EL SIGLO XIV: LOS ALBORES DE LA REFORMA
Esta serie de Tabletalk presenta artículos que examinan el siglo XIV. Desde la
Peste Negra, que asoló Europa matando a más de un tercio de la población, hasta
el llamado Cautiverio Babilónico del Papado y el Cisma de Occidente, durante el
cual varios hombres reclamaron simultáneamente ser el verdadero Papa, el siglo
XIV no fue una época de tranquilidad. Este siglo fue testigo del surgimiento de
místicos heréticos como Meister Eckhart, así como de precursores de la Reforma
como John Wycliffe.
Esta serie de artículos nos ayudará a entender mejor dónde estamos hoy en día,
examinando de cerca dónde hemos estado en el pasado.
EL PRECURSOR DE LA REFORMA
John Wycliffe fue la estrella de la mañana de la Reforma. Fue protestante y
reformador poco más de un siglo antes de que Martín Lutero iniciara la Reforma
protestante en 1517. A través de Wycliffe, Dios plantó las semillas de la Reforma,
las regó a través de Jan Hus, e hizo florecer su flor a través de Martín Lutero. La
semilla de la flor de las noventa y cinco tesis del monje agustino alemán Lutero
fue plantada por el erudito y clérigo inglés John Wycliffe.
Wycliffe murió en la víspera de Año Nuevo de 1384. Tres décadas después, fue
condenado como hereje. En 1415, el Concilio de Constanza condenó al reformador
bohemio Jan Hus (1370-1415) y lo quemó en la hoguera, y además condenó a
Wycliffe por 260 cargos de herejía. El concilio ordenó que los huesos de Wycliffe
fueran exhumados, retirados de los honrosos cementerios de la iglesia y quemados,
y que sus cenizas fueran esparcidas. Más de una década después, la Iglesia católica
romana trató de contrarrestar la propagación de las herejías de Wycliffe y sus
seguidores, los lolardos, estableciendo el Lincoln College, en Oxford, bajo la
dirección del obispo Richard Fleming. Aunque el papa pudo condenar las
enseñanzas de Wycliffe y esparcir sus huesos, no pudo erradicar su influencia. Las
cenizas de Wycliffe fueron esparcidas en el río Swift, en la región central de
Inglaterra, y como observó un periodista más tarde, «Quemaron sus huesos hasta
convertirlos en cenizas y los arrojaron al Swift, un arroyo vecino que pasa cerca.
Pero el arroyo llevó sus cenizas al Avon; el Avon al Severn; el Severn al Canal de
la Mancha; y de ahí al océano. Así las cenizas de Wycliffe son el emblema de su
doctrina, que ahora está dispersa por todo el mundo».
Wycliffe estaba comprometido con la autoridad e inspiración de la Sagrada
Escritura y afirmó lo siguiente: «La Sagrada Escritura es la máxima autoridad para
todo creyente, la norma de fe y el fundamento para la reforma de la vida religiosa,
política y social… en sí misma es perfectamente suficiente para la salvación, sin
necesidad de añadir costumbres o tradiciones». Como tal, Wycliffe supervisó la
traducción de la Biblia del latín a la lengua vernácula inglesa. Se trataba de una
empresa radical, que iba contra el mandato expreso del papado. Su comprensión
de la Escritura condujo naturalmente a su comprensión de la justificación por la fe
sola, como declaró: «Confía totalmente en Cristo. Confía totalmente en Sus
sufrimientos. Ten cuidado de no buscar ser justificado de otra manera que no sea
por Su justicia. La fe en nuestro Señor Jesucristo es suficiente para la salvación».
En el siglo XIV, en los albores de la Reforma, Wycliffe brilló como una luz
ardiente y resplandeciente de la verdad evangélica. Su doctrina se reflejó en su
vida, alguien que vivía por la gracia de Dios y ante el rostro de Dios, coram Deo,
y para la gloria de Dios. Soli Deo gloria.
EL SIGLO XIV
El papado había alcanzado el cenit de su poder político en Europa bajo Inocencio
III. A su muerte en 1216 le siguió un periodo de eclipse y, finalmente, de
catástrofe. Los papas siguieron luchando por la supremacía contra los emperadores
del «Sacro» Imperio Romano Germánico. Sin embargo, la larga guerra entre el
papado y el imperio había mermado el poder de la corte imperial al socavar la
unidad nacional de Alemania. La amenaza a la independencia del papado ya no
provenía de Alemania, sino de Francia.
La amenaza francesa
La monarquía francesa fue adquiriendo una fuerza que alcanzó niveles peligrosos,
desde la perspectiva papal, bajo el rey Felipe el Hermoso (que reinó entre 1285 y
1314). Felipe fue un tirano despiadado que creía tener autoridad absoluta sobre
todos los asuntos franceses. El conflicto entre Felipe y el papa Bonifacio VIII (que
reinó entre 1294 y 1303) estalló cuando, en 1295, Felipe impuso un impuesto al
clero francés para financiar una guerra con Inglaterra. El clero francés se quejó
ante Bonifacio, quien decretó la excomunión de todos los que impusieran o
pagaran tales impuestos sin permiso papal. Felipe respondió prohibiendo la
exportación de oro y plata desde Francia, lo que paralizó la economía de Roma.
Bonifacio tuvo que transigir, permitiendo al clero francés hacer contribuciones
«voluntarias» a la guerra de Felipe.
Luego, en 1301, Bonifacio envió a un legado papal, Bernardo de Saisset, a la corte
de Felipe para quejarse de varios actos prepotentes de Felipe, incluyendo la
confiscación de bienes de la iglesia. Felipe hizo arrestar a Bernardo y lo acusó de
alta traición. Bonifacio ordenó la liberación de Bernardo, convocando a Felipe a
Roma. Felipe convocó una asamblea nacional de nobles, clérigos y plebeyos
franceses para apoyarle. Bonifacio reaccionó en 1302 publicando la famosa bula
papal Unam sanctam, en la que se hacían las más exaltadas reivindicaciones
políticas y espirituales a favor del papado:
Hay un solo cuerpo y una sola cabeza de esta única Iglesia [católica] —no dos
cabezas, como un monstruo—, que es Cristo, y el vicario de Cristo es Pedro y el
sucesor de Pedro […] Tanto la espada espiritual como la civil están en poder de la
iglesia […] Declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que es
absolutamente necesario para la salvación que todo ser humano esté sujeto al papa
romano.
