[Link]@[Link].
co
Universidad de Antioquia, Colombia
Recepción: 2023/03/3 - Aprobación: 2023/04/3
eISSN: 2145-8529 - ISSN: 1692-2484
[Link]
: este artículo evalúa los alcances del Cuaderno Azul como crítica sistemática en
contra de la que se ha denominado una concepción o explicación causal del significado,
específicamente la que formula Russell en The Analysis of Mind. Tal evaluación procederá,
primero, aclarando la manera como la concepción causal defiende una noción de significado
entendida como la conducta adecuada según el acontecer de leyes causales de orden
psicológico. En segundo lugar, desarrollando la crítica que Wittgenstein elabora en el Cuaderno
Azul contra la concepción russelliana en tres momentos: 1) la crítica a la hipótesis de las
imágenes; 2) el rechaz o a la existencia de un proceso interno y oculto; 3) el abandono de
una noción psicológica de comprensión para explicar el concepto de significado. Finalmente
se aclarará de qué manera toda la crítica del Cuaderno Azul está orientada a debilitar la
pretensión que subyace a la explicación causal de explicar científicamente el concepto de
significado.
significado; comprensión; concepción causal; Cuaderno Azul; Russell;
Wittgenstein.
colombiano. Doctor en Filosofía. Docente de la Universidad de Antioquia,
Colombia.
este artículo es producto del proyecto de investigación “La filosofía del
Cuaderno Marrón. Estudio acerca de la génesis y consolidación de la perspectiva antropológica en el análisis
filosófico del lenguaje durante el periodo medio de Ludwig Wittgenstein”, finalizado en enero de 2023, adscrito
al grupo de investigación Conocimiento, filosofía, ciencia, historia y sociedad del Instituto de Filosofía de la
Universidad de Antioquia, y fue financiado por el Comité para el Desarrollo de la Investigación (CODI) de la
misma universidad.
Chica Pérez, V. H. (2023). Wittgenstein contra Russell en el
Cuaderno Azul. Deconstruyendo la explicación causal del significado. Revista Filosofía UIS, 22(2),
221-242. [Link]
Víctor Hugo Chica Pérez
this article assesses the scope of Wittgenstein’s Blue Book as a systematic critique
against what has been called a "causal theory" of meaning, specifically the one formulated by
Russell in The Analysis of Mind. Such evaluation proceeds, first, by clarifying the way in which
the causal conception leads to understand meaning as the appropriate conduct according to
the occurrence of psychological causal laws. Secondly, it develops Wittgenstein’s Blue Book
critique against Russell’s conception in three steps: 1) the critique to the image hypothesis; 2)
the rejection of the existence of an internal and hidden process; 3) the abandonment of a
psychological notion of understanding to explain the concept of meaning. Finally, it will be
clarified how this criticism aims to weaken the claim of explaining the concept of meaning
scientifically, claim that underlies the causal conception.
: Meaning; understanding; causal conception; Blue Book; Wittgenstein; Russell.
Las primeras críticas que elabora Wittgenstein en contra de la concepción causal del
significado formulada por Russell en The Analysis of Mind, publicado en 1921, tienen
lugar en los manuscritos de 1930. Dichas críticas, como bien muestra Engelmann
(2013), obedecen fundamentalmente a la incompatibilidad que Wittgenstein
encuentra entre la perspectiva causal y los presupuestos conceptuales fundamentales
de su primera obra, el Tractatus, en lo relativo a la explicación sobre cómo la
proposición llega a expresar un sentido. 1 Es relevante el hecho de que unos años
después, específicamente durante el dictado del Cuaderno Azul a sus estudiantes en
Cambridge a lo largo del periodo 1933-1934, Wittgenstein continúe dirigiendo
ataques en contra de la perspectiva causal, exponiendo toda una serie de
consecuencias derivadas de tal concepción que contradicen el presupuesto
conceptual fundamental de su nueva filosofía, la idea de que el significado de las
palabras radica en la gramática del lenguaje, idea que aparece por primera vez en el
Gran Escrito a Máquina [TS 213] de 1933: “lo que a la filosofía interesa acerca del
signo, el significado que es decisivo para ella, es lo que yace en la gramática del
signo” (Wittgenstein, 2014, p. 88). Esta noción de gramática, que se introduce en el
TS 213 como sustituta de la vieja idea de ‘sintaxis lógica’ utilizada en el Tractatus2, se
1
Engelmann identifica tres puntos claros de incompatibilidad: en primer lugar, que la explicación causal pareciera
transformar la lógica en una disciplina empírica; segundo, que en la explicación causal la función del lenguaje es causar
un comportamiento, mientras que la función del lenguaje, desde la concepción del Tractatus, es describir la realidad.
Finalmente, que la comprensión entendida en el Tractatus como la traducción según reglas de proyección (véase
Wittgenstein, 1995, 3.11-3.13; 4.024), se explica desde la concepción causal como un fenómeno determinado
psíquicamente. (Cf. Engelman, 2013, pp. 71-72)
2
La proximidad entre los conceptos de lógica y gramática tiene lugar sólo en la etapa previa a 1933. A partir del Cuaderno
Azul es clara la crítica de Wittgenstein a la concepción del significado fundamentado en reglas fijas a priori. Según Addis
el Cuaderno Azul ratifica dicha crítica a la imagen del lenguaje como un cálculo (cfr. Addis, 2006, p. 67). Según Stern, es
hacia mediados de 1930 que Wittgenstein se da cuenta de que las reglas de nuestro lenguaje se asemejan más a las
Víctor Hugo Chica Pérez
refiere a las reglas del uso de los signos, pero incorporando ahora toda la dimensión
contextual vinculada con nuestras operaciones con palabras y expresiones; de hecho
Wittgenstein la reintroduce en el Cuaderno Azul explícitamente como sinónimo de
‘uso’3 (Cf. Wittgenstein, 2009, p. 53). Ahora bien, mientras la explicación causal
supone que los signos de nuestro lenguaje tienen la función de inducir procesos
mentales y que el significado es una relación psicológica, la idea de gramática asume
que los signos tienen distintos usos en escenarios concretos que son públicos y de
interacción, considerando la significatividad no como una relación sino como
dependiendo de un conjunto de reglas que se pueden hacer explícitas de forma
sistemática.4
Buscando contrarrestar definitivamente la concepción causal y sus
consecuencias, el Cuaderno Azul, que constituye uno de los últimos peldaños del
denominado periodo intermedio del pensamiento de Wittgenstein 5, articula una
deconstrucción crítica de tal concepción que consiste fundamentalmente en
rechazar tanto el recurso a conceptos psicológicos para responder a la cuestión ‘¿qué
es el significado?’ como su estrategia de introducir procesos ocultos específicos, de
carácter mental, responsables de la significatividad. Tal rechazo se entrelaza con una
serie de argumentos que defienden la posibilidad de una concepción externa de
tales procesos permitiendo así una aproximación no psicológica a la pregunta por el
significado.
Este artículo pretende, en primer lugar, ofrecer una reconstrucción de la
explicación causal del significado que propone Russell en The Analysis of Mind. A
continuación, y sobre dicha base, se procederá, a través de tres momentos, a
identificar y analizar las principales objeciones expuestas en el Cuaderno Azul en
contra de tres de los presupuestos conceptuales esenciales a la explicación causal
reglas de un juego que a las de un cálculo, pues aquellas implican acciones dentro de un contexto que es social. (Cfr.
Stern, 1991, p. 216)
3
Engelmann (2013, p. 171) llama la atención sobre el hecho de que el concepto de ‘gramática’ se transforma en el
pensamiento de Wittgenstein a partir de la Gramática Filosófica, desde la cual adquiere un nuevo significado,
entendiéndose ya no como sinónimo de ‘sintaxis lógica’ sino como la descripción del uso de las palabras en un sentido
amplio, llegando a identificarse con la noción de ‘uso’ en el Cuaderno Azul (Cf. Engelman, 2013, pp. 173). Para una
aproximación exhaustiva al concepto de gramática en la obra de Wittgenstein durante el periodo medio y la época de
redacción del Cuaderno Azul, véase también Stern (2018) Wittgenstein and Moore on Grammar. También existen
elementos importantes para la reflexión en el conocido texto de Schroeder (2016) Grammar and Grammatical Statements.
