0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas618 páginas

Reina de Reyes 1-97

Regina, embarazada y feliz, enfrenta la rutina de ser la esposa perfecta mientras lidia con el miedo de perder a su bebé, ya que ha sufrido dos abortos anteriores. Sin embargo, tras un dolor agudo, descubre que ha perdido nuevamente a su hijo y, en un giro desgarrador, se entera de que su suegra le ha dado pastillas abortivas en lugar de ácido fólico. La revelación de esta traición la deja devastada y decidida a confrontar a su familia.

Cargado por

acuiestefania
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas618 páginas

Reina de Reyes 1-97

Regina, embarazada y feliz, enfrenta la rutina de ser la esposa perfecta mientras lidia con el miedo de perder a su bebé, ya que ha sufrido dos abortos anteriores. Sin embargo, tras un dolor agudo, descubre que ha perdido nuevamente a su hijo y, en un giro desgarrador, se entera de que su suegra le ha dado pastillas abortivas en lugar de ácido fólico. La revelación de esta traición la deja devastada y decidida a confrontar a su familia.

Cargado por

acuiestefania
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CAPÍTULO 1.

La esposa perfecta

Acaricio mi vientre con una sonrisa, sé que mi embarazo


todavía no se me nota mucho porque apenas tengo cuatro
meses, pero estoy tan feliz que solo puedo pensar en eso.
No es el primero, y cuando recuerdo que Devon y yo
hemos perdido dos embarazos anteriores el miedo me
asfixia, pero tengo todas mis esperanzas puestas en que
todo saldrá bien con este bebé.
Bajo a la cocina y la inundo con el olor del café recién
hecho. Dejo el desayuno listo, la mesa impecable, el
portafolio ejecutivo de mi esposo está preparado y Bonnie,
mi suegra, ya está sentada frente a su taza de té con
leche, hojeando la sección financiera del periódico como si
entendiera algo.
Mi esposo entra al comedor con su traje perfectamente
ajustado y ese aire de seguridad del que me enamoré. Me
envuelve en un abrazo y acaricia mi vientre saludando al
bebé, y luego parece recordar algo del trabajo.
—Amor, ¿el informe de TradeLink? ¿Crees que deberíamos
movernos rápido? —pregunta mientras ajusto su corbata.
—Creo que deberías esperar hasta el cierre de esta tarde
para decidir. Es probable que el mercado reaccione al
anuncio de las tasas en Europa. Si entras ahora, es
arriesgar demasiado —le repito como si fuera un niño
pequeño en lugar del CEO de nuestra empresa.
Devon asiente, confiado, y me hace un guiño mientras
toma un sorbo de café. Es lo que más me gusta de él:
siempre me escucha aunque yo sea la que se queda en
casa cuidándolo y él sea el que dirige la compañía.
—¿Qué haría sin ti, Reg? —dice, besándome de nuevo
mientras arranca una florecita del arreglo de la cocina y
me la entrega—. Eres mi as bajo la manga, mi tesorito.
—No me hagas sonrojar tan temprano —bromeo, aunque
por dentro sus palabras me derriten.
Esta es mi rutina y la amo: Cuidar cada detalle. Ser la
esposa perfecta. Devon siempre sale de casa preparado
para conquistar el mundo, y Bonnie nunca deja de
comentar lo feliz que es su hijo conmigo.
—Devon, no llegues tarde hoy —le recuerda Bonnie
mientras él toma su portafolio—. Regina necesita
descansar así que tú y yo le prepararemos una cena digna
de una reina.
—No te preocupes, mamá. Volveré temprano.
Devon se despide de mí con un beso más largo, amoroso,
sexi que me llena de mariposas en el estómago. Lo amo
tanto que no puedo imaginar mi vida sin él.
—Vamos, linda, siéntate a desayunar y bébete tu zumo de
naranja, lo hice especialmente para ti —insiste Bonnie,
doblando cuidadosamente el periódico—. El doctor Greer
dice que necesitas vitaminas, y ten, tus pastillas de ácido
fólico.
—¡Gracias Bonnie! —respondo y me tomo las pastillas con
el zumo sin protestar, porque se siente muy bien que mi
familia cuide de mí.
Mis padres murieron cuando yo era pequeña, así que todo
mi amor es para esta familia que gané cuando me casé
con Devon en la Universidad.
El timbre de la puerta interrumpe el momento, y al abrir
me encuentro con mis dos mejores amigas: Verónica y
Ruby. Ambas tienen una energía contagiosa, siempre
listas para arrancarme de mi rutina y recordarme que hay
vida más allá de estas cuatro paredes con una vista
espectacular de Manhattan.
—¡Qué bonita amaneciste hoy! —exclama Ruby, entrando
como un torbellino y abrazándome—. ¿Sin ascos ya?
—¡Sin ascos! ¡Y con antojos! —respondo y Vero me abraza
después.
—¡Pues entonces tienes que venir con nosotras hoy!
—¿A dónde? —pregunto, riendo ante su entusiasmo.
—A donde sea menos aquí —responde Ruby, cruzando los
brazos y mirando alrededor con una sonrisa—. Necesitas
aire, Regina. No puedes pasar todo el embarazo
encerrada. Tendremos día de spa y luego iremos a
almorzar.
—¡Uff, me apunto! Y encima me voy en pantuflas... —
empiezo a decir, pero Bonnie nos interrumpe con
expresión preocupada.
—Cariño ¿estás segura? Necesitas tranquilidad, y estar en
casa es lo mejor para el bebé.
—No vamos a llevarla a correr un maratón, Bonnie — dice
Ruby con una sonrisa dulce porque ella sabe que mi suegra
es un amor—. Es solo una salida tranquila. Nada que la
agote. ¡Te lo prometo!
Bonnie parece inquieta pero termina asintiendo con un
suspiro.
—Está bien, pero prométeme que te cuidarás mucho,
Regina. Nada de movimientos bruscos ni esfuerzos
innecesarios.
—Lo prometo —digo, tratando de contener una sonrisa.
—¡Y si te sientes mal llama al doctor Greer! ¡Siempre al
doctor Greer, que sabes que es de la familia!
Le doy un beso en la mejilla antes de salir y juro que mis
uñas se ven más bonitas después de que una chica experta
las arregle.
Tres horas después entramos en "Mané", uno de los
restaurantes más exclusivos del Uper East Side, cortesía
de Verónica que siempre tiene contactos en los mejores
lugares.
El ambiente es elegante y lujoso, nos llevan a un
reservado con una vista increíble y hablamos de
trivialidades, chismes y planes futuros, y por supuesto del
bebé.
—¿Y cómo está Devon? —pregunta Verónica mientras
toma un sorbo de su limonada.
—Bien. Está emocionado con un trato importante en la
empresa. Si todo sale como esperamos, podría ser el
mayor logro de su carrera.
—¿De su carrera? —pregunta Ruby, levantando una ceja—
. Regina, todos sabemos que el cerebro detrás de esos
logros eres tú.
—No digas eso tan fuerte. Bonnie podría escucharte,
incluso desde aquí — bromeo.
—No sé cómo has llegado a tener tan buena relación con
ella — murmura Verónica—. Creí que a tu suegra jamás se
le iba a pasar el amor incondicional por la tal... ¿cómo era
que se llamaba? ¿La primera novia de Devon?
—¿Anabella? —murmuro y Ruby hace una mueca.
—¡Esa, la que lo dejó tirado porque no era lo
suficientemente rico! escupe—. ¡¿Cómo se le habrá
quedado el ojo ahora que es millonario?! ¡Jajajajajaja!
Y su emoción sobresalta a uno de los camareros,
mandando al suelo seis copas de las más finas y caras.
—¡Dios, mi jefe me va a matar...! —escucho susurrar al
muchacho, que se inclina a recoger el desastre sudando
frío—.No puedo perder este trabajo, no puedo...
Su miedo me toca la fibra sensible (que soy toda yo con
este embarazo) y apenas se acerca el capitán de salón le
digo que fue mi culpa.
—Yo lo empujé sin querer —digo sacando mi tarjeta—. Por
favor cárguelo a mi cuenta, no fue culpa del chico, se lo
aseguro.
Él me mira con el agradecimiento reflejado en los ojos
porque en un sitio como este probablemente no se
encuentre gente amable muy a menudo, y luego las chicas
y yo volvemos al menú, debatiendo qué vamos a pedir.
Nos reímos juntas, y por un momento, todo parece
perfecto. Pero entonces, un dolor agudo en el vientre me
corta la respiración.
—¡Regina! —exclama Verónica, agarrándome del brazo
mientras intento mantener la calma.
—Me duele... No sé qué pasa... —balbuceo, sintiendo
cómo el pánico comienza a apoderarse de mí porque por
desgracia es un dolor que reconozco.
—Vamos al médico —dice Ruby levantándose.
—Tengo el número de mi doctor...
—¡No creo que haya tiempo, linda! ¡Necesitamos ir al
hospital más cercano, ya! —insiste Verónica y me doy
cuenta de que lo dice porque acaba de ver el pequeño
charco oscuro que se está formando a mis pies.
Todo se vuelve borroso mientras el dolor aumenta. El
coche acelera mientras mis amigas intentan mantenerme
tranquila, pero el miedo me consume. Algo está mal. ¡Algo
está mal con mi bebé!
Y, en ese momento, todo se oscurece.

CAPÍTULO 2. Una verdad desgarradora

El dolor es lo primero que siento cuando abro los ojos. No


es físico, aunque mi cuerpo esté cansado y entumecido.
Es un dolor profundo en mi pecho, como si algo hubiera
sido arrancado de mí. Y lo fue. Lo sé incluso antes de
escuchar una palabra.
—Regina... —La voz de Verónica llega suave, como si
estuviera tratando de no romperme más de lo que ya
estoy. Cuando mis ojos se enfocan la veo ahí, sentada
junto a mi cama, con Ruby a su lado.
—No... —murmuro con un susurro ahogado, pero no hace
falta que diga más.
Ellas lo saben, y yo lo sé. Ruby aprieta mi mano, y
Verónica me acaricia el cabello con los ojos llenos de
lágrimas. No puede ser... esto no puede estar pasando...
—Estamos aquí contigo, cariño —dice Ruby.
—El bebé... —susurro y la palabra se queda flotando en el
aire como un eco vacío hasta que Vero niega con la
cabeza.
—Lo siento tanto, Regina...
Las lágrimas vienen sin previo aviso, un torrente que no
puedo detener. No me importa quién me ve o cómo sueno.
Estoy rota. Otra vez. ¡Perdí a mi bebé! ¡Otra vez! Y lo que
sigue es un huracán de sollozos, gritos y maldiciones
porque no sé qué hice para merecer esto, ¡no sé qué hice
para que Dios me castigue así!
Verónica me abraza con fuerza, tratando de contenerme,
pero no hay forma de contener a una madre que ha
perdido a su hijo después de haber escuchado su corazón.
El mundo se vuelve literalmente un infierno para mí, y
lloro con desesperación, sin saber que todo está a punto
de ponerse mucho peor.
En algún momento, no sé cuál, la puerta se abre y una
doctora de unos cincuenta años entra con un expediente
en la mano. Tiene un rostro profesional e inteligente, pero
su expresión no es cálida.
—Señora Finnigan —comienza con una voz directa—. Vine
a revisar cómo se encuentra.
Casi parece molesta de estar aquí y yo solo puedo hacer
esa pregunta que me está carcomiendo desde que perdí
mi primer embarazo.
—¿Qué me pasó? —Mi voz es apenas un jadeo ahogado
por las lágrimas—. Por favor, necesito saber qué pasó...
¿por qué perdí a mi bebé?
La doctora frunce el ceño con una expresión que no
entiendo, y me mira con algo que es mitad impotencia y
mitad desprecio.
—¿Me lo está preguntando en serio? ¿Y qué esperaba que
pasara exactamente, señora, después de tomar pastillas
abortivas?
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el
estómago, y sé que no soy la única porque Vero y Ruby
deben estar tan pálidas como yo.
—¿Qué...? —susurro—. No... no eso no es cierto no es
cierto no es verdad no puede ser yo no... yo jamás... —
Las palabras salen sin detenerse hasta acabar en gritos—
¡Eso es mentira! ¡Yo jamás haría algo así!
La doctora suspira y levanta el expediente como si fuera
la prueba de mi crimen.
—Los análisis no mienten, señora Finnigan. Su sistema
está inundado de misoprostol —declara y la palabra me
resulta desconocida, pero el tono con el que la dice me
llena de una mezcla de confusión y rabia.
—¡No sé qué es eso!
—¡Es medicamento para abortar! —escupe ella.
—¡Yo no tomé nada!
—¡Señora, la misma sustancia estaba presente las dos
veces anteriores que perdió sus embarazos, así que ya
puede dejar de fingir! —me gruñe con molestia y el mundo
se detiene.
Todo lo que dice parece alejarse de mí, como si no
estuviera en esta habitación. ¡No puede ser cierto...! ¡No
puede ser...!
El miedo, las náuseas, todo me golpea en un segundo y
antes de darme cuenta estoy vomitando a un costado de
la cama. Vero me sostiene el cabello, pero Ruby no es de
las que se aguantan y un instante después la veo sacudir
a la doctora por la bata médica.
—¡Escúcheme muy bien, doctorcita! ¡Ella jamás haría algo
así! ¡Cada bebé de Regina ha sido más que deseado, así
que mucho cuidado con cómo le habla, si no quiere que la
mande a hacerse una ortodoncia integral!
La doctora la mira un poco espantada porque se ve que
Ruby es de las que no le tiene miedo a una pelea, y solo
le entrega el expediente.
—Lo lamento, pero las pruebas no mienten. Todo está
registrado en su expediente digital.
Me aferro a las sábanas, tratando de no perder el control
mientras las lágrimas salen en torrente, pero nada tiene
sentido para mí.
—¡Yo no tomé nada! —grito, aunque mi voz se quiebra y
Verónica, con la mandíbula apretada, da un paso adelante.
—¿Cuánto tiempo tardan en hacer efecto las pastillas
esas? —pregunta con voz fría y cortante.
La doctora parece sorprendida por la pregunta, pero
responde de forma automática:
—De tres a cinco horas, dependiendo de la dosis.
—Entonces las tomó en el desayuno... —murmura Ruby y
es como si esas palabras encendieran una luz en mi
cabeza.
Mis manos tiemblan mientras aprieto las sábanas con
fuerza porque sé que no hay otra explicación, pero no
puedo creerlo.
¡No puede ser... pero de repente todo encaja!
—¡Me dijo que eran ácido fólico! ¡Ella me dijo que eran
ácido fólico! —Mi voz se desgarra mientras grito, porque
sé que no te tomado nada más, esta mañana no he
tomado nada más que el zumo y esas pastillas y los dos
me los dio...
—¿¡Quién?! ¡¿Quién te dijo, Regina?! —pregunta Ruby y
Vero le responde por mí porque ya lo imagina.
—Bonnie, su suegra.
La doctora me mira impactada y sus ojos van desde mi
expresión destrozada hasta el expediente.
—Pero... pero su médico de cabecera sabía esto. El doctor
Greer estaba al tanto —balbucea y pone a los pies de la
cama el expediente abierto—. Él firmó los estudios
anteriores.
Mi cuerpo entero se congela. Es como si me hubieran
golpeado con un mazo destrozando todo, incluidos mis
pensamientos. ¿Mi médico? ¿El médico de cabecera de la
familia Finnigan...? ¿Él lo... lo sabía...?
De mis ojos caen nuevas lágrimas, pero no todas son de
tristeza.
—Bonnie...—susurro, apenas consciente de que lo digo en
voz alta.
Ruby me mira preocupada cuando aparto la sábana y trato
de ponerme de pie.
—¡Regina, no puedes...! ¿Qué vas a hacer?
Me levanto de la cama, aunque mi cuerpo está débil y mis
piernas tiemblan.
—¡Déjame! —sollozo alcanzando el expediente y
apretándolo entre mis manos—. Tengo que volver a casa.

CAPÍTULO 3. Una máscara de traición

Las luces del edificio parpadean cuando llego a casa,


tambaleándome. Cada paso que doy es una tortura, como
si mi cuerpo estuviera cargando el peso de todo lo que me
han arrebatado. Verónica y Ruby tratan de seguirme,
insisten en quedarse conmigo, pero las detengo en seco.
—No. —Y mi voz es firme aunque estoy al borde del
colapso—. Esto lo tengo que hacer sola.
—Regina por Dios... ¡Solo déjame entrar y te juro que voy
a sacar a esa mujer a rastras por los malditos pelos del
puto edificio! — gruñe Ruby, pero Verónica la detiene
porque entiende que esto ya no puede dolerme más y
necesito enfrentarlo por mí misma.
—Déjala, es más fuerte de lo que crees —le dice a Ruby y
luego me mira con una mezcla de preocupación y
respeto—. Llámame si necesitas algo, Regina. Lo que sea.
Asiento, aunque la verdad es que no planeo llamar a
nadie. Esto es entre Bonnie, Devon y yo.
Las veo marcharse y solo entonces entro al departamento,
pero la calidez habitual del lugar no está. Todo parece frío,
distante, como si ya no fuera mío, y ni siquiera he cerrado
la puerta cuando escucho pasos apresurados desde el
pasillo.
—Regina, ¿eres tú? —Devon aparece con el rostro lleno de
preocupación. Su traje está algo arrugado, como si
hubiera estado esperando, inquieto, y cuando me ve corre
hacia mí—. ¡Nena, ¿por qué no contestabas al teléfono?!
¿Sabes el susto que me has d...? — Pero cuando se acerca
y me ve a los ojos, su expresión cambia a puro horror—.
¿Qué pasó...?
No tengo fuerzas para hablar. Mis lágrimas hacen todo el
trabajo por mí. Me lanzo hacia él, lo abrazo con
desesperación y dejo que mi llanto lo envuelva.
—Lo perdí... —murmuro entre sollozos— Perdí a nuestro
bebé...
Devon me sostiene fuerte, como si pudiera mantenerme
entera con solo abrazarme. Sus manos recorren mi
espalda pero eso no nos calma a ninguno de los dos.
—No... no puede ser. Regina, ¿cómo... cómo pasó esto?
—Su voz está cargada de incomprensión, y yo lo miro, con
los ojos hinchados y el corazón en pedazos.
—¡Creo que eso deberías preguntárselo a tu madre!
Devon se queda helado. Su cuerpo se tensa, y su
expresión cambia de tristeza a confusión.
—¿Qué estás diciendo?
Me aparto de él aunque no quiero. Quiero que me
consuele, que me diga que todo estará bien, pero no
puedo permitirlo. Hay algo que debo hacer primero.
—¿Dónde está Bonnie? —mi voz sale como un susurro
venenoso, y él titubea, pero señala hacia la sala.
—Está ahí, pero... ¿qué... qué quieres decir, Regina...?
Camino con paso firme aunque por dentro estoy deshecha.
Bonnie está sentada en el sofá, hojeando una revista como
si nada hubiera pasado. Cuando me ve entrar, deja la
revista a un lado y me dedica una sonrisa que parece
genuina.
—Regina, querida, ¿disfrutaste tu día?
Algo dentro de mí se quiebra al escuchar su tono tan
tranquilo, tan falso. Saco el expediente médico de mi bolso
y lo arrojo sobre la mesa frente a ella.
—¡¿Cómo me siento?! ¡Quizás deberías decírmelo tú,
Bonnie, después de todo, parece que sabes más sobre mi
salud que yo misma!
Su rostro se endurece por un instante, como el depredador
que ha caído en una jaula, pero luego vuelve a su fachada
amable.
—No entiendo de qué hablas, querida...
—¡Deja de fingir! —grito, y mi voz retumba en la sala—.
¡Sé lo que hiciste!
—¿Eh...? ¿Y qué se supone que hice, cariño…?
—¡Me diste pastillas abortivas! —escupo y el silencio que
sigue es ensordecedor.
Bonnie se queda inmóvil, su rostro una máscara de
incredulidad hasta que se lleva una mano al pecho, como
si mi acusación la lastimara profundamente.
—¡Eso es absurdo! ¿Cómo puedes acusarme de algo tan
horrible?
Me inclino hacia ella, apoyando ambas manos en la mesa,
y doy gracias a Dios por tenerla en medio de nosotros o si
no, no sé qué haría.
—¡No es absurdo! ¡Perdí a mi bebé hoy y tuvieron que
llevarme de emergencia a otro hospital, a otro doctor que
sí me dijo la verdad! ¡Me hicieron estudios, Bonnie!
¡Encontraron misoprostol en mi sistema... igual que las
otras dos veces que perdí mis embarazos!
—¡Regina... no puedes creer que yo...! —intenta
defenderse pero ya no le creo nada, porque este dolor me
está rompiendo por dentro.
—¡Eso es cierto, no podía creerlo, pero lo único que bebí
hoy me lo diste tú! ¡Esas malditas pastillas me las diste tú,
y las hiciste pasar por ácido fólico! — Ella abre la boca,
como si fuera a protestar, pero yo la interrumpo—. ¡Y no
te molestes en negarlo! Ya sé que tu adorado doctor Greer
estaba involucrado. ¡Tu precioso médico de confianza! ¡Por
eso no querías que me viera ningún otro! —gritó histérica
y solo siento los brazos de Devon alrededor de mi cuerpo,
conteniéndome.
—¡Eso no es cierto! —responde Bonnie rápidamente, pero
hay una grieta en su voz, una que no puede ocultar para
mí—. Si el doctor Greer lo sabía quizás fue él el que cambió
las pastillas...
—¿En serio? ¡¿Él!? Entonces dime, ¿qué ganaría el doctor
Greer haciendo que yo pierda mis bebés? ¡Nada! ¡Él no
gana nada pero tú sí, porque tú nunca me quisiste!
¡Siempre quisiste a Anabella como nuera!
Bonnie retrocede con los ojos llenos de lágrimas y mira a
Devon como si acabaran de lastimarla.
—¡Estás siendo injusta, Regina! ¿Eso es lo que piensas de
mí? Después de todo lo que he hecho por ti.
—¡No juegues a ser la víctima, Bonnie! —Mi voz es un
rugido lleno de dolor—. ¿Sabes lo que has hecho? ¡Me
quitaste a mis hijos! ¡A mis tres hijos! ¡Eres un monstruo,
un maldito monstruo! ¡¿Cómo pudiste hacer esto con tus
propios nietos?!
Mi voz se rompe en un sollozo desesperado y siento que
Devon me abraza más fuerte.
—Mamá, dime que eso no es cierto —escupe entre
dientes—. ¡Dime que todo lo que Regina acaba de decir no
es cierto!
Bonnie se lleva las manos al rostro, como si no pudiera
creer lo que está pasando.
—Devon, hijo, ¿cómo puedes creer algo así?
—¡Porque hay pruebas! —le grito tirando el expediente
hacia ella—. ¡Hay pruebas, eres una asesina, eres una
maldita asesina...!
Pero antes de que logre soltarme de los brazos de mi
esposo, de sus labios sale una sola sentencia.
—Mamá, creo que es mejor que te vayas.
—¿Qué? —Bonnie lo mira espantada.
—¡Que te vayas de mi casa ahora mismo! ¡No puedo creer
que hayas hecho algo así! —le grita—. ¡Quiero que te
vayas! ¡Ya!
Bonnie intenta protestar, pero Devon la mira como si fuera
capaz de pegarle en ese momento, y ella me lanza una
última mirada de reproche antes de recoger sus cosas y
salir de la casa.
Me rompo, lo sé porque de repente estoy en el suelo, en
los brazos de Devon, que contiene mis gritos y mi llanto.
—Regina, voy a buscar al doctor Greer. Si él fue cómplice
en esto, te juro que lo haré pagar... ¡Te lo juro!

CAPÍTULO 4. La noticia más dolorosa

El departamento está en silencio, uno pesado, que me


aplasta el pecho cada vez que intento respirar. He perdido
la cuenta de cuántos días han pasado desde que me atreví
a salir de esta cama. Sé que Ruby y Verónica han venido
más veces de las que puedo recordar, pero siempre me
niego a verlas. Solo puedo quedarme aquí, bajo las
sábanas, con los ojos fijos en el techo mientras mi mente
se hunde más y más.
Devon intentó consolarme al principio. Lo hizo, o eso
quiero creer. La primera noche me abrazó, me prometió
que estaría conmigo, que no dejaría que nada malo
volviera a pasar. Me dijo que se tomaría nos días libres
para cuidarme, para ayudarnos a superar esto juntos.
Pero ahora, más de una semana después, lo único que
escucho son excusas. Emergencias en el trabajo.
Reuniones que no puede cancelar. Cenas con clientes
importantes. Al final, siempre me quedo sola con este
dolor punzante que me está destrozando. Tengo tres
ángeles en el cielo y solo quiero irme con ellos.
Estoy sumida en esta inercia cuando el teléfono suena. Me
sobresalta tanto que casi lo dejo caer al contestar.
—¿Diga? —murmuro sin ganas.
"¿Señora Finnigan?" La voz al otro lado de la línea es
familiar. Es la doctora que me atendió cuando perdí a mi
bebé.
—Sí, soy yo.
"Soy la doctora Jacobs. Lamento molestarla, pero es
importante. ¿Podría venir al hospital esta noche? Hay algo
que necesito discutir con usted" dice y algo en su tono me
pone nerviosa.
—Lo siento, pero no creo que pueda ir. Si quiere me lo
puede decir por aquí o...
"Preferiría hablar de esto en persona, señora Finnigan. Sé
que está pasando por un momento terrible, pero por
favor... ¿podría estar aquí a las ocho? Reservaré un
espacio para usted".
Dudo por un momento. Lo último que quiero es salir de
esta casa y enfrentar el mundo, pero ella sigue insistiendo.
—Está bien —respondo al fin, y cuando cuelgo, me quedo
mirando el teléfono en mis manos.
No sé si quiero saber lo que tiene que decirme, pero me
doy valor para levantarme, darme una ducha y arreglarme
un poco. Devon no está por ningún lado: otra cena de
negocios, seguramente.
A las ocho en punto estoy en el consultorio. Cada paso es
una lucha contra esta depresión que me consume. Me
siento frente a ella, con las manos entrelazadas en mi
regazo mientras ella me mira con algo que parece ser
compasión.
—Señora Finnigan, quiero comenzar disculpándome —
carraspea nerviosa y me doy cuenta de que la culpa se le
sale por los poros—. Estuvo muy mal cómo manejé la
situación cuando la atendí la primera vez. No entendí la
gravedad de lo que estaba pasando. No vi que usted era
una víctima, y me disculpo por no haber sido más
comprensiva.
Ni siquiera sé cómo responder a eso así que solo le hago
un gesto de afirmación con la cabeza.
—¿Para qué me pidió que viniera? — e pregunto y ella
toma una carpeta de su escritorio y la abre, sacando
algunos papeles que coloca frente a mí.
—Después de los procedimientos que le realizaron, decidí
analizar su estado con más detalle. Y me gustaría hacerle
un seguimiento, ya sabe... más estudios para asegurarme
de que está bien.
—Doctora, con todo respeto, estar bien ya no me
importa...
Trato de levantarme pero ella me detiene.
—Pero a mí sí me importa... ¡Y estoy segura de que a sus
amigas también! ¡Por favor, solo es una ecografía, serán
quince minutos! —insiste y la verdad es que la alternativa
es mi propia cama, a donde solo demoraré otros quince
minutos en regresar.
—Está bien —accedo y poco después estoy acostada en
una camita junto a una máquina de ultrasonidos.
No puedo evitar que las lágrimas corran por mi rostro y al
final me doy cuenta, por la expresión de la doctora, de que
no tiene ninguna noticia buena para darme.
—¿Tan malo es? —la increpo y ella aprieta los labios con
impotencia.
—Su útero ha sufrido daños considerables, probablemente
a causa de las sustancias que le administraron en
repetidas ocasiones, y de... de perder a los bebés en
etapas avanzadas de gestación —murmura y siento que
mi garganta se cierra.
—¿Qué significa eso?
—Significa que... que es posible que no pueda volver a
tener hijos.
Por un segundo la habitación parece girar a mi alrededor.
Las palabras tardan en asentarse, y cuando lo hacen, es
como si me hubieran clavado un cuchillo en el corazón.
—No... eso no puede ser.
—Lo siento mucho, señora Finnigan. Esto no es definitivo,
pero es muy probable. Le recomiendo que deje pasar seis
meses, y luego se haga un estudio de fertilidad para
confirmar el alcance del daño.
Mis manos tiemblan mientras sostengo los papeles que
ella me entrega. Mis ojos se llenan de nuevas lágrimas y
siento que voy a vomitar lo que ni siquiera me comí.
—Es terrible lo que le hicieron —dice la doctora y veo que
sus ojos se humedecen—. Se nota que usted es una buena
persona, y que no merecía esto. ¿Ha pensado en
denunciarlo a la policía?
—¿Con qué pruebas? —escupo llena de rabia y de dolor—
. ¿Mi palabra contra la suya?
—Bueno... a veces las palabras son poderosas, señora
Finnigan... si pudiera grabar a quien le hizo esto
confesándolo... quizás un tribunal la apoyaría.
No respondo. No puedo. Mi vida es una pesadilla de la que
no puedo despertar. Conduzco de regreso a casa y estoy
a punto de meter la llave en la puerta cuando escucho la
voz de Devon... y una más.
—¡Maldición, no contesta! ¡¿Dónde estás, Regina?! —
Devon maldice con impaciencia y le contesta... ¡su madre!
—Seguramente tratando de llamar la atención de alguna
—manera le replica Bonnie—. Déjala, ya volverá, no es
como que tenga otro lugar a dónde ir.
Mi corazón se paraliza y me quedo aquí, sin hacer ni un
solo ruido mientras escucho a mi querido esposo estallar.
—¿Se supone que esto querías lograr? —escupe con rabia
concentrada.
—Devon, no empecemos con eso otra vez —responde
Bonnie con tono arrogante—. Sabes que hice lo que tenía
que hacer. ¡Lo mejor para tu futuro!
—¡Pues lo hiciste mal, porque fue demasiado obvio que
fuiste tú quien le dio esas pastillas a Regina! —le replica
Devon y yo siento que mis piernas ya no pueden
sostenerme—. ¡Te advertí que no te apresuraras! ¿No te
podías haber esperado un maldito mes más, a que yo
firmara el puto contrato con el grupo de Wall Street?
CAPÍTULO 5. El hombre de mis sueños

Mis piernas se sienten como gelatina, pero me obligo a


mantenerme de pie. Cada palabra que escucho es como
un golpe en el estómago.
Devon sabía...
Sabía lo que su madre estaba haciendo, y no hizo nada
para detenerla...
Él sabía que estaba matando a mis hijos...
Él sabía...
Mi cerebro es un tornado de lógica, conexiones y dolor,
piezas que encajan de una vez, destrozándome porque no
hay nada peor que saber que el hombre a quien más amas
en el mundo es responsable de la muerte de tus hijos.
Lágrimas silenciosas ruedan por mis mejillas mientras
trato de respirar pero sé que no lo lograré. Duele tanto
que quiero morirme. Duele tanto que solo quiero odiarlos
a los dos. ¡Quiero que paguen! ¡Quiero que paguen por la
muerte de mis hijos!
En un momento de absoluto odio lo recuerdo: "a veces las
palabras son poderosas, señora Finnigan". Con manos
temblorosas saco mi teléfono, se me cae un par de veces
pero consigo... de alguna forma consigo ponerlo a grabar
audio...
Luego mi llave entra en la cerradura y abro la puerta. Mi
cuerpo se mueve solo, como si tuviera una voluntad
propia, empujado por la rabia, el dolor y la traición. Devon
y Bonnie están ahí, todavía hablando, pero ambos se
quedan en silencio al verme.
—¡Regina! ¡Qué bueno que estás bien...! —Devon corre
hacia mí, pero el recibimiento que le doy es una bofetada
sonora, sé que no tengo mucha fuerza, pero sí suficiente
odio como para voltearle la cara y que me mire como si
me hubiera vuelto loca.
—¡Tú sabías, maldito infeliz! —le grito sin poder
contenerme y él pone las dos manos frente a mí a modo
de barrera.
—Regina, cálmate...
—¡¿Que me calme?! —grito histérica—. ¡¿Después de
descubrir que tu madre ha matado a mis hijos... y que tú
lo sabías!? ¡¿Crees que puedo calmarme?!
Desde el otro lado del salón mi querida suegra por fin deja
caer su máscara y pone los ojos en blanco con absoluto
fastidio.
—Mira, Regina, no tienes que dramatizar. Ya lo sabes,
felicidades. Devon no quería tener un hijo tuyo y punto,
pero no te lo podía decir porque contigo todo es un drama
absoluto. Así que si él no podía hacer nada al respecto,
entonces lo hice yo.
—¿Un drama? —repito, incrédula y siento que los puños
me cosquillean por golpearla a ella también—. ¡Has
matado a mis hijos, Bonnie! ¡A tus propios nietos!
Por un momento su rostro se endurece y me mira con la
arrogancia y el desprecio de las primeras veces.
—¡Esos no eran mis nietos! —dice con frialdad—. ¡Jamás
podría tener nietos de una mujer miserable como tú! ¡¿De
verdad creíste que iba a permitir que amarraras a mi hijo
con unos mocosos tan miserables como su madre?! ¡Tu
única utilidad es que sirves para los negocios, pero no te
confundas, mi hijo te ha estado usando desde el primer
día! ¡Nada más!
Siento que mi cuerpo tiembla de la cabeza a los pies,
¿cómo puede estar diciendo esto? Yo... yo le abrí mi
corazón a esta mujer, la traté como si fuera mi madre.
—¡Basta, mamá! —Devon finalmente habla, pero sé que
no será para defenderme—. No es momento de echar más
leña al fuego.
—¡No me digas qué hacer, Devon! —le responde ella con
evidente molestia—. ¡Si no fuera por mí, ella ya habría
destruido todo lo que hemos construido juntos!
—¡¿"Hemos construido"?! —intervengo, riendo
amargamente—. ¿Qué exactamente han construido,
Bonnie?
De mi boca jamás han salido estas palabras, pero todo lo
que esta familia tiene ahora es gracias a mí. Lo sé porque
los Finnigan tenía el capital, no eran precisamente pobres,
pero Devon jamás habría podido formar una empresa que
pudiera competir en Wall Street por sí mismo. Cada
decisión ejecutiva, cada movimiento, cada consejo, cada
trato cerrado, todo ha venido de mí.
Bonnie sonríe con una expresión venenosa, cargada de
desprecio.
—¿De verdad te crees tan importante, querida? Sí, tienes
cerebro, lo admito. Pero eso es todo lo que eres: un
cerebro. Una herramienta.
—¡Eso no es cierto! —grito, mirando a Devon—. ¿Es eso lo
que piensas? ¿Por eso te casaste conmigo?
Lo veo apretar los dientes con una mueca y luego camina
hacia mí, mirándome a los ojos, como si por fin hubiera
decidido tirar su máscara también.
—Eres brillante, Regina. Siempre lo has sido. Pero, ¿de
verdad pensabas que un hombre como yo podría
enamorarse de una mujer que se cree superior a mí?
—¡Yo jamás me he creído...!
—¡Claro que sí! —dice con una dureza que jamás había
visto en mi esposo—. Desde la universidad te creías
superior a todos. La cerebrito. La mujer perfecta. ¿Sabes
lo que es vivir a la sombra de alguien así?
—Devon...
—¡Siempre fue lo mismo contigo! Siempre sabías más,
siempre eras mejor en todo. ¿De verdad crees que un
hombre puede soportar eso para siempre?
—¿Soportar? —repito, incapaz de creer que este haya sido
alguna vez el hombre de mis sueños—. Yo jamás te he
menospreciado, Devon. ¡Yo te amaba! ¡Lo único que he
hecho ha sido cumplir el papel que me diste para hacerte
feliz!
Él escupe una risa amarga y llena de resentimiento.
—¿Y te parezco feliz? Cada maldito consejo que me das
para la empresa es un recordatorio de que eres mejor que
yo —sentencia—. Y lo peor es que estás taaaaan lejos de
alcanzar mi estatus.
Mis ojos se llenan de lágrimas porque el dolor que me
atraviesa es demasiado grande. Jamás podría haberme
imaginado que Devon haría esto, que sería este monstruo
que tengo enfrente.
—Una cosa es ser un envidioso de mierda —le digo con
voz rota—. Pero otra muy distinta es ser un asesino,
Devon. ¿Cómo pudiste estar de acuerdo con esto? ¿Cómo
pudiste permitir que tu madre matara a nuestros hijos?
—¡Yo no...!
Devon comienza a hablar, pero Bonnie lo interrumpe.
—¡Oh, por favor! —dice acercándose y empujándome lejos
de él—. Ya basta de este teatro. Tú siempre has sido un
obstáculo necesario, Regina. Pero eso ya se acabó, y voy
a hacer lo que tenga que hacer para proteger a mi hijo.
—¿Proteger? —miro a Bonnie, furiosa—. ¿De qué, Bonnie?
¿De mí?
—Sí —responde sin siquiera dudarlo y alcanza su bolso
para sacar unos papeles que arroja al suelo a mis pies—.
Ya no te necesitamos, ¡así que quiero que le firmes el
divorcio a Devon ahora mismo! Ya es hora de que se
busque una mujer que sí esté a su altura.
—¡¿Y esa sería quién?! —escupo furiosa porque no puedo
creer que después de seis años esta mujer siga con su
idea—. ¡¿Anabella?! ¡¿La que lo dejó tirado porque él
tampoco era de su estatus, porque para ella él seguía
siendo un muerto de hambre!?
Un instante, solo es un instante y no lo veo venir, pero la
bofetada de Bonnie me manda al suelo.
—¡Cállate! ¡Anabella es la mujer perfecta para él! ¡Así que
firma el maldito divorcio y lárgate de esta casa!

CAPÍTULO 6. Una mujer reemplazable

Mi corazón late tan rápido que estallará en cualquier


momento, o simplemente se romperá de alguna forma.
Siento como si se estuviera haciendo de arena, una que
escurre poco a poco, como si pudiera desaparecer dentro
de mí, dejando solo un hueco vacío.
Miro los papeles del divorcio frente a mí, y no sé qué estoy
esperando exactamente. ¿Una respuesta que tenga
sentido? ¿Qué alguien me despierte de la pesadilla?
Pero en lugar de eso solo veo una pluma lanzada frente a
mí sobre los papeles del divorcio.
—¡Fírmalos! —grita Bonnie fuera de sí.
Levanto los ojos hasta él y solo veo una expresión en
conflicto. Está rabioso y es conmigo, como si lo hubiera
obligado a casarse o algo así.
—¿De verdad quieres esto, Devon? —pregunto con una
voz apenas audible por encima del nudo en mi garganta.
En este momento yo quiero el divorcio más que él, pero
necesito escucharlo de su boca. Quiero que termine de
hundir la maldita daga para desangrarme de una vez por
la maldita herida—. ¡Dímelo!
—¡Sí, es lo que quiero! ¡Quiero el divorcio para poder
casarme con otra mujer! —escupe con tono venenoso—.
¡Alguien que pueda ayudarme a avanzar mucho más,
porque es evidente que tú ya no puedes!
Devon patea la pluma hacia mí, y se encoge de hombros
como si solo estuviera cerrando un mal negocio del que
por fin se va a librar.
—Tu utilidad para mí ya terminó, Regina. Ya no te
necesito. He aprendido suficiente, y pronto cerraré el gran
trato con uno de los tres mayores grupos de Wall Street
—dice cruzándose de brazos como si cada palabra suya no
fuera hiriente—. Después de eso, ya no tendré que
preocuparme por nada. Me casaré con una mujer que me
dé acceso a mejores círculos, mejores contactos, y yo...
simplemente disfrutaré de la vida como multimillonario.
Lo miro con los ojos llenos de lágrimas pero no por él, sino
por las tres criaturas inocentes que este animal sacrificó
solo para poder "disfrutar su vida de multimillonario"
—¿Y para eso tuviste que matar a mis hijos?
—¡¿Y qué esperabas?! —sisea Bonnie—. ¿Que cargara con
un mocoso tuyo para que luego trataras de desplumarlo
por la pensión alimenticia? ¡No querida! ¡La única que se
merece tener hijos de Devon es Anabella! Y por supuesto
que mi hijo confía en mí para limpiar la mugre cuando es
necesario.
"Mugre". La palabra me revuelve el estómago porque eso
es todo lo que soy para esta gente: mugre.
—¡Acaba de firmar los putos papeles, Regina! —escupe
Devon agarrando mi mano violentamente y obligándome
a sujetar la pluma—. ¡Firma para que podamos terminar
esto de una vez por todas!
—¡Mi hijo merece algo mejor que una huérfana muerta de
hambre! ¡Firma! —interviene Bonnie, incapaz de quedarse
callada—. ¡Desaparécete de una vez para que mi hijo
pueda estar con alguien que sí esté a su nivel!
Algo dentro de mí se rompe. Ya no siento tristeza, ni
lástima, ni miedo. Solo una furia intensa que me calienta
la sangre.
—¿"A su nivel"? —repito, mirándolos tienen con
desprecio—. Por supuesto que el mismo nivel: el más bajo
que existe. Porque es exactamente igual que la tipa que lo
dejó: Son dos interesados, mentirosos y mezquinos. —
Devon abre la boca para responder, pero no le doy la
oportunidad—. ¿Sabes qué? ¡No quiero tener nada que ver
con un hombre tan asqueroso como tú!
Agarro la pluma, soltándome bruscamente de su agarre, y
firmo los papeles del divorcio sin dudar. Mis manos
tiemblan, pero no dejo que ellos lo vean.
—¡Ahí está!
Lanzo los papeles hacia Bonnie, que los recoge con una
sonrisa de triunfo.
—Muy sabia decisión, querida. Ahora lárgate de la casa de
mi hijo... ¡y que no se te ocurra llevarte nada! ¡Todo esto
es de mi hijo y mío! —escupe mientras se acerca,
extendiendo una mano hacia mí—. Dame el anillo.
—¿Qué?
—¡El anillo de bodas, Regina! ¡Devuélvelo! ¡Cuesta una
pequeña fortuna y tú no te lo mereces! —me grita y
aunque no tengo intención de conservarlo ella me agarra
de la mano y forcejea para sacármelo del dedo.
—¡Suéltame! —le grito porque me da asco hasta que me
toque, pero en medio del forcejeo mi celular se sale de mi
bolsillo y cae al suelo con un ruido seco.
Bonnie lo recoge antes de que yo pueda reaccionar y sus
ojos se abren como platos cuando se da cuenta de que la
grabadora esta activa.
—¿Qué es esto, estúpida Infeliz? —escandaliza, mirando
la pantalla—¿Estabas grabándonos?
No respondo, pero mi silencio es suficiente para
confirmarlo.
—¡Tú...! —grita, furiosa, antes de arrojar el celular contra
la pared.
—¡No...! —grito desesperada, pero es demasiado tarde, el
aparato se estrella en pedazos con las únicas pruebas de
que estas dos personas asesinaron a mis hijos.
—¡Tú no tienes derecho a quedarte aquí ni un segundo
más! —ruge Devon y un segundo después siento esa mano
cerrarse sobre mi cabello.
Grito, pateo, siento un golpe en el costado y otra bofetada,
no sé lo que tengo por delante pero sé que estoy tratando
de deshacerme de Bonnie mientras Devon solo se queda
mirándonos, sin hacer nada, como si de verdad esperara
pacientemente a que su madre sacara la basura.
Bonnie abre la puerta y me empuja fuera del
departamento. Intento resistirme, pero ella me empuja
con tanta fuerza que casi pierdo el equilibrio. Escucho el
portazo a mi espalda, pero ni siquiera me he dado la vuelta
cuando un par de guardias de seguridad aparecen al final
del pasillo, como si los hubieran llamado de antemano.
—¡Sáquenla del edificio! Este es un sitio de categoría, no
para zorras pobretonas como ella ordena, —y los hombres
obedecen sin dudar.
—¡Déjenme! —grito, forcejeando, pero es inútil.
Me arrastran fuera del edificio sin mi bolso, sin mi celular,
sin dinero. Ni siquiera tengo un abrigo o las llaves de mi
coche. El frío de la noche me golpea como una bofetada y
me quedo ahí, paralizada por un largo rato hasta que miro
a mi alrededor, tratando de orientarme.
Echo a andar... camino... camino... Mi primera idea es ir a
casa de Verónica, pero estoy demasiado lejos. Además, no
tengo cómo llamarla para que me ayude. Y Ruby vive al
otro extremo de la ciudad... no llegaría...
Está empezando a nevar y yo siento que me muero. Las
lágrimas se deslizan por mis mejillas, escociendo mientras
se congelan. Todo me duele.
Después de lo que parece una eternidad, reconozco una
esquina familiar. Es el restaurante donde estuve el día que
todo empezó... cuando perdí a mi bebé.
—Por favor, Dios... —susurro, sintiendo que las fuerzas me
abandonan y empujo las puertas, aterida, rezando para
que esa persona a la que un día ayudé, pueda ayudarme
ahora a mí.

CAPÍTULO 7. El hombre de los ojos negros

Llego al restaurante con los labios morados y temblando


por el frío, mis pies se arrastran por la acera resbaladiza
mientras los copos de nieve empiezan a caer. Y los
escalofríos son tan fuertes que siento que hasta el último
de mis órganos duele horriblemente.
Empujo la puerta con dificultad y entro. El calor del lugar
me envuelve de inmediato, pero no me alivia. Miro
alrededor, buscando con la mirada al camarero. Al
principio no lo veo y el pánico me invade. ¿Y si no está
aquí? ¡Dios, ni siquiera recuerdo cómo se llamaba...!
De repente lo veo. Está atendiendo una mesa en la
esquina, y cuando levanta la vista y me ve, su expresión
cambia por completo.
—Señora... —dice, sorprendido y acerca rápidamente,
mirando mi rostro pálido y mi ropa liviana—. ¿Qué le pasó?
Está...
—Necesito ayuda —lo interrumpo, y mi voz es apenas un
susurro mientras miro el nombre en su insignia— ...Luke.
Él asiente, nervioso, y me hace un gesto para que lo siga.
—Venga. Hay una mesa libre por aquí, ahí estará más
cómoda.
Escucho algunos murmullos alrededor y gente que mira en
nuestra dirección con curiosidad, pero no me importa, así
que lo sigo hasta una mesa muy discreta al fondo del
comedor principal. Me hace sentarme y se inclina hacia mí.
—Mi turno está a punto de terminar. Deme un momento.
—Solo... solo necesito hacer una llamada —murmuro y él
me mira con un poco de lástima.
—¿Está sola, señora? —pregunta y yo le hago un cansado
gesto de afirmación con la cabeza.
—Sí.
—¿Tiene dinero? ¿A dónde ir? — insiste y yo niego
restregando mis manos para darles un poco de calor.
—No, pero... tengo amigas... ellas... ellas pueden venir
por mí, solo necesito que me prestes un celular por un
momento, por favor.
—¡Claro, claro! —responde él—. El capitán de salón
confisca los teléfonos durante el turno, pero me lo
devolverá en un momento, mientras tanto... espere aquí.
—Se va por un instante y regresa con un vaso sencillo
lleno de vino tinto—. Esto la ayudará a entrar en calor.
Dudo un momento, pero finalmente lo tomo porque de lo
contrario jamás dejaré de temblar. Un sorbo, luego otro,
y siento el calor extenderse por mi cuerpo.
—Ahora vuelvo —asegura y espero cinco minutos, diez...
se sienten como horas y mi cuerpo se relaja, al punto de
que cuando regresa y me entrega un celular, me doy
cuenta de que mis dedos hormiguean y ni siquiera puedo
sostenerlo.
—¿Qué... qué está pasando? —balbuceo mirando a Luke y
él solo me sonríe con ¿amabilidad? Una que no tiene nada
de sincera—. ¿Qué... qué me hiciste? —pregunto,
sintiéndome cada vez más mareada.
Él sonríe de nuevo de una manera que hace que mi piel se
erice.
—Nada malo, señora. Solo algo para ayudarla a relajarse.
Usted se veía tan... tensa.
—¿Me... me drogaste? —logro decir golpeándome le pecho
como si con eso pudiera hacer salir lo que me tomé.
Él se inclina un poco más cerca y acaricia mi cabello
mientras yo trato de apartarlo.
—Usted una mujer tan bonita, tan... caritativa... Solo
quería...
Intento alejarme, me levanto a tropezones pero mis
piernas no responden. Mi visión se vuelve borrosa, y
cuando intento caminar, él me sostiene por los hombros.
—No se preocupe. Yo me encargo.
—¡Déjame! —trato de gritar, pero mi voz apenas sale, y
entiendo por qué me llevó a la mesa más discreta, porque
es la que está pegada a la puerta trasera del restaurante.
Mi mente está borrosa, y siento que voy a perder el
conocimiento en cualquier instante. Trato de gritar, trato
de resistirme... hay frío de nuevo... una oscuridad a
medias.... ¿Eso es una farola?... ¿Dónde estoy?... Alguien
me empuja y mi cuerpo se va de espaldas... Escucho un
ruido seco, como el impacto de un golpe... y soy yo, estoy
en el suelo... pero Luke también... tres metros más allá.
Hay sangre en su cara y antes de que se levante un
gigante lo patea con ferocidad en el estómago.
—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! —escupe
una voz profunda y autoritaria entre nosotros y luego el
gigante patea su cabeza.
El gigante camina hacia mí mientras yo solo miro al cielo,
no hay estrellas, pero la nieve cae...
Entra en mi campo de visión y mis ojos se quedan en los
suyos, son negros, como un abismo negros, como el
infierno negros... como si pudieran perforarme el alma.
—¿Quién...? —trato de hablar, pero no puedo terminar la
frase.
Siento que me levanta en brazos con facilidad, como si no
pesara nada, y el mundo pasa a mi lado, algo suave debajo
de mí... más mundo, luces... el hombre de los ojos
negros... edificios...
No sé cuánto tiempo pasa, pero no pierdo el conocimiento,
simplemente todo pasa a mi alrededor mientras él me
acuesta en una cama y se sienta a mi lado. Llega un punto,
no sé cuál, en el que simplemente me puedo mover, y
logro sentarme lentamente.
El hombre de los ojos negros está frente a mí, mirando por
una ventana enorme con una copa de licor en la mano.
—¿Qué me dio? —pregunto con tono rasposo y él me mira
con calma, pero sus ojos siguen siendo feroces y
amenazantes.
—Probablemente algo de mala calidad. Algo que solo le
permitiera manipularte para poder violarte a gusto —dice
sin pelos en la lengua y es extraño, pero a pesar de su
crudeza no siento ni un escalofrío.
—¿Y tú tienes algo de mejor calidad? —pregunto con
sarcasmo y él deja todo a un lado para acercarse a mí.
Gatea sobre la cama como un depredador y se queda a
menos de diez centímetros de mi cara. Es asquerosamente
atractivo, piel bronceada, cabello oscuro, ropa extra cara
y una cicatriz sobre la ceja izquierda que grita "peligro"
por todos lados.
—Estás rota —murmura y mis ojos se llenan de lágrimas
en un segundo porque no entiendo cómo ha podido
leerme. Él sonríe con amargura y luego hace una mueca
alcanzando un vaso de licor—. Esto es de calidad, pero
solo es licor, yo no me meto mierda—advierte con tono
ronco y veo que en efecto, la botella de la que sirve debe
costar al menos unos dos mil dólares.
Lo miro con desconfianza, pero él bebe antes de dármela,
y termino aceptando la copa. El licor es fuerte, pero
reconfortante.
—Gracias... —susurro—. Gracias por... rescatarme.
—No me des las gracias todavía —sisea mirándome con
una expresión impenetrable—. No soy un príncipe azul, así
que este "rescate" no será gratuito.

CAPÍTULO 8: Escapando del dolor

El licor quema cuando baja por mi garganta, pero no lo


dejo. Lo necesito, como si ese calor momentáneo pudiera
llenar el hueco enorme que siento en el pecho.
Afuera ya debe ser de madrugada, y adentro los ojos del
hombre frente a mí solo... me estudian. Ni siquiera intenta
ocultar que me está analizando. Pero hay algo en su
expresión, en la manera en que se recarga en la silla,
como si el mundo entero no fuera suficiente para él, que
me hace pensar que también está roto. Tal vez más que
yo.
—¿Tú y el infeliz al que le rompí las costillas esta noche?
—Al parecer esa es toda su pregunta y yo aprieto los
labios.
—Salvé su trabajo hace una semana... creí que podía
pedirle un favor... hacer una llamada. —Río amargamente
antes de volver a beber—. Todo lo que quería hacer era
una puta llamada...
—¡Lenguaje! —gruñe haciendo que me sobresalte, pero
me siento tan impotente que las lágrimas saltan de mis
ojos—. Regla número uno para sobrevivir en el infierno:
No creas en el agradecimiento de nadie.
—¿Cómo supiste? —le pregunto porque recuerdo que salió
de la nada, como un demonio salvador o algo así.
—Estaba en un reservado junto a tu mesa, te vi desde que
te sentaste —murmura él sin muchas ganas—. Demasiado
limpia para ser una indigente, demasiado desabrigada
como para no estar en problemas... y también vi al señor
infeliz poniendo algo en tu bebida. —Suspira con una cosa
que es mitad rugido y mitad rabia—. Odio a los tipos que
no pueden follarse a mujeres conscientes.
Habla casi para sí mismo, y yo trato de limpiarme la cara,
pero antes de que haga otro movimiento siento que sujeta
con fuerza mi muñeca y mira mi mano. Mi dedo anular
está rojo y marcado de cuando Bonnie me arrancó el anillo
de bodas, y él arquea esa ceja atravesada por una cicatriz.
—¿Recién echada de casa, eh? —me dice y yo me pongo
pálida, antes de soltarme de su agarre con un movimiento
brusco—. Sea quien sea, el hombre no lo merece —añade
señalando mis lágrimas.
—El hombre es lo de menos... pero lo que me quitó... —
Me llevo las dos manos a la cabeza tratando de contener
este dolor que me está matando—. Me quitó algo que
jamás podré recuperar y solo.... solo quiero morirme de
una maldita vez.
Las palabras se me salen y cada una es tan sincera que
cuando levanto los ojos de nuevo él me está mirando con
una mueca de rabia, como si ya supiera que nadie se pone
así por algo tan estúpido como dinero o propiedades.
—Sangre —asegura con una sonrisa torcida que me hiela
la sangre—. Lo que sientes, no se va a aliviar hasta que
veas correr sangre. Solo asegúrate de que no sea la tuya.
Cierro los ojos por un momento y me levanto, dejando a
un lado el vaso de licor para acercarme a la ventana. Estoy
entumecida, todo en mí lo está, hasta que siento su aliento
en mi oído.
—¿Quieres que se vaya? —pregunta—. Solo será esta
noche, pero puedo hacer que se vaya...
Sus dedos acarician mis brazos, bajan hasta mis manos y
las suben hasta el cristal de la ventana, las apoya ahí,
sujetándome las muñecas con fuerza, obligándome a
inclinar la cabeza mientras muerde sobre la piel de mi
nuca y yo me estremezco.
Su presencia, su tacto, todo en él es tan caliente que hace
que mis músculos cedan y de repente caigo de golpe en
mi realidad. Estoy en un sitio extraño, con un desconocido,
ahogándome en dolor y sin nada que perder, porque ya no
tengo nada. Si al menos pudiera hacer que el dolor se
fuera por un rato...
—¿Podrías considerarlo tu pago? —pregunto y por un
momento parece sorprendido. Pero solo por un momento.
Me da la vuelta con brusquedad, y su expresión cambia
rápidamente, volviéndose más seria, más intensa
mientras mi espalda golpea el cristal de la ventana.
—Tienes que decirlo —gruñe con un tono que me eriza la
piel y las últimas lágrimas salen de mis ojos.
—Solo si haces que todo se vaya —respondo con una
amarga sonrisa.
Su respiración es pesada mientras acorta la distancia
entre los dos si eso es posible. Levanta una mano, tocando
mi mejilla con suavidad, como si estuviera probando algo.
Su tacto es cálido, como si estuviera tratando de
entenderme, de leer cada cicatriz invisible que llevo
encima, y cuando me mira a los ojos entiendo que quizás
ese sea el único gesto amable que este hombre tenga
conmigo.
Su boca colisiona con la mía con tanta violencia que me
levanta de puntillas. Su beso es desesperado, urgente,
posesivo, y yo me dejo arrastrar a él y esa hoguera que
amenaza con consumirnos a ambos. Su boca se mueve
sobre la mía con una mezcla de autoridad y hambre, y por
un momento, me olvido de todo.
Sabe a licor y a carne, muerde más de lo que besa y sus
dedos son garras por donde quiera que pasan. Van al
frente de mi blusa y el movimiento instintivo que hago por
cubrirme también es el último. Ahogo un jadeo cuando lo
siento sujetar mis manos por encima de la cabeza y
romper la tela blanca de un tirón, haciendo saltar los
botones. Siento las puntas de sus dedos sobre mi
estómago, como un avance, y luego su mano que se abre
grande y caliente contra él.
Un gemido se escapa de mi boca y cierro los ojos mientras
su aliento baja por mi garganta, mordiendo, lamiendo,
delineando el contorno de mis pechos y arrastrando el
brasier con los dientes hasta liberar mis pezones. Mi
cuerpo se tensa como un arco cuando siento su lengua
castigándome. Estoy tan sensible que el placer se extiende
unido indisolublemente al dolor y él lo nota.
Por un momento me libera, pero solo para bajar la blusa
sobre mis hombros y lanzarla lejos. Mi respiración se corta
cuando baja despacio el cierre lateral de mi pantalón y lo
hace caer al suelo también.
—Lo siento, yo no... —murmuro cuando me doy cuenta de
que ni siquiera llevo algo sexy puesto—. No pensé que...
—Shshshshshs... —Su aliento me acaricia el oído, la
mejilla hasta que llega a mi boca—. Igual será solo tela
rota dentro de poco —susurra como una amenaza llena de
excitación.
El aire corre entre los dos cuando da un paso atrás, y lo
veo sentarse en el sillón con actitud calmada. Solo lo
delata esa vena en su garganta, esa donde la sangre late
debocada mientras me llama con un dedo para que me
acerque.
No me invita. No hace falta. Sé lo que quiere y me pongo
de rodillas frente a él. Por un segundo acaricia mis labios,
metiendo sus dedos en mi boca, y no es tan cliché para
preguntarme si estoy segura de lo que voy a hacer. En
lugar de eso lleva mis manos a su bragueta y sonríe.
—Solo tengo una pregunta. ¿Te gustan los diamantes?

CAPÍTULO 9. Sometida

Mis manos tiemblan un poco mientras abro el cinturón de


cuero italiano y trato de que su pregunta no me haga
ahogarme antes de tiempo. No va a regalarme ningún
puto diamante, va a presumírmelo, va a hacer que me lo
trague porque lo tiene en ese piercing que puedo acariciar
aun por encima del bóxer negro. Su erección es
descomunal, y mi respiración se corta por un segundo
cuando lo veo abrirse uno a uno de los botones de la
camisa, regalándome esa franja de abdomen que parece
esculpido en mármol.
Se pasa de atractivo y lo sabe, pero también tiene ese
magnetismo animal que es en sí mismo una amenaza,
como si la llevara escrita en el rostro.
—"Esto te va a doler, pero lo vas a disfrutar" —murmuro
y él frunce el ceño divertido.
—¿Perdón?
—Eso dicen tus ojos —respondo y se muerde el labio
inferior con un asentimiento mientras acaricia mi cara y
una de sus manos se detiene en mi cabello.
—Qué bueno que nos vamos conociendo —gruñe con
satisfacción y no cierra los ojos ni por un segundo cuando
aparto la tela y libero su erección.
Sería estúpido no admitir que esto se sale del promedio,
no puedo rodearlo con la mano y desde su glande un
diamante de cuatro o cinco quilates, engarzado en un
piercing, todavía parece pequeño en comparación.
¡Maldición, esto sí va a doler! Es lo único que puedo
pensar, pero por alguna razón ese mismo pensamiento
dispara el morbo de una manera insoportable. Mi lengua
baja a encontrarlo y solo escucho ese primer jadeo gutural
del depredador que por fin ha conseguido presa.
Es enorme. Cada músculo de su cuerpo parece estar
diseñado para intimidar, pero es su piel lo que me deja sin
aliento: tersa, cálida, casi irreal. Y ese piercing... ese
maldito piercing. Ese diamante es lo primero que rozan
mis labios antes de que su miembro comience a perderse
en mi boca.
—Buena chica... —gruñe y algo en su voz me estremece
por dentro, algo primitivo y visceral, y ni siquiera entiendo
por qué es tan agradable obedecerlo. Quizás porque los
dos sabemos que esto es solo lujuria y nada más.
Mi nariz roza el calor de su abdomen mientras siento la
invasión hasta mi garganta. Por un instante me pregunto
si realmente voy a poder con esto, pero creer que tengo
el control aquí... El diamante roza mi garganta y mis
lágrimas saltan. No lastima, pero ya lo hace el resto de él.
Lo intento... de verdad lo intento. Mis labios se deslizan a
lo largo de su miembro y esta fiesta empieza, despacio,
llena de tentación mientras mi garganta se rinde y ninguno
de los dos quiere detenerse. Él no aparta la mirada. Sé
que está disfrutando de esto, de verme así: luchando,
esforzándome, perdida entre mis ganas de complacerlo y
la duda de si seré capaz.
Mis uñas se clavan en la tela sobre sus muslos y su mano
se cierra sobre mi cabello con un movimiento
demandante. Cada invasión de su miembro es controlada
y feroz, lenta, peligrosa. Todo en él es duro y suave y
terrible, cada gruñido de satisfacción, cada empuje con
que se hunde en mi boca, cada espasmo que lo atraviesa
hasta que escapa un siseo entre sus dientes apretados.
—Traga —ordena y de cualquier manera no hay nada que
pueda hacer.
Su sabor se esparce por mi boca cuando se corre y lo
siguiente que sale de la suya en una risa descarada cuando
se inclina a besarme.
—No te muevas —me advierte mientras se saca el cinturón
con un movimiento fluido y envuelve mis manos en él.
Ni siquiera entiendo cómo hizo este lazo de dos... ¡tres!...
una de las puntas pasa alrededor de mi cuello y cierro los
puños instintivamente cuando tira de ella, haciendo que
todo el lazo se cierre de una vez. Mis puños quedan justo
bajo mi barbilla y sé que mis pupilas se dilatan porque
todo lo que obtengo de él es un susurro.
—Shshshshshsh... todo está bien... —me calma mientras
me levanta y termina de atar el cinturón a un pequeño
anclaje en el dosel de la cama—. "Esto te va a doler, pero
lo vas a disfrutar".
—¡Joder...!
—¡Lenguaje! —gruñe y la primera nalgada me hace dar un
respingo, pero su boca en la mía me hace olvidar todo.
¿Cuándo acaba de romper todo lo que me queda encima?
No lo sé, solo que sus dedos buscando si sexo me hacen
apoyar la cabeza en el maldito dosel y tratar de respirar.
Estoy empapada y es justo lo que quiere. No puedo mover
más que mis piernas y es justo lo que quiere.
Una de sus manos acaricia mis pechos, pellizca uno de mis
pezones y cuando mi espalda se arquea sus dedos entran
en mí de una sola vez.
—¡Maldición! —gimo sin poder evitarlo y siento su aliento
en mi oído.
—Ya sabes lo que viene. Dilo —me gruñe y sus palabras
envían un latigazo de placer directo a mi sexo—. ¡Dilo!
—¡Lenguaje! —gruño porque no tiene que explicarme el
juego, ya me lo sé cuando siento la segunda nalgada que
me pone el trasero rojo.
—Buena chica... —susurra antes de volver a castigar mi
clítoris con una masturbación lenta y deliciosa, hecha justo
para desesperarme.
Su erección pasea entre mis nalgas mientras me besa, la
siento como un monstruo al acecho, una que empiezo a
desear más que nada. Me sé que su objetivo del juego es:
someterme, pero tampoco me importa.
Muerde sobre la piel de mi espalda, acaricia mis senos, sus
dedos me penetrar con fuerza y todo mi cerebro se
desconecta de una sola vez. Las sensaciones que recorren
mi piel no tienen comparación, mi garganta hierve entre
gemidos mientras me acerca al orgasmo poco a poco. Me
deja en el aire un segundo, gimo, protesto y vuelve a mí.
Dos minutos de dicha por uno de infierno hasta que por
fin siento el primer espasmo que me anuncia el orgasmo
y él lo siente también. Deja de tocarme en un instante
puede estar jugando, pero juro que quiero matarlo.
—Cabrón... —se me sale, juro que se me sale, pero lo
siguiente que siento es su mano sujetando con violencia
mi cabello y echando mi cabeza hacia atrás sobre su
hombro.
—Dilo... —gruñe sin poder contenerse mientras abre mis
piernas y empuja su erección contra mi entrada—. ¡Dilo!
—¡Lenguaje! —le grito y siento la embestida como un
ariete que me rompe completa—. ¡Aaah!
Su boca cubre la mía con un beso feroz, pero nada logra
acallar que esa bestia acaba de entrar en mi sexo de una
sola vez, tocando fondo, empujando, rompiendo,
golpeando con tanta fuerza que le hace levantar los pies
del suelo mientras las lágrimas salen de mis ojos.
La segunda embestida es brutal, y la tercera, y la cuarta...
Una de sus manos sujeta mi cadera mientras la otra se
cierra sobre mi nuca y me hace bajar la cabeza mientras
sigue penetrándome con fuerza, con rabia, con lujuria.
—¡Por favor... por favor...! —susurro sin saber lo que
estoy pidiendo, mi cuerpo está rompiéndose pero tampoco
quiero que pare.
—Tienes que aguantarlo —sisea en mi oído mientras
gobierna mis caderas, echándolas hacia atrás y abriendo
más mis piernas—. Tienes que aguantarlo... eres una
buena chica... tú puedes...
Y sé que no puedo, porque cuando vuelve a penetrarme el
dolor y el placer suben como un latigazo por mi columna.
Su abdomen choca con mis nalgas con un sonido húmedo
y violento y solo lo siento más fuerte, más hondo, más
rápido. El diamante roza en mi interior y la sensación es
desgarradora, como si arrastrara el placer hacia afuera...
y de pronto mis pies ya no tocan el suelo, lo único que
siento en su miembro perforando, taladrando,
embistiendo... esa mano que sujeta mi cabello... esa que
domina mi cadera... su aliento en mi oído… sus jadeos...
mis ojos se cierran, mi boca se abre... no puedo respirar...
La primera contracción que recorre mi sexo me hace gritar
y solo puedo escuchar una risa suave detrás de mí.
—...Ya te puedes correr.
CAPÍTULO 10. Un corazón en garantía

Cuando vuelvo a abrir los ojos, apenas está amaneciendo.


No tengo formas de explicar en cuantas formas me duele
el cuerpo, pero él tiene razón, al menos por algunas horas
todo lo demás ha quedado como... entumecido.
Lo observo en silencio, y en silencio le agradezco hacerme
sentir al menos un poco menos sola, aunque no haya sido
por mucho tiempo.
Con cuidado, me levanto de la cama, asegurándome de no
despertarlo. Miro alrededor y me doy cuenta por primera
vez que el lugar en el que estoy es absurdamente lujoso,
este hombre debe ser terriblemente rico, tanto que
cuando apoyo las manos en el tocador, lo primero que veo
en su caja fuerte abierta y decenas de fajos de billetes
apilados hasta el techo.
¡Maldición, y yo sin tener ni con qué pagar un taxi!
Sin embargo la Regina que debe recoger sus pedazos, esa
que acaba de despertar, es mucho más decidida que la
que era hace doce horas, así que tomo uno de los fajos de
billetes sin siquiera contarlos. Alcanzo un trozo de papel y
una pluma y le escribo una nota apresurada:
"Te lo devolveré multiplicado, mientras tanto, te dejo mi
corazón en garantía".
Me quito la única prenda que me queda, no vale mucho
pero es lo único que conservo de mis padres: un collar con
el dije de una R incrustado en pequeños diamantes de
color rosa. Es lo único que todavía tiene algún significado
para mí, pero no soy una ladrona, mucho menos con
alguien que me cuidó cuando más lo necesitaba.
Dejo el collar sobre la nota y me visto con una camisa suya
y mi falda. No tengo abrigo, una de sus gabardinas tendrá
que bastar por más grande que me quede, así que elijo la
menos cara. Salgo de la habitación, cerrando la puerta con
cuidado detrás de mí, y nadie entre los que me ven pasar
se atreven a detenerme.
La mansión es inmensa, y cuando bajo a la calle el frío me
golpea de inmediato, pero me aseguro de volver la cabeza
y memorizar dónde está antes de parar un taxi y subirme
a él.
Dos horas después estoy sentada en la sala de Verónica
con una taza de té entre las manos y el cabello húmedo
después de un largo baño. Mis amigas están frente a mí,
hablando, pero sus voces suenan lejanas. Cada una está
planificando una muerte más horrible que la otra, lo
mismo para Devon que para Bonnie.
Finalmente Verónica suspira y toma una de mis manos,
obligándome a mirarla.
—No puedes seguir así, cariño. Tienes que levantarte y
luchar. Ese infeliz y su madre no pueden salirse con la
suya.
—¿Y qué quieres que haga? —pregunto con tono
cansado—. Porque lo único que puedo hacer es contratar
a un sicario o algo así...
—¡Pues no estaría mal! ¡Yo me ofrezco de voluntaria! —
escupe Ruby—. Pero qué tal si empiezas por quitarle tu
parte de la empresa. Te casaste por bienes separados, OK,
pero la empresa sigue siendo de los dos. ¡Jódelo de alguna
manera! ¡Si alguien tiene cerebro para hacerlo eres tú!
Quiero creerles. Quiero pensar que hay una forma de
cobrarles este dolor, pero la verdad es que ahora mismo
no tengo fuerzas.
Me llevo la taza de té a los labios y Verónica mira mis
muñecas. Su expresión cambia al instante y sostiene uno
de mis brazos con expresión acusadora.
—¡¿Qué es eso?! —pregunta, señalando las marcas
oscuras en mi piel.
—¡¿El cabrón de Devon te hizo eso?! —grita Ruby
acercándose—. ¡Si es que yo lo mato! ¡Puto cabrón de
mierda! ¡¿Dónde está el b**e que se lo voy a meter por
puto tras...!
—¡Ruby! —grito porque ya la veo cometiendo un asesinato
público—. No fue él... Fue alguien más. —Las palabras
salen antes de que pueda detenerlas, y ambas me miran,
esperando que explique. Pero no puedo—. Pasé la noche
con alguien más, alguien que me... ayudó a sentirme
mejor. Pero no quiero contarlo ahora. Por favor... luego
¿sí?
Ruby parece querer discutir, pero Vero la detiene con una
mirada. Ambas se quedan en silencio por un momento, y
agradezco que no sigan presionando.
Esa noche nos quedamos en casa de Verónica. Ruby
insiste en cocinar algo, pero yo apenas pruebo bocado.
Estoy tan perdida que no sé ni lo que estoy haciendo. Me
siento frente al televisor, con la esperanza de distraerme,
pero entonces la noticia aparece, como si el universo
estuviera conspirando en mi contra.
"El empresario Devon Finnigan, uno de los nuevos
conquistadores de Wall Street, ha anunciado su
compromiso con Anabella Thorne, la joven heredera de la
familia Thorne..."
Las palabras de la periodista me golpean como un
puñetazo en el estómago.
En la pantalla, aparece una foto de Devon y Anabella. Ella
está radiante, con una sonrisa perfecta, y él...
—¡Ese infeliz malnacido! —grito, lanzando el control
remoto contra la mesa; y Verónica y Ruby entran
corriendo al salón, alarmadas por mi reacción.
—¿Qué pasó? —pregunta Verónica, mirando la pantalla y
las dos se quedan heladas al leer el titular.
—¿Ese idiota ya se va a casar de nuevo? —escupe Ruby.
No puedo hablar. Las palabras se atascan en mi garganta,
y todo lo que siento es rabia. Rabia y un dolor insoportable
que amenaza con consumirlo todo.
—No puede ser... —murmuro mientras las lágrimas caen
por mis mejillas—. ¿i Cómo un maldito asesino como él
puede ser tan feliz!? ¡¿Por qué... por qué...?! ¡Mis hijos
están muertos y él está celebrando!
—Entonces no lo dejes ganar —dice Verónica con firmeza
mientras me abraza—. ¡No lo dejes ganar!
Sus palabras se quedan conmigo durante toda la noche,
no duermo, pero al día siguiente mis ojeras y yo nos
sentamos delante de uno de los mejores abogados de toda
la ciudad. Es un hombre serio, con cara de pocos amigos,
pero siempre me ha parecido eficiente y excelente en
Derecho Corporativo. Hoy, sin embargo, su expresión es
sombría, como si estuviera a punto de darme las peores
noticias de mi vida.
—Lo siento, señora Finnigan.
—¡Sand! Es Sand, ahora —lo corrijo.
—Señora Sand, acabo de revisar los documentos que
solicité y... legalmente usted no es dueña de nada.
—¡¿Qué?! —pregunto espantada—. ¡No puede ser! ¡La
mitad de esa empresa es mía! ¡La mitad de las acciones
de TradeLink están a mi nombre! —le grito sin poder
evitarlo.
—Aquí dice que hace dos meses le firmó un Poder al señor
Finnigan para hacerse cargo de sus acciones.
Me pongo pálida en un segundo y siento que no puedo
respirar.
—Pero... eso solo fue para que pudiera votar en mi lugar
en una junta directiva, yo... yo tenía riesgo de aborto,
tenía que quedarme en casa, yo... ¡Solo fue para una
votación en una junta!
—Comprendo —dice el abogado con una mueca—. Pero es
evidente que el señor Finnigan usó ese Poder para
transferir las acciones a su nombre. De hecho lo hizo ese
mismo día. Lo lamento mucho, pero legalmente, usted no
tiene derecho a reclamar nada de TradeLink.

CAPÍTULO 11. Sangre

—De verdad lo lamento, señora Sand. Es evidente que le


han hecho una muy mala jugada aquí, pero por desgracia
esto significa que no tiene derechos sobre la empresa. No
puede reclamar nada.
Las palabras me golpean con tanta fuerza que siento que
me falta el aire. Eso no puede ser. Yo ayudé a construir
esa empresa desde cero. Fue mi idea, mi esfuerzo.
—Él... ellos, Devon y su madre, ellos jugaron sucio... —
murmuro con los ojos llenos de lágrimas.
—Entiendo, pero últimamente me he dado cuenta de que
esa es la única forma válida de jugar para quienes quien
ganar.
Me quedo en silencio, mirando los documentos frente a mí.
Sé que pelar supondría una batalla larga y costosa, y aun
si tuviera dinero para librarla, que no lo tengo, la verdad
es que preferiría hundir esa empresa hasta los cimientos
antes que permitir que Devon se llevara ni una décima
parte de ella.
—Si no puedo tener la empresa... —digo, levantándome
de la silla mientras la rabia estalla en mi interior como una
bomba—. ¡Entonces ellos tampoco!
No sé cómo llego a la casa de Verónica. No sé cuántas
veces me abrazan, tratan de consolarme, grito, rompo
cosas que ni siquiera son mías... pero tres días después,
cuando las chicas se levantan del sofá donde durmieron
todas torcidas tratando de vigilarme, yo ya estoy
haciéndoles café y desayuno.
—¿Estás bien? —pregunta Vero y yo niego.
—No, y no lo voy a estar hasta que no haga que Devon y
Bonnie paguen por lo que me hicieron, a mí —declaro
mirándola a los ojos—. Ellos me quitaron todo, y puedo
jurarte por las vidas de mis tres hijos que no dejaré que
lo conserven. TradeLink será para mí... o se hundirá
conmigo.
—¡Ya era hora! —grita Ruby, que es la guerra hecha ser
humano—. Pero si vas a enfrentarte a tiburones, tienes
que verte como uno Primera tarea del día: ¡Nos vamos de
compras! ¡Corre por mi cuenta, nena!
—No hace falta —sonrío—. Corre por la cuenta de alguien
más.
El día es para recorrer las principales tiendas de la 5ta
Avenida y comprar outfits de todo tipo, desde
profesionales hasta lencería de la más morbosa porque
después de todo no tengo ni una triste tanga que
ponerme.
Bueno... me quedaba una, pero desapareció cortesía de...
—¿Ya nos vas a contar sobre el desconocido que te ayudó
a sentirte mejor? —pregunta Vero y yo asiento.
—Te contaré en la cena —respondo—. Primero vamos a
ponernos lindas porque acabo de hacer una reservación
en un restaurante muy especial.
Salón, maquillaje, peinado, spa, nos vestimos y tres
diosas salen rumbo al restaurante Mané, porque a fin de
cuentas ahí también tengo cuentas que saldar.
Apenas entramos todas las miradas se giran hacia
nosotras. Verónica es una belleza rubia, delicada y casi
sublime, pero todo en su expresión grita: "animal
altamente venenoso". La expresión de Ruby no tiene que
gritar nada porque es un ángel oscuro y negros lleva hasta
los labios. Y yo soy yo. Solo yo enfundada en un vestido
negro y elegante por primera vez en años.
Nos sentamos, y pronto llega el camarero a atendernos. Y
no es el destino... simplemente me las arreglé para que
nos atendiera él: Luke.
Me mira y se pone lívido en un segundo al reconocerme,
su sonrisa profesional se desvanece por un segundo y
luego carraspea.
—Buenas noches, señoritas. ¿Puedo ofrecerles algo de
beber?
Mi respuesta es tan cortante como mi sonrisa:
—Cabernet Sauvignon Blanc, por favor.
—Por supuesto, señora —responde y se aleja con
nerviosismo.
Ruby y Verónica me observan en silencio, pero la
curiosidad les gana.
—¿Entonces? ¿El chisme? —insiste Vero y sonrío porque
sé a qué se refiere.
—No es chisme, pasé la noche con un hombre un poco
autoritario que me preguntó si me gustaban los diamantes
—respondo.
—¿¡Pero qué clase de pregunta es esa!? ¡A cualquier ser
con útero le gustan los diamantes! —exclama Ruby—. ¿¡Te
regaló uno!?
—No... —respondo con una media sonrisa—. Solo me
dejó... saborearlo.
Mis amigas abren los ojos, sorprendidas, pero un segundo
después el camarero regresa con el vino. Recibo la mía y
las palabras con el hombre que me ha dado la mejor noche
de mi vida —ni siquiera puedo negarlo ya—, me vienen a
la cabeza: "esto que siento no se aliviará a menos que vea
correr sangre". Sin embargo, solo por hoy, no me
molestará que sea la mía.
Giro la copa y la tanteo con uno de mis colmillos... antes
de hacer presión. Me aguanto el jadeo cuando se rompe
en mis labios y corta sobre el inferior, y de inmediato me
llevo una servilleta a los labios, manchándola de sangre y
escupiendo disimuladamente el trozo de vidrio que acabo
de acabo de romper. El resto lo dejo para que el hilo de
sangre corra sobre mi piel.
—¡Por Dios! —exclama Verónica, echándose atrás en su
silla—. ¿Tu copa estaba rota, Regina?
Luke me mira espantado y niega en silencio, pero para ese
momento ya la guerrera del trío se ha levantado de su
asiento y gritado tres veces por el gerente.
—¡Esto es inaceptable! —espeta Ruby mirando a Luke con
una mezcla de incredulidad y desprecio—. ¿Qué clase de
lugar permite servir copas rotas a sus clientes?
—Señora, yo...
—¡Quiero hablar con el gerente! ¡Ahora! —sentencio y
Luke intenta protestar, pero mi tono no deja espacio para
discusiones.
El gerente llega en cuestión de segundos, nervioso y
claramente dispuesto a hacer cualquier cosa para
apaciguarme, pero cuando ve sangre corriendo por mi
barbilla su cara es de puro terror, porque sabe lo que
puede costarle al restaurante.
—¿Empiezo a grabar? —pregunta Vero y al pobre hombre
casi le da un infarto.
—No será necesario. Creo que el señor gerente estará de
acuerdo conmigo en que esto es inaceptable —sentencio,
dejando que el enfado en mi voz sea lo suficientemente
fuerte como para que todos a nuestro alrededor
escuchen—. Mi pregunta es qué va a hacer con el hombre
que me trajo una copa rota.
El gerente mira a su camarero y se nota que no lo golpea
nada más porque hay otra gente mirando.
—Le garantizo que será despedido inmediatamente. ¡Se lo
aseguro! —exclama y Luke parece perder toda la
compostura.
—¡No me puede despedir! ¡Yo no he hecho nada! ¡La copa
no estaba rota esto... esto es... solo es... venganza! ¡Solo
lo está haciendo porque...!
—¿Venganza? —lo interrumpo arqueando una ceja—. ¿Por
qué tendría yo que vengarme de usted?
Él se calla, consciente de que cualquier palabra podría
hundirlo aún más. Servir una copa rota es una cosa, pero
drogar a una mujer para tratar de violarla, eso sí que no
lo puede admitir.
El gerente lo fulmina con la mirada antes de girarse hacia
mí.
—Señora, lamento mucho este incidente. Tomaremos
medidas inmediatas. ¡Le garantizo que este hombre no
volverá a trabajar en este restaurante...!
—Ni en ninguno —digo mirándolo a los ojos—. No podrá
trabajar en este ni en ninguno, porque como lo vuelva a
ver, le mandaré a mi equipo de abogados con una
demanda millonaria. ¿Se quiere arriesgar? —pregunto y
juro que así le está dando el infarto.
—¡No señora, claro que no...! Le aseguro que no volverá
a trabajar en ningún restaurante de esta ciudad. ¡Tiene mi
palabra! —declara con vehemencia—. Ahora, por favor, les
enviaré la cena que quieran, lo que pidan... ¡Va por cuenta
de la casa!
Se va empujando a Luke y medio pegándole como puede
y yo paso mi lengua por mi labio inferior... ¡Maldición! Es
verdad que todo sabe mejor con sangre incluso si es la
mía.