La respuesta de Felipe fue declarar a Bonifacio incapaz de ocupar el trono papal, y
convocó al papa a comparecer ante un concilio general de toda la iglesia. El
parlamento francés, el clero francés y la Universidad de París se unieron a esta
declaración. Bonifacio se preparó para excomulgar a Felipe, pero antes de que
pudiera hacerlo, el rey francés hizo secuestrar y encarcelar a Bonifacio. Los
agentes de Felipe exigieron que Bonifacio dimitiera, pero este se negó. Los aliados
lo rescataron de la prisión, pero Bonifacio murió un mes después, viejo y abatido,
mientras la lucha continuaba.
El papado estaba en serios problemas. Felipe había apelado a la opinión nacional
francesa contra las pretensiones de Roma, y había tenido éxito. El nacionalismo
como fuerza política y antipapal había llegado a la escena europea.
El papado de Aviñón
Lo peor para el papado estaba por llegar. Cuando el sucesor de Bonifacio, el papa
Benedicto XI (reinó entre 1303 y 1304), murió tras un reinado de solo ocho meses,
la facción francesa de cardenales logró elegir a un papa francés, Clemente V (reinó
entre 1305 y 1314). Clemente fue un hombre débil que simplemente se convirtió
en un instrumento del rey Felipe. Nunca puso un pie en Roma y, tras cuatro años
de divagar por el sur de Francia, en 1309 estableció la corte papal en Aviñón, una
ciudad a orillas del río Ródano, rodeada de territorio francés y bajo influencia
política francesa.
El papado permaneció en Aviñón durante casi setenta años (1309-77), cautivo de
la monarquía francesa y su política. Los enemigos de Francia se refirieron a este
periodo como el cautiverio babilónico del papado. Hubo siete papas durante este
periodo, todos franceses, y se aseguraron de que la mayoría de los cardenales
también fueran franceses.
El papado de Aviñón tuvo un efecto calamitoso sobre el prestigio y la influencia
del cargo de papa. Según la teoría católica, el apóstol Pedro había sido el obispo de
Roma y, por tanto, el primer papa, por lo que la iglesia y el obispo de Roma eran
primordiales. Con los papas ahora en Aviñón, arrancados de su antigua sede
histórica en Roma, a muchos les pareció que el papado había perdido su verdadera
identidad, convirtiéndose en un mero peón político en manos de los reyes
franceses.
El papado de Aviñón dio lugar a varios ataques notables contra el papado por parte
de pensadores cristianos. La mayoría de ellos procedían del Sacro Imperio
Romano, que era aún más hostil al papado ahora que estaba bajo la dominación
francesa. Las críticas más radicales a las pretensiones papales fueron hechas por el
académico inglés Guillermo de Ockham (1287-1347) y el italiano Marsilio de
Padua (1280-1343).
El precursor de la Reforma
Tomemos a Marsilio como ejemplo de un crítico al papado. Rector de la
Universidad de París desde 1313, los ataques de Marsilio al papado le obligaron en
1326 a huir por seguridad a Alemania, donde se puso bajo la protección del
emperador Luis el Bávaro (reinó entre 1314 y 1347). Luis, que fue excomulgado
por el papa Juan XXII en 1324, era un decidido enemigo del papado. El gran
tratado antipapal de Marsilio fue Defensor pacis [Defensor de la paz], escrito en
1324 cuando todavía estaba en París.
En Defensor pacis, Marsilio argumentó que la autoridad recaía en «el pueblo», es
decir, el conjunto de los ciudadanos en el Estado y el conjunto de los creyentes en
la iglesia. Marsilio había aprendido esta teoría de Aristóteles, de quien era un
devoto alumno. Los líderes políticos y espirituales, por lo tanto, eran nombrados
por el pueblo y debían rendir cuentas al pueblo. El poder legislativo supremo en la
iglesia no era el papado, sino un concilio ecuménico que representaba a todo el
cuerpo de creyentes. La Escritura sola era la fuente de la doctrina cristiana; si
había alguna disputa sobre lo que la Escritura enseñaba, un concilio ecuménico
debía resolverla.
Siguiendo esta línea de pensamiento, Marsilio distinguió entre la Iglesia católica y
la Iglesia apostólica. La Iglesia católica incluía a la Iglesia occidental, a la
ortodoxa oriental y a todos los que creían en Cristo. Todos los miembros de la
Iglesia católica estaban dentro de la gracia de Dios. La Iglesia apostólica era la
iglesia de Roma, que era una encarnación y manifestación de la Iglesia católica,
pero no era infalible; Roma podía equivocarse. Además, el papa no tenía derecho a
deponer a reyes y emperadores. El clero, insistía Marsilio, estaba sujeto al Estado
en todos los asuntos seculares, como todas las demás personas. Los sacerdotes
solo tenían poder para enseñar, advertir, persuadir y reprender.
Dado que Marsilio aceptaba que la iglesia y el Estado eran los aspectos
espirituales y políticos de una única sociedad cristiana, también enseñaba que un
Estado cristiano tenía derecho a convocar concilios eclesiásticos, nombrar al clero
y controlar las propiedades de la iglesia.
El florecimiento del misticismo
El siglo XIV fue testigo del florecimiento del misticismo en la Iglesia occidental.
Una nueva sed por una experiencia personal directa con Dios ardía en muchas
almas. En Alemania, tres grandes predicadores dominicos promovieron este
misticismo: Eckhart von Hochheim (1260-1327), habitualmente llamado Meister
(«maestro») Eckhart, y sus dos discípulos Johann Tauler (1300-61) y Heinrich
Suso (1295-1360). Eckhart, Tauler y Suso, tres de los místicos más queridos de la
historia del cristianismo, fueron pastores de monjas dominicas y beguinas
(similares a las monjas) en Alemania occidental. La influencia de sus prédicas y
escritos dio lugar a un grupo más amplio de místicos alemanes y suizos que se
autodenominaron Amigos de Dios. Fue alguien del movimiento de los Amigos de
Dios quien escribió la anónima Theologica Germanica [Teología alemana], uno
de los ejemplos más profundos y bellos de los escritos místicos cristianos.