4
Uso la noción de significatividad con el fin de evitar confusiones con relación al concepto de ‘significado’ que durante
la época del Cuaderno Azul es ampliamente criticado por Wittgenstein dadas las consideraciones mitológicas que
acompañan su uso en filosofía, consideraciones que conllevan a una comprensión del ‘significado’ como algo adicional
a la palabra, por ejemplo, un objeto o un contenido mental. La misma estrategia de diferenciar ‘significado’ de
‘significatividad’ aparecen en Bronzo (2019, pp. 164-166) y Glock (2019, pp. 185 y 194).
5
Distintos intérpretes, pero especialmente Engelmann (2013), muestran de qué manera entre 1929 y 1933, periodo
usualmente denominado como el periodo medio de Wittgenstein, las ideas del autor cambiaron gradualmente dando
como resultado no sólo una transformación en su concepción acerca del lenguaje sino también en su método de hacer
filosofía, por ejemplo: Addis, 2006, p. 57; Bouwsma, 1961, p. 144; y Hauptli, 2014.
Víctor Hugo Chica Pérez
russelliana, haciendo énfasis en las dificultades que supone el recurso a las nociones
de ‘imagen’, ‘pensamiento’ y ‘comprensión’, nociones que desde la explicación
causal fundamentan lo que usualmente denominamos el significado de una palabra.
Finalmente se aclarará en qué sentido el propósito general de la crítica del Cuaderno
Azul contra la concepción causal es controvertir cualquier pretensión de introducir
en filosofía un tratamiento cientificista del problema del significado.
El contexto que rodea las explicaciones de Russell acerca del significado en
The Analysis of Mind6, (desde aquí AM), es la pretensión de caracterizar lo que él
denomina ‘el fenómeno de lo mental’ estableciendo para ello diferencias claras entre
lo mental y su contraparte lo material, pero a la vez argumentando, que ninguno de
los dos ámbitos sirve como fundamento del otro, sino que tanto lo mental como lo
material tienen un mismo y único fundamento que es neutral, es decir ni material ni
mental, tal elemento es denominado por Russell ‘sensación’ y su estudio corresponde
a la metafísica. 7 A lo largo de quince capítulos Russell se propone caracterizar el
fenómeno de lo mental analizando nociones como el instinto, el hábito, la
conciencia, el deseo, la memoria, la sensación, entre otras; sin embargo, para
nuestros propósitos, llama especialmente la atención el capítulo décimo que tiene
por título Palabras y Significado. Allí Russell se propone aclarar el concepto de
significado tomando como modelo para el análisis lo que sucede con los nombres
propios, por ejemplo, el hecho de que la palabra ‘Napoleón’ significa una persona
específica, y al hacer tal afirmación, según Russell (2001), “estamos afirmando una
relación entre la palabra Napoleón y la persona así designada” (p. 131). 8 Este
constituye el primer paso en el análisis de Russell, introducir la idea de que el
significado es una relación. Claramente uno de los objetos que entra en la relación
es la palabra ‘Napoleón’, la cual desde una perspectiva sensible o física, no es otra
cosa que un conjunto de ocurrencias, es decir, para cada ocasión diferente en la que
alguien escribe, o produce el sonido o conjunto de sonidos ‘Napoleón’ tiene lugar
una instancia de la palabra en cuestión, y todas estas instancias u ocurrencias, que
no son sino eventos que consisten en alguien produciendo el sonido ‘Napoleón’,
6
La concepción russelliana del significado experimentó grandes cambios desde la etapa de Sobre el denotar y Los
problemas de la filosofía hasta la construcción de AM. Mientras en la primera etapa el significado se fundamenta en el
conocimiento directo de entidades de algún tipo [por ejemplo: Russell, 1905, pp. 153-154; Russell, 1970, p. 56], en AM
dicho conocimiento directo es sustituido por un principio de causalidad donde el significado se entenderá como
dependiendo de leyes causales de carácter psicológico.
7
El interés general de Russell en AM es armonizar dos tendencias aparentemente disímiles e inconsistentes, una tendencia
materialista en psicología y una inmaterialista en física. Esta tendencia filosófica es conocida como monismo neutral.
Según Tully (1988) Russell ya simpatizaba con esta perspectiva antes de AM, pues en su ensayo de 1919 titulado On
propositions hace ya explícita su adhesión al monismo neutral. (p. 217). (Véase también Pincock, 2006, pp. 101-102)
8
Las referencias al texto de Russell The Analysis of Mind corresponden a la versión electrónica del texto original
publicado por la Universidad del Estado de Pensylvania. En todos los casos se trata de mi traducción.
Víctor Hugo Chica Pérez
están vinculados entre sí solamente por su semejanza o parecido. Aquí Russell
presupone que nosotros articulamos una asociación por semejanza de todas esas
ocurrencias en virtud de la cual podemos hablar de la palabra ‘Napoleón’.
El otro objeto que entra en la relación, al menos para el caso de los nombres
propios y siguiendo el ejemplo de Russell, es Napoleón, el personaje. Según el
argumento de Russell (2001), Napoleón es “una complicada serie de instancias” (p.
134), ligadas o conectadas por leyes causales, justamente el tipo de leyes que dan
lugar a eso que denominamos una persona cuando todas esas instancias se
consideran juntas o ligadas, ya no por vínculos de semejanza sino por un vínculo
causal. Russell () afirma que “ni la palabra ni lo que ella nombra es uno de los
constituyentes últimos e indivisibles del mundo 9 (...) yo llamo a estos simples últimos
particulares10” (p. 135). De esta manera se puede afirmar que nosotros damos el
nombre ‘Napoleón’ a todo el conjunto de particulares que constituyen la cosa o
persona para la cual usamos tal nombre.
Russell supone que inicialmente las palabras operan coordinadas con
imágenes, especialmente en casos en los que se usan las palabras para describir o
traer lo que él denomina una ‘imagen-mnémica’, por ejemplo, cuando describimos
un retrato de Napoleón que hemos visto antes o cuando las usamos para describir
una experiencia pasada, como para describir un sueño donde me encontraba
dialogando con Napoleón. Las palabras se pueden usar igualmente para describir o
crear una ‘imagen-imaginada’, por ejemplo, para describir un evento de tal manera
que alguien más se forme la imagen adecuada de algo que se supone es real. Este
sería el caso de un sujeto A quien hace una descripción de los rasgos físicos de
Napoleón a un sujeto B, el cual nunca ha visto una imagen suya, de forma tal que
en una ocasión posterior B pueda reconocer una imagen pintada de Napoleón.11 Sin
embargo, según el argumento de Russell (2001) en algún momento las imágenes ya
no se necesitan pues “mientras más familiarizados estemos con las palabras, más
9
Para Russell no existe en el lenguaje una forma directa de designar uno de los existentes últimos que conforman el
conjunto que nosotros llamamos cosas o personas, pues a ellos sólo nos podemos referir por medio de elaboradas frases
del tipo de las descripciones definidas como ‘el tal y cual’. (Véase Russell, 2001, pp. 134-135)
10
Curiosamente afirma Russell (2001) “Los particulares podrían tener nombres propios, y sin duda los tendrían si el
lenguaje hubiese sido inventado por observadores con entrenamiento científico para propósitos de filosofía y lógica” (p.
135). Sin embargo, ya que el lenguaje ordinario tiene una finalidad puramente práctica, en él los particulares carecen de
nombre propio.
