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Guión Ojos de Perro Azul Autor: Gabriel García Márquez

El guion 'Ojos de perro azul' de Gabriel García Márquez presenta un encuentro entre dos hombres y dos mujeres en una atmósfera onírica y melancólica. Los personajes exploran sus recuerdos y deseos a través de la frase recurrente 'Ojos de perro azul', simbolizando la búsqueda de conexión y la dificultad de recordar los sueños. La obra juega con la dualidad entre la realidad y el sueño, reflejando la lucha por mantener vivas las memorias y los sentimientos en un mundo efímero.
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Guión Ojos de Perro Azul Autor: Gabriel García Márquez

El guion 'Ojos de perro azul' de Gabriel García Márquez presenta un encuentro entre dos hombres y dos mujeres en una atmósfera onírica y melancólica. Los personajes exploran sus recuerdos y deseos a través de la frase recurrente 'Ojos de perro azul', simbolizando la búsqueda de conexión y la dificultad de recordar los sueños. La obra juega con la dualidad entre la realidad y el sueño, reflejando la lucha por mantener vivas las memorias y los sentimientos en un mundo efímero.
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GUIÓN OJOS DE PERRO AZUL

Autor: Gabriel García Márquez

Personajes
Hombre 1 (Se ve igual que el hombre 2, su ser es más intenso y son contrarios
con el hombre 2, más pasional)
Hombre 2 (Hombre de cabello negro, vestido completamente de blanco, descalzo,
es optimista y cariñoso)
Mujer 1 (Se ve igual que la mujer 2, pero su corporalidad y su ser es mucho más
intenso es como si fuera el espíritu de la mujer 2 y cumple un papel de narradora)
Mujer 2 (Carmín rojo en sus labios, tez blanca, cabello crespo abundante, una
cartera, corpiño blanco, falda nude. Es tan dulce como las caricias de sus manos,
sensible, es la personificación del deseo.)
Atmósfera: Una habitación de un hombre soltero, triste y aburrida, con una silla y
a su lado un tocador, con un gran espejo y un velador. En la escena se verá como
los personajes se duplican siendo ellos mismos y su espíritu)
(Empieza a sonar Poema 15 - Mercedes Sosa, mientras el hombre arregla la
escenografía y luego entra la mujer)
Hombre 1: Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero
luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el
hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo
quien la miraba por primera vez.
Hombre 1, hombre 2 y mujer 2: (Partitura mientras se habla; encender el
cigarrillo, equilibrar el asiento, mirarse y reconocerse)
Hombre 1: Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada
junto al velador, mirándome…
Los tres: (Él mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas
posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándolo.)
Hombre 1: Fue entonces cuando recordé
Hombre 2: Ojos de perro azul.
Mujer 2: (Ella sin retirar la mano del velador) Eso. Ya no lo olvidaremos nunca.
(suspirando) Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes. (Sale hacia el
tocador)
Hombre 1: La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida
mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz y
luego dijo:
Mujer 2: Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas…
(se calienta las manos en el velador) ¿No sientes el frío?
Hombre 2: A veces.
Mujer 2: Debes sentirlo ahora.
Hombre 1: Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el
asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad.
Hombre 2: Ahora lo siento. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me
ha rodado la sábana.
Pausa (mientras se imagina la sombra de ella)
Hombre 1: Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez
sentada frente al espejo, viendo mis espaldas que habían tenido tiempo para
llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, hasta los
labios que estaban ahora untados de carmín. Yo veía, frente a mí, la pared lisa
que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella sentada a mis espaldas,
pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un
espejo.
Hombre 2: Te veo, le dije.
Mujer 2: (Reacción por parte de la mujer). Es imposible
Hombre 2: ¿Por qué?
Mujer 2: Porque tienes la cara vuelta hacia la pared.
Los tres: (Hombre girando el asiento con el cigarrillo apretado en la boca. Cuando
el hombre quedo frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía
las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose y
con el rostro sombreado por sus propios dedos)
Mujer: Creo que me voy a enfriar. Ésta debe ser una ciudad helada.
Hombre 2: Haz algo contra eso.
Hombre 1: Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba;
por el corpiño.
Hombre 2: Voy a voltearme contra la pared.
Mujer 2: No. De todos modos, me verás como me viste cuando estaba de
espaldas.
Hombre 2: (mientras ella se desviste) Siempre había querido verte así, con el
cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos.
Hombre 1: Y antes de que yo cayera en cuenta de que mis palabras se habían
vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la
órbita del velador.
Mujer 2: A veces creo que soy metálica.
Hombre 2: A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de
bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío.
Aparece una mujer a través del espejo
Mujer 1: A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se
me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me
golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el
vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama.
Mujer 2: Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado.
Hombre 2: Me habría gustado oírte.
Mujer 2: Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me
duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar.
Hombre 2: Siempre he deseado que lo hagas alguna vez.
Hombre 1: Dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida
estaba dedicada a encontrarme en la realidad, a través de esa frase identificadora:
Ojos de perro azul. Y en la calle iba diciendo, en voz alta, que era una manera de
decirle a la única persona que habría podido entenderle:
Mujer 1: Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice
Mujer 2: Ojos de perro azul.
Todos: (Partitura de movimiento ilustrando un poco lo que se esta narrando)
Hombre 1: Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de
ordenar el pedido
Coro de los 4: Ojos de perro azul.
Hombre 1: Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran
recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las
servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas
Coro: Ojos de perro azul.
Hombre 1: Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de
todos los edificios públicos, escribía con el índice
Coro: Ojos de perro azul.
Hombre 1: Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que