CAPÍTULO 12. El club de los poderosos

Mientras el gerente y su nuevo ex empleado salen de mi


vista, Ruby me pasa un pañuelo húmedo por el labio y la
barbilla, y Verónica me observa fijamente con los brazos
cruzados. No dice nada al principio, pero esa mirada suya
es más que suficiente porque me conoce. Me conoce
demasiado bien como para saber que yo no soy de las que
va exigiendo despidos ni arruinándole la vida a la gente.
Unos segundos después su voz por fin rompe el silencio.
—¿Vas a decirnos qué fue lo que pasó con el mesero?
Porque tú no eres así.
Sus palabras me producen un alivio infinito. No, yo no ERA
así, pero acabo de demostrarme a mí misma que puedo
serlo.
—Estaba cerca de aquí cuando Devon me echó de la casa
y vine a buscar ayuda. No tenía a nadie más, estaba sola,
congelándome... así que vine a pedirle de favor que me
prestara un teléfono para llamarte... pero en lugar de eso
me drogó y trató de violarme —les cuento y el pañuelo cae
de las manos de Ruby.
Su rostro, que siempre tiene un toque juguetón, se
oscurece en un instante.
—Ese maldito... —escupe y se endereza como si fuera a
salir corriendo a buscarlo—. ¡¿En serio te hizo eso?!
¡Regina, ese tipo merece algo mucho peor que un simple
despido! ¡Déjame encargarme de él, por favor! —casi
suplica juntando las manos y ni siquiera intento medir si
está hablando en serio porque sé que lo está.
—Haz lo que quieras con él, Ruby —accedo lentamente y
ella sonríe, y aunque su rostro sigue siendo hermoso, hay
algo peligrosamente calculador en esa expresión.
Verónica, como siempre, intenta mantener la calma y se
inclina hacia mí, con los codos apoyados en la mesa.
—Muy bien, dejemos a Ruby encargarse de eso. Ahora,
Regina, ¿qué sigue? No puedes quedarte esperando a que
Devon se case tan felizmente. ¿Qué vas a hacer? Si ya no
tienes acceso a la empresa ¿cómo vas a destruirla?
Suelto un suspiro hondo, sintiendo el peso del mundo
sobre mis hombros, pero al final, como decía mi ex
esposo, soy una herramienta y mi cerebro es mi mejor
recurso.
—Sé que TradeLink está a punto de cerrar un trato
importante con uno de los grandes grupos de Wall Street
—les digo—. Ha venido... he venido preparándolo para eso
desde hace meses. Si logran firmar, Devon será intocable.
Ahora que si no logran firmar...
—¿Se arruinaría por no firmar un acuerdo? —pregunta
Verónica que sabe que no pondría yo todos mis huevos en
una misma canasta.
—No, pero sin ese respaldo, Devon tendría que seguir
dirigiendo él mismo la empresa y ya te imaginas dónde
parará eso —le digo—. El proyecto se envió a los tres
grandes grupos de trade... el problema es que no sé cuál
de los tres lo aceptó.
Verónica se reclina en su silla y juega con un mechón de
cabello dorado, como si estuviera planeando una
estrategia en su cabeza.
—Entonces la solución es simple —dice finalmente—. Si no
sabes cuál de los tres es, tendrás que ir al lugar donde
ellos se mueven.
No sé exactamente a qué se refiere hasta que Ruby sonríe.
—¡Genial! Nos vamos entonces al zoológico, a admirar a
los depredadores en su hábitat natural.
Y con eso se refiere aparentemente a un exclusivo club de
Nueva York donde todos se reúnen, pero cuando salimos
del restaurante y llegamos al estacionamiento, mi
expresión se llena de rabia al ver a Luke esperándonos.
Está ahí, apoyado en un poste con las manos en los
bolsillos, y cuando me ve la mueca en su cara es toda una
amenaza.
—¿De verdad crees que te vas a salir con la tuya? —escupe
acercándose a toda prisa mientras Ruby abre su auto, y ni
siquiera tengo tiempo de reaccionar.
Un segundo después solo se ve el swing de un bate Ruby,
y el primer golpe va a la parte posterior de las piernas de
Luke, que cae al suelo gritando de dolor. El siguiente golpe
es sobre las rodillas y Verónica pasa a su lado, subiéndose
el vestido antes de subirse al auto, como si su única
preocupación fuera ensuciarse.
Ruby sigue golpeando. Su cabello se desordena mientras
el bate impacta una y otra vez contra las piernas de Luke.
Cuando por fin se detiene solo se sopla un mechón con un
suspiro dramático.
—Y no te pego más porque no quiero perder el glamour,
cabrón de mierda, pero la próxima vez que pienses en
siquiera acercarte a Regina, recuerda que voy a estar
pensando en ti —le advierte antes de lanzar su arma
homicida a la cajuela y subirse al volante.
En cuestión de segundos nos alejamos de ahí, y media
hora de tráfico después, las puertas de uno de los clubs
más exclusivos de la ciudad se abren para nosotros.
El lugar es... imponente. No hay otra palabra para
describirlo. "Aquí no hay simples millonarios", pienso
mientras observo a los hombres de trajes impecables y
relojes que valen más que un coche. Aquí están los titanes,
los dueños de todo.
Nos sentamos en una mesa discreta pero con buena vista
al resto del salón; y nos sirven copas de champaña que
por supuesto cuestan un ojo de la cara, pero Ruby está
feliz hoy, y su tarjeta ilimitada también. Así que brindamos
y bebemos mientras Verónica comienza a explicarme.
—Aquí es donde los grandes peces hacen sus negocios. Si
quieres conocerlos y saber quién está detrás de ese
contrato con TradeLink, este es el lugar para descubrirlo.
Señala los tres palcos que tenemos enfrente, a un salón
inmenso de distancia, y yo aguzo la vista.
—Christian St Jhon —murmura mientras su dedo se dirige
al primero—. Maneja Ironclad Strategies. Treinta años,
sexy como él solo, y con cara de niño bueno. Pero no dejes
que te engañe, no llegó a tener lo que tiene jugando
limpio. Es inteligente, calculador, y siempre gana.
Asiento porque es cierto que tiene cara de niño bueno,
bueno, buenísimo... en el peor de los sentidos.
—¿Quién sigue? —pregunto y ella señala otro palco.
—Toshiro Ren. Él dirige Kaizen Financial —me cuenta—.
Treinta y ocho años, familia japonesa de la más rancia
educación. Es un genio, pero nadie sabe qué está
pensando. Se especula que tiene lazos con la yakuza, pero
no han podido probarlo.
—Y también se dice que es experto manejando... espadas
—carraspea Ruby y yo la miro de reojo y la veo reírse,
porque sé qué quiere decir esta condenada morbosa—. No
cabe duda de que el señor Ren es muy atractivo.
—¿Quién sigue? —pregunto y cuando Verónica señala al
último palco mi respiración se corta.
—Viggo Massari, el dueño de Colosso Capital Group —dice
mi amiga y el nombre golpea como un trueno en mi mente
porque lo reconozco de inmediato, ese fue el hombre con
el que pasé la noche— Treinta y seis años, una bestia para
los negocios. Sexy, misterioso, inteligente... —Se encoge
de hombros y se reclina en su silla—. Esos son los tres
reyes de Wall Street, y milagrosamente, ninguno tiene
reina todavía. La pregunta es: ¿A cuál vas a elegir para
que sea la lanza y el escudo de tu venganza?
—¿Y quién dijo que tengo que elegir? —Sonrío despacio
mientras mi vista pasa sobre ellos—. Los quiero a los tres.

CAPÍTULO 13. Cómo nace una villana

—¿Estás segura de esto, Regina? —La voz de Verónica


resuena a mi lado, mientras doy otro sorbo a la copa de
champaña que tengo en la mano.
La música en el club late en el fondo, pero yo apenas lo
noto. Cada movimiento, cada mirada, cada palabra que
pronuncian se convierte en piezas de un tablero que ahora
empiezo a construir en mi mente.
—¿De qué? —pregunto, sin mirarla, como si realmente no
entendiera la pregunta.
—De la persona en la que vas a convertirte —dice Verónica
con un tono más bajo—. No me malentiendas, podrías ser
una asesina serial y seguirías siendo mi amiga, pero quiero
que estés segura.
Sonrío, pero no porque me haga gracia. Es un tipo de
sonrisa que ni siquiera reconozco como mía. Me giro hacia
Verónica y respiro profundamente mientras trato de
esbozar esta respuesta.
—¿Sabes cómo nace una villana, Vero? —Le pregunto y
ella no responde porque sabe que necesito desahogarme
con la mayor crudeza—. Una villana no nace cuando lo
pierde todo. Nace cuando le quitan todo. Y a mí me
quitaron lo más importante que puede tener una mujer:
me quitaron a mis hijos. —Lo digo sin dramatismos, como
si fuera un hecho más del día a día, pero es porque sé que
esta punzada en mi pecho nunca desaparecerá.
El silencio entre las tres se vuelve pesado. Incluso con la
música de fondo, y el mundo parece haberse detenido en
nuestra mesa.
—Ya no tengo nada que perder. —Bajo la voz, pero cada
palabra corta y sangra y es terrible—. Yo puedo darme el
lujo de ser mala, puedo darme el lujo de ser cruel, puedo
darme el lujo de no tener piedad. ¿Sabes por qué? Porque
ya recibí mi castigo por adelantado —siseo en un tono tan
venenoso que si me mordiera la lengua ahora mismo
seguro moriría—. Sé la mujer en la que voy a convertirme
y no me importa, porque al final del día, sin importar lo
cruel que yo sea... siempre me iré a la cama siendo una
madre sin tres hijos.
Verónica se queda sin palabras, pero Ruby se inclina hacia
adelante con los puños apretados. Ninguna ha vivido lo
que yo estoy viviendo, pero Ruby es de espíritu
naturalmente vengativo, así que siempre me entiende.
—Si eso es lo que quieres, estamos contigo —me asegura
y miro a Vero, que levanta su copa.
—¡Diablos, claro que estamos contigo! —me dice—. A fin
de cuentas, nuestras madres nos pusieron nombres de
villanas. Quizás sea hora de empezar a hacerles honor,
¿no crees?
Una carcajada breve se me escapa, liberando la tensión
acumulada.
—¡Por Regina, Verónica y Ruby! —brindamos y para mí ya
está decidido.
—No puedo correr el riesgo de perder contra Devon, así
que... —murmuro con seguridad—, así que los usaré a los
tres, uno por uno. Cada quien tendrá su papel en esto. Y
voy a hacer que sean ellos los que hundan TradeLink sin
que yo tenga que mover un dedo.
—Bueno... —Ruby sonríe con malicia—. ¡Quizás todavía no
lo sepan, pero parece que los reyes acaban de encontrar
a su reina!
Pero antes de que pueda responderle, algo en el ambiente
cambia.
Mis ojos, que recorren los palcos frente a mí, se cruzan
con los de Viggo en un segundo y sé que me reconoce, lo
sé porque se echa instantáneamente hacia adelante, con
la copa en la mano y esos ojos negros taladrándome como
si el resto del mundo no existiera. Me mira fijamente, y yo
sostengo su mirada.
El tiempo parece detenerse, pero cuando veo que se
levanta de su silla, rompo el contacto visual y me pongo
de pie de inmediato.
—Hora de irnos, niñas —aviso y me dirijo a la salida con
mis amigas pisándome los talones. Ruby va por el auto y
lo último que veo cuando arranca, es esa media sonrisa
peligrosa en los labios de Viggo mientras se detiene en la
puerta del club y observa cómo me voy.
Su simple presencia hace que me estremezca, este es un
juego peligroso, pero necesito tener alguna ventaja sobre
él y no la conseguiré regalándole la mía.
—¿De quién estamos escapando? —pregunta Verónica, a
la que no se le escapa nada.
—Te faltó añadir algo a tu descripción de Viggo Massari —
le respondo mordiéndome el labio inferior, como si eso me
recordara todo lo que sentí con él—. No solo es una bestia
para los negocios en todos los otros sentidos también lo
es —digo apartándome una de las pulseras para
mostrarles las marcas en mis muñecas, y Ruby abre la
boca sorprendida.
—¡Perra! ¿Te comiste a Viggo Massari?! —exclama y yo
me encojo de hombros.
—Emmm... literalmente.
—¡Joder, con lo bueno que está! ¡A la próxima pregúntale
si tiene un hermano perdido o algo! —Ruby hace un
puchero y yo sonrío porque sé que le gusta lo rudo muy
rudo, y está loca.
Cuando llegamos al departamento de Verónica, todavía
hay preguntas en el aire. Ruby se quita los tacones y se
desploma en el sofá, mientras Verónica va a la cocina por
tres botes de helado.
—Entonces, ¿cuál es el siguiente paso? —pregunta y yo
me quedo pensativa mientras me tomo el helado.
—Primero, dinero —digo y alcanzo el nuevo celular donde
la pude ingresar la única cuenta de la que ahora puedo
disponer.
—¿Dinero? ¿Qué dinero?
—El seguro de vida de mis padres.
Las dos me miran como si hubiera dicho algo imposible.
—¿Seguro de vida? —repite Ruby—. No sabía que tenías
eso.
—Me lo dieron hace tantos años que... bueno, desde que
mis padres murieron y solo tenía siete años. No es mucho,
y lo guardaba para mis hijos, como si fuera un regalo
directo de sus abuelos, pero ahora...
Mi voz se quiebra ligeramente, pero lo disimulo volviendo
a guardar los papeles.
—¿Y qué vas a hacer con eso? —pregunta Verónica, con
cautela.
—Invertirlo en las empresas de los "reyes ". Es parte del
plan. —Cruzo los brazos reclinándome en el sofá—. Si
quiero destruir a Devon necesito posición, estatus y un
capital fuerte, mucho más del que tengo ahora. Es hora de
empezar a usar mi cerebrito, porque el dinero genera
dinero, y si alguien sabe cómo multiplicarlo... soy yo.
Verónica asiente lentamente, como si estuviera tratando
de procesar todo.
Ruby, por otro lado, sigue sin convencerse del todo.
—¿Y después? —pregunta.
—Después... —Hago una pausa, dejando que las palabras
fluyan con calma—. Después voy a salir a buscar trabajo.
Vero se ríe, pensando que estoy bromeando, pero cuando
ve mi expresión seria, su sonrisa desaparece.
—¿Trabajo? ¿Dónde?
—En una linda oficina —sonrío porque ya sé quién será el
siguiente en entrar en mi ecuación—, a los pies de un niño
sexy.

CAPÍTULO 14. Piezas en el campo de batalla

He pasado toda mi vida luchando por construir algo, por


mantenerlo, por protegerlo. Y Ahora estoy aquí,
empezando desde cero, como si nunca hubiera existido
nada antes. Verónica insiste en que me quede con ella por
un tiempo.
—Hasta que te sientas mejor, cariño —insiste, pero ambas
sabemos que eso no va a pasar. Aun así, accedo, porque
tampoco es como si tuviera muchas opciones.
Ni siquiera tengo un sitio para vivir y si quiero poner todo
el dinero que tengo en inversiones, entonces tengo que
economizar en otras cosas tanto como pueda.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —me dice
mientras me abraza y yo trato de dormir, de verdad trato,
pero mi cabeza está ocupada en otra cosa, en ellos.
Christian St Jhon.
Toshiro Ren.
Viggo Massari.
Ahora ellos son mis objetivos. Uno de sus grupos será el
respaldo de Devon y Bonnie y tengo que evitarlo. Así que
estos tres "reyes" son ahora mis piezas en este juego.
Tengo que conocerlos, aprender cómo funcionan,
entender sus movimientos antes de hacer los míos.
Y eso hago. Los sigo. Leo todo lo que puedo sobre ellos.
Estudio sus redes, sus entrevistas, sus patrones. Viggo
aparece más veces de las que quisiera en mis
pensamientos, pero lo dejo ahí. Es un recordatorio de que
mi misión no tiene espacio para distracciones, a pesar de
que a veces todavía algo me duela dentro y me devuelva
a un segundo de placer, a un beso, a una embestida, a
una palabra suya.
—¿Quieres un vibrador? —pregunta Ruby y yo abro los
ojos sobresaltada—. ¡Gemiste! —me acusa muerta de
risa—. Estabas pensando en el señor sexy dominante.
Yo aprieto los labios pero ni siquiera trato de negarlo.
—Es... diferente a todo lo que había sentido antes —le
confieso—. No entiendo por qué, pero es como si ese
condenado diciéndome "buena chica" fuera un detonador
de bragas mojadas o algo así.
Ruby se ríe y me acaricia una mejilla con uno de esos
gestos suyos cálidos y peligrosamente comprensivos.
—Tu vida ahora mismo es una mierda, lo sé, y sé que
crees que no vas a volver a ser feliz, pero no está mal
darte espacio para el placer. A fin de cuentas, los
románticos tienen la anatomía confundida, al corazón de
un hombre no se llega por el estómago, sino por un
poquito más... abajo.
Sonrío sin poder evitarlo y luego me preparo para salir. El
encierro en el apartamento de Verónica empieza a
sofocarme y tengo que empezar a actuar ya. La mañana
es para completar tres portafolios de inversiones a nombre
de una sociedad anónima de la que ahora soy dueña, pero
la tarde... la tarde es para la estrategia.
Camino hasta un pequeño parque a dos calles de Wall
Street y me siento con un café en las manos, observando
cómo algunos ancianos juegan en pequeñas mesas de
madera. Todos tienen más se setenta años y en sus ojos
rasgados se notan sus raíces orientales. Parecen absortos
en sus tableros, como si el mundo entero dependiera de
esos movimientos.
Uno de ellos, un hombre delgado, de cabello blanco y
chaqueta impecable, me lanza una mirada curiosa.
—¿Por qué una niña tan linda como tú parece interesada
en un juego como el Shogi? —pregunta con amabilidad y
yo sonrío dulcemente.
—Me encantaría aprender —contesto haciendo una
inclinación respetuosa con la cabeza—. Me han dicho que
es más difícil que el ajedrez, y digamos que soy una
entusiasta.
—Bueno... si no te molesta pasar un rato con este anciano,
yo podría enseñarte —me dice y accedo de inmediato, no
sin antes ir a una cafetería cercana y comprar el mejor té
para mi nuevo maestro—. Muchas gracias, hija. Es lindo
ver que todavía quedan jóvenes bien educadas. ¿Cómo te
llamas?
—Regina—contesto.
—A mí puedes llamarme Sofu, o abuelo, como prefieras.
El anciano me invita a sentarme con él y empieza a
explicarme las reglas básicas. Su voz es pausada, y hay
algo fascinante en la manera en que mueve las piezas,
cada movimiento calculado, cada decisión es una pequeña
batalla. Pasamos dos horas casi sin movernos, y cuando
llega el momento de despedirnos lo veo levantarse con
dificultad.
—¿Está bien? —le pregunto y me pone esa cara de "todos
dicen lo mismo pero yo no le hago caso a nadie".
—Los médicos solo encuentran problemas. Tengo setenta
y cinco años, de algo me voy a morir, pero no quiero que
me lo digan —responde.
Me despido de él con un gesto de respeto y paso la noche
pensando en eso. A fin de cuentas, la antigua yo era una
Regina dulce a la que este agradable señor no logra
resistirse, así que al día siguiente, cuando llego al parque,
en lugar de un té, abro para él la puerta de mi auto y no
le admito discusiones.
—Soy terriblemente mala jugando Shogi, así que voy a
necesitar un maestro que aguante algunos años, y no
aceptaré un no por respuesta.
No tiene que decirlo, a los ancianos no les gusta sentirse
regañados pero sí atendidos y queridos, así que con todas
sus protestas se sube al auto y permite que yo lo lleve a
una clínica privada.
El doctor le hace algunos estudios rápidos y le manda
algunas pastillas que se niega a tomar.
—Abuelo, si tengo que venir todos los días a darte tus
pastillas lo voy a hacer, no me pongas a prueba —lo
amenazo con una sonrisa y él asiente.
—En ese caso, ven, que te voy a convertir en la mejor
jugadora de Shogi de este país, te lo garantizo.
Dedicamos el resto de la tarde a jugar y esa noche mis
amigas me rodean en el sofá, observándome curiosas
mientras reviso algunas notas de información que he
recopilado en estos días.
—¿Dónde estuviste todo el día? —pregunta Ruby.
Levanto la mirada y le dedico una pequeña sonrisa.
—Estudiando el campo de batalla. Poniendo las piezas en
su lugar.
Ruby arquea una ceja.
—¿Qué significa eso? —me increpa y yo dejo las notas
sobre la mesa.
—Que necesito que vengas conmigo. Todavía me falta
colocar una pieza más.
Ruby no hace preguntas. Esa es una de las cosas que más
me gustan de ella.
Recorremos las calles oscuras de Manhattan, siguiendo a
una mujer que lleva una bolsa de supermercado en una
mano y un bolso de imitación en la otra. Cuando entra a
su edificio vamos tras ella, y solo basta con tocar a la
puerta de su departamento para que nos mire sin
comprender.
—Necesito hablar con usted algo importante, señora
Bershan. ¿Tiene un minuto? —pregunto y apenas nos hace
pasar, coloco un fajo de billetes sobre su mesa.
—Mañana vas a tener un accidente laboral —le digo con
severidad, tuteándola porque tiene que entender quién
manda—. Uno que te permitirá cobrar una enorme
indemnización, y renunciar a tu trabajo. Cómo lo hagas,
no me importa. Este es un bono adicional —digo señalando
el dinero—, y cuando te recuperes tendrás un nuevo
trabajo mucho mejor pagado esperándote.
La mujer me mira como si estuviera loca y niega con
vehemencia.
—¿Dejar mi trabajo? ¡No voy a hacer eso! —exclama y yo
me acerco mirándola a los ojos.
—Tu marido limpia cristales sobre un andamio a ciento
cincuenta metros de altura en el Central Park Tower,
¿verdad? ¿Sabes lo fácil que es que algo se rompa a esa
altura? —Me inclino hacia ella con tono amenazante—. Tú
decides. ¿Te pasa algo a ti... o a él?

CAPÍTULO 15. Una entrevista de trabajo

Dos días pasan, dos días tensos hasta que por fin recibo
la llamada que estoy esperando.
Me miro al espejo una última vez antes de salir y no puedo
evitar reírme un poco de mi reflejo. Llevo moño deshecho
que parece a punto de caer, unos lentes de pasta gruesa
que encontré en la parte trasera de un cajón de Verónica
y una blusa que parece sacada de una venta de garaje. La
falda lápiz y los tacones oscuros completan el look. Es
irónico: nunca me he visto menos como yo, y al mismo
tiempo, sé que es el disfraz perfecto.
—¿A dónde vas vestida así? —pregunta Ruby desde el
sofá, mirándome con espanto.
—¡A una entrevista de trabajo!
Ella suelta una carcajada exagerada, pero no me detengo.
—¡Así no te van a dar ni el saludo! — me advierte y yo le
hago un guiño desde la puerta.
—¡Ya veremos! ¡Me llevo tu coche!
Conduzco en el tráfico vespertino y por supuesto que dejo
el auto de Ruby lejos de mi destino. Digamos que un
Jaguar no pega mucho con la criatura pobre, torpe y
desaliñada que soy ahora.
Llego a la sede de Ironclad Strategies caminando apurada.
El edificio es impresionante, todo cristal y acero,
intimidante en su perfección. Siento un nudo en el
estómago, pero lo ignoro. Camino con determinación
hasta la cafetería, intentando no parecer fuera de lugar.
La hora es perfecta, el momento es el justo… y entonces
pasa.
Un hombre alto y con un traje impecable hecho a medida,
viene tan distraído con su celular que no solo ve el carrito
de la limpieza en el último minuto. Lo esquiva como
puede, tropieza, me empuja, y el café que lleva en la mano
termina derramándose directamente sobre mi blusa.
—¡Ahhh! ¡Está hirviendo! —grito, y el dolor es tan real que
no tengo que fingir demasiado.
Él se queda helado por un segundo, mirándome con los
ojos abiertos como platos.
—¡Maldición, lo siento muchísimo! —balbucea, dejando su
vaso a un lado mientras yo intento despegar la tela de mi
piel.
—¡Caliente, caliente! —exclamo, empezando a
desabotonar la blusa con desesperación y él reacciona
rápidamente, quitándose la chaqueta y cubriéndome con
ella.
—¡Aquí no! —me dice abriéndome los ojos y yo lo miro
como si la tierra me estuviera tragando.
—¡Perdón, es que no me di cuenta de dónde estaba
mientras chocaba con su café! —exclamo y él cierra la
chaqueta sobre mi pecho—. ¡Dios, como duele!
—De verdad, lo siento muchísimo. Por favor, deja que te
ayude —sentencia con el rostro sombrío—. Lo último que
necesito en este momento es otra mujer accidentada bajo
mi vigilancia. La gente es estúpidamente supersticiosa en
este negocio.
Tiene el porte de alguien acostumbrado a dar órdenes, uno
de sus brazos rodea mi espalda con el más absoluto
respeto y me guía rápidamente hacia un ascensor.
Mientras subimos me fijo mejor en su rostro: mandíbula
marcada, cabello un poco largo, dorado oscuro,
perfectamente peinado hacia atrás, y ojos que parecen
analizarlo todo.
—Soy Christian, por cierto. —Extiende la mano, aunque
rápidamente se da cuenta de que mis manos están
ocupadas sosteniendo su chaqueta y mi bolsa.
—Regina —respondo, fingiendo estar demasiado
abrumada como para dar más detalles.
Él me lleva hasta una oficina en el último piso: elegante,
minimalista y con una vista que podría quitarte el aliento,
y me señala una puerta al fondo.
—Puedes usar mi baño. Hay toallas si necesitas.
Cierro la puerta detrás de mí y dejo escapar un largo
suspiro. "Lo tienes", me digo mientras me limpio la blusa
con agua fría. Pero la mancha de café no se va,
obviamente y el material arrugado no mejora mucho.
El pecho me arde pero me lo aguanto, me han dolido cosas
peores, y esto solo en un dolor momentáneo para un fin.
Cuando salgo, lo veo revisando algo en su teléfono, pero
al escucharme, levanta la mirada.
—¿Está mejor? —pregunta con una leve sonrisa.
—No mucho. Mi ropa está estropeada, y venía a una
entrevista de trabajo... —Hago un gesto hacia mi
apariencia, dejando caer los hombros como si estuviera
derrotada, trato de llegar a la mesa y tropiezo de nuevo.
—¿Entrevista? ¿Para qué puesto?
—Asistente del señor St. Jhon. —Digo su nombre como si
no tuviera ni idea y recojo mi bolsa—. Aunque va a ser
verdad que este sitio da mala suerte. ¿Me dijo que hay
otra chica accidentada...?
Él frunce el ceño ligeramente, y niega de inmediato
levantando las manos.
—Por Dios, no digas eso ni en broma. Es cierto que mi...
que la secretaria del señor St. Jhon se rompió una mano
en un accidente laboral, pero... bueno... mejor no vamos
a mencionar eso.
No entiendo por qué no me dice directamente quién es,
quizás no quiera exponerse ante la chica torpe a la que
acaba de quemar con café por miedo a otra demanda por
indemnización, pero de cualquier manera me sirve para
seguirle el juego.
—Bueno, solo espero que esté bien. Aunque,
honestamente... me pregunto si el señor St. Jhon le habrá
pegado con una regla o algo — dijo ajustándome los lentes
y Christian se queda en silencio por un segundo antes de
soltar una carcajada.
—¿Eso es lo que dicen de m… del señor St Jhon? ¿Qué es
un ogro o algo así?
Me encojo de hombros, fingiendo vergüenza.
—Un poquito. Pero no se preocupe, estoy acostumbrada a
lidiar con jefes difíciles. El problema es que ellos puedan
lidiar conmigo, soy un poco torpe, ¿sabe?
Lo veo achicar los ojos y cruzarse de brazos mientras me
observa.
—Y si crees que tu jefe será un ogro, ¿por qué querrías un
trabajo así?
—Pues porque una chica tiene que ganarse el pan. —
Levanto las cejas como si fuera obvio—. Soy demasiado
fea para ser modelo, mi cerebro es lo único que tengo,
pero también soy demasiado tímida para hacer algo más
importante que ser secretaria. Así que solo me queda
soñar con un jefe ogro que me pegue en las manos con
una regla. No es mucho pedir... a lo mejor solo es una
regla muy chiquita...
Él vuelve a reír, pero antes de que pueda responder, la
puerta se abre de golpe y el escándalo afuera lo pone
pálido en un segundo.
—¡Tienen que dejarme pasar! —grita una voz femenina
desde el otro lado mientras un par de guardias intentan
razonar con ella—. ¡Yo soy alguien importante para el
dueño de esta empresa! ¡Quíteme las manos de encima!
Miro a Christian de reojo y está furioso, asqueado y con
ganas de retorcer algún cuello... así que esa afirmación de
la señorita de afuera, no debe ser muy cierta.
CAPÍTULO 16. La chica dulce, torpe y perfecta

La voz estridente que viene desde la puerta es como un


arañazo en una pizarra. Solo de escucharla se me eriza la
piel, pero no es del todo desconocida para mí. Sabía que
la señorita Camela llegaría a esta hora, tal como sabía que
el señor del carrito de limpieza casi atropellaría a
Christian: Al señor de la limpieza le pagué bien, porque se
sabe todos los chismes de esta empresa, en especial que
los jueves A esta hora, después de su sesión semanal con
su "consejera espiritual", esta amante intermitente de
Christian suele pasarse por aquí a hacerle la vida difícil.
—¡Tienen que dejarme pasar! ¿Es que no saben quién soy?
—grita ella entrando en la oficina como si fuera dueña del
lugar.
Christian gruñe por lo bajo y se pasa una mano por la cara,
claramente al borde de la paciencia.
—Por eso necesito una secretaria —dice en voz baja, más
para sí mismo que para mí.
La mujer, alta y delgada como un maniquí de vitrina,
irrumpe con el aire de alguien que espera que el mundo
entero se arrodille ante ella. Sus tacones resonantes
parecen un martillo golpeando con autoridad en cada
paso, y apenas llega frente al escritorio me lanza una
mirada que me evalúa de arriba abajo con desprecio
evidente.
—¿Quién es esta? —pregunta, como si yo fuera un insecto
que se coló por error en su lujoso desfile, pero antes de
que nadie ose contestarle, me apunta con un dedo
impecablemente arreglado—. Tú... evidentemente eres
asistente. No podía ser de otra manera con ese mal
gusto... ¡Vamos, hazte útil, tráeme un café! ¡No, espera,
mejor un jugo!... ¡No, no, no! Mejor algo sin azúcar. Ni
conservantes. Ni gluten. ¡Ni colorantes!
Miro a Christian como si ella acabara de aplastarme con
su zapato, lo veo enfurecer en un solo segundo, pero antes
de que abra la boca para corregirla, yo me adelanto con
una sonrisa inocente que solo yo sé que es falsa.
—Por supuesto, señorita. ¡Enseguida se lo traigo! —digo
apresurada y trastabillo hacia la puerta.
El silencio que sigue está cargado de sorpresa. Camela
parece satisfecha, mientras Christian me mira como si
hubiera perdido la cabeza y luego empiezan a gritarse.
Por supuesto que el jefe tiene una estación de servicio a
solo tres metros de su oficina, así que solo busco lo que
se me ordenó y regreso.
Cuando regreso, traigo una bandeja con un vaso y unas
servilletas perfectamente dobladas, y se lo ofrezco a la
mujer, que me mira como si acabara de entregarle un
trozo de cartón.
—¿Agua? —gruñe con incredulidad y yo asiento juntando
las cejas.
—Sin azúcar, ni conservantes, ni gluten ni colorantes:
¡Agua! —respondo con un tono tan inocente que casi me
lo creo yo misma.
Christian se tapa la boca con una mano, y un segundo
después ni siquiera se contiene y estalla en carcajadas.
—¡Maldita tonta! ¡¿Estás burlándote de mí?! ¡Llévate eso!
—grita Camela casi tirando el vaso de vuelta sobre la
bandeja y he de decir que este personaje en particular es
torpe, porque antes de que pueda equilibrarlo la bandeja
resbala de mis manos "accidentalmente" y el agua cae
directamente sobre su vestido de diseñador.
—¡¿Pero qué te pasa?! —grita Camela, levantándose de
golpe.
—¡Oh, Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! —exclamo,
fingiendo un pánico absoluto.
Cojo una servilleta y me acerco para secarla, pero, en el
proceso, jalo con torpeza y su blusa, que ya estaba
ajustada al límite, suelta un botón con un chasquido.
Camela parece congelarse por un segundo antes de gritar:
—¡Estás despedida! ¡Christian, despídela ahora mismo!
—¡No no, espere...! —exclamo y apenas me doy la vuelta
hacia Christian cuando el tacón de mi zapato se clava
sobre los lujosos Louboutin de Camela.
La veo abrir la boca y es como una caricatura: Las Locuras
del Emperador. Yzma histérica con su maquillaje
chorreante. ¡Tal cual!
—¡Ay, por Dios qué torpe soy! —grito quitando mi tacón y
apenas me doy la vuelta la bandeja en mi mano impacta
contra su nariz—. ¡Jesús!...
—¡Maldita inútil estás despedida! ¿Despedida! ¡Lárgate de
aquí ahora! —vocifera y yo suelto todo y voy a esconderme
detrás de Chrisian, con mis gafas de pasta gruesa
asomando detrás de uno de sus brazos. Y hay que
reconocerlo: tiene brazos enooooormes el condenado—.
¡O la despides ahora o te juro que no vuelvo a poner un
pie en esta oficina! —lo amenaza Camela y él se gira hacia
mí, extendiendo su mano.
—Soy Christian St. Jhon —sentencia tomando la mía con
un gesto firme—. Estás contratada como mi nueva
asistente.
El silencio que sigue podría cortar el aire. Camela lo mira
como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar. Luego,
emitiendo un ruido de frustración que suena como un
rugido contenido, se da la vuelta y sale de la oficina
pisando fuerte, dejando tras de sí una estela de perfume
caro y pura furia.
La puerta se cierra de golpe, yo me sobresalto y la risa de
Christian no tarda en llenar la habitación.
—Eso fue... impresionante —dice, mirándome con una
mezcla de asombro y diversión.
—Lo siento mucho por el desastre —digo, ajustándome los
lentes como si todavía estuviera nerviosa—. Pero no hay
necesidad de fingir que me contrata. Ya sé que usted no
es...
Me detengo.
Nos miramos.
Cada uno de arriba abajo.
—¡Joder ¿sí eres el señor St Jhon?! —susurro y él levanta
un dedo apurado.
—Espera te lo demuestro... ¿Dónde está ...? ¿Dónde
está...? — rebusca en uno de sus cajones y saca una regla
larga y transparente—. ¡Aquí está! ¡A ver, extiende la
mano!
Me río cubriéndome los ojos, como si estuviera
avergonzada por lo que le he dicho antes y él se cruza de
brazos, apoyándose en el escritorio.
—Esa fue una gran entrevista de trabajo, debo admitirlo
—murmura.
—Sería la primera vez que me contratan por ser torpe —
suspiro—. Pero a partir de ahora, si me indica los nombres,
me aseguraré de seguir siéndolo con la gente correcta.
Lo veo sonreír de medio y asiente.
—Me parece bien. Ve a Recursos Humanos por tu contrato,
empiezas mañana a las nueve, señorita Torpe.
Cuando salgo de su oficina, llevo la chaqueta de Christian
todavía sobre mis hombros, y aunque el pecho todavía me
arde, no puedo evitar sentir que estoy ganando terreno.
De regreso en casa, Ruby y Verónica me están esperando,
y apenas me ven entrar Verónica corre por crema para
bebés y Ruby se debate entre preguntarme de quién es la
chaqueta que traigo encima o si tiene que ir a buscar su
bate.
—Dime por Dios que esto sirvió para algo —rezonga Vero
poniendo crema sobre mi pecho.
—Puedes apostarlo. Soy la nueva, dulce y torpe asistente
de Christian St. Jhon.
Las dos me miran como si no entendieran nada.
—¿En serio? —pregunta Verónica, levantando una ceja.
—En seriesísimo —respondo—. Y créanme, esto apenas
empieza. Todavía me queda alguien especial por conocer.

CAPÍTULO 17. Jugadas inesperadas

Trabajar para Christian St. Jhon es, tal como esperaba, un


acto de equilibrismo. Durante el día, soy Regina la torpe.
Ropa ligeramente arrugada, cabello en un moño que
parece hecho a la carrera, y una actitud humilde pero
determinada. Una pluma descuidada siempre
manchándome alguna parte de la blusa, algunos papeles
desordenados en mi escritorio, como si estuviera
abrumada pero intentando con todas mis fuerzas
mantenerme a flote.
No parezco una amenaza para nadie, pero no dejo nada
sin cumplir. Las juntas se hacen en hora, muevo su horario
a mi antojo y lo más importante: me entero de todo. Soy
la sombra indefensa detrás del cuerpazo sexy de Christian
St. Jhon, pero mis oídos están abiertos en todo momento.
—¿Otra vez los de Barrell llegan tarde? —me pregunta
Christian al tercer día mientras deja caer un expediente
sobre mi escritorio.
—Dicen que están atorados en el tráfico, así que moví una
entrevista con Dextam primero. Llegarán en cinco minutos
—respondo, ajustándome los lentes de pasta gruesa con
cara de disculpa.
—¡La entrevista con Dextam era en la tarde, Regina! —
Christian me abre los ojos—. Eso hará que se encuentren
a la salida.
—¡Maldición, no me di cuenta! —exclamo y él levanta una
ceja, claramente no creyéndome ni un poquito—. Pero
quizás si los de Barrell ven a su competencia, a lo mejor
para la próxima se asegurarán de contemplar el mal tráfico
en su agenda.
Por un segundo Christian despega los labios y levanta un
dedo, y luego se ríe por lo bajo.
—Tienes un cerebro malvado, muchachita... me agradas.
—¡Gracias señor! ¿¡Quiere un café?! —pregunto tirando
"sin querer" la mitad de las cosas de mi escritorio.
—Ssssí, pero mejor que me lo traiga Sandra —carraspea
ajustándose el nudo de la camisa y así es como acabo de
librarme de hacer café todo el día.
Esta es mi nueva rutina: resuelvo problemas con una
eficiencia impecable mientras finjo tropezarme con los
bordes de las mesas o soltar algún bolígrafo al suelo. Pero
todo es parte del espectáculo.
Cuando el reloj marca las cuatro la Bolsa de Nueva York
cierra, así que yo también cierro mi jornada con un suspiro
de alivio, como si el día me hubiera dejado exhausta. Lo
que Christian no sabe es que, en cuanto cruzo la puerta
del edificio, la historia cambia.
En el baño de un café cercano, me quito los lentes, suelto
mi cabello y me cambio a algo más delicado: vestidos
sencillos pero elegantes, zapatos altos y bonitos. La chica
torpe se queda en la oficina. La mujer que aparece
después es un cuadro completamente diferente:
Sofisticada, educada, amable y un poco fría.
Mi destino es el mismo cada tarde: The Queen Elizabeth II
Garden, el pequeño parque donde juegan los ancianos.
Entre ellos está el señor amable y gruñón que se ha
convertido en mi mentor en shogi.
—Te lo dije, niña. Esa no es la jugada correcta. —El abuelo
resopla mientras mueve su pieza.
—¿Por qué no? —pregunto, fingiendo frustración mientras
examino el tablero.
—Porque estás pensando en lo inmediato, no en lo que
viene después. —Sus ojos se entrecierran, y su tono es
más amable de lo habitual—. El shogi es como la vida: el
que controla el tablero controla el destino.
Sonrío, moviendo una de mis piezas de forma que
interrumpo su estrategia, y el abuelo alza una ceja.
—Eres rápida, niña, lo admito. —Parece genuinamente
impresionado y no puedo evitar sonreír con algo de
orgullo.
Pero antes de que pueda responder, él levanta la mirada
hacia alguien detrás de mí.
—¡Ah, Ren, llegas justo a tiempo! ¡Quiero presentarte a
alguien!
Me doy la vuelta, y mi corazón da un pequeño salto, pero
solo muy pequeño, porque frente a mí está Toshiro Ren,
el CEO de Kaizen Financial. Reconozco su rostro de
inmediato. Alto, con un aire de seriedad y esos ojos
oscuros que parecen analizarlo todo en cuestión de
segundos.
—Regina, este es mi nieto, Toshiro Ren. Y ella es Regina,
mi aprendiz —le dice el abuelo acercándonos—. Como no
te despabiles, te aseguro que llegará a ser mucho mejor
que tú.
Inclino la cabeza ligeramente, demostrando que estoy al
menos un poco educada en sus costumbres, y él hace lo
mismo.
—Un placer conocerla —dice sujetando mi mano y yo le
devuelvo el apretón con una sonrisa tranquila, aunque por
dentro estoy midiendo cada uno de sus gestos y sé que él
hace lo mismo.
—El placer es mío —respondo con amabilidad.
¡Ah sí, olvidaba contarlo! Este abuelo tan especial se llama
Toshiro Kaizen, y es el patriarca de la familia Toshiro, y
por supuesto, el fundador de Kaizen Financial.
—Ren ya no viene a jugar conmigo como antes, pero tú
has llenado ese espacio, niña. No sé si agradecerte o
compadecerte —se queja él y yo rio suavemente, pero
noto cómo su nieto me observa con curiosidad.
—¿Así que... juegas shogi? —pregunta, cruzándose de
brazos.
—Estoy aprendiendo —respondo porque sé que es adicto
a este juego—. Pero no soy muy buena.
—¿Eso dices tú o lo dice mi abuelo?
—Ambos.
Kaizen se ríe, aunque no tarda en señalarle el asiento
frente al mío.
—Vamos, Ren. Siéntate y juega con ella. Yo voy por un
café.
—No, señor —le advierto y me hace un puchero.
—¡Está bien, hija, voy por un té! —protesta y se aleja de
nosotros.
Ren, por su parte, no parece del todo convencido,
probablemente porque no me considera una adversaria
digna, pero se sienta de todos modos. Me analiza con una
ligera sonrisa antes de mover la primera pieza.
—Espero que no te moleste perder —dice, seguro de sí
mismo. —
No me molesta —aseguro moviendo la mía—. Soy muy
buena aprendiendo de mis derrotas.
Mis palabras parecen tomarlo por sorpresa, pero no dice
nada más y el juego comienza.
A medida que las piezas avanzan por el tablero, noto que
Ren es tan metódico como su abuelo, a fin de cuentas,
aprendió de él. Sus movimientos son precisos, calculados,
casi como si estuviera ejecutando un plan preestablecido.
Pero yo tengo mis propios trucos.
—Eres buena —dice de repente, mirando el tablero—.
Mejor de lo que esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—Alguien que juega solo por diversión.
—Bueno, la diversión también puede ser estratégica —le
aseguro.
—Aun así, basta con que mueva una pieza y perderás.
Sonríe levemente, pero antes de que pueda responder,
saco algo de mi bolso: una receta médica. Se la paso por
el tablero, interrumpiendo su próxima jugada y él frunce
el ceño al mirar el papel.
—¿Qué es esto?
—Las medicinas que tu abuelo necesita —respondo con un
tono neutro, aunque mis palabras son intencionadamente
punzantes—. Lo llevé al médico hace unos días. Tiene una
afección cardíaca que necesita tratamiento.
La confusión en su rostro se transforma en algo más. Algo
más serio mientras sus ojos se clavan en los míos.
—¿El abuelo...? ¿Por qué lo llevaste al médico?
Me inclino ligeramente hacia adelante, bajando la voz.
—Porque alguien tenía que hacerlo. —Muevo una pieza y
le ofrezco el tablero—. Tu turno.
Él mueve alguna pieza pero se nota que su mente ya no
está en el juego sino en el diagnóstico médico. Un segundo
después la partida es mía y él mira el tablero como si no
pudiera entender lo que acaba de ocurrir.
—Quizás deberías definir tus prioridades, señor Toshiro —
digo, sin apartar la mirada mientras me levanto y tomo mi
pequeño bolso—. Las cosas pueden perderse y
recuperarse... pero las personas no.

CAPÍTULO 18: Un encuentro desagradable

La partida está cerrada, Ren ve sus piezas muertas en el


tablero y me mira como si quisiera asesinarme también.
Todos dicen que no es un hombre emocional, pero al
parecer el señor Kaizen, que fue quien lo crio, es la única
debilidad para él.
—¿Qué pasa, hija, ya te vas? —pregunta el abuelo y yo
me despido con un gesto amable.
Su sonrisa amplia y sincera me recuerda que, a pesar de
lo mucho que me gusta este juego que estoy jugando, hay
personas a las que definitivamente no me gustaría
lastimar y él es una de ellas.
De repente mira el tablero y sus dedos señalan a su nieto.
—¿Perdiste, Ren...? ¡No puede ser!
—Es usted un maestro paciente, señor Kaizen. —Le hago
una ligera reverencia con una sonrisa juguetona—. Bueno,
caballeros, hasta la próxima.
Me alejo caminando despacio hacia el auto en que vengo,
y escucho apenas cómo el abuelo se gira hacia su nieto,
ajustando su sombrero con aire de satisfacción:
—¿Ves? Esa es una mujer por la que merece la pena
echarse el lazo al cuello —le advierte y Ren suelta una
carcajada suave.
—Ya veremos, abuelo, ya veremos. —Su tono es un poco
burlón, pero también tiene una nota de interés que no me
pasa desapercibida.
Lo siento caminar detrás de mí pero no me detengo hasta
que llego a mi auto, y lo noto poner una mano sobre la
manija de la puerta, no sé si para abrírmela o para que no
pueda irme sin responder a su pregunta.
—¿Qué días vienes a jugar con el abuelo? —pregunta y yo
lo miro a los ojos sin perder mi expresión tranquila.
—Supongo que tendrá que descubrirlo usted mismo, señor
Toshiro. —Le guiño un ojo antes de subirme al auto y
cerrar la puerta.
Y lo dejo ahí, parado junto a su abuelo, con la ligera curva
de una sonrisa en sus labios. Ren es un dominante natural,
está acostumbrado a que solo le presenten mujeres
sumisas o caprichosas, ninguna que alcance su madurez
mental. Así que entiendo que un poco de desafío en ese
mismo terreno que cree dominar es la mejor manera de
llegar a él.
¡Y también hay que reconocer que es terriblemente guapo!
Suspiro mientras conduzco de regreso a casa, pero a
medio camino me doy cuenta de algo: En dos días es el
cumpleaños de Verónica. ¿Cómo se me pudo olvidar? La
primera vez que celebramos juntas fue hace años, en uno
de esos cafés baratos donde vendían pasteles de chocolate
más duros que un ladrillo. Y en estos años tanto ha
cambiado, me ha apoyado tanto, que sin dudas merece
algo especial.
En el siguiente semáforo cambio de dirección. Voy hacia
una tienda exclusiva en la Plaza de Wall Street que
siempre quise visitar, pero nunca lo hice. Antes estaba
enfocada totalmente en hacer florecer esa familia que me
desechó, pero hoy estoy aquí.
Al entrar, el aroma de cuero caro y perfumes de alta gama
me envuelve. Todo aquí es perfecto, desde la iluminación
cálida que resalta los diamantes hasta la sonrisa
impecable de las vendedoras. Camino entre vitrinas llenas
de joyas deslumbrantes, buscando algo que sea digno de
Verónica, aunque para ser honesta no tengo un gran
presupuesto en este momento.
Mis ojos se detienen en un brazalete de oro blanco con un
delicado diseño de flores. Es perfecto. Simple, elegante,
pero con carácter, igual que ella. Y lo mejor de todo es que
puedo pagarlo.
Estoy a punto de llamar a una vendedora cuando escucho
una voz que no esperaba encontrar, y que de una vez me
dispara todos los malos instintos que he intentado
mantener bajo control.
—¿Regina? —ladra esa mujer a la que quiero matar con
mis propias manos y honestamente no sé si podré
controlarme—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo te atreves a
entrar a una tienda como esta?
Ese tono lleno de veneno y desprecio me congela en mi
lugar. Me giro lentamente y ahí está: Bonnie. Y no está
sola. A su lado, impecable y radiante como siempre, está
una mujer sofisticada y altanera a la que no me es para
nada difícil reconocer: Anabella. Su vestido entallado y su
cabello perfectamente peinado la hacen sentirse una diosa
nórdica en medio de los mortales, pero no existe actitud
que me pueda intimidar ya.
—Vaya, vaya, Bonnie. —Sonrío, dejando que mi tono sea
tan afilado como una navaja—. Qué sorpresa verte por
aquí.
Mi ex suegra frunce el ceño, pero antes de que pueda
responder, Anabella pone una mano sobre su brazo, como
si quisiera detenerla.
—Señora Finnigan, por favor. —Su voz es suave pero
arrastra esa veta despectiva de la que no puede
desprenderse—. Es de mal gusto despreciar a los más
necesitados. ¿No te das cuenta de la pulsera tan barata
que está eligiendo?
La manera en que lo dice, tan calmada, me irrita más que
si me hubiera insultado directamente.
—Necesitados, ¿eh? —Cruzo los brazos, sin dejar de
mirarla a los ojos—. No me sorprende escuchar eso
viniendo de ti, Anabella. —Ella arquea una ceja, pero no
responde—. ¡Pero de ti, Bonnie! Resulta que ahora yo soy
la necesitada, pero parece que se te olvidó que sin esta
herramienta... —señalo a mi cabeza con un dedo—, tú y
Devon seguirían siendo los muertos de hambre con ínfulas
de grandeza que eran cuando los conocí. —Mi sonrisa se
ensancha cuando veo cómo los ojos de Bonnie se abren
como platos—. Y por supuesto, en el escaño de los
interesados viniste a tropezarte con la señorita
Arrogancia, aquí presente.
—Regina... —comienza, pero no le doy tiempo a terminar.
—Muertos de hambre, esa es la definición —escupo
mirando a Anabella mientras la increpo—. ¿O acaso ya se
te olvidó por qué dejaste a Devon?
Bonnie da un solo paso hacia mí y levanta la mano para
golpearme, pero no soy la misma Regina de hace unos
días, ya no.
La detengo en el acto, agarrando su muñeca con fuerza y
tirando de ella hacia mí hasta que ahoga un grito.
—Inténtalo de nuevo y te juro que voy a ser lo último que
esa mano golpee antes de arrancártela ¿entendiste? —Le
suelto la mano y doy un paso atrás, mientras ella
trastabillea apoyándose en una vitrina exhibidora y me
mira con furia. Sin embargo el grito de Anabella
interrumpe nuestra confrontación.
—¡Seguridad! —alza la voz con una indignación teatral, y
una vendedora aparece casi de la nada, nerviosa, tratando
de calmar la situación. —¡Seguridad! ¡Quiero que echen a
esta mujer inmediatamente!
—Señora, por favor, no es necesario...
—¡Soy una clienta muy importante de esta tienda! —
declara Anabella con una mirada de superioridad que haría
temblar a cualquiera menos a mí—. ¡No pienso tolerar esta
clase de comportamiento en mi presencia! ¡Esta mujer nos
está faltando al respeto a mi suegra y a mí! ¡Exijo que la
saquen de la tienda, ya!

CAPÍTULO 19. Un instante para desatar a la bestia

No hay un alma alrededor que no parezca incómoda. Las


vendedoras de la tienda, y en especial el guardia de
seguridad que se acerca a mí de inmediato.
—No te atrevas a tocarme —le advierto con el tono más
gélido que puedo proyectar, y al parecer funciona porque
el guardia vacila.
Su mirada vaga desde Anabella hasta mí, como si esperara
una orden definitiva de parte de alguno de sus jefes, pero
las vendedoras no se pronuncian.
Ya no soy alguien a quien se pueda vapulear sin
consecuencias, aunque Anabella, con su habitual
arrogancia, no parece captar el mensaje.
—¡Es su trabajo hacer lo que le digo! —exclama ella,
señalándome como si fuera una cucaracha en su camino—
¡Sáquela ahora mismo!
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —le pregunto
y veo que aprieta los puños con impotencia—. ¿De verdad
crees que te estás ganando un premio con Devon y la
serpiente rastrera esta? Bueno, déjame felicitarte: te
llevas un inútil tramposo, y no puedo esperar a que te
desplume de toda tu fortuna, porque créeme, la gente
sucia como él no cambia, y ahí te veré llegar.
—¡Cállate! —grita Bonnie furiosa cuando Anabella se pone
rígida, y su sonrisa forzada deja ver lo frágil de su
máscara.
Pero antes de que pueda intentar otra estúpida agresión,
un hombre de traje impecable aparece,
interrumpiéndonos con una presencia tan elegante como
autoritaria. A todas luces es el gerente y Anabella, por
supuesto, no pierde tiempo.
—¡Gracias a Dios! —exclama con un suspiro dramático,
dirigiéndose a él como si acabara de salvarla—. ¡Esta
mujer está causando problemas, intentó agredirnos a mi
suegra y a mí! ¡Yo soy una clienta habitual de esta tienda,
siempre compro las mejores joyas! ¡Así que exijo que la
saquen de inmediato! ¡No debe ser difícil teniendo en
cuenta que solo va a comprar una baratija! —escupe
señalando la pulsera que estaba mirando.
El gerente se ajusta las mangas de su chaqueta con calma
y le dedica a Anabella una sonrisa educada y amable.
—Entiendo su preocupación, señora Thorne —responde,
inclinando ligeramente la cabeza—. Sin embargo....
Hace una pausa estratégica que parece desconcertar a
Anabella—. Me temo que en este momento tenemos un
cliente mucho más especial en la tienda.
—¿Más especial? —Anabella repite sus palabras como si le
hubiera insultado personalmente.
—Sí —continúa el gerente con una cortesía impenetrable—
. Este cliente ha solicitado que la tienda esté
exclusivamente a su disposición, por lo que, según nuestra
política, todos los demás deben abandonar el
establecimiento.
Las palabras caen como un martillo en medio de la
reunión, y la verdad es que a mí no me importa, solo
pagaré lo que vine a buscar, pero me da gusto ver que la
mandíbula de Anabella se abre y cierra sin emitir ningún
sonido, mientras Bonnie bufa su ofensa, visiblemente
incómoda.
—¿Me está pidiendo que me vaya? —pregunta finalmente
Anabella con un chillido.
—Así es, señora. —El gerente mantiene su postura
profesional, como si estuviera acostumbrado a lidiar con
clientes
difíciles, y yo sonrío pasando junto a estas dos arpías.
—Bueno... parece que no eres tan “especial” como crees,
querida —siseo pero no doy ni dos pasos cuando el gerente
me detiene.
—¡Señora...! Usted puede quedarse.
Anabella, que todavía está luchando por aceptar la
situación, se congela al escuchar eso, y se da la vuelta con
los ojos como platos, incapaz de contenerse.
—¿Qué? ¿Por qué ella puede quedarse?
Pero el hombre simplemente sonríe y no ofrece ninguna
explicación.
—Es política de la casa —responde con calma y por un
momento creo que Anabella va a gritar, pero finalmente
se gira con un bufido indignado y sale de la tienda,
arrastrando a Bonnie con ella.
Cuando la puerta se cierra detrás de ellas, siento una
pequeña satisfacción burbujeando en mi interior, aunque
ni yo misma entiendo qué está pasando.
El gerente desaparece seguido de las vendedoras y el
guardia, y yo me acerco nuevamente al exhibidor donde
está el brazalete que había estado mirando. De verdad es
de los menos costosos aquí, pero ahora mismo no puedo
permitirme nada demasiado caro. Cada centavo que tengo
ha ido a inversión e incluso Ruby me está prestando su
coche para poder moverme.
—Bonita elección —dice una voz masculina, ronca y
cargada de una intensidad que hace que mi espalda se
tense de inmediato.
Antes de que pueda reaccionar, dos manos se apoyan en
el cristal frente a cada lado de mi cuerpo, bloqueando
cualquier escape, y no necesito darme la vuelta para saber
quién es.
—¿Esto es lo que piensas comprar con mi dinero? —
pregunta inclinándose lo suficiente para que pueda sentir
su aliento en mi cuello y yo cierro los ojos, intentando
mantener la calma mientras mi cuerpo reacciona
involuntariamente a su cercanía.
Mi piel se eriza hasta la médula cuando besa mi nuca y sé
que lo disfruta porque... bueno, así es él.
—Si fuera a comprar joyas con tu dinero, definitivamente
podría comprar algo más caro —replico apoyando mis
manos junto a las suyas y el simple roce hace que cada
recuerdo despierte dentro de mí.
Viggo sonríe, pero es una sonrisa peligrosa, como la de un
depredador que acaba de recuperar el rastro de una presa.
—Podrías haberme dicho lo que querías.
Una de sus manos sube a apartar mi cabello y siento la
forma suave y posesiva en que muerde mi oreja, y hay
algo tan oscuro en él que mi excitación se dispara en un
segundo.
—¿Qué te hace pensar que alguna vez serás capaz de
adivinar lo que quiero? —lo reto y me da la vuelta
bruscamente, listo para pegarme a su cuerpo y desatar a
la bestia, pero de pronto su mano se extiende rápidamente
y me atrapa por la muñeca, sujetándome con una fuerza
controlada.
—¿Qué haces? —pregunto sin comprender por qué me
examina detenidamente. Su mirada se detiene en mi
rostro y se endurece al notar algo.
—¿Qué es esto? —pregunta mientras sus dedos rozan mi
labio inferior, donde una pequeña herida aún está
cicatrizando; y mi primer instinto es apartarme, pero él
me sostiene la cara con un gesto firme, sin darme opción—
. ¡¿Quién te hizo esto?! —gruñe con una rabia que
sorprende—. ¡¿Quién!?

CAPÍTULO 20. Reina

Viggo me mira con esa intensidad suya que a veces parece


atravesarme. Siento su aliento cálido sobre mi piel cuando
señala la pequeña herida en mi labio y parece que está a
punto de romper algo.
—¡Te hice una maldita pregunta! ¡¿Quién fue?! —pregunta
de nuevo, como si hubieran tocado algo suyo que nadie
más puede tocar.
Siento sus dedos sujetando mis mejillas y entiendo que
cada uno de los "reyes" tiene algo que le viene de fábrica:
Christian es naturalmente protector, Ren es naturalmente
competitivo, y Viggo es naturalmente foll... posesivo,
dejémoslo en posesivo.
Lo miro directamente a los ojos y le respondo sin titubear.
—Me lo hice yo misma, hace pocos días.
Su expresión cambia de inmediato. Por un instante parece
confundido, como si mis palabras no tuvieran sentido,
pero entonces su ceño se relaja y su sonrisa torcida
aparece.
—¿Tú misma? —repite, como si estuviera saboreando las
palabras—. ¿Y por qué harías algo así?
—Porque a veces, para hacer sangrar a otros, tienes que
estar dispuesta primero a sangrar tú mismo —le digo con
calma, sintiendo cómo esos dedos que antes apretaban
ahora se suavizan para acariciar.
Viggo se ríe, una risa baja, casi silenciosa, pero que vibra
con una mezcla de admiración y algo más oscuro. ¿Qué es
eso que estoy viendo?
—¿Y a quién hiciste sangrar? Juro que me encantaría
saberlo.
—Al cabrón que trató de violarme la noche que me
conociste. —Lo digo con frialdad, como si fuera lo más
normal del mundo y él se detiene por un segundo. Luego
su sonrisa se amplía, como si estuviera... ¿orgulloso de
mí? ¿Eso es?
Es un pensamiento extraño, pero ahí está esa mirada
suya, cargada de aprobación mientras da un paso atrás y
se separa de mí.
—Eso sí que es interesante —murmura metiéndose las
manos hechas puños en los bolsillos, no sé si porque el
recuerdo le molesta o porque si me las sigue poniendo
encima la tienda va a quedar en muy mal estado—. La
mayoría de la gente escupe su rabia diciendo lo que quiere
hacer, pero casi nadie lo hace.
Suspira con una sonrisa descarada y oscura, y pasea
frente a los exhibidores que, me acabo de dar cuenta,
dejaron todos abiertos para él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto, intentando
recuperar el control de la conversación—. ¿Eres el cliente
especial?
Lo observo caminar lentamente, con una postura relajada
mientras se lleva una mano a la barba reciente. Cada uno
de sus movimientos parece calculado, medido, perfecto.
—¿Mandaste a cerrar toda la tienda solo para comprar? —
le pregunto, cruzándome de brazos y él se gira hacia mí,
con esa expresión que parece decirme que sabe algo que
yo no.
—Vine a buscar un nuevo diamante —comenta y estoy
segura de que disfruta la forma en que mis pupilas se
dilatan y mi respiración se detiene por un segundo—.
Comprenderás que para eso hace falta... privacidad.
Paso saliva sin poder evitarlo y el condenado se humedece
el labio inferior con la lengua. Viggo tiene esa habilidad de
hacer que todo parezca un juego, pero nunca es un juego
simple. Siempre hay algo más, algo que no muestra hasta
el momento justo.
De repente se detiene frente a uno de los mostradores y
pasa la mano por el cristal, como si estuviera evaluando
las joyas que hay dentro.
—Por cierto —dice, sin mirarme—. No aprecié que tomaras
dinero de mi caja fuerte.
Mi corazón da un pequeño salto, pero no dejo que se note.
—Te dejé algo a cambio, ¿no? —respondo con tono
tranquilo.
—"Tu corazón". Lo recuerdo. —Se queda en silencio por
un momento, y luego añade—. Sentimental y lindo pero
no es mi estilo.
—Bueno, tenía que asegurar una forma de querer volver
a ti —lo provoco y veo cómo aprieta los labios porque el
mensaje es claro: él no fue suficiente para querer repetir.
Pero si creo que estoy lastimando su ego, pronto me doy
cuenta de que me equivoco, porque lo único que veo en
sus ojos es una curiosidad aterradora.
—¿Por qué le llamas "tu corazón"? ¿De quién era? —me
increpa acercándose y por un momento me toca la fibra.
—De mi madre, ella me lo regaló —admito porque es un
poco difícil mostrarle una máscara de poder a un hombre
que ya me vio completamente rota—. Y lo voy a recuperar
cuando pueda devolverte tu dinero multiplicado, como
prometí.
—Ahora estoy interesado —confiesa y sus dedos acarician
mi barbilla—. ¿Y qué significa la "R"?
—Es mi nombre —contesto y espera, tenso, expectante,
espera a que vuelva a despegar los labios—: Regina... —
susurro y por un segundo cierra los ojos, como si lo
saboreara mentalmente.
—Regina —repite, y luego un gruñido delicioso se le
escapa—. Reina, nunca mejor dicho... Yo soy...
—Viggo Massari —lo interrumpo y niego con sinceridad—.
No tuve idea hasta que te vi en el club.
—Y escapaste de mí —me acusa—. No lo hagas de nuevo.
Las reinas sangran y luchan... pero no escapan.
Da un paso a un costado y abre completamente un
mostrador con un movimiento fluido, retirando toda la caja
de cristal de encima y dejando expuestas más de una
docena de joyas carísimas, probablemente las más
costosas de la tienda. Luego saca una gargantilla ancha,
engarzada en diamantes de más de cuatro quilates y la
pone frente a mí.
—Esto... esto sí es para una reina —dice mientras la coloca
suavemente alrededor de mi cuello. Siento el frío del metal
contra mi piel, pero su cercanía lo hace aún más intenso y
cuando tira de la cadena trasera mi respiración se corta
contra su boca.
Me besa. Me besa como si quisiera sacarme el alma, pero
no puedo hacer nada. Una de sus manos domina mi cuello,
la otra mi cadera y detrás de mí está el condenado
mostrador lleno de joyas.
—¿Qué estás haciendo? —digo, intentando moverme, pero
su fuerza me mantiene en mi lugar.
Él no responde de inmediato. En cambio, desliza sus
manos hacia abajo, sujetando el borde de mi vestido y
subiéndolo poco a poco mientras su lengua se hunde en
mi boca. Siento cómo tira de la tela, rompiendo mis bragas
con un solo gesto, y su aliento cálido roza mi cuello.
Un segundo después sus manos suben mis muslos en un
único y brusco movimiento y me sienta en el maldito
mostrador, encima de media docena de joyas llenas de
diamantes.
—¡Maldición! —grito cuando siento que me pinchan hasta
el alma, y me aguanto el gruñido de dolor cuando él me
arrastra hasta el borde con todo eso debajo de mí.
—Ya sabes cómo funciona esto, Regina —murmura contra
mi boca con ese tono oscuro y cargado de algo que me
estremece—. Lo que sigue... te va a doler.

CAPÍTULO 21. Un collar de dominación

Los hombres normales con fetiches ponen una correa de


cuero alrededor del cuello de una mujer, pero Viggo
Massari definitivamente no es un hombre normal. Lo que
hay alrededor de mi cuello es una gargantilla de diamantes
que debe valer literalmente millones de dólares y aun así
él tira de ella para someterme como si romperla solo fuera
otra de las partes divertidas del proceso.
—¿Te volviste loco? ¡Esto debe estar lleno de cámaras! —
jadeo y él me calla con uno de esos besos que me roban
el aire.
—Hace diez minutos que no hay cámaras, ni sensores, ni
un maldito fantasma en este lugar —me avisa—. Porque
el único hombre que puede escuchar cómo gritas soy yo.
¿Entendido?
Me jala más cerca del borde y las joyas debajo de mí se
me clavan en las nalgas. Duele, y al mismo tiempo la
sensación es demasiado excitante. Siento sus manos
delineando el borde superior del vestido y luego lo baja
despacio, siguiéndolo con su boca, besando, lamiendo,
hasta que aparta el brasier y chupa uno de mis pechos
lentamente.
—Ya sabes que no me gusta que maldigas… no puedo
dejar pasar eso ¿entendido? Así que susúrramelo, nena.
Quiero saber que todavía te acuerdas.
Paso saliva porque su aliento me castiga la piel, pero sé
que no puedo escapar de esto de ninguna manera.
—Lenguaje... —susurro antes de sentir sus dientes
cerrándose sobre uno de mis pezones y haciéndome
gritar. Es brusco, tosco, animal... pero así es él.
Sus manos sujetan las mías y las llevan a mi espalda,
atándolas con las bragas que me acaba de romper
mientras el brasier, todavía atado y la parte superior de
mi vestido enrollada hacia abajo hacen el resto del trabajo
para inmovilizarme y dejar mi cuerpo arqueado hacia él,
como si mis pechos se ofrecieran.
—No se escapa de mí —me advierte mientras me acaricia
con un poco de posesividad, otro de deseo y demasiada
fuerza.
Su presencia lo ocupa todo: el aire, el espacio, mi mente.
Su mirada es una mezcla de desafío y algo que no puedo
descifrar del todo, pero que me enciende.
—La próxima vez que vuelvas a escapar, Regina —
murmura con una voz ronca que es casi un ronroneo, pero
que no deja de ser amenazante—, el castigo será mucho
peor que este. ¿Lo entiendes?
Lo miro, con el corazón latiendo tan fuerte que estoy
segura de que puede escucharlo.
—¿Crees que tengo miedo? —pregunto, aunque no sé si
quiero escuchar su respuesta.
—No es tu miedo lo que estoy buscando. —Su sonrisa es
arrogante, pero hay algo más detrás de ella. Algo oscuro,
peligroso y... tentador.
Se inclina hacia mí, su rostro está a centímetros del mío,
y siento su respiración contra mi piel. Lo veo dar un paso
hacia atrás y abrirse el cinturón despacio, como si me lo
estuviera anunciando y tiene razón, sé lo que viene y sé
que va a doler, pero también sé que es lo que quiero. Sus
manos buscan la parte posterior de mis rodillas las sube
con fuerza hasta su cintura, haciendo que las joyas debajo
de mi trasero me castiguen. Mi cuerpo ya no está bajo mi
control, mi boca, tampoco, grito, jadeo mi respiración se
vuelve errática y miro entre los dos, a la forma lenta en
que saca su miembro y lo acaricia despacio.
Antes de que pueda decir nada, su boca se encuentra con
la mía. El beso no es suave ni delicado; es un choque de
voluntades, una lucha por el control. Mis manos se cierran
en puños y él se pega a mí, la sensación de su erección
contra mi sexo me hace estremecer, me humedece en un
segundo, me hace olvidar todo lo demás.
—No puedes dominarme — siseo despacio y él tira de la
gargantilla para pegarme a su pecho mientras la bestia del
diamante busca mi entrada.
—¡Eso esté por verse! —gruñe y sus dedos se cierran
sobre mi cabello mientras me penetra de una vez.
—¡Dios! —grito cuando el dolor me atraviesa y juro que
puedo sentir el maldito diamante rozando en mi interior,
rasgando, mientras su miembro se abre camino como un
ariete.
—¡Mucho mejor! —espeta en mi oído mientras yo intento
recuperar la respiración y solo siento cómo una de sus
manos baja, pasando el antebrazo bajo mi rodilla y yo
niego.
—No... no, por favor espera... Viggo... ¡Aaaaaaaah!
La segunda embestida es brutal. Mi boca se abre con un
grito mientras echo atrás la cabeza y encajo el dolor, el
placer, la brutalidad de este hombre que sonríe contra mi
boca y embiste de nuevo. Se traga mis gritos y embiste
de nuevo. Lo siento entrar tan hondo que me rompe. Tan
fuerte que el mostrador tiembla. Tan rápido que las joyas
hacen pequeños surcos rojos en mis nalgas,
torturándome.
—¡Grita! —sisea sobre mis labios mientras el ritmo se
vuelve violento y frenético. Ni siquiera me puedo mover,
solo sentir todo, solo dejarlo adueñarse de mi cuerpo y de
mi voluntad mientras cada empuje es un latigazo de placer
directo a mi cerebro—. ¡Grita! —me ordena y mi garganta
obedece.
Grito porque mi sexo tiembla y se contrae, tragándoselo
con cada embestida. Grito porque me gusta. Grito porque
me duele. Grito porque el choque es húmedo, terrible,
delicioso, el roce es insoportable, su miembro me abre,
me golpea, me desarma.
Grito y su lengua domina la mía mientras me penetra
como si su vida dependiera de ello.
—Aguántalo, nena, tienes que aguantar... tú puedes,
enséñame que puedes... — jadea y siento cómo su cuerpo
se tensa contra el mío.
Sus dedos son garras sobre mi cuerpo, mis pechos rozan
contra su camisa, mis pezones están sensibles y duros y
mi clítoris late como un corazón adicional.
—Quiero que te corras, ¡ya! —escupe entre dientes
sujetando mi cabello con fuerza para obligarme a mirarlo
y grito, no quiero, de verdad no quiero pero...
—Viggo... —gimo mientras me atraviesa el orgasmo más
violento de mi vida y siento cómo todo mi cuerpo se
amolda al suyo.
Escucho ese rugido gutural con que se corre y un segundo
después mi cuerpo se desploma contra él. Escucho su
corazón acelerado y siento el gesto suave y delicado con
que me levanta en brazos y me lleva a uno de los divanes
de la joyería. Ni siquiera quiero ver lo que quedó atrás,
solo sé que por un buen tiempo tendré la marca de
millones de dólares en mi trasero.

CAPÍTULO 22. Dinero por dinero

Estoy recostada en el diván de la joyería, con la respiración


aún desacompasada y los pensamientos y el cabello
revueltos. El frío de los diamantes sobre los que estuve
hace unos minutos todavía parece adherirse a mi piel, pero
antes de que pueda hacer algo al respecto, una gabardina
aterriza sobre mi cuerpo.
—A este paso, terminaré con un guardarropa entero a
costa tuya —comento mientras abro los ojos y la sonrisa
descarada de Viggo es lo primero que me recibe.
Está agachado frente a mí, escrutando cada inflexión en
mi rostro mientras apoya los codos en el diván con una
expresión que no alcanzo a descifrar del todo.
—No me quejaría —responde—. Aunque creo que prefiero
verte sin ropa.
Ruedo los ojos, pero no replico. Necesito unos minutos
para recuperarme, solo unos, y luego me iré.
—¿Cómo has estado? —pregunta de repente, con una
seriedad y un interés que no esperaba, y lo miro de reojo,
sentándome y dejando caer la cabeza contra el respaldo
del diván.
—Bien... supongo —murmuro porque a él no puedo
mentirle—. Preparando el campo de batalla.
Mi mandíbula se tensa sin que pueda evitarlo y sé que él
lo nota. Él nota todo siempre.
—Las dos mujeres con las que estabas discutiendo antes...
—dice en tono casual, pero su mirada se clava en mí con
una intensidad calculada—. Estaba demasiado lejos como
para escuchar la conversación, pero parecías lista para
despedazarlas.
Cierro los ojos por un segundo, tratando de disipar el
escozor en mi pecho, pero los dos sabemos que el dolor
no se irá de ahí, no todavía.
—Son solo parte de la gente a la que haré sangrar—
sentencio entre dientes y Viggo solo hace un gesto leve de
afirmación, como si esa fuera la respuesta más normal del
mundo.
—Bien.
—¿Algún consejo que quieras darme? —pregunto con
suspicacia y él se encoge de hombros.
—Nunca golpees a un enemigo caído... siempre que no
pueda levantarse.
Suelto una risa baja porque no hay ni que decirlo: este
condenado sí que sabe cómo jugar sucio. A veces creo que
Viggo es la única persona que realmente entiende lo que
estoy haciendo, y eso, por alguna razón, me inquieta.
Respiro hondo y espero a que mis piernas dejen de
temblar antes de incorporarme. Me llevo las manos al
cuello para quitarme la gargantilla, pero antes de que
pueda hacerlo, él me detiene.
—Quédate con ella —me dice sujetando mi mano—. Te
queda bien.
Mis dedos se detienen sobre los diamantes y miro a Viggo
a los ojos antes de decir lo que realmente siento en este
momento.
—La última vez que un hombre me regaló una joya, creyó
que eso le daba derecho a destruirme —murmuro y no
necesito decir más. Los dos sabemos que hablo de mi
alianza de bodas, esa que faltaba en mi dedo la primera
noche cuando nos conocimos.
El silencio se alarga. Viggo me observa con una expresión
inescrutable mientras me quito la costosa gargantilla y la
pongo en su mano. En lugar de aceptar esto, regreso al
mostrador y tomo la pulsera que había elegido antes.
—No se parece a ti —murmura pensativo.
—Porque no es para mí.
—¿Para quién es? —pregunta con curiosidad y no me
molesta contestarle.
—Para una amiga. Su cumpleaños es en unos días, ha sido
mi mayor apoyo en todo esto —digo, acariciando el
delicado diseño con la yema de los dedos—. No es gran
cosa, pero por ahora, es lo único que puedo regalarle.
Todo mi dinero... y el tuyo, está destinado ahora a algo
más importante.
—Venganza —deduce sin necesidad de que lo diga.
Le hago un gesto suave de afirmación y veo que se acerca
a uno de los mostradores y saca otra pulsera, más fina y
costosa.
—Llévale esta. Corre por mi cuenta.
—No.
La negativa sale de mis labios sin siquiera pensarlo y él
alza una ceja, contrariado. Es evidente que no está
acostumbrado a que le nieguen nada, mucho menos a que
una mujer le rechace una joya o un regalo.
—No está mal aceptar la amabilidad de otros, Regina —
dice con tono neutro, pero puedo adivinar el espíritu
dominante en contención detrás de cada palabra—. A fin
de cuentas, ya me has devuelto mucho por muy poco.
Sin embargo a mis labios aflora una sonrisa pequeña y
aprieto su antebrazo mientras niego.
—Te devolveré hasta el último centavo que tomé de tu
caja fuerte. Dinero por dinero —le digo mirándolo a los
ojos—. Pero el resto... esto... esto es otra cosa.
—¿Qué? —pregunta acercándose a mí, pero no puedo
contestarle. No sé qué es esto, no tengo una respuesta
clara, y algo en sus ojos me dice que él lo nota—. No lo
sabes, ¿verdad?
No respondo, y Viggo deja escapar una risa baja y seca,
como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta de repente y yo niego.
—Incluso si la necesitara, no te lo diría —respondo sin
dudar—. Esta es mi batalla. Solo mía.
Él me estudia por un momento antes de dar un paso atrás
y alzar las manos en señal de rendición.
—De acuerdo, guerrera. Pero asegúrate de tomar fotos a
la sangre. Estoy seguro de que querré verla la próxima vez
—me azuza y siento que el aire vuelve a entrar en mis
pulmones con normalidad.
Ajusto la chaqueta sobre mis hombros y me giro hacia la
entrada de la tienda.
—Será mejor que me vaya. Pasaré a pagar. ¿De acuerdo?
Los dos caminamos hacia la única caja de pago de la
joyería y un minuto después aparece el gerente. Pago la
pulsera y él mismo comienza a envolverla con precisión
meticulosa.
Mientras espero a que termine, Viggo se acerca de nuevo
y siento que su presencia me envuelve.
—Dame una forma de contactarte —casi ordena y mi
respuesta es clara y simple.
—No.
—Regina...
Me giro y lo miro a los ojos.
—Te buscaré cuando pueda, cuando esté lista, cuando el
campo de batalla me sature...
Su mandíbula se tensa, y por primera vez en toda la noche
parece genuinamente sorprendido. Pero esa sorpresa dura
solo un segundo antes de que su sonrisa se ensanche,
oscura y peligrosa.
—Sabes lo que significa tratar de escapar de mí ¿verdad?
—pregunta y no puedo evitar sonreírle de vuelta mientras
camino hacia la puerta de la tienda.
—Sí... Y no puedo esperar a mi próximo castigo.
CAPÍTULO 23. Una oportunidad de oro

Cuando llego al departamento de Vero y lo primero que


hago es ir directo a mi habitación para guardar la caja con
la pulsera de su cumpleaños en el cajón de mi tocador. Sé
que va a gustarle, y además me tomaré ese día para estar
con ella, no le gusta mucho celebrar su cumpleaños pero
Ruby y yo tratamos de hacérselo especial cada año.
Suspiro mientras me meto al baño y paso las manos por
mi cuello, como si todavía pudiera sentir el roce de la
gargantilla sobre mi piel. Aprieto los labios y dejo que el
agua caliente de la ducha me lave el olor de Viggo y… todo
lo demás. No puedo negar que me estremece hasta el más
mínimo recuerdo de lo que me ha hecho, pero tampoco
puedo ponerme sentimental. Esta es mi guerra al fin y al
cabo, no puedo permitir que una de mis piezas me ate el
corazón... por muy buena pieza que sea.
Salgo del baño a enfundarme en un pijama y mis amigas
me están esperando afuera con una copa de vino y mil
preguntas.
—¿Qué tal el trabajo hoy?
—¿Conociste al señor de las espadas? —ríe Ruby.
—¿Averiguaste algo que puedas usar ya contra Devon?
—¿Por qué no estás caminando derecha?
—Regina, pero ¿te sientas o qué? —Esa última pregunta
de Verónica hace que me quede paralizada y mis amigas
se inclinan hacia adelante, mirándome con curiosidad.
Tengo cara de culpable, eso es evidente, así que Ruby
palmea un par de veces en el sofá y yo niego.
—Bueno... ahora lo que se dice ahora... no me puedo
sentar —confieso y Vero salta de su sitio, levantando ese
dedo acusador.
—¡Lo sabía! ¿Qué fue lo que hiciste? —pregunta
sentándose con los pies bajo su cuerpo como si fuéramos
adolescentes a punto de compartir un chisme.
—¡Pues qué hizo es obvio! —replica Ruby torciéndole los
ojos—. La cosa es ¿qué le pasó a tu trasero que no te
puedes sentar, Regina?
Hago un puchero y me bajo un cachetero del pijama,
enseñado una nalguita, y Vero achica los ojos.
—Pero ese hombre ¿con qué te nalgueó?
—No me nalgueó, son marcas de diamantes, porque el
animal me sentó encima de un exhibidor en una joyería —
respondo y Ruby se deja caer en el sofá con un suspiro
dramático.
—Joder, y yo que la única marca que tengo en el trasero
es el elástico del calzón —exclama y Vero le tira una
pantufla muerta de risa.
—Bueno, pues acuéstate con el culo en pompa, pero
cuenta, que queremos saberlo todo —me advierte y yo me
acuesto sobre mi estómago en uno de los sofás antes de
relatarles mi día, aunque por supuesto evito decirles que
me encontré con las víboras de Bonnie y Anabella. Lo que
menos necesito en este momento es que Ruby se
descontrole y les incendie los coches, ya habrá tiempo
para eso.
—Hoy conocí a Ren... —murmuro y la plática se extiende
más allá de la medianoche, así que a la mañana siguiente
estoy tan trasnochada y torpe como se supone que debe
ser la asistente de Christian.
Sin embargo cuando llego a su oficina, lo encuentro de un
humor inusualmente bueno.
—¿A qué se debe la alegría, jefecito? —pregunto, dejando
sobre su escritorio su agenda de las próximas horas—.
¿Compró una regla nueva?
—Todo lo contrario. Digamos solo que hoy es un buen día
para ganar dinero —responde con una sonrisa misteriosa.
Levanto una ceja, pero no pregunto más.
En lugar de eso, me acerco a la cafetera y le preparo su
café yo misma.
—¡Aquí tiene! ¡Cafecito para el entusiasmo! —exclamo
entrando con una bandeja en las manos, pero apenas me
ve, Christian se levanta de su asiento como un resorte, y
se marcha al otro lado de la habitación.
—¡Ash, jefe! Solo le falta comprarse un escudo —protesto
y él me hace un gesto de confirmación.
—¡Esa es una idea interesante, en especial porque tú con
algo caliente en las manos eres algo así como un arma de
destrucción masiva! —asegura y no vuelve a su escritorio
hasta que la bandeja está perfectamente colocada en la
mesa.
—Bueno, cuénteme qué tan bueno es el día —le digo
mientras él se acerca y le da un sorbo a su taza de café—
. ¿Suficiente como para subirme el sueldo?
—Definitivamente —sentencia Christian— Los negocios
serán fantásticos y te subiré el sueldo.
Mis ojos se abren con sorpresa, porque él no tiene cara de
ser de los que no cumplen sus promesas, así que aquí debe
estar pasando algo muy fuerte para que Christian esté tan
contento.
—¿De verdad? ¿Consiguió un negocio importante o algo
así? —lo increpo como si solo le estuviera haciendo
conversación.
—¡Mucho mejor que eso! —Christian deja la taza sobre su
escritorio y se recarga en la silla con una expresión
satisfecha—. Mi equipo de analistas descartó las acciones
de una pequeña empresa porque la ley de energía limpia
aún no ha sido aprobada. Pero hoy en la tarde se hará el
anuncio oficial. Y esas acciones que solo bajan por hora,
van a tener un crecimiento exponencial.
—Wow... —exclamo como si me estuviera hablando en
chino aunque lo único que quiero realmente es echarle el
guante a esos papeles. Pero antes hay algo que me
preocupa—. Jefe, ¿y usted cómo sabe que la ley sí será
aprobada?
Christian sonríe con suficiencia.
—Tengo un pajarito que me cuenta todo... por la suma
correcta de dinero.
Me quedo en silencio, analizando la información y me
encojo de hombros dándole el peor consejo posible, como
si no supiera de lo que hablo.
—Entonces, debería comprar esas acciones ahora ¿no? —
le digo y él niega con la cabeza.
—No. Debemos esperar el momento exacto: un par de
minutos antes del anuncio oficial, o de lo contrario
levantaremos sospechas —me explica y extiende el
expediente hacia mí con la orden de compra—. Ahora,
necesito que lleves estos documentos al equipo de
operaciones financieras, por favor —me dice y yo le hago
un gesto afirmativo, tomando la carpeta y saliendo de su
oficina.
Camino con calma por el pasillo, pero en cuanto paso junto
al baño, hago un pequeño desvío. Entro, cierro la puerta
y saco mi teléfono.
Abro la carpeta, busco la información relevante y le tomo
fotos.
Solo necesito unos minutos, pero al final Verónica tenía
razón: Christian St Jhon es un hombre hábil, calculador, y
que solo juega para ganar. Él mismo acaba de ponerme
en bandeja una oportunidad de oro... y no pienso
desaprovecharla.

