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Servicios Especiales

Brigitte Montfort recibe la visita de la Sra. Glendon, madre de Homer Glendon, quien está preocupada por la desaparición de su hijo en Francia. A pesar de que Homer había advertido a su madre que buscara ayuda en Brigitte si le ocurría algo, la CIA niega tener registro de él. Mientras tanto, Homer es asesinado en París por una mujer que lo engaña, cerrando así su historia trágica.

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  • Brigitte Montfort,
  • servicios secretos,
  • identidad,
  • acción,
  • sangre,
  • agente Baby,
  • camaradas de la guerra,
  • camaradas de la redención,
  • camaradas de la esperanza,
  • relaciones
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Servicios Especiales

Brigitte Montfort recibe la visita de la Sra. Glendon, madre de Homer Glendon, quien está preocupada por la desaparición de su hijo en Francia. A pesar de que Homer había advertido a su madre que buscara ayuda en Brigitte si le ocurría algo, la CIA niega tener registro de él. Mientras tanto, Homer es asesinado en París por una mujer que lo engaña, cerrando así su historia trágica.

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  • Brigitte Montfort,
  • servicios secretos,
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  • camaradas de la redención,
  • camaradas de la esperanza,
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Brigitte recibe la visita de la Sra.

Glendon, que dice ser la madre de Homer


Glendon, uno de sus «Simones». La Sra. Glendon está muy preocupada,
porque ha dejado de tener noticias de su hijo, que se hallaba últimamente en
Francia. Como quiera que Homer le había dicho a su madre que si alguna
vez le ocurría algo extraño a él, ella fuese a visitar a Brigitte Montfort en
busca de ayuda o consejo, es de suponer que Homer-Simón conoce la
verdadera identidad de Baby, cosa que es muy infrecuente en los Simones,
pues del mismo modo que ella no quiere saber sus nombres verdaderos para
no delatarlos en alguna ocasión de peligro o si es torturada, ellos prefieren
también y por los mismos motivos ignorar el nombre verdadero de su amada
Baby. Pero, en fin, enternecida por la preocupación de la Sra. Glendon,
recurre a tío Charlie para que indague en la Central de la CIA el paradero de
Homer y qué puede haberle ocurrido en Francia… Y entonces se produce un
hecho sorprendente; la respuesta de la Central es tajante e inamovible: la
CIA jamás ha tenido en su nómina a nadie llamado Homer Glendon…

[Link] - Página 2
Lou Carrigan

Servicios Especiales
Brigitte en acción - 290

ePub r1.0
Titivillus 22.06.2018

[Link] - Página 3
Lou Carrigan, 1980

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

[Link] - Página 4
[Link] - Página 5
Fin de viaje en Orly
Procedente de Marsella, Homer Glendon llegó al aeropuerto de Orly en aquella
soleada tarde de principio de verano. Y llegó satisfecho de la vida, con la tranquilidad
del trabajo cumplido. Se había ganado un buen descanso, y ciertamente que pensaba
tomárselo en París. Bueno, el descanso y la diversión, qué demonios… Con el
bolsillo lleno de dinero, París no ofrece ninguna dificultad para pasarlo bien. Para
pasarlo estupendamente bien.
Recogió su maleta, salió de la sala de equipajes, y cruzó el vestíbulo, buscando ya
en su bolsillo la llave del coche que había dejado en la capital francesa antes de
desplazarse a Marsella para cumplir aquella misión. Todo terminado. Punto final.
Ahora, ¡a divertirse alegremente!
Salió del edificio del aeropuerto, fue hacia el estacionamiento, llegó junto a su
coche…, y se quedó mirando a la preciosa muchacha rubia que, junto a otro coche
que tenía el capó alzado, parecía presa de la desesperación. Homer Glendon la valoró
con un rápido vistazo, y sonrió. En aquel momento, la hermosa muchacha lo miró, y
también sonrió, señalando el coche y encogiendo los hombros.
—Hola —saludó enseguida—… ¿Quizá podría usted ayudarme, Monsieur?
Homer Glendon era un muchacho simpático. Y atractivo. Sus rubios cabellos
desgreñados, su gran bocaza sonriente, sus oscuros ojos grandes y dulces, hacían
verdaderos estragos entre las mujeres… ¿Por qué no empezar ya a buscarse compañía
para su estancia en París? Nunca se sabe cómo puede empezar una agradable
aventura…
Dejó la maleta en el suelo, se acercó a la muchacha sin dejar de sonreír, y señaló
el coche.
—Un amiguito terco, ¿eh? Precisamente cuando más se le necesita, se niega a
funcionar.
—Seguramente, es una tontería, pero no consigo ponerlo en marcha… ¿Usted
podría echarle un vistazo, Monsieur?
—Vamos a intentarlo.
Homer Glendon se inclinó sobre el motor del coche. La rubia se colocó junto a él
y un poco detrás. Se subió la falda, sacó la pistola que llevaba sujeta a las braguitas
especiales, apoyó la punta del silenciador en la espalda de Homer Glendon, justo
sobre el corazón, y apretó el gatillo.
Plop, chascó el arma.
Homer Glendon cayó inerte sobre el motor, muerto en el acto. Así de sencillo. La
rubia guardó la pistola en el mismo sitio, y se volvió, para mirar al hombre que ya se
acercaba. Sin necesidad de cambiar comentario alguno, el hombre se hizo cargo del
cadáver de Homer Glendon, que llevó rápidamente al asiento de atrás del coche,
donde lo tiró, sobre el piso. Luego, ocultó el cadáver con una manta que había estado
en el asiento, rodeó el coche, fue en busca de la maleta de Glendon y la metió en el

[Link] - Página 6
portaequipajes.
Mientras tanto, la rubia había bajado el capó, se había sentado ante el volante, y
había puesto el motor en marcha, naturalmente sin dificultad alguna. Su compañero
fue a sentarse junto a ella. La rubia arrancó, y poco después, el coche salía del
estacionamiento. Otro poco después, estaba en ruta hacia París. Sin prisas, pese a que
el viaje no terminaría hasta llegar a la costa, al norte de París.
El último viaje de Homer Glendon, recién llegado a Marsella, donde había
terminado un importantísimo y delicado trabajo.
El último viaje, en el que, ciertamente, no se divertiría. Con aquel viaje, habían
terminado los sueños de Homer Glendon.
Y su vida.
Pero, a fin de cuentas… ¿qué es la vida, sino un sueño, del que solo se despierta
para llegar a la Muerte?

[Link] - Página 7
1
Se volvió de lado, para contemplar a Número Uno, que parecía dormido
profundamente sobre la toalla de alegres colores extendida en el césped junto a la
piscina de Villa Tartaruga. La respiración de él era lenta y profunda, acompasada,
perfectamente rítmica. Como el de ella misma, el corazón de Número Uno era una…
máquina perfecta, una válvula que funcionaba con absoluta regularidad.
Así tenía que ser.
Cuando se lleva una intensa vida de espionaje, o se tiene un corazón como una
máquina, o es mejor retirarse, antes de que cualquier sobresalto detenga ese
pequeño motor del cuerpo humano. Sobresaltos que, ciertamente, son corrientes en
la vida del espía de acción en activo.
Brigitte puso su mano derecha bajo el desnudo seno izquierdo, en busca de los
latidos de su corazón. Sí, también latía con fuerza y regularidad… todavía. Estuvo
unos segundos notando su latir. Luego, volvió a tenderse cara al cielo nítidamente
azul de Malta. En su dorada piel notaba el calor del sol. Pero no solo en la piel.
Parecía que el calor del sol fuese penetrando, traspasando la piel, llegando a lo más
profundo de su cuerpo, proporcionándole aquel calor de vida. En momentos como
aquel era como si todo se detuviese, y, empapada de sol, Brigitte notaba solamente la
vida.
En ocasiones como esta, siempre veía grandes playas hermosísimas, llenas de
palmeras, de sol y de risas de seres humanos que vivían felizmente…, que convivían
pacíficamente, amándose los unos a los otros. En ocasiones como esta, Brigitte
Montfort, la periodista más famosa del mundo, y al mismo tiempo la secretísima
agente «Baby» de la CIA, la espía más temida del mundo, tenía la sensación de que
todo había cambiado: ya no había guerras, ni espionaje, ni enfermedades, ni odios,
ni ambiciones desmedidas, y todos, absolutamente todos los seres humanos del
mundo trabajaban en paz y luego tomaban el sol, y reían, y se amaban…
Volvió a mirar a Número Uno, que seguía igual. Inmóvil su cuerpo bronceado,
relajados sus músculos que parecían grabados en acero, apretada la boca con su
natural gesto hermético, casi hosco, alzada la sólida barbilla. Sus cabellos color
cobre relucían al sol, que los había secado rápidamente tras el último baño de Uno
en la piscina. Brigitte miró la mano derecha de él, tan cerca de su cuerpo. Una mano
grande, fuerte, pero de extraordinaria belleza, llena de sensibilidad.
Brigitte Montfort se encontró sonriendo mientras contemplaba al hombre que
amaba…, y por el que era amada hasta un extremo inaccesible para la mayoría de
las personas, que ni siquiera saben amar realmente, porque solo han aprendido a
hacerlo con el cuerpo, porque ignoran que puede existir amor entre dos
inteligencias, entre dos mentes. E ignoran también que cuando existe ese amor todas
las demás formas de amor adquieren más sentido, más dulzura, más posibilidades de
unos goces que jamás tienen fin.

[Link] - Página 8
—Uno —pensó Brigitte—… Por favor, Uno, despierta y ámame. Deseo hacer el
amor ahora, mi amor.
Pero el pensamiento de Brigitte debió de derretirse bajo el calor del sol, porque
Número Uno no despertó. Todo continuó igual, sumergido en aquel silencio siempre
añorado de Villa Tartaruga, un silencio como sumergido en fragancia de flores y de
pinos.
Brigitte sonrió, deslizó un dedito por la nervuda mano de Número Uno, y se puso
en pie, lentamente, Se sentía acalorada, y decidió que lo mejor era nadar un poco.
Fue al borde de la piscina, y se sumergió lentamente, en silencio, en las aguas que
parecían de cristal azul. Frescas aguas, límpidas aguas que acogieron su cuerpo
desnudo, que lo engulleron.
Bajo el agua, Brigitte dio algunas vueltas, llegó al fondo de la piscina, dio un par
de vueltas más… Era maravilloso estar sumergida. Parecía que el cuerpo flotase en
un mundo fresco y tierno. Cuando se agotó el aire en sus pulmones, regresó a la
superficie. Apareció junto al borde, al que se agarró con ambas manos, mientras, con
los ojos cerrados, abría la boca para aspirar profundamente el aire impregnado de
aromas.
—Verdaderamente —oyó aquella voz que jamás confundiría con ninguna otra del
mundo—, hoy hace mucho calor.
Abrió los ojos, y sonrió al ver a Uno boca abajo en el borde de la piscina,
mirándola, la cabeza muy cerca de la de ella. Tanto, que Brigitte solo tuvo que
flexionar un poco más los brazos para alcanzar a besarlo en los labios.
—Pues ven a refrescarte conmigo —dijo luego.
Él asintió, y se deslizó al agua. Se colocaron ambos boca arriba, y comenzaron a
nadar moviendo solamente las piernas, abrazados por la cintura. Sobre ellos, el
refulgente sol les obligaba a cerrar los ojos. No se dieron cuenta de que llegaban al
otro extremo de la piscina, de modo que la cabeza de Número Uno chocó con la
pared.
¡Cloc!, se oyó.
Abrieron los ojos los dos, y Brigitte se echó a reír cuando Uno se llevó una mano
a la cabeza, frunciendo el ceño.
—Es lo lógico —gruñó—: cuando uno cierra los ojos no puede esperar nada
bueno. ¿Te he enseñado los arbustos de flores que planté hace unos días, antes de
que llegaras?
—No.
—Vamos a verlos.
Salieron de la piscina, completamente desnudos; se tomaron de la mano y fueron
hacia el centro del bello jardín. Número Uno señaló unos arbustos floridos.
—¡Oh! —exclamó Brigitte—. ¡Son preciosos!
Él no dijo nada. Llegaron ante los arbustos, él apartó una parte, y se introdujo
por el hueco, siempre tirando de la mano de Brigitte. Se encontraron en un espacio

[Link] - Página 9
de pérgola formada por flores, entre las cuales el sol parecía rayos dorados. Bajo sus
pies tenían un césped denso, de un verde oscuro, fresco. Parecían estar, sí, en un
reducto protegido por flores.
—Es el lugar más fresco del jardín —dijo Uno—. ¿Te gusta?
—¡Me encanta!
Se tendieron en el césped, que, en efecto, estaba fresco; deliciosamente fresco.
Número Uno deslizó una mano por un seno de Brigitte, que pareció vibrar.
—Estaba durmiendo —dijo—, pero soñé que deseaba amarte, y desperté. Brigitte
se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. Pero no llegó a decir nada, porque
Uno la abrazó, y la besó en los labios. La periodista-espía cerró los ojos, pero
entonces se produjo el estallido de las bellísimas luces de colores en su mente. Rodeó
con sus brazos el cuello de Uno, correspondiendo profundamente al beso… Cuando
lo sintió a él plenamente, emitió un gemidito, se abrazó a su cintura, y se abandonó
por completo una vez más al dulce viaje del amor en los brazos de Número Uno, su
amor, su amor, su amor…
—Señorita —oyó la voz inesperada—… Señorita…
Brigitte Montfort abrió los ojos, lanzó un respingo, y se sentó en la cama. Con un
velocísimo vistazo, identificó su dormitorio en el apartamento del piso veintisiete del
Crystal Building, en la Quinta Avenida de Nueva York.
Frente a ella, mirándola con tímida sonrisa, estaba Peggy, su ama de llaves.
—Oh, no —gimió la divina—… ¡Oh, no!
—¿Se encuentra bien, señorita? —Se alarmó la asustadiza Peggy.
—Santo cielo, Peggy… ¡Nunca te perdonaré lo que has hecho! ¿Por qué me has
despertado? ¡Estaba haciendo el amor con Número Uno!
—¿Estaba…? —Peggy cambió su desconcierto por un intenso sonrojo—. ¡Oh!
¿Estaba soñando?
—Lamentablemente, así es —suspiró Brigitte—. ¡Y tú has roto mi sueño!
—Lo… lo si… siento… Yo… yo…
Brigitte se pasó las manos por la cara, luego estiró los bracitos, con un gesto
gracioso, que hizo sonreír a la atribulada Peggy.
—¿Qué hora es?
—Las diez y media, señorita.
—¿Las diez y media? ¡Te dije que quería dormir hasta muy tarde! Anoche estuve
trabajando en el Morning News hasta… Es decir, he estado trabajando hasta la
madrugada… —De pronto, la expresión de Brigitte cambió—. ¿Ocurre algo? ¿Está
tío Charlie en el salón, quizás?
—No, no… No es el señor Pitzer. Es una señora.
—¿Una señora? ¿Qué señora?
—La señora Glendon.
—Glendon, Glendon… No la conozco.
—Dice que es la madre de Simón.

[Link] - Página 10
Los bellísimos, grandiosos ojos azules de Brigitte mostraron una viva sorpresa,
desconcierto, y acto seguido, sobresalto.
—¿De Simón? —musitó—. ¿De qué Simón?
—No sé, señorita.
Brigitte frunció el ceño. Naturalmente que Peggy no podía saberlo. Ni siquiera
ella misma lo sabía. En sus correrías de espionaje por todo el mundo, ella llamaba
«Simón» a todos los agentes de la CIA que por una causa u otra se relacionaban con
ella. No quería jamás conocer el nombre verdadero de ninguno. Para ella, el nombre
de Simón significaba solamente «compañero-amigo-colaborador». Era suficiente.
Pero, al parecer, había uno llamado Glendon cuya madre estaba de visita nada menos
que en el apartamento de la agente Baby.
Absolutamente insólito.
—¿Ha dicho qué desea la señora Glendon?
—No. Solo que quería hablar con la señorita Montfort. No la habría despertado,
señorita, pero al decirme que era la madre de Simón…
—Has hecho bien, no te preocupes. ¿Quieres decirle a la señora Glendon que sea
tan amable de esperar unos minutos? El tiempo de ducharme rápidamente. Ofrécele
café, o lo que sea.
—Sí, señorita.
Peggy abandonó el dormitorio, y Brigitte saltó de la cama, corriendo hacia la
ducha.
Seis o siete minutos más tarde, aparecía en el salón, bella y fresca como una flor,
sin maquillaje ni artificio alguno, envuelta en un albornoz azul, del mismo tono que
sus ojos. La mujer que estaba sentada en un sillón, ante una mesita con servicio de
café, se puso en pie, contemplándola con ojos muy sorprendidos y admirativos.
Brigitte llegó ante ella con la mano tendida.
—Perdone que la reciba así, señora Glendon, pero me pareció que no debía
hacerla esperar más. Por favor, siéntese. ¿Quiere más café?
—Pues… sí, tomaría otro con gusto.
Brigitte le hizo una seña a Peggy, que sirvió más café a la señora Glendon y luego
a la espía. Esta ofreció cigarrillos a la visitante, que negó con la cabeza. Mientras
encendía el suyo, la mirada de la espía más astuta del mundo estaba amablemente fija
en la señora Glendon. Amablemente…, pero implacable. La señora Glendon debía de
tener unos cincuenta y tantos años; muy cerca de los sesenta. Cabellos discretamente
teñidos para ocultar las canas, rostro atractivo a nivel de su edad, ojos grandes y
dulces. Su ropa era de buena calidad, en un tono discreto.
Una dama discreta, agradable, casi simpática. Una persona media, que inspiraba
confianza…
—Se… se estará usted preguntando el motivo de ni visita, señorita Montfort.
—Sí —sonrió Brigitte—, naturalmente. Tenía la duda de si la conocía y la había
olvidado, pero yo diría que no nos habíamos conocido antes, señora Glendon.

[Link] - Página 11
—No, nunca antes, no.
—Pues ya nos conocemos —sonrió de nuevo amablemente Brigitte—… ¿Dice
usted que es la madre de Simón…? ¿Qué Simón? ¿A quién se refiere usted…
concretamente?
—A mi hijo, Homer, o sea…
—Sí, entiendo. ¿Su hijo le habló de mí? ¿Y qué le dijo?
—¡Oh, él siempre habla muy bien de usted, parece… casi diría que enamorado!
Aunque no quiero decir con esto que me haya hablado con frecuencia de usted, desde
luego. Solo dos o tres veces.
—Ya. ¿Y qué decía exactamente de mí?
—La tiene en mucha estima, desde luego. En realidad, no decía gran cosa. Estaba
muy satisfecho de trabajar con usted, y me dijo dos o tres veces que si alguna vez yo
tenía alguna dificultad durante su ausencia, o sufría algún accidente, o estaba en
algún problema, viniera a verla y le dijera que era la madre de Simón. Él se mostraba
convencido de que usted me atendería muy bien.
—Sin duda alguna —murmuró Brigitte—. Mire, señora Glendon, me temo que
todavía estoy algo dormida… ¿Qué clase de trabajo hace su hijo conmigo? Supongo
que se lo diría.
—Oh, sí, claro está. Bueno, usted ya sabe: él es fotógrafo, y siempre está de viaje,
dando vueltas por esos mundos, en busca de fotografías de interés internacional que
puedan servirle a usted para sus artículos. Yo no entiendo mucho de política, pero sé
que usted está muy bien considerada como profesional de estos temas en el
periodismo.
—Muy amable. O sea, que su hijo Homer está trabajando para mí como
colaborador fotográfico. ¿Es eso lo que él le dijo?
—Sí, sí. Me da la impresión de que… de que usted no recuerda a Homer, señorita
Montfort.
La espía sonrió amablemente.
—He estado trabajando hasta bien entrada la madrugada, y mi cabeza no está
clara todavía, señora Glendon. Para ser sincera no recuerdo a su hijo, lo siento.
¿Quizá tiene usted alguna fotografía de él?
—Por supuesto. En casa tengo… ¡Oh, me parece que debo de llevar alguna en mi
bolso!, ¿quiere verlas?
—Estoy segura de que si veo una foto de Homer lo recordaré todo de pronto —
sonrió de nuevo Brigitte.
La señora Glendon buscó en su bolso, en el que, efectivamente, llevaba dos
fotografías en las que aparecía su hijo. Una, él solo. La otra, con la señora Glendon.
—En la que está solo tenía veintidós años —pareció disculparse la señora
Glendon—. Esta otra nos la hicimos hace… tres años, en una vacaciones que
pasamos juntos en Acapulco. Quizás usted recuerda eso, que él estuvo en Acapulco.
—Algo creo recordar —mintió Brigitte, observando atentamente la fotografía—

[Link] - Página 12
… ¿Cuántos años tiene ahora?
—Veintiocho. No ha cambiado mucho —la señora Glendon rio alegremente—…
¡Siempre tuvo esa cara de buen muchacho simpático! ¿Lo recuerda ahora?
Brigitte contemplaba con suma atención el rostro de Homer Glendon, alias
Simón. En la foto que estaba con su madre, ambos aparecían en traje de baño,
sonrientes, felices. La foto era más reciente que la otra, pero en esta otra se veía
mejor el rostro de Homer Glendon. Un muchacho atractivo y de aspecto simpático.
Sin duda alguna. Rubio, boca grandota y sonriente, ojos oscuros, grandes, dulces
como los de la madre. Parecía que tenía dificultades en conseguir un peinado estable;
sus cabellos mostraban una rebeldía poco corriente. Pero, sin duda alguna, Homer
Glendon era la clase de muchacho atractivo que, además, debía de tener la simpatía
más que suficiente para meter en el bote a cualquier muchacha que le gustase… No lo
había visto en su vida.
—Naturalmente que lo recuerdo —mintió de nuevo con todo aplomo—… Debo
de estar muy cansada para no haberlo recordado enseguida. Le ruego que me
perdone. Y no se lo diga a él: podría sentirse algo… molesto.
—Oh, no hay problema. Homer es una persona que jamás se molesta con nadie,
Ya debería saberlo.
—Sí… En efecto, tiene muy buen carácter. ¿Dónde está ahora?
—En Francia, supongo. En un pueblecito playero llamado Cassis, ¿no lo
recuerda? ¡Debió de ser usted misma quien lo envió allí a hacer algún trabajo!
—Bueno, en ocasiones yo también estoy ausente, y entonces, mis…
colaboradores toman sus propias iniciativas, acudiendo a lugares que ellos juzgan
adecuados para obtener determinada noticia o fotografía.
—Ah, sí, comprendo. Bueno, entonces quizás usted no sepa nada de este viaje de
Homer a Francia… Siento haberla molestado, en ese caso, pero estoy preocupada…
—¿Preocupada? ¿Por qué?
—Homer me llamó hace unos días desde Francia, y me dijo que iba a regresar a
Estados Unidos al día siguiente, que podríamos vernos, estar juntos unos días. Según
mis cálculos, hace ya tres días que debía haber llegado, pero… ni ha regresado, ni sé
nada de él. Llamé yo al Hotel Plage de Cassis, donde me dijo que estaba alojado,
pero…
—¿Le dijeron que ya no estaba allí?
—Me… me dijeron que en el Hotel Plage no existía ningún cliente llamado
Homer Glendon. Ni en la actualidad ni en el pasado.
Brigitte notó como un impacto en el estómago, pero permaneció tranquila, amable
el gesto, despreocupada.
—Sin duda, se equivocaría usted de hotel, señora Glendon. Es posible que no
entendiera bien el nombre.
—Oh, sí, lo entendí bien. Hace años, cuando vivía mi marido, estuvimos los tres
en Francia. Vivimos allí casi cuatro años, así que tanto Homer como yo hablamos, yo