En los Países Bajos, el principal místico fue Jan van Ruysbroeck (1293-1381),
director de un monasterio agustino en Groenendael. La contribución de Italia al
florecimiento místico llegó a través de Catalina de Siena (1347-80), una monja
dominica de Siena, en el noroeste de Italia, que actuó como guía espiritual de un
círculo de seguidores que la admiraban.
El misticismo en Inglaterra se manifestó en la vida y los escritos de varios
ermitaños: Richard Rolle (1300-49), de Hampole (Yorkshire), autor de The Fire of
Love [El fuego del amor]; Walter Hilton (fallecido en 1396), de Thurgarton
(Nottinghamshire), autor de The Scale of Perfection [La escala de la perfección]; y
la más famosa de todas, Lady Julian de Norwich (1342-1416), una anacoreta de
Norwich (Norfolk), autora de las muy imaginativas y encantadoras Revelations of
Divine Love [Revelaciones del amor divino]. El misticismo inglés de esta época
también apareció en un tratado anónimo llamado The Cloud of Unknowing [La
nube del desconocimiento], que puso la teología y la espiritualidad del escritor
pseudoepígrafo Pseudo Dionisio Areopagita en el inglés popular del siglo XIV.
Por último, tenemos a Margery Kempe (1373-1440), una laica de Bishop’s Lynn
en Norfolk y amiga de Julian de Norwich. Su Book of Margery Kempe [Libro de
Margery Kempe] relata sus notables visiones y sus peregrinaciones internacionales
a Roma, Jerusalén, Compostela (en España), Wilsnack (en Alemania) y
Canterbury.
Estos místicos compartían una serie de rasgos distintivos. Utilizaban la lengua
nativa de su país (en lugar del latín) y dirigían sus ministerios tanto a los laicos
como a los eruditos y al clero. Enfatizaban la centralidad de la predicación y la
enseñanza en la iglesia, el alto valor del estudio y el conocimiento del Nuevo
Testamento, y la importancia de la santidad práctica en la vida diaria. Todo su
enfoque estaba eminentemente centrado en Cristo. Cristo, subrayaban, siempre
está disponible de forma inmediata para el alma creyente; no está encerrado en el
sacerdocio y los sacramentos.
Las enseñanzas de los místicos a menudo les acarreaban grandes sospechas por
parte de las autoridades eclesiásticas, que temían que el misticismo llevara a la
gente a despreciar las doctrinas y estructuras oficiales de la iglesia. Eckhart, junto
con algunos otros místicos, enseñaban a veces (o parecían enseñar) que había una
«chispa divina» increada y eterna en el alma humana; los teólogos ortodoxos
rechazaron con razón esta idea porque empañaba la distinción entre Creador y
criatura. Sin embargo, Eckhart no pretendía ofrecer una alternativa deliberada a la
doctrina oficial de la iglesia, e intentó aclarar sus enseñanzas.
Los místicos alemanes influyeron profundamente en el gran reformador Martín
Lutero, al menos en la primera parte de su carrera. Alabó los sermones de Tauler
como fuente de «teología pura», e hizo reimprimir la Theologica Germanica dos
veces, añadiendo introducciones de su propia pluma.
La forma moderna de servir a Dios
El movimiento conocido como devotio moderna (la forma moderna de servir a
Dios) tuvo algunas similitudes con este florecimiento místico. Comenzó en los
Países Bajos con Gerard Groote de Deventer (1340-84), amigo y admirador de Jan
van Ruysbroeck. El ideal de vida religiosa de Groote era el de comunidades de
hombres y mujeres cristianos («hermandades» masculinas y femeninas) que
vivían, rezaban y seguían a Cristo juntos, pero sin convertirse en monjes o monjas.
Estas hermandades trabajaban para ganarse la vida «en el mundo» y no hacían
votos monásticos. Estas comunidades fueron muy populares y se extendieron por
los Países Bajos y el oeste de Alemania. Con el tiempo, la mayoría de las
comunidades femeninas adoptaron alguna forma de disciplina monástica, pero la
mayoría de las comunidades masculinas —los Hermanos de la Vida Común— se
mantuvieron fieles a los ideales de Groote. Dedicaron gran parte de su energía a
copiar y distribuir literatura religiosa.
La «forma moderna de servir a Dios» se caracterizaba por un sentido de la
cercanía de Dios al creyente y por centrar la mente en la vida y los sufrimientos de
Cristo, tal y como se recogen en los evangelios. El escrito más influyente y
conocido que surgió de este movimiento fue La imitación de Cristo, de Tomás de
Kempis (1380-1471).
Los albores del Renacimiento
El siglo XIV también vio los primeros brotes del Renacimiento. El «hombre del
Renacimiento» original fue el poeta Francesco Petrarca (1304-74). Los padres de
Petrarca eran oriundos de Florencia, pero él creció en Aviñón durante el papado de
esta ciudad.
La primera mitad de la vida de Petrarca fue motivo de profunda vergüenza para él.
Se hizo sacerdote sin ningún sentido de la vocación divina, y vivió con varias
amantes, engendrando varios hijos ilegítimos. Sin embargo, en 1350, Petrarca
experimentó una conversión religiosa, momento en el que se apartó de su
inmoralidad.
Petrarca fue un admirador ferviente de los antiguos escritores latinos paganos,
especialmente Cicerón, Virgilio y Séneca, y los tomó de modelos para su estilo de
escritura. Los propios escritos de Petrarca le dieron fama internacional: sus
poemas de amor italianos fueron obras de genio literario. Tras su conversión, el
héroe espiritual de Petrarca fue Agustín de Hipona, y nunca iba a ningún sitio sin
un ejemplar de las Confesiones de Agustín. Como Agustín era platonista, Petrarca
aceptó a Platón como filósofo supremo. Esto lo puso en conflicto con la teología
de los escolásticos, que habían abandonado en gran medida a Platón por
Aristóteles.
En Petrarca, vemos los ingredientes que se utilizaron en la elaboración del
Renacimiento, especialmente en su forma más cristiana:
1. Una actitud de desprecio hacia el periodo medieval como «la Era de las
Tinieblas». (Petrarca fue el primer hombre que se refirió a la Edad Media con este
nombre).
