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MARTES 1️6 DE ENERO DE 2024.
Martes de la II semana del tiempo ordinario feria // Misa de la feria, prefacio
común.
1️ª Lectura: 1️Sm 1️6,1️-1️3; Salmo: Sal 88; Evangelio: Mc 2,23-28.
LAS IDOLATRÍAS RELIGIOSAS
Durante el exilio de los judíos en Babilonia, el sábado era la única fiesta que ellos
podían celebrar libremente. Por lo tanto, adquirió un significado crucial. Llegó a ser
un símbolo de la identidad judía y las reglas que gobernaban su celebración
empezaron a observarse rígidamente, esto los llevó a una especie de idolatría del
sábado. En el Evangelio de hoy, Jesús y sus discípulos desafían esa idolatría con
su comportamiento. Cuando los fariseos critican a sus discípulos, Jesús contesta
no atacando, sino razonando de manera muy hábil. Por una parte, propone una
analogía entre la libertad de sus discípulos y el ejemplo de David y sus guerreros (1️
Sam 21️, 1️-6); y, por otra parte, pronuncia su autoridad por encima del sábado. Hoy
tenemos que desafiar las idolatrías, también las religiosas, con nuestros ejemplos y
nuestras palabras claras.
LITURGIA DE LAS HORAS: de la feria.
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PRIMERA LECTURA
David fue ungido rey de Israel delante de sus hermanos y el espíritu del Señor
estuvo con él.
Del primer libro de Samuel: 1️6, 1️-1️3
En aquellos días, dijo el Señor a Samuel: “¿Hasta cuándo vas a estar triste por
Saúl? Yo ya lo rechacé y él no reinará más sobre Israel. Ve a la casa de Jesé, en
Belén, porque de entre sus hijos me he escogido un rey. Llena, pues, tu cuerno de
aceite para ungirlo y vete.” Pero Samuel le replicó: “¿Cómo voy a ir? Si Saúl se
entera, me matará.” El Señor le respondió: “Lleva contigo una ternera y di: Vengo a
ofrecer un sacrificio al Señor. Invita a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que has de
hacer. Luego ungirás al que yo te señale.” Hizo Samuel lo que el Señor le había
dicho. Cuando llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron a recibirlo temerosos
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y le preguntaron: “¿Vienes en son de paz?” Les respondió: “Sí. Vengo a ofrecer un
sacrificio al Señor. Purifíquense y vengan conmigo al sacrificio.” Luego purificó a
Jesé y a sus hijos y los invitó también al sacrificio. Cuando se presentaron ante él,
al ver a Eliab, el hijo mayor de Jesé, Samuel pensó: “Este es, sin duda, el que voy
a ungir como rey.” Pero el Señor le dijo: “No te dejes impresionar por su aspecto ni
por su gran estatura, pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el
hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones.”
Entonces, Jesé llamó a su hijo Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel, el cual le dijo:
“Tampoco a éste lo ha escogido el Señor.” Jesé hizo pasar a Samá, pero Samuel le
dijo: “A éste tampoco lo ha elegido el Señor.” Así fueron pasando ante Samuel siete
de los hijos de Jesé; pero Samuel dijo: “Ninguno de éstos es el elegido del Señor.”
Luego le preguntó a Jesé: “¿Son estos todos tus hijos?” Él respondió: “Falta el más
pequeño, que está cuidando el rebaño.” Samuel le dijo: “Hazlo venir, porque no nos
sentaremos a comer hasta que llegue.” Y Jesé lo mandó llamar. El muchacho era
rubio, de ojos vivos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: “Levántate
y úngelo, porque éste es.” Tomó Samuel el cuerno con el aceite y lo ungió delante
de sus hermanos. A partir de aquel día, el espíritu del Señor estuvo con David.
Samuel se despidió y regresó a Ramá.
COMENTARIO
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En sustitución de Saúl, Dios elige a David, el hijo menor de Jesé. Erróneamente,
Samuel piensa que la estatura calificaría a Eliab para el reinado, como fue el caso
con Saúl (9,2; 1️0,23), pero de nuevo se manifiesta la tendencia del Señor a escoger
lo humilde. El hecho de que el menor, David, haya sido pastor desde su infancia lo
cualificará después para su futura función de pastor de Israel. La unción se realiza
en secreto, ya que Saúl aún sigue reinando; el espíritu del Señor acompaña a David.
Siglos después, el nacimiento de Jesús, descendiente de David, se presentará en
Belén (Mt 2,1️; Lc 2,1️-20).
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SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 88,20.21️-22.27-28.
R/. HE ENCONTRADO A DAVID, MI SERVIDOR.
