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Unloved

El documento es una traducción sin fines de lucro de una novela que narra la historia de Ro y Freddy, dos jóvenes con problemas personales que desarrollan una profunda amistad y un romance a pesar de sus defectos. La autora, Peyton Corinne, explora temas de amor, aceptación y la lucha por ser uno mismo en medio de las inseguridades. La narrativa destaca la importancia de encontrar a alguien que realmente te vea y te valore tal como eres.

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Cami Palomeque
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Unloved

El documento es una traducción sin fines de lucro de una novela que narra la historia de Ro y Freddy, dos jóvenes con problemas personales que desarrollan una profunda amistad y un romance a pesar de sus defectos. La autora, Peyton Corinne, explora temas de amor, aceptación y la lucha por ser uno mismo en medio de las inseguridades. La narrativa destaca la importancia de encontrar a alguien que realmente te vea y te valore tal como eres.

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El presente documento es una traducción realizada por Sweet

Poison. Nuestro trabajo es totalmente sin fines de lucro y no recibimos


remuneración económica de ningún tipo por hacerlo, por lo que te
pedimos que no subas capturas de pantalla a las redes sociales
del mismo.
Te invitamos a apoyar al autor comprando su libro en cuanto esté
disponible en tu localidad, si tienes la posibilidad.
Recuerda que puedes ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con
discreción para que podamos seguir trayéndoles más libros.
es todo sonrisas, al menos en la superficie.
En el hielo, es el extremo izquierdo estrella de los
con una reputación estelar en la cama, pero en el aula, está repitiendo
clases reprobadas y luchando con dislexia, discalculia y TDAH.
Ahora atado a un contrato de la
después de graduarse, Freddy necesita ayuda para aprobar biología.
tiene un historial de terrible suerte en el amor, y ahora, es la
tutora de Freddy.
Tratando de convencerse a sí misma de que es muy feliz con su novio
intermitente, Ro está desesperada por un afecto real.
A medida que sus conducen a
llamadas telefónicas a altas horas de la noche y a una comprensión
mutua de los dolores del otro, surge una amistad entre ellos.
E inevitablemente, un anhelo secreto y melancólico que ambos
esconden. Juntos, se demostrarán mutuamente a
, sin importar sus defectos.

The Undone, libro 2.


Peyton Corinne me dejó atónita por primera vez con su espectacular
novela debut, Unsteady, y ahora, con Unloved, ha creado dos
personajes, Ro y Freddy, que se han ganado un lugar en mi corazón y se
han sentido como en casa.
Ro Shariff es una de las protagonistas románticas más cercanas que he
leído. Es una romántica empedernida, obsesionada con las novelas
románticas desgarradoras y atrapada en una relación intermitente con
alguien que la hace dudar de sus instintos y deseos, y luego está Freddy,
un amor absoluto, fracasado por el sistema académico mientras que al
mismo tiempo es aclamado como una estrella del hockey y se deja llevar
sin que nadie se preocupe realmente por él. Juntos, se dan cuenta de que
finalmente han encontrado a alguien que realmente los ve, y tienen tanto
miedo de perder lo que tienen que el resultado es un romance tierno y
apasionado que Peyton ha logrado plasmar a la perfección.
A través de Ro y Freddy, Peyton habla de las partes de todos nosotros
que no se sienten dignas de ser amadas y arroja luz sobre todas las
razones por las que merecemos ser amados, con defectos y todo. ¡Espero
que te enamores perdidamente de Ro y Freddy tanto como yo, y que leas
también la historia de Sadie y Rhys, si aún no lo has hecho!
Cordialmente,

Melanie Iglesias Pérez. Editor Senior, Atria Books


Para AK. Por si no sabes el impacto que tu tierna y firme amistad ha tenido
en mí durante la última década, esto es para ti. Nuestra amistad no se fundó en
el dolor, sino que creció en él. Creo que eso la hace inconmensurablemente más
fuerte.
Puedo ser quien quiera ser.
Repito el mantra en mi cabeza tres veces más antes de abrir los ojos y
darme otra mirada lenta en el espejo sofocante del baño de nuestro
dormitorio.
Puedo ser quien quiera ser.
Lo repito mientras paso las manos por la camiseta negra ajustada con
tirantes vaporosos y la falda de mezclilla negra, bajándola de nuevo,
como si quedara algo de tela para cubrir mi ombligo expuesto y mis
piernas de longitud superior a la media. La necesidad de cambiarme de
nuevo es abrumadora, pero...
Puedo ser quien quiera ser.
Pero me siento sexy. Me siento poderosa y hermosa.
Se oye un golpe en la puerta, y luego:
―¿Estás bien? ―murmura en tono aburrido a través de la delgada
puerta de madera.
La abro con una sonrisa confiada, apartando algunos mechones de
cabello alisados con dureza por encima de mi hombro.
―¿Qué te parece? ―pregunto, mirando fijamente el atractivo sexual
sin esfuerzo de mi nueva compañera de cuarto.
Conscientemente, me miro a mí misma tal como ella lo hace, porque al
lado de Sadie Brown, estoy empezando a pensar que también podría
tatuarme la palabra VIRGEN en la frente.
La chica es pequeña y musculosa, con piernas fuertes y un trasero por
el que mataría, actualmente envuelto en cuero, con un corsé azul celeste
que ilumina su piel pálida. Incluso su maquillaje (ojos oscurecidos con
un delineador perfecto y labios rojo rubí) me hace sentir un poco como
una niña que se untó un poco de purpurina de su mamá en los párpados
antes de que la atraparan.
―Estás preciosa ―dice, y sin mirarme dos veces, ya está concentrada
en su teléfono, absorta en la persona a la que le está enviando mensajes
de texto rápidamente. Me duele un poco, como me ha pasado un millón
de veces en el último mes desde que nos conocimos el día de la
mudanza, pero estoy decidida a lograr agradarle. Será mi amiga.
Puedo ser quien quiera ser.
―¿Lista?
Sonrío de nuevo, brillante y esperanzada, aunque ella no me devuelve
el gesto.
―Sí ―susurro―. Estoy lista.

En cuestión de minutos me siento abrumada, pero en el mejor sentido,


vibrando de emoción. Siento que mi columna se relaja como una
serpiente encantada por la energía embriagadora que me rodea. La
música retumba tan fuerte que puedo sentirla en mis tacones,
sacudiéndome con el movimiento mientras tropiezo ciegamente detrás
de Sadie a través de la multitud, desesperada por seguir su ritmo,
aunque ella no me tome de la mano.
No necesito que me tome la mano. No soy una niña.
Un cuerpo me empuja y me golpea el hombro con tanta fuerza que me
tambaleo en los tacones demasiado altos y me estrello contra la pared. El
tipo se disculpa e intenta sonreírme, pero lo empujo para pasar,
desesperada por seguirle el ritmo a mi compañera de cuarto.
Nos detenemos en seco, de pie junto a la entrada de la sala principal,
donde todos están sentados en sofás o bailando de una manera que me
pone la cara caliente al verlo.
Mi estómago se retuerce con una mezcla de deseo y ansiedad.
―¿Estás bien? ―pregunta Sadie mientras un cuerpo enorme pasa
rozándola por detrás y ella lo aparta con un codazo mientras gruñe
maldiciendo.
―Sí ―digo, sintiéndome un poco como si estuviera gritando―. Esto
es genial.
Ella asiente y me examina de nuevo, y siento un calor en el cuello y la
timidez aumenta ante su observación.
Puedo ser quien quiera ser.
Moviendo mi cabello hacia atrás sobre mi hombro, sonrío más
brillante.
―¿Quieres beber algo? ―pregunto.
―Vuelvo enseguida ―dice al mismo tiempo, sus palabras y su voz
ahogan fácilmente las mías.
―¿A dónde vas? ―Intento preguntarle con naturalidad, pero la estoy
agarrando con fuerza de la muñeca, como si fuera un chaleco salvavidas
en el mar de cuerpos que me rodea.
Ella mira fijamente hacia abajo, donde la estoy sosteniendo, y la
suelto.
―Voy a seguir a ese. ―Señala al capitán del equipo de fútbol, a quien
he visto en carteles por toda la escuela. Es un estudiante de último año,
grande y guapo y demasiado popular para estudiantes de primer año
como nosotras.
Pero también mira a Sadie como si fuera su próxima comida.
―Al baño, pero no tardaré mucho. Espera aquí, ¿okey?
Quiero decir que no, que no está bien. Que aunque ella no lo
prometió, pensé que era un código de chicas no dejar atrás a tu amiga.
No conozco a nadie aquí ni sé lo que estoy haciendo, y nunca había
bebido un sorbo de alcohol.
Quería que esta noche fuera diferente. Quería ser diferente.
Pero una vez más, me quedo al margen.
―Okey ―sonrío alegremente, acomodando mi cabello, que ya ha
comenzado a encresparse debido a la humedad, detrás de mis orejas―.
Está bien. Esperaré aquí.
Sadie se va antes de que yo terminara la frase, trabajando al tipo como
si ella no fuera un pie más baja que él. Apenas tuvo que decir una
palabra; él la siguió con entusiasmo mientras desaparecían en el pasillo
oscuro.
Estoy sola, y toda la dicha, esa sensación de flotar que tuve antes, se
agria en mi estómago mientras me hundo contra la pared.
Mis ojos recorren la habitación y veo directamente la cocina, donde
han instalado un bar improvisado. Quiero pedir algo para beber, pero
no tengo idea de qué decir.
Quiero soltarme, pero no estoy segura de cómo.
Frustrada, respiro hondo y hago lo que mejor sé: observar a la gente.
Hay un grupo de chicas que parecen bastante amigables, pero me
llevó casi un mes reunir el coraje para invitar a mi propia compañera de
cuarto a pasar el rato. De pie juntas, todas son chicas lindas con
atuendos geniales y un maquillaje que parece hecho por un profesional.
Quiero felicitarlas, pero tengo la lengua pegada al paladar.
Las luces están apagadas y algunas luces azules y blancas débiles
colgadas al azar de los rincones de la sala parpadean entre la multitud
en un movimiento continuo y amplio. Todo parece casi surrealista.
Una pareja en el desordenado y arremolinado mar de cuerpos atrae
mi atención como un foco. Se mueven al ritmo de la música
sensualmente, como en una escena de una película, las manos de él
juegan con su cintura mientras ella se presiona de lado a lado, adelante y
atrás contra él. La mano de él recoge su sedoso cabello mientras su
barbilla se hunde en su cuello y le da unos besos en la oreja.
Es casi pornográfico y siento como si mi cuello y mi cara ardieran.
Un buen ardor que no quiero detener. Uno que quiero sentir, explorar
por mí misma.
Puedo ser quien quiera ser.
El chico inclina la cabeza hacia mí y sonríe, como si me hubiera
atrapado con las manos en la masa. Una sonrisa torcida que delata
problemas de la mejor clase.
Él le susurra algo antes de soltarse, y la chica se encuentra girando
hacia un nuevo par de brazos, y continúa bailando con ellos. Igual de
sensual y asombrosamente hermosa, pero me distrae el chico que ahora
se acerca a mí.
Excepto que gira bruscamente a la derecha hacia un lado diferente de
la habitación.
El grupo al que se une es un poco más ruidoso, de pie alrededor de
una mesa llena de tragos, con latas altas de diferentes colores en sus
manos.
Se trata de un grupo de seis o siete chicos, a los que se les acercan
algunas chicas de vez en cuando. Todos son altos y musculosos, guapos
de una manera que resulta casi intimidante. Están jugando algo,
algunos de ellos medio bailando al ritmo del bajo palpitante de
“Lollipop” de Lil Wayne, mientras sus ojos permanecen atentos a lo que
tienen delante. De alguna manera despreocupados pero a la vez
duramente competitivos.
Son más grandes que la vida y, sin querer, me quedo mirándolos
durante demasiado tiempo porque no puedo apartar físicamente mi
atención de ese maldito tipo, y él también me está mirando.
Esta vez está más en la luz y realmente puedo verlo.
Mejor aún, mientras se dirige hacia mí.
Cabello dorado, corto a los lados y ligeramente despeinado en la parte
superior, como si supiera exactamente cómo peinarlo. Tiene esas líneas
de expresión que le cortan las mejillas como si fueran tallas en mármol,
ojos esmeralda brillantes mientras sonríe más ampliamente e invade mi
espacio. Estoy casi segura de que puede sentir mi corazón latiendo al
ritmo de la música.
―¿Quieres beber algo? ―grita, pero apenas lo oigo por el fuerte ruido
que hay a nuestro alrededor.
Mi rostro debe ser del color del labial aparentemente permanente de
mi compañera de cuarto, pero asiento.
―Genial, tengo uno extra ―dice mientras levanta el pequeño vaso de
plástico.
En lugar de entregármelo, pasa su brazo sobre mi hombro y camina
detrás de mí.
Agarro su brazo por puro instinto de miedo, con los ojos muy abiertos
mientras miro el trago.
―No sé si puedo hacer eso ―señalo con la cabeza la bebida reluciente
que emite destellos azules y ámbar bajo las luces parpadeantes. Lo miro,
para que me dé seguridad o para contemplar su hermoso rostro, no
estoy segura.
Sonríe burlonamente y levanta la mano para lamer una gota de
alcohol que se le ha derramado. Su lengua es lenta, sus ojos brillan y me
doy cuenta de que es una mala idea.
―No te preocupes ―me dice al oído, esta vez para que pueda oírlo―.
Puedes tomarlo.
Mis ojos se ponen en blanco un poco y arrastro los pies mientras
recupero el equilibrio.
Él es demasiado avanzado para mí. Necesito probar una reunión de
novatos o una de esas fiestas de videojuegos Super Smash; espero que
los chicos que estén ahí sean más de mi nivel.
Necesito rueditas de entrenamiento. Este tipo va a toda velocidad por
el circuito de Mónaco, y no hay forma de que pueda frenarlo.
Pero antes de que pueda dar marcha atrás, su otra mano rodea mi
cuello, levantando mi barbilla y su palma se siente cálida contra mi
garganta mientras baja mi cabeza hacia la cuna de su brazo.
Sus dedos me queman la barbilla y su palma me acaricia suavemente
la garganta. Sería fácil dar un paso atrás, decir que no y deslizarme por
debajo de su débil agarre sobre mis hombros, pero no quiero hacerlo.
Quiero esto.
Puedo ser quien quiera ser.
―Abre ―susurra. La orden parece más una burla, pero sus ojos aún
brillan.
Es el chico más hermoso que he visto jamás.
¿Me besará así? Dios, quiero sentir sus labios, parecen almohadas.
Recuperándome, evitando el rubor que me provocan mis
pensamientos indecentes, abro la boca y él vierte el líquido ardiente en
mi garganta. Al principio me preocupa tener arcadas o escupirlo porque
arde, pero mis ojos permanecen fijos en los suyos, en el extraño orgullo
que brilla ahí mientras se muerde el labio y continúa vertiendo
lentamente hasta que el vaso de plástico queda vacío.
Cierro los ojos por un segundo, apretando fuertemente mis labios
antes de darme cuenta de que algo se está filtrando por las comisuras de
mi boca.
No me suelta, pero inclina mi cabeza hacia él mientras lame
lentamente las gotas de líquido ámbar de la comisura de mis labios.
Puedo oler la embriagadora mezcla de su colonia con el aroma del
alcohol por un momento.
Justo antes de…
Él me besa.
Oh, Dios. Dejo escapar un gemido vergonzosamente fuerte,
afortunadamente ahogado por la música. Su lengua está en mi boca.
Sus brazos rodean mi cintura y me atrae con fuerza contra su cuerpo.
Apenas tengo tiempo para pensar, aunque tampoco podría aunque lo
intentara, porque el hecho de que mi primer beso se produzca justo
después de mi primer trago de alcohol me marea, me da vueltas la
cabeza y tengo los dedos entumecidos.
Me tambaleo un poco y él mantiene sus manos en mi espalda baja
mientras me deja caer suavemente contra la pared. Ni siquiera recuerdo
cómo ni cuándo cambió nuestras posiciones.
―Whoa ―susurro. Él sonríe ampliamente y asiente un poco, como si
estuviera de acuerdo―. Yo... um...
―¡Freddy!― grita una voz profunda.
Frunce el ceño, como si lo hubieran sacado de un estado de
ensoñación, y se gira para mirar por encima de su hombro derecho hacia
la mesa llena, que ahora nos está observando.
―Te lo dije, es Matty.
Un hombre corpulento de cabello castaño rojizo pasa su brazo por los
hombros de mi primer beso y lo sacude, lo que también me sacude un
poco, ya que sus manos todavía están quemando dos marcas en la piel
desnuda de mi cintura.
―Tú no eliges los apodos, Freddy ―dice―. Nosotros lo hacemos.
Ahora, salgamos a la parte de atrás; vamos a jugar una última partida de
beer pong antes de irnos. Todavía tenemos práctica por la mañana.
El intruso sale de nuestra burbuja y yo sigo mirando con la boca
abierta a Freddy-quizás-Matty.
―Me gusta Freddy ―las palabras salen de mi boca, entrecortadas y
silenciosas, pero él me escucha y sonríe ampliamente, metiendo su
cabeza en mi cuello con un beso y una lamida que casi me hace gritar.
Chupa suavemente antes de retirarse, solo después de apretarme por la
cintura y levantarme del suelo.
―Me gustas ―dice con una sonrisa coqueta, sus ojos enrojecidos
brillan como estrellas verdes mientras me baja y comienza a alejarse―.
¿Cómo te llamas?
―Okey ―digo sin pensar―, y es Ro.
―Okey, Ro. ―Sonríe de nuevo y se aleja hasta que la única parte de él
que me toca es su mano en la mía, atrayéndome hacia la mesa llena con
él.
Jugamos al beer pong, que consiste principalmente en que Freddy me
enseñe pacientemente a jugar, a pesar de las protestas de sus amigos.
Luego, cuando la mayoría del grupo se dispersa, Freddy se queda a mi
lado. Tenemos las cabezas juntas mientras susurramos comentarios al
azar sobre los asistentes a la fiesta que se arremolinan y observan a la
gente.
Suena el teléfono, el ruido es fuerte e intrusivo. Mira la pantalla.
―Oh, um… ―Su expresión se vuelve seria y se aparta de la pared de
ladrillos en la que estábamos apoyados. Parece nervioso, casi
asustado―. Tengo que contestar. Volveré a buscarte, ¿okey? No te
muevas.
Se tropieza con la mesa y tira unas cuantas bebidas, pero no pestañea
antes de dirigirse a un lugar tranquilo para atender la llamada.
No me muevo, aunque el vértigo y la alegría amenazan con obligar a
mis extremidades a balancearse y bailar.
No me muevo, ni siquiera cuando Sadie regresa, luciendo
exactamente igual de perfecta que antes, sin un cabello fuera de lugar.
Mientras tanto, el mariscal de campo de último año que la sigue luce
completamente desaliñado, respirando con dificultad como si hubiera
terminado un triatlón completo sin entrenamiento.
No me muevo mientras Sadie toma tres tragos más de Fireball, cuyo
sabor me encanta, pero odio la sensación instantánea de nadar en el
pecho.
No me muevo mientras esperamos y esperamos hasta que la fiesta
disminuye lentamente.
No me muevo cuando me empieza a doler el corazón. No hasta que
Sadie me convence de irnos con la mirada más comprensiva que me ha
dado desde que nos convertimos en compañeras de cuarto.
―Me da un poco de vergüenza ―le digo finalmente mientras
caminamos de regreso a nuestro dormitorio―. Pensé... no sé qué pensé.
Sadie me sonríe cuando paso junto a ella.
―Pensaste que él te deseaba. No te avergüences, a mí me pasa todo el
tiempo.
Me detengo en seco y Sadie me sigue; ambas nos giramos para
mirarnos a los ojos.
―¿En serio?
Sadie frunce el ceño, con la misma expresión de disgusto que suele
tener.
―Todo el tiempo. Quiero decir, encontrar un chico en una fiesta de
fraternidad llena de borrachos o en un bar es una apuesta arriesgada,
Ro. No te lo recomendaría.
―Pero tú lo haces todo el tiempo. ―El alcohol hace que mis labios se
aflojen un poco y lo admito―. Solo quiero ser normal.
Sadie toma mi mano +es la primera vez que me toma la mano-, y me
hace caminar lo suficientemente cerca para poder rodear mi cintura con
un brazo.
―No soy la compañera de cuarto adecuada para ti si quieres algo
normal. Mi vida es una mierda, pero, sinceramente, nadie es normal. Lo
normal es estúpido, ¿okey? Simplemente sé quién eres.
―No sé quién soy.
―Nadie lo sabe. Solo… ―Resopla como si estuviera enojada conmigo,
pero estoy empezando a darme cuenta de que Sadie Brown es así―.
Solo, haz lo que quieras y fóllate a cualquiera que te diga que no puedes,
¿okey? Si quieres salir de fiesta, hazlo, pero si no quieres, no lo hagas.
Llegamos a los dormitorios cuando ella deja de hablar. Hay algunos
merodeando afuera, besándose, riéndose o comiendo comida rápida. El
olor me hace agua la boca y tengo que resistir la repentina urgencia de
rogarle a Sadie que vayamos a Taco Bell.
Resulta que no tengo por qué hacerlo, mientras observo a Sadie
acercarse bailando a un bullicioso grupo de chicos junto a la fuente en el
centro del patio. Por supuesto, se acerca con paso firme al más guapo,
sin un momento de inseguridad o vacilación.
El alto y rubio sonríe cuando la ve y la atrae hacia él para darle un
rápido abrazo, del que ella se aparta rápidamente, tomando de su mano
la bolsa de comida de The Chick (que definitivamente cerró hace horas).
―¿Nos vemos pronto? ―lo escucho decir mientras ella regresa hacia
mí.
―Tal vez ―grita por encima del hombro antes de verme con una
mirada que dice absolutamente no.
Espero hasta que volvemos a estar a salvo en nuestro pequeño
dormitorio, sentadas en dos camas individuales una frente a la otra,
antes de preguntarle exactamente cómo lo hace, cómo persigue con tanto
descaro lo que quiere, especialmente con los chicos.
La expresión de Sadie cambia y su ceño perpetuo se hunde aún más
antes de volver a poner su comida a medio comer en la bolsa y dejarla a
un lado.
―Quiero decir… ―Me apresuro a explicar―. Pareces tan segura de ti
misma. Te acuestas con quien quieres.
―No es un delito ―responde con brusquedad―. Disfruto del sexo,
igual que todo el mundo.
Se me hunde el estómago.
―Bien. ―En algún lugar de mi cabeza suena una alarma una y otra
vez. ¿No puede oírla?
―¿Me estás pidiendo un consejo? ―dice, pero su tono no ha perdido
ni un ápice de su intensidad―. Porque si es así, solo tengo una cosa que
puedo darte. No seas como yo. Ni siquiera quieras ser como yo. ¿Okey?
Eres bonita y estoy segura de que eres inteligente, y créeme, puedes ser
quien quieras ser.
―Pero creo que eres genial. ―Las palabras salen sin querer y me
sonrojo un poco avergonzada. Es como si llevara un cartel que dijera
Quiero ser tu amiga con todas mis fuerzas.
―Bueno, no lo hagas.
Su voz se quiebra levemente y frunzo el ceño, preguntándome si
llorará por la noche. Siento un hormigueo en los brazos, lista para
abrazarla si lo necesita. Como hacen las verdaderas amigas.
Pero en lugar de eso, se endereza y se levanta de la cama, dirigiéndose
hacia el mini refrigerador para guardar su comida, probablemente ya
rancia.
Nuestra frágil camaradería de la noche desaparece como humo en el
viento. Ella apaga la lámpara y se va a dormir. Hay tanta ira en su
pequeño cuerpo, comportándose como si siempre estuviera lista para
una pelea. Me duele el pecho.
Tratando de dormir, cierro los ojos y me imagino a Freddy-quizás-
Matty-, la sonrisa feliz en su rostro, el sonido de su voz, la calidez de su
piel. Vuelvo a tocarme los labios, jurando que todavía los siento
hinchados por su beso.
―Dáselo a Ro.
Me paro en seco y me detengo para examinar el espacio abierto de la
oficina, lleno de otros profesores asistentes y tutores de nuestro
departamento. La punta de mi tenis golpea nuevamente la puerta
moderadamente pesada, logrando mantenerla abierta el tiempo
suficiente para poder pasar sin dejar caer la enorme pila de papeles que
cubre mis brazos.
Ninguno de los chicos con los que trabajo se ofrece a ayudar. Nadie se
inmuta ante mi esfuerzo mientras dejo caer las carpetas llenas en mi
escritorio limpio.
Es un lugar tranquilo, pero siempre lo es durante el semestre de
verano, especialmente la semana de exámenes finales, por lo que
siempre opto por volver antes. Eso y la necesidad desesperada de volver
que parece acosarme desde principios de julio.
―¿Darme qué?
Rodger, uno de los otros tutores de nuestro departamento, me lanza la
carpeta en sus manos mientras Tyler, mi novio desde hace dos años, se
desliza detrás de mí y apoya su cabeza en mi hombro, jugando con las
puntas de mi cabello.
―Rodger no quiere a su estudiante ―se ríe Tyler y me da un beso en
el cabello. Me pongo nerviosa y me quedo helada, porque la última vez
que hablamos por teléfono me dijo que definitivamente no estábamos
juntos.
Tyler y yo nos conocimos en mi segundo año, mi primer año como
tutora en la especialidad que elegí. Llegué a Waterfell sabiendo que
quería estudiar ciencias biomédicas, pero no estaba segura de qué
camino seguir. Un año mayor que yo, Tyler fue mi mentor y guía
durante mi primer año como tutora.
Lo admiraba porque era un hombre exitoso, inteligente y respetado en
nuestras clases, y me perseguía sin descanso, de manera extravagante y
pública. Me regalaba flores antes de las clases, me sorprendía con un
almuerzo en el trabajo, me ofrecía llevarme a Brew Haven y traerme de
vuelta... y todo esto antes de que empezáramos a salir.
La romántica que hay en mí se desmayó, emocionada de que
finalmente tendría el afecto con el que siempre soñé, pero en algún
momento del camino, las cosas cambiaron.
―Creo que deberíamos ir despacio y mantener abiertas nuestras opciones.
Sus palabras de nuestra llamada telefónica del fin de semana pasado
resuenan en mis oídos como una alarma lejana que me conformo con
ignorar.
―Buenos días, bebé. Bienvenida a la guarida de las quejas y los
cobardes.
Sus manos se extienden, como si estuviera presentando nuestra
oficina a los espectadores en casa de HGTV.
―Métetelo por donde vayas, Donaldson ―espeta Rodger,
aparentemente más agitado que de costumbre.
Sorprendentemente, es el que más me gusta de todo el grupo.
Posiblemente porque vivo con una persona que tiene un problema de ira
constante y es mi mejor amiga.
―Buenos días ―digo, un poco distraída mientras abro el archivo y
miro los papeles de muestra que tengo delante. Mis ojos recorren las
palabras rápidamente, frunciendo el ceño―. Parecen copiados. Como...
palabra por palabra. ¿Son todos plagiados?
―Cada palabra ―suspira Rodger, frotándose los ojos y hundiéndose
en una silla en la mesa grupal en el centro de nuestro círculo de
escritorios.
―Solía hacerme esas cosas todo el tiempo. Por eso te lo dejé el año
pasado ―dice Tyler, empujando ligeramente a Rodger mientras se
dirige a su propio espacio de trabajo.
―Ya no puedo trabajar con ese tipo ―dice Rodger, murmurando
entre sus manos mientras se frota la cara y se peina el cabello oscuro y
desordenado―. Lo tuve todo el semestre pasado y este verano me ha
matado. Por favor, Ro, quítamelo de encima.
Me muerdo el labio por un momento, deslizo mi cadera contra el
mostrador y apoyo los papeles encima.
―El verano está a punto de terminar y, además, creo que ya tengo
una pila completa para el otoño.
Tyler reparte cafés desde una bandeja y yo lo miro todo el tiempo.
Cuando me ve mirándolo, se frota la nuca.
―Lo siento, no sabía qué querías.
Pido exactamente lo mismo cada vez, sin importar el clima -un dirty
chai helado-, y hemos estado saliendo intermitentemente durante más
de un año, pero sonrío levemente.
―Está bien, lo compraré en el trabajo.
―Me lo imaginé. ―Sonríe, se acerca y me empuja contra el
mostrador. Me da otro beso antes de enderezarse―. No hay forma de
que ella lo acepte.
―Ro'll lo acepta. Es la mejor tutora que tenemos, mejor que todos
nosotros, ¿no? ―dice Mark, otro tutor y el mejor amigo de Tyler,
mientras se estira y gira en su silla giratoria frente a su escritorio.
No es un cumplido, de hecho es todo lo contrario.
Si hago preguntas, es porque intento conseguir ayuda o compasión.
Soy débil, pero si confío en mis habilidades, creo que soy mejor que los
demás.
―Este semestre tengo más estudiantes de los que puedo manejar, y no
me especializo en dislexia ni discalculia.
―Él también tiene TDAH ―dice Rodger sin ayudar.
―No puede ser tan difícil ―dice Tyler sonriendo, inclinándose para
mirar los papeles que he empezado a esparcir sobre el mostrador―.
Dios. Sabe leer, ¿no? Algunos de estos párrafos copiados y pegados ni
siquiera están en el mismo universo de identificación.
Tomo un bagel con canela de la mesa, un regalo de nuestro profesor
principal, estoy segura, y empiezo a cubrirlo con queso crema mientras
miro algunos de los artículos más recientes. Es casi como si quien quiera
que sea, no lo estuviera intentando.
―Cien dólares a que no sabe leer ―dice Mark antes de mirarme
fijamente y reír―. Mil dólares si Ro lo acepta y aprueba el semestre con
una nota superior a 2,75.
―No dije...
―Acepto eso ―grita Tyler, mientras intenta agarrar la mano de
Mark―. Apuesto otros mil a que él intenta follársela primero.
―Tyler ―digo con voz entrecortada, levantando las cejas hacia el
nacimiento del cabello―. No seas asqueroso.
Se encoge de hombros, pero hay algo aterrador en la sonrisa que aún
se extiende por su rostro.
―Espera a ver quién es ―me dice antes de girarse hacia los chicos que
lo rodean―. Ella ni siquiera lo va a aceptar cuando vea el nombre...
Lo que sea que diga a continuación queda ahogado por el latido
palpitante de mi corazón en mis oídos. Casi escupo el bocado de bagel
que ya tengo en la boca, de repente imposible de masticar.
Matthew Fredderic.
Bien podría ser una criatura mítica para todos nosotros. Puede que
hablen de él como si fuera la suciedad bajo las suelas de sus mocasines
recién comprados, pero durante cuatro años lo han envidiado tanto
como yo lo he anhelado inexcusablemente.
Yo y más de la mitad del campus.
Me aparto de la mesa y le ruego en silencio a cualquier poder superior
que exista que mi reacción involuntaria hacia él -sonrojarme
constantemente-, no ocurra en este momento. Nunca me dejarán
olvidarlo si lo hago.
Me giro hacia Tyler y toda la sala.
―No soy...
―Vamos, Ro. No te va a morder.
―Sí ―dice Tyler, apenas conteniendo la risa en sus ojos―. Intentará
meterle su polla.
―Asegúrate de que use protección, Donaldson ―se ríe Mark―. No
quiero criar al bebé de Fredderic, que es igual de retard...
―Basta ―le espeto, enderezando la columna―. Si vuelves a usar esa
palabra, te reporto. ―Quiero decirle de nuevo, porque ya lo denuncié por
su uso del lenguaje y sus insultos, pero nadie hizo nada al respecto.
La cacofonía de sus oooh resuena en mis oídos como disparos.
―Tengo mucho miedo ―se burla Mark.
Espero, una vez más -y aparentemente eternamente-, a que Tyler se dé
cuenta de la forma en que Mark me habla. En lugar de disgusto o
molestia, solo hay un leve enojo, pero no por Mark, sino por mí.
―Simplemente... no sé, llévale mi reunión de cierre y ve si puedes con
ella ―suspira Rodger, entregándome el otro archivo que tiene en las
manos―. Este es su trabajo del verano. Tal vez puedas entender qué
demonios deberías hacer, ya que tiene que aprobar para mantener su
elegibilidad.
Quiere decir elegibilidad para jugar hockey porque Matt Fredderic es
una estrella en todo el campus.
El equipo de hockey de la Universidad de Waterfell es uno de los
mejores del país desde hace más de diez años. Después de llegar a la
Frozen Four el año pasado, Waterfell invirtió aún más dinero en el
presupuesto deportivo, específicamente en hockey.
En nuestro campus se han colocado carteles y recortes que muestran
los rostros brillantes de los jugadores: el apuesto rostro del capitán del
equipo de hockey juvenil Rhys Koteskiy; el estoico pilar del portero
Bennett Reiner; y la hipnotizante y torcida sonrisa de playboy de
Matthew Fredderic, apodado cariñosamente Freddy. Máximo goleador
dos años seguidos, extraordinario instigador y actualmente fichado para
jugar con Dallas.
Toda esa información que no necesito saber; probablemente no
debería saberla.
Pero hubo un tiempo en que me enamoré profundamente del extremo
izquierdo y leí todos los artículos y publicaciones sobre él.
Vergonzosamente seguí sus redes sociales y guardé ediciones ridículas
que los fanáticos hicieron de él en las redes sociales.
Y, sin embargo, sorprendentemente, no tenía idea de que había
necesitado ayuda de tutoría, y mucho menos en mi departamento.
―¿Al menos aprobó Sumnter? ―pregunto, hojeando rápidamente la
pila de exámenes de biología y apenas conteniendo una mueca de dolor
al ver las duras marcas rojas.
―No. ―Rodger se sienta de nuevo a la mesa, bebiendo un sorbo de su
café negro helado que tengo ganas de robarle de la mano―, pero esta
vez va a tener a Tinley.
La doctora Carmen Tinley, supervisora del departamento de tutoría
de nuestra Facultad de Ciencias y Matemáticas, así como la mujer a la
que todos estamos desesperados por impresionar para conseguir un
lugar en su grupo de posgrado en ciencias biomédicas avanzadas. Ella se
hace cargo de los tres estudiantes con mejor desempeño para el semestre
de primavera de su programa intensivo, y somos siete los que
competimos por el lugar.
Además de eso, hay una parte de mí que la idolatra. Es una de las dos
únicas mujeres que enseñan en mi especialidad y es amigable con sus
estudiantes, a diferencia de la doctora Khatri, que es reservada y a
menudo brutal en sus prácticas de calificación y enseñanza. Mientras
que los estudiantes se asustan, aunque quedan impresionados, por la
brillantez de Khatri, Tinley es accesible y cálida.
―Vamos, RoRo ―me susurra al oído mi posible novio, bajando la
voz―. Hazlo por nosotros y te dejaré probar algo de la lista esta noche,
¿okey?
Mis mejillas se calientan.
Es estúpido ahora, con qué facilidad me muestra la zanahoria, con el
conocimiento que tiene de que quiero tachar otro elemento de mi lista de
deseos sexys de la universidad que ha estado abandonada durante dos
años.
Casi la tiré a la basura varias veces, pero el sentimentalismo de la
historia... recordar cómo Sadie y yo nos hicimos amigas bebiendo vino
barato en caja, escribiendo sobre el cartón con pluma todo lo que
siempre quise hacer pero nunca dije en voz alta, usando su colección de
labiales oscuros para dejar huellas de besos por todo el blanco. Recordar
cómo Tyler y yo nos reíamos bajo sábanas floreadas frescas mientras nos
sosteníamos las palmas sudorosas y marcábamos juntos “perder mi
virginidad” hace un año, antes de que él cubriera mi cuerpo con el suyo
en mi cama individual y me hiciera sentir como algo precioso.
Recordar cómo sus promesas de ayudarme a marcar cada elemento
poco a poco se convirtieron en burlas y bromas.
Recordar cómo esa lista ha estado acumulando polvo durante el
último año, medio vacía.
Igual que yo.
―¿Algo de mi lista? ―No puedo evitar que mi voz se llene de
asombro.
Él resopla en mi cuello.
―Sí, bebé. Lo que quieras. ―Todo es una broma, un poco de burla,
pero sonrío y lo soporto porque la verdad es que tengo muchas, muchas
ganas de probarlo.
―E-está bien.
―Entonces ¿vuelven a estar juntos?
Me encojo de hombros y siento que las palabras de Sadie caen como
un peso en mi estómago.
―Quiero decir, técnicamente nunca rompimos, supongo.
Son poco más de las 3 de la tarde de un jueves en Brew Haven, la
cafetería fuera del campus en la que ambas trabajamos a tiempo parcial,
mientras ayudo a Sadie a cerrar, sus hermanos juegan en mi iPad en lo
que limpiamos. Parece un poco más tensa de lo habitual, pero sé que las
cosas son más difíciles para ella ahora que se reunirá con el abogado que
contrató para obtener la custodia de sus hermanos.
―Eso es una mierda ―escupe, provocando que Liam estalle en una
carcajada.
―Dijiste una palabrota, Sissy ―dice él alegremente. Ella pone los ojos
en blanco, pero arroja un dólar arrugado sobre la mesa con una sonrisa
burlona y le despeina el cabello mientras pasamos junto a ellos hacia la
parte de atrás.
―Te bloqueó en todo y te gritó en el trabajo. ―Sadie habla en voz
baja, pero sus palabras duelen.
Me trago el nudo que tengo en la garganta al recordarlo, la vergüenza
de sus gritos y la forma en que nuestro cocinero, Luis, y su hermano
mayor, Alex, que administraba el restaurante de al lado, tuvieron que
detenerlo y echarlo.
―Lo sé ―asiento―, y se disculpó, pero no lo hicimos... ―Cierro los
ojos y me froto las sienes―. Tyler no quiere que volvamos a estar juntos
de inmediato. Por ahora vamos a ser amigos y veremos si podemos
resolver nuestros problemas. Vamos a mantenerlo informal.
―Claro. Informal. ―Sadie pone los ojos en blanco, pero hay una
mirada que es más de simpatía que de fastidio―. Tyler quiere que te
quedes en un segundo plano mientras él va a esa estúpida conferencia
este fin de semana y hace lo que quiera, pero una vez que se reanude la
escuela, intentará volver contigo.
No digo nada. Comienzo a frotarme suavemente el pecho para aliviar
la creciente presión.
Porque tiene razón. Lo hace todos los años para poder ir a jugar a ser
soltero en la estúpida conferencia de premedicina y tontear con la misma
chica de Princeton que es claramente más inteligente y más bonita y de
“clase superior” que yo, lo que sea que eso signifique.
Tratando desesperadamente de frenar el hilo de mis pensamientos,
giro y comienzo a frotar las manchas casi permanentes debajo del borde
de la máquina de café expreso.
―Ro ―susurra―. Lo siento.
Odio esto aún más. Porque mi mejor amiga, una de mis únicas
amigas, está preocupada por herir mis sentimientos al defenderme. Ella
es la única amiga que hice en los últimos tres años que ha permanecido
conmigo, a través de los altibajos, a través del comportamiento de Tyler
y de mis pequeñas crisis.
Y ahora conozco a Sadie lo suficiente para saber que no se irá.
Es leal hasta el extremo, como yo.
Voy a matarlo.
Dejo escapar un gemido de pura agonía por mi terrible dolor de
cabeza, que solo empeora con la música clásica que suena a todo
volumen en la casa, actualmente ocupada solo por mí y mi portero
despierto y activo al amanecer, Bennett Reiner.
―Reiny, por favor ―grito en mi almohada, dejándome caer boca
arriba y cubriéndome toda la cara y las orejas.
Como si los cielos hubieran escuchado mi súplica, la música se corta y
suspiro, hasta que mi puerta se abre de repente, dejando entrar a una
rubia alta y de piernas largas que lleva una de mis camisetas y nada
más. Tiene el rostro sonrojado, la espalda pegada a la puerta ahora
cerrada, como si se estuviera escondiendo.
―Buenos días, Candice ―digo con voz pausada―. No serás tú la que
despertó al oso de abajo, ¿eh?
―No le hizo ninguna gracia que fuera ahí ―suspira, depositando dos
bebidas deportivas amarillas y dos botellas de agua sobre la cama―.
Pero valió la pena.
―Ya lo creo. ―Agarro una de las botellas y la vacío casi al instante,
sonriendo ante la forma en que ella parece necesitar la rehidratación
tanto como yo.
Saber que está feliz, que la pasó bien, es suficiente para cancelar el mal
humor y el dolor de cabeza que la molesta rutina matutina de Bennett
inició.
Ella bebe un sorbo ligero de los restos de su botella de agua por un
momento antes de juntar sus cosas en una pequeña pila, ponerse
nuevamente su propia ropa y arrojar mi camisa en la pila de ropa sucia
evidente en la esquina de mi “desorden organizado” de habitación.
―¿Vas a salir? ―pregunto, sin molestarme en ponerme nada mientras
permanezco completamente desnudo y estiro los brazos con un bostezo.
Su mirada recorre mi cuerpo de nuevo, deteniéndose un rato en la
erección matutina que tengo mientras me dirijo hacia el pequeño baño
privado.
―Desafortunadamente, tengo reuniones panhelénicas toda la tarde,
pero esto fue divertido.
―¿Divertido? ―digo, agarrándola por la cintura y haciéndola girar
hasta que me siento nuevamente apretado contra ella, mi nariz recorre
su mandíbula. Su risita me parece un elogio y quiero disfrutarla, pero
aún no es suficiente―. ¿Solo divertido? Creo que puedo hacerlo mejor si
te quedas un rato.
Su mirada se vuelve borrosa pero sonríe, alejándose del calor de mi
cuerpo y recogiendo su bolso.
―La primera vez fue más que divertida, Freddy ―dice, lanzándome
un beso―. Eres increíble. ¿Nos vemos por ahí?
Reprimiendo la respuesta desesperada que estoy a punto de sacar de
mi lengua, la cual sé que sonará patética, trato de no enojarme
demasiado por su partida.
Tal vez si lo hubieras hecho mejor, ella se quedaría. Estás fuera de juego.
La saludo con dos dedos antes de dirigirme al baño para lavarme las
actividades de la noche antes de mi control de pretemporada con todo el
cuerpo técnico.

―Rhys vuelve esta semana ―es la primera frase que Bennett me


concede en toda la mañana. Hablé sin parar mientras comíamos uno de
sus desayunos rápidos sobre la isla, y de nuevo mientras íbamos al
estadio en su camioneta, pero el hosco gigante no me concedió ni un solo
comentario de escucha activa en todo el camino. Bien podría haber
estado hablando con una pared de ladrillos.
Quiero burlarme de él por su silencio estoico, pero sé que Bennett no
bromea sobre nuestro capitán, su mejor amigo, Rhys Koteskiy.
Me gustaría decir que soy parte de un trío, pero, en todo caso, soy la
tercera rueda. Reiner y Koteskiy han estado patinando juntos desde que
usaban pañales. Academias privadas de hockey, papás jugadores
retirados de la NHL (que también son icónicos mejores amigos), Bennett
y Rhys están tan estrechamente unidos sin tener parentesco de sangre
como dos personas pueden estarlo.
―¿Han hablado?
―No. Me envió un mensaje de texto para avisarme. ―Aprieta el
volante con un poco más de fuerza―. Qué estúpido ―gruñe entre
dientes.
Nuestro capitán recibió un golpe brutal en el hielo durante la Frozen
Four la primavera pasada, propinado por el defensa Toren Kane,
conocido en toda la NCAA como un completo psicópata. El tipo debería
haber sido excluido de la elegibilidad del equipo después de su
actuación en el Mundial Junior. Aun así, se las arregló para permanecer
en un equipo mientras seguía causando estragos, lanzando golpes
ilegales y peleando, llegando al extremo de ser expulsado de dos
equipos en los últimos tres años.
El golpe casi mató a Rhys; abandonó el juego en una ambulancia y,
además del ocasional “Está bien” de nuestro entrenador o de los papás
de Rhys, no hemos sabido nada de él desde entonces.
Sabía que probablemente necesitaba espacio, o que estaba tan
malherido que no podría volver, pero Bennett aguantó más que Rhys,
porque Rhys no era solo su capitán.
Su mejor amigo lo dejó completamente fuera durante cuatro meses.
―Bueno, eso es bueno. Lo necesitamos.
Realizar nuestras actividades habituales de pretemporada se sintió un
poco mal sin nuestro valiente líder, y después de tener que optar por no
participar en el campamento intensivo de verano con los chicos para
tomar clases de recuperación académica, estoy ansioso por volver al
maldito hielo.
Estar de vuelta en el Waterfell Arena hace que todo mi estado de
ánimo sea más ligero.
Hasta que el entrenador Harris decide reventar todas mis burbujas
con su mirada fulminante mientras tomo asiento frente a él en su oficina.
Los dos entrenadores asistentes se fueron antes de que yo entrara, lo
que casi me hizo querer vomitar mi desayuno mientras la sensación de
hundimiento de que había hecho algo mal se instalaba en mi estómago.
―Entrenador. ―Asiento, moviendo la rodilla y frotándome las
manos―. ¿Buen verano?
―Pude pasar un tiempo con mi esposa sin que me interrumpieran un
grupo de adolescentes con hormonas, así que sí, bastante bien ―dice el
entrenador Harris secamente.
―Okey ―me río, pero los nervios hacen que mi voz suene
entrecortada.
No ayuda cuando el entrenador suspira, largo y fuerte.
―Escucha, Fredderic...
―Solo el apellido ―lo interrumpo, sonriendo ampliamente―.
Supongo que eso significa que realmente hice algo malo.
Sacude la cabeza.
―Hablé con Gavins. Escuché que no te comunicaste con él ni con el
agente del que te envié el contacto.
Mierda.
Jeff Gavins, el gerente general de los Dallas Stars, el equipo de la NHL
con el que firmé. El entrenador Harris me ha estado presionando para
que me ponga en contacto con él y con el agente que me puso en
contacto, tratando de darme una salida temprana. Sé que es porque ve lo
difícil que es para mí el aspecto académico de la universidad, pero es
difícil no sentir que está tratando de deshacerse de mí.
Pero él no entiende.
Hay una razón por la que estoy aquí y es demasiado importante como
para dejarla ir ahora. Esta es la única vez que no tomaré el camino fácil.
―Gavins me fichó hasta que me graduara. Estoy encantado de jugar
para él después de la Frozen Four.
―Freddy ―murmura el entrenador Harris, mientras se frota los ojos
con la mano, que no parecen haber descansado en los últimos dos
meses―. En serio, la universidad no es para todos. Podrías haber estado
jugando en la NHL a los dieciocho años.
Podría. Palabra clave.
De repente me pica la nuca y mis rodillas rebotan más alto y más
rápido mientras asiento.
―Sí, pero tengo que hacerlo a mi manera.
Es la misma respuesta que le he dado cada vez que tenemos esta
conversación en los últimos tres años. Llegué al último año de
preparatoria por poco; en este punto, necesito demostrarles a todos que
puedo hacerlo.
―Okey ―suspira―. Tengo dos extremos novatos a los que debes
vigilar, y mientras tú y Dougherty sigan con sus mierdas habituales,
creo que nos espera un buen año.
El leve elogio es suficiente para que una verdadera sonrisa se dibuje
en mi cara.
―Estoy feliz de ser lo más disruptivo posible.
El entrenador Harris niega con la cabeza mientras me levanto, pero
veo el comienzo de una sonrisa en las comisuras de su boca.
Me cambié de ropa una vergonzosa cantidad de veces, y aún así
todavía me siento ridícula y mal vestida cuando salgo del ascensor al
tercer piso de la biblioteca.
Falda de tenis blanca plisada y manga corta lavanda, un lazo a juego
en el cabello... soy exactamente así, pero por alguna razón es más difícil
tener confianza en estos días.
Encuentro una mesa de estudio vacía con facilidad. El semestre de
verano B suele estar vacío de todos modos, pero es la mitad de la
semana de exámenes finales para ellos, así que hay algunas personas
sentadas en grupos en el lugar.
El aire acondicionado es fuerte y resuena en el gran espacio para
combatir el calor desenfrenado que se cuela por las ventanas de pared a
pared y las paredes mal aisladas, así que me pongo los auriculares y
entro en la página de Spotify de Sadie, donde veo una lista de
reproducción llamada Amped Up.
Suena una canción fuerte de una banda de la que nunca escuché
hablar y me estremezco.
Pasando a la siguiente pista, muevo mi rodilla al ritmo rápido
mientras Wet Leg comienza a sonar en mis auriculares.
Y, como si fuera una escena de una película, o uno de mis sueños del
primer año, Matt Fredderic sale de las puertas corredizas del ascensor.
Es tan alto y bien formado como lo recuerdo, parece una especie de
supermodelo de aspecto impecable, con esa pizca de picardía que arde
como brasas verdes en sus ojos. Es su personalidad, el atractivo sexual
puro que parece emanar de él, dentro y fuera de la pista. Siempre va
vestido de una manera que te deja sin aliento, aunque, por alguna razón,
nunca lleva solo pantalones deportivos y una camiseta, como la mayoría
de los otros chicos deportistas.
En verano, sin embargo, se viste de manera indecente. Una camisa de
lino azul celeste abotonada le cuelga de los hombros anchos, con los
botones desabrochados un poco más abajo de lo que llevarían la mayoría
de los hombres, de modo que su pecho bronceado y brillante brilla
incluso bajo la luz fluorescente de la biblioteca. Sus pantalones cortos
son cortos, posiblemente más cortos que el dobladillo de mi falda, con
muslos musculosos a la vista, uno de ellos con un tatuaje que no había
visto antes (una mariposa, nada menos) en la parte superior del muslo.
Hay tanta piel bronceada a la vista que se me seca la boca y agarro mi
botella de agua. No debería ser legal lucir como él, todas líneas definidas
suavizadas por encanto juvenil.
Agarra la silla giratoria de una chica y la hace girar mientras pasa
junto a ella guiñándole un ojo. Ella se ríe y lo regaña sin demasiado
entusiasmo, lo que él se toma como un payaso de clase bien querido. Por
un momento sus ojos se mueven por la habitación como si estuviera
buscando el lugar donde se supone que debería estar.
Pero se dan cuenta de que hay otra persona: una chica que se arquea
de puntillas para tomar un libro de la estantería; el dobladillo
deshilachado de sus pantalones cortos se le clava en los muslos oscuros.
Él se inclina sobre ella y agarra el libro que ella estaba tomando. Ella se
hunde contra la estantería que está detrás de él, mientras que la mano de
él permanece plantada sobre ella.
Y... me preocupa un poco estar babeando.
―Hola ―dice Rodger, y casi salto de mi asiento al darme cuenta de
que estaba tan concentrada en Freddy que no vi ni escuché su llegada.
―Oh, maravilloso ―murmura Tyler, deslizándose en el asiento junto
al mío―. Él está aquí.
Me siento un poco enferma, la culpa de suspirar por él cuando tengo
un posible novio se mezcla con la excitante lujuria de estar en su
presencia. Nada de lo que hace Freddy es inherentemente sexual, pero
he tenido sueños sobre él durante años.
―Te dije que no te necesitaba aquí ―murmuro, todavía un poco
frustrada por la incapacidad de Tyler de hacer lo que le pido, pero ya
casi me he acostumbrado.
Rodger tiene que estar presente para entregar oficialmente los
archivos y revisar el cambio de plan con Freddy presente. Tyler
definitivamente no necesita estar presente. De hecho, no debería estarlo.
Es una violación de la privacidad académica de los estudiantes.
En vez de eso, se ríe.
―¿Qué? ¿No me quieres aquí para que puedas jadear sobre Matt
Fredderic?
Pongo los ojos en blanco y lo empujo un poco con el hombro.
―Vamos, Ro. No me digas que todavía piensas que es atractivo. El
tipo no podría pasar una prueba de ETS y mucho menos una prueba de
biología de primer año.
―Basta.
Tyler no se equivoca, Freddy tiene una reputación, pero es más
complicado que eso. Escuché suficientes historias sobre él para toda la
vida, y ninguna de ellas es negativa. Las chicas lo adulan, pero nunca
escuché una sola historia loca sobre él rompiendo el corazón de alguien.
Se divierten y luego siguen adelante. Todas parecen irse felices.
Freddy sigue charlando con la chica de la estantería, mientras su
mano traza patrones debajo del dobladillo de su camisa, y ella parece
hipnotizada, como si su belleza y su aura fueran un reloj de bolsillo
oscilante y ella fuera el sujeto voluntario del hipnotizador.
Mientras tanto, yo estoy pegada al asiento, cruzando y descruzando
las piernas y deseando no haber llevado falda.
Como si el movimiento en mi asiento hubiera llamado su atención,
Tyler me mira de arriba abajo, su mirada va de mis calcetines cortos con
volantes al moño lavanda que quita la mitad de mis rizos encrespados
de mi rostro, con desaprobación evidente en sus ojos.
―Pensé que ya habías superado ese look ―murmura en voz baja.
Me sonrojo y siento que todo me resulta demasiado tenso. Me siento
ridícula, odio la facilidad con la que sus palabras me afectan, pero he
amado a Tyler durante años y sé que odia que me vista así, pero él es
quien decidió que no estemos juntos.
¿Por qué no puedo simplemente ignorarlo?
Me levanto sin preámbulos y me aparto de la mesa, casi tropezando
mientras agarro mi mochila.
―¡Whoa! ¿A dónde vas? ―pregunta Rodger, mientras se aleja en su
silla con ruedas para dejarme espacio.
―Yo... eh... al baño. Tengo la regla ―digo, mintiendo―. Repasa el
plan con él y dile que nos veamos la semana que viene. A la misma hora
y en el mismo lugar, ¿okey?
Me voy antes de que alguno de ellos pueda responder, casi corriendo
hacia el pasillo con baños, con mi teléfono en la mano para enviarle un
mensaje de texto a Sadie.
…antes de estrellarme contra una pared de ladrillos.
Esa pared es Matt Fredderic.
―Lo siento ―balbuceo, retrocediendo y casi tropezando con mis
propios pies.
―Estás bien, princesa ―dice sonriendo, guiñándome un ojo mientras
recoge mi teléfono del suelo y lo revisa―. Ni un rasguño. Estás de
suerte.
―Claro ―digo de golpe, y eso solo sirve para sonrojarme aún más.
Busco a tientas el teléfono y casi lo dejo caer de nuevo―. Me... tengo que
ir. Gracias.
No creo haber corrido tan rápido nunca en mi vida.
Aprieto un poco las manos y frunzo el ceño con una ligera confusión
mientras observo a la morena de piernas largas correr como una estrella
olímpica hacia la salida. Alguien le pone una silla de escritorio en el
camino y ella la esquiva (aunque tiene las piernas, la altura y la
velocidad para saltarla), pero se golpea con fuerza contra la pared con el
hombro.
Observo con demasiada atención el movimiento de su falda de tenis
blanca y me encanta lo bronceadas que se ven sus largas extremidades
en contraste: es alta, con rizos que le rebotan por la espalda, atados
vagamente con un bonito moño.
Un pulso de algo cálido hace que mis pies se muevan y mi cuerpo gire
como si fuera a seguirla.
Concéntrate.
Cierto. Estoy aquí por una razón y ya llego (reviso mi teléfono) diez
minutos tarde.
Llego tarde sin querer, y esa podría ser la razón por la que recibí un
correo electrónico a altas horas de la noche de mi tutor asignado actual,
Rodger, en el que me decía que necesitaba verlo antes del inicio del
semestre para conocer a mi nuevo tutor.
La gente puede que me conozca como el zorro de la escuela, un
mujeriego, pero cambio de tutores mucho más rápido que chicas. Lo
cual no me importaría tanto si no afectara tanto mis rutinas. Ya me
resulta bastante difícil llevar un registro de mis horarios escolares y de
hockey: ¿añado una nueva fecha y hora, una nueva ubicación, cada vez
que cambio de tutores? Eso hace que sea más difícil recordar y acudir al
lugar correcto en el momento correcto.
Mientras camino hacia la mesa del fondo donde suelo encontrarme
con Rodger, donde me he reunido con él durante todo el verano, me
detengo en seco.
Mi estómago se hunde, con náuseas ante la visión que me saluda.
Tyler Donaldson se estira en la silla junto a Rodger.
He tenido el claro disgusto de conocer a Tyler Donaldson durante dos
años. Empezó como mi tutor al final de mi segundo año y durante la
mayor parte de mi tercer año. Antes de pasarme a Rodger la primavera
pasada, jodiéndome antes de mis exámenes finales con el cambio
repentino. Además, nunca me ayudó ni con adaptaciones ni con tutorías.
Empecé a suponer que no sabía, que tal vez mi expediente seguía tan
incompleto como lo había estado desde el primer año.
Pero entonces Rodger empezó a intentar algunas de mis adaptaciones
para este verano, para ayudarme a pasar mi segundo intento con
biología, y me di cuenta de que el idiota de Donaldson me había jodido
por completo.
Incluso ahora, me mira con la misma mueca de desprecio, como si
odiara mi existencia. Para enojarlo, sonrío un poco más y camino hacia
ellos de forma desagradable.
―Rodger ―asiento―. ¿Quién es el niño bonito?
―Tyler ―dice Rodger, distraído con su teléfono como suele estar. Tan
distraído que me está presentando a alguien que él sabe que yo conozco,
que fue mi tutor durante un año.
Tyler está furioso, con la cara roja de una manera que relaja mi sonrisa
falsa y la convierte en una sonrisa real.
―Qué gracioso, Fredderic ―espeta―. Qué amable de tu parte venir.
Lo ignoro por completo, pongo las manos sobre la mesa y me inclino
sobre ellas.
―No voy a volver a cambiarme, Rodger. Haré el semestre sin tutor si
mi única otra opción es...
―Yo no soy tu tutor ―me interrumpe Tyler―. Siéntate y concéntrate
durante dos segundos y tal vez podamos superar esta reunión con
normalidad.
Es inteligente, por desgracia, pero usa sus poderes de cerebrito para el
mal, intentando golpearme donde más me duele, pero nunca le dejaré
ver que funciona.
Sentado frente a ellos, cruzo los brazos a la defensiva y hago rebotar
rápidamente la rodilla debajo de la mesa. Tal vez seguir a esa chica hubiera
sido mejor después de todo.
―Reprobaste biología otra vez ―dice Rodger, mientras hace girar mi
expediente.
Un rubor me calienta las mejillas antes de que pueda detenerlo, la
vergüenza y la furia se mezclan ante la risa burlona de Tyler mientras
sacude la cabeza hacia mí. Estoy seguro de que no necesita estar aquí, de
hecho, apuesto a que hay políticas escolares que le impiden involucrarse
en mis estudios, pero no quiero provocar nada. Quiero salir de aquí.
―Lo volverás a hacer en otoño ―dice mi tutor más reciente―. Y
ahora estarás con una tutora diferente. Ella es genial, se asegurará de
que apruebes.
―¿Ella? ―murmuro.
―Sí ―se ríe Tyler―. Tu nueva tutora es una chica. ¿Crees que puedes
abstenerte de meterle la polla durante el tiempo suficiente para seguir
siendo elegible?
―¿Crees que puedes evitar ser un idiota durante más de cinco
segundos? ―Sonrío alegremente―. No lo creo.
―Está bien, Fredderic...
―Basta ―se queja Rodger―. Ambos me están dando dolor de cabeza.
―Abre su gastada carpeta y toma otra hoja de papel, esta con un nuevo
horario de estudio―. Este es el cronograma provisional de la primera
semana para tus sesiones de tutoría. La conocerás aquí para la primera
la semana que viene, y luego los dos pueden decidir dónde encontrarse.
―Preferiblemente en algún lugar público ―dice Tyler mirándome.
―Qué lindo ―le espeto, agarrando el papel y doblándolo―. ¿Algo
más?
―Sí ―Rodger asiente y me pasa un paquete engrapado―. Ya le eché
un vistazo a tu horario de clases de otoño. Tu profesor de matemáticas
es un desastre, así que prepárate para eso, pero al menos estás con
Tinley para biología...
Sigue hablando, pero no escucho ni una palabra. El corazón me late
fuerte en los oídos al oír su nombre. Finjo estudiar el horario, pero mi
ansiedad es demasiado grande para concentrarme y las palabras se
difuminan en la hoja bajo mis dedos.
―¿Hay otra clase de biología disponible? ―pregunto, sin molestarme
en disculparme por interrumpirlo. Rodger mira a Tyler, pero niega con
la cabeza.
―No ―dice Rodger―. Ninguna que no interfiera con tu agenda de
hockey.
―¿Puedo tomarla en primavera?
―Tinley es genial ―dice Tyler―. Es nuestra jefa, la mejor profesora
de biología que tenemos.
―En realidad, me importa una mierda, Donaldson. ―Odio el sonido
de mi propia voz, la ansiedad que se filtra en mi tono. Sueno como si
estuviera suplicando, así que fuerzo un poco de frustración en mi voz.
Es mejor sonar enojado que temeroso. Dios no permita que uno de estos
genios ya haya recorrido el camino que yo recorrí hace años.
―Como sea. ―Pone los ojos en blanco, empuja y agarra sus
pertenencias―. Me voy. Encárgate tú de él.
―No ―dice Rodger, hablando por encima de mí mientras estoy aquí
sentado, sintiéndome cada vez más como un niño cuyos papás están
decidiendo qué hacer con él―. Ahora es responsabilidad de Shariff.
Apenas escucho lo que dice, todavía intento resolver el problema en
mi propia cabeza.
Volviéndose hacia mí mientras Tyler se aleja y sale de la biblioteca,
Rodger se rasca la cabeza y resopla molesto.
―No podrás cursar el próximo semestre, Freddy ―dice Rodger, con
la voz un poco más suave ahora que su amigo se ha ido―. ¿Qué pasa si
repruebas? Entonces ni siquiera eres elegible para graduarte. ¿Y
entonces qué?
Cierro los ojos, intento respirar un poco más despacio, intento detener
el temblor que me provocan las rodillas. Él tiene razón, aunque no
entienda mi vacilación. Es esto, o posiblemente no graduarme, y
entonces habré sufrido durante cuatro años sin nada que mostrar.
Qué buena manera de hacerla sentir orgullosa.
―Okey ―asiento, doblando el horario y colocándolo entre mis
papeles de tutoría―. Sí, te entiendo.
―Todo estará bien ―suspira Rodger―. Tu nueva tutora es genial. Te
gustará.
―Tienes que decirme si tiro demasiado fuerte, Ro.
Un gesto de dolor interrumpe mi sonrisa por un milisegundo, pero me
miro en el espejo y borro el dolor antes de que ella lo vea. Me encanta
que esté haciendo esto por mí, tanto que no puedo mencionar con qué
frecuencia tira de las piezas.
―Estoy bien―digo felizmente.
Sadie Brown ha sido mi mejor amiga desde el primer año. Mi única
amiga, en realidad, pero hay un extraño consuelo en no estar sola en eso;
en saber que también soy su única amiga verdadera. Nos hemos aislado
de muchas maneras, pero no cambiaría ni un segundo de eso: el
desorden, el caos, sus hermanos, mi soledad. Lo soportaría todo de
nuevo por una amiga tan leal y fuerte como ella.
Pero noches como esta son pocas y esporádicas. Ambas trabajamos en
Brew Haven, pero Sadie tiene dos trabajos más además de participar en
competencias de patinaje artístico para nuestra escuela. Si a eso le
sumamos su trabajo más importante -cuidar a sus hermanos pequeños-,
casi siempre está fuera.
La extraño, pero lo comprendo de todo corazón. Yo he sido su
cuidadora antes. Nunca haré de esta amistad algo que la agobie. Solo
tengo tiempo para ayudar cuando pueda.
Sadie muerde una pinza de mariposa mientras usa ambas manos para
colocar con cuidado otra en un mechón de mis rizos.
―Casi listo.
―Se ve increíble.
Sí, lo hace. Usó casi todos mis pequeños clips de plástico multicolor,
pero sobre todo los que combinaban con mi conjunto de punto lila a
rayas, algo que hice yo misma en segundo año, pero que aún no he
tenido el coraje de usar.
Vuelvo a mirar mi teléfono viendo el mismo mensaje flagrante
anunciando que fue leído hace diez minutos, lo que significa que Tyler
definitivamente no responderá.