[Link] - Página 13
diría que perfectamente el francés. Él estuvo asistiendo a una escuela francesa,
naturalmente… No creo que él pronunciase mal, ni que yo entendiese mal. Bueno,
quizá la estoy molestando con tonterías, pero… ¡Es tan extraño esto! Por un lado, al
no haber llegado a casa cuando me dijo, temo que le haya ocurrido un accidente. Y
por otro lado, estoy desconcertada con eso del hotel… ¿Cómo es posible que puedan
decir que Homer no estuvo alojado allí?
—Debe de haber un error en alguna parte —murmuró Brigitte—. Yo me ocuparé
de esto, señora Glendon. ¿Le importa que me quede estas fotografías? Se las
devolveré, por supuesto.
—Sí, no faltaba más. Bien, yo lamento molest…
—Deje de disculparse, por favor. No me está molestando. Comprendo
perfectamente su preocupación. ¿Necesita algo?
—No, no. Homer siempre me envía dinero más que suficiente. Estoy preocupada
por él, no por mí.
—Lo entiendo perfectamente. Voy a ocuparme de esto ahora mismo, pero no será
fácil localizar a Homer. Si me deja su dirección, la avisaré en cuanto sepa algo.
—Muchas Gracias. Tengo alguna tarjeta por aquí…
La señora Glendon sacó una tarjeta de su bolso, que tendió a Brigitte. Esta la dejó
sobre la mesita, y sonrió a la visitante. Sentía aquel nudo en la garganta, y como una
bola fría en el estómago, pero sonrió…, pese a que su mente no podía apartar aquel
pensamiento: Homer Glendon, Simón, otro Simón más, había caído al servicio de la
CIA. Un Simón más cuyo cadáver quizás estaba esperando el traslado a la patria
escondido en cualquier caserón sombrío, o en un sótano, o dentro de una vieja
camioneta, quizás envuelto en una manta mugrienta…

[Link] - Página 14
2
—No es de los nuestros —dijo Pitzer.
Brigitte se quedó mirando, tras leve respingo, a Charles Alan Pitzer, jefe del
Sector New York de la CIA, por tanto su jefe directo. Al cual había recurrido para
que solicitase noticias de Homer Glendon en la Central de Langley apenas se hubo
marchado la señora Glendon. De eso hacía apenas dos horas.
—¿Cómo que no es de los nuestros? —murmuró, por fin.
—Lo que he dicho. Llamé a Langley, directamente a Mr. Cavanagh, y le dije que
era un informe que solicitaba usted. Mr. Cavanagh me dijo que me llamaría en cuanto
tuviese la información. Lo hizo… y me dijo que Homer Glendon jamás ha
pertenecido a la CIA. Por lo tanto, nunca ha sido uno de sus Simones, Brigitte.
—Pero… Bueno, eso no es posible. La señora Glendon… ¡Oh, vamos, no puede
ser!
—No discutiré con usted —farfulló Pitzer—. Por la sencilla razón de que sería
capaz de convencerme de que Homer Glendon pertenece a la CIA. Pero lo cierto es
que no pertenece ni ha pertenecido jamás a ella.
—Veamos, veamos… Tengo aquí unas fotografías de él. Quizá si las enviamos a
la Central se le pueda localizar en el fichero de fotografías, en el cual podría constar
con otro nombre.
—Imposible. Y usted lo sabe. Antes de ingresar en la CIA, cualquier candidato es
sometido a una criba total. Se buscan informes personales de él, de sus actividades,
de sus estudios o trabajos, de su familia, de todos sus antecedentes… Cabe la
posibilidad de que por determinadas conveniencias, nosotros mismos cambiemos el
nombre a nuestros agentes, pero, claro está, siempre con vistas al exterior, nunca en
nuestros ficheros, donde consta su nombre auténtico…, junto con todos los demás
nombres que se considere conveniente asignarle. Si el tal Homer Glendon trabajase
para la CIA, constaría en los ficheros. De todos modos, si usted quiere, puedo enviar
esas fotografías por radio a la Central. Todo se reducirá a hacer trabajar un poco a
algunos empleados.
—La señora Glendon vive cerca de Nueva York… Cabe pensar que su hijo
estuviese asignado a nuestro Sector antes de ser destinado al extranjero.
Concretamente, a Francia, ya que al parecer domina perfectamente el idioma del país.
—Si es así, yo conoceré a Glendon. A menos que perteneciese a nuestro Sector
antes de que yo tomase el mando.
—Homer Glendon tiene… o tendría ahora veintiocho años —refunfuñó Brigitte
—. De modo que no podía pertenecer a nuestro Sector antes de que usted tomase el
mando, a menos que empezase a trabajar para la CIA a los ocho o diez años de edad.
—Poco posible —intentó sonreír Pitzer—… ¿Me permite ver las fotografías?
Brigitte se las tendió.
Sentado cómodamente en un sillón, Pitzer las estuvo mirando detenidamente.

[Link] - Página 15
Luego, miró a Brigitte, sentada, según costumbre, en el centro del amplio sofá.
—Nunca lo he visto antes —aseguró fríamente.
—Entonces, quizá pertenecía a otro Sector Nacional.
—Si no trabaja para la CIA no puede pertenecer a ningún Sector, Brigitte. De
todos modos —se apresuró a añadir—, haré copias de estas fotografías y las enviaré a
la Central.
—Gracias. Mientras tanto, quizá sería conveniente que enviase usted algún Simón
del Sector a investigar un poco a la señora Glendon, tío Charlie.
—Ya me he ocupado de eso. En cuanto recibí el informe negativo, envié a mi
ayudante a realizar ese trabajo. Se llevó a dos hombres más, de modo que espero que
consiga algo rápidamente. Mmm… Tomaría con gusto un aperitivo en su compañía,
Brigitte.
—Pues está invitado —sonrió la divina—. Y también a almorzar, mientras
esperamos noticias de Simón-Floristería.

***

—La señora Glendon se ha marchado —dijo Simón-Floristería.


—¿Cómo que se ha marchado? —exclamó Brigitte—. ¿Cuándo y adónde?
—Esta mañana. La hora no ha podido ser determinada, porque las dos vecinas
que la vieron no la recuerdan. Todo lo que saben es que la señora Glendon, podían ser
las nueve o las diez, sacó unas maletas de la casa, las metió en su coche, y se fue.
Desde luego, nadie sabe adónde. Pero hemos conseguido el número de matrícula de
su coche, así que la buscaremos. No creo que sea difícil encontrarla después que
pasemos el aviso a los demás sectores cercanos al nuestro… ¡Caramba, qué bien
huele ese café!
—Siéntese —sonrió ceñudamente Brigitte—… ¿Ha almorzado?
—Un par de bocadillos. Me conformo con el café.
Peggy se acercó, y le sirvió el café. Brigitte estaba pensativa, casi preocupada. Y
sobre todo, desconcertada.
—Naturalmente —dijo de pronto Pitzer, que había almorzado magníficamente—,
a todos se nos ha ocurrido que esto podría ser una nueva trampa para la agente
Baby… ¿No es así?
—Por supuesto —asintió Simón—. Una trampa extraña, pero… trampa al fin.
—¿Qué más ha averiguado usted sobre la señora Glendon y su lijo? —Lo miró
Brigitte—. ¿Existe Homer Glendon?
—Oh, sí. Un muchacho muy simpático, según parece. Siempre está de viaje. De
cuando en cuando aparece, está unos días con su madre, y vuelve a marcharse una
larga temporada. En cuanto a la señora Glendon, es una dama muy amable y educada,
que goza del aprecio de sus vecinas de la zona residencial donde vive, en una casita
con jardín. Tengo a algunos compañeros profundizando en la investigación sobre los

[Link] - Página 16
Glendon. Me pareció procedente, señor —miró Simón a Pitzer.
—Naturalmente —asintió este—. Pero mientras tanto, lo que tenemos que decidir
es qué hace Brigitte. Yo creo que no es prudente que permanezca aquí. Todo esto es
inquietante, además de sorprendente.
—¿Entraron ustedes en la casa, Simón? —preguntó Brigitte.
—Claro que no. Nos pareció precipitado tomar esa clase de medidas. Pero
podemos hacerlo en cuanto usted quiera. Como es lógico, dejé allá a un compañero
vigilándola.
Brigitte miró su relojito de pulsera.
—Son casi las dos —murmuró—… Los invito a ustedes a cenar. A las ocho.
Para entonces, quiero que hayan conseguido información sobre los siguientes
puntos: a) todo lo referente a la familia Glendon; b) respuesta de la Central respecto a
si Homer Glendon es conocido allí por medio de las fotografías que tío Charlie
enviará; c) a qué se dedica la señora Glendon; d) a qué se dedica Homer Glendon; e)
qué conclusiones podemos obtener de un registro especial de la casa de la señora
Glendon; f) noticias sobre el paradero de la señora Glendon, pero sin hacer el menor
contacto con ella si es localizada; y g) paradero de Homer Glendon. ¿De acuerdo?
—¡En seis horas…! —se lamentó Simón.
—Ni un minuto más —sonrió Brigitte—. Espero que la CIA disponga de
suficiente personal para atender una petición de la agente Baby. Y que ese personal
entienda que se trata de trabajar deprisa y bien.
—Como siempre —refunfuñó Pitzer—… Con usted solo hay un modo de hacer
las cosas: precisamente, bien y deprisa. Vámonos, los minutos ya están pasando…

***

Eran las ocho y siete minutos cuando Pitzer se sentaba de nuevo en un sillón del
salón del apartamento de Brigitte.
Simón permaneció en pie junto a él. Pitzer sacó un papel del bolsillo, lo desplegó,
y comenzó a dar respuestas:
—a) Se está pasando a máquina el informe de la familia Glendon, la cual es
intachable en todos los aspectos; b) Homer Glendon no es conocido, ni por el nombre
ni por las fotografías, en la Central; c) la señora Glendon parece vivir de lo que le
envía su hijo, y vive bastante bien; d) nadie sabe a qué se dedica Homer Glendon,
solo se sabe que viaja mucho, siempre está por ahí; e) las conclusiones a que nuestro
equipo especial de registros domiciliarios ha llegado sobre la casa de la señora
Glendon es que no hay nada que, bajo el punto de vista de nuestras actividades, tenga
el menor interés; f) no hay el menor rastro del paradero de la señora Glendon; g) no
hay el menor rastro del paradero de Homer Glendon… Respecto a este último
apartado, la Central pasó orden a Francia para que un par de agentes de Marsella se
trasladasen a la localidad costera llamada Cassis, que está a trece kilómetros de

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Marsella; pues bien, en el Hotel Plage, efectivamente, nadie conoce a un americano
llamado Homer Glendon. De todos modos, pensamos enviar las fotografías de
Glendon para…
—¡No! —Saltó Brigitte—. ¡Nada de eso, tío Charlie!
—¿Por qué no? —Se sorprendió Pitzer—. Si Homer Glendon existe, es posible
que…
—No, no, no… No quiero que ninguno de mis Simones de Francia se complique
más en este asunto.
—En este absurdo asunto —añadió Simón.
—Absurdo en verdad —asintió Brigitte—. Y ciertamente, puede ser peligroso.
No entiendo nada de nada, pero no quiero que en Francia intervenga ningún Simón.
No haremos nada en Francia ninguno de nosotros. Lo que haremos será seguir
buscando aquí, en Estados Unidos, a la señora Glendon, y, cuando la hayamos
localizado, yo hablaré con ella…, si estuviese en condiciones de hablar.
—¿Qué quiere decir? —Respingó Simón.
—Se me ha ocurrido, mientras les esperaba, que quizá la señora Glendon y su
hijo están siendo utilizados por alguien que pretende algo imposible. Quizás Homer
Glendon sí regresó de uno de sus viajes, fue capturado por alguien, y, teniéndole a él
como rehén, hayan obligado a la madre a realizar toda esta comedia.
—Pero… ¿qué persiguen con ello?
Brigitte encogió los hombros, y luego suspiró, con gesto de fatiga, de tristeza
incluso.
—Estoy cansada, tío Charlie… Muy cansada de ser la pieza de tantas cacerías,
con trampa o sin trampa. No sé si además tengo miedo o no, pero lo que sí sé es que
no pienso quedarme aquí facilitándole las cosas a quien sea que esté tramando… lo
que sea. Precisamente esta mañana estaba soñando… cosas maravillosas, que puedo
convertir en realidad tan solo tomando un avión. Y eso es lo que voy a hacer: voy a
tomar el primer avión que salga para Europa, y desde allí, me trasladaré a Villa
Tartaruga, donde descansaré física y mentalmente, gozaré de la vida del amor, y
estaré a salvo…, mientras mis amigos se ocupan en sacarme de este atolladero. ¿Les
parece que soy egoísta?
—Maldita sea mi estampa —exclamó Pitzer—… ¡Seguramente, esta es la vez
que más de acuerdo he estado con usted desde que nos conocemos!
—Feliz viaje —sonrió Simón—. Y no se preocupe por nada, Baby: nosotros le
resolveremos este problema.
—No tengo la menor duda —suspiró Brigitte Montfort, alias Baby—. Gracias a
todos. Ah: y no dejen de avisarme a Villa Tartaruga en cuanto este asunto esté
solucionado.
—Caramba, la envidio —dije Simón—… ¡También a mí me gustaría tomarme
unos días de descanso tumbado come un rey bajo el sol del Mediterráneo…!

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3
Lucía un sol espléndido, el mar se veía azul hacia el horizonte, y con un tono más
verdoso cerca de la costa, en la que rompían diminutas olas blanquísimas.
El lugar era verdaderamente encantador: un bonito hotel frente a la playa, en la
que había parasoles de colores, patines, algún pequeño snipe, y algunos bañistas
disfrutando plácidamente del sol y del mar. Todo ello, en una zona tranquila a más no
poder, entre la pequeña localidad francesa de Cassis y la playa más grande de
Bestouan y Port Miou…
Maravilloso.
—Nous sommes arrivées, Mademoiselle: Hotel Plage.
—Ah, oui… Merci!
La pasajera que había tomado el taxi en el aeropuerto de Marsella, dejó de mirar
por la ventanilla del taxi hacia la playa, y se apeó. El taxista se apresuró a hacer lo
mismo, y sacó el equipaje de la señorita: una maleta solamente, que un botones había
llevado desde el hotel. Se quedó mirando el maletín que la bellísima joven sostenía en
la mano izquierda, pero ella no hizo intención alguna de entregárselo. Un curioso y
gracioso maletín rojo con florecillas azules estampadas.
El taxista, que había hecho agradable viaje con la simpática parisina, quedó aún
más encantado de la vida cuando recibió el pago de sus servicios, con una propina en
verdad generosa. De buena gana se habría quedado en Cassis para seguir al servicio
de la joven, pero tenía la impresión de que esta llegaba dispuesta a tomar el sol y
descansar, sin hacer nada absolutamente. Así que emprendió el regreso a Marsella.
El botones guio a la viajera a la recepción del Hotel Plage, donde un conserje
cuyo rostro se mostró en el acto sonriente, la atendió con amable gesto.
—Hice una reserva desde Londres ayer —dijo la bella joven, en perfecto francés
—: Monique Lafrance.
—Oh, sí, por supuesto. La estábamos esperando, señorita Lafrance. Ha tenido
usted suerte: dispondrá de una suite que da a la fachada, frente al mar.
—Estupendo —sonrió ella, dejando su pasaporte sobre el mostrador—… Como
habrá comprendido, he venido directamente de Londres, así que mi pasaporte es la
documentación que estoy utilizando… ¿Llegó de Londres, el señor Rawlings?
—¿Rawlings? No… No recuerdo. Bueno, estoy seguro de que no.
—¿Le molestaría que mirásemos el libro de registros? Me sorprende mucho que
él no haya llegado.
El conserje sacó el libro, y comenzó a mirar, deslizando un dedo…, mientras la
señorita Lafrance, sin necesidad de dedo y pese a tener el libro al revés, se aseguraba
de que no había inscrito ningún cliente llamado Homer Glendon en aquella página.
—No —dijo el conserje—. Lo siento, no.
—Quizá llegó antes de lo previsto… ¿Podría mirar en fechas más atrasadas?
Complaciente, el conserje pasó una hoja hacia atrás, de modo que otras dos

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páginas quedaron al alcance de la mirada de Monique Lafrance. Rapidísima mirada,
que terminó el escrutinio antes que el conserje.
—Lo siento, señorita Lafrance.
—Espero que no le haya ocurrido nada… ¿Tampoco hay ningún recado para mí?
—De eso estoy completamente seguro de que no.
—Bien… Ya vendrá. Oh, quisiera poner un telegrama. ¿Puedo hacerlo desde
aquí?
—Naturalmente. Nos encargaremos de cursarlo.
Monique tomó el bloc de notas y el bolígrafo que acercó a ella el conserje, pensó
unos segundos, y escribió el telegrama, dirigido al señor Angelo Tomasini, en La
Valetta, Malta:

ESTOY EN VILLA TARTARUGA STOP.


HASTA PRONTO STOP.
BESOS Monique Lafrance.

Entregó la hoja al conserje, agradeció sus atenciones, y se volvió para seguir al


botones. El conserje, que mientras ella escribía el telegrama había hojeado su
pasaporte, preguntó:
—¿Ha venido usted por lo de los asesinatos?
—¿Los asesinatos? —Se volvió de nuevo Monique hacia él—. No sé de qué me
habla… ¿Qué asesinatos?
—Bueno, como aquí consta que usted es periodista… Creí que había venido por
eso. Pero parece que ni siquiera está enterada. Lo cual es sorprendente: ha salido en
todos los periódicos.
—He estado muy ocupada en Londres, y he venido directamente, en dos vuelos
de enlace… No he tenido tiempo de nada. ¿Puede facilitarme algún periódico?
El conserje se volvió, tomó tres o cuatro ejemplares, y los puso sobre el
mostrador.
—Todo el mundo en Cassis está pendiente de este asunto. Ha sido algo terrible,
espantoso… Mataron primero a dos mujeres, y a un hombre que acudió a su entierro.
—¿Crimen pasional? —sonrió a medias Monique.
—No parece que se trate de eso… Bueno, he dicho dos mujeres, pero, en
realidad, una de ellas era una niña de doce años.
—Por Dios… ¿Cómo las mataron?
—A tiros, en la puerta de su casa, muy cerca de aquí.
—Qué barbaridad… Espero que el asesino haya sido detenido por la policía, y
que…
—No. La Policía no ha conseguido absolutamente nada…, por ahora. Pero, claro
—guiñó cómicamente un ojo—: están sobre la buena pista, ¿comprende?

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—Comprendo. Espero que pronto eso sea verdad.
Se despidió con un gesto, y se fue en pos del botones. Un minuto más tarde,
entraban ambos en la suite de la señorita Lafrance, que se estaba preguntando si
Número Uno tendría alguna duda respecto a su telegrama. Esto, ciertamente, era poco
probable: en cuanto recibiese el telegrama Número Uno comprendería que ella le
indicaba que, a todos los efectos, la señorita Brigitte Montfort estaba con él en Villa
Tartaruga…
—¿Puedo servirla en algo más, señorita?
Monique miró al botones, vaciló, y asintió con un gesto. Le pareció un muchacho
despierto, con cara de listo.
—¿Eres capaz de guardar un secreto? —preguntó—. Un secreto poco importante,
pero muy importante para mi trabajo aquí en estos días.
—Claro que sí —sonrió el botones.
—Estupendo. ¿Cómo te llamas?
—Claude, señorita.
De nuevo asintió Monique.
Del maletín sacó un sobre, y de él dos fotografías ampliadas, que tendió al
muchacho.
—Dime si conoces a este hombre.
Claude tomó las fotografías de Homer Glendon, y, apenas mirarlas, sonrió y dijo.
—Claro que sí: Monsieur Lavalle.
—¡El muy pícaro…! Te diré lo que ocurre: algunos periodistas hemos hecho una
apuesta sobre determinado reportaje acerca de un personaje político, al que estamos
rastreando. Lavalle dijo que a él no le interesaba, pero yo que le conozco bien sé que
es capaz de todo… Y te diré otra cosa: ha utilizado un nombre falso, para
desorientarnos a los demás. ¡Vaya sinvergüenza…!
—¿Está jugando sucio? —sonrió el botones.
—¡Sucísimo! Tendrás que hacerme otro favor, Claude: si el señor Lavalle
preguntase si han llegado más periodistas…
—El señor Lavalle se fue ya del hotel, señorita.
—Vaya… ¿De veras? Sorprendente… ¡A menos que el muy pillo haya
conseguido ya lo que todos estamos persiguiendo y…! ¡Me va a oír cuando nos
encontremos en París! ¿Cuándo se fue?
—Pues no sé… Hará unos cinco o seis días. Si quiere, puedo mirarlo en el
registro del hotel.
—Te lo agradeceré. Pero, Claude, con la máxima discreción. Todo esto es un
secreto entre nosotros. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —sonrió feliz el muchacho.
—Y si el señor Lavalle volviese por aquí, tienes que arreglártelas para avisarme,
sin que él se dé cuenta…, y con la máxima rapidez.
—Así lo haré.