Hablando tú en visión a tus amigos un día les dijiste: “He escogido a un valiente de
mi pueblo y he ceñido a sus sienes la corona.” R/.
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He encontrado a David, mi servidor, y con mi aceite santo lo he ungido. Lo sostendrá
mi mano y le dará mi brazo fortaleza. R/.
Él me podrá decir: “Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva.” Y yo
lo nombraré mi primogénito sobre todos los reyes de la tierra. R/.
COMENTARIO
Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey el gran tipo
de Cristo. Él es verdaderamente el primogénito del Padre, su trono es eterno, vence
a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es el Ungido que recibe una
descendencia perpetua. La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la
afrenta y la derrota, lo hizo entrar en la zona de la cólera divina, en la dimensión
contada del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejó bajar hasta la muerte.
¿Dónde quedaba la misericordia y la fidelidad del Padre? Todos los títulos y todos
los poderes se los da el Padre a su Hijo, de modo nuevo y definitivo, en la
resurrección. A esta luz resplandecen más el poder cósmico y el poder histórico de
Dios; se ve que la ira y el castigo eran limitados; a esta luz comprendemos
finalmente y cantamos en un himno cristiano «la misericordia y la fidelidad de Dios».
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EVANGELIO
El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.
Del santo Evangelio según san Marcos: 2, 23-28
Un sábado, Jesús iba caminando entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron
a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le preguntaron: “¿Por qué hacen
tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?” Él les respondió: “¿No
han leído acaso lo que hizo David una vez que tuvo necesidad y padecían hambre
él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote
Abiatar, comió de los panes sagrados, que sólo podían comer los sacerdotes, y les
dio también a sus compañeros.” Luego añadió Jesús: “El sábado se hizo para el
hombre, y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del
sábado.”
COMENTARIO
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Esta controversia y la próxima se centran en el sábado. Por un lado, algunos
fariseos exigen la perfecta observancia de este día sagrado y no permiten preparar
comida ni sanar a nadie, ¡aunque ellos busquen la muerte del Mesías precisamente
en día sábado! (3,6). Por otro lado, Jesús y su comunidad enseñan que el ser
humano no está sometido al señorío esclavizante del sábado, sino que -por designio
divino- este fue instituido para garantizar el descanso de personas y animales (Ex
23,1️2), reconocer al Creador por los bienes que otorga (Gn 2,1️-3) y celebrar el don
de la alianza (Éx 31️,1️2-1️8). Desde su origen, por tanto, el sábado está al servicio
del ser humano y de la alabanza a Dios. Jesús invita a poner las cosas en su lugar
(Mc 2,27; 3,4). Cuando desde el plan de Dios revelado por el Hijo se denuncian los
poderes que oprimen a las personas, el discípulo y la comunidad -al igual que su
Maestro- deberán estar dispuestos a enfrentar la confabulación y persecución de
los que busquen silenciar su voz (3,6).
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MEDITACIÓN
LA DOCTRINA DE JESUS
«Jesús, Maestro, tú solo "tienes palabras de vida eterna"» (Jn 6, 68).
1️.Las verdades que Jesús enseña son tan importantes, tan esenciales, que el
conocerlas o no, el prestarles fe o negársela es cuestión de vida o muerte; la suya
no es una doctrina facultativa, sino de tal modo necesaria que sin ella no se puede
llegar a la vida eterna. «Quien cree en el Hijo posee vida eterna. Quien no cree ya
está juzgado, porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios» (Jn 6, 36.
1️8). Frente a las verdades que enseña Jesús, todas las otras valen bien poco.
Y justamente porque su doctrina es absolutamente indispensable, Jesús, para
ayudar a los hombres a prestarle fe, ha demostrado su verdad con milagros. A los
judíos obstinados que no querían creer en él les decía: «estas mismas obras que
hago testifican acerca de mí que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36); y en otra
ocasión añadía: «Ya que a mí no me creéis, creed a mis obras» (Jn 1️0, 38). Y
cuando los discípulos del Bautista fueron a preguntarle si era él el Mesías en quien
habían de creer, Jesús dijo sencillamente: «Id y anunciad a Juan lo que oís y veis:
Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los muertos son
resucitados. (Mt 1️1️, 4-5). El Evangelio, cuando narra los prodigios del Señor, casi
siempre concluye con expresiones como ésta: "y sus discípulos creyeron en él», o
bien: «muchos creyeron en él» (Jn 2, 1️1️; 1️1️, 45), «todos se maravillaban y
glorificaban a Dios» (Mc 2, 1️2). Jesús es el único Maestro que puede garantizar con
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milagros la verdad de su doctrina: «con palabras y obras, signos y milagros..., lleva
a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino» (DV 4).
