El sol de Metrópolis se filtraba entre los rascacielos, pintando el cielo de un
dorado amanecer. En lo alto, una figura se recortaba contra la luz: Superman, el
Hombre de Acero. La capa roja, un estandarte de esperanza, ondeaba suavemente con
la brisa matutina mientras él surcaba los cielos, patrullando su ciudad adoptiva.
No era solo un vuelo de rutina. Era una meditación. Un momento de conexión con el
mundo que había jurado proteger. Desde su perspectiva aérea, Metrópolis se extendía
como un tapiz vibrante de vida. Podía oír el murmullo constante de la ciudad, el
latido frenético de millones de corazones, cada uno con sus propias alegrías,
tristezas, esperanzas y miedos. Podía oír el claxon de los coches, el chirrido de
los frenos, las risas de los niños jugando en los parques, el murmullo de las
conversaciones en los cafés. Gracias a su súper oído, cada sonido se convertía en
una pieza del rompecabezas de la existencia humana.
Y él, Kal-El, nacido en un planeta distante y moribundo, criado como Clark Kent en
la tranquila Smallville, era el guardián silencioso de todo ello. Un
extraterrestre, sí, pero más humano que muchos humanos que había conocido. Sus
poderes, la capacidad de volar, la fuerza sobrehumana, la visión de rayos X, la
invulnerabilidad, eran solo herramientas. Lo que realmente lo definía era su
inquebrantable sentido de la justicia, su compasión infinita y su firme creencia en
el potencial de la humanidad.
Recordaba las palabras de su padre adoptivo, Jonathan Kent: "Tienes el poder de
cambiar el mundo, Clark. Úsalo sabiamente." Y las de su madre, Martha Kent:
"Siempre recuerda de dónde vienes, hijo. Recuerda la bondad que te rodeó." Esas
palabras, grabadas a fuego en su alma, guiaban cada una de sus acciones.
Superman descendió suavemente, aterrizando en la azotea del Daily Planet, el
icónico periódico donde, como Clark Kent, trabajaba como reportero. La transición
de superhéroe a periodista era siempre un desafío, pero también un ancla a la
realidad. Le permitía conectar con la gente de una manera diferente, comprender sus
preocupaciones cotidianas, sus luchas y sus triunfos.
Se quitó la capa, doblándola cuidadosamente y guardándola en un compartimento
secreto. Se ajustó las gafas, ese simple disfraz que, increíblemente, bastaba para
ocultar su verdadera identidad al mundo. Entró en el edificio, el bullicio de la
redacción lo envolvió de inmediato.
Página 2
"¡Kent! ¡Llegas tarde!" El grito familiar de Perry White, el editor jefe del Daily
Planet, resonó por la sala. Clark se encogió de hombros, una sonrisa tímida en sus
labios.
"Lo siento, jefe. Me quedé atrapado en el tráfico." Una excusa tan mundana, tan
alejada de la verdad. Pero Perry, a pesar de su mal genio, era un buen hombre, y
Clark le apreciaba.
Se sentó en su escritorio, rodeado de pilas de papeles, notas y fotografías. Lois
Lane, su compañera y la mejor reportera del periódico (y, secretamente, el amor de
su vida), le lanzó una mirada inquisitiva.
"¿Tráfico, Clark? ¿En serio?" Lois era astuta, perceptiva, y Clark siempre se
preguntaba cuánto sospechaba realmente.
"Sí, Lois. Un atasco monumental. Parecía que toda la ciudad se había puesto de
acuerdo para salir a la misma hora." Clark evitó su mirada, concentrándose en la
pantalla de su ordenador.
La mañana transcurrió en una vorágine de noticias, llamadas telefónicas y plazos de
entrega. Clark, a pesar de su doble vida, era un periodista dedicado. Creía en el
poder de la verdad, en la importancia de informar a la gente. Era otra forma de
protegerlos, de empoderarlos.
Pero, incluso mientras escribía sobre robos de bancos y escándalos políticos, su
mente estaba en otra parte. Su súper oído captaba fragmentos de conversaciones,
gritos distantes, sirenas lejanas. Siempre alerta, siempre vigilante.
De repente, una explosión sacudió el edificio. Los cristales se rompieron, el
pánico se apoderó de la redacción. Clark, sin dudarlo, se levantó de su silla.
"¡Todo el mundo al suelo!" gritó, su voz adquiriendo un tono de autoridad que rara
vez usaba como Clark Kent.
En un instante, se dirigió a un baño vacío, arrancándose la camisa y revelando el
icónico traje azul y rojo con la "S" en el pecho. Salió volando por la ventana
rota, dejando atrás a un Clark Kent asustado y convirtiéndose, una vez más, en
Superman, la esperanza de Metrópolis, el protector del mundo. La capa roja ondeaba
tras él, un símbolo de valor y determinación, mientras se dirigía hacia el origen
del caos, listo para enfrentar cualquier amenaza, por formidable que fuera. La
ciudad, y el mundo, dependían de él.