Ro: Voy a ir a una pequeña fiesta con Sadie esta noche. ¡Espero que no te
moleste! Noche de chicas :)
Tyler: No parece que me estés dando otra opción.
Ro: ¿Te enojarás si me voy?
Tyler: ¿En serio estás sola con Sadie? Envíame una foto tuya.

Lo hice: una selfie rápida frente al espejo con una sonrisa temblorosa y
mi compañera de cuarto luciendo su característico ceño fruncido y un
vestido de seda gris.

Tyler: Lo que sea. Haz lo que quieras.


Ro: Tyler, por favor. Solo estoy pasando el rato con mi compañera de cuarto.
Tyler: Okey.
Ro: No quise molestarte. Lo siento.

Y desde entonces, nada.


―Tal vez no debería...
Sadie me cubre la boca con la mano y me mira fijamente, en una
situación inusualmente opuesta a la nuestra. Mido un metro setenta y
cinco y mi mejor amiga un metro setenta y dos, lo que significa que
normalmente nos vemos bastante cómicas juntas, aunque Sadie Brown
se comporta como si fuera la persona más alta de la sala.
―No vamos a hacer esto esta noche, ¿okey? ―Su voz es firme, la
fuerza emana de ella. Estoy desesperada por absorber todo lo que
pueda―. Tú y yo vamos a escuchar a ABBA mientras jugamos Flip Cup
para tomar tragos en la cocina, y cuando estés lista, iremos a una fiesta.
Nos vamos a divertir, y si Tyler tiene algo que decir al respecto, puede
decírmelo a mí.
Mis ojos arden un poco ante su solemne voto.
―¿Sí? ―pregunta ella.
―Sí.

La fiesta es abrumadora, pero Sadie no se aparta de mi lado.


La casa de la fraternidad es enorme y nunca he estado antes, pero sé
que Sadie es una asidua a las fiestas aquí, en concreto con un chico
llamado Sean, que estoy descubriendo que me cae realmente mal.
Actualmente estamos sentadas abajo, entre luces intermitentes y
música fuerte que de alguna manera se siente como las mismas quince
canciones en constante repetición. Sadie está sentada en el brazo de un
sofá, mientras Sean la ignora para conversar con sus amigos. Excepto
por su mano, que no deja de subir y bajar por su pantorrilla.
Tal vez a Sadie no le importe, pero el tipo lleva su bravuconería como
un reloj caro, con la muñeca siempre estirada. Me recuerda a Tyler y a
Mark, todo el grupo estirado de su preparatoria.
No me gusta.
Mi mejor amiga parece ridículamente aburrida. Le hago una mueca
divertida, sintiéndome un poco mareada por el whisky con sabor a
canela que recorre mi cuerpo. Sadie sonríe burlonamente (una hazaña
difícil de lograr) antes de quitarse de encima la mano de Sean y dirigirse
hacia mí.
―¿Quieres jugar un juego? ―grita por encima de la música―. Dijeron
que hay beer pong en la cocina.
Asiento, me levanto del sofá de enfrente y me tambaleo un poco con
mis botas de tacón. Sadie resopla y me agarra por la cintura.
―¿Segura que estás bien, Ro?
Asintiendo de nuevo, con una sonrisa de felicidad en mi rostro, entro
arrastrando los pies en la cocina abarrotada y tomo uno de los tragos
que nos ofrecen cuando entramos.
Me siento libre por un momento, de todo lo que me duele. El alcohol
afloja mis músculos y me llega como una alegría por vía intravenosa; se
siente bien, aunque sea artificial y fugaz.
―En realidad ―digo con una risita, abrazando a Sadie―, ¿puedes
ayudarme a encontrar el baño?
―No lo emborraches, Freddy ―me advirtió Bennett antes de que nos
fuéramos a la fiesta de inicio de clases que se celebraba en una casa
cercana―. Lo digo en serio.
―No lo tenía planeado ―fue mi respuesta un poco sarcástica.
Y no lo hacía. En serio, quiero que se relaje al menos un segundo antes
de volver a sumergirse en el modo capitán de hockey con toda su fuerza.
Eso, y tendría que ser ciego para no ver la forma en que Rhys miraba
mi teléfono durante la cena -la foto de Sadie, una patinadora artística
que recuerdo brevemente-, como si fuera la Copa Stanley.
Todo el mundo sabe que soy un tipo divertido, el alma de la fiesta,
aunque a veces dejo que nuestro defensa Holden Dougherty tome la
iniciativa, y aunque no soy necesariamente el mejor a la hora de
consolar, especialmente al capitán de mi equipo al que admiro (que
parece estar aferrándose a un hilo), sé que al menos esto puedo hacerlo.
Aunque “esto” signifique dejarle a solas con la chica de las piruetas, a
la que nunca he visto sonreír pero sí hacer fotos a algunos de mis amigos
del equipo de natación en una fiesta la primavera pasada, aunque
después fuera Paloma Blake la que subiera con los dos chicos.
Pero por la forma en que Rhys y Sadie se miran ahora mientras subo
las escaleras, pienso que tal vez no los interrumpa después de todo. Más
aún porque Rhysie enamorado ni siquiera se ha dado cuenta de que
estoy parado a unos pocos pies de él.
No soy una montaña como Reiner, pero no soy pequeño y
definitivamente no soy callado.
Especialmente cuando una chica guapa se topa conmigo.
La atrapo con facilidad, apenas resistiendo el impulso de levantarla
por la cintura y ponerla de nuevo de pie, solo porque puedo hacerlo.
Como un pequeño anuncio de mis habilidades en la cama.
Mira, cariño, ¿ves lo fuerte que soy? Puedo lanzarte por todos lados con
mucha facilidad. Soy gentil, pero también seré agresivo si quieres.
Seré lo que quieras que sea.
―Lo siento ―dice, en voz baja y tímida, su piel bronceada se ruboriza
levemente mientras inclina la cabeza un poco hacia atrás para mirarme.
Tiene el cabello largo, le cae por la espalda como una cascada de rizos,
con pequeñas horquillas de mariposas de colores que se arremolinan
entre los mechones. Entonces me doy cuenta de que es la misma chica
que se topó conmigo -¿o se alejó de mí?-, en la biblioteca la semana
pasada.
Pongo mi sonrisa característica, observando cómo hace su magia
mientras sus pupilas se dilatan y sus mejillas de alguna manera se
sonrojan aún más.
―Estás bien, princesa ―murmuro, todo encanto, listo para ver si me
arrastra de nuevo hacia el baño del que salió o si se marcha escaleras
abajo como Cenicienta, teniendo en cuenta que es casi medianoche. Paso
los dedos por los bucles inferiores de sus rizos elásticos―. ¿Necesitas
ayuda?
―¡No! ―espeta Sadie.
Ella intenta alejar a la chica de mí, pero la delgada mano de mi
misterioso extraña agarra mi muñeca detrás de su espalda.
Sonrío al verla agarrarme, mientras mi otra mano recorre sus dedos y
noto la delicada manicura perlada que brilla contra mi piel. Me gusta
fijarme en detalles como este, el trabajo que las personas, especialmente
las mujeres, ponen en su apariencia.
No oigo la conversación entre mi capitán y la patinadora artística,
pero la chica me suelta demasiado rápido y da un paso tambaleante
hacia las escaleras. La sigo con la mirada, sintiéndome un poco mareado
ante la perspectiva de seguirla hacia abajo. Parece divertida, llena de luz.
Mi cuerpo comienza a relajarse solo mirándola.
Pero solo por un segundo, antes de que tanto Sadie como Rhys me
griten una advertencia para que me mantenga alejado de ella.
Levanto mis manos en señal de rendición, con la plena intención de
escucharlos, al menos por ahora.
Cuando me doy la vuelta hacia las escaleras, ella ya está bajando
tambaleándose, un poco más borracha de lo que supuse al principio.
Okey. No puedo “mantenerme alejado” de ella cuando no hay nadie que la
vigile.
―Whoa, despacio―me río y la acerco rápidamente a mí antes de que
caiga por las escaleras.
―Lo siento ―se sonroja y me mira con los ojos vidriosos―. Estoy
mareada, y ―arruga el entrecejo―, las escaleras son difíciles.
Una vez que recupera el equilibrio, la sigo hasta la sala de estar y
luego a la cocina, donde choca contra otra persona.
―Mierda, bebé, invítame una copa primero ―dice un idiota
igualmente borracho, colocando las manos en la cintura de ella para
ayudarla a mantener el equilibrio después de que rebota en él―. Ven
aquí.
―Nop ―le digo, lanzándome entre ellos con cierta brusquedad. El
tipo la suelta al instante y ella choca con otra persona mientras él me
mira de arriba abajo, con los ojos vidriosos y parpadeantes―. Aléjate
―gruño, sintiéndome irritado ahora.
―Ella me agarró ―argumenta arrastrando las palabras. Me doy la
vuelta y sacudo la cabeza porque definitivamente no estoy de humor
para pelear con nadie, especialmente con idiotas con un valor mal
empleado por estar borrachos.
―Hola, Ro ―dice uno de los amigos del chico en voz más baja.
Definitivamente es alguien a quien ya conocía, pero no recuerdo su
nombre―. Déjenla en paz, chicos ―les dice a sus amigos.
―¿La conoces? ―le pregunto.
―Freddy, hola ―dice. Le doy la mano, pero no digo nada porque no
recuerdo quién...
―¡Mitch! ―ella grita, agarrándole el bíceps con una sonrisa enorme y
deslumbrante―. No sabía que estabas aquí.
Mitch se sonroja un poco debajo de su gorra hacia atrás, pero me mira
con aprensión.
―El año pasado estudiamos química orgánica juntos. Ella estaba en
un proyecto conmigo, ¿ella está bien?
Levanto las manos.
―Solo la estoy cuidando. Su amiga está arriba hablando con Rhys.
Mitch asiente y me da la espalda, básicamente devolviéndome la
responsabilidad por la hermosa (aunque muy borracha) princesa con
mariposas en el cabello.
―Hey ―dice, mirándome con curiosidad y haciendo una pequeña
pausa, como si me estuviera viendo bien por primera vez bajo la luz más
brillante de la cocina―. Freddy.
―¿Sabes mi nombre?
Sus ojos se abren de par en par mientras palidece y luego sacude
lentamente la cabeza. Me hace reír mientras la rodeo con un brazo en la
habitación abarrotada y demasiado ruidosa.
―¿Quieres tomar un poco el aire, princesa?
―Okey ―asiente, derritiéndose ligeramente contra mí mientras salgo
al patio trasero y al área de la piscina.
―No me dijiste tu nombre ―le digo, acercando mis labios a su oído
para que pueda oírme por encima del altavoz cuando pasamos por
ahí―. Es justo, ya que tú sabes claramente el mío.
Ella sale primero por la puerta y yo la sigo detrás mientras cierro la
puerta corrediza.
―Rosalie ―dice en voz un poco alta antes de sonrojarse y sonreír
tímidamente―, pero todos me llaman Ro.
Aquí afuera está más tranquilo y ella inmediatamente se dirige hacia
la piscina y se arrodilla para sumergir su mano.
―Hace calor, más o menos ―me dice Rosalie antes de sentarse,
desabrocharse las botas y quitarse rápidamente los calcetines para poder
meter los pies en el agua.
Sacudo la cabeza, pero la sigo y hago lo mismo, aparto con cuidado
mis impecables zapatos del agua y coloco sus botas junto a ellos. Meto
mis pies a su lado, presionando ligeramente mi muslo contra el suyo.
Ella se balancea suavemente al ritmo de la música que suena aquí
afuera: es un ambiente más tranquilo, con “LOVE. ft. Zacari” de
Kendrick Lamar sonando a través de los parlantes del porche que
cuelgan de un cable.
La miro detenidamente, mientras tomo aire. Normalmente me siento
mejor en el ambiente bullicioso y nunca solitario de una fiesta, pero esto
me hace sentir mejor de alguna manera. Es hermosa, tiene una cálida
piel morena y un cabello castaño rizado que le llega casi hasta la cintura.
Tiene ojos color avellana vidriosos, un poco más verdes que castaños, y
un tinte rosado en las mejillas por el alcohol. A esta distancia, huele un
poco como Fireball: whisky con canela y algo más suave, un perfume
floral limpio.
Su atuendo también es impresionante, pantalones cortos y una blusa
de punto sin mangas que me hacen querer preguntar si ella los hizo.
―Son muy lindos ―digo, estirando la mano para tirar suavemente de
uno de los broches rosas en forma de mariposa que cuelgan entre sus
rizos―. Bonitos. Me gusta tu atuendo.
Rosalie se sonroja aún más y se aparta, metiendo la barbilla.
―Oh, gracias. Yo... eh... no suelo vestirme así.
―¿Ah?
Ella niega con la cabeza.
―¿Por qué no? Es cool.
―Tyler dice que parezco una niña tonta ―dice, y luego hace una
mueca como si no hubiera planeado decir todo eso. Algo se cierra en sus
ojos y comienza a jalar las pinzas, tratando de arrancárselas del cabello,
casi con dureza―. Son estúpidas de todos modos.
La detengo antes de que pueda arrancarse un mechón entero de rizos
y le acomodo el cabello, volviendo a sujetar una de las mariposas
descartadas donde se la había soltado. Solo quedan tres de ellas en su
cabello, hay un colorido cementerio de mariposas descartadas que
ensucian el concreto a nuestro alrededor.
―No son estúpidas. Tyler es estúpido ―me quejo. No sé quién es el
tipo, pero suena como un idiota al que me encantaría conocer cara a
cara.
Esa podría ser la razón por la que no puedo evitar preguntar:
―¿Tyler es tu…?
―¿Novio? Sí... O, quiero decir, no ―murmura antes de que se le
calienten las mejillas―. Lo olvidé. Supongo que ahora es mi exnovio. No
lo sé. Es confuso y dice que no estamos juntos, pero somos “casuales”.
―Pone comillas sarcásticas alrededor de la palabra y me río un poco―,
pero me mataría si supiera que estoy hablando contigo.
―¿Tipo celoso?
Ella resopla como si le hubiera contado un chiste gracioso, pateando
un poco el agua con los pies.
―Para nada, pero tú eres tú.
Estoy acostumbrado, pero por alguna razón las palabras me caen
como un puñetazo. Por un momento, no quiero que me conozcan por lo
que soy.
―Ahh, ¿de verdad soy tan zorro que todo el mundo ha oído hablar de
mí? ―Mi voz ya no suena despreocupada ni relajada; incluso la risa en
mis palabras es más oscura, y creo que la asusta un poco.
―No ―dice finalmente, con los ojos muy abiertos y el ceño
fruncido―. No... es... porque... quiero decir... tengo un crush contigo.
Hago una pausa para el final, pero Rosalie comienza a hablar
nerviosamente.
―Nos conocimos una vez antes, en otra fiesta, pero probablemente no
lo recuerdes, y sueno loca, pero siempre has sido mi, como, crush
famoso.
Una sonrisa se extiende por mi rostro antes de que pueda controlarla,
la felicidad burbujea en mi estómago como champán. Casi quiero reírme
como un niño.
―¿No se supone que los crush de famosos son celebridades? ―Le doy
un pequeño empujón en el hombro con el mío y mi pie choca
accidentalmente con el suyo en el agua.
Ella se ríe y asiente, con las mejillas sonrojadas y los ojos
embriagadoramente brillantes.
―Sí, seguro, pero algún día lo serás. ―Lo dice con tanta seguridad
que me encuentro ruborizándome por primera vez en años.
―¿Ah, sí?
―Eres increíble.
Escuché esas mismas palabras tantas veces, pero la forma en que las
dice, de alguna manera suenan más genuinas. Como si esto no tuviera
nada que ver con mi cuerpo. El sexo es fácil para mí; lo supe muy rápido
desde que era demasiado joven. El hockey es aún más fácil, y soy mejor
que la mayoría porque trabajo duro más allá de lo que me sale
naturalmente, pero, ¿fuera de eso? No soy... nada. Soy un maldito
fracaso en el uso de mi cerebro; cualquier cosa más allá de lo físico es
inútil para mí, incluso intentarlo, porque no soy nada cuando no estoy
usando mi cuerpo.
Pero... esto se siente diferente.
―Gracias. ¿Eres una gran fanática del hockey?
―Claro ―asiente profusamente―. Nunca he ido a un partido, pero
estoy segura de que es increíble. He visto vídeos. Muy cool.
Me río porque parece confusa y comprensiva a la vez. Como si
estuviera apaciguando a un niño que quiere hablar de su obsesión con
los dinosaurios. Algo hace que se me caliente el pecho.
―¿Vídeos? ¿De quién?
―Como, de las mejores jugadas de la NHL y esas cosas, o como lo que
sale en televisión. Son bastante increíbles. Creo que Sidney Crosby es
muy guapo.
Me acerco con valentía para colocarle un rizo detrás de la oreja y hago
girar mi mano entre su masa de bucles.
―Todavía no has visto nada asombroso, princesa. No hasta que me
veas jugar a mí.
Es una frase de mierda, y probablemente una de las peores que he
pronunciado, y la veo hundirse un poco hacia atrás, lo que tiene el efecto
contrario al que yo quería.
―Voy a entrar ahora.
Rosalie se levanta y se va demasiado rápido para que pueda captar
sus palabras antes de que mis ojos se abran de par en par y salte para
seguirla. Sube por la escalera lateral hasta la parte superior del alto
cobertizo de almacenamiento al borde del camino de cemento que rodea
la piscina. La fraternidad lo llama un “salto alto” donde a los asistentes
más aventureros les gusta dar una voltereta y tirarse, pero más de una
persona se ha roto una extremidad al calcular mal su salto.
Mi estómago se revuelve cuando me doy cuenta exactamente de lo
que está a punto de hacer.
Corro para pararme frente a ella, con el corazón en la garganta por
razones en las que no quiero pensar.
―Oye, princesa, ¿qué estás haciendo? ―pregunto con la voz
ligeramente temblorosa.
―Quiero hacer algo divertido.
―Hablar fue divertido. ¿Quieres jugar un juego?
―Quiero ser otra persona ―dice bruscamente, y sus ojos comienzan a
llenarse de lágrimas. Quiero que vuelvan las estrellas, esos brillantes
ojos color avellana que miran todo con asombro―. Quiero ser como tú.
―No, no lo haces ―me río con fuerza.
―No soy valiente ni genial ni nada divertido, solo soy... cuidadosa.
Soy buena, y aún así no es suficiente. Quiero ser más.
―Puedes ser quien quieras ser.
Como si mis palabras le hubieran causado dolor físico, cierra los ojos
con fuerza.
―Ojalá… ―Sus pies resbalan un poco y mi estómago da un vuelco.
―Rosalie ―le grito―. Espérame. ―Miro a mi alrededor y noto que
ahora tenemos público, antes de caminar para agarrar uno de mis
zapatos y arrancarle el cordón.
A la mierda. El cobertizo es un poco más alto que mi alcance, pero si
puedo saltar y agarrarme a él con mi mano, puedo levantarme sin
quitarle los ojos de encima para llegar a la escalera.
Entonces eso hago, apretando los dientes ante el metal afilado del
techo del cobertizo que me corta las palmas mientras me levanto para
pararme frente a ella. La agarro por la cintura como si me preocupara un
poco que intentara saltar de todos modos.
―¿Qué estás haciendo? ―Suena sin aliento y tengo que cerrar los ojos
para no dejar que mi imaginación se escape.
―Si tú saltas, yo salto ―me encojo de hombros.
―¿Lo harás?
―¿Por qué no? ―sonrío―. A menos que quieras hacerlo sola.
Rosalie sacude la cabeza rápidamente.
―Odio estar sola.
Yo también.
―Genial. Entonces no te voy a dejar sola, Ro ―susurro, mi aliento
abanica su cabello mientras me acerco y saco los últimos clips de su
cabello, metiéndolos en mi bolsillo, antes de juntar sus rizos en mis
manos, amontonándolos en lo alto de su cabeza y atando con cuidado el
cordón alrededor de ellos para mantenerlos fuera de sus ojos.
―Gracias ―dice sonrojándose.
Estamos demasiado cerca, pero no me muevo.
―No tienes que agradecerme. Solo quiero asegurarme de que estás
bien.
―Estoy bien. ―Tiembla bajo mis manos, ahora apoyados sobre sus
hombros.
Tomo su mano en la mía y doy un paso hacia el borde.
Afortunadamente, ya he visto a algunos chicos de fraternidades
temerarios saltar desde esta cosa estúpida antes. Sé que se puede hacer.
―¿Lista?
―Lista.
Hago una cuenta regresiva, mi mano se aferra a la suya mientras
saltamos. El agua se siente fría en mi piel acalorada; la ansiedad
paralizante por una chica te hace eso. Subo a la superficie y me quito el
cabello de los ojos, oyendo las risitas sibilantes de Ro mientras nado
hacia ella y me acerco tanto que compartimos la respiración.
―Eres muy amable―sonríe ella.
Me pavoneo ante su cumplido.
―¿Sí?
Ella asiente, pero la sonrisa desaparece de su rostro rápidamente y mi
estómago se hunde, una necesidad desesperada de recuperarla plaga mi
mente.
―¿Qué pasa?
―Desearía que siempre fuera así de fácil.
―¿Qué quieres decir? ―pregunto. Muchas veces me han llamado
fácil, pero nunca así.
―Creo que es difícil que la gente me quiera, y me esfuerzo
muchísimo. ―Se le llenan los ojos de lágrimas por un momento y se me
cierra un poco la garganta al verla. También al sentir eso, porque lo
entiendo profundamente.
Así que le ofrezco un pedazo de mi propia vulnerabilidad para que
coincida con la suya.
―Lamento que te sientas así. A veces yo también me siento así. ―Se
me pone la piel de gallina en los brazos ante esa sincera confesión, pero
ya no puedo retractarme.
Y... no quiero.
Mis ojos siguen las gotas de agua que caen en cascada por su piel
color miel, goteando de sus rizos, mantenidos elevados sobre su largo
cuello gracias a mi cordón.
Hay pura alegría en sus ojos y finalmente está relajada, como si la
tensión de sus hombros se hubiera derretido en el agua. Todo se siente
más suave, como si el tiempo mismo se moviera más lento a medida que
nos cruzamos. Estoy seguro de que le estoy dando la misma expresión
soñadora que ella me está dando. Estoy seguro, por el rápido latido de
mi corazón en mis oídos, de que lo estoy haciendo.
Es diferente esta cosa incierta con ella, sea lo que sea. Mi pecho está
cálido y apretado a la vez, porque siento que ella podría besarme, y lo
deseo desesperadamente. No importa con cuántas personas me haya
acostado antes de este momento; se siente como la excitación nerviosa
antes de un primer beso. Quiero congelar este momento, ralentizarlo de
alguna manera para poder sentirme así una y otra vez...
―¿Freddy? ―pregunta Rosalie, con la voz suave y entrecortada.
―¿Sí? ―digo, mi voz es igual a la suya. Me acerco más a ella, hasta
que nuestras manos se rozan bajo el agua.
―Gracias.
Le coloco uno de sus rizos sueltos detrás de la oreja.
―Cuando quieras, princesa.
―Pienso que sería muy fácil amarte ―dice. Es un cumplido laxo,
susurrado, que ella no sabe que suena como un disparo en mi cabeza,
directo al pecho.
Mis palabras desaparecen, hasta que me quedo de pie mirándola, solo
conmocionado por la aparición de mi capitán y la patinadora artística
que revienta nuestra pequeña burbuja de satisfacción.
Pienso que sería muy fácil amarte.
Resuena en mi cabeza en un bucle, atando mi mente en constante
movimiento.
―Te ves como una mierda.
Apenas levanto la cabeza, y en su lugar giro el cuello para poder echar
un vistazo al paraíso maravillosamente oscuro que mis brazos cruzados
sobre la mesa han creado.
Sadie sonríe y deja dos tazas de café de nuestro Nespresso de segunda
mano (un regalo de mi mamá la primera y única vez que nos visitó)
frente a mí.
―Intenta despertarte con un dolor de cabeza terrible y “tolerarlo”,
que suena una y otra vez como una alarma triste y aterradora.
Sadie se echa a reír y se limpia la boca con la manga, donde se ha
derramado un poco de café.
―Por favor, no me digas que eso fue tu altavoz, que estuvo sonando
toda la noche sin parar.
Me quejo.
―Creo que empecé con “Getaway Car” y luego, en algún momento
de la noche, me puse triste y rara.
―Eso es menos sorprendente teniendo en cuenta tu increíble
actuación en el karaoke en la parte trasera del auto anoche.
Me golpeo la cara con las manos y sacudo la cabeza.
―No, por favor, di que estás bromeando.
Sadie levanta una ceja perfecta, con los labios todavía manchados por
su habitual labial rojo oscuro y el cabello peinado hacia atrás en un
moño. Incluso sin peinar, está perfecta, elegante, y yo...
Una masa irregular de rizos enredados y crespos y ojos hinchados.
―¿De verdad no lo recuerdas?
―Me desmayé después de esos últimos tragos, Sadie ―me quejo,
frotándome los ojos y dejándome caer dramáticamente en la silla de
madera de nuestra pequeña mesa de desayuno―. No recuerdo nada.
El rostro de Sadie parece casi afligido y algo se hunde en mis entrañas.
―Oh, Dios ―gimo―. Tu cara... dime, ¿qué es?
―Es posible que tu pequeño canto haya sido en la parte trasera del
auto de Matt Fredderic. ―Se muerde el labio por un momento mientras
siento que mi rostro se va poniendo pálido lentamente con cada palabra
que dice―, y es posible que de alguna manera hayas terminado en la
piscina con él.
―¿En la piscina? ¿Qué? ¿Cómo…?
―Saltaste desde lo alto del cobertizo como una loca ―resopla Sadie―.
Da un poco de miedo, pero también es increíble.
Oh, Dios.
Odio que mi primer pensamiento sea Tyler, preguntándome si lo vio,
si alguien en esa fiesta me filmó actuando como una loca y le contó todo.
Desearía que no me importara su opinión sobre mí, pero aún así me
importa, porque lo amo, creo, y quiero que piense bien de mí, como una
igual y una compañera.
No soy una fiestera borracha que salta de los tejados con jugadores
playboy de hockey.
Instintivamente, tomo mi teléfono y abro nuestro hilo de texto.
Nada.
Solo dos mensajes de disculpa sin respuesta ni lectura, de mí para él.
Todo mi cuerpo se estremece mientras miro dos veces la hora que me
mira desde mi teléfono.
13:39
―¡Me quedé dormida hasta la una! ―grito, casi tirando la silla hacia
atrás en mi prisa por levantarme.
Sadie, que se ha puesto sus auriculares favoritos con cable, me mira
con un trozo de pan tostado cubierto de mantequilla y mermelada
colgando de la boca. Levanta la mano para sacarse un auricular y luego
toma la tostada.
―Sí ―dice, alargando la palabra y arqueando una ceja―. Creo que
nos quedamos despiertas hasta casi las cuatro, Ro. Apenas sobreviví
para llevar a los chicos a su práctica esta mañana y me volví a dormir
inmediatamente cuando regresé. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
Ya estoy gimiendo cuando ella termina y sin contemplaciones me
meto un trozo de tostada en la boca y agarro una botella de agua.
―Debería estar en la biblioteca en veinte minutos.
―¡Maldita sea, Ro! ―Sonríe Sadie―. Creo que estoy orgullosa de ti
por esto, de hecho. Es el primer día que llegas tarde a algo.
Ya estoy buscando desesperadamente en los armarios una barra de
proteína, cualquier cosa que me ayude a no desmayarme en medio de
una sesión con Matt Fredderic.
Matt Fredderic.
Hago una pausa en mi rápida retirada a mi habitación, y me doy la
vuelta hacia Sadie para suplicarle:
―Por favor, por favor, por favor, dime que Freddy y Rhys estaban tan
borrachos anoche que también se desmayaron.
Sadie hace una pausa y su rostro cambia lentamente de la confusión a
una sonrisa radiante y malvada.
―No vi a ninguno de los dos sosteniendo una bebida ni una vez. Lo
siento, Ro. ―Sacude la cabeza al ver mi expresión afligida―. No te
preocupes, Freddy probablemente esté obsesionado contigo ahora.
Podría ser una buena venganza por haber pasado todo tu primer y
segundo año suspirando por él.
Sacudo la cabeza con tanta fuerza que me aviva mi jaqueca de nuevo,
con toda su fuerza.
―Tengo que ir a darle clases particulares ahora. ―Me froto la cara
con las manos otra vez y asiento, dándome la vuelta para ir a mi
habitación antes de que su interpretación burlona de «Getaway Car»
llegue a mis oídos e irrite mi cabeza, que ya está palpitando con fuerza.

Él llega tarde.
Es una bendición y una maldición, teniendo en cuenta la gimnasia de
velocidad que realicé para prepararme y llegar a tiempo. No es mi mejor
look: una camiseta rosa brillante enorme con corazones y mariposas en
diferentes tonos de rosa, un par de pantalones cargo color crema
cómodos y delgados y una cinta para el cabello de tela gruesa y negra
que empuja hacia atrás mis rizos absurdamente más rebeldes de lo
normal.
Por lo menos, estoy limpia y logré eliminar con éxito cualquier olor
persistente a licor de canela.
Mi cabeza está casi demasiado pesada para sostenerla, así que apoyo
mi barbilla en mis manos y cierro mis ojos, bebiendo más agua de la
ridículamente gran botella que traje conmigo.
―Hey.
Dios, ¿cómo puede hacer que una palabra suene así?
Me enderezo y sonrío levemente, aunque siento que el calor comienza
a subir por mis mejillas. El calor aumenta aún más a medida que el
relato de Sadie sobre la noche vuelve a abrirse paso en mi cerebro.
Está irritantemente guapo, como siempre, vestido hoy de manera un
poco más informal que sus atuendos habituales, bien planificados. Aun
así, la tela de su camiseta de hockey de Waterfell University, de color
azul marino suave, se estira perfectamente sobre su pecho y hombros
definidos, y queda más suelto sobre su cintura esbelta.
El cabello dorado cae en ondas cortas y suaves, perfectamente
peinadas, y esas mismas líneas de sonrisa se abren espacio agudizando
su sonrisa hasta convertirla en un arma desprevenida.
―H-hola ―susurro, aclarándome la garganta mientras me doy cuenta
de que todavía lo estoy mirando.
Sus ojos se arrugan en las comisuras y sonríe mientras acomoda su
cuerpo en la silla, que de repente parece pequeña bajo su peso. Hay una
ligereza en su rostro, como si estuviéramos compartiendo una broma
privada aunque ninguno de los dos nos hayamos dicho más que un
saludo.
―Es bueno volver a verte, princesa ―dice, con las palabras aún más
suaves que su saludo. Me arden las mejillas―. Te extrañé.
―Yo también me alegro de verte ―digo, buscando las palabras
adecuadas―. Debería disculparme por lo de anoche.
―¿Por qué? ―Sonríe, inclinándose hacia adelante, con las manos
sobre la mesa tan cerca de las mías que casi se tocan―. ¿Por mojarme?
Freddy se muerde el labio, reprimiendo su sonrisa mientras me mira.
Yo lo miro de vuelta, como si estuviera estudiando intensamente para
un examen de una materia que no conozco.
Casi parece que quiere besarme, lo cual es ridículo, pero su rostro es
muy similar a la versión de él que recuerdo de aquella fiesta de verano
de mi primer año. El rubor de su piel cálida, el sabor de la canela en su
lengua... el sabor de él en mi lengua.
¿Se acuerda de aquel beso? ¿Se despierta soñando que tiene sus brazos
alrededor de mi cintura, como yo me despierto soñando con él?
Una sorpresa gélida hace que mis ojos se sobresalten y se fijen en su
mirada verde entrecerrada.
¿Nos... nos besamos? No puedo preguntarle eso. No quiero admitir que
no recuerdo nada de lo que pasó anoche. Es humillante que haya
sucedido.
―No. Quiero decir... sí, pero... no... ―¿Qué dijo? Mi cerebro se quedó
en blanco.
Me aclaro la garganta y vuelvo a centrarme en mi guión habitual.
―Estamos aquí hoy para hacer una evaluación rápida de...
―Rosalie ―me susurra, intentando calmarme mientras pone una
mano sobre la mía. Tiene el efecto contrario, me hace saltar un pie del
asiento mientras jalo mis manos hacia atrás para sentarme sobre ellas.
¿Rosalie? Dios. De alguna manera, mis mejillas se tiñen de un tono
más oscuro. Puedo sentir el calor. ¿Le dije mi nombre completo? Nadie
sabe mi nombre completo, nunca lo uso. Ni siquiera Tyler sabe de qué es
la abreviatura de Ro, pero tampoco preguntó.
―Soy Ro ―digo con voz débil y chillona―. Así es como me llamo.
Hay una pizca de dolor en su expresión antes de que se ría y se hunda
en la silla frente a mí, todavía inclinado sobre la mesa con sus grandes
antebrazos y manos. Es una distracción. Él es una distracción.
―No es lo que me dijiste ―dice con voz cantarina―. Además, me
gusta Rosalie.
Puedo sentir que mi control sobre la situación se está desvaneciendo,
así que me enderezo un poco en mi asiento y deslizo mis cuadernos y
carpetas en una línea más recta, ocupando mis manos y observando mis
movimientos para no tener que mirarlo.
―Quizás bebí demasiado ―digo, mordiéndome el labio y tragando el
nudo que se me forma en la garganta por la vergüenza―. Lo siento
mucho.
―No te disculpes, Rosalie ―dice, sonriéndome mientras me sonrojo
de nuevo por haber usado mi nombre completo. Suena como una
canción―. De verdad, de verdad disfruté la noche de anoche.
―Sé que puede que me haya comportado de cierta manera en la fiesta
de anoche, pero quiero asegurarte que normalmente soy muy
profesional...
―Pero aún no nos conocíamos ―dice frunciendo el ceño.
Un dolor sordo palpita en mi pecho, pero mi sonrisa aún brilla cuando
finalmente encuentro su mirada confundida.
―Claro ―digo antes de pasarle el paquete que suelo usar para
evaluar las diferencias de aprendizaje. Me aclaro la garganta
innecesariamente de nuevo y enderezo la columna. Freddy me imita
ligeramente, pero sus brillantes ojos verdes siguen bailando―. Rodger y
Tyler me dejaron algunas notas sobre ti para que las revise, pero pensé
que podríamos...
―Espera. ―Freddy levanta la mano como si pudiera meterme a la
boca las palabras que dije―. Tyler, tu exnovio imbécil, ¿es Tyler
Donaldson?
Mi boca se abre y se cierra varias veces antes de decidirme por una
respuesta que no incluya “¿Te hablé de Tyler anoche?” en un grito
estridente. En vez de eso, trato de aferrarme a mi frágil profesionalismo.
―Eso es inapropiado ―le espeto. Freddy se desploma en su silla, con
el ceño fruncido mientras piensa y sus ojos apuntan deliberadamente
hacia otro lado por primera vez desde que llegó a la mesa―, pero sí.
Tyler Donaldson y yo... salimos.
Salimos. Tiempo presente, porque no estoy muy segura de cómo
llamar a este baile extraño e incómodo que estamos haciendo
actualmente entre nosotros.
Una sonrisa jovial se dibuja en el rostro de Freddy mientras cruza los
brazos y me mira a los ojos de nuevo.
―Por supuesto. Tiene sentido que me haya advertido sobre ti de la
misma manera que te advirtieron sobre mí. Parece que ambos tenemos
cierta reputación.
Las palabras parecen una broma, una broma intencionada, pero me
siento un poco mal, más por la ansiedad que por los efectos secundarios
del alcohol.
¿Tyler le advirtió sobre mí?
La lista de cosas que podría haber dicho es tan larga y abrumadora
que no sé por dónde empezar, lo que solo aumenta la ansiedad y el
miedo a un nivel insuperable. Ro está enamorada de ti desde el primer año.
Ella jura que fuiste su primer beso, aunque la mayoría de nosotros no crea que
sucedió. Casi puedo escuchar su risa burlona rechinando en mis oídos.
O peor aún: mis hábitos en la cama.
Tyler dice que me comporto con demasiado descaro, por decirlo
amablemente. Soy demasiado entusiasta, demasiado vocal o de manera
dramática. Pido demasiado o hago cosas que Tyler considera “indignas
de alguien inteligente como tú, Ro. Es degradante”. ¿Le mencionaría algo tan
personal a Freddy? ¿Podría ser esa la advertencia de la que está
hablando?
¿Podría ser esa la razón por la que Freddy me encontró en la fiesta
anoche? ¿Me buscó entonces y ahora está coqueteando conmigo? Mi
corazón se derrumba de nuevo, como si estuviera en un viaje de
emociones sin fin que fácilmente me está quitando años de vida.
Tal vez Tyler haya tenido razón todo el tiempo. Mi comportamiento
debería reflejar el respeto que espero. Si quiero que me consideren
brillante e inteligente, debería ser más reservada con el sexo, como lo es
Tyler. Estoy segura de que sus amigos de la preparatoria de Nueva York
con los que pasa los veranos también lo son. Si hago eso, tal vez
finalmente seré lo suficientemente buena.
Me limpio las palmas húmedas de las manos en los pantalones y tiro
de un rizo suelto, envolviéndolo una y otra vez alrededor de mi dedo
con suavidad.
―Escucha... si Tyler dijo algo o fui extraña contigo anoche, o algo...
solo debes saber que no soy así.
Su ceño se frunce ante mis palabras mientras sus dedos dibujan
círculos en la madera de la mesa. Sus labios están torcidos hacia abajo y
siento que de alguna manera mis palabras lo están molestando.
―¿Qué hay con lo que dijiste…?
―No recuerdo nada de lo de anoche ―digo finalmente, con una voz
un poco más áspera de lo que pretendía y la piel ardiendo por la
humillación. Asiento con la cabeza un poco bruscamente y continúo―.
Probablemente sea mejor así. Empecemos de nuevo. Olvidemos que
sucedió lo de anoche ―lo interrumpo, extendiendo la mano como un
saludo formal.
Freddy mira mi mano extendida, y l dolor se refleja en su rostro
mientras sus hombros se desploman. ¿Sabe cuán abiertamente está
mostrando sus emociones en este momento, sin su eterna sonrisa
coqueta?
Niega con la cabeza y murmura: “Claro” en voz baja. No me mira a
los ojos, su mirada se dirige al suelo como si estuviera pensando en algo,
antes de finalmente tomar mi mano en un apretón rápido y poco
entusiasta.
Cuando abro la carpeta, se levanta tan bruscamente que su silla se cae
hacia atrás. Mis ojos se abren de par en par.
―¿A dónde vas?
Él ya tiene su mochila colocada sobre un hombro, y me hace un
saludo incómodo antes de salir por la puerta y entrar al piso vacío y
silencioso de la biblioteca.
―¡Espera! ¡Ni siquiera hemos empezado! ―grito, un poco demasiado
fuerte, nerviosa mientras lo persigo.
Agarro la correa de su mochila y me tambaleo un poco hacia atrás por
la fuerza accidental de mi tirón. Me sorprende que él logre mantenerse
en pie, pero no me sorprende que yo no pueda. Un chillido sale de mi
boca mientras caigo hacia atrás al suelo.
Me mira de reojo, tumbada en el suelo de forma embarazosa sobre la
horrible alfombra con motivos de los años noventa. Espero a que se
vaya, tentada de cerrar los ojos para no ver la sonrisa burlona que estoy
segura de que tiene en la cara.
Pero en lugar de eso, se inclina sobre mí, sus palmas agarran mi
cintura por encima de la tela ondulada de mi camisa demasiado grande,
y me levanta, poniéndome firmemente sobre mis pies. Como si no
pesara nada, como si fuera una chica pequeña, y no la chica larguirucha
de casi un metro ochenta que sé que soy.
Hay un momento en el que sus manos se demoran un poco, y juro que
las siento apretar...
Freddy vuelve a despegar y me sobresalto.
―Espera, Freddy. ¿A dónde vas?
Chasquea los dedos y se da la vuelta para responder.
―Me olvidé… tengo cosas de hockey ―dice, con una sonrisa falsa
extendiéndose por sus labios―. ¡Ahí tienes!
Sacudo la cabeza un poco para evitar que su encanto se apodere de
mí.
―No... yo...
―¡Nos vemos el próximo martes! ―grita, y recibe otro severo
“¡Shhh!” con un dedo en señal de advertencia por parte de la
bibliotecaria de verano.
―Es el jueves1 ―grito, poniendo los ojos en blanco mientras la
bibliotecaria me mira con cara de asombro. No hay otros estudiantes
aquí en este momento, no hay necesidad de estar en silencio.
Se apoya contra la puerta y se encoge de hombros con una sonrisa
pícara.
―Soy disléxico.
Sale por la puerta antes de que pueda siquiera empezar a pensar en
una respuesta a su humor autocrítico.
Primer día de tutoría con Matt Fredderic y ya perdí todo control sobre
nuestra dinámica.

1
Martes es Tuesday, y jueves es Thursday, lo que, para una persona con dislexia, puede prestarse a
confusión.
Todo mi plan no ayudó.
Mensajes de texto sin respuesta o con respuestas rápidas y de
disculpa… pero sigo estando solo en esta casa.
Casi todas las personas a las que normalmente invitaba a casa están
ocupadas haciendo otras cosas, estando con sus amigos, disfrutando de
la tranquilidad del comienzo del semestre.
Me alegra que estén ocupados, pero eso no hace que la ligera
sensación de abandono duela menos.
Incluso ahora, mientras caliento tocino para microondas y revuelvo
varios huevos en la sartén que Bennett me permite usar, espero volver a
recibir respuestas emocionadas en mi teléfono. Al menos un “Te extraño
Freddy” o “¡Voy en camino!” para aliviar el dolor que comienza a crecer
en mi pecho.
Cierro de golpe la puerta de mi habitación detrás de mí y el eco
resuena en mi pecho.
Estoy solo. La casa está vacía. Rhys vuelve mañana y Bennett no está
aquí; no volvió a casa anoche. Aun así, finjo ignorancia para amortiguar
el dolor mientras me siento en mi habitación vacía. Estás bien. Todo está
genial.
Forzando una rápida sonrisa como si eso pudiera levantarme el
ánimo, como todo lo que hay en mi plato antes de acurrucarme bajo las
sábanas e intentar dormir. Incluso mientras su voz me atormenta
nuevamente.
Pienso que sería muy fácil amarte.

Hoy llego a tiempo, algo raro para mí, pero apenas he podido pensar
en nada más que en esta próxima sesión de tutoría, ya sea en forma de
ansiedad o anticipación, o ambas.
Me pidió que me reuniera con ella en la cafetería del tercer piso en un
correo electrónico abreviado, solo minutos después de mi desesperada
carrera desde nuestra última reunión. Es el primer día del semestre de
otoño, por lo que la biblioteca está relativamente vacía; la mayoría no
tiene ninguna razón para estar aquí tan temprano al comienzo, aparte de
los eternos luchadores como yo.
Aún así, apenas dormí, y decidí pasar la mañana en el gimnasio del
complejo deportivo, lo que significa que llevo pantalones cortos que
muestran demasiado mis muslos y la última de mis camisetas limpias
(necesito lavar desesperadamente) de mi colección actual en el asiento
trasero de mi auto.
Veo a Ro antes de que ella me vea, sentada en un reservado de la
esquina. Sigue tan bonita como la primera vez que la vi, aunque hoy está
un poco más formal. Lleva una blusa de tirantes que parece más
profesional que su estilo cómodo de la última vez, pero todavía lleva un
broche raro (con cerezas adornadas) en el cabello, lo que me hace sentir
un poco más ligero. Tiene un lápiz presionado sobre los labios y lo hace
rodar sin pensar por ellos antes de tocarse la boca con él. Está lo
suficientemente distraída como para que me detenga un momento y la
observe.
Como si hubiera anunciado mi presencia, sus ojos dejan los papeles
esparcidos frente a ella y se fijan en los míos, pero no antes de mirar
durante demasiado tiempo el tatuaje de mariposa que tengo en la parte
superior del muslo. Flexiono un poco el músculo en mi siguiente paso, y
una sonrisa descarada se apodera de mí, la necesidad de actuar para ella
de alguna manera es casi abrumadora en intensidad.
La gente me observa todo el tiempo, recorre mi cuerpo con la mirada
como si estuviera en exhibición solo para ellos, pero la forma en que Ro
me observa es diferente. No es codiciosa, sino inquisitiva, como si
estuviera tratando de ver algo más profundo.
O está tratando de recordar la noche que quiere borrar de la existencia.
La sonrisa en mi rostro flaquea levemente ante el pensamiento
inesperado, pero logro sacudírmelo físicamente con un rápido
movimiento de cabeza mientras me acerco a su cabina.
―Hey―digo, bajando la voz. El efecto es inmediato, su piel se tiñe de
un tono dorado. Mi sonrisa se hace más grande; me encanta tener un
efecto sobre ella.
―Hola.
Los ojos color avellana de Ro, abiertos y llenos de asombro, caen
nuevamente hacia mi muslo antes de volver rápidamente a mi mirada.
―Toma asiento ―dice, con una voz más severa de lo que indica su
expresión. Sigo sus instrucciones felizmente, apoyándome en mis
antebrazos mientras ella comienza a hablar de nuevo―. Bueno, revisé
dos veces tu horario y lo comparé con...
―¿Comparaste los datos? Eso es ilegal. ―El chiste es patético en el
mejor de los casos, y cualquier otra persona podría quejarse de fastidio o
ignorarme por completo, pero, como siempre, Rosalie es diferente.
Ro sonríe como si no pudiera evitarlo. Para mí es como echar gasolina
al fuego y estoy desesperado por sonreír o reír de nuevo o por cualquier
otra reacción positiva que me dé, más de lo que me importa prestar
atención a lo que sea que esté tratando de mostrarme.
―Qué gracioso ―dice ella.
―Soy muy gracioso, como seguramente recuerdas. ―La estoy
poniendo a prueba, intentando ver de nuevo cuánto podría recordar del
viernes por la noche. Tal vez unos días le hayan devuelto algunos de
esos recuerdos.
Frunce el ceño ligeramente.
―No. Yo... ―Se aclara la garganta y me mira con vacilación―. Lo
siento. Es que... realmente no sé qué pasó el viernes pasado. No lo
recuerdo.
Sus palabras arrancan el calor de mi piel y lo reemplazan con un rubor
frío y húmedo.
Ro parece estar esperando que rellene los espacios vacíos y me quedo
congelado, sonriendo a pesar del pequeño dolor ante el recordatorio de
que ella no recuerda nada.
¿Cuál es una forma bonita de decir “¿Estabas tan molesta que querías
saltar del techo a una piscina solo para sentir algo diferente?” O tal vez “¿Me
dijiste que tu novio apesta y luego volteaste todo mi mundo al decir que sería
fácil amarme, cuando es una maldita dificultad para todos los demás?
En vez de eso, sonrío y sacudo la cabeza.
―No te preocupes por eso. Por favor, continúa. Prometo no
interrumpirte. ―Hago como si cerrara los labios con fuerza, los aseguro
y arrojo la llave por encima del hombro, antes de enderezar la espalda
con rigidez y juntar las manos. La imagen de un estudiante
perfectamente atento.
―Como sea... ―Sigue sonriendo mientras señala los papeles que ha
dejado delante de mí―. Parece que estas fechas en rosa son las mejores
para que nos reunamos. También puse los horarios en ellas. Una vez que
tenga una mejor idea de cuáles son tus materias más difíciles, las
desglosaré más para centrarme en lo que tenemos que abordar primero.
¿Tiene sentido?
Trago saliva con fuerza.
―Claro.
―Okey ―continúa. Si se da cuenta de que apenas vi los papeles, no lo
dice. Ro me entrega otra copia impresa, esta vez más gruesa y
engrapada―. Estos son los temas de la prueba preliminar de hoy. Puse
un pequeño descanso debajo de cada uno para repasar, principalmente
porque no quiero que te sientas abrumado. La puntuación que obtengas
en la prueba preliminar no importa, obviamente, pero me ayudará a
saber cuál es nuestro punto de partida.
Miro el papel y hago rebotar la pierna debajo de la mesa. La cantidad
de texto es asombrosa, suficiente para hacerme rendirme antes de
empezar.
―Sí ―asiento y miro rápidamente el documento―. Todo parece estar
bien. Debería estar bien.
Le devuelvo el papel y pongo una sonrisa en mis labios antes de mirar
hacia arriba. Ella está menos relajada ahora, con el ceño fruncido
mientras mira de un lado a otro entre mí y el papel.
Ella lo sabe. Leí el texto demasiado rápido; normalmente soy bastante
bueno fingiendo leer, cubriéndome las espaldas durante años cuando se
trata de estos momentos, pero estoy demasiado nervioso cuando estoy
con ella. Leyó la lista en mi expediente: dislexia, discalculia, TDAH, pero
nadie sabe lo grave que es mi dislexia, lo difícil que es para mí leer mi
programa de hockey y mucho menos un libro de texto de biología.
Ambos nos miramos fijamente, mi mirada salta más que la suya,
claramente enfocada, y el momento parece una eternidad antes de que
su mano gire el papel para mirarme de nuevo.
―Está bien ―dice Ro con voz serena―. Es un requisito que mi equipo
lo revisemos juntos. Así que, si no te importa, te los leeré en voz alta.
No hay forma de que su equipo me exija eso, ahora que sé que su
equipo está formado por Tyler, Rodger y todos los demás que han
intentado ayudarme sin éxito. Me muerdo la lengua para evitar ofrecer
una versión sarcástica de exactamente eso como réplica.
Pero ella miente porque quiere ayudarme, sin avergonzarme ni
llamarme la atención.
―Okey. ―Asiento y trago saliva con fuerza―. Te escucho.
―¿Y todo va bien con tus amigos? ¿Qué tal esa clase de bolos a la que
dijiste que ibas?
Respiro profundamente, me paso una mano por el cabello mientras
giro lentamente en la silla de mi escritorio.
Es mi llamada telefónica semanal con mi mamá, aunque la he llamado
dos veces esta semana. Tyler piensa que la llamo demasiado, que estoy
“demasiado apegada a ella” para mi edad.
―De hecho, terminé dejándolo antes del verano. Necesitaba más
tiempo para concentrarme en mi trabajo de investigación para Tinley.
Oigo a mi mamá empezar con su habitual discusión sobre el equilibrio
y el disfrute de mi tiempo en la escuela, pero la interrumpo rápidamente
porque toda esta conversación conducirá inevitablemente a una
confesión que no quiero hacer. Especialmente no a las diez de la noche
antes del primer día de clases.
―Estoy muy cansada ―susurro, ignorando el dolor en el pecho que
me produce incluso la idea de terminar la llamada con ella.
Ella suspira en el teléfono y yo aprieto los ojos.
―Está bien, yavrum ―dice suavemente. Me ha llamado yavrum (que
en turco significa “mi pequeña” o “mi amor”) desde que era pequeña.
Mi papá siempre la regaña cariñosamente por tratarme como una bebé,
mientras que él me llamaba gomita hasta que empecé la preparatoria.
Escuchar su cariñosa expresión por teléfono cuando estoy tan lejos
siempre me hace sentir como si me estuviera envolviendo en una manta
cálida―. Llámame pronto, por favor. Me encanta escuchar tu voz.
―Te amo ―le digo, esperando que le transmita aunque sea una
fracción de lo que siento. Las palabras no parecen suficientes―, y dile a
papá que también lo amo.
―Lo haré. Te amamos, y recuerda ―dice con la voz llena de profundo
amor―. Tu papá y yo estamos muy, muy orgullosos de ti.
―Buenas noches, mamá ―digo con voz entrecortada antes de
terminar la llamada y arrojarme sobre mi cama matrimonial, enterrando
mis ojos llorosos en las mangas de la sudadera de Waterfell de mi papá.
Me resulta casi catártico permitirme llorar. Pasé la mitad del verano
con mis papás, pero nunca es tiempo suficiente para estar con ellos, y
pensar en que no volveré a casa hasta Navidad es casi demasiado
abrumador ahora, así que no lo hago.
En vez de eso, espero a que paren mis lágrimas, me lavo la cara y me
trenzo el cabello antes de poner la alarma y preparar mi ropa para el
primer día del semestre de otoño. Reviso dos y tres veces mi horario,
preparo mi mochila... cualquier cosa que me distraiga de la presión en el
pecho.
Al final, me las arreglo para cansarme. Busco mi teléfono en el
escritorio, donde está sonando “Striptease” de Carwash, de una de las
listas de reproducción de Sadie. Mientras la cantante canta suavemente
desde el altavoz, veo una notificación de texto.

Desconocido: ¿Todavía hay planes para mañana? Por cierto, soy Freddy.

Hay una línea completa de emojis aleatorios debajo, con múltiples


corazones de fuego y caras guiñando el ojo, así como varias pilas de
libros.
Escribo Freddy en la línea de nombre de Nuevo contacto, antes de
morderme el labio y borrarlo. No suelo enviar mensajes de texto a mis
alumnos, así que elijo el correo electrónico para mantener la
profesionalidad en un entorno en el que a menudo tengo la misma edad
o menos que la persona a la que le doy clases particulares. Si Sadie, o
Dios no lo quiera, Tyler, vieran su nombre en mi teléfono, tendrían más
preguntas de las que yo jamás podría responder.

Ro: Sí, antes de la clase. Repasaré todo de nuevo para la prueba previa.
Estudiante: Eso suena a trampa... me encanta.
Ro: No lo es. Solo me preparo para el examen como lo haría con cualquier
estudiante. Nos vemos mañana.
Estudiante: ¿No vas a preguntar cómo conseguí tu número?

Las mariposas rugen en mi estómago, cada vez más fuertes e


insistentes. Enviar mensajes de texto con él no parece parte de mi
trabajo, es como coquetear, como emoción y bromas privadas. Eres su
tutora, me recuerdo. No su amiga.

Ro: Buenas noches. Duerme un poco antes de tus clases de mañana. El


descanso es importante.
Alumno: Dulces sueños, princesa.

Hay una cara guiñando un ojo y una cara besando pegadas al final de
ese último mensaje, pero lo ignoro tan rápido como ignoro mis mejillas
acaloradas. Conecto mi teléfono al cargador y me doy la vuelta para
intentar dormir, solo para ver a Freddy guiñándome el ojo y
lanzándome besos en mis sueños.

