CAPÍTULO I:
La novela se inicia con un cuadro que nos sitúa en una aldea perdida en el Amazonas, El
Idilio. Un dentista hace su trabajo subido a una diminuta tarima sobre la que ha
colocado un sillón de barbero. Trabaja en vivo, sin más anestesia que el aguardiente;
mientras, despotrica del Gobierno e insulta a los clientes para que dejen de quejarse. Es
un dentista itinerante que llega en El Sucre, el barco que de tiempo en tiempo acerca la
civilización a la aldea, en realidad una caja flotante cuya llegada siempre constituye un
acontecimiento.
Entre los espectadores de la escena encontramos por primera vez en la novela a los mal
llamados “jíbaros”, nombre con que los españoles bautizaron a los shuar y que se
mantiene para designar a aquellos que, degradados y envilecidos por las costumbres de
los blancos, han sido rechazados por su propio pueblo: “Había una enorme diferencia
entre un shuar altivo y orgulloso, conocedor de las secretas regiones amazónicas, y un
jíbaro […]” (pág. 17).
Acabado su trabajo, el dentista, Rubicundo Loachamín, se ve obligado a esperar hasta la
salida del barco: unos indígenas llegan con el cadáver de un hombre blanco. Para hacer
tiempo se sienta junto a un viejo, Antonio José Bolívar Proaño. Su trato es de confianza,
el viejo le lleva la cuenta del número de extracciones que realiza, 27 en total. El hecho
nos traslada en la memoria de los personajes hasta el día que extrajo todos los dientes a
un buscador de oro borracho por una apuesta. El relato regresa al presente con un “Sí,
aquellos eran buenos tiempos”. El capítulo se cierra con las dos canoas llevando el
cadáver.
CAPÍTULO II:
El alcalde, apodado la Babosa por los lugareños a causa de su intensa sudoración, es
presentado en el relato. Se trata de la autoridad en la aldea. Su descripción pasa del
plano físico al carácter: maltrata a la indígena con la que convive y tiene las manías de
cobrar impuestos y de izar la bandera –hasta que quedó destrozada-.
Interroga a los indígenas en el muelle y concluye rápidamente que ellos mismos lo
asesinaron para robarle. Cuando se dispone a arrestarlos, tras golpear con la culata del
revólver a uno de ellos, toma la palabra el viejo. Con tranquilidad, hace reflexionar al
alcalde sobre la herida, de cuatro cortes, y sobre el fuerte olor a orín. Concluye que ha
sido una tigrilla. En efecto, en la mochila del difunto aparecen las pieles de las crías
junto a las pertenencias del muerto. Esto descarta el robo y confirma la tesis del viejo. El
viejo relata ahora la historia como si la estuviera viendo desde la perspectiva de la
tigrilla: sale a cazar y cuando regresa encuentra a su macho y a los cachorros muertos. El
problema de su venganza es que una vez que ha cazado al hombre, todos los hombres
pasan a ser sus enemigos, asesinos de su camada”. En realidad, el infractor ha sido el
gringo “cazando fuera de temporada y en espacios prohibidos”.
Los shuar huyen rápidamente, el viejo los comprende: tienen que avisar a la tribu del
peligro del animal asesino. El alcalde los deja ir y se marcha.
El muerto supone un inconveniente para El Sucre porque no pueden vaciar el cadáver
de un blanco, hay que prepararlo y eso retrasará la partida cuando ya amenazan las
lluvias amazónicas. Después del episodio, el dentista entrega al viejo dos libros que le ha
traído. Este se emociona al recibirlos, son libros de amor.
El narrador nos lleva ahora hasta el momento en que el viejo pidió al dentista que le
trajera novelas, en cómo el dentista consiguió el encargo gracias a Josefina, una
prostituta negra a la que frecuentaba en un burdel, aficionada a estas lecturas.
El viejo queda pensativo y manifiesta al dentista su preocupación por el asunto de la
tigrilla. Teme que lo comprometan en la caza del animal, a pesar de sus casi setenta
años.
El capítulo finaliza con la partida de El Sucre y el viejo regresando a su cabaña con sus
libros (pág. 37).
