha con Neizan y otros
hombres que también habían sido vendidos por sus señores como pago de
sus deudas. Philippe se quedó inmóvil, observando impasible como el
carruaje abandonaba las murallas para nunca regresar.
—Alteza —llamó uno de los guardias—, unos arrendatarios le esperan
en el despacho. Después tiene varias audiencias concertadas a lo largo de la
mañana.
—¿Es que nadie es capaz de hacer nada sin mí? Pospón las reuniones
previstas para hoy y también las de mañana. Tengo otras cuestiones más
importantes que atender.
Apenas llevaba unos días ocupando el cargo de su padre y todo parecía
haberse complicado de repente. Cada día había más asuntos por resolver
encima de la mesa, demasiados para su estado de ánimo. Tendrían que
aprender a apañarse sin él. Era el duque de Kent y no pensaba malgastar su
valioso tiempo resolviendo problemas que no eran suyos. Estaba decidido,
aplazaría las decisiones y pasaría el día en la posada. Allí siempre era
bienvenido.
***
Un dolor más profundo que el causado por sus heridas le impedía respirar, y
los vaivenes y el continuo traqueteo del carruaje en el que viajaba no
ayudaban a que se sintiera mejor. Solo la promesa que le hizo a Sarah de
regresar a su lado le había mantenido con vida todo ese tiempo. Sin
embargo, tirado como un perro en el carruaje que le alejaba de ella,
comenzó a darse cuenta de que no podría cumplirla. Apenas podía mantener
los ojos abiertos durante unos segundos. Estaba cansado, muy cansado, y su
cuerpo había comenzado a no responderle. No le quedaba mucho tiempo.
Sentía como la vida le abandonaba por momentos. Neizan cerró los ojos;
ella siempre estaba allí cuando lo hacía… y, al verla, sonrió.
El hombre que iba montado en el pescante frenó en seco la marcha de
los caballos.
—¿Qué pasa, Frank? ¿Por qué te detienes?
—Asoma la cabeza y lo verás. Una rama se ha caído en mitad del
camino y obstruye el paso. Unos hombres están tratando de quitarla de en
medio.
—¿A qué esperas, entonces? Baja y échales una mano. No podemos
retrasarnos o el barco zarpará a las Américas sin estos despojos.
—¡Siempre yo! —protestó—. Podrías ser tú el que te movieras para
variar.
No acababa de bajarse del pescante cuando más de diez hombres
empuñando espadas y arcos rodearon el carruaje.
—¿Qué es esto?, ¿qué es lo que queréis de nosotros? Nada de valor
conseguiréis en este carro, tan solo esclavos camino a las Américas, y les
aseguro, señores, que ninguno que merezca la pena.
—Pues si les tiene en tan poca estima, nos los llevaremos a todos.
—¿Sabe el señor que robar un esclavo se castiga con la muerte?
Tenemos los permisos en regla para su transporte y también los papeles que
garantizan su compra. Estos hombres nos pertenecen por ley.
—¡Ningún hombre es dueño de otro! ¡Ninguno! —gritó Sam,
encolerizado—. Y por la pena no debe preocuparse, la añadiremos a las que
ya pesan sobre nuestras cabezas. Solo se puede morir en la horca una vez,
¿no es verdad? —Sin soltar el arma que empuñaba, Sam se dirigió a sus
hombres—. Henri, James, ¿a qué esperáis? Soltad a los prisioneros. Y vos
señor, tire el mosquetón que guarda bajo el asiento o le atravesaré con mi
espada antes de que vuelva a pestañear.
—Maldito bastardo malnacido —exclamó uno de los mercaderes
mientras arrojaba su arma al suelo.
—¡Jefe! —gritó Henri desde el interior de la carreta—. Venga aquí. ¡Es
el joven Neizan!
—No les perdáis de vista ni un instante —advirtió al resto de sus
hombres antes de acercarse a donde estaba Henri—. ¡Válgame el cielo! —
El cuerpo se le revolvió al ver el estado en el que estaba el joven, y no pudo
reprimir un alarido de indignación—. ¿Qué han hecho esos miserables con
vos, milord?
—No nos culpe a nosotros. Ya estaba así cuando lo recogimos del
castillo.
—Señor, no podemos llevarle a caballo en estas condiciones —señaló
Henri, preocupado.
—Ya lo veo. Pero tampoco vamos a dejarlo aquí. —Sam se quedó
pensativo antes de empezar a dar órdenes—. ¡Vosotros! Largaos de aquí.
Volvéis a ser hombres libres —voceó dirigiéndose a los presos con los que
Neizan compartía encierro—. Los demás pensad como transportar al
caballero hasta el campamento, y aprisa.
—Se arrepentirá de esto —gritó uno de los mercaderes al ver como sus
posesiones desaparecían corriendo entre la maleza.
***
En el castillo de Hever, Arthur hablaba con los guardias que custodiaban el
paso.
—Les digo señores que tengo una audiencia con el duque en veinte
minutos.
—Y yo a usted que su alteza ha cancelado los actos para este día,
incluida su audiencia, señor. Tendrá que volver a intentarlo mañana.
—¿No es posible hablar con alguna otra persona que se encuentre en el
castillo?
—Nadie entra al castillo sin el permiso de su alteza, y el duque no está
aquí para darnos ese permiso. Vuelvan mañana y quizá tengan más suerte.
Desilusionado, se acercó a Leonor que esperaba a unos metros.
—No hay nada que hacer. Hoy tampoco veremos al duque. Tendremos
que regresar mañana.
—¡De eso nada! —protestó Leonor, indignada—. Esos guardias tendrán
que oírme. No voy a moverme de aquí hasta que no me dejen ver a mi hija.
Decidida estaba a salir corriendo hacia ellos cuando Arthur frenó su
impulso.
—No malgastes el tiempo. Sé lo difícil que es esta situación para ti, pero
debemos tener paciencia. Antes o después, el duque tendrá que recibirnos,
mas no es hoy el momento. Volvamos a casa y no empeoremos la situación.
Abatidos por el nulo avance de sus planes, caminaron sin prisa sobre los
caballos hacia el puente que cruzaba el río cuando vieron a lo lejos un
carruaje parado en mitad del paso y a un grupo de hombres armados
rodeándolo en actitud nada amigable.
—Quedaos aquí las dos. Voy a acercarme a ver qué sucede. No os
mováis hasta que os lo diga. —Arthur instó a su caballo a acelerar el paso.
—De eso nada. Voy contigo —aseguró Leonor.
Evelyn se quedó pensativa unos segundos.
—Pues mucho no me apetece, pero no voy a quedarme sola. —Y echó a
galopar tras ellos.
—Buenos días, señores. ¿Podría saber que está pasando aquí? —
preguntó Arthur educadamente cuando alcanzó el carruaje.
—Nada si continúan su camino sin meterse en nuestros asuntos —
contestó Sam con menos miramiento.
—¡Ayúdennos! —gritó uno de los carceleros—. Estos bandidos han
asaltado nuestro carruaje y están liberando a nuestros prisioneros.
—¿Es eso verdad, señor? —insistió Arthur.
—Sí, lo es. Aunque yo lo expresaría de otra forma distinta si tuviese
tiempo y ganas de darle explicaciones, que no es el caso, caballero. Mas sí
le diré que uno de esos prisioneros de los que este buen señor habla ha
recibido una paliza de muerte y voy a procurar que pase las horas que le
quedan rodeado de personas a las que su vida les importe algo.
Leonor, que había permanecido en un prudente silencio hasta el
momento, se bajó del caballo y fue directa hacia la carreta.
—¿Qué es lo que hace, señora? —preguntó Sam al verla.
—Leonor, ¡vuelve a subir al caballo ahora mismo! —advirtió Arthur.
—No malgastéis saliva ninguno de los dos —contestó altiva—. Si hay
un hombre herido en esa carreta, necesitará mi ayuda. Quizá así pueda
aplacar las ganas que tengo de asesinar a alguien.
Impresionados por la severa actitud de la dama y, por qué no
reconocerlo, un poco acobardados también, ninguno de los dos se atrevió a
llevarle la contraria.
Los hombres de Sam se miraron sorprendidos cuando Leonor subió al
carro con decisión y no tardaron en dejarla espacio para que pudiera ver al
prisionero que seguía inconsciente.
—Tengo que atender pronto a este joven o no vivirá para volver a ver
salir el sol.
—Diría que ya es tarde para él. Su destino está escrito, señora —aseguró
Sam.
—Rendirme no está en mi naturaleza. Mientras corra sangre por mis
venas y por las de este caballero, lucharé por su vida.
—No hace tanto que una joven me dijo una frase parecida —murmuró
pensativo—. Está bien. El problema es cómo trasladarlo sin empeorar las
condiciones en las que se encuentra. Es posible que construyendo una
camilla con tablas…
—Es más fácil que eso. Nos lo llevaremos en el carro hasta donde
tuvierais pensado llevarle —resolvió con celeridad.
Sam miró a la mujer que tenía delante con verdadera fascinación. Era
una mujer muy bella, aunque era la seguridad que demostraba en sí misma
lo que la hacía irresistible a su vista.
—¿Nos? —preguntó Sam.
—Ya se lo he dicho antes. Este hombre necesita mis cuidados y donde
vaya él, iré yo, y también ellos conmigo.
—Está bien. No hay tiempo para ponernos a discutir. Pero durante el
trayecto llevarán los ojos vendados. La seguridad de nuestras familias
depende de mantener nuestro refugio oculto.
—Me parece sensato lo que pide. Aceptamos sus condiciones.
—Pues ya lo han oído, señores —dijo dirigiéndose ahora a los
mercaderes—. Bajen del carruaje. Nos lo llevamos.
Arthur se acercó a su hermana.
—¿Estás segura de lo que haces? No conocemos de nada a estos
hombres y tampoco el lugar al que se dirigen.
—Ese joven del carro no tendrá muchas opciones si no le ayudamos, y
mi instinto me dice que esos caballeros no nos harán ningún daño.
—Ojalá no falle ese instinto tuyo, hermana.
Tras deshacerse de los mercaderes, los hombres de Sam condujeron el
carruaje y a sus nuevos invitados a través del espeso bosque, aunque
tuvieron que reducir la marcha para que el herido no sufriera más golpes de
los que ya había recibido.
—Desde aquí será imposible avanzar con el carro. Este trayecto solo
puede hacerse a caballo o a pie; no hay otro modo —explicó Sam—. Henri,
tú eres el más fuerte. Cargarás el primero con el chico, luego lo haré yo. Y
vosotros, llevad el carruaje lo más lejos de aquí que podáis y volved para
ayudarnos. Necesitaremos todos los brazos posibles, pues aún queda un
buen tramo hasta alcanzar el campamento.
—¿Cree que ya sería seguro destaparme los ojos? Voy a necesitar
algunas plantas para tratarle y podría ir recogiéndolas mientras caminamos
—pidió Leonor.
Sam buscó con la mirada la aprobación de sus hombres antes de
contestar.
—Sí, quítesela si lo desea, y sus acompañantes también pueden hacerlo.
Arthur se deshizo de la venda que le cubría los ojos al oír la respuesta de
Sam. Mas cuando vio el rostro del joven que Henri cargaba en los brazos,
pegó un salto del caballo y corrió hacia ellos.
—¡Dios mío! Este es el caballero con quien conversé en la posada,
quien me condujo hasta ti, Leonor. Tu hija estaba en todos sus
pensamientos.
—Arthur, ¿estás seguro de eso? Apenas se distingue su rostro.
—No tengo duda. Le reconocería entre un millón de hombres a pesar de
sus golpes.
—¿Su hija? —preguntó Sam, sorprendido al oír la conversación—, ¿es
usted la madre de mi querida Sarah?
—¿Su querida Sarah? —preguntó irritada—. Señor, modere su boca al
hablar de mi hija o lamentará el día que me crucé en su camino.
Sam se echó a reír a carcajadas.
—No hay duda de que hablamos de la misma Sarah. Sois tal para cual,
señora. Sarah es digna hija suya, y veo que no exageró en nada al
describirla a usted. A ella tampoco le costó ponerme en mi sitio, y en más
de una ocasión. Sin embargo, terminamos siendo buenos amigos como
espero pase también con vos.
La mirada de Sam brilló con una emoción que apenas recordaba por el
tiempo que hacía que la sintió por última vez.
—Continuemos la marcha. Ya tendremos tiempo para más explicaciones
cuando hayamos atendido a este joven. Además, seguro que les gustará ver
a una invitada que tenemos desde ayer en el campamento. Es una señora
con la que viajaba su hija, la señora Talbot, ¿la conoce?
—Claro que sí —afirmó con una sonrisa, aunque su rostro se
ensombreció con rapidez, y Sam, que no podía dejar de mirarla, se dio
cuenta enseguida.
—¿Qué la pasa, señora? Ha perdido la alegría de su cara en un instante.
