MÓDULO III: ANÁLISIS DE ESTABILIDAD DE TALUDES
UNIDAD N°1: CONCEPTOS BÁSICOS
1.1 Generalidades. Historia
El moderno desarrollo de las actuales vías de comunicación, tales como canales,
conducciones, carreteras o ferrocarriles, así como el impulso que la construcción de
presas de tierra, explotaciones mineras y en general cualquier construcción que requiera
una superficie plana en una zona de pendiente o alcanzar una profundidad determinada
por debajo de la superficie, ha recibido en todo el mundo en los últimos años y el
desenvolvimiento de obras de protección contra la acción de ríos, por medio de bordos,
etc, han puesto al diseño y construcción de taludes en un plano de importancia ingenieril
de primer orden. Tanto por el aspecto de inversión, como por el de consecuencias
derivadas de su falla, los taludes constituyen hoy una de las estructuras ingenieriles que
exigen mayor cuidado por parte del proyectista.
Es obvio que la construcción de estas estructuras es probablemente tan antigua
como la misma humanidad; sin embargo, durante casi toda la época histórica han
constituido un problema al margen de toda investigación científica; hasta hace
relativamente pocos años, los taludes se manejaron con normas puramente empíricas,
sin ningún criterio generalizador de las experiencias adquiridas. La expansión del
ferrocarril y el canal primero y de la carretera después, provocaron los primeros intentos
para un estudio racional de este campo; pero no fue sino hasta el advenimiento de la
actual Mecánica de Suelos cuando fue posible aplicar al diseño de taludes normas y
criterios, que sistemáticamente tomasen en cuenta las propiedades mecánicas e
hidráulicas de los suelos constitutivos, obteniendo experiencia sobre bases formes y
desarrollando las ideas teóricas que permiten conocer cada vez más detalladamente el
funcionamiento particular de estas estructuras.
La historia del desarrollo de la técnica constructiva de presas de tierra y de los
métodos de análisis de las mismas es uno de tantos ejemplos en apoyo de la afirmación
anterior; hoy, gracias a los aportes de la Mecánica de Suelos al análisis de taludes, entre
otras razones, se construyen cualesquiera presas que hace apenas 30 o 40 años se
estimarían imposibles de realizar.
Por principio de cuentas es necesario dejar establecido el hecho de que la
determinación del estado de esfuerzos en los diferentes puntos del medio material que
constituye un talud es un problema no resuelto en general en la actualidad, ni aún para
casos idealizados, como serían los de suponer el material elástico o plástico. Esto hace
que los procedimientos usuales de análisis de estabilidad estructural no pueden
utilizarse, por lo que ha de recurrirse a métodos que, por lo menos en la época en que
comenzaron a usarse, eran de tipo especial. En rigor estos métodos se encasillan hoy
entre los de "Análisis Límite", que cada día van siendo más frecuentemente en todos los
campos de la ingeniería. En esencia estos métodos consisten todos en imaginar un
mecanismo de falla para el talud (la forma específica de este mecanismo se busca
frecuentemente en la experiencia) y en aplicar a tal mecanismo los criterios de
resistencia del material, de manera de ver si, con tal resistencia hay o no posibilidad de
que el mecanismo supuesto llegue a presentarse.
En taludes siempre se ha imaginado que la falla ocurre como un desplazamiento
de la masa de suelo, actuando como un cuerpo rígido a lo largo de una superficie de falla
supuesto. Al analizar la posibilidad de tal deslizamiento se admite que el suelo desarrolla
en todo punto de la superficie de falla la máxima resistencia que se le considere.
En el campo del estudio de los taludes existen pioneros de labor muy meritoria.
Collin (1845) habló por vez primera de superficies de deslizamiento curvas en las fallas
de los taludes e imaginó mecanismos de falla que no difieren mucho de los que
actualmente se consideran en muchos métodos prácticos de diseño desgraciadamente
sus ideas, obtenidas de una observación muy objetiva de la realidad, se vieron
obstaculizadas por opiniones anteriores y contrarias de Coulomb quien preconizó la
falla plana de los taludes, hipótesis mucho menos fecunda, según se demostró en el
desarrollo posterior del campo y vio impuestas sus ideas quizá por el hecho de su mayor
prestigio y autoridad.
Las ideas de superficie de deslizamiento no plano fueron resucitadas en Suecia
(1916) por Petterson, quien al analizar una falla ocurrida en el puerto de Gottemburgo
dedujo que la ruptura había ocurrido en una superficie curva y fueron impulsadas
principalmente por W. Fellenius (1927), uno de los investigadores más importante del
campo de los taludes. La escuela sueca propuso asimilar la superficie de falla real a una
cilíndrica cuya traza con el plano del papel sea un arco de circunferencia; con esto se
busca sobre todo facilidad en los cálculos, pues desde un principio se reconoció que la
llamada falla circular no representa exactamente el mecanismo real. Actualmente
reciben el nombre genérico de Método Sueco aquellos procedimientos de cálculo de
estabilidad de taludes en que se utiliza la hipótesis de falla circular.
En 1935 Rendulio propuso la espiral logarítmica como traza de una superficie de
deslizamiento de esta curva, que complica bastante los cálculos, proporciona resultados
tan similares a la circunferencia, que su uso práctico probablemente no se justifica.
En la actualidad, la investigación está muy lejos de haber resuelto todos los
aspectos del análisis de los taludes y se están estudiando en muchas partes otras teorías
y métodos de cálculo. La Teoría de la Elasticidad y la Plasticidad ofrecen perspectivas de
interés, que también están probándose con los mismos fines.
Es preciso hacer una distinción de importancia. Mientras los problemas teóricos
de la estabilidad de los taludes distan de estar resueltos y constituyen un reto para los
investigadores de la Mecánica de Suelos, los aspectos prácticos del problema están
mejor definidos; hoy se construyen taludes muy importantes con factores de seguridad
muy bajos, lo cual es indicativo de que los métodos actuales, si bien poco satisfactorios
teóricamente, funcionan bastante bien en la práctica; es más, cuando tales métodos se
han aplicado cuidadosamente, tras haber investigado correctamente las propiedades de
los suelos, la posibilidad de una falla de consecuencias ha demostrado ser realmente
muy pequeña.
Las obras de infraestructura lineal (carreteras y ferrocarriles), canales,
conducciones, explotaciones mineras, y en general cualquier construcción que requiera
una superficie plana en una zona de pendiente, o alcanzar una profundidad determinada
por debajo de la superficie, precisan la excavación de taludes (desmontes si dan lugar a
un solo talud y trincheras si la excavación presenta un talud a cada lado).
Los taludes, siguiente figura, se construyen con la pendiente más elevada que
permite la resistencia del terreno, manteniendo unas condiciones aceptables de
estabilidad.
El diseño de taludes es uno de los aspectos más importantes de la ingeniería
geotécnica, pues está presente en la mayoría de las actividades constructivas.
En general, los taludes en ingeniería civil alcanzan alturas máximas de 40 o 50 m
(figura izquierda), y se proyectan para ser estables a largo plazo. Sin embargo, las cotas
mineras pueden alcanzar profundidades de varios centenares de metros (figura
derecha).
1.2 Taludes permanentes y temporales
Al introducir un cambio en el estado de tensiones del terreno, debido, por
ejemplo, a la construcción de una obra, se llega como resultado a unas nuevas
condiciones de equilibrio.
Se denomina cálculo de ¨estabilidad a corto plazo¨ a la determinación del
coeficiente de seguridad al cabo de un período de tiempo lo suficientemente corto, con
relación a la permeabilidad del terreno, para que no haya habido prácticamente drenaje
producido por el cambio de tensiones indicado.
A medida que transcurre el tiempo, las condiciones de equilibrio van variando:
pueden cambiar las presiones poros del agua, que tienden a las de una red de corriente
en equilibrio con las nuevas condiciones en los límites o a una situación hidrostática;
puede cambiar la resistencia en esfuerzos efectivos, que en algunos terrenos firmes
puede pasar del valor de pico al residual como consecuencia de un proceso de descarga
y de rotura progresiva. Pues bien, las condiciones de equilibrio cuando las presiones de
poros del agua y la resistencia han llegado a una situación estable es lo que se llama
¨estabilidad a largo plazo¨.
A veces, sin embargo, sucede que las condiciones pésimas no se producen en
ninguno de los dos extremos, sino en un tiempo intermedio, por producirse una
distribución de las presiones poros del agua que disminuye las condiciones de
estabilidad. Tal ocurre cuando existen finas capas horizontales permeables en un lecho
de arcilla sobre el que se coloca un terraplén. Análogos fenómenos puede producir la
transmisión hacia fuera de las presiones poros de agua originadas por la hinca de pilotes
en la parte superior de un talud (Bjerrum y Johannessen, 1960; Broms y Bennermark,
1967).
En numerosos casos no existe la estabilidad a corto plazo, pues el drenaje es
prácticamente instantáneo; tal caso suele ocurrir en los terrenos permeables: suelos de
grano grueso y roca diaclasada.
Los taludes permanentes para la construcción de infraestructuras o con fines de
edificación se diseñan para ser estables a largo plazo, precisando medidas de
estabilización complementarias cuando no sea posible realizar las excavaciones con las
alturas y ángulos requeridos, por motivos económicos o de otro tipo.
En minería el diseño de los taludes depende de la disposición y profundidad del
yacimiento. Por lo general en yacimientos minerales no metálicos, dispuestos en capas
horizontales o inclinadas, los taludes tienen carácter temporal y se proyectan para
permanecer estables a corto o medio plazo (unos meses o unos años), ya que tras la
extracción del mineral la excavación se abandona o se rellena; en minería metálica,
cuando el mineral no se presenta en capas, los taludes van modificándose al ir
avanzando la excavación en profundidad y perímetro, aunque suelen mantenerse sus
inclinaciones.
Un caso particular son las canteras, donde los frentes de excavación se van
retranqueando continuamente, y donde, por lo general, las inestabilidades
corresponden a bloques o conjuntos de bloques que se desprenden a favor de las
discontinuidades de los macizos rocosos competentes que son explotados.
En el diseño y excavación de los taludes mineros los criterios económicos juegan
un papel fundamental, siendo frecuente asumir cierto grado de riesgo de roturas locales
o parciales en los taludes si éstas no ponen en peligro la seguridad de las personas ni el
ritmo de los trabajos de extracción; en estos taludes temporales no se instalan
sostenimientos o medidas de estabilización.
Sin embargo, en ingeniería civil las tolerancias de movimientos en los taludes son
muy restrictivas, al poder afectar a las estructuras que se construyen en su entorno,
primando los criterios de seguridad.
Los estudios geológicos y geotécnicos de taludes están dirigidos al diseño de
taludes estables en función de las condiciones requeridas (corto, medio o largo plazo,
relación coste-seguridad, grado de riesgo aceptado, etc.) así como a la estabilización de
taludes inestables.
Los análisis de estabilidad permiten diseñar los taludes, mediante el cálculo de
su factor de seguridad, y definir el tipo de medidas correctoras o estabilizadores que
deben ser aplicadas en caso de roturas reales o potenciales. Es necesario el
conocimiento geológico y geomecánico de los materiales que forman el talud, de los
posibles modelos o mecanismos de rotura que pueden tener lugar y de los factores que
influyen, condicionan y desencadenan las inestabilidades.
La metodología seguida en los estudios de estabilidad de taludes parte del
conocimiento geológico, hidrogeológico y geomecánico del macizo rocoso o suelo,
aspectos tratados anteriormente, que, junto con el análisis de los factores externos que
actúan sobre el terreno, definen el comportamiento de los materiales y sus modelos y
mecanismos de deformación y rotura.
1.3 Investigaciones in situ
Las investigaciones in situ para taludes tienen como objetivo reconocer geológica
y geotécnicamente el terreno afectado por la excavación, con los fines de obtener los
parámetros necesarios para analizar su estabilidad, diseñar los taludes, excavar los
materiales, calcular las medidas de estabilización y proyectar obras de drenaje, entre
otros. La descripción de los distintos métodos de investigación se incluyó en el módulo
anterior.
Como norma general, cada proyecto de excavación debe ser analizado teniendo
en cuenta:
— Las dimensiones previstas (profundidad y longitud de los taludes).
— La posición del nivel freático y condiciones hidrogeológicas.
— La litología y estructura geológica.
— Los requisitos del proyecto (taludes a largo o corto plazo, condiciones geométricas,
etc.).
Las investigaciones in situ deberán ajustarse a las anteriores condiciones, y
realizarse en las fases descritas a continuación, teniendo en cuenta además los
presupuestos y plazos disponibles para las mismas.
En la siguiente figura se muestra la relación entre el resultado del método, o
beneficio, y el coste.
En el siguiente cuadro se muestran algunas relaciones entre los factores
geológicos y las investigaciones in situ.
Los estudios previos tienen como objetivo el conocimiento geológico-geotécnico
general de la zona o emplazamiento en donde se va a situar el proyecto. Gran parte de
estos estudios se basan en la revisión de la información disponible, la fotointerpretación
y en el reconocimiento geológico-geotécnico de campo. A partir de los estudios previos
se planifican las investigaciones in situ y se valoran los factores geológicos, incluyendo
los riesgos, que puedan condicionar la viabilidad del proyecto.
Antes de iniciar los trabajos de campo se debe proceder a revisar cuanta
información significativa esté disponible en relación al proyecto y la zona donde se
emplazará la obra. Esta tarea consiste en la revisión de bibliografía, publicaciones e
informes, tanto sobre el proyecto como del emplazamiento, de mapas geológicos y de
otro tipo y de fotografías aéreas. Es igualmente relevante la consulta de documentos e
informes sobre otros proyectos realizados en la zona, como carreteras, obras
hidráulicas, etc. La información a consultar se describe en el siguiente cuadro.
A continuación, se enumeran las más características.
— Como punto de partida para planificar las investigaciones in situ se efectuará un
reconocimiento geológico previo. Se realizará una cartografía geológico-geotécnica a
una escala que puede variar entre 1/2.000 y 1/500, según el tipo de proyecto y su
alcance, y la toma de datos estructurales mediante estaciones geomecánicas en
afloramientos, si se trata de macizos rocosos.
— Calicatas en suelos o rocas muy meteorizadas, con el fin de observar los materiales y
tomar muestras inalteradas.
— Sísmica de refracción a lo largo del perfil del talud. Al ser ésta una técnica de bajo
coste y que proporciona datos necesarios para estimar la ripabilidad, espesor de
materiales alterados alterados, etc., debe realizarse en toda la longitud del talud, o al
menos en tramos representativos.
— Sondeos a lo largo del talud, de forma que se investigue tanto la zona de coronación
como la parte inferior del talud. El número dependerá de la complejidad geológica y de
la longitud del talud. En los sondeos se tomarán muestras para realizar ensayos de
laboratorio y se instalará tubería piezométrica para medida de los niveles de agua.
— En excavaciones donde se precisen bombeos o drenajes, se realizarán ensayos de
permeabilidad.