CAPÍTULO 24. Maestro de espadas

El día pasa rápido, lleno de reuniones, y cuando me


despido en la tarde para irme a casa, Christian todavía
tiene el mismo entusiasmo de la mañana. Es evidente que
está listo para comerse el mundo, pero al día siguiente en
cuando llego a la oficina, lo primero que noto es que está
de un humor de perros.
Su expresión está tensa, los nudillos de una de sus manos
golpean rítmicamente el escritorio, y su café, que siempre
bebe caliente, sigue intacto.
—¿Qué fue lo que hice? —pregunto acercándome mientras
me ajusto los lentes de pasta gruesa y en cuanto levanta
los ojos hacia mí, su mirada se suaviza.
—No tiene nada que ver contigo, te lo aseguro —suspira
como si quisiera convencerme de que mi torpeza no es la
causa de que esté así—. Alguien nos ganó el negocio.
Mis ojos se abren como platos y si hubiera moscas
definitivamente entrarían en mi boca.
—¿El de las acciones de energía limpia? ¡No puede ser!
¡Estoy segura de que entregué los papeles! ¡Ay Jesús! ¿Sí
los entregué, verdad...?
—Sí, sí los entregaste, no fue eso lo que pasó... —rezonga
y aprieta la mandíbula antes de seguir—. Solo que alguien
compró las acciones cinco minutos antes del anuncio.
—Vaya... —murmuro, llevándome una mano a la boca
como si estuviera sorprendida—. Eso suena como si su
pajarito estuviera cantando para un público más grande.
Y esta es la cuestión: sea como sea que haya obtenido la
información, sigue siendo información privilegiada que le
habría dado una ventaja, así que no importa cuánto ruja
este león, jamás podrá admitir públicamente que perdió el
negocio o la gente se daría cuenta de lo bueno que es
haciendo trampas.
Christian resopla y se recarga en su silla.
—Es posible, sé que no soy el único interesado en esas
acciones. Te apuesto lo que quieras a que las adquirió
Colosso. ¡Condenado Massari, no puede ser que él pague
mejor que yo! —exclama acercándose a mí.
—Eso, o tiene una fuga de información en su equipo —digo
como si estuviera contando el último chisme de mi edificio,
y de repente, sin que lo espere, siento esa mano suya que
se posa sobre mi cabeza y me acaricia el cabello como si
fuera una niña chiquita.
—Pues si tengo un soplón más vale que lo descubra
pronto. ¿Tú puedes ayudarme? —pregunta con una
sonrisa deslumbrante y por un segundo la buena persona
dentro de mí se estremece, pero definitivamente la callo.
—Regina Sand, ¡espía a su servicio, señor! —respondo
llevándome una mano a la frente a modo de saludo militar
mientras con la otra me ajusto una y otra vez los lentes
que todo el tiempo se me caen. Pero luego me inclino hacia
adelante con expresión preocupada— Señor St. Jhon... lo
de ayer... ¿significa que perdió mucho?
Christian me observa con una media sonrisa y luego se
encoge de hombros con fastidio.
—No exactamente. Solo dejé de ganar una pequeña
fortuna.
Me río entre dientes.
—Pobrecito —digo y él me mira con expresión acusatoria
antes de apretar una de mis mejillas entre sus dedos.
—¡Exacto, pobrecito, ahora ve y tráeme un café para que
se me pase! Esas condenadas acciones están disparadas.
En cuarenta y ocho horas valdrán cuarenta veces su precio
de compra y yo tengo que quedarme viéndolo desde
afuera como si estuviera viendo a mi novia besarse con
otro y tuviera que aguantarlo.
—¡Uy, es un cornudo profesional! ¡Nunca lo había visto así,
debe dolerle!
—¡El café! —me grita él y yo voy tropezando hasta la
puerta mientras lo escucho reír detrás de mí, rezongando.
Le preparo su veneno favorito y por supuesto que él se
queda al otro lado de la habitación otra vez hasta que la
taza está segura en la mesa.
—¿Algo más que pueda hacer para animarlo? —pregunto
y él niega.
—No te preocupes. De todas formas tengo otro gran
negocio planeado.
Asiento, me alegro por él, aseguro que encontraré al
pajarito soplón, y me voy a mi escritorio aferrándome a
este personaje; pero en mi mente ya estoy maquinando.
Si este gran negocio es la fusión con TradeLink, tengo que
averiguarlo lo más pronto posible.
Salgo de la oficina cerca de las cinco de la tarde y decido
ir a ver al abuelo Kaizen. Esto es un poco agotador, pero
no puedo dejar que las cosas se enfríen en ninguna parte
de mi tablero, y además me agrada ese viejito. Es astuto
y tiene una forma de mirar el mundo que hace sentirme
bien siendo una estratega.
Sin embargo, en cuanto llego al parque cuatro hombres
me rodean.
No son matones cualquiera. Sus trajes oscuros son
impecables y su postura, rígida pero controlada, grita
"entrenamiento". Guardaespaldas.
—Señorita Regina, por favor, acompáñenos.
El hombre que habla es alto, de rasgos asiáticos y mirada
impenetrable.
—Tendrá que darme una mejor excusa —siseo en
respuesta, porque aunque me imagino de parte de quién
vienen, necesito que me lo confirmen.
—El señor Toshiro solicita su presencia.
Toshiro. Analizo la situación rápidamente, y la única
pregunta que queda es: ¿cuál fue el Toshiro que mandó
por mí?
—Muy bien —accedo—. Los acompañaré.
El hombre me hace un gesto cortés para que lo siga y
luego abre la puerta de una camioneta negra con vidrios
polarizados. Avanzamos entre el tráfico y, si todavía
tuviera capacidad de asombro, diría que cuando llegamos
la propiedad me roba el aliento... pero la verdad es que el
lujo no es algo que me estremezca.
La mansión es enorme, con una elegancia sobria y natural;
y el abuelo Kaizen me espera en uno de los jardines, con
una expresión tranquila en el rostro.
—Regina, lamento mucho haberte hecho traer de este
modo, pero la verdad es que no me sentía bien hoy, y
quería verte.
Tomo una de sus manos y no tengo que fingir
preocupación, porque de verdad la siento.
—¿Se ha sentido mal? ¿Ya fue al doctor?
—Sí, sí, ya sabes, me tomé mis pastillas. Ven, camina
conmigo —dice y yo me río y niego con la cabeza, porque
parece que realmente solo es una excusa.
Caminamos por los jardines de la mansión y no puedo
evitar admirarlos. Cada árbol, cada flor, cada piedra
parece estar colocada en el sitio perfecto para crear
armonía.
—Este lugar está lleno de paz —digo en voz baja y el
abuelo me mira de reojo.
—La paz es algo que, por desgracia, solo puede
construirse a través de la guerra, hija.
—Entonces supongo que estoy más cerca de la guerra que
de la paz.
—Creo que no eres la única —dice él con una sonrisa leve
mientras señala una estructura junto a nosotros.
Un dojo; grande y de construcción tradicional.
Y ahí, en el centro del patio, veo a Ren.
Está entrenando kendo, su katana brilla con cada
movimiento preciso y letal, y lo que realmente deja sin
palabras no es su técnica. Es él.
Solo lleva un hakama, así que tiene el torso desnudo y su
cabello, más desordenado que de costumbre, cae sobre su
rostro húmedo por el sudor, mientras se mueve con una
gracia casi hipnótica.
¡Maldito maestro de espadas! ¡Ruby se desmayaría si lo
viera!

CAPÍTULO 25. Doce generaciones de honor

No sé cuánto tiempo paso observándolo.


El movimiento de la katana en sus manos es limpio, letal.
Es evidente que lleva años entrenando. Su postura es
impecable, cada ataque y cada defensa son ejecutados
con precisión quirúrgica y por un momento, por un
instante entiendo que nada más existe para él. Si le pone
a los negocios la misma pasión que le pone a esa Katana,
es evidente por qué dirige uno de los grupos más
importantes de trade en Wall Street.
Por alguna razón, no puedo dejar de mirarlo, y como
traemos ese instinto especial incorporado, ese que nos
dice que alguien nos vigila, no pasa mucho antes de que
Ren se dé la vuelta bruscamente, percatándose de mi
presencia. Se detiene y me observa por un momento antes
de caminar hacia nosotros, guardando la katana en su
funda con un gesto soberbio.
—Regina.
Su voz es calmada, profunda, con un leve matiz de
molestia o de curiosidad, es imposible saberlo con él.
Me cruzo de brazos y lo miro sin inmutarme.
—Señor Toshiro. Perdone la indiscreción, es imposible no
admirar sus habilidades —lo saludo y el abuelo Kaizen
sonríe con esa expresión suya que siempre parece estar
tramando algo.
—¡No le digas señor, que lo haces sentir más viejo de lo
que ya es! ¡Te doy mi permiso para tutearlo! —exclama
palmeando—. Ren, yo la invité a tomar el té hoy. ¿Verdad
que se ve muy hermosa?
Los ojos de Ren ni siquiera disimulan, me mira de arriba
abajo con un gesto leve y asiente
—Muy hermosa —son las únicas palabras que salen de su
boca.
—Gracias, abuelo —sonrió con una expresión dulce que de
momento solo me provoca este viejito, y él asiente con
satisfacción señalando a su nieto
—Ren también es muy atractivo, ¿no es cierto? Es un
excelente espadachín. Y también es amable, inteligente...
Ren suspira restregándose la frente.
—Abuelo Kaizen....
Trato de contener la risa y luego miro a Ren, que parece
estar acostumbrado y muy frustrado por ese tipo de
comentarios.
—Señor Kaizen.... —Me giro hacia él con una ceja
levantada mientras me cruzo de brazos—. ¿Está
ofreciéndome a su nieto?
—¿Yo...? ¡Nooooo!
—¿En serio? ¿Y por qué parece que trata de vendérmelo?
—¡Porque eso es lo que está haciendo! —lo acusa Ren y el
abuelo no le saca la lengua solo por muy poco.
—¡Pues porque ya se te está pasando el arroz! —exclama
apretando los puños y los labios como si hiciera un mini
berrinche en su lugar.
Me ahogo, todo, me río, ni siquiera intento evitarlo, porque
es evidente que en el duelo de miradas entre abuelo y
nieto, él no será quien pierda.
—Abuelo ya hablamos de esto—intenta disuadirlo pero no
hay ser humano más terco que un patriarca de setenta y
cinco años.
—Los hombres como tú no pueden quedarse solteros para
siempre. Este apellido necesita un heredero y tú una mujer
valiente, dura, entrenada, feroz... ¡que te pueda soportar!
Ren se pone rojo y el abuelo vuelve a mí.
—Hija, te juro que lo puedo convertir en una buena pareja,
aunque tenga que romperle unos cuantos bokken más en
la espalda. Además, Ren en un gran proveedor, está a
punto de hacer una gran adquisición para la empresa en
algunas semanas, y eso aumentará nuestra fort...
Lo demás no lo escucho, porque mi mente captura ese
dato de inmediato y se estanca en él. Adquisición. ¿Qué
va a adquirir exactamente?
Pocos minutos después el abuelo nos deja solos con la
excusa de mandar a preparar el té, y yo me quedo
observando a Ren, que me mira con los brazos cruzados.
—¿Y bien? —dice y yo levanto la barbilla para mirarlo,
primero porque me saca quince centímetros y luego
porque sé que no está acostumbrado a que le sostengan
la mirada.
—¿Bien qué?
—¿Vas a seguirle el juego al abuelo en eso de cazarme,
con Z? —me interroga y yo sonrío con burla mientras
camino alrededor del patio.
—En el matrimonio, como en las adquisiciones, señor Ren,
hay que tener cuidado con lo que se adquiere. A veces solo
vemos la cara de presentación, y no sabemos quién es el
cerebro detrás de las cosas.
Ren entrecierra los ojos, evaluándome.
—¿Eso significa que no estás interesada en una oferta de
matrimonio?
—¿La tuya o la del abuelo? —me río y él suspira con
evidente frustración.
—Todo eso solo es cosa del abuelo. Pero imagino que no
te opones demasiado a la idea.
Mi expresión se endurece ligeramente porque la verdad es
que no, casarme con este hombre o con ningún otro es lo
último que me pasa por la mente ahora.
—Entonces la imaginación no es lo tuyo, porque no tienes
idea de lo que quiero, Ren —le respondo y él me observa
con atención, su sonrisa se ensancha apenas y algo de
incredulidad brota por ahí.
—¿Estás diciendo que no fue por eso que te acercaste a
mi abuelo? Porque estoy seguro de que te acercaste a él
deliberadamente —sisea y yo me encojo de hombros.
—Cuando se trata de estrategia, más vale aprender del
mejor. Y el mejor es él.
El hombre frente a mí suelta un leve resoplido y es obvio
que acabo de tocarle el ego.
—Que me hayas ganado al shogi una vez no significa nada.
Lo miro con una sonrisa pícara.
—Quizás no, o quizás no quieras admitir que puedo
vencerte en cualquier área.
Ren cruza los brazos y se inclina hacia mí sin poder
evitarlo, el competidor en él está disparado y puedo olerlo
como si fuera un depredador detectando una presa.
—¿Es una broma? —pregunta y yo sonrío con confianza.
—No, para nada. Nunca he tocado una espada en mi vida
y aun así lograría que tiraras la tuya.
Lo veo ponerse rojo en un segundo y hay algo demasiado
sexy en la forma en que escupe las palabras entre dientes.
—Esta katana ha estado en mi familia por doce
generaciones y jamás ha tocado el suelo. Yo nunca la
tiraría, ni siquiera ante el mejor adversario —gruñe y como
si fuera una sentencia, camina hasta donde están las
katanas de práctica.
Toma una y la sostiene frente a mí.
La observo por un segundo antes de sostenerla. Es más
pesada de lo que imaginé, pero eso no hace ninguna
diferencia.
Ren se coloca en posición, y yo ni siquiera intento imitarlo.
—Voy a atacarte —me advierte y yo solo asiento.
—Adelante.
No sé lo que pasa por su mente, solo lo que pasa por la
mía y es arriesgado... o quizás no... después de todo es
un maestro de la espada... Veo su primer movimiento, es
un ataque rápido y limpio, hecho para herir, pero en lugar
de bloquearlo con la katana solo... extiendo una mano.

CAPÍTULO 26. Erótica medieval

El filo de la katana se detiene justo antes de atravesar mi


carne, pero no lo suficiente para evitar el corte. Apenas es
una línea de sangre sobre mi palma, justo en la base del
pulgar, pero el escozor me confirma que lo que acabo de
hacer no es solo una locura, sino una apuesta peligrosa.
Puedo ver el rostro de Ren ponerse lívido mientras unas
pocas gotas de sangre caen en la arena entre nosotros, y
sus pupilas se convierten en dos espantados pozos sin
fondo. Durante un segundo parece como si no pudiera
creer lo que acaba de pasar, nadie puede ser tan loca
como para ofrecerle una mano en pleno ataque, pero
después de todo realmente es un maestro de la espada,
una que suelta en un solo instante mientras levanta mi
mano con un gesto brusco y la lleva a su boca.
—¡¿Estás desquiciada?! —Su voz resuena en el jardín
vacío antes de que sus labios hagan contacto con mi piel.
Siento sus dientes alrededor de la herida y su lengua casi
latiendo contra mi sangre, frenándola.
Después de unos segundos escupe a un lado y vuelve a
morder, mientras sus ojos echan chispas y yo recuerdo
levemente la canción de "Si tu mirada matara".
La adrenalina deja en los dos un rastro intenso que
necesitamos disfrazar, yo permaneciendo impávida, él
avanzando hacia mí como si fuera capaz de pegarme con
una vara de bambú o algo así.
—¡Estás loca! ¡¿Crees que esta es forma de ganarme?! —
espeta con rabia.
—Tal como yo no veo, ya lo hice —murmuro mientras mi
pulgar pasa sobre su labio inferior—. La katana de doce
generaciones está sobre la arena ¿no es así?
La comprensión lo golpea al instante, lo sé porque sus ojos
oscuros se clavan en los míos y veo algo nuevo en su
expresión: respeto, quizás. Desafío, también. Pero sobre
todo, incredulidad, sorpresa, una consternación que
quizás no había esperado que nadie le provocara hasta
hoy.
Sin apartar la mirada, deslizo mis dedos por el obi de su
hakama y lo desato con un tirón preciso. La tela negra se
desliza entre mis manos y, sin dudar, envuelvo mi herida
con el fino cinturón, apretando con fuerza para detener lo
poco que queda del sangrado.
—No tienes que preocuparte por mí tratando atraparte —
le digo, esbozando una sonrisa ligera—, jamás me casaría
con un hombre que deja caer su espada.
La tensión entre nosotros es espesa. Ren entreabre los
labios, pero no dice nada. Tal vez porque no sabe cómo
reaccionar, o tal vez porque el silencio es la mejor
estrategia frente al señor Kaizen, que está volviendo.
—Lo siento mucho abuelo, pero de verdad tengo que irme
ahora —me disculpo.
—Siempre eres bienvenida aquí, Regina —dice con
amabilidad—. Ahora que ya sabes dónde queda mi casa,
ven a visitarme más a menudo.
—Lo haré —prometo, inclinando ligeramente la cabeza en
señal de respeto antes de salir de la mansión.
Llevo el corazón acelerado y la mano me duele un poco,
pero al menos ya tengo un esbozo de la lista de
debilidades de Toshiro Ren, y planeo convertirme en una
de ellas lo más pronto posible. Cuando llego al
departamento, Verónica me escanea de arriba abajo y en
cuanto me ve otra herida, se cruza de brazos y se pone a
maldecir. Un minuto después Ruby está detrás de ella,
respaldándola en su escándalo, con el ceño fruncido y un
botiquín en la mano.
—Siéntate —ordena Verónica mientras saca algodón y
desinfectante.
—Ni falta que hace —me burlo un poco—. Por esa herida
ya pasó una lengua venenosa, capaz de matar a cualquier
pobre germen.
Me dejo caer en el sofá sin protestar y dejo que limpie la
herida mientras les cuento cómo estuvo la anécdota y por
supuesto que Ruby parece al borde del colapso.
—¡Pero es que tú no escuchas, no escuchas! —me
reclama.
—¡Claro que escucho, dijiste que era el mejor con las
espadas...! —replico y ella se frota la cara, exasperada.
—¡Cuando dije que estaba bien jugar con las espadas de
Ren, no me refería a esto! —interviene molesta—. Estaba
hablando de algo más exótico, tóxico, sexy... no sé...
¡como erótica medieval! Algo como: "Te la voy a clavar
tan duro y tan profundo que va a tener que venir el rey
Arturo a sacártela", no a: "Déjame mocha de una mano".
Verónica trata de reprimir inútilmente una carcajada, pero
yo solo ruedo los ojos.
—Bueno... no puedo decir que a él no se le salió lo tóxico...
o lo sexy —advierto y como el vino es excelente para
discutir, bebemos y nos gritamos hasta que terminamos
riéndonos.
Una hora después, con la mano ya vendada, me siento
frente a mi computadora y trato de que no se me detenga
el corazón mientras reviso el precio actual de las acciones
que compré ayer... pero lo que veo en la pantalla me deja
sin aliento.
Las cifras parpadean en la pantalla, y de repente toda la
tensión contenida se derrama de golpe. Mi pecho se
sacude y un nudo se forma en mi garganta. Sin poder
evitarlo, me llevo las manos a la cara y empiezo a llorar.
—¡Regina! —Verónica corre hacia mí apenas escucha el
primer sollozo—. ¡¿Qué pasa?!
—¿Te duele la mano? —pregunta Ruby, preocupada, pero
yo niego con la cabeza, incapaz de hablar. Solo giro la
pantalla hacia ellas y dejo que lean los números por sí
mismas.
Se quedan en silencio por un instante, hasta que Ruby
deja escapar un silbido bajo.
—Mierda...
—¿Esto es... real? —pregunta Verónica, parpadeando
como si la cantidad fuera una alucinación—. ¿De verdad
ganaste tres millones con esa compra?
—Sí —respondo tratando de limpiar mis lágrimas, pero es
inútil—. Y lo mejor es que Christian tenía razón: aún no
han alcanzado su máximo.
—Entonces —Verónica me mira aliviada—, ¿eres
oficialmente millonaria?
Sonrío, sintiendo el poder burbujear en mi pecho aunque
sé que todavía estoy muy lejos de lograr mi objetivo.
—Esto apenas alcanza para empezar —murmuro sintiendo
un alivio desmedido—. Pero ya soy oficialmente una
jugadora en el tablero.

CAPÍTULO 27. Una pareja encubierta

Ni siquiera soy capaz de explicar la satisfacción que siento.


La mayor parte de este dinero irá a reinversión, es la única
forma de que mi desconocida y diminuta empresa siga
creciendo, pero mientras puedo aprovechar la curiosidad
de Christian a mi favor.
Al día siguiente, me planto en su oficina Christian con una
actitud renovada, y lo primero que él hace es fijarse en mi
mano vendada.
—¡Por Cristo divino, Jesús bendito, y su madrecita la
Virgen, dime que no te hiciste eso aquí! —exclama con
dramatismo y yo niego.
—Fue en mi casa, jefecito.
—¡Gracias a Dios!
—No, gracias a mí, que soy bien chismosa aunque sea
torpe, escuche: No logré descubrir quién es el pajarito
soplón —admito con un puchero y él se echa hacia
adelante en si silla ejecutiva—, pero sé qué empresa
compró las acciones antes que usted. Ya sabe... las
asistentes hablamos mucho.
Los ojos de Christian se abren con interés.
—Seguro que fue Kaizen Financial... ¡O no, no! ¡Fue el
tarado de Massari que es un tramposo! —rezonga.
—Dijo el que le da alpiste a un pajarito por información
privilegiada —suspiro poniéndole los ojos en blanco—.
Pero no fue ninguno de ellos, la empresa se llama Crown
Capital Trade.
Él repite el nombre en voz baja, probándolo en sus labios
como si pudiera descifrar su secreto solo con pronunciarlo.
—No los conozco, y eso que tengo bien estudiada a la
competencia —gruñe.
—A lo mejor porque no son competencia —digo—. Son
solo unas poquitas oficinas.
—Eso no importa —responde él con severidad—. Lo que
importa es el cerebro detrás de la empresa. Porque quien
sea... es muy hábil.
Yo solo sonrió para mis adentros.
Christian no tiene idea de que la persona que busca está
justo enfrente de él, ni yo de la barbaridad que está a
punto de ocurrírsele.
—¡Vamos a hacerles una visita! —propone.
—¡¿El qué?!...
—¡Que tú y yo nos vamos de incógnito! Fingiremos que
somos una pareja de recién casados y que queremos
invertir en su portafolio de acciones.
El corazón se me detiene en un segundo.
—Este... disculpe pero nadie se creerá que usted y yo... —
Lo que realmente quiero es disuadirlo de ir, pero Christian
sonríe.
—No te preocupes, un simple cambio de look y hasta tú te
lo creerás —asegura Christian mientras toma su saco
apresurado y me empuja hacia la salida—. Estoy seguro
de que podremos conseguirte una imagen de "mujer
misteriosa que oculta secretos" —dice con burla—.
Necesitamos convertirte en una esposa trofeo.
Y antes de que pueda protestar, ya me está arrastrando
hacia la puerta, y llevándome a una tienda de ropa
exclusiva. Me miro en el espejo una hora después y casi
no me reconozco.
Soy yo, jugando a ser una chica torpe que intenta ser más
como yo pero sin dejar de ser ella. ¡Diablos, a este paso
acabaré con más personalidades que el tipo de
Fragmentado!
Llevo un vestido de seda, ajustado en la cintura y lo
suficientemente elegante para gritar "dinero viejo", pero
con un escote que deja claro que aún hay mucho de "joven
y descarado" en la ecuación.
Salgo del probador y desde la otra esquina del salón
Christian me observa con una expresión ilegible.
—No me mire así —digo, fingiendo incomodidad mientras
me ajusto los lentes y arrugo la nariz—. Me hace sentir ...
no sé... como si estuviera evaluando el ganado.
Christian parpadea y, por primera vez desde que lo
conozco, parece genuinamente sorprendido.
—¡Pues joder con la vaca...!
—¡Jefe!
—¡Digo, yegua...!
—Lo voy a demandar por acoso —lo amenazo y él
carraspea.
—En este punto prefiero que me abofetees a que me
pongan otra demanda. Ve por una gabardina y nos vamos
—me ordena—. Queremos pasar desapercibidos, no pagar
indemnizaciones por piernas rotas a toda la gente que se
va a caer con la baba detrás de ti.
Me apresuro de nuevo dentro del probador pero aprovecho
para sacar mi teléfono y llamar a Verónica.
—¿Podrías venir a rescatarme antes de que Christian me
descubra? —le suplico.
—¿Eh?
—¡Que vamos a las oficinas de Crown Capital! ¡Ve para
allá!
Verónica suelta una risa al otro lado de la línea.
—Dame quince minutos.
Y presiento que necesitaré más que tiempo. Entramos
"encubiertos" en mi pequeña empresa y por suerte
Verónica nos recibe en la oficina con una sonrisa
profesional perfectamente ensayada. Para cualquier otra
persona, parecería que nunca nos ha visto en su vida.
—Bienvenidos a Crown Capital Trade. ¿En qué puedo
ayudarles?
Christian y yo nos acomodamos en los sillones de la sala
de reuniones mientras ella despliega algunos documentos
sobre la mesa y le expone mi portafolio de acciones.
Cuando terminamos, acordamos regresar el lunes con una
decisión tomada.
Salimos del edificio y veo en el rostro de Christian sus
verdaderas intenciones.
—Solo quiere regresar el lunes para jugar sucio, ¿cierto?
—le pregunto y él sonríe sin vergüenza.
—Siempre —responde y no puedo negar que yo también
lo disfruto, porque eso significa que el lunes tendré la
trampa perfecta preparada para él.
El resto del día trato de seguir pareciendo torpe y
desaliñada, como si no me diera cuenta de la forma en que
Christian ha empezado a mirarme. Por fin me despido por
el fin de semana y esa noche espero a Ruby para entrar
en el departamento con todo el escándalo de una tarta,
champan y regalos.
—¡Feliz cumpleaños, perra! —dice Ruby, entregándole un
paquete grande envuelto con papel dorado y Verónica lo
abre con cuidado antes de soltar un suspiro emocionado.
—Es una pintura de mi artista favorito. Ruby, esto es...
increíble.
Cuando llega mi turno le entrego mi regalo, pero antes de
que pueda agradecerme, su ceño se frunce.
—¿Por qué dos pulseras?
—¿Qué? — frunzo el ceño, confundida.
Ella saca una segunda cajita y veo una segunda pulsera,
esa que Viggo quería darme. Viene acompañada con una
tarjeta de felicitación y una nota de puño y letra para
Verónica.
"Gracias por cuidar de mi guerrera en el campo de
batalla."
Mi pecho se aprieta mientras Vero lee esas palabras y
Ruby chilla como una adolescente enloquecida.
—¡Alguien está coladito por ti! —escandaliza y Verónica
sonríe con malicia.
—Tal vez sea hora de encontrar una excusa para verlo.
¿No crees?
Me limito a tomar un sorbo de mi copa sin contestar, pero
si soy honesta he estado deseando encontrar una, así que
el sábado saco de mi cuenta bancaria el dinero que le debo
a Viggo, multiplicado por diez. Lo meto en una pequeña
bolsa y me quedo mirándolo durante varios minutos.
Sé cómo terminaremos si lo busco.
Sé que estoy jugando con fuego.
Pero aun así, al caer la noche, me encuentro estacionando
frente a su mansión. El guardia ni siquiera titubea cuando
le digo mi nombre. Me deja pasar sin preguntas y luego
una chica del servicio me guía hasta su despacho. Sin
embargo cuando la puerta se abre, me topo con una
escena que me habría roto el corazón… si todavía tuviera
uno.
CAPÍTULO 28. Corazón de acero

El despacho de Viggo Massari no es más luminoso ni más


amable que su propia habitación, sino que tiene esa
oscuridad intrínseca y minimalista de los hombres
poderosos y enigmáticos.
El problema no es la habitación en sí, sino lo que hay en
el centro de ella y eso es... una mujer.
Una mujer hermosa, pelirroja, llena de curvas explícitas
que resaltan la lencería negra y la escases del resto de su
ropa. Está acostada boca abajo sobre el escritorio y mis
ojos no pueden evitar posarse por un segundo en su
trasero, blanco como la cal. Y ese momento, ese gesto,
esa búsqueda inconsciente me devuelve de golpe a una
realidad aterradora: mi realidad, mi vulnerabilidad, mi
verdadera yo. Esa que decidí enterrar, pero al parecer
debo cavar aún más profundo para lograrlo.
Viggo está de pie junto al bar, en el otro extremo del
despacho, sirviéndose un trago como si nada, hasta que
nuestros ojos se encuentran y por un instante, mi corazón
se detiene.
Veo la contrariedad en su expresión, quizás espera que
grite, que reclame, que salga corriendo o haga alguna
especie de drama; pero en lugar de eso solo siento cómo
mi corazón se endurece un poquito más... y le sonrío.
Mi cuerpo se mueve por inercia, porque tengo que hacerlo,
porque a esto vine en realidad; y Viggo se queda mudo
mientras avanzo con paso tranquilo hacia su escritorio. Su
expresión es indescifrable, pero sus ojos están
completamente fijos en mí.
La mujer sobre la mesa se mueve nerviosa, alcanzando
una bata de seda para cubrirse, y me mira con una mezcla
de incredulidad y desprecio.
—¿Pero tú qué te crees? ¿Qué puedes pasar como si esta
fuera tu casa? ¿Quién demonios eres tú, qué haces aquí?
—me espeta con un tono que pretende ser desafiante,
como si fuera la esposa ofendida, aunque las dos sabemos
que está muy lejos de ostentar ese título.
Yo ladeo la cabeza, estudiándola sin prisa antes de
responder con un suspiro.
—Podría hacerte la misma pregunta —contesto con voz
calmada, pero lo suficientemente cortante para que sepa
que no me intimida, y la veo cruzarse de brazos,
levantando la barbilla.
—¡Soy Alicia Marcell! ¡La mujer de Viggo!
Su declaración me hace reír, pero no con burla, sino con
esa clase de división entre la lástima y la resignación que
solo alguien como yo podría entender, así que me tomo
un segundo para saborear la ironía antes de responderle.
—No, querida. Eres solo una más a la que se folla. Viggo
Massari no es material para ser el hombre de nadie. —Y
podría parecer que destilo veneno, pero por desgracia no
es así, solo es la verdad.
Alicia me mira con un desprecio feroz, pero yo levanto el
maletín en mi mano, dándole a entender que mi presencia
aquí es puramente transaccional.
—Pero yo solo soy una socia de negocios —le advierto—.
Así que puedes volver a desnudarte, esto no me tomará
mucho tiempo.
Viggo deja su trago sobre el bar y se acerca con los ojos
completamente concentrados en mí. Para él, Alicia ha
dejado de existir desde el momento en que entré por esa
puerta, puedo sentirlo... como también siento que ya no
me importa.
—¿No vas a exigirme una explicación? —Su voz es curiosa,
incrédula, cargada de esa intensidad que solo él es capaz
de transmitir—. ¿No vas a gritarme, reclamarme, hacer un
berrinche...?
Por un segundo suspiro con cansancio y me encojo de
hombros.
—No —le contesto con sinceridad mirándolo a los ojos—.
Estas situaciones son necesarias para que yo entienda que
todavía no soy lo suficientemente fuerte... y lo corrija.
Siempre se puede corregir.
Mis palabras lo hacen fruncir el ceño. No soy una más de
su colección de mujeres furiosas y despechadas, aunque
ciertamente haya sido una más en su colección.
Abro el maletín y le muestro los fajos de billetes dentro
antes de colocarlo sobre su escritorio, y me mira como si
no pudiera comprender lo que está pasando.
—Puedes contarlo. Diez veces lo que tomé le digo—.
Ahora... quiero mi corazón de vuelta.
Veo sus labios apretarse, su mandíbula tensa y cada
músculo a punto de estallar. Viggo no rompe el contacto
visual conmigo ni una sola vez mientras se inclina
ligeramente hacia un cajón y saca la cadenita de oro que
le dejé esa primera noche en garantía. Cuando la pone
sobre mi palma, la aprieto entre mis dedos y la acaricio
por unos segundos. Hay cosas que tienen un valor
puramente espiritual, y para mí, este collar es una de
ellas.
Levanto la mirada y me pongo de puntillas para besar su
mejilla con suavidad. Es un gesto que no busca provocarlo
ni manipularlo. Es simplemente un adiós.
—Gracias por todo, Viggo. Te veré en el campo de batalla
—le aviso aunque él no sepa realmente a qué me refiero.
Me giro y comienzo a caminar hacia la salida, pero antes
de que pueda dar dos pasos, su mano atrapa mi muñeca
con fuerza, obligándome a detenerme.
—¿Cuándo volverás? —pregunta aunque más parece una
orden.
Cierro los ojos un instante, porque la verdad es que en
otra vida, en otra circunstancia, con otra versión de
nosotros mismos, tal vez habría una respuesta distinta.
Pero en esta, solo puedo decir una palabra:
—Nunca.
Hay un silencio pesado en la habitación, hasta que siento
cómo él tira de mi mano. Se acerca a la bolsa, toma varios
fajos de billetes de la bolsa y se los lanza a Alicia.
—Lárgate —gruñe y ella parpadea, desconcertada.
—¿Qué...?
—Escuchaste bien. Toma eso y lárgate. Y no vuelvas.
Alicia se levanta bruscamente del escritorio, con la bata de
seda deslizándose apenas sobre sus hombros.
—¡¿Estás bromeando?!
—Ya no necesitaré de tus servicios —sentencia y veo el
rostro de la mujer ponerse rojo porque acaba de pasar de
amante a prostituta en un segundo.
Ella suelta una risa incrédula y furiosa, mirando los fajos
sobre el escritorio, pero luego niega.
—¡No puedes hacer esto...! Nosotros... ¡nosotros tenemos
algo!
—Teníamos. Hasta hoy. Así que te lo explicaré de manera
sencilla: yo decidí cuándo empezó, y yo decido cuándo
termina. Y termina ahora. Así que recoge el dinero y sal
de aquí. ¡Ya!
Alicia está tan roja que parece que va a explotar. Mira
hacia la puerta y luego hacia mí. Sus ojos se llenan de
odio, pero la expresión de Viggo parece gritar: "Te vas con
dinero o sin él, pero te vas".
Finalmente recoge su ropa del suelo y se marcha con
pasos furiosos; y el silencio que queda tras su partida es
sofocante. Viggo vuelve a centrar toda su atención en mí,
como si ella nunca hubiera estado aquí, y yo comprendo:
Alicia era su amante en turno hasta ahora, y si ya no la
necesita es simplemente porque cree que puede sustituirla
conmigo.
—¿Cuándo volverás? —insiste y nos miramos por un largo
instante antes de que una simple palabra salga de mi
boca:
—Nunca.

CAPÍTULO 29. Lo único que me mantiene en pie

Viggo me mira con esa intensidad suya, los ojos se clavan


en mí como si pudiera obligarme a quedarme solo con la
fuerza de su voluntad. Pero no puede. Nadie puede ya.
—¿Por qué? —Su voz es tensa, casi áspera— ¿Por qué no
quieres volver?
Suelto una risa sin ganas y niego con la cabeza. No quiero
tener esta conversación, no quiero que esto se haga más
grande porque realmente no es nada, no somos nada, no
significamos nada... Pero él insiste.
—Si es por Alicia ya lo oíste. Ella ya no va a volver. ¡Yo ni
siquiera la llamé aquí esta noche! Ella solo... siguió el
calendario —gruñe entre dientes como si de verdad
hubiera olvidado que su calendario incluye sus "noches
para follar"—. Alicia no significa nada para mí —dice, y su
tono es menos cortante esta vez—. Solo era alguien con
quien me quitaba las ganas. Y ya se acabó.
Lo miro a los ojos y dejo que vea lo poco que me importa
eso, porque la cuestión es que ya no puedo darme el lujo
de que me importe.
—Yo también soy alguien con quien te quitas las ganas —
le digo sin rodeos porque no hay que adornar la verdad—
. No hagamos el teatro de que he sido algo diferente, por
favor. Y de cualquier forma, esto también se acabó.
Él se tensa y niega con la cabeza, como un niño terco
aferrado a un juguete.
—Si quieres mi palabra de que no estaré con nadie más...
—No quiero tu palabra porque no confío en ella, como no
confío en nadie más —lo interrumpo y frunce el ceño con
expresión frustrada. Alcanzo esa mano con que me
detiene y la pongo sobre mi pecho, porque sé que mi
corazón late tan despacio que quizás ni siquiera puede
sentirlo—. Contigo no puedo usar una máscara como hago
con el resto de la gente allá afuera, ya viste que estoy rota
así que no tiene caso, lo único que no sabes todavía es el
grado de rota que estoy. No me importas, porque no
puedo darme el lujo de que me importes.
—Regina...
—Después de todo lo que me ha pasado, Viggo, lo último
que necesito es más drama. Mi vida ya es un desastre, ya
es suficiente caos y dolor y odio... No necesito añadirle a
la lista "ser usada como un simple juguete sexual".
Él da un paso hacia mí, como si esa maldita presencia
imponente que tiene pudiera hacerme cambiar de opinión.
—No eres eso para mí —su voz es baja y molesta—. Pero
a menos que regreses, no me darás la oportunidad de
demostrártelo.
Suelto una risa sarcástica y me cruzo de brazos.
—Entonces no tendrás oportunidad, porque mientras me
pidas que visite tu casa como otra de tus amantes, eso es
exactamente lo que seré.
Su mandíbula se tensa y pasa una mano por su cabello,
visiblemente frustrado. No está acostumbrado a que le
digan que no. No está acostumbrado a no salirse con la
suya. Lo sé, lo veo en cada uno de sus movimientos.
—Nos vemos en otro lugar —dice de repente y es
demasiado obvio que buscar alternativas no es lo suyo.
Levanto una ceja, tan incrédula como cansada.
—¿En qué otro lugar? ¿Me vas a pagar un hotel? —replico
y no necesito preguntarle cómo eso sería mejor que ser su
amante en su propia casa.
Escucho el gruñido bajo, la bestia está peleando por seguir
siendo racional, por retenerme.
—Nos veremos en tu sitio entonces —responde, como si
esa fuera la solución perfecta, pero yo suelto una
carcajada amarga y niego con la cabeza.
—¡No tengo "un sitio", Viggo! —exclamo riendo porque de
lo contrario me echaré a llorar—. La noche que me
conociste estaba recién echada de casa. ¿Recuerdas? No
tengo dónde vivir, no tengo auto, ni siquiera tengo un
maldito guardarropa completo. Vivo en el departamento
de Vero, uso el auto de Ruby, existo porque mis amigas...
La voz se me quiebra y mis ojos se llenan de lágrimas
porque es cierto, si no fuera por mis amigas no habría
podido dar ni un solo paso después de todo lo que
sucedió—. Existo porque tengo dos amigas que me
quieren, y cada centavo de lo que me entra de dinero es
para pagar mis deudas o para mi venganza, porque lo
único que no me falta, señor Massari, es odio, o dolor. Eso
es lo único que me mantiene en pie.
Su expresión cambia por un instante, y está a punto de
preguntar, está a punto, él quiere saber y yo no quiero
decirle, así que lo único que hago es besarlo. Mi boca se
encuentra con la suya con un beso profundo, fuerte, con
la desesperación de alguien que sabe que es la última vez.
Mi corazón se acelera sin que pueda evitarlo, y cuando doy
un paso atrás, ninguno de los dos puede respirar bien.
—Quizás en otra vida —murmuro antes de levantar la
barbilla y caminar hacia la puerta, y cuando salgo escucho
el sonido de vidrio rompiéndose dentro del despacho,
como si un huracán acabara de desatarse ahí dentro.
Pero solo me voy sin mirar atrás. No puedo ser débil. No
ahora, así que paso las siguientes horas diluyendo esta
especie de decepción en lo que realmente importa: mi
venganza. No quiero pensar en Viggo, sé que quizás
todavía lo necesite, si el negocio de Devon es con él... pero
también siento que si es así, no dudará en ayudarme.
No es fácil. Nada lo es. Paso el día repasando cada detalle,
cada posible error, cada pieza del rompecabezas que debo
armar. La venganza no es solo un impulso, es un arte. Y
yo estoy perfeccionándolo.
El lunes llega y me levanto temprano. Me visto como yo,
como Regina disfrazada de torpe, solo que un poco más
sexy, y apenas Christian entra en su oficina lo recibo con
su café ¡sobre la mesa! y dando pequeños saltos en el
lugar.
Me mira, deja caer el maletín ejecuto y yo bajo la cabeza
dándome la vuelta como un cachorro que se persigue la
cola.
—¿Estoy sucia? ¿Me manché con algo? ¡Por Dios, qué me
hice! ¡Venía bonita!
Lo escucho carraspear mientras recoge su maletín y
asiente.
—Y sigues bonita, condenada —masculla entre dientes y
yo me muerdo el labio inferior para no sonreír.
—Jefecito... ¿Vamos a espiar juntos? —le digo sin rodeos
y Christian me mira con una mezcla de incredulidad y
diversión.
—Este... bueno... ya que estás vestida... masculla—. Que
obvio que estás vestida porque no estás desnuda...
—¿Nos vamos?
—¡Sí, nos vamos, nos vamos!

CAPÍTULO 30. Una lista negra

Lo veo carraspear y ajustarse la corbata un par de veces,


y yo me aliso la falda del ajustado vestido que no necesita
que lo ajusten más, pero así parezco más torpe y cada vez
que me paso las manos sobre el trasero siento que él mira
al techo como si quisiera quitarlas y poner las suyas.
Finalmente me cuelgo de su brazo y entramos a las
oficinas de Crown Capital Trade como si no fuera la cosa
más absurda del mundo ir de encubierto a mi propia
empresa. Lo bueno es que aquí jamás he puesto la cara,
así que aparte de Vero que me hace de fachada, nadie más
me conoce.
Nadie sospecha, y demás, técnicamente, no estoy
haciendo nada ilegal. Pero igual me da un cosquilleo de
nervios en la nuca cuando nos acomodamos en el
despacho principal, y Verónica responde a cada pregunta
de Christian. Hasta pareciera bróker la condenada, pero
como abogada sabe mentir muy bien.
Christian hojea los documentos con calma, pasando cada
página con una concentración que no sé si es real o si solo
lo está haciendo para que Verónica no sospeche nada.
Pero entonces su expresión cambia, sus cejas se alzan
ligeramente y sé que ha encontrado algo interesante.
—¿Podría dejarnos un momento a solas, por favor? —pide
educadamente y apenas Vero nos deja solos se gira hacia
mí.
—¡Maldición, esto es bueno! —dice, señalando la sección
sobre los nuevos proyectos de inversiones—. ¡Es muy
bueno! ¡Quien sea el analista detrás de esto...!
Se ve impresionado y mi corazón se hincha un poquito de
orgullo, pero me obligo a no mostrarlo. Pasé cada noche
de la última semana perfeccionando ese portafolio,
asegurándome de que fuera impecable, irresistible. Y
ahora Christian lo está reconociendo.
—¿Quieres robártelo como ellos se robaron nuestro
negocio? —pregunto con una ceja arqueada. Si alguien
sabe de hacer trampa finamente, es él. No es un ataque,
solo un hecho.
Sin embargo lo veo negar con la cabeza, con una media
sonrisa en los labios.
—No —responde tajante—. A gente así no se le roba, a
gente así se le recluta.
Parpadeo, sorprendida, porque ninguna de mis "versiones
de Regina" esperaba esa respuesta. Pero antes de que
pueda decir algo más, él se levanta y me indica con un
gesto que me quede junto a la puerta.
—Vigila que no regrese, voy a ver qué más encuentro —
susurra.
Asiento y me coloco en posición, lista para alertarlo si
alguien se acerca aunque sé que Verónica no aparecerá
hasta que se lo indique. Él empieza a revisar los cajones
del escritorio con movimientos rápidos pero precisos; y no
tarda en encontrar un expediente marcado como
Operaciones Denegadas.
—¿Eso es importante? —pregunto en voz baja cuando lo
veo demorarse—. ¡La señora Lynch debe estar por
regresar!
Pero él me lanza una mirada significativa.
—¡Demasiado! —asegura—. Tan importante es saber con
quién hace negocios la competencia... como con quién no
quiere hacerlo.
Toma una foto rápida a la página y yo lo apuro con un
movimiento de la mano porque ya vio lo que quería que
viera.
—¡Está regresando! —susurro apurada y Christian vuelve
a su lugar justo a tiempo y, como si nada, me toma de la
mano y entrelaza nuestros dedos, y el gesto es tan natural
que cualquiera se lo creería.
Verónica nos dedica una mirada curiosa pero profesional,
y Christian le suelta sin rodeos:
—Estoy interesado.
—¡Fantástico! ¿En qué área de inversión específicamente?
—pregunta Verónica y para sorpresa de las dos él niega.
—En todas. No estoy aquí como persona independiente,
sino como CEO de Ironclad Strategies. Estamos
interesados en una colaboración con Crown Capital Trade.
Le haré llegar los términos del acuerdo, pero mi
estimación inicial es de veinte millones con un treinta y
cinco por ciento de participación.
Verónica carraspea, lanzándome una mirada rápida antes
de responder pero yo estoy en shock igual que ella.
—Eso suena... atractivo —murmura—. Debo consultarlo
con la dueña de la empresa, así que ¿le parece bien si nos
ponemos en contacto mañana a esta misma hora?
Le dedico un ligero asentimiento con la cabeza y ella lo
entiende. No hay trato, no aún, y Christian solo sonríe sin
inmutarse mientras se levanta y estrecha su mano.
—Espero su llamada.
Nos despedimos y salimos de ahí como si nada. Pero
apenas estamos en el auto, giro hacia él con los ojos muy
abiertos y metiéndome completamente en mi papel.
—¡Jefecito! ¿Qué diablos fue eso? ¿Se va a gastar veinte
millones por espiar? —lo increpo y Christian sonríe como
si se hubiera divertido de lo lindo.
—Para nada. Realmente voy a invertir en ellos — asegura.
—¿En serio? ¡Pensé que eran la competencia! —lo tanteo
pero él niega.
—Y teniendo en cuenta que son pulgas con un analista
impresionante y un portafolio arriesgado pero muy
productivo, serán la competencia más peligrosa a menos
que los convierta en aliados antes de que empiecen a
crecer —me asegura—. Porque créeme, Crown Capital va
a crecer.
Bajo los ojos y asiento pasando saliva como si no
entendiera nada, pero solo evito la mirada de Christian
porque no quiero que vea el alivio que siento, la calidez
que siento cuando alguien evidentemente tan sagaz como
él reconoce el valor de mi trabajo.
Volvemos a la empresa en silencio, pero no pasa ni media
hora cuando interrumpo su concentración con un café y
esta vez no lo veo correr al otro lado de la sala.
—¿Todo bien, jefecito? —pregunto y contengo el aliento al
darme cuenta de que tiene impresa la foto que tomó en el
despacho de Verónica. O sea, mi despacho.
—Estoy revisando la lista negra de Crown Capital —
murmura y veo que hay varios marcados—. He hecho
negocios con algunas de estas empresas, todas cosas
pequeñas... excepto esta.
Aprieto los labios cuando circula con la pluma el nombre
de TradeLink.
—¿Qué hay con ellos? —pregunto como si no me
importara.
—Nos presentaron un mega proyecto hace unas semanas
—me dice él y mi corazón se acelera.
—Y... ¿lo aprobó? —pregunto y lo veo sacudir la cabeza.
—Todavía no. Pero si el analista de Crown los tiene en su
lista negra, debe tener sus razones. —Me mira y sé
exactamente lo que va a pedirme antes de que lo diga—.
¿Crees que entre esas asistentes que hablan mucho,
alguna podría decirte por qué Crown no quiere hacer
negocios con TradeLink?
CAPÍTULO 31. Un chisme de oficina

Desde que llegué a la oficina en la mañana he estado


inquieta. No sé si es por toda la tensión y el estrés que
estoy acumulando, o por el hecho de que no he dormido
bien en días tratando de armar el portafolio de inversiones
de Crown Capital Trade. Probablemente ambas cosas.
Me duele la cabeza, siento el estómago revuelto y tengo
los nervios de punta. No es la mejor combinación cuando
trabajas en un lugar donde la gente te observa como si
pudieras derrumbarte en cualquier momento, pero como
aquí tengo fama de torpe no importa mucho.
Paso el resto del día entre correos, llamadas y reportes, y
sobre todo fingiendo hacer eso que Christian me encargó:
conseguir un sustancioso chisme de oficina.
Me cuesta un poco decidir si se lo digo o no, o cómo
hacerlo. Quizá porque siento que le estoy dando más
información de la que debería. O tal vez porque me
preocupa su reacción, pero de cualquier forma algo tendré
que decirle o lo averiguará por su cuenta. Así que cuando
la tarde cae me levanto de mi escritorio y camino hasta su
oficina.
Toco a la puerta y entro con mi pasito apurado y evidente.
Tropiezo con la alfombra, casi me voy de bruces, choco
con una silla, y aunque Christian está concentrado en su
pantalla, sé que me vio desde que crucé la puerta. No es
la primera vez que lo noto observándome de reojo cuando
cree que no lo veo.
Me siento frente a él, cruzo una pierna sobre la otra y me
inclino un poco hacia adelante.
—Jefecito... le tengo un chisme —digo en voz baja, como
si estuviéramos conspirando y Christian cierra su
computadora, levanta la vista y me mira con atención.
—¿Sobre lo que te pedí?
—Sip.
—Suéltalo —me anima y si no supiera que con él todo es
estrategia y segundas intenciones, hasta parecería una
amiga chismosa.
Hago una pausa dramática antes de responder y luego
suelto todo de carrerilla.
—Pues esto es chisme de oficina, solo le aviso, no sé si
sea real o no, o sea sí es real pero no sé qué tenga que
ver con lo de la lista y...
—¡Regina! —me interrumpe—. ¡Primero el chisme, luego
los detalles!
—El dueño de TradeLink se divorció hace algunos días —
declaro y Christian reacciona como un resorte.
—¿Qué día? —le increpa.
—¿Eh...?
—¿Qué día, Regina? ¡Necesito saber qué día!
No entiendo por qué lo pregunta, pero paso saliva y le doy
la fecha exacta. Lo veo echarse atrás en su silla y pasarse
una mano por el cabello después de revisar un montón de
papeles que tiene en el escritorio.
—Mierda —murmura por fin—. Entonces lo que yo
averigüé tiene completo sentido.
Por un segundo mi corazón se acelera y siento las náuseas
en lo alto de mi estómago. ¿Lo que averiguó? ¿Mandó a
investigar? Y por un segundo la posibilidad de que sepa
quién soy hace que mis nudillos se pongan blancos sobre
mi falda.
—¿Qué... qué averiguó usted?
Christian apoya los codos en el escritorio y junta las
manos.
—Le pedí información a mi "pajarito", ese que se las sabe
todas.2
¡Dios, odio cuando usa ese término! Es su forma de decir
que tiene informantes en todos lados, pero tengo que
aprender de él porque este hombre no llegó hasta donde
está siendo idiota.
—¿Y qué te dijo tu pajarito?
Christian se inclina un poco hacia adelante y me muestra
los papeles; y yo tengo que morderme la lengua y casi
tragármela, para no preguntarle cómo diablos se hizo con
los reportes de inversión de la empresa de Devon de los
últimos seis meses.
Esto es espionaje corporativo a gran escala, y por un
segundo me siento una adolescente financiera, porque
Christian St. Jhon solo tiene sonrisa de niño para esconder
los dientes de tiburón que se gasta.
—Desde esa fecha, TradeLink no ha cerrado ninguna
operación grande —me dice—. Antes hacían dos o tres por
semana, pero desde esa fecha que me dices.... ¡nada!
Ahora solo mantienen las inversiones que ya tenían.
—¿O sea que dejaron de... moverse? —pregunto como si
me estuviera hablando en chino.
—Exacto. —Christian asiente—. Y eso solo puede significar
una cosa: Quien movía los hilos en la empresa ya no está.
O bien porque la esposa "se lo llevó" en el divorcio, o bien
porque era la misma esposa. De todo puede ser. La cosa
es que la mente detrás de TradeLink desapareció.
No digo nada. Solo lo observo, porque este hombre es más
sagaz de lo que cualquiera se imagina.
—¿Entonces?
—Entonces no tiene sentido hacer negocios con ellos. No
vale la pena. Mandaré a cerrar cualquier operación con
ellos, incluso las viejas, y moveré todo el capital a Crown
—sentencia y yo me encojo de hombros antes de
levantarme de la silla como si el corazón no estuviera a
punto de salirse de mi pecho.
—Bueno, solo quería contarle el chisme, jefecito —digo
con una sonrisa.
—Gracias, chismosa —responde él con tono divertido, pero
en cuanto me doy la vuelta para cerrar la puerta lo veo
bajar los ojos a los papeles y ajustarse la corbata.
¿Me estabas mirando el trasero mientras me iba,
tiburoncin?
Salgo de la oficina sintiéndome un poco más ligera,
Christian me ha sorprendido hoy de tantas formas que no
puedo comenzar a contarlas, pero al menos me queda la
seguridad de que no hará negocios con Devon. Uno menos
que tiene de respaldo, pero todavía me faltan dos, así que
me cambio de ropa y decido mandarle un mensaje al
abuelo Kaizen, que me asegura que me verá en el parque
para una partida.
Me siento a esperarlo en una cafetería cercana, en una de
las mesas de la calle, y mientras me bebo un café saco mi
teléfono y hago una llamada.
—Cancélalo —digo en voz baja, como si estuviera
hablando lo más confidencial del mundo—. Cancela
cualquier trato que tengas con TradeLink. Si Ironclad no
hará negocios con ellos, nadie debería.
Espero un momento, suspiro, niego con la cabeza, me veo
condescendiente y un poco frustrada, pero así se supone
que debo verme.
—Cariño, solo te estoy haciendo un favor porque eres mi
amiga y te quiero —Miro alrededor, como si quisiera
asegurarme de que nadie me esté escuchando—. El mismo
Christian St. Jhon mandó a cancelar cualquier operación
con ellos. No… no claro que no es un chisme; vi las órdenes
de cancelación yo misma —susurro—. Según él, el cerebro
de TradeLink ya no está en la empresa, no han hecho
nuevas operaciones desde que se fue, así que no te
arriesgues, porque la gente que se está hundiendo solo
puede hundir a otros.
Suspiro, asiento, cuelgo, recojo mi café, me levanto y
cuando me giro me sobresalto al ver a Ren detrás de mí.
—¡No seas cruel, para matarme tienes la katana, pero
déjame el corazoncito intacto! —lo provoco y miro
alrededor buscando al abuelo—. No eres precisamente el
tono de azul que estoy buscando, príncipe. ¿Dónde está el
ab...?
Pero no puedo terminar de decirlo, las náuseas suben de
golpe y todo se vuelve borroso.
Lo último que siento es cómo el mundo se inclina y unos
brazos me atrapan antes de que caiga.
CAPÍTULO 32. No estoy interesada en ti

Abro los ojos lentamente y me cuesta comprender dónde


estoy o recordar qué ha pasado. Lo primero que veo es el
techo blanco y la luz tenue de la habitación; y el
inconfundible olor a desinfectante me lo confirma: estoy
en un hospital.
Siento un apretón suave en la mano, volteo la cabeza y
ahí está el abuelo, sentado en una silla junto a mi cama,
con los brazos cruzados y una expresión preocupada, una
que se llena de calma cuando se da cuenta de que estoy
despierta.
—Regina —dice con alivio, inclinándose hacia mí—. Nos
diste un susto, hija.
Intento incorporarme, pero un mareo me detiene. Me llevo
una mano a la frente y cierro los ojos por un segundo.
—¿Qué pasó? —pregunto con la voz pastosa.
Antes de que el abuelo pueda responder, mi vista se
desliza hacia la ventana. Ren está ahí, de pie con las
manos en los bolsillos, mirando hacia afuera. Su postura
es relajada, pero sé que está escuchando.
—Te desmayaste —responde el abuelo—. Ren y yo te
trajimos al hospital. Luego una doctora que dice que es tu
doctora llegó, y Ren la amenazó para que nos dejara
quedarnos contigo —dice con absoluta naturalidad, y yo
solo puedo imaginarme a Ren enseñándole la katana a la
pobre doctora.
Hago una mueca. ¿Desmayarme? Qué ridículo. Yo no soy
de las que se desmayan.
Pero antes de que pueda preguntar más, la puerta se abre
y mi doctora entra con una tabla de papeles en la mano.
Su expresión es neutra, pero sus ojos se clavan en los
míos con una mezcla de advertencia y reproche.
—¿Podrían dejarnos solas un momento? —pregunta con
tono profesional aunque se nota que Ren la asusta un
poco.
El abuelo duda, pero asiente, y Ren ni siquiera se gira
hacia mí antes de salir, como si le diera exactamente igual.
Cuando la puerta se cierra, la doctora tira de una silla y la
acerca a mi cama.
—No has venido a hacerte los chequeos que te pedí —
murmura y yo suspiro y miro hacia el techo.
—No he tenido tiempo para más malas noticias.
Y definitivamente deben ser malas porque no la escucho
contradecirme.
—¿Ya sabe por qué me desmayé? —pregunto y ella
asiente.
—Tu cuerpo sí ha tenido tiempo para darte señales.
Desmayarte no es normal. Tienes un desbalance hormonal
muy fuerte como... como consecuencia de las lesiones en
tu útero.
Mi garganta se seca. Bajo la mirada a mis manos y aprieto
la sábana con los dedos.
—¿Qué significa eso exactamente? —pregunto porque
"desbalance hormonal" significa muchas cosas y la verdad
es que prefiero que me digan de una vez—. ¿Corro riesgo
de quedar embarazada?
La doctora suspira antes de responder, y sé que quisiera
no ser ella la que me diga esto.
—No, ninguno. En este momento y con todo lo que tu
cuerpo ha sufrido, es completamente imposible que te
embaraces. No hay ninguna posibilidad de que eso ocurra.
Cierro los ojos y por un segundo mi pecho se siente vacío.
Algo dentro de mí esperaba una respuesta diferente,
aunque no sé por qué. Aprieto los labios y asiento
lentamente.
—¿Es permanente? —pregunto y ella se encoge de
hombros con tristeza.
—No sabría decirte, estas no son matemáticas. Quizás en
un par de años se podría volver a hacer estudios, pero de
momento... en este momento...
—Soy estéril —comprendo y la doctora me mira con un
poco de lástima. No me dice que lo siente, no me dice que
hay soluciones, no intenta endulzarlo. Y lo agradezco.
En cambio me entrega un frasco de pastillas.
—Tómate estas. Ayudarán a regular un poco tus
hormonas, pero necesitas descanso, buena alimentación,
ejercicio. Ya sabes cómo va esto. Tienes que cuidar de ti.
Asiento sin decir nada más. Ella me da una última mirada
antes de salir de la habitación y en cuanto la puerta se
cierra me dejo caer contra la almohada.
Siento que quiero llorar, mi pecho se estruja, mis ojos
escocen, pero las lágrimas no salen. Es como si estuvieran
atrapadas en algún lugar profundo dentro de mí.
Me levanto con calma y empiezo a vestirme. No tengo
ganas de estar aquí más tiempo del necesario, no cuando
este sitio me trae tan malos recuerdos.
Cuando termino, la puerta se abre de nuevo y el abuelo
entra con su expresión preocupada de siempre.
—¿Ya te dieron el alta? —pregunta y cuando le hago un
gesto de afirmación me dice sin rodeos—: Quiero que
vengas a mi casa, hija. Sé que trabajas demasiado y
encima sacas tiempo para mí. Me siento muy responsable.
Por favor pasa unos días con nosotros para que podamos
cuidar de ti.
Le sonrío sin ganas y niego con la cabeza, tratando de ser
lo más amable con él.
—No puedes hacerte responsable de mí, abuelo. Paso
tiempo contigo porque quiero, no porque tenga que
hacerlo.
Él suspira y me mira con seriedad, y luego le abre los ojos
a su nieto como si esperara a que él me convenciera, pero
Ren solo le devuelve esa expresión que es una mezcla de
arrogancia y desinterés que cree él que me saca de quicio.
—Regina, hazle caso al abuelo —dice con sarcasmo—. Si
vas a estar desmayándote, lo lógico es que estés donde
haya un hombre que pueda cuidarte. Preferiblemente que
yo sea ese hombre, ¿no?
Levanto la mirada y lo fulmino con los ojos.
—¿Eres tonto o te haces? —escupo y veo cómo pasa del
pálido sorprendido al rojo furioso en un segundo—. ¿Crees
que me desmayé a propósito? ¿Crees que hice esto para
obligarte a cuidarme? ¿Pero tú con qué clase de mujeres
estás acostumbrado a tratar? —le gruño porque tolerancia
no es algo de lo que tenga mucho ahora—. Lamento
decepcionarte, pero no soy de las mujeres que se
enferman para llamar la atención de un hombre.
Lo veo levantar una ceja y cruzarse de brazos, con una
media sonrisa burlona en los labios.
—Claro que no. Eres independiente, fuerte y no necesitas
a nadie. No quieres casarte ni tener hi...
—¡Cállate! —exclamo en un tono tan feroz que hasta el
abuelo se sobresalta—. No soy débil. No soy frágil. Y sobre
todo, no me interesas tú en lo más mínimo. —Me giro
hacia el señor Kaizen y tomo sus manos respirando
hondo—. Abuelo, lamento si esto lo decepciona, pero me
acerqué a usted porque me gusta la estrategia, porque me
sentía sola, y porque usted me mostró más bondad que la
mayoría de las personas que conozco. Pero nunca he
pensado en su nieto como pareja.
La expresión de Ren se vuelve de piedra y el abuelo
intenta protestar.
—Pero hija...
—No puedo casarme con Ren, abuelo. No puedo ser la
esposa de la familia Toshiro, ni darle herederos, porque
soy estéril.

CAPÍTULO 33. Un hombre sin contención

La expresión del abuelo cambia de inmediato, el brillo en


sus ojos se apaga, como si acabara de recibir una noticia
devastadora. Se lleva una mano al pecho y suspira hondo;
y entiendo que de verdad le agrado, que de verdad tenía
una esperanza en esto y por desgracia es una que no
puedo alimentarle. Seré una villana, pero ir destrozando a
diestra y siniestra no es lo mío.
—Creo que necesito un té... — murmura—. Los esperaré
en la cafetería.
Se gira despacio y sale de la habitación sin decir nada más,
dejándonos a Ren y a mí en un silencio incómodo. Es un
señor amable, pero sigue siendo tradicional y quiere la
continuidad de su apellido, así que literalmente necesita
espacio para dejarme ir.
Cierro los ojos por un momento y trato de ganar algo de
estabilidad antes de tomar el frasco de pastillas que me
dejó la doctora.
No sé si debería decir algo o simplemente marcharme,
estoy agotada, dolida, emocionalmente quebrada y solo
quiero abrir un hueco en la tierra y dejarme caer en él. Sin
embargo cuando fijo la vista en Ren, veo que él también
está en shock. No se mueve. No parpadea. Solo me mira
con una mezcla de incredulidad y algo más que no quiero
descifrar.
No tengo ánimos para esto. Me inclino hacia la silla donde
dejé mi bolso y lo recojo con prisa.
—Gracias por traerme al hospital, pero creo que será
mejor despedirnos aquí. Me voy a casa por mi cuenta.
No quiero su compañía. No quiero seguir aquí. Necesito
respirar lejos de todo esto, pero apenas mi mano se cierra
sobre la manija de la puerta, la suya se cierra sobre mi
muñeca.
—Jamás quisiste casarte conmigo.
Su tono es frío, pero noto la intensidad que hay detrás.
—No, Ren nunca he tenido esa intención.
—Porque sabías que eras estéril.
—Lo sabía.
—No estás buscando un matrimonio conveniente.
—¡Ni uno inconveniente, maldición, suéltame de una vez!
—gruño y de repente, antes de que pueda reaccionar, tira
de mí con tanta fuerza que me estrello contra su pecho y
un segundo después sus labios están sobre los míos.
Me quedo completamente paralizada. No me esperaba
esto, Ren no es sutil cuando algo lo frustra, pero jamás
pensé que llegaría a tanto.
Mi cuerpo se congela. No lo beso de vuelta, pero tampoco
lo aparto. Es como si mi mente necesitara segundos de
más para entender lo que está pasando mientras él devora
mi boca como si hubiera estado conteniéndose por siglos
y ya no tuviera que hacerlo.
Sus labios son demandantes y sus brazos me envuelven
con una posesividad que nadie adivinaría en él.
Cuando finalmente mi cerebro reacciona, Ren ya está
dando un paso atrás, mirándome con una intensidad
mientras ninguno de los dos alcanza a respirar bien.
Pestañeo despacio, intentando enfocarme y por fin consigo
negar con la cabeza.
—No... No puedes hacer eso —murmuro y por suerte mi
voz sale con más firmeza de la que esperaba—. No puedes
hacerme esto, Ren. No puedes besarme como si...
—¿Por qué no?
—¡Porque yo digo que no! —exclamo llevándome las
manos a la cabeza, porque ahora mismo no soy estratega
ni soy nada, solo soy una mujer a la que acaban de decirle
que es estéril—. Escúchame bien: y aprecio a tu abuelo, y
respeto a la gente que aprecio. Lo respeto más de lo que
tú lo haces en este momento, porque acabo de dejar claro
por qué jamás podría ser parte de tu familia. No importa
cuánto me aprecie el abuelo, sigue siendo un hombre
tradicional que quiere perpetuar su apellido, así que algo
entre tú y yo solo le rompería el corazón a él, y te pondría
a ti en una posición en la que tendrías que pelear con tu
familia.
Ren da un paso hacia mí, pero yo me aparto.
—Yo no he definido el "algo".
Y no sé por qué, pero la tranquilidad en su voz me revuelve
el estómago.
—Claro —respondo con una sonrisa amarga—. Ya
entiendo. Hace una hora no te me podías ni acercar, pero
ahora solo soy la mujer fácil y estéril que no esperaría
nada más de ti porque no puede aspirar a un matrimonio,
¿no?
Sus ojos se oscurecen de inmediato y aprieta los labios.
—¡No he dicho eso...!
—Ni siquiera necesitas de decirlo —le gruño en
respuesta—. ¡Demonios, lo que te sobra de habilidad para
los negocios, te falta en inteligencia emocional!
¡Y yo pensando que este era el menos tarado de los tres!
Abro la puerta con la poca fuerza que me queda y salgo
del hospital, dejando atrás todo ese desastre. La
estrategia tendrá que quedar para mañana. Ahora mismo
solo quiero helado, vino blanco... vino blanco con helado
y llorar hasta quedarme dormida.
Cuando llego a casa, me siento peor. La realidad me
golpea con más fuerza y por suerte Vero está aquí para
contenerme. Me escucha, me abraza, amenaza a todos los
hombres y luego dice que acusará a Ren con Ruby para
que le destroce alguno de sus autos que seguro tiene
muchos.
—Va a ser difícil por un tiempo —murmura acariciando mi
espalda—. Sabíamos que esto iba a ser difícil, pero tú
puedes con esto.
Levanto la mirada y las lágrimas se me acumulan en los
ojos.
—Ni siquiera tengo dónde llorar a mis hijos, Vero... o un
lugar para visitarlos...
Las palabras me desgarran el pecho. He intentado ser
fuerte durante demasiado tiempo, pero lo cierto es que no
he podido hacer el duelo como se debe. No tengo un lugar
para ellos. No tengo un espacio donde visitarlos, donde
hablarles, donde recordarles sin sentir que estoy flotando
en el vacío.
Verónica me toma de la mano y la aprieta con fuerza.
—Vamos a arreglar eso, te lo prometo.
Sus palabras son un ancla en medio de la tormenta.
Asiento, aunque no sé cómo ni cuándo, pero saber que ella
está conmigo en esto me da un poco de paz.
Mi celular empieza a sonar en la mesa y un segundo
después el de Vero. Miramos quién llama y es Ruby. De
inmediato contesto y me doy cuenta de que algo debe
estar pasando, porque lo primero que escucho de su voz
en un carraspeo.
¿Ruby? ¿Qué pasa?
“Nena, tienes que venir de inmediato" dice con urgencia y
yo me enderezo en el sofá, sintiendo un escalofrío en la
espalda".
—¿Qué pasa?
"Que tengo a Viggo Massari en mi puerta ahora mismo,
eso pasa".

CAPÍTULO 34. Tu apellido

No puedo creer lo que acabo de escuchar. Me quedo con


el teléfono en la mano, todavía caliente por la llamada de
Ruby, y siento una corriente de adrenalina recorrerme el
cuerpo.
Viggo...
Viggo Massari...
En su puerta.
Me cambio con rapidez, sin siquiera pensar demasiado en
lo que me pongo. Jeans, un suéter ligero, botas. Necesito
salir de aquí. No tengo idea de cómo demonios Viggo
encontró a Ruby, pero es evidente que esta pieza en
particular del rompecabezas no la posicioné yo y eso me
asusta.
Tomo las llaves del coche y el bolso antes de salir casi
corriendo del departamento. Verónica viene detrás de mí,
supongo que para hacer control de daños, y el trayecto
hasta el departamento de Ruby se siente eterno. Cuando
finalmente llego y subo hasta su piso, las puertas del
ascensor se abren y lo primero que veo es una figura
sombría apoyada en la pared del pasillo, Viggo.
Tiene las manos en los bolsillos de su gabardina oscura, la
mirada baja, y el estado de alerta del depredador que no
confía ni en su sombra. Pero en cuanto me acerco, levanta
los ojos y me mira. Hay algo en su expresión que no logro
descifrar, y nos quedamos en silencio por varios segundos,
como si ninguno de los dos entendiera qué está pasando
o cómo es que estamos frente a frente.
—¿Cómo...? —balbuceo y paso saliva para que mi voz
salga más clara— ¿Cómo me encontraste?
Viggo se incorpora lentamente, sacando una mano del
bolsillo y encogiéndose de hombros mientras avanza hacia
mí.
—Mandé a investigar el número de placa del auto en el
que fuiste a mi casa la otra noche —contesta con
sinceridad y si hay un momento para declarar acoso,
abuso de poder y conexiones ilegales en el departamento
de policía... bueno él las declara todas—. Con el número
averigüé el nombre de la dueña y su dirección. Así supe
que Ruby Hall es una de tus amigas.
Me tomo un momento para encajar lo que acaba de
decirme. No me sorprende. No debería sorprenderme. Es
el tipo de cosas que un hombre como Viggo Massari haría
sin dudar. Pero lo que me inquieta no es que lo haya
hecho, sino que lo hizo por mí.
—¿Qué más averiguaste? —pregunto con cautela y Viggo
me sostiene la mirada antes de negar.
—Nada más —responde con sinceridad—. Todo lo demás
que necesito saber ya lo sé, y lo que no... puedo esperar
a que me cuentes cuando estés lista.
Mi respiración se agita un poco. No sé si es por la
intensidad en su mirada o porque simplemente no
esperaba esa respuesta; una que al parecer tiene mucho
de confianza en el futuro.
—Me hablas como si estuvieras seguro de que nos
volveremos a ver —le reclamo—. Y creo recordar que dije
"nunca".
Viggo sonríe de lado y extiende su mano hacia mí,
tomando una de las mías.
—"Nunca" puede ser después de esta noche, ahora quiero
llevarte a un lugar.
Podría negarme. Debería negarme. Pero mi instinto me
dice que lo siga. Me guste o no, con Christian de mi parte,
todavía Ren y Viggo son las opciones de Devon, así que no
puedo darme el lujo de perder el respaldo de ninguno de
ellos.
Suena como una buena excusa ¿verdad?
Así que le hago un gesto de afirmación y bajamos al
estacionamiento. El coche de Viggo es elegante, silencioso
y huele a cuero y madera pulida. Me abre la puerta como
un caballero y me ajusta el cinturón de seguridad. Al
parecer yo no soy la única buscando excusas.
Luego conduce sin prisa, pero no me dice a dónde vamos
y yo no pregunto. Me limito a mirar la ciudad pasar por la
ventana y cuando finalmente llegamos, reconozco la zona
de inmediato.
Estamos en el Upper East Side, frente a un edificio
imponente de ventanales enormes y seguridad privada.
Subimos a uno de los pisos superiores en un ascensor
silencioso; y cuando las puertas se abren, Viggo me guía
hasta un departamento y se detiene frente a la puerta. Me
mira con seriedad y entiendo que es una pregunta que
quiere hacerme pero no quiere.
—Voy a preguntarte una sola cosa —me avisa y yo asiento,
intrigada—. ¿Cuál es tu apellido? El de soltera.
Frunzo el ceño pero de nuevo, con este hombre no
necesito máscaras.
—Sand —respondo y él no dice nada, solo abre la puerta
y me hace pasar.
El departamento es impresionante. Amplio, con paredes
en tonos cálidos y ventanales que dejan entrar la luz de la
ciudad. Desde aquí, la vista de Manhattan es espectacular.
Hay un sofá de cuero claro, estanterías de madera con
libros perfectamente acomodados y una cocina moderna
con acabados impecables.
Una chimenea eléctrica arde en una de las paredes del
salón, y cuento puertas para una, dos... tres habitaciones.
Todo está en su lugar, como si nadie hubiera vivido aquí
jamás, pero al mismo tiempo se siente hogareño,
acogedor.
Me giro para mirarlo con un gesto interrogante.
—¿Qué es este lugar? —le pregunto pero Viggo no
responde de inmediato.
En lugar de eso se acerca a la mesa del comedor, toma
una pluma y rellena algunos papeles antes de tendérmelos
con un gesto seguro.
—Este es tu departamento —dice y yo siento que el suelo
se me mueve bajo los pies.
—¿Qué? —Parpadeo, mirando los documentos. Mi nombre
está ahí. Mi nombre—. No puedo aceptar esto —digo de
inmediato y Viggo inclina la cabeza.
—Es demasiado tarde para eso. Las escrituras ya están a
tu nombre... aunque los servicios están al mío —sonríe y
entiendo lo que significa: el sitio es mío, pero aun así él
pagará por absolutamente todo.
Mi corazón late con fuerza y siento que la cabeza me va a
estallar, miro los papeles como si estuvieran escritos en
chino y de repente veo otro documento de propiedad.
—¿Esto es...?
—¡Ah, sí, es una camioneta! —dice él como si nada—. Está
en el estacionamiento. Quería comprarte un deportivo
pero esos están demorando mucho, y además los
fabricantes se ponen muy tiquismiquis para blindarlos.
Mis labios se separan porque con “blindarlos” mi cerebro
ya hizo cortocircuito.
¿Departamento? ¿Camioneta blindada? ¿Qué demonios
está pasando con este hombre?
CAPÍTULO 35. Fuera del campo de batalla.

No lo entiendo. Viggo Massari es un follador


indiscriminado, esa es su naturaleza, no se le conoce ni
una relación seria, las amantes son lo único que abunda
en su vida; sin embargo estoy segura de que estos no son
sus gestos naturales con ninguna amante. No son fajos de
billetes arrojados a la cara, es algo más... algo que
también es nuevo para él.
Siento su duda mientras se acerca a mí, como si fuera un
entrenador tratando de acercarse a una osa salvaje o algo
así. Me da la vuelta para envolverme en sus brazos, y con
mi espalda pegada a su pecho me empuja por el pasillo
hasta una de las habitaciones.
Cuando abre la puerta siento que me quedo muda de la
sorpresa.
El cuarto es precioso, y dentro hay un vestidor completo.
Filas de ropa perfectamente ordenada, zapatos de
diseñador en estantes de cristal, bolsos en
compartimentos iluminados, joyas en las vitrinas. Todo
preparado para mí. Todo de mi medida.
—¿Qué es esto...? —susurro y sé que mi cuerpo cede
porque Viggo me abraza con más fuerza. Y lo que siento
no tiene nada que ver con el dinero que se está gastando
en mí, sino con el hecho de que me escuchó. Él de verdad
escuchó lo que necesito, mi sitio, mi auto, mi ropa... y está
tratando de darme al menos algo de lo que perdí.
—Considéralo tu lugar fuera del campo de batalla —me
dice—. Y si sientes que es muy difícil aceptarlo, entonces
piensa que es de los dos.
Me giro para mirarlo y no puedo evitar este nudo en la
garganta.
—¿De los dos? —murmuro y él asiente.
—Tú y yo sabemos que vivimos en uno. Cada quien tiene
su propia guerra. —Por un segundo respira hondo y luego
entiendo por qué es difícil lo que dirá a continuación—. La
puerta tiene un sensor especial. Cuando estés saturada y
quieras verme, ven aquí y yo lo sabré, y vendré a verte
tan pronto como pueda.
Mi corazón se acelera porque esta es la parte de
dominante y posesivo que no puede quitarse ni queriendo.
—¿Y si quieres verme tú? —pregunto y lo veo sonreír.
—Así también puede funcionar. Configuraré el sensor para
que mande una alarma a tu teléfono, y así yo podré hacer
lo mismo. Cuando el campo de batalla me sature, vendré
aquí. Y tú podrás elegir si quieres verme o no.
No sé qué responder. No sé qué sentir. Todo esto es
demasiado.
Nos quedamos en silencio, el aire está cargado de algo que
no puedo definir, pero hay una cosa que tengo clara: Viggo
Massari acaba de cambiarlo todo.
Y no tengo idea de lo que eso significa.
—Viggo... —Quiero decir que sí. ¡Maldición, quiero decir
que sí! Pero.... — ¿Y cómo eso sería diferente de ser el
juguete del otro? — le pregunto y él sonríe con seguridad.
—Porque solo saldríamos corriendo el uno hacia el otro, no
hacia nadie más.
Su voz es grave, plena de convicción o simple terquedad,
ya no lo sé. Una parte de mi piensa que no tiene sentido
construir una historia sobre ruinas y cenizas. Pero
entonces, saca de su bolsillo dos llaves y me extiende una.
—Me quedo con una —dice—, y tú te quedas con la otra.
Lo miro, sosteniendo la llave en el aire, esperando que la
tome.
—¿Aceptas?
No sé qué responder. Mi corazón me grita que sí, pero mi
cabeza está en guerra con él. Finalmente, alargo la mano
y tomo la llave, sintiendo el frío del metal contra mi piel.
—Supongo que lo averiguaremos —murmuro—, si el
sensor te avisa alguna vez que entré de nuevo.
Viggo sonríe, pero no dice nada. En su mirada hay algo
más que deseo, algo que me asusta reconocer.
Se acerca y me besa, uno de esos besos que hacen estallar
bragas, sin titubeos, sin preguntas, sin pausas. Me toma
de la cintura y me empuja contra la pared, atrapándome
entre su cuerpo y la piedra. Mis manos suben por su cuello,
enredándose en su cabello, y él me sujeta por las caderas,
acercándome más, presionando contra cada centímetro de
mí que reacciona a su tacto.
El calor crece entre nosotros en cuestión de segundos. Sus
labios se deslizan por mi mandíbula, mi cuello, mientras
sus manos exploran mi cuerpo con desesperación.
—Viggo... —jadeo y me calla con otro beso, uno más
profundo, más exigente. Sus manos aprietan mi cintura
con fuerza, subiéndome un poco, haciéndome aferrarme
más a él. Siento su respiración acelerada contra mi piel, y
su deseo es tan evidente como el mío.
Pero un segundo después siento cómo se detiene. Apoya
su frente sobre la mía mientras gruñe una maldición y se
aparta.
—Toma —susurra, deslizándome algo en la mano.
Bajo la vista y veo las llaves de mi nueva camioneta.
—Al menos acepta esto. Tienes que irte —dice—. Tienes
que irte ¡ahora! o acabaremos como siempre acabamos.
Vete.
No sé qué contestar. Aún siento el latido frenético de mi
corazón y el cosquilleo de su contacto en mi piel. Pero me
doy la vuelta y trato de controlar todo mientras me subo
en mi nueva camioneta blindada y conduzco de vuelta al
departamento de Ruby.
Cuando llego al departamento de Ruby, mis amigas ya
están ahí.
—¿Y bien? —pregunta Vero apenas me ve entrar.
Me dejo caer en el sillón con un suspiro y saco la llave del
departamento. La historia se cuenta rápido, los
sentimientos, por otro lado, son mucho más difíciles de
explicar porque tengo miedo. Tengo miedo de que Viggo
deje de ser solo una pieza en mi juego y se convierta en
algo más grande, algo que ya no pueda controlar.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Ruby mientras tomo la
llave de la mesa y la aprieto en mi mano.
—Guardarla —respondo finalmente.
A la mañana siguiente, el mundo vuelve a girar de nuevo
y mi plan sigue en marcha, incluso un poco mejor de lo
que esperaba.
Cuando llego a la oficina de Christian, él ya me está
esperando con una carpeta en la mano.
—Aquí está la oferta para Crown —dice,
extendiéndomela—. Llévala a sellar con el departamento
legal, salimos en media hora a presentarla.
—Claro jefecito —le digo antes de salir, hojear la
propuesta y llamar a Verónica como una loca desesperada
para que tenga la contraoferta lista.
Para cuando llegamos a la reunión, una hora más tarde,
Verónica ya está sentada, con su habitual expresión
impasible. Le entrego la carpeta y ella la revisa con calma
antes de poner otra sobre la mesa.
—La dueña de Crown Capital Trade aceptará sus veinte
millones, señor St Jhon —le dice y sé que este es el
momento decisivo—, pero a cambio del diez por ciento de
participación. No más.

