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Psiconeuroinmunología

La psiconeuroinmunología estudia la interrelación entre la psicología y el sistema inmune, destacando cómo las emociones y el estrés pueden influir en la salud física. Se ha demostrado que el estrés crónico afecta negativamente el sistema inmune, mientras que el manejo adecuado del estrés puede mejorar su eficacia. La salud psicológica y física están intrínsecamente conectadas, lo que sugiere que cuidar de nuestra salud mental es esencial para mantener un sistema inmune robusto.

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Psiconeuroinmunología

La psiconeuroinmunología estudia la interrelación entre la psicología y el sistema inmune, destacando cómo las emociones y el estrés pueden influir en la salud física. Se ha demostrado que el estrés crónico afecta negativamente el sistema inmune, mientras que el manejo adecuado del estrés puede mejorar su eficacia. La salud psicológica y física están intrínsecamente conectadas, lo que sugiere que cuidar de nuestra salud mental es esencial para mantener un sistema inmune robusto.

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Psiconeuroinmunología.

La psicología y el
sistema inmune

INTRODUCCIÓN

El ser humano posee un sistema que, aunque silencioso, es vital para que nos
mantengamos sanos: el sistema inmune (SI). Gran desconocido, ha saltado a la palestra
debido a la pandemia que en el momento actual estamos atravesando. Multitud de
publicaciones, videos, noticias,… nos indican cómo mejorarlo a través de la
alimentación, del ejercicio y de nuestros hábitos de salud. Hay una parte dentro de los
citados hábitos que a mi entender no se le está concediendo la importancia necesaria, y
son los concernientes a nuestra psicología, a nuestras cogniciones, a nuestra conducta y
a nuestra manera de sentir y pensar sobre las situaciones que vivimos día a día.

La psiconeuroinmunología, disciplina que engloba a una gran variedad de ámbitos de la


salud y que se encuentra en expansión en los últimos 20 años, defiende la unificación
del cuerpo y la mente en un todo, de tal forma que un fallo en uno puede llevar a un
problema en el otro. Dicha disciplina, como comenta Ortega (2011), ha descubierto la
estrecha relación que existe entre nuestro cerebro y tres sistemas de nuestro organismo
que se encargan de mantener nuestro equilibrio interno: inmunológico, endocrino y
nervioso. Por ello, la psiconeuroinmunología aboga por la idea de que nuestra mente,
nuestras cogniciones, pueden afectar a nuestro sistema inmune y modificar así su
capacidad de afrontar una enfermedad cuando nos encontramos con la presencia de
algún factor estresante. Este estrés representa una de las áreas sobre la que más se ha
puesto el foco por parte de la psiconeuroinmunología (Ortega, 2011).

El SI, en su conjunto, está conformado por todos aquellos componentes de nuestro


organismo que van a defenderlo tanto de estímulos internos como externos que atenten
contra él. Soria et al. (2017) indican que aporta por un lado lo que se conoce
como inmunidad innata, mediada por determinadas estructuras como la piel, las
mucosas o componentes más químicos como los fagocitos. Por otro lado, nos
encontramos con la inmunidad adquirida, la cual inicia su trabajo en un momento
posterior y que presenta memoria ante antígenos contra los que ya nos hemos expuesto,
combatiéndolos con linfocitos B (respuesta humoral) o linfocitos T (respuesta celular).
La relación que une al SI con el sistema nervioso central (SNC) media a través del
sistema linfático, la acción vagal y la interacción de diversos ejes como el hipotálamo-
pituitario-adrenal. Otro componente de nuestro organismo también se postula como un
elemento muy importante en el funcionamiento cerebral: la microbiota intestinal, que
funciona como un eje intestino-cerebro. Estos autores para poner de manifiesto la
interacción bidireccional, nos presentan problemas inmunes que pueden generar
problemas psicológicos y psiquiátricos. Así, por ejemplo, el lupus eritematoso sistémico
o encefalitis autoinmunes pueden presentar depresión o ansiedad en la primera y
problemas conductuales o psiquiátricos en las segundas. En el sentido inverso, en
cuadros depresivos, esquizofrénicos o de estrés postraumático se puede apreciar un
estado proinflamatorio que no se halla en sujetos sanos (Soria et al., 2017).
RELACIÓN ENTRE SISTEMAS