Las propiedades resistentes de los materiales, suelos o macizos rocosos, se
obtienen mediante los ensayos in situ y de laboratorio adecuados y la aplicación de
criterios y correlaciones empíricas. Los ensayos de laboratorio más característicos para
el diseño o estudio de taludes son los de clasificación, identificación, corte directo en
suelos y discontinuidades y compresión simple, entre otros.
Un aspecto muy importante a investigar es la posible presencia de
deslizamientos naturales, activos o inactivos, en las laderas donde se proyectan
excavaciones, ya que las obras pueden reactivar los movimientos al modificar las
condiciones iniciales de la ladera (geometría, hidrogeología, estados tensionales, etc.).
La presencia de inestabilidades naturales preexistentes modifica el diseño de la
excavación, e incluso puede hacer inviable la misma, obligando a emplazamientos
alternativos. En estos casos se deben investigar aspectos como la magnitud y
profundidad de la inestabilidad, la actividad del proceso, la situación de los planos de
deslizamiento, la posición del nivel freático, etc.
En el siguiente cuadro, un resumen de los ensayos in situ para propiedades
geotécnicas y tipo de material:
1.4 Factores influyentes en la estabilidad
La estabilidad de un talud está determinada por:
factores geométricos (altura e inclinación),
factores geológicos (que condicionan la presencia de planos y zonas de debilidad
y anisotropía en el talud),
factores hidrogeológicos (presencia de agua) y
factores geotécnicos o relacionados con el comportamiento mecánico del
terreno (resistencia y deformabilidad).
La combinación de los factores citados puede determinar la condición de rotura a lo
largo de una o varias superficies, y que sea cinemáticamente posible el movimiento de
un cierto volumen de masa de suelo o roca. La posibilidad de rotura y los mecanismos y
modelos de inestabilidad de los taludes están controlados principalmente por factores
geológicos y geométricos.
Los factores geológicos, hidrogeológicos y geotécnicos se consideran factores
condicionantes, y son intrínsecos a los materiales naturales.
En los suelos, la litología, estratigrafía y las condiciones hidrogeológicas determinan
las propiedades resistentes y el comportamiento del talud. En el caso de macizos
rocosos competentes el principal factor condicionante es la estructura gelógica: la
disposición y frecuencia de las superficies de discontinuidad y el grado de fracturación;
en materiales blandos, como los lutíticos o pizarrosos, la litología y el grado de alteración
juegan también un papel predominante.
Junto a los factores condicionantes de la estabilidad de los taludes (también
denominados «pasivos»), los factores desencadenantes o «activos» provocan la rotura
una vez que se cumplen una serie de condiciones. Estos últimos son factores externos
que actúan sobre los suelos o macizos rocosos, modificando sus características y
propiedades y las condiciones de equilibrio del talud (cuadro anterior). El conocimiento
de todos ellos permitirá un correcto análisis del talud, la evaluación del estado de
estabilidad del mismo y, en su caso, el diseño de las medidas que deberán ser adoptadas
para evitar o estabilizar los movimientos.
Estratigrafía y litología
La naturaleza del material que forma un talud está íntimamente relacionada con el
tipo de inestabilidad que éste puede sufrir, presentando las diferentes litologías distinto
grado de susceptibilidad potencial ante la ocurrencia de deslizamientos o roturas. Las
propiedades físicas y resistentes de cada tipo de material, junto con la presencia de
agua, gobiernan su comportamiento tensodeformacional y, por tanto, su estabilidad.
Aspectos como la alternancia de materiales de diferente litología, competencia y
grado de alteración, o la presencia de capas de material blando o de estratos duros,
controlan los tipos y la disposición de las superficies de rotura. En los suelos, que
generalmente se pueden considerar homogéneos en comparación con los materiales
rocosos, las diferencias en el grado de compactación, cementación o granulometría
predisponen zonas de debilidad y de circulación de agua, que pueden generar
inestabilidades (figura siguiente).
En los macizos rocosos, la existencia de capas o estratos de diferente competencia
implica también un diferente grado de fracturación en los materiales, lo que complica la
caracterización y el análisis del comportamiento del talud.
Estructura geológica y discontinuidades
La estructura geológica juega un papel definitivo en las condiciones de estabilidad
de los taludes en macizos rocosos. La combinación de los elementos estructurales con
los parámetros geométricos del talud, altura e inclinación, y su orientación, define los
problemas de estabilidad que se pueden presentar (siguiente figura).
La estructura del macizo queda definida por la distribución espacial de los sistemas
de discontinuidades, que «individualizan» bloques más o menos competentes de matriz
rocosa que se mantienen unidos entre sí por las características y propiedades resistentes
de las discontinuidades. La presencia de estos planos de debilidad (como superficies de
estratificación, diaclasas, fallas, etc.) buzando hacia el frente del talud supone la
existencia de planos de rotura y deslizamiento potenciales, y su orientación y disposición
condiciona los tipos, modelos y mecanismos de inestabilidad.
La presencia de discontinuidades implica un comportamiento anisótropo del macizo
y unos planos preferenciales de rotura; por ejemplo, un determinado sistema de
fracturas condicionará tanto la dirección de movimiento como el tamaño de los bloques
a deslizar, o la presencia de una falla buzando hacia el talud limitará la zona inestable y
condicionará el mecanismo de rotura. Los cambios y singularidades estructurales en un
macizo rocoso, como zonas tectonizadas o de cizalla, cambios bruscos en el buzamiento
de los estratos, etc., suponen heterogeneidades que puede condicionar las zonas de
rotura.
Un aspecto importante es la relación entre las dimensiones del frente del talud y la
red de discontinuidades; en función de esta relación, el comportamiento del talud
quedará definido por una o unas pocas macrodiscontinuidades (referidas a la escala del
talud) o bien por varios sistemas de juntas y otros planos de debilidad con un entramado
denso, condicionando el tipo y el volumen de las inestabilidades.
La influencia de la estructura geológica va más allá del condicionamiento geométrico
de las roturas, pudiendo afectar a la estabilidad de los taludes a causa de las
modificaciones inducidas por la excavación; por ejemplo, en estructuras de tipo
compresivo o distensivo la existencia de esfuerzos tectónicos residuales puede inducir
procesos desestabilizadores.
Condiciones hidrogeológicas
La mayor parte de las roturas se producen por los efectos del agua en el terreno,
como la generación de presiones de poros de agua, o los arrastres y erosión, superficial
interna, de los materiales que forman el talud.
En general, puede decirse que el agua es el mayor enemigo de la estabilidad de los
taludes (además de las acciones antrópicas, cuando se realizan excavaciones
inadecuadas sin criterios geotécnicos).
La presencia de agua en un talud reduce su estabilidad al disminuir la resistencia del
terreno y aumentar las fuerzas tendentes a la inestabilidad. Sus efectos más importantes
son:
— Reducción de la resistencia al corte de los planos de rotura al disminuir el esfuerzo
normal efectivo, σ´n:
𝜏 = 𝑐 + (𝜎𝑛 − 𝑢)𝑡𝑎𝑛𝛷 = 𝑐 + 𝜎𝑛 ´ 𝑡𝑎𝑛𝛷
— La presión ejercida sobre grietas de tracción aumenta las fuerzas que tienden al
deslizamiento.
— Aumento del peso del material por saturación:
ϒ = ϒ𝑑 + 𝑆𝑛ϒ𝑤
dónde: yd = peso específico aparente seco; S: grado de saturación; n: porosidad; yw =
peso específico del agua.
— Erosión interna por flujo subsuperficial o subterráneo.
— Meteorización y cambios en la composición mineralógica de los materiales.
— Apertura de discontinuidades por agua congelada.
La forma de la superficie freática en un talud depende de diferentes factores,
entre los que se encuentran la permeabilidad de los materiales, la geometría o forma
del talud y las condiciones de contorno. En macizos rocosos, la estructura geológica
tiene una gran influencia en la disposición del nivel freático y, por tanto, en la
distribución de las presiones intersticiales sobre cualquier superficie potencial de
deslizamiento en un talud, así como la alternancia de materiales permeables e
impermeables (siguiente figura).
El nivel freático puede sufrir cambios estacionales o como consecuencia de
dilatados periodos lluviosos o de sequía. En la siguiente figura se representa la
distribución del agua en el interior de una ladera.
Sólo parte del agua de lluvia o escorrentía penetra en el terreno, y una mínima
parte alcanza el nivel freático. Si bien la modificación del nivel freático obedece
generalmente a cambios lentos y periodos largos, en caso de materiales muy
permeables puede llegar a producirse un ascenso relativamente rápido como
consecuencia de precipitaciones intensas.
Además del agua en el interior del terreno, hay que considerar el papel del agua
superficial (por precipitación, escorrentía, etc.), que puede causar problemas
importantes de estabilidad al crearse altas presiones en las discontinuidades y grietas
por las que se introduce, y en la zona más superficial del terreno; de hecho, las roturas
en taludes en suelos son más frecuentes en periodos de lluvias intensas, tras una fuerte
tormenta o en épocas de deshielo. Los fenómenos de erosión y lavado en materiales
blandos o poco consistentes aparecen asimismo asociados a la presencia de agua
superficial.
La influencia del agua en las propiedades de los materiales depende de su
comportamiento hidrogeológico. El efecto más importante es la presión ejercida,
definida por la altura del nivel piezométrico. Los aspectos más importantes que deben
conocerse para evaluar la magnitud y la distribución de las presiones de poro de agua
en el talud y los efectos del agua son:
— Comportamiento hidrogeológico de los materiales.
— Presencia de niveles freáticos y piezométríeos.
— Flujo de agua en el talud.
— Parámetros hidrogeológicos de interés: coeficiente de permeabilidad o
conductividad hidráulica, gradiente hidraúlico, transmisividad y coeficiente de
almacenamiento.
Las presiones intersticiales actuando en el interior de un talud pueden medirse
directamente con piezómetros. Estas medidas proporcionan el valor de la presión que
ejerce el agua en un punto en el interior de un sondeo, o el nivel piezométrico de las
capas o formaciones interceptadas por la tubería (si son varias, el nivel medido
corresponderá al de la formación con mayor altura piezométrica).
De una forma indirecta, las presiones pueden evaluarse a partir de la red de flujo
del talud. Este método proporciona los valores de la presión en diferentes puntos de la
superficie de rotura (siguiente figura).
La forma de la red de flujo en un talud depende de la homogeneidad y
anisotropía del terreno, que condicionan su permeabilidad en las diferentes direcciones,
y de la geometría del talud.
Si se desconocen los elementos necesarios para dibujar la red de flujo, pero se
conoce la posición del nivel freático en el interior del talud, siempre que se trate de un
acuífero libre, la presión de agua, u, sobre un punto se puede estimar como el peso de
la columna vertical de agua sobre él:
𝑢 = 𝑧ϒ𝑤
donde z es la altura de la columna de agua y yw el peso específico del agua
(dependiendo de la anisotropía en la permeabilidad de los materiales del talud y de las
características del flujo, esta hipótesis puede suponer errores importantes).
La definición del modelo de distribución de las presiones de poros de agua en un
talud es un problema difícil que en ocasiones requiere suposiciones. Las hipótesis
usuales que generalmente se asumen para evaluar las presiones (flujo paralelo a la
superficie del talud, condiciones hidrostáticas, etc), pueden conducir a errores al no
considerar los parámetros que controlan el régimen hidráulico del talud.
En casos simples, un método para evaluar de forma aproximada la fuerza total
ejercida por el agua sobre una superficie de discontinuidad o en una grieta de tracción,
es asumir distribuciones triangulares de presiones hidrostáticas sobre estos planos, tal
como se representa en la siguiente figura.
La altura del triángulo corresponde a la máxima presión de agua sobre el plano.
Esta simplificación ayuda a resolver las ecuaciones de equilibrio del talud; la fuerza total
del agua actuando sobre la discontinuidad vendrá dada por el área del triángulo de
presiones construido, considerando dos dimensiones.
Propiedades geomecánicas de los suelos y de los macizos rocosos
La posible rotura de un talud a favor de una determinada superficie depende de la
resistencia al corte de la misma. En primera instancia, esta resistencia depende de los
parámetros resistentes del material: cohesión y rozamiento interno.
La influencia de la naturaleza de los suelos en sus propiedades mecánicas, implica
que la selección de los parámetros resistentes representativos de la resistencia al corte,
debe ser realizada teniendo en cuenta la historia geológica del material. Por ejemplo, en
las formaciones arcillo-margosas en Villa Mella, clasificables generalmente como arcillas
de alta plasticidad, con algo de carbonatos y resistencia a compresión simple de cientos
de kPa, los parámetros que rigen la resistencia de un talud son, generalmente, los
residuales, que representan la resistencia de las superficies de discontinuidad en las
masas de arcilla margosa (bien sean superficies de cizalla, o slickensides, bien superficies
de discontinuidad en la sedimentación, muy finas y con algo de limo).
En macizos rocosos, son las propiedades resistentes de las discontinuidades y de la
matriz rocosa las que controlan el comportamiento mecánico. En función de las
características y estructura del macizo, de su red de fracturación y de la naturaleza de
los materiales y de las discontinuidades, la resistencia vendrá controlada por las
propiedades de las discontinuidades, por las propiedades de la matriz rocosa o por
ambas.
El comportamiento de un macizo rocoso competente depende, generalmente, de
las características de las discontinuidades, además de su litología e historia geológica
evolutiva. La resistencia al corte de estos planos de debilidad depende de su naturaleza
y origen, continuidad, espaciado, rugosidad, tipo y espesor de relleno, presencia de
agua, etc., y es el aspecto más importante la determinación de la resistencia al corte de
discontinuidades. Los planos de rotura se pueden generar a favor de discontinuidades y
a través de «puentes» de matriz rocosa; estos últimos aportan, en general, resistencia
al conjunto.
Tensiones naturales
Las tensiones naturales pueden jugar un papel importante en la estabilidad de los
taludes rocosos. La liberación de tensiones que puede suponer la excavación de un talud
puede originar tal decompresión que el material se transforma y fragmenta por las zonas
más débiles y pasa a comportarse como un suelo. Este efecto se ha comprobado en
explotaciones mineras de Córdoba en taludes lutíticos sometidos a elevadas tensiones
internas, fragmentándose la «formación rocosa» hasta quedar convertida en un
material granular con fragmentos centimétricos (con varios metros de espesor desde la
superficie del talud), dando lugar al desmoronamiento de taludes.
El estado tensional de un talud depende de su configuración geométrica y del estado
de tensiones del macizo rocoso previo a la excavación. En la siguiente figura se presenta
un ejemplo de la distribución de los esfuerzos litostáticos después de realizar una
excavación.
En excavaciones profundas, las elevadas tensiones que se generan en zonas
singulares como el pie del talud pueden dar lugar a condiciones de desequilibrio,
llegando incluso a producirse deformaciones plásticas. También en la cabecera del talud
se generan estados tensionales anisótropos con componentes traccionales que
provocan la apertura de grietas verticales.