CAPÍTULO III:
“Sabía leer pero no escribir y leía paladeando, luego repetía la palabra, la frase, hasta
que se apropiaba de los sentimientos”. Para leer necesitaba una lupa, “la segunda de sus
pertenencias más preciadas”. Vivía en una cabaña sin apenas muebles: una mesa alta
para poder comer y leer de pie para evitar molestias en la espalda; un solo jabón con el
asearse, y fregar lo que hubiera que fregar; una fotografía… en ella aparecen dos jóvenes.
El viejo estuvo casado con Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán
Otavalo. De la fotografía, el narrador nos lleva hacia atrás, hacia el relato de su boda.
Los casaron cuando tenían 15 años, una boda concertada para que cuidaran de su
suegro. Vivían en San Luis. Cuando éste falleció, los gastos del entierro se llevan los
animales y el trozo de tierra que heredan no basta. Sobreviven trabajando cuanto
pueden. Pero ella no se queda embarazada y poco a poco las habladurías son peores. La
presión social llega al extremo de proponerle el que consienta en que la mujer,
borracha, aprovechando la verbena, sea tomada por otros hombres para así descartar
que el responsable sea el propio marido. Deciden huir de allí aprovechando que se ha
publicado un plan de colonización para la Amazonia.
Tardaron dos semanas en llegar a El Dorado y una más en alcanzar El Idilio. Pasaron
por pueblos con costumbres extrañas, como Zamora o Loja donde los hombres vestían
todos de negro como señal de duelo por Atahualpa. Al llegar, les entregaron dos
hectáreas de terreno, un par de machetes, palas y semillas “devoradas por gorgojo”.
Además les prometieron ayuda “técnica”, una ayuda que jamás llegó.
A partir de ese momento, comienza una lucha que no podían ganar: no sabían cazar ni
pescar, las lluvias, las crecidas del río, el hambre… pronto, los colonos empezaron a
morir por comer frutas desconocidas, por las fiebres, por las fieras… Hasta que los shuar
se compadecen de ellos y deciden ayudarles. Los shuar les enseñan a convivir con la
selva, también les advierten que todo su esfuerzo es en vano. Y tienen razón, la lluvia se
encarga de arrastrar la tierra y borrar todo rastro del trabajo de los hombres por ganar
un espacio a la selva donde plantar las semillas.
La mujer muere de fiebres al segundo año. Se queda solo. Comienza a convivir con los
shuar, a hablar y a cazar con ellos. Poco a poco se va transformando, el odio a esa tierra
inhóspita que le arrebató a Dolores Encarnación va cediendo: “Nunca pensó en la
palabra libertad y la disfrutaba a su antojo. Ahora comía cuando tenía hambre” (45). Y si
se encontraba solo buscaba la compañía de los shuar que lo recibían con alegría y
conversaban con curiosidad tratando de comprender a los blancos y sus extrañas
costumbres: su mal olor, el no bañarse, los ponchos, su negativa a comer monos y, sobre
todo, su empeño en trabajar en lugar de cazar, “¡qué tontos!”.
Llevaba ya cinco años viviendo así cuando es mordido por una serpiente equis. Consigue
cortarle la cabeza y llegar hasta un poblado shuar donde un hechicero le salva la vida. Su
salvación es considerada por la tribu como una señal sobrenatural y motivo de alegría:
ha sido una prueba de los dioses menores, los dioses traviesos. En la fiesta iniciática que
le organizan prueba por vez primera el “natema”, droga alucinógena con la que se ve
transformado en parte de la selva: “Fue una señal indescifrable que le ordenó quedarse,
y así lo hizo”.
Conoce al que será su mejor amigo, Nushiño, un shuar que llega a la tribu herido de
bala. Allí, como es uno de los suyos, es acogido y curado, pues “la hermandad de sangre
así lo permitía”. Desde entonces cazarán juntos. Él cazaba con frecuencia serpientes, les
sacaba el veneno y lo vendía a las farmacéuticas. A veces fallaba al tratar de atraparlas
por la cabeza, le mordían, pero ya estaba inmunizado. Se había transformado
físicamente, “era como uno de ellos, pero no era uno de ellos”, por eso debía marcharse
de vez en cuando, cada cierto tiempo.
