La noche se cernía sobre Gotham City como una mortaja.
Una llovizna fría empapaba
las calles, reflejando las luces de neón en un caleidoscopio distorsionado. En lo
alto de un rascacielos gótico, una figura sombría observaba. Batman, el Caballero
Oscuro, el vigilante silencioso. Su capa, una extensión de la oscuridad misma, se
agitaba con el viento gélido, mientras él permanecía inmóvil, una gárgola de carne
y hueso.
A diferencia de Superman, Batman no tenía superpoderes. Su fuerza residía en su
intelecto, su entrenamiento riguroso y su arsenal de tecnología avanzada. Pero,
sobre todo, su poder emanaba de una herida profunda, una cicatriz en el alma: el
asesinato de sus padres, presenciado cuando era solo un niño. Esa noche, en un
callejón oscuro, nació Batman.
Desde su posición privilegiada, Gotham se extendía como un laberinto de sombras y
peligros. Podía ver las luces parpadeantes de los coches de policía, persiguiendo
criminales escurridizos. Escuchaba el eco de los disparos en la distancia, el
llanto de las víctimas, las risas crueles de los depredadores. Gotham era una
ciudad enferma, corroída por la corrupción y el crimen, y Batman era su implacable
cirujano.
No buscaba la gloria ni el reconocimiento. De hecho, evitaba la luz pública.
Operaba en las sombras, infundiendo miedo en los corazones de los criminales. Era
una leyenda urbana, un mito susurrado en los callejones oscuros. El murciélago,
símbolo de la noche, se había convertido en su emblema, una advertencia para
aquellos que se atrevieran a romper la ley.
Bajó la mirada, enfocándose en un grupo de matones que estaban asaltando a una
pareja en un callejón cercano. Su rostro, oculto tras la máscara, se endureció. Era
hora de actuar.
Con una agilidad asombrosa, se lanzó al vacío. Su capa se abrió como las alas de un
murciélago gigante, frenando su caída. Aterrizó silenciosamente detrás de los
criminales, una aparición surgida de la nada.
"La fiesta se acabó," dijo su voz, un gruñido grave y amenazante. Los matones se
giraron, sorprendidos y aterrorizados. La leyenda era real.
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La pelea fue breve y brutal. Batman se movía con una precisión letal, combinando
artes marciales con el uso estratégico de sus gadgets. Batarangs, bombas de humo,
ganchos de agarre... cada herramienta era una extensión de su voluntad, utilizada
con maestría para desarmar y neutralizar a sus oponentes.
En cuestión de minutos, los matones yacían inconscientes en el suelo. La pareja,
aterrorizada pero ilesa, le agradeció con voz temblorosa. Batman simplemente
asintió, desapareciendo en la oscuridad antes de que llegara la policía.
No buscaba gratitud. Su recompensa era la satisfacción de haber hecho justicia, de
haber protegido a los inocentes. Era una batalla interminable, una guerra sin
cuartel contra el crimen, pero él nunca se rendiría.
Regresó a la Batcueva, su santuario secreto ubicado debajo de la Mansión Wayne. La
cueva era un vasto complejo subterráneo, lleno de tecnología de vanguardia,
vehículos especializados y un arsenal impresionante. Era su base de operaciones, su
laboratorio, su gimnasio y, en cierto modo, su refugio.
Se quitó la máscara, revelando el rostro de Bruce Wayne, el multimillonario
playboy. La transformación era completa. De vigilante implacable a hombre de
sociedad, la dualidad era su constante compañera.
Alfred Pennyworth, su fiel mayordomo y confidente, le esperaba con una taza de té.
Alfred era más que un sirviente; era su figura paterna, su amigo, su conciencia.
"Otra noche ajetreada, amo Bruce," dijo Alfred, con su característico tono seco.
"Gotham nunca descansa, Alfred," respondió Bruce, frotándose los ojos cansados.
Se sentó frente a la Batcomputadora, una poderosa máquina capaz de acceder a
cualquier base de datos, analizar información y rastrear criminales. Tenía que
prepararse para la siguiente noche. La lucha contra el crimen nunca terminaba.
Analizó informes policiales, estudió patrones criminales, investigó nuevas
amenazas. Era un detective, un estratega, un guerrero.
A pesar de la oscuridad que lo rodeaba, a pesar del dolor que llevaba consigo,
Bruce Wayne, como Batman, seguía siendo un símbolo de esperanza para Gotham. Una
esperanza frágil, quizás, pero una esperanza al fin y al cabo. Porque, mientras él
existiera, el crimen nunca tendría la última palabra. La noche pertenecía a Batman.