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Ser Cristiano es Ser Discípulo

Este documento explora las enseñanzas bíblicas sobre el discipulado, enfatizando que ser cristiano implica ser un discípulo de Jesús, quien llama a todos a seguirlo y obedecer sus mandamientos. Se discuten los medios ordinarios del discipulado, como la enseñanza, la comunión, el partimiento del pan y la oración, que son fundamentales para el crecimiento espiritual. Finalmente, se subraya que la verdadera fe salvífica se manifiesta en la obediencia y el compromiso de seguir a Cristo en la vida diaria.

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Ser Cristiano es Ser Discípulo

Este documento explora las enseñanzas bíblicas sobre el discipulado, enfatizando que ser cristiano implica ser un discípulo de Jesús, quien llama a todos a seguirlo y obedecer sus mandamientos. Se discuten los medios ordinarios del discipulado, como la enseñanza, la comunión, el partimiento del pan y la oración, que son fundamentales para el crecimiento espiritual. Finalmente, se subraya que la verdadera fe salvífica se manifiesta en la obediencia y el compromiso de seguir a Cristo en la vida diaria.

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DISCIPULADO

Esta serie de artículos explora las enseñanzas bíblicas sobre el discipulado.


Durante el ministerio terrenal de Jesús, Él llamó a doce hombres para que fueran
apóstoles, pero llamó a muchos más hombres y mujeres a ser discípulos. De
hecho, Cristo ha continuado llamando discípulos desde entonces. Todo cristiano
es, de hecho, un discípulo: alguien llamado a aprender a los pies de Jesús y a hacer
lo que Él ordena. Hoy, sin embargo, hay mucho descuido del proceso de
discipulado cristiano, por lo que resulta difícil para muchas personas entender lo
que implica el discipulado y cómo luce un fiel discípulo de Jesús.

Esta serie analiza lo que implica el discipulado y cómo debe ser el


comportamiento de los discípulos cristianos, para que así podamos crecer en
fidelidad a nuestro Señor y en hacer discípulos a todas las naciones.

EL MANDATO DEL DISCIPULADO

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas
iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística.
Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la
decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el
evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca
olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo
como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente.
Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran
cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa,
muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente
pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por
primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando


que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su
enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador;
discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su
Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un
discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser
cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo


como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión


al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced
discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de
convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no
es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco
cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus
mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo


como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo
pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha


perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar
que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya
tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar
en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras,
Jesús exige que seamos Sus discípulos.

¿QUÉ ES UN DISCÍPULO?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados
cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de
Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los
seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los
identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título
de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros
seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la
referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?
En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina
a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que
disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o
«aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo,
si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que
disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores
maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un
discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc
1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un
maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en
una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro.
En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús,
es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como
Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El
discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación
con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los
rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está


dispuesto a obedecerlo.

UN DISCÍPULO ESCUCHA A JESÚS

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para
escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y
seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús
habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como
si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús
se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre
habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd»
(Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.
Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como


si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus
discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi
yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y
las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores
de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y
preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de
los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69).
Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree.
Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita
en ellas día y noche (Sal 1:2).
Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está


dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá
en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús
ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están
más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la
madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced
todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las
enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró
que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus
mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin
embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos,
fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser
cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a
Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y
así sigue siendo hoy.

LOS MEDIOS ORDINARIOS DEL DISCIPULADO

En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes
de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban
continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del
pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios
básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la
forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.
Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las
«enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta
actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y
estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular
e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que
aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más
intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la
Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la
Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu,
estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de
Cristo en cada esfera de sus vidas.

Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con


nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los
sacramentos.

Lucas también habla de la devoción de los primeros discípulos “a la comunión».


Nuestro Dios trino es el Dios de la comunión eterna, y nosotros, como aquellos
hechos a Su imagen, fuimos creados para tener comunión con Él y con los demás.
Nuestras vidas son deficientes sin un compañerismo genuino con otros,
especialmente con otros que comparten nuestro amor por Cristo. A medida que
nos animamos proactivamente unos a otros, el cuerpo de Cristo se edifica
espiritualmente y, muy a menudo, numéricamente. Cuando somos conocidos por
nuestro amor mutuo, aquellos que aún no han probado y visto que el Señor es
bueno a menudo se vuelven curiosos y abiertos a escuchar más acerca del Jesús
que está en el centro de toda nuestra comunión, y, por la gracia de Dios, también
llegan a ser verdaderos partícipes de esa comunión.

Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento
del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo
cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las
instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena
del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la
comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los
discípulos.

Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos
destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una
época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos
disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen
regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en
encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra
observancia de los sacramentos.

En cuanto a la forma en que Cristo se encuentra con nosotros cuando participamos


de la Cena del Señor por fe, incluso el erudito estudioso Juan Calvino tuvo que
admitir: «Lo experimento en lugar de entenderlo». Sobrenaturalmente,
incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos
anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos. No hay
sustituto para ellos en la vida del discípulo.

Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos
se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el
último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos
1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y
se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y
la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las
arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la
vida».

«La oración» en Hechos 2:42 probablemente sea representativa de la adoración


general de la iglesia primitiva. Todavía hoy, cuando la iglesia busca el rostro del
Padre mediante la mediación del Hijo encarnado con la ayuda del Espíritu, el Dios
trino se complace en habitar entre las alabanzas de Su pueblo para la gloria de Su
nombre, la derrota de Sus enemigos. y la edificación de Su iglesia (ver 2 Cro
20:22; Sal 8: 2; Col. 3:16).

Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los
ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales
los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados
para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.

