PEPITO EL MASCAPITO
Pepito era un personaje singular,
un niño ffffque parecía salido de
suna historia fantástica, pero que
en realidad vivía en un barrio
comúnttttt y corriente fde
cualquier ciudad. Desde
pequeñogggg, mostraba una
ddcuriosidad inagotable, una
capacidad innata para meterse
en problemas y una creatividad
que lo hacía dzzzzdestacar entre
los demás niños de su edad.
Nació en una familia humilde, en
una casa pequeña pero
acogedora, con paredes llenas de
dibujos que él mismo hacía con
crayones cuando nadie lo veía.
Sus padres, aunque algo
estrictos, siempre lo apoyaban en
sus locuras, aunque a veces
tuvieran que reprenderlo cuando
sus travesuras llegaban
demasiado lejos. Su madre era
maestra, y su padre trabajaba
como mecánico en un taller de
barrio. Desde pequeño, Pepito
tenía dos grandes pasiones: la
exploración y la invención.
A los cinco años, ya había
desarmado su primer televisor
para ver "cómo funcionaba por
dentro". Sus padres, en lugar de
enojarse, decidieron aprovechar
su inquietud y le compraron un
viejo radio para que pudiera
experimentar sin arruinar más
electrodomésticos. Fue así como
empezó su obsesión por la
mecánica y la ingeniería.
Pero Pepito no solo era un
pequeño genio en potencia, sino
también un amante de las
historias. Pasaba horas en la
biblioteca de la escuela,
devorando libros de aventuras y
ciencia ficción. Su autor favorito
era Julio Verne, y soñaba con
construir un submarino como el
del Capitán Nemo o una nave
espacial que lo llevara a la luna.
A medida que crecía, su
imaginación lo llevaba a meterse
en toda clase de problemas. A los
ocho años, intentó construir un
cohete en el patio de su casa
usando botellas de plástico y
bicarbonato de sodio. La
explosión resultante no solo
asustó a los vecinos, sino que
también hizo que su madre le
prohibiera hacer "experimentos
peligrosos" dentro de casa. Sin
embargo, eso no lo detuvo; solo
lo hizo más sigiloso en sus
proyectos.
Cuando cumplió diez años, Pepito
decidió que quería ser inventor y
empezó a construir cosas más
complejas. Creó un sistema de
poleas para subir cosas a su
cuarto sin necesidad de usar las
escaleras, diseñó una trampa
para evitar que su hermano
menor entrara a su habitación
sin permiso y hasta fabricó una
linterna con materiales
reciclados cuando se cortó la luz
en su barrio.
Pero lo que realmente lo hizo
famoso en su escuela fue el
"incidente del dron". Con piezas
de un viejo ventilador y una
carcasa de plástico, logró
construir un dron rudimentario
que podía volar por unos
segundos antes de estrellarse
contra el suelo. El problema fue
que, en una de sus pruebas, el
dron se descontroló y terminó
cayendo en el escritorio del
director, interrumpiendo una
reunión importante. Aunque lo
castigaron, sus compañeros lo
vieron como un héroe.
A medida que pasaban los años,
su fama de inventor loco se
expandió por el barrio. Los
vecinos comenzaron a acudir a él
para que les arreglara
electrodomésticos, bicicletas y
hasta relojes antiguos. Y aunque
a veces no lograba repararlos,
siempre encontraba una manera
creativa de darles un nuevo uso.
Un día, mientras revisaba un
viejo televisor que le habían
regalado, encontró dentro un
mapa extraño. Era un plano
detallado del barrio, con marcas
misteriosas en algunos puntos
específicos. Su curiosidad lo llevó
a investigar, y pronto descubrió
que los puntos marcados
coincidían con lugares históricos
de la ciudad. Sin pensarlo dos
veces, reunió a sus amigos y se
embarcó en una aventura que
cambiaría su vida para siempre.
Lo que encontraron fue más
sorprendente de lo que
esperaban: en uno de los puntos,
dentro de un parque
abandonado, hallaron una caja
enterrada con documentos
antiguos, fotos en blanco y negro
y una carta escrita hace más de
cincuenta años. En la carta, un
hombre llamado Don Roberto
hablaba sobre un tesoro
escondido en la ciudad, y daba
pistas para encontrarlo.
Pepito y sus amigos pasaron
semanas siguiendo las pistas,
recorriendo túneles
subterráneos, investigando en
archivos municipales y
entrevistando a ancianos que
recordaban la historia de Don
Roberto. Finalmente, después de
muchas peripecias, llegaron a
una vieja casa en las afueras del
barrio. Allí, en el sótano,
encontraron un cofre lleno de
objetos históricos, monedas
antiguas y cartas que revelaban
secretos del pasado de la ciudad.
El hallazgo hizo que Pepito se
convirtiera en una celebridad
local. Los periódicos escribieron
sobre él, las escuelas lo invitaron
a dar charlas y hasta el alcalde le
entregó una medalla por su
contribución a la historia de la
ciudad. Pero lo que más le
importaba a Pepito no era la
fama, sino la emoción de la
aventura y el conocimiento que
había adquirido en el proceso.
Con el tiempo, su pasión por la
exploración y la invención lo llevó
a estudiar ingeniería. Nunca dejó
de experimentar, de crear y de
soñar. Y aunque su infancia
quedó atrás, el espíritu inquieto
de aquel niño que una vez
construyó un dron con piezas de
ventilador siguió vivo en cada
uno de sus proyectos.
Porque Pepito no era solo un niño
travieso. Era un soñador, un
inventor, un aventurero. Y su
historia, lejos de terminar,
apenas estaba comenzando.