Paracelso
médico-alquimista
Patrick Rivière
PARACELSO
médico-alquimista
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Índice
AÑOS DE JUVENTUD E INICIACIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
AÑOS DE VIAJES Y APRENDIZAJE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
MÉDICO EXTRAORDINARIO Y HOMBRE GENIAL . . . . . . . . . . . . 29
ÚLTIMOS AÑOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
PARACELSO, EL MÉDICO «FILÓSOFO POR EL FUEGO» . . . . . . . 45
La filosofía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
La astronomía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46
La alquimia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48
La virtud (Proprietas) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48
LAS TEORÍAS PARACELSIANAS A LA LUZ DE LA ALQUIMIA . . . . . 51
Los tres principios y los tres humores . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
La teoría de los semejantes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 58
LA TEORÍA DE LAS MARCAS EN LA NATURALEZA . . . . . . . . . . . . 63
Utilización de los simples . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64
PARACELSO Y LA FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA . . . . . . . . . . . 71
La luz de la Naturaleza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
El Arché (el principio de la vida) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74
El Yliaster . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
5
El Cagastrum . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 76
PARACELSO, EL MÍSTICO Y EL OCULTISTA . . . . . . . . . . . . . . . . . 79
El misticismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 80
El ocultismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 86
Las predicciones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 90
DEL TRATADO DE LAS NINFAS... A LAS VIRTUDES DEL IMÁN . . . . 95
«Sobre las fuerzas del imán» . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 104
EL ARTE DE LA ALQUIMIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
SOBRE LA GRAN OBRA ALQUÍMICA O DE LA TINTURA
DE LOS FÍSICOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
De la Tintura de los Físicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
EPÍLOGO: PARACELSO, EL «IRRECUPERABLE» . . . . . . . . . . . . . 139
6
Al «alma» del Rebis,
cuyo destino no sabría ser otro
que el de las alas que yacen en la tierra...
Años de juventud
e iniciación
T eofrasto (el futuro Paracelso) nació el día 10 de noviembre de
1493, en Einsiedeln, una población suiza de la región de Zú-
rich, en la ruta de los peregrinajes del Etzel. Fue el único hijo de
Elsa Oschner y de Wilhelm von Hohenheim, descendiente de los
ilustres Bombasto de Suabia que eran originarios de Hohenheim,
cerca de Stuttgart.
Lo bautizaron con este nombre en recuerdo del pensador griego
que fue discípulo y amigo de Aristóteles, Teofrasto Tyrtamos de
Ereso, un físico especialista en las propiedades medicinales de las
plantas y de los minerales por el que sentía una admiración sin lími-
tes el padre de Teofrasto, el doctor von Hohenheim, el cual ejercía
la profesión de médico y al mismo tiempo se dedicaba al estudio
de la química antigua, es decir, la alquimia.
Debido a las guerras suabas, el doctor von Hohenheim tuvo que
trasladarse en el año 1502 con su familia a Villach, en la región mi-
nera de Carintia. Allí, además del tiempo que dedicaba a la activi-
dad médica, se convirtió en instructor de la Escuela de minas, y
también fue allí donde comenzó a ejercer gran influencia en el des-
tino de su hijo, al hacerle descubrir cada día las maravillas de la Na-
turaleza.
Su madre, empleada en el convento de Nuestra Señora de la Her-
mita y gran piadosa, se encargó de inculcarle una fe inquebrantable
en Dios, una fe que Teofrasto manifestó a lo largo de toda su vida.
Por desgracia, perdió a su madre muy pronto, cuando era todavía
muy niño. A causa de su naturaleza débil y su propensión al raqui-
tismo, el padre se ocupó de él muy atentamente, prodigándole cui-
dados constantes. Se ocupó también de forma admirable de su edu-
cación, uniendo lo útil con lo agradable; el doctor von Hohenheim
visitaba a menudo a sus pacientes acompañado de su hijo, lo que
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PARACELSO, MÉDICO-ALQUIMISTA
permitía a este último sacar provecho de los beneficios que la vida al
aire libre supone para la salud. Los largos paseos a los que estaba
acostumbrado desde su más tierna infancia lo habían llevado por en-
cima del Etzel, más allá de las poblaciones que se encontraban a ori-
llas del lago de Zúrich. De esta forma, el joven Teofrasto entró muy
pronto en contacto con la Naturaleza, a la que más tarde llenó de
alabanzas, calificándola de gran laboratorio y exaltando de ella su
propia luz, superior a la del sol. Pero por aquel entonces se confor-
maba con aprender de las páginas de su gran libro, que su padre ojea-
ba con gran delicia haciéndole descubrir las virtudes curativas de las
plantas que se encontraban por los prados y los bosques cercanos al
Sihl, en el que se sucedían por turnos, según los periodos de flora-
ción, prímulas, gencianas, salvia, ranúnculos, manzanilla, cólquico,
angélica, adormidera, belladona, datura, dedalera, achicoria y toron-
jil. Por otro lado, los libros mágicos de esa época otorgaban propie-
dades especialmente mágicas a algunas de estas plantas; con toda se-
guridad, estos conocimientos impresionaron al niño, que de la mano
del doctor asistía ya maravillado al milagro de la Naturaleza.