2. Una creencia en una «edad dorada» de la civilización en la Grecia y Roma
clásicas, y una edad de oro espiritual en los días de los apóstoles y los primeros
padres de la iglesia.
3. Un nuevo fervor por Platón que frenó el compromiso con Aristóteles que
operaba en gran parte de la teología escolástica, y una tendencia a preferir a
Agustín sobre la escolástica en cualquier caso.
4. La admiración de los antiguos autores latinos como maestros del estilo literario.
5. La convicción de que toda la filosofía y la teología no deben ser abstractas, sino
que deben girar en torno a la humanidad y la vida humana, especialmente a la
relación entre los seres humanos y Dios.
La peste negra
No podemos dejar el siglo XIV sin mencionar la peste negra. Fue una plaga
devastadora que arrasó a Europa desde 1347 hasta aproximadamente 1400. Un
tercio de la población europea pereció, y en algunas regiones, la mitad. Petrarca
nos dejó esta descripción:
¿Cuándo podrán nuestros descendientes creer que hubo un tiempo en el que […]
casi toda la tierra quedó deshabitada: casas vacías, ciudades desiertas, campos que
crecían salvajes, el suelo cubierto de cadáveres, y por todas partes un vasto y
espantoso silencio?
Bajo el impacto desolador de la peste negra, el ejército misionero de la iglesia —
los franciscanos y los dominicos— se dio cuenta de que no podía mantener el
suministro de misioneros a Oriente. Como resultado, todo el programa misionero
se redujo a un tamaño insignificante. No resurgió de forma efectiva sino hasta
doscientos años después.
EN LO MÍSTICO
En el siglo XIV floreció el misticismo, un movimiento que ha tenido influencia en
la iglesia hasta nuestros días. El misticismo afirma la posibilidad terrenal de una
unión personal e inmediata del alma con el ser de Dios mismo. Ofrece un
conocimiento directo de Dios mediante experiencias y estados mentales
extraordinarios.
El misticismo en su conjunto no es exclusivo del cristianismo, ya que se encuentra
en religiones y filosofías de todo el mundo. El misticismo cristiano afirma tener
sus raíces en las Escrituras, pero también recibió la influencia de la filosofía
neoplatónica a través del autor Pseudo Dionisio Areopagita y del filósofo
escolástico Juan Escoto Erígena, traductor de Pseudo Dionisio en el siglo VIII.
El siglo XIV produjo los teólogos místicos dominicos Maestro Eckhart, Juan
Taulero y Enrique Susón. Curiosamente, el libro místico Theologica Germanica
influyó en cierta medida a Martín Lutero. Gerardo Groote, un místico holandés,
fue el fundador de los Hermanos de la Vida Común, considerados como
precursores de la Reforma. Entre los místicos ingleses se encuentra Juliana de
Norwich. Otras místicas contemporáneas fueron Catalina de Siena y Teresa de
Jesús.
Causas
El misticismo cristiano surgió a partir de otras prácticas en la historia de la iglesia
que tienen cualidades «mágicas» e irreales, que hacen que dichas prácticas sean
altamente sospechosas o poco ortodoxas. Estas prácticas incluyen el ascetismo, la
superstición sacramental y la interpretación alegórica de la Escritura.
El primero de estos precursores del misticismo cristiano es el ascetismo, que
consiste en el rechazo radical del mundo físico. Al igual que el misticismo
cristiano, el ascetismo tomó su impulso de la filosofía neoplatónica.
Luego, las supersticiones surgieron de la influencia de las religiones de misterio
grecorromanas, como el culto a Mitra e Isis, que influyeron en la iglesia con
creencias místicas y mágicas sobre el poder de los rituales especiales. Estas
creencias afectaron la visión cristiana sobre los sacramentos y las reliquias de los
mártires y héroes de la iglesia.
En tercer lugar, la interpretación bíblica alegórica surgió de la creencia en una
exégesis cuádruple de la Escritura. Es decir, en lugar de un enfoque histórico
centrado en Cristo, se pretendía que la Biblia tuviera significados ocultos que
transmitían conocimientos metafísicos y escatológicos secretos.
¿Qué impulsó este deseo de experimentar lo extraordinario y de alcanzar nuevos
niveles de conciencia? Un factor fue la mala interpretación de la Biblia. Por
ejemplo, 2 Pedro 1:4 dice que Dios hace a los cristianos «partícipes de la
naturaleza divina». Este pasaje podría ser sobreespiritualizado si se lee fuera de
contexto. Además, pasajes como la transfiguración (Mt 17:1-13), la descripción de
Pablo de la experiencia de un alma en el tercer cielo (2 Co 12:2) y la visión de
Juan en el Apocalipsis —cuando se interpretan mal— conducen a una mezcla
involuntaria del cristianismo bíblico con experiencias místicas y filosofías no
cristianas y paganas.
Otra causa a tener en cuenta tiene que ver con el contexto medieval del misticismo
cristiano. Ese contexto fomentó el misticismo cristiano gracias a eventos como las
plagas y las altas tasas de mortalidad, las persecuciones de la herejía, las Cruzadas
y la opulencia de la iglesia. ¿Por qué? Porque el misticismo cristiano ofrecía el
«retiro» de un mundo a menudo abrumador, hostil y confuso. Se centraba en
experiencias internas subjetivas, permitiendo al místico desentenderse o ignorar el
mundo exterior.
Prácticas y técnicas
El movimiento monástico, en el que muchos cristianos abandonaron las ciudades
para fundar monasterios, seguía siendo una fuerza importante en el siglo XIV. A
medida que el movimiento monástico se extendía, ofrecía a sus seguidores un
riguroso programa de contemplación devocional que a menudo permitía y
fomentaba las experiencias místicas. Por ejemplo, los místicos solían disciplinarse
mediante peregrinaciones y ayunos, y mediante formas más radicales de
ascetismo, como el ayuno extremo, la privación del sueño y la autoflagelación. Su
búsqueda del éxtasis religioso los llevaba a rechazar la primacía de la mente y a
centrarse en el «vaciado» de la misma mediante la repetición constante de una
oración.
Los místicos solían acercarse a sus experiencias de dos maneras diferentes para
entender a Dios. Una consistía en intentar comprender a Dios declarando lo que Él
no es, y la otra en afirmar lo que es. Cada uno de estos métodos era
inherentemente especulativo. Ninguno de ellos partía de la revelación bíblica; más
bien, el alma humana buscaba conocer a Dios mediante sus propias experiencias
internas, no racionales, lo que a menudo era meramente hipotético y podía ser
problemático cuando no se basaba en la Escritura.
