En una lejana aldea rodeada de un denso bosque de robles, vivía una niña llamada
Lía. Desde muy pequeña, había sentido una conexión especial con la naturaleza, como
si los árboles le susurraran secretos y el viento le contara historias.
Una noche de luna llena, mientras exploraba las orillas de un arroyo, Lía encontró
una piedra luminosa enterrada entre las raíces de un árbol milenario. Al tocarla,
una energía cálida la envolvió y una voz le habló en su mente: “Eres la elegida
para despertar la magia dormida de este bosque.”
Sin comprender del todo lo que ocurría, Lía llevó la piedra de regreso a su casa. A
la mañana siguiente, descubrió que el bosque había cobrado vida de una manera que
nunca antes había visto: los árboles susurraban más fuerte, los animales la miraban
con inteligencia y el agua del arroyo danzaba como si estuviera viva.
Con el paso de los días, la niña aprendió a comunicarse con el bosque y a utilizar
la piedra para sanar plantas enfermas y ayudar a los animales. Pero pronto
descubrió que una sombra oscura se cernía sobre la aldea. Un grupo de forasteros
había llegado con la intención de talar los árboles y extraer los recursos del
bosque sin importar el daño que causaran.
Con valentía, Lía usó el poder de la piedra para invocar la esencia del bosque. Los
árboles se alzaron como gigantes, los ríos se convirtieron en barreras y los
animales se unieron en una danza de resistencia. Los forasteros, atemorizados,
huyeron y juraron nunca regresar.
Desde aquel día, Lía se convirtió en la guardiana del bosque. La piedra luminosa
siguió brillando en su corazón, recordándole que la verdadera magia no está en los
objetos, sino en la voluntad de proteger aquello que amamos.