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The Rom-Commers - Katherine Center

El documento es una traducción no oficial de una obra literaria que incluye recomendaciones para los lectores sobre cómo manejar el contenido traducido. La historia sigue a Emma Wheeler, una aspirante a guionista que recibe la oportunidad de reescribir un guion de Charlie Yates, un famoso guionista, mientras navega por su vida personal y profesional. A lo largo de la trama, Emma debe enfrentarse a sus propios desafíos y la posibilidad de encontrar el amor verdadero.

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The Rom-Commers - Katherine Center

El documento es una traducción no oficial de una obra literaria que incluye recomendaciones para los lectores sobre cómo manejar el contenido traducido. La historia sigue a Emma Wheeler, una aspirante a guionista que recibe la oportunidad de reescribir un guion de Charlie Yates, un famoso guionista, mientras navega por su vida personal y profesional. A lo largo de la trama, Emma debe enfrentarse a sus propios desafíos y la posibilidad de encontrar el amor verdadero.

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Índice
Staff Capítulo 17
Sinopsis Capítulo 18
Capítulo 1 Capítulo 19
Capítulo 2 Capítulo 20
Capítulo 3 Capítulo 21
Capítulo 4 Capítulo 22
Capítulo 5 Capítulo 23
Capítulo 6 Capítulo 24
Capítulo 7 Capítulo 25
Capítulo 8 Capítulo 26
Capítulo 9 Capítulo 27
Capítulo 10 Capítulo 28
Capítulo 11 Capítulo 29
Capítulo 12 Capítulo 30
Capítulo 13 Capítulo 31
Capítulo 14 Epílogo
Capítulo 15 Sobre la autora
Capítulo 16
Staff
Traducción y corrección:
Cherry Blossom
Mrs. Darcy

Revisión:
Cherry Blossom

Diseño:
β
Sinopsis
Emma Wheeler está reescribiendo una historia de amor, pero ¿podrá
reescribir la suya propia?
Emma Wheeler anhela desesperadamente ser guionista. Ha pasado su
vida estudiando, obsesionándose y escribiendo comedias románticas,
¡buenas! ¡Qué ganen concursos! Pero también ha sido la única cuidadora
de su bondadoso padre, que necesita atención a tiempo completo. Ahora,
cuando tiene la oportunidad de reescribir un guion para el famoso
guionista Charlie Yates (¡El Charlie Yates! ¡Su dios personal de la
escritura!), es una oportunidad demasiado grande para dejarla pasar.
La hermana menor de Emma asume las tareas de cuidadora y Emma
se muda a Los Ángeles durante seis semanas para el trabajo de escritura
de su vida. Pero, ¿qué es lo que dicen? ¿No conozcas a tus héroes? Charlie
Yates no quiere escribir con nadie y mucho menos con una guionista
fracasada y desconocida. Peor aún, la comedia romántica que ha escrito es
tan terrible que podría provocar el apocalipsis. ¡Y además! A él ni siquiera
le importa el guion, es solo un medio para conseguir que le den luz verde
a uno diferente. Ah y él piensa que el amor es un esquema Ponzi
emocional.
Pero Emma no se rendirá sin luchar. Se defenderá a sí misma, a las
comedias románticas y al amor mismo. Lo convencerá de que las historias
de amor importan, incluso si tiene que besarlo hasta dejarlo sin sentido
para hacerlo. Pero… ¿y si ese beso es accidentalmente asombroso? ¿Y si la
vida real resulta ser mucho… más real que la ficción? ¿Y si la historia de
amor que están escribiendo rompe todas las reglas de Emma… y se hace
realidad?
Capítulo 1
Logan Scott llamó justo cuando estaba preparando la cena y casi no
contesté porque mi padre y yo estábamos cantando los grandes éxitos de
ABBA. No había muchas personas por las que interrumpiría a ABBA…
pero sí, bien, Logan Scott era una de ellas.
Logan era mi antiguo novio del instituto, que aún se sentía culpable
por la forma en que rompimos y lidiaba con esa culpa enviándome
oportunidades de trabajo.
No es la peor manera de manejarlo.
Era la penitencia que pagaba por su vida indemne.
Aunque supongo que la vida de nadie es realmente indemne.
Su vida «menos» indemne, tal vez.
Era representante de guionistas en Hollywood. Un trabajo muy
glamoroso.
Técnicamente, era «mi» representante, aunque nunca le había hecho
ganar dinero. Yo era como su caso pro bono.
Estaba bien, siempre insistía. Al final pagaría.
Participé en dos concursos de guiones porque Logan insistió en que me
presentara. Él me metió en la puerta como escritora independiente para
Variety. ¿Y todas esas críticas de cine por las que me pagaron el salario
mínimo? Cortesía de él.
No paraba de enviarme trabajo.
Le dije que dejara de sentirse culpable. Yo estaba bien. Pero no lo decía
exactamente en serio. No si esa culpa suya iba a seguir pagando mis
facturas.
Algunas de ellas, al menos.
Todo esto para decir, en esta noche en particular, que Logan tenía una
gran oferta para mí.
—Emma —dijo—. Voy a necesitar que te sientes.
—Ahora mismo estoy haciendo panqueques para cenar —le dije. Mi
hermana Sylvie volvía de la universidad, así que estaba preparando su
comida favorita.
—Seguro que se te caen todos cuando oigas esto —dijo Logan, como si
me hubiera imaginado haciendo «malabares» con panqueques.
Cubrí la pila en curso con papel de aluminio, apagué la música y le hice
a mi padre un gesto de «un minuto» con el dedo desde el otro lado de la
habitación.
Mi padre asintió con la cabeza dándome a entender «haz lo que tengas
que hacer».
—Estoy lista —le dije a Logan.
—¿Estás literalmente sentada?
—No.
—No estoy bromeando. Tienes que hacerlo.
Me dirigí a nuestra mesa de desayuno y me senté en mi sitio.
—Bien —dije—. Estoy sentada literalmente.
—Tengo un trabajo para ti —dijo Logan entonces, haciendo una pausa
para el efecto.
—Lo acepto —dije.
—Escribir el guion de una película —continuó, alargando el momento.
—Vendido —dije, como «continúa».
Y entonces llegó a su gran final:
—Con Charlie Yates.
Logan me había dicho que me sentara, pero al oír ese nombre me
levanté.
Entonces me paralicé. Luego fruncí el ceño. Luego esperé. ¿Era un
truco?
—¿Hola? —dijo Logan finalmente—. ¿Sigues…?
—Lo siento —dije, sacudiendo la cabeza—. Creí haberte oído decir
Charlie Yates.
—Dije Charlie Yates.
Volví a sentarme.
—¿Charlie Yates? —dije, como si hubiera lugar para la confusión.
Podía sentir a Logan asintiendo.
—Sí.
Pero necesitaba más confirmación.
—¿Charlie Yates, el que escribió «Los destructores»? ¿Charlie Yates, el
que escribió «El último pistolero, Cortina de humo y Cuarenta millas al
infierno»? El guionista de los guionistas, la leyenda viva, la razón por la
que medio país dice la frase «Feliz Navidad, vaquero», ¿ese Charlie Yates?
—Ajá —dijo Logan, disfrutando del momento—. Ese mismo.
Tomé un sorbo del agua helada de mi vaso.
—Ha escrito una comedia romántica —dijo Logan.
Y tosí en respuesta.
Logan esperó mientras me recuperaba.
—¿«Charlie Yates» escribió una comedia romántica? —Ahora tenía mis
sospechas. ¿Algo de vaqueros? Claro. ¿Una película de terror? Por
supuesto. ¿Una aventura espacial distópica donde los robots se comen a
todos los humanos? Sin dudarlo. ¿Pero una «comedia romántica»?
De ninguna manera.
—No lo hizo —dije, respondiendo a mi propia pregunta.
—Lo hizo.
—¿Es… buena? —pregunté y luego inmediatamente sacudí la cabeza
para cancelar la pregunta.
«Por supuesto» que era buena.
Había visto todas las películas que Charlie Yates había escrito y había
leído todos sus guiones, producidos o no, que caían en mis manos,
imprimiéndolos de Internet y encuadernándolos con clavos de latón antes
de ordenarlos alfabéticamente en su propia estantería de mi librería. Y no
me limité a «leerlos». Los subrayé. Los anoté. Los cubrí con post-it y signos
de exclamación. Sin duda era bueno. Charlie Yates no podría escribir un
mal guion aunque le amenazaras con quitarle todos los premios.
—Es terrible —dijo entonces Logan.
—¿Qué? —No puede ser.
—Es tan terrible que incluso llamarlo terrible es un insulto a la palabra
«terrible».
Lo asimilé.
—¿Lo has leído? —pregunté.
—Mis ojos nunca volverán a ser los mismos, pero sí… leí un borrador
entero.
—¿Leíste un borrador? —pregunté—. ¿Cómo?
¿Cómo es que mi exnovio del instituto leía los primeros borradores
privados del guionista superestrella más querido del mundo?
Logan hizo una pausa de un segundo y luego dijo:
—Verás, he estado esperando el momento adecuado para compartir
esto contigo, pero… en realidad soy su representante.
—«¿¡Qué!?» —Me levanté. Otra vez.
—He estado esperando para decírtelo porque sabía que ibas a
enloquecer.
—No estoy enloqueciendo —dije, pero en realidad ahora estaba
cacareando alrededor de la mesa del comedor en un círculo sin sentido, al
estilo pollo sin cabeza. Sabía que Logan representaba a gente de alto nivel.
Pero no tanto.
—Solo por la forma en que respiras —dijo Logan—, puedo decir que
lo estás haciendo.
—¿Cómo estoy respirando? —pregunté.
—Como una superfan de Charlie Yates que está perdiendo la cabeza
ahora mismo.
Bien. No se equivocaba.
Respiré tranquilamente y me dirigí a la puerta de nuestro apartamento,
salí y paseé deliberadamente por el pasillo exterior de nuestro cuarto piso.
Con calma. Como una persona que no estaba enloqueciendo.
Lo intenté de nuevo.
—¿Me estás diciendo en serio que eres el representante de Charlie
Yates?
—Sí.
—¿Charlie «Yates»? —pregunté, como si quisiera decir otro Charlie.
Luego—, ¿«Charlie» Yates? —volví a preguntar como si se refiriera a otro
Yates.
—Sí, a ambos.
Estaba desconcertada.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
—Unos tres años.
—¡¿Tres años?! —chillé. Luego, más bajo—, ¿acabas de decir «tres
años»? ¿Llevas tres años trabajando con mi guionista favorito y no se te ha
ocurrido mencionarlo?
—No es que no pensara hacerlo —dijo Logan, intentando llevarnos a
un lugar más tranquilo con su voz—. Decidí esperar hasta el momento
oportuno.
Pensé en toda la alegría de estar a un grado de separación de Charlie
Yates, alegría que me había estado perdiendo durante tres años. Entonces
dije acusadoramente.
—¿Decidiste esperar?
—Sí. Porque, como ya sabes, el tiempo lo es todo.
Bueno, en eso no se equivocaba.
Había llegado al final del corredor. Me incliné sobre la barandilla y
miré las luces del atardecer sobre el estacionamiento, las luces de los autos
en la autopista más allá y las luces del centro centelleando en la distancia.
Conocía a alguien que conocía a Charlie Yates. Todo tenía un nuevo brillo.
—Me parece justo —dije finalmente.
—Te lo estoy diciendo ahora —dijo Logan—, porque, como dije antes,
tengo un trabajo para ti.
Todo volvió de golpe.
—Es cierto. Tienes un trabajo para mí…
—Escribir un guion —dijo Logan.
—Con Charlie Yates —terminé, con la voz resplandeciente de
asombro.
—Pero «reescribirlo» —dijo Logan—. Como escritora fantasma.
Necesito que arregles esto… completamente.
—¿Es una reescritura desde la página uno?
—Página «cero» —dijo Logan—. Llegó a un acuerdo con un ejecutivo
de United Pictures que si él escribía esta comedia romántica, le producirán
esa cosa de gánsteres que ha estado escribiendo.
¿Era extraño que un guionista renombrado como Charlie Yates tuviera
por ahí un guion sin producir? En absoluto. De hecho, la mayoría de los
guiones de la mayoría de los guionistas nunca ven la luz. Uno puede
ganarse muy bien la vida en Hollywood cobrando mucho dinero por
escribir guiones que nunca llegan a convertirse en películas. Pero eso fue
lo que hizo a Charlie Yates una leyenda. Conseguir producir algo era una
proeza. Pero Charlie vendía un guion tras otro, que se convertían en
películas, que ganaban premios, que se convertían en clásicos y que luego
la gente citaba textualmente año tras año.
—Me encanta esa cosa de gánsteres —dije. Había encontrado una copia
pirata en Internet y había gastado un bloc entero de post-it admirándola.
Y ni siquiera me gustaban las películas de gánsteres.
Tampoco me gustaban las películas de capos de la droga. Ni las
películas de masacres en prisiones. Ni las películas de payasos asesinos. Ni
las películas de salvamento marítimo en las que a todo el mundo se lo
comen los tiburones.
A menos que Charlie Yates las escribiera.
Era así de bueno. Me encantaba todo lo que hacía, aunque el único
género que a mí personalmente me gustaba de verdad eran… las comedias
románticas.
Era el único género que no escribía.
Hasta ahora, al parecer.
Así de bueno era. Me obligó a amarlo, en contra de toda mi
personalidad.
—También le encanta el tema de mafiosos —dijo Logan—. Pasó meses
y meses en Chicago investigando y llevaba un reloj de bolsillo todo el
tiempo. Y está empeñado en que se haga, sobre todo ahora que ha vuelto
de su —Logan vaciló antes de terminar—… paréntesis. Pero eso no puede
ocurrir hasta que haga esta comedia romántica. Y como ya he dicho…
—Es terrible.
—Vamos a necesitar una palabra más terrible para terrible.
Me tomé un segundo para asimilarlo.
—Ahí es donde entras tú —dijo Logan, dispuesto a pasar a los
detalles—. Va a necesitar la madre de todas las reescrituras. Sin acreditar,
por supuesto…
—Por supuesto.
—Pero por buen dinero.
—¿Cuánto dinero?
—Más de lo que técnicamente te corresponde, de acuerdo con el
gremio de escritores.
Ahí estaba. Había niveles para lo que podías ganar, dependiendo del
éxito que hubieras tenido. Y como yo no había tenido, lo digo con gran
compasión por mí misma, casi ningún éxito, mi nivel no era alto.
No importaba. ¿A quién le importaba?
Este era Charlie Santa Mierda Yates.
—Envíamelo —le dije. No había nada más que discutir. ¿Reescribiría
sin acreditar el incomprensiblemente terrible guion de Charlie Yates? Por
supuesto que lo haría. Lo haría sin cobrar. Diablos, le pagaría. Ya había
abierto mentalmente un nuevo archivo en «Borrador final» y lo había
guardado como Charlie Santa Mierda Yates.
—Sin embargo, hay una trampa —dijo Logan a continuación.
—¿Qué es?
—Tienes que venir a Los Ángeles.
Ahora empecé a pasear por el pasillo de nuevo.
—¿Ir a Los Ángeles? —repetí, como si eso fuera algo que nadie hiciera
nunca.
—No para siempre —dijo Logan—. Solo durante el período de trabajo
de la reescritura.
¿Cuánto tiempo llevaba reescribirlo? Nunca había hecho una
reescritura para otra persona.
Logan me leyó el pensamiento.
—Seis semanas —declaró a continuación—. Posiblemente más. Esto
tiene que ser algo en persona.
—Pero —empecé a decir, tantas objeciones en mi mente, que era difícil
elegir—. ¿Qué pasa con Zoom? ¿Y FaceTime? ¿Y Slack? ¿Google Meet?
Demonios, ¡incluso Skype! Hay un millón de formas virtuales de hacerlo.
—Es de la vieja escuela —dijo Logan.
—Eso no es excusa.
—Y tiene un ego enorme.
—Se merece ese ego —dije, cambiando de lado—. Se lo ha ganado.
—La cuestión es que es Charlie Yates. Lo hace como él quiere. Y nunca
va a aceptar correcciones virtuales de alguna escritora no producida en
internet.
—Cuando lo dices así, no parezco muy impresionante.
—Lo sé.
—¿Así que tengo que ir ahí y… qué?
—Cortejarlo.
—«¿Cortejarlo?»
—Obviamente no en el sentido tradicional de cortejar.
—No puedo ir a Los Ángeles, Logan —dije—. No puedo ir a «ninguna
parte». ¿Recuerdas a mi papá?
Pero Logan no se amilanó.
—¿Y Sylvie? —preguntó.
Maldita sea. Me tenía.
—¿Qué pasa con ella?
—¿No se acaba de graduar?
—Lo hizo, pero…
—¿No era ese el plan desde el principio? ¿Mandar a Sylvie a la
universidad y luego sería su turno?
—Ese «era» el plan —dije, resistiéndome a lo acertado que estaba
Logan—. Pero consiguió unas prácticas de verano muy prestigiosas en
Ayuda Médica Internacional…
—¡No jodas! —gritó Logan.
—¿Me acabas de gritar «no jodas»?
—Es su turno —dijo Logan, enojado conmigo ahora—. Lo has hecho
todo durante diez años…
—«Algo menos» de diez años —corregí.
—Y el plan, todo el tiempo, era que ella volviera a Texas después de la
universidad y se hiciera cargo.
—Sí, pero eso fue antes…
—Llámala —exigió Logan—. Llámala ahora mismo y dile que vuelva
a casa. Nunca tendrás otra oportunidad como esta. Esta es la oportunidad
de tu vida.
—No tengo que llamarla. Ahora mismo está de camino desde el
aeropuerto. ¿Recuerdas los panqueques?
—Momento perfecto —dijo Logan entonces—. Díselo en la cena.
Pero me incliné y apoyé la frente en la barandilla metálica mientras un
camión de la basura pasaba por debajo.
—No quiero.
—Sé justa contigo misma, Emma —engatusó Logan.
¿Por qué estábamos hablando de esto? Tenía cosas que hacer y no tenía
tiempo para tonterías.
—No destrozaré los sueños de Sylvie, Logan. Eso no está en mi lista de
cosas por hacer hoy.
—Pero, ¿y tú? —preguntó Logan—. ¿Qué pasa con tus sueños?
Ante eso, me puse de pie.
—Mis sueños —dije, como «terminamos aquí»—, fueron destrozados
hace mucho tiempo.
Capítulo 2
No se lo dije a Sylvie en la cena.
No era solo la primera cena que teníamos juntos en los meses
transcurridos desde que ella había vuelto a la universidad el pasado enero:
era su fiesta de graduación. Una graduación a la que, por supuesto, mi
padre y yo nos habíamos perdido ya que él no podía viajar y si él no podía
viajar yo tampoco.
No era solo una cena. Era una celebración. Mi gloriosa y brillante
hermanita se había graduado summa cum laude y Phi Beta Kappa en el
pintoresco Carleton College, que, por si no lo sabías, es el Harvard del
Medio Oeste y ahora era, entre otras muchas cosas, la prueba viviente de
que nuestra familia había superado todas las tragedias y estaba
prosperando, por fin. Oficialmente.
Estábamos celebrando, maldita sea.
Hice una tarta con forma de birrete de graduación y le puse velas de
bengala. Decoré la cocina con serpentinas doradas y esparcí confeti sobre
la mesa. Escribí pequeños menús y los enrollé como diplomas.
No arruinaría todo eso «mudándome a Los Ángeles».
Tenías que maximizar la alegría cuando revoloteaba en tu vida. Tenías
que honrarla. Y saborearla. Y no pisotearla hasta la muerte recordando a
todo el mundo todo lo que habías perdido.
Sylvie apareció con una camiseta recortada y el pelo rubio liso de
cuento de hadas ondeando, como la personificación de la juventud, la
belleza y la esperanza y cargando con quinientas bolsas de lona llenas de
ropa sucia. La abracé por el cuello con auténtica alegría, salté, chillé y le
besé las mejillas. Y mi padre nos recibió en la puerta con su andador y
cantamos «feliz graduación a ti» con la melodía de la canción de
cumpleaños, mi padre añadiendo algo de percusión con una mano y una
maraca. Y luego comimos montones de panqueques y salchichas y
echamos crema batida de lata por encima de todo.
Nos sentamos en nuestro pequeño comedor, charlamos y nos tomamos
el pelo y disfrutamos tanto de cada segundo de estar juntos de nuevo que
casi me sentí resentida en algún diminuto compartimento de mi cerebro
porque Logan Scott hubiera llamado de la nada con esa loca noticia de
Charlie Yates y hubiera complicado las cosas.
Precisamente hoy.
Cuanto más se alargaba la velada y más charlábamos después,
poniéndonos al día y bebiendo cerveza de raíz como postre, más se
desvanecía en mí el recuerdo de aquella llamada. Sentía una creciente y
pacífica sensación de que la crisis había pasado, que ya no tenía que tomar
ninguna decisión difícil y que la vida continuaría tan predecible, normal y
vagamente insatisfactoria como siempre.
Solo quería ser feliz, simple y llanamente feliz, «por una noche». ¿Era
mucho pedir?
Eso parece.
Supongo que el momento lo era todo.

Quizá te preguntes por qué mi padre, de cincuenta y cinco años, tuvo


que usar un andador para venir a recibir a mi hermana a la puerta. O por
qué no pudimos ir a su graduación. O por qué su instrumento de percusión
preferido era una maraca.
Te daré la misma respuesta vagamente alegre y profundamente
simplista que siempre hemos dado a todo el mundo: Hace poco menos de
diez años, mi padre tuvo «un accidente de acampada».
Si quieres los detalles, añadiré esto: recibió un golpe en la cabeza
durante una repentina caída de rocas mientras escalaba en Yosemite y
sufrió un traumatismo craneoencefálico que le dejó parcialmente
paralizado de un lado, una afección llamada hemiplejía y también padecía
un problema en el oído interno que afectaba profundamente a su equilibrio
llamado enfermedad de Ménière.
Esta es la historia resumida.
Estoy omitiendo muchas cosas. Estoy omitiendo la peor parte, de
hecho.
Pero es suficiente por ahora.
Por eso mi padre no podía quedarse solo. Por eso se movía por el
mundo como si tuviera noventa años. Es por eso por lo que me preocupaba
por él 24-7. Y es por eso por lo que escribir un guion con Charlie Yates en
Los Ángeles estaba total, absoluta y definitivamente fuera de la cuestión.
No eludiría mis responsabilidades.
No abandonaría a mi padre.
Y no, no, «no» eclipsaría el potencial de mi hermanita metiéndola de
guardia médica en este apartamento de cincuenta y cinco metros
cuadrados.
No lo haría. Y no podría…
Hasta que leí el guion.

El correo electrónico de Logan con el asunto «Disculpas por


adelantado» llegó a mi bandeja de entrada justo cuando Sylvie se
acomodaba en la litera de arriba con Netflix y sus auriculares. Nos
habíamos puesto el pijama, las luces estaban apagadas y me quedé
mirando el archivo adjunto durante un buen rato antes de rendirme y
abrirlo.
Una hora más tarde, lo hice oficial:
«Terrible».
Realmente necesitaríamos una palabra más terrible para terrible.
En primer lugar, era, al menos en teoría, una versión actualizada del
clásico de las comedias románticas «Sucedió una noche». Escrito por una
persona que claramente nunca había visto la película.
Si no la has visto, hazte un favor: deja lo que estás haciendo y ve a verla.
Esta película tiene noventa años y todavía brilla con vida, vitalidad y
encanto. Un periodista venido a menos intenta ayudar a una mujer de la
alta sociedad a viajar en autobús a Nueva York con la esperanza de
conseguir su exclusiva y en lugar de eso se enamora perdidamente de ella.
Clark Gable es sexy a rabiar, Claudette Colbert es descarada y guapísima,
¿y la tensión romántica? Te la «comerías» con una «cuchara». Esta es la
comedia romántica de viajes por carretera que dio origen a miles de
comedias románticas de viajes por carretera y arrasó en los Oscar, ganando
las cinco categorías principales, incluido el mejor guion. Es un titán del
género. Es prácticamente sagrada.
Y Charlie Yates, mi querido Charlie Yates, mi patrón oro, mi escritor
por el que todos los demás escritores son juzgados, mi absoluto héroe
guionista de todos los tiempos…
La mutiló.
La mancilló.
La «profanó».
Esta cosa que hizo ni siquiera quiero decir «escribió»… No tenía chispa
ni estructura ni bromas ni alegría ni escenas que se parecieran siquiera a la
película original. El título era el mismo y los nombres de los personajes
eran los mismos. Pero eso era todo. ¿Estaba «dormido» cuando escribió
esto? ¿Estaba «en medio de una operación dental»? ¿Cómo es posible que
alguien tan bueno y con tanta maestría escribiendo, alguien capaz de hacer
que simpatices con asesinos en serie, que creas en fantasmas y que te
gusten de verdad los robots caníbales, tome algo que ya funcionaba y que
llevaba funcionando noventa años y tire su encantadora alma a una
trituradora de madera?
Clark Gable y Claudette Colbert tenían que estar llorando en el cielo.
Hizo que sus personajes fueran a un concurso de baile en línea.
«Un concurso de baile en línea».
Algo estaba pasando aquí. ¿Charlie Yates tuvo un derrame cerebral?
¿Un chatbot había reescrito en secreto el guion real como broma? ¿Estaba
Charlie Yates secuestrado en algún lugar y fue obligado a punta de pistola
a escribir una mala historia que acabaría con su carrera?
Pero «mala historia que acabaría con su carrera» ni siquiera lo
capturaba.
Esta cosa era apocalíptica.
Y ahí estaba. De alguna manera, ese fue el punto de inflexión para mí.
La vida real podía ser decepcionante. Demonios, la vida real estaba
«garantizada» para ser decepcionante. ¿Vivir sola en un pequeño
apartamento con mi padre enfermo? ¿Enseñar inglés en un colegio
comunitario para poder tener seguro médico? ¿Negar mis propios sueños
para que mi consentida pero adorable hermanita pudiera vivir todos los
suyos sin dificultades? Todo bien. Yo no ponía las reglas de la realidad.
Pero las historias tenían una opción mejor.
No iba a dejar que Charlie Yates arruinara esta película, su carrera, el
género de la comedia romántica en su conjunto y «todas nuestras vidas»
con este guion de basura nuclear.
«Ahí» fue donde tracé la línea.
Nadie deshonraba «Sucedió una noche». No en mi guardia.
En realidad ni siquiera tomé una decisión. Terminé de leer, guardé el
portátil, me subí a la litera de arriba y me quedé mirando a Sylvie hasta
que se quitó los auriculares y dijo:
—¿Qué pasa?
—Acabo de leer un guion de comedia romántica —dije—, que
destruirá la civilización humana tal como la conocemos.
Media hora después, tenía toda la historia: la llamada de Logan, la
situación de Charlie Yates, mi oportunidad de cambiar mi vida. Y antes de
que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, estaba escribiendo un
correo electrónico para renunciar a sus prácticas de verano, por una
supuesta «emergencia familiar».
—¡No puedes no ir a tus prácticas! —dije cuando me di cuenta de lo
que estaba haciendo.
—Claro que puedo —dijo.
—¡Falta una semana! Te comprometiste.
—Encontraran a alguien en la lista de espera.
—Pero… —Sacudí la cabeza—. Pero es «muy prestigioso».
Sylvie se encogió de hombros.
—Iré otro año.
—¿Y si no te aceptan otro año?
—Iré a otro sitio.
Pero yo negaba con la cabeza. Quiero decir, reconocía que había
empezado esto. Fui yo quien subió la escalera de la litera y se lo contó todo.
Era una persona de buen corazón, después de todo. Podría haber predicho
que trataría de resolverlo.
Pero ahora que estaba ocurriendo, no podía soportarlo.
¿En qué estaba pensando al renunciar a sus prácticas?
¿La había protegido demasiado? ¿Lo había tenido demasiado fácil?
¿No sabía lo horrible que era el mundo?
—No sé si entiendes lo importantes que son oportunidades como esta
—le dije—. No puedes darlas por sentadas. El mundo es horrible. Las
oportunidades de brillar no caen del cielo.
—Te oyes, ¿verdad? —dijo—. Lo mismo te digo… ¿sabes lo importante
que es Charlie Yates? Lo estudiamos en mi clase de teoría del cine.
—Pero tú eres… —No podía pensar en una justificación—. Eres joven.
—También eres joven.
—Estás llena de potencial.
—También estás llena de potencial.
—Pero tú… —Me encogí de hombros—. Eres Sylvie. Eres mi Sylvie.
—Y tú eres mi Emma.
Sacudí la cabeza como si ese argumento no tuviera peso.
—No puedo quitarte tu oportunidad.
—Y yo no puedo «quitarte» tu oportunidad.
—Pero ya has dicho que sí a tu oportunidad.
—Pero tu oportunidad es mayor que la mía.
Cuanto más discutíamos, más tenía que elegir un bando. Y por
supuesto, ese lado era siempre el de Sylvie. Realmente era mi Sylvie.
Prácticamente la había criado. Entre Sylvie y yo, siempre elegía a Sylvie.
Eso era un hecho. No sabía cómo ser su hermana y madre sustituta de otra
manera.
Pero Sylvie no se daba por vencida.
—Supongo que tendremos que lanzar una moneda al aire.
—No voy a tirar una moneda al aire, Sylvie.
Uf. Había creado un monstruo. Yo solía ganar todas nuestras
discusiones, pero ahora ella era lo suficientemente grande como para
vencerme.
—¿Sabes qué? —dije—. Hablemos de ello mañana.
—Demasiado tarde —dijo entonces Sylvie, con aire travieso y
desafiante—. Acabo de darle «enviar».
—¿Tú «qué»?
Se encogió de hombros como si hubiera ganado.
—Ya lo envié.
—¡No habíamos terminado de hablar!
—Había terminado —dijo Sylvie—. Te vas a Los Ángeles.
—¡Escríbeles de nuevo! —dije, agarrando su portátil—. ¡Di que fue un
error!
Pero Sylvie lo apretó contra su pecho.
—¡Nunca!
Estábamos empezando a luchar por ello cuando la voz de nuestro
padre atravesó la pared.
—¡Chicas! —nos gritó—. ¡Dejen de discutir!
Sylvie y yo nos quedamos heladas y nos miramos como diciendo:
«ahora has despertado a papá».
Entonces volvió a sonar su voz, esta vez más profunda, resonante y
decisiva, como la voz de Dios.
—Discutiremos esto por la mañana como personas racionales —dijo,
en un tono que lo hacía definitivo—. Y luego votaremos. Y luego… —Hizo
una pausa para ser más claro—. Enviaremos a Emma a Los Ángeles.
Capítulo 3
Una semana después, estaba en un avión.
Podría haberme tomado fácilmente «un mes» para empaquetar mis
cosas, organizar los medicamentos de mi padre, etiquetar las estanterías de
suministros, codificar por colores las listas de tareas diarias y cubrir todas
las superficies con notas adhesivas recordatorias.
Cuidar de mi padre no era un arte, era una ciencia y desde luego no
era para aficionados. Sylvie era una chica lista, desde luego, pero nunca
había recibido formación para ello y yo me sentía como una astronauta
entregándole las llaves del transbordador espacial a un chimpancé.
—Tiene que beber un mínimo de 5 vasos de agua cada día —le dije a
Sylvie mientras marcaba las botellas de agua en el armario con Sharpies—
. Y no se acuerda, así que tienes que controlarlo y «regañarlo».
—¿De verdad tengo que regañarlo? —preguntó Sylvie, como una
persona que nunca ha cuidado a nadie.
—Si no lo regañas, no beberá suficiente agua entonces los niveles de
sodio en su cuerpo se dispararán, se le acumulará líquido en el oído interno
y perderá el equilibrio, se golpeará la cabeza y acabará en urgencias toda
la noche.
—Ah —dijo Sylvie—. «Regañarlo». Entendido.
—Ayuda llevar una tabla con «códigos de colores» —le dije, abriendo
uno de los armarios de la cocina para mostrarle dónde estaban pegados los
tres últimos meses—. Las casillas azules son para el agua. Las amarillas son
para las multivitaminas. Las rojas, moradas, naranjas y verdes son para los
medicamentos. Y las pegatinas hinchadas de unicornio son para el sodio.
—No parece que las pegatinas de unicornios motiven a papá.
—No son para él. Son para mí.
Sylvie entornó los ojos mirando el gráfico.
—¿Y cómo funciona lo del sodio?
¿Era posible que no lo supiera? ¿De verdad la había protegido tanto?
«Los miligramos de sodio» habían sido el principio organizador de mi vida
durante la última década.
—Tenemos que mantener la ingesta de sodio de papá por debajo de los
mil miligramos al día —dije—. Lo cual no es fácil. Una rodaja de jamón
tiene doscientos.
—¿Pero cómo puedo siquiera rastrear eso?
Saqué mi desgastada guía de sodio.
—Lo memorizas. Como una campeona. —Golpeé el libro con orgullo—
. Apréndelo. Vívelo. Puedo decirte exactamente cuánto sodio hay en
cualquier alimento que nombres.
Sylvie miró el libro con incertidumbre.
—En serio —dije—, es verdad. Pruébame.
—¿Fresas? —preguntó Sylvie.
—Dos miligramos por taza.
—Arroz blanco —intentó a continuación.
—Nueve miligramos por taza.
—¡Papas fritas!
—Sesenta y ocho miligramos por una bolsa pequeña.
Sylvie asintió con la cabeza.
—Intenta sorprenderme —le dije—. Te reto. Puedo hacerlo todo el día.
Trufas. Zumo de piña. Remolachas. Moluscos.
—Suena como si realmente conocieras tu mierda.
Asentí con un gesto arrogante.
—Te aplastaré.
La obsesión por el sodio, por supuesto, tenía que ver con intentar
controlar la enfermedad de Ménière.
Nadie sabe exactamente cuál es su causa. Pero sí se sabe que es un
trastorno del oído interno que altera el equilibrio. El de mi papá empezó a
raíz de su lesión cerebral y tenía un caso especialmente grave que no se ha
resuelto con el tiempo. Habría sido inestable de todos modos, por la
parálisis parcial de su lado izquierdo, pero el Ménière lo empeoró cien
veces.
Pero más que inestabilidad, sufría lo que se conoce como «crisis de
caída» en la que de repente se sentía como si lo hubieran empujado al suelo.
O incluso a veces como si la habitación se hubiera dado la vuelta de un
tirón. Nadie lo veía venir, menos él. Sin previo aviso. Podía estar sentado
cenando y salir catapultado de la silla.
Por eso teníamos alfombra por todas partes y almohadillas industriales
en el suelo de la cocina y topes de espuma en las esquinas afiladas. Por eso
ya no conducía ni subía escaleras, si podía evitarlo. Por eso nos tuteábamos
con varias enfermeras de la sala de urgencias más cercana.
Por eso no confiaba en que Sylvie se hiciera cargo.
No estaba segura de confiar en ella para cuidarlo durante «seis días» y
mucho menos durante seis semanas.
Por eso, ahora, no podía dormir en el avión.
¿Qué estaba haciendo? Esto era una locura. No podía dejar a mi padre
con una chica de veintidós años. Incluso una graduada universitaria con
una llave Phi Beta Kappa necesitaba más de una semana para prepararse
para esto. Nuestra vecina viuda, la señora Otsuka, había accedido a ir a
verlos después de verme llorar en el lavadero, pero eso no sería suficiente.
Irme, hacer las maletas y coger mi primer vuelo a cualquier parte en casi
una década, me parecía una irresponsabilidad tan asombrosa que no podía
creer que estuviera permitiendo que ocurriera.
Sentada en ese avión, encajada en un asiento central de la última fila,
escuchando una descarga de inodoro tras otra, me di cuenta de que estaba
temblando.
Como temblando de verdad. Mucho.
No solo las manos, como si en un día frío hubieras olvidado los
guantes. Todo mi cuerpo. Desde el centro. El corazón me latía como un
timbal, tan fuerte que, cuando miré hacia abajo, pude ver cómo vibraba la
tela de mi camisa.
¿Era el miedo?
¿Tenía miedo de volar? ¿Miedo de dejar a mi padre? ¿Miedo a cambiar
mi pequeña y estrecha vida?
Claro. Sí. Todo lo anterior.
Pero más que eso: iba a echarlo de menos.
Mi padre no era solo un padre. Era mi persona favorita.
Era la persona favorita de todos.
Era una «delicia».
A veces una lesión cerebral traumática provoca cambios de
personalidad en las personas; se oye hablar mucho de ira y depresión tras
lesiones como la suya y con razón. Pero si lo cambió y no estoy segura de
que sea médicamente posible… lo hizo más dulce.
Mi padre siempre fue el padre que todo el mundo quería. Si hubiera
una tienda de papás, él sería un éxito de ventas. Tendrían filas y filas de él
a la venta, justo delante. Siempre fue cálido, alentador, conectado y
divertido, incluso antes.
Pero ahora, tras todo ello, era algo aún más asombroso.
Era «alegre».
Lo perdió todo en aquel desprendimiento de rocas y encontró la forma
de seguir adelante y no solo eso. Encontró la manera de reír, cantar
cancioncillas tontas, cerrar los ojos y girar la cara hacia el sol.
Y consiguió que yo también hiciera todas esas cosas.
¿Cómo lo hizo? ¿Cómo se las arregló para estar al lado de un Gran
Cañón de sufrimiento personal y sentirse… «agradecido»?
¿Y cómo me las arreglaría en este mundo desalmado sin él?
¿Quién era yo por mi cuenta?
Antes del desprendimiento de rocas, mi padre era violonchelista.
Después, aprendió por su cuenta todos los instrumentos que se pueden
tocar con una mano: la armónica, los huesos, la cítara, la pandereta, el
silbato de latón y el trombón de válvulas. También aprendió a hacer
ganchillo con una mano, a hacer macetas con un torno y a hacer chaquiras.
—Tú eliges los colores —decía—, yo hago la magia. —Se le dio tan bien
hacer collares que abrió una joyería en Etsy.
Lo que añadió bastante dinero a nuestro presupuesto mensual.
Lo extrañaría mucho, eso es lo que quiero decir. Y me pregunté a mí
misma, cuando nos topamos con turbulencias y me agarré con fuerza al
reposabrazos, si tal vez era mejor que los sueños no se hicieran realidad
nunca.
Capítulo 4
No conozcas a tus héroes. ¿No es eso lo que dicen?
Oh, Dios. Tienen tanta razón.
Logan me recogió en el aeropuerto de Los Ángeles en su camioneta
BMW con una matrícula en la que se leía KILL N IT1. Se sentía muy de Los
Ángeles.
Aunque aparentemente nadie recoge nunca a nadie en LAX.
Lo sé porque es lo primero que me dijo Logan al subir al auto.
—Espero que estés agradecida —dijo.
Llegué tarde porque mi enorme maleta se había quedado atascada en
la cinta transportadora de recogida de equipajes y mi maleta de mano tenía
una rueda rota que se arrastraba y chirriaba como pidiendo clemencia y
me retrasaba. También porque había estado tanto tiempo en el baño del
aeropuerto intentando hacer de mi pelo rizado y rojo «algo menos rizado
y rojo» que perdí la noción del tiempo.
No odiaba mi pelo ni nada. Solo era… mucho.
Era lo primero y lo último, que recordaban sobre mí. Como mi amiga
María dijo una vez sobre tener el pelo rizado: «Tú no lo controlas. Él te
controla a ti».
Al final opté por lo mismo que hacía con el pelo todos los días:
recogerlo en una coleta alta que parecía un pompón y darlo por terminado.
La otra opción era dejármelo suelto, saliendo de la cabeza como lava. Pero
tenía que pensar en el pobre Charlie Yates. Eso sería mucho para asimilar
en una primera reunión. Visualmente.
No quería asustar al pobre hombre.
También pensé demasiado en mi atuendo, que conste. Vaqueros,
zapatillas Converse y una blusa estampada de cuello barco. ¿Era
demasiado informal? ¿Demasiado lindo? ¿No era lo suficientemente
atrevido? ¿Debería ponerme un traje gris plomo y unas gafas de aviador?
¿Cómo vestirse para conocer al mejor guionista del planeta?

1 Killing it. Hacer algo extremadamente bien.


Logan, por el contrario, sabía exactamente cómo vestirse: un traje
perfectamente confeccionado y tan bien planchado que casi me daba miedo
abrazarlo. Era la primera vez en ocho años que lo veía en otro lugar que no
fuera un FaceTime ocasional, pero su aspecto era exactamente el mismo.
—No has cambiado nada —dije mientras nos abrochábamos el
cinturón.
—¿Estás de broma? Soy mucho más genial. —Luego me miró de arriba
a abajo—. Tú eres quien no ha cambiado.
¿Y qué si llevaba los mismos pendientes de aro que en mi graduación
del instituto? Eran de plata fina.
Pensé que pararíamos a comer o a tomar un café, pero Logan condujo
directamente hacia la casa de Charlie Yates en Hollywood Hills, sin
detenerse.
Supongo que esto estaba pasando.
—Espero que hayas ido al baño en el aeropuerto —dijo Logan, en un
tono como «no hay vuelta atrás».
—Como un caballo de carreras —dije, en un tono que esperaba que
dijera «sigue con eso».
Sí, Logan y yo habíamos salido juntos en el instituto, pero habíamos
sido amigos primero. Su apuesto padre estadounidense, negro y de
Atlanta, había conocido a su elegante madre, británica, blanca y
productora de televisión, mientras trabajaba como corresponsal de guerra
en el extranjero. Logan se crio principalmente en Londres hasta que su
padre consiguió un trabajo como presentador de las noticias nocturnas en
Houston y apareció como el chico nuevo en mi instituto.
Nos unimos porque éramos los dos únicos alumnos de nuestra clase
de inglés que pensaban que el poema «After Apple-Picking» de Robert
Frost tenía que tratar de sexo.
Además, aunque era alto y yo no, tenía un acento británico elegante y
yo sonaba como una simple adolescente americana, su tez era de un beige
cálido y la mía era tan pálida y apagada que un chico de mi clase de
fotografía no dejaba de mirarme con los ojos entrecerrados y decir que ojalá
pudiera añadir algo de contraste… teníamos exactamente el mismo color
de ojos café verdoso.
Exactamente el mismo.
Así que empezamos a decirle a la gente que éramos gemelos.
—No gemelos idénticos, obviamente —decíamos.
Este juego era tan divertido y se nos daba tan bien que a veces la gente
nos creía. Si señalaban nuestras evidentes diferencias genéticas yo decía:
—La genética es complicada. Asúmelo —luego Logan añadía—: Los
ojos no mienten.
Si un genio observaba que uno de nosotros hablaba como la familia
real y el otro no, yo hacía una mueca de dolor como si me doliera un
recuerdo cruel y decía:
—Nos separaron de bebés en una trágica situación de «Parent Trap».
—Y entonces Logan se inclinaría y diría—: Por favor no la provoques más.
Nuestra especialidad era conseguir doble postre de cumpleaños gratis
en los restaurantes.
La familia de Logan se mudó después del instituto, cuando su padre
consiguió un puesto de presentador en el telediario nacional nocturno: El
padre de Logan es Malcolm Scott y Logan se graduó en Stanford y luego
emprendió sin problemas una carrera profesional de gran éxito.
No tenía que estar en contacto conmigo, es lo que estoy diciendo. Yo,
atascada en casa y sin transición a nada de éxito.
Pero lo hizo.
Y, ahora, que no lo veía en persona desde la noche anterior a que se
marchara a su primer año de universidad. Cuando rompió conmigo,
alegando y cito textualmente: «Los dos necesitamos algo de libertad», de
repente me sentí nerviosa.
Había vivido toda una vida desde entonces, sobre todo cuando salió
del armario en la universidad y me llamó con orgullo para declararme que
yo era la última chica con la que salió.
—Es un honor —dije.
—¿Verdad? Exacto. Ninguna mujer te reemplazará jamás.
No estaba del todo segura de cómo era la vida de Logan estos días,
pero suponía que estaba llena de fiestas impresionantes, comida
impresionante y gente impresionante. Así que me sorprendió mucho que
un tipo llamado T.J., que no era «nada impresionante», llamara por el
altavoz del auto antes de que hubiéramos salido del aeropuerto.
—¡Lo! ¡Gan! —La voz de este tipo, T.J., retumbó, pareciendo sacudir el
interior del auto—. ¿Qué pasa? ¿Recogiste a la chica?
—La tengo aquí.
—No le digas que es una asesina de carreras —dijo T.J.
Fruncí el ceño mirando a Logan.
—T.J. —dijo Logan—, estás en el altavoz.
—¿Yo? —Una pausa—. Está bien. Lo asumiré. Lo último que necesita
hacer ahora el gran Charlie Yates es desviar toda su testosterona y escribir
películas de señoritas con las chicas.
Logan hurgó en los controles del salpicadero y dijo:
—¿Sabes qué? Luego te llamo.
Pero antes de que pudiera colgar, T.J. añadió:
—Y por cierto, este trabajo debería haber ido a parar a alguien que
realmente haya tenido algún trabajo producido.
—¡Mala conexión! —dijo Logan, mientras pulsaba fin.
Después, un largo silencio mientras las líneas del hormigón se movían
rítmicamente bajo los neumáticos.
Finalmente, dije:
—Eso me pareció un poco hostil.
—Se supone que no debería saber de ti. Pero mi asistente tiene algo con
él.
—¿Un guionista, supongo?
Logan asintió.
—Escribió y dirigió «Beer Tower». Y «Beer Tower II: The Reckoning».
Nunca había oído hablar de ninguna de esas películas.
—Fueron enormes en YouTube —dijo Logan.
—¿Eran… buenas?
—¡Diablos, no! —dijo Logan—. Pero sintetizó una tonelada de
integración horizontal. Solo con el patrocinio de Solo Cups, la empresa
estaba en números negros.
—¿Cómo es que nunca he oído hablar de estas películas?
—No eres exactamente el público objetivo.
—¿Quería el trabajo de Charlie Yates para él? —le pregunté.
—¿Puedes culparlo?
—Parecía un idiota.
—No está acostumbrado a no conseguir lo que quiere.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque él es la tercera generación de la realeza de Hollywood. Está
ridículamente bien conectado y «Beer Tower» recaudó diez millones de
dólares y «Beer Tower II» veinte.
—¿Y te llama al azar?
—Es una de esas personas que están en todas partes.
Logan se estaba portando bien, pero era una extraña bienvenida a Los
Ángeles. Apenas había salido del aeropuerto y ya tenía un enemigo.
Otra pequeña pausa antes de que Logan dijera:
—Nunca lo verás. Charlie no soporta a ese tipo. Es un completo tipo
de fraternidad.
—¿Pero es tu cliente?
—Él es todo lo que está mal en el mundo —dijo Logan—. Pero, sí. Es
mi cliente.

Un comienzo un poco difícil.


Pero aquí estaba lo más importante: Tenía un trabajo para Charlie
Yates, le gustara o no al tipo de fraternidad T.J. y estaba de camino a casa
de Charlie Yates.
Nunca había pensado que Charlie Yates tuviera una casa. Suponía que
vivía en una especie de plano etéreo de un dios de la escritura.
—No es exactamente una casa —dijo Logan—. Es más bien una
mansión. El exterior apareció en una película de Nancy Meyers.
¿Por qué eso lo hizo más aterrador?
—Quizá deberíamos pasar primero por el hotel —dije.
—¿Qué hotel?
—¿No me quedaré en un hotel?
—¿Puedes permitirte alojarte en un hotel durante seis semanas?
Vaya. Claramente no lo había pensado bien.
—¿Me quedo en tu casa, entonces?
Logan soltó una carcajada y explicó que su marido, Nico, dirigía su
propio «microemprendimiento de clases de punto para estrellas» llamado
Knit & Bitch desde la habitación de invitados de su casa de campo
multimillonaria de Santa Mónica… y que había llenado de hilo todo el
espacio disponible en su casa.
Supongo que no.
—¿Dónde me alojaré, entonces?
Logan se encogió de hombros.
—Con Charlie.
Como un reflejo:
—¿Qué Charlie?
—Yates —dijo Logan, como «obvio».
«¿Con Charlie Yates?» Sacudí la cabeza.
—Lo siento. Espera. ¿Voy a «vivir» con Charlie Yates?
—Te «quedarás» con —corrigió Logan, como si eso fuera diferente.
—Esto es demasiado cerca para la comodidad —dije.
—Ni siquiera lo verás —dijo Logan—. Tiene como cinco habitaciones
de invitados. —Miró mi cara de asombro—. Es básicamente un resort.
¿Cómo se me había pasado esta información tan básica? ¿Estaba tan
ilusionada con la perspectiva de ir a Hollywood que no podía pensar con
claridad?
—¿Qué otros detalles no has mencionado? —pregunté mientras Logan
nos zumbaba entre el tráfico como si los demás autos fueran postes de
eslalon.
—Solo sigue la corriente —dijo Logan—. Los detalles están
sobrevalorados.
¿Lo estaban?
Logan le echó un vistazo.
—Te ves un poco verde —dijo.
—Estoy fuera de práctica con la aventura —dije—. Y eres un conductor
terrible.
—Ser un conductor terrible es un movimiento de poder —dijo Logan.
Luego, desde su lugar de poder, añadió—: ¿Quieres un consejo?
—La verdad es que no.
—No te acuestes con Charlie.
—¡¿No me «acueste» con «Charlie»?! —chillé, como si la idea nunca se
me hubiera pasado por la cabeza.
—Sé que tienes este enamoramiento por el escritor —dijo Logan—.
Pero déjalo así.
—¿Estás loco?
—Tienes una foto suya en tu tablón de anuncios.
—Yo también tengo una foto de Kurt Vonnegut en mi tablón de
anuncios.
—No me preocupa Vonnegut.
—Sí. Ya que está «muerto».
—Ya que «no te quedarás en su casa».
—Bueno, ¿de quién es la culpa?
—Estoy muy «a favor» de la asociación profesional —aclaró Logan—.
Pero estoy muy «en contra» de cualquier cosa más.
—¿Por qué estamos teniendo esta conversación?
—Estás sola. Está solo. Es como una incubadora para fornicar.
—Tú eres quien organizó esto. Sería perfectamente feliz quedándome
literalmente en cualquier otro lugar.
—Escribirás mejor en la casa —dijo Logan.
Lo miré.
—Mientras no «fornique» —añadí.
—¡Exacto!
Todavía estaba un poco mareada por las turbulencias que sufrimos al
aterrizar y la forma de conducir de Logan, inspirado en NASCAR, no
ayudaba. No había comido en todo el día ni ayer y no había dormido bien
la noche anterior. Todavía me latía el corazón dentro de la caja torácica. No
hace falta decir que esta pequeña charla sobre fornicación no estaba
ayudando.
—Todo lo que digo es —dijo Logan—… ni lo pienses.
—No pensaba en ello, hasta que tú me hiciste pensar en ello. Ahora
estoy pensando en ello.
—Deja de quejarte —dijo Logan—. Te estoy ayudando.
—Me estás asustando.
—Es mejor estás preparado —dijo Logan.
—Tal vez deberías dejar de hablar ahora.
Pero Logan continuó.
—¡Es terrible en las relaciones! ¿Por qué crees que lo dejó su esposa?
Me ganó la curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque hizo una investigación de inmersión en Chicago para eso de
la mafia y no la llamó ni una vez en tres meses.
Sentí el impulso de defenderlo. «Estaba trabajando». Pero luego dije:
—Bien, sí. Eso es mucho tiempo.
Logan asintió, como si por fin estuviéramos de acuerdo.
—No dejes que esos pantalones de pana te distraigan. Estás aquí para
entrar, dar el pistolazo de salida a tu trágicamente retrasada brillante
carrera y largarte.
Capítulo 5
Sí, la casa de Charlie Yates era una mansión al estilo del viejo
Hollywood, en una carretera llena de mansiones justo detrás de Sunset
Boulevard. «Por supuesto que vive en una casa de ensueño», pensé,
mientras parábamos delante y Logan levantaba el freno de mano. Estaba
viviendo su sueño. Y así es como era el sueño.
Después de estacionar, me entretuve: Me pinté los labios, me acomodé
las bubis y saqué un espejito para comprobar una vez más si tenía pimienta
en los dientes. Aunque hoy no había comido pimienta. Que yo supiera.
Ya había hecho todas estas cosas en el baño del aeropuerto, pero,
maldita sea, las volví a hacer.
Estaba a punto de presentarme ante Charlie Yates.
Estaba a punto de entrar en contacto con la grandeza genuina.
No me habría sorprendido del todo encontrar un trono en su salón.
Había visto todos los videos suyos que había en Internet, la mayoría
de ellos en festivales de guionistas ante un público que lo adoraba y
prácticamente me había aprendido de memoria sus comentarios sobre la
estructura, los arcos de los personajes y cómo evitar que la parte central se
hundiera. Había visto su cara. Conocía su voz. Sabía que tenía treinta y
cinco años, que era géminis, que tenía los pies ligeramente arqueados y que
sentía un afecto inquebrantable por los pantalones de pana anchos y de
frente plano. Y aunque nadie le acusaría de ser guapo como una estrella de
cine, tenía una especie de atractivo desaliñado, sin reglas, inconformista,
que yo no podía calificar de otra cosa que de guapo.
¿También? Tenía la costumbre de agarrarse la parte delantera del pelo
mientras hablaba y apretarlo en el puño con tanta fuerza que, cuando lo
soltaba, todo apuntaba en otra dirección.
Vamos. Irresistible.
Era el tipo de cosas en las que pensaba a veces, distraídamente,
mientras preparaba la cena. ¿Qué era exactamente lo que me gustaba de su
cara? ¿Una geometría oculta que encajaba con los patrones de mi cerebro?
¿Quizás la redondez de su boca? ¿O el ángulo de su mandíbula? O, y esto
podría delatar cuántas veces he vuelto a ver algunos de esos videos, ¿algo
sobre la forma de sus orificios nasales? ¿Es raro decir eso? ¿Que un hombre
tiene unas fosas nasales atractivas? Pero las tenía. Unas fosas nasales
simpáticas, sencillas y simétricas que se hundían un poco cuando reprimía
una sonrisa.
Los escritores, en general, no son precisamente la subsección más
atractiva de la humanidad. Si los extraterrestres vinieran y nos dijeran:
«Muéstranos los especímenes más perfectos de tu especie» no iríamos
a buscar a los escritores con manchas de café del mundo, encorvados sobre
sus portátiles en sus sótanos eficientes. El listón para los escritores, en
cuanto a aspecto, no estaba precisamente alto. Charlie podría ser el ocho
de una persona normal, pero era el diez de un escritor, sin duda. Eso,
sumado a su éxito inicial, la peculiar película independiente que hizo «en
la universidad» fue un éxito inesperado y lanzó su carrera, lo convirtió en
un favorito de los medios. ¿La mayoría de los guionistas? Nadie ha oído
hablar de ellos. Pero todos conocíamos y queríamos a Charlie Yates.
Tenía una tormenta perfecta de talento, encanto y unas fosas nasales
irresistibles.
Y de verdad, de verdad esperaba no decir eso accidentalmente en voz
alta cuando lo conociera.
Por mi mente pasó una pesadilla en la que le daba la mano a Charlie
Yates y le decía:
«¡Me encantan tus fosas nasales!» Luego, ante el horror congelado de
su expresión, trataba de hacerlo menos raro explicándoselo: «Es esa forma
de lágrima que tienen y cómo se apoyan en la parte superior del labio
superior, como si fueran James Dean a punto de fumarse un cigarrillo. Lo
entiendes, ¿verdad?»
Oh, Dios. Realmente soy mi peor enemiga.
Logan llegó a la puerta de Charlie Yates mientras yo aún hacía muecas
de dolor por aquello, así que no hubo más remedio que arrastrar mi maleta
y mi equipaje de mano por la grava del camino de entrada a toda velocidad
para alcanzarlo.
Mientras Logan llamaba a la puerta, intenté calmar mi respiración.
Dios, estaba nerviosa. ¿Debería visualizar el océano? ¿Probar una
postura de fuerza? ¿Hacer una meditación rápida? Traté de evaluar cuánto
tiempo tenía antes de que Charlie Yates abriera la puerta.
Pero no abrió la puerta exactamente. No de la forma habitual, al menos.
En respuesta al golpe de Logan, el pomo giró un poco y la puerta se
abrió, dejando un hueco de unos diez centímetros. Por la voz que se oía
desde dentro, estaba claro que Charlie estaba «atendiendo» una llamada y
no abría la puerta, sino que se limitaba a desbloquearla. Así que Logan me
hizo un gesto con el dedo, como diciendo: «dame un segundo», me dio el
teléfono y las llaves y se metió dentro.
Dejándome sola en los escalones de la entrada con el teléfono y las
llaves de Logan, mi equipaje y mi mochila llena de bolígrafos y cuadernos
favoritos.
Analizando hacia atrás, Logan debió pensar que había cerrado la
puerta tras de sí. No la cerró. Lo que significó que, minutos después, yo
estaba escuchando accidentalmente su conversación a través de la rendija.
Una conversación que se oscureció muy rápido.
—Tengo un regalo para ti, colega —dijo Logan para empezar,
sazonando su voz con toda la camaradería que le permitía el inglés de la
Reina.
—¿Qué quieres decir con «un regalo»? —preguntó Charlie. Su voz era
más grave en la vida real que a través del altavoz de mi ordenador.
—Una escritora —dijo Logan—. Te he traído una escritora.
Charlie no lo entendía.
—¿Cómo que me «trajiste una escritora»?
Intenté evaluar su relación. Había algo en el tono de Charlie, amable,
pero no cálido, que hacía parecer que Logan se esforzaba demasiado.
—Está afuera —dijo Logan—. Una escritora de comedias románticas
para trabajar en «Sucedió una noche».
—¿Has traído aquí a una escritora? ¿A mi casa? ¿Ahora mismo?
Y entonces lo supe.
«Charlie Yates no tenía ni idea de que iba a venir».
Oh, mierda.
Sea lo que sea lo que estaba pasando ahora, no había sido aprobado
por Charlie Yates.
Contuve la respiración. Una vez que lo supe, no podía ignorarlo.
—Sí —continuó Logan, aclarándose la garganta como si le corriera el
sudor—. Está aquí ahora mismo. Está aquí… y está lista para ayudar.
Me di cuenta de que Logan pensaba que si hacía que todo pareciera lo
bastante razonable, en realidad sería razonable.
Pero se trataba de Charlie Yates. No iba a dejarse engañar por su
representante y tenía exactamente una sílaba de respuesta para esta
situación:
—No.
—¿No?
—No. No necesito ayuda.
—Por supuesto que no la «necesitas» —recompuso Logan—. Solo
facilitará las cosas.
Pero Charlie Yates no estaba convencido.
—Trabajar con otros escritores nunca hace las cosas más fáciles.
—Una consultora. Más o menos. Es mi amiga, de quien te hablé la
última vez.
—No necesito una consultora.
—Claro que no. Más bien una secretaria. Una mecanógrafa.
¡Una «mecanógrafa»!
Logan intentaba superar esta resistencia inicial.
—La traeré y podremos…
—No.
—¿No? —preguntó Logan.
—No.
—«No» significa…
—No significa no. No, no quiero que la traigas. No, no necesito ayuda
con el guion. O una consultora. O incluso una mecanógrafa. Sé cómo
mecanografiar. Y cómo escribir un guion, también, por cierto.
Sí. Lo había ofendido.
—No necesito nada —continuó Charlie—. Ni de ti… ni de nadie. Y
menos de una escritora aficionada amiga tuya.
«Auch. Pero era justo».
—Puede que sea una aficionada, pero hubo circunstancias…
—No.
—¿No?
—No. Esto no pasará.
—Solo creo que si tú…
—Amigo. Vamos. Me irritaría si aparecieras con cualquiera, de verdad.
¿Pero una chica cualquiera con la que tuviste algo en el instituto? Eso es
insultante.
—Te lo digo, es buena.
—Te lo estoy diciendo, no me importa.
—Te estoy dando la ayuda que necesitas para acabar con esto y seguir
adelante y tú me tiras credenciales.
—Las credenciales existen por una razón.
—Mira, las comedias románticas son su especialidad. Son lo suyo.
Puede recitarte cada línea de «Cuando Harry conoció a Sally» al pie de la
letra.
—Por favor no permitas que lo haga.
—Te digo que nunca conocerás a otra escritora que sepa más de
comedias románticas. Está obsesionada y no tiene nada más en su vida.
Ninguna relación. Ni hijos. Nada de nada. Esto es todo lo que hace. El amor
imaginario es lo único que tiene.
«Oh, Dios, Logan. Me estás matando».
Entonces Logan tomó una decisión fatídica. Mintió. A Charlie Yates.
Sobre mí.
Todavía puedo oírlo a cámara lenta.
—Ha leído el guion —dijo Logan—… y le encantó.
«¡Qué!»
Fue todo lo que pude hacer para contenerme físicamente y no irrumpir
y corregir el disco. ¡«No» me encantó! Lo «contrario» de encantarme, mil
veces. Lo detestaba. Lo aborrecía. Quería «borrarlo de la tierra», de mi
memoria y de todo el espacio y el tiempo.
Una cosa era que Logan me humillara delante de Charlie Yates con
verdades sobre mi trágica vida. Otra muy distinta era que mancillara mi
«integridad como escritora con falsedades».
Fue entonces cuando Charlie hizo una pausa.
—¿Leyó el guion y le «encantó»?
Lo supe en un instante, Logan había calculado mal.
Logan había supuesto que Charlie no sabía que su guion era malo. Que
no podía evitar amar su propio trabajo. Que si le decía a Charlie que me
había encantado su guion, como él pensaba que a Charlie también le había
encantado en secreto, eso nos pondría en el mismo equipo. Unidos contra
un mundo cruel que no comprendía.
—Sí —mintió Logan.
«¡No!»
Pero fue una decisión equivocada.
—Entonces no sabe una mierda de comedias románticas. Hasta yo sé
que eso es un insulto al género.
«¡Gracias!»
¿Por qué me sentí tan aliviada de que lo supiera?
Logan notó su error ahora. Charlie Yates sabía que su terrible guion
era terrible. Mentirle diciendo me había encantado no era «ayudarme» sino
hacer lo contrario. Así que redirigió:
—¡La cuestión es que ella es una gran fan tuya, hombre!
—¿Ha visto el original?
—Solo un millón de veces. Visto, leído, estudiado.
—Entonces es imposible que le encante lo que acabo de escribir. O es
una mentirosa… o no distingue una mierda de un cordón de zapato.
«Duro».
Duro, pero bien dicho.
«No distingue una mierda de un cordón de zapato». ¿Acaba de
inventar un nuevo aforismo?
Logan seguía intentando tomar la ruta del ego.
—Te lo estoy diciendo. Es una superfan de Charlie Yates. Está tan
emocionada de trabajar contigo.
Eso, al menos, era cierto.
A continuación Charlie dijo:
—Por supuesto que lo está. ¿Quién no lo estaría?
—Estás siendo un imbécil ahora mismo. Te lo estoy diciendo, ella es
buena.
—Y yo te digo que la saques de aquí.
Una pausa, en la que tuve que suponer que se estaban mirando
fijamente.
Entonces Charlie dijo:
–Espera. Espera. ¿Es la misma chica del video que enviaste?
¿El video? ¿Mandó un mensaje?
Miré el teléfono de Logan que tenía en la mano. Conocía su código de
acceso desde el instituto. Lo probé y seguía funcionando. Triple O Siete.
Supongo que algunas cosas nunca cambian. La pantalla se abrió con un
mensaje de texto que acababa de enviar a Charlie:
Logan: Allí en cinco minutos.
Encima, pude ver la parte inferior de lo último que había enviado
antes.
Un video.
De pie en la entrada de la casa de Charlie Yates, intenté procesar el
dominó de conclusiones que su conversación acababa de desencadenar en
mi mente: Charlie Yates no tenía ni idea de que yo iba a venir. No había
consentido en trabajar conmigo ni quería trabajar con nadie. La
oportunidad laboral de mi vida por la que había abandonado a mi padre
enfermo, por la que le había robado el futuro a mi hermana y por la que
había desmantelado toda mi vida, «en realidad no existía».
Para colmo, mi exnovio del instituto acababa de mentir sobre mí y de
contar verdades mortificantes… y, al parecer, le había enviado a Charlie
Yates un misterioso video.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono con pavor, temiendo
saberlo con certeza. «¿Qué video?»
Por el formato, pude adivinar que no era el video de YouTube de la
charla sobre escritura que había dado para la biblioteca y que ahora tenía
casi trescientas visitas. Tampoco era el ejemplo de la clase de inglés de
primer año que aparecía en la página de inicio de nuestra universidad
comunitaria.
No, este video era vertical.
Este video era personal.
Este video había salido del teléfono de Logan.
Y aquí me enfrentaba a una elección que en realidad no era ninguna
elección. «Quería» quedarme y seguir espiando, puesto que ya no confiaba
en la relación de Logan con la verdad. Pero «necesitaba» saber qué video
le había enviado Logan.
«Por favor, por favor, por favor, que no sea el video del bikini», rogué
en silencio mientras me escabullía con el equipaje lejos de la puerta, hacia
el patio, creando la distancia suficiente para verlo sin que me oyeran.
El video en bikini, del que me había arrepentido mil veces. El video en
bikini de hacía diez años que Logan había jurado borrar, pero nunca le creí
al cien por cien. El video en biquini que había grabado para él cuando me
pidió que le enviara «algo sexy» y por eso había conseguido que Sylvie me
grabara arrastrándome por las olas y gruñendo como una pantera en la
playa con mi primer y último biquini.
El video en bikini que encabezaba mi lista de cosas más embarazosas
que he hecho a propósito.
No lo habría hecho. ¿Verdad?
No podría haberlo hecho.
Pero ahora sabía algo nuevo. Realmente no tenía idea de lo que Logan
haría o no haría. Si me había engañado para que volara hasta aquí por un
trabajo que no existía, era capaz de cualquier cosa.
Había un banco en el patio y, sin darme cuenta, retrocedí y me senté
en él. Después, con la pelea dentro de la casa ya fuera del alcance del oído,
puse el video en el teléfono de Logan y pulsé reproducir.
No era el video en bikini.
Era un video que ni siquiera recordaba. Posiblemente nunca lo había
visto.
Era yo. Cuando estaba en el instituto. Riéndome y alejándome de
Logan, diciendo:
—¡Hazlo bien esta vez! —Me vi a mí misma moviéndome, caminando
de la forma en que las chicas caminan cuando saben están siendo
observadas. Llevaba pantalones cortos y una camiseta de rayas. Mis rizos
rojos estaban más largos y salvajes y me caían por el cuello como fuego de
sirena. Hice una pausa para recogerlos en un moño.
Lo había olvidado. Tenía el pelo tan largo en el instituto que podía
hacerme un nudo.
Vaya. Esa chica era como una extraña. Como cualquiera con quien
podría cruzarme en la calle.
Levantaba los brazos, daba un paso adelante y se paraba de manos y
empezaba a recitar un pasaje de «Noche de Reyes» de Shakespeare boca
abajo.
Oh, Dios. Había olvidado todo esto.
—«Oh señora mía, ¿por dónde vagas?» —bramó la joven yo,
caminando sobre sus manos—. «Oh, quédate y escucha, tu verdadero amor
viene, que puede cantar alto y bajo. No viajes más lejos, bonita dulzura.
Los viajes terminan en el encuentro de los amantes…»
Mientras miraba, el poema volvía a mí y estaba anticipando la
siguiente línea cuando mi padre, más joven de lo que nunca le había
recordado, con el pelo castaño oscuro y los hombros anchos, entró descalzo
en el encuadre, se paró también sobre las manos y terminó la línea. «Todo
hijo de sabio lo sabe».
—¡Papá! —se quejó la otra yo—. Esto es para la escuela.
Era un momento ordinario, pero hipnotizante. Allí estaba todo: El
patio trasero en el que crecí jugando. El jardín de hierbas de mi madre en
el patio de losas. El árbol de mirto que solíamos trepar.
No era un video en un teléfono. «Era una cápsula del tiempo».
Una cápsula del tiempo de todo lo que había perdido.
Fue entonces cuando oí algo en el video que me paró el corazón.
Su voz.
La voz de mi madre.
Debía de estar justo al lado de Logan mientras él grababa, porque su
volumen era tan alto, mucho más alto que todo lo demás en el video, a tres
metros de distancia, que durante medio segundo no pareció que el sonido
procediera del teléfono que tenía en la mano.
—¡Emma! Se te está cayendo la camiseta —gritó mi madre.
Y sentí tanto como si mi hermosa y añorada madre no estuviera «allí»,
sino «aquí», en el momento presente, a mi lado en el jardín de Charlie
Yates, que me miré la camisa para comprobarlo. Durante un instante
desgarrador, mi cerebro pensó que ella estaba conmigo aquí y ahora y
envió una chispa de alegría tan brillante que casi dolía.
Pero, por supuesto, ella no estaba aquí.
Esparcimos sus cenizas en el océano hace nueve años, en cuanto mi
padre se recuperó lo suficiente para hacer el viaje.
La chispa se desvaneció. Volví en mí. El video siguió reproduciéndose.
—Mi camiseta no se está cayendo —corrigió mi otra yo a mi madre—.
Solo se está deslizando.
—De cualquier manera, podemos ver tu sujetador.
—No es un sujetador —le dije—. Es la parte de arriba de un bikini.
—Bueno, parece un sujetador. Métete la camisa por dentro.
—No puedo. No tengo brazos.
—Tienes brazos —señaló mi padre, que seguía boca abajo—. Solo los
usas como piernas.
Justo cuando Logan, aún centrado en el asunto del sujetador, ofreció
servicial:
—No es nada que no haya visto antes, señora Wheeler.
—Eso no es reconfortante —dijo mi madre al entrar en el cuadro. Y
entonces allí estaba, no solo una voz, sino una visión. Mi hermosa, etérea y
normal madre, caminando a zancadas por el césped con una falda vaquera
y sandalias hacia su tonta hija. Me agarró de la camisa cuando aún estaba
boca abajo y me la metió por dentro mientras mis piernas se ponían en plan
torcido.
—Así está mejor —me dijo dándome una palmada en el trasero. Luego
siguió su camino por el césped y yo caí rodando sobre la hierba.
—¡Mamá! —grité—. ¡Estaba interpretando a Shakespeare!
—¡Actúa con la ropa puesta! —gritó por encima del hombro, justo
cuando una niña enjuta entraba dando volteretas en el marco. Sylvie.
—¡Quiero interpretar a Shakespeare! —dijo Sylvie, su voz como la de
una ardilla.
Pero ya me había levantado y corría hacia la cámara con una sonrisa
bobalicona en la cara.
—¡Corten! ¡Corten! —gritaba, haciendo el gesto de «corten». Y
entonces, justo cuando chocaba con Logan, el video terminó, quedándose
quieto en el último fotograma: mi madre al otro lado del patio, en la
escalera de atrás, con la puerta medio abierta, dirigiéndose a la cocina para
preparar la cena.
¿Qué cenamos aquella noche? me pregunté y de repente me pareció
tan desgarrador que ahora nunca lo sabría.
Durante un minuto, allí en el patio de Charlie Yates, el teléfono
permaneció quieto en mi mano. Estaba en algún lugar fuera del tiempo.
Y entonces me di cuenta de que estaba llorando. El tipo de llanto
desgarrado que te invade sin tu consentimiento.
Estaba a punto de volver a poner el video, sintiendo que podría verlo
eternamente en un bucle sin fin, engullendo sin parar aquel momento
olvidado sin saciar nunca mi deseo de volver a verlo, cuando la puerta de
Charlie Yates se abrió de golpe y el Logan de hoy salió de ella,
devolviéndome a la realidad actual.
Que de repente, por el contrario, ya no parecía tan importante.
—Emma, tienes que —empezó a decir.
Pero Logan se detuvo al verme… al ver, supongo, el torrente de
lágrimas en mi cara. Le devolví la mirada, parpadeando, con el corazón
apretado en un puño, la garganta espesa y el rostro invadido por una pena
que había vuelto a despertar.
Por un segundo, estuvimos en un punto muerto.
Y entonces me di cuenta de que debía de estar pensando que lloraba
así por Charlie, por una persona que, al parecer, no me veía más que como
una aficionada.
Lo que me llevó a la acción.
—Esto —dije, dibujando un círculo imaginario alrededor de mi cara
con el dedo—, no se trata de eso… —Y dibujé un círculo mucho más grande
alrededor de Logan y de la casa detrás de él y, qué demonios, de toda la
ciudad de Los Ángeles.
Entonces le tendí el teléfono de Logan congelado en esa imagen final-
hasta que vio de qué se trataba.
Logan bajó los hombros.
—Emma, yo…
En ese momento, Charlie salió por la puerta principal con aire de estar
a punto de hacer una proclama.
Era y me doy cuenta de que esto no hace falta decirlo, más grande en
la vida real.
Era la primera vez y posiblemente la última, que veía a Charlie Yates y
confieso que me robó la atención por un segundo. Porque «ahí estaba». Ese
era el pelo que siempre agarraba con el puño. Y esos eran los pantalones
de pana ancha que había visto en tantos videos. Y una de sus características
camisas Oxford arrugadas. Y esa era la característica barba incipiente de su
cuello, que olvidaba afeitarse la mayoría de las veces.
Desde luego, no se había preocupado por su aspecto en un baño de
aeropuerto.
Por supuesto, en su defensa, no tenía ni idea de que yo iba a venir. Pero
por YouTube supe que vestía así todo el tiempo, tanto si estaba en el
escenario de una conferencia como si lo fotografiaban los paparazzi en un
restaurante de cinco estrellas. Aparecía constantemente en eventos del
sector en chanclas y pantalones cortos o con bolsas de comida para llevar
si había estado escribiendo todo el día y estaba hambriento. Una vez se
comió una hamburguesa con queso y un gran pedido de papas fritas
durante un debate en el «Paley Center for Media», rompiendo pequeños
paquetes de kétchup y echándolos en una servilleta que tenía en la rodilla.
Así de grande era este tipo. Nadie se molestaba.
Nadie se quejó «en los comentarios».
Era muy poco ortodoxo en el escenario. Una vez se echó una siesta
durante un debate. Y no se le perdonó «porque fuera una leyenda». Eso fue
parte de lo que lo convirtió en leyenda. Solo más tarde me pregunté si era
una movida de poder. Como si fuera demasiado genial para seguir las
reglas de nadie. Como si «tener que intentarlo» fuera un signo de
debilidad.
El punto es: aquí estaba. A tres metros de distancia.
En este momento, todo lo que podía pensar era: «Es él. Es realmente
él».
Y a pesar de todo, verlo así en la vida real tuvo un efecto sísmico en mi
cuerpo.
Como si su cercanía provocara fracturas y fisuras en niveles profundos
y subterráneos.
Como si la presencia del Charlie Yates vivito y coleando… me
estuviese destrozando el alma. O algo así. Verlo, por solo un segundo, me
llevó al interior de mi propio cuerpo. Donde de repente todo se sentía
radicalmente «diferente». Como si fuera a abrir un grifo interno y viera
salir fuego en lugar de agua.
¿Estoy exagerando?
Probablemente. Pero sé lo que sé.
Verme parecía afectar también a Charlie Yates.
¿Qué habría visto Charlie en este momento? Una mujer llorando en su
patio. La cara manchada. Ojos rojos. Mejillas brillantes manchadas de
lágrimas. Nariz rosada hinchada. Y muy enfadada. Enfadada como una
persona a la que le salen rayos de los ojos. Por no hablar del pelo: Siempre
tengo que recordarme lo cuidadosamente que me había recogido el pelo
antes de llegar, porque mi imaginación siempre quiere decir que, cuando
Charlie me vio por primera vez, tenía serpientes medusa de color naranja
fuego retorciéndose alrededor de mi cabeza.
¿Cuántas veces en la vida sales por la puerta de casa y te encuentras
con un espectáculo así?
Pobre Charlie.
Incluso sin las serpientes, estoy segura de que era un espectáculo.
Pero antes de que Charlie pudiera reaccionar o gritar o volver
corriendo a la casa y echar el cerrojo a la puerta, Logan nos devolvió a la
realidad.
—Sé lo que estás pensando —me dijo.
En ese momento, mi mirada volvió a Logan.
—¿Lo sabes? —pregunté.
—¡Mis motivaciones eran honorables!
Pero negaba con la cabeza, Charlie Yates ya olvidado.
—Mi «mamá» está en este video. —Le tendí el teléfono a Logan—. Está
aquí —dije—. Mi «mamá». Mi «familia». ¿Cómo pudiste… enviarlo por
mensaje de texto? Yo —Y aquí me di un golpecito en el pecho con la
mano—… ni siquiera había visto esto. ¿Cómo pudiste enviárselo… a un
extraño? Es mi «mamá», Logan.
Para ser sincera ni siquiera sabía lo que intentaba decir.
Raro en mí.
Normalmente empezaba con palabras y encontraba los sentimientos
más tarde, si eso tiene sentido.
Pero aquí, todo lo que tenía era una sensación. La sensación de que este
momento perdido, estas personas perdidas, esta familia perdida, era
demasiado valioso para compartirlo.
¿Era raro que Logan aún tuviera el video y mucho más que se lo
enviara a su cliente por mensaje de texto sin ni siquiera enseñármelo? Sí,
por supuesto.
Pero no fue eso lo que me horrorizó.
Esta era «mi madre». Su falda vaquera. Sus sandalias favoritas. Su voz
cálida como el caramelo. Esta era mi querida familia. Mi padre intacto, mi
hermana preadolescente, mi yo olvidado. Eran todos mis seres queridos,
capturados unas semanas antes del final. Eran todos los que había amado,
hermosos y esperanzados y congelados en el tiempo. Su valor era
indescriptible. Debería ser nada menos que apreciado. Y no era para que
nadie, ni siquiera Charlie Yates, lo viera en un teléfono mientras estaba
sentado en el retrete.
O donde Charlie Yates revisaba sus mensajes.
—Emma —dijo Logan—, lo entiendo. Lo siento, pero…
Sacudí la cabeza, ocupada en reenviarme el video.
—Emma, mira —continuó Logan—. Estaba intentando conseguirte
este trabajo.
—Me dijiste que «tenía» este trabajo.
—Estaba trabajando en ello.
—Me mentiste.
—Una mentira piadosa.
—Adelante, díselo a ti mismo.
—Fue el mejor plan que se me ocurrió.
—¡Bueno, era un plan de mierda!
—Ahora lo veo. Definitivamente lo veo ahora. Pero él necesitaba
conocerte, Emma.
—Hay muchas formas de conocer gente. Café. Un brunch. Cena.
—¿Habrías volado hasta el otro lado del país por un café?
—¿Con Charlie Yates? «¡Claro que sí!» ¡Diablos, sí!
—Ah —dijo Logan—. Bueno, no… lo entendí bien. Pensé que
necesitabas… un empujón.
Inaceptable.
—Me manipulaste —luego agregué—. Renuncié a toda mi vida y dejé
a todos los que amo por nada. ¡Peor que por nada! ¡Por humillación! Por
una decepción aplastante. —Miré a Charlie—. ¡Para que le mintieras a ese
idiota sobre su guion de mierda apocalíptica y le dijeras que me encantaba!
Dejamos que cayera.
Entonces Logan dijo:
—¿Nos escuchaste?
—No cerraste la puerta.
En algún lugar del patio, un pájaro decidió piar.
Entonces Logan dijo:
—Entra y hablemos.
Pero eso era lo otro. Ver ese video me produjo una nostalgia
abrumadora.
—No quiero hablar —dije—. Él no me quiere aquí y tú nunca deberías
haberme traído —luego añadí—. Solo quiero irme a casa.
Arrojé el teléfono y las llaves de Logan al césped de Charlie Yates y
luego cogí mis maletas y empecé a arrastrarlas, con la rueda rota de mi
equipaje de mano chirriando en señal de protesta.
—Oye —dijo Logan, siguiéndome—. Ni siquiera sabes dónde estás.
Seguí caminando.
—Mira —continuó Logan—, sé que lo hice todo mal. Pero en el fondo,
tengo razón. Charlie te necesita. Y tú lo necesitas a él.
—Ya ha dicho que no. Como cincuenta veces. En términos inequívocos.
Logan asintió.
—Bien, es verdad. Ha dicho que no. Pero puede cambiar de opinión. Y
la única persona que puede hacer que lo haga eres tú.
Pero seguí caminando.
—Emma —suplicó Logan—. Ayúdame a hacer esto por ti.
—No quiero —dije, manteniendo la mirada al frente—. Y no voy a
hacerlo. Me marcho. Y luego buscaré un hotel de lujo que no pueda pagar
y te enviaré la factura. Me daré un baño abrasadoramente caliente y me
comeré todo lo que haya en el minibar. ¿Y mañana? Volveré a casa, donde
pertenezco, para ver si Sylvie puede recuperar sus prácticas. Y luego
empezaré a buscar otra carrera. Porque eres la única persona que conocía
en Los Ángeles y ya no somos amigos.
Capítulo 6
Esa fue una salida bastante fuerte. ¿Verdad?
Dije lo que tenía que decir y terminé con un comentario lo bastante
contundente como para que ambos se quedaran mudos mirándome. Sentí
sus ojos clavados en mí durante todo el trayecto, mientras la rueda rota de
mi equipaje de mano se quejaba a cada paso que daba y mantuve la cabeza
alta hasta que me perdieron de vista.
Sin embargo, en cuanto no pudieron verme, sentí que el aire que
sostenía mis pulmones, mi postura y los jirones de dignidad que me
quedaban, se soltaban… y me desinflé como un globo.
Así es como caminé después de aquello: desbalanceada, ladeada,
perdida.
«Llamaré a un Uber y me iré a un hotel», me dije, en un intento de
infundirme ánimos.
Pero nunca había llamado a un Uber ni siquiera tenía la aplicación en
mi teléfono y nunca había estado en Los Ángeles. No había viajado fuera
del radio de tres kilómetros de mi apartamento en casi una década. ¿Cómo
iba a encontrar un hotel? Estaba sola, no tenía ni idea de dónde estaba y
me sentía demasiado humillada para darme la vuelta.
Llevaba caminando unos quince minutos y empezaba a entrar en
pánico- cuando Logan condujo a mi lado e igualó su paso al mío. Bajó la
ventanilla.
—Sube —llamó Logan.
Lo ignoré y seguí caminando. Tenía una piedrecita en el zapato, pero
también la ignoré.
—Accedió, ¿de acuerdo? —dijo Logan—. Cedió. Dice que puedes
quedarte.
Seguí caminando.
—¡Tienes el trabajo! —gritó Logan—. ¿No me crees? Tengo el texto
aquí mismo.
Levantó el teléfono, pero no miré.
—No me estás escuchando. Te estoy diciendo que funcionó. Está
dentro. Está sucediendo.
La rueda rota de mi equipaje de mano se enganchó en una roca, pero
tiré con tanta fuerza que ni siquiera rompí el paso.
—¡Deberías darme las gracias! —dijo Logan a continuación, un poco
más fuerte—. Funcionó, ¿verdad? —Me sacudió el teléfono—. Dice y cito:
«Bien. A la mierda. Puede quedarse en la habitación de invitados».
Realmente no sabía qué hacer en este momento. No tenía un plan. Todo
lo que sabía era que no subiría al auto de Logan. Nada estaba más claro, en
absoluto, excepto eso.
—¿Te niegas a pasar la noche en la mansión de Charlie Yates? ¿Es eso
lo que está pasando ahora? Porque te lo estoy diciendo: Tiene una bodega
de vinos, una piscina y una cafetera de mil dólares.
Pero esa piedrecita en mi zapato, ¿o era tal vez un trozo de cristal?,
seguí caminando.
Y caminando.
Hasta que finalmente, ante mi muro de estoicismo, Logan se rindió y
se marchó dejándome atrás, ahora más triunfante y más aterrorizada al
mismo tiempo.
«¿De verdad?» ¿Esa era toda la penitencia que iba a tener?
Bien.
¿Es muy difícil descargar la aplicación de Uber?
Me detuve para sacar mi teléfono y fue entonces cuando vi la alerta de
batería baja.
De acuerdo. Nada de enloquecer. En el peor de los casos, podría volver
a casa de Charlie y pedirle prestado el teléfono. Me volví para estudiar el
terreno que acababa de recorrer.
Al menos, «pensé» que podría encontrar el camino de vuelta.
Probablemente.
Si no oscure antes.
Volví a mirar hacia donde había ido, oteando el horizonte en busca, tal
vez, de un hotel de lujo que tuviera una oferta especial del noventa por
ciento de descuento.
¿A qué hora anochece aquí?
Al hilo de ese pensamiento, oí que Logan se ponía de nuevo a mi lado.
Sin mirar siquiera a los lados, ni plantearme si aquello era lo más estúpido
que haría en mi vida, incliné la cabeza hacia el cielo y grité:
—¡Por favor! ¡Solo! ¡Vete a la mierda!
—¿En serio? —dijo la voz de un tipo.
Un tipo que no era Logan.
Me giré y en lugar de Logan Scott en un Beemer, era Charlie Yates en
un Chevy Blazer.
Un Chevy Blazer de los setenta, por cierto. Azul bebé. Ventanas abajo.
Y Charlie Yates con gafas de aviador, mirándome y luciendo… «bien,
«como sea», imposiblemente genial.
Tan imposiblemente genial como puede serlo un tipo con un Oxford
desaliñado.
Mucho más genial de lo que cualquier escritor merecía ser.
Me volví hacia él.
—Lo siento —dije, mucho más educada ahora—. Pensé que eras
Logan.
No era culpa de Charlie que Logan me trajera aquí. Charlie no estaba
haciendo nada malo al no querer trabajar conmigo. Sí, había dicho algunas
cosas malas antes, pero no se lo iba a reprochar. Yo tampoco hubiera
querido trabajar conmigo, si fuera él. Podría seguir siendo mi escritor
favorito.
Esto fue culpa mía, en realidad, por creerme la disparatada historia de
Logan en primer lugar.
—Sube —dijo Charlie—. Estoy aquí para rescatarte.
—Oh —dije, todavía queriendo estar lo más lejos posible de estos dos
tipos y de toda esta experiencia—. Está bien.
Charlie asomó entonces la cabeza por la ventanilla y observó el
brillante cielo como un viejo capitán de barco leyendo el viento. Luego
estacionó el Blazer justo ahí, en la carretera, salió y se paró frente a mí.
—No está bien —dijo entonces—. Oscurecerá dentro de unas horas y
entonces es cuando salen los coyotes.
—¿Los coyotes?
Charlie asintió.
—Y los pumas.
—¿Tienen pumas? —pregunté—. ¿En la segunda ciudad más grande
de América?
Charlie asintió.
—Casi cuatro millones —luego añadió—. Personas. No pumas.
No había respondido a mi pregunta.
—¿Debo creerte? —pregunté, más que nada para mí misma.
—No puedo decirte qué hacer —dijo Charlie—. Pero aún no he
mencionado a los osos.
—¿En serio? —dije.
—No pasa nada —dijo entonces Charlie, no me creía—. Me doy cuenta
de que prefieres estar… —Miró a su alrededor—. Sola.
—Espera —dije, mientras Charlie empezaba a caminar hacia el lado del
conductor.
—Estarás bien —dijo Charlie—. Solo un consejo rápido: si ves un
puma, no corras.
—¿No corra? —Me hice eco. ¿Se puede perder una conversación?
Porque eso es lo que estaba haciendo.
Se encogió de hombros.
—No puedes dejar atrás a un puma.
—¿Sabes qué? —dije—. Iré contigo.
—No —dijo Charlie, disfrutando de esto ahora—, no tienes que
hacerlo.
—Quiero hacerlo —dije.
Charlie, como si convencerme hubiera sido mucho más fácil de lo que
esperaba, volvió hacia donde yo estaba y, sosteniéndome la mirada todo el
tiempo, se acercó y se inclinó hasta que hubo menos de un palmo entre
nosotros, lo suficientemente cerca como para despertar en mi cabeza una
pregunta del tipo ¿«Qué demonios»?, antes de que me diera cuenta de que
me estaba quitando la mochila de los hombros y luego recogiendo mis
maletas.
Metió las cosas en la parte trasera del Blazer y, cuando aún no me había
movido, me abrió la puerta del copiloto.
—Te tengo —dijo—. Sube.
Y así es como acabé pasando la noche con Charlie Yates.
Aunque no como da a entender esa frase.
En el corto trayecto de vuelta a su casa, intenté adaptarme. Estaba con
Charlie Yates. Íbamos en su camioneta vieja, reacondicionada y ahora
híbrida, según me dijo. En la radio sonaban los Allman Brothers. Las
ventanillas se bajaban a mano. El famoso aire sin humedad de Los Ángeles
revoloteaba a nuestro alrededor. Charlie conducía con una sola mano, con
el brazo libre apoyado en la ventanilla abierta.
Casi como si no estuviera allí.
Miré a hurtadillas su perfil. ¿De verdad acababa de aceptar trabajar
conmigo? Logan lo dijo, pero ahora todos sabíamos exactamente lo digno
de confianza que era Logan. Aun así, el diálogo «Bien. A la mierda. Puede
quedarse en la habitación de invitados» sonaba verdadero. Logan nunca
podría escribir un diálogo así.
—Muchas gracias —aventuré entonces—, por salvarme de los pumas.
—No hay problema.
—Siento mucho todo esto.
—No es tu culpa. Es culpa de Logan.
—Debió ser muy raro para ti verme en la puerta de tu casa con mis
maletas.
—No tienes ni idea.
—Logan me llamó de la nada y me dijo que tenía un trabajo para mí.
—¿Verdad? —dijo Charlie, como «que idiota».
—Me ha encontrado muchos trabajos en el pasado, así que no me
pareció tan raro. Pero sí parecía… demasiado bueno para ser verdad.
Charlie asintió en señal de solidaridad.
—Pero confié en él —continué—. Me tomé el verano libre de mi trabajo.
Dejé a mi familia. Puse todo lo que me importaba en espera, empaqué mi
vida y volé hasta aquí. Sin saber que tú no tenías ni idea.
Charlie sacudió la cabeza ante la situación, como si realmente lo
entendiera.
—Sin embargo, «eres» mi escritor favorito —dije a continuación—.
Logan no mentía al respecto. Más que Richard Curtis, Elaine May y Billy
Wilder. Tu trabajo me gusta más que… —Y me sentí tan sacrílega, como si
me fuera a caer un rayo encima, pero tenía que dejar claro lo que quería
decir—. Nora Ephron.
Charlie se quedó un poco quieto.
¿Demasiado?
Luego hizo un pequeño gesto mecánico con la cabeza, como si lo
hubiera entendido.
Sin duda mi señal para dejar de hablar.
Pero tenía que saberlo. Tenía que confirmarlo. Decidí proceder como si
tal cosa y ver adónde me llevaba.
—Así que solo quiero darte las gracias. Por esta oportunidad. No es
fácil cambiar de opinión. Especialmente no en el calor de un momento loco.
Pero tengo que decir que este es el más grande de los grandes acuerdos
para mí. —Y entonces, dándome cuenta de que podría sonar cursi pero
incapaz de encontrar mejores palabras para captar mi sinceridad, concluí
con—. Haré este trabajo con todo mi corazón y mi alma.
Le eché una mirada furtiva.
Fruncía el ceño.
—¿Qué trabajo? —preguntó Charlie.
—¿La reescritura? —dije.
Al oír estas palabras, Charlie se echó a reír a carcajadas, el tipo de
carcajada que uno hace cuando está muy sorprendido por algo
indeciblemente ridículo. Luego siguió la carcajada con gritos, risitas y
manotazos en la puerta de la camioneta.
Esto duró un rato.
Decidí que era una risa amarga, pero risa al fin y al cabo.
En fin. Supongo que tenía mi respuesta.
—¿La reescritura? —seguía diciendo Charlie—. ¿La reescritura?
No me estaba riendo, no hace falta decirlo.
—Logan me dijo que habías aceptado todo —le dije—. Dijo que habías
dicho, «bien. A la mierda. Puede quedarse en la habitación de invitados».
«Me enseñó el mensaje».
Como si pudiera demostrar que se equivoca.
Charlie respiró hondo varias veces mientras se tranquilizaba.
—Dije que podías quedarte en la habitación de invitados. Por una
noche. Antes de que vueles a casa mañana.
—Ah —dije.
—Es tan gracioso que le hayas creído —dijo Charlie—. ¿No te «acaba»
de mentir?
Mis hombros se encorvaron en mi defensa.
—Sí, pero… no «siempre» miente. La mayoría de las veces dice la
verdad —entonces tuve que añadir—, creo.
—Bueno, no estaba diciendo la verdad sobre eso.
—Bien —dije—. Entendido.
—Quiero decir —continuó Charlie, todavía maravillado por el descaro
de Logan y mi credulidad—. Que no escribo con nadie. Nunca. Logan lo
sabe. Y si de verdad soy tu escritor favorito. —Me miró como si me hubiera
pillado—. También lo sabrías.
—Sí —dije, mecánicamente, repitiendo la famosísima historia—. Una
vez intentaste colaborar con Topher James Heywood y acabó en una pelea
de bar en la que casi te apuñalan con una botella de cerveza rota y luego
nunca más volviste a trabajar con nadie. Te he visto contar esa historia
como diez veces. Aunque a veces es una botella de Heineken y otras de
Sam Adams.
Charlie asintió como si me hubiera probado a mí misma y luego dijo:
—Nunca debí haber nombrado la cerveza. Sigo diciendo la cerveza
equivocada y recibiendo mensajes enfadados por ello.
—Hay todo un foro de discusión en Reddit.
—Eso es inquietante.
—Estoy en el equipo Heineken, por cierto. Pero solo porque me gusta
la etiqueta.
Charlie lo consideró.
—Heineken entonces.
Eso se sintió extrañamente bien.
Pero entonces algo me golpeó. «Heywood».
Topher James Heywood.
—Espera —dije—. ¿Topher James Heywood también se hace llamar
T.J. Heywood?
Charlie abrió los orificios nasales como si no fuera un fan.
—Sí. T.J. y también…
—¿También qué?
—Tiene otro apodo, pero nadie lo usa salvo él.
—¿Tiene un apodo para sí mismo?
Charlie volvió a aletear esas fosas nasales suyas.
—Sí.
—¿Cuál es?
Charlie dudó.
—Jablowmie.
—¿Qué? —No lo entendí.
—¿Por el apellido? —incitó Charlie—. Heywood.
—¿Jablowmie Heywood?
—Dale la vuelta —dijo Charlie y cuando aún no me había encogido al
reconocerlo, le dio la vuelta por mí—: Heywood Jablowmie2.
Dejé caer los hombros, como «¿en serio?»
—¿Ese es el apodo que eligió para sí mismo? Ni siquiera está en el
orden correcto.
—Me aseguraré de mencionárselo.
—¿Por qué estabas tratando de escribir con ese tipo?
—Bueno —dijo Charlie, como «¿Por dónde empezar?»—. Es más rico
que Dios, conoce a todo el mundo en esta ciudad y ejerce una cantidad loca
de poder para alguien que lleva una gorra de beisbol hacia atrás.
—¿Todo porque su padre es Chris Heywood y su abuelo era
Christopher Heywood?
—Es un ejemplo clásico de fracaso hasta la cima.
—Pero «empezó» por la cima.
—Sí. Así es como funciona.
Por supuesto que lo era.
—De todos modos —prosiguió Charlie, volviendo al asunto más
apremiante de por qué no podía trabajar «conmigo»—, la cuestión es que
esto entre tú y yo nunca iba a suceder. Y Logan debería haberlo sabido.
—De acuerdo.
—Nunca iba a aceptar que nadie reescribiera mi guion y menos aún
una escritora fracasada, sin producción y sin éxito en internet.
Guau. ¿Podríamos volver a hablar de Heywood Jablowmie?