La sala se tensa tan pronto como entro y todas las conversaciones se


detienen.
Es una sensación extraña a la que ya estoy acostumbrada. Ser la única
chica del departamento me hace desconfiar y los chicos estirados que
dirigen el lugar normalmente me excluyen, pero Tyler es su cabecilla y
mi novio ocasional, así que siempre he esperado que tal vez eso me gane
algún tipo de lugar con ellos.
Y sin embargo...
―Buenos días ―digo, dando un paso para dejar mi mochila en la silla
de mi escritorio y recoger mis rizos en un moño que me cae del cuello.
La caminata por el campus y la ansiedad de cómo podría comportarse
Tyler, especialmente frente a su público favorito, ahora se agitan en mis
entrañas y me hacen sudar.
―Ro ―Tyler sonríe, pero con una sonrisa tensa. Camina lentamente
hacia mí, todo el grupo detrás de él camina con cuidado, como si
quisieran escuchar a escondidas pero pensaran que están siendo
sutiles―. ¿Podemos hablar, cariño?
Se me cae el estómago. Quiero decirle que no, porque ya me siento un
poco mareada y por la forma en que me mira me asegura que esa
sensación probablemente solo empeore.
En vez de eso, digo:
―Claro― y sonrío, aunque con inquietud.
Entramos en una de las pequeñas salas de estudio (solo hay tres en las
oficinas, que usamos principalmente para reuniones de profesores y
estudiantes o para tiempos de exámenes adicionales), pero en este
momento están todas vacías.
La habitación tiene ventanas del piso al techo, lo que me hace sentir
como si estuviera en una pecera y todos nuestros compañeros estuvieran
mirando, listos para golpear el vidrio.
―Los chicos y yo estábamos hablando sobre las solicitudes de ingreso
y yo solo... ―Se queda callado, pasándose una mano por su despeinado
cabello castaño rojizo―. Tal vez deberías considerar intentar ingresar en
alguna de las otras carreras.
Mi ceño se frunce y mi corazón late más rápido mientras trato de
mantener la calma absoluta.
―Ni siquiera he presentado la solicitud todavía. La fecha límite para
presentar la solicitud es dentro de dos meses. No sé... ¿Por qué estás...?
―Oye ―dice―. No te preocupes por eso. Es solo una sugerencia.
Creo que mi reacción es perfectamente normal, considerando que él
está en el comité de selección con Tinley.
―No entiendo. Dijiste que mi idea para la tesis era perfecta...
―Olvídate de que lo mencioné. Tu idea es genial, Ro. Eres una genio
―dice, abrazándome suavemente―. Siento que todo se decidirá entre tú
y Mark por el puesto, y Mark juega sucio. No quiero que te sientas
herida con todo este asunto. Estoy cuidando de ti.
Mark juega sucio. Borró uno de mis trabajos en segundo año cuando
ambos estábamos buscando la misma beca. Como Tyler lo explicó, Mark
estaba desesperado por quedarse en Waterfell después de que sus papás
lo dejaran sin trabajo por “algo ridículo” que hizo durante el verano.
No pregunté en ese momento porque no sentí la necesidad de hacerlo.
Tyler me protegió, me defendió y amenazó a Mark para que mantuviera
la distancia. Sin embargo, desde el verano pasado, Mark y Tyler se
habían vuelto más cercanos.
―Creo que puedo con él, y tú estás de mi lado, ¿verdad?
Odio lo débil que suena mi voz cuando pregunto, pero necesito que
me dé esa seguridad. Aunque ahora todo sea “casual” lo extraño.
Extraño cómo era antes, cuando comíamos almuerzos caseros en mi
descanso en Brew Haven y debatíamos sobre los usos de la IA en el
campo médico, lo que haríamos como estudiantes de posgrado, a dónde
iríamos juntos.
―Está bien ―suspira. Sus labios me dan un suave beso en la frente y
me derrito un poco―. Si estás decidida a seguir con este programa,
entonces estoy de tu lado, RoRo.
Se me revuelve el estómago cuando bajo al nivel inferior de la sala de
conferencias.
Mis ojos pasan del semicírculo de asistentes de cátedra que
chismorrean, que en realidad son de mi edad, a la fila de estudiantes de
primer año que esperan hablar con su nuevo profesor. Entre el primer
grupo, localizo fácilmente a mi tutora de cabello rizado.
Ro me mira y le ofrezco mi habitual sonrisa. Ella me devuelve el
saludo antes de guardar el resto de sus cosas en su mochila verde que
tiene una cinta atada al tirador de la cremallera, una cinta con la que
jugué para mantener mis manos ocupadas mientras me concentraba en
sus palabras unas horas antes.
Ella da un paso hacia mí, alejándose de los otros asistentes, y una
sonrisa sincera se apodera de su rostro. Un poco de la ansiedad que
sentía se desvanece. Sobre todo porque cuando Ro me mira, no siento
que me esté juzgando.
Ella podría ser la persona menos crítica que he conocido.
―Hola ―dice mientras agarra la agenda en espiral que tiene en la
mano―. ¿Cómo te fue?
―Dímelo tú ―le digo.
Ella ajusta un poco su mochila, girándose hacia un lado.
―La tengo aquí, así que te avisaré pronto, pero estoy segura de que lo
lograste.
Estoy bastante seguro de que arruiné la cosa, pero aceptaré cualquier elogio
fuera de lugar que pueda obtener.
―Ro ―grita una voz desde lo alto de la sala de conferencias, donde,
en la entrada principal, se encuentran Tyler Donaldson y su pandilla de
idiotas con zapatos náuticos―. Si quieres que te lleve, tienes que venir.
En este momento.
La áspera orden me hace apretar los puños a mis costados,
especialmente cuando la piel morena de Ro se calienta de vergüenza,
volviéndose de un dorado rosado donde puedo ver a lo largo de su
perfil.
―Está bien ―le dice―. Solo espérame junto al auto. Te alcanzaré, te
lo prometo.
Tyler pone los ojos en blanco y sale al pasillo. Tengo que apretar los
puños para no hacerle un gesto obsceno y gritarle algo como: “¿Tus
pantalones caqui son así o tienes que meterte el palo por el trasero tú mismo?”,
pero logro contenerme cuando Ro rompe la tensión con una risita y se
recoge un rizo.
―Lo siento ―dice un poco incómoda.
Frunzo el ceño. ¿Ella es la que se disculpa?
Odio a ese tipo. Nunca ha tenido nada bueno que decirme y no puedo
imaginar cómo su necesidad de menospreciar a los demás no se filtra en
sus amistades y relaciones. De hecho, después de la fiesta y de mi charla
con Ro antes de zambullirme en la piscina, sé que sí lo hace y lo odio un
poco más por eso.
Tyler dijo que parezco una niña tonta.
Maldito idiota.
Aprieto mi agarre en la mochila, haciendo crujir un poco mis nudillos
con el movimiento.
―Debería irme, pero nos vemos...
―Tengo que preguntar ―la detengo y le agarro la muñeca con la
mano mientras ella empieza a marcharse―. ¿Por qué demonios estás
saliendo con ese imbécil?
Sus mejillas se ruborizan.
―Esa es una pregunta inapropiada para hacerme. Soy tu tutora y tu
asistente de cátedra ―balbucea.
Siento una peligrosa emoción que me recorre la columna vertebral y
me distrae de la multitud cada vez menor que rodea a nuestro profesor
y de mi verdadero motivo para quedarme después de clase. Hacer que
Ro se sonroje y tartamudee podría ser uno de mis nuevos pasatiempos
favoritos: genial para mí y mi desesperada necesidad de distracción,
terrible para ella y mis notas.
Sonrío un poco y me encojo de hombros, levantando con cuidado mi
mano para rascarme la nuca y estirarme, observando con regocijo la
mirada nerviosa de sus ojos hacia la franja expuesta de mi estómago
inferior.
―Aunque no es tan inapropiado que un amigo lo pregunte ―me
inclino hacia ella y casi le susurro al oído―. ¿Y no somos amigos?
―No somos... quiero decir, Freddy... ―Ro resopla y me agarra del
brazo, jalándome hacia la pared, lo más lejos posible de los estudiantes
que se quedan junto al atril.
―Vamos, Ro. Acordemos ser amigos.
―Es inapropiado.
―Sí, sí ―me encojo de hombros y sonrío burlonamente―. Piénsalo.
Puede que eso de tener un compañero de estudios te resulte un poco
más soportable.
―¿Soportable? ―pregunta, frunciendo el ceño y la nariz mientras me
mira.
Dios, odio hablar de esto. Casi puedo sentir que se me erizan los pelos
de la nuca, junto con mi frustración por la forma en que está jugando
con esto. Reprimo esos sentimientos y sonrío mientras tiro del extremo
de una de sus trenzas.
―Sí. De alguna manera te quedaste conmigo, el chico más tonto de
toda nuestra escuela. Campeón reinante durante tres años. Voy a
arrasar.
―Freddy.
La suavidad de su voz, la simpática gentileza de su reprimenda, me
hace sentir mal.
―Deberías irte. Vete de aquí ―le digo con una sonrisa, levantando las
manos para reacomodarle la mochila―. Te veré en la tutoría, lo
prometo. Ahora ve a buscar tu aventón.
―Me sorprende que todavía estés aquí ―dice, tropezando con los dos
primeros escalones de la escalera.
La miro con firmeza, con los brazos cruzados.
―Tranquila, princesa. Fíjate por dónde caminas.
―Sí, sí ―me imita con despreocupación, pero veo el momento en que
pasa de juguetona a preocupada―. Lo siento... Voy a...
―Los dos últimos ―anuncia una voz suave y oscura. Me pone los
pelos de punta y la ansiedad se reaviva en mis entrañas―. ¿Necesitan
algo?
Carmen Tinley se interpone entre nosotros, más cerca de mí, lo
suficientemente cerca como para que pueda percibir el aroma de su
perfume habitual. Pasa la mirada de Ro a mí varias veces antes de que
Ro finalmente dé un paso atrás hacia ella.
―Lo siento, doctora Tinley ―dice con una sonrisa radiante que me
provoca una nueva oleada de náuseas―. Estábamos charlando. En
realidad soy la nueva tutora de Freddy.
Los llamativos ojos azules de Carmen se abren más y más. Siento el
calor de su mirada en mi rostro, esperando una reacción que no le daré.
Mis músculos se tensan, preparándose para el impacto mientras ella
me esquiva y se detiene un paso más cerca de Ro.
―Vas a presentar tu solicitud para mi grupo en la primavera,
¿verdad? Creo que Tyler me dijo que lo estabas pensando.
―Sí ―dice Ro antes de que una sonrisa más brillante y con la boca
cerrada se extienda por su rostro.
―Sé que esta es la segunda vez que Freddy asiste a mi clase, así que si
puedes ayudarlo a aprobar esta vez, realmente me impresionaría. Me
encantaría verlo triunfar.
Ambas se giran para mirarme, pero yo me concentro solo en los
rasgos de Ro.
―Yo también ―dice Ro, y eso aporta un poco de calidez a mi cuerpo
frío e inquieto.
―Solo mantente concentrado. ―Esta vez, las palabras de Carmen
están dirigidas a mí―. No quiero que seduzcas a mi chica favorita.
Ella se ríe, como si no estuviera bromeando sobre mi reputación con
mi tutora, como mi profesora. Ro frunce el ceño y quiero abrazarla por
darse cuenta de lo inapropiado que es todo esto.
Pregúntame, Rosalie. Por favor. Creo que podría decírtelo.
―Debería irme ―dice mi tranquila y confundida tutora, poniendo fin
al incómodo silencio―. Freddy, ¿quieres caminar conmigo?
Algo me aprieta el pecho. Doy un paso hacia ella y siento que un peso
se levanta de mis hombros, pero luego vuelve a caer de golpe cuando
Carmen me rodea el bíceps con una mano.
―Necesito hablar con él un momento. ¿Quieres que espere?
Niego con la cabeza y mis hombros se derriten en señal de derrota.
―No, adelante, Ro. Te veo el miércoles.
―Si estás seguro… ―Se queda callada. Ro espera hasta que le aseguro
que sí antes de subir las escaleras tropezando, suficientes veces como
para detenerse a mitad de camino y darse vuelta para asegurarse de que
no la estoy mirando (y lo estoy haciendo) antes de llegar finalmente a la
cima y dejarme atrás.
―Freddy ―dice Carmen―, es bueno tenerte de nuevo en mi clase.
¿Quieres repasar el temario? ¿Asegurarte de que todo esté claro?
Entonces lo jugaremos así.
Niego con la cabeza de forma un tanto agresiva.
―Quiero salir de la clase.
Sus ojos se entrecierran un poco, pero asiente y da un paso atrás,
haciéndome señas lentamente para que la siga hasta el pasillo conectado
y hasta su oficina.
Los tacones altos negros de la doctora Tinley resuenan sobre el piso y
rechinan en el espacio ya ruidoso dentro de mi propia cabeza. Intento
concentrarme en el discurso que he estado preparando mentalmente
durante toda la clase, pero descubro que mi atención se detiene en la
longitud de sus piernas con ese vestido y me pregunto por qué lo usó.
¿Lo habrá usado antes? ¿Lo hizo a propósito?
Detente.
La doctora Tinley abre la puerta de su consultorio y enciende el
interruptor de la luz; una lámpara cálida ilumina la habitación oscura.
Parece igual que antes.
Espero, lo que parece una vida entera, a que se acomode en su silla de
escritorio, jugando casi burlonamente con su cabello corto y vibrante,
con los labios pintados apretados mientras frunce el ceño y me mira.
Dios, odio la forma en que me mira. Como si fuera un niño, un niñito
patético al que le han encomendado cuidar.
―¿Quieres salir de mi clase? ―pregunta ella.
Asiento. Siento un nudo en la garganta. Hace demasiado calor aquí.
―Ahora estoy divorciada, Freddy.
―Bien por usted.
Ella hace una pausa, un destello de dolor y simpatía se extiende por
su pálido rostro antes de inclinarse hacia adelante y hablar más
suavemente, su voz es una caricia susurrada.
―Lo siento, debería haber sido más cuidadosa con tus sentimientos...
―Basta ―le espeto, echándome hacia atrás en la silla cuando me doy
cuenta de que inconscientemente me estaba inclinando hacia ella―. No
soy un niño. Déjame abandonar la clase.
Carmen resopla y golpea el escritorio con sus uñas cuidadas; el sonido
de los chasquidos rechina en mis oídos lo suficiente como para que se
me suban los hombros. Mi rodilla sigue rebotando sin parar, incluso
cuando la presiono con la mano para intentar detenerla.
―Desafortunadamente, Freddy, yo estoy enseñando las únicas clases
de este semestre ―dice, y su voz ha recuperado la pulida seguridad que
suele tener―, pero mis ayudantes estarán a cargo de la clase,
considerando lo baja que es la clasificación, así que estará bien, y tendrás
a Ro aquí, y será tu tutora. No tendrás que verme mucho, a menos que
quieras...
―Genial. ―Me levanto de un salto y me pongo la correa de la mochila
al hombro. Si me quedo aquí un minuto más, creo que explotaré
espontáneamente, o diré algo impulsivo de lo que me arrepentiré
desesperadamente más tarde.
Necesito un trago, una puta copa, una chica, alguien más en quien
esconder mi cabeza hasta que vuelva a sentirme normal.
Mi boca se abre como si fuera a decir algo, probablemente algo
horrible, burlón, cruel, pero solo dejo escapar un suspiro tembloroso y
lleno de vergüenza y me doy la vuelta hacia la puerta.
Tengo que desbloquearlo para poder salir, un hecho que hace que me
sea difícil dormir esa noche.
La primera media semana de clases transcurrió sin incidentes. Llegué
al punto de celebrarlo con Sadie cantando a gritos “Reflections” de
MisterWives mientras bailaba por el apartamento y limpiaba.
Después de que la señora B, la vecina anciana de Sadie que ha sido de
gran ayuda para Oliver y Liam, aceptara cuidarlos durante el fin de
semana, pasamos el sábado por la noche jugando juegos de beber juntas
en el piso de nuestro apartamento, viendo todas nuestras películas
románticas favoritas.
Me desperté a las cuatro de la mañana, me desmayé en el suelo
agarrando la mano a mi sarcástica compañera de cuarto. Luego le puse
una almohada debajo de la cabeza, le acomodé la manta encima y volví a
mi habitación para dormir. Solo me desperté cuando escuché que la
puerta principal se cerraba de golpe y un reguero de vocecitas
anunciaban que Sadie había traído a sus hermanos.
Me levanto de la cama, me cepillo los dientes y trato de parecer al
menos un poco como si no me hubiera atropellado un tren anoche,
cuando una imagen feliz me recibe en nuestra pequeña cocina: Sadie y
Liam haciendo panqueques y Oliver poniendo la mesa.
―Estás empezando a impresionarme con tus… ―hace un gesto de
beber con las manos detrás de la espalda de Liam―, habilidades.
―Dios, me duele la cabeza. ―Me río y empiezo a sacudirla, pero el
dolor me paraliza y la dejo apoyada en mis brazos sobre la mesa―. Creo
que el contenido de azúcar me está haciendo daño.
Sadie sonríe y me aprieta el hombro al pasar.
―Bueno, no sé de dónde viene esta nueva faceta, pero a mí
personalmente me encanta.
Porque normalmente no bebo ni salgo de fiesta con ella. Soy tan
estricta y me comporto tan bien como puedo. Sadie sabe que no bebo
cerca de Tyler y no me lo pide. Aparte de la fiesta, la que no recuerdo y
no quiero recordar considerando lo mucho que debo haberme
avergonzado frente a Matt Fredderic y Rhys Koteskiy, en realidad no he
salido mucho con ella desde el segundo año.
No desde que conocí a Tyler.
Comemos nuestros panqueques en paz la mayor parte del tiempo,
Liam habla casi todo el tiempo con la boca llena. Oliver se queda
callado, come despacio y ve a Sadie y a Liam con atención. Puede que no
sea el mayor, pero actúa como si ya fuera el hombre de la casa, y eso
hace que mi corazón se apriete dolorosamente en mi pecho.
Al final los chicos se disculpan y se van al sofá hacia nuestro televisor.
Se oye un fuerte golpe en la puerta y tanto Sadie como yo gemimos,
tapándonos los oídos con las manos.
―Ya lo entiendo ―le digo―. No quiero volver a ver la luz del día
nunca más.
Sadie se ríe de mi exageración y me golpea el hombro con la cadera
mientras se dirige a la puerta. Los panqueques ya no están, pero mi
estómago sigue rugiendo, así que me dirijo al refrigerador para buscar
un poco de queso en rebanadas y el recipiente gigante de sandía, y logro
mantener en equilibrio una botella de agua debajo del brazo mientras
tomo mi botín y me dirijo a mi habitación.
Entonces Sadie dice mi nombre, con esa voz teñida de actitud, y se me
cae el estómago.
―Tyler está aquí ―grita, acercándose a mí, tomando los bocadillos de
mis manos y permitiéndome robar uno de los paquetes de queso en
rebanadas sellados.
―Oye ―me detiene Sadie, arqueando una ceja―. Di la palabra, Ro, y
sabrás que lo haré irse.
―Lo sé, pero no pasa nada. ―No es mentira, pero es algo que nunca
le pediría―. Probablemente debería hablar con él de todos modos.
Ella lleva todo al mostrador y se dirige al sofá con sus hermanos,
poniéndose nuevamente su sudadera mientras camina.
Tyler no está en la puerta cuando la abro y, por un momento, me
siento un poco tranquila, hasta que asomo la cabeza y lo veo apoyado
contra la pared. Se endereza y me sonríe, esa misma sonrisa suave que
me hace sentir que realmente le importo, como si fuera la única mujer
que ha visto en su vida, luego baja la mirada y realiza su habitual
examen evaluativo de mi cuerpo mientras cierro la puerta y me apoyo
en ella.
―Parece que tuviste una noche difícil.
Es una acusación y, de repente, mis muros comienzan a levantarse
nuevamente.
―No… ¿qué?
―Ro ―suspira, exageradamente, como si el peso del mundo estuviera
sobre sus hombros. Se pasa las manos por el cabello, haciéndolo volar en
ángulos extraños donde los restos de gel parecen pegarse a los
mechones―. Sé que probablemente viste las fotos y...
No puedo oírlo por el repentino zumbido que siento en la cabeza. ¿Las
fotos?
Mi mente corre a toda velocidad, el corazón me late fuerte. ¿Fotos de
qué? Una foto de Freddy y yo en la piscina, coqueteando o riéndonos,
pasa por mi mente. Luego otra: yo, borracha y haciendo el ridículo,
vestida como “una niña” como lo vería Tyler.
―¿Qué pasó? ―pregunto, cruzándome de brazos, pero manteniendo
un tono abierto y comprensivo, aunque se me hace un nudo en el
estómago. Mete la mano en el bolsillo y se estira para darme su teléfono.
Las cejas de Tyler se fruncen y sus ojos se cierran, y su rostro se ve tan
dolido que me encuentro deseando alcanzarlo, porque lo amo. No
quiero que se sienta herido o molesto.
Quiero que funcione con él... ¿verdad?
Pero aparentemente está más preocupado por poner sus manos sobre
Lucy Hamilton mientras pasa el fin de semana en su casa de Nueva
York.
Porque la foto que estoy mirando es la de Tyler, vestido con un traje
precioso que mataría por vérselo puesto, con una rubia de piernas largas
en su regazo, el cabello sedoso recogido en un moño y un vestido rojo
intenso que la cubre como a una modelo en la portada de una revista. Su
rostro está inclinado hacia abajo para escuchar lo que ella le susurra al
oído, sus manos sobre la piel expuesta por la abertura alta de su vestido,
con los ojos clavados en su escote.
Ambos formaron parte del equipo del Academic Bowl (ella en
Princeton y él en Waterfell) antes de graduarse el año pasado. Tyler se
quedó aquí para realizar el posgrado y obtuvo un puesto de liderazgo en
el grupo de Tinley, mientras estudiaba directamente con ella, pero su
amiga de la infancia, Lucy Hamilton, terminó en Nueva York para
estudiar negocios.
Hubo un tiempo en que yo quería formar parte del equipo del
Academic Bowl, pero Tyler me rogó que no hiciera la prueba, alegando
que necesitábamos distanciarnos el uno del otro y decidió que el
Academic Bowl era lo suyo. No me permitió formar parte de él.
Necesitas algo propio, Ro. El Academic Bowl es... no creo que te guste. Es
demasiado formal y académico para ti. Tú no eres así.
Yo no, porque yo era “tan femenina” como él solía decir. Algo que le
gustaba de mí en un tiempo, y luego se graduó y de repente necesitaba
ser más sofisticada, pero fracasé en todos los aspectos.
Pero Lucy era la sofisticación personificada: la guapísima jugadora de
fútbol de la Ivy League y una aparente genia académica que encajaba a
la perfección con su adinerada y elegante familia. La chica de la que él
seguía afirmando que era “solo un amigo” hasta el año pasado, cuando
me enviaron de forma anónima unas cuantas fotos de él con la lengua en
su garganta en un elegante bar estilo época de la Prohibición durante un
fin de semana en su casa de Nueva York.
Rompimos, pero solo por una semana, antes de que la atención
interminable -flores, almuerzos a domicilio, regalos excesivos que
aparecían en la puerta de nuestro dormitorio-, y sus románticos y
sinceros mensajes de disculpa me convencieran de hablar con él
nuevamente.
Lo olvidamos tan rápido como sucedió, y cada vez que yo
mencionaba “el malentendido” como él lo llamaba, él decía que estaba
tratando de sabotear nuestra relación. “¿Por qué quieres volver a ponerme a
prueba, Ro?”.
Como si quisiera que me olvidara, que me tragara el dolor hasta que
quedara enterrado lo suficiente. No creía que eso fuera posible.
Nunca me llevó a conocer a su familia, sino que pasó todas las
vacaciones “encontrándose con ella” y luego me llamó loca cuando le
pregunté exactamente qué estaba pasando entre ellos.
Y la semana pasada hablamos de volver a intentarlo. De salir juntos de
a poco, de forma casual, porque después de una de las cenas de
presentación de COSAM me dijo que estaba orgulloso de tenerme a su
lado y que podríamos ser perfectos juntos.
La ira me enrojece las mejillas y odio la forma en que mi cuerpo lucha
entre llorar y gritar.
Me conformo con morderme el labio y secarme los ojos con disimulo,
porque si Tyler me ve llorar, nunca lo superaré. Ya no se tratará de su
desastre, sino de un sermón sobre mis reacciones emocionales
exageradas.
Lo usará contra mí.
Ya lloré delante de él una vez, completamente destrozada por
extrañar a mi familia, y él me dijo que dejara de comportarme como una
bebé, que “creciera”. Me dolió, pero me tragué mi orgullo porque tal vez
tenía razón. Nunca había visto a Sadie ni a ninguna de mis amigas del
trabajo o de las clases llorar abiertamente por la nostalgia.
Crecer.
―La verdad es que no pensé que ella estaría ahí, Ro. Te lo habría
dicho ―dice. Teniendo en cuenta que no me lo dijo ni una vez en las
ocasiones anteriores, lo dudaba―. Pero sabes que nuestras familias son
muy unidas y ella es increíblemente inteligente, así que fue bueno
trabajar con ella. Ganamos todo el concurso.
―Bien por ti ―espeto, sorprendiéndome a mí y a él por igual.
―No me contestes así. Esto ni siquiera sería un problema si tú solo...
―Lo hicieras mejor. Fueras mejor. Actuaras bien. Quiere decirlo; lo ha hecho un
millón de veces antes. Todavía. Tyler se interrumpe y se pasa una mano por
el cabello, haciéndose parecer un poco más a una versión simulada de
Edward Cullen de 2008, con los mechones casi erectos y hacia los lados.
Es lo suficientemente gracioso como para contener algunas lágrimas
más―. Mira, no importa. No vine aquí para pelear contigo.
―Parece que sí ―murmuro, pero su proximidad y la ansiedad que me
recorre son suficientes para hacerme querer arreglar las cosas entre
nosotros nuevamente.
Calmarnos, al menos. Odio pelear, tanto que siempre cedo. Así es más
fácil.
―No estoy enojada. ―La mentira me quema la garganta lo suficiente
como para que intente sujetarla. Como si eso impidiera que se me forme
un nudo―. Necesito algo de espacio, ¿okey?
―Te prometo que solo fue una foto en un momento inoportuno.
―Levanta las manos a la defensiva―. De verdad, Ro, necesito que me
creas. No hagas de esto un problema mayor de lo que es, ¿okey?
¿Cuántas veces practicó decir esas palabras como si fuera un discurso
de aceptación? La versión de mí que quiere gritarle, vociferar y chillar,
tal vez cerrarle la puerta en la cara, está tan enterrada bajo la necesidad
de mantener la paz que no estoy segura de si ella sigue existiendo. En
vez de eso, estoy acumulando dolor sobre dolor.
Y tengo una sensación de hundimiento en el estómago, pensando que
probablemente lo perdonaré y volveremos a estar donde empezamos.
Aquí mismo.
Él me besa la frente y parece complacido cuando no lo empujo ni me
quito de encima su abrazo.
―Te llamaré mañana, ¿okey? Podemos hablar más. Lo que necesites.
Espero en el pasillo hasta que estoy segura de que puedo tragarme las
lágrimas para que Sadie (y lo más importante, sus hermanos) no me
vean.
Paso los siguientes dos días evitando un flujo constante de llamadas y
mensajes de texto de Tyler.
No estoy lista para hablar con él sobre esto, aun sabiendo que tendré
que enfrentarme a él casi todos los días de la semana. Me las arreglo
para faltar a la clase del lunes con Tinley para ponerme al día con
algunos trabajos de calificación, pero es mi única oportunidad.
El martes llega antes de estar preparada y me doy cuenta de que estoy
más ansiosa por ver a Tyler que por mi sesión de tutoría con Freddy,
que suele ser la principal fuente de náuseas que siento en el estómago.
De hecho, estoy emocionada por la sesión, porque pasé toda la última
semana investigando nuevas ideas y herramientas didácticas para la
dislexia y la discalculia, específicamente en casos con TDAH coexistente.
Esta mañana, el pequeño café está tranquilo. La mayoría de los
estudiantes de Waterfell prefieren el ambiente de Brew Haven, lo que
hace que este lugar sea fácil de encontrar y esté lo suficientemente
alejado de la mayoría de las distracciones como para ser perfecto para
nuestras sesiones matinales antes de mis clases.
“This Side of Paradise” de Coyote Theory suena en un altavoz
crepitante a bajo volumen (después de mi investigación sobre música
para la concentración, que hasta ahora parece estar funcionando)
mientras golpeteo mi bolígrafo al ritmo y miro a Freddy
disimuladamente entre garabatos sin sentido.
―Ya está ―dice Freddy, dejando la hoja sobre la mesa con una
sonrisa de oreja a oreja―. Me merezco algo por la rapidez con la que lo
hice.
―La velocidad no significa nada si todas las respuestas son
incorrectas.
Hace un pff con la boca y se pasa la mano por el cabello matutino,
despeinado a propósito.
―Hola, Freddy ―dice una voz alegre, y mi alumno se da la vuelta en
su asiento para guiñarle un ojo a la bonita rubia que está a su lado―. Me
alegro de verte. ¿Irás a Zeta más tarde?
―Podría ser... ¿Tú estarás ahí?
Ella se sonroja y, lamentablemente, yo también.
―Sí ―se ríe, un poco nerviosa por su mera presencia―. Mi
compañera de cuarto y yo escuchamos un rumor sobre ti y queremos
saber si es cierto.
Si no hubiera estado observando su perfil como un halcón,
concentrada en la fuerte columna de su garganta y la línea de su
mandíbula, probablemente me habría perdido el minúsculo
estremecimiento.
―¿Ah, sí? ¿Será por lo magnífico que soy con mis manos? ¿O tal vez
por mi boca?
Su risa aumenta aún más, pero todo mi cuerpo se tensa.
¿Por qué está bromeando sobre eso?
Ella se inclina hacia él, su trenza desordenada se balancea hacia abajo
y roza su piel. Susurra la pregunta, pero yo escucho cada palabra.
―¿El perfil es tuyo?
Esta vez, sus ojos se cierran por completo, como si estuviera
recibiendo un puñetazo y no coqueteando con una mujer ansiosa. Mi
ceño se frunce aún más.
―Ah ―asiente, encogiéndose de hombros con esa misma sonrisa
burlona―. Un hombre nunca besa y luego lo cuenta. ―Se lleva un dedo
a los labios antes de señalar con la cabeza hacia el lugar donde ella
parece haber olvidado mi presencia en la mesa.
»Estoy en medio de una sesión de tutoría y no quiero ser grosero, pero
te veré en la fiesta más tarde.
Parece ser suficiente para apaciguar a la chica, todo su cuerpo parece
flotar con la ligereza que Freddy inyecta en todos los que lo rodean, pero
él parece... exhausto. Desgastado por completo.
Quiero preguntarle qué está pasando, tal vez averiguar por qué parece
que preferiría arrancarse las uñas antes que ir a esa fiesta, pero también
quiero que deje de verse así porque me está empezando a doler el pecho.
―Acertaste casi la mitad ―le digo, sintiéndome cruel al ponerle una
mala nota cuando todavía tiene la expresión de un perro apaleado―,
pero creo que podemos parar por hoy, porque dejé el resto del material
en casa.
―O podríamos continuar por otra hora ―dice encogiéndose de
hombros.
―No creo que a tu club de fans le guste eso.
La burla sarcástica se me escapa de la boca antes de que pueda
detenerla, mis ojos se abren de par en par cuando me doy cuenta de lo
que acabo de decir. Hasta ahí llegó el profesionalismo.
Y aún así, eso parece iluminarlo.
―¿Celosa? ―Una sonrisa abierta se dibuja en su rostro―. No lo estés.
Debajo de todo esto hay un hombre de una sola mujer ―dice, pasándose
las manos por el cuerpo para enfatizar su punto. El gesto hace que mi
rostro se estremezca, ardiendo ante la más mínima insinuación de que
Matt Fredderic podría estar coqueteando conmigo.
―Tengo novio ―digo, agachando la cabeza para concentrarme en los
papeles que tengo delante de mí.
¿Lo tienes? Pienso. Porque parece que se pasó todo el verano manoseando a
una rubia genio de Yale cuando se suponía que estaban saliendo.
―Y yo siempre marco goles en porterías defendidas―. Freddy se
encoge de hombros y se inclina sobre la mesa, que ahora es demasiado
pequeña, para mirarme con ojos juguetones y una linda sonrisa―. El
portero hace que marcar goles sea más difícil, no imposible.
Hace tres años, esto habría sido un sueño. Ahora solo sirve para
ponerme nerviosa y excitada. No recuerdo la última vez que alguien
coqueteó conmigo. Tyler fue mi primer novio y con él nunca fue algo
juguetón, fue casi abrumadoramente serio.
―Además ―dice, tirando suavemente de uno de mis rizos que se ha
caído en su dirección―, me encantan los retos.
Me sobresalto hacia atrás, alejándome de su repentina cercanía.
―Tienes que parar.
―¿Parar qué? ―pregunta, con una expresión repentinamente
inocente a pesar del destello de emoción todavía claro en sus ojos
esmeralda.
―T-tú… ―resoplo, apartando mis rizos de mi cuello―. ¡Sabes qué!
¡El… esa cosa! ―Lo señalo, mi voz todavía no era más que un susurro
áspero―. El coqueteo. Necesito concentrarme.
―¿Te estoy distrayendo?
Una cosa es que distraiga, pero es más... inquietante. No parece real.
De alguna manera parece extraño, como si fuera una obra continua que
no acepté ver.
―Estoy intentando ser profesional ―digo, manteniendo un tono
suave, pero serio―. Por favor, Freddy.
Mi teléfono vuelve a vibrar, probablemente la décima llamada en los
últimos minutos.
La mirada juguetona que suele estar permanentemente adherida al
rostro de Freddy se desvanece y se transforma en una leve
preocupación.
―Parece que alguien realmente quiere contactarte, Ro.
―Sí ―frunzo el ceño y se me revuelve el estómago, porque sé
exactamente quién es, pero no estoy dispuesta a admitir que esto ocurre
con tanta frecuencia. Pongo el teléfono en modo No molestar antes de
meterlo en mi bolso―. Bien, concentrémonos. Prometo que te sacaré de
aquí a tiempo. Ahora, ¿conseguiste el audiolibro?
―Sí ―sus mejillas se tiñen de rosa y se rasca la nuca―. Tenías razón,
la doctora Fincher es mucho mejor a la hora de manejar las cosas.
―Lo es. Su hijo es disléxico. ―Tuve a la doctora Fincher en mi primer
año y me encantó. Tanto que terminé uniéndome al personal de la
revista literaria en el primer semestre.
En mi primer año de universidad me inscribí en casi todo. Entonces
conocí a Tyler. Me sugirió que dejara la mayoría de mis actividades
extracurriculares para poder concentrarme en mis estudios y en nuestra
relación. Confié en él porque era mayor que yo y más inteligente, y en
comparación con su vida mundana, yo estaba un poco sobreprotegida.
Más por accidente que intencionalmente. Porque me encantaba estar
en casa. Amaba a mis papás, y luego, cuando mi papá...
Bueno, no pasé mucho tiempo fuera.
Así que no salí de fiesta, me dediqué a estudiar y a pasar cada
momento que tenía con mi mamá y mi papá. Fui a la universidad a la
que asistía mi papá. Me ofrecieron una beca de tiempo completo y
estaba lo suficientemente lejos como para que mis papás no se
preocuparan por mí, no se estresaran tratando de hacer viajes constantes
para verme.
Yo también fui cuidadosa. Les conté solo las cosas buenas, los éxitos.
Porque eso era lo que se merecían: todo lo bueno.
El único problema es que los extraño. Todos los días.
―¿Estás bien?
Parpadeo y me doy cuenta de que me desconecté por completo.
―Um, sí…
Como si no fuera suficiente por un día desconectarme en medio de
una sesión de tutoría, las lágrimas comienzan a formarse en mis ojos y
mi pecho se oprime.
―Oh, mierda ―maldice Freddy, saliendo de su lado de la cabina y
deslizándose hacia el mío, empujándome hacia la esquina―. ¿Qué pasa?
¿Dije algo que te lastimó?
No logro entender por qué se culpa a sí mismo, pero su presencia me
proporciona un extraño consuelo que alivia la soledad de extrañar a mi
familia, un sentimiento que siempre me oprime como un peso
insondable.
―E-esto es tan vergonzoso ―digo, frotándome los ojos y sacudiendo
la cabeza―. Lo siento.
―Oye, oye, oye ―suaviza su voz y emite un suave shhh que sale de
sus labios hacia mi espacio. Estoy casi pegada a la pared, su gran cuerpo
se expande para formar un muro a mi alrededor, como si me estuviera
protegiendo del resto de la biblioteca para que pueda tener mi crisis
mental en paz―. No te disculpes. Soy yo quien debería disculparse.
―No ―sacudo la cabeza con firmeza―. No hiciste nada malo. ―Me
las arreglo para calmarme con respiraciones lentas y relajantes que
finalmente detienen las lágrimas, lo suficiente como para poder esperar
hasta estar en la seguridad de la ducha de mi apartamento para perder
el control por completo.
»Lo siento, yo... extraño a mi familia. Siento un poco de nostalgia
―admito con sinceridad. Me da vergüenza, pero lo último que quiero es
que Freddy piense que hizo algo para que me sienta tan molesta, cuando
no hizo nada malo.
Se recuesta, relaja el rostro mientras asiente y vuelve a examinar el
mío con los ojos. Hay algo genuino ahí ahora, una franqueza que no
había visto antes en él.
―Lo entiendo ―dice, con voz tranquila y calmada. Es profunda, pero
suave, de una manera que me hace casi inclinarme hacia él―. Yo...
extraño a mi mamá. Mucho.
No digo nada, y eso parece relajarlo aún más. En vez de eso, nos
quedamos en silencio así por unos momentos más. Su brazo está
estirado sobre la mesa, sus hombros amplios y protectores,
envolviéndome aquí. No nos tocamos, pero juro que puedo sentir su
calor emanando de su piel. Se siente de alguna manera más íntimo y
reconfortante que cualquier otro momento que haya tenido antes.
En cierto modo, resulta impactante, porque nunca había sentido esto
en mis momentos íntimos con Tyler, que rara vez me abraza o me toma
la mano, lo que él considera una “muestra de amor en público
patéticamente desesperada”. Aun así, esto es diferente a todo lo que he
sentido antes, incluso con Freddy.
Si cierro los ojos, puedo sentirlo rodeándome con sus brazos en la sala
de estar a oscuras, la noche que no recuerda. Una parte de mí siempre
pensó que ese momento nunca volvería a ocurrir. La otra parte de mí
pensó que, si ocurría, tendría algún tipo de crisis nerviosa que me
derretiría la mente.
Pero no me siento acalorada ni insegura sobre cómo responder. En vez
de eso, me siento... reconfortada. Realmente en paz, con sus brazos
sosteniendo el espacio para mí.
―¿Estás bien? ―pregunta finalmente, relajándose.
―Sí ―asiento―. Probablemente deberíamos terminar la tutoría.
No son ni las 6 de la tarde, pero estoy bastante segura de que tengo
tiempo prestado antes de mi crisis. El estrés me aprieta los hombros
dolorosamente, me duele el cuello y siento que todo mi cuerpo está a
punto de rendirse.
―Si estás segura ―dice, vacilante―, ¿podemos quedarnos aquí todo
el tiempo que necesites? ―Suena como una pregunta, como si no
estuviera seguro de nada.
Niego con la cabeza.
―Creo que solo quiero irme a casa.
Sueno más vulnerable de lo que planeé, pero eso sirve para aliviar la
tensión. Él retrocede y sale de la cabina. Recogemos nuestras cosas en
silencio. Me acompaña hasta el estacionamiento, el sol todavía brilla y es
dorado, una hermosa y cálida tarde.
Y todavía me siento mal, alterada.
―Te veré mañana por la mañana, para clase.
Él asiente, con sus ojos todavía fijos en mi rostro, escrutándome una y
otra vez. Hay algo en lo abiertamente preocupado que está por mí, en la
vulnerabilidad que muestra, que finalmente me hace decir:
―Estoy bien ―mientras agarro su bíceps y lo aprieto.
Freddy sonríe, esta vez con dulzura y sinceridad. De verdad.
―Okey ―dice, la tranquila calma de su voz me cubre como una
manta.
El vestidor queda en completo silencio durante solo un minuto antes
de que explote.
Con Holden y yo liderando la carga.
―Esto es una completa estupidez ―grita Holden. Me quedo a su
lado, cruzándome de brazos mientras nos miramos a los ojos con toda la
fila de entrenadores en medio de nuestro vestidor.
―No puedes esperar que juguemos con él.
―Sí, lo hago ―dice el entrenador, tranquilo, sin pestañear siquiera
ante nuestras voces alzadas y el apoyo sin fin que nos acompaña―.
Espero que jueguen con él en su línea.
Levanto la cabeza por encima del hombro para mirar a Bennett, pero
está pálido. Aprieta la mandíbula mientras pasa la almohadilla
limpiadora de arriba a abajo por la almohadilla de la pierna. Está claro
que no está de acuerdo, pero no será él quien cause problemas, al menos
no en público. No me sorprendería saber que ya habló con el entrenador
al respecto.
―No ―sacudo la cabeza―. De ninguna jodida manera. Kane es un
maldito psicópata. ¿Por qué demonios querría venir aquí? Piénsalo.
El entrenador Harris suelta un suspiro y se reajusta la gorra.
Odio esto. Principalmente porque admiro al entrenador; es una de las
pocas figuras masculinas en el hockey que conozco tan bien y en quien
he podido confiar. Lo respeto lo suficiente como para hacer casi todo lo
que dice, seguir cualquier orden, pero no esto. Esto no tiene sentido.
Toren Kane es una amenaza y un defensor increíble cuando no está en
el área de castigo o es criticado por los medios deportivos por un
escándalo u otro. Ya debería estar en la NHL, pero cometió los
suficientes errores como para que esta parezca ser la única vía para que
ingrese al hockey profesional.
El año pasado, durante el torneo Frozen Four, Toren Kane le dio un
golpe terrible a nuestro capitán, Rhys. Lo dejó inconsciente, tendido en
el hielo y a todos nos dejó con una sensación de malestar en el estómago.
Perdimos el partido después de que lo sacaron del campo, ninguno de
nosotros podía concentrarse sin él, especialmente Bennett en el arco,
pero ya no importaba; la victoria no habría significado nada sin él.
Sé que el entrenador Harris admira a Rhys, ha confiado en él como
nuestro capitán desde el segundo año porque siempre ha sido el jugador
más maduro, serio y organizado de nuestro equipo. Rhys fue nuestro
capitán antes de serlo, un líder hasta la médula. Entonces, ¿por qué el
entrenador traería al equipo al tipo responsable de dejar fuera de juego a
Rhys, casi matándolo?
―Kane está en el equipo. Koteskiy lo sabe y lo aceptó, o se suben al
carro o se van de mi maldita pista.
No dice ni una sola palabra con malicia, su tono nunca se eleva. Está
tranquilo y sereno, y de alguna manera eso hace que todos se calmen y
se callen.
―Son un equipo. Pase lo que pase, recuérdenlo. Ahora, vamos ―dice,
saliendo de la sala mientras nuestros entrenadores asistentes empiezan a
darnos órdenes y a exigirnos que nos pongamos manos a la obra. La
tensión nunca se disipa, pero todo el mundo se pone en fila.

Apenas estoy dentro de la casa cuando decido enviarle un mensaje de


texto.

Freddy: Oye, ¿estás bien?


Princesa: No pensé que fueras una persona preocupona, papá.
Me envía un emoji de ojos en blanco y un mensaje de texto rápido
para asegurarme que está bromeando. Aun así, la burla me agita el
estómago con la expectativa de bromear con ella, principalmente porque
creo que significa que en realidad se siente lo suficientemente cómoda
como para bromear conmigo.

Freddy: Prefiero Papi, si hablamos de títulos.

Es un mensaje arriesgado; la provocación sin mi voz puede sonar


horrible. Los puntos muestran que está escribiendo, luego se detiene,
luego vuelve a escribir antes de que finalmente aparezca un mensaje con
una serie de emojis de vómito. Mi sonrisa solo crece mientras doy
vueltas en círculo, como una niña preadolescente que recibe un mensaje
de texto de la persona que le gusta.

Freddy: ¿Cómo estuvo tu día hoy? ¿Mejor?


Princesa: Sí.

Y luego, por separado:

Princesa: Gracias por estar pendiente, Freddy, pero no tienes que


preocuparte por mí.
Freddy: Debo hacerlo. ¿De qué otra manera voy a aprobar el examen?

Hay otro momento largo en el que veo las burbujas aparecer y


desaparecer una y otra vez. Estoy casi listo para enviarle un GIF
divertido para hacerla sonreír desde tan lejos, odiando el recuerdo de
sus ojos rojos y su rostro angustiado en la cabina de la esquina la última
vez que la vi.
Recostándome contra la puerta, golpeteo mis dedos a lo largo del
costado de mi teléfono, desesperado por aferrarme a esta conversación y
evitar que termine.

Freddy: Juguemos a las veinte preguntas. ¿Película favorita?


Princesa: Probablemente debería dormir un poco, pero Ever After.

No la conozco, pero inmediatamente la busco en mi teléfono, tratando


de averiguar dónde puedo transmitirla, debatiendo si pedirle que venga
a verlo conmigo, mi constante deseo de alivio de la soledad me llama
una vez más.

Freddy: No tengo una favorita, hay demasiadas.

Esta vez, la espera es demasiado larga entre mensajes y la llamo


impulsivamente, un poco sorprendido cuando responde al segundo
timbre.
―¿Hola?
―Pensé que así me resultaría más fácil hacer todas mis preguntas y
obtener todas mis respuestas en tiempo real. Odio enviar mensajes de
texto.
―Hola, Freddy ―dice Ro. Juro que puedo sentir su sonrisa a través
del teléfono. Recorro las aplicaciones de mi Xbox de segunda mano y
selecciono la que sé que tiene su película favorita.
―Si esta película apesta, voy a estar muy decepcionado, Rosalie.
―Espera… ¿qué película?
―Ever After, tu favorita ―digo con inflexión, como si su pregunta
fuera ridícula.
―¿Lo estás viendo en este momento?
―Solo la estoy preparando, pero primero quiero hablar contigo.
―Intento mantener un tono tranquilo y calmado, a tono con su tono
soñoliento―. A menos que te despierte.
Ella espera un largo momento y mi corazón comienza a hundirse
antes de que su voz vacilante susurre:
―No, estoy bien. Podemos continuar con tus veinte preguntas.
―Tengo mucho más de veinte, princesa, pero podemos empezar por
ahí. ―Se ríe y hace que mi estómago se revuelva como una caída libre―.
¿Color favorito?
―No tengo uno favorito. Hay demasiados ―dice, repitiendo las
palabras que dije antes―. ¿Y tú?
―Verde, de cualquier tono, me gustan todos. ―Me aclaro la garganta
y me relajo contra la cabecera de la cama, sintiendo que la tensión
anterior desaparece mientras hablamos. Intercambiamos preguntas, Ro
elige algunas después de que se siente un poco más cómoda conmigo.
Me pregunta por alguien a quien admire. Le digo que Archer, uno de
los entrenadores de mi papá, y Rhys. Le pregunto qué es lo que más le
gusta hacer y me habla de sus proyectos de moda y su afinidad por la
costura.
―¿Me harías algo?
―Tal vez, si apruebas biología.
La mención de la clase amarga el buen sentimiento por un segundo
antes de que ahogue cualquier recuerdo amenazante.
―¿El momento más embarazoso? ―pregunta, con un leve crujido de
sábanas de fondo. La idea de que está acostada en la cama, dejando que
mi voz la arrulle, hace que todo parezca más suave, más íntimo, incluso
a través del altavoz del teléfono.
Me siento muy feliz y despreocupada cuando le cuento sobre mi
primer partido de hockey juvenil. Mi mamá estaba sentada en la pista
con Archer, sosteniendo un cartel gigante y ridículos dedos de espuma
con los colores de nuestro equipo. Fui un poco demasiado rápido al
hielo, caí de boca y provoqué una enorme montaña después de hacer
tropezar a mis compañeros de equipo que venían detrás de mí. Le digo
que mi prisa se debía a los nervios o a la vergüenza, pero no fue así:
recuerdo haber visto a mi mamá y a Archer, y tener una sensación
desesperada dentro de mí, una necesidad desesperada de acercarme a
ellos.
Ella se ríe mientras le cuento la historia, especialmente cuando admito
que nunca más me permitieron ser el primero en salir del túnel. Estoy
tan desesperado por hacerla feliz, por hacerla reír más, que no puedo
evitar continuar.
―Y luego está la vez que me atraparon teniendo sexo ―digo,
haciendo una pausa cuando la oigo atragantarse con algo ante mi
confesión, tal vez agua―. Bueno, en realidad, me han atrapado muchas
veces, pero esta vez fue peor.
No es tan doloroso contar la historia de cómo Archer y mi mamá me
sorprendieron con la chica de al lado, en especial si no cuento que ambos
teníamos quince años. Le digo que fue mi primera vez, porque eso por sí
solo ya es vergonzoso.
―Lo que realmente me dolió ―le digo―, fueron las astillas de
madera de la casa del árbol que tenía en el trasero y la humillación de
que Archer me las sacara con unas pinzas.
Ambos nos reímos a mi costa, mi sonrisa es tan grande que me duelen
las mejillas.
―¿Y tú qué? ―pregunto cuando se le pasa la risa―. ¿Cuál es el
momento más embarazoso?
―Son demasiados para contarlos. ―Ro hace una pausa y la dejo
pensar, tarareando la canción de Jeopardy en voz baja mientras ella
ordena sus pensamientos.
―Bueno, el año pasado tuve que ir a un retiro con mi equipo en
Nueva York para pasar el fin de semana. Era la primera vez que viajaba
con mi novio y decidí, eh… comprarme estas cosas sexys para ponerme.
Mi sonrisa es incontenible.
―Puedes decir lencería, Rosalie.
Ella se aclara la garganta y sé que si pudiera ver su rostro, sería de ese
mismo hermoso tono dorado rosado.
―Claro, pero, eh, Tyler y yo teníamos el mismo bolso, porque él me
dejó tomar prestado el suyo, y se mezclaron en el Uber. Entonces,
cuando lo abrió, había toda esta lencería femenina con volantes... ―Se
esfuerza por decir la palabra, casi susurrándola―. Y fue tan humillante.
Soy la única chica en nuestro grupo, y los chicos no me dejaban
olvidarlo.
―Vamos ―le digo―. Hubiera sido mucho mejor burlarme de Tyler
que de ti. Puedo pensar en al menos cinco chistes perfectos en este
momento.
Las palabras parecen animarla mientras se ríe nerviosamente por
teléfono.
―Sí, tal vez. Y todo para nada, también.
Arqueo las cejas.
―¿Qué quieres decir?
―A Tyler no le gustó ―bosteza. Intento no decir nada, mordiéndome
la lengua con los insultos que quiero lanzarle a Donaldson. En vez de
eso, me quedo callado, dejándola que ocupe el lugar―. Estaba tan
avergonzado que les dijo a todos que habíamos terminado, y que no era
para él. Quería que lo tirara todo, dijo que me hacía parecer una zorra.
Lo cual es terrible, y no lo soy. Lo juro.
Una vez más, las palabras se dicen entre risas, y estoy listo para
sacudir a esta chica porque de alguna manera él la ha deformado para
que piense que esta horrible historia sobre cómo su entonces novio la
trató horriblemente es de alguna manera vergonzosa para ella.
Así que soy sincero:
―La única persona que debería sentirse avergonzada es Tyler.
Nos quedamos en silencio durante un rato antes de que ella lo admita.
―Tal vez tengas razón. Esa no era una buena historia. Pensaré en una
mejor.
No quiero dejarla ir, pero ella bosteza entre cada palabra.
―Está bien, ¿por qué no me lo cuentas en la próxima sesión de
tutoría?
―Mm-hmm ―susurra ella.
Me doy cuenta de que Ro está dormida y no quiero colgar. Dejo el
teléfono sobre la almohada y lo pongo en silencio mientras bajo a tomar
agua. La puerta del dormitorio de Rhys está bien cerrada y siento una
necesidad casi abrumadora de tocar para ver cómo está cuando regreso,
pero aprieto los dientes y me dirijo a mi habitación.
No necesita mi tipo de ayuda. De todos modos, Reiner es mejor para
él.
Después de una ducha rápida, me meto en la cama con mi teléfono a
mi lado, el sonido tranquilo de la respiración de Ro me arrulla hasta
quedarme dormido.

Cuando bajo las escaleras a la mañana siguiente, Rhys está bailando


en la cocina.
Es tan extraño que me detengo y lo miro desde la puerta por un
momento. Tiene auriculares puestos, con la voz tan alta que no me
escucha en la habitación, y se mueve de un lado a otro mientras prepara
su café.
―La música es algo nuevo ―dice Bennett, haciéndome saltar un
metro y medio en el aire.
―Ya sabes ―digo con una mueca de desprecio―. Para ser un tipo tan
grande, eres silencioso. Sería bueno que la gente supiera que estás
caminando. Pisa con más fuerza.
El portero se ríe solo una vez, luego pasa a mi lado y se dirige a la
cocina para comenzar con sus habituales rituales de desayuno matutino.
Rhys lo ve, mirándome en la esquina, y se sonroja, sacándose los
auriculares.
―Hola ―dice tímidamente―. Lo siento.
―¿Por bailar en tu propia cocina? ―Me llevo una mano al pecho―.
Disculpa aceptada.
Rhys se queda quieto, incómodo, mientras la máquina termina de
preparar su café. A mí se me hace agua la boca. Es una máquina bonita y
elegante que Bennett o Rhys aportaron a la casa, algo que yo no podría
permitirme. Como estoy demasiado ansioso por preguntarles cómo se
usa, suelo esperar a que alguien esté preparando café y pedir una taza.
Sorprendentemente, ese sistema ha funcionado durante años.
―Bueno ―suspira Rhys―. Necesito…
Señala hacia arriba y se aleja trotando, sin molestarse en hacer nada
más. Lo cual no es propio de él: Rhys prospera en nuestro grupo, es feliz
con todos y siempre es la estrella más brillante de todos nosotros.
Holden y yo podemos traer las risas y los buenos momentos, pero Rhys
es el buen amigo. Amable, sonriente, siempre feliz. Dorado.
Ahora su rostro se ve un poco pálido, la luz se atenúa mientras se
dirige al piso de arriba para encerrarse nuevamente en su habitación: la
nueva normalidad, al parecer.
Espero hasta que oigo que la puerta se cierra antes de preguntarle a
Bennett:
―¿Has hablado con él?
―Sí.
Pongo los ojos en blanco.
―Me refiero a cómo está. Hay algo que parece... extraño.
Bennett cierra el puño y casi rompe el huevo que tiene en la mano
antes de tiempo. Echa los hombros hacia atrás y mueve el cuello hacia el
hombro, como si se contrajera rápidamente un músculo. Es señal de que
se siente incómodo o molesto. El corpulento portero se aclara la garganta
y continúa preparando el desayuno.
―No quiere hablar conmigo ―resopla.
―Pero eres su mejor amigo.
No lo dije como una reprimenda ni como un llamado de atención. Es
mi propia impotencia, el sentirme desconectado de Rhys, lo que se
refleja en mi tono.
Todo nuestro grupo parece estar medio dividido. Bennett parece más
distante de lo habitual. Rhys está tambaleándose, algo claramente no va
bien y no quiere admitirlo ni pedir ayuda.
Renunciando a hablar con cualquiera de ellos, corro de nuevo arriba
para ducharme y cambiarme antes de mi temido horario de clases del
viernes.
Sobre todo, la clase con la mujer que más daño me ha hecho.
Estar ahí cada dos días, escuchando su clase, es una especie de
infierno para mí. Ver a Carmen sola es suficiente para desencadenarme,
pero también me debato entre querer ignorarla por completo y necesitar
escuchar lo que dice para poder aprobar la clase esta vez.
Aún así, por mucho que odie la biología, no puedo evitar la ligera
emoción que siento al ir a clase porque significa que puedo ver a Ro
fuera de la tutoría.
Ya me gusta, quiero ser su amigo. Nunca me he sentido tan cómodo
con una chica como para querer ser su amigo, pero esto me hace sentir
cálido y cómodo. Quiero verla alrededor, más que en las tutorías. Y...
creo que también podría ser bueno para ella.
―Lo intenté.
Sadie resopla por teléfono:
―Ro, por favor, por favor, por favor, no dejes que te haga esto.
―No lo hace. ―Sacudo la cabeza y hago algunos garabatos mientras
intento distraerme―. Es culpa mía. Es que... no sé qué quiere.
―No es tu culpa ―dice Sadie. Se oye un portazo de fondo, luego oigo
las risitas y los chillidos que me hacen saber que fue a buscar a los niños
a la escuela, y me siento culpable por seguir usándola. Ya está
demasiado ocupada.
―Lo sé. ―Me aclaro un poco la garganta antes de saludar
alegremente―: Hola, Oliver. Hola, Liam.
El grito de Liam ahoga el saludo tranquilo pero constante de Oliver.
Le digo a Sadie que la veré después, mañana si todo va bien, y ella me
dice que se quedará con los chicos esta noche.
La cafetería que está dentro de la biblioteca está cerrando, así que está
más tranquilo y oscuro en nuestro rincón escondido. Moví nuestro lugar
habitual aquí esta semana, para evitar a las dos chicas desesperadas por
distraerlo y a Tyler, que también está dando clases particulares en algún
lugar de este edificio.
Se supone que veré a Tyler esta noche y me he estado destrozando
tratando de descubrir cómo arreglar las cosas, o si siquiera quiero
hacerlo.
Se me revuelve el estómago porque es un intento de alcanzar lo
desconocido. Conozco a Tyler, sé qué esperar de él cuando está enojado,
cuando está enamorado, en la cama... todo. Sé que no es la mejor
relación, pero perderla es como saltar de un avión sin paracaídas. Saber
es una seguridad, hay consuelo en eso.
Pero si me quedo, las cosas tienen que ser mejores de lo que son.
Tengo que arreglarlo.
Necesito saber cómo hacer que las cosas vuelvan a ir bien entre
nosotros. Es decir, sexualmente.
Porque no hemos tenido sexo desde el semestre pasado.
Mi relación con el sexo es complicada, especialmente con Tyler. No
soy virgen, pero puedo contar con los dedos de una mano la cantidad de
veces que hemos tenido sexo en nuestra relación de casi dos años. Al
principio, mi curiosidad e inocencia le resultaban atractivas, como a la
mayoría de mí, hasta que eso (yo) me convertí en una molestia.
―Ro.
Aunque le gusta la chica de la Ivy League.
El pensamiento me llega sin que yo lo quiera y casi me estremezco,
porque me persigue en silencio todo el tiempo. ¿Qué tiene ella que la
hace mejor que yo? ¿Es más merecedora? Tal vez sea más refinada en lo
que respecta a la cama.
―¿Ro?
Quería ser espontánea, probar cosas nuevas (de ahí mi olvidada Lista
de deseos sexys para la universidad), pero ya pasé suficiente vergüenza
tratando que me durará toda la vida.
He intentado trabajar con las reglas y los deseos de Tyler. El sexo con
él es cuidadoso, controlado y solo en una posición. Tyler siempre está en
silencio, lo que daña casi constantemente mi confianza en mí misma, y a
veces soy tan ruidosa que me dice que baje el tono. No le gusta hacerme
sexo oral; dice que no lo disfruta, pero tampoco me deja hacerlo.
Es degradante. Puedo oír su voz en mi cabeza, se me revuelve el
estómago porque su reprimenda es de alguna manera más degradante
que estar de rodillas, teniendo su polla en mi boca. Ni siquiera deberías
querer eso, Ro.
―Rosalie.
El sonido de mi nombre completo saliendo de la boca de Freddy como
una canción me sobresalta, mis mejillas se calientan al darme cuenta de
cuánto tiempo ha estado tratando de llamar mi atención. Sus palmas
golpean juguetonamente la mesa frente a mí mientras Freddy se desliza
hacia la cabina con una sonrisa radiante.
―Lo siento. ―Me coloco los rizos que se me caen detrás de la oreja,
tentada de quitármelos del cuello porque mis pensamientos aturdidos y
la mirada intensa de Freddy me hacen sudar―. Estaba distraída, lo
siento mucho.
―Estás bien, Ro, respira hondo. ―Se relaja en su asiento, que parece
ridículo porque es muy grande y musculoso―. Además, estoy
disfrutando un poco de no ser el que está perdido en su propia cabeza.
Sonrío, sobre todo porque tiende a perderse en sus pensamientos, y
asiento. Desliza los papeles que había estado calificando al otro lado de
la mesa de madera que está entre nosotros.
―¿Qué es lo que te da vueltas en la cabeza?
Hay una parte de mí que siente la tentación de hablar con él sobre eso,
de preguntarle... pero no puedo pronunciar las palabras.
―Cosas estúpidas ―resoplo.
Freddy presiona sus antebrazos contra la mesa, golpeando
rápidamente sus dedos mientras me mira, girando su cabeza casi hacia
la mesa para atrapar mis ojos hacia abajo.
―Vamos, Rosalie ―dice―. Me gustan las cosas estúpidas.
Pongo los ojos en blanco, pero mi expresión cambia rápidamente a
una sonrisa de satisfacción, porque como siempre, cuando estoy cerca de
él, me siento más a gusto.
―Okey. ―Me recojo el cabello hacia atrás y siento una energía
nerviosa que me recorre la columna vertebral, lo que me pone nerviosa
en el asiento mientras me inclino hacia adelante―. Digamos,
hipotéticamente, que saliste con una chica durante unos años.
Cruza los brazos.
―Muy bien. Hipotéticamente, ¿estoy enamorado de esta chica?
―Umm, ¿creo que sí?
―¿Crees? Parece que es algo de lo que deberías estar segura.
Niego con la cabeza.
―Bien, entonces, hipotéticamente, estás saliendo con esta chica
durante algunos años, y tal vez las cosas están un poco, um, raras entre
ustedes.
―¿Raras? ―Arquea las cejas y frunce los labios―. ¿Cómo?
―Como… ―Me inclino hacia adelante de nuevo, posiblemente
demasiado cerca de él, antes de admitir en voz baja―. Sexualmente.
Sus ojos se abren de par en par antes de volver a adoptar esa misma
expresión neutral. Aun así, hay un ligero color en sus mejillas antes de
resoplar levemente.
―¿Cuál es la pregunta?
―Entonces, hipotéticamente…
Levanta las manos.
―Por supuesto, hipotéticamente.
―¿De qué manera podría ella seducirte?
―¿Seducirme? ―La habitual sonrisa ridículamente bonita reaparece
en sus labios mientras se hunde en su asiento y me mira con sus grandes
y brillantes ojos verdes.
―Sí, quiero decir... eres bueno en el sexo, ¿verdad?
La sonrisa en su rostro no hace más que crecer.
―¿Mi tutora me está pidiendo consejos sobre sexo?
Jesús. Me llevo las manos a la cabeza y gimo. Vaya cliché. Te burlas de
Sadie por su jugador de hockey mientras tú eres la tutora de un atleta que
necesita ayuda y, en vez de eso, hablas de sexo.
―Dios, lo siento, Freddy. No debería haber dicho ni una palabra, esto
es muy inapropiado. Por favor, por favor, perdóname ―y por favor, no
vuelvas a mencionarlo nunca más.
―Está bien…
―No. ¡No está bien! ¡Te estoy cosificando! Lo siento mucho.
Él se ríe, el sonido es brillante y relajante.
―Estás bien, Ro, de verdad. Relájate. ―Se inclina hacia adelante,
apoyándose de nuevo sobre sus antebrazos mientras me habla
suavemente―. Soy bueno en el sexo ―dice, y puedo sentir cómo se
calienta mi piel casi de inmediato―. Genial, en realidad.
Incluso sin la reputación que lleva como una bonita prenda de vestir,
parece como si lo fuera.
Matt Fredderic bien podría estar chorreando sexo. Es casi demasiado
fácil imaginarlo encima de alguna chica, con sus músculos apretados y
gruesos doblándose y estirándose mientras la embiste lenta y fuerte, con
sus manos ásperas en el mejor sentido. ¿Usaría su palma callosa para
agarrar su garganta? Imagino que no es egoísta, sino que está
obsesionado con extraer placer del cuerpo de su pareja con precisión y
habilidad.
Con esa misma sonrisa que me hace derretir las bragas y que hace que
mi estómago se revuelva cada vez que la veo, incluso si no está dirigida
a mí.
―Entonces, si una chica quisiera… ―Se me cierra la garganta y bajo
aún más la voz―. Hacerte sexo oral, ¿qué te haría querer eso? ―Las
palabras empiezan a brotar de mí demasiado rápido, se me salen de la
boca mientras pierdo el control―. ¿Como un striptease? ¿O una charla
sucia? Tal vez algo de lencería bonita o…
La cara de Freddy se pone roja como un tomate mientras continúo
hasta que finalmente pone su gran palma sobre mi boca, cubriéndome
efectivamente la cara hasta los ojos.
―Jesús, Ro.
Él deja caer su mano.
―¿Qué? ―pregunto, abanicándome el cuello porque hace tanto calor
que estoy segura de que estoy sudando. El nudo en mi garganta ha
vuelto y me preocupa un poco que si no consigo calmarme, lloraré de
pura vergüenza―. Solo quiero saber si lo estoy haciendo bien. Quiero
que sea perfecto.
Su expresión se suaviza ante la dolorosa vulnerabilidad en mi voz, sus
dedos trazan suavemente la piel de mi brazo apoyado sobre la mesa
entre nosotros.
―Oye, está bien. No hiciste nada malo. ―Respira profundamente
para tranquilizarse y yo cierro los ojos un momento, concentrándome en
el patrón de sus dedos en espiral sobre mí.
―Si fueras mi novia, Rosalie ―dice con voz profunda y áspera. Mi
nombre completo es como miel tibia goteando de sus labios―. No
tendrías que hacer nada para convencerme. Solo una maldita sonrisa y
estaría perdido, ¿okey?
De repente su voz pierde su ronquera y regresa la cara sonriente y
feliz.
―Pero yo soy el zorro de la escuela, ¿no? ―dice encogiéndose de
hombros, dejando de tocarme y dejándose caer lentamente contra la
mesa―. Así que tal vez pregúntale a alguien inteligente, como Bennett o
Rhys.
―Okey ―le digo―. ¿Tienes sus números?
Sus ojos se abren de par en par y su cuerpo se pone erguido.
―No les preguntes nada.
―Pero acabas de decir…
Parece un poco frenético.
―Olvídate de lo que dije ―gruñe y se frota la cara con las manos―.
Me duele la cabeza. No sé lo que estoy diciendo. Solo... solo dile que lo
deseas. Bésalo y dile exactamente lo que quieres que te haga, ¿okey?
―Okey. ―Asiento, pero ya me estoy resignando porque eso ya lo
intenté.
―Creo que ya deberíamos terminar por esta noche. Tengo que ir a
algún lado ―dice Freddy, levantándose rápidamente.
Se me cae el estómago. Intento darle las gracias o disculparme, pero se
va demasiado rápido, casi sale corriendo de la biblioteca como si no
pudiera escapar lo suficientemente rápido.
Mi teléfono está sonando, y después de una semana de solo hablar
sobre estrategia de lectura y trabajar en la tarea de biología, espero que
sea Ro llamando para hablar de nada otra vez.
Lamentablemente no lo es.
―Te he estado llamando durante una semana seguida.
La voz ronca hace que mi espalda se tense de inmediato.
―Estoy ocupado.
―No demasiado ocupado para reunirte con Gavins.
―¿Tú cómo...? ―Cierro los ojos y me masajeo el latido entre las
cejas―. ¿Sabes qué? No importa. No me importa. ¿Qué quieres?
―¿Archer te consiguió el contrato con Dallas?
―No ―gruño, mordiendo el anzuelo que me lanza con tanta
facilidad―. Mis malditas habilidades hicieron eso, imbécil.
Mi papá se ríe.
―Cada día te pareces más a mí, ¿eh?
No me parezco en nada a él. No me parezco en nada a él. No me parezco en
nada a él.
―Dallas me ofreció el trato. A mí, solo, y es mejor de lo que tú jamás
podrías haber hecho.
―Claro ―se burla―. ¿Antes o después de que Archer hiciera de papá
en la mesa de conferencias?
―Vete a la mierda ―grito, caminando de un lado a otro por la
habitación―. No estoy hablando de Archer.
―Tan a la defensiva...
Cuelgo, arrojo el teléfono hacia mi cama antes de subir el volumen del
televisor (en la pantalla hay un programa de Internet que veía cuando
era niño y que me consuela incluso ahora) antes de dirigirme al baño
para tomar una ducha larga, esperando que el vapor y el calor eliminen
el odio, la culpa y la furia persistentes que se arremolinan en mi cabeza.