11
Russell habla de forma un tanto imprecisa de distintas maneras de comprender palabras o maneras en que las palabras
pueden significar. Además de las dos arriba indicadas menciona otras cuatro que refiero aquí separadamente ya que en
estas no se aprecia con claridad el papel que juega la imagen en los procesos de comprensión o significación: 1. Cuando
se usa la palabra adecuada en la ocasión adecuada. 2. Cuando se actúa adecuadamente conforme a la palabra que se
escuchó. 3. Cuando se asocia una palabra con otra que tiene el efecto apropiado en la conducta. 4. Cuando se aprende
por primera vez y se puede asociar con un objeto que es su significado o es una muestra representativa de lo que
constituye su significado. (Russell, 2001, p. 139)
Víctor Hugo Chica Pérez
nuestro pensamiento avanzará en palabras en lugar de imágenes” (p. 144), hasta el
punto en el cual las palabras solas permanezcan en nosotros por la fuerza del hábito.
Es importante el hecho de que las imágenes, al igual que las palabras, poseen
significado, esto es, entran en el mismo tipo de relación que entran los nombres
propios con esos conjuntos de particulares que denominamos personas, objetos, etc.
De hecho Russell sugiere que el significado de las imágenes constituye una forma
más primitiva del significado con respecto al significado de las palabras, lo que puede
querer decir que nosotros de forma natural y sin ninguna instrucción vinculamos, por
ejemplo, una imagen de Napoleón con Napoleón de manera tal que la imagen de
Napoleón me recuerda a Napoleón, si lo he visto antes y conservó su recuerdo, sin
necesidad de nada más que mi capacidad de asociar una cosa con la otra por vía de
su semejanza. Para el caso de las palabras es diferente ya que la relación entre la
palabra ‘Napoleón’ y Napoleón, el personaje, no es de semejanza sino de índole
puramente causal, pero esto se aclarará más adelante. Aquí es importante no perder
de vista que existe una manera especial de entender esa relación que denominamos
‘significado’ y que tal delimitación requiere del concepto de ‘eficacia causal’, que se
aplica no sólo a las palabras sino también al caso de las imágenes:
Lo que se llama una imagen “de” algún objeto definido, digamos de
San Pablo, tiene algunos de los efectos que tendría el objeto. Esto se
aplica especialmente a los efectos que dependen de la asociación.
También los efectos emocionales suelen ser similares: las imágenes
pueden estimular el deseo casi con tanta fuerza como los objetos que
ellas representan. (Russell, 2001, p. 145)
Russell habla por supuesto de efectos psicológicos, y lo que propone es que
las mismas leyes causales que conciernen a los objetos, por ejemplo, a Napoleón,
conciernen también a las imágenes, digamos a una pintura de Napoleón, y por
extensión a las palabras, es decir al sonido ‘Napoleón’, lo que implica que las tres
cosas tienen la misma eficacia causal, es decir, tienen un mismo efecto en nosotros.
De esta forma la imagen, tanto como la palabra, pueden desempeñar la misma
función que el objeto, en relación con nuestro psiquismo y nuestro comportamiento,
desde una perspectiva puramente causal.
La función de la imagen, y por extensión de la palabra, es pues doble: por un
lado, inducir efectos en la memoria 12, y por otro inducir comportamientos y
12
Apostolova (2017) resalta el papel de la memoria en la justificación russelliana del conocimiento tanto en AM como
en escritos previos. Según la autora la memoria, en tanto capacidad cognitiva vinculada con el conocimiento de eventos
pasados, el conocimiento directo de particulares pasados o con los juicios que dependen de imágenes en el momento
presente, juega un papel fundamental a la hora de explicar cómo nuestros juicios constituyen creencias verdaderas acerca
Víctor Hugo Chica Pérez
conductas. Sin embargo, como se ha señalado, entre las palabras y las imágenes debe
existir una diferencia. Para aclararla Russell utiliza un caso diferente al de los nombres
propios y propone considerar el caso de un término general como la palabra
‘perro’13. Supóngase que tengo, por un lado, una imagen mental de un perro y, por
otro, que tengo la palabra ‘perro’. Ambas cosas constituyen para mí estímulos que
tienen sobre mí el mismo efecto, por ejemplo, el de evocar mi temor a los perros.
Esto es lo que Russell denomina mnemic causation, expresión que él mismo deriva
de los trabajos en biología y psicología de R. Semon,14 y que define como un tipo de
causalidad en el que la causa próxima consiste no meramente en el darse un evento
presente con la subsecuente consecuencia inmediata, algo que según Russell (2001)
puede expresarse de la forma “X ahora causa Y ahora” (p. 61), sino en el darse el
evento presente junto con un evento pasado, algo que puede expresarse como “A,
B, C,… en el pasado, junto con X ahora, causa Y ahora” (p. 61). Se trata pues de una
causalidad en la que intervienen leyes psicológicas que incorporan en eventos
presentes la influencia del pasado. 15 Este es el tipo de causalidad que envuelve los
fenómenos del lenguaje y según Russell (2001) es lo que acontece cuando
afirmamos, por ejemplo, “que la imagen o la palabra significan aquel objeto” (p.
146). Ahora bien, la diferencia entre las palabras y las imágenes radica en que “para
delimitar el “significado” de una imagen, tenemos que tener en cuenta tanto su
parecido con uno o más prototipos, como su eficacia causal” (p. 145), mientras que
el significado de una palabra, a diferencia del de una imagen, “está enteramente
constituido por leyes causales mnémicas, y no en grado alguno por semejanza” (p.
146). Aquí se revela la esencia del significado de las palabras: que tal significado es
un efecto en nuestra conducta y en nuestro psiquismo estimulado por un evento
completamente constituido por leyes causales de carácter psicológico.
Otro componente conceptual clave de la concepción causal del significado es
la noción de comprensión. Según Russell (2001): “Podemos decir que una persona
entiende una palabra cuando (a) las circunstancias adecuadas le hacen usarla, (b) el
de lo real; además siempre construye un vínculo entre nuestra experiencia presente y nuestra experiencia pasada. (pp.
321-326)
13
Tales palabras, según Russell significan una clase completa que colecciona particulares bien sea por semejanza o a
través de una propiedad común. La explicación causal trata las distintas clases de palabras de forma semejante: la palabra
se conecta con un conjunto de ocurrencias o instancias, vinculadas causalmente o por semejanza, y esto es su significado.
Aquí no entran en consideración cuestiones lógicas relativas a las diferencias entre tipos de palabras, pues aquí lo que
nos ocupa son cuestiones de psicología.
14
Russell menciona específicamente Die Mneme, publicado en 1904 y Die Mnemischen Empfindungen, publicado en
1909. Para un análisis detallado sobre la influencia de Semon en la construcción de AM véase Pincock, 2006, pp. 118-
123.