Padre e hijo también debieron recorrer a menudo los antiguos
bosques de alerces que jalonaban la ruta de Bleiberg, en las pen-
dientes de Dobratsch, para observar los minerales en sus diversos
aspectos y las transformaciones que experimentan después de su
extracción. Por otra parte, Paracelso evocará más adelante el gran
interés suscitado por estas minas, cuya indeleble huella permanecería
en el corazón de su memoria:
En Bleiberg se puede encontrar un maravilloso mineral de
plomo que abastece a Alemania, Panonia y Turquía, desde
Italia a Hutenberg; hay mineral de hierro que contiene un
acero excelente y muchos minerales de alumbre, así como vi-
triolo muy concentrado, mineral de oro y mineral de cinc, un
metal raro y que no se encuentra en ningún otro lugar de Eu-
ropa. Hay también un excelente cinabrio que contiene mer-
curio y otros metales, pero no me es posible mencionarlos to-
dos. Así pues, las montañas de Carintia son como un cofre
que, al abrirlo con una llave, revelara preciosos tesoros.
(Crónica de Carintia)
Estas minas pertenecían a la famosa familia de los Fugger de
Augsburgo, que habían fundado la Escuela de minas en la cual el
doctor von Hohenheim enseñaba a los capataces las particularida-
des de la química metalúrgica.
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AÑOS DE JUVENTUD E INICIACIÓN
Teofrasto seguía también a su padre en esos menesteres y asistía
a los cursos que impartía, aunque se trataba de cursos para adultos.
Es necesario aclarar que su padre realizaba un gran número de ex-
perimentos en el pequeño laboratorio que había construido en su
residencia, en el número 18 de la plaza del mercado, en Villach, y
que por lo tanto el niño estaba familiarizado desde muy pequeño
con algunos rudimentos de la química antigua. Indudablemente, es
fácil adivinar cierta predestinación en el futuro Paracelso.
Muy pronto llegó el momento en que el niño tenía que recibir la
educación que correspondía a su edad. Entonces su padre decidió
enviarlo a la famosa escuela de los benedictinos del monasterio de
San Andrés, en Lavantha, en la que el joven cumplió con sus deberes
religiosos. La instrucción religiosa que recibió animó su creencia en
un Dios de amor trascendental, principio único del origen de todo,
pero también en un Dios profundamente inherente a la Naturaleza y,
como consecuencia, al hombre. La vida interior y espiritual del joven
Teofrasto se desarrolló, por lo tanto, muy temprano. El encuentro
con el obispo Eberhard Baumgertner, que también era alquimista,
contribuyó a ello con toda seguridad, sobre todo porque el obispo
practicaba la alquimia en los laboratorios de los Fugger.
No debemos olvidar que Wilhelm von Hohenheim era invitado
igualmente con bastante frecuencia a practicar la alquimia, a veces
en presencia de su hijo, que asistía maravillado a la magia del crisol
al rojo vivo en un fuego de fusión que separaba el metal de los ma-
teriales inútiles. A continuación se realizaban los múltiples juegos
de manos y operaciones secretas que participaban en lo que se po-
dría considerar como una auténtica transmutación de la materia.
Seguramente, Teofrasto realizó allí su aprendizaje de alquimista,
rematando los conocimientos adquiridos en la escuela minera de Hu-
tenberg sobre el arte de la transformación de los minerales en meta-
les y la observación del crecimiento de los minerales en el interior de
la explotación minera de los Fugger. Sin duda, ya participaba en la
dura labor de los mineros. La vocación alquimista tuvo que nacer por
entonces en el futuro Paracelso.
