LECTURAS SAS (PLAN DE LECTURA)
SA 1
Marta y Julia son las saltacombas. Todos las llaman así porque van siempre
saltando a la comba, sujetando cada una de un extremo de la cuerda, y así
pasean por el patio, van y vuelven del colegio, ven la tele… Pero a punto
estuvieron de dejar de ser tan amigas.
Un día, volviendo del cole, Marta se paró de golpe y Julia casi se fue de bruces
contra el suelo. En el cristal de un coche, cogido con el limpiaparabrisas, había
un cartel que decía: GRAN CAMPEONATO MUNICIPAL DE COMBA. Y luego,
con letra más pequeña, explicaba que podían presentarse participantes de
cualquier edad y que habría dos premios: a la originalidad y a la resistencia.
—¿Qué es resistencia, Julia? —preguntó Marta.
—¿Qué es municipal? —contestó Julia.
—¿Qué es original? —dijeron a coro.
Siguieron saltando hasta la esquina donde se separaban siempre y se dieron
un beso para despedirse. Julia le pregunto a su padre qué era eso de
resistencia.
—Pues —le dijo él después de leer el papel— es un campeonato en el que
gana el que más tiempo aguante saltando.
19
Marta, mientras tanto, había llegado a su casa y le preguntó a su madre
qué era municipal.
—Pues es —dijo ella después de oír las explicaciones de la niña— un
campeonato para todo el municipio, para toda la ciudad.
La mamá de Marta le prometió que el día de la competición le haría unas
coletas muy tirantes y le pondría lazos para que estuviera más guapa. El papá
de Julia le dijo que le haría un plan de entrenamiento para que fuera la mejor,
la que más resistiera. Para ganar.
Por la noche, después de cenar, Julia se puso a dar saltos en el salón, para
entrenar, pero subió la vecina a quejarse, por lo que al día siguiente se levantó
temprano para entrenar antes de ir al colegio.
Al día siguiente, en el patio, Julia cogió su comba, la puso doble para que fuera
más corta y empezó a dar saltos. Marta se acercó para saltar con ella pero
Julia le dijo que no, que mejor entrenaban por separado.
—Dice papá que el campeonato hay que ganarlo y que, si entreno más que tú,
quedaré la primera.
Y Marta arrugó mucho la frente porque no entendía lo que quería decir su
amiga. Como llevaba cada una su comba, las cuerdas se enredaban al
cruzarse y las niñas no podían hablar tranquilas. Al final se separaron y
siguieron dando vueltas por el patio en dirección contraria.
En la hora de comedor, Marta le preguntó a la profesora qué quería decir
originalidad.
—Pues algo es original —le dijo rascándose la cabeza— cuando nadie más lo
hace. Si todos visten de verde y tú te pones una camisa azul, entonces eres
original.
Marta se quedó un ratito pensando y después se fue hasta la mesa donde
comía Julia y le dejó una nota:
“Ya sé qué es original. Ya sé cómo vamos a ganar el campeonato.”
De camino a casa, saltando cada una con su comba y poniendo cuidado en
que no se enredasen las cuerdas, Marta le contó a Julia qué significaba
originalidad y le explicó su plan.
—Nadie, seguro que nadie, sabe saltar en pareja con una cuerda.
—¿Y nos dejarán presentarnos juntas? —preguntó Julia.
—Claro. ¡Podemos ir como las de la tele, vestidas iguales!
—Oye —Julia se detuvo en seco—, pero no puede enterarse nadie.
—¿Por qué? ¿Por si nos copian?
—No, Marta. Porque si mi padre se entera se enfadará. Que dice que tengo
que quedar la primera.
Y Marta le dijo que sí con la cabeza.
Estuvieron toda la semana haciendo planes a escondidas. Julia entrenaba
durante horas y Marta a ratitos, y cuando se juntaban en el cole y nadie las
veía, saltaban juntas y decidían qué ropa se iban a poner, de qué color
llevarían los lazos y, sobre todo, cómo lo harían para que el papá de Marta no
pudiera impedirlo.
—¿Y no sería más fácil decirle la verdad? — dijo Marta una mañana en el
recreo.
