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CAPÍTULO III
LA LINGÜÍSTICA ESTÁTICA Y LA LINGÜÍSTICA EVOLUTIVA
§ 1. DUALIDAD INTERNA DE TODAS LAS CIENCIAS QUE OPERAN CON
VALORES
Pocos lingüistas se dan cuenta de que la intervención del factor tiempo es capaz de
crear a la lingüística dificultades particulares y de que coloca a su ciencia ante dos rutas
absolutamente divergentes.
La mayoría de las otras ciencias ignoran esta dualidad radical; el tiempo no produce en
ellas efectos particulares. La astronomía ha señalado que los astros sufren notables
cambios, pero con eso no se ha creído obligada a escindirse en dos disciplinas. La geología
razona casi constantemente sobre sucesiones; pero cuando llega a ocuparse de los estados
fijos de la tierra no hace de ello un objeto de estudio radicalmente distinto. Hay una ciencia
descriptiva del derecho y una historia del derecho; nadie las opone. La historia política de
los Estados se mueve enteramente en el tiempo; sin embargo, si un historiador hace el
cuadro de una época no tenemos la impresión de salirnos de la historia. Inversamente, la
ciencia de las instituciones políticas es esencialmente descriptiva, pero puede muy bien en
ocasiones tratar una cuestión histórica sin que su unidad se vea dañada.
Por el contrario, la dualidad de que venimos hablando se impone ya imperiosamente a
las ciencias económicas. Aquí, en oposición a lo que ocurre en los casos precedentes, la
economía política y la historia económica constituyen dos disciplinas netamente separadas
en el seno de una misma ciencia; las obras aparecidas recientemente sobre estas materias
acentúan la distinción. Procediendo así se obedece, sin darse uno cuenta cabal, a una
necesidad interior: pues bien, es una necesidad muy semejante la que nos obliga a escindir
la lingüística en dos partes, cada una con su principio propio. Y es que aquí, como en
economía política, estamos ante la noción de valor, en las dos ciencias se trata de un
sistema de equivalencia entre cosas de órdenes diferentes: en una, un trabajo y un salario,
en la otra, un significado y un significante.
Verdad que todas las ciencias debieran interesarse por señalar más escrupulosamente
los ejes sobre que están situadas las cosas de que se ocupan; habría
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que distinguir en todas según la figura siguiente: 1° eje de simultaneidades (AB), que
concierne a las relaciones entre cosas coexistentes, de donde está excluida toda
intervención del tiempo, y 2° eje de sucesiones (CD), en el cual nunca se puede considerar
más que una cosa cada vez, pero donde están situadas todas las cosas del primer eje con sus
cambios respectivos.
Para las ciencias que trabajan con valores esta distinción es una necesidad práctica y,
en ciertos casos, una necesidad absoluta. En este terreno se puede desafiar a los científicos
a que no podrán organizar sus investigaciones de una manera rigurosa si no tienen en
cuenta los dos ejes, si no distinguen entre el sistema de valores considerados en sí y esos
mismos valores considerados en función del tiempo.
[…] Añadamos que cuanto más complejo y rigurosamente organizado sea un sistema
de valores, más necesario es, por su complejidad misma, estudiarlo sucesivamente según
sus dos ejes. Y ningún sistema llega en complejidad a igualarse con la lengua: en ninguna
parte se advierte una equivalente precisión de valores en juego, un número tan grande y tal
diversidad de términos en dependencia recíproca tan estricta. La multiplicidad de signos,
ya invocada para explicar la continuidad de la lengua, nos prohíbe en absoluto estudiar
simultáneamente sus relaciones en el tiempo y sus relaciones en el sistema. He ahí la razón
de que distingamos dos lingüísticas. ¿Cómo las llamaremos? Los términos que se ofrecen
no son apropiados por igual para señalar la distinción. Así historia y «lingüística histórica»
no son utilizables, porque evocan ideas demasiado vagas; como la historia política
comprende tanto la descripción de épocas como la narración de los acontecimientos, podría
imaginarse que al describir estados de lengua sucesivos se estudia la lengua según el eje del
tiempo; para eso habría que encarar separadamente los fenómenos que hacen pasar a la
lengua de un estado a otro. Los términos evolución y lingüística evolutiva son más
precisos, y nosotros los emplearemos con frecuencia; por oposición se puede hablar de la
ciencia de los estados de lengua o de lingüística estática.
