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Etica y Ciudadania

La ética cívica se centra en la interacción social y la construcción de consensos sobre derechos y deberes en una sociedad pluralista, promoviendo el diálogo entre actores con diversas experiencias y necesidades. Se propone avanzar de una ética de buenas intenciones a una ética del efecto, donde las normas morales son tanto internas como externas, guiando el comportamiento individual y colectivo. Además, se establece que la ética cívica debe ser laica, fundamentándose en mínimos compartidos que faciliten la convivencia entre ciudadanos con diferentes concepciones de la vida.

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Etica y Ciudadania

La ética cívica se centra en la interacción social y la construcción de consensos sobre derechos y deberes en una sociedad pluralista, promoviendo el diálogo entre actores con diversas experiencias y necesidades. Se propone avanzar de una ética de buenas intenciones a una ética del efecto, donde las normas morales son tanto internas como externas, guiando el comportamiento individual y colectivo. Además, se establece que la ética cívica debe ser laica, fundamentándose en mínimos compartidos que faciliten la convivencia entre ciudadanos con diferentes concepciones de la vida.

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¿En que consiste una ética cívica?

Sabemos que los seres humanos somos inevitablemente morales, esto es, que
actuamos, o mejor interactuamos, en un mundo social de acuerdo con una
guías que nos
dicen qué hacer. Podemos ser “inmorales”, es decir contradecir un marco de
actuación
según unos valores, pero no podemos ser “amorales”, es decir carecer por
completo de
una moral. Aristóteles decía que “Quien es incapaz de vivir en sociedad o no
necesita
nada porque es autárquico, ése, es una bestia, o es un dios”5 De modo que
nuestra
actuación es necesariamente social. Sin embargo parece que aún no tenemos
del todo
claro que la ética es a la vez individual y colectiva. Creo, y en esto hago voces
con Adela
Cortina, que la ética debe sacarse del estrecho corredor de los modelos de la
buena
intención y de la religión. La buenas intenciones no son suficientes, tanto como
el
beneficio por “goteo” que presentan algunas éticas individualista e incluso de
responsabilidad social empresarial.

El objeto primordial de una ética cívica es la estructura más básica de la


sociedad, o mejor
dicho, del modo en que las instituciones sociales definen dialógicamente
(conversacionalmente) marcos de actuación para construir los consensos que
lleven a
los diversos actores sociales a la definición de los derechos y deberes
derivados de la
dinámica de la cooperación social y sus implicaciones en la co-evolución tanto
de las
instituciones como de los macrocontextos implicados: sociedad, economía,
política y
medio ambiente.

Señalo inicialmente tres aspectos para lograrlo: El primero, crear escenarios


para el
diálogo entre actores sociales con experiencias, necesidades y expectativas
diversas, de
forma que todos, logren en parte lo que esperan contribuyendo efectivamente
con un
proceso de co-evolución tanto de la sociedad como del medio ambiente. El
segundo,
progresar de la ética de la buena intención a la ética del efecto de la
interacción social.
El tercero construir una ética de pluralismo moral. Progresivamente se
construyen los
consensos para una ética laica, es decir, no inscrita en un marco religioso, sino
al servicio
de toda una sociedad en la que se comprenda que existen diversas
concepciones de Dios.
Veamos:

El primero crear escenarios para el diálogo: Es primordial considerar las


condiciones en
las cuales los diversos actores sociales podrán expresar su experiencias y
necesidades
para contribuir con la búsqueda de los acuerdos para la interacción. Esto
implica que
todos los participantes deberán ser considerados en igualdad de condiciones
para poder
expresar sus necesidades, concepciones y aportes en la definición de derechos
y
deberes. John Rawls propone, utilizando la imagen tradicional de la justicia, el
velo de ignorancia, es decir la idea de que independientemente de la posición
socioeconómica,
en el diálogo por los derechos y deberes todos los actores son apreciados con
una
actitud de “ignorancia” de sus privilegios o desventajas y son considerados
iguales. No
importa tu posición, importan tan sólo tus contribuciones en el diálogo.