—No se equivoca. Si la señora Talbot y este joven caballero están con
ustedes, ¿quién cuida de mi niña?
***
Dos golpes en la puerta de la habitación y la cara de la señora Benedit
asomó por ella.
—Milady, ¿cómo se encuentra esta tarde? Le traigo una taza de té
caliente para que le ayude a reponer fuerzas. Tómeselo. Le sentará bien.
—Muchas gracias. Es usted muy amable conmigo.
—Lady Greta y su alteza el duque también se han interesado por su
estado.
—A ellos puede decirles que he muerto.
—¡Milady!, ¡qué barbaridades está diciendo! No pronuncie tales
palabras ni en broma —exclamó escandalizada.
—Perdóneme. No debí hablar así. La señora Talbot estaba acostumbrada
a soportar mi mal carácter, aunque, en aras de la verdad, he de confesarle
que nunca me dejó de reprender cuando me escuchaba decir esas cosas. —
Sarah miró por la ventana y suspiró—. Espero que haya podido encontrar a
Sam y se halle a salvo.
53
Más de dos días permaneció Neizan inconsciente desde que llegaron al
campamento, y ni Leonor ni Sam consintieron en separarse de su lado hasta
que la situación crítica en la que se encontraba el joven comenzó a mejorar.
Era un muchacho fuerte. Las heridas que le infringieron hubieran
bastado para acabar con la vida del hombre más robusto. Por si eso no fuese
bastante, tuvo que soportar las condiciones infrahumanas en las que le
mantuvieron durante días tras su tortura. Sin embargo, a pesar de la escasa
confianza que tenían en la posibilidad de su recuperación, en las últimas
horas, la fiebre había comenzado a remitir y la consciencia volvió junto al
color de sus mejillas, avivando la esperanza que ya tenían perdida.
A pesar de que todos atribuyeron su mejoría a los cuidados de Leonor,
ella estaba convencida de que eran sus ansias de vivir las que habían obrado
el milagro.
—¡Sarah! —gritó, agitándose de nuevo en el lecho en el que descansaba
—. ¡No te atrevas a tocarla!
—Tranquilo, muchacho. Todo está bien. Solo es otra de tus pesadillas.
Neizan abrió los ojos y volvió a cerrarlos con fuerza antes de abrirlos de
nuevo.
—¿Sam?, ¿eres tú? —preguntó extrañado al verle—. ¿Dónde estoy y
cómo he llegado hasta aquí? ¡Sarah!, ¿dónde está Sarah, Sam? —volvió a
preguntar con impaciencia en la voz.
—Muchas preguntas. Demasiadas, diría.
—Sam, Sarah está en peligro. Tengo que ir a buscarla. —Neizan trató de
incorporarse del lecho cuando un dolor punzante en el flanco le obligó a
retroceder.
—No corras tanto, amigo. Aún no estás listo para moverte y, mucho
menos, para marcharte a ningún lugar. ¿Qué es lo que recuerdas antes de
perder el conocimiento?
—Solo tengo fragmentos de imágenes en la cabeza, aunque tengo
grabada la voz de mi hermano, amenazándome con hacerla daño. ¡Maldito
sea! ¡Maldito! —gritó furioso al pensar en ello, hasta que una nueva
punzada en las costillas hizo que sosegara su arrebato—. Él sabía que ella y
yo… Pero le mataré, le juré que lo haría y mantendré mi palabra. Sam,
ayúdame a levantarme de aquí. Tengo que ir a buscarla, te lo ruego. No
puedo dejarla allí con él.
—Cumplirás tu palabra; confía en mí. Aunque no será hoy. Primero
debes recuperarte. Has estado a punto de morir, chico. Y por cierto —
bromeó para relajar su ansiedad—, aún podrías perder la vida de forma
violenta si continúas hablando en sueños de Sarah delante de su madre. No
solo tienes pesadillas, ¿lo sabías?
—¿Su madre?, ¿su madre está aquí?
—Así es. La señora Leonor. Seguro que Sarah te habló de ella muchas
veces. Le debes la vida, muchacho. Es una mujer fascinante esa Leonor.
Tanto que no me importaría que alguien me diera una paliza para después
dejarme curar por ella —comentó en alto sin darse cuenta de que lo hacía.
Neizan soltó una carcajada al oírle, aunque el dolor que sintió en el
pecho y en la espalda hizo que se arrepintiera de inmediato.
—Tampoco tú podrás hacer un comentario así delante de Sarah sin
poner en riesgo tu vida. Creo que no va a tenerte en tanta estima cuando
sepa lo que piensas de su madre.
Esta vez fue Sam quien rio con todas sus ganas.
—Tienes razón.
—Pero entonces —Neizan continuó hablando, esperanzado—, si Leonor
está aquí, a salvo de las amenazas de Rosaline, Sarah no tendrá que casarse
con el duque ni con nadie que no desee. Tiene que saberlo. Tenemos que
decírselo antes de que sea demasiado tarde.
—Ya hemos pensado en eso… Ahora debes concentrar tu esfuerzo en
recuperarte. Aún quedan días para que se celebren las nupcias y tienes que
descansar y reponer fuerzas. Sé un buen chico y tómate la infusión que te
han preparado, te ayudará a relajarte y a dormir.
Deseaba salir corriendo de allí para buscar a Sarah, aunque sabía que
Sam tenía razón. Debía recuperarse para poder enfrentarse a su hermano.
Por otro lado, Sam tampoco deseaba alarmarlo más de lo necesario. Se
encontraba mucho mejor que cuando lo encontraron, pero aún no estaba
repuesto por completo. Si se enteraba de las condiciones en las que Philippe
mantenía a Sarah, nada ni nadie habría conseguido impedirle ir a buscarla, y
eso habría sido arriesgado e imprudente al tiempo y, con seguridad, un
enorme fracaso.
Todavía quedaban cuatro días para que se celebrase la boda, había que
aprovecharlos para organizarse.
Sam entró con Arthur a la cabaña de Leonor.
—Arthur, querido, dime que traes buenas noticias. ¿Has podido hablar
con el duque? ¿Se ha dignado a recibirte esta vez?
—Lo siento, hermana. Hoy tampoco ha querido recibir a nadie, aunque
no vengo con las manos vacías. He conseguido información jugosa que
logré sonsacar a uno de los guardias que, tras tantos días de insistencia, me
tiene en gran estima.
—Pues bien, habla. ¿Qué has averiguado?
—Como preveíamos, el castillo anda revolucionado desde la muerte del
duque emérito. Su hijo, Philippe, conocía la lealtad que un grupo
importante de la guardia profesaba a Neizan y se ha encargado de quitarles
de en medio, mandándoles escoltar a la princesa de Gales hasta su palacio.
Por desgracia, eso nos priva de la posibilidad de contar con su apoyo. Sin
embargo, la protección del castillo es menor y nos será más fácil cruzar sus
murallas. —Arthur continuó—. Además, el nuevo duque pasa sus días y sus
noches en la posada cercana a la aldea, lo que significa que tu pequeña,
aunque continúa presa en sus aposentos, está libre de su acoso, al menos,
por el momento —comentó mientras se servía un vaso de aguardiente—.
Una cosa más, atendiendo al luto decretado y a la negativa del duque de
retrasar la boda, esta se celebrará en la más estricta intimidad en la capilla
del castillo, por lo que no podremos camuflarnos entre los invitados. Habrá
que pensar en otra forma de entrar al castillo sin llamar la atención.
—Está bien. Aún nos quedan unos días para trazar un buen plan. ¿Cómo
sigue el muchacho? —se interesó Leonor dirigiéndose a Sam esta vez.
—Diría que bastante mejor. Acaba de recobrar la consciencia y ya
quiere salir corriendo a buscar a su amada. —Sam miró la expresión de
Leonor mientras pronunciaba las últimas palabras—. No he estimado
oportuno contárselo todo. Esperaré a que esté más repuesto.
—Sí, será lo mejor.
***
Sarah había comenzado a confundir unos días con otros. Al fin y al cabo,
todas las horas de la última semana transcurrieron entre las mismas cuatro
paredes y, salvo la visita fugaz de la modista, solo cruzó alguna palabra con
la señora Benedit y con su carcelero, el oficial Ben Steward. El duque le
había encargado la seguridad de la dama hasta la celebración de sus nupcias
y, a pesar de la rigidez con la que cumplía su cometido, a Sarah no le
parecía un mal hombre.
—¡Oficial! —le habló a través de la puerta—. ¿Qué día es hoy?
—Martes, milady.
—¿Y no le parece que el martes es un buen día para permitirme dar un
paseo por el jardín? Le aseguro que no me escaparé.
—De buena gana lo haría, mas tengo órdenes que cumplir, milady.
—Ya —contestó pensativa—. No debería ser tan diligente en obedecer a
alguien que no merece mandar. Veo que está mejor de su tos, oficial —
añadió cambiando de tema—. La infusión que le hice preparar le ha sentado
bien.
—Así es y se lo agradezco.
La señora Benedit apareció de repente interrumpiendo la conversación.
—Milady, su alteza el duque me ha pedido que le informe de que esta
noche cenará con usted en el salón. El oficial la acompañará hasta allí
cuando llegue la hora.
—Está bien, señora. Estaré lista para entonces. No tengo mucho más en
lo que entretenerme.
Aborrecía a ese hombre, incluso antes de lo sucedido. Había algo en sus
ojos cuando la miraba que hacía saltar todas sus alarmas. Debía prepararse
para la cena y sabía muy bien cómo. Las plantas, que tan bien manejaba, no
solo servían para curar dolencias, sino también para provocarlas si era
necesario, y aún tenía en su poder suficiente néctar de adelfa para hacerle
pasar un mal rato si lo merecía.
Sarah entró al salón seguida del oficial Stewart. Al verla, Philippe se
levantó para recibirla y acompañarla a su asiento.
—Verdaderamente soy el hombre más afortunado de Inglaterra. No creo
que exista mujer con quien pueda compararse en belleza.
—Ni tampoco una tan bien custodiada, me temo —dijo mirando de
reojo al oficial.
—Acompáñeme a la mesa, enseguida nos servirán la comida. La señora
Benedit ha querido cocinar uno de sus platos preferidos. Oficial, puede
retirarse, y también ustedes —ordenó al servicio que les atendía—. Les
avisaré cuando les necesite.
—Alteza. Milady. —El oficial hizo una reverencia antes de salir del
salón.
—¿Y su tía? Pensé que también nos acompañaría.
—Esta noche no. Hace días que no he tenido el placer de su compañía y
me apetecía charlar a solas con mi futura mujer para que nos vayamos
conociendo mejor.
—No creo que tengamos mucho que decirnos ni lo tendremos jamás.
—Alguien está belicosa esta noche. Es posible que un poco de vino
suavice vuestro carácter.
Philippe abrió una botella que había sobre la mesa y vertió parte del
contenido en dos copas.
—Este no es un vino cualquiera, milady. Es un vino de Burdeos, uno de
los mejores vinos franceses que existen. La forma peculiar en la que ha sido
fermentado y almacenado le da un sabor distinto a cualquier otro que hayáis
probado.
Sarah cogió la copa, la removió con suavidad y se la acercó a la nariz.
—Mi padre siempre decía que al mover el vino, este libera un olor más
intenso —comentó sin dejar de mirarlo—, y es cierto —añadió para
después continuar—. Es una pena, pero no bebo alcohol.
—¿Alcohol? Este bálsamo que le ofrezco es un manjar de dioses.
—Pues si lo cree así, no debería malgastarlo conmigo. Mi paladar no
apreciará tal exquisitez. Tome, bébase usted mi copa también, no querría
que se desaprovechara.
Philippe tomó la copa en la mano y se la llevó a la boca sin apartar los
ojos de Sarah mientras les servían la cena. Y durante largos minutos,
ninguno de los dos pronunció palabra alguna.
—Espero que cuando estemos casados sea más servicial y complaciente
para conmigo, milady.
—Creo que voy a decepcionarle, alteza. Accedí a desposarme con vos,
pero no se lleve a engaño, lo único que siento al mirarle es desprecio.
Irritado por sus palabras y la soberbia con la que las pronunció, Philippe
se levantó de la mesa y de un manotazo arrojó al suelo lo que había sobre
ella, sobresaltando a Sarah con su agresiva actitud.
—Me había propuesto ser paciente, sin embargo, parece que voy a tener
que usar « otras técnicas distintas » con vos. Olvidáis que en unos días
seré vuestro dueño. ¡Me perteneceréis! —gritó—. Le exijo que me mire
como miraba a mi hermano. Aún no es consciente de lo que soy capaz para
conseguir lo que deseo. Tal vez podría mostrárselo esta misma noche. ¿Por
qué esperar? —espetó con ira, y su rostro se crispó mientras caminaba hacia
ella.
—No se acerque más. Aún no estamos casados —gritó.