Pero para señalar mejor esta oposición y este cruzamiento de dos órdenes de
fenómenos relativos al mismo objeto, preferimos hablar de lingüística sincrónica y de
lingüística diacrónica. Es sincrónico todo lo que se refiere al aspecto estático de nuestra
ciencia, y diacrónico todo lo que se relaciona con las evoluciones. Del mismo modo
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sincronía y diacronía designarán respectivamente un estado de lengua y una fase de
evolución.
LAS DOS LINGÜÍSTICAS, OPUESTAS EN SUS MÉTODOS Y EN SUS PRINCIPIOS
La oposición entre lo diacrónico y lo sincrónico salta a la vista en todos los puntos.
Por ejemplo —para comenzar por el más evidente— no tienen importancia igual. En
este punto es patente que el aspecto sincrónico prevalece sobre el otro, ya que para la masa
hablante es la verdadera y única realidad. Y también lo es para el lingüista: si el lingüista se
sitúa en la perspectiva diacrónica no será la lengua lo que él perciba, sino una serie de
acontecimientos que la modifican. Se suele decir que nada hay tan importante como
conocer la génesis de un estado dado; y es verdad en cierto sentido: las condiciones que
han formado ese estado aclaran su verdadera naturaleza y nos libran de ciertas ilusiones;
pero eso justamente es lo que prueba que la diacronía no tiene su fin en sí misma. Se puede
decir de ella lo que se ha dicho del periodismo: que lleva a todas partes, a condición de que
se le deje a tiempo. Los métodos de cada orden difieren también, y de dos maneras:
a) La sincronía no conoce más que una perspectiva, la de los sujetos hablantes, y todo
su método consiste en recoger su testimonio; para saber en qué medida una cosa es
realidad será necesario y suficiente averiguar en qué medida existe para la
conciencia de los sujetos hablantes. La lingüística diacrónica, por el contrario, debe
distinguir dos perspectivas: la una prospectiva, que siga el curso del tiempo, la otra
retrospectiva, que lo remonte […]
b) Otra diferencia resulta de los límites del campo que abarca cada una de estas dos
disciplinas. El estudio sincrónico no tiene por objeto todo cuanto es simultáneo, sino
solamente el conjunto de hechos correspondientes a cada lengua; según lo requiere la
necesidad, la separación irá hasta los dialectos y subdialectos. En el fondo el término de
sincrónico no es bastante preciso; debiéramos reemplazarlo por el de idiosincrónico, un
poco largo, en verdad. Por el contrario, la lingüística diacrónica no sólo no necesita, sino
que rechaza una especialización semejante; los términos que considera no pertenecen
forzosamente a una misma lengua (compárese el indoeuropeo * esti, el griego ésti, el
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alemán ist, el fran cés est). Precisamente la sucesión de hechos diacrónicos y su
multiplicación espacial es lo que crea la diversidad de idiomas. Para justificar una relación
entre dos formas basta que tengan entre sí un vínculo histórico, por indirecto que sea.
Estas oposiciones no son las más sorprendentes ni las más profundas: la antinomia
radical entre el hecho evolutivo y el hecho estático tiene por consecuencia que todas las
nociones relativas tanto al uno como al otro sean irreducibles entre sí en la misma medida.
Cualquiera de esas nociones puede servir para demostrar esta verdad. Y así es como el
«fenómeno» sincrónico nada tiene en común con el diacrónico; el uno es una relación entre
elementos simultáneos, el otro la sustitución de un elemento por otro en el tiempo, un
suceso. […] Estas consideraciones bastarán para hacernos comprender la necesidad de no
confundir los dos puntos de vista […]
CONCLUSIONES
Así es como la lingüística se encuentra aquí ante su segunda bifurcación. Ha sido
primero necesario elegir entre la lengua y el habla; ahora estamos en la encrucijada de rutas
que llevan la una a la diacronía, la otra a la sincronía.