—Es que está empeñado en que gane el campeonato.
—Pues vaya patata. Si lo ganamos las dos juntas seguro que se pone
contento.
—Si ganamos... —Julia dejó la frase sin terminar.
27
Llegó el sábado, el día de campeonato. Julia se levantó temprano para
prepararse y se vistió como había planeado con Marta. Después, fue al baño y
se hizo dos coletas muy altas, sacó del cajón los lazos que tenía preparados y
sonrió delante del espejo. Cuando llegó al polideportivo, de la mano de su
padre, se cruzó con su amiga, que llevaba dos coletas muy tirantes, la misma
ropa que ella y lazos del mismo color. Se sentaron en las gradas, separadas, a
esperar su turno.
—Ya sabes —le dijo su padre a Julia—. Tienes que aguantar más que ninguno.
—Sí, papá —contestó Julia sin mirar.
—No levantes la vista de los pies y no dejes que se enrede la cuerda.
—No, papá —Por el rabillo del ojo, Julia miraba a Marta, dos filas más atrás.
—Y, sobre todo, no te acerques a ningún otro participante porque seguro que
buscan pisar tu cuerda o distraerte para que te equivoques.
—Ay, papá, para.
Los jueces dijeron uno a uno los nombres de todos los participantes. Julia y
Marta se miraron, bajaron las escaleras hasta la pista y, al llegar, se pusieron
juntas, sacaron la comba larga y así, cogiendo una de cada lado, empezaron a
saltar por la pista. Julia no se atrevía a mirar a las gradas por si su padre
estaba enfadado pero saludaba todo el rato con la mano libre. Marta sí miraba.
Y sonreía al pasar por delante de su madre.
Poco a poco se fueron eliminando concursantes hasta que solo quedaron en la
pista un niño y ellas dos. Pero entonces Marta tropezó con la cuerda, se le
enredó el pie y se cayó de bruces contra el suelo, arrastrando a Julia con ella.
Todo el público empezó a aplaudir al niño alto que había quedado saltando
solo en la pista.
Desde el suelo, Julia vio a su padre que levantaba los brazos, los dejaba caer
de golpe y gritaba: «¡NO!». Marta pudo ver a su madre, en pie, que le
preguntaba si estaba bien. Y la niña le dijo que sí con la cabeza.
Un juez se acercó entonces a las niñas y les pidió que se sentasen, que iba
a empezar la entrega de trofeos. Y allí, en primera fila, con el resto de
participantes, Julia y Marta se sentaron cabizbajas.
—Primer premio a la resistencia —dijo el juez— a Pedro Saltón. Y todo el
público se puso en pie para aplaudir, menos el papá de Julia.
—Primer premio a la originalidad —dijo el juez— para Julia y Marta, las
Saltacombas.
Y todo el público se puso en pie para aplaudir. Ellas no se lo podían creer,
daban saltos y se abrazaban todo el rato. Como solo tenían preparado
premio para un participante, Julia se quedó el diploma y Marta la medalla. Al
volver hacia su sitio, Julia vio a su padre, rojo de vergüenza, que sonreía y
decía que sí con la cabeza.
Al salir, las niñas se fueron a celebrarlo con sus padres, todos juntos, y el papá
de Julia prometió que, el año siguiente, aprendería a saltar y se presentaría con
ellas en un trío saltacombas.
PREGUNTAS
1. ¿Por qué crees que Marta y Julia son llamadas "las saltacombas"?
2. ¿Cómo crees que se sintieron Marta y Julia cuando tuvieron que
entrenar a escondidas?
3. Marta y Julia entrenan de manera diferente. ¿Cómo crees que esto
afecta a su rendimiento en el campeonato?
4. ¿Qué importancia tiene el trabajo en equipo cuando Marta y Julia
deciden saltar juntas en el campeonato? ¿Cómo se ayudan mutuamente?
5. ¿Qué pasó cuando Marta tropezó y cayó al suelo durante la
competición? ¿Qué diferencias hubo entre la madre de Marta y el padre
de Julia?
