Capítulo I de 65
María
Capítulo I de Jorge Isaacs
Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios
en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y
famoso en toda la República por aquel tiempo.
En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis
hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz,
cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas
suyas.
Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía
sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor
contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por
todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.
A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los
brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María
esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la
mía, helada por la primera sensación de dolor.
Pocos momentos después seguí a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las
pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El
rumor del Sabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes.
Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la
casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María
estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre.
Capítulo II
María
Capítulo II de Jorge Isaacs
Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo
valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de
la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y
sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas
nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento
amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes
lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me
obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las
lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se
habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos
gruduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales
momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U***: ¡los perfumes que
aspiraba eran tan gratos comparados con el de los vestidos lujosos de ella; el canto de
aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!
Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque
algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas.
Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil
mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con
quien hemos soñado a los dieciocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y
su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí
esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es
impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero
cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios
murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve
paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo creerá ideal. Así el cielo,
los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a quien los contempla.
Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es
necesario que vuelvan a el alma empalidecidas por la memoria infiel.
Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de
mis padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y
naranjos, a través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las
habitaciones.
Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que se vio formar. Las herraduras de mi
caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi
madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los
ojos: supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen.
Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María
estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue
su rostro el que se cubrió de más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros,
rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos aún, al sonreír a mi primera expresión
afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.
Capítulo III
María
Capítulo III de Jorge Isaacs
A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la
casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del
cielo. Las auras del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear
con los rosales que nos rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río.
Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un
huésped amigo.
Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a
la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y
María quedó frente a mí.
Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción, y sonreía con
aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios. Mi
madre hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la rodeaban.
Mis hermanas se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas; y se sonrojaba
aquélla a quien yo dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora. María me ocultaba
sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las
mujeres de su raza, en dos o tres veces que a su pesar se encontraron de lleno con los míos;
sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el
velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera
castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un
clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría
parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura, le ocultaba el
seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de
donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente
torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.
Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padre nuestro, y
sus amos completamos la oración.
La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.
María tomó en brazos el niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los
aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.
Ya en el salón, mi padre para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo
viera el cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían
observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el
extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la
altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban
por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso
florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y
campanillas moradas del río. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las
columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna,
estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos
mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.
-¡Qué bellas flores! -exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.
-María recordaba cuánto te agradaban -observó mi madre.
Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella
vez mi mirada.
-María -dije- va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.
-¿Es verdad? -respondió-; pues las repondré mañana.
¡Qué dulce era su acento!
-¿Tantas así hay?
-Muchísimas; se repondrán todos los días.
Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por
un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la
niña de mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.
Capítulo IV
María
Capítulo IV de Jorge Isaacs
Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del
esclavo Pedro.
Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir había rozado las
cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y
pomarrosos, y los azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la
puerta.
La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su voz de niña, pero más grave y
lista ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡cuántas
veces en mis sueños un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos
han buscado en vano aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!
La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis
juegos; pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del
grupo de mis hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su
voz, me mirarían sus ojos, nos separaría un solo paso.
Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la ventana, y divisé a María en
una de las calles del jardín, acompañada de Emma: llevaba un traje más oscuro que el de la
víspera, y el pañolón color de púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre
la falda; su larga cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la espalda
y pecho: ella y mi hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco
más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba llenando de rosas abiertas durante la
noche, desechando por marchitas las menos húmedas y lozanas. Ella, riendo con su
compañera, hundía las mejillas, más frescas que las rosas, en el tazón rebosante.
Descubrióme Emma: María lo notó, y sin volverse hacia mí, cayó de rodillas para ocultarme
sus pies, desatóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros, fingía jugar con las
flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las alboradas en que
recogían flores para sus altares.
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero. Emma y María estaban bordando
cerca de ella. Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez la sorpresa que
involuntariamente le había yo dado en la mañana.
Mi madre quería verme y oírme sin cesar.
Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me exigía que les describiera
bailes espléndidos, hermosos vestidos de señora que estuvieran en uso, las más bellas
mujeres que figuraran entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me
miraba algunas veces al descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de
asiento; y al ponerse en pie para acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado,
pude ver sus pies primorosamente calzados: su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo,
no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele los ojos
cuando mi madre manifestó deseo de que yo diese a las muchachas algunas lecciones de
gramática y geografía, materias en que no tenían sino muy escasas nociones. Convínose en
que daríamos principio a las lecciones pasados seis u ocho días, durante los cuales podría yo
graduar el estado de los conocimientos de cada una.
Horas después me avisaron que el baño estaba preparado y fui a él. Un frondoso y corpulento
naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabellón sobre el ancho estanque de canteras
bruñidas: sobrenadaban en el agua muchísimas rosas: semejábase a un baño oriental, y
estaba perfumado con las flores que en la mañana había recogido María.
Nocturno a Rosario
de Manuel Acuña
I comprendo que en tus ojos los dos, un alma sola,
¡Pues bien!, yo necesito no me he de ver jamás; los dos, un solo pecho,
decirte que te adoro, y te amo, y en mis locos y en medio de nosotros
decirte que te quiero y ardientes desvaríos mi madre como un Díos!
con todo el corazón; bendigo tus desdenes, VIII
que es mucho lo que sufro, adoro tus desvíos, ¡Figúrate qué hermosas
que es mucho lo que lloro, y en vez de amarte menos las horas de la vida!
que ya no puedo tanto, te quiero mucho más. ¡Qué dulce y bello el viaje
y al grito que te imploro V por una tierra así!
te imploro y te hablo en A veces pienso en darte Y yo soñaba en eso,
nombre mi eterna despedida, mi santa prometida,
de mi última ilusión. borrarte en mis recuerdos y al delirar en eso
II y huir de esta pasión; con alma estremecida,
Yo quiero que tú sepas mas si es en vano todo pensaba yo en ser bueno
que ya hace muchos días y mi alma no te olvida, por ti, no más por ti.
estoy enfermo y pálido ¿qué quieres tú que yo IX
de tanto no dormir; haga Bien sabe Díos que ese era
que ya se han muerto pedazo de mi vida? mi más hermoso sueño,
todas ¿qué quieres tú que yo mi afán y mi esperanza,
las esperanzas mías, haga mi dicha y mi placer;
que estan mis noches con este corazón? ¡bien sabe Díos que en
negras, VI nada
tan negras y sombrias, Y luego que ya estaba cifraba yo mi empeño,
que ya no sé ni dónde concluido el santuario, sino en amarte mucho
se alzaba en porvenir. la lámpara encendida en el hogar risueño
III tu velo en el altar, que me envolvió en sus
De noche cuando pongo el sol de la mañana besos
mis sienes en la almohada, detrás del campanario, cuando me vio nacer!
y hacia otro mundo quiero chispeando las antorchas, X
mi espíritu volver, humeando el incensario, Esa era mi esperanza...
camino mucho, mucho y abierta allá a lo lejos mas ya que a sus fulgores
y al fin de la jornada la puerta del hogar... se opone el hondo abismo
las formas de mi madre VII que existe entre los dos,
se pierden en la nada, ¡Que hermoso hubiera sido ¡adiós por la última vez,
y tú de nuevo vuelves vivir bajo aquel techo. amor de mis amores;
en mi alma a aparecer. los dos unidos siempre la luz de mis tinieblas,
IV y amándonos los dos; la esencia de mis flores,
Comprendo que tus besos tú siempre enamorada, mi lira de poeta,
jamás han de ser míos; yo siempre satisfecho, mi juventud, adiós