Ya estaba completamente integrado en su cultura. A través de sus recuerdos, nos cuenta
el sentido de las cabezas reducidas como homenaje al enemigo vencido; con los ojos y
los labios cosidos para preservar el valor de su alma. Nos enteramos de cómo los viejos
saben que ha llegado su momento, cómo les organizan la gran fiesta de despedida, cómo
se drogan con chicha y anatema para ser depositados en su choza, y mientras suenan los
anents –canciones- son cubiertos de miel para ser devorados por las hormigas, y así
liberar su espíritu y vagar libres al fin por la selva.
Entonces, el viejo no necesitaba novelas de amor. No podía casarse porque no era uno
de ellos, pero suponía un honor para su anfitrión cederle a una de sus mujeres. El amor
era una ceremonia sin posesión, sin besos, entre caricias y canciones que festejaban la
belleza de los cuerpos que se unían. “Era el amor puro sin más fin que el amor mismo,
sin posesión, sin celos”.
La «civilización» sigue avanzando y fuerza a los animales y a los shuart a abandonar sus
enclaves cada vez con mayor frecuencia, de año en año, en lugar de los tres años que
solían permanecer en sus campamentos. Avanzan las carreteras, hay más colonos;
prolifera el consumo de alcohol sin ritual –degeneración- y, sobre todo, la peste de los
buscadores de oro.
Un día falló un tiro con su cervatana y descubre que se está haciendo viejo. Decide que
debe regresar porque “aunque es como ellos, no es uno de ellos” y se siente incapaz de
dejarse morir como un shuar llegado el momento. Desgraciadamente, un hecho acelera
su retorno. Unos aventureros que trataban de abrir una represa del río con dinamita,
asustados, disparan a Nushiño y lo hieren de muerte. Nushiño le pide al viejo que acabe
con su asesino para que su alma no vague errante por la selva. El viejo va tras el asesino
y lo mata, pero de un disparo con la propia escopeta que le arrebata. Él no lo sabía, pero
al matarlo así, no ha muerto en paz, no se puede atrapar el valor en su cabeza, se ha ido
y ha condenado a Nushiño a vagar errante por la selva “…como un triste pájaro ciego, a
choques con los árboles”. Los shuar, entre lamentos, lo destierran, nunca más sería
recibido como uno de ellos. Empujaron la canoa y enseguida borraron sus huellas de la
orilla.
CAPÍTULO IV:
El Idilio ha cambiado durante sus años de ausencia, ahora hay 20 casas y un muelle. Al
principio, los habitantes le rehúyen como a un salvaje, pero pronto comprenden el valor
de tenerlo cerca. Empezamos a analizar la conducta de los habitantes desde la nueva
perspectiva del viejo: “…los colonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra
del hombre civilizado: el desierto”.
Es entonces cuando descubre el aburrimiento, que sabe leer y que tiene los dientes
podridos. Para tener derecho a voto había que saber leer, cuando lo llaman para votar
descubre que, despacio, es capaz de deletrear. Vota a su Excelencia a cambio de una
botella de Frontera. Pero no había qué leer.
Un día llegó un clérigo para “bautizar niños y terminar con los concubinatos». Aburrido
y dormido en el muelle, el viejo le arrebata el libro que leía, una biografía de San
Francisco. Traban conversación y el cura le cuenta que ha leído muchos libros y el viejo
siente la envidia por primera vez. Por el cura descubre que existían novelas de amor y
decide ir a buscarlas.
Para conseguir libros, tiene que ir a El Dorado, pero no tiene dinero; y sale a la selva a
cazar unos monos y unos loros para pagarse el viaje. Lo consigue con unos cocos huecos
llenos de guijarros y una pasta fabricada con zumo y raíces de yahiasca. El patrón de El
Sucre acepta llevarlo y traerlo a cambio de una pareja de loros. En ese viaje coincide con
el dentista que se ofrece a proveerlo de novelas en lo sucesivo.
El Dorado –unas cien viviendas- supone la vuelta a la civilización después de 40 años en
la selva. Había un cuartel de Policía, oficinas del Gobierno y una escuela pública. La
maestra lo acoge en la escuela a cambio de que se ocupe de las tareas domésticas y la
confección de un herbolario. El viejo se emociona al ver la Biblioteca y comienza su
investigación. Pronto descarta la Geometría por incomprensible, los principios
resultaban galimatías indescifrables. Los textos de Historia le parecen una gran mentira.
