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Templo de Salomón: Construcción y Costos

El documento describe la construcción y la historia del Templo de Salomón, comenzando con el deseo de David de edificar un lugar para Jehová, que fue realizado por su hijo Salomón. Detalla el costo, los materiales, y la mano de obra involucrada en su construcción, así como su inauguración y el sacrificio ofrecido. También se menciona la historia del templo, incluyendo su destrucción y la posterior construcción del templo por Zorobabel tras el exilio babilónico.

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Templo de Salomón: Construcción y Costos

El documento describe la construcción y la historia del Templo de Salomón, comenzando con el deseo de David de edificar un lugar para Jehová, que fue realizado por su hijo Salomón. Detalla el costo, los materiales, y la mano de obra involucrada en su construcción, así como su inauguración y el sacrificio ofrecido. También se menciona la historia del templo, incluyendo su destrucción y la posterior construcción del templo por Zorobabel tras el exilio babilónico.

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Templo
Morada divina, lugar santo o santuario, ya sea
físico o espiritual, que se emplea para la
adoración. La palabra hebrea heh·kjál, traducida
“templo”, también significa “palacio”. Los términos
griegos hi·e·rón y na·ós se traducen “templo”, y 1097
pueden referirse a todo el recinto del templo o a
su edificio central; na·ós, que significa “santuario”
o “morada divina”, a veces se refiere
específicamente a los compartimientos sagrados
interiores del templo. (Véase LUGAR SANTO.)

El templo de Salomón. El rey David deseaba de


todo corazón edificar una casa para Jehová donde
colocar el arca del pacto, que entonces moraba “en
medio de telas de tienda”. A Jehová le agradó la
proposición de David, pero le dijo que debido a
que había derramado mucha sangre en guerras, el
privilegio de hacer ese edificio lo tendría su hijo
(Salomón). Esto no quería decir que Dios
no aprobaba las guerras que David había peleado
a favor de Su nombre y de Su pueblo, pero el
templo tenía que ser edificado en paz y por un
hombre de paz. (2Sa 7:1-16; 1Re 5:3-5; 8:17; 1Cr
17:1-14; 22:6-10.)

Costo. David compró posteriormente la era de


Ornán (Arauna) el jebuseo, situada en el monte
Moria, para edificar el templo. (2Sa 24:24, 25; 1Cr
21:24, 25.) Reunió 100.000 talentos de oro,
1.000.000 de talentos de plata y gran cantidad de
cobre y hierro, además de contribuir de su fortuna
personal 3.000 talentos de oro y 7.000 talentos de
plata. También recibió como contribuciones de los
príncipes oro que valía 5.000 talentos y 10.000
dáricos y plata que valía 10.000 talentos, así como
mucho cobre y hierro. (1Cr 22:14; 29:3-7.) El total
ascendía a 108.000 talentos, 10.000 dáricos de oro
y 1.017.000 talentos de plata, que según valores
actuales equivaldría a [Link] dólares
(E.U.A.). Su hijo Salomón no se gastó todo en la
construcción, y puso el sobrante en la tesorería del
templo. (1Re 7:51; 2Cr 5:1.)

Trabajadores. Siguiendo el plano arquitectónico


que David había recibido por inspiración, el rey
Salomón empezó a edificar el templo en el año
cuarto de su reinado (1034 a. E.C.), en el segundo
mes, Ziv. (1Re 6:1; 1Cr 28:11-19.) La obra duró siete
años. (1Re 6:37, 38.) A cambio de trigo, cebada,
aceite y vino, Hiram, el rey de Tiro, le proporcionó
maderas del Líbano y trabajadores diestros en la
madera y la piedra, además de un experto
especial, también llamado Hiram, de padre tirio y
madre israelita, de la tribu de Neftalí. Este hombre
era un excelente artesano que trabajaba el oro, la
plata, el cobre, el hierro, la madera, la piedra y
diferentes telas. (1Re 5:8-11, 18; 7:13, 14, 40, 45;
2Cr 2:13-16.)

Al organizar el trabajo, Salomón reclutó 30.000


hombres de Israel y los envió al Líbano en turnos
de 10.000 al mes, permitiéndoles una estancia de
dos meses en sus respectivos hogares entre cada
turno. (1Re 5:13, 14.) Reclutó a 70.000 hombres de
entre los “residentes forasteros” del país para
llevar las cargas, y como cortadores, a 80.000. (1Re
5:15; 9:20, 21; 2Cr 2:2.) Salomón nombró a 550
hombres como capataces sobre el trabajo, y a
3.300, como ayudantes. (1Re 5:16; 9:22, 23.) De
estos, probablemente 250 eran israelitas y 3.600
eran “residentes forasteros” en Israel. (2Cr
2:17, 18.)

La longitud del “codo” utilizado. En la siguiente


consideración sobre las medidas de los tres
templos, el de Salomón, el de Zorobabel y el de
Herodes, estas se calcularán tomando como base
el codo de 44,5 cm. Sin embargo, es posible que se
utilizara un codo más largo, de unos 51,8 cm.
(Compárese con 2Cr 3:3, que menciona una
“longitud en codos por la medida anterior”, siendo
esta quizás una medida más larga que el codo que
llegó a usarse comúnmente, y con Eze 40:5; véase
CODO.)