Si un macizo rocoso está sometido a tensiones de tipo tectónico, al realizarse una
excavación tiene lugar la liberación y redistribución de las mismas; esta modificación del
estado tensional previo contribuye a la pérdida de resistencia del material. Las
discontinuidades y las zonas con estructuras compresivas (por ejemplo, pliegues)
pueden convertirse en zonas de debilidad por la aparición de tensiones distensivas o
traccionales.
El efecto de relajación que produce la excavación puede dar lugar a desplazamientos
en el macizo rocoso, al tender a un nuevo estado de equilibrio, generándose grietas o
aperturas de los planos de discontinuidad, que juegan un papel importante en las fases
iniciales de los procesos de inestabilidad. Este reajuste es función también del tipo,
estructura y resistencia del macizo, y disminuye con el tiempo.
El estado tenso-deformacional de un macizo rocoso debe ser considerado en los
análisis de estabilidad si puede afectar a su comportamiento y propiedades resistentes,
sobre todo en excavaciones profundas (a partir de 50 m). Un aspecto importante es la
relación entre las tensiones verticales y horizontales, K = σH/σV.
En función de su resistencia, dos macizos rocosos sometidos a igual carga vertical,
pueden soportar muy distintos empujes horizontales. Fenómenos geológicos como la
erosión o los procesos neo tectónicos pueden contribuir a la variación de las relaciones
entre σH y σV en una zona.
Otros factores
Las sobrecargas estáticas y las cargas dinámicas que se ejercen sobre los taludes
modifican la distribución de las fuerzas y pueden generar condiciones de inestabilidad.
Entre las primeras están el peso de estructuras o edificios, u otro tipo de cargas como
rellenos, escombreras, paso de vehículos pesados, etc. que, cuando se ejercen sobre la
cabecera de los taludes, aportan una carga adicional que puede contribuir al aumento
de las fuerzas desestabilizadoras.
Las cargas dinámicas se deben, principalmente, a los movimientos sísmicos,
naturales o inducidos, y a las vibraciones producidas por voladuras cercanas al talud. El
principal efecto en los macizos rocosos fracturados es la apertura de las
discontinuidades preexistentes, con la consiguiente reducción de su resistencia al corte,
y la individualización y caída de bloques rocosos.
En casos de fuertes movimientos sísmicos, las fuerzas aplicadas de forma
instantánea pueden producir la rotura general del talud si existen condiciones previas
favorables a la inestabilidad. En los análisis de estabilidad de taludes en zonas sísmicas
o sometidas a otro tipo de fuerzas dinámicas, deben incluirse estas fuerzas. De una
forma aproximada, en los cálculos se puede considerar la acción dinámica como una
fuerza pseudoestática, dada en función de la aceleración máxima horizontal debida al
sismo.
Las precipitaciones y el régimen climático influyen en la estabilidad de los taludes al
modificar el contenido de agua del terreno. La alternancia de periodos de sequía y lluvia
produce cambios en la estructura de los suelos que dan lugar a pérdidas de resistencia.
Se pueden establecer criterios de riesgo de inestabilidad de taludes en función de la
pluviometría. En la siguiente figura se presenta el criterio de Lumb (1975) para riesgo de
movimientos en relación con las precipitaciones, indicando la intensidad de la lluvia a lo
largo de 15 días y en el último día, para roturas en taludes en suelos graníticos residuales
en Hong Kong.
En muchas formaciones de tipo arcilloso, como las margas, en clima semiárido,
el material desecado se satura tras las lluvias; en la siguiente figura se presenta un
criterio de riesgo de rotura, relacionando la lluvia mensual con la intensidad máxima
diaria para suelos arcillosos, contrastado con diversos casos.
En determinados tipos de suelos o macizos rocosos blandos, los procesos de
meteorización juegan un papel importante en la reducción de sus propiedades
resistentes, dando lugar a una alteración y degradación intensas al ser expuestos los
materiales a las condiciones ambientales como consecuencia de una excavación.
Esta pérdida de resistencia puede dar lugar a la caída del material superficial y,
si afecta a zonas críticas del talud, como su pie, puede generar roturas generales, sobre
todo en condiciones de presencia de agua.
1.5 Tipos de rotura
Taludes en suelos
Los taludes en suelos rompen generalmente a favor de superficies curvas, con forma
diversa condicionada por la morfología y estratigrafía del talud (siguiente figura):
— Las roturas de taludes en suelos a favor de un único plano paralelo al talud son
prácticamente inexistentes, aunque este modelo puede ser válido en el caso de laderas
naturales con recubrimientos de suelos sobre rocas (figura a) o en el caso de taludes
rocosos, donde la presencia de discontinuidades paralelas al talud puede definir
superficies de roturas planas, aunque en general éstas no alcanzan la cabecera del talud
— Puede ser aproximadamente circular (la más frecuente), con su extremo inferior en
el pie del talud, (deslizamiento de pie), cuando éste está formado por terreno
homogéneo o por varios estratos de propiedades geotécnicas homogéneas (figura b).
— Puede ser casi circular, pero pasando por debajo del pie del talud (deslizamiento
profundo; figura c).
— Si se dan determinadas condiciones en el talud, como la existencia de estratos o capas
de diferente competencia, puede tener lugar una rotura a favor de una superficie plana
o de una superficie poligonal formada por varios tramos planos (figura d).
El modelo del talud «infinito», (su longitud puede considerarse infinita con
respecto al espesor de la masa que rompe) puede adoptarse en muchas laderas
naturales donde la superficie de rotura está definida por el contacto, prácticamente
paralelo al talud, entre el terreno superficial (coluvial o suelo residual) y la roca
subyacente (ver esquema de la figura a).
Taludes en rocas
Los diferentes tipos de roturas están condicionados por el grado de fracturación del
macizo rocoso y por la orientación y distribución de las discontinuidades con respecto al
talud, quedando la estabilidad definida por los parámetros resistentes de las
discontinuidades y de la matriz rocosa. En macizos rocosos duros o resistentes, las
discontinuidades determinan la situación de los planos de rotura. En macizos formados
por rocas blandas poco competentes, la matriz rocosa también juega un papel
importante en la generación de estos planos y en el mecanismo de rotura.
En la siguiente figura se presentan diferentes modelos de rotura en taludes y las
relaciones entre ángulos y alturas para diferentes tipos de macizos rocosos.
Los modelos de rotura más frecuentes son: rotura plana, en cuña, por vuelco, por
pandeo y curva. La siguiente figura incluye la representación estereográfica de las
condiciones estructurales de algunos de ellos.
1.6 Análisis de estabilidad de talud
Los análisis de estabilidad se aplican al diseño de taludes o cuando éstos
presentan problemas de inestabilidad. Se debe elegir un coeficiente de seguridad
adecuado, dependiendo de la finalidad de la excavación y del carácter temporal o
definitivo del talud, combinando los aspectos de seguridad, costes de ejecución,
consecuencias o riesgos que podría causar su rotura, etc.
Los métodos de análisis de estabilidad se basan en un planteamiento físico-
matemático en el que intervienen las fuerzas estábilizadoras y desestabilizadoras que
actúan sobre el talud y que determinan su comportamiento y condiciones de
estabilidad. Se pueden agrupar en:
— Métodos determinísticos: conocidas o supuestas las condiciones en que se encuentra
un talud, estos métodos indican si el talud es o no estable. Consisten en seleccionar los
valores adecuados de los parámetros físicos y resistentes que controlan el
comportamiento del material para, a partir de ellos y de las leyes de comportamiento
adecuadas, definir el estado de estabilidad o el factor de seguridad del talud. Existen dos
grupos: métodos de equilibrio límite y métodos tenso-deformacionales.
— Métodos probabilísticos: consideran la probabilidad de rotura de un talud bajo unas
condiciones determinadas. Es necesario conocer las funciones de distribución de los
diferentes valores considerados como variables aleatorias en los análisis (lo que supone
su mayor dificultad por la gran cantidad de datos necesarios, dadas las incertidumbres
sobre las propiedades de los materiales), realizándose a partir de ellas los cálculos del
factor de seguridad mediante procesos iterativos. Se obtienen las funciones de densidad
de probabilidad y distribución de probabilidad del factor de seguridad, y curvas de
estabilidad del talud, con el factor de seguridad asociado a una determinada
probabilidad de ocurrencia.
La elección del método de análisis más adecuado en cada caso dependerá de:
— Las características geológicas y geomecánicas de los materiales (suelos o macizos
rocosos).
— Los datos disponibles del talud y su entorno (geométricos, geológicos, geomecánicos,
hidrogeológicos, etc.).
— Alcance y objetivos del estudio, grado de detalle y resultados que se espera obtener.
Estos factores son, a su vez, interdependientes entre sí; no se podrá efectuar un
análisis detallado si no se dispone de los datos necesarios y suficientes, al igual que un
caso de estabilidad complejo no podrá ser abordado con un método simple por el hecho
de disponer de pocos datos de campo o laboratorio. Asimismo, hay que tener en cuenta
que, tanto los datos de campo como los de laboratorio, deberían ser obtenidos en
función del método de análisis de estabilidad que se vaya a emplear y del tratamiento
que se les vaya a dar.
Tras conocer los parámetros necesarios e influyentes en la estabilidad de un
talud, habrá de elegirse un modelo o método que represente las condiciones
particulares de cada caso. Dada la dificultad de los métodos probabilísticos no es
frecuente su aplicación.
Métodos de equilibrio límite
Los métodos de equilibrio límite (los más utilizados) analizan el equilibrio de una
masa potencialmente inestable, y consisten en comparar las fuerzas tendentes al
movimiento con las fuerzas resistentes que se oponen al mismo a lo largo de una
determinada superficie de rotura. Se basan en:
— La selección de una superficie teórica de rotura en el talud.
— El criterio de rotura de Mohr-Coulomb.
— La definición de «coeficiente de seguridad».
Los problemas de estabilidad son estáticamente indeterminados, y para su
resolución es preciso considerar una serie de hipótesis de partida diferentes según los
métodos. Asimismo, se asumen las siguientes condiciones:
— La superficie de rotura debe ser postulada con una geometría tal que permita que
ocurra el deslizamiento, es decir, será una superficie cinemáticamente posible.
— La distribución de las fuerzas actuando en la superficie de rotura podrá ser computada
utilizando datos conocidos (peso específico del material, presión de agua, etc.).
— La resistencia se moviliza simultáneamente a lo largo de todo el plano de rotura.
Con estas condiciones, se establecen las ecuaciones del equilibrio entre las
fuerzas que inducen el deslizamiento y las resistentes. Los análisis proporcionan el valor
del coeficiente de seguridad del talud para la superficie analizada, referido al equilibrio
estricto o límite entre las fuerzas que actúan. Es decir, el coeficiente F por el que deben
dividirse las fuerzas tangenciales resistentes (o multiplicarse las fuerzas de corte
desestabilizadoras) para alcanzar el equilibrio estricto:
𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑎𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑧𝑎𝑑𝑜𝑟𝑎𝑠
𝐹=
𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑖𝑙𝑖𝑧𝑎𝑑𝑜𝑟𝑎𝑠
O expresado en esfuerzos:
𝑒𝑠𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑜𝑠 𝑡𝑎𝑛𝑔𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑡𝑒𝑠
𝐹=
𝑒𝑠𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑜𝑠 𝑡𝑎𝑛𝑔𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑙𝑖𝑧𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠
Una vez evaluado el coeficiente de seguridad de la superficie supuesta, es
necesario analizar otras superficies de rotura, cinemáticamente posibles, hasta
encontrar aquella que tenga el menor coeficiente de seguridad, Fmin, la cual se admite
como superficie potencial de rotura del talud, y Fmin, se toma como el correspondiente
al talud en cuestión.
Las fuerzas actuando sobre un plano de rotura o deslizamiento potencial,
suponiendo que no existen fuerzas externas sobre el talud, son las debidas al peso del
material, W, a la cohesión, c, y a la fricción, φ, del plano.
El coeficiente de seguridad viene dado por:
𝑅𝑐 + 𝑅𝛷
𝐹=
𝑆
Siendo,
Rc: fuerzas cohesivas = cA
Rφ: fuerzas friccionantes= WCOSαTANφ
S: fuerzas que tienden al deslizamiento= WSENα
A: área del plano de rotura
en caso de existir presión de agua sobre la superficie de rotura, siendo U la
fuerza total debida al agua sobre la superficie A:
𝑅𝛷 = (𝑊𝐶𝑂𝑆𝛼 − 𝑈)𝑇𝐴𝑁𝛷
Existen varios métodos para el cálculo del coeficiente de seguridad por equilibrio
límite, más o menos complejos, desarrollados fundamentalmente para su aplicación a
materiales tipo suelo. Los métodos analíticos proporcionan el coeficiente de seguridad
a partir de la resolución inmediata de ecuaciones simples (método de Taylor, de
Fellenius), mientras que los métodos numéricos necesitan, para su resolución, sistemas
de ecuaciones y procesos de cálculo iterativo; en esta categoría se encuentran los
métodos de Morgenstem y Price, de Spencer, etc.
Para roturas en roca los métodos se basan igualmente en las ecuaciones del
equilibrio entre las fuerzas actuantes, establecidas en base a la geometría concreta de
cada tipología de rotura.
Consideraciones a tener en cuenta en los análisis de estabilidad
En el diseño de taludes debe tenerse en cuenta la inclinación de las laderas naturales
estables; en la figura anterior se incluyen los resultados obtenidos de estudios de
campo, que permiten estimar la inclinación del talud en función de la inclinación
existente previamente en la ladera, según el tipo de terreno.
— Los métodos de análisis describen condiciones matemáticas entre esfuerzos. Deben
adaptarse a las condiciones reales de drenaje del problema a resolver, llevando a cabo
análisis en esfuerzos totales o en efectivos. En situaciones de obra donde la excavación
y construcción se efectúa de forma rápida, pueden hacerse análisis en esfuerzos totales,
pero a largo plazo los análisis deben hacerse en esfuerzos efectivos.
— Los métodos que expondremos (excepto el de «rebanadas») utilizan valores únicos
de los parámetros c y φ; sin embargo, éstos son función del estado del terreno, el cual
puede variar a lo largo de la superficie de rotura. Normalmente en la densidad seca del
terreno de un talud puede haber variaciones del orden de un 10 %, con lo que la relación
de vacíos puede variar en un 15 -20 %, lo que puede llevar a variaciones del ángulo de
rozamiento de 5°- 6° en arenas.
— En arcillas saturadas, la resistencia al corte sin drenaje, Cu, varía en función de su
razón de sobreconsolidación (OCR); además debería tenerse en cuenta el tipo de
deformación en el terreno, a lo largo de la superficie de deslizamiento, a la hora de
determinar la resistencia, a fin de realizar ensayos de laboratorio representativos.