La relación existente entre los sistemas inmune, endocrino y nervioso fue descubierta ya
en la década de los 80 del pasado siglo. En su artículo, Cabrera, Alonso, López y López,
(2017) ya nos exponen que, en 1981, David Felten encontró la relación existente entre
sistema nervioso y sistema inmune, al hallar una serie de haces nerviosos que partían
del SNC y llegaban a los vasos sanguíneos y al sistema inmune. Blalock y Smith, por su
parte, evidenciaron la presencia de un nexo en ambas direcciones entre el sistema
inmune y endocrino. La relación hallada entre los tres sistemas, dió paso al término
de psiconeuroinmunoendocrinología. Estos sistemas, a pesar de su aparente
distanciamiento a nivel fisiológico, presentan ciertas características que los asemejan, ya
que todos ellos reaccionan a los estímulos que se les presenten adaptándose a las nuevas
situaciones y mostrando una regulación de feedback negativo. A la vez, también actúan
como un todo. El sistema nervioso detectaría los cambios producidos tanto interna como
externamente dándoles una respuesta, el sistema inmune averiguaría cuáles son
peligrosos y los eliminaría, y finalmente el sistema endocrino se encargaría de
suministrar los elementos necesarios para responder a este ataque. Esta interacción pone
de manifiesto la creencia en que el ser humano es un ser biopsicosocial en el que tanto
mente como cuerpo deben estar en sintonía (Cabrera et al., 2017).

Diversos estudios ya clásicos, como el de Ader y Cohen (1975), comprobaron que el SI


podía ser modulado facilitando o suprimiendo su actividad simplemente mediante
condicionamientos conductuales. Otros estudios fueron mostrando que existía
cierta relación entre variables psicosociales, principalmente el estrés, y la actividad
de diversos sistemas fisiológicos como por ejemplo el gastrointestinal (Drossman y
Douglass, 1998) y el inmune (Ader, Cohen y Feten, 1995). También se ha comprobado
que en algo a primera vista tan simple como la cicatrización de una herida,
un estresor, aunque sea leve, puede afectar retardando su finalización (Marucha,
Kiecolt-Glaser y Favagehi, 1998). Las conductas que realizamos también tienen su
importancia y su efecto en el sistema neuroendocrino, el cual, como se ha comprobado,
tiene efecto sobre el SI. La realización de ejercicio regular es una buena práctica para
mejorarlo (Haaland, Sabljic, Baribeau, Mukovozov y Hart, 2008).

En el estudio de Galán, Alemán y Martínez (2012) sobre psiconeuroinmunología y


adultos mayores, consideran también que los componentes psicológicos y estos tres
sistemas (endocrino, neural e inmune), se influyen entre sí, y por lo tanto un cambio en
alguno de ellos afectará de forma directa a cualquiera de los otros. De esta
forma, nuestra salud fisiológica, depende de nuestra salud psicológica, y viceversa. El
estudio de estos autores mostró como aquellos adultos mayores que tenían una mayor
vida social presentaban un mejor sistema inmunológico medido mediante el conteo de
sus células inmunes.

Castrillón, Sarsosa, Moreno y Moreno (2015) exponen que en esta relación


bidireccional vista entre el SI y el SNC, las citoquinas, aparte de su función dentro del
sistema inmunitario, van a jugar un papel importante en diversas psicopatologías.
Dichas citoquinas aparecen en presencia de una infección para reparar los tejidos, y van,
a su vez, a mediar entre el propio cerebro y el sistema inmune. La acción de
las citoquinas proinflamatoria activadas suele ser temporal, y contrarrestada por
otras citoquinas antiinflamatorias, siendo su efecto en el SNC de breve duración. Ahora
bien, si este proceso no está bien regulado y se cronifica, la inflamación también será
crónica y llevará a la posible aparición de psicopatologías como la depresión o
disfunciones cognitivas. El estrés, aparte de dolencias fisiológicas como las
enfermedades autoinmunes, tiene la capacidad de poner en marcha este proceso
aumentando esta actividad de las citoquinas proinflamatorias (Castrillón et al., 2015).