—Eso no ha sido un impedimento para vos. ¿O se atreve a negarme que
a espaldas de mi padre teníais encuentros furtivos con mi hermano en sus
aposentos? Lo cierto es que me sorprendió mucho cuando me enteré. No me
lo esperaba de ninguno de los dos, aunque tal vez ahora le encuentre la
ventaja.
—No sé de qué estáis hablando, alteza.
—No juegue conmigo —dijo agarrándola con fuerza y empujándola
sobre la mesa para tratar de someterla—. Le voy a mostrar aquí mismo lo
que es un hombre de verdad.
Sarah forcejeó y gritó pidiendo una ayuda que sabía que no tendría,
mientras Philippe, imponiéndose por la fuerza, le subía la falda intentando
profanar su intimidad.
—No me toque, maldito bastardo —gritó sin dejar de resistirse.
—Insiste en proferir palabras nada apropiadas para una dama, milady —
dijo sin cesar en su propósito.
Alertado por los gritos, el oficial abrió la puerta del salón y se quedó
paralizado al presenciar la grotesca escena.
—¡Oficial! Salga de esta sala y no vuelva a entrar oiga lo que oiga. Mi
prometida y yo tenemos asuntos privados que resolver. ¿O preferiría
ayudarme a sujetarla? No me lo está poniendo nada fácil.
Ben miró a Sarah, que de espaldas sobre la mesa, suplicaba ayuda con la
mirada. Pero ¿qué podía hacer él? Juró lealtad a ese hombre que trataba
miserablemente de violar a la mujer que sería su esposa en unos días. Y
aunque las tripas se le revolvían con la infame actitud de su señor, tragó
saliva y salió de la habitación, obedeciendo así sus órdenes una vez más.
Sin embargo, el veneno que Sarah vertió en su copa antes de la cena no
fue tan condescendiente con Philippe y su pronta acción truncó sus
intenciones.
Una punzada de dolor en el abdomen seguido de una intensa y
desagradable sensación de nauseas incontenibles permitió que Sarah se
liberara de su dominio y huyese hacia la habitación lo más aprisa que pudo,
sin más daño que el saber que, muy pronto, Philippe podría hacer lo que
quisiese con ella, y entonces no podría impedirlo.
Las lágrimas empapaban su rostro cuando salió corriendo del salón y no
se detuvo a fijarse en el semblante descompuesto de su carcelero al verla en
ese estado. Y lloró, lloró sin consuelo, lloró para tratar de liberarse de una
parte del insoportable dolor que había tratado de sobrellevar desde que era
una niña y que parecía que no acabaría nunca.
Acurrucada en una esquina de su alcoba, temblaba asustada mientras
miraba hacia la puerta, rezando porque no se abriese de nuevo. Una voz
titubeante se oyó a través de ella.
—Milady —susurró su carcelero, avergonzado—, lamento
profundamente no haber intercedido en el salón. Le pido de corazón que
perdone mi cobardía, porque solo eso puede explicar mi pasividad. Su
alteza no debería comportarse de esa manera con vos. No lo merecéis.
Pero, aterrorizada como estaba, siguió llorando, sin contestar a su
guardián.
—Duerma tranquila, milady. Le doy mi palabra de que no permitiré que
nadie atraviese su puerta esta noche.
54
Su mejoría se hacía evidente cada día, y con ella, las ganas de salir
corriendo en busca de Sarah. La angustia de saber que estaba presa en el
castillo y que su hermano tenía impunidad absoluta para hacer lo que
quisiese con ella le torturaba cada segundo de cada uno de los días que
seguían separados.
No esperarían más. El plan para rescatarla estaba trazado, aunque el
miedo a que las cosas no salieran como las idearon calaba en el corazón de
todos y, aún más, ahora que sabían por boca de Neizan de lo que era capaz
el nuevo duque.
El mismo Neizan les dibujó un plano detallado del castillo, que tuvieron
que memorizar. Conocía con exactitud donde estarían apostados los
guardias y, también, algún que otro pasadizo que Philippe y él utilizaron de
jóvenes para salir de las murallas sin ser descubiertos.
Antes de que volviera a salir el sol por el horizonte, emprenderían el
camino al castillo, y solo una idea estaba clara en su pensamiento: no
regresarían sin ella.
Neizan salió de la habitación y vio a Leonor sentada sobre un tronco,
observando el cielo, pensativa. Era una mujer hermosa y valiente, tal y
como se la imaginó cuando Sarah le hablaba de ella. Era evidente que
poseía la misma fortaleza y testarudez que su hija, aunque tal vez más
calmada por el paso del tiempo. En silencio, caminó hasta ella.
—Sarah también estará pensando en usted.
Leonor le miró, sorprendida por su afirmación. Al ver el interés que
mostraba, Neizan siguió hablándole:
—Su hija siempre la tenía presente en su recuerdo. Una noche me contó
que sabía que cuando mirara las estrellas usted pensaría en ella como ella
pensaba en usted al hacerlo, y así cada noche volverían a estar juntas, por
muy alejadas que estuviesen la una de la otra.
Leonor sonrió con nostalgia mientras volvía la vista hacia el cielo
estrellado.
—Muy cierto. Mas he de confesarle que no son necesarias las estrellas.
Sarah siempre está en mis pensamientos, desde la primera vez que posé mis
ojos en ella.
—Vaya. Debe tener un don especial para eso. A mí me sucede igual —
sonrió.
Leonor se giró, esta vez para observarle con detenimiento.
—Venga aquí, Neizan. Siéntese conmigo. Creo que vos y yo deberíamos
conversar un poco, ¿no le parece?
—Como guste, señora.
—Dígame, ¿cuáles son sus intenciones con mi hija? Sé que la apreciáis
y, por lo que me ha contado la buena de la señora Talbot, habéis cuidado de
ella y la habéis protegido durante este tiempo en el que nos han obligado a
estar separadas.
Neizan volvió a sonreír.
—No es aprecio la palabra que yo emplearía para explicarle lo que
siento por Sarah. Y aunque no creo que se haya inventado alguna que
describa con exactitud mis sentimientos hacia ella, sí le diré que la amo. La
amo tanto que me cuesta respirar si no la tengo cerca de mí. Su preciosa
sonrisa se cuela sin permiso en cada uno de mis pensamientos y me olvido
del mundo entero cuando estoy a su lado.
—Bueno, no es un mal comienzo —afirmó con orgullo.
—Si las cosas no se hubiesen complicado tanto, habría ido a pedirle su
mano hace meses. Mas se la pido ahora, señora Leonor. Si su hija me
aceptase, ¿me otorgaría el privilegio de concederme la mano de Sarah en
matrimonio?
—Será ella y solo ella quien tome esa decisión. Aunque sí puedo afirmar
que vos, milord, se ha ganado mi respeto y mi cariño en estos días, y sería
un orgullo verle convertido en el esposo de mi querida Sarah.
Los dos sostuvieron la mirada con emoción. El amor por Sarah les unía
y también la angustia por la incertidumbre sobre su estado.
Sam se acercó a ellos con una enorme sonrisa en los labios.
—No querría molestarles ahora que están estrechando lazos familiares
—rio con burla—, pero vamos, ya tendrán tiempo para eso. Les estamos
esperando para volver a repasar el plan de mañana.
Neizan no tardó en levantarse y ayudó a Leonor a ponerse en pie.
Después se acercó a Sam con disimulo.
—Pronto serás tú el que tenga que estrechar lazos. Deberías tenerlo en
cuenta cuando trates de burlarte de mí. —Sin dejar de reír se adelantó para
dejarles a solas.
Mucho tiempo pasaron juntos Sam y Leonor desde que rescataron a
Neizan y un sentimiento más intenso que una amistad surgió entre ellos casi
sin darse cuenta, aunque, centrados en otros asuntos más apremiantes, no se
permitieron hablar sobre ello.
—Mañana, si las cosas salen como esperamos, a estas horas su hija
estará aquí, con nosotros.
—Dios lo quiera así —pidió esperanzada.
—Lo hará. Después de conocerla a usted y a su hija, no podría ser de
otra manera —sonrió—. Aunque me preguntaba qué planes tienen para
después. ¿Volverán a su aldea?, ¿o ha pensado regresar con su hermano al
lugar de su infancia?
—Si le soy sincera, aún no me he parado a considerarlo —contestó
frenando la marcha para mirarle a la cara—. ¿Por qué razón lo pregunta?
—Bueno —comenzó nervioso—, esto no se me da nada bien. Muchos
años han pasado desde que… —No se atrevió a seguir.
—Continúe lo que iba a decir, por favor.
—El caso es que me gusta usted, Leonor. Y mucho. Cuando acabe esto,
me gustaría tener tiempo para cortejarla como es debido.
—¿Cortejarme? —Leonor no pudo reprimir una carcajada—. Creo que
estoy mayor para perder el tiempo con cortejos; eso déjeselo a los jóvenes.
Sam bajó la vista, abatido por la contestación, y Leonor, sin dejar de
sonreír, se colocó frente a él, forzándole a mirarla.
—Voy a necesitar ayuda para probarme la ropa de mañana y, más aún
para quitármela después. ¿Podría venir luego a mi habitación y echarme una
mano?
Los ojos de Sam brillaron tan emocionados como sorprendidos al
entender el significado de la petición de su dama, y solo acertó a asentir con
la cabeza antes de que Leonor, satisfecha con la respuesta, se diera la
vuelta.
55
Con los primeros rayos de luz, escoltada por una decena de guardias
armados, una majestuosa carroza se dirigía veloz hacia el castillo de Hever
desde la Catedral de Canterbury, donde, si las cosas hubiesen sucedido de
otra forma, se habría oficiado el casamiento religioso de los duques de
Kent.
Las intensas lluvias que los habían acompañado los últimos días
retrasaron el avance del carruaje más de lo deseable, aunque su llegada
estaba prevista con tiempo más que suficiente para celebrar la ceremonia
sobre la hora que estipularon.
Los gritos de auxilio de una mujer resonaron en la espesura del bosque
momentos antes de que la misma persona que los profería saliese
repentinamente al camino y se arrojase desesperada hacia los hombres que
custodiaban la carroza.
—¡Ayúdenme! ¡Por compasión, señores! Unos bandidos nos han
asaltado en el camino del río y se lo han llevado todo. La mayoría de mis
guardias están malheridos y necesitan atención inmediata —se lamentó
histérica.
La carroza detuvo la marcha y uno de los guardias se acercó a la mujer,
cuyos lujosos ropajes le hacían pasar por una dama de la alta nobleza.
—Tranquilícese, milady, la ayudaremos. Díganos dónde sucedió el
asalto y mandaré a algunos de mis hombres para auxiliar a su guardia. Los
demás debemos seguir el camino sin más demora. El obispo de Canterbury
es quien se encuentra dentro de la carroza y es menester que llegue a tiempo
al oficio que debe presidir.
—Le agradezco cualquier asistencia que pueda brindarnos, señor, y se lo
compensaré, puede estar seguro de ello. Mas le ruego que me deje
acompañarlos en su recorrido. No podría quedarme aquí y tampoco volver
al lugar donde se produjo la emboscada.
—Permítame que hable primero con el obispo, aunque estoy seguro de
que no tendrá inconveniente alguno en compartir el espacio con tan gentil
dama.
La primera parte del plan resultó más fácil de lo previsto. Con tan solo
cinco hombres y con Leonor armada dentro de la carroza, la comitiva
retomó la marcha hacia el castillo.
***
Resignada a su cruel destino, Sarah se miró en el espejo mientras la señora
Benedit y otras dos sirvientas la ayudaban a terminar de prepararse para la
ceremonia.
Apenas podía reconocerse en su reflejo, aunque lo sentía tan preso
dentro del cristal como lo estaba ella en el castillo.
—¡Está usted tan bella! —suspiró la señora Benedit mientras terminaba
de peinarla—, aunque aún lo estaría más si sonriera un poco. Hoy debería
ser uno de los días más importantes de su vida.
—Pues no es así —contestó con amargura sin retirar la mirada del
espejo.
—Piense en el futuro que la espera, milady. Después de su casamiento,
no tardará en quedar encinta y entonces verá la vida de otro modo. La
alegría volverá a llenar las salas de este castillo y también de su corazón.
—Detesto al hombre que será mi esposo.
—Como tantas mujeres antes que usted, pero le aseguro que eso no le
impedirá amar a sus hijos más que a nada. Ellos serán su razón de vivir y
créame cuando le digo que no existe una razón mayor que esa.
Ni las amables palabras de consuelo que la señora Benedit repetía
fueron suficientes para reprimir el intenso sentimiento de repulsión hacía
Philippe. El estómago se le revolvía al pensar en lo que serían sus días con
él a partir de ese momento y, aún más, si se atrevía a pensar en sus noches.
Lady Greta entró en la habitación. Hacía días que no la veía, aunque, el
riguroso luto que se impuso tras la muerte de su hermano, en nada había
cambiado su semblante sombrío ni su oscura vestimenta de lo que ya era
habitual en ella. Seguía siendo la misma mujer fría, impenetrable e
insensible que Sarah conoció el día que llegó al castillo.