En lugar de confiar en la última innovación o novedad, sigamos los pasos de la


iglesia primitiva y hagamos uso de estos medios ordinarios de gracia. Al hacerlo,
Cristo equipará a Sus discípulos para hacer discípulos, y Su alabanza continuará
extendiéndose hasta los confines de la tierra.
LOS DISCÍPULOS GUARDAN LOS MANDAMIENTOS DE CRISTO

Cuando Jesús llamó por primera vez a Simón Pedro y a su hermano Andrés para
Su obra, el mandato fue: «Seguidme». Con el tiempo, aquellos que fueron tras
Jesús y le siguieron fueron llamados Sus «discípulos», «estudiantes» o
«seguidores». A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro a Sus oyentes que ser
Su discípulo no era simplemente recibir una educación o incluso adherirse a un
conjunto de principios o estipulaciones éticas. Ser un discípulo de Jesús
significaba reconocerlo por lo que realmente era: el Hijo de Dios encarnado, el tan
esperado Mesías, y, por lo tanto, reorientar la vida para que se ajuste a los
estándares de Su reino celestial.

Nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como
aquellos que realmente le aman.

En Juan 14:15, Jesús dice a Sus discípulos esta verdad de manera llana: «Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos». Esta puede parecer una afirmación sencilla,
incluso simplista, pero si la miramos de cerca, nos damos cuenta de que nos
enseña mucho sobre lo que significa ser un verdadero discípulo de Jesús. Lo
primero que hay que notar es que la motivación para la obediencia cristiana es y
debe ser el amor, no el miedo. Como cristianos, queremos obedecer a Jesús no
porque tengamos miedo de que recibiremos juicio si no lo hacemos, sino porque
reconocemos quién Él es y lo que ha hecho por nosotros, y eso a su vez hace nacer
en nuestras almas un profundo deseo de honrarlo con nuestras vidas. Como dice
Juan en su primera epístola: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1
Jn 4:19), y es esa fuente de amor la que se desborda con un deseo de obedecerle.

Segundo, nota que en Juan 14:21, Jesús pone esta verdad en orden invertido: «El
que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. En otras
palabras, nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue
como aquellos que realmente le aman. Como Jesús dice en otro lugar: «Porque por
el fruto se conoce el árbol» (Mt 12:33).

Tercero, nota que esta obediencia que rendimos a Jesús no es por nuestro propio
poder. En el versículo siguiente, Jesús nos dice que pedirá al Padre que envíe a
otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14:16), y luego Pablo nos dice que es Este
quien nos da el poder para hacer morir las obras de la carne y que está con
nosotros en la tribulación, clamando que somos hijos de Dios (Rom 8:13-17).
Todo esto deja claro que cualquier acusación de antinomianismo en contra del
cristianismo, es decir, que este es «contra la ley», es falsa e infundada. El mismo
Pablo preguntó: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la
gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo
viviremos aún en él?» (Rom 6:1-2). Nuestra salvación se basa, entera y
completamente, en la justicia de Cristo, tanto en Su vida como en Su muerte,
imputada a nosotros. Esa sola justicia es la base de nuestra justificación. Pero hay
fruto espiritual evidente en aquellos que han sido justificados: un reconocimiento
de Jesús como el Rey, y un amor lleno de gratitud hacia Él que produce un deseo
lleno del Espíritu de seguirlo y obedecer Sus mandamientos.

LOS DISCÍPULOS ADORAN A DIOS

Si me permiten tomar prestado (y ligeramente modificar) un modismo que escuché


una vez, diría que existe el discipulado porque no existe la adoración. La razón
misma por la cual Jesús ha dado el mandato de discipular a las naciones es porque
Él desea que gente de cada tribu, lengua y nación se reúna en una eterna sinfonía
armoniosa de adoración al trino Dios. Eso quiere decir, que en la medida en que
cumplimos fielmente el mandato del discipulado, debemos buscar la manera de
concientizar a la gente de cuán importante es la adoración.

Al escribirle a la iglesia en Filipo, el apóstol Pablo conecta el discipulado con la


adoración: “Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el
Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la
carne” (Fil. 3:3). La razón por la cual Pablo apela a la circuncisión es por el
contexto en que está escribiendo. Tal como fue ordenado por Dios, la circuncisión
tuvo la intención de servir por una señal en la carne que visualmente marcaba al
pueblo de Dios, era una muestra del pacto de Dios. Aquellos que habían sido
circuncidados conforme a la promesa hecha a Abraham eran seguidores de Jehová.
Otra manera de verlo es que en el Antiguo Testamento, la marca de un discípulo
era la circuncisión.

La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a


nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el
evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia.
Sin embargo, en Filipo, ciertos maestros habían intentado enseñar su propio estilo
de justicia o rectitud. Ellos insistían en lo que Pablo llamaba “la mutilación de la
carne”. Al hacer esto, estaban demostrando que no entendían el propósito de la
circuncisión al poner su confianza en la carne y no en Jesús. Esto contradice por
completo al evangelio de la gracia gratuita de Dios. Cuando no entendemos lo que
es el evangelio, trágica e inevitablemente, no logramos entender lo que es la
adoración. Eso se da porque reemplazamos a Jesús de tal modo que no le podemos
dar toda nuestra adoración, honor y gloria. Ese fue el paso fatal que dieron estos
falsos maestros. La circuncisión tenía como propósito ver más allá de la señal
física, pero ellos eran de vista muy corta para poder ver la verdad espiritual y se
gloriaron en un sustituto de Cristo. Pablo no contuvo su lengua al denunciar esta
malvada y vana confianza en la carne.

Los que verdaderamente han sido circuncidados, no en la carne, son aquellos que
adoran por medio del Espíritu de Dios y que se glorían en Cristo Jesús. Pablo
insiste en esto porque la adoración verdadera no es solo superficial. La adoración
es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un
entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su
gloriosa gracia. Esto, según el apóstol, caracteriza una vida de discipulado. El ser
un discípulo de Jesús significa renunciar a toda confianza en cualquier cosa fuera
de Jesús y gloriarnos en Su persona y obra con la melodía de nuestras bocas y
corazones.

LOS DISCÍPULOS TROPIEZAN

No hay ambigüedad en lo que dice el apóstol Juan en 1 Juan [Link] «Si decimos que
no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en
nosotros». Por lo tanto, cualquier noción bien intencionada pero equivocada de
perfeccionismo cristiano debe ser descartada. Parece que todas las exhortaciones
de Juan en esta carta descansan en tres verdades fundamentales: no debemos pecar
(2:1), pecaremos (1:8, 10), y tenemos perdón y propiciación por nuestros pecados
(1:9 ; 2:1-2).

