La Viuda
En los campos de la llanura bonaerense, lejos de
las luces de las ciudades, la noche se hace oscura y
profunda. Por eso, tal vez, abundan las historias de
aparecidos que andan dando vueltas, a la espera de
reparar un daño para poder descansar en paz. Pero
dicen también que algunos hicieron un pacto con el
diablo y que, por eso, nunca dejan de andar por ahí,
que nunca tendrán descanso ni encontrarán ninguna
paz. De esas almas en pena hay una que se ha hecho
muy famosa. Le dicen “la Viuda”. Mejor no quieran
saber lo que les pasa a los paisanos que se arriesgan
a encontrarse con ella cuando vuelven a su casa muy
de noche por quedarse “entretenidos” por ahí.
La Viuda
—Yo no creo en esas cosas —dijo don Vargas empi
nándose el vaso de ginebra.
—Y eso, a la Viuda, ¿qué le importa? ¿O usted piensa
que ella se les aparece a los que creen, nomás?
Así le contestó Rosendo, el dueño del bar.
—No, si ya sé -dijo don Vargas— No me va a querer con
tar de nuevo la historia del gaucho que iba por la quebrada.
- ¿ Y qué? Aunque no se la cuente, el gaucho iba. Y la
Viuda se le subió en ancas1.
—Sí, claro... mientras que galopaba se le subió.
¡Por favor!
- Y sí. ¿0 se piensa que la Viuda saca la mano como
quien para el colectivo? Cuando se quiso acordar, la
tenía atrás. Toda de negro y la cabeza tapada. Toda
huesuda como es... ¡Hasta el caballo tembló!
—Bah... bah... ¿No era pasada la medianoche?
—Pasadas las doce, sí.
1 Sobre la parte posterior del caballo.
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—¿Y cómo la vio el gaucho a la Viuda, oiga? Toda de
negro y noche cerrada. ¿0 a la quebrada le pusieron
alumbrado, ahora?
—Noche cerrada, no. Noche de luna debía ser.
—Debía ser..., debía ser... Ya está inventando, ¿ve? Y
más que eso habrá inventado el que se la contó a usted.
—El que me la contó es el propio gaucho.
—Ah, bueno... Así que el hombre vivió para contarla,
i No me diga!
—Y aunque no le diga, vivió.
—¿Y cómo hizo, a ver?
—¿Cómo hizo? Vivió porque sabía.
—¿Y qué es lo que sabía ese gaucho mentiroso?
—Que la tenía que entretener. Que si quería salvarse
la tenía que entretener.
—¿Entretener a la Viuda? ¡Caray...! ¿Y es fácil?
—¡Qué va a ser fácil! Bien difícil, es. El que la ve no
para de temblar. Y, al final, no cuenta el cuento.
—¡Jua, jua! Temblando la entretuvo el gaucho, en
tonces...
—Temblando y no sé cómo. La cosa es que llegó vivi-
to al alba.
—No sabe cómo. ¿Ve? Repite lo que no sabe.
R n i lr íc P ú fo r n
Rosendo estaba ya con ganas de mandar al otro a
freír tortas.
—A usted no hay cosa que le venga, amigo -d ijo —. Si
no sé... porque no sé. Y si sé... porque invento. Págueme
la ginebra y buenas noches.
-iE p a, epa! Se puso nervioso, ahora. Póngale que le
acepto que el gaucho vivió hasta el alba. Y con eso, ¿qué?
—¿Cómo qué? Con el alba, la Viuda desaparece.
—Ah, bueno... ¡Solo eso me faltaba oír!
Don Vargas tiró un billete sobre el mostrador, le dio
la espalda al Rosendo y, cuando llegó a la puerta, soltó
tal carcajada que despertó al borracho de la mesa del
fondo. Rosendo lo maldijo entre dientes, mientras don
Vargas subía a su auto viejo y se iba.
Que la Viuda persigue a los hombres, a cie rto s hom
bres, eso es lo que se dice. Y también, que disfruta de
espeluznarlos2 hasta que los mata de espanto. Que los
espera en los caminos, en los puentes. Cuando vuelven
2 Causarles horror.
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a deshoras3 porque se quedaron por ahí chupando alco
hol y engañando a la mujer.
La Viuda es una esposa muerta, pero no cualquier
esposa. Tiene que ser una que haya muerto de odio y
dolor por traición de su hombre. Y que haya firmado
contrato con el diablo.
Su venganza empieza por el marido, apenas ve que
se va a vivir con la otra. Lo persigue y lo horroriza hasta
que lo enferma. Hasta que la otra lo abandona. Y des
pués se le sigue apareciendo y lo va secando; lo seca a
fuerza de espantarlo. Y queda seco ahí. Seco.
Después se empieza a dedicar a otros infieles, a
los maridos de otras engañadas. Busca a una víctima
y ya no la deja. Porque el contrato con el diablo dice
que la Viuda no se satisface nunca. Que no se acaba
nunca de vengar.