Plano y materiales. El templo era un edificio


espléndido que se construyó de acuerdo con el
plano general del tabernáculo, si bien las
dimensiones interiores del Santo y el Santísimo
eran mayores. El Santo tenía 40 codos (17,8 m.) de
largo por 20 codos (8,9 m.) de ancho y
probablemente 30 codos (13,4 m.) de alto. (1Re
6:2, 17.) El Santísimo tenía forma cúbica y sus
lados medían 20 codos. (1Re 6:20; 2Cr 3:8.)
Además, había cámaras del techo sobre el
Santísimo, de unos 10 codos (4,5 m.) de altura.
(1Cr 28:11.) Alrededor del templo, por tres de sus
lados, había una construcción que albergaba
almacenes, comedores, etc. (1Re 6:4-6, 10.)

Los materiales utilizados fueron básicamente


piedra y madera. Los suelos de estos cuartos
estaban revestidos de madera de enebro, las
paredes interiores eran de cedro “con entalladuras
grabadas de querubines y figuras de palmeras y
grabados de flores” y las paredes y el techo
estaban completamente revestidos de oro. (1Re
6:15, 18, 21, 22, 29.) Las puertas del Santo (en la
entrada del templo) estaban hechas de enebro,
talladas y revestidas con pan de oro. (1Re 6:34, 35.)
Unas puertas de madera de árbol oleífero, talladas
de igual manera y revestidas de oro, comunicaban
el Santo con el Santísimo. Prescindiendo de cuál
fuese la posición exacta de estas puertas, seguía
habiendo una cortina entre ambos
compartimientos al igual que en el tabernáculo.
(Compárese con 2Cr 3:14.) En el Santísimo había
dos gigantescos querubines de madera de árbol
oleífero, revestidos de oro, y debajo de sus alas se
colocó el Arca. (1Re 6:23-28, 31-33; 8:6; véase
QUERUBÍN.)

Todos los utensilios del Lugar Santo eran de oro: el


altar del incienso, las diez mesas del pan de la
proposición, los diez candelabros y todos sus
accesorios. Junto a la entrada del Lugar Santo (el
primer compartimiento) se elevaban dos
columnas de cobre, llamadas “Jakín” y “Boaz”. (1Re
7:15-22, 48-50; 1Cr 28:16; 2Cr 4:8; véase BOAZ, II.)
El patio interior estaba hecho de piedra de
excelente calidad y de madera de cedro (1Re 6:36),
mientras que los enseres del patio, es decir, el 1098
altar de los sacrificios, el gran “mar fundido”, las
diez carretillas para las palanganas de agua, así
como los otros utensilios, eran de cobre. (1Re
7:23-47.) Alrededor de los patios había comedores.
(1Cr 28:12.)

Una característica sobresaliente de la construcción


de este templo fue que toda la piedra se cortó en
la cantera con la suficiente precisión como para
no tener que retocarla luego: “En cuanto a
martillos y hachas o cualesquiera instrumentos de
hierro, no se oyeron en la casa mientras estaba
siendo edificada”. (1Re 6:7.) La obra se completó
en siete años y medio (desde la primavera de 1034
a. E.C. hasta el otoño [Bul, el octavo mes] de 1027
a. E.C.). (1Re 6:1, 38.)

Inauguración. El séptimo mes, Etanim, del


duodécimo año de su reinado (1026 a. E.C.),
Salomón congregó a los hombres de Israel en
Jerusalén para la inauguración del templo y la
celebración de la fiesta de las cabañas. Se llevó el
tabernáculo con su mobiliario santo, y se introdujo
el arca del pacto en el Santísimo. (Véase
SANTÍSIMO.) A continuación la nube de Jehová
llenó el templo. Luego Salomón bendijo a Jehová y
a la congregación de Israel, y mientras estaba de
pie sobre una plataforma especial delante del altar
de cobre de los sacrificios (véase ALTAR), ofreció
una larga oración de alabanza a Jehová, en la que
pidió su bondad amorosa y misericordia a favor de
aquellos, tanto israelitas como extranjeros, que se
volvieran a Él para temerle y servirle. Se ofreció un
grandioso sacrificio de 22.000 reses vacunas y
120.000 ovejas. La inauguración duró siete días, y
la fiesta de las cabañas, otros siete días más,
después de lo cual, el día 23 del mes, Salomón
envió al pueblo a casa gozoso y agradecido por la
bondad y generosidad de Jehová. (1Re 8; 2Cr 5:1–
7:10; véase SALOMÓN [Inauguración del templo].)

Historia. Este templo existió hasta el año 607


a. E.C., cuando lo destruyó el ejército babilonio
bajo el rey Nabucodonosor. (2Re 25:9; 2Cr 36:19;
Jer 52:13.) Dios permitió que las naciones
hostigaran a Judá y Jerusalén, en ocasiones incluso
que saquearan el templo y sus tesoros, debido a
que la nación practicó la religión falsa. En algunas
épocas el templo estuvo descuidado. El rey Sisaq
de Egipto saqueó sus tesoros (993 a. E. C.) en los
días de Rehoboam, el hijo de Salomón, solo treinta
y tres años después de su inauguración. (1Re
14:25, 26; 2Cr 12:9.) El rey Asá (977-937 a. E.C.)
respetaba la casa de Jehová, pero a fin de proteger
Jerusalén, sobornó imprudentemente al rey Ben-
hadad I de Siria con plata y oro de los tesoros del
templo, con el objeto de que quebrantara su pacto
con Baasá, el rey de Israel. (1Re 15:18, 19; 2Cr
15:17, 18; 16:2, 3.)