15
Segun Bernecker (2001) la idea de causación mnémica es introducida por Russell en contraposición a la noción de
causación contigua (p. 164). Esta última presupone la existencia de lo que se ha denominado ‘trazas’ o ‘huellas’ de
memoria, puntos intermedios que permiten el tránsito desde un evento pasado, que está lejano en el tiempo, hacia uno
presente, dada la distancia temporal que los separa. Sin embargo, se carece de evidencia conclusiva que respalde la
existencia de dichos intermediarios. (p. 164)
Víctor Hugo Chica Pérez
oírla causa en él el comportamiento adecuado” (p. 137), es decir, la comprensión de
una palabra o expresión se define como la conducta adecuada en una circunstancia
específica, según determinadas leyes causales ‘mnémicas’ relativa a dicha palabra o
expresión; también se puede explicar como un evento interno de asociación 16 entre
la palabra y algún objeto que es su significado o que es representativo de eso que es
su significado. Al respecto es importante considerar que:
Los efectos que una palabra puede compartir con su objeto son
aquellos que proceden de acuerdo con leyes distintas de las leyes
generales de la física, i.e. aquellos que, según nuestra terminología,
involucran movimientos vitales17 en oposición a movimientos
meramente mecánicos. Los efectos de una palabra que entendemos
son siempre fenómenos mnémicos (…) (Russell, 2001, p. 61)
Un “fenómeno mnémico” tiene lugar cuando un organismo genera una
respuesta de tal índole que dicha respuesta está sujeta a leyes causales que incluyen
eventos o suceso pasados de la historia del organismo como parte de las causas de
la respuesta presente (véase Russell, 2001, p. 55), por tanto, la comprensión de una
palabra o expresión no se puede considerar como una especie de contenido
existente en la mente, al que se acude en el momento en el que se requiere, más
bien la comprensión hay que pensarla como una disposición [disposition], algo que
se despierta en el momento en el que escuchamos la palabra o cuando pensamos
en ella, siendo tal disposición no una cosa realmente presente en nuestras mentes
sino “la parte mnémica de una ley causal mnémica” (Russell, 2001, p. 62). Esto no
quiere decir que la noción de ‘contenido’ no juegue ningún papel en la explicación
de Russell, pues esta idea de contenido permanece ligada a la explicación acerca de
lo verdadero y lo falso en la concepción causal dado que apela a la idea de un
‘contenido de juicio’. Russell (2001) define la noción de contenido de la siguiente
manera: “Aquello que se cree, por verdadero que sea, no es el hecho real que hace
verdadera la creencia, sino un evento presente relacionado con el hecho. Este evento
presente, que es lo que se cree, lo llamaré el “contenido” de la creencia” (p. 163).
Sin embargo, la naturaleza de dicho contenido queda indeterminada pues Russell
mismo no explica qué es o en qué consiste dicho evento presente en términos del
cual pretende definir la idea de contenido. No obstante, Russell (2001) caracteriza
de cierta forma eso que él denomina ‘contenido’ cuando afirma:
[E]ste es siempre complejo… el contenido de una creencia
involucra no sólo una pluralidad de componentes, sino
16
Según Russell (2001) lo fundamental de la asociación, desde el punto de vista de lo mental, es que al tener una
experiencia de algo que ya se ha experimentado antes, se tiende a traer el contexto de esa experiencia inicial (p. 56).
17
Para Russell (2001) los movimientos vitales, a diferencia de los mecánicos que dependen de las leyes causales de la
materia en general, dependen de propiedades especiales del sistema nervioso (p. 33).
Víctor Hugo Chica Pérez
relaciones definidas entre ellos… este debe contener al menos
un constituyente que sea una palabra o una imagen, y puede o
no contener una o más sensaciones como constituyentes. (p.
195)18
Teniendo como base la reconstrucción hecha hasta aquí de la explicación
causal del significado que ofrece Russell en AM, me ocuparé en lo que sigue de los
aspectos fundamentales de la elaborada crítica que articula Wittgenstein en el
Cuaderno Azul en contra de tal concepción causal.
Uno de los primeros ataques que encontramos en el CA en contra de la teoría
causal russelliana consiste en cuestionar la necesidad de postular una imagen mental
para explicar cómo las expresiones de nuestro lenguaje son significativas. Es
importante no perder de vista el hecho de que en la explicación russelliana del
significado la imagen constituye una forma más primitiva del uso de palabras y
expresiones, además, según sugiere Russell (2001), las palabras inicialmente operan
coordinadas con imágenes pues “inicialmente a través de su conexión con las
imágenes, nos ponen en contacto con lo que está distante en el tiempo o en el
espacio” (p. 141). Wittgenstein problematiza este supuesto evaluando un caso
sencillo de uso de palabras en el que parece indispensable el recurso a una imagen
para explicar cómo operamos con ellas:
Si yo doy a alguien la orden "tráeme una flor roja de esta pradera",
¿cómo sabrá él qué tipo de flor traerme, puesto que yo le he dado
solamente una palabra?... la respuesta que uno podría sugerir en primer
lugar es la de que él fue a buscar una flor roja llevando una imagen de
rojo en su mente... (Wittgenstein, 2009, p. 29)19
Nótese que Wittgenstein afirma que esta es la respuesta que podríamos
ofrecer en primer lugar, pues parece natural suponer, como hace Russell, que la
palabra ha causado una imagen mental y que ésta, a su vez, está vinculada
causalmente con el comportamiento de ir y tomar una flor roja. No obstante, aunque
ciertamente podemos usar imágenes mentales, por ejemplo, para entender la
palabra ‘flor’, ‘rojo’, o la palabra ‘pradera’, hay dos objeciones importantes al
18
Green (2007) comenta a propósito de la noción de contenido “It is hard to say what this ‘present event’ might be and
to describe it in terms that are not merely circular (that it is the content of the belief); but Russell’s definition does point
to a fundamental problem, and that problem is precisely that of defining content” (p. 93).
19
Todas las citas del Cuaderno Azul (a partir de aquí CA) corresponden a la última versión castellana, 5ª Edición, de la
traducción de Gracia Guillén.
Víctor Hugo Chica Pérez
supuesto de que la imagen mental es necesaria para explicar nuestras operaciones
con esas palabras: la primera está dirigida al carácter ‘mental’ de la imagen, puesto
que no se requiere suponer que la imagen de la cual nos valemos para operar con
las palabras es de naturaleza mental, excepto en casos especiales, como cuando se
da la orden a alguien de imaginar una flor roja para luego pintarla.
Según el argumento del CA, podemos utilizar tal modo de operar con palabras
recurriendo a imágenes pintadas o diseños en un papel, por ejemplo, si enviamos a
alguien a traernos una flor de un color determinado entregándole una fotografía o
un dibujo de la flor que necesitamos con una muestra de color (véase Wittgenstein,
2009, p. 29); aquí ya no jugaría ningún papel el recurso a alguna hipotética imagen
mental adicional a la imagen contenida en el papel, pues sería un absurdo el recurso
a una instancia mediadora entre la imagen pintada y el objeto físico. La segunda
objeción está dirigida contra el postulado de que es necesaria una imagen para llevar
a cabo el acto de buscar una flor roja luego de escuchar la instrucción ‘tráeme una
flor roja’. Todo lo que sucede, según el argumento del CA es que “vamos, miramos
a nuestro alrededor, damos unos pasos hasta una flor y la cogemos, sin compararla
con nada” (Wittgenstein, 2009, p. 29). Para Wittgenstein la imagen no es necesaria
y en la mayoría de los casos, ni siguiera se involucran imágenes mentales, por lo cual,
aunque el recurso a la imagen en algunos casos es posible, no existen razones para
que tal forma de operar con palabras constituya un modelo o paradigma de toda
operación lingüística. Constituye un paso ilegítimo el suponer que en todos los casos
de uso de palabras y expresiones se da un tránsito de las palabras a las imágenes u
otro tipo de contenidos mentales análogos, especialmente cuando utilizamos
palabras que se refieren a objetos, personas o lugares. Este es el paso que da Russell
(2001) en AM cuando afirma:
podemos establecer que en general, siempre que usamos una palabra,
ya sea en voz alta o en el discurso interno, hay alguna sensación o
imagen (cualquiera de las cuales puede ser ella misma una palabra) que
ha tenido lugar frecuentemente al mismo tiempo que la palabra, y
ahora, por el hábito, causa la palabra. De ello se deduce que la ley del
hábito es adecuada para explicar el uso de palabras en ausencia de sus
objetos. (p. 143)
Nótese que Russell enfatiza la presencia de un contenido mental ligado a un
componente psicológico denominado por él ‘ley del hábito’. En contraste
Wittgenstein privilegia el recurso a las nociones de ‘uso’ y ‘operación’ para referirse
a esos aspectos que juegan como fundamento de lo que denominamos ‘el
significado’ de las palabras, y es sobre estos elementos conceptuales que
argumentará la posibilidad de articular una explicación alternativa a la causal
Víctor Hugo Chica Pérez
russelliana resistiendo nuestra inclinación a introducir el supuesto de un contenido
mental que acompaña las palabras o expresiones.
