ADORACIÓN FALSA
Levítico 10: 1-11.
"Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron
en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de
Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó.
Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de
Jehová.
Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los
que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré
glorificado. Y Aarón calló.
Y llamó Moisés a Misael y a Elzafán, hijos de Uziel tío de Aarón, y les dijo:
Acercaos y sacad a vuestros hermanos de delante del santuario, fuera del
campamento. Y ellos se acercaron y los sacaron con sus túnicas fuera del
campamento, como dijo Moisés.
Entonces Moisés dijo a Aarón, y a Eleazar e Itamar sus hijos: No descubráis
vuestras cabezas, ni rasguéis vuestros vestidos en señal de duelo, para que
no muráis, ni se levante la ira sobre toda la congregación; pero vuestros
hermanos, toda la casa de Israel, sí lamentarán por el incendio que Jehová
ha hecho.
Ni saldréis de la puerta del tabernáculo de reunión, porque moriréis; por
cuanto el aceite de la unción de Jehová está sobre vosotros. Y ellos hicieron
conforme al dicho de Moisés.
Y Jehová habló a Aarón, diciendo: Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni
sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis;
estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir
entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para enseñar a
los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de
Moisés."
Al meditar sobre las ordenanzas del ritual Mosaico, una cosa en particular
golpea la mente, a saber, la manera notablemente celosa en que Dios se
cercó a Su alrededor para evitar la proximidad del hombre como tal. Es
saludable para el alma ponderar esto. Nosotros estamos en gran peligro
de admitir en nuestras mentes un elemento de familiaridad profana
cuando pensamos en Dios, que el diablo puede utilizar de una manera
muy perniciosa y para un fin muy malvado. Es un principio fundamental
de la verdad, que en la proporción en que Dios es exaltado y reverenciado
en nuestros pensamientos, nuestro andar a través de la vida será
moldeado de acuerdo con lo que Él ama y manda; en otras palabras, hay
un fuerte vínculo moral entre nuestra estimación de Dios y nuestra
conducta moral. Si nuestros pensamientos de Dios son bajos, baja será
nuestra norma de andar Cristiano; si son altos, el resultado será en
conformidad. De este modo, cuando Israel, al pie del monte Horeb,
"cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba" (Salmo
106:20), las palabras del Señor fueron, "tu pueblo que sacaste de la tierra
de Egipto se ha corrompido." (Éxodo 32:7). Tengan presente esas
palabras, "se ha corrompido." Ellos no pudieron hacer otra cosa, cuando
sus pensamientos de la dignidad y majestad de Dios cayeron tan bajo
como para imaginar, por un momento, que Él era parecido a "un buey que
come hierba."
Similar es la enseñanza de Romanos 1. Allí el apóstol nos muestra que la
razón de todas las abominaciones de las naciones Gentiles debe buscarse
en el hecho de que "cuando conocieron a Dios, no le glorificaron como a
Dios" (Romanos 1:21); ellos se corrompieron. Este es un principio que
posee una vasta influencia práctica. Si nosotros intentamos rebajar a Dios,
tenemos necesariamente que rebajarnos nosotros mismos; y aquí se nos
proporciona una llave por medio de la cual podemos interpretar toda
religión. Existe un vínculo inseparable entre el carácter del dios de
cualquier religión y el carácter de sus devotos, y Jehová le estaba
recordando constantemente a Su pueblo el hecho de que la conducta de
ellos tenía que ser la consecuencia de lo que Él era. "Yo soy Jehová tu Dios,
que te saqué de la tierra de Egipto", etc. (Éxodo 20:2), "seréis, pues,
santos, porque yo soy santo." (Levítico 11:45). Y exactamente similar es la
palabra del Espíritu para nosotros: "todo aquel que tiene esta esperanza
en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro." (1 Juan 3:3).