Tras un período de turbulencia y descuido del


templo, el rey Jehoás de Judá (898-859 a. E.C.)
supervisó su reparación. (2Re 12:4-12; 2Cr
24:4-14.) En los días de su hijo Amasías, el rey
Jehoás de Israel lo saqueó. (2Re 14:13, 14.) El rey
Jotán (777-762 a. E.C.) efectuó obras en el recinto
del templo y edificó “la puerta superior”. (2Re
15:32, 35; 2Cr 27:1, 3.) El rey Acaz de Judá (761-746
a. E.C.) no solo envió los tesoros del templo a
Tiglat-piléser III, rey de Asiria, con el fin de
sobornarlo, sino que también contaminó el
templo, sustituyendo su altar de cobre por otro
que construyó según el modelo de uno que había
en Damasco. (2Re 16:5-16.) Finalmente, cerró las
puertas de la casa de Jehová. (2Cr 28:24.)

El hijo de Acaz, Ezequías (745-717 a. E.C.), hizo


cuanto pudo por remediar las malas obras de su
padre. Tan pronto como empezó a reinar, volvió a
abrir el templo y lo limpió. (2Cr 29:3, 15, 16.) Sin
embargo, posteriormente, por temor al rey de
Asiria, Senaquerib, cortó las puertas y las jambas
del templo que él mismo había hecho recubrir de
oro y las envió a dicho rey. (2Re 18:15, 16.)

No obstante, cuando Ezequías murió, empezó


medio siglo de profanación y deterioro. Su hijo
Manasés (716-662 a. E.C.) fue peor que cualquiera
de sus antecesores, y edificó altares “a todo el
ejército de los cielos en dos patios de la casa de
Jehová”. (2Re 21:1-5; 2Cr 33:1-4.) Para el tiempo del
nieto de Manasés, Josías (659-629 a. E.C.), aquel
magnífico edificio estaba completamente
deteriorado. Debía reinar el desorden y la
confusión, pues el que el sumo sacerdote Hilquías
encontrara el libro de la Ley (probablemente, un
rollo original escrito por Moisés) fue un
descubrimiento emocionante. (2Re 22:3-13; 2Cr
34:8-21.) Una vez reparado y limpiado el templo,
se celebró la mayor Pascua desde el tiempo del
profeta Samuel. (2Re 23:21-23; 2Cr 35:17-19.) Esto
ocurrió durante el ministerio del profeta Jeremías.
(Jer 1:1-3.) Desde entonces hasta su destrucción, el
templo permaneció abierto y fue utilizado por el
sacerdocio, aunque muchos de los sacerdotes
eran hombres corruptos.

El templo edificado por Zorobabel. Según predijo


Isaías, profeta de Jehová, Dios escogió al rey Ciro
de Persia para libertar a Israel de la opresión de
Babilonia. (Isa 45:1.) Jehová también animó a su
pueblo a regresar a Jerusalén bajo el
acaudillamiento de Zorobabel, de la tribu de Judá.
El pueblo llegó en 537 a. E.C., tras los setenta años
de desolación predichos por Jeremías, con el
propósito de reedificar el templo. (Esd 1:1-6; 2:1, 2;
Jer 29:10.) Aunque este templo fue mucho menos
glorioso que el de Salomón, tuvo una existencia
más dilatada —casi quinientos años—, desde 515
a. E.C. hasta finales del siglo I a. E.C. (El templo de
Salomón estuvo en pie unos cuatrocientos veinte
años, desde 1027 hasta 607 a. E.C.)

El decreto de Ciro ordenaba: “Cualquiera que 1099

quede de todos los lugares donde esté residiendo


como forastero, que los hombres de su lugar lo
ayuden con plata y con oro y con bienes y con
animales domésticos, junto con la ofrenda
voluntaria para la casa del Dios verdadero, la cual
estaba en Jerusalén”. (Esd 1:1-4.) Ciro también
devolvió 5.400 vasos de oro y plata que
Nabucodonosor había tomado del templo de
Salomón. (Esd 1:7-11.)

En el séptimo mes (Etanim o Tisri) del año 537


a. E.C. edificaron el altar, y al año siguiente
colocaron el fundamento del nuevo templo. Los
reedificadores contrataron a sidonios y tirios para
llevar madera de cedro del Líbano, como había
hecho Salomón. (Esd 3:7.) No obstante, la
oposición, en particular de los samaritanos, los
desanimó, y después de quince años los
opositores incluso incitaron al rey de Persia a
paralizar la obra. (Esd 4.)

Los judíos habían abandonado la construcción del


templo y se habían dedicado a otros menesteres,
de modo que Jehová envió a sus profetas Ageo y
Zacarías en el segundo año de Darío I (520 a. E.C.)
a fin de animarlos a continuar, y luego se
promulgó un decreto para que se respetase la
orden original de Ciro y en el que se mandaba que
se suministrara dinero de la tesorería real para
sufragar las necesidades de los constructores y los
sacerdotes. (Esd 5:1, 2; 6:1-12.) La edificación
progresó con rapidez, y la casa de Jehová se
terminó el tercer día de Adar del sexto año de
Darío (probablemente 6 de marzo del año 515
a. E.C.). Luego los judíos inauguraron el templo
reedificado y celebraron la Pascua. (Esd 6:13-22.)