2. Jesús quiere que su doctrina sea comprendida por todos, aun por los sencillos e
ignorantes; y aun insiste en decir que ha venido en particular a anunciar a los pobres
la buena noticia» (Lc 4, 1️8). Jesús no es un maestro que busque gloria o aplausos;
busca únicamente el bien de sus discípulos: usa un lenguaje sencillo que todos
puedan entender y se sirve de las cosas más humildes y comunes para enseñar las
verdades más sublimes, como cuando, por ejemplo, toma del agua del pozo, para
hablar del agua viva de la gracia, o de las vides del campo para explicar el misterio
de nuestra unión con él, vid verdadera. Jesús no espera que se le vaya a buscar,
sino que es un maestro que va en busca de sus discípulos buscándolos
dondequiera: en el banco de los alcabaleros, en las casas y en los círculos de los
publicanos, por las calles, por las plazas, en los campos; enseña en las sinagogas
y en la puerta del templo, lo mismo que desde la barca de Pedro o desde los ribazos
verdes de los montes; acoge de noche a Nicodemo y se detiene junto al pozo de
Siquem para esperar a la Samaritana. Jesús expone su doctrina de modo adaptado
no sólo a la mentalidad y a las necesidades de las turbas de Palestina, sino también
a las de todas las generaciones futuras; por eso su palabra es siempre viva, actual,
apropiada a las necesidades de cada tiempo y de cada persona. Frente a su
enseñanza se forman dos grupos. El de los hombres soberbios y obstinados, que
no han querido creer ni siquiera a los más estrepitosos milagros; de ellos dice Jesús:
«Si yo no viniera y les hablara, no tuvieran pecado; mas ahora no tienen excusa de
su pecado (Jn 1️5, 22). El de los hombres rectos, sinceramente deseosos de la
verdad, que han acogido su palabra con fe y amor. Jesús se complace de ello y
dice: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas
cosas a los sabios y prudentes y las descubriste a los pequeñuelos» (Mt 1️1️, 25).
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ORACIÓN
¡Oh Jesús! Tú eres el dulce maestro que has subido a la cátedra para enseñarnos
la doctrina de la verdad, y el alma que la sigue no puede caer en las tinieblas.
Eres el camino por el que vamos a esa escuela, es decir, a seguir tus obras. Así has
dicho: “Yo soy Camino, Verdad y Vida.” Y así es en verdad, porque el que te sigue,
oh Verbo, con la verdadera y santa pobreza, humilde y manso, tolerando toda injuria
y sufrimiento, con verdadera y santa paciencia, aprendiendo de ti, dulce Maestro,
que eres su camino, hace a todos bien a cambio de mal; y ésta es tu doctrina.
¡Oh dulce Maestro!, bien nos has enseñado el camino y la doctrina, y bien dijiste
que eres Camino, Verdad y Vida. Por eso el que sigue tu camino y tu doctrina, no
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puede tener en sí la muerte, sino que recibe en sí vida perdurable; y no hay demonio,
ni criatura, ni injuria recibida que se la pueda quitar, si él no quiere. (Santa Catalina
de Sienna. Epistolario, 1️01️, v. 2).
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CONTEMPLACIÓN
¡Oh Señor, Dios mío, y cómo tenéis palabras de vida, adonde todos los mortales
hallarán lo que desean, si lo quisiéremos buscar! Mas ¡qué maravilla, Dios mío!, que
olvidemos vuestras palabras con la locura y enfermedad que causan nuestras malas
obras!... ¿Qué es esto, Señor?... ¡Oh, qué gran ceguedad, que le busquemos en lo
que es imposible hallarle! Habed piedad, Creador, de estas vuestras criaturas. Mirad
que no nos entendemos, ni sabemos lo que deseamos, ni atinamos lo que pedimos.
Dadnos, Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego que lo era de su
nacimiento, que éste deseaba ver la luz y no podía. Ahora, Señor, no se quiere ver...
Dadnos, Dios mío, Vos a entender qué es lo que se da a los que pelean varonilmente
en este sueño de esta miserable vida... ¡Oh desventurados de nosotros, Señor!, que
bien lo sabemos y creemos, sino que, con la costumbre tan grande de no considerar
estas verdades, son tan extrañas ya de las almas, que ni las conocen ni las quieren
conocer. (Santa Teresa de Jesús. Excl. 8. 1️-2; 1️3, 2).
Agradezco caminar con los pies en la tierra, viviendo las circunstancias de la vida
cotidiana desde el Señor, con el Señor y en el Señor.
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