— Los métodos en sí condicionan, parcialmente, la influencia de los parámetros; en el
caso de taludes «infinitos» es habitual que la cohesión sea muy pequeña o nula en la
superficie de deslizamiento, puesto que ésta viene marcada por alguna discontinuidad
en la que suele circular el agua. Si se acepta el valor c = 0, resulta que F = tg φ/tg α, con
lo que, para una geometría dada, F depende linealmente de tg φ, y una variación de 2°
supone una variación del orden del 8 - 12 % en el valor de F. Si el coeficiente de seguridad
de un talud es bajo (del orden de 1.15), F puede bajar localmente a 1.0 y producirse el
deslizamiento.
— El cálculo de las presiones de poro de agua en la superficie de rotura supone la
determinación previa de la red de flujo en el talud, lo que no siempre es fácil; se puede
obtener a partir de un nivel freático estático equivalente o introduciendo en los cálculos
valores del coeficiente rw = u/yH adecuados (por ejemplo, en cada rebanada).
— Existen factores influyentes en la estabilidad del talud no tenidos en cuenta en estos
análisis, como los ambientales (evapotranspiración, erosión superficial, vegetación,
etc.), que afectan a los parámetros de resistencia al corte del terreno, a las condiciones
hidrogeológicas, etc.
— Los análisis con métodos de rebanadas correctamente aplicados dan resultados
aceptables; es recomendable dibujar previamente las posibles superficies de rotura y
considerar superficies de tanteo similares, no limitándose a introducir en el ordenador
datos de centros y radios sin observar previamente su posición en el talud analizado.
Métodos tenso - deformacionales
Estos métodos constituyen una alternativa a los métodos de equilibrio límite,
siempre y cuando su utilización esté justificada y sea apropiada para el análisis del talud
considerado. Su principal ventaja es que consideran las relaciones tensión-deformación
que sufre el material durante el proceso de deformación y rotura, siendo estas
relaciones las que dan la pauta de su comportamiento y las que controlan su resistencia.
Ante unas determinadas cargas, el terreno se deforma en función de sus
propiedades resistentes y deformacionales, siguiendo su ley de comportamiento hasta
alcanzar, en su caso, la rotura, a la vez que se van generando diferentes estados
tensionales en las distintas zonas del talud.
Los métodos tenso-deformacionales permiten modelizar esta evolución a partir del
modelo geométrico representativo de la estructura, estratigrafía e hidrogeología del
talud o ámbito de estudio considerado (debiéndose aplicar unas determinadas
condiciones de contorno al modelo), de la aplicación de la ley de comportamiento
adecuada del material y de las propiedades resistentes y deformacionales de las
diferentes fitologías involucradas en el modelo.
Entre ellos tenemos el Método de los Elementos Finitos (MEF), Método de
Diferencias Finitas (MDF), Método de Elementos de Contorno (MEC) y Método de
Elementos Discretos (MED).
La resolución de las ecuaciones de la elasticidad o plasticidad (u otro modelo de
comportamiento) mediante el método de los elementos finitos, u otro método
matemático (diferencia fínita), aporta los valores de los desplazamientos,
deformaciones y tensiones que se van generando en todo el modelo analizado,
proporcionando la naturaleza y magnitud de los desplazamientos del material
compatibles con el estado de equilibrio del talud.
A diferencia de los métodos de equilibrio límite, que consideran únicamente las
fuerzas que actúan sobre uno o varios puntos de la superficie de rotura, y que suponen
que la rotura se produce de forma instantánea y que la resistencia se moviliza al mismo
tiempo a lo largo de toda la superficie, los métodos tensión - deformación analizan el
proceso de deformación en cada uno de los puntos seleccionados del modelo; estos
métodos permiten evaluar, así mismo, la influencia de los diferentes parámetros en el
estado de estabilidad del talud, como tensiones naturales del terreno, fuerzas
dinámicas, presiones de agua, etc.
El conocimiento de la ley o leyes de comportamiento que siguen los materiales es
fundamental para la modelización, así como la determinación de los valores de sus
parámetros resistentes y deformacionales, lo que constituye la principal limitación de
este tipo de métodos.
Los diferentes programas de ordenador disponibles proporcionan salidas gráficas
con los desplazamientos, tensiones, deformaciones, etc., del talud, que permiten
deducir las zonas con riesgo de inestabilidad y los mecanismos y modelos de rotura,
pudiendo también proporcionar el valor del coeficiente de seguridad (que no es
exactamente igual que en los métodos de equilibrio límite, al no definirse
concretamente una superficie de rotura).
En las siguientes figuras se muestran ejemplos de los resultados obtenidos del
análisis tenso-deformacional de taludes.
Su aplicación está más extendida para análisis de taludes en suelos y macizos
rocosos intensamente fracturados, blandos o poco competentes (que pueden
considerarse medios continuos donde las roturas y deformaciones no están controladas
por planos preexistentes de discontinuidad) o en macizos rocosos masivos.
Se aplican también al análisis de taludes rocosos de profundidad importante
(cortas mineras), donde pueden producirse tensiones elevadas, plastificaciones y
deformaciones importantes. Existen también algunas aplicaciones para análisis de
macizos rocosos discontinuos, que consideran los movimientos entre bloques rocosos a
favor de las discontinuidades, como el programa UDEC.
A continuación, un resumen del ámbito de aplicación de los métodos numéricos.
1.7 Movimientos de laderas naturales y otros movimientos del terreno
(hundimientos y subsidencias).
Los estudios de taludes se enfocan al diseño de excavaciones estables y a la
corrección o estabilización de las roturas, que suelen ser superficiales y afectar a
volúmenes relativamente pequeños (aunque en grandes excavaciones mineras pueden
producirse movimientos de gran magnitud). Los deslizamientos en laderas naturales
pueden ser profundos y movilizar millones de metros cúbicos de material; los
mecanismos de rotura, además, suelen ser complejos, estando condicionados por
factores o procesos a escala geológica (fallas, procesos tectónicos, procesos
geomorfológicos, litorales, flujos de agua subterránea, etc.).
Los procesos geodinámicos que afectan a la superficie terrestre dan lugar a
movimientos del terreno de diversas características, magnitud y velocidad. Los más
frecuentes y extendidos son los movimientos de ladera, que engloban, en general, a los
procesos gravitacionales que tienen lugar en las laderas. Otro tipo, aunque menos
extendido por estar asociado a determinados materiales y circunstancias, son los
hundimientos.
La acción de la gravedad, el debilitamiento progresivo de los materiales, debido
principalmente a la meteorización, y la actuación de otros fenómenos naturales y
ambientales, hacen que los movimientos del terreno sean relativamente habituales en
el medio geológico.
Estos procesos llegan a constituir riesgos geológicos potenciales, ya que pueden
causar daños económicos y sociales al afectar a las actividades y construcciones
humanas. Evitar estos efectos nocivos es el objetivo final de la investigación de los
movimientos del terreno, de sus características, tipos y mecanismos de inestabilidad, de
los factores que los controlan y de sus causas. Para abordar su estudio es necesario
conocer los materiales rocosos y los suelos, sus características y propiedades geológicas,
geomecánicas e hidrogeológicas, y su comportamiento, así como los factores que
condicionan y desencadenan los movimientos.
El estudio suele estar enfocado hacia alguna de las siguientes aplicaciones:
— Investigación de procesos particulares para el diseño de medidas correctoras
o estabilizadoras para mitigación o reducción de los daños.
— Análisis de las causas y de los factores que controlan y desencadenan los
procesos en una zona, con vistas a la prevención de los movimientos.
— Realización de cartografías de zonas inestables o potencialmente inestables,
para aplicaciones preventivas.
El papel de la ingeniería geológica en la prevención de los riesgos por
deslizamientos y hundimientos es más efectivo cuando los procesos se producen a
escala geotécnica, es decir, con dimensiones que permitan abordar su control. Los
grandes movimientos a escala geológica son, por lo general, imposibles de controlar, y
en estos casos las únicas medidas posibles son la prevención y las restricciones de uso
del territorio.
Movimientos de ladera
Los procesos geológicos y climáticos que afectan a la superficie terrestre crean el
relieve y definen la morfología de las laderas, que va modificándose a lo largo del tiempo
para adaptarse a nuevas condiciones geológicas o climáticas. Por lo general, las laderas
adoptan pendientes naturales cercanas al equilibrio; ante el cambio de condiciones, su
morfología se modifica buscando de nuevo el equilibrio. En este contexto, los
movimientos de ladera pueden entenderse como los reajustes del terreno para
conseguir el equilibrio ante un cambio de condiciones.
Entre las áreas más propensas a la inestabilidad, bajo un punto de vista global, están
las zonas montañosas y escarpadas, zonas de relieve con procesos erosivos y de
meteorización intensos, laderas de valles fluviales, acantilados costeros, zonas con
materiales blandos y sueltos, con macizos rocosos arcillosos, esquistosos y alterables,
zonas sísmicas, zonas de precipitación elevada, etc.
El estudio de los movimientos de ladera, con frecuencia englobados bajo el término
general de deslizamientos, tiene muchos campos comunes con los estudios de
estabilidad de taludes: los factores geomecánicos que controlan los procesos de rotura
e inestabilidad, los mecanismos de rotura, métodos de análisis y modelización, métodos
de corrección, estabilización e instrumentación.
Las inestabilidades en las laderas, al igual que en los taludes excavados, se deben al
desequilibrio entre las fuerzas internas y externas que actúan sobre el terreno, de tal
forma que las fuerzas desestabilizadoras superan a las fuerzas estabilizadores o
resistentes. Este desequilibrio puede ser debido a una modificación de las fuerzas
existentes o a la aplicación de nuevas fuerzas extemas estáticas o dinámicas.
Aunque, como se ha mencionado, las inestabilidades naturales con frecuencia son
procesos complejos, los mecanismos y modelos de rotura del terreno son similares a los
de los taludes excavados, pudiendo agruparse en roturas a favor de superficies curvas o
planas, tipo cuña o bloque, etc., según los materiales sean suelos o macizos rocosos.
Los movimientos de ladera, por su gran extensión y frecuencia, constituyen un riesgo
geológico muy importante, que afecta a edificaciones, vías de comunicación,
conducciones de abastecimiento, cauces y embalses, etc. y, ocasionalmente, a
poblaciones. Los movimientos de gran magnitud (decenas o cientos de millones de
metros cúbicos) son muy poco frecuentes, aunque en la superficie terrestre hay signos
que denotan su ocurrencia en el pasado, posiblemente asociada a épocas climáticas
húmedas y lluviosas o a actividad tectónica y sísmica.
Por otro lado, los deslizamientos son quizá los procesos naturales más previsibles y
más sensibles a las medidas de corrección y mitigación para la prevención de los daños
que conllevan. Incluso las predicciones de su ocurrencia se pueden llevar a cabo en los
casos en que los movimientos estén asociados a factores conocidos, por ejemplo, a
lluvias intensas.
Los movimientos de ladera engloban diferentes tipos de procesos, como los
deslizamientos, desprendimientos, flujos y coladas de barro o derrubios, reptaciones,
avalanchas rocosas, etc. Los diferentes tipos se describen a continuación.
Las clasificaciones de los movimientos de ladera suelen referirse a los tipos de
materiales involucrados, distinguiendo generalmente entre materiales rocosos,
derrubios y suelos, y al mecanismo y tipo de la rotura, considerando también otros
aspectos, como el contenido en agua del terreno y la velocidad y magnitud del
movimiento.
Algunas de las clasificaciones más extendidas (Vames, 1984; Hutchinson, 1988;
EPOCH, 1993; Dikau et al, 1996), con diversos criterios y fines, son de gran utilidad para
abordar el estudio de los movimientos de laderas y el conocimiento del comportamiento
de los materiales que sufren estos procesos. También han sido establecidas
clasificaciones específicas para algunos materiales, como las arcillas, o para algunos
tipos de movimiento, como los flujos.
En la siguiente figura se recoge una clasificación simplificada de los diferentes tipos
de movimientos de ladera, en función de los mecanismos de rotura y del tipo de
material.
Deslizamientos
Los deslizamientos son movimientos de masas de suelo o roca que deslizan,
moviéndose relativamente respecto al sustrato, sobre una o varias superficies de rotura
netas al superarse la resistencia al corte de estas superficies; la masa generalmente se
desplaza en conjunto, comportándose como una unidad en su recorrido; la velocidad
puede ser muy variable, pero suelen ser procesos rápidos y alcanzar grandes volúmenes
(hasta varios millones de metros cúbicos).
En ocasiones, cuando el material deslizado no alcanza el equilibrio al pie de la ladera
(por su pérdida de resistencia, contenido en agua o por la pendiente existente), la masa
puede seguir en movimiento a lo largo de cientos de metros y alcanzar velocidades muy
elevadas, dando lugar a un flujo; los deslizamientos también pueden ocasionar
avalanchas rocosas.
Pueden producirse deslizamientos en derrubios (por ejemplo, en los coluviones de
las laderas, a favor del contacto con el sustrato, o en laderas rocosas muy alteradas y
fracturadas, a favor del contacto con la roca sana), que generalmente dan lugar a flujos
de derrubios, ya que suelen ocurrir en condiciones de saturación del material.
El término derrubio se refiere a un material suelto, sin consolidar, con una
proporción significativa de material grueso (Vames, 1988).
Los deslizamientos rotacionales (siguiente figura) son más frecuentes en suelos
cohesivos «homogéneos». La rotura, superficial o profunda, tiene lugar a favor de
superficies curvas o en «forma de cuchara». Una vez iniciada la inestabilidad, la masa
empieza a rotar, pudiendo dividirse en varios bloques que deslizan entre sí y dan lugar
a «escalones» con la superficie basculada hacia la ladera y a grietas de tracción estriadas.
Sus dimensiones más frecuentes varían entre varias decenas y centenares de
metros, tanto en longitud como en anchura, y pueden ser superficiales o profundos (el
límite puede establecerse en tomo a los 10 m). La parte inferior de la masa deslizada se
acumula al pie de la ladera formando un depósito tipo lóbulo con grietas de tracción
transversales (figura anterior). Dependiendo del tipo de suelos y del contenido en agua,
se pueden generar flujos.
La siguiente figura presenta diferentes modelos de deslizamientos curvos o
rotacionales; los de tipo sucesivo se dan en arcillas duras fisuradas con pendientes
cercanas a su ángulo de equilibrio y en arcillas blandas muy sensitivas, donde el primer
deslizamiento da lugar a una acumulación de arcilla remoldeada que fluye y deja sin
sustento al material superior de la ladera, provocándose sucesivas roturas.
Son roturas poco profundas, pero de gran continuidad lateral. Los macizos rocosos
blandos o con alto grado de fracturación o alteración, donde las discontinuidades no
constituyen superficies de debilidad preferentes, pueden también sufrir este tipo de
rotura.
En los deslizamientos traslacionales la rotura tiene lugar a favor de superficies planas
de debilidad preexistentes (superficie de estratificación, contacto entre diferentes tipos
de materiales, superficie estructural, etc.); en ocasiones, el plano de rotura es una fina
capa de material arcilloso entre estratos de mayor competencia (ver figura).
No suelen ser muy profundos, aunque sí muy extensos y alcanzar grandes distancias.