2Juego de palabras con el apodo y apellido que en inglés suena similar: Heywood Jablome,
que significa: ¿Ey, me la mamarías?
Me senté en silencio y esperé a que Charlie recordara con quién estaba
hablando.
Pero no lo hizo.
—Es insultante —continuó—. Es ridículo. Es total y cómicamente
imposible. Es como contratar a un niño de párvulos con lápices de colores
para pintar la Capilla Sixtina. ¡Es como contratar a un niño con plastilina
para reconstruir la Torre Eiffel! Es como contratar a un adolescente con un
ukelele para reescribir a Mozart.
—¿Eres Mozart en este escenario?
—¡Por supuesto!
—Así que tu autoestima es… —Ladeé la cabeza para enfatizar el
sarcasmo—. Sana.
—¡No necesito autoestima! Tengo todo un cajón de óscares.
Ah. Sarcasmo ignorado. Oh, bien.
—En realidad me encantaría escuchar a Mozart en el ukelele.
—No estás entendiendo.
—No —dije, con un pequeño asentimiento irónico—, creo que lo tengo.
—Porque la cuestión es que alguien como tú no está ni remotamente
cualificada para trabajar con alguien como yo.
—Lo has dejado muy claro.
—¿Alguien que no vive en Los Ángeles, que nunca ha hecho ningún
trabajo real en la industria y que ingresó en dos festivales de cine, pero ni
siquiera fue? Sin ofender, pero es alguien que claramente no se toma en
serio su trabajo.
«¿Sin ofender?» Todo lo había dicho hasta ahora había sido duro, pero
no falso. ¿Pero «no se toma en serio su trabajo»? Eso cruzó la línea.
—Me tomo mi trabajo muy en serio —dije, sintiendo una punzada de,
lo has adivinado, «ofensa».
—Incorrecto —dijo Charlie.
—¿Incorrecto?
—Porque si te lo tomaras en serio, aprovecharías cada oportunidad
que se te presentara y no solo la aprovecharías, sino la «agarrarías» con
ambas manos. Como si nada más importara.
—Pero hay otras cosas importan.
—El hecho de que pienses eso es exactamente por lo eres una guionista
fracasada.
—¡No soy una guionista fracasada!
—¿Qué parte de tu fracasada carrera te dio esa idea?
«Guau».
¿Cómo responder? Al final respondí:
—Me tomo «en serio» mi carrera.
—¿Lo haces? —desafió Charlie—. Porque una pasantía en Warner
Bros. no es algo que los guionistas ignoren sin más.
—¿Logan te habló de eso?
—¿Tienes idea de lo prestigiosa que es esa pasantía? ¿Cuánto podría
haber cambiado tu vida? Es insondable que tuvieras esa oportunidad y no
la aprovecharas.
—Sé exactamente lo prestigiosa que es y yo…
Pero Charlie siguió.
—Logan pensó que me impresionaría que ganaras. Pero el hecho de
que lo rechazaras me dice todo lo que necesito saber.
—Mira, hubo circunstancias…
—¡Que se jodan las circunstancias! Eso es a lo que me refiero. Si quieres
lograr esta vida, tienes que comerla, beberla, dormirla y tiene que venir
antes que todo lo demás. ¡Familia… amigos… sexo! Todo lo demás es
secundario. Cualquier otra cosa es «no tomárselo en serio».
Rechazar aquellas prácticas había sido el sacrificio más angustioso de
todos mis sacrificios angustiosos. Pero si aquel tipo realmente pensaba que
mis objetivos personales como escritora debían anteponerse a todo lo
demás, incluida mi familia, incluido mi «padre», era inútil intentar
explicárselo.
Habíamos llegado a casa de Charlie. Nos metió en la entrada, apagó el
motor y pisó el freno de mano.
—¿Es eso lo que has hecho «tú»? —pregunté entonces, en voz baja—.
¿Sacrificarlo todo?
—¿Cómo crees que acabé solo en esta mansión gigante?
¿Lo decía como si fuera algo bueno? Había amargura en su voz y
probablemente toda una historia que desenterrar. Pero yo tenía mi propia
amargura con la que lidiar.
De todos modos ya había perdido esta pelea.
Dejé escapar un largo suspiro.
—Debes tener razón, entonces —dije—. Según tu definición, supongo
que no me lo tomo en serio.
—Gracias —dijo, como si hubiera ganado.
—Un consejo profesional —dije ahora, al final de este día interminable,
sin poder disimular el cansancio en mi voz—. En general, si tienes que
añadir las palabras «sin ofender» a algo que estás diciendo…
probablemente sea ofensivo.
Charlie frunció el ceño. Como si lo hubiera notado. Como si, una vez
calmado el frenesí de intentar demostrar su punto de vista, de repente
pudiera ver los restos había dejado atrás.
—Encontraré un billete de avión a casa —dije entonces, derrotada,
oyendo un amago de lágrimas en mi voz—, para primera hora de la
mañana.
Entonces tiré de la manilla de la puerta para salir.
Pero la puerta no se movió.
—Oh —dijo Charlie, recordando—. Está descompuesta. —En eso, salió
del auto y vino a mi lado—. Tengo que abrirla desde aquí.
Abrió la puerta y saqué las piernas, con la intención de coger las
maletas, entrar, encender Internet, comprar un billete de avión e ignorar a
Charlie Yates durante el resto de mi vida.
¿Pero en lugar de eso?
En lugar de eso, me desmayé.
Capítulo 7
No me lo esperaba.
Un minuto estaba bien o todo lo bien que se puede estar cuando tu
héroe personal te dice que no vales nada y al minuto siguiente, cuando
Charlie sujetaba la puerta del auto y yo salía a la calzada, encontrándome
cara a cara con él por cuestión de centímetros, lo bastante cerca como para
sentir su mirada sobre mí como una brisa, sentí una oleada de náuseas, oí
un zumbido en los oídos y vi cómo se me oscurecían los bordes de la visión.
A continuación, volví en mí, de espaldas sobre el cemento, con la cara
de Charlie flotando sobre la mía, frunciendo el ceño, sus ojos oscuros de
intensidad.
—¡Emma! —decía—. ¡Emma!
Pero el sonido era apagado y un poco desincronizado.
A cámara lenta, Charlie apartó su cabeza y la apretó contra mi pecho.
¿Estaba escuchando mi corazón? ¿Comprobaba mi respiración? Aún
puedo ver su pelo castaño, como si mi mente se detuviera para hacer una
foto. Estaba de rodillas a mi lado, pero lo siguiente que vi fue cómo se
levantaba y corría… «corría» hacia la parte trasera de su camioneta para
coger mi maleta y arrastrarla hacia mí. Luego me levantó las piernas y las
apoyó en ella para elevarlas.
Entonces su cara volvió a mi cara, mirándome de cerca.
—¿Emma?
Ahora lo oía con más claridad.
Era guapo. Al menos para mí. No había forma de evitarlo.
«No hables de sus fosas nasales. No hables de sus fosas nasales».
Gracias a Dios tenía demasiadas náuseas para hablar.
Empecé a incorporarme, pero Charlie negó con la cabeza.
—¡No te levantes! No debes ponerte de pie. Dale un segundo.
Me relajé contra la calzada mientras Charlie se despojaba de su
sobrecamisa, enrollaba una almohada improvisada y me la metía bajo la
cabeza, acunando mi cara contra su hombro durante un segundo para
colocarla.
Maldita sea. Olía bien.
Fuera cual fuera su desodorante, curaba las náuseas como un tónico.
Lo vi levantarse de nuevo y volver del auto con una botella de agua.
Se echó un poco en la palma de la mano, se sacudió el exceso y me pasó el
agua por la frente.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, por fin mejor para hablar.
—Te estoy refrescando.
—No tengo calor.
—Internet lo dice.
Bien. No discutiría con internet. Se sentía bien, de todos modos.
—Te desmayaste —dijo Charlie, con cara de auténtica preocupación.
—Lo siento —dije, cerrando los ojos.
—Me asustaste. Te pusiste tan pálida.
—Creo que hoy no he comido nada —dije—. O ayer.
—¿Nada? —dijo Charlie dijo—: «¿Por qué no?»
No tenía energía para ofuscarme.
—Estaba nerviosa por conocerte.
—¿Tan nerviosa que no comiste en dos días?
—Ajá.
—No doy tanto miedo —dijo Charlie.
Pero negué con la cabeza.
—Tú das más miedo. Si hubiera sabido cómo sería en realidad, no
habría comido en un mes.
Charlie me estaba evaluando.
—Tu color está volviendo —dijo, asintiendo—. ¿Estás bien para entrar?
Empecé a incorporarme, pero él volvió a detenerme.
—Así no —dijo y entonces sentí que sus brazos se deslizaban bajo mí
y se tensaban mientras se levantaba y me llevaba hacia la casa.
Todavía estaba mareada y el movimiento fue «demasiado pronto», así
que me acurruqué contra su hombro para apoyarme. Desde allí veía la
barba incipiente de su cuello y su mandíbula cuadrada, demasiado
atractiva para un escritor. Y su nuez de Adán.
Mis ojos querían cerrarse, pero les convencí de que no lo hicieran.
¿Cuánta gente se ha acercado «tanto» a la nuez de Adán de Charlie
Yates?
Atravesamos la puerta y entramos en el salón, donde me sentó en un
sofá de felpa.
—¿Dejas tu mansión sin cerrar? —le pregunté mientras me soltaba.
—Está en un mando a distancia —dijo.
Ahora se dedicó a otras cosas: me puso una almohada debajo de la
cabeza, cogió una manta de una silla, me la puso por encima y se dirigió a
la cocina contigua.
Lo seguí con la mirada mientras abría un armario, sacaba un vaso y
abría el grifo.
Volvió con el vaso y se arrodilló a mi lado.
—Internet quiere que bebas agua —me dijo y luego, con una ternura
que nunca habría esperado de la persona que acababa de llamarme
«escritora fracasada» me pasó el brazo por detrás de los hombros para
levantarme y que bebiera unos sorbos.
—¿Bien? —me preguntó mientras me volvía a tumbar.
Asentí con la cabeza.
¿Cuánto hacía que nadie me cuidaba en ninguna situación? La última
persona que lo hizo debió de ser mi madre. Ahora era yo quien cuidaba de
los demás. Ahora, cuando me enfermaba o me lastimaba, me las arreglaba
sola. Lo cual era totalmente capaz de hacer. Pero había olvidado lo que se
sentía cuando te cuidaban. Supongo que he echado mucho de menos esa
sensación, porque se me llenaban los ojos de lágrimas y no paraba de
parpadear.
O tal vez había sido un día muy largo.

Esa misma noche, mientras yacía catatónica en la cama de invitados de


color grisáceo de una de las muchas habitaciones de invitados de color
grisáceo de Charlie Yates, recibí un mensaje de texto del propio hombre, al
otro lado de la casa.
Había pedido comida para llevar y debía ir al comedor a comer.
Y así lo hice.
Me sentía miserable, claro, pero no tanto como para rechazar la cena.
Charlie estaba allí, sentado a la mesa. Y también lo estaba la mitad de
la comida de la ciudad de Los Ángeles.
Charlie vio cómo se me abrían los ojos.
—No estaba seguro de lo que te gustaba —dijo—, así que lo pedí todo.
Me acerqué a la mesa y lo asimilé. Sushi, sándwiches, rollitos de
primavera, samosas, pizza, pasteles, pollo frito… todo estaba allí y algo
más.
Charlie se estaba zampando un gran plato de todo y me había
preparado un sitio para hacer lo mismo.
Cogí un cruasán de mantequilla y decidí empezar poco a poco.
Charlie me miró masticar y después de unos bocados preguntó:
—¿Cómo te sientes? ¿Mejor?
—No estoy segura de cómo responder a esa pregunta —dije. Entonces
me convencí a mí misma de que debía comer un club sándwich, un poco
de ensalada de frutas y unos bocados de tarta de fresas antes de decidir
que me daría contra la pared.
¿Me miraba a hurtadillas mientras masticaba? ¿Me estaba vigilando?
¿Comía como una guionista fracasada?
Justo cuando pensaba escapar, me dijo:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¿Supongo? —dije.
—¿Qué es exactamente lo que no te gustó de mi guion? —preguntó
Charlie.
Oh, Dios.
—Sabes —dije, sacudiendo la cabeza—, no creo que necesitemos entrar
en detalles.
—Yo sólo… sigo pensando en ello —dijo Charlie.
—Ya pasará —le dije.
Charlie ladeó la cabeza.
—¿No quieres decírmelo?
—Ya me has explicado en términos muy claros que mi opinión, en tu
opinión, no tiene ningún valor. Así que no le veo sentido.
—¿Y si tengo curiosidad?
—¿Por qué la tendrías?
—Es esa sensación de no saber algo y sentir la necesidad de saberlo.
Conocía esa sensación. Por supuesto que la conocía.
—Un vacío de información —dije.
—Exacto —dijo Charlie, como si nunca hubiera oído el término antes.
Luego, más débil, como si lo estuviera meditando—. Un vacío de
información.
—¿No conoces el término «vacío de información»? —le pregunté.
—Por supuesto que sí. Es un… vacío de información.
—Es un término de escritura para saber cómo generar curiosidad en el
público omitiendo información crucial.
—Bueno, funciona.
¿Cómo es que Charlie Yates no conocía este término?
—La cuestión es —continuó Charlie—, que me diste un vacío de
información…
—Te diste un vacío de información a ti mismo.
—Ahora necesito que rellenes… el vacío de la información.
Le di un tiempo. Luego dije:
—¿Por qué iba a hacer eso?
Charlie se encogió de hombros.
—¿Por qué no lo harías?
—Porque —Y no podía creer que tuviera que decirlo en voz alta—, no
me contrataste.
Charlie asintió, como pensando «interesante».
—Si me hubieras contratado —dije entonces, queriendo ser totalmente
clara—, lo haría encantada ahora mismo. —Señalé mi mochila en la
habitación de invitados—. Tengo diez páginas de notas mecanografiadas a
un solo espacio. Tengo varios post-it por todo el guion impreso y
comentarios que llenan los márgenes. —Aunque, a decir verdad, los
márgenes en su mayoría decían cosas como ¡¿Qué diablos?! y ¡¡¡Vete al
diablo!!! Más una crónica de horrores que un comentario reflexivo—. Pasé
cada minuto libre —continué—, desde que Logan me dijo que tenía este
trabajo hasta que me subí al avión para venir aquí desmenuzando ese
guion y resolviéndolo, tiempo por el que nunca seré compensada, por
cierto.
Charlie asintió, como si no hubiera pensado en eso.
Continué:
—Podría pasarme «horas» explicando lo que no me gustó de tu guion.
Podría estar «toda la noche» —y concluí—. Pero «no me contrataste».
Charlie asintió y dijo:
—¿Y si te contrato ahora, solo para eso?
—¿Qué?
—¿Y si te contrato para una consulta? ¿Solo por esta noche? Dime lo
que piensas y te pagaré generosamente por tu tiempo, tus pensamientos y
tus molestias.
—¿Por qué harías eso?
—Porque me acabas de enseñar el término «vacío de información».
Bueno, al menos podía admitirlo.
Vio que me lo estaba pensando.
—¿Cuál es tu tarifa? ¿Doscientos cincuenta la hora?
No tenía ni idea de cuál era mi tarifa.
—Trescientos —dije.
—De acuerdo. Vamos a cubrir tres horas esta noche, más o menos, y el
tiempo que pasaste la semana pasada. Más tu tiempo, tu estrés, tus
molestias, tu desmayo. ¿Qué tal tres mil dólares?
—Cinco mil —repliqué sin perder un segundo.
Era razonable, ¿no? Estábamos negociando «en su mansión», después
de todo.
—Vendido —dijo Charlie.
Espera, ¿qué?
Vaya. Tres hurras por los vacíos de información.
—Vendido —le contesté—. Haz el cheque. Yo traeré mis notas.
Capítulo 8
Es sorprendente cómo un cheque de cinco mil dólares puede animar a
una chica.
En cuanto Charlie me lo entregó, me lo metí en el sujetador para
guardarlo.
Lo que parecía una movida de poder.
Despejamos la mesa del comedor y Charlie se sentó frente a mí con un
elegante cuaderno Moleskine y un bolígrafo. Como si fuera, dios mío, a
«tomar notas» de lo que yo iba a decir.
Notas a «favor» o en «contra», no estaba segura.
Me observó mientras descargaba mi mochila. Mi bolsa de bolígrafos,
mi portátil, mi pila de cuadernos, mis notas impresas, todo para llegar al
gran final de su guion, encuadernado con clavos de latón y una cubierta de
cartulina, absolutamente repleto de post-it, pestañas de anotaciones y
esquinas dobladas. Por no hablar de algunos anillos de café y una esquina
arrugada por haberla mojado accidentalmente en el agua de la bañera.
Un guion bien leído, sin duda.
Charlie lo miró fijamente.
—Déjame hacerte una pregunta —dije a continuación, cuando ya
estaba todo preparado—. ¿Quieres que sea sincera? ¿O quieres que te eche
humo por el culo?
—Quiero que seas sincera —dijo Charlie, sin vacilar.
Pero eso no significaba gran cosa.
Los escritores siempre quieren que seas sincero, pero solo si te gusta.
—Porque no me gustó —dije.
—Me di cuenta cuando lo llamaste «mierda apocalíptica».
Entrecerré los ojos, como «parece que oíste eso». Luego asentí y dije:
—¿Puedes manejarlo?
—¿Manejar qué?
—Que no me haya encantado.
—Claro. Tranquila. A la gente «no les encanto» todo el tiempo.
—Así no.
Tal vez fuera porque me había insultado y despreciado tanto en el auto.
Pero ahora que tenía algo de comida en el estómago y algo de dinero en el
sujetador, la idea de darle una pequeña revancha me parecía bastante
atractiva.
¿Quería decirle lo que realmente pensaba de su guion?
De repente, lo hice.
—¿Seguro que quieres hacer esto? —le pregunté, en un tono como de
«última oportunidad».
Charlie asintió, parecía menos seguro.
Tomé un sorbo de agua y empecé:
—Permíteme empezar diciendo que, hasta que te he conocido hoy, eras
mi escritor favorito de todos los tiempos. He leído todo lo que has escrito.
Me encantan tus personajes, tus diálogos, tus giros argumentales, tus
escenarios, tus héroes y heroínas imperfectos, tus villanos con los que
extrañamente te sientes identificada, tu sincronización, tus arcos de
redención, tu sentido del humor y, quizá sobre todo, tus eslóganes.
Charlie asintió, como si todo fuera bien en el mundo.
—Pero este guion —continué—, es un crimen contra la humanidad.
Charlie frunció el ceño.
—¿Todavía estás seguro de hacer esto? —pregunté, una última vez.
—Ya te has metido ese cheque en el sujetador —dijo Charlie, haciendo
un gesto en esa dirección antes de decidir abruptamente que era una mala
idea.
—Pues abróchate el cinturón —dije encogiéndome de hombros.
La regla de enseñanza que tenía para mí era no criticar nunca más de
tres cosas a la vez sobre el trabajo de un alumno. Si golpeas a la gente con
demasiada fuerza y demasiado rápido, se cierra. Se sienten atacados en
lugar de aconsejados. Deja de ayudar y empieza a perjudicar.
Tres críticas a la vez era el número mágico.
¿Pero iba a seguir esa regla con Charlie Yates?
De ninguna manera.
No era un chico principiante en la universidad comunitaria. Era un
titán del género ridículamente exitoso. Con una mansión. Y un «cajón
lleno» de óscares.
Podía soportarlo. Y aunque no pudiera, en el fondo, «todos» los
escritores somos una masa pastosa, ese no era mi problema.
Me pagaba generosamente por compartir mis pensamientos y los
compartiría.
Todos.
¿Y si lo aplastaban? Eso era solo un extra.
—En primer lugar —empecé a decir—, este guion ni siquiera debería
estar ocurriendo. Quiero dejar constancia de mi objeción desde el principio.
Esta película es un clásico entrañable que rebosa una magia poco común y
su legado no debería ser profanado por una nueva versión atroz.
—Tomo nota —dijo Charlie.
Ahora empecé en serio y tal vez debería haberme intimidado decirle
todo esto a un dios de la escritura, pero mi indignación me hizo intrépida.
Tenía que servir a un propósito superior.
—Para que lo entiendas —dije—, cuando digo que este guion es una
«mierda apocalíptica», quiero decir que no tiene tensión ni crecimiento de
personajes ni anhelo ni acumulación ni anticipación ni bromas ni diversión
ni juego ni brillo.
—¿No hay «brillo»? —dijo Charlie.
Pero no había hecho más que empezar.
—Es una comedia romántica que no es ni cómica ni romántica. No hace
ninguna, «ninguna» de las cosas que se supone que debe hacer una
comedia romántica.
—¿Qué se supone que tiene que hacer una comedia romántica?
—Gran pregunta. Una que deberías haberte hecho antes de escribir
esto. Pero hablemos de ello.
El bolígrafo de Charlie seguía inactivo sobre su cuaderno abierto. No
estaba tomando notas. Pero sí escuchaba y le reconozco el mérito.
—El trabajo de una comedia romántica —dije—, es darte una sensación
simulada de enamoramiento.
Charlie parpadeó y me pregunté si no sería una novedad para él.
Y continué.
—Una comedia romántica debe producirte una sensación de
expectación desbordante, esperanzadora, deliciosa y creciente, mientras
esperas con impaciencia el momento en que los dos protagonistas, que
están claramente locos el uno por el otro, superen por fin todos sus
obstáculos, tanto internos como externos y se junten.
Ahora miré mal a Charlie.
—Esta es la primera y más sagrada regla de las comedias románticas
—dije, en un tono como de «ya sabes lo que hiciste»—. Los protagonistas
acaban felizmente juntos al final. —Hice una pausa—. Y rompiste esa regla
cuando hiciste que el personaje de Claudette Colbert se casara con el tipo
equivocado.
Charlie debió leer mi pausa dramática como si quisiera una
explicación.
—Es más interesante así —dijo.
Uf. La pomposidad.
—Puede ser «interesante». Pero no es una comedia romántica y cuando
reescribes la mejor comedia romántica de todos los tiempos, tiene que ser
una «comedia romántica».
Charlie se lo pensó.
Y aquí utilicé mi conocimiento enciclopédico de la obra de Charlie.
—En «Los destructores», ¿ganaron los alienígenas? ¿Convirtieron la
Tierra en un desecado paisaje infernal y expulsaron al niño huérfano a un
agujero negro solo para que tú, el escritor, pudieras hacer algo
«interesante»?
No tuvo que contestar. Por supuesto que no.
—¿Se rindieron los SEAL de «Asalto Nocturno» tras el hundimiento
del submarino y se dejaron ahogar en una tumba acuática? ¿El detective
del «Expreso de los Maharajás» buscó todas las pistas para llegar al final y
decir: «Uy. Estoy perplejo»? ¿Perdió el protagonista de «Vive y deja matar»
el interés por resolver la decapitación de su esposa y se tumbó en la
guillotina?
Charlie me estaba mirando.
—¡Claro que no! ¡Lo sabes bien! Todos los géneros tienen una promesa.
El destructor salvará el universo. Los soldados ganarán la batalla final. El
detective resolverá el misterio. El marido perseguido y afligido lo resolverá
justo a tiempo. No puedo creer que tenga que decirte esto, pero «lo mismo
ocurre con las comedias románticas». Los dos protagonistas terminarán
juntos. Para eso vino el público. La alegría de todo. Si no se lo das, es más
que insatisfactorio, es una violación de la confianza. Es como el sexo sin
orgasmo. ¿Qué sentido tiene?
Me quedé helada.
¿Acabo de decirle la palabra «orgasmo» a Charlie Yates?
Charlie parecía estar haciéndose la misma pregunta.
Pero la cuestión era válida. Decidí asumirla.
—Una gran comedia romántica —dije—, es como el sexo. Si te
sorprende el final, es que alguien no ha hecho su trabajo. Todos sabemos
hacia dónde se dirige. Lo divertido es llegar hasta allí. En serio… ¿alguna
vez has tenido sexo fantástico que culmina con un orgasmo épico y luego
te has dicho a ti mismo—: «Dios, qué cliché. Debería haber tenido un final
diferente».
Charlie ladeó la cabeza.
—¿Quieres que responda a esa pregunta o era retórica?
Era retórica, pero estaba tan alterada que dije:
—¡Quiero que respondas!
Charlie asintió solemnemente:
—No lo he hecho.
—¡Gracias! ¡Exactamente!
Por supuesto, esta pequeña tangente no estaba en mis notas. Tenía un
millón de puntos legítimos y académicos con los que podría haber
empezado y, sin embargo, aquí estaba yo, a los pocos minutos,
preguntando, no, «exigiendo», conocer los orgasmos personales de Charlie
Yates.
Por la expresión de Charlie, él tampoco esperaba que yo fuera por allí.
Aunque, si soy sincera, había un brillo en sus ojos como si lo hubiera
sorprendido.
La idea de que estaba viendo la admiración de Charlie Yates me dio
una sensación de aleteo en mi… en todas partes.
Me contuve. Tenía que concentrarme. No estaba aquí para hacer
amigos.
Pero fue entonces cuando cogió ese bolígrafo suyo y escribió, en la
parte superior de la página de su cuaderno: «Final feliz esencial». Y luego
dibujó un recuadro alrededor. Como si me hubiera escuchado, estuviera
de acuerdo y listo para pasar al siguiente punto.
Necesitaba alejarme de las conversaciones sobre sexo. Eso estaba claro.
Consulté mis notas.
—Otros problemas —dije, en un tono como de «¿por dónde
empezar?»—. Supongo que el siguiente gran problema es que ninguna de
las cosas que suceden en este guion corresponde con el original. En
absoluto. Es casi como si nunca hubieras visto la película.
—Sin comentarios.
—¿Has visto la película?
—Por supuesto.
—¿Recientemente?
—No estoy seguro de que eso sea relevante.
—Creo que es bastante relevante. Tus personajes van «a un concurso
de baile en línea».
—¿Y?
—¡Y no hay baile en línea en «Sucedió una noche»!
Charlie se encogió de hombros.
—Dijeron que lo actualizara.
—¿Con baile en línea?
Volvió a encogerse de hombros.
—No ha sido usado.
—«¿No ha sido usado?»
—Todos los otros tipos de baile se han hecho. Bailes de salón. Swing.
Latinos. Hip-hop. Por no hablar de toda la franquicia de striptease de
«Magic Mike».
—Había baile en línea en «Footloose».
—Pero eso no es una comedia romántica.
—¡Ni siquiera sabes lo que es una comedia romántica!
—Ahora sí.
Le eché una mirada, le di la razón y le dije:
—Problema descalificante número tres, aquí no hay nada romántico.
En absoluto. Los protagonistas ni siquiera se gustan, que yo sepa.
—Se gustan. ¿Qué pasa cuando ella se cae encima de él?
—Eso es un accidente.
—Sí, pero lleva a un momento sexi.
—¿Sexi cómo? Tiene una conmoción cerebral.
—Pero se miran con devoción a los ojos antes de que ella se desmaye.
—No leí eso de mirar con devoción. Lo leí como mirar.
—Eso es cosa tuya.
—No, eso está en «el guion».
—Te digo que es un punto de inflexión para ellos.
—Y te digo que no es así como funciona.
—Bien. Cae sobre mí alguna vez y te enseñaré.
—Bien. Lo haré.
Nos enfrentamos durante un segundo hasta que Charlie dijo:
—La cuestión es que la gente se pelea todo el tiempo en las comedias
románticas.
—«Al principio sí». Pero luego tiene que dar paso a algo mejor. No
pueden pelearse todo el tiempo y luego tener sexo por odio y darlo por
terminado.
—No critiques el sexo por odio. Tiene sus ventajas.
—Seguro que sí. Pero no es amor.
Charlie hizo una pausa para escribir «sexo por odio = no amor», en su
Moleskine y lo encerró en una casilla.
Aproveché mi ventaja.
—Esto va a durar para siempre si sigues discutiendo conmigo.
Estaremos aquí toda la noche.
Charlie frunció el ceño. Otra vez tenía razón.
—Así que —continué—, voy a necesitar que te sientes en silencio y
escuches mientras hago trizas tu guion. ¿De acuerdo?
Y aquí está el asunto, lo hizo.
Después de eso, se quedó sentado en silencio mientras repasaba con
seriedad cada nota adhesiva de cada página del guion, enumerando todas
y cada una de las maneras en que era terrible, desde la estructura hasta la
motivación y todo lo demás.
Cuando terminamos, era más de medianoche, mi voz se estaba
quedando ronca y Charlie Yates había tomado cinco páginas de notas. Y
su letra no era grande.
Se sentía como un triunfo. Como si todo este viaje no hubiera sido en
vano. Como si hubiera demostrado que al menos algunas de sus
suposiciones sobre mí estaban un poco equivocadas.
No es que me importara, por supuesto.
Pero mientras volvía a preparar la mochila y Charlie leía sus notas, no
pude evitar regodearme un poco para mis adentros. «¿Ves eso, Charlie
Yates? Soy menos inútil de lo que pensabas».
¿Era para regodearse?
Me habría encantado dejarlo allí. Pero entonces recordé que tenía que
ir al aeropuerto por la mañana. Y así me vi obligada a terminar la velada
inclinándome hacia Charlie y diciéndole:
—Lo siento mucho. ¿Podrías explicarme cómo funciona Uber?
Capítulo 9
A la mañana siguiente, con las maletas hechas para el aeropuerto de
Los Ángeles, intenté hacerme un café en la cocina de Charlie.
Gran error.
—¡No! —Vino en picado—. Eso es… ¿Sabes qué? No. —Colocó su
cuerpo entre la cafetera y yo—. Yo lo hago. Es temperamental.
¿Necesitabas café?
Eh. Sí.
—Está bien —dije—. Puedo conseguir un poco en el aeropuerto.
—No, no. Me alegro de hacerlo. Quería hablar contigo, de todos
modos.
Se puso a girar pomos y a hacer correr el agua.
—¿Latte? —preguntó entonces—. ¿Cappuccino? ¿Macchiato?
—Lo que sea más fácil —dije.
Charlie se puso manos a la obra, diciendo por encima del hombro:
—Esto es lo único que mi esposa me deja cocinar —luego corrigió—.
Exesposa.
¿Estaba charlando conmigo?
—Entonces, ¿has hecho las maletas? —preguntó a continuación.
Fruncí el ceño. Miré mis cosas a mi lado.
—Sí. El auto llega en veinte minutos.
—¿Y le has dicho a tu —dudó—… gente en casa que vas a volver? ¿A
tu marido? ¿O lo que sea?
Qué pregunta más rara. ¿No le había contado Logan ni los hechos más
básicos de mi vida?
Me erguí un poco más.
—No tengo «marido o lo que sea» —dije—. Vivo con mi padre.
—¿Con tu padre? —preguntó Charlie, con un toque de «¿no eres un
poco mayor para eso?», en su tono.
—Soy su cuidadora —le dije.
Charlie se dio la vuelta.
Lo miré a los ojos y continué:
—Tuvo un accidente de acampada hace muchos años y ahora necesita
cuidados las veinticuatro horas del día.
Charlie lo asimiló.
—Oh… —Luego—. ¿Quién está con él ahora?
—Mi hermana menor. —No añadí «una aficionada».
No tenía ni idea de cómo estaban. Me habían prohibido llamarlos o
enviarles mensajes hasta que me instalara.
—Ni lo intentes —había dicho Sylvie—. Te ignoraremos por completo.
Al final, no había tenido tiempo ni de pensar en llamar. En lugar de
eso, me había levantado a las cuatro de la mañana, antes incluso de que
sonara el despertador, porque el corazón me latía tan fuerte en el pecho
con tanta ansiedad por abandonar a mi padre, que juraría que estaba
provocando ondulaciones en el colchón.
Luego me quedé despierta en la cama, preocupada.
¿Le había enseñado a Sylvie dónde guardábamos la meclizina? ¿Se
había tomado mi padre el propranolol? ¿Qué cenaron? Por favor, Dios,
dime que no lo dejó comer papas fritas. ¿Estaba rellenando el historial?
¿Estaba bien? ¿Estaban en Urgencias? ¿Estaban todos vivos?
—Entonces… —Charlie lo intentó de nuevo—. ¿Les has dicho que vas
a volver?
—Todavía no —le dije. Y entonces lo miré a los ojos, para ser clara—.
No puedo afrontar la humillación.
Charlie asintió pensativo.
—Porque me preguntaba si, en lugar de volver, podrías… quedarte.
—¿Quedarme dónde?
—Quédate aquí.
—¿Quedarme aquí y hacer qué? —¿Ser su ama de llaves? ¿Cortarle el
césped? ¿Refinar tu yate?
—Quédate aquí y reescribe el guion conmigo.
Fruncí el ceño. Lo único que se me ocurrió decir fue:
—¿Por qué?
Por lo que yo sabía, este tipo estaba totalmente en mi contra.
—Por lo de anoche —dijo Charlie.
—¿Porque te dije que tu guion era terrible?
Charlie asintió.
—Por eso. Y porque tenías razón.
Que tal eso. Un escritor pomposo que podía admitir que otro tenía
razón. Esos no se veían todos los días.
Charlie continuó.
—Tenías razón en todo. Lo vi tan claro después que lo dijeras. Hacía
mucho tiempo que no pensaba en escribir desde la perspectiva de otra
persona. Me sentí extrañamente bien. Lo suficientemente bien como para
quedarme despierto media noche leyéndote.
Eso sonó raro.
—«¿Leyéndome?»
—Leyendo tu trabajo. Tus escritos. El material que Logan me envió y
me rogó que leyera y que nunca leí. Tus dos guiones y tu presentación a
Warner Bros.
—¿Él te los envió?
—Varias veces. Pero no tienes ni idea de cuántos guiones me envía la
gente. Además estaba ocupado y soy un idiota. Creía que sabía todo lo que
había que saber. —La cafetera emitió un pitido y, mientras Charlie se
acercaba a ella, añadió—. Sobre guiones… no sobre la vida. Y, por
supuesto, en cuanto dijo «comedia romántica» se me pusieron los ojos en
blanco y no pude leer nada.
Lo miré.
—Por supuesto.
Si Charlie reconoció el sarcasmo, lo ignoró.
—Pero entonces, anoche… estuviste tan… —Y luego terminó con un
pequeño encogimiento de hombros como si supiera que la palabra era
demasiado, pero era la única que encajaba diciendo—. Deslumbrante.
«Deslumbrante». Intenté asimilarlo mientras servía el café.
—¿Te has pasado media noche leyendo mis cosas? —Era imposible.
Charlie Yates… «leyendo mis cosas». Y diciendo la palabra
«deslumbrante».
—Y es buena —dijo Charlie.
—¿Qué es buena? —No podía significar lo que yo tanto deseaba que
pudiera significar.
—Tu escritura.
Oh, Dios. «Le gustaba lo que escribía».
—Realmente buena. Quiero decir, las comedias románticas no son
exactamente mi género favorito…
—Lo has dejado muy claro —dije.
—Pero casi me hizo creer en el amor y no creo en nada.
Charlie dejó las tazas en la mesa y me senté frente a él.
—Entonces —dije—. Leíste mi escrito y ahora quieres…
—Contratarte —terminó Charlie—. De verdad. Para la reescritura.
Me temblaba el pulso. A pesar de lo emocionada que estaba cuando
llegué ayer, esta mañana me sentía todo lo contrario: desesperada por
volver a casa, a un territorio seguro y amistoso, con gente que no pensara
que no valgo nada.
Como Charlie.
Pero eso fue ayer.
Intenté hacer el cambio: hoy, al parecer, le parezco deslumbrante. Y
ahora, también, después de leer mis cosas: «alguien a quien quiere
contratar».
—¿Quieres contratarme? —pregunté—. ¿Para la reescritura?
—Sí, pero solo por una semana.
—¿Una semana? —dije. Logan había dicho «seis»—. No puedes
arreglar ese guion en una semana.
—No quiero arreglarlo. Solo hacerlo aceptable.
Sacudí la cabeza, como si no tuviera sentido.
—¿Te explicó Logan todo el asunto? —preguntó Charlie entonces—.
¿Por qué incluso escribí esta cosa para empezar?
Volví a pensar.
—¿Es como un intercambio? ¿Con algún ejecutivo? ¿Escribes esto para
él y él producirá tu guion de Mafia?
—Sí. Pero no es el ejecutivo quien quiere este guion. Es su amante.
Qué palabra más rara y antigua.
—¿Su «amante»?
Charlie asintió.
—Le encanta esta película y quiere protagonizar una nueva versión. Es
muy insistente y le ha estado dando la lata y él quiere darle algo.
—Así que estás diciendo que no es un proyecto real.
Charlie asintió.
—Nunca va a producirse.
Revolví mi café.
—No tiene que ser bueno —dijo Charlie—. Solo tiene que ser lo
suficientemente bueno para pasar su examen.
—Parece que tampoco le gustó tu primera versión.
Charlie negó con la cabeza.
—¿Así que estamos haciendo todo esto por un proyecto de vanidad?
—Estamos haciendo todo esto para que pueda hacer mi película de la
mafia.
—¿Realmente necesita el mundo otra película de la mafia?
—No sé el mundo —dijo Charlie—, pero sé que la necesito. —Luego,
inclinándose hacia delante, como si realmente estuviera compartiendo algo
tierno y vital sobre sí mismo, me miró a los ojos y dijo—: Solo necesito
hacer algo de lo que me sienta orgulloso.
En ese momento sonó mi teléfono. Miré hacia abajo. Mi auto estaba
fuera.
Esta es la cuestión. Honestamente, en este momento, solo quería irme
a casa.
—¿Charlie? —dije—. No.
Luego me levanté y me acerqué a mis maletas.
Charlie me siguió.
—¿No?
Me puse la mochila y cogí mis maletas, levantando el equipaje de mano
roto para que no chirriara.
—No.
Charlie cogió las dos maletas y encabezó la salida.
—¿Estás diciendo que no?
¿«Estaba» diciendo que no? ¿A trabajar con Charlie Yates? Esto era una
locura. Pero así era.
—Estoy diciendo que no, Charlie. No quiero hacer esto.
—Querías hacerlo ayer.
—¡Ni siquiera me contrataste ayer!
—No sabía lo buena que eras ayer.
—Bueno, ayer no sabía que era un proyecto falso.
Llegamos a la entrada del enfrente y, como no aminoré la marcha,
Charlie soltó mis maletas, como «entonces lleva tus porquerías». Di media
vuelta y las cogí, dejando que la rueda rota chirriara y rozara, hacia el Uber
que me esperaba.
Pero Charlie me siguió.
—¿No quieres trabajar conmigo? ¡Es prácticamente dinero gratis! De
todas formas, ¡ya estás aquí! ¡Esta es una oportunidad increíble para ti!
Hagamos unos ajustes mínimos a esta mierda de guion, cobremos nuestros
cheques y sigamos adelante. ¿Sabes lo famoso que soy?
Había llegado al auto. Me giré para mirarlo.
—Qué inspirador.
—La inspiración no es lo que parece.
El conductor del Uber abrió el maletero y salió, pero Charlie levantó la
mano en señal de «alto» y se volvió hacia mí.
—¿Por qué no puedes ayudarme? —preguntó Charlie, inclinándose
hacia mí.
No me estaba haciendo la difícil. La verdad era que solo quería irme a
casa. La mansión, la cafetera intocable, el proyecto falso para alguna
amante rara. Simplemente no era para mí.
—Mira —dije, esperando que esto bastara para Charlie—. Vivo en un
apartamento de mierda con mi padre medio paralítico. Trabajo todo el
tiempo. No tengo dinero ni amigos ni siquiera he mirado a los ojos a nadie
atractivo en más de un año. Todo lo que tengo es mi escritura y mi amor
por las comedias románticas y mi dignidad humana básica… y no voy a
sacrificar ninguna de esas cosas por este extraño y triste proyecto. «Me
necesitan en casa». Estaba dispuesta a irme por algo grande e inspirador,
pero no estoy dispuesta a abandonar a mi familia por una abominación de
guion que ni siquiera importa.
Eso debería bastar. ¿Verdad?
Me giré hacia el auto, pero Charlie me agarró de la muñeca para
hacerme girar de nuevo.
—¿Qué tengo que hacer para que te quedes?
Así que lo miré profundamente a los ojos y volví a citar a Charlie:
—Solo necesito hacer algo de lo que me sienta orgullosa.
Para mi sorpresa, aterrizó. Charlie parpadeó.
—Bien. —Luego empezó a asentir—. Bien. Bien. ¿Quieres escribirlo de
verdad? Lo escribiremos de verdad.
—No quiero escribirlo de verdad, Charlie. Quiero irme a casa.
—Pon tus condiciones —dijo entonces Charlie.
—¿Qué?
—Cualquier cosa. Como quieras hacerlo… así lo haremos.
Solté un largo suspiro.
—¿Por qué haces esto, Charlie?
Charlie cuadró los hombros como si se estuviera preparando para decir
algo cierto.
—Porque anoche, cuando estaba leyendo tus cosas, quería trabajar
contigo. Y no he querido nada… en absoluto… desde hace mucho, mucho
tiempo.
Capítulo 10
El conductor del Uber acababa de alejarse de la entrada de Charlie
cuando sonó mi teléfono.
Eran mi padre y Sylvie por FaceTime.
Mi primer pensamiento ni siquiera fue un pensamiento. Fue solo un
vuelco de estómago.
«¿Le dio la medicina equivocada? ¿Tuvo un ataque de gota? ¿Se le ha
vuelto a enganchar el andador en la alfombra?»
Respondí allí mismo, en el patio, olvidando mis dos maletas a mis pies
y a Charlie de pie a mi lado.
Pero en cuanto empezó la llamada, todo fue ordinario: mi padre y
Sylvie, con las cabezas juntas para apretujarse en el encuadre, mi padre
tocando «Buenos días» con el silbato de hojalata y Sylvie agitando su
maraca mientras cantaba la letra.
El pánico dio paso al alivio y me alegré tanto de ver sus caras, para
cuando terminó la canción, mi padre se inclinó más para mirarme y me
dijo:
—Cariño, ¿qué te pasa?
Oh, Dios, ¿estaba llorando?
Me toqué la cara. Estaba húmeda.
—¡Nada! —dije, golpeándome las mejillas—. Solo estoy feliz de verte.
Forcé una gran sonrisa.
Nada estaba técnicamente mal, ahora mismo, después de todo.
—¿Y ese es tu escritor? —preguntó mi padre, señalando a través de la
cámara.
—«Papá» —dije como «no inventes». —No es «mi» escritor.
Pero al girarme, vi que Charlie estaba más cerca de lo que me había
dado cuenta y cuando desvió su atención hacia la cara de mi padre en la
pantalla del teléfono, me di cuenta de que la había desviado de mí.
¿Me había estado viendo llorar?
De mal en peor.
—Hola, señor —dijo Charlie, accionando su interruptor de encanto—.
Estoy muy contento de trabajar con su hija. Es una gran escritora.
—Bueno, seguro que ella piensa lo mismo de ti —dijo mi padre—, a
juzgar por todos los… —Frunció el ceño mirando a Sylvie—. ¿Cómo lo
llaman?, —Entonces se acordó—: Fangirling.
—¡Papá! —protesté.
—Te lo digo, jovencito —continuó mi padre—, si me dieran cinco
centavos por cada vez que esta chica me leyó en voz alta un fragmento de
tu diálogo durante la cena, tendría un montón de fichas de cinco centavos.
Charlie enarcó las cejas, como si no se hubiera dado cuenta de que mi
admiración por él se extendía a «la lectura en voz alta de diálogos de sus
obras».
Ni siquiera estaba segura de cómo protestar por eso. Quiero decir, era
verdad.
—¡Dile a Charlie Yates lo del tatuaje de su cara! —dijo Sylvie entonces.
La expresión de sorpresa de Charlie se transformó en una mueca de
preocupación, pero sacudí la cabeza como diciendo «demonios no».
—Está bromeando —dije. Luego, para que quedara claro—. «No»
tengo un tatuaje de tu cara.
—Pero tienes una foto suya pegada en la mesa —dijo Sylvie.
Debería haber negado eso también.
—Pero eso es solo para «motivar la escritura».
—Claro que sí —dijo Sylvie.
—¿Cómo va la escritura? —preguntó mi padre, como un padre
orgulloso.
—Todavía no hemos empezado —dije, agradecida por el cambio de
tema.
Charlie intervino:
—Estamos ultimando detalles.
Tomé el timón de la conversación y desvié la atención de mí.
—¿Cómo están? ¿Cómo va todo por ahí? ¿Cuáles son los números de
sodio de papá?
—Sabía que lo preguntarías —dijo Sylvie y a continuación levantó un
post-it con el número 716—. Gran total de miligramos de ayer —dijo como
si fuera un «¡bum!» y levantó la mano para chocar los cinco.
Chocaba los cinco con el teléfono.
—Deja de preocuparte —dijo entonces mi padre—. Estamos bien. La
señora Otsuka nos invitó a cenar esta noche.
Señalé a mi padre.
—Sin salsa de soja.
Mi padre parecía insultado de que lo dijera.
—No me atrevería.
—Estamos mucho más preocupados por «ti» —dijo Sylvie.
—Yo también estoy bien —dije entonces, sin estar segura en absoluto
de que fuera cierto. Y entonces, antes de que pudiera decidirme o, Dios no
lo quiera, «volver a llorar», un auto se detuvo en la entrada.
El Beemer de Logan.
—¿Qué demonios está haciendo aquí? —pregunté mientras Charlie y
yo lo mirábamos fijamente.
Fue entonces cuando mi padre dijo:
—¡No te retendremos! Tienes una lujosa vida de Hollywood que llevar.
Soplé besos al teléfono y, para cuando colgué, Charlie y Logan se
miraban fijamente.
Me acerqué a ellos y, al ver mi cara llorosa, Logan dijo:
—¿Qué le has hecho?
—Estoy bien —dije—. Mi padre y Sylvie acaban de llamar.
—¿Tu padre está bien? —preguntó Logan de inmediato.
Entendiéndolo.
—Todo bien —dije—. Solo me dio nostalgia.
Logan también entendía eso.
—¿Por qué no respondiste a mis mensajes ayer?
—Porque estaba enfadada contigo —dije, como «obvio».
—¿Y qué —dijo Logan, mirando a un lado y a otro entre nosotros como
si percibiera una alianza recién formada—, está pasando aquí?
Charlie dejó escapar un largo suspiro y luego concedió:
—Trabajaremos juntos.
—¡Qué! —Logan soltó una carcajada y empezó a levantar el puño—.
¡Lo sabía! Lo sabía!
—Eso no hace que te perdone —dije.
—Uh, creo que absolutamente hará que me perdones. Creo que las
palabras que buscas son «gracias». Y a eso… —Logan hizo una
reverencia—. Digo: «de nada».
Charlie y yo nos miramos a los ojos. Entonces Charlie dijo:
—Tus métodos fueron extremadamente problemáticos.
—Sí, bueno. Tengo dos clientes problemáticos —respondió Logan.
Luego le pidió a Charlie que lo confirmara—. ¿Ella hará la reescritura?
Charlie asintió.
—Lo hará. A menos que cambie de opinión.
Logan me miró.
—No cambies de opinión. Casi me mata hacer esto.
—No pienso hacerlo —dije levantando las manos. Luego añadí—. De
momento.
—De acuerdo, entonces —dijo Logan—. Vámonos.
Charlie frunció el ceño.
—¿Ir a dónde?
—A almorzar —dijo Logan—. Para celebrarlo. —Y luego, cuando
dudamos, añadió—. Y para hablar del contrato. Porque aquí no se escribirá
nada… hasta que todo esto sea legal.