El primer principio de justicia expresa que todas las personas tienen derecho a
la libertad
individual compatible con la misma libertad de los demás. Por ello es preciso
que las
instituciones aseguren que los más pobres o los más ricos tengan las mismas
oportunidades, y podemos extenderlo a los credos religiosos, preferencias
sexuales,
genero, raza y concepciones políticas. Para él no es sólo una cuestión teórica,
sino que
la justicia debe concretarse en usos reales socioeconómicos. De nada sirve la
libertad de
pensamiento si la gente no tiene formación, de nada sirve la libertad de
movimiento si
no se tiene con qué viajar, de nada sirve cualquier tipo de libertad individual si
la gente
no se puede vestir o alimentar.

El segundo progresar la ética de la intención a la del efecto: Evolucionar esta


ética
implica construir un marco de sentido un poco mas amplio para la comprensión
de los
valores. A través de los valores, nos encontramos inmersos en un tejido
invisible de
conexiones entre unos y otros, en un mundo de sentido en el que las normas
morales
nos enseñan (son pedagógicas, es decir, condensan un conjunto de
aprendizajes que
resultan fundamentales para que un grupo sobreviva), señalan los límites (son
coercitivas, es decir, seleccionan los comportamientos aceptables de los
inaceptables),
y cohesionan al grupo por medio de la vivencia de ciertas emociones que les
hacen sentir
que comparten unas experiencias y formas de vivir la vida.

Los valores que por lo general se expresan en normas, tienen la estructura de:
Conectar
a las personas consigo mismas (diálogo interno) y con otras; estar validadas
por el
consenso de un grupo, es decir, es aceptada en sus líneas básicas por la
mayoría de los
miembros de un grupo; y expresar unos contenidos, esto es, un conjunto de
comportamientos, creencias, experiencias y conocimientos importantes para la
regulación del grupo y para las personas en sí mismas. Por esta razón, la
norma moral es
interna y externa a la vez.

Es interna en tanto orienta la forma en que una persona utiliza sus


sentimientos, deseos,
necesidades, pensamientos e historia personal, para configurar su actuación.

Es externa porque permite a la persona orientar su comportamiento (observar


o
representar el efecto de su acción) para relacionarse con otros según unas
guías
consensuadas por los cánones del grupo.

La moral, desde este punto de vista, es un conjunto de reglas para construir


conocimientos prácticos sobre la forma de solventar necesidades de un sujeto
(Nivel
intrasubjetivo) o de las relaciones entre varios sujetos (Nivel intersubjetivo), de
modo
que le permitan a un grupo inventarse “conversacionalmente” una forma de
vivir
consecuente con su sentido.

El tercero construir una ética de pluralismo moral: Esta perspectiva tiene está
relacionada con la moral religiosa debido a que los desarrollos de una ética
cívica son
más bien recientes en nuestro mundo occidental actual. Si bien filósofos
griegos como
Sócrates, Platón y Aristóteles desarrollaron éticas fuera de los confines de una
religión,
a partir de la época medieval, el marco religioso del monoteísmo semita ha
tenido ha
tenido una gran influencia. Una ética cívica no puede apostarle a una forma de
vida
buena, pues ya lo señalamos, la participación en los diálogos de construcción
social no
pueden tener la base de una propuesta que se basa en un “Dios” para definir
los
mecanismos de diálogo o la fundamentación de los valores.

Toda religión implica una moral, pues a través de ella el creyente guía su
comportamiento
para lograr los beneficios que le propone. Naturalmente se respetan las
posiciones
religiosas, negarlas, es igual que pretender que sólo una puede fundamente el
marco
moral. Por esta razón la ética cívica es una ética laica; no puede hacer
preferencia por las
máximas de una religión y más bien se guía, como dice Adela Cortina, por los
mínimos
axiológicos y normativos que facilitan la convivencia de los máximos. Dice ella
que “La
moral cívica consiste, pues, en unos mínimos compartidos entre ciudadanos
que tienen
distintas concepciones de hombre, distintos ideales de vida de vida humana;
mínimos
que les llevan a considerar como fecunda su convivencia.”
*Humberto Sandoval Barrera
Estudios en filosofía y letras de la Universidad Sto Tomás. Maestría en filosofía
de la
Universidad Nacional de Colombia. Especialista en intervención sistémica de la
familia y las
organizaciones. Profesor y consultor en procesos de transformación cultural,
desarrollo de
liderazgo y habilidades en equipos de alto rendimiento y alineación estratégica
en
organizaciones empresariales. Investigador y autor de varios libros sobre
desarrollo
humano y ecología mental. Socio Fundador de Consultoría Humana, miembro
activo de la
Alianza Colombia Ética