Este principio, yo pienso, nos lleva muy por encima de los puntos de vista
meramente sistemáticos de la verdad; no es en absoluto un asunto de
mera doctrina. No; él nos lleva de inmediato a los profundos rincones del
alma, para ponderar allí, como estando bajo el ojo penetrante, celoso, de
Aquel que es Tres veces Santo, la estimación que nosotros, como
individuos, nos estamos formando diariamente y continuamente de Él. Yo
siento que no podemos rehusar impunemente prestar atención
seriamente a este importante punto de la verdad; se hallará que contiene
mucho del secreto de nuestro débil andar y de nuestro lamentable
amortecimiento. Dios no es exaltado en nuestros pensamientos; Él no
tiene el lugar supremo en nuestros afectos; en lo que respecta a la
mayoría de nosotros, el 'yo', el mundo, nuestra familia, nuestros empleos
diarios, han derribado a nuestro Dios clemente del trono de nuestros
afectos, y han privado a Uno que murió para salvarnos, del homenaje
comprado por sangre que debe proceder de nuestros corazones. Siendo
este el caso, ¿podemos esperar florecer? ¡Ah! no; el labrador que entrega
su tiempo y sus pensamientos a otra cosa durante el tiempo de la
primavera, en vano buscará una cosecha dorada; él segará torbellino
(Oseas 8:7), como mucho lo están haciendo ahora.
Los primeros versículos de este capítulo proporcionan una ilustración
verdaderamente aterradora de la justicia inflexible y abrasadora de Dios;
ellos suenan en nuestros oídos como con una voz de trueno. "Yo soy
Jehová tu Dios; Dios celoso." (Éxodo 20:5). Nadab y Abiú, como si fuera el
día anterior, estuvieron delante del Señor, - vestidos con sus vestiduras
de honra y hermosura, lavadas en la sangre, hechos cercanos a Dios,
hechos Sus sacerdotes, habían pasado a través de todas las ceremonias
solemnes de investidura de su cargo sacerdotal. Sí, todo esto ocurrió nada
más que el día anterior, y hoy ellos son consumidos por el fuego de
Jehová, y se les ve caer de su alta elevación - un espectáculo para los
hombres y los ángeles del hecho de que mientras mayor es el privilegio,
mayor es la responsabilidad, y mayor, también, el juicio si no se cumple
plenamente con esa responsabilidad.
Nosotros podríamos preguntar, ¿cuál fue su pecado? ¿Fue un homicidio?
¿Mancharon ellos las cortinas del tabernáculo con sangre humana? ¿O fue
algún otro pecado abominable, del cual el sentido moral huye? No; fue un
pecado con el cual el bendito Dios es afligido por multitudes de
profesantes en este momento - fue ¡adoración falsa! "Nadab y Abiú, hijos
de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego,
sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego
extraño, que él nunca les mandó." (Levítico 10:1). "Fuego extraño." Aquí
estaba el pecado de ellos. Vemos aquí a hombres aparentemente
dedicados a preparar la adoración a Dios; allí está el fuego, el incienso, y
el sacerdote, y, observen, ellos no eran sacerdotes falsos y espurios, sino
hijos verdaderos de Aarón. miembros de una casa sacerdotal realmente
separada, vestidos con las vestiduras sacerdotales divinamente
designadas; con todo, sin embargo, heridos de muerte, ¿y por quién? ¡por
Aquel que nosotros llamamos Dios y Padre nuestro! ¡Cuán terriblemente
solemne! Sí, y el hecho recibe una solemnidad aumentada en nuestra
opinión, cuando recordamos que el fuego que consumió a estos falsos
adoradores vino desde encima del "propiciatorio." Este fuego no vino
desde la cima del Monte Sinaí, sino "de la presencia de Jehová" (Levítico
10:2 - VM), quien moraba "sobre el propiciatorio... entre los dos
querubines." (Éxodo 25:22). No se puede jugar con Dios. Incluso desde el
trono de la gracia vendrá el fuego, para dejar postrados a quienes vienen
delante de él en cualquier otra forma que no sea la forma divinamente
designada. Ellos "murieron delante de Jehová." ¡Terrible anuncio! "¿Quién
no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo;
por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se
han manifestado." (Apocalipsis 15:4).