Pueden darse en suelos y en rocas (ver figura), y las masas que deslizan en ocasiones
son bloques rectangulares previamente independizados por discontinuidades o por
grietas de tracción (deslizamientos de bloques).
Son frecuentes en este tipo de inestabilidades los movimientos a impulsos o en fases
diferentes en el tiempo según las condiciones de resistencia de los planos de
deslizamiento, que no tienen por qué presentar una pendiente elevada. Generalmente,
los deslizamientos traslacionales son más rápidos que los rotacionales, dadas las
características cinemáticas del mecanismo de rotura.
Flujos
Los flujos o coladas son movimientos de masas de suelo (flujos de barro o tierra),
derrubios (coladas de derrubios o debris flow) o bloques rocosos (coladas de fragmentos
rocosos) con abundante presencia de agua, donde el material está disgregado y se
comporta como un «fluido», sufriendo una deformación continua, sin presentar
superficies de rotura definidas.
El agua es el principal agente desencadenante, por la pérdida de resistencia a que
da lugar en materiales poco cohesivos. Principalmente, afectan a suelos arcillosos
susceptibles que sufren una considerable pérdida de resistencia al ser movilizados; estos
movimientos, poco profundos en relación a su extensión, presentan una morfología tipo
glaciar, y pueden tener lugar en laderas de bajas pendientes (incluso menores de 10°).
Estos movimientos pueden alcanzar varios kilómetros. Las figuras presentan
ejemplos de coladas de barro y de bloques rocosos.
Las coladas de barro o tierra (mudflow o earthflow) se dan en materiales
predominantemente finos y homogéneos, y su velocidad puede alcanzar varios metros
por segundo; la pérdida de resistencia suele estar motivada por la saturación en agua.
Se clasifican según el tipo de material, características resistentes y contenido en agua
(ver figura).
Los flujos de barro generalmente presentan pequeñas magnitudes, pero en
ocasiones, sobre todo en condiciones de saturación, pueden ser muy extensos y rápidos,
teniendo consecuencias catastróficas en caso de alcanzar zonas pobladas.
Los depósitos de materiales finos volcánicos, por sus propiedades físicas y
geomecánicas, son especialmente susceptibles a este tipo de procesos. En los suelos
tipo loess y en arenas secas pueden tener lugar flujos inducidos por movimientos
sísmicos, provocados generalmente por colapsos debidos a la rotura de los débiles
enlaces entre partículas; si estos materiales se encuentran saturados o sumergidos, se
crea una masa sin cohesión que puede fluir con velocidades muy elevadas.
Estas movilizaciones bruscas por colapso estructural del suelo, debido a sacudidas
sísmicas o a rotura del suelo por desecación, se denominan golpes de arena y limo,
término que hace más bien referencia a la causa del movimiento.
Los flujos de derrubios son movimientos complejos que engloban a fragmentos
rocosos, bloques, cantos y gravas en una matriz fina de arenas, limos y arcilla. Tienen
lugar en laderas cubiertas por material suelto o no consolidado, como es el caso de los
depósitos de morrenas glaciares, y especialmente en aquellas donde no existe cobertera
vegetal. Según datos recopilados por Coraminas y otros (1996), las pendientes del área
fuente de los flujos de derrubios varían entre los 20° y los 45°, y en la zona de
acumulación entre 5° y 15°, alcanzando los procesos velocidades desde menos de 1 m/s
hasta 12-15 m/s.
Los flujos pueden ser consecuencia de deslizamientos, o ser inducidos por
desprendimientos. Junto con los deslizamientos son los movimientos de ladera más
extendidos, al afectar a muy diversos tipos de materiales.
En algunas clasificaciones, dentro de los flujos se incluyen varios tipos de procesos
con características propias, como la reptación (ver siguiente figura), movimiento
superficial (unos decímetros) muy lento, prácticamente imperceptible, que afecta a
suelos y materiales alterados, provocando deformaciones continuas que se manifiestan
al cabo del tiempo en la inclinación o falta de alineación de árboles, vallas, muros,
postes, etc. en las laderas.
En ocasiones este movimiento se clasifica como proceso de tipo creep, término que
hace referencia a una deformación tiempo – dependiente y que, en todo caso, definiría
el comportamiento deformacional del material. La solifluxión afecta igualmente a la
zona más superficial de las laderas, y es un movimiento producido por los procesos
hielo-deshielo que, por los cambios de temperatura diarios o estacionales, afecta al agua
contenida en los suelos finos en regiones frías.
Desprendimientos
Los desprendimientos son caídas libres muy rápidas de bloques o masas rocosas
independizadas por planos de discontinuidad preexistentes (tectónicos, superficies de
estratificación, grietas de tracción, etc.). Son frecuentes en laderas de zonas montañosas
escarpadas, en acantilados y, en general, en paredes rocosas, siendo frecuentes las
roturas en forma de cuña y en bloques formados por varias familias de discontinuidades.
Los factores que los provocan son la erosión y pérdida de apoyo o descalce de los
bloques previamente independizados o sueltos, el agua en las discontinuidades y
grietas, las sacudidas sísmicas, etc.
En la figura al inicio del subtema se presentan diversos tipos de desprendimientos.
Aunque los bloques desprendidos pueden ser de poco volumen, al ser procesos
repentinos suponen un riesgo importante en vías de comunicación y edificaciones en
zonas de montaña y al pie de acantilados.
Pueden también darse desprendimientos de masas de suelos en taludes verticales,
generalmente a favor de grietas de tracción generadas a causa del estado tensional o de
grietas de retracción por desecación del terreno.
Los vuelcos de estratos o de fragmentos de masas rocosas se pueden incluir dentro
de los desprendimientos (las características de este tipo de rotura se describieron). Se
producen cuando los estratos buzan en sentido contrario a la ladera, por estar
fracturados en bloques o por rotura de la zona de pie de la ladera. Suelen darse
principalmente en frentes rocosos con estratos verticalizados.
Avalanchas rocosas
Estos procesos, considerados como desprendimientos o movimientos complejos en
algunas clasificaciones, son muy rápidos, con caída de masas de rocas o derrubios que
se desprenden de laderas escarpadas y pueden ir acompañadas de hielo y nieve (ver
figura).
Las masas rocosas se rompen y pulverizan durante la caída, dando lugar a
depósitos con una distribución caótica de bloques, con tamaños muy diversos, sin
estructura, prácticamente sin abrasión y con gran porosidad.
Las avalanchas son generalmente el resultado de deslizamientos o
desprendimientos de gran magnitud que, por lo elevado de la pendiente y la falta de
estructura y cohesión de los materiales, descienden a gran velocidad ladera abajo en
zonas abruptas, pudiendo superar los 100 km/hora, incluso si las masas están
completamente secas, por la disminución de la fricción a que da lugar la presencia de
aire entre los materiales y fragmentos rocosos.
El agua de precipitación o deshielo, los movimientos sísmicos y las erupciones
volcánicas pueden jugar un papel importante en el desencadenamiento de estos
procesos.
Las avalanchas de derrubios están formadas por material rocoso muy heterométrico,
pudiendo incluir grandes bloques y abundantes finos; los depósitos morrénicos
constituyen un material propenso para estos procesos, así como las acumulaciones de
materiales procedentes de erupciones volcánicas. La diferencia con los flujos de
derrubios, además de la presencia de agua (no necesaria en las avalanchas), es la rapidez
del proceso y velocidad que alcanza la masa en zonas con pendiente elevada.
Desplazamientos laterales
Este tipo de movimiento (denominado en algunas clasificaciones como «extensión
lateral» o lateral spreading) hace referencia al movimiento de bloques rocosos o masas
de suelo muy coherente y cementado sobre un material blando y deformable. Los
bloques se desplazan muy lentamente a favor de pendientes muy bajas. Los
movimientos son debidos a la pérdida de resistencia del material subyacente, que fluye
o se deforma bajo el peso de los bloques rígidos.
Los desplazamientos laterales también pueden ser provocados por licuefacción del
material infrayacente, o por procesos de extrusión lateral de arcillas blandas y húmedas,
bajo el peso de las masas superiores (ver figura). Se dan en laderas suaves, y pueden ser
muy extensos.
Las capas superiores se fragmentan generándose grietas, desplazamientos
diferenciales, vuelcos, etc., presentando las zonas afectadas un aspecto caótico.
Causas de los movimientos de ladera
Los factores que controlan los movimientos de las laderas son aquellos capaces de
modificar las fuerzas internas y externas que actúan sobre el terreno. En el siguiente
cuadro se indican sus efectos sobre el comportamiento y las propiedades de los
materiales; los factores condicionantes (o «pasivos») dependen de la propia naturaleza,
estructura y forma del terreno, mientras que los desencadenantes (o «activos») pueden
ser considerados como factores externos que provocan o desencadenan las
inestabilidades y son responsables, por lo general, de la magnitud y velocidad de los
movimientos.
A efectos de su incidencia en el comportamiento geomecánico de los suelos y
rocas, los factores o agentes que controlan los movimientos de laderas pueden
agruparse en aquellos que contribuyen a reducir la resistencia al corte y aquellos que
incrementan los esfuerzos de corte. En el siguiente cuadro se presenta una relación de
dichos factores.
Numerosos autores han establecido umbrales de intensidad y duración de la
lluvia para el desencadenamiento de movimientos de laderas en diferentes lugares. El
siguiente cuadro recoge algunos de ellos. El principal inconveniente para su aplicación
como medida preventiva es que no son extrapolables a otras zonas o lugares fuera de
donde han sido establecidos, al influir en las inestabilidades factores muy diversos.
En el siguiente cuadro se presentan los valores de precipitación establecidos en
base al análisis de más de una veintena de casos españoles para diferentes tipos de
movimientos de ladera.
Investigación de deslizamientos
La investigación de los procesos de inestabilidad de laderas y zonas inestables
requiere la identificación de los procesos, el estudio de las causas y de los factores que
los controlan y el análisis de los movimientos.
En el siguiente cuadro se detallan las investigaciones más habituales según que el
objetivo sea el análisis de áreas inestables o de movimientos particulares.
En el siguiente cuadro se presentan algunas características y rasgos
predominantes, que pueden ayudar al reconocimiento de los distintos tipos de
movimientos de laderas con vistas a su clasificación.
A continuación, la escala de velocidad de los movimientos de ladera:
En el siguiente cuadro se incluyen los métodos habituales de investigación in Situ.
Hundimientos y subsidencias
Estos procesos se caracterizan por ser movimientos de componente vertical,
diferenciándose generalmente entre hundimientos, o movimientos repentinos, y
subsidencias.
Se pueden distinguir los siguientes tipos:
— Hundimientos de cavidades subterráneas en roca, con o sin reflejo en superficie.
— Hundimientos superficiales, en rocas o suelos.
— Subsidencias o descensos lentos y paulatinos de la superficie del terreno.
En el primer caso, los movimientos suelen ocurrir por colapso de los techos de
cavidades subterráneas, más o menos profundas, al alcanzarse una situación límite en
la resistencia de las rocas suprayacentes, sometidas a tensiones que no pueden
soportar. Los materiales presentan un comportamiento frágil con roturas violentas. El
que repercutan o no en superficie depende de la potencia y características
geomecánicas de los materiales suprayacentes.
En el segundo se pueden dar materiales evaporíticos (sales y yesos) con
movimientos de reajuste de los materiales a los huecos continuos y paulatinos, en
coladas de lavas volcánicas presentan cavidades debidas al enfriamiento diferencial de
estos materiales, actividades antrópicas que pueden dar lugar a hundimientos o
colapsos como las explotaciones mineras de interior, entre otros.
La subsidencia puede prevenirse y controlarse actuando sobre los procesos que
la provocan. Si los materiales afectados no han sobrepasado las deformaciones elásticas,
éstas pueden recuperarse si se vuelve a las condiciones iniciales de equilibrio, por
ejemplo, en el caso de descenso del nivel freático. En las excavaciones subterráneas, la
subsidencia puede prevenirse mediante inyecciones y tratamientos previos de
consolidación del terreno.
En el caso de cavidades, la solución es el relleno de las mismas, previo
conocimiento de su volumen y profundidad, y asegurarse de que el proceso no esté
activo; en ocasiones, si el proceso es activo, los rellenos deben ser realizados
periódicamente.
Ante la imposibilidad de evitar los procesos de hundimiento y subsidencia de
cierta magnitud, las medidas para paliar sus efectos deben basarse en la prevención de
estos fenómenos.
Prevención de riesgos por movimientos del terreno
Los daños causados por los deslizamientos y los hundimientos dependen de la
velocidad y magnitud de estos procesos. Los movimientos de ladera rápidos son los que
ocasionan mayores riesgos y pueden causar víctimas, mientras que los lentos y las
subsidencias presentan menor potencial de daños.
A pesar de las mejoras en el reconocimiento, prevención y sistemas de emergencia,
los daños por movimientos de ladera en el mundo van en aumento. Según Schuster
(1996a) las causas son:
— Aumento de la urbanización y desarrollo en áreas expuestas a deslizamientos.
— Deforestación de áreas con deslizamientos potenciales.
— Aumento en la precipitación regional en determinadas zonas debido a cambios
climáticos.
Los daños causados por estos procesos suelen estar muy localizados, y
generalmente consisten en (Suárez y Regueiro, 1997):
— Destrucción y daños por asientos diferenciales y grietas en el terreno.
— Invasión del agua sobre las zonas bajas junto a mares, ríos o lagos.
— Pérdidas y filtraciones en embalses.
— Cambios en el flujo de agua en canales, drenajes, desagües, etc.
— Colapso de tuberías de pozos de agua y petróleo.
— Contaminación de agua subterránea a favor de grietas producidas por la subsidencia.
A continuación, el contexto geomecánico y criterios de aceptabilidad para el
diseño de taludes:
1.8 Método de los esfuerzos efectivos y totales. Importancia de las
deformaciones
El estudio de la estabilidad a largo plazo se suele realizar por el método de los
esfuerzos efectivos, introduciendo las presiones poros del agua obtenidas a partir de
una red de corriente o bien medidas in situ. Lo mismo se puede decir respecto a la
consideración de un estado intermedio; en tal caso habría que calcular las presiones
poros del agua inducidas y su disipación o bien habría que recurrir a su medición.
Dentro de los problemas de estabilidad a corto plazo distinguimos dos grupos.
En el primero el suelo no ha sufrido drenaje entre la toma de muestras y el instante en
el que necesitamos conocer la estabilidad: tal es el caso de una construcción ejecutada
con gran rapidez en arcilla saturada. En el segundo se produce el drenaje total
correspondiente a unas determinadas cargas, pero a continuación se produce un cambio
en el estado de tensiones con gran rapidez; es el caso de un desembalse rápido en una
presa.
Cuando es posible, es preferible emplear el método de los esfuerzos totales por
ser más sencillo que el de los esfuerzos efectivos. Una de las razones que simplifican
extraordinariamente el procedimiento consiste en que no es preciso calcular las
presiones poros del agua inducidas en el terreno por el incremento de tensiones.