CAPÍTULO 36. El enemigo en la... puerta

Siento que el corazón se me saldrá del pecho. Pasó un


año, literalmente, desde que Devon y yo fundamos
TradeLink hasta que conseguimos el primer gran inversor;
y ahora, con mi propia empresa, esto está pasando en
cuestión de días.
Christian parece dudar, revisa los documentos, suspira,
pero sé que en el fondo solo se está haciendo el difícil
porque eso le divierte, pero al final termina firmando el
acuerdo con Verónica, y yo siento que estoy en las nubes.
No puedo creerlo. ¡Mi empresa acaba de dar un salto
exponencial! ¡Un acuerdo de colaboración con uno de los
grupos más grandes de Wall Street! ¡Esto es enorme!
Intento mantenerme profesional, pero mis manos están
temblando de emoción.
Christian me mira y sonríe con suficiencia, como si ya
supiera que esto pasaría, y luego se gira hacia mi amiga.
—Felicidades, señora Lynch, espero poder conocer pronto
a la dueña de Crown Capital Trade —dice, cerrando la
carpeta con el contrato firmado.
Vero me hace un guiño antes de salir detrás de "mi jefe"
y yo me voy sintiendo que estoy a punto de explotar de
felicidad.
Regresamos a la oficina, y puedo notar que hasta Christian
se ve más relajado. Está feliz. Es una de esas raras
ocasiones en las que parece humano y no una máquina de
negocios.
Pero, por supuesto, la paz no dura mucho. Quiero celebrar
esto hasta el infinito y no puedo porque el teléfono de mi
escritorio suena y cuando contesto, la voz de la
recepcionista suena preocupada.
—Regina, hay un problema —me dice apurada—. Un
hombre... bueno una pareja, entró sin cita y están
exigiendo hablar con el señor St. Jhon. Está haciendo un
escándalo porque tiene problemas con su empresa y dice
que es culpa del jefe, así que traté de detenerlos pero ahí
van en el ascensor. ¡Esa señorita casi me pega con su
cartera de diseñador!
Cierro los ojos con frustración. ¡Justo cuando todo iba
bien!
—No te preocupes, yo me encargo —le digo y cuelgo.
Camino con determinación hacia el pasillo, pero cuando
las puertas del ascensor se abren me congelo y solo atino
a esconderme detrás de la primera esquina que encuentro.
—¡Maldición! —gruño porque al otro extremo del pasillo
están Devon y Anabella—. ¡Mierda!
Si Viggo me oyera ahora mismo seguro que... ¡No pienses
en eso, no pienses en eso! ¡Corre, esperancita, corre!
El pánico se apodera de mí en un segundo.
Si Devon me ve aquí esto será un desastre y por supuesto
que me pondrá en evidencia delante de Christian. Es
evidente que ya sabe que él canceló sus operaciones con
Tradelink... por eso está aquí.
Mi cerebro entra en modo de supervivencia.
Doy media vuelta y corro directo a la oficina de Christian.
Él me ve entrar como un huracán, cierra la carpeta del
contrato con sobresalto y me observa con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
—¡El dueño de Tradelink está aquí! ¡Devon!
Christian abre la boca, pero antes de que pueda decir
nada, yo ya estoy en acción.
Miro alrededor buscando un escondite. ¡No hay! ¿Cómo no
tiene un maldito armario en esta oficina?
—¡Regina...! —susurra Christian cuando me persigno,
empujo su silla a un lado, me agacho y me meto debajo
de su escritorio—. ¡Pero ¿qué demonios haces?!
—¡Lo siento, jefecito, de verdad lo siento! —susurro de
vuelta—. ¡Pero si esa gente me ve aquí, estoy jodida!
—¿Eh?...
Antes de que pueda protestar más, tiro de su silla hacia
mí y ni siquiera tengo que decir dónde diablos queda mi
cara. Pero la puerta de la oficina se abre de golpe y desde
mi escondite veo los zapatos de Devon y los tacones de
Anabella entrando con paso firme.
Intento hacerme lo más pequeña posible mientras escucho
la discusión que empieza encima de mí, y mi corazón solo
suplica para que no me mencionen de ninguna manera.
—¿A qué se debe esta visita sin previo aviso? —pregunta
Christian con su tono más frío y profesional.
—St. Jhon, acaban de darme una desagradable noticia y
he tenido a que venir a que usted me la desmienta —
responde Devon con voz contenida—. Me han informado
que usted canceló todas nuestras operaciones sin ninguna
explicación.
Christian ni siquiera titubea.
—Será porque no te debo ninguna explicación.
Desde mi escondite, me agarro con fuerza a la tela del
pantalón de Christian, como si eso fuera a estabilizarme,
y siento cómo él se tensa de inmediato.
¡Joder que no quería tocarlo a él! Mira hacia abajo y le
hago un puchero de disculpa.
Suelto su pantalón de inmediato y me tapo la boca para
no reír. Christian está teniendo la reunión más importante
del día mientras yo estoy agazapada bajo su escritorio,
intentando no ser descubierta.
—Señor St. Jhon, esto es muy poco profesional —se
adelanta Anabella—. Usted es un hombre inteligente. No
puede ignorar el hecho de que Tradelink es una gran
empresa y que podría estar perdiendo una oportunidad
muy valiosa al cortar su relación comercial con ella.
—No lo veo así —contesta él con indiferencia y Devon
suelta un bufido de frustración.
—Entiendo si no quiere aceptar el proyecto grande, pero
al menos mantener las operaciones básicas... No puedes
negar que tenemos una estructura sólida y una reputación
impecable.
Christian se cruza de brazos.
—Mi decisión está tomada.
Siento que la tensión en la sala sube y, honestamente, el
nerviosismo hace que mi mente trabaje más rápido de lo
normal. Alcanzo un papel de un cajón cercano y tiro del
pantalón de Christian, que se pone rojo otra vez y me pasa
disimuladamente una pluma con la que escribo
rápidamente. "Pregúntale por qué su empresa detuvo
operaciones hace unos días."
No tengo dónde más ponerla, así que con el dolor de mi
alma le pongo la notita en la bragueta.
Él se queda congelado.
Por un momento, nadie dice nada. Su rostro cambia de
color. Se pone rojo, luego blanco, luego rojo otra vez.
Devon y Anabella lo miran con extrañeza.
—¿Está bien, señor St Jhon? —pregunta ella y Christian
carraspea.
—Estoy bien —responde con voz tensa. Luego, como si
nada hubiera pasado, se aclara la garganta—. Solo tengo
una duda señor Finnigan: ¿Por qué su empresa detuvo
operaciones hace unos días?

CAPÍTULO 37. Un encuentro desagradable

No puedo evitarlo. Esto es tan peligroso como divertido.


—Bueno, es que estamos enfocados en hacer crecer
nuestras inversiones actuales y...
—Déjate de juegos que los dos sabemos que a menos que
haya flujo constante cualquier empresa de Trade se va a
la quiebra, así que repito mi pregunta. ¿Por qué detuviste
operaciones hace días?
Devon trata de darle excusas y Christian ya está al borde
de un colapso, pero yo sigo deslizando notas sobre su
bragueta mientras Devon y Anabella intentan negociar con
él. Cada vez que se las pasa disimuladamente a la mano
y las lee, su mandíbula se tensa más.
"Dile que solo le devolverás los contratos si te trae una
operación fuerte en los próximos dos días."
Lo veo cerrando los ojos un segundo, probablemente
intentando encontrar la paciencia que ya perdió hace diez
minutos, junto con el control de lo que hay debajo de su
bragueta. Se aclara la garganta y, con su voz más
autoritaria, suelta:
—Señor Finnigan, ya me cansé de discutir. Tráeme una
operación fuerte en los próximos dos días y consideraré
devolverte los contratos básicos.
Devon parpadea, confundido.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste —Christian cruza los brazos—. Dame
algo que valga la pena y lo pensaré.
Casi puedo escuchar a mi exmarido apretando la
mandíbula. No le gusta la idea, pero también sabe que es
la única opción que tiene.
—Está bien —dice al final con voz dura— Nos veremos
pronto, St. Jhon.
Devon se da media vuelta y camina hacia la puerta,
cerrándola de golpe al salir con expresión altanera.
Anabella lo sigue, aunque antes de marcharse le dedica a
Christian una mirada coqueta. ¡Maldita zorra!
Cuando la puerta se cierra, la sala queda en un silencio
tenso, y en menos de un segundo Christian me agarra del
brazo y me saca de debajo del escritorio.
—¿Qué demonios pasa contigo? —me gruñe, pegándose a
mi hasta aprisionarme contra la mesa.
Trago saliva. Está demasiado cerca. ¡Joder puedo sentirlo
todo!
—¡Yo... te ayudé! —trato de defenderme inútilmente—. Si
no fuera por mis notas, esa gente te hubiera convencido.
Christian suelta una risa seca.
—Si no fuera por tus notas yo habría sabido de qué rayos
iba la conversación, porque honestamente solo estaba
pensando en… en... —Los dos miramos hacia abajo y no
puedo evitarlo, la casa de campaña me hace pasar saliva—
. ¡Es que ni siquiera me voy a disculpar porque fue tu
culpa!
—Sí señor.
—¡Yo estaba tranquilito sin meterme con nadie!
—¡Sí señor!
—Y tú me pusiste... encima de...
—¡Sí señor!
—¡¿Quieres explicarme qué demonios fue todo eso?! —
escandaliza y no tengo tiempo de inventarme una historia
elaborada, así que opto por una verdad a medias.
—Trabajé para Anabella —le digo, sin apartar la mirada—
. Las cosas no terminaron bien.
—¿No terminaron bien? —repite él, inclinándose un poco
más, con el ceño fruncido—. ¿Qué significa eso?
Me encojo de hombros.
—Que me odia.
Christian me observa como si intentara decidir si estoy
diciendo la verdad o no. Sus ojos bajan por mi rostro hasta
mis labios y luego vuelven a mis ojos. Hay algo distinto en
su expresión, algo peligroso.
—Estás mintiendo —dice en voz baja.
—No del todo —susurro con esta sonrisa inocente y creo
que le dará un colapso. Su pecho sube y baja más rápido
de lo normal. Estamos demasiado cerca.
Demasiado.
Por un momento, pienso que me va a besar. Pero, en
cambio, se aparta de golpe y me da la espalda.
—Está bien—dice—. Hablaremos después.
Me toma un par de segundos recuperar el aliento y
escapar, ¡literalmente escapo, me voy, ¡adiós!
Paso el resto del día como un avestruz, con la cabeza
enterrada entre papeles, y Christian por suerte no vuelve
a llamarme a la oficina ni para pedirme agua. ¡Sale él
mismo por su café, con eso lo digo todo!
Espero a que den las cuatro como si mi vida dependiera
de eso y luego salgo de la oficina como alma que lleva el
diablo porque bueno... este también es mi papel.
Sin embargo antes de que llegue al estacionamiento mi
celular vibra con un mensaje del abuelo Kaizen.
"Regina, quiero invitarte a cenar esta noche en mi casa.
Enviaré un auto por ti."
Sonrío mientras tecleo de vuelta.
"Muchas gracias, abuelo, pero el auto no es necesario, yo
puedo llegar sola".
Y por supuesto que la respuesta no se hace esperar:
"Todo caballero que se respete envía un auto por las
damas", sentencia y sé que lo único que puedo hacer es
enviarle mi dirección.
Me dirijo al departamento para una mini celebración con
las chicas y luego me arreglo a toda prisa. Me pongo un
vestido elegante pero no demasiado formal, unos tacones
cómodos y me recojo el cabello en una coleta alta.
Justo cuando estoy lista para salir, el interfono del
departamento suena con una llamada de la recepción del
edificio.
"El auto de la señorita Regina está esperando en el
estacionamiento."
Me despido de las chicas a toda prisa, y bajo con mi mejor
ánimo... pero por desgracia cuando llego al
estacionamiento no es solo el auto del abuelo Kaizen lo
que me está esperando.
¡Es Devon!
Me congelo en el acto mientras las puertas del ascensor
se abren entre los dos.
—Vaya, vaya. Exactamente donde me imaginé que
estarías, de arrastrada con una de tus amigas —escupe y
quizás me tocaría el ego si no supiera exactamente por
qué está aquí.
—No tengo tiempo para tus estupideces, Devon —
respondo con frialdad mientras salgo del ascensor y él me
sujeta por el brazo.
—Necesito que hagas una última operación para mí —
ordena y yo suelto una carcajada sin humor.
—¿Estás bromeando? No voy a ayudarte ni de chiste. ¿Qué
pasa? ¿Tu millonaria empresa se está arruinando sin la
"herramienta que lo mantenía"?
Devon gruñe con rabia y por supuesto que he dado en el
blanco.
—¡Solo te estoy pidiendo una maldita cosa! —me grita.
—¡Ni aunque la pidieras de rodillas, infeliz! ¡No te voy a
ayudar con nada! —le espeto tratando de soltarme y
ahogo un grito de dolor cuando retuerce mi brazo.
—Lo harás por las buenas o por las malas. No es como que
tengas muchas opciones. Solo haz una última operación y
te dejaré en paz.
Intento zafarme, pero su agarre es fuerte.
—¡Suéltame, imbécil! —exclamo mientras Devon me jala
hacia su auto. Mi corazón se acelera. ¡Esto no puede estar
pasándome! —. ¡Suéltame! ¡Suéltame!
Pero antes de que pueda entrar en pánico, escucho un
sonido seco y fuerte, uno que libera mi brazo en un
segundo mientras yo retrocedo y veo a Devon caer al suelo
como si lo hubiera golpeado un rayo...
Pero no fue un rayo, fue un hombre que lo mira como si
estuviera a dos segundos de asesinarlo; y cuando levanto
la mirada, veo a Ren parado frente a mí con los puños
cerrados, respirando con furia.
—Creo que no escuchaste bien —dice con voz helada—.
Ella dijo que la soltaras.

CAPÍTULO 38. El espíritu de un samurái

Retrocedo tambaleándome contra el auto. Mis piernas no


responden bien. El aire es frío y se me mete en los
pulmones de golpe. Mi cuerpo está engarrotado como si
me hubieran enviado de golpe al peor momento de mi
vida, y quizás así sea, porque la voz de Devon basta para
eso.
No quiero mirar, pero mis ojos se mueven hacia ese infeliz,
que está tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos y el
rostro desencajado porque no puede imaginar que alguien
haya golpeado a un dios como él, no para defenderme a
mí. Está mirando a Ren y puedo ver la rabia en su rostro,
Devon es de esos que no saben cómo guardar las formas
cuando explotan. Lo que no logro distinguir es si sabe a
quién tiene delante o no.
He llegado a saber que Ren es demasiado reservado, casi
todos los negocios los hace con sus abogados de por
medio, como representantes, así que no tengo idea de si
Devon sabe que el hombre que tiene en frente es el CEO
de Kaizen Financial.
—¡No deberías defender a una mujer como ella! —escupe
tratando de levantarse torpemente, y yo no puedo evitar
la satisfacción de ver cómo la sangre corre desde su boca
rota.
Ren, por su parte, no se inmuta. No es de esos tipos que
responden a los berrinches de otros. A veces me da miedo
lo calmado que se mantiene, pero supongo que esa calma
es lo que hace que todo lo que viene de él sea aún más
aterrador. Como ahora.
—Pues según lo que estoy viendo, tú pareces muy
interesado en una mujer como ella —le responde con un
tono que hiela la sangre.
Devon me mira como si estuviera a punto de
despedazarme y su risa sale baja y sardónica.
—No puedes negar tu naturaleza, todo lo que te interesa
es el dinero, el mío o el suyo, me imagino... —escupe
vomitando su veneno y mi estómago se revuelve, pero
esta nueva Regina sabe que no puede quedarse callada.
—¡Eso es porque trabajo por dinero, señor Finnigan! ¡Y lo
hago solo para quien yo quiera! —Mi voz sale más fuerte
de lo que esperaba, pero no dejo que llegue al escándalo—
. Lamento si no soy una mujer que necesite de su caridad
o que no está dispuesta a aceptar sus términos, pero las
cosas son como son.
Devon me mira desesperado, furioso, y sé lo que se está
jugando. No tiene el contrato grande con Christian, pero
si empieza a perder sus inversiones menores todo lo
demás puede peligrar.
—¡Entonces te pagaré! ¡¿Cuánto quieres?! —escupe entre
dientes con una expresión tan fuerte de desprecio que es
como si se estuviera tragando una babosa.
—¡Nada, señor Finnigan! Si quiere salvar su empresita de
mierda tendrá que hacerlo usted mismo, porque yo no
recibo dinero de gente que no me respeta —replico con
determinación y él da un paso hacia mí.
Uno solo.
Porque luego lo que tiene delante es un heredero del
espíritu samurái que lo agarra por la camisa, lo levanta sin
esfuerzo, y le responde con una sonrisa cruel.
—Solo inténtalo y me aseguraré de que la próxima vez
sangres por tantas partes que parezca que te atropelló una
maldita podadora —sisea Ren y juro que tiene algo en la
mirada, algo tan amenazante que Devon se ve más
pequeño ahora, como un niño perdido frente a un hombre
que podría destrozarlo sin pensarlo dos veces.
Devon vacila, pero su orgullo solo alcanza para gruñir y
tratar de apartarse. Ren lo empuja, casi con desprecio,
alejándolo de nosotros y luego me ayuda a subir al auto
mientras da la orden para que nos marchemos.
—¿Nombre? —me pregunta con tono seco y sé que así es
él. No tiene ni un rastro de empatía visible, con énfasis en
“visible”.
—Devon Finnigan —respondo, pero mi mente no deja de
dar vueltas.
La boca me sabe a cobre mientras la adrenalina va
bajando. Ren frunce el ceño. Lo noto. Algo le molesta pero
no dice nada.
Cierro los ojos y trato de calmarme, no puedo llegar así a
una cena con el abuelo; pero en cuanto mis manos rozan
mi muñeca siento un tirón de incomodidad. Miro mi brazo
y ahí está: la marca de los cochinos dedos de Devon sobre
mi piel.
La rabia me sube a la cabeza. Mi corazón empieza a latir
más rápido y gruño de impotencia sin poder evitarlo...
—Deténgase en la 5ta Avenida —ordena Ren al chofer de
manera tajante y el coche frena suavemente dos calles
después.
Ren no dice nada más antes de bajarse, pero no me invita.
Yo me quedo mirando hacia afuera, sin saber qué está
pasando mientras lo veo entrar a una de las tiendas de
lujo que abundan en esta calle.
Unos minutos después, sale con una prenda fina en las
manos, una que me coloca con un gesto suave por encima
del vestido.
—Esto te va a quedar bien. —Me lo dice lo sin preguntar,
como si supiera que necesitaba mientras las mangas, finas
y largas, cubren hasta mis manos, ocultando las marcas
rojas sobre mi muñeca.
Luego el silencio se apodera del coche y no tengo ganas
de romperlo; pero Ren lo hace por mí.
—¿Te sientes mejor? —pregunta con voz dura y yo niego.
—No... pero esto es solo un martes cualquiera —respondo
sin mirarlo y siento que sus ojos saben más de mí de lo
que yo quisiera.
—¿Un martes cualquiera un tipo trata de forzarte a que
trabajes para él? —pregunta con un sarcasmo que no
puede disimular porque es parte de su naturaleza.
—¿Has visto dónde estamos? —le pregunto—. Soy una
mujer en un mundo gobernado por hombres, querido. Una
que no sirve para esposa, ni para madre; así que mi único
papel es en los negocios… Pero también soy una mujer en
un mundo de reyes, y aspirar a ese trono en particular, no
es algo que muchos quieran permitirme.
Ren se queda en silencio por un segundo y mira por la
ventana como si de verdad no tuviera un gran interés en
mí.
—¿Eres una espía corporativa? —pregunta y yo aprieto los
labios porque es de percepción rápida.
—Soy una inversionista con buenos contactos —digo
buscando su mirada—. Y por desgracia, no luzco lo
suficientemente amenazante como para que los hombres
se cuiden de hablar delante de mí.
—Creen que solo eres una cara bonita —murmura Ren con
una sonrisa ladina que me eriza hasta los pensamientos.
—Y a mí no me gusta interrumpir a la gente cuando se
están equivocando.

Capítulo 39. Una sobreviviente.

No puedo descifrar la expresión en el rostro de Ren, solo


sé que la idea se queda dando vueltas en su cabeza...
junto con todo lo demás que he puesto ahí. Sé que
escuchó mi falsa conversación con Vero el otro día
hablando de TradeLink y de Christian, y estoy segura de
que no comete el error de subestimarme; solo está
tratando de ubicarme en su vida en el lugar idóneo.
El viaje no dura mucho, y pronto estamos llegando a la
casa del abuelo. Mi corazón empieza a latir con fuerza, y
por un momento pienso que quizás no debí venir, lo último
que quiero es que el abuelo se sienta mal. Pero Ren baja
primero y extiende su mano, como un pequeño empujón
para que baje del auto, así que lo acepto y lo sigo por los
jardines de la mansión familiar hasta que llegamos a un
hermoso salón comedor de paredes acristaladas.
El abuelo está allí, sentado a la mesa, sonriendo cuando
nos ve llegar. La cena es exquisita y así todo el tema de
conversación se mueve alrededor del Shogi o las
estrategias de negocios favoritas del señor Kaizen. Sin
embargo cuando el postre termina, puedo ver que la
sonrisa del abuelo cambia un poco, y se le nota la
preocupación.
—De verdad lamento mucho no tenerte como nuera, hija.
—Su voz tiene una tristeza que me hace sentir incómoda,
pero a fin de cuentas esa nunca fue mi intención en primer
lugar, así que le sonrío con tranquilidad.
—No se preocupe, señor Kaizen. —Es lo único que puedo
decir, porque no estoy dispuesta a hablar de mis heridas,
ni de las cosas que me faltan o de los vacíos que llevo en
el alma. Ninguna de esta gente puede remediarlo—. Estoy
segura de que Ren encontrará muy pronto la esposa
perfecta para él.
El abuelo me mira con ese aire atento que siempre tiene,
y no sé por qué tengo la impresión de que le cuesta
soltarme.
—Bueno, aunque sea así... en algún momento me gustaría
conocer a tu familia, que se acerquen a nosotros...
—No tengo familia, abuelo. —La respuesta sale casi de
forma automática, el abuelo se me queda mirando un poco
azorado y Ren ni siquiera se mueve... pero la cucharilla en
su mano también se queda tan estática que entiendo que
esa es su forma de "sentir algo"—. Mis padres murieron
cuando tenía siete años, el resto de mi familia me dejó en
un orfanato y no he sabido de ellos desde entonces.
El abuelo parece impactado, pero lo disimula.
—Entonces... ¿creciste en un orfanato? —pregunta.
—Así es. Cada vez parezco menos adecuada ¿verdad? —
intento bromear—. No tengo historia familiar, ni
reliquias... ni siquiera muchos recuerdos. Todo lo que
tengo es a mí misma.
—Pero eres una guerrera sobreviviente. Has logrado cosas
que la mayoría ni siquiera imaginaría. Fuiste a Harvard...
Su tono es cálido, como si cada palabra fuera más
significativa que la anterior.
Yo solo asiento. No sé cómo seguir esa conversación. No
sé cómo agradecerle por ver lo que soy sin necesidad de
que le cuente más.
—Bueno... las chicas como yo estamos obligadas a ser
fuertes —murmuro y la conversación toma un giro
distinto.
No pasan ni veinte minutos cuando Ren se excusa con una
llamada de trabajo. Y poco después me disculpo para ir al
tocador. No tengo nada que hacer ahí, pero no puedo
perder a mi objetivo de vista en los momentos más
cruciales. En cuanto la puerta se cierra tras de mí, me
asomo por la ventana hacia la sala y empiezo a rodearla
hasta escuchar su voz. Ren habla bajo, pero no porque no
quiera que lo oigan, sino más bien porque está tan furioso
que no necesita alzar la voz para que lo noten.
—Quiero saber quién carajo es Devon Finnigan. —Su tono
es tajante, frío; no hay lugar para dudas y en el fondo da
un poco de miedo—. Quiero todo sobre él inmediatamente,
sí... — añade pero antes de colgar parece recordar algo—
: ¡Y Wade, revisa si tenemos tratos con Tradelink! Algún
proyecto, algún contrato lo que sea... Bueno, tengo aquí
a una sobreviviente que no confía en ellos, y por lo tanto,
yo tampoco. Supe que St Jhon está cancelando sus
operaciones con ellos, por algo ha de ser.
Cierro los ojos por un momento y respiro más aliviada
mientras retrocedo hasta una de las terrazas sobre un
pequeño estanque. La conversación falsa del día de mi
desmayo ha dado frutos, y sin saberlo el mismo Devon se
puso hoy bajo la peligrosa mira de Toshiro Ren. Sin
embargo lo que está a punto de pasar sí que no lo espero.
—Tú sabes algo y yo quiero saberlo también —escucho su
voz a mi espalda y me estremezco, no solo porque Ren
sea un hombre grande y fuerte, sino porque lo que sea
que quiere...
—"Algo" es un concepto muy vago y yo trabajo con
precisión —digo dándome la vuelta y él no hace ni un solo
esfuerzo por evitar que nuestros cuerpos sigan a menos
de diez centímetros, pero yo tengo la baranda del
estanque, así que a menos que me lance al agua con las
carpas, solo me puedo quedar aquí.
—Quiero saber con quién invertirá Christian St. Jhon —
sentencia Ren y yo no tengo que fingir sorpresa.
—¿Cómo sabes?
—Vamos, eres una mujer inteligente, no me decepciones
—dice inclinándose para poner las manos en la baranda a
cada lado de mi cuerpo sobre la baranda y bajando hasta
quedar a mi altura—. Todos nos espiamos de alguna
manera. Pero ya que te tengo aquí, solo quiero saber a
dónde está moviendo Ironclad Strategies todo el capital
que le está quitando a Tradelink.
—¿Por qué estás interesado en eso? —pregunto y lo veo
encogerse de hombros.
—Me gusta estar a la cabeza del mercado financiero, y St
Jhon es un tramposo de cuello blanco. Si encontró una
mina diamantes y está invirtiendo en ellos, quiero saber
quienes son y cuánto.
Su expresión es determinada, así que yo niego con la
cabeza, saco mi celular y giro hacia él una foto de la oferta
de veinte millones para Crown Capital Trade.
—No sé de qué me hablas —le sonrío—. Yo no sé nada
sobre los negocios del señor St Jhon.

CAPÍTULO 40. Un intercambio

De mi boca no sale una sola palabra que pueda


incriminarme, pero al final Ren tiene razón, ellos son los
reyes de Wall Street no precisamente porque juegan
limpio, sino porque encuentran la manera de espiarse los
unos a los otros.
Ni siquiera soy capaz de describir la forma en que Ren me
mira, solo que esa maldita sonrisa ladeada derretiría los
polos si los tuviera enfrente. Me devuelve al departamento
de Vero segura y protegida, y sé que tengo que mantener
la calma.
—Solo unos días más, eso es todo. Unos días más, y Ren
también se encargará de Devon —murmuro porque lo
siento en las entrañas, siento que es algo que tiene que
suceder.
El silencio de la madrugada me encuentra sentada al borde
de la cama y me hace sentir un poco más sola de lo que
me gustaría. Siento la presión en mis hombros, como si
todo el peso estuviera sobre mí, esperando a que me
rinda. Pero no puedo hacerlo. No ahora.
El reloj marca las tres de la mañana, y aunque sé que
debería estar descansando, mis pensamientos me
mantienen despierta, así que hago lo único que puede
despejarme un poco: trabajar. Abro mi computadora y
reviso el informe sobre la inversión de Ironclad en Crown
Capital mientras recuerdo la conversación con Verónica.
—Dime que es un contrato blindado —le pregunté
mientras lo redactaba porque sé que no hay mejor
abogada que ella.
—Completamente. Pueden invertir lo que quieran, pero
solo pueden retirar ganancias, solo eso. El capital base le
pertenecerá a Crown Capital durante los próximos cinco
años para su movimiento —respondió Vero y eso me
asegura más de lo que nadie imagina.
Para las cuatro de la mañana tengo listos otros
documentos que Christian necesitaba y lo imprimo todo,
metiéndolo en mi bolso para no olvidarlo.
Logro dormir apenas tres otras y para cuando mi amiga
despierta ya le dejé el desayuno listo a modo de
agradecimiento por soportarme y ayudarme.
—¿Alguien tiene ganas de ver a su jefe? —me grita con
descaro cuando llego a la puerta y le pongo los ojos en
blanco.
—Tranquila, ese tiburón muerde a todos menos a mí —río
y me voy apresurada porque no quiero tener que contarle
ahora el desastre de anoche.
Bajo al estacionamiento, con el bolso colgado al hombro y
la determinación de hacer hoy varias operaciones
importantes para Crown Capital. Subo a mi camioneta
nueva que, no sé por qué, huele al perfume de Viggo por
todos lados, y eso me hace sonreír. El motor arranca con
un rugido bajo, pero justo cuando estoy a punto de salir
del edificio, alguien corre delante de mi camioneta y tengo
que frenar abruptamente para no atropellarla.
—¡Maldición, si es que no debí parar! —escupo entre
dientes cuando me doy cuenta de quién es—. Bonnie.
Mi estómago se tensa y mi respiración se acelera. La odio
con toda mi alma, porque no importa cuánto logre
vengarme de ella, siento que aunque estuviera en el
último rinconcito del mundo, su veneno siempre podrá
alcanzarme.
Me bajo de la camioneta para encararla y ella me lanza
desde donde está parada, bloqueando mi paso. Su cara es
una mueca de desprecio, como si estar aquí fuera el mayor
de los sacrificios para ella y sé que lo es.
—¿Qué quieres? —le pregunto, forzando la calma en mi
voz.
Bonnie se cruza de brazos y da un paso hacia mí,
levantando la barbilla con arrogancia.
—Eres una malagradecida —me escupe, y sus palabras
son como dagas lanzadas con una furia que para mí es
totalmente vacía.
—Claro, seguro tengo mucho que agradecerle a la mujer
que mató a mis hijos —replico apretando los puños o juro
que la mataré a golpes.
—¡Te dimos una familia por muchos años, claramente más
de los que te merecías! ¿Y ahora te niegas a hacer la
operación para Devon?
Una risa amarga y llena de comprensión sale de mi
garganta. ¡Obvio que por eso está aquí!
—Bueno, quizás debiste escuchar a Devon cuando te lo
advirtió, debiste ser más paciente, esperar a matar a mi
bebé cuando su trato estuviera cerrado... Ahora, si Devon
no fuera un maldito inútil, podría hacer las operaciones
solo —le respondo con frialdad, dejando que mi ira tome
el control por un segundo. En el fondo, me da asco pensar
que él pueda tener alguna expectativa de que le resuelva
la vida.
Bonnie me observa, y sus ojos destilan odio. Siento su
mirada punzante clavada en mi piel y juro que hasta la
disfruto.
—¡Sabes muy bien que eso no es lo que está pasando! —
me grita, acercándose y puedo ver cómo sus manos
tiemblan de furia.
—Lo que está pasando, Bonnie —le sonrío porque es hora
de que le dé un avance de lo que viene—, es que Devon
está pidiendo esa operación porque, si no la hago, Ironclad
suspenderá sus operaciones básicas con ellos. Y no me
importa. No me importa si se hunden. No me importa si
sus negocios se van al diablo. Yo estaré en el otro lado,
mirándolos desde las gradas y disfrutándolo mucho.
Bonnie me mira y veo que por fin lo hace con lo que
exactamente sintió siempre por mí: como si nunca hubiera
tenido ningún valor ante ella, pero no me da tiempo para
disfrutar de mi pequeña victoria. La veo dar un paso
adelante, con el rostro todavía lleno de desprecio, y su voz
se vuelve más baja, más amenazante.
—No, Regina. Lo que pasa es que vas a hacer esa
operación si quieres recuperar algo mucho más
importante. Algo que podría dolerte mucho más de lo que
puedes imaginar. Digamos que puedo hacer un
intercambio, esa operación por... —hace una pausa, y sus
palabras me congelan el alma—, los restos de tus hijos,
por ejemplo.
El aire se detiene en mi pecho. No puedo respirar. Las
palabras me golpean con la fuerza de un martillo mientras
todo sale de su boca como si fuera veneno, como si tuviera
el derecho de usar algo tan íntimo, tan doloroso, como un
arma.
—¡Eso no es cierto! No es cierto... tú no tienes...
—¿Segura? —murmura sacando un documento y
poniéndolo frente a mí.
En la parte superior de la hoja solo logro distinguir entre
lágrimas unas pocas palabras claras:
"Autorizo de disposición de restos fetales".

CAPÍTULO 41. Un lugar sin máscaras

No puede ser cierto.


No puede ser cierto.
No puede ser cierto.
Las palabras de Bonnie retumban en mi cabeza como un
eco maldito que no me deja respirar. Me quedo mirando
el papel, con las manos temblorosas y el estómago hecho
un nudo.
—Estás mintiendo —logro decir, aunque mi voz apenas es
un susurro—. En el hospital... ellos dijeron...
—Sí, sí, que no quedaba nada, te lo dijo el doctor Greer.
¿No? —replica y entiendo, por fin entiendo a esta mujer,
esta es una verdadera villana, de las que siempre tienen
un as bajo la manga, de las que mueven su telaraña diez
años en el futuro, de las que no les importa herir de la
peor forma.
Bonnie sonríe. No es una sonrisa normal, no. Es la sonrisa
de alguien que sabe que acaba de destrozarte, que acaba
de meterse en tu piel y hundirte un puñal sin esfuerzo.
—¿Olvidaste que el doctor Greer es mi...? ¿Cómo lo digo...
aliado?? —pregunta con sorna—. Yo firmé los papeles para
que el hospital hiciera el procedimiento, ya sabes,
incineración y todo eso, y los conservara hasta su
reclamación con estos certificados. Imaginarás que hay
dos más.
Siento el regusto amargo del vómito subiendo a mi
garganta mientras un mar de lágrimas salen de mis ojos.
Me duele tanto el pecho que siento como si mis costillas
estuvieran rompiéndose una a una.
—No... eso no es posible. No puede ser...
—Ay, querida, a estas alturas ya deberías saber cómo es
este mundo. La palabra de un hospital no vale nada
comparada con una buena cantidad de dinero.
Un escalofrío me recorre la espalda. No quiero creerle,
pero el simple hecho de que ella tenga estos certificados...
no puedo creer que lo poco que queda en este mundo de
mis hijos está en alguna parte lejos de mí.
—¡Dámelos! —escupo entre dientes, pero Bonnie niega
con la cabeza y da un paso más hacia mí.
—Haz la operación para Devon, y te entregaré los
certificados para que puedas recuperar los restos de tus
hijos y darles un... descanso apropiado.
Trago saliva, el corazón me late con tanta fuerza que sé
que se detendrá en algún momento. Me cuesta respirar.
Quiero gritarle que se vaya al demonio, que no voy a caer
en su juego, que no me importa. Pero sí me importa. Me
importa demasiado y duele demasiado.
—Está bien... —Las palabras salen de mi boca antes de
que pueda pensarlas dos veces, y Bonnie alza las cejas,
triunfante— Pero quiero los certificados primero.
—No, no, no. Puedes quedarte con este como un acto de
buena voluntad. Cuando completes la operación para
Devon te entregaré los otros dos. Tienes veinticuatro
horas.
Siento que me quedo sin aire. Mi visión se nubla y mis
manos empiezan a sudar mientras Bonnie me da la
espalda como si acabara de cerrar un trato de negocios,
como si no acabara de jugar con la única parte de mi vida
que todavía me destroza.
No sé si quiero llorar, o gritar, o simplemente romperle la
cara. El dolor es tan profundo que me hace perder el
control por un segundo y el certificado se estruja en mis
manos antes de que me dé cuenta.
—Nos veremos pronto, Regina. —Y con esas últimas
palabras se aleja, dejándome aquí, temblando de ira, de
miedo, de algo que no quiero reconocer.
Me subo a la camioneta y no puedo respirar.
Miro al frente, pero las lágrimas me nublan la vista. Mi
garganta se cierra, y un sollozo se me escapa antes de
que pueda contenerlo.
No...
No puedo colapsar ahora...
Tengo que pensar, tengo que hacer algo...
Pero todo lo que siento es un vacío insoportable en el
pecho, una desesperación que me ahoga, que me traga
viva.
Conduzco sin saber a dónde voy, y cuando llegó al edificio
de Ironclad sé que hoy no podría enfrentar a Christian.
Hoy no podría ponerme la máscara, porque apenas intento
bajarme de la camioneta, siento que mis piernas apenas
me sostienen.
No puedo entrar.
No así.
No cuando siento que me voy a romper en mil pedazos.
Me doy la vuelta y subo de nuevo a la camioneta, pero no
sé a dónde ir. No quiero ir a casa de Verónica. No quiero
ver a nadie. Solo quiero desaparecer.
Y entonces lo sé: Hay un solo lugar en el que puedo estar
con todo este dolor. Solo un lugar donde no necesito
máscaras.
Acelero sin pensar, con las lágrimas nublándome la vista,
con el pecho ardiéndome de dolor y rabia y desesperación.
En cuestión de minutos, estoy frente a la puerta del
departamento que Viggo me regaló.
Entro y dejo caer el bolso en el recibidor, y los papeles se
desparraman por el suelo pero no me importa. Mi
respiración es errática, mi cabeza me da vueltas. No puedo
controlar el temblor en mis manos y sé que esto es un
ataque de pánico o me estoy muriendo, y las dos cosas
me dan igual.
Me voy directo al baño dando tropezones, abro la ducha y
me meto bajo el agua con la ropa puesta.
Una lluvia cerrada cae sobre mí, pero no siento alivio
mientras mi cuerpo resbala contra una pared. Me abrazo
las rodillas y dejo que el agua lo cubra todo. No sé cuántos
minutos pasan, pero no me muevo. Solo cierro los ojos y
trato de respirar mientras grito, o de gritar mientras
respiro, ya no lo sé.
Entonces escucho la puerta del baño abrirse con un golpe
seco, y levanto la vista justo a tiempo para ver a Viggo
entrar como un huracán.
Sus ojos me encuentran en un segundo y ni siquiera
imagino lo que parezco en el suelo de este baño,
empapada, temblando, llorando.
—¡Regina!
Un segundo después está conmigo debajo de toda esta
agua sin que le importe y no sé si trata de abrazarme o de
levantarme, pero soy solo peso muerto que no puede
mover.
—¡Maldición, Regina, mírame! ¡Mírame! —grita sujetando
mi cara pero yo no lo veo.
No veo nada...
Solo siento sus manos tocándome como si quisiera
asegurarse de que estoy bien, pero no lo estoy, no estoy
bien, estoy agonizando...
Sus manos se detienen bruscamente sobre mis brazos y
escucho la forma en que su respiración se vuelve pesada.
—¡¿Quién te hizo esto?! —gruñe sujetando mi muñeca, y
su voz está cargada de furia y preocupación pero no puedo
contestarle.
Solo quiero que todo esto se detenga y él puede
detenerlo... él puede.
Mis manos van directamente a su rostro para atraerlo y lo
beso. Es la única respuesta que puedo darle.
Siento cómo trata de apartarse mientras me interroga.
—Regina, espera, dime qué pasó —intenta murmurar
contra mis labios.
Pero yo no quiero hablar. Necesito apagar todo esto.
Mis manos bajan hasta su camisa y empiezo a
desabotonarla con dedos temblorosos.
—Regina...
—¡Quítamelo! —grito con desesperación mientras el llanto
sale como una explosión de mi garganta—. ¡Por favor
quítamelo, quítamelo...!

CAPÍTULO 42. La Última vez…

Puedo sentir su impotencia y todo lo demás en la forma


en que me sujeta la cara y me mira a los ojos. El agua cae
con fuerza, golpeando mi piel caliente contra la suya, pero
apenas lo noto. Todo mi mundo se reduce a la intensidad
de este segundo, a Viggo arrancándome el dolor como si
estuviera acomodando un hueso roto; a la forma en que
su boca atrapa la mía sin previo aviso.
No hay sutileza en su beso, solo hambre, furia, deseo
desenfrenado, y la voluntad para someter. Me dejo llevar
por esto, sea lo que sea. Antes de darme cuenta, mis
manos se clavan en sus hombros, aferrándome a él como
si fuera mi única salvación.
—Vas a decirme lo que pasa —gruñe contra mi boca, con
voz ronca y entrecortada, cargada de una rabia que roza
la desesperación.
—Por favor… —es todo lo que puedo suplicar y él sabe lo
que necesito y hace que la frase muera en mi garganta
cuando me empuja contra la fría pared de la ducha.
Jadeo ante el contraste del gélido azulejo con el calor de
su cuerpo. Pero nada, absolutamente nada, es tan
abrumador como sentirlo tan cerca, con su aliento caliente
mezclándose con el vapor y su piel húmeda pegándose a
la mía.
Entonces quitarnos la ropa se convierte en un acto violento
y urgente, uno en el que todo de alguna manera queda
roto hasta que ya no hay nada más entre los dos.
—Mírame —ordena, sujetándome con firmeza por la
mandíbula, y levanto la vista para ver cómo se debate. Sé
lo que ve en mis ojos porque yo siento lo mismo. Lo deseo
con la misma brutalidad con la que él me reclama pero no
es solo eso.
—Viggo... —mi voz sale rota, pero no me da oportunidad
de continuar. Su boca vuelve a tomar la mía, exigiéndolo
todo, dándomelo todo.
Sus manos descienden por mi cuerpo, arrastrando consigo
cada pedazo de autocontrol que me queda, y cuando sus
dedos me tocan, jadeo con fuerza, arqueándome contra
él.
—Estás empapada... y no por el agua —susurra en mi
oído, deslizando la lengua por mi lóbulo antes de morderlo
con suavidad. 2
Ahogo un gemido. Mis uñas se clavan en su espalda,
buscando algo a lo que aferrarme mientras sus dedos
bombean dentro de mí y el placer me consume.
—Esta es la última vez que te lo hago así —me advierte y
sé a qué se refiere: a esta necesidad de desterrar un dolor
con otro—. ¡Dime que lo entiendes!
Mi corazón se detiene por un segundo porque sé que es
un hombre de palabra y que a mí la maldita vida está lejos
de parar de dolerme, pero también sé que no serviría de
nada desafiarlo.
—La última... —accedo con un jadeo entrecortado y antes
de que pueda decir algo más, me levanta.
Instintivamente, rodeo su cintura con mis piernas,
sintiéndolo entre mis muslos, su erección roza contra mi
sexo y lo siento palpitar. La anticipación me deja sin
aliento. Mis pechos rozan su torso, y cada caricia
accidental es un latigazo directo a mi clítoris. Pero si creo
que entiendo lo que está a punto de pasar, bueno... me
equivoco.
Un segundo después me baja frente al espejo del lavabo
y me da la vuelta, inclinándome sobre él. Mis pezones
rozan el mármol helado entre los dos lavabos, erizándome
por completo, y Viggo lleva mis palmas abiertas sobre él,
frente a mi cara.
—No las muevas de ahí o te juro que será peor —me
ordena o me amenaza, ya no lo sé, solo que mi respiración
se detiene cuando me abre las piernas y siento su erección
rozando la humedad de mi sexo.
Tantea, juega, la levanta y la esparce mientras yo solo
puedo verlo detrás de mí a través del espejo. No hay ni la
curva de una sonrisa en él, tiene el ceño fruncido y
sombrío, está furioso aunque no sea conmigo.
—Esto te va a doler como nada en tu vida, pero los dos
sabemos que eso es lo que quieres —murmura
penetrándome despacio y no sé a qué se refiere hasta que
siento uno de sus pulgares hundiéndose entre mis nalgas.
—Viggo... —jadeo sorprendida y solo siento sus manos
sobre mis caderas, acariciando antes de encontrar mi
clítoris y masturbarme despacio.
El placer se dispara en un nivel desconocido, desesperado,
mientras ese condenado diamante rasca dentro de mí. Se
mueve despacio, llevándome al borde de la desesperación,
de un clímax que me interrumpe una y otra vez. Protesto.
Lloro. Necesito esto. Mis manos se mueven y un segundo
después siento la presión de las suyas, sujetándolas.
—No te muevas —repite mientras apoya una de esas
palmas enormes en mi espalda baja, inmovilizándola, y la
otra va a empuñar su miembro, que de repente es una
bestia hambrienta contra mi trasero. ¿Puedes con esto? —
es lo único que pregunta y yo niego.
—No...
—¡Bien!
Y entonces me penetra de una sola vez.
El grito se ahoga en mi garganta mientras mis dedos se
ponen lívidos contra el mármol. Solo embistió mi trasero
pero el dolor recorre un camino eléctrico hasta mi nuca y
mientras mi cuerpo se tensa, tratando de asimilarlo.
—¡Mírame...! —gruñe y mis ojos se encuentran con los
suyos a través del espejo y mis labios se mueven pero no
puedo hablar—. Eso es... eso es... vamos de nuevo... —
me avisa mientras se retira de mí lentamente y su
siguiente embestida viene con una fuerza calculada pero
implacable.
—Duele... —logro decir entre jadeos, sintiendo mi carne
estirarse alrededor de su miembro, como si mi cuerpo
estuviera luchando desesperadamente por no romperse.
—Lo sé —gruñe antes de empujar de nuevo y grito, sé que
no le molesta que grite—, pero lo estás haciendo muy
bien... lo estás haciendo bien... Cuenta.
Siento su aliento en mi espalda y una de sus manos ataca
mi sexo con tanta fuerza que el grito se convierte en un
jadeo instantáneo.
—¡Cuenta! —ordena y mi boca responde con la primera
palabra.
—¡Uno...!
Y cuento cinco, diez, veinte embestidas que me destrozan
hasta que este dolor empieza a reptar por mi vientre en
una forma diferente, única, feroz. Su aliento sobre mi
espalda es una invitación, sus dedos en mi sexo son
feroces y verlo moviéndose a través del espejo es más de
lo que puedo soportar.
Cada penetración me lleva a algo más profundo, a una
urgencia desbocada y cuando lo nota, cuando siente cómo
comienzo a moverme contra él, su agarre se vuelve más
firme. Me sujeta de las caderas y marca un ritmo que ya
nadie puede contar, haciéndome gemir sin control. Me
embiste con la fuerza de un hombre que no está dispuesto
a dejarme ir, que me reclama con cada movimiento.
—¿Esto era lo que querías? —me levanta para gruñir en
mi oído mientras su cuerpo choca contra el mío una y otra
vez.
No puedo responder. Apenas me sostengo de puntillas,
mis labios entreabiertos buscan aire, pero lo único que
encuentro es más de él, más de su boca, de su cuerpo,
más de este hombre que me lleva al único lugar en el
mundo donde realmente quiero estar.
CAPÍTULO 43. Un camión de desechos tóxicos

—¡Dímelo! —grita con tanta fuerza que su tono envía un


escalofrío directo a mi columna.
—Si... —susurro con los ojos cerrados hasta que siento
una de sus manos en mi garganta—. Maldita sea, Viggo...
Su nombre en mi boca destierra el último reducto de
cordura. Él entierra el rostro en mi cuello, mordiendo mi
piel húmeda mientras me embiste con más fuerza,
arrancándome un grito tras otro. Nos movemos en un
frenesí desesperado, chocando sin control,
alimentándonos del placer, de esta necesidad primitiva
que nos consume.
—Entonces córrete —susurra contra boca y sé que esos
dedos en mi sexo pueden sentir cada contracción—.
Córrete ahora... ¡Ahora!
El orgasmo me golpea con una intensidad devastadora,
haciéndome convulsionar entre sus brazos mientras me
sostiene con más fuerza, guiándome a través de cada
espasmo, devorando cada uno de mis gritos, hasta que un
gruñido profundo escapa de sus labios cuando finalmente
me sigue, y su cuerpo se tensa antes de hundirse
completamente en mí una última vez.
Apenas puedo respirar. Mi cuerpo cae hacia adelante y
solo puedo sentir el frío del mármol contra mi sien hasta
que vuelve el agua, el calor de la ducha y los brazos de
Viggo a mi alrededor.
—Solo dime qué necesitas —susurra en mi oído y yo
escondo la cara en su pecho.
—Un camión de desechos tóxicos —murmuro antes de
cerrar los ojos y perderme.
El tiempo pasa, no sé cuánto porque lo único que siento
son sus manos sobre mí, algunas veces frotando, otras
secando... no me doy cuenta de qué pasa hasta que me
levanta en brazos y me sienta en un diván junto a la
enorme pared de cristal desde la que podemos ver la
ciudad.
Poco después el olor del café inunda la habitación, como
un recordatorio de que esto no es un sueño. Busco a Viggo
con la mirada y lo veo en la cocina, preparando dos tazas.
Después de... lo que pasó antes, no esperaba que se
quedara. Pero ahí está, me pasa una taza, se sienta detrás
de mí, apoyando mi espalda contra su pecho, nos arropa
con una manta, y luego en tiempo deja de existir mientras
mi vista se pierde en el horizonte de la ciudad.
Pasan horas, largas horas de silencio en las que mi cerebro
solo trabaja, solo piensa, solo busca una salida para todo
esto. Sin embargo en el primer segundo en que intento
moverme un brazo de
Viggo pasa sobre mi pecho y me retiene contra él.
—¿Quién te hizo esas marcas en la muñeca? — su voz,
grave y llena de una rabia latente, me llega como un
gruñido que se clava en mis pensamientos.
Respiro hondo, porque si le digo sé que no habrá vuelta
atrás. Si lo cuento, todo esto cambia, y esta sigue siendo
mi guerra, no la suya.
—Vas a saberlo tarde o temprano —le contesto sin
voltearme aunque siento su mirada fija en mí—. Pero no
será hoy, porque no necesito que ganes mi guerra por mí.
El silencio se instala entre nosotros como una pausa
forzada, como un respiro en medio de un caos que él
intenta manejar a toda costa.
—El cabrón de tu ex —gruñe con una sonrisa en la que la
maldad se despliega sin asomo de duda.
—Él... tiene algo mío —le digo y Viggo no habla, solo me
observa, quizás porque sabe que estoy al borde de un
abismo al que no debería saltar—. Y necesito recuperarlo
como sea. No importa lo que cueste... tengo que
recuperarlo...
—¡Entonces dame una maldita orden! —espeta y su tono
está lleno de una determinación que me estremece—. No
te estoy pidiendo explicaciones, Regina, pero para
autodestructivo yo. No quiero volver a verte como te vi en
ese baño, ¡así que dime de una puta vez qué carajo
necesitas para resolverlo!
Respiro hondo y sé que voy a decir una locura, pero es la
verdad.
—Un camión de desechos tóxicos —respondo sin vacilar y
él me da la vuelta bruscamente, buscando en mis ojos
quizás la confirmación de que entiendo lo que estoy
pidiendo.
Por un largo minuto me analiza y luego achica los ojos.
—No estás bromeando, ¿verdad? —pregunta finalmente,
como si necesitara asegurarse de que escuchó bien.
—No —digo, sintiendo el peso de cada letra—. Tengo que
resolver esto, es mi guerra pero... si quieres ayudarme,
entonces necesito que me consigas un camión de
desechos tóxicos en los próximos tres días, y al menos
media docena de personas que sepan manipularlos sin
morir en el proceso.
—¿En los próximos tres días? —Su tono es grave, serio y
mi estómago se aprieta, pero si quiero recuperar lo poco
que queda de mis hijos, entonces es ahora o nunca.
—Sí —le respondo, sin titubear.
Viggo me observa, y por un momento, creo que va a
preguntarme más cosas, que me va a pedir detalles o
explicaciones. Pero no lo hace. En lugar de eso, asiente
con la cabeza y se levanta del diván.
—Está bien —dice con la voz calmada del empresario que
ya clavó la vista en un negocio importante—. Considéralo
hecho. ¿Dónde lo quieres? —me pregunta.
Extiendo la mano hacia su teléfono y él me lo entrega.
Busco el mapa de la ciudad y mi dedo recorre el trazado
del estado de Nueva York hasta llegar a un punto
específico, casi en el límite estatal. Es un lugar aislado,
una zona industrial.
—Aquí —le señalo y él observa el punto sin inmutarse.
—¿A qué hora? —pregunta, y por un momento paso saliva.
—De noche. Para el amanecer tiene que estar listo—
respondo con firmeza.
Viggo toma el teléfono de vuelta y se da la espalda
caminando hacia la habitación. Diez minutos después,
cuando sale, ya está perfectamente vestido, así que
imagino que también hay ahí un guardarropa para él.
Se despide de mí besando mi cabeza, pero cuando se
dirige a la puerta algo llama su atención. Los papeles de
mi bolso quedaron desordenados en el recibidor y lo veo
agacharse para recoger uno. Por un instante sus ojos
pasean los documentos y no me atrevo a quitárselos de
las manos porque... bueno, porque realmente no necesito
esconderle nada.
—Regina, ¿por qué tienes documentos oficiales de
Ironclad Strategies? —pregunta en tono bajo, como si
tratara de disimular la sorpresa o la molestia, realmente
no lo sé.
Sin embargo no hay ni asomo de titubeo en mi voz cuando
le respondo:
—Eso es porque estoy trabajando para Christian St. John.

CAPÍTULO 44. Máscaras y mentiras

Viggo está de pie frente a mí, con ese aire de tener todo
bajo control, incluso cuando sé que lo que sostiene en las
manos lo llena de duda. Su determinación de no preguntar
por mi vida es fuerte, pero entiendo que eligió hundirse en
arenas movedizas, las mías, y de alguna forma necesita
saber que no voy a ahogarlo.
—¿Por qué estás trabajando con él? —me interroga y su
voz es grave cuando corta el silencio.
Esos ojos suyos tan intensos, tan... persuasivos, buscan
los míos, y me acerco a él sin parpadear porque no tengo
intención de mentirle.
No hay palabras correctas para esto, solo palabras
sinceras.
—Porque Ironclad Strategies está haciendo las inversiones
donde yo las necesito —le digo con tono firme—. Christian
St Jhon no es ningún idiota, y está poniendo su dinero
donde yo necesito que lo ponga.
Viggo no responde de inmediato. Su mirada se desplaza
hacia la oferta de inversión que tiene en la mano y luego
su atención regresa a mis ojos, como si estuviera
descifrando algo.
—¿Crown Capital Trade? —pregunta, pronunciando el
nombre de la empresa con algo que no logro identificar.
No parece molesto, solo curioso.
—Sí —respondo sin perder la calma, aunque por dentro
siento como si las palabras se me estuvieran atorando.
Todo esto tiene un sabor amargo, ser la villana tiene un
sabor amargo, pero no puedo dar marcha atrás.
—¿Es la empresa que amas o la que odias? —me pregunta
y la verdad no es tan simple como él lo plantea, pero me
limita a elegir y elijo no mentirle aunque sé que si
comienza a husmear sabrá quién soy.
—Es la empresa que amo —digo con un suspiro cansado y
puedo ver en sus ojos lo que está pensando.
—¿Por qué no me lo pediste a mí? —pregunta y niego.
—Porque a él no se lo tuve que pedir —sentencio—. Él no
sabe nada. Él solo puede ver la máscara que yo quiero
mostrarle, como todos los demás. Y tú eres lo que me
queda cuando ya no puedo sostenerla por más tiempo.
Sé que mis palabras pueden ser crueles, pero también sé
que él puede con ellas, después de todo fue el primero en
darse cuenta de que estoy rota.
Viggo da otro paso hacia mí y puedo sentir la cercanía, el
calor de su cuerpo cerca del mío. Su mirada se clava en
mis ojos por un segundo y luego asiente.
—Está bien —dice, casi en un susurro, y antes de que
pueda entender lo que está pasando, siento sus labios
sobre los míos. La posesividad de su beso es clara,
profunda, como si intentara marcar territorio, pero
también como si me estuviera ofreciendo algo más en este
caos.
Cuando se aparta, su mirada es completamente calma.
—Sabrás de mí en tres días —me dice como una promesa
que estoy segura que va a cumplir.
Se da la vuelta y un segundo después la puerta se cierra
tras él con un sonido suave. Uno que me deja en una
especie de vacío, y mi mente se queda clavada en este
instante.
Un beso.
Tres días.
Una decisión que arruinará un montón de vidas pero...
tengo que aceptarlo por fin, si tengo que ser la villana en
esta historia entonces eso seré.
Pero no tengo tiempo para dudar, y cuando mi teléfono
vibra en la mesa, lo tomo para descubrir que tengo más
de diez llamadas perdidas de Christian. Mis dedos se
mueven con rapidez, desbloqueando la pantalla, pero no
hay ni un solo gramo de ansiedad en mí por eso.
Me voy a la habitación y busco algo que ponerme. Entre
toda esta ropa de diseñador que me compró Viggo es difícil
encontrar algo para la Regina Torpe de Christian St. Jhon,
pero aun así me las arreglo para parecer desaliñada
vistiendo de Prada. Lo bueno es que los hombres no
entienden de marcas femeninas.
Salgo del departamento y, en un par de minutos, estoy
conduciendo hacia el edificio de Ironclad. Y apenas cruzo
el umbral de la oficina Christian se levanta de su silla como
un resorte. Su expresión es de nerviosismo puro, como si
se le hubiera perdido un Patek Philippe en lugar de una
asistente.
—¿Qué te pasó? —me pregunta con tono preocupado, y ni
siquiera se molesta en intentar esconderlo.
Lo miro por un momento, buscando las palabras, pero sé
cómo debo verme después de llorar todo lo que he llorado
en las últimas horas.
—Lo siento mucho por no avisar que no podía venir ni... ni
contestar al teléfono. Pero necesito dos días libres —le
digo sin esforzarme en el personaje porque yo misma, la
Regina que soy, está en este momento torpe, aturdida,
dolida, cansada.
Christian frunce el ceño y no sé cómo, pero una de sus
manos alcanza la mía y siento cómo su pulgar me acaricia
el dorso.
—Puedes tomarte todo el tiempo que quieras, pero deja
que te ayude —me dice y sus ojos están llenos de una
ternura protectora que por desgracia no me alivia—. Sea
lo que sea, puedes decirme lo que está pasando.
Mi respiración se acelera un poco. La naturalidad de
Christian siempre me hace sentir algo complicado en el
estómago. Como si quisiera decirle la verdad aunque sé
que no puedo. Realmente ya no puedo confiar en nadie.
—Es algo demasiado personal, jefecito. Pero no se
preocupe, no lo voy a dejar tirado —le respondo con una
mueca que intenta ser sonrisa—. Volveré.
Christian me mira como si no estuviera completamente
convencido, pero no dice nada más.
Me despido de él y salgo del edificio, regresando al
departamento. En mi cabeza, el peso de lo que estoy a
punto de hacer se vuelve más grande, pero no puedo
pasar por esto sola y por suerte tengo a las mejores
amigas del mundo.
Nos sentamos las tres en la mesa del comedor, y empiezo
a contarles lo que ha pasado. No tengo tiempo para
detalles, solo para lo importante.
—Bonnie me está chantajeando —les digo mientras el
sentimiento se me atora en la garganta—. Me está
obligando a hacer una operación para Devon a cambio de
devolverme los restos de mis bebés.
Y no tengo que decir más. Ruby explota de furia, su
expresión se torna violenta en un segundo, y sus ojos
destilan enojo puro.
—¡Voy a matar a esa vieja! —dice, levantándose de la silla,
que cae tras ella con un estruendo.
—No —la detengo rápidamente—. Yo también quiero
despedazarla pero lo primero es lo primero. Tengo que
hacer esta operación para Devon, así que... usaré una de
las empresas que pensaba usar para los negocios de
Crown, pero voy a tener que sacrificarla.
Ruby y Verónica me miran, sin decir nada al principio, pero
la más impulsiva siempre es la primera en brindarse así
que Ruby golpea la mesa.
—¡Dime que podemos ayudarte en algo! —espeta y yo le
hago un gesto de afirmación.
—Necesito a una mujer desalmada y feroz —murmuro con
seguridad—. Pero que tenga voz pública.
Un segundo después Verónica toma su teléfono y enseña
una foto en su teléfono.
—Yo tengo a la persona perfecta.

CAPÍTULO 45. Una operación exitosa

La operación de análisis de acciones ya está lista.


Todo está en su lugar: números, proyecciones,
oportunidades. El reloj avanza, y yo también. Las últimas
veinticuatro horas han sido largas, de mucho estrés, pero
aquí estoy, con los papeles en mi mano, dispuesta a
entregar la clave para la operación más grande que he
hecho hasta ahora. Una que definitivamente podría poner
a Devon en el mapa financiero, consiguiéndole los mejores
inversores.
Sin embargo nada de eso importa más que recuperar a
mis hijos.
Todo esto me tiene al borde del colapso, entiendo el fuego
con el que estoy jugando y sé que si me equivoco
terminaré en la cárcel, pero en este punto eso no es algo
que me moleste tampoco.
Así que me levanto de la mesa y meto todo en una
carpeta, me pongo cualquier cosa que encuentro en el
armario y Ruby ya me está esperando con el auto listo
cuando salgo.
Va todo el camino maldiciendo, porque es Ruby y no podía
ser de otra manera. Vero es quien se muerde la lengua
hasta envenenarse con su propio odio, pero Ruby es como
el mar, no se guarda nada y por donde pasa, destroza.
El edificio de Devon es el mismo de siempre. Lujo,
seguridad, las caras conocidas de los guardias que ya me
miran con el mismo irrespeto con el que me trata quien
les paga. Hay que ver que la gente necesita que les
enseñes cuál es la suela del zapato que vale la pena lamer.
Subimos en el ascensor hasta el piso de los Finnigan, pero
cuando la puerta del departamento se abre, no es Devon
quien me recibe. Es Anabella, y el brillo de desprecio y de
rabia en sus ojos me llega directo, como una ráfaga de
aire frío. Antes de que pueda siquiera decir algo, ella me
quita los papeles de la mano y me da una bofetada que
me hace dar un paso atrás.
—Eso es por lo que tu amante le hizo a Devon —dice con
un graznido de furia y aunque siento el ardor en la mejilla,
me vuelvo para contener a Ruby, que ya se le va encima
con los puños por delante.
—¡Maldita desgraciada, no te voy a dejar una puta mecha
sana! —grita Ruby pero me pongo delante de ella y la miro
a los ojos.
—No. Este no es el momento. —Mi voz suena más firme
de lo que me siento, pero no puedo permitir que ni mi
rabia ni la suya me nublen el juicio; así que termino
girándome hacia Anabella—. Y tú no sabes absolutamente
nada de lo que viene ahí así que mejor llama al que se
cree que sabe.
Ella me lanza una mirada fulminante antes de darme la
espalda y meterse dentro, y solo unos segundos después
vuelve a aparecer con Bonnie y Devon detrás de ella. ¡Y
ahí está él, el hombre para quien hice todo este maldito
trabajo! Su mirada se encuentra con la mía y todo lo que
puedo ver es molestia.
—¿Qué pasa? —pregunta Devon, frunciendo el ceño y
Anabella le entrega los papeles, sin una palabra.
Él comienza a leer rápidamente y yo sigo en silencio,
esperando. Después de unos minutos, finalmente deja los
papeles sobre la mesa, y saca su computadora del maletín
ejecutivo. Veo que se mete en la banca, revisa los
números y, por fin, sonríe.
—Esto es perfecto —dice, y por un momento, siento que
puedo respirar—. Pero es demasiado costoso, para que la
inversión sea relevante tendré que meterle al menos diez
millones.
—Tú pediste una operación grande —le respondo mientras
mi ex suegra sonríe con esa expresión de satisfacción que
se le sale hasta por los poros cuando gana.
—Sí, es lo que pedí —responde él, pero luego se pasa la
mano por el cabello, visiblemente molesto por el monto.
—Es mucho dinero, ¿cómo sé que no me la vas a jugar con
esto?
—Porque no puedo, maldito infeliz —escupo entre
dientes—. Porque la perra de tu madre me está
extorsionando; pero si no estás dispuesto a poner el
dinero, entonces no puedes jugar en este nivel.
Devon me observa con una expresión rabiosa, pero su
madre se adelanta.
—Tranquilo, hijo, de verdad Regina sabe que no puede
equivocarse con esto. Por qué mejor no le explicas por qué
estás tan segura de que el negocio será un éxito —me
exige y yo me paso el dorso de la mano por la boca como
si quisiera limpiarla de lo que va a salir.
—Apex BioSolutions —le explico—. Esa farmacéutica está
anunciando un producto anestésico que va a revolucionar
el sector de la cirugía —continúo, y ahora veo que Devon
realmente está entendiendo y sus ojos se iluminan.
—¿De verdad? —pregunta, como si hubiera escuchado las
palabras que estaba esperando.
—No tiene caso mentirte, la noticia está en Internet,
puedes buscarla tú mismo —le respondo apretando los
labios. —Y va a ser un éxito. Eso va a disparar el valor de
las acciones en los próximos días. El rédito se estima en
un cuatrocientos por ciento del valor actual de compra.
Devon asiente, más tranquilo ahora. Se gira hacia su
computadora y envía la orden de compra al instante.
Pasan solo dos minutos cuando su pantalla de la banca se
actualiza y comienza a ver gráficos y números en verde.
Acaba de invertir diez millones pero sabe que ganará
muchos más, ya lo está haciendo. En sus ojos veo esa
mezcla de poder y confianza, aunque no se merezca sentir
ninguno de los dos.
Con las acciones de la farmacéutica en la mano y el dinero
transferido, Devon se recuesta en su silla y me mira con
una sonrisa.
—Lo hiciste bien —me dice—. Si sigues así, tal vez te
aceptaría en mi empresa como una analista. Piénsalo,
podría empezar a pagarte como analista junior.
Y sé que la intención, la única que tiene, es humillar,
porque no hay nadie en esta sala que no sepa que esa
empresa la levanté yo y debería estar en mis manos.
Me quedo quieta por un segundo, quiero matarlo, pero
elijo la calma antes de girarme hacia Bonnie.
—La operación está hecha, quiero los certificados —
declaro y la veo hacer un gesto de desprecio antes de
desaparecer y volver con los que me faltan.
Los miro rápidamente comprobando que son auténticos y
se los entrego a Ruby.
—Ve por ellos. —Es todo lo que digo y Ruby sabe lo que
tiene que hacer, ahora mismo dejarme atrás no es un
problema.
Así que espero a que se vaya y miro a Devon a los ojos.
—¿En serio crees que me interesan tus migajas? —le
espeto con una sonrisa cansada—. Con esto acabas de
demostrar que ni siquiera eres capaz de sobrevivir sin mí.
No conoces las aguas en las que estás navegando, Devon.
Y créeme, hay más de un tiburón esperando en las
profundidades para acabar contigo... incluyéndome.

CAPÍTULO 46. Ángeles

Salgo de la que fue mi casa durante tantos años, y mi


mente se desconecta como si me hubieran golpeado con
un mazo. La cabeza me da vueltas, mi estómago está
revuelto y ni siquiera me doy cuenta de que camino sin
rumbo, solo moviéndome, porque el tiempo parece
haberse detenido, y lo único que quiero es escapar de esta
realidad.
Pasa una hora, dos, hasta que el cansancio me gana y
finalmente tomo un taxi que me lleva directo al
departamento de Verónica, aunque sé que es el último
lugar en el que en este momento encontraré algo de paz.
Cuando entro mis amigas ya están esperándome. Ambas
me observan como si supieran que estoy a punto de
estallar, y, sin decir nada Ruby me abraza, apretándome
fuerte, como si intentara protegerme de todo. Verónica
también se acerca y me da un abrazo, quizás porque
saben que estoy a punto de quebrarme.
En la mesa frente a mí, veo tres pequeñas cajitas de
madera. Mis ojos se quedan fijos en ellas porque sé lo que
son. Las cajitas de mis bebés, de mis pequeños que nunca
tuvieron la oportunidad de nacer.
Ruby me mira, como si esperara que dijera algo, pero no
puedo. No puedo hablar, no puedo moverme.
—Los restos fueron incinerados y enviados a la morgue de
la ciudad desde los hospitales —me dice Ruby en voz baja,
casi temerosa de que mis emociones exploten si habla
demasiado fuerte—. Alguien pagó para que los
conservasen allí, hasta que fueran a buscarlos con los
certificados.
Me siento caer, mi cuerpo se dobla y ni siquiera intento
contenerme más, las lágrimas empiezan a caer, los
sollozos me estallan en la garganta y siento como si mi
cuerpo estuviera desmoronándose poco a poco. Ruby me
abraza más fuerte, y Vero trata de apartarme el cabello
de la cara con gestos suaves.
—Vamos a buscar un lugar hermoso para que tus ángeles
descansen, ¿sí? Ellos merecen estar en paz. Y tú también.
Me acurruco sobre mí misma y dejo que este dolor salga
en un llanto agónico que me consume, y luego viene la
oscuridad, y luego el sueño.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, me doy cuenta de que ya
ha amanecido de nuevo. Vero me dice que me arregle
mientras me pone un café en las manos y nos
encontramos las tres en el salón, vestidas de negro.
Nadie dice mucho mientras nos dirigimos al cementerio.
No hay palabras que puedan aliviar el vacío que siento,
pero sé que ellas están aquí conmigo, y eso es lo único
que importa.
Llegamos frente a una pequeña parcela que Vero tiene en
el cementerio, en una zona alejada, con algunas bancas y
muchos árboles alrededor. Me doy cuenta de que mandó
a hacer una pequeña escultura de tres ángeles sobre un
gran cofre de mármol. Los tres ángeles parecen volar, uno
mirando hacia arriba y los otros dos hacia los lados, como
si protegieran lo que habrá dentro.
Me arrodillo ante el cofre y coloco las pequeñas urnas
dentro, con manos temblorosas pero decididas. Ni siquiera
tuvieron nombres mis bebés, y aunque mi corazón se
rompe en pedazos sé que esto es lo primero que puedo
hacer por ellos. Mi cuerpo se sacude en medio de un
sollozo ahogado y no puedo dejar de mirarlas; solo siento
las manos de Ruby que me levantan y me sientan en una
banca que hay frente a esta tumba tan diferente. Solo hay
fechas en la placa, y una inscripción que dice: "Mamá los
ama".
Verónica y Ruby se quedan en silencio a mi lado no sé por
cuanto tiempo, pero finalmente es como si todos estos
sentimientos se acartonaran dentro de mí, solidificándose.
Cuando por fin logro levantarme, tomo una respiración
profunda y me despido de mis hijos. Dejo que las lágrimas
caigan libremente mientras sus pequeñas urnas
descansan allí, bajo las estatuas de los ángeles que, al
menos en este momento, me hacen sentir que ellos ya
están a salvo.
Verónica toma una de mis manos y Ruby la otra, y las tres
volvemos al inicio, al veneno, a ser las villanas de esta
historia.
—¿Cuál es el siguiente paso? —pregunta Vero con voz
firme y yo aprieto los labios.
Me siento vacía, pero la venganza, la justicia, lo que sea
que tenga que hacer ahora, es lo que me queda y sobre
esta tierra juro que voy a cobrarla sin que una gota de
piedad me cruce el corazón.
—El siguiente paso... —digo con tono determinado—, es
hacer correr la sangre.
Y eso es justamente lo que va a pasar, porque mis días
personales terminaron, y esta noche es para planear y
llevar a cabo.
Crown Capital Trade tiene que posicionarse mejor lo más
pronto posible, y tengo que enfocarme en eso.
El nuevo amanecer me encuentra desarreglándome para
ser de nuevo la Regina torpe de Christian Sh Jhon. Llego
a la empresa temprano y aun así él ya está en su oficia.
Para el resto del mundo puede parecer tranquilo, pero en
cuanto entro por la puerta se levanta de inmediato, luego
vuelve a sentarse, le enseño la taza de café desde lejos y
se va al otro lado de la oficina como si fuera nuestra rutina
cómplice.
Finalmente me evalúa con una sonrisa y yo solo reviso su
agenda del día, que está llena, aunque evidentemente
algo llama mi atención.
—Hay una reunión programada para las once de la
mañana con el señor Finnigan, de Trade Link —murmuro
y él asiente cruzándose de brazos y sin parecer
particularmente feliz con eso.
—Sí, llamó ayer muy entusiasmado. Me dijo que había
hecho una operación muy buena, y que venía a reclamar
sus contratos básicos. También dijo que quería hablar
sobre su gran proyecto otra vez —me dice—. Al parecer
cree que el negocio que consiguió es tan bueno que me
hará reconsiderarlo y ofertar más que la competencia.
Me quedo pensativa por un momento porque imagino lo
bien que debe sentirse ese infeliz ahora mismo, pero
cuando levanto la vista hacia Christian, él me está mirando
con curiosidad.
—¿Vas a esconderte de nuevo debajo de mi escritorio? —
pregunta y me ajusto las gafas porque realmente no sé si
eso fue reproche o coqueteo.
—No se preocupe, jefecito, no me voy a esconder. Solo le
prepararé la sala de juntas y me aseguraré de no meterme
en su camino —respondo con un suspiro—. Estoy segura
de que será una reunión impresionante.
CAPÍTULO 47. El negocio perfecto

La sala de juntas está impecable. Ordenada, brillante, con


una jarra de café en el centro de la mesa y tazas alineadas
perfectamente a su alrededor. No es que me importe
demasiado la presentación, pero Devon es un
perfeccionista obsesivo cuando se trata de reuniones
importantes. Y esta lo es, así que por un momento le
quiero dar el gusto.
Me cruzo de brazos y echo un vistazo al reloj. 9:58 a. m.
Puntualidad británica, como siempre, porque después de
todo las apariencias son importantes.
Christian está sentado en la cabecera de la mesa,
revisando su teléfono con expresión aburrida, pero sé que
en realidad está expectante. Escucho pasos en el corredor
y me acerco a él.
—Será mejor que espere en la sala de al lado —le sugiero
en voz baja, acercándome a él y señalando la puerta
contigua.
Christian levanta una ceja y luego suspira.
—Regina, no tienes por qué tolerar a gente impertinente,
si la tal Anabella viene que se aguante, o si no que se vaya
—gruñe como algo que intenta ser un regaño pero que
realmente solo es preocupación por mí.
—La idea de incordiar es bonita, pero muy poco
profesional, jefecito, y usted tiene que evaluar su negocio
sin distracciones —hago una pausa— además estaré justo
al lado si me necesita.
Christian no pregunta más. Solo sonríe, cediendo,
mientras yo salgo de la sala y me quedo justo al otro lado
de la pared, escuchando.
Devon entra un minuto después y lo saluda con su tono
habitual de superioridad, ese que últimamente solo me
provoca romperle la cara.
—Bien, señor St Jhon —dice sentándose y entrelazando
los dedos sobre la mesa—, estoy seguro de que esta
reunión será beneficiosa para ambas partes.
Christian no responde. Solo espera, y el silencio es tan
incómodo que finalmente Devon carraspea y se pone de
pie. Le entrega una carpeta con mis análisis de mercado a
Christian y le muestra la compra que hizo hace un par de
días.
—He cerrado una operación en la bolsa por diez millones
de dólares —comienza Devon, dejando caer la cifra con la
clara intención de impresionar—. Es una jugada maestra,
y estoy aquí para mostrarle por qué esto cambiará el
mercado en los próximos días.
Me imagino la cara de Christian en este momento:
inmutable, evaluando, esperando a que Devon llegue al
punto.
—¿Y en qué has invertido? —pregunta con su expresión
inquisitiva y Devon sonríe con autosuficiencia.
—¡Apex BioSolutions!
—Desde el otro lado de la pared escucho cómo Christian
hojea el documento y no puedo evitar mirar mi teléfono
una y otra vez esperando el mensaje de Vero que necesito.
¿Cuánto más va a tardar?
—Una farmacéutica —dice él sin impresionarse
demasiado.
—"La farmacéutica" —lo corrige Devon con un entusiasmo
exagerado—. La compañía que monopolizará el mercado
en los próximos días. Sus avances en biotecnología están
a años luz de su competencia, y su último producto, un
compuesto anestésico para el uso en quirófanos, está
siendo lanzado en este momento. Así que esta sí que es
una gran operación, en cuestión de días esta inversión se
multiplicará por tres. ¡Apex BioSolutions acaparará todas
las noticias, se lo aseguro!
Deja caer las palabras como estocadas, pero todo lo que
sigue es silencio. Sé que Christian lo está analizando. Abre
la página de Bolsa en su computadora y murmura para sí
mismo. La maldita operación es excelente, estoy segura
porque yo la diseñé... pero cuando mi celular empieza a
vibrar con ese mensaje de mi amiga, también sé que el
diseño fue simplemente perfecto.
Presiono el botón del control remoto y el televisor de la
sala de juntas, que había permanecido en negro hasta
ahora, se enciende de golpe.
—¿Qué demonios...? —escucho murmurar a Christian y
todos se quedan expectantes cuando se dan cuenta de que
está sintonizado en el canal de noticias de la mañana.
Una periodista aparece en la pantalla con expresión seria,
tensa, y detrás de ella, la banda roja de "ÚLTIMA HORA"
parpadea incesante.
"Interrumpimos la programación para traerles una noticia
de último minuto..." comienza y la sala de juntas queda
en completo silencio. "Tras una denuncia ciudadana
anónima, las autoridades han descubierto que la empresa
farmacéutica Apex BioSolutions ha estado enterrando
desechos tóxicos en las cercanías de una de sus fábricas.
Estos desechos, no regulados y altamente peligrosos,
amenazan con contaminar el medio ambiente de manera
irreparable"...
Mi respiración se detiene por un segundo y mis ojos se
concentran en Devon, que está tan en shock que no logra
decir ni una sola palabra.
"Apex BioSolutions enfrenta ahora una crisis a la que
difícilmente logrará sobrevivir. Las autoridades han
iniciado procedimientos legales, y la compañía podría
enfrentar demandas millonarias en los próximos meses".
Las imágenes en la pantalla muestran montones de
barriles oxidados siendo excavados de un terreno baldío.
Equipos de protección ambiental trabajan sin descanso,
mientras varios reporteros intentan obtener declaraciones
de los empleados de la empresa.
—No... —susurra Devon retrocediendo como si no pudiera
creer lo que está pasando y Christian quita las noticias
para poner en el televisor los gráficos de la Bolsa de
valores en tiempo real.
Las acciones de Apex BioSolutions están cayendo en
picada. ¡De forma brutal!
Vente por ciento, veinticinco, treinta. Las pérdidas van
demasiado rápido y todos intentan vender sin resultado,
porque eso es lo que hacen las ratas cuando el barco se
hunde.
Desde la cabecera de la mesa se escucha la voz tranquila
y letal de Christian, que intenta, sé que intenta no sonar
sarcástico.
—Dijiste que Apex acapararía las noticias. Bueno... eso no
puedo discutirlo —sentencia mientras la página inicial del
Diario financiero cambia y sale el anuncio oficial:
"ÚLTIMA HORA. UNA INVESTIGACIÓN REVELA UN
ESCANDALO AMBIENTAL QUE SACUDE EL SECTOR
FARMACÉUTICO.
Apex BioSolutions, la compañía que recientemente
anunció un innovador anestésico para cirugía, enfrenta
graves acusaciones tras el hallazgo de desechos tóxicos
enterrados cerca de sus fábricas.
De acuerdo con informes oficiales, estos residuos no están
regulados y contienen químicos peligrosos.
La Agencia de Protección Ambiental y el Departamento de
Justicia han confirmado que la empresa enfrenta múltiples
cargos civiles y penales, lo que podría llevar al cierre
inmediato de todas sus instalaciones y la cancelación de
su cotización en la bolsa.
Las acciones de Apex BioSolutions ya han comenzado a
desplomarse en el mercado, dejando a sus inversores en
estado de pánico."
Devon sigue en silencio, pero disfruto su consternación
más que nada en el mundo. Parece como si se hubiera
tragado su propia lengua mientras Christian se levantan
de la mesa.
—Parece que elegiste la empresa equivocada para invertir,
señor Finnigan —sentencia con el mismo tono de quien
observa un partido aburrido—. Tus diez millones de
dólares... ya no valen ni un tercio.
Devon mira la pantalla con los ojos abiertos como platos,
su cara de desesperación es absoluta mientras ve su
"jugada maestra" desmoronarse en tiempo real, y a su
lado su madre y su nueva prometida parecen también al
borde del colapso.
—¡Esto tiene que ser un error! —exclama y Christian
suelta una breve risa.
—No, señor Finnigan, esto es el mercado, y ahora que
sabemos que tu empresa elegida es un desastre ambiental
y que acabas de perder diez millones de dólares supongo
que se puede dar por terminada cualquier posible
colaboración con Ironclad Strategies. Que tengas buen
día.