Se sabe poco en cuanto a los detalles del plano


arquitectónico de este segundo templo. El templo
que el decreto de Ciro autorizó a edificar fue un
edificio con las siguientes características: “La
altura de ella será de sesenta codos [c. 27 m.], su
anchura de sesenta codos, con tres órdenes de
piedras rodadas a su lugar y un orden de
maderas”, pero no se especifica la longitud. (Esd
6:3, 4.) Tenía comedores, almacenes (Ne 13:4, 5) y
probablemente también disponía de cámaras del
techo y otras construcciones, al igual que el
templo de Salomón.

Este segundo templo no tenía el arca del pacto,


pues parece ser que esta ya no estaba en el
templo de Salomón cuando Nabucodonosor lo
saqueó en 607 a. E.C. Según el relato del libro
apócrifo de 1 Macabeos (1:21-24, 57; 4:38, 44-51),
solo había un candelabro en lugar de los diez que
había habido en el templo de Salomón; también se
menciona el altar de oro, la mesa del pan de la
proposición, las vasijas y el altar de la ofrenda
quemada, aunque este último era de piedra, no de
cobre. Judas Macabeo dirigió la reedificación de
este altar con nuevas piedras después que el rey
Antíoco Epífanes lo profanó en 168 a. E.C.

El templo que reedificó Herodes. En las


Escrituras no se dan muchos detalles sobre este
templo, por lo que la principal fuente de
información es Josefo, quien lo vio personalmente
e informa sobre su construcción en La Guerra de
los Judíos y Antigüedades Judías. La Misná judía
también suministra algunos detalles y se tienen
otros gracias a la arqueología. Los datos que
aparecen a continuación se han tomado de estas
fuentes, aunque hay que tener en cuenta que
no siempre son fidedignas. (GRABADO, vol. 2, pág.
543.)

Josefo dice en una ocasión (Guerra de los Judíos,


traducción de Juan Martín Cordero, Barcelona,
Orbis, 1985, libro I, cap. XVI [cap. XXI en otras
ediciones], pág. 71 [sec. 1]), que Herodes reedificó
el templo a los quince años de su reinado, pero en
Antigüedades Judías (libro XV, cap. XI, sec. 1) afirma
que fue en el año decimoctavo. Esta última fecha
es la que normalmente aceptan los eruditos,
aunque no se sabe con certeza cuándo comenzó el
reinado de Herodes ni cómo hizo Josefo este
cálculo. El santuario en sí se edificó en dieciocho
meses, pero la construcción de los patios y demás
anexos se extendió por ocho años. Cuando ciertos
judíos se acercaron a Jesucristo en el año 30 E.C. y
le dijeron: “Este templo fue edificado en cuarenta y
seis años” (Jn 2:20), parece ser que se referían al
trabajo que aún seguía efectuándose en el recinto
del templo. No se terminó por completo hasta
unos seis años antes de su destrucción en 70 E.C.

Debido a que los judíos odiaban a Herodes y


desconfiaban de él, no le permitieron reedificar el
templo hasta que tuvo todo preparado para el
nuevo edificio. Por la misma razón
no consideraron este como un tercer templo, sino
como una reconstrucción, y solo hablaban del
primer y el segundo templo (el de Salomón y el de
Zorobabel).

En cuanto a las medidas que Josefo menciona, el


Dictionary of the Bible (de Smith, 1889, vol. 4, pág.
3203) dice: “Sus dimensiones en planta son tan
minuciosamente exactas, que casi sospechamos
que cuando escribía tenía ante sus ojos algún
plano del edificio preparado en el departamento
del intendente general del ejército de Tito. Pero
hay un extraño contraste con sus dimensiones en
alzado, que, casi sin excepción, se puede
comprobar que son exageradas y, generalmente,
hasta dobladas. No obstante, como todos los
edificios fueron derribados durante el sitio, era
imposible culparle de error con respecto a las
alturas”.

Columnatas y puertas. Josefo escribe que Herodes


duplicó el tamaño del recinto del templo,
fortificando las laderas del monte Moria con
grandes muros de piedra y nivelando una zona en
la cima de la montaña. (La Guerra de los Judíos, 1100
libro I, cap. XXI, sec. 1; Antigüedades Judías, libro XV,
cap. XI, sec. 3.) La Misná (Middot 2:1) dice que la
montaña del Templo tenía 500 codos cuadrados
(223 m2.). En la periferia había columnatas, y, al
igual que los anteriores, el templo estaba
orientado hacia el E. A lo largo del lado oriental
estaba la columnata de Salomón, que consistía en
dos pasillos con hileras de columnas de mármol.
Un día de invierno, ciertos judíos se acercaron a
Jesús en ese lugar para preguntarle si él era el
Cristo. (Jn 10:22-24.) Al N. y al O. también había
columnatas, aunque un tanto eclipsadas por la
columnata real, que daba al S. y consistía en
cuatro filas de columnas corintias, 162 en total,
con tres grandes pasillos. Las columnas tenían una
circunferencia tan grande, que eran necesarios
tres hombres con los brazos extendidos para
rodear una de ellas, y eran mucho más altas que
las de las otras columnatas.

Debía haber ocho puertas para entrar al recinto


del templo: cuatro al O., dos al S., una al E. y otra al
N. (Véase PUERTA, PASO DE ENTRADA [Puertas del
templo].) Debido a la existencia de estas puertas,
el primer atrio, el atrio de los gentiles, también
hacía las veces de vía pública, ya que los viajeros
preferían cruzarlo en lugar de circundar el recinto
del templo.