Teólogos
Los místicos del siglo XIV tenían acercamientos distintivos a su misticismo.
Gregorio Palamás, en Oriente, abogaba por el retraimiento para buscar a Dios por
medio de la oración. Utilizó el dictum de Atanasio de que «Dios se hizo hombre
para que el hombre pudiera hacerse Dios». Afirmaba que este dictum permitía un
tipo de deificación del hombre que se diferenciaba del panteísmo. Para Palamás,
Dios seguía siendo Dios, mientras que el hombre participaba de las energías
divinas. Palamás desarrolló prácticas que incluían recitaciones místicas de
palabras sagradas unidas a una postura específica.
Por otro lado, la visión del Maestro Eckhart sobre el conocimiento inmediato de
Dios implicaba que el místico se convertía en la naturaleza divina. Creía que la
«chispa del alma» dada por Dios es la imagen de Dios en el hombre. Esta permite
la contemplación de las verdades eternas, lo que da lugar al «nacimiento de Dios
en el alma». Para Eckhart, esto solo puede producirse renunciando a uno mismo y
a este mundo. La unión con Dios sigue para que el místico experimente la vida de
Dios y la gloria de Su naturaleza. En esta unión, el alma participa de la naturaleza
divina y se convierte en divina. Este conocimiento, afirmaba Eckhart, es
demasiado grande para definirlo en palabras y solo se conoce en unidad pura con
lo divino. Además, esta «visión beatífica» es efímera y solo se hace permanente en
la eternidad. El papa condenó posteriormente las afirmaciones panteístas de
Eckhart.
El legado del misticismo medieval
La teología mística no desapareció al final de la época medieval, sino que
reapareció en épocas posteriores de la historia de la iglesia. Diversos individuos
como Ignacio de Loyola, Kaspar Schwenkfeld von Ossig y algunos puritanos
ingleses tuvieron énfasis místicos.
Además, varias tradiciones protestantes han practicado el misticismo o han estado
abiertas a las experiencias místicas. Entre ellas se encuentran los pietistas, los
cuáqueros, los pentecostales y los carismáticos. Además, el «padre del liberalismo
protestante», Friedrich Schleiermacher, sostenía que la experiencia religiosa es el
corazón de la religión cristiana.
En el siglo XX, el misticismo traspasó las fronteras religiosas y filosóficas, por la
forma en que lo representaron el teólogo alemán Rudolf Otto, el psicólogo
estadounidense William James, el filósofo judío Martin Buber y el filósofo francés
Pierre Teilhard de Chardin. Todos ellos fueron influenciados por el misticismo
cristiano del siglo XIV.
Salvaguardas contra los peligros
Para el cristiano, la experiencia mística nunca puede sustituir a la Palabra de Dios
revelada. La Palabra es nuestra propia verdad revelada y debemos ser escépticos
cuando alguien —ya sea en el siglo XIV o en la actualidad— pretenda
describirnos su propia verdad personal sobre Dios. «Vaciar» la mente y adorar a
Dios mediante una experiencia no cognitiva es no amar a Dios con todo el
corazón, el alma, la mente y las fuerzas. Dios nos llama a adorarle con todo
nuestro ser.
La salvaguarda contra los excesos, las supersticiones autoinmoladoras, las
tendencias panteístas y otros peligros del misticismo es el vínculo inextricable
entre la Palabra y el Espíritu enseñado por Cristo y Sus apóstoles, la conjunción
bíblica de la Palabra de Dios y el sacramento, y la regla de interpretar la Escritura
con la Escritura en humilde obediencia y fe.
Las Escrituras nos enseñan a probar los espíritus porque las falsas enseñanzas
surgen de los corazones caídos de la humanidad, incluido el nuestro. La salvación
no está centrada en el hombre, ya sea en términos de sentimientos, elecciones,
ideas o visiones. La verdad y la sabiduría son dones de la gracia divina y se
encuentran en Cristo. Nuestra búsqueda de Dios debe estar centrada en Cristo y
basada en la Palabra de Dios revelada.
Por lo tanto, el cristianismo bíblico, especialmente tras su restauración en la
Reforma, rechaza las experiencias místicas sin restricciones en favor de la
revelación bíblica de Cristo a través del poder del Espíritu Santo. De hecho, la
naturaleza caída del hombre significa que debemos rechazar nuestros impulsos
internos como nuestras principales guías espirituales y, en su lugar, practicar una
confianza humilde en la Palabra y en el Espíritu Santo. Cuando meditamos,
debemos meditar en la Escritura. Cuando busquemos experiencias extraordinarias,
debemos considerar los milagros extraordinarios que Dios ha realizado en la
historia y que están registrados en Su Palabra. Cuando busquemos conocer a Dios,
debemos conocer las Escrituras que hablan de Él (Jn 5:46), orar a nuestro Padre
amoroso y participar en la iglesia y en los sacramentos.
Por lo tanto, debemos abrazar el gran mandamiento de amar a Dios con todo el
corazón, el alma, la mente y las fuerzas (Lc 10:27), recordando que ni nuestras
mentes ni nuestros sentimientos nos llevarán a Dios sin la verdadera experiencia
«interior» de la gracia del Espíritu Santo en Cristo fundamentada en Su Palabra
inspirada.
LA ESTRELLA DE LA MAÑANA DE LA REFORMA
Llevaba varias décadas muerto y enterrado, pero la iglesia quería dejar un mensaje
claro. Sus restos fueron exhumados y quemados, un final apropiado para el
«hereje» John Wycliffe. Wycliffe explicó una vez lo que significaban realmente
las letras del título CARDINAL (CARDENAL): «Capitán de los Apóstatas del
Reino del Diablo, Insolente y Nefario de Lucifer». Y con eso, Wycliffe solo estaba
comenzando.
Wycliffe rechazó la doctrina de la transubstanciación, que afirma que los
elementos del pan y del vino en la Cena del Señor se convierten en el cuerpo y en
la sangre reales de Cristo. Estaba en contra de la absolución sacerdotal, se
pronunció contra las indulgencias y negó la doctrina del purgatorio. Rechazó la
autoridad papal. En cambio, afirmó que Cristo es la cabeza de la iglesia. Además,
tenía una profunda creencia en la inerrancia y autoridad absoluta de las Escrituras.
