Ser Cristiano es Ser Discípulo
Ser Cristiano es Ser Discípulo
Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas
iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística.
Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la
decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el
evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca
olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.
Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo
como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente.
Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran
cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa,
muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente
pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por
primera vez.
¿QUÉ ES UN DISCÍPULO?
La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados
cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de
Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los
seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los
identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título
de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros
seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la
referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?
En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina
a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que
disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o
«aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo,
si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que
disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores
maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un
discípulo sigue a Jesús.
Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc
1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un
maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en
una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro.
En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús,
es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como
Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El
discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación
con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los
rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?
Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para
escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y
seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús
habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como
si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús
se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre
habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd»
(Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.
Un discípulo aprende de Jesús
Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin
embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos,
fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser
cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a
Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y
así sigue siendo hoy.
En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes
de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban
continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del
pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios
básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la
forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.
Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las
«enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta
actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y
estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular
e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que
aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más
intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la
Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la
Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu,
estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de
Cristo en cada esfera de sus vidas.
Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento
del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo
cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las
instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena
del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la
comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los
discípulos.
Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos
destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una
época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos
disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen
regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en
encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra
observancia de los sacramentos.
Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos
se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el
último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos
1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y
se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y
la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las
arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la
vida».
Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los
ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales
los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados
para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.
Cuando Jesús llamó por primera vez a Simón Pedro y a su hermano Andrés para
Su obra, el mandato fue: «Seguidme». Con el tiempo, aquellos que fueron tras
Jesús y le siguieron fueron llamados Sus «discípulos», «estudiantes» o
«seguidores». A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro a Sus oyentes que ser
Su discípulo no era simplemente recibir una educación o incluso adherirse a un
conjunto de principios o estipulaciones éticas. Ser un discípulo de Jesús
significaba reconocerlo por lo que realmente era: el Hijo de Dios encarnado, el tan
esperado Mesías, y, por lo tanto, reorientar la vida para que se ajuste a los
estándares de Su reino celestial.
Nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como
aquellos que realmente le aman.
En Juan 14:15, Jesús dice a Sus discípulos esta verdad de manera llana: «Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos». Esta puede parecer una afirmación sencilla,
incluso simplista, pero si la miramos de cerca, nos damos cuenta de que nos
enseña mucho sobre lo que significa ser un verdadero discípulo de Jesús. Lo
primero que hay que notar es que la motivación para la obediencia cristiana es y
debe ser el amor, no el miedo. Como cristianos, queremos obedecer a Jesús no
porque tengamos miedo de que recibiremos juicio si no lo hacemos, sino porque
reconocemos quién Él es y lo que ha hecho por nosotros, y eso a su vez hace nacer
en nuestras almas un profundo deseo de honrarlo con nuestras vidas. Como dice
Juan en su primera epístola: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1
Jn 4:19), y es esa fuente de amor la que se desborda con un deseo de obedecerle.
Segundo, nota que en Juan 14:21, Jesús pone esta verdad en orden invertido: «El
que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. En otras
palabras, nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue
como aquellos que realmente le aman. Como Jesús dice en otro lugar: «Porque por
el fruto se conoce el árbol» (Mt 12:33).
Tercero, nota que esta obediencia que rendimos a Jesús no es por nuestro propio
poder. En el versículo siguiente, Jesús nos dice que pedirá al Padre que envíe a
otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14:16), y luego Pablo nos dice que es Este
quien nos da el poder para hacer morir las obras de la carne y que está con
nosotros en la tribulación, clamando que somos hijos de Dios (Rom 8:13-17).
Todo esto deja claro que cualquier acusación de antinomianismo en contra del
cristianismo, es decir, que este es «contra la ley», es falsa e infundada. El mismo
Pablo preguntó: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la
gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo
viviremos aún en él?» (Rom 6:1-2). Nuestra salvación se basa, entera y
completamente, en la justicia de Cristo, tanto en Su vida como en Su muerte,
imputada a nosotros. Esa sola justicia es la base de nuestra justificación. Pero hay
fruto espiritual evidente en aquellos que han sido justificados: un reconocimiento
de Jesús como el Rey, y un amor lleno de gratitud hacia Él que produce un deseo
lleno del Espíritu de seguirlo y obedecer Sus mandamientos.