Elementos para comprender una ética cívica

Para hacer mi aporte muy breve a este foro tan importante quiero poner de
presente
unas distinciones, que si bien son muy básicas, son determinantes para
comprender
porqué hablamos de una ética ciudadana o cívica. En estos momentos, aunque
a veces
parezca otra cosa, vivimos procesos de consolidación social, política y
económica en
Colombia y podría atreverme a decir que en nuestra América Latina, en los
cuales la ética
está de “actualidad”. De hecho, y creo que aquí está una de las claves más
importantes
para evolucionar nuestra forma de actuar, necesitamos enriquecer nuestra
ética de la
“buena intención individual” con una ética “interactiva de co-evolución social”,
una
ética de las instituciones, organizaciones y redes sociales.

¿Qué es la moral?

Tenemos diversas experiencias de “lo bueno” y de “lo malo” y parece que la


acepción
predominante cuando hablamos de moral es la de lo “conveniente” y lo
“inconveniente”. De una forma general podemos decir que cuando una
persona
sacrifica o pospone la satisfacción de un deseo por no perjudicarse o no
perjudicar a
otros, es vista como “alguien con mayor capacidad moral” que aquella persona
que no
logra “desplazar” sus necesidades y afecta negativamente a otras personas
para
satisfacer sus necesidades sexuales, emocionales, de alimentación,
reconocimiento,
acumulación de cosas, dinero o poder. Podemos suponer con un alto grado de
certeza
que la vida humana está ligada con los valores de tal forma que lo conveniente
e
inconveniente, con sus versiones en cada cultura, resultan ineludibles a la hora
de
comprender nuestra particular forma de actuar, abordar la vida y resolver
nuestras
diferencias. Podemos entonces decir que la moral es el acervo construido y
decantado
por una persona, un grupo o una sociedad, para guiar su acción en el marco de
la
convivencia.

La moral es un fenómeno social inherente a la forma particular de ser de un


grupo
humano, tal que no se conoce sociedad alguna en la que no se hallan definido
normas
para resolver conflictos internos de los individuos o de sus interacciones. Estas
normas
están contenidas en códigos, máximas, prácticas ritualizadas, permisos,
exhortaciones y
prohibiciones. La cultura, y más precisamente, la moral nos permite
transformar
nuestras necesidades y orientar los comportamientos para lograr la
satisfacción según
las convenciones sociales. Una sociedad, desde este punto de vista, es un
conjunto de
interacciones entre los individuos que la forman, guiadas por normas que el
grupo ha
establecido. En tanto las normas se hacen más propias e incuestionables,
“entre más se
convierten en nuestra piel”, menos visibles nos resultan. Las normas morales, y
sobre
todo las prácticas morales, son las que más generan un nivel de cohesión
sociocultural,
es decir, un nivel de comunión que condensa creencias y sentimientos de un
grupo.

Por esta razón la moral condensa las experiencias que le aseguran a una
sociedad su
permanencia. Soy de la idea de que las emociones humanas orientadas según
las normas
morales que le permiten al grupo una co-evolución (evolución con otros) con la
humanidad y con el medio, son el “motor” más poderoso de una sociedad;
cuando no,
el germen de su destrucción. En una perspectiva parecida a esta, decía
Aristóteles que
“(…) así como el hombre que ha alcanzado el pleno desarrollo es el mejor de
todos los
animales, cuando se aparta de la ley y la justicia es el peor de todos. (…) La
injusticia
armada es peligrosísima: el ser humano está naturalmente equipado con
armas al
servicio de la inteligencia y las virtudes pero que puede usar para los fines
peores.” En
este preciso punto es que la reflexión sobre la moral se hace necesaria y eso es
algo que
corresponde a la ética.

¿Qué es la ética?