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—¿Cuál era su nombre completo?
—No sé. Puedo mirarlo también… Discretamente.
—Veo que has comprendido —sonrió Monique—. Espero que no me rechaces
una pequeña propina.
La «pequeña» propina fueron tres billetes de cien francos, que el muchacho se
quedó mirando estupefacto. Miró enseguida incrédulo a Monique, esta sonrió, le puso
los billetes en una mano, y dijo:
—Gracias por todo, Claude. Y otra cosa: ¿serás tan amable de pedir en mi nombre
que me alquilen un coche?
—Sí, sí… ¡Muchas gracias, señorita!
El botones abandonó la suite y Monique perdió enseguida su sonrisa. De modo
que Lavalle… Y por la sonrisa del botones al ver las fotografías, no cabía duda de
que Lavalle había sido un cliente simpático. Sí, sin duda era la clase de hombre que
caía bien a todo el mundo.
Como era habitual en ella, la señorita Lafrance colocó sus cosas en el armario, se
aseguró de que todo estaba en orden en la suite, miró su relojito, y se dijo que tenía
tiempo de echar un vistazo a los periódicos facilitados por el conserje antes de bajar a
almorzar.
Con los periódicos en una mano y un cigarrillo en la otra, salió a la terraza. El
resplandor del sol la cegó durante unos segundos. Estuvo un par de minutos mirando
el mar, el cielo, la playa, sonriendo plácidamente. Pero su sonrisa se esfumó cuando
comenzó a leer los artículos que hacían referencia el misterioso triple asesinato de
Cassis.
El resumen de la noticia, hábilmente desarrollada por los periodistas, era el
siguiente: Ulla e Ingrid Lindstrom, ciudadanas suecas que estaba pasando una
temporada en el sur de Francia, concretamente en una casita alquilada, cerca de
Cassis, entre esta localidad y Port Miou, habían sido muertas de sendos balazos ante
la puerta de su casita cuando salían de esta, en traje de baño, para ir a la cercana
playa. Solamente se habían disparado dos tiros. Dos tiros certeros, que habían
ocasionado la muerte instantáneamente a ambas. La señora Lindstrom tenía, según su
pasaporte, treinta y cuatro años; su hija Ingrid, doce años…
—Doce años… ¡Por Dios!
La policía hacía especulaciones sobre un crimen pasional, en efecto. Aunque, con
más probabilidad, se trataba de la acción de un loco. Esto, al menos, se había pensado
hasta que, tras esperar en vano que los cadáveres fuesen reclamados, las Lindstrom
habían sido llevadas al pequeño pueblo de Cassis. Allí, y mientras se estaba
procediendo al sepelio, otra persona había caído muerta de un solo balazo: un hombre
llamado Hans Waber, que, al parecer, no formaba parte de la reducidísima comitiva
que acudió al cementerio, ya que se hallaba algo alejado de las tumbas asignadas a las
Lindstrom. Como en las muertes de las dos suecas, no se había oído ningún disparo,
pero uno de los presentes al sepelio vio caer como fulminado al hombre que estaba

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algo alejado, y, tras advertir a un inspector de la policía francesa allí estaba presente,
ambos corrieron hacia allí. El hombre llamado Hans Waber tenía una herida en la
espalda, a la altura del corazón. Un disparo nítido, que le había ocasionado la muerte
en el acto.
La espectacularidad del caso llegaba al máximo cuando se ponía de manifiesto
que Hans Waber tenía el rostro lleno de lágrimas. Se apuntó la posibilidad de que
fuesen lágrimas producidas por el dolor del disparo, pero esta teoría incluso ocasionó
una cierta mofa. La muerte de Waber había sido fulminante. Simplemente, había
estado llorando en abundancia cuando recibió la bala que acabó con su vida.
A partir de aquí, y mientras la policía continuaba sus investigaciones (sumidos en
el más grande desconcierto), se exponían teorías para todos los gustos, unas
disparatadas, otras posibles. Lo único que se sabía cierto era que el arma utilizada
para matar a esas tras personas era un rifle de gran potencia, calibre 22, al que,
posiblemente, se le había acoplado una mira telescópica. Con lo que la policía
francesa se encontraba en el dilema de encontrar a un tirador absolutamente fuera de
serie, excepcional.
«—Me imagino —pensó Monique— que la Policía francesa no es menos lista que
yo, así que tiene que haber comprendido que esto no tiene nada que ver con un
crimen pasional. Los hombres que cometen crímenes pasionales no hacen así las
cosas. Y sería en verdad casual que tal criminal fuese, además, un tirador de puntería
excepcional, un fuera de serie…».
Pero los pensamientos de Monique Lafrance no se detuvieron aquí, ni mucho
menos. ¿Qué relación había entre Hans Waber, alemán, y las Lindstrom, suecas?
Cabía suponer que muy íntima, si se admitía la posibilidad de que el alemán Waber
estaba llorando por la muerte de ambas. Un hombre alemán, y una mujer y una niña
suecas… ¿Y el asesino? ¿Se le podía considerar el cuarto en discordia en un
problema humano que nadie alcanzaba a comprender? La cabeza de Monique se
movió con gesto negativo.
No. El asesino no tenía nada que ver con aquellas tres personas. Nada personal, se
entiende. Simplemente, el asesino había realizado un… trabajo.
«—Ahora, sumemos todo esto —continuó pensando Monique—… Un asesino
profesional que no vacila en matar a una niña de doce años. Luego, mata a un hombre
que presencia, llorando, el entierro de esa niña y su madre… Y un agente de la CIA
llamado Homer Glendon que le dice a su madre que va a regresar y que no lo hace.
Primer punto: la CIA no contrata personal que tenga familia para el Grupo de Acción,
y puesto que Homer Glendon tiene… o tenía madre, no era de la CIA. Sin embargo,
su madre viene a verme de parte de “Simón”. Si Homer Glendon no era de la CIA, no
tenía por qué saber esto, ni mucho menos conocer la verdadera identidad de Baby.
Pero hay alguien que sí conoce la verdadera identidad de Baby, y utiliza a los
Glendon para movilizarme. Saben perfectamente que Baby acudirá a Cassis, Francia,
donde un americano llamado Glendon está utilizando el nombre de Lavalle. ¿Lo

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confunden con un agente de la CIA? ¿Por qué Homer Glendon estaba utilizando el
nombre de Lavalle? ¿Cuál era, en definitiva, el trabajo al que se dedicaba Homer
Glendon…, y por el cual fue elegido para movilizarme a mí hacia Francia?».
Monique Lafrance dejó de pensar en el confuso asunto, intentando rechazar la
idea de que los tres asesinatos tenían algo que ver con el espionaje internacional.
Pero, después de tantos años dedicados a esta actividad, el fino olfato profesional de
la mejor espía del mundo era demasiado fino.
Y finalmente, solo conocía una actividad en todo el mundo en la que se pudiese
ser tan frío, tan implacable, como para asesinar a una niña de doce años, una mujer, y
un hombre que acude al sepelio de ambas: el espionaje.
Y llegada a esta conclusión, la última pregunta: ¿era todo aquello una trampa para
la agente Baby?
«—La solución, en breve —se dijo Monique Lafrance—… Ahora, voy a
almorzar. Después de ducharme, naturalmente».
En el cuarto de baño, se quitó las lentillas de contacto de color negro, los rellenos
de las mejillas, los pequeños aros de oro que introducidos en las fosas nasales
deformaban ligeramente su nariz. Por el momento, la agente Baby no había
considerado necesario recurrir a disfraces de más importancia.

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4
—¿De verdad no quiere que la acompañe?
—No, no, Claude, muchas gracias. Estoy segura de que encontraré el lugar con
las indicaciones que me habéis dado. Hasta luego… Y no olvides que no debes
traicionar nuestro secreto.
—Claro que no —sonrió el muchacho.
Monique se despidió con un gesto de la mano, y puso el coche en marcha. Por el
retrovisor, cuando se alejaba, vio a Claude, todavía ante el hotel, mirando alejarse el
coche. Simpático muchacho. Y discreto en verdad, al parecer.
Después de dormir una reparadora siesta, Monique había bajado a dejar la llave e
interesarse por el coche que había pedido, y que ya tenía a su disposición ante el
hotel, tras haber sido alquilado telefónicamente a una empresa de Marsella. Mientras
estaba Monique conversando con el conserje, diciendo que, como periodista no podía
desentenderse del triple asesinato, y preguntando dónde estaba la casita de las
Lindstrom, Claude se había acercado, ofreciéndose a acompañarla para mostrarle cuál
era su coche. Y aprovechando, cuando ya salían del hotel, para pasarle la información
pedida por Monique sobre Lavalle: Robert Lavalle, se había despedido del hotel hacía
cinco días.
Así que, mientras conducía en dirección a Port Miou, Monique iba reflexionando
sobre el asunto, barajando fechas. ¿Cuándo se había despedido Lavalle-Glendon del
hotel? Pues, precisamente, al día siguiente de la muerte del alemán Hans Waber.
¿Adónde se dirigía Robert Lavalle? Eso no lo sabía Claude, y, al parecer, nadie.
Simplemente, el señor Lavalle se había marchado sin dejar señas…, si bien Claude le
había asegurado que se interesaría, siempre discretamente, por ese dato.
Lo cierto era que, en contra de sus propósitos, Homer Glendon no había regresado
a Estados Unidos, a reunirse con su madre. ¿Lo habían matado también porque sabía
algo? Pero si Lavalle-Glendon sabía algo, y no era agente de la CIA… ¿por qué no
había acudido a declarar ante la policía francesa? Pues, porque Lavalle-Glendon
trabajaba para otras personas. ¿Para quiénes?
En pocos minutos, la señorita Lafrance llegó al lugar que le habían indicado que
debía abandonar la carretera para acercarse más a la playa. Y un par de minutos más
tarde, veía la casita ante la cual habían sido asesinadas Ulla e Ingrid Lindstrom. No
tuvo la menor duda de que aquella era la casita, porque cerca de ella, en vano intento
de parecer cualquier cosa menos policías, había dos policías franceses, por supuesto
de paisano. O quizá no fuesen policías, sino espías… No. Los agentes del SDECE
francés sabían hacer mejor las cosas. Eran policías, simplemente.
Detuvo el coche a unos veinte metros de la casa, tomó su pequeña cámara
fotográfica, y se apeó, dirigiéndose en el acto hacia la casa. Se detuvo a unos diez
metros, y tomó un par de fotografías. Sin necesidad de mirar hacia los dos hombres,
sabía que estos la estaban mirando, estudiando.

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Tomó otra fotografía más, y se acercó a la casa. Con toda tranquilidad y
naturalidad, subió al pequeño porche sombreado, con tiestos de flores, se acercó a la
puerta, y puso la mano en el pomo.
—¡Señorita!
Monique se volvió, y contuvo una sonrisa al ver a uno de los hombres
acercándose rápidamente. El policía llegó ante ella, y movió negativamente la cabeza.
—La siento, no puede estar usted aquí.
—Ah, no sabía… Solo quería tomar una fotografía del interior de la casa. Soy
periodista, y…
—Le comprendo —se mostró amable el policía—, pero nadie puede entrar en la
casa, por el momento. Si desea tomar fotografías, puede hacerlo, pero todas desde el
exterior. Créame que lo siento.
—Yo también comprendo su postura, no se preocupe —sonrió amablemente
Monique—… ¿Cómo van las investigaciones?
—Oh, muy bien… Sí, muy bien.
—Lo celebro. ¿Puede decirme algo interesante para mi revista?
—El comisario Dastier, de Marsella, está al cargo de esto. Él la atenderá con
mucho susto.
—Entiendo. ¿Hay inconveniente en que tome fotografías desde aquí hacia la
playa?
—No… No, no, pero por favor, sea breve.
—Gracias.
Desde el porche, Monique Lafrance tomó varias fotografías en todas direcciones,
mientras calculaba desde dónde habían disparado contra las Lindstrom. Si las habían
matado frente a la casa, tenía que haber sido desde algún punto de la playa, en un
determinado arco de terreno frente a la casa.
Pero… ¿dónde había estado el tirador? Ante la casa solo había playa. Arena y
mar. Y algunas barcas y patines…
Terminó de tomar fotografías, sonrió al policía, y comenzó a alejarse.
—Ha sido usted muy amable, gracias de nuevo.
—No hay de qué. Siento no poder darle más facilidades, por el momento.
De nuevo sonrió Monique, y se dirigió hacia la playa. Se quitó los zapatos, y
caminó por la arena. Llegó a la orilla, y caminó por ella, mojándose los pies con
evidente agrado…, y sin dejar de mirar hacia la casa. El terreno apto para disparar no
era demasiado grande, desde luego. Y no había lugar donde ocultarse. Por otra parte,
en la playa debía de haber habido, sin duda, otras personas, nadando, o tomando el
sol… ¿Nadie había visto a un hombre con un rifle?
Se volvió a mirar hacia el mar. ¿Habían disparado desde una embarcación? La
respuesta solo podía ser negativa. Por muy excepcional que sea un tirador, es
prácticamente imposible efectuar dos disparos certeros, a aquella distancia, estando
sobre una barca, que, por supuesto, debía de estar moviéndose, por tranquilo que

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estuviese el mar.
No. El tirador había disparado desde tierra, desde la arena. Y lo había hecho con
calma, con una serenidad y una frialdad escalofriante. Había hecho los disparos con
silenciador… Plop, cae una de las víctimas, Plop, cae la otra, cuando todavía nadie se
ha dado cuenta de que algo está ocurriendo.
¿Qué hace luego el asesino?
Monique tomó más fotografías de la casa, ahora desde la playa. La distancia era
de unos setenta metros, quizás ochenta, y ella no era ciertamente una fotógrafa
experta en demasía. Pero, con su pequeña cámara especial sabía que no podía obtener
malas fotografías.
Todavía estuvo allí unos minutos más, apurando toda una serie de posibilidades
que se le fueron ocurriendo. Por fin, regresó al coche, haciendo un simpático gesto de
saludo hacia el policía francés, que le sonrió. Ya en el coche, la señorita Lafrance no
emprendió regreso a Cassis, sino que continuó en dirección a Marsella.
Tenía que hacer una llamada telefónica, y buscar un sitio donde le revelasen las
fotografías, y de ninguna manera quería hacer estas cosas en Cassis. En Marsella,
nadie se fijaría de modo especial en la señorita Lafrance…, salvo por su belleza.
Entró en la ciudad por la Nacional 553, la llamada Route du Litoral, que continuaba
luego, ya dentro de la ciudad, con el nombre de que de Rue de Rome.
Dejó el coche en un parking, y se dispuso a buscar una centralita de teléfonos y
una tienda de artículos fotográficos.
Hacia las ocho, conseguidos sus dos objetivos, la señorita Lafrance emprendió el
regreso a Cassis, abandonando Marsella por donde había llegado. Eran solo trece
kilómetros a recorrer, de modo que llegaría al Hotel Plage sin ningún problema a la
hora de la cena… No tenía ninguna prisa, y sí muchas cosas en que pensar, así que
viajaba a una marcha casi lenta.
Por eso, no le extrañó en absoluto que una camioneta la adelantase con toda
facilidad. Facilidad a la que ella contribuyó, puesto que la había visto ir alcanzándola
y hacer la señal reglamentaria de que se disponía a adelantar, de modo que todavía
disminuyó un poco más la velocidad.
La señorita Lafrance jamás se cansaba de repetir que ella continuaba con vida,
después de tantos años de espionaje, debido, más que a su pericia, a su experiencia, e
incluso a su propia peligrosidad, a la increíble suerte que siempre la acompañaba.
Nunca se cansaba de repetirlo, y nunca se cansaría, porque era la absoluta verdad.
¿Acaso no fue suerte que ella continuase mirando aquella camioneta, aunque fuese
con expresión distraída, y siempre pensando en el asunto en el que la habían
involucrado? Por suerte, o por instinto, el hecho cierto fue que continuó mirando la
camioneta…
De modo que cuando las dos puertas de atrás del vehículo que acababa de
adelantarla, se abrieron ocho o diez centímetros, se dio cuenta de ello. Primero,
todavía distraída. Acto seguido, con un relativo interés, pensando que las puertas

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estaban mal cerradas y que se abrían solas. Podía caer algo desde la camioneta que
ocasionase un accidente a algún coche que fuese detrás…
Inmediatamente, vio el relumbrón de unos rubios cabellos, muy rebeldes, y parte
del rostro de un hombre. Un instante más tarde, por la abertura aparecía un grueso
tubo metálico al extremo de otro tubo bastante menos grueso, mientras la camioneta
disminuía la velocidad, casi se detenía.
La verdad había estallado ya en la mente de Monique, que no solo metió el pie en
el freno para reducir también la velocidad, sino que frenó en seco, en menos de cinco
metros de terreno, con los ojos muy abiertos, fija la mirada en el tubo silenciador de
aquel rifle que la estaba apuntando. Ni siquiera estaba el coche detenido del todo
cuando Monique se deslizaba del asiento, encogiéndose cuanto pudo, en una postura
inverosímil…
¡CRAAAACK…!, reventó el cristal parabrisas, con un tremendo crujido,
convirtiéndose en miles de diminutos brillantes que inundaron el coche, haciéndolo
resonar como bajo una lluvia de pedrisco.
Demudado el rostro, Monique se contorsionó como pudo para alcanzar con una
mano el maletín, que iba en el asiento contiguo al del conductor. Lo abrió sobre el
mismo asiento, metió una mano dentro, y empuñó la pistolita de cachas de
madreperla.
¿Y ahora, qué? Si se asomaba…
Oyó por encima de su cabeza el restallido de otra bala, entrando ahora sin
obstáculo alguno, y clavándose en el respaldo del asiento de atrás.
«—Me van a acribillar… ¡Me van a acribillar aquí dentro! ¡Y si salgo, será
peor!».
Los años de experiencia en mil peligros… ¿Cuál era la solución? Desde luego, no
era la de quedarse inmóvil allí, sin hacer nada. Podían incluso tirar una granada
dentro del coche por el hueco dejado por el reventado cristal parabrisas. O gases. O
acercarse al coche a pie y encontrarla allí encogida, como una ratita acorralada.
¡De ninguna manera!
Sacó por el hueco la mano armada, calculando dónde había quejado la camioneta,
y comenzó a disparar en aquella dirección: plof, plof, plof, plof…, chascaron los
peculiares disparos de su pistolita especial, con silenciador de origen.
Oyó perfectamente el repiqueteo de dos balas por lo menos en la camioneta, y
acto seguido, el fuerte rugir del motor, el chirrido de los neumáticos en el asfalto…
La camioneta se alejaba, seguía adelante. El hombre rubio del rifle debía de estar
ahora sometido a un mínimo de movimiento debido a la marcha del vehículo. ¿Y si
ella salía del coche, apuntaba bien y…?
¿Y si el hombre del rifle había saltado de la camioneta y estaba en la carretera,
esperando que ella hiciera precisamente aquello, para destrozarle el pecho o la cabeza
con una bala?
Siempre manteniendo la cabeza por debajo del borde del hueco del cristal

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parabrisas, Monique se movió como pudo de modo que su cabeza pudiese girar a
derecha a e izquierda para poder mirar hacia las ventanillas. Desde luego, si el
hombre se dejaba ver, iba a tener ocasión de enterarse de cómo disparaba la mejor
espía del mundo. Aunque si se acercaba disparando, ella no podría hacer otra cosa
que permanecer allí acurrucada, hasta que el rifle asomase por una de las ventanillas
y… fin de la agente Baby.
Sin más vacilaciones, Monique Lafrance buscó la manecilla de la portezuela, la
movió, tomó aire, y se lanzó fuera del coche, rodando hacia el centro de la carretera,
revolviéndose hacia donde podía estar el hombre rubio del rifle, crispado el dedito
sobre el gatillo…
Innecesario. No bahía hombre alguno allí.
En cambio, por detrás de ella, dos coches se habían detenido… Y por delante,
acercándose, se veía otro turismo. Volvió la cabeza, y vio a un hombre acercándose,
corriendo. Por detrás de él, corría también una mujer. Más atrás, un hombre se estaba
apeando del otro coche, con gesto sobresaltado… La pistolita desapareció
rápidamente de la mano de Monique, deslizándose por el escote. Un poco magullada,
comenzó a ponerse en pie. El hombre más cercano llegó a tiempo todavía de sujetarla
por un brazo, mirándola con expresión sobresaltada.
—¿Está bien, señorita? —Casi gritó—. ¡Será mejor que no…!
—Estoy bien, gracias —cortó Monique, con voz tensa—… No ha sido más que
un susto.
La mujer llegó, jadeante, casi al mismo tiempo que el hombre del otro coche.
A poca distancia, delante del grupo, se detenía el turismo que llegaba en dirección
a Marsella, y dos hombres salieron corriendo…
—¿No se ha roto nada? —insistía el primer hombre en llegar—. A veces parece
que uno no se ha hecho nada, y luego…
—Deberíamos llevarla a Marsella —dijo la mujer, con voz aguda.
—No, no —rechazó Monique—… Estoy bien, de verdad. Muchas gracias…
—¿Qué ha pasado? —Llegó preguntando uno de los hombres del tercer coche—.
¿Hay algún herido?
La señorita Lafrance explicó sosegadamente que se había cruzado con otro coche
y que seguramente, este había hecho saltar una piedra que había roto el cristal
parabrisas, y que ella se había asustado y había saltado del coche… Agradeció las
solicitudes, aseguró una vez más que no había ocurrido nada importante, y finalmente
se las arregló para desembarazarse amablemente de aquellas personas, volver a su
coche, y continuar el corto viaje hacia Cassis, ahora forzosamente despacio, notando
en su rostro el viento de la marcha.
Solamente había visto parte del rostro de aquel hombre; un rostro borroso, pero
rematado por unos rubios cabellos rebeldes. La imagen fotográfica del rostro de
Homer Glendon parecía agigantarse en la mente de Monique Lafrance. ¿Había visto a
Homer Glendon…, o solo se trataba de un parecido casual?