En el primer grupo de problemas, basándonos en que la resistencia sin drenaje
de un suelo saturado es relativamente constante (Bishop, 1971; Parry, 1971) podremos
aplicar a nuestro cálculo de estabilidad la resistencia sin drenaje medida durante la
etapa de reconocimiento, siempre que el suelo esté saturado. Al menos casos se ha
comprobado que la variación de resistencia experimentada por una arcilla durante la
construcción es pequeña (Haupy y Olson, 1972).
En arcillas preconsolidadas y al parecer en arcillas normalmente consolidadas
fisuradas, se han producido o fenómenos de rotura progresiva o corrimientos a través
de superficies de deslizamiento preexistentes, en tiempos suficientemente cortos como
para que el drenaje haya sido despreciable (Bjrrum, 1968; Kaufman y Weaver, 1969;
Palladino y Peck, 1972); en estos casos ha sido más frecuente emplear el método de los
esfuerzos efectivos.
En el segundo grupo de problemas es más frecuente utilizar el método de los
esfuerzos efectivos, calculando las presiones poros de agua existentes mediante los
coeficientes de presión poro de agua o mediante el estudio de medidas in situ de casos
similares y comprobar la marcha de la estabilidad midiendo las presiones poros del agua
en el campo. Sin embargo, es posible también aplicar el método de los esfuerzos totales,
hallando valores de la resistencia sin drenaje basados en los de los esfuerzos principales
efectivos durante la fase de consolidación.
Ambos métodos, como es natural, conducen al mismo coeficiente de seguridad,
F= 1.0, cuando la muestra está en equilibrio estricto. Sin embargo, cuando el coeficiente
de seguridad es superior a 1, los valores obtenidos por los dos procedimientos no tienen
por qué coincidir, ya que en el método de los esfuerzos efectivos, al calcular la
resistencia, solemos introducir las presiones de poros de agua de servicio que actúan al
hallar la resistencia son, evidentemente, las de rotura.
1.9 Parámetros de resistencia al esfuerzo cortante que deben usarse en las
diferentes condiciones de análisis de estabilidad.
Debemos establecer el concepto de momento crítico de la vida de una estructura
de tierra, ligándolo a las condiciones a corto y largo plazo, que suelen ser las más
relevantes. Se analiza cualitativamente los cambios que pueden tener lugar en las
condiciones mecánicas de los suelos con los que se construye una cierta estructura
ejemplificando las condiciones a corto y largo plazo por un terraplén que se construya
sobre un terreno arcilloso saturado y blando y por una excavación hecha en el mismo
suelo, respectivamente.
Considérese el terraplén siguiente construido sobre un terreno arcilloso blando
saturado.
En la parte a) aparece el terraplén y una supuesta superficie potencial de
deslizamiento;
En la parte b) se ha dibujado la variación de la altura del terraplén con el tiempo,
así como el cambio del esfuerzo cortante medio en dicha superficie de falla.
En la parte c) de la figura aparece la variación de la presión de poro en un punto
P de la superficie de deslizamiento supuesta; si la construcción se verifica en forma
rápida, es decir, en un tiempo durante el cual no ocurre consolidación apreciable del
terreno de cimentación, se tendrá un aumento sostenido de la presión de poro durante
ese lapso, hasta un máximo al fin del mismo; a partir del fin de la construcción, la presión
del poro tendera a disiparse, tratando de volver al valor original que existía en P.
La parte d) indica en forma cualitativa como vería el factor de seguridad del
terraplén contra el deslizamiento, definido, como se verá, como la relación de la
resistencia media del suelo, al esfuerzo cortante medio actuante, ambos medidos a lo
largo de la superficie de deslizamiento considerada. Las condiciones de seguridad contra
el deslizamiento empeoran durante el periodo de construcción, pues durante el
aumenta el esfuerzo cortante medio actuante (al crecer el terraplén), en tanto que la
resistencia potencial media a lo largo de la superficie de falla se mantiene la misma, por
considerarse que en el lapso considerado no ha tenido lugar ninguna consolidación
apreciable. A partir del fin de la construcción sobreviene la consolidación del suelo bajo
el terraplén, aumenta la resistencia y correspondientemente mejoran las condiciones
de estabilidad, pues el esfuerzo cortante medio ya no aguanta más.
Finalmente, la parte e), por simplicidad, si asumimos que la construcción del
terraplén es rápida y que prácticamente no se produce drenaje durante el período de
construcción, la resistencia media al corte de la arcilla permanecerá constante desde t=
0 hasta t = t1, o τf = cu (resistencia al corte sin drenaje). Esta se muestra en la Figura e.
Para el tiempo t > t1, a medida que avanza la consolidación, la magnitud de la resistencia
al corte, τf, aumentará gradualmente. En el tiempo t ≥ t2, es decir, después de la
consolidación es completado: la resistencia al corte promedio de la arcilla será igual a τf
= c´+ σ´tan φ´ (resistencia al corte drenado) (Figura e). El factor de seguridad del
terraplén a lo largo de la superficie potencial de deslizamiento se puede dar como:
𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑎𝑙 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑚𝑒𝑑𝑖𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑎𝑟𝑐𝑖𝑙𝑙𝑎, 𝑎 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑟𝑔𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑢𝑝𝑒𝑟𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒 𝑑𝑒 𝑑𝑒𝑠𝑙𝑖𝑧𝑎𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜
𝐹𝑠 =
𝑒𝑠𝑓𝑢𝑒𝑟𝑧𝑜 𝑐𝑜𝑟𝑡𝑎𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑚𝑒𝑑𝑖𝑜, 𝑎 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑟𝑔𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑢𝑝𝑒𝑟𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒 𝑑𝑒 𝑑𝑒𝑠𝑙𝑖𝑧𝑎𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜
Se ve así claramente que, durante el periodo de construcción, la resistencia a
considerar es la correspondiente a una prueba rápida (c ≠ 0; φ =0); sin embargo, si se
deseara cuantificar la condición final del terraplén debería considerarse el aumento de
la resistencia al corte por consolidación, utilizando los parámetros correspondientes a
una prueba lenta. En momentos intermedios de la vida del terraplén podrá cuantificarse
la condición de estabilidad del mismo, usando una resistencia al esfuerzo cortante de la
arcilla obtenida de la envolvente de esfuerzos efectivos (prueba lenta), entrando en la
gráfica τ- σ con una presión efectiva (abscisa) que sea igual a la presión total dada por el
terraplén, menos la presión de poro que exista en el momento que se calcula. En la
práctica es evidente que el momento crítico en el fin de la construcción.
En la siguiente figura se muestra el caso de una excavación en la misma arcilla.
En la parte a), se ha efectuado una descarga en el suelo.
En la parte b), se ve que la presión de poro en un punto P de la superficie
hipotética de deslizamiento tiende a disminuir durante la excavación; después esta
presión aumenta, con expansión de la arcilla, hasta un valor constante, que dependerá
de las condiciones de flujo de agua en el talud (podría volver a la condición inicial), pero
que en general es menor que la presión que había en el agua antes de realizar la
excavación.
En la parte c), se muestra la variación de las condiciones de estabilidad del talud
de la excavación con el tiempo, definidas como en el caso anterior del terraplén.
En la parte d), durante el avance del corte, el esfuerzo cortante promedio, τ, en
la superficie de falla potencial que pasa por P aumentará. El valor máximo de del
esfuerzo cortante promedio, τ, se alcanzará al final de la construcción, es decir, en el
tiempo t = t1.
En la parte e), La variación de la resistencia al cortante promedio, τf, de la arcilla
con el tiempo se muestra en la figura e. Tenga en cuenta que la resistencia al corte del
suelo después de la excavación disminuye gradualmente. Esta disminución se produce
debido a la disipación del exceso de presión de agua intersticial negativa.
Durante el periodo de construcción las condiciones empeoran por el aumento
que ocurre en el esfuerzo cortante medio actuante, mientras la resistencia no ha tenido
tiempo de cambiar (el esfuerzo cortante medio aumenta como consecuencia de la
excavación, que va formando un talud allí donde antes el terreno era horizontal y no
había ningún esfuerzo cortante actuante: pero ahora, durante el tiempo que sigue al
final de la construcción, la resistencia del suelo sigue disminuyendo, por el efecto del
aumento de la presión de poro y la correspondiente expansión del suelo, por lo que a
despecho de que una vez terminada la excavación el esfuerzo cortante medio actuante
ya no cambia las condiciones de estabilidad generales siguen empeorando. La condición
a largo plazo, que se alcance cuando se llegue a la presión de poro mayor a la que haya
de llegar el suelo, es ahora evidentemente el momento crítico y la condición de diseño.
A continuación, se mencionan algunos casos concretos frecuentes en la práctica
y se comenta el tipo de parámetros de resistencia que deben utilizarse en los análisis de
estabilidad correspondientes:
a) Terraplenes construidos sobre arcillas blandas saturadas.
En este caso la condición inicial, al fin de la construcción, es la crítica, pues cualquier
tiempo que pase trae consigo una consolidación adicional del terreno de apoyo, que
hace aumentar la resistencia. En tales condiciones habrá de hacerse un análisis que use
parámetros de resistencia obtenidos en pruebas rápidas (sin consolidación y sin drenaje)
hechas sobre muestras inalteradas representativas. Se obtendrán parámetros del tipo
C≠ 0 y φ= 0 y el análisis se hará en términos de esfuerzos totales.
b) Terraplenes de arcilla parcialmente saturada construidos sobre terrenos
resistentes. Condición al fin de la construcción.
En este caso, los terraplenes se construyen compactando la arcilla con una cierta
humedad, que después variara en general, con el paso del tiempo; frecuentemente la
humedad tiende a aumentar. En los terraplenes de las vías terrestres, lo común es llegar
a una humedad de equilibrio, por abajo aun de la saturación, compatible con las
condiciones ambientales y en torno a la que puede haber variaciones estacionales. En
los bordos de protección de ríos, presas y otras obras hidráulicas, por el contrario, los
cambios de humedad posteriores a la construcción pueden fácilmente incluir la
condición de saturación.
En ocasiones interesa conocer las condiciones de estabilidad al fin de la construcción,
las cuales son prácticamente comunes para las diferentes clases de estructuras arriba
mencionadas. Este tipo de análisis presupone que la construcción ha sido tan rápida que
la humedad de compactación de la arcilla no ha sufrido ningún cambio durante ella. En
estos casos, la resistencia de la arcilla puede estimarse en el laboratorio compactando
una muestra de manera que se dupliquen lo mejor que sea posible las condiciones de
campo, utilizando la misma humedad de compactación; enseguida se obtendrá la
resistencia afectando una prueba triaxial rápida, hecha con una presión de cámara
similar a la horizontal que sufra el suelo en la obra (estimada) en el punto cuya
resistencia se calcula. De esta manera puede pensarse que la falla que se provoca en el
espécimen por aplicación de carga vertical, sin que cambie el contenido de agua, es
análoga a la que podría tener lugar en el terraplén, si una vez terminando este, ocurre
un deslizamiento antes de que su humedad pueda llegar a cambiar. Esto lleva a un
análisis de estabilidad en base a esfuerzos totales y prueba rápida.
c) Excavaciones practicadas en arcillas blandas saturadas.
Como ya se hizo ver, en estos casos la condición crítica se presenta a largo plazo, cuando
las presiones de poro se han adaptado o bien a una condición estática o a una de flujo
establecido. Debe hacerse un análisis basado en los parámetros de resistencia de prueba
con consolidación y drenaje (lenta) y en términos de esfuerzos efectivos.
Si se trata de excavaciones provisionales, de vida corta, tales como las que se hacen a
veces en relación con cimentaciones (o taludes provisionales), cabe realizar un análisis
considerando al momento al fin de la excavación como el crítico, sobre todo si apena se
produce drenaje, efectuando el cálculo de estabilidad con los parámetros provenientes
de una prueba rápida y con base en esfuerzos totales c≠ 0 y φ= 0.
d) Excavaciones practicadas en arcillas preconsolidadas fisuradas. Corto plazo.
Con mayor razón que en las arcillas blandas, el momento más desfavorable suele ser a
largo plazo. (Vaughan y Walbancke, 1973).
Este hecho se pone de relieve en la arcilla de Londres:
Un talud ½ (horizontal) a 1 (vertical) y de 8.5 m de altura se puene mantener
estable duranre un período comprendido entre 5 y 20 días. (Skempton y La
Rochelle, 1965)
Un talud 2 ½: 1 de 19.0 m puede ser estable durante 19 años.
Un talud 3:1 y de 7.0 m de altura puede ser estable durante 49 años.
Las pendientes naturales son estables, probablemente durante siglos, pero con
un ángulo de 9° con la horizontal (Skempton, 1964).
Son numerosos los ejemplos de taludes estables recién excavados y que deslizan al cabo
de cierto tiempo (De Beer, 1969; Lo, 1972; Pilot, 1970).
Es conveniente hallar la resistencia sin drenaje mediante ensayos sobre muestras de
grandes dimensiones. En efecto, en deslizamiento a corto plazo ocurridos en estas
arcillas la resistencia calculada ha oscilado entre un 52 y 75 % de la medida en volúmenes
pequeños (Escario y Justo, 1971).
Evidentemente, en estos casos pueden presentarse fenómenos de rotura progresiva y
corrimientos a través de superficies de deslizamientos preexistentes (Bjerrum, 1968;
Mitchell y Lawrence, 1973). En un caso de corrimiento a corto plazo en una zona de
antiguos deslizamientos, la resistencia al corte medido en el laboratorio en muestras de
38 mm de diámetro era ¨cuatro veces¨ el valor in situ. Empleando presiones efectivas
se ha visto que la resistencia a lo largo de la superficie de deslizamiento preexitente es
la residual (Palladino y Peck, 1972).
Este fenómeno es particularmente importante cuando se producen deslizamientos
regresivos. En los corrimientos regresivos del canal de Panamá, la resistencia calculada
en el cuarto deslizamiento era, como media, el 22% de la correspondiente al primero.
Según Binger (1948), si se cortan los taludes excesivamente abruptos, el talud que se
alcanza finalmente es mucho más tendido que si de primera intención se hubieran
excavado más suave.
e) Excavaciones practicadas en arcillas preconsolidadas, lutitas y rocas. Largo plazo.
En estos terrenos, los esfuerzos horizontales iniciales son muy importantes, la
excavación de un desmonte, el corte de un río, la fusión de un glaciar (Palladino y Peck,
1972) o la existencia de una zona menos resistente ocasionada por una abundancia de
agua son todos motivos que pueden conducir a una gran recuperación de
deformaciones en los puntos afectados (Morgenstern y Eisenstein, 1970), y a al paso en
ellos de la resistencia de pico hacia el valor crítico o el residual a lo largo de una
superficie potencial de deslizamiento (Duncan y Dunlop, 1969). Este proceso se inicia en
el pie del talud (De Beer, 1969).
Dado que las muestras que se toman durante el reconocimiento del terreno no caerán,
en general, en dicha superficie, los ensayos nos darán valores de la resistencia de pico
superiores a los de la superficie potencial de deslizamiento.