Si bien en muchos casos las dos palabras “moral” y “ética” se utilizan como
sinónimas*,
carácter, costumbre, vale la pena insistir en una sutil diferencia que ayuda a
comprender
mejor las cosas. Mientras la moral es una realidad inherente a cada sociedad,
grupo,
familia e individuo, por el simple hecho de que los humanos vivimos siempre
conforme a
ciertas normas para regular nuestro comportamiento, la ética se encarga de
estudiar las
implicaciones que tiene para los seres humanos asumir una perspectiva moral
de la vida.
A primera vista no parece tan importante esta distinción, pero si nos
detenemos a
reflexionar un poco veremos las tremendas consecuencias que tiene hacer la
diferencia.
De forma muy general podemos decir que la ética nos sirve para dos cosas:

La primera, Analizar el efecto de nuestro comportamiento moral. Aquí la


diferencia entre
ética y moral se refiere al cambio de nivel que existe entre la aceptación
inconsciente de
un conjunto de principios y normas y la comprensión de lo que genera la
utilización de esas
normas. Una cosa es vivir sumergido en un conjunto de valores sin más, y otra
muy
distinta es comprender las implicaciones que tiene para esa sociedad, el grupo,
la familia
y el individuo, vivir conforme a esos valores.

Recuerdo a dos pensadores venidos de mundos muy distintos como el


utilitarista John
Stuart Mill (inglés 1806-1873) y el socialista Karl Marx (alemán 1818-1883),
para quienes
es necesario que toda persona mantenga frente a la moral vigente una actitud
crítica, ya
que los grupos dominantes siempre tratarán de justificar su dominación por
medio de
los valores. Esto tiene tanto de largo como de ancho… Por lo pronto quiero
insistir en
que una cosa es vivir una norma y otra hacer consciencia de cómo y por qué se
vive. Para
un buen grupo de sociólogos, psicólogos y filósofos la mayoría de edad se
conquista en
el ineludible momento en el que todo ser humano se encuentra cara a cara con
sus creencias, valores y principios y tiene que hacer un balance de fondo para
ver el efecto
que tienen en su vida. Es parte de la conquista de un nivel de madurez y
libertad gracias
a la capacidad de reflexión ética.

La segunda, hallar bases en nuestra ecología mental para la acción moral. Esta
es parte
de mi visión particular de la ética que consiste en la idea de que la moral de
una persona
es sólo comprensible en el marco de su “ecología mental”, así como la de un
pueblo o
una cultura es comprensible en el marco de su mundo de sentido. Por lo pronto
basta
decir que, si bien, inmersos en las tradiciones derivadas de la cultura en medio
de la cual
vivimos, de la fuerza de las instituciones, familia, Estado, religión, empresa,
etc., todos
los seres humanos actuamos guiados por una moral y gracias a ella nos
vinculamos con
los demás y le otorgamos un significado a lo que hacemos, a partir de nuestra
particular
forma de sentir y pensar. Con esto quiero decir que tenemos al frente una tarea
importante y a la vez fascinante de comprensión de la realidad mental humana
que es la
base del comportamiento moral y ético.
La ética tiene dos caras, una es “la felicidad” y la otra “la justicia”. Como
sucede con las
monedas, no es posible una cara sin la otra. Sí la felicidad de un grupo de
personas se
basa y conlleva la injusticia con otro grupo, seguramente nos haremos
preguntas éticas
de fondo. ¿En una sociedad, es justificable de alguna forma que se sacrifique el
bienestar
de un grupo en bien del bienestar de otro grupo?, ¿La felicidad de unos debe
implicar el
sacrificio de la felicidad o más básicamente el bienestar de otros?, ¿Cómo
podemos saber
en qué momento y bajo qué circunstancias una norma, que no favorezca a
todos, puede
considerarse justa?, ¿La forma en que un grupo o una persona concibe la
felicidad es
aplicable a todos, y es aplicable de la misma forma?

Veamos una de las caras de la moneda: la felicidad

Hemos dicho que cuando actuamos, lo hacemos buscando algún bien, para
nosotros o
para los demás, según sea el caso. También hemos dicho que la moral, es
decir, el
conjunto de normas para regular la convivencia, nos permite orientar de una
forma
específica nuestros deseos y necesidades para conseguir un bien, en este caso
la
satisfacción de alguna necesidad según los códigos de la cultura de la
comunidad a la
cual pertenecemos. Ahora, todos tenemos una forma particular de concebir la
felicidad,
para muchos de nosotros está en la satisfacción de las necesidades más
básicas, para
otros está en la satisfacción de una necesidad muy refinada: unos buscan
comida y abrigo, otros un “abrigo mink”. Aristóteles decía que la mayor
felicidad se consigue con
una vida dedicada al estudio y la reflexión, Antístenes de la escuela griega de
los Cínicos,
S. IV A.C. decía que la felicidad venía de llevar una vida simple y acorde con la
naturaleza
sin fijarse en cosas materiales.