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«—En espionaje —pensó la espía— no existen las casualidades…».
Cuando llegó al hotel, el simpático, servicial y por el momento discreto Claude,
acudió a su encuentro. Parecía que hubiese estado esperando su regreso, lo que debía
de significar que tenía algo que decirle, pero apenas llegar junto a ella, exclamó:
—¿Qué le ha pasado? ¿Ha tenido un accidente?
—Creo que un coche que se cruzó conmigo hizo saltar una piedra, y ya ves,
Claude… ¿Puedes encargarte de que pongan un parabrisas nuevo?
—Se lo diré al conserje, sí… ¿Está usted bien?
—Muy bien —sonrió Monique—. Incluso se me ha pasado el susto. ¿Alguna
novedad por aquí?
Claude miró a ambos lados, y bajó la voz:
—Me he enterado de que el señor Lavalle fue hacia Marsella cuando se despidió
del hotel. Y eso es todo lo que se sabe.
—Te estás portando muy bien. Bueno, algo debe de estar tramando el granuja de
Robert Lavalle… Lo cual no le va a gustar al señor Rawlings, ni a mí, por supuesto.
¿Ha llegado un tal señor Rawlings?
—Que yo sepa, no.
—Esto no me gusta nada —refunfuñó con magistral desconfianza Monique
Lafrance—… En fin, subiré a cambiarme para la cena. ¿Confío en que te ocupes del
coche, Claude?
—¡Naturalmente, señorita!

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En efecto, Claude se ocupó del coche de la señorita Lafrance, y con tal eficacia, que
cuando a la mañana siguiente esta salió del hotel, el parabrisas nuevo había sido ya
colocado…
—… Y no ha llegado al hotel ningún señor Rawlings —dijo Claude, que la había
acompañado hasta el coche.
—Gracias, Claude. Me pregunto qué haría yo sin ti en este lugar. ¿Te gustaría
pasar una semana en París, con todos los gastos parados?
Los ojos del muchacho se abrieron como platos.
—¡Vaya…! —exclamó, agitando una mano, cómicamente.
—Arreglaremos eso —rio Monique—… ¡Hasta luego!
Esta vez, cuando la señorita Lafrance se alejó del Hotel Plage, iba mucho más
prevenida que el día anterior. Sabía ya que alguien pretendía matarla, y, teniendo en
cuenta las medidas que había tomado al respecto, más bien deseaba que volvieran a
intentarlo.
Pero nada sucedió durante el corto viaje hasta la casita de las Lindstrom frente a
la playa. Cuando detuvo el coche casi delante mismo de la casa, la vigilancia que
había estado ejerciendo Monique a su alrededor, se relajó. En aquel lugar, por el
momento, podía estar tranquila…, si realmente la llamada telefónica desde Marsella
había surtido efecto.
Se apeó del coche, subió al porche de la casita, y sonrió cuando un hombre se
acercó a toda prisa a ella. Por supuesto, la policía francesa había cambiado el
personal de vigilancia.
—Señorita, debo rogarle…
—Mi nombre es Monique Lafrance —cortó Monique, amablemente—. Creo que
alguien me está esperando dentro.
—Ah, sí… En efecto. Por favor, pase.
El policía abrió la huerta de la casa, Monique entró. Un hombre acudió a su
encuentro, y Monique comprendió que la había visto llegar mirando por alguna
ventana.
—¿Señorita Lafrance? —inquirió.
—Sí —asintió Monique.
—Soy André Piret, del SDECE, destinado en Marsella… Desde París llegó
anoche una orden de la Dirección para que viniese a esta casa, previo acuerdo con la
policía, para esperarla a usted y ponerme a su disposición. Lo que hago con mucho
gusto.
—Muchas gracias, André —sonrió Monique, tendiéndole la mano—. Como entre
colegas sobran las tonterías, debo decirle que ni soy francesa ni del SDECE. Soy de
la CIA.
—Lo he supuesto. Y también he supuesto que debe de tener usted muy buenas

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amistades en el directorio del SDECE en París.
Monique pensó en Monsieur Nez[1], al que había llamado la tarde anterior desde
Marsella a su domicilio privado. Pero se limitó a asentir, sonriendo, sin dar más
explicaciones.
—Así es, tengo buenos amigos…, que corresponden a varios favores que yo he
hecho al SDECE en otras situaciones.
—Entiendo. Bien: ¿qué puedo hacer por usted?
—Usted está aquí, en esta casa, porque yo así lo solicité a mi amigo de París,
pero… ¿sabe usted algo sobre este asunto? Sobre los asesinatos de las Lindstrom y de
Hans Waber, se entiende.
Piret señaló hacia el interior de la casita. Llegaron al saloncito, desde el que se
veía la playa, espumeante al sol de la mañana. Se sentaron ambos, y Piret ofreció
cigarrillos a Monique, que aceptó. Ya fumando ambos, el agente secreto francés
asintió con un gesto, como si la pregunta acabase de serle formulada.
—Nos hemos interesado en este asunto precisamente a instancias del comisario
Dastier, que lleva oficialmente el caso. Pero, claro está, nosotros, los del SDECE, no
nos estamos dejando ver tan cerca de esta casa como la policía.
—Entiendo eso —sonrió Monique—… Y entiendo también que al verme usted
me habrá reconocido como la mujer que ayer quiso entrar en la casa.
Andrés Piret se echó a reír, metió la mano en un bolsillo y sacó unas fotografías,
que tendió a Monique.
Esta las tomó, y sonrió a su vez, al verse fotografiada delante de la casa, en la
Playa… Por supuesto, habían tomado las fotos con teleobjetivo.
—Buen trabajo —dijo, devolviendo las fotos—… ¿Me estuvieron siguiendo
ayer?
—No disponemos de tanto personal como para seguir a todos los periodistas o
curiosos que se acercan a la casa. Simplemente, los fotografiamos, y, si no vuelven a
aparecer por aquí, enviamos sus fotografías a París.
—¿Y si vuelven a aparecer por aquí…?
—Entonces nos ocuparíamos debidamente de esa persona o personas. Lo cual no
ha sido necesario hasta el momento. La única que ha insistido ha sido usted, y ya
sabemos ambos que en condiciones excepcionales.
—Ya. ¿Puede decirme por qué el comisario Dastier requirió la colaboración del
SDECE?
—Porque los pasaportes de las dos suecas que estuvieron ocupando esta casa eran
falsos.
—¿Y el de Hans Waber, el hombre de las lágrimas?
—Ese parece verdadero, auténtico. Pero estamos investigando a fondo la
posibilidad de que también fuese falso. De todos modos, ya sabe usted que el
pasaporte puede ser auténtico…, pero no corresponder a la persona que lo está
utilizando. O sea, que el pasaporte puede ser auténtico, pero el hombre de las

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lágrimas no ser alemán ni llamarse Waber.
—Sí, sí. Bien, si las Lindstrom no eras suecas… ¿qué nacionalidad tenían?
—No lo sabemos aún. Todo lo que sabemos es que no eran suecas. Ni francesas,
evidentemente. Quizás usted sepa más que nosotros.
—¿Yo? —Se sorprendió Monique—. No comprendo.
—Pienso que quizás eran americanas.
—Ah… No creo. Aunque no se lo aseguro.
—Me desconcierta usted, señorita Lafrance.
—Monique —sonrió esta—… Solo Monique, André. ¿Le desconcierto? Lo
comprendo, porque yo también estoy desconcertada. Es por eso que, por muchas
preguntas que usted me haga, temo que no podré darle ninguna respuesta. ¿Han
registrado la casa, claro?
—Primero la policía, y luego personal especializado del SDECE simulando ser
policías, claro está.
—¿Y…?
—No hay nada que valga la pena. Ropa… comprada en Estocolmo, desde luego,
algo de dinero, algunas revistas… Todo lo que hemos conseguido es saber que los
pasaportes eran falsos. Muy bien falsificados, eso sí, pero falsos al fin. En París están
trabajando con las huellas dactilares y las fotografías de las Lindstrom y de Hans
Waber…, pero no parece que estén adelantando mucho. ¿Sabe usted que las
Lindstrom y Waber fueron asesinados con la misma arma?
—Sí. Y ustedes… ¿saben desde dónde dispararon contra las Lindstrom cuando
estas salieron de la casa para ir a la playa?
—Nosotros —sonrió Piret— también tomamos fotografías. Y no dudo que usted
nos considera lo bastante inteligentes para haberlo comprendido todo.
Monique asintió, se puso en pie, y se acercó a una de las ventanas. Se quedó
mirando hacia la playa… Es decir, hacia las barcas que había en esta, algunas con la
quilla al aire, colocadas al revés, en previsión de lluvias. En cuanto tuvo las
fotografías reveladas la tarde anterior, en Marsella, su teoría al respecto se reafirmó:
habían disparado desde una de aquellas barcas colocadas quilla arriba. El asesino
había estado debajo de la barca, esperando, mirando por un agujero que debía de
haber hecho en el casco. Cuando las Lindstrom salieron, apuntó hacia ellas por aquel
agujero en el casco de la barca, y disparó.
Sin prisas, serenamente, con una puntería escalofriante. Plop, cae una de las
Lindstrom; plop, cae la otra, quizá cuando estaba todavía desconcertada mirando a la
primera en caer…
Volvió la cabeza al notar la presencia de Piret a su lado. El espía francés señaló
hacia las barcas; concretamente a una muy vieja, cuya proa apuntaba hacia la casa, y
que, ciertamente, estaba quilla al aire.
—Fue desde aquella —dijo el francés, como si hubiese estado siguiendo los
pensamientos de Monique—… Encontramos la arena removida, señales de codos

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apoyados en ella, huellas de pies… Nada que sirva de nada. El asesino recogió todo
lo que hubiera podido dejar allí durante la noche y parte de la mañana.
—Es decir, que también ustedes han pensado que se ocultó bajo la barca durante
la noche.
—Un hombre con nervios de acero —asintió Piret—. Tanto, que después de
matar a las Lindstrom, desmontó su rifle, lo metió en una bolsa de baño, y, cuando
nadie se fijaba en la playa, pues todo el mundo estaba frente la casa, salió de debajo
de la barca, simuló que había estado tomando el sol junto a ella, posiblemente se
acercó a la casa, echó un vistazo, y, satisfecho de su puntería, se marchó.
Monique se estremeció.
—Eso pensaba yo, más o menos —murmuró—… Pero me he preguntado por qué
se complicó tanto la vida para matar a dos mujeres. Podía haberlo hecho durante la
noche, entrando en la casa… ¿No le parece?
—No, no me parece. Ni a usted tampoco —sonrió ceñudamente Piret—. Es
evidente que el asesino temía que las Lindstrom estuviesen más o menos protegidas,
o vigiladas. Por eso, no se acercó a ellas en ningún momento. Por la noche, llegó
nadando hasta delante de la casa.
—Nada de crimen pasional —sonrió desganadamente Monique.
—Tonterías —gruñó Piret—… Eso lo dejamos para mantener distraído al
público, simplemente. Pero nosotros sabemos que era un asesino profesional. Y de
primerísima categoría, sin duda alguna.
—Eso indicaría que las Lindstrom eran importantes… en algún sentido.
—Desde luego. Lo que nos tiene en dudas es la importancia que pudiese tener
Hans Waber. Hemos pensado que quizás era el hombre que las custodiaba o vigilaba.
—¿Y lloró por ellas? Además… ¿un solo hombre para custodiar o vigilar a dos
mujeres? Absurdo, André.
—Sí, es absurdo. ¿Qué se le ocurre a usted?
Se quedaron silenciosos; de pronto, los dos sonrieron a la vez.
—Se me ocurre lo mismo que se le ha tenido que ocurrir ya al SDECE —dijo
Monique—. Vamos, vamos, André… ¿Acaso no han ordenado desde París que se
pongan a mi disposición? Eso indica bien claramente que no deben ocultarme nada,
¿no cree?
—Solo estaba intentando comprobar la calidad de su máquina pensante —rio
Piret, tocándose la frente—… Y parece que es de muy buena calidad.
¿Por qué no me lo demuestra? Si se equivoca, prometo sacarla de su error.
—De acuerdo. Veamos… Las Lindstrom y Hans Waber estaban muy
estrechamente relacionados; considerando las lágrimas de Hans Waber durante el
entierro de ellas, casi me atrevería a decir que Ulla era su esposa y la muchachita,
Ingrid, su hija. Los tres habían escapado de determinado lugar, utilizando pasaportes
falsos…
—¿Los tres eran falsos? —Frunció el ceño Piret.

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—En cuanto a la personalidad de sus usuarios, sí.
—Hans Waber podría haber sido, realmente, alemán.
—Podría haber sido, pero nosotros no lo creemos, ¿verdad?
—No —refunfuñó el francés—: no lo creemos. Los tres falsos.
—Bien. Quedamos, pues, en que los tres escapan de determinado lugar, las
mujeres vienen a instalarse en Francia. No les parece prudente estar juntos, de
momento. Así que Hans Waber se instala un otro lugar. Están esperando algo. De
pronto, Hans Waber lee en los periódicos lo sucedido: en Cassis, se ha cometido un
doble asesinato en las personas de Ulla e Ingrid Lindstrom, ciudadanas suecas que
estaban en Francia de vacaciones. Podemos imaginarnos el sobresalto y el dolor de
Hans Waber. Y hasta posiblemente, su incredulidad… ¿Hay teléfono en la casa?
—Claro.
—Hans Waber posiblemente llama por teléfono, para asegurarse… ¿Se han
interesado por las conferencias que pudiesen llegar para el teléfono de esta casa desde
algún lugar?
—No hay conferencias —sonrió Piret.
—Entonces, la llamada era automática. Lo que indica que Hans Waber, si es que
llamó, claro, lo hizo desde un lugar no muy lejano… ¿Quizá desde Marsella?
—Puede ser Marsella, ciertamente —asintió Piret—: es lo bastante grande como
para que una persona pueda estar escondido en ella, sin llamar la atención de nadie.
—Bien, pues Hans Waber estaba en Marsella. Llama a su mujer y a su hija, y, o
bien el teléfono no contesta, ya que ambas están muertas, o contesta la voz de un
hombre; un policía, o quizá ya uno de ustedes. Hans Waber cuelga el auricular en
Marsella. Luego, las dudas, los temores, el dolor, posiblemente remordimientos por
haber traído a Francia a su mujer y su hija involucrándolas en su aventura, en su
huida. Finalmente, Hans Waber decido acudir al sepelio. Pero está asustado, su
instinto de conservación todavía está funcionando…, aunque sea a bajo nivel. Muy a
bajo nivel, ya que comete la imprudencia de acudir al cementerio. Y, cuando está
presenciando el entierro de sus seres queridos, llorando, una bala le llega por la
espalda, y lo mata en el acto. ¿Conclusión?
—Siga, siga…
—Conclusión: el asesino mató a madre e hija para que Hans Waber se enterase y
apareciese en escena. Y eso era precisamente lo que el asesino quería: que Hans
Waber se dejase ver. Y cuando así sucede, lo mata… Su trabajo ha terminado.
—Monstruoso, ¿no es cierto? —musitó Piret.
—Absolutamente monstruoso, ya que, si bien podríamos pensar que la falsa Ulla
Lindstrom era una… asesina, o una mujer peligrosa en algún sentido, que quizás
incluso merecía la muerte, no se me ocurre qué puede haber hecho en su corta vida
una niña de doce años que la haya hecho merecedora de ser asesinada. ¿Se le ocurre a
usted, André?
—No.

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—¿Le parece admisible mi teoría?
—Tiene que parecérmelo por fuerza, ya que es la misma que tenemos en el
SDECE. ¿Qué más se le ocurre a usted?
Monique Lafrance quedó silenciosa. Con toda nitidez, apareció en su mente la
imagen de la camioneta, parte de un rostro, unos rubios cabellos rebeldes, un
silenciador, el cañón de un rifle, un parabrisas que salta en miles de pedazos… Y
también, una señora llamada Miriam Glendon que la había visitado y luego había
desaparecido… Y un Simón que nunca había trabajado para la CIA. ¿Para qué
complicarle la vida a André Piret, al SDECE?
—Por el momento, nada más —mintió—… ¿Puedo echar un vistazo por aquí?
—Naturalmente. ¿Puedo hacerle una pregunta yo a usted?
—Sin duda.
—¿Qué tiene que ver la CIA en esto?
Monique Lafrance reflexionó unos segundos, antes de decir:
—¿Me creerá usted si le digo que la CIA no tiene nada que ver en esto, que es un
interés particular el que me ha involucrado en el asunto?
—Pero… usted es de la CIA, ¿no? Antes ha dicho…
—Soy de la CIA, pero la CIA ni siquiera sabe que estoy en Francia. Y no me
gustaría que lo supiese.
André Piret se pasó la lengua por los labios, lentamente.
—¿Es usted… Baby? —murmuró.
—Sí. Voy a ver si encuentro algo interesante en la casa. Supongo que no debo
tocar nada.
—Se… sería lo mejor… Todo está… tal como fue encontrado.
—Vamos, André, no se impresione —sonrió Monique—. Soy una espía, como
usted, eso es todo.
—¡Como yo…! —exclamó Piret—. ¡Está usted de broma! ¡Usted no es cono
nadie! Y desde luego, si está metida en esto es que el asunto debe de ser mucho más
importante de lo que nos ha parecido a nosotros hasta ahora.
—Está desorbitando las cosas. Mientras se tranquiliza un poco, meteré mis
naricitas donde pueda. Y no tema, no tocaré nada.
Dejando a André Piret en el saloncito, Monique se dirigió en primer lugar a los
dormitorios. Había solamente dos, que, evidentemente eran suficientes para las
Lindstrom. Examinó primero el de la madre, fácil de identificar por las ropas y
revistas que había en él, y especialmente por la labor de punto que vio sobre la mesita
de noche. Era poco probable que la pequeña Ingrid se dedicase a hacer punto, y en
cambio, tenía sentido que lo hiciera Ulla Lindstrom… Monique se la imaginó en la
cama, haciendo punto, mientras esperaba que sonase el teléfono con la llamada
desde… ¿Marsella, realmente? Podía ser cualquier otro sitio, por supuesto.
Pero sí, Ulla Lindstrom debía de sosegar sus nervios haciendo punto mientras
esperaba que sonase el teléfono supletorio de la mesita de noche. Incluso muchos

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hombres hacen punto como una actividad relajante… Las dos agujas contenían parte
de una labor de punto. Junto a la empezada prenda, había un bloc, con unos números
anotados, junto a cada uno de los cuales había una sencilla indicación: 3 revés 3
derecho 2 revés 8 derecho 2 revés 2 derecho. Es decir, la… «receta» para hacer
aquella labor de punto: tres puntos al revés, tres al derecho…
Monique se apartó de la mesita de noche, mirando a todos lados en busca de algo
interesante. Pero… ¿tenía sentido que una mujer que se está escondiendo con su hija
tenga algo interesante en una casa alquilada?
Volvió a mirar dentro del armario, donde había visto las prendas de Ulla
Lindstrom, como por ejemplo los sujetadores. Al parecer, Ulla Lindstrom había
tenido unos senos nada despreciables en cuanto a tamaño.
Abrió algunos cajoncitos del armario, con cuidado. Miró debajo de la cama,
detrás de un par de cuadros… Por puro sistema, echó también un detenido vistazo en
el dormitorio de la niña, tras desechar definitivamente el de la madre. Y en efecto, las
ropas de allí solo podían pertenecer a una niña. Sobre la mesita de noche había unos
cuanto comics franceses, un par de chicles, una botellita de perfume francés, de
marca barata… En el armario no había nada que, a simple vista al menos, pareciese
digno de interés. Ni en ninguna parte del dormitorio, en fin.
De allí, Monique pasó al cuarto de baño, donde tras minucioso examen visual, no
encontró tampoco nada. Ni tampoco en la pequeña cocina, cuyo frigorífico estaba en
marcha. Lo abrió. Había agua mineral, fruta, dos botellas de leche, dos de refresco de
cola; de tamaño gigante, y algunos platos preparados de comida, botes de
conservas…
Normal y corriente.
—¿Ha encontrado algo interesante? —preguntó Piret, cuando Monique regresó al
saloncito.
—No. Pero la verdad es que tampoco he profundizado demasiado, ya que
supongo que lo hicieron ustedes.
—Claro.
Monique colocó su maletín sobre la mesita del centro, y lo abrió. Por un
momento, estuvo tentada de sacar las balas que habían quedado en el respaldo del
asiento de atrás del coche, y que ella había retirado antes de llegar al hotel, para
mostrárselas a Piret. Pero no valía la pena, ya que habían quedado lo bastante
aplastadas como para que fuese poco menos que imposible compararlas con las que
habían matado a Waber y a las Lindstrom. Además, tendría que dar demasiadas
explicaciones, que por el momento no le parecían oportunas.
Así que sacó una de sus radios de bolsillo, y la tendió al francés.
—Esta es mi radio de repuesto —explicó—. Quisiera que la tuviera usted, por si
tuviésemos que decirnos algo uno al otro. Aunque usted ya debe de saber que estoy
en el Hotel Plage, prefiero este sistema al contacto directo.
—De acuerdo. ¿Qué piensa hacer ahora?

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—No lo sé. ¿Y ustedes?
André Piret encogió los hombros.
—Sería una tontería por mi parte negarle que estarnos absolutamente perdidos.
Pero algo encontraremos.
—Así lo espero. Y espero también que no deje de comunicarse conmigo, en ese
caso. Ah, otra cosa, André: preferiría que usted no comentase con sus compañeros
que la persona tan altamente autorizada de París para intervenir en esto es la agente
Baby.
—Vaya —torció el gesto Piret—… Me habría gustado presumir de estar
trabajando con usted.
—Más adelante —sonrió ella—. Gracias por todo.
Estrechó la mano del francés, salió de la casa, y emprendió el regreso a Cassis.