Fuimos a un elegante lugar de brunch que Logan adoraba y Charlie


odiaba (y para el que mi ropa de aeropuerto apenas era lo suficientemente
bonita) y lo primero que vi cuando la anfitriona nos hizo entrar y por favor,
respira hondo ahora mismo para prepararte fue…
Jack Stapleton.
No bromeo.
Jack. Stapleton.
El actor de la lista A, Jack Stapleton. El hombre vivo más sexy, Jack
Stapleton. El tipo de la valla publicitaria justo fuera del restaurante, Jack
Stapleton.
¿Con «mejor» aspecto en la vida real? Llevaba pantalones sin calcetines
y una camisa Oxford que le quedaba como si fuera de seda. Y almorzando,
lo siento mucho, si tienes en la mano un tanque de oxígeno suplementario,
por favor, inhala una bocanada, con Meryl Streep.
La gente real, lo juro. En un restaurante de verdad. Comiendo comida
de verdad.
Te daré un minuto.
Yo también necesitaba un minuto, la verdad, pero antes de que
empezara a tomármelo, Jack Stapleton levantó la vista, vio a Charlie, se
puso en pie y se acercó para abrazarlo como un oso.
—Hola, colega —dijo Jack cariñosamente mientras le daba una
palmada en la espalda a Charlie sin soltarlo.
El abrazo duró tanto que los demás miramos a nuestro alrededor y fue
entonces cuando me encontré con Meryl Streep, que seguía sentada en su
sitio.
—Hola —me dijo, levantando el tenedor en una imposiblemente genial
expresión entre saludo y brindis.
¿Fue ese el saludo, usando un tenedor, más genial que había
presenciado en mi vida? No tuve tiempo de reflexionar, porque antes de
que pudiera detenerme, estaba lanzando una gran ráfaga de palabras no
puntuadas.
—Hola Meryl Streep, adoro todo tu trabajo y estoy locamente
enamorada de ti.
A lo que ella respondió:
—Gracias —como si la gente le dijera exactamente eso todos los días.
Lo que probablemente hacían, ¿verdad? ¿A quién queremos engañar?
El abrazo completo Yates-Stapleton pasó a continuación a una pinza
lateral, con Jack Stapleton, solo unos centímetros más alto que Charlie,
agachando la cabeza para intentar hacer algunas preguntas en privado, a
pesar de que todos nos quedamos mirando fijamente. Todo lo que
preguntaba parecía la continuación de alguna otra conversación de la que
nadie más estaba al tanto.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Jack Stapleton.
—Aguantando —dijo Charlie.
—¿Todo sigue bien?
—Todo sigue bien. Sí.
—¿Sigues todas las reglas?
Charlie asintió.
—Lo intento.
—¿Cómo va la escritura?
—Podría estar… —Charlie miró en mi dirección—. Mejorando.
—Sabes que estoy aquí para ti. De día o de noche.
—Lo mismo digo, amigo. Cuando quieras.
Después, otro abrazo de oso, más palmadas en la espalda y un
momento totalmente surrealista cuando Jack Stapleton se volvió hacia mí,
me tendió la mano y me miró directamente a los ojos como en terapia de
electroshock para decirme:
—Encantado de conocerte. Soy Jack.
Y entonces no había nada que hacer más que sentarnos en blanco en
nuestra mesa del brunch mientras Logan agitaba la mano delante de mi
cara, diciendo:
—¿Hola? —Antes de volverse finalmente hacia el camarero y decirle—
: Vamos a necesitar otro minuto.
Estaba más lejos; emocionalmente, espiritualmente, con una estrella de
cine, así de lejos de mi pequeño apartamento, de mi hogar, de lo que podía
llegar a comprender. Jack Stapleton me «estrechó la mano como a una
colega». Meryl Streep me «saludó con un tenedor de tarta de frutas».
Era otro universo. Uno con muy poco oxígeno.
O quizá demasiado.
Cuando volvió el camarero, aún no había echado un vistazo al menú.
Logan acaba de ordenar por mí. Los huevos árabes con mantequilla.
Entonces Charlie se volvió hacia mí y me dijo:
—¿Estás bien? Conocer a Jack es mucho.
Podría haberlo corregido por principio feminista y haberle dicho que
«ambos» actores de fama mundial me incapacitaban por igual. Pero tenía
asuntos más urgentes.
—¿Eres amigo de Jack Stapleton? —le pregunté—. ¿Amigos de
verdad?
Charlie asintió.
—Soy muy amigo de Jack Stapleton.
—Pero… ¿por qué?
Charlie se encogió de hombros.
—Escribí «Los destructores». Que…
—Lanzó su carrera —terminé—. Lo sé, pero… ¿Pero todos los
guionistas se hacen amigos íntimos de las estrellas de sus películas?
Logan resopló en su sangría.
—No era una estrella cuando lo conocí —dijo Charlie—. Era un actor
luchador que intentaba no fallar en su gran oportunidad.
—¿Pero cómo se hicieron amigos?
—¿Cómo se hacen amigos? Pasó por momentos difíciles y estuve ahí
para él… y luego pasé por momentos difíciles y estuvo ahí para mí. —
Luego añadió—. A los dos nos gusta jugar a Warhammer 40K. —Y, por si
fuera poco—. Además, no tuvo auto durante mucho tiempo, así que
necesitaba que lo llevaran mucho.
Increíble.
—¿De verdad acaba de ocurrir? ¿Acabamos de toparnos casualmente
con Jack Stapleton y Meryl Streep almorzando?
—Esto es Los Ángeles —dijo Charlie—. Vas a tener que acostumbrarte
a eso.
—Están rodando una película juntos —explicó Logan—. Un romance
sobre un chico más joven que se enamora y emprende un viaje erótico
con… una mujer mayor.
—Iré a ver esa película —dije.
Pero Logan negó con la cabeza.
—No, no lo harás.
—¿Por qué no? —dije—: «No me digas que voy a obsesionarme».
—Al final la atropella un autobús.
Hice un gruñido de desaprobación.
—¿Cómo lo sabes?
—El escritor es un cliente.
—Genial. Entonces, ¿puedes pedirle a esa persona que «no mate a
Meryl Streep»?
—Dice que es más realista.
—«¿En serio?» —pregunté—. ¿Cuánta gente conoces que haya sido
atropellada por un autobús?
Fue entonces cuando Charlie intervino.
—De todos modos, no es un romance.
—¿Qué? —dijo Logan.
Charlie asintió, como si tal cosa.
—Eso lo aprendí ayer —dijo, ladeando la cabeza hacia mí. Luego, con
mirada traviesa, dijo—: No es un romance a menos que todos tengan un
orgasmo.
—Eso no es —empecé a decir.
Pero Logan dijo:
—Oh, creo que esa película tiene muchos orgasmos.
—Si no tiene «un final feliz» —corregí. Entonces sentí la necesidad de
recalcar—. Un final «emocionalmente» feliz. —¿Cómo estaba teniendo
lugar esta conversación? Para ser más clara—. Un final con la pareja
felizmente junta y Meryl Streep vivita y coleando.
—¿Cuántos años tiene Meryl Streep? —reflexionó Logan.
Me senté más erguida y declaré:
—Es atemporal.
—La cuestión es —dijo Charlie—, que si asesinas a Meryl Streep, no
puede ser un romance… con orgasmos o sin ellos.
Logan frunció el ceño. Luego se volvió hacia mí.
—Ajustaré mi terminología. ¿Qué es, si no un romance?
¿Me estaban tomando el pelo? En cualquier caso, seguí concentrada.
—Es una trágica historia de amor. O un trágico viaje erótico. Tienes
que advertir a la gente, para que sepan lo que les espera.
—La vida real no viene con advertencias —argumentó Logan, a
medias.
—Por eso la ficción —dije—, es «mejor» que la vida real.
Brindamos con cócteles de brunch.
Pero justo cuando lo hicimos, justo cuando me sentía un poco valiosa
en la conversación, un tipo con una gorra de beisbol hacia atrás se acercó a
nuestra mesa con un Bloody Mary en la mano y lo levantó en un brindis
mientras decía:
—¡Lo! ¡Gan! —Y luego derramó medio vaso de zumo de tomate sobre
el mantel blanco.
Logan y Charlie se miraron y, de algún modo, en ese segundo, solo por
las vibraciones y la gorra de beisbol al revés, adiviné de quién se trataba.
—¿Esta es la chica? —preguntó Gorra de Beisbol a nadie en particular,
haciéndome un gesto con el vaso.
¿Qué edad tenía yo? «¿Diez años?» Esperaba a alguien. ¿Charlie?
¿Logan? ¿Una camarera que pasaba por allí? le corrigiera a «mujer» pero
nadie lo hizo.
Ni siquiera yo.
A continuación, se inclinó en mi dirección.
—Tú debes ser la exnovia de Logan.
Así que le dije:
—Tú debes ser Jablowmie.
Pretendía ser insultante, pero sonrió. Le dio un trago a su bebida y
levantó el vaso vacío en otro brindis.
—¡Felicidades por el nuevo trabajo! ¿No es genial el nepotismo?
Lo dice el nieto de Christopher Heywood y estimado autor de la serie
Beer Tower. Ladeé la cabeza.
—Tú lo sabrás mejor.
Asintió, como «touché». Luego dijo:
—Veo que ya estás ocupada acabando con la carrera de Charlie Yates.
¿Esto estaba pasando?
—Gran sombrero —dije—. ¿Dónde consigues esos con el ala en la
espalda como ese?
—Bien, bueno —dijo Logan, en un tono como de «corta el rollo».
Bajé la mirada, un poco regañada, preguntándome si debería haber
tomado un camino más noble, pero entonces sentí que Charlie me miraba
y cuando miré hacia él, sus ojos sonreían.
Pero T.J. no había terminado.
—¿«Esta» es tu experta en romances? —le dijo a Logan. Luego me
miró—. No te ofendas, pero ¿alguna vez ha tenido una cita?
—Ya está —dijo entonces Charlie, poniéndose de pie y dejando caer la
servilleta sobre la mesa—. Ya basta.
¿Era Charlie más alto de lo que me había dado cuenta?
Se sentía bien ser defendida. Pero T.J. tenía razón. «No» tenía mucha
experiencia en romances en la vida real. Hasta la más rápida ojeada a mi
pasado lo dejaba dolorosamente claro, mi mejor amigo del instituto con el
que había probado el sexo por primera vez, más como un experimento
científico que otra cosa, y que más tarde resultó ser gay. El compañero
profesor con el que empecé a salir justo cuando se marchó a Alaska para
disfrutar de dos años sabáticos y que me dejó justo cuando regresó a casa.
Algunos intentos de citas que nunca llegaron muy lejos porque siempre
estaba atendiendo a mi padre, preocupada por mi padre o de camino a
urgencias.
Pero eso no quiere decir que nunca me hubiera enamorado. No era
tacaña con mis enamoramientos. Sentía algo por el chico del mostrador de
la carnicería del supermercado, por el médico que había atendido a mi
padre tras su última caída y por un joven y guapo chico de mantenimiento
que trabajaba en nuestro edificio.
Me enamoraba todo el tiempo. Solo que… nadie se enamoraba de mí.
La ficción era realmente todo lo que tenía en el departamento
romántico.
Pero eso no era una debilidad. Era una fortaleza.
Tengo la teoría de que gravitamos hacia las historias que necesitamos
en la vida. Busquemos lo que busquemos aventura, emoción, conexión;
recurrimos a historias que nos ayuden a encontrarlo. Sean cuales sean las
preguntas que se nos plantean, a veces tan profundas que ni siquiera
sabemos que nos las estamos planteando, buscamos respuestas en las
historias.
Las historias de amor me habían elevado, deleitado y educado sobre el
poder de la bondad humana durante años. Sabía mucho sobre el amor.
Apuesto a que mucho más que toda la gente que lo daba por sentado.
Así que estaba bien. Sabía quién era.
Y yo no era alguien que pudiera ser insultada por un tipo llamado T.J.
en su tercer Bloody Mary.
Aunque me encantó que Charlie me hubiera defendido. Literalmente.
Logan estaba ocupado haciendo callar a T.J.
—Te están esperando en tu mesa, Teej.
T.J. se volvió para mirar y, efectivamente, así era.
Cuando se volvió, me miró y me dijo:
—Bienvenida a Hollywood. —Y luego, antes de alejarse, añadió—. Vas
a necesitar que te alisen el pelo.
Tras ese momento, Logan y Charlie volvieron a la vida normal,
discutiendo el proyecto de escritura que tenían entre manos como si nada
hubiera pasado.
—Vamos a necesitar un contrato serio —dijo Charlie—. Ya no confío
en ti. Probablemente debería conseguir un nuevo representante.
—Funcionó, ¿verdad? —dijo Logan, totalmente despreocupado—. Por
fin lees sus cosas.
—¿Pero y si no hubiera funcionado? —Charlie me señaló—. La habrías
aplastado.
—¿Crees que no te conozco? No eres tan malo como pretendes.
—Era un riesgo —dijo Charlie.
—Todo es un riesgo. Ella necesitaba un empujón. Y tú también. Y si
crees que iba a dejar que lo que pasó te impidiera escribir para siempre, no
has estado prestando atención.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Los dos me miraron y luego se miraron entre ellos.
Así que le pregunté:
—Dijiste que no ibas a dejar que «lo que pasó» le impidiera a Charlie
escribir. ¿Qué fue lo que pasó?
Charlie frunció el ceño, como si no quisiera hablar de esto ahora. O
nunca.
—Deberías decírselo, Charlie —dijo Logan—. Explica muchas cosas.
—No es realmente una conversación de brunch —dijo Charlie.
—Puedo decírselo más tarde, a tus espaldas, si lo prefieres —dijo
Logan.
Charlie suspiró. Luego se volvió hacia mí.
—Enfermé hace unos años. Y aunque ahora estoy mejor, no he escrito
mucho a raíz de ello.
—Nada de escritura —corrigió Logan, con suavidad.
—Nada de escritura —concedió Charlie.
Logan se inclinó, como si estuviera compartiendo un diagnóstico
oscuro.
—Le dan yips.
Fruncí el ceño.
—¿Qué son los «yips»?
Charlie hizo una mueca como si no le gustara que le aplicaran ese
término.
—Es un término deportivo —dijo—, para cuando un atleta
experimentado tiene un repentino e inexplicable…
—Problema de rendimiento —completó Logan.
Charlie puso cara de asombro.
—No tengo ningún problema de rendimiento.
Logan corrigió:
—Una ausencia abrupta de habilidades.
—Oh —dije, como si estuviéramos aprendiendo vocabulario—. Así
que es como el bloqueo de escritores…
Pero Charlie me miró con dureza, como diciendo «no te atrevas».
Me detuve a mitad de palabra.
Logan saltó para llenar el vacío.
—No decimos las palabras para el equivalente del escritor. Solo
decimos los yips.
—No tengo los yips —dijo Charlie—. Simplemente… no estoy
escribiendo.
—¿No escribes «nada»? —le pregunté.
—He escrito una cosa desde que enfermé hace cuatro años —dijo
Charlie, a modo de respuesta. Luego añadió—. El guion que has venido a
arreglar.
Así que… nada de escritura.
Charlie añadió:
—Todo lo que ha salido en los últimos años ha sido material antiguo.
—¿Es por eso por lo que estás tratando de poner en marcha lo de la
mafia? —pregunté a continuación—. ¿Porque no tienes otra cosa?
—También me encanta lo de la mafia —dijo Charlie.
—¿Es por eso por lo que la comedia romántica es tan increíblemente
mala? —pregunté entonces—. ¿Porque… olvidaste cómo escribir?
—Es mala porque no quería escribirla y no me gustan las comedias
románticas.
—Pero tú… —Recorrí mentalmente cien protestas diferentes—. Puedes
hacer que «cualquier» cosa sea buena.
—Tal vez —dijo Charlie—. Pero tengo que creer en ello.
Oh… oh. Por favor, dime que no acabo de aceptar trabajar en una
comedia romántica con uno de esos hombres que no creen en el amor. Casi
no podía preguntar.
—¿Creías en robots caníbales cuando escribiste sobre ellos?
Vio hacia dónde me dirigía.
—No.
—¿Y los extraterrestres? ¿Creías en ellos cuando escribiste «Los
destructores»?
Ahora se estaba volviendo evasivo.
—Quiero decir, el universo es un lugar grande.
—Estoy pensando en ese alienígena con trompa de elefante. ¿Creías
que «ese alienígena» podría estar por ahí, viviendo su mejor vida?
Charlie me entendió.
—No exactamente, no.
—Así que lo que me estás diciendo es que puedes dar el salto
imaginativo de subirte a bordo con un alienígena de otra galaxia que de
alguna manera se las arregló para evolucionar una trompa que es funcional
y visualmente idéntica a la de los elefantes de la tierra, pero simplemente
no puedes comprender que dos humanos ordinarios se enamoren el uno
del otro.
Dejé que todos nos sentáramos con eso por un segundo.
—Es simplemente diferente —dijo Charlie.
Logan asintió para confirmar.
—Ha perdido su mojo.
—No está perdido —dijo Charlie, golpeándose el esternón con los
nudillos—. Solo que no lo encuentro.
—Sí —dijo Logan—. Eso es lo que significa «perdido».
—Cierto —dijo Charlie—, estaba pensando en el significado «muerto».
Como «perdido en el mar» o «siento mucho tu pérdida».
Logan sacudió la cabeza y dijo:
—Escritores.
—Predicando al coro —dije, inexpresiva y relajada. Pero por dentro,
estaba en alerta máxima. ¿Charlie Yates había perdido su mojo? ¿Cómo era
posible? Este tipo era el rey del mojo. ¿Era una señal del Apocalipsis?
Fue entonces cuando me encontré con los ojos de Charlie y le pregunté:
—Pero ya estás mejor de salud, ¿verdad?
—Como nuevo —dijo Charlie.
—¿De qué estabas enfermo? —pregunté.
Charlie miró hacia abajo, como si hubiera algo en su zapato que tuviera
que comprobar y luego, mirando a lo lejos como si pudiera ver a alguien
conocido, en un tono más que casual, como si lo que viniera a continuación
fuera tan aburrido que ni siquiera pudiera merecer preguntas
complementarias… dijo, simplemente:
—Sarcoma de tejidos blandos.
Capítulo 11
Ir a almorzar con Charlie Yates me obligó a liberar rápidamente la
versión fantástica de él que había acariciado durante tanto tiempo.
Segundos después de que Charlie pronunciara la palabra «sarcoma»,
Logan se había apartado de la mesa para atender una llamada y lo
siguiente que supe fue que Charlie estaba echando su silla hacia atrás y
diciendo:
—Voy a mear.
Sí. Exactamente.
Mi Charlie Yates de «fantasía» nunca habría dicho eso.
Sola en la mesa, sin nadie que me distrajera, mi corazón decidió
empezar a hacer ese extraño y violento golpeteo que tanto le gustaba
últimamente.
Me di un golpecito en el esternón, como diciendo:
—«Vamos, colega. Tú puedes».
Pero mi corazón se sintió insultado.
Definitivamente no podía.
Y yo tampoco.
Aquí estaba yo, no gracias a Logan, en el lugar más elegante que jamás
había visto para un brunch, respirando el mismo aire que Meryl Streep, con
la… no sé, la «energía de la palma de la mano» de Jack Stapleton todavía
cubriéndome la mano de aquel alocado apretón de manos y acababa de
ingerir un cóctel para el brunch con una flor comestible dentro y mi mayor
héroe escritor de todos los tiempos acababa de bromear conmigo sobre
orgasmos.
Quiero decir… «vamos».
Sentí una oleada de síndrome del impostor, así que me levanté, solo
para tener algo que hacer y empecé a dirigirme hacia el baño, parando a
un camarero en el camino para explicarle que nosotros no íbamos a escapar
sin pagar, que no se preocupara y que todos volveríamos a la mesa en
breve, una vez que hubiéramos terminado de atender importantes
llamadas de negocios y de hacer pis.
El camarero asintió inexpresivo.
—Avisaré al personal.
Y entonces entré, no bromeo, en el baño de restaurante más opulento
de la historia, con una cascada de fuego y agua, además de un largo lavabo
en forma de artesa lleno de piedras de ónice negro. Estaba lavándome las
manos y preguntándome cómo demonios había limpiado el servicio de
limpieza todas esas piedras, «una por una», cuando de repente oí la voz de
Logan, alta y clara, casi como si estuviera en el baño conmigo.
—Sabía que te encantarían sus cosas —dijo Logan.
Me giré. Miré alrededor del baño de señoras. Estaba vacío.
—Yo lo dije —continuó Logan, igual de alto—… y tenía razón.
—Tú lo dijiste —asintió la voz de Charlie—… y realmente tenías razón.
Fue entonces cuando me di cuenta de que la pila de piedras del lavabo
no era solo para el aseo de señoras. Lo compartía con el de caballeros.
Debajo del espejo frente a mí, pude ver agua corriendo de los grifos al otro
lado de la pared. Y las manos de Logan, enjabonándose. Y el par de manos
junto a ellas que tenían que ser las de Charlie.
—Sus diálogos —continuó Charlie—, su ritmo verbal, su sentido de la
estructura. Todo increíble.
Dios mío. ¿Estaba escuchando a Charlie Yates decir cosas buenas de
mí?
Debería sacar mi teléfono para grabar este momento, pero tenía miedo
de moverme. Si yo podía ver sus manos, ellos podían ver las mías.
—Y es jodidamente divertida —dijo Charlie.
Síndrome del impostor resuelto. Charlie Yates, dios guionista, acababa
de usar «una palabrota como modificador» para describir lo graciosa que
era.
¿Ha sido el mejor momento de mi vida? ¿Debería robar una de estas
rocas de lavabo como recuerdo?
Pero entonces Charlie siguió hablando.
—Solo tengo un problema —dijo.
«¡No, Charlie! ¡No tengas problemas!»
—El queso.
Fruncí el ceño. «¿El queso?»
Justo cuando Logan dijo:
—¿El queso? —Como si él también estuviera frunciendo el ceño.
—Sí. Estas historias de amor. Son tan cursis que apestan.
Oh, no. El mejor día de mi vida cancelado.
—Y ni siquiera como un queso que se precie —continuó Charlie—,
como un Brie o un Gruyère. Esto es Velveeta. Esto son lonchas americanas
en fundas de plástico envueltas individualmente. Esto es queso en aerosol.
Oh, Dios.
—¿Los hombres de estas historias? —continuó Charlie—. No paran de
«llorar».
—¿Lloran? —preguntó Logan.
—Lloran mucho. «Mucho». Es muy raro, ¿verdad? Los hombres no
lloran.
—A veces lloro —dijo Logan.
—¿Lo haces? —dijo Charlie, como si estuviera cambiando su opinión
sobre Logan—. No soporto a esos tipos. Yo soy como, componte, hombre.
«Ve a cortar algo con un hacha».
—Llorar es bueno para ti —dijo Logan—. Es purificador. Ahora incluso
hay un yoga del llanto.
Largo silencio.
—De todos modos —continuó Charlie, cerrando el grifo—. No puedo
tomarla en serio. ¿Por qué alguien escribiría sobre eso?
—¿Por qué alguien escribiría sobre cualquier cosa? —contraatacó
Logan.
—Simplemente creo —dijo Charlie—, que nuestros intereses son…
fundamentalmente diferentes.
Logan parecía fruncir el ceño.
—¿Eso significa que no vas a trabajar con ella?
Contuve la respiración.
—No, voy a trabajar con ella —dijo Charlie—. Pero solo a medias.
—¿A medias?
—Ella quiere trabajar en esto hasta que sea increíble. Yo quiero trabajar
en esto hasta que sea pasable. Ella quiere que esta película suceda. Yo
quiero que «nunca se haga». Quiero mejorarla lo suficiente para sacar mi
guion de la mafia de la naftalina. Y luego la enviaré por donde vino.
—¿Pero no me dijeron que estaban de acuerdo en hacerlo bien? —
preguntó Logan.
—Sí, eso es lo que «dije» —dijo Charlie y luego hizo una pausa para
que Logan pudiera completar mentalmente «pero eso no es lo que va a
pasar».
—Pero eso es —dijo Logan.
«¿Qué?» Pensé. «¿Mintió? ¿Me engañó? ¿Es un imbécil?»
Logan continuó:
—Eso no es lo que prometiste.
—Me escabulliré de alguna manera —dijo Charlie.
—Tienes que decírselo —dijo Logan.
—No se quedará si se lo digo.
—Entonces tengo que decírselo.
—No serás más mi representante si se lo dices.
—Pero esto es —comenzó Logan.
«¿Una horrible traición?»
—No es genial —concluyó Logan—. Nada genial.
—Hay muchas cosas de mi vida que no puedo controlar —dijo
Charlie—. Podría vivir hasta los cien años o podría estar muerto el año que
viene. Pero hay una verdad maldita que puedo garantizarte. De lo único
que estoy orgulloso es de mi carrera y no voy a convertirla en queso en
aerosol escribiendo en serio una comedia romántica.
Asentí para mis adentros al oír esas palabras. «De acuerdo», pensé.
«Está bien».
Supongo que renunciaré, después de todo.
Capítulo 12
Aquí, solo tengo que detenerme un segundo y decirte algo
genuinamente triste.
Pido disculpas por adelantado.
Ojalá pudiera evitarnos a todos la angustia. Lo deseo.
Lo prometo, si hubiera alguna forma de saltármelo, lo haría.
Pero primero hay que saber lo que pasó para entender lo que ocurrió
después.
Hasta que no conoces el antes, no puedes comprender el después. Por
qué dejar a mi padre fue tan insoportable para mí. O por qué nunca fui a
la universidad, sino que cursé una licenciatura y un máster en línea. O por
qué había malgastado tanto potencial o por qué estaba dispuesta, incluso
«prefería», a renunciar a tanto por mi hermana o por qué era tan difícil para
mí intentar empezar en serio mi carrera de escritora.
Por no hablar de por qué fue tan vergonzoso que Charlie se refiriera a
la ligera a mi «carrera fracasada» como si su opinión fuera la única. Como
si un vistazo superficial a cualquier cosa pudiera ser la historia completa.
Como si mi vida, mi pena, mi dolor y mis sacrificios fueran algo que un
observador casual mal informado tuviera derecho a juzgar.
Tengo que decirte lo que he estado posponiendo decirte.
Quédate conmigo. Lo superaremos y seremos más fuertes luego, como
siempre lo somos todos, por enfrentarnos a cosas difíciles y encontrar la
manera de seguir adelante.
Además: ¿Ser testigo del sufrimiento de los demás? No sé si hay algo
más amable que eso. Y la bondad es una forma de coraje emocional. No
estoy segura de si esto es de conocimiento común, pero el coraje emocional
es su propia recompensa.
Por último, lo prometo, todo el mundo estaba bien ahora. Casi. Más o
menos.
Con obvias excepciones.
Al menos ahora estaba bien. Realmente. Honestamente. Sinceramente.
«Bastante» bien, al menos.
Después de todo, había tenido casi diez años para recuperarme.
¿De verdad había pasado tanto tiempo?
Hace diez años que nos fuimos de acampada con mi familia a Yosemite
para celebrar mi graduación en el instituto y la beca de escritura que me
habían concedido en el Smith College.
Diez años desde el desprendimiento de rocas que acabó con nuestra
familia tal y como la conocíamos.
Diez años desde que estaba sentada en un afloramiento rocoso
mientras mi padre le ponía el cinturón a mi madre, manteniendo tensas las
cuerdas de su arnés mientras ella ascendía por la pared rocosa y mi
hermana Sylvie y yo tomábamos el sol comiendo Fruit Roll-Ups de fresa
mientras ella me suplicaba que le dijera que séptimo curso sería mejor que
sexto.
Pero qué mezquina había sido.
—No puedo prometer eso —dije—. Se supone que la escuela
secundaria apesta.
—Emma —dijo Sylvie, haciendo pucheros—. Vamos.
Pero no cedí.
—Acepta la miseria —le había dicho, sintiéndome sabia, madura y
engreída—. Será buena para ti. Refuerza tu sistema inmunológico
emocional.
Tan engreída. Tan tonta.
Aquella mañana, la última de nuestra vida normal, sigue extrañamente
viva en mi memoria. Puedo ver la luz del sol amarillo miel cayendo sobre
nuestras piernas. Puedo ver los calcetines morados y rosas desparejados
que sobresalían de las botas de montaña de Sylvie. Puedo ver la venda
adhesiva en su rodilla, los pendientes de Hello Kitty de los que no paraba
de burlarme y el esmalte rosa intenso medio descascarado de sus uñas
mientras bebía un trago de su botella de agua.
Una niña tan tonta.
También me recuerdo a mí misma, tan extraña que solía ser. Cómo la
brisa me hacía cosquillas en el cuello con los mechones sueltos de mi coleta.
Cómo me moría de ganas de que acabara el verano y empezara la
universidad. Cómo mi novio del instituto, Logan, me había sugerido que
siguiéramos juntos incluso después de irnos a extremos opuestos del país
para estudiar y yo le dije que «lo pensaría». Lo ansiosa que estaba por
crecer.
Más que nada, recuerdo esa sensación que llevaba, como un amanecer
en el cuerpo, de que mi vida estaba realmente, de verdad, por fin, a punto
de empezar.
Puedo situarme en el momento de aquella mañana en vívido 3D, como
si siguiera sucediendo de alguna manera, una y otra vez, en un bucle sin
fin: mi padre todavía sujetando la cuerda de aseguramiento y mi madre
abriéndose paso cada vez más alto en la pared rocosa, el sonido del viento
en lo alto de fondo como un río caudaloso cercano.
Todos estábamos bien. Mejor que bien. Felices.
Si mi vida fuera un guion, terminaría la historia ahí mismo y pondría
los créditos… y luego quizá rebobinaría y la volvería a ver.
Pero la vida real no es un bucle, ¿verdad? Siempre hay otro momento
que le sigue.
Lo que mejor recuerdo después son los «sonidos».
Una serie de «cracs» procedentes de lo alto de la pared rocosa casi
como fuegos artificiales.
Entonces, un sonido sobrenatural como un «clomp» justo en la base de
las rocas.
No la vi caer.
Tampoco vi la roca que golpeó a mi padre.
El resto del recuerdo se construye solo con el andamiaje que montamos
después: Un grupo de rocas se desprendió, como una mini avalancha. Una
de esas rocas golpeó a mi padre en la cabeza antes de que se diera cuenta
de lo que estaba pasando, dejándolo inconsciente. Cuando cayó al suelo, la
cuerda de seguridad se le escapó de las manos. ¿Y a qué altura estaba mi
madre entonces? ¿A 30 metros, tal vez? A veces miro los tejados de los
edificios y trato de recrearlo. ¿Cayó desde tres pisos? ¿Cuatro? ¿«Cinco»?
Estoy segura de que mi padre lo sabe. Pero nunca le preguntaré.
No lo vi a cámara lenta, como en una película, aunque estaba allí
mismo. Terminó antes de que me diera cuenta de lo que había pasado y
entonces no hubo nada que hacer salvo correr hacia el lugar donde ambos
yacían, sangrando, inconscientes, retorcidos como ningún cuerpo debería
retorcerse jamás.
Volví a la roca donde estaba sentada Sylvie antes de que se moviera.
—No te acerques —le dije—. Quédate aquí. —Estábamos demasiado
alto para el servicio celular, así que dije—: Voy por ayuda.
Pero ella no estaba escuchando.
—¿Mamá? —susurró Sylvie, mirando en esa dirección.
Cogí la cara de Sylvie entre mis manos y la volví hacia la mía.
—No te muevas de esta roca. No vayas hacia allí. Y no los toques,
¿bien? Eso podría hacerles más daño.
—Bien —dijo Sylvie, aun susurrando, con los ojos vidriosos.
—Ahora vuelvo —dije.
Entonces se dio cuenta de que me iba. Su voz temblaba de pánico.
—¿Pero qué hago?
—Habla con ellos —dije—. Sigue hablando. Diles que voy a buscar
ayuda. Diles que volveré enseguida. Diles que todo va a estar bien.
No todo iba a estar bien. Eso ya estaba claro.
—No me dejes —suplicó Sylvie.
—Tengo que hacerlo —le dije—. Sé fuerte y sigue hablando.
¿Qué otra cosa podía hacer? Me fui.
Corrí por el sendero. Corrí a toda velocidad sin mochila, provisiones
ni agua. En algún momento tropecé con una raíz, pero me levanté para
seguir y más tarde descubrí que me había torcido el tobillo y ni siquiera lo
había notado.
No tengo ni idea de cuánto tardé en llegar al inicio del sendero, no tuve
noción del tiempo, pero cuando encontré a una señora con un teléfono
móvil que funcionaba, casi me quedé sin aliento para hablar.
—Hubo un desprendimiento de rocas —jadeé, señalando el sendero—
. Mi madre estaba escalando. Mis padres están heridos. —Y entonces,
mientras marcaba para pedir ayuda, me oí decir lo único que sabía con
certeza—. Están mal. Están mal. Están mal.

Esta es una verdad que nunca cambia. Mi madre no sobrevivió a la


caída.
Los equipos de rescate dijeron que probablemente había muerto en el
impacto. Cuando llegaron ya había fallecido y mi padre estaba en estado
crítico. Un equipo de rescate ató a mi padre a una camilla y lo preparó para
trasladarlo en helicóptero a urgencias. Otro equipo, el de recuperación, se
quedó para recoger a mi madre.
Nos enviaron a Sylvie y a mí con mi padre. Había que tomar
decisiones.
Sylvie no quería dejar a nuestra madre. Gritó con furia por el pánico e
intentó ir hacia ella.
Estaba tan enfadada conmigo por eso. Por dejar a nuestra madre atrás.
Sola.
Una vez, años después, le pregunté si seguía enfadada.
—Nunca estuve enfadada contigo —dijo, como si yo estuviera loca.
—Sí, lo estabas —dije—. Me arañaste la cara.
Sylvie frunció el ceño, como si eso no sonara a ella. Luego dijo:
—No recuerdo nada de aquel día.
Quizá sea una bendición. No le desearía esos recuerdos. El sonido de
mi madre golpeando la base del acantilado aún me despierta por la noche.
Y entonces siempre me levantaba e iba a ver a mi padre dormido en la
otra habitación.
Mi bondadoso padre, que vivió.

Antes del desprendimiento, mis padres eran músicos. Tocaban juntos


en la sinfónica. Mi padre era violonchelista y mi madre tocaba el clarinete.
En el trabajo, eran amables y profesionales. En casa, se tomaban el pelo y
tocaban a dúo todo el tiempo.
Mi padre sobrevivió a ese día, sí, pero nunca volvió a tocar el
violonchelo.
Después de casi diez años y más fisioterapia y terapia ocupacional de
la que cualquiera de nosotros pueda imaginar, le quedaron dos secuelas
que no pudo superar: la hemiplejia del lado izquierdo, que nunca se
resolvió. Podía utilizar ese lado, pero con dificultad. Podía andar, pero
lentamente y sobre todo con un andador. Todo ese lado, incluidos los
dedos con los que solía tocar el violonchelo, permanecía tenso,
espasmódico y lleno de temblores.
Pero no era esa la enfermedad que nos tenía secuestrados. Lo que me
mantenía en alerta era la enfermedad de Ménière, que afectaba su
equilibrio y las caídas repentinas que le hacían caer al suelo.
Cuando se producían los ataques de caída, caía con fuerza, a veces
golpeándose la cabeza, pero incluso los días malos podían dejarlo fuera de
combate. Tenía que pasarse el día tumbado en la cama, agarrado a los
bordes, porque se sentía como en una pequeña balsa zarandeada por un
océano inmenso y tormentoso. Algunos meses eran peores que otros y a
veces pasaba largas temporadas sintiéndose bien, pero nunca sabía cuándo
le iba a dar, por eso ya no conducía y no podía vivir solo.
Necesitaba a alguien que estuviera pendiente de él veinticuatro horas
al día, siete días a la semana y hasta que me subí a ese avión y volé a Los
Ángeles ese alguien fui siempre yo.
El plan, como ya habrás oído quejarse a Logan, era que yo me ocupara
de los diez primeros años y Sylvie de los siguientes diez y a partir de ahí ir
resolviendo. Sylvie tenía doce años cuando perdimos a nuestra madre y lo
único que me importaba en esos primeros años o quizá incluso mi razón
para seguir adelante era darle la mejor infancia posible, a pesar de todo.
Ser tan madre como pudiera en lugar de nuestra madre.
Horneé galletas. La llevé a fiestas. La llevé a maquillarse al centro
comercial. La ayudé a deshilachar sus vaqueros. Supervisé los deberes.
Lavé la ropa. Me concentré tanto en Sylvie y en mi padre que casi me olvido
de mí misma. Agaché la cabeza y seguí adelante.
Un alivio, en muchos sentidos.
Hice mi vida alrededor de la vida de Sylvie.
Quizá mantenerme tan ocupada fue un salvavidas para salir de mi
propio dolor, pero me convertí voluntariamente en un personaje
secundario de mi propia historia.
Sylvie era la estrella y yo la hermana de confianza que la ayudaba a
brillar.
También quería brillar, a mi manera. No renuncié a todos mis sueños.
Seguí escribiendo, seguí estudiando historias y seguí fantaseando con un
futuro lejano en el que todo se haría realidad, pero pensaba y me
preocupaba mucho más por Sylvie y mi padre, que por mí misma. Quizá,
en cierto modo, empecé a querer que mis fantasías sobre el futuro siguieran
siendo fantasías.
¿Verdad? Porque si las fantasías se hacen realidad ya no pueden ser
fantasías.
¿Y entonces con qué puedes fantasear?
A pesar de todo, me sentía muy cómoda viviendo así.
¿Y todo lo que había pasado desde que llegué a Los Ángeles? Fue lo
contrario de cómoda y sin duda lo contrario de una fantasía.
Por supuesto que debería aprovechar esta oportunidad. ¡Por supuesto
que debería estar aquí y hacer esto! Fuera lo que fuera «esto». No había
otra opción razonable. Cuando por fin tienes tu oportunidad, tienes que
aprovecharla.
Una cosa era vivir tus sueños en teoría y otra muy distinta hacerlos
«realidad», con torpeza y terror.
Capítulo 13
De vuelta en casa de Charlie, me sentía extrañamente eufórica.
No tenía por qué hacer esto. Podía renunciar e irme a casa.
Charlie quería empezar a trabajar en la mesa, pero «primero», Logan
había dicho que no escribiéramos nada hasta que tuviéramos un contrato
por escrito y «segundo», yo había renunciado.
Todavía no se lo había dicho a Charlie, por supuesto.
Charlie se sentó a su pesada mesa de comedor con diseño de imitación
del estilo de una granja, pensando claramente que yo seguiría su ejemplo.
Pero no lo hice.
En lugar de eso, me paseé por su salón, examinando cachivaches, sujeta
libros y cuencos de cerámica decorativos como si tuviera todo el tiempo
del mundo. Y lo tenía.
—Oye —dijo Charlie—. ¿Podemos concentrarnos?
—Es una casa muy bonita —le dije—. Tienes muy buen gusto.
—No soy yo. Es mi esposa. Mi exesposa. —Luego una pausa—. Ni
siquiera era ella, en realidad. Fue su decorador.
—Bueno, entonces —dije—. Mis felicitaciones al decorador de tu
exesposa.
—¿Podrías…? —comenzó Charlie.
Pero ahora estaba abriendo un cajón bajo la consola de su televisor.
«Vacío».
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Charlie.
—Estoy explorando mi nuevo lugar de trabajo. —Abrí un segundo
cajón. «Vacío».
—¿Podemos empezar por aquí? —preguntó Charlie.
Pero fue entonces cuando abrí un tercer cajón. Y este…
Este…
Estaba lleno de óscares.
Me quedé inmóvil. Miré fijamente.
Así que… cuando Charlie había declarado que tenía un cajón lleno de
óscares… no era una forma de hablar.
Esto era literalmente un cajón lleno de óscares.
Y no solo óscares, en realidad, todo tipo de estatuillas, desordenadas
como el botín en el cofre de un pirata. Como si no las hubieran «colocado»
allí, sino que las hubieran «tirado» o «botado» o «dejado caer».
—¿Qué es esto? —pregunté, en un tono como si fuera una niña traviesa
y hubiera encontrado su caja de caramelos robados.
—Solo… cosas —respondió Charlie… «también» como si fuera un niño
travieso y yo hubiera encontrado su caja de caramelos robados.
Me quedé mirando el contenido del cajón. Sí, había óscares de verdad,
esas inconfundibles estatuillas doradas. Pero también los reconocibles
Globos de Oro, que eran literalmente globos de oro en miniatura. Después,
todo un revoltijo de estatuillas de plata, latón y cristal grabadas con
palabras como: «Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood»,
«Círculo de Críticos de Cine de Nueva York», «Gremio de Escritores de
América», «Festival de Cine de Hollywood»… Esa era solo la capa
superior. Eran solo los que podía contar.
Levanté la vista. Charlie me estaba mirando.
—¿Son estos tus premios? —le pregunté.
Charlie asintió.
—Como, ¿eventos reales? ¿Estos son los premios por los que subiste al
escenario vestido de esmoquin y recibiste de manos de un actor
mundialmente famoso?
Charlie volvió a asentir.
—¿Qué están haciendo aquí?
Charlie se encogió de hombros.
—Charlie —dije, cada vez más horrorizada—. ¿Por qué los premios por
los que la mayoría de los guionistas venderían sus órganos se amontonan
aquí como si fuera un cajón de chatarra?
—Solo —dijo Charlie, como si estuviera tratando de encontrar una
respuesta—. ¿Para mantenerlos en un solo lugar?
Sacudí la cabeza.
—¿En un solo lugar? ¿Esto es lo mejor que se te ocurre? ¿Qué tal una
repisa? ¿O una estantería? ¿O una vitrina antigua? ¿O en una caja fuerte?
¿Qué tal en otro sitio que no sea metidos como basura en un cajón olvidado
de un aparador?
Charlie no contestó, así que volví a mirar hacia abajo. Entonces señalé.
—¡Este premio de la Asociación de Mujeres Críticas de Cine ha perdido
su pequeña ala!
Charlie tuvo la sensatez de parecer apenado, pero luego dijo:
—Mira… nada de esto significa nada.
Lo único que pude hacer fue parpadear.
—Es solo teatro —dijo Charlie.
—¿Me estás diciendo —le dije—, que no te importa haber recibido
todos estos premios?
—Sí me importan —dijo—. Solo que no me importan lo suficiente
como para exhibirlos en una vitrina de trofeos como un imbécil.
—¿Así que solo vas a empujarlos fuera de la vista y romperles las alas?
—Parece que te lo tomas como algo personal —comenzó Charlie.
—¡Así es! Me lo tomo como algo personal. ¿Tienes idea de lo que daría
por uno solo de estos premios? ¿Y los tratas a todos como si fueran basura?
Mira. —Cogí un óscar y se lo tendí. Era sorprendentemente pesado—.
¡Mira lo rayado que está!
—¡No importa! —dijo Charlie.
—¿No importa? ¿No importa que hayas rayado la estatuilla del más
alto honor de tu industria? Estas cosas están hechas de latón macizo y
chapadas en oro de veinticuatro quilates. ¡Vi un documental entero sobre
ello! No tienes ni idea de lo afortunado que eres. Yo me pasaré toda la vida
escribiendo y esforzándome y obsesionándome con el cine y nunca me
acercaré siquiera a uno de estos y tú… —Volví a mirar el cajón y me
faltaron las palabras.
—¿Lo quieres? —dijo Charlie entonces—. ¡Tómalo! Es tuyo, ¿bien?
Ahora estamos en paz.
—Pero no estamos en paz. ¡Porque en realidad «no» lo gané!
—¡Nadie gana realmente nada!
—¡Díselo a tu cafetera de mil dólares!
Charlie frunció el ceño, como si nunca hubiera hecho esa conexión.
Lo que me enfadó aún más.
¿Cómo se atreve a dar por sentada su vida? ¿Cómo se atrevía a estar
aquí en una mansión llena de premios y actuar como si nada importara?
—¿Quieres que me lo lleve? —le dije—. ¡Me lo llevo! Lo pintaré de rosa
chicle y escribiré mi nombre con Sharpie rojo y corazoncitos. Y luego le diré
a todo el mundo que gané un Oscar por una comedia romántica tan
romántica que se llamaba «The Rom-Commers».
Tenía tantas ganas de terminar con un «¡renuncio!» en ese mismo
momento y salir corriendo con Oscar y todo y no volver jamás.
Pero supongo que quería tener la oportunidad de escribir más con
Charlie. Porque, en vez de eso, dejé ese óscar con los otros y luego salí por
la puerta trasera de Charlie sin decir otra palabra.

Charlie me dio un minuto, varios, en realidad, para refrescarme. Luego


salió en silencio y se quedó a mi lado mientras miraba su piscina.
Finalmente, le dije:
—¿Tienes una piscina con un «trampolín para saltos de altura»? —Mi
tono era más tranquilo ahora, pero aún tenía matices de insulto.
—Sí —dijo Charlie—. Vino con la casa.
—¿«Un trampolín para saltos de altura» vino con la casa? ¿Ya no se
fabrican?
—Es de época —dijo Charlie—. Esta casa solía pertenecer a Esther
Williams.
Me giré para mirarlo.
—¿La sirena de América, Esther Williams?
Charlie parecía sorprendido de que supiera quién era.
—Sí. Vivió aquí en los años cincuenta y puso esa piscina. ¿Sabes quién
era?
—Puedes apostarlo. He visto todas y cada una de sus películas.
—¿Para tu comedia romántica de sirenas?
Uf. Ahora me acordaba: Lo había leído. Lo había leído «y lo había
llamado queso en aerosol». No merecía vivir en la casa de Esther Williams.
Pero salir fue reparador. Era un día cálido y soleado.
Quizá necesitábamos un cambio de actividad.
—Deberíamos ir a nadar —dije a continuación.
Pero Charlie negó con la cabeza.
—Yo no nado.
Me giré.
—¿Nunca?
Se encogió de hombros, como si estuviera a punto de contarme algo
fundamentalmente aburrido.
—Tuve un accidente en el que casi me ahogo de niño.
—¿Por qué tienes una casa con piscina si no nadas?
—Mi esposa la quería. Exesposa.
—¿Nadaba?
—Tampoco nadaba, para ser honesto.
—¿Por qué quería una piscina, entonces?
—Le gustaba la idea de nadar —dijo Charlie—. Pero no le gustaba
despeinarse.
Pensé en mi propio pelo, en el hecho de que estaba siempre
despeinado. Tal vez eso era un tipo de bendición.
Sentí que Charlie me miraba los rizos, recogidos, como siempre, en su
pequeña coleta de pompón.
—Apuesto a que tú no tienes ese problema —me dijo.
¿Me estaba halagando o insultando?
—La natación es mi deporte —dije, prosiguiendo—. Nado todos los
días en casa. Es lo único que hago para mí. Cada mañana a las cinco…
—Auch —dijo Charlie.
—Nado sesenta vueltas.
—¿Todas las mañanas? —desafió Charlie, como si yo tuviera que estar
exagerando.
—Sí.
—¿Incluso los fines de semana?
—Sí.
—¿No es agotador?
Me encogí de hombros.
—La vida es agotadora. Nadar es solo nadar.
Luego me di la vuelta para volver a entrar.
—¿Adónde vas? —preguntó Charlie.
Me di la vuelta.
—A buscar mi traje.
—¿Has traído bañador?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para nadar.
—¿Cómo sabías que tendría una piscina?
—¡Ni siquiera sabía que me alojaría aquí!, pero sabía que encontraría
una piscina en algún sitio.
—Aquí no se puede nadar —dijo Charlie.
—¿Por qué no?
—Esta piscina está fuera de los límites.
—¿Fuera de los límites? —pregunté.
—No es para nadar —dijo Charlie.
—¿Tu «piscina» no es para nadar?
—Hace tiempo que no se limpia.
Miré el agua, brillante como un manantial de montaña.
Charlie añadió:
—Y no es seguro. ¿Ya sabes? No está construida según las normas. Ese
trampolín es una trampa mortal.
—Creo que «Esther Williams» sabía cómo construir un trampolín para
saltos de altura —dije.
—Era una profesional.
Suspiré y me puse la mano en la cadera.
—¿Me estás diciendo que nunca podré nadar en tu piscina?
—Más o menos.
—¿Pero por qué?
—Porque sí.
Nada de esta conversación tenía sentido, pero estaba claro que la idea
de verme en la piscina hacía infeliz a Charlie y puede que aún estuviera
enfadada por todo su número cómico de Velveeta en el baño, pero cuanto
más infeliz le hacía, más feliz me sentía.
Empecé a caminar hacia el trampolín del fondo.
—¿Qué estás haciendo? —llamó Charlie atrás de mí.
—Probaré el trampolín.
—Ya te he dicho… nada de nadar.
—No voy a nadar —dije—. Solo voy a rebotar un poco.
—¿Vas a «rebotar un poco»? —exigió Charlie, rompiendo en un trote
para venir después de mí.
Pero cuando se acercó yo ya estaba a medio camino de la escalera hacia
el trampolín. Me agarró por los tobillos, pero le aparté las manos de una
patada y se quedó en el suelo.
Una vez que pasé su agarre, me dijo:
—Baja de ahí. Eso también está prohibido.
—Fui nadadora de competición en el instituto. Soy prácticamente
anfibia. Cálmate.
Charlie me observó mientras llegaba a la cima y luego caminaba hasta
el final, completamente vestida, con las zapatillas puestas.
—Baja —me ordenó.
Pero, ¿qué podía decir? Ese rebote familiar del trampolín siempre me
sentaba tan bien. Además, no me gustaba que me dieran órdenes.
En lugar de eso, me coloqué de espaldas en el borde, solo con los dedos
de los pies y los talones flotando sobre el agua y conseguí un buen ritmo.
Charlie estaba a medio camino de la escalera, inclinado sobre los
peldaños con horror.
—¡Por favor, no hagas eso!
—¿Por qué te estresa esto? No te preocupes.
—Sí, claro que sí. Porque si te caes… no puedo salvarte.
—No me voy a caer.
—No lo sabes. Esa tabla no se ha tocado en una década. Podría partirse
como un palillo.
—No se va a romper —dije—. Y aunque lo hiciera, no necesitaría que
me salvaras.
—No si golpeas mal el agua. He investigado esto. Si golpeas desde lo
suficientemente alto en el ángulo equivocado puedes reventar tus órganos
internos.
Seguí rebotando.
—¿Es ese el término técnico? «¿Órganos reventados?»
—Y «no nado» —continuó Charlie—. Así que si eso ocurre, solo tendré
que quedarme aquí y ver cómo te ahogas. Hoy no me apetece hacer eso.
—Si se me revientan los órganos internos —dije—, entonces tengo
problemas mayores que el que no sepas nadar.
—«Sé» nadar —corrigió Charlie—. Solo que no nado.
—La misma diferencia.
—Baja —ordenó Charlie.
—No.
—Es mi piscina.
—Son mis órganos internos.
Y fue entonces cuando vi que la cara de Charlie se arreglaba un poco.
—Bien —dijo encogiéndose de hombros, como si de repente hubiera
decidido que ya no le importaba.
—¿Bien? —pregunté.
—Como quieras —dijo Charlie ahora, casi como si se hubiera
transformado en un nuevo personaje y empezó a caminar de vuelta hacia
la casa.
No sabía si era porque había leído todo lo que este hombre había
escrito, o porque había visto varias veces todas las entrevistas que existen
en YouTube o porque había estudiado la estructura de todos sus guiones
como un erudito de Shakespeare se obsesionaría con el pentámetro
yámbico… pero al estar aquí en el trampolín de Charlie con toda mi ropa,
mirando hacia abajo a su cara de repente totalmente desinteresada… una
intuición imprevista sobre Charlie Yates empezó a golpear mi conciencia.
«Cuando Charlie Yates tiene miedo de algo, finge que no importa».
Me di la vuelta. Lo hacía en sus escritos. Sus héroes siempre eran
imperturbables, siempre totalmente impasibles ante los horrores de la
vida, tipos que se presentaban a la batalla, se encontraban con la compañía
asediada a la que iban a reforzar, el capitán les ordenaba la retirada y
decían:
—¿Retirada? Demonios, acabamos de llegar.
Sus héroes eran los tipos más «geniales» ante el miedo.
Escribía a tipos así, pero también «era» un tipo así. Con los periodistas,
por ejemplo, en las entrevistas. Si se acercaban demasiado a un tema que
él no quería tocar, su madre, por ejemplo, pidiéndole detalles sobre la
separación de sus padres cuando él tenía ocho años, ladeaba la cabeza con
una media sonrisa y decía algo totalmente displicente, como:
—Debo haber sido un gran grano en el culo.
También lo había hecho con su encogimiento de hombros hacía un
momento cuando había hablado de casi ahogarse y lo había hecho en el
brunch mirándose el calcetín cuando mencionó casualmente el «sarcoma de
tejidos blandos».
La indiferencia como arma. El desinterés como arma. El queso en
aerosol como arma.
¿Tenía razón? ¿Acababa de descubrir algo vital sobre Charlie Yates?
—¡Oye, Charlie! —llamé.
Se volvió y me miró entrecerrando los ojos.
Allí mismo, al borde del trampolín, me senté. Luego colgué las piernas
del borde.
Charlie levantó la mirada, horrorizado.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy a sentarme.
—Ya lo veo.
—Solo quiero hacerte una pregunta.
Charlie suspiró.
—¿Qué?
Le di un tiempo y le pregunté:
—¿Por qué te dejó tu esposa?
Era una pregunta infernal. Sin embargo, en cuanto la hice, supe que
tenía razón. Su rostro cambió a extraindiferente. Luego vino el
encogimiento de hombros. Luego dijo:
—Supongo que se hartó de mi mierda —luego añadió—, y tampoco la
culpo.
Ahí estaba.
Charlie Yates tiene algo que lo delata.
¿Las cosas que actuaba como si importaran menos? Eran las cosas que
más importaban.
¿Qué pasaría si lo presiono y logro atravesar la indiferencia?
—Háblame del día en que se fue —le dije.
—No —dijo Charlie. Entonces—. ¿Por qué?
—Porque no voy a bajar hasta que lo hagas.
—Tal vez debería irme y dejarte ahí.
—Tal vez deberías, pero entonces definitivamente voy a hacer un salto
de cisne desde esta cosa y tal vez me reventaré un órgano o dos.
Charlie entrecerró los ojos para estudiarme. Finalmente preguntó:
—¿Tiene que ser eso? ¿Tengo que contártelo? ¿No hay otra forma de
que bajes?
Me sentí tan mal, pero tenía que saber si tenía razón. Lentamente, como
si no hubiera lugar para la negociación, asentí.
Charlie suspiró.
Luego miró a su alrededor como si estuviera buscando rutas de escape.
Luego frunció el ceño y miró a esta loca que balanceaba los pies desde
su trampolín… y entonces su rostro se volvió extra despreocupado. Miró a
un lado como si estuviera esperando un autobús o algo así y luego, en un
tono como si nadie en la tierra hubiera pronunciado nunca una frase más
aburrida, dijo:
—Mi esposa me dejó el día que me enteré de que tenía cáncer.
Capítulo 14
Así fue como decidí quedarme.
Más concretamente, así fue como decidí intentar convertir a Charlie
Yates en un fan de las comedias románticas. Una tarea difícil. Tal vez
demasiado, pero esa pequeña epifanía sobre él lo cambió todo.
De repente, sentía una nueva curiosidad por él.
Lo suficientemente fuerte como para quedarme.
Después de todo, podría rendirme en cualquier momento. También
podría pasar un rato en la mansión de Esther Williams.
Así que volví a bajar por la escalera, seguí a Charlie hasta la mesa del
comedor y me senté frente a él para empezar a negociar en serio, desde la
nueva postura de poder de estar contenta de volver a casa, pero también
dispuesta a quedarme, si me daba lo suficiente de lo que quería.
Esto es lo que quería, hacer bien el guion.
Y viendo lo agresivamente indiferente que Charlie se mostraba ante
todo el proyecto… dada su forma de hablar, sospeché que tal vez,
posiblemente, en algún lugar profundo que nunca admitiría, él también
desearía eso.
Y tal vez, sólo tal vez, en ese mismo lugar profundo podamos encontrar
algo más interesante y complejo que el simple desdén. Algo lo bastante rico
y nutritivo como para curarle los yips y de paso impulsar mi carrera.
De todos modos, valía la pena probar.
¿Estaba soñando demasiado? Sabía demasiado sobre Charlie como
para ser muy optimista, pero al menos tenía una oportunidad. Solo tenía
que ir despacio.
En el camino de la piscina a la mesa del comedor, había decidido
algunos objetivos a largo plazo:
• Llevar a Charlie en un viaje para quitarle lo esnob en cuanto a las
comedias románticas.
• Escribir juntos un guion fantástico.
• Ver cómo se convierte en una gran película que hará reír y dará
esperanza a las personas alrededor del mundo.
• Ya no ser una escritora fracasada.
¿Y cómo se alcanzan los objetivos a largo plazo? Con objetivos a corto
plazo:
• No ser despedida.
• Microgestionar a Sylvie, remotamente, de una forma muy eficiente
para que mi padre sobreviva la duración.
• Dejar en óptimas condiciones ese terrible guion sin darle a Charlie la
oportunidad de detenerme.
Fácil.

Si me permiten pasar a la parte buena, las negociaciones fueron bien.


Le dije a Charlie, con la confianza de alguien que estaba dispuesto a
marcharse sin más, que me quedaría solo si él accedía a: uno, cambiar su
desinformado e insultante final infeliz por uno adecuado, alegre y
satisfactorio y dos, investigar realmente las locuras que había introducido
en el guion: bañarse desnudo, el baile en línea, el beso.
—Bien —dijo Charlie.
—¿Bien a qué?
—Bien a todo.
—¿Bien a cambiar el final?
—Me has convertido a eso.
—Y ¿bien a hacer toda esa investigación?
—Sí. Bien.
—Te das cuenta de que significa realmente «hacer» esas cosas.
Conmigo. Para investigar.
—No voy a bañarme desnudo contigo —dijo entonces Charlie, como si
todo esto pudiera ser un elaborado plan para desnudarlo.
—Tampoco voy a bañarme desnuda contigo —dije.
—Bien —dijo Charlie, con demasiado desinterés.
—Y no tienes que nadar —le dije—, pero sí meterte en la piscina.
Charlie se quedó quieto, como si buscara mentalmente una salida.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunté.
—¿Desde que fui a nadar?
—Desde que te metiste en cualquier cuerpo de agua en absoluto. ¿Una
tina, incluso?
Charlie levantó la vista, como si estuviera calculando. Luego dijo:
—Veintiocho años. Más o menos.
Asentí, como «exactamente».
—No puedes escribir sobre estar en el agua si no puedes recordar cómo
es.
La mandíbula de Charlie se tensó al pensar en ello.
Seguí adelante.
—Las comedias románticas son sobre enamorarse.
—Ya lo sé.
—Y enamorarse es tener sentimientos.
—No estoy en desacuerdo.
—Y no puedes escribir sobre sentimientos o ayudar al público a
sentirlos si tú mismo no puedes sentirlos. —Nota que no añadí: «También
vas a tener que replantearte tus opiniones tóxicas y no examinadas de que
el amor no existe».
—Tengo sentimientos —dijo Charlie.
—Genial —dije—. Entonces esto será fácil.
Al final, Charlie accedió a todas mis peticiones, excepto a una. Una que
parecía tan obvia que la incluí solo al final.
—Y tenemos que cambiar el título —dije.
Pero ahí fue donde trazó su límite.
—No se puede —dijo Charlie—. El título se queda. Ese es el único
requisito de la amante.
No luché contra él. Por ahora.
Logan hizo que su abogado redactara un contrato sencillo, bastante
estándar, que básicamente decía que todo lo que tenía que hacer era
entregar una obra terminada. No tenía que ser buena, solo tenía que estar
terminada.
—¿Qué pasa si no terminamos? —le pregunté a Logan.
—Si no terminan por cualquier motivo… si te vas o te despide…
entonces es incumplimiento de contrato.
—¿Y no me pagan?
—Y no te pagan.
—Eso parece extremo. Dado que ni siquiera me quiere aquí.
—Es bastante estándar, sinceramente. Lo que es extremo es Charlie.
—Así que no cobro hasta que terminamos… y si no terminamos, no
cobro nada.
Logan asintió.
—Bastante sencillo.
—¿Sencillo? —pregunté.
—No es fácil, pero es sencillo —dijo Logan, encogiéndose de
hombros—. Solo no incumplas el contrato.
No lo incumpliré, eso estaba claro.
Teníamos seis semanas para escribir esto. ¿Podría lograr que «no me
despidieran» en seis semanas?
Estábamos a punto de averiguarlo.

Aquella noche, debería haber dormido plácidamente, acurrucada bajo


las sábanas de un millón de hilos del decorador de la exesposa de Charlie
en su palaciega habitación de invitados, con el nuevo plan negociado a mi
satisfacción.
Pero en lugar de eso, me desperté a las dos de la madrugada, sacudida
por mi colchón.
¿Fue un terremoto? Eso pasa en Los Ángeles, ¿no? ¿Pero qué hacías en
un terremoto? ¿Alejarte de las ventanas? ¿Esconderte bajo una puerta?
¿Salir corriendo y agitando los brazos como un pájaro no volador?
No tenía ni idea.
Me puse el albornoz de algodón estampado por encima del pijama de
camiseta y pantalones de yoga, deteniéndome para ponerme unas chanclas
por si teníamos que correr a un lugar seguro, y me dirigí a toda velocidad
hacia el ala de Charlie para despertarlo y preguntarle.
Pero a medio camino, en el comedor, estaba Charlie. Despierto.
Trabajando, por lo que parecía. Nada asustado, hasta que me vio y cerró el
portátil demasiado rápido.
De acuerdo. «Eso» llamó mi atención.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Nada —dijo Charlie.
—Tienes una vibra sospechosa —dije.
—¿Qué estás haciendo «tú»? —preguntó Charlie entonces,
trayéndome de vuelta al terremoto.
¿Qué «estaba» haciendo?
—Tengo una pregunta.
—¿Qué pasa?
—¿Hubo un terremoto?
—¿Un terremoto? —Charlie hizo eco.
Miré a mi alrededor.
—Me desperté y todo estaba… temblando.
Pero Charlie frunció el ceño.
—No hubo terremoto —dijo.
—¿Ningún terremoto? —¿Quizás estaba acostumbrado a ellos?
Charlie negó con la cabeza.
—No. Nada.
Qué mortificante.
—Entendido —dije, señalándolo como si entendiera la broma. Aunque
no tenía ni idea de cuál podía ser.
En ese momento, vi mi reflejo en la ventana oscura: totalmente
despeinada, la bata torcida, el pelo desordenado y ondulando como una
medusa enfadada. Las chanclas, ahora me daba cuenta, me había
equivocado de pie.
—¿Quizás lo soñaste? —preguntó Charlie entonces.
Podríamos ir con eso.
—Claro —dije—. Tal vez.
Pero fue entonces cuando oí un pequeño trino y miré hacia abajo para
fijarme por primera vez en un objeto de peluche con forma de granero
colocado en la mesa junto al portátil de Charlie.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—¿Qué es qué? —preguntó Charlie.
Pero ahora me acercaba más, siguiendo el trino y cuando llegué a las
puertas del granero, vi una criatura justo dentro. Mirándome. Una
pequeña bola de pelusa.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Es una cobaya —dijo Charlie, como «por supuesto».
Pero no estaba segura.
—¿Lo es?
Mi primo tenía una cobaya cuando éramos pequeños. Este bicho
parecía… diferente y por «diferente» me refiero a que parecía una mopa.
Blanca y amarilla, con pelusa que le brotaba y le caía por las patas.
Mayormente pelaje, de hecho. Con dos ojos marrones brillantes.
Lo miré fijamente.
—Es uno peruano de pelo largo —dijo Charlie—. Se llama Cuthbert.
—¿Es tuyo? —pregunté, en un tono desconcertado con el que también
podría haber dicho: «¿Qué hace un hombre adulto con una cobaya de
mascota llamada Cuthbert?»
—Algo así —dijo Charlie—. En realidad, no. Ya no. Es de mi esposa.
Exesposa. Ella los rescató a él y a su hermano cuando aún estábamos
casados, sin preguntarme. Luego se los llevó cuando se mudó. Aunque
técnicamente tenemos custodia compartida.
Miré a Charlie y a la cobaya.
—¿Ha estado aquí todo este tiempo?
Charlie negó con la cabeza.
—Estoy de niñero de cobaya. Solo mientras mi esposa está fuera de la
ciudad.
—Exesposa —corregí. Luego dije—: ¿Por qué está en un pequeño
granero de tela?
—Les gusta pasar el rato en pequeñas tiendas escondidas. Mi ex tiene
toda una colección. Una carpa de circo, un iglú, una colmena. Incluso una
con forma de Airstream.
—¿Pero… no se escapa?
Charlie negó con la cabeza.
—Se quedará así durante horas.
—¿Has dicho que tiene un hermano? —pregunté, mirando a mi
alrededor.
—Su hermano acaba de morir —dijo Charlie—. Así que está bastante
deprimido. Son animales de rebaño.
Miré a Cuthbert y Cuthbert me miró.
—¿Puedo agarrarlo? —pregunté.
Charlie negó con la cabeza.
—No les gusta la sensación de ser levantados —dijo—. Les hace sentir
como si hubieran sido arrebatados por un águila.
—¿Cómo sabes lo que sienten las cobayas? ¿Sobre cualquier cosa?
Fue entonces cuando Charlie Yates, niñero divorciado con custodia
compartida de cobayas, dijo:
—Sé lo que sé.
Esto fue definitivamente un shock. Charlie Yates con una mascota.
Pero Charlie no se escandalizó en absoluto.
Me observó mirar a Cuthbert durante un minuto y luego dijo en un
susurro escénico:
—Son las dos de la mañana. Vuelve a la cama.

Pero no volví a la cama.