Hay para quienes la mayor felicidad consiste en tener riquezas y poder. Para
muchas personas igual que para San Agustín la verdadera
felicidad está en el encuentro con Dios. También está la experiencia del hincha
apasionado para el cual la felicidad es ir a ver a su equipo cada vez que juega,
o el que
considera que la música es lo suyo para ser feliz, o el que afirma que es asistir
al servicio
social, y así, cientos, miles de formas de conseguir lo bueno y por tanto de ser
feliz…
Pero, lo que te hace feliz no necesariamente hace feliz a otros. Lo que es bueno
para una
persona, no necesariamente es bueno para las demás. La forma de ser feliz, de
conseguir
el bien, no aplica para todos, es decir, estas son formas no universalizables de
ser feliz.
Quizás, uno puede aspirar con su forma de ser feliz, a compartirla con otros y
en algunos
casos a lograr contagiarlos para que nos acompañen, en nuestro proyecto de
felicidad,
si es que les hace sentido. Este, podemos denominarlo el carácter singular de
la ética. Y
es que cada persona, según sus propias capacidades y posibilidades, mal que
bien, actúa
buscando su propia felicidad.
Esto es algo de una importancia crucial en la ética. Si nos preguntan, quizás la
mayoría
de nosotros responderemos que actuamos con vistas a lo que nos parece
bueno y eso
mismo dice el machista, la feminista, el extremista de izquierda o derecha, el
liberal, el
conservador más ortodoxo, etc. En este punto, ustedes dirán que, así como no
son
aplicables estos proyectos para todos, hay cientos, miles de propuestas que lo
pretenden. Claro que sí, pero no pueden aspirar a ser “la única forma de
conseguir lo
bueno, de llegar a ser feliz”. Aún en algunos casos en los que elegimos,
buscando la
felicidad, nos podemos equivocar, como cuando creemos que el cigarrillo o la
bebida son
bienes que nos dan la felicidad. En nuestra historia, ha habido cientos de
proyectos de
felicidad, tan diversos que por esa misma razón es imposible hacerlos válidos
para todos.
“¿Quién puede hoy pretender que posee el secreto de la vida feliz y empeñarse
en
extenderla universalmente, como si a todos los hombres conviniera el mismo
modo de
vida buena?”3 Las éticas que están en la base de estas formas de pensar y
proceder, se
llaman de contenido o de máximas porque proponen una forma de felicidad y
consecuentemente unos contenidos propios: principios, credos y reglas.

Sin embargo, hay mucha gente que pretende que su forma de ser feliz es
universalizable,
y que más aún, es exigible: organizaciones religiosas, sectas, grupos de
fanáticos, etc.,
los cuales consideran que los demás deben llevar una vida conforme a sus
preceptos; y,
la cuestión no es que lo pretendan, sino la forma en que lo pretenden: en
algunas
ocasiones por la fuerza y utilizando las armas. Esto nos abre el camino para
revisar la
segunda cara de la ética, la justicia.

Veamos la otra cara de la moneda: la justicia

El filósofo John Rawls decía que “la justicia es la primera virtud de las
instituciones
sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento.”i La justicia es
el
fundamento de la vida en comunidad, pues es la base de la cooperación social.
Y añade
Rawls: “En una sociedad justa las libertades de la igualdad de ciudadanía se
dan por
establecidas definitivamente; los derechos asegurados por la justicia no están
sujetos a
regateos políticos ni al cálculo de intereses sociales.”