Con paso solemne e intimidante, se acercó hasta ella sin dejar de
observarla con recelo y minuciosidad.
—Milady está muy bonita, ¿no le parece, lady Greta? El vestido que
luce es una obra de arte en sí mismo, aunque nadie lo llevaría con tanta
elegancia y encanto como nuestra futura duquesa.
Poco tardó la señora Benedit en arrepentirse de sus palabras cuando la
mirada inquisidora de lady Greta se posó sobre ella.
—Señora Benedit —amonestó con brusquedad—, no debería fomentar
la vanidad y liviandades de lady Sarah. Debería saber que es uno de los más
abominables pecados capitales y una actitud de espiritualidad mundana que
no toleramos en una casa decente como la nuestra.
—Perdóneme, milady. No era esa mi intención.
—¡Salga de la alcoba! Ya no son necesarios sus servicios aquí.
La señora Benedit miró a Sarah y esta le sonrió, agradecida, antes de
volver la vista hacia lady Greta.
—Ya estoy lista. Acabemos con este suplicio cuanto antes. Vayamos a
buscar al duque.
—¿Pero es que no ha aprendido nada con mis lecciones? Según dicta el
protocolo, no debería salir de la habitación hasta que el duque no haya
llegado a la capilla.
—¿Le parece que me importa el protocolo? —Sarah alzó la voz—. En
menos de una hora seré la señora de este castillo y dictaré mis propios
protocolos. Usted puede quedarse con los suyos si lo prefiere así. Al
contrario que vos, yo no impondré mis pensamientos a los que me rodean.
Mas sí le advierto, milady, que, a partir de hoy, exigiré el mismo respeto
que ofrezco.
Había renunciado a todo lo que le importaba por amor, pero cuando ya
nada queda que te importe, nada temes, y sin miedo, no hay lugar para la
sumisión.
Sarah salió de la habitación y, seguida de su inseparable guardián,
caminó hacia los aposentos de Philippe, dejando a lady Greta con la boca
abierta y saboreando la amarga hiel de su propia medicina.
***
¡Quién lo hubiera dicho hacía solo unos meses! Philippe estaba ansioso por
comenzar y terminar la ceremonia de su casamiento. Tenía un asunto
pendiente con Sarah desde la noche que cenaron juntos, y tenía prisa por
retomarlo donde lo tuvo que dejar, aquejado de una repentina molestia
intestinal que le obligó a permanecer en cama varios días después. Por
fortuna, ya se encontraba completamente restaurado y con energía
suficiente para no defraudar a la dama.
El nuevo capitán de su guardia personal entró en la habitación.
—Alteza, me pidió que le mantuviese informado cuando llegase el
carruaje del obispo.
—Gracias, capitán.
—¿Me permite hacerle una pregunta, alteza?
—Por supuesto, pregunte; hoy estoy de buen humor.
—El obispo ha traído el carro repleto de bidones de cerveza para festejar
su enlace. ¿Permitiría que mis hombres brindaran a su salud? También hoy
es un gran día para todos nosotros.
—Que yo sepa una jarra de cerveza aún no ha hecho mal a nadie. Pero
que no descuiden la guardia, capitán. Durante la ceremonia, doble los
hombres que están en las almenas. Nadie debe entrar al castillo sin mi
permiso. No quiero tener ninguna visita inesperada.
—Por supuesto, alteza. Así se hará.
***
Acompañada por su inseparable carcelero, Sarah recorría los pasillos
cuando se topó con Philippe que, junto a dos de sus escoltas, se dirigía
hacia la capilla.
—Milady, ¡estáis preciosa! —saludó, haciendo una reverencia a la dama
—. Incluso más de lo que me tenéis acostumbrado. Aunque, he de decir que
no esperaba encontrarla aquí. Se dice que trae mala suerte ver a la novia
antes de llegar al altar.
—No creo que exista peor suerte para mi persona que tener que
desposarme con vos.
—Veo que no se ha levantado de muy buen humor esta mañana. Confío
que siga igual de combativa cuando volvamos a la habitación —dijo
sonriente al ver la cara de desprecio que Sarah no trató de disimular.
Philippe se acercó a ella y la agarró del brazo con fuerza, atrayéndola
hacia él.
—Si supierais lo que os conviene, deberíais procurar no enfadarme.
Seréis mía muy pronto y, desde ese instante, podré hacer lo que quiera con
vos. He tenido mucho tiempo estos días para imaginar nuestra noche de
bodas —le susurró al oído.
Con el desprecio que Philippe le inspiraba, se zafó como pudo de su
agarre, y juntos caminaron hacia la capilla.
Solo el obispo que oficiaría el casamiento y los miembros de la guardia
personal que acababa de nombrar Philippe entre los hombres más afines a él
estarían presentes como testigos del matrimonio. Ni siquiera lady Greta,
que continuaba de luto riguroso, acudiría al enlace.
Los pies de Sarah se negaban a recorrer la escasa distancia que había
hasta el altar, como si un pegamento invisible le impidiera levantarlos del
suelo. Mientras ponía todo su empeño en seguir adelante, la imagen de
Neizan volvió a su pensamiento.
¡Qué diferente hubiese sido ese momento si fuese él y no Philippe quien
la acompañase en su recorrido! Pero su madre estaría a salvo, por fin. Era la
única idea que hacía soportable su sacrificio.
Tres hombres de la guardia del duque se encontraban en la sala junto a
la escolta que acompañó al obispo hasta el castillo y que también estarían
presentes en el enlace. El obispo estaba sentado en la sede tras el altar.
Cuando vio entrar a los novios por la nave central, se puso en pie para
recibirlos antes de dar comienzo a la ceremonia religiosa.
—Su Excelencia —saludó Philippe mientras besaba la mano del obispo.
—Alteza, ¿quiénes serán los testigos de su enlace?
—El capitán de mi guardia y uno de los escoltas de milady. Solo
queremos una ceremonia sencilla; no es necesario que se entretenga con
sermones. Mi prometida y yo estamos deseosos de comenzar nuestra luna
de miel cuanto antes.
—Comencemos pues.
El obispo se colocó frente a los novios y elevó las manos y la mirada
hacia el cielo mientras se dirigía a ellos con estas palabras:
—Queridos hermanos: Estamos aquí junto al altar para que Dios
bendiga su amor conyugal y les ayude a cumplir las obligaciones del
matrimonio.
» Y les pregunto ahora. ¿Vienen a contraer matrimonio sin ser
coaccionados, libre y voluntariamente?
—Completamente libres, ¿verdad, querida?
Sarah asintió con la cabeza sin decir nada.
La voz de una mujer se elevó sobre la silenciosa atmósfera de la capilla,
interrumpiendo la ceremonia.
—Entonces, no le importará que acompañe a mi hija en este día tan
importante para ella.
Un cosquilleo repentino recorrió la columna de Sarah al escucharla. Esa
voz. No era posible. El empeño en pensar en Leonor le estaba jugando una
mala pasada y había empezado a tener alucinaciones. Sin embargo, Philippe
también parecía haberla oído, porque su rostro se tensó de pronto y giró la
cabeza, nervioso.
—¿Madre? —se atrevió a preguntar Sarah, incrédula, mientras ella
también volvía la cabeza hacia los bancos—. ¡Madre! —gritó al verla sin
creérselo aún—. Dígame que no me engañan los ojos, ¿de verdad es usted?
—Cariño mío, mi pequeña —exclamó emocionada mientras caminaba
en su busca con los brazos abiertos.
Pero Philippe no estaba dispuesto a que nadie arruinara sus planes. El
duque agarró a Sarah con fuerza e impidió que corriese al encuentro de
Leonor al mismo tiempo que el capitán y el guardián de Sarah
desenvainaban las espadas y se colocaban delante de su señor,
protegiéndole.
—Capitán, ¿qué hace esta mujer aquí? Llévesela ahora mismo. Y usted,
Excelencia, siga con los votos. Rápido.
—Me parece que ninguno de tus guardias está en condiciones de
obedecerte.
Philippe se detuvo un instante a mirar a su alrededor. Salvo su capitán y
el oficial Steward, el resto de los hombres de la guardia yacían en el suelo,
mientras los escoltas del falso obispo se entretenían desarmándolos e
inmovilizándolos con las manos a la espalda. Aunque no fue esa la visión
que hizo que su sangre se helara de repente, sino encontrarse con el rostro
que nunca había pensado volver a ver.
—No puede ser. No puedes estar aquí. ¡Es imposible! Deberías estar…
—Muerto —continuó la frase Neizan mientras se acercaba al altar—.
Pusiste mucho empeño en que así fuera, no lo niego. Pero lo que no sabías
es que hice una promesa a una persona muy importante para mí —dijo y
desvió la dirección de su mirada hacia Sarah por unos segundos antes de
continuar—. Y ya me conoces, hermano, siempre cumplo mis promesas.
Me parece recordar que también te hice otra a ti. Prometí que te mataría
cuando volviese a verte. Aunque estoy dispuesto a olvidarme de ello si
sueltas a Sarah y permites que nos vayamos de aquí del mismo modo que
hemos venido.
—¡Jamás! Y no te atrevas a dar un paso más o haré que te arrepientas.
Protegido por el capitán de su guardia, Philippe sacó una daga de su
fajín y la colocó sobre el cuello de Sarah mientras la inmovilizaba con su
otro brazo.
—¡Tirad las armas! ¡Ya! O me veré obligado a rajar el precioso cuello
de la dama. Sabes bien que soy capaz.
Neizan se dirigió a sus hombres.
—Obedecedle, tirad las armas.
—Sabias palabras, hermano. Ahora, retiraos de mi camino —ordenó
mientras se dirigía a la salida, arrastrando a Sarah con él—. Dejaremos el
final de la ceremonia para otro día.
—¡No le permitáis que me lleve con él, os lo ruego! —suplicó Sarah.
Los hombres de Sam se miraron sin saber cómo actuar, pero, temerosos
de que Philippe cumpliese su amenaza, se fueron apartando del pasillo
central de la capilla y dejaron paso al duque y a los dos guardias que aún
seguían en pie protegiendo a su señor. Sam tuvo que sujetar a Leonor con
todas sus fuerzas para impedirle correr hacia su hija.
—Philippe. ¡Suéltala! No es a ella a quien quieres sino a mí. Libérala y
pondré mi vida en tus manos, pero déjala marchar con su familia. Te lo pido
por el cariño que una vez nos tuvimos.
—¡No! —gritó con rabia—. ¡Te lo dije! Quiero arrebatártelo todo como
tú hiciste conmigo. Quiero verte sufrir hasta que desees estar muerto. Y no
creo mejor forma de conseguir mi propósito que dejarte vivir sabiendo lo
que voy a hacer con ella.
Ni una palabra envenenada más salió de su boca. Un certero y
contundente golpe en la cabeza provocó que soltara de inmediato la daga
que sujetaba y se desplomara sobre el suelo a escasos metros de la puerta,
momento que los hombres de Sam aprovecharon para desarmar al capitán
que no opuso resistencia al verse en clara minoría.
El oficial Stewart, que tantos días actuó como carcelero de Sarah, le
devolvía de esa forma la libertad que merecía. Sarah levantó la vista y le
sonrió con gratitud infinita antes de encontrar los brazos de su madre que
también corría hacia ella.
56
Aún no podía creerse el vuelco que habían dado los acontecimientos. Pero,
arropada entre los brazos protectores de Leonor, volvía a sentirse en casa.
—No llores más, amor mío. ¡Llevo penando todos y cada uno de los
días que hemos estado separadas, imaginando lo que estarías padeciendo
lejos de mí! Pero ya estás conmigo, a salvo por fin, y no dejaré que nada ni
nadie vuelva a separarnos nunca. Salvo que esté segura de que ese alguien
te quiera tanto como yo.
—Madre, ¡os he extrañado tanto! ¡Pensé que no volvería a veros nunca
más! ¿Cómo habéis escapado de vuestro encierro?
—Es una larga historia que ya te contaré, aunque de momento tendrá
que esperar. Hay alguien más aquí deseoso de darte la bienvenida a casa.
Sarah levantó la cabeza y, con la mirada, buscó ansiosa a Neizan que,
inmóvil, la observaba del mismo modo.
—Vamos, ¿a qué esperas? Ve con él —animó Leonor.
Con una enorme sonrisa dibujada en los labios, se levantó con celeridad
y fue hacia Neizan, que la estrechó entre sus brazos con menor timidez de la
que ella mostró. Obligándola a levantar la cabeza, aprisionó su boca con
una mezcla del miedo y la rabia que contuvo, y también, la liberación que le
provocaba saberla libre. Un rubor intenso asomó a las mejillas de Sarah al
sentirse observada y Neizan sonrió al darse cuenta.
—No os avergoncéis —susurró sin querer alejarse de su boca—. He
aprovechado el tiempo y tengo el permiso de vuestra madre para besaros.