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6
El inapreciable Claude la informó de que la habitación que ocupara Robert Lavalle
durante su estancia en el Hotel Plage era la 22, que en aquellos momentos estaba
ocupada por un matrimonio belga. Matrimonio que, a aquellas horas de la cálida
mañana, estaba en la playa.
Aprovechando esta circunstancia, Monique Lafrance entró en la habitación en
cuestión, abriendo la puerta con una de sus ganzúas. La verdad era que no esperaba
encontrar nada importante, y así fue. No se molestó en mirar en lugares a los cuales
tuviese acceso fácil y rutinario el personal de limpieza del hotel, pero sí miró detrás
de los cuadros, en el depósito del inodoro, detrás del espejo del cuarto de baño…
Nada. La habitación 22 no daba a la playa, sino a la fachada posterior. Desde una
ventana, Monique estuvo mirando lo que se veía desde allí: la carretera que, pasando
a muy poca distancia de la playa, dejando el hotel entre ambas, se dirigía hacia
Marsella.
«—Bien… Salvo que vuelvan a atacarme y sea yo quien les dé un buen susto, me
parece que no voy a conseguir nada trabajando sola. Así que tendré que pedir ayuda».
El pequeño dilema consistía en pedir ayuda a la CIA o al SDECE. Podía utilizar
su radio, cambiando la onda, para llamar a los Simones de Marsella sin que André
Piret captase la llamada. Pero eso era tanto como delatar su presencia en Cassis a la
CIA, lo que no le interesaba.
De modo que, ya de regreso en su suite, Monique Lafrance llamó por la radio a
André Piret.
—¿Sí? —Oyó casi enseguida la voz de este.
—Le va a parecer una tontería, André —dijo Monique, con tono de festiva
disculpa—, pero me parece que he encontrado algo.
—¡Estaba seguro de que…!
—Ya le digo que es una tontería —cortó ella el entusiasmo del espía francés—.
Una tontería, ya que seguramente, es una casualidad. Pero sucede que había en el
hotel un hombre que se marchó al día siguiente de la muerte de Hans Waber.
Hubo unos segundos de silencio por parte de Piret…
—¿Sabe su nombre?
—Robert Lavalle.
—Oh. ¿Un francés?
—Eso parece. Me he interesado por él discretamente, y he sabido que se despidió
al día siguiente del asesinato de Waber. No dejó dirección alguna. Solo he podido
saber que partió hacia Marsella.
—¿Y usted quiere que busquemos a ese hombre en Marsella?
—No. Si residiera en Marsella, no habría tomado una habitación en el Plage. Yo
creo que fue a Marsella para emprender viaje. Lo que no sé es si utilizó tren, avión,
barco, coche alquilado o particular… No va a ser nada fácil seguirle el rastro.

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—Desde luego que no. ¿Por dónde empezaría usted?
—Por las líneas aéreas, naturalmente. ¿Sabe por qué me ha llamado la atención
realmente Robert Lavalle?
—¿Por qué?
—Pues porque desde Marsella le llamó un par de veces un hombre… que no era
francés. Si la telefonista del hotel no está confundida, ese hombre se llamaba Homer
Glendon. He pensado que podría ser británico…, y que Waber y las Lindstrom
también lo eran.
De nuevo unos segundos de silencio por parte de Piret…
—También podría ser americano, ¿no? —musitó al fin.
—¿Por qué no? —Admitió Monique—. Pero supongo que de ser así constaría en
las listas de vuelo…, si es que Glendon también tomó un avión. Yo creo que no
debemos complicarnos la vida, por el momento. Lo que interesa es buscar en
Marsella a Robert Lavalle y a Homer Glendon. Si encontramos algo, ya veremos qué
conviene hacer.
—Está bien. Con gusto seguiremos esa pista. ¿Qué perdemos, si no tenemos otra
cosa que hacer?
—Eso he pensado yo también. Le iré llamando para estar al corriente, André.
Hasta luego.
—Hasta luego.
Monique cerró la radio, y la guardó. Bien, ya estaba lanzado el nombre de Homer
Glendon, y todo lo que podía hacer era esperar. Pensó en bajar a la playa a nadar un
poco y tomar el sol, pero no le hizo ni pizca de gracia que, mientras estaba en biquini
disfrutando del sol, le llegase una bala disparada con rifle provisto de mira
telescópica. Ninguna gracia.
De modo que decidió seguir moviéndose de tal modo que quien quisiera acercarse
a ella tuviese que jugarse el tipo.

***

Era todo un tipazo, desde luego. Alto, atlético, atractivo, vestido con deportiva
elegancia… Sus ojos eran oscuros, pero parecían impregnados del color rojizo oscuro
de sus cabellos, cortos y bien cuidados, Algunas pecas daban a su rostro un aspecto
simpático, casi divertido. Debía de tener alrededor de treinta y cinco años. Como los
demás hombres que había en el bar del hotel, miraba inevitablemente hacia la
bellísima muchacha que, sentada ante una mesita del rincón, tomaba en solitario un
aperitivo.
El interesante sujeto había entrado en el bar un par de minutos después que
Monique, y había pedido un aperitivo, en el mostrador. Era, en efecto, simpático y
locuaz, pero, a pesar de que hablaba perfectísimamente el francés, Monique no tuvo
la menor duda: era ruso.

[Link] - Página 40
Tampoco tuvo la menor duda de que el simpático personaje estaba allí por ella.
Esto le pareció a Monique tan claro, tan evidente, que se sorprendió a sí misma.
¿Quizá se las estaba dando de demasiado lista?
Por lo que fuese, no perdió de vista al recién llegado. Por supuesto, con todo el
disimulo de sus muchos años de espionaje. Si el pelirrojo personaje pensaba que
podía sorprender nada menos que a la agente Baby estando ya esta sobre aviso, se
estaba jugando la cabeza del modo más tonto del mundo.
¿O no era ruso? ¿O aunque fuese ruso no tenía nada que ver con el asunto de la
camioneta?
«—Pero es ruso —se dijo Monique—… ¡Me apostaría las dos piernas a que es
ruso! Y desde luego, no un ruso en viaje de turismo. Resumiendo, querida: te está
vigilando un agente de la MVD soviética. Lo que no deja de ser una interesante
situación».
El supuesto ruso acababa de colocarse un cigarrillo en los labios, y, después de
buscar en sus bolsillos en vano, miró a derecha e izquierda… Monique contuvo una
sonrisa. Por supuesto, el camarero estaba lejos del pelirrojo en aquel momento; había
escogido bien el momento de fumar.
«—Ahora se acercará a mí… Ahora».
Tras mirar a derecha e izquierda, el ruso la miró a ella. Vaciló, captó la cortés
sonrisa de la bella muchacha solitaria, bajó del taburete, y se acercó a ella, sonriendo.
—Perdone —pidió en su perfecto francés—… ¿Sería tan amable de darme fuego?
Monique sonrió, señalando su encendedor de platino y brillantes que tenía sobre
la mesa…, y con el que ya había fotografiado al ruso un minuto antes, al encender
ella un cigarrillo. El pelirrojo tomó el encendedor, prendió su cigarrillo, y miró con
curiosidad la pequeña joya.
—Es muy bonito —comentó.
—Regalo de un admirador —sonrió Monique.
—Ah. Bueno, no me sorprende… Yo también soy un admirador de usted.
—Lo he notado —rio ella.
El pelirrojo sonrió de oreja a oreja.
—Espero no haberla molestado. Pero no es fácil permanecer sin mirar a una chica
como usted.
—No me ha molestado. Y muchas gracias por su… admiración.
—Es usted muy amable. Tanto que… Bueno, la verdad es que estoy solo, y se me
ha ocurrido que… ¿A que no adivina lo que se me ha ocurrido?
—Veamos, veamos… Pues no sé… ¿Quizá se le ha ocurrido que puesto que yo
también estoy sola podríamos solucionar dos problemas a la vez?
—¡Exacto!
—Ya. Pero sucede que para mí la soledad no es ningún problema. Ni un trauma,
ni angustia vital, ni nada parecido. La soledad me parece maravillosa, en fin…, a
menos que una encuentre alguien que valga la pena.

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—Comparto su punto de vista.
—En ese caso, a usted deben de encantarle las personas sociables.
—Por supuesto.
—¿Y le ha parecido que yo lo soy?
—La verdad es que sí.
—Muy agradecida. ¿No quiere sentarse?
El pelirrojo se apresuró a acercar una silla, y se senté delante de Monique.
—En estos momentos —susurró sonriendo maliciosamente—, soy la envidia de
unos cuantos caballeros.
—Y yo de unas cuantas damas —rio Monique.
—Me llamo Pierre —rio también el ruso—… Pierre Duvalier.
—Monique Lafrance. No le he visto antes por el hotel, señor Duvalier.
—He llegado esta misma mañana. Tenía intenciones de tomar el sol
inmediatamente, pero me ha parecido que mi piel está demasiado blanca para
exponerla de buenas a primeras al sol de la mañana. Pienso que lo prudente será
empezar a tomarlo por la tarde.
—O a primeras horas de la mañana. En efecto, es usted muy prudente, señor
Duvalier. Pero yo diría que su rostro está… bastante bronceado.
—Oh, el rostro sí, pero… ¡si viera usted el cuerpo! ¡Lo tengo blanco como la
leche!
—Terrible. Tenga mucho cuidado, entonces.
—Usted, en cambio —señaló Duvalier los desnudos brazos de Monique—,
parece que ya está acostumbrada a tomar el sol. Y debo decir que tiene un color muy
bonito.
—¿Verdad que sí? ¡Y es igual en todo el cuerpo!
—¿Toma usted el sol desnuda? —Abrió mucho los ojos Duvalier.
—Naturalmente: ¿Acaso hay otro modo de tomar el sol?
—Tiene razón —frunció el ceño él—… Supongo que usted debe de conocer bien
esta parte de la costa, y sabrá dónde hay lugares adecuados para eso. He visto en la
playa algunas jovencitas que toman el sol a pecho descubierto, pero hasta ahí han
llegado, no más. Y eso está muy visto. Me gustaría conocer uno de esos lugares
donde uno puede tomar el sol completamente desnudo.
—Puedo indicarle un par de ellos con mucho gusto —aseguró Monique—. Lo
que no sé es si conseguirá entrar. Resultan un tanto… exclusivos, solo para socios.
—Vaya… ¿Me acepta usted un aperitivo?
—Desde luego. Puedo soportar dos con toda tranquilidad. Es usted muy amable.
¿Está de vacaciones?
Pierre Duvalier terminó de hacer señas al camarero, y volvió a mirar a Monique.
—No exactamente —replicó—. No las tendré hasta agosto. Pero he venido a
hacer unas gestiones en Marsella, y me ha parecido que podía tomarme tres o cuatro
días de descanso mientras busco un lugar agradable para cuando disponga de mis

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vacaciones.
—Quizá se divertiría más en la Costa Azul.
—¿Estará usted allí en agosto?
—No creo.
—Entonces, no iré a la Costa Azul. Monique rio quedamente.
—Tampoco le aseguro que esté aquí todavía en agosto.
—Dígame dónde estará, y ese será mi lugar de vacaciones este año.
—Si se lo digo no se lo va a creer…
—¡Por supuesto que lo creeré! ¿Dónde?
—Tengo proyectado un viaje por Rusia.
Pierre Duvalier quedó con la boca abierta un instante. Luego, su gesto expresó
gran consternación.
—Demasiado lejos para mí… Y además, no hablo ruso.
—Si quiere, puedo enseñarle.
—¿Habla usted ruso? —exclamó el pelirrojo.
—¡Claro que sí! Veamos… Tovarich… Pravda… Spasivo… Mmm… ¡No
recuerdo ninguna más! Pero sé decir esas tres palabras fundamentales en cualquier
idioma: Camarada, Verdad, Gracias. ¿No le parece que es suficiente para viajar por
Rusia?
—Es usted fantástica… ¿Aceptaría almorzar conmigo?
—Precisamente estaba pensando que lo menos que podría usted hacer a cambio
de mis informaciones sobre una playa de nudistas sería invitarme a almorzar. Aunque
le advierto que mis gustos son un poco… caros.
—Bueno —rio de nuevo Duvalier—, no soy millonario, pero estoy en
condiciones de pagarle un almuerzo, por caro que sea.
—¿Le parecerá demasiado si pido ostras, langosta… y caviar ruso?
Pierre Duvalier se llevó las manos a la cabeza, con un cómico gesto de espanto.
—¡Y con champaña, naturalmente! —gimió.
—Naturalmente, con champaña: Perignon 67. Y como comprenderá, después de
una comida así, se impone una dulce y reparadora siesta…
—Ah, bueno, parece que…
—… Después de la cual, hacia las cuatro, tendré mucho gusto en encontrarme
con usted para llevarle a un lugar de los que busca.
Se quedaron mirándose, y de pronto, se echaron a reír los dos. Duvalier alzó una
mano en gesto de paz y acuerdo.
—Mensaje entendido —dijo alegremente—. Pero tengo una duda todavía:
¿tomará usted el sol en mi compañía?
—Todo lo que puedo decirle es que yo siempre estoy dispuesta a tomar el sol.

***

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A las cuatro en punto de la tarde, Pierre Duvalier estaba ya esperando a Monique
Lafrance, la cual, para pasmo del pelirrojo, apareció exactamente a esa hora. Podría
decirse que ni un segundo antes ni un segundo después.
—Increíble —dijo Duvalier—… ¡Es usted la primera mujer puntual que conozco,
Monique!
—Supongo que eso es un halago… ¿Tiene usted coche?
—Sí, claro.
—Estupendo. Así ahorraré combustible. No están los tiempos como para lanzarse
alegremente a hacer kilómetros, ¿verdad?
Riendo, salieron del hotel…, bajo la sorprendida mirada de Claude, que se quedó
pensando que en ningún momento le había parecido que la señorita Lafrance fuese de
las que apenas ven a un sujeto guapo se van con él a la cama. Y, por cómo iban las
relaciones con el señor Duvalier, parecía que todo terminaría así, antes o después…
Ya junto al coche, Duvalier miró a Monique, y señaló su coche deportivo,
verdaderamente formidable.
—¿Quizá le gustaría conducir este cacharro?
—¡Oh, sí! —exclamó ella—. ¡No me atrevía a pedírtelo, Pierre!
—Pues… ya ves que podías hacerlo —admitió en el acto Duvalier el tuteo—…
¿Por qué no te atrevías?
—Tengo entendido que algunos hombres son muy especiales con su coche: antes
prestarían la mujer que el coche.
—Te aseguro que no es este mi caso. A menos que tuviese una mujer horrible y
que además fuese ninfómana. Bueno, en este caso, creo que más que prestarla, la
regalaría.
De nuevo riendo los dos, entraron en el coche, Monique ante el volante. Duvalier
le tendió las llaves, ella puso en marcha el vehículo, y partieron. Duvalier miró
sorprendido a su bella compañera.
—Increíble —exclamó—… ¡Temía llevarme un buen susto cuando arrancases!
No es fácil manejar un coche como este la primera vez que uno toma los mandos.
—Habrá sido casualidad… Bueno, vamos allá.
Pronto dejaron Cassis atrás, en dirección opuesta a Marsella. En menos de cinco
minutos estaban ya rodando cerca del mar, por la fina carretera. Era una espléndida
tarde soleada, adecuadísima para gozar de la vida. Monique mantenía una buena
marcha desde que habían salido de Cassis, y el aire agitaba sus largos cabellos.
Duvalier, que la miraba sonriente, sentado un poco de lado para contemplarla más
cómodamente, dijo de pronto:
—Has tomado la dirección conveniente, ya que precisamente por estos lugares
quería venir yo.
—¡Pues me alegro de…!
Monique había vuelto un instante la cabeza hacia él, y calló bruscamente al ver la
pistola con la que le apuntaba Duvalier, el cual había puesto la mano izquierda sobre

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el maletín rojo con florecillas azules estampadas, que ella había colocado entre
ambos.
—No te asustes —amplió su sonrisa Duvalier—. Seguramente, todo terminará
bien.
—Pe… pero… Pierre, ¿qué significa esto?
—Toma por el primer desvío hacia la izquierda. Iremos por una carretera de
tercer orden, y luego por un camino, hasta una vieja casita que verás enseguida. Tiene
las ventanas pintadas de azul.
—Oh, Dios mío… ¿Vas a matarme?
—Claro que no. Si tuviese esas intenciones, no me habría dejado ver contigo. ¿No
se te ha ocurrido pensar eso?
—No, no… Pero entonces… ¿vas a violarme?
—Interesante idea complementaria a esta excursión —rio Duvalier—… Sin duda
alguna, sería muy agradable jugar al sexo contigo, Monique, Pero, de momento,
vamos a hablar.
—¿Nada de sexo?
—Bueno, si te empeñas… Atención, llegamos al desvío.
Monique abandonó la carretera de la costa, tomando el desvío indicado. Fue
entonces cuando Duvalier le pasó las manos por el pecho, sin grosería, pero palpando
sin recato alguno los turgentes senos; es decir, más bien entre ellos. Luego, subió la
falda de Monique, y también pasó la mano izquierda por los muslos. Colocó la falda
en su sitio, y aprobó:
—Es mejor para todos que no lleves armas. ¿Cuánto tiempo hace que trabajas
para el SDECE?
—¿Para quién? —exclamó Monique.
Duvalier hizo un gesto de fastidio, y no contestó. Se volvió a mirar hacia atrás,
para ver el coche que les seguía, y que ya Monique había visto por el retrovisor,
aunque se guardó muy bien de hacer comentario alguno al respecto.
En pocos minutos llegaron al camino, y otros pocos minutos después veían la
casita de las ventanas azules. Finalmente, Monique detuvo el coche delante del
diminuto jardín, y miró con expresión magistralmente asustada a Duvalier.
—Por favor, Pierre —suplicó—… ¡Por favor, no me hagas daño, te lo suplico!
—Apéate.
Ella obedeció, y Duvalier, llevando en su mano izquierda el maletín de Monique,
la imitó, siempre apuntándola con la pistola. Fueron lacia la casita, Duvalier abrió
con una gran llave, y empujó la puerta…, mientras Monique veía acercarse el otro
coche, lentamente.
—Vamos, adentro.
Monique entró en la casa, seguida de Duvalier, que se limitó a empujar
ligeramente la puerta con un pie… Y así estaba, con un pie en el aire y otro
empujando la puerta, cuando el rayo descargó sobre él.

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Sin apelación posible.
La manita izquierda de Monique asió la derecha de Duvalier, desviando la
trayectoria del posible disparo, y la derecha, convertida en un pequeño pero durísimo
puño, impactó con blando chasquido en el estómago del supuesto ruso. Fue un golpe
corto, seco… y terrible. Duvalier soltó un resoplido y palideció, inclinándose, pero
intentando pasar al contraataque. Era perder el tiempo. La rodilla derecha de
Monique subió, acertando de lleno los genitales de Duvalier, que soltó otro resoplido,
quedó lívido, y su boca se abrió, desencajada. El atemi de judo le alcanzó en el lado
derecho del cuello, bajo la oreja izquierda, y eso terminó el pequeño problema. Como
un saco, Pierre Duvalier cayó a los pies de Monique Lafrance.
Esta se apoderó inmediatamente de la pistola, y corrió a mirar por un lado de una
de las ventanas. El otro coche, en el que ahora pudo ver perfectamente a dos
hombres, estaba llegando junto al de Duvalier.
Monique introdujo la pistola de este en el escote, agarró a Duvalier por las manos,
y tiró de él, arrastrándolo rápidamente hacia el interior de la casita. Reapareció
inmediatamente, corrió hacia su maletín, lo abrió, y de un frasco sacó una de las
cápsulas de gas narcótico. Cerró el maletín, y corrió hacia el interior de la casita,
llevando el maletín en una mano y la cápsula en otro.
Apenas había llegado junto a Duvalier, que yacía en el pasillo, cuando oyó la voz
en la entrada de la casa:
—¿David?
—Debe de haberla llevado a un dormitorio —dijo la voz de otro hombre, en ruso.
Los labios de Monique Lafrance se apretaron un instante en seca sonrisa.
De pronto, apareció ante los dos hombres, y tiró hacia ellos la cápsula de gas,
regresando inmediatamente hacia el interior de la casa. Su acción fue tan rápida que
los dos rusos no tuvieron tiempo de nada, salvo de sorprenderse.
Al ver a la mujer, abrieron la boca y los ojos con gesto de pasmo, vieron aquel
pequeño objeto brillante que fue a romperse en el pecho de uno de ellos…, y al
instante siguiente caían dormidos al suelo.
Voilà!
Monique Lafrance reapareció quince segundos más tarde, todavía conteniendo el
aire en sus pulmones, llevando sus precauciones al máximo para no sufrir los efectos
del gas, pese a haberse alejado. Ya pasado todo peligro, pues el gas era muy volátil,
se acercó a los dos hombres, los miró, y movió la cabeza.
—Supongo que tendré que resignarme a que los hombres siempre consideréis
muy inferior a la mujer —dijo en voz alta—… Peor para vosotros.
Cuatro minutos más tarde, los dos hombres habían sido colocados en sendas
camas de los dos únicos dormitorios de la casita. Dormirían profunda y
apaciblemente durante un mínimo de dos horas. Y otros dos minutos más tarde,
Pierre Duvalier estaba atado de pies y manos con unos finos pero delgados cordones
que Monique encontró en la cocina. Fue colocado lo más cómodo posible en un sillón