Ya está dicho, pero vale la pena repetirlo, la moral ofrece un conjunto de


normas que
guían y a la vez median entre lo que una persona necesita o quiere y la forma
de lograr
ese bien. Dejamos nuestro estado de “naturaleza pura” en el que se satisfacía
el deseo
de forma inmediata, por uno en el que están presente los otros a través de un
conjunto
de normas, significados y símbolos que regulan, limitan y proporcionan una
guía social
para dicha satisfacción. Esas normas pueden parecer a algunas personas muy
complicadas, muy difíciles de cumplir y que llevan en ocasiones a tener que
abandonar
lo que se quiere. Aquí es donde nace el tema de la justicia. ¿Cuáles son las
normas
aprobadas por una sociedad que podemos denominar justas? ¿Qué
características deben
tener estas normas para denominarlas justas? ¿Existe alguna forma de
determinar la
justicia de una norma, aún a sabiendas de que existe una gran diversidad de
proyectos
de felicidad? Podríamos decir que mientras la cara de la ética que se dedica a
la felicidad,
habla de la actividad vital de las personas y de su inevitable tendencia a
buscar el bien de
una forma específica, la “cara justicia” de la ética se dedica al deber.
Podríamos decir que
la justicia es el conjunto de mecanismos sociales con los que cuenta una
sociedad para
regular el deber, es decir, lo que más allá del bien particular, debemos hacer
porque así
lo exige la vida en comunidad, y así lo exige nuestra propia coherencia mental.
Más allá
del cualquier interés, de nuestra búsqueda de lo útil, contamos con un sentido
(bien
construido en la cultura o bien conquistado por medio de la reflexión rigurosa)
de que
hay cosas que aceptamos o repugnamos porque concuerdan o se alejan de
nuestras
convicciones sobre la justicia.

¿En que consiste una ética cívica?

Sabemos que los seres humanos somos inevitablemente morales, esto es, que
actuamos, o mejor interactuamos, en un mundo social de acuerdo con una
guías que nos
dicen qué hacer. Podemos ser “inmorales”, es decir contradecir un marco de
actuación
según unos valores, pero no podemos ser “amorales”, es decir carecer por
completo de
una moral. Aristóteles decía que “Quien es incapaz de vivir en sociedad o no
necesita
nada porque es autárquico, ése, es una bestia, o es un dios”5 De modo que
nuestra
actuación es necesariamente social. Sin embargo parece que aún no tenemos
del todo
claro que la ética es a la vez individual y colectiva. Creo, y en esto hago voces
con Adela
Cortina, que la ética debe sacarse del estrecho corredor de los modelos de la
buena
intención y de la religión. La buenas intenciones no son suficientes, tanto como
el
beneficio por “goteo” que presentan algunas éticas individualista e incluso de
responsabilidad social empresarial.

El objeto primordial de una ética cívica es la estructura más básica de la


sociedad, o mejor
dicho, del modo en que las instituciones sociales definen dialógicamente
(conversacionalmente) marcos de actuación para construir los consensos que
lleven a
los diversos actores sociales a la definición de los derechos y deberes
derivados de la
dinámica de la cooperación social y sus implicaciones en la co-evolución tanto
de las
instituciones como de los macrocontextos implicados: sociedad, economía,
política y
medio ambiente.
Señalo inicialmente tres aspectos para lograrlo: El primero, crear escenarios
para el
diálogo entre actores sociales con experiencias, necesidades y expectativas
diversas, de
forma que todos, logren en parte lo que esperan contribuyendo efectivamente
con un
proceso de co-evolución tanto de la sociedad como del medio ambiente. El
segundo,
progresar de la ética de la buena intención a la ética del efecto de la
interacción social.
El tercero construir una ética de pluralismo moral. Progresivamente se
construyen los
consensos para una ética laica, es decir, no inscrita en un marco religioso, sino
al servicio
de toda una sociedad en la que se comprenda que existen diversas
concepciones de Dios.
Veamos:

El primero crear escenarios para el diálogo: Es primordial considerar las


condiciones en
las cuales los diversos actores sociales podrán expresar su experiencias y
necesidades
para contribuir con la búsqueda de los acuerdos para la interacción. Esto
implica que
todos los participantes deberán ser considerados en igualdad de condiciones
para poder
expresar sus necesidades, concepciones y aportes en la definición de derechos
y
deberes. John Rawls propone, utilizando la imagen tradicional de la justicia, el
velo de ignorancia, es decir la idea de que independientemente de la posición
socioeconómica,
en el diálogo por los derechos y deberes todos los actores son apreciados con
una
actitud de “ignorancia” de sus privilegios o desventajas y son considerados
iguales. No
importa tu posición, importan tan sólo tus contribuciones en el diálogo.

El primer principio de justicia expresa que todas las personas tienen derecho a
la libertad
individual compatible con la misma libertad de los demás. Por ello es preciso
que las
instituciones aseguren que los más pobres o los más ricos tengan las mismas
oportunidades, y podemos extenderlo a los credos religiosos, preferencias
sexuales,
genero, raza y concepciones políticas. Para él no es sólo una cuestión teórica,
sino que
la justicia debe concretarse en usos reales socioeconómicos. De nada sirve la
libertad de
pensamiento si la gente no tiene formación, de nada sirve la libertad de
movimiento si
no se tiene con qué viajar, de nada sirve cualquier tipo de libertad individual si
la gente
no se puede vestir o alimentar.