En lugar de eso, volví a mi habitación, estudié mi reflejo de novia de
Frankenstein en el espejo e intenté espantar la humillación recogiéndome
el pelo, cepillándome los dientes y volviéndome a atar la bata, tratando
retroactivamente de verme presentable.
En algún momento me di cuenta de que seguía sintiendo el terremoto.
Todo seguía temblando, quiero decir.
Excepto que no era todo. Solo era «yo».
Más concretamente, era mi corazón. Otra vez con ese nuevo y loco
latido. Puse la mano sobre él y sentí cómo se lanzaba contra mi palma una
y otra vez, como si hubiera atrapado allí a una bestia mágica que quería
salir desesperadamente.
Sin dudarlo mucho, volví arrastrando los pies hacia donde estaba
Charlie. Chanclas en los pies correctos esta vez.
Charlie se quedó de pie cuando aparecí de nuevo, como si «una»
interrupción aleatoria en mitad de la noche fuera tolerable, pero «dos»
fueran motivo de alarma. Llevaba pantalones de chándal y una camiseta
con una cita de Stephen King que decía: «El camino al infierno está
pavimentado de adverbios».
¿Era su pijama? Era una visión tan extraña. Pero, ¿yo creía que dormía
en Oxford y pana?
—Lo siento mucho —le dije, acercándome a él—. ¿Puedo hacerte otra
pregunta?
—Claro —dijo Charlie.
Acorté la distancia que nos separaba, muy contenta ahora que me
había lavado los dientes y recogido el pelo, y miré la cara curiosa de
Charlie.
Me puse la mano sobre el pecho como si fuera a empezar el juramento
a la bandera.
—¿Puedes poner tu mano aquí así?
Charlie asintió y se puso la mano sobre el corazón.
—No en ti —dije—. En mí. —Me llevé la mano al pecho para mostrarle
dónde.
Los ojos de Charlie se abrieron un poco.
—Quieres que ponga mi mano… —Sus ojos bajaron—. ¿Ahí?
—Esto es con fines médicos —le dije—. Creo que tengo un problema.
—¿Es un problema para el que podamos usar «palabras»?
—Sí —le dije—. Pero también necesito una evaluación física. Si no te
importa.
Le importaba. Claramente le importaba.
Pero lo hizo de todos modos, acercando su mano hacia mí con la
energía de alguien que tiene que agacharse para pescar algo en un
triturador de basura.
A medida que se acercaba, aminoraba el paso, como si fuera a
acobardarse, así que le cogí la mano, tiré de ella hasta el final, apreté su
palma contra mi pecho y la mantuve allí.
—¿Puedes sentir eso? —pregunté.
Charlie parecía un poco asustado.
—¿Sentir qué? —preguntó.
—Dímelo tú.
Charlie se quedó quieto durante un minuto, con la mirada fija en
nuestras dos manos. Luego dijo:
—¿Estamos hablando de los latidos de tu corazón?
Ahora estábamos llegando a alguna parte.
—Sí —dije—. Exactamente. Esto es lo que me despertó.
—¿El latido de tu corazón fue lo que te despertó?
Asentí con la cabeza, como «que locura, ¿no?».
—Latía tan fuerte que sacudía la cama.
—¿Por eso pensaste que había un terremoto?
—Pero sigue. Lo sientes. ¿Verdad?
—Siento… algo.
—¿Crees que estoy teniendo un ataque al corazón?
—No sé mucho sobre infartos.
—¿Puedo sentir el tuyo? —pregunté.
—¿Sentir mi qué?
—Tu corazón —dije mientras alargaba la mano libre para presionarla
contra su pecho.
Charlie parpadeó, como si no acabara de asimilar lo que estaba
pasando.
—Tu corazón también late —le dije.
—Sí, bueno —dijo—. Hacen eso.
—Pero quiero decir, golpeando. Bastante fuerte. Como el mío. —Los
dos no podíamos estar teniendo ataques al corazón, ¿verdad? Eso parecía
estadísticamente… improbable. ¿Podríamos haber sido, no sé,
«envenenados»? ¿O algo así?
—Está golpeando ahora —Charlie estuvo de acuerdo—. Pero no lo
hacía. Antes.
—¿Antes? —pregunté.
—Antes de que vinieras aquí así en bata con todo tu… pelo y… y
pusieras mi mano en tu pecho. No estaba. Golpeando.
«Oh».
—Para que lo sepas —añadió—. Con fines médicos.
—Ya veo —dije.
Deberíamos dejar de tocarnos el pecho. Eso estaba claro. Pero no sabía
cómo hacer la transición.
—¿Podrías buscarlo en Google? —finalmente pregunté.
—¿Buscarlo en Google?
—Los síntomas de un infarto. Para las mujeres.
Sentí cómo se le desinflaban los pulmones de alivio cuando se separó
para coger su portátil.
—Sí, por supuesto.
—No se me permite buscar síntomas médicos en Google —dije, para
llenar el silencio mientras Charlie se desplazaba.
—¿No te lo permiten? —preguntó, sin dejar de desplazarse.
—Cuando mi padre se lesionó por primera vez, adquirí la costumbre
de buscar frenéticamente en Google cada pequeño síntoma que aparecía.
Se convirtió en un círculo vicioso de hipocondría.
Charlie miró.
—¿Hipocondría? Pero tu padre estaba realmente herido.
—Pero me metía en estos laberintos. Le dolía el hombro, buscaba en
Google «dolor de hombro» y dos horas después estaba convencida de que
tenía Parkinson, esclerosis múltiple y cáncer de hombro.
—Eso no es culpa tuya —dijo Charlie, volviendo a desplazarse—. Eso
es solo porque eres escritora.
No había pensado en eso.
—¿Lo es?
—¿Creer en cosas que no son reales? ¿Hacer algo de la nada? ¿Unir
puntos que no necesitan o no «quieren» ser unidos? Eso es lo que hacen los
mejores escritores.
Me sentí extrañamente bien al oír a Charlie Yates incluirme entre «los
mejores escritores».
Y me sentí extraña e inesperadamente, aún mejor al saber que acababa
de hacer que su corazón latiera más rápido.
Fue entonces cuando Charlie se levantó con mi diagnóstico.
—Internet no cree que estés teniendo un ataque al corazón —dijo.
—¿No?
—No lo hace. Pero sí cree que tienes ansiedad.
—¡Ja! —estallé. Luego, ante la cabeza ladeada de Charlie—. Esto es lo
menos ansiosa que he estado en diez años.
No hay discusión.
—Soy una buena persona con la que hablar de esto —añadió Charlie—
, porque sobrellevé mucha ansiedad cuando estuve enfermo.
Fruncí el ceño como si estuviera loco.
—No tengo ansiedad. Solo me preocupo todo el tiempo.
Charlie me dio un segundo y luego dijo:
—Voy a dejar que esas palabras resuenen por la habitación.
Bien. Vi su punto.
—Pero solo porque tengo cosas reales de las que preocuparme.
Charlie me hizo un gesto.
—No tenemos que etiquetarlo.
—Gracias.
—La cuestión es —dijo—, que Internet quiere que respires despacio
por la nariz, cinco segundos para inhalar y cinco segundos para exhalar.
—«¿Cinco coma cinco?» —lo confirmé—. ¿Eso es lo que WebMD dice
que hay que hacer?
Charlie asintió.
—No se puede luchar contra Internet, supongo.
—Cierto —dijo Charlie—. Ahora empieza a respirar.
Y entonces, después de verme respirar un poco, me dijo:
—Internet también quiere que me preguntes qué escondía en mi
portátil cuando entraste.
Eso fue inesperado. Fruncí el ceño mirando a Charlie.
—No tienes por qué… en realidad no… —Y luego—. ¿«Quieres» que
te pregunte eso?
Charlie asintió.
—Sospecho que te gustará.
Sospechaba que no. Pero bueno.
—¿Qué estabas escondiendo?
Rodeé la mesa del comedor y, cuando acercó una silla a la suya y la
palmeó, me senté a su lado. Entonces abrió su portátil y maximizó la
pantalla.
Miré con los ojos entrecerrados, por si necesitaba volver a cerrarlos
rápido.
Pero solo era una imagen ilustrada de un patio trasero.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Es un videojuego —dijo Charlie—, en el que lavas cosas con energía.
Entonces pulsó unas teclas y un chorro de agua empezó a pulverizarse
en primera persona, como si sujetara una manguera eléctrica.
Charlie giró la manguera sobre una acera gris y lúgubre y, a medida
que el agua avanzaba, dejaba tras de sí una zona limpia y brillante.
Además, la manguera emitía un sonido sordo y una vez que toda la
suciedad desaparecía, el juego emitía un sonido ding muy satisfactorio y le
daba algunos puntos.
—¿«Esto» es lo que estabas haciendo cuando entré?
—Sí.
—¿Estabas jugando un videojuego en el que virtualmente lavas a
presión una acera?
—No solo una acera —dijo Charlie, empezando por el patio de al
lado—. Todo el patio.
—Pero —empecé a decir. Y lo único que se me ocurrió decir a
continuación fue—. ¿Por qué?
Charlie asintió, como si fuera una «pregunta justa». Luego dijo:
—Porque es divertido y a Cuthbert le gusta.
Charlie se puso en marcha de nuevo para que pudiera ver lo calmada
que estaba la cobaya por ello, pero al mirar entre la pantalla y la cobaya,
no pude ver ninguna diferencia perceptible. Cuthbert estaba sentado allí
como una bola de pelusa antes de que Charlie empezara a lavar el lateral
de la caseta del perro virtual y estaba sentado allí exactamente igual
después.
—¿Estás seguro de que es Cuthbert quien encuentra esto
reconfortante? —le pregunté.
—¿Importa? —preguntó Charlie, manteniendo la concentración.
Y antes de darme cuenta también estaba enganchada. Vi cómo Charlie
terminaba el patio y luego los canalones y luego la pared de detrás del seto
y luego todos los muebles del patio… hasta bien entrada la madrugada, sin
darme cuenta de que pasaba el tiempo. Escuché el silencio del
pulverizador, le señalé cuando se había saltado un punto y me senté
hipnotizada junto al guionista más querido del mundo mientras terminaba
todo el resto del jardín y luego subía de nivel.
Fue entonces cuando Charlie se giró y se dio cuenta de que tanto
Cuthbert como yo lo estábamos mirando.
—Buenas noticias —dijo entonces Charlie.
—¿Qué? —pregunté.
—Creo que le gustas a Cuthbert.
Capítulo 15
Cuando por fin conseguí volver a la cama, mi terremoto se había
asentado y dormí a pierna suelta, hasta que me desperté de nuevo, a las
cinco, con un sobresalto.
Y una sensación de temor de que mi padre no estuviera bien.
Sé que es una preocupación bastante inespecífica, una vaga sensación
de que alguien podría no estar bien, pero me había preocupado mucho por
mi padre durante los últimos diez años. Era como si el corazón se me
hubiera encogido en una bola apretada y preocupada durante todo ese
tiempo y ahora, incluso sin nada particular por lo que preocuparme, no
podía desabrocharse.
Había cedido oficialmente mis tareas de preocupación a Sylvie. Sabía
que era competente y madura. Creía que podía manejar las cosas. Más o
menos. En su mayoría. Simplemente no sabía cómo no ser la persona que
siempre se preocupaba por mi padre.
Tal vez eso es lo que mi corazón estaba haciendo estos días con los
latidos. Tratando de desatar sus propios nudos.
O tal vez me estaba muriendo.
Quizá debería permitirme buscarlo en Google, solo por esta vez.
Eso es lo que me preguntaba en la cama, a oscuras, a las cinco de la
mañana, cuando sonó mi teléfono y era Sylvie por FaceTime.
—¡Lo sabía! —dije, sentándome en la cama—. ¿Qué pasa?
—No pasa nada —dijo Sylvie. Allí estaba, dentro del rectángulo de mi
teléfono, con su aire tranquilo validando su afirmación. Estaba en nuestra
habitación, sentada en mi litera de abajo, con el pelo recogido como si
acabara de lavarse la cara.
Mi pelo, en cambio, no pude evitar notarlo desde mi propio rectángulo
de FaceTime, más pequeño, se había soltado de la coleta con la que me
había ido a la cama y la alarma de mi cara más el desenfreno de mis rizos
me daban el aspecto de alguien que acaba de meter el dedo en un enchufe
eléctrico.
—¿No pasa nada? —pregunté—. ¿Entonces por qué llamas?
—Para decirte eso.
—La gente no llama para decir que no pasa nada —dije.
—La gente «normal» no llama para decir eso —dijo Sylvie—, pero
somos tú y yo.
Tenía razón.
—Pero son las cinco de la mañana.
—Aquí son las «siete» de la mañana.
Otro buen punto. Sylvie sonaba más razonable cada segundo.
—¿Podemos no llamar por FaceTime a esta hora? —pregunté a
continuación—. No estoy preparada para la cámara.
—¡Pero quiero verte!
Antes de que pudiera responder, otra cara se apretujó en el marco de
Sylvie. La cara de su novio, Salvador, con la coleta despeinada como si
también acabara de despertarse.
—Creo que estás estupenda —dijo Salvador.
Yo había visto a Salvador en llamadas por FaceTime varias veces.
Llevaban saliendo desde segundo de carrera.
—Hola, Salvador —le dije.
—Hola, hermanita —dijo Salvador.
Luego, a Sylvie:
—¿Salvador está ahí? ¿En nuestra casa?
Sylvie se tomó un minuto para saludar con la mano cuando Salvador
se marchó a ducharse. Luego dijo:
—Se queda con nosotros.
No quería alarmarme. Salvador me caía bien. Era un novio estupendo
para Sylvie: maduro, atento y comprensivo. El pasado Halloween le había
tallado una calabaza con dientes que decían «Te amo».
Pero que los novios se quedaran a dormir en nuestro apartamento no
formaba parte del plan.
—Creía que iba a pasar el verano en Brasil con su abuela —le dije.
—Cambio de planes.
—¿Desde cuándo?
—Desde que entró en la escuela de posgrado aquí.
—¿Va a empezar la universidad?
—No hasta agosto. Pero él está cursando los requisitos previos este
verano.
Y entonces, con pavor, hice una pregunta cuya respuesta ya «intuía».
—Solo se quedará allí un día o dos, ¿verdad? ¿Hasta que encuentre un
lugar propio?
—Hum —dijo Sylvie.
—No puede quedarse contigo allí mucho tiempo —le dije.
—La cuestión es que tenemos una cama vacía —dijo Sylvie.
—Esa es mi cama —dije.
—Sí. Y en cuanto vuelvas… cuando sea… lo echaremos a patadas.
Pero no entendía nada. No me preocupaba mi cama.
—Sylvie, no puede estar allí —dije.
—¿Por qué no? A papá le parece bien. Le encanta Salvador.
—«Todos» queremos a Salvador —dije—. Esa no es la cuestión.
—Entonces, ¿cuál «es» la cuestión?
—Es una distracción —dije.
—Él no es una distracción —dijo Sylvie—. Está ayudando.
—Es demasiado guapo para ayudar.
—¿Puedo recordarte que el máster que está haciendo es para ser
asistente médico? Es un profesional de la medicina.
—Todavía no lo es.
—La cuestión es que es un buen tipo para tener cerca.
—Sylvie —dije, consciente de que no tenía ningún poder real más allá
de una voz severa—, Salvador no puede quedarse allí. Papá es un trabajo
a tiempo completo, las veinticuatro horas del día. No puedes estar
«enamorada» y hacerlo bien al mismo tiempo. ¿No crees que si hubiera una
forma de hacerlo ya la habría descubierto?
—Bien —dijo Sylvie.
No esperaba que cediera tan rápido.
—¿Bien?
—Claro que sí. Le buscaremos otro sitio a Salvador. Ha estado
haciendo yoga por las mañanas con papá, doblando toda la colada y
llevando a papá a ayudar a la señora Otsuka con el huerto comunitario,
pero está bien. También ha estado cuidando a Kenji, el nieto de la señora
Otsuka, que está de visita este verano y es un poco tímido y «adorable»,
pero no es gran cosa. Simplemente echaré a Salvador.
—Bien —dije. Viaje de culpabilidad no aceptado.
—Bien —dijo Sylvie.
—Genial —dije.
—Perfecto —dijo Sylvie.
Luego, tras una pausa, para cambiar de tema, dijo:
—Me gustó conocer ayer a tu escritor en la vida real.
—FaceTime no es la vida real —dije.
—Está bastante cerca.
—Y tampoco es mi escritor —dije.
Pero Sylvie hizo caso omiso.
—¡Es guapo! —dijo—. Deberías casarte con él y tener bebés escritores.
—¡Sylvie!
—Podrían fumar pipitas y llevar chaquetas tejidas y hablar de
metáforas.
—Sylvie…
—Me gustaba su vibra, ¿sabes? Y hay algo en su cara. Una calidez. La
forma en que sus ojos se arrugan en las esquinas.
—Sylvie, somos compañeros de trabajo. Por favor, no nos emparejes
mentalmente.
—Demasiado tarde —dijo Sylvie.
Sylvie se recostó en la almohada.
—Háblame de Hollywood —dijo entonces.
—Ha sido —dije y finalmente me decidí por—… un viaje.
Luego le conté todo, que Charlie no sabía que yo iba a venir, que no
me contrató, que «tomó notas» mientras yo destrozaba su guion, que leyó
mi material y por casualidad le gustó y que me contrató, pero no
exactamente de verdad. La llevé por todos los vericuetos, terminando con
el gran clímax de estrechar la mano de Jack Stapleton y luego sostener mi
propia mano junto al teléfono como prueba. Sylvie frunció el ceño, jadeó y
se alegró por todo ello y cuando llegamos a la parte de la mano, dijo:
—Tienes que hacerte un tatuaje en la palma de la mano que diga «Jack
Stapleton estuvo aquí».
—Gran idea —dije.
Siguiente pregunta:
—¿Cómo es vivir en la mansión de Charlie Yates?
Me lo pensé.
—Tranquilo —dije—. ¿Un poco solo, tal vez? No estoy acostumbrada
a todo este espacio y al lujo. Es como un hotel. Tuve que poner un podcast
de fondo solo para dormirme.
—Dime que no tienes nostalgia.
—Creo que tengo un poco —dije—. Aquí nadie canta. Ni toca la cítara.
O lee en voz alta como un audiolibro humano para entretenerme mientras
hago la cena. La cocina de esta casa parece que nunca se ha tocado. Es como
una cocina modelo en una sala de exposición. No es… —Busqué una buena
palabra y al final elegí—. Divertida.
—Quizá tengas que buscarte tu propia diversión —dijo Sylvie.
—Escribir el guion será divertido —dije, pero luego me detuve—. O
una pesadilla. En realidad no estoy segura de cuál.
—¿Cómo podría ser una pesadilla escribir un guion con tu guionista
favorito? —preguntó Sylvie.
—Bueno —dije—, parece que es uno de esos tipos que no creen en el
amor.
—Uf —dijo Sylvie.
—Y basándome en todo lo que he podido averiguar, antes de que
tengamos siquiera una oportunidad de escribir algo decente, tengo que
obligarlo a tomar clases de baile en línea, curarlo de su fobia al agua y
convencerlo de que la conexión humana realmente importa.
—Pan comido —dijo Sylvie.
—Todo —añadí—, sin su consentimiento.
—Naciste para esto —dijo Sylvie.
—¿Lo hice?
—Solo dale el tratamiento Sylvie —dijo Sylvie.
—¿Darle el tratamiento «Sylvie»?
—Solo actúa como si estuvieras a cargo. Como siempre hiciste
conmigo.
—Eso es diferente —dije—. Contigo yo estaba a cargo.
—¿Pero cómo conseguiste que hiciera todas las cosas que no quería
hacer?
—Simplemente procedí como si no hubiera otra opción.
—Exactamente.
—No es un niño, Sylvie. Es un adulto. No puedo engañarlo para que
haga lo que yo quiera.
—En el fondo, todos somos niños —dijo Sylvie—. Usa tu voz de
maestra. Seguro que te sorprendes.

Así que decidí intentarlo.


¿Por qué no? No tenía ninguna idea mejor.
Para cuando colgué con Sylvie, eran las seis de la mañana. Me puse el
bañador y me recogí el pelo y luego me puse en modo maestra, caminé con
paso seguro hacia el dormitorio de Charlie y llamé con fuerza a su puerta.
Charlie la abrió unos minutos después con un puño elástico del
chándal subido por encima de la pantorrilla, la camiseta puesta al revés, el
pelo apuntando hacia arriba y hacia fuera en todas direcciones y un ojo
cerrado como un capitán de barco.
—¿Qué demonios llevas puesto? —fueron las primeras palabras que
salieron de su boca mientras me miraba de arriba abajo—. Estás
prácticamente desnuda.
«Voz de maestra. Voz de maestra».
—No estoy desnuda. Llevo un bañador para ir a nadar.
—Debajo, quiero decir. Estás desnuda.
—Eso no es raro. Todo el mundo está desnudo debajo de todo.
—No me quejo —dijo Charlie—. Eso es sólo… un montón de brazos y
piernas.
—¿Qué se supone que tengo que ponerme? ¿Un bañador del siglo
XVIII?
—¿Tal vez volver a la cama? Problema resuelto.
—No puedes tener tanto miedo de un Speedo de una pieza.
—No he estado cerca de una mujer viva en mucho tiempo.
—Eso no es culpa mía.
—Pero es culpa tuya que estés aquí ahora mismo.
—Es hora de levantarse.
—¿Por qué?
«¡Confianza! ¡Voz de maestra! ¡Dale el tratamiento Sylvie!»
—Porque ese es el horario. Nado a primera hora de la mañana.
—Todavía estoy intentando averiguar qué tiene que ver eso conmigo.
—Tú vienes conmigo.
Al oír eso, Charlie hizo una escapada hacia la cama, pero lo cogí del
brazo y lo arrastré hasta el borde de la piscina, a través del salón y las
puertas francesas.
—¿Qué estamos haciendo, otra vez? —preguntó Charlie, como si ya lo
hubiera explicado.
—Terapia de exposición.
Charlie miró la piscina.
—Yo no me meto ahí —dijo.
—Por supuesto que no —dije—. «Yo lo haré». Solo vas a hacerme
compañía y tomar nota de que no me estoy ahogando.
—¿Y si te «estás» ahogando?
—No voy a dignarme a responder a eso —dije. Luego di una palmada
en el borde de la piscina en la parte superior de los escalones—. Siéntate
aquí y pon los pies en el último escalón.
Charlie me miró, luego a la piscina, luego a mí, luego a la piscina.
—¿Solo los pies?
—Solo los pies.
—¿Y por qué hago esto?
—Porque no puedes pasarte toda la vida con miedo a las piscinas.
—Miedo al «agua» —corrigió Charlie—. No a las piscinas.
—Y también porque estuviste de acuerdo. Cuando negociamos
nuestros términos.
—¿Lo hice?
«Voz de maestra».
—Lo hiciste.
Charlie suspiró. Y entonces, para mi sorpresa, simplemente… «lo
hizo». Se subió el chándal y se metió. Tal vez tenía demasiado sueño para
luchar contra mí.
—Caray, qué frío —dijo, sentándose de todos modos.
—Te acostumbrarás —le dije.
—Ni siquiera he tomado café todavía —dijo Charlie—. Ni siquiera me
he lavado los dientes.
—Después —dije, no queriendo darle la oportunidad de escapar.
—¡Ni siquiera he orinado!
—Permiso para mear en los arbustos —le dije y luego me zambullí
antes de que pudiera poner más objeciones.
Aquí está la cosa, funcionó. Se quedó. Se sentó allí todo el tiempo, con
los pies en el agua, mientras yo daba sesenta vueltas en estilo libre.
Cuando terminé, tenía dos ojos abiertos, pero no había cambiado
mucho más.
Cuando salí, le dije:
—¿Qué tal?
Ahí estaba de nuevo esa cara indiferente.
—¿Qué tal qué?
Debe haber sido estresante.
—Pasar tiempo dentro de la piscina.
—Yo no llamaría a eso «dentro de la piscina».
—Apuesto a que tus pies no estarían de acuerdo.
Charlie me miró como si estuviera totalmente loca.
—De todos modos —dije, palmeando el hombro de su camiseta con mi
mano mojada—. Buen trabajo.
Capítulo 16
Y así, esa primera semana, establecimos una rutina: nadar a primera
hora, ducharnos, tomar un café y sentarnos frente a frente en la mesa del
comedor de Charlie con nuestros portátiles espalda contra espalda,
rodeados de nuestros accesorios de escritura favoritos y amuletos de la
buena suerte, intentando ignorarnos pero sin conseguirlo del todo.
Encontramos una función para compartir en Final Draft, que ninguno de
los dos había utilizado nunca y nos obligamos a familiarizarnos con ella.
Al principio esperaba que pudiéramos trabajar tranquilamente, como
estábamos acostumbrados y enviar cambios y preguntas a través de
Internet sin tener que ajustar nuestra forma habitual de hacer las cosas,
pero por supuesto, no fue así.
Había una cobaya en la mesa del comedor.
Todas las mañanas, como si de un ritual se tratara, Charlie sacaba a
Cuthbert de su jaula y lo llevaba al establo, donde se instalaba y pasaba el
día alternando el descanso con la siesta.
—Creo que el roedor me va a distraer —dije la primera vez que ocurrió.
—No lo llames roedor.
Fruncí el ceño.
—¿No es… un roedor?
—La cuestión es que ahora está pasando por un mal momento.
Pero tal vez Cuthbert fue un buen mediador. Escribir en la misma
habitación al mismo tiempo con otra persona no era, que conste, mi forma
habitual de hacer las cosas.
Tampoco la de Charlie.
—Suelo hacer esto en completo aislamiento humano —dijo, en un
momento dado—. Siempre pienso que ese debería ser el título de mi
autobiografía: «Solo demasiado tiempo».
Asentí, como diciendo «genial». Entonces, preguntándome si todos los
escritores tenían un título de autobiografía de tirón, me adelanté y lo
compartí:
—El mío sería: «Algún día me lo agradecerás».
Otro humano en la habitación. Mientras intentaba escribir. Qué raro.
Me sentí un poco vulnerable, por ejemplo, al sacar mi sudadera de la
suerte, que tenía una capucha que hacía que tu cabeza pareciera una gran
fresa con pequeñas hojas verdes aplicadas en la parte superior. Cuando
Charlie la vio por primera vez, dijo:
—Eso es… Vaya. Es realmente increíble.
—Es mi sudadera de la suerte —le dije, esperando que no me dijera
que no me había traído mucha suerte. Luego, más tranquila, añadí—. Me
la regaló mi madre.
—No te juzgo —dijo Charlie—. También tengo un pañuelo de la suerte.
Miré su bolsillo, que estaba vacío.
—Para las galas de premios —me explicó Charlie y tocó el lugar donde
yo miraba—. Mi esposa me lo regaló antes de mi primera nominación y
gané. Así que volví a ponérmelo la siguiente vez y volví a ganar. Ahora
estoy atrapado. Cada vez que me lo pongo, gano. Así que tengo que seguir
llevándolo.
—Es un pañuelo poderoso —dije.
—¿Verdad? —Charlie estuvo de acuerdo—. Después de que ella se fue,
pensé que debería conseguir uno diferente… pero no quiero romper mi
racha.
Otros comportamientos secretos de escritor que salieron a la luz
mientras trabajábamos juntos, yo doblaba las esquinas de las páginas
mientras leía. Charlie golpeaba distraídamente el suelo con el tacón.
Charlie escribía exclusivamente con bolígrafos Bic, mordiendo los
capuchones y soplando a través de ellos, lo que, «¿quién lo iba a decir?»,
produce un silbido.
Charlie resultó ser una persona de tinta azul, mientras que yo era
exclusivamente negra. Para información de los que no escriben, la tinta
azul frente a la negra es una cuestión de identidad esencial. Igual que la
Coca-Cola frente a la Pepsi o los Beatles frente a los Stones o los cuadernos
universitarios frente a los normales. Puedes ser un tipo de persona u otro,
pero no ambos.
No pude evitar juzgar un poco a Charlie y sentí que él también me
juzgaba.
También añadiré que él era una persona de bolígrafo de punta fina,
mientras que yo me había unido a la comunidad de bolígrafo de punta
gruesa hacía años y nunca miré atrás.
Un punto seis milímetros o nada, bebé.
En retrospectiva, la idea de que pudiéramos escribir de forma elegante,
virtual, digital y no humana no era sostenible. No pasó mucho tiempo
antes de que la mesa del comedor estuviera cubierta de papel arrugado,
escenas impresas marcadas, envoltorios de bocadillos, latas de refrescos,
cuadernos de espiral, botellas de agua, no una sino dos engrapadoras,
bolsas de lápices, una caja de Kleenex, una impresora conectada a una gran
extensión eléctrica, varios ChapSticks, rotuladores fluorescentes y viejas
tazas de café, tanto de papel como de cerámica.
A mí personalmente me gustaba más así. Signos visibles de progreso.
Tengo la sensación de que a Charlie también.
Y aunque los dos nos poníamos auriculares, nos los quitábamos para
hablar casi constantemente. Llegué a sentir que Charlie se quitaba los
auriculares para hacer una pregunta o leer un diálogo. ¿Y qué puedo decir?
Tenía que vigilar mucho su ritmo cuando me leía en voz alta, porque me
quedaba tan enganchada que, si se ralentizaba demasiado, me saltaba con
lo que me imaginaba que debía ser la siguiente línea.
Y entonces Charlie levantaba la vista y decía:
—No. Pero quizá así sea mejor.
Y entonces me preguntaba si me había dormido en la mesa o algo así.
Porque ningún escritor piensa nunca que lo que escribió otro «podría ser
mejor».
Asombroso.
La rutina fue evolucionando. Trabajábamos toda la mañana y luego, a
primera hora de la tarde, cuando ambos perdíamos fuelle, me iba a la
cafetería del vecindario a dos cuadras, ya sabes, para cambiar de aires y
pasar un rato conmigo y él recibía reuniones y llamadas de una lista de
gente de Hollywood que parecía la lista de invitados a los Oscar.
La mayor parte del tiempo estuvimos sorprendentemente bien. Para
ser un tipo al que no le importaba en absoluto el proyecto en el que
estábamos trabajando, parecía divertirse lo suficiente como para hacerme
pensar si no habría una coincidencia en el diagrama de Venn de nuestras
vidas, el placer de jugar con las palabras.
Puede que el proyecto no importara.
Quizá el acto de escribir era tan divertido que no podía evitar
disfrutarlo.
Yo también estaba disfrutándolo, para ser honesta.
Estar lejos de casa no fue tan duro como me temía.
Para sorpresa de nadie, Salvador nunca consiguió encontrar su propio
sitio y él y Sylvie me llamaban por FaceTime en pijama cada mañana a
primera hora con el Informe de Papá: totales diarios de sodio,
actualizaciones de las reposiciones, pruebas visuales de las tablas de
colores y pegatinas fielmente rellenadas. Salvador llevaba a mi padre al
gimnasio dos veces por semana para hacer pesas y había perfeccionado un
pan artesano bajo en sodio. Salvador también tocaba la guitarra, cosa que
le encantaba a mi padre, así que los tres hacían sesiones nocturnas de
improvisación después de cenar con Sylvie a la voz y la pandereta.
Me vi obligada a admitir, a medida que pasaban los días y seguían
llegando los buenos informes, que dos personas encargándose de todo era
probablemente mejor que una sola. Al parecer, también era más divertido.
Los tres incluso se aventuraron a ir al mercado de agricultores un sábado,
compraron una cesta entera de verduras orgánicas e hicieron pasta
primavera desde cero.
Sylvie nos envió una selfie de grupo sorbiendo linguini en nuestra mesa.
Saber eso me ayudó a preocuparme menos. Un poco. Y cuanto menos
me preocupaba, más me daba cuenta de lo bien que me sentía al no estar
preocupada. Fue sorprendente lo rápido que me adapté a mi nueva vida
de lujo en la mansión de Charlie Yates. Yo estaba bien, ellos estaban bien,
todo el mundo estaba bien.
¿Es difícil adaptarse a eso?
Lo único que echaba de menos al principio era cocinar. A Charlie, cómo
decirlo… no es un amante de la comida.
Mi segundo día allí, me llevé el susto de mi vida cuando abrí la nevera
y no había nada más que… embutidos.
Sí. Bolsas de embutidos desmenuzados del supermercado.
Me apoyé en la puerta abierta de la nevera.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, cuando Charlie se asomó.
—¿En la nevera? —preguntó.
—No hay comida —dije.
—Hay —dijo Charlie, acercándose un poco más—. Hay pastrami, carne
en conserva y jamón Selva Negra. —Miró hacia atrás—. Y esas son
aceitunas de cóctel.
—¿No tienes nada más? ¿Eso es todo?
—Hay cerveza en la puerta.
—Pero… —Me quedé mirando toda esa carne—. ¿Qué haces con ella?
—Simplemente me la como —dijo Charlie con naturalidad, como si eso
fuera algo que hiciera la gente.
—¿Sola? —pregunté—. Como, ¿sólo… puñados de carne?
—«Bocados» —corrigió Charlie, como si se sintiera ofendido—.
Aunque, la mayoría de las veces me la como directamente de la bolsa, si te
soy sincero.
—Charlie, esto no puede ser saludable para ti.
—Está bien —dijo Charlie—. Los masai de Kenia vivieron en perfecto
estado de salud durante siglos alimentándose prácticamente solo de carne.
—Pero no «pastrami», ¿verdad?
—Tienes razón.
Una pausa.
—También tengo cereales, por si quieres —ofreció Charlie, señalando
con la cabeza una pequeña despensa que había en un rincón.
—Aunque no tienes leche —dije, comprobando de nuevo la nevera—.
¿Qué le pones?
—Agua —dijo Charlie. Como si eso tuviera sentido.
Incliné la cabeza. Y luego, tratando de sonar como si su estilo de vida
a base de carnes fuera tan válido como cualquier otro, pregunté:
—¿Te importa si yo… compro otros alimentos?
—En absoluto —dijo Charlie.
—Cocino mucho en casa —dije entonces, aun intentando normalizarlo.
Charlie asintió.
—Así que probablemente me haré la cena por las noches.
Charlie se encogió de hombros, como si eso fuera razonable.
—Y estoy feliz de compartir —añadí—. A menos que prefieras tus…
montones de carne.
Y eso se convirtió en otra parte de la rutina, empecé a hacer la cena
todas las noches. Y cada noche, Charlie revoloteaba a mi alrededor,
observándome, como si «una persona haciendo la cena» fuera una
novedad total y se mostraba escéptico, añadiendo comentarios como: «no
te cortes», «una vez vomité después de comer perejil» y «¿estás llorando o
es por las cebollas?»
Luego, cuando la comida estaba lista, preparaba dos sitios en la mesa
de la cocina, junto a la ventana, llenaba vasos de agua helada, decía que sí
a todo lo que le ofrecía y se ponía a masticar, haciendo ruiditos de felicidad
mientras masticaba, tragaba y se servía más, como una persona que…
Bueno, como una persona que ha olvidado la alegría del antiguo ritual
humano de la «cena».
—¡Eres una cocinera increíble! —exclamaba Charlie mientras
masticaba, una y otra vez, como si no pudiera creérselo.
Se sentía bien sorprenderlo.
Me sentí bien haciendo algo que era tan «apreciado». Mi padre y Sylvie
me apreciaban, por supuesto y todos estábamos de acuerdo en que sabía
cocinar. Pero ya estaban demasiado acostumbrados a mí. La emoción había
desaparecido.
Para Charlie, cada bocado era una novedad. Nuevo, asombroso y pura
felicidad gustativa.
Se acostumbró a acompañarme al supermercado por las tardes,
ayudándome a encontrar las cosas que necesitaban las recetas y también a
comprar pequeñas delicias culinarias para Cuthbert, como lechuga y
pimientos, para complementar el heno y los guisantes.
Este Charlie era tan diferente del Charlie que había conocido el primer
día, el que me había llamado aficionada con tanto desdén.
Este Charlie era servicial, ansioso, agradecido y simplemente
divertido. Me hizo pensar en lo agradable que era hacer algo tan cotidiano
como ir al mercado con alguien y comprar alimentos para una comida que
iban a hacer juntos. La compañía y la agradable anticipación. La fácil
camaradería. Las conversaciones casuales sobre cualquier cosa y nada:
canciones en el sistema de altavoces o la psicología de las etiquetas de vino
o el significado social de los Twinkies.
¿Y puedo añadir? Mientras yo preparaba la cena, Charlie se dedicó
encantadora y seriamente al eterno proyecto de intentar que Cuthbert
comiera algo.
Es más fácil decirlo que hacerlo.
—No come desde que perdió a su hermano —explicó Charlie al
principio—. Las cobayas son muy sensibles.
Miré a Cuthbert, encaramado bajo aquella mata de pelo rebelde como
si alguien le hubiera tirado un tupé encima.
—A mí me parece que está bien —dije.
—Debería estar devorando este pimiento —dijo Charlie y entonces
ambos miramos el trozo de pimiento que estaba sin tocar delante de la
nariz de Cuthbert.
Y entonces echaba un vistazo casual una y otra vez para ver a Charlie
cortando el pimiento en forma de estrella, tocando el Canon de Pachelbel
a través del altavoz de su teléfono para que Cuthbert se animara a comer y
cambiando los platos porque aparentemente la textura de Limoges frente
a la de Fiestaware puede afectar a la experiencia gustativa de una cobaya.
«Sensible» se quedaba corto.
A veces escuchaba sus conversaciones a escondidas.
—Sé que lo echas de menos, colega —decía Charlie—. Es duro. Lo
entiendo.
En un día realmente malo, Charlie podía cortar una zanahoria en finas
láminas en un rallador y darle forma de flor de zanahoria al estilo origami.
O tararear Bohemian Rhapsody a capela mientras esperaba a que
empezaran los mordiscos. O ambas cosas.
—Tienes una gran voz —le dije a Charlie.
Charlie se encogió de hombros.
—Le encanta Freddie Mercury.
No quiero parecer insensible, pero en un momento dado le dije a
Charlie:
—¿No comerá si tiene suficiente hambre?
Charlie sacudió la cabeza, como si fuera un «error común».
—Si pasa mucho tiempo sin comer, su salud puede empezar a venirse
abajo y lo que pasa con las cobayas es que son animales de presa. Así que
cuando enferman, lo ocultan. Porque los más débiles de la manada son
siempre los primeros en ser eliminados.
—Cuthbert —dije, en tono de afectuosa reprimenda—, nadie en esta
habitación será eliminado.
Ambos miramos a Cuthbert. Entonces Charlie dijo:
—No creo que se lo crea.

Una noche, cuando llevaba aquí más de dos semanas y me sentía muy
a gusto, Charlie y yo acabábamos de volver de otra excursión al mercado,
oímos los agudos pitidos de la puerta de Charlie al desactivarse y luego
una voz de mujer que decía:
—¿Charlie?
Yo le pasaba a Charlie latas de tomate triturado para que las apilara en
un estante alto de la despensa, pero en cuanto sonó su voz, Charlie me
agarró del brazo y me arrastró con él.
Luego cerró la puerta de un tirón hasta que el cerrojo se enganchó en
el pestillo.
—¿Qué estás? —empecé a decir.
Pero Charlie sacudió la cabeza como un loco y se llevó un dedo a los
labios.
No era un espacio grande. Estábamos estrechamente acorralados por
estantes de comida, con solo un centímetro de espacio entre nuestros
cuerpos. Lo que me hizo de pronto exquisitamente consciente de la energía
electromagnética que rodeaba el cuerpo de Charlie… y consciente de que
Charlie también era repentinamente consciente de la mía.
Cambié a un susurro.
—¿Por qué nos escondemos en la despensa?
—Es Margaux —susurró Charlie.
—¿Quién es Margaux?
—Mi exesposa.
Por supuesto. Margaux. Habían sido una pareja poderosa durante un
breve periodo de tiempo, el año en que la película de él, «Cuarenta millas
hasta el infierno» y el documental de ella, «Las mujeres no tienen gracia»,
que no era más que una hora y media de mujeres haciendo comedia stand-
up desternillantes sobre el tema, arrasaron en el circuito de premios.
De hecho, había leído algunos artículos sobre ella a lo largo de los años.
Mi gran conclusión y por favor, no se alarmen, fue que a ella y estas son
sus palabras, «no le gustaba la ficción».
Te daré un minuto.
A esta señora, que estaba casada con uno de los escritores de ficción
más célebres del mundo, «no le gustaba la ficción». Si no recuerdo mal,
decía que: «No le gustaban las historias de ficción porque no eran reales».
Uno de los artículos, de hecho, terminaba con su pregunta retórica: «Todo
es inventado. Todo es falso. ¿Qué importancia puede tener?»
Así que, sí. Ese matrimonio probablemente estaba condenado desde el
primer día.
No sé si hacen banderas rojas más grandes que eso.
De todos modos, ahora estaba aquí. En la casa de Charlie.
—¿Qué hace aquí? —le pregunté. ¿No estaban divorciados?
—Ha venido a recoger a Cuthbert —respondió Charlie.
—¿Simplemente entra en tu casa? —le pregunté.
—Todavía tiene el código.
Eso planteaba más preguntas de las que respondía, pero bueno.
—Pensé que ustedes no eran cercanos.
—No lo somos.
A continuación, Charlie oyó un sonido que yo no oí y se irguió más,
con los ojos muy abiertos, como «oh, Dios, viene hacia aquí».
Efectivamente, cuando me callé, pudimos oírla. Debía de estar
hablando con alguien por teléfono.
—Su auto está aquí —decía—, pero no contesta.
Luego volvió a llamar:
—¿Charlie? ¿Estás en casa?
Miré a Charlie como «tal vez deberíamos entregarnos».
Y me miró como «nunca te rindas».
Oí cómo su exesposa dejaba caer las llaves sobre la encimera de la
cocina y luego se alejaba hacia otra parte de la casa.
Cuando su voz se apagó, susurré:
—Quizá deberíamos escapar.
—¿A dónde? —susurró Charlie—. Volverá en cualquier momento.
—¡Mándale un mensaje! Dile que has salido.
—¿Simplemente enviarle un mensaje al azar con mi paradero? —dijo
Charlie—. «Nunca» le mando mensajes.
—Estás diciendo que recibirá un mensaje tuyo y pensará: «Qué
gracioso. Nunca me manda mensajes. ¿Debe estar escondido en la
despensa?»
—Solo digo que es raro.
—¡Todo esto es raro!
Charlie capituló y buscó su teléfono en el bolsillo, pero después de
rebuscar un minuto, sacudió la cabeza.
—¿Qué?
—No lo tengo conmigo.
Fue entonces cuando oímos volver a la ex.
—Definitivamente me está evitando —decía. Luego, una pausa—. Pero
es extraño. La casa es un desastre. Hay cosas por toda la mesa del
comedor… como si estuviera escribiendo otra vez y platos en el fregadero
y… uf… una caja de Twinkies. ¿Cómo se supone que va a estar sano si
come como un niño de primaria? —Otra pausa. Luego—. Ni siquiera
parecen sus cosas, honestamente. Hay un «ramo de flores» en la mesa de
la cocina.
Charlie y yo nos sostuvimos la mirada y la respiración, unidos en el
acto de ocultarnos, mientras escuchábamos el sonido de las llaves cuando
las recogió de la encimera y luego sus pasos alejándose.
En cuanto oímos el portazo detrás de ella, salimos de la despensa al
mismo tiempo como broncos a la carrera, demasiado deprisa para el bien
de nadie y no sé exactamente cómo ocurrió, pero de algún modo me las
arreglé para tropezar con una bolsa de la compra que había volcado en el
suelo, justo al otro lado de la puerta, creo que con un pie enredado «en»
ella y el otro pisándola, justo cuando Charlie se volvió para hacerme una
pregunta que ahora se perderá para siempre en la historia.
Esto es lo que recuerdo: Charlie dándose la vuelta, justo cuando sentí
como si alguien me hubiera atado los cordones de los zapatos… y salí
disparada hacia su pecho, haciéndolo caer hacia atrás.
Y entonces caímos al suelo.
Bastante fuerte, también.
Sentí que mi rodilla golpeaba las baldosas como un martillo justo
cuando Charlie aterrizaba con una serie de «ay» y golpes.
Luego se puso de lado y se apoyó la mano en el coxis, gruñendo de
miseria.
Había aterrizado con la cara en su axila, así que me levanté y me
acerqué para verle la cara.
—¿Estás bien? —pregunté.
La cara de Charlie estaba roja ahora y su yugular estaba como
ensanchada y todo lo que podía decir era —jodeeeeeeeeer eso duele.
—Oh, Dios. Lo siento mucho. ¿Te has dado en el coxis? Me pasó una
vez en las Chicas exploradoras. Por cierto, este suelo tampoco es blando.
No cede en absoluto. —Golpeé el suelo para confirmarlo—. ¿Crees que se
ha quebrado?
—¿El suelo? —graznó Charlie, como si yo estuviera loca.
—¡Tu coxis! —dije, como si estuviera más loco—. ¿Debería llevarte al
hospital? ¿Qué hacen para un coxis roto… no? No pueden enyesarlo
exactamente.
Charlie había vuelto a gruñir.
—Hielo —decidí entonces y corrí hacia el congelador, volviendo con
una bolsa de verduras congeladas y apretándola contra el trasero de
Charlie.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Charlie.
—Mueve… la mano —le dije.
—¿Estás intentando ponerme guisantes congelados en el culo?
—«Son verduras mixtas en juliana» —le dije, como «le ruego me
perdone».
—Quítamelas —dijo agarrando la bolsa.
—¡Tenemos que enfriar la zona! —insistí.
—Emma… basta. Estoy bien.
—No suenas bien.
En ese momento, estábamos luchando por acceder al trasero de Charlie
e intenté arrebatarle la bolsa justo cuando tuvo la brillante idea de darse la
vuelta para bloquearme. Lo siguiente que recuerdo es que conseguimos
romper la bolsa, esparcimos verduras en juliana por el suelo de la cocina y,
en la pelea, supongo que mi codo cedió porque me desplomé encima de
él… otra vez.
Después de eso, esperamos un segundo, cara a cara, con las miradas
fijas, las respiraciones entremezcladas y las expresiones perfectamente
emparejadas, como «¿esto acabara de ocurrir… otra vez?»
Entonces Charlie rompió el silencio.
—Hiciste todo esto a propósito, ¿verdad?
«¿A propósito?»
—No, yo… —Miré a mi alrededor—. Tropecé con una bolsa del
supermercado.
La señalé, como prueba, pero Charlie ni siquiera miró.
Seguía encima de él, con el brazo inmovilizado bajo su costado. Charlie
cerró los ojos. Luego los abrió y miró directamente a los míos.
—O quizá solo querías demostrar que no hay nada romántico en que
la gente se caiga una encima de otra.
Parpadeé.
—No tengo que demostrarlo. Es empíricamente cierto. No hace falta
demostrarlo.
Pero en cuanto lo dije, en ese instante, me di cuenta de todo el contacto
físico que habíamos tenido el uno con el otro y de que seguía tumbada
encima de él. De repente pensé en lo que debía sentir él con mi cuerpo
encima del suyo y en que, aparte de las partidas de Twister o los accidentes
de esquí, no había demasiadas situaciones en la vida cotidiana en las que
la gente se tumbara una encima de la otra sin motivo.
En cualquier otra situación, sería una algo muy diferente.
Y una vez que pensé en «eso», no pude evitarlo.
Y si estaba leyendo bien la situación Charlie, de repente, también
estaba pensando en «eso».
Las preguntas empezaron a titilar en mi cerebro como estrellas. ¿Se ha
quedado la habitación muy quieta? ¿Dejó de escocerme la rodilla raspada?
¿Tener nuestras caras tan cerca provocaba algún tipo de reacción química
en mi cuerpo? Y, quizá lo más importante: ¿Tenía Charlie Yates las
pestañas más espesas y exuberantes que jamás había visto en un hombre?
¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Espera.
¿En qué estaba pensando?
¿De verdad había estado insistiendo todo este tiempo en que no había
nada ni remotamente romántico en que dos personas cayeran al azar una
encima de la otra?
Porque esto estaba «funcionando».
¿Acababa de demostrar que me equivocaba? ¿Delante del gran Charlie
Yates?
Esto no iba a acabar bien.
Y entonces mi extraño corazón aprovechó ese momento para volver a
hacer de las suyas.
—¿Eres tú o soy yo? —pregunté.
—¿Qué? —preguntó Charlie.
—El golpeteo.
—No estoy golpeteando —dijo Charlie.
Le puse la mano en el pecho.
—Sí, lo haces. —Luego, para ser justos, cambié al mío—. Pero estoy
golpeteando peor.
¿Por qué sigue ocurriendo esto?
Por un segundo, me quedé atrapada en la cuestión científica de todo
aquello… pero entonces bajé la vista para ver a Charlie sacudiendo la
cabeza como si yo fuera la persona más exasperante de la tierra.
—¿Emma? —dijo.
—¿Qué? —pregunté, como si pudiera ser algo importante.
—¿Puedes soltarme ya?
¡Oh, Dios! ¡Su coxis roto! ¿Qué estaba «haciendo»?
Pero antes de que pudiera levantarme, desde el otro lado de la cocina,
oímos un sonido que nos inmovilizó un poco más. Una voz de mujer como
la de una maestra irritada, exigente:
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Y en el segundo que siguió, que me parecieron diez horas, ni siquiera
necesité ver la expresión irónica de «muchas gracias por este momento» en
el rostro de Charlie para saber que se trataba, por supuesto, de su esposa.
Lo siento, «exesposa».
Mientras Charlie y yo nos levantábamos, Charlie ya «no» se agarraba
el coxis, ella nos miraba con los brazos cruzados, como si acabara de
descubrir a un par de adolescentes traviesos.
—¿Qué haces? —le preguntó.
Ya conocía su cara, por supuesto. La había visto en muchas fotos en la
alfombra roja con Charlie, siempre vestida de negro y con unos tacones
sobrehumanos, aunque ella ya era alta de por sí, los dos sonriendo como si
nada, ni siquiera una diferencia de altura insalvable, pudiera asustarlos.
Con el pelo liso y oscuro peinado hacia atrás en un moño bajo, siempre
estaba, como en este momento, alta, sofisticada y elegante como un visón.
Lo contrario de mí, es lo que estoy diciendo.
No soy bajita, pero desde luego no soy alta y probablemente se te
ocurrirían mil palabras para definirme antes de llegar a «sofisticada». Y si
había algo que nunca sería, era «elegante». Mis rizos se encargarían de ello.
—Solo estábamos… —Charlie me miró—. Investigando.
Se cruzó de brazos y miró el desparrame de verduras.
—¿Así es como lo llaman?
¿Qué era esa expresión en la cara de Charlie? No la había visto antes.
¿Estaba avergonzado? ¿Se sentía culpable? Algo estaba pasando entre estos
dos que no podía leer.
La exesposa me miró y se tocó la clavícula.
—Soy Margaux —dijo, como si eso lo explicara todo.
—Yo —empecé a decir.
Pero Charlie intervino.
—Es solo una escritora. Ha venido a… escribir.
Eh. Eso me dolió un poco. «Solo una escritora».
Margaux ladeó la cabeza, como diciendo «si tú lo dices». Entonces:
—Se suponía que íbamos a cenar cuando viniera a buscar a Cuthbert
esta noche, Charlie. ¿Se te olvidó?
—Por supuesto que no —dijo Charlie.
«Hum», pensé. Se suponía que «nosotros» íbamos a cenar esta noche.
¿De qué estaba hablando Charlie?
—Estábamos terminando —le explicó Charlie a Margaux, como si
hubiéramos estado trabajando para hacer algo importante.
Margaux asintió, con una vibración como si dijera «lo dejaré pasar».
Luego miró a Charlie de arriba abajo.
—Ya llegamos tarde —dijo entonces—, así que…
—De acuerdo —dijo Charlie. Luego me miró como si se hubiera
olvidado de que estaba aquí—. Probablemente necesites ponerte en
marcha. Sé que tu auto tenía ese… ese… pinchazo. ¿Por qué no te llevas mi
Blazer y lo traes para… nuestro día de trabajo mañana?
Supongo que le ocultaríamos a la ex lo de vivir juntos.
—Puedo coger un Uber —dije.
—No —saltó Charlie, extrañamente ansioso por deshacerse de mí—. El
Blazer es más rápido.
—De acuerdo, entonces —dije.
¿Por qué me sentía tan rechazada? Charlie tenía derecho a salir a cenar
con su exesposa. No era como si tuviéramos planes reales. Simplemente
estábamos comiendo juntos por defecto. Y, desde luego, no tenía por qué
contarle todos los detalles de su vida y quizá yo era uno de esos detalles en
los que no le apetecía entrar. Eso estaba bien. Era justo y técnicamente ni
siquiera había dicho nada malo de mí.
Solo «era» una escritora.
Eso es exactamente lo que era.
Entonces, ¿por qué me decepcionó tanto que «me echaran» para que
Charlie pudiera salir por la ciudad con esa mujer alta, delgada, de pelo liso,
con una pedicura perfecta y una manicura a juego?
Ah, bueno. Podría pensar en eso más tarde.
Estaban esperando a que me fuera.
—Dejaré aquí la mayor parte de mi material —dije, intentando no
sobreactuar mi parte—. Ya que volveremos a escribir más cuando
regrese… mañana. —Era un diálogo terrible.
—Las llaves están en la mesa del recibidor —dijo Charlie.
Lo sabía, pero dije:
—Ah —como si fuera una novedad. Luego saludé vagamente en su
dirección, como imaginaba que lo haría alguien que de repente «no» era la
chica no elegida y dije—: ¡Hasta luego! —con una alegría tan forzada que
accidentalmente añadí un matiz de loca.
Salí hacia el auto antes de darme cuenta de que me había olvidado el
bolso, así que di media vuelta y volví a la casa. Estaba a punto de cogerlo
de la mesa del comedor cuando oí a Charlie y a la aterradora Margaux, que
seguían en la cocina. Hablando de mí.
Y escucha esto, Margaux estaba presionando una bolsa de maíz
congelado en el coxis de Charlie.
Y Charlie no se resistía.
Supongo que estaba bien con las verduras congeladas de su esposa.
Exesposa.
—Eso fue definitivamente más que una investigación —decía
Margaux, con un toque de burla en su voz.
—¿Qué sabes tú de investigación? —dijo Charlie.
—No hace falta ser escritor para leer esa situación.
Charlie puso su mano sobre el maíz congelado para hacerse cargo y
dio un paso atrás para apoyarse contra el mostrador.
—No leas la situación, ¿bien? No leas nada.
—Lo apruebo. Es encantadora. Me encanta ese pelo loco.
—No digas que tiene pelo loco.
—El hecho de que estés tan gruñón me está dando la razón.
—No tienes razón en nada de esto, Margaux.
—Mira, solo digo que está claro que te gusta.
—¡No me «gusta»! —dijo Charlie.
Pero la voz de Margaux goteaba burla.
—¿Estás seguro de eso?
—Se cayó sobre mí, ¿de acuerdo? ¡Sucede! ¡A veces los objetos en el
espacio chocan entre sí!
—¿Alguna vez lo hacen? —dijo Margaux, «deleitándose» con la
insinuación, disfrutando claramente de esto.
—¡Yo no hice nada! —dijo Charlie. Claramente no.
—Te apoyo —dijo Margaux—. Ya es hora de que liberes el fantasma de
nuestra relación.
—No hay ningún fantasma… y no hay nada que apoyar —insistió
Charlie, como si nunca hubiera oído nada más ridículo—. Ella no es nadie.
Solo una escritora. Una escritora fracasada, de hecho. Una persona con un
pasado trágico con la que Logan me pidió que trabajara. Brevemente.
Como un favor personal. No tiene trabajo ni dinero ni absolutamente nada
a su favor. Se irá en cuanto terminemos y no volveré a verla. Así que no
conviertas esto en todo un asunto, ¿bien?
Me quedé muy quieta.
Las palabras eran malas, pero el tono de voz era peor.
Tan desinteresado. Tan carente de calidez. Tan auténticamente
desdeñoso. Como si realmente no hubiera tema menos interesante e
importante que yo.
Ahí había una buena lección de escritura, que ser rechazado es peor
que ser ridiculizado. En otro estado de ánimo, podría haberme parado a
pensarlo, por supuesto que «no importar» es peor. Significa que ni siquiera
has dejado marca. Significa que ni siquiera merece la pena enfadarse por
ti. Significa que «literalmente no eres nadie».
¿Era esto lo que Charlie realmente sentía por mí?
Pensé en el relato de Charlie, en lo bueno que era fingiendo que las
cosas que importaban no importaban.
Sentí la tentación de esperar que estuviera fingiendo.
Pero la cosa era que no lo parecía.
Más importante aún, ¿qué era más probable, que yo fuera importante
para Charlie? ¿O que me involucrara en una compleja gimnasia emocional
para convencerme erróneamente de que lo era? Conectando puntos que no
necesitaban, ni querían, ser conectados.
Después de todo, no era la primera vez que decía estas cosas. Le había
dicho todo esto a Logan cuando llegué aquí. Nada aquí debería ser una
sorpresa, pero eso fue antes de que leyera mis cosas y me pidiera que me
quedara. Antes de que trabajáramos juntos y viviéramos juntos. Antes de
que me reviviera de un desmayo y buscara en Google mi infarto y usara la
palabra «deslumbrante». ¿No había cambiado nada para él? ¿Nada había
cambiado en absoluto?
«Solo una escritora. Una escritora fracasada».
Si estaba actuando, se había equivocado de vocación.
Una cosa era segura. No iba a esperar aquí para averiguarlo.
Capítulo 17
Al día siguiente era, entre otras cosas, mi cumpleaños.
Me desperté sintiendo una profunda nostalgia.
Había conducido hasta medianoche la noche anterior, de esa forma
hostil con la que abrazas tu independencia después de haber sido
rechazada: «Bien. Como quieras. Nunca me importó, de todos modos».
Puse la música demasiado alta. Dejé las ventanillas. Gasté toda la
gasolina de Charlie y no rellené el depósito. Mantuve mi teléfono apagado
para que si Charlie quería encontrarme, estuviera claramente no
disponible.
No lo volví a encender hasta que me metí en la cama.
Y solo para comprobar si había mensajes de Sylvie, de mi padre o de
alguien que me importara de verdad. Aunque me di cuenta
tangencialmente de que tampoco había recibido nada de Charlie.
No es que estuviera mirando.
Era todo tan extraño. Que Charlie dijera esas cosas no debería haberme
escandalizado tanto. Tres semanas atrás ni siquiera conocía a este tipo. Mi
vida había estado bien entonces y para que conste, seguía estando bien
ahora. A grandes rasgos, «mejor que bien», de hecho. Mi padre gozaba de
buena salud. Sylvie estaba cumpliendo con sus deberes respetablemente.
Yo estaba en Los Ángeles viviendo un sueño personal al que nunca pensé
que me acercaría.
Estaba «KILL N IT», como diría la matrícula de Logan.
Como sea.
¡Debería estar agradecida! Debería estar encantada. Debería estar feliz.
Pero cuando la luz de la mañana me miraba estaba todo lo contrario.
Si hubiera estado en casa, me habría levantado temprano y habría ido
a nadar en agua fría. Luego habría vuelto a casa y habría hecho donas de
masa en lata, el plato habitual de nuestra familia en las mañanas de
cumpleaños, con glaseado de chocolate casero y confeti de dulces de
colores. Y mi padre tocaría una versión disparatada del feliz cumpleaños
con un surtido aleatorio de instrumentos extravagantes y luego la
cantaríamos juntos para hacer unas armonías locas e improvisadas.
Como todos los años.
Nada del otro mundo. Solo una forma agradable de empezar un
cumpleaños que nunca había apreciado del todo hasta que estuve sola en
la mansión de Charlie Yates.
Sola y «siendo solo una escritora».
De todos modos, esta mañana no iba a despertar a Charlie para ir a la
piscina. De hecho, había progresado mucho, se sentaba en escalones cada
vez más profundos, hasta que se puso de pie y luego caminó. Eso es lo que
hacía ahora por las mañanas, caminar con el agua hasta la cintura, en la
parte menos profunda, de un borde a otro, de un lado a otro todo el tiempo
hasta que terminaba de dar mis vueltas.
Ni siquiera me importaba que estuviera allí. La mayoría de los días.
Pero hoy no. Hoy, mi regalo para mí misma era un baño matutino sola.
Si él podía tener una cita a solas con su aterradora ex yo podía darme un
baño matutino a solas sin que él me molestara. No se admiten escritores
gruñones, con fobia a la piscina y con el pelo alborotado por las mañanas.

De camino a la piscina, lo primero que noté fue que el granero de


Cuthbert no estaba en la mesa de la cocina. Efectivamente, Margaux se lo
había llevado. Lo que hizo que el día se sintiera aún más triste. Al principio
había sido muy raro que Charlie tuviera una cobaya, pero ahora era aún
más raro que no la tuviera.
Es increíble cómo puede cambiar tu perspectiva.
Lo segundo que noté fue que Charlie no estaba durmiendo hasta tarde,
como había supuesto.
Ya estaba despierto.
Y vestido.
Y en la cocina… cocinando algo.
Llevaba un delantal y estaba calentando aceite para freír en la estufa y
había azúcar en polvo derramada por todo el suelo como si hubiera abierto
la bolsa con los guantes de cocina puestos.
—¿Qué haces? —pregunté, acercándome.
Fue entonces cuando Charlie se giró en mi dirección y me di cuenta de
que llevaba en la mano una lata de masa.
Sabes lo que quiero decir con una «lata de masa», ¿verdad? En realidad
no está en una lata. Está envuelta en un tubo de cartón que se abre con una
cuchara. ¿La has visto? Solo pregunto porque siempre pensé que todo el
mundo la había visto, hasta que vi a Charlie, una lata de masa en una
mano… y «un abrelatas» en la otra.
Un abrelatas empalado en la tapa metálica de la masa.
Cuando Charlie me vio mirando, levantó toda la situación con ambas
manos y la miró también. Luego asintió, como si estuviera totalmente de
acuerdo.
—¿Quién diseñó estas cosas, verdad?
Ladeé la cabeza, como si no pudiera estar viendo lo que estaba viendo.
Las instrucciones estaban «impresas en la etiqueta».
—Puedo quitar las tapas —continuó Charlie, como si estuviera
realmente perplejo—, pero no puedo sacar la masa. —Se volvió para
señalar un mostrador lleno de cadáveres de bollos que había apuñalado
con tenedores y aplastado con pinzas y que yacían mutilados donde los
habían matado.
—¿Eso es masa en la lámpara colgante? —pregunté.
Charlie levantó la vista sombríamente.
—Tuve un problema de apalancamiento.
—Es un problema mayor que el apalancamiento.
—Tiene que haber una manera mejor, ¿verdad? —dijo Charlie, como
una persona que no tenía ni idea de que «sí» había, de hecho,
absolutamente, una forma mucho mejor.
Recordatorio, este hombre había sido portada de Rolling Stone. Dos
veces.
Estaba frunciendo el ceño ante el tubo de masa.
—¿Quizás debería coger un hacha del garaje?
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Charlie hizo una pausa.
—Te estoy haciendo el desayuno.
—¿Por qué?
—Porque es tu cumpleaños.
—¿Cómo sabes eso?
—Tu padre me envió un correo electrónico.
—¿Por qué mi padre tiene tu correo electrónico? —Nadie tenía el
correo electrónico de Charlie. Yo apenas lo tenía.
—Lo obtuvo de Logan —dijo Charlie.
—Pero… ¿por qué?
—Para enviarme esta receta de donas de masa enlatada.
Espera. ¿Mi padre había hecho sentir culpable a Charlie Yates para que
me hiciera donas de cumpleaños? ¿No sabía que era «solo una escritora»?
Sacudí la cabeza.
—Oh, Dios. Lo siento —dije.
Charlie frunció el ceño cuando me acerqué.
—¿Lo sientes? ¿Por qué?
—El tonto de mi padre —dije, con un nudo en la garganta—. No
debería haber hecho eso.
—¿No debería…?
—Te hizo sentir culpable para que me hicieras donas —dije, quitándole
el bote de la mano a Charlie—. Mi padre simplemente… me quiere —dije—
, y asume que todos los demás también.
Tiré las donas a la basura. Un tiro de tres desde el otro lado de la cocina.
—¡Ey! —dijo Charlie—. ¡Estoy haciendo algo aquí!
—No hagas nada —dije—. No tienes que hacerlo.
—Pero compré tres bolsas de azúcar en polvo —dijo Charlie, como si
eso fuera una especie de contrapunto.
Ya me estaba alejando.
—¿Adónde vas? —preguntó Charlie.
Hum… Estaba en traje de baño. Caminando hacia la piscina. Pero
bueno.
—Voy a nadar —dije—. Sola. —Luego eché un vistazo rápido a la
cocina y dije—: Deja todo esto. Lo limpiaré cuando termine.

Charlie no me hizo caso.