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de la salita, y, finalmente, Monique Lafrance se sentó en otro sillón, encendió un
cigarrillo, y se quedó mirando sonriente a su prisionero, que comenzaba a
recuperarse.
Cuando por fin recobró la plena consciencia, Duvalier se quedó mirando entre
dubitativo e irritado a la bella Monique, cuyas preciosas piernas veía en gran parte.
—¿Te encuentras bien, David? —preguntó ella en ruso. Duvalier apretó los
labios, y miró alrededor.
—Tus camaradas están en los dormitorios, dormidos bajo los efectos de un gas
especial. Nos dejarán tranquilos durante dos horas, tiempo que considero más que
suficiente para que lleguemos nosotros dos a un acuerdo inteligente. ¿Te parece bien?
Duvalier soltó un gruñido.
—De modo que solo sabes decir Camarada, Verdad y Gracias, ¿eh? —Masculló,
en ruso—. Si no fuese porque sé que eres francesa, diría que eres rusa.
—Gracias por el elogio a mis conocimientos idiomáticos. Pero te equivocas,
David: no soy francesa.
Duvalier hizo un gesto desdeñoso.
—Te vimos entrar en la casa de… de la playa. Y luego, vimos salir de allí a un
hombre que conocemos muy bien: André Piret, del SDECE. No me digas que no lo
viste dentro de la casa.
—Claro que lo vi. Pero fue una entrevista de… colaboración, simplemente. Tengo
amigos en todos los servicios secretos. Incluso en la MVD.
—Tonterías —refunfuñó él—. Lo que tú pretendes es…
Se calló de pronto, quedando con la boca abierta. Poco a poco, sus ojos se fueron
abriendo mucho… De pronto, cerró la boca y entornó los ojos.
—Me parece que eres más listo de lo que me había parecido hasta ahora —rio
Monique—. En efecto, soy quien estás pensando.
—¿Baby?
—Así es, David. ¿O prefieres que siga llamándote Pierre?
—No. David está bien. Pero… no comprendo. ¿Desde cuándo interviene la CIA
en este asunto?
—¿En qué asunto, David?
—Dímelo tú, camarada Baby.
—Seamos consecuentes —sonrió la divina espía—… Si fuese yo quien estuviese
en situación apurada, te diría todo lo que sé, contestaría a tus preguntas. Pero como
eres tú quien está en apuros, debes ser tú quien conteste a mis preguntas. ¿No te
parece lógico?
—Sí. Pero yo no estoy en ningún apuro.
—¿Cómo que no? —Se sorprendió Monique, sacando del escote la pistola del
ruso, y apuntándole con ella—. ¿Esto no es estar en un apuro?
—Si esa pistola la empuñase cualquier otro espía del mundo, sí. Pero tú no vas a
matarme. ¿Por qué habrías de hacerlo? No he matado a ningún agente de la CIA, no

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he asesinado a nadie, no he intentado nada salvo cumplir con mi trabajo… No me
matarás.
—Me alegra que mi buena fama haya trascendido tanto —musitó Baby—… De
acuerdo, David, es cierto que no puedo matarte. Pero puedo hacer algo peor contigo.
¿Te gustaría quedar en ridículo?
—¿Qué?
—Te diré lo que pienso hacer: voy a dormirte con una cápsula de gas especial
cuyos efectos duran cuarenta y ocho horas, y haré lo mismo con tus dos camaradas.
Mientras vosotros dormís, yo resolveré este asunto sobre el cual te confieso mi total
desconcierto. Y una vez resuelto el asunto, vendré a buscaros, os desnudaré, y os
llevaré a Marsella en un coche. En el centro de Marsella, bien atados de pies y manos,
pues ya estaréis despiertos, os dejaré en la calle, con un cartel en el que habré escrito:
estos muchachos son tres grandes tontos de la MVD soviética. ¿Qué te parece?
—No lo harías —musitó David.
Baby se limitó a sonreír. Terminó su cigarrillo, aplastó la colilla en un cenicero, y
se puso en pie.
—Lamento que… —empezó a decir.
—¿Qué quieres saber? —farfulló el ruso.
—¿Por qué interviene la MVD en los asesinatos de Hans Waber y de las
Lindstrom? —preguntó Monique volviendo a sentarse.
—Hans Waber era ruso. Su nombre auténtico era Leonid Cherlaf. Y las Lindstrom
eran su esposa y su hija: Marya e Irina.
—¿Habían escapado de Rusia? —siguió preguntando Monique, sin manifestar el
menor asombro.
—Sí.
—¿Por qué?
—Leonid Cherlaf mató a un personaje importante de Moscú.
—¿Qué personaje?
—Rudolf Makirian.
—¿Por qué? Vamos, vamos, David, no me hagas ir preguntando a cada cuatro
palabras tuyas, por favor. ¿Quién era Makirian, por qué lo mató Leonid Cherlaf…, y
qué clase de trabajo hacían en Rusia Leonid Cherlaf y Rudolf Makirian?
—Los dos trabajaban en el Directorio de la MVD. Leonid mató a Rudolf, y
desapareció. Un día antes, su esposa y su hija habían salido de Rusia, así que la
jugada de Leonid Cherlaf estaba preparada, eso era evidente. De modo que nos
pusimos a buscarlo a él y a su familia… por toda Europa.
—¿Sabéis por qué Leonid Cherlaf mató a Makirian?
—No. Y te estoy diciendo la verdad.
—¿Pero es seguro que fue Cherlaf quien mató a Makirian?
—De eso no tenemos la menor duda. Además, la salida de Rusia de su mujer y su
hija era suficiente para disipar cualquier duda: Leonid tenía preparado eso. Envió a su

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familia fuera, mató a Makirian, y escapó él también.
—Pero lo encontrasteis aquí, en Francia… ¿No es así? David miró sobresaltado a
Monique Lafrance.
—Si estás pensando que nosotros matamos a Marya e Irina, y luego a Leonid,
estás loca —gruñó ásperamente—. Habría sido una estupidez hacerlo sin antes
conversar con ellos, ¿no te parece?
—Sí, es cierto. Pero si no fuisteis vosotros, ¿quién fue?
—Eso nos gustaría saber…, y por eso seguimos por aquí, investigando. Mira, la
MVD localizó a Marya e Irina solamente, así que nos dedicamos a vigilarlas,
esperando que de este modo encontraríamos a Leonid Cherlaf, al cual, lógicamente,
ardíamos en deseos de preguntarle por qué había matado a Makirian y escapado de
Rusia. Cuando tuvimos localizadas a su mujer y a su hija, nos frotamos las manos
alegremente. Nos pareció que por el hilo llegaríamos al ovillo, es decir, hasta Leonid.
Y así estaban las cosas cuando, ante nuestras narices prácticamente, mataron a las dos
mujeres…
—No. Dos mujeres, no —susurró Monique—: una mujer y una niña, David.
—Está bien. Nosotros no lo hemos hecho. Solo queríamos que continuasen
viviendo tranquilamente hasta que apareciera Leonid… Pero cuando Leonid apareció;
fue en el entierro de ellas. No nos alegramos de la muerte de Marya e Irina, Pero,
bien, allá teníamos a Leonid… Decidimos no perturbar el entierro, así que nos
quedamos mirándole, esperando que todo terminase para capturarlo. Sabíamos que no
opondría resistencia, que no haría nada… Estaba destrozado, llorando. Y entonces lo
mataron.
—También delante de vuestras narices… prácticamente.
—Sí.
—Por si no lo sabéis, os diré que quien mató a Leonid y a su mujer y su hija fue,
probablemente, la misma persona. Al menos, fueron asesinados con el mismo rifle,
eso fue comprobado en balística, en Marsella. Y te diré por qué interviene el SDECE
francés: porque los pasaportes de las Lindstrom eran falsos. Sabemos ahora que
también el de Leonid Cherlaf era falso…, lo cual comunicaré a mis amigos del
SDECE correspondiendo así a sus atenciones. Resumiendo, David: no sabéis nada de
nada.
El ruso soltó otro gruñido, pese a lo cual, seguía pareciendo simpático. Interesante
asunto, reflexionó Baby. Valorándolo en todo su conjunto, incluyendo naturalmente a
la señora Glendon, y a su desaparecido hijo, la cosa no podía ser más intrigante y
desconcertante.
—Veamos si te suenan estos nombres: Homer Glendon y Robert Lavalle.
—No… No los he oído antes de ahora. ¿Por qué?
—Ni yo misma lo sé. Estoy tan desorientada como vosotros, y te aseguro que
también el SDECE está flotando en la ignorancia. Si me has dicho la verdad,
seguimos como antes. Si me has mentido… ¿no te parece que sería mejor sincerarte?

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De este modo, quizá con tu verdad, con los datos que nosotros tenemos y que hasta
ahora no parecen servir de nada, podríamos obtener conclusiones aclaratorias.
—Te he dicho la verdad. Todo lo que puedo añadir, y que tú ya habrás
comprendido por ti misma, es que Leonid Cherlaf mató a Rudolf Makirian por algo…
Algo que solo pueden ser dos cosas. Una: Makirian sabía algo de Cherlaf que podía
perjudicar a este. Dos: Makirian tenía algo que le interesaba a Cherlaf, así que este lo
mató, se lo quitó, y escapó.
Monique asintió repetidamente con la cabeza.
—Está bien, David.
—Y ahora, ¿puedo saber yo desde cuándo y por qué interviene la CIA en esto?
—¿Eres capaz de guardar un secreto? —sonrió Monique.
—Por supuesto que sí.
—Entonces, te diré que la CIA no interviene en esto. Ni siquiera sabe que
intervengo yo… Ni siquiera sabe que existe este asunto, al parecer. Mi intervención
está basada en informaciones de índole particular.
—¿Tengo que creerme eso? —sonrió de mala gana Duvalier.
—Te lo ruego. Más adelante, cambiaré contigo impresiones sobre otros detalles.
No ahora…, y no insistas. ¿Habéis conseguido los rusos entrar en la casa de las
Lindstrom?
—No. Habríamos tenido que hacerlo con malos modales, y no nos pareció
inteligente.
—Por completo de acuerdo, David. Bien… ¿qué hacemos ahora?
—Quizás ha llegado el momento del sexo.
—No puede ser —rio Baby—… ¡Las camas están ocupadas!
—Pues en el sofá —sonrió el ruso.
—La idea no es mala, pero la dejaremos para otra ocasión…, si esta llega. Ahora,
yo tengo una serie de problemas contigo y tus camaradas… ¿Qué puedo hacer con
vosotros?
—Nada. Vete, eso es todo.
—Lo siento, pero no. Admito que tenéis derecho a participar en el juego…, pero
en nuestro juego cada cual tiene su baza. Y la mía será tanto mejor cuantos menos
obstáculos tenga en mi camino.
—Si es por eso, te aseguro que yo no…
—No, David. Podría creer en tu sinceridad, pero no estás solo. Tendrías que dar
explicaciones a tus dos amigos, a tu jefe de Marsella… Sería absurdo suponer que él
iba a dejarme el campo libre. Lo siento, pero temo que tú y tus camaradas os vais a
pasar dos días durmiendo, mientras yo trabajo. En esta casa no hay teléfono, ¿verdad?
—No.
—Lástima. Sería conveniente que llamases al Hotel Plage para decir que has
tenido que marchar urgentemente, y que estarás fuera dos días. Lo digo porque si
regreso yo sola, y no tienen una explicación de tu ausencia, la situación podría ser

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incómoda para mí. Bueno, ya que no hay teléfono aquí para llamar al hotel,
tendremos que pensar en otra solu…
Monique Lafrance enmudeció de pronto. Quedó boquiabierta, como alucinada.
—¿Qué te pasa? —Se sorprendió el espía soviético.
—El teléfono… ¡El teléfono! ¿Cómo he podido ser tan tonta, santo cielo?
¡Tenemos el teléfono!
—¿Qué teléfono? Aquí no hay ningún teléfono…
—Hemos tenido la pista todo el tiempo delante de nuestras narices… ¡Todo el
tiempo!
—¿Qué pista? —Casi gritó David.
Monique lo miró, y movió la cabeza con gesto de pesar.
—Lo siento de veras, David. Pero tendrás que quedarte dormido dos días aquí. Y
además, me llevo tu coche… No, me llevaré el otro, que es más discreto. Ya lo
recogeréis en Marsella…
Cuando Monique Lafrance abandonó la casa, en esta había tres durmientes, no
dos. Y ahora, no por dos horas, sino por cuarenta y ocho. Se metió en el coche
cerrado, y, mientras se alejaba de la casa, recurrió a la radio de bolsillo.
—Hola —sonó la voz de André Piret—… Precisamente, estaba pensando en
llamarla. Hemos encontrado la pista de uno de esos personajes, pero esperando por si
encontrábamos al otro, he ido dejando pasar el tiempo…
—¿De quién han encontrado la pista?
—Del tal Homer Glendon. Tomó un avión hacia París, precisamente el día
siguiente al del asesinato de Hans Waber. De Robert Lavalle no hemos encontrado
nada todavía, pero seguimos buscando.
—No, ya no. Dejen eso, André. Estoy camino de Marsella… Para cuando llegue,
quisiera que el SDECE me hubiese localizado un teléfono. Tengo el número, y quiero
saber dónde está instalado ese teléfono.
—No le veo ninguna dificultad. ¿Cuál es el número?
—Adivínelo.
—¿Que lo…? ¿Cuál es la broma?
—No es ninguna broma. De todos modos, no se culpen ustedes demasiado por su
torpeza. Yo soy mujer, y tampoco caí en ello. Aunque la verdad es que nunca me
gustó hacer punto: me crispa los nervios.
André rio quedamente.
—Usted siempre al contrario de los demás —dijo como maravillado—… Bueno,
¿qué tiene que ver hacer punto con ese número de teléf…? Mon Dieu! Pas possible!
—Es perfectamente posible. Debí caer en la cuenta al ver un ocho entre otros
números tan bajos como el dos y el tres. Generalmente, las labores de punto llevan un
ritmo de pasadas hacia la derecha y pasadas hacia la izquierda. De modo que el ocho
no encaja en la labor que estaba haciendo Ulla Lindstrom. Cualquier mujer aficionada
a hacer punto se habría sorprendido enseguida. Yo no he comprendido hasta ahora

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que las notaciones de Ulla Lindstrom no eran para hacer punto, sino un número de
teléfono hábilmente disimulado: 3-3-2-8-2-2… ¿Puede o no puede ser este un número
telefónico de Marsella?
—¡Ya lo creo que puede serlo!
—Pues búsquenlo.

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7
Conforme a lo convenido finalmente por radio, Monique Lafrance se reunió con
André Piret en la entrada al Parc Amable Chanot, en el cruce con Boulevard Rabatau
y la Route du Littoral, lugar al que llegó a pie, después de dejar abandonado el coche
de los rusos.
André Piret la esperaba dentro de un coche, con cuyas luces largas hizo señales
pese a ser de día cuando vio aparecer a la bella espía. Esta las captó en el acto, y
segundos después se sentaba junto al agente francés.
—¿Lo han encontrado? —preguntó enseguida.
—O usted viaja demasiado deprisa o nosotros trabajamos demasiado despacio —
gruñó el francés—. ¡Caramba, denos tiempo!
—Está bien.
Piret le ofreció un cigarrillo, y mientras se lo encendía, comentó, algo más
risueño:
—Ventajas de ser mujer.
—¿A qué se refiere?
—A lo del número telefónico. No es que con esto pretenda disculpar al SDECE,
pero admitirá usted que el asunto de la labor de punto y un número de teléfono podía
ocurrírsele antes a una mujer que a un grupo de hombres.
—Evidentemente —sonrió Monique.
—Demonios, todo era tan natural… Las agujas, la lana, el bloc de notas con las
pasadas de puntos al revés y al derecho…
—Hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de Homer Glendon, ese nombre que han
encontrado en las listas de pasajeros a París. ¿Era inglés?
—Americano —se quedó mirándola Piret.
—Ah, americano… Vaya.
—¿Aclara eso algo para usted?
—No.
—Mire, Baby, yo no soy precisamente el mejor espía del mundo, pero tampoco
soy un bobo. En primer lugar, se hace difícil pensar que la CIA desconoce la
intervención de usted en este caso. Y en segundo lugar, no va a negarme que el modo
de… incrustar los nombres de Robert Lavalle y Homer Glendon en el asunto resulta
un tanto… fantástico. Supongo que Glendon, o Lavalle, o los dos, no serían las
únicas personas que viajarían de un lado a otro al día siguiente de ser asesinado Hans
Waber. ¿Por qué tenía que fijarse usted precisamente en ellos?
—En resumen, usted cree que yo ya sabía algo de ellos.
—Bueno, no quiero molestarla con mis suspicacias, Pero…
—¿Le gustaría saber el verdadero nombre y la nacionalidad de las Lindstrom y de
Hans Waber?
Piret se atragantó con el humo de su cigarrillo, y se quedó mirando con los ojos

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muy abiertos a la divina espía.
—Ya he comprendido que usted no es aficionada a las bromas tontas —murmuró
por fin—… ¿Cómo ha sabido eso? ¿Quién se lo ha dicho?
—Un ruso que, junto con otros dos, y creyendo que yo pertenezco a algún
servicio… auxiliar del SDECE, pretendían apretarme los tornillos, como vulgarmente
se dice.
—¿Están los rusos en esto? —exclamó Piret.
—Hans Waber se llamaba Leonid Cherlaf. Las Lindstrom eran su esposa Marya y
su hija Irina.
—Mon Dieu… Pero ¿qué significa todo esto? ¿Y qué hacían Leonid Cherlaf y su
mujer y su hija en Francia, los tres con nombres y pasaportes falsos?
—Estaban huyendo. Leonid Cherlaf había cometido un asesinato en Rusia.
Concretamente, en Moscú. Un asesinato, digo, y digo bien, ya que fue
premeditado. Primero, envió fuera de Rusia a su mujer y a su hija, imagino que con
alguna combinación turística. Luego, cometió el asesinato, y escapó él de Rusia. Lo
tenía todo preparado, no cabe la menor duda; incluidos los pasaportes para su familia,
la casita alquilada cerca de Cassis, su pasaporte alemán, dinero, ropas… Todo. La
pregunta es: ¿valía la pena lo que él se llevó de Rusia?
—¿Se llevó algo de Rusia?
—Bueno, esa es una de las teorías. Parece ser que en Moscú tienen dos. Una de
ellas…
Monique Lafrance puso al corriente del asunto de los rusos a André Piret. Cuando
terminó, el francés estaba muy pensativo.
—¿Y si los rusos le han mentido a usted? —sugirió.
—Sería normal —sonrió Monique—. Pero no lo creo.
—Entonces, ¿quién y por qué mató a Cherlaf después de asesinar a su mujer y a
su hija? Por supuesto, no hemos sido los franceses. Usted dice que los americanos no
tienen nada que ver en el asunto. Los rusos aseguran que no han sido… ¿Quién
demonios ha podido ser?
—Pues eso —sonrió secamente la divina—: un demonio.
—¿Quién? —Se pasmó Piret.
—¿Cómo definiría usted a la persona capaz de matar a una niña para que el padre
acuda al entierro y asesinarlo?
André Piret se pasó una mano por la frente. Estaba un poco pálido. Un
demonio… Tonterías. Pero, claro, Baby estaba hablando en sentido figurado. Y
hablando en sentido figurado… ¿de qué otro modo se podía definir a quien había
cometido aquellos asesinatos? Si una persona es capaz de hacer… El timbre de un
teléfono sorprendió un instante a Monique. Enseguida, Piret bajó la tapa del
salpicadero, y descolgó el radioteléfono.
—¿Sí, diga?
—¿Piret?

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—Sí, sí.
—Le hemos localizado esa dirección: 31, Rue Breteuil, apartamento 4, en el
segundo piso. De Marsella, se entiende.
—Muchas gracias. Y adiós.
Colgó el auricular, bajó la tapa del salpicadero, y miró a Monique, que estaba
pensativa. Por fin, dijo:
—Vamos ya allí. ¿Puede conseguir algunos hombres que nos ayuden en un
registro a fondo?
—Claro. Dígame una cosa: ¿cree que quizás encontremos en ese lugar al…
demonio?
Los labios de Monique Lafrance se plegaron en un gesto de tal dureza que
impresionó a André Piret. Luego, ella dijo:
—Ojalá.

***

Pero en el apartamento 4 del 31, Rue Breteuil, no encontraron al demonio. Ni a nadie.


El apartamento estaba vacío. Para entonces, personal del SDECE había hecho más
averiguaciones. Todo el edificio estaba destinado a apartamentos amueblado para
alquilar, de lo que se encargaba una agencia. En esa agencia constaban los datos del
alquiler. Un hombre que había firmado como Jean Dupré había alquilado el
apartamento, dejando el correspondiente depósito y pagando un mes de alquiler.
¿Más datos? Imposible: la agencia no hacía preguntas, ni exigía documentos de
ninguna clase. Alquilaba el apartamento, cobraba, y asunto terminado. Cada vez más
claramente se comprendía que Leonid Cherlaf lo había hecho todo a conciencia.
Incluso, el hecho de haber elegido Francia se comprendía perfectamente: tanto él
como su esposa y su hija, hablaban francés. Ellas quizá no muy bien, pero él debía de
conocer el idioma lo suficiente incluso para que un empleado de una agencia
inmobiliaria aceptase que se llamase Jean Dupré y fuese francés. Lo que no resultaba
sorprendente en un hombre que había pertenecido a la MVD soviética, y que podía
pasar también por alemán.
La puerta del apartamento fue abierta sin ninguna complicación por Monique
Lafrance, con una de sus ganzúas. Primero entró ella sola, echó un vistazo de
conjunto, y luego entraron Piret y sus compañeros del SDECE, cinco hombres que se
pusieron a registrar en silencio, con habilidad, sin prisa alguna. El apartamento era
pequeño: dos dormitorios, cuarto de baño, cocina, salita de estar. Si algo había allí, lo
encontrarían, aseguró Piret.
Este y Monique colaboraron en la búsquela, naturalmente, repartiéndose el
apartamento entre todos.
Tan solo veinte minutos más tarde, uno de los hombres del SDECE apareció junto
a Monique y Piret, que trabajaban cerca uno del otro.