Creía plenamente que la iglesia de su tiempo había perdido el rumbo. Solo la
Escritura proporcionaba el único camino de vuelta. Ahora vemos por qué la Iglesia
romana medieval quería hacer una declaración contra Wycliffe.
John Wycliffe ha sido llamado a menudo «la estrella de la mañana de la Reforma».
Jan Hus, otro reformador previo a la Reforma, se sintió obligado a expresar su
deuda suprema con Wycliffe. Aunque vivió mucho después de la muerte de
Wycliffe, Martín Lutero también se sintió obligado a reconocer las reformas
pioneras de John Wycliffe. Lutero se apoyó en los hombros de Hus, quien se
apoyó en los hombros de Wycliffe. Hus, Lutero y los demás reformadores estaban
en deuda con él. Nosotros también. Wycliffe fue verdaderamente «la estrella de la
mañana de la Reforma».
El término estrella de la mañana se ha utilizado alternativamente para referirse a la
estrella Sirio o al planeta Venus. Aparece más brillante antes del amanecer, el
momento en que la oscuridad todavía domina, pero también el momento de la
promesa, el momento del amanecer y del nacimiento del sol. Así que, John
Wycliffe se sitúa históricamente entre la oscuridad y la luz del mañana.
John Wycliffe nació alrededor de 1330 y murió el 30 de diciembre de 1384. Su
siglo fue uno de creciente desilusión con la Iglesia romana medieval. Había
desilusión con la jerarquía de la iglesia y también con la piedad de la iglesia (o la
falta de ella). Eran tiempos de malestar. El largo reinado de la noche, de las
tinieblas, había cobrado factura, especialmente en los laicos. Ellos soportaron el
peso de una iglesia descarriada. Tal vez nadie era más consciente de esto que John
Wycliffe.
Los estudios de Wycliffe
La Universidad de Oxford se convirtió en el hogar de Wycliffe en 1346, durante su
adolescencia. Tan pronto como Wycliffe llegó a Oxford, fue testigo de toda la
pompa y circunstancia de la convocación, que incluía una misa en honor a la
familia real y los académicos de Oxford. Más tarde, Wycliffe se acostumbró a las
rutinas académicas de asistir a las conferencias y debates. Wycliffe se sentó bajo la
tutela del teólogo Thomas Bradwardine y el filósofo William Ockham, y se vio
influenciado profundamente por ellos. Estudió ampliamente, aprendiendo ciencias
y matemáticas; derecho e historia y, por supuesto, filosofía. En Oxford, Wycliffe
pronto pasó del rango de estudiante al de estudioso, y más tarde se convirtió en
maestro del Balliol College. Los primeros escritos de Wycliffe serían en el campo
de la filosofía.
Sin embargo, el estudio de la Biblia, y más tarde de la teología, captaron su
atención y despertaron su interés. Wycliffe obtuvo el título de doctor en teología,
lo que le permitió dar clases sobre el tema. También se vio envuelto en la política
eclesiástica en la década de 1370, en la que la crisis del papado llegaría a su punto
culminante, poniendo fin al papado de Aviñón y marcando el regreso del papa a
Roma. Wycliffe recurrió a su amplia formación, aplicando su perspicacia y su
competencia filosófica a los apremiantes problemas eclesiásticos y teológicos de
su época.
Las tesis de Wycliffe
Lutero tenía sus famosas «95 tesis». Aunque no tenía tantas, Wycliffe tenía sus
propias tesis (es decir, argumentos) contra la iglesia. Una de las tesis declara:
«Existe una iglesia universal, y fuera de ella no hay salvación. Su cabeza es Cristo.
Ningún papa puede decir que es la cabeza». Por esta y otras ideas, el papa
Gregorio XI condenó a Wycliffe.
Pero Wycliffe tenía amigos en las altas esferas y su condena tuvo poco efecto. La
madre del joven rey Ricardo II estaba a favor de Wycliffe, al igual que John de
Gaunt, el tío del joven rey, que ejercía una gran influencia. Estos partidarios
influyeron en el Parlamento en contra del papa y a favor de Wycliffe. En Oxford,
los estudiantes y la facultad se unieron a su apoyo.
Estas controversias y censuras hicieron poco para disuadir a Wycliffe. De hecho,
lo impulsaron más en sus estudios y escritos, resultando en argumentos aún más
convincentes contra el status quo religioso, a favor de las reformas. Más tarde, la
marea se volvería contra Wycliffe, y él y sus seguidores serían perseguidos.
Dos importantes obras escritas durante la década de 1370 tuvieron una influencia
significativa y duradera. En la primera, Sobre el dominio divino (probablemente
escrito entre 1373-1374), Wycliffe presenta argumentos contra la autoridad papal.
Cualquier autoridad que se tenga en la iglesia se deriva, en última instancia, de
mantener la fidelidad a la Palabra de Dios. La autoridad que elude o va en contra
de la Palabra de Dios no es autoridad en absoluto y no tiene derecho de gobernar
en la iglesia, argumentó Wycliffe. En la segunda obra, Sobre el dominio civil
(probablemente escrita entre 1375-1376), Wycliffe defiende que las autoridades
civiles no estén a la merced de la iglesia. En cambio, argumenta que los
patrocinadores de la iglesia, la realeza y la nobleza de Inglaterra, no necesitan
apoyar financieramente a la iglesia ni a los oficiales de la iglesia que están en error
o son corruptos. No es sorpresa, entonces, que el papa Gregorio XI condenara a
Wycliffe y sus ideas.
Estos libros de Wycliffe llegaron a la lista de libros prohibidos. Pero eso no
impidió que llegaran a Jan Hus. Los libros de Wycliffe también influyeron en
Martín Lutero. El cautiverio babilónico de la iglesia de Lutero refleja las ideas en
Sobre el dominio divino, y los Consejos a la nobleza alemana de Lutero refleja las
ideas en Sobre el dominio civil. Finalmente, Thomas Cranmer utilizó estas ideas
«heréticas» en sus esfuerzos para persuadir a Enrique VIII de que rompiera con la
Iglesia católica romana y estableciera la Iglesia de Inglaterra. Estos libros fueron
verdaderamente influyentes.