ESTRÉS Y SISTEMA INMUNE

El estrés psicológico se asocia a problemas neuróticos, principalmente cuando dicho


estrés es mantenido en el tiempo durante más de seis meses sin posibilidad de períodos
de relajación, provocando una respuesta de baja intensidad en la activación del
organismo. Con estrés de menor duración nuestro organismo se adapta y es capaz de
funcionar sin generar problemas de mayor índole (Banegas y Sierra, 2017). El estrés
crónico puede también derivar en aterosclerosis o enfermedades coronarias. Diversos
estudios han mostrado como el estado psicológico puede generar síndrome de colon
irritable o trastornos de la piel. De hecho, aquellas terapias destinadas a la reducción del
estrés, han mostrado una mejoría en la respuesta inmune con una reducción en
marcadores inflamatorio, abriendo la posibilidad de realizar de forma complementaria
psicoterapia en pacientes con infecciones víricas crónicas (Cabrera et al., 2017).

Solano y Velásquez (2012) confirman también que situaciones estresantes, positivas o


negativas, pueden alterar el comportamiento del sistema inmune, y que incluso dicho
sistema va a tener también un efecto sobre nuestro comportamiento y nuestras
emociones. ¿Cómo afecta el estrés a nuestro SI? Cuando nuestro nivel de estrés se
vuelve crónico debido a enfrentarnos a situaciones que consideramos que van a exceder
nuestra capacidad de adaptación, se activa el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal que
traerá asociado una mayor liberación de glucocorticoides. A través de múltiples estudios
se ha comprobado que este aumento va a tener un efecto sobre el sistema
inmune disminuyendo la respuesta de sus componentes: linfocitos, macrófagos, células
B, células NK… (Castrillón et al., 2015). De hecho, Solano y Velásquez, (2012) en su
revisión comprobaron que algunos estudios habían mostrado que incluso en personas
que cuidaban a familiares con demencias progresivas, podían presentar este estrés
crónico y esa inmunosupresión.

La respuesta que activa el estrés producido por un estímulo, que puede ser tanto interno
como externo, va encaminada a mantener la homeostasis del organismo. Carnes (2014)
considera que va a ser el cerebro el director de orquesta de esta respuesta en los niveles
fisiológico, emocional y comportamental, siendo en concreto el lóbulo frontal quien
establezca cómo de estresante es el estímulo. La respuesta al estrés va a tener su punto
de salida en el hipotálamo, y su meta en la generación de glucocorticoides,
especialmente cortisol, así como otra serie de hormonas como por ejemplo adrenalina
con su consecuente aumento de glucosa. El aumento de cortisol y adrenalina en
concreto conllevará una disminución en el número de glóbulos blancos en nuestro
organismo. En sí, dicha respuesta ante un estrés agudo nos ayuda a enfrentarnos a él y
mantenernos vivos. Sin embargo, cuando ese estrés se transforma en crónico va a
producirse una hiperactivación o un uso ineficaz de todas las hormonas y
neurohormonas puestas en marcha ante el estrés agudo. No debemos olvidar que en
ocasiones, a mayores, ese estrés crónico va a afectar a nuestro estilo de vida y nuestro
comportamiento llevándonos a hábitos poco saludables que agravaran la situación ya de
por sí complicada (Carnes, 2014). Una buena manera de reconducir este estrés crónico
es a través de la práctica del mindfulness (Moscoso, 2010), pero no entendida esta como
una técnica de relajación, sino como una manera de estar en contacto con el momento
presente, el aquí y ahora, que nos permita defusionarnos de nuestros pensamientos y
sentimientos.

SISTEMA INMUNE Y PATOLOGÍAS

Álvaro y Traver (2010) ofrecen una forma de observar la fibromialgia desde la propia
psiconeuroinmunología. Como ya se ha comentado, el sistema nervioso recibe los
estímulos, bien sea externos o mediados por variables psicosociales en forma de
estresores que afectan al cerebro. Ello iniciará diversas reacciones químicas que
actuarán directa o indirectamente mediante el sistema endocrino sobre el SI. En sentido
opuesto, si el SI detecta agentes infecciosos o inflamatorios pondrá en marcha la
producción de citosinas para protegerse, afectando estas al cerebro. El objetivo final es
mantener la homeostasis del organismo. Álvara y Traver (2010) comentan también que
si este equilibrio se pierde puede producirse una desregulación homeostática, y por eso
consideran la idea de plantear la fibromialgia como el efecto de esta desregulación. El
SI, una vez eliminado el agente nocivo, debe finalizar la respuesta activada. Si esta
respuesta se mantiene en el tiempo cronificándose, bien sea porque el estímulo persista,
el SNC no detenga la activación o el SI no tenga una retroalimentación negativa, se
producirá un aumento continuo de citocinas que activará en mayor medida el cerebro y
en consecuencia el SI.