6. Al final del campeonato, Marta y Julia reciben el premio a la
originalidad. ¿Crees que es importante la creatividad en los deportes y
juegos? Pon un ejemplo de realizar un juego o deporte con creatividad.
3
SA 7
Willy, era un niño de nueve años que un buen día tuvo que irse a vivir a un país
muy lejano. Cuando Willy pisó el aeropuerto de Esrilandia, tuvo el
presentimiento de que algo grande le iba a pasar. Y cuando se tiene un
presentimiento, lo mejor es cerrar los ojos y dejarse llevar por él.
Willy era un niño afortunado. Tenía unos padres que le querían mucho, comida
suficiente todos los días y… era bueno jugando al fútbol.
Cuando se instalaron en la casa nueva, lo primero que hizo Willy fue sacar sus
cuatro pares de zapatillas de deporte. El fútbol era para él lo más importante.
En su colegio disfrutaba jugando con sus amigos y de mayor quería ser
futbolista.
Sus padres le contaron que Esrilandia era un país muy diferente al suyo.
Idioma y comida diferente… Y le dijeron también que tendría nuevos amigos. Al
llegar al colegio, descubrió que las clases se impartían en salitas abiertas
donde corría el aire; y es que siempre hacía buen tiempo y no necesitaban
puertas que protegieran del frío. Eso le encantó. Y también le gustó ver un
campo de fútbol de hierba ahí al ladito de la clase.
El idioma esrilandés era un problema, sí, pero sus padres le habían dicho que
al principio tendría que comunicarse por señas y usar el poquito inglés que
había aprendido. Así que, cuando ya llevaba allí una semana, se presentó
delante de su profesora y le dijo por señas que quería apuntarse a fútbol. La
profesora con el gesto del dedo pulgar hacia arriba, le dijo en inglés que esa
misma tarde había entrenamiento a las cinco en el campo de fútbol.
Willy salió entusiasmado del colegio, pegando botes y contando a sus padres la
nueva noticia. Al llegar a casa, lo primero que hizo fue abrir el armario y
escoger las zapatillas rojas: las de la buena suerte.
Durante la comida, sus padres tenían la costumbre de ver la tele, y cuando
llegó la sección de deportes, Willy se quedó muy atento mirando, pero allí no
apareció ningún futbolista famoso. Las famosas parecían ser las futbolistas
mujeres, a las que los niños pedían autógrafos a la salida del entrenamiento.
Sobre todo a una (Nintia o Clintia o algo así se llamaba), a la que le habían
dado un premio deportivo muy importante, y a quien los periodistas perseguían
para hacerle fotos con su trofeo en la mano. «Qué raro es este país», se dijo,
pero no le dio más vueltas al asunto.
Cuando llegó con su padre al campo de fútbol, creyó que se había confundido
de hora. Allí solo había niñas. Ningún niño. ¿No se habría enterado bien de la
hora? Pensó que esas chicas estarían preparándose para hacer gimnasia o
baile. Pero… ¿en el campo de hierba?
Era todo muy raro. Entonces, las chicas empezaron a dar toques al balón, y
Willy se quedó embobado mirándolas. Era increíble cómo manejaban el balón.
No podía creer lo que estaba viendo: chicas jugando fenomenal al fútbol. En su
país, las chicas no jugaban al fútbol, solo los chicos… O eso era lo que él creía.
A empujoncitos, su padre le acercó al campo, y él se dejaba empujar como si
fuera una marioneta, y cuando puso un pie en el campo, se hizo el silencio y
todas las chicas se le quedaron mirando y se pusieron a cuchichear entre ellas.
Aquello no era como se lo había imaginado.
Nada más empezar el entrenamiento, se dio cuenta de que ni mucho menos
era el mejor jugador del grupo. Esas chicas eran muy buenas, y hacían regates
que él ni de lejos era capaz de hacer.
Además, cada vez que Willy tocaba el balón (por casualidad), siempre venía
alguna chica y se lo quitaba de los pies. Le parecía que ellas se reían de él.
Su padre desde fuera del campo le hacía un montón de señas para que se
pusiera a jugar, señales de ánimo que a Willy se le escurrían por los bolsillos
del pantalón. ¿Pero es que no se daban cuenta de que él existía?