Podemos admitir que en muchas circunstancias es posible justificar la
intervención de una imagen o contenido mental, por ejemplo, cuando se le da a
alguien la orden de ‘imaginar una flor roja’. El problema es que tendemos a suponer
la existencia de una imagen mental siempre que usamos nombres propios o términos
generales dado que nuestras formas de expresión nos sugieren ese escenario, según
el cual, todo aquel que aprende a usar un término general, por ejemplo, el término
‘hoja’, lo logra en virtud de una especie de imagen general de una hoja, de la que
ha entrado en posesión en algún momento del aprendizaje de la palabra. Según
Wittgenstein (2009) la explicación que tendemos a construir de lo que sucede es la
siguiente:
Cuando aprendió el significado de la palabra "hoja" le fueron mostradas
diferentes hojas; y el hecho de mostrarle las hojas particulares fue sólo
un medio para el fin de producir "en él" una idea que pensamos que es
algún tipo de imagen general. Decimos que él ve lo que es común a
todas estas hojas; y esto es cierto si queremos decir que, al ser
preguntado, puede describirnos ciertas características o propiedades
que tienen en común. Pero nosotros nos inclinamos a pensar que la
idea general de una hoja es algo semejante a una imagen visual, pero
conteniendo sólo lo que es común a todas las hojas. (p. 46)
La confusión radica en que se busca algo que dé vida al signo, que sirva como
fundamento al modo y manera como operamos con él, bajo el prejuicio de que tiene
que ser un tipo de objeto, adicional al signo, pero distinto de este. La estrategia de
reemplazar la imagen mental por algún objeto exterior, como una imagen pintada o
modelada ayuda a comprender que no hay razones para suponer que un signo
escrito, por ejemplo ‘flor roja’, junto con dicha imagen pintada, tiene propiedades
de las que carece el signo escrito sólo sin ninguna imagen, “tan pronto como se
piensa en reemplazar la imagen mental por, digamos, una imagen pintada y tan
pronto como la imagen pierde de este modo su carácter oculto, deja de parecer que
imparte cualquier tipo de vida a la frase” (Wittgenstein, 2009, p. 31).
El recurso a la imagen mental está conectado con la idea de que hay ciertos
procesos mentales definidos, vinculados con el lenguaje, y suponemos que es a
través de esos procesos, que pueden consistir, por ejemplo, en traer a la mente una
imagen de la cosa mencionada por la palabra, que ésta adquiere su significado. En
suma, aunque es válido suponer una estrecha conexión entre las experiencias que
tenemos al ver flores y cosas rojas y las experiencias que se tienen al mirar una
imagen de una flor roja, tal y como Russell sugiere en AM, no es posible justificar el
Víctor Hugo Chica Pérez
supuesto de que siempre que alguien utiliza las palabras ‘flor roja’ tenga lugar
también una imagen mental, tanto en quien pronuncia las palabras como en quien
las escucha. Mucho menos será legítimo el supuesto de que el significado de toda
palabra de nuestro lenguaje se fundamenta en la presencia de una imagen o algún
contenido análogo de carácter mental.
La segunda objeción que se identifica en el CA es contra la idea de un
hipotético proceso, que podría denominarse ‘pensamiento’, para explicar el
significado de las palabras. Si bien Russell no ofrece claramente una definición de lo
que sea ‘pensar’20 se refiere a este como un tipo de operación de carácter psíquico
y advierte sobre la necesidad de aclarar cuál sea la eficacia causal de las palabras
para explicar en qué consiste el pensar. Como se ha visto atrás, para Russell las
palabras tienen la función de inducir efectos en nosotros, igual que las imágenes,
como sustitutos de aquellos objetos que originariamente nos generan tales efectos.
Por la fuerza del hábito, las palabras se establecen como sustitutos permanentes de
forma tal que ya no se requiere de la mediación de imágenes, como resultado de un
proceso que el mismo Russell (2001) denomina ‘telescópico’: “[...] mediante un
proceso telescópico, las palabras llegan con el tiempo a producir directamente los
efectos que habrían producido las imágenes con las que estaban asociadas” 21 (p.
144), y en virtud de tal proceso las palabras adquieren para nosotros eficacia causal.
El pensar se entendería entonces como el proceso de traer palabras o
imágenes a la memoria de manera que produzcan en nuestras acciones ciertos
efectos de forma inmediata. Wittgenstein inicia la crítica a esta manera de entender
el pensamiento llamando la atención sobre la forma como nosotros hacemos uso de
las palabras “pensamiento” y “pensar” que genera confusión cuando se habla del
‘pensamiento’ como de una actividad puesto que tendemos a hacer una analogía
entre el ‘pensar’ y actividades como el ‘hablar’ o el ‘escribir’. Y así como para éstas
últimas buscamos un lugar donde tiene lugar la actividad, por ejemplo, decimos que
el habla se ejecuta en la laringe y la escritura se ejecuta normalmente con las manos,
aunque bien puede ejecutarse con los pies, buscamos también un lugar donde resida
el mecanismo de la mente, y usualmente se postula la cabeza.
20
Es importante el hecho de que Russell incorpore en múltiples ocasiones la palabra ‘thinking’ resaltada entre comillas,
lo cual es un indicio claro de la naturaleza peculiar e indeterminada de dicha operación en el marco de las aclaraciones
de AM. De hecho, Russell no ofrece en ningún lugar del texto una definición clara de lo que sea el ‘pensamiento’.
21
“La ley general de los procesos telescópicos es que, si A causa B y B causa C, sucederá con el tiempo que A causará C
directamente, sin el intermediario de B” (Russell, 2001, p. 144). El autor mismo enfatiza que este rasgo telescópico es
característico de la causalidad psicológica.
Víctor Hugo Chica Pérez
Adicionalmente existe otra analogía que nos induce a señalar la cabeza como
el lugar donde tiene lugar la actividad de pensar, y es la que construimos entre la
palabra ‘pensamiento’ y la palabra ‘frase’ u ‘oración’. El primer paso de la analogía
es la estipulación de que el pensamiento y la frase son cosas distintas: “decimos: «El
pensamiento no es lo mismo que la frase, pues una frase inglesa y una frase francesa,
que son completamente diferentes, pueden expresar el mismo pensamiento.»”
(Wittgenstein, 2009, p. 34); y dado que la frase siempre está en algún lugar, se
supone que el pensamiento debe de estar también en algún lugar, la cabeza. 22
Para contrarrestar esta tendencia, Wittgenstein propone una manera distinta
de expresarnos en filosofía, acerca del pensamiento, con el fin de evitar las
confusiones que inducen a construir el modelo de un hipotético mecanismo
responsable del significado de las palabras, podemos decir, afirma Wittgenstein
(2009), “que pensar es esencialmente la actividad de operar con signos” (p. 33). Esta
conocida observación wittgensteiniana es parte de la estrategia del CA para
contrarrestar el carácter oculto de los procesos vinculados con el lenguaje y que
delimitamos con nociones como ‘pensar’, ‘comprender’, ‘significar’, etc.,
reconduciendo dichas nociones desde lo interno hacia lo externo.