Sam carraspeó a su lado.
—Vamos a tener que dejar las carantoñas de enamorados para cuando
nos hallemos lejos de este castillo, ¿no os parece?
Ni se dio cuenta de que Sam estaba también allí, mas al verle, soltó a
Neizan y fue a abrazarle, agradecida.
—Gracias, muchas gracias —sollozó ante la mirada complacida de
Leonor al notar el cariño que les unía.
Sam no quería emocionarse, no era propio de él. Sin embargo,
comenzaba a sentir un nudo en la garganta al tiempo que la visión se le
tornaba más borrosa. Esa chiquilla se había ganado su afecto hacía tiempo.
—Venga, tenemos que salir de aquí antes de que el brebaje de tu madre
deje de hacer efecto —apremió, escondiendo su debilidad—. Puede que aún
haya algún guardia despierto, así que actuaremos como teníamos planeado.
—Sam repasó el plan una vez más—. El falso señor obispo, Leonor y Sarah
irán en el carruaje, los demás a caballo. A pocas millas de aquí nos espera el
resto de nuestros hombres con el verdadero obispo y su séquito. Cuando
estemos a salvo, les liberaremos a ellos también.
Sarah no entendía nada, pero Leonor le cogió la mano y la llevó con
ella.
—Luego te lo explicaré, amor mío. Ahora, hay que darse prisa.
Fue impactante escuchar el silencio en el que el brebaje de Leonor
sumió al castillo y a sus habitantes. Sarah miró sorprendida el espectáculo
de hombres uniformados, dormidos en las más inverosímiles posturas.
—No te preocupes, cielo. Se despertarán. Más tarde que temprano, pero
se despertarán. Nos jugábamos demasiado con mi poción y creo que me
excedí en la concentración de plantas —sonrió con culpabilidad.
Sarah sonrió también y, tras meterse en el carruaje, se quedó mirando a
través de la ventana cómo se alejaban de la fortaleza. Eran tantas las
emociones que la embargaban que las lágrimas volvieron a brotar de sus
ojos. Leonor la arropó con sus brazos con ternura, como hizo siempre.
—¿Estás bien, amor mío?
Sarah asintió sin desviar la mirada del horizonte.
—No todo fue amargo entre esas paredes. ¡Tengo tantas cosas que
contarle!
—Estoy deseosa de escucharlas todas, las buenas y también las malas.
Mi primer amor siempre repetía esta frase que ahora te digo a ti, mi niña,
« ningún mar en calma hizo experto a un marinero ».
—¡Cómo la he extrañado! —Sin separarse la una de la otra, continuaron
el camino.
57
No creía que pudiese existir más dicha que la que ahora inundaba su cuerpo
y la estremecía. Todas las personas que pensó que no volvería a ver nunca
más estaban allí, delante suya, como si nada hubiese sucedido.
No se había bajado aún del caballo que montaba cuando Evelyn y la
señora Talbot corrieron hacia ella y la abrazaron hasta dejarla sin
respiración, entre llantos y risas de júbilo. Ni ellas ni tampoco Leonor
quisieron separarse de Sarah en todo el día, por lo que Neizan no tuvo más
remedio que echarse a un lado y esperar a que llegase el momento de
tenerla a solas para él.
Sentados alrededor de la fogata que ardía tan viva como los corazones
que allí se encontraban, fueron poniéndose al día de lo sucedido en el
tiempo que estuvieron separadas, aunque, el solo hecho de verlas allí, a su
lado, le hacía olvidar los oscuros momentos que vivió entre las paredes del
castillo.
Leonor presentó a Sarah a su hermano, el falso obispo de la ceremonia,
Arthur McKein, y juntos le contaron la bonita historia que consiguió volver
a unirles después de tanto tiempo separados. La sensación de formar parte
de una gran familia unida era nueva para ella. Ya no solo estaba Leonor,
ahora tenía también dos tíos y varios primos y primas que estaba deseosa de
conocer. Oír el papel que desempeñó Neizan en la historia de Arthur hizo
que su mente, distraída con tantas buenas nuevas, volviera a centrarse en él
y le buscó con la mirada entre la multitud sin encontrarle.
Sam también quiso participar en el reencuentro y les contó a todos la
divertida anécdota que la señora Talbot no quería volver a escuchar.
—En toda mi vida he oído un alarido de terror parecido al que esta
buena mujer profirió cuando la subimos a lomos de mi caballo. Era como si
la estuviésemos obligando a montar sobre el mismísimo Satanás —rio—.
Creo que nunca había oído recitar tantas oraciones seguidas.
—¡Salvajes!, eso es lo que son. ¡Unos salvajes! —protestó la señora
Talbot al recordarlo.
Su ama, la mujer que siempre estuvo a su lado en los malos momentos y
que renunció a todo en lo que creía con tanta firmeza para servirla con
amor. Sarah suspiró y la miró con el cariño y la gratitud con los que se mira
a una madre, aunque sin dejar de reír mientras la imaginaba en las
condiciones en las que Sam la describía tan fielmente.
Tras Sam, llegó el turno de Evelyn, que pudo al fin desahogarse sin
pudor después de los frenéticos días de viaje impuestos por Leonor para
alcanzar el castillo y llegar a tiempo de rescatar a su hija.
—Ni mis párpados se han librado de los dolores —protestó—, y ni que
decir tiene que no he podido sentarme durante más de una semana. Aún
ahora me cuesta.
Evelyn, Nana, Leonor… Sarah las miraba hablar sin parar de sonreír con
una dicha infinita. Se sentía tan afortunada de tenerlas en su vida que daría
la suya por ellas sin pensarlo. Esas maravillosas personas eran su hogar, el
lugar al que acudía para sentirse en paz, su oasis en mitad del solitario
desierto que había sido una parte de su existencia.
Y mientras todos hablaban y reían con la euforia de saberse liberados de
los miedos que les mantuvieron presos los últimos días, Neizan, apartado de
la vista, caminaba de un lado a otro tratando de tranquilizarse y poner sus
ideas en orden mientras retrasaba el momento de hablar con Sarah.
No entendía el porqué del nerviosismo que le tenía dominado y que no
era propio de él. Llevaba tanto tiempo ansiando ese instante, que no se paró
a pensar en cómo reaccionaría Sarah al oír lo que tenía que decirle. Y ahora
que el momento estaba próximo, un calambre desagradable le retorció el
estómago, torturándolo sin motivo aparente.
Algunas cosas estaban claras; contaba con la bendición de Leonor y
estaba seguro de que Sarah le amaba, o al menos, eso le confesó la noche en
la que yacieron juntos por primera vez. Aunque la situación era distinta
entonces. Ella iba a desposarse con el duque, y el miedo a lo desconocido
podría haberla llevado a pronunciar esa declaración sin pensarlo bien. ¿Y si
ahora, liberada de su compromiso, no deseaba volver a atarse a alguien para
siempre? ¿Y si aunque sintiera algo por él, prefería volver a vivir con
Leonor? ¿Y si sus sentimientos habían cambiado en las últimas semanas?
¿Y si…? Demasiados interrogantes que no tardaron en esfumarse al verla
aparecer frente a él.
—¿Acaso estáis huyendo de mí, milord? —preguntó Sarah y apoyó la
espalda sobre el tronco de un gran roble.
—¿Creéis que podría?
—No lo sé. Decídmelo vos. Yo he preguntado primero.
Neizan, sin apartar la mirada de sus ojos, se fue acercando despacio
hasta apoyar su frente en la de ella, agitando la respiración de ambos.
—Sabéis demasiado bien la respuesta. Sois la dueña de mi corazón y de
mi alma. No podría alejarme de vos, aunque quisiera.
Durante unos segundos, permanecieron así, inmóviles, con los ojos
cerrados, sintiéndose, escuchándose, respirándose, apenas rozándose la piel
con los dedos. Cuando Neizan alzó la cabeza, la intensidad de su mirada
hizo bullir la sangre que recorría el cuerpo de los dos.
—Os amo, Sarah. Os amo como no pensé que fuese posible. Solo las
ganas de volver a veros me han mantenido con vida durante estas semanas.
Y si vuestros sentimientos hacia mí no han cambiado, me gustaría pediros
que aceptarais compartir a mi lado lo que nos quede de vida como vuestro
esposo.
Ni el murmullo del río a su lado ni las escandalosas risas que aún podían
oírse a lo lejos lograron silenciar el latir de sus corazones, acompasados.
Inquieto por las dudas que aún albergaba sobre cuál sería su respuesta,
Neizan continuó hablando:
—Sé que mi situación en este momento no es la mejor para vos. No
puedo ofreceros lujos ni las comodidades que me gustaría que tuvierais, ni
siquiera sé dónde viviríamos. Lo más probable es que, desde mañana
mismo, mi cabeza tenga un precio. Estoy convencido de que mi hermano
removerá cielo y tierra para dar conmigo, pero…
—Sí —respondió sin dejarle terminar la frase.
—Pero os prometo que… ¿Qué habéis dicho?
La expresión de asombro e incredulidad que se reflejó en el rostro de
Neizan la hizo lucir la más maravillosa de las sonrisas antes de volver a
responderle.
—Sois un pésimo amigo, me lo habéis demostrado muchas veces
durante este tiempo juntos. Pero a pesar de eso —susurró acercándose más
a él—, os amo con locura. No imagino ninguna vida en la que no estéis a mi
lado. Por lo que sí, me casaré con vos.
Neizan retrocedió hasta tomar la suficiente distancia para mirar que los
ojos de Sarah confirmasen sus palabras. No sabía cómo actuar. Tenía ganas
de llorar y de reír, y de saltar, y de besarla y abrazarla, y de gritar su dicha a
quien quisiera escucharla, aunque no hizo nada de eso incapaz de creerse
merecedor de su buena fortuna.
—¿Estáis segura?, ¿os casaréis conmigo?
—Sí, lo estoy. ¿Y vos? Aún estáis a tiempo de huir de mí. Recordad que
los problemas se empeñan en perseguirme allá donde voy.
Ahora, fue Neizan quien sonrió al contestarla.
—No vamos a aburrirnos, de eso no tengo duda —susurró sugerente
mientras la tomaba entre sus brazos.
—¿Trata de insinuar algo, milord? —dijo y rozó la nariz con la de
Neizan al tiempo que apoyaba las manos sobre el pecho de este haciéndole
temblar de excitación.
—¡Oh, Dios! —alcanzó a pronunciar—. ¿¡Cómo es posible amar tanto a
alguien y desearla como yo a vos!? Parad, os lo ruego, o me explotará el
corazón.
Neizan rodeó con firmeza la cintura de Sarah y la estrechó ansioso
contra sí, mientras su boca buscaba la de ella, saboreándola hambriento y
avivando las llamas que ardían en el interior de su cuerpo y que solo el de
ella podía sofocar.
—No, no, Sarah, paradme —dijo con la voz entrecortada por el deseo
que sentía—. Vuestra madre está aquí. No debemos…
—Lo sé. Tenéis razón. Deberíamos esperar.
—Sí, deberíamos…, pero os necesito tanto… —y volvió a besarla de
nuevo antes de reunir la suficiente fuerza para alejarse de ella, reprimiendo
el deseo—. ¡Cómo voy a arrepentirme de esto! —suspiró frustrado al verla
alejarse colocándose el vestido—. Pero pronto seréis mi mujer —proclamó
con júbilo en la voz—. Vamos, demos la noticia a todos. Necesito que nos
desposen lo antes posible o tendréis que encerrarme de nuevo en una celda
para mantenerme alejado de vos.
No les hizo falta decir nada. Cuando sus amigos vieron como la feliz
pareja se acercaba a ellos, cogidos de la mano y con los rostros tan
resplandecientes que eclipsaban la luz del sol, se levantaron jubilosos para
darles la enhorabuena.
—¡Bribón! —se burló Sam—. Supe que acabaríais juntos desde el
mismo momento en que vi la forma en que os empeñabais en manteneros
separados. Te lo dije entonces y te lo repito ahora. ¡Te llevas una joya
irremplazable! Cuídala como se merece —advirtió visiblemente
emocionado.
—Gracias, Sam, por todo. ¿Podría abusar de tu generosidad y pedirte
una cosa más?
—Por supuesto, hijo.
—¿Aceptarías ser mi padrino de boda?
—Nada me haría más ilusión. Mas solo si tú aceptas serlo de la mía.
En ese momento, fueron Neizan y Sarah quienes los miraron con
asombro.
—¡Madre!
—¿Es que tú y Leonor…? ¿No bromeas? —preguntó Neizan.
Sam se acercó a Leonor y le rodeó los hombros con el brazo,
atrayéndola hacia él con ternura.
—Esta mujer me hechizó desde que la vi y, aunque aún me cuesta
creerlo, ha aceptado ser mi mujer. Siempre y cuando Sarah nos dé su
consentimiento para desposarnos —añadió con una mirada suplicante.