Cuando llegó a casa, se metió directamente en su habitación y se tumbó en la
cama, mirando sin mirar el techo. No entendía por qué le estaba pasando eso a
él. Esrilandia se había vuelto loca y a él le daba tanta rabia todo eso, que
decidió dejar el equipo. Se acordó entonces de sus amigos y de la foto que le
dieron el último día de colegio. Se levantó a cogerla, se volvió a tumbar y
empezó a pasar el dedo por cada uno, hasta que llegó a Marina. Allí se quedó
parado.
En ese momento, entró su padre en la habitación.
—Qué pasa, Willy —le preguntó, y se sentó al borde de la cama.
—Nada. Estoy mirando esta foto.
—¿Echas de menos a tus amigos?
—Sí, claro, pero es que… me acabo de acordar de Marina —dijo Willy.
—¿Marina? ¿No es la chica de tu clase que el año pasado se apuntó a fútbol?
—Sí, sí. Bueno, papá, que me tengo que poner a estudiar.
—Bien, bien, pero estoy en el salón por si quieres algo, ¿vale?
Quería estar solo. Acordarse de Marina hizo que todas las piezas del puzzle
empezaran a encajar. Nunca se había vuelto a acordar de cuando ella se metió
en el equipo de fútbol del colegio. Duró poco, o él casi no se dio cuenta, porque
nadie le hizo mucho caso en los seis o siete entrenamientos que aguantó
apuntada al equipo. También ellos la miraron sorprendidos y se hicieron unas
risitas cuando la vieron llegar al campo. Se decían cosas al oído y se reían
cada vez que Marina perdía un balón. Lo mismo que le había pasado a él hoy.
Volvió a acordarse de aquellos entrenamientos y de cómo un día Marina
desapareció y nadie preguntó por ella.
Willy se revolvió en la cama, inquieto y enfadado con él mismo porque ya no
podía hacer nada.
Cuando se sentaron a cenar, les dijo a sus padres que no iba a volver a jugar al
fútbol. Menos mal que su padre le quitó la idea de la cabeza:
—No puedes tirar la toalla tan pronto, Willy. No se trata de ser el mejor, se trata
de pasártelo bien. ¿No te parece? Les tienes que dar una oportunidad a las
chicas para que te conozcan. Hace un rato te acordabas de Marina. No puedes
dejar que te pase como a ella, que se quedó con las ganas de jugar.
El recuerdo de Marina hizo que Willy siguiera yendo a los entrenamientos. Lin
—la chica de los ocho toques sin parar— y él se cayeron bien desde el primer
momento, así que todo le resultó mucho más fácil de lo que se había
imaginado. Estaba rodeado de chicas, sí, pero a los dos o tres meses ya nadie
se extrañaba de ver al “chico” jugar como una más. Incluso en el segundo
partido que jugaron, Willy metió un gol.
Un día, después de llegar a casa, se volvió a acordar de Marina. De repente,
sintió que tenía algo que hacer. Se levantó rápido, cogió lápiz y papel y se puso
a escribir:
Hola, Marina:
Soy Willy. Estoy en Esrilandia. A lo mejor ya no te acuerdas de mí. Siento que
te desapuntaras del equipo. A mí me pasó lo mismo que a ti cuando llegué
aquí. Que al principio se reían de mí y creían que no podía jugar. Bueno, es
que aquí los chicos no juegan al fútbol. Solo las chicas. No sé por qué, todavía
no lo he averiguado. Pero soy el único chico que quiere jugar y por eso parecía
un bicho raro.
Pero ya no lo soy.
Pues eso, que si me perdonas. ¿Por qué no te apuntas este año a jugar al
fútbol? Yo voy a seguir. Me ayuda Lin, una chica que... es buenísima. Yo el
otro día metí un gol y ganamos. Y tú tienes que hacer lo mismo, apuntarte al
equipo. Si quieres me contestas. Espero que no estés enfadada conmigo ya.
Willy
Y así fue como se cumplió el presentimiento que Willy había tenido en el
aeropuerto: algo grande le había pasado en Esrilandia.