CAPÍTULO 48. Una apuesta arriesgada

Devon abre la boca, su mirada oscila entre Christian y la


pantalla donde las acciones de Apex BioSolutions siguen
desplomándose. Parece un hombre ahogándose,
aferrándose a cualquier excusa para evitar hundirse.
—¡Esto no cambia nada! —suelta con la mandíbula
apretada—. Todo se va a estabilizar. ¡Las demandas son
pura estrategia para manipular el mercado, un golpe de la
competencia! Si esperamos, esto se resolverá y...
—No me interesa escuchar excusas —lo interrumpe
Christian con voz cortante—. Puede ser una estrategia,
puede ser lo que quieras, pero lo cierto es que en los
últimos veinte minutos las acciones de la farmacéutica han
perdido el setenta por ciento de su valor, tus diez millones
ahora solo son tres, y dentro de una hora serán cien mil.
Así que no voy a esperar por nada. Solo me alegra haber
salvado mi dinero, pero lo que más me alegra es que ya
no tengo que perder más tiempo contigo.
Devon se tensa y Anabella, a su lado, parece como si le
hubieran arrancado de las manos siete millones de dólares
y contando. ¡Ah, eso lo acabo de hacer yo! Su rostro se
tuerce en una mueca de incredulidad y furia y da un paso
hacia Christian.
—¡Señor St. Jhon! —Su voz es aguda, casi histérica—.
¡Esto no es culpa de Devon! ¡Es... es culpa de su analista,
que le aconsejó una mala operación!
—Y eso a mí no me importa —replica él, apoyándose
contra el borde de la mesa con absoluta tranquilidad—. Lo
que su analista haga es responsabilidad de Devon porque
para eso es el dueño de la empresa. ¿O cree que yo firmo
las operaciones de mis analistas sin revisarlas? No importa
de quién haya sido, una terrible decisión y una peor
consecuencia, así que en tres días quiero que devuelva
cada centavo de mi inversión inicial en los contratos
básicos.
—¡Eso no es justo! — gruñe Devon—. ¡Sabe que estas
cosas fluctúan, la empresa tiene potencial!
Christian suelta una breve risa, sin humor, y lo mira de
arriba abajo como si fuera una cucaracha.
—Lo único que fluctúa aquí es tu credibilidad. Y espero que
el resto de tus inversionistas piensen lo mismo y empiecen
a reclamar su dinero también —le gruñe—. Ahora
lárguense de mi empresa, que soy muy supersticioso y no
me gusta tener fracasados cerca.
El rostro de Devon se descompone.
Maldice por lo bajo y aprieta los puños, pero no tiene más
opción que girarse y salir de la sala con pasos pesados.
Anabella va detrás de él, gritando, sin poder procesar la
derrota mientras Bonnie parece al borde del infarto.
—¿¡Cómo pudo pasar esto!? —grita Anabella—. ¡Dijiste
que era algo seguro, Devon!
Me recargo contra la pared en la sala contigua. Apenas los
pasos se alejan me voy a esperar a Christian en su oficina
y lo veo entrar con el ceño fruncido. Se deja caer en su
silla y yo me quedo en un rincón, disfrutando por unos
segundos más la imagen de Devon siendo escoltado fuera
del edificio.
—¿Te das cuenta de la que nos salvamos? —dice mi jefe
sin mirarme.
—¿Cómo están las acciones? —pregunto y Christian suelta
un bufido mientras pone la pantalla de la Bolsa en el
televisor de la oficina.
—En caída libre. Todos están tratando de vender, con
énfasis en "tratar", porque obviamente nadie querrá
comprarlas. Apex BioSolutions está acabado, para
mañana sus acciones costarán menos de dos centavos, y
en cuestión de semanas irá a la quiebra.
Entiendo que Devon no logrará vender tan rápido, así que
este es el primer golpe: acabo de hacerlo perder diez
millones de dólares y todo el respaldo de Ironclad
Strategies. Me quedo en silencio por un momento,
observando la pantalla donde los números parpadean y las
cifras rojas brillan como una herida abierta.
Entonces dejo solo a mi jefe para que disfrute de su alivio
y corro hacia el baño de mujeres, cerrando la puerta y
revisando que no haya nadie antes de sacar mi teléfono y
marcar el número de Verónica.
—Quiero hacer una apuesta arriesgada —le digo en cuanto
contesta.
"¿Cuándo no?" se ríe, pero su tono se vuelve serio
enseguida. "Escucha, Regina, justo te iba a llamar porque
algo realmente impresionante está pasando..." me dice y
mi respiración se detiene por un segundo. "Kaizen
Financial ha hecho una oferta de inversión".
Eso captura mi atención por completo.
—¿Ren? ¿De cuánto?
"De cuarenta millones por el veinte por ciento de
participación" responde Verónica y yo me apoyo en el
lavabo porque siento que las piernas no van a sostenerme.
Esto es como un milagro, como un golpe de suerte en el
momento justo.
—Asegúralo por el diecisiete por ciento —le digo sin
dudar—. No puedo dejar que nadie más controle mi
compañía, pero necesitamos ese dinero ahora mismo.
Y Verónica solo me hace otra pregunta:
"¿Para qué? ¿Qué vamos a comprar?"
Una sonrisa oscura se extiende por mi rostro y suspiro,
con la mente ya trabajando en la siguiente jugada.
En la noche, por supuesto, espero que el sonido de la
alarma en mi teléfono me avise que Viggo ha entrado en
nuestro departamento. Así que tomo mi abrigo y conduzco
hacia allá.
Ni siquiera he terminado de cerrar la puerta cuando siento
sus brazos a mi alrededor, levantándome mientras su boca
reclama la mía con una posesividad feroz, como si
hubieran pasado años y no días desde la última vez.
—¿Lo conseguiste? —pregunta contra mis labios—. Lo que
querías ¿lo conseguiste?
Cierro los ojos y lo abrazo, es tan grande el condenado
que cuando me envuelve me hace sentirme pequeña y
protegida. Su olor inunda mi nariz y siento cómo todo mi
cuerpo se relaja en un segundo. Echo atrás la cabeza y lo
miro a los ojos.
—Lo que necesitaba recuperar, sí, ya lo recuperé —
respondo, entrelazando mis dedos en su cabello—. Pero
necesito tu ayuda todavía.
Él me mira con esos ojos fríos, calculadores, llenos de una
curiosidad peligrosa.
—¿Qué necesitas?
—Un chivo expiatorio.
—Voy a asumir que no hablas metafóricamente.
—Estoy dispuesta a pagar dos millones por uno.
Él se aparta un poco y me estudia con esa mirada analítica
suya, como si intentara entender hasta dónde estoy
dispuesta a llegar.
—No sé qué diablos pasa por tu cabeza —dice al final
mientras me pega más a su cuerpo—, pero tu cabeza me
gusta demasiado.
Se aleja de mí, caminando hacia la ventana, y mira la
ciudad con el ceño fruncido.
—Tengo en mente a alguien que podría funcionar —dice
después de unos segundos—. Pero si hago esto por ti...
voy a exigir algo a cambio. ¿Estás dispuesta?
Paso saliva porque sé que con él nada es fácil. Estoy en
pañales a su lado y aun así no puedo negarme.
—Está bien —respondo y lo veo sonreír.
Y desearía quedarme toda la noche viéndolo, pero ni él
puede ahora ni yo tampoco, así que nos separamos tan
rápido como llegamos y apenas amanece me alisto para ir
a la oficina.
Sé lo que voy a encontrar pero no esperaba que fuera tan
grave. Christian está mesándose los cabellos, con la
mirada clavada en su computadora y expresión
consternada.
—¿Qué pasa? —pregunto y él levanta la vista, como si se
estuviera volviendo loco.
—Ayer Devon Finnigan perdió diez millones con la maldita
farmacéutica... y hoy yo acabo de perder veinte.
—¡¿Cómo?!... —pregunto y él se deja caer atrás en su
silla.
Crown Capital está comprando acciones de Apex
BioSolutions.
CAPÍTULO 49. Un asunto personal.

Christian sigue con los ojos fijos en la pantalla, su


mandíbula está tan tensa que parece que en cualquier
momento se le partirán los dientes de apretar tanto. No
ha dejado de revisar los gráficos de la bolsa desde que le
dije que Crown está comprando acciones de Apex
BioSolutions.
—Cálmese, jefecito —le digo, sentándome en el borde de
su escritorio —. No puede ser tan malo. Seguramente los
de Crown Capital saben lo que hacen.
Él resopla, sin apartar la mirada de la pantalla y luego se
levanta dando vueltas de un lado a otro.
—¡A ver, Regina! ¡Nadie en su sano juicio compra acciones
de una empresa en bancarrota, a menos que quiera
despedazarla! ¡Y tú obviamente no sabes nada de esto
porque no sabes nada de nada porque solo eres mi
asistente, así que no me pidas que me calme! —exclama,
pero en cuanto se gira lo que tiene frente a él es a una
Regina muy diferente y veo la forma en que se para en
seco.
—Esta es la parte donde te disculpas, porque tienes treinta
años y nadie tiene que tolerar tu impertinencia solo porque
estás frustrado —siseo tuteándolo por primera vez desde
que soy su asistente, y los labios de Christian se abren y
se cierran, apretados y molestos, antes de que las
palabras salgan de su boca.
—Lo siento, no debí descargarme contigo —carraspea
metiéndose las manos en los bolsillos y yo vuelvo a
ajustarme los lentes mientras él me mira de reojo de
cuando en cuando.
—Tal vez eso es justo lo que planean —sentencio
cambiando el tema—. Despedazar la empresa.
Pero Christian niega con la cabeza.
—El problema es que el rendimiento de esa jugada es
demasiado bajo. No hay suficiente carne en ese cadáver
como para justificar lo que están haciendo...
¡Simplemente no lo entiendo! —espeta y yo tomo su silla,
acercándola a él.
—¿Y te entiendes a ti? ¿Confías en ti? —pregunto en voz
baja y él levanta la vista, frunciendo el ceño mientras lo
hago sentarse y acercarse a su mesa.
—Por supuesto, pero ¿eso qué tiene que ver?
—¿Confías en tu instinto? —insisto y lo veo asentir—. Pues
ese instinto te dijo que confiaras en Crown Capital. ¿Qué
tal si le das el beneficio de la duda por veinticuatro horas
y luego te vuelves loco?
Christian me observa en silencio por un momento, luego
niega con la cabeza y vuelve a enfocarse en la pantalla.
Sé que lo estoy dejando más inquieto de lo que ya estaba,
pero no me interesa calmarlo. La incertidumbre puede ser
un arma poderosa en las manos correctas.
Paso el resto de la mañana observándolo maldecir y beber
café como si su vida dependiera de ello. Cada pocos
minutos revisa los números, actualiza la pantalla,
chasquea la lengua y vuelve a revisar. Las acciones de
Apex BioSolutions siguen cayendo, y con cada punto que
bajan, su mal humor se hace más evidente, porque
Verónica no tiene instrucciones de dejar de comprar.
A media tarde mi teléfono vibra en el escritorio, y cuando
lo miro, veo un mensaje del abuelo Kaizen.
Esto sí que no lo esperaba, y no puedo evitar que la
urgencia en las palabras me encoja el estómago.
"Hija, necesito que vengas de inmediato. A Ren le está
pasando algo, pero no sé qué es, y dice que es algo solo
entre tú y él. No quiere hablar con nadie más."
Frunzo el ceño porque mi última noticia de Ren fue que
había invertido sus cuarenta millones en Crown Capital, no
imagino nada personal entre él y yo que pueda ser tan
urgente. Sin embargo mi horario está a punto de terminar
así que solo me asomo a la oficina.
—Jefecito, tengo que irme —le digo a Christian, guardando
mi teléfono.
—¿A dónde?
—Asuntos personales.
Él suelta un resoplido pero no insiste.
Está demasiado ocupado con su crisis bursátil como para
preocuparse por mis cosas, así que me subo a la
camioneta y conduzco hacia la propiedad de la familia
Toshiro.
Cuando llego a la casa, el señor Kaizen ya me está
esperando en la entrada con los brazos a la espalda y una
expresión seria.
—¿Qué pasó, abuelo? —pregunto, deteniéndome frente a
él, pero solo me señala con la cabeza en dirección al dojo.
—Ve y descúbrelo tú misma... ¡Y luego me lo cuentas! —
me advierte y no le hago preguntas.
Camino con paso firme hasta el dojo y empujo las puertas
corredizas.
Lo primero que veo es a Ren.
Está en el centro de la habitación, descalzo, vestido con
su hakama negro de entrenamiento y con un aura oscura
alrededor que asustaría a cualquiera... menos a mí. Su
espalda está empapada de sudor y su respiración es
pesada. Está sosteniendo la espada familiar con tanta
fuerza que sus nudillos están blancos. Sus movimientos
son tan rápidos y precisos que apenas puedo seguirlos,
pero también tan furiosos que se nota que solo se está
descargando como puede.
—Si sigues golpeando el vacío con esa fuerza, terminarás
desgarrándote un músculo —murmuro acercándole y Ren
se detiene de golpe.
Se queda de espaldas a mí por unos segundos, su pecho
sube y baja con respiraciones agitadas; y luego gira la
cabeza apenas lo suficiente para mirarme por encima del
hombro.
—No puedo creer que confié en ti —sisea con un tono tan
controladamente agresivo que me congelo.
—¿De qué hablas?
Él gira por completo y me encara, y sus ojos oscuros están
llenos de rabia contenida.
—¡Invertí cuarenta millones porque confié en ti! ¡Y ahora
los voy a perder por una maldita jugada sucia de Crown
Capital!
Ah, entonces es eso.
—¿Quieres que hable por ellos? —le pregunto—. Apenas
van doce horas de inversión, es demasiado pronto para
saber si es una inversión sucia o una jugada maestra.
—¡Están comprando una empresa en bancarrota! ¡Tú me
aseguraste que eran buenos...! —grita y siento que la
bestia dentro de mí despierta de un tirón.
—¡La voz me la bajas que sorda no soy! —replico con
firmeza—. ¡Yo no te aseguré nada sobre Crown Capital!
¡Yo te mostré la inversión de tu competencia y tú elegiste
invertir más que Christian! ¡Confiaste en su análisis, no en
el mío!
Ren aprieta los dientes y se acerca a mí con expresión
amenazante.
—Si querías robarme, habrías podido decírmelo a la cara
—espeta y yo no puedo evitar el sarcasmo cuando le
respondo.
—No soy tan cruel como para romperte la ilusión de que
eres un hombre inteligente.
Sus ojos se entrecierran. Da otro paso hacia mí y, por
instinto, mi cuerpo se tensa, pero no me muevo.
—No juegues conmigo, Regina.
—Creí que eras un hombre con capacidad para asumir tus
propios riesgos y soportar las consecuencias —le gruño—.
¿Quieres un consejo? Siéntate y espera, porque es muy
pronto para saber qué va a pasar. Pero vas a tener que
hacerlo solo, porque si querías que alguien te tomara de
la mano y te asegurara que todo iba a salir bien, escogiste
a la persona equivocada.
Me giro para salir porque no tengo intención de seguir con
esta conversación. De hombres que solo culpan a otros ya
tuve suficiente. Pero apenas doy un paso, escucho ese
silbido particular cortando el aire, y algo frío y filoso cruza
sobre mis hombros.
Me quedo paralizada, sin aliento.
Nada me duele, pero aun así no puedo ignorar lo que fue.
Porque sé lo que fue.
—Nadie se va de mi vida sin pagar, Regina —me advierte
y me giro lentamente, clavando mis ojos en los suyos
antes de bajarlos al suelo... donde largos mechones de mi
cabello se amontonan.

CAPÍTULO 50. Tradiciones

Por un instante, todo se congela. El dojo, el aire a mi


alrededor, incluso el peso de la katana que Ren aún
sostiene en su mano.
Solo un sonido rompe el silencio: el leve susurro de mi
cabello cayendo al suelo. Y mi cabeza se siente más ligera,
pero no por el corte, sino por la certeza de que si decidí
jugar en las ligas mayores entonces tengo que
aguantarme las consecuencias.
No importa lo tiernos que parezcan, estos no son los
"reyes de Wall Street" por encajar la derrota, no son
buenos, no son nobles y sobre todo, no pierden.
Si las cosas no salen como planeo mañana a esta hora el
"niño" de Ironclad irá a despedazar a Verónica a su oficina;
y este que tengo frente a mí ni siquiera se aguanta, porque
ya empezó.
Sin embargo en este punto no hay nada que pueda
intimidarme ya.
Levanto la mirada y lo encaro. Sus ojos están fijos en mí,
su expresión es dura, contenida. Quiere que reaccione,
que me enoje, que grite, pero ya muy pocos pueden
obtener ese placer de mí.
Doy un paso adelante, despacio, sin apartar mis ojos de
los suyos.
—¿De verdad crees que esto me hace daño? —Mi voz es
baja mientras una sonrisa llena de condescendencia
aparece en mi boca, que queda a menos de veinte
centímetros de la suya—. Podrías clavarme la maldita
espada directo en el corazón, y aun así serías la persona
que menos daño me ha hecho en este mundo —escupo
mientras mis dedos sujetan su muñeca y llevo una de sus
manos a mi vientre, sobre la ropa—. La próxima vez corta
por aquí, sácame otro bebé muerto antes de que nazca y
tal vez, ¡solo tal vez, podamos hablar de hacerme daño!
Él aprieta la mandíbula y veo sus pupilas dilatarse
mientras intenta soltarse de mi agarre. Retrocede un paso
y escucho su respiración pesada, descontrolada, y la forma
en que aprieta los labios me dice que puede creerse muy
duro, pero este hombre ha sufrido demasiado poco en esta
vida.
Echo atrás la cabeza y siento las nuevas puntas de mi
cabello rozar mi nuca.
—Deshonor, ¿verdad? —murmuro con la vista perdida en
el techo—. Me alegra que sigas las tradiciones de tu
cultura, porque en esa misma te voy a cobrar —murmuro
sonriendo de lado antes de buscar sus ojos—. Voy a
tomarte la palabra: dijiste que nadie se va de tu vida sin
pagar. Y eso está bien, porque de la mía tampoco. —Lo
veo tensarse y juro que lo disfruto, por más desafiante y
furiosa que sea su expresión—. Espero que tal como tienes
orgullo para reclamar, tengas la dignidad suficiente para
disculparte según tus tradiciones. Mejor dedícate a
entrenar las rodillas, Toshiro, porque la próxima vez que
te vea, te voy a ver sobre ellas.
Me giro sin decir nada más y camino hacia la puerta.
Siento su mirada clavada en mi espalda como una
segunda espada, pero no me detengo.
No vale la pena. Estas son las grandes ligas después de
todo, y el primero que dude, pierde.
Cuando salgo del dojo, el abuelo Kaizen está esperándome
fuera con el ceño fruncido, y sus ojos se abren
exageradamente cuando me ve.
—¡Hija...! ¿Qué...? ¿Qué pasó con tu cabello? —exclama y
luego su vista va al interior del edificio, donde su nieto
todavía está inmóvil como una estatua.
—Digamos que alguien necesitaba demostrar un punto —
sentencio, aparentando más calma de la que siento en
realidad.
—No puede ser... ¿Ren...?
Pero no le doy tiempo a sacar conclusiones.
—Nos vemos, abuelo —digo inclinando la cabeza con
respeto antes de alejarme sin mirar atrás.
Mi camioneta me lleva al centro de la ciudad, pero a partir
de ahí solo camino sin rumbo. Como si solo necesitara
cansar los pies. No sé exactamente a dónde voy, solo dejo
que mis pasos me lleven.
El aire fresco acaricia mi nuca, es una sensación extraña
no tener el cabello largo. Por primera vez en años, siento
que algo cambió.
Paso por calles que no reconozco hasta que veo una
peluquería con luces frías y una decoración moderna. No
pienso demasiado. Simplemente entro y una chica con el
cabello corto, teñido en tonos lilas y rosados, me recibe
con una sonrisa.
—Necesito arreglar esto —digo señalando mi cabeza y ella
suelta un silbido.
—Vaya, ese es un corte bastante... anticuado.
Y no puedo evitar sonreír poniendo los ojos en blanco.
—Bueno, considerando que fue hecho con una katana,
diría que es la herramienta más anticuada posible para un
corte de cabello.
La chica parpadea sorprendida, pero luego ríe.
—Eso sí que es algo nuevo. En fin, ¿qué te gustaría
hacerte?
Me siento frente al espejo y observo mi reflejo mientras
respiro hondo.
—Sofisticado, moderno, con luces, provocativo —le digo—
. Solo imagínate a la villana más sexy que te venga a la
mente.
Ella se frota las manos como si supiera que lo va a disfrutar
y luego se pone a trabajar. Pasan horas y yo cierro los
ojos, solo quiero descansar antes de ir a la guerra de
nuevo, pero cuando los abro por primera vez en mucho
tiempo, veo a alguien distinto.
Me veo más fuerte.
Me veo como la mujer que acaba de darle la vuelta al
tablero.
—Perfecto —murmuro antes de pagarle y salir de allí.
Paso el resto de la tarde sola, caminando por la ciudad,
disfrutando de la tranquilidad antes de la tormenta,
porque sé que la tormenta viene; y cuando llegue, estaré
lista.
Esa noche, al llegar a casa, tomo una botella de champaña
y la abro sin pensarlo dos veces. Ruby, que está en el sofá
con las piernas cruzadas, me mira con curiosidad.
—¿Y qué estamos celebrando? —pregunta señalándome
de arriba abajo mientras se remenea en su sitio,
evidentemente entusiasmada por mi cambio de Look.
Sonrío, sosteniendo mi copa en alto y le entrego la otra
mirando a todos lados, asegurándome de que Verónica no
está por ningún lado cercano.
—Vamos a celebrar la nalgueada que le van a dar a
nuestra mejor amiga mañana por la mañana en su oficina
—digo y Ruby me mira espantada.
—¿Qué hiciste, Regina? —me pregunta—. Mira que la
Venenito anda feroz en estos días. Ella es callada pero
como le pongan presa delante, va a entrar en modo
carnívoro y no se va a salvar nadie. ¿Quién es el infeliz?
—Presiento que Christian St Jhon... —murmuro con un
puchero inocente—. Le dije que esperara veinticuatro
horas para ir a reclamarle a la representante de Crown
Capital, pero algo me dice que el Tiburoncín no podrá
esperar tanto.

CAPÍTULO 51. Dientes y venenos

Salgo de mi habitación bien temprano y encuentro a


Verónica y a Ruby en la cocina. Vero está con su teléfono
en la mano, como siempre, revisando números y
confirmaciones de última hora. Y Ruby, en cambio, está
sentada en la mesa, tomando café y pintándose las uñas
de rojo, porque para ella no hay vida antes del café, y ya
que va a existir entonces tiene que hacerlo con glamour.
—¿Listas? —pregunto, y Verónica levanta la vista de la
pantalla.
—Por supuesto —responde, sirviéndome una taza de café.
—¿Y por qué yo no puedo ir? —se queja Ruby con una
sonrisa cómplice—. Puedo ser la asistente de
representante de la empresa o algo. ¡No me quiero perder
el show!
Levanto mi taza y le tuerzo los ojos antes de hacerle un
guiño.
—Cielo, la reacción que realmente queremos ver está
fuera de nuestro alcance. A menos, claro, que la amiga
periodista de Vero pueda grabar cómo Devon se lanza de
su edificio, y me temo que no tendremos tanta suerte...
todavía —murmuro mientras mis amigas ríen cada una a
su manera.
—No puedo creer que nuestro concepto de "gran día" se
haya convertido en sinónimo de "arruinar hombres con
más dinero del que saben manejar" — suspira Ruby y Vero
se encoge de hombros.
—Oh, vamos, no es arruinar —dice con ese tono suave que
le erizaría la nuca hasta al presidente—. Es solo... ajustar
el orden natural de las cosas. Tú solo piensa que hay
mujeres para las que "un gran día" es ir al spa, mientras
nosotras derribamos imperios. ¿Qué puede ser mejor que
eso?
Ruby parpadea mientras la ve pintarse los labios más rojos
que sus uñas y me mira conteniendo la risa.
—Que te compre quien no te conozca, Venenito, parece
que no rompes ni un plato —le dice y Verónica es la
primera que toma su bolsa para salir—. Les avisaré cuando
todo esté listo, procuren resistir hasta allá.
Nos reímos y, con una última mirada de complicidad, cada
una sale a cumplir su parte del plan.
Estaciono la camioneta junto al edificio de Ironclad, lista
para darle consuelo y apoyo moral al tiburón de
rascacielos que tengo por jefe, pero cuando me asomo a
la puerta de su oficina, lo veo con el teléfono pegado a la
oreja y el ceño fruncido.
—¡No me importa lo que digan los analistas! —dice entre
dientes—. ¡Si Crown Capital sigue comprando esas
acciones, que traten de que no sea con mi dinero!
Cuelga bruscamente y avanza con pasos largos y furiosos,
tomando su chaqueta y dirigiéndose hacia mí, que me
echo a un lado de inmediato para dejarlo pasar.
—¿A dónde, jefecito? —pregunto, corriendo detrás de él.
—¡A detener a la lunática que no para de comprar las
putas acciones de una empresa en quiebra!
—Tal vez debería respirar antes de hacer una escena.
Christian se gira hacia mí con una expresión de impotencia
que casi casi me sobresalta.
—¡No me calmes! ¡No me quiero calmar! ¡Quiero hacer
una escena de cortes de cabezas! ¡Así que acompáñame o
quédate, pero no me calmes!
Tropiezo detrás de él pero no me detengo, porque
obviamente no puedo confrontarlo, pero al menos tengo
que minimizar los daños.
Conforme nos vamos acercando a la sede de Crown Capital
voy mirando mi reloj. ¡Maldición, aún no es tiempo!
Lo de que Christian nalgueara a Vero era broma. ¡Juro que
era broma! Porque sé que las cosas no podrían salir peor
que si esos dos se enfrentaran.
Él tiene dientes y ella mucho veneno.
—Jesús, esto va a ser una masacre... —murmuro para mí
misma pero no puedo detener a Christian, y cuando él
entra en las oficinas de Crown Capital Trade es un huracán
hecho persona.
—¡Señorita Lynch! —su voz retumba en la sala principal,
todavía a tres metros de la puerta de su oficina, pero
Verónica ni siquiera parpadea.
Está firmando los últimos documentos de compra mientras
la pantalla de su computadora muestra gráficos en
constante movimiento.
—Dame un segundo, estoy ocupada —sentencia—. Sí,
esas mismas, págalas a 0.03 dólares... sí... ¡Mi importa un
cuerno que haya invertido diez millones, solo le voy a
pagar trescientos mil por las acciones, lo toma o lo deja!
Verónica sonríe cuando recibe su respuesta y Christian
avanza hacia el escritorio, golpeándolo.
—¡Estás comprando basura! ¡Dime qué demonios te pasa
por la cabeza! ¡Eres una maldita adolescente financiera!
—gruñe— ¡¿Cómo puedes estar tan feliz mientras compras
una empresa en quiebra...!? ¡Sabes qué! ¡Haz lo que te dé
la gana! Pero te juro que me vas a devolver cada centavo
de mis veinte millones... ¡aunque tenga que cobrártelos
en medias horas de placer, como un demonio!
Verónica deja la pluma sobre la mesa y se levanta tan
despacio que yo retrocedo.
—No la mires a los ojos... no la mires a los ojos... —le
susurro a Christian, porque acaba de entrar en un terreno
donde solo los valientes (o los estúpidos) se atreven a
pisar.
Me parapeto contra un rincón, como si no existiera y veo
la masacre.
—¿Medias horas de placer? ¿Eso es todo lo que aguanta,
señor St Jhon?
Christian abre la boca, pero ella lo interrumpe, caminando
alrededor del escritorio hasta quedar justo frente a él.
—Porque si es así, me parece que el problema aquí no es
financiero. —Christian la mira con una mezcla de furia y
algo más que no puede disimular—. Yo no te obligué a
invertir, estúpido malcriado. Tú cruzaste esa puerta. Tú
viniste aquí. Tú ofertaste lo que quisiste y solito te pusiste
la soga al cuello. Pero si lo que estabas buscando era
asfixiarte con algo diferente... yo puedo darte con qué.
Se sube a la mesa con un movimiento lento y deliberado,
y abre las piernas justo frente a él. ¡Esa perra se puso la
lencería negra de guerra! ¡Ah, Venenito sabía a lo que
venía!
El silencio en la oficina es absoluto. Christian se queda
paralizado. Su mandíbula se tensa. Sus puños también.
—¡Baja de ahí! —le gruñe a Verónica.
—¿Prefieres mirar los gráficos donde pierdes veinte
millones? —lo provoca ella y veo que Christian se afloja la
corbata.
La tensión entre ellos es eléctrica.
—¡Eres una inconsciente!
—¡Y tú eres un cobarde! —contraataca Vero—. Si querías
apostar a lo seguro, para la próxima vez, en lugar de
invertir en Wall Street deberías poner un motel. ¡Porque
el sexo y los cuernos son la única demanda segura,
corazón!
Él da un paso adelante, y por un segundo pienso que va a
darle un infarto, está rojo, luego pálido, y Verónica cruza
las piernas cuando la Bolsa anuncia todas las acciones
vendidas.
—¡Maldición! —ruge Christian fuera de sí.
—Bueno... tú desahógate, pero gritar no cambiará nada —
lo desafía Vero y juro que la matará solo con los ojos.
—¡Eso lo dices porque nunca te han follado bien!

CAPÍTULO 52. La gran jugada

Christian está a punto de estallar, lo puedo jurar por la


vena que le late en el cuello, y no puedo explicar por qué,
pero también puedo jurar que esa vena en particular...
¡Vero la está disfrutando mucho!
La veo despegar los labios para replicarle, pero antes de
que esto acabe en mordidas sobre el escritorio, mi celular
vibra con un mensaje y me apresuro a abrir mi tableta con
la noticia del momento.
—¡Jefecito, jefecito! —lo llamo y él se gira hacia mí con
una mirada asesina, como si le estuviera interrumpiendo
la matanza.
—¡¿Qué?!
—¡Acaba de salir una noticia sobre la farmacéutica...!
—¿Sobre Apex? —pregunta Christian frunciendo el ceño…
—¡Sí, esa, la que está en quiebra! —le digo y Verónica se
hace la desentendida, solo se gira un poco, toma el mando
de la enorme pantalla de su oficina y la enciente—. Canal
cinco —murmuro y ella enseguida pone el canal de
noticias.
La pantalla se llena con la imagen de una periodista con
una cara que irradia satisfacción porque evidentemente
acaba de recibir una primicia.
"Ultima hora. Tras una investigación forense, se ha
identificado que los desechos tóxicos encontrados en las
fábricas de Apex Biosolutions no pertenecen a la industria
farmacéutica. Los residuos han sido rastreados hasta una
empresa cristalera, y el principal responsable ha sido
capturado esta tarde por las autoridades.
Todavía se desconoce el motivo por el cual el responsable
decidió deshacerse de los desechos en los terrenos de
Apex Bio Solutions, lo cierto es que la compañía ha salido
absuelta de todos los cargos y se espera una meteórica
recuperación financiera en los próximos días".
Lo único que escucho es el latido de mi propio corazón.
Este era el plan... pero mi vida entera dependía de esto y
salió bien, acaba de salir bien...
Mis ojos van al rostro de Christian y veo que los suyos
están más abiertos que nunca, como si intentara que
alguien lo pellizcara porque sabe muy bien lo que eso
significa.
—¿Esto es en serio? —pregunta y su voz no es más que
un susurro grave.
—Debe ser, jefecito, porque está saliendo en televisión
nacional —le digo y Vero no puede evitar soltar una risa.
Sus dedos se mueven y de inmediato pone la pantalla de
la bolsa, donde las acciones de Apex BioSolutions
comienzan a subir en cuestión de pocos minutos. Al
principio es lento, pero teniendo en cuenta el precio al que
compramos cualquier subida es ganancia.
Christian se endereza, su cuerpo se tensa como si fuera
un resorte estuviera a punto de estallar y cuando el precio
da el primer gran salto lo veo girarse hacia Verónica,
sujetando sus rodillas y mirándola a los ojos.
—¿Compraste todas las acciones? —pregunta y mi amiga
le pestañea con descaro.
—El noventa y tres por ciento de ellas —responde y
entonces es cuando la verdadera tormenta comienza.
Verónica se cruza de brazos, y yo empiezo a sonreír por
dentro—. Entonces ¿exactamente cómo planea
disculparse, señor St. Jhon? ¿Va a reinvertir sus
ganancias, o prefiere que le cobre en… medias horas de
placer?
Christian la mira como si quisiera separarle la cabeza de
los hombros, pero cuando finalmente habla, su voz es
calmada... demasiado calmada.
—¿Esas son las únicas dos opciones que tengo? —dice, y
se acerca aún más a Verónica, con una mirada feroz.
La atmósfera se vuelve densa, pero Vero no se inmuta. No
es su primer rodeo, así que su respuesta es corta, precisa
y casi encantadora mientras se inclina hacia él.
—Si no te gustan, siempre puedo firmarte un cheque por
tus veinte millones y te largas de mi maldita empresa
ahora mismo. —Su tono es tan suave como una brisa, pero
con la firmeza de una roca.
La tensión en el aire es tan densa que me siento un poco
ahogada, pero en el fondo sé que todo esto es parte del
juego. Y Christian no es alguien que se quede con los
brazos cruzados por mucho tiempo.
Algo me dice que tengo que salir, que esto va a estallar de
formas que aún no puedo prever. Digo algo sobre un café
y escapo. Busco una oficina vacía y me siento frente a mi
tableta.
El tiburón y la serpiente pueden estar jugando, pero yo
tengo que estar atenta, no puedo perder ni un segundo.
Abro la página de la bolsa y disfruto cómo las acciones de
Apex BioSolutions comienzan a dispararse. Mi pulso se
acelera al ver
cómo se mueven los números.
Esta es mi jugada, mi gran jugada. Una que puede
hundirme o posicionarme definitivamente en la Bolsa.
Mi teléfono vibra sobre la mesa y cuando lo miro mi cuerpo
se tensa.
Ren.
Ren me está llamando una vez tras otra. Puedo ver su
nombre en la pantalla, pero no contesto porque sé que
debe estar viendo los mismos números que yo.
Una hora después Christian cruza frente a mi puerta y
salgo corriendo detrás de él. Subimos al auto en silencio y
parece más encartonado que un espantapájaros.
—Jefecito... ¿Le pagó a la señorita Lynch? —le pregunto
con tono chismoso y se pone colorado en un segundo.
—¿Qué te hace pensar que...?
—Pues que no veo ningún cheque por veinte millones en
su mano —le digo y él mira a otro lado, carraspeando.
—Estábamos observando el crecimiento de la bolsa,
Regina. Nada más —asegura y yo aprieto los labios para
no reírme demasiado.
—Claro, eso es lo que estaba haciendo. Observando. —Mi
tono no esconde la diversión. Lo sé, y él también lo sabe.
Pero cuando regresamos a la sede de Ironclad, yo ya tengo
el siguiente movimiento en mente.
Ya en la soledad de mi escritorio, veo las doce llamadas
sin contestar y sin perder tiempo llamo a Vero.
—Necesito para esta tarde un cheque por cuarenta
millones a nombre de Toshiro Ren —le digo y ella no
pregunta más.
El resto del día es ligero, y Christian intenta esconderlo,
pero está tan contento que antes de las cuatro de la tarde
me pone en las manos una nueva orden de compra.
—¿Más dinero para Crown Capital? —pregunto
haciéndome la loca y él asiente.
—Más. —Es lo único que dice y vamos... yo no me voy a
hacer de rogar.
En cuanto mi horario termina me cambio en mi camioneta
y me pongo una peluca rubia muy rubia que me hace
parecer una persona diferente.
Y eso es justo lo que necesito, porque solo quince minutos
después entro en este lujoso bar que queda frente a las
oficinas de TradeLink... donde van a empezar a caer uno
a uno todos esos hombres desesperados a los que necesito
escuchar.

CAPÍTULO 53. Un pago de servicios

Me siento en la barra hasta que reconozco a uno de los


hombres que entra. Es uno de los gerentes de TradeLink
y con el vienen tres hombres más. Ocupan una mesa
reservada en el fondo y yo me aseguro de ubicarme en la
más cercana.
Quieren hablar bajo, se les nota, pero el alcohol y la
impotencia hacen que suban la voz sin poder evitarlo.
—¿No crees que ya es hora de que nos demos cuenta de
que estamos muertos? —dice uno de ellos con una risa
amarga—. No nos vamos a recuperar de esto.
Otro tipo suelta una risa amarga, mirando su vaso vacío y
levantando la mano para pedir más.
—El señor Finnigan está haciendo todo lo posible, pero
como no nos llegue un milagro, el próximo mes estaremos
todos desempleados. Los inversionistas están presionando
para retirar sus inversiones, lo han dejado claro.
—Entonces el contrato con el grupo de Wall Street es la
única carta que le queda. Si lo pierde, adiós a todo —gruñe
otro con desesperación.
—Lo sé, pero eso no va a pasar —responde el gerente con
la actitud de que todo se puede solucionar con dinero. Le
veo gesticular con la mano mientras habla—. Finnigan
todavía tiene una buena oportunidad en la subasta de "The
Giving Portfolio” la próxima semana. Ese es su momento
para concretar el trato que le prometieron... o conseguir
otros inversionistas.
La frase cae como una bomba. Todos los presentes lo
miran, algunos de reojo, como si él estuviera exagerando,
pero algo en sus ojos dice que todos saben que está en lo
cierto. El futuro inmediato de TradeLink, y todo lo que está
en juego, depende de ese evento.
"Interesante", sonrío porque aunque no hemos recibido
invitación para ese evento, no me sorprende. Mi empresa
apenas tiene unas pocas semanas y un evento tan grande
se planifica con meses de anticipación, pero no hay nada
que no pueda hacer al respecto.
No necesito escuchar más. Ellos ya han dicho todo lo que
importa, y el tiempo corre. Termino mi trago con calma y
me levanto para salir del bar. La noche está fría, pero no
me importa. Camino hacia mi auto con la mente
trabajando a toda velocidad. Tengo unos días para
conseguir una invitación a ese evento.
Cuando llego a casa, Verónica me está esperando con una
copa de vino en la mano y una sonrisa de satisfacción.
Me extiende un sobre, y cuando lo abro, encuentro el
cheque por los cuarenta millones para Toshiro.
—¿Está bien así? —pregunta y yo le hago un gesto de
afirmación.
—Está excelente, cariño.
—¿Qué pasó con él? —me increpa Ruby—. No me digas
que ya no te interesa su dinero. Sabes que necesitas al
maestro de espadas de tu lado.
Pienso por un momento antes de contestar, pero sé que
decirle a Ruby ahora mismo que Ren cortó mi cabello será
como presionar el interruptor de una bomba.
—Te lo contaré más tarde, solo es una jugada estratégica.
Pero ahora...
Sin embargo interrumpo cualquier cosa que vaya a decir,
porque de repente escucho el sonido de una alerta en mi
teléfono. Es esa melodía, esa que me hace saber que
Viggo está en la casa. Este juego será largo, y quizás esta
vez solo necesite relajarme un poco.
Con una sonrisa abro la nevera y saco una botella de
champaña helada. Esto es justo lo que me hace falta en
este momento.
—¡Uff, sí celebración! —exclama Ruby y yo niego.
—Celebraremos cuando regrese, nena, ahora tengo que
salir —le respondo dándole un beso en la mejilla y Ruby,
que siempre tiene esa mirada curiosa, me observa
mientras sigo caminando hacia la puerta.
—¿Y exactamente a dónde vas a esta hora y con eso? —
pregunta con descaro y yo me encojo de hombros.
—¡A pagar por los servicios prestados!... en horas
completas de placer, ¿me sigues? —Mis ojos van a
Verónica y un segundo después escucho a Ruby
interrogarla como si fuera un traidor a la patria en una
celda de la CIA.
Yo solo salgo y conduzco hacia nuestro departamento, que
está oscuro como cualquiera de sus dueños.
Abro la puerta y la luz tenue de la ducha lo hace parecer
una especie de sombra en el fondo de la habitación. Viggo
ya está dentro, y el sonido del agua cayendo es como un
eco en mis oídos. Me quito la ropa despacio y entro a la
ducha detrás de él.
Algo está mal, puedo sentirlo en la forma en que sus
manos se apoyan en la pared y deja que el agua le caiga
directamente sobre la nuca. Algo está pasando con él
aunque no me lo diga. No sé si espera que venga, o si cree
que no voy a aparecer cuando él viene. Lo cierto es que
ahora mismo los dos estamos aquí.
Mis manos van a su espalda baja, lo rodeo, lo abrazo y
apoyo mi frente sobre su piel, escuchando cómo su
respiración se suaviza en un instante.
Se da la vuelta despacio entre mis brazos y por un
segundo la curiosidad se hace evidente cuando me ve con
el cabello corto, sin embargo su única respuesta es una
sonrisa.
—¿Quieres matarme de un orgasmo anticipado? —me
pregunta mientras sus ojos brillan con picardía.
—No —respondo mientras me acerco más, dejando que
mis labios rocen su oído—. Lo que quiero es postergártelo
hasta que supliques por él.
Viggo deja escapar una risita. Su respuesta está en sus
ojos, en cómo me toma la cintura y me atrapa contra él.
Nos dejamos llevar por el momento, como siempre, pero
esta vez hay algo más. No sé si es el cansancio, la tensión
que me consume desde que comencé este juego, o el
hecho de que tal vez nunca haya tenido tanto control sobre
las piezas de este tablero. Solo sé que esta vez, las reglas
las pongo yo.
—¿Conseguiste lo que querías? —pregunta despacio y yo
suspiro.
—Lo que quiero es no hablar de negocios, ni de venganzas
ni de nada. Lo que quiero es estar contigo —susurro
mientras mi boca recorre su torso.
—Es eso... es justo lo que necesito ahora —murmura.
Muerdo despacio y lo veo echar atrás la cabeza. Siempre
es así, siempre viene a contenerme y sé que estoy en el
momento más egoísta de mi vida, porque hasta este
instante jamás he preguntado si él necesita contención. Lo
empujo suavemente contra la pared y mi boca baja.
Delineo su abdomen con los labios y ni siquiera he llegado
cuando ya sé lo que me espera.
Un nuevo diamante brilla bajo mi lengua y sonrío, porque
esta es la única guerra que realmente estoy disfrutando.
CAPÍTULO 54. Un hombre que necesita contención

Hay mil formas mejores de decirlo pero la verdadera es


simple: esto es con lo que quiero ahogarme.
Mi lengua rodea su miembro, que honestamente no
necesita ni un estímulo más para estar listo. Su respiración
se vuelve pesada y errática y mis manos suben por sus
muslos buscando un ancla. Sé que soy una mujer valiente,
porque cuando el diamante me roza la garganta todavía
sigo devorando y escucho el pequeño rugido de
satisfacción que escapa entre los dientes de Viggo.
Las lágrimas saltan de mis ojos y no me importa. A él
tampoco, evidentemente, porque cuando lo miro solo hay
una risa descarada en su rostro. Sus dos manos se hacen
puños sobre mi cabello y la cesión de control comienza,
porque yo lo pierdo en un segundo y al otro lo siento
embestir mi boca con fuerza.
El agua nos empapa, el vapor es todo lo que hay alrededor
mientras siento la forma en que me llena. El diamante
marca un ritmo perfecto, rápido, feroz, diseñado para
saciarse solo a medias, y mi garganta recibe cada
embestida con una mezcla de hambre y dolor demasiado
difícil de describir.
Mis rodillas resienten el suelo, mi cabello duele, apenas
puedo respirar y soy una pequeña muñeca gobernada,
pero feliz.
—¡Maldición! —gruñe mientras tira de mi cabello y siento
la forma en que se tensa—. Trágalo todo... no quiero ni
una gota afuera... —ordena y un segundo después siento
la descarga bajando por mi garganta con fuerza.
Trato de respirar un poco... algo... pero no me da tiempo
ni a pensar antes de sacarme de la ducha.
Algo está mal. Mi instinto me lo repite y lo detengo.
—Algo está mal —le digo mientras me besa como un
poseso en medio de la habitación y él se detiene.
—Lo siento... tienes razón, es mejor si ahora no...
—¡Está bien! —lo interrumpo y sus ojos tratan de buscar
en los míos la confirmación de que no le estoy mintiendo—
. Puedo con esto.
—Regina...
—Pude con más —insisto—. Si necesitas esto, por mí está
bien.
Lo veo apretar los labios antes de buscar los míos con la
mayor desesperación. Suele ser un hombre dominante con
mucho autocontrol, pero hoy hay algo diferente en el aire.
Su lengua se hunde en mi boca con fuerza y ni siquiera
veo lo que pone en mis manos hasta que las sube por
encima de mi cabeza. El cuero alrededor de mis muñecas
es lo bastante fuerte como para sostenerme y lo bastante
suave como para no lastimarme, pero en el mismo
segundo en que me levanta contra su cuerpo y el cuero
encaja sobre el anclaje que cuelga del techo, entiendo que
esto va a ser diferente a todo lo demás.
Los pies apenas me llegan al suelo de puntillas y ni
siquiera tengo que preguntar, porque es evidente que esto
lo hizo a mi medida.
Siento su boca sobre mis pechos y sus dientes torturando
uno de mis pezones. Mi piel se eriza en un segundo y cada
uno de mis músculos se tensa. Siento sus dedos
explorando en la humedad que escurre entre mis piernas,
hundiéndose en ella y arrancándome un grito mientras el
mundo entero se desconecta.
—¿Te gusta eso? —lo escucho gruñir contra mi oído
mientras sus dedos bombean con fuerza dentro de mí.
Apoyo la frente en su hombro y mis ojos tropiezan con ese
brazo musculoso, el antebrazo marcado por gruesas venas
y su miembro rozando entre los dos como una
anunciación.
—¡Demonios! —exclamo sin poder evitarlo y ahogo un
grito cuando sus dedos salen de mí para estamparse
contra mi trasero.
—Lenguaje —sisea contra mi boca y mi respiración se
vuelve errática.
Cierra sus manos sobre mis nalgas, las baja despacio por
la parte trasera de mis muslos y cuando llegan a mis
rodillas las levanta sin ningún esfuerzo, haciéndome
enredar las piernas a su alrededor.
—¿Me va a doler? —le pregunto y los dos sabemos que
solo es un desafío.
—Pero te va a gustar... —me susurra Viggo y mis manos
se cierran en puños cuando la primera embestida me
atraviesa.
—¡Maldito desquiciado! —suelto porque siento que me
está rompiendo, y esa mano que cae sobre una de mis
nalgas me roba el aliento.
—¡Dilo! —ruge mientras me penetra otra vez, aun con más
fuerza y mi cuerpo tiende a subir, es involuntario, te tenso
contra el anclaje del techo y supongo que eso es lo que
quiere porque cuando empuja de nuevo es como si mis
paredes quisieran asfixiarlo—. ¡Dilo!
—¡Lenguaje...! —exclamo mientras lo siento pasar los
antebrazos bajo mis rodillas y dominar el ritmo.
—Lo siento nena... —espeta por lo bajo y sé que solo es
una disculpa anticipada porque lo que viene es una
masacre.
—¡Aaaaaah! —grito cuando me penetra como si quisiera
romperme, como un ariete, y luego otra vez, y otra vez, y
otra vez.
Cada empujón en un latigazo de dolor en mi vientre
aunque luego el placer lo gobierne todo. De nuevo... de
nuevo.... Más hondo... más duro... mi cuerpo lucha por
escapar... es instintivo... y cuando cedo es todavía peor.
Lo siento hundirse en mí. El diamante rasca mis paredes
y yo aprieto, no puedo evitarlo... esto está matándome...
—Viggo... — jadeo desesperada y el sudor entre los dos
es un catalizador perfecto y peligroso...
—Tú puedes... —me dice mientras esto se convierte en
una voragine de besos, gritos y sexo desenfrenado—.
Vamos nena, solo un poquito más, vamos... déjame oírte
gritar... eso... grita nena... vamos...
Y yo ni siquiera puedo contenerme. Siento los espasmos
reptando por mi columna en el mismo momento en que su
lengua se hunde en mi boca.
—¡Grita! —ruge y sé que es un permiso. Su permiso.
Mis labios se abren y dejo que todo esto salga. El orgasmo
me recorre como una mecha de dinamita y siento la forma
descontrolada y feroz en que se corre dentro de mí. Se
bebe mis gritos con besos y no sé cómo, no sé cuándo,
pero en algún momento solo estamos uno contra el otro,
tratando de respirar, de sobrevivir.
Mi cuerpo ya no aguanta más, y el sonido de su voz es lo
único que me mantiene anclada al presente. Pero cuando
el silencio finalmente nos envuelve, Viggo se aparta con
esa sonrisa suya de satisfacción.
—¿Vas a soltarme? —pregunto con la voz aún
entrecortada.
—¿Y perderme esta vista? Ni en un millón de años. —Pero
lo dice mientras desata las correas de cuero con habilidad.
Mis muñecas quedan libres y caigo sobre la cama con un
suspiro. Viggo se deja caer a mi lado y se acomoda con
los brazos detrás de la cabeza. Algo le pasa, pero yo
también tengo que esperar a que él esté listo para
decírmelo. Y el tiempo pasa, tan silencioso y perfecto entre
los dos como siempre, hasta que Viggo lo rompe.
—Tu teléfono no ha parado de sonar en la sala —dice de
repente con la vista clavada en el techo, y no se anda con
rodeos tontos— ¿Quién es?
Respiro hondo mientras alcanzo una bata de seda oscura
y me la pongo.
—Un hombre que quiere disculparse —respondo con
calma—. Pero todavía no he decidido si voy a aceptar esa
disculpa.
Camino descalza hasta la sala, todavía sintiendo el calor
de su cuerpo en mi piel. Tomo el teléfono y veo la pantalla
iluminada con varias llamadas perdidas. Treinta y siete ya.
Y luego un mensaje que me congela por completo.
"Abre la puerta, estoy aquí."
CAPÍTULO 55. Una disculpa diferente

¡¿Qué diablos está haciendo Ren aquí?!


El corazón se me pone en la garganta en un solo segundo
porque entiendo que eso puede significar que puso gente
a seguirme y yo no me he dado cuenta. Sin embargo no
hay mucho que pueda hacer en este momento que no sea
enfrentar la batalla tal como se presente.
Camino en silencio hasta la puerta de la habitación donde
Viggo está descansando, la cierro y paso la llave por fuera
para que no pueda abrirla.
Y luego me dirijo hacia la puerta del departamento. La
rabia me empieza a hervir en la sangre, pero trato de
mantener la calma. Abro con un solo movimiento y lo veo
en el corredor, con su figura enorme y esos ojos que son
una amenaza constante.
Toshiro Ren está frente a mí y eso no presagia nada
bueno.
—¿Cómo me encontraste? —le pregunto tratando de que
mi tono sea absolutamente neutro, pero es evidente que
el suyo está en alguno de los extremos ya.
—Mandé a rastrear tu teléfono —responde sin titubear,
porque creo que a estas alturas sabe que de nada servirían
las mentiras entre los dos.
No puedo evitar soltar una risa amarga. ¿De verdad cree
que esto me va a parecer una explicación razonable?
—Dejando a un lado que no tienes ningún derecho a eso
—escupo con sorna—, ¿qué estás haciendo aquí?
Los ojos de Ren van instantáneamente a mi cabello,
notando las consecuencias del cambio que él inició, y luego
desvía la mirada mientras pasa a mi lado y se mete al
departamento.
—No me contestaste en todo el día —responde apretando
los labios.
—Pues eso debió ser suficiente respuesta para ti —le digo
dejando la puerta abierta y acercándome a mi bolso, pero
una sensación extraña se apodera de mí.
Miro a la puerta de la habitación puedo distinguir las
sombras moviéndose tras ella, sé que Viggo está ahí,
estoy casi seguro de que está pegado a la puerta,
escuchando cada palabra.
Ren parece no haberlo notado, pero yo sí. Y, aunque
intento mantener la compostura, un pequeño escalofrío
recorre mi espalda.
—Ya vi lo que pasó con la empresa de Apex —dice Ren,
haciéndome reaccionar y mirarlo.
—Me alegro de que lo sepas —le digo, sacando de mi bolso
el cheque que tengo guardado, y extendiéndolo hacia él—
. Aquí están los cuarenta millones de tu inversión. No falta
ni un céntimo y como imaginarás, esa cuenta tiene ahora
sobrados fondos. En los próximos días, la señorita Lynch
te pasará las ganancias.
—Pero... el contrato dice que en cinco años no se puede
retirar la inversión ni...
—Eso me importa un cuerno. Considera el contrato
cancelado. No quiero verte más —sentencio y lo miro
desafiante, con los ojos fijos en los suyos, esperando que
lo tome y se largue.
Pero no lo hace. No se mueve ni un centímetro. Solo
retrocede negando.
—No voy a tomar el dinero —responde con tono firme—.
No voy a retirar mi inversión. Ya sé que me equivoqué,
que me desesperé... yo no suelo ser así, pero tampoco
estoy acostumbrado a perder...
—Eso no me importa, tus conflictos con el psicólogo, que
yo cobro mucho más caro que cualquiera de ellos. Puedes
hacer lo que quieras con tu dinero, pero no me busques
más —le digo con tono cortante—. Ahora por favor vete.
No tenemos nada más que hablar.
El silencio se hace pesado entre nosotros. Pero él no se
mueve. Está ahí, frente a mí, con su mirada fija en la mía,
y para mi sorpresa, su expresión cambia.
—Todavía hay algo que debo hacer —dice respirando
hondo y antes de que pueda reaccionar, Ren da un paso
hacia mí.
Sé que esto fue lo que le dije, pero no esperaba que... Con
una rapidez que no alcanzo a comprender, clava una
rodilla en el suelo frente a mí y luego la otra. Mis ojos se
abren como platos, y por un segundo, siento que el aire
me falta. Su espalda baja despacio, sus palmas se pegan
al suelo y luego su frente se pega al dorso de sus manos,
con una posición extrema de disculpa.
—¿Qué estás haciendo...? ¡Levántate! —lo increpo y él se
incorpora para sentarse sobre sus talones como si
estuviera en su dojo.
Mi cuerpo se queda paralizado, mi mente en blanco. No
puedo dejar de mirarlo, sin entender cómo es un hombre
como él acaba de hacer lo que acaba de hacer.
—Si tuve la arrogancia para reclamar según mis
tradiciones, tengo que tener la humildad para disculparme
según ellas también —murmura—. Jamás debí cortarte el
cabello como lo hice —dice, inclinándose de nuevo y sé
que no es una disculpa cualquiera, que no es algo
superficial—. Tengo una deuda contigo que me costará
mucho llegar a saldar.
Pero antes de que ninguno de los dos diga otra palabra,
escucho un golpe contra la puerta de la habitación. Un
golpe fuerte, y juro que siento el suelo temblar bajo mis
pies.
Ren se endereza, mirándome confundido, mientras miro
cerradura de la habitación con el corazón acelerado.
—¿Qué fue eso? —me pregunta y yo sé exactamente lo
que es.
—Esa es tu señal para que te vayas —le digo, con una
calma que me sorprende a mí misma—. Porque si lo que
está en esa habitación sale de ahí, vas a lamentarlo mucho
más que el hecho de que me hayas cortado el cabello.
Ren me mira y no pregunta. No pregunta porque en el
fondo es un hombre inteligente y sabe que lo que está
embistiendo esa puerta después de darse cuenta de que
está cerrada, no es precisamente un cachorrito.
—Vete —le digo abriendo la puerta del departamento—.
Sobre cómo y si voy a perdonarte, lo hablaremos en otra
ocasión.
—Está bien —dice, levantándose con el rostro sombrío—.
Me voy.
—Y no vuelvas más aquí —le advierto antes de cerrar,
dejándolo en el pasillo y girándome justo a tiempo para
ver cómo la cerradura de la habitación salta junto con un
montón de astillas.
La puerta se abre y Viggo cruza al salón hecho una furia,
mirando alrededor para luego girarse hacia mí.
—¿Quién diablos te cortó el cabello? —grita con la voz
llena de rabia mientras se me acerca— ¿¡Quién!?
CAPÍTULO 56. Cuando todo termine

No necesito que me lo diga, ya lo sé. Está furioso y un


poco más que eso. La cerradura hecha pedazos es toda la
evidencia que necesito, y cuando me mira a los ojos, los
suyos parecen dos carbones encendidos.
No me meto en su camino cuando se dirige a la puerta con
un rugido sordo, pero en el corredor ya no hay nadie,
estoy segura, así que solo me apoyo en uno de los
muebles y espero a que regrese a mí.
—¡Respóndeme, Regina! ¡¿Quién te cortó el cabello?! —
me increpa y su voz suena tan áspera que siento un nudo
en el estómago, porque no sé si está en el punto en que
se pondría realmente violento aunque no conmigo—.
¡Dímelo maldita sea! ¡No te atrevas a mentirme...!
Su pecho sube y baja con desesperación, y yo respiro
hondo porque no puedes enfrentar a una bestia con otra
a menos que quieras desatar una masacre.
—No tengo que mentirte, Viggo —respondo, dejando que
el tono de mi voz sea tan calmado como puedo y
señalando alrededor—. El departamento está lleno de
cámaras. Si quieres saber quién estuvo aquí, podrías verlo
en un segundo.
—¿Y por qué cerraste la maldita puerta? —me gruñe y yo
me encojo de hombros.
—Porque el hecho de que te diga la verdad es una cosa, y
otra muy distinta es que pueda permitirte lastimar a
alguien en este momento, en especial cuando no eres tú
mismo —murmuro y veo cómo respira pesadamente.
Puedo sentir cómo se le aprieta la mandíbula, cómo la
rabia lo consume por dentro. Está tan cerca de mí que
puedo ver las gotas de sudor sobre su frente y quizás me
he sentido tan poco protegida en los últimos tiempos que
me cuesta asimilar que todo esto es por mí.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunta y su tono sigue siendo
intenso, aunque sus puños han dejado de temblar.
Sé que tengo que contarle la verdad, aunque no es fácil,
porque en el fondo sé que esto lo va a enloquecer aún
más.
—El hombre que estuvo aquí hace unos minutos, pensó
que le había robado —le explico con los ojos clavados en
los suyos— Creyó que yo había tratado de estafarlo con su
última inversión, y por suerte o por desgracia es un
hombre de honor tanto para dar como para recibir.
Viggo se queda en silencio por un momento, sus ojos
analizan cada palabra que acabo de decir. Luego, algo
pasa en su expresión, como si las piezas encajaran en su
mente.
—¿Así que fue por las acciones de Apex? —Su voz suena
más tranquila ahora, aunque es evidente que la rabia
sigue ahí— ¿Ese tipo pensó que habías metido la mano en
su bolsillo y por eso te cortó el cabello...?
—Digamos que es... parte de su cultura.
Los ojos de Viggo se achican y luego puedo ver sus dientes
asomando entre esos labios tensos.
—Pues si la suya es cortar cabello, la mía es cortar manos.
¡Solo dime un nombre, dame el gusto! —sisea y sé que no
hay una gota de duda en esa amenaza.
—Puedo darte un nombre —respondo acercándome a él y
rodeándolo con mis brazos. Pero no puedo dejar que lo
lastimes, al menos no ahora...
—¡Maldición, Regina! —espeta y el descontrol vuelve, y
esta sensación de que hay algo terriblemente mal con él.
—Tú estabas detrás de esa puerta, tú lo escuchaste, él
sabe que actuó mal. Se disculpó, me pidió perdón de
rodillas, literalmente. Pero, Viggo... no puedo prescindir
de él ahora. Es... importante. Es una pieza clave para mi
venganza, así que ahora, al menos por ahora... tienes que
tolerarlo tanto como yo.
Él me observa unos segundos. Sus cejas se fruncen, y ese
pecho estalla con un gruñido bajo y feroz.
—¿Y yo? —me pregunta con los dientes apretados—. ¿Yo
también soy una pieza importante para ti? ¿De mi
tampoco puedes prescindir?
Durante un segundo mis pupilas se dilatan porque la
pregunta me llega hondo. La mayoría de las veces la
verdad duele, pero es la única forma de que nos
entendamos. Y él es la única persona a la que no quiero
mentirle.
—Sí —respondo, casi en un susurro—. Tú fuiste el primero
en darme la fuerza y el valor para comenzar todo esto,
para poner en marcha mi plan. Si no fuera por ti, no
estaría tan cerca de lo que quiero. Y también eres el único
que sabe lo que estoy haciendo.
Viggo me observa, y siento que sus ojos buscan algo más
allá de lo que le estoy diciendo.
—No eres otra pieza importante, eres todo mi tablero. Has
recogido mis pedazos tantas veces que... ya no me da
vergüenza que los veas... aunque todavía no te haya
mostrado los peores —murmuro y la tensión en el aire
vuelve a subir.
De repente sus manos envuelven mi cintura, tirando de mi
cuerpo hacia él mientras su boca busca la mía como si
fuera otra especie de castigo. La intensidad de su beso me
arrastra, y solo en ese instante, me olvido de todo lo
demás. Mi mente, mi cuerpo, mi alma... todo se centra en
él.
Cuando se separa de mí, buscando aire pesadamente, me
mira a los ojos y la amenaza de su voz me hace temblar.
—No dejes que nadie más te toque —me advierte y juraría
que sus palabras cortan más que la katana de Ren—. Por
ahora, no voy a hacer nada. Pero cuando termines tu
venganza, cuando hayas cumplido con lo que te
prometiste... voy a encontrar al tipo que te cortó el
cabello, le voy a cortar la puta mano y te la voy a entregar
en una caja de regalo. ¿Entendiste?
Su voz me recorre como una corriente eléctrica. Lo dice
con tanta determinación que siento que no hay forma de
escapar de esa promesa, y casi me da lástima con el pobre
de Ren.
Sonrío, algo nerviosa pero agradecida, y lo miro
directamente a los ojos.
—Gracias —le digo, mientras intento llegar a él de alguna
manera. Sus músculos se tensan bajo mi toque y yo
acaricio su cabello tratando de llamar su atención—. ¿Qué
puedo hacer para que te sientas mejor? —le pregunto,
buscando su mirada.
Lo veo cerrar los ojos por un segundo, y cuando los abre,
hay algo en su rostro que me congela el corazón. No sé si
es tristeza, rabia o desolación. Pero está claro que algo le
está pasando.
—Mi padre murió esta mañana —me dice en voz baja y la
noticia me paraliza.
—Lo siento mucho —le digo y su respuesta me corta el
aliento, porque definitivamente no es lo que esperaba de
un hijo que acaba de perder a su padre.
—No tienes por qué. ¡Demonios, ni yo lo siento! —
responde, casi como un gruñido, y sus ojos están vacíos,
como si una parte de él hubiera desaparecido—. Mi padre
era un mal hombre. Pasó los últimos cuarenta años
dándole palizas a mi madre. Y yo pasé los últimos veinte
dándole palizas a él.

CAPÍTULO 57. Alguien a quien arreglar

Trago saliva y por un segundo trato de ser el pilar en


esta... lo que sea que tengamos.
Viggo parece estar buscando algún rincón donde hundirse
y desconectarse de todo, y aunque sé que de preferencia
ese rincón es mi cuerpo, quizás haya un poco más que
pueda hacer.
—Ven aquí —le digo tirando de su mano para llevarlo al
sofá y lo hago sentarse. Nada es fácil con él, siempre
parece tan en control de todo, como si nunca necesitara a
nadie. Pero hoy... hoy solo está tan roto como yo, y
necesito entender por qué—. Ven siéntate, te aseguro que
te va a gustar.
Viggo me mira un momento, y finalmente, como si no
pudiera resistirse, se acurruca en el sofá, dejándose caer
de espaldas con un suspiro pesado. Me subo sobre él, y
aunque mi peso es nada comparado con el suyo, sé que
sentirlo le gusta y veo cómo se relaja un poco.
—¿Quieres masaje, terapia, consuelo, que te haga de
comer o que sea la comida? —le pregunto con suavidad y
siento sus manos recorriendo mi espalda hasta llegar a mi
trasero.
—Sabes, te escuché ahorita que eres más cara que
cualquier psicólogo —dice, en un intento por bromear,
pero su tono sigue siendo serio y doloroso.
Me echo a reír, no porque sea una broma brillante, sino
porque necesita mantener esa apariencia de control y yo
puedo dárselo.
—La próxima vez te dejaré que me pagues en diamantes
—le respondo sin pensarlo dos veces. Me gusto así, sin
filtros, sin tener que pensar mucho en lo que digo. Con él,
nunca tengo que maquillar mis palabras.
Se queda un momento en silencio, como si estuviera
disfrutando la respuesta, y luego, finalmente sus ojos se
clavan en el techo.
—Mi padre siempre fue un hombre maltratador —
comienza como si fuera demasiado difícil dejar salir esas
palabras.
Yo no interrumpo, dejo que siga sin forzarlo.
Probablemente sea algo tan pesado para él, que nunca lo
haya compartido realmente con nadie. Así que lo escucho
con atención.
—Golpear era lo suyo. Me pegó hasta que tuve edad para
defenderme —dice con tono amargo—. Pero a mi madre...
a ella nunca dejó de pegarle. Puedo jurar que irá a su
funeral con lágrimas en las mejillas y el último ojo morado
que le puso como accesorio.
Me tenso sin poder evitarlo y aunque no quiero que la
pregunta salga...
—¿Ellos todavía estaban...?
—¿Juntos? —gruñe él—. Sí. Ella, a pesar de todo, jamás lo
abandonó. Se quedó con él siempre.
Viggo se mueve despacio, subiendo mis rodillas y la altura
de su cintura, y ya que parezco una rana despatarrada
sobre él, apoyo la barbilla en mis manos cruzadas sobre
su pecho.
—¿Por qué que no lo dejó nunca? —pregunto suavemente,
sabiendo que la respuesta puede ser tan compleja que por
un instante se queda atrapado en sus pensamientos.
—No lo sé. Nunca lo he comprendido, nunca. Al principio
pensé que la culpa era mía —suspira pesadamente y niega
con la cabeza—. Pensé que ella no lo dejaba por mí. Mi
padre era un hombre poderoso, manipulador, y ya sabes
la historia... mi madre me dio a entender que se quedaba
con él por mí, por protegerme, tal vez... Pero a medida
que fui creciendo, me di cuenta de que no era mi culpa. El
primer día que le devolví el golpe lo supe, podía ser un
monstruo, pero no era un monstruo difícil de derrotar. O
eso creí...
Lo miro con un nudo en el estómago.
Desde el primer momento he visto en Viggo una fuerza
tan arrolladora, una determinación tan profunda; y ahora
por fin estoy viendo de dónde viene.
—¿Sabes cuántas veces traté de llevármela de su lado? Ya
no puedo ni contarlas. Cada vez que mi padre le daba una
paliza, yo iba y le daba a él otra peor. Se calmaba por
algunos meses... pero el maldito viejo era tan violento que
nunca pudo terminar de escarmentar. Y ella... ella
simplemente decidió seguir amando a un hombre que la
lastimaba. No puedes luchar contra eso.
Por un segundo mi cuerpo se tensa y el corazón me duele
más de lo que esperé. Pensar que esa mujer, la que le dio
la vida, eligió quedarse con un hombre como su padre...
me da una mezcla de rabia y tristeza. Y ahora entiendo un
poco más sobre el carácter de Viggo, esa lucha interna
constante, esa necesidad de mantener el control y, a la
vez, la batalla contra su propia agresividad.
—¿Y tú? —pregunto por fin intentando que mi voz no se
quiebre. Ya estamos juntos por los motivos equivocados,
pero sé que será mucho más duro escuchar la
confirmación—. ¿Por eso estás conmigo? ¿Por qué te diste
cuenta de que yo soy alguien a quien sí puedes arreglar?
Viggo me mira a los ojos y el silencio nos devora los
pensamientos.
¿Por qué estoy con él?
¿Por qué está conmigo?
¿Por qué desde el primer minutos esto fue intenso,
definitivo, sin cuestionamientos?
—No sé por qué, la verdad —responde con sinceridad— Al
principio, tal vez, vi algo en ti que me hizo pensar que
podrías entenderme. Me conmovió ese deseo tuyo de
devolver los golpes, de no quedarte con las manos vacías,
de vengarte. Pero ahora… ahora, ya no estoy tan seguro.
Ya no estoy tan seguro de nada. Solo quiero que te quedes
conmigo por más absurdo que parezca, por más que solo
pueda ser un peón en esa venganza tuya. Ya no sé cuál
de los dos la necesita más, si tú o yo.
Por un segundo mi corazón se detiene y me incorporo
lentamente sobre su regazo. Su cuerpo debajo del mío se
tensa y un segundo después se levanta contra mí. Sus
manos se cruzan a mi espalda, acariciando todo a su paso
mientras las mías van a acariciar el cabello de su nuca.
—Recuerdo la primera vez que supe quién eras. Estaba en
el club, y una de mis amigas te mencionó —le digo
tratando de revivir aquel recuerdo—. Ese fue el momento
en que te reconocí, en que supe quién era el hombre con
el que había pasado la noche. Y en ese momento ella se
refirió a ti como un rey. Dijo que eras el rey de Wall
Street... y lo entendí. —Apoyo la frente en la suya y este
calor que nos envuelve es simplemente perfecto—.
Entendí que solo podía ser una reina si quería tener a ese
rey.

CAPÍTULO 58. Una amenaza malvada

Lo veo esbozar una sonrisa de medio lado, como si le


hubiera dicho algo que de verdad quería escuchar.
—¿En serio, señorita Sand? ¿Me querías tener? —me
increpa con descaro.
—Por supuesto. ¿Crees que me va a dar vergüenza
admitirlo? —susurro inclinándome hacia él y rozando mi
boca con la suya.
Escuchó su corazón acelerarse y bajo mis manos está su
corazón así que puedo sentir el momento exacto en que
empieza a excitarse.
—¿Te digo a verdad? —murmura mordiéndose el labio
inferior—. Me volvió loco que me robaras... solo me
molestó que no te hubieras llevado más. Cuando vi tu nota
todo lo que pensé fue: esta es loca y es para mí.
—Mmmm... —ronroneo mientras me muevo para
apretarme más contra él—. ¿En serio, señor Massari?
¿Para ti?
Por un momento lo veo cerrar los ojos y su agarre se hace
férreo sobre mis muslos, como si tuviera que hacer un
esfuerzo para dejar salir toda la posesividad que eso
implica.
—Sabes que solo tienes que decirme ¿verdad? Solo dime
un nombre, Regina, y te juro que lo destruiré —dice con
esa voz tan ronca que sé que podría hacer realidad lo que
está diciendo en un solo segundo.
Pero... eso no es lo que necesito de él.
—No quiero que destruyas a nadie, quiero que me dejes
hacerlo a mí —le respondo—. Solo quiero que te sientes
en las gradas, cruces las piernas y disfrutes cómo hago al
mundo arder a mi alrededor.
Él me observa por un momento y puedo ver el alivio en su
expresión. No soy una víctima y no necesita protegerme,
aunque quiera hacerlo. Y quizás saberlo es lo que provoca
este efecto inmediato. Se acerca con un gesto brusco y
me besa con esa intensidad que nos descontrola. El calor
de su boca me envuelve, y un segundo después somos un
torbellino violento que trata de quitar todo lo que estorba,
hasta que rodeo su cuello con los hombros y bajo sobre
esa erección descomunal que me inunda y que todavía no
logra saciarme.
"Maldición, este hombre de verdad me va a arruinar para
todos los demás", pienso mientras mis caderas se mueven
contra él. Pienso, pero no lo digo porque la noche es joven
y necesito poder sentarme mañana.
Y vuelven el sudor, los gritos, los besos y ese clímax
desenfrenado que nos somete a los dos al mismo tiempo.
—¿Alguna vez lo haremos en la cama? —Se ríe como si
estuviera recordando cuántas veces lo hemos hecho y
dónde.
—Cielo, el día que tú y yo lo hagamos en una cama, es
porque las cosas se pusieron demasiado seria entre
nosotros —respondo tratando de recuperar el aliento, pero
sin saber cómo estoy en sus brazos y el condenado me
lleva directamente a la cama... a dormir.
Me acurruco junto a él, me dejo envolver por sus brazos,
y le prometo una noche de perversiones que ninguno de
los dos podrá cumplir porque el cansancio y la tensión nos
están consumiendo más de lo que somos capaces de
admitir.
La mañana llega demasiado pronto, y cuando abro los
ojos, siento que algo ha cambiado. El espacio a mi lado
está vacío, pero el aroma del café flota en el aire. Me
incorporo lentamente, estirando los brazos, y el sonido de
la cafetera en la cocina me da una sensación extraña de
confort.
Me asomo, curiosa, y ahí está él, con esa mirada que
parece tener siempre, como si pudiera leerme en cada
movimiento que hago. Lo observo un segundo, y ladeo la
cabeza porque debería mirarlo más. Joder debería ponerlo
en una vitrina a bailarme de forma permanente, porque
con ese bóxer negro es más tentación de la que cualquier
mujer se debería permitir.
Camino hasta él, beso su espalda y me subo en la
encimera, abriendo las piernas.
Siento la forma en que me mira, y me estremezco cuando
se acerca a mí despacio.
—¿Es esto una invitación? —pregunta buscando mi boca y
un segundo después lo tengo entre mis piernas...
Supongo que el café tendrá que esperar, porque lo que
sigue son mis dedos lívidos sobre la encimera, un par de
maldiciones y... ¡No, hoy tampoco voy a poder sentarme!
Cierro los ojos mientras él cierra mi bata sin dejar de
besarme, acariciando a su paso esos pezones que acaba
de devorar. Me estremezco, ronroneo... no puedo evitarlo,
a veces solo quisiera perderme en estas sensaciones y
olvidar lo demás.
Pero no puedo, y él es capaz de reconocerlo en mi cara.
—Lo que sea, suéltalo —me dice poniendo una taza de café
en mis manos y yo no dudo.
—Necesito otro favor tuyo —le digo, y él me mira,
interesado.
No puede evitar sonreír como si fuera un niño al que se le
está ofreciendo algo juguetón, un secreto que quiere
conocer, y sé que es porque aunque no lo pida, quiere
portarse mal también.
—¿Qué? —me pregunta con un brillo malvado en los ojos.
—La gala benéfica de la bolsa de valores, “The Giving
Portfolio” —le comento sin rodeos— ¿Sabes cuándo es?
Él se queda quieto por un momento, reflexionando, y
frunce el ceño como si quisiera anticiparse a mis
pensamientos.
—Sí, en unos días. ¿Por qué? —me pregunta y su tono
ahora es más serio, aunque todavía con esa chispa de
diversión en su mirada.
—Necesito entrar. Tengo que estar allí. Y pensé que quizás
podría ir como tu acompañante.
El brillo de su sonrisa se vuelve más astuto, y se frota las
manos y entrelaza los dedos, antes de llevarse los dos
índices al labio inferior, humedeciéndolos. ¡Maldita cosa
sexy, no me desconcentres!
—Puedo llevarte, por supuesto —dice con una mueca que
es una advertencia en sí misma—. Pero te advierto, si vas
a ser mi acompañante en ese evento, te va a costar caro.
La amenaza me hace levantar una ceja, pero no me
sorprende. Viggo siempre tiene una manera de hacer las
cosas interesantes, y a veces soy yo la que tiene que caer
en su juego.
—¿Qué tan caro? —pregunto y me besa de nuevo antes de
susurrar en mi oído.
—Si quieres entrar a esa gala conmigo, tendrás que
aceptar que te ponga unos cuantos diamantes encima.

CAPÍTULO 59. Una oferta

Un jadeo suave se me escapa, pero no es precisamente


por los diamantes, sino porque sé que Viggo usará esta
oportunidad para cometer alguno de sus oscuros excesos
y que terminaré como termino siempre: doliéndome, pero
disfrutándolo.
—Está bien, acepto —le respondo y lo veo retroceder casi
haciendo un bailecito de la victoria—. ¿Por qué presiento
que te vas a aprovechar de eso?
—¿Por qué me conoces? —responde con otra pregunta y
luego me besa—. Esa noche, nos vemos en la 5Ta Avenida
y... — Por un segundo se detiene, veo esa explosión de ira
controlada en su rostro, se aleja, y cuando regresa trae un
celular en la mano—. Toma, encriptado, irrastreable, solo
tiene mi número. La gente que trabaja con operaciones
delicadas tiene que asegurarse de que su información se
mantenga confidencial.
Miro el aparato y sé que lo hace porque escuchó que Ren
rastreó mi teléfono.
—Gracias —le digo aceptándolo—. Si no fueras tan joven
diría que eres mi sugar daddy. Camioneta blindada,
departamento, celular encriptado...
—Y te cobro con sexo duro... ¡nena, soy tu sugar daddy!
—exclama él muerto de risa y por un segundo nos
quedamos mirándonos porque parece un sonido extraño
entre dos personas tan heridas como nosotros—. Te veré
esta noche me dice por fin, besando mi cabello antes de ir
a arreglarse.
Para cuando llego a casa de Verónica, mi calma contrasta
de inmediato con la tensión que hay en el ambiente. Vero
está nerviosa pero a su lado Ruby está furiosa.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunto y Vero se adelanta.
—Acabo de recibir una llamada de Devon hace cinco
minutos —me suelta y mi cuerpo se tensa en automático.
La mención de su nombre siempre tiene ese efecto en mí,
eso y náuseas, y asco, y odio...
—¿Qué quería? —escupo tratando de mantener la calma,
pero es Ruby la que me responde.
—No llamó a Vero como tu amiga —me dice, y yo achico
los ojos imaginando lo que significa—. Llamó a Crown
Capital para pedir una cita. Quiere presentar sus proyectos
de inversión.
El nudo en mi estómago se aprieta aún más y siento cómo
la satisfacción me invade: Devon está tratando de entrar
por la puerta trasera.
—Ya debe haber escuchado sobre nosotros —murmuro.
—Debe haber seguido el rastro de las acciones de la
farmacéutica, así que probablemente quiera presentarse
con su proyecto, previendo que el resto de los reyes lo
rechace —me dice Ruby—. Ya Christian le cerró las puertas
en las narices y lograremos que los demás hagan lo
mismo.
Verónica me mira y entiendo por qué está preocupada.
—Regina, no puedo recibirlo. Si lo hago, se dará cuenta de
lo que está pasando.
—Lo sé. Pero esto significa que está desesperado...
Mándale un mensaje —le digo a mi amiga mientras una
sonrisa peligrosa se dibuja en mi rostro—. Dile que puede
verte en la gala benéfica de la Bolsa de Valores. Que
estarás ahí.
Ella me mira como si no comprendiera mi plan.
—Pero, cariño, ¿qué pasa con la invitación? —pregunta
encogiéndose de hombros. —Crown Capital no ha recibido
ninguna invitación para la gala, ¿cómo vamos a entrar?
Y en eso he estado pensando en todo el camino mientras
venía, y la solución no puede ser más simple.
—Viggo me llevará como su acompañante, no hay
problema con eso —le aviso—. Pero nos faltarían dos
invitaciones. Vero, ¿tú puedes hacer que Christian te
lleve?
La veo levantar una ceja desafiante y se cruza de brazos
—Puedes apostarlo. Pero ¿y Ruby? —pregunta y ella solo
le hace un gesto de que no tiene importancia.
—Por mí no te preocupes, yo puedo colarme.
—Puedes, pero no tienes que hacerlo. Solo necesitamos
cobrarle una pequeña deuda a Ren.
Ambas se quedan mirándome mientras me acerco a esa
habitación en la que Ruby se queda cuando viene a casa
de Vero, y traigo en la mano su arma de tortura favorita:
su bate de beisbol.
—No cambié de look porque quise, sino porque Ren me
cortó el cabello —le digo a Ruby y veo la forma en que sus
pupilas se dilatan, casi echando chispas—. Así que, si
quieres ir a cobrar... está todo en tus manos.
Ruby casi me arranca el bate de la mano, se lo apoya en
el hombro y cuando se gira hacia la puerta me persigno y
rezo por Ren.
—Que se joda, se merece mucho más que eso —suspiro y
cuando ella se va me despido también de Vero.
Necesito ir a hacer control de daños en Ironclad. La
inversión de Christian superó mis expectativas y por
supuesto necesito saber cómo está tomando sus nuevas
ganancias, que no paran de subir desde que salió la noticia
de que la farmacéutica estaba libre de todos los cargos.
Llego a mi oficina con mi desaliño de siempre, a veces
tropiezo, a veces le río las tonterías a mi jefe, pero siempre
estoy al tanto de cómo se mueve uno de los reyes de Wall
Street, lo estudio, aprendo, y me aprovecho de sus buenas
ideas, que sin dudas son muchas.
Para la hora del almuerzo estoy riéndome por dentro al
ver cómo Christian está discutiendo por teléfono con
Verónica con esa actitud tan... inflexible.
—¡Ni media hora, ni quince minutos...! ¡Nada, no te voy a
dar nada maldita loca desquiciada! ¡A mí no me controla
nadie...! —lo escucho gritar, y luego oigo a Vero en el
altavoz.
"¿Entonces a las nueve?"
—¡Sí...! ¡A las nueve paso por ti! ¡Pero si por un segundo
crees que...!
"Gracias St Jhon", es todo lo que dice Vero antes de que
la llamada se corte y Christian mira el teléfono, lo levanta,
lo pone de vuelta, golpea el auricular sobre el aparato y
estalla.
—¿¡Me colgó!? ¿¡Me acaba de colgar!?
Lo dejo peleándose con el teléfono y ya sé que Vero acaba
de conseguir su invitación para la gala benéfica.
Sin embargo ni siquiera ha cerrado la Bolsa cuando siento
que mi teléfono vibra y veo que es un mensaje suyo.
"Te espero en la sede de Crown. Tengo algo que
mostrarte. ¡Es urgente!"
Decido que no es buena idea dejarlo para más tarde, y
como mi jefe tiene otras prioridades ahora mismo, no le
molesta que salga temprano, así que de inmediato me
dirijo hacia la sede de Crown Capital.
—¿Qué pasa? —pregunto entrando apresurada a la oficina
de Vero y ella en lugar de responder solo me pasa un
sobre.
—Joder... —murmuro retrocediendo y apoyándome en el
escritorio para no caerme.
Es la oferta por una inversión de ciento ochenta millones
a cambio del veinte por ciento de mi empresa. Mi mente
da un giro. Esto es demasiado grande.
Pero lo que me corta el aliento es la empresa que está
ofertando: Colosso Capital Group.
—Viggo... —susurro—. Viggo es el que está ofertando.
—¿Lo vas a aceptar? —pregunta Vero y yo paso saliva.
—Christian tiene el diez porciento, Ren el diecisiete...
aunque le dé a Viggo el veinte porciento, seguiría
conservando la parte mayoritaria —reflexiono.
Y aunque esto es mezclar placer y negocios, este es el
último lazo al cuello que necesito.
—Acéptala —murmuro—. Acepta la oferta.
CAPÍTULO 60. Un vestido para una dama.