La práctica es una mierda.


Estoy frustrado por múltiples razones en las que no quiero pensar,
pero también por esto. El hockey es mi única pasión, mi vía de escape,
pero estamos jugando fatal y todo es culpa del maldito Toren Kane.
Hemos estado haciendo el mismo ejercicio durante casi media hora y
nuestra línea (la primera línea) no puede pasar el disco al hielo porque
Holden y Kane no pueden coordinarse.
Una parte de mí quiere gritarles que se comporten bien, mientras que
la otra parte está lista para irme a los golpes con el entrenador Harris y
señalarle lo estúpido que es traer a Kane al equipo. ¿Esperar que un
joven leal como Holden, que prospera bajo la atención y la guía de Rhys,
que lo ve casi como un dios, juegue como compañero defensivo del
jugador que casi lo mata? No tiene sentido.
Y luego está Rhys, que todavía parece un poco desgastado. No lo
admitiré delante de los demás, pero lo veo un poco abrumado. De vez
en cuando empieza a respirar con más dificultad, como si estuviera
fuera de forma cuando sé que no es así... es otra cosa.
Pero si quiere guardarse su dolor y sus secretos, que así sea. Yo sé cuál
es mi lugar. En realidad, no soy parte del dúo Koteskiy-Reiner. Soy la
bonita tercera rueda.
―De nuevo.
Espero un momento, lamiendo el sudor que empieza a gotear de mis
labios y tratando de calmar la respiración agitada que sale de mí. Miro a
Rhys de nuevo, esperando que diga algo, que hable de lo que todos
sentimos, pero él permanece en silencio, furioso mientras mira a Kane.
Supongo que tendré que ser yo.
―Con todo respeto, señor ―suspiro, todavía sin aliento―. Es
evidente que tenemos un problema defensivo y nos está poniendo a
todos en apuros por eso.
Holden se estremece y quiero disculparme con él. Lo haré, pero por
ahora me mantengo firme.
―Bien podrías estar jugando a las escondidas, superestrella ―dice
Toren, aparentemente tranquilo a pesar de su respiración agitada por el
esfuerzo excesivo.
―Al menos cuando paso, lo hago hacia mi línea, no hacia la del otro
maldito equipo.
―Está bien ―grita el entrenador, con su habitual autoridad, pero más
fuerte. Porque el entrenador Harris no grita. No es ese tipo de
entrenador. En vez de eso, se nutre del respeto para guiarnos, algo que
admiré desde la primera vez que nos conocimos.
Todos se reclinan y observan cómo el hombre de mediana edad se
frota la cara repetidamente antes de mirarnos una vez más con un gesto
de desdén.
―Haz lo que quieras con ellos, entrenador ―le dice al entrenador
asistente que está a su derecha―. No me importa. No quiero ver a
ninguno de ellos hasta que se pongan las pilas.
Comienza a alejarse del hielo pero se detiene nuevamente y mira hacia
Rhys.
―Es tu equipo, Koteskiy. Recuérdalo.
El rostro de Rhys se tensa, pero asiente. Siempre el capitán perfecto,
incluso bajo la molesta presión que supone Toren Kane.
Así que, en lugar de eso, pasamos el último tercio de la práctica
patinando como suicidas hasta que estoy bastante seguro de que todos
estamos a punto de vomitar. Todos están resoplando y apenas se
mantienen de pie cuando el entrenador Johnson nos deja ir.
De regreso en el vestidor, todo está tranquilo y la tensión se siente en
el aire a nuestro alrededor.
Rhys se pone los AirPods en cuanto sale de la ducha, con el cabello
goteando mientras se pone la ropa y se dirige hacia la salida con la
cabeza agachada. Es una sombra de nuestro capitán dorado, con una
sonrisa como máscara que cree que no todos podemos ver a través de
ella.
También me ducho rápidamente, sobre todo porque tengo un examen
mañana por la mañana y voy a intentar descansar un poco.
―¿Listo para irnos?
Holden me da una palmada en el brazo mientras se acerca a mí,
esperando porque se ofreció a llevarme después de que Bennett dijera
que tenía que ir a otro lado y saliera corriendo antes que el resto. Meto
mis últimas cosas en mi mochila antes de casi estrellar mi cabeza contra
el panel de madera que está sobre mí.
Todo mi cuerpo gira hacia la única persona que me golpearía a
propósito.
Toren jodido Kane.
―Disculpen, compañeros ―dice con desdén. Su cuerpo tatuado y aún
húmedo se abre paso hacia su casillero mientras se quita la toalla y la
arroja sobre mi bolsa de equipo.
―Jodidamente desagradable ―refunfuño, agarrando la toalla y
lanzándosela con fuerza antes de arrojársela de nuevo. Él solo sonríe por
encima del hombro a pesar de la marca roja como látigo que tiene en la
espalda donde lo golpeé. Quiero poder contener las palabras, ser la
persona más grande, pero ya tengo la boca abierta―. ¿Por qué no haces
las maletas y te duchas en casa la próxima vez? Nadie te quiere
jodidamente aquí.
Él asiente, se pone unos pantalones deportivos y se da la vuelta antes
de estirar los brazos.
―Soy muy consciente.
―Entonces, ¿por qué estás jodidamente aquí?
Se acerca, sin camisa, con tinta la negra a la vista. El tatuaje que ocupa
la mayor parte de su costado y torso me resulta un poco familiar; siento
que lo he visto antes.
―Si crees que quiero estar aquí, eres más idiota de lo que pensaba.
No seas un maldito idiota.
Mi puño sale volando antes de que pueda detenerlo y se estrella
contra su pómulo. Tuvo mucho tiempo para protegerse, agarrar mi
brazo o esquivar, pero no lo hace. Deja que el golpe llegue.
―¿Tu papá te enseñó esos movimientos?
―Cierra la puta boca ―le espeto, empujándole el pecho desnudo para
que su espalda golpee la pared lateral de la esquina en la que estamos.
Me aterroriza que sepa algo que definitivamente no debería saber. He
mantenido en secreto la identidad de mi papá. No es que nadie conozca
al jugador de tercera línea fracasado que era John Fredderic. Solo el
entrenador Harris y yo lo sabemos, pero estoy más furioso de que este
hijo de puta tenga la audacia de decir algo al respecto. Me inclino hacia
él, hirviendo de rabia en silencio―. No sabes de qué demonios estás
hablando.
Él sonríe más brillante ante mi repentina ferocidad.
―Creo que sí, niño bonito. Hice mi maldita investigación.
Lo empujo más fuerte contra la pared, furioso porque él no responde.
―Freddy ―dice Holden, agarrándome del brazo y jalándome hacia
atrás―. No vale la pena. Déjalo en paz. Vámonos.
Holden parece algo decepcionado, pero no por mí, al parecer, sino por
Kane, su nuevo compañero.
Me suelto de su agarre y agarro mis cosas, saliendo por la puerta con
otro peso aplastante sobre mis hombros.
Hacía tiempo que no estaba tan mal.
Después de la llamada telefónica de mi papá, la práctica de mierda y
Toren Kane poniéndome de los nervios, me siento a punto de gritar en el
momento en que el asistente de enseñanza del doctor Cipher reparte el
examen de matemáticas de la semana pasada.
Uno puto 45.
No solo fue un fracaso, sino peor que la última vez.
Y lo intenté, realmente lo intenté.
Me arde la cara de vergüenza solo de pensar en decírselo a Ro. Arrugo
el papel en mi puño antes de meterlo en mi mochila y salir corriendo por
la puerta en cuanto nos dejan irnos.
Por un momento me debato entre cancelar por completo nuestra
sesión de tutoría, pero cuando abro nuestro hilo de mensajes, veo
nuestra última conversación (los pequeños emojis que me envió) y me
doy la vuelta y me dirijo al centro COSAM donde me pidió que nos
reuniéramos.
Incluso me detengo para agarrar un chai latte helado y un café negro
helado para mí, como si llevarle un capricho pudiera suavizar el golpe
de su decepción una vez que le muestre los resultados de la prueba.
Quiero la sonrisa que su bebida favorita le traerá antes de la inevitable
decepción.
―Mira lo que trajo el gato.
Todo el estrés que había escapado de mi cuerpo al pensar en ver a Ro
regresa con fuerza diez veces más fuerte ante la voz irritada que me
llama en el momento en que entro a las oficinas de tutoría.
Con mi habitual sonrisa burlona, asiento en su dirección.
―Donaldson.
―Fredderic ―dice, apoyándose en la encimera―. ¿Qué haces aquí?
¿Estás perdido?
Siento una necesidad desesperada de molestarlo y no puedo evitar
responder:
―Solo estoy aquí para recoger a mi chica.
Una leve risita de su grupo de compinches que escuchan detrás de él
resuena en el tenso silencio.
Como si la hubiera convocado solo el pensamiento, Ro emerge de la
oficina de atrás; la oficina de Carmen, me doy cuenta, y se me revuelve
el estómago.
Vestida con pantalones blancos y una camiseta verde salvia que deja
ver una franja de la piel bronceada y morena de su estómago, Ro luce
hermosa. Es muy inteligente, amable y divertida también. Y, una vez
más, me pregunto por qué demonios está saliendo con Tyler Donaldson.
―RoRo ―él grita mientras se acerca a su escritorio.
Sé que es de ella porque su mochila con una cinta atada descansa
encima.
Ella le da una rápida y pequeña sonrisa a Tyler antes de mirarme un
poco ansiosamente.
Siento mis palmas sudorosas.
―Hola, Freddy ―dice amablemente. Mis hombros se relajan y toda la
ansiedad que aún me queda en el cuerpo desaparece ante su sonrisa
sincera y abierta dirigida a mí―. Déjame recoger mis cosas y podemos
irnos.
―Tómate tu tiempo.
Lo veo venir mucho antes de que suceda. Tyler entra en su espacio,
apretándola lo suficiente como para que pueda escuchar el escritorio
crujir con su peso. Mi mirada se dirige al techo antes de que la
curiosidad me gane y los vea besarse.
Sus preguntas sobre sexo me han atormentado desde el día que me las
hizo. Quiero saber de dónde vienen, o mejor aún, por qué me las
pregunta a mí y no habla de eso con la persona con la que está teniendo
sexo.
Lo cual no es algo en lo que quiera pensar.
Aunque ver a Tyler intentar devorar su rostro es peligrosamente
parecido a hacerme reír. La sorpresa en el rostro de Ro me dice aún más
que esta exhibición pública es más para mi beneficio que para el de ella,
o incluso para el de él.
Tyler finalmente la libera. La cara de Ro está roja como un tomate
mientras camina hacia mí, con una expresión avergonzada y culpable en
sus hombros que borra cualquier comentario burlón de mi cerebro. En
vez de eso, le abro la puerta y le lanzo una rápida mirada a Tyler antes
de seguirla de cerca.
―¿Estás bien?
―¿Yo? Sí, bien ―dice, pero su voz tiembla―. ¿Por qué?
Me encojo de hombros.
―Solo estaba comprobando.
Le entrego el vaso de plástico lleno de sudor con una sonrisa. Ella lo
toma y frunce el ceño confundida.
―¿Qué es esto?
―Dirty chai helado. Eso es lo que te gusta, ¿verdad? ―Parece tan
confundida y ligeramente molesta que siento un ataque de pánico―.
¿Me equivoqué? Lo siento. Te compraré otra cosa en...
Ella me interrumpe.
―No, no, no, es mi favorito. No puedo creer que te hayas acordado.
Gracias, Matt.
Mi nombre de pila salido de sus labios se siente como una manta
cálida que cae sobre mí al deslizarse por su lengua.
―No es gran cosa.
Tomo un sorbo de mi café helado y me acerco a ella mientras
cruzamos el campus hacia nuestro tranquilo lugar en la biblioteca.
Charlamos todo el camino, volviendo al tema de las películas favoritas,
ya que ambos seguimos pensando en más películas favoritas para
agregar a la lista.
Casi me olvidaba por completo del examen hasta que ella me lo
preguntó, después de que nos instalamos en la cabina y deshicimos
nuestras maletas, pero... las cosas se sienten bien y no quiero que
desaparezca la expresión complacida que ha estado luciendo desde que
le di la bebida.
Mi plan de mentir desaparece ante su expresión tranquila y gentil.
―En realidad ―me rasco la nuca y evito mirarla a los ojos―. Fracasé.
Mientras espero el aplastamiento de su decepción, ocupo mis manos
buscando a tientas la horrible cosa, con el papel cortándome el pulgar
mientras lo empujo hacia ella.
―Es bastante vergonzoso, en realidad. ―Me río entre dientes,
tronando las articulaciones de mis dedos, cualquier cosa con tal de no
mirarla en ese momento humillante.
Pero entonces su mano se posa sobre la mía, deteniendo mi inquietud.
La voz de Ro es tranquila cuando dice:
―No es vergonzoso. Solo nos dice en qué tenemos que trabajar. Todo
estará bien.
Cuando finalmente arqueo el cuello para mirarla, ella está hurgando
en el bolsillo más pequeño de su mochila en busca de algo. Me mira a los
ojos, sus ojos color avellana brillan con una picardía que me anima a
igualar. Abre la mano y derrama un montón de clips de mariposas sobre
la mesa.
―Okey…
Ella me explica los problemas, o mejor dicho, el orden correcto de las
ecuaciones que claramente no entendí, y yo trato de concentrarme y
escuchar. Mi corazón late con gran alegría.
Sigo esperando que ocurra lo peor, que haya algo que compense la
pura suerte de tener a Ro en mi equipo, que ella esté realmente de mi
lado, que se preocupe tanto por lo que yo entiendo que realmente quiera
ayudarme.
―¿Eso tiene sentido?
Su voz ahoga todo por un momento y mis mejillas se calientan con
una ligera vergüenza, pero finalmente me siento lo suficientemente
cómodo como para negar con la cabeza con sinceridad. No, todavía no lo
entiendo.
No hay frustración, solo una sonrisa suave y un asentimiento antes de
intentar una forma completamente nueva de explicar.
En medio de su declaración, Ro hace una pausa, dándose cuenta de
que no tiene suficientes clips para terminar con este problema en
particular, antes de meter la mano en su cabello y sacar los dos de sus
rizos.
El movimiento es muy similar al de la piscina, los clips son los mismos
que tengo guardados en mi mesa de noche de la noche que ella no
recuerda; me gusta mirarlos cuando no puedo dormir.
Me froto el pecho para aliviar el dolor, la tristeza que siento al saber
que ella no recuerda nada es demasiado fuerte como para poder
ahuyentarla. Daría cualquier cosa por tener uno de esos momentos con
ella otra vez, sin barreras, con una vulnerabilidad total y afecto real.
Pero a mí también me basta con tener esto con ella, ser su amigo, si me
lo permite.
Entonces hago un voto de protegerla, a la linda chica con mariposas
en sus rizos desordenados, incluso si ella nunca será realmente mía.
Tyler: Esta noche va a ser perfecta.
Ro: No puedo esperar un nuevo comienzo.

Mi último mensaje quedó como leído, sin respuesta durante veinte


minutos. Mi ansiedad se escucha ruidosa y estridente en mi pecho
mientras aplico dos capas más innecesarias de mi bálsamo labial favorito
con sabor a piña, lo que los hace demasiado brillantes y ligeramente
pegajosos.
Mi texto permanece sin respuesta mientras Liam toca a mi puerta y
me pregunta si puede atarme el moño en el cabello.
―Como siempre ―dice con una sonrisa tímida―. Soy el mejor en
esto. ―Aunque sus palabras parecen seguras, hay un miedo constante al
rechazo en todo lo que pide.
Llevo treinta minutos sentada en la orilla de la cama, completamente
vestida y arreglada. Si quiero irme, tengo que irme pronto, pero algo me
lo impide.
Esto se siente mal
No puedo quitarme esa sensación de encima, incluso mientras pido
un Uber para ir al restaurante. No es demasiado elegante y forma parte
de una zona de restaurantes en el pintoresco centro de Waterfell, lo que
significa que está un poco lejos del campus. Y, para una chica con un
auto poco fiable, eso no es lo ideal.
Me he quedado varada más veces de las que puedo contar, así que los
viajes compartidos se han convertido en un buen amigo mío desde el
primer año. Sadie y yo compartimos una vez por nuestros problemas
con el auto y por lo analfabetas que éramos en todo lo relacionado con
ellos, y aunque sabía que bastaría con un mensaje de texto, una mención
de un problema con mi auto para que mis papás intervinieran y me
salvaran, mantuve la boca cerrada y me las arreglé con lo que tenía.
Al entrar al restaurante, tiemblo un poco (desearía haber elegido un
cárdigan para ponerme encima del vestido blanco brillante de tirantes
finos) y luego le envío un mensaje rápido a Tyler para avisarle que estoy
aquí. La mesera me sienta junto a la ventana y me ofrece el servicio de
pan, que disfruto felizmente mientras espero.
Y espero.
Treinta minutos para ser exactos.
El restaurante sigue llenándose, un lugar popular para citas los
viernes por la noche a principios de septiembre. Cada pareja feliz que
entra no hace más que alimentar mi mortificación, incluso las infelices,
porque al menos se hicieron presentes en su miseria.
Le envío mensajes de texto a Tyler una y otra vez, incluso
arriesgándome a su ira llamándolo.
No hay respuesta.
Las lágrimas no derramadas nublan mis ojos mientras como mi peso
en pan y aceite de oliva antes de preguntarle a la mesera si puedo pagar
mi Coca-Cola Light e irme.
Ella me mira con simpatía y me pide una orden para llevar de papas
fritas con tocino y queso por cuenta de la casa, lo que solo hace que
contener el colapso inminente sea más difícil.
Caminando con piernas temblorosas, empeorando la situación por los
tacones con tiras poco prácticos que llevo en los pies, apenas logro salir
de las puertas de vidrio polarizado antes de estrellarme con fuerza
contra alguien.
―L-lo siento ―digo con voz ahogada, con las palabras mezcladas con
un sollozo.
―Mierda ―maldice una voz profunda y suave antes de que unas
manos frías se apoyen en la piel sobrecalentada de mis bíceps―. ¿Ro?
Matt Fredderic.
Como si esto no pudiera ser más humillante.
―Hola, Matt ―murmuro, intentando esbozar una triste excusa de
sonrisa entre lágrimas―. ¿Q-qué estás haciendo aquí?
―Ro, ¿estás bien?
Su voz suena más seria de lo que creo haberla oído nunca. Parece un
poco frenético, mirando a mi alrededor como si estuviéramos a punto de
ser atacados.
Finalmente lo acepto, y ahora me doy cuenta de que hay una linda
chica rubia con ojos muy abiertos y puntas teñidas de azul parada junto
a él, mirándome con preocupación.
―Oh, Dios.
Ahora sí que estoy llorando. Este es realmente el momento más
vergonzoso de mi vida.
―Tú... yo... Freddy, lo siento mucho...
―Rosalie ―dice de nuevo, enmarcando mi rostro con sus manos,
inclinándome la cabeza hacia arriba hasta que mis ojos se fijan en los
suyos―. ¿Qué pasó? ¿Por qué lloras? ―Su rostro cambia de repente. La
ira se apodera de sus rasgos habitualmente joviales y deja algo duro y
temible detrás―. Ro, ¿alguien te lastimó? ¿Quién...?
―No. No, estoy bien.
―¿Dónde está Tyler?
Sacudo la cabeza en silencio porque no puedo pronunciar las
palabras. No puedo admitir que mi novio me dejó plantada y me dejó
aquí, especialmente delante de Matt Fredderic, ¿pero admitirlo mientras
accidentalmente interrumpo su cita? Absolutamente no.
―Lo siento ―digo de nuevo―. No era mi intención entrometerme.
Solo... voy a llamar a un Uber...
―No, Rosalie. ―Freddy se pasa una mano por la cara―, y no te
disculpes más. Te llevaré a casa.
La chica que está con él no parece enojada, solo confundida y
preocupada.
―¿Pueden esperar en el auto un minuto? Dejé algo... ―Freddy se
aleja, murmurando algo sobre agarrar algo que dejó en el restaurante al
que acaban de llegar, antes de dejar a su cita y a mí paradas y
mirándonos torpemente.
Bueno, al menos para mí es incómodo, teniendo en cuenta que ella
inmediatamente se acerca a mí.
―¿Estás bien? ―pregunta la chica suavemente.
―Sí, lo siento mucho. ―Respiro entrecortadamente y limpio las
lágrimas que se secan rápidamente bajo mis ojos, tratando de salvar el
desastre de rímel que estoy segura que se ha acumulado debajo de
ellos―. Soy Ro.
―Encantada de conocerte, Ro. Soy Sarah. ―Duda un momento antes
de preguntarme―: ¿Te gustaría un abrazo?
Suelto una risa húmeda y acepto con un rápido gesto de la cabeza.
―Sí, de hecho.
Sarah me rodea con sus brazos y aprieta la cabeza contra mi clavícula.
Soy alta para ser una chica, más aún con los tacones bajos de los que sé
que Tyler se habría quejado si estuviera aquí, considerando que me
harían parecer de su misma estatura. No es algo que me haya importado
nunca, pero a él le molesta.
De todos modos, el contacto físico es reconfortante. Me gusta que me
toquen, que me abracen, y ya no es muy frecuente que lo hagan, aparte
de Sadie y sus hermanos, pero últimamente no está conmigo con mucha
frecuencia, y además del sexo que Tyler tiene conmigo una vez al mes.
Excepto los últimos seis meses.
Sarah me suelta y nos lleva al auto de Freddy, que luce un poco
deteriorado. Agarro la manija de la puerta trasera y me deslizo hacia
adentro antes de que ella pueda ofrecerme la puerta delantera, porque
puedo sentir que quiere hacerlo.
―¿Son muy cercanos? ―pregunta Sarah, sentada en el asiento
delantero de mala gana. Ambas hacemos una mueca de dolor cuando la
puerta rechina con fuerza cuando ella la cierra. Me deslizo hasta el
centro del asiento trasero.
―Soy su tutora.
―Oh ―sonríe con complicidad―. Comercio justo, ¿eh? Es increíble,
¿verdad?
Tengo la sensación de que no estamos hablando de sus habilidades
como jugador de hockey, que aún no he visto en persona, ni de su
pedigrí como estudiante, y eso me provoca una sensación incómoda en
el estómago.
―Solo somos amigos.
Ella frunce el ceño y se da la vuelta en su asiento, echando su largo
cabello hacia atrás. Tiene una mancha roja oscura en el cuello que parece
reciente, como si alguien la hubiera estado chupando, y tengo que mirar
hacia abajo, a mi regazo, para no imaginarme a Freddy poniéndole esa
mancha, y cómo sus labios podrían jugar y acariciar su garganta. La idea
de que él muerda para marcar su piel pálida hace que mi piel se sienta
tirante y acalorada.
Inapropiado. Deja de estar tan desesperada.
―Freddy no tiene ‘solo amigas’ que sean chicas ―dice Sarah, pero
suena como una pregunta, como si no lo conociera lo suficiente como
para decir si es verdad o no.
Mis hombros se tensan.
―Lo es conmigo.
Excepto que... eso no es realmente cierto, ¿verdad?
No somos amigos, no lo creo. Ya cometí ese error antes, al esperar que
fuéramos amigos y darme cuenta, con una vergüenza abrumadora, de
que todo era unilateral.
La puerta del lado del conductor se abre y Freddy sube,
entregándome de repente dos cajas de pizza de tamaño personal.
―Una de queso y una suprema. No estaba seguro de qué querías, así
que pedí ambas.
Culpo a mis múltiples crisis nerviosas por la rapidez con la que las
lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos ante su amabilidad. No
me preguntó si ya había comido, no me preguntó si quería algo...
simplemente lo hizo. Por mí.
El camino de vuelta está en silencio durante la mayor parte del
tiempo. Sarah me hace algunas preguntas generales, como “¿Cuál es tu
especialidad?” y “¿De dónde eres?” que respondo con facilidad, pero
Freddy me distrae un poco, no está haciendo nada en realidad, pero es
enigmático y es casi imposible no sentirse atraída por él.
Su forma de conducir es irritantemente atractiva, con una mano en el
volante y la otra libre, que en este momento se acaricia el labio inferior.
Cuando se echó de reversa, levantó el brazo para apoyarlo en el
reposacabezas del copiloto, miró por encima del hombro y me guiñó el
ojo antes de concentrarse en el flujo constante del tráfico del fin de
semana.
Sus muslos musculosos se exhiben de forma obscena nuevamente en
pantalones cortos y están lo suficientemente separados como para que
pueda ver dónde el costado de su muslo derecho presiona con fuerza
contra la consola central, y esa maldita mariposa...
Mira a menudo por el espejo retrovisor y sus ojos se cruzan con los
míos como si fueran un rápido registro, y por cada sonrisa tentativa que
le dedico, me la devuelve multiplicada por diez. Los tres llenamos el
viaje de historias alegres, la mayoría de ellas divertidas. Escucha a Sarah
hablar conmigo y, de vez en cuando, añade pequeñas ocurrencias y
chistes. Las líneas de expresión de su rostro se estiran y se expanden
ante la risa que recibe de nosotras, como un niño que recibe exactamente
lo que deseaba en la mañana de Navidad. Como si nuestros elogios y
nuestra atención fueran el regalo que ha esperado todo el año.
Llegamos a un complejo de apartamentos fuera del campus en el que
nunca había estado antes. Por un momento, logro desviar mi atención de
su estudio.
Sarah sale y nos sonríe, con la mano en la puerta.
―Esta noche estuvo genial, Freddy, y Ro, fue un placer conocerte.
Espero que tu noche mejore―. La última frase la dice con una sonrisa
burlona y un guiño que me hace sonrojar.
―No, Sarah. Es mi tutora ―dice Freddy, todavía sonriendo, pero con
dureza. Una severidad subyacente―. Lo digo en serio.
Ella cruza su corazón y le da un pequeño saludo antes de caminar
hacia la escalera detrás de ella.
―Lo siento, arruiné tu cita ―digo de golpe.
―No es una cita.
―Aun así, no era mi intención arruinarla...
―Rosalie, te lo prometo, no lo hiciste ―dice, y su tono no admite
discusión―. Ahora, ¿por qué sigues ahí atrás?
Él se inclina hacia atrás y toma mi mano, jalándome suavemente para
arrastrarme torpemente (golpeándome la cabeza unas cuantas veces por
no calcular las medidas) sobre la consola y hacia el asiento del copiloto.
La mano de Ro se siente cálida, suave y delicada en la mía. No quiero
soltarla.
“Take Care” de Beach House suena en mis parlantes, que necesitan
desesperadamente algo de amor y cuidado. Conduzco a un parque entre
el centro de Waterfell y los dormitorios, y me niego a llevarla a casa por
el momento.
Se comió la mitad de la primera pizza. No tengo hambre, pero la veo
mojar casi toda la masa de la pizza en mantequilla de ajo y saborearla al
máximo. Sus lágrimas han parado, pero el dolor sigue ahí, enterrado
bajo la salsa marinara, el queso y una necesidad desesperada de hacerme
sonreír.
Lo sé porque ella me mira constantemente con la misma sonrisa que
yo le doy cuando intento descifrar si alguien está molesto o si necesito
complacerlo de alguna manera para que se sienta mejor.
Quiero preguntarle qué pasó, pero en lugar de eso le digo:
―¿Quieres ver algo? ―porque no puedo soportar otra mirada amable
de ella como si hubiera hecho algo malo. Busco a tientas mi teléfono y lo
configuro como lo hice miles de veces en el tablero: un equilibrio
perfecto y precario.
―¿Quieres ver tu película?
―¿Mi película? ―pregunta, con el ceño fruncido y la boca tan llena
que las palabras se le mezclan, casi incomprensibles. Se sonroja
inmediatamente mientras mastica (con la boca bien cerrada) y traga.
―Sí ―me río mientras abro una de mis aplicaciones de streaming;
Ever After ya está en cola―. La descargué para mi próximo partido fuera
de casa. Pensé que podría verla en el autobús. Me quedé dormido la otra
noche, así que no la terminé.
Sus ojos color avellana se posan sobre los míos, más que en toda la
noche, y siento una oleada de profundo alivio ante la hermosa vista. Ella
sonríe cuando comienza a sonar la introducción, observándola con tanta
atención como yo la observo a ella.
Después de unos minutos, me atrapa fácilmente la película: una
historia de princesa para la chica a la que siempre llamaré princesa se
siente casi demasiado perfecta.
―¿Tienes alguna película reconfortante? ―pregunta en voz baja,
como si estuviéramos en un cine y ella tuviera miedo de hablar
demasiado alto y molestar a los demás espectadores.
Considero su pregunta por un momento, pero niego con la cabeza y
apoyo el codo en la consola central para que nuestros brazos se toquen.
―No realmente. Miro principalmente videos de YouTube; me gusta
GMM. ―No digo que los miro todo el tiempo, a menudo para dormirme
o cuando recién me despierto; extrañamente, me hace sentir menos solo.
»Pero ―digo, moviendo la boca antes de poder siquiera pensar en lo
que estoy diciendo―, a mi mamá le encantaba Love Story. Siempre la
hacía sentir mejor. Solíamos verla todo el tiempo, especialmente cuando
ella...
Mis palabras se desvanecen y bajo la mirada, apartando el brazo de la
comodidad de su piel para pasarme una mano por el cabello y rascarme
la nuca. Con los ojos ligeramente ardiendo, trago saliva con fuerza ante
la presión de las emociones. No llores. Deja de jodidamente llorar. Han
pasado cuatro años. Ni siquiera estás diciendo nada triste.
―¿E… estás bien?
Ella duda en preguntar. Mi estómago da otro vuelco antes de asentir.
―Sí, lo siento. Yo… ―Aclararme la garganta otra vez parece una
táctica para ganar tiempo, pero mi voz está pegada al fondo de mi
garganta, ronca y rasposa.
―Mi mamá murió ―digo, y me apresuro a continuar con lo de
siempre―, pero fue hace como cuatro años, y ahora estoy bien, así que
no pasa nada. ―Cada palabra es más tranquilizadora que la anterior.
La verdad es que hay días en los que apenas siento nada si tan solo
pienso en eso, y hay días en los que me duele como si hubiera muerto
ayer.
Los ojos de Ro me miran de nuevo con la misma intensidad que
siempre ha tenido y que me hace sentir desnudo, vulnerable.
―Está bien extrañarla, ¿sabes? Y llorar por eso. Yo lloro por extrañar a
mis papás todo el tiempo, y ellos están muy lejos.
Sus palabras se sienten como un abrazo y me inclino hacia él,
encontrando su mirada con mis ojos enrojecidos, sin tratar de ocultar o
bromear sobre este momento.
―¿Sí?
―Sí ―asiente antes de morderse el labio inferior y jugar con un rizo,
una de sus señales nerviosas―. ¿Alguna vez te sientes solo?
Se me escapa una risa incrédula antes de que pueda evitarlo, pero
asiento y le sonrío.
―Todo el maldito tiempo.
―¿Sí? ―pregunta ella esta vez.
―Sí.
―Es que… ―dice, y las palabras fluyen a medida que aumenta su
nivel de comodidad―. Quiero a Sadie, es mi mejor amiga, pero es mi
única amiga y… y está muy ocupada. Tiene mucho que hacer. ―Su voz
se apaga un poco y una punzada de irritación por la patinadora artística
me despierta una vez más, por Rhys y por Ro―. No la veo tanto cuando
está ocupada, y el semestre pasado apenas la vi. No es culpa suya.
Lo es. Quiero discutir, pero me muerdo la lengua.
―Entonces… ―se encoge de hombros―. A veces no puedo evitar
sentirme muy, muy sola. ―Una carcajada completa la frase, pero no hay
ni una gota de humor en ella.
―Yo seré tu amigo, Ro ―le digo―. Quiero que me veas como tu
amigo.
―Me gustaría eso, Matt.
Ella sonríe, pequeña y gentilmente, y siento que otra capa de cuidado
y protección se extiende desde mí hacia ella. Una amiga, no por estar en
el mismo equipo de hockey o algún tipo de intercambio.
Solo mi amiga, porque quiere serlo.