Preguntemos, entonces, qué fue el "fuego extraño" que hizo descender
semejante juicio terrible sobre esos sacerdotes, y, para determinar esto
más claramente, sólo es necesario que volvamos nuestra atención por un
momento a la adoración verdadera y a los elementos que la componían,
en el capítulo 16 de este libro. Encontramos los elementos de la adoración
verdadera puestos ante nosotros en la siguientes palabras: "tomará un
incensario lleno de brasas de fuego de sobre el altar que está delante de
Jehová; tomará también sus dos puños llenos de incienso aromático, bien
molido, y lo traerá adentro del velo; y pondrá el incienso sobre el fuego,
delante de Jehová, para que la nube del incienso cubra el Propiciatorio
que está sobre el Arca del Testimonio, para que él no muera." (Levítico
16: 12, 13 - VM). Vemos aquí que los elementos que componían la
adoración verdadera eran dos, a saber, fuego puro e incienso puro. Debe
ser fuego encendido recién tomado del altar de Dios, donde era
alimentado perpetuamente mediante el sacrificio de la propia designación
de Dios. La doctrina de esto es muy evidente. Sobre el altar de Dios se ve,
día y noche, un fuego ardiendo, expresando, en la perspectiva de la fe, la
inflexible santidad de la naturaleza Divina alimentándose en el sacrificio
de Cristo. De nuevo, el incienso debe ser puro, pues "No ofreceréis sobre
él incienso extraño" (Éxodo 30: 7-9); es decir, debe ser aquello en lo que
Dios se pueda deleitar, y de Su propia designación, no lo que es conforme
a nuestros propios pensamientos, pues era solamente incienso puro el
que podía ofrecer un material adecuado como alimento del fuego puro
ardiendo tomado del altar. De esta manera, nuestra adoración, para ser
pura, debe poseer estas dos cualidades: Cristo constituye el material de
ella, y el Espíritu solo debe encender la llama. Esto es adoración
verdadera. Cuando nuestras almas son realmente felices en la
contemplación de Cristo y Su preciosa expiación, conducidos a esa
contemplación por el Espíritu Santo, sólo entonces somos capaces de
adorar "en espíritu y en verdad." (Juan 4:24). "Mientras meditaba, se
encendió el fuego." (Salmo 39:3 - LBLA). Mientras nuestras almas meditan
acerca de Jesús, nuestro incensario hace subir su nube de incienso
aceptable sobre el propiciatorio. "Dios es espíritu; y es necesario que los
que le adoran, le adoren en espíritu y en verdad." (Juan 4:24 - RVA).
Ahora bien, la adoración falsa es exactamente lo opuesto a todo esto. ¿Qué
es esta adoración falsa? Ella está compuesta por una variedad de
elementos, pensamientos carnales, sentimientos animales, incitados por
cosas externas, por un ceremonial impuesto, por rituales placenteros, por
una sombría luz religiosa, por música agradable, por pompa y
circunstancia. Estos son los elementos de la adoración falsa, y se oponen a
la sencilla adoración del santuario interior, el "carbón encendido", y el
"incienso puro." Y al considerar la Cristiandad en este momento, ¿no
vemos numerosos altares humeando con este fuego impuro e incienso
impuro? ¿No vemos los más profanos materiales consumidos sobre
muchos incensarios, y el humo que sale de ellos subiendo como un insulto
más bien que como olor grato para Dios? Verdaderamente sí lo vemos, y
es necesario que nosotros cuidemos bien la condición de nuestros
corazones, para que no seamos llevados a ese mismo mal, pues podemos
estar seguros que nadie que juegue con Dios de este modo escapará con
impunidad.
Observemos ahora el efecto de esto sobre Aarón. "Entonces Moisés dijo a
Aarón: —Esto es lo que habló Jehovah diciendo: "Me he de mostrar como
santo en los que se acercan a mí, y he de ser glorificado en presencia de
todo el pueblo." Y Aarón calló. (Levítico 10:3 - RVA). "Enmudecí, no abrí
mi boca, Porque tú lo hiciste." (Salmo 39:9). Aarón vio la mano de Dios en
esta escena solemne delante de él, y permaneció en silencio; no se le
escapa ni un solo murmullo; 'es Jehová', y, 'Él se mostrará como santo en
los que se acercan a Él.' "Dios es temible en la gran asamblea de los
santos; formidable sobre todos cuantos están a su alrededor." (Salmo
89:7 - RVA). Hay algo inefablemente grande y horrible en esta escena;
Aarón está en silencio solemne delante de Dios; sus dos hijos vivos a un
lado, y sus dos hijos muertos al otro. ¡Qué ejemplo de la inflexible justicia
de Dios! Los cuerpos de estos dos hombres fueron, como aparece,
quemados por fuego, pero sus vestiduras sacerdotales estaban intactas,
pues Moisés les dijo a sus primos que se acercaran y los sacaran; y
"alzándolos como estaban, con sus túnicas puestas, los sacaron fuera del
campamento." (Levítico 10:5 - VM). Aprendemos aquí una lección
solemne: nosotros podemos, por medio de la desobediencia, rebajarnos a
una condición tal que no quedará nada más que la forma exterior, como
se ve en las "túnicas" de los hijos de Aarón. Si alguno hubiese mirado bajo
estas túnicas, ¡él solamente habría visto los cuerpos destruidos de los dos
sacerdotes! La esencia, la realidad, ya no estaba; nada quedó sino la
envoltura exterior: tal es una "apariencia de piedad" sin el poder (o la
eficacia de ella) (2 Timoteo 3:5), tener nombre como de quien vive, pero
estar muerto. (Apocalipsis 3:1).