Es difícil la definición del valor crítico en arcillas reales debido a la susceptibilidad,
cementación y orientación progresiva de partículas. Según Skempton (1970) se puede
considerar, aproximadamente, que el valor crítico de una arcilla preconsolidada coincide
con el valor de pico de la misma arcilla amasada hasta el límite líquido. El
desplazamiento necesario para reducir la resistencia de una arcilla preconsolidada a su
valor crítico es varias veces mayor que el necesario para alcanzar su resistencia de pico,
pero muy inferior al necesario para llegar a la resistencia residual.
Cuanto mayor sea la proporción de las deformaciones que es recuperable, mayor es la
probabilidad de que se produzcan los fenómenos antedichos y mayor será la reducción
de la resistencia del suelo.
En arcillas preconsolidadas poco plásticas (menos de un 25% de partículas inferiores a
2μ y límite líquido ≤ 35), entre las que se encuentras la arcilla glacial y en arcillas
ligeramente preconsolidadas fisuradas, aunque sean más plásticas, la proporción de las
deformaciones que es recuperable es pequeña. El coeficiente de seguridad en suelos de
este tipo en que se ha producido deslizamientos a largo plazo ha oscilado entre 0.97 y
1.05 empleando la resistencia de pico obtenido en ensayos triaxiales con drenaje y ha
sido del orden de 0.7 empleando la resistencia crítica (Skempton, 1964).
Así, pues, parece que en estos casos la resistencia in situ está próxima al valor de pico
deducido de ensayos triaxiales (los datos anteriores corresponden todos a arcillas
pleistocenas).
Por el contrario, en arcillas fuertemente preconsolidadas plásticas (LL ≥ 41) se ha
encontrado que la resistencia in situ a largo plazo es muy inferior al valor triaxial de pico.
La mayor parte de las arcillas incluidas en este grupo pertenecen al jurásico, cretático o
terciario (Gould, 1960) aunque también hay una pleistocena (Focht y Sullivan, 1969) y
derrubios arcillosos (Pilot y Schluck, 1970).
En la arcilla de Londres y en otras muchas arcillas preconsolidadas fisuradas, la
resistencia al corte en un deslizamiento producido como consecuencia de un desmonte
tiende hacia el valor crítico y no cae significativamente por debajo de él (Skempton,
1970; Beer, 1969; Lambe, 1973).
Las arcillas esquistosas han sufrido enormes deformaciones como consecuencia de las
cargas que han soportado en el pasado y con ese motivo se han dormado uniones
diagenéticas (Bjerrum, 1968) en su interior. Por ello si no están meteorizadas, la energía
de deformación ¨recuperable¨ está ¨encerrada¨ por estas uniones. Por el contrario, la
meteorización produce una destrucción de estas uniones y una liberación de esta
energía recuperable.
Por estos motivos, la disminución de la resistencia a lo largo de la superficie potencial
de deslizamiento en arcillas esquistosas es mucho mayor si están meteorizadas que si
no lo están. En el primer caso, la resistencia residual es la que debe utilizarse en el
cálculo y otro tanto ocurre con las pendientes naturales en la mayor parte de las arcillas
preconsolidadas.
En efecto, estos deslizamientos son más frecuentes en la zona de alteración de arcillas
esquistosas y lutitas, a continuación, en arcillas preconsolidadas y por último, en lutitas,
no meteorizadas (Bjerrum, 1968).
Cuando se ha medido la resistencia efectiva precisamente a lo largo de un trozo de la
superficie de deslizamiento se ha visto que coincide con el valor deducido del cálculo
(Skempton y Petley, 1967; Chandler, 1970). Además, en tal caso la curva esfuerzo –
deformación no presenta prácticamente pico, lo cual demuestra que tras un
deslizamiento (gravitacional o tectónico) solo queda la resistencia residual y esto es
cierto incluso para corrimientos que no se han reactivado en los últimos 10,000 años o
más. Este razonamiento es extensible a roca.
La siguiente figura indica los valores del ángulo de rozamiento interno calculado en
diversos deslizamientos en estas arcillas, suponiendo nula la cohesión.
Se comprende que los fenómenos de rotura progresiva antedichos tienen que ser
especialmente importantes en rocas, sobre todo en valles profundos (Terzaghi, 1962).
La resistencia a lo largo de los planos de antiguos deslizamientos o pliegues tectónicos
puede estar reducida a su valor residual que puede ser especialmente bajo si existe
arcilla en dichos planos (Skempton, 1966).
En el gigantesco deslizamiento de Vaiont, que ocurrió en caliza muy diaclasada, con
arcilla, a veces bentonítica, el ángulo de rozamiento calculado (para cohesión nula)
osciló entre 17° (en una zona de deslizamientos prehistóricos) y 30° (Nonveiller, 1967;
Mencl, 1966). Este ángulo de 17°, francamente bajo, se comprende mejor sabiendo que
la superficie de deslizamiento estaba a una profundidad media de 100.0 m.
En el deslizamiento de Zalesina, que ocurrió en dolomías fracturadas, areniscas y margas
dolomíticas, el ángulo de rozamiento calculado osciló entre 18.5 y 28.2 °, que coincide
con el de muestras de roca descompuesta, componente más débil en la masa rocosa.
El deslizamiento del Grainger Country de 1937 (Economic Geology, 1951) tuvo lugar en
areniscas de grano fino cuyo buzamiento era de 30°. Se inició como consecuencia de un
pequeño desmonte realizado para una carretera. La profundidad media de la zona
movida era de 3.0 m y el deslizamiento aproximadamene paralelo al talud. Suponiendo
cohesión y presiones poros del agua nulos, el ángulo de rozamiento interno de cálculo
era de 30°, valor que no debe andar muy alejado del residual.
Una gran parte de los taludes totalmente estables en roca, en zonas de nivel freático
bajo, suelen formar ángulos con la horizontal que oscilan entre 29° y 45°, lo cual indica
que la roca está sometido a esfuerzos cortantes que, en muchos casos no superan en
mucho su valor residual.
Con lo que acabamos de decir, no tratamos de insinuar que la resistencia in situ de un
talud rocoso tenga que estar próxima a su valor residual, sino que llegará a él como
estado final en un proceso de rotura progresiva que puede durar, tal vez, muchos más
años que nuestra obra. Así, por ejemplo, en el gran deslizamiento de la Montaña de la
Tortuga, en Alberta, que ocurrió a través de la dirección predominante de diaclasas en
caliza, el ángulo de rozamiento calculado fue de 45° (suponiendo c= 0 y u= 0), valor
evidentemente muy alejado del residual.
Se han estudiado una seria de deslizamiento ocurridos en rocas muy meteorizadas, con
componentes arcillosa, y en suelos residuales (procedentes en general de rocas ígneas
o metamórficas). Los parámetros efectivos medios deducidos del cálculo están
comprendidos entre los siguientes valores:
𝑘𝑁 𝑡
𝛷´ = 34° − 35° ; 𝑐 ´ = 50 − 70 2
(5 − 7 2 )
𝑚 𝑚
𝑘𝑁 𝑡
𝛷´ = 40° − 42° ; 𝑐 ´ = 35 − 50 2
(3.5 − 5 2 )
𝑚 𝑚
Se ha visto, además que en estos terrenos la resistencia in situ no es muy inferior al valor
de pico, recordando, con ello, el comportamiento de las arcillas preconsolidadas poco
plásticas (Skempton, 1965).
Por el contrario, en suelos residuales procedentes de lutitas y esquistos talcosos,
sericíticos o micáceos, los parámetros efectivos son muy inferiores, recordando su
comportamiento al de las arcillas preconsolidadas plásticas (Whitney et al, 1971; De
Fries y Stolk, 1971).
Lo y Lee (1973) han propuesto un cálculo de estabilidad utilizando el método de
elementos finitos para tener en cuenta la rotura progresiva que se produce en estos
materiales.
f) Estabilidad a corto plazo en arcillas blandas.
Si pasamos revista a los deslizamientos ocurridos a corto plazo en cimentaciones o
taludes en este tipo de arcillas, encontramos que, en un gran número de casos, el
coeficiente de seguridad en presiones totales ha estado comprendido entre 0.88 y 1.11,
es decir, próximo a la unidad. En la mayoría de estos casos la resistencia de la arcilla se
había determinado en el laboratorio, en general mediante ensayos de compresión
simple. En un caso descrito por Lambe (1973) el coeficiente de seguridad a 0.73 sin que
se produjera deslizamiento.
Recientemente se han ido acumulando datos de deslizamientos a corto plazo en los que
la resistencia del terreno se ha determinado con el ensayo de veleta (Molinete) que,
como sabemos, suele dar valores más altos que el ensayo de compresión simple, debido
a la menor perturbación del terreno. Estos datos se han resumido en la siguiente tabla.
El coeficiente de seguridad calculado se ha dibujado en la siguiente figura en función del
índice de plasticidad, y puede verse que aumenta con la plasticidad del suelo.
Un ensayo normal con el ensayo de corte veleta dura menos que el proceso de descarga
en el terreno hasta llegar a la rotura. Al aumentar el tiempo de rotura disminuye la
resistencia sin drenaje (Casagrande, 1960; Bjerrum, 1969; Parry, 1971) y este efecto es
mucho más pronunciado en arcillas muy plásticas (Bjerrum, 1973), lo cual explica los
elevados valores del coeficiente de seguridad de muchos de los valores de la figura
anterior.
En la tabla se han incluido también algunos casos en los que la resistencia empleada fue
la del ensayo de compresión simple, pero en los que el coeficiente de seguridad
calculado alcanzó valores elevados a pesar de haber producido el deslizamiento. En
otros casos, los que se ha tratado de hacer es comparar los coeficientes de seguridad
calculados a partir de los dos tipos de ensayos.
Diversos autores han señalado como causa de los elevados coeficientes de seguridad de
muchos de los casos de la tabla, la trasmisión lateral de presiones poros de agua a través
de capitas permeables, dando lugar a inestabilidad a través de dichas capas (Parry, 1971;
Casagrande, 1960) y otros la posible existencia de rotura progresiva en algunas arcillas
plásticas que son algo frágiles (Kaufman y Weaver, 1969).
Como consecuencia de todo lo dicho, en algunos casos la rotura se ha producido
después de la construcción (Parry, 1971; Eide y Holmberg, 1972).
En los valores de la resistencia sin drenaje obtenidos en el ensayo de corte de veleta se
debe utilizar una corrección por la plasticidad del suelo, como ya conocemos.
g) Arcillas preconsolidadas, lutitas y rocas.
En todos estos terrenos los esfuerzos horizontales iniciales pueden ser muy fuertes,
debido a la descarga de los esfuerzos verticales o a la existencia de tensiones tectónicas.
Debido a cualquiera de ambas causas, el terreno puede haber llegado a un estado de
rotura por empuje pasivo y pueden existir en él zonas de corte o de fracturación en
general, en las que se ha sobrepasado la resistencia pico.
Además, estos terrenos están cruzados, con frecuencia, por una red de fisuras o
diaclasas, a lo largo de las cuales la resistencia se encuentra disminuida.
Estos terrenos, en los que existe una diferencia notable entre las resistencias de pico y
residual, esto no siempre es así, presentan con frecuencia fenómenos de rotura
progresiva (Bishop, 1971). Una excepción notable está constituida por las arcillas
intactas no cementadas, en las que parece que los fenómenos de rotura progresiva
tienen menos importancia.
h) Deslizamiento con superficies de falla preexistentes.
En estos casos se ha de considerar siempre que han ocurrido o están ocurriendo
deslizamientos de una masa de suelo con respecto a otra a lo largo de la superficie
formada, por lo que la resistencia con que se pueda contar en ese suelo corresponderá
a niveles muy altos de deformación previa, es decir, será invariablemente la resistencia
residual.
La lista de casos frecuentes en la práctica podría prolongarse aún más; concretamente,
las condiciones de flujo establecido y de vaciado rápido, representan circunstancias de
trabajo usuales en muchas obras de tierra. Sin embargo, se espera que la anterior
enumeración baste para normar el criterio con que habrán de elegirse los parámetros
de resistencia a asignar al suelo en otros casos no mencionados.
i) Taludes en suelos granulares.
La estabilidad de un talud homogéneo con un suelo de cimentación, construido con un
suelo puramente friccionante, tal como una grava o arena limpia, es una consecuencia
de la fricción que se desarrolla entre las partículas constituyentes, por lo cual, para
garantizar estabilidad bastará que el ángulo del talud sea menor que el ángulo de
fricción interna del suelo granular, que en un material suelto, seco y limpio se acercará
mucho al ángulo de reposo. Por lo tanto, la condición límite de estabilidad es, α=φ
Sin embargo, si el ángulo α es muy próximo a φ, los granos próximos a la frontera del
talud, ni sujetos a ningún confinamiento importante, quedarán en una condición
próxima a la de deslizamiento incipiente, que no es deseable pro ser el talud muy
fácilmente erosionable por el viento o el agua. Por ello es recomendable que en la
práctica α sea algo menor que φ. La experiencia ha demostrado que, si se define un
factor de seguridad como la relación entre los valores de α y φ, basta que tal factor tenga
un valor del orden de 1.1 y 1.2 para que la erosionabilidad superficial no se excesiva.
1.10 Riesgo sísmico en taludes
El movimiento del terreno debido a un sismo («ground motion» o «strong
motion») se expresa por una serie de parámetros físicos cuya definición constituye la
base del diseño sísmico. Si se dispone de registros de acelerogramas representativos del
emplazamiento, se puede acceder a dichos parámetros: aceleración, velocidad,
desplazamiento, periodo y duración, entre otros (Cuellar et al., 1979).
El acelerograma de un terremoto (representación gráfica de la variación de la
aceleración con el tiempo registrada por un acelerógrafo) permite, mediante una
integración numérica, calcular la aceleración máxima para un amortiguamiento
específico y un periodo dominante.
La representación de estas aceleraciones máximas en función del periodo
constituye el denominado espectro de respuesta del terreno (ver figura), que indica la
amplificación del movimiento del terreno con respecto a la aceleración, velocidad, o
desplazamiento.
El espectro de respuesta se utiliza para el diseño sismoresistente de estructuras,
siendo necesario que el espectro de respuesta del movimiento del suelo no exceda al de
diseño de la estructura.
El análisis de la susceptibilidad frente a deslizamientos inducidos por sismos
puede realizarse por métodos cualitativos en función de los factores condicionantes, o
por métodos analíticos como el método seudoestático, que permite asignar la acción
sísmica a una fuerza estática horizontal, la cual se incorpora a la ecuación de equilibrio
límite. Dicha fuerza seudoestática es el producto de un coeficiente sísmico kh y del peso
W de la masa de suelo analizada.