• • •
—Esta noche vuelvo tarde —le dijo don Vargas a su
mujer—. No me esperés despierta, no hace falta. Dormí
tranquila nomás.
3 En un momento inoportuno; muy tarde.
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Lo que no le dijo fue lo de la chinita de la estancia
de Barbosa, que desde hacía unos meses iba hasta la
tranquera cuando había luna. No le dijo que lo estaba
esperando con el oído largo para pescar el ruido del
motor. Eso no se lo dijo, pero fue. Y estuvo con la chi
nita y a la vuelta paró en el bar de Rosendo a tomarse
unas cañas y a fumar. A fumar solo, sin hablar con na
die, y con media sonrisa debajo del bigote, por la forma
tan fresca de engañar a las dos.
Hacía rato ya que unas nubes espesas habían tapado
la luna y, por momentos, rodaban truenos lejanos.
Eran pasadas las doce cuando don Vargas se levan
tó. Le hizo un saludo a Rosendo tocándose el sombrero
y rumbeó para el auto estacionado en la puerta. Rosen
do le respondió con una mueca.
Don Vargas tenía que atravesar todo el valle para
llegar a su casa, donde la esposa dormía “tranquila
nomás” . Dio arranque al auto y partió.
Y allá iba, entonadito4 y contento de sí mismo,
cuando vio un bulto oscuro al costado de la ruta. En
corvado iba el bulto, caminando. A la luz de los faros,
don Vargas pudo ver que aquello debía ser una viejita.
4 Un poco borracho.
Mitos y leyendas de la Argentina I 6 3
Y él no era hombre sin alma, no señor. Le dio lástima,
a semejantes horas y con la lluvia al caer. Pensarlo y
parar el auto fue todo uno.
—Suba, abuelita, que la acerco.
Pero la viejita no contestó y siguió andando a pa
sos cortos.
—Mire, abuela, que se viene la tormenta...
Pero la viejita seguía, cabeza gacha, pasito a paso.
Y don Vargas pensó: “ Bueno, será cieguita... y sordita
también”. Entonces alzó la voz.
—iEh, abuela! ¡La llevo al pueblo! ¡Se va a mojar!
Pero la anciana, nada.
“A la fuerza no la puedo llevar”, pensó don Vargas,
porque él sí que sabía tratar a las damas. “ ¡Que Dios te
ayude, vieja loca!” Puso primera y hasta la vista.
Relámpagos cruzados iluminaban los árboles. El re
doble de truenos ya se oía sobre las copas. Don Vargas
miró atrás por el espejo y pisó el acelerador. Cuando
volvió a mirar, dudó de sus ojos. Ahí, agarrada del pa
rante de la ventanilla, estaba la abuelita.
Se sostenía a duras penas; sabe Dios dónde estaría
apoyando los pies. El ancho vestido negro le flameaba
hacia atrás. El mantón le cubría la cabeza, la cara.
64 I lrk Rivera
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Mitas y leyendas de la Araenf.ina I 65
Si don Vargas hubiera creído en la Viuda, no paraba
el auto. Pero no creía. Cuando pisó el freno, la vieja tras
tabilló y estuvo a punto casi de rodar por la banquina.
Don Vargas se bajó rápidamente, caballeroso, y ape
nas tuvo tiempo de recibirla en brazos cuando ella se
soltó. El ropón5 sobre la cara se corrió un poco, pero no
lo bastante.
—Vamos hasta esos eucaliptos - le oyó decir a ella
con una voz más dulce que uva madura.
Era una voz joven. Don Vargas, al oírla, comenzó a tiritar.
No de frío, no de miedo. Tiritaba. El monte de eucaliptos
estaba ahí, a unos pasos. Caían las primeras gotas cuando
empezó a caminar con ella en brazos. Iba hechizado por
esa voz. Y temblaba sin poder contenerse. No de miedo, no
de frío. Temblaba como las hojas de los eucaliptos.
—Hay un tesoro oculto entre esos árboles... y es para
vos —le oyó decir, melosa, mientras sentía que le rodea
ba el cuello en lo que parecía casi un abrazo. Bajo los
eucaliptos lo abrazó con más ternura.
Con más miel fue ajustando el abrazo. Un poco.
Un poco más. Llovía. El mantón se le fue deslizando y
dejó al descubierto, a la luz de los faros, la cabeza.
5 Ropa larga que se usaba suelta sobre ¡os demás vestidos.
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Don Vargas trató de zafarse. Quiso desviar la vista o
cerrar los ojos. Pero la mano firme de la Viuda lo tomó
del mentón, le levantó la cabeza que él agachaba. Y lo
obligó a mirarla cara a cara. Bien de frente.
M ifn r v la vo n riar Ha la A m e n t í na I f í 7