Atrio de los gentiles. Las columnatas rodeaban el


atrio de los gentiles, que era una amplia zona
llamada así porque se permitía la entrada a los
gentiles. En dos ocasiones, una al principio y otra
al final de su ministerio terrestre, Jesús expulsó de
este atrio a los que habían convertido la casa de
su Padre en una casa de mercancías. (Jn 2:13-17;
Mt 21:12, 13; Mr 11:15-18.)

Había que pasar por varios atrios para llegar al


edificio central, que era el santuario en sí. Cada
uno de esos sucesivos atrios tenía un mayor grado
de santidad. Al cruzar el atrio de los gentiles, había
un muro de tres codos de alto (1,3 m.) con
espacios abiertos para pasar. En la parte superior
había grandes piedras que llevaban una
advertencia en griego y en latín. La inscripción en
griego decía (según una traducción): “A ningún
extranjero se le permite estar dentro de la
balaustrada y del terraplén en torno al santuario.
Al que se le encuentre será personalmente
responsable de su propia muerte”. (Enciclopedia
del Mundo Bíblico, Barcelona, Plaza y Janés, 1970,
vol. 2, pág. 486.) Cuando una chusma atacó en el
templo al apóstol Pablo, se debió a que los judíos
rumoreaban que había introducido a un gentil
dentro de la zona prohibida. Aunque Pablo estaba
hablando en términos simbólicos cuando dijo que
Cristo ‘había destruido el muro’ que separaba a los
judíos de los gentiles, esa expresión nos recuerda
aquel muro literal. (Ef 2:14, nota; Hch 21:20-32.)

Advertencia hallada en un muro (soreg) del patio del templo


de Jerusalén que indicaba que los gentiles no debían
acercarse más

Atrio de las mujeres. El atrio de las mujeres estaba


catorce gradas más arriba, y en él podían entrar
las mujeres para adorar. En el atrio de las mujeres
estaban, entre otras cosas, las arcas de la
tesorería. Cuando Jesús se hallaba sentado cerca
de una de estas arcas, encomió a una viuda por
dar todo lo que poseía. (Mr 12:41-44; Lu 21:1-4.) En
este atrio también había varias construcciones.

Atrio de Israel y atrio de los sacerdotes. Quince


grandes gradas semicirculares llevaban al atrio de
Israel, al que podían entrar los hombres que
estuvieran limpios ceremonialmente, y en el muro
exterior de este atrio había almacenes.

Luego venía el atrio de los sacerdotes, que


correspondía con el patio del tabernáculo. En él
estaba el altar, construido de piedras no labradas.
Según la Misná (Middot 3:1), tenía una base de 32
codos cuadrados (14,2 m2.), aunque Josefo dice
que era mayor. (La Guerra de los Judíos, libro V,
cap. V, sec. 6; véase ALTAR [Altares después del
exilio].) Los sacerdotes utilizaban una 1101

superficie inclinada para subir al altar. La Misná


también habla de un “pilón”. (Middot 3:6.) Al igual
que el atrio de las mujeres, en este atrio también
había diversas construcciones.

El edificio del templo. Como en los otros casos, el


templo en sí consistía principalmente en dos
compartimientos: el Lugar Santo y el Santísimo. El
suelo de este edificio estaba doce gradas por
encima del atrio de los sacerdotes, y, al igual que
en el templo de Salomón, a los lados de este
edificio también se construyeron cuartos y un
aposento superior. La entrada estaba cerrada por
puertas de oro, cada una de 55 codos (24,5 m.) de
alto y 16 codos (7,1 m.) de ancho. La parte
delantera del edificio era más ancha que la
trasera, con alas o “estribaciones” que salían 20
codos (8,9 m.) por cada lado. El interior del Lugar
Santo tenía 40 codos (17,8 m.) de longitud y 20
codos de anchura. En el Lugar Santo estaba el
candelabro, la mesa del pan de la proposición y el
altar del incienso, todo ello de oro.

La entrada al Santísimo estaba cerrada por una


gruesa cortina, o velo, adornada hermosamente.
Cuando Jesús murió, esta cortina se rasgó en dos
de arriba abajo, con lo que se pudo ver que el arca
del pacto ya no estaba en el Santísimo. En lugar
del Arca había una losa de piedra, sobre la que el
sumo sacerdote salpicaba la sangre en el Día de
Expiación. (Mt 27:51; Heb 6:19; 10:20.) Este cuarto
medía 20 codos de largo y 20 codos de ancho.

Durante el sitio romano de Jerusalén en el año 70


E.C., los judíos utilizaron el recinto del templo
como una ciudadela o fortaleza. Ellos mismos
incendiaron las columnatas, aunque fue un
soldado romano quien, contraviniendo el deseo
del comandante romano Tito, incendió el templo,
de modo que se cumplieron las palabras de Jesús
con respecto a los edificios del templo: “De ningún
modo se dejará aquí piedra sobre piedra que
no sea derribada”. (Mt 24:2; La Guerra de los Judíos,
libro VI, cap. IV, secs. 5-7; libro VII, cap. I, sec. 1.)