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—André —llamó.
Este se volvió vivamente, lo miró, y alzó las cejas. Inmediatamente, él y Monique
fueron en pos del espía francés, hacia uno de los dormitorios. Todo estaba revuelto
allí, y otro agente seguía buscando… pese que sobre la cama, uno de los cajoncitos
del armario estaba colocado al revés, mostrando la parte exterior del fondo.
Allí, sujeto con varias tiras de cinta adhesiva transparente, se veía un sobre, que el
hombre del SDECE señaló.
Piret se apresuró a arrancarlo. No había nada escrito en el sobre. Lo abrió, y sacó
dos hojas de papel, en las que había algo escrito a mano. Pero algo que era
ininteligible para André Piret.
—Maldita sea mi…
—Está en ruso —murmuró Monique—. Yo podría traducirlo, con tiempo y calma.
—No vale la pena que se moleste. Tenemos en Marsella un par de hombres que
traducirán esto en unos minutos. Les llevaremos…
—Me gustaría examinar esos escritos —insistió Monique—. Hasta traducirlos por
mí misma más adelante. Supongo que no le importará que me quede una copia,
André.
Se hizo el silencio. André Piret vacilaba. Por fin, recordó el modo en que, desde
París, cierto personaje importantísimo del SDECE había recomendado a Monique
Lafrance, y asintió.
—De acuerdo. Vamos a llevar estos papeles a uno de los traductores, y por el
camino podemos hacer unas fotocopias para usted. Vosotros seguid buscando.
Salieron del apartamento los dos, llevando Piret el sobre en un bolsillo. Monique
Lafrance reflexionó sobre la conveniencia de arrebatarle el sobre a Piret y
desaparecer. Le había mentido respecto a sus conocimientos de ruso precisamente
para retardar la entrega de los papeles a un traductor del SDECE, y ser la primera en
enterarse de todo, ya que podía leer perfectamente y con toda rapidez el ruso… Pero
el truco no había dado resultado: inevitablemente, el SDECE iba a entrar en
conocimiento de lo que tuviese que decir Leonid Cherlaf.
¿Valía la pena indisponerse con el servicio secreto francés y poner a Monsieur
Nez en una situación muy desairada por haber ordenado que la apoyasen en todo?
La respuesta fue que Monsieur Nez no merecía pasar aquella situación molesta,
así que continuó el juego. Bajaron a la calle, Piret condujo hasta encontrar una tienda
donde hacían fotocopias en el acto, y, una vez obtenidas las fotocopias que se quedó
Monique, ambos regresaron al coche. Piret se dedicó de nuevo a conducir, mientras
Monique, con el gesto de quien tiene no pocas dificultades para la traducción, pasaba
la mirada primero por una hoja y luego por otra… Cuando miró de reojo a Piret,
estaba pálida, pero el francés no se daba cuenta de nada, abstraído en sus
pensamientos y en la conducción del coche.
—Pare, André.
—¿Qué…? —Volvió la cabeza él.

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—Estoy muy cansada —mintió Monique—… Voy a regresar al hotel, y me
dedicaré a descansar mientras voy traduciendo esto, si es que lo consigo. ¿Puedo
contar con que me llamará cuando sepa algo concreto?
—Desde luego. Pero… Bueno, usted no tiene coche. La llevaré a Cassis,
naturalmente…
—No, no. Nada de retrasar el trabajo. Tomaré un taxi.
—Es un gasto innecesario. Ya le digo que con gusto la llevaré yo al hotel,
Monique.
—El trabajo ante todo —consiguió sonreír ella—. Además, soy muy rica. Puedo
pagar un taxi a Cassis sin que mi cuenta en Suiza sufra demasiado.
—La envidio —sonrió Piret—. Bueno, ¿dónde la dejo?
—Aquí mismo.
André Piret hizo un gesto de resignación, frenó junto al bordillo, y Monique se
apeó. Se despidieron con un gesto, Piret continuo, y Monique buscó un taxi, que
encontró un par de minutos más tarde. Ningún inconveniente en ir a Cassis: el cliente
manda y paga.
Durante el trayecto hasta Cassis, que entre unas cosas y otras duró más de media
hora, se hizo de noche. Habían salido de Marsella ya entre dos luces, de modo que
cuando el taxi, finalmente, se tuvo frente al Hotel Plage, ya era de noche. Monique
pagó con su generosidad habitual el servicio, se volvió para entrar en el hotel, y
entonces vio a Claude, algo alejado, haciéndole señas.
Se acercó a él, llegó sonriente, no sin esfuerzo. Claude ya no llevaba uniforme del
hotel, sino que vestía de calle, sus ropas particulares.
—¿Qué tal, Claude? —Saludó la espía—. ¿Algo nuevo?
—No sé si tendrá importancia… ¿No se fue usted con el señor Duvalier?
—Así es, pero el coche tuvo una avería y el señor Duvalier ha decidido quedarse
en Marsella mientras hacen la reparación. Adora su coche. Por cierto que tengo que
avisar al conserje de que el señor Duvalier no vendrá esta noche, ni quizá mañana.
Bien… ¿qué ocurre?
—He visto al señor Lavalle.
Un destello pasó veloz por los ojos de Monique Lafrance.
—¿A Robert Lavalle?
—Sí, sí… Bueno, juraría que era él. No pude verlo bien… ¡Pero yo diría que era
él!
—Pues quizá lo fuese. ¿Cuándo lo viste?
—Hace más de una hora. No me he marchado a casa por esperarla a usted para
decírselo, por si le servía de algo.
—Ya lo creo que sí, Claude. ¿Dónde lo viste?
—Estaba en una camioneta. No quise acercarme para asegurarme, ¿comprende?
—¿Te vio él a ti?
—Me parece que sí —refunfuñó Claude.

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—¿Dónde estaba la camioneta?
—Allá —señaló Claude—, cerca del hotel.
—Bueno, ¿y qué hizo el señor Lavalle? ¿Estuvo ahí parado y luego se fue?
—Bueno, se fue cuando salió la mujer del hotel. Ella subió a la camioneta, y
entonces se fueron.
—¿Era una clienta del hotel?
—No, no.
—¿Cómo era?
—Rubia, muy bonita, joven…
—¿Sabes si habló con alguien del hotel?
—No. Ni siquiera la vi entrar Solo salir, cuando yo estaba mirando al señor
Lavalle, queriendo asegurarme de que era él.
—Está bien. Gracias, Claude. Me estás ayudando mucho. Y no olvido lo de tus
vacaciones en París. Mañana nos veremos.
—Buenas noches, señorita.
Monique sonrió de nuevo, y entró en el hotel. ¿Robert Lavalle había estado allí?
Es decir, Homer Glendon… Bien, si realmente había sido él quien le disparó desde la
camioneta, parecía razonable que la hubiese estado vigilando después del primer
fracaso. En cuyo caso, debía de saber que se había marchado del hotel con un
hombre… ¿Por qué se había quedado Homer Glendon por allí?
—Mi llave, por favor —pidió en conserjería—… ¿Hay algún recado para mí?
—No, señorita Lafrance.
—¿Nadie ha venido preguntando por mí? ¿Ningún recado, nada?
—Nada. ¿Está esperando algo? Si es así, avisaré para que en cuanto llegue se lo
suban a su suite.
—No… No, déjelo. Gracias. Ah, me olvidaba: el señor Duvalier tuvo una avería
en su coche, y seguramente se quedará en Marsella hasta que lo reparen. Un día o
dos, según parece. Me pidió que les avisara.
—Muchas gracias, señorita Lafrance.
La señorita Lafrance sonrió, se dirigió hacia su suite.

***

Desde la camioneta que había aparecido apenas Monique Lafrance y Claude


desaparecieron de escena, un hombre y una mujer contemplaban la fachada del hotel.
A su izquierda, muy cerca, estaba el mar. Las miradas de ambos estaban fijas en
una de las terrazas, justamente la que correspondía a la suite de Monique Lafrance.
El hombre era rubio, desgreñado. La mujer, también rubia, parecía más cuidadosa
con su peinado. Joven, bonita, de aspecto dulce. Fue ella quien señaló en silencio
hacia la terraza cuando en esta apareció el resplandor de la luz procedente de la suite.
El hombre asintió con un gesto, diciendo:

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—No tardará mucho en entrar en el cuarto de baño. Es lo que hace todo el mundo.
—Esperemos que se dé cuenta de lo que hay en él.
—Si es todo lo lista que nos han dicho, se dará cuenta. Y dentro de un minuto la
veremos salir apresurada y asustada por la puerta del hotel, con un paquete en las
manos.
—¿Y si no se da cuenta?
—Tiene que darse cuenta. Lo preparamos bien, y supongo que tú has colocado el
paquete adecuadamente.
—Mi trabajo lo he hecho bien —asintió la muchacha rubia—, pero ya sabes que a
veces sobrevaloramos la inteligencia y perspicacia de los demás.
—Nadie puede ser tan torpe de no darse cuenta de que en el cuarto de baño le han
colocado una… ¡Mírala! ¡Ha salido a la terraza!
—Pues tu teoría ha fallado —rio la rubia—: no se ha dirigido al cuarto de baño.
—Pero… ¿qué hace ahí? —Se pasmó el hombre—. Es un blanco perfecto, y sabe
que intentaron matarla… ¿Está loca?
Se quedaron mirando a Monique Lafrance, cuya figura se distinguía
perfectamente en la terraza, recortada en la luz que llegaba del interior del
apartamento. Estuvo allí un par de minutos. Luego, entró de nuevo en la suite.
—Ahora —dijo el hombre.
Pasó un minuto, dos, tres… Diez. No sucedía nada, ni la señorita Lafrance salía
corriendo del hotel con un paquete en las manos. No sucedía absolutamente nada. De
pronto, Monique Lafrance volvió a aparecer en la terraza, terminando de ponerse una
corta bata y con un cigarrillo en los labios. Se sentó en una extensible, y se quedó allí,
inmóvil, fumando.
Los dos personajes de la camioneta cambiaron una mirada.
—¿Tú entiendes algo? —susurró la muchacha.
—No. Pero en resumidas cuentas, todo se reduce a que ella no ha ido todavía al
cuarto de baño. Esperemos.
Solo tuvieron que esperar a que Monique Lafrance terminase el cigarrillo.
Volvió a entrar en la suite entonces, y el rubio insistió:
—Ahora… Ahora entrará en el cuarto de baño, y antes de dos minutos la veremos
salir corriendo del ba…
La explosión llegó amortiguada hasta ellos, que posiblemente fueron las únicas
personas en ver el rojizo resplandor brevísimo que se mezcló con la luz de la suite.
En alguna parte se oyó un grito. Algunas personas que estaban cerca del hotel
corrieron hacia este. Se encendieron luces de otras suites, se oyeron más gritos…
El rubio y la rubia estaban petrificados, lívidos como cadáveres, fija la mirada en
la terraza donde habían visto poco antes a Monique Lafrance. La muchacha fue la
primera en reaccionar:
—No se ha dado cuenta… ¡No lo ha visto!
El hombre se pasó la lengua por los labios. Ahora salía gente del hotel, gritando,

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corriendo despavorida. Una leve humareda salía de la suite de Monique Lafrance a la
terraza, desapareciendo enseguida.
—La hemos matado —susurró el hombre—… ¡Esa mujer ha muerto, y no eran
esas las instrucciones que teníamos…!

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La ambulancia que transportaba a Monique Lafrance llegó a Marsella a toda
velocidad, seguida por un coche… y, más atrás, por la camioneta en la que viajaban
el rubio y la rubia. Estos detuvieron el vehículo cuando, finalmente, también la
ambulancia se detuvo un instante frente al hospital de la Rue de Lodi, y cuyo nombre
no pudieron ver desde allí.
Enseguida, la ambulancia entró en el hospital, seguida por el coche.
—Busca un sitio para aparcar —murmuró la rubia.
El rubio condujo hacia la parte de la calle donde había árboles, pasando por
delante de la entrada del hospital. Pudo ver, fugazmente, cómo sacaban una camilla
de la ambulancia.
—Quizá se salve —susurró.
Detuvo el coche entre dos árboles. Más allá, había una capilla. Después de parar
el motor, el rubio se pasó las manos por la cara, lentamente.
—Esto sí que tiene gracia —dijo—… Con lo difícil que resulta a veces eliminar a
alguien; y en cambio lo fácil que ha sido esta vez que no queríamos hacerlo.
—Esperemos que no sea alguien importante —reflexionó la rubia—, y que todo
termine en un accidente desdichado.
—Deberíamos telefonear al hospital, a ver qué pasa. Quédate aquí, buscaré un
teléfono y llamaré, preguntando cómo se encuentra la señorita Lafrance…
Aunque será mejor que esperemos un poco. Seguramente la llevarán al quirófano
de urgencia… Vamos a esperar una hora. ¿Qué te parece si dejamos la camioneta aquí
y vamos a comer algo? Podemos llamar al hospital desde el restaurante, o desde un
snack.
—De acuerdo.
Dejando cerrada la camioneta, se dirigieron a pie hacia el Vieux Port,
relativamente cercano, donde cenaron en un viejo pero agradable restaurante.
Terminada la cena, el rubio preguntó cómo se llamaba el hospital de la Rue Lodi,
consultó luego la guía telefónica, localizó al número, y llamó, desde el teléfono que
había al fondo del local.
Un minuto más tarde, regresó a la mesa en la que le esperaba la rubia y se sentó
frente a ella.
—No facilitan esa clase de información por teléfono —dijo.
—Como quieran —encogió los hombros la rubia—. Nos marchamos de Marsella,
y asunto terminado.
—No. De ninguna manera. Teníamos orden de NO matar a esa chica.
Y antes de salir de la ciudad, yo quiero saber si ha muerto o se va a salvar, aunque
quede… deteriorada.
—Pues ya me dirás cómo vas a enterarte.
—Yo, no. Lo harás tú. Se me está ocurriendo algo…

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***

La recepcionista del hospital, que estaba conversando alegremente con un médico,


desvió la mirada, vio a la muchacha rubia ante el mostrador, y tras murmurar una
disculpa se acercó.
—¿Diga? —inquirió amablemente.
—Me llamo Veronique Lafrance —se presentó la rubia, con expresión
preocupada—… Me han llamado desde un hotel diciendo que mi prima ha sido
internada en este hospital, que ha tenido un accidente… Monique Lafrance. ¿Podría
verla, podría…?
—Espere un momento, por favor.
La recepcionista regresó junto al médico con el que había estado departiendo
alegremente, y se puso a hablar con él en tono más bajo. Veronique Lafrance desvió
la mirada cuando ambos comenzaron a mirarla a ella. Frente al mostrador había
algunos sillones, al otro lado del vestíbulo. En uno de los sillones, una anciana de
blancos cabellos y negras ropas contemplaba a Veronique con curiosidad, como
valorándola. Al verse mirada, la anciana sonrió, y Veronique correspondió a la
sonrisa.
Volvió a mirar hacia el médico y la recepcionista. Esta regresó ante ella segundos
más tarde, sonriendo ampliamente.
—Puede usted tranquilizarse, señorita Lafrance: su prima está fuera de peligro.
Todavía están operándola, pero acaban de comunicarme que todo terminará bien.
—Gracias a Dios… Supongo que no puedo visitarla… Oh, qué tontería, si están
con ella en el quirófano… Quiero decir… Me parece que lo mejor será que vuelva
mañana. Iré llamando por teléfono durante la noche para saber…
—Por teléfono no la informarán. Lo mejor será que descanse usted
tranquilamente esta noche, y mañana vuelva por aquí. Estando descansada podrá ser
más útil a su prima.
—Sí… Sí, es cierto. Bien…, hasta mañana. Y muchas gracias.
Veronique Lafrance se dirigió hacia la puerta…
—Pssst… ¡Pssst, joven! —Oyó.
Volvió la cabeza, y vio a la anciana, que caminaba hacia ella con graciosa torpeza,
apoyándose en un bastón sosteniendo en la otra mano un maletín forrado de raso
negro.
—Joven —llegó la anciana ante ella—: ¿va usted a cruzar la calle?
—Sí… Sí, así es —se sorprendió Veronique—… ¿Por qué?
—Porque estoy cansada de esperar, y quiero marcharme. ¿Sería tan amable de
dejar que me apoye en su brazo para cruzar?
—Claro que sí, madame —sonrió Veronique.
—Muchas gracias, hijita. ¡Qué joven y bonita es usted…!

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—Gracias, madame —sonrió de nuevo Veronique, comenzando a caminar hacia
la salida.
—Pero la juventud, como la belleza, es algo pasajero. Hay quien cree que la
lozanía de los veinte años le va a durar siempre, y se desespera cuando descubre que
no es así. A mí también me pasó, naturalmente. ¡No puede imaginarse el disgusto que
tuve el día que descubrí mi primera arruga…! ¿Cuántos años tiene usted?
—Veinticinco, Madame.
—Oh, santo cielo… ¡veinticinco añitos! ¡Esa sí es una edad en la que vale la pena
vivir! ¿Quiere atender un inestimable consejo, hijita?: viva tan intensamente como
pueda, disfrute al máximo de todo, no deje escapar nada que pueda proporcionarle la
más pequeña pizca de felicidad… ¡Porque la vida, aunque parezca tan larga, es
cortísima! Se lo digo yo, que tengo la impresión de que hace cuatro días que tenía
veinte años… ¡y tengo ya setenta y nueve!
—Son bastantes años, en efecto —admitió Veronique—… Pero se diría que usted
los ha vivido felizmente, madame.
—Ah, eso sí, querida. ¡Uf, menos mal que salimos del hospital! Estaba cansada
de esperar, y además, ahí dentro huele de un modo especial: como a cloroformo, a
enfermos y a sangre. ¿Se ha dado cuenta?
—Pues no —casi rio Veronique—. Cuidado con el bordillo, madame.
—Sí, sí… ¿Tiene usted coche, hijita? Lo digo porque soy una abusona, ¿sabe? A
lo mejor a usted no le importaría llevarme a casa. No vivo muy lejos. Estaba
esperando a mi nieta, que me había prometido llevarme a una pequeña fiesta de
jóvenes, pero la pobre debe de tener algún trabajo urgente que atender. Es enfermera,
¿sabe? ¡Me encantan las fiestas de los jóvenes! Simulo que voy allí para prepararles
bebidas, pero lo cierto es que voy a espiarles… ¡Qué bien se besan en estos tiempos!
Supongo que usted tendrá algún amiguito, ¿eh?
La miró y guiñó pícaramente un ojo. Veronique se echó a reír ya francamente, de
buena gana.
¿Marcharse de allí con la anciana?
¡Estupenda idea! ¿Quién iba pensar nada malo de una muchacha que acompañaba
a una anciana?
—No es un modelo de lujo, pero la llevaremos —dijo—. En efecto, tengo un
amiguito. Ahí, en esa camioneta.
—Si funciona, por mí está bien. Mis piernas se lo agradecerán, hijita. ¿Es guapo
su amigo?
—Yo diría que sí —volvió a reír Veronique.
Llegaron junto a la camioneta. El rubio se había asomado por la ventanilla,
mirando incrédulamente a Veronique y a la anciana.
—Es atractivo —dijo esta—… Pero a mí me gustan más los hombres morenos.
Son más velludos, y resultan más masculinos… Dicho sea sin ánimo de ofender.
—Pero… ¿qué es esto? —pudo exclamar el rubio.

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—Vamos a llevar a madame hasta su casa —dijo Veronique—. Ya te explicaré.
Por cierto: ella está bien.
—Menos mal. Pero esta…
—No discutas. Venga, madame, la ayudaré a subir por el otro lado.
Pasaron al otro lado de la camioneta, en plena calzada. Veronique quiso ayudar a
subir a la anciana, pero esta se negó.
—De ninguna manera, joven. Siéntese usted al lado de su amigo, y yo me quedaré
en el extremo. Vamos, vamos, suba y deme la mano, ya verá cómo puedo subir.
Veronique obedeció tras vacilar. Luego, tendió la mano a la anciana, que se agarró
y subió, con mucha más facilidad de la que esperaba la rubia, ciertamente. El rubio,
que se había resignado, masculló:
—¿Adónde vamos?
Miraban los dos a la anciana…, la cual sacó una pistolita, y apuntó a Veronique a
la sien, para sobresalto de ambos.
Sobresalto e incredulidad, por supuesto. El pasmo los dejó mudos.
—Vamos a ir a una casita fuera de Marsella, donde hay tres caballeros durmiendo
—dijo—. Les iré indicando el camino. Pero antes, una advertencia: no se fíen de las
apariencias.
—¿Quién es usted? —susurró Veronique.
—Desde luego, no soy una anciana…, del mismo modo que usted no es rubia, ni
tampoco lo es su amigo…, que por cierto, visto de cerca… Bien, no se parece a
Homer Glendon. En marcha.
La rubia y el rubio habían palidecido. El rubio comenzó a retirar una mano de
sobre el volante, pero captó aquella especialísima mirada de la anciana tras los
cristales de los redondos lentes, y quedó inmóvil de nuevo.
—Los voy a llamar Marco Antonio y Cleopatra —dijo la anciana—, personajes
que, en honor a la verdad, no me caen demasiado bien, históricamente hablando.
Vamos a salir de Marsella en dirección a Cassis. Y de nuevo les advierto: no confíen
en sorprenderme. Al menor gesto de uno o de otro que no me guste, comenzaré a
disparar. ¿No creen que será mejor que lleguemos a un lugar donde podamos charlar
sosegadamente?
El rubio puso la camioneta en marcha. Minutos después, dejaban atrás Marsella.
Veinte minutos más tarde, pasaban por Cassis, que también quedó rápidamente atrás.
Siguiendo las indicaciones de la anciana, llegaron finalmente, otros veinte minutos
más tarde, ante la casita donde dormían los tres rusos. Todo estaba en silencio y a
oscuras, salvo las luces cortas de la camioneta, que iluminaban la casita, esparciendo
un resplandor al dar en la blanca fachada.
—Ajajá… Ahora, Marco Antonio, saque su pistola con dos dedos, y tírela
directamente por la ventanilla. Luego, acérquese más a Veronique. Iremos saliendo
los tres por la puerta de mi lado. ¿Usted no lleva armas, Cleopatra?
—No.