Un verdadero sentido de nuestras faltas en cuanto a pensamientos, palabras y


hechos magnifica la gracia de Dios que salva a los pecadores.

Mi enfoque aquí está en el hecho de que los cristianos realmente pecan. Esta
verdad es el resultado lógico y bíblico de la doctrina de la justificación por gracia
solamente a través de la fe en Cristo solamente, cuya justicia nos es imputada
incluso cuando nuestra culpa es imputada a Él. Nuestra justificación o buena
posición ante Dios no se debe a que en la actualidad somos intrínsecamente justos
o a que tenemos justicia infundida en nosotros. Somos justos ante Dios porque Él
nos acredita y nos cubre con lo que los primeros teólogos protestantes llamaron
una justicia «ajena» o «extranjera», que por supuesto es la justicia de Cristo. La
justicia de Cristo es completa, lo que significa que satisface todas las demandas de
la santa ley de Dios.

Además, la justicia de Cristo es de valor eterno, lo que significa que nunca expira.
Es esta justicia absoluta,objetiva , e infalible a la cual nuestra fe se aferra en la
persona y la obra de Cristo. La fe genuina lleva a los creyentes a la unión con
Cristo y, por lo tanto, los cubre objetivamente con Su perfecta obediencia y Su
sangre purificadora. Subjetivamente, somos despertados a por lo menos tres
realidades: (1) la profundidad de nuestra caída (Rom 7:13-19); (2) un deseo
genuino de hacer lo que agrada a Dios (Fil 2:13; es la combinación de la
conciencia de nuestra naturaleza caída y este deseo dado por Dios de hacer lo que
agrada a Dios lo que crea la tensión de que Pablo habla de en Rom 7:12-25); y (3)
conocimiento de la generosidad de la gracia de Dios en Cristo que salva a los
pecadores (1 Tim 1:15).

Estar enraizados en estas verdades y estudiarlas a fondo debería permitirnos no


solo comprender la veracidad de la afirmación del apóstol en 1 Juan 1:8, sino
hacerlo de una manera que no nos haga complacientes con el hecho de que como
cristianos, permanecemos pecadores. Por el contrario, un verdadero sentido de
nuestras faltas en cuanto a pensamientos, palabras y hechos magnifica la gracia de
Dios que salva a los pecadores. Y la gracia de Dios magnificada desencadena la
gratitud que se manifiesta en hacer lo que agrada a Dios.

Sí, los discípulos tropiezan, pero Dios usa su tropiezo para mostrarles más y más
de la gracia que es más grande que todos sus pecados.

LOS DISCÍPULOS CONFIESAN SUS PECADOS

El apóstol Juan describe en 1 Juan 1:8-9 dos formas de ver nuestros pecados y las
consecuencias de cada uno de ellos. La primera es una renuencia para reconocer
nuestra pecaminosidad (v. 8). La segunda es una actitud humilde y honesta de
reconocimiento (v. 9). En esta última actitud nos concentraremos en este artículo.

Juan dice: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los
pecados y para limpiarnos de toda maldad» (v. 9). «Confesar» literalmente
significa «decir lo mismo», es decir, estar de acuerdo con lo que otra persona dice.
El contexto deja claro que confesar nuestros pecados significa estar de acuerdo
con el diagnóstico de Dios de que somos pecadores y de que hemos pecado.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para


continuar pecando.

Aunque la doctrina católica romana enseña la necesidad de confesar a un sacerdote


para obtener absolución, el contexto de nuestro pasaje deja claro la enseñanza de
Juan: primero debemos confesar nuestros pecados a Dios, porque solo Él puede
perdonarnos y eliminar nuestra falta. Otros pasajes de la Escritura nos enseñan
que, en ciertas ocasiones, es necesario confesar nuestra culpa a aquellos que han
sido dañados por nuestro pecado, para que la comunión que ha sido interrumpida
por nuestro error pueda ser restaurada (Luc 15:21).

Lo que todos los verdaderos creyentes experimentan cuando confiesan sus pecados
es que Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn
1:9). La palabra «fiel» tiene que ver con ser confiable. La fidelidad o confiabilidad
es uno de los atributos de Dios. Su fidelidad consiste en cumplir siempre lo que
promete. Dios cumplirá Sus promesas de perdón hechas a Su pueblo, promesas
que fueron selladas con la sangre de Jesús (ver 1:7), cuando humildemente le
confesamos nuestros pecados. Por lo tanto, sabemos que la certeza del perdón no
es una cuestión de sentir que hemos sido perdonados, sino de que Dios es fiel a lo
que ha prometido y no puede fallar (2 Tim 2:13).

Juan agrega además que «Dios es justo» para perdonar nuestros pecados (1 Jn
1:9). La muerte sacrificial de Jesús es ciertamente el contexto de esta declaración.
Dios hará lo correcto: nos perdonará y nos limpiará de todo mal, porque Jesucristo
ya pagó por nuestra culpa.

Juan menciona dos cosas que Dios, el fiel y justo hará si confesamos nuestros
pecados: perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Primero, Dios es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados (v. 9). Perdonar en el idioma griego, cuando se usa
en conexión con el pecado, significa «remitir» o «cancelar». Segundo, Dios es fiel
y justo para limpiarnos de toda maldad (v. 9; ver v. 7). Esta última oración enfatiza
otro aspecto del perdón de Dios: elimina las manchas y las consecuencias del
pecado en nuestra vida.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para


continuar pecando. El propósito de la manifestación del perdón y la gracia de Dios
es para que vivamos una vida sin pecado. Cualquiera que abuse de la confesión
como una válvula de escape para el pecado ciertamente nunca ha sido
verdaderamente perdonado por Dios y se está engañando a sí mismo.

LOS DISCÍPULOS HACEN DISCÍPULOS

Tito 2 describe la dinámica entre los creyentes bajo el Nuevo Pacto donde el
pastor enseña la sana doctrina y una generación discípula a la próxima generación;
y a veces el discipulado es específico de acuerdo al género: «las ancianas… que
enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes» (v. 3-4).