Los de amor lacrimógeno, Eduardo D’Amicis y Corazón, le resultaron inverosímiles
porque tanto sufrimiento es imposible. Así llega hasta El rosario de Florece Barclay,
donde encuentra la mezcla perfecta de dolor y dicha. Queda fascinado. Ayudado por su
lupa recién comprada se sumerge en la lectura. La maestra le permite llevarse el libro.
La lectura, a partir de entonces, le sirve como terapia contra la soledad, “dejando los
pozos de la memoria abiertos para llenarlos con las dichas y las tormentas de amores
más prolongados en el tiempo.”.
CAPÍTULO V:
El viejo trata de imaginar las ciudades que aparecen en las novelas –París, Londres,
Ginebra…-, pero carece de referentes. La única ciudad que conocía, Ibarra, no tenía un
nombre digno para ser escenario de amores inmensos. En cambio, le encantaba
imaginar la nieve y no entendía que la gente la pisara sin preocuparse de que la
ensuciaban.
-Regreso a la línea temporal- La estación de lluvias paralizaba el tiempo. El viejo solo
abandonaba su cabaña para comer y orinar. Bastaba bajar hasta el río y coger algunos
camarones. En ello estaba cuando llegó una canoa con el cadáver de un buscador de oro
a bordo. Tenía la garganta destrozada. Se trataba de Napoleón Salinas a quien
reconocen inmediatamente por sus empastes de oro en los dientes.
El alcalde ya no se atreve a expresar su opinión y el viejo sentencia que ha sido la misma
tigrilla. El problema es que esto significa que la tigrilla está en esa orilla del río y que no
está lejos, porque el cadáver no está aún rígido ni huele. Pero el alcalde desprecia esta
observación y afirma que está lejos.
CAPÍTULO VI:
Es difícil comprender palabras y sensaciones cuando nos falta la experiencia. Eso le pasa
al viejo al leer sobre los canales de Venecia, las góndolas, o aquello de “besar
ardorosamente”. El no creía haber besado así a su mujer, aunque quizás lo hizo sin
saberlo. Las mujeres shuar no besaban. Una vez hubo una shuar que, degradada por el
alcohol, vendía favores sexuales por una botella, pero que reaccionó como una bestia
cuando un buscador de oro trató de besarla.
Por la tarde aparece una acémila gravemente herida con desgarros en los costados. Se
trata de la burra de Alkasetser Miranda, un colono que reconvirtió su cabaña en almacén
para venta de provisiones a 7 kms. de la aldea. El animal es sacrificado y repartido entre
los presentes. El viejo acepta un trozo de hígado sabiendo que le va a costar formar parte
de la partida de caza que va a organizarse para la tigrilla. “Muchas veces escuchó decir
que con los años llega la sabiduría, y él esperó, confiando en que tal sabiduría le
entregara lo que más deseaba: ser capaz de guiar el rumbo de sus recuerdos.”
-Nuevo salto atrás- Años atrás llegaron unos gringos a la aldea en una planeadora. Iban
a fotografiar a los jíbaros. El alcalde los llevó hasta la choza del viejo pero llegaron como
pisando terreno propio. Uno de ellos se atrevió a descolgar el retrato de boda y trató de
comprárselo arrojando unos billetes sobre la mesa. Él descolgó la escopeta, lo encañonó
y los echó de la cabaña. Se ganó con ello la enemistad del alcalde y su amenaza de
derribar la choza por estar construida en suelo del gobierno. De todas formas,
organizaron la excursión y una semana más tarde regresaron solo tres. Contaron cómo
el jíbaro que llevaban de guía los abandonó y los monos los atacaron. Mataron a uno de
ellos al que tuvieron que dejar abandonado. El viejo explica cómo en tierra de monos no
se puede entrar con nada que brille. Los gringos entre cámaras, anillos, pendientes…
eran una feria. La curiosidad de los monos los lleva a coger esos objetos y si tratas de
evitarlo sus gritos atraen a los demás monos que caen sobre ti en masa. El alcalde culpa
al viejo de la muerte del gringo por no haber aceptado la misión, pero el viejo le
responde que tampoco a él le hubieran hecho caso. Sin embargo, acepta el encargo de
recuperar el cadáver. Cuando llega hasta él, tan solo quedan los huesos. Admira el
trabajo de las hormigas “como diminutas leñadoras de árboles cobrizos –el pelo- para
fortalecer con ellos el cono de entrada del hormiguero. Ayudó a las hormigas rapando la
calavera”. Solo un objeto brillante había quedado en el cuerpo: la hebilla del cinturón
que no pudieron sacar. Entregó los restos al alcalde.