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—Eso me pareció. Bien, vamos a ver qué tal saben obedecer.
Obedecieron bien. Marco Antonio tiró la pistola fuera de la camioneta, y luego se
fue desplazando en el asiento, mirando siempre a la anciana, que se apeó con una
agilidad sorprendente y sin perderlos de vista ni un instante. Ya en tierra los tres,
señaló hacia la casa. Fueron allá, la anciana señaló uno de los tiestos con descuidadas
flores, y dijo:
—La llave está ahí. Abran, enciendan la luz desde el umbral, y luego entraremos.
Así se hizo. La última en entrar fue la anciana, pero con mucha más vigilancia de
lo que lo hiciera horas antes Pierre Duvalier. Fueron a la salita, la anciana dejó el
maletín y el bastón, que había llevado en una mano, y registró con rápidos y expertos
gestos a Cleopatra.
—Siéntense juntos en el sofá. Y quítense las pelucas.
Obedecieron los dos. Las pelucas quedaron en sus manos. La anciana dejó la
pistolita en un brazo del sillón donde había dejado el maletín, abrió este, y sacó la
radio, cuyo botón oprimió.
—¿Sí?
—Todo está bien, André. ¿Han podido seguirnos?
—¡Naturalmente!
—Bien. Por favor, permanezcan donde están, no entren en la casa. Déjenme
terminar esto a mi manera, y luego hablaremos nosotros.
—Pero sería mejor que…
—Por favor, André.
—Está bien.
La anciana cerró la radio, la dejó en el maletín, y sacó de este un bonito vestido
azul, de tejido ligerísimo y suave. Luego, se quitó los lentes, la peluca, el vestido…
Un espléndido cuerpo fue apareciendo ante los asombrados ojos de Marco Antonio y
Cleopatra. Es decir, fue espléndido cuando la anciana se quitó aquella especie de faja
que oprimía sus senos, que parecieron saltar al retirarla. Con una toallita que
humedeció con un líquido de una de las botellitas de su maletín, retiró el maquillaje
que imprimía arrugas a su rostro… Ante ella, Marco Antonio y Cleopatra iban de
sorpresa en sorpresa. Por un momento, ante sus ojos tuvieron el cuerpo prácticamente
desnudo de la «anciana». Finalmente, esta se colocó unas lentillas de contacto de tono
oscuro, cambió la forma de su nariz y de sus mejillas, se puso el bonito vestido
estival, sacudió sus hermosos cabellos negros, y se sentó en otro sillón.
—No querían matarme, ¿verdad? —dijo—. Ni cuando dispararon desde la
camioneta ni cuando colocaron la bomba en el cuarto de baño del hotel.
—No —jadeó Marco Antonio—… Solo teníamos que asustarla. Esas eran
nuestras órdenes. Se suponía que usted tenía que localizar la bomba antes de poner en
marcha su sistema detonador, pero… Bueno, ya veo que así fue, que todo esto ha sido
una trampa para capturarnos a nosotros.
—Efectivamente. Tras asegurarme de que no había nadie en las suites vecinas a la

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mía, y sabiendo ya que unos amigos míos habían llegado desde Marsella para
intervenir de modo que nadie pudiese meter sus narices en lo que realmente sucedía,
hice explotar la bomba, pero yo ya estaba lejos. Tenía la sospecha de que no querían
matarme, de modo que, les puse en este dilema de creer que lo habían hecho, con la
esperanza de que se acercasen al hospital preguntando por mí…
—Por eso no facilitaban información telefónica —musitó Cleopatra.
—Claro —sonrió Monique Lafrance—. Y mis esperanzas se cumplieron: apareció
Cleopatra preguntando por su prima Monique. ¿Ustedes saben quién soy yo?
—No. Solo sabemos que debíamos asustarla, y luego desaparecer de escena.
—Ya. Tampoco creo equivocarme si digo que no tienen ni idea de lo que están
haciendo, de la clase de asunto en el que se han metido. ¿Verdad?
—Verdad. No sabemos nada. Solo obedecemos órdenes y punto final.
—Pero órdenes… ¿de quién?
—De una agencia especializada en asuntos delicados. De verdad que no
conocemos a nadie. Conocimos hace tiempo a un hombre que nos contrató, y nos dijo
que estuviésemos siempre a punto para trabajar. Cada tres meses recibimos una paga
espléndida. Cuando nos llaman y nos dicen lo que tenemos que hacer, lo hacemos.
Eso es todo.
—Puede que para ustedes eso sea todo. Pero yo sé mucho más del asunto, y voy a
tener la amabilidad de ponerlos al corriente, ahora que estoy segura de haberlo
comprendido. Veamos: antes, cuando he mencionado a Homer Glendon, ustedes se
han impresionado, ¿no es cierto? Y ello, naturalmente, porque conocen a Homer
Glendon. Eso está bien claro por el hecho de que Marco Antonio ha estado intentando
hacerme creer que los ataques provenían de Homer Glendon. ¿No es así, Marco
Antonio?
—Sí. Esas fueros las órdenes que nos dieron.
—¿De qué conocen ustedes a Homer Glendon?
—Bueno… Nos lo señalaron en París, hace unos días.
—¿Y dónde está ahora?
—Lo ignoramos.
—Lo ignoran… De acuerdo. Yo les explicaré, lo más breve y claramente que me
sea posible, todo este asunto. ¿Saben leer el ruso?
—No. Ni siquiera lo hablamos. Lo entendemos un poquito, casi nada.
—¿Nunca han tenido relaciones con los rusos?
—Por el momento, no.
—Pero estarán enterados del triple asesinato de Cassis.
—Ah, sí… Ese extraño suceso, sí…
—Extraño para el público en general, pero no para nosotros. De eso precisamente
voy a hablarles. Fíjense bien: un empleado de cierta importancia de la MVD
soviética, asesina en Moscú a un compañero suyo llamado Rudolf Makirian. El día
anterior, la esposa y la hija del asesino, han salido de Rusia, y, tras su asesinato, el

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asesino acude a reunirse con ellas. Es decir, permanece cerca, pero sin establecer
contacto. Esto sucede aquí, en Marsella, donde está el asesino, mientras su mujer y su
hija están en la casita de la playa de la que tanto hablan los periódicos. El asesino se
llama Leonid Cherlaf. ¿Saben por qué mató a su camarada Rudolf Makirian en
Moscú?
—No… Claro que no.
—Por una lista de nombres —Monique Lafrance sacó del maletín las fotocopias,
y las mostró en alto—… En estas dos hojas de papel está explicado todo. Haría falta
tener el cerebro de piedra para no comprenderlo. En una hoja, hay los nombres de
veinticuatro ciudadanos soviéticos. En la otra hoja, se explica quiénes son y quién fue
el asesinado Rudolf Makirian: todos traidores a Rusia. No voy a decirles los nombres
de esos rusos, que por otra parte ni les interesan ni les dirían nada, pero voy a leerles
lo que escribió en la otra hoja el propio Leonid Cherlaf. ¿Atentos?
—Sí, sí…
—La traducción, que por supuesto es perfecta, dice así —la espía comenzó a leer,
pero dirigiendo rápidos y frecuentes vistazos a sus prisioneros—: «Yo, Leonid
Cherlaf, empleado en el Ministerio del Interior ruso, en Moscú, he conseguido de
Rudolf Makirian la lista de un grupo de hombres, en el que él mismo se halla
incluido, que están traicionando a Rusia vendiendo secretos importantes y toda clase
de información general interior a los agentes americanos que están operando en
Rusia. Adjunta, está la lista de esos traidores». La lectura terminó. Marco Antonio y
Cleopatra cambiaron una mirada de desconcierto, y de nuevo miraron a Monique, que
sonreía.
—No lo entienden, ¿verdad?
—No.
—Pues está bien claro: Leonid Cherlaf escapa de Rusia con esta lista, es evidente.
¿Qué pasa entonces?
—Pues… ¿que los rusos lo persiguen?
—Exactamente. No olvidemos que Cherlaf ha asesinado a un empleado, como él
mismo, de la MVD. Así que lo persiguen. Pero, por supuesto, los servicios secretos
americanos, esto es, la CIA, los agentes de la CIA que están trabajando en Rusia,
también se enteran de lo sucedido. ¿Qué hacen? Pues, lógicamente, informan de ello
a la Central de la CIA en Langley. Allá, los analistas que son capaces de obtener
conclusiones de cualquier pequeña noticia, frase o suceso, llegan rápidamente a una
conclusión cuya lógica es indiscutible, tras preguntarse por qué ha hecho eso Leonid
Cherlaf, por qué ha escapado de Rusia tras asesinar a Rudolf Makirian: Leonid
Cherlaf ha conseguido saber los nombres de los colaboradores de Makirian en la
traición conjunta de estos hombres, y se ha fugado con esa lista. ¿Para qué quiere la
lista? La respuesta no puede tener más sentido: para obtener algún beneficio de ella.
¿Cómo? Vendiéndola. ¿A quién? Eso ya es más difícil de deducir… Pero lo cierto es
que Leonid Cherlaf anda por Europa llevando en el bolsillo una lista de nombres que

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es como una bomba para la CIA; si los rusos encuentran a Cherlaf, o este vende la
lista de rusos adictos al espionaje americano en Moscú, o a cualquier otro servicio de
espionaje, como el francés o el británico, la cosa va a ser sonada… ¿Qué tiene que
hacer entonces la CIA?
—Bueno… Encontrar a Cherlaf antes que los demás, ¿no?
—Justamente. Así que todo el sistema de espionaje americano en Europa entra en
funcionamiento, a la búsqueda de Leonid Cherlaf. Los resultados no se hacen esperar,
pero… ¡cuidado!, todo lo que se sabe por el momento es que unos cuantos rusos
están vigilando a una mujer y una niña, que evidentemente, son la mujer y la hija de
Leonid Cherlaf. ¿Dónde está Cherlaf? Eso es el que interesa, pero no aparece. En
cuanto a su mujer y su hija, viven apaciblemente en una casita cerca de la playa. Los
rusos esperan pacientemente, pero la CIA comienza a impacientarse: quieren
encontrar cuanto antes a Leonid Cherlaf. Y se les ocurre un medio que parece
infalible: hacen asesinar a su mujer y a su hija. Y en efecto, Leonid Cherlaf aparece,
el asesino lo mata también a él, se va de Marsella, y asunto terminado: Cherlaf no
abrirá la boca, no dirá a nadie lo que sabe…, lo que sabía. Lo que no sabe la CIA es
que Leonid Cherlaf tenía escritas estas dos páginas, una copia de las cuales debe de
haber sido traducida por personal del SDECE francés. ¿Me han comprendido?
—Claro que sí —murmuró Cleopatra—: la CIA, para evitar que Cherlaf vendiese
esa lista de rusos que trabaja para ella en los organismos más importantes de Moscú,
ordena asesinar a la mujer y a la hija de Leonid Cherlaf, y cuando este, tal como se
esperaba, aparece, lo asesinan también. ¿No es eso?
—Eso es exactamente. Pero, claro, la CIA no utiliza personal… corriente, sino
personal especial. ¿Realmente no saben ustedes para quién trabajan?
—No.
—Pues yo se lo diré: ustedes trabajan para la CIA.
—¡Usted está bromeando! —rio Marco Antonio.
—De ninguna manera. Lo que ocurre es que ustedes no se han enterado de ello.
Sin embargo, Homer Glendon sí se enteró. En determinado momento, supo que
estaba prestando sus… servicios especiales a la CIA, aunque él jamás se hubiese
relacionado directamente con ella. Pudo hacer buena amistad con alguien que le
informó, posiblemente un agente «normal» de la CIA, que le dijo muchas cosas.
Incluso, llegó a decirle quién era determinada espía muy famosa de la CIA. Pero
Homer Glendon era demasiado listo para demostrar a sus desconocidos contratantes
que él sabía eso. Continuó trabajando para esa agencia como si no supiese nada, pero,
bien convencido de que su oficio era muy peligroso, que también a él le pedía ocurrir
algo, informó a su madre de que si alguna vez él no volvía, o le ocurría algo, ella
podía recurrir a esa espía cuando necesitase ayuda de cualquier clase, empleando para
ello una palabra… mágica: Simón. Y en efecto, algo ha debido de ocurrirle a Homer
Glendon…, después de asesinar a Cherlaf, a su mujer y a su hija, trabajando para
los… servicios especiales de la CIA.

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—No —jadeó Marco Antonio—… ¡No!
—Sí. El hombre que mató a las Lindstrom primero y a Leonid Cherlaf después, es
Homer Glendon. Estuvo en un hotel de Cassis, el mismo en el que me he alojado yo.
Le dijeron dónde estaban las Lindstrom y lo que tenía que hacer. Y él lo hizo. Estaba
en el Hotel Plage con el nombre de Robert Lavalle. Cumplido su trabajo, Homer
Glendon se despidió del hotel, se fue a Marsella, y ya con el nombre de Homer
Glendon, tomó un avión a París. Luego no se ha sabido nada más de él. Y para
colmo, la CIA niega que Homer Glendon haya pertenecido jamás a su plantilla. En
cuanto a ustedes, que también trabajan para la CIA, recibieron instrucciones de
atacarme simulando que Homer Glendon estaba vivo y haciendo cosas por su cuenta
para conseguir determinado misterioso plan. Con eso, esperaban desconcertarme a
mí, a fin de que yo quedase convencida de que jamás Homer Glendon había tenido
nada que ver con la CIA, la cual, que me conoce bien, sabía que yo vendría a Cassis.
Pero no solo me engañaron a mí, sino también a mi jefe directo en la Central, y a mi
jefe de Sector, que en estos momentos, con toda su buena fe y cariño hacia mí, está
buscando a Homer Glendon y a su madre. Pero jamás encontrarán ni a uno ni a otra.
A la madre deben de haberla llevado lejos, dándole explicaciones fantásticas y
recomendándole que jamás vuelva a ponerse en contacto conmigo. En Cuanto a
Homer Glendon, me dirán cualquier día que lo han matado en cualquier sitio, y
asunto terminado. De este modo, yo quedaré tranquila, la CIA creerá haber impedido
que Cherlaf negociase lo que sabía, y los… servicios especiales seguirán
funcionando. Servicios especiales de asesinos… Porque ustedes prestan sus servicios
como asesinos, ¿no es así, Marco Antonio? Lo que no harían agentes secretos
«normales», lo hacen gente como ustedes y como Homer Glendon. ¿No es así?
Cleopatra parecía de piedra. Marco Antonio estaba lívido, demudado.
—Usted… usted debe… debe de confundir a Homer Glendon con… con otra
persona…
Monique Lafrance movió la cabeza. Del maletín sacó las fotografías de Homer
Glendon, y las llevó a sus entrevistados, mostrándolas a ambos, en silencio. Al ver el
rostro de Glendon, Marco Antonio se puso en pie, corrió hacia un rincón de la salita,
y comenzó a vomitar violentamente la cena que hacía poco había ingerido. Monique
lo miró, pero prestó más atención a Cleopatra, que seguía inmóvil, cada vez más
pálida.
—¿Lo reconoce? —Movió la fotografía.
—Sí —dijo la muchacha asesina con un hilo de voz—… Este es el hombre que
nosotros… que Marco Antonio y yo matamos en París.
—¿Lo mataron? —exclamó Monique.
—Recibimos… recibimos una fotografía de él. En el dorso se nos indicaba su
nombre, el vuelo en el que llegaría a Orly procedente de Marsella… Sabíamos lo que
eso significaba, así que fuimos a matarlo.
—Por el amor de Dios… ¿Se dan cuenta de lo que eso significa? ¡Han matado a

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un compañero de ustedes! ¡Las personas que les pagan a ustedes y que acababan de
pagarle a él por asesinar a un hombre, una mujer y una niña en Marsella, les pagaron
a ustedes para que lo quitaran de en medio! ¡Eso es lo que ha ocurrido!
En el rincón, Marco Antonio arreció en su espantosa vomitera, que ahora
comprendía perfectamente la espía internacional: no había por menos que para
vomitar al enterarse de que la «agencia» que los tenía contratados les había encargado
el asesinato de otro de sus… empleados…, que a su vez regresaba de cometer tres
asesinatos… Hasta un asesino profesional tenía que sentir revuelto el estómago ante
estos hechos ya indiscutibles.
Por fin, Marco Antonio dejó de vomitar. Ya no le quedaba nada en el estómago.
Se acercó al sofá, y se dejó caer en él, pasándose un pañuelo por el rostro
desencajado y sudoroso.
—Usted… usted trabaja para la CIA, ¿no es cierto? —murmuró Cleopatra, que se
conservaba más serena, más fría, pese a todo.
—Sí.
—¿Y qué piensa hacer? ¿Qué piensa hacer con nosotros?
—Le diré lo que pienso hacer: enviaré a la Central las dos hojas en las que Leonid
Cherlaf escribió lo que tanto temían. De este modo, la CIA sabrá que me he enterado
de todo…, y que el SDECE conoce a sus hombres rusos en Moscú, a los traidores que
trabajan para la CIA… Luego, la CIA que haga lo que quiera. Pero si tienen un
mínimo de vergüenza, jamás volverán a llamarme para que trabaje para ellos. Aun
así, no les traicionaré, me las arreglaré para que el servicio secreto francés no sepa la
asquerosa verdad de estos servicios especiales de los que ustedes forman parte.
—¿Y qué hacemos nosotros?
—¿Ustedes? Querida, ¿qué podría decirles…? De acuerdo a mis normas de
conducta desde hace muchos años, yo debería matarlos a los dos, pero no vale la
pena. Después de lo ocurrido, solo tengo que esperar a que la CIA envíe a cualquiera
de sus empleados en los servicios especiales para eliminarlos a ustedes, porque así
convenga, como en el caso de Homer Glendon, que conocía demasiado la
podredumbre de esos servicios especiales… Solo tengo que esperar.
—Pero nosotros… no sabíamos que Homer Glendon… trabajaba para la misma…
agencia que nosotros.
—¿Cuál es la diferencia? Son unos asesinos, eso es todo. Los están utilizando, y
cuando sepan demasiado o cometan un fallo demasiado grande…, como ha sido este
de permitirme saber tantas cosas, pues… los eliminarán. ¿Dónde está el cadáver de
Glendon?
—En el fondo del mar. Lo… lo metimos en un bloque de cemento, y…
—No sigan, es suficiente. Bien, pueden marcharse. Afuera está su camioneta:
suban a ella y desaparezcan de mi vista.
—Pero… pe-pero… si usted es de la CIA, y me dice que nosotros también lo
somos… debería hacer algo…

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—¿Yo?
—¡Claro!
—De acuerdo: suplicaré a la CIA que cuando les toque el turno utilicen con
ustedes cemento de primera calidad. Adiós. Afuera hay amigos míos, pero no teman,
nadie les tocará: les dejaran partir tranquilamente hacia su destino… que,
ciertamente, no les envidio.
Marco Antonio y Cleopatra todavía vacilaron unos segundos. Pero, finalmente,
salieron de la casita. Desde una ventana, Monique Lafrance los vio subir a la
camioneta, y alejarse. Entonces, fue a sentarse en un sillón. Tenía que pensar en qué
iba a decirle a André Piret cuando este entrase, cosa que ocurriría antes de un minuto.
Pero no le preocupaba esto demasiado, pues sabía que encontraría una explicación
razonable que lo explicase todo oficialmente para el SDECE, aunque quizás ella, más
adelante, diese la verdadera versión a Monsieur Nez. Quizás. Y ello, porque
comprendió que si la CIA contaba con aquellos «servicios especiales», también debía
de contar con ellos el SDECE y los demás servicios de espionaje… No, Monsieur
Nez no se escandalizaría, desde luego. Ni ella tampoco, porque en el fondo, desde el
primer momento, había estado presintiendo algo así de escalofriante, de extraño y
extraordinario…
Se estremeció.
La noche era clara, serena, tibia. Pero Brigitte Baby Montfort se estremeció a
impulsos de aquel intenso frío interior. Fue entonces cuando recordó que el sol del
Mediterráneo la estaba esperando en cierto lugar llamado Villa Tartaruga…

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Este es el final
Se volvió de lado, para contemplar a Número Uno, que parecía dormido
profundamente sobre la toalla de alegres colores extendida en el césped junto a la
piscina de Villa Tartaruga. Acercó un dedito a la barbilla de él, y lo deslizó
suavemente…
Número Uno abrió los ojos, y volvió la cabeza hacia ella.
—Creí que dormías —musitó Brigitte Montfort.
—Supongo que sí estaba dormido. Pero como los gatos: la más leve caricia los
despierta.
—No debes dormirte al sol, mi amor. No es bueno.
—La verdad es que no dormía. Estaba pensando… en todo lo que me contaste
cuando llegaste ayer.
—Oh, qué decepción…
—¿Decepción? ¿Por qué?
—Me habría gustado más que hubieses estado soñando conmigo.
—Ese es mi sueño más frecuente —aseguró Número Uno.
—No te he contado el que tuve yo en Nueva York hace días, ¿verdad?
—Pues no —se interesó Uno—… ¿Qué sueño fue ese?
Brigitte suspiró profundamente. Estaban al sol, esta vez de verdad, no era un
sueño. El sol del Mediterráneo, juntos, mirándose a los ojos… desnudos, como tantas
veces. Él, con aquel color de barro cocido en su dura piel; ella, con su tono dorado de
seda y oro en su piel tan fina y tersa…
—Soñé que estábamos juntos aquí, y tú estabas tan dormido que no te dabas
cuenta de que yo te deseaba. Entonces, fui a la piscina, y cuando salí de debajo del
agua, tú estabas allí, esperándome. Te metiste también en la piscina, fuimos hacia
aquella parte del jardín, y allí, bajo unos arbustos de flores, nos amamos… Bueno, no
tanto como yo habría deseado, porque entonces, Peggy me despertó.
Número Uno estuvo unos segundos mirándola fijamente. Luego, se puse en pie, le
tendió una mano, y la ayudó a ponerse en pie. Fueron hacia la piscina, se lanzaron los
dos al agua, y nadaron hacia el otro extremo. Sobre ellos, el sol relució en miles de
soles sobre las gotas de agua que se deslizaban por sus cuerpos cuando salieron de la
piscina. Número Uno tomó una mano de Brigitte, y fue hacia el interior del jardín
hasta encontrar unos arbustos que le parecieron adecuados. Se metió bajo ellos,
siempre tirando de la mano de Brigitte, en cuyo rostro pusieron caricias algunas
flores.
—¿Era un sitio como este? —murmuró Uno.
—Yo diría… que casi… es el mismo sitio…
—¿Casi? ¿Qué le falta?
—Le falta… que estemos… abrazados besándonos…
Número Uno la alzó en brazos, para depositarla acto seguido en el suelo. Se

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tendió junto a ella, deslizó sus manos por la fresca piel, y trago saliva cuando las
manos de ella también iniciaron las caricias soñadas. Cuando puso una mano sobre el
seno izquierdo de Brigitte notó el fuerte latir del corazón…, que aumentó aún más el
ritmo cuando acercó su boca a la de ella.
Cuando la besó, Brigitte emitió un ahogado gemido, y se abrazó fuertemente a él,
comenzando la entrega de su intenso amor. Era todo tan hermoso que parecía un
sueño…
Pero esta vez no era un sueño.
La realidad, a veces, también puede ser hermosa.
Y esto lo saben perfectamente todos aquellos que saben dar y recibir amor.

FIN

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Notas

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[1]Monsieur Nez (Señor Nariz) es uno de los más antiguos amigos de la agente Baby,
al que esta ha ayudado en no pocos apuros en que se hallaba el espionaje francés. Ha
aparecido en varias aventuras de la espía internacional. <<

[Link] - Página 75

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