Cuando volví, envuelta en mi albornoz con el pelo secado con toalla y
recogido en un moño húmedo y mucho menos fresca de lo que quería estar,
la cocina estaba «peor»: azúcar espolvoreada por toda la encimera, cacao
en polvo por todas partes como si el recipiente hubiera explotado, latas de
masa abiertas y trozos de masa por todas las superficies y restos de humo
en el aire, como si Charlie hubiera prendido fuego a algo.
Pero en la mesita de la cocina, efectivamente, había un plato ordenado
de donas medio hechas. Con velas en ellas.
Misión cumplida.
Cuando Charlie me vio entrar, cogió una caja de fósforos y se lanzó a
encender las velas, pero lo detuve.
—Por favor, dime que no sacaste esa masa del basurero.
—No —dijo Charlie, acercándose a la nevera y abriendo la puerta—.
Compré, como treinta latas.
Por supuesto, en los estantes de la nevera había suficientes latas de
masa como para alimentarnos a base de donas posiblemente para siempre.
—¿No te dije que no lo hicieras? —le pregunté.
Charlie hizo una pausa y estudió mi rostro.
—No pareces muy contenta. ¿Cuál es el problema? ¿Odias en secreto
las donas pero no te atreves a decírselo a tu padre y ahora se ha convertido
en todo un asunto?
—Me encantan las donas —dije negando con la cabeza.
—¿Son los «cumpleaños» lo que odias, entonces?
—También me encantan los cumpleaños.
—¿Qué está pasando?
—Yo sólo… —¿Qué decir?—. Creo que deberíamos ponernos a
trabajar.
Oh, Dios, ¿estaban mis ojos llenándose de lágrimas? ¿Porque Charlie
Yates me llamó «nadie»? Eso no podía estar bien. Tenía que estar nostálgica
o cansada o tal vez sintiendo las emociones que todos sentimos cuando
cumplimos un año más y nos enfrentamos a la implacable marcha del
tiempo y a la inevitabilidad de la muerte. ¿O no? Tenía que ser el llanto
normal de un cumpleaños. ¿No lloraba todo el mundo involuntariamente
en su cumpleaños?
Necesitaba recomponerme.
Me giré para alejarme, pero Charlie me agarró de la muñeca y me
detuvo.
—Eh —dijo.
Levanté la vista para intentar escurrir las lágrimas.
—¿Esto es por? —empezó a decir, pero luego cambió de idea—. Esto
no podría ser sobre… conocer a Margaux ayer. ¿Verdad?
—Creo que añoro mi casa —dije, intentando manipularnos a los dos.
Pero Charlie siguió, por si acaso.
—Porque eso no fue una cita ni nada. Fue una reunión. Me obliga a
hacerlas cada pocos meses porque lamenta cómo me dejó… no «que» me
dejara, sino el momento y no confía en que me cuide y no vuelva a
enfermar… lo cual es justo. Aparece y me saca a rastras, nos sentamos a la
mesa y me interroga para evaluar hasta qué punto… me cuido… si es que
lo hago. Saca hojas de cálculo con estadísticas sanitarias y confirma que he
acudido a todas mis citas. Nada de eso tiene que ver conmigo. Se trata de
ella, de su culpa… y de intentar encontrar una forma de sentirse mejor con
sus decisiones. Odio ir. Temo ir. Mi exesposa y el hecho de que me enfermé
son las dos últimas cosas en las que quiero pensar.
»¿Pero sabes qué? —continuó Charlie—. Ayer, por primera vez, no me
dio miedo. —Sacudió la cabeza con asombro, como si me estuviera
diciendo algo imposible. Luego dijo—: Me olvidé por completo de lo que
estaba pasando. Estaba pasando el rato contigo, paseando por la tienda de
comestibles y burlándome de ti por no haber comido nunca tarta de Frito…
y luego estábamos guardando las conservas en la despensa de esa forma
tan cómoda y normal y yo estaba… no sé. ¿Feliz? Creo que estaba feliz.
Entonces ella apareció como la peor aguafiestas de todos los aguafiestas.
«Por eso» te metí en la despensa. «Por eso» me escondí. Cuando volvió y
nos encontró y fingí que eras una compañera de trabajo cualquiera… fue
solo porque no quería que lo que siento por ti y lo que siento por ella se
mezclaran. ¿Tiene sentido?
No estaba segura. ¿Tiene sentido?
Charlie asintió, como si no entenderlo fuera válido.
—No sé cómo explicarlo, pero una cosa es segura. No te estoy haciendo
donas de cumpleaños porque tu padre me haya hecho sentir culpable. Te
estoy haciendo donas porque estoy agradecido de que estés aquí… por lo
que sea que estés haciendo en mi vida y realmente quiero que tengas un
feliz cumpleaños.
Uf. Una de esas inoportunas lágrimas mías se derramó.
Y Charlie, como un reflejo, levantó la mano y la limpió. Como harías
por alguien que te importa.
—Además —dijo Charlie—, quemé cien donas antes de encontrarle el
truco a esto, así que estas pequeñas son realmente un milagro.
Le dediqué a Charlie la sonrisa vacilante que se produce cuando
intentas cambiar de engranaje emocional.
Algo me hacía temblar. Tal vez que no era solo una escritora para él o
que se alegraba de tenerme en su vida o que le estaba haciendo cosas, igual
que él me las hacía a mí.
—Tienes que comerte una —dijo entonces Charlie, pasándome el brazo
por los hombros y girándonos a los dos hacia los donas que nos
esperaban—. Tantas donas enlatadas dieron su vida por este momento.
Y ahora sonreí de verdad. A pesar de mí misma.
Me senté a la mesa y dejé que Charlie me cantara una versión
desafinada de feliz Cumpleaños y soplé las velas, pero no fue hasta que le
di un mordisco cortés a una de las donas que me sentí realmente mejor…
Porque esa dona… estaba «buena».
—Charlie, está perfecta —dije con la boca llena, moviendo la cabeza
con incredulidad.
No mentía. El exterior estaba crujiente y el interior esponjoso. Era la
mezcla perfecta de masudo y aceitoso, suave y crujiente, dulce azucarado
y panoso.
Fue como tomar un bocado literal de consuelo.
—¿Lo está? —preguntó Charlie.
—¿Cómo la hiciste? —pregunté.
Charlie parecía tan sorprendido como yo.
—Tu padre dijo que era fácil y después de quinientos intentos, lo fue.
—Lo lograste —dije, tomando otro bocado.
Charlie se sentó derecho y me miró masticar, como si estuviera muy
orgulloso de sí mismo.
—Esto es lo primero que he cocinado desde cero.
Incliné la cabeza.
—Eso no es lo que significa «desde cero», pero lo dejaré pasar.
—Ahora tienes que cocinar esto para mí en mi cumpleaños —dijo
Charlie.
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —pregunté.
—Octubre —dijo Charlie.
Me encogí de hombros.
—Para entonces ya me habré ido.
Charlie asintió, como si fuera un buen argumento. Me miró un
momento y luego, como si estuviera haciendo una sugerencia, dijo:
—Me curaré del cáncer antes de que te vayas.
Intenté comprenderlo.
—¿Te curarás del cáncer? ¿Antes de que me vaya?
—Unos días antes de que te vayas es el quinto aniversario de mi último
tratamiento —dijo Charlie—. Y es entonces cuando puedo decir,
oficialmente, que estoy curado.
—Oh —dije, asintiendo. No me había dado cuenta de que aún no
estaba curado. Cinco años es mucho tiempo.
—Mejor que un cumpleaños, de verdad —continuó Charlie—. Cada
vez que voy a una revisión, sigo esperando malas noticias… que ha hecho
metástasis, que ha vuelto de alguna manera, pero sigo estando bien.
Parecía imposible que estuviera enfermo entonces y ahora parece
imposible que esté bien. Por eso vino Margaux… para asegurarse de que
no me perdía la última revisión.
—No lo harás, ¿verdad?
Sacudió la cabeza.
—No lo haré. Estoy preparado. He estado pensando en cómo
celebrarlo. Algunas personas toman vacaciones o plantan un árbol. Un tipo
que conozco se hizo un tatuaje. Me preguntaba si debería hacer algo
realmente salvaje. Saltar desde un acantilado o correr con toros o bucear en
una jaula entre tiburones.
—Son muchas opciones.
Me miró a los ojos.
—Pero ahora me pregunto si tal vez solo quiero pasar el rato aquí y
comer donas caseras.
¿Seguíamos hablando de donas? Algo en la forma en que me miraba
me hacía pensar que se refería a otra cosa.
—¡Oh, Dios! —dijo Charlie entonces—. ¡Olvidé la crema batida!
Cogió una lata de Reddi-wip de la nevera y la agitó mientras volvía a
la mesa.
—Tu padre dijo que esto era esencial.
Le quitó la tapa y acercó la boquilla de la lata al plato de donas.
—No es para eso —le dije.
Charlie hizo una pausa y levantó la vista.
Me levanté y cogí la lata. Luego me eché un chorro de crema batida en
el dorso de la mano y dejé la lata en el suelo.
—Es para hacer esto —dije y levanté la mano con la crema batida justo
cuando me golpeaba la muñeca con la otra. La porción de crema se elevó
en el aire, abrí la boca, me coloqué debajo de ella y la atrapé cuando volvía
a bajar.
Por un segundo, lo juro, Charlie me miró como si yo fuera la mujer más
increíble que jamás haya existido.
Y yo estaba de acuerdo.
Luego cogió la lata de la mesa e imitó lo que yo acababa de hacer, lanzó
la crema batida sin problemas, pero se le fue de las manos y, en lugar de
bajar, se estrelló contra el techo.
—Más suave —dije.
Volvió a intentarlo y esta vez consiguió un buen arco, pero la crema no
le llegó a la boca, sino a la mejilla. Se la limpió y se lamió el dedo.
—Mantén los ojos en la crema en todo momento —dije, sonando como
una entrenadora—. ¡«Sé» la cuchara!
Charlie lo intentó de nuevo y volvió a fallar, golpeó el suelo, el
mostrador, el tablero de la mesa y, de alguna manera, la ventana antes de
acercarse de nuevo a su cara.
Hice algunas demostraciones más:
—Todo está en la sincronización —dije—. Tan pronto como se lanza,
debes estar en movimiento para buscar la mejor posición. ¡La cabeza hacia
atrás! ¡Sin miedo! Eres un campeón.
Cuando Charlie por fin consiguió uno, estaba tan emocionado que me
abrazó y luego se ofreció a echarme un poco directamente de la lata en la
boca.
Una oferta que acepté amablemente.
Estábamos pegajosos, el suelo estaba pegajoso, incluso el techo estaba
pegajoso, pero ya lo limpiaríamos todo más tarde. De repente, la vida
parecía imposiblemente brillante, el tipo de vida brillante que parece que
va a seguir así para siempre.
Era mi primer cumpleaños fuera de casa. Charlie me había hecho
donas porque «estaba agradecido de que estuviera aquí». Estaba casi
oficialmente curado y estábamos cubiertos de crema batida y estas donas
eran mucho más deliciosas de lo que tenía derecho a ser cualquier cosa
cocinada por un hombre que pensaba que las latas de masa se abrían con
un abrelatas y allí mismo, en un momento de ebullición, sin ninguna
sensación de que pudiera llegar a arrepentirme, dije:
—¿Por qué no cocinamos algo especial?
—¿Especial, por qué?
—Tu aniversario sin cáncer. ¿Por qué no hago una gran cena para
celebrarlo y comemos donas de postre?
Charlie recogió su dona a medio comer para brindar.
—Es una cita —dijo.
Así que hice chocar mi dona a medio comer con la suya y le dije:
—Es una cita.
Capítulo 18
Después de cuatro semanas viviendo con Charlie, día tras día, tuve que
hacerlo oficial: lo estábamos haciendo bien.
Lo estábamos haciendo bien al escribir juntos y vivir juntos.
Teniendo en cuenta cómo empezó todo, podría haber esperado que
todo el proceso de reescritura fuera un sinfín de enfrentamientos,
discusiones e insultos mutuos. Charlie podría haber optado fácilmente por
ofenderse porque una don nadie le dijera lo que tenía que hacer. Podría
haberse mantenido firme y luchar contra mí en cada cosa.
Y sin embargo, no lo hizo.
Me había preparado para un campo de batalla y de alguna manera,
acabamos en un campo de margaritas. Haciendo un picnic.
Elaboré muchas teorías para explicarlo. Tal vez Charlie comprendió
realmente que su versión del guion era mala. Quizá le había gustado de
verdad mi sinceridad cuando lo hice trizas. Tal vez me estaba diciendo la
verdad cuando dijo que le gustaba cómo escribía. Tal vez su ego no era tan
inmutable como todo el mundo decía.
Quizá me había enamorado perdidamente de sus escritos por alguna
razón. Tal vez compartiéramos algún tipo de ritmo lingüístico esencial,
alguna perspectiva cómica o algún marco moral que hacía que fuera más
fácil ser amigos que enemigos.
O puede que a los dos nos gustara escribir exactamente igual.
Tal vez escribir era nuestro lenguaje de amor compartido.
Hay un chiste que dice: a los escritores no les gusta escribir, les gusta
haber «escrito» y eso debe ser cierto para algunos escritores, pero no era
cierto ni para Charlie ni para mí. Nos gustaba el proceso. Nos gustaban las
palabras. Nos gustaba jugar y probar cosas. Nos gustaban las sílabas, las
consonantes y la síncopa. Nos gustaba decidir entre guiones y comas. Nos
gustaba saber adónde tenía que ir la historia y ayudarle a llegar hasta allí.
No era fácil, exactamente, pero era divertido.
Era un trabajo que parecía un juego.
Todo esto viene a cuento de un día, cuando deberíamos haber estado
escribiendo, Charlie quiso llevarme a un mercado de agricultores de
Mulholland Drive y me juró que sin duda conseguiríamos trabajar
hablando de la historia sin parar de ida y vuelta y le creí. Eso fue
absolutamente lo que hicimos.
Excepto que nunca llegamos al mercado de agricultores.
La carretera era sinuosa e impresionante, construida en los años veinte
como ruta panorámica y repleta de entradas ocultas de personajes
mundialmente famosos y Charlie parecía más que encantado de recorrerla
con las ventanillas bajadas, los protectores solares puestos y la radio a todo
volumen con música de los años setenta.
Yo, en cambio, estaba aterrorizada.
No sabía quién había diseñado esta carretera, pero debió de ser antes
de que se inventara la seguridad. «O los arcenes». La carretera serpenteaba
entre un valle escarpado por un lado y un cañón bajo por el otro y solo en
los puntos más peligrosos había barandillas. Una y otra vez, tomamos
curvas en las que el borde de la carretera besaba desniveles de treinta
metros. Empecé a jadear y a hacer muecas de dolor.
A medida que avanzábamos por los dos estrechos carriles, me
mareaba. Las subidas, las bajadas, los vaivenes. Era demasiado para mi
oído interno. Charlie conducía sin miedo, con una mano sobre el volante,
como si así condujera todo el tiempo.
Lo que supongo que hacía.
Cuando Charlie echó un vistazo y me vio apoyarme en la puerta,
asustado, me dijo:
—¿No te gustan las colinas de Hollywood?
—Vengo de un pueblo con cota cero —dije.
—No te preocupes. Conduzco aquí todo el tiempo.
—¿Por qué no hay más… barandillas?
Ante la pregunta, Charlie escudriñó la carretera y se fijó por primera
vez en su muy débiles barandillas.
—La gente tiene cuidado, supongo —dijo en un tono como «hum».
Tomábamos una curva y veíamos un profundo barranco a la derecha,
luego tomábamos la curva hacia el otro lado y veíamos el valle de Los
Ángeles a la izquierda. Me apoyé en el salpicadero y pisé una y otra vez
un pedal de freno inexistente.
—Eres una pasajera terrible —dijo Charlie.
—Soy una buena pasajera —dije—. En una carretera normal.
—Intenta disfrutar de la vista. Acabamos de pasar la casa de Jack
Nicholson.
—Lo disfrutaré más tarde. Después de que hayamos sobrevivido.
—¿Quieres saber por qué no deberías preocuparte ahora?
—¿Por qué?
—Porque lo malo que te preocupa nunca es lo malo que ocurre.
Lo estoy asimilando.
—Siempre es otra cosa mala que no te esperas. ¿Cierto? Así que el
hecho de que te preocupe que nos vayamos a precipitar a la muerte desde
el arcén de esta carretera significa que en su lugar habrá un terremoto o un
ataque de drones o nos toparemos a Godzilla.
—Así que estás diciendo que algo terrible es un hecho.
Charlie se encogió de hombros.
—El pesimismo siempre es una apuesta segura.
Estaba a punto de rebatirlo cuando, justo en ese momento, un gato
naranja salió a toda velocidad de unos arbustos bajos al borde de la
autopista y atravesó la carretera delante de nosotros.
Estábamos bordeando una sección del camino que tenía una colina
empinada a nuestra izquierda y, cómo decirlo, «nada a la derecha». Solo
una carretera curva sin arcén que caía tan dramáticamente en un cañón que
no se podía ver ningún borde en absoluto.
Con solo una barandilla de aluminio irrisoriamente baja para
protegernos.
El gato cayó de la nada desde la ladera, cruzó la carretera y desapareció
bajo la barandilla. Charlie pisó el freno, pero el gato desapareció en un
instante antes de que pudiéramos siquiera exhalar, fue entonces cuando,
desde el mismo lugar exacto en los mismos arbustos bajos, saltó otro
animal mucho más grande.
Al principio pensé que era un perro. Era del tamaño de un labrador
amarillo.
Pero no era un labrador amarillo.
Charlie pisó el freno de verdad esta vez, lo suficiente para que me
golpeara contra el cinturón de seguridad como si me hubieran golpeado
con una tabla.
Y entonces empezó el caos.
El segundo animal desapareció tan rápido como el primero, pero era
mucho más grande, rápido y estaba más cerca, si Charlie no hubiera pisado
el freno, seguro que lo habríamos atropellado.
Quién sabe, atropellarlo podría haber sido peor.
Pero esto fue bastante malo, de cualquier manera.
Estábamos en una curva tan cerrada que frenar en seco hizo que las
ruedas traseras patinaran y entonces todo el pesado Blazer de los setenta
empezó a girar a trescientos sesenta grados sobre el asfalto como si
estuviéramos en una atracción de feria.
La peor atracción de feria de la historia.
Recuerdo a Charlie y a mí, ambos gritando, mientras el mundo fuera
del auto se difuminaba tras las ventanillas y Charlie giraba
desesperadamente el volante para intentar recuperar la tracción. Recuerdo
el chillido exacto de los neumáticos sobre el asfalto y no sé si fue la
maniobra de Charlie o simplemente un accidente de la física, pero cuando
el auto se enderezó, me di cuenta de que ahora nos tambaleábamos hacia
la barandilla.
La mísera barandilla de unos sesenta centímetros de altura,
definitivamente no reglamentaria.
Que era lo único que se interponía entre nosotros y un profundo
barranco que caía hacia la nada pasado el borde de la carretera.
Todo desapareció excepto la propia barandilla y parecía más que venía
hacia nosotros que al revés.
Y entonces chocamos. Las ruedas delanteras cruzaron la línea blanca
pintada en el borde de la carretera de frente como una línea de meta, justo
cuando el frente del Blazer golpeó la barandilla metálica con crujidos
impíos y gemidos profundos como truenos al doblarse el metal por la
fuerza de nuestro impacto.
El eje delantero del Blazer pasó completamente por encima del borde
de una berma de tierra antes de que nos detuviéramos.
E inmediatamente me sentí fatal por haber subestimado a esa pobre
barandilla.
Nos detuvo. Dios la bendiga, nos detuvo.
Destrozamos por completo dos de los postes al pasar por ellos, pero la
franja horizontal nos agarró como un bozal y no nos soltó.
En el silencio que siguió, con el viento silbando a través del eje debajo
de nosotros, me hice una idea de nuestra posición: los neumáticos traseros
estaban todavía en la carretera, el chasis del Blazer estaba descansando en
la berma y las dos ruedas delanteras estaban completamente por encima
del borde.
Delante de nosotros y a nuestro alrededor, solo había un inmenso cielo
vacío, con un valle que no podía ver realmente y no me atrevía a ver hacia
abajo.
Como apunte, mencionaré que la vista del cielo era impresionante, azul
eléctrico con nubes blancas punteadas.
—¿Eso acaba de pasar? —susurré en voz alta.
—Supongo que la buena noticia es —dijo Charlie—, que no golpeamos
al perro.
—Eso no era un perro, Charlie —dije.
—¿No lo era? —dijo Charlie—. Pensé que era un gran danés o tal vez
un ciervo.
—Tenía demasiada forma de «puma» para ser un ciervo.
—¿Un puma? Es una locura.
—¡Tú fuiste quien me habló de los pumas!
—Sí… pero solo intentaba asustarte.
—Misión cumplida.
En ese momento, el auto se movió un poco.
Los dos nos quedamos paralizados, mirándonos fijamente, como «¿fue
nuestra imaginación?»
Luego, en voz baja, en un susurro, Charlie dijo:
—Creo que debemos estar tambaleándonos sobre el eje.
—Salgamos —le susurré—. ¿Podemos salir?
Casi imperceptiblemente, Charlie negó con la cabeza.
—No hay forma de salir. Tenemos que pedir ayuda.
—¿Dónde está tu teléfono? —susurré.
A cámara lenta, Charlie alargó la mano para sacarlo del bolsillo del
pecho de su Oxford y marcar el 911 y escuché, congelada, mientras él
explicaba con calma todos los detalles al operador.
Después de colgar, Charlie dijo:
—Diez minutos más o menos —dijo en un tono no susurrante que
sospeché que quería indicar de algún modo que estábamos lo bastante bien
como para ir a todo volumen. Luego, como no dije nada, añadió—. Suerte
que estaba la barandilla.
—Charlie —dije, también tomando la decisión de no susurrar, pero no
cien por ciento segura de que la vibración de mis cuerdas vocales no sería
suficiente para cambiar nuestra posición—. Esa cosa podría ceder en
cualquier momento.
—Todo lo que tenemos que hacer —dijo Charlie, manteniendo su voz
tan suave como la leche chocolatada—, es esperar por la ayuda.
Pero fue entonces cuando, como para socavar todos sus esfuerzos,
Charlie tosió.
Y volvió a toser.
No estaba segura de sí la tos estaba sacudiendo el auto o si era solo mi
imaginación, pero le dije:
—No tosas, Charlie.
En respuesta, Charlie volvió a toser.
—Oye —dije—. ¿Estás intentando matarnos?
—Es alergia —dijo Charlie.
—¿A qué eres alérgico? ¿A caer a nuestra muerte?
—No vamos a caer —dijo Charlie, como si estuviera siendo mucho más
ridícula de lo que ya era—. Y no vamos a morir.
Pero en el silencio mientras esperábamos a que volviera a toser, me lo
preguntaba.
Finalmente, dije:
—Tengo la preocupante sensación de que voy a enloquecer.
—¿Enloquecer de una manera «tranquila»? —preguntó Charlie—. ¿O
de una manera que sacuda el auto?
—No está claro —dije—. Pero la espera definitivamente me está
afectando.
Charlie me estudió durante un segundo y entonces dijo, de la nada:
—Mi primer beso fue en séptimo curso. ¿Lo sabías?
Fruncí el ceño, como «¿Cómo iba a saberlo?» Y luego, además, «¿Cómo
es esto relevante?»
—Fue con una amiga de mi hermana, en su fiesta de pijamas de
cumpleaños —dijo y luego en un tono como si solo pronunciar el nombre
conjurara todo un mundo—. Mary Marino. Tenía y lo digo con mucha
reverencia, unas tetas «legendarias».
—¿Por qué estamos hablando de esto?
—Dejó la fiesta —continuó Charlie—, y me pidió que diéramos un
paseo, cosa que hice. Nos dirigimos a un parque vacío, nos sentamos juntos
en un banco y hablamos, pero no tengo ni idea de lo que hablamos. Lo
único que recuerdo es que se inclinaba hacia mí, me miraba y fruncía los
labios. Yo no entendía nada. No dejaba de preguntarme si le molestaban
los frenillos. Al final se volvió hacia mí como si yo fuera el mayor grano en
el culo del mundo y me dijo—: ¿Me vas a besar o no?
—Me encanta esta niña —dije—. Es un modelo para todas nosotras.
—Así que la besé —dijo Charlie—. Y entonces dijo: «¿Eso es todo?» Y
me di cuenta de que estaba decepcionada, pero no tenía ni idea de cómo
hacer algo diferente y mientras pensaba, me dijo que iba a irse y que
esperara diez minutos para que nadie se diera cuenta.
—¿Alguna vez descubriste lo que hiciste mal?
—Creo que la besé como besarías a tu abuela.
—Uf.
—¿Cómo fue tu primer beso? —preguntó Charlie.
—Segundo grado —dije—. El chico de enfrente. Le hice subir conmigo
al estante superior del armario de mi habitación, le di un beso en la mejilla
y luego le pedí que jurara guardar el secreto para siempre.
—¿Y? ¿Guardó el secreto?
—¿Cuenta si lo olvidó por completo?
—De acuerdo. Siguiente pregunta —dijo Charlie—. Pregúntame algo
lo suficientemente interesante para mantenernos distraídos.
Así que le dije:
—Háblame de tu cáncer.
Era una pregunta totalmente inapropiada. Nunca la habría hecho si no
hubiéramos estado a punto de morir.
—Claro —dijo Charlie, extracasual—. ¿Qué quieres saber?
—¿Qué pasó?
—Tenía un bulto en el antebrazo, que me parecía un lugar extraño para
un bulto. Se lo pregunté al médico en una revisión, pero más para
conversar que para otra cosa. Todavía tenía esa cosa a esa edad en la que
te crees invencible, pero solo con fruncir el ceño cuando empezó a mirarlo,
lo supe.
—¿Supiste que tenías cáncer?
—Sí. Aunque soy pesimista, así que tampoco me fiaba de mí mismo.
Siempre empiezo con la muerte en cada situación y trabajo hacia atrás.
—¿Ahora empiezas con la muerte? —pregunté.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estás aquí y vas a estar bien y si tú vas a estar bien, entonces
yo voy a estar bien. Así que ni siquiera me lo pregunto.
—Es la peor lógica que he oído nunca.
—La cuestión es que pensé con seguridad que solo me preocupaba
porque es lo que hago. No porque realmente hubiera algo de lo que
preocuparse.
—¿Pero luego resultó que tenías razón?
Charlie asintió.
—La biopsia resultó maligna. Así que empezar con la muerte resultó
ser el enfoque correcto.
—Pero no has muerto.
—Todavía no. Dame tiempo.
—¿Y fue entonces cuando tu mujer te dejó?
—Sí —dijo Charlie—. El día que recibí los resultados de la biopsia, pero
lo había estado planeando durante semanas, si eso lo hace menos malo.
—¿Planeaba dejarte mientras esperabas los resultados de la biopsia?
—En su defensa, no le dije lo de la biopsia.
—¿No le dijiste nada? ¿Ni siquiera lo del bulto? ¿O que habías ido al
médico?
—Nada —dijo Charlie.
—¿Por qué no?
—Simplemente lo sentí… personal.
—¿Pero una esposa no sería alguien con quien se supone que
compartes cosas personales?
—Eso dice mucho sobre nuestra relación.
—¿No eran cercanos?
—Nuestras vidas no se cruzaron tanto como deberían.
—¿No es ese el punto de estar casado, sin embargo? ¿Para poder
cruzarse?
—Supongo que por eso ya no estamos casados.
—Entonces… —Todavía estaba tratando de entenderlo—. ¿Le dijiste
que tenías cáncer y te dijo que quería el divorcio?
—Más o menos. Pero no en ese orden. Cuando llegó a casa aquella
noche, le dije: «tengo algo que contarte» y me contestó: «yo también tengo
algo que contarte» y luego estuvimos un rato diciendo: «tú primero; no, tú
primero» y finalmente decidimos decir nuestras cosas al mismo tiempo.
Así que dije: «tengo cáncer», justo cuando dijo: «quiero el divorcio».
Tragué saliva.
—Brutal.
—Sí… Intentó retirarlo, pero le dije: «no puedes retirarlo. Ya está ahí
fuera».
—¿Así que… pasaste por todo solo?
—Mi hermana vino a quedarse un par de veces, pero mi padre no está
muy bien de salud y no pudo hacer el viaje. Logan me ayudó. Jack y yo
jugamos mucho a los videojuegos.
—¿Y tu madre?
—Se fue cuando era niño. —Y entonces, como si estuviera atando cabos
por primera vez, frunció el ceño y dijo—: Cuando estaba enfermo, en
realidad.
—Cuando ¿estabas «enfermo»?
—Nunca hablo de eso.
—¿Por qué?
—Porque hace que mi madre parezca tan horrible por lo que hizo, pero
mi padre tampoco era exactamente un sueño.
—No tienes que decírmelo.
Charlie me miró como si estuviera decidiendo.
—Te lo contaré, pero no lo cuentes en una entrevista.
—Nadie me ha pedido entrevistas, Charlie.
Charlie ladeó la cabeza.
—Todavía —dijo. Luego dijo—, tenía ocho años y estaba obsesionado
con Harry Houdini. Había visto esa película sobre él… ya sabes ¿esa en la
que desata todas las cuerdas bajo el agua?
Asentí con la cabeza.
—Mi hermana y yo estábamos haciendo una versión infantil de esa
película con la videocámara de nuestro padre, iba a hacer ese truco y ella
iba a filmarlo. Habíamos estudiado la escena, tomado notas y había
practicado cómo deshacer los nudos como quinientas veces con un
cronómetro. Así que una noche me ató las manos y los pies y me tiré a la
piscina, pero habíamos utilizado la cuerda equivocada, que se hinchó al
mojarse y no pude deshacer los nudos. Mi hermana tenía un cronómetro
y, cuando tardé veinte segundos en salir a la superficie, corrió a buscar a
nuestro padre… pero nuestros padres estaban enzarzados en una pelea
épica, como ocurría a veces y ella no pudo llamar su atención de inmediato.
Cuando nuestro padre me sacó, había inhalado un montón de agua y
estaba histérico.
—Vaya —dije—. No me extraña que no nades.
—Después de unos minutos, estaba bien y me acostaron, pero más
tarde esa noche me desperté y no podía parar de vomitar y resultó que
tenía esta cosa llamada «ahogamiento secundario» en la que tus pulmones
tienen una especie de reacción retardada y tuve que pasar la noche en
cuidados intensivos de pediatría recibiendo fluidos y oxígeno
suplementario, pero la cosa era que mis padres no solo estaban peleando
esa noche. Estaban rompiendo. Mi madre se iba. Así que cuando me
desperté esa noche y solo estaba mi padre, lo supe.
Sentí una oleada de indignación.
—¡Espera! ¿Tu madre dejó a tu padre «la noche que su hijo casi se
ahoga»?
—En su defensa, mi sincronización no fue muy buena.
—Pero… ¿cómo «pudo»? —protesté, como si aquel momento se
hubiera escrito mal y hubiera que revisarlo.
Pero Charlie se estaba dando cuenta de algo más.
—Quizá por eso no quería decirle a Margaux que estaba enfermo. —
Charlie me miró, frunciendo el ceño—. ¿Podría ser eso?
—Hum, sí. ¡Hola! Eso es una tontería subconsciente de libro de texto.
¿No estudiaste psicología en la universidad?
—Entonces —dijo Charlie, todavía encajando las piezas en su sitio—.
Mi madre se fue cuando estaba enfermo y mi mujer se fue cuando estaba
enfermo.
—Pero ahora estás «muriendo» —dije, señalando el valle de abajo con
los ojos—. Y otra mujer en tu vida… —Me señalé a mí misma—. No va a ir
a ninguna parte.
Levanté las cejas, como «¿qué te parece?» Como si rompiendo el
patrón, lo hubiera arreglado.
Pero entonces Charlie dijo:
—Solo porque no puedes salir.
—Eso no lo sabes.
Le di a Charlie un minuto para procesarlo. Hasta ahora había sido una
experiencia cercana a la muerte muy productiva.
Luego, para seguir con las distracciones, dije:
—Yo tampoco tengo mamá.
Charlie me miró a los ojos.
—¿Te dejó?
—Murió —dije—. En el mismo accidente que hirió a mi padre.
—Oh —dijo Charlie entonces, su voz baja y suave como un zumbido—
. Lo siento.
—¿Sabes qué? —le dije—. No pasa nada. Estoy bien. Recuerdo a mi
padre diciendo, una y otra vez en los años después de su muerte, «vamos
a estar bien. Sabemos cómo hacerlo». Y no se equivocaba.
—¿Cómo… llevas el duelo?
—Cómo dejarse llevar.
—Eso no es fácil.
—No. Y lleva mucho tiempo. Mi padre nos seguía prometiendo que el
duelo era un proceso natural… parte del ser humano… y que al final
estaríamos bien. Al principio no le creí, pero tenía razón. Ahora estoy bien.
No me entristece recordarla ahora. La echo de menos, pero de una forma
que no duele. Al final lo consigues.
—Tu padre parece muy sabio.
Asentí con la cabeza, apenas.
—Seguro que me ha tocado la lotería de los padres —luego añadí algo
que nunca había dicho en voz alta, algo que me daba tanto miedo
verbalizar que hacía que mis sentimientos sobre la situación en la que nos
encontrábamos, mirando por encima de un vasto valle bajo nosotros,
sujetos únicamente por una cinta metálica, pareciera casi bonito—. La
acampada fue decisión mía —le confesé entonces a Charlie—. Todos los
demás, incluida mi madre, votaron por ir a la playa.
Capítulo 19
Sentí que el primer camión de bomberos tardó diez horas en llegar,
pero solo fueron diez minutos.
Nada como posarse sobre la muerte inminente para doblar el continuo
espacio-tiempo.
Una vez que llegaron los bomberos, hablaron con nosotros a través de
las ventanas abiertas y nos explicaron que iban a estabilizar el Blazer
colocando cables alrededor del eje de cada rueda trasera y enganchándolo
al motor. Una vez estabilizado, nos prometieron que nos pondrían los
arneses y nos ayudarían a salir.
En general, una vez que los profesionales se hicieron cargo, todo fue
bastante fácil. Después no tuvimos que tomar ninguna decisión. Solo
teníamos que seguir instrucciones.
Lo cual hicimos. Con gratitud.
Minutos después, estábamos fuera del auto, sanos y salvos.
El Blazer estaba bastante ileso, teniendo en cuenta lo sucedido, pero un
chofer lo llevó a un taller de chapa y pintura para que lo revisaran. La
policía nos llevó a la comisaría, donde pudimos llamar a alguien para que
nos recogiera.
Una vez que oficialmente no estábamos muertos, sentí una euforia
galopante que me hizo dar las gracias a todo el mundo, estrechar manos y
dar abrazos.
Sucedió. Vivimos. Y ahora teníamos una historia que contar.
Pero Charlie no se recuperó tan rápido.
En el auto había estado muy simpático, intentando tranquilizarme,
pero una vez que nos rescataron, se quedó callado y con el ceño fruncido y
no quería hablar. Estuvo así toda la tarde, después de llegar a casa y
durante toda la cena.
Siguió tosiendo después de eso, también, como si fuera su nueva cosa.
Lo cual se sentía un poco terco.
Todo lo que quería era sentirme mejor y todo lo que Charlie quería,
aparentemente, era sentirse peor.
Seguí intentando hablar y bromear y celebrar el hecho de que no
habíamos muerto.
Estaba segura de que se había olvidado de que nos habíamos apuntado
para investigar una clase de baile en línea al otro lado de la ciudad esta
noche y, en su estado de ánimo actual, no estaba segura de cómo
recordárselo.
Finalmente, decidí fingir que todos estábamos de acuerdo.
—Vamos —le dije a Charlie después de cenar.
Charlie estaba recogiendo los platos de la mesa. Leyó mi lenguaje
corporal.
—¿Adónde vamos?
—Esta noche hay clase de baile en línea —dije.
—¿Clases de baile en línea?
—Para el guion.
Pero Charlie negó con la cabeza.
—No —dijo.
—Sí —respondí—. Lo puse en el calendario digital.
—No vamos a ir a la clase de baile en línea esta noche —dijo Charlie.
—¿Por qué no?
—¡Porque casi morimos hoy!
—Sí, bien —dije—. Pero no lo hicimos y no es tan fácil encontrar clases
de baile en línea por aquí.
Esperé a que Charlie capitulara, pero no lo hizo.
Así que añadí:
—Y empieza dentro de una hora, así que probablemente ya
deberíamos habernos ido.
Me di un golpecito en la muñeca para enfatizar la presión del tiempo.
Pero Charlie no se dejó llevar por mi ímpetu. Me miró.
—No voy a ir a clase de baile en línea —dijo Charlie.
Maldita sea.
—¿Por qué no? —le pregunté. Error táctico clásico: darle la
oportunidad de consolidar su objeción.
Pero no lo cogió.
—Porque sí.
—¿Por qué estás tan enfadado ahora?
—¡Porque casi te mato hoy!
—¡Eso no es culpa mía!
—¡Tú no eres la persona con la que estoy enfadada!
—Mira —le dije—. Se acabó. Vivimos. Celebremos y vayamos a bailar.
—No voy a ninguna parte.
—¿Qué? ¿Nunca más?
—Quiero decir… dame un día o dos.
—Pero la clase es «esta noche».
—No me importa.
—¡Tienes que ir!
—No tengo que hacer nada.
—Pero esa escena del baile en línea apesta.
—Olvidas que este proyecto nunca va a salir.
—Olvidas que prometiste que lo harías bien de todos modos.
—Está bastante bien.
¿De verdad iba a negarse?
Lo señalé con el dedo.
—¿Eres un…? —No pude encontrar el término que necesitaba, así que
tuve que inventarme uno—. «¿Un rompedor de promesas?» ¿Es eso lo que
eres? Dijiste que investigarías.
—Puedo ver videos en Internet para investigar.
—Ver videos no es lo mismo.
—Está bastante cerca.
—¿Por qué luchas contra esto? Te encanta la investigación de
inmersión. Lo has hecho para cada guion que has escrito. ¡Hiciste un viaje
con ganado en Montana para «El último pistolero»! ¡Viviste en un búnker
durante tres meses cuando escribías «Cuarenta kilómetros al infierno»!
Tuviste tantas náuseas entrenando en gravedad cero para «Los
destructores» que vomitaste tres veces.
Charlie parecía impresionado de que supiera todo eso.
—Tres veces «para que sepas».
—¡Ese es exactamente mi punto!
Pero Charlie negó con la cabeza.
—Eso fue diferente.
—¿Por qué?
—Porque esas películas importaban.
Eso dolió, lo admito.
Hubiera esperado un comentario así cuando llegué aquí, pero
habíamos estado trabajando en esto durante semanas. Hablando de estos
personajes como si fueran personas reales. Escribiendo escenas que eran
realmente divertidas. Divirtiéndonos. ¿La escena en la que cae uno sobre
el otro, que habíamos reescrito «después de caer uno sobre el otro» y que
ahora incorporaba verduras congeladas? Puro deleite.
¿No importa el deleite?
Supongo que no.
Suspiré.
—Esto, justo aquí, es por lo que tu guion apesta.
—¿Porque no quiero ir a bailar?
—Porque no crees en el amor.
Charlie soltó una carcajada.
—¿«Crees» en el amor?
—Por supuesto que creo en el amor. Es lo mejor que ha inventado el
ser humano. Hay «libros» sobre eso. —Y luego, como si los libros no fueran
suficientes—. ¡Hay charlas TED!
—Si de verdad crees eso —dijo Charlie—, ¿no deberías estar casada y
tener como diez hijos ahora mismo?
Eso fue muy bajo.
—Tengo que cuidar de mi padre. «No puedo» casarme y tener diez
hijos.
Estaba claro que quería ganar y zanjar el asunto de una vez por todas.
—¿Pero el amor no lo conquista todo? ¿No encuentra el amor un
camino? ¿No deberían aparecer unos animales del bosque de dibujos
animados y ayudarte a encontrar tu «felices para siempre»?
Mis ojos brillaron.
—¡No uses un término romántico contra mí!
—¡Tú fuiste quien me lo enseñó!
—¿De verdad eres tan cínico? —le pregunté—. ¿De verdad crees que
el amor no existe? ¿O solo dices diálogos que suenan bien? Porque si de
verdad crees que el amor es algo que Hallmark se inventó para vender
tarjetas de felicitación, entonces deberíamos quemar este guion ahora
mismo. Lo último que el mundo necesita es otra comedia romántica de
mierda. Producida o no producida.
—Creo que las «hormonas» existen —dijo entonces Charlie—. Y creo
que la bondad existe y el afecto y el altruismo, a veces y el anhelo y creo
que de vez en cuando esas cosas pueden aparecer a la vez y dejarte sin
sentido durante un rato, pero es aleatorio. Es como el tiempo. No es algo a
lo que todos debamos aspirar ni contar con ello. Viene y va, te guste o no.
Y un día le cuentas a tu mujer los resultados de la biopsia y te dice que
quiere el divorcio.
«Uf».
—Así que estás amargado —dije.
—Sí, desde luego, pero también soy realista.
—Y te sientes solo.
—En eso no hay discusión, pero también soy honesto y no voy a salir
ahí fuera a hilar fantasías de algodón de azúcar para gente crédula que no
sabe que la vida no funciona así.
—¿Cómo funciona la vida?
—La gente te quiere un ratito… cuando le conviene… y luego sigue
adelante.
—No todo el mundo es así.
—Pero no hay garantías.
—¡No hay garantías para nada! —le dije—. ¿Prefieres cancelar la
esperanza por completo que arriesgarte a la posibilidad de decepcionarte?
—La «certeza» de estar decepcionado —corrigió Charlie.
Suspiré.
—¿Pero no ves que si decides que es así, entonces no puede ser de otra
manera?
—No hago las reglas.
—Todos hacemos las reglas, todo el tiempo.
—Simplemente no puedo obligarme a creer en una ficción total como
esa.
Me sentí desconcertada.
—Pero eres… «un escritor de ficción».
—No ese tipo de ficción, supongo.
—Entonces deberías escribir otra cosa.
—¡No puedo escribir otra cosa! No puedo escribir nada en absoluto.
—Ese es tu problema, justo ahí.
—No me digas cuál es mi problema.
—«Tu problema» —le dije—, es que no puedes decir no a todo —
proseguí—… y decir sí al mismo tiempo. No puedes anular una emoción
sin anularlas todas. No puedes… «odiar el amor» sin odiar también todos
los demás sentimientos. Las historias existen por «las emociones que
crean»… y no puedes escribirlas si no las sientes. Este guion es una
oportunidad para ti. Puedes hacer que «cualquier» cosa sea buena —casi
estaba suplicando ahora—… pero no puedes hacer que sea buena si no
crees en ella. No puedes dar vida a esta historia sin dar vida a ti mismo.
Esta era mi oferta. Esta era mi oportunidad.
Pero fallé.
Charlie se negó a entender lo que quería decir. Su respuesta solo
desprendía desdén.
—¿Y quieres que cobre vida «bailando»?
¿Por qué era tan difícil contrarrestar el desprecio?
Solo sabía que ese había sido mi mejor y más sincero argumento.
Si Charlie no podía oír «eso», entonces no había nada más que decir.
—Bien —dije, miré hacia abajo y suspiré.
Charlie me observaba.
—No tienes que ir —le dije—. Puedes quedarte aquí y… hacer lo que
sea que hagas en esta gran mansión solo. Pero «yo» iré. —Y luego, en la
remota posibilidad de que eso lo hiciera un poco infeliz, agregué—. Me
voy. Y quizá encuentre a un vaquero de un metro noventa… con una
hebilla de herradura en el cinturón y uno de esos mentones cuadrados
perfectos con un pequeño hoyuelo… y lo deje invitarme a cervezas toda la
noche. Puede que incluso tenga un gran y loco bigote a lo Sam Elliott y
todo un trágico pasado lleno de sinsabores y que los dos nos consolemos
mutuamente toda la noche hasta que salga el sol.
Extrañamente, funcionó.
Los ojos de Charlie se oscurecieron.
—No te atrevas.
—Intenta detenerme —dije, dando zancadas hacia la puerta principal.
Luego, por encima del hombro, cogí un juego de llaves del gancho—. Y
voy a sacar un auto cualquiera de tu garaje y te veré mañana. Quizá.
Pero ni siquiera había llegado a la entrada cuando oí los pasos de
Charlie, rápidos y fuertes. Pasó volando junto a mí, me arrebató las llaves
de la mano y giró sobre sí mismo para lanzarme una mirada triunfante
mientras las alzaba por encima de su cabeza.
Salté hacia ellas pero no pude alcanzarlas.
—Eres un idiota —le dije, cambiando de táctica y dándole con la palma
abierta en el hombro—. ¡Dame las llaves!
Le pegué un par de palmadas más y, como no cedía y los golpes
tampoco me hacían sentir mejor, me rendí.
Saqué mi teléfono en señal de derrota.
—Bien, cogeré un Uber.
Pero fue entonces cuando Charlie bajó el brazo y levanté la vista para
verlo con las llaves en la mano, también derrotado.
—Iré —dijo entonces, con una voz más tranquila que sonaba a
rendición.
Pero el cambio fue tan repentino que tuve que pedir confirmación.
—¿Irás a dónde?
Cerró los ojos como si sellara el destino de ambos y dijo:
—Baile en línea.
Y entonces, antes de que pudiera decidir si debía darle las gracias o
pegarle otra vez, abrió los ojos, se inclinó hacia mí, me señaló y dijo:
—Nada de vaqueros de un metro noventa para ti.
Capítulo 20
El instructor resultó ser un vaquero de un metro noventa.
Cuando Charlie lo vio en el pequeño escenario del fondo del bar con
pantalones Wrangler, botas y un auténtico sombrero Stetson de paja, lo oí
decir en voz alta:
—Oh, Dios. Es un pueblerino.
—No creo que sea un pueblerino —dije—. Una vez me hizo una
proposición un pueblerino en una boda y tenía una vibra muy diferente.
Charlie me miró.
—¿Lo hizo?
—Un padrino —confirmé, con un movimiento de cabeza—. ¿Quieres
saber lo que dijo?
Charlie entornó los ojos.
—¿Quiero?
—Me invitó a su habitación de hotel y me dijo: «rojo en la cabeza…
fuego en la cama».
—Por favor, dime que no funcionó.
Le lancé a Charlie una mirada de «como crees».
—Le dije educadamente: «no, gracias». Y entonces se encogió de
hombros como si yo me lo perdiera y dijo: «te estás perdiendo el viaje de
tu vida».
—Apuesto a que sí —dijo Charlie.
—No en el buen sentido.
—Hay que admirar su optimismo —dijo Charlie.
—También se desmayó en el baño de mujeres esa noche —añadí—. Y
se metió en una pelea a puñetazos en un boliche y le hizo proposiciones a
la madre de la novia.
—«Tienes» experiencia con pueblerinos —dijo Charlie.
Después de registrarnos en la barra, informarnos del mínimo de dos
copas y tomarnos dos chupitos llamados Balas de Plata, nos dirigimos a la
abarrotada pista de baile en línea.
El instructor se preparaba para empezar, trasteando con el equipo de
sonido y vistiendo sus Wrangler que parecían plástico termoencogible.
Si este tipo era un pueblerino, miré alrededor de la sala, al menos todos
estábamos de acuerdo en que era un pueblerino «sexi». Posiblemente un
«pueblerino fuera de combate» estuviera esperando su gran «oportunidad
de bailar». De repente me di cuenta de que podríamos ser «Charlie y yo».
Le di un codazo a Charlie.
—Deberíamos poner a este tipo en las escenas de baile en línea.
Charlie, cuyo rostro estaba ocupado personificando la miseria, dijo:
—Los guionistas no contratan actores para las películas, para eso están
los «agentes de casting».
—Apuesto a que podrías —dije—, si quisieras.
—Este tipo no es un actor —dijo Charlie—. Es de los que se casan con
sus primas.
—Pues, que bien por la endogamia —dije, dejando que mis ojos
volvieran a flotar en dirección al instructor.
—¿Te lo estás comiendo con los ojos? —preguntó Charlie.
Sí. Sí, lo hacía.
—Increíble —dijo Charlie—. ¿No acabamos de acordar «nada de
vaqueros»?
—Mira —dije—. Yo no «pedí» un… —Volví a mirar al instructor como
referencia y me quedé atascada—. Un leñador de dos metros con el culo de
un mariscal de campo que lleva un cinturón con una hebilla de un longhorn
y botas de avestruz, pero sucedió. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Mi opinión de ti está cayendo en picada —dijo Charlie—. ¿«Este» es
tu tipo?
—Tengo muchos tipos, gracias. Vaqueros sexis. Leñadores sexis.
Hombres lobo sexis con pasados trágicos. Fantasmas sexis.
—¿«Fantasmas» sexis?
—Ese es el único tipo de fantasma que me gusta.
—¿Qué pasa con los pueblerinos sexis? —dijo Charlie, inclinando la
cabeza hacia el instructor—. ¿O fumadores de pipa de maíz sexis? ¿O los
que respiran por la boca sexis?
—Ese hombre puede respirar todo lo que quiera —dije.
Pero esto realmente molestaba a Charlie.
—Este tipo —dijo—, no es sexi. Condujo hasta Los Ángeles en un
cortacésped comiendo mantequilla frita y medallones de ardilla.
—No creo que puedas criticar sus elecciones de comida, hombre
pastrami.
—Ten un poco de respeto por ti misma —dijo Charlie.
Volví a mirar los Wrangler.
—Creo que me estoy respetando muy bien.
Fue entonces cuando nuestro instructor, listo por fin, ajustó el
micrófono de sus auriculares y se giró para mirar al público y empezó a
hablar. Resultó que no era un pueblerino en absoluto.
Era italiano.
—«Ciao a tutti» —dijo el instructor.
Charlie y yo nos miramos, como «¡qué!»
Entonces ambos nos asomamos al caballete con el póster de la clase.
Tenía la foto del instructor. Se llamaba Lorenzo Ferrari y era de Venecia,
Italia.
—¿Se ha puesto «más guapo»? —pregunté, mirando a todas las
mujeres de la sala que se hacían la misma pregunta.
—Tienes que estar bromeando —dijo Charlie.
Pero esto realmente fue un cambio de juego. Nuestro instructor no era
un pueblerino. Era un guapísimo italiano de ensueño disfrazado de
pueblerino.
—Bienvenidos —dijo Lorenzo a continuación, con un acento
perfectamente delicioso.
Y entonces, incluso cuando empezó a explicar la clase y cómo
aprenderíamos tres bailes sencillos esta noche, primero haría una
«demostración» y luego pondría la música y lo haríamos de verdad, no
pude concentrarme. Su voz era como un masaje profundo.
¿Había traído a Charlie hasta aquí para demostrarle que bailar no era
sexi?
No se puede ganar por perder, supongo.
Culpo a Italia.
—Intenta concentrarte —dijo Charlie, dándome un golpecito en el
hombro para romper mi trance.
Pero te lo digo, bailar no es tan fácil como parece.
Siempre he albergado la sospecha de que podría ser una experta
bailarina en secreto. No se trataba de «bailar» en sí, sino que, por todos los
movimientos que había hecho en la cocina mientras cocinaba a lo largo de
los años, había albergado la fantasía secreta que quizá, si alguna vez
intentaba bailar de «verdad», nos asombraría a todos.
A los diez minutos de esta oportunidad, rectifiqué.
No era secretamente increíble.
Era terrible.
Necesitaríamos una palabra más humillante para terrible.
Mientras Lorenzo nos guiaba por los pasos del primer baile, yo podía
seguirlo bastante bien siempre que pudiera verlo, pero en cuanto nos
giramos todos para mirar a la siguiente pared, lo que ocurre a menudo en
el baile, me olvidaba de todo. Mi mente se quedaba en blanco. Acababa
torciendo el cuello por encima del hombro para intentar no perderlo de
vista.
Lo que no funcionó demasiado bien.
Me hacía un ovillo, pisaba mis propios pies y chocaba con Charlie. A
veces lo suficientemente fuerte como para hacerlo toser de nuevo.
—No sigas mirando hacia atrás —dijo Charlie.
—Aprendo visualmente.
—Solo mírame. Estoy justo aquí.
—Pero él es el «instructor» —le dije—. Y es italiano.
Estábamos aprendiendo un baile llamado «Canadian Stomp» que
empezó fácil, un toque de talón, un toque de puntera y luego un pisotón
muy satisfactorio, pero que luego derivó en un montón de gracietas que
me desconcertaron. Y también me obligó a reconocer que nunca había
dominado del todo la diferencia entre mi izquierda y mi derecha.
¿Era yo la peor persona de la sala?
Por un kilómetro.
Era como un auto chocador descontrolado, chocando con todo el
mundo, especialmente con Charlie.
Cada vez que chocaba con él, decía:
—Ay.
—Lo siento —le decía y le daba una palmadita en el lugar del impacto.
Lo hacía lo suficientemente mal como para que el propio Lorenzo
acabara bajando del escenario para ayudarme, pero tener esa cara, esos
hombros y esa hebilla de cinturón tan cerca no hizo más que empeorarme.
—Es una rozadura con un cuarto de vuelta en la caja de jazz —dijo
Lorenzo agradablemente, como si estuviera aclarando las cosas.
Tendría que buscar en Google «caja de jazz».
—Mis piernas siguen enredándose —dije.
En ese momento, Lorenzo «¡buen Dios!» me miró las piernas.
Me quedé muy quieta.
Luego me dijo:
—Deberías atarte los cordones. —Con una voz que me hizo estar
segura de que nunca volvería a pensar en los cordones de la misma
manera.
Durante medio segundo, me pregunté si Lorenzo Ferrari, Adonis del
baile, se arrodillaría y me los ataría.
Pero fue entonces cuando miré hacia abajo para darme cuenta de que
Charlie ya estaba allí.
Charlie Yates. Se había arrodillado. Delante de mí. En el suelo de un
bar. Y ahora me estaba haciendo un doble nudo en los cordones de las
zapatillas con un cariño ronco pero inconfundible.
No voy a mentir. Por mucho que nuestro instructor fuera objetiva,
legítima e ineludiblemente sexi y por mucho que yo hubiera disfrutado
burlándome de Charlie por ello… Ni por mucho que mirara a Lorenzo
Ferrari me pasaba ni una fracción de lo que me pasaba viendo a Charlie
Yates atándome los zapatos.
Allí mismo, durante un segundo, sentí como si la música desaparecía,
Lorenzo desaparecía y todos los demás bailarines también, mientras
Charlie me sostenía la mirada y yo se le devolvía, algo sucedía en mi pecho
que era lo contrario de todos los golpes y palpitaciones que mi corazón
había estado dando últimamente.
Algo, en su lugar, que era como… un suspiro.
Como si mi propio corazón dejara escapar un suspiro de «cinco punto
cinco segundos».
Algo que era absoluta e innegablemente romántico.
Aunque lo que hacía era completamente obvio, le dije:
—¿Qué haces?
Esperaba alguna respuesta de desprecio, como: «atarte los zapatos,
tonta». Pero en lugar de eso, dijo:
—Disculpándome.
—¿Por qué?
Ladeó la cabeza en dirección a su casa.
—Por ser un idiota antes.
—¿Te estás disculpando? ¿En un bar de honky-tonk?
Este era el momento que habíamos venido a buscar. Este era el
momento real que daría vida a lo ficticio. Esta era la diferencia entre lo
imaginario y lo real.
Caso cerrado, tendríamos que poner esto en el guion.
Tan pronto como pudiera averiguar cómo explicárselo a Charlie sin
confesar por completo lo que acababa de hacerme.
Mientras Lorenzo se dirigía a la siguiente mujer que quería ayuda,
Charlie se levantó, sacudió la cabeza y me dijo:
—Nudos dobles, no solo orejas de conejo. —Como si siempre me diera
consejos para atarme los zapatos, pero yo nunca le hacía caso.
Se dobló por la cintura y se subió los pantalones para mostrarme sus
propios cordones, con sus propios nudos dobles, como ejemplos a los que
aspirar.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que los dos llevábamos las mismas
zapatillas. Converse negras de caña baja.
—¡Coincidimos! —dije.
—No eres muy observadora —dijo Charlie—. Hemos estado
coincidiendo todo este tiempo.
—¿Ah, sí? —pregunté, sintiéndome absurdamente encantada por
aquel hecho, como si fuera una especie de destino.
Pero entonces una mujer con una blusa de flecos y broches de perlas se
inclinó y nos señaló los pies.
—No se puede girar con ellos —dijo.
Ambos levantamos la vista.
—Las suelas de goma —explicó—. Les torcerán las rodillas.
—¿Necesitamos zapatos diferentes? —le pregunté, extrañamente
consternada ante la perspectiva de que ya no fuéramos a juego.
Pero la mujer negó con la cabeza.
—Corta unos calcetines viejos y póntelos como calentadores.
Me volví hacia Charlie, como «brillante».
—¡Calentadores para zapato! —dije, levantando la mano para chocar
los cinco.
Pero Charlie no chocó los cinco. Se limitó a negar con la cabeza.
—Haré esta investigación —dijo entonces—… y dejaré que te estrelles
contra mí cien veces, veré cómo te comes con los ojos a ese italiano y te haré
un doble nudo en los cordones toda la noche…
Justo entonces, alguien detrás nos empujó el uno contra el otro y los
ojos de Charlie recorrieron mi cara durante un minuto, ajustándose a la
distancia más cercana, antes de terminar:
—Pero nunca —hizo una pausa para enfatizar—… «jamás» me pondré
calentadores en las zapatillas.

A mitad de la lección, Lorenzo nos dio un descanso y Charlie y yo nos


encontramos en el bar.
—Entonces, ¿cuál es el veredicto? —preguntó Charlie—. ¿Lo es?
—¿Es qué? —pregunté.
—¿Es romántico el baile en línea? Ahora que lo estamos haciendo. ¿Lo
es?
—¿Qué te parece? —le pregunté.
—No lo sé. No estoy seguro de saber qué significa esa palabra.
—¿No sabes lo que significa «romántico»? —pregunté—. Sé serio.
—Creo que estoy hablando en serio. Es como si no pudiera recordarlo.
—¿No puedes recordar el «sentimiento del amor»?
—¿Sabes cómo puedes tener una memoria sensorial? Por ejemplo, si
intentas imaginar lo que se siente al meterte una cucharada de helado en
la boca, puedes evocar una experiencia mental de esa sensación.
—Sí.
—¿Puedes hacer eso con el amor?
—¡Claro que puedes!
—Pero… ¿cómo?
¿Era una pregunta de verdad?
—Solo… —¿Cómo lo has hecho?—. Solo piensa en alguien que amas
y… siéntelo.
—¿Qué se siente?
—¿Me estás preguntando cómo se siente el «amor»?
—Solo me pregunto si es lo mismo para ti que para mí.
Parecía serio, como si fuera una pregunta de verdad. Podría haberlo
avergonzado incluso por intentar escribir una comedia romántica «si no
podía recordar cómo se sentía el amor».
Pero decidí volver a ser serios.
Imaginé a mi padre, a Sylvie y a Salvador sentados a la mesa del
comedor, luego me limité a asimilar lo que veía en mi cabeza.
—Se siente cálido —dije, con los ojos cerrados—. Se siente
esperanzador y amable. Resplandeciente. Y relajante. —Y entonces,
sabiendo que existía la posibilidad de que se burlara de mí por hablar «de
corazón» y lo tachara de cliché, seguí adelante y dije—: Es como si tu
corazón brillara.
Porque es verdad. Eso «es» lo que se siente.
A veces los clichés son clichés por una razón.
Esperé a oír algo cínico de él.
Pero cuando abrí los ojos, Charlie negaba con la cabeza.
—No puedo sentir mi corazón.
Y entonces, tal vez porque era la única respuesta que se me ocurrió,
levanté la mano y la apreté contra su pecho.
—¿Puedes sentirlo ahora?
—Sí —dijo Charlie—. Pero no está brillando.
—¿Qué está haciendo? —le pregunté.
Charlie bajó la mirada, como si realmente estuviera pensando.
—¿Sabes cuándo se suicidan los pájaros?
Fruncí el ceño.
—¿No creo… que eso pase?
Charlie se reagrupó.
—Ya sabes. Cuando un pájaro ve su reflejo en una ventana y cree que
es otro pájaro y entonces se lanza en picado contra la ventana una y otra
vez, intentando atacar, ¿hasta que se hiere tanto que muere?
Ah. Hum.
—¿Más o menos?
Charlie asintió.
—Creo que mi corazón está haciendo eso.
Capítulo 21
Es tan humillante admitirlo, pero la tarde siguiente, cuando Charlie
tenía una reunión con la amante para la que estábamos haciendo el guion
y me dijo que me esfumara, no había duda de que estaba extrañamente
celosa.
—¿No puedo quedarme? —pregunté.
—Créeme, no querrás quedarte.
—Eso no lo sabes.
—Esta mujer te comería viva —dijo Charlie.
—No te come vivo.
—No —aceptó Charlie—, pero coquetea conmigo. Lo que es
extrañamente similar.
Entrábamos en nuestra sexta y última semana de escritura, lo que
significaba que solo conocía a Charlie desde hacía cinco. Cinco semanas
insignificantes en toda mi vida. ¿Por qué me molestaba tanto la idea de que
una amante coqueteara con Charlie?
—Me parece que los dos deberíamos estar aquí —dije.
—La cosa es —dijo entonces Charlie—, que hay otro problema.
—¿Qué?
—La amante —dijo Charlie, con un encogimiento de hombros de
disculpa—, resulta que es la madrastra de T.J. Heywood.
Fruncí el ceño.
—¿La amante…?
Charlie asintió.
—Está casada con el padre de T.J. y lo engaña con un ejecutivo de
United Pictures.
Lo asimilé.
—¿La amante es la señora Jablowmie?
—Señora Jablowmie «madrastra» —corrigió Charlie—. No hay
ninguna señora T.J. Jablowmie actual.
—Impactante.
Y entonces no pude evitarlo. Saqué mi teléfono y busqué en Google
«esposa del padre de T.J.» y me salieron mil fotos de una mujer que parecía
estar todavía en el instituto.
—¿Cuántos años tiene? —le pregunté.
—Es más joven que T.J., en realidad. Lo menciona mucho.
—Vaya —dije—. No me extraña que odie a las mujeres.
—¿Lo hace?
—¿No lo hace?
Charlie se lo pensó.
—Sí. Supongo que es cierto.
—Entonces —dije, todavía procesando—… ¿esta adolescente está
casada con el director leyenda y muy de mediana edad Chris Heywood,
pero también se acuesta con este ejecutivo «aún más» de mediana edad que
quiere hacer tu cosa de la mafia… al mismo tiempo?
Charlie asintió.
—Eso es más o menos.
—¿Y a todo el mundo le parece bien?
—Tan bien como se puede en esta ciudad.
Asentí con la cabeza.
—Debe ser grandiosa con las multitareas.
—Así que, es por eso dudé —dijo Charlie—. Es posible que T.J.
aparezca en la reunión.
—Ah —dije. Y de repente, Charlie tenía razón. No necesitaba
quedarme—. ¿Pero por qué tienes que quedar en persona? ¿No puedes
simplemente enviar un correo electrónico?
Charlie se encogió de hombros.
—Quiere venir a mi casa —dijo, como si nada.
Me molestó. Mucho.
—No va a tratar de seducirte, ¿verdad?
—¡Qué! —La sola idea provocó un ataque de tos—. ¡No! —Cuando se
recuperó, Charlie dijo—: Apaga el cerebro y ve a la cafetería. Quizá te
encuentres con Spielberg.
La primera vez que fui, Charlie me había dicho: «este sitio está lleno de
gente de la industria» y cada vez que había ido desde entonces, esperaba
ver a alguien, «a cualquiera».
Se había convertido en una pequeña broma. «¿A quién has visto?»
Decía Charlie cada vez que llegaba a casa.
«Alfred Hitchcock» diría yo. O «Robert Altman». O «Fellini».
Y lo hacíamos tan impasibles que ni siquiera nos reíamos.
En realidad, nunca había visto allí a nadie de la industria y me
preguntaba si Charlie se lo había inventado todo.
Pero resultó que Charlie tenía razón.
Ese día, mientras Charlie se codeaba con la amante, posiblemente
incluso con el propio Teej, yo estaba en la cafetería, trabajando en mi
portátil y devorando tranquilamente un muffin de plátano, quién iba a
entrar sino la reina reinante de toda la gente de la industria… la única e
inimitable Donna Cole.
No estoy bromeando. ¡Donna Cole!
Donna Cole. Directora de «Time of My Life». Y «The Lovers». Y «Can't
Win for Losing».
Donna Cole, cuya cita sabia más famosa, «lo más importante que
puedes aprender a hacer es contar tu propia historia», era la pieza central
de mi tablero de visión en casa. Justo al lado de la icónica foto de su
alfombra roja con un vestido blanco de Wayman + Micah y su afro natural,
alta, atrevida y despampanante, como si fuera la santa patrona de la moda,
la sabiduría y las comedias románticas, todo en uno.
La había amado tanto y tan profundamente, desde lejos.
Y ahora aquí estaba. Cerca.
Muy cerca.
Tan cerca que dejé de respirar al verla y no me acordé de volver a
hacerlo hasta que empecé a sentirme mareada.
Para ser honesta, mi fantasía número uno sobre venir a Los Ángeles
era que podría encontrarme con ella por pura casualidad, sin acosarla,
llegar a charlar agradablemente, darle el discurso de ascensor de «The
Accidental Mermaid» y luego, cuando pareciera intrigada, casualmente
tener una copia en mi bolso.
Esta es una fantasía común para los aspirantes a guionistas que se
encuentran fuera de la industria, toparse por accidente con su Spielberg
personal. Común, pero también imposible. Un momento así no ocurriría
jamás.
Pero… ¿y si así fuera?
No ocurriría. No podría.
Pero eso no significaba que no hubiera llevado una copia de aquel
guion de noventa y tres páginas en la mochila conmigo a todas partes
desde el día en que lo terminé, por si acaso ocurría de todos modos. Como
si las cosas imposibles fueran más que bienvenidas.
En el peor de los casos, había decidido desde el principio, no sería que
yo llevara el guion a todas partes como una loca adicta a la esperanza
durante años sin tener nunca la oportunidad de entregarlo. En el peor de
los casos, «me encontraría con Donna Cole» y no llevaría el guion conmigo
porque me había rendido demasiado pronto…
Y luego perder mi oportunidad.
Mantener la esperanza durante demasiado tiempo era una cosa.
Otra cosa era rendirse demasiado pronto.
Sabes lo que es un discurso de ascensor, ¿verdad? Es la descripción de
una línea de tu guion que preparas por si alguna vez te encuentras con el
director de tus sueños en un ascensor.
No estaba segura si se hacían discursos de ascensor en la actualidad,
en los ascensores o en otro sitio, pero sabía que era fundamental escribirlos.
Y memorizarlos. Había capítulos enteros dedicados a ellos en los libros de
guion.
Quiero decir, «sí» no puedes resumir tu guion, ¿quién demonios
podría?
Este fue mi argumento para «The Accidental Mermaid». Una mujer no
sabe que es una sirena hasta que se cae del barco de su malvado nuevo jefe
y le sale una cola; ahora debe navegar con su nueva identidad, conservar
el trabajo de sus sueños y conseguir que su jefe se enamore de ella antes de
que se acabe el tiempo y sus piernas desaparezcan para siempre.
La verías, ¿verdad? ¿Si pudiera garantizar que ninguna Meryl Streep
sería lastimada?
Y Donna Cole podría hacer esa película «mientras duerme». Ponle a
Jack Stapleton un traje de negocios entallado y ponle una cola a Katie
Palmer y ¡Voilà! Tu próximo éxito veraniego.
En realidad, hoy en día solo las películas de Marvel son éxitos de
taquilla.
Tal vez sea mejor decir: ¡Voilà! Tu próxima comedia de bajo
presupuesto, moderadamente exitosa y con personajes queridos por una
pequeña parte de la población.
No era soñar demasiado, ¿verdad?
Tal vez lo era.
Porque incluso después de toda esa esperanza vigilante, implacable,
casi masoquistamente desquiciada que me había negado a soltar durante
tanto tiempo… ¿el día en que realmente tuve mi oportunidad imposible?
Dejé la mochila en casa de Charlie.
Me obligué a respirar durante cinco segundos.
«Donna Cole».
Estaba aquí. Supongo que lo imposible hizo sus propias reglas.
Había llorado a moco tendido viendo «My Beloved Stranger». Y
prácticamente memoricé «Good as Gone». Y adoré su sexi nueva versión
de «The Best of Things», malditos sean todos esos críticos presumidos.
Y «aquí estaba», en el mundo real. Más baja y, sin embargo, mucho más
alta de lo que jamás había creído posible, de otro mundo y, sin embargo,
totalmente normal, divina y, sin embargo, tan humana, con un vestido de
Dior informal pero elegante y rodeada, por supuesto, de un grupo de gente
importante.
¿Cuál era mi discurso de ascensor? Lo había practicado tanto que
prácticamente lo tenía tatuado en el cerebro.
Rebusqué en mi memoria, pero el discurso simplemente… había
desaparecido.
Es hora de pensar rápido.
Saqué mi teléfono, despacio, vigilando a Donna Cole en todo momento
como un fotógrafo de fauna salvaje podría seguir a un pájaro raro que
podría escaparse volando en cualquier momento.
Yo: ¡Oye!
Le envié un mensaje a Charlie.
Yo: ¿Estás ocupado?
Su respuesta llegó enseguida.
Charlie: ¿Qué pasa?
Yo: Emergencia
Charlie: ¿Qué pasa?
Yo: Necesito mi mochila, ¿puedes traerla? URGENTE.
Charlie: ¿Dónde estás?
Yo: Cafetería
Y luego… nada.
¿Había recibido otra llamada? ¿Perdió el interés? ¿Había sido víctima
del comportamiento depredador de la amante?
¿Había terminado la reunión y ahora venía? ¿O la reunión seguía en
pie, así que debo intentar correr hasta su casa y volver aquí antes de que
Donna Cole se escape?
Cerré el portátil y tapé el bolígrafo y luego vacilé, sin saber qué hacer.
Pasaron los minutos. Donna Cole pidió en el mostrador y se sentó en
una butaca a la vuelta de la esquina.
Pasaron más minutos.
Luego más.
Tal vez Charlie no iba a venir. Quién sabía lo que la amante podría
estar haciéndole ahora.
Me puse de pie. No podía soportarlo. Tenía que hacer algo.
Pero entonces se abrió la puerta de la cafetería y era Charlie. El pelo
alborotado, la camisa desabrochada, mi mochila al hombro, sin aliento
como si hubiera estado corriendo. Recorrió la habitación hasta que me vio
y se acercó corriendo… «corriendo».
—Toma —me dijo, empujándomela—. ¿Tiene… —Sacudió la cabeza—
. un inhalador o algo así? ¿Qué te pasa? ¿Qué necesitas? ¿Estás herida?
Ah. Pensó que estaba teniendo una emergencia «médica».
Uy.
—Nada de eso —dije, agitando las manos para ayudarle a
reagruparse—. Solo tiene mi guion.
Charlie tosió al oír eso.
—¿Tu qué?
—Mi guion de sirenas.
Sacudió la cabeza.
—¿«Esa» es tu emergencia?
—Sí. —Tiré de la cremallera y lo saqué.
—Pensé que estabas —dijo Charlie, todavía respirando con
dificultad—... herida o enferma o algo.
Al pensar en eso, Charlie tosió un poco más.
—Shh —dije, mirando a Donna Cole—. ¿Qué pasa contigo y la tos?
—No lo hago a propósito —dijo Charlie.
—Se siente actuado.
—Lo dice la mujer que acaba de hacerme abandonar mi reunión para
venir corriendo hasta aquí.
Eso se sintió extrañamente conmovedor.
—¿Abandonaste tu reunión?
—Pensé que te estabas muriendo. Te imaginaba como un pez flotando
en tierra firme.
Incliné la cabeza, pensando, «que visión tan rara». Luego dije:
—Estoy bien.
—Claramente.
Volví a mirar a Donna Cole. Podría explicar todo esto más tarde.
Entonces, muy rápido:
—¿Cómo me veo?
Charlie pasó de la perplejidad al desconcierto.
—¿Cómo te «ves»?
Me di una palmada en la cabeza.
—¿Está todo en orden? El pompón, ¿todo en orden?
—Te ves —empezó a decir Charlie, luego alargó la mano para
acomodarme un pequeño rizo detrás de la oreja antes de terminar con un—
, preciosa, la verdad.
—Me conformaré con «no loca». Pero «preciosa, la verdad» también
funciona.
Apunté a la butaca como un héroe de acción. Hora de hacer esto.
—Muchas gracias de nuevo, Charlie —dije, luego, en mi entusiasmo,
accidentalmente reboté sobre mis dedos de los pies y lo besé en la mejilla,
sólo dándome cuenta a mitad de camino a través de la cafetería que podría
no haber sido apropiado—. Lo siento —le dije entonces, dándole un medio
saludo mientras parpadeaba tras de mí—. Fue un accidente.
Y entonces doblé la esquina y aterricé justo en la legendaria presencia
de Donna Cole y una mesa de gente de la industria. ¿Cuándo había
aparecido toda esa gente? La memoria es un poco borrosa, pero Katie
Palmer estaba allí. Y esa chica que protagonizó esa cosa sobre el trapecista.
Y esa actriz que siempre interpretaba a la mejor amiga sabelotodo en todo.
Maldita sea, ¿cómo se llamaba? ¡Me encantaba!
Fue entonces cuando me di cuenta, enclavado entre ellas, de todas las
personas, T.J. Heywood. Gorra de beisbol hacia atrás y todo.
¿Cómo se «atreve» a sentarse en una mesa con mi directora favorita?
Algo en verlo con su gran energía amigable me golpeó con la realidad
como una tabla.
Oh, mierda.
Esto no era una versión fantástica de mi vida. T.J. Heywood ni siquiera
podría tener un pequeño papel en esto. Esto tenía que ser la realidad,
donde T.J. pudiera ir a donde quisiera.
¿Sobre qué podría estar reunido este grupo? ¿Hacer «Torre de Cerveza
parte 3» con todas las mujeres en la playa?
No. Donna Cole «nunca» dejaría que eso pasara.
Pero una cosa estaba clara. Estas personas estaban realmente aquí. En
una mesa juntos. Una mesa en la que T.J. Heywood tenía autorización para
unirse. Y yo no.
Me quedé helada.
Error de cálculo.
Quiero señalar que, a excepción de la gorra de T.J., aquí nadie estaba
haciendo nada malo. Estas personas solo estaban tomando café.
«Yo» era la que no pertenecía.
En ese momento, cambié de perspectiva.
Todo el regocijo que había sentido un segundo antes desapareció al
darme cuenta de que, sí, Donna Cole estaba aquí en esta cafetería y sí, yo
también estaba aquí en esta cafetería, pero no tenía ningún motivo real
para hablar con ella. No tenía ni idea de quién era yo ni le importaría
saberlo, y, al igual que los demás comensales, no tenía ningún interés en
ser abordada por una escritora triste y desesperada.
Uf. ¿Quién se creía que era esa patética escritora?
¿No es famosa la anécdota de una Amy Poehler embarazada de nueve
meses que se quedó dormida en el metro y se despertó con un guion no
solicitado en la barriga?
Oh, Dios. ¿Era yo esa persona del metro?
No podía ser esa persona del metro.
Pero tampoco podía dejar que Donna Cole saliera de mi vida.
Hubo un incómodo periodo de gracia mientras toda la mesa ignoraba
a la figura que estaba de pie a su lado con un guion en la mano. Un
momento en el que debería haber dado un giro de ciento ochenta grados
sobre mis talones y haber escapado.
Pero esto es cierto, mis pies no se podían mover. Era como si los
hubieran soldado al suelo con un soplete.
Entonces, expiró el periodo de gracia. La conversación se detuvo. Y
este auténtico autobús de la realeza de Hollywood se giró hacia mí y
esperó, como un coro silencioso de «¿quién demonios eres tú?»
Una humillación ardiente que empezaba en mis pies llenaba mi
cuerpo. Mi ropa estaba caliente. Mi cuello se humedeció.
Es hora de decir algo, lo que sea.
—Siento mucho interrumpir —dije.
Entonces vacilé al vislumbrar fugazmente la expresión de Donna Cole,
tal vez mejor descrita como «¿en serio? ¿Qué demonios?» Y vi a Katie
Palmer con una similar. Y luego vi que T.J. se permitía una pequeña sonrisa
triunfal, anticipando lo satisfactoriamente que este momento iba a
confirmar cada pensamiento mezquino que tenía.
No había más salida que continuar. Seguí adelante.
—Solo quería…
¿Pero qué quería hacer? ¿Imponerle a Donna Cole mi guion no
deseado? ¿Suplicarle que me quisiera? ¿Echarme a llorar? ¿Disolverme en
humo de vergüenza? «¿Perecer?»
—Solo quería —lo intenté de nuevo. Entonces—… Realmente no
quería…
—¿Necesitas algo? —preguntó Donna Cole.
Oh, Dios. Oh, Dios. ¿En qué estaba pensando al venir aquí? La
humillación me atenazaba el cuello. Mis pulmones se marchitaron.
«¡Cancela! ¡Cancela!»
Tenía tantas ganas de darme la vuelta y salir corriendo de allí, dejando
tras de mí solo un rastro de vergüenza, pero mis pies seguían sin moverse
y me estaba preguntando si mi única opción era tirarme al suelo y salir
arrastrándome sobre manos y rodillas… cuando la mirada de Donna Cole
se desvió hacia un lado y su rostro se dibujó en una sonrisa.
Me giré y allí estaba Charlie con las manos en los bolsillos, el pelo
apuntando en diez direcciones distintas, con un comportamiento de «no
me digas», pero sonriendo a lo grande, como si supiera exactamente lo
guapo que era.
—¡Charlie! —dijo Donna Cole, poniéndose de pie y extendiendo las
manos para un abrazo.
—Donna —dijo Charlie, inclinándose para besar sus dos mejillas—.
Radiante como siempre.
—¿Verdad que sí? —dijo ella, encogiéndose de hombros con placer. Lo
contempló—. Estás adorable.
Charlie asintió.
—He empezado a bailar.
—Me encanta —dijo. Luego, inclinándose más, dijo—: ¿Qué estás
escribiendo estos días?
—Estoy escribiendo una comedia romántica —anunció Charlie, alto y
orgulloso.
—¡Qué! —jadeó Donna Cole, sorpresa total con un toque de placer.
Charlie asintió con la cabeza para confirmarlo. Y entonces, Dios lo
bendiga, me tiró hacia él, puso su brazo sólido, de «nada puede volver a
hacerte daño», sobre mis hombros y dijo:
—Bajo su tutela.
«Charlie, podría besarte». Espera, ups. Ya lo hice.
Sentí que todas las miradas se dirigían hacia mí, ahora bajo la leal
protección del brazo de Charlie Yates.
—Pero —continuó Charlie—, supongo que ya se conocen.
Donna Cole me miró con ojos nuevos.
—Solo estábamos… conociéndonos.
—¡Genial! —dijo Charlie, haciendo que todo saliera bien con su gran
energía de «todos somos gente impresionante aquí»—. Emma Wheeler, te
presento a la legendaria Donna Cole. Donna Cole, te presento a mi nueva
escritora favorita, Emma Wheeler.
Donna Cole ladeó la cabeza.
—Tu nueva escritora favorita, ¿eh?
No miré a Jablowmie para ver su reacción ante aquella declaración.
Charlie le hizo un gesto con la ceja levantada a Donna Cole, como «es
mejor que lo creas». Luego dijo, como si no fuera una opinión, sino un
hecho:
—Es buena.
Donna Cole miró a un lado y a otro entre nosotros.
—¿Lo es?
Otro asentimiento de Charlie. Luego,
—Como no he visto en… —Se detuvo y pensó un segundo—. No. Así
es. Como no he visto.
Donna Cole me miró, como «que interesante». Luego se acercó y
palmeó el asiento de al lado.
—Únete a nosotros.
—No —dijo Charlie, apretándome más fuerte—. Es mía hoy, pero
Logan Scott puede arreglarte una cita.
Donna Cole entrecerró los ojos en señal de aprobación.
—Es bueno saberlo.
—De todos modos —dijo Charlie, mirando alrededor de la mesa—. Me
alegro de verlos a todos.
Y entonces ocurrió algo curioso, T.J. se levantó, claramente queriendo
enfatizar su condición de «otro único hombre del grupo», se inclinó sobre
la mesa en un arrebato para chocar los puños, pero perdió el equilibrio y
se convirtió en algo que Charlie tuvo que esquivar.
Cuando el puño se dirigía hacia su cara, Charlie se apartó bruscamente
hacia un lado y acabó golpeándose la frente contra mi pómulo.
No tan fuerte, pero sí dolió.
Hice una especie de ruido «oh» y dejé caer la cara sobre las manos
cuando Charlie se volvió hacia mí.
—Guau… guau… guau… ¿Estás bien?
Charlie se asomaba ahora, tocando mis manos, empujándolas para que
se movieran y poder ver mejor.
—Estoy bien —dije, con la cabeza gacha—. Estoy bien.
—Muéstrame —dijo Charlie, su voz suave, como si no hubiera nadie
más allí.
Dejé que apartara mis manos para que pudiera acercarse a
inspeccionar mientras T.J., que acababa de empujar y derramar todo el café
sobre la mesa, iba de un lado a otro disculpándose y fregando la mesa con
servilletas de papel.
Cuando terminó la crisis, Charlie hizo su siguiente y último
movimiento. Me quitó el guion de las manos y se lo metió bajo el brazo de
forma posesiva, como si fuera algo precioso y emocionante destinado solo
para él, que llevaba todo el día esperando con agonía para tenerlo en sus
manos.
A continuación, me señaló con impaciencia:
—¿Has dicho esa cosa rápida que querías decir?
La pregunta era como telepatía. Entendí exactamente lo que Charlie
me estaba diciendo. De repente supe que «no» estaba bien entregarle a
Donna Cole un guion de la nada, pero que estaba totalmente bien, de
hecho, extremadamente bien, decirle que me encantaba su trabajo. Más
tarde, le daría las gracias a Charlie cientos de veces por ayudarme a
encontrar mi voz en ese momento.
Por supuesto, por supuesto, tenía mucho sentido.
Tu primer encuentro con alguien nunca debe ser una «petición». Debe
ser un «dar».
No había mucho que pudiera darle a Donna Cole excepto admiración.
Pero yo la tenía a raudales. La miré a los ojos.
—Solo quería decirte que soy una fan descontrolada y adoradora de tu
trabajo —luego añadí—, la escena del sándwich de mantequilla de maní en
«Los amantes» es lo mejor que me he visto.
Tenía razón. Donna sonrió. Su primera sonrisa real, no relacionada con
Charlie, en todo este tiempo.
Y entonces, cuando Charlie empezó a alejarnos, Donna puso su mano
en mi brazo.
—¿Te quedas un segundo?
Miré a Charlie, como «¿te importa?»
Y asintió con la cabeza, como «adelante». Luego miró hacia la mesa y
dijo:
—Estaré esperando allí.
«Toma eso, Hollywood». Yo era alguien a quien Charlie Yates
esperaría.
Donna Cole esperó hasta que Charlie estuvo fuera del alcance del oído
y luego dijo:
—Una pregunta rápida.
Asentí con la cabeza.
—Por supuesto. Cualquier cosa.
Luego ladeó la cabeza y dijo:
—¿Charlie Yates está enamorado de ti?
—¡¿Qué?!
Donna Cole solo me miró, como «todos vimos la forma en que tocó tu
pómulo» y esperó.
—¡No! —dije finalmente—. Solo… solo… somos colegas escritores.
Escribiendo… cosas juntos.
Asintió, como si lo hubiera entendido, pero luego dijo:
—Es que nunca lo he visto tocar así a una mujer ni mirar así a una
mujer ni «rescatar» así a una mujer. —Luego lo pensó—. En realidad,
nunca lo he visto rescatar a «nadie» de ninguna manera por ninguna razón.
—No estamos —dije—. Solo estamos…
Donna miró alrededor de la mesa.
—Ya la han oído, amigos. Nada de rumores.
Pero claro, nada crea más rumores que decir «nada de rumores».
A juzgar por la forma en que la mesa me sonreía ahora, ser el rumorado
interés amoroso de Charlie Yates podría no ser algo malo… si no eras
demasiado exigente para que no fuera verdad.
—De acuerdo, entonces —dije—. Bueno. Es un placer conocerte.
Extendió la mano y cogió una de las mías con las suyas.
—En realidad es un placer conocerte, también —dijo—. Cualquier
amiga de Charlie es realmente amiga mía. —Y luego, antes de soltarme,
me dio un cálido apretón en la mano, me acercó para darme un beso en la
mejilla y susurró—. No le rompas el corazón, ¿bien? Es mucho más dulce
de lo que parece.
Capítulo 22
—¿En qué… —Quiso saber Charlie en el camino de vuelta a casa—.
Estabas pensando? —Iba delante de mí, respondiendo asombrado a sus
preguntas—. ¿Qué demonios estaba pasando allí?
No sabía qué contestar.
—Donna Cole —prosiguió—, es brillante, consumada, está en lo más
alto de su carrera y además no se lo pensará dos veces antes de arrancarte
el corazón palpitante y estrujarlo como una esponja delante de ti antes de
que mueras.
—¿En serio? —le dije. Siempre había parecido tan comprensiva en la
foto de la alfombra roja de mi pizarra de visiones.
—La verdad es que no, pero tampoco es alguien con quien jugar.
—No estaba jugando.
—¿No estabas jugando? —desafió Charlie, aminorando la marcha para
dejarme alcanzarlo—. Te acercaste allí por capricho, manuscrito en mano,
sin plan, sin estrategia, sin premeditación y sin saber que T.J. Heywood
Jablowmie Tercero podría estar sentado en su mesa, luego te quedaste a su
lado como una acosadora lunática, ¿y eso «no fue» estar jugando?
Al final, estábamos cara a cara.
—Pareces un poco enfadado conmigo —le dije.
Charlie ladeó la cabeza como si no se hubiera dado cuenta. Luego
empezó a caminar de nuevo.
—Supongo que estoy algo enfadado contigo.
—Intentaba aprovechar el momento —dije.
—Así no se aprovecha el momento —dijo Charlie.
—Así no es como «tú» aprovechas el momento —le respondí.
—No puedes abordar a Donna Cole en una cafetería, Emma. Así no es
cómo funciona.
—No podía no hacer nada —dije.
—Sí, podías.
—Tenía que intentarlo —dije.
—Pero no se hace así.
—No es como se hace «para ti» —dije—. Eres famoso, apuesto y
querido.
—¿Acabas de llamarme «apuesto»?
—La cuestión es que ahora mismo hay gente paseando por esta ciudad
con camisetas con tus diálogos. Tienes directores rogándote por guiones.
Donna Cole se ilumina como una marquesina cuando te ve. Estás forrado
de dinero… y lo has estado desde el principio. ¿Sabes lo afortunado que
eres de que un guion que escribiste en «la universidad» despegara? ¿O que
«Los destructores» te catapultara al estrellato de guionista? ¡Nadie lo tiene
tan fácil! Eres un maldito unicornio. No jugamos con las mismas reglas. No
puedo hacer que mi gente llame a la gente de otros y decir c'est la vie si no
funciona. Nada ha sido fácil para mí. Tengo que esforzarme. Tengo que
sacar algo de cada oportunidad.
—Pero tú no.
—¿Disculpa?
—Conseguiste las prácticas en Warner Bros. y ni siquiera fuiste.
—No fui porque no quisiera ir —dije—. No podía ir. Porque justo
después de ganar nos enteramos de que mi padre necesitaba otra operación
que nadie había visto venir y no había nadie más para cuidarlo.
Charlie bajó la mirada y pude ver cómo se arrepentía de las
suposiciones que había hecho sobre mí. Deseé poder enviar un pequeño
fragmento de ese momento a la yo de semanas atrás, recién llegada a Los
Ángeles, atrapada en el auto de Charlie Yates mientras me reprendía por
no desear el éxito lo suficiente.
—Ah —dijo Charlie, humillado de una manera satisfactoria—. No lo
sabía.
—Por supuesto que no. ¿Cómo ibas a saberlo? Estabas demasiado
ocupado metiendo premios en ese cajón tuyo.
Charlie me miró.
—La cuestión es que lo has tenido demasiado fácil. Oí que una vez
atendiste una llamada en el escenario… en una ceremonia de premios…
¡mientras recibías un premio!
—Fue una llamada muy importante.
Lo fulminé con la mirada.
—También fue un accidente —dijo Charlie—. Me dejé el timbre
encendido.
—¡Pero «respondiste»!
Dio un medio encogimiento de hombros, como «punto justo».
—Eso podría haber sido una decisión cuestionable.
—Claro que lo fue y ni siquiera me sorprendió. Porque vi esa entrevista
que te hizo Terry Gross en el Kennedy Center en la que estuviste bebiendo
un batido todo el rato.
—¿Debería haberme quedado con hambre?
—¡Deberías haber respetado al público! Y a Terry Gross, para el caso.
—Le ofrecí un sorbo —dijo Charlie.
Solté un gruñido de frustración.
—¡El público pensó que era divertido! Y también Terry Gross, por
cierto. Puedes salirte con la tuya si todo el mundo ya ha decidido que le
gustas. A la gente le encanta que rompas las reglas.
—Todo lo que estás diciendo está validando mi punto.
Charlie decidió volver al tema.
—Lo que no entiendo de toda esa debacle de Donna Cole es por qué
no me pediste que te presentara.
Hice una pausa.
Ahora Charlie tenía que escuchar «mi» silencio.
Nunca se me había ocurrido esa idea.
Finalmente, dije:
—No sabía que fuera una opción.
—¿Por qué no sería una opción? —preguntó Charlie.
—Supongo que estoy acostumbrada… a hacer las cosas sola.
—Pero no estás sola —dijo Charlie.
Me encogí de hombros.
—Quizá no aquí y ahora, pero en general, en la vida, sí.
—Tienes a tu padre —dijo Charlie.
—Mi padre no es escritor.
—La cuestión es que yo estaba allí mismo.
Parecía algo tan extraño por lo que estar irritado.
—Mira —le dije—, solo espero que no me despidas antes de que
terminemos de reescribir el guion que sigues insistiendo que no importa.
Charlie frunció el ceño.
—De todas formas, terminamos la semana que viene —dije entonces.
—¿Crees que terminamos la semana que viene y luego… simplemente
terminamos?
—Por supuesto —dije.
—¿Cómo puedes pensar eso?
—Bueno —dije—, para empezar, te oí en el baño.
Charlie frunció el ceño.
—Signifique lo que signifique, no puede ser bueno.
—El primer día… en el brunch con Logan. A través de ese extraño
lavabo de roca de lava. Dijiste que este guion estaba condenado desde el
principio. Sé lo que pasará una vez que terminemos. Le das la nueva
versión a la amante, ella da luz verde a tu cosa de la mafia, el mundo añade
una película más con mafiosos de los setenta en pantalones de campana al
panteón y yo cojo el tren expreso de vuelta a la oscuridad.
Charlie frunció el ceño, como si no estuviera seguro de qué parte de
todo aquello objetar. Finalmente, dijo:
—Escuchaste eso… ¿pero te quedaste, de todas formas?
—Sí.
—Pero… ¿por qué?
Me encogí de hombros. No había otra respuesta.
—Porque simplemente… te amo.
«¡Oh, Dios! ¡Eso salió mal!»
—¡No a «ti»! —corregí rápidamente, mi voz cabeceando de pánico—.
No tú, como «tú», tú. Me refiero a lo que «escribes». Tú… como lo que
«haces». Tu trabajo. ¡Tus historias! Tu genio. ¡«Tú» no! ¡Obviamente! Por
supuesto. —Y justo ahí, me rendí y dejé caer mi voz en un suspiro de
derrota—. Ya sabes lo que quiero decir.
—Lo entiendo —dijo Charlie—. No te preocupes.
—Además —añadí, solo para cambiar de tema—, esperaba hacerte
cambiar de opinión.
—¿Sobre qué?
«Hum… ¡Más o menos todo! ¡Esperanza! ¡El amor! ¡Bondad humana!»
—Sobre las comedias románticas —dije.
Charlie no respondió a eso. Siguió caminando. Nuestros pies estaban
exactamente sincronizados ahora, golpeando el asfalto exactamente al
mismo tiempo y la casa de Charlie estaba a la vista. Pero a continuación,
antes de llegar a la casa, Charlie dijo algo tan extraño, que acabaría
pensando en ello durante días.
Charlie dijo, a propósito de nada:
—Por cierto, he oído lo que te ha preguntado Donna Cole.
—¿Qué me preguntó Donna Cole?
—Justo al final. Cuando preguntó si estaba enamorado de ti.
—Ah. Sí. Eso fue incómodo.
—No te preocupes. Significa que le gustaste.
—¿Sí?
—Sí. Fue a propósito. Estaba haciendo que toda la mesa sintiera
curiosidad por ti. Haciéndote una persona de interés. Convirtiéndote en un
misterio a resolver.
—Hum —dije.
—Te estaba haciendo un favor. Mejorando tu estatus.
—Pensé que solo estaba jugando conmigo.
—Quizá un poco de eso también.
Frente a su casa, Charlie pateó una piedra y la vio deslizarse por la
carretera.
—No lo estoy, por cierto —añadió.
—¿No qué?
—Enamorado de ti.
—Oh —dije. Luego, por si mi voz sonaba rara, añadí—, ¡Claro que no!
—Lo busqué en Google —continuó Charlie—, no lo estoy.
—¿Buscaste en Google si estás o no enamorado de mí?
—Busqué en Google cuánto se tarda en enamorarse.
—¿Y? —pregunté—. ¿Cuánto tiempo se tarda?
—Ochenta y ocho días —respondió Charlie, definitivamente—. Y solo
nos conocemos desde hace treinta y uno. Así que. Problema resuelto.
¿Por qué estaba Charlie buscando eso en Google? ¿Y a qué profesor
chiflado se le ocurrió ese número? ¿Y qué problema, exactamente, estaba
resuelto?
—Ojalá lo hubiera sabido en la cafetería —dije entonces—. Hubiera
sido una gran respuesta.