Los que verdaderamente han sido circuncidados, no en la carne, son aquellos que
adoran por medio del Espíritu de Dios y que se glorían en Cristo Jesús. Pablo
insiste en esto porque la adoración verdadera no es solo superficial. La adoración
es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un
entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su
gloriosa gracia. Esto, según el apóstol, caracteriza una vida de discipulado. El ser
un discípulo de Jesús significa renunciar a toda confianza en cualquier cosa fuera
de Jesús y gloriarnos en Su persona y obra con la melodía de nuestras bocas y
corazones.
No hay ambigüedad en lo que dice el apóstol Juan en 1 Juan [Link] «Si decimos que
no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en
nosotros». Por lo tanto, cualquier noción bien intencionada pero equivocada de
perfeccionismo cristiano debe ser descartada. Parece que todas las exhortaciones
de Juan en esta carta descansan en tres verdades fundamentales: no debemos pecar
(2:1), pecaremos (1:8, 10), y tenemos perdón y propiciación por nuestros pecados
(1:9 ; 2:1-2).
Mi enfoque aquí está en el hecho de que los cristianos realmente pecan. Esta
verdad es el resultado lógico y bíblico de la doctrina de la justificación por gracia
solamente a través de la fe en Cristo solamente, cuya justicia nos es imputada
incluso cuando nuestra culpa es imputada a Él. Nuestra justificación o buena
posición ante Dios no se debe a que en la actualidad somos intrínsecamente justos
o a que tenemos justicia infundida en nosotros. Somos justos ante Dios porque Él
nos acredita y nos cubre con lo que los primeros teólogos protestantes llamaron
una justicia «ajena» o «extranjera», que por supuesto es la justicia de Cristo. La
justicia de Cristo es completa, lo que significa que satisface todas las demandas de
la santa ley de Dios.
Además, la justicia de Cristo es de valor eterno, lo que significa que nunca expira.
Es esta justicia absoluta,objetiva , e infalible a la cual nuestra fe se aferra en la
persona y la obra de Cristo. La fe genuina lleva a los creyentes a la unión con
Cristo y, por lo tanto, los cubre objetivamente con Su perfecta obediencia y Su
sangre purificadora. Subjetivamente, somos despertados a por lo menos tres
realidades: (1) la profundidad de nuestra caída (Rom 7:13-19); (2) un deseo
genuino de hacer lo que agrada a Dios (Fil 2:13; es la combinación de la
conciencia de nuestra naturaleza caída y este deseo dado por Dios de hacer lo que
agrada a Dios lo que crea la tensión de que Pablo habla de en Rom 7:12-25); y (3)
conocimiento de la generosidad de la gracia de Dios en Cristo que salva a los
pecadores (1 Tim 1:15).
Sí, los discípulos tropiezan, pero Dios usa su tropiezo para mostrarles más y más
de la gracia que es más grande que todos sus pecados.
El apóstol Juan describe en 1 Juan 1:8-9 dos formas de ver nuestros pecados y las
consecuencias de cada uno de ellos. La primera es una renuencia para reconocer
nuestra pecaminosidad (v. 8). La segunda es una actitud humilde y honesta de
reconocimiento (v. 9). En esta última actitud nos concentraremos en este artículo.
Juan dice: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los
pecados y para limpiarnos de toda maldad» (v. 9). «Confesar» literalmente
significa «decir lo mismo», es decir, estar de acuerdo con lo que otra persona dice.
El contexto deja claro que confesar nuestros pecados significa estar de acuerdo
con el diagnóstico de Dios de que somos pecadores y de que hemos pecado.