El segundo progresar la ética de la intención a la del efecto: Evolucionar esta


ética
implica construir un marco de sentido un poco mas amplio para la comprensión
de los
valores. A través de los valores, nos encontramos inmersos en un tejido
invisible de
conexiones entre unos y otros, en un mundo de sentido en el que las normas
morales
nos enseñan (son pedagógicas, es decir, condensan un conjunto de
aprendizajes que
resultan fundamentales para que un grupo sobreviva), señalan los límites (son
coercitivas, es decir, seleccionan los comportamientos aceptables de los
inaceptables),
y cohesionan al grupo por medio de la vivencia de ciertas emociones que les
hacen sentir
que comparten unas experiencias y formas de vivir la vida.

Los valores que por lo general se expresan en normas, tienen la estructura de:
Conectar
a las personas consigo mismas (diálogo interno) y con otras; estar validadas
por el
consenso de un grupo, es decir, es aceptada en sus líneas básicas por la
mayoría de los
miembros de un grupo; y expresar unos contenidos, esto es, un conjunto de
comportamientos, creencias, experiencias y conocimientos importantes para la
regulación del grupo y para las personas en sí mismas. Por esta razón, la
norma moral es
interna y externa a la vez.

Es interna en tanto orienta la forma en que una persona utiliza sus


sentimientos, deseos,
necesidades, pensamientos e historia personal, para configurar su actuación.

Es externa porque permite a la persona orientar su comportamiento (observar


o
representar el efecto de su acción) para relacionarse con otros según unas
guías
consensuadas por los cánones del grupo.

La moral, desde este punto de vista, es un conjunto de reglas para construir


conocimientos prácticos sobre la forma de solventar necesidades de un sujeto
(Nivel
intrasubjetivo) o de las relaciones entre varios sujetos (Nivel intersubjetivo), de
modo
que le permitan a un grupo inventarse “conversacionalmente” una forma de
vivir
consecuente con su sentido.

El tercero construir una ética de pluralismo moral: Esta perspectiva tiene está
relacionada con la moral religiosa debido a que los desarrollos de una ética
cívica son
más bien recientes en nuestro mundo occidental actual. Si bien filósofos
griegos como
Sócrates, Platón y Aristóteles desarrollaron éticas fuera de los confines de una
religión,
a partir de la época medieval, el marco religioso del monoteísmo semita ha
tenido ha
tenido una gran influencia. Una ética cívica no puede apostarle a una forma de
vida
buena, pues ya lo señalamos, la participación en los diálogos de construcción
social no
pueden tener la base de una propuesta que se basa en un “Dios” para definir
los
mecanismos de diálogo o la fundamentación de los valores.

Toda religión implica una moral, pues a través de ella el creyente guía su
comportamiento
para lograr los beneficios que le propone. Naturalmente se respetan las
posiciones
religiosas, negarlas, es igual que pretender que sólo una puede fundamente el
marco
moral. Por esta razón la ética cívica es una ética laica; no puede hacer
preferencia por las
máximas de una religión y más bien se guía, como dice Adela Cortina, por los
mínimos
axiológicos y normativos que facilitan la convivencia de los máximos. Dice ella
que “La
moral cívica consiste, pues, en unos mínimos compartidos entre ciudadanos
que tienen
distintas concepciones de hombre, distintos ideales de vida de vida humana;
mínimos
que les llevan a considerar como fecunda su convivencia.”
*Humberto Sandoval Barrera
Estudios en filosofía y letras de la Universidad Sto Tomás. Maestría en filosofía
de la
Universidad Nacional de Colombia. Especialista en intervención sistémica de la
familia y las
organizaciones. Profesor y consultor en procesos de transformación cultural,
desarrollo de
liderazgo y habilidades en equipos de alto rendimiento y alineación estratégica
en
organizaciones empresariales. Investigador y autor de varios libros sobre
desarrollo
humano y ecología mental. Socio Fundador de Consultoría Humana, miembro
activo de la
Alianza Colombia Ética

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