había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo.
Debe estar cerca, pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería.
Entonces se acercó al dependiente y le dijo
Mujer 2: Siempre sueño con un hombre que me dice: Ojos de perro azul.
Hombre 1: Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo:
Hombre 2: En realidad, señorita, usted tiene los ojos así.
Mujer 2: Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo.
Mujeres: (Ellas vuelven al escenario ve el espejo limpio, abre la cartera y escribió
sobre él, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios, como si fuera
el embaldosado)
Mujer 2: (recordando) Ojos de perro azul.
Hombre 1: El vendedor regresó de donde estaba.
Hombre 2: Señorita, usted ha manchado el embaldosado. Le entregó un trapo
húmedo. Límpielo.
Mujer 1: Pasé toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo Ojos de
perro azul hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Vuelven todos a sus posiciones, hombres a la silla, mujeres velador y espejo
Hombre 2: (aún en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla) Yo trato de
acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte. Ahora creo que
mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he dicho lo mismo y siempre he
olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte
Mujer 2: Tú mismo las inventaste desde el primer día.
Hombre 2: Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a
la mañana siguiente.
Mujer 1: (con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo) Si por lo menos
pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo.
Hombre 2: (la observa mientras ella frustrada intenta recordar) Me gustaría
tocarte ahora.
Todos: (Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre, lo observa a el
aun sentado meciéndose en el asiento)
Coro mujeres: Nunca me habías dicho eso
Hombre 2: Ahora lo digo y es verdad
Hombre 1 se lo alcanza a mujer 2: (Al otro lado del velador ella pide un cigarrillo.
La colilla había desaparecido de entre los dedos de él, es como si el cigarrillo se
hubiera teletransportado del otro lado).
Mujer 2: No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito.
Hombre 1: Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras.
Mujer 2: (triste) No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado.
Mujer 1: En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar
escritas esas palabras: 'Ojos de perro azul'
Hombre 2: Si mañana las recordara iría a buscarte.
Mujer 2: (Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los
labios, recordando). Ojos de perro azul.
Mujer 2: (Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó con
voz tibia) Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor.
Hombre 1: Lo dijo como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera
escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: Estoy
entrando, y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole
vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: … en calor, antes de
que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado,
disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza:
Hombre 2: Así es mejor. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al
velador.
Todos: (Hombre 2 y mujer 2, se quedan en completa quietud y hombre 1 y mujer
1, narran el recuerdo con acciones)
Hombre 1: Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos
juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco
habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las
cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban
siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada. Ahora, junto al
velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado
así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas
posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese
sueño en el que le pregunté por primera vez: ¿Quién es usted?
Mujer 1: No lo recuerdo.
Hombre 1: Pero creo que nos hemos visto antes.
Mujer 1: Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto.
Hombre 1: Eso es. Ya empieza a recordarlo.
Mujer 1: Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños.
Hombre 1: (vuelve a ser el narrador) La miré de arriba abajo y todavía era de
cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable.
Hombre 2: Me gustaría tocarte
Mujer 2: Lo echarías todo a perder.
Hombre 2: (se intenta acercar) Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a
la almohada para que volvamos a encontrarnos.
Mujer 2: (inmóvil) Lo echarías todo a perder. Tal vez, si das la vuelta por detrás
del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo.
Hombre 2: (insistente) No importa
Mujer 2: Si diéramos vuelta a la almohada volveríamos a encontrarnos. Pero tú,
cuando despiertes, lo habrás olvidado.
Todos: (Él se mueve hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos
sobre la llama).
Mujer 1: Despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los
hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: Ojos
de perro azul.
Hombre 2: (Con la cara contra la pared) Ya está amaneciendo.
Hombre 1: Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato.
Todos: (Él se dirige hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, la mujer
lo frena con su voz)
Mujer 2: No abras esa puerta. El corredor está lleno de sueños difíciles.
Hombre 2: ¿Cómo lo sabes?
Mujer 1: Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando
descubrí que estaba dormida sobre el corazón.
Hombre 2: (Deja la puerta entreabierta) Creo que no hay ningún corredor aquí
afuera. Siento el olor del campo.
Mujer 2: Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer
soñando con el campo.
Mujer 1: (Se cruzó de brazos sobre la llama, molesta) Es esa mujer que siempre
ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad.
Hombre 1: Es cierto yo recuerdo haber visto la mujer en algún sueño anterior
Hombre 2: (el hombre tiene afán porque sabía, que ya con la puerta entreabierta,
tenía media hora para bajar al desayuno). De todos modos, tengo que salir de
aquí para despertar.
Todos: (Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la
respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del
campo se suspendió, todos reaccionan a lo que escuchan).
Hombre 1: Mañana te reconoceré por eso, te reconoceré cuando vea en la calle
una mujer que escriba en las paredes: 'Ojos de perro azul' (Hombres salen)
Mujer 1: (con una sonrisa triste, mientras los hombres salen) Sin embargo no
recordarás nada durante el día.
Mujeres coro: (Vuelven a poner las manos sobre el velador, con el semblante
oscurecido por una niebla amarga) Eres el único hombre que, al despertar, no
recuerda nada de lo que ha soñado.

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