A partir de esa nueva manera de expresarnos acerca del pensamiento es que
cobra sentido la idea de que “las actividades de la mente están abiertas ante
nosotros” (p. 33). Y llamo aquí la atención sobre la manera como Wittgenstein se
expresa, cuando afirma que “podemos decir que pensar es esencialmente la
actividad de operar con signos.” Que se pueda decir esto hace evidente que nuestras
propias forma de expresión, especialmente cuando hacemos filosofía del lenguaje,
son las que contienen la imagen, bien sea del pensamiento como algo de una esfera
oculta que viene a dar vida a las palabras, o la que se propone en el CA que sustrae
al pensamiento de esa esfera de lo oculto y misterioso y lo coloca en el ámbito de lo
manifiesto y familiar, justamente como la operación con signos que llamamos hablar,
dar una orden, responder a una orden, etc. Es claro entonces que si “hablar del
pensamiento como de una "actividad mental" produce confusión” (Wittgenstein,
2009, p. 33), el antídoto contra estas confusiones es cambiar nuestro modo de hablar
acera del pensamiento. Wittgenstein (2009) sostiene en el CA que “esta actividad
[operar con signos] es realizada por la mano, cuando pensamos escribiendo; por la
22
La estrategia de asignar un lugar al pensamiento no es exclusiva de Russell. Frege suponía que el pensamiento era algo
singular que debería estar en algún lugar, de alguna manera, en una especie de reino de los pensamientos: “...los
pensamientos no son ni cosas del mundo exterior ni representaciones. Hay que considerar un tercer dominio. Lo que a
este pertenece coincide con las representaciones en que no puede ser percibido por los sentidos, con las cosas, en
cambio, coincide en que no requiere de un portador a cuyos contenidos de conciencia pertenezca.” (Frege, 2017, p.
171)
Víctor Hugo Chica Pérez
boca y la laringe, cuando pensamos hablando; y si pensamos imaginando signos o
imágenes, no puedo indicarles un agente que piense” (p. 33).
Considero que Wittgenstein sugiere en el fragmento citado que todas estas
afirmaciones sobre el lugar donde se realiza el pensamiento son igualmente
correctas, es decir, todas estas actividades pueden considerarse formas del pensar, o
mejor aún, para todas ellas podemos usar la palabra pensamiento, y por tanto todos
estos ‘lugares’ (el papel, la laringe, el cerebro, etc.) constituyen efectivamente lugares
del pensamiento. Desde esta nueva perspectiva no hay inconveniente en afirmar que
‘pensar’ es una actividad que realiza la mano, o el pie, cuando escribimos o la boca
y la laringe cuando hablamos, aunque para el caso de imaginar signos o imágenes ya
no es posible indicar un agente que piense, y aquí es esencial la aclaración de
Wittgenstein (2009):
Si se dice entonces que en estos casos es la mente la que piensa, yo
llamaría solamente la atención sobre el hecho de que se está utilizando
una metáfora, de que aquí la mente es un agente en un sentido
diferente de aquel en que puede decirse que la mano es el agente al
escribir.
[…] Y si hablamos de la cabeza o del cerebro como del lugar del
pensamiento, lo hacemos usando la expresión "lugar del pensamiento"
en un sentido diferente. (p. 33)
Como cuando decimos, por ejemplo, que el corazón es ‘el lugar’ de los
afectos. Wittgenstein no explica claramente cuál es el cuidado que hay que tener
con la gramática de esas expresiones que asignan un lugar al pensamiento, sea en el
papel, la laringe o el cerebro, aunque podemos ver allí una advertencia sobre la
dificultad que surge cuando se entiende la palabra ‘lugar’ de forma equívoca para el
caso de lo que también erróneamente denominamos ‘el pensamiento’. Si el
pensamiento no es un proceso oculto y misterioso se puede afirmar que son las
acciones mismas de escribir, hablar, elaborar imágenes o dibujos las que lo
constituyen, y podemos afirmar que uno de los rasgos característicos de todas estas
actividades y procesos es que involucran signos, y más aún, que son operaciones con
signos. Los ejercicios de reemplazar procesos que parecen ocultos por procesos
observables, cotidianos y claramente descriptibles, como operaciones con la mano
al escribir con un lápiz, el acto de elegir un objeto entre muchos otros, etc., ayudan
a contrarrestar la mitología subyacente a la explicación causal, según la cual aquello
que “hay que añadir a los signos muertos para lograr una proposición viva es algo
inmaterial, con propiedades diferentes a las de todos los meros signos” (Wittgenstein,
2009, p. 31).
Víctor Hugo Chica Pérez
A manera de síntesis se puede afirmar que, frente a la explicación causal, la
cual conduce inevitablemente al supuesto de la existencia de elementos ocultos que
confieren su ‘significado’ a los signos, el CA contrapone el carácter visible y
manifiesto de esos signos que tenemos ante nosotros en conexión con las acciones
que ejecutamos con tales signos. Esta estrategia permite invertir la tesis de que los
signos necesitan del ‘pensamiento’ (una operación interna) para afirmar que lo que
denominamos pensamiento (una operación externa) necesita de los signos. También
es importante la aclaración wittgensteiniana relativa a la distinción entre el uso del
concepto de ‘mente’ vinculado con las cuestiones de psicología, y el recurso a ese
mismo concepto para tratar las cuestiones relacionadas con la pregunta por el
significado. Cuando se trata de cuestiones de psicología es legítimo apelar a un
concepto de mente, que puede incluso delimitarse adoptando determinados
modelos conceptuales, pero cuando se trata de las cuestiones relativas al significado,
el recurso a dicho concepto se torna problemático: “si lo que nos concierne no son
las conexiones causales, las actividades de la mente están abiertas ante nosotros”
(Wittgenstein, 2009, p. 33).
Un tercer ataque a la concepción causal del significado lo constituye el
dirigido contra uno de los principios fundamentales de dicha perspectiva, el de la
comprensión entendida como la conducta adecuada, en circunstancias específicas,
conforme a leyes causales ‘mnémicas’. Wittgenstein propone esclarecer la idea de
comprensión23 a través de un caso relacionado con el aprendizaje de las palabras el
cual ofrece un escenario adecuado para evaluar los problemas que suscita ese
concepto en el marco de una explicación del significado. La razón es que en ese
contexto de la enseñanza y el aprendizaje de palabras hablamos naturalmente de
comprender o interpretar alguna palabra o expresión, bien sea de forma errónea o
adecuada, y es esta manera de hablar la que permite reconocer que la comprensión
está vinculada esencialmente con los criterios de los cuales disponemos para decidir
si el otro entiende correctamente o no el significado de la palabra que se le ha
enseñado. Wittgenstein llama la atención sobre el concepto de 'criterio' que puede
definirse, en el contexto del CA, como un punto de apoyo con base en el cual se
decide lo ‘correcto’ o ‘erróneo’ en la comprensión o interpretación. 24 La estrategia
23
Un análisis análogo al del CA se encuentra en algunos de los primeros numerales de la Gramática Filosófica, cuya fecha
de composición coincide con periodo de redacción del CA. Biggs y Pichler (1993, pp. 14-15) datan los numerales del 1
al 142 justo de ese periodo comprendido entre 1933-1934. Wittgenstein afirma, por ejemplo, que ““comprender una
oración” puede querer decir: “saber lo que la oración dice”, esto es, poder responder a la pregunta ‘¿qué dice esta
oración?’” (Wittgenstein, 2007, §6) Y unos parágrafos más adelante afirma: ““comprender una palabra” puede querer
decir: saber cómo se usa, poder explicarla” (Wittgenstein, 2007, §10).