Si no se dispone de acelerogramas representativos de movimientos fuertes
(strong motions), se recurre a los espectros de respuesta definidos en la normativa o a
relaciones de tipo empírico entre intensidades o magnitudes y aceleraciones
En función del tipo de suelo y de la magnitud se han dado los siguientes valores
orientativos de la aceleración máxima horizontal (Helle, 1983):
Las características sísmicas de un terremoto determinado (terremoto
característico o de diseño), definidas por su acelerograma, pueden ser modificadas por
las condiciones locales (tipo de suelo, topografía, etc.), originando una respuesta sísmica
amplificada con respecto a las definidas en el terremoto de diseño.
Los factores que mayor influencia tienen en la modificación de la citada
respuesta son:
— El tipo y composición litològica de los materiales, en especial los depósitos
superficiales cuyo comportamiento geotécnico corresponde al de suelos.
— El espesor de sedimentos y la profundidad del sustrato rocoso o resistente.
— Las propiedades dinámicas de los suelos.
— La profundidad del nivel freático.
— La topografía, tanto superficial como del sustrato.
— La presencia de fallas, su situación y características.
Los efectos de las condiciones locales pueden ser muy importantes, pues
determinan la posibilidad de que se produzcan roturas superficiales por fallas,
licuefacción de suelos y deslizamientos, además de amplificar la señal sísmica. En las
Figuras se muestran algunos ejemplos de los efectos citados.
En el caso de la siguiente figura serían los siguientes:
— A mayor espesor de suelos, mayor amplificación de la aceleración (espesor Cuenca 1
> Cuenca 2).
— Las propiedades de los suelos influyen en la amplificación: suelos de Cuenca 2 (N =
10) más blandos que en Cuenca 1 (N = 20), y mayores amplificaciones en la Cuenca 2.
— A mayor extensión menor efecto de borde del sustrato en el espectro de respuesta
(Cuenca 1 mayor extensión que Cuenca 2).
— A mayor profundidad del sustrato, mayor periodo de vibración (Cuenca 1 más
profunda que Cuenca 2).
— La presencia de un nivel freático alto y suelos blandos (Cuenca 2) puede suponer un
riesgo de licuefacción.
— La cercanía de una falla activa puede amplificar las aceleraciones e inducir roturas
superficiales (punto C).
— El efecto topográfico puede aumentar las aceleraciones (punto B mayores
aceleraciones que punto A).
La topografía modifica la respuesta sísmica, tanto del sustrato como de la
superficie; algunos de sus efectos son los siguientes:
— En las zonas elevadas se producen mayores amplificaciones que en las zonas
deprimidas.
— La duración del terremoto se incrementa en las zonas elevadas.
— En las laderas se pueden producir desplazamientos diferenciales.
— La componente horizontal del movimiento se amplifica más que la vertical en zonas
de escarpes o bordes de taludes.
La siguiente figura muestra la influencia del tipo de suelos en la aceleración
espectral:
La investigación de las propiedades geotécnicas del terreno se lleva a cabo
mediante reconocimientos por sondeos, ensayos in situ, geofísica y ensayos de
laboratorio. Los ensayos in situ habituales son el SPT y el CPT. Las técnicas geofísicas más
usadas son los ensayos downhole, crosshole y las ondas superficiales.
Los ensayos de laboratorio más característicos para la determinación de las
propiedades dinámicas de los suelos son:
— Ensayo de columna resonante, que permite obtener los valores de deformación y el
coeficiente de amortiguamiento del suelo.
— Ensayo triaxial cíclico, consistente en determinar las propiedades dinámicas de una
probeta
mediante la aplicación de una presión confinante equivalente a las tensiones existentes
en el terreno, induciendo solicitaciones dinámicas a partir de una tensión vertical cíclica.
— Ensayo de corte cíclico, cuya finalidad es estimar la resistencia al corte de una probeta
sometida a solicitaciones dinámicas de carácter cíclico y analizar los fenómenos de
licuefacción.
Cuando no se dispone de acelerogramas representativos de las condiciones
locales del emplazamiento es posible estimar la respuesta sísmica local a partir de
métodos indirectos. Uno de estos métodos consiste en determinar las «CLASES DE
SITIO» de los distintos suelos presentes en el área, incluyendo espesores, densidad
aparente, granulometría, SPT, módulo de deformación tangencial, velocidad de ondas
transversales y profundidad del nivel freático.
A continuación, se selecciona un acelerograma de referencia, que, si no es de la
región, al menos se asemeje a las condiciones analizadas, o bien se utiliza el de la Norma.
A partir de este acelerograma se simula la respuesta del terreno para cada una de las
«CLASE DE SITIO» definidas previamente.
En la siguiente Figura se muestra un ejemplo de la amplificación local en los
suelos de Cartagena (Murcia). Para su tratamiento y cálculo se utilizó el programa
SHAKE-91 (Schnabel et al., 1972). Las mayores amplificaciones se dan en los depósitos
blandos, con valores de aceleración de pico hasta 4 veces superiores al acelerograma de
referencia.
Los terremotos pueden producir, además del movimiento vibratorio
característico, una serie de efectos inducidos que dan lugar a grandes deformaciones y
roturas en el terreno:
— Licuefacción de suelos.
— Deslizamientos y desprendimientos.
— Roturas en superficie por fallas tectónicas.
— Tsunamis.
Excepto los tsunamis, los demás efectos inducidos están directamente
relacionados con el comportamiento geológico y geotécnico del terreno. Aquí solo
hablaremos de los deslizamientos.
Una de las causas más frecuentes de daños asociados a terremotos son los
deslizamientos, aunque se requiere que la intensidad sea alta para que éstos tengan
lugar. Ver siguiente figura. Según datos empíricos, por debajo de intensidad VIII no se
han apreciado deslizamientos importantes.
Algunos de los factores a considerar en la estimación de la susceptibilidad frente
a deslizamientos por terremotos son los siguientes:
— Laderas inestables o en condiciones precarias de estabilidad previas al terremoto.
— Pendientes elevadas.
— Suelos de baja resistencia o de estructura metaestable (arcillas rápidas, suelos
colapsables,
etc.).
— Escarpes rocosos con riesgo de desprendimientos.
El análisis de la susceptibilidad frente a deslizamientos inducidos por sismos
puede realizarse por métodos cualitativos en función de los factores condicionantes, o
por métodos analíticos como el método seudoestático, que permite asignar la acción
sísmica a una fuerza estática horizontal, la cual se incorpora a la ecuación de equilibrio
límite. Dicha fuerza seudoestática es el producto de un coeficiente sísmico kh y del peso
W de la masa de suelo analizada:
donde ah es la aceleración máxima horizontal y g es la aceleración de la gravedad.
A continuación, una representación del análisis seudoestático para estabilidad
de taludes.
Para condiciones de equilibrio límite el factor de seguridad sería:
Este cálculo se refiere a deslizamientos circulares y, por tanto, no es de aplicación
general, ya que las roturas pueden presentar otras tipologías.
En la siguiente Figura se muestra un ejemplo de la relación entre dos espectros
de respuesta y los periodos dominantes de distintos tipos de edificios.
1.11 Reglamento para estudios Geotécnicos en Edificaciones - R-024 y
Reglamento para el Análisis y Diseño Sísmico de Estructuras – R-001:
El reglamento R-024 establece lo siguiente:
2.6 REQUISITOS ESPECIALES
2.6.1 CLASIFICACIÓN DEL SITIO PARA FINES SÍSMICOS
El estudio geotécnico deberá clasificar la estratigrafía descubierta por la
exploración en una de las seis categorías definidas en la Tabla 2.1 para fines de su
comportamiento ante sismos. Se asignará siempre la categoría más desfavorable que
aplique al sitio en cuestión.
En la clasificación del sitio tomarán precedencia las mediciones de velocidad de
onda cortante (Vs), luego las mediciones de resistencia al cortante no-drenada de
muestras de suelos cohesivos (Su) y finalmente valores del conteo de golpes del Ensayo
de Penetración Estándar (ASTM D1586) (SPT-N) en suelos granulares.
Se dividirán los 30 m superiores del perfil en n estratos de suelos cada uno con
propiedades similares. Los espesores de dichos estratos se definirán como di. Se
utilizarán los valores promedios de las mediciones de Vs, Su y/o SPT-N en los 30 m
superiores del perfil calculados según se indica a continuación:
Donde,
xi representa los valores de la propiedad que está siendo promediada (Vs, Su o SPT-N) en
cada uno de los estratos del perfil, y X es el valor promediado de dicha propiedad, que
se utilizará para la clasificación en la Tabla 2.1.
En las sumatorias de la ecuación 2.1 (anterior) se limitará el valor de SPT-N a 100
golpes/pie y se limitará el valor de Su a 240 KPa.
3.5 ESTRUCTURAS DE RETENCIÓN Y TALUDES EN CORTE Y RELLENOS
3.5.1 ESTABILIDAD GLOBAL
La estabilidad global de muros de contención y taludes en corte o relleno será
aceptable solo si los factores de seguridad calculados con los métodos recomendados
en el Capítulo 6 son mayores que los mínimos especificados en esta sección para las
siguientes condiciones.
a. Construcción: Corto plazo F.S. >1.2
b. Servicio: Largo Plazo F.S. > 1.5
c. Sismo: F.S. > 1.1
3.5.2 DEFORMACIONES A ESTRUCTURAS ADYACENTES INDUCIDAS POR EXCAVACIONES
· El ingeniero geotécnico tomará toda precaución para que las excavaciones no causen
daños a estructuras adyacentes pre-existentes.
· Además de satisfacer los requisitos de la sección 3.5.1, los cortes no deberán inducir
deformaciones verticales u horizontales que afecten adversamente las estructuras
adyacentes existentes.
· Se limitarán los desplazamientos inducidos a zapatas adyacentes a excavaciones de
manera que las distorsiones angulares (β) y deformaciones unitarias horizontales (ϵh)
impuestas a la edificación por el corte sean menores que ϵh < 0.15% y β < 0.20%.
4.6 DISEÑO GEOTÉCNICO EN ROCAS
4.6.1 CAPACIDAD PORTANTE EN ROCAS FRACTURADAS
4.6.2 ASENTAMIENTOS DE ZAPATAS EN ROCA
La determinación del módulo elástico del macizo rocoso (Em) deberá estar basada en los
resultados de ensayos de refracción sísmica in situ, sondeos y ensayos de laboratorio.
Alternativamente, valores de Em pueden ser estimados multiplicando el módulo de la
roca intacta (Eo) obtenido de las pruebas de compresión uniaxial de testigos por un
factor de reducción (αE) que toma en cuenta la frecuencia de discontinuidades en la
designación de la calidad de la roca (RQD), usando las siguientes relaciones:
Para análisis preliminares cuando los resultados de una prueba in situ no están
disponibles, deberá ser usado un valor de αE para estimar Em. De todas formas, valores
de RQD < 65, dan αE= 0.15.
ART. 6.- DISPOSICIONES PARA OBRAS DE RETENCIÓN Y TALUDES
[Link] ESTABILIDAD GENERAL
La estabilidad general de los taludes en la vecindad de los muros deberá
considerarse como parte del diseño del muro de contención. La estabilidad general del
muro, de los taludes, y los suelos de fundación deberán ser evaluados utilizando
Métodos de Equilibrio en el Límite como el Método Bishop Modificado, el Janbu
simplificado o el Método de Spencer o por otro método según la buena práctica de la
ingeniería geotécnica.
El factor de seguridad para cada condición analizada deberá cumplir con los
requisitos de seguridad que se delinea en la sección 3.5.1. En todos los casos, las
condiciones del subsuelo y las propiedades de los suelos y/ rocas del sitio del muro
deberán ser adecuadamente caracterizadas a través de ensayos in-situ y ensayos de
laboratorio.
Las fuerzas seudo-estática debido a sismos que será aplicada a la masa de los
taludes para el análisis de la estabilidad podrá calcularse suponiendo un coeficiente
horizontal sísmico kh igual la mitad del coeficiente de aceleración de la tierra apico y
suponiendo que el coeficiente sísmico vertical kv igual a cero.
También deberá ser evaluada la estabilidad temporal de los taludes necesarios
para la construcción del muro.
6.2 EXCAVACIONES ADYACENTES A ESTRUCTURAS EXISTENTES
6.2.1 ESTUDIOS PREVIO AL INICIO DE EXCAVACIONES
En aquellos proyectos en que se realizarán excavaciones cuyo fondo se ubicará
por debajo de la cota de fundación de estructuras adyacentes, el dueño o el ingeniero
responsable del proyecto deberá someter a la SEOPC un estudio geotécnico previo al
inicio de las excavaciones. El alcance deberá incluir lo siguiente:
La estabilidad global de los taludes propuestos será evaluada para confirmar que
cumple con los factores de seguridad requeridos en la sección 3.5.1
Las deformaciones que serán inducidas a las estructuras adyacentes serán
calculadas a partir de la estratigrafía del sitio y parámetros elásticos y de
resistencia aplicables. Se limitarán las deformaciones horizontales y distorsiones
angulares a los valores requeridos en la sección 3.5.2.
La habilidad de las estructuras adyacentes para resistir las deformaciones que les
serán impuestas por la excavación será evaluada con la finalidad de emitir un
juicio sobre las consecuencias de la realización de las excavaciones para las
estructuras en cuestión.
Recomendaciones para mitigar los efectos de las excavaciones a estructuras
adyacentes, de ser necesario, que podrá incluir sin ser limitativo al uso de clavos
de suelos, anclajes activos, inyecciones de compensación en las zapatas y otros
métodos de pre-soporte y corrección de asentamientos en las estructuras
adyacentes.
1.12 Normativas extranjeras: ROM – 05 y Guía de cimentaciones en obras de
carretera.
En casos de rocas muy débiles (qu < 10 kg/cm2), espaciamiento entre litoclasas
sea menor que 10 cm, que la roca esté fuertemente diaclasada (RQD < 10%) o que estén
bastante o muy meteorizadas (grado de meteorización igual o mayor que IV). Se deberá
tratar como suelo.
Para los otros casos usar un factor de reducción debido al grado de alteración de
la roca:
También establece de maneta indicativa el grado de alteración en función del
grado de meteorización.
Además de la CLASE DE SITIO, el reglamento R-001 establece lo siguiente:
TÍTULO VI
FUNDACIONES
Artículo 97. En el análisis de las fundaciones, se deberán considerar los efectos de los
momentos de vuelco, en combinación con los efectos de las otras solicitaciones.
Artículo 98. Para aquellas combinaciones de cargas, que incluyan las fuerzas sísmicas, la
capacidad del suelo se podrá incrementar hasta en un 30%, considerando el efecto de
corta duración de la carga.
Artículo 112. MUROS DE CONTENCIÓN. Los muros de contención deberán ser calculados
por sismo, cuando:
a) La altura de la masa del suelo a retener sea mayor o igual que 4.00 metros.
b) La altura de la masa del suelo a retener excede 2.00 metros y la distancia medida en
ángulo recto desde el muro de contención hasta la edificación es menor que la altura
del muro de contención.
Artículo 113. MUROS DE SÓTANO. Éstos serán en hormigón armado, y para su diseño se
deberán considerar las diferentes posibilidades de profundidad de un futuro sótano
adyacente. (Véase el Reglamento para Estudios Geotécnicos R-024).