Se podría decir que disfruto más los cumpleaños de mis amigos que el
mío propio, y hoy es el cumpleaños de Rhys.
La semana pasada decidimos organizar una fiesta más informal en
nuestra querida Casa del Hockey, a la que invitamos al equipo y a
algunos amigos cercanos. Incluso me di el lujo de comprar botellas de
cerveza IPA local de lujo para que Bennett se sintiera tentado a beber, lo
que dio sus frutos considerando que ya va por su tercera y sonríe frente
a mí a pesar del desorden en su querida cocina.
Resulta que el problema no es el carácter habitualmente hosco de
nuestro querido portero, sino la ausencia profundamente sentida de la
patinadora artística que es un dolor en el trasero.
La semana pasada, Rhys nos informó a ambos que había invitado a
Sadie. Su sonrisa era odiosamente grande, con hoyuelos brillantes en las
mejillas, mientras confesaba que “no le importaba” a quién invitáramos
ni qué queríamos hacer, solo que Sadie viniera. Era lo único que parecía
importarle, lo que solo aumentó mi aprensión diez veces más.
Intentamos jugar algunos juegos de beber, pero Rhys está distraído
todo el tiempo, sus ojos se iluminan cada vez que se abre la puerta y se
oscurecen tan pronto como no es Sadie.
Incluso Paloma hace una aparición, deseándole a Rhys un rápido
“feliz cumpleaños” antes de unirse a Holden y a algunos de la segunda
línea para jugar King's Cup en la sala de estar, a lo que
sorprendentemente Bennett también se une.
Mientras tanto, intento (y casi no consigo) entretener a Rhys. Varias
chicas coquetean con nuestro apuesto capitán, pero él ni siquiera las
mira, con los ojos fijos en la puerta. Es difícil no soltar uno o dos
comentarios sarcásticos sobre la patinadora artística desaparecida, pero
puedo ver que hiere más los sentimientos de Rhys, así que trato de
reprimirlos.
―En realidad ―dice finalmente, con una sonrisa tan falsa que parece
casi rota―, creo que voy a subir. Es que... estoy cansado y me duele la
cabeza.
Ya lo hizo varias veces. Es frustrante porque usa la lesión de la que no
habla para que no lo presionemos sobre el problema, y no quiere hablar
sobre lo que está pasando con Sadie.
Mientras tanto, mi enojo hacia la chica solo crece con cada paso
vacilante que da mi capitán por las escaleras, con la mirada por encima
del hombro.
Ya es tarde; la mayoría de los invitados se han ido al centro o se han
dispersado. Holden y Bennett están de nuevo a mi lado; este último
parece más relajado de lo que lo había visto en mucho tiempo, con una
leve sonrisa en los labios mientras abre una cerveza. No logro sentir la
misma paz ni la misma alegría; me siento totalmente decepcionado.
Rhys está arriba, triste y dolido por una chica de la que podría haberle
advertido en aquella primera fiesta. Ahora está demasiado involucrado.
Estoy a punto de molestar a Bennett por toda la situación cuando
alguien entra a nuestra cocina con tacones que hacen clic.
Sadie Brown, con un vestido muy corto, una gran chaqueta de cuero y
botas altas de tacón negro y sus característicos labios de color rojo
oscuro, llega con dos horas de retraso.
―Freddy ―asiente―. Oigan chicos, ¿han visto a Rhys?
―Miren quién decidió finalmente presentarse ―digo, terminando el
trago que Holden me sirvió en el vaso―. Un poco tarde para él, en
realidad.
Parece molesta y se me revuelve el estómago un poco como si hubiera
hecho algo malo, pero me quito ese pensamiento de la cabeza
rápidamente: ella está jugando con los sentimientos de Rhys. Es una
mala amiga de Ro. Se merecen algo mejor.
Le echo un vistazo rápido a Bennett. Está incómodo, su sonrisa ha
desaparecido por completo mientras encorva sus enormes hombros
sobre la mesa, evitando las miradas de Sadie y las mías.
―Sé que llego tarde ―dice con voz temblorosa―, pero necesito
hablar con él.
―No va a pasar ―le espeto, más duro de lo que pretendía―. Vete.
―Freddy ―dice finalmente Bennett, que parece frustrado,
endurecido. Mira a Sadie; algo parecido a simpatía o comprensión
profunda brilla en sus ojos azules. Eso solo enciende aún más mi
frustración, como si yo fuera el que no entiende. El extraño. El otro roto,
excluido de la tríada Bennett-Rhys-y-ahora-Sadie.
―No. ―Aplasto el vaso en mi mano, la furia me recorre la sangre. Lo
tiro a la papelera, sin apartar los ojos de Sadie. Las palabras que quiero
decirle están todas mezcladas en mi cabeza. Quiero gritar y enfurecerme
por su amistad con Ro tanto como quiero estallar con ella por lo de
Rhys.
Puede que no conozca a Sadie, pero sé de ella, especialmente el año
pasado. En todas las fiestas a las que asistí, ella estaba ahí, y nunca sola;
incluso apareció con Paloma algunas veces, pero siempre encontró lo
que quería: alcohol, un atleta y un rápido revolcón en el baño. No es que
la juzgue lo que me hace desaprobar que esté con Rhys. Es el hecho de
que sé que Rhys no podría tener una aventura de una noche ni aunque
lo intentara. Los amigos con derechos no existen para Rhys. Es un tipo
de todo o nada, y lo admiro por eso.
De la misma manera que admiro a Ro, su devoción por sus amistades
se hace más evidente con cada interacción que tenemos, y no puedo
evitar querer alejarlos a ambos de Sadie donde no pueda hacerles daño.
¿Y tú no? Porque, en todo caso, eres igual que ella.
Ahogo la voz amenazante en mi interior antes de girarme hacia
Bennett en lugar de hacia la pequeña patinadora artística que está en la
entrada de nuestra cocina.
―Lo viste, Reiner. Se quedó mirando la maldita puerta toda la noche
esperando a que ella viniera. ―Apenas le doy tiempo a hablar antes de
volver a Sadie, y el leve control de mi ira desaparece―. Ya lo lastimaste
una vez esta noche. Considerando tu historial, creo que será mejor que te
detenga ahora.
Cada palabra parece golpearla como una bofetada, pero no puedo
evitarlo. Es como ácido que me quema la garganta mientras lo expulso
todo.
―Él no te importa una mierda…
La habitación se siente demasiado silenciosa, incluso con la música
que suena en el sistema de altavoces. Aun así, siento un frío en la piel.
Me siento vacío.
―Si no me importara una mierda, Freddy, creo que lo sabrías, pero
esto no es como el semestre pasado, y Rhys es... diferente.
Pongo los ojos en blanco y murmuro sarcásticamente en voz baja, lo
que parece solo activar el mini volcán que es Sadie Brown.
―Me encanta el sexo tanto como a ti, Freddy, y no es un maldito
crimen solo porque soy una chica, pero te garantizo que me importa más
Rhys de lo que a ti te ha importado alguna vez una chica a la que le has
metido la polla.
Cada palabra golpea como una flecha, encontrando su objetivo
previsto hasta que me desangro.
No eres mejor que ella. Eres igual que ella. Si ella no merece a Rhys, entonces
tú no mereces ni siquiera ser amigo de Ro, y mucho menos la fantasía que ya
está dándole vueltas a tu cabeza.
―Está en su habitación ―dice finalmente Bennett, pero sus palabras
suenan confusas y distantes en mis oídos. Ella se va, con una
desesperación en sus movimientos que me hace sentir como si hubiera
cruzado la línea.
―Qué duro eres, Freddy ―murmura Holden, haciendo una mueca de
dolor―. Déjalos hacer lo que quieran.
Cierro los ojos ante todas sus reacciones antes de tomar la botella
oscura de Jim Beam. Bennett me aparta la mano con un fuerte
movimiento de cabeza.
―Ya terminaste.
―Estoy bien ―le respondo bruscamente.
Él se endereza, estira la espalda y me mira fijamente con una
expresión sombría.
―Ya terminaste. Quédate con nosotros y supéralo o vete a la cama.
―Vete a la mierda, Reiner.
Él tiene buenas intenciones, sé que las tiene, pero me parece que es
como un recordatorio de que soy como un hermano menor que va detrás
de él y de Rhys. Me siento ridículo, avergonzado y molesto, así que
tomo mi teléfono de la mesa y comienzo a marcharme.
―Asegúrate de que todos regresen a casa sanos y salvos ―oigo
murmurar a Bennett, probablemente hablando con Holden―. Puedes
quedarte aquí en la habitación de invitados si quieres. Me aseguraré de
que él esté bien.
No dice nada mientras me sigue por las escaleras, pero aun así puedo
sentirlo. Me detengo frente al espacio que hay entre nuestras puertas.
―Estás molesto ―dice Bennett, con voz monótona. Es una
observación, nada más, pero viniendo de él se siente como un abrazo―.
Lo siento. No quise molestarte.
Bennett y yo no tenemos conversaciones de este tipo; las
conversaciones de corazón a corazón no son lo nuestro. Lo molesto por
afecto y él gruñe como un oso irritado, también por afecto, supongo,
pero a Bennett es más difícil llegar a conocerlo que a la mayoría.
Rhys me lo explicó una vez. Bennett necesita que seas más claro. No
siempre puede darse cuenta cuando hablas en serio o cuando estás bromeando.
Intenta no ser tan sarcástico.
Al principio sentí que había hecho algo malo, pero lo que Bennett
realmente quería era ser mi amigo. Él no me comprendía de la misma
manera que yo no siempre lo comprendía a él.
Todavía solemos irritarnos uno al otro, pero parece que es algo que
tiene un propósito, como una familia.
―No me haces enojar, Ben. Estoy frustrado con Rhys y Sadie y...
conmigo mismo. No lo sé. ―Sacudo la cabeza―. No quise comportarme
como un idiota.
―Normalmente te comportas como un idiota. ―Se encoge de
hombros y una leve sonrisa se hace eco en su rostro mientras mira hacia
abajo―. Hace que las cosas parezcan normales. Y, con Rhys... tal vez
Sadie ayude.
Lo dudo . Me muerdo la lengua para no vomitar palabras una vez más.
―Sí, tal vez.
―No es tan mala, y hace feliz a Rhys, así que tal vez pueda ayudar
más de lo que nosotros hemos podido. ―Abre la puerta de par en par
mientras habla y su labrador negro, Seven, levanta la cabeza de la cama
antes de pasar suavemente por encima de alguien en la cama de Bennett.
No puedo evitar mi reacción inmediata. Levanto las cejas, porque
Bennett no sale con mujeres ni se acuesta con nadie por lo que sé, y
conozco a Bennett Reiner desde hace casi cuatro años.
Su perro guía se acerca a él con un quejido y le da un empujoncito en
la mano con el hocico húmedo. Bennett susurra:
―Vuelve con ella ―tan bajo que apenas puedo oírlo.
Aún así, puedo ver a Seven recostándose contra el bulto debajo de las
sábanas, parcialmente cubierto por la puerta y el cuerpo de Bennett
mientras él la empuja aún más protectoramente para bloquear mi
mirada que ahora busca.
―Duerme un poco ―dice distraídamente, y yo asiento―. Todo estará
bien.
Él está más positivo sobre esto de lo que ha estado hasta ahora, así que
confío en la sólida presencia de Bennett y le digo rápidamente buenas
noches antes de dirigirme a mi habitación, ignorando los bordes
irregulares de la soledad que me ruegan que encuentre a alguien que
ocupe mi mente.
En lugar de eso, enciendo Love Story y me quedo dormido en un mar
de recuerdos: la mano de mi mamá en mi cabello, el sabor de las
palomitas de maíz ligeramente quemadas, el sonido de Archer
preguntando: “¿Está dormido?” antes de llevarme en sus brazos a mi
habitación.
―Eres mi hijo favorito en el mundo ―decía en voz baja mientras mi
mamá reía levemente.
―No ―decía ella, dulce y feliz―. No puedes tenerlo. Matty es todo mío.
―Está bien ―decía Archer―. Solo déjame sostenerlo un poco más.
La mezcla de sus tonos en mi memoria es más relajante que cualquier
canción de cuna.
―Sé que no me vas a creer, pero... ―Freddy sonríe―. Creo que lo
entiendo.
Él gira la hoja hacia mí a través de la mesa en Brew Haven, pero en
lugar de sus tácticas habituales de desviación, se sienta en silencio
esperando a que revise su trabajo.
No es nuestro momento habitual de tutoría, porque Freddy tiene una
serie de partidos fuera de casa este fin de semana, ambos juegos de
exhibición para asentar la dinámica de su equipo para la temporada.
Apenas he mirado la hoja cuando él me interrumpe.
―Como puedes ver ―se aclara la garganta y mueve las cejas mientras
se desploma satisfecho contra el respaldo de la cabina―. Soy increíble.
La amplia sonrisa que imita la suya es inmediata, imposible de
contener incluso si quisiera, y no quiero. Está feliz con las matemáticas y
quiero bailar un poco en mi asiento porque mis preguntas relacionadas
con las estadísticas del hockey son lo que causó este cambio en su
comportamiento, pero logro contener el impulso.
―Sí, lo eres ―digo, riéndome de cómo su sonrisa se hace más grande
y las líneas de expresión de su rostro se profundizan―, y eso lo hiciste
bien. Tengo más.
Mientras empieza con el siguiente, leyendo y releyendo el párrafo
mientras yo reviso su expediente y completo algunas notas sobre sus
adaptaciones habituales, se forma un pequeño plan en mi cabeza. Hoy es
un buen día para matemáticas con Freddy, pero eso es muy anormal.
Puede que la biología sea una gran carga para él, pero son las
matemáticas las que están destruyendo su promedio de calificaciones y
su confianza en sí mismo.
―Oye, Freddy?
Sus ojos se dirigen a los míos antes de bajarlos al lápiz que tengo en la
boca y entrecerrar un poco la mirada, lo suficiente para que me ruborice
y lo aparte de mi boca.
―¿Sí, Rosalie?
Es vergonzoso el efecto que tiene sobre mi cuerpo el que diga mi
nombre completo. Tiemblo un poco, pero continúo.
―Está bien si no quieres hablar de eso, pero ¿no estás... no estás
tomando ningún medicamento?
Su frente se arruga.
―Para el TDAH, quiero decir.
Una sonrisa se dibuja en la comisura de su boca.
―Me lo imaginé ―responde un poco sarcástico―, pero no. Lo intenté
cuando era más joven y no me funcionó. Podía concentrarme, pero me
hacía caer y me arruinaba el hockey. Apenas podía comer y casi no
quería jugar de lo cansado que estaba. Agotado. ―Se le calientan las
mejillas y evita mi mirada―. Es estúpido, lo sé. Elegir el hockey en lugar
de ser inteligente.
―El medicamento no hace que alguien sea inteligente, y el TDAH no
te hace menos inteligente. ―Mi voz suena un poco más áspera de lo que
pretendía, pero lo acepto. Necesito que me escuche―. La dislexia y la
discalculia tampoco. El medicamento es un escalón, no una cura.
Él sonríe y sacude la cabeza, mirándome con lo que parece asombro
en sus ojos.
―¿Qué?
―Mi mamá solía decir eso.
Me llevo una mano al corazón para suavizar el profundo dolor
agridulce que me provocan esas palabras.
―Entonces debe haber sido una genio.
La risa brota de su boca.
―Sí. Ella definitivamente...
―Freddy ―dice una voz encantada. Un chico alto y de cabello
castaño se acerca a la mesa con una camiseta de baloncesto de Waterfell
con su número estampado debajo. Sonríe alegremente y le da vuelta a su
gorra hacia atrás―. ¿Qué demonios, hombre? Me imaginé que estarías
en los dormitorios de hockey esta noche.
―Brandon ―Freddy sonríe con fuerza, golpeando la mesa con el lápiz
más rápido y con una nueva tensión en los hombros―. Esta noche no.
Tengo mucho en lo que trabajar.
―Mierda, eso apesta ―dice Brandon de un modo que no suena para
nada simpático.
Como si recién ahora hubiera notado mi presencia, Brandon me mira
de arriba abajo, de una manera muy similar a como la mayoría de la
gente mira a Freddy, como si estuviera medio desnudo. Cruzo los
brazos sobre el pecho con timidez.
―Lo siento, soy Brandon.
―Ro ―digo, y me acerco para estrecharle la mano que me ofrece. La
sostiene más tiempo del necesario, me da la vuelta a la muñeca y acaricia
la piel que hay debajo de mis pulseras.
―Son preciosas.
―Gracias. Yo las hice. ―Mis mejillas arden con su mirada intensa.
―¿En serio? ―dice, aparentemente interesado, todavía sosteniendo
mi mano―. Son jodidamente genial...
―Deberíamos volver a estudiar ―espeta Freddy, sonando más
irritado de lo que creo haberlo escuchado nunca.
Retiro mi mano del agarre de Brandon, conteniendo la disculpa que
quiero darle a Freddy.
―Vamos ―dice Brandon riendo, apoyando las manos en nuestra
mesa y acercándose―. ¿Para qué demonios necesitas estudiar? Lo
último que supe es que estás en una buena posición con un contrato de
la NHL.
Freddy asiente.
―Sí, después de la graduación.
Como si ni siquiera lo hubiera escuchado, Brandon continúa:
―Y además, ¿no sigues ganando dinero con la mierda de OnlyFans?
Mis cejas bien podrían estar pegadas al techo, incapaz de ocultar mi
reacción.
Espero que Freddy lo niegue, pero ni siquiera parece sorprendido por
la afirmación.
―Sí, sí ―murmura con el mismo sarcasmo con el que siempre dice
esas dos palabras―. Como sea, tengo que aprobar un examen, así que…
―Deja que las palabras queden flotando, mientras extiende los brazos
sobre las pilas de papeles y libros de texto que hay alrededor de nuestro
espacio de trabajo.
Así que vete. Me imagino que quiere decir.
―Ve cuando termines. ―Brandon le hace un gesto con la mano al
irse―. Apuesto a que Ro también quiere ir. ¿Verdad, cariño?
Algo en sus palabras hace que Freddy se ponga rígido y se levante
para sentarse un poco más erguido. Su rostro es amenazador, frustrado
y enojado.
―Ya basta.
―Por favor, Freddy, tienes muchas chicas esperándote. Puedo hacerle
compañía a Ro. De hecho, yo también necesito que me ayuden con las
clases particulares. ―Su mirada vuelve a mí y se apoya sobre los codos,
de modo que su rostro está demasiado cerca del mío.
Inhalo profundamente, temblando de incomodidad. Mi cuerpo quiere
alejarse, pero estoy paralizada, con los ojos perforando agujeros en la
madera entre mis palmas abiertas.
―Incluso me quedaré después de clase y te mostraré cómo...
―Vete a la mierda ―espeta Freddy, levantándose de su asiento con
agresividad. Brandon imita su postura, con expresión cautelosa.
―Tranquilo, Freddy. Estaba bromeando. ―Me mira―. No quise
decir...
―Tengo novio ―digo de golpe, cerrando los ojos―. Ya se nos pasó el
tiempo y Freddy no va a ir a la fiesta en este momento. Así que, si no te
importa, puedes irte.
Acomodo los papeles frente a mí como una distracción y una excusa
para no hacer contacto visual con Brandon mientras se disculpa
nuevamente y nos deja en un silencio tenso.
Freddy parece enfermo, con el rostro pálido mientras se sienta frente a
mí. La ansiedad me recorre la espalda, sin saber si me excedí, si hice algo
mal.
―¿Freddy?
―Lo siento, lo siento ―dice, sacudiendo la cabeza con una risa
amarga―. Dios, odio a ese tipo.
―Fue un poco grosero ―digo, mientras juego con mis uñas verdes
bien cuidadas―. ¿Por qué dijo eso?
La pregunta sale sin que pueda evitarlo, pero no puedo mirar a
Freddy cuando dice:
―Porque él es un imbécil engreído y tú eres hermosa. Lo siento si te
hizo sentir incómoda. No sabía que tú y Ty...
―No ―le digo, interrumpiéndolo, levantando la cabeza para mirarlo
a los ojos―. Me refiero a... ¿qué pasa con OnlyFans?
Freddy hace una mueca ante el recordatorio y estoy a segundos de
retractarme, decir “no importa” y continuar con nuestro siguiente
problema de matemáticas, cuando él habla.
―No es mío. Lo he visto, y quien quiera que sea tiene el mismo
tatuaje en el muslo, pero no soy yo. ―Inclina la cabeza hacia atrás para
mirar al techo y la sacude ligeramente, y de él sale otro ruido extraño,
medio roto, que suena más a un grito que a una risa―. La gente habla.
Es solo un rumor.
Se ríe entre dientes, con una risa forzada, y se pasa una mano por la
cara.
―Está bien si no me crees, pero no es mío.
―¿Por qué no le dices a la gente que no es tuyo?
Se encoge de hombros, como si nada de esto importara.
―Es un rumor sobre mí. Uno entre miles. No me afecta.
Pero claramente sí lo hace. Niego con la cabeza, un millón de
interacciones previas pasan por mi cerebro. Su vacilación a la hora de
pedir ayuda, su insistencia constante en su estupidez, ¿y ahora esto?
―¿Estás… estás más preocupado porque la gente sepa que tienes
dificultades para leer que por una cuenta de OnlyFans que ni siquiera es
tuya?
Abre y cierra la boca varias veces antes de decidirse a decir:
―Sí. ¿Podemos dejar de hablar de esto?
Es lo más duro que ha sido conmigo directamente. Me callo, a pesar
de querer presionarlo.
Recién se convirtió en tu amigo. Dale tiempo.
―Okey.
―Lo siento ―dice sacudiendo la cabeza―. Solo estoy frustrado.
―Podemos hablar de otra cosa ―le digo. Siento que haría cualquier
cosa por borrar la expresión de derrota y enojo de su rostro.
―Okey. ¿Qué tal si me dices cuándo empezaste a salir de nuevo con
Donaldson?
Cualquier cosa menos eso, por favor. Desesperada por complacerlo,
respondo:
―No lo hacemos. Solo que… me invitó a salir este fin de semana.
En… una cita.
Él asiente y cruza los brazos con fuerza.
―¿Como la cita en la que te dejó plantada?
―Freddy...
―Lo siento, no debería haber dicho eso.
―Él quiere compensarme ―pienso.
Tyler me pidió que pasara el sábado con él para hacer una pequeña
excursión. Dijo que sería una sorpresa, pero que sería bueno para
nosotros acercarnos y disfrutar de un tiempo juntos sin interrupciones.
Todavía me siento igual, confundida y asustada por cualquier posible
resultado, pero acepté.
Aunque ahora me arrepiento un poco, una punzada de incomodidad
me golpea el estómago mientras admito que estoy de acuerdo con
Freddy.
―Mientras seas feliz, Rosalie. ―Sonríe, pero es la máscara que
siempre usa con los demás. Mi estómago se hunde aún más.
Pero combino su máscara con una mía y miento:
―Sí, soy feliz.
―Dijiste que pasaríamos el día juntos, solo nosotros.
Desprecio el timbre quejumbroso de mi voz resonando en el auto.
―Cambio de planes ―dice Tyler con frialdad, mirando atentamente
el GPS―. Los chicos del equipo del Academic Bowl nos consiguieron
entradas, así que nos reuniremos con ellos. Les dije a Rodger, Mark y
Davis que fueran en Uber y yo los llevaría a todos a casa.
Su mirada cortante se desliza hacia mi figura rígida en el asiento del
copiloto, su mano se posa en mi muslo superior con un apretón apenas
perceptible.
―Lo siento, Ro ―susurra antes de sonreír―. Por haber faltado a
nuestra cita la última vez, pero esto es mejor, ¿no?
En realidad no lo es, pero asiento de todos modos.
―Gracias, cariño. ―Tyler se inclina y me besa la mejilla antes de
decir―: ¿Te importaría ir en la parte de atrás? Eres delgada, así que
podemos meter a todos.
Y como soy patética y he perdido cada centímetro de mi carácter, lo
hago. Lo que significa que, cuando recogemos a los chicos, estoy
atrapada entre Mark y Davis en el asiento trasero, y Rodger sentado en
el asiento delantero. Es mi infierno personal, especialmente con los
comentarios mordaces de Mark (y su codo igualmente mordaz que
“accidentalmente” golpea mi abdomen), todos dirigidos con desprecio
hacia mí.
―¿Estás emocionada de ver a tu estudiante favorito?
Quiero responderle bruscamente, pero me callo. No le daré nada.
La verdad es que estoy feliz por el cambio de planes solo por esa
razón: porque voy a poder ver a Freddy jugar hockey. Siento un vértigo
al caminar desde el auto hasta que nos sentamos en nuestros asientos
decentes en el estadio.
Soy la única chica y ninguno de los chicos, ni de Waterfell ni de la
escuela de Vermont, intenta hablar conmigo, lo que me parece una
especie de bendición extraña.
Especialmente una vez que veo a Freddy emerger al hielo, siguiendo a
Bennett y Rhys.
El estadio está bastante vacío (un partido de exhibición que se disputa
a principios de temporada no atrae a tantos estudiantes como
seguramente lo haría un partido de alto riesgo durante la temporada).
Eso significa que apenas lleva un minuto que cualquiera me vea, es el
corpulento portero, quien agarra a Freddy por la nuca y lo gira hacia mí.
No puedo evitar sonreír radiantemente y saludarlo con la mano desde
mi lugar tres filas más arriba. Sus cejas se hunden antes de que sus ojos
se encuentren con los míos y una sonrisa brillante e impresionante se
extiende por su rostro, profundizando las líneas de sus mejillas. Patina
un poco más cerca del vidrio y lo golpea con su bastón mientras me
guiña un ojo.
―Solo voy a saludar ―murmuro, tropezando con los asientos con mis
largas piernas, saltando las dos filas que me separan del cristal. Tyler
murmura algo grosero que provoca risas, pero lo ignoro, atraída por el
chico sonriente sin casco.
Por un momento nos miramos el uno al otro. Normalmente estoy más
cerca de su altura, ya que soy una chica alta, pero ahora él lleva patines,
lo que le suma unos centímetros más.
―Rosalie ―dice sonriendo―. Qué bueno verte aquí.
―¡Sorpresa! ―digo, y me río―. Fue algo de último momento, pero
estoy emocionada de verte.
―Y yo estoy emocionado de que me veas. ―Nuestras sonrisas se
retroalimentan y se hacen más grandes hasta el punto de resultar casi
ridículas―. Gracias, princesa.
Freddy sale corriendo hacia atrás, mirándome todavía mientras da
vueltas y empieza a calentar. Me subo de nuevo a los asientos para
sentarme junto a Tyler.
Rhys da vueltas detrás de Freddy y también me saluda, observando a
los chicos; buscando, creo, primero a cierta mejor amiga mía antes de
que su mirada se vuelva cautelosa ante mi compañía.
Mi pulgar hacia arriba no hace mucho para amortiguar las intensas
expresiones de los ahora tres jugadores de hockey sobreprotectores (dos
delanteros y un portero corpulento) que miran, especialmente cuando
Tyler agarra mi barbilla y gira mi cara hacia la suya un poco
bruscamente.
―Pensé que estabas aquí por mí ―susurra en mi oído.
―Lo estoy ―digo, pero mis palabras suenan casi agresivas. Estoy
enojada. Él es quien cambió nuestros “planes de cita informal” por una
reunión de chicos ricos inteligentes estirados que se emborrachan en un
partido de hockey universitario.
Mi atención se mantiene fija en el hielo, principalmente en el número
veintisiete. Conozco los conceptos básicos (he aprendido bastante por mi
cuenta al pensar en ejemplos del mundo real para las clases particulares
de matemáticas de Freddy), pero verlo en vivo es completamente
diferente.
Es rápido, sorprendentemente rápido, y más grande que la vida sobre
el hielo. Mi corazón late al ritmo de la música que tocan entre períodos y
nunca se detiene, demasiado emocionado. Él está tan en su elemento,
como si realmente hubiera nacido para jugar. Es claramente un talento
natural, uno que ha pulido y entrenado hasta la perfección. Es tan
maravillosamente feliz.
Creo que podría verlo jugar por siempre.
Sin embargo, al entrar en el tercer período, el estado de ánimo cambia,
tanto dentro como fuera del campo. Freddy parece agitado, frustrado. El
equipo apenas ha marcado goles y parece que hay discusiones casi
constantes en el banquillo, incluso entre los entrenadores y algunos
jugadores.
Mientras tanto, Tyler y todo su grupo de amigos están borrachos, cada
vez más alborotados y siguen yendo por más.
―Mierda, es rápido ―comenta alguien mientras Freddy pasa a toda
velocidad en una escapada que no marca.
―Sí, claro ―se ríe Mark―. Fredderic es rápido en el hielo, corre
rápido entre las chicas, pero... es bastante lento.
La ira me calienta la cara y aprieto los puños en el regazo para no
estallar.
―Todos hemos sido sus tutores ―dice Tyler, mientras toma un buen
trago de su cerveza barata―. El tipo es un maldito idiota. ¿Verdad, Ro?
Lo ignoro, me aparto bruscamente para caer hacia adelante y
concentrarme en el juego, sintiendo vergüenza en el estómago por no
haber dicho nada.
Cuando termina el juego (una derrota de Waterfell, dos a uno), están
tropezando y gritando mientras salimos del estadio.
Veo algunos guardias de seguridad del campus observando al grupo
de cerca, mis mejillas se ponen calientes cuando Tyler me pasa un brazo
por los hombros y exige un beso en su mejilla, que le doy un poco
vacilante.
―¿Qué pasa? ―se burla―. ¿Estás demasiado ocupada haciéndole
ojitos a tu estudiante, RoRo?
Lo dice tan alto que la risa estalla en el aire fresco de la noche entre su
audiencia de chicos borrachos. Me escabullo de su brazo mientras nos
dirigimos al auto.
―Yo conduzco ―digo, mientras tomo sus llaves, pero él me las quita
rápidamente, frunciendo el ceño―. En serio, Tyler, deja de hacer eso.
Estás completamente borracho.
―¿Tú no estuviste bebiendo? ―pregunta uno de los chicos de
Vermont que no conozco, sonriendo mientras se apoya en su amigo―.
Me lo imaginaba. Pareces una maldita mojigata.
―Prueba lo contrario ―murmura Tyler con una risa áspera. Se me
hace un nudo en el estómago y miro a mi alrededor como si necesitara
escapar.
―Aquí todos somos adultos ―dice Mark―. No eres mejor que
nosotros. Actúa como si lo fueras todo lo que quieras.
Apenas les dije cinco palabras a ninguno de ellos en toda la noche,
pero de alguna manera soy yo quien actúa mal. Tontamente, miro a
Tyler, como si fuera a detener esta sesión de ataque en grupo contra Ro.
Me ha hablado horriblemente de Rodger y Mark a sus espaldas, pero
cuando nos enfrenta a todos a la vez, nunca me elige a mí.
Esta es tu última oportunidad. Por favor, permíteme equivocarme.
Defiéndeme públicamente por una vez.
En vez de eso, Tyler se limita a burlarse:
―La única razón por la que no bebes es porque no puedes controlar el
alcohol.
―Detente, Tyler. Es vergonzoso...
―Tú eres vergonzosa ―espeta, como si el límite de su paciencia se
hubiera roto por completo―. Dios, no sé cómo te tolero a estas alturas.
Debo ser un maldito santo.
Tyler se acerca a mí y casi me aprisiona contra el revestimiento de
ladrillo del edificio. Está gritando; algunos de sus amigos me lanzan
miradas comprensivas, pero ninguno lo detiene. Nadie se molesta en
intervenir.
―Jodidamente patética, Ro. Sinceramente...
―¿Te importa?
La voz que lo detiene es ronca, pero con una suavidad enfermiza
entretejida en el tono profundo, y el hombre al que pertenece, que ahora
agarra con fuerza el hombro de Tyler cuando estaba empezando a
acorralarme, es más aterrador.
Es enorme, alto incluso para mí, con piel bronceada y cabello negro
empapado. Supongo que es un jugador, basándome en el traje negro
sobre negro que lleva, pero nunca lo había visto antes de esta noche, ni
siquiera en la plantilla que estudié unas semanas antes para prepararme
para ver el partido.
―Es una conversación privada, hombre. No es asunto tuyo.
―Estás gritándole a una chica en público. Creo que eso es asunto de
todos ―dice antes de mirarme con sus ojos terriblemente brillantes―.
¿Estás bien?
Asiento.
―¿Quieres seguir hablando con este perdedor?
―Vete a la mierda ―gruñe Tyler, intentando apartarse del campo de
fuerza que representa el hombre que está frente a nosotros―. Mi novia
está bien.
Los ojos dorados del tipo se llenan de alegría, no de ira, sino como un
gladiador ante los espectadores que gritan más. Agarra a Tyler un poco
más fuerte antes de alejarlo de mí y golpearlo contra el ladrillo.
―Ahora me estás sacando de quicio. ―Sonríe, levantando a Tyler del
suelo para que sus pies se froten y pierdan el equilibrio―. ¿Cómo es
posible que un idiota como tú…?
―Bájalo.
Todos se quedan paralizados ante la presencia de otro gigante que
entra en escena. Los amigos de Tyler, que no se han dispersado, pero
tampoco han intervenido, se quedan paralizados como cachorros ante la
presencia de un alfa mientras Bennett Reiner camina hacia el extraño
que sigue estrangulando levemente a Tyler.
El tipo lo baja y Tyler se tambalea hacia atrás por un momento antes
de decir algo en voz baja que hace que el extraño de ojos dorados le
dispare un puño en la cara.
―Mierda ―maldice Bennett, apartándolo para que no vuelva a
golpear a Tyler―. Maldita sea, Kane, no me hagas salvarte el trasero.
―He estado salvando el tuyo toda la noche ―se queja Kane sin
mucho entusiasmo―. Lo justo es justo.
Sorprendentemente, veo una pequeña sonrisa en el rostro de Bennett
mientras empuja bruscamente a Kane.
―Ve a buscar tus cosas en el autobús. Yo me encargaré de esto.
Bennett se da la vuelta y veo un cambio visible en Tyler. Podría
andarse con rodeos con algunos chicos, pero no con Bennett Reiner. Él
proviene de una familia mucho más rica y con más conexiones que Tyler
Donaldson.
Las amenazas de demandar no significan nada para el imponente
heredero de toda la fortuna Reiner, por no hablar del hijo de un
prestigioso abogado corporativo.
―Reiner ―suspira Tyler―. Ya nos íbamos.
Bennett asiente, con los brazos todavía cruzados, mientras permanece
de pie frente a todos nosotros, con sus rizos empapados por la ducha y
un elegante traje azul sin corbata.
―Entonces vete.
Su voz no genera discusiones entre el grupo y todos comienzan a
alejarse. Me doy la vuelta para seguirlos, con la cabeza agachada por la
vergüenza, pero después de que dejamos el lugar donde todavía se
encuentra el portero de Waterfell, Tyler me agarra el brazo.
―Encuentra otra forma de volver a casa ―dice―. No te llevaremos.
―No puedes dejarme aquí ―intento darle un poco de autoridad a mi
voz temblorosa, odiando el sonido de sollozo en mi garganta―. ¿Cómo
se supone que voy a...?
―Eres una niña grande, Ro ―dice con desdén, tambaleándose un
poco por las cervezas que bebió―. Usa ese gran cerebro para resolverlo.
Mi estado de ánimo después de un partido siempre está determinado
por cómo jugué, gane o pierda, y esta noche, una tutora de cabello
rizado estaba en las gradas, lo que debería hacerme más feliz, pero, en
vez de eso, me estoy hundiendo.
Jugué de la mierda. Mis pérdidas del disco fueron las más altas del
maldito equipo, como me recordó nuestro encantador entrenador
asistente durante diez minutos después del partido, y que esta sea la
primera vez que ella me ve, estoy molesto, decepcionado... avergonzado.
Apenas puedo leer, soy pésimo en matemáticas y ahora estoy fallando
en lo único en lo que se supone que soy increíble frente a ella.
Y Tyler Donaldson. Mi cerebro me recuerda amablemente. Gruño de
frustración mientras agarro mi mochila con demasiada fuerza.
―Dile a Ro y a sus amigos “gracias por venir” ―dice Rhys, dándome
una palmadita en la espalda al pasar―. Fue muy amable de su parte.
Asiento.
―Ella es genial.
Pero estoy casi seguro de que no me escucha porque ya se está
poniendo los auriculares. Juro que nunca se los quita de las orejas.
Lo sigo y estoy a punto de llegar al autobús cuando una mano carnosa
me agarra el hombro, casi con demasiada fuerza. Hago una mueca de
dolor.
―Mierda, Reiny... ―Me interrumpo al ver su expresión indignada―.
¿Estás bien?
Él inclina la cabeza hacia atrás.
―Quien quiera que estuviera con ella la dejó aquí.
Miro hacia donde él hace un gesto para ver a Ro, sentada en el suelo
contra el ladrillo del edificio del estadio. Una maldición sale de mis
labios, pero no le digo ni una palabra a Bennett antes de correr hacia
ella.
No hace mucho frío, pero ella tiembla cuando me acerco.
―¿Ro? ―Mi voz es baja, vacilante, pero esbozo una sonrisa con la
esperanza de tranquilizarla.
Ella me mira un poco conmocionada. Sus ojos color avellana están
rojos e hinchados, el cabello se le cae de la bonita coleta alta que lucía
cuando la vi por primera vez detrás del cristal.
Odio lo pequeña que se ve. Odio la sensación de que mi cuerpo se
cierne sobre ella, así que me agacho hasta quedar en cuclillas, con los
muslos gritando en protesta. Puede que haya jugado como una mierda,
pero seguro que me esforcé demasiado para un maldito partido de
exhibición.
―Freddy ―tartamudea―. Hola. ―También sonríe, y eso me calienta
el corazón al mismo tiempo que lo destroza―. Estuviste increíble.
―De verdad, en serio que no ―sacudo la cabeza y aparto la mirada
de ella―, pero gracias por venir.
―Fue genial ―sonríe, pero sus ojos parecen empapados de
lágrimas―. ¿Te vas en este momento?
Asiento detrás de mí.
―El autobús del equipo está a punto de partir. ―Me muerdo el labio
y respiro un par de veces para que mi voz suene tranquila cuando
pregunto―: ¿Estás bien, Ro?
―¡Sí, sí! ―Asiente rápidamente―. Estoy a punto de pedir un Uber.
Frunzo el ceño.
―¿Dónde están tus amigos y Tyler?
―Él, eh... Se fueron. Tyler me trajo hasta aquí, pero yo... ―Su voz se
quiebra en un sollozo áspero, uno que claramente estaba tratando de
tragar antes de que se le escapara.
Una maldición cae de mis labios mientras me arrodillo completamente
y me arrastro hacia ella, levantándola y doblando su esbelta forma
contra mi cuerpo.
―Shhh ―le digo con voz suave―. Estás bien. ―Le acaricio la espalda
mientras ambos nos arrodillamos sobre el cemento.
Intento darle todo el tiempo que necesite en mis brazos. ¿Cuántas
veces he deseado exactamente esto? ¿Que alguien me dé un simple
cariño y no pida nada más de mi cuerpo? Verdadero consuelo.
Así que puedo darle esto. Lo deseo desesperadamente.
Y no solo por lo bien que se siente ser necesitado, sino por lo bien que
se siente ser necesitado por alguien como Ro.
Porque respeto a Ro, la admiro, la veo como un modelo a seguir. Es
amable, acogedora, servicial y no tiene ningún motivo oculto.
Ella es creativa, fuerte e independiente. No se parece en nada a mí. No
necesita los elogios de los demás para sentirse valiosa. No necesita
palabras bonitas para ahogar los ecos de las palabras feas que siempre
gritaba mi papá.
Ro no necesita a nadie.
Pero en este momento, ella está en mis brazos y soy yo quien le da
consuelo.
Me deleito en eso.
De ninguna manera voy a dejarla viajar sola durante una hora hasta la
ciudad a las 10 de la noche en un vehículo compartido. La llevaré en
brazos durante los ochenta y tantos kilómetros de regreso a Waterfell
antes de permitir que eso suceda.
―¿Rosalie?
Decir su nombre completo resulta casi íntimo en la oscuridad
silenciosa, apretados el uno contra el otro de esta manera. Aun así, ella
mira hacia arriba y se aparta, secándose suavemente debajo de los ojos.
―L-lo siento.
Niego con la cabeza.
―No, nada de eso. ―Intento arrancarle una sonrisa con una mía―.
¿Puedes esperar aquí hasta que vea algo?
Sus ojos se entrecierran, pero asiente y vuelve a sentarse, moviendo
sus piernas largas y delgadas para estirarlas frente a ella.
Siento la piel demasiado tirante, el corazón me late fuerte y la mente
está confusa mientras me dirijo al autobús donde Bennett está de pie
junto al entrenador Harris. Ambos dejan de hablar cuando me acerco.
No es hasta que estoy junto a ellos dos que me doy cuenta de que dejé
mi mochila con Ro.
―¿Está bien tu chica, Freddy? ―pregunta el entrenador, pasándose la
mano por la barba corta y bien cuidada. Su postura es seria y su rostro
no muestra ningún indicio de lo que siente, como siempre.
―Es mi tutora y la dejaron aquí. ¿Hay alguna manera de que pueda
regresar con ella? No quiero que se vaya sola.
El entrenador frunce los labios y sacude la cabeza suavemente,
acomodándose nuevamente la gorra de béisbol.
―Sabes que la escuela me castigaría si te permitiera romper esa regla.
Tienes que viajar de regreso con nosotros.
Se me cae el estómago al suelo mientras mi mente vuela en treinta
direcciones diferentes, intentando idear algún tipo de plan.
―¿Cómo se llama?
―Ro, señor.
―Dile a Ro que puede viajar en el autobús del equipo.
Mis ojos se abren de par en par.
―¿En serio?
Parece ofendido.
―Nunca dejaría a una mujer abandonada, Fredderic. Ten un poco
más de fe en mí.
―Por supuesto, entrenador. ―Sonrío y asiento, resistiendo la
tentación de levantarlo y hacerlo girar en el aire con mi agradecimiento.
En vez de eso, corro de regreso hacia Ro y rápidamente la convenzo de
que se suba al autobús. Ella duda, pero acepta, lo que ayuda a relajar
finalmente algo de la tensión en mis hombros.
Solo un poco.
Ro está callada, se rodea el abdomen con los brazos de una manera
que me duele el estómago. Pequeña y acurrucada sobre sí misma, sube
las escaleras cortas del autobús alquilado. El parloteo se apaga cuando
los chicos ven a la morena de piernas largas ataviada con ropa de
Waterfell y yo rezo en silencio para que ninguno de ellos haga una
broma.
La ansiedad que me genera es suficiente para hacerme desear que ella
estuviera aquí con alguien más, alguien digno de ella, que nadie me
levantara una ceja para preguntarme si la llevaría a casa o para asumir
en silencio que me estoy acostando con ella.
Ro no merece eso.
Rhys se pone de pie y arruga el ceño, deteniéndola a mitad de camino
con un suave toque en su brazo.
―¿Estás bien? ―pregunta en voz baja.
―Estoy bien ―responde ella, imitando el suave susurro de su voz―.
Por favor, por favor, no le cuentes esto a Sadie.
Sadie, la patinadora artística por la que nuestro bueno y querido
capitán disfruta rompiéndose el corazón.
Se me hace extraño recordar que mi Ro es la mejor amiga de una chica
casi famosa por su actitud inaccesible y su mal comportamiento, un
marcado contraste con la vibrante, amigable y casi abrumadoramente
acogedora Rosalie.
Eres igual que ella. Tú y Sadie. Si ella no merece a Rhys, ¿por qué tú sí lo
mereces?
No. Niego con la cabeza y miro fijamente a mi capitán.
Rhys parece querer protestar, pero ante mi mirada dura desde detrás
de ella, asiente.
―No lo haré.
Señalo la fila vacía dos asientos detrás de Rhys, dejando que Ro pase
primero y se deslice hacia adentro.
Antes de que pueda seguirla, Rhys agarra mi bíceps y baja la voz, con
la boca casi en mi oído para susurrar:
―No clasificaría esto como algo sin intervención.
Hay amargura en la sonrisa que le dedico.
―No me acostaré con ella, Rhysie. No tienes por qué regañarme por
acercarme demasiado a la compañera de cuarto de tu malcriada
patinadora artística.
Él deja que la púa se deslice, pero su agarre en mi brazo se hace más
fuerte.
―Ro es la mejor amiga de Sadie, solo cuido de ella.
―¿Y quién exactamente te está cuidando a ti? ―pregunto, un poco
molesto, o a mí, quiero añadir. En vez de eso, me trago las palabras como
si fueran arena, y me rechinan al ahogarlas―. Alguien tiene que hacerlo.
Ella te va a lastimar.
―Cuidado ―espeta, feroz en su actitud protectora hacia la chica con
la que “no” está saliendo.
―Ro me está dando clases particulares. Eso es todo ―suspiro,
inclinando la cabeza para acercarla más a él―, y el imbécil de su novio
la dejó aquí, a horas de la ciudad, ¿okey?
Rhys se muerde el labio y relaja el agarre.
―Ese chico Donaldson fue un idiota con ella delante de mí la única
vez que lo vi. Lo siento, Freddy. Creo que solo estoy...
Espero a que termine. Simplemente no estoy bien. Intento hacer sonreír a
todo el mundo, pero cuando juego parezco que preferiría estar en cualquier otro
lugar. Fingí que me dolía el tobillo para no jugar, algo que nunca haría...
espero que cualquier cosa me demuestre que mi amigo me necesita.
Que confía en mí lo suficiente como para necesitarme.
Pero él sonríe y se encoge de hombros, dándome una palmadita en la
espalda y acomodándose nuevamente en su asiento, volviendo a
colocarse los auriculares en los oídos con agresividad.
Inhala. Exhala.
Todo mi cuerpo se siente como una herida abierta, mis brazos
fuertemente envueltos alrededor de mi cintura son lo único que me
impide desgarrarme y sangrar en el áspero asiento de tela del autobús
alquilado del equipo de hockey de Waterfell.
Freddy ni siquiera me mira. Una parte de mí cree que me está dando
privacidad, pero los bordes deshilachados de mi corazón gritan lo
molesta, infantil y vergonzosa que debo ser para él.
Me doy la vuelta para hablarle, para decirle qué, no estoy segura. Tal
vez rogarle que me deje llamar un Uber u ofrecerle estudiar con él
durante el viaje, para ser útil, necesaria de alguna manera, pero me
detengo al ver la tensión en sus hombros.
Freddy casi aumenta de tamaño, como un escudo humano viviente
sobre mí. Miro hacia arriba para ver qué podría haber causado esta
reacción en él, solo para ser recibida por los mismos ojos dorados
aterradores del hombre de antes.
Quizás no recibida, pero sobresaltada, asustada.
Aun sabiendo que este hombre me defendió y casi peleó con Tyler, me
quedo petrificada al verlo. La reacción obvia de Freddy hacia él solo
confirma mis sentimientos.
Me mira brevemente, no sé si para evaluarme como amigo o enemigo,
pero no muestra malicia, solo una fría indiferencia mientras camina
torpemente hacia la parte trasera del autobús para sentarse solo.
Las luces del techo se apagan y una oscuridad reconfortante me
envuelve mientras el ruido del autobús se atenúa. Se escuchan
conversaciones apagadas en algún lugar del fondo, mientras la música
se escucha apagada en distintos pares de auriculares.
―¿Estás bien? ―pregunta Freddy.
Ahora me obligo a mirarlo a los ojos.
La voz de Tyler resuena en mi oído como un tambor que golpea
continuamente, la pista de fondo del colapso de mi pecho.
No sé cómo te tolero a estas alturas. Eres vergonzosa.
Cada vez que sucede, espero que me duela menos. Espero el momento
del que la gente habla, el entumecimiento. Lo ha hecho tantas veces que
al final lo ignoraré y seguiré adelante, pero nunca llega. Siento todo
como un nervio deshilachado, abierto y palpitando por el dolor.
Freddy pone su mano sobre mi rodilla y la aprieta, una sonrisa
suaviza las líneas de preocupación en sus mejillas, pero su ceño
permanece fruncido.
Intento devolverle la sonrisa para asegurarle que estoy bien, pero mi
estómago da otro vuelco y, en lugar de eso, hipo un sollozo y agacho la
cabeza.
―Mierda ―dice en voz baja, rodeándome el cuello con un brazo y
enterrando mi rostro en su pecho, dándome un espacio privado y oscuro
para derrumbarme en silencio―. Adelante, Ro. Déjalo salir.
Niego con la cabeza contra él, pero me da un sorprendente beso en el
cabello y solo me abraza con más fuerza.
―Está bien. Las luces están apagadas, todos están durmiendo o tienen
auriculares puestos. Está bien, llora si lo necesitas. Te tengo.
Yo le creo.
Freddy, como realmente lo conozco ahora, es alguien en quien estoy
aprendiendo que puedo confiar. Puedo depender de él.
Matt Fredderic ha sido mil cosas diferentes en mi cabeza. Después de
conocerlo en primer año, lo idealicé sin parar. En mis sueños, era el chico
popular y genial que me quitó mis lentes metafóricos y se enamoró de
mí. Un caballero que vino a salvarme en mi alta torre de marfil. El
hombre gentil que tomó mi virginidad con suaves susurros de “¿está
bien?” o “eres tan perfecta” y luego me confesó su devoción en un
momento épico y digno de una película: “Eres tú. Siempre has sido tú”.
Y luego, después de conocer a Tyler, abandoné esas fantasías con Matt
Fredderic en favor de lo que ahora puedo ver como yo suplicando para
que él me diera aunque fuera un mínimo de algo romántico.
Algo que consideró poco realista.
―La gente real no actúa como en tus libros, Ro.
Pero ni siquiera era el romance que yo deseaba. Era mi desesperación
por querer sentir algo real. Algo abrumador, pero que valiera la pena.
Pasé mi vida en casa, segura y cerca de mis papás porque era cómodo
y su amor era algo cálido y tangible. Luego, después del derrame
cerebral de mi papá, pasé cada momento que estaba despierta con ellos
por miedo. No quería perderme ni un segundo, por si acaso.
Pero había vivido miles de vidas enteras en los libros, y una parte de
mí siempre imaginó cómo sería enamorarse.
Lo había anhelado.
Quizás Tyler tenga razón.
Tal vez soy ridícula e ingenua, pero incluso admitirlo en la seguridad
de mi propia cabeza es vergonzoso. ¿Cómo podría admitir ante alguien
más que pasé un año de mi vida rogando tener sexo con alguien que me
llamó desesperada cuando le dije que lo amaba?
Que pasé dos años buscando continuamente la validación de un chico
que constantemente me comparaba con otra chica para mostrarme mis
defectos.
Como si el solo hecho de ser mejor, más seria y sofisticada, más
inteligente, más competitiva, me hiciera merecedora de su amor. Brilla
más, Ro, pero no demasiado; no más que él.
¿Y ahora?
Me siento... disgustada conmigo misma.
¿Por qué hice eso? ¿Qué me hizo estar tan desesperada por ser
suficiente para él que seguí encogiéndome y encogiéndome para encajar
en la caja en la que él quería meterme?
La realidad es de alguna manera peor que todo lo que Tyler me dijo
esta noche.
Tantas de mis piezas, las cosas que me hacen ser quien soy, se fueron,
se han ido desgastando tanto que ya no sé quién soy.
Me siento perdida, flotando sin ataduras.
Apoyo mi cabeza sobre el pecho cálido y sólido de Freddy y él me
abraza, susurrando palabras tranquilizadoras y sin sentido, tan
tranquilizadoras que siento que mis lágrimas se secan, un
entumecimiento se filtra lentamente en mis huesos y me siento más
segura, así que me inclino hacia él.
Ro no habla durante todo el viaje de regreso de una hora.
Le doy uno de mis AirPods para que escuche y pongo una lista de
reproducción de Taylor Swift porque recuerdo vívidamente su sonrisa
brillante y amplia y su hermosa voz cantando fuerte en la parte trasera
de mi auto.
Aunque ahora no recuerdo la canción, probablemente porque a mi
cerebro le gusta reproducir una y otra vez la voz de Ro diciendo: “Pienso
que sería muy fácil amarte” como una banda sonora tortuosa de la noche
que ella no recuerda.
Una noche que yo no podría olvidar aunque quisiera.
De regreso al campus, salimos del autobús y nos dirigimos lentamente
al estacionamiento del estadio. Con un rápido movimiento de cabeza,
rechazo las miradas curiosas y preocupadas de algunos de los chicos
hacia Ro.
Pero todos son amables. Si acaso, están preocupados.
Ro mira a su alrededor, perdida, y aunque ha dejado de llorar, sus
ojos están enrojecidos y llorosos cuando me mira. La vulnerabilidad
desgarradora que se percibe ahí hace que se me cierre la garganta.
Los chicos se quedan cerca, Rhys y Bennett más cerca que los demás,
todos mirándola tan preocupados como yo.
Puede que no haya sido mi elección venir a Waterfell, pero es un
honor para mí jugar con todo mi equipo, con la nueva excepción de
Kane. Mis compañeros de equipo son unos tipos muy buenos que
cuidarían de Ro si yo no estuviera aquí, y ella ni siquiera es mi chica, es
mi tutora.
―¿Ro? ―pregunto, porque hay pánico en su expresión.
―Lo... lo siento. No sé qué hacer. ―Levanta los brazos con impotencia
y mira a su alrededor―. Yo... Él lo tiene todo. Se lo llevó todo...
Está histérica. Rápidamente la abrazo fuerte, y ella me devuelve el
abrazo al instante.
―No tengo ni mi auto ni mi identificación de estudiante, ni siquiera
las llaves de mi dormitorio ―murmura en mi cuello.
―Está bien. Tomaremos mi auto. Ya lo solucionaremos.
―Lo siento.
Niego con la cabeza, abrazándola más fuerte mientras hago un gesto
sutil por encima de su cabeza para indicarle que estamos bien y que mis
compañeros de equipo que aún se quedan pueden irse a casa.
―No te disculpes. Ahora, vámonos. Me muero de hambre.

Acerco lentamente una bolsa de papas fritas a Ro a través de la


consola mientras salimos del estacionamiento de The Chick, solo
después de devorar dos sándwiches de pollo a la parrilla.
Pasa un largo momento antes de que finalmente saque las papas fritas
de la bolsa. Incluso veo un atisbo de sonrisa cuando ve el par de bolsas
de salsa especial para papas fritas, y registro esa reacción en mi cabeza
bajo “Cosas que hacen sonreír a Rosalie Shariff”.
Intento iniciar algunas conversaciones sin sentido con ella, pero Ro no
dice nada. Está en otro lugar, sumida en sus pensamientos, y yo, mejor
que nadie, sé lo que se siente estar perdido en tu propia mente. Así que
la dejo que se quede con todo eso, por mucho que odie que esté
sufriendo tan claramente.
“Cool About It” de Boygenius suena suavemente mientras avanzo
lentamente por las calles secundarias, tomando el largo camino de
regreso al campus. Incluso con el relajante riff de guitarra y las cálidas
voces, la tensión tensa mis músculos.
―¿Quieres hablar...?
―No ―dice. No es cruel, solo un rechazo silencioso.
No importa, duele igual.
Me aclaro la garganta y luego digo:
―Yo también estaba enamorado de alguien que me trataba mal. Y...
―Suelto una risa amarga y agarro el volante con más fuerza para
mantener la voz firme y suave.
»Pero ella no me amaba. Nunca me lo dijo de vuelta… está bien, pero
usó eso en mi contra, y funcionó. Yo quería que pensara en mí todo el
tiempo, como yo pensaba en ella. Haría cualquier cosa por eso, y me
llevó demasiado tiempo darme cuenta realmente de lo que me estaba
haciendo.
Ro no dice nada, pero puedo sentir su atención absorta como un foco
calentando el costado de mi cara.
―Y no fue hasta que ya no estábamos juntos, que me sentí tan ridículo
y estúpido... y avergonzado, y ella estaba bien, porque no le importaba.
Fue divertido, Freddy, pero esto no es... no eres lo que necesito.
Sacudo la cabeza en un pobre intento de quitarme su voz de encima.
―¿Por qué…? ―empieza Ro, con la voz ronca y rasposa antes de
aclararse y beber un sorbo de su Coca-Cola Light―. ¿Por qué me
cuentas esto?
Para quedar como un idiota, claramente.
No encuentro una respuesta y el silencio se extiende entre nosotros
mientras trato de poner en palabras lo que siento. Su paciencia y la
quietud de su presencia me tranquilizan.
―Porque me hubiera gustado que alguien me detuviera antes de
perderme y destrozarme. Y… porque me preocupo por ti. Eres mi
amiga, Ro.
Su rostro se ilumina mientras parpadea con los ojos muy abiertos.
―¿Sí?
―Pensé que ya habíamos hablado de esto ―digo en tono burlón―. A
menos que...
―No. No, soy tu amiga. ―Asiente con entusiasmo y aprieta el nudo
que siento en el pecho―. Me encanta ser tu amiga. Es solo que... he
tenido problemas con eso en el pasado, pensando que las personas eran
mis amigos y... como sea, es vergonzoso.
Me duele tanto el pecho que levanto una mano para frotármelo,
porque entiendo esa sensación. He cometido ese mismo error más veces
de las que puedo contar.
El auto se detiene frente a los dormitorios y Ro duda lo suficiente
como para que yo esté a punto de ofrecerle que se quede en la Casa del
Hockey. Porque estoy empezando a pensar que Ro es como yo.
Que ella no quiere estar sola.
En lugar de eso, me quedo en silencio mientras ella toma su bebida
del portavasos y se dirige a la puerta del auto antes de detenerse y
mirarme por encima del hombro.
―Me alegro de ser tu amiga. ―La mano de Ro descansa sobre el
picaporte y gira su alto cuerpo para mirarme―. Si sirve de algo que yo
lo diga, quien quiera que sea esa chica, es una idiota. Creo... creo que
eres increíble, Matt. Eres un buen hombre.
El elogio me calienta el estómago y sonrío. Viniendo de ti, vale la pena,
quiero decir, pero en lugar de eso, asiento y digo:
―Es mucho más fácil decirle eso a otra persona que a ti misma, ¿eh?
Ella se sonroja y asiente.
―Sí. ―Se produce un silencio cargado y luego―: Debería irme.
Gracias por salvarme... otra vez, y por todo lo demás. ―Sale del auto y
pone la mano en la puerta para cerrarla.
―Gracias, Rosalie ―digo, con una voz suave que no puedo controlar
cuando estoy cerca de ella.
―¿Por qué?
―Por ayudarme. Las matemáticas y la lectura pueden ser... difíciles.
―Me encojo de hombros, la vulnerabilidad me hace sudar a través de la
gruesa camisa Oxford―. Nunca te has burlado de mí, ni una sola vez.
―Las palabras son vulnerables y me duele decírselas, pero necesito que
lo sepa.
―No lo haría. Nunca...
―Lo sé.
Nuestras palabras son susurros, como si ambos tuviéramos
demasiado miedo de rompernos mutuamente.
Luego cierra la puerta con cuidado y se dirige a los dormitorios. El
teléfono se enciende de nuevo en su palma y lo guarda en el bolsillo de
su abrigo, y veo cómo toda la fuerza que tenía cuando salió del auto
parece derretirse, los hombros se le hunden y su cabeza se inclina
derrotada.
Mi mano toca el volante y mi cabeza se mueve sobre la imagen de ella
a través de la ventana empañada. En la entrada, se da la vuelta hacia mí
e intenta sonreír de nuevo, pero apenas logra hacerlo antes de tocar la
puerta y un asistente de residencia la deja entrar.
Me toma una hora salir conduciendo de ahí.
Paso la mayor parte del tiempo convenciéndome de no seguirla hasta
adentro. Ella no necesita a alguien como yo.
―Pareces cansada.
Le gruño algo sin sentido -y probablemente incoherente-, al niño de
doce años que busca comida en la despensa antes de dirigirse a la
máquina de café.
Mi falta de respuesta debe ser suficiente para confundir a Oliver,
porque me mira fijamente mientras me doy la vuelta, con las cejas
levantadas como si hubiera dejado entrar a un animal de granero al
apartamento o estuviera usando un traje de vaquero inflable gigante en
lugar de mi pijama.
Miro hacia abajo, solo para comprobarlo.
―¿Estás bien?
Dios, debo verme peor de lo que pensaba.
―No dormí bien.
Espero una respuesta rápida, como la que podría darme Sadie, pero
recuerdo que estoy tratando con Oliver.
Me observa mientras preparo una taza de café, que no suelo tomar,
con cierta preocupación. Lo suficiente para que finalmente le diga:
―Estoy bien. Solo tuve una mala noche.
Después de un largo trago, me levanto de un salto y me siento en la
encimera. Son solo las 6 de la mañana, así que no me sorprende que
seamos los únicos despiertos.
Existe la posibilidad de que ninguno de los dos haya ido a dormir.
―¿Cómo estuvo tu noche?
Se encoge de hombros.
―Bien. No pasa nada malo.
―Pero no dormiste.
Se encoge de hombros otra vez y sé que acerté.
―Si vuelves a tener problemas, podemos conseguir que veas a
alguien.
Oliver ya está moviendo la cabeza antes de terminar mi frase.
―No, Sadie no puede permitirse todo eso. Me acaba de regalar unos
patines nuevos. Estoy... estoy bien, Ro.
Está lo suficientemente molesto como para que lo deje por ahora, pero
registro la información.
Vivir en una residencia universitaria con mi mejor amiga y sus dos
hermanos pequeños no formaba parte de mi lista de deseos sexys para la
universidad, pero no los cambiaría por nada. Amo a Liam y a Oliver
como si fueran mis propios hermanos, pero ayudarlos significa ayudar a
Sadie y... haría cualquier cosa por Sadie.
No creo que hubiera podido sobrevivir el estar tan lejos de mi familia
durante los últimos tres años sin ella.
Y me duele el estómago al pensar que ella tal vez no sepa que no es
una carga para mí, sino todo lo contrario.
Cuando salgo de mi habitación, Sadie ya está despierta y mi teléfono
ya tiene veintiséis llamadas perdidas de Tyler. No contesto hasta que
salgo del edificio de la residencia y camino hacia el gimnasio para correr
un poco en la pista cubierta.
―¿Qué?
Mantente firme. Sé fuerte.
―Dios, Ro ―dice, y su enojo casi me hace detenerme por completo y
volver a mi habitación―. He estado muy preocupado.
―No tan preocupado, considerando que me dejaste varada a una hora
de la ciudad.
―Fui yo quien pasó toda la noche intentando llamarte y ver cómo
estabas. Tú me ignoraste.
―Te dije que estaba en casa a salvo y que necesitaba que me dejaras
en paz. Necesitaba espacio...
―Te dije que jodidamente lo sentía muchísimo, Ro. No debería
haberme ido. Y, sinceramente, no lo habría hecho, pero te comportaste
como una perra y me enojé mucho y necesitaba irme a casa.
―Me dejaste ahí sola, Tyler, sin ninguna de mis cosas. No está bien.
Bien. Quiero darme una palmadita en la espalda. Rápida, pero firme.
No te dejes arrastrar por esto otra vez.
―Fue una sola vez.
Casi grito.
―Pero no fue así, ¿verdad? Ni siquiera fue la segunda vez.
Literalmente, hace menos de un mes me dejaste tirada en un restaurante
durante horas.
―Dije que lo sentía por eso ―espeta―. Pero continúa y rastríllame
sobre las brasas por eso otra vez.
Esta es la primera conversación real que tenemos sobre esto, estoy
muy segura.
―Tyler...
―Deja de castigarme, Ro. Te dije que jodidamente lo sentía
muchísimo.
Menos de veinticuatro horas de espacio, y lo estoy castigando.
―Necesito mis cosas, Tyler.
―Nos vemos para tomar un café y te las doy ―responde
rápidamente.
―Déjalas en mi oficina y no te denunciaré.
Puedo sentir más que escuchar la furia que crece en él. Desearía poder
estar feliz de que estemos haciendo esto por teléfono, lejos el uno del
otro, porque la mejor arma de Tyler siempre han sido sus palabras.
―Para. Estás actuando como una maldita perra, Ro.
―No me llames así. ―Estoy orgullosa de que mi voz no tiembla.
―No lo hago ―suspira, como si yo fuera una niña petulante―. Dije
que te comportabas como tal.
―Es lo mismo. Me insultas una y otra vez. A veces soy una perra y
enseguida actúo como una niña. Elige una táctica diferente; estos
insultos te hacen parecer más tonto de lo que eres.
Tal vez no debería provocarlo, pero por alguna razón camino un poco
más erguida después de mi vómito verbal, sintiéndome bien. Confiada.
―No pongas jodidas palabras en mi boca. Tú eras la que quería que
volviéramos. Prácticamente me lo rogaste la otra noche.
Dejo de caminar y siento un vuelco en el estómago al sentirme
invadida por esa misma sensación de malestar. Es como si me estuviera
mirando al espejo por primera vez en dos años y odiara lo que veo.
―Deja de llamarme, Tyler. Ya terminé.
Se oye una risa incrédula que me rechina los oídos. Doy una patada al
ladrillo del edificio que tengo delante porque quiero gritar y llorar y tal
vez comprobar lo lejos que puedo correr antes de desmayarme de
agotamiento para poder sacarlo todo.
―Estás actuando como una niña, Ro.
Me río un poco más fuerte de lo que debería porque hace exactamente lo
que le dije que haría. Casi me trago la lengua, pero logro responder con
calma:
―No es así. Hablo en serio. Estamos terminando, Tyler.
―No lo hacemos. Deja de ser dramática.
―Según tus estándares, ni siquiera estábamos saliendo. Éramos algo
“casual”. Estoy siendo amable al decírtelo: no quiero seguir con esto.
Quiero terminarlo.
―Claro ―se queja―. Hablaremos más tarde. Cuando no estés tan
emocional.
Cuelga y pienso en probar la clásica técnica masculina de golpear con
el puño una pared.

Cuando llega mi sesión con Freddy el lunes por la mañana, tengo una
pila de más de treinta notificaciones de llamadas perdidas en mi teléfono
y un hilo de mensajes de texto aparentemente interminable.
Tyler Donaldson es tranquilo, calmado y sereno en persona, pero a
través de una llamada telefónica o un mensaje de texto es brutal.
Aun así, de alguna manera he logrado evitarlo durante dos días. Mis
sesiones de tutoría se llevan a cabo en nuevos lugares; todos mis
estudiantes están dispuestos a reunirse conmigo donde sea que se los
pida. Incluso realizo mis horas de oficina en las oficinas de otras escuelas
o en salas de bibliotecas privadas.
Pero hoy coincidimos como asistentes de enseñanza de posgrado en la
clase de Tinsley, lo cual es inevitable. Soy un cable vivo de tensión.
El sonido de la puerta me hace saltar, y una mirada a Freddy me dice
que mi reacción no pasó desapercibida. Su ceño se frunce y la sonrisa
que antes tenía en el rostro se transforma en aprensión.
―¿Hice algo malo?
La pregunta es tan opuesta a todo lo que aparece en este momento en
la pantalla de mi teléfono que casi me río.
―Para nada ―le digo―. Lo siento, es que... hoy es un mal día para
mí.
Sigue de pie en la puerta, su cuerpo alto cubre la entrada fácilmente.
Toda su postura, desde la posición de sus hombros hasta el agarre con
una sola mano de la correa de su mochila, grita incertidumbre. No es
una apariencia que haya visto a menudo en el popular deportista de
hockey, y rápidamente decido que es una que realmente no me gusta.
―¿Querías cancelar?
―No, estoy bien, lo prometo.
Consigo esbozar una sonrisa temblorosa, pero es suficiente para que
sus hombros se relajen mientras se pone cómodo frente a mí en la mesa.
Repasar la tarea de matemáticas me lleva demasiado tiempo,
principalmente porque me distraigo con mi teléfono sonando.
Y sonando.
Ahora, con nuevos números de identificación de llamadas aleatorios,
un hecho que me revuelve el estómago.
La primera vez que tuvimos una pelea, Tyler se fue furioso y bloqueó
mi número, mis redes sociales... todo. Fue un shock inquietante para mí,
uno que no sabía cómo manejar porque él era mi primer novio. No sabía
si era un comportamiento normal o no, y con Sadie nadando en un sinfín
de responsabilidades con sus hermanos y lidiando con su papá, no tenía
a nadie a quien preguntar.
Vino a Brew Haven a disculparse dos días después, diciendo que
necesitaba que yo entendiera lo molesto que estaba. Sadie dijo que era
una forma elegante de decir que me estaba castigando.
Lo cual ahora sé que es verdad.
Luego, después de otra pelea, no dejé que me castigara. En vez de eso,
lo bloqueé. De alguna manera, eso empeoró las cosas, y como volvíamos
a estar juntos una y otra vez, Tyler siguió viéndolo todo como un éxito.
De ahí los números aleatorios que actualmente están explotando en mi
teléfono.
Finalmente, cuando la ansiedad creciente está casi a punto de estallar
en mí, arrojo mi teléfono que aún vibra dentro de mi bolso con
demasiada brusquedad, mientras mi estudiante deja de garabatear y me
mira con las cejas enarcadas antes de entrecerrar los ojos mientras me
observa.
―¿Segura que estás bien?
―Estoy bien ―digo entre dientes, pero por alguna razón tengo
lágrimas en los ojos.
No voy a llorar delante de él otra vez.
Freddy, como siempre, se da cuenta de que miento, pero no lo dice en
voz alta.
En lugar de eso, cierra su libro de texto, un movimiento que me hace
mirar dos veces mi reloj y el ruidoso reloj de la pared.
―Tengo una idea ―dice, con las palmas de las manos apoyadas sobre
la mesa y ligeramente inclinado sobre ella―. ¿Por qué no nos saltamos la
clase?
De mi boca debería salir una negación rotunda, pero en lugar de eso,
es una confesión en voz baja y sonrojada.
―Nunca había hecho eso antes.
Sonríe, pero no de la forma habitual; esta vez es pura inocencia
infantil, gentil y genuina.
Real.
―Yo tampoco.
―¿En serio? ―Me río―. Eso es...
―¿Sorprendente?
Niego con la cabeza.
―No, en realidad, eso tiene mucho sentido.
―¿Sí? ―dice, con tono escéptico, pero intrigado. Se inclina hacia
adelante.
―Sí ―asiento y le sonrío suavemente―. Nunca querrías arriesgarte a
decepcionar a alguien. Tú... tú siempre estás ahí.
Hay una respiración entrecortada en su rostro, y si no lo conociera
mejor (el hecho de que estoy segura de que todos lo han elogiado lo
suficiente para toda la vida), diría que anhela escuchar esas palabras.
Lo bañan como el agua sobre un girasol.
Agarra mi mochila y se la coloca sobre el otro hombro. Me da calor en
todo el cuerpo, no porque la acción sea inherentemente romántica, sino
porque es gentil y amable. Algo que deseo desesperadamente.
Salimos de la biblioteca y nos dirigimos al pequeño estacionamiento
cubierto. Freddy sonríe alegremente mientras varias personas se
detienen a saludarlo. Intento quedarme un paso atrás para darle un poco
de espacio, pero cada vez que titubeo, se da la vuelta para esperarme.
Casi con preocupación, como si fuera a desaparecer.
Finalmente llegamos a su auto, donde me acomoda en el desgastado
asiento del copiloto de cuero, cerrando mi puerta antes de correr a su
lado.
―Entonces, ¿qué hacemos ahora? ―pregunto. Mis rodillas suben y
bajan, mi cerebro está mareado por la adrenalina que corre por mi
cuerpo. Me siento casi mareada.
Y claro, quizá sea el alivio de no tener que ver a Tyler hoy, pero creo
que es más bien el efecto Matt Fredderic.
Él hace que todo sea diez veces mejor. Siempre supe que era
embriagador estar a su lado (desde la primera vez que lo conocí quedé
fascinada) y no tiene nada que ver con su belleza.
Lo miro y veo sus brillantes ojos verdes que se arrugan con una
sonrisa. Sus labios carnosos y demasiado rosados y las líneas de
expresión talladas en sus mejillas.
No, no se trata de cómo se ve, sino él, tal como es, como un imán que
atrae mi atención hasta que lo único que puedo ver es a él.
Tyler me hace sentir pequeña e ingenua, tonta.
Sadie me hace feliz, pero con ella siempre hay un peso de
responsabilidad. La necesidad de cuidarla está arraigada en nuestra
amistad.
Pero Matt es diferente.
Su presencia es cálida y vibrante. Estar cerca de él es como subir antes
de bajar de una montaña rusa: una gran expectativa llena de seguridad
para caer libremente sin lastimarse.
A su alrededor, yo soy la divertida y emocionante, no su acompañante
ni su público.
―¿Qué es algo que nunca hiciste pero siempre quisiste hacer?
Mi mente se llena de imágenes, todas inspiradas en mi polvorienta
lista de cosas que hacer en la universidad, que está en algún lugar de mi
escritorio, debajo de una pila de artículos impresos sobre la creatividad y
su efecto en el cerebro.
Freddy sujetándome un embudo o enseñándome a beber cerveza de un trago.
Freddy con sus manos en mi cabello, dejándome probar todo con él...
Freddy bañándose desnudo conmigo, cuerpos mojados, el agua oscureciendo
su cabello dorado contra su piel, fácil de ver con mis rizos amontonados, atados
a mi cuello con un... ¿con un cordón de zapato?
¿Por qué me resulta tan familiar?
Sacudiendo la cabeza, me conformo con un:
―En realidad, nunca he patinado sobre hielo.
Se queda congelado, abriendo y cerrando la boca antes de que un
brillo travieso aparezca en sus ojos y arranque el auto.
―¿A dónde vamos? ―pregunto.
―Al estadio.
―¿Podemos entrar ahí?
Se encoge de hombros.
―Ya nos estamos saltando clases, princesa. ¿Qué es romper una regla
más?
El estadio está cerrado, lo que solo significa que puedo hacer un
agradable viaje de veinte minutos con Ro tarareando suavemente la
radio mientras nos llevo a través del centro histórico de Waterfell y hacia
la pista comunitaria.
Hace un calor moderado para un día de principios de octubre, lo que
significa que tengo que buscar una chaqueta en la pila de ropa limpia y
arrugada que hay en la parte trasera de mi auto; las huelo todas antes de
encontrar la más limpia, una chaqueta deportiva de Waterfell University
con cierre hasta la mitad, mi número en la manga y mi apellido
estampado en el bolsillo izquierdo.
―Levanta los brazos, princesa ―digo, deslizando la tela por su
cabeza y colocándola sobre sus caderas. Me inclino y le subo el cierre, la
tela le roza la barbilla mientras me sonríe dulcemente. Saco mis patines
de la parte trasera antes de cerrar el auto.
El frío punzante la pista calma mi sistema nervioso cuando entramos.
Estoy a punto de hacerla sentarse mientras le agarro un par de patines,
cuando ella chilla.
Ro casi me tira, mi espalda golpea el piso ligeramente acolchado
mientras sus largas extremidades se enredan con las mías. Es alta para
ser una chica y lo suficientemente torpe como para que pueda
imaginarla como una adolescente desgarbada.
―Mierda, lo siento.
Le sonrío a través de un mar de rizos mientras ella se apresura a
ponérselos sobre los hombros, aunque se le siguen escapando.
―¿Sabes? Creo que es la primera vez que te oigo maldecir.
Ella se sonroja aún más antes de empujarme el pecho y mirar por la
ventana que da a la pista.
―Es Sadie. Ella está aquí.
Levanto las cejas mientras me levanto lentamente, dejando que Ro
continúe sujetándome (algo que no estoy seguro de que ella se dé cuenta
que está haciendo) mientras yo lo hago.
Ella susurra, así que yo también lo hago, apartando algunos de sus
rizos e ignorando cortésmente su estremecimiento de cuerpo entero
mientras me inclino.
―Sabes que aquí arriba no pueden vernos, princesa.
―Oh ―susurra antes de alejarse de mí y ponerse de pie, con las
mejillas teñidas de un rojo oscuro.
Sigo su mirada y miro a través del cristal oscuro la pista medio llena.
El patinaje público está reservado para el círculo exterior, pero en medio
están mi capitán y la patinadora artística con un grupo de unos seis
patinadores principiantes.
Rhys observa a Sadie con una atención singular, siguiendo con la
cabeza cada movimiento. Como lo haría con otro jugador, como si
estuviera descubriendo los secretos de sus movimientos, sus jugadas. El
tipo de concentración de la que solo el capitán Rhys es capaz, y puede
que lo haya notado un poco en la fiesta, pero aquí, bajo las fuertes luces
fluorescentes, es imposible pasarlo por alto.
Quizás me equivoqué.
Porque parece que Sadie lo mira exactamente de la misma manera,
cuidadosa e intensa.
Como si ambos se cuidaran el uno al otro, constantemente.
―¿Es un buen chico? ―pregunta Ro de repente.
La pregunta me sorprende un poco, arqueo las cejas y examino su
perfil mientras ella los observa. Parece ansiosa y preocupada, con la
mano extendida sobre el pecho, jugando con el cuello de su camisa y
mordiéndose el labio.
―Es que… ―continúa antes de que yo pueda responder―. Nunca he
visto que a Sadie le guste realmente un chico, y tiene… muchas cosas en
juego. Quiero asegurarme de que sea tan buen chico como parece.
―No… Rhys es el mejor hombre que conozco. Confiaría mi vida en él.
Ella está en buenas manos.
Algo se me agria en el estómago porque de repente no puedo sacarme
de la cabeza la fiesta de cumpleaños de Rhys. No es mi culpa, lo sé,
porque, a juzgar por mis interacciones con Sadie en las fiestas, ¿por qué
no iba a proteger a mi amigo?
Pero Ro es buena y amable, y si protege a Sadie, si la ama tanto,
entonces tal vez haya algo más debajo de la superficie.
¿Como pasa contigo?
¿O quieres creer que, porque Ro ama a Sadie a pesar de sus defectos, significa
que ella podría amarte como su amiga? ¿A pesar de tus defectos?
Como siempre ocurre, la voz en mi cabeza suena como la de mi papá,
y tengo que sacudirla para despejar la espiral antes de que comience.
Excepto que ahora no puedo recordar lo que dijo porque mi cerebro
está muy lejos de nuestra última interacción. Así que me froto la nuca y
asiento con la cabeza.
―Tienes que elegir otra cosa.
Independientemente de si lo que dije estuvo relacionado con el tema o
no, ella sonríe y yo me relajo.
―¿Yo? ¿Y tú?
―No. Está claro que hoy no vamos a patinar, así que... tienes que
elegir otra cosa. ―Me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta. Me
encanta lo rápido que me sigue con un pequeño ruido de «hmm»
mientras piensa.
Me detengo frente a mi auto, levantándole una ceja y golpeando mi
pie.
―Okey. Bueno, siempre quise hacerme un tatuaje.
Mis ojos brillan. No es lo que esperaba, pero puedo trabajar con eso.
―¿Qué tenías en mente?
Su mirada se dirige rápidamente a mis piernas. Hoy llevo jeans, pero
bien podría estar desnudo con la intensidad abrasadora de sus ojos justo
donde está mi tatuaje en el muslo.
―Una mariposa ―dice bruscamente antes de sacudir la cabeza
rápidamente y cubrirse la cara con las manos―. No, espera. Lo siento,
en realidad no lo sé.
Me quedo en silencio, sabiendo que mi ego podría no ser capaz de
soportar que su primer tatuaje coincida con el mío, y le abro la puerta.
Conduzco hasta el salón de tatuajes que he usado antes, en el centro
histórico de Waterfell, ubicado entre una popular pizzería y una tienda
de dulces vintage que no ha cambiado nada en los últimos cien años.
Al estacionarme en uno de los lugares inclinados y difíciles de
encontrar, unos cuantos edificios más allá, ayudo a Ro a salir y le pongo
una mano en la mitad de la espalda para guiarla rápidamente a través
de la calle.
Dentro del antiguo edificio de ladrillo, el salón es una mezcla de tonos
crema y verdes suaves, con diseños enmarcados y algunos lienzos de
tamaño natural que abarrotan las paredes. Está relativamente vacío, con
una chica tatuándose la espalda en una de las mesas.
―¿Qué tal si miras el portafolio y yo consigo el papeleo?
Cualquier otro chico podría completarlo por ella mientras mira el
portafolios de la tienda y elige un diseño, pero yo apenas puedo leerlo, y
mucho menos escribir sus respuestas mientras me las dice en voz alta.
Estaríamos aquí durante horas.
Así que, en lugar de eso, tomo un bolígrafo y los papeles antes de
darme la vuelta.
―…solo para descubrir que Ro se ha ido.
Mi corazón se detiene por un segundo antes de ver una mata de rizos
mientras ella camina torpemente rápido de un lado a otro afuera.
―Dios, Ro ―sonrío mientras salgo de la tienda, cruzo los brazos y me
pongo delante de ella para obligarla a detenerse―. Pensé que me habías
dejado aquí.
―¡No! ―dice rápidamente―. Yo nunca haría eso. Me asusté un poco
por un momento, y tal vez...
Se queda callada y su rostro se hunde.
―Quizás no quieras un tatuaje todavía ―le digo.
Ella asiente, luciendo muy apenada mientras susurra en voz baja
―Lo siento.
―No te disculpes, Rosalie. ―Desesperado por hacer que vuelva a
estar de buen humor, miro a nuestro alrededor como loco―. En
realidad, vine aquí principalmente porque me muero de hambre y
tienen la mejor pizza de Massachusetts.
Ro mira hacia donde señalo, al lado.
―¿En serio? ―pregunta, incrédula.
Me encojo de hombros.
―Según un artículo del New York Times de 1995, sí. Y, sinceramente,
parece que ese lugar no ha cambiado desde entonces, así que creo que
tenemos suerte.
Le abro la puerta.
Es un edificio pequeño, con tres mesas en total, que parece que aquí se
han acumulado los primeros años de la década de 1990. Tiene dos
máquinas expendedoras de veinticinco centavos en la entrada, una llena
de chicles que parecen piedras, endurecidas por el paso del tiempo. La
otra tiene exactamente lo que estoy buscando.
Después de pagar nuestra pizza en efectivo y pedir veinticinco
centavos como cambio (ignorando la mirada molesta del adolescente con
granos detrás del mostrador), decidimos pedirla para llevar.
Principalmente porque en una mesa hay una pareja disfrutando de su
cena temprana, y las otras dos están cubiertas de cajas que apuesto a que
no las moverán para que podamos sentarnos.
De alguna manera logro sacar dos de las bolas de colores de la
máquina sin que Ro se dé cuenta, incluso si parezco un idiota al
obligarla a llevar las cajas a cualquiera que pase por la calle.
Aún así creo que la sorpresa valdrá la pena.
Terminamos en los dormitorios después de que Ro recibe un mensaje
de texto de Sadie diciendo que no estará en casa.
Ella no me dice exactamente lo que dice el texto, lo cual solo me
molesta porque puedo decir que la molesta a ella.
Nunca me ha gustado ser protector, ni con mis amigos ni con las
chicas. Está claro que nunca se me ha dado bien cuidarlas, pero con Ro,
la amistad que tengo con ella es importante. Y eso es algo que me vuelve
sobreprotector.
Todas las luces de su dormitorio estilo apartamento están apagadas,
pero el televisor reproduce música, actualmente “Young Folks” de Peter
Bjorn and John a un volumen medio. Ro entra primero y enciende las
lámparas desiguales que hay en las mesas junto al sofá.
La sigo y me siento después de que me lo indica en uno de los
almohadones de suelo sobre el palé que claramente han construido. Ella
sigue de pie, mirando nerviosamente a su alrededor, antes de volver
corriendo a la cocina.
―¿Quieres un poco de vino? ―pregunta sonriendo mientras se acerca
y toma dos copas multicolores―. Te debo una copa.
―Seguro.
Ella sirve vino blanco de una botella que está en el refrigerador, coloca
con cuidado ambas copas en la mesa baja de café y abre una de las cajas
de pizza que están en el suelo.
Levanto mi copa.
―¡Por la mejor pizza de Massachusetts de 1995!
Soy recompensado con una risa abierta y feliz que se siente como los
primeros rayos del sol de verano calentando mi cuerpo.
Chocamos nuestras copas mientras ella repite mi brindis antes de
charlar tranquilamente y disfrutar de la comida.