24
Addis (2006) bien aclara que “The meaning of the word 'criteria' and its philosophical significance remain the subject
of controversy. There is almost no sustained discussion of it in Wittgenstein's writings with the notable exception of the
Víctor Hugo Chica Pérez
de Wittgenstein será pensar acerca del tipo de criterios que intervienen cuando
determinamos, en situaciones ordinarias, si la comprensión de una palabra o
expresión es adecuada o no, y así esclarecer qué tipo de actividad es esa que
denominamos ‘comprender una palabra’. Para tal fin el CA considera el caso de una
palabra que se le da a alguien por primera vez y que se refiere a algo que este nunca
ha visto antes, la palabra 'banjo'. Luego de explicarle ostensivamente al aprendiz la
palabra, la única forma de saber si la comprende adecuadamente es a través de una
instrucción, por ejemplo:
Supongamos que entonces le doy la orden «ahora elige un banjo de
entre estas cosas». Si elige lo que llamamos un 'banjo' podemos decir
que «ha dado a la palabra "banjo" la interpretación correcta»; si elige
algún otro instrumento podemos decir «ha interpretado que "banjo"
"instrumento de cuerda"». (Wittgenstein, 2009, p. 29) [énfasis
propio]
El caso de la palabra ‘banjo’ ilustra cierto tipo de criterios que ordinariamente
utilizamos para decidir si la comprensión o la interpretación de una palabra ha sido
adecuada o no: se trata de evaluar una acción, en este caso la de elegir un banjo,
que se sucede a la orden dada al aprendiz de traer un ‘banjo’. Nótese que para
Wittgenstein todo el énfasis recae en las acciones del aprendiz puesto que la acción
de tomar el banjo se introduce como criterio último de comprensión, y por tanto de
significación, contrarrestando de esa manera la idea de que existe una operación
específica que siempre tiene lugar cuando se afirma que alguien ‘comprende el
significado’, idea que se introduce debido a que “nos inclinamos a suponer un acto
definido” (Wittgenstein, 2009, p. 29), lo que nos lleva de nuevo a la exigencia de
justificar, para todos los casos, un hipotético mecanismo responsable de la
significatividad de las palabras. El énfasis en las acciones, contrariamente, conduce a
introducir criterios externos para la comprensión y excluye la posibilidad de un único
‘acto definido’, puesto que las acciones, que para cada caso de uso de palabras
pueden ser diferentes, nos obligan a delimitar el contexto específico en el que las
palabras tienen lugar, lo que reconduce el tratamiento del problema del significado
desde lo interno hacia lo externo, dado que es en las circunstancias concretas del
uso de las palabras donde tiene lugar lo que se denomina su significado. Mientras la
explicación de tipo causal supone que el aprendiz se ha valido, por ejemplo, de una
imagen mental de un banjo con base en la cual, de entre los múltiples instrumentos,
seleccionó aquél que producía la sensación que colma la expectativa que le genera
la imagen del banjo o la palabra ‘banjo’, el CA simplemente asume que el aprendiz
famous passages towards the start of the Blue Book.” (p. 72). Sin embargo, no es claro, y es materia de debate, si
Wittgenstein ofrece en el CA las bases para una teoría acerca del término criterio. (Cfr. Addis 2006, pp. 73-74)
Víctor Hugo Chica Pérez
ha actuado conforme a las reglas que le fueron dadas en el momento de la
instrucción, siendo todos estos componentes -las acciones, las reglas y la instrucción
misma- eventos externos y visibles que vinculan el significado de ‘banjo’ con todo lo
relativo a operaciones específicas con esos signos en las prácticas lingüísticas
ordinarias.
Quiero aquí hacer una mención breve al denominado Cuaderno Amarillo25,
que data de la misma época del CA, donde se reitera que el concepto de
comprensión se usa en una doble vía, tanto para referirse a un evento interno, de
carácter mental si se quiere, como a uno externo, vinculado con el uso concreto de
las palabras:
podemos afirmar lo siguiente: que "comprender una palabra" se usa
ciertamente de dos maneras, para referirse a un proceso mental
concomitante y al saber usar la palabra. Las gramáticas de "sentir algo
cuando escuchamos la palabra" y "conocer el uso de la palabra" son
completamente diferentes. Para ver cómo difieren, considere el caso
paralelo de conocer las reglas del ajedrez. (Wittgenstein, 2001, p. 50)
Es interesante aquí la alusión a las reglas y al caso del ajedrez, pues de la
misma manera que sólo podemos afirmar que alguien comprende el ajedrez si puede
ejecutar los movimientos adecuados de las fichas sobre el tablero según las reglas del
ajedrez, análogamente podemos decir que ha tenido lugar o no la comprensión de
las palabras con base en las acciones concretas y específicas que alguien ejecuta
según las reglas que acompañan el uso de las palabras. Aunque se admita que el
movimiento de una ficha durante una partida de ajedrez puede estar acompañado
por algún tipo de evento de carácter interno, la comprensión del ajedrez radica solo
en el recurso a las reglas que, en la práctica del juego, se traduce en acciones
concretas; de la misma manera para el caso de las palabras, el supuesto de cualquier
elemento de carácter interno se torna irrelevante para determinar si se ha dado o no
su comprensión, “puede haber estados mentales correspondientes a cada juego,
pero estos estados no presuponen ni contienen las reglas.” (Wittgenstein, 2001, p.
49) Todo el énfasis recae aquí sobre la gramática (las reglas) que es la que finalmente
constituye el significado de una palabra o expresión.
25
El denominado Libro o Cuaderno Amarillo (Yellow Book) es una recopilación de notas tomadas por Alice Ambrose y
Margaret Masterman que datan de la misma época del CA y, según refiere Ambrose, dicho material corresponde a
conferencias y discusiones privadas antes y durante el dictado del CA. Dicho material se encuentra publicado en las
Wittgenstein’s Lectures 1932-1935, sin indicaciones acerca de las fechas precisas de las notas, sin embargo, ofrece pasajes
interesantes que detallan algunos aspectos relativos a los problemas de los que se trata en el CA. [Para todas las citas la
traducción es propia.]
Víctor Hugo Chica Pérez
En este apartado final, y a manera de conclusión, se hará énfasis en dos
cuestiones generales que, desde la óptica del CA, han fortalecido el tratamiento
erróneo que hace la concepción causal russelliana del problema del significado. La
primera cuestión es la introducción de consideraciones que Wittgenstein denomina
‘mitológicas’ acerca del significado en la reflexión filosófica sobre el lenguaje; la
segunda, consecuencia de la anterior, es la relativa a la perspectiva cientificista que
está implícita en una explicación de tipo causal.
Inicio llamando la atención sobre el argumento de Wittgenstein según el cual,
en la reflexión filosófica acerca del lenguaje se ha introducido lo que él denomina
una ‘mitología de la psicología’26 que nos induce a postular alguna clase de objeto o
evento, de naturaleza distinta a la del signo y que fundamente su significatividad:
“[…] se tiene la tentación de imaginar aquello que da vida a la frase como algo de
una esfera oculta que acompaña a la frase” (Wittgenstein, 2009, p. 32), y que a la
vez tiene efectos visibles. Tal postulado reviste un atractivo especial para el filósofo
quien se ve conducido finalmente a aceptar la existencia de hipotéticos procesos
ocultos en la explicación acerca del significado. puesto que esa separación entre el
signo y otra cosa que le es esencial constituye la raíz de la idea según la cual lo
esencial en una palabra es eso que la compaña: su significado (Cfr. Wittgenstein
2007, §22). Esa tendencia a separar los signos de eso otro que les confiere
operatividad es tan fuerte que a veces da la impresión de que no puede explicarse
lo que sucede con las palabras y expresiones de nuestro lenguaje de otra manera y
para responder a esta exigencia se postula un intermediario entre la palabra y la
acción, algo que sirva como garante de la vida de esos signos pues “los signos de
nuestro lenguaje parecen muertos sin estos procesos mentales” (Wittgenstein, 2009,
p. 30). Como ya se ha dicho, tal intermediario en la explicación causal es ‘la mente’
que “puede producir efectos que ningún mecanismo material podría causar” (p. 30),
por lo cual se confiere al pensamiento y a otros procesos análogos como la
comprensión o la interpretación, la apariencia de ser, análogamente, un mecanismo
extraño y difícil de comprender. Wittgenstein mismo reconoce que es factible
construir un modelo de mente con base en investigaciones psicológicas, el cual
puede resultar tan complicado e intrincado que, con todo derecho, podríamos
hablar de la mente como de un extraño tipo de medio.
26
Para una exposición detallada acerca la génesis de la idea misma de ‘mitología de la psicología’ en el pensamiento de
Wittgenstein, remito al estudio de Engelmann (2013, pp. 88-93).