Sarah miró a Leonor, luego a Sam, y esbozó la más sincera de sus
sonrisas antes de saltar a abrazarles con los ojos llenos de lágrimas de
felicidad. Sentir la dicha que su madre reflejaba en el rostro no podía
compararse con nada. Esa maravillosa mujer que renunció al amor, a la
familia, a todo por lo que merecía la pena seguir viviendo solo por cuidar de
ella cuando se lo permitían sus padres biológicos, al fin podía estar
completa y disfrutar de lo que tanto se merecía.
—Nada me haría más feliz —alcanzó a decir entre sollozos—, siempre
que la trate como la maravillosa mujer que es, y a mí intente quererme
como a una hija.
—Por supuesto, pequeña —contestó emocionado.
Pero las sorpresas no habían terminado aún. Evelyn se acercó con
timidez hasta Sarah; Henri venía detrás. La mirada esquiva de ambos hizo
sonreír a Neizan, que enseguida adivinó la razón de su nerviosismo.
—Yo también quería decirles algo. —Apenas comenzó a hablar, sus
rollizas mejillas se tornaron rojas como un tomate maduro y sus expresivos
ojos brillaron más de lo habitual—. Henri y yo…, bueno, pues que también
queríamos casarnos, y como no están aquí mis padres, se nos ocurrió pedir
su consentimiento, señora Leonor.
—¡Me sorprende gratamente la discreción en la que habéis mantenido el
romance!, aunque algo me olía ya —rio con picardía—. Claro, hija, tienes
mi consentimiento y mi bendición.
—Y el mío —gritó Sarah al tiempo que la abrazaba.
—¿Alguno más? —preguntó Sam, burlón—. ¿Algún otro compromiso
inesperado? Usted, señora Talbot, ¿no se anima?
—Por Dios, señor. Un poco de respeto. Aún no he perdido el juicio —
contestó ofendida.
Las risas se prolongaron hasta bien entrada la madrugada, porque no hay
mayor felicidad que aquella que se comparte con los seres queridos.
58
Ninguna de las tres parejas parecía dispuesta a retrasar la ceremonia de su
casamiento más de lo estrictamente necesario, aún menos, cuando al día
siguiente llegaron las noticias de la cuantiosa suma de dinero que el Duque
de Kent ofrecía por la cabeza de Neizan, vivo o muerto.
Nunca se ofreció semejante recompensa por la captura de un bandido, y
la búsqueda que suscitaría en el condado les ponía en peligro a todos, y
aumentaba la posibilidad de ser traicionados por alguno de los hombres con
los que convivían.
Arthur tuvo una idea brillante para salvar la situación. Su estancia en
Inglaterra se había alargado más de lo que tenía previsto, sin duda, por la
mejor de las razones. Encontrar a su hermana y saberla feliz y a salvo era
un sueño cumplido y un descanso para un alma que hubiera vivido
atormentada por siempre de no haber sido así. Sin embargo, había llegado la
hora de regresar a su tierra y compartir con su hermano y el resto de la
familia las buenas nuevas. ¿Y qué mejor manera de cumplir con tan noble
propósito que llevando consigo a su sobrina?
Las nupcias se celebrarían esa misma tarde y, aprovechando el jaleo de
la celebración y el generoso resguardo que ofrecía la oscuridad de la noche,
Neizan y Sarah emprenderían el viaje con él hacia el puerto de Dover,
donde un barco de su flota les llevaría sin contratiempos hasta su hacienda
en Escocia. Allí se establecerían hasta que las cosas se calmasen y pudieran
pensar en regresar.
No encontraron una solución mejor y, aunque no todos los involucrados
la acogieron con el mismo entusiasmo, eran conscientes de que no tenían
elección.
—No estés triste, cariño mío. Debes estar al lado del hombre que has
elegido como compañero de vida, y yo soy feliz al saber que Neizan te ama
tanto como te mereces. Es lo único que deseo para ti.
—¡Pero la echaré tanto de menos!
—Y yo a ti —dijo, abrazándola con fuerza—. ¡Y yo a ti!
Neizan interrumpió la despedida.
—Ya es la hora.
—Llevas contigo a mi mayor tesoro. Cuídala mucho.
—Más que a mi vida, señora. Se lo aseguro.
—Madre, despídame de Evelyn y de la señora Talbot. Se enfadará
cuando sepa que nos hemos marchado así, pero dígale que volveremos a
vernos pronto —sollozó, negándose a soltar el abrazo consolador de
Leonor.
Sin embargo, alguien no estaba dispuesto a dejarles partir sin su
compañía. La señora Talbot apareció corriendo, desmadejada, y con un hato
cargado a la espalda.
—No pensaríais ni por un instante que iba a quedarme aquí con estos
salvajes —afirmó con determinación—. Donde va mi niña, voy yo, aunque
para ello tenga que volverme a subir en ese animal, que estoy segura puso
en la tierra el mismísimo demonio.
Todos miraron a Arthur, esperando su contestación.
—Esta mujer cocina el conejo mejor que nadie que haya conocido. No
tengo ninguna objeción en que nos acompañe —rio—. ¿Monta conmigo,
señora, o prefiere un caballo para usted sola?
—Iría a rastras si pudiese, pero haré lo que sea mejor.
—Monte conmigo, Nana.
Con una sensación agridulce, abandonaron su tierra en busca de un lugar
alejado del odio y de la sed de venganza, donde pudiesen comenzar una
vida en paz. Aunque su corazón albergaba la esperanza de regresar pronto y
recobrar así el pedacito de alma que dejaban allí.
Las lágrimas nublaron la visión de Sarah más que la niebla que
comenzaba a envolver el camino. No se ama sin dolor, pero una vida sin
amor, no es una vida.
59
La noticia del desorbitado precio que el nuevo duque puso a la cabeza de
Neizan tras el asalto perpetrado al castillo obligó a la pareja a abandonar
Inglaterra antes de lo previsto, aunque no sin que antes se hubiese oficiado
la ceremonia del casamiento que con tanta ansiedad esperaron. Dos años
después, regresaban al lugar de partida.
Abrazado al cuerpo desnudo de la mujer que se había convertido en su
mundo y por la que continuaba latiendo frenético su corazón, los momentos
vividos en mitad de ese bosque volvían a asaltarle con tanta claridad como
si acabaran de suceder. Aún se estremecía al recordar la ansiedad con la que
la sacó del baile la noche de su boda, llevándola en brazos mientras los
presentes vitoreaban, y la visible turbación en las mejillas de Sarah. Las
risas incesantes silenciadas por los besos que trataban de ocultar los
gemidos de su noche de amor. La incomparable sensación de sentirla suya
en cuerpo y alma, unidos para siempre ante los ojos de Dios y del mundo.
La noticia de la muerte de su hermano trajo nuevos retos a sus vidas y el
ansiado reencuentro con las personas que dejaron atrás al marcharse.
Hacía unas semanas que habían recibido un correo del abogado del
duque informándoles de esos hechos, que le entristecieron más de lo que
pensó. Al fin y al cabo, también retenía en la memoria buenos momentos
junto a Philippe que formaban parte de su vida y no quería olvidar. Y ahora
que no volvería a verle, solo esos recuerdos cobraban importancia.
Philippe vivió y murió en la falsa compañía del amor comprado,
asesinado por las cuantiosas deudas que arrastraba a consecuencia de la
mala gestión de las haciendas que tenía a su cargo. Aunque algo de
arrepentimiento había en su corazón, o quizá, solo el miedo a ser juzgado en
la otra vida. El hecho es que, antes de morir, quiso confesar a las personas
que estaban en la taberna donde falleció la autoría de su crimen, liberando a
Neizan de la acusación de asesinato que aún pendía sobre su cabeza y que
le había impedido volver a Inglaterra.
Y, puesto que lady Greta, atormentada en vida al saberse responsable en
parte de la injusta condena de uno de sus sobrinos y del terrible final del
otro, renunció a los bienes materiales y se encerró en uno de los
monasterios de clausura de la Orden Benedictina que aún quedaban en
Inglaterra, dejando la herencia del duque a cargo de Neizan.
Fueron muy felices en su huida a Escocia junto a Arthur y el resto de la
familia de Leonor que ahora también era la suya. Cumplieron muchos de
los sueños de Sarah y visitaron maravillosos lugares en Escocia y también
en Italia, Francia y España, gracias a los negocios que Arthur poseía en
Europa y de los que Neizan se hizo cargo durante esos años. Sarah también
pudo reencontrarse con su padre, sir Thomas, quien la había buscado
incesante desde que se enteró de las argucias que su mujer urdió a espaldas
suya. Desde ese mismo instante, renegó de ella, obligándola a abandonar la
hacienda que compartían y a enfrentarse a la censura de la sociedad que con
tan mal criterio antepuso a todo, incluida la felicidad de sus propias hijas.
Mas sir Thomas era un hombre bueno, y Rosaline la madre de sus hijas, así
que no permitió que le faltara alimento y cobijo hasta el fin de sus días.
El hogar de Neizan siempre estaría donde estuviese Sarah. Sin embargo,
el regreso al lugar de su infancia, donde vivió tantas alegrías como penas, le
colmaba de más dicha de la que imaginó.
Una única preocupación ensombrecía el ánimo del caballero. Desde
hacía unas semanas, notaba a Sarah intranquila, como si quisiese decirle
algo y no se atreviera. El voraz apetito de la dama había disminuido
sobremanera y varias madrugadas se había despertado solo en la cama. Al ir
a buscarla la encontraba en pie, asomada a la ventana y con la mirada fija
en el firmamento. Puede que el viaje de vuelta a casa la hubiese inquietado,
o quizá no se encontraba bien y no quería preocuparle, sabiendo cuán
extremadamente protector podía llegar a ser. Confiaba en que ahora, en el
cobijo de su hogar, Leonor pudiese ayudarle a descubrir qué le ocurría.
***
Sarah abrió los ojos y se giró, buscándolo. Neizan se incorporó y apoyó la
cabeza sobre la mano para observarla mejor, mientras retiraba un mechón
de cabello que cruzaba la cara de su amada.
—Nunca os he preguntado cómo os hicisteis la cicatriz que tenéis en la
frente.
—Fue hace muchos años. Esperad — dijo, esforzándose en recordar—.
Me caí. Sí, eso pasó. Me caí y una horrible piedra chocó contra mi frente.
Casi muero desangrada —sonrió con burla—. Fue un agradable joven quien
presenció mi traspiés y me salvó de una muerte segura, tapándome el corte
con su camisa. Me asusté pensando que su padre le reprendería al ver como
se había manchado de sangre por mi culpa.
Neizan abrió los ojos de par en par y se incorporó en la cama.
—¡Erais vos! —exclamó con asombro—. Esa pequeña testaruda erais
vos. ¡No puedo creerlo!
—No entiendo a qué os referís.
Una sincera sonrisa asomó a los labios de Neizan mientras sus recuerdos
se hacían más nítidos.
—Recuerdo que tumbasteis a un niño que os sacaba dos cabezas, y
cuando os vi tropezar al cruzar la calle, fui a ayudaros. Era lo menos que
podía hacer por tan valerosa criatura.
—¿Habláis en serio? ¿Erais ese joven tan amable que con su mirada
profunda y sus dulces palabras alegró mi día?
—Así es —afirmó con orgullo—, y por lo que pude observar, erais tan
impulsiva entonces como lo sois ahora, y mantenéis la misma preciosa
sonrisa de antaño. ¡Cuántas veces ha vuelto esa sonrisa a mi memoria en los
malos días para alegrármelos! —suspiró—. ¡Cuán curioso es el destino!
—Fuisteis mi galante caballero mucho antes de saberlo —susurró
sugerente y se pegó a él—. Voy a tener que buscar la forma de daros las
gracias, milord.
—Pues tendré que cobraros intereses por tantos años de impago. Así
que, si os parece bien, y veo que sí, empecemos cuanto antes…
Nada igualaba el placer de sentirlo, y se negaba a aceptar que un
imprevisto arruinara la maravillosa relación que tenían, menos aún cuando
« ese imprevisto » dependía de ella. Pero, aunque se empeñara, no podía
controlarlo todo. Se avecinaban cambios drásticos en su vida y debía ir
haciéndose a la idea.
Sarah aprovechó que Neizan se había quedado dormido y, en silencio
para no despertarle, salió de la habitación. La actividad comenzaba
temprano en el campamento y casi todos estaban ya en pie comenzando con
sus tareas.
—Amor mío, ¿qué haces levantada a estas horas? Siéntate a desayunar
con nosotros —le dijo Leonor al verla.
—Sobre todo después de la noche tan movida que habéis tenido. Me
alegra ver que después de estos años aún seguís disfrutando de vuestra luna
de miel —rio Sam, ganándose un fuerte codazo de su mujer—. ¡Ayyy!
—No le hagas caso. No sabe estarse callado.
Sarah sonrió al mirarlos y comprobar la dicha y la complicidad que
reflejaban sus acciones.