―Bueno ―digo, mientras me termino mi cuarta rebanada de pizza,


todavía con mi primera copa de vino. Ella me roba una de las orillas de
la pila que le dejé después de mentirle sobre que odiaba las orillas, y la
moja en la salsa de ajo―. Puede que nos haya preparado una sorpresa
para que podamos completar nuestra tarea de “yo nunca hice”.
Sus ojos color avellana brillan relucientes a la luz de la lámpara
mientras nos sentamos en las pilas de almohadas y mantas bajadas del
sofá sobre el piso alfombrado.
―¿Qué es?
Saco los dos premios coloridos de la máquina de donde los tomé
antes, y sonrío y hago malabarismos con ellos ligeramente en mi mano.
―Tatuajes temporales.
Su sonrisa es casi cegadora.
―¿De qué son?
―No me fijé ―digo y me encojo de hombros―. Pensé que podríamos
elegir al azar y ponerlos uno sobre el otro.
―¿En serio? ¿Tú también lo harías?
Frunzo el ceño.
―No voy a dejar que te diviertas sin mí, princesa. Vamos, escoge.
Sin dudarlo un momento, agarra la pelota morada, dejando la pelota
de plástico verde en mi mano.
Ella lo abre y revela un tatuaje de una corona plateada y brillante.
―Perfecto ―me río, mientras me acerco a ella―. Una corona para una
princesa.
Ella pone los ojos en blanco ante la provocación, pero choca mi
hombro con el suyo.
―¿Qué obtuviste?
Es sorprendente lo libre que se ve, más de lo que la he visto antes. Es
cierto que casi se ha bebido su segunda copa de vino, pero está suave y
sonriente, no borracha. Tranquila y relajada.
Una versión de Ro que no creo haber visto nunca.
Abro la tapa del mío, suspiro y sacudo la cabeza al ver el pequeño
tatuaje que hay ahí.
―No puedo ―gruño―. Nunca veré el final de esto.
―Lo prometiste ―se ríe, mirando por encima de mi hombro y viendo
a Hello Kitty mirándonos a ambos.
―Lo sé, lo sé. ―También sé exactamente la expresión que veré en el
rostro de Holden. Casi puedo escuchar los chistes que hará en el vestidor
hasta que se desvanezca.
Algo hace que Ro se detenga.
―No tienes por qué hacerlo si no quieres.
―Lo sé. ―Le acaricio el cabello con cariño y le sonrío mientras sacudo
la cabeza―. Quiero hacerlo. Te lo prometo.
Parece que eso la tranquiliza, que la sonrisa que he estado buscando
todo el día vuelve a aparecer en su rostro. Hacerla feliz, complacerla me
hace...
¡Alto! No vamos a hacer esto otra vez.
¿Recuerdas la última vez?
Sacudiendo la cabeza, me estiro y empujo la caja de pizza casi vacía.
―Entonces, ¿En dónde quieres…?
―Tú primero ―espeta antes de levantarse y correr hacia la cocina.
―Okey ―digo, quitándome la camiseta y acomodándome sobre mis
antebrazos―, pero tienes que prometerme que lo harás perfecto, Rosalie.
Ya es bastante malo aparecer con Hello Kitty en mi pecho. Peor aún si
está toda destrozada...
Hago una pausa porque Ro deja de funcionar correctamente y se
queda completamente congelada en la esquina mientras vuelve a entrar
en la sala de estar.
Sus ojos están muy abiertos y redondos, la boca ligeramente abierta y
el rostro enrojecido. Es un cambio tan grande que me incorporo para
sentarme, mientras la ansiedad recorre mi columna vertebral.
―¿Qué pasa?
―¡Nada! ―dice, pero en un tono agudo y chillón, lo que significa que
definitivamente es algo―. Es que... te quitaste la camiseta. No estaba
preparada.
Me relajo un poco y tengo que tragarme las ganas de preguntarle si le
gusta lo que ve. Soy muy consciente de su extraña relación con Tyler
Donaldson, una que él me ha dejado muy en claro que no es asunto mío,
pero es mi segunda naturaleza acicalarme como un maldito pavo real al
menor indicio de atención.
Jodidamente patético.
―Lo siento, Ro. No quise hacerte sentir incómoda. ―Porque eso es lo
que ella siente, ¿no? ¿Incomodidad? ―Iba a pedirte que me lo pusieras
en el pecho, pero...
―No, no ―dice, deteniéndome y sacudiendo la cabeza, que parece
funcionar como un botón de reinicio para todo su cuerpo mientras se
lanza hacia adelante y vuelve a nuestra cama improvisada con un
recipiente con agua caliente y un rollo delgado de toallas de papel―. Lo
siento. Probablemente eso fue muy extraño. Lo siento, Matt.
Desafortunadamente eres muy guapo.
―¿Desafortunadamente? ―Me hace reír. Me han dicho que soy
atractivo más veces de las que puedo contar, pero ninguna de ellas con
tanta insistencia.
―No soy... ―Sacude la cabeza―. Lo siento. Probablemente te hice
sentir incómodo en este momento. No tienes que hacer esto para
hacerme feliz...
―Confía en mí, Rosalie ―le digo―. No hay nada más que prefiera
hacer.
Me vuelvo a poner cómodo, apoyándome en mis antebrazos mientras
ella se arrodilla a mi lado.
Se ríe entre dientes, atrayendo mi mirada hacia ella nuevamente.
―¿Qué?
―Nada. Estás desparramado como si te hubieran herido en una
batalla, y yo ―hace un gesto hacia sí misma brevemente, hacia el cuenco
de cerámica y las toallas de papel que tiene a su lado―, parece que estoy
aquí para curarte. Todo se siente muy bodice ripper.
Mis cejas se alzan mientras repito:
―¿Qué? ―pero mucho más fuerte, mientras sus mejillas se ponen
coloradas.
―¿Los libros con las mujeres vestidas de época en la portada y los
hombres sin camisa? ―Se muerde el labio―. Se llaman bodice rippers.
―¿Son libros sexys? ―Le guiño un ojo, de repente muy interesado en
este hobby.
―Sí, pero son románticos.
―¿Te gustan?
Odio que parezca un poco avergonzada mientras asiente, moja la
toalla de papel en agua y la presiona contra mi piel.
―Sí. Me gustan todas las cosas románticas, pero… me gustan más
esos. Solía tener una colección enorme de ellos.
―¿No trajiste ninguno aquí? Quiero ver uno.
―Sí, pero… ―Se calla y mira al suelo―. En realidad, casi la mayoría
ya no los tengo. Creo que queda uno; mi favorito.
Ella se levanta, tropezando un poco, y yo tomo el control sosteniendo
la toalla de papel contra mi pectoral.
El libro que tiene en la mano está roto por los bordes, desgastado y
muy usado. Tal vez alguna vez fue de un verde brillante, pero ahora se
ha desvanecido hasta convertirse en un suave color salvia. Me lo entrega
con delicadeza.
Marcado en fuego. El título se desplaza por la portada y las letras rozan
el pecho excesivamente cincelado del hombre semidesnudo de cabello
largo y rojo, cuya única prenda de vestir es un kilt. Abraza a una mujer
de piel oscura con una masa de rizos, con una mano en la cadera y la
otra enredada en su cabello.
―¿De qué se trata? ―pregunto, reprimiendo la sonrisa burlona que
quiere aparecer. Ella parece demasiado insegura, ligeramente vacilante,
como para que yo pueda sostener el libro, y mucho menos mirarlo.
―Es, eh, la historia de un libertino reformado.
Arqueo las cejas.
―¿Un qué?
―Significa… ―se aclara la garganta y juega con el extremo de la
manta debajo de mí mientras le doy vuelta al libro como si fuera a leer la
parte de atrás―, que el héroe era un libertino, un playboy, y cambia sus
costumbres para estar con la heroína porque la ama.
Ro hace una pausa y tira de un mechón de cabello, con una energía
nerviosa zumbando a su alrededor.
―Sigue ―digo intrigado.
―Bueno, en este, todo el mundo piensa que Callan, el tipo, es un
mujeriego, y a Rosalina la separan de su papá para pagar sus deudas y
la llevan hasta Escocia.
Ahora sonrío, inclinando mi barbilla hacia abajo para poder mirarla a
los ojos.
―Rosalina, ¿eh?
Ella se sonroja.
―Fue la primera vez que vi algo como mi nombre, pero esa no es la
razón por la que es mi favorito. Es que... al principio ella está asustada, y
cuando la subastan...
―¿Cuando qué?
Ro me mira ahora, con el dedo en la boca.
―Déjame terminar. La subastan y Callan es el que más dinero puja;
nadie sabe por qué querría sentar cabeza. Puede tener a cualquier mujer
que quiera, pero nadie entiende que se siente solo.
Se me hace un pequeño agujero en el estómago y vuelvo a mirar al
hombre sin camisa de la portada. Sí, Callan, lo entiendo.
―Pero Rosalina sí. Porque ella también se siente sola. ―Aprieta los
labios y se acomoda el cabello detrás de las orejas―. Ser amado es ser
visto, y ella es la primera persona que lo ve de verdad. Por eso se
enamoran.
Todo está callado, salvo el zumbido de la música de fondo.
Estoy solo. Quiero decir, casi desesperado por compararme de alguna
manera con el hombre engrasado por el que Ro claramente siente
debilidad. ¿Puedes verme? ¿Puedes sentir lo solo que estoy?
¿Tú también te sientes sola?
Ro intenta tocar mi mano, pero solo aleja la toalla de papel de mi piel,
soplando suavemente sobre el tatuaje mientras hablo casi en su cabello.
―A mí... me gustaba leer. Quiero decir... me gustan los libros. De
pequeño no sabía leer bien. ―Ahora tampoco puedo, pienso, pero me
abstengo de decirlo, aunque sé que ahora ella lo sabe muy bien y nunca
se burlaría de mí por eso―, pero mi mamá me leía Harry Potter, y luego
El señor de los anillos, Eragon... me encantaban.
Pero luego me hice mayor y decidí que patinar con mis amigos y
saltarme el horario de queda era más divertido que escuchar la voz de
mi mamá, y antes de que pudiera poner mi jodido cerebro a funcionar,
mi mamá se puso tan enferma que no podía mantener la cabeza en alto,
y mucho menos leerme un maldito libro, así que nunca terminé ninguno
de los que empezamos.
Y ahora no lo haré. Nunca.
Apretando la mandíbula, espero que la ola de dolor retroceda.
Ro me mira sin darse cuenta de lo cerca que estamos. Puedo ver las
motas de oro puro en el musgo que se arremolina en sus ojos.
―¿Cuál fue tu favorito?
Sonrío.
―El señor de los Anillos. Me gustó Samwise.
Sus ojos se suavizan, como si hubiera revelado una gran verdad sobre
mí, y es tan dolorosamente tierno que me aparto antes de que pueda ver
algo que no le gusta si mira demasiado de cerca.
No creo poder soportar su desaprobación.
―Tu turno, princesa.
Cambiamos de posición y nuestros movimientos son suaves, pero
nerviosos; ambos tenemos miedo de asustarnos mutuamente si vamos
demasiado rápido.
“Dreamer (Stripped Down)” de Mokita y Kaptan suena suavemente
mientras Ro se acomoda debajo de mí, acostada sobre las mantas
multicolores como un fondo de retazos para su piel bronceada,
exponiendo la larga columna de su garganta y su piel enrojecida.
―Quiero ponerlo aquí ―dice, señalando por encima del hueso de la
cadera―. Si te parece bien.
Asiento, sin confiar en mí mismo para hablar.
Por un momento desearía no sentirme atraído por ella, que todo lo
que siento por fuera pura amistad, porque eso haría todo mucho más
fácil.
Entonces no pensaría en cómo se estremece cuando levanto la tela de
su camisa. No notaría la suavidad de su piel bajo las yemas de mis
dedos, la piel de gallina que se extiende por todo su estómago cuando
presiono la toalla de papel húmeda sobre el tatuaje. El jadeo audible que
suelta cuando soplo suavemente sobre la corona.
Tratando de darme espacio para respirar sin rogarle que me dé un
beso (o incluso una puta palmadita en la cabeza en este punto), me
levanto y descarto los envoltorios y las cajas de pizza, limpiando nuestro
desastre disperso.
―Gracias ―dice en voz baja―. Por rescatarme tantas veces
últimamente... con Tyler. Sé que probablemente sea molesto...
―No lo es. ―Sacudo la cabeza, meto las cajas en su bolsa de basura
demasiado llena antes de atarla y dejarla junto a la puerta para sacarla
cuando me vaya―. Lo único que me molesta es que te trate así. Te
mereces algo mucho mejor. Eres increíble, Ro.
La miro de reojo y veo sus brazos sobre los ojos, su camisa todavía
levantada y mostrando donde la corona brilla como un faro, lo
suficientemente alta como para que me dé la vuelta casi de inmediato.
―Sí, bueno, quizá no sea tan increíble una vez que me conozcas.
Sus palabras son un murmullo suave, y cuando le pregunto qué
quiere decir, no responde.
Todo vuelve a quedar en silencio mientras termino de limpiar. Vuelvo
a la cama y me siento a su lado.
―Cuando era pequeño ―digo en voz baja porque ella tiene los ojos
cerrados―, le pedía a mi mamá que me leyera los libros de la escuela.
Ella me los leía primero y luego yo los leía después de ella. Los repasaba
una y otra vez conmigo hasta que entendía cada palabra a la perfección.
Casi puedo imaginarme a mi mamá mientras hablo, su abrazo
reconfortante detrás de mí mientras pasaba las hojas y corregía
suavemente las palabras que me saltaba.
―Ahora sé que estaba memorizando más de lo que estaba
aprendiendo a leer mejor, pero no importaba. Ella sabía que me
avergonzaba en nuestros días de lectura en voz alta en la escuela, así que
se aseguraba de que me sintiera seguro antes de cada lectura.
Si quieres quedarte en casa hoy, está bien, Matty.
Cómo la mujer más suave del mundo terminó con el peor narcisista
vivo parece una gran broma cósmica.
Un profundo suspiro sale de mí mientras miro a Ro durmiendo.
―A veces me recuerdas a ella, especialmente cuando me enseñas.
Creo que eres increíble y... y espero que tú también pienses que eres
increíble.
Debería irme, necesito irme, pero no puedo dejarla dormir en el suelo
así.
Así que me pongo de pie, extendiendo mis brazos debajo de su cabeza
y rodillas para levantarla, tratando de ser lento y no sacudirla para
despertarla.
Su cabeza cae sobre mi pecho, arruga el ceño mientras murmura entre
dientes.
―No, no lo hagas. Soy gigante.
Sonrío levemente.
―Eres alta, pero yo soy más alto.
―Y más fuerte ―susurra, acurrucándose más cerca mientras entro en
su habitación. Tengo ganas de pavonearme, de inflar un poco el pecho.
―Sí, princesa, y más fuerte.
Abro la puerta con el hombro y entro en su habitación. Es pequeña y
ordenada, pero está muy habitable. La decoración aquí me deja claro
que ha tenido mucho cuidado con la decoración del resto del
apartamento, con sus explosiones de colores y sus infinitas almohadas y
mantas.
La dejo sobre la cama y la tapo con una de las mantas que cuelgan del
borde. Siento que el corazón se me va a salir del pecho y la sonrisa en mi
rostro es, en el mejor de los casos, maníaca, pero no puedo obligarme a
que me importe, no cuando ella se ve así.
Suave, relajada y feliz.
Al darme la vuelta para irme, veo un cartel de cartón apoyado en su
escritorio, al lado de una mini máquina de coser, medio cubierto de
artículos impresos. Me doy cuenta de que es una lista al repasar algunos
de los elementos:
Bailar sobre una barra como Coyote Ugly.
Tercera base en un auto.
¡Nadar desnuda! (¡Pero que no te atrapen ni vayas a la cárcel!)
Hacer un viaje de vacaciones de primavera alocado. (¡Pero que no te
arresten!)

Una mezcla de escritura a mano, ordenada y garabateada, con


pequeños garabatos y dibujos.
Y marcas de verificación, sobre algunos de los elementos más sexuales
de la lista. Siento una punzada en el pecho, una presión que me hace
frotarlo. Sé que fue Tyler quien hizo todo eso con ella, y no puedo evitar
odiarlo aún más por eso.
Aparto la mirada del cartón, vuelvo a mirar a Ro, que está dormida, y
respiro profundamente. Es más fácil relajarse, dejarse llevar, cuando la
veo tan vulnerable y confiada.
Así que archivo la información (si es que la lista existe) en mi carpeta
de Rosalie Shariff, y secretamente espero que la próxima vez sea yo
quien dibuje marcas de verificación en los márgenes con ella.
Hay dos mensajes de texto de Archer y dos llamadas perdidas de mi
papá esperándome después de terminar la parte matutina de nuestra
práctica diaria.
Deslizo los mensajes de texto, esperando que me envíen mensajes
suficientes para enterrarlos en lo profundo de mi bandeja de entrada,
lejos de mi curiosidad.
Estoy aquí si alguna vez necesitas a alguien.
Desesperado por sacarme de la cabeza el tono brusco y triste de
Archer, vuelvo a llamar a mi papá antes de que vuelva a enojarse
conmigo en el buzón de voz.
―Hey ―digo con cuidado cuando contesta.
―¿Qué demonios fue eso? ―Está casi gruñendo. Oigo que se cierra una
puerta de golpe de fondo. Entonces empieza a hablar de verdad―. ¿Eres
el máximo anotador de tus partidos de exhibición y luego te quedas
sentado esperando a que empiece la verdadera mierda?
Tengo diez años y tengo frío.
Alcanzo la puerta de mi dormitorio y la cierro, como si la acción
pudiera alejar mi mente de un territorio peligroso.
―Yo no...
Me interrumpe.
―Envié a unos malditos exploradores a verte, idiota ―dice―. Eres un
imbécil desagradecido, más vale que te vayas ahora. Sería lo correcto,
teniendo en cuenta que lo único que sigues haciendo es joder todo lo que
he construido.
Tengo diez años y mi papá no me mira.
―Eres una maldita vergüenza, Matt.
Mi mente se está haciendo pedazos, cada pensamiento hace que mi
cabeza lata cada vez más fuerte.
Tengo diez años y tengo frío.
Tengo diez años y tengo frío. Los nervios me hacen temblar más que el
ambiente de la pista. Ya está abarrotado de gente, hay niños de mi edad
dispersos por los bancos, con sus papás arrodillados para atar los patines a los
más pequeños, algunos charlando entre ellos.
Miro a mi papá con una sonrisa desdentada, pero él no me mira a mí, mira
alrededor de la habitación.
―¿Me pongo los patines aquí? ―pregunto, todavía sonriendo, aunque ahora
me duelen las mejillas.
―Si no te diviertes, dile que quieres volver a casa. Te llevará de vuelta
enseguida.
La voz de mi mamá resuena en mis oídos, pero no quiero volver a casa.
Quiero que papá me quiera.
―Sí ―dice, quitándose la mochila del hombro y dejándola en el banco que
está a mi lado―. Ponte los patines y sal al hielo. Tengo que hablar con alguien
rápidamente.
Se fue antes de que pudiera decir que todavía me cuesta atar bien los
cordones. Que a veces mi mente empieza a divagar y me olvido de dónde estoy o
de lo que estoy haciendo, así que necesito que alguien me observe mientras lo
hago, que me ayude.
Siento una extraña presión en el pecho por un momento mientras estoy de pie
junto a mi mochila, tirando de los cordones de mi sudadera mientras mi papá
corre hacia el otro lado del espacio, le da una palmada en la espalda a otro
hombre y le estrecha la mano.
Su sonrisa es más amplia que en todo el día.
―¿Estás bien, campeón?
La nueva voz me hace vibrar y me inclino hacia atrás para mirar al hombre
muy alto que tengo frente a mí. Hay un niño de pie junto a él, de mi edad
aproximadamente, tal vez mayor porque es un poco grande para ser un niño.
Más grande que la mayoría de los niños de mi equipo, con los brazos apoyados
en su palo.
―Yo, eh… ―Me rasco el cuello―. Necesito ayuda con los cordones.
El hombre asiente y sonríe.
―Está bien. A veces son complicados. ¿Por qué no te sientas en el banco y te
ayudo?
Asiento de nuevo, me deslizo hacia un lado y arrastro mi mochila conmigo.
Saco mis patines, me siento en el banco y trato de no dar patadas con los pies.
―Aguanta la respiración durante cinco segundos y exhala durante otros
cinco. No pienses en eso. ―La voz de mi mamá resuena en mi cabeza mientras
sigo sus instrucciones habituales.
Mis ojos comienzan a vagar mientras él ata mis patines, revoloteando sobre el
logo de los Winnipeg Jets en la tela gris estirada sobre su pecho.
―Los Jets ―digo asintiendo un poco―. Henney es una belleza este año.
El hombre se ríe y asiente con la cabeza mientras sonríe. Me siento tonto,
pero sé que probablemente esté de acuerdo conmigo. Puede que no sea el mejor
de la escuela, pero veo hockey constantemente. Pienso en eso todo el tiempo.
Y el entrenador Archer dice que ya pienso como una superestrella.
―Sí, lo es ―dice el hombre, poniendo mi otro pie en su regazo mientras yo
estiro mi tobillo y observo su trabajo―. ¿Te gustan los Jets?
―Sí, pero soy fanático de Dallas. ―Sonrío―. Mi papá juega para ellos.
―¿Ah, sí? ¿Cómo te llamas, campeón?
―Matt Fredderic ―digo, mirando de reojo al chico de mi edad que no dijo ni
una palabra y sigue mirándome―, pero en mi equipo me llaman Matty.
―Un placer conocerte, Matt ―sonríe―. Tu papá es John Fredderic, ¿eh?
Hay un tono cortante en su voz y dudo porque ya lo escuché antes. Los
adultos siempre actúan así con mi papá, pero asiento de todos modos.
―Sí, me trajo hoy para patinar conmigo. No paso mucho tiempo con él.
―Reiner ―dice mi papá, uniéndose a nosotros con una sonrisa falsa
mientras extiende una mano, aunque el hombre todavía está trabajando en mis
cordones.
Él ignora deliberadamente a mi papá y hace el último nudo doble.
―¿Cómo te sientes, campeón? ―pregunta el señor Reiner, sonriéndome.
Todavía siento que podría estar en problemas, con el estómago revuelto, así que
asiento rápidamente antes de mirar el izquierdo.
Finalmente, levanta la cabeza y se pone de pie, más alto que mi papá. Se
parece al entrenador Archer, muy alto, con el cabello oscuro y la barba corta,
pero no está tan bronceado.
―John. Me alegro de verte.
―Lo siento ―dice mi papá mientras me señala con un gesto vago―. No
sabía que el niño no podía atarse los malditos patines.
Él se ríe y yo decido que tan pronto como terminen de hablar le pediré que me
lleve a casa.
Solo quiero a mi mamá.
Hablan, pero no puedo escuchar las palabras, solo siento un par de toques
suaves del señor Reiner en mi espalda o en la parte superior de mi cabeza, como
si me estuviera dando un poco de amabilidad o fuerza antes de irse.
Y entonces mi papá me arrastra fuera de la pista, todavía con mis patines,
hacia el baño, donde las cuchillas raspan las baldosas mientras él habla, bajo y
cruel, en mi oído.
―No vuelvas a hacer ese tipo de cosas. Es una vergüenza. Cuando salgas a
jugar, será mejor que les demuestres a todos. No estás en un equipo, debes
demostrarles que vales algo por ti mismo. Sé una superestrella.
―Tengo clase ―murmuro, con la cabeza palpitante, interrumpiéndolo
por completo. No es que haya escuchado los últimos minutos de su
perorata.
Pero sí escucho sus últimas palabras.
―Voy a ir al partido de Harvard. Si te equivocas, venderé la casa.
La furia me recorre el cuerpo.
―No eres el dueño de su maldita casa. Archer sí, ella le dejó todo a él.
―No la casa. Estoy seguro de que Elsie no quería que él tuviera que
pagarla considerando todo. No, ella dejó esa carga para mí, como si no
tuviera suficiente con tener que lidiar contigo.
Cierto. Porque tenerme como hijo fue una gran responsabilidad.
―No te necesito.
Él se ríe.
―Soy tu papá. Tu nombre es famoso porque yo lo hice famoso.
―Déjame jodidamente en paz. ―Cuelgo, sintiéndome un poco mal y
mucho peor por el cansancio.

Me siento lo más fuera de lugar posible sentado en el taburete


demasiado pequeño del laboratorio de biología con más de treinta
estudiantes de mi clase, pero Ro me dijo que era una buena idea asistir a
la revisión opcional de la tarde, así que lo hice. Preferiría no pasar más
tiempo del necesario con Carmen Tinley.
―¿Y eso es transporte activo? ―pregunto bruscamente, moviendo la
rodilla y sacudiendo el bolígrafo entre mis dedos mientras me paso la
otra mano por el cabello. La repentina sonrisa de Tyler me hace
encogerme un poco, arrepentido―. ¿O... pasivo, supongo?
Me muerdo la lengua para no murmurar “no importa” como suelo
hacer, para obligarlos a seguir adelante y dejarme atrás. Es un concepto
que no se entiende. Excepto que no es así. Cada base en biología parece
construirse sobre las anteriores, y si me quedo atrás en una, nunca me
pondré al día.
―Tienes que estar bromeando ―murmura Tyler, dejándose caer
sobre la mesa.
Ro se levanta de su silla, confiada y relajada.
―Piénsalo de esta manera ―dice, juntando sus manos―. El
transporte pasivo es como hacer rodar una piedra gigante por una
colina: no consume energía, ¿verdad? Y el transporte activo es como
tomar la misma piedra y hacerla rodar activamente colina arriba, lo que
consumiría mucha energía. Entonces, ¿una bomba de sodio y potasio
es...? ―Ro hace una pausa, golpeando con su uña la pizarra donde está
dibujado el diagrama grande. Tengo la sospecha de que lo dibujó ella,
sabiendo ahora lo artística que es.
―Activo ―respondo sonriendo. Puede que sea la primera vez que
respondo una pregunta en voz alta en una clase. Diablos, puede que sea
la primera vez que hago una pregunta en clase desde que tenía catorce
años.
―Qué explicación tan simplista y estúpida ―se burla Tyler, mirando
a Ro―. Parece que estás hablando con un niño.
Algunos de los estudiantes que están escuchando se ríen, lo suficiente
como para que pueda ver a Tinley levantar la vista de su charla
individual con una mesa cerca del fondo. No se mueve,
afortunadamente, pero Tyler no parece ni un poco indignado por su
atención.
―Tyler...
―Si quieres escuchar a la futura maestra de jardín de infantes con
moños en el cabello, estoy seguro de que te dará una pequeña estrella
dorada y una carita feliz en tu examen. Incluso podría tomarte la mano
mientras haces el examen. ―Una vez más, algunos estudiantes se ríen,
pero les lanzo una rápida mirada furiosa por encima del hombro que
hace callar a la mitad de los estudiantes de primer año―. Pero si quieres
aprobar, entonces necesitas algo más que lo que sea que ella acaba de
decir.
Ro se sonroja furiosamente, pero mantiene su postura erguida y no se
acobarda ante la irritante sonrisa de Tyler. Esa es mi chica.
―Aún no hemos llegado al desglose. Necesita entender este concepto
para entender el...
―Ro ―la interrumpe Carmen.
Mis ojos se cierran ante su voz, la necesidad de cerrarlos es demasiado
grande como para ignorarla.
―Si necesitara tu ayuda para enseñar, Ro, te la pediría.
―Freddy tenía una pregunta… ―dice Ro, tratando de defenderse.
Abro la boca para ayudar, pero la cierro cuando la mano de Carmen
se posa en mi hombro.
―Ahora, ¿en qué puedo ayudar?
―Nada ―digo entre dientes, deseando desesperadamente arrancarme
la piel de debajo de su agarre―. Estoy bien. Ro me ayudó.
El rostro de Ro palidece levemente ante mi brusca admisión. Carmen
me aprieta un poco, pasando su mano por las puntas de mi cabello
mientras camina detrás de mí alrededor de la mesa, hacia el frente de la
clase. Le dice algo a Ro en voz baja, reprendiéndola mientras Ro asiente,
con las mejillas rojas de humillación.
Los hermosos ojos avellana de Ro siguen mirándome, pero no se
mueve. Todos en la sala están en silencio, observando cómo mi tutora
deja que Carmen termine antes de buscar un asiento cerca del costado de
la sala.
Hay una expresión abatida en sus hombros que imita la mía,
encorvada y asustada, pero congelada en esta estúpida aula.
Espero que Carmen le diga algo a Tyler, que lo reprenda por su gran
alteración, pero no lo hace. Se pone a su lado y retoma el tema donde
hizo una pausa.
La clase termina minutos después y lo único que recuerdo es la
explicación de Ro. Quiero correr, salir rápido de esta habitación y dejar
que la energía de un sprint alivie mi hiperactividad, aunque sé que no lo
hará. En vez de eso, me quedo mientras Ro ayuda a repartir hojas de
estudio adicionales y prepara su mochila.
Tyler la observa. Carmen me observa, pero yo no quito los ojos de Ro
en ningún momento.
Finalmente, me levanto y tiro mi mochila sobre un hombro,
dirigiéndome hacia ella para ser el último estudiante en salir de la
habitación.
―Oye ―susurro, acercándome a ella y bloqueando su esbelta figura
con la mayor parte de mi cuerpo que puedo. Ella juega nerviosamente
con uno de los lazos de su cabello hasta que le agarro la mano y la
aparto―. ¿Estás bien?
―Sí, estoy bien...
―Fredderic ―espeta Tyler, acercándose sigilosamente a nosotros.
Intento bloquearlo sutilmente con mi hombro y mi altura, pero logra
captar la mirada de Ro fácilmente, incluso cuando solo me habla a mí―.
Es bueno saber que Ro te ha sido de tanta ayuda. ¿Sabes? Solíamos
apostar a que no sabías leer. ―Se ríe y sacude la cabeza, como si
fuéramos viejos amigos que comparten su humor odioso―, pero mi
apuesta era mejor: yo aposté a que te la follarías primero.
Él no baja ni un poco la voz, así que sé que Carmen escucha sus
palabras.
―A Ro le encanta ser práctica en la enseñanza, ¿verdad, RoRo? ―dice
con desdén, con un destello de arrepentimiento mezclado con odio en
sus ojos mientras la mira de nuevo―. ¿Pero acostarse con un estudiante?
Eso es bajo, incluso para ti.
―No estamos... ―Su voz es temblorosa, sus ojos se llenan de lágrimas
que intenta contener lo mejor que puede. Si no estuviéramos en el aula
de la única figura de autoridad que sé que no se pondrá de mi lado, le
daría una paliza.
―Los celos no te sientan bien, Donaldson ―le digo antes de
endurecer mi rostro hasta convertirlo en piedra―. Déjala en paz.
Me da una palmadita en la espalda y baja la voz hasta convertirla en
un susurro.
―Puede que ustedes dos sean perfectos juntos. Ella es incluso más
zorra que tú, Fredderic.
Ro se aparta de la pared y pasa corriendo a mi lado; un sollozo estalla
en sus labios mientras sale de la habitación. Hay un silencio sepulcral
por un momento antes de que mire por encima de mi hombro a Carmen,
que me observa atentamente, aunque finge estar ocupada con los
papeles que tiene frente a ella.
―No vuelvas a hablar con ella, imbécil. ―Mis palabras son cortantes
y rápidas, lo suficientemente fuertes como para que nuestra querida
profesora pueda intervenir, pero mientras no levante los puños, sé que
no lo hará―. Lo digo en serio.
―Buena amenaza, pero no te tengo miedo. ―Tyler se encoge de
hombros, como si mis palabras no tuvieran efecto―. Ella y yo estamos
lejos de terminar.
―¿Quieres jodidamente apostar? ―espeto antes de salir furioso y
echar a correr con la esperanza de alcanzarla.
No tengo que ir muy lejos. Ro está de pie junto a la entrada del baño,
en un rincón escondido, con la cabeza apoyada entre las manos.
―Rosalie ―susurro. Levanta la cabeza de golpe y sus rizos se mueven
mientras inhala con fuerza y esboza una sonrisa a pesar de sus ojos
enrojecidos y llorosos.
―Hola Freddy ―dice, secándose las mejillas―. ¿Tienes alguna otra
pregunta?
Duele su desvío, pero el límite que está trazando es claro. No somos
amigos en este momento, ni nada más: ella es mi tutora, mi asistente y
yo soy el estudiante. No puedo consolarla, tomarla en mis brazos y
abrazarla como deseo hacerlo desesperadamente.
―No, estoy bien, pero... estoy preocupado por ti.
―Estoy bien ―dice―. De verdad, no te preocupes por mí.
Asiento, como si eso la hiciera sentir mejor, arrastrando los pies antes
de agregar:
―Si hay algo que te molesta, puedes hablar conmigo al respecto.
―Estoy bien. ―Sus palabras son temblorosas en el mejor de los casos,
sus ojos se mueven rápidamente a mi alrededor―. Debería irme.
Asiento, tragándome el dolor de su rechazo inusualmente rápido.
―Okey. Está bien. Solo quiero que sepas que estoy aquí y que sé
escuchar. ―Sueno tan parecido a Archer que me duelen los dientes y
rápidamente agrego un coqueto―: Al menos cuando se trata de ti.
Sus ojos se cierran con fuerza, reprimiendo las lágrimas, y se aferra
desesperadamente a la sonrisa en su rostro.
―Buenas noches, Freddy.
Ella se va antes de que pueda decir otra palabra.
―¿Y ahora qué?
Me sonrojo y bajo mi teléfono al suelo antes de tomarlo para apagar la
pantalla. Sadie me mira de forma extraña desde donde se está sirviendo
un café descafeinado de nuestro viejo Nespresso. Son las diez de la
noche, pero no estoy cansada y sé que Sadie quiere quedarse despierta
conmigo. A pesar de lo profundamente cansada que puedo decir que
está.
Cuando me ofreció pasar una noche de chicas en el café, después de
que le confesé mi ruptura oficial con Tyler, me emocioné más de lo que
dejé ver. La he extrañado, he extrañado esto. Las noches de películas, las
risas y las sesiones de karaoke ruidosas y ridículas. He extrañado a
Sadie, pero me habría alegrado si sus hermanos también estuvieran
aquí. Son parte de mi familia Waterfell tanto como ella.
Pero este tiempo, solo entre nosotras, de chicas, está llenando mi
corazón de pura alegría.
―¿Hmm? ―pregunto, distraída por la imagen que todavía asalta mi
cerebro. Puedo apagar la pantalla del teléfono y apartarla tanto como
quiera, pero la imagen se queda atrapada detrás de mis ojos.
Matt Fredderic me envió una foto. De él mismo. Sin camiseta. Con un
tatuaje de Hello Kitty en el pectoral. Lo había visto sin camiseta, pero no
empapado de sudor. La cámara estaba enfocada hacia abajo, hacia una V
muy sugerente, solo interrumpida por los gruesos pantalones de hockey
que lleva puestos. De alguna manera, ese añadido solo lo hizo más sexy.
Y ahora estoy sudando.
―Te pregunté si quieres que te tatúe la cara ahora o más tarde
―responde Sadie con expresión seria. Lo único que oigo es “tatuaje” y
mi cara se pone roja mientras vuelvo a imaginarme a Freddy, el susurro
de sus dedos en el hueso de mi cadera, su aliento sobre mi piel. La
corona que se desvanece y que todavía está ahí.
―¿Tierra llamando a Ro-row-row? ―se ríe Sadie, sorbiendo
ruidosamente su café mientras se sienta en nuestra cama improvisada y
apaga los créditos de la película―. ¿Así o más distraída?
―No ―digo demasiado apresuradamente.
Ella hojea sus listas de reproducción de Spotify en el televisor y
finalmente selecciona una llamada apropiadamente “BOYS SUCK” y
deja que “Chiquitita” de ABBA suene en los parlantes. Me río y Sadie
sonríe.
―¿Me estás Chiquitita-ando?
―Eso no es una palabra ―argumenta Sadie―, pero sí. Seguiré
poniendo la canción más fuerte hasta que me cuentes qué pasó contigo y
Tyler.
Niego con la cabeza, pero mi sonrisa es demasiado grande para
contenerla mientras ella sube el volumen.
―Liam se pondrá triste por haberse perdido esto.
En lugar de estar de acuerdo, Sadie toma su teléfono y filma un video
de nosotras cantando, gritando las palabras y bailando, y se lo envía a
Oliver con un mensaje rápido para que se lo muestre a Liam, y dice que
los ama y los extraña a ambos. Mi corazón se encoge y se forma una
pizca de culpa porque sé que ella no está con ellos solo para hacerme
compañía.
―Estoy bien, de verdad ―digo, intentando convencerla, y tal vez
convencerme a mí misma―. Él apesta y esto debería haber pasado hace
mucho tiempo, en serio.
―No podría estar más de acuerdo.
Sonrío ante su actitud altiva, que por fin le permite mostrar su
desprecio por Tyler más abiertamente.
―No tenías por qué quedarte conmigo esta noche.
Ella baja el volumen y se desploma a mi lado, con nuestras cabezas
una al lado de la otra.
―Yo también te necesito a veces, ¿sabes? ―dice en voz baja―. Sé que
no soy la mejor en esto, pero tú eres mi mejor amiga.
Me arden mucho los ojos y la nariz, pero niego con la cabeza.
―Eres una gran amiga. ―Recuerdos de ella pasan por mis ojos, días
en los que me derrumbé por extrañar a mis papás, por el
comportamiento inestable de Tyler, por sentir que nunca sería suficiente,
y sin importar lo que estuviera sucediendo en su vida caótica y
desordenada, ella siempre estuvo ahí para abrazarme, para levantarme
el ánimo y decirme que fuera una chica ruda―. También eres mi mejor
amiga.
Nuestras manos se encuentran en el aire sobre nuestras cabezas,
nuestros dedos se entrelazan mientras su alegre lista de reproducción
continúa sonando de fondo.
―Entonces... ¿vamos a hablar de Rhys? ―La miro con el rabillo del
ojo, viendo las emociones que intenta reprimir bailar sobre sus rasgos.
Una felicidad casi vertiginosa ante la mención de la estrella del hockey,
antes de un arrepentimiento y un dolor que la encogen. No quiero que
esté triste―. ¿Ya se acostaron?
―¿Qué? No.
―¿Juras que aún no has tenido sexo con él?
Estoy bromeando principalmente, porque ya me dijo que en realidad
todavía no ha tenido sexo con su chico del hockey, lo cual es
sorprendente considerando la cantidad de veces que escucho ruidos
sospechosos provenientes de su lado del apartamento, sin importar la
hora del día.
―Es muy bueno con la boca ―dijo cuando le insistí, y mi rubor
corporal tardó un día entero en desaparecer, pero incluso sabiendo lo
satisfecho que parece estar Rhys Koteskiy con Sadie, esto no es lo normal
para ella.
Tratar de insistirle para que hable más solo termina con ella
respondiéndome con un:
―Pensé que habías dicho que no se hablara de chicos―. Mueve las
cejas. ―Si eso vuelve a estar sobre la mesa, tienes que contarme sobre El
Estudiante.
Ella pregunta por el Estudiante (el nombre de Freddy en mi teléfono)
porque, aunque no sabe quién es, me ha visto enviando mensajes de
texto a la persona misteriosa con una sonrisa demasiado grande varias
veces en Brew Haven.
Mi espalda se pone rígida, pero ella se ríe, murmurando
sarcásticamente en voz baja, antes de preguntarme sobre la tutoría de
Freddy.
―Está bien. Fácil.
―Me sorprende que necesite un tutor. ¿No se acuesta con todas sus
profesoras para sacar buenas notas? ―Ouch―. ¿O es que no tiene
ninguna profesora a la que seducir este año?
Quiero reprenderla por sus comentarios, pero no estoy segura de
cómo hacerlo. En vez de eso, me conformo con murmurar rápidamente
“Muy graciosa” mientras mi mente analiza las palabras a toda
velocidad. No es la primera vez que escucho ese tipo de rumores, pero
es la primera vez que me duele tanto el corazón. Siento que protejo a
Freddy, como siempre, pero hay una posesividad ahí que no estoy lista
para reconocer.
Pero entonces suena el teléfono de Sadie y nuestra noche de paz da un
giro brusco.

La ansiedad de Sadie es palpable, aunque se muestre firme. Nos


abrimos paso entre la multitud de cuerpos, buscando a Bennett Reiner,
que mide un metro ochenta y es de complexión robusta, así que no
debería ser tan difícil.
En cuanto el mejor amigo de Rhys llamó a Sadie por teléfono, pude
ver lo mucho que se preocupa por el chico de hockey que, según ella, es
solo un “amigo con derechos”. Ahora está en una misión de rescate,
abriéndose paso entre la gente de forma mucho más agresiva que yo, a
pesar de su complexión mucho más baja.
La música hace que las paredes retumben y se me ponga la piel de
gallina por toda la piel que tengo al descubierto. No es que no haya
llevado algo tan revelador antes; es más bien que hay una diferencia
entre mi bien combinado atuendo para “salir” y el conjunto de pijama de
tirantes y pantalones cortos de seda azul y blanco que llevo puesto
actualmente. Con un lazo blanco atado a través de mi espesa y rizada
cola de caballo y las ridículas pantuflas blancas que me puse sin
calcetines con las prisas, me siento un poco tonta.
Y muchas cosas fuera de lugar.
Veo a Tyler antes que a Sadie, retrocediendo unos pasos
inconscientemente mientras sus ojos castaños enrojecidos se fijan en los
míos. Empuja a Sadie con el hombro y siento un hormigueo en la nuca
mientras cierro los dedos en puños.
Si hay alguien que puede cuidar de sí misma, esa es Sadie, pero no
quiero que tenga que hacerlo, y menos aún con esto.
Su atención nunca me abandona, casi como si no supiera que chocó
con Sadie.
―Bonito atuendo, Ro ―espeta con voz altiva y burlona.
Casi me estremezco pero logro contenerlo.
Me coloco frente a Sadie y la mando hacia donde puedo ver a Bennett
y Freddy rondando, aunque evito cualquier contacto visual con ellos,
afortunadamente. Sé que no quiere dejarme aquí, con un Tyler borracho
especialmente, pero por su comportamiento después de la llamada
telefónica, algo anda mal.
Y ella puede negarlo todo lo que quiera, pero le gusta el capitán de
hockey (mucho), así que después de mi segunda reafirmación, Sadie va
de mala gana.
―¿Qué haces aquí, Tyler? ―pregunto, sin importarme demasiado,
pero sabiendo que si no hablo con él ahora, me seguirá y posiblemente
armará una escena.
Sobrio Tyler se sentiría mortificado si hiciera una escena, pero
Borracho Tyler siempre está intentando empezar algo. Dejé de salir con
nuestro grupo del laboratorio porque casi se peleaba casi todas las
noches después de beber una copa de más, y el patrón era agotador.
Nunca fue divertido, así que esa parte de mi experiencia universitaria
simplemente se detuvo.
―Veo que sigues con tu rabieta ―dice Tyler sonriendo, rozando mi
piel con la mirada mientras estira los dedos para jalar y estirar el fino
tirante de mi camiseta sin mangas. La seda cede demasiado y veo que
baja la mirada para ver mi pecho desnudo debajo antes de que me
aparte y cruce los brazos.
―Si querías mi atención...
Mi piel se calienta, mis ojos arden un poco ante la implicación de su
mirada y su sonrisa.
―Basta. No voy a hacer esto...
―Te dije que lo sentía ―dice con voz entrecortada, tropezando con
sus pies y empujándome contra la pared con tanta fuerza que su cadera
sacude la mesa a nuestra izquierda. No soy baja y Tyler es solo dos
centímetros más alto que yo, pero me está asfixiando a esta distancia.
Tengo la piel caliente, la nuca pegajosa por la ansiedad y la frustración
que no tengo forma de aliviar.
―En realidad, no lo hiciste ―resoplo, metiendo algunos rizos sueltos
detrás de mis orejas enrojecidas―, y no importa si lo haces. Ahora
aléjate de mí.
―No seas ridícula, Ro.
Se acerca y me agarra la cara. El gesto no es brusco, pero sí humillante.
Es casi doloroso que sea él quien haga la escena, y sin embargo sea yo
la que se quede sintiéndose como una niña castigada, avergonzada y
tratando de no llorar.
―Basta ―gruño―. ¡Quítate de encima!
Estoy segura de que mi voz es demasiado baja para cualquiera en el
ambiente oscuro y ruidoso de la fiesta, pero alguien me escucha porque
el calor del cuerpo de Tyler desaparece en el momento en que cierro los
ojos.
―¿Que está pasando aquí?
Aunque quiero hundirme en el suelo de pura vergüenza, no puedo
evitar la ola de calma que afloja mis músculos con solo escuchar su voz.
Parpadeo y Freddy está a mi lado, de pie como una especie de
amortiguador, así que incluso si está frente a Tyler y a mí, su hombro
está ligeramente inclinado para protegerme.
Tyler no aparta su mirada inyectada en sangre de mí, pero ahora
parece más trastornado y se me aprieta el estómago.
―Vete ―escupe Tyler.
Freddy chasquea la lengua, sigue sonriendo, su cabello dorado es
perfecto, su piel pálida todavía luce como si acabara de salir de la playa,
su camisa está ligeramente abierta, de modo que se ve una pequeña
parte de su pecho desnudo. Se ve perfecto una vez más, y yo me siento
aún más ridícula.
―No ―dice Freddy―. No creo que lo haga.
Y entonces su mano se extiende y agarra la barbilla de Tyler, jalando
con fuerza para que no tenga más opción que mirar al hombre más alto
y fuerte que lo sostiene. Sus ojos intentan volver a los míos, pero Freddy
lo sostiene de nuevo. Su mano parece tan grande contra la cara de Tyler
que me preocupa que pueda romperle la mandíbula por accidente.
―No voy a volver a preguntar. ¿Vamos a tener otro problema, amigo?
Tyler parece estar a punto de estallar de furia, pero en lugar de eso
intenta soltarse de nuevo del agarre de Freddy. Esta vez lo logra, pero
solo porque Freddy lo ha soltado.
―No sabía que teníamos un problema inicial, Fredderic ―Tyler corta
el apellido casi con condescendencia. Parece haberse vuelto sobrio, como
si el miedo a pelear con una estrella del hockey de un metro noventa
hubiera ahuyentado su entusiasmo.
―Oh, sí, lo tenemos ―Freddy sonríe, cruzando los brazos
casualmente mientras sus ojos pasan de mí a Tyler y viceversa.
»Más o menos así de alto ―dice Freddy, levantando la mano para
acariciar suavemente la parte superior de mi cabeza, con cuidado de
evitar mi cola de caballo―. Cabello rizado. ―Su mano se inclina para
tirar suavemente de uno de los rizos sueltos alrededor de mi cara―.
Generalmente lleva un moño ―dice esto con una risita, no burlona, sino
con pura alegría mientras su mano roza la cinta de seda en mi cabello―,
y ama sus libros sexys.
Freddy susurra la última parte, tan bajo que no creo que Tyler lo
escuche, pero no lo miro para comprobarlo. Estoy demasiado distraída
por el calor de la mirada de Matt Fredderic en mis labios, mis mejillas se
sonrojan profundamente bajo su atención.
Y por ahora no importa si esto es parte de algún enfrentamiento de
machos. La atención de Freddy se siente bien.
El momento parece alargarse y crecer entre nosotros, hasta que estoy
segura de que nos hemos estado mirando el uno al otro durante
demasiado tiempo. Alguien se aclara la garganta. Me doy cuenta de que
es Tyler, de quien casi me había olvidado que todavía estaba aquí
mientras me perdía en el verde profundo de los ojos de Freddy.
Freddy frunce el ceño mientras mira hacia Tyler, poniéndose
completamente frente a mí.
―Y todo gira en torno a que la tratas como una maldita mierda.
Por un momento, Tyler parece furioso, pero observo con el estómago
revuelto cómo su rostro cambia lentamente de furia a absoluto deleite.
―Mierda ―dice Tyler, todavía sonriendo como si hubiera ganado la
lotería, o tal vez más como el Guasón a punto de asesinar a un hospital
lleno de niños. Pasa un dedo entre Freddy y yo―. Quiero decir, sabía
que eras sucia, Ro, pero ¿en serio? ¿Esto es lo que quieres? Supongo que
hice bien en hacer esa apuesta después de todo. Me pregunto qué
pensaría la doctora Tinley...
Mientras Tyler habla, veo que cada músculo de Freddy se congela, la
furia pura se derrama sobre su expresión, que suele ser alegre y traviesa.
Es casi aterrador ver lo rápido que cambia su humor, y algo en mi
cabeza grita: “error, error, error”.
Freddy se lanza hacia adelante y agarra a Tyler por el cuello.
―Cállate la jodida boca ―espeta Freddy, tirando de mi exnovio para
estrellarlo contra la pared.
―Freddy ―mi voz suena más aguda de lo que pretendía, pero mi
corazón late muy fuerte y todos en el vestíbulo y la sala de estar tienen
la atención puesta en nosotros―. Déjalo.
Freddy cierra los ojos por un segundo, soltando a Tyler.
―¿Te estás aprovechando del zorro de la escuela para ponerme
celoso, Ro? ―me espeta Tyler de nuevo. No puedo evitarlo, pero me
estremezco y me echo hacia atrás, golpeándome contra la mesa y
cayendo de costado contra Freddy.
Es como si Tyler supiera que no puede hacer que Freddy se quiebre,
así que me dispara a mí.
Y parece que está funcionando.
―Aww, Donaldson ―Freddy sonríe, toda su personalidad se funde
en una mezcla de la furia anterior y su picardía habitual―. ¿Te preocupa
que el zorro de la escuela pueda hacer que tu chica se corra?
―¡Freddy! ―Intento gritar, pero de repente tengo la garganta
apretada, como si no pudiera respirar, así que mi voz sale ronca y
patética.
Freddy gira su cuerpo hacia mí, sus ojos escrutan mi rostro como si el
impacto de lo que dijo comenzara a inundarlo. El arrepentimiento llena
sus ojos y los cierra con fuerza.
―Princesa, espera. Lo siento...
Todo sucede demasiado rápido para que yo pueda gritar la
advertencia; la mano de Tyler se extiende y le da un puñetazo en la boca
a Freddy.
Tyler se tambalea hacia atrás y casi choca contra mí porque todavía
estoy muy cerca de ellos. La furia oscurece la mirada de Freddy mientras
mira hacia alguien entre la multitud.
―Llévensela jodidamente de aquí ―espeta Freddy, señalándome.
Unos brazos me rodean la cintura y me susurran una disculpa al oído
antes de que alguien me empuje de nuevo hacia la multitud.
Pero tan pronto como estoy a una distancia segura, los ojos de Freddy
brillan de emoción mientras se gira hacia Tyler, su boca todavía gotea
sangre mientras la limpia con una sonrisa.
―He estado esperando hacer esto durante años.
¿Años? ¿Por qué Freddy...?
Agarra el cuello de la camisa de Tyler otra vez, un movimiento que he
visto en todos los videos de peleas de hockey que he mirado en secreto,
aturdida por la sorprendente brutalidad. Su puño golpea con fuerza la
mandíbula de Tyler, cuya cabeza se golpea contra la pared antes de que
intente golpear a Freddy, pero falla.
Tyler no es un luchador, lo sé por la cantidad de veces que lo saqué de
un bar por empezar algo que nunca podría terminar, así que sé que si no
los detengo, va a ser un baño de sangre.
Levanto la vista y veo a Holden detrás de mí. No lo conozco, pero sé
que está en el equipo, así que le pregunto:
―¿Dónde está Bennett?
―Hace tiempo que no lo veo. ¿Estás bien?
―Sí. ―Apenas termino de pronunciar la palabra cuando ya estoy
deslizándome a su alrededor y abriéndome paso entre los cuerpos hacia
la única persona que sé que puede detener esto.
Dios, se siente jodidamente bien finalmente poder alcanzar a Tyler
Donaldson.
En parte porque me ha estado atormentando durante años con sus
comentarios estúpidos durante nuestras pasadas sesiones de tutoría.
Pero sobre todo por la expresión de Ro que he visto demasiadas veces.
Si me canso o me distraigo un poco, mi cerebro arroja la imagen de
ella, llorando, con los ojos rojos y las pinzas de mariposa medio salidas
de su cabello junto con otra imagen suya esperando en el frío porque él
la abandonó en un pueblo al azar a una hora de su casa.
Y no era la primera vez.
Es casi demasiado fácil evocar las imágenes mentales de otras
ocasiones en que la dejó abandonada, sola y sin mí para guiarla de
regreso.
Lanzo todo mi cuerpo hacia el siguiente, descaradamente orgulloso de
la sangre que empieza a correr por mi puño.
Al mirar hacia donde debería estar Ro, me doy cuenta de que se ha
ido. Holden sigue ahí, pero solo se encoge de hombros.
―¿Triste de que ahora no puedas mostrarle tus músculos? ―espeta
Tyler.
Él es un luchador hablador, pero a mí me encanta piar, así que sonrío.
―Estoy seguro de que estás feliz de que ella no esté viéndome
patearte el trasero en este momento. ―Le asesto otro golpe en el
costado, oyendo cómo el aire sale violentamente de su cuerpo mientras
se tambalea hacia atrás―. Además, creo que seré yo el que se ocupe de
ella después de esto.
Dos brazos gruesos me rodean el pecho y me jalan de los brazos hacia
atrás con tanta fuerza que me hace estremecer. Al mismo tiempo, veo
que Holden jala a Tyler hacia atrás por el cuello de la camisa, que ahora
está ridículamente estirado por la paliza que recibió esta noche. No
lucha contra Holden. Está claro que está perdido y no quiere seguir
luchando contra mí.
Pero él no. Se. Calla.
―¿Estás bien?
Me doy cuenta de que es Bennett el que me retiene y asiento, tratando
de relajarme para que me suelte. Especialmente cuando veo a Ro
dirigiéndose hacia mí, su expresión es una mezcla de preocupación y
enojo contenido. Como si quisiera golpearme, pero luego curarme.
Con mucho gusto la dejaría hacer ambas cosas.
―¿Estás bien? ―pregunta ella.
―Estoy bien, princesa ―respondo de inmediato, y Bennett suelta mis
brazos, refunfuñando algo en voz baja mientras da un paso atrás.
Holden comienza a acompañar a Tyler hacia la puerta, pero no lo
suficientemente rápido ya que el pequeño idiota se da la vuelta hacia
nosotros y escupe:
―Será mejor que agregues 'Contraer una ETS' a esa estúpida lista de
deseos sexuales tuya.
El rostro de Ro palidece. Quiero decirle que vi la lista, que no hay
nada de qué avergonzarse, pero ella está avergonzada, claramente
molesta, y eso es más que suficiente para mí.
Pero también quiero golpearlo de nuevo, así que me lanzo hacia
adelante. Bennett es sorprendentemente más rápido a pesar de su
tamaño y me hace retroceder.
―Detente ―me ordena, en voz baja y firme―. Holden, sácalo de aquí.
Holden hace lo que dice, pero Ro todavía parece estar al borde de
vomitar.
Pasarle mi brazo alrededor de su hombro, no parece afectarle. Aunque
limpia con paciencia mi sangre de los dos o tres golpes que Tyler me dio,
apenas respira y tiene la mirada perdida.
Cuando salimos juntos del baño, Bennett parece angustiado.
―Vete a casa. Asegúrate de que Rhys beba un poco de agua antes de
dejarlo en su habitación. Estaré ahí pronto para ocuparme de eso
―espeta Bennett, como si algo más hubiera deshilachado los límites de
su cuidadoso control.
Como si no fuera suficiente que Bennett haya manejado la triste
situación de Rhys cuando estaba borracho y haya desatado una pelea en
la sala de estar, puedo ver claramente que algo más sucedió.
Pero estoy demasiado preocupado por Ro como para preguntar, así
que asiento y tomo su mano mientras bajamos la escalera trasera y
salimos, rodeando la casa hacia el auto de Sadie estacionado en la calle.
Apenas pasamos el patio cuando intento detener a Ro.
―Princesa ―digo, pero ella ni siquiera detiene su paso―. Oye, Ro,
espera.
Deteniéndose de repente con mi mano alrededor de su muñeca, me
mira con ojos vidriosos.
―No tienes por qué avergonzarte de lo que te dijo. ―Muy sutil,
Fredderic―. Puedes hablar conmigo al respecto. No estoy... quiero
saberlo.
No es lo correcto, pero no puedo dejar de pensar en eso. No puedo
dejar de desear saber su dirección para sumar unas cuantas lesiones más
a la cuenta por hacer que Ro se sienta así.
―Olvídalo, Freddy ―suspira, apartando la mano.
Me hace sentir solo, ese hilo de abandono que se cuela en los confines
de mi mente. Intento acallar las voces que ya intentan decirme lo patético
idiota que soy. Un zorro. Un bruto.
―Rosalie...
―Te dije que no quiero hablar de eso, Matt ―espeta, y casi me
estremezco―. Especialmente no contigo.
Sus palabras bien podrían ser putos cuchillos por la forma en que
aterrizan. Serían preferibles unas rápidas patadas al estómago.
Pero en lugar de dejar que se note, asiento y deslizo una pequeña
sonrisa en mi rostro mientras caminamos hacia el auto.
El viaje es silencioso.
Ni siquiera Sadie pone música.