Lo que todos los verdaderos creyentes experimentan cuando confiesan sus pecados
es que Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn
1:9). La palabra «fiel» tiene que ver con ser confiable. La fidelidad o confiabilidad
es uno de los atributos de Dios. Su fidelidad consiste en cumplir siempre lo que
promete. Dios cumplirá Sus promesas de perdón hechas a Su pueblo, promesas
que fueron selladas con la sangre de Jesús (ver 1:7), cuando humildemente le
confesamos nuestros pecados. Por lo tanto, sabemos que la certeza del perdón no
es una cuestión de sentir que hemos sido perdonados, sino de que Dios es fiel a lo
que ha prometido y no puede fallar (2 Tim 2:13).
Juan agrega además que «Dios es justo» para perdonar nuestros pecados (1 Jn
1:9). La muerte sacrificial de Jesús es ciertamente el contexto de esta declaración.
Dios hará lo correcto: nos perdonará y nos limpiará de todo mal, porque Jesucristo
ya pagó por nuestra culpa.
Juan menciona dos cosas que Dios, el fiel y justo hará si confesamos nuestros
pecados: perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Primero, Dios es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados (v. 9). Perdonar en el idioma griego, cuando se usa
en conexión con el pecado, significa «remitir» o «cancelar». Segundo, Dios es fiel
y justo para limpiarnos de toda maldad (v. 9; ver v. 7). Esta última oración enfatiza
otro aspecto del perdón de Dios: elimina las manchas y las consecuencias del
pecado en nuestra vida.
Tito 2 describe la dinámica entre los creyentes bajo el Nuevo Pacto donde el
pastor enseña la sana doctrina y una generación discípula a la próxima generación;
y a veces el discipulado es específico de acuerdo al género: «las ancianas… que
enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes» (v. 3-4).
Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas
el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para
la gloria de Dios.
Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el
evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la
gloria de Dios. Esto es tan importante en la vida de la iglesia que cuando Dios
envió a Su Hijo al mundo, proporcionó una mujer mayor para discipular a la joven
elegida para ser madre del Mesías. Elisabet y María personifican el discipulado de
Tito 2.
Cuando Elisabet quedó embarazada, dijo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los
días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres» (Lc 1:25),
haciéndose eco de la oración de Ana: «Oh Señor de los ejércitos, si tú te dignas
mirar la aflicción de tu sierva» (1 Sam 1:11).
Después del anuncio del ángel a María, ella «fue con prisa» a la casa de Elisabet.
La mujer joven fue; la mujer mayor le dio la bienvenida.
«…y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lc 1:41). Dios nos da poder para ser y
hacer discípulos.
«Y bienaventurada la que creyó … lo que le fue dicho de parte del Señor»(v. 45).
Elisabet le enseña a María que la bendición proviene de la obediencia a la Palabra
de Dios.
Dios nos llama a ser discípulos que hacen discípulos. La continuidad del Nuevo
Pacto es convincente. El resultado también es convincente: «para que la palabra de
Dios no sea blasfemada» (Tito 2:5).
Nunca es demasiado temprano para empezar con las rutinas del discipulado. Canta
salmos e himnos cuando acurrucas a los más pequeños y aparta tiempo a diario
para una lectura familiar de la Biblia y para orar. Eventualmente, puedes
motivarlos a memorizar las Escrituras y a estudiar catecismos (Sal. 119:9-11). Haz
que la adoración el día del Señor sea una prioridad y una delicia. Háblales
frecuentemente de la Palabra de Dios, de las obras en Su creación, de Sus
providencias y de las oraciones contestadas. Estos hábitos sentarán las bases para
el resto de sus vidas.
A medida que los hijos van creciendo, el discipulado debe estar ligado aún más
con la vida cotidiana. La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de
opciones o el establecimiento de límites. Los hijos necesitan reglas basadas en la
Palabra de Dios para poder aprender cómo obedecer y cuáles son las
consecuencias de la desobediencia. Este proceso no debería causar una relación
disfuncional, sino que debería llevar a un mejor entendimiento de que la disciplina
es amorosa (Heb. 12:2-11). Busca la manera de hacerles ver cómo cada situación
los puede alejar de Dios o llevarlos a la cruz de Cristo y a la reconciliación.