Muy pronto, el joven Teofrasto mostró un carácter turbulento pero
ávido de conocimientos, en el que ya se podían percibir los inicios de
una fuerte personalidad. Seguramente, su carácter era en parte pro-
ducto de la genética, pues su abuelo paterno estuvo dotado de una es-
pecial valentía, salpicada de fogosidad y de ímpetu. En efecto, George
Bombasto von Hohenheim, caballero de la orden de San Juan, se ha-
bía ilustrado acompañando a su soberano Eberhard el Piadoso durante
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PARACELSO, MÉDICO-ALQUIMISTA
un periplo aventurero en Palestina. Además, era un verdadero caba-
llero andante, y actuó como caballero solitario en más de una ocasión.
Tomó partido en contra de la dieta del Imperio mostrando su de-
sacuerdo con vehemencia, así era el abuelo del futuro Paracelso: indi-
vidualista, vengativo, incluso violento si lo creía necesario. El niño te-
nía de dónde sacar ese temperamento impetuoso que manifestaba sin
vergüenza y que caracterizaría su tormentoso destino...
Sin embargo, esto no mancillaba de ningún modo sus preocupa-
ciones místicas, alimentadas por sus preceptores eclesiásticos (que,
como ya hemos visto, no eran personas corrientes), a las que pode-
mos imaginar que se añadieron los conocimientos ocultos de un
prestigioso abad de Sponheim, Johannes Trithemius, el abad Tri-
theim. Se dice que este dirigió una sociedad secreta de herméticos
a la que parece ser que perteneció el joven Teofrasto. Se estudiaba,
de forma paralela a los misterios de la Madre Naturaleza, los nu-
merosos secretos disimulados detrás de las parábolas y las alegorías
de las Sagradas Escrituras, a las que evidentemente el abad otor-
gaba una importancia primordial. El joven Paracelso heredaría sus
preciosos conocimientos de tendencia pansófica o universalista.
Llegó después el tiempo de los estudios oficiales propiamente di-
chos. Teofrasto estudió desde los 14 años, como estudiante nómada,
en las universidades europeas de mejor reputación. En efecto, este
tipo de enseñanza era el más adecuado para formarse una opinión,
puesto que entre las universidades existían divergencias de opinio-
nes y aparecían a menudo fuertes controversias en materia de cono-
cimientos médicos. Sin embargo, tras sus estudios superiores en la
escuela de Basilea, obtuvo su diploma de bachiller en Viena (el hu-
manista Joachim Viadam era su rector). Después decidió ir a Italia, y
en el año 1513 se inscribió en la Universidad de Ferrara, de la que
saldría en 1516 con el diploma de doctor en Medicina, Doctor in
utraque medicina, siguiendo la fórmula utilizada en el norte de Italia.
Teofrasto von Hohenheim se había convertido en Paracelsus unos
años antes, en Basilea, donde existía la costumbre entre los estu-
diantes de helenizar o latinizar su nombre, como Erasmus o Frobe-
nius, por ejemplo; aunque es posible que el origen de este nombre
se encuentre en su padre, que quizás consideró que su hijo era más
sabio que Celsus, un famoso médico romano de la Antigüedad, na-
cido en el siglo de Augusto y calificado como Cicerón de la Medicina
por la pureza de su estilo al describir, en su obra De arte medica,
aproximadamente doscientas cincuenta plantas con sus propiedades
y aplicaciones terapéuticas, acompañadas de un tratado sobre higiene
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AÑOS DE JUVENTUD E INICIACIÓN
EL ABAD TRITHEIM
El abad Tritheim, hermético y ocultista de renombre, maestro y amigo
del famoso pintor Alberto Durero y del notable médico, filósofo y alqui-
mista Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, supo dar una perfec-
ta definición del Espíritu de la Naturaleza:
«El arte de la magia divina reside en la facultad de percibir la esencia de
las cosas en la luz de la Naturaleza (Luz astral) y en el empleo del poder
del alma y del espíritu, para poder producir cosas materiales obtenidas del
universo invisible, y en estas operaciones lo que está Arriba y lo que está
Abajo tienen que estar reunidos y obligados a actuar de forma armoniosa.
El Espíritu de la Naturaleza (la Luz astral) es una unidad que crea y cons-
tituye todas las cosas y que, al actuar con la colaboración del hombre,
puede producir cosas maravillosas.