Las mujeres enseñamos lo que es bueno al reforzar la buena doctrina enseñada


desde nuestros púlpitos. Enseñamos al mostrar cómo la sana doctrina informa y
transforma nuestras actitudes y acciones. Pablo practicó esta dinámica de
discipulado informacional/relacional. «Más bien demostramos ser benignos entre
vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos… nos hemos
complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras
propias vidas», Pablo escribe a los Tesalonicenses (1 Tes 2: 7-8).

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas
el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para
la gloria de Dios.

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el
evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la
gloria de Dios. Esto es tan importante en la vida de la iglesia que cuando Dios
envió a Su Hijo al mundo, proporcionó una mujer mayor para discipular a la joven
elegida para ser madre del Mesías. Elisabet y María personifican el discipulado de
Tito 2.

Cuando Elisabet quedó embarazada, dijo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los
días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres» (Lc 1:25),
haciéndose eco de la oración de Ana: «Oh Señor de los ejércitos, si tú te dignas
mirar la aflicción de tu sierva» (1 Sam 1:11).

Después del anuncio del ángel a María, ella «fue con prisa» a la casa de Elisabet.
La mujer joven fue; la mujer mayor le dio la bienvenida.

«…y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lc 1:41). Dios nos da poder para ser y
hacer discípulos.

«Y bienaventurada la que creyó … lo que le fue dicho de parte del Señor»(v. 45).
Elisabet le enseña a María que la bendición proviene de la obediencia a la Palabra
de Dios.

Mientras María ayuda a Elisabet en sus quehaceres cotidianos y mientras hablan


sobre cómo ser esposa y madre, no es difícil imaginar a Elisabet diciendo con
asombro: «María, el Señor me miró. . . . el Señor me miró. . . .Él se llevó mi
vergüenza». Y cuando María canta, hay una hermosa continuidad con su madre
espiritual: «Mi alma engrandece al Señor …. Porque ha mirado la humilde
condición de esta su sierva» (v 46-48).

María salió de la casa de Elisabet preparada para glorificar a Dios, incluso en la


cruz cuando el Padre apartó la mirada de Su Hijo porque Este estaba cubierto por
el pecado de ella y por el nuestro para que así pudiéramos vivir coram Deo, ante el
rostro de Dios por el bien de Su gloria. Nosotros hoy podemos continuar contando
la historia: Él ha mirado mi humilde condición.

Dios nos llama a ser discípulos que hacen discípulos. La continuidad del Nuevo
Pacto es convincente. El resultado también es convincente: «para que la palabra de
Dios no sea blasfemada» (Tito 2:5).

LOS DISCÍPULOS DISCIPULAN A SUS HIJOS

El Señor diseñó el hogar como un lugar especial para el desarrollo de discípulos.


En Deuteronomio 6:6-7 se les ordena a los padres a enseñar a sus hijos la palabra
de Dios diligentemente y a hablar de ella cuando se sienten en su casa, cuando
anden por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten. En el Nuevo
Testamento, cuando una cabeza de familia se convertía en discípulo, traía consigo
implicaciones para su familia (Lc. 19:9; 1 Cor. 7:14; 2 Tim. 1:5). Efesios 6:4
contiene un mandamiento directo de discipular a los hijos: “Padres, no provoquéis
a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”. El
Señor claramente llama a Sus discípulos a discipular a sus hijos.

La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el


establecimiento de límites.

Nunca es demasiado temprano para empezar con las rutinas del discipulado. Canta
salmos e himnos cuando acurrucas a los más pequeños y aparta tiempo a diario
para una lectura familiar de la Biblia y para orar. Eventualmente, puedes
motivarlos a memorizar las Escrituras y a estudiar catecismos (Sal. 119:9-11). Haz
que la adoración el día del Señor sea una prioridad y una delicia. Háblales
frecuentemente de la Palabra de Dios, de las obras en Su creación, de Sus
providencias y de las oraciones contestadas. Estos hábitos sentarán las bases para
el resto de sus vidas.

A medida que los hijos van creciendo, el discipulado debe estar ligado aún más
con la vida cotidiana. La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de
opciones o el establecimiento de límites. Los hijos necesitan reglas basadas en la
Palabra de Dios para poder aprender cómo obedecer y cuáles son las
consecuencias de la desobediencia. Este proceso no debería causar una relación
disfuncional, sino que debería llevar a un mejor entendimiento de que la disciplina
es amorosa (Heb. 12:2-11). Busca la manera de hacerles ver cómo cada situación
los puede alejar de Dios o llevarlos a la cruz de Cristo y a la reconciliación.

A medida que los hijos crecen, las conversaciones se convierten en el aspecto más
importante del discipulado. El Salvador respondió muchísimas preguntas de Sus
discípulos, y los padres también deberían convertirse en una fuente primaria de
respuestas. Esto puede ser un gran reto, por lo tanto, no dudes en tomarte tu
tiempo para responder, para investigar o hasta para tú mismo pedir consejo, pero
se constante en dar respuestas. Convierte tu hogar en un lugar de discusiones
piadosas, hasta de debates saludables. Enséñales a tus hijos dónde encontrar las
respuestas correctas, particularmente en esta era informática, lo que incluye
ayudarlos a cultivar relaciones con sus mayores. Cuando las preguntas se tornan
difíciles, ora con tus hijos pidiendo sabiduría al Espíritu Santo (Lc. 11:13; San.
1:5).

Podemos decir que los hogares cristianos son como invernaderos donde los hijos
crecen como plantitas por un tiempo. Se les da agua y son nutridos por la Palabra,
cultivados y podados, y hasta cierto punto protegidos. Es tu llamado como padre
ser diligente en discipular y proteger, pero también de ser alentado por el hecho de
que el Espíritu Santo usa hogares santos para nutrir la fe, a pesar de nuestros
fracasos inevitables. Confía en Su obra por encima de todo y se fiel orando para
que Dios dé el crecimiento.