El gran templo espiritual de Jehová. El


tabernáculo que construyó Moisés y los templos
de Salomón, Zorobabel y Herodes fueron solo
típicos o representativos. El apóstol Pablo escribió
a este respecto que el tabernáculo, cuyas
características básicas se incluyeron en los
templos posteriores, era “una representación
típica y sombra de las cosas celestiales”. (Heb
8:1-5; véase también 1Re 8:27; Isa 66:1; Hch 7:48;
17:24.) Las Escrituras Griegas Cristianas revelan la
realidad representada por el tipo. Muestran que el
tabernáculo y los templos construidos por
Salomón, Zorobabel y Herodes, así como sus
características, representaron el templo mayor y
espiritual de Jehová, “la tienda verdadera, que
Jehová levantó, y no el hombre”. (Heb 8:2.) Como
lo muestran sus diferentes características, el
templo espiritual es el sistema para acercarse a
Dios en adoración sobre la base del sacrificio
propiciatorio de Jesucristo. (Heb 9:2-10, 23.)

La carta inspirada a los Hebreos dice que en este


templo espiritual el Santísimo es “el cielo mismo”,
el lugar donde está la persona de Dios. (Heb 9:24.)
Puesto que solo el Santísimo es “el cielo mismo”, el
Santo y el patio de los sacerdotes, así como sus
características, tienen que representar cosas
terrestres, cosas relacionadas con Jesucristo
durante su ministerio en la Tierra y con sus
seguidores que son “participantes del llamamiento
celestial”. (Heb 3:1.)

La cortina era una barrera que separaba el Santo


del Santísimo; en el caso de Jesús representó “su
carne”, que tenía que ofrecer en sacrificio,
entregándola para siempre, a fin de poder entrar
en el cielo, el Santísimo antitípico. (Heb 10:20.) Los
cristianos ungidos también tienen que pasar esta
barrera carnal que los separa del acceso a la
presencia de Dios en el cielo. Por consiguiente, el
Santo representa su condición de hijos de Dios
engendrados por espíritu con la vida celestial en
mira, y conseguirán su recompensa celestial una
vez que entreguen sus cuerpos carnales en la
muerte. (1Co 15:50; Heb 2:10.)

Mientras están en el Santo antitípico, los que han


sido ungidos con espíritu santo y sirven de
subsacerdotes con Cristo pueden disfrutar de
iluminación espiritual, como si fuera del
candelabro; pueden comer alimento espiritual,
como si lo tomaran de la mesa del pan de la
proposición, y pueden ofrecer oraciones, alabanza
y servicio a Dios, como si presentaran incienso
aromático en el altar de oro del incienso. El Santo
del templo típico estaba oculto de la vista de los
observadores; de igual manera, los que no son
ungidos no son capaces de apreciar plenamente
cómo sabe una persona que es un hijo de Dios
engendrado por espíritu y qué experimenta como
tal. (Rev 14:3.)

En el patio del antiguo templo estaba el altar para


ofrecer sacrificios, que prefiguró la voluntad de
Dios de proveer un sacrificio humano perfecto
para redimir a la prole de Adán. (Heb 10:1-10;
13:10-12; Sl 40:6-8.) En el templo espiritual, el patio
debe representar una condición relacionada con
ese sacrificio. En el caso de Jesús, su sacrificio fue
aceptable por tratarse de un humano perfecto. En
el caso de sus seguidores ungidos, se les declara
justos sobre la base de su fe en el sacrificio de
Cristo, y de este modo Dios los ve como si
no tuviesen pecado mientras aún están en la
carne. (Ro 3:24-26; 5:1, 9; 8:1.)

Las características de la “tienda verdadera”, el 1102


gran templo espiritual de Dios, ya existían en el
siglo I E.C. Este hecho lo indica el que Pablo dijera
que el tabernáculo construido por Moisés era “una
ilustración para el tiempo señalado que está aquí
ahora”, es decir, para algo que existía en el tiempo
de Pablo. (Heb 9:9.) Este templo ciertamente
existía cuando Jesús presentó el valor de su
sacrificio en el Santísimo, el cielo mismo. Debe
haber llegado a existir en el año 29 E.C., cuando se
ungió a Jesús con espíritu santo para ser el gran
Sumo Sacerdote de Jehová. (Heb 4:14; 9:11, 12.)

Jesucristo promete a los cristianos engendrados


con espíritu que al que venza, al que persevere
fielmente hasta el fin, se le hará una “columna en
el templo de mi Dios, y ya no saldrá de este
nunca”. (Rev 3:12.) De modo que se garantiza a tal
persona un lugar permanente en el “cielo mismo”,
el Santísimo antitípico.

Revelación 7:9-15 habla de “una gran


muchedumbre” de otros adoradores de Jehová
que participan en la adoración verdadera en el
templo espiritual. No se dice que los que
componen esta “gran muchedumbre” sean
subsacerdotes. Se menciona que los que
componen esta “gran muchedumbre” “han lavado
sus ropas largas y las han emblanquecido en la
sangre del Cordero”. Debido a su fe en el sacrificio
de Cristo, se les atribuye una posición de justos
que hace posible que se les conserve con vida a
través de la “gran tribulación”, de modo que se
dice que “salen” de ella como supervivientes.

En Isaías 2:1-4 y Miqueas 4:1-4 se habla de ‘alzar’


“la montaña de la casa de Jehová” en “la parte final
de los días”, y se predice un recogimiento de gente
de “todas las naciones” a esa “casa de Jehová”.
Como no ha habido ningún templo físico de
Jehová en Jerusalén desde el año 70 E.C., estas
palabras no pueden referirse a un edificio físico,
sino a un alzamiento de la adoración verdadera en
la vida de los que componen el pueblo de Jehová
durante “la parte final de los días”, y a un gran
recogimiento de gente de todas las naciones para
adorar en el gran templo espiritual de Jehová.