Víctor Hugo Chica Pérez
Sin embargo, Wittgenstein será enfático al afirmar que “este aspecto de la
mente no nos interesa. Los problemas que puede plantear son problemas
psicológicos y el método para su solución es el de la ciencia natural” (Wittgenstein,
2009, p. 33). Esta observación pone en evidencia de qué manera las consideraciones
mitológicas en torno al significado fortalecen el segundo aspecto mencionado al
inicio de esta sección: el tratamiento cientificista de la pregunta por el significado.
La crítica del CA a la explicación causal evidencia cómo Russell introduce una
manera específica de hablar acerca del significado, que se caracteriza por incorporar
toda una red conceptual conformada fundamentalmente por nociones psicológicas,
donde la significatividad aparece como un tipo de ‘fenómeno’, producto de leyes
causales de carácter mnémico. Considerar la significatividad como un ‘fenómeno’
ha conllevado a que se aborde la pregunta por el significado científicamente y, en
consecuencia, que su estudio se adjudicara en últimas a la psicología. El mismo
Russell (2001) admite que la investigación sobre ciertos aspectos esenciales en la
explicación del significado es de carácter científico:
Al considerar las leyes causales de la psicología, es importante la
distinción entre generalizaciones aproximadas y leyes exactas. Hay
muchas generalizaciones aproximadas en psicología, no sólo del tipo
por medio del cual gobernamos nuestra conducta ordinaria unos con
otros, sino también de un género más científico. El hábito y la
asociación pertenecen a tales leyes. (p. 212)
Recuérdese que tanto el hábito como la asociación intervienen en la
constitución de esa relación que Russell denomina significado, y ambas son
consideradas por el autor leyes causales de género científico, constitutivas de la
ciencia psicológica, por lo cual la explicación acerca del significado tiene lugar
exhibiendo la naturaleza de dichas leyes en el marco de una teoría explicativa de
carácter psicológico, como Russell pretendió mostrar en AM.
Wittgenstein consideró importante combatir este tipo de explicación en el CA
dado el atractivo que ejerce en filosofía la imagen de un mecanismo responsable de
la significatividad que pueda describirse, análogamente a como describimos el
funcionamiento de una máquina o de un organismo. De hecho, cuando Wittgenstein
(2009) afirma que “los filósofos tienen constantemente ante los ojos el método de la
ciencia y sienten una tentación irresistible a plantear y a contestar las preguntas del
mismo modo que lo hace la ciencia” (p. 47), está refiriéndose específicamente a
Russell y su concepción causal. Y dada la estrecha conexión entre la perspectiva
cientificista y las consideraciones mitológicas acerca del significado, no es de extrañar
que Wittgenstein sea reiterativo sobre el hecho de que los problemas relacionados
Víctor Hugo Chica Pérez
con el lenguaje en general y el significado en particular no son en absoluto problemas
de carácter científico:
Pero no olvidemos que una palabra no tiene un significado dado, por
así decirlo, por un poder independiente de nosotros, de tal modo que
pudiese haber una especie de investigación científica sobre lo que la
palabra realmente significa. (Wittgenstein, 2009, p. 58)
Lo que interesa en filosofía acerca del lenguaje no es por tanto explicarlo
desde una perspectiva causal, lo que nos inquieta realmente es la naturaleza de
nuestras operaciones con palabras y expresiones, algo cuya explicación requiere
describir su gramática, esto es, las reglas mediante las cuales operamos con ellas, y
es solo la falta de claridad en torno a la noción misma de significado la que nos puede
llevar a plantear la pregunta ‘¿qué es el significado?’ desde una perspectiva causal,
pues como afirmase Wittgenstein, “expresamos una falta de claridad respecto a la
gramática de las palabras bajo la forma de una pregunta científica” (Wittgenstein,
2009, p. 67).
Addis, M. (2006). Wittgenstein. A guide for the perplexed. Continuum.
Apostolova, I. (2017) Russell’s Two Theories of Memory. Russell: The Journal of
Bertrand Russell Studies 37 (2), 307–33.
[Link]
Bernecker, S. (2001). Russell on mnemic causation. Principia: An international
journal of Epistemology, volumen5. pp. 149-85.
Biggs, M; Pichler, A. (1993). Michael Biggs and Alois Pichler Wittgenstein: Two
Source Catalogues and a Bibliography Catalogues of the Published Texts
and of the Published Diagrams, each Related to its Sources. Working
papers from the Wittgenstein archives at the University of Bergen, (7).
Bronzo, S. (2019). Demystifying Meaning in Horwich and Wittgenstein. En J.
Conant y S. Sunday (Eds.) Wittgenstein on Philosophy, Objectivity, and
Meaning (pp. 164-184). [Link]
Víctor Hugo Chica Pérez
Engelmann, M. (2012). Wittgenstein’s New Method and Russell’s the Analysis of
Mind. Journal of Philosophical Research, 37, 283–311.
[Link]
Engelmann, M. (2013). Wittgenstein's Philosophical Development: Phenomenology,
Grammar, Method, and the Anthropological View. Palgrave Macmillan.
Frege, G. (2017). El Pensamiento. Una investigación lógica. En L. Placencia y R.
Espinoza (Eds.) Escritos Lógico-Filosóficos (pp. 151-185). Colihue [original
publicado en 1919].
Glock, H-J. (2019). What Is Meaning? A Wittgensteinian Answer to an Un-
Wittgensteinian Question. En J. Conant y S. Sunday (Eds.) Wittgenstein on
Philosophy, Objectivity, and Meaning (pp. 185-210).
[Link]
Green, K. (2007). Bertrand Russell, Language and Linguistic Theory. Continuum
Studies in British Philosophy.
Hauptli, B. W. (2014). Hauptli’s Lecture Supplement Introducing Wittgenstein’s Blue
Book.
[Link]
Pincock, C. (2006). Richard Semon and Russell’s Analysis of Mind. Russell: the
Journal of Bertrand Russell Studies, 26(2), 101–25.
[Link]
Russell, B. (1905). On Denoting. Mind, 14(56), 479-493.
[Link]
Russell, B. (1970). Los problemas de la filosofía. (Traducción de Joaquín Xirau). Labor.
[original publicado en 1912]
Russell, B. (2001). The Analysis of Mind. Pennsylvania State University, Electronic
Classics Series. (J. Manis, ed). [original publicado en 1921]
[Link]
Schroeder, S. (2016). Grammar and Grammatical Statements. En H.-J. Glock y J.
Hyman (Eds.) A Companion to Wittgenstein (pp. 252-268).
[Link]
Víctor Hugo Chica Pérez
Stern, D. (1991) The "Middle Wittgenstein": From logical atomism to practical holism.
Synthese, 87, 203-226.
Stern, D. (2018). Wittgenstein and Moore on Grammar. En E.G. Stern (Ed.)
Wittgenstein in the 1930s - Between the Tractatus and the Investigations (pp.
27-44). [Link]
Tully, R. (1988). Russell's Neutral Monism. Russell: The Journal of Bertrand Russell
Studies, 8(1), 209-224.
Wittgenstein, L. (1995). Tractatus Logico-Philosophicus. (D. F. Pears y B. F.
McGuinness, trads.). Routledge [original publicado en 1922].
Wittgenstein, L. (2001). Wittgenstein's Lectures Cambridge, 1932-1935. From the
Notes of Alice Ambrose and Margaret Macdonald. (A. Ambrose, ed.).
Prometheus Books.
Wittgenstein, L. (2007). Gramática Filosófica. (L. Segura, trad.). Instituto de
Investigaciones Filosóficas UNAM.
Wittgenstein, L. (2009). Cuadernos Azul y Marrón. (F. Gracia, trad.). Tecnos.
Wittgenstein, L. (2014). Escrito a Máquina [The Big Typescript TS 213]. (J. Padilla,
trad.). Trotta.