La Biblia de Wycliffe
Sin embargo, serían otros escritos de Wycliffe los que tendrían una influencia más
profunda. En 1378, Wycliffe escribió Sobre la verdad de la Sagrada Escritura.
Aquí vemos los inicios de la doctrina tan crucial para la Reforma: sola Scriptura
(la Escritura sola). En esta obra, Wycliffe defiende que todos los cristianos tienen
el derecho a la Palabra de Dios en su propio idioma. Wycliffe creyó tanto en este
principio que dedicó sus últimos años a traducir el texto de la Vulgata Latina al
inglés medio. A él se unieron otros, como Nicholas de Hereford y John Purvey.
Estas labores culminaron en lo que llegaría a ser el mayor logro de Wycliffe: la
Biblia de Wycliffe.
La Biblia de Wycliffe consistió en cientos de manuscritos copiados a mano.
Fueron puestos al servicio de la tropa de pastores de Wycliffe, los llamados
sacerdotes pobres. Tenían muy poco a su nombre, y probablemente no tenían un
aspecto tan impresionante. Un amigo de Wycliffe una vez lo describió como «de
complexión delgada, enferma y demacrada». Sus pobres sacerdotes probablemente
no se veían mejor. Pero tenían copias de la Biblia.
El legado de Wycliffe
Estos predicadores pasaron a llamarse lolardos. Pronto ese término se amplió para
aplicarse a los que seguían las enseñanzas de Wycliffe. Los lolardos crecieron y
crecieron. «Uno de cada dos hombres que conoces», decía el dicho, «es un
lolardo».
Lolardo es una palabra holandesa que significa «susurrar» o «murmurar». Ya que
los seguidores de Wycliffe estaban predicando y enseñando la Biblia en inglés, no
en latín, eran ridiculizados como susurradores y murmuradores. Pero no estaban
susurrando. Estaban hablando la verdad. Los lolardos incluso tuvieron su
momento parecido a la puerta de Wittenberg, clavando una petición en las puertas
del Parlamento de Westminster Hall en 1395. Los lolardos extendieron la
influencia de Wycliffe mucho más allá de su vida, e incluso hasta la Reforma
británica del siglo XVI.
Mientras asistía a la iglesia el 28 de diciembre de 1384, Wycliffe sufrió un severo
derrame cerebral, el segundo. Murió dos días más tarde. Post tenebras lux,
«después de las tinieblas, luz», es el lema que representa la Reforma de Calvino en
Ginebra. El sol salió en la Reforma del siglo XVI y la luz del evangelio ahuyentó a
las tinieblas. Pero todos podemos estar agradecidos por los esfuerzos pioneros del
erudito de Oxford del siglo XIV, John Wycliffe, la estrella de la mañana de la
Reforma.
EL CAUTIVERIO BABILÓNICO DEL PAPADO
El 28 de febrero de 2013, el papa Benedicto XVI renunció al papado. Seis días
más tarde, Jorge Mario Bergoglio, un sacerdote jesuita y arzobispo de Buenos
Aires, fue elegido por el Colegio Cardenalicio e instituido como papa Francisco I,
poniendo fin a una notable serie de acontecimientos. La renuncia papal y la
asunción de Francisco nos remiten al último papa que renunció, Gregorio XII
(1415), y a la historia maravillosamente desordenada del papado de Aviñón.
Sobre papas y antipapas
Si creemos el mito popular, podríamos pensar que ha habido una sucesión
ininterrumpida de papas en Roma desde Pedro. Pero según los eruditos del
catolicismo romano, ha habido no menos de cuarenta y seis «antipapas» en la
historia del papado, y a principios del siglo XV, hubo no menos que tres papas
gobernando simultáneamente. El número de los antipapas depende, por supuesto,
de cuándo consideramos que el papado inició realmente. Incluso si comenzamos
con Gregorio I (que reinó entre 590-604), el número de antipapas es menor, pero
sigue siendo impresionante. Un escritor católico romano define al antipapa como
«una persona que tomó el nombre de papa y ejerció o pretendió ejercer sus
funciones sin un fundamento canónico». Esto significa que un antipapa es
cualquiera que alguna vez haya pretendido ser papa, pero que Roma no lo
reconoce ahora como tal.
Una de las razones por las que los eruditos católicos romanos tradicionalistas
recurren a este enfoque es el papado de Aviñón. Desde 1305 hasta 1378, el papado
se trasladó a Aviñón, Francia (a casi 684 kilómetros de París), y desde 1378 hasta
1415, hubo dos papas y a veces tres papas, uno de los cuales estuvo en Aviñón. En
1370, el papa Gregorio XI intentó devolver el papado a Roma, aunque solo fuera
para reafirmar el control papal y romano de la península italiana. A su muerte, en
1378, el problema de los antipapas se intensificó con la elección de Urbano VI
(que reinó entre 1378-1389) en Roma. Fue tan poco popular con el pueblo que los
cardenales mintieron sobre a quién habían elegido. También fue poco popular
entre algunos cardenales porque se decía que tenía mal genio y, lo más
escandaloso, porque acusaba a los cardenales de vivir con ostentación, lo cual fue
una acusación verdadera. En represalia, algunos electores lo acusaron de
demencia.
Como reacción a la elección de Urbano, algunos de los electores papales se
trasladaron a Aviñón, donde el papado había estado desde 1305 (excepto entre
1328 y 1330, cuando había un papa competidor en Roma). Allí eligieron al
cardenal Roberto de Ginebra como Clemente VII (que reinó entre 1378-1394).
Siguió una sucesión de papas y antipapas en Roma y Aviñón entre 1378 y 1409,
cuando las cosas tomaron un giro aún más extraño.
La crisis se profundiza
En 1409, el Concilio de Pisa, con la asistencia de los obispos cardenales, destituyó
al papa de Aviñón, Benedicto XIII (que reinó entre 1394-1415), y al papa romano,
Gregorio XIII (que reinó entre 1410-1415), y eligieron a Alejandro V (que reinó
entre 1409-1410). Este movimiento fracasó, con el resultado de que ahora había
tres papas en competencia. Para complicar aún más las cosas, el mandato de
Alejandro V fue muy breve. Le sucedió Juan XXIII (que reinó entre 1410-1415).