La visión del templo de Ezequiel. En los capítulos


40 al 47 del libro de Ezequiel, también se
encuentra una detallada descripción de un templo
de Jehová, pero es un templo que nunca se
construyó en el monte Moria de Jerusalén, y que,
por otra parte, nunca hubiera cabido allí. No era
una ilustración del gran templo espiritual de Dios,
sino un templo que solo existía como visión. El
relato da atención especial a las bendiciones que
emanan del templo y a las precauciones que se
toman para mantener alejados a todos aquellos
que no son dignos de adorar en sus patios.

En el año 593 a. E.C., año decimocuarto después


de la destrucción de Jerusalén y del templo de
Salomón, el profeta y sacerdote Ezequiel fue
transportado en una visión a la cima elevada de
una montaña, y contempló un gran templo de
Jehová. (Eze 40:1, 2.) Con el fin de humillar a los
judíos exiliados y hacer que se arrepintieran, y sin
duda también para consolar a los fieles, se le
ordenó a Ezequiel que relatase a la “casa de Israel”
todo lo que había visto. (Eze 40:4; 43:10, 11.) La
visión fue muy detallada con las medidas. Las
unidades de medida utilizadas fueron la “caña”
(caña larga: 3,11 m.) y el “codo” (codo largo:
51,8 cm.). (Eze 40:5, nota.) Debido a la precisión de
las medidas, hay quien cree que el templo de la
visión tuvo que servir de modelo para el que
construyó Zorobabel después del exilio. Sin
embargo, esta afirmación no puede probarse.

Todo el recinto del templo debía tener 500 codos


de lado. Tenía un patio exterior, un patio interior
elevado, el templo con su altar, varios comedores y
un edificio en el lado O., o posterior, del templo.
Había seis enormes pasos de entrada para entrar
en los patios, exterior e interior, tres para el
exterior, y tres para el interior. Estos daban al N., al
E. y al S., y cada puerta interior estaba en línea con
su correspondiente puerta exterior. (Eze 40:6, 20,
23, 24, 27.) Dentro del muro exterior estaba el
“pavimento inferior”, que tenía 50 codos (25,9 m.)
de ancho, “exactamente la longitud” de los pasos
de entrada. (Eze 40:18, 21.) Allí estaban situados
30 comedores, probablemente lugares para que
las personas comieran sus sacrificios de
comunión. (Eze 40:17.) En las cuatro esquinas de
este patio exterior había lugares donde los
sacerdotes preparaban, como requería la Ley, las
partes de los sacrificios que correspondían a los
que presentaban la ofrenda, quienes luego las
tomaban en los comedores provistos para tal
efecto. (Eze 46:21-24.) El resto del patio exterior
entre el pavimento inferior y las puertas que
daban al patio interior al parecer tenía 100 codos
de ancho. (Eze 40:19, 23, 27.)

Los sacerdotes disponían de otros comedores


separados y ubicados más cerca del templo. Dos
de estos, junto con dos comedores para los
cantores del templo, estaban en el patio interior, al
lado de los imponentes pasos de entrada
interiores. (Eze 40:38, 44-46.) Asimismo, había
conjuntos de comedores para el uso exclusivo de
los sacerdotes al N. y al S. del santuario (Eze
42:1-12), y además servían para que los sacerdotes
se cambiaran sus prendas de vestir de lino
utilizadas en el servicio del templo antes de pasar
al patio exterior. (Eze 42:13, 14; 44:19.) Allí
también, hacia la parte trasera de los 1103

conjuntos de comedores, estaban los cocederos y


los hornos de los sacerdotes, destinados
básicamente al mismo uso que los del patio
exterior. (Eze 46:19, 20.)

Pasando desde el patio exterior por la entrada


interior se llegaba al patio interior, cuyos límites
estaban a 150 codos (77,7 m.) de los límites
exteriores (al E., al N. y al S.) del recinto. El patio
interior tenía 200 codos (103,6 m.) de ancho.
(Ezequiel 40:47 dice que el patio interior tenía 100
codos de lado. Esto debe referirse solo a la zona
de delante del templo a la que daban paso las
puertas interiores.) En el patio interior destacaba
el altar. (Eze 43:13-17; véase ALTAR [El altar del
templo de Ezequiel].)

El primer cuarto del santuario medía 40 codos


(20,7 m.) de largo y 20 codos (10,4 m.) de ancho, y
disponía de una entrada que tenía dos puertas de
dos hojas cada una. (Eze 41:23, 24.) Dentro estaba
la “mesa que está delante de Jehová”, que era un
altar de madera. (Eze 41:21, 22.)

