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Sidert

Spider-Man, mientras se balancea por Nueva York, reflexiona sobre su vida dual como héroe y adolescente, enfrentando desafíos personales y responsabilidades. Tras salvar a una joven de unos matones, demuestra su agilidad y sentido del humor en la lucha, reafirmando su mantra de que 'un gran poder conlleva una gran responsabilidad'. A pesar del cansancio y el estrés, Peter Parker se siente orgulloso de ser el protector de la ciudad.

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Sidert

Spider-Man, mientras se balancea por Nueva York, reflexiona sobre su vida dual como héroe y adolescente, enfrentando desafíos personales y responsabilidades. Tras salvar a una joven de unos matones, demuestra su agilidad y sentido del humor en la lucha, reafirmando su mantra de que 'un gran poder conlleva una gran responsabilidad'. A pesar del cansancio y el estrés, Peter Parker se siente orgulloso de ser el protector de la ciudad.

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El sol se ponía sobre Nueva York, pintando el cielo de tonos anaranjados y púrpuras

mientras Spider-Man se balanceaba entre los rascacielos. El viento silbaba en sus


oídos, la adrenalina corría por sus venas. No había sensación comparable a la
libertad de volar por la ciudad, suspendido de una telaraña, un vigilante
enmascarado, un héroe para la gente común.

Pero debajo de la máscara, Peter Parker era solo un adolescente. Un chico de


Queens, con problemas de escuela, de dinero y, por supuesto, de chicas. La dualidad
de su vida era una constante fuente de estrés y conflicto, pero también era lo que
lo hacía único. Era Spider-Man, el amigable vecino, el protector de Nueva York,
pero también era Peter Parker, el estudiante brillante, el fotógrafo freelance y el
sobrino cariñoso.

Recordaba el día en que todo cambió. La picadura de la araña radiactiva, la


adquisición de poderes increíbles: fuerza sobrehumana, agilidad, sentido
arácnido... y la trágica muerte de su tío Ben. Esa noche, aprendió la lección más
importante de su vida: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".

Esas palabras, grabadas a fuego en su corazón, guiaban cada una de sus acciones. No
era solo una frase, era un mantra, una obligación moral. Era la razón por la que se
ponía la máscara cada noche, la razón por la que arriesgaba su vida para proteger a
los demás.

Mientras se balanceaba por la ciudad, su sentido arácnido se activó, un hormigueo


en la base de su cráneo que le advertía del peligro. Cambió de rumbo, dirigiéndose
hacia un callejón oscuro donde, según su instinto, algo estaba mal.

Y no se equivocaba. Un grupo de matones estaba acorralando a una joven, intentando


robarle el bolso. Spider-Man aterrizó silenciosamente detrás de ellos, adoptando
una pose dramática.

"Caballeros," dijo con su característico tono sarcástico, "creo que se les ha caído
algo... el sentido común."

Los matones se giraron, sorprendidos y, al ver al trepamuros, algunos de ellos


soltaron una risita nerviosa. No se tomaban en serio a un adolescente disfrazado.

"¿Y tú quién eres, niño?", preguntó uno de ellos, con una mueca de desprecio.

"Soy tu amigable vecino Spider-Man," respondió Peter, lanzando una red que atrapó
el arma del matón más cercano. "Y estoy aquí para darles una lección sobre
modales."

Página 2

La pelea fue rápida y ágil. Spider-Man se movía con una gracia acrobática,
esquivando golpes, lanzando redes y utilizando el entorno a su favor. Era como un
bailarín en un escenario de caos, combinando fuerza, velocidad e ingenio para
superar a sus oponentes.

Bromeaba constantemente, lanzando chistes y comentarios sarcásticos mientras


luchaba. Era su forma de lidiar con el estrés, de mantener la calma en situaciones
peligrosas. Y también, hay que admitirlo, le divertía desconcertar a los
criminales.

"¡Vaya, vaya! Parece que alguien necesita clases de baile," dijo mientras esquivaba
un puñetazo y envolvía al atacante en una red.
"¡Eh, tú! ¿Sabías que la violencia no es la respuesta? Bueno, a veces sí, pero solo
cuando la usa Spider-Man," bromeó mientras le quitaba una navaja a otro matón y la
pegaba a la pared con telaraña.

En pocos minutos, todos los matones estaban inmovilizados, envueltos en capullos de


telaraña, listos para ser entregados a la policía. La joven, a salvo y agradecida,
le dio las gracias con una sonrisa.

"No hay de qué," respondió Spider-Man, con un gesto modesto. "Solo hago mi
trabajo."

Antes de que llegara la policía, se balanceó de nuevo hacia los tejados,


desapareciendo en la oscuridad. Tenía que llegar a casa antes de que la tía May se
preocupara.

La vida de Peter Parker era un constante acto de equilibrio. Tenía que mantener sus
notas altas, ayudar a su tía con los gastos, trabajar como fotógrafo para el Daily
Bugle (a pesar de que J. Jonah Jameson, su jefe, lo odiaba abiertamente) y, por
supuesto, salvar la ciudad de todo tipo de amenazas, desde ladrones de bancos hasta
supervillanos.

Llegó a su pequeño apartamento en Queens, entrando sigilosamente por la ventana de


su habitación. Se quitó la máscara, dejando al descubierto el rostro cansado pero
satisfecho de Peter Parker.

Se dejó caer en la cama, exhausto. Pero, a pesar del cansancio, a pesar del estrés,
a pesar de la constante lucha, sabía que no cambiaría su vida por nada del mundo.
Era Spider-Man, el protector de Nueva York, y esa era una responsabilidad que
llevaba con orgullo. Porque, como le había enseñado su tío Ben, "Un gran poder
conlleva una gran responsabilidad". Y Peter Parker, el amigable vecino Spider-Man,
siempre estaría ahí para cumplir con su deber.

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