—No tengo hambre, tal vez más tarde.
—Vamos, demos un paseo por el río. —Leonor se puso en pie—. Ponte
esta capa, aún es fría la brisa a estas horas.
Leonor y Sarah pasearon como tantas veces hicieron antes. Era su hija,
la conocía mejor que nadie, y nada podía ocultarla sin que se diera cuenta
enseguida.
—¿Cuándo has pensado darle la buena noticia a tu esposo?
Sarah levantó la cabeza y la miró con sorpresa.
—¿Desde hace cuánto que lo sabe, madre?
—En cuanto te vi. Te conozco demasiado bien para que algo así me pase
desapercibido.
—¿Por qué?, ¿en qué lo ha notado? Solo hace dos meses que no sangro.
—Soy tu madre, y pareces olvidar que también soy un poco bruja —dijo
mientras la estrechaba entre los brazos—. Deberías estar contenta con la
noticia; sin embargo, no veo en tus ojos la felicidad que esperaba.
—Estoy contenta. Asustada también, no voy a mentiros, pero contenta.
Habíamos decidido esperar un poco más. Sobre todo ahora que Neizan
tendrá que hacerse cargo de las haciendas del duque y volver a levantarlas.
No sé si es el mejor momento para otro cambio y me preocupa cómo se
tomará él la noticia.
—Hija mía, un embarazo es la mejor de las bendiciones. Tu esposo está
muy preocupado pensando que algo te sucede; le alegrará saber que no
estás enferma. Debes contárselo cuánto antes. Tampoco creo que se extrañe
mucho después de la fogosidad que mostráis el uno con el otro —se burló
—. Las plantas que te enseñé ayudan a protegerse, pero no son infalibles.
Mira, Evelyn está embarazada de su segundo hijo ya y solo tiene un año el
primero.
—Sí. Me parece increíble verla ejercer de madre con esa soltura —
sonrió Sarah—. ¡Y se la ve tan feliz!
—Pues pronto lucirás igual que ella —afirmó dichosa—, y yo seré
abuela. ¡Es maravilloso!
—Ojalá Neizan se alegrara tanto como usted.
—Lo hará, pero cuéntaselo pronto. Estoy loca por ver como la señora
Talbot da botes de alegría.
—¡Estoy tan feliz de haber vuelto a casa!
—¡Y yo de tenerte aquí! Por fin mi corazón está completo, y veré con
orgullo como mi hija se convierte en madre, y tú conocerás el amor más
grande y verdadero que existe.
***
Cuando las dos mujeres regresaron de su paseo por el río, Neizan lo tenía
todo listo para partir hacia su nuevo hogar. La mayor parte del servicio
había vuelto a trabajar en el castillo y llevaban semanas acondicionándolo
para que volviese a tener el esplendor de antaño. La intención del nuevo
duque era repartir algunas tierras entre los hombres del campamento que
deseaban trabajarlas, y ayudar al resto de los antiguos arrendatarios a
levantar las plantaciones de nuevo. Pero esos planes iban a suponer mucho
trabajo y no había tiempo que perder. Se lo debía a su padre.
Sarah, a su vez, también quería ayudar a cambiar algunas cosas que no
le gustaban de la sociedad en la que le había tocado vivir y, aunque esa era
una tarea inabarcable para una sola persona, decidió comenzar enseñando a
leer y a escribir a todo el que estuviese dispuesto a aprender, sin importar su
sexo o su condición social. Un proyecto como ese exigía una gran
organización, tiempo y mucho esfuerzo, por lo que durante los días
siguientes a su partida, apenas llegaba a la noche con fuerza suficiente para
cenar lo que la señora Talbot o la señora Benedit hubiesen preparado y caer
rendida después.
Esa mañana, Sarah se levantó más revuelta de lo habitual y prefirió
quedarse en el castillo en lugar de visitar el campamento, como era su
costumbre. La señora Talbot se había marchado temprano para ayudar a
Evelyn, que había pasado mala noche con el pequeño, y Neizan llevaba días
tan ocupado, encerrado en su despacho, que apenas se habían visto. Sarah
comenzó a sentirse enclaustrada por primera vez en mucho tiempo.
Era tarde, pero ya se apreciaba como los días se alargaban. Si salía
ahora, aún podría aprovechar unos minutos de luz en los jardines. Pasear
siempre le levantaba el ánimo, que no estaba en su mejor momento. Sin
rumbo fijo, caminó por los senderos del jardín, aspirando el aroma de las
flores mientras sus ojos admiraban el elegante manto de color que lo vestía
todo. Cuando alcanzó los columpios, se sentó y comenzó a balancearse,
esforzándose por ordenar su confuso pensamiento. Una voz a su espalda
interrumpió su meditación.
—Este es el lugar en el que os confesé mis sentimientos por primera
vez, aunque creo que no deje de daros pistas sobre ellos desde el día que os
conocí. ¿Puedo sentarme a vuestro lado?
Sarah le miró y asintió sin dejar de columpiarse.
—No hemos tenido demasiado tiempo para nosotros desde que
regresamos de Escocia —expresó apenado—, pero por fin las cosas
comienzan a funcionar. Sam me está ayudando mucho con los
arrendatarios. Es un líder nato y se preocupa por la gente. Había pensado
proponerles a él y a Leonor que se vengan a vivir al castillo. ¿Qué opináis?
No me gusta que estéis tanto tiempo aquí sola.
—Me encantaría —contestó con una sonrisa cansada—, aunque no creo
que Sam quiera abandonar a su gente.
—Bueno, habrá que intentarlo. Leonor podría ayudarnos a convencerle,
¿no creéis? Las mujeres McKein poseéis un don especial para eso —sugirió
con picardía.
Neizan se acercó a los pies del columpio y se agachó hasta ponerse a la
altura de su esposa.
—¿Qué os sucede, amor mío? Algo os tiene preocupada y no sé qué es.
Sarah esquivó su mirada sin contestar.
—Sarah, miradme, por favor. Decidme qué es lo que tanto os aflige.
Necesito saberlo o terminaré volviéndome loco. Nada de lo que me digáis
podría ser peor que las ideas que cruzan mi mente al pensarlo. Sea lo que
sea lo que os preocupa, lo resolveremos juntos. Soy vuestro esposo,
deberíais confiar en mí.
—Tenéis razón. Hay una cosa que aún no os he contado, porque no sé
cómo hacerlo.
—¿Tan malo es? —preguntó, perdiendo el color del rostro—. Decidme
que no estáis enferma.
—No, no es malo. Yo estoy bien, o eso creo.
—¿Entonces?
No podía esconderlo para siempre. Al fin y al cabo, era una noticia
bastante corriente después de llevar casi dos años casados. Tal vez estaba
exagerando al preocuparse por la reacción que tendría Neizan. Fuese cual
fuese, debía contárselo; también él tenía derecho a saberlo. Además, pronto
se haría demasiado evidente para ocultarlo.
—Estoy embarazada.
—¡¿Qué?! ¿Embarazada? ¿He oído bien?, ¿no bromeas?
—Nunca bromearía con algo así.
—Embarazada… —murmuró para sí mismo como si tratara de asimilar
la noticia—. ¿Hace cuánto que lo sabéis?
—Hace algo más de dos meses que no sangro, aunque no caí en la
cuenta hasta hace unas semanas
—Pero, no puede ser; quedamos en que esperaríamos un poco antes
de… eso. Además, tomabas las plantas que te dio tu madre para evitar un
embarazo.
—Sí, lo sé, pero parece que esta vez no han funcionado como deberían.
Es algo que podía pasar.
Neizan se puso en pie y, sin dejar de resoplar, comenzó a caminar
nervioso de un lado a otro mirando al suelo. Sin duda no era la mejor
noticia que había recibido en su vida y tampoco parecía importarle mucho
mostrar su desagrado delante de Sarah.
—¿Eso es todo? ¿No vais a decir nada más? —preguntó Sarah,
poniéndose en pie.
—¿Qué queréis que diga?
—No lo sé. Podríais alegraros un poco o, al menos, tratar de disimular
vuestro disgusto.
—¿Alegrarme?, ¿alegrarme por qué? ¿Porque a partir de ahora no tendré
más remedio que compartiros con… con eso?
—¿Eso? No puedo creer lo que decís. Eso de lo que habláis con tanto
desprecio, es mi hijo, nuestro hijo. ¿Cómo podéis hablar así? No os
reconozco.
Sarah, descolocada, agachó la cabeza, sopesando sus próximas palabras.
Imaginaba que la noticia de su embarazo podría no causarle un gran
entusiasmo, aunque nunca pensó en una reacción como esa.
La rabia y la impotencia que sintió en ese instante dominó su
pensamiento. Esa pequeña vida inocente que crecía en su interior solo la
tenía a ella para protegerlo, y eso haría, aunque tuviese que renunciar a todo
lo demás.
—No os preocupéis —Sarah trató de aparentar serenidad—, no tendréis
que compartirme con nadie. Conozco demasiado bien lo que se siente
cuando desde tu nacimiento eres considerado un estorbo; cuando las
personas que deberían quererte y protegerte te miran con el desprecio que
siente su corazón. No permitiré que mi hijo se sienta así. ¡Nunca! —gritó—.
Podéis borrar de vuestro recuerdo lo que acabo de contaros que tanto
disgusto os ha causado, y de paso, olvidar que he existido en vuestra vida.
Por mi parte quedáis liberado de toda responsabilidad. No os necesito, y mi
hijo tampoco.
—¡Estáis exagerando!, ¿no os parece? Vamos a tranquilizarnos y a
pensar en la manera de resolver este problema.
—El único problema que tengo sois vos y sé muy bien cómo resolverlo.
No esperó a recibir una respuesta que no habría escuchado. Enfurecida
como nunca se sintió en su vida y amargamente decepcionada, salió
corriendo hacia su alcoba.
***
Había considerado muchas causas posibles de la actitud distante de Sarah.
Sin embargo, la idea de un embarazo ni se le cruzó por la mente.
El caos se apoderó del pensamiento de Neizan. Una mezcla de miedo,
angustia, incertidumbre y no sé cuántos sentimientos más se arremolinaron
en su interior, asfixiándole e impidiéndole reaccionar a tiempo. Y cuando lo
hizo, Sarah había desaparecido.
¿Cómo pretendía que se comportase ante una noticia como esa? ¡Un
bebé no estaba en sus planes! Aún no se sentía preparado para compartirla
con nadie y mucho menos para asumir la responsabilidad de ser padre. El
suyo arruinó su infancia y, por más que tratara de no pensar en ello, por sus
venas corría la misma sangre.
Neizan, descolocado y sin dejar de resoplar, corrió tras ella, que ya en la
habitación, no tenía intención alguna de dar marcha atrás en la decisión que
había tomado.
—Abridme la puerta. Vamos a hablar las cosas con tranquilidad.
—No.
—Lo siento. ¿Es eso lo que queréis oír? Lo siento mucho. No esperaba
esa noticia.
—Mentís, os conozco bien. Lo he visto en vuestros ojos. No queréis a
este niño.
—Aún no es un niño. Solo es… es…
—¿Lo veis? Largaos de aquí. No quiero volver a veros nunca más.
—Os estáis comportando como una cría. Abrid la puerta. ¡Sois mi
mujer, maldita sea!
—No soy de vuestra propiedad ni de la de nadie. No podéis obligarme a
nada —gritó con rabia.
—Abrid esta puerta o…
—¿O qué? Vamos, continuad la frase. ¿O qué?
—Veo que es imposible discutir con vos ahora mismo. Está bien. Me
voy. Ya hablaremos cuando estéis más calmada.
No contestó a su esposo, porque de haberlo hecho, habrían salido de su
boca palabras que no harían que su madre se sintiese orgullosa de ella. Pero
al oír sus pasos alejándose, se dejó caer boca abajo en la cama y lloró
desconsolada.
Tan pronto sintió que no le quedaban más lágrimas que derramar, se
levantó dispuesta a marcharse de allí para siempre. Sin embargo, un dolor
agudo y punzante en el abdomen la obligó a recostarse de nuevo.
Estaba sola y asustada. Sarah se llevó las manos al abdomen y se quedó
inmóvil en esa postura durante unos minutos. En cuanto la molestia se hizo
menos intensa, se levantó con cuidado y caminó hacia la puerta de la
habitación para gritar con todas sus fuerzas pidiendo ayuda. Un espasmo
más intenso acalló su voz. Una sustancia caliente y pringosa comenzó a
resbalar entre sus muslos al tiempo que su visión se nublaba segundos antes
de perder la consciencia.
60
Neizan no lograba pensar con claridad. Era consciente de que no había
reaccionado bien ante la noticia de su futura paternidad, pero Sarah
tampoco se lo puso fácil con su testarudez.
¿Que pretendía que hiciera? ¿Dar saltos de alegría? Porque no era esa la
emoción que destacaba precisamente en su pensamiento, y no iba a mentirla
diciéndole otra cosa distinta.