Los muros exteriores del santuario tenían


“cámaras laterales” de cuatro codos (2 m.) de
ancho incorporadas en ellos. Había tres pisos de
cámaras laterales que cubrían el muro occidental,
el septentrional y el meridional, un total de 30
cámaras por piso. (Eze 41:5, 6.) Para subir los tres
pisos existía un “pasaje de caracol” en el lado N. y
otro en el lado S. (Eze 41:7.) En la parte trasera u
occidental del templo, había una estructura
situada al parecer longitudinalmente de N. a
S. llamada bin·yán, un ‘edificio que daba hacia el
oeste’. (Eze 41:12.) Aunque algunos eruditos han
pensado que este edificio era el templo o
santuario mismo, el libro de Ezequiel no respalda
tal conclusión; el ‘edificio que daba hacia el oeste’
era de forma y dimensiones diferentes a las del
santuario, aunque sin duda tendría alguna
relación con los servicios que se efectuaban en el
santuario. Puede que también haya habido uno o
más edificios similares situados hacia el O. del
templo de Salomón. (Compárese con 2Re 23:11 y
1Cr 26:18.)

El Santísimo de este templo tenía la misma forma


que el del templo de Salomón, y medía 20 codos
en cuadro. En la visión Ezequiel vio la gloria de
Jehová que venía desde el E. y que llenaba el
templo. Jehová se refirió a este templo como “el
lugar de mi trono”. (Eze 43:1-7.)

Ezequiel hace referencia a un muro de 500 cañas


(1.555 m.) de lado que rodeaba el templo. Algunos
eruditos han entendido que este muro, que era
“para hacer división entre lo que es santo y lo que
es profano”, estaba a unos 600 m. del recinto. (Eze
42:16-20.)

Ezequiel también contempló una corriente de


agua que salía “de debajo del umbral de la Casa
hacia el este” y el sur del altar, y que se convertía
en un torrente profundo y caudaloso que fluía por
el Arabá hasta el extremo N. del mar Salado. Allí
curaba sus aguas saladas y el mar se llenaba de
peces. (Eze 47:1-12.)

Los cristianos ungidos, un templo espiritual. A


los cristianos ungidos en la Tierra se les compara,
entre otras cosas, a un templo. Esta comparación
es apropiada porque el espíritu de Dios mora en la
congregación de ungidos. Pablo escribió a los
cristianos de Éfeso que estaban “en unión con
Cristo Jesús”, que estaban “sellados con el espíritu
santo prometido”, y les dijo: “Han sido edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas,
siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular de
fundamento. En unión con él, el edificio entero,
unido armoniosamente, va creciendo para ser un
templo santo para Jehová. En unión con él,
ustedes, también, están siendo edificados
juntamente para ser lugar donde habite Dios por
espíritu”. (Ef 1:1, 13; 2:20-22.) Se dice que estos
“sellados”, colocados sobre el fundamento de
Cristo, ascienden a 144.000. (Rev 7:4; 14:1.) El
apóstol Pedro dice que son “piedras vivas” que
“están siendo edificados en casa espiritual para el
propósito de un sacerdocio santo”. (1Pe 2:5.)

Como estos subsacerdotes son “edificio de Dios”,


Él no permitirá que este templo espiritual se
contamine. Pablo recalca la santidad de este
templo espiritual y el peligro en el que incurre el
que intente contaminarlo, al decir: “¿No saben que
ustedes son el templo de Dios, y que el espíritu de
Dios mora en ustedes? Si alguien destruye el
templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el
templo de Dios es santo, el cual son ustedes”. (1Co
3:9, 16, 17; véase también 2Co 6:16.)

Jehová Dios y el Cordero ‘son su templo’. Cuando


Juan vio a la Nueva Jerusalén descender del cielo,
dijo: “Y no vi en ella templo, porque Jehová Dios el
Todopoderoso es su templo; también lo es el
Cordero”. (Rev 21:2, 22.) Puesto que los miembros
de la Nueva Jerusalén tendrán libre acceso para
presentarse delante del rostro de Jehová,
no necesitarán un templo para acercarse a Él. (1Jn
3:2; Rev 22:3, 4.) Podrán rendirle servicio sagrado
directamente bajo el sumo sacerdocio del
Cordero, Jesucristo. Por esta razón puede decirse
que el Cordero comparte con Jehová su posición
como templo de la Nueva Jerusalén.

Un impostor. Al advertir de la apostasía venidera,


el apóstol Pablo habló del “hombre del desafuero”
y dijo: “De modo que se sienta en el templo del
Dios, y públicamente ostenta ser un dios”. (2Te
2:3, 4.) Como este “hombre del desafuero” es un
apóstata, un falso maestro, solo se sienta en lo
que falsamente presenta como ese templo. 1104

(Véase HOMBRE DEL DESAFUERO.)

Uso ilustrativo. En una ocasión, cuando los judíos


le pidieron a Jesús una señal, él respondió:
“Derriben este templo, y en tres días lo levantaré”.
Los judíos pensaban que se refería al edificio del
templo, pero el apóstol Juan explica: “Él hablaba
acerca del templo de su cuerpo”. Cuando su Padre
Jehová lo resucitó al tercer día de su muerte, los
discípulos recordaron y entendieron este dicho y
lo creyeron. (Jn 2:18-22; Mt 27:40.) No se le resucitó
con su cuerpo carnal, ya que lo dio como sacrificio
de rescate; sin embargo, su cuerpo carnal no se
corrompió, sino que Dios se deshizo de él, como si
se tratase de un sacrificio consumido sobre el
altar. Al resucitar, Jesús siguió siendo la misma
persona, con la misma personalidad, pero con un
nuevo cuerpo adecuado a su nueva morada, los
cielos espirituales. (Lu 24:1-7; 1Pe 3:18; Mt 20:28;
Hch 2:31; Heb 13:8.)

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it págs. 1096-1104

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