Una vez en posesión de este doble principio de clasificación, se puede añadir que todo
cuanto es diacrónico en la lengua solamente lo es por el habla, en el habla es donde se
halla el germen de todos los cambios: cada uno empieza por ser práctica exclusiva de cierto
número de individuos antes de entrar en el uso. El alemán moderno dice: ich wa; wir
waren, mientras que el antiguo alemán, hasta el siglo xvi, conjugaba ich was, wir waren
(todavía dice el inglés / was, we were). ¿Cómo se ha cumplido esta sustitución de was por
war? Algunas personas, influidas por waren, crearon war por analogía; éste era un hecho
del habla; esta forma, repetida con frecuencia y aceptada por la comunidad, se hizo un
hecho de lengua. Pero no todas las innovaciones del habla tienen el mismo éxito, y
mientras sigan siendo individuales no hay por qué tenerlas en cuenta, ya que lo que
nosotros estudiamos es la lengua; no entran en nuestro campo de observación hasta el
momento en que la colectividad las acoge.
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Un hecho de evolución siempre está precedido de un hecho, o mejor, de una multitud
de hechos similares en la esfera del habla; esto en nada debilita la distinción establecida
arriba, que hasta se halla confirmada, ya que en la historia de toda innovación
comprobamos siempre dos momentos distintos: 1° aquél en que surge en los individuos; 2°
aquél en que se convierte en hecho de lengua, idéntico exteriormente, pero adoptado por la
comunidad.
El cuadro siguiente indica la forma racional que debe adoptar el estudio lingüístico.
[…]Las dos partes de la lingüística, así deslindada, serán sucesivamente objeto de
nuestro estudio.
La lingüística sincrónica se ocupará de las relaciones lógicas y psicológicas que unen
términos coexistentes y que forman sistema, tal como aparecen a la conciencia colectiva.
La lingüística diacrónica estudiará por el contrario las relaciones que unen términos
sucesivos no percibidos por una misma conciencia colectiva, y que se reemplazan unos a
otros sin formar sistema entre sí.
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CAPÍTULO IV
EL VALOR LINGÜÍSTICO
§ 1. LA LENGUA COMO PENSAMIENTO ORGANIZADO EN LA MATERIA
FÓNICA
Para darse cuenta de que la lengua no puede ser otra cosa que un sistema de valores
puros, basta considerar los dos elementos que entran en juego en su funcionamiento: las
ideas y los sonidos.
Psicológicamente, hecha abstracción de su expresión por medio de palabras, nuestro
pensamiento no es más que una masa amorfa e indistinta. Filósofos y lingüistas han estado
siempre de acuerdo en reconocer que, sin la ayuda de los signos, seríamos incapaces de
distinguir dos ideas de manera clara y constante. Considerado en sí mismo, el pensamiento
es como una nebulosa donde nada está necesariamente delimitado. No hay ideas
preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua.
Frente a este reino flotante, ¿ofrecen los sonidos por sí mismos entidades
circunscriptas de antemano? Tampoco. La substancia fónica no es más fija ni más rígida;
no es un molde a cuya forma el pensamiento deba acomodarse necesariamente, sino una
materia plástica que se divide a su vez en partes distintas para suministrar los significantes
que el pensamiento necesita. Podemos, pues, representar el hecho lingüístico en su
conjunto, es decir, la lengua, como una serie de subdivisiones contiguas marcadas a la vez
sobre el plano indefinido de las ideas confusas (A) y sobre el no menos indeterminado de
los sonidos (B). Es lo que aproximadamente podríamos representar en este esquema:
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El papel característico de la lengua frente al pensamiento no es el de crear un medio
fónico material para la expresión de las ideas, sino el de servir de intermediaria entre el
pensamiento y el sonido, en condiciones tales que su unión lleva necesariamente a
deslindamientos recíprocos de unidades. El pensamiento, caótico por naturaleza, se ve
forzado a precisarse al descomponerse. No hay, pues, ni materialización de los
pensamientos, ni espiritualización de los sonidos, sino que se trata de ese hecho en cierta
manera misterioso: que el «pensamiento-sonido» implica divisiones y que la lengua elabora
sus unidades al constituirse entre dos masas amorfas. […]
La lengua es también comparable a una hoja de papel: el pensamiento es el anverso y el
sonido el reverso: no se puede cortar uno sin cortar el otro; así tampoco en la lengua se
podría aislar el sonido del pensamiento, ni el pensamiento del sonido; a tal separación sólo
se llegaría por una abstracción y el resultado sería hacer psicología pura o fonología pura.