No esperaba una respuesta de Ro; incluso pensé que podría dejarme


con otro tutor después de mi exhibición de anoche, así que su acuerdo
de último momento para reunirse conmigo en Brew Haven me hizo
saltar de la cama y ponerme una sudadera y pantalones deportivos a la
velocidad de un rayo.
Afortunadamente, me desperté temprano, tanto como Bennett,
sorprendentemente, lo suficientemente temprano para escuchar la
conversación a susurros del pasillo y esperar hasta que la puerta
principal se cerrara para entrar.
―Te levantaste temprano.
Es más una pregunta que una afirmación, porque Bennett siempre se
levanta temprano. Parece molesto, pero asiente mientras sigue mirando
la puerta principal como si estuviera tratando de tomar algún tipo de
decisión.
―No sabía que habías venido a casa anoche, y mucho menos con un
invitado ―digo, poniéndome los zapatos junto a la puerta y atando con
cuidado los cordones blancos. Incluso ahora, casi dos meses después, es
difícil borrar el recuerdo de ese cordón entrelazado alrededor del cabello
de Ro, de cómo se enroscaba el cordón y de la sensación de los rizos
encrespados contra mis palmas.
El carraspeo demasiado fuerte que hago parece sacudir a Bennett
cuando finalmente se da la vuelta para mirarme. Lleva pantalones
deportivos para dormir, no tiene camisa y su pecho se agita levemente...
como si estuviera conteniendo la respiración en pánico.
―¿Estás bien?
―Bien ―murmura antes de subir las escaleras y dirigirse a la
habitación de Rhys para tocar con fuerza. Se oye un gemido ahogado en
la puerta, que suena como si Rhys tuviera resaca, antes de que Bennett
grite―. Jodidamente tenemos que hablar.
Y creo que esa es mi señal.
Se está poniendo frio, y cada vez más rápido. Uno pensaría que
después de casi cuatro años en el noreste ya me habría acostumbrado a
la caída de la temperatura, pero estoy temblando cuando llego a Brew
Haven después de estacionarme en la calle al final de la cuadra, y como
es una mañana de sábado deprimente, la cafetería está tan concurrida
que el pequeño estacionamiento trasero está lleno.
Suki Waterhouse suena suavemente en los viejos altavoces del techo,
“Good Looking” hace que la escena parezca casi de ensueño con la
niebla del exterior. La cola para el mostrador es tan larga que me iría si
fuera un día normal.
Pero Ro está ahí, brillando y resplandeciendo contra las cabinas de
caoba del lado izquierdo. Su piel bronceada que no está cubierta por su
enorme sudadera azul cobalto es cálida y hermosa. Su cabello es una
masa de rizos amontonados en una goma elástica sobre su cabeza,
algunos de los cuales caen sueltos alrededor de su rostro.
Cuando imagino a Ro en mi cabeza, lo que se está volviendo más
común últimamente, ella siempre está así, suave y cómoda, excepto que
su cabello está atado con mi cordón de zapato, y aún más, ella me está
abrazando...
Para.
Casi tropiezo en mi camino antes de sacudirme los pensamientos
precarios de la cabeza como si ella pudiera oírlos. Es tan brillante que no
me sorprendería que pudiera leer las mentes, especialmente la mía.
Pero no, ella todavía me sonríe tímidamente mientras permanezco de
pie, torpemente, junto a la cabina por un tiempo demasiado largo.
―Buenos días ―dice en voz baja, mientras se acomoda el cabello
detrás de la oreja, aunque inmediatamente le cae sobre la cara―. Gracias
por venir.
―Gracias por invitarme ―respondo, con una voz que iguala a la suya
en suavidad mientras acomodo mi cuerpo contra la madera. Mi rodilla
ya está rebotando demasiado rápido, así que mantengo mis manos
alejadas de la mesa para no sacudirla por completo.
―Te preparé un café. Creo que tomé tu pedido correctamente.
Creo que bebería leche podrida si ella me la hiciera.
―Gracias, Rosalie ―susurro, disfrutando ligeramente del rubor que
se le pone en las mejillas al oírme decir su nombre completo.
Solo hay un momento de silencio, antes de...
―Lo siento mucho...
―Lo siento...
Los dos hablamos al mismo tiempo antes de detenernos al unísono
para dejar que el otro hable, y luego, solo se oyen risas, risitas de ella y
risitas suaves mías. Los sonidos calman una especie de estrépito en mis
entrañas.
―Tú primero ―dice ella.
Con mucho gusto lo haré.
―Lamento lo de anoche. Es que... me dejé llevar un poco por
Donaldson. No solo por ti, Ro. Ha sido un idiota conmigo durante
años... tú... ―Me quedo callado, tratando de encontrar la mejor manera
de decirlo sin asustarla―. Me preocupo por ti, y él estaba siendo un
idiota. Ha sido un idiota contigo todo el semestre.
―Sí, lo ha sido. ―Se encoge de hombros con una pequeña sonrisa
autocrítica que hace que me duela el pecho y que mis manos se aprieten
casi hasta convertirse en puños sobre mis muslos―, pero está bien.
Gracias, de verdad, por defenderme. Lamento no haber...
De repente se interrumpe con un movimiento de cabeza.
―¿Qué?
Ro se inclina hacia adelante apoyándose en los codos y yo sigo su
postura. Incluso escondida en la cabina, en un rincón privado, quiere
que esto sea aún más silencioso.
―Tyler estaba usando algo privado en mi contra y también estaba
siendo cruel contigo, y yo solo... me doy cuenta de lo ingenua que fui.
Estaba molesta y me desquité contigo anoche, así que lo siento también.
¿Somos amigos de nuevo?
Sonrío, con el corazón demasiado lleno de la bondad de este
momento.
―¿Alguna vez no fuimos amigos, Ro? Vamos, no me asusto tan
fácilmente.
Ella se ríe, y siento como si estuviera uniendo pedazos de mí que no
sabía que estaban rotos, las partes destrozadas por mis inseguridades
con la amistad y los errores y por no ser lo suficientemente bueno para nada
de eso.
Hablamos en voz baja durante lo que parecen minutos, pero en
realidad pasan horas antes de que ella vaya a la cocina y regrese con un
desayuno completo con sus platos favoritos para que yo los pruebe.
Apenas vamos por la mitad de nuestra comida compartida cuando me
doy cuenta de que me duelen las mejillas de tanto sonreír, y ninguna de
esas sonrisas ha sido para aparentar.
Al igual que todo lo demás que respecta a Ro, es muy real.
Después de que terminamos de comer y el café está casi vacío, ella
lleva nuestros platos a las chicas detrás del mostrador; Sadie no está aquí
hoy, de lo contrario apuesto a que no me habría citado aquí ya que
nuestra conexión, nuestra amistad, todavía es algo secreta.
Pero no me importa. Siento que, por ahora, es solo nuestra. Nada que
nuestros amigos puedan manchar mientras sea solo nuestra. Todos están
muy ocupados, demasiado envueltos en sus propios dramas como para
prestarnos atención de verdad.
Ella todavía se ríe de la historia que acabo de contarle (que involucra
disfraces de la fiesta de Halloween de segundo año y un Bennett
borracho y desnudo accidentalmente, que tuvo que correr al baño
cubriéndose con una toga rota, con el trasero al descubierto) cuando
finalmente me animo a preguntarle sobre Tyler.
―Entonces... ¿puedo preguntar por Donaldson? ¿Siguen juntos o...?
―No ―me interrumpe con énfasis.
―¿Rompió contigo y te trata mal por eso? ¿Por qué? ―En cuanto
pregunto, sacudo la cabeza y levanto las manos como si me rindiera―.
No tienes que responder eso. Solo... avísame si puedo ayudarte, como
quitártelo de encima o algo así. Si te está molestando y quieres mi
ayuda, puedo mantenerlo alejado de ti. ¿Quizás aumentar el coqueteo
contigo? ¿O amenazarlo? Enviar a uno de los chicos del equipo por él, o
a varios...
Estoy divagando pero no puedo parar, así que en lugar de eso tomo
uno de los tenedores y lo hago girar en la salsa sobrante, dibujando un
símbolo de infinito y trazándolo una y otra vez.
―En realidad... sí. Tyler me está molestando. Él... ―Se detiene, se
muerde el labio y sacude un poco la cabeza para que los rizos elásticos
que rodean su rostro en forma de corazón se balanceen―. Él ya cree que
nos acostamos. ―Apenas logra decir las palabras con un profundo
rubor―. Entonces, tal vez podrías... yo, hum...
Ella me mira suplicante, como pidiéndome que rellene los espacios
vacíos.
―Entonces… ―Alargo la palabra, apoyándome sobre los antebrazos
en la mesa―. ¿Tú me quieres para…?
Aunque creo que sé lo que está insinuando, no lo diré por ella. Tiene
que ser ella quien lo pregunte.
―No te esfuerces demasiado, pero tal vez, al menos antes o después
de clase, podrías coquetear conmigo. Como sueles hacer, pero...
―¿Como un beso? ―digo un poco emocionado.
Su nariz se arruga como si lo que dije le disgustara, y por alguna
razón la reacción me hace reír.
―No, Tyler sabe que no me muevo tan rápido.
―¿Tan rápido? ―pregunto sonriendo―. ¿Eres virgen?
―¡No! ―casi grita antes de mirar a su alrededor como si alguien
pudiera oírnos en nuestro lugar apartado. Se envuelve con los brazos
para protegerse mientras estira la columna y el cuello con altivez. Una
contradicción de ansiedad y valentía que no logro descifrar. El silencio
pesa entre nosotros antes de que se desplome y se muerda el labio.
―¿Por qué? ―pregunta, con voz más suave y tranquila que antes―.
¿Parezco virgen?
Tengo que contener la respiración para no reírme porque su expresión
es devastadoramente seria.
―No soy un bebé.
Mis ojos se abren de par en par, mis caderas golpean con fuerza la
mesa mientras me esfuerzo descoordinadamente para ponerme de pie,
mis manos agarran suavemente sus brazos. Suavemente, sí, pero lo
suficiente para llamar su atención. Porque su expresión y el tono de su
voz son dolorosos.
―No, Ro. No quise que sonara así.
Ella niega con la cabeza.
―No, está bien. Quiero decir… no lo soy. He tenido sexo. Con Tyler.
Lamentablemente, lo sé porque he estado fisgoneando, pero prefiero
no oír ni una palabra más al respecto. Levanto la mano entre nosotros y
me vuelvo a acomodar en el asiento.
―Por favor, ahórrame los detalles.
Al menos cuando se trata de Tyler Donaldson. De mala gana, he pensado
en cómo podría ser bajo el contacto adecuado. En lo rápido que se
desmoronaría bajo mis manos, con la piel bronceada enrojecida y los
ojos color avellana brillando.
Alto. Alto. Alto.
Ella es tu amiga.
―Entonces, ¿qué es exactamente lo que quieres que haga?
Tyler no se presenta a clases el lunes ni el miércoles, y finalmente
regresa el viernes después de afirmar que estuvo enfermo con un virus
estomacal.
Principalmente para ocultar los moretones que le causó que Freddy le
pateara el trasero
Mis nervios llegan al punto de ebullición cuando él entra al aula y
saluda a nuestros otros asistentes -sus amigos, no los míos, recuerdo
rápidamente-, antes de girarse hacia donde estoy apilando las hojas de
exámenes.
―Ro ―dice, ocupando un poco mi espacio. Desde tan cerca puedo ver
cómo se le va desvaneciendo el amarillo de la cara y una pequeña línea
de corte en el labio. Casi me hace sonreír.
Podría saludarlo, ser amable y luego ignorarlo cortésmente, pero
incluso reconocerlo me parece peligroso, considerando la cantidad de
veces que eso me llevó de nuevo a su control.
―Demasiado cerca, Donaldson.
Resulta que no necesito tomar una decisión, ya que Freddy se acerca
desde detrás de mí para presionar una mano sobre el hombro de Tyler y
empujarlo hacia atrás.
Su falsa bravuconería se apodera rápidamente de él, pero no me
pierdo el ligero respingo de mi ex novio.
―Solo estoy hablando, Fredderic.
Doy un paso hacia atrás, sin darme cuenta de lo cerca que está Freddy
detrás de mí, hasta que mi hombro presiona el calor de su pecho.
―Preferiría que no estuvieras tan cerca cuando hablas con mi chica.
―Su brazo sube para rodear mis hombros, sus dedos trazan suavemente
mi clavícula expuesta con movimientos enloquecedoramente ligeros.
Había dicho que no lo besaría porque realmente no creía que pudiera
manejarlo, manejarlo a él, pero esto es aún peor. Siento la piel caliente,
mi suéter ancho y sin hombros de repente se siente demasiado cálido.
Tyler se ríe un poco, pero frunce el ceño de una manera que me hace
presionarme aún más contra los brazos de Matt, y su otra mano
encuentra mi cadera para estabilizar mi movimiento demasiado rápido.
―Como dije ―dice Tyler con una mueca de desprecio―. Excelente
elección, Ro. Seguramente podrá marcar todo lo que querías. Avísame
cuando hayas terminado de jugar.
No es la crítica a mí misma lo que me hace estallar, sino una extraña
sensación de protección hacia Matt. Una actitud defensiva que nunca
había sentido ante los comentarios mordaces de Sadie sobre Tyler.
―Oye ―susurra Freddy, girándome hacia él y apoyando sus pesadas
palmas sobre mis hombros―. ¿Estás bien, princesa?
―Sí. ―Asiento, resistiendo el impulso de mirar por encima de mi
hombro y ver cómo podría estar reaccionando Tyler.
Los estudiantes están entrando y parece como si todos los ojos en la
sala estuvieran centrados en el toque de la mano de Matt en mi piel
desnuda.
En concreto, la mirada de la doctora Tinley. Se aclara la garganta para
captar nuestra atención y la de la clase.
―Tengo una regla de no mostrarse en público, Ro. Tu
comportamiento es inapropiado.
Se me hunde el estómago, pero Freddy lo calma todo con un breve
gesto por encima de mi hombro hacia ella.
―Es mi culpa ―dice―. Intentaré controlarme. ―Mira a la doctora
Tinley de nuevo, con el ceño fruncido, antes de darme un beso rápido en
la frente con una sonrisa deslumbrante que casi me hace derretirme en
un charco, luego desliza rápidamente la tela resbaladiza de mi suéter
para cubrirme el hombro un poco más antes de girarse para buscar su
asiento.
Pero el efecto Matt Fredderic no desaparece una vez terminada la
clase.
Tyler no me molesta en todo el día.

El portazo de la puerta del apartamento me sobresalta lo suficiente


como para que la cuchara que tengo en la boca se caiga y golpee el suelo;
el sonido queda amortiguado por el golpeteo de pies que indican que los
hermanos de Sadie están aquí.
Salgo de mi habitación, sonriendo y saludando rápidamente a Liam
con un abrazo y a Oliver con un gesto de la mano mientras se dirigen a
su habitación, cargando su bolsa de hockey compartida.
―Duchas y a la cama ―dice Sadie antes de gritarles rápidamente―. Y
cepíllense los dientes ―mientras ellos corren.
Se ve... demacrada. Hermosa, como siempre lo es Sadie, feroz e
inquebrantable, pero se frota los ojos con las manos como si no hubiera
dormido en una semana.
―Hola ―la saludo con dulzura, colocando la cuchara en el fregadero
y sustituyéndola por dos del cajón para ofrecerle un poco del helado que
tengo en la mano.
―Hola ―responde ella, quitándose los zapatos y jalándose el moño
hacia atrás, peinándolo con fuerza con los dedos. Quiero ofrecerle
cepillarlo, sentarla en una de las sillas y tomarme mi tiempo para
desenredar los nudos y que las líneas de estrés que estropean su rostro
desaparezcan.
―¿Todo bien, Sadie?
Ella respira profundamente, se detiene en la esquina del acogedor
rincón de desayuno de nuestra cocina y sacude la cabeza.
―La verdad es que no quiero hablar de eso.
―Sí, claro. Lo entiendo perfectamente.
En realidad, no. Lo odio. La ansiedad me invade mientras intento
pensar en cada conversación que hemos tenido durante la última
semana, tal vez incluso durante el último mes. ¿Es posible que yo haya
hecho algo que la haya molestado? ¿Algo que la haga no querer hablar
conmigo sobre lo que sea que la esté molestando?
La urgencia de disculparme es casi demasiado fuerte para reprimirla,
pero logro estrangularla en mi garganta y solo asiento con una sonrisa
demasiado brillante y demasiado falsa.
Ella se gira hacia su dormitorio sin decir nada más, mientras yo digo
detrás de ella un “buenas noches”.
El apartamento se siente vacío, a pesar de estar demasiado lleno,
mientras regreso a mi habitación.
Mi teléfono vibra y el impacto es tan fuerte que casi lo dejo caer.

Mamá: ¿Cómo está mi niña? ¿Descansando bien?

Ver su texto me hace cerrar los ojos e imaginar sus brazos


rodeándome, con mi cabeza apoyada en su hombro mientras ella rasca
suavemente mi brazo de arriba a abajo con sus uñas para calmarme.
Por un momento, considero llamarla y contarle todo lo que siento: lo
preocupada que estoy por Sadie, el miedo que siento cada vez que suena
mi teléfono, los sentimientos complicados que tengo por Matt, pero en el
segundo en que las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos mientras
considero lo que podría decir, arrojo mi teléfono en un cajón y lo cierro
de golpe.
Mi mamá y mi papá son todo lo bueno que hay en mi vida. No
merecen mis quejas, se merecen mi éxito por lo mucho que han
trabajado para sacarnos adelante en los últimos siete años.
Así que me lo trago todo -una dosis saludable de ¿está enojada
conmigo? seguida de una cucharada de nostalgia y desamor, el miedo de
que nada vuelva a estar bien nunca más-, y enciendo mi máquina de
coser.
Ya es pasada la medianoche cuando me detengo, hay un montón de
ropa reutilizada esparcida por el suelo como si fuera el proyecto de una
estudiante de moda, pero la corbata está arriba. Es azul marino con el
logo de Waterfell Wolves parcheado en el extremo y letras blancas
bordadas en la parte posterior.
Cuando miro mi teléfono de nuevo, hay veinticinco llamadas perdidas
de dos números desconocidos y se me encoge el estómago. Borro las
notificaciones y dejo el teléfono en el cajón para pasar la noche, porque
incluso pensar en qué hacer con ese problema hace que me latan las
sienes con un inminente dolor de cabeza.
Me obligo a estudiar mis clases principales durante una hora antes de
quedarme dormida sobre mi edredón con un libro de texto de tapa dura
como almohada.
Mi rodilla salta tan rápido que me preocupa sufrir algún desgarro
antes de nuestro partido este fin de semana, pero el torbellino de
emociones es demasiado intenso.
Una reunión obligatoria con mi asesor, con mi profesor de
matemáticas, como si lo hubieran invitado a sentarse en primera fila en
mi fiesta de la vergüenza. Todo porque reprobé otro examen.
Mi mamá se para frente a mí como una guerrera, gritando palabras que no
entiendo a mi director y al profesor malo a quien no le gusto.
Espero en silencio, moviendo los pies hacia adelante y hacia atrás para no
sentirme “mareado”. Así es como mi mamá lo llama cuando mi cerebro empieza
a funcionar demasiado rápido y no puedo estar presente ni escuchar bien.
El auto del entrenador Ace se detiene frente a la escuela, y él me da una
rápida sonrisa y me abrocha el cinturón de seguridad antes de subirse para
llevarnos.
―Está apenas en tercer grado ―le dice a mi mamá, mientras toma su
mano―. Todo estará bien.
―Archer, deberías haber escuchado la forma en que hablaron de él, estando él
ahí mismo.
Siguen hablando, en susurros que apenas puedo entender, pero esa palabra
que repiten es confusa, así que finalmente pregunto:
―¿Qué es Dis-ca-la-lia?
Mamá se da la vuelta en su asiento para mirarme. Sus uñas, verdes con
caritas sonrientes blancas y patrones divertidos, se clavan en el cuero mientras
me dedica una suave sonrisa.
―Discalculia ―dice antes de reírse un poco. ―Es una palabra difícil, ¿no?
―Es muy difícil ―dice el entrenador Ace―. No creo que yo pueda decirla
tampoco, Matty.
Me río un poco con ellos y sonrío:
―¿Qué significa?
―A veces tienes problemas con los números, amigo. No es gran cosa, pero es
bueno saberlo para que ahora podamos hacer las cosas más fáciles.
Mi mamá asiente con la cabeza.
―Está bien, Matty.
No puedo evitar mover un poco la rodilla.
―Pero… no soy bueno con las palabras. Pensé que los números serían más
fáciles.
Me doy cuenta de que nos estamos deteniendo frente a la casa de mi mamá.
Ella se desabrocha el cinturón de seguridad y abre la puerta antes de que el auto
se detenga por completo, lo que estoy bastante seguro de que es un gran error,
especialmente teniendo en cuenta la mala palabra que el entrenador Ace casi
grita cuando pone el auto en modo de estacionamiento con tanta fuerza que me
sacudo el cinturón de seguridad.
Mi puerta se abre y el hermoso rostro de mi mamá llena mi visión.
―Eres muy inteligente, Matty, ¿de acuerdo? El hecho de que las palabras y
los números sean difíciles no significa que no puedas hacerlo. Puedes hacer
cualquier cosa, ¿entiendes? Necesito que me digas que lo entiendes.
Parece que va a llorar, y odio cuando mamá llora, así que asiento.
―Lo entiendo, mamá. Te lo prometo.
Me desabroché el cinturón justo a tiempo para que ella me abrazara fuerte y
me besara la cabeza. El entrenador Ace se unió a nuestro abrazo por un
momento antes de dar un paso atrás para que mi mamá pudiera bajarme y
tomar mi mano para entrar.
―No vuelvas a hacer eso, Els ―lo escucho susurrarle a mi mamá―. Casi me
provocas un infarto.
Pero mi mamá no le presta atención, solo me mira con una sonrisa radiante y
llena de asombro.
―Pase lo que pase, estoy muy, muy orgullosa de ti, Matty.
―¿Matthew?
Niego con la cabeza, concentrándome en el hombre que tengo frente a
mí: mi asesor, aunque no recuerdo su nombre.
Mis pies se mueven de un lado a otro, la punta de mi tenis golpea
suavemente la pata de la mesa una y otra vez mientras trato de no
rebotar mi rodilla.
Concéntrate. Te hicieron una pregunta.
―Entonces, ¿es solo matemáticas? ―pregunta, pero su tono me indica
que ya lo había preguntado. Me arden las mejillas.
―¿Que estoy reprobando? Sí, eso creo.
Alguien llama a la puerta antes de abrirla y entrar.
Mis profesores, específicamente el doctor Cipher, seguido por una
pesadilla viviente.
―Doctora Tinley ―dice mi asesor, con la sorpresa evidente en su
voz―. No sabía que nos acompañaría hoy.
Carmen sonríe, metiendo su corto cabello rojo vino detrás de las orejas
y estrechando su mano extendida.
―Acabo de terminar las calificaciones ponderadas de Freddy para
estimar su promedio semestral, así que cuando vi el correo electrónico,
pensé en pasarme por aquí.
Pasarte por aquí. Claro.
Con los puños apretados a mis costados, miro a ambos profesores
mientras se sientan frente a mí en la mesa de la sala de conferencias.
―Pensé que esto era específico de matemáticas ―logro decir, pero mi
tono es lo suficientemente brusco como para que Carmen parezca recibir
un golpe―. Voy a aprobar biología. No necesita estar aquí.
Ahora hay tensión en la sala y me arrepiento inmediatamente de mis
palabras y de la atención que estas podrían atraer, pero mi deseo de que
ella no esté aquí es notablemente mayor que el de que se descubra algo
desagradable sobre sus relaciones con los estudiantes.
―Freddy ―dice, aclarándose la garganta y sentándose un poco más
erguida con su elegante saxo―. No estoy aquí por motivos negativos. En
todo caso, estoy aquí como defensora.
Sí, y soy un físico ganador del Premio Nobel. Reprimir la risa incrédula es
una hazaña física.
―Como sea. ―Me encojo de hombros, inclinándome hacia adelante,
pero moviendo la rodilla un poco más fuerte debajo de la mesa para
ocultar la energía que se arremolina en mi cuerpo hacia algún lado,
porque no hay nada en esta mesa con lo que pueda jugar―. Terminemos
con esto de una vez.
El doctor Cipher se aclara la garganta y reparte cuidadosamente los
papeles de su carpeta, fotocopias de mis dos últimos exámenes fallidos.
Carmen se ocupa de morderse las uñas, pero con el rabillo del ojo veo su
mirada preocupada recorriendo mi examen y luego mi rostro.
Siento como si unas uñas me arañaran la piel y cierro los ojos para
respirar.
― Como puede verse, el señor Fredderic va a reprobar otra vez ―dice
el doctor Cipher con toda claridad. Ha sido un imbécil todo el semestre
y estoy bastante seguro de que nunca se ha molestado en mirar mi
expediente, teniendo en cuenta que no he tenido ni un minuto de tiempo
extra para nada.
No es que el tiempo extra fuera de ayuda. Incluso con la ayuda de mi
mamá y Archer, apenas había logrado graduarme de la preparatoria.
Ahora... miro a mi alrededor nuevamente.
Ahora que estoy solo, no hay manera de que pueda lograr ni siquiera
eso.
Alguien toca a la puerta, fuerte e impaciente, interrumpiendo lo que el
doctor Cipher estaba diciendo.
Mi asesor mira a su alrededor y finalmente se dirige a abrir la puerta,
aparentemente molesto por la interrupción. Más aún cuando la abre y
descubre a la extraña pareja en la entrada.
El entrenador Harris, con expresión severa y los brazos cruzados, y
frente a él, vestida con una aglomeración de verde claro como si fuera la
primera semana de primavera y no mediados de octubre, está Ro.
Ro con el cabello trenzado hasta la mitad, su característica cinta en lo
alto de la cabeza y rizos elásticos como un halo alrededor de su rostro,
también seria, haciendo juego con mi entrenador como una táctica de
intimidación.
―Estamos en medio de una reunión...
―Creo que se supone que debemos ser parte de esto, señor Hibberd.
―Ahora recuerdo su nombre. Ella empuja suavemente la puerta y entra
a la habitación sin su permiso, sin ver la mirada fulminante que el
entrenador Harris le lanza al hombre en su nombre.
―Señorita Shariff, creo que le dije en mi correo electrónico que su
presencia no era necesaria hoy.
Señorita Shariff. El nombre me hace sonreír, pero el orgullo se nota. En
su sudadera hay un gatito jugando con una bola de hilo verde que
combina con el color de sus pantalones de lino, que parecen un poco
como los pantalones de una pijama. Está vestida exactamente como ella
misma y sigue defendiéndome frente a un grupo de imbéciles
universitarios estirados.
De manera un poco absurda, quiero tomar una foto. Tal vez enviársela
a Tyler con las palabras “vete a la mierda”.
Ro examina la habitación brevemente, su compostura solo se quiebra
para guiñarme un ojo rápidamente mientras se acomoda a mi lado, antes
de colocar una carpeta gruesa sobre la mesa.
El entrenador Harris me da una palmadita y me aprieta el hombro
mientras se pone de pie a mi otro lado.
―Sí, lo hizo. Sin embargo, según la política de la escuela,
considerando que el señor Fredderic es un estudiante atleta que tiene
una beca deportiva, se alienta a su entrenador a asistir, aunque no se le
solicite con frecuencia. También soy su tutora asignada por la escuela
para el semestre y, por lo tanto, también debería estar presente.
El señor Hibberd parece frustrado, lo que casi me hace sonreír.
Ro reparte los paquetes que tiene en su carpeta. Me doy cuenta de que
están resaltados y con pestañas cuando me entrega una copia también.
Carmen le dedica una sonrisa, pero parece un poco forzada. Ro no
parece darse cuenta, o si lo hace, no le importa, y de alguna manera, eso
me hace sentir aún mejor.
Ya no doy vueltas. Me da paz saber que el entrenador me respalda,
saber que Ro está aquí para defenderme.
―Matt Fredderic tiene documentación sobre su TDAH, dislexia y
discalculia. He estado dando clases particulares durante cuatro años
aquí en Waterfell, específicamente con estudiantes con TDAH y dislexia,
pero este es mi primer estudiante con discalculia.
Ella pasa la página y todos en la sala siguen su instrucción.
―Tengo registros de su asistencia como tutor desde su primer año.
Ha logrado mantenerse dentro de los límites de elegibilidad durante tres
años, reprobando solo dos materias, una de las cuales está en medio de
repetirla o aprobarla. ―Ro hace un gesto rápidamente hacia Carmen
Tinley, quien asiente levemente y se relaja en su silla, estoy segura de
que admira a Ro de la misma manera que yo.
El señor Hibberd interrumpe bruscamente:
―Sabemos de su éxito en biología, señorita Shariff, pero esa no es la
preocupación. El señor Fredderic está reprobando su único crédito de
matemáticas.
―Él es estudiante de comunicaciones.
El señor Hibberd frunce el ceño.
―¿Y qué?
―Entonces, ¿por qué lo estamos torturando? ―Pasa a otra hoja, llena
de notas adhesivas de color violeta en los paquetes de todos―. Se trata
de diez casos de estudiantes comparables que sustituyeron un curso de
pensamiento crítico por matemáticas en casos de discalculia. Creo que
no solo es una opción viable para Matt, sino que creo que es la única
opción que esta escuela puede ofrecer sin iniciar una investigación
interna sobre el manejo de las diferencias de aprendizaje y las
adaptaciones que no se han informado, ni ofrecido en este caso.
La sala entera se queda en silencio, mientras mi alegría se siente casi
tangible.
Nadie, desde mi mamá, me ha defendido con tanta fiereza.
Creo que estoy enamorado de ella, no románticamente, pero sí a un
nivel espiritual. Me siento entregado a ella.
Cuando nadie habla, Ro se aclara la garganta y se levanta de nuevo,
solo para entregar otra hoja, esta vez sobre los cursos de pensamiento
crítico en línea que se ofrecen y sus costos para la escuela.
―Matt es un estudiante brillante y talentoso. Cuando se le ofrecen las
adaptaciones adecuadas, progresa. Sería muy decepcionante ver que
esta escuela le fallara en eso.
Ella me sonríe de nuevo, apretándome el hombro con sus delicados y
finos dedos. Tengo que resistir la tentación de abrazarla y hacerla girar
por la habitación.

Camino sobre nubes mientras salimos de la sala de conferencias, con


el número de registro para mi nuevo curso de reemplazo apretado en mi
mano mientras sigo a una Ro que pisa fuerte como un cachorro perdido.
―Es ridículo ―murmura―. La forma en que te tratan es absurda.
¿Han sido así contigo todo el tiempo?
Ella no espera mi respuesta antes de continuar pisando fuerte sobre el
pasto verde, el viento libera algunos de sus rizos hasta que se ve un poco
más desordenada, más suave, y no puedo dejar de mirarla.
―¿Acusarte de no esforzarte? Dios, me siento insultada. ¿Me
respondes por eso? No saben nada de ti.
Ro se gira hacia mí y me señala la cara con el dedo.
―No escuches ni una sola palabra de lo que dijeron. Eres muy
inteligente y amable y estoy orgullosa de ti, así que... ¡A la mierda con
ellos! De todos modos, eres mejor que todos ellos, Matty, y más
inteligente también.
Debería reír, pero no puedo respirar.
Matty. Se derrama sobre mi piel como calidez y consuelo. Como mi
hogar.
Siento como si mi alma entera se estuviera fracturando y ella no tiene
idea, sigue pisando fuerte por el estacionamiento hacia lo que ahora me
doy cuenta que es su auto, y todavía la estoy siguiendo.
―Lo siento, es que… ―gruñe un poco y sacude la cabeza―. Ya
terminé. Lo juro.
―Puedes seguir ―balbuceo―. Me gusta que te enojes por mí.
Ella sonríe y se ríe un poco, inhalando profundamente y exhalando
lentamente, como para calmarse.
―Estoy muy enojada por ti, pero sé que tienes que hacer un trabajo y
te preparé algo.
Abre la puerta del auto, saca una pequeña bolsa de regalo y me la
entrega tímidamente.
―Es una tontería, pero quería hacerte algo para tu primer partido
fuera de casa este fin de semana y el comienzo oficial de tu última
temporada, así que... ―Se encoge de hombros otra vez, y todo el fuego
de antes parece disiparse en timidez.
Eso me hace abrir la bolsa más rápido y sacar un trozo de tela azul
sedosa. Es una corbata, bordada con el logo de los Wolves y mi número
en cursiva con una estrella.
―¿Una estrella?
―Vas a jugar para Dallas, ¿no? Pensé que sería de buena suerte. Es...
―Es el mejor regalo que he recibido jamás. Jamás, Rosalie. ―La
aprieto contra mi pecho sin dudarlo, besando su cabeza y apoyando mi
mejilla ahí mientras nos balanceamos hacia adelante y hacia atrás―.
Gracias.
En realidad, ha pasado mucho tiempo desde que hice algo tan
impulsivo, pero después de la reunión de ayer (y del regalo que llevé
como una joya preciosa a mi habitación esa misma noche, mientras
trazaba y volvía a trazar el bordado), quiero hacer algo por ella.
Así que encontré el lugar perfecto para llevarla hoy. Por supuesto,
preguntarle su horario o incluso si estaba libre con anticipación podría
haber sido una mejor opción, pero después de descubrir lo cerca que
estaba la tienda, apenas pude dormir de la emoción.
Me estaciono afuera de su dormitorio e intento llamarla, pero va
directo al buzón de voz.
Mi ceño se frunce mientras opto por un texto.

Freddy: ¿Puedes salir un minuto?

Agrego algunos emojis hasta que se ve un poco ridículo. Su teléfono


está en modo No molestar, pero una vez que lee el texto, la notificación
desaparece y ella se pone a escribir.

Princesa: ¿¡Estás en Millay en este momento?!?!?!


Es su voz en mi cabeza mientras leo el texto lentamente. Sigue
escribiendo durante un largo rato, quizás demasiado para mí, antes de
que aparezca una nota de voz.
A menudo nos enviamos notas de voz en lugar de mensajes de texto.
Ella empezó a hacerlo, pero a mí también me encantan. No solo es más
fácil para mí y más rápido cuando tengo prisa, sino que me he vuelto
adicto al sonido de su voz.
Algunas veces, cuando tengo que irme todo el fin de semana o
perderme una sesión de tutoría para practicar dos veces al día, y
especialmente cuando debo estudiar para un examen que se aproxima,
ella me envía archivos de audio para repasar los temas que me perdí.
Estoy seguro de que los chicos del autobús del equipo piensan que la
música que retumba en mis oídos es pacífica y tranquilizadora, pero es
la voz de mi chica favorita en el mundo.
―Hola ―dice, alargando la palabra y sonando como si tuviera la boca
llena mientras se aleja del teléfono y regresa―. Supongo que esto es más
fácil, pero ¿qué estás haciendo fuera de los dormitorios? Terminaste la
práctica hace como… ―hace una pausa―, menos de diez minutos. Eso
es una locura.
Una risita y luego:
―Bueno, ya voy. Déjame buscar mis pantalones. ¡Okey, enseguida
voy!
Se oye un poco de ruido antes de que termine la grabación y estoy
radiante, sonrojándome un poco por la imagen inesperada de Ro sin
pantalones, que sacudo la cabeza para despejarme.
Justo a tiempo al parecer, sale una chica con una linda sudadera
lavanda y una falda de tenis blanca plisada que baja saltando y
corriendo las escaleras de Millay hacia mi auto parado con las luces
intermitentes puestas en la acera.
La misma acera donde la dejé la noche que ella no recuerda.
Pienso que sería muy fácil amarte.
Ella se detiene en la ventanilla bajada del lado del copiloto, se inclina
mientras se levanta de puntillas y me sonríe.
―No pude encontrar pantalones ―dice antes de morderse el labio y
sacudir la cabeza como si eso no fuera lo que planeaba decir.
―Ya vi ―digo, moviéndome en mi asiento―. ¿Lista para irnos?
Sus ojos color avellana se abren de par en par.
―¿A dónde vamos? ¿Tengo que llevar algo?
―Ven, tú solo súbete, Ro. Tenemos lugares a donde ir.
Ella accede fácilmente, abriendo la puerta chirriante y deslizándose en
el asiento.
No me pregunta a dónde vamos, solo conecta su teléfono al cable
auxiliar como si estuviera cómoda aquí conmigo. Como si hubiera hecho
esto un millón de veces, y se recuesta contra el reposacabezas mientras
suena “Dizzy on the Comedown” de Turnover y mantengo las
ventanillas abajo y me alejo de la acera.

Ro no puede pronunciar palabra, está congelada por el shock,


mientras la miro con una sonrisa tan grande que duele.
― Podremos entrar cuando estés lista.
―¿Cómo encontraste esto? ―Su voz es un susurro suave, aunque solo
estamos nosotros y la radio del auto sigue reproduciendo música de su
teléfono como ha sucedido durante el trayecto de una hora. No me
preguntó nada ni una sola vez, ni siquiera me preguntó a dónde vamos.
Ni siquiera me pidió una pista. Su confianza es estimulante.
Me encojo de hombros.
―Investigué un poco. ―Pasé toda la noche buscando algo que pudiera
demostrarte, aunque fuera un poco, mi agradecimiento por lo que has hecho por
mí―. Pensé que te gustaría.
Con los ojos bien abiertos, sigue mirando el edificio amarillo
descolorido aplastado entre las fachadas de ladrillo rojo. El toldo tiene
rayas verdes y blancas, con un viejo cartel rosa que dice In a Clinch.
Pintado en la ventana están las palabras Sweet, Spicy & Vintage Bodice
Ripper Romance.
Ro se tambalea un poco al entrar en la puerta principal y yo agarro la
manija de latón suelta para abrirla. El olor a libros viejos se mezcla
ligeramente con leves notas de té, café y mantequilla del pequeño café
que está en la parte de atrás.
Sé que está ahí porque llamé al propietario.
Sorprendentemente, la librería In a Clinch tiene poca presencia en
línea. Opal, la propietaria, es también la fundadora, cuyo número
encontré en una página de negocios casi vacía después de buscarla. Fue
amable y dulce al responder todas mis preguntas, y me ofreció
información más que suficiente para saber que el viaje con Ro valdría la
pena.
Solo la reacción de Ro al ver la pequeña librería es suficiente para
alimentarme toda la vida.
Sus dedos recorren las ediciones especiales envueltas en plástico que
se exhiben junto a la puerta, mientras suena música de violín en los
altavoces. Observa algunas ediciones firmadas que se encuentran en la
parte delantera antes de caminar hacia los libros usados que se
encuentran en la pared del fondo.
―Oye, Ro ―le digo, para captar su atención―. Hay una cafetería en
la parte de atrás. Voy a buscarnos un café y un té chai si tienen, ¿okey?
Tómate tu tiempo para echar un vistazo.
Ro asiente distraídamente mientras sus ojos continúan recorriendo la
habitación.
En el fondo encuentro a Opal, una mujer de cabello blanco con un
vestido con flores pastel y actitud amable. Hablamos en voz baja,
desesperados por preservar la calidad onírica del tiempo de Ro.
Una vez que Ro termina, con una gran pila de libros en sus manos, se
une a nosotros. Opal habla con entusiasmo de sus elecciones, libro por
libro, antes de ofrecer algunas sugerencias propias. Están fascinadas la
una con la otra.
―¿Tú creaste este lugar? ―le pregunta Ro, felicitándola por cada
pequeño detalle. Opal sonríe y sacude la cabeza, agarra un marco de
fotos de la caja registradora y lo coloca entre nosotros.
―Sue ―dice, y señala a la mujer alta y pelirroja de la foto, que lleva
un labial color borgoña brillante―. Ella construyó este lugar para mí.
Sus papás se lo dejaron como un pequeño café, una tienda de refrescos.
A las dos nos encantaba leer, nos encantaban las novelas románticas, así
que cuando me mudé a Nueva York para intentar convertirme en
escritora, ella lo convirtió en una librería. Cuando finalmente salió mi
libro, fue un fracaso, pero casi fue un éxito de ventas aquí, gracias a ella.
»Me mudé de nuevo a casa y compramos una cabaña juntas. Seguí
escribiendo y ella siguió ampliando la tienda. No prosperó mucho,
pero... quiero mantener este lugar abierto todo el tiempo que pueda. Por
su memoria.
―Te hace sentir más cerca de ella. ―Las palabras salen de mi boca sin
que yo quiera, pero Opal asiente y sonríe, dándome una palmadita en la
mano sobre la mesita de madera.
―Exactamente.
Opal nos despide. Yo acordé con ella el pago por adelantado, así que
Ro ni siquiera tuvo la oportunidad de intentar pagarlo.
Amontono sus copias, algunas nuevas y otras viejas, en la bolsa de
tela que también compramos, coloco la bolsa rosa pastel sobre mi
hombro y me dirijo hacia la puerta con Ro detrás de mí. Ella me asegura
que está lista para irse cada vez que le pregunto si quiere quedarse un
poco más cuando la descubro demorada.
―Esto es… lo mejor que han hecho por mí ―dice prácticamente
flotando mientras me sigue―. En serio… no puedo creer que este lugar
exista.
Riendo, le abro la puerta del auto y luego la puerta trasera para poder
apilar sus libros con cuidado en el asiento. Subo y pongo en marcha el
auto y le sonrío de nuevo.
―Me alegro que te haya gustado.
―Probablemente eso te aburrió mucho ―dice, distraída, mientras
saca su teléfono y toma una foto de uno de los libros que tiene cerca.
Una edición prístina que reconozco como la que me mostró antes. Su
teléfono suena con un tono de llamada fuerte antes de que lo corte con
un doble clic e intente tomar la foto nuevamente.
Niego con la cabeza.
―Para nada. Verte mirar con aire soñador a hombres sin camisa en las
portadas de los libros puede ser mi nuevo pasatiempo favorito. Además.
―Me encojo de hombros y aparto la mirada de ella―. Puede que haya
tomado algunos CD de audiolibros mientras estábamos ahí, así podría
leer tus favoritos.
Marcado en fuego, es lo suficientemente antiguo para que mis opciones
fueran una cinta de casete para la que no tenía sistema o un CD que
Opal logró sacar de su pila de donaciones.
Parecía cosa del destino.
Meto la mano en la guantera, rozando con mi brazo su muslo
expuesto, para sacar el estuche verde salvia del CD y entregárselo.
Ella arroja su teléfono en un portavasos (una foto de Sadie, Liam,
Oliver y Ro, todos haciendo muecas, ilumina la pantalla) mientras toma
el CD y lo examina con una risa incrédula.
―No hay manera...
Las vibraciones persistentes del celular atraen mi atención hacia el
portavasos mientras tomo la carretera secundaria de dos carriles para
evitar el tráfico de la autopista. Un número desconocido con otro código
de área que no reconozco aparece en la pantalla de Ro. Suena un par de
veces y luego desaparece, pero Ro está demasiado distraída.
Lo ignoro, pero vuelve a empezar, y otra vez, desde un nuevo número
cada vez.
―Alguien te está llamando otra vez ―digo, aunque de manera inútil,
mientras me rasco la nuca y me detengo en un semáforo en rojo.
Ella se sonroja y aparta el teléfono.
―No es nada, déjalo.
Molesto por su tono despectivo, aunque hay un miedo evidente en sus
ojos, sintiéndome un poco infantil, agarro el teléfono y lo giro hacia mí.
Deja de sonar y veo que los hombros de Ro se tensan como si estuviera
esperando que se reinicie.
Ahora lo tengo en la palma de la mano. Inmediatamente después, otro
número llama dos veces.
El teléfono está bloqueado, pero las notificaciones se desplazan y hay
un sinfín de llamadas (unas cinco o seis de cada número, todas con
distintos códigos de área).
Me siento un poco enfermo al desplazarme por la lista aparentemente
interminable. Todo de los últimos dos días.
―¿Son, no sé, llamadas fraudulentas? ―pregunto, sabiendo
perfectamente que no lo son, pero teniendo problemas para atar
cabos―. Ro, ¿quién te llama desde todos esos números?
―Matt ―dice, con el labio inferior tembloroso―. La luz está en verde.
El menor de mis problemas, pienso, pero entro en el estacionamiento
vacío de una lavandería cerrada justo al lado de nosotros y pongo el
auto en parking.
―¿Qué pasa, Ro?
Ella levanta las manos como si quisiera alcanzarme, pero también
quiere protegerse. Se conforma con abrazarse por la cintura y se me cae
el estómago.
―Él lo hace para molestarme...
¿Él?
―¿Tyler? ―pregunto, con un poco de incredulidad en mi tono―.
¿Todos estos son él?
―Por lo general. ―Asiente de mala gana, como si fuera ella la que
estuviera haciendo algo mal.
―Rosalie, esto es acoso, es ilegal, tienes que denunciarlo.
―No me hizo daño, a veces lo hace cuando intenta llamar mi
atención. Sigue creando más perfiles en línea o usando otros números.
No sé qué se supone que debo hacer. ―Su voz se quiebra y siento que
no puedo respirar.
―Princesa ―digo con voz ronca, que apenas logra escapar de la
tensión de mi garganta. Abro la puerta del auto y doy la vuelta
alrededor del vehículo, abriendo la puerta de un tirón con demasiada
fuerza―. Ven aquí.
Ella sale del auto y se derrite en mis brazos. La aprieto demasiado
contra mí, dejando besos en sus rizos mientras froto círculos en su
espalda y me trago la furia y la ira que recorren mi cuerpo.
El teléfono suena de nuevo y no puedo evitar agarrarlo, alejándome
de su cuerpo acurrucado para que mi furia no la contagie.
―¿Qué demonios quieres, idiota?
La pausa es larga, prolongada, antes de que una voz que reconocería a
ciegas diga:
―¿Este no es el número de Ro?
―¿Rhys?
―¿Freddy? ―se atraganta.
Estoy lo suficientemente lejos de Ro como para que no pueda oírme,
pero puede ver la preocupación confusa en mi rostro.
―¿Qué? ¿Qué pasa? ―pregunta, acercándose a mí.
Me muerdo el labio, desesperado por calmar su ansiedad.
―Estamos, eh, estudiando en este momento. ―Tomo el micrófono
como si pudiera bloquearlo y le susurro a Ro―: Es solo Rhys, princesa,
puedo encargarme de eso. ―Luego, volviendo a Rhys, le digo mi
principal preocupación: ¿por qué diablos estás llamando a Rosalie?
―¿Por qué estoy…? ―Su irritación coincide con la mía―. Sadie
quiere que le lleve a sus hermanos a Ro, a la residencia de estudiantes.
Esta vez ella lo escucha y no puedo evitar que la culpa la invada, así
que me rindo y le entrego el teléfono.
―Hola. Lo siento, he tenido problemas con las llamadas de spam.
―Aprieto los puños y tenso la mandíbula―. Hum... puedo... ―Mira a
su alrededor, como si de repente hubiera recordado lo lejos que
estamos―. No volveré hasta dentro de unas horas. Maldita sea.
Rhys dice algo en su habitual tono reconfortante. La tranquiliza, y
odio la irritación que surge inconscientemente hacia mi amigo. Rhys y
Bennett son la calma en tu caos. ¿Cómo podrías tú tranquilizarla?
La llamada telefónica termina y ella me mira lentamente.
―Creo que deberíamos irnos a casa.
Mis ojos se cierran mientras acepto, a pesar del dolor en mi corazón
que quiere dar la vuelta con el auto, llevarla de regreso a esa pequeña
librería de colores pastel y mantenerla alejada de todo lo que le duele.
Es una noche tranquila de jueves, mi tipo favorito, porque estoy
cuidando a Oliver y Liam.
No me importa cuidar a los hermanos de Sadie, pero esta noche estoy
muy emocionada porque Sadie va a pasar la noche con Rhys Koteskiy.
Estoy emocionada por ella, como si yo fuera la que tiene una cita
caliente.
Los chicos están estirados entre el sofá y la cama de almohadas en el
suelo mirando la película animada que Liam eligió esta noche; Oliver
elige la siguiente. Hay materiales para colorear y manualidades tiradas
por todas partes, una vista desordenada y acogedora. Se siente como
estar en casa.
Un golpe en la puerta hace que todos nos miremos unos a otros antes
de que finalmente me dirija a revisar la mirilla; mis ojos se iluminan al
ver a Matt Fredderic al otro lado de la puerta de mi dormitorio.
―Vengo con regalos ―dice, levantando la caja de pizza en su mano
mientras me sonríe en el momento en que abro la puerta.
―Freddy ―me dejo caer contra el marco de la puerta y me muerdo el
labio―. Ahora no es un buen momento.
Sus mejillas se sonrojan mientras su actitud se desinfla como la de un
cachorro pateado.
―Ah, cierto. Lo siento, no sabía que tenías a alguien...
―¿Pediste pizza? ―pregunta Liam, entrando en el marco y mirando a
Freddy con los ojos muy abiertos. Liam me mira con una ceja enarcada
después de terminar su examen rápido―. ¿Asustaste al repartidor de
pizza? Sadie siempre asusta al repartidor de pizza.
Me río y sacudo la cabeza.
―No, este es mi amigo, Freddy. Freddy ―agarro a Liam por los
hombros y lo atraigo hacia mí―, este es Liam, el hermano de Sadie.
―Hola. ―Sonríe tímidamente.
―¿Quieres entrar?
―Sí ―exhala y cruza el umbral.
Siguiendo a Liam hacia la sala de estar, escucho a escondidas mientras
Freddy responde todas las preguntas burbujeantes del niño de seis años:
―¿Estás en el equipo de hockey? ¿Rhys es tu mejor amigo? ¿Marcas todos
los goles? ―La última pregunta siguió rápidamente con―: De ninguna
manera eres mejor que mi hermano. Su nombre es Oliver. ―Señala a su
hermano innecesariamente.
Freddy le sonríe al estoico niño de doce años.
―¿Sí? ¿En qué posición juegas?
―Solía jugar de extremo, pero ahora estoy en la línea defensiva ―se
encoge de hombros―. Soy el más grande de mi equipo.
Él no es arrogante, solo afirma un hecho.
Liam irrumpe y dice:
―Sí, y el entrenador Max dice que tiene... hum, ¿cómo lo llamaste?
―Instintos protectores. ―Oliver se sonroja un poco y aún tiene el
ceño fruncido. Se parece a Sadie, cabello castaño oscuro y ojos grises,
pero aún más con su piel ligeramente pecosa enrojecida por la
vergüenza y la arruga entre las cejas.
Agarro una pila de platos de papel del estante alto de la cocina y me
uno a ellos en la sala de estar, donde Freddy está inclinado sobre Liam,
que ahora está sentado sobre las almohadas que pusimos en el suelo,
para abrir la caja de pizza.
Pizza de todos los sabores, porciones de distintos tamaños unidas
para formar una pizza entera que no combina entre sí.
―¿Qué pasa con esta pizza tan variada? ―pregunta Oliver,
frunciendo un poco el labio ante la variedad completamente aleatoria de
porciones que hay en la caja.
―Buena palabra, Ollie ―lo elogio en voz baja mientras paso.
―Son las sobras de la cena del equipo de hockey en casa de los
Koteskiy ―dice Freddy, aclarándose la garganta―. Pensé que era dulce,
pero ahora que lo miro, es simplemente extraño y un poco asqueroso.
Su mano se curva alrededor de su nuca, rascándose y acariciando sus
ondas doradas. Se sienta con su amplia espalda hacia la cocina, con Liam
a su derecha, mientras Oliver agarra otra botella de agua para su
hermano.
No puedo resistirme a tocar a Freddy, y mientras coloco la pila de
platos en la mesa de café, me estiro para jugar con su cabello y alejar su
mano.
―Es muy raro y un poco asqueroso ―repito en tono burlón―. Me
encanta.
Él se relaja, mirándome orgulloso.
―¿Sí?
―Sí ―asiento. Cuando empiezo a alejarme, su mano recorre mi
pantorrilla expuesta, apretándola suavemente antes de dejarme
alejarme.
La piel de gallina que se siente después de su toque persiste mucho
después de que me siento en las almohadas del piso de mi lado de la
mesa de café y tomo el control remoto para reiniciar la película.

Liam se queda dormido menos de una hora después, desplomado


ligeramente sobre el bíceps de Freddy. La estrella del hockey, que suele
estar inquieta, no mueve ni un músculo hasta que me levanto y me
ofrezco a llevar a Liam.
―Puede dormir en la cama de Sadie por ahora. No he desenrollado
los colchones.
Freddy arruga el ceño ligeramente antes de susurrar:
―¿Está bien si lo cargo?
Pero no me lo pregunta a mí, sino a Oliver, que está a su derecha. El
mayor de los hermanos de Sadie asiente y siento un nudo en la garganta
cuando Matt Fredderic coloca la palma de la mano contra la nuca de
Liam y lo inclina hacia adelante para que pueda pararse con el niño de
seis años ya acunado en sus brazos. Camina con paso ligero hacia la
habitación de Sadie y mueve su pequeño cargamento para abrir la
puerta con facilidad.
Me giro para decirle algo a Oliver, pero un fuerte e incesante golpe en
la puerta me interrumpe.
―¿Probablemente la asistente de residencia? ―le digo a Oliver, que se
ha encogido de hombros en respuesta al sonido abrupto. Sin embargo,
no debería ser la asistente de residencia, porque le di clases particulares
todo el año pasado de forma gratuita a cambio de que “no me hicieran
preguntas” sobre las frecuentes visitas de los hermanos de Sadie.
―Ro ―un gemido bajo resuena a través de la puerta cuando me
acerco. Una voz que conozco lo suficientemente bien como para que se
me revuelva el estómago.
Oliver está a mi lado y me pone la mano en el brazo para detenerme.
―Tal vez no deberíamos abrirle.
Los golpes comienzan de nuevo y trato de esbozar una sonrisa
convincente por el bien de Oliver.
―Está bien, Oliver. Te lo prometo. ¿Por qué no vas a ver cómo está tu
hermano?
Niega con la cabeza con firmeza.
―Estaré justo aquí.
Dios, casi me trago la lengua. Tal vez si no la abro y lo dejo tocar toda la
noche. Eso resulta aún más perturbador para los dos niños que necesitan
seguridad y protección, y este pequeño dormitorio es uno de los únicos
lugares donde tienen eso todo el tiempo.
Entonces abro la puerta un poco.
Tyler casi se cae sobre mí y cruza el umbral. Está borracho, con los
ojos vidriosos y la cara roja, apestando a alcohol.
―Ro ―dice con desdén, agarrándose de mis brazos para mantenerse
en pie. Lucho un poco, pero me quedo paralizada cuando recuerdo que
tenemos público.
―Oye, retrocede ―grita Oliver, empujándose hacia adelante para
defenderme.
Pero antes de que pueda hacerlo, Freddy agarra el hombro de Oliver y
lo jala hacia atrás con suavidad. Freddy avanza, protege a Oliver y jala
con facilidad de Tyler para alejarlo de mí y colocarlo contra la puerta
ahora cerrada. Como si no pesara nada frente a la ira de Freddy.
―¿Quieres otra pelea conmigo, Donaldson? ―Suspira un poco,
jalando el cuello de la polo de Tyler.
―Vete a la mierda ―gruñe Tyler arrastrando las palabras―. Estoy
aquí para hablar con Ro.
―Para ser un tipo inteligente, eres un completo estúpido ―se ríe
Freddy antes de que su voz se vuelva más aguda―. Aléjate de Ro. Deja
de llamarla, deja de usar números falsos. Déjala. En. Paz. ¿Quedó claro?
―¿O qué?
Freddy lo jala hacia adelante y lo golpea contra la pared nuevamente,
un poco más fuerte.
―O voy a conseguir una transcripción del registro de llamadas y
mensajes de texto de Ro para enviársela a Adam Reiner como pedido de
un favor.
La mención del papá de Bennett hace palidecer a Tyler.
―No hice nada...
―Eso se llama acoso, imbécil. La estás acosando. Creo que una orden
de restricción en esta situación significa que tendrías que irte de
Waterfell por completo.
Freddy toma el silencio de Tyler como una aceptación y lo guía por el
cuello como si fuera un animal para empujarlo hacia la puerta.
―No conduzcas, vete jodidamente a casa. No me hagas llamar a la
seguridad del campus. ―Le agarra el cuello una vez más y Tyler casi
grita, estremeciéndose―. Hablo en serio, Donaldson. Ponte al volante de
un auto así de borracho y te mataré yo mismo.
Lo suelta y cierra la puerta de golpe en un suspiro. Siento como si
todo mi cuerpo estuviera paralizado... o temblando, no estoy segura.
Enderezo mi columna vertebral y me giro hacia Oliver, que parece un
poco rojo y no puede apartar los ojos de la puerta.
―¿Están bien? ―nos pregunta Freddy a ambos, mirándonos fijamente
a Oliver y a mí. Asiento rápidamente y dejo que sus ojos se fijen en el
imponente niño de doce años que tiene el hombro inclinado frente a mí,
protector como siempre.
―Oliver ―pregunta de nuevo, acercándose un poco más―. ¿Estás
bien?
―Bien ―murmura el niño.
―¿Quieres hablar de eso?
Su ceño se frunce aún más, se parece tanto a mi compañera de cuarto
enojada que adoro tanto que me duele el corazón.
―No es asunto tuyo.
―Okey ―asiente Freddy antes de agacharse para ponerse a la altura
de Oliver―, pero si necesitas hablar de algo, Rhys es un muy, muy buen
oyente, y un gran protector. Siempre cuidará de ustedes.
Hay una pausa, Oliver permanece en silencio durante un largo
momento, antes de preguntar:
―¿Y a Sadie?
―Sí ―decimos Freddy y yo juntos.
Freddy le alborota el cabello, aparentemente sin importarle cuando
Oliver se aleja rápidamente de él.
―Mi capitán está loco por tu hermana. Es muy serio y le confiaría mi
vida. Te prometo que puedes confiarle a Sadie.
Observo cómo las palabras impactan a Oliver, sabiendo que las toma
en serio. Oliver es más difícil de conocer que incluso Sadie, ambos en
marcado contraste con el sincero Liam. Oliver es protector, lo ha sido
desde que lo conocí en primer año, cuando era un niño de nueve años
enojado y asustado que me fruncía el ceño hasta que un fuerte de
almohadas que ayudé a construir para él y un Liam de tres años pareció
conquistarlo.
―Me voy a la cama ahora ―anuncia un poco incómodo antes de
darse vuelta sin preámbulos y dirigirse a la habitación de Sadie.
Freddy me mira y una sonrisa insegura se extiende por un momento
antes de que yo sacuda la cabeza.
―Es solo Oliver ―le digo―. Está bien.
Su rostro se va derritiendo lentamente en una suave preocupación
mientras sus manos se acercan para tomarme el rostro con delicadeza. Es
mitad inspección, mitad veneración, con sus ojos recorriendo cada
centímetro de mi piel.
―Estás bien. ―Creo que quiso preguntarlo, pero parece más como si
se estuviera tranquilizando a sí mismo.
―Sí, estoy bien. ―Me doy la vuelta y entro en la sala principal para
empezar a limpiar―. Más que nada, estoy avergonzada.
Frunce el ceño y me detiene poniéndome una mano en el brazo.
―No tienes por qué avergonzarte, Ro. No has hecho nada malo.
Asiento y decido no discutir con él.
―Gracias por venir esta noche. Lo siento, probablemente no fue lo
que esperabas.
Su mano se desliza lentamente por mi brazo. Sus dedos bailan juntos,
envolviéndose y desenvolviéndose hasta que quedan entrelazados. Mi
corazón late más rápido.
Me inclino hacia él y él me sigue, como si fuéramos imanes. Es lo
mismo que sentí a los dieciocho años en aquella sucia casa de
fraternidad.
Bésame, pienso, fascinada por él. Bésame. Recuerda la primera vez.
Me inclino hacia atrás, darme cuenta de que él no recuerda golpea un
poco más fuerte estando tan cerca de él.
―No te disculpes. Fue perfecto. Solo quería pasar el rato contigo, sin
tutorías.
Ahora estamos de pie ante la puerta de mi dormitorio y sería muy
fácil apoyarme y jalarlo sobre mí con las sábanas floreadas frescas contra
la piel caliente de mi espalda.
―Sí ―asiento y trago saliva―. Como amigos.
La palabra hace que arquee las cejas, como si le doliera, pero logra
esbozar mi sonrisa menos favorita, la de Matt Fredderic, y me golpea el
hombro con el suyo.
―Sí, sí ―dice, con su frase favorita―. Amigos.
Ganar un partido de hockey es el equivalente a estar drogado, y esa es
una de las razones por las que nunca me he molestado en tomar nada
más fuerte que el alcohol, eso y la amenaza continua de controles de
drogas al azar.
Pero ganar un partido con Ro sentada junto al cristal, brillando
hermosamente bajo las luces del estadio, es algo más. Ahora, estoy
ansioso por verla, me tiemblan las piernas y el cuerpo, mientras reviso la
puerta corrediza una y otra vez en busca de ellas.
No pasa mucho tiempo hasta que Sadie y Ro salen al patio trasero
mientras Rhys y yo saltamos un poco demasiado emocionados.
―Me gusta la chaqueta, Sadie ―digo mientras se abren paso entre la
multitud que se mezcla y se adentran en nuestro semicírculo de amigos,
en el que se encuentran casi todos los miembros de la primera y segunda
fila, salvo Toren Kane.
―Gracias ―dice con cierta indiferencia mientras mantiene sus
penetrantes ojos grises fijos en mi capitán―. Ro la hizo.
Sadie pasa a mi lado y Ro se detiene frente a mí con una tímida
sonrisa.
―¿Sí?
―Sí ―se sonroja―, y esta ―da una pequeña vuelta y muestra el estilo
único de patchwork vintage de la mezclilla―, y tengo una sorpresa para
ti.
―¿Porque gané? ―pregunto, pasando un brazo sobre sus hombros y
apretándola contra mi costado.
―Por supuesto ―sonríe antes de girar su muñeca en mi mano y
mostrarme la manga donde tiene bordado un 27.
Mi corazón late fuerte. Quiero besarla, pero sé que no puedo. En lugar
de eso, sostengo su mano sobre mi pecho, sobre mi corazón, como si ella
pudiera oírlo latir y supiera lo que siento por ella. El inmensurable nivel
de admiración por su tierno y resplandeciente corazón que lleva en la
manga así todos sabrán siempre cuánto la veo, la amo y cuido.
―Freddy ―grita Holden, mientras se dirige hacia la mesa de beer
pong―. ¿Listo?
Asiento antes de colocar hacia atrás un mechón de su cabello alisado.
―Te ves hermosa ―digo antes de que rápidamente lo cubra con un
gesto hacia la mesa―. ¿Quieres jugar con nosotros?