Había vivido a su lado los años más intensos y felices de su vida y no
deseaba que nada estropease lo que tenían. Y ese bebé, sin siquiera haber
nacido, ya se había encargado de hacerlo.
Neizan entró en la taberna y fue hasta la barra.
—Póngame un vaso de aguardiente.
—Ahora mismo se lo sirvo —le respondió con demasiado entusiasmo la
mujer que se encontraba detrás del mostrador, mientras se contoneaba con
exagerada sensualidad tratando de llamar su atención.
Con la mirada perdida en sus divagaciones, Neizan cogió el vaso que le
acababan de servir y se lo llevó a la boca.
***
Nadie alcanzó a escuchar el desesperado grito de ayuda de Sarah, pero
cuando la señora Benedit vio al duque salir del castillo, caminó hacía su
habitación para comprobar que no eran necesarios sus servicios antes de
volver a sus aposentos hasta la mañana siguiente. Al ver el cuerpo de su
señora tendido en el suelo y la sangre que empapaba el vestido, comenzó a
gritar histérica, implorando auxilio.
***
Perdió la noción del tiempo que pasó con el vaso en la mano. Sin embargo,
sonrió satisfecho al darse cuenta de que, al contrario de lo que habría hecho
su padre en la misma situación, él había sido capaz de frenar la tentación y
no faltar a su promesa. No era como él, se lo acababa de demostrar a sí
mismo, y por tanto, puede que tampoco fuera tan mal padre, al fin y al cabo.
Debía contárselo a Sarah, tenía que explicarle sus verdaderos motivos
para el estúpido e intolerable comportamiento que tuvo con ella. Decidido a
remediar su error, dejó el vaso en la mesa junto a unos peniques.
—¿No va a bebérselo? —le preguntó un hombre que estaba sentado a su
lado.
—No lo quiero. Tómeselo usted a mi salud. ¡Voy a ser padre! —Por
primera vez, sintió un cosquilleo en el estómago al interiorizar el
significado de sus palabras.
—¡Enhorabuena, hombre! Un niño es un regalo del cielo. ¡Que Dios le
dé salud!
¡Maldita sea! Incluso un desconocido se alegraba por la noticia de su
paternidad y de su boca solo salieron reproches cuando Sarah se lo contó.
¡Cómo había sido tan estúpido! Pidiendo porque aún no fuese tarde para
enmendarse, galopó lo más rápido que pudo de vuelta al castillo.
***
Acababa de entrar por la puerta y se dirigía a su alcoba cuando se encontró
a Sam, caminando de arriba abajo por los pasillos.
—Sam —dijo, sorprendido al verle—, ¿qué haces aquí a estas horas?
Aunque, antes de darle tiempo a contestar, supo por su expresión que
algo malo le había sucedido a Sarah.
—Es Sarah, ¿verdad? ¿Qué le ha sucedido? ¿Está bien? Dime que está
bien.
—Tranquilízate. Aún no puedo decirte gran cosa. Lo único que sé es que
cuando la señora Benedit vino a ver si necesitaba algo antes de acostarse, la
encontró tendida en el suelo, con el vestido manchado de sangre. Uno de
vuestros sirvientes vino enseguida a avisarnos al campamento. Leonor está
con ella, pero aún no ha salido de la habitación. Solo eso puedo contarte.
—¿Sangre? —preguntó alterado—. Sam, Sarah está embarazada. ¡Dios
mío! —se lamentó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡La culpa es mía!
Tenía que haber estado aquí con ella. Si la sucediera algo a ella o a nuestro
pequeño, no me lo perdonaría nunca. Nunca. Cuando me contó que estaba
embarazada, solo pensé en las cosas malas que podían ocurrirla… Le dije
cosas horribles, Sam… Toda la culpa es mía.
—No hay culpables en esto. Muchas mujeres pierden alguno de sus
embarazos y no tardan en volver a quedar encinta. No te atormentes más,
debemos esperar las noticias que nos traiga Leonor.
—No puedo perderla… No quiero perder a ninguno de los dos. He sido
un estúpido, un cobarde, y ahora…
El llanto y la angustia que le oprimían el pecho no le dejaron continuar.
Sam apoyó la mano sobre su hombro. Conocía de sobra la intensidad del
amor que compartían y también que nada podría aliviar su dolor en ese
instante.
—Vamos, muchacho, debes tener calma. No está todo perdido aún.
Sarah es una mujer fuerte y cabezota, lo sabes mejor que yo. No dejará de
luchar. De eso estoy seguro.
Leonor salió de la habitación y caminó hasta ellos.
Con los ojos enrojecidos y la mirada tan ansiosa como el tono de su voz,
Neizan se adelantó para interrogarla.
—¿Cómo está?
—Sarah está bien. Se acaba de quedar dormida. Ha perdido mucha
sangre y necesita descansar y estar tranquila. Me quedaré con ella toda la
noche. Si hay alguna novedad, os la haré saber.
—¿Mucha sangre?, ¿entonces el bebé...?
Leonor estaba disgustada con él, más de lo que quería mostrar; sin
embargo, la sinceridad de la angustia y la tristeza que reflejaba el rostro de
Neizan sosegó su enojo.
—No puedo estar segura del todo, pero diría que, por el momento, están
bien los dos; aunque si se repitiese el sangrado…
Las lágrimas volvieron a nublar los ojos de Neizan.
—¿Puedo verla?
—Ella no desea verte y yo no quiero que la pongas más nerviosa.
—¡Se lo ruego, Leonor! Son mi mujer y mi hijo los que están en esa
habitación, luchando por salir adelante. No haré ni diré nada que pueda
herirla. Necesito verla. Necesito disculparme y decirle lo mucho que los
quiero a los dos. Se lo suplicaré si es necesario.
—Está bien. Te dejaré pasar unos minutos. Pero, jovencito, procura no
agitarla si no quieres conocer una faceta mía mucho menos agradable que
esta.
Neizan asintió y, en silencio, entró a la habitación.
La luz de una vela que Leonor mantenía encendida sobre la mesilla
iluminaba el perfecto rostro que tanto adoraba. Neizan se acercó a la cama y
tomó asiento a su lado.
No pretendía despertarla, pero necesitaba que ella supiera que no sentía
nada de lo que le dijo en el jardín. Sus palabras solo eran el producto del
miedo insoportable a perderla.
Con delicadeza, tomó su mano y se la llevó a los labios, besándola con
ternura sin dejar de contemplar, sobrecogido, la serena expresión de la cara
de su mujer mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Os amo, Sarah —susurró bajito—. Sois lo mejor que me ha pasado en
la vida y os debo una explicación que voy a daros ahora mismo. —Neizan
suspiró profundo y continuó—: Cuando me dijisteis que estabais
embarazada me asusté, me asusté mucho. Pensar en la responsabilidad que
conlleva ser padre cuando has tenido una infancia como la que yo tuve, no
es muy alentador para nadie. No conocí a mi madre y mi padre consiguió
hacer de mi vida un infierno durante el tiempo que estuve a su lado. Tenía
tanto miedo de que algo de él hubiese quedado en mí que, cuando esa idea
asomó a mi mente y pensé que yo podría actuar con mi hijo de una manera
parecida, se me revolvieron las tripas.
Neizan agachó la cabeza y acarició la mano de Sarah.
—Pero aún hay otra razón más para mi estúpido comportamiento, y os
confieso que es más egoísta que la anterior. Sarah, no podría vivir sin vos.
Sois mi mundo, mi hogar, mi razón para seguir respirando, mi todo. Pensar
que os suceda algo de lo que no pueda protegeros paraliza mi corazón y
nubla mis sentidos.
» Perdonadme… Soy un necio egoísta que preferiría tener que morir mil
veces antes de verse obligado a vivir una sola vida sin vos. No quiero
decepcionaros en la tarea más importante de nuestras vidas. No sé cómo ser
un buen padre para nuestro hijo. No quiero que se avergüence de mí como
yo lo hice de mi padre.
Una lágrima rodó por la mejilla de Sarah al escucharle y abrió los ojos,
encontrándose con los de Neizan que la miraban ansiosos.
—No lo hará. Os amará tanto como yo. Seréis su ejemplo, su apoyo, su
héroe invencible. Lo seréis todo para él como lo sois para mí. Si no
estuviera segura de eso, nunca hubiese tenido a este niño.
—Amor mío… —dijo, levantándose del asiento para alcanzar sus labios
—. Os quiero tanto…, y también quiero a este pequeño que tiene la suerte
de crecer dentro de la mujer más maravillosa que existe. ¿Podríais perdonar
mi estupidez de padre primerizo?
La preciosa e inocente sonrisa que tantas veces prendó el corazón de
Neizan volvió a lucir en el rostro de Sarah más reluciente que nunca,
respondiendo así a su pregunta.
Leonor abrió la puerta despacio y, al ver a los dos jóvenes abrazados,
volvió a cerrarla. Sam miró el semblante de felicidad que lucía su mujer al
acercarse a él.
—Todo irá bien. Lo sé —afirmó con solemnidad—. No hay mejor cura
que el amor sincero, y en esa habitación, hay mucho.
PROLOGO
—Beth, ven aquí. Tu padre y los abuelos nos están esperando en el jardín y
ni siquiera has empezado a vestirte. Nana, ¿puede sujetarme al pequeño
John mientras cazo a esta pequeña rebelde?
—Cómo no. Traiga aquí a esa preciosa criaturita de Dios.
Beth, con el camisón puesto, correteaba de un lado a otro de la
habitación tratando de esquivar el agarre de Sarah. La puerta se abrió.
—¡Padre! —gritó la niña mientras corría aprisa hacia la protección de
los brazos de Neizan.
—Ven aquí, pequeña. ¿Qué haces aún en camisón?
—Estaba vestida, padre, pero he tenido que pelear contra Bob y Alex
para defender el honor de mi hermano.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál era esa ofensa tan grave?
—Se estaban riendo de John porque no sabe hablar ni correr como
nosotros.
—Ya veo —asintió, escondiendo una sonrisa—, y solo por confirmarlo,
¿quién ha ganado la batalla?
—¿Qué cree, padre? ¡Pues yo!
Sarah se acercó a ellos y Neizan la besó en los labios.
—Puaaaaaggg! ¡Qué asco! No voy a besar a un chico nunca, nunca,
nunca.
—Me parece muy bien. Te recordaré estas palabras en unos años —rio
Neizan.
Sarah le miró con burla mientras le quitaba a Beth de encima para
vestirla.
—¿Le han dado mucha guerra esta mañana? —preguntó a la señora
Talbot, tomando a su hijo pequeño entre los brazos.
—¿Guerra dice? El pequeño John es un bendito, ni un pelito de guerra
da, pero esa niña, esa niña es un terremoto imparable, igualita, igualita que
su madre cuando tenía su edad. Aunque también igual de noble que ella.
Neizan abrazó a su hijo sin dejar de mirar a Sarah que trataba de sujetar
con poco éxito a Beth para terminar de vestirla. Y sonrió.
Su vida se había vuelto impredecible y alocada desde el momento en
que Sarah apareció en ella, y ahora, con sus dos pequeños, el caos se había
multiplicado por un millar. Sin embargo, renunciaría a cualquier cosa en el
mundo menos a ellos. Eran la razón de su existencia, y también su mayor
quebradero de cabeza.
—Vamos. Ya estás lista. Procura no volver a tirarte al barro o irás
mojada todo el camino —le advirtió Sarah a la pequeña.
—Vale. Voy a ver a los abuelos. —Beth echó a correr por los pasillos.
Neizan entregó a John a la señora Talbot, quien salió de la habitación
tras la niña. Luego se acercó a la puerta y echó la llave antes de girarse
hacia su mujer.
—Llevamos una mañana de locos. Hoy nos han traído a dos niñas que
quieren aprender a leer. Parece que las cosas empiezan a cambiar. Poco a
poco, pero lo harán, ya lo verás —decía orgullosa Sarah, mientras preparaba
la ropa para vestirse.
—No tan rápido. —Neizan se colocó a su espalda, la sujetó de la cintura
y la volteó hacia él.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó divertida.
—Lo que he querido, quiero y querré siempre mientras viva. A ti, solo a
ti. —Y la estrechó con ansia contra su cuerpo, envolviendo sus labios con la
ferocidad que esa mujer provocaba en su alma.
—Nos están esperando… —susurró sin separarse de él.
—Pues que esperen.
FIN
ACERCA DEL AUTOR
No hay mucho que decir, salvo agradecer a las personas que me hayan
acompañado hasta esta página final.
Estoy deseosa de conocer vuestras opiniones sobre la novela y todas las
críticas constructivas que querais brindarme y que me ayuden a mejorar y a
aprender, que es de lo que se trata.
Os deseo de corazón que hayais disfrutado leyéndola tanto como yo
escribiéndola.
Por las sonrisas plenas y los finales que sanan el alma.