CAPÍTULO VII:
Se preparan para la expedición. El viejo prefiere no comer, se caza mejor con el
estómago vacío. Sigue lloviendo constantemente. El alcalde es un inútil, no sabe lo que
hace ni conoce la selva. Se enfunda su impermeable y sus botas de agua. Sudaría como
un cerdo y no podría caminar. A pesar de las advertencias, insiste y el resultado es que
dificulta y ralentiza continuamente la marcha del grupo, da órdenes sin sentido que los
hombres no obedecen –cartuchos en las escopetas, pólvora mojada-. Pierde una bota en
un lodazal y el viejo le salva la vida evitando que meta la mano para recuperarla, había
escorpiones. Ya sin botas, la marcha se vuelve algo más rápida. Su ignorancia los pone
una y otra vez en peligro. Pretende encender fuego sin darse cuenta de que así delata su
posición.
-Salto atrás- El sonido que escucha durante su guardia atrae a sus recuerdos la primera
vez que vio un verdadero pez de río, un “bagre guacamayo”, tiene tal tamaño que te mata
jugando a base de coletazos.
-Regreso a la línea temporal- El relevo llega justo en el momento en que un ruido nuevo
delata la presencia de la tigrilla. Pero el alcalde enciende la linterna y se oye un intenso
batir de alas: una lluvia de excrementos los baña. El viejo le explica que en la selva se
pernocta bajo los murciélagos, su huida les sirve de alarma y, a la vez, delata la posición
del depredador. Al encender la linterna y espantarlos se habían quedado sin poder
averiguarlo. Reanudan la marcha y el alcalde vuelve a cometer otro error: se aleja para
evacuar y, asustado, descarga seis tiros sobre un animal, pero resulta ser un oso mielero
“un hermoso animal de hocico alargado”. Todos saben que trae mala suerte matar un
oso mielero.
Pasado el mediodía llegan al puesto de Miranda. El colono estaba junto a la entrada con
la espalda abierta. Las hormigas ya estaban faenando el cadáver. Hay además otro
cadáver con la garganta abierta. Este estaba con los pantalones bajados haciendo sus
necesidades, junto a él el machete clavado en tierra. Así lo sorprendió la tigrilla. El viejo
reconstruye la escena. Miranda estaba preparando la cena cuando el amigo fue atacado.
Él, asustado, ensilló la acémila para huir rápidamente, pero la tigrilla fue más rápida.
CAPÍTULO VIII:
Entierran los cadáveres lanzándolos a una ciénaga. Organizan las guardias para
pernoctar en la venta y el viejo aprovecha para leer. El hecho despierta la curiosidad de
los acompañantes que le piden que lea en voz alta. La lectura suscita comentarios y las
interrogantes propias de quienes desconocen las realidades que se describen. No pueden
imaginar una ciudad llena de canales. El alcalde les explica que Venecia es una ciudad
construida sobre una laguna. Pero ellos siguen sin entender que algo así sea posible, se
ríen.
El animal vuelve a acercarse y el alcalde vuelve a disparar hacia la selva perdiendo otra
oportunidad… “¡Cómo se nota que es usted un instruido, excelencia!”. El alcalde
propone, entonces, a Antonio José Bolívar que continúe solo la caza mientras él regresa
con los demás a El Idilio para proteger la aldea. Le pagará cinco mil sucres. Era sensato
y acepta.
El viejo entiende que el animal se mueve en una suerte de venganza justa. La caza es un
acto de piedad bien entendida y ese animal se lo merece. Era algo que ninguno de los
demás podía ofrecer a la tigrilla. Ya a solas, regresa a su lectura, pero se pierde en
divagaciones sobre si lo que está sintiendo es o no miedo. Duda si el animal habrá
seguido al grupo o lo estará acechando a él. Critica a los falsos cazadores que matan todo
lo que se mueve sin discriminar (“emborracharse junto a los hatos de pieles para
disimular su miedo”).