A medida que los hijos crecen, las conversaciones se convierten en el aspecto más
importante del discipulado. El Salvador respondió muchísimas preguntas de Sus
discípulos, y los padres también deberían convertirse en una fuente primaria de
respuestas. Esto puede ser un gran reto, por lo tanto, no dudes en tomarte tu
tiempo para responder, para investigar o hasta para tú mismo pedir consejo, pero
se constante en dar respuestas. Convierte tu hogar en un lugar de discusiones
piadosas, hasta de debates saludables. Enséñales a tus hijos dónde encontrar las
respuestas correctas, particularmente en esta era informática, lo que incluye
ayudarlos a cultivar relaciones con sus mayores. Cuando las preguntas se tornan
difíciles, ora con tus hijos pidiendo sabiduría al Espíritu Santo (Lc. 11:13; San.
1:5).
Podemos decir que los hogares cristianos son como invernaderos donde los hijos
crecen como plantitas por un tiempo. Se les da agua y son nutridos por la Palabra,
cultivados y podados, y hasta cierto punto protegidos. Es tu llamado como padre
ser diligente en discipular y proteger, pero también de ser alentado por el hecho de
que el Espíritu Santo usa hogares santos para nutrir la fe, a pesar de nuestros
fracasos inevitables. Confía en Su obra por encima de todo y se fiel orando para
que Dios dé el crecimiento.
Pero el hogar cristiano posee tanto el método como la meta en la Palabra revelada
de Dios. Considere la forma simple de Efesios 6:1-4:
Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado
para el discipulado como el hogar. No requiere reubicación, no te cuesta nada, y
nunca tendrás otro maestro tan invertido en tu éxito. Al simplemente crecer en el
hogar de discípulos cristianos, si puedes aprender algo, seguramente aprenderás
lealtad, respeto, sumisión y servicio al Señor.
Todo esto debe ser visto en términos de obligaciones de pacto entre padre e hijo.
Sigue el paradigma de Deuteronomio 6:4-9: comienza con teología («El Señor uno
es»). Habla de la relación («Amarás al Señor tu Dios»). Da dirección («Estas
palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón»). Se aplica
generacionalmente («Diligentemente las enseñarás a tus hijos»). Y proporciona
una metodología («Hablarás de ellas cuando te sientes…andes …te acuestes…te
levantes»). Mientras las familias del mundo tienen una versión natural del
discipulado, los hogares cristianos tienen el discipulado del evangelio, anclado en
la obra salvadora de Cristo, la verdad de Su Palabra, las leyes de Su reino y la
disposición del amor. Este discipulado es para bien (Prov. 1:9). Dios obliga a los
padres a enseñarlo. Dios obliga a los niños a aprender de sus padres.
«¿Yo? ¿Memorizar las Escrituras? Pero ya no soy un niño. Además, ahora enseño
a niños. Yo enseño; ellos aprenden». Aunque tal vez no sean las palabras reales de
los cristianos adultos, estos sentimientos pueden representar la actitud de muchos.
Prácticamente no han memorizado pasajes específicos de las Escrituras en muchos
años (o tal vez nunca).
Sin embargo, para un verdadero discípulo de Cristo, que realmente quiere ser
como Cristo, memorizar las Escrituras es una disciplina vital. Si memorizaste las
Escrituras cuando eras niño, probablemente aprendiste el Salmo [Link] «En mi
corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti». El Salmo 119 no es solo
el capítulo más largo de la Biblia, sino que también está saturado de aspectos
estilísticos notables. El poema hebreo está dividido en veintidós estrofas, una para
cada letra del alfabeto hebreo. Cada verso dentro de una estrofa comienza con una
letra particular. Esta estructura alfabética era una ayuda para la memorización.
Una de las tareas sagradas de un padre judío era familiarizar a su hijo con la Torá
(Génesis-Deuteronomio) y enfatizar la importancia de memorizar con precisión lo
que Dios había dicho (Deut 6:4-7). Por lo tanto, la Ley se recitaría en la audiencia
del niño desde sus primeros días, y los pasajes clave serían repetidos una y otra
vez. Puesto que la mayoría de los hogares eran demasiado pobres para tener su
propia colección de pergaminos del Antiguo Testamento, la memorización era
esencial.