Camino por la 5ta Avenida con el corazón acelerado, esta


calle nunca deja de ser un tanto abrumadora, con las
tiendas, las luces y el glamour, pero esta noche no se trata
de eso, sino de que mi empresa ahora está ligada a los
tres mayores grupos de Wall Street, y sé que eso no es
algo que se consigue con facilidad, especialmente porque
ninguna de esas inversiones he tenido que pedirlas.
Viggo me dijo que se encontraría conmigo en esta tienda.
Así que llego temprano para poder perderme entre los
vestidos antes de que él desate alguna de sus perversas
fantasías.
¡Nótese lo mucho que me estoy quejando!
Recorro los maniquíes con la mirada y entonces lo veo. Un
vestido rojo, tan vibrante que parece casi fuego, colocado
en la vitrina como si estuviera esperando por mí. La tela
tiene un brillo tan sutil, pero elegante, y el corte me llama
la atención. Me acerco y pido que me lo traigan, pero la
dependienta solo toma el de la vitrina porque es una pieza
única.
—Lo bueno es que es de su talla —me dice con una sonrisa
mientras me lo entrega.
Es un vestido precioso, pero en cuanto me lo pruebo y me
miro al espejo... La verdad es que no sé si me gusta tanto.
Tiene un escote profundo en el pecho, que deja ver la cara
interna de mis senos a través de la transparencia. El
vestido es hermoso, pero entre el color y el escote se me
antoja de repente demasiado vulgar... quizás si fuera
blanco...
Mi mente divaga entre esas posibilidades mientras me doy
la vuelta para regresar al probador y quitármelo, cuando
una voz cortante me detiene.
—¿Tú qué demonios haces con ese vestido puesto? —
escucho y puedo reconocer ese tono de chillido: Anabella.
—¡Joder, yo sí que tengo mala suerte! —gruño con
aburrimiento antes de darme la vuelta para encararla—.
Probármelo, estúpida ciega, eso hago porque eso es lo que
se hace en las tiendas antes de comprarte un vestido —le
digo forzando una sonrisa y la veo ponerse más roja que
la tela que llevo encima.
—¿Comprarlo? ¡Ese vestido es muy exclusivo, lo encargué
yo hace semanas! —espeta acercándose y mirándome con
desprecio—. Me da asco el simple hecho de que lo tenga
puesto una tipa como tú.
Anabella está acostumbrada a hacer sentir a los demás
pequeños, como si ella fuera la única que tiene derecho a
cualquier cosa que desee. Así que no me sorprende
cuando levanta la voz.
—¿No te da pena seguir haciéndole creer a todos que
tienes dinero? —pregunta y, como si fuera una daga
lanzada con precisión, veo que la dependienta se acerca
casi a la carrera—. Ya te vi en una joyería, ahora en esta
tienda. ¿Por qué le haces perder el tiempo a la gente?
Sé que debo mantener la calma, pero a veces soy un poco
Verónica, y otras veces, como ahora, siento una necesidad
imperiosa de ser un poco Ruby.
—Disculpe —me dice la dependienta, mirando a Anabella,
a la que evidentemente reconoce, y luego observándome
a mí con una recién aparecida expresión de molestia—,
pero es cierto que este vestido le pertenece a la señorita
Thorne. ¡Le pido amablemente que se lo quite!
—Pues tu tono no es nada amable —le digo a la
dependienta, que se pone roja de inmediato; pero
Anabella sonríe triunfante, como si hubiera ganado.
—Deja de engañar a los dependientes, Regina. Tú y yo
sabemos que eres una pobre muerta de hambre sin dinero
—escupe con la maldad en cada palabra—. No podrías
pagar ningún vestido de esta tienda, ¡mucho menos uno
como este que cuesta cincuenta mil dólares!
—¡Señorita por favor, que se quite el vestido! —insiste la
dependienta y antes de que nadie pueda decir otra
palabra, escucho una voz masculina que retumba detrás
de nosotros.
—¡Ni siquiera te atrevas!
Y no sé si es conmigo o con alguien más, pero cuando me
doy la vuelta ahí está Viggo, acercándose con paso lento
y mirándome de arriba abajo, como si estuviera evaluando
no solo el vestido, sino también si el resto de la escena.
—¿Te gusta ese vestido para el evento? —me pregunta
con sinceridad, como si Anabella o la dependienta no
existieran.
Pero apenas nuestros ojos se cruzan, los dos hacemos la
misma mueca negativa.
—¡Naaaaaaa!
—Tiene mucho escote, enseña demasiado —añado
señalándolo—. Está bien para una puta, pero no para mí
—le respondo sin rodeos—. Al evento tiene que ir una
dama. Estaba pensando en ¿algo blanco, quizás?
Viggo sonríe ante mi respuesta, porque es evidente que le
gusta lo que escucha.
—No necesitas enseñar el cuerpo para llamar la atención
—me dice, mientras me observa de una manera que me
hace sentir como la mujer más poderosa del mundo—. Tú
conquistas con ese pedazo de carácter que tienes. —Me
sonrojo levemente, porque lo dice acercándose a
susurrarme al oído y entonces se da la vuelta—. ¡Pero me
encanta que quieras algo blanco porque acabo de ver el
vestido perfecto para ti!
Se da la vuelta y señala al segundo piso, y en una de las
vitrinas superiores lo veo. Es un vestido blanco, largo, con
un corte tan elegante que parece salido de un sueño. Los
bordados en color dorado suave hacen el conjunto
perfecto y la capa suave que trae como accesorio para
cubrir los hombros es una pieza de orfebrería increíble.
—Bájeme ese que la señora se lo va a probar —le dice a
la dependienta sin mirarla siquiera y la mujer abre y cierra
la boca al punto de que creo que le dará algo.
—Ese... ese es el vestido más caro de la tienda, señor —
dice la mujer y quizás el desprecio que ve en los ojos de
Anabella le da el valor para ¿intentar disuadirlo?—. Ese
vestido es una obra de arte del dueño de esta tienda,
cuesta trescientos mil dólares. Y como si no fuera
suficiente, la gargantilla de diamantes que va con él
¡cuesta un millón y medio!
Viggo se da la vuelta tan lentamente que creo que la va a
asesinar solo con la fuerza de su mirada.
—¿Me has visto parpadear?

CAPÍTULO 61. Un propósito superior

Hay que decirlo: Viggo impone. Es un hombre que tiene


enorme desde el ego hasta el... diamante. Él lo sabe, yo
lo sé, y todos los que se cruzan con él lo saben al instante,
porque cuando se gira hacia la dependienta esta solo da
un paso atrás y pasa saliva bajando los ojos al suelo.
—Busca el vestido. Ahora. Porque te recuerdo que tu
salario no es ni la vigésima parte del valor de esa venta.
¿Además quieres que te despidan? —ordena Viggo y un
segundo después la dependienta corre en dirección al piso
superior.
Y eso, por supuesto, solo le provoca un ataque de furia a
la mujer que queda frente a nosotros. Quizás porque cree
que yo no tengo con qué pagar, pero el traje de diseñador
que lleva Viggo y que posiblemente cueste más de quince
mil dólares, le confirma que él sí que puede.
—¡Vaya que eres rápida, zorra! ¿Ni siquiera se han
enfriado los papeles del divorcio y ya te estás consiguiendo
a otro iluso al que puedas desplumar? —Su voz suena tan
amarga que hasta me hace querer reír, pero entiendo que
solo está tratando de sembrar una duda inútil porque
Viggo sabe exactamente lo que recogió de aquel callejón
detrás del restaurante.
—No me juzgues por tu medida, Anabella —le respondo y
no puedo evitar que la sonrisa se me escape—. ¿Qué
esperabas, que le guardara formalidades y duelo a tu
prometido? ¿Necesitas creer que me muero por él o algo
así? —La miro con lástima y ladeo la cabeza—. Yo no busco
a un hombre solo porque tenga dinero, cariño... pero si
somos honestas, a diferencia de ti, mi hombre sí lo tiene.
Anabella se pone más roja que nunca, y sé que mis
palabras se le clavan como cuchillos. La miro fijamente,
disfrutando del momento, y entiendo que esa arrogancia
vacía se le acabará muy pronto.
—Y tú, querida, pronto vas a tener que cambiar tus
sueños, porque Devon —digo encogiéndome de
hombros— está a un paso simple de la ruina. Ya lo hice
perder casi diez millones. ¿Qué crees que sigue?
—Túúúúú...
—¡Yooooo era la única con capacidad para mover el dinero
en esa asquerosa familia y tú lo sabes muy bien! Tal como
sabes que si yo digo que tu prometido va a terminar
debajo de un puente, entonces la única duda que queda
en el aire es cuál será la dirección del puente —escupo con
tono venenoso—. No te confundas, Anabella, estuve ahí
siete años antes que tú, siete años más que tú, y lo único
que tengo claro es que en una pelea por tu prometido...
pierde quien se lo quede.
Juro que casi puedo escuchar el ronroneo de satisfacción
de Viggo. Está a mi lado, no dice nada, pero lo siento
completamente presente, como una sombra protectora. Y
al final lo único que hace es rodearme con su brazo y
pegarme más a su cuerpo, como si se asegurara de poner
a Anabella todavía más furiosa.
Su cara está casi morada de la rabia; pero está a punto de
ponerse mucho peor, porque la dependienta aparece en
ese momento con el vestido blanco en las manos, y me
detengo a mirarlo. De verdad es una obra de arte, y el
escote es profundo pero está en la espalda. Lo miro, lo
toco, y no puedo discutirle el buen gusto a esta condenada
bestia mía.
—Te gusta —advierte él como si pudiera leerme
perfectamente—. Nos lo llevamos —le dice a la
dependienta, pero antes de que ella pueda hacer ni el
primer gesto Viggo levanta un dedo para detenerla—. ¡De
hecho! Nos llevamos los dos vestidos, el blanco y el rojo.
La dependienta le queda mirando, un poco sorprendida, y
luego sus ojos van a Anabella, que parece a punto de
estallar.
—Pero... bueno... el rojo fue encargado por la señorita
Thorne...
—¿Y ya lo pagó?
—Bueno... no... —murmura la dependienta y antes de que
Anabella pueda ponerse a gritar Viggo se dirige solo a la
dependienta.
—Vamos a hacer una cosa —dice, tomando el control en
todo momento, como siempre lo hace—. Voy a pagar un
treinta por ciento más por el vestido rojo, pero me lo llevo
también.
Y la chica no puede responder porque Anabella la hace a
un lado de un empujón.
—¡Eso es mío! ¡Ese vestido me pertenece! —su voz es un
chillido a punto de explotar, pero Viggo solo la mira con
expresión de aburrimiento—. Soy una clienta habitual en
esta tienda, a diferencia de ti, no necesito pagar las cosas
por adelantado. ¡Me puedo llevar el vestido cuando yo
quiera, no importa que todavía no lo haya pagado, sigue
siendo mío!
Viggo le dirige una mirada despectiva y luego le vuelve a
hablar a la dependienta.
—Quiero hablar con el dueño de la tienda. Ahora.
Solo unos minutos después aparece un hombre alto y
elegante caminando a toda prisa y antes de que pueda
alargar la mano para saludar a Viggo este ladea la cabeza.
—Perdón ¿no se me entendió? No pedí al gerente de la
tienda, pedí al dueño. Llama a Antoine ahora mismo... por
favor. —Arrastra las últimas dos palabras como si le
pesaran en la lengua.
Diez minutos después el dueño de la tienda aparece y ya
no me sorprende que se dirija directamente a Viggo para
abrazarlo.
—¡Ya te habías demorado en visitarme! ¿Qué puedo hacer
por ti? —pregunta Antoine y entiendo por qué Viggo eligió
esta tienda.
—Esta señora está impidiendo que gaste una obscena
cantidad de dinero en tu tienda —dice Viggo, señalando a
Anabella
—¿Puedes hacer que la saquen?
Anabella, con la cara tan roja como el vestido que llevo
puesto, parece quedarse sin palabras en el mismo
momento en que el señor Antoine se da la vuelta hacia ella
y la mira de arriba abajo como si fuera una cucaracha,
porque evidentemente si tiene que elegir, va a elegir a
Viggo.
—Señorita Thorne, por favor, tenga la dignidad para
retirarse con gracia. No aprecio escándalos en mi tienda,
por favor —dice con un tono distinguido que pone a
Anabella al borde de la histeria.
Para alguien como ella, acostumbrada a ser el centro de
atención, la poderosa, la heredera, debe ser difícil aceptar
que la desplace alguien a quien evidentemente considera
inferior. Pero antes de que haga otro escándalo Antoine le
hace un gesto al gerente y este la saca a toda prisa, entre
maldiciones e insultos.
Anabella está completamente fuera de control, y yo no
puedo dejar de sonreír.
—Entiendo tu satisfacción de molestar —susurro en el oído
de Viggo—. ¿Pero para qué quieres el condenado vestido
rojo? De verdad no me lo voy a poner para la gala.
—¿Y quien ha dicho que es para la gala? —me responde
con una sonrisa peligrosa—. Ese vestido tiene un propósito
superior… solo lo quiero para rompértelo encima cuando
la gala termine.

CAPÍTULO 62. La estrategia de un hombre arrogante

Volver al departamento después de lo que acaba de pasar


en la tienda es como entrar en una burbuja donde todo se
siente distinto. Más seguro, más oscuro, más inevitable. A
pesar de lo que Viggo tiene su carácter y sé lo peligroso
que es, no hay un solo momento en el que me sienta
insegura a su lado.
Se sienta en el sofá con la confianza de un hombre que no
duda de su control sobre el mundo. Me observa de reojo
mientras desabotona los primeros botones de su camisa y
afloja el nudo de su corbata, como si no tuviera prisa, pero
no pregunta nada aunque sé que tiene demasiadas
interrogantes en la punta de la lengua.
Sin embargo cuando despega los labios es para
entregarme un sobre negro con letras doradas.
—Tu invitación para la gala —dice con esa voz ronca que
es tan especial para intimidar y… seducir.
Deslizo la invitación fuera del sobre con calma. El papel es
grueso, de calidad, con detalles en relieve que gritan
“exclusividad”.
—Gracias —le digo, mirándolo a los ojos, y él asiente,
observándome con una atención que se siente demasiado
intensa, demasiado peligrosa—. Escuché que invertiste
con Crown Capital Trade —añado con un tono casual, pero
mis palabras no son casuales en absoluto.
Viggo sonríe apenas, como si esperara que mencionara
eso en algún punto.
—¿Así que lo descubriste?
Me encojo de hombros.
—Ciento ochenta millones no son fáciles de ignorar.
Su expresión no cambia, pero sus ojos me dicen que está
midiendo cada palabra, cada gesto.
—Tengo confianza en la analista de Crown Capital —dice,
y aunque sus palabras podrían sonar impersonales, el
brillo en su mirada deja claro que cree que soy yo.
No puedo evitar sonreír. ¿Qué más podría creer de la
mujer que robó su caja fuerte? ¿Qué soy inteligente? Sí.
¿Qué soy la nueva dueña de sus ciento ochenta millones?
¡Definitivamente no!
Me inclino y lo beso. Sus labios son firmes, seguros, y la
manera en que sujeta mi cintura y me atrae más cerca
hace que me olvide por un momento de cualquier otra
cosa.
Cuando me separo, él sujeta mi mentón con suavidad,
como si quisiera que me quedara justo donde estoy, como
si no estuviera listo para soltarme.
—Será mejor que me des unos días de descanso —
murmuro y solo lo veo morderse el labio inferior como el
niño que ya tiene su travesura lista.
Me deja ir, rezongando, protestando, y yo corro fuera del
departamento mientras dentro él se quita la camisa.
—¡Maldita cosa sexy, necesito enfocarme! —protesto
apoyando la espalda en la madera y luego saliendo a toda
prisa.
Cuando llego a casa de Verónica, Ruby está sentada en el
sofá con una sonrisa que grita que ha hecho algo de lo que
está orgullosa. Y por supuesto que entre sus manos brilla
un detalle importante.
—¡Ya tengo mi invitación para la gala! anuncia, agitando
un sobre negro similar al mío—. El maestro de espadas me
va a llevar.
Parpadeo y me siento a su lado haciéndome la
sorprendida.
—¿Y cómo es eso? ¿Lo dejaste vivo?
Ruby se ríe con satisfacción.
—Apenas. Pero después de un breve... hincapié de mi
parte, aceptó que esto fuera parte de su pago de honor.
Verónica nos sirve vino y nos acomodamos en la sala. Hay
algo en el aire, una especie de expectativa mezclada con
diversión. Sin embargo un segundo después el tono de
nuestra loca favorita se vuelve serio.
—Pero eso no es todo —dice Ruby, recostándose con aire
preocupado—. Cuando estaba en la habitación de Ren, vi
un correo en su computadora.
Todas tenemos curiosidad por saber qué hacía
exactamente en la habitación de Ren, pero de momento
es más urgente saber sobre lo otro.
—¿Qué correo? —pregunto inclinándome hacia adelante.
—Era de TradeLink. Solicitaron una reunión privada con
Kaizen Financial durante la gala.
Verónica frunce el ceño.
—¿TradeLink? ¿Por qué usaría Devon la gala benéfica para
hablar con Ren?
—También se supone que va a conocer al dueño de Crown
Capital... quizás tenga que ser con eso —reflexiono— De
cualquier forma, lo averiguaremos pronto —respondo,
levantando mi copa.
Las chicas chocan sus copas con la mía, y bebemos.
A la mañana siguiente reviso minuciosamente todos
correos en la oficina mientras Christian me habla sobre
algo que no estoy escuchando del todo. Y de inmediato
salta un mensaje que llama mi atención.
—Jefecito, mire esto —digo, girando la pantalla hacia él—
. El señor Finnigan solicita una reunión con usted durante
la gala.
Christian silba.
—¿Ese idiota otra vez? ¿Y ahora qué querrá?
La pregunta queda en el aire y presiento que la respuesta
no me va a gustar. Devon está moviendo algo, y la verdad
no tengo que esperar mucho para confirmar mis
sospechas, porque apenas pasa del mediodía cuando
Verónica me llama con urgencia.
"¡Maldición, maldición, la madre que lo parió!" escucho su
voz furiosa en el auricular.
—Vero, ¿qué pasa?
"Regina, Devon está aquí", me dice y me detengo en seco.
—¿Qué?
"Se presentó sin previo aviso en Crown Capital".
Por supuesto que lo hizo, ese infeliz es una garrapata
aferrada a su vida financiera.
—No lo atiendas tú. Manda a un gerente medio, alguien
espabilado. Yo voy para allá.
Y parece que soy la reina del escapismo o Christian está
distraído, lo cierto es que me voy a Crown Capital y cuando
llego a la oficina, me detengo antes de entrar a la sala de
reuniones. Desde afuera puedo escucharlo y Verónica se
me suma enseguida.
Devon habla con un gerente de nivel medio, usando ese
tono suyo que es una mezcla de arrogancia y falsa
camaradería.
—Esta es una oportunidad única —dice—. Quiero que
Crown Capital sea el primero en conocerla.
Me asomo apenas y lo observo. Su postura confiada, su
sonrisa de vendedor de autos usados, la manera en que
mueve las manos como si estuviera regalando oro cuando,
en realidad, está vendiendo basura. Le expone un
proyecto considerable y luego lo respalda diciéndole que
Ironclad ya ofertó por él.
Maldito mentiroso de mierda.
Esta es su forma de manipular las cosas, pero de verdad
tiene que ser muy arrogante o muy idiota como para creer
que un perro viejo de la Bolsa de Valores caería en un mal
negocio solo por el miedo a que alguien se le adelante.
Imagino cuál es su lógica, así que me giro hacia Verónica
y, en voz baja, le digo:
—Escríbele un mensaje a tu gerente. Dile que acepte la
oferta de Devon. a

CAPÍTULO 63. Día de máscaras

Verónica me mira como si estuviera loca.


No puedo culparla, porque estoy segura de que no se
esperaba escuchar lo que acabo de decir. Pero lo que
tengo en mente es demasiado grande para que me tiemble
la mano ahora.
—Sé lo que estoy haciendo. Solo dile al gerente que acepte
el proyecto y ponle la fecha de firma para dentro de tres
días. Dile que el dueño de Crown Capital no firma con
nadie a quien no le haya estrechado al mano, así que lo
verá en la gala.
Verónica me observa fijamente, como si fuera a cambiar
de idea en cualquier momento, pero no lo hago. Ella
resopla pero saca su teléfono y le escribe a su gerente, y
un segundo después todo lo que se escucha dentro de la
oficia son felicitaciones y falsos halagos.
—Créame señor Finnigan, este es un negocio seguro —le
dice el hombre y yo corro a esconderme en otra de las
oficinas del pasillo cuando escucho a Devon despedirse.
Cuando sale al pasillo, su cara tiene una sonrisita de
satisfacción que me irrita solo de verlo. Si hay algo que no
me gusta de este hombre es su constante aire de
superioridad, como si todo estuviera bajo su control. Pero
ya no más. Yo también soy capaz de mover las piezas y,
aunque haya sido un juego suyo, esta vez las reglas las
pongo yo.
Escucho que habla por teléfono en el pasillo, saca su
teléfono y hace una llamada inmediata, y no sorprende
que es estúpido niño de mamá esté llamando a Bonnie
para contarle todo lo que ha logrado.
—Ya lo tengo todo listo —dice en voz baja, casi como si
estuviera compartiendo un secreto con el aire—. Conseguí
un contrato con Crown Capital para firmar en tres días.
Sí... ¡Claro que sí, madre que la investigué! Crown Capital
es el nuevo grupo que está despuntando en la Bolsa, y si
St. Jhon, Massari y Toshiro creen que Crown Capital apoya
a TradeLink, se van a pelear a muerte por mi proyecto.
Además, recuerda que nada une tanto a la gente como el
odio hacia quienes lo superan, así que si tienen la
oportunidad de respaldarme para desquitarse con esta
empresa, créeme que lo van a hacer...
Me quedo quieta, escondida en esta oficina, escuchando
cada palabra mientras este cabrón pasa frente a mí.
Estoy tan furiosa que ni siquiera puedo reaccionar de
inmediato. Devon es un manipulador de primera y este es
su siguiente juego, volver a Ironclad, Kaizen y Colosso
contra mi empresa.
—¡Maldito infeliz! Solo siéntate a esperar a que te permita
hacerlo — siseo por lo bajo.
Mi estómago da vueltas de pura rabia mientras sigo
observando cómo se aleja por el pasillo. Se va tan
confiado, tan seguro de que tiene todo bajo control.
Y yo cierro los ojos esperando a que este dolor se asiente
antes de continuar, porque una parte de mí resiente no
haberme dado cuenta antes del tipo de hombre que era.
Los siguientes dos días pasan de manera tensa pero
productiva.
Ocupo mis horas revisando mi portafolio de inversiones,
buscando los puntos débiles de cada movimiento,
reforzando todo lo que pueda, aumentando mis acciones,
cambiando mis estrategias. Cada día, mi rendimiento
crece un pequeño por ciento más, al punto de que el día
de la gala, una venta bien analizada me pone en el tope
de la lista con un rendimiento del quince por ciento.
No es casualidad.
Es estrategia.
Y cuando las cifras se ven tan bien, cuando el valor de mi
cartera sube sin cesar, sé que estoy haciendo las cosas
como siempre debí hacerlas.
Ese día, mientras me preparo para la gala, noto que mis
nervios empiezan a aflorar. No por el evento en sí, sino
porque sé lo que me espera allí.
—Es día de máscaras, o mejor dicho, día de quitarse las
máscaras —murmuro frente al espejo mientras me pongo
la gargantilla de un millón y medio de dólares que Viggo
me regaló y... bueno, después de todo soy la villana en
esta historia, ¿por qué iba a rechazarlo?
Me reúno con las chicas en el salón y cada una da una
vuelta sobre sí misma.
Verónica lleva un vestido negro, cabello ondulado y sexy,
y esa expresión de "estoy lista para dominar el mundo"...
o al menos a algún idiota.
Ruby, por otro lado, lleva un vestido azul con
transparencias.
—Deberías llevar una advertencia en el trasero —se ríe
Vero—. No apto para cardiacos, embarazas o... maestros
de espadas.
Ruby le dirige una mirada asesina porque no importa que
esté vestida de cielo, ella es un cielo tormentoso y
presiento que alguien está a punto de recibir un rayo esta
noche.
—Eso, tú búrlate, Venenito, pero las dos sabemos que vas
a dejar que Christian St Jhon te lleve como su princesa
esta noche.
La azuza y Verónica le lanza una mirada fulminante, como
si pudiera matarla solo con su mirada.
Sin embargo antes de que pueda decir nada más, suena
el telefonillo y el portero del edificio le avisa a Vero que su
escolta llegó por ella.
Es la primera en marcharse y Ren llega poco después para
recoger a Ruby.
Ninguna de nosotras es tan tonta como para no entender
que la gala no es solo una fiesta. Es una batalla disfrazada
de gala. Y en esta guerra, las alianzas son las que definen
a los vencedores. Y por desgracia para nuestros enemigos,
nosotros tenemos las mejores.
Ruby se despide y yo me marcho a mi departamento,
porque sé que Viggo irá a buscarme allá... lo que no
espero es que cuando abro la puerta y entro él ya está
aquí, de pie en el medio del salón, como si estuviera
conteniéndose para no ir a buscarme.
Nos miramos durante un segundo y no puedo evitar que
mi corazón se acelere. Él de por sí ya es de naturaleza
sexy, pero esta noche... la que tiene ganas de romperle
algo encima soy yo.
Viggo se me acerca despacio y sus dedos van en una
caricia suave desde la gargantilla hasta la curva entre mis
pechos.
—Entonces, ¿quieres decirme qué tendremos para esta
noche? ¿O solo tengo que sentarme a observar el campo
de batalla? —me pregunta, con esa voz profunda que
siempre tiene la habilidad de hacer que la mía tiemble un
poco.
—No será un campo de batalla —le respondo con calma—
. Lo que verás esta noche, querido... será una masacre.

CAPÍTULO 64. El dueño de Colosso Capital Group.

El aire en la gala está cargado de una mezcla de elegancia


y tensión. Llego con Viggo, mi brazo entrelazado al suyo,
y no puedo evitar notar cómo todos nos miran. Como si
no fuéramos un par de asistentes más, sino un
espectáculo en sí mismo. Y créanme, estar con Viggo tiene
ese efecto. Los flashes de las cámaras, los murmullos de
la gente, todo se vuelve una burbuja de admiración, y yo,
por supuesto, disfruto cada segundo.
¿Es extraño que en medio de todo esto sea la mano de
Viggo sobre mi espalda baja lo que me calme?
Ni siquiera puedo explicarlo, tiene una habilidad para
llevarme de aquí para allá, de moverse a mi alrededor
como si yo fuera el centro de toda su atención pero sin
llegar a ser descortés con los demás.
Viggo me lleva por uno de los salones, saludando a
algunas personalidades de su círculo. No me sorprende
que todos lo conozcan. Es imposible no hacerlo cuando
tienes el poder que él tiene. Nos sirven champaña y, por
un momento, me dejo llevar por la burbujea del licor y la
atmósfera. El mundo parece estar a nuestros pies, y yo
observo a mi alrededor.
Busco a mis amigas entre la gente y las encuentro zonas
opuestas del salón, con sus vestidos perfectos, sonriendo
y charlando, pero no nos acercamos las unas a las otras
aunque estemos pendientes de nuestros movimientos.
De repente, escucho una voz familiar y mi cuerpo se tensa
en un segundo, una voz que no quiero oír, llamando a
Viggo por su apellido.
—¡Señor Massari! —dice Devon un tono que parece cálido,
pero que no engaña a nadie.
Nos giramos al mismo tiempo, y ahí están. Mi ex esposo
con su habitual sonrisa de hombre que se cree el dueño
del mundo, y Anabella, con su aire de superioridad que es
aún más irritante que la de él.
Viggo achica los ojos con un gesto de incomodidad
mientras le estrecha la mano, porque evidentemente
reconoce a Anabella y es lo bastante perspicaz para captar
al vuelo cuáles solo las relaciones aquí.
Mi rostro sigue impávido, pero no puedo negar que, por
dentro, me revuelvo. Mis ojos se fijan en Anabella y la miro
de arriba abajo sin siquiera disimular el desprecio que
siento por ella, y cierro el escaneo con un suspiro.
—Deberían darte un premio o algo así. No sé cómo, pero
tienes la capacidad de hacer que lo vulgar se vea... más
vulgar, y eso que llevas hoy no es la excepción —le digo,
señalando al vestido dorado que trae y que es puro
escote—. Qué vestido tan corriente, querida. ¿Lo
compraste en el mercado de las pulgas?
Anabella me mira como si estuviera a punto de explotar,
porque no estamos solos y se notan las risitas alrededor.
La sonrisa de complacencia en su rostro se desvanece y la
rabia empieza a fluir en sus ojos. Me encanta. Es casi como
si la hubiera desnudado de toda su perfección.
Pero, claro, no iba a quedarse callada.
—¡Tú! —grita, como si estuviera a punto de explotar y se
gira hacia Devon con expresión acusatoria—. ¡Fueron ella
y este hombre con el que va! Devon, ellos me humillaron
en la tienda más lujosa de la 5ta Avenida. ¡Tienes que
hacer algo!
Hay un destello de sorpresa en el rostro de Devon, puedo
verlo claramente. Quizás no esperaba que yo estuviera
acompañando a alguien tan... influyente, y diga lo que
diga su novia, a Viggo no puede enfrentarlo.
—¿Qué...? —Los ojos de Devon van desde Anabella hasta
Viggo, cuya expresión parece cada vez más sombría, pero
finalmente se gira hacia su prometida—. Anabella... por
favor haz silencio.
—¿¡Silencio!? ¿¡Pero te volviste loco!? —escandaliza ella—
. ¡Estos estúpidos me...!
—¡Este señor es Viggo Massari! —exclama Devon
interrumpiéndola mientras se pone más rojo que un
tomate —. Es el dueño de Colosso Capital Group.
La cara de Anabella se pone aún más roja, si es que eso
es posible. Al principio se queda estupefacta, como si no
pudiera creer lo que acaba de escuchar. ¿El duelo de
Colosso Capital Group? ¿Y yo? ¿Juntos? No es para menos.
Pero, ¿quién iba a pensar que el juego iba a volverse tan
interesante?
Sin embargo el veneno está lejos de acabarse y la veo
apretar los labios y dar un paso hacia Viggo.
—Pues qué pena, señor Massari, que haya caído en las
redes de una mujerzuela barata como esta—escupe con
rabia—. A fin de cuentas las mujeres despechadas como
ella son una plaga para hombres decentes como usted.
Siento la tensión de Viggo, su brazo de hace de hierro
alrededor de mi cintura, y su expresión no cambia en
absoluto cuando se gira hacia mí, arqueando una ceja.
Parece una reacción tan natural que hasta yo misma me
sorprendo un poco.
—¿Por qué serías tú una mujer despechada, Regina? —me
pregunta, aunque ya conozco su tono y puedo su tono y
ahora es más interesado que de reproche.
Me tenso un poco. No puedo evitarlo. Pero antes de que
pueda responder, alguien más lo hace. Y no, no es otra
persona cualquiera. Es Bonnie.
—Yo le puedo contestar esa pregunta.
¿En serio? ¿Ella también está aquí? ¿No puede soltar las
falditas de su hijo?
La veo llegar con su postura impecable, su cabello
perfectamente peinado, y ese aire de "yo soy el centro de
todo", mientras se acerca a nosotros.
—Señor Massari —dice con una voz dura, cargada de
veneno—, le presento a Regina. Es una mujer odiosa y
manipuladora, que solo quería el dinero de mi hijo. Por eso
Devon la dejó. Por suerte pudo sobrevivir a las garras de
esta vividora y consiguió el divorcio, para poder casarse
con una muchacha de buena familia, mucho más adecuada
para él, como Anabella.
No me sorprende que Bonnie diga esas cosas. Lo que me
sorprende es la facilidad con que lo hace, como si tuviera
años de práctica. Y no entiendo cómo pude estar tan ciega
durante tantos años.
¡Qué jodido es necesitar cariño! Es lo primero que me
viene a la mente porque eso tuvo que ser, mi
desesperación por tener una familia que me amara
después de crecer en la orfandad.
La atmósfera se vuelve tensa y cuando Bonnie despega los
labios de nuevo es para dar el golpe final.
—Todos dicen que usted es un hombre inteligente, señor
Massari —desafía a Viggo—. Espero que haga gala de esa
inteligencia y por su propio bien se aleje de una vividora
como ella. Es demasiado evidente que solo le está
abriendo las piernas para poder vengarse de mi hijo y
darle celos. ¿No es así?

CAPÍTULO 65. Una reunión de negocios

La garganta se me cierra, pero solo es la impotencia.


Reconozco el sentimiento mientras Devon aprovecha para
continuar el pequeño espectáculo que inició su madre. Su
voz no es solo sarcástica, sino condescendiente, lo
suficiente como para que me den ganas de abofetearlo en
público.
—No le conviene que lo vean en semejante compañía,
señor Massari dice, como si yo no estuviera delante de él
— Es evidente que solo está con usted por su dinero... o
para darme celos.
Siento el brazo de Viggo tensarse más a mi alrededor, pero
cada uno de mis músculos está extrañamente relajado.
—Mejor debería acompañarme —insiste Devon con un aire
de superioridad—. Tenemos una cita en el salón de
reuniones que reservé. Quiero presentarle el futuro de la
inversión en la Bolsa de Valores, y todo futuro implica
deshacerse de los lastres ¿verdad?
"Lastre".
Qué palabra tan amable para la mujer que le dedicó años
de su vida. Y cuando Viggo se le queda mirando, no puedo
descifrar qué es lo que le pasa por la cabeza. Pero
finalmente, se gira hacia mí y le responde con una calma
que me impresiona, dada la situación.
—Lo alcanzaré en un momento, señor Finnigan —dice—.
Creo que primero debo resolver algunas cosas... con
Regina.
Devon, que evidentemente esperaba una respuesta como
esa, se aleja satisfecho, seguro de que sus palabras y las
de su madre han alcanzado para poner a mi aliado en mi
contra.
Viggo, por su parte, me mira de frente. Sus manos suben
a mis brazos, los aprietan con fuerza y me atrae hacia él
con un gesto corto y brusco.
Y espero la decepción. No sé por qué. Quizás estoy tan
acostumbrada a que me lastimen que no me sorprendería
que él también lo hiciera.
—Creo que acabo de descubrir cuál es el problema que
tenemos aquí —sisea en mi oído, pegándome por
completo a su cuerpo—. La próxima vez que te esté
follando salvajemente contra una pared como si no
hubiera mañana —gruñe con voz ronca—, me aseguraré
de grabarlo.
Me echo atrás y lo miro frunciendo el ceño.
—¿Grabarlo?
—¿Y cómo va a sentir celos el idiota si no puede ver las
bestialidades que te hago? —pregunta levantando una
ceja coqueta y lo cierro los ojos por un segundo, dejando
que el alivio se extienda por mi cuerpo porque, bueno...
Viggo es Viggo y no hay nadie como él—. ¿Ese es tu ex?
¿En serio? —me pregunta y puedo sentir el intento de
control en su voz—. ¿Cuándo me vas a dejar
desmembrarlo?
— Pronto —le aseguro—. Pero antes hay algo que necesito
saber: ¿aprobaste un gran proyecto con su empresa?
Viggo me observa en silencio un momento antes de
asentir.
—Sí, lo aprobé, pero aún no se ha firmado. Pedí hablar con
el analista detrás del proyecto personalmente y me ha
estado dando largas. Ahora entiendo por qué —responde
Viggo y yo respiro hondo.
—En ese caso, será mejor que lo resolvamos de una vez
—digo y él hace la mueca justa de aceptación antes de
rodear mi cintura y guiarme al saloncito de reuniones.
El ambiente se vuelve cada vez más pesado, pero sé que
esto solo está comenzando.
A través de la puerta abierta veo a Devon, que ya está de
pie, esperando. Sin embargo su barrera de confianza
comienza a quebrarse con la entrada de Ren, que llega con
Ruby del brazo.
—Señor Finnigan, le presento a Toshiro Ren, CEO y dueño
de Kaizen Financial dice Ruby con su tono más incisivo y
Devon no parece saber cómo reaccionar.
Para cuando por fin entiende el problema que tiene y
extiende la mano para saludar, solo se encuentra con la
mirada fría y cortante de Ren.
—No se moleste, señor Finnigan, yo no toco basura —
espeta, dejando a Devon paralizado, visiblemente
incómodo.
La tensión es palpable. Evidentemente ambos recuerdan
la paliza que Ren le dio a Devon cuando él trató de
forzarme a hacer su operación.
—Eso... eso solo fue un malentendido por culpa de una
persona sin importancia —murmura Devon, tratando de
defenderse, pero Ren lo mira con molestia.
—Esa es la diferencia entre usted y yo. Para mí ninguna
persona carece de importancia —gruñe y veo cómo Ruby
palmea su pecho despacio, como si fuera una bestia a la
que hay que calmar.
—Será mejor que te sientes, kyoshi* (*maestro), así
terminas rápido con esto. Te esperaré por allá —le dice
dejándolo en la mesa de reuniones y sentándose en una
pequeña hilera de sillas que están en un extremo del
saloncito.
Mi vista periférica capta la presencia de Verónica en un
instante y detengo un poco a Viggo para que ellos entren
primero.
Christian viene con cara de agraviado, pero cuando saluda
a Devon su expresión es solo de fastidio. Mira alrededor,
casi como si estuviera buscando una razón para estar aquí,
pero Verónica lo hace sentarse y veo cómo le manosea
medio pecho y lo deja sentado como un niño bueno antes
de irse al lado de Ruby.
—¿Qué demonios significa esto? —pregunta Devon,
visiblemente molesto porque conoce a mis amigas. Ruby
puede ser coincidencia, pero Ruby y Verónica juntas
definitivamente no lo es, mucho menos cuando vienen
acompañando a dos "reyes" de Wall Street.
Pero la pregunta se queda flotando en el aire por algunos
segundos... hasta que Viggo y yo entramos.
La primera reacción es de Christian, que se me queda
mirando como si no pudiera creer lo que ve. Su mirada
pasa de la confusión a la sorpresa, y no es para menos.
Sé que es difícil reconciliar a la mujer sofisticada y
elegante que ve ahora con la torpe secretaria que soy
frente a él.
Y Ren no dice nada, pero basta que sus ojos se crucen con
los míos para que los baje con un gesto de comprensión.
Pero la cereza del pastel son las caras de la familia
Finnigan cuando se dan cuenta de que, a pesar de todos
sus esfuerzos, Viggo no me ha dejado atrás.
La incomodidad de Devon aumenta por segundos, sobre
todo cuando el dueño de Colosso Capital se acomoda entre
los demás; y yo sé que lo único que puede hacer de aquí
en adelante es escupir su frustración.
—¡Esto se supone que es una reunión de negocios, no un
lugar para traer a sus mujeres! —espeta con impotencia y
yo dejo escapar una risa breve.
—¿Y qué demonios sabrás tú de negocios, Devon? —le
pregunto con ese tono desafiante que he aprendido a usar
tan bien—. ¿No acabas de perder diez millones hace solo
unos días?

CAPÍTULO 66. Mentiras en el aire

—¡Doy fe! —La mano de Christian se levanta como si le


aburrimiento se le hubiera acabado—. Los perdió justo
frente a mí, ¡en menos de veinte minutos!
Ren y Viggo hacen muecas graciosas y soeces, y con eso
ninguno necesita hablar.
Así que si Devon venía en modo "gran maestro de Wall
Street", tal parece que no va a poder arrastrar a todos con
su teatrillo barato. Se endereza desde la cabecera de la
mesa y me mira como si todavía creyera que soy su
empleada.
—Si estoy aquí para proponerles a estos señores el mayor
negocio de sus vidas —dice, con ese tono arrogante que
nunca abandona—. Un negocio único, algo que no deben
perder, porque la mayor promesa actual en el negocio de
la Bolsa ya lo ha aceptado.
Su mirada se detiene en cada hombre de la habitación,
como si intentara solidificar su puesto, y finalmente sus
ojos se clavan en mí.
—Esto es un negocio entre hombres, Regina, mejor
desaparece de mi vista me espeta, como si mi presencia
fuera una mancha en su brillante propuesta.
Todos lo miran feo, pero antes de que una de las bestias
de la habitación se levante, solo me doy la vuelta y voy
contoneándome hasta donde están mis amigas. Me siento
junto a ellas, viendo que del otro lado de la habitación
Anabella y Bonnie parecen a punto de estallar.
Devon carraspea y evidentemente está furioso, porque lo
mismo Ren que Viggo y Christian solo se sientan,
tranquilos, y no se molestan en hacer ni un gesto en
nuestra dirección para que nos retiremos.
—No tengo toda la noche para esto, señor Finnigan. —Ren
no tarda en intervenir. Es uno de esos hombres que no
pierde el tiempo con rodeos ni con gentilezas. Cuando está
harto, lo dice, y no tiene ningún miedo a pisar a los
demás—. Si tienes algo que decir, dilo ya, o yo me voy.
Los otros dos asienten y es obvio que la apertura del show
ya duró demasiado. Devon se pasa una mano por el
cabello, molesto, pero luego suspira y empieza a hablar.
No le queda otra opción.
Comienza a explicar su gran proyecto de inversión, una de
esas ideas que un día le di, como si nos fuera a sorprender
a todos. La idea es buena, es mi idea después de todo, y
Devon puede ser un inútil de mierda pero no se le puede
discutir que es bueno para la manipulación y la mentira.
Sin embargo, para ser sinceros, no importa cuántas veces
repita lo grandioso que será este negocio, lo cierto es que
el ambiente es tenso, y su charla suena más vacía que
nunca.
Cuando lleva menos de diez minutos hablando, Viggo lo
interrumpe. No lo hace con rudeza, solo lo detiene con esa
calma que te hace sentir como si estuvieras a punto de ser
aplastado de un momento a otro.
—OK, excelente presentación pero... a mí no me interesa
—dice encogiéndose de hombros—. Prefiero retirarme y
darle espacio a los que sí.
—Secundo la moción —gruñe Ren levantándose y como es
evidente que Christian va por el mismo camino, Devon se
cruza de brazos y se atreve a encararlo.
—Debería interesarle, señor Massari —le responde con voz
tensa—. Debería interesarle porque este proyecto ya
recibió una oferta de Crown Capital.
En el aire se siente una descarga eléctrica. Todos nos
quedamos mudos, expectantes. Como si de repente
alguien hubiera lanzado una bomba en medio de la mesa.
Crown Capital. Ese nombre le interesa a todos aunque
Devon no tiene idea realmente de por qué. Y en el
momento en que todos se inclinan hacia adelante, la
expresión que se ve en su rostro es tan satisfecha, que es
como si estuviera ganando la batalla.
Para cuando vuelve a despegar los labios, lo hace con esa
sonrisa de suficiencia que siempre tiene cuando cree que
tiene a quien quiere en sus manos.
—Todos sabemos que muy pronto ustedes ya no serán los
únicos reyes de Wall Street —dice, y sus palabras están
cargadas de veneno—. Crown Capital está surgiendo con
mucha fuerza. Y, francamente, su única oportunidad de
seguir siendo relevantes es unirse contra ellos.
—¿Disculpa? —escupe Christian levantándose y ahora sí,
el ambiente se tensa aún más.
Para mí es claro cómo Devon tiene intención de
manipularlos, pero Christian, Viggo y Ren se están dando
cuenta solos, porque lo que el idiota de Devon no entiende
es que ninguno de estos tres ha llegado a donde está
tragándose manipulaciones de nadie.
—Lo que estoy diciendo es que este proyecto es tan bueno
que Crown Capital firmará con nosotros mañana en la
mañana —continúa, aprovechando la sorpresa—. Pero
como es tan bueno y admite múltiples inversores, les
estoy dando una oportunidad única para ofertar primero.
De lo contrario Trade Link se unirá a Crown Capital, y
ustedes perderán cualquier chance de destronar a esa
compañía antes de que ascienda muy por encima de las
suyas.
A veces, hacer que los demás crean en tus mentiras es lo
más poderoso del mundo. Ese es el juego que está
jugando Devon, pero no va a durarle mucho, porque justo
cuando se siente en la cima de su mundo, a mí se me
escapa el primer aplauso, Ruby silba y Verónica estalla en
carcajadas.
—¿De verdad te crees eso? —grita Ruby muerta de risa,
haciendo que todos se giren hacia ella.
Verónica se levanta de su asiento como si fuera lo más
natural del mundo y veo la satisfacción que siente cuando
sabe que está a punto de destruir la fantasía que Devon
ha estado construyendo.
—¿Tú? ¿Firmando con Crown Capital? Eso es una mentira
absoluta — dice con total seguridad, y su tono es tan firme
que hace que la sala se quede en un silencio sepulcral—.
Ya que eres un completo inútil en los negocios, deberías
dejarlo y hacerte escritor, porque no puedo negar que
imaginación no te falta.
Devon aprieta los dientes con impotencia y su orgullo está
tan herido que casi se le nota en el rostro. La rabia se
apodera de él y, con la mano levantada, le grita a
Verónica.
—¡Cállate! ¡No sabes de lo que estás hablando!
Y un segundo después delante de esa mano tiene el rostro
sombrío y amenazante de Christian St Jhon; que no parece
el caballero de brillante armadura ... más bien el verdugo
del hacha ensangrentada.
—En eso te equivocas. Verónica sí sabe de lo que habla
habla —dice y su voz es tan autoritaria que nadie se atreve
a interrumpirlo—. Porque ella es la CEO de Crown Capital.

CAPÍTULO 67. No voy a parar

Devon se ve tan desconcertado que casi parece una


caricatura. No puedo evitarlo, la escena es demasiado
buena para no disfrutarla. La forma en que niega lo que
acaba de oír es patética y lo único que puede hacer es
gritar, como si con eso fuera a hacer que la mentira se
hiciera real.
—¡Eso no puede ser verdad! —espeta, mirando a Verónica
con rabia—. ¡Ella no es...! ¡Ella no es nadie!
—Creo que en eso no estamos de acuerdo —le gruñe
Christian—. La licenciada Verónica Lynch es la CEO del
grupo Crown Capital, eso lo puedo garantizar.
Devon aprieta los puños, por fin se le acabaron los trucos
baratos, así que con calma me levanto de mi silla y me
acerco lentamente a la mesa, dirigiéndome a él.
—Vero tiene razón en algo, y creo que todos en esta sala
ya lo saben: eres un inútil para los negocios... pero eres
muy bueno para engañar y manipular—le advierto
rodeando la mesa despacio hasta cruzar detrás de él—. Y
eso es exactamente lo que estás haciendo: estás tratando
de manipular a tres empresarios para que acepten tu
proyecto, y pretendes usar a Crown Capital como presión.
¡Por Dios, eres tan básico! ¿No te das cuenta de que nadie
te va a creer?
Devon me mira con odio y sé que mis palabras lo tienen
tan al borde de la histeria que apenas puede coordinar las
suyas.
—¡Sí me creerán! —grita, como si me estuviera
convenciendo a mí y a todo el mundo—. Sí me creerán
porque tengo una cita con el dueño de Crown Capital esta
misma noche, aquí mismo en la gala. ¡Él debe estar por
llegar! ¡Lo verán! ¡Verán que no estoy mintiendo!
Yo lo miro con desprecio, y luego le suelto lo que más le
duele.
—Eso es una mentira —digo mirándolo a los ojos—. Porque
lo último que yo quiero en mi vida es verte.
Es un golpe directo, una bomba que nadie ha visto venir.
Pero que estalla haciendo que todos se levanten de la
mesa de un tirón. Sé que a mi alrededor solo hay rostros
impactados, desconcertados... incluso el de Viggo. Cree
que lo sabe casi todo sobre mí, que conoce este cerebro
que le gusta pero la verdad es que al final del día, a él
tampoco le enseñé todas mis cartas.
—No puede ser... —murmura Devon con tono ahogado. 1
—Espera... ¿tú eres la dueña de Crown Capital? —
pregunta Christian y a su lado Vero le dirige una mirada
condescendiente.
Yo solo sonrío por lo bajo y me acerco a Devon.
—¡Déjame ponerte esto en palabras que un imbécil
financiero como tú pueda entender! —espeto con fuerza
antes de darme la vuelta para rodear la sala—. ¡Ninguno
de los hombres en esta mesa va a firmar tu proyecto, y
mucho menos se van a unir para ir en contra de Crown
Capital Trade!
Las palabras salen de mi boca con la misma frialdad con
la que un cirujano corta una herida. Todos me observan,
y en sus ojos veo la misma sorpresa, la misma
incredulidad mientras llego junto al primero de ellos.
—¡Christian St Jhon es el orgulloso dueño del diez por
ciento de las acciones de Crown Capital! —le digo
empujando el hombro de Christian hacia abajo hasta que
lo hago sentarse de nuevo a la mesa, y luego continúo—.
¡El señor Toshiro Ren posee el diecisiete por ciento de las
acciones! —aseguro y mi mano en el hombro de Ren
también lo hace sentarse
—¡Y por último, el señor Viggo Massari, aquí presente,
acaba de comprar el veinte por ciento de mi compañía! —
digo tocando su espalda con un gesto y veo la forma en
que se sienta con el rostro sombrío—. ¿Sabes qué significa
eso, Devon? Significa que estos tres hombres no necesitan
que tú les hables de proyectos, porque ellos ya tienen lo
que necesitan para no seguirte el juego.
Termino de darle la vuelta a la mesa y lo encaro:
—Ninguno de ellos va a unirse contra nadie, mucho menos
contra mí, mucho menos contra una empresa de la que
son dueños —siseo con fiereza—. Yo, en cambio, me
aseguraré de que jamás firmen ni ese ni ningún otro
proyecto contigo. Colosso no va a firmar porque yo no lo
permitiré. Kaizen no va a firmar porque yo no lo permitiré.
Ironclad no va a firmar porque yo no lo permitiré. Y Crown
Capital definitivamente no firmará nada, porque la dueña
mayoritaria... sigo siendo yo.
El silencio en la sala es absoluto y es algo hermoso de ver:
la forma en que su mundo se tambalea. La forma en que
tantas realidades cambian solo porque yo quiero.
Pero no todos pueden quedarse callados, y por supuesto
que Bonnie, como siempre, no tiene la mínima capacidad
de esconder su furia.
Anabella se ve completamente consternada, como si la
hubiera atravesado un rayo, y presiento que dentro de
poco Devon se quedará sin su prometida heredera.
Pero Bonnie se levanta como una fiera y se acerca
rápidamente hacia mí, lanzando veneno con cada palabra.
—¡Eso es mentira! —me grita con la cara roja—. ¡Tú no
eres nadie! ¡Eres una muerta de hambre a la que echamos
de nuestra casa! ¡Solo una patética y miserable muerta de
hambre que intenta impresionar a estos hombres! ¡¿Cómo
te van a creer si hasta hace un mes no tenías nada!? ¡¿Con
qué dinero levantaste una empresa tan grande en tan poco
tiempo!? —ladra y yo señalo a los reyes.
—Esteeeeee... con el de todos ellos. Primero el suyo —
señalo a Christian y después a Ren—. Luego el suyo... y
finalmente el suyo —termino señalando a Viggo—. Verás,
es que mi cerebro es mi mejor herramienta —escupo con
fiereza recordándole que eso era exactamente para ellos.
La cara de Bonnie está roja, llena de furia, pero como si
quisiera asestar el golpe final, Vero saca de su cartera un
documento y lo coloca sobre la mesa con seguridad.
—El acta de accionistas de Crown Capital —dice con una
sonrisa venenosa.
El documento que certifica lo que estoy diciendo. Y con
eso, Bonnie y Devon se quedan sin palabras. Ninguno de
ellos puede refutar lo que está pasando. No importa
cuántos insultos griten. No importa cuán nerviosos estén.
El poder real está sobre la mesa, y no lo tienen ellos.
Me acerco a Devon, con una sonrisa que podría congelar
a alguien si tuviera un poco más de hielo en mi corazón.
—Mis tiempos de ser una herramienta en tu vida
terminaron el día que nos divorciamos —le aclaro—. Ahora
solo tienes que saber que no voy a parar. Voy a ir por
Trade Link, y voy a ir por ti. Y no voy a parar hasta verte
en la ruina. No voy a parar hasta que desees no haberme
conocido nunca.

CAPÍTULO 68. A mano

Lo veo retroceder y esta mala mujer en mí se siente tan


bien que no puedo evitar comprender de una vez por todas
a los villanos. Me gusta lastimarlo, me gusta la impotencia
y la desesperación en su cara, me gusta que sepa que voy
a destruirlo, a desmembrarlo, a convertirlo en polvo que
nadie recordará.
Y un segundo después mis palabras hacen efecto, Devon
está absolutamente fuera de sí, gritando a los tres
hombres en la sala como si esta se tratara de una especie
de rebelión que no está dispuesto a aceptar.
No entiendo qué parte de la jugada no ha comprendido,
pero ahí está, furioso, levantando la voz para exigir
respuestas que, sinceramente, no le interesan a nadie
aquí.
—¿Por qué no reaccionan?! —les grita, apuntando a Viggo,
a Ren, a Christian—. ¿¡Por qué permiten que ella los
maneje!? ¡¿Por qué no le dicen nada?! ¡No puede ser que
gente como ustedes toleren a una arpía como esta son
contraatacar!
La rabia se le nota en cada palabra, en cada gesto, pero
su idiotez es demasiado grande o quizás no tiene
abogados tan buenos como los míos.
—¡Y eso te lo puedo responder yo! —exclamo levantando
la mano como una adolescente enamorada del profesor—
. No pueden atacarme, no pueden hacer nada, ninguno de
ellos, porque sus contratos conmigo están blindados por
cinco años —le respondo, sabiendo que mis palabras
tienen el efecto que necesito—. Aquí mi buena amiga la
señorita Lynch se aseguró muy bien de que así fuera, así
que sus contratos solo les permite ayudarme y nada más,
a menos que quieran perder toda su inversión.
Devon aprieta los labios y veo cómo los reyes se miran
entre ellos en silencio, pero ninguno hace un gesto ni dice
una sola palabra.
—Así que te repito. Ni Kaizen Financial, ni Ironclad
Strategies, ni Colosso Capital... y mucho menos Crown
Capital, harán negocios con Trade Link. Pero deja que te
lo explique mejor. Ninguna de las empresas que trabajo
con estos grupos hará negocios contigo tampoco —lo
amenazo—. Voy a tejer una red tan amplia y tan asfixiante
a tu alrededor, que me aseguraré de que Trade Link se
vaya a la quiebra y al olvido antes de lo que te imaginas,
Devon.
Lo veo dar otro paso atrás y me mira como si de repente
hubiera salido de un sueño y alguien le hubiera tirado un
balde de agua fría. Está tan confundido, tan arrinconado,
que ni siquiera sabe cómo responder.
Así que pasa lo que tienes que pasar, la leona sale en
defensa de su cachorro y Bonnie se me acerca sin
aguantar más. La furia la consume, y antes de que
cualquiera pueda reaccionar, siento la bofetada... una que
ya no me duele, una que ya no tolero.
La Ruby que hay en mí se me sale y mi mano se cierra en
un puño que va a estrellarse contra su nariz, mandándola
al suelo con un puñetazo que la hace gritar y sangrar, todo
a la vez.
La veo caer de espaldas, con el azoro reflejado en el
rostro, y un segundo después Ruby medio levanta a
Bonnie por el cabello y la hace arrodillarse frente a mí
mientras en su cara se dibuja un puchero.
—Por favor, déjame darle otro... —pide y el movimiento
que hace Anabella también es el único, antes de que
Verónica se plante delante de ella con su sonrisa
venenosa.
—Dame el gusto —la amenaza y el tiempo se detiene. El
aire se detiene. La sala es un espacio congelado de
miradas expectantes y rostros consternados.
Bonnie, aún con la mano de Ruby sujetando su cabello,
grita con toda su rabia, pero es una rabia vacía, porque ya
no puede hacer nada más que patalear.
—¡Me voy a vengar, Regina! —grita con los ojos
inyectados y la sangre corriendo desde su nariz.
Me acerco a ella lentamente, como si estuviera disfrutando
cada segundo de su sufrimiento. Tomo su barbilla con
fuerza, sin piedad, y siento cómo mis dedos se hunden en
su carne, lastimándola mientras la obligo a mirarme a los
ojos.
—Tú me quitaste a mis hijos, Bonnie —espeto y no me
importa que todo el mundo lo escuche—. Tú me quitaste
a mis hijos, y yo no descansaré hasta quitarte al tuyo. —
Sus ojos se agrandan, la sorpresa la consume. Se le nota
que nunca pensó que me fuera a atrever a hablarle de esta
forma, a mirarla de esta forma—. Cuando Devon se pegue
un tiro o se tire de un rascacielos, entonces y solo
entonces estaremos a mano, maldita desgraciada —
escupo y la suelto, empujándola al suelo como si la que
hubiera tocado basura hubiera sido yo.
Devon parece reaccionar en ese momento y me mira con
odio mientras se inclina para levantar a su madre como
puede. Anabella esquiva a Verónica y corre junto a él.
—¡Me las vas a pagar, Regina! ¡Me las vas a pagar todas!
—me grita, con una rabia que ya ni siquiera me afecta.
Solo me río, con esa sonrisa maliciosa que no puedo
evitar.
—Estoy esperando a ver eso —le respondo, segura más
que nunca de que lo voy a destruir. Los voy a destruir a
todos.
Finalmente, Devon casi arrastra a su madre y se lleva a
Bonnie de la sala, acompañado por Anabella, que está más
blanca que un papel.
Cierro los ojos por un segundo y siento la mano de Ruby
en la mía. Pero por más que quisiera permitir que esta
satisfacción se extienda por mi pecho, el aire sigue
cargado, como si lo peor aún estuviera por llegar.
Los tres "reyes" de Wall Street, los hombres que no están
acostumbrados a perder ni a ser manipulados, siguen
aquí, mirándome.
Christian es el primero en romper el silencio, y su voz
resuena fuerte en la sala, acusadora, mientras se pasa una
mano por el cabello.
—¿Así que tú...? ¿Tú de verdad eres la dueña de Crown
Capital? —espeta—. ¿Te hiciste pasar por mi secretaria
para espiarme?
Lo miro, sin inmutarme, porque la verdad me sabe a gloria
y es hasta un poco divertida.
—Esa fue una gran jugada ¿verdad? —le respondo, con
calma—. Pero después de todo no debería ser un problema
para ti, porque si hablamos de espionaje corporativo,
puedo decir que aprendí del mejor ¿no es cierto?
Christian se pone pálido y mira a otro lado, pero sé que
solo es el primero en la lista de reclamos, porque el tono
Ren es más suave, pero no por eso deja de estar cargado
de reproche.
—Nos engañaste —dice, negando con cansancio—. Nos
engañaste a todos.

CAPÍTULO 69. Reina de reyes.

—¿Disculpa? —mis ojos se clavan en Ren con calma


porque entiendo que ya no hay marcha atrás.
La incredulidad en su rostro solo me provoca una ligera
sonrisa, pero Christian es sobradamente el más impulsivo
y parece que tiene un punto en el que quiere hacer énfasis.
No puedo negarle que después de todo a él fue al único
que me mentí a la cara, pero mi actuación de la torpe y
pobre asistente ya se terminó y no estoy dispuesta a
traerla de regreso.
—¡Solo quiero entender qué demonios está pasando! —
espeta con un tono lleno de rabia y frustración—. ¿Tuviste
un arranque pasional, o solo quieres joder a tu exesposo
a costa nuestra? ¿De eso se trata todo esto? ¡¿A qué crees
que estás jugando?!
Lo miro sin inmutarme, pero a mí no me levanta la voz ni
Diosito si se atreviera a bajar en su nube.
Camino hasta llegar frente a él y las palabras salen feroces
entre mis dientes apretados.
—¡Tú no tienes ni la más peregrina idea de lo que estoy
haciendo y mucho menos de por qué lo estoy haciendo! —
escupo, y luego mi mirada los recorre uno por uno,
asegurándome de que entienden que no estoy
bromeando—. ¿Juegos? ¿Medio billón invertido te parece
un juego? —le pregunto con sorna—. ¡Déjame que te
responda! ¡No! ¡No estoy jugando!
—¡Yo invertí en Crown Capital porque pensé que...! —
intenta defenderse pero lo corto de inmediato.
—¡Deja caer el halo de luz, cariño, que tú y yo sabemos
muy bien cómo pasó todo! —siseo—. ¡Yo no los obligué a
invertir, a ninguno de ustedes! ¡Lo hicieron porque lo
quisieron! ¡Lo hicieron por su cuenta! ¡Tú,
específicamente, tuviste la revelación de que Crown
Capital iba a ser tu competencia después de un... lindo
episodio de espionaje corporativo! ¿No es así? ¡Y preferiste
invertir porque elegiste tenerlo como aliado en vez de
como competencia! ¡Así tuviste las pelotas para querer
aprovecharte de alguien, entonces también debes tenerlas
para encajar que alguien se aproveche de ti!
Christian bufa, mesándose los cabellos, pero un segundo
después la sombra de Verónica está a su lado y él solo
niega en silencio porque sabe que no hay nada que pueda
rebatirme.
—¡Señor Toshiro! —exclamo dándome la vuelta hacia él—
. ¿Le dije yo que invirtiera? ¿Se lo pedí? ¿O lo hizo usted
solito cuando se dio cuenta de que Ironclad había invertido
primero? —le pregunto y Ren baja la cabeza—. Vamos a
dejar los dramas aquí. Ninguno de ustedes es una víctima.
No fueron engañados. Solo fueron cómplices de sus
propios intereses y siendo honesta.... —Me encojo de
hombros con una mueca de incomprensión—, no entiendo
cuál es la queja exactamente. ¡Por favor díganme cuál de
ustedes ha perdido algo con Crown Capital Trade! ¡Porque
hasta donde yo sé, no han perdido ni un solo centavo!
¿Verdad?
Todos se quedan callados. Ninguno puede decir nada,
porque no pueden negar la verdad. Es evidente que nadie
ha perdido dinero conmigo, pero sé que lo que realmente
les molesta es que no fueron ellos quienes guiaron el
juego. Están acostumbrados a ser los dueños de todo,
pero lo que no entienden es que ya no están solos. Y, peor
aún, ya no tienen todo el control.
—Ya sé que están acostumbrados a competir entre
ustedes, pero supongo que después de todo los tiempos
cambian. Así que si quieren gritar, protestar, quejarse,
etc., yo les pago la terapia y el psicólogo, no hay
problema; pero mientras tanto van a ayudarme con lo que
yo humildemente les pida. Y los tres van a portarse como
niños muy buenos —les digo con voz baja y autoritaria—,
porque ahora están todos en el mismo barco conmigo.
La tensión es evidente, las ganas de replicar, más aún
porque ninguno tiene cómo. Incluso Viggo, aunque me
respalda, se nota que está tratando de asimilar lo que está
pasando. Supongo que también le sorprendió el giro de
esta historia.
—Es cierto que no obligaste a nadie —dice Ren con el tono
cansado de quien sabe que perdió—, pero usaste engaños.
Nos manipulaste. Jugaste con nosotros. ¡Jugaste con
nuestras familias, Regina! ¡Eso no es justo! ¡Mi abuelo...!
—¿Y quién piensas que guio mi estrategia, cariño!? —
exclamo—. ¡¿Crees que aprendí de ti o de tu abuelo?!
Su acusación es tan vacía que me dan ganas de reír.
Manipularlos, jugar con ellos...
—Querer a tu abuelo es una cosa, y manipularte es otra
muy diferente. ¿De qué forma lo hice, Ren? —le pregunto,
mirando directamente en sus ojos, sin apartar la vista—.
¿Te amenacé? ¿Te convencí con promesas falsas? ¿O tal
vez te seduje? Dime ¿Me estoy acostando contigo?
Ren aprieta los labios y es como si algo dentro de mí
estallara.
—¡Te hice una maldita pregunta! ¡¿Me estoy acostando
contigo!? —exclamo y él exhala un gruñido mientras
niega.
—No —responde y mis ojos van a Christian.
—¿Y contigo? —le pregunto, mirando fijamente sus ojos—
. ¡¿Me estoy acostando contigo?!
Christian se pone blanco, y la incomodidad en su rostro es
tan palpable que se hace imposible ignorarla. Pero no
puede mentir, menos delante de Verónica.
—No —responde y me giro hacia Viggo, pero a él no puedo
preguntarle.
Sin embargo no tengo que hacerlo, porque antes de que
siquiera despegue los labios su respuesta viene
anticipada.
—No —dice él, sin titubeos, y mi aliento se corta en un
segundo.
No sé por qué lo ha dicho, pero el momento de poner las
cortas sobre la mesa con él, definitivamente no es este.
Respiro pesadamente y camino hacia la cabecera de la
mesa, donde me siento cruzando las piernas, con la vista
fija en el amplio espacio vacío detrás de mí.
—Entonces no hay necesidad de confundirnos. Esto solo
son negocios, y en ese aspecto creo que ya les he
demostrado de qué estoy hecha —declaro y mi voz hace
eco en la sala como una sentencia. Ni siquiera puedo
sonreír, solo sentir el peso de la decisión que estoy
tomando—. En cinco años, lo único que les entregaré será
una fortuna mucho mayor de la que tienen ahora. Pero
hasta entonces, están atorados conmigo, mi éxito es su
éxito, y mi ruina es su ruina. Así que mejor vayan
acostumbrándose a la idea de que los reyes de Wall
Street… ya tienen reina.

CAPÍTULO 70. Las reglas del juego

El silencio en la sala es casi doloroso, pero al final parece


que las deudas, sobre todo las de honor, sí tienen poder
en la gente que lo posee, porque Ren es el primero en
encajar la realidad y asentir.
Se pasa una mano por el cabello, visiblemente agotado, y
en su tono de voz parece que ya no aguanta más la
presión. Está claro que no quiere seguir en esta sala con
toda la tensión flotando en el aire.
—Será mejor que retomemos esta reunión otro día —dice
con tono neutro— Si vamos a seguir haciendo negocios,
entonces vamos a ponernos serios y a trabajar como se
debe —sentencia—. Por mi parte puedes tener la
seguridad de que no volveré a equivocarme contigo —
añade mirándome a los ojos.
Luego se levanta de su asiento y se marcha, y Ruby lo
sigue como una sombra sin decir palabra. La señora de los
problemas está lista para hacer control de daños.
Conociéndola, va a intentar que todo se calme de la mejor
manera posible, o sea dándole al maestro de espadas otra
dosis de su bate de beisbol o algo así.
Christian, por otro lado, no se levanta tan rápido, pero
tampoco me sorprende que, después de lo que ha
ocurrido, se acerque a mí con una mezcla de decepción y
molestia: a ningún hombre le gusta particularmente ser
engañado.
—Solo para que lo sepas, me debes una secretaria decente
—dice con una ligera sonrisa en los labios, pero sus ojos
siguen siendo duros—. Una que no me tire el café encima.
Y tengo toda la intención de cobrársela.
—Lo tendré en cuenta seños St. Jhon —le respondo—. Le
enviaré a Verónica a tiempo completo.
Es una broma, pero Vero abre los ojos como platos.
—¿Y por qué yo? —reclama, pero antes de que diga una
palabra más Christian alarga su mano y estrecha la mía.
—La acepto, trato hecho —declara antes de girarse hacia
Vero—. Señorita Lynch, sígame por favor —le indica y Vero
le lanza una mirada asesina.
—¿Y por qué se supone que haría eso? —lo reta Verónica
y Christian se acerca a ella de una forma que se vería muy
amenazante si no supiera que estuvieron "observando la
Bolsa juntos".
—Porque estás metida hasta el cuello en todo esto y eres
el sacrificio, así que camina delante de mí, ¡derechita! —
sisea él y Verónica levanta una barbilla desafiante... antes
de echar a andar frente a él hacia la salida.
Y cuando la puerta por fin se cierra, siento que mi corazón
sube poco a poco hasta mi garganta porque ahora estoy a
solas con Viggo. Estamos a una enorme mesa de distancia,
él en un extremo y yo en el otro.
No ha dicho ni una sola palabra desde que esto comenzó,
o mejor dicho, solo ha dicho una: NO.
Así que reúno el valor que me queda para hacerle la
pregunta:
—¿Por qué dijiste que no te estabas acostando conmigo?
—le pregunto y no es un reclamo, solo me gustaría saber
por qué ocultó la verdad o al menos parte de ella—. Yo no
tenía intención de negarte.
Él finalmente me mira y, con una calma que me eriza la
piel, responde:
—Porque tú necesitabas que dijera que no —sentencia con
seguridad—. En el mundo en que vivimos, no importa la
verdad, sino lo que la gente crea. Toshiro y St Jhon...
necesitaban creer que no estás conmigo. No podía decir
que sí, porque si lo hacía, ellos habrían pensado que yo
estaba detrás de toda esta maniobra aunque no fuera
cierto, y créeme que no habrían encajado una jugada mía
con tanta dignidad como encajaron una tuya.
Viggo se levanta despacio de su asiento y camina hasta
mí, sentándose en el borde de la mesa para mirarme.
—Dije que no, porque si querías mantener el control sobre
todo esto, entonces no podías perder el protagonismo de
la noche —añade y por un segundo sus ojos parecen
atravesarme.
Y sus palabras me hacen un nudo en el estómago porque
sé que tiene razón. Pero sobre todo, entiendo que todavía
estoy lejos del pensamiento estratégico de un hombre
como él. Me hace sentir vulnerable, como si lo estuviera
jugando todo en un tablero en el que no tengo tanto
dominio como pensaba, porque a fin de cuentas, de alguna
forma, él sigue siendo el rey del tablero.
Pero antes de que pueda responder ni una sola palabra lo
veo levantarse. Mi cuerpo reacciona de inmediato y me
pongo de pie, porque creo que se va, que va a salir de la
sala, como Ren y Christian. Pero no, solo da un paso más
hacia mi cuerpo y puedo sentir que toda la calma que
muestra en este momento es solo eso, “un ejercicio feroz
de autocontrol”, pero debajo está la rabia latiendo.
—Explícate, Regina —me dice con un tono ronco y
autoritario que casi me hace bajar la cabeza—. A mí sí me
interesa la verdad. No me importa lo que hagas, hayas
hecho, quién hayas sido... pero tengo que saberlo. Creo
que para ti y para mí ha llegado el momento de las
decisiones cruciales, y a mí no me gusta tomarlas sin
bases.
Mi respiración se corta en un segundo y sé que puede ver
la firma en que mis pupilas se dilatan. Una parte de mí
quiere alejarse; Viggo ya me ha visto rota, pero ponerlo
en palabras, decirle... Eso me asusta más que cualquier
otra cosa.
—Le hablaste a la madre del cabrón de Finnigan sobre tus
hijos —dice y su voz en baja pero firme—. No te
confundas, me encantó ver cómo le rompiste la cara a la
vieja, pero necesito saber qué está pasando aquí. Lo
quiero saber todo. Una de sus manos va a mi barbilla y la
levanta, haciéndome mirarlo—. ¿Tienes hijos? ¿Tuviste
hijos con Finnigan? ¿Él te los quitó? ¿Eso es lo que está
pasando?
Le miro fijamente, y trato de que las lágrimas no salgan
de mis ojos mientras doy un paso atrás para alejarme de
él. Algo está claro: Viggo no es un hombre que se quede
con dudas, ni con incertidumbre. Si va a jugar este juego,
quiere saber las reglas completas. Y si no quiero perderlo
entonces...
—¿Estás seguro de que quieres saber la respuesta? —le
pregunto, cerrando los ojos—. Porque te aseguro que la
respuesta no será agradable.

CAPÍTULO 71. La verdad

En qué momento este hombre ha llegado a ser tan


importante para mí... no lo sé. Ni siquiera entiendo qué
tipo de relación tenemos, si tenemos una o si solo somos
dos sobrevivientes lamiéndose las heridas uno al otro
mientras tratamos de no ahogarnos con el peso de nuestro
dolor.
No lo sé.
Solo sé que en la mirada de Viggo Massari jamás hay duda
cuando se trata de mí.
—No me siento engañado, Regina —dice con voz grave y
yo levanto una ceja, sorprendida. Esto... que seas dueña
de Crown Capital o analista, o espía corporativa o
asistente... nada de eso me importa. Siempre supe que
buscabas venganza. Pero en el camino... — Se queda
callado, como si pensara en lo que va a decir a
continuación—. En el camino he ido entendiendo que lo
que estás haciendo no es por un simple divorcio.
—No, —le respondo—. El divorcio me importó poco,
quedarme sin nada me importó poco, pero... —Mi boca se
detiene, no puedo evitarlo. Es demasiado doloroso revivir
todo esto incluso frente al hombre que ha sabido lidiar con
las consecuencias.
—Tengo que saberlo —me asegura con determinación—.
Puedo con todo. Pero tengo derecho a saber qué tan
hondas son las arenas en las que voy a ahogarme.
El aire se vuelve más espeso a nuestro alrededor, pero sé
que tiene razón:
Viggo Massari puede con todo.
Viggo Massari merece la verdad.
Así que en lugar de intentar explicarle algo que solo me
romperá en pedazos con cada palabra, decido que
necesito salir de aquí y mostrárselo.
—Dame las llaves del coche —le digo y él las pone en mis
manos, antes de que sus dedos rocen mi espalda y me
hagan un gesto hacia la salida.
Nadie repara mucho en nosotros y tampoco nos
despedimos, Ren y Christian, y mis amigas. No veo a
ninguno de ellos pero tampoco puedo enfocarme en eso
ahora.
Me siento detrás del volante del auto, él se sube al asiento
del copiloto, y arrancamos, dejando atrás la gala, los
diamantes, las sonrisas falsas, y las manos estrechadas
con promesas vacías.
Manejo en silencio, y aunque no le miro, siento que su
mirada está fija en mí. El auto avanza por las calles, y yo
no tengo prisa. En mi mente, ya estoy en otro lugar,
tratando de sobrevivir a la noche.
Cuando delante de nosotros se levanta el cementerio de
la ciudad, siento que mis sentimientos se acartonan, se
petrifican de una forma dolorosa mientras as mi lado Viggo
cierra los ojos por un segundo y gruñe porque entiende a
qué venimos. Bueno... quizás todavía no lo pueda
entender completamente, pero ya lo hará.
—¡Maldición! —suspira y veo que la rabia en él se vuelve
algo así como una segunda piel.
Detengo el auto frente a la entrada y mi corazón duele
demasiado.
—Espero que no te asusten los fantasmas —le digo, con
una sonrisa triste.
—No te preocupes, mis demonios siempre han estado muy
a gusto aquí —responde antes de bajarse del auto y yo
hago lo mismo.
Le devuelvo las llaves para que las guarde y luego me
acerco al guardia de la entrada, saco un billete de mi
cartera y se lo paso discretamente.
—Solo serán unos minutos, por favor —le pido y, como era
de esperarse, no pone resistencia y nos deja pasar.
Viggo no dice nada mientras caminamos en silencio entre
los estrechos caminos del camposanto.
A veces, el silencio dice más que las palabras.
He venido tantas veces en los últimos días que ya conozco
el camino de memoria, aunque sea de noche. Cuando
llegamos a la tumba que busco, me detengo frente a ella,
y Viggo, al ver la estatua de los tres ángeles, se queda
mudo.
La figura es preciosa, pero lo que realmente llama la
atención son las fechas, muy cortas entre sí, y la falta de
nombre son las fechas.
—Regina... ¿Qué significa esto? —me pregunta al fin y yo
respiro hondo antes de contestar.
Mis ojos se llenan de lágrimas, las siento caer una a una,
pero de alguna extraña forma mi voz no se rompe.
—Mis hijos nunca llegaron a nacer —le digo sintiendo esta
punzada en el pecho, como si alguien me lo estuviera
abriendo ahora mismo para sacarme el maldito corazón—
. Ninguno de ellos.
Viggo se queda quieto, y yo me acerco un poco más a la
tumba, como si al hacerlo pudiera acercarme también a lo
que ocurrió.
—Bonnie no quería que tuviera hijos con Devon —
continúo, sin mirarlo, pero aun así puedo sentir la forma
en que se tensa—. Jamás lo demostró, no podía porque
me estaban usando, estaban levantando su pequeño
imperio a costa de mi inteligencia... pero no quería que la
herramienta con la que Devon se había casado le diera
hijos.
Mis manos se cierran en puños y me muerdo el labio
inferior para contener el sollozo que me sube a la
garganta.
—Nunca lo demostró... siempre la vi entusiasmada en
cada uno de mis embarazos... siempre pendiente de mí,
de que tomara las vitaminas y medicamentos que
mandaba el doctor... pero realmente lo que me daba eran
pastillas para abortar, para matar a mis hijos. Cada vez
que llegaba a los cuatro o cinco meses de embarazo, me
las daba... me daba esas pastillas y mis bebés nacían
muertos. Y el médico decía que no sabía por qué, solo
que... morían...
Mi voz se quiebra un poco al decirlo y siento la mirada de
Viggo sobre mí.
—Lo descubrí solo después de perder al último —
murmuro—. La noche en que me encontraste ... esa noche
había descubierto que Devon lo sabía todo, que estaba de
acuerdo con todo... que le habían pagado al doctor que
me atendía para que ocultara los informes y los resultados
de los análisis de sangre. Bonnie y Devon, decidieron
hacerme eso solo por... por dinero, porque para ellos
nunca fui más que una herramienta, una empleada... —
Me viene a la mente la palabra que Devon dijo esta
noche—: Un lastre.