A la tarde siguiente, llegamos al tercer acto y solo había dos cosas,


enormes, insuperables, que estaban mal en el tercer acto, el final estaba cien
por ciento mal y el beso era terrible.
Casi habíamos terminado con la reescritura. En una semana, recogería
todo mi material de oficina y me iría a casa. Ahora estábamos galopando
hacia la línea de meta, pero había dejado la parte más difícil para el final.
Y por, la parte más difícil, me refiero a «los besos». Toda la parte física,
en realidad. Charlie lo había hecho tan mal que parecía que no había forma
de explicarle cómo hacerlo bien.
—Está bien —repetía Charlie.
—No está bien —seguí insistiendo—. Todo lo que escribiste es: «él
irrumpe. Se besan». Eso es todo.
—Es suficiente.
—Realmente no lo es.
—No le voy a decir al director lo que tiene que hacer.
—Entiendo que no es nuestro trabajo hacer descripciones detalladas de
cada escena, pero tienes que darles algo. —Él ya lo sabía. Un buen guion
tenía que hacer que los lectores lo vieran en sus mentes y un buen guion
de comedia romántica tenía que hacer que los lectores lo sintieran, también.
Cogí mi portátil y lo dejé frente a él.
—¿Qué estás haciendo? —empezó a decir Charlie, pero entonces vio
todas mis pestañas abiertas arriba con comedia romántica tras comedia
romántica—. ¿Son? —empezó a decir.
—Recopilaciones de besos de películas —respondí, como «por
supuesto».
—¿Dónde encontraste eso? —preguntó Charlie.
—En YouTube —dije, como «dah».
Pero Charlie negó con la cabeza.
—Ya sabes… ¿las mejores recopilaciones? —le pregunté—. ¿Los
mejores besos de la historia del cine? ¿Los besos más desgarradores de la
historia del cine? ¿Los besos más reproducibles de todos los tiempos?
—¿Reproducibles? —preguntó Charlie, como si no pudiera entender
lo que eso significaba.
—Los besos que vuelves a ver una y otra vez.
Charlie frunció el ceño.
—Besos tan buenos que volverías a ver la película solo por el beso.
Charlie negó con la cabeza.
—Besos tan buenos que los rebobinarás varias veces antes de terminar
la película.
Ahora Charlie me miró como si estuviera completamente loca.
—Nadie hace eso.
—¿Hola? «Todo el mundo» hace eso.
—Nunca he vuelto a ver un beso.
—Eso es porque te niegas a permitirte ser feliz.
Charlie suspiró.
—Esto es importante —dije.
Charlie entrecerró los ojos.
—¿Lo es?
—Hay exactamente «un beso» en tu guion tal y como está y es el trágico
árbol de Navidad de Charlie Brown de los besos de película.
¿Tenía marcada en YouTube una colección completa de videos de
besos dramáticos de todo el mundo?
Sí. ¿No lo hace todo el mundo?
No quiero presumir ni nada de eso, pero si estos videos hubieran sido
obras de arte, podría haber montado mi propio e impresionante museo.
Tenía videos de todo el mundo: Turquía, Japón, Azerbaiyán e Islandia.
Era casi un proyecto de antropología: recopilar los mejores besos humanos.
También los había subdividido en categorías de estilo: accidental, suave,
borracho, primero, fingido, enfadado, práctica, robado, olvidado y adiós.
Por no hablar de los besos a caballo, los besos en la azotea y los besos en la
pared.
A pesar de todo, Charlie se quedó muy quieto, como un cautivo.
—¿Por qué estás peleando conmigo por esto? —pregunté.
—No estoy peleando contigo —dijo Charlie—. Solo que no estoy
escribiendo una gran escena de amor de diez páginas.
—«Una» página —dije.
—Hazlo tú —dijo.
—Se supone que debemos hacerlo juntos.
—Reescribiré el final en la boda —dijo Charlie, como si pudiera
escapar.
—Hum —dije—, eso «también» va a tener un beso.
Charlie dejó caer los hombros, como «¿En serio?»
—Sí —dije—. Este primer beso nos da una idea de lo que es posible,
pero no consiguen su final feliz hasta que consiguen su final feliz.
Charlie negó con la cabeza.
—Solo presta atención, ¿de acuerdo? —le dije—. Podrías aprender
algo.
Acerqué una silla a su lado y lo obligué a verlos todos. El beso en la
cascada de «El bosque encantado». El beso frente a todo un estadio en «No
se puede ganar por perder». El beso en la azotea de la obra magna de
Donna Cole, «Los amantes». Vimos las escenas en mi portátil mientras me
apoyaba físicamente en Charlie, intentando inmovilizarlo. Vimos a gente
besándose en lagos, en tormentas de nieve, en edificios en llamas y
mientras se transformaban en hombres lobo. Vimos destellos de lentes,
mañanas brumosas y lluvia torrencial. Vimos besos lentos y tiernos que
parecían cera de vela derritiéndose y con golpes en la pared tan
apasionados que parecían poseídos. Observamos bocas, manos y
gargantas inclinadas hacia atrás.
Como gran final, le pedí que leyera conmigo de cerca cómo Ji Chang
Wook ejecutaba un beso perfecto en un drama coreano: ralentizando el
video fotograma a fotograma y haciendo pausas para señalar: los matices,
el subtexto y el lenguaje corporal emocional del recorrido del beso.
A estas alturas, Charlie estaba demasiado agotado para luchar contra
mí.
—Primero finge burlarse de ella —le digo—. Luego se mete las manos
en los bolsillos y adopta una pose conversadora pero masculina. Entonces
ella se acerca y él se acerca. Todo el tiempo actúa como si no estuviera muy
interesado, pero ahora mira: se ha acercado tanto que sus muslos tocan los
de ella y su torso también, pero lo genial es que sus manos siguen en los
bolsillos.
Charlie me miró como diciendo «¿Por qué podría importar eso?»
—No hay nada más sexi que un hombre que empieza un beso con las
manos en los bolsillos —dije, como «¿Hola?»
Charlie frunció el ceño.
—El cuello alto ajustado también ayuda.
—Ah —dijo Charlie con sarcasmo.
Pero tenía la moral alta. Estaba salvando al mundo un beso a la vez.
—Mira cómo se inclina —dije, mientras Ji Chang Wook bajaba la
cabeza—. Bastante seguro de que es el ángulo geométrico exacto de
máximo anhelo.
—¿Cuántas veces has visto este video?
Pero no se trataba de mí. Se trataba del arte de escribir, de capturar las
emociones humanas. ¿A Charlie «no le importaba el oficio»?
—¿Necesitas que lo veamos otra vez? —pregunté.
—No —dijo Charlie—. Creo que lo entiendo.
Pero está claro que no lo entendía.
Porque si lo hubiera entendido, no habría discutido conmigo cuando
le dije que deberíamos usar un beso de bolsillos para el gran final.
—No es nuestro trabajo —repetía Charlie—, decirle al director cómo
dirigir la escena.
—No le diremos lo que tiene que hacer —repetí—. Simplemente lo
escribiremos tan vívidamente que, ella o él, lo hará bien de forma natural.
—No entiendes cómo funcionan las películas.
—Bueno, no entiendes cómo funcionan los besos.
Acabamos discutiendo durante toda la jornada de escritura, durante
nuestro viaje al supermercado para comprar los ingredientes para la cena
y durante todo el camino de vuelta a casa. Discutimos mientras
cocinábamos, Charlie de pie a mi lado, planteando contrapunto tras
contrapunto como si nunca fuera a ceder.
Era como si le gustara burlarse de mí. Como si le gustara ponerme
trabajo.
Como si tal vez ni siquiera quisiera terminar el guion.
—¿Sabes lo que necesitas? —dije finalmente mientras me asomaba al
horno para comprobar si estaba listo el pollo asado con hierbas de
Provenza—. Necesitas besar a alguien.
—¿Qué? —Charlie retrocedió físicamente como si tuviera que esquivar
las palabras.
—Sí —dije, cerrando la puerta del horno. Me gustaba más la idea dicha
en voz alta—. Necesitas recordar lo que es besar.
—Sé lo que es besar —dijo Charlie, pasando ahora de la ofensiva a la
defensa.
—Lo que se «siente» —dije, sintiéndome cada vez más satisfecha de lo
acertada que estaba—. ¡Claro que no puedes escribir una escena de besos
totalmente inmersiva! No si tu corazón es un pájaro suicida.
—Ahora me arrepiento de habértelo dicho.
—¿A quién puedes llamar? —pregunté entonces, levantándome para
sentarme en la encimera de la isla, dispuesta a ponerme a trabajar en esta
idea.
Pero Charlie se limitó a verme sentada en la isla de su cocina.
—Margaux nunca deja que nadie se siente en la encimera.
Asentí como si esto fuera bueno.
—Vamos a romper todas las reglas esta noche, Charlie. Estamos
dejando atrás nuestras viejas limitaciones. Ahora dame algunos nombres.
—¿Nombres de qué?
—De gente a la que podrías besar.
Charlie parpadeó.
—¿Gente que podría…?
—Besar, besar —dije, en un tono como «continua con el programa»—.
Tiene que haber mujeres en tu vida que puedan ayudarte con esto. Amigas
del instituto. Divorciadas. O, ¿qué tal algunas de las actrices con las que te
he visto en la alfombra roja?
Charlie estaba totalmente atónito.
—¿Quieres que bese a gente real… en la vida real?
—Todo lo que necesitas es a alguien. ¿Qué tal Liza McGee? Es guapa.
Charlie no pudo disimular su horror.
—¡Tiene como diecinueve años!
Me encogí de hombros.
—Eso es suficientemente legal.
—No puedes hablar en serio. «Trabajo» con esta gente.
—Charlie, esto es trabajo. Esto es investigación. —Entonces, antes de
que pudiera soportar otra protesta, le dije—. ¿Y Brooklyn García?
—¡Acaba de tener un bebé! Y me odia.
Vi un bloc de papel en el extremo de la isla y me estiré para cogerlo.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Charlie.
—Una lista —dije.
—¿De mujeres a las que hacer proposiciones? —dijo.
—De fuentes potenciales —dije, como si esto fuera cosa del nivel de
Woodward y Bernstein.
Escribí:
Brooklyn García y Liza McGee
Y luego las taché. Luego acerqué el bolígrafo al bloc.
—Vamos a hacer una lluvia de ideas con algunas fuentes potenciales.
—No voy a hacer esto —dijo Charlie—. No voy a llamar a mujeres al
azar y pedirles que me besen.
—¡Por la «investigación»! —dije, como si eso lo hiciera mejor.
—Es espeluznante.
—Es por amor al arte.
—Este guion apenas es arte.
—Podría ser. Si te lo tomaras en serio. —Entonces tuve una idea—.
¿Qué hay de tu exmujer?
—¡Qué!
—La has besado antes —dije, como «no es gran cosa».
—Has perdido la cabeza.
—Solo intento que superes este bloqueo mental.
—Esta no es la manera de hacerlo. No voy a proponerle a actrices al
azar o, Dios no lo quiera, a mi exmujer hacer algo que literalmente nadie
en la tierra podría siquiera empezar a entender, excepto otro escritor.
Eso estaba destinado a poner fin a la discusión.
Pero en cuanto dijo eso, ambos supimos quién sería mi siguiente
sugerencia.
—Eso lo aclara todo, entonces —dije.
—¿Aclara qué? —preguntó Charlie—. ¿Cómo?
—Yo —dije, sin pararme a pensar.
—¿Tú? —preguntó Charlie.
—Soy otro escritor.
—No quise decir…
—Acabas de decir que nadie entendería esto excepto otro escritor. Y
creo que ya lo sabes, pero, por si acaso… —Me señalé—. Soy otro escritor.
Si me hubiera parado a pensarlo durante algún tiempo, nunca, nunca
lo habría sugerido, pero me dejé llevar por el impulso. Habíamos estado
discutiendo toda la tarde. Llevaba todo el día despreciando los besos, «al
amor en sí» y a mí. Quería superarlo. Quería sacudirlo de su cabeza
testaruda. Mi idea de besar para investigar era buena, aunque también
podía ver cómo, para cualquier otra persona en el mundo, podría parecer
un poco disparatada.
La verdad es que «yo era» la persona ideal para este trabajo. Investigué
mucho. Entendía lo importante que era. Además, esto evitaba todo el
asunto de proponérselo a una mujer al azar. Se lo estaba proponiendo.
Esta era la respuesta perfecta.
Si la última persona a la que Charlie había besado era la esposa que lo
había abandonado cuando enfermó de cáncer, tal vez necesitaba algo,
cualquier cosa, para reemplazar esa última asociación. No era una chica de
ensueño, bien, pero tenía que ser mejor que el cáncer.
Le habría dicho que se buscara una novia, pero no teníamos tiempo
para eso.
Podría hacerlo si no hay más remedio.
—Es una gran idea —le dije a Charlie.
—Absolutamente no.
—Este es el avance que necesitas.
—No necesito un avance.
—Sí, así es.
Charlie estaba retrocediendo ahora.
—Emma, esto es una locura. Trabajamos juntos.
—Exactamente —dije—. Por eso es perfecto.
—Esto no —dijo Charlie, sacudiendo la cabeza—… Esto no es…
—Puedo hacerlo. Tomé dos semanas de clases de buceo para escribir
mi guion de sirenas con un instructor muy manoseador llamado Karl.
Cinco minutos de besos no es nada.
—«¿Cinco minutos de besos?» —dijo Charlie, como si yo acabara de
proponer que corriéramos una maratón.
—La cuestión es que tienes razón.
—¿Tengo razón?
—Realmente soy la mejor persona para este trabajo. Y me parece bien.
Así que vamos.
Pero Charlie sacudía la cabeza con una frenética vibración de «no
puede ser».
—No es para tanto —le dije.
—No podemos —dijo Charlie.
—«Podemos».
Di un paso hacia él, pero retrocedió. Luego me acerqué más y
retrocedió.
—¿Emma? No te acerques. Oye… esto es una mala idea. ¡Eh! Hablo en
serio.
En ese momento, Charlie cogió un par de pinzas de la encimera y las
levantó como si fueran un arma.
Un arma de autodefensa.
Algo en esa imagen me detuvo.
De repente vi la escena desde otro punto de vista: una escritora
depredadora avanzando sobre su compañero de trabajo mientras este se
defendía con utensilios de cocina.
Vaya. No estaba bromeando. Este tipo «realmente» no quería besarme.
En absoluto.
Hasta el punto de blandir un par de pinzas de cocina.
La sensación de rechazo me golpeó y me quedé inmóvil un segundo,
sin saber qué responder.
Bajé los ojos. Luego, viendo al suelo, le dije:
—Realmente te horroriza esta idea.
—No me horroriza…
—Te repugna, entonces, supongo.
—No, yo…
No pude mirarlo a los ojos. En su lugar, entorné los ojos hacia la
ventana.
—No tenía ni idea de que fuera una opción tan repugnante.
—Vamos, Emma. No es eso.
Pero realmente parecía que lo era. Al menos, eso parecía.
—De acuerdo —dije, sintiendo todo en reverberaciones—. Está bien.
Me di la vuelta y empecé a alejarme.
Para ser sincera ni siquiera sabía a dónde iba.
Menudo rechazo, ¿eh?
«Charlie ni siquiera quería besarme para investigar».
¿Qué tan poco atractiva eres, exactamente, si ni siquiera calificas para
un beso de investigación?
¿Qué tanto le revuelves el estómago para que un hombre se levante en
armas contra ti?
Más tarde podría dedicarme a cuestiones feministas como por qué
Charlie Yates, de entre todas las personas, tenía que ser el «árbitro de mi
atractivo personal». Ahora mismo, solo una cosa estaba clara, había estado
totalmente dispuesta a besarlo y Charlie Yates, definitiva y rotundamente,
no había estado ni un poquitín dispuesto a besarme.
Bien. Bien.
El rechazo descendió hasta convertirse en una humillación ardiente. Lo
único que se me ocurrió para detenerlo fue huir de la habitación. Quería
fingir que no me importaba, pero me sentía tan rechazada que ni siquiera
podía hacerlo.
—Emma —dijo Charlie, siguiéndome.
—Lo entiendo. Está bien —dije, caminando más rápido—. Solo tengo
que… solo necesito… —Pero mi mente estaba confusa. ¿Qué necesitaba
hacer? ¿Qué asunto apremiante de la nada podría servir como la razón
fingida por la que me iba?
No había nada. Nada convincente, al menos.
—Emma —dijo Charlie, con un tono como «no».
«¿No qué?» ¿No hiera tus sentimientos? ¿No exagere?
¿No te vayas?
Charlie me estaba alcanzando y no estaba segura de lo que haría
cuando me alcanzara.
Solo necesitaba un minuto para reagruparme y ocultar todos mis
sentimientos tras una máscara de indiferencia, un minuto que Charlie no
me estaba dando.
Lo que me pareció de muy mala educación.
¡Un minuto para esconderme! ¿Era mucho pedir?
Pero fue entonces cuando Charlie me cogió del brazo y tiró de él.
Me detuve y dejé que me diera la vuelta.
Podría haberme zafado de su agarre y salir corriendo, supongo. Pero
el juego ya había empezado. Yo era escritora, no actriz. Mi dolor, mi
decepción y mis infinitas vulnerabilidades estaban a la vista de todos.
Ver mi cara se lo confirmó todo a Charlie.
Vi cómo me leía en tiempo real.
—¿Acabo de… decepcionarte? —preguntó Charlie.
Miré hacia abajo.
—No —dije. Pero era un obvio «sí».
—¿Te he hecho daño?
Negué con la cabeza, pero no lo miré a los ojos.
—¿«Querías» hacer ese beso de investigación?
—No. —No es convincente.
—Emma —dijo Charlie, asimilando toda esta nueva información.
Finalmente, levanté los ojos.
Charlie se inclinaba con preocupación. E intensidad. Y tal vez una
nueva comprensión de en quién se había convertido para mí.
Dio un paso adelante y luego me tocó a mí dar un paso atrás.
—¿Estás compadeciéndome ahora? —pregunté.
Se acercó un paso más y esta vez retrocedí hasta la jamba de la puerta
de la cocina.
—Está bien —insistí—. No me importa. —Pero yo era tan mala
mentirosa.
Cuando dio el último paso, no tenía adónde ir.
Cerró la brecha y se inclinó más cerca.
—No quería besarte —empezó a decir.
—Sí. Lo entendí. Gracias.
Pero Charlie hizo un movimiento brusco de cabeza, como si no le
hubiera dejado terminar.
—Para investigar.
Me quedé muy quieta.
—No quería besarte «para investigar» —volvió a decir Charlie,
observándome para ver si lo entendía.
¿Lo he entendido?
Ninguno de los dos estaba seguro.
Charlie dio otro segundo, esperando a que mi expresión se
transformara en comprensión.
Pero tenía miedo de entender. ¿Y si me equivocaba?
Así que Charlie abandonó la espera.
En lugar de eso, me acunó la cara entre las manos y me inclinó para
que lo mirara a los ojos.
Entonces cambió su mirada de mis ojos a mi boca y no solo miraba,
sino que «observaba». Era como si captara todo de mi boca, desde el color
hasta la textura y la forma. Era físico, como si tuviera una fuerza y juro que
podía sentirlo, como si rozara la piel de mis labios con nada más que la
intensidad de su mirada.
Y luego se inclinó más, concentrándose en el lugar que tenía delante.
La expectación era insoportable.
Observé su boca mientras se acercaba.
Y entonces, justo cuando nos tocábamos, llevó su mano a mi pelo para
estrecharme.
Y estiré mis brazos alrededor de su cuello.
Y el beso se apoderó de todo.
Sentí que su boca era suave, firme y blanda a la vez y la calidez y la
ternura que desprendía se unieron a mi comprensión de que «esto estaba
ocurriendo, Charlie Yates me estaba besando». Una euforia de ensueño se
apoderó de todos mis sentidos y me sentí como la hierba ondulada por el
viento.
Me estaba hundiendo en ella cuando Charlie se apartó un poco y abrió
los ojos para comprobar mi reacción, como «¿esto está bien?»
Hum. ¿Era eso siquiera una pregunta? Necesitaríamos una palabra
mejor que bien.
Llegué hasta detrás del cuello de Charlie para tirar de él hacia atrás.
¿Había estado regañando a Charlie por olvidar cómo era besar?
Porque, para empezar, no estoy segura de haberlo sabido nunca.
Hay algo en un beso que une todos los opuestos. El querer y el obtener.
El anhelo y el tener. Todas esas emociones cacofónicas que suelen chocar
entre sí se unen por fin en una rara y exquisita armonía.
Recuerdo que apreté mi boca contra la suya y me sumergí en una
sensación de pérdida, de contacto y cercanía. Recuerdo que nuestros
brazos se entrelazaban, se estrechaban y exploraban. Recuerdo cómo mis
palmas querían sentir todo lo que encontraban: la barba de lija de su cuello,
los músculos de sus hombros y su torso macizo bajo la camiseta.
Se sentía real.
Pero más que eso, me hizo sentir real.
El beso encendió un calor que se extendió por mí como la miel,
suavizando todo lo tenso, calmando todo lo herido y envolviendo todo lo
solitario.
Había salido con otras personas antes. Había tenido algunas relaciones
cortas, pero nunca había sentido nada como esto.
Y entonces un pensamiento me golpeó. «Esto podría ser amor».
«Oh, Dios. Esto realmente podría ser amor».
Pero entonces, antes de que pudiera decidir si esto era algo bueno o un
desastre, sonó el temporizador del horno para la cena.
Fuerte. Desafinado. Insistente.
Lo ignoramos hasta que ya no pudimos ignorarlo más y entonces nos
separamos, él con el mismo aspecto desaliñado que yo.
Me acerqué a la estufa, pero tardé un segundo en encontrar los guantes
de cocina que estaban en la encimera, justo delante de mí. Saqué la cena y
la dejé un momento sobre las hornillas mientras intentaba recomponerme.
Supuse que Charlie estaba haciendo lo mismo.
Porque justo cuando me volví hacia él, insegura de cómo cambiar de
marcha de lo que «fuera aquello» a hacer una cosa normal como cenar…
Charlie dijo, con un lento movimiento de cabeza:
—Ahora lo entiendo.
—¿Entiendes qué? —pregunté.
Charlie me miró a los ojos.
—Por qué estamos reescribiendo esta historia.
Capítulo 23
A la mañana siguiente, por FaceTime, Sylvie y Salvador estaban un
poco consternados.
—¿Se dieron un beso totalmente épico —preguntó Sylvie, más de una
vez—, luego acabaron comiendo pollo asado?
—Con hierbas de Provenza —dije, en nuestra defensa.
—¿No habrán… no sé… confesado un montón de sentimientos? —
preguntó Sylvie.
—¿O tenido una noche de pasión? —sugirió Salvador.
—¡No! —dije—. No. ¡Fue un primer beso!
Pero Sylvie estaba diciendo tonterías sobre eso.
—Han estado viviendo juntos durante semanas.
—Pero como colegas profesionales.
—Entonces —dijo Sylvie—… ¿Fue real el beso? ¿O fue una
investigación?
—Fue real —dije.
Sylvie y Salvador se miraron como si yo fuera una especie de enclenque
amoroso.
—¿Estás segura?
—Fue real para mí —dije—. Y para él también, creo. Solo basado en
señales no verbales.
Sylvie frunció el ceño.
—Dijo que no quería besarme para investigar… y luego me besó. Así
que eso implica que no era investigación.
Pero Sylvie seguía frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Sin embargo, ¿podría haber sido parte de la investigación? —
preguntó—. ¿Para fingir que no era una investigación?
—¡No! —dije—. ¡Es una locura! —¿Pero también era un buen
argumento?
Ahora lo estábamos pensando demasiado.
—Esto es ridículo —dijo Sylvie al fin—. Ve a preguntarle.
—¿Preguntarle? —jadeé horrorizada—. ¡Nunca se lo preguntaré!
—¿No quieres saberlo?
—Quiero saberlo desesperadamente —dije—. Pero me obsesionaré en
privado, como una persona normal.
—¿Por qué no puedes simplemente tener una conversación? ¿Decirle
que te gusta y ver si tú le gustas a él?
—Por favor —le dije—. Si las relaciones humanas funcionaran así, me
quedaría sin trabajo.
Sylvie se lo pensó un minuto antes de decir:
—Supongo que es hora del plan B.
—¿Cuál es el plan B?
—Te envío por FedEx mi vestido más ceñido y mis sandalias de tiras.
—¿Para qué?
Sylvie se inclinó hacia la cámara FaceTime, como «dah».
—Póntelos y a ver qué pasa.
—¿Ponerme un vestido ceñido sin motivo y pasearme por su casa
como una lunática?
—Como una lunática sexi —corrigió Sylvie—. Es un maxivestido con
escote en pico de seda estampada con hojas tropicales gigantes. No te has
puesto nada igual en tu vida. Vas a descubrir una nueva faceta de ti misma.
—¿Qué excusa podría tener para llevar algo así? —pregunté.
—Eres escritora —dijo Sylvie—. Inventa algo.

Uf. Dejé que Sylvie y yo pensáramos demasiado en ese beso


encantador y drenamos su resplandor con el exceso de procesamiento.
¿Solo había sido una investigación?
En aquel momento no lo creía, pero el hecho de que no hubiera llevado
a nada más parecía refutar esa opinión. Nos dimos un beso de locura y
luego cenamos. En aquel momento no me había parecido extraño, pero
cuanto más lo pensaba, menos segura me sentía.
Quizá no quería saberlo.
Le envié a Charlie un mensaje demasiado alegre que decía:
Yo: ¡Hoy no toca nadar! ¡Disfruta durmiendo!
Luego me duché, me arreglé el pelo lo mejor que pude y me puse un
poco de lápiz de ojos y de labial, lo suficiente para intentar tener mejor
aspecto sin que pareciera que lo estaba intentando y luego me probé diez
conjuntos distintos antes de decidirme por mi ropa habitual de escritora,
mi sudadera de fresa habitual, de modo que si el beso que me había
arruinado la vida la noche anterior, después de todo, solo había sido una
investigación por parte de Charlie, podía negarlo.
No había sido una investigación para mí.
Pero nunca lo admitiría, a menos que tampoco hubiera sido una
investigación para Charlie.
Me presenté en la mesa de escribir y no podía decidir si Charlie se había
echado producto en el pelo o si solo estaba mojado. Si llevaba loción para
después del afeitado o si solo era su desodorante. Si me miraba más de lo
normal o solo lo normal.
Una cosa era segura: había un ramo de peonías en la mesa.
—Bonitas flores —dije, sentándome.
Charlie miró hacia allí, como si no se hubiera dado cuenta.
—Sí.
—¿Estaban allí ayer?
—No lo creo.
—¿Alguna idea de cómo llegaron allí?
Charlie asintió.
—Nos quedamos sin café esta mañana, así que tuve que ir a la tienda.
—Las peonías son mi flor favorita.
Charlie levantó la vista.
—¿Lo son? Me lo preguntaba.
—¿Te lo preguntabas?
—Sí. Porque siempre las miras con nostalgia cuando estamos en el
mercado, pero luego nunca las compras.
Arrugué la nariz.
—Cuestan como nueve dólares el tallo.
—¿Así que quieres comprarlas, pero son demasiado caras?
—No son el tipo de flores que te compras a ti mismo.
Charlie se quedó callado un segundo y me di cuenta de que estaba
reprimiendo una sonrisa.
—Me alegro de habértelas comprado, entonces.

Trabajamos todo el día, no puedo responder por Charlie, pero tuve una
sensación de expectación todo el tiempo. El beso de ayer, las peonías, la
forma en que no dejaba de mirarme por encima de la pantalla de su
portátil… todas esas cosas revoloteaban en mi conciencia como mariposas
de esperanza.
Todo apuntaba a que «no fue por investigación».
Es un milagro que pudiera concentrarme.
Pero entonces, a última hora de la tarde, Charlie recibió una llamada.
Su teléfono empezó a sonar y lo miró un segundo antes de contestar.
—Este es Charlie —dijo Charlie.
Y entonces, lo juro, solo llevaba unos segundos escuchando cuando, en
respuesta a lo que estaba oyendo, se lanzó a un ataque de tos masiva, casi
como un escupitajo al revés.
Tuvo que colgar el teléfono, así de envolvente era.
—Lo siento —dijo Charlie, cuando se hubo calmado lo suficiente como
para llevarse el teléfono a la oreja—. ¿Podrías repetirlo?
Luego escuchó durante un buen minuto y, a medida que lo hacía, su
rostro se volvía cada vez más gris y yo me encontré poniendo plena
atención, tratando de averiguar lo que la persona que llamaba estaba
diciendo, pero nada de lo que decía Charlie me daba pistas sólidas.
—Sí, lo hice —dijo Charlie, poniéndose de pie y empezando a
caminar—. Era solo para —empezó a decir, luego siguió con—... Así es. —
Entonces todo su cuerpo pareció hundirse antes de decir—. Estás
bromeando, ¿verdad? Por favor, dime que estás bromeando. —Y luego se
dirigió hacia las puertas francesas y, no hay otra forma de describirlo, se
arrastró hasta el patio.
No me atreví a seguirlo, solo lo observé desde dentro.
Me picaba la curiosidad por saber qué estaba pasando, pero él se había
ido al otro lado de la piscina a contestar, así que no podía oír nada. Lo único
que podía hacer era observar su lenguaje corporal e intentar leer sus labios.
Ninguno de ellos dio resultados.
¿Estaba discutiendo con alguien? ¿Intentaba disuadir a alguien? ¿Se
esfuerza por mantener la calma, pero no lo consigue?
Lo más importante: ¿de qué se trata? ¿Era la amante del ejecutivo
diciendo que ya no quería el guion? ¿Era el propio productor diciendo que
el asunto de la mafia estaba cancelado? ¿Era la exmujer de Charlie? ¿Su
contable? ¿Algún pariente con malas noticias familiares?
Nunca había visto a Charlie actuar ni remotamente así.
Cuanto más se movía y discutía, más tosía, pues su respiración se
entrecortaba y tropezaba consigo misma. Cuando por fin terminó la
llamada, soltó el brazo y dejó que el teléfono se le cayera de la oreja, se
quedó de pie, agitándose por las secuelas… y entonces cogió su teléfono
de alta gama y lo lanzó a toda velocidad por el patio.
Luego volvió a pasearse por el borde de la piscina, agarrándose el pelo
y soltándoselo, girando hacia un lado y luego hacia el otro, sin parecer ver
nada a su alrededor.
Fuera lo que fuera, no era bueno.
Y justo cuando me decidía a salir y preguntarle si estaba bien, Charlie
volvió a la casa, se dirigió al armario de las bebidas, se sirvió el vaso de
whisky más grande que jamás había visto y se lo bebió todo.
—¿Charlie? —dije—. ¿Estás bien?
Vaya pregunta. No lo estaba.
Charlie se dio la vuelta al oír mi voz, como si se hubiera olvidado de
que existía, luego vino directo hacia mí tan rápido que retrocedí unos
pasos, antes de agarrarme en un abrazo asfixiante y aguantó y no me soltó
durante mucho tiempo, inspirando fuerte y expulsando el aire, más como
si se aferrara a mí para salvar su vida que otra cosa.
Y fue entonces cuando de repente me pregunté: ¿Estaba enfermo otra
vez?
Antes de que pudiera preguntar, había vuelto por otra copa.
—¿Qué pasa, Charlie? —pregunté entonces, desde el otro lado de la
habitación—. ¿Es… estás enfermo? ¿Es eso?
Esta pregunta realmente lo enfureció.
—«Te lo dije» —gruñó Charlie—. Son solo alergias.
—No —dije—. Quiero decir enfermo «enfermo».
A veces intuyes una cosa por impulso y resulta que tienes razón.
Esta no fue una de esas veces.
Charlie me hizo un gesto olímpico con los ojos, no solo en la cara, sino
también en el cuello y los hombros. Luego dijo:
—No todo el mundo se muere todo el tiempo, Emma.
Había una amargura en su voz que no había oído antes.
—Lo sé. Yo sólo…
—No añadamos tu hipocondría paranoica a esta situación, ¿bien? Ya
es bastante mala sin que le añadas todo un camión de locos.
Parpadeé.
No se trataba de mí, por supuesto. Me había metido en el misterioso
mal momento personal de Charlie y había sufrido daños colaterales, pero
la mezquindad seguía doliendo. Me retraje un poco y luego dije:
—Solo quiero saber si estás bien.
—¿Adivina qué? No tienes por qué saberlo todo. Sí, estás viviendo en
mi casa y sí, pasamos mucho tiempo juntos y sí, nos llevamos casi
estúpidamente bien, pero eso no te da derecho a husmear en cada rincón
de mi existencia. A veces voy a tener mierdas con las que lidiar que no son
de tu maldita incumbencia.
—Bien —dije.
—Genial —dijo Charlie.
—No me lo digas, entonces —le dije.
—No voy a hacerlo.
—Solo quería ayudar.
—Ahí está, justo ahí —dijo Charlie—. No necesito tu ayuda y te
aseguro que no la quiero. Así que, ¿por qué no te alejas?

Después se marchó y no volví a verlo hasta pasada la medianoche.


Me pasé el día «trabajando» pero era totalmente incapaz de
concentrarme, caminando hacia la puerta principal cada vez que oía pasar
un auto. Se había ido sin auto, también había dejado el móvil en el patio
trasero y no podía imaginarme cómo una persona sin teléfono y sin auto
podía estar tanto tiempo fuera en Los Ángeles.
Si no era que estaba enfermo otra vez, ¿qué era?
Llamé a Logan, pero no lo sabía. Llamé a Sylvie para procesarlo, pero
éramos como pájaros locos intercambiando teorías chifladas. ¿Podría tener
un amor secreto? ¿Podría haber sido falsamente acusado de asesinato?
¿Podrían sus asesores financieros haber robado todo su dinero?
—Apuesto a que la exmujer se vuelve a casar —dijo Sylvie.
Pero arrugué la nariz.
—Ni siquiera le gusta. Te digo que esto fue algo grande. Algo
«catastrófico». —¿Pero qué?

Estaba dormida en el sofá cuando Charlie llegó a casa y llamó al timbre


veinte veces.
Oí el sonido en mi sueño durante un minuto antes de darme cuenta de
que era real. Entonces me acerqué arrastrando los pies a la puerta y la abrí.
Creo que siguió llamando al timbre incluso después de que hubiera
contestado, pero lo único que recuerdo es su cara cubierta de sangre. Un
ojo morado hinchado, el labio partido y una auténtica perilla de sangre que
manaba de una nariz a la que recién le habían dado un puñetazo.
—¡Charlie! —exclamé al verlo—. ¿Qué demonios te pasó?
Pero Charlie se limitó a entrecerrar los ojos.
—¿Qué pasó con qué?
—¡A tu cara! Parece como si alguien te hubiera golpeado con una tabla.
Charlie la tocó, como si necesitara refrescar su memoria.
—Oh —dijo—. Pelea de bar.
—¿Pelea de bar? —pregunté, como si nada pudiera ser más ridículo.
Los escritores «imaginaban» peleas de bar. En realidad no las «hacían».
—¿Por qué no estás durmiendo? —preguntó Charlie entonces.
—Porque me acabas de despertar.
Se dio la vuelta como si se estuviera buscando a sí mismo.
—¿Lo hice?
Suspiré.
—Sí. Cuando tocaste el timbre durante diez minutos seguidos.
—Soy lo peor —dijo Charlie, recordando—. Otra razón para
mantenerse alejado de mí.
—¿Quién se mete en una pelea de bar? —pregunté—. Eso es cosa de la
tele. No es algo que haga la gente de verdad.
Charlie se encogió de hombros.
—Un tipo llamó a Jack Stapleton un pirata sobrepagado.
—¿Así que solo le «pegaste»?
—Quería «pelearme verbalmente» con él —dijo Charlie—, pero no
tenía mucha labia.
—Iniciaste una batalla de ingenio en un bar.
—Se intensificó rápidamente.
—Charlie —dije—. Eres un tonto.
Charlie asintió con la cabeza.
—Es posible que estuviera echando a perder una pelea.
—Eres demasiado famoso para meterte en peleas de bar —le dije.
—Este no era un lugar para paparazzi.
Charlie se había encajado contra el marco de la puerta mientras
llamaba al timbre y, en cuanto intentó desencajarse para entrar, tropezó
hacia delante, intentó agarrarse y acabó echándose sobre mí y
desplomándose.
—¡Eh! —dije, doblándome bajo su peso—. ¡Quítate!
Desde el pliegue de mi cuello, intentó regatear conmigo con voz
apagada:
—Treinta segundos. —Luego levantó la cabeza para comprobar mi
reacción—. ¿De acuerdo?
Me miraba intensamente, esperando una respuesta.
O tal vez no era intensidad. Tal vez solo estaba tratando de enfocar sus
ojos.
—Entremos, Charlie —dije—. Tenemos que averiguar qué hacer con tu
cara.
Pero Charlie no se movió.
—Siempre dices que cuando una persona cae encima de otra no es
romántico, pero siempre lo es.
Su cara ensangrentada. Su ojo hinchado. Los rasguños en la mejilla. El
olor a licor y a cigarrillos ajenos.
—Nada de esto es romántico —dije.
Pero no estaba segura de estar diciendo la verdad.
—Eso es discutible —dijo Charlie, tropezando un poco con las sílabas.
Me puse en acción y le rodeé la caja torácica con el brazo para
arrastrarlo hacia la cocina, pero en cuanto lo hice, empezó a toser profunda
y pesadamente y me pregunté si se habría roto una costilla.
Lo hice beber una botella de agua mientras le presionaba el torso para
ver si tenía algo roto o sensible.
—Estoy bien —repetía Charlie—. No hay nada roto.
A continuación, le pasé como un rollo entero de toallas de papel para
limpiar la sangre de su cara. Me miró todo el tiempo.
—Siento que esto sea asqueroso —dijo.
—Me pregunto si deberíamos llevarte al hospital.
—Sobre mi cadáver —dijo Charlie.
—Esa es toda la cuestión —dije.
—Odio los hospitales —dijo Charlie.
—Eso no es relevante —dije.
—Parece peor de lo que es.
Así que busqué en Google «cómo saber cuándo llevar a alguien al
hospital después de una pelea en un bar» y descubrí que muchos de los
síntomas de un traumatismo craneal preocupante son los mismos que los
de estar estúpidamente borracho.
—No voy a ir, de todos modos —dijo Charlie—. Eso lo googleé gratis.
—Yo decidiré si vas —dije, sacando mi voz de mando.
—Haré eso de que los manifestantes se tumban en la carretera y luego
tendrás que arrastrar mi culo de noventa kilos todo el camino.
—Tal vez lo haga.
—Sí, buena suerte.
Había arrastrado a mi padre a muchos sitios por muchas razones.
—Soy más fuerte de lo que parezco.
—En realidad —dijo Charlie, suavizando su voz—, creo que sí.

Cuando terminé de limpiarle la cara, Charlie tenía mucho mejor


aspecto. Tenía un corte en el ojo hinchado donde el puño del otro tipo le
había reventado la piel. Me acerqué para mirarlo.
—Deberían darte puntos por esto.
—No.
—Podría dejar una cicatriz.
—No hay palabras para expresar cuánto me da igual.
Suspiré. Y entonces me di por vencida. Sí, había ayudado a mi padre
muchas veces, pero mi padre había «querido» que lo ayudara. Una cosa
era arrastrar a un hombre incapacitado al hospital. Otra muy distinta era
arrastrar a uno que no quería.
—Bebe —lo insté, llenando el vaso de agua de Charlie.
Para mi alivio, lo hizo, a grandes tragos que se deslizaban por su cuello.
Encontré Neosporin y una tirita. Luego, mientras me tomaba mi
tiempo para aplicar ambas cosas, pregunté:
—¿Qué fue esa llamada, Charlie?
Como Charlie no respondió, le pregunté:
—¿Hoy temprano? ¿La llamada telefónica?
Charlie negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo.
—Pero puedes. Realmente puedes.
Pero volvió a negar con la cabeza.
—Eso es información clasificada.
—¿Por qué?
—Porque arruinará tu vida.
—«¿Arruinará mi vida?» —¿Qué tan borracho estaba este hombre?
—O tal vez sea «mi» vida la que arruine, pero tampoco te hará mucha
gracia.
Una vez puesta la tirita, me metí debajo de su axila como si fuera una
muleta, luego medio anduve, medio lo arrastré hacia su dormitorio.
En su cama, se desplomó de espaldas sobre el edredón.
—¿Quieres ponerte el pijama? —le pregunté.
Charlie mantuvo los ojos cerrados y sacudió la cabeza.
Sus pies seguían apoyados en el suelo, así que me arrodillé para
desatarle los zapatos y quitárselos.
Cuando terminé, Charlie estaba sentado y mirándome.
—Creo —dijo, sorprendentemente lúcido por un momento—, que eres
mi persona favorita que he conocido.
—Oh —dije, volviendo a mirar hacia abajo—. Es muy amable de tu
parte.
—Y he conocido… —Y aquí, menos lúcido, hizo un gesto grande y
ebrio—. A todo el mundo. A todo el mundo. Y tú eres mi favorita. De los
siete mil millones.
¿Qué significaban esas palabras viniendo de una persona en este
estado?
No tenía ni idea.
—¿Qué locura es esta? —preguntó Charlie, inclinándose más para
estudiar mi cara, como si allí pudiera encontrar la respuesta—. Te conozco
desde hace seis semanas y ya no puedo imaginar mi vida sin ti.
—Seis semanas pueden ser mucho tiempo —dije.
—No exactamente seis semanas —corrigió Charlie entonces—. Treinta
y siete días.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé.
—Eres extrañamente bueno contando, para ser escritor.
Pero Charlie no respondió. Se limitó a dejar que su mirada viajara de
mis ojos a mi barbilla, a mis pómulos, a mi boca y viceversa,
contemplándome como si no fuera a volver a verme nunca más.
Por un segundo, me pregunté si me besaría.
Pero entonces, en lugar de eso, me estrechó contra él en un fuerte
abrazo.
Y antes de soltarme, susurró:
—¿Qué voy a hacer, Emma? Me vas a odiar tanto mañana.
Capítulo 24
Charlie tenía razón.
Al final del día siguiente, le odiaría de verdad.
Pero al principio no me lo creía.
Al principio ni siquiera podía imaginar que no me gustara. En cuarenta
y ocho horas me había besado como nunca me habían besado, me había
comprado peonías y me había mirado con nostalgia en estado de
embriaguez. Aparte de la misteriosa llamada telefónica, seguida de la
salida furiosa y la pelea en el bar, todo parecía ir bien.
Todas las señales sobre mí, de todos modos.
Así que cuando Charlie salió por fin de su habitación al día siguiente
hacia el mediodía, ya había decidido hablar con él.
Esperaba encontrarlo con mal aspecto. Era imposible que no tuviera
una resaca brutal, pero se presentó en la mesa del comedor afeitado,
duchado y tan aseado y ordenado como nunca lo han estado los escritores.
De hecho, estaba bastante elegante, aparte del ojo derecho morado que
tenía y la tirita que intentaba cubrir el corte. Incluso su labio partido parecía
sonrosado. ¿Cómo podía tener tan buen aspecto hoy, después de lo de
ayer?
Me acerqué y le intercepté en su silla antes de que pudiera sentarse.
—¿Puedo hablar contigo? —le pregunté.
Quizá la ligera mueca de dolor que cruzó su rostro debería haber sido
una señal de alarma y tal vez nunca es una buena idea hacerle una
proposición a un hombre con resaca, pero llevaba levantada desde las seis,
me había cambiado de ropa tres veces y me había puesto rímel, estaba
nerviosa y dispuesta a acabar de una vez.
Ser oportuna nunca fue lo mío, de todos modos.
—¿Qué pasa? —preguntó Charlie, sin mirarme a los ojos.
—Me desperté pensando en cómo me dijiste anoche que era tu persona
favorita —empecé a decir.
—¿Lo hice? —interrumpió Charlie.
Eso me desconcertó un poco. ¿No se acordaba?
—Sí —dije, mirando más de cerca en busca de una señal de
reconocimiento—. Me dijiste que era tu persona favorita. En todo el
mundo.
—Eso no suena a mí —dijo Charlie.
—Bueno —dije—… Lo dijiste.
—Si tú lo dices.
La conversación ya estaba descarrilada, pero estaba tan concentrada en
el plan que había estado formulando toda la mañana que no podía cambiar
de rumbo. Seguí adelante con lo que había decidido hacer. Que era
confesarle a Charlie que me gustaba.
—De todos modos —dije—, no dejo de pensar en lo mucho que me ha
gustado estar aquí contigo y trabajar juntos, pero ni siquiera es solo el
trabajo. Es todo, ¿sabes? Las compras, nadar por las mañanas, el… —
Estaba empezando a perder los nervios—. Las travesuras.
Charlie frunció el ceño como si no le gustara mi elección de palabras.
—¿Las travesuras?
Asentí con la cabeza.
—Y el caso es que, cuando me besaste el otro día, me sentí desbordada
por un sentimiento de enamoramiento. Al principio pensé que podrían ser
las hormonas o, ya sabes, una reacción química al ser besada después de…
—Dudé y terminé—. Una especie de épica sequía en el departamento del
amor.
¿El «departamento del amor»? Oh, Dios. Este no era el elegante
soliloquio que había escrito en mi cabeza.
—Pero la cosa es —continué, tomando aliento—. La cosa es… que no
desapareció.
Charlie negó con la cabeza.
—¿Qué no desapareció?
Respiré hondo para armarme de valor y le sostuve la mirada.
—El enamoramiento.
Los hombros de Charlie cayeron.
Lo que no parecía una buena señal.
Pero había empezado y aparentemente iba a terminar.
Continué.
—Parece que he desarrollado… algo… por ti. Algo fuerte. Una cosa de
distracción, preocupación, desmayo, enamoramiento.
Charlie cerró los ojos, como «mierda».
Hasta que empecé a confesarme, estaba extrañamente segura de que él
sentía algo por mí, pero mientras estaba allí, en tiempo real, podía sentir
que esa esperanza se esfumaba como semillas de diente de león en el
viento.
Pero seguí.
—Una y otra vez, desde que apareciste en mi vida, me has ayudado y
cuidado y has sido una auténtica fuente de fortaleza. No sé lo que pasó
ayer por teléfono, pero de una cosa estoy segura. Quiero ser una persona
que haga eso por ti también.
Charlie bajó la cabeza y la apretó contra su mano, como si acabara de
decir lo último que quería oír.
—Sea lo que sea —dije—, quiero ayudar.
En ese momento, Charlie volvió a levantar la cabeza y tenía una nueva
expresión, una combinación entre decidido, estoico y totalmente
desinteresado.
—Esta no es una buena idea.
—No es una «idea» —dije, como si tal vez pudiera ganar con una
técnica retórica—. Es un sentimiento.
Pero Charlie se limitó a negar con la cabeza.
—Emma, no puedes.
Negué con la cabeza.
—¿No puedo?
—No vamos a tener ese tipo de relación.
—Pero —dije—, ¿la… —No estaba segura de cómo describirlo, pero
finalmente lo hice—. Cosa del beso que pasó?
Charlie enderezó los hombros.
—Fue una mala decisión.
«¿Una mala decisión?» ¿Qué era, un árbitro?
Sentí que tenía que defender ese beso con mi vida.
—Creo que fue una buena decisión.
Su voz era monótona.
—No debería haber hecho eso.
Realmente no lo entendía.
—¿Por qué no?
—Porque nosotros… —Hizo un gesto entre nosotros—. no podemos
empezar nada.
—¡Demasiado tarde! —dije—. Ya ha empezado.
—Entonces tiene que parar.
—¿Y si no quiero parar?
—Eso no es relevante.
—¡Lo es para mí!
—Lo siento —dijo Charlie. Pero no sonaba apenado.
¿Era esta una versión de su relato? ¿Estaba fingiendo que no le
importaba «porque le importaba mucho»? ¿Pero por qué iba a hacer eso?
No había razón para ello.
—Charlie —dije, encontrándome con sus ojos y dando un paso más
cerca—. ¿Qué está pasando?
—Nada —dijo Charlie—. Es solo que no me gustas así.
Podía sentir cómo se me hacía un nudo en la garganta por la decepción.
—¿No?
—No.
—¿Nada… de nada? ¿Ni un poco? —Charlie solo me miraba—. Bien
—dije—. Pero… entonces… ¿por qué parece que te gusto?
Charlie negó con la cabeza.
—Quizá sea porque hemos estado viviendo juntos. Quizá porque
hemos encontrado un buen ritmo de escritura. Quizá has estado sola
demasiado tiempo.
—He estado… «¿sola demasiado tiempo»? —Esa era su autobiografía,
no la mía.
—¡No lo sé, Emma! —dijo Charlie, como si algo se hubiera roto—. Fue
un error. ¡Fue un maldito error!
Ante eso, ante Charlie Yates «usando la palabra con m» contra nuestro
hermoso, etéreo y cambiante beso, di un paso atrás.
Pero Charlie estaba nervioso.
—¡No sabemos lo que está pasando! No conocemos el futuro. Todo lo
que quieres son respuestas, ¡pero no tengo ninguna! Podría mudarme a
Alaska mañana. Podría navegar alrededor del mundo. —Charlie levantó
las manos, como «¿quién sabe?»—. Podría volver con mi exmujer.
En ese momento, empecé a toser sin motivo. En cuanto me recuperé lo
suficiente para hablar, dije:
—¿Con quién acabas de decir que vas a volver?
—«Podría» —corrigió, como si eso fuera un punto importante.
—¿Volver con…?
—Mi exmujer —dijo Charlie, sin pestañear.
—¿La mala? —dije, como si pudiera haber otras opciones.
Charlie asintió, pero dijo:
—En realidad no es mala.
—¿La exmujer que te dejó el día que supiste que tenías cáncer?
Me miró.
—Sí, pero…
—¿La exmujer que ni siquiera te gusta?
Charlie hizo una débil protesta:
—Es complicado.
—¡Te escondiste de ella en la despensa de la cocina como si fuera una
especie de banshee!
—Eso pasa a veces en un matrimonio —dijo Charlie.
—¡Ni siquiera estás casado!
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué estaba pasando? Estaba muy
confundida. Hacía diez minutos estaba flotando en el resplandor de un
beso para los libros de historia de un chico del que estaba segura al noventa
y nueve por ciento de que le gustaba tanto como a mí… ¿y ahora estaba
«pensando» en volver a casarse con una persona a la que no soportaba?
¡Increíble! Pero tal vez no quería creerlo.
Tal vez realmente había estado sola demasiado tiempo.
—¿Estás saliendo con ella?
—¿Quién?
—La malvada exesposa.
—Todavía no —dijo Charlie—. Pero podríamos empezar. Cualquier
día de estos.
«¿Cómo?»
—He oído muchas locuras en mi vida —dije entonces—, pero esta es la
más loca.
Charlie asintió como si estuviera de acuerdo. Como si «ambos»
estuviéramos desconcertados.
Pero supongo que la conclusión era que Charlie había dicho que no.
Charlie había dicho que no estaba interesado. Charlie había dicho que era
«una mala decisión».
Eso no era confuso. Eso fue simple.
Yo sentía cosas por Charlie, pero Charlie, aparentemente, no sentía
nada por mí.
Así que eso tenía que ser el final de esto.
Capítulo 25
¿Qué ocurre después de que un escritor famoso te haya rechazado en
su comedor al comienzo de tu jornada diaria de escritura?
Tú, eh…
Tú sólo, eh…
Vuelves al trabajo.
Asientes con la cabeza durante unos segundos, en blanco, dejando que
todo se asiente… y luego das un largo y lento paseo hasta tu propio lado
de la mesa, te sientas primorosamente frente a tu propio portátil y pones
los dedos sobre el teclado.
¿Quería salir corriendo y no volver jamás, tal vez robándole uno de los
premios de su cajón al salir?
Quería hacerlo.
Pero me quedé. Por el contrato.
Pasar por todo esto y luego perder el dinero al final sería ir de mal en
peor. Si tuviera que quedarme hasta el final para cobrar, me quedaría hasta
el final para cobrar.
Una demostración de fuerza, si no otra cosa.
Una persona decente prorratearía mi paga. Con gusto me iría por el
noventa por ciento del total. Renunciaría al diez por ciento en un santiamén
para salir de aquí.
¿Pero «era» Charlie una persona decente?
Sinceramente, no estaba segura. De nada.
Tres días más. Nos quedaban tres días y una buena parte del tercer acto
antes de terminar. No me iría. Terminaría mi trabajo aquí como una
profesional no demente, luego fríamente cobraría mi cheque y me iría a
casa.
Lo mejor que se puede hacer después de que una persona te rechace,
por supuesto, no volver a verla jamás. Pero como esa no era una opción,
tuve que encontrar la manera de sobrellevarlo.
Con Charlie «Una Mala Decisión» Yates.
Era el desequilibrio que odiaba, ahora los dos sabíamos con certeza que
pensaba que él era especial, deseable y adorable y que no sentía eso por mí.
Mucha gente no pensaba eso de mí, me decía a mí misma y estaba bien. Yo
también había tenido enamoramientos no correspondidos y había
sobrevivido a ellos, pero lo letal era la combinación. Que él supiera que me
gustaba y que yo siguiera sin gustarle.
Charlie me había rechazado y eso era un hecho. Nada podía cambiarlo.
¿Pero cómo respondía a ello? Esa era mi elección.
Podía dejar que me destruyera por completo, sentarme al otro lado de
la mesa todo el día, mirando desolada a Charlie con lágrimas cayéndome
por la cara. O podía fingir que no era para tanto.
«Era» algo grande.
Para mí, al menos.
Pero si los últimos diez años me habían enseñado algo sobre mí misma,
era que podía sobrevivir a cualquier cosa. O, al menos, podía sobrevivir al
rechazo de un hombre que no recordaba cómo era el amor.
Pero, ¿cómo iba a trabajar así?
Esa era la pregunta que no podía responder. ¿Cómo podía pensar
ahora en diálogos, comas y arcos argumentales? ¿Cómo podía comparar lo
que estaba pasando con gente imaginaria con la humillación que había
inundado todo mi paisaje emocional como una niebla? ¿Y cómo,
exactamente, se suponía que iba a elaborar la última cosa de mi lista de
tareas pendientes para el guion, «el maldito final feliz»?
Me alegro de que lo preguntes, porque lo he buscado en Google y
ahora tengo muchos consejos sobre cómo pasar de un rechazo que te
destroza el alma a un día productivo de escritura con un compañero de
trabajo. Haz contacto visual, porque eso es lo que hacen los alfas. Mantente
erguida, porque te hace sentir orgullosa. Hacer movimientos sencillos y
directos para mostrar que no estás nerviosa. Levanta las cejas para parecer
despreocupada. Respira hondo porque te infla el pecho y esconde tu alma
que se derrumba.
Escribí una lista críptica para recordármelo: Erguida. Levántate.
Respira. Infla.
Y luego, pasado el quid de la cuestión, di gracias en silencio por cómo
la decepción da lugar tan fácilmente al desprecio.
¿De verdad? «¿Este tipo?»
Le eché un vistazo mientras nos poníamos a trabajar. Llevaba el pelo
en zigzag, como si nadie le hubiera enseñado a hacerlo, el cuello medio
desabrochado, le faltaba un botón y ese Oxford estaba redefiniendo los
límites máximos de lo desaliñado y aunque siempre me había parecido que
la actitud de Charlie de «no me molesto en lavar mi ropa» era una prueba
positiva de que él ponía sus propias reglas, hoy me parecía patética. «¿En
serio? ¿Tienes treinta años y no sabes planchar una camisa?» Además, tenía
el zapato desatado, las uñas mordidas y nunca había aprendido a
mecanografiar. De verdad. Picoteaba. Notablemente rápido, pero aun así:
si vas a ser escritor, ¿no deberías al menos aprender a mecanografiar? ¿No
era eso lo mínimo?
¿Lo ven? Él no era tan genial.
Yo estaba bien.
Esto fue liberador, en cierto modo.
Podría volver a casa sin ningún apego cuando todo esto acabara y
retomar todas las muchas, muchas y deliciosas actividades que hacía en
casa.
Las que fueran.
Tal vez me aficionara de verdad al baile en línea y nos asombraría a
todos volviéndome tan buena como para ir a las Olimpiadas.
¿Había olimpiadas de baile en línea?
Tal vez empezaría una.
El punto es, solo tres días más.
«Sé fuerte», me dije. «Estás bien».
Pero mis ojos me traicionaron. Todas las demás partes de mi cuerpo
eran totalmente obedientes: mi cuerpo estaba pulcro y sereno, mis dedos
tecleaban con agilidad, aunque solo las teclas «asdf jkl», una y otra vez y
mi corazón avanzaba adormilado pero con paso firme. Solo mis ojos
rebeldes hacían de las suyas, tanto que tenía que fingir que estornudaba
una y otra vez para poder limpiármelos.
—Alergias —le dije a Charlie.
—Lo peor —convino Charlie.
«Cejas arriba. Siéntate erguida. Respira hondo».
«No te derrumbes. No te derrumbes. No te derrumbes».
Trabajamos todo el día y, al cabo de un rato, de esa forma en que las
historias pueden salvarte, empezó a tirar de mí como un barquito de papel
en un arroyo. La atracción de esa corriente familiar me ayudó mucho.
Aquí tienes otro consejo para estar bien cuando estés atrapada en un
espacio reducido con el hombre que te rechazó, pon música a todo
volumen en tus auriculares como una adolescente enfadada.
Música alta y «genial», porque eres una persona genial y ningún chico
que no te aprecie puede tocar eso.
Tenía una lista de reproducción llamada «Genialidad» de hecho y me
dejé llevar. Los grupos estupendos, las canciones estupendas, yo
estupenda por escucharlas… y Charlie Yates podía irse al infierno.
Ni que decir tiene que hoy no ha habido mucha lectura de diálogos en
voz alta.
Ni compartir aperitivos ni charlar ni colaborar.
Nunca me quité los auriculares, trabajé seis horas seguidas sin tocarlos.
Incluso me los dejaba para ir al baño.
Mientras trabajábamos, dudaba si cancelar o no la cena que le había
prometido preparar a Charlie «esta noche» por su quinto aniversario sin
cáncer.
Por un lado, ¿por qué iba a cocinar para él? Debería dejarlo solo con
sus bolsas de carne y salir sola a un restaurante de lujo.
Pero por otro lado, era muy buena cocinera. Recordarle a Charlie todas
las infinitas delicias culinarias a las que había renunciado por no
interesarse por mí me pareció una buena idea.
Además, estaba oficialmente curado de cáncer. Eso era más importante
que mis sentimientos por un rechazo insignificante. Independientemente
de lo que Charlie Yates pudiera significar para mí personalmente en este
momento, podía apreciar la imagen más amplia de lo que significaba para
el mundo en general.
Sí, lo detestaba. Pero aun así me alegraba que estuviera vivo.
Tal vez «alegraba» era un poco fuerte.
Apoyé ampliamente el concepto de que siguiera existiendo.
Sylvie había enviado por FedEx su maxivestido de tirantes con
estampado tropical y sus sandalias de tiras a la mansión de Charlie Yates.
El paquete llegó mientras trabajábamos, junto con una nota de Sylvie sin
saludo ni firma que decía, simplemente:
Haz que se arrepienta de haber nacido.
Me gustó el aspecto de esas palabras.
Me gustaron tanto que respondieron a mi pregunta por mí.
Le haría la cena a Charlie esta noche, me pondría ese loco vestido
tropical, celebraría su buena salud como una virtuosa y salvaría las
apariencias por fin cocinando algo tan delicioso, que le perseguiría el resto
de su vida.
¿Y a pesar de todo?
Me pondría ese vestido.