Cada uno de los «papas» había excomulgado a los demás y a sus seguidores, de
modo que toda la cristiandad occidental estaba excomulgada en ese momento.
En el Concilio de Constanza (1414-1418), el papa Juan XXIII de Pisa fue
arrestado, llevado a Constanza y encarcelado. El papa romano Benedicto XIII fue
depuesto, y el papa de Aviñón, Gregorio XII, abdicó. El concilio eligió a Odo
Colonna como papa Martín V el 11 de noviembre de 1417, poniendo fin al cisma.
Roma nunca se ha pronunciado sobre la canonicidad de la elección de Urbano VI
ni sobre la legitimidad del Concilio de Pisa.
No hace falta decir que estos acontecimientos produjeron una incertidumbre que
provocó serias dudas entre los cristianos honestos y ecuánimes de finales de la
Edad Media. La preocupación por la cabeza visible de la iglesia de Cristo y la
conducta de los papas posteriores a Aviñón se combinaron para socavar la
credibilidad del papado durante los siglos XV y XVI.
Reclamos poco convincentes
Al igual que los cristianos durante la crisis de Aviñón, vivimos en una época en
que la autoridad y el orden parecen disolverse ante nuestros ojos. Algunos
cristianos, sensibles a estos cambios culturales y a sus efectos en las iglesias
evangélicas, ven los problemas reflejados en los cambios litúrgicos y en el caos
espiritual y ético general. Por esta razón, se sienten atraídos a Roma por su
pretensión de continuidad con el pasado, su aparente unidad y su estabilidad.
La crisis de Aviñón es solo uno de muchos ejemplos de la historia de la Iglesia
medieval que ilustran la inutilidad de buscar continuidad, unidad y estabilidad
donde nunca ha existido. La verdad histórica es que la comunión romana no es una
iglesia antigua. Es una iglesia medieval que consolidó su teología, piedad y
práctica durante un concilio de veinte años en el siglo XVI (Trento). Sus rituales,
sacramentos, ley canónica y papado son medievales. La unidad y estabilidad
ofrecida por los apologistas romanos son ilusiones, a menos que la excomulgación
mutua y universal y los intentos de asesinatos cuenten como unidad y estabilidad.
Aplastar a los oponentes y reescribir la historia para encajar con las necesidades
presentes no es unidad. Es mitología.
Los apologistas romanos a veces tratan de vindicar a los papas romanos, a
diferencia de los papas de Aviñón y los papas de Pisa, al describir a los papas de
Aviñón como si fueran menos aptos para el cargo que los primeros. Esto es, por
decirlo suavemente, un argumento extraño. Si los papas son como los papas
actúan, entonces podemos acortar la lista de los papas de forma bastante radical.
Según este principio, Roma no tuvo ningún papa desde 1471 hasta 1503, y
posiblemente más allá. En ese período, Sixto IV (que reinó entre 1471-1484), en
un intento de recaudar fondos, extendió las indulgencias plenarias a los muertos.
Inocencio VIII (que reinó entre 1484-1492) tuvo dieciséis hijos ilegítimos, de los
cuales reconoció a ocho. Alejandro VI (que reinó entre 1492- 1503) tuvo doce
hijos, tuvo amantes abiertamente en el Vaticano, hizo cardenal a su hijo Cesare y
trató de asegurar la ascensión de este al papado. La hija de Alejandro, Lucrecia, ha
sido acusada de ser una notoria envenenadora. Ni siquiera hemos considerado a
Julio II (que reinó entre 1503-1513), que tomó la espada y estuvo tan ocupado
dirigiendo campañas militares para mejorar el control papal sobre la península que
oficiaba la misa vestido con armadura.
La existencia de papas simultáneos en Roma, Aviñón y Pisa, cada uno elegido por
electores papales y algunos más tarde designados arbitrariamente como antipapas,
ilustra el problema de la noción de una sucesión petrina ininterrumpida. El papado
de Aviñón es un huérfano que no tiene idea de quién fue su padre en los siglos
XIV y XV.
Innovaciones antibíblicas
Como ocurrió ante las elecciones de Benedicto XVI y de Juan Pablo II al papado,
los periodistas se situaron en la Plaza del Vaticano después de la elección de
Francisco y anunciaron en tono sonoro que el nuevo papa era el sucesor de Pedro y
marcaba otro eslabón en una cadena ininterrumpida que se remonta hasta el primer
siglo. En cada investidura papal, los periodistas se sitúan ante los edificios del
siglo XVI para crear la impresión de que el apóstol Pedro estuvo presente en ellos
hace dos mil años, que siempre se ha levantado el humo blanco sobre la Capilla
Sixtina para señalar una elección papal y que los cardenales obispos siempre han
salido del cónclave tras elegir a un papa.
De hecho, ninguno de estos rasgos es apostólico o ni siquiera patrístico. Como
reconoce un erudito católico romano: «En realidad, a donde quiera que miremos,
los sólidos contornos de la sucesión petrina en Roma parecen difuminarse y
disolverse». Fue Dámaso I (que reinó entre 366-384) el primero en afirmar el
título papa (del latín papa, «padre») para el obispo de Roma, y no hubo nada
remotamente parecido al papado tal como lo conocemos hasta Gregorio I (que
reinó entre 590-604). El papado tal y como lo conocemos es una criatura medieval.
El Vaticano no inició su existencia hasta 1506. Sin duda, ha habido una iglesia en
la colina del Vaticano desde el siglo IV, pero ni siquiera ha habido una historia
continua de asistencia papal en San Pedro. La sede papal no se trasladó a la colina
del Vaticano hasta después del papado de Aviñón, y el cónclave de cardenales que
presenciamos en marzo del 2013 no existió sino hasta el siglo XI.
Nuestros antepasados protestantes eran profundamente escépticos respecto al
papado como institución, y con razón. La renuncia del papa Benedicto XVI nos
recuerda que el papado es una institución puramente humana sin garantía divina y
que tiene una historia complicada. Las pretensiones de una sucesión
ininterrumpida se estrellan contra las rocas de la historia, especialmente aquellas
grandes rocas que surgieron en Aviñón, Pisa y Roma durante un siglo a finales del
período medieval.