La lingüística trabaja, pues, en el terreno limítrofe donde los elementos de dos órdenes
se combinan; esta combinación produce una forma, no una sustancia.
Estas miras hacen comprender mejor lo que hemos dicho sobre lo arbitrario del signo.
No solamente son confusos y amorfos los dos dominios enlazados por el hecho lingüístico,
sino que la elección que se decide por tal porción acústica para tal idea es perfectamente
arbitraria. Si no fuera éste el caso, la noción de valor perdería algo de su carácter, ya que
contendría un elemento impuesto desde fuera. Pero de hecho los valores siguen siendo
enteramente relativos, y por eso el lazo entre la idea y el sonido es radicalmente arbitrario.
A su vez lo arbitrario del signo nos hace comprender mejor por qué el hecho social es el
único que puede crear un sistema lingüístico. La colectividad es necesaria para establecer
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valores cuya única razón de ser está en el uso y en el consenso generales; el individuo por
sí solo es incapaz de fijar ninguno.
Además, la idea de valor, así determinada, nos muestra cuán ilusorio es considerar un
término sencillamente como la unión de cierto sonido con cierto concepto. Definirlo así
sería aislarlo del sistema de que forma parte; sería creer que se puede comenzar por los
términos y construir el sistema haciendo la suma, mientras que, por el contrario, hay que
partir de la totalidad solidaria para obtener por análisis los elementos que encierra.
Para desarrollar esta tesis nos pondremos sucesivamente en el punto de vista del
significado o concepto (§2), en el del significante (§3) y en el del signo total (§4).
No pudiendo captar directamente las entidades concretas o unidades de la lengua,
operamos sobre las palabras. Las palabras, sin recubrir exactamente la definición de la
unidad lingüística, por lo menos dan de ella una idea aproximada que tiene la ventaja de ser
concreta; las tomaremos, pues, como muestras equivalentes de los términos reales de un
sistema sincrónico, y los principios obtenidos a propósito de las palabras serán válidos para
las entidades en general.
§ 2. EL VALOR LINGÜÍSTICO CONSIDERADO EN SU
ASPECTO CONCEPTUAL
[…] Pero véase el aspecto paradójico de la cuestión: de un lado, el concepto se nos
aparece como la contraparte de la imagen auditiva en el interior del signo, y, de otro, el
signo mismo, es decir, la relación que une esos dos elementos es también, y de igual modo,
la contraparte de los otros signos de la lengua.
Puesto que la lengua es un sistema en donde todos los términos son solidarios y donde
el valor de cada uno no resulta más que de la presencia simultánea de los otros, según este
esquema:
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[…] Para responder a esta cuestión, consignemos primero que, incluso fuera de la
lengua, todos los valores parecen regidos por ese principio paradójico. Los valores están
siempre constituidos:
1° por una cosa desemejante susceptible de ser trocada por otra cuyo valor está por
determinar;
2° por cosas similares que se pueden comparar con aquella cuyo valor está por ver.