También Sánchez, Sánchez de Lamo y Peiró (2014) coinciden en afirmar en su trabajo


sobre fibromialgia esta relación bidireccional entre procesos psicológicos y nuestra
biología, afectando el estrés a nuestro SI al tener este en gran parte de sus células
receptores sensibles a las hormonas que se producen al sentir estrés. Por lo tanto, el
estrés, así como otras psicopatologías como la depresión, van a provocar un desajuste en
el sistema de citocinas generándose un mayor número de citocinas proinflamatorias.

Sebástian y Sebástian (2015) analizan desde la psiconeuroinmunología el síndrome de


intestino irritable, encontrando relaciones en este caso entre el sistema inmune, factores
psicológicos y la flora intestinal. De esta forma, aspectos más relacionados al ámbito
cognitivo como la ansiedad o el estrés, pueden alterar el SI y la producción de citocinas
proinflamatorias, y contribuir a la sintomatología del síndrome de intestino irritable.

OTROS ASPECTOS PSICOLÓGICOS

En la década de los 70 del pasado siglo, empezaron a realizarse estudios que trataban de
corroborar la hipótesis que relacionaba los procesos físicos con procesos mentales.
Morera-Fumero y Henry (1995) revisan algunos estudios y verificaron que
aquellas personas que enviudaban presentaban en su mayoría una disminución en la
efectividad de su sistema inmune debido a la respuesta psicológica producida por el
consecuente duelo. Lo mismo ocurre en otras situaciones como por
ejemplo intervenciones quirúrgicas o diagnósticos de enfermedades como
el VIH o cáncer. Si bien, aunque estas situaciones en sí son generadoras de alteraciones
en nuestras cogniciones, el cómo la persona las afronte va a ser clave en el efecto sobre
el SI. Afrontamientos activos van a permitir que ese déficit inmunitario no sea tan
marcado. Castrillón et al., (2015) exponen que ya incluso en los años 30 del pasado
siglo, Selye dejo establecido un nexo de unión entre el estado anímico producido por
el estrés y el sistema inmune, encontrándose este vínculo no solo derivado del estrés
físico, sino también del estrés inducido por los requerimientos de nuestro entorno social

El estudio de Corazza et al. (2014) pone de manifiesto que el cuidado por parte de
personas ancianas de personas con alzheimer genera en las primeras un estrés crónico,
mayor cuanto mayor es el deterioro del enfermo, que conlleva una alteración en su
SI dejándolas más vulnerables ante posibles enfermedades que pudieran contraer.

CONCLUSIÓN

Como se ha visto, el sistema inmune está afectado por otros sistemas de nuestro
organismo, y los aspectos psicológicos no son ajenos a esa interferencia. Saber manejar
el estrés parece ser un elemento importante para que nuestro sistema inmune sea más
efectivo y eficaz. Desde las terapias contextuales, por ejemplo, el foco en ese estrés no
estaría en su control, sino en su manejo, aprendiendo a convivir con ese estrés sin
generar todavía más estrés o ansiedad al intentar luchar contra él. Podría incluso
afirmarse que en sí realmente, el área de trabajo no es saber manejar el estrés, sino ser
conscientes de que ese estrés está presente, y actuar no dominados por él, sino en base a
aquello que tenga significado y valor para nosotros. Manejar nuestra reacción al estrés,
más que el estrés en sí. De esta forma los efectos tan negativos del estrés no afectarían a
nuestra biología, permitiendo tener un sistema inmune más activo y eficaz, algo que
siempre ha sido importante, aunque actualmente lo tengamos más presente.

REFERENCIAS

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