Ante esta actitud violenta e indiscriminada, los animales huyen selva adentro. Ya apenas
quedan anacondas. Él cazó dos. Una porque acabó con el chico de un colono que él
conocía. Colocó unas nutrias como cebo y, machete en mano, cortó la cabeza a una de
unos 11 o 12 metros. La segunda fue un homenaje de gratitud a un brujo shuar, la mató
con un dardo envenenado, sin odio. Cuando se irguió antes de morir, pudo ver sus ojos
amarillos.
Su mente divaga ahora hacia su experiencia con los triguillos. “Si el rastreo es
demasiado fácil y te hace sentir confiado, quiere decir que el triguillo te está mirando la
nuca”, dicen los shuar. Aquella caza fue un duelo de paciencia. Había que cazarlo porque
estaba atacando el ganado. El animal trató de cazarlo a él acorralándolo, pero él se dio
cuenta y ahí empezó el juego de paciencia e inteligencia. “Tres días de espera hasta que
el tigrillo se sintió seguro y lanzó su ataque”.
Le gustaría tener allí a Nushiño para no sentirse solo. Se lo imagina junto a él
escupiendo, tirándose pedos para que los tzanzas –monos- no escuchen la historia,
aparentando desinterés. Recuerda por qué los shuar cazan tzanzas, la historia de un
shuar sanguinario que fue condenado por los suyos a muerte, pero que logró salvarse
adentrándose en la selva y convirtiéndose en mono. Por eso hay que matarlos a todos.
Después, Nushiño se marcharía de su lado escupiendo por última vez “evitando las
preguntas engendradoras de mentiras”.
Amanece y comienza los preparativos: cartuchos recubiertos de sebo, sebo en la frente,
comprobar el filo del machete… Y empieza el rastreo. A través de una huella, analiza el
comportamiento del animal: el movimiento del rabo delata nerviosismo y seguridad.
Cesa la lluvia y urge buscar un claro antes de que la transpiración y la densa niebla le
impida respirar (“De pronto, millones de agujas plateadas perforaron el techo selvático
[…], se frotó los ojos maldiciendo y, rodeado por cientos de efímeros arco iris, entonces
lo vio”). El animal aparece en la distancia por primera vez.
La tigrilla empieza a dejarse ver, pero el viejo conoce el truco. Combate las picaduras de
los mosquitos con pasta de tabaco mascado. El animal y el hombre se estudian. La
tigrilla logra ganar la posición y el viejo corre desesperadamente buscando la protección
del río, pero la gata se le ha anticipado, lo ataca, lo derriba por una pendiente. No quería
matarlo de momento, sino llevarlo junto al macho herido y agonizante en el que ya las
hormigas han comenzado su trabajo. “Lo siento, compañero. Ese gringo hijo de la gran
puta nos jodió la vida a todos”. Lo mata, y al alejarse, la gata se reúne con el macho
sacrificado.
El viejo logra llegar hasta el puesto abandonado de los buscadores de oro y se acuesta
extenuado debajo de una canoa. Sitúa el arma y el machete a los costados. Come, fuma y
logra dormir. Tiene extraños sueños: algo que cambia sin cesar de forma, unos ojos
amarillos que se mueven en todas direcciones… es la propia muerte disfrazándose. El
ruido de los pasos de la hembra sobre la canoa lo despierta. El animal mea la barca, lo
está marcando como presa, pero sin haberlo cazado. Se arma de paciencia y espera. La
tigrilla acaba por intentar entrar cavando por un lateral. Es lo que él estaba esperando:
dispara a la pata, hiere al animal pero algunos perdigones se le calvan en el pie. La
escucha alejarse. Recarga el arma y voltea la canoa: “Aquí estoy. Terminemos este
maldito juego de una vez por todas”.
La vio correr hacia él y esperó hasta el salto final para disparar. La tigrilla cae muerta
con el pecho abierto. “Era un animal soberbio, hermoso, una obra maestra de gallardía”.