LOS DISCÍPULOS OBEDECEN A SUS PADRES EN EL SEÑOR

Si es verdad que un discípulo es un aprendiz, ninguna relación es más adecuada


para la práctica del discipulado que la relación de los hijos con sus padres. La
familia es el primer gobierno en prácticamente todos los tiempos, culturas y
religiones. La vida comienza con una asociación y autoridad. En esta economía
natural, las partes interesadas actúan de acuerdo con el amor filial, el interés
propio, la tradición y la comunidad para crear un entorno que fomente la salud, el
crecimiento, el aprendizaje y la maduración hasta la edad adulta. Pero esta
disposición común difícilmente implica un estándar universal. Los padres pueden
ser duros, flexibles, prácticos, idealistas, pasivos, activos, cerrados o abiertos; todo
antes de que hayan dicho una sola palabra sobre sus objetivos para ti.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan


adecuado para el discipulado como el hogar.

Pero el hogar cristiano posee tanto el método como la meta en la Palabra revelada
de Dios. Considere la forma simple de Efesios 6:1-4:

Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu


padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya
bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no
provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del
Señor.

El mandato: obedecer en el Señor. La evaluación: es justo. La promesa:


prosperidad y vida. El método: la disciplina y la instrucción del Señor. La manera:
sin ira. Este es el discipulado: aprender obediencia a lo que es correcto y bueno
mediante la enseñanza, ejemplo, amonestación y práctica.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado
para el discipulado como el hogar. No requiere reubicación, no te cuesta nada, y
nunca tendrás otro maestro tan invertido en tu éxito. Al simplemente crecer en el
hogar de discípulos cristianos, si puedes aprender algo, seguramente aprenderás
lealtad, respeto, sumisión y servicio al Señor.

Todo esto debe ser visto en términos de obligaciones de pacto entre padre e hijo.
Sigue el paradigma de Deuteronomio 6:4-9: comienza con teología («El Señor uno
es»). Habla de la relación («Amarás al Señor tu Dios»). Da dirección («Estas
palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón»). Se aplica
generacionalmente («Diligentemente las enseñarás a tus hijos»). Y proporciona
una metodología («Hablarás de ellas cuando te sientes…andes …te acuestes…te
levantes»). Mientras las familias del mundo tienen una versión natural del
discipulado, los hogares cristianos tienen el discipulado del evangelio, anclado en
la obra salvadora de Cristo, la verdad de Su Palabra, las leyes de Su reino y la
disposición del amor. Este discipulado es para bien (Prov. 1:9). Dios obliga a los
padres a enseñarlo. Dios obliga a los niños a aprender de sus padres.

LOS DISCÍPULOS ATESORAN LA PALABRA DE DIOS EN SUS


CORAZONES

«¿Yo? ¿Memorizar las Escrituras? Pero ya no soy un niño. Además, ahora enseño
a niños. Yo enseño; ellos aprenden». Aunque tal vez no sean las palabras reales de
los cristianos adultos, estos sentimientos pueden representar la actitud de muchos.
Prácticamente no han memorizado pasajes específicos de las Escrituras en muchos
años (o tal vez nunca).

Sin embargo, para un verdadero discípulo de Cristo, que realmente quiere ser
como Cristo, memorizar las Escrituras es una disciplina vital. Si memorizaste las
Escrituras cuando eras niño, probablemente aprendiste el Salmo [Link] «En mi
corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti». El Salmo 119 no es solo
el capítulo más largo de la Biblia, sino que también está saturado de aspectos
estilísticos notables. El poema hebreo está dividido en veintidós estrofas, una para
cada letra del alfabeto hebreo. Cada verso dentro de una estrofa comienza con una
letra particular. Esta estructura alfabética era una ayuda para la memorización.

Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de Dios que hemos


almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca sacudida por la
tempestad.
Este salmo se destaca no solo por su extensión y su forma literaria, sino también
por lo elevado de su enfoque. Desde su comienzo hasta su final, cada verso es
sobre la Palabra de Dios. La estrofa «beth» comienza: «¿Cómo puede el joven
guardar puro su camino? Guardando tu palabra» (v. 9). La estrofa termina:
«Meditaré en tus preceptos, y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus
estatutos y no olvidaré tu palabra» (v. 15-16). La clave para evitar y escapar de las
trampas del enemigo de nuestras almas es conocer la Palabra, meditar en la
Palabra y recordar la Palabra. En medio de estas instrucciones se encuentra el
mandato bíblico de memorizarla.

Una de las tareas sagradas de un padre judío era familiarizar a su hijo con la Torá
(Génesis-Deuteronomio) y enfatizar la importancia de memorizar con precisión lo
que Dios había dicho (Deut 6:4-7). Por lo tanto, la Ley se recitaría en la audiencia
del niño desde sus primeros días, y los pasajes clave serían repetidos una y otra
vez. Puesto que la mayoría de los hogares eran demasiado pobres para tener su
propia colección de pergaminos del Antiguo Testamento, la memorización era
esencial.

Quien memorice las Escrituras obtendrá muchos beneficios. En primer lugar se


encuentra la ayuda que las Escrituras ofrecen para poder resistir las tentaciones de
Satanás. La respuesta de Jesús de «escrito está» para cada una de las tentaciones
del adversario en el desierto es el mejor ejemplo de esto (Mat 4:4,7,10). Además,
la Palabra de Dios escrita en las tablas del corazón permanece ahí para la
meditación todo el día (Sal 119:97). Las Escrituras ayudan a la renovación de
nuestra mente para que nuestro pensamiento esté formado por la Palabra que mora
en nosotros (Rom 12:2; 2 Cor 10:5). La verdad de Dios guardada en el corazón
vendrá más fácil a la mente al momento de tomar de decisiones, aconsejar,
evangelizar, enseñar, etc. Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de
Dios que hemos almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca
sacudida por la tempestad.

Entonces no te demores. Comienza ahora. Escoge un verso (o pasaje). Escríbelo.