Cuando Charlie salió a última hora de la tarde, me sentí tan aliviada


que no le pregunté adónde iba porque oficialmente me daba igual.
Tampoco le pregunté a qué hora volvería.
Sí. Objetivamente, en una noche en la que estás preparando la cena
para alguien, es útil saber a qué hora debe servirse esa cena.
Pero preguntar parecía… necesitado.
A quién le importaba, ¿verdad? «Lo que sea».
Normalmente comíamos sobre las siete, así que lo tenía previsto.
Fui sola a la tienda y compré los ingredientes para un Wellington de
ternera, que era, según coincidían todos los miembros de mi familia en
casa, el plato más apetitoso, mantecoso, reconfortante y transformador de
mi amplísimo repertorio, así también verduras para asar y una botella de
auténtico champán de la región francesa de Champagne.
Además, abandoné el concepto de las donas como postre y lo cambié
por una elegante tarta de limón y romero.
Mientras el solomillo Wellington estaba en el horno, me vestí con una
clara energía de «preparación para el baile en línea de graduación». Incluso
busqué en Google un tutorial para un peinado recogido con coleta hacia
dentro e intenté domar mi pelo. Llamé por FaceTime a Sylvie para que me
guiara en el proceso de ponerme sombra de ojos y voilà, tres intentos
después, tenía unos ojos que, según Sylvie y Salvador, eran «al menos un
diez por ciento más sexis de lo habitual». Las sandalias eran media talla
más grandes, pero no importaba. No iba a hacer senderismo con ellas. Y
luego, el vestido, kilómetros de tela voluminosa con estampado de follaje
de la cintura imperio hacia abajo y casi nada de la parte superior estilo
bikini. Los tirantes de espagueti sostenían dos triángulos sencillos y luego
se cruzaban sobre una espalda desnuda.
Básicamente, la parte de arriba habría sido picante incluso en una playa
de Saint-Tropez y la parte de abajo era como si llevara una de las cortinas
de Maria von Trapp… «como una cortina».
Pero de algún modo ¿funcionaba?
¿Sentía el alma vulnerable al llevar una prenda que dejaba secciones
enteras de mi cuerpo expuestas al aire libre? Pues sí. Pero, ¿era también
una especie de movimiento de poder ser tan valiente que ni siquiera
necesitaba ropa?
Extrañamente, sí.
Digamos que estaba muy lejos de mi sudadera con capucha de fresa.
Sylvie me hizo enviarme una selfie en el espejo al chat del grupo y,
cuando lo vio, me contestó inmediatamente:
Sylvie: Estás para arruinarle la vida.
Perfecto. Exactamente perfecto.
No estaba tratando de cambiar la opinión de Charlie sobre mí.
Solo quería arruinarle un poco la vida.
Así que preparé la mesa del patio con las servilletas de tela más
elegantes del decorador de su exmujer y un pequeño ejército de velas para
iluminar el ambiente, averigüé cómo hacer funcionar su equipo de música
para poner un poco de música de fondo y lo dejé todo listo justo a tiempo
para que se pusiera el sol y Charlie llegara a casa y lo encontrara todo
esperándolo como un glorioso regalo que no podía quedarse.
Saqué el solomillo Wellington del horno para que reposara, me quité
el delantal, me senté en la mesa del patio, adopté una pose despreocupada
como si llevara siempre maxivestidos con estampado de follaje tropical y
esperé.
Y esperé.
Pasaron las siete.
A las siete y media, me sentía lo bastante patética como para abrir el
champán como gesto de desafío, para que cuando Charlie llegara a casa, al
menos estuviera haciendo algo divertido.
Me alegró descubrir que había comprado accidentalmente un
champán dulce.
Era, en una palabra, delicioso.
Demasiado delicioso. A las nueve, me había bebido accidentalmente
toda la botella.
Uy.
No era una gran bebedora y no había comido nada en toda la noche,
así que una botella completa de champán con el estómago vacío era «¿cómo
decirlo?» Demasiado.
Cuando me di cuenta de que había vaciado la botella, ya era demasiado
tarde.
El mundo giraba, ondulaba y sentía que mis miembros eran de goma.
Recuerdo que pensé que debía tener cuidado con el vestido favorito de
Sylvie, pero luego no pude recordar exactamente qué significaba
«cuidado».
Me di cuenta de que «estaba borracha» al mismo tiempo que me di
cuenta de que «me habían dejado plantada».
Plantada por Charlie Yates.
Plantada con una cena que había preparado solo por venganza.
A medida que pasaban los minutos, no había enviado ningún mensaje
a Charlie por principios. Me negaba a parecer que me importaba. Lo que
sea, como quiera. Podía aparecer o no, me daba igual.
Aunque, por supuesto, no me daba igual.
Necesitaba un triunfo esta noche. Por eso me había tomado tantas
molestias. Para demostrar al mundo y sobre todo a mí misma, que, a pesar
de todo, seguía siendo increíble.
Pero esto no fue un triunfo. Fue todo lo contrario.
Y de alguna manera, justo cuando pensaba eso, me di cuenta de que el
trampolín alto me observaba desde el otro lado de la piscina.
Me dirigía hacia ahí antes incluso de haber tomado una decisión. Mi
cerebro iba tan por detrás de mi cuerpo que creo que estaba a mitad de
camino antes de darme cuenta de lo que iba a hacer.
Un salto de cisne.
Charlie había dicho que no podía. Y por eso ahora, para castigarnos a
todos, lo haría.
No había nada más impresionante que un salto de cisne.
Lo había hecho todo el tiempo en el instituto. No normalmente con un
vestido sin espalda y tacones de tiras después de tomarme una botella de
champán, pero aun así. Era una de mis habilidades. Charlie me había
prohibido tirarme de la tabla «¡prohibido!», pero Charlie no estaba aquí
ahora, ¿verdad? Si realmente quería mantenerme alejada de ahí, tal vez
debería venir a cenar.
Era justo la rebelión que necesitaba.
Y justo estaba pensando eso cuando llegué a lo alto de la escalera y me
subí a la tabla para ver a Charlie saliendo al patio trasero, mirándome
boquiabierto mientras asimilaba lo que estaba ocurriendo.
—Emma, ¿qué estás haciendo? —gritó Charlie con pánico en la voz
mientras se acercaba.
—Estoy saltando como un cisne —dije, sintiendo mis labios un poco
inútiles.
Charlie llegó al borde de la piscina, mirando hacia arriba.
—Emma, baja.
—No quiero —dije.
Pero Charlie empezó a moverse ahora, alcanzando la escalera y
empezando a subir.
—¡Me dejaste plantada! —grité hacia el cielo.
—¿Te dejé plantada? —respondió Charlie desde la escalera.
Me di la vuelta para mirar hacia la escalera y esperarlo.
—Para la cena de tu quinto aniversario. Tu fiesta sin cáncer. Tu fiesta
de salud perfecta. Tu jubileo de ya no estar enfermo.
Cuando Charlie llegó a la cima, dijo:
—No sabía si seguía en pie.
—¿Por qué no iba a seguir en pie? Lo pusimos en nuestros calendarios
digitales.
—Sí —dijo Charlie—, pero eso fue antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de todo el asunto de mi posible vuelta con Margaux.
—¿Crees que soy tan mezquina? —Para que conste, era totalmente tan
mezquina.
—No, yo…
—¿Crees que solo porque me gustas «me gustabas» y tienes
absolutamente cero interés en mí, no puedo estar feliz de que «no estés
enfermo de cáncer»?
—Supongo que…
—¿Dónde estabas? —pregunté.
—Estaba visitando a Cuthbert.
Le di un tiempo para que todos pudiéramos asimilarlo.
—¿Me dejaste plantada por una cobaya?
Pero Charlie se negó a dejarse intimidar.
—Ha dejado de comer otra vez.
—¿Y?
—Así que Margaux me pidió que le cantara.
«¿En serio?» Yo estaba a favor del trato humano a los animales, pero
«vamos». Ensanché mis fosas nasales.
—Llevo tres horas esperándote mientras le dabas una serenata a un
roedor.
—Es un giro injusto.
Bien. Como quieras.
—¡Te hice un solomillo Wellington! —grité—. ¿Tienes idea de cuánto
cuestan?
—Vamos a comérnoslo —dijo Charlie, claramente esperando
inspirarme para bajar—. Comámoslo ahora mismo.
—Ahora está frío —dije. Luego—, está arruinado.
—La carne fría es un manjar —dijo Charlie, extendiendo la mano como
si fuera a cogerla—. La gente come carne fría todo el tiempo.
—Dáselo a Cuthbert —dije, rebotando en la tabla.
—Yo no… Eso no es…
—La cuestión es —dije, volviéndome de nuevo hacia la piscina—, que
lo he superado.
—Emma, vuelve por aquí… «por favor» —dijo Charlie, pude oír
auténtico miedo en su voz. Por supuesto, eso no significaba mucho. Había
oído muchas cosas en su voz.
—El solomillo Wellington iba a ser mi salto de cisne —dije.
—¿Quieres decir «canto de cisne»?
Le lancé una mirada, como «no me digas palabras». Luego lo ignoré.
—Pero ahora supongo que el salto del cisne tendrá que ser una
zambullida de cisne de verdad.
—¡Emma… «no» hagas el salto del cisne!
—¡Charlie… «no» me digas lo que tengo que hacer!
—Emma, te lo ruego. Ven aquí. Te ves muy inestable.
—Son los zapatos. Son demasiado grandes.
—No son los zapatos. Es el vino.
—Champán —corregí.
Pero, justo entonces, Charlie dio un paso hacia la tabla. Sentí su peso.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Voy a buscarte.
—No hagas eso, Charlie. Tienes miedo de esta cosa.
—Tengo más miedo de que te caigas.
—No me voy a caer.
Charlie empezó a acercarse a mí.
—¡Ya basta! —dije—. Te dan miedo las alturas.
—No me dan miedo las alturas. Me da miedo el agua.
Señalé hacia la piscina.
—¿Qué crees que es eso?
—No puedo dejarte aquí. Tengo que ir a buscarte.
—¡Eso es ridículo! Ni siquiera sabes nadar.
—«Sé» nadar. Solo que «no» nado.
—Bájate —le dije—. Deja esto a los profesionales.
—¿Profesionales «borrachas»? ¿En traje de noche?
El vestido de noche. Casi lo había olvidado. Entonces, solo porque
sospechaba que diría cualquier cosa que yo quisiera en ese momento, dije:
—¿No me veo increíble en esta cosa?
Y entonces Charlie me sorprendió diciendo:
—Estás jodidamente increíble.
Vaya. Bien. Eso fue mejor de lo que esperaba.
—Emma —dijo Charlie—. Por favor, ven aquí. Estás tan borracha.
—No estoy borracha —dije—. Solo bebí demasiado.
—Esa es la definición literal de estar borracha.
—¿Por qué eres tan discutidor?
—¿Por qué no vienes aquí?
—Porque —dije—. No quiero.
Se sentía bien desafiarlo. Y molestarlo. Y preocuparlo. ¿Era esto lo que
todos los libros de paternidad que había leído mientras criaba a Sylvie
entendían por «comportamientos que llaman la atención»? Nunca lo había
entendido hasta ahora. Se sentía bien tener toda la atención de alguien,
buena o mala. Sobre todo, de alguien que ya tenía la tuya.
No me daría cuenta hasta que lo pensara más tarde, pero eso que
Charlie hacía tan bien de fingir que las cosas no importaban… Ahora
mismo no lo estaba haciendo.
Era todo lo contrario a despreocupado.
No fingía que no le importaba. Le importaba abiertamente. Mucho.
Puede que eso me gustara, también.
Charlie había llegado hasta la mitad de la tabla, hasta el final de las
barandillas. Se agarraba a la barandilla con los nudillos blancos mientras
me tendía la otra mano. La miré. Estaba temblando.
Hum.
Podría darle un susto de muerte en un clavado alto.
Tal vez eso era suficiente para mí. O tal vez me había despejado un
poco. O tal vez simplemente no quería arruinar el vestido de Sylvie. Pero
decidí bajar.
—Bien —dije—. Sin salto de cisne.
«Sentí» el suspiro salir del cuerpo de Charlie.
—Gracias —dijo, inclinándose más.
Pero, ¿por qué el camino de vuelta fue mucho más duro que el de ida?
Quizá porque me había dado cuenta de que Charlie tenía razón.
Estaba más borracha de lo que cualquier persona en una inmersión
tenía derecho a estar.
Fue una mala idea.
Las malas ideas dan mucho más miedo cuando te das cuenta de lo
malas que son.
Di un paso y luego doblé las rodillas para absorber el rebote de la tabla.
Di otro paso y volví a hacerlo.
Y entonces di un tercer paso… y probablemente fue el alcohol, pero los
zapatos demasiado grandes ciertamente no ayudaban, la tabla debajo de
mí rebotaba un poco, supongo que empujaba el talón hacia los lados al
subir, la sandalia demasiado grande estaba lo suficientemente floja como
para que todo el zapato rotara bajo mi pie… y entonces, para resumir,
tropecé.
Y caí. En la piscina.
Capítulo 26
Fue básicamente una caída de vientre, pero sobre mi costado.
Tropecé con ese zapato loco y luego me caí. No con gracia.
Hiciera lo que hiciera en la bajada, no fue, creo que todos estamos de
acuerdo, un salto de cisne.
Los detalles están un poco borrosos, pero hubo sacudidas. Y sacudidas.
Y gritos. Y después, una explosión como de escopeta cuando el costado de
mi cuerpo golpeó la superficie del agua con tanta fuerza que reventó la
costura lateral del vestido de mi hermana.
Me dolió muchísimo y también me dejó sin aliento. Todo lo que pude
hacer fue hundirme durante un minuto, irremediablemente enredada en
las cortinas de Maria von Trapp.
En ese momento, me sentí tan mal por lo que acababa de hacerle a
Charlie.
Pobre Charlie. Bajaba por la escalera lo más rápido que podía y llamaba
al 911 mientras se paseaba de un lado a otro por el borde, viéndome
ondular bajo la superficie, incapaz de salvarme.
Oh, Dios. Estaba perdida. Nunca llegarían a tiempo.
Era el momento. Moriría en la piscina de Esther Williams y me
convertiría en una nota a pie de página en su Wikipedia:
Una guionista fracasada se ahogó en la piscina de su segunda mansión tras
ser plantada por un hombre que no sabía nadar. Sus últimas palabras fueron:
—¡El solomillo Wellington frío no es un manjar!
¿Cuáles «fueron» mis últimas palabras? ¿Estaban relacionadas con la
cobaya?
Ahora nunca lo sabríamos.
Un final apropiado para mí, en cierto modo. Tal vez mi guion de
sirenas se vendería ahora, con la macabra adición de una tragedia acuática
de la vida real a la ficción.
Pasara lo que pasara, Charlie cargaría con la aplastante culpa de este
momento durante el resto de su vida. Había querido venganza, sí, pero no
tanta.
Pobre tipo.
Pero entonces, antes de tener la oportunidad de enumerar más
arrepentimientos o de sentirme agradecida por mis bendiciones o de
empezar a escribir mi obituario mental, algo me agarró por la cintura y
empezó a tirar de mí hacia la superficie.
Charlie.
El brazo de Charlie, para ser específicos. Apretado alrededor de mi
cintura mientras sus otras extremidades nos impulsaban por el agua.
Hum.
Charlie no tenía un ataque de pánico en el borde de la piscina. Estaba
debajo del agua conmigo.
Realmente sabía nadar.
En cuanto llegamos a la superficie, tosí, balbuceé y jadeé, Charlie me
giró sobre mi espalda y me tiró de los hombros, con sus piernas en tijera
debajo de nosotros, hasta los escalones de la parte menos profunda.
Me apoyó en el segundo escalón y yo me tendí sobre el borde de la
piscina, los dos respirando y tosiendo mientras Charlie me ponía la mano
en el hombro mojado, sin otra forma de ayudarme. Nos quedamos así unos
minutos, intentando regular la respiración. Me escocía muchísimo el
costado, desde el tobillo hasta el hombro, donde había golpeado la
superficie del agua.
Vaya manera de recuperar la sobriedad.
Pero estaba viva. Ahora mismo debería estar bien ahogada, no de
repente hiperconsciente de los húmedos golpecitos de la palma desnuda
de la mano de Charlie cuando me acariciaba el hombro desnudo.
—¿Estás bien? —preguntó Charlie entonces.
Me volví hacia él.
—Estoy bien —le dije—. ¿Estás bien?
En respuesta, Charlie tosió un poco más.
—Oh, Dios —dije—. Estás medio ahogado.
Pero Charlie negó con la cabeza.
—Estoy bien. —Mientras se acomodaba, se volvió para inspeccionar
mi cuerpo—. Pero te has caído de vientre.
—Caí de costado —señalé, como si eso fuera mejor.
—Puedes romperte una costilla golpeando el agua desde esa altura.
Puedes…
—Lo sé, lo sé. Explotar tus órganos internos. Me lo dijiste.
Charlie me miró a los ojos.
—¿Ha explotado algo?
—Solo mi dignidad.
—Bueno —dijo Charlie, con un microscópico brillo de afecto en los
ojos—. Eso no es esencial.
—Dímelo a mí.
Seguimos respirando un minuto más antes de que Charlie dijera:
—Sabía que esto iba a pasar.
—¿Lo sabías? No lo sabía.
Charlie intentó sacudirse el agua de la oreja.
—Sabía desde el primer día que viniste aquí que de alguna manera, de
alguna forma, me harías saltar de ese trampolín.
Fruncí el ceño.
—¿Te tiraste del trampolín?
Charlie asintió.
—¿Justo ahora? ¿Te tiraste después de mí? ¿Así es como acabaste en el
agua?
Charlie volvió a asentir.
¿Por qué era tan conmovedor?
—Estoy muy impresionada, Charlie —le dije—. Los saltos altos dan
miedo incluso si no le tienes miedo al agua.
—Estoy de acuerdo.
—Pero te metiste, de todos modos.
Charlie me miraba ahora a los ojos.
—Eso fue realmente valiente —continué—. Me salvaste la vida.
Realizaste «un rescate acuático».
Había algo eléctrico en todo aquello. La forma en que se inclinaba hacia
mí, me examinaba y estaba empapado, pero de alguna manera era tan
consciente de mí que ni siquiera parecía darse cuenta. Centrado en mí
como si no pudiera ver nada más.
—Gracias —dije y lo dije de verdad.
Pero todo era demasiado intenso. Charlie tuvo que romper el
momento.
—¿No podrías haber intentado morir de «otra» manera?
Arrugué la nariz.
—Prefiero la peor manera posible. Es mi estilo.
Charlie negó con la cabeza.
—Cualquier cosa menos agua la próxima vez, si no te importa.
—Pero —señalé—, te di la oportunidad de vencer tu hidrofobia.
Charlie sonrió y bajó la mirada.
—Eres un grano en el culo.
—Lo que oí —dije—, es gracias.
En ese momento, una brisa entró por el patio y Charlie vio los
escalofríos en mis brazos.
—Tienes frío —me dijo.
Parecía un poco triste.
—Tú también.
—Vamos —dijo.
—¿Dónde?
—Adentro. A secarnos.
Mientras lo decía, me rodeó con los brazos para recogerme y sacarme
del agua como si fuera un superhéroe empapado, harapiento y vestido de
pana.
—Esto parece algo sobre lo que deberíamos estar escribiendo, no
haciendo —le dije a Charlie en el cuello mientras me llevaba escaleras
arriba y de vuelta a tierra firme.
Pero Charlie se limitó a decir:
—No sabría ni por dónde empezar.
Charlie me llevó directamente a su habitación, me envolvió en una
toalla tan grande como una sábana y me sentó en su cama mientras
rebuscaba en su cómoda para encontrarnos ropa seca. Ahora sí que estaba
temblando, así que me quedé muy quieta y esperé.
—Voy a cambiarme primero muy rápido —dijo desde detrás de mí—,
luego nos ocuparemos de ti.
—Bien —dije, castañeteando un poco los dientes.
—No mires —dijo Charlie. Estaba a solo unos metros de distancia.
—No hace falta que me lo digas —dije, apretando los ojos con fuerza.
Y luego hubo un notable silencio en el que oí roces, palmadas y
chirridos mientras Charlie, supuestamente, se despojaba de su empapada
ropa, se secaba con una toalla y la sustituía por otra seca.
No estaba mirando. Nunca habría mirado.
Al principio.
Pero entonces llegó un momento en el que supongo que Charlie debía
de estar cerrando un cajón y se pellizcó un dedo, tal vez, porque a
continuación le oí chillar y, cuando miré, estaba dando saltitos y
sacudiéndose la mano.
Sin camiseta.
Había alcanzado el estatus de pantalón completo… pero ni siquiera
había empezado con la camisa.
Fue un poco chocante, la verdad.
Habíamos nadado mucho juntos, por supuesto, así que ya había visto
antes su pecho, sus hombros y toda su… mitad superior. Tal vez fuera el
contexto esta vez, en su habitación, yo todavía al sur de la sobriedad, él
«desnudo desde hacía muy poco».
—«¡Miraste!» —dijo Charlie, como si yo fuera una tramposa.
—«¡Gritaste!» —contraataqué, como si fuera un alborotador.
—Estaba bien.
—No lo sabía.
—Vuelve a cerrar los ojos —ordenó Charlie.
—Ponte la camiseta —le ordené.
Pero los cerré. Y esperé. De mala gana.
Para cuando Charlie llegó frente a mí con un juego de sudadera y
chándal para que lo usara, estaba semideterminada a no volver a abrirlos.
—Ya está bien —dijo Charlie.
—No confío en ti.
Cuando por fin me asomé a través de las pestañas, Charlie llevaba una
sudadera con capucha estampada con las palabras «Prefiero estar con mis
amigos imaginarios».
—¿De quién es esa cita? —pregunté, dejando de fingir y frunciendo el
ceño.
—Mía, en realidad —dijo Charlie—. Una vez se lo dije a mi hermana
en una cena familiar y la mandó a imprimir en una sudadera con capucha.
Luego levantó la que había cogido para mí «Los escritores lo hacen en
la página».
Me encontré con sus ojos, como «¿en serio?»
Charlie se encogió de hombros.
—Mi hermana no para de regalarme ropa de entrenamiento con
temática de escritores.
—Esa es… humillante —dije.
—Estoy de acuerdo —dijo Charlie, tirando de mí hasta una posición de
pie para que pudiéramos empezar—. Pero tiene forro polar.
Temblaba demasiado como para discutir.
—Bien.
—Toma —me dijo, tendiéndome el juego.
Pero negué con la cabeza.
—Tengo demasiado frío.
—No entrarás en calor hasta que estés seca —dijo Charlie.
Estaba temblando. De eso estaba segura.
Charlie debió de mirar a la humana mojada, temblorosa y todavía
borracha que tenía delante y decidió que no teníamos nada más que una
situación médica entre manos. No dudó.
—Voy a ayudarte, ¿bien? —dijo.
—¿Ayudarme a hacer qué?
—Cambiarte.
—¡Qué! ¡No!
—Mira —dijo Charlie—. No puedes quedarte así.
—Yo lo haré —dije, extendiendo un brazo tembloroso para coger la
sudadera.
Pero entonces, se me cayó. Ambos miramos hacia abajo donde aterrizó.
—Alguien tiene que ponerte ropa seca —dijo Charlie, recogiéndola de
nuevo—. Haz de cuenta que soy médico.
—Pero no eres médico.
—Deberías haberlo pensado antes de catapultarte desde mi trampolín.
Realmente tenía mucho frío.
—Bien —dije, sin ver una forma viable de discutir—. Pero tienes que
cerrar los ojos.
—¿Cómo se supone que voy a hacer eso?
—Ecolocalización —dije—. Como un murciélago.
—Emma —dijo Charlie—. Eso no es…
—De ninguna manera dejaré que «me veas desnuda» —dije, en un tono
como si con gusto moriría de hipotermia antes de dejar que eso sucediera—
. Y no creo que a esa malvada exmujer de tu novia le haga mucha ilusión
que lo hagas, tampoco.
—Bien —dijo Charlie—. Cerraré los ojos.
—Bien —dije—. No mires.
¿Había pensado que si Charlie veía mi cuerpo desnudo, tembloroso,
húmedo, casi hipotérmico y con la piel de gallina, sería demasiado erótico
para cualquiera de los dos?
Porque lo que acababa de insistir era peor.
Charlie cerró los ojos y nunca le vi intentar hacer trampa, pero eso
significaba que tenía que ponerme las manos encima para averiguar cómo
quitarme aquel maxivestido mojado y enredado.
—Creo que se rasgó cuando me caí —dije.
—Definitivamente sí.
—¿Cómo puedes saberlo?
—No quieres saberlo.
Oh, Dios. ¿Qué había visto Charlie?
Al menos por ahora, no estaba mirando.
Pero como no podía verme, tenía que «sentirme». Por todas partes. En
lugares en los que nunca me había fijado ni había pensado: desde el interior
del codo hasta el contorno de la cadera, el suave hueco bajo el ombligo y
la… columna. Y por todas partes. Te lo digo, esas manos eran
«omnipresentes», mientras desenredaba la tela húmeda y movía las
extremidades para colocarlas mejor, dando sin descanso pinceladas y roces
accidentales en lugares inesperados que me producían escalofríos de otro
tipo.
Me aferré al holgado pantalón de chándal y a la sudadera para proteger
mi frente como una barrera protectora entre nosotros. Pero no era rival
para los tocamientos.
Tenía demasiado frío para disfrutarlo, por supuesto.
Sobre todo.
Una vez que el vestido empapado estuvo en el suelo de Charlie, tuvo
que volver a subir con las manos hasta encontrar el elástico de mi ropa
interior en las caderas y bajármelo hasta los tobillos para que pudiera
quitármela y luego tuvo que volver a subir y pasarme la mano por detrás
de la espalda para desabrocharme el sujetador de tirantes, cuya mecánica
le desconcertó por completo.
Supongo que podría haberme dado la vuelta para trabajar en los
ganchos. Pero no lo hizo. Se limitó a rodearme con los brazos y me
estremecí desnuda mientras él tiraba y tiraba de los ganchos, la barba
incipiente de su mandíbula me rozaba la mejilla mientras me daba casi
imperceptibles bocanadas de frustración al oído. ¿A qué olía? ¿A crema de
afeitar clásica de barbería? Dulce y también un poco salada. Fuera lo que
fuera, deseé poder robar un poco para llevármelo a Texas.
—Odio este artilugio —dijo Charlie, disculpándose por haber tardado
tanto.
Realmente me estaba congelando.
—Empuja y «luego» tira —dije con labios temblorosos.
Una vez me hube quitado todo lo mojado, le entregué a Charlie los
pantalones de chándal sin quitarme la sudadera, cuidadosamente colocada
delante de mi torso como un escudo de polyblend. Se agachó y me colocó el
chándal para que pudiera ponérmelo y luego me lo subió por las piernas
hasta la cintura.
—¿Mejor? —preguntó.
—Llegando —dije.
Luego, con los ojos aún cerrados, mantuvo la sudadera abierta como
una O para que yo también pudiera deslizarme dentro.
En cuanto entré, Charlie abrió los ojos.
—Oye —dije—. No dije que pudieras abrir los ojos.
—Necesitas calcetines —dijo Charlie, muy serio. Cogió un par grueso
de su cajón y se puso en cuclillas junto a mis pies para ponérmelos. Me
apoyé en su hombro para mantener el equilibrio.
Cuando terminó con los calcetines, miró el vestido mojado y vacío,
como si eso, entre todas las cosas, le desconcertara.
—Tíralo —le dije.
—Es un vestido excelente —dijo Charlie, en señal de protesta.
—Ahora está arruinado —dije. En más de un sentido.
Charlie no se resistió. Lo lanzó hacia su cubo de basura, pero falló.
—No puedo creer que me hayas obligado a hacer eso —dijo entonces
Charlie.
—¿Qué? —pregunté—. ¿Tirar mi vestido?
—Cámbiate de ropa con mis propias manos.
—Deja de quejarte —le dije—. Estás bien.
Pero Charlie no iba a dejar de quejarse.
—Clásico de Emma —dijo—. Todo lo que dices que no es romántico es
romántico. Dijiste que no es romántico que la gente se caiga encima, pero
luego te caíste encima de mí y lo fue. Dijiste que bailar no es romántico,
pero luego fuimos allí y te quedaste mirando a ese italiano y pensé que iba
a perder la cabeza. Y aquí estás diciéndome que te desnude con los ojos
cerrados, como si no pudiera verte, sería PG-13, pero en vez de eso tengo
que poner mis manos sobre ti y no es mejor, es «mucho peor».
Cuando terminó, se había puesto de pie y estaba cara a cara conmigo.
Tenía los ojos oscuros y parecía un poco loco.
—¿Estás enfadado conmigo? —pregunté.
—No —dijo Charlie, todavía con cara de enfado.
—Pensé que no sentías cosas así —dije—. Pensé que tu corazón era un
pájaro suicida.
—Siento sentimientos, ¿bien?
—Sí, pero no «esos» sentimientos. ¿Te acuerdas? Tuve que explicarte
cómo se siente el amor y ni siquiera te gusto así, como me has explicado en
términos muy claros y vas a volver con tu malvada exmujer. Nada de esto
debería ser un problema para ti. Aquí no debería pasar nada más que
mecánica y punto.
Charlie fruncía ahora el ceño con fuerza, como si tuviera cincuenta
cosas diferentes que quisiera decir pero no pudiera decidirse entre ellas.
Esperé. Fruncí el ceño.
Finalmente dijo:
—No voy a volver con Margaux, ¿bien? Eso no va a pasar. Eso nunca
iba a suceder.
—Dijiste que lo harías.
—Dije que «podría».
—¿Estamos analizando verbos ahora?
—La cuestión es —comenzó Charlie, pero luego se detuvo.
Le di un segundo y luego dije:
—¿Qué? ¿Qué sentido tiene?
Su voz se calmó.
—La cuestión es que deberíamos buscarte una manta y secarte el pelo.
—Ya no tengo frío —dije.
—Sí, lo tienes.
—No, no lo tengo.
Charlie bajó la mirada hacia mi boca.
—Tienes los labios azules.
Dejé caer mi mirada hacia la suya.
—¿Y? Los tuyos también.
—No soy la persona que temblaba demasiado para ponerse su propia
ropa.
—Bueno, no soy la persona que está super enfadada por nada.
En ese momento, nos miramos fijamente. ¿Por qué nos peleábamos?
Volví a mirar sus labios azulados y él miró los míos.
Y entonces solo quedaba una cosa por hacer.
Agarré su sudadera por el cuello y tiré de él para besarlo.
Que conste que me devolvió el beso.
Con entusiasmo.
En cuanto nuestras bocas se encontraron, me aferró a él y le devolví el
abrazo, devorándonos como animales hambrientos. Tal vez todo era solo
físico. Tal vez este tipo de cosas estaban destinadas a suceder si hacías que
cualquier hombre te quitara el vestido mojado y te deslizara miembro por
miembro en un conjunto de su propia sudadera y chándal.
Pero no me importaba.
Yo no le gustaba, pero no me importaba.
Me iba en dos días, pero no me importaba.
Su corazón solo podía atacar a su propio reflejo, pero no me importaba.
Este momento, aquí mismo, sin importar de dónde viniera o lo que
significara o a qué conduciría o no, valía la pena.
Me abrazó con fuerza y le pasé las palmas de las manos por la
mandíbula y el pelo. Se me agolpaban tantas preguntas en la cabeza que ni
siquiera podía prestar atención. ¿Este beso estaba arruinando todos los
demás besos habidos y «por haber»? ¿Había alguna forma de entrar en su
cuerpo? ¿Cómo podía hacer que esto durara para siempre?
Ya no tenía frío, eso estaba claro.
Di un paso atrás hacia la cama, sin romper el beso y Charlie me siguió.
Entonces di otro paso y él también lo siguió.
Luego, cuando la parte posterior de mis pantorrillas tocó el marco de
la cama, apreté los brazos alrededor de su cuello para sujetarme mientras
subía a la cama, sin romper nunca el beso e intentaba tirar de él hacia allí
después de mí.
Pero en cuanto Charlie se dio cuenta de lo que estaba haciendo,
retrocedió y se separó, dejándome allí arrodillada y sola.
Se tomó un segundo para serenarse, respirando con dificultad. Luego
dijo:
—Emma, no podemos.
—Claro que podemos.
—Ya dijimos que no íbamos a empezar nada.
—Pero parece que seguimos haciéndolo de todos modos.
—Emma, lo acordamos.
—Tú lo hiciste —dije.
Pero ahora estaba volviendo en sí.
Sacudió la cabeza.
—Tenemos que parar.
—¿Por qué?
—Has estado bebiendo, para empezar.
—Estoy totalmente sobria.
—Eso es exactamente lo que diría una persona borracha.
—El panzazo me puso sobria.
—Eso no funciona así.
—Tal vez sea la hipotermia…
—No tienes hipotermia.
—…o tal vez sea la adrenalina. ¿Quién sabe qué tipo de reacciones
químicas se producen dentro del cuerpo humano? Pero estoy bien. —Me
toqué la nariz con el dedo índice un par de veces como prueba—. ¿Ves?
¡Tranquilo! Estamos bien. Ahora mismo podría caminar en línea recta.
Podría hacer una voltereta. Podría hacer la prueba de aptitud escolar.
—Emma —dijo Charlie—, hay una botella de champán vacía tumbada
en el jardín.
—Admito que es una gran cantidad de alcohol —dije, intentando sonar
extrasobria—. Pero la bebí despacio y con responsabilidad durante un
largo periodo de tiempo. Como una adulta. —Luego, para darle más
garbo—. Como una adulta «francesa».
—Emma —dijo Charlie, sacudiendo la cabeza—. No estás en
condiciones de dar tu consentimiento… a nada.
Uf. ¿Ahora me estaba tirando lo del «consentimiento»?
¿Cómo iba a discutir eso?
Tal vez podría usar mis artimañas femeninas.
¿«Tenía» artimañas femeninas?
Decidí averiguarlo.
—Ven aquí —le dije, haciéndole señas para que se acercara.
Charlie se inclinó con cautela.
—Me voy dentro de unos días —le dije con tono conspiratorio—. No
tendremos que volver a vernos. Así que me preguntaba si estarías
dispuesto… muy rápidamente… —Y todavía no puedo creer que haya
sugerido esto—. A ir a la cama conmigo.
—¿Qué? —gritó Charlie, tirando hacia atrás.
—Me parece una idea estupenda —dije, negándome a participar en su
drama.
—Emma —dijo Charlie, sacudiendo la cabeza—. ¿Tengo que explicarte
lo que es el consentimiento?
—No se lo diré a nadie —susurré.
—No habrá nada que contar —susurró Charlie.
—Mira —dije, cambiando de táctica—, nunca en toda mi vida he tenido
la oportunidad de acostarme con alguien con quien realmente, realmente
quisiera acostarme. —Para que quede claro—. Realmente, realmente
quiera acostarme. —Era un eufemismo de «estaba perdidamente medio
enamorada».
Quizá más de medio.
Pero era información confidencial.
—Y —continué—, me gustaría mucho, mucho acostarme contigo.
Concretamente.
Charlie cerró los ojos con un suspiro de «qué pesadilla».
Pero seguí adelante. Era mi oportunidad y la iba a aprovechar.
—No vivo una vida en la que oportunidades como esta se presenten
muy a menudo. Puede que nunca vuelva a tener una oportunidad como
esta. Así que realmente me estarías haciendo un favor. No estoy diciendo
que debamos salir… ni siquiera que sigamos en contacto. Solo por
diversión, ¿eh? Solo un pequeño regalo. Todo lo bueno y nada de angustia.
Mi vida no tiene tiempo para el romance real de todos modos. Mi agenda
está demasiado cargada de… —No se me ocurría nada, así que terminé
con»—. Preocupaciones y estrés.
Ahí estaba. Ese fue mi lanzamiento.
Durante un pequeño segundo, Charlie se quedó muy quieto y me
pregunté si estaría tentado.
Estudié su rostro serio de escritor y sentí un pequeño zumbido de
esperanza.
Pero fue entonces cuando Charlie dijo:
—Absolutamente no. De ninguna manera.
Le di un segundo para que cambiara de opinión.
Luego, como no lo hizo, pregunté:
—¿Charlie?
—¿Qué?
—¿Por qué no te gusto?
Charlie parpadeó, como si ni en un millón de años lo hubiera visto
venir.
—¿Es mi pelo? —pregunté, ya de acuerdo—. ¿Es el encrespamiento?
—¡No! —dijo Charlie. Como si se sintiera ofendido por la pregunta.
—¿Es el color? —Tiré de uno de los rizos para echarle un vistazo—. Lo
entiendo. La forma en que te araña la parte posterior de los globos oculares.
Es mucho.
Charlie negó con la cabeza.
—No —dijo—. Me encanta tu pelo.
Hum. Bien.
—¿Es mi sudadera con capucha de fresa? —pregunté—. Sé que es una
locura. Pero mi… —Mi respiración se entrecortó inesperadamente aquí—.
Mi mamá me la dio.
—Tu sudadera con capucha de fresa es adorable —dijo Charlie, ahora
con voz más suave.
Pero buscaba una respuesta.
—¿Es por cómo destrocé tu guion la primera vez que vine? Eso no debe
haber sido divertido para ti. ¿O cómo me burlé tanto de ti por intentar abrir
un tubo de masa con abrelatas? ¿O cómo sigo poniendo los ojos en blanco
ante tu película sobre la mafia? Podría revisar mi opinión sobre eso. Quizá
no le he dado a los pantalones de campana una oportunidad justa. ¿Soy
demasiado habladora? ¿Es eso? ¿Demasiado obstinada? ¿Demasiado
directa? Tal vez si me dices lo que es, podría tratar de arreglarlo.
—Deja de hablar —dijo Charlie—. Me estás haciendo enojar.
—Así que… no tiene arreglo. ¿Es eso lo que estás diciendo?
—Tú no necesitas arreglo —dijo Charlie—. Yo soy el que necesita
arreglo.
Había una finalidad imposible en su voz.
—Me preguntas qué te pasa —continuó Charlie—, pero deberías
decirme qué pasa «conmigo». No soy un buen partido, Emma. Soy un
insomne. Soy un misántropo. Me gusta más la gente imaginaria que la real.
No he doblado ropa en, como, cuatro años. Esto no es un rechazo para ti.
Es un escape afortunado.
¿Qué estaba haciendo? ¿Tratando de convencerme de que no me
gustara?
Ninguna de esas cosas era decisiva, pero bueno.
Ninguna de esas cosas rompía el trato… pero quizá «el hecho de que
las enumerara» sí. ¿Cómo de total, incontrovertible y completamente
desinteresado debía estar en mí para construir un caso contra sí mismo de
esa manera, en mi cara?
Respiré durante cinco segundos.
—Bien —dije, asintiendo.
—Bien, ¿qué?
—Bien, lo entiendo.
—¿En serio?
Asentí con la cabeza.
—Realmente no te gusto —asentí un poco más—. Dejaré de molestarte.
Me dejé llevar. Nunca había tenido un compañero de escritura. O vivido
con un chico. Debo de haber —y aquí volví a citarlo—… conectado puntos
que no necesitaban ni querían ser conectados.
Charlie desvió la mirada.
—Seguía pensando que debíamos estar teniendo un malentendido.
Pero no hay ningún malentendido. ¿Es eso cierto?
Charlie asintió y volvió a mirarme a los ojos.
—No hay ningún malentendido.
—Sabes que me gustas y sabes que te estoy haciendo «proposiciones»
—dije—. Y cualquier sensación que sigo teniendo de que también te gusto,
es solo una ilusión que distorsiona mis percepciones, porque estás diciendo
clara y llanamente que no.
Charlie asintió, como si realmente estuviera triste.
Luego dijo:
—Estoy diciendo clara y llanamente que no.
Capítulo 27
Nunca tuve la oportunidad de despertarme, como debería haber
hecho, y «marinarme» en la humillación.
Nunca tuve la oportunidad de abrir los ojos y sentir un horror
indescriptible por haberme caído borracha del trampolín de Charlie Yates,
haberlo obligado, borracha, a rescatarme y haber intentado obligarlo,
borracha, a acostarme con él, un hombre que claramente «no estaba
interesado».
Era suficiente para mantener mi cabeza batiendo vergüenza como
mantequilla durante años.
Pero no había tiempo ni para empezar.
Porque antes de que sonara mi alarma, recibí una llamada de Sylvie.
No una de sus divertidas llamadas por FaceTime. Una llamada de
emergencia de verdad, a la antigua, en mitad de la noche.
A las tres y media de la madrugada.
—¿Sylvie? —dije, mientras tanteaba el teléfono en la oscuridad.
—Es papá —dijo y el pánico en su voz me lo dijo todo—. Se cayó por
las escaleras.
—¿Qué escaleras?
—De nuestro apartamento.
—¿Las escaleras de «hormigón»?
—Está en cuidados intensivos ahora mismo. No se despierta. Está mal.
—¿Qué tan mal? —pregunté.
—Emma. Tienes que venir a casa.
Mi mente rechinó como si estuviera en primera en la autopista.
—Bien —dije—. Cambiaré mi boleto.
—No —dijo Sylvie—. No hay tiempo. Envíame la información de tu
vuelo. La madre de Salvador trabaja para Southwest.
—Bien, bueno —dije, abriendo el portátil y buscando el correo
electrónico de confirmación. Se lo reenvié y luego dije—: Hecho. ¿Y ahora
qué?
—Ahora ve al aeropuerto —dijo Sylvie—. Ahora mismo.

Ni siquiera me duché ni me quité la sudadera de Charlie de «Los


escritores lo hacen en la página». Me cepillé los dientes, me recogí el pelo
en pompón, metí todo lo que tenía en la maleta y en el equipaje de mano
aún roto, pedí un Uber y me fui.
Ni siquiera tuve tiempo para una nota.
Charlie seguía dormido, por supuesto.
Mientras subía a la parte trasera del Uber, Sylvie me llamó para
ponerme al día.
—Tenemos el cambio de vuelo —dijo—. ¿Qué tan rápido puedes
llegar?
—¿Qué tan rápido podemos llegar al aeropuerto? —le pregunté al
conductor.
—Hora y cuarto —dijo—, en un buen día.
—Este vuelo es a las seis —dijo Sylvie.
—No es tiempo suficiente —dije.
—Inténtalo —dijo Sylvie—. No hay otro asiento libre hasta el vuelo
nocturno.
Ella no dijo «y para entonces podría ser demasiado tarde».
Entonces, sintiéndome medio ridícula, le dije al conductor:
—Lo siento mucho, pero ¿conoce por casualidad algún atajo para llegar
más rápido?
Mantuvo los ojos en la carretera.
—La verdad es que no.
—Queda poco tiempo para mi vuelo —dije, como si fuéramos a
participar en una carrera contrarreloj al estilo Fórmula Uno.
—Saben que llegarás —dijo Sylvie—. Quizá te retienen el avión.
—Las aerolíneas no retienen aviones para la gente, Sylvie —le dije—.
Tienen regulaciones. Y normas. Y requisitos. ¡Y otros pasajeros!
—Pero tal vez —continuó Sylvie, imperturbable ante la realidad—,
dada toda la situación…
—¿Cuál «es» la situación? No tengo ni idea de lo que está pasando.
Ahora que teníamos un minuto, Sylvie respiró hondo.
—Tuvo un ataque de gota en las escaleras del apartamento y sufrió una
caída muy fuerte.
—¡Él sabe que no debe subir por esas escaleras! —dije en protesta.
—El ascensor estaba fuera de servicio —dijo Sylvie—. Debió de pensar
«solo es una subida». Debió de pensar «¿qué posibilidades hay?» Pero
sucedió. Cayó hasta el rellano. Tiene la cara cortada e hinchada, le han
tenido que poner puntos en la frente y ni siquiera parece él mismo. Le tomé
una foto en urgencias, pero no me atrevo a enviártela. Si pudiera borrarla,
lo haría. —Sylvie respiraba entrecortadamente—. Perdió el conocimiento
al golpearse contra el rellano y no ha despertado. El nieto de siete años de
la señora Otsuka llamó enseguida al 911 y se quedaron con él todo el
tiempo.
—¿El «nieto de siete años» llamó al 911?
—Es muy maduro.
Envié un agradecimiento silencioso al nieto de la señora Otsuka.
Sylvie prosiguió.
—El escáner del cerebro de papá mostró un hematoma subdural, que
es una hemorragia entre el cerebro y el cráneo, pero el cráneo no cede. Así
que cuando se produce una hemorragia, la sangre no tiene adónde ir. Si la
presión aumenta demasiado, puede causar lesiones cerebrales o incluso la
muerte.
—¿Qué tan grave es la hemorragia de papá?
—Es —Sylvie vaciló—. No está bien. Nos han enseñado el TAC del
cerebro y la sangre está descentrando todo el cerebro. El médico marcó el
charco de sangre en la imagen con el bolígrafo y dijo: «esta es la sangre» y
yo dije: «hombre, hasta yo puedo verla».
—¿Y qué hacen? ¿Cómo la sacan de ahí?
—Cirugía —dijo Sylvie, dando la respuesta corta—. Está ingresado
ahora mismo. Básicamente, en cuanto vieron el escáner, lo llevaron
corriendo al quirófano. Es lo que se llama… —Escuché un papel que se
movía como si estuviera revisando sus notas—. Un «orificio de trépano».
—Ahora parecía que estaba leyendo—. Perforan un pequeño agujero en el
cráneo para extraer la sangre.
—¿Está en cirugía de emergencia ahora mismo?
—No había tiempo para esperar.
—¿Estás en la sala de espera?
—Estoy afuera. Salvador dice que eso de que los móviles interfieren
con los equipos del hospital es real.
Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar. La pregunta
más grande y ruidosa, por supuesto, era «¿estará bien papá?»
Pero Sylvie no tenía la respuesta a esa pregunta.
Así que fui con la siguiente que me vino a la mente:
—¿Por qué fue el nieto de la señora Otsuka?
—¿Qué? —preguntó Sylvie.
—¿Por qué fue el nieto de la señora Otsuka el que llamó al 911 y no tú
o Salvador?
Una pausa extraña.
—¿Sylvie?
Luego una respuesta silenciosa.
—Porque… no estábamos en casa.
—¿Qué? —grité tan fuerte que el conductor se desvió. Luego, más
bajo—. ¿Dónde estabas?
—Estábamos en la playa —dijo Sylvie—. En una cita.
Cada vez peor.
Es bastante raro que me quede totalmente sin palabras, pero así fue.
Cuando por fin encontré algunas, todo lo que pude hacer fue repetir.
—¿Estuviste en «la playa»? ¿En una «cita»?
En ese momento, Sylvie rompió a llorar, con voz gruesa y temblorosa.
—Papá nos «dijo» que fuéramos. «Insistió» en que fuéramos.
Prácticamente nos obligó.
—¿Así que dejaste su vida en «manos de un niño de siete años»?
Sylvie no podía negarlo.
Continué.
—¡No puedes ir a la playa cuando eres la cuidadora de papá! ¡No
puedes ir «a ninguna parte»! ¿Por qué crees que no me he divertido en diez
años? ¿Crees que tengo mala personalidad? ¿Que no me gusta la diversión?
¿Qué parte de todas las medicinas, los historiales, la hemiplejia y los cinco
libros que te di sobre la enfermedad de Ménière te hizo pensar que podías
irte a la playa sin más? ¿Te gustaría saber cuántas veces fui a la playa en
todos estos años? Cero. ¡Cero veces! ¿Llevas así seis semanas… y has
decidido «tomarte unas vacaciones» sin más?
—No estábamos de vacaciones —dijo Sylvie—. Nos íbamos a
comprometer.
Me detuve.
Entonces dije.
—¿Comprometidos? Como, ¿para casarse?
—Para casarnos —confirmó Sylvie—. Salvador le pidió permiso a papá
la semana pasada, luego los dos urdieron todo este plan… y estaban tan
entusiasmados. Totalmente confabulados. Papá se estaba divirtiendo
mucho y creando lazos afectivos, no es que necesitaran crearlos. Ya son
como mejores amigos. Papá está enseñando a Salvador a tocar la armónica
y han montado una diana de dardos en el salón…
—Eso no puede ser una buena idea…
—Y Salvador adora a papá y es tan bueno cuidando a la gente… es tan
cuidadoso… y por eso tiene todo este sueño para nosotros de que nos
casemos y construyamos nuestras vidas alrededor de papá, de la familia y
de ser los mejores cuidadores de la historia y eso es lo que estábamos
intentando hacer, dar otro paso adelante en nuestras vidas juntos y hacer
que todo eso ocurra.
—Y luego te fuiste a la playa —dije, en un tono que claramente sonaba
mucho más como «y luego mataste a nuestro padre».
Lo cual, concedido, quizá fuera un poco duro.
Sylvie se puso a sollozar.
Pero no me importaba.
Tal vez por primera vez, no estaba del lado de Sylvie primero.
Quería empatizar con ella, de verdad.
Objetivamente, su pequeña fantasía era encantadora. ¿A quién no le
entusiasmaría la idea de construir una pequeña vida de «salud y bienestar»
con Salvador y sus niños correteando por ahí, con excursiones al mercado
agrícola y terapias de vanguardia para ayudar a nuestro padre a vivir lo
mejor posible?
En otro escenario, yo también me habría subido a bordo.
Pero tal y como estaba, en medio del tráfico mientras corría hacia el
aeropuerto con nuestro padre siendo operado de urgencia, todavía con la
humillante sudadera de Charlie, me costaba acentuar lo positivo. Todo lo
que podía ver en el plan de Sylvie y Salvador era egoísmo. Egoísmo y
arrogancia. ¿Querían «ir a la playa»? ¿Cómo se atrevían?
¿No sabían que si hubiera alguna forma de hacer que la vida con papá
fuera «encantadora y deliciosa» ya la habría encontrado?
—Lo dejaste —dije, sintiendo un aullido en el pecho que ahora
reconozco como diez años de resentimiento tácito—. ¡Para ir a la playa! Y
se cayó por las escaleras y ahora está al borde de la muerte con un agujero
en la cabeza. Eso es todo. ¿Creías que lo que he estado haciendo todos estos
años era fácil? ¿Creías que no había sido lo suficientemente creativa en mi
enfoque? ¿Creías que no iba a la playa porque no quería?
Sylvie no contestó.
—¡Me «encanta» la maldita playa! —medio grité.
Sylvie seguía llorando, pero no me importaba.
—¡Hubiera dado «cualquier cosa» por ir a la playa! Pero no lo hice.
Porque sabía que… solo yo… era lo único que se interponía entre el único
padre que nos queda y esta misma situación. Tú también lo sabías. No
podías no saberlo. Seguro te eché a perder. Me maté para darte todo lo que
siempre quisiste y supongo que te enseñé que así es la vida, pero estuve
mintiendo todo el tiempo. Eso es lo contrario de cómo es la vida. ¡No
consigues todo lo que quieres! Consigues unos trocitos rotos de lo que
pensabas que querías y te dices una y otra vez que es más que suficiente.
—Lo siento —susurró Sylvie.
Pero ahora estaba acelerada.
—Es tan tentador culparme a mí misma —continué—. Que te tendí una
trampa para que me fallaras al no pedirte nunca que sacrificaras nada ni
pensaras en nadie más, nunca, aparte de ti misma. Estoy tan tentada de
decir que la culpa es mía, como hago siempre. ¿Pero sabes qué, Sylvie? Esto
es realmente sobre ti. Esto no era complicado. Esto no era confuso. ¡Te dije
lo que tenías que hacer! ¡Nunca pierdas de vista a papá! ¡Simple! ¡No es
«fácil», pero es simple! Lo hice día tras día durante diez años y todo lo que
necesitaba de ti eran seis patéticas semanas, pero supongo que no puedo
tenerlas. Puedes renunciar a tus prácticas y actuar con abnegación y hacer
este gran gesto de decirme que me vaya y viva mis sueños, pero si no
puedes hacer bien el trabajo, entonces no puedo hacerlo realmente,
¿verdad? Si dejas a papá solo y acaba en cuidados intensivos y yo tengo
que volver corriendo a Texas al amanecer sin decirle a Charlie lo que ha
pasado y acabo incumpliendo nuestro contrato y sin cobrar… ¡eso es lo
mismo que no dejarme ir!
Pero en cuanto oí esas palabras, tuve que corregirlas.
—¡No! ¡Espera! —continué, con la voz empezando a temblarme—. ¡Es
«peor»! Porque me diste esperanzas y es mucho más angustioso esperar
algo y no conseguirlo que ni siquiera tener esperanzas.
—Lo siento —chilló Sylvie.
Pero estaba tan enfadada que no me importó.
—Ni siquiera sé qué hacer ahora mismo —dije—. Pero sé una cosa con
seguridad. ¿Si papá muere? ¿Si tu «viaje a la playa» mata a nuestro padre?
Nunca me volverás a ver… garantizado.
Pero supongo que Sylvie ya estaba harta de que la llamaran asesina por
ahora.
Hubo una media pausa y entonces Sylvie dijo:
—Si mi viaje a la playa mata a nuestro padre —dijo Sylvie—, estaremos
a mano, porque tu viaje a las montañas mató a nuestra madre.

—Uf —dijo el conductor del Uber cuando la línea se cortó—. Eso fue
duro.
Supongo que habíamos hablado por el altavoz y en el largo e inconexo
silencio que siguió, me pregunté si alguna vez la perdonaría.
Incluso con la familia, gente con la que presumiblemente estás
atrapado de por vida, hay cosas que rompen los lazos. Había amado a
Sylvie toda su vida, incondicionalmente, pero supongo que había algunas
condiciones en las que no había pensado. Porque nunca podría haberla
imaginado diciendo lo que acaba de decir.
Pero lo había dicho. Dijo en voz alta mi peor temor sobre mi vida.
Y ahora quería castigarla no volviéndole a dirigir la palabra.
Dejé que ese fuera mi plan provisional, habíamos terminado, para
siempre.
Pero también me di permiso para retractarme. Porque sí, cortar con
Sylvie para siempre, la castigaría, pero también me castigaría a mí.
Estaba reflexionando sobre ello cuando el conductor frenó tan
bruscamente que mi teléfono salió volando de mi regazo y golpeó el
respaldo del asiento que tenía delante y entonces nos detuvimos por
completo en la autopista. Un alto total al comienzo de lo que parecían
kilómetros y kilómetros de tráfico por delante.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—Parece que hay tráfico —dijo.
—Ya lo veo —dije—. Pero, ¿cuál es la causa?
—No estoy seguro —dijo.
—¿No tienes —empecé a decir, pero entonces no estaba segura de lo
que podría tener—… ¿un walkie-talkie o algo así?
—¿Un walkie-talkie? —preguntó mirándome por el retrovisor.
—¿O alguna manera de conseguir la primicia?
Sacudió la cabeza mientras ambos mirábamos todas las luces de los
frenos, rojas y brillantes.
—Esta es la única primicia que tengo.
—¿Hay… alguna manera de evitarlo?
El conductor se rascó la oreja.
—Probablemente no.
—¿Podemos conducir por el arcén o algo así?
—Eso es ilegal —dijo, como «caso cerrado».
—Tengo que ir al aeropuerto —le dije—. Urgentemente. Mi vuelo sale
en menos de una hora.
Aspiró un siseo crítico.
—Es muy poco tiempo.
—Sí —dije, como «lo sé»—. Tengo una emergencia. Una emergencia
médica.
¿Por qué le estaba explicando todo esto? Él era tan impotente como yo.
—Probablemente se despejará pronto —dijo entonces el conductor,
como si eso pudiera animarme.
Pero no fue así.
Llegamos al aeropuerto cuando faltaban veinte minutos para el
despegue y mi vuelo ya estaba abordando. Obtuve mi boleto de abordar,
facturé la maleta y salí corriendo a toda velocidad, arrastrando tras de mí
mi chirriante equipaje de mano, hacia la cola de los agentes de seguridad.
Cuando llegué, la primera cola para mostrar el documento de
identificación no estaba tan mal, pero la segunda, para pasar por el escáner,
era peor que el tráfico de la autopista. Un número infinito de personas
afligidas y niños retorciéndose, tosiendo y mirando al vacío en una cola
purgatoria que parecía plegarse sin fin sobre sí misma como un dibujo de
Escher.
Nunca lo lograría.
Pero, ¿qué otra cosa se podía hacer? Me puse a la cola.
Y entonces me quité los zapatos. Como si estar cinco segundos por
delante pudiera marcar la diferencia.
Y luego esperé en la fila para pasar a la siguiente.
Estiré el cuello por la interminable sala en busca de alguien que
pareciera oficial, alguien con quien pudiera hablar. Alguien que pudiera,
bendito sea, resolver todos o «alguno» de mis problemas.
Pero en esta gigantesca sala rebosante de gente, nadie parecía humano,
de algún modo.
Mi esperanza se eclipsaba.
Iba a perder este vuelo y no llegaría a casa hasta la noche y para
entonces, me odiaba a mí misma por haberlo pensado, podría ser
demasiado tarde.
Estaba jadeando, hiperventilando, en realidad. ¿Cuánto se suponía que
duraba una respiración? ¿Cinco coma cinco segundos? Ni siquiera podía
llegar a uno.
Mi padre podía estar muriendo y eso era lo único que importaba.
Alrededor de ese horror solitario había una cacofonía de otras
pérdidas: tenía moratones donde me había golpeado con el agua de la
piscina, tenía resaca, aún llevaba puesta la sudadera de Charlie. Estaba sola
en un corral de viajeros sin alma, con una maleta rota y sin posibilidad de
coger el vuelo. Había roto mi contrato con Charlie y había renunciado a
todo el dinero por el que había trabajado tan duro, por no hablar de
cualquier posibilidad que tenía de alcanzar mi potencial. Mi hermana
pequeña, por la que lo había sacrificado todo, acababa de decirme lo más
mezquino que nadie me había dicho nunca, aparte de mí misma y estaba
tan incandescentemente enfadada que no podía imaginar volver a sentir
otra cosa que no fuera ira. Todavía me encogía de vergüenza al recordar
cómo le rogué a mi héroe escritor y enamoramiento desesperado que me
llevara a la cama… y recibí el más duro de los duros rechazos.
Fue entonces cuando se me saltaron las lágrimas.
¿Se supone que las lágrimas mejoran las cosas?
Porque estas definitivamente empeoraron las cosas.
La gente empezó a girarse para mirarme. Los niños empezaron a
señalarme. Una adolescente levantó su teléfono y grabó un video. Y nadie
se ofreció a ayudar.
No es que hubiera ninguna ayuda que ofrecer.
Esto era el mundo real. No era un libro ilustrado de Richard Scarry con
perros policía montados en motocicletas. Señor Rogers no iba a salir de
detrás de un quiosco con su chaqueta de punto con cremallera para
ayudarme.
Ya sabía cómo acabaría esto.
Perdería mi vuelo. A nadie le importaría y todas esas tonterías alegres
y optimistas a las que siempre me había aferrado volverían para morderme
en mi despreciable culo ingenuo.

Cuando llegué al control de identificación, mi diafragma no paraba de


sollozar. Aun así, me acerqué a la cabina en mi turno, todavía descalza y
deslicé mi documento de identificación por la ventanilla. Una agente lo
cogió y lo miró. Luego me miró. Luego cogió su radio de mano, pulsó un
botón y dijo por el receptor:
—Agente de seguridad de aduana a mando. Solicito al supervisor.
Oh, no. No, no. No tenía tiempo para un supervisor. ¿Había caducado
mi licencia? ¿Había infringido alguna norma desconocida? ¿Llorar en la
cola de la seguridad de aduana era una bandera roja de seguridad?
—Lo siento —empecé a decir, pero levantó un dedo para callarme.
¿Estaba en problemas?
Hoy no tenía sitio para más problemas. Ya estaba por encima de mi
capacidad.
Apareció un fornido agente negro de la seguridad de aduana con la
energía de un padre que no acepta tonterías y la agente le tendió mi
documento de identidad para que lo inspeccionara.
—¿Emma Wheeler? —preguntó, comparándome con la foto de la
licencia—. ¿Vuelo 2401 a Houston?
—Sí, señor —dije.
—Soy el supervisor. Por favor, venga conmigo.
—Señor, llego muy tarde a mi vuelo. Despegan en cualquier
momento…
Pero ya se estaba alejando.
No tuve más remedio que seguirlo, con los pies descalzos golpeando
el suelo industrial y las chirriantes ruedas de mi equipaje de mano
lamentando nuestra difícil situación.
Rodeamos el hormiguero de viajeros y me llevó a una habitación con
un cartel de «Solo personal autorizado».
Esto no puede ser bueno.
Había conseguido apagar mi llanto activo durante el trayecto, pero
ahora me preguntaba si tendría que volver a empezar. ¿Habrían ido las
cosas de mal en peor?
Pero una vez dentro, vi un escáner de equipajes con una agente de pie
detrás. Una vez que el supervisor cerró la puerta tras de mí, colocó mi
equipaje de mano en la cinta transportadora. Luego me indicó que me
pusiera de pie en un lugar marcado con dos huellas, me pidió que
mantuviera los brazos extendidos y, mientras me revisaba con la varita, me
dijo:
—Recibimos una llamada de Southwest. El piloto está reteniendo su
avión.
¿Escuché bien?
—¿Él… qué?
El supervisor optó por ignorar mi pregunta y continuó:
—Pero no puede esperar mucho. No más del tiempo que pueda
recuperar en vuelo.
Todavía estaba tratando de entender.
—¿El piloto está reteniendo el avión?
—Así que una vez que la hayamos revisado —continuó—, voy a
necesitar que corra a la puerta.
«¿Correr hacia la puerta?» Mi cerebro intentó ponerse al día.
—¿Entendido? —preguntó, poniéndose recto para mirarme a los
ojos—. Cuando digo correr, quiero decir «sprint».
No estaba segura. Pero dije
—Sprint. Entendido.
—Es la puerta 30, en el extremo más alejado de la explanada —dijo—.
Así que espero que estés en forma.
—También lo espero —dije.
El agente me entregó la maleta y el supervisor abrió una puerta alejada
en el lado del vestíbulo. Cuando la atravesé, lo miré a los ojos y le dije:
—Gracias, señor. —Con la esperanza de que se diera cuenta de que lo
decía en serio.
—De nada —dijo el supervisor, con una voz tan ronca que rozaba la
ternura. Luego dijo—: Ahora en marcha.
Así lo hice. Me apreté los zapatos contra el pecho, agarré con fuerza mi
equipaje de mano y eché a correr.
Descalza.
Más allá del Brookstone, el Dunkin' Donuts y el Starbucks. Pasé por
hamburgueserías y taquerías, librerías y tiendas libres de impuestos,
comida rápida y bares de moda, sorteando a pasajeros que paseaban,
madres con niños pequeños y abuelos en silla de ruedas. Mis piernas
bombeaban, las plantas de mis pies golpeaban, mi aliento entraba y salía
de mis pulmones y mi chirriante rueda giraba cada cabeza que pasaba.
Lo primero que vi al acercarme a la puerta de abordaje, jadeando como
una persona que ha olvidado cómo funciona la respiración, fue el cartel
digital con el número de mi vuelo y la palabra «salida».
Fui más despacio.
¿Lo he perdido?
¿He corrido tanto y he fallado?
Pero fue entonces cuando vi a un piloto, recién salido de Central
Casting, con bigote canado, camisa blanca y gorra de capitán rodear el
quiosco de la puerta y ponerse en posición de descanso para esperarme.
Volví a acelerar y, al acercarme, dijo:
—¿Emma Wheeler?
No tenía suficiente aire en los pulmones para hablar, pero forcé la voz:
—Soy yo.
El capitán asintió y dijo:
—Vamos a subir a bordo.
—Muchas gracias, señor. Pensé que era demasiado tarde.
Levantó la vista hacia el cartel de «salida» y luego miró el avión que
esperaba en la pista. Luego le pasó mi desastre de maleta de mano a un
agente de la puerta de abordaje que estaba esperando, me hizo un gesto
con la cabeza y dijo:
—No iban a despegar sin mí y yo no iba a despegar sin ti.
Capítulo 28
Mi padre no murió.
Tal vez sea un spoiler, pero todos hemos sufrido mucho hasta ahora. Si
estabas tan preocupado como yo, pensé que necesitarías buenas noticias
cuanto antes.
La operación fue un éxito y, una vez aliviada la presión del cráneo, se
recuperó rápidamente. Todo indicaba que volvería a ser el de antes en poco
tiempo o todo lo que podía volver a ser con un agujero en la cabeza.
Todo se lo debemos a la rapidez mental y a la serena presencia de
ánimo del nieto de la señora Otsuka.
Qué bendición de vecino.
Si no hubieran aparecido cuando lo hicieron, si hubiéramos perdido
más tiempo del que teníamos, podría estar contando una historia muy
diferente.
Se lo dije a mi padre tomando gelatina en su habitación aquella noche,
cuando llevaba varias horas fuera de la sala de recuperación. Sylvie
también estaba en la habitación y aparté los ojos de su presencia tan
implacablemente que al final se excusó para ir a buscar una taza de café.
La dulce cara de mi padre estaba magullada, hinchada, cortada y tenía
la cabeza vendada, parcialmente afeitada y era difícil mirarlo a la cara. En
lugar de eso, seguí apretándole la mano y pensando en que lo reconocería
en cualquier parte.
Tenía en el regazo una manta azul peluda que Salvador había traído
de casa y me dijo:
—Siento mucho haberte asustado, cariño.
—Gracias a Dios que la señora Otsuka te encontró.
—La señora Otsuka no me encontró, estaba «conmigo».
—Creía que te había descubierto justo después de caer.
Mi padre negó con la cabeza.
—Estaba a mi lado cuando me caí. Estábamos subiendo las escaleras
juntos.
Esto parecía un punto muy fino, pero bueno.
—¿Conoces a esos profesores desaliñados del primer piso que tienen
ocho hijos?
—Creo que tienen «tres» hijos… pero está bien.
—Kenji estaba con nosotros porque le íbamos a dejar ver dibujos
animados en casa por la tarde mientras nosotros íbamos a cenar algo.
Asentí con la cabeza, como si fuera un detalle agradable pero no
superrelevante.
Pero entonces mi padre me dedicó una sonrisa divertida que encendió
todas las luces de mi cerebro.
—¡Espera! —jadeé llevándome las manos a la boca—. ¿Estabas…?
Mi padre no dijo nada, pero le brillaron los ojos.
—¡Un momento! ¿Estás diciendo…?
Esta vez, un encogimiento de hombros de satisfacción.
—¿Tú? —pregunté—. ¿Y la señora Otsuka?
Mi padre se dio un golpecito en la nariz, como «bingo».
—¿Iban a una cita? —pregunté—. ¿Entre ustedes?
—Sí.
—¿Están saliendo? ¿Son novios?
—Más bien «compañeros de vida» —dijo—, pero esa es la esencia.
—¿Cuándo ocurrió eso?
Mi padre seguía luchando con sonrisas insoportables.
—Bueno —dijo—, ya sabes. Perdió a su marido hace unos años.
—Sí —dije—. Lo sé. —Entonces, como prueba—. El señor Otsuka.
—Exacto —dijo mi padre—. Y desde entonces, durante un tiempo
respetuoso, por supuesto, desarrollamos un pequeño coqueteo.
Las piezas encajaron en mi mente.
—¿Es por eso por lo que has estado enseñando a Kenji a tocar la
armónica?
—Ha estado un poco nostálgico.
—¿Y por eso seguía invitándolos a todos a cenar?
—Es una cocinera fenomenal.
—¿Y por eso se pasaba por aquí con flores del jardín comunitario?
Ahora la sonrisa que había estado reprimiendo se abrió paso.
—No es culpa suya —dijo—. Es que soy irresistible.
—¡Papá! —dije, asintiendo—. Estoy muy impresionada.
—Todavía soy irresistible —dijo, con un pequeño guiño.
—Me encanta esto para ti —le dije y era cierto.
—¿Sabes lo que sigo pensando? —dijo entonces mi padre.
—¿Qué?
—A tu madre le encantaría.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Luego añadió:
—Y Kenji también. Es un gran chico. Quiere ser mago.
—A ella le encantarían los dos —dije—. Y se alegraría por ti.
—Yo también lo creo —dijo mi padre, asintiendo como si lo hubiera
pensado—. La gente buena tiene que permanecer unida.

Es difícil castigar con la ley del hielo a tu hermana cuando son las
tutoras de un padre en cuidados intensivos, pero estaba a la altura del reto.
Dirigía todas mis preguntas a Salvador, como si fuera mi traductor y
siempre que Sylvie estaba en la habitación, apartaba la vista. A través de
Salvador, acordamos intercambiar noches en el hospital hasta que nuestro
padre estuviera listo para ser trasladado a rehabilitación. Insistí en hacer el
primer turno esa primera noche, aún sin ropa y con mi conjunto de «Los
escritores lo hacen en la página», lo que me permitió prolongar la
agradable sensación de haber sido agraviada. Sylvie no solo era culpable
de intento de parricidio «y» de haberme dicho las cosas más crueles de la
historia, sino que «además» no me dejó ir a casa a ducharme.
Qué monstruo.
Al día siguiente, después de que Sylvie me relevara del turno, me
dirigía a casa para cambiarme de ropa tras más horas de las que me
importaba contar, cuando llegué a la puerta de nuestro apartamento y vi a
alguien sentado junto a ella, con los codos apoyados en las rodillas y la
cabeza inclinada, como si llevara allí un rato.
Charlie.
En cuanto me vio, se puso de pie y se acercó a mí todo lo que pudo,
con una expresión intensa, de «acabo de llegar a Texas sin decírtelo y me
he presentado a tu puerta».
Mi primer pensamiento horrorizado fue que aún llevaba puesta su
ridícula sudadera y no me había duchado, todavía no tenía ropa interior
puesta y mi pelo probablemente parecía que había sido electrocutado.
Qué humillante.
Pero mi segundo y más contundente pensamiento fue. «Espera un
minuto. ¿A quién le importa?»
—Hola —dijo entonces Charlie, con un pequeño gesto de la mano
como si estuviera entablando conversación.
No estábamos entablando conversación.
—¿Qué estás haciendo aquí, Charlie?
Me miró como si hubiera cien cosas que quisiera decir
desesperadamente, pero no pudo decir ninguna. No se había afeitado.
Tenía el pelo despeinado al máximo. También llevaba, ahora me daba
cuenta, la misma sudadera de la última vez que nos vimos.
Era una pregunta básica, pero no podía responder.
Es insoportable ver cómo le fallan las palabras a un escritor.
Pero dejé que se desarrollara.
Finalmente, Charlie se agachó para abrir la cremallera de la mochila
que tenía a sus pies. Rebuscó en ella y sacó mi sudadera con capucha de
fresa. Luego se levantó y se acercó.
—Olvidaste esto —me dijo, entregándomela.
¿Por qué era tan reconfortante ver a esta vieja amiga roja y peluda? La
cogí, por supuesto, pero le dije:
—¿Has venido a dejarme mi sudadera de la suerte?
—Pensé que la querrías.
¿Pensó que podría quererla? ¿Así que voló a través de medio país? ¿No
fue por eso por lo que inventaron FedEx?
—¿Por qué estás realmente aquí, Charlie? —le pregunté.
—Cuando me desperté y encontré la casa vacía, pensé que te habías
ido. Que te «habías ido» de verdad, pero entonces me enteré por Logan de
lo de tu padre.
—Quería mandarte un mensaje —dije, intentando ser explicativa en
lugar de disculparme—, pero las cosas han sido una locura.
—Por supuesto, por supuesto —dijo Charlie—. Lo entiendo. Solo
estaba preocupado por ti.
—Estabas preocupado por mí, ¿así que volaste a Texas?
Charlie asintió.
—No contestabas al teléfono.
Por supuesto que no.
—Estaba en el hospital.
—¿Cómo está tu padre?
—Está bien —dije. Dependiendo de cómo lo definieras, pero esa era mi
historia y me apegaba a ella—. Él está bien, yo estoy bien, todo el mundo
está bien —dije. Entonces—. No entiendo por qué estás aquí.
—Solo quería… comprobarlo.
—Ah —dije, en un tono como si volar por medio país para ver si estaba
bien fuera patentemente de locos—. Bien, entonces. Misión cumplida.
—Más que eso —corrigió Charlie—. Quería consolarte.
—¿Consolarme?
Charlie asintió.
—No puedes.
Charlie frunció el ceño.
—¿No puedo? ¿Eso es todo?
Me encogí de hombros.
—Eso es todo.
—Pero lo estás pasando mal —dijo Charlie.
—Soy consciente de ello.
—No puedo dejar que pases por todo esto sola.
—Claro que sí.
—Pero —dijo Charlie—, no quiero.
—Mira —le dije, demasiado cansada para ayudarle a elaborar sus
pensamientos sobre esto, pero de alguna manera obligada a hacerlo, de
todos modos—. Te dije que me gustabas y me dijiste que no. Te hice
proposiciones descaradamente y dijiste que no. En cada oportunidad, has
dejado claro que quieres que sigamos siendo colegas de trabajo, como
mucho. Me parece bien. No estoy molesta contigo, pero los colegas trabajan
juntos. No son amigos ni confidentes y seguro que no cruzan el país para
traerse sudaderas. No tenemos una relación en la que volamos a cualquier
parte por el otro y no estamos en una relación… —Hice una pausa para
que surtiera efecto—. «Porque así lo quisiste».
—Pero eso fue antes de que tu padre enfermara.
—¿Por qué cambia eso las cosas?
—No quiero no estar aquí para ti.
—Eso es una doble negativa.
—Odio pensar que estás sufriendo.
—La gente sufre todo el tiempo, Charlie.
—Pero «eres tú» —dijo, como si fuera algo especial.
—Claro. Bien. Soy yo.
—Tiene que haber algo que pueda hacer.
—Sí —dije—. Puedes irte.
Pero Charlie negó con la cabeza.
—No puedo. No creo que pueda.
Lo miré a los ojos.
—Tienes que hacerlo.
—¿Pero no… necesitas a alguien ahora mismo?
—¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Cualquiera… y todos! Pero no tú.
Charlie frunció el ceño, como si aquello no tuviera sentido.
—¿Por qué «alguien» no es mejor que nadie?
Suspiré. ¿De verdad tenía que explicar esto también?
Eso parece.
—Realmente me gustabas —dije—. Y me rechazaste duramente. Así
que verte no me hace sentir mejor. Me hace sentir peor.
Vi cómo le invadía la comprensión.
—No hay nada que pueda hacer por ti —dijo Charlie, probándose esa
idea.
—Nada —confirmé.
—Nada —convino Charlie—. ¿Ni siquiera… —Y aquí se encogió un
poco, anticipando mi respuesta—. Un abrazo?
Lo miré.
—Citando a un famoso escritor que ambos conocemos.
«Absolutamente no. De ninguna manera».
Charlie asintió, como «lo entiendo».
Pero él seguía allí. Como si a pesar de todo, no pudiera soportar irse.
Para ser sincera, yo también me quedé.
¿Me hubiera gustado que Charlie se quedara? ¿Me habría venido bien
ese abrazo? ¿Me sentí tentada de llevarlo dentro y envolverme en sus
brazos? ¿Deseé con todas mis fuerzas poder seguir sintiendo por él lo que
sentía antes de saber lo que él sentía por mí?
Sí a todo.
Pero no hubo ningún malentendido. Yo me había ofrecido a él plena y
descaradamente y él había dicho clara y llanamente que no.
—Lo único que puedes hacer por mí —dije entonces—, es apartarte de
mi vista y quedarte lejos.

Y entonces Charlie se fue.