Estos dos factores son necesarios para la existencia de un valor. Así, para determinar lo
que vale una moneda de cinco francos hay que saber: 1° que se la puede trocar por una
cantidad determinada de una cosa diferente, por ejemplo, de pan; 2° que se la puede
comparar con un valor similar del mismo sistema, por ejemplo, una moneda de un franco, o
con una moneda de otro sistema (un dólar, etc.). Del mismo modo una palabra puede
trocarse por algo desemejante: una idea; además, puede compararse con otra cosa de la
misma naturaleza: otra palabra. Su valor, pues, no estará fijado mientras nos limitemos a
consignar que se puede «trocar» por tal o cual concepto, es decir, que tiene tal o cual
significación; hace falta además compararla con los valores similares, con las otras
palabras que se le pueden oponer. Su contenido no está verdaderamente determinado más
que por el concurso de lo que existe fuera de ella. Como la palabra forma parte de un
sistema, está revestida, no sólo de una significación, sino también, y sobre todo, de un
valor, lo cual es cosa muy diferente.
[…] Lo que hemos dicho de las palabras se aplica a todo término de la lengua, por
ejemplo, a las entidades gramaticales. Así, el valor de un plural español o francés no
coincide del todo con el de un plural sánscrito, aunque la mayoría de las veces la
significación sea idéntica: es que el sánscrito posee tres números en lugar de dos (mis ojos,
mis orejas, mis brazos, mis piernas, etc., estarían en dual); sería inexacto atribuir el mismo
valor al plural en sánscrito y en español o francés, porque el sánscrito no puede emplear el
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plural en todos los casos donde es regular en español o en francés; su valor depende, pues,
verdaderamente de lo que está fuera y alrededor de él.
[…] En todos estos casos, pues, sorprendemos, en lugar de ideas dadas de antemano,
valores que emanan del sistema. Cuando se dice que los valores corresponden a conceptos,
se sobreentiende que son puramente diferenciales, definidos no positivamente por su
contenido, sino negativamente por sus relaciones con los otros términos del sistema. Su
más exacta característica es la de ser lo que los otros no son 1.
[…]
§ 4. EL SIGNO CONSIDERADO EN SU TOTALIDAD
Todo lo precedente viene a decir que en la lengua no hay más que diferencias. Todavía
más: una diferencia supone, en general, términos positivos entre los cuales se establece;
pero en la lengua sólo hay diferencias sin términos positivos. Ya se considere el
significante, ya el significado, la lengua no comporta ni ideas ni sonidos preexistentes al
sistema lingüístico, sino solamente diferencias conceptuales y diferencias fónicas
resultantes de ese sistema. Lo que de idea o de materia fónica hay en un signo importa
menos que lo que hay a su alrededor en los otros signos. […]
1 [Por ejemplo: para designar temperaturas, tibio es lo que no es frío ni caliente; para designar
distancias, ahí es lo que no es aquí ni allí; esto lo que no es eso ni aquello. El inglés, que tiene dos términos,
this y that, en lugar de nuestros tres, este, ese, aquel, presenta otro juego de valores. A A.]
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CAPÍTULO V
RELACIONES SINTAGMÁTICAS Y RELACIONES ASOCIATIVAS
§ 1. DEFINICIONES
Así, pues, en un estado de lengua todo se basa en relaciones; ¿y cómo funcionan esas
relaciones?
Las relaciones y las diferencias entre términos se despliegan en dos esferas distintas,
cada una generadora de cierto orden de valores; la oposición entre esos dos órdenes nos
hace comprender mejor la naturaleza de cada uno. Ellos corresponden a dos formas de
nuestra actividad mental, ambos indispensables a la vida de la lengua.
De un lado, en el discurso, las palabras contraen entre sí, en virtud de su
encadenamiento, relaciones fundadas en el carácter lineal de la lengua, que excluye la
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posibilidad de pronunciar dos elementos a la vez. Los elementos se alinean uno tras otro
en la cadena del habla. Estas combinaciones que se apoyan en la extensión se pueden
llamar sintagmas. El sintagma se compone siempre, pues, de dos o más unidades
consecutivas (por ejemplo: re-leer; contra todos; la vida humana; Dios es bueno; si hace
buen tiempo, saldremos, etc.). Colocado en un sintagma, un término sólo adquiere su valor
porque se opone al que le precede o al que le sigue o a ambos.