Repásalo de manera continua. Ríndele cuentas a alguien. Apréndetelo no para
jactarte, sino para que puedas vivirlo y para que Cristo sea visto en ti.
LOS DISCÍPULOS RECIBEN CORRECCIÓN

No es por casualidad que las palabras discípulo y disciplina se parecen. Un


“discípulo” es alguien “disciplinado”. Esto puede referirse a la auto-disciplina,
como cuando Pablo dice que él “golpea” (o como se traduce en la NTV y otras
versiones modernas: “disciplina”) su cuerpo para mantenerlo bajo control (1 Cor.
9:27). O bien puede significar recibir disciplina o corrección cuando uno se desvía,
sea por parte de los padres (Ef. 6:4), de otros creyentes (Gal. 6:1) o de Dios (Heb.
12:5, 7-8, 11). La disciplina, particularmente cuando se refiere a la corrección, es
vital para el que quiere ser discípulo.

Jesús exhorta a los creyentes a confrontarse unos a otros como parte del proceso
de la disciplina eclesiástica (Mat. 18:15-20). La corrección de un creyente cuando
está en falta es un requisito bíblico, pero también lo es la aceptación de esa
corrección y el arrepentimiento de nuestros pecados. De hecho, aquel que no
acepta la corrección debe ser visto y tratado como un incrédulo (v.17).

Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es
una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho
Sus hijos.

He aquí el problema: Nosotros detestamos corregir y ser corregidos. Nuestro


orgullo se interpone en ambas situaciones. No confrontamos al hermano o
hermana porque para esto tenemos que ser honestos y vulnerables, o porque no
queremos que nos respondan mal, o porque hemos sido heridos y decidimos
simplemente ignorar al que nos ofendió. Y en esas ocasiones en que sí hacemos
confrontación, con frecuencia lo hacemos hipócritamente (Mat. 7:3-5) o con ira en
vez de mansedumbre (Gal. 6:1). Confrontar y corregir no es sinónimo de
desahogo.

Nosotros también odiamos ser corregidos debido a nuestro orgullo. No nos gusta
cuando otros señalan nuestro pecado. La buena noticia es que Dios, por medio de
Su Palabra y el Espíritu Santo, nos ayuda a superar nuestro orgullo. En primer
lugar, Cristo ya ha conquistado nuestro orgullo al acercarnos a Él. El pecado
interior permanece, pero para el creyente, el poder del pecado del orgullo ha sido
derrotado. Se nos ordena humillarnos, pero Dios es quien nos da la gracia para
hacerlo.
Además, la Escritura nos da ejemplos maravillosos de santos que han sido
confrontados y han respondido en humildad y con arrepentimiento genuino.
Cuando el profeta Natán confrontó a David por su pecado doble de adulterio y
asesinato, David no solo se arrepintió, sino que nos dio uno de los pasajes más
grandiosos que tenemos en la Biblia: el Salmo 51, una oración hermosa de
arrepentimiento. No tuvieramos ese salmo hermoso si Natán no hubiera
confrontado a David y si David no se hubiera arrepentido en humildad.

Pero, ¿por qué estuvo David tan presto a arrepentirse? Lo vemos en la respuesta
que le da a Natán: “He pecado contra el Señor” (2 Sam. 12:13). Nuevamente lo
vemos en el Salmo 51 donde David escribe: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y
he hecho lo malo delante de tus ojos” (v.4). Esta es la clave para aceptar la
corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del
Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos. Cuando esa es nuestra
perspectiva, aquellos que nos confrontan dejan de ser mensajeros de condenación
y se convierten en ángeles de misericordia.

LOS DISCÍPULOS AMAN A OTROS DISCÍPULOS

Hablamos mucho sobre el amor en la iglesia cristiana. Y con razón, ya que el amor
es el centro de nuestro mensaje, el evangelio (Jn 3:16). Pero, ¿qué significa amar a
otros cristianos? ¿Es realmente tan importante? ¿No podemos vivir la vida
cristiana por nuestra propia cuenta?

La Confesión de Fe de Westminster nos dice: «Los santos, por profesión, están


obligados a mantener una comunión y un compañerismo santos en la adoración a
Dios y a realizar los otros servicios espirituales que promueven su edificación
mutua; y también a socorrerse los unos a los otros en las cosas externas, de
acuerdo con sus diferentes habilidades y necesidades». (CFW, cap 26-2). La
asistencia regular al culto corporativo es una parte importante de cómo cumplimos
con este deber. Nos unimos a nuestros hermanos en Cristo para escuchar la
Palabra, participar de los sacramentos, orar juntos, mezclar nuestras voces en
canciones de alabanza y confesar la fe que compartimos.

Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por
nosotros en Cristo.
También estamos llamados a aliviar las necesidades externas de nuestros
hermanos en la fe como podamos. Esto puede hacerse en forma de donaciones al
fondo de diáconos de la iglesia, donaciones para la obra misionera o participando
directamente en operaciones de ayuda: preparando comidas para nuevas madres,
visitando a los enfermos y confinados en casa, o ayudando después de un desastre.

El ser un cuerpo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras relaciones


con otros creyentes. Juan nos dice que debemos amarnos los unos a los otros,
«porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios»
(1 Jn 4: 7). Juan también registra a Cristo mismo hablando del mismo tema: «Un
mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he
amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois
mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13: 34-35). Nuestro
amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

El amor de Dios por nosotros obra en nuestras vidas de varias maneras. Nos
mueve a responder a Dios con amor, y nos mueve a amar a nuestros hermanos y
hermanas en la fe (1 Jn 4: 11-12; 5: 1-3). Esto se debe a que somos un solo cuerpo,
el cuerpo de Cristo. Nadie odia su propio cuerpo, sino que desea lo que es bueno
para él (Ef 5:29); de la misma manera, aquellos que están unidos al cuerpo de
Cristo hacen su parte para cuidar ese cuerpo. Adoramos juntos, usamos los dones
dados por Dios para el beneficio del cuerpo, sufrimos juntos, nos regocijamos
juntos y llevamos los unos las cargas de los otros (1 Cor. 12: 12-31; Gal. 6:2).