Se fue y yo volví a mi vida.
Casi, casi, como si esas semanas surrealistas en Los Ángeles nunca
hubieran ocurrido.
De vuelta en casa, en nuestro apartamento, con mi padre al que cuidar,
Sylvie a la que ignorar, Salvador aun viviendo con nosotros, ahora
desterrado al sofá, y toda una nueva relación que empezar con la señora
Otsuka, pude mantenerme ocupada.
Los Ángeles empezó a parecerse más a algo que había soñado.
Mi padre pasó diez días en el hospital y, aunque suene raro, fue una
estancia sorprendentemente agradable. El hospital era un lugar
extraordinario. Nos sorprendieron con una habitación VIP, por ejemplo,
porque la operación de mi padre era la número diez mil y esa habitación
formaba parte de un estudio en curso sobre el impacto del follaje en los
resultados de la cirugía, por lo que el alféizar de su ventana estaba lleno de
plantas de jade, aloe vera y bromelias. Por no mencionar un precioso
arbusto frondoso que combinaba exactamente con la tela del maxivestido
tropical de Sylvie, llamado «Monstera deliciosa».
Nos pidieron que las mantuviéramos regadas, así que me hice con una
botellita nebulizadora e hice uno de mis característicos gráficos con
pegatinas.
Y supongo que así es la vida VIP, pero la enfermería compraba comida
deliciosa y sorprendente para comer todos los días e insistía en que
compartirían con nosotros.
—Es demasiado —insistían—. Se desperdiciará. —Así que, por
educación, nos vimos obligados a comer humeantes tazones de ramen
gourmet, crujientes po'boys de bagre, jugosas hamburguesas gourmet, gyros
con alioli.
Te lo digo, esta sala del hospital comía como la «realeza» de la comida
para llevar.
—¿No es caro? —no paraba de preguntar.
—Son los administradores. —Las enfermeras se encogían de
hombros—. Nos miman tanto.
¿Y quién era yo para discutir?
Mi padre y yo habíamos pasado mucho tiempo en varios hospitales a
lo largo de los años. Podría describir algunos de ellos desde los azulejos
hasta el techo, pero nunca habíamos visto nada como esto. ¿Plantas? ¿En
una habitación de hospital? ¿Masajistas ambulantes en los pasillos?
¿Reparto de helados en un scooter de tres ruedas?
De locos.
Pero no nos quejábamos.
La señora Otsuka se quedaba horas todos los días, mimando a mi
padre y leyéndole su nuevo libro de mitología nórdica, mientras Kenji y yo
hacíamos animales de origami para ponerlos en las estanterías entre las
plantas: ranas, zorros, ballenas, cerdos. Se había aprendido de memoria un
zoológico entero y me enseñó pacientemente a hacer los pliegues, los suyos
parecían los de un tutorial y los míos, más bien envoltorios de chicles
enrollados.
Aun así, él seguía diciendo: «sin duda lo estás consiguiendo» y yo me
animaba, aunque no me importaba demasiado que se me diera fatal el
origami. Lo que me importaba era la sensación de compañía que me
producía sentarme con él a hacer cosas. Reconfortante en el sentido en que
es reconfortante tener un proyecto con alguien. Segura en el sentido en que
reunirse con otros siempre te hace sentir segura. El modo en que estar
juntos era, en algún nivel fundamental, siempre mejor que estar solos.
Era el ambiente más familiar que había sentido en años.
Por no hablar de las conversaciones que surgen a veces mientras
esperas y que nunca se producirían si fueras corriendo de un recado a otro,
como hacemos todos la mayor parte del tiempo. Hay conversaciones que
solo pueden tener lugar cuando la espera ha ralentizado las cosas.
Una noche, tarde, después de que una enfermera revisara el vendaje
quirúrgico de mi padre y sus signos vitales y nos dejara solos, tuve la
brillante idea de enseñarle a mi padre el video de nosotros que Logan le
había enviado a Charlie, cuando todo esto empezó. Al principio pensé que
nos haría gracia y así fue, mi padre y yo haciendo el pino, la vocecita de
ardilla de Sylvie, mi madre regañando a Logan, pero cuando terminamos
de reírnos, solo nos quedaban las lágrimas.
—Lo siento —dije, mientras ambos nos limpiábamos las mejillas—. Tal
vez era mejor dejarlo sin excavar.
—No, no —dijo mi padre, con la barbilla todavía temblándole un
poco—. Me alegro de haberlo visto.
Guardé mi teléfono.
A continuación, mi padre alargó la mano para tocarse el vendaje de la
cabeza.
—Esto no fue culpa de Sylvie, ya sabes.
Él esperaba que estuviera de acuerdo, pero… quiero decir, creía que sí
lo había sido.
Como no le contesté, se volvió para mirarme a los ojos.
—No fue culpa suya —dijo, inclinándose un poco hacia delante para
que le prestara toda mi atención—, como tampoco fue culpa tuya el
desprendimiento de rocas.
Me escocían los ojos y miré hacia mi regazo.
—Las cosas pasan, Emma —dijo mi padre, cogiéndome la mano—.
Nadie puede ver el futuro.
Mantuve la mirada baja.
—Pero —dije. Sentí que se me hacía un nudo en la garganta y entonces,
sin necesidad, por supuesto, de especificar quién era, pronuncié en voz alta
la única frasecita que me había estado persiguiendo en susurros durante
diez años—... Pero ella quería ir a la playa.
Este fue el pensamiento que me despertó por la noche. Si no hubiera
sido egoísta, si le hubiera dado a mi madre lo que quería en lugar de
centrarme en mí, ella habría estado en una toalla de playa a rayas con un
libro en la orilla, a miles de kilómetros de distancia, el día que se produjo
el desprendimiento de rocas. No habría estado ni siquiera cerca. Nuestras
vidas habrían continuado alegremente. Todo habría sido diferente.
«Ella quería ir a la playa».
Mi padre me apretó la mano.
—Quiero pedirte perdón —le dije entonces a mi padre.
Me miró.
—No puedes tenerlo.
—¿Qué?
—No te perdonaré —dijo—. Solo perdonas a la gente que ha hecho algo
malo. —Tiró de mi mano un poco más cerca y negó con la cabeza—. Emma.
«Nunca hiciste nada malo».
Pero discutí con él.
—Sylvie dijo que yo la maté. —¿Estaba tratando de meterla en
problemas?
—¿Cuándo dijo eso?
—Mientras corría hacia el aeropuerto.
Mi padre me estudió.
—Y vas a creerle, ¿eh?
Tenía razón. ¿Iba a aferrarme para siempre a algo malo que ella había
dicho en un momento de pánico? ¿Qué sentido tendría? No parecía una
opción que beneficiara a nadie. Y sin embargo… lo había dicho y yo lo
había oído.
No estaba segura de adónde ir desde ahí.
Bajé la voz.
—Pero no se equivoca —y entonces dije lo que todos habíamos estado
pensando todo el tiempo—. Yo quería ir a escalar. «Insistí» en ir. Si no
hubiera sido por mí, no habríamos estado ni cerca de ese desprendimiento
de rocas. Si no hubiera sido por mí, ella no habría muerto.
Pero tal vez no era lo que todos habíamos estado pensando, porque mi
padre suspiró como si ni siquiera pudiera seguir mi razonamiento.
—Eso no tiene sentido, Emma —dijo—. Mamá podría haber ido a la
playa y haberse ahogado en una corriente. O haber sido atropellada por un
conductor borracho en el malecón. O alcanzada por un petardo perdido. O
mordida por una serpiente cerca de las dunas.
Fruncí el ceño.
—No hay absolutamente ninguna manera de predecir las infinitas
fuerzas aleatorias del mundo a las que nos expondrá cualquiera de
nuestras elecciones. Sería paralizante siquiera intentarlo.
Y entonces se produjo un cambio sísmico, para ambos, en nuestra
forma de pensar sobre mí.
¿Era eso lo que había estado haciendo? ¿Intentando desesperadamente
predecir lo impredecible y evitar lo inevitable? ¿Por eso había estado tan
dispuesta o, si soy sincera, «aliviada», de quedarme en casa todo este
tiempo? ¿Había decidido en algún lugar muy por debajo de mi conciencia
que la mejor manera de evitar el desastre era simplemente no hacer nunca
nada?
—No puedes vivir así, Em —dijo mi padre.
Podría haberlo negado, supongo, pero ya era tarde, estaba todo en
silencio y ya estábamos diciéndonos verdades.
—No sé cómo «no» hacerlo —dije.
Me estudió.
—Creo que California fue un comienzo. En más de un sentido.
En ese momento, bajé la barandilla de la cama para poder acercarme e
inclinarme para apoyar la cabeza en el pecho de mi padre. Podía oír su
corazón latiendo a un ritmo tranquilizador y escuché durante un minuto
antes de decir:
—¿Cómo lo haces?
—¿Hacer qué? —preguntó mi padre, con la voz amortiguada.
—¿Cómo encuentras la manera de estar bien?
—Bueno —dijo mi padre, frunciendo el ceño—. Tenía que hacerlo, ¿no?
Me apretó la mano.
Luego dijo:
—Las cosas fueron muy oscuras para mí después de la muerte de tu
mamá, pero sabía que Sylvie y tú me necesitaban para encontrar la luz de
algún modo.
—No sabía que las cosas se ponían oscuras para ti. Siempre parecías…
bien.
—Mi trabajo era parecer bien.
—¿No querías hablarme de ello?
—Eras una niña.
—Sylvie era una niña —dije—. Yo era…
—Una chica que acababa de perder a su madre.
De acuerdo. Eso era cierto.
—Decidí que si aguantaba, las cosas mejorarían. No estaba seguro de
cuánto mejorarían, pero mejorarían. Y cuando has visto cosas «peores»,
mejor es suficiente.
—¿Pero cómo? ¿Cómo aguantaste?
—Simplemente me levantaba cada día y me acostaba cada noche e
intentaba ser una buena persona entre medias.
—Eso no puede ser todo —dije.
Mi padre respiró despacio y luego dijo:
—En algún momento de ese tiempo, tuve mucha suerte y descubrí algo
accidentalmente.
—¿Qué?
—Cualquiera que sea la historia que te cuentes sobre tu vida, esa será
la verdadera.
Levanté la cabeza para prestar toda mi atención a esa idea.
Mi padre continuó:
—Así que, si digo «sucedió algo terrible que arruinó mi vida», entonces
esa es la verdad, pero si digo «sucedió esta cosa terrible, pero, por loco que
parezca, me hizo mejor», entonces «eso» es lo que es verdad.
—¿Crees que estás mejor? ¿Desde el desprendimiento de rocas?
—Sé que lo estoy —dijo mi padre, con tanta convicción que tuve que
creerle—. Soy más sabio, más amable, más divertido, más compasivo.
Puedo tocar al menos diez instrumentos con una mano. —Levantó su
mano buena para que ambos la miráramos—. Soy más consciente de lo
frágil y valioso que es todo. También estoy más agradecido… por cada
pequeña bendición. Una mariquita en el alféizar de la ventana. Una flor
que brota de una suculenta. Una pera tan madura que se deshace en jugosa
dulzura en tu boca.
Tal vez esto no era amable, pero realmente quería entenderlo.
—¿Pero no echas de menos a mamá?
Mi padre me dedicó una sonrisa triste.
—Sí, lo hago. Claro que sí. ¿Y renunciaría a «todo» este crecimiento
personal para volver a verla aunque solo fuera una hora y estrecharla entre
mis brazos? En un segundo, pero eso no es una elección. Todo lo que
tenemos es lo que tenemos.
—Yo también la echo de menos —susurré.
Mi padre me apretó la mano.
—Está bien —dijo entonces—. Aquí hay otra cosa que descubrí
accidentalmente, la felicidad siempre es mejor con un poco de tristeza.

Para cuando mi padre se encontraba en una situación bastante estable


luego de la cirugía, Sylvie y Salvador decidieron hacer un anuncio, se iban
a casar.
Una fuga exprés sorpresa. En veinticuatro horas. «En la habitación de
hospital de papá».
—Nos fugaremos —explicó Salvador.
—Pero solo lo haremos aquí —añadió Sylvie.
—No queremos esperar —dijo Salvador.
—Solo queremos empezar nuestra vida juntos —dijo Sylvie.
—Cuanto antes… mejor.
Por supuesto que sí.
—Por mí está bien —dijo mi padre.
No estaba segura de si me parecía bien y me preguntaba si habría
alguna forma de decir que estaba enferma para evadir este evento familiar
en particular… cuando Sylvie me pidió que fuera su dama de honor.
—¿Qué? —dije, mientras me arrastraba fuera de la habitación hacia el
pasillo.
—Tienes que dejar que te pida perdón —dijo entonces Sylvie.
—Ya te has disculpado como diez veces.
—¡Pero nunca lo aceptas!
No se equivocaba.
Fue entonces cuando Sylvie rompió a llorar.
—No sé qué más hacer —dijo ahora, con la cara enrojecida y la voz
rasposa—. No quería decirlo. Solo estaba… no sé… asustada y agotada e
intentando defenderme. Yo no pienso eso. Nadie piensa eso. Simplemente
me vino a la cabeza y lo dije, más por maldad que por verdad.
—¿Eso lo hace mejor? —pregunté.
—Me arrepentí de las palabras incluso mientras las decía. No tengo
excusa. No sé cómo arreglarlo, pero te ruego que me perdones. ¡Por favor,
por favor! Eres mi persona favorita. Eres mi heroína. Por favor, dime que
no arruiné nuestra relación para siempre en un momento estúpido.
Quiero decir, me había imaginado que tendría que perdonarla en algún
momento. Solo pensé en darme unos años.
Pero ahora, de repente, se iba a casar. Mañana. Y si no dejaba pasar
todo esto, pasaríamos el resto de nuestras vidas sabiendo que me enfadé
con ella «en su boda».
¿Qué otra opción tenía, en realidad?
—Bien —dije—. Te perdono. —Y tan pronto como dije las palabras, las
sentí.
Sylvie me abrazó.
—Pero si vuelves a decirme algo así, me mudo a Alaska y me llevo a
papá.
Así de fácil.
Porque era la única hermanita que tenía.
De todos modos, teníamos una repentina boda sorpresa que planear.
Nos dio un proyecto, de verdad. Veinticuatro horas para colgar unas
luces centelleantes y esponjar unas rosas de papel de seda. La señora
Otsuka se ofreció a hacer el ramo de Sylvie con zinnias del jardín
comunitario y Sylvie lloró y la abrazó.
Compramos magdalenas y sidra espumosa y le pedimos a mi padre
que tocara «Here comes the bride» con su armónica.
Sylvie llevaba el vestido que nuestra madre había llevado en la boda
de nuestros padres, no un vestido de novia propiamente dicho, sino un
sencillo vestido blanco que le había encantado, junto con sus botas
vaqueras favoritas. Salvador llevaba un esmoquin rojo rubí que habían
encontrado en una tienda de segunda mano. Le compramos a papá una
pequeña boina de tweed para cubrir su vendaje quirúrgico, se puso una
chaqueta gris sobre la bata del hospital y se ató un pañuelo de seda a modo
de ascot. Kenji llegó con un trajecito y corbata de clip con una flor de origami
prendida en la solapa a modo de flor en el ojal y la señora Otsuka llevaba
un traje pantalón color salmón que era exactamente del color del amor. Y
dejé que Sylvie me pusiera un vestido de dama de honor de gasa con
mangas de campana que había encontrado por tres dólares en el Ejército
de Salvación.
El capellán del hospital ofició la ceremonia, que fue afortunadamente
breve y muy dulce, encendimos una vela junto a una foto de nuestra madre
en la bandeja del hospital. Nuestro padre «acompañó» a Sylvie hasta el
altar uniendo las dos manos de la pareja. Sylvie y Salvador escribieron sus
propios votos y los leyeron en voz alta… y yo ni siquiera los juzgué.
Me limité a pasar por encima de todas esas metáforas mezcladas y
clichés.
Al fin y al cabo, el amor es el amor.
Incluso para los no escritores.
Y mientras esos dos chicos se besaban y se hacían una promesa
asombrosa, preciosa y llena de esperanza de cuidarse el uno al otro durante
«el resto de sus vidas»… aunque yo nunca lloro en las bodas, lloré como
un diluvio. Lloré porque era demasiado, pero de la mejor manera. Lloré de
gratitud, pena y alegría a la vez y porque mi madre habría hecho lo mismo
si hubiera podido estar aquí. Lloré porque mi hermana había encontrado a
un hombre de buen corazón y porque la señora Otsuka se dio cuenta a
mitad de camino de que mi padre tenía sed y se acercó a traerle agua. Lloré
porque no había nada más bonito que mi padre con su alegre pequeña
boina, sonriendo a través de sus moratones como un hombre que nunca ha
visto un día de tristeza. Lloré porque a mitad de los votos, Kenji deslizó su
mano hacia la mía de esa forma tan dulce y despreocupada que tienen los
niños pequeños. Lloré porque todas las enfermeras estaban llorando,
porque era un milagro tener algo que celebrar y porque ahora estábamos
en una boda en lugar de un funeral. Lloré por la suerte, la belleza, la
bondad y la magia de estar viva.
Y luego tuvimos una fiesta de baile en línea.
Allí mismo, en la habitación del hospital.
Todo empezaba a calmarse cuando una de las enfermeras salió al
pasillo y empezó a chillar como una adolescente en un concierto de los
Beatles.
Y todos salimos corriendo…
Y sé que nunca me creerás…
Pero allí, mirando alrededor de la vacía enfermería, con un par de
Levi's 501 y una camiseta que bien podría haber sido pintura corporal,
estaba Jack Stapleton.
El tipo de la valla publicitaria fuera del hospital. «Ese» Jack Stapleton.
Yo sabía, como todo el mundo, que Jack Stapleton vivía en un rancho
en las afueras de la ciudad y tenía un historial bien conocido de aparecer
al azar para dar serenatas a trabajadores sanitarios de todo tipo en
agradecimiento por el buen trabajo que hacen en el mundo. Así que no fue
una coincidencia imposible.
No más imposible que otras cosas imposibles.
Jack Stapleton apareció al azar en la boda exprés hospitalaria de última
hora de mi hermana y se quedó. Cantó en el karaoke con todos los presentes,
brindó por los novios y se hizo cientos de selfies, incluso una conmigo.
No parecía recordarme, pero estaba bien.
Puede que no estuviera tan impresionado por conocerme aquel día en
Los Ángeles como yo lo estuve por conocerlo a él.
Y entonces, después de que Jack Stapleton se hubiera marchado,
dejando un rastro de enfermeras desmayadas a su paso, después de que la
señora Otsuka se hubiera llevado a Kenji a casa para irse a dormir y
después de que los novios se hubieran despedido y abrazado por el
pasillo… justo cuando mi padre estaba a punto de irse a dormir, me apretó
la mano.
—Ha sido divertido —dijo—. ¿Quién es la siguiente?
—No sé —dije.
—¿Cómo le va a tu escritor?
—Está bien —dije y luego enmendé—. Supongo que está bien.
—¿No sigues en contacto con el escritor?
Me encogí de hombros.
—Resultó ser decepcionante.
Mi padre asintió.
—La mayoría de la gente lo es.
—Me gustaba —aclaré—. Pero yo no le gustaba a él.
Mi padre se horrorizó en mi nombre.
—¡Entonces es mucho peor que decepcionante! Es un «mentecato».
Nunca había apreciado tanto la palabra «mentecato».
—Gracias, papá.
—Te encontraremos a alguien bueno, cariño —dijo mi padre.
—Definitivamente lo haremos —dije, sin creérmelo en absoluto.
Y entonces mi padre, adorablemente alejado de la cultura popular,
señaló con el pulgar la puerta por la que había salido Jack Stapleton quince
minutos antes y dijo:
—¿Qué te parece ese Jake Singleton? No es feo. Creo que tiene futuro.
Capítulo 29
Pasaron dos semanas.
Sylvie y Salvador pasaron una miniluna de miel de cuarenta y ocho
horas en la isla de Galveston.
Kenji empezó a ir a un campamento de verano de biología marina en
el museo de ciencias.
Mi padre salió del hospital para ingresar en un centro de rehabilitación
de fisioterapia para fortalecer las extremidades.
Y yo…
No hice mucho. Me tomé el verano libre de la enseñanza cuando
conseguí el trabajo con Charlie Yates. Así que, cuando no estaba visitando
y alborotando a mi padre… me daba un atracón de televisión. Comía
cucharadas de mantequilla de maní directamente del frasco. Me
desplomaba junto a la ventana como una planta de interior sin regar.
Cualquier día, empezaría a resolver mi vida. Cualquier día, empezaría
a sentirme mejor y a plantearme un futuro que me ilusionara.
Estaba un poco decepcionada conmigo misma, para ser honesta.
¿Era realmente necesaria toda esta desesperanza?
Había vivido una aventura. Había visto un poco de mundo.
Experimentado un poco de dolor. Ahora era el momento de aprender de
ello y seguir adelante.
¿Pero si soy honesta? ¿Realmente honesta? ¿Honesta como solo puedes
serlo cuando sabes con certeza que la persona a la que se lo cuentas no te
juzgará?
(No me juzgues, por cierto.)
Echaba de menos a Charlie.
Sabía que era patético. Sabía que era indefendible. Sabía que
deprimirme por un hombre que no me apreciaba era ridículo. No «quería»
echarle de menos.
¿No era esa la regla número uno para defenderte?
«Que no te guste la gente a la que no le gustas».
No era complicado, me decía una y otra vez.
Era duro.
Porque, de alguna manera, todo había sido mejor con él. Nadar había
sido más divertido cuando estaba sentado y malhumorado en los
escalones. Escribir había sido más divertido cuando discutía con él sobre el
amor. Hacer la compra había sido más divertido cuando me obligaba a
verlo hacer malabares con naranjas. Él simplemente… me iluminaba.
Y echaba tanto de menos esa luz.
Pero supongo que este fue un momento de enseñanza.
Si esperas a que otras personas te iluminen, entonces supongo que
estás a merced de la oscuridad.

Estaba tumbada en el suelo del salón de nuestro apartamento, mirando


cómo giraban las aspas del ventilador del techo y evitando limpiar el baño,
cuando recibí una llamada de Logan.
—¿Estás sentada? —dijo Logan.
—Aún mejor —dije—. Estoy «acostada».
—Brillante —dijo Logan—. Prepárate.
Apoyé los brazos contra el suelo.
—Estoy preparada.
—Donna Cole —dijo Logan—, quiere tu guion.
Me incorporé. «¿Mi guion? ¿Qué guion?»
—«¿The Accidental Mermaid?» —le pregunté. Ni siquiera se lo había
dado.
—The Rom-Commers —dijo Logan.
—Bien, ha habido un error —dije—. No he escrito un guion que se
llame The Rom-Commers.
—Sí, lo has hecho.
—¿Cómo? ¿En sueños? Te digo que no lo hice.
—Es el que escribiste con Charlie.
—Pero no se llama The Rom-Commers. Se llama…
—Cambió el título —dijo Logan.
—Pero…
—Y la trama.
—Aparentemente.
—Ahora —dijo Logan—, va de dos guionistas que escriben juntos un
guion y se enamoran perdidamente.
Ignoré el extraño aleteo que esas palabras provocaron en mi pecho.
—Es una locura —dije, aunque en realidad era una idea estupenda.
—¿Y adivina qué? —dijo Logan—. Es bueno.
—Por supuesto que lo es. Es de Charlie Yates.
—Hablas como una persona que llamó a su última comedia romántica
«un crimen contra la humanidad».
—Todo el mundo se merece un mulligan.
—Me encanta tu lealtad.
—Charlie Yates, «el humano», es complicado —dije—. Pero Charlie
Yates, «el escritor», es el amor de mi vida.
—Lo dices como si no fueran el mismo tipo.
—¿Cuándo tuvo tiempo de hacer eso?
—Después de que lo echaras de Texas.
—Eso fue rápido.
—Es rápido cuando está obsesionado —dijo Logan—. Y gracias por tu
servicio, por cierto.
—¿Por mi servicio?
—Lo curaste de los nervios.
¿Ah, sí?
—Ahora está lo contrario de bloqueado —continuó Logan. Luego,
como si estuviera leyendo una marquesina—. Charlie Yates ha vuelto.
Me dolió el corazón. Charlie Yates había vuelto.
—Te lo estoy enviando —dijo Logan—. Léelo. Perderás la cabeza de
alegría. Es una carta de amor a la diversión, al amor y a ti, creo.
—Definitivamente no es una carta de amor para mí —dije—. De eso
estoy segura.
—¿Adivina por quién está escrito?
—¿Es una pregunta capciosa?
—Revisa tus mensajes —dijo Logan.
Llegó una foto de una portada. Allí, en la clásica fuente Courier de
guion:
The Rom-Commers
Escrito por
Emma Wheeler y Charlie Yates
—Pero no debería tener el crédito —dije—. Yo fui escritora fantasma.
—Deja de hablar —aconsejó Logan—. Déjate llevar.
Me quedé mirando la foto.
—Charlie lo terminó y se lo envió a Donna Cole ese mismo día, con
una nota que decía «¡regalo para ti!» y ella le mandó un mensaje a la hora
y le dijo «lo quiero».
—¿Ella lo quiere?
—Y quiere reunirse con ustedes dos. En Los Ángeles. El jueves.
—¿En Los Ángeles? —repetí—. ¿El jueves?
Supongo que iba a Los Ángeles.
A eso se reducía el nunca volveré a ver a Charlie.
Capítulo 30
La reunión en Los Ángeles con Donna Cole estuvo muy bien.
Y por «muy bien» quiero decir, me senté nerviosa en una silla original
Mies van der Rohe de cromo y cuero junto a Logan mientras un icono del
cine moderno deliraba durante una hora sobre un guion sorpresa que yo
apenas sabía que había escrito y luego me ofreció seis cifras para comprar
los derechos.
«Ese» tipo de «muy bien».
Por cierto, su despacho era más grande que todo el apartamento de mi
familia y tenía un cuadro de Georgia O'Keeffe, un cuadro original, no un
póster de una tienda de museo, en la pared detrás de su escritorio y era
aterradora.
Aterradora de la manera más fantástica.
Sin embargo, no llegué a ver a Charlie. Donna Cole es una mujer
excepcionalmente ocupada y el único hueco en su agenda se produjo justo
cuando Charlie se dirigía al hotel Biltmore para recibir un premio como
guionista.
Otro más. Iba a necesitar un cajón más grande.
Ah, bueno. Por gusto la trenza en el pelo, la manicura y pedicura y la
nueva crema hidratante en las que había invertido antes de salir de la
ciudad. Por no hablar de los tres conjuntos diferentes que había comprado
en un arrebato de pánico, más un vestido camisero azul y unas sandalias
que me quedaban bien, todo por nada.
Él se lo pierde, supongo.
Al final de la reunión, mientras Donna nos despedía, hizo un puchero
fingido:
—No puedo creer que Charlie Yates eligiera recibir otro premio antes
que verme a mí.
—Una locura —asintió Logan, mientras Donna se despedía de él con
un beso al aire.
Luego dirigió su atención a mí y me dijo:
—No dejes que Charlie vuelva a escribir nada sin ti.
—Veré que puedo hacer —dije, sintiéndome como una mentirosa.
Su asistente la estaba esperando, pero Donna nos detuvo en la puerta.
—Casi lo olvido —dijo.
Logan y yo nos volvimos.
—No es oficial, pero tenemos a Jack Stapleton como protagonista.
—¿Jack Stapleton? —pregunté—. ¿Protagonista? ¿La estrella?
Logan sonreía como si esto no fuera nuevo para él.
—Eso lo hizo Charlie —dijo Donna.
—Pero —dije y esto lo había aprendido del propio Charlie—, creía que
solo los directores de casting elegían a los actores para las películas.
Donna asintió como «por supuesto» mientras decía:
—A menos que el guionista y la estrella estén confabulados.
—¿Lo están?
—Jack haría cualquier cosa por Charlie —dijo Donna, asintiendo a
Logan para confirmarlo—. ¿No acaba de ir a un hospital de Texas a darle
una serenata a un anciano?
Logan no me miró a los ojos.
Donna seguía intentando recordar los detalles.
—El hombre estaba muy enfermo… acababa de salir de cuidados
intensivos y Charlie no podía dejar de preocuparse por él, así que Jack se
ofreció a aparecer al azar… como es famoso.
Miré a Logan.
Miró a Donna.
—Y luego —prosiguió Donna, entornando los ojos hacia Logan, como
si él probablemente lo supiera—, ¿no se llevó a las enfermeras aparte
después para decirles «por favor, tengan un cuidado extraespecial con mi
querido amigo»?
Finalmente, Logan miró hacia mí.
—Algo así —respondió Logan—. Sí.

En cuanto estuvimos en el auto de Logan, dije:


—¿Acaba de hablar de mi padre?
Logan fingió estar ocupado con su cinturón de seguridad.
—¿El anciano de Texas? Ese tenía que ser mi padre, ¿verdad?
—No estoy en libertad de decirlo —dijo Logan, arrancando el auto.
—Logan —dije, bajando la voz—. Tú fuiste «mi» amigo primero.
Logan lo consideró mientras salíamos del garaje.
—Bien. Sí. Le pidió a Jack que «apareciera» y lo hiciera parecer
aleatorio.
—Jack Stapleton no «aparece». No puede «aparecer» en ningún sitio.
Fue un caos total. Una de las enfermeras se desmayó.
—¿Tú no lo harías?
—La cuestión es que estás haciendo que parezca que no fue para tanto
cuando definitivamente «sí» lo fue.
Logan asintió durante un minuto y luego dijo:
—Charlie quería cuidarte, pero lo echaste.
—¿Ahora es culpa mía?
—Mira —dijo Logan—. Charlie estaba de acuerdo contigo. Tampoco
creía que tuvieras que verle la cara. Así que trabajó tras bastidores.
—¿Trabajar para hacer qué?
Logan se armó de valor para romper una confidencia.
—Para hacer cosas bonitas por ti.
—¿Como qué? ¿Qué tipo de cosas bonitas?
—Ya sabes —dijo Logan—. Como mejorar la habitación de tu padre.
Ahora me giré para mirarlo de verdad.
—¡Dijeron que ganamos esa mejora! Estaban celebrando su operación
número diez mil.
—No puedo creer que creyeras eso.
—¿Le dijo al hospital que nos mintiera? ¿Y simplemente lo hicieron?
—También hizo una donación considerable.
Esto era una barbaridad.
—¿Nos engañó para que nos subieran de categoría? Creí que habíamos
ganado esa sala VIP al azar, como la gente decente.
—Además —continuó Logan—, todos esos almuerzos de lujo todos los
días.
—¿Era Charlie? ¿No era sólo… la vida en el ala VIP?
Logan negó con la cabeza.
—Eso fue cosa de Charlie. Consiguió una habitación de hotel después
de que le dijeras que desapareciera de tu vista y se quedó cerca hasta que
supo que tu padre estaba bien.
—¿Por qué haría eso?
—¿Por qué crees?
—Sinceramente, no tengo ni idea.
—También hizo lo de las plantas.
—¿Las «plantas»? —pregunté, como si ahora esto hubiera ido
demasiado lejos.
—¿Por qué estás tan enfadada por eso? Esos estudios sobre plantas son
reales. Charlie puede recitar las estadísticas todo el día.
—No le correspondía hacer esas cosas.
—¿No le correspondía?
—Exacto —dije, redoblando la apuesta—. Es un comportamiento
totalmente inapropiado. ¿Subirías en secreto al padre de una colega de
trabajo a una habitación VIP?
—Si estuviera enamorado de ella, lo haría.
Parpadeé.
—No está enamorado de mí —dije—. Me dijo que no lo estaba.
Pero cuando nos detuvimos frente al aparcacoches del Biltmore, Logan
solo dijo:
—Tampoco puedo creer que creyeras eso.

Pensaba que Logan me estaba dejando en el Biltmore, pero cuando salí,


todavía un poco aturdida, le entregó las llaves al aparcacoches.
—¿Vas… a entrar? —pregunté.
Logan asintió.
—Me dirijo al salón de baile.
Fruncí el ceño.
—¿Qué hay en el salón de baile?
Logan me miró a los ojos.
—Charlie.
—Oh —dije—. ¿Aquí es la entrega de premios?
Logan asintió.
—¿Sabías que Charlie estaría aquí esta noche cuando me reservaste
una habitación en este hotel?
Logan volvió a asentir.
—¿Me estás engañando para que vaya a la ceremonia? —pregunté.
—No, a menos que quieras que lo haga —dijo Logan.
—No quiero que lo hagas —le dije.
—¿Incluso después de enterarte de la mejora VIP?
—No le pedí que hiciera eso —dije—. Le pedí que me dejara en paz.
—Deberías venir conmigo —dijo Logan, señalando el salón de baile—
. Significaría mucho para Charlie.
Me pellizqué la nariz.
—Charlie no se preocupa por mí… ni por los premios. ¿No sabes que
los guarda todos en un cajón?
—Sí. Pero eso es solo porque destrozó el escaparate de cristal en el que
los guardaba.
—¿Qué quieres decir con que lo destrozó?
—Lo empujó y se hizo añicos —dijo Logan—. La noche que su mujer
lo dejó.
Lo estoy asimilando.
—A él sí le importan esos premios —dijo Logan—. Y tú también le
importas, por cierto.
Pero todo parecía demasiado.
—Voy a pasar.
Logan asintió, como «bastante justo». Luego dijo:
—Ahora voy a enviarte un video de tres minutos y quiero que lo veas
enseguida.
Logan tenía un pasado accidentado con el envío de videos.
—¿Qué tipo de video?
—Un video que quería enviar antes.
—Esa no es realmente una respuesta.
—En realidad no tengo permiso para enviarlo ni siquiera ahora —dijo
Logan.
—Eso nunca te ha detenido antes.
Logan me ignoró.
—Tiene cierta información que creo que deberías saber. He estado
dudando, con tu padre enfermo. Sé que estás pasando por muchas cosas,
pero creo que preferirías saber a no saber.
—¿Preferiría saber a no saber qué?
—Es un video para ti. «Para» ti. De Charlie.
—¿Para mí?
—Es un video que me ha enviado para que te lo envíe… pero aún no.
Solo más tarde.
—¿Solo más tarde cuándo?
—Más tarde —dijo Logan y luego terminó—… después de que esté
muerto.
«¿Muerto?»
—¡Logan! —dije, como «¿qué demonios?»—. ¿De qué estás hablando?
—Solo míralo —dijo Logan—. Sube a tu habitación ahora mismo y
míralo. Y cuando termines, sospecho que cambiarás de opinión. Sospecho
que querrás ver a Charlie, después de todo. Si estoy en lo cierto, baja al
salón de baile. Te guardaré un asiento.

¿Qué otra cosa podía hacer? Subí a verlo.


Me senté en el escritorio de mi habitación de hotel, abrí el portátil, hice
doble clic en el archivo y allí, en mi pantalla, apareció un video de Charlie.
Nada más verlo, supe por su cara golpeada exactamente cuándo lo había
grabado, fue la noche en que había tenido aquella pelea de bar y había
vuelto a casa completamente apaleado. El mismo día que había recibido
aquella misteriosa llamada que nunca había explicado. Estaba sentado,
encorvado, a un lado de la cama, grabando en su teléfono, desarreglado
como siempre y exactamente tan desmejorado como yo recordaba.
—Emma —dijo Charlie al teléfono—. Si estás viendo esto ahora
mismo… si Logan te lo envió para que lo vieras, entonces yo… —Charlie
sacudió la cabeza, como si no pudiera creer las palabras—. Suena como el
peor diálogo de una mala película… pero si estás viendo esto, entonces ya
estoy muerto.
Asintió, como si estuviera asimilando la idea.
—No sé por qué es tan raro decir esto. Todo el mundo acaba muriendo.
Lo que es realmente raro es la forma en que todos pensamos que vamos a
vivir para siempre. —Charlie miró al techo como si estuviera parpadeando
lágrimas—. Aunque me hubiera gustado algo más de tiempo. Para ser
sincero. «Apenas» te encontré. «Justo» te encontré a ti. ¿Verdad? —Charlie
cerró los ojos y se apretó el pelo con el puño antes de continuar—. Así
que… es tarde. Acabas de limpiarme la cara y has intentado arroparme en
la cama, pero no puedo dormir. No puedo dormir hasta que diga esto. —
Charlie respiró hondo—. En mi chequeo de esta semana… di positivo en
cáncer de pulmón con metástasis.
Charlie se agarró un puñado de pelo y cerró los ojos por un segundo.
—Hay más pruebas que hacer y preguntas que responder —
prosiguió—. Pero ya he pasado por esto antes y no importa cómo le dé la
vuelta en mi mente, el único lugar bueno para ti… es «lo más lejos posible»
de mí.
Apartó la mirada, aspiró hondo, contuvo la respiración, la expulsó y,
al hacerlo, empezó a toser.
Espera, ¿era por eso por lo que había estado tosiendo tanto? ¿No era
alergia, sino «cáncer de pulmón»?
—No te lo vas a creer —continuó Charlie—, pero aquel primer día supe
que me iba a enamorar de ti. No llevabas ni sesenta segundos gritándole a
Logan en mi jardín cuando lo supe. Lo sentí. Me lo imaginé. Era tan
predecible.
Se tomó un minuto para frotarse los ojos. Luego continuó:
—Me gustas con locura, Emma. Ni siquiera sabía que fuera posible que
otra persona me gustara tanto. —Sacudió la cabeza—. Y hasta hoy, lo único
que quería era gustarte a ti también. —Frunció el ceño, como si estuviera
pensando—. Quizá este sea mi castigo. Quizá tenías razón sobre las
profecías autocumplidas. Lo único que sé es que no quiero morir y la razón
por la que no quiero morir es porque quiero pasar más tiempo contigo.
Charlie hizo una pausa para toser de nuevo.
Luego continuó.
—Eso es lo único que quiero. Eso es lo único que puedo pensar en
querer, pero, ¿sabes qué? No voy a permitir que me controle. No voy a
arruinar tu vida. Por una vez, voy a poner a otra persona en primer lugar.
—Agarró otro puñado de pelo—. No puedo creer tu vida. Has pasado diez
años cuidando de tu padre y lo has dejado todo para hacerlo. Todo este
tiempo, has mantenido oculto ese yacimiento de talento que tienes. Está
tan mal que haya pasado.
Charlie se deslizó hasta sentarse junto a la cama.
—Hoy te he mentido —continuó—. Y voy a seguir mintiéndote. Nunca
te contaré nada de esto. Voy a alejarte por tu propio bien mientras tenga
fuerzas para hacerlo, sabes por qué y sabes que tengo razón. Si no lo hago,
te encargarás de mí igual que hiciste con tu padre y me niego a ser otra
cosa que te detenga. Necesitas a alguien en tu vida que te levante, no que
te hunda. Confía en mí. He pasado por todo esto antes. Es una mierda, lo
sé, pero cada opción que tengo es una mierda. Al menos esta te libera.
Charlie dejó de hablar y apoyó la cabeza en la mano, pero la cámara
siguió filmando.
Cuando volvió a levantar la vista, miró directamente al objetivo.
—Lo siento mucho, Emma —dijo entonces—. Escribiría cien finales
felices para nosotros si pudiera.
Capítulo 31
Salí disparada hacia el salón de baile tan rápido después de eso, que
no recuerdo completamente cómo llegué allí. Recuerdo sobre todo que
lloré. Lloré en el ascensor, bajando ocho pisos con dos niños que miraban
hacia atrás y me miraban todo el rato. Lloré mientras daba mi nombre en
la mesa de registro. Lloré mientras me escabullía por la puerta cerrada del
fondo de la sala.
Mis pensamientos daban vueltas ininteligibles en mi cabeza, sobre
todo de negación, si mal no recuerdo. ¿Charlie estaba enfermo? Pero no
parecía enfermo. Había visto a mucha gente enferma. Tenía buen aspecto.
Parecía sano. ¡Esto era inaceptable! ¡Acababa de cumplir cinco años! ¿No
había pasado por suficiente? ¡Esto no puede estar bien! ¡Él era «Charlie»!
El salón de baile estaba a oscuras y el público se puso en pie, vitoreando
a Charlie cuando subió al escenario. Al verlo, captó mi atención y el llanto
se detuvo.
Estaba aquí. Estaba vivo. Estaba al otro lado de la habitación.
«Charlie, tonto asombroso. ¿Cómo pudiste pensar que alejarme era
una buena idea?»
Me entraron unas ganas terribles de correr hacia él, abrazarlo y
negarme a soltarlo, pero me contuve y me centré en él, él era el centro de
atención. Se acercó a un podio despejado y miró al público con los ojos
entrecerrados.
Charlie, de esmoquin.
Alguien le había peinado el pelo de forma que se le erizaba en la misma
dirección. Era lo más parecido a una imagen perfecta de lo que lo había
visto nunca. Hasta que me fijé en su pañuelo de bolsillo verde y blanco.
No tenía la forma cuadrada que solía llevar, sino un triángulo en forma
de abanico.
No estaba dobladillado, sino rasgado en el borde.
Y ni siquiera era un pañuelo, era… Dios.
Contuve la respiración.
Era un trozo de la tela verde y blanca del vestido de estampado tropical
con el que casi me ahogo. Como si tal vez, en lugar de tirarlo, Charlie, sin
molestarse siquiera en buscar unas tijeras, hubiera arrancado un trozo con
sus propias manos, lo hubiera doblado y lo hubiera declarado pañuelo.
Pero el efecto era extrañamente encantador, casi como si tuviera un
bolsillo lleno de vegetación.
Tal vez iniciaría una tendencia.
La multitud se acomodó y tomó asiento. Miré a mi alrededor en busca
de Logan y vi que, de hecho, me había guardado un asiento, pero T.J.
estaba sentado a su otro lado.
¿Llevaba T.J. una gorra de beisbol al revés en el salón de baile?
Creo que puedes adivinar la respuesta, pero en virtud de la integridad
periodística, voy a seguir adelante y decir que sí. Sí, la llevaba.
Decidí pasar del asiento reservado y quedarme al fondo de la sala.
En el escenario, Charlie se aclaró la garganta.
Justo cuando pensábamos que empezaría su discurso, sacó el móvil del
bolsillo del pantalón. Después, encendió el timbre, se inclinó hacia el
micrófono y su voz llenó la sala.
—Estoy esperando una llamada importante —dijo y el público se
deshizo en cálidas carcajadas.
Pensé en Charlie diciendo:
—Puedes salirte con la tuya en muchas cosas cuando la gente ya ha
decidido que le gustas.
¿Había decidido ya que me gustaba?
Me gustaba.
—Hablo en serio —dijo al público, colocando el teléfono en el centro
del podio—. Llevo todo el día esperando esta llamada y si la pierdo ahora,
tendré que esperar hasta mañana y no voy a hacerlo.
Más risas cálidas.
—No va a sonar, por supuesto —dijo—. No ha sonado en todo el día y
estaré aquí arriba… ¿cuánto?... ¿veinte minutos? ¿Treinta si todo va bien?
—El público lo observaba, aún sin saber si estaba bromeando—. Pero si
suena —dijo Charlie, mirando al público como si hablara en serio—, yo
contesto. —Consultó su reloj—. Abren hasta tarde los jueves, así que aún
tengo una hora.
Más risas.
Con eso, Charlie se acomodó, recolocó el teléfono en el podio por
última vez, inclinó el micrófono más cerca, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón y luego miró hacia las luces del escenario.
Todos esperábamos lo que pudiera ocurrir a continuación.
Sabía cómo dirigir una sala.
—Tenía planeada una charla totalmente distinta —empezó Charlie al
fin—. Pero perdí el interés en esa charla. Esta noche, de lo único que quiero
hablar es del muy denostado, totalmente ridiculizado, generalmente
desestimado concepto del amor.
El público sintió su vibración y esperó.
—Hace ocho semanas, yo era uno de esos imbéciles que pensaban que
el amor lo inventaba Hallmark para vender tarjetas de felicitación. Pensaba
que era un esquema Ponzi emocional. Pensaba que era una ficción que nos
habían hecho creer los animadores de Disney y pensé que nuestra única
esperanza de escapar era desenchufarnos de la Matriz del Amor y ver
nuestro verdadero y distópico paisaje infernal sin amor tal y como era.
Charlie miró a su alrededor mientras la sala esperaba.
—Y entonces —continuó—, conocí a una mujer que no estaba de
acuerdo. Estaba realmente en desacuerdo. En voz alta y a menudo. Me hizo
ver una charla TED sobre el tema.
El público rio complacido.
—Discutía conmigo —continuó Charlie—, se burlaba de mí y me decía
que me equivocaba tan implacablemente… que, por supuesto, no tuve más
remedio que enamorarme de ella.
Más risitas.
—Su nombre es Emma Wheeler, por cierto y está a punto de
convertirse en una guionista de éxito y antes de conocerla, pensaba que las
únicas historias que merecían la pena eran las realistas. Ya saben, como las
de zombis.
Un buen estruendo de risas del público.
—No sé cómo me permití ser tan cínico —continuó Charlie—. Me lo he
estado preguntando mucho. Lo único que se me ocurre es lo siguiente,
duele estar decepcionado. Duele tanto que preferimos no hacernos
ilusiones. Y también es humillante, ¿verdad? ¿Cuán tonto es esperar lo
mejor? ¿Cómo de patético es intentar ganar cuando ya has perdido? ¿Cuán
ingenuo debes ser si no sabes que la humanidad es oscura y viciosa y
totalmente irredimible? Pero el argumento que Emma ha estado
esgrimiendo todo este tiempo y estoy parafraseando, es el siguiente: «si
esas son las únicas historias que contamos sobre nosotros mismos,
entonces esas son las únicas historias que tenemos».
Asentimientos y murmullos de la multitud.
—Y ahí es más o menos donde he aterrizado, después de tomar su
curso intensivo sobre por qué importa el amor. Lo peor de la humanidad
es una historia fácil de contar, pero no es la única. Porque cuanto más
podemos imaginarnos a nosotros mismos, más podemos convertirnos en
ellos. —Charlie asintió, como si ahora realmente estuviera de su lado—. Es
más genial estar hastiado. Es más genial que no te importe, pero no puedo
dejar de pensar que también es un poco cobarde. Si intentas escribir
historias sobre el amor y la bondad, te arriesgas a que te ridiculicen. Lo que
podría ser la peor forma de muerte social, pero mi amiga Emma seguía
insistiendo en que era realmente importante ser valiente e intentarlo y
estoy aquí para decir que, después de discutir con ella desde todos los
ángulos, he decidido por fin que tiene razón.
¿Era todo un discurso sobre cómo yo tenía razón?
Habría pensado, «palomitas, por favor», si no hubiera empezado a
llorar otra vez.
Pero entonces, antes de que Charlie pudiera continuar, su teléfono
empezó a sonar.
Miró hacia abajo.
—Oh, Dios —dijo—. Ahí está. Esta es la llamada. —Luego miró a la
multitud—. Lo siento mucho —dijo, levantando un dedo—. No bromeaba.
De verdad tengo que contestar.
Y entonces, delante de trescientos comensales, cogió el teléfono y, sin
pensar en alejarse del podio o del micrófono, se lo puso en la oreja y dijo:
—¿Diga?
Entonces:
—Este es Charlie Yates. Sí.
Luego una pausa mientras escuchaba.
Entonces:
—Oh, Dios. ¿Cómo es que…?
Entonces:
—¿Dices que hace tres semanas…?
Entonces:
—Entiendo. Sí. De acuerdo. Gracias.
Y entonces Charlie apagó el teléfono, se lo volvió a meter en el bolsillo,
apoyó la cabeza en el podio y se echó a llorar.
Durante un buen rato.
Charlie «Los Hombres No Lloran» Yates… «lloró». En un podio. Con
un esmoquin. Delante de trescientas personas. Con las manos agarradas a
ambos lados del estrado, los hombros temblorosos, la respiración
entrecortada y el llanto que se colaba directamente en el micrófono y
llenaba la sala con los sonidos amplificados, haciendo que pareciera
extrañamente que también nos estaba ocurriendo a todos nosotros.
Como si todos estuviéramos llorando, en cierto modo, pero solo uno
de nosotros sabía por qué.
Me acerqué unos pasos hacia donde estaba Charlie, entrando en un
pasillo entre las mesas que me dejaba un camino recto hacia el podio.
Pero me detuve cuando por fin levantó la cabeza, se acordó de la
multitud, se frotó las numerosas lágrimas de la cara con la manga del
esmoquin y luego respiró hondo para decir:
—Tengo que hacer un anuncio.
Toda la sala se preparó. Algo real estaba ocurriendo aquí.
—Yo, aparentemente —dijo Charlie, inspirando hondo otra vez—…
tuve bronquitis hace tres semanas.
El público estalló en carcajadas y aplausos, como si aquello tuviera que
ser un remate. Charlie también se reía, pero fruncía el ceño y se secaba los
ojos como si aún estuviera conmocionado.
—Para que quede claro —prosiguió Charlie—, hasta hace tres minutos
pensaba que tenía cáncer de pulmón.
Un murmullo de la multitud mientras las risas se retiraban.
Y entonces, sin dejar de mirar, un poco hipnotizada por todo lo que
ocurría frente a mí, di unos pasos hacia él por aquel pasillo central.
—Pero solo era bronquitis —dijo Charlie a continuación, sacudiendo la
cabeza—. Y ahora ya se ha ido. Menudo giro.
La habitación se rio. Di unos pasos más.
—Resulta —prosiguió Charlie—, que en una prueba de detección es
difícil distinguir entre una «masa preocupante» en los pulmones y una
simple congestión cotidiana. Esa es la noticia que acabo de recibir. Una
mejor imagen proporciona una visión más clara, pero mi segunda prueba
con mejores imágenes se pospuso porque, como un genio, me fui a Texas,
en su lugar. Me salté mi seguimiento. Que valió la pena, por cierto.
Asintió mientras pensaba en ello.
—Bronquitis —dijo a continuación, sacudiendo la cabeza—. No me
estoy muriendo, después de todo.
Charlie respiró profundamente durante cinco segundos.
—Y ahora ni siquiera recuerdo por qué estoy en este escenario. O de
qué estaba hablando. ¿Era sobre cómo deberíamos contarnos a nosotros
mismos mejores historias sobre quiénes somos? ¿Sobre cómo no debemos
robarnos la esperanza y las posibilidades? ¿Sobre cómo la luz importa
tanto como la oscuridad… quizá más? ¿O quizás solo estaba divagando
sobre Emma Wheeler? Porque, sinceramente, ella es…
En ese momento, me acerqué a las luces reflejadas del escenario, lo
suficiente para que pudiera verme.
Nuestros ojos se encontraron.
Y Charlie perdió el hilo.
Charlie se quedó mirándome y yo le devolví la mirada.
—Porque, sinceramente, ella es… —Lo intentó de nuevo, más bajo,
como si ya ni siquiera se escuchara a sí mismo, sus ojos fijos en mí como si
yo pudiera desaparecer.
—Porque —intentó de nuevo—, honestamente, a menos que esté
alucinando ahora mismo… ella está aquí en esta habitación.
La multitud se inclinó para mirar.
—¿De verdad estás aquí? —preguntó entonces Charlie por el
micrófono, con voz baja y privada, como si fuéramos las dos únicas
personas.
Asentí con la cabeza.
Entonces Charlie levantó la vista y pareció recordar dónde estaba.
Levantó la estatuilla del podio y dijo, sin pausas ni puntuación:
—Gracias por este increíble premio, me siento más honrado de lo que
puedo expresar y nunca olvidaré esta noche.
Luego se dirigió a la parte delantera del escenario y, sin apartar los ojos
de mí, saltó al suelo.
Tardó unas diez zancadas en alcanzarme y, cuando llegó, dejó que su
premio colgara olvidado en una mano, como el hombre más genial de
todos los hombres geniales.
Toda la sala estaba mirando y ahora se disparaban los flashes.
Miré el premio.
—¿Otro premio para el cajón?
Pero Charlie, sin apartar los ojos de los míos, negó con la cabeza.
—No hay más cajón de premios.
Esperé a que me lo aclarara.
—Los saqué a todos, uno por uno, les saqué brillo, les pedí disculpas y
los puse en una estantería, como una persona decidida a agradecer sus
bendiciones e incluso volví a pegar el ala rota del ángel.
Mantuve el rostro inexpresivo.
—La Asociación de Mujeres Críticas de Cine estará muy contenta.
—¿Has oído eso? —preguntó Charlie, inclinando la cabeza para
señalar el escenario sin romper el contacto visual.
Asentí y me acerqué.
—¿Todo? —preguntó.
Volví a asentir y di otro paso.
—¿Específicamente la parte de que no me estoy muriendo?
Un asentimiento más.
—¿Así que esa tos que pensabas que era alergia, en realidad era
bronquitis?
—Así es.
—¿Estabas enfermo cuando te hiciste la prueba de detección? Pero
cuando volviste para la prueba real, ¿estabas bien?
—Exactamente.
—Entonces —dije—, solo para confirmar, ¿no te estás muriendo?
Charlie asintió asombrado, como si apenas pudiera creérselo.
—No por el momento.
Dejé que se me metiera en la cabeza.
—¿Qué te parece? —preguntó Charlie a continuación.
—Creo que preferirías meter mi corazón en una trituradora de madera
antes que decirme que estás enfermo otra vez.
—Correcto. Y también lo volvería a hacer. Porque «no» iba a ser otra
persona arruinando tu vida.
—Realmente no entiendes cómo funciona la destrucción de la vida,
¿verdad?
—No se puede confiar en que hagas lo correcto por ti misma.
—Para que conste, nunca te habría dejado porque enfermaras.
—Ya lo sé. Por eso tuve que dejarte primero.
Pero negué con la cabeza.
—Logan me envió tu video. El que se suponía que no debía ver hasta
que estuvieras muerto y vine aquí dispuesta a obligarte a que me dejaras
estar contigo… pasara lo que pasara.
—Es una jodida decisión.
—Ha sido un jodido video.
—Pero no estoy enfermo. Así que ahora no importa.
—Importa que me hayas mentido —dije.
—Te engañé —dijo Charlie, como si eso fuera diferente.
—Dijiste que era hipocondríaca.
—«Eres» hipocondríaca.
—Pero lo dijiste de mala manera.
Charlie bajó la cabeza.
—Lo siento.
—Te cerraste a la posibilidad de que hubiera algo entre nosotros.
Dijiste que no había ningún malentendido.
—No hubo ningún malentendido. No por mi parte, al menos.
—Dijiste que no te importaba.
Charlie se opuso.
—«Nunca» dije que no me importaras.
—Dijiste y cito: «Absolutamente no. De ninguna manera».
—Intentaba hacerte un favor.
—Es un favor de mierda.
—Fue una situación de mierda.
—Pero ahora la situación está mejor.
—Sí —dijo Charlie, frunciendo el ceño como si aún no pudiera
creerlo—. Está mejor.
—Más pruebas para mi teoría —dije.
—¿Qué teoría?
—A veces las cosas mejoran.
Charlie asintió como si eso fuera una revelación.
—Supongo que a veces lo hacen.
Luego se inclinó para dejar respetuosamente su premio en el suelo y
volvió a levantarse para mirarme a los ojos.
—¿Escuchaste lo otro que dije allá arriba, también?
—¿Qué otra cosa?
—La parte de estoy enamorado de ti.
—Me suena familiar.
—¿Te parece bien?
Asentí con la cabeza.
—Está bien —luego añadí—. Mejor que bien, de hecho. Porque ahora
estamos a mano.
En ese momento, Charlie se metió las manos en los bolsillos.
Bajé la mirada a uno, luego al otro y volví a levantarla.
—¿Me estás Ji Chang Wook-ando en este momento?
—No sé quién es.
—El tipo de cuello alto. Que perfeccionó el beso de los bolsillos.
Charlie sonrió de esa manera que hacía que sus fosas nasales se
fruncieran.
—Entonces supongo que debo estar haciéndolo.
—¿Te he dicho alguna vez —dije entonces antes de poder
contenerme—, que me encantan tus fosas nasales?
Oh, Dios. Está pasando, supongo. Un momento pistola de Chejov. No
puedes prohibirte mencionar las fosas nasales de alguien en el primer acto
sin hacerlo finalmente en el tercero.
O espera. ¿Quizá «esto» era el primer acto y no habíamos hecho más
que empezar?
Como si quisiera responder, Charlie se acercó, con las manos aún en
los bolsillos como un campeón y cerró por completo la brecha que nos
separaba, apretando sus muslos contra los míos y su pecho contra el mío.
Luego inclinó la cabeza hasta que su boca quedó a un suspiro de la mía.
—¿Cómo está mi ángulo? —preguntó, como si realmente quisiera
saberlo.
—Eres un alumno extraordinario —le dije.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo Charlie—. Soy el mejor.
Y entonces apretó su boca contra la mía y, al hacerlo, sacó las manos
de los bolsillos para rozarme la cintura y sujetarme.
No es que intentara escapar.
Creo que todo el salón rompió en aplausos, pero no puedo asegurarlo.
Creo que una cámara en directo transmitió el momento a la pantalla
gigante, pero tampoco estoy segura. Lo único que recuerdo con certeza es
la sensación de que mi corazón se desplegaba en toda su envergadura en
mi pecho, como un pájaro que hubiera decidido estirarse por fin y
remontar el vuelo.
¿Era un final feliz?
Por supuesto. Y también solo un principio. En el sentido de que los
comienzos y los finales son siempre la misma cosa.
No tenía ni idea de adónde iríamos a partir de aquí ni cómo lo
gestionaríamos todo ni adónde nos llevaría el futuro. Pero estaba bien. No
conocemos toda la historia de una vez y hacia dónde nos dirigimos importa
mucho menos que cómo llegamos.
Charlie estaba aquí ahora mismo y yo también estaba aquí.
Eso era suficiente por ahora.
—Estoy tan enamorado de ti —dijo Charlie entonces, su aliento contra
mi oreja—. Es terrible.
Y entonces dije:
—Vamos a necesitar una palabra mejor para terrible.
Epílogo
Así que mi padre tenía razón, al final.
Todos nos las arreglamos para estar bien.
Y solo nos llevó diez años.
Pero, ¿qué significa «estar bien»? La vida siempre está llena de
preocupaciones y luchas, pérdidas y decepciones, búsquedas nocturnas en
Google de síntomas extraños… Todo se amontona sin cesar como la ropa
en la secadora. Ninguno de nosotros llega nunca a un punto en el que todo
esté resuelto para siempre y nunca tengamos otro problema.
La vida no funciona así.
Pero eso no es un felices para siempre, de todas formas.
Pobres finales felices. Son tan agresivamente incomprendidos.
Actuamos como si «y vivieron felices para siempre» tratara de
embaucarnos para que pensáramos que a nadie le ha vuelto a pasar nada
malo.
Pero yo nunca leo esas palabras así. Las leo como «y construyeron una
vida juntos, se cuidaron el uno al otro e hicieron lo mejor de sus vidas».
Es posible, ¿verdad?
Eso no es ridículo.
La tragedia es un hecho. No hay versión de la vida humana que no
incluya montones de ella.
La cuestión es qué hacemos ante todo esto.

¿Y qué hicimos, nuestra pequeña familia?


Hicimos lo único que «podíamos» hacer. Hicimos lo mejor que
pudimos.
Sylvie y Salvador acabaron trabajando en medicina, él como asistente
médico y ella como enfermera anestesista. Se quedaron con mi padre en su
apartamento durante dos años después de su fuga, antes de que a la señora
Otsuka se le ocurriera la brillante idea de que quizá mi padre debería ir a
vivir con ella a la casa de al lado.
A mi padre le encantó la idea, pero dijo que primero debían casarse.
Cosa que la señora Otsuka hizo encantada.
Así que celebraron una pequeña ceremonia en el jardín comunitario,
luego Salvador ayudó a mi padre a trasladar todos sus instrumentos a la
casa de al lado y la señora Otsuka ni siquiera tuvo que poner cojines de
espuma en sus esquinas afiladas, porque para entonces mi padre había
pasado tanto tiempo en su casa que ya lo había hecho.
Se hizo cargo de muchos cuidados al casarse con mi padre, pero una
vez me dijo que valía la pena. Él cura su soledad. Ilumina sus sombras. La
hace reír todo el día y hasta la noche. Así es como ella lo ve, ella cuida de
él, pero él también cuida de ella y está claro que juntos se divierten mucho
más de lo que se divertirían separados.
Por cierto, mi padre empezó a aprender japonés. Resulta que tiene
facilidad para los idiomas.
Y también tiene una gran tutora.
Sylvie y Salvador convirtieron la antigua habitación de mi padre en un
cuarto de invitados. Sylvie también decidió redecorar el apartamento en su
tiempo libre: desmontó las literas de nuestra infancia, empapeló una pared
de acento con flores tropicales y llenó el alféizar de la ventana con
suculentas en macetas pintadas de vivos colores. Hizo una página en
Pinterest y todo.
Ahora Sylvie y Salvador trabajan duro, ahorran y esperan poder
comprar una casa lo bastante grande para ellos y una pandilla de niños en
algún momento. Sylvie incluso buscó en Google nuestra soleada y ruinosa
casa de la infancia para ver si podía ser una opción, pero la habían
derribado para construir una megamansión.
—Quizá sea mejor así —dije mientras Sylvie despotricaba por
teléfono—. Quizá la vida nos está diciendo que sigamos adelante.
Kenji sigue viniendo de visita todos los veranos y acude a los
campamentos del museo de ciencias. Y resulta que tiene hermanas gemelas
más pequeñas, que empezaron a unirse a él cuando crecieron lo suficiente.
A mi padre le encanta cuando todos los niños aparecen en el apartamento
y lo llenan de vida, correteos y risitas y les ha enseñado a todos a tocar la
armónica.
—Son «muchas» armónicas —dijo Sylvie—. Podrían montar una
banda tributo a Bob Dylan.

¿Y yo? ¿Qué fue de mí?


Me mudé a Los Ángeles y seguí escribiendo.
Tuve mi propio apartamento pequeño por un tiempo, justo encima de
un salón de tatuajes.
Sucedió que estaba a poca distancia de la casa de Charlie, pero juro que
fue una coincidencia. Mayormente.
Era la primera vez en mi vida que vivía sola y me dediqué de lleno a
anidar: acumulé una colección de servilletas de tela estampada, me
abastecí de tazas de café extravagantes y me sumergí de lleno en el estilo
de vida de los cojines.
—¿Qué les pasa a las mujeres con los cojines? —preguntó Charlie
cuando mi cama se llenó tanto de ellos que era difícil encontrar el colchón.
—Creo que la palabra que buscas es «gracias» —dije.
Charlie apoyó plenamente mi compromiso con la independencia.
Pero, aun así, todos los días… me pedía que me casara con él.
Lo que me encantaba.
Aunque, cada día, también evadía la pregunta.
Una sonrisa se apoderaba de mi cara y decía:
—No hace falta estar casados para ser felices.
Y Charlie no estaría en desacuerdo.
—Solo quiero pertenecerte —decía—. Y quiero que tú me pertenezcas.
Y luego lo empujaba hacia abajo en todos esos cojines tirados de una
manera que no dejaba ninguna duda sobre quién pertenecía a quién.
Pero aun así me resistí a decir que sí, de esa manera que se puede hacer
cuando absolutamente todo el mundo sabe que «quieres» decir que sí. Y al
final «dirás» que sí.
Y la anticipación es la mitad de la diversión.
Lo bueno de ser escritores es que nuestros trabajos son portátiles. Así
que pasamos los veranos en Houston, en la habitación de invitados de
Sylvie y Salvador. Es un circo total: Sylvie, Salvador, sus dos Golden
Retriever, nuestro padre, la señora Otsuka (que, una vez que fuimos familia,
nos animó a todos a llamarla por su nombre de pila, Mitsuko), sus tres
nietos, Charlie y yo. Todos íbamos y veníamos de un apartamento a otro,
compartíamos la comida, hacíamos de canguros, ayudábamos,
trabajábamos en el huerto comunitario y bullíamos de energía cinética de
esa forma alegre y ruidosa que se da a veces cuando las familias se
amontonan en un espacio reducido.
A veces incluso añadimos a Jack Stapleton y a su guapa esposa,
Hannah, a la mezcla y todos nos apretujamos alrededor de la mesa del
comedor, con los nietos en las rodillas y cantamos improvisadamente
después de cenar.
Aunque mi padre nunca ha dejado de llamar a Jack «Jake Singleton».
Y Jack nunca lo corrige.

¿Acabamos Charlie y yo yendo a las Olimpiadas de baile en línea y


llevándonos el oro para EE.UU.?
Bueno, ya que no hay baile en línea en los Juegos Olímpicos, ya que es
mucho más cooperativo que competitivo y ya que no es exactamente una
cosa que se puede ganar, a menos que cuente solo «estar allí» para ganar y
ya que hace poco me dio un tirón muscular mientras ejecutaba unos pasos
básicos de marinera…
No exactamente.
Pero seguimos yendo a clase.
Aunque, en un esfuerzo por minimizar a todos y cada uno de los
vaqueros de metro ochenta, nos apuntamos en el cercano centro de
mayores, donde personas de ochenta años bailaban en círculos a nuestro
alrededor. La propia instructora tenía ochenta y seis años y aún se
mantenía fuerte con un par de botas rojas de Strass y una chaqueta de
flecos. Íbamos todas las semanas, fielmente. Charlie era adorado por todos
y a mí me compadecían a menudo, pero con una calidez y una compasión
que hacía que todo fuera bien.
—Oh, cariño —decían—. Eso no es un paso de rumba.
Y luego me lo enseñarían. Otra vez.
No pasa nada. Un poco de humillación te hace reír como ninguna otra
cosa puede hacerlo.
Y he empezado a dominar la «derecha» frente a la «izquierda».
Y, para que conste, no me importa tener una razón para toparme con
Charlie.

¿Seguimos Charlie y yo escribiendo juntos? Lo hacemos.


¿Y escribir «películas de mujeres» hundió la carrera de Charlie, como
había profetizado Jablowmie? ¿Habría sido mejor que Charlie prestara su
talento al reboot en bikini de «Beer Tower III», o al proyecto por el que T.J.
se había reunido con Donna Cole en la cafetería aquel día? Un proyecto en
el que ella se negó a trabajar, por cierto. Lo cual no fue culpa mía, aunque
T.J. sigue insistiendo en que sí lo fue.
«Me saboteaste» me dijo en voz baja la última vez que lo vi en una
entrega de premios, justo cuando Charlie le espetó «te saboteaste a ti
mismo» y me llevó a visitar a otra persona.
No voy a decir quién era esa otra…
Pero digamos que su nombre rima con Sheryl Sheep.
¿Fue suficiente castigo para T.J.? ¿No conseguir lo que quería una vez?
Probablemente no, pero es un comienzo.
Si se preguntan cómo le fue a «The Rom-Commers», dejaré que las
legendarias cifras de taquilla respondan a eso y todos los titulares que
incluían el término «éxito de taquilla sorpresa» y también ese artículo en
«The Atlantic: cómo Charlie Yates y su socia guionista están resucitando la
comedia romántica». Cierto, mi nombre no aparece en el titular, pero la
foto a toda página es mía, ocupando la mayor parte del encuadre, con mi
pelo rizado con volumen al máximo de su capacidad dramática por un
maquillador que también hace sesiones para Vogue y que me hizo parecer
un mil por ciento más genial de lo que soy en la vida real. Y Charlie, de
perfil y medio fuera de cuadro, me mira con admiración.
Cuando vi la foto, dije:
—Es la única vez que me ha gustado mi pelo.
Y Charlie dijo:
—Está bien. Me gusta lo suficiente por los dos.
También, durante la entrevista para ese artículo, Charlie me dejó
responder a todas las preguntas y luego, cuando el redactor le pedía su
respuesta, se limitaba a asentir y decir:
—Lo que ella ha dicho. —Cada vez. Se aseguraba, a su manera
amistosa, de que me citaran, mucho.
Todo para decir, Charlie lo está haciendo bien.
Como yo.
Al final cedí y me casé con Charlie, por cierto. Y transferí mi colección
de tazas a su mansión, pero, al día de hoy, no se me permite tocar la
cafetera.

Y así es como esta historia llega a su fin, con un total de no una ni dos,
sino tres bodas.
¿Hay que casarse en la vida para ser feliz? Por supuesto que no.
Pero sin duda es una forma de serlo.
Mi padre se certificó como reverendo por Internet por treinta y cinco
dólares, insistió en que todos empezáramos a llamarlo Reverendo Papá y
luego ofició nuestra boda. Nos reunimos de nuevo en el huerto
comunitario, rodeados de una abundante cosecha de pepinos huevo de
dragón de Mitsuko, justo un año después de la boda de mi padre en el
mismo lugar.
Llevé un ramo de caléndulas, que eran las flores favoritas de mi madre
y que la encantadora Mitsuko había plantado y cultivado en previsión del
gran día. También las prendimos en las camisas blancas guayaberas de los
chicos, en junio hacía demasiado calor para llevar chaquetas, a modo de
boutonnieres.
Esta vez, en su capacidad oficial, mi padre tenía algunas cosas que
decir. Apoyado en su andador, nos dijo lo más inteligente que sabía sobre
estar casado.
—La gente siempre dice que el matrimonio es duro. —Miró alrededor
de la pequeña multitud, que incluía a nuestra familia, Jack Stapleton y
Hannah, Logan y su marido, Nico, la familia de Mitsuko, que estaban en la
ciudad para la época de verano y todos los miembros del jardín de la
comunidad.
Mi padre continuó:
—Pero no estoy de acuerdo. No creo que el matrimonio sea difícil.
Creo, de hecho, que si lo haces bien, el matrimonio es lo que hace que todo
lo demás sea más fácil.
Mi padre dejó que eso surtiera efecto.
Y continuó:
—Ahora se están preguntando cómo hacerlo bien, ¿verdad?
Asentimos.
—Bueno, tienen suerte. Porque el amor es algo que pueden aprender.
El amor es algo que pueden practicar. Es algo en lo que pueden elegir ser
buenos. Y así es como se hace. —Soltó su andador en señal de que hablaba
en serio—. Aprecien a su persona.
Miró a su alrededor.
—Eso es todo —dijo, como si hubiéramos terminado. Luego añadió—.
Bueno, primero, asegúrense de elegir a una buena persona. —Evaluó a la
multitud para asegurarse de que lo habíamos hecho. Luego dijo—: Pero
aquí todos somos buena gente.
Sonrisas tímidas por todas partes.
Y continuó:
—Escojan a una persona buena e imperfecta que no ponga el tapón a
la pasta de dientes, que ponga el rollo de papel higiénico al revés, que
cargue el lavavajillas como un hurón con esteroides y entonces apreciarán
las imperfecciones de esa persona. Entrénense para ver sus mejores
cualidades, las más encantadoras, las más entrañables. Céntrense en todo
lo que hace bien. Sean agradecidos, todo el tiempo y ríanse del resto.
Mi padre nos sonrió y volvió a poner una mano en su andador.
—Y eso vale también para los niños, por cierto, para las mascotas, para
los camareros e incluso para nosotros mismos —dijo—. Ahí está. El truco
de la vida. Estar agresiva, ruidosa y descaradamente agradecidos.
Entonces mi padre nos hizo un gesto con la cabeza, como «de nada».
Y concluyó:
—Ahora vamos a casar a estos dos chicos.

Todo para decir… sí. Esto «fue» y «es» un felices para siempre.
Aunque sigo, siempre, echando de menos a mi madre. A pesar de que
mi padre sigue teniendo problemas de equilibrio, acaba de recibir siete
puntos de sutura tras resbalarse en la ducha y sigue guardando su
violonchelo sin tocar en un rincón de la habitación donde puede verlo.
Aunque Sylvie y Salvador llevan dos años intentando tener un bebé y no
han tenido mucho éxito. A pesar de que sigo buscando en Google «cáncer
de codo» en mitad de la noche y no llego a casa tan a menudo como me
gustaría y me siento, sinceramente, un poco celosa de Sylvie a veces, ahora
que ha tomado el relevo. En la vida no faltan las decepciones. La amante
se puso vengativa porque Charlie no le entregó su guion y ahora su
película sobre la mafia puede que nunca vea la luz. T.J. Heywood sigue
amenazándome cada vez que puede y se niega obstinadamente a
redimirse. La encantadora Mitsuko tiene un nuevo vecino irritante que no
para de rociar insecticida sobre las Asclepias tuberosas que plantó como
alimento para las orugas monarca. Y Cuthbert, la cobaya, nunca superó su
melancolía y finalmente siguió a su hermano a través del puente del
arcoíris.
Así es la vida.
La tragedia es realmente un hecho.
Hay infinitas historias humanas, pero todas acaban igual.
Así que lo importante no puede ser adónde vas. Tiene que ser cómo
llegas.
Eso es lo que he decidido.
Se trata de los detalles en los que te fijas. Y de las alegrías que saboreas.
Y de la esperanza a la que te niegas a renunciar.
Se trata de escribir la mejor historia de tu vida.
No solo cómo la vives, sino cómo decides contarla.
Sobre la autora

Katherine Center es la autora de once novelas superventas del New York


Times, entre ellas Hello Stranger, The Bodyguard, Things You Save in a
Fire y la más reciente, The Rom-Commers. Katherine escribe, comedias
románticas profundas, libros para reír y llorar sobre cómo la vida nos
derriba y cómo nos levantamos. La adaptación cinematográfica de la
novela de Katherine Felicidad para principiantes, protagonizada por Ellie
Kemper y Luke Grimes, se convirtió en una película de Netflix en 2023 y
alcanzó el Top 10 mundial en 81 países de todo el mundo y la película de
su novela El marido perdido alcanzó el número 1 en Netflix en 2020.
Katherine vive en Houston, Texas, su ciudad natal, con su marido, sus dos
hijos y su peludo pero feroz perro.

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