Señor, ¡guárdanos muy solemnes y vigilantes, porque nosotros no
conocemos nada de nuestras alarmantes capacidades para el mal hasta
que somos llevados a circunstancias en que ellas se desarrollan! Nosotros
podemos retener la apariencia exterior de sacerdotes, la fraseología de
adoración, el conocimiento del mobiliario de la casa de Dios, y, después de
todo, ¡estar vacíos de piadosa realidad y de poder piadoso en nuestras
almas! ¡Oh, lector, que nuestra adoración sea pura, que nuestros
corazones sean sencillos en cuanto al objeto de ellos, tengamos el incienso
y el fuego puros, y recordemos siempre que 'Dios es temible en la gran
asamblea de Sus santos.' Observaría aquí que, al considerar a Aarón y sus
dos hijos estando ante los cuerpos muertos, nos recordamos
forzosamente del último capítulo de Isaías, un capítulo verdaderamente
solemne: "Y saldrán, y mirarán los cadáveres de los hombres que se
rebelaron contra mí; cuyo gusano no morirá, y su fuego nunca se apagará;
y serán un objeto de horror para toda carne." (Isaías 66:24 - VM).
Pero nosotros somos llamados ahora a contemplar el principio de verdad
más hermoso en el pasaje entero. "Dijo también Moisés a Aarón y a sus
hijos, Eleazar e Itamar: No descubráis vuestras cabezas, ni rasguéis
vuestras vestiduras, no sea que muráis, y estalle la ira contra toda la
Congregación: mas vuestros hermanos y toda la casa de Israel lamenten el
incendio que ha hecho Jehová. Y no salgáis de la entrada del Tabernáculo
de Reunión, no sea que muráis; porque el aceite de la unción de Jehová
está sobre vosotros. Y ellos hicieron conforme a la palabra de Moisés."
(Levítico 10: 6, 7 - VM). Cuando uno entra en el cargo del sacerdocio, uno
es sacado de la región de influencia de la naturaleza, y ya no debe ceder a
sus demandas. Esto es ejemplificado por Aarón. Los lazos naturales
habían sido interrumpidos violentamente. Se había formado un
melancólico vacío en sus afectos, con todo, él no debe ser influenciado en
lo más mínimo por todo lo que había sucedido delante de él; ¿y, por qué?
Porque "el aceite de la unción de Jehová" estaba sobre él.
Ciertamente esta es una lección práctica para nosotros. ¿Por qué la
naturaleza tiene tanto poder sobre nosotros? ¿Por qué las circunstancias
y conexiones terrenales tienen tanta influencia sobre nosotros? ¿Por qué
somos tan afectados por las cosas que están pasando a nuestro alrededor,
por las vicisitudes de esta escena terrenal? ¿Por qué las meras demandas
y los meros lazos de la naturaleza influyen tan inmoderadamente en
nosotros? Porque no permanecemos como debemos en el tabernáculo,
con "el aceite de la unción de Jehová" sobre nosotros. Aquí está la causa
real de todo el fracaso. No tomar conciencia de nuestro lugar sacerdotal,
de nuestra dignidad sacerdotal, de nuestros privilegios sacerdotales. De
ahí que nos dejemos llevar tanto por las cosas presentes, y que se nos
haga descender de nuestra alta elevación como "reyes y sacerdotes para
Dios." (Apocalipsis 1:6).
Entonces, que nosotros podamos ser estimulados por este pasaje, por este
solemne pasaje de la Palabra, ¡para buscar más y más la santa elevación
de mente expresada en las palabras, "No descubráis vuestras cabezas."!
(Levítico 10:6) ¡Que podamos entrar más profundamente en el
pensamiento de Dios acerca de las cosas presentes, y en nuestro propio
lugar en eso! ¡Dios lo conceda, por amor de Su Hijo amado!