Juan advierte que si no somos movidos de esta manera, es posible que no seamos
parte del cuerpo (1 Jn 4:20). Cualquiera que se separe de este cuerpo no tiene
ninguna base de seguridad. Un cristiano solitario no tiene sentido bíblico: estamos
unidos en Cristo como el nuevo templo de Dios (Ef. 2: 19-22). Cristo no mora en
nadie que no esté unido a ese cuerpo.

Así que, amigos, no abandonemos la santa comunión del cuerpo de Cristo, sino
amémonos unos a otros, animémonos unos a otros y cuidemonos unos a otros (1
Jn 4:21; Heb. 10: 23-25).
LOS DISCÍPULOS PERSIGUEN LA SANTIDAD

Uno de los malentendidos comunes sobre la doctrina de la justificación solo por la


fe es de que es una especie de ficción sin consecuencias prácticas en la vida
misma. Este ha sido un argumento polémico utilizado por los apologistas católicos
contra la visión protestante de sola fide: la verdad bíblica de que somos
justificados por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Además, los
antinomianos de todo tipo han argumentado que, dado que los creyentes están bajo
la gracia y ya no están bajo la ley, se les permite vivir de una manera moralmente
«relajada».

No importa de donde vengan estas caricaturas de la vida cristiana, Pablo no es la


fuente de ninguna de ellas. En realidad, él se opone totalmente a ellas. En la carta a
los Romanos, el Apóstol describe las profundidades del evangelio de la
justificación solo por la fe sobre la cual está enraizada y se desarrolla la nueva vida
en Cristo. La justificación es la base de la santificación. La primera es la base de la
postrera, y la postrera es el resultado espiritual de la primera. Como Charles
Hodge escribió en su comentario de 1886 sobre Romanos: «Es imposible que
alguien comparta los beneficios de Su muerte [es decir, Jesucristo] sin
conformarse a Su vida».

Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de
Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.

Aquí es donde entra la santidad. La santidad es la marca inevitable del discípulo de


Jesucristo. Una vida cristiana impía es simplemente un oxímoron, una
contradicción en los términos, una negación de la realidad de la justificación solo
por la fe. En Romanos 6:12-16, Pablo revela el significado de una vida santa en
términos de una transición radical que tuvo lugar: de estar bajo la ley, lo que
significa que el individuo estaba muerto en su pecado y al servicio de la injusticia,
a estar ahora bajo la gracia, lo que significa que el individuo ha revivido para Dios
y está ahora sirviendo a la causa de la justicia.

La santidad es la evidencia espiritual y práctica de que esta transición ha tenido


lugar y está funcionando correctamente en términos reales. Una vez más, vale la
pena citar a Hodge: «La gracia, en lugar de conducir a la indulgencia del pecado,
es esencial para el ejercicio de la santidad». Bajo la gracia, la santidad es la señal
de que la justificación ha ocurrido. Sin la evidencia de santidad en la vida
cristiana, todas las caricaturas de la justificación ficticia y el antinomianismo
desafortunadamente son posibles. Una vida impía es una excusa para que los
burladores de la fe cristiana sean reforzados en sus prejuicios equivocados contra
el evangelio. Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y
del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado
anteriormente. Qué gran responsabilidad sobre nosotros los discípulos de Jesús, de
ser santos, porque Dios es santo (1 Pedro 1:16).

LOS DISCÍPULOS AMAN LA SANA DOCTRINA

Hace algunos años, mi esposa, mi hija pequeña y yo vivíamos en Filadelfia, donde


era un nuevo estudiante de Doctorado en el Seminario Teológico de Westminster.
Después de adorar en una iglesia local, recibimos una visita cordial de un par de
los ancianos de la iglesia. Mientras hablábamos, el mayor de los dos comentó
sobre mis libros (mi esposa tuvo que decorar la casa con mis libros debido a la
falta de espacio en aquellos días). Estaba particularmente contento de ver la
Colección de escritos de John Murray en mis estanterías. «¿Los has leído?»,
preguntó. Pude responder afirmativamente, gracias a Dios. «¿Recuerdas haber
leído sobre el Sr. Murray enseñando una clase de escuela dominical juvenil en
nuestra iglesia?», preguntó. Yo sí había leído sobre eso. «Bueno, soy el estudiante
mencionado. ¡Soy Bobby! «, respondió con una sonrisa. Entonces este santo
envejecido comenzó a contarnos cómo el profesor Murray les enseñó el libro de
Romanos (esto fue mientras escribía su célebre comentario). «Nunca lo olvidaré.
Cuando era adolescente, aprendí a estudiar la Palabra de Dios por medio del
profesor Murray», dijo Bobby. Luego agregó: «Todavía amo la doctrina».

Un obrero se embarca en una tarea y permanece allí hasta que la completa.

El apóstol Pablo exhortó a su hijo espiritual Timoteo a ser diligente en el estudio


de la Palabra de Dios (2 Tim 2:15). El cristiano no debe ser un investigador casual
de la Palabra de Dios. No, Pablo describe a aquel que es diligente como «un
obrero». Un obrero se embarca en una tarea y permanece allí hasta que la
completa. Recientemente, leí una recomendación de un empleado por parte de su
empleador: «Ella tiene una gran ética de trabajo y una mentalidad de
cumplimiento de la tarea». A eso es a lo que Pablo llama a Timoteo cuando se
trata de «la Palabra de verdad». No estamos lidiando con una novela, ni siquiera
con una novela de William Faulkner o Gabriel García Márquez. Estamos tratando
con «la Palabra de verdad», que es la misma Palabra del infinito, eterno e
inmutable Dios trino.

Puede haber algunos que piensan que esta exhortación fue para Timoteo y, por lo
tanto, es relevante solo para los ministros o pastores. Seguramente, dicen, Dios no
espera que todos los cristianos sean obreros diligentes cuando se trata de la Palabra
de Dios. Bueno, recuerda quién enseñó a Timoteo su doctrina a temprana edad.
Recuerda quiénes fueron sus mentores antes que Pablo. Su abuela Loida y su
madre Eunice son mencionadas, incluso recomendadas (2 Tim 1: 5), por conocer y
enseñar «las Sagradas Escrituras» a Timoteo (3:15).