CAPÍTULO 72. Mía

Me agacho frente a la tumba de mis hijos, el pequeño


adorno de flores en mi cabello necesita un mejor lugar, así
que lo quito, y lo dejo sobre la piedra fría, rozando con las
puntas de los dedos la figura de los ángeles.
—Pude escuchar los corazones de mis hijos —murmuro—,
de cada uno de ellos. Pude ver sus caritas en las
ecografías, sus manitos, sus piecitos. Por eso no puedo
parar —le digo a Viggo, sin girarme—. Destruir Trade Link
no es suficiente. Arruinar a Devon, eso tampoco es
suficiente... Lo quiero muerto. Quiero que Bonnie sufra lo
que yo estoy sufriendo. Y no voy a parar hasta que lo
consiga.
El silencio pesa una tonelada y juro que puedo sentir la
rigidez en el cuerpo de Viggo, que puedo sentir esa aura
oscura que empieza a rodearlo.
—No eres una asesina —me dice y no puedo evitar reírme.
Una risa fría destinada a todos esos que me subestiman,
incluyéndome a mí misma, y Viggo aprieta los labios
cuando me giro para verlo.
—Sí, sí lo soy —le contesto—. Todos somos asesinos en
las circunstancias correctas... Y no me importa.
Ahí está, la verdad pura, como un puño cerrado
apretándome el pecho. Me da miedo, sí, pero es lo que
soy, lo que me ha convertido en alguien capaz de mirar a
Viggo a los ojos y decirle que quiero la muerte de alguien.
Quiero a Devon muerto, quiero ver cómo se deshace
frente a mí. La venganza no es suficiente, necesito más. Y
Bonnie, la maldita Bonnie... quiero que ella vea cada
segundo.
Cierro los ojos un momento hasta que siento esa mano
alrededor de mi cintura, levantándome.
—Es hora de que nos vayamos —dice Viggo, sin darme
más espacio para discutir.
"Es hora de que muchas cosas cambien", pienso mientras
caminamos de regreso al auto.
Viggo no dice nada mientras cruza a través del tráfico de
la ciudad. Sus nudillos están lívidos sobre el volante, pero
entiendo que no es un hombre que hable hasta que lo que
tenga que decir sea indiscutible.
Cuando llegamos al edificio, Viggo se estaciona sin prisa y
me abre la puerta del coche como el caballero que es, pero
el silencio se extiende hasta que atravesamos las puertas
del departamento.
Y sé que la tormenta está a punto de desatarse cuando lo
veo quitarse el saco con un gesto brusco, y el sonido de la
tela rozando su piel me recuerda que estamos aquí, que
no hay vuelta atrás. Se afloja la pajarita con un
movimiento casi violento, y yo no sé si es por frustración,
o si realmente está cansado de todo esto.
Supongo que para un hombre que se ha criado en la
violencia, desterrar su agresividad natural no es del todo
posible.
—Estás demasiado callado —le digo sin darme cuenta, y
cuando me mira, en sus ojos se nota que está luchando
con algo.
—He pasado toda mi vida tratando de no ser como mi
padre, ¡pero honestamente me está costando mucho esta
noche! —dice, con una voz ronca que retumba en la
penumbra del salón—. Me está costando demasiado,
Regina, porque sería muy fácil averiguar dónde vive el
desgraciado de tu ex y dejarlo lisiado de por vida.
Me estremezco, porque las palabras que salen de su boca
jamás son amenazas vacías, en cambio, son un
recordatorio de quién es él y lo que es capaz de hacer.
Y entonces entiendo que así es Viggo, como un volcán que
va acumulando lava, humo y cenizas hasta que no puede
más y hace erupción. Ha estado callado toda la noche,
pero lo que viene ahora... lo que viene ahora es la
explosión y por una vez juro que me da un poco de miedo.
—¿Quieres que te deje solo? —le pregunto apretando los
labios, y lo veo pasarse una mano por el cabello, frustrado,
como si realmente no pudiera encontrar las palabras
correctas.
—No —responde finalmente—. Lo que quiero es que
saques a Toshiro y a St Jhon de la ecuación. Ahora
entiendo lo que está pasando, y me voy a hacer cargo.
Pero el juego tiene que terminar. No los necesitas, sácalos
de esto y yo me encargaré de Devon.
Me quedo en silencio por un segundo y un poco lo entiendo
y otro poco no. ¿Cómo puede decir eso? ¿De verdad cree
que voy a dejarlo a él tomar el control de todo esto?
—No —respondo, y esta vez mi voz es más firme, más
decidida.
—¿Qué...?
—¡Que no voy a hacerlo! —confirmo levantando la voz—.
Lo que acabo de contarte, ¡no es para que te hagas cargo!
¡En ningún momento te he pedido que te hagas cargo!
—¿¡Y por qué demonios no?! ¿No confías en mí?
—¡Por supuesto que confío en ti, pero tienes que
entenderlo, he estado indefensa por demasiado tiempo!
¡No voy a ceder el poder que conseguí! ¡Esta no es tu
guerra, Viggo! Es la mía. ¡Mi venganza! ¡Y no voy a
permitir que nadie más la libre por mí!
Lo miro a los ojos, y por un momento veo cómo su
mandíbula se tensa. Se nota que está peleando por
contenerse y no es conmigo, sé que no lo es, simplemente
yo soy quien está más cerca en este momento.
—¡¿Entonces para qué estoy yo aquí, Regina!? —me grita,
y la rabia en su voz es palpable, casi tangible—. ¡¿Crees
que puedo quedarme tranquilo sin hacer nada después de
lo que acabo de saber!? ¡¿O ahora el que se convirtió en
una herramienta que usas cuando necesitas soy yo!?
Mi aliento se corta en un segundo y Dios sabe que no sé
si quiero besarlo o pegarle ahora mismo. No está siendo
un idiota, está siendo sobreprotector a extremos que yo
desconozco y que probablemente jamás ha sido con nadie
antes.
—No sé. ¡No sé qué estás haciendo aquí! —mi garganta
está apretada, mis manos temblando, pero no me
importa—. ¡Pero tú no eres una herramienta, Viggo, no lo
eres!
—¡Pues tampoco soy tu compañero! —espeta y me quedo
paralizada por que no sabía... ¿él quiere ser...? — ¡Si lo
fuera me habrías dicho la verdad desde el principio!
—¡Te dije lo que podía decirte en cada momento! ¡Jamás
te engañé! ¡¿Qué más quieres?! — le grito.
Y entonces, como si todo el odio, el sufrimiento, la rabia
que llevamos dentro finalmente explotara.
—¡Te quiero a ti! —ruge con fiereza—. ¡Todo lo que pasó,
todo lo que te duele, yo lo cargaré! ¡Déjame todo lo malo,
Regina, deja que yo cargue todo lo malo de los dos, con
todo el sufrimiento, con toda la impotencia! —sentencia
mirándome a los ojos—. Tu dolor es mío... ¡Tu guerra es
mía! ¡Tu venganza es mía! ¡Tu rabia es mía! ¡Pero tú... —
cruza la habitación en dos zancadas y siento sus palabras
contra mi boca mientras me sujeta la cara—, tú también
eres mía!

CAPÍTULO 74. Castigo

"Eres mía".
Es la frase más aterradora que este hombre puede
decirme porque sé que cuando salen de su boca no son
palabras vacías. Viggo Massari vivirá por mí, matará por
mí, pero esto es lo que quiere a cambio y si se lo doy sé
que no habrá vuelta atrás.
Me estremezco contra su boca y lo beso, es mi respuesta,
la única, mientras sus brazos me rodean con posesividad.
Un segundo después empieza la lucha más feroz y más
violenta por desprendernos de toda esta ropa que nos
separa.
Me da la vuelta bruscamente contra la encimera, apoyo
las manos en ella y siento cómo su boca baja por mi
espalda siguiendo la línea del cierre sobre mis nalgas. El
vestido cae al suelo y siento su erección contra mi trasero
como una amenaza.
Lo he llevado a sus límites esta noche, está tan furioso,
frustrado, dolido, impotente como yo. No puedo imaginar
el castigo que viene por esto, pero sé que alguno viene y
que tengo que aguantarlo.
Me gira de nuevo y atrapa mi boca. Mis manos van a su
camisa, haciendo saltar cada botón hasta que mis labios
se encuentran con su piel. Muerdo. Es cálida y solo quiero
sentir el sudor que empieza a perlarla después de unos
minutos de sexo. Necesito esto, lo quiero, pero cuando mis
manos van a su pantalón me detiene.
Sujeta mis muñecas con tanta fuerza que ahogo un jadeo,
pero un segundo después me levanta, haciéndole enredar
las piernas alrededor de su cintura y besándome mientras
me lleva al salón.
Me descarga en uno de los sillones, uno grande que parece
de masaje, y yo paso saliva mientras lo veo quitarse el
cinturón sin grisa delante de mí. El movimiento en sí
mismo es una anunciación, el sonido que hace al
deslizarse, ese primer botón de su pantalón abriéndose...
El cinturón se cierra sobre una de mis manos, sujetándola
contra el brazo del sillón.
—Viggo... ¿qué haces...?
—No te muevas —gruñe con voz ronca antes de marcharse
y para cuando vuelve mis ojos solo se fijan en el hecho de
que solo trae otro cinturón... quizás debí fijarme mejor.
Mis manos se cierran en puños mientras las inmoviliza
sobre los brazos del sillón y luego lo reclina. Mi respiración
se hace superficial en un segundo, viendo el gesto perfecto
con que me saca el brasier y acaricia mis pechos. Mi
estómago se contrae de placer cuando se mete en la boca
uno de mis pezones y chupa antes de morder con fuerza.
—¡Maldición! —se me escapa y él me sujeta la cara de
inmediato, obligándolo a mirarme a los ojos.
—¡Me debes uno! ¡Más vale que lo recuerdes! —gruñe
antes de que sus manos bajen por mi vientre. Encuentra
las bragas y las baja despacio, dejándome con una única
prenda y es la gargantilla de diamantes... y todavía ni
imagino que no serán los únicos diamantes de la noche.
Su boca recorre un camino de besos y mordiscos hasta mi
sexo y siento la forma brusca en que me abre las piernas.
Jadeo tratando de pasar saliva y de repente siento correas
también en los pies. No sé de dónde salieron, solo
presiento que este maldito sillón también está hecho a mi
medida.
Un segundo después se reclina más y el primer grito se
me escapa sin que pueda evitarlo. La lengua de Viggo
castiga mi clítoris, rodeándolo como si quisiera enmarcarlo
antes de chuparlo con fuerza. Las sensaciones que me
invaden son tan insoportables que el placer se siente como
latigazos feroces en mi sexo. Su lengua hace una fiesta
contra mí, me somete, me lleva al borde del orgasmo en
cuestión de minutos y siento sus dedos bombear en mi
interior con fuerza.
—¡Por favor...! —suplico desesperada porque quizás lo
peor de la invasión es esta incapacidad de moverme y
responder, al menos de resistirme un poco—. ¡Viggo!
Sus manos están en mis caderas, en mi vientre, en mis
senos, me acaricia, me enloquece, me empuja a un
orgasmo terrible y siento los primeros espasmos
recorrerme sin piedad.
—¡Demonios! —grito cuando sus dedos y su boca me
abandonan, y lo siento alzarse sobre mí.
—¡Me debes dos! —gruñe y me estremezco cuando siento
algo frío contra mi entrada.
—Viggo... ¿qué...? —balbuceo y jadeo cuando lo siento
empujar algo dentro de mí.
La humedad del orgasmo es más que suficiente para
lubricarlo, pero mi interior se siente tenso, y lo miro
asustada hasta que siento la primera descarga.
—¡Viggo! —exclamo y lo veo sonreír con esa oscuridad
peligrosa que es la suya.
—Solo es el inicio, solo el inicio. —me dice antes de apretar
un botón no sé en dónde y lo que sea que está vibrando
dentro de mí me vuelve loca.
Echo atrás la cabeza, cerrando los ojos y tratando de
aguantarlo, pero el placer es masivo, casi insoportable,
como si prolongara mi orgasmo, provocándolo una y otra
vez, dejándome a cada segundo a punto de uno nuevo,
desesperada, ansiosa. Deseando solo que se quite el
maldito pantalón y me embista como el animal que es.
De repente siento la forma en que el sillón de mueve,
empujando mi espalda hacia arriba y ofreciendo mis
pechos de una manera extraña. El huevo en mi interior
vibra con más fuerza y no sé si estoy gimiendo o gritando,
solo sé que...
—¡Dios! —jadeo cuando siento algo helado sobre uno de
mis pezones.
El placer apenas me deja concentrarme, pero la boca de
Viggo está helada y mi pezón se entumece en un segundo.
—Esto va a doler —avisa sosteniendo el pequeño cubo de
hielo entre sus dedos y si el maldito vibrador me dejara
juro que lo entendería—. Tienes que aguantarlo, pero
puedes gritar... — dice y mis pupilas se dilatan cuando veo
el pequeño aparato en sus manos.
Solo puedo imaginar para qué es y mi respiración se
vuelven jadeos sordos.
—No... espera...
El primero que me debes, dilo... gruñe subiendo la
velocidad del vibrador y yo siento el orgasmo subir por mi
vientre mientras el pequeño aparato rodea mi pezón.
—¡Viggo por favor...!
—¡Dilo, Regina! — ordena con fuerza y mis labios se
separan en medio de un clímax devastador.
—¡Lenguaje!... —Y el primer pinchazo detiene el mundo—
. ¡Aaaaaaaaah!

CAPÍTULO 75. Mañana iremos a la guerra

Mi cabeza cae hacia atrás y no puedo hacer nada para que


mi cuerpo no se estremezca de esta manera. Soy suya, en
más formas de las que podría imaginar y él lo sabe, yo lo
sé, los vecinos de arriba y de abajo deben saber también
y es un milagro que no estén llamando a la policía.
Siento los labios de Viggo sobre los míos y se me escapa
un gemido bajo mientras él saca el demonio vibrador de
mi cuerpo y se suelta cada botón del pantalón frente a mí.
Esto solo fue el principio, lo sé, y aunque estoy exhausta
no quiero que pare, no quiero que termine.
Uno de mis pezones está coronado ahora por un piercing
circular incrustados en dieciocho diamantes de un quilate
en forma de lágrimas y otro todavía un poco mayor. No
sangra, es extraño, todo lo que puedo sentir es que estoy
a la mitad el viaje necesito la segunda parte
desesperadamente.
—Todo contigo siempre va a ser así —jadeo dejando caer
la cabeza sobre el sillón y le me regala una sonrisa
descarada.
—No... la verdad es que no... a partir de aquí solo se va a
poner peor —susurra buscando mi boca y siento su cuerpo
caliente sobre el mío.
No entiendo qué demonios pasa, la que se está
consumiendo de un orgasmo a otro soy yo y el que está
sudando es él. El calor que sale de su pecho es tan fuerte
que solo puedo estremecerme.
Tiemblo, suplico, muerdo su boca cuando siento que suelta
mis piernas y las sube por encima de sus caderas. Siento
la presión de su erección contra mi sexo y el maldito
diamante hacia una fiesta sobre mi clítoris,
desesperándome aún más.
—¡Por favor...! —suplico aunque probablemente no
entienda ni lo que digo.
Estoy ahogada en deseo, en placer, en necesidad. Siento
el abdomen de Viggo contra el mío, hirviendo, y luego esa
forma en que sujeta una de mis piernas, apoyando la otra
mano a un lado de mi cabeza antes de mirarme.
—¿Qué tanto quieres que duela? —sonríe y juro que quiero
matarlo.
—¡Maldito cabrón! —siseo y sé que eso es lo que quiere
oír.
—¡Excelente respuesta, reina! —gruñe embistiéndome
como un animal y su miembro resbala dentro de mí sin
esfuerzo, porque el Danubio Azul es poco para lo que
tengo entre las piernas.
Mis labios se separan pero ningún sonido sale. El grito se
me queda atorado en la garganta cuando lo siento topar
contra el fondo de mi sexo, retirarse y penetrarme de
nuevo como un poseso.
Uno dos, mil segundos de placer se me acumulan, el
cansancio desesperante de buscar la cima otra vez...
Siento el diamante rascar mis paredes mientras me cierro
a su alrededor. No puedo evitarlo, cada espasmo se siente
como si quisiera devorarlo por completo y sé que para él
es aún mejor.
—Eso es, nena... ¿quieres más? Dime... ¡ah! ¿Quieres un
poquito más?
—¡Vas a matarme! —gimo desesperada y siento sus labios
en mi garganta.
—Sí, lo voy a hacer —gruñe embistiéndome con más
fuerza y siento una, dos, tres, diez... cada empujón me
destroza y me eleva, me saca de la realidad hasta que
apenas siento el pequeño cubo de hielo en mi otro pezón.
Sé por qué lo hace, las contracciones en mi sexo ya son
feroces, lo deseo, lo quiero, lo necesito. Este ritmo
desesperado me arranca un grito tras otro y todos me
gustan.
—¡Viggo...! —jadeo cuando lo siento rugir con tanta
desesperación que está a punto de acabar.
Yo también lo siento. El mundo estallará en cualquier
instante.
Su miembro en su ariete dentro de mí, más duro, más
hondo, más rápido... una vez, tres veces, mil...
—¡Dilo! —gruñe y siento el frío desaparecer, sustituido por
la punta punzante del aparatito.
—¡No me da la gana! —lo desafío y el condenado sonríe
antes de sujetar mi cara y penetrarme como si de verdad
me fuera a matar.
—¡Dilo! —ruge y cierro los ojos de camino al infierno.
—¡Lenguaje! —grito mientras el orgasmo y la aguja me
atraviesan a la misma vez—. ¡Aaaaaaaaaah!
—¡Más! —demanda lanzando a un lado el aparato y
buscando mi boca mientras su cuerpo se tensa como una
cuerda—. ¡Más, Regina!
Y ya no lo recuerdo... no recuerdo el "más". No recuerdo
si grito, lloro, suplico… Solo recuerdo la descarga caliente
dentro de mí. Los gruñidos, los jadeos, el clímax
compartido, el sueño...
Mi cuerpo se relaja de una forma que no puedo explicar.
Quizás sea cierto eso de que es necesario atravesar el
infierno para poder salir de él, pero eso es exactamente lo
que este hombre me hace sentir: que el infierno vale la
pena. Soy la maldita reina del infierno y él es mi rey... y
eso ya no puedo negarlo.
Cierro los ojos y no duermo. Mi cerebro solamente se
desconecta y siento... cosas. Los cinturones liberando mis
manos. Unos brazos que me levantan. En cierto punto hay
agua, caliente, olorosa. Y luego está él. Puedo sentirlo a
mi alrededor como una sombra. Puedo sentir su presencia.
Puedo sentir sus besos, puedo sentir la forma en que me
mete a la cama y me arropa. Y luego todo lo que siento
son pasos, su voz lejana ¿le está gritando a alguien?
El cansancio y la tensión de las últimas semanas pesa
tanto en mí que no puedo resistirlo. Los pezones me
duelen, pero el resto del cuerpo también y es uno de esos
dolores extraños que se agradecen, como cuando sientes
que te fundirás con la cama cuando por fin caes en ella.
Es un cansancio merecido, más aún cuando siento la cama
hundirse detrás de mí, y Viggo pega su pecho a mi
espalda, acurrucándome.
—Todo estará bien… descansa —murmura y siento un
beso sobre mi cabeza—. Mañana iremos a la guerra
juntos.

CAPÍTULO 76. Un día diferente

Despierto lentamente, pero no abro los ojos. Mi cuerpo se


siente pesado, adolorido, pero la sensación no es
desagradable. Viggo está ahí, acariciando mi espalda
suavemente, con un ritmo lento que me hace sentir una
especie de paz que rara vez tengo. Mi piel reacciona a su
toque, el calor de su mano es reconfortante. No me
muevo, solo dejo que el momento pase, que su presencia
me calme.
Es extraño cómo puede hacer que todo lo demás se
desvanezca. Su respiración acompaña el vaivén de su
mano, y me pregunto si él también está despierto del todo
o si está perdido en sus propios pensamientos.
No sé cuánto tiempo pasa, pero de repente siento cómo
se levanta de la cama. El sonido de sus pasos es suave,
casi imperceptible, y luego la puerta de la cocina se cierra
ligeramente detrás de él. El olor a café recién hecho
empieza a llenarlo todo, y mi estómago reacciona, pero
todavía no quiero moverme. Me quedo acurrucada en las
sábanas, hasta que finalmente siento que un beso me
obliga a abrir los ojos.
Cuando lo hago, Viggo está frente a mí, con una taza de
café en la mano y una mirada tranquila.
—¿Te duele? —me pregunta, apartando las mantas
despacio, y por alguna razón no siento ninguna vergüenza
de estar desnuda frente a él.
—Un poco —respondo, con una media sonrisa, mientras
me estiro perezosamente en la cama. Mi cuerpo aún tiene
marcas de la noche anterior, pero no me importa. Todo
esto, de alguna manera, me pertenece ahora—. Pero no
es un dolor malo, no sé explicarme pero es un dolor que...
me distrae.
Viggo abre un cajón de la mesita de noche a mi lado y
toma un pequeño tubo de crema. No sé qué es, solo que
se siente fría al tacto. Aplica un poco en mi piel, frotando
suavemente con el pulgar sobre mis pezones, y todo
comienza a adormecerse.
La sensación de su mano sobre mi piel me hace cerrar los
ojos, y por un momento, olvido todo lo demás... o casi
todo.
—Condenado, podrías haber usado esto anoche —rezongo
dándome cuenta de que es anestesia tópica.
—¡Claro que no, te estabas portando mal, maldiciendo,
desafiándome! —dice con tanta seriedad que casi le creo—
. Además necesitabas la experiencia completa.
Le saco la lengua, no puedo evitarlo, porque sé que su
respuesta será un beso y yo lo necesito.
—OK, arriba, arriba, reina, directo al baño que tengo
que... frotarte. Y luego te voy a vestir —me dice como si
fuera lo más natural del mundo.
No respondo, solo me dejo llevar y disfruto el proceso.
Dejo que me cuide porque de alguna forma los dos
parecemos disfrutarlo, así que cuando termina de secarme
el cabello toma una camisa ancha y vaporosa y me la pasa
por la cabeza.
—¿Sin brasier? —pregunto sorprendida.
—No necesitas presión ahora. Además, a donde vamos, no
lo vas a necesitar —responde.
Una vez que estamos listos, él me mira con esa expresión
suya que no sé si es complicidad o preocupación.
—Hoy va a ser un día diferente —dice, como si estuviera
revelando un secreto y yo lo miro, intrigada.
—¿Cómo diferente? —le pregunto, alzando una ceja.
—Sin diamantes —responde con una sonrisa traviesa—.
Hoy vamos a tener algunas sorpresas. He estado haciendo
travesuras desde anoche.
Me quedo en silencio, observando sus ojos, intentando
adivinar qué está planeando. Pero no tengo tiempo de
especular, porque él toma mi mano y salimos del edificio
directamente a un coche que ya nos está esperando.
Unos minutos después intento adivinar el camino, pero no
tengo ni idea de a dónde me lleva hasta que llegamos al
puerto. El sol de la mañana brilla sobre el agua, el cielo es
claro, y todo parece estar en su lugar.
Ahora entiendo las sandalias bajas que me ha puesto y la
falda ligera.
Caminamos por el puerto, y cuando nos detenemos frente
a un enorme yate, mis ojos se abren con sorpresa. En la
popa tiene un nombre recién pintado en grandes letras
negras: "Regina". Mi nombre.
—¿Qué es esto? —pregunto, sin poder evitar la expresión
de sorpresa—. ¿Esta fue tu travesura?
Viggo se acerca a mí, con una mirada que mezcla diversión
y complicidad, y me abraza por la espalda.
—Puede ser... puede ser. La pintura está fresca —me dice
besando mi cuello—. Acabo de comprarlo así que
necesitamos bautizarlo.
Lo miro, desconcertada.
—¿Con champaña? —le pregunto en tono de broma.
—Con sexo. —La risa en su voz me hace soltar una
carcajada.
Subimos al yate, y, mientras nos alejamos del puerto, el
sol se refleja sobre el agua, creando un brillo dorado.
Viggo se sienta en una de las sillas reclinables y yo apoyo
la espalda en su pecho, cerrando los ojos y sintiendo cómo
el viento juega con mi cabello. Todo parece tan... perfecto,
tan alejado de la locura de las últimas semanas.
—Vamos a navegar por el Hudson todo el día —me dice, y
yo asiento, dejándome llevar porque siento que no
importa donde sea, con él estoy segura—. Cuando
volvamos, arreglaremos el mundo dice Viggo—. Pero hoy
no quiero que pienses en nada. Solo vamos a disfrutar el
día como si fuéramos... ya sabes, gente feliz.
Giro la cabeza y suspiro cuando encuentra mi boca en un
beso suave. No sé qué demonios estamos haciendo pero
no me importa.
Disfruto de cada minuto, de cada segundo, como si este
fuera el único momento que importa. Navegamos por
horas, sin rumbo fijo, dejando que el capitán se ocupe de
la ruta. La ciudad
pasa a nuestro lado y siento una nostalgia extraña por este
momento cuando la tarde empieza a caer y entiendo que
debemos regresar.
Sin embargo, estamos todavía a minutos de tocar el
puerto cuando el teléfono de Viggo suena. No me dice
nada, solo lo mira por un segundo antes de responder y
veo la forma en que su rostro se oscurece.
—¿Estás seguro? —dice, y yo me tenso, notando cómo
cambia su expresión.
Escucha por unos segundos, luego cuelga y me mira con
una seriedad que no me gusta.
—¿Qué pasó?
—Ruby fue atacada —responde con tono molesto y mi
corazón se detiene por un momento—. Hay ropa para ti en
el camarote. Vístete, apenas lleguemos a puerto te llevaré
directo al hospital.

CAPÍTULO 77. Antes de que la sangre se seque

El olor a hospital me golpea tan pronto como entramos por


las puertas. Ese aire pesado, a medio camino entre lo
clínico y lo desagradable, se me mete por las fosas nasales
despertándome los peores recuerdos, pero intento
ignorarlo. Estoy demasiado preocupada por Ruby para que
algo tan trivial me distraiga. Me doy cuenta de que mis
manos están temblando ligeramente, aunque trato de
mantener la calma. Viggo está a mi lado, tratando de
mantenerme tranquila en medio de la pesadilla.
Cuando por fin nos dicen dónde encontrarla, veo a
Verónica esperando junto a la entrada uno de los
quirófanos, su rostro está tenso por la preocupación, y sus
ojos oscuros por el estrés de la situación. Llego a ella y la
abrazo, pero antes de que pueda preguntarle algo,
escuchamos un escándalo proveniente de un pasillo
cercano.
La voz de Ren, esa que normalmente es tan controlada,
ahora suena como la de un animal rabioso. La puerta de
una habitación se abre de golpe, y el abuelo mira afuera
como si estuviera buscando algo con qué controlarlo. Él y
varios de los hombres de seguridad están tratando de
detenerlo, pero el espectáculo es tan violento que hace
que mi estómago se retuerza.
—¿Y a él qué le pasó? —murmuro y Verónica aprieta los
puños.
—Ren estaba con Ruby, cuando todo pasó, pero no pudo
llegar a tiempo para salvarla. La atropellaron en el
estacionamiento de su edificio mientras él la estaba
dejando, el coche impactó contra el de Ren, y él también
salió herido. ¡Está como loco! No lo han podido calmar
desde que llegaron.
Mi mente empieza a funcionar a toda velocidad, mis ojos
se dirigen a Viggo por un segundo mientras unas pocas
palabras salen de mis labios.
—Voy con él —digo apresurada, aunque si soy honesta mis
piernas no responden del todo.
Cuando entro a la habitación, Ren está sobre una camilla
casi agazapado, como una fiera a punto de saltar. El
abuelo, con su cara severa, está tratando de calmarlo,
pero Ren ni siquiera lo mira. Otra media docena de
hombres está aquí también, mirándose entre ellos, sin
saber qué hacer, como si nunca hubieran visto a Ren
perder el control de esa manera.
Tiene el rostro descompuesto, los ojos como brasas, llenos
de furia y miedo. Al verme, algo en su postura cambia, y
me lanza una mirada cargada de impotencia.
—¿Cómo está Ruby, por qué no me dicen nada de ella?!
—grita, haciendo que el sonido retumbe en las paredes.
Se ve tan fuera de sí que no puedo evitar que un escalofrío
me recorra la espalda.
—Por favor, déjennos solos —pido y absolutamente todos
obedecen sin que tenga que repetirlo, incluso el abuelo.
Les hace un gesto a los demás para que salgan, y aunque
dudan por un momento, terminan obedeciendo.
Al final solo quedamos Ren y yo, y entonces sé que tengo
que preguntarle lo que más me atormenta.
—¿Viste quién fue? —mi voz suena más tranquila de lo que
me siento, pero trato de mantener el control porque con
dos fuera de sus cabales esto sería un caos.
Ren agacha la cabeza, respirando profundamente, como si
tratara de no perder la cabeza. Su frente está surcada por
líneas de estrés, y de su frente corre un hilo de sangre. Su
respuesta llega después de unos largos segundos.
—No... —murmura—. Solo sé que era un coche negro, con
cristales entintados. No tenía placas.
Se siente como un golpe en el estómago de los dos. El
hecho de que no haya placas significa que esto fue
planeado, calculado, hecho para que no hubiera rastro. Y
la idea de que esto pueda ser mi culpa hace que mi
conciencia se retuerza. Puedo ser una villana, pero quiero
a Ruby como si fuera mi hermana y no se perdonaría si le
pasara algo.
—¿Crees que fue Devon Finnigan? —pregunta Ren con un
siseo furioso.
—No lo sé —respondo—, es muy probable... aunque Ruby
tiene más enemigos de los que cualquiera se imagina.
Ren frunce el ceño mientras parece pensar en todo lo que
está sucediendo, pero creo que él, como yo, no cree en las
casualidades, y el incidente con Devon es el más cercano
a todo esto.
—Lo voy a descubrir de todas formas —escupe Ren, con
una firmeza en su voz que me hace pensar que no
descansará hasta encontrar la verdad—. Dile a alguien que
venga a coserme esta mierda, tengo que salir.
Asiento y llamo a un médico, enseguida entra alguien a la
sala y un doctor con cara de paciencia infinita empieza a
coserle la herida en la frente. El silencio es incómodo, pero
necesario, y cuando termina, Ren se levanta y sale de la
consulta, firmando el alta voluntaria con un gesto rápido.
Nos reunimos con los demás en el pasillo, y cada uno
permanece ansioso a su manera hasta que un médico se
acerca a nosotros. Su rostro tiene la expresión seria que
ya conocemos, pero la noticia que trae no es lo que
esperábamos.
—Ruby está en cirugía —nos dice con tono grave—. Tiene
una hemorragia interna, y estamos haciendo todo lo
posible para salvarla. Está luchando por su vida ahora
mismo, así que solo podemos trabajar para salvarla y
rezar para que pase lo mejor.
Mis piernas se sienten débiles, y siento el brazo de Viggo
alrededor de mi cintura, sosteniéndome. Su rostro sigue
impasible, como si fuera un pilar en medio de una
tormenta que solo está comenzando.
Y cuando el médico se retira veo cómo el abuelo se acerca
de nuevo a Ren. Su mirada es dura, pero su voz es baja,
casi un susurro.
—Ya sabes lo que tienes que hacer —dice con un tono que
deja claro que sigue siendo el patriarca de la familia
Toshiro— "Antes de que la sangre se seque".
—"Antes de que la sangre se seque —repite Ren inclinando
medio cuerpo frente a su abuelo y entiendo que lo que
viene será algo que hasta ahora ni me había imaginado.
Lo veo dirigirse a la salida con paso rápido y no puedo
evitar voltear hacia Viggo. Él está observando a Ren con
ojos de halcón, midiendo cada uno de sus movimientos
hasta que su mirada se encuentra con la mía. Se acerca a
mí en dos pasos y lo veo tomar aire, como si estuviera
asentando su resolución.
—Ve con él —me dice—. Si va a pasar lo que me imagino,
no quiero que te lo pierdas. Yo me quedo con Verónica.
Ve.

CAPÍTULO 78. Un mensaje que llega a su destino.

El sonido de la camioneta al arrancar se mezcla con el


retumbar de mi propio corazón. Ren no dice una palabra
mientras el chofer me pregunta a qué dirección vamos y
le doy la ubicación del departamento de Devon.
De reojo, observo a Ren. Está tan serio como siempre, con
los ojos fijos en algún punto de la carretera, pero hay algo
en su postura que no logro leer. Lo veo cerrar los ojos y
luego, de un espacio entre los asientos, saca una pequeña
caja de madera, alargada y sencilla.
Ren la acaricia con los dedos, casi como si fuera un objeto
sagrado o algo así. Pero aunque mi curiosidad se dispara,
no me atrevo a preguntarle. No es el momento para
presionar a esta bestia en particular.
El sonido del motor llena el espacio, pero lo que realmente
me atormenta es la idea de lo que podría pasar dentro de
ese edificio.
—¿Crees que fue Devon? —pregunto, rompiendo el
silencio. Mi voz suena más baja de lo que me gustaría,
pero la culpa por lo que pasó con Ruby me está
carcomiendo.
Ren no responde de inmediato. Está tan concentrado en la
caja que las palabras no le llegan de forma inmediata.
—Lo sabré cuando lo mire a la cara —dice por fin, y aunque
la respuesta no es exactamente lo que quería escuchar,
entiendo lo que significa. Él no necesita pruebas, porque
ya está lo suficientemente acostumbrado a leer a la gente.
Después de todo fue el primero en intuir que lo estaba
engañando.
El resto del viaje transcurre en silencio, y mi mente da
vueltas una y otra vez a lo que nos espera. Ruby está
luchando por su vida, y por otra parte, Devon está sentado
en su torre de marfil, seguro de sí mismo.
Finalmente, llegamos al edificio. El aire parece volverse
más denso, y puedo sentir cómo la tensión crece a medida
que nuestra camioneta estaciona frente a la entrada.
Lo que sí me deja atónita es que en el mismo instante en
que Ren da el primer paso fuera del auto, una caravana
de camionetas aparecen detrás de él; y al menos dos
docenas de hombres, todos armados hasta los dientes,
empiezan a bajar de los vehículos. Mi corazón late a mil
por segundo, pero mi cuerpo permanece congelado. Todo
esto parece sacado de una película, pero por desgracia
solo me confirman que lo rumores son ciertos, las películas
son menos fieles que esto: esto son verdaderos lazos con
la yakuza.
Ren se detiene frente a mí, e inclina la cabeza ligeramente.
—La única razón por la que estás aquí es porque todavía
no considero mi deuda saldada. Puedes venir, pero en el
momento en que me veas avanzar, quiero que te retires.
No me importa el rincón donde te metas, solo no hables,
no respires, no existas... ¿entendido?
Paso saliva porque esto no es precisamente lo que
esperaba, pero puedo ver en él por Ruby la misma rabia
que se apodera de Viggo cuando se trata de mí, y no puedo
hacer menos que respetarla.
—Entendido —susurro y él se da la vuelta para caminar
hacia el interior del edificio.
Avanza con paso firme y yo lo sigo, aunque mi cuerpo
parece pesado, como si cada paso fuera más difícil que el
anterior. Nosotros subimos en el ascensor, los demás...
solo puedo imaginarlos corriendo como demonios, porque
para cuando llegamos la mayoría ya están en el pido de
Devon.
Tres hombres se acercan a la puerta de departamento y
no sé de donde aparece un ariete de metal que la echa
abajo con un solo movimiento. La puerta se estrella contra
el suelo con un estruendo que parece hacer vibrar el aire,
y adentro, Devon no tiene ni tiempo ni para reaccionar.
Está en el salón, paralizado, mirando a más de veinte
hombres irrumpir en su casa.
La atmósfera se torna densa, peligrosa, y yo presencio
todo como si realmente fuera una película delante de mis
ojos.
Anabella, que está cerca de Devon, grita en cuanto nos ve
entrar. Su voz rasga el aire, pero no hace ni el más mínimo
impacto en lo que está pasando. Uno de los hombres de
Ren la toma por el brazo, la obliga a sentarse, y le hace
un gesto para que se calle.
Bonnie llega corriendo desde su habitación y su voz es la
primera en escucharse.
—¡Malditos maleantes! ¡Voy a llamar a la policía ahora
mismo! —grita intentando sacar el teléfono de su bolso,
pero antes de que pueda marcar, dos de los hombres le
quitan el celular, lo rompen frente a ella estrellándolo
contra el suelo, y la obligan a sentarse también.
Todo sucede en cuestión de segundos. Mi corazón está
acelerado, y el ambiente se siente como un volcán a punto
de estallar.
Finalmente, Devon se adelanta con una expresión llena de
confusión y rabia.
—¡¿Qué significa esto, Regina?! —espeta con una
arrogancia que ya no me engaña, porque puedo oler el
miedo en él.
Lo miro a los ojos, sin miedo, sin titubear; y mi voz sale
fuerte, clara, como si cada palabra estuviera pletórica de
certezas.
—¡Tú atacaste a Ruby! —escupo entre dientes y ni siquiera
hay sorpresa en su rostro cuando me escucha.
—Eso es mentira —responde con desprecio—. Y aun si lo
fuera, no puedes probar nada.
Mi respiración se acelera, y por un momento, me dan
ganas de golpearlo hasta el cansancio.
—¡No es mentira! —le grito con más fuerza, porque siento
que estoy a punto de explotar—. ¡Buscaré la forma de
probar que fuiste tú! ¡Tú lastimaste a Ruby, maldito infeliz!
¡Y lo hiciste como un mensaje para mí!
Devon arquea una ceja, y se me acerca con la expresión
más desafiante y asquerosa que he visto jamás en un ser
humano.
—La pregunta real, Regina, es si el mensaje te llegó como
debía.
El tono de su voz tiene algo tan tóxico que por un
momento no puedo respirar y entonces lo sé, con más
certeza que nunca: fue él. El que atacó a Ruby.... fue él.
Pero antes de que pueda decir algo, Ren da un paso al
frente, interrumpiéndome.
—No te preocupes —sisea—. El mensaje me llegó a mí.
Por un segundo sus ojos se encuentran con los míos, y tal
como lo prometí doy un paso atrás. Veo a Ren hacer un
leve gesto con la mano, y dos de sus hombres se acercan
a Devon. En cuestión de segundos, lo han sujetado, y con
una violencia inesperada, lo estampan contra la mesa de
centro del salón, que está en medio de todos.
—Y por desgracia para ti —sonríe Ren—. Yo soy un muy
buen oyente.

CAPITULO 79. Yubitsume

La escena ante mí es tan surrealista que me cuesta creer


que todo esto esté ocurriendo en este preciso momento.
Devon está gritando, su voz está llena de miedo, y yo
estoy parada aquí, inmóvil, observando, incapaz de
apartar la mirada. Cada palabra que sale de su boca es
una súplica desesperada o una maldición llena de
impotencia, pero no parece que a Ren le importe lo más
mínimo. Todo lo contrario, su calma me resulta aún más
inquietante.
—¿Qué estás haciendo? —grita Devon, mirando a Ren con
los ojos desorbitados.
Pero Ren no le responde de inmediato. En lugar de eso, da
un paso adelante y pone la pequeña caja de madera
preciosa sobre la mesa, justo delante de la cara de Devon.
La caja es antigua y elegante, está hecha de una madera
oscura y tiene detalles grabados que parecen sacados de
otro tiempo.
Pero lo que realmente estremece es que cuando Ren
levanta la tapa con reverencia, lo que hay en ella es un
cuchillo largo, con una hoja brillante que refleja la luz débil
de la lámpara sobre la mesa. Está perfectamente afilado,
y cuando Ren lo sostiene en sus manos, parece que se
vuelve aún más peligroso, como si cobrara vida en sus
dedos.
—Voy a contarte una historia, porque todo debe comenzar
con una buena historia —dice Ren, sin prisa, como si
estuviera hablando de algo trivial—. Para los antiguos
samuráis, en el arte de la espada japonesa, el dedo
meñique es el que más fuerte porque aprieta sobre la
empuñadura. Cuando a un guerrero le cortaban el
meñique, su destreza en batalla disminuía
considerablemente...
Y yo no sé mucho de samuráis ni de espadas, pero con lo
que acabo de escuchar, empiezo a entender hacia dónde
van las cosas.
—Quizás de ahí se originó el ritual del Yubitsume, donde
una afrenta se castiga cortando secciones del meñique.
Miro a Devon, y veo cómo su rostro pasa de rojo a blanco
en cuestión de segundos. El miedo se refleja en sus ojos y
se nota que, en este momento, está completamente a
merced de Ren. No tiene forma de escapar, y es inútil que
intente zafarse, porque dos hombres lo están sujetando
firmemente, cada uno de ellos con las manos sobre las de
él, empujándolas contra la mesa con una fuerza que no
parece humana.
Sus palmas están abiertas, inmóviles, vulnerables.
—¡Eso es un barbarismo! —grita Devon con una
desesperación que raya en la histeria—. ¡No puedes
cortarme los dedos! —añade, buscando una salida que no
va a encontrar.
Ren se toma un segundo para mirar a Devon, sus ojos son
fríos como el hielo; y no hay prisa en sus movimientos, no
hay furia, solo una calma peligrosa, un control absoluto de
la situación. Yo, por alguna razón, no puedo dejar de
mirarlo. Lo que está haciendo no es solo un castigo, es un
mensaje. Un mensaje claro de lo que pasa cuando cruzas
una línea con él.
—Eso puede ser cierto, depende de cómo se mire, pero
desde mi perspectiva tú has cometido un crimen peor, así
que solo estoy tratando de determinar qué tan bárbaro
debo ser en este caso —responde Ren finalmente, sin que
su tono se altere en lo más mínimo—. Y cuál es la
magnitud del castigo que debes recibir.
Las palabras de Ren resuenan en el aire y otras aún más
desesperadas le contestan.
—¡No puedes hacerle eso a mi hijo! ¡No puedes hacer esto!
¡Esto es una locura! —grita Bonnie abriendo los ojos como
platos cuando por fin comprende lo que va a suceder. Su
voz llega con fuerza, llena de pánico y desesperación—.
¡Te acusaré con la policía! ¡Diré que tú lo hiciste! ¡Te
meterán a la cárcel por...!
—¿Estás segura de tener algo que decir? —Ren clava sus
ojos en ella, pero no hay piedad en su mirada—. Porque si
tú tuviste algo que ver con esto —responde con tono
inquebrantable—, puedes estar segura de que serás la
siguiente en esta mesa.
Bonnie aprieta los labios con un gesto de impotencia, pero
se queda callada, y por un momento me parece que va a
explotar de ira, pero no lo hace. Su respiración se vuelve
más rápida, sus ojos recorren la habitación, pero cuando
se posan en Anabella, ella solo está boqueando como un
pez fuera del agua, como si estuviera viviendo el trauma
más grande de su vida y honestamente no dudo que así
sea.
Yo sigo ahí, observando, sin atreverme a intervenir,
porque no importa cuánto grite Devon, no importa cuántas
amenazas suelte Bonnie. Nada va a cambiar lo que Ren ha
decidido.
Ya sabe que Devon lo hizo, y va a cobrar como solo él
puede hacerlo en este momento.
Todo se ha detenido en el aire, y la tensión crece con cada
segundo que pasa. Es como si estuviéramos todos
atrapados en un momento suspendido, esperando lo
inevitable.
Un día preguntaré y sabré que este cuchillo que Ren tiene
en sus manos se llama tanto, pero de momento solo sé
que es tan afilado que siento que puede cortar las alas de
una mosca en pleno vuelo. Y encima de eso, Ren es el
maestro de espadas, y nadie puede discutirlo.
Por un momento inclina la cabeza y parece que está
rezando. En este punto ya la cara de Devon es un
asqueroso amasijo de lágrimas y mocos, pero Ren ni
siquiera se inmuta antes de bajar el cuchillo y apoyarlo
sobre la primera falange de su dedo meñique de la mano
derecha.
—Primera ofensa que cometiste: atacar por la espalda,
como un traidor —sentencia y un segundo después el
sonido húmedo del cuchillo cortando me hace dar un
respingo, y contener el aliento.
Aun así el olor a hierro de la sangre me invade las fosas
nasales mientras los gritos de Devon resuenan por el
departamento.
—Segunda ofensa que cometiste —escupe Ren apoyando
el cuchillo de nuevo sobre otra falange del mismo dedo—:
no asumir la responsabilidad por tus acciones, como un
cobarde.
Todo lo que se escucha después es otro crac, y la única
razón por la que no estoy vomitando es porque en el fondo
estoy disfrutando demasiado ver esto... Qué trágico es ser
una villana.

CAPÍTULO 80. Un acto de justicia

No me muevo, no hago ni un sonido, pero no puedo evitar


la satisfacción de ver a Devon gritando de dolor. Y a pesar
de todo sé que Ren no ha terminado, porque mientras la
sangre empieza a bañar la mesa, él pasa el cuchillo al dedo
meñique de la otra mano y esa voz grave y pausada ahora
tiene un tono feroz y vengativo.
—Tercera ofensa que cometiste: atacar a una mujer, como
un hombre sin honor —declara antes de hacer ese
movimiento que corta carne y hueso, todo parejo.
Devon suelta un alarido cuando la afilada hoja del tanto
corta la primera falange. Su pecho sube y baja
rápidamente, y tiene los ojos desorbitados por el dolor.
Estoy segura de que está a punto de desmayarse, espero
que no lo haga, porque entonces Ren lo despertará solo
para siga sufriendo todo esto consciente.
Porque Ren no ha terminado. Y a este punto se ve que sí
se está sintiendo muy agraviado.
—Cuarta ofensa que cometiste: atacar a mi mujer —
escupe con rabia—. Y a mi familia no se ataca
impunemente.
Su mano es firme. No duda. Un último corte y los restos
del segundo meñique caen sobre la mesa. Devon se
derrumba al suelo cuando los hombres lo sueltan, sus
gritos de agonía llenan la habitación, y las dos manos
tiemblan contra su pecho con el resto de los dedos
engarrotados mientras sangra por los pequeños muñones
de los meñiques.
Sueltan a Bonnie y la veo correr hacia él, tratando de
alcanzar algún trapo con qué restañarle la sangre. Y del
otro lado del sofá está Anabella, que al parecer se ha
perdido una parte de la historia porque está desmayada,
con la boca abierta y completamente ausente.
Ren limpia el cuchillo con reverencia, con la misma calma
con la que lo desenvainó. Toma un paño de lino, recoge
los trozos de dedos y los guarda también en la caja de
madera con un gesto solemne. Para él, esto no es un
castigo arbitrario, es justicia, es tradición. Se lleva la
evidencia de su justicia y al pobre Devoncito no habrá
forma de que le peguen esos trozos de nuevo.
Ren se levanta con parsimonia, y se queda un momento
mirando a Devon, quien se retuerce en el suelo, aferrando
sus manos mutiladas contra su pecho. Hace un gesto de
asco y creo que, para un hombre tan estoico como él,
probablemente sea denigrante y asqueroso ver a otro
hombre haciendo tanto escándalo solo por un par de dedos
menos.
—Si Ruby muere —dice con todo lento y deliberadamente
peligroso—, vendré a reclamar una vida por otra.
Las palabras se hacen eco en mis oídos y lo entiendo, yo
también quiero la vida de Devon, así que en esto al menos,
estamos de acuerdo.
Devon solloza, tratando de recuperar la respiración.
Sangre, dolor y terror impregnan la habitación. Y me doy
cuenta de que soy realmente una villana porque el eco de
sus gritos en mi cabeza es algo que disfrutaré rememorar
durante largo tiempo.
Ren no espera una respuesta. Se gira hacia la puerta y
sale sin mirar atrás. Me giro sobre mis talones y lo sigo.
Tengo demasiadas preguntas, como por ejemplo, cómo
fue que la chica mala en menos de una semana ya se
convirtió en “su mujer” como para reclamarla.
El camino al hospital es silencioso. Ren mantiene la mirada
fija en el tráfico fuera de su ventana y su expresión es
impenetrable mientras acaricia la caja de madera con las
yemas de los dedos.
—Cuando Ruby despierte y le cuente esto, primero va a
estar muy feliz por lo que le hiciste a Devon... y luego te
va a pegar con su bate de béisbol por decir que es tu mujer
—le advierto tratando de mantener la esperanza de que
así será.
—Si Ruby despierta puede pegarme con lo que quiera por
el resto de su vida —sentencia él cerrando los ojos y de
alguna mi forma mi pecho se alivia: el abuelo debe estar
feliz porque ese arroz evidentemente ya se coció. No sé
cómo, pero lo hizo.
Al llegar al hospital, Ren camina con paso firme. No duda,
no se detiene. Se dirige directamente al señor Kaizen,
inclina medio cuerpo en una reverencia y entiendo que
ahora no está frente a su abuelo sino frente a su jefe. Y le
entrega la caja de madera con el mismo respeto con el
que alguien presentaría una reliquia sagrada.
—Está hecho —dice con voz grave.
El abuelo asiente con lentitud, como si ya esperara esas
palabras. Abre la caja, aparta el paño de lino y ve lo que
hay dentro. Luego la cierra y le hace un gesto de
afirmación.
Observo la escena en silencio, sintiendo cómo el aire se
vuelve más pesado. Ren y su gente están arraigados a
tradiciones que no entiendo del todo, pero empiezo a ver
lo profundo que van.
El resto de las personas en la sala también están
silenciosas, me acerco a Viggo y él abre los brazos para
recibirme, apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos
por un segundo, tratando de respirar mejor.
—¿Y bien? —pregunta después de unos minutos.
—A Devon ahora le faltan los meñiques —digo, sintiendo
que decirlo en voz alta lo hace aún más real—. Y jamás
podrá empuñar una espada.
Viggo hace una mueca y maldice en voz baja.
—Si la situación no fuera tan dolorosa, te habría pedido
fotos —comenta, con una sonrisa torcida.
—Si la situación no fuera tan dolorosa, las habría tomado
—respondo.
Nos quedamos en silencio, viendo el ir y venir de
enfermeras y médicos. Tomo la mano de Verónica y la
espera se alarga, cada minuto pesa más que el anterior.
Las horas pasan hasta que, finalmente, un médico sale de
la sala de operaciones. Su expresión es seria, pero no
desesperanzadora, y todos nos acercamos
inmediatamente.
—Ella está delicada, pero estable —dice el médico—. No
está completamente fuera de peligro, tendrá que estar en
la Unidad de Cuidados intensivos un par de días, pero
logramos detener la hemorragia y esperamos una buena
evolución.
Mi pecho se desinfla en un suspiro de alivio. Abrazo a
Viggo y a Verónica y del otro lado veo al señor Kaizen
acariciando la cabeza de Ren, que está sentado con la cara
entre las manos. Ha vuelto a ser "el abuelo", y él también
está aliviado de que Ruby vaya a sobrevivir.
Entonces, el teléfono de Viggo suena. Lo saca del bolsillo
y responde, con una expresión que se vuelve cada vez más
seria conforme escucha. Cuando cuelga, se gira hacia mí
con algo en los ojos que no había visto hasta ahora:
urgencia.
—Algo está pasando... necesito hablar contigo fuera de
aquí.

CAPÍTULO 81. Una pequeña ventana de oportunidad

Viggo está frente a mí, un poco más serio de lo que me


tiene acostumbrada esa expresión de "soy el dueño del
mundo", pero no lo culpo. Lo que pasó con Ruby, la
situación en la que estamos todos, no es algo que pueda
tomarse a la ligera.
Aún así, no me parece que sea el momento de pensar en
nada más.
—Regina, escúchame, esto es importante. —Su tono
suena urgente, pero no desesperado, sino táctico,
estratégico frío… y solo me puedo imaginar que quiere
decirme algo de negocios—. Ahora, con lo que está
pasando con Devon, tenemos una ventaja inesperada.
Uno de mis analistas me llamó para informarme sobre algo
que descubrió. Sé lo que pasó con Ruby, y lo siento, de
verdad, no quiero sonar insensible, pero necesito que nos
sentemos y hablemos sobre esto.
Mi estómago da un vuelco. No hay nada más en el mundo
que desee más que rematar al imbécil de Devon, porque
ya no solo me ha atacado a mí, pero no puedo alejarme
como si Ruby no estuviera en un estado tan delicado y no
me importara.
—Lo entiendo. Pero no hay venganza más importante que
las personas que amo. Viggo. Ruby me necesita, así que
no la voy a dejar sola ahora. Si la ventana de oportunidad
se pierde, si pierdo la ventaja, que así sea, pero este no
es el momento para nada más. —Intento mantener la
calma, pero el dolor me está empezando a comer por
dentro otra vez.
Él me mira con un gesto lleno de comprensión y me besa
la frente. Sé que no va a insistir, sé que respeta hasta el
último de mis sentimientos, pero antes de que ninguno de
los dos diga otra palabra, Verónica, que está solo a unos
pasos de nosotros y ha escuchado todo, se acerca a mí y
toma mi mano. Está tan triste como yo, pero también tiene
esa firmeza feroz que siempre la caracteriza.
—Ve, tienes que ir. Sabes que no podemos hacer nada
más aquí. Ruby tiene que recuperarse, y eso tomará
tiempo. Está estable y te juro que no voy a dejar que eso
cambie. Pero si puedes hacer algo para terminar lo que
empezaste con Devon, entonces hazlo. Aplasta a la
maldita cucaracha, danos ese gusto. Yo me quedo aquí
con Ruby, y no creo que Ren y el abuelo se vayan
tampoco.
La miro a los ojos, buscando algo más en sus palabras.
Pero los ojos de mi amiga son un libro abierto y peligroso
y no necesita hablar más para que yo entienda lo que me
está pidiendo.
—Está bien, pero... prométeme que me llamarás de
inmediato si algo pasa.
—Te lo prometo —me dice Vero y sigo a Viggo fuera del
estacionamiento.
Una de sus camionetas ya nos está esperando, pero
apenas salimos afuera lo detengo. El aire de la madrugada
es frío y me eriza la piel, haciendo que cada parte sensible
de mi cuerpo duela.
—Déjame hacer una llamada, es importante —le aviso y él
solo me da mi espacio.
Me alejo un poco, saco el teléfono de mi bolso y, con un
suspiro resignado, marco el número de Christian. Estoy
nerviosa, no por él, sino por todo lo que está pasando.
Me responde con voz somnolienta, por supuesto, y lo
primero que sale de su boca es puro sarcasmo.
"No, Regina, no, de ninguna manera. Las cosas que
puedes pedirme humildemente, como tú dices, no incluyen
tirarme de la puta cama de madrugada ni..."
—¿Puedes venir al hospital? —pregunto y mi voz suena
algo tensa, aunque trato de disimularlo.
"¿Qué pasó?" gruñe y puedo escuchar cómo realmente se
lanza de la cama sin más explicaciones.
—Verónica necesita que alguien esté con ella, y… presiento
que preferirías ser tú.
"¿Está enferma, está herida, qué le pasó?" pregunta todo
de golpe y yo niego como si pudiera verme.
—Ella no, alguien a quien queremos mucho sí.
Hay un pequeño silencio del otro lado de la línea antes de
que su voz, tan tranquila como siempre, se haga escuchar.
"Estoy en camino" es su respuesta y un segundo después
escucho el pitido de un ascensor de fondo antes de que
cuelgue, evidentemente ha estado arreglándose en menos
de dos minutos.
Cuelgo rápidamente cuando termino la llamada, me giro y
veo que Viggo sigue esperando. La urgencia en sus ojos
es más palpable ahora, y aunque quiero pensar en mil
cosas más, tengo que hacerle frente. Así que camino hacia
él y me subo al auto. El motor arranca y no pasamos
mucho tiempo en silencio, porque él sabe que no tiene
sentido perderlo. Yo tampoco.
—Escúpelo, quiero saber todo lo que está pasando.
—OK, pero primero una pregunta —dice Viggo mientras
acelera por las calles— ¿Sabes algo sobre el gran proyecto
de Devon? ¿El que estuvo presentándole a todos?
Mi mente va al grano al instante y no dudo en responder.
—Sí, por supuesto. Sé todo sobre ese proyecto porque yo
lo diseñé.
Lo miro mientras sus ojos se centran en la carretera y creo
que es exactamente la respuesta que estaba esperando.
—¿Y sabes que involucra una patente sobre energía
renovable? —pregunta y yo asiento de inmediato.
—Sí. Y esa patente es de uno de una de las empresas en
ascenso en el sector de la energía renovable, el punto
clave de todo el proyecto.
—Bueno, la noticia es que otra empresa podría estar
reclamando los derechos sobre esa patente —me dice y
frunzo el ceño.
—No, eso no es posible, yo misma la investigué y tiene
menos treinta y dos por ciento de similitudes con otras
patentes. Está blindada.
Viggo sonríe con esa mirada que podría ser tanto peligrosa
como intrigante.
—Eso es cierto. Pero... yo podría hacer que esa similitud
fuera un poco mayor. No mucho, pero un treinta y tres
sería suficiente como para que alguien más pudiera
reclamarla. La ventana es pequeña, Regina. Muy
pequeña... pero no imposible.
Mi respiración se acelera, y no puedo evitar la sonrisa que
se dibuja en mis labios. Este tipo de juegos me ha
empezado a gustar últimamente.
—Solo dime qué necesitas de mí —le digo y él sonríe.
—La clave está en los puntos débiles del proyecto; y estoy
seguro de que tú los conoces todos. ¿Puedes contármelos?
Lo miro fijamente mientras el coche se detiene frente al
edificio donde está la sede de Colosso y entiendo por qué
me trajo aquí.
—Será mejor que nos sentemos —le advierto—, porque
tengo mucho para decir.

CAPÍTULO 82. Un hombre pobre

Tres horas.
Llevamos tres horas sentados en esta sala de juntas,
desmenuzando el proyecto de Devon pedazo a pedazo,
buscando la forma más eficiente de hacer que colapse
sobre su propia arrogancia. Y lo logramos, porque la
maldita patente no puede tener más de un treinta y dos
por ciento de similitudes con otras, y sucede que Viggo
está respaldando a una empresa que sacó una patente
muy parecida un año antes, y el fabricante puede
conseguir que las similitudes entre las dos asciendan al
treinta y tres por ciento, un por ciento más del legalmente
permitido.
—Eso dejaría completamente invalidada la patente sobre
la que se sustenta el proyecto —digo por fin—. Y si cierras
todas estas otras puertas...
Viggo está inclinado sobre la mesa, los codos apoyados y
los dedos entrelazados, con esa expresión de satisfacción
que solo aparece cuando está a punto de joderle la vida a
alguien. Nos parecemos tanto que casi me asusto, excepto
porque ese "alguien" es mi ex y eso solo me produce
satisfacción a mí también.
—Bueno, reina —dice finalmente, con ese tono tan suyo
que deja claro que ya tiene el plan listo en la cabeza—,
necesito tu permiso para ejecutar esto. Si me dices que sí,
en cuatro días empezarán las demandas y en una semana
obligaremos al productor de Devon a retirar todo,
absolutamente hasta su última pieza del mercado.
—Las acciones caerán, la empresa irá a la quiebra, todo lo
que Devon tiene invertido en ella desaparecerá —
murmuro saboreando cada palabra.
Sé que habrá gente que saldrá mal parada en el proceso,
pero trataré de palear esa situación más tarde, por lo
pronto, primero necesito el resultado.
—Tienes vía libre —respondo sin dudar— Solo dime, ¿qué
tan grande crees que sea la caída?
Viggo sonríe esa mueca ladeada y peligrosa porque esto
no es solo un movimiento de negocios para él, es algo
personal.
—Si esto sale como espero, Devon no solo perderá más
del cincuenta por ciento de su capital, sino que
comenzarán a investigarlo por fraude.
No puedo evitar cerrar los ojos por un segundo y sonreír.
Esto es demasiado bueno.
—Entonces hazlo. Lo quiero arruinado.
Me levanto de la silla, lista para irme, porque ya no hay
nada más que analizar, sin embargo me detengo un
instante, porque sé que el villano dentro de él todavía no
está tan satisfecho como debería.
—Antes de ir al hospital con Ruby, hay un sitio al que
quiero pasar primero —digo, recogiendo mi bolso; y Viggo
me observa con curiosidad, pero no pregunta. Solo asiente
y sale tras de mí.
Y ninguno de los dos dice ni una palabra cuando le doy la
dirección del hospital donde sé que estará Devon.
Entramos sin hacer ruido, y después de un pequeño
soborno a un camillero, nos indica en qué habitación
podemos encontrar al hombre que llegó esta noche sin
meñiques. Nos escabullimos en uno de los cuartos
adyacentes, que por suerte está vacío y pomos escuchar
a Devon ahí dentro.
—No puedo negar que la idea de oír sus lloriqueos me
produce un placer casi enfermizo —murmura Viggo y mi
oído y le hago un puchero porque me pasa lo mismo.
Y en efecto, dentro de su habitación Devon está
lloriqueando, protestando y quejándose como si fuera
quien más ha perdido en esta historia.
—¡Mierda, mierda, mierda! ¡Mis dedos! ¡No tengo mis
malditos dedos! ¡Mamááááá! ¿¡Y ahora qué voy a hacer!?
—solloza y parece un poco dopado porque deben haberle
puesto morfina o algo así.
—¡Ya deja de quejarte! —responde una voz llena de
impaciencia y la frialdad de Anabella me sorprende—. ¡Lo
hecho, hecho está...!
Devon exhala un gruñido furioso y niega.
—¡No, no...! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Voy a vengarme!
¡Voy a hacer que Regina pague por esto! —grita y casi me
sobresalto cuando Anabella suelta una carcajada, sin una
pizca de diversión en ella.
—Ah, Devon, Devon... —suspira, como si le diera pena
verlo en ese estado—. ¡Primero que nada, si planeas
vengarte, lo harás solo! ¡Porque yo me largo de aquí a
ahora mismo!
—¿Qué...? ¿Cómo que te largas? ¿Eso qué quiere decir...?
—¡Quiere decir que ya no me casaré contigo, imbécil!
Solo puedo imaginar que Devon la mira con el horror
pintado en la cara. Después de todo lo que ha hecho por
conseguir a una heredera como Anabella.
—¡No! ¡No puedes estar hablando en serio! ¡No puedes
dejarme!
Sin embargo el tono de su prometida es puro veneno
cuando le responde.
—Ya lo hice una vez, ¿recuerdas? —dice con una sonrisa
maliciosa en la voz—. Y al parecer te metiste con la mujer
equivocada cuando subestimaste a Regina. Tú puedes
hacer lo que te dé la gana, ¡pero yo no pienso exponerme
a que me corten los dedos o peor... la cabeza, por tu culpa!
—continúa Anabella— Además eres un hombre muerto en
el mundo de los negocios. Teniendo a los reyes de Wall
Street en contra, ya no podrás conseguir nuevos proyectos
¡y ni siquiera tienes un buen analista!
Lo único que lamento en este momento es no poder ver al
interior de la habitación de al lado por un huequito, porque
querría ver la cara de consternación de Devon al darse
cuenta de que su tan ansiada heredera le va a patear el
trasero ¡otra vez!
—¡Tu padre podría ayudarme! —escupe, con
desesperación, pero Anabella suelta otra carcajada, pero
esta vez es más burlona que cruel.
—Mi padre no ayuda a hombres pobres, querido, y eso es
lo que serás muy pronto. Toma tu anillo —escupe y solo
puedo imaginar que se quita el anillo con un gesto lento y
dramático—. A fin de cuentas, no es gran cosa, estúpido
pobretón.
—¡Maldita malagradecida! —grita Bonnie desde una
esquina de la habitación, porque al parecer ha llegado a
tiempo para escuchar el final—. ¿A dónde vas dejando a
mi hijo solo?
—¿Y usted qué se piensa que todo el mundo tiene que
agradecerle algo, vieja equivocada? ¿Quieres saber a
dónde voy? ¡Pues me voy a Europa! —vocifera—. ¡A
buscarme un príncipe o un millonario de verdad! ¡Pero
lejos, muy lejos de los cuchillos japoneses y del tumi-tumi
ese!
Todo lo que escuchamos después es un portazo y me doy
cuenta de que lo mismo Viggo que yo estamos uno frente
al otro, con una oreja cada uno pegada a la pared,
haciendo muecas y tratando de no reírnos
desesperadamente.
De repente siento su mano en mi cadera, tira de mi cuerpo
hacia él y me aprieta contra la pared, colándose entre mis
piernas.
—Debo tener el morbo a tope, pero este sería el momento
perfecto para grabarnos follando salvajemente y
mandárselo a tu ex —me dice antes de encontrar mi boca
en un beso silencioso y lleno de satisfacción.

CAPÍTULO 83. Conexiones inesperadas.

Escuchamos a Devon lamentarse un rato más, y si soy


honesta es odioso.
—Maldito infeliz —gruño entre dientes—. No puede vivir
sin dos dedos, pero no importó matar a sus tres hijos.
Viggo me abraza y estamos a punto de irnos cuando la voz
de un hombre mayor resuena en la habitación de Devon.
—Entiendo que estés molesto, pero tienes que calmarte.
Si hubieran traído los trozos de los dedos a tiempo, quizás
habríamos podido pegarlos. Pero sin ellos, no hay nada
que hacer.
El doctor que acaba de hablar es un hombre de voz
rasposa y tono condescendiente. No puedo verlo desde
donde estamos, pero lo reconozco.
Es el doctor Greer.
Mi sangre se hiela. Siento mis ojos arder, mi garganta
cerrarse, el aire volverse denso y pegajoso. Y Viggo se da
cuenta de inmediato.
—¿Qué pasa? —pregunta con cautela, girándose hacia mí.
Paso saliva y no puedo evitar que mis ojos se llenen de
lágrimas.
—Ese hombre... —Mi voz sale tensa, entrecortada—. Él...
él fue quien ayudó a Bonnie. Él le daba las pastillas que
mataron a mis hijos, y luego me mentía en mi cara.
El rostro de Viggo se oscurece en un instante.
Lo veo apretar la mandíbula, sus puños cerrarse, su
postura endurecerse. Por un momento, creo que va a
entrar ahí y matar al doctor con sus propias manos.
Pero no lo hace. En su lugar, respira hondo, con los ojos
fijos en la puerta.
—No ahora —dice y su tono es puro control contenido—.
Su momento va a llegar, Regina. Pero no es este.
Y a pesar del dolor que siento, sé que tiene razón.
Viggo no está diciendo que lo va a dejar ir. Está diciendo
que quiere hacer esto bien. “A nuestra manera”. Y yo
también.
Así que asiento, tragándome las lágrimas, tragándome la
rabia, y salimos de ahí con pasos rápidos.
Poco después llegamos de nuevo al hospital donde está
Ruby, y esta vez, las noticias son un poco mejores.
—Está más estable —dice el médico— Aún es pronto para
decir algo con certeza, pero su condición ha mejorado en
las últimas horas.
No sé cuánto tiempo llevaba sin respirar bien, pero en ese
momento, siento que por fin me entra aire a los pulmones.
Verónica y yo nos abrazamos fuerte, en un gesto que dice
mucho más de lo que podríamos poner en palabras.
—Se va a recuperar —murmura Vero contra mi hombro, y
yo le hago un gesto de asentimiento porque eso es lo que
quiero creer.
Nos quedamos aquí, esperando. El amanecer llega y el
hospital se vuelve un sitio extraño, lleno de actividad
mientras nosotros estamos todos como zombis recién
sacados de The walking dead.
En algún punto, mientras estoy recostada en una de esas
sillas duras de la sala de espera, empiezo a cabecear y sé
que no quiero dormirme. Miro alrededor y no veo más que
al abuelo y a Vero, así que la sacudo un poco y le digo que
iré por cafés.
Me levanto y camino hacia la cafetería del hospital, que no
está muy lejos de nuestra salita, pero apenas me asomo
me detengo bruscamente, doy un paso atrás y me
parapeto detrás de la esquina más cercana.
Ahí están ellos tres: Ren, Christian y Viggo.
Los escucho sin que me noten y confieso que esta es una
escena que jamás pensé ver: tres hombres tan diferentes
entre sí, tres competidores acérrimos, sentados juntos
alrededor de una mesa que definitivamente no es de
negocios, compartiendo café como si esto fuera lo más
normal del mundo.
—Bueno, debo admitir que de todos los lugares donde
imaginé que podríamos terminar reunidos algún día —dice
Christian, removiendo su café con desgana—, la cafetería
de un hospital no era uno de ellos.
Ren suelta una risa baja, amarga y triste.
—El destino tiene una forma rara de hacer las cosas.
Viggo se inclina en su asiento, mirándolo con una mueca
especial y luego se encoge de hombros.
—Tú también tienes una forma rara de hacer las cosas,
Toshiro, pero me gusta tu estilo. Solo no se la cuentes al
niño bonito —dice, inclinando la cabeza hacia Christian—,
seguro es muy sensible y esas cosas le pondrían el
estómago malo.
Christian se endereza en su silla y le lanza una mirada
asesina, ahora sí parecen más rivales.
—No digas babosadas, que eso no es cierto. Yo puedo con
todo.
Viggo se ríe por lo bajo, se encoge de hombros, y lo suelta
como si fuera contar el orgullo del día.
—Ren le cortó dos dedos a Devon Finnigan —asevera y
Christian escupe su café de un tirón.
—¿¡Quééééé!?
—Lo que oyes —dice Viggo, sacando una petaca, elegante
y grabada, de su chaqueta.
Abre la tapa y sin dudarlo, vierte un poco de licor en su
café. Luego levanta la mirada y, con una media sonrisa, le
ofrece lo mismo a los otros dos.
Christian parpadea, todavía procesando la información,
pero cuando Viggo acerca la petaca a su taza, él no la
aparta.
Ren empuja directamente su taza hacia él y le inclina a un
lado la cabeza.
—No te pongas tacaño, echa más —rezonga, y Viggo
termina de vaciar la petaca en su café.
Los tres chocan las tazas en un brindis silencioso, y de
alguna forma, esa imagen -tan absurda como inesperada-
, hace que sienta una extraña calidez en el pecho.
Tal vez, solo tal vez, no estamos todos tan rotos como
creemos.
Me giro sobre mis pasos y regreso con Verónica. Nos
sentamos juntas en la sala de espera, en ese cansancio
que solo viene cuando estás en medio de una tormenta
emocional.
—No puedo dejar de pensar en ella —digo en voz baja—.
En lo mucho que ha peleado por seguir adelante después
de toda la mierda que le ha pasado en la vida. Ruby no se
merecía esto.
Verónica asiente, con la mirada fija en el suelo, pero antes
de que pueda responderme un doctor se acerca y nos dice
que podemos entrar y estar con ella un rato.
De inmediato nos metemos en las duchas esas para
desinfectarnos, nos ponemos unos uniformes como de
enfermeras y entramos al cubículo con ella.
Vero toma una de sus manos y yo la otra, y después de
unos segundos de silencio, me atrevo a murmurar:
—¿Crees que deberíamos llamar a su familia?
Vero alza la vista y me observa. Luego suelta una risa
seca, sin humor.
—Regina... nosotras sabemos que la única forma en que
Ruby querría ver a su familia de nuevo sería para asistir a
sus funerales.

CAPÍTULO 84. El poder de la familia

Han sido dos días de incertidumbre, de miedo, de tratar


de convencernos de que Ruby es fuerte, de que va a
despertar. Los médicos la mantienen sedada para ayudar
a su recuperación, pero por suerte no ha habido más
signos de que la hemorragia interna no se haya contenido,
así que empiezan a retirarle poco a poco los sedantes.
Tengo que reconocerlo, los reyes se han portado de una
forma en que no esperábamos, rentaron una habitación en
un hotel cercano y es como la base de operaciones a donde
vamos a dormir un par de horas y bañarnos por turnos
antes de regresar, pero nadie se ha ido a casa.
Apenas está empezando a amanecer el tercer día cuando
siento, juro que lo siento, que Ruby va a despertar. Al
principio es solo un movimiento leve de sus dedos. Luego,
un suspiro más profundo. Finalmente, sus pestañas se
alzan, sus ojos se enfocan y nos encuentra a Verónica y a
mí, sentadas junto a ella, tratando de contener las
lágrimas y haciendo un esfuerzo para no abrazarla como
queremos.
Una sonrisa perezosa se forma en sus labios y ni con la
anestesia se le ha ido ese humor de perros que tiene.
—Mierda... sigo viva.
Su voz suena ronca, frágil, pero es su voz.
Vero y yo nos inclinamos al mismo tiempo, cada una
tomando una de sus manos, sintiendo su calor,
asegurándonos de que de verdad está aquí con nosotras.
—Por supuesto que sigues viva, idiota —le dice Verónica
con una sonrisa temblorosa—. No íbamos a dejar que te
fueras.
Ruby nos aprieta los dedos, su expresión se suaviza y por
un instante, parece a punto de llorar. Pero en lugar de eso,
suelta un resoplido divertido.
—¿El maestro de espadas está bien? —pregunta y eso me
saca una risa. De todas las cosas que podría preguntar,
tenía que ser por él.
—¡Si es que eres una calenturienta perdida! ¡Primero
pregunta si te falta un trozo o algo! —respondo
haciéndome la ofendida.
—¿Me falta el cuqui? —pregunta haciendo un puchero y
Vero estalla en carcajadas diciéndole que no.
—Pues entonces dime de mi maestro de espadas —
insiste.
—Ren está bien —le aseguro—. Solo tuvo una herida
menor, ya se la cosieron. Pero se volvió como loco con lo
que pasó. Tenemos mucho que contarte.
—Eso puede ser después. —Ruby sacude la cabeza,
pestañeando despacio como si estuviera a punto de
dormirse de cansancio—. Primero dejen entrar al loco para
que me bese.
Verónica y yo intercambiamos una mirada cómplice y llena
de picardía.
—¿Cómo estás tan segura de que él todavía está aquí en
el hospital? —pregunta Vero, divertida, y Ruby suspira
como si la respuesta fuera obvia.
—Porque puedo olerlo. Sentirlo.
—¿Como si estuvieras enamorada?
—Como si estuviera poseída o algo así —replica ella y la
Venenito no puede evitarlo.
—Así debió ser la poseída que te dieron...
—¡Oye...! —se queja Ruby, pero Vero estalla en
carcajadas y yo no me quedo atrás.
Sin embargo le hacemos caso; y cuando abrimos la
puerta, Ren ya está ahí. ¡Por supuesto que lo está!
Nos hacemos a un lado para dejarlo pasar, y justo antes
de salir de la habitación, alcanzo a escuchar a Ruby
decirle:
—Esa cicatriz en la frente te quedará muy sexy.
Ren no dice nada, simplemente la besa; así que sonrío y
cierro la puerta detrás de mí.
El abuelo Kaizen nos está esperando afuera y las dos lo
abrazamos como si fuera nuestro abuelo también. No
puedo creer el cariño que le agarramos al señor “que le
corten los dedos”, pero lo que hay es lo que hay.
—Ya han hecho bastante, niñas —dice con su voz pausada
y profunda—. Es hora de que se vayan a descansar.
—Pero... —Verónica empieza a protestar, pero el abuelo
levanta una mano y la interrumpe con un gesto firme,
señalando el pasillo.
Seguimos su mirada y nos encontramos con seis mujeres
mayores caminando hacia nosotras. Son todas
evidentemente orientales, vestidas con kimonos y
sonrisas tranquilas. Todas llevan algo en las manos:
bolsas con comida, mantas tejidas, pequeños amuletos de
buena suerte, y regalos en general.
—Ahora la familia se encargará de Ruby —dice el abuelo
Kaizen con alegría.
Las mujeres pasan junto a nosotras y entran en la
habitación.
Verónica y yo nos miramos; y sin discutirlo más, decidimos
irnos.
Ya en el estacionamiento del hospital, Christian insiste en
llevar a Verónica a su departamento.
—No voy a dejarte sola después de todo lo que ha pasado
—le dice con seriedad—. Yo te acompaño.
Vero lo observa con una ceja levantada.
—¿Y si quiero estar sola? —Lo desafía.
—No lo quieres —responde él con confianza—. Y si quieres
te aguantas como una mujercita.
Verónica rueda los ojos, pero no protesta más. Los veo
marcharse y luego Viggo se acerca a mí, pero ya sé lo que
va a decirme incluso antes de que abra la boca.
—En ese departamento se va a armar la tercera guerra
mundial —me advierte con tono risueño—. Ven conmigo.
Vámonos a nuestro departamento. Déjame cuidar de ti.
Lo miro un momento. Estoy agotada, física y
mentalmente; y no puedo pensar en otro lugar donde
podría descansar más que estando con él.
—Está bien —accedo y apenas llegamos al departamento,
Viggo me envuelve en un abrazo.
Es cálido y seguro, así que cierro los ojos, descansando el
rostro contra su pecho, respirando su aroma a madera y
a noche.
—Necesito que hagas algo por mí, reina —dice, con voz
ronca.
—¿Qué?
Viggo se inclina y me susurra al oído:
—Anda a bañarte.
Levanto la cabeza y le hago una mueca.
—¿Me estás diciendo que huelo mal?
—Te estoy diciendo que necesitas relajarte. Y el agua
caliente ayuda.
Pongo los ojos en blanco, pero acepto. Me quito la ropa y
entro en la ducha. El agua caliente cae sobre mi cuerpo y
dejo escapar un suspiro largo. Y no pasan ni cinco minutos
cuando siento una presencia detrás de mí.
—No puedes esperar, ¿verdad? —murmuro, sin abrir los
ojos.
Viggo me abraza por la espalda.
—No quiero esperar.
De la ducha me lleva directamente a la cama. Lo veo sacar
un pequeño frasco de crema y, con movimientos
cuidadosos, comienza a aplicarla en mis nuevos...
diamantes. Sus dedos son firmes, pero gentiles, y no
puedo evitar un ronroneo de gusto.
Cuando termina, se inclina y me besa, lento y profundo.
—Duerme el resto del día —me dice con autoridad—. Voy
a pedir comida, pero tienes que descansar.
¿Y para qué voy a discutirle si los ojos se me cierran?
—No me des órdenes.
Viggo se ríe y me acaricia el cabello.
—Esta vez, sí.
Cierro los ojos, disfrutando el momento de paz, cuando su
voz vuelve a sonar, más baja esta vez.
—En la noche tenemos algo importante que hacer.
—¿Qué cosa? —murmuro ya rendida y Viggo me acaricia
la espalda con la punta de los dedos antes de susurrar:
—Ajustar cuentas.

CAPÍTULO 85. Mejor de lo que imaginé.

Despierto cuando el sol ya se ha puesto.


El departamento está en penumbras, iluminado solo por
las luces tenues de la ciudad entrando por los ventanales.
Me estiro entre las sábanas con un suspiro profundo. Hacía
tiempo que no dormía tanto de un solo tirón, pero era
obvio que lo necesitaba.
Me siento en la orilla de la cama y me paso una mano por
el cabello, despejándome. Pero la paz no durará mucho,
porque como si me hubiera olido, la guerra entra a la
habitación, y yo ni siquiera evito en ronroneo cuando
Viggo se inclina a besarme.
¡Es tan sexy el condenado que me saca un suspiro! 2
Se ha cambiado de ropa; viste todo de negro, con una
chaqueta de cuero y un aire de satisfacción en el rostro.
—Hola, reina. ¿Descansaste?
—Como un tronco —respondo con un bostezo y él sonríe.
—Perfecto. Porque tenemos una noche ocupada por
delante. Mira lo que tengo aquí —me dice señalando a una
de las perchas en las paredes donde hay colgado un outfit
completamente blanco de pantalón, suéter de cuello alto
y gabardina.
—¡Uy, se me vas a vestir entonces esto estará muy bueno!
—digo antes de morderme el labio inferior.
—Muy bueno, reina, créeme. Había pensado en cena y
espectáculo pero... mejor el espectáculo antes y así ya
cenamos luego sin tensiones.
Me cambio de ropa más rápido de lo que yo misma espero,
me arreglo un poco el cabello, me maquillo y en un toque
especial me pinto los labios de rojo oscuro.
—¡Puff! Bala directo al corazón —suspira Viggo y me
ofrece su brazo, como si fuéramos a asistir a una gala
elegante y no a hacer quién sabe qué cosa. Confieso que
me intriga y me preocupa a partes iguales.
—¿A dónde vamos?
—A dar un paseo —responde— ...Y a hacer justicia.
Su tono es ligero, pero sus ojos tienen un brillo peligroso
y sé que sea lo que sea que está planeando, no hay vuelta
atrás.
Cuando bajamos al estacionamiento del edificio, mi
atención se desvía inmediatamente al auto estacionado en
la esquina.
Es un Bugatti, negro con detalles en azul oscuro, tan
pulido que refleja las luces del techo.
Arqueo una ceja y cruzo los brazos.
—¿Nuestro carruaje, caballero?
—Por supuesto —dice con arrogancia—. No iba a llevarte
a este paseo en cualquier cosa.
Sonrío con un suspiro y me subo al auto mientras él
sostiene la puerta para mí. Es imposible no sentirme
poderosa aquí.
Antes de arrancar, Viggo saca una caja metálica, pesada
y cerrada con broches; y la pone en mi regazo.
—Un regalo para ti —dice con una sonrisa misteriosa y yo
la examino con curiosidad.
—¿Puedo abrirla?
Aún no. Quiero ver tu cara cuando lo hagas en el momento
indicado.
Levanto la vista, encontrándome con su mirada traviesa.
Solo espero que no sean más dedos.
Viggo pisa el acelerador y salimos al tráfico nocturno. El
recorrido dura una hora más o menos. Y cuando
finalmente reduce la velocidad, es para estacionarse en
una zona residencial de Long Island.
Grandes casas, jardines perfectamente cuidados, autos de
lujo estacionados en las entradas. Viggo se detiene frente
a una mansión mediana, con una entrada elegante y un
buzón de piedra.
—¿Dónde estamos? —pregunto y él me lanza una mirada
de puro disfrute.
—Baja y lo verás.
Le hago caso, aunque la incertidumbre empieza a
revolverme el estómago; y entonces es cuando lo veo.
"Residencia Greer".
El nombre está grabado con letras doradas en el buzón.
Mis dedos se cierran con fuerza alrededor de la caja
metálica que aún sostengo y Viggo pasa un brazo sobre
mis hombros como si fuera un chico malo que solo hará
una travesura... aunque yo sé que será mucho más.
—No te decepcionarás —me asegura, y su voz tiene un
tinte de anticipación que me pone la piel de gallina.
Nos acercamos a la puerta y Viggo toca el timbre sin
dudar, como si solo estuviéramos haciendo una amable
visita. Yo espero con el corazón latiéndome en los oídos;
los segundos se sienten eternos hasta que la puerta se
abre y el doctor Greer aparece.
Tiene el cabello despeinado, una bata de casa encima de
su ropa y el ceño fruncido por la confusión.
—¿Sí...? —pregunta tratando de ajustarse los lentes para
ver quién llama, pero antes de que pueda decir algo más,
Viggo le suelta un puñetazo directo a la mandíbula.
El sonido del golpe es seco y brutal. Juro que puedo
escuchar el "crac" del hueso roto y Greer cae hacia atrás
con un gemido de dolor.
Viggo entra en la casa sin pedir permiso y yo lo sigo,
cerrando la puerta tras de mí.
—¡¿Qué demonios?! —balbucea el doctor, llevándose una
mano a la cara.
Pero no tiene tiempo de reaccionar. Viggo lo agarra del
cuello y lo levanta como si no pesara nada, asfixiándolo
mientras lo arrastra, así que no hay posibilidad de gritos.
Greer solo es arrastra mientras patalea
desesperadamente, sus manos buscan aferrarse a las
mangas de Viggo, pero es inútil. Está atrapado.
Y hay que reconocerlo, la bestia es fuerte por naturaleza,
pero la bestia enojada es una dimensión totalmente
diferente de fuerza. Viggo lo lleva medio ahogado hasta
un sillón del enorme salón y lo tira ahí sin
contemplaciones. Luego saca un para de bridas plásticas
de su cinturón y le amarra las muñecas a los reposabrazos.
Greer empieza a respirar rápido, su cara está pálida por el
pánico y empieza a sudar frío mientras Viggo le ajusta los
lentes sobre la nariz con una calma casi exasperante
porque le interesa que vea bien.
—¡¿Qué es esto?! —La voz del doctor es aguda y
temblorosa— ¡¿Qué quieres?! ¡La caja fuerte está en el
cuarto! ¡No me hagas nada!
Pero la respuesta es otro puñetazo que le hace caer los
lentes.
—¡Joder, a este paso no vamos a avanzar! —rezonga
Viggo poniéndoselos otra vez—. Mírame bien, imbécil,
traigo cincuenta mil dólares solo en el reloj. ¿Te parece
que quiera para algo tu mierda de caja fuerte?
La cara de Greer se desencaja de la impresión.
—¿Entonces...? Entonces... ¿qué quieres? ¿Por qué me
estás haciendo esto? —demanda con impotencia y miedo
a la vez.
Por toda respuesta Viggo se da la vuelta con una sonrisa
tranquila y me extiende la mano. He estado viendo todo
desde la penumbra del recibidor, pero ahora me ofrece un
sillón ubicado estratégicamente frente al de Greer.
—Mi reina —dice con una expresión llena de malicia—, su
lugar en el mejor palco.
Un escalofrío de satisfacción me recorre la columna.
Oh, Viggo. Esto es mejor de lo que imaginé.