Jesús exhorta a los creyentes a confrontarse unos a otros como parte del proceso
de la disciplina eclesiástica (Mat. 18:15-20). La corrección de un creyente cuando
está en falta es un requisito bíblico, pero también lo es la aceptación de esa
corrección y el arrepentimiento de nuestros pecados. De hecho, aquel que no
acepta la corrección debe ser visto y tratado como un incrédulo (v.17).
Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es
una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho
Sus hijos.
Nosotros también odiamos ser corregidos debido a nuestro orgullo. No nos gusta
cuando otros señalan nuestro pecado. La buena noticia es que Dios, por medio de
Su Palabra y el Espíritu Santo, nos ayuda a superar nuestro orgullo. En primer
lugar, Cristo ya ha conquistado nuestro orgullo al acercarnos a Él. El pecado
interior permanece, pero para el creyente, el poder del pecado del orgullo ha sido
derrotado. Se nos ordena humillarnos, pero Dios es quien nos da la gracia para
hacerlo.
Además, la Escritura nos da ejemplos maravillosos de santos que han sido
confrontados y han respondido en humildad y con arrepentimiento genuino.
Cuando el profeta Natán confrontó a David por su pecado doble de adulterio y
asesinato, David no solo se arrepintió, sino que nos dio uno de los pasajes más
grandiosos que tenemos en la Biblia: el Salmo 51, una oración hermosa de
arrepentimiento. No tuvieramos ese salmo hermoso si Natán no hubiera
confrontado a David y si David no se hubiera arrepentido en humildad.
Pero, ¿por qué estuvo David tan presto a arrepentirse? Lo vemos en la respuesta
que le da a Natán: “He pecado contra el Señor” (2 Sam. 12:13). Nuevamente lo
vemos en el Salmo 51 donde David escribe: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y
he hecho lo malo delante de tus ojos” (v.4). Esta es la clave para aceptar la
corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del
Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos. Cuando esa es nuestra
perspectiva, aquellos que nos confrontan dejan de ser mensajeros de condenación
y se convierten en ángeles de misericordia.
Hablamos mucho sobre el amor en la iglesia cristiana. Y con razón, ya que el amor
es el centro de nuestro mensaje, el evangelio (Jn 3:16). Pero, ¿qué significa amar a
otros cristianos? ¿Es realmente tan importante? ¿No podemos vivir la vida
cristiana por nuestra propia cuenta?
Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por
nosotros en Cristo.
También estamos llamados a aliviar las necesidades externas de nuestros
hermanos en la fe como podamos. Esto puede hacerse en forma de donaciones al
fondo de diáconos de la iglesia, donaciones para la obra misionera o participando
directamente en operaciones de ayuda: preparando comidas para nuevas madres,
visitando a los enfermos y confinados en casa, o ayudando después de un desastre.
El amor de Dios por nosotros obra en nuestras vidas de varias maneras. Nos
mueve a responder a Dios con amor, y nos mueve a amar a nuestros hermanos y
hermanas en la fe (1 Jn 4: 11-12; 5: 1-3). Esto se debe a que somos un solo cuerpo,
el cuerpo de Cristo. Nadie odia su propio cuerpo, sino que desea lo que es bueno
para él (Ef 5:29); de la misma manera, aquellos que están unidos al cuerpo de
Cristo hacen su parte para cuidar ese cuerpo. Adoramos juntos, usamos los dones
dados por Dios para el beneficio del cuerpo, sufrimos juntos, nos regocijamos
juntos y llevamos los unos las cargas de los otros (1 Cor. 12: 12-31; Gal. 6:2).
Juan advierte que si no somos movidos de esta manera, es posible que no seamos
parte del cuerpo (1 Jn 4:20). Cualquiera que se separe de este cuerpo no tiene
ninguna base de seguridad. Un cristiano solitario no tiene sentido bíblico: estamos
unidos en Cristo como el nuevo templo de Dios (Ef. 2: 19-22). Cristo no mora en
nadie que no esté unido a ese cuerpo.