Cuando abres tu Biblia y comienzas a leer, ¿tienes una «mentalidad de


cumplimiento de la tarea»? Quizás dices: «La Biblia es como medio lenta; a veces
puede hasta parecer polvorienta o confusa». Recuerda las palabras del profesor
Murray: «El polvo tiene su lugar, especialmente cuando es polvo de oro». Bobby
nunca había perdido su devoción por el polvo de oro. ¿Y tú?

LA LIBERTAD DEL DISCIPULADO

Cuando yo era adolescente, consideraba la fe cristiana como restrictiva y opresiva.


Tenía miedo de que la manera cristiana de vivir fuera esclavizante, que me llevara
a una vida de miseria. Por lo tanto, estaba esperando mi tiempo hasta que pudiera
escaparme de la supervisión de mis padres y buscar una vida de libertad en la
universidad.

Sin embargo, gracias a Dios, durante mi último año de secundaria descubrí que lo
que yo pensaba que era libertad era en verdad esclavitud, y lo que pensaba que
sería esclavizante era, de hecho, la verdadera libertad, la libertad del discipulado.
Llegué a la conclusión de que, aparte de Jesús, no existe la verdadera libertad, solo
la esclavitud del pecado.

Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus


discípulos que experimentamos la verdadera libertad.

El hombre fue creado por Dios para gobernar sobre la tierra, para aprovechar el
mundo material para la gloria de Dios y el beneficio del hombre. Pero cuando el
hombre se rebeló contra Dios, se encontró a sí mismo bajo el dominio de la
creación en lugar de ejercer el dominio sobre ella. Esto es lo que vemos en la
esclavitud de las adicciones. El hombre se convierte en el esclavo de sus propios
deseos. Él se convierte en esclavo del pecado. El hombre natural está bajo el
cautiverio del pecado.

Este fue, por supuesto, uno de los énfasis principales de los reformadores mientras
recuperaban el evangelio de la gracia soberana de Dios. Martín Lutero, en su obra
La esclavitud de la voluntad, trata este punto con gran claridad. El hombre natural
no es libre sino esclavo del pecado. Él no puede hacer lo contrario. Él debe ser
liberado del poder del pecado que lo ata. Esta es la libertad del discipulado.

Jesús dijo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis


discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:31-32). Es solo
cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos
que experimentamos la verdadera libertad. Él rompe el poder del pecado en
nuestras vidas y nos otorga la libertad bajo Su gobierno benevolente. Somos
hechos libres para ser lo que Dios quiere que seamos: seres que están llenos de
gozo indescriptible mientras le obedecemos y cumplimos los propósitos para los
cuales Él nos creó.

Aquí es cuando somos realmente libres. No es la falsa libertad de la anarquía, sino


la verdadera libertad que se experimenta cuando vivimos la vida para la gloria de
Dios como discípulos de Jesús. Esto es lo que el apóstol Pablo nos dice en
Romanos 6: 20-23. Cuando nuestra esclavitud al pecado y la muerte se rompe por
el poder de la gracia de Dios en Jesús, nos convertimos en esclavos (discípulos) de
Jesús. En verdad, es una servidumbre gozosa, porque Jesús trata a Sus discípulos
como hijos e hijas. De hecho, entramos en la gozosa libertad de los hijos de Dios.

EL COSTO DEL DISCIPULADO

Es fácil seguir a la gente hoy día. Nos seguimos con el clic de un botón en las
redes sociales. El costo es minúsculo. Como mucho, perdemos un poco de
dignidad (dependiendo de a quién sigamos). Por lo general, queremos seguir a
amigos y familiares, o personas cuyas vidas codiciamos. Las celebridades tienen
millones de seguidores y no piden mucho a cambio, tal vez un «me gusta»
ocasionalmente. Hoy en día, seguir a alguien es fácil, tan fácil que podemos seguir
a cientos, incluso miles de personas. Me pregunto si este fenómeno ha ayudado a
confundirnos con las palabras de Jesús: «Sígueme».

La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son


radicalmente contrarias a la cruz.

La vida que Jesús nos llama a emular en realidad no fue codiciada por nadie. Si
Instagram hubiera existido en el primer siglo, no estoy seguro de que Jesús hubiera
tenido muchos seguidores. Él era un marginado religioso, así que los piadosos de
aquel tiempo no hubieran querido ser identificados con Él o seguirle. En nuestros
días, a «los espirituales pero no religiosos» les resulta igualmente difícil seguir a
Jesús por dos razones.

Primero, Jesús exige que le sigamos de manera exclusiva. «Si alguno viene a mí, y
no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y
aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). Familiares y
celebridades están felices de compartir sus seguidores, pero Jesús no. No puedes
seguir a Jesús y dedicarte a los demás de la misma manera que te consagras a Él.
Este tipo de exclusividad es especialmente difícil en sociedades como la nuestra,
donde los no cristianos se alegran de incluir a Jesús entre los grandes maestros
religiosos, pero no sobre ellos. Sin embargo, Jesús no compartirá escenario con
nadie más, y exige que nuestro amor por Él sea único.

Segundo, Jesús exige que le sigamos precisamente cuando no sea emocionante o


cómodo. «El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi
discípulo» (v. 27). La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros
mismos son radicalmente contrarias a la cruz. Sin embargo, seguir a Jesús es
abrazar una vida cruciforme. Juan Calvino escribió que los seguidores de Cristo
«debían prepararse para una vida dura, trabajosa e inquieta, llena de muchos y
diversos tipos de maldad». Tan grande es el costo de seguir a Jesús que Él nos
exhorta a considerar la decisión cuidadosamente antes de que hagamos «clic» (vv.
28-32).

Jesús concluyó Su llamado al discipulado en Lucas 14 diciendo: «Así pues,


cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi
discípulo» (v. 33). En pocas palabras, seguir a Jesús te costará todo, pero lo que
ganas es más grande que lo que pierdes. A través de la cruz, obtenemos al Cristo,
que por nuestra salvación lo soportó antes que nosotros.

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