CAPÍTULO 86. Una sorpresa en una caja de metal.

No sé qué esperaba, pero esto... esto es lo último que


imaginaba. Greer se me queda mirando, congelado, como
si lo hubieran atrapado en el acto de un crimen, y yo...
bueno, yo no puedo evitar sonreír, aunque la verdad es
que la situación da miedo.
O sea Viggo da miedo.
Observo su expresión y nadie tiene que decirle por qué
estoy aquí. Todo en él está lleno de confusión y
arrepentimiento, pero entiendo que no es un
arrepentimiento por lo que me hizo, sino porque entiende
que vengo a cobrarle.
Viggo, por su parte, está calmado, pero esa calma tiene
algo siniestro, así que no hay forma de que Greer salga de
aquí sin pagar por lo que ha hecho.
—¿Qué... qué significa todo esto? —pregunta el médico
con voz temblorosa mirándonos con una mezcla de
incredulidad y terror.
Yo me inclino hacia adelante, manteniendo el tono frío,
casi burlón.
—¿No esperabas una sorpresa como esta? —le digo,
forzando una sonrisa—. Entonces eres un hombre muy
iluso, muy arrogante o muy cruel si creíste que jamás ibas
a pagar las consecuencias de lo que me hiciste. —Me echo
atrás en el sillón y cruzo las piernas—. Yo al menos, ya no
puedo esperar a ver qué te tienen preparado.
Greer me mira con espanto y lo peor es que en este punto
ni siquiera puede huir. Es curioso ver cómo cambia la
gente cuando se enfrenta a lo que ha hecho.
Cuando crees que tienes todo bajo control, el primer golpe
que te da la realidad te hace temblar.
—No pueden hacerme nada... —dice él, intentando
aferrarse a alguna esperanza, como un niño que no quiere
ver la verdad— ¡No pueden hacerme nada! ¡Mi esposa y
mi hijo llegarán en cualquier momento y los verán y...!
—Lo siento, pero eso no va a funcionar. —Lo interrumpe
Viggo, moviendo la cabeza de un lado a otro antes de
acercarse un paso y lanzarle una mirada de lástima—. Tu
esposa y tu hijo no llegarán a tiempo para salvarte. En
realidad, ellos no van a llegar.
Greer se pone pálido de inmediato porque es obvio que
Viggo no le está mintiendo, pero quizás no debería tener
esa información...
—Tu esposa y tu hijo se fueron de vacaciones a Dubái, por
una semana. Todo pagado, por cortesía de un sorteo del
banco —sentencia mientras se acerca al enorme equipo de
música empotrado en un lujoso mueble de la pared—. Lo
sé, porque yo mismo les mandé los boletos y por supuesto
que no dudaron en irse. Después de todo no eres ni buen
marido ni buen padre, y los boletos solo eran para dos.
¿Por qué te invitarían?
La voz de Greer se quiebra mientras la de Viggo continúa
siendo una burla y ni siquiera lo mira.
—¿Qué? ¡Eso... eso no es posible!
—Cuando se trata de mí, cualquier buena estrategia es
posible. Así que lo único que te queda es enfrentar la
realidad: estás aquí, solo con nosotros. Y con lo que te
espera.
Yo sigo observando en silencio, disfrutando de cada
momento, aunque mi estómago está apretado. Lo que
Greer me hizo es demasiado grave. No hay forma de que
pueda perdonarlo.
—Esto es una locura... —escupe con desesperación y
Viggo enciende el reproductor con una canción baja.
Lo mira con un desprecio que te cala hasta los huesos.
—¿Sabes? Estamos en una situación equivalente a tratar
de cazar a un escorpión para preguntarle por qué te picó.
La única diferencia es que yo no necesito preguntar por
qué lo hiciste tú; porque eres tan básico que es muy
simple adivinarlo: Lo hiciste por dinero ¿no es verdad? Lo
hiciste porque creíste que nadie te iba a descubrir, que
podías salirse con la tuya.
La cara de Greer se vuelve más roja. Empieza a
tartamudear, buscando las palabras correctas, pero ya es
tarde. No hay forma de que lo que diga ahora lo salve.
—No... no sé de qué estás hablando... —dice, claramente
a punto de romperse—. No me hagas esto, por favor. No
me hagas esto.
Pero Viggo saca algo de su chaqueta y se lo pone en el
regazo. El médico no puede evitar mirarlo. Es un
expediente, "mi expediente", y sabe muy bien lo que
contiene.
—Yo creo que sí sabes muy bien de qué te hablo —dice
Viggo, acercándose a su oído— Solo quiero que sepas por
qué voy a hacer lo que voy a hacer.
—No... no puedes... — susurra desesperado—. ¡No puedes
hacer esto!
—¡Puedo hacer lo que me dé la puta gana porque tú solo
eres un maldito asesino! ¡Una escoria sin la que este
mundo estaría muchísimo mejor! ¡Bonnie te pagó para
hacer abortar a Regina, y tú aceptaste!
Greer se sobresalta, tiembla, me mira, sus ojos se llenan
de lágrimas pero aunque todas son verdaderas, solo son
de terror.
—Lo siento... lo siento tanto... —su voz se quiebra
mientras baja la cabeza—. Bonnie me obligó... me
amenazó...
La risa que se me escapa es corta, amarga, mientras me
inclino hacia adelante.
—No van a servirte las excusas, Greer —le digo—. Nadie
te obligó a nada. Tú lo hiciste porque querías el dinero.
Porque las vidas de mis hijos no valían nada para ti, solo
esta casa grande y mucho dinero el banco ¿verdad?
Bonnie te pagó, pero tú no te negaste, y eso te hace tan
asesino como ella.
Los ojos de Greer parecen a punto de salirse de sus
debitas y cuando Viggo comienza a subir el volumen de la
música, el médico se debate con desesperación contra las
bridas.
—¡Espera, espera! ¡Repórtame, repórtame ante la Junta
Médica de la ciudad, puedes denunciarme…! ¡Estoy
dispuesto a pagar ante la justicia! —exclama fuera de sí,
pero un segundo después Viggo se acerca a él y le mete
un trapo en la boca, silenciándolo.
Greer empieza a vociferar pero es inútil, entre la mordaza
y el sonido de la música clásica a todo lo que da, no se le
escucha nada.
—Pásame la caja, reina —me dice Viggo y juro que tengo
un dulce escalofrió de anticipación— Ya puedes abrirla .
Mis dedos corren sobre la tapa antes de soltar los broches
metálicos y cuando la abro entiendo por qué pesa tanto.
Adentro, en un estuche pulcro y peligroso, hay una
máquina portátil para hacer tatuajes.
CAPÍTULO 87. La práctica hace al maestro

Nunca pensé que estaría aquí, mirando cómo Viggo le hace


un tatuaje a un renombrado doctor que se merece algo
mucho peor que solo esto. Pero aquí estoy, confiando en
él porque ya ha demostrado tener una hermosa mente
perversa y sé que esto solo es el inicio.
La habitación se llena del zumbido del motor de la máquina
de tatuajes, un ruido constante que, en algún momento,
empieza a parecer casi relajante. O tal vez es solo la locura
de la situación lo que me hace pensar eso.
Viggo le da unos toques a la máquina, la ajusta con una
habilidad que no sabía que tenía, y me sonríe de esa forma
que solo él sabe hacer: la sonrisa de alguien que ya sabe
cómo va a terminar todo, y le da igual.
—¡Siempre fui un aficionado de los tatuajes! —me dice
mientras ajusta las agujas con calma, como si esto fuera
algo tan normal como tomarse un café por la mañana.
—¡Pero si no tienes ninguno! —me río.
—¿Pues tú cuándo has visto un Roll Royce con Pegatinas?
—replica—. Cuando digo que soy aficionado es porque me
gusta como arte, es increíble pero... la verdad, nunca me
han salido bien. Siempre he sido más bien malo en esto.
Sin embargo, sin importar lo malo que sea, veo que está
disfrutando cada segundo.
—¿Y por qué, si no te salen bien, lo sigues intentando? —
le pregunto, y mi tono suena más curioso de lo que
debería.
Es todo tan... raro, Greer lloriqueando, Viggo feliz como
un niño con un pincel... que no sé si debo reírme o
ponerme seria.
Mi bestia se encoge de hombros, mientras coloca el equipo
con una precisión que no esperaba de él. El ruido de las
agujas me eriza la piel, y en el momento en que comienza,
ya sé que no hay vuelta atrás.
Greer, con el trapo atorado en la boca, está gritando, pero
sus sonidos salen amortiguados, como si se estuviera
ahogado en su propia desesperación.
—Hora de empezar. —Viggo me hace una señal mientras
sujeta con fuerza la cara del doctor y traza sobre su mejilla
la primera línea negra, gruesa y deliberadamente tosca.
No solo está tatuando, también está lastimando y eso me
gusta. Eso me gusta mucho—. ¡Pero un poquito de
atención al hombre! ¿No? —me dice con un puchero y yo
palmeo como si estuviéramos haciendo una barbacoa.
—¡Por supuesto, cariño, ya vengo!
Me doy la vuelta y camino hacia la cocina de la casa, que
es tan grande que es difícil no notarla. Hay una botella de
champaña extra cara junto con varias botellas de vinos
muy finos también, todo helado dentro de una vinoteca.
Así que tomo lo más caro que veo, rompo la etiqueta
dorada, y al abrirla, el sonido del corcho saliendo me
suena como música.
Sirvo un par de copas, viendo cómo las burbujas se
arremolinan, perfectas, y ladeo la cabeza mientras
escucho a Greer gritar. Mientras me acerco voy sintiendo
que es aún más cargado de dolor, pero un hombre como
él no merece consuelo. No después de lo que hizo.
Viggo sigue trabajando, tan tranquilo, casi como si
estuviera pintando en un lienzo en lugar de marcar la piel
de un hombre que claramente ha arruinado muchas vidas.
El sonido de la máquina se mezcla con los sollozos
ahogados de Greer, y yo solo le acerco a Viggo una copa
de champaña, una que tintinea con un choque mientras él
me muestra su primera obra.
—¿Qué te parece, reina? —pregunta mientras se aleja por
un momento, observando el trabajo que ha hecho.
Greer está inmóvil, su rostro tenso, lagrimeando, y en su
mejilla derecha veo desde la boca hasta la sien la palabra
asesino" tatuada, aunque es obvio que no es perfecta. Hay
algo torcido en las letras, y se veo feo, asqueroso y tosco.
Viggo frunce el ceño y se encoge de hombros,
devolviéndome la copa.
—No quedó muy bien, ¿verdad? —dice con un suspiro
dramático—. Pero bueno, la práctica hace al maestro. Ya
verás que en la siguiente me sale mejor.
Le doy una palmadita en el hombro que es una clara señal
para que continúe, y él por supuesto que no pierde tiempo.
Empieza a trabajar en la otra mejilla de Greer, luego en
su frente, su cuello, y finalmente en sus brazos. El ruido
de la aguja entrando en su piel es como un susurro en la
habitación, pero el sufrimiento de Greer es todo lo
contrario. Se retuerce en la silla, sus ojos están cerrados
con fuerza mientras las lágrimas empiezan a brotar, y a
mí no me importa. Ni siquiera siento compasión.
Supongo que esa es la idea de ser una villana.
Lo miro de frente, y veo cómo va perdiendo toda la
dignidad que le quedaba. Cada trazo de la aguja lo hunde
más en la desesperación, y su piel, antes limpia, ahora
está cubierta de palabras y símbolos que lo marcan como
lo que realmente es: un criminal, un hombre sin
escrúpulos. Un asesino.
Greer mira en mi dirección, suplicante, como si esperara
que yo fuera a detener a Viggo, a detener todo este
espectáculo, así que me acerco y le quito el trapo de la
boca.
—¿Qué quieres, Greer? —mi voz es baja, casi un susurro,
pero lo suficientemente clara como para que me escuche.
Me mira con esos ojos llenos de lágrimas y dolor, y suplica.
—Por favor, Regina, perdóname. Perdóname... Yo... no
quería... no quería hacerte daño. Es verdad... es verdad
que me dejé llevar por la avaricia, lo reconozco… —Sus
palabras salen atropelladas, desesperadas, como si
creyeran que todavía hay algo que pueda hacer para que
lo perdone—. ¡Pero te lo suplico, te lo ruego, para esto!
¡Por favor!
Lo miro un segundo antes de responder.
—Tú tuviste muchos años para parar y no lo hiciste.
Incluso pudieron darme esas pastillas mientras mis
embarazos todavía estaban en sus primeras semanas...
pero no lo hicieron —escupo con rabia y frialdad—. Tú me
hacías las malditas ecografías, tú veías a mis hijos, me
veías llorar, maldito infeliz desalmado, y no te importó. Así
que lo que sea que pase contigo... a mí tampoco me
importa.
Greer parpadea, desesperado, pero antes de que pueda
gritar empujo de nuevo el trapo en su boca.
Cuatro horas después, Viggo se aleja finalmente de Greer,
dejando al hombre completamente destrozado, con más
de doce tatuajes en su cuerpo, todos ellos en las zonas
más visibles. El dolor es tan evidente que parece que si no
estuviera amarrado a la silla se caería al suelo.
Me acerco al espejo de la sala, lo descuelgo y lo pongo
frente a él. Su rostro refleja el horror absoluto cuando se
ve, completamente enrojecido, como si tuviera heridas en
lugar de tatuajes.
—Maldición... creo que usé agujas viejas... —murmura
Viggo llevándose una mano a los labios con una expresión
que va de pensativa a cruel—. Solo Dios sabe qué mierda
habrás agarrado con ellas...

CAPÍTULO 88. El final de una noche

Greer tiene los ojos hinchados por el llanto, se le abren


como platos cuando ve lo que le hemos hecho y la verdad
es que ya no tiene cara de ser humano. Tiene la cara de
un monstruo, exactamente lo que es, y está marcado de
una manera que ni el tiempo podrá borrar.
Sus ojos se detienen en las palabras que recorren su piel.
Las mejillas, la frente, el cuello, la barbilla, las manos,
dedos, brazos, cualquier área que pueda verse está
saturada de tinta con palabras y frases como:
"Asesino"
"Criminal"
"Soy un asesino de bebés"
"Mato por dinero".
Me detengo un momento en cada una de las frases,
regodeándome en su dolor, que jamás será ni de cerca
parecido al mío, porque yo soy una villana, pero sería
incapaz de lastimar a su hijo.
No sé si es más triste su desesperación o el hecho de que
jamás podrá escapar de esa verdad tatuada en su rostro.
Pero lo que me hace soltar una carcajada involuntaria es
el pequeño detalle que se me había pasado por alto, uno
que Viggo seguramente había planeado con total malicia.
En la cara interna de su antebrazo, está escrita una frase
que no tiene nada que ver con el resto de las marcas. La
miro, y no puedo evitar reírme en voz alta, porque desde
su muñeca hasta el interior de su codo hay una frase que
dice:
"Y me gustan las vergas de este tamaño".
Greer mira mi reacción con horror, como si pensara que
me estoy burlando de él, y no es que no tenga razones
para hacerlo, pero en realidad no puedo dejar de reír. La
ironía, la completa humillación de ver esa frase allí, es la
cereza del pastel.
—Viggo... —le digo entre risas, sin poder aguantar más—
, esto es... es perfecto. No lo puedo creer.
Greer sigue llorando pero no es solo su impotencia y
desesperación lo que lo ponen rojo, sus lágrimas caen
porque sabe exactamente lo que significa esto.
Ya no hay carrera, dinero ni futuro para él. Todos los que
lo vean, comenzando por su propia familia, van a saber lo
que ha hecho. Su honor, su dignidad, su moral todo se ha
desvanecido y ahora solo queda la verdad de sus actos,
grabada en su piel de una forma que jamás podrá
esconder.
Viggo guarda la máquina de tatuajes con calma, sin
ninguna emoción, como si esto fuera algo tan común como
ir al gimnasio o leer el periódico. Todo para él es un juego
peligroso, y presiento que es uno que no ha terminado
todavía.
—Quiero que me escuches muy bien —escupe
acercándose por fin a Greer y cortando las bridas, pero tal
como esperamos, no hace ni un solo movimiento por
escapar—. Voy a estar vigilándote. Si tratas de cubrirte
eso, si haces el más mínimo intento por quitarte los
tatuajes, te aseguro que voy a volver y los voy a hacer
todos de nuevo, solo que esta vez se los voy a hacer a tu
hijo y a tu esposa. ¿Entendiste? — Greer tiembla y a Viggo
se le sale la bestia por un segundo— ¡Pregunté si
entendiste! —grita y obtiene un desesperado asentimiento
de cabeza—. Y si quieres puedes salir de aquí a
denunciarme con las autoridades, diles que Viggo Massari
te hizo eso —escupe con asco—. Y veremos qué parte de
la historia es más interesante.
Para cuando le doy la espalda a esta casa y nos subimos
de nuevo al coche, la mitad de mi corazón está más
aliviado. Pero la otra va a un ritmo desenfrenado sin que
pueda evitarlo.
—¿Estás molesta por algo? —me pregunta Viggo,
rompiendo el silencio mientras giramos en una avenida de
regreso a Manhattan.
Lo miro, y mi expresión debe ser seria porque él frunce el
ceño, deteniéndose por un segundo para observarme con
más atención.
—No debiste decirle tu nombre a Greer —le respondo
finalmente—. No quiero que te veas envuelto en algo tan
complicado. No quiero que te involucres más de lo que ya
lo estás.
Viggo se ríe de manera suave, sin burla, solo como si se
estuviera divirtiendo con mi preocupación.
—Me encanta que quieras cuidarme, reina —me dice, y sus
palabras me hacen sentir un poco más ligera, pero
también más confundida—. Pero él ya te conoce. Ya sabe
que no estás sola en esto. Todo lo que hemos hecho hoy...
es porque era lo que tenía que ser. No es complicado, es
justicia. Y créeme cuando te digo que ya sabe de lo que
soy capaz, así que no va a denunciar absolutamente nada.
Continuamos caminando en silencio, hasta que llegamos
al restaurante, un lugar tranquilo, con una atmósfera
suave, perfecta para terminar la noche. Viggo parece
tener algo en mente, porque, apenas nos sirven la primera
copa de vino, se recarga en la mesa y me mira con una
sonrisa enigmática.
—Tengo una última sorpresa para ti —me dice, como si
estuviera por darme la noticia de la década.
—¿Qué tipo de sorpresa? — pregunto, con una sonrisa que
ya no es tan cautelosa. Si algo he aprendido de Viggo es
que sus sorpresas nunca son aburridas.
Él me pasa su teléfono móvil y me muestra un video. La
calidad no es la mejor, pero es suficiente para entender lo
que está sucediendo. Son imágenes del aeropuerto, y lo
primero que noto es la urgencia con la que se mueve una
mujer: Anabella. La veo caminando rápido, casi corriendo,
mientras se asegura de que no la sigan. Y en el video, no
está sola. Toda su familia está con ella, apresurados, casi
de incógnito, como si intentaran pasar desapercibidos.
—Tu amiga se está largando a Europa —dice Viggo con
una sonrisa algo irónica—. Toda la familia Thorne se va de
vacaciones, o eso dicen. Pero sabes tan bien como yo que
no es así. Están huyendo de lo que pasa con Devon... Creo
que Toshiro tuvo un impacto especial en la prometida de
del distinguido señor Finnigan.
Mis ojos se abren con sorpresa. ¿Anabella huyendo? Casi
casi no me lo esperaba.
Esto de verdad es un lindo regalo.
Volvemos al departamento ya de madrugada, Todo está
en silencio y el cansancio se apodera de mí, pero la
adrenalina aún no se va del todo. Cruzo mis brazos tras el
cuello de Viggo, y sin pensarlo, lo beso. Hay algo en él que
me arrastra a ese ánimo perfecto para los dos.
—Creo que te mereces un premio —susurro contra su boca
y siento la forma suave en que me acaricia—. ¡Demonios,
maldición, condenado! —rezongó y veo cómo sus ojos se
iluminan.
—Usted parece que está buscando castigo, señorita Sand.

CAPÍTULO 89. Un hombre serio

El aire en el departamento está cargado de electricidad.


Los labios de Viggo están sobre los míos y no hay vuelta
atrás. Su boca es intensa, desesperada, como si besarme
fuera su única forma de respirar. Y yo siento exactamente
lo mismo. El calor me recorre como fuego líquido.
Sus manos se deslizan por mi espalda, firmes, posesivas,
reclamándome sin decir una sola palabra. La ropa queda
en el suelo en un segundo y yo cierro los ojos mientras su
boca a los nuevos piercings en mis pezones. Todavía
molestan pero ya no hay más dolor que el de los suaves
tirones de sus dientes. Sé que por esto lo hizo, que es una
de esas formas dominantes de castigo porque le gusta
tomar el control y al menos en ese aspecto yo disfruto
entregándoselo.
—Regina... —susurra mi nombre con un tono que me hace
estremecer y un segundo después lo único que hay entre
los dos es un sudor peligroso y gemidos desesperados. No
entiendo cómo hemos llegado a necesitarnos de esta
manera pero sé cómo manejar esta adrenalina que nos
recorre.
Me levanta, haciendo enredar las piernas a su alrededor,
y antes de que pueda darme cuenta, cruzamos el umbral
del cuarto.
Y entonces el mundo desaparece.
Es extraño, debería notar el colchón bajo mi estómago,
pero lo único que puedo sentir ahora mismo es la forma
en que él besa mi espalda, trazando un camino de besos
hasta que sus dedos se cierran como garfios sobre mis
caderas, tirando hacia atrás y restregando esa erección
feroz contra mi sexo.
—Diablos, estás hecha un río —susurra mientras me
acaricia y siento la primera invasión de sus dedos como
una anunciación—. ¿Quieres jugar, eso es lo que quieres?
—me provoca y los latigazos de placer que recorren mi
vientre le dan la respuesta. Entonces solo tienes que
decirlo...
Cierro los ojos y digo una de nuestras palabras mágicas.
Sé lo que le hace a él y lo que me hace a mí, y sé lo que
viene después.
—Lenguaje... —ronroneo y gruño cuando la palma de su
mano, enorme y pesada, se estrella contra mi trasero—.
¡Idiota! —protesto y lo escucho reír.
—¡De nuevo! —ordena y lo que sigue es un concierto de
gritos que se detienen en el mismo momento en que me
penetra.
Mi aliento se corta mientras ese diamante viaja dentro de
mí, topando contra el fondo de mi sexo y empujando aún
más. No puedo evitar que un grito se me escape. Tengo el
trasero medio levantado hacia él, y mis pechos rozan
contra las sábanas con un ritmo que hace que los piercings
lo resientan.
Mi cuerpo se estremece de una forma insoportable, el
placer se vuelve algo extremo con él, como siempre. Mis
manos se cierran sobre las sábanas y la saliva se acumula
en mi boca sin que pueda evitarlo. Estoy de camino al
paraíso y no puedo parar.
—¡Más...! —suplico, porque esta es una súplica en toda
regla y él me entiende, él siempre me entiende.
Sus embestidas se vuelven feroces, cortas, profundas,
mientras una de sus manos empuña mi cabello corto y tira
de él, buscando mi boca.
Un día va a acabar matándome, lo sé, pero mientras el
mundo es un lugar oscuro, y lleno de placer en el que
Viggo me embiste como si fuera un animal y yo escalo una
cima desesperada de placer con mis pechos en sus manos
y su miembro hundido hasta el fonde de mi ser. Los
primeros espasmos nos atraviesan al mismo tiempo y su
nombre está en mi boca. No sé si reclamado, suplicado o
qué, pero está en mi boca.
Escucho el gruñido gutural con que se corre y ese calor
feroz que se desparrama dentro de mí, esa tensión que es
este hombre corriéndose de la forma más elemental y
deliciosa posible.
Y solo entonces, mientras estamos completamente sin
fuerzas sobre la cama ... me doy cuenta de que estamos
sobre la cama.
—Viggo... ¿viste dónde estamos? —murmuro y él solo
sonríe despacio—. ¡Demonios, ¿esto se está volviendo
serio? —pregunto pero él solo parpadea lentamente
mientras pega mi cuerpo al suyo, como si fuera un molde
y me abraza.
—¿Serio? —repite, como si la palabra le sonara extraña—
. Desde que te conocí, me he vuelto un hombre serio,
reina.
—¿Esperas que me crea eso?
—¿Y te creerías que nunca había dormido en una cama
con ninguna mujer? —replica y mi celo se frunce en un
segundo porque la respuesta es "no", es difícil de creer,
pero tratándose de Viggo cualquier cosa es posible.
—¿En serio? ¿Nunca? —pregunto, sintiéndome como si
estuviera indagando en una parte oculta de su vida.
Él se da la vuelta, mirando al techo, y niega sin ninguna
emoción.
—Nunca —murmura y entiendo que me está diciendo la
más absoluta verdad—. Desde niño, soñaba despierto con
el día en que mi madre despertara en medio de la noche
y matara a mi padre mientras dormía. Hasta que empecé
a sentir que quizás a mí también podrían hacerme lo
mismo, porque yo no era buena persona.
Sus palabras me golpean como un balde de agua fría. Sé
que tiene un pasado tan oscuro, tan marcado por el dolor
y la violencia... pero no esperaba algo así.
—Viggo... —digo alcanzando su rostro entre mis manos y
haciendo que me mire—. Eres una de las mejores
personas que conozco. Y eso basta.
Lo siento tensarse un poco, como si le resultara difícil
aceptar ese cumplido. Pero lo abrazo más fuerte, porque
a pesar de su pasado, para mí solo es digno de amor y
respeto. Él se relaja un poco y me sonríe, esa sonrisa que
me hace sentir como si el mundo entero estuviera a
nuestros pies; y luego nuestros ojos se cierran en medio
de un sueño cansado y satisfactorio.
Para cuando abro los ojos apenas está amaneciendo.
Viggo está rendido pero yo necesito ir a ver a Ruby. Quiero
saber cómo se está recuperando y si la cabeza de Ren aún
está sobre sus hombros.
Le doy un beso a Viggo y le escribo una nota, pero apenas
salgo de mi edificio, una sensación extraña se apodera de
mí. No sé explicarlo, pero es un instinto primario, básico,
ese que sientes cuando alguna persona te está mirando.
Miro alrededor, avanzo un par de calles hasta una avenida
grande mientras observo los coches detrás de mí. Todos
se desperdigan en el semáforo y cuando mis ojos se posan
en uno que continua detrás de mí, siento que la duda se
desvanece: no es solo instinto, de verdad me están
siguiendo.

CAPÍTULO 90. Un auto desconocido.

Conduzco a toda velocidad, mis manos están aferradas al


volante y mi corazón late con fuerza en mi pecho. El
asfalto pasa rápido bajo las ruedas de mi camioneta, y al
dar la tercera vuelta a la derecha, veo un auto negro
detrás de mí, acelerando y acercándose más de lo que
debería.
Un escalofrío me recorre la espalda. No sé dónde
demonios vi esto, algún programa sobre secuestros: si
quieres saber si te están siguiendo, gira en cuatro
esquinas seguidas a la derecha.
Así que ahora el maldito auto acaba de despejarme la
duda.
¡Mierda, de verdad me está siguiendo!
Conduzco en medio del tráfico tan rápido como puedo,
tratando de perderla, pero algo me dice que no será tan
simple. Veo que el auto casi choca con otros un par de
veces. No parece que el conductor sea muy experto, así
que si es alguien contratado, muy profesional no será.
Además, tiene placas perfectamente visibles, así que las
dudas me carcomen.
Veo que acelera para seguirme, y yo hago lo mismo, con
el corazón atorado en la garganta y la adrenalina a tope,
hasta que entiendo que estoy sentada en una camioneta
que es una mole, la que me regaló Viggo, que encima esta
blindada.
Así que con un movimiento decidido freno de golpe, y el
impacto en mi parachoques trasero me hace saltar, pero
ni siquiera despliega mi bolsa de aire.
Podría bajarme y encarar al conductor.
Y él podría tener un arma y mandarme al otro mundo.
Así que me porto como una mujer inteligente y acelero con
fuerza, mi pie presiona el acelerador como si mi vida
dependiera de ello. Y probablemente lo haga. Y no me
detengo hasta que llego al estacionamiento del hospital.
Estoy segura de que nadie me atacará aquí, porque es un
lugar demasiado concurrido y lleno de cámaras. Me bajo y
me asomo para ver el daño, pero mientras sé que el coche
ha quedado con sus defensas en mal estado, a mi
camioneta apenas se le ha rayado un poco la pintura.
Con manos temblorosas, busco mi teléfono y marco el
número de Viggo mientras me apresuro a entrar en el
hospital.
—¡Viggo! —grito cuando contesta, sintiendo que la tensión
en mi pecho se transforma en algo que no puedo
controlar—. ¡Necesito que vengas hospital donde está
Ruby!
"¿Qué pasó?" es su única pregunta, hecha en voz ronca y
controlada.
—Alguien me estuvo siguiendo, lo choqué... ¿puedes
venir?
"Voy en camino, reina" es su única respuesta antes de
colgar.
Trato de mantener la calma, aunque mi corazón está a
punto de estallar. Mis pies parecen más pesados de lo
normal, pero no me detengo hasta llegar a la habitación
de mi amiga y por suerte el zafarrancho que hay dentro
me hace suspirar con el alivio de lo conocido.
—¿Por qué no te quieres quedar en mi casa? —protesta
Ren con un tono de preocupación que va de la posesividad
al berrinche infantil.
—Porque me gusta más mi departamento. Punto. Así que
cuando me den el alta me iré allá.
—¡Eres tan terca!
—Gracias —espeta Ruby y cuando yo toco y me asomo su
rostro se ilumina—. ¡Por fin, tiempo de chicas! —exclama
y luego le hace ojitos a Ren, que me saluda mascullando
y luego dice algo de ir por un café—. ¡Quiero saberlo todo!
Este hombre es muy intenso y no me deja chismear. ¡Si
tuviera mi bate!... —suspira.
Me siento en una silla a su lado y aprovecho para contarle
todo lo que pasó con Greer, de cómo Viggo lo tatuó; y por
supuesto que Ruby me regaña por no haberle tomado
fotos.
—¡No puedo creer que me lo haya perdido! —rezonga
cruzándose de brazos porque por mucho, la más violenta
de las tres es ella—. Pero apenas me den el alta juro que
voy a ir a espiarlo, le tomaré fotos y las subiré a la página
de la junta médica de la ciudad. ¡Que se joda ese
malnacido!
Bromeamos sobre eso, o al menos lo intentamos, pero
antes de que podamos explayarnos con los chismes,
escucho las Voces de Viggo y Ren afuera.
—Solo dame un momento, voy a calmar a los gallos — le
digo a Ruby porque no quiero alterarla diciéndole lo que
me acaba de pasar.
Salgo al corredor y Viggo me agarra de los hombros,
mirándome de arriba abajo.
—¿Qué diablos fue lo que pasó? — pregunta y yo, que ya
estoy más calmada, levanto las manos tratando de que él
se calme también.
—No te asustes —le digo—. Mi camioneta es blindada, así
que estoy bien, nada podría pasarme. Pero un auto me
persiguió.
—¿Viste quién fue? —me increpa.
—No. No pude verlo, pero no parecía alguien muy
competente... —por un momento me quedo pensativa—.
No sé cómo explicarlo, pero parecía alguien torpe al
volante, terminé impactándolo y escapando —murmuro
por lo bajo aunque tengo la emoción a flor de piel—. Y
tampoco pude reconocer el coche. No era uno de los que
usan habitualmente Devon o Bonnie, era un poco más...
modesto, más viejo.
Viggo se queda en silencio por un momento, y luego saca
su teléfono y llama a la empresa de seguridad del coche.
—Sí... sí... soy yo. Mi mujer acaba de tener un accidente.
Necesito que me manden los videos de todas las cámaras
—dice en un tono que no admite discusión.
Ren carraspea y señala al cuarto de Ruby, en una clara
señal de que nos dará espacio. Y mientras tanto Viggo y
yo esperamos por el video. Veo cómo su frustración crece
con cada minuto que pasa, hasta que escuchamos la
notificación de entrada a su teléfono.
Viggo busca el video de la cámara trasera y lo reproduce.
La persecución aparece en todo su esplendor, pero más
que el video, lo que me llama la atención es la forma en
que la expresión del hombre frente a mí cambia
drásticamente. La ira brota en su rostro y sus ojos se
convierten en dos brasas encendidas.
—¿Qué está pasando? —pregunto, porque lo conozco lo
suficiente como para saber que esto no se trata de su
posesividad sexy y natural. Esto es algo más.
Pero él no dice ni una palabra, solo me da la espalda y sale
del edificio con la misma rapidez con la que llegó.

CAPÍTULO 91. La única.

Cuando una mujer ha sufrido lo suficiente, la piel empieza


a erizarse de una manera distinta cuando las cosas no
están bien. Las sospechas se convierten en un instinto
básico y de repente te encuentras tan segura de las cosas
como si Dios mismo las hubiera escrito en piedra para
mandártelas.
Así que por eso estoy segura de que Viggo sabe algo que
yo no sé y que no me lo quiere decir.
Lo sigo hasta el estacionamiento y apenas se da la vuelta
para decirme que me quede, levanto una mano,
callándolo.
—No insultes mi inteligencia —le advierto—. Tú sabes lo
que está pasando. Yo no reconocí ese auto pero tú sí. Tú
sabes quién me estuvo siguiendo. Y me lo vas a decir
porque no lo preguntaré dos veces.
Veo la forma en que sus labios se vuelven una línea fina
llena de impotencia y asiente.
—Ese es el auto de Alicia, mi antigua amante —responde
y me quedo aturdida por un segundo.
La imagen de esa mujer sobre su escritorio me viene a la
mente. ¿En serio? ¿Alicia? Cierro los ojos por un segundo
y luego niego, dándole la espalda.
—Pues si esto tiene que ver contigo, entonces resuélvelo
—le digo, intentando mantener la calma en mi voz.
—Regina...
—Lo siento, ahora no puedo lidiar con esto —replico pero
antes de poder dar dos pasos más él me sujeta del brazo
para detenerme.
—Espera, por favor, espera. Lo voy a resolver pero
mientras tanto no quiero que vayas sola a ningún lado —
declara—. Te voy a poner una escolta...
—No...
—¡Reina...!
—¡No voy a usar una maldita escolta solo porque hay una
loca suelta con déficit de diamantes en su dieta! —grito
mientras mi pecho sube y baja con una respiración pesada
y no sé qué es esto.
No puedo estar celosa, no puedo estar decepcionada, esto
es... solo es... ¡estrés!
Él hace una mueca, pero los dos sabemos que no va a
ganar esta discusión. Me doy la vuelta y me dirijo de nuevo
hacia la habitación de Ruby; y no miro atrás mientras
Viggo se va.
Cuando llego, la atmósfera es tranquila. Verónica acaba
de llegar y las dos están chismeando de los tatuajes de
Greer. Es un alivio cuando estamos las tres juntas, un
pequeño oasis en medio del caos. Me uno a ellas, y
pasamos las horas siguientes tranquilas, charlando y
disfrutando de una merecida pausa.
Cuando la tarde llega decido irme con Verónica, a pesar
de que la alarma del departamento me hace saber que
Viggo está en él. Vero me mira con curiosidad, pero mi
excusa es simple:
—Creo que es hora de que la dueña de Crown Capital
ocupe su oficina —le digo y ella levanta las manos al cielo
con dramatismo.
—¡Alabado sea el Señor!
Al día siguiente, me visto con un conjunto elegante y
decidida, con la mente clara, y me dirijo a Crown Capital.
Al llegar, la familiaridad del edificio me envuelve, hasta
este momento solo he entrado aquí como una
desconocida, pero hoy estoy lista para tomar el control. La
sensación de poder me envuelve mientras me presento en
mi nuevo rol como CEO y dueña.
—Hola, soy Regina, la nueva CEO —anuncio con una
sonrisa cuando me presento ante la junta de gerentes.
Empiezo a ponerme al tanto de las operaciones, revisando
informes y charlando con el equipo. Cada momento me
llena de entusiasmo, y un poco de remordimiento porque
esto fue lo que debí hacer desde que me gradué, en lugar
de encerrarme entre cuatro paredes a ser el soporte de un
hombre que no lo merecía.
Cuatro horas después, mientras cierro los ojos por un
segundo en mi oficina, la puerta se abre de repente y una
figura que quizás estaba esperando se asoma a la puerta.
Viggo entra y nos miramos por un momento, uno en que
el tiempo parece detenerse.
—Este es el lugar que te corresponde —dice, admirando la
oficina con ojos brillantes—. Te ves muy bien aquí.
Me siento orgullosa de eso pero sé que no cruzó media
ciudad para admirarme.
—No regresaste a nuestro departamento anoche —dice, y
mi corazón se acelera un poco aunque su tono no es de
reclamo.
—No sabía cómo hacerlo —le respondo, sintiendo que mis
palabras flotan entre los dos—. Tener a una mujer en
medio de nosotros... lo lamento, pero no es algo con lo
que pueda lidiar en este momento. Sabes de sobra todo lo
que tengo en la cabeza.
Viggo se acerca un paso más, y su mirada se vuelve aún
más intensa. Me levanta de mi silla y me sienta sobre el
escritorio con un movimiento ligero, colándose entre mis
piernas y rozando su nariz con la mía.
—No hay nadie entre nosotros —dice con tono firme—. Yo
jamás lo permitiría, porque tú eres la única para mí.
¿Entiendes?
Antes de que pueda reaccionar, me besa, y juro que jamás
me había besado de esta forma antes, con menos
posesividad y más... rendición.
—Confía en mí —susurra, y hay algo en su voz que me
hace querer creerle—. Tienes que seguir confiando en mí.
Me estoy ocupando. Te juro que no me había pasado ni
por la cabeza lo de Alicia y mujer... ¡no hay forma de que
me tengas más controlado si estoy contigo todo el tiempo!
Aprieto los labios porque no quiero reír, pero es que de
verdad el condenado no coopera.
No es que desconfíe de él, simplemente que en este
momento no puedo dividirme para enfrentar un enemigo
más de todos los que ya tengo.
—Está bien —le digo con un suspiro resignado—. Confío
en ti. Dejaré que te encargues. —Entonces no puedo evitar
que mi pregunta salga un poco burlona—. ¿Y por cierto,
solo viniste de visita para meterte entre las piernas de la
dueña de Crown Capital?
Él se ríe con ese tono contagioso y sexy, y siento que la
tensión se disipa un poco.
—No solo por eso —me responde mientras se muerde el
labio inferior y aparta un poco mi blusa para mirar debajo.
Luego carraspea y respira hondo para ponerse serio—.
También quería decirte que ya fue liberada la demanda
por la patente que involucra a Devon y a TradeLink. El
desastre es cuestión de días, sino horas... y quería saber
si podía presenciarlo contigo.

CAPÍTULO 92. Una forma de detenerme

Lo beso, me besa, y de alguna forma terminamos cerrando


con seguro la puerta de mi oficina, porque Viggo no puede
irse sin dejar claro que hay un castigo por ignorarlo y…
aceptémoslo, sus castigos son mis favoritos.
Jadeo contra su pecho sin poder evitarlo y él cierra mis
piernas con un movimiento fuerte, mordiéndose el labio
inferior.
—No dejes que nada salga —me advierte con tono
peligroso y no sé cómo espera que siga contrayendo un
solo músculo después de que me pasara una bestia por
encima.
—Eres malo —lo acuso.
—Así me quieres se ríe y me besa antes de marcharse.
Le dije que sí, por supuesto, que veremos juntos la caída
de Devon y de TradeLink, pero la verdad no esperaba que
fuera tan pronto. Siendo realistas, en este mundo de
mierda en que vivimos la justicia legal tarda años y las
demandas acumulan polvo en los juzgados... excepto las
que involucran dinero. Una mujer agredida puede pasar
años para obtener un juicio, pero un hombre que comente
fraude no.
Así que solo dos días después, estoy en mi oficina
revisando unos informes, cuando escucho fritos afuera y
luego la puerta se abre sin previo aviso.
—¡Señora que no puede pasar! ¡Seguridad! —grita mi
asistente, pero la mujer que viene frente a ella la empuja
a un lado sin miramientos y no me sorprende ver a Bonnie
delante de mí.
Parece que acaba de salir de una tormenta, con el ceño
fruncido y las manos apretadas en puños.
—Tranquila, Mirna, parece que la señora lleva urgencia,
déjala pasar —digo tratando de contener la sonrisa.
Bonnie cierra la puerta de golpe y avanza hasta quedar
frente a mi escritorio.
—¡Tú tuviste algo que ver con esto! ¿verdad? —Su voz es
un susurro envenenado, cargado de rabia contenida.
Levanto una ceja y dejo el bolígrafo sobre la mesa con
toda la calma del mundo.
—No tengo idea de qué hablas, Bonnie. ¿Puedes ser más
específica?
—¡La pérdida de la patente! ¡La demanda! ¡Fuiste tú! ¿No
es cierto? ¡Fuiste tú, maldita! —exclama y yo hago un
puchero divertido porque me encanta ser la mala.
—¿Ya está haciendo efecto esa demanda? ¿Tan pronto? —
pregunto con una inocencia que estoy lejos de tener y ella
me lanza una mirada llena de odio.
Me giro lentamente y, con una media sonrisa, tomo el
control remoto de la pantalla de mi oficina. Enciendo la
televisión y pongo la página de la bolsa de valores.
Las acciones de la empresa que tenía la patente están
cayendo en picada, y por tanto la inversión de TradeLink
también se está yendo al traste. Un escalofrío de
satisfacción me recorre la espalda mientras veo los
números en rojo. Cada punto que baja la empresa de
Devon es una pequeña venganza cumplida. Me recargo en
la silla y la miro con una expresión de diversión pura.
—Dime, Bonnie —digo con voz melosa—, ¿qué se siente
ver cómo tu imperio se desmorona? Aunque
honestamente no debería decir "tu imperio", tú no pusiste
nada para su construcción pero... bueno, ya sabes,
tecnicismos...
Ella aprieta los dientes y golpea la mesa con ambas
manos.
—¡Esto no puede estar pasando! ¡No puedes quitarnos
TradeLink! —me grita.
—¡Uy no! si es que yo no quiero quitarte nada, solo quiero
destruirla —replico echándome hacia adelante—. Verás,
tengo un sentido de la venganza muy... bíblico,
especialmente en la parte de "cenizas a las cenizas y polvo
al polvo". Yo levanté esa empresa de la nada, y en eso
exactamente la voy a convertir, ¡en nada! —contesto,
disfrutando cada segundo de su desesperación—. Y lo
mejor es que todavía falta la parte más divertida.
—No sé qué demonios quieres decir con eso —gruñe
Bonnie, con el rostro desencajado, pero yo solo cruzo las
piernas lentamente y ladeo la cabeza.
—Quiero decir que Devon va a ser investigado por fraude.
Bonnie parpadea, como si no pudiera encajar del todo mis
palabras; y luego sacude la cabeza con furia.
—¡Eso no es cierto! —escupe—. ¡Mi hijo no hizo nada
malo!
Suelto una carcajada seca y la miro con fingida compasión.
—¿No? ¡Al final va a resultar que ser un asqueroso asesino
ahora no es nada malo! ¿No has hablado con el doctor
Greer últimamente? —la increpo y la veo fruncir el ceño,
confundida.
—¿Greer? ¿Qué tiene que ver él con esto?
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos sobre el
escritorio, y le sonrío con malicia.
—Te recomendaría que lo visites. Míralo bien a la cara...
bueno, a lo que le quedó de ella. Así podrás ver
exactamente lo que le espera a tu hijito querido.
La sangre abandona su rostro en un segundo. Pero yo sé
que ni con toda su imaginación puede acercarse a la
verdad: que Greer, su distinguido doctor de sociedad,
ahora está convertido en un espectáculo de terror.
Bonnie me mira con una mezcla de odio y miedo, como si
estuviera viendo un monstruo.
—Eres un demonio —masculla y yo me encojo de
hombros.
—Soy el demonio que tú creaste querida... —siseo
encogiéndome de hombros—. Y aun así te voy a dar la
oportunidad de detenerme.
Ella entrecierra los ojos porque evidentemente no confía
en mí.
—¿Qué quieres? —escupe.
Me levanto de la silla y camino lentamente hasta quedar
frente a ella.
—Ponte de rodillas y suplícame perdón por lo que hiciste.
Ruégame que te perdone por matar a mis hijos.
Su rostro se contorsiona en una mueca de asco y furia.
—¡Jamás! —me grita.
—Entonces, disfrútalo mientras dure. Porque nadie podrá
detener lo que viene.
Bonnie da media vuelta y sale de mi oficina con pasos
furiosos, azotando la puerta tras ella. Y yo me reclino en
mi silla, sintiendo una satisfacción pura y absoluta.
Miro de nuevo la pantalla. TradeLink sigue hundiéndose.
Perfecto.
Así que en la noche, después de ver cómo el desastre
avanza, decido ir a nuestro departamento, porque le
prometí a Viggo que lo veríamos juntos. Apenas cruzo la
puerta sé que la alarma del departamento le avisa que
estoy aquí... pero las horas pasan y él no llega.
Me sirvo una copa de vino, tratando de distraerme. No soy
la persona intensa que lo acosa con llamadas y mensajes,
pero la preocupación empieza a crecer dentro de mí.
A la una de la madrugada, por fin me rindo y me meto en
la cama. A fin de cuentas, él también tiene derecho a no
venir cuando yo llamo.
Sin embargo apenas está amaneciendo cuando siento su
mirada sobre mí como una segunda manta. Su expresión
está agotada, tiene ojeras profundas, y su ropa está
ligeramente arrugada, pero sigue viéndose terriblemente
sexy.
Me incorporo y lo observo en silencio, mientras él se sube
a la cama y me besa.
—¿Estás bien? —pregunto con voz suave, y él me observa
por un largo momento antes de responder.
—Quería llegar antes... pero primero tenía que preparar
algo.
—¿Qué cosa?
—El final de esta historia, reina... el final de esta historia.

CAPÍTULO 93. Reuniones privadas

Viggo parece que apenas puede mantenerse en pie. Lo veo


sentarse en el borde de la cama, con los hombros caídos
y los ojos pesados de cansancio. Se frota la cara con
ambas manos y suelta un suspiro largo.
—Tienes que dormir —le digo, acercándome.
—Estoy bien —murmura, pero apenas puede mantener los
ojos abiertos.
Me inclino y le desabrocho la camisa con calma. Él me deja
hacerlo sin protestar, demasiado agotado para oponer
resistencia. Lo arrastro al baño y lo meto bajo la ducha
caliente. Lo seco despacio y lo meto a la cama desnudo.
—Ahora entiendo —confieso mientras lo ayudo a acostarse
y lo arropo como si fuera un niño—. No me gusta cuando
te desapareces toda la noche mientras yo creo que vas a
venir.
—La diferencia es que yo nunca sé si tú vas a venir, pero
tú siempre sabes que yo sí lo haré. No sé en qué momento
me puse en esta obvia desventaja contigo pero... es lo que
hay.
—Viggo...
—No me desaparecí, reina, estuve ocupado con algo
importante. Ya lo verás, y te aseguro que será pronto.
—Lo sé —susurro, buscando su boca con un beso suave.
Pasa un brazo sobre su rostro, como si la luz de la
habitación le molestara, y se ve tan vulnerable así, con la
guardia baja, que me sorprende que este hombre pueda
ser tan peligroso y a la vez tan... mío.
—Tengo que salir a la oficina, pero te prometo que voy a
volver pronto —le digo, acariciándole el cabello—. Duerme
un poco.
No sé si llega a escucharme, porque en cuanto cierro la
puerta ya está completamente dormido.
Cuando llego a mi oficina en Crown Capital, me encuentro
con un montón de reportes sobre mi escritorio, pero no
me da tiempo ni de revisar la primera página cuando la
puerta se abre de golpe y Verónica entra, casi sin aliento.
—¡Tienes que ver esto!
—¿Qué pasa? —pregunto, alarmada; pero ella enciende la
televisión y sube el volumen.
En la pantalla, esa reportera amiga suya está en la puerta
de la comisaría, con un micrófono en mano y expresión de
máxima emoción periodística.
"Última hora para el Canal 5 Noticias: Devon Finnigan,
CEO de TradeLink, ha sido arrestado esta mañana bajo los
cargos de fraude y malversación de fondos. Las
autoridades informan que la denuncia fue presentada por
múltiples inversionistas afectados por la mala gestión
financiera de la compañía. A eso se le suma la reciente
demanda que ha enviado a su empresa de élite a la
quiebra, así que las sospechas son inevitables: ¿El señor
Finnigan realmente estará perdiendo dinero porque es un
pésimo bróker, o lo estará haciendo a propósito para
malversar el capital de sus acreedores?"
Parpadeo, asimilando la noticia, y caigo sentada en mi silla
cuando la cámara cambia y muestra a Devon siendo
escoltado fuera del edificio de Tradelink por dos oficiales.
Su rostro está tenso, con la mandíbula apretada, pero en
sus ojos hay algo que me sube la adrenalina como la mejor
de las drogas: miedo.
Verónica me mira con la boca entreabierta y señala la
pantalla.
—¿Fuiste tú?
Sonrío, pero niego con la cabeza.
—No, eso no lo hice yo... pero sé quién lo hizo.
Ella frunce el ceño y levanta una ceja divertida porque solo
podemos imaginar a la misma persona: Viggo.
Sin embargo antes de que pueda entrar en detalles,
porque realmente no los tengo, en la pantalla la reportera
sigue hablando.
"Las acciones de TradeLink han colapsado en las últimas
doce horas y la empresa se encuentra en crisis. Expertos
financieros especulan que, si la situación no cambia
pronto, la compañía podría declararse en bancarrota en
menos de un mes."
Me muerdo el labio para no reír. Esto es mejor de lo que
esperaba.
—Esto es una locura —dice Verónica, sin apartar la vista
del televisor.
—Esto es justicia —corrijo.
Y lo disfruto. Tanto que tengo que hacer un esfuerzo para
quedarme por unas horas en la oficina en lugar de volver
al departamento como una loca a buscar a Viggo. Cuando
por fin regreso, él sigue dormido. Me acerco con cuidado
y me siento en el borde de la cama. Le acaricio el rostro
con suavidad hasta que empieza a abrir los ojos.
—¿Ya volviste? —murmura con voz rasposa.
—Sí. Y volví con una noticia interesante —le digo,
inclinándome sobre él—. ¿Qué hiciste, exactamente?
Se estira un poco y me mira con una media sonrisa, pero
se le nota el cansancio en cada línea de su rostro.
—Reuniones privadas.
Frunzo el ceño.
—¿Reuniones privadas?
Él asiente y se incorpora un poco, apoyándose en un codo.
—Cuando el dueño de Colosso Capital te llama en la
madrugada para hacerte una advertencia de negocios,
todos responden.
Lo miro fijamente y el corazón me late con tanta fuerza
que no sé ni qué es esto que siento.
—¿Hiciste que los inversionistas de Devon se retiraran?
Se encoge de hombros, como si no fuera la gran cosa.
—Solo los convencí de que Devon les estaba robando. No
fue difícil. Después de tantos años de operaciones
perfectas, era inconcebible que Devon tuviera tantas
operaciones fallidas.
Me río y me acurruco contra él.
—Esa fue una gran jugada.
El me envuelve con un brazo y besa mi frente.
—Solo porque el imbécil jamás te dio el crédito que te
merecías. Nadie en esa empresa sabía que la mente detrás
de su éxito era la tuya.
—Brillante y despiadado —murmuro contra su pecho—. Me
gustas.
Siento su risa vibrar bajo mi mejilla y la forma coqueta en
que me muerde.
—Lo sé. Te encanto. Soy el encantador de reinas...
—¿Disculpa?
—¡De una, solo de una! —se carcajea.
Pasamos el resto del día en la cama, y en la noche otra
noticia revienta en todos los canales.
Verónica me envía un mensaje con el enlace de la
transmisión en vivo. Abro el video y veo a la misma
reportera de la mañana, ahora con expresión de máxima
urgencia.
"Hace solo unos minutos, Devon Finnigan ha sido liberado
bajo fianza, pero la situación para él sigue complicándose.
Se han levantado oficialmente los cargos de fraude y
malversación de fondos, y su juicio ya tiene fecha para
dentro de dos meses. Analistas financieros aseguran que,
si la caída de TradeLink continúa, es muy probable que
Finnigan no tenga cómo pagar un abogado para
entonces."
La cámara cambia y muestra a Devon saliendo de la
comisaría. Se le ve devastado, con el cabello desordenado
y el traje arrugado. No responde preguntas, no mira a los
periodistas. Solo se mete en un auto y desaparece.
—Dime una cosa —murmura Viggo acostándose sobre mi
espalda y restregándome contra mí con descaro—: ¿Cómo
se siente la villana dentro de ti?
Ahogo un gemido cuando siento su fuerza y cierro los ojos
sin poder evitarlo.
—Llena, condenado, llena...

CAPITULO 94. Aguas revueltas

Una semana. Solo una semana pasa hasta que TradeLink


se declara en bancarrota, y la atmósfera en la ciudad se
siente densa, como una tormenta a punto de estallar. La
noticia ha hecho eco en todos lados, y por fin estoy
comenzando a sentir que la gente que me hizo daño están
obteniendo lo que se merecen, o al menos eso creía. Estoy
en el departamento de Viggo, sé que va a llegar en
cualquier momento, cuando de repente mi teléfono suena
y veo en la pantalla el número de Verónica.
"Regina, tenemos un problema. La perra de Bonnie está
en mi puerta exigiendo hablar contigo. ¿Vienes o quieres
que la saque a escobazos o algo así?
—No, no, ya voy —le respondo, sintiendo un ligero
escalofrío. Exigir es demasiado para ella en este momento,
pero prefiero ir avisada en caso de que pretenda hacer
algo contra nosotros.
Le dejo una nota a Viggo asegurándole que volveré, y
conduzco hasta la casa de Vero.
Al llegar a la puerta, veo a Bonnie allí, de pie como una
tormenta en un día despejado. Su expresión es una
mezcla de desesperación y desafío, y entiendo que no
debe haber sido fácil ver cómo mi amenaza se cumplía y
ver que su hijo no solo perdió su empresa, sino que
también está pendiente de ser enjuiciado.
—¡¿Qué tengo que hacer para que te detengas?! —escupe
mientras sus manos se cierran en puños—. ¡¿Qué tengo
que hacer para que dejes de lastimar a mi hijo?!
Su pregunta me sorprende un poco. ¿De verdad está
tratando de hacerme sentir culpable? Su mirada es
intensa, pero yo solo siento asco. ¿Cómo puede ser tan
cínica? Esta es la mujer que planeó junto con un doctor
cómo y cuándo matar a mis hijos para hacerme más daño,
para quebrarme. Supongo que la gente es incapaz de
aceptar los monstruos que ha creado, especialmente
cuando nunca han esperado esa transformación en
particular.
Y sé que eso es justamente lo que le pasa a Bonnie en este
momento. Esperaba dejarme convertida en una sombra,
solo un fantasma lleno de dolor, y en lugar de eso soy un
fantasma con dientes que regresó para atormentarla.
—No tienes que hacer nada. Ya me detuve. Te aseguro
que dejaré que a Devon le pase lo que le tenga que pasar
—le digo, sintiendo cómo cada palabra sale de mi boca con
una frialdad calculada.
Y las dos sabemos que "lo que le tenga que pasar" solo
anuncia el peor destino posible.
Me mira como si le estuviera arrancando el alma del
cuerpo, y antes de que pueda siquiera creerlo, Bonnie
hinca una rodilla en el suelo frente a mí, y sus ojos se
llenan de lágrimas.
—¡Regina, por favor! —exclama como si fuera una madre
devota y suplicante, y entiendo que la desesperación debe
ser mucha—. Te pido perdón, de verdad. Me arrepiento
de... de todo lo que te hice.
Maldita mentirosa, no se arrepiente de nada, ni siquiera
es capaz de decirlo con todas sus letras, de frente, como
es, porque solo es una perra traidora y asesina.
—Dilo con todas sus letras, di que mataste a mis hijos. ¡Di
la verdad! —le gruño y la veo levantar la barbilla para
mirarme desde el suelo.
—Perdón por matar a tus hijos... —balbucea y yo achico
los ojos.
Algo está pasando con ella aunque no sé qué, y de repente
me llega una epifanía.
—No pudiste con la curiosidad, ¿verdad? Fuiste a ver a
Greer.
La veo ponerse pálida y tengo mi respuesta.
—¡Te estoy suplicando perdón, por favor! —insiste sin
responderme—. ¡Perdón por matar a tus hijos, por favor
ahora deja a Devon en paz!
Y no puedo evitar la risa amarga y cruel se me salga.
—¿Perdón? —repito, alzando una ceja. ¿Y tú crees que yo
soy sacerdote para estar perdonando? No, cariño, a mí no
me importa tu sufrimiento como a ti no te importó el mío
en absoluto. —Las palabras caen pesadas en el aire, y
Bonnie parece desmoronarse. Su vulnerabilidad es
palpable, pero no me importa—. Quiero que entiendas
esto y que lo sepas por mí: Devon está condenado —
continuo—. Su destino ya está sellado. Perdió su empresa,
pero el dinero es lo que menos me importa. Ahora será
encontrado culpable en el juicio, será juzgado y
condenado, y va a pasar el resto de sus pocos días en la
cárcel, donde me aseguraré de que se convierta en el
juguetito de sus compañeros. No me importa cuánto tenga
que pagar o a quién, me encargaré de que todos sepan lo
que le hacía a su mujer embarazada, para que sea atacado
y violado cada maldito día hasta que ya no lo soporte y se
cuelgue de los putos barrotes de su ventana.
Bonnie retrocede hasta levantarse y me mira un poco con
espanto y otro poco con odio.
—Entonces tú no eres mejor que yo —escupe con rabia y
yo le sonrío.
—En eso te equivocas. Puedo ser mucho más cruel si me
lo propongo. Ahora lárgate de mí vista —replico y cuando
finalmente se aleja, siento una extraña satisfacción.
Es una victoria amarga, pero una victoria al fin. No puedo
evitar pensar en cómo las cosas han cambiado. Antes,
Bonnie era la leona a la que no le importaba ser cruel
porque "quería lo mejor para su hijo", y ahora aquí está,
suplicando, como si hubiera llegado a la puerta del infierno
y no pudiera volver atrás.
Sin embargo en el mismo momento en que los sonidos se
aplacan, la puerta detrás de mí se abre y no solo veo a mi
amiga, sino también a Christian. No tenía ni idea de que
estuviera aquí, pero él también sale del departamento, y
su mirada escrutadora se dirige a ese ascensor en el que
acaba de bajar Bonnie.
—No me gusta cómo sonó eso, Regina —dice, frunciendo
el ceño y tal parece que acaba de robarle las palabras a
Verónica.
—Sí, St Jhon, ya sé que no te agrado...,
—No me refería a ti —me corta y me le quedo mirando,
confundida; hasta que me doy cuenta de que, si estuvo
escuchando detrás de la puerta como me imagino que
estuvo, entonces ya sabe que lo que hay entre los Finnigan
y yo es más que un divorcio mal llevado—. Cuando las
aguas están tan revueltas, es mejor alejarse —sentencia
con seguridad—. ¿Y si nos vamos por unos días? ¿Qué tal
un viaje corto a Aspen?
La idea me seduce. Un tiempo alejada de todo este drama
podría ser justo lo que necesito.
—Un viaje a Aspen suena bien —le responde Verónica
antes de que yo pueda despegar los labios—. Eso si estás
dispuesto a llevar a la competencia, claro.

CAPÍTULO 95. Una aventura compartida

El hangar privado en el aeropuerto está lleno de energía.


Equipaje rodando, murmullos de los empleados, el sonido
de las turbinas encendiéndose a lo lejos. Pero lo más
ruidoso es el alboroto que armamos nosotras.
Desde que estábamos en la universidad no hacíamos un
viaje como este juntas. Yo tenía a Devon y Bonnie, Ruby
estaba más soltera que una media después de pasar por
una lavadora, y Vero... bueno, Vero estaba acumulando
veneno.
—¡Por fin! —dice Ruby abrazándome con fuerza, y es obvio
que amenazó al médico para que le diera el alta de una
vez. Si me quedaba un día más en ese cuarto, creo que
me daba un colapso nervioso.
—Si te daba un colapso, Ren seguro te sujetaba antes de
que tocaras el suelo —comento burlona.
Ruby me saca la lengua y luego nos abrazamos. Las tres
reímos. Nos sentimos como niñas en un viaje escolar,
emocionadas y listas para la aventura, a pesar de todo lo
que está pasando. Solo nos falta dar algunos saltitos...
Pero a unos metros, la vibra es muy diferente.
Viggo, Christian y Ren están parados en círculo, mirándose
con expresiones tensas, como si estuvieran en un duelo
del Viejo Oeste. Evidentemente no entienden cómo es que
tres hombres que no habían encontrado ni una buena
razón para reunirse nunca en su vida, de repente se
reúnen con tanta frecuencia en tan poco tiempo.
La tensión vibra en el aire hasta que algo o mejor dicho,
alguien, la corta.
—¿Se van a pelear o se van a besar? —pregunta el abuelo
pasando junto a ellos, y un segundo después están los tres
tosiendo y cargando maletas innecesariamente. El abuelo
suspira y, sin detenerse, agrega—. Guarden las espadas,
caballeros, que estamos de vacaciones.
Las chicas y yo nos volteamos al mismo tiempo y en un
instante hay tres índices acusadores frente a tres narices
sorprendidas.
—A ver —les advierto—, más les vale portarse bien.
—Porque no nos importa que la residencia St Jhon esté
muy linda... —sigue Vero.
—Como se porten mal, nos iremos a un hotel y los
dejaremos solos —termina Ruby.
Verónica asiente con cara de "ni lo duden" y el abuelo nos
dice adiós por la ventanilla porque ese ya está sentado y
listo para irse con la mejor actitud.
Los chicos refunfuñan, pero al final se suben al jet privado
sin más protestas y cada uno busca acomodarse junto a
su... domadora personal.
Una vez dentro, Viggo se sienta a mi lado y suelta un
bufido.
—Mi avión es más grande —murmura con fastidio y yo le
lanzo una mirada divertida.
—Tú lo tienes todo más grande —replico y lo veo ponerse
colorado mientras se tensa y se queda completamente en
silencio.
Luego me mira con sospecha, acusación y todo lo posible
cuando se da cuenta del doble sentido.
—¿Tú cómo sabes eso, condenada?
Me encojo de hombros, fingiendo inocencia, y le hago un
guiño.
—Pura intuición.
Sus ojos se entrecierran, pero luego se cruza de brazos
con un aire de arrogancia que dan ganas de comérselo a
besos.
—Intuición mis huevos. A las chicas les gusta hablar de
esas cosas... —se ríe—. Yo la tengo más grande.
Y la verdad es que no tengo ni idea, pero me encanta la
forma en que se regodea y con semejante confianza, el
vuelo enseguida se vuelve animado.
El vuelo es animado. El abuelo es, por supuesto, el más
conversador de todos. Se pasea por el avión, hace bromas
y, en un momento dado, saca una botella de sake y
empieza a servir pequeños tragos "para el frío de Aspen".
Todos tenemos planes y por supuesto que nos ponemos a
compartir ideas, hasta que Ren se pone en modo
"sobreprotector posesivo".
—Tú no vas a esquiar ni de broma —rezonga Ren y aunque
es obvio que nosotras tampoco la dejaríamos y que a ella
no se le pasaría ni por la cabeza, también es evidente que
no se va a dejar dirigir.
—¿Disculpa? —le dice—. A mí no me importa si es en
esquí, en snowboard, en moto de nieve o en tu espalda,
pero de que este trasero se posa en la nieve, te garantizo
yo a ti que lo hace.
—¿¡Por qué tienes que ser tan terca?! —replica Ren.
—Porque soy libre como el viento, cariño. Y tú no puedes
conmigo, a mí nadie me gobierna. Si quieres intentar
darme órdenes, primero ponme un anillo en el dedo. ¡Y el
énfasis sigue en "intentar"!
Pero antes de que Ren despegue los labios para replicarle,
el abuelo que está en un asiento al otro lado, escucha la
palabra “anillo” y, con la rapidez de un mago, saca una
pequeña caja y se la pasa a Ren sin decir nada.
Todo el avión se queda en silencio mientras Ren la abre y
mira el contenido con incredulidad.
—Solo fue sarcasmo, abuelo. No lo está diciendo en serio
—rezonga y el abuelo hace un gesto de impaciencia.
—Esa fue una indirecta... y tú eres un idiota.
Yo me río tanto que casi escupo mi trago, pero por suerte
el resto del viaje es ameno y agradable, llenos de risas
mientras los ánimos se relajan.
Cuando llegamos a Aspen, el aire es frío y fresco. Nos
rodea un paisaje de montañas cubiertas de nieve y
cabañas de madera con luces cálidas en las ventanas.
La residencia de Christian es enorme, toda de piedra y
madera oscura, con enormes ventanales y una chimenea
en cada habitación, que ya están encendidas y listas para
nosotros.
Nos paramos en la entrada, contemplando la casa,
mientras Christian se gira hacia el abuelo y hace una leve
inclinación de cabeza, mostrándole cuál será su
habitación, que por respeto es la mejor de la casa.
El abuelo asiente con aprobación, dándole una palmada en
la espalda.
—Tienes buenos modales —le dice.
Las chicas y yo elegimos nuestras habitaciones, mientras
ellos se quedan en medio de la sala como aturdidos,
porque de repente el abuelo Kaizen es como una figura de
autoridad tradicional y conservadora... o al menos lo es
hasta que se asoma y los mira como si fueran tontos.
—¡¿Pero qué están haciendo?! ¡Vamos! ¡Que cada uno siga
a su loca! —exclama y luego se encierra refunfuñando—
¡Qué lentos son! A este paso jamás tendré nietos...

CAPÍTULO 96. Niños en pijamas

La cena es un festín. Largas bandejas de comida caliente,


vino en cada copa y la luz de la chimenea dándole un brillo
acogedor a toda la habitación.
Poco a poco, las tensiones se disuelven. El vino ayuda, por
supuesto, y los chicos incluso logran intercambiar un par
de frases sin querer matarse.
Finalmente, el abuelo, con su copa en mano, se sienta en
un sillón frente a la chimenea y nos mira con una sonrisa.
Le hago una pregunta simple sobre una empresa que me
ha causado curiosidad últimamente y de pronto, empieza
a hablar sobre el mercado de valores.
—Ahora sí, les voy a contar cómo se manejan los negocios
de verdad.
Nos reímos, pero un segundo después Viggo, Ren y
Christian se van con él y se acomodan en la alfombra a
escucharlo con atención, porque cada palabra suya es
como un mantra.
—...Y obviamente sé que las grandes empresas no podrían
fusionarse ni asociarse de ninguna manera, la ley
antimonopolio lo impide —comenta con seriedad—. Y
además ustedes son demasiado arrogantes como para
hacer negocios juntos. ¿Pero quién me dice por qué Regina
fue más inteligente que ustedes tres?
—¡Yo, yo! Porque tomó un pedazo de cada una de nuestras
empresas —sentencia Christian.
—¡Exacto! Uno de ustedes puede quebrar, pero es
estadísticamente imposible que los tres quiebren a la vez,
entonces mientras tengan tres cuartos de su capital
asegurado en otras tres grandes compañías entonces...
—Ninguno de nosotros podrá quebrar nunca —murmura
Viggo y los chicos se miran como si les hubiera caído una
epifanía.
Parece que Colosso, Ironclad, Kaizen y Crown estarán
haciendo negocios juntos por un largo tiempo a partir de
ahora.
Nosotras, en cambio, no podemos evitar sonreír,
observándolos desde la cocina.
—Míralos —susurra Verónica, con expresión divertida—.
Se ven adorables, como niños escuchando un cuento antes
de dormir.
Ruby se tapa la boca para contener la risa.
—Sí, qué tiernos, aprender a comprar acciones a la baja
es como sus cuentos de hadas.
Yo también sonrío. Es extraño ver a estos hombres, que
normalmente parecen inquebrantables, sentados en
pijamas, con la mirada fija en el abuelo mientras les
explica estrategias de inversión como si les estuviera
contando un relato épico.
La noche avanza y cuando el cansancio se adueña del
ambiente, todos empiezan a retirarse a sus habitaciones.
Yo también me levanto de la mesa, pero antes de irme,
echo un último vistazo al fuego. Me gusta este momento.
Esta calma. Esta sensación de que, por una noche,
podemos fingir que todo está bien.
Viggo me abraza por la espalda y por supuesto que me
cuenta al oído toda la clase de indecencias que quiere
hacerme cuando regresemos a nuestro departamento,
porque aquí obviamente tenemos que portarnos bien.
Nos vamos a la cama protestando cada uno por nuestro
lado y me encanta que me acurruque, pero esta paz no
dura mucho.
No sé cuánto tiempo ha pasado, solo que se siente como
que ya es de madrugada cuando alguien golpea mi puerta
con insistencia.
Me enderezo en la cama de golpe, con el pulso acelerado
y Viggo se viste a toda prisa detrás de mí. ¿Mencioné que
le encanta dormir desnudo? Bueno, enfoque, enfoque.
—¿Regina? —La voz de Verónica suena agitada al otro lado
y yo abro la puerta de inmediato.
—¿Qué pasa?
Ella me mira con los ojos muy abiertos y me pasa su
teléfono sin decir nada.
Miro la pantalla y ahí está: La noticia en vivo.
"Última hora para el Canal 8, noticias: Devon Finnigan,
CEO de la controversial empresa TradeLink que fue
declarada en bancarrota esta semana, ha sido arrestado
en el aeropuerto en un intento desesperado de huir del
país con documentos falsos, evidentemente tratando de
evadir el juicio que le espera. Esto es motivo más que
suficiente para que su fianza sea revocada, así que el
señor Finnigan deberá esperar ahora su juicio en prisión."
Parpadeo pasando saliva y detrás de mí escucho una
carcajada baja.
Me giro y veo a Viggo apoyado contra el marco de la
puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una
sonrisa divertida en los labios.
—¿Lo sabías? —le pregunto—. ¿Tú lo hiciste?
Él sacude la cabeza, pero sigue sonriendo.
—No. Pero es obvio que alguien lo hizo.
—¿Alguien, quién?
Antes de que pueda responder, Verónica frunce el ceño y
mira hacia el pasillo, donde una sombra nos observa.
—¿Christian?
Nos giramos justo a tiempo para ver a Christian
intentando meterse de nuevo en su habitación con
demasiada discreción. Verónica entrecierra los ojos y
cruza los brazos y luego todos lo perseguimos.
—Oh, no. Ven aquí. ¿Qué hiciste? —pregunta Vero y todos
lo miramos fijamente.
Él se encoge de hombros con una mueca antes de
responder.
—Después de lo que escuché en el corredor de tu
departamento, me imaginé que el cabrón de Finnigan
intentaría escapar —declara—. El tipo no merece salirse
con la suya, así que tengo un amigo en las fuerzas de la
ley... o al margen de ella, no está muy claro. ¡El caso, es
que no hizo falta mucho para que pusieran su foto en todos
los aeropuertos como posible prófugo! ¡Y no me
equivoqué!
Verónica lo mira con incredulidad.
—¿Solo así?
Ya Christian no le da tiempo de responderle antes de que
Ren aparezca en el pasillo cargando a Ruby en brazos. Ella
se mueve incómoda y nos acusa con algo más que la
mirada.
—¿Por qué nadie me incluyó en el chisme? —protesta.
Ren suspira y la acomoda mejor en sus brazos mientras
yo le respondo.
—Porque tú tienes que descansar —declaro y ella señala
al hombre sin playera que la trae cargada.
—Sí, claro. ¡Seguro que eso estaba haciendo!
Viggo pasa un brazo sobre mis hombros y suspira.
—Bueno, yo dije que iba a presenciar esto así que... —me
empuja suavemente hacia el salón y todos nos
acomodamos en los sillones, con la chimenea encendida y
la tele puesta, donde el mar de noticias ha estallado ya.
La imagen de Devon esposado y escoltado por la policía
llena la pantalla.
—Qué idiota —murmura Verónica, bebiéndose una copa
de vino—. ¿De verdad creyó que podría escapar así de
fácil?
—Tenía que intentarlo —dice Christian, apoyando la
cabeza contra el respaldo del sillón—. No le quedaba de
otra teniendo en cuenta las amenazas que le hizo Regina
a su madre.
—Pues ya no tiene opciones —añado.
Miro la pantalla con una extraña sensación de satisfacción
y la voz de Viggo es como una sentencia que invade mis
pensamientos.
—Todo acabará pronto.

CAPÍTULO 97. Cuatro días de escape

El cielo comienza a teñirse de tonos naranjas y rosados


mientras el sol se asoma lentamente por el horizonte. La
chimenea sigue encendida, consumiéndose poco a poco,
llenando la habitación con su calor reconfortante.
Los seis seguimos en la sala, demasiado llenos de
adrenalina para dormir, demasiado cómodos para
movernos.
Miro a Christian y a Ren por el rabillo del ojo. No sé hasta
dónde saben la verdad sobre todo lo que me pasó con
Devon y su madre, pero lo que sí sé es que están de mi
lado. Quizás no necesiten saber los detalles. Quizás solo
necesitan confiar en que hice lo que debía hacer.
—Ya quiero irme de paseo —murmura Ruby,
acurrucándose más contra Ren cuando el subconsciente la
traiciona.
—Pues nos vamos —dice Ren con suavidad, pasándole un
brazo por los hombros—. Café, chocolate caliente... yo lo
preparo.
—¡Ey, ey, ey...! El café déjaselo al italiano que sabe lo que
hace mejor que tú —lo detiene Viggo.
—Tú no eres italiano, idiota.
—Mis abuelos lo eran —replica Viggo y mientras ellos se
pelean por ver quién hace el desayuno, Verónica señala a
la cocina.
—¿Si se fijaron que falta alguien aquí? — se ríe y Viggo y
Ren se miran.
—¡St. Jhon! ¡Aprovechado! —gritan levantándose y
corriendo tras él.
Nosotras nos reímos porque no podemos ni empezar a
imaginar el estropicio que harán en la cocina, pero es
divertido ver cómo intentan complacernos cada uno a su
manera.
Nadie que los viera en la oficina los creería capaces de
esto. Mucho menos de hacer el desayuno para sus... lo
que sea que seamos suyo.
La luz dorada del amanecer se derrama sobre la nieve, y
unos minutos después Ruby, Vero y yo nos ahogamos de
la risa fingiendo que nos gusta el café con exceso de
azúcar o el chocolate con sal. ¿Cuál de los tres se habrá
confundido?
Cuando el abuelo despierta y se une al desayuno, casi los
persigue con una escoba por inútiles. Luego pone a Ren a
hacer té y sé que lo hace para que pueda impresionar a
Ruby. El té no se le da nada mal, después de todo.
Una hora después nos preparamos para salir y la nieve
cruje bajo nuestras botas mientras caminamos hacia las
motos de nieve.
Ren ya tiene lista una, y Ruby está sentada detrás de él,
rodeándolo con los brazos.
—¿Lista para la carrera? —le pregunta él con una sonrisa
traviesa.
—Ni se te ocurra hacer locuras —advierte Ruby—. Estoy
en recuperación.
—Lo sé, lo sé. Solo será un paseo tranquilo.
Pero todos sabemos que Ren y “tranquilo” no van en la
misma oración.
Arranca la moto de nieve y sale disparado, con Ruby
gritando detrás de él cuando sobrevuelan por unos metros
la primera montaña de nieve.
—¡REN, NO TE ATREVAS A LEVANTAR ESTA MALDITA
COSA DEL SUELO!
Verónica se echa a reír mientras se ajusta sus gafas.
—Eso definitivamente impresionará a la señorita "yo soy
capaz de todo" —murmura.
—Entonces a ver cómo te impresiono yo a ti —comenta
Christian, subiendo a su propia moto y Vero levanta una
ceja divertida.
—Vuelve a la casa y bájate los pantalones…
—¡Verónica!
—Arranca, anda, arranca... —suspira ella y yo me giro
hacia Viggo, que está ajustando su chaqueta.
—¿Vienes conmigo o prefieres manejar? —pregunta y yo
niego antes de subir tras él en la moto de nieve.
—Hoy prefiero ser la consentida —digo abrazándolo—.
Cochero, ¡adelante!
Él sonríe y me aferro más fuerte cuando la moto sale
disparada.
Pasamos cuatro días entre el frío, la nieve y las risas.
Cuatro días en los que, por un momento, casi podemos
pretender que todo está bien. Los chicos empiezan a
llevarse bien; no se puede negar que es difícil entre
machos alfa, todos quieren tener la razón y decir qué se
hará a continuación, así que por suerte tenemos al abuelo,
que es el que manda.
Pero, como siempre, la realidad no demora mucho en
alcanzarme y en la tarde del cuarto día Verónica recibe
una llamada que lo cambia todo.
Estamos en la sala, descansando después de un día en las
montañas, cuando su teléfono suena. Ella se aparta para
contestar, y cuando regresa, su rostro está tenso.
—¿Qué pasó? —pregunto de inmediato.
—Es de nuestro equipo legal —me dice y absolutamente
todos en la sala le prestan atención—. El juicio de Devon...
lo han adelantado. Pero eso no es lo importante, sino que
te citaron en el juicio como testigo.
Siento una punzada en el estómago sin poder evitarlo.
—¿Qué...?
—Parece que han encontrado algo en la auditoría de
TradeLink. —Verónica suspira—. Devon declaró que te
cedió la mitad de la empresa en el divorcio para evadir
impuestos y esconder dinero. Las autoridades creen que
es mentira, pero quieren que testifiques para
comprobarlo.
Ruby suelta una carcajada amarga.
—¡Pero por supuesto que es mentira! ¡Ese malnacido la
dejó sin nada!
Yo no reacciono. No necesito hacerlo. Devon siempre fue
un imbécil, pero esto es otra cosa, y su propia ambición le
va a jugar en contra.
—De cualquier manera, tenemos que volver a Nueva York
—digo con calma.
Viggo me observa, como si intentara leer mis
pensamientos.
—¿Estás bien?
—Sí —miento, pero me conoce lo suficiente como para no
creérselo.
Tomamos el vuelo de regreso a Nueva York esa misma
noche. Nos despedimos y cada uno va a casa. No sé
cuándo empecé a llamar "casa" al departamento que
tengo con Viggo, pero indudablemente, ahí es donde
quiero estar.
Los dos días que siguen con caóticos y llenos de ansiedad.
El equipo legal me pone al tanto de lo que está pasando
con Devon, pero no puedo evitar que sea una sorpresa
cuando mi teléfono suena ya avanzada la tarde.
El número es desconocido pero apenas contesto y mi
estómago se revuelve.
—¿Acepta una llamada por cobrar del correccional de...?
Es una llamada desde la cárcel, y aunque la soy cautelosa,
no puedo discutir que información es poder, así que acepto
el cargo y un segundo después escucho la voz de Devon.
"Regina".
—¿Qué quieres? —pregunto con sequedad. Se me eriza la
piel, pero no dejo que se note en mi tono.
"Verte. Necesito verte". El tono de Devon es urgente, casi
desesperado.
—No tengo nada que hablar contigo.
"Sí lo tienes" insiste. "Sabes que no te llamaría solo para
insultarte... y no es que me falten ganas. Es solo que
tengo cierta información que... creo que te puede
interesar. Solo eso"
Dudo por un momento, pero no voy a caer en su juego.
—No me interesa.
"¿Ni siquiera si es sobre Viggo Massari?" pregunta antes
de que pueda colgar y el simple nombre me paraliza.
Devon fue capaz de atacar a Ruby, no puedo permitir que
haga algo así con Viggo. Pongo el celular sobre la mesa en
altavoz y en el teléfono fijo marco una y otra vez el
número de Viggo sin lograr que él me responda.
Finalmente paso saliva y me aguanto la maldición que
quiero soltar.
—Está bien —murmuro en respuesta—. Iré.

También podría gustarte