Por otra parte, fuera del discurso, las palabras que ofrecen algo de común se asocian
en la memoria, y así se forman grupos en el seno de los cuales reinan relaciones muy
diversas. Así la palabra francesa enseignement, o la española enseñanza, hará surgir
inconscientemente en el espíritu un montón de otras palabras (enseigner, renseigner, etc.,
o bien armement, changement, etc., o bien éducation, apprentisage)2; por un lado o por
otro, todas tienen algo de común.
Ya se ve que estas coordinaciones son de muy distinta especie que las primeras. Ya
no se basan en la extensión; su sede está en el cerebro, y forman parte de ese tesoro
interior que constituye la lengua de cada individuo. Las llamaremos relaciones
asociativas.
La conexión sintagmática es in praesentia (en presencia); se apoya en dos o más
términos igualmente presentes en una serie efectiva. Por el contrario, la conexión
asociativa une términos in absentia (en ausencia) en una serie mnemónica virtual.
[…]
8 3. RELACIONES ASOCIATIVAS
Los grupos formados por asociación mental no se limitan a relacionar los dominios
que presentan algo de común; el espíritu capta también la naturaleza de las relaciones que
los atan en cada caso y crea con ello tantas series asociativas como relaciones diversas
haya. Así en enseignefnent, enseigner, enseignons, etc. (enseñanza, enseñar, enseñemos),
2 [Si se toma la palabra española enseñanza, las palabras asociadas serán enseñar, o bien
templanza, esperanza, etc., o bien educación, aprendizaje, etc. A. A.]
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hay un elemento común a todos los términos, el radical (raíz); pero la palabra enseignement
(o enseñanza) se puede hallar implicada en una serie basada en otro elemento común, el
sufijo –morfema que está al final de la palabra: -anza- (cfr. enseignement, armement,
changement, etc.; enseñanza, templanza, esperanza, tardanza, etc.); la asociación puede
basarse también en la mera analogía de los significados (enseñanza, instrucción,
aprendizaje, educación, etc.), o, al contrario, en la simple comunidad de las imágenes
acústicas (por ejemplo, enseignement y justement, o bien enseñanza y lanza). Por
consiguiente, tan pronto hay comunidad doble del sentido y de la forma, como comunidad
de forma o de sentido solamente. Una palabra cualquiera puede siempre evocar todo lo que
sea susceptible de estarle asociado de un modo o de otro.
Mientras que un sintagma evoca en seguida la idea de un orden de sucesión y de un
número determinado de elementos, los términos de una familia asociativa no se presentan
ni en número definido ni en un orden determinado. Si asociamos dese-oso, calur-oso,
temer-oso, etc., nos sería imposible decir de antemano cuál será el número de palabras
sugeridas por la memoria ni en qué orden aparecerán. Un término dado es como el centro
de una constelación, el punto donde convergen otros términos coordinados cuya suma es
indefinida.
Sin embargo, de estos dos caracteres de la serie asociativa, orden indeterminado y número
indefinido, sólo el primero se cumple siempre; el segundo puede faltar. […]
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Guía de lectura:
CAPÍTULO III: LA LINGÜÍSTICA ESTÁTICA Y LA LINGÜÍSTICA
EVOLUTIVA
1)-Explicar qué es la “lingüística sincrónica” (o estática) y “la lingüística diacrónica” (o
evolutiva) y qué estudian. ¿Cuáles son sus diferencias?
2)-¿Cuál es más importante para Saussure y por qué?
CAPÍTULO IV: EL VALOR LINGÜÍSTICO
3)-Explicar qué diferencia hay entre “valor” y “significación”.
CAPÍTULO V: RELACIONES SINTAGMÁTICAS Y RELACIONES
ASOCIATIVAS
4)-Explicar qué son las “relaciones sintagmáticas” y las “relaciones asociativas”. ¿Qué
diferencias existen entre ambas? Dar un ejemplo de cada una.