»Estos procesos se llevan a cabo conforme a la ley. Aprenderéis a cono-
cer la ley en virtud de la cual estas cosas se realizan, si aprendéis a cono-
ceros a vosotros mismos. La conoceréis gracias al poder del espíritu que
reside en vosotros y os conformaréis uniendo vuestro espíritu con la esen-
cia que se desprende de vosotros. Si queréis tener éxito en esta tarea, será
necesario conocer la forma de separar el alma astral que se encuentra en
vosotros y hacerla tangible; después de eso, la sustancia del alma aparece-
rá visible y tangible, hecha objetiva a través de la potencia del espíritu».
Esforzándose en permitir al adepto el acceso a una especie de saber
universal a través del dominio de los símbolos que reflejan los mecanis-
mos de la Naturaleza, el abad Tritheim aparecía como un ilustre repre-
sentante de la tradición cabalística que va de Ramón Llull a Giovanni
Pico della Mirandola y a Giordano Bruno, pasando por Heinrich
Cornelius Agrippa.
El autor de Poligrafía y Escritura Cabalística Universal, de la
Estenografía y de las Siete Causas segundas, luchaba contra la falsa
magia sublevándose contra el ocultismo descarriado, y se esforzaba por ini-
ciar a sus alumnos en la escritura secreta y sagrada de los alquimistas que
habían encontrado la Gran Obra (la piedra filosofal). Desgraciadamente,
muchos de estos escritos fueron destruidos u ocultados bajo la presión cons-
tante de la Santa Sede.
médica. Es posible también que el seudónimo Paracelso tenga su
origen en el propio patronímico de Hohenheim, que significa «el
traslado de la morada o del hogar a las nubes espirituales».
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PARACELSO, MÉDICO-ALQUIMISTA
Sea como fuere, Paracelso había nacido; este nombre se iba a ha-
cer famoso con el tiempo, y no sólo en la historia de la Medicina, tal
como veremos más adelante.
Pero, por ahora, el Paracelso que más nos interesa es el médico,
y no podemos dejar de lado la enseñanza didáctica a la que se vio
sometido durante sus estudios.
Con Hipócrates, la observación de la Naturaleza se legitimó; con
Aristóteles (384-322 a. de C.) aparecieron las bases del método ex-
perimental. Galeno, médico griego del siglo II, se basó en las teorías
de estos dos predecesores para crear sus obras, que perduraron
como principal fuente de saber médico hasta medidados del si-
glo XVII. Un centenar de sus tratados se han conservado hasta hoy,
aunque escribió muchos más. Al preocuparse del valor terapéutico
de las drogas vegetales se convirtió en precursor de la farmacopea
llamada galénica, que tan de moda estuvo durante siglos.
HIPÓCRATES
Hipócrates (460-377 a. de C.) es el más importante médico de la
Antigüedad, considerado en un principio como el padre de la Medicina,
era miembro de una familia de médicos, los Asclepíades; fue autor de
un Corpus Hippocraticum dedicado al tratamiento de las enfermeda-
des y formado esencialmente por remedios vegetales y regímenes ali-
mentarios a base de frutos y verduras frescas. Puso su empeño en que la
Medicina empezara a alejarse de los mitos y de la magia. Sus aforismos
y, sobre todo, su famoso juramento, que en la actualidad siguen reali-
zando los médicos recien titulados, lo han inmortalizado.
Fue el primero en conceder gran importancia al estudio de la ana-
tomía, en una época en que nadie hubiera podido dedicarse a la di-
sección de cadáveres. El hecho de observar y curar las heridas de los
gladiadores de los que era médico le facilitó seguramente la tarea.
Fue el único maestro de anatomía durante doce siglos. Hasta la Edad
Media, esta ciencia se enseñó además según la fórmula: «Como
afirmó Galeno...». Su obra descansaba sobre bases prácticas y teorías
curiosamente trazadas y alejadas del sistema aristotélico. Además, sus
opiniones se encontraban frecuentemente en desacuerdo con las de
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AÑOS DE JUVENTUD E INICIACIÓN
Patio trasero de la casa donde nació Paracelso, en Einsiedeln. A la izquierda, su retra-
to, y a la derecha, el de su padre
Hipócrates, lo que dio lugar al nacimiento de la frase: «¡Hipócrates
dice sí, Galeno dice no!». Su notoriedad fue tal, que cuando los ára-
bes invadieron Europa, Avicena y Averroes se plegaron a su autori-
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