Así que, amigos, no abandonemos la santa comunión del cuerpo de Cristo, sino
amémonos unos a otros, animémonos unos a otros y cuidemonos unos a otros (1
Jn 4:21; Heb. 10: 23-25).
LOS DISCÍPULOS PERSIGUEN LA SANTIDAD
Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de
Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.
Puede haber algunos que piensan que esta exhortación fue para Timoteo y, por lo
tanto, es relevante solo para los ministros o pastores. Seguramente, dicen, Dios no
espera que todos los cristianos sean obreros diligentes cuando se trata de la Palabra
de Dios. Bueno, recuerda quién enseñó a Timoteo su doctrina a temprana edad.
Recuerda quiénes fueron sus mentores antes que Pablo. Su abuela Loida y su
madre Eunice son mencionadas, incluso recomendadas (2 Tim 1: 5), por conocer y
enseñar «las Sagradas Escrituras» a Timoteo (3:15).
Sin embargo, gracias a Dios, durante mi último año de secundaria descubrí que lo
que yo pensaba que era libertad era en verdad esclavitud, y lo que pensaba que
sería esclavizante era, de hecho, la verdadera libertad, la libertad del discipulado.
Llegué a la conclusión de que, aparte de Jesús, no existe la verdadera libertad, solo
la esclavitud del pecado.
El hombre fue creado por Dios para gobernar sobre la tierra, para aprovechar el
mundo material para la gloria de Dios y el beneficio del hombre. Pero cuando el
hombre se rebeló contra Dios, se encontró a sí mismo bajo el dominio de la
creación en lugar de ejercer el dominio sobre ella. Esto es lo que vemos en la
esclavitud de las adicciones. El hombre se convierte en el esclavo de sus propios
deseos. Él se convierte en esclavo del pecado. El hombre natural está bajo el
cautiverio del pecado.
Este fue, por supuesto, uno de los énfasis principales de los reformadores mientras
recuperaban el evangelio de la gracia soberana de Dios. Martín Lutero, en su obra
La esclavitud de la voluntad, trata este punto con gran claridad. El hombre natural
no es libre sino esclavo del pecado. Él no puede hacer lo contrario. Él debe ser
liberado del poder del pecado que lo ata. Esta es la libertad del discipulado.
Es fácil seguir a la gente hoy día. Nos seguimos con el clic de un botón en las
redes sociales. El costo es minúsculo. Como mucho, perdemos un poco de
dignidad (dependiendo de a quién sigamos). Por lo general, queremos seguir a
amigos y familiares, o personas cuyas vidas codiciamos. Las celebridades tienen
millones de seguidores y no piden mucho a cambio, tal vez un «me gusta»
ocasionalmente. Hoy en día, seguir a alguien es fácil, tan fácil que podemos seguir
a cientos, incluso miles de personas. Me pregunto si este fenómeno ha ayudado a
confundirnos con las palabras de Jesús: «Sígueme».
La vida que Jesús nos llama a emular en realidad no fue codiciada por nadie. Si
Instagram hubiera existido en el primer siglo, no estoy seguro de que Jesús hubiera
tenido muchos seguidores. Él era un marginado religioso, así que los piadosos de
aquel tiempo no hubieran querido ser identificados con Él o seguirle. En nuestros
días, a «los espirituales pero no religiosos» les resulta igualmente difícil seguir a
Jesús por dos razones.
Primero, Jesús exige que le sigamos de manera exclusiva. «Si alguno viene a mí, y
no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y
aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). Familiares y
celebridades están felices de compartir sus seguidores, pero Jesús no. No puedes
seguir a Jesús y dedicarte a los demás de la misma manera que te consagras a Él.
Este tipo de exclusividad es especialmente difícil en sociedades como la nuestra,
donde los no cristianos se alegran de incluir a Jesús entre los grandes maestros
religiosos, pero no sobre ellos. Sin embargo, Jesús no compartirá escenario con
nadie más, y exige que nuestro amor por Él sea único.