La primera ronda de beer pong está bien. Perfecta, incluso.


Ro y yo ganamos fácilmente contra Holden y una Paloma Blake muy
borracha, y la abrazo por la cintura en celebración, levantándola
ligeramente del suelo.
―Vete a la mierda ―resopla Holden, pero sus ojos bailan mientras
sacude la cabeza y se desploma en la silla vacía detrás de él, donde
algunos de nuestros amigos han estado viendo la no tan feroz
competencia.
―¿Ro?
La voz masculina profunda que dice el nombre de Ro de esa manera
atrae mi atención antes que la de ella.
Ella se da la vuelta y su boca suave se curva en una amplia y genuina
sonrisa mientras su mirada se fija en el chico alto y familiar que está
detrás de ella. Con piel oscura y rizos apretados en lo alto de su cabeza
con una marcada decoloración, es un chico atractivo, por desgracia.
―Walker ―dice ella―. Hola, ¿cómo estás?
Él sonríe y se interpone entre nosotros.
―Estoy genial. De hecho, ganamos nuestro partido ayer. ¿Fuiste?
Ella sacude la cabeza mientras mi mente corre tratando de recordar
exactamente de dónde conozco a este idiota. Partido de ayer... ligeramente
familiar...
Walker Taylor, receptor abierto del equipo de fútbol de Waterfell.
Estudiante de último año.
―Maldita sea ―dice, levantando la mano hacia el pecho como si le
doliera el corazón. Descubro que mi propia mano se extiende en el
mismo movimiento, sintiendo un poco de opresión en el pecho―.
Prometiste el semestre pasado...
―Lo sé. ―Ro gruñe un poco y asiente―. Lo siento. Estuve un poco
ocupada, pero este semestre ha traído más aventura.
Sus cejas se elevan como un rayo y yo cierro los ojos, maldiciendo en
voz baja por su insinuación involuntaria. Ro rara vez tiene la intención de
ser tan coqueta, pero Dios, este tipo se toma cada pequeña palabra como
un rastro de migajas que seguir.
―¿Sí? ¿Lo suficiente como para jugar una partida de beer pong con tu
antiguo estudiante?
Antiguo estudiante.
¿Ella era su maldita tutora?
De repente, me froto el centro del pecho y siento un dolor que me
invade el cuerpo.
Paloma vuelve a golpear la mesa, riéndose incluso mientras la cerveza
se derrama sobre ella y sobre mí, y mi mirada se desvía del tipo coqueto
que tenemos enfrente.
Holden se levanta rápidamente, coloca sus manos sobre la cintura de
Paloma y la convence de que se siente en el asiento que él ha dejado
libre, al que ella se dirige fácilmente. Está más que borracha, y algo en
eso se siente... mal. Si tuviera la capacidad de concentrarme en algo que
no fuera Rosalie Shariff, intentaría ayudarla o encontrar a una de sus
amigas.
En realidad, nunca he visto a Paloma con amigos. Al menos, no con
ninguno de verdad, y nadie que pueda nombrar. Siempre está sola.
Afortunadamente cuando la miro, Bennett ya está ahí, arrodillado a su
lado y susurrándole algo rápidamente, ante lo cual ella sacude la cabeza
y cierra los ojos. Aprieta la mandíbula, pero no se mueve. Me relajo un
poco sabiendo que ya no tengo que vigilarla tan de cerca; confío en
cualquiera de los miembros de mi equipo para cuidarla, pero en Bennett
por encima de todos los demás.
―¿Freddy?
Me doy vuelta y me doy cuenta de que Ro ha dicho mi nombre varias
veces, pero se está alejando de nuestro lado de la mesa, Walker está a su
espalda, con una de sus manos flotando sobre su cintura. Quiero saber si
ella puede sentirlo, si sabe que está ahí o si él está esperando la
oportunidad adecuada.
―Sí, princesa ―sonrío, empujando el humo y el acento de mi voz, que
sé que les darán a sus mejillas un bonito tono dorado rosado.
Walker cambia de postura ante mis palabras y finalmente hace el
último esfuerzo para poner la mano en la curva de su cintura. Me duele
la mandíbula por la fuerza de mis dientes al presionarla.
―¿Quieres jugar otra vez?
Le sonrío, esta vez de verdad, y asiento.
―Por supuesto.

Cuando acepté una segunda ronda de beer pong, definitivamente no


tenía la intención de enfrentarme a un Holden demasiado competitivo
que intentó insistir en que bebiéramos una cerveza entera por cada
punto.
Y definitivamente, definitivamente no quería a Walker Taylor, el gran
jugador de fútbol con un apellido como nombre y un nombre como
apellido, encima de mi tutora.
―Tranquilízate ―dice Holden, dándome una palmada en la espalda
tan fuerte que casi pierdo la pelota de ping-pong que tengo en la mano.
Es molesto, pero consigue interrumpir mi peligrosa concentración y los
pensamientos poco apropiados sobre cortarle las manos a Walker Taylor
cada vez que las usa para «ajustar» la postura de Ro. Sus dedos siguen
trazando círculos sobre la piel desnuda de su brazo, ahora expuesta
desde que se quitó la chaqueta.
Hundo la pelota con facilidad, ganando la atención de mi tutora con
una sonrisa de ojos brillantes mientras ella toma un sorbo largo y
deliberado de su bebida y aleja el vaso.
Cuando Holden mete la suya, pide que le devuelvan las bolas y
Walker las hace rodar hacia nosotros por encima de la mesa pegajosa,
cubierta de firmas con rotulador permanente y números de teléfono
descoloridos. Tomo la bola verde y la sumerjo en uno de los vasos de
agua. Levanto la vista para hacer mi tiro cuando Walker decide apoyar
la barbilla en el hombro semidesnudo de Ro y susurrarle algo al oído
que la hace sonrojarse.
La pelota sale de mis dedos, no toca ningún vaso ni la mesa y rebota
en el suelo junto a los pies de Walker.
Ojalá le hubiera pegado en la maldita boca.
―Maldita sea ―murmura Holden, acercándose y golpeando el borde
de un vaso antes de que se caiga―. Creo que ya terminé por esta noche.
―Su mano me da una palmadita en la espalda un poco más fuerte
mientras se aleja de nosotros―. ¿Alguien ha visto a Paloma?
No respondo, no miro a mi alrededor para ayudar, porque siento que
estoy ardiendo por dentro. Ver a Ro coquetear y sonreír debería hacerme
feliz... si todavía pensara en ella como una amiga, lo haría, pero algo no
me sienta bien.
Y no puedo quitarme de la cabeza la desesperación de ser yo quien
reciba sus sonrisas. Del mismo modo que nunca podré sacar de mi
mente el recuerdo de cuando me dijo lo fácil que sería amar a alguien
como yo.
Creo que sería más sencillo vivir el resto de mi vida sin esas palabras
resonando en mi oído, sin saber con qué facilidad ella me defiende, me
eleva...
Vivir sin ella ya me parece algo difícil, pero también lo es vivir con
ella, porque mi admiración y respeto por ella se están convirtiendo en
un pozo profundo cuyo fondo estoy seguro de que nunca encontraré.
―¿Ro? ―pregunto antes de que el chico del fútbol pueda llegar a sus
labios―. ¿Puedes ayudarme con algo muy rápido?
Si esperaba una respuesta brusca, me decepcionaría su inmediata
preocupación y sus rápidas disculpas a Walker antes de alejarse de él
para seguirme al interior de la casa por la puerta trasera.
―¿Todo bien, Matty?
Matty. Un sentimiento posesivo me recorre el cuerpo, pero no hacia
ella, sino de ella sobre mí.
Me bebo el resto de la cerveza al tiempo que tenía en la mano y la
dejo sobre una mesa. Agarro su mano y la llevo hacia las escaleras. Unos
cuantos grupos pequeños se agrupan en la entrada, con la puerta
principal abierta para dejar que entre un aire ligeramente más fresco en
la casa oscura y sobrecalentada.
Cuando veo a una pareja en medio de la escalera, empiezo a decirles
que están en territorio “prohibido” antes de darme cuenta de que es mi
compañero de habitación.
Bennett está sentado con una chica a dos pasos de él, con los brazos
alrededor de su enorme muslo y pantorrilla, el cabello rubio cayendo
sobre su rodilla cubierta por jeans, donde su mano peina suavemente los
mechones, cuidadosa y lentamente. No la está mirando, observa la fiesta
como lo haría normalmente, pero...
Con pasos vacilantes, miro dos veces rápidamente cuando pasamos
junto a ellos y me doy cuenta de que es Paloma, con el rostro sereno y
los ojos cerrados, yace en el regazo de Reiner mientras el estoico portero
la vigila cuidadosamente.
Apenas levanta la mirada para encontrarse con la mía, pero su rostro
es una máscara de piedra antes de asentir con la cabeza hacia Ro que
está sobre mis talones y me da una mirada severa y desaprobatoria.
Eres tú el que tiene a Paloma jodida Blake durmiendo como un cachorrito en
tu muslo mientras le acaricias el cabello, pero claro, cuestionemos mis
decisiones.
Sacudo la cabeza y sigo adelante, con el pulso retumbando en mis
oídos. Ro no duda en seguirme hasta el pasillo oscuro y sin luz que hay
entre nuestras habitaciones. La puerta de Rhys está cerrada y la música
se escucha desde donde estoy seguro de que él y su nueva novia se la
están pasando genial celebrando la victoria.
Casi me río al darme cuenta de que no todos los que viven en esta casa
están asistiendo a la fiesta, pero Ro me agarra el brazo.
―Freddy, ¿está…?
Me giro y la acorralo, con la mano sobre su cabeza presionada contra
la pared mientras acomodo mi cuerpo casi contra el suyo.
Sus ojos se abren y se oscurecen, sus pupilas se dilatan en la luz tenue.
―¿Está Tyler aquí?
La pregunta me hace doler el estómago, lleno de celos y de calor que
vienen de abajo y que no me han abandonado del todo.
―¿Por qué demonios invitaría a tu estúpido y abusador ex novio a
esta fiesta? ―digo entre dientes―. No. Tyler no está aquí.
―Pero... tú... ―Hace un gesto vago hacia donde estoy parcialmente
apoyado contra ella, empujándola hacia el pequeño pasillo que conduce
a mi dormitorio―. Tú...
Debería centrarme en el hecho de que Ro cree que todo mi afecto por
ella se debe a Tyler, pero no puedo.
―¿Ibas a ir a casa con Taylor Walker? ―pregunto, pasándome la
mano por el cabello antes de lamerme el labio superior. Siento un
hormigueo cuando la atrapo observando el movimiento. Mi reacción es
mirar su boca de inmediato.
―Creo que es al revés.
―Ro ―sacudo la cabeza, esperando a que sus ojos se encuentren con
los míos―. ¿Ibas a dormir con él?
―No ―responde rápidamente, pero con seguridad.
Asiento.
―¿Besarlo?
―Tal vez... sí. ―Tiene las mejillas sonrojadas, lo que hace que su piel
bronceada brille. El calor de la sala llena, combinado con el alcohol que
hemos estado bebiendo, está haciendo que su cabello lacio comience a
encresparse y se formen pequeñas ondas alrededor de su rostro.
Asiento de nuevo.
―Okey, puedo lidiar con eso.
―¿Qué quieres decir?
Tengo el corazón en la garganta y mariposas en el estómago, algo que
nunca me había pasado antes. Normalmente, en este punto, estoy lleno
de confianza con mi pareja; esta es mi zona de confort.
―¿Querías besarlo porque te gusta?
Me voy a echar atrás, lo juro. Si ella dice que le gusta, la dejaré ir.
Ella niega con la cabeza.
―¿Solo quieres besar a alguien?
Ella asiente.
La música parece más fuerte, “Scary Love” de The Neighbourhood
resuena contra las paredes de una manera que me hace preguntarme si
proviene de la habitación de Rhys o de abajo.
―Si quieres besar a alguien, aquí estoy. ―Me sale entrecortado, pero
sonrío mientras recorro su costado con la mano hasta apoyarla en el lado
derecho de su cuello. Me inclino para rozar su mejilla con la nariz―, y
soy mucho mejor que él en eso. Te lo prometo, princesa.
Su lengua, roja como la cereza por el ponche afrutado que estaba
bebiendo durante nuestros juegos se mueve rápidamente para lamerse
los labios afelpados. Muerde el mismo lugar y yo pierdo mi autocontrol.
La beso.
A pesar del fuerte agarre de mis manos sobre ella, a pesar de la
ferocidad de mis sentimientos por ella y de mi corazón acelerado, soy
tan gentil como puedo mientras presiono mis labios contra los suyos.
Me alejo, apenas, de modo que nuestros labios aún chocan y se rozan
con el aliento que compartimos, con mi frente presionada contra la suya.
―Somos amigos ―dice, un poco aturdida. Su voz es temblorosa y
entrecortada, suave en el espacio compartido―. Los amigos no...
―Los amigos pueden hacer esto a veces.
―¿S-sí? ―Sus manos se estiran tímidamente hacia mí, hasta que una
agarra mi antebrazo, la otra sube sigilosamente por mi bíceps hasta la
punta de mi hombro. Me abstengo de pedirle que lo apriete, que
presione su linda manicura decorada sobre mi piel lo suficiente como
para dejar una marca debajo de la tela de mi camisa.
―Absolutamente ―digo, dándole otro beso en el cuello―. Soy muy
bueno en esto, Ro. Por favor, déjame mostrarte. ―Aprieto otra vez mi
boca―. Solo un beso.
Espero solo un segundo, pero es suficiente para que ella asienta con la
cabeza de manera semiautomática antes de ponerse de puntillas para
alcanzar mi boca con entusiasmo. Es todo el permiso que necesito para
envolverla y atraerla hacia mí, desesperado por su calor y el aroma floral
a coco de su cabello.
Ella está hermosa así, su cabello suave y liso, pero una parte de mí
anhela enredar sus rizos con mis dedos como lo he soñado durante
semanas.
La respiración de Ro se entrecorta mientras se aparta esta vez antes de
estrellarse contra mí con demasiada fuerza, sus dientes chocan mientras
tropiezo antes de atraparla. Podría cargarla, pero es tan perfectamente
alta que sus piernas se enredan con las mías mientras tropezamos contra
la puerta de mi dormitorio. Mi mano intenta abrirla a tientas antes de
que ambos entremos tropezando y nos riamos, lo que nos obliga a
separar los labios.
Baja la mirada con cierta timidez y acaricia con las manos la tela de su
blusa de seda. Me distraigo con sus dientes que se muerden sin descanso
el labio inferior hinchado.
Los dos nos quedamos quietos, un segundo más de lo que debíamos,
hasta que un rubor similar nos recorre el cuello y la piel de las mejillas.
Quiero volver a tocarla, pero, por primera vez desde que tenía catorce
años, no sé cómo.
―¿Puedo besarte otra vez? ―pregunta, y una sonrisa se dibuja en mi
rostro. Quiero cerrar los ojos y disfrutar de la sensación que me produce
su pregunta, pero asiento y abro los brazos para que ella venga hacia mí.
Lo hace, repentinamente sin timidez mientras sus labios presionan los
míos nuevamente, sus manos agarran mis hombros mientras me dejo
caer hacia atrás en la puerta para estabilizarnos a ambos.
Mi muslo presiona más arriba, enganchándola a sus dedos de los pies
mientras jadea en mi boca, alejándose como si esa presión la distrajera lo
suficiente como para que ya no pueda concentrarse en el beso. Sus
caderas se mueven un poco experimentalmente al principio, antes de
que su cabeza caiga hacia atrás y mis brazos la rodeen por la cintura
para mantenerla firme mientras se balancea.
Tiro de ella, apenas un poco. Ella se tambalea hacia adelante con
facilidad, y pequeñas bocanadas de aire de sus labios entreabiertos
hacen que la piel de mi cuello se erice.
―Ahí tienes, princesa ―murmuro antes de que mi lengua recorra su
pronunciada mandíbula hasta llegar a su oreja. Le doy un beso en la
mejilla y sonrío, susurrando―: Vamos, Rosalie. Dime si te gusta.
Ella gime y jadea, trepando más alto sobre mi muslo mientras lo
monta más rápido ahora, con sus dedos clavándose más fuerte en mis
hombros como si estuviera...
Mierda. Ella ya está ahí.
―Matt ―suplica antes de convulsionarse rápidamente contra mí,
sacudiéndose sin desenfreno.
―Eso es, bebé. Toma lo que necesites.
Sus gemidos son tan fuertes que los trago con mi boca mientras ella
disfruta del orgasmo, deteniéndose lentamente.
Su cabeza cae sobre el hueco de mi hombro. Me siento embriagado,
mis manos acarician su columna de arriba a abajo, así que siento cómo
se tensa.
Todo el cuerpo de Ro se convierte en piedra y, de repente se separa de
mi muslo con la barbilla hacia abajo. Los ojos en el suelo, como si
estuviera... como si estuviera avergonzada.
El silencio ruge en mis oídos, mi estómago se desploma mientras
intento ponerle una sonrisa amable y levantarle la barbilla.
―Oye, ¿estás bien?
Mi voz suena un poco como si hubiera estado haciendo gárgaras con
arena, pero necesito saberlo.
―¿Ro?
Ella asiente y levanta la cabeza, observándome con los ojos de una
presa atrapada en la mirada de un depredador, lo que solo hace que mi
ansiedad aumente un poco, porque minutos antes estaba suave contra
mí, abrumadoramente dispuesta en mis brazos. Ahora es toda rigidez y
vacilación.
―Lo siento. ―Se recoge el cabello en una cola de caballo, lo enrolla
hacia arriba y luego lo deja caer por su espalda mientras se encoge de
hombros―. No sé qué me pasó. Yo... yo no... ―Cierra los ojos antes de
parpadear y mirarme.
»Creo que solo estoy borracha ―susurra, como si no fuera un cuchillo
en mi garganta.
―Yo no estoy borracho ―balbuceo―. ¿Estás borracha?
Estoy seguro de que no es así, ya que no me he apartado de ella en
toda la noche. Y, sin embargo, algo parecido al alivio revolotea en mi
estómago cuando ella sacude la cabeza.
―Es muy vergonzoso ―sus manos se levantan para cubrirse
nuevamente el rostro enrojecido―. ¿Podemos fingir que esto no
sucedió?
Si fuera una vergüenza evidente que esto esté pasando, que esté
conmigo así, lo dejaría pasar a petición suya, pero algo en esto parece
estar mal.
Usa la cabeza, Matt. Conoces a esta chica.
Aunque trato de no sacar conclusiones apresuradas, la conozco lo
suficiente como para casi sentir la presencia de Tyler Donaldson en la
habitación con nosotros, y eso me enferma un poco de rabia.
―Rosalie ―digo, en tono tranquilo pero más alto que el susurro
anterior―. Nada de lo que acaba de pasar me avergüenza. Fue increíble,
tú eres increíble. ¿Por qué estás avergonzada?
No llores. No llores. No llores.
Es imposible no dejar escapar algunas lágrimas.
Ya habían empezado a formarse por pura mortificación, pero las
palabras de Matt Fredderic me hicieron perder el control... Eres increíble,
dijo, y el contraste entre esas palabras y los restos de Tyler que resuenan
en mi cabeza me recorren el cuerpo. La gentil admiración y asombro en
su mirada por los momentos posteriores a lo que sucedió, la suave
caricia de sus manos en mi piel.
―¿Por qué te da vergüenza? ―pregunta de nuevo, tranquilo.
Suenas ridícula, Ro.
No, no lo haremos. ¿Por qué demonios querrías hacer eso? Es degradante.
Simplemente no te veo así y no quiero hacerlo. ¿No quieres que te respete?
Quiero que me abrace de nuevo, que deje que un poco de su fuerza se
filtre bajo mi piel para que mi voz no tiemble cuando admita
rápidamente:
―No quiero que pienses que soy una puta. Sé que algo anda mal
conmigo y no puedo controlarme. Me dejo llevar.
Está claro que no es lo que él esperaba que dijera.
Una combinación de molestia y sorpresa endurece toda su expresión,
sus ojos se abren como platos como una pesadilla hecha realidad. Me
ahogo en otro sollozo, porque sé que Freddy ha estado con otras mujeres
antes, con muchas, y me siento ridícula. Ridícula por correrme tan
rápido. Por arruinar el momento posterior. Por haberle follado el muslo
en primer lugar como un animal en celo.
―Rosalie ―dice con calma―. ¿Por qué piensas eso?
Pareces una puta actuando así.
Algo se refleja en su rostro, una emoción que no puedo identificar
pero que desearía poder desterrar de sus atractivos rasgos, y luego, casi
de mala gana, se apoya contra la puerta y exhala un profundo suspiro.
La vulnerabilidad cuelga de él como una capa gastada y dañada.
―¿Recuerdas a la chica de la que te hablé?
Asiento, porque no he olvidado ni por un segundo una conversación
con Matt Fredderic, y mucho menos una tan sensible e importante como
esa. La que me dijo que Matt no es todo sonrisas tontas y romanticismos
del payaso de la clase; que es un chico con un corazón que estoy
empezando a pensar que es más tierno que el mío, que se rompe
fácilmente.
―Ella me hizo trabajar para ganarme su afecto todo el tiempo, y yo
estaba tan... desesperado. Lo deseaba tanto que hubiera hecho cualquier
cosa que me pidiera, y lo hice, por un tiempo, pero ella...
Sacude la cabeza y cierra los ojos mientras continúa.
―Para ella nunca se trató de amor, sino de control. Sé que no es lo
mismo, pero creo que puedes saber cómo se siente eso. ¿Probarlo todo
para conseguir afecto?
Asiento de nuevo, mi corazón prácticamente bloquea mi vía
respiratoria mientras intento tragar.
―Sí.
―Sí ―repite―. Okey.
―Yo… ―Mi voz tiembla mientras intento desesperadamente
aclararme la garganta―. Era como si, hiciera lo que hiciera, siempre me
las arreglaba para hacer algo mal, para fastidiarlo, y nunca fui lo
suficientemente perfecta. Nunca fui lo suficientemente inteligente o lo
suficientemente sofisticada, y con el sexo… ―Mis palabras se convierten
en un susurro―. Era virgen, pero quería… quería eso. Me gusta, y a
veces me meto demasiado en eso y actúo como una puta.
―Oye ―me reprende con suavidad―. No usemos esas palabras para
describirnos.
He oído a Matt Fredderic describirse a sí mismo como una “puta” o
“el zorro de la escuela” más veces de las que puedo contar, pero Freddy
es más protector con todas las demás personas del mundo de lo que será
jamás con él mismo.
―Él tiene todo este poder sobre mí desde tan lejos y lo odio.
―Suena a cliché, pero créeme, lo entiendo. Le di mucho poder,
incluso después de todo. ―Hace una mueca―. Sin ella ahí, seguía
haciendo cosas con ella en mente, pero era como si me estuviera
moviendo en la niebla, haciendo movimientos sin ninguna dirección
excepto una voz malvada en mi cabeza.
»Confiaba en ella, era más difícil por eso. ―Hay un tono en sus
palabras, como si tal vez todavía tuviera problemas con eso―, así que sé
lo difícil que es aclarar esa voz. ―Presiona un suave y casto beso en mi
frente, tomando mi mano nuevamente―, pero creo que ayuda hablar de
eso.
―Tengo miedo.
―Ro ―grazna, con una triste sonrisa que estropea sus rasgos
perfectos―. Me estás rompiendo el corazón, princesa. ―Otro beso en mi
sien―. Okey. No tienes que decírmelo...
―No ―le digo, interrumpiéndolo con un rápido movimiento de
cabeza―. Quiero hacerlo, pero... no quiero que me veas de otra manera.
La confesión es cruda al salir de mis labios que aún hormiguean por
su beso.
―Nunca.
Sonríe y es tan cegador que parece que estás parado bajo el sol en un
cálido día de playa en California. Como en casa.
―Me veo ridícula ―digo en voz baja, mordiéndome el labio mientras
me giro lentamente de un lado a otro en el espejo.
―Déjame ver ―dice la voz de Sadie desde la videollamada en la que
se encuentra, aunque he apuntado la cámara hacia el techo mientras me
cambio.
Incluso en el apogeo de su etapa de chica fiestera, antes de la
aparición de Rhys Koteskiy en su vida, Sadie siempre ha pasado
Halloween sola con sus hermanos. En realidad, todas las festividades, a
pesar de mis constantes ofertas de acompañarla, organizar una fiesta o
incluso llevarla conmigo a California.
―¡Ta-dah! ―murmuro, apoyando el teléfono contra el espejo y dando
un paso atrás torpemente para que ella pueda ver todo. En la pantalla de
mi teléfono, Liam se levanta el mono con capucha de Wookie, el mismo
disfraz que usa todos los años y que seguirá usando mientras Liam esté
obsesionado con Star Wars.
―sexy ―dice ella. A la mayoría de las personas les resulta difícil no
encogerse ante sus intensos ojos grises, pero Sadie es mi mejor amiga.
Solo encuentro consuelo en el frío gélido de su mirada.
―El partido estuvo bien ―le digo mientras miro las cintas rojas que
tengo atadas en mis largas trenzas―. Rhys jugó de maravilla.
Ella pone los ojos en blanco, pero veo un ligero matiz de preocupación
en su mirada.
―¿Parecía estar bien?
Sadie a menudo hace esta pregunta en particular, y aunque no me
cuenta todo, me ha confiado que recibió un golpe muy fuerte en el hielo
la primavera pasada, y a veces se pone ansiosa pensando en él
patinando, especialmente si no puede estar ahí para verlo.
Le dije que era tierno cómo se preocupaba por él. Fingió una mueca y
que vomitaba, pero su sonrisa brillaba debajo de todo.
―Estuvo increíble. Bennett no permitió que se anotaran goles.
―Mírate ―susurra Sadie―. Estás aprendiendo toda la jerga.
Me río un poco, relajándome mientras me balanceo sobre una pierna
para arremangarme las medias blancas hasta la mitad del muslo.
Acompañado por el vestido de cuadros azules con mangas abullonadas
que tengo desde hace años y nunca supe cómo combinarlo, parezco la
combinación perfecta de dulzura y sensualidad.
Por primera vez en mucho tiempo me siento sexy y me siento yo.
―¿Estás segura de que puedes ir sola? ―pregunta. Sadie puede ser la
reina de la actitud y parecer que no le importa, pero le importa mucho.
Sé que si le dijera que no estoy bien sola, llamaría a alguien para que me
recogiera o pasaría su cumpleaños conmigo en lugar de con sus
hermanos. Nunca le permitiría eso.
―Sí, voy a tomar un Uber. Son solo cinco minutos de viaje. Por cierto,
feliz cumpleaños...
―No lo digas ―gruñe―, o te colgaré. ―Sus ojos recorren ambos
hombros, antes de agacharse más en el sofá y acercar el teléfono―.
Entonces, ¿vas a contarme qué está pasando entre tú y Freddy?
―Nada ―digo rápidamente, pero me trabo un poco cuando una
imagen de él aparece en mi mente: jadeando y susurrando elogios en mi
oído mientras yo...
El calor sube por mi nuca.
―Somos amigos ―me aclaro la garganta―, y sigo siendo su tutora
asignada por la escuela hasta el final de este semestre. Él es solo...
coqueto.
Y susceptible, quisiera añadir, pero sé las conclusiones a las que ella
llegaría, la connotación detrás de las palabras, y no es lo que yo quiero
decir.
Freddy es calidez y luz del sol, brillando y titilando sobre el agua azul
del océano. De esas en las que quieres relajarte. Su mirada es como calor
en mi piel, y siempre está tratando de tocar alguna parte de mí,
físicamente afectuoso de una manera que no tiene nada que ver con la
atracción.
Es igual con sus amigos y compañeros de equipo: una palmadita en la
espalda o un apretón de hombros, fuertes abrazos y golpes con el cuerpo
después de los goles, casco contra casco mientras anima con ellos. Su
necesidad de contacto, incluso platónicamente, es fácil de ver, pero es
aún más fácil imaginarlo intimando casualmente con alguien que le
parezca atractivo, tal vez una novia.
Una mano en el muslo mientras conducía, amasando círculos en la
piel. Tomados de la mano, siempre, jugando con los dedos sobre la mesa
mientras charlamos, o debajo de la mesa, antes de subirme la falda y
presionar dentro de mí, hasta que no puedo contener mi...
―¿Ro?
Niego con la cabeza, intentando por milésima vez eliminar de algún
modo la imagen mental de Matt Fredderic contra la puerta de su
dormitorio, con los labios recién besados y la camisa arrugada por mí,
antes de que destruya cada célula cerebral que me queda.
―¿Sí?
―Diviértete esta noche. ―La mirada de Sadie es penetrante, como si
sus palabras fueran más una amenaza que una sugerencia―, o si no…
―¿Algo más, mi reina de hielo? ―Me inclino burlonamente.
―Sí ―sonríe―. Deberías usar mi labial. Está en el mostrador del
baño.

Ro: ¡Estoy aquí!


Le escribo un mensaje a Freddy mientras entro por la puerta abierta.
La fiesta está en pleno apogeo cuando llego, entro en la sala de estar
abarrotada de gente, con los que bailan pegados entre sí y contra las
paredes por todos lados.
Es abrumador por un segundo, y cuando no veo a Freddy ni recibo un
mensaje de texto, me dirijo al baño necesitando un respiro rápido.
La puerta está cerrada con llave, marcada con una hoja de papel que
dice “Chicas”. Me apoyo en la pared donde hay un poco más de silencio,
mirando hacia el patio y la fogata a lo lejos, con un grupo de chicos y
chicas riendo y charlando.
La puerta corrediza se abre con cierta brusquedad y dos cuerpos
entran tambaleándose. La chica está vestida como Hiedra Venenosa con
medias y corsé verdes, cabello rojo vibrante y...
Paloma Blake.
Paloma Blake, pelirroja y con los ojos enrojecidos, irrumpe en la casa
con un hombre enorme pisándole los talones. Entra en el baño vacío con
un cartel burdo que dice “Penes” y cierra la puerta de golpe.
El otro recién llegado a mi tranquilo pasillo no dice nada, solo se
apoya contra la pared opuesta. No puedo saber si me está mirando
porque lleva una máscara de Ghostface, una elección poco acertada,
como lo demuestran los sencillos jeans y la camisa semidesnuda, casi
translúcida, que está empapada y pegada a su piel.
Desabrocha los botones que quedan y se la saca de la piel bronceada, y
yo casi me trago la lengua. Músculos sobre músculos de color ámbar a la
luz de la única lámpara de pie que grita “decoración de dormitorio de
chicos”.
Luego se quita la máscara y me doy cuenta de que es el tipo que
golpeó a Tyler: Toren Kane.
Después de nuestro encuentro y de oír que lo anunciaban en el
partido en casa, busqué información sobre él. Es tan aterrador como
pensaba, aunque de alguna manera es peor en persona, y el disfraz de
Ghostface no ayuda a mejorar esa imagen.
Está cubierto de tatuajes y no puedo evitar que mis ojos los examinen
lentamente, dándome cuenta de que reconozco unos cuantos.
La noche estrellada envuelta hasta la mitad del torso. Dormitorio en Arles
en un bíceps. Un diseño único que parece mezclar el famoso autorretrato
de Van Gogh con el jarrón de girasoles en un brazo. Almendro en flor
enroscándose en el otro, casi llegando a las puntas de sus dedos. Está
cubierto de obras de Van Gogh.
Y no solo piezas famosas, sino también otras más desconocidas.
Cráneo de un esqueleto con cigarrillo encendido, pero rodeadas de mezclas
de paisajes y pastorales que supongo que están basadas en el famoso
artista. Todas están hechas en grises y negros, pero aún son reconocibles
sin el color.
Ahora me atrapa mirándolo y la vergüenza me pica las mejillas
mientras tartamudeo:
―¿Gran fan de Van Gogh?
Mi pregunta hace que todo su cuerpo se tense antes de mirarme un
poco extraño.
―¿Disculpa?
Mi boca se seca, mi cuello se humedece de sudor ante la intensidad de
su mirada. Oro fundido. Furioso, una cerilla esperando a ser encendida.
―Tú… tus tatuajes. Hay como una colección entera de Van Gogh.
Sus cejas se levantan.
Tal vez nadie se lo haya preguntado antes. Tal vez solo hayan
reconocido La Noche Estrellada y los girasoles, pero no se hayan molestado
en darse cuenta de que ha hecho un santuario de la obra de arte en su
piel.
―Sí. Me gusta su trabajo.
Levanta la mano derecha hasta el bíceps y desliza distraídamente las
yemas de los dedos por la piel tatuada. Enfoco la mirada en el lugar
donde, entre la manga perfecta de pinturas y bocetos de Van Gogh, hay
un ramo de lirios. De hecho, hay varios ramos, esparcidos entre
diferentes diseños por todo su cuerpo.
―No sabía que Van Gogh pintaba lirios.
Lo que sea que haya dicho hace que todo su cuerpo se paralice, como
si presionara un botón de apagado. Una furia contenida revolotea por su
rostro antes de que se estremezca, deje escapar un suspiro pesado y
asienta con la cabeza.
―Si chasqueas tus tacones tres veces, ¿crees que terminarás en tu
dormitorio o en la cama de Fredderic? ―dice con una sonrisa sarcástica
antes de agarrar su máscara y volver a ponérsela, agarrando su camisa
con la otra mano y saliendo furioso.
Hay una Tortuga Ninja bailando hacia mí, tan perfectamente
sincronizada con el inquietante ritmo de “Gasoline” de The Weekend
que parece una versión de ensueño febril de la primera vez que lo vi en
mi primer año.
Nunca le he preguntado a Matt si recuerda que nos conocimos una
vez, que lo esperé durante horas, días y semanas hace tres años. No creo
que pueda soportarlo si dice que sí lo recuerda, o que no; no hay una
buena respuesta.
Niego con la cabeza y sonrío tontamente al ver el cuerpo sin camisa
pintado de verde de Matt Fredderic mientras se mueve juguetonamente
a mi alrededor.
―Hola, Rosalie ―susurra en mi oído cuando está lo suficientemente
cerca.
―Hola, Matty.
Él me agarra en un fuerte abrazo que me hace chillar y dar un salto
para comprobar que su pintura corporal verde no se ha transferido a mí.
―Vamos, princesa ―dice, mientras juega con la punta de mi coleta―.
Sabes que nunca arruinaría tu lindo atuendo. Te esforzaste mucho en
hacerlo.
Una sonrisa se dibuja en mi boca mientras lo examino.
La pintura verde y amarilla que cubre su rostro, cuello, torso y brazos
parece desordenada, como si quien la hizo hubiera tenido que luchar
contra un Freddy constantemente inquieto y distraído. Me imagino a
Bennett, que es equilibrado, rindiéndose a mitad de camino, lo que
explica por qué la mayoría de sus brazos están irregulares y apenas
pintados. Una máscara violeta con agujeros para los ojos toscamente
cortados está atada firmemente alrededor de su cabeza, haciendo que
sus mechones dorados se dispersen a su alrededor de una manera
elegantemente despeinada, como es habitual en Freddy.
―¿Qué Tortuga Ninja se supone que eres?
Se da una palmada en el pecho.
―Me siento insultado porque no lo sabes.
―Hija única que no vio el programa ni las películas ―digo
encogiéndome de hombros.
―¿Sí? ¿Estabas demasiado ocupada con Beethoven para bebés? ¿O
con películas para mejorar el coeficiente intelectual de tu hija, mi
pequeño cerebrito?
Me arde la cara. Me río y asiento, sintiéndome cálida por las dos
bebidas que he tomado. Ni siquiera estoy achispada, pero estoy
completamente ebria de su presencia. Es casi demasiado fácil disfrutar
de la calidez que es Matt.
Sería tan fácil amarlo, pienso.
Apenas logro contener el comentario, agarro su mano y lo acerco más
a mí.
―¿Bailas conmigo? ―pregunto.
Sonríe y toca mi nariz con la suya.
―Siempre.
Él se aparta y bebe de un trago toda su cerveza de una manera que
hace que mis ojos sigan su nuez de Adán, deliciosa mientras se esfuerza
por tragarla.
Matt toma mi mano y me hace girar. Lo acerco un poco más, muy
consciente de que estoy jugando con fuego, pero no me importa.
―Eres tan hermosa ―susurra en mi oído antes de regresar
rápidamente a darme una sonrisa ligera y tonta que es toda suavidad y
cero coqueteo.
Me duele el pecho mientras rodeo su cuello con mis brazos y lo acerco
más a mí. Huele a whisky y a pintura corporal, pero se siente
peligrosamente como si fuera mío.

Matt Fredderic es un borracho tonto.


Ojos vidriosos por los tragos que tomamos, especialmente los que él
tomó en mi lugar cuando quise dejar de beber por la noche, mientras el
grupo quería seguir jugando al juego en el que estábamos.
Se reía y bromeaba con sus compañeros, pero siempre se aseguraba de
que yo me sintiera incluida en todo. Freddy nunca hace que nadie se
sienta excluido, me estoy dando cuenta. Es amable con todos. Es
atractivo, físicamente sí, pero es realmente atractivo por cómo trata a
quienes lo rodean.
Bennett nos llevó a casa y me ofreció llevarme a los dormitorios desde
ahí, lo que provocó una discusión muy rápida con Matt, que estaba
somnoliento en la parte de atrás y me abrazó por encima del asiento. El
portero negó con la cabeza, pero se ofreció a ayudarnos a entrar. Parecía
inquieto, así que le aseguré que no tendría problema en llevar a Freddy
por mi cuenta.
Lo cual está resultando más difícil de lo que pensaba.
Subir lentamente los escalones con el peso añadido de un musculoso
jugador de hockey de un metro noventa es difícil, pero logro guiarnos
hasta su dormitorio, incluso contra la distracción de sus bocanadas de
aire en mi cuello donde ha apoyado la cabeza.
Se recarga pesadamente sobre mí, su cuerpo brilla bajo la suave luz de
la lámpara de su desordenada habitación. Es un caos organizado; ahora
puedo reconocerlo. Tan pronto como me doy vuelta para cerrar la puerta
detrás de nosotros, se desliza sobre su espalda en la cama.
―Buenas noches ―dice sonriendo. Es una sonrisa tan infantil y
soñolienta que no puedo evitar que se me ilumine la cara.
―No tan rápido, Matty ―lo regaño, sacudiendo sus brazos mientras
jalo su mano hasta que se incorpora de nuevo.
―Quiero dormir. ¿No quieres dormir conmigo, Dorothy? ―El bufido
que hago en voz baja debe de salir un poco más fuerte, porque su boca
se curva y aprieta mi mano con suavidad―. ¿O te gusta más princesa?
―Vamos ―lo jalo otra vez―. No vas a dormir con esta pintura
corporal verde. Tenemos que meterte en la ducha.
―¿Y tú me lavarás?
―¿Si te llevo ahí? Claro.
Su sonrisa es impresionante y, de repente, toda la energía que parecía
haberlo abandonado vuelve con toda su fuerza. Se levanta y casi corre
hacia el baño privado.
La ducha es pequeña, un cuadrado estrecho en el que definitivamente
no cabemos los dos, así que hago que se siente en la tapa del inodoro
mientras abro el agua y sale un chorro cálido y relajante.
Buscando entre sus cajones y armarios, encuentro un recipiente con
toallitas húmedas para bebés, escondido detrás de un montón de
productos sin usar y una torre de toallas multicolores.
Agarro la más gruesa y coloco el material de felpa sobre el limitado
espacio de la encimera. Tomo dos de las toallitas y le ordeno en voz baja
a Matt que cierre los ojos, le quito la máscara y limpio la pintura de su
hermoso rostro. Su piel se enrojece levemente con el movimiento, pero
se relaja y su respiración se vuelve pesada y profunda.
Alcanzando una toallita para remojarla bajo el chorro de agua tibia,
tarareo suavemente una canción de Cigarettes After Sex en voz baja.
Empezando por el cuello, froto la pintura corporal verde que se está
desvaneciendo, con cuidado de mover su cadena y asegurarme de que
esté limpia, incluso el intrincado colgante, que es una pequeña y
delicada talla de dos figuras aladas abrazándose. Lo inspecciono más a
fondo ahora, capaz de verlo más de cerca que nunca. Es una talla de algo
que reconozco, una famosa representación de Psique y Cupido. Quiero
preguntarle al respecto, pero tiene los ojos casi cerrados. ¿Ya está
durmiendo?
A pesar de la tela caliente, se le pone la piel de gallina en la piel
expuesta. Tratando de calentarlo, levanto la toalla para secarle
suavemente la cara.
―¿Te gusta porque es más inteligente que yo?
Su voz es tan débil que por un momento estoy convencida de que no
habló, que fue un susurro de mi imaginación.
Mi mano se detiene y se cierne sobre su mejilla mientras giro los ojos
para encontrar su mirada, pero sus ojos están bajos y sus dedos juegan
con el dobladillo de mi falda demasiado corta.
―¿Quién? ―pregunto después de aclararme la garganta.
―Donaldson, saliste con él durante tanto tiempo. ¿Es porque es
inteligente?
Sus manos me distraen, una de ellas cálida contra la parte posterior de
mi muslo como si estuviera tratando de mantenerme ahí entre sus
piernas abiertas. Los dedos de su otra mano hacen girar patrones en el
corte alto de mis medias, jugando con la tela y mi piel desnuda entre el
encaje y mi falda.
Pero su voz no es la coqueta ni la humorística de Matt Fredderic. No
esconde su inseguridad en un chiste.
―Matt ―digo, pero se me traba la voz―. Rompimos. Para siempre, y
él no es tan inteligente, te lo aseguro. De hecho, creo que tú eres más
inteligente en muchos sentidos.
Él me mira fijamente, con algunas motas verdes que parecen pecas
debajo de sus ojos y una hermosa sonrisa se extiende por sus labios
carnosos.
―Sí, sí ―dice, poniendo los ojos en blanco, juguetón―. Ojalá fuera
tan inteligente como tú. Eres increíble.
Mi corazón se aprieta fuerte antes de latir con fuerza como si quisiera
alcanzarlo tanto como mis brazos.
―Eres increíble, Matt ―susurro, mientras le seco el vello verde que
aún le queda en la línea del cabello. Ahora tiene la cara limpia, pero sigo
pasándole la mano por la piel con movimientos suaves y relajantes―.
Eres tan inteligente, creativo y divertido. Eres increíble.
Él suspira, y mientras su aliento revolotea contra mis dedos, me doy
cuenta de que también podría estar trazando sus labios.
―Tengo muchas ganas de besarte otra vez ―resopla, pero sacude la
cabeza―, pero te prometí que seríamos «solo amigos».
Yo también quiero besarte.
Desesperadamente.
Pero mi amistad con Matt es demasiado importante para mí, así que
me trago la boca seca que acompaña mi deseo desesperado por él.
―Me encanta ser tu amiga, Matt ―digo, porque es verdad, pero
también porque no se me ocurre nada más que decir: Sí, por favor bésame,
o quizá ser solo amigos esté sobrevalorado.
Él está sonriendo y yo le devuelvo la sonrisa.
Es tan fácil como respirar.
―Esto es mucho más difícil que un examen ―gruñe un poco,
moviendo su cabeza hacia mi estómago.
―¿Qué cosa?
―No tocarte ―susurra antes de soltarse suavemente de mis brazos y
entrar lentamente en la ducha, jugando torpemente con las perillas―.
Necesito enfriarme antes de hacer algo de lo que te arrepientas.
Dejarlo solo en la ducha es como dejar solo a un cachorro deprimido.
Pero necesito un respiro, y él también. No podemos seguir ampliando
los límites de nuestra amistad de esta manera. Es demasiado valiosa
para mí.
En vez de eso, camino de un lado a otro por su desordenada
habitación. ¿Debería desaparecer antes de que vuelva para salvarnos a
ambos?
La puerta del baño se abre y en el fondo se ve la ducha todavía abierta
y una nube de vapor saliendo detrás de él.
Freddy, con una toalla colgada de la cintura descuidadamente, sujeta
por un puño a su costado, como si no se molestara en cubrirse de
verdad. Cada paso que da muestra su muslo hasta la articulación de la
cadera, y las gotas de agua trazan el tatuaje de la mariposa sobre su piel
rosada.
De repente siento la necesidad de buscar en Google “¿Pueden los
humanos tragarse la lengua?” para asegurarme de que no necesito un
hospital.
Por mucho que adore a Freddy, he intentado que cada pensamiento
sobre él sea lo más “amigable” posible, pero su belleza es difícil de
ignorar. Es tan guapo, la marcada mandíbula, sus labios gruesos y
fruncidos que sé que saben a caramelo. Su cabello rubio ahora es más
oscuro, todavía húmedo mientras gotea sobre sus poderosos hombros y
baja por el plano de su abdomen musculoso.
―¿Ro? ―dice, como si hubiera estado intentando llamar mi atención
mientras yo lo veía con lujuria.
―¿Sí? ―Mis mejillas se calientan de leve vergüenza.
―Puedes ducharte. ―Se hace a un lado, mostrando de nuevo su
muslo de forma indecente―. Te dejé una toalla, y te traeré algo de ropa
para que te la pongas, si quieres.
Di que no. Di: Gracias, Matt, pero debería llamar un auto y volver a casa esta
noche.
En vez de eso, asiento y me dirijo hacia adentro, para lavarme la cara
con el vapor caliente del agua. Busco en el sorprendentemente grande
recipiente de diferentes productos que tiene su baño y encuentro
algunos limpiadores faciales y humectantes de tamaño de viaje, y
excelentes productos para el cuidado del cabello, todos en recipientes y
cajones desiguales.
No debería sorprenderme tanto la elección. El chico es hermoso, se ve
que está bien cuidado en cuanto a su aspecto y su higiene.
Tomándome mi tiempo (no para evitarlo, me digo a mí misma) salgo
con la piel enrojecida, agarro la ropa que dejó en el umbral antes de
cerrar la puerta del todo. Hay un par de pantalones cortos deportivos
con un cordón que puedo atarme a la cintura y una camiseta que cuelga
solo una pulgada más allá de los pantalones cortos, lo que solo aumenta
la ilusión de que no llevo pantalones, gracias a la extrema longitud de
mis piernas.
Por alguna razón, pensé que estaría completamente vestido cuando
saliera. En vez de eso, está acostado en su cama sin hacer con unos
bóxers ajustados de color gris que básicamente no dejan nada a la
imaginación. Dirijo la mirada al techo, que de alguna manera se siente
peor, así que me muevo y miro hacia mis pies.
―Yo, hum… ―Me aclaro la garganta; tengo el cuello caliente a pesar
de que todavía tengo los rizos amontonados en lo alto de la cabeza.
―¿Puedes…? ―dice antes de levantarse apoyándose en los codos. Sus
abdominales se flexionan y se relajan con el movimiento, como un
modelo de ropa interior sexy, pero su cara sigue siendo la de un
“cachorro pateado” con el ceño fruncido y los ojos tristes. Odio eso.
Me acerco un poco más, atraída por su magnetismo.
―¿Vas a dormir aquí? ―pregunta, extendiendo su mano para tomar
la mía. Tomo la suya y dejo que nuestros dedos jueguen con los del
otro―. Quédate.
―Okey.
Apago la luz. En la televisión suena algo, tenue pero lo
suficientemente colorido como para proyectar un resplandor sobre
nosotros: los mismos dos tipos comiendo comida ridícula en un
escritorio, un programa reconfortante que suele poner. Es tranquilo y
relajante, acogedor de una manera extraña.
Derritiéndome en la cama, me quedo en el lado que él dejó para mí
hasta que sus brazos cálidos me envuelven la cintura y me jalan de
vuelta a su pecho duro y cálido.
―¿Está bien esto?
Su susurro baila sobre la piel debajo de mi oreja y me estremezco.
―Sí. ―La palabra es apenas un suspiro.
―Solo quiero abrazarte. Solo por esta noche, por favor.
Me toma demasiado tiempo conciliar el sueño con el suave soplo de
su aliento contra mi cuello, distractor y encantador.

Es viernes por la tarde y Sadie me ha dado vía libre para elegir su


peinado y su maquillaje, además de su característico labial oscuro, que
nunca cambiaría incluso si me lo permitiera.
―Hace mucho tiempo que no me dejas peinarte. ―Le sonrío desde el
espejo―. De hecho, ¿alguna vez...?
―Cállate ―dice riendo, dándome un suave codazo en la cadera. Se
muerde el labio y observa el peinado que le he hecho―. Se ve...
increíble.
Sus palabras son sinceras, genuinas, como siempre lo es Sadie, sin
importar si son elogios o críticas. Tiene un exterior duro, siempre lo ha
tenido, pero puedo ver sus partes más tiernas brillar cuanto más cerca
está de Rhys Koteskiy.
Él trata a la chica dura como una roca como si estuviera hecha de
cristal, y creo que hay algo en Sadie que, lenta y finalmente, se está
relajando bajo su cuidado.
―¿Puedo ver el vestido ahora? ―pregunta, con las palabras un poco
inconexas mientras mantiene la boca casi abierta para cubrir sus labios
con el color cereza oscuro.
―¡Sí!
Emocionada, corro hacia la puerta del armario de la habitación de
invitados en la Casa de Hockey, ahora amueblada con dos camas
plegables de tamaño individual que sé que Rhys compró para los
hermanos de Sadie para que puedan pasar la noche con ella y tener un
lugar distinto a su hogar menos que feliz al cual ir.
Saco el vestido de seda negro, sencillo y elegante de una manera que
Sadie puede lucirse con soltura, me doy vuelta y se lo presento de forma
un poco dramática a mi mejor amiga.
Sus bonitos ojos grises se abren de par en par y su piel se sonroja
cuando se acerca y pasa la mano por la tela.
―Dios ―digo de golpe―. ¿Vas a llorar?
―¡No! ―casi grita, parpadeándose―. Yo... No, no lo hice. Quiero
decir, ¡no lo hago!
Está claramente a punto de llorar.
―Sadie ―dijo, con lágrimas en los ojos. Ella me aparta de un
manotazo mientras intento abrazarla, sacudiendo la cabeza
rápidamente.
―No. ―Se echa hacia atrás y yo la persigo, todavía sosteniendo el
vestido―. Esto es tu culpa. No lloro por estas cosas.
Poniendo una mano sobre mi corazón, me detengo y la miro como si
fuera el último gatito dulce en adopción.
―No creo que sea mi culpa en absoluto ―digo, mientras me doy
vuelta para colgar el vestido en el marco de la puerta―. Creo que estás
toda blanda y empalagosa porque estás enamorada. ―Digo la última
palabra en tono melodioso y muevo las cejas antes de agacharme por si
decide lanzarme uno de sus tacones de tiras.
―Esto es ridículo ―refunfuña. Se ajusta un poco más la bata peluda
sobre los hombros y su cubre por completo, pero, aun así, no niega mi
afirmación.
Ella está enamorada.
―Deberías decírselo.
Sus labios se curvan hacia abajo y frunce el ceño ligeramente mientras
se mira en el espejo. ¿Ve lo mismo que yo cuando la miro? La chica más
fuerte y segura de sí misma que conozco. Alguien a quien admirar,
admirable en muchos sentidos.
―Tal vez ―susurra ella.
Saco el vestido de la percha y Sadie lo toma de mis manos, entrando al
baño, cerrando la puerta a medias para ponérselo.
―¿Puedes cerrarme la cremallera? ―grita segundos después.
Entro al baño impecable y vacío, sonriendo alegremente por lo
hermoso que le queda el vestido, la abertura perfecta para su muslo
musculoso, todo el corte de la prenda alargando su baja estatura.
―¿Sabes? ―dice Sadie, con un pequeño brillo en los ojos cuando
encuentro el tirador de la cremallera en la parte baja de su espalda y lo
subo despacio para que la tela no se enganche―. Podrías venir con
nosotros. Bennett estaría encantado de llevarte. Rhys dijo que nunca ha
tenido una cita.
Bennett estaría feliz de llevar a alguien, pero apuesto a que nunca sabremos
quién es si ni siquiera Rhys lo sabe.
―¿O Freddy?
La pregunta es directa y quiero preguntar: ¿Cuánto sabes?
En concreto, si ella sabe que Freddy me lo pidió. Después de
presentarse en mi aula y esperar a que saliera, me pidió si podía
ayudarlo a encontrar un traje para ponerse, incluso se ofreció a
comprarme un té chai fuerte extragrande por ir de compras con él.
El soborno fue totalmente innecesario, pero dejé que él me consintiera.
Pasamos la tarde en algunas tiendas del centro de Waterfell y
finalmente paramos en una tienda vintage que ya había visitado antes,
principalmente porque el traje azul del escaparate me llamó la atención.
No le quedaba bien cuando se lo probó, pero sabía que los arreglos eran
lo suficientemente fáciles para que yo los pudiera hacer.
Y en el silencio de mi dormitorio tarde una noche, después de medir
su ancho pecho que se convirtió en respiración entrecortada de ambos y
otro casi beso, se apartó con su sonrisa característica y se acomodó en mi
cama, aunque nunca se vio cómodo, sino rígido y ansioso.
―Sabes que podrías ir conmigo, ser mi cita.
Me hizo volar el corazón. Lo pensé durante un largo momento. Lo
imaginé.
Pero recordé la fecha marcada en el calendario colgado en el
refrigerador, rodeada de corazones en rojo. Sadie me lo contó con una
emoción sincera y deslumbrante cuando me pidió que cuidara a Oliver y
Liam.
―No puedo, lo siento.
Sacudió la cabeza con una sonrisa de dolor que me hizo doler el pecho
y asintió.
―Claro. Claro, claro.
Sé que Sadie contrataría a una niñera (algo que odia cuando no las
conoce) si tan solo le insinuara que quiero ir, pero quiero que Sadie se
divierta al menos una vez. Una diversión real que la haga sentir llena y
no vacía después.
Rhys es bueno para ella. El amor es bueno para ella.
―¿Eres tú quien está haciendo de casamentera ahora?
Sadie sonríe.
―Vamos, ¿tutora y atleta? ―La pregunta es juguetona, burlándose de
lo mucho que he bromeado de su cliché de que la patinadora artística y
el jugador de hockey forman la pareja romántica perfecta.
―Sí, sí ―digo. El dolor de las palabras familiares de Freddy y saber
que lo veré abajo con un lindo saco que lo ayudé a elegir es suficiente
para tenerme inquieta, desesperada por salir―. Además, necesitas a
alguien que cuide a Oliver y Liam.
―A los Koteskiy probablemente no les importaría que fueran ―dice
Sadie, pero sus palabras están teñidas de ansiedad, como si no estuviera
segura de la respuesta a esa afirmación.
Haz esto por ella.
―Sinceramente, estoy emocionada de tenerlos esta noche.
Sadie sacude la cabeza.
―No, solo llévalos a la práctica; hoy van a tener noche de pizza, así
que se retrasará de todos modos, y luego puedes llevarlos al dormitorio
o donde sea hasta que termine la gala, pero pensé que podían quedarse
aquí.
―¿Estás segura? Si tú y Rhys quieren pasar un tiempo a solas...
―No, no quiero dejarlos por otra noche tan pronto.
Asiento y arreglo uno de los mechones que ondean de su flequillo que
sé a ciencia cierta que se corta ella misma una vez al mes. Si tuviera
presupuesto para algo más, la enviaría a una peluquería de verdad.
Tiene el cabello perfecto para algo genial y creativo, algo más que mi
información de mi erudito del cabello YouTube creó esta noche.
―¿Lista?
¿Ver a Matt Fredderic con un traje que casi me hace atragantarme con
mi té fuerte la primera vez? No. No lo estoy.
Aun así, asiento y le presto mi brazo para ayudarla a ponerse sus
tacones de tiras antes de dirigirnos a las escaleras.
Odio los hospitales.
La gala fue increíble, como siempre ocurre con todo lo que Max y
Anna Koteskiy apoyan. Sin embargo, toda la buena sensación y la
euforia que sentía antes por estar en un lugar lleno de gente se
evaporaron en el momento en que Rhys me encontró de pie junto a sus
papás, con una expresión de pánico evidente y una Sadie aterrorizada a
su lado con los ojos muy abiertos.
Nos fuimos, dejando atrás a Bennett, que seguía desaparecido, y nos
dirigimos directamente al hospital. No pude preguntar qué había
pasado antes de llegar al enorme edificio, la tensión en el auto era
demasiado grande para que yo dijera una palabra, sobre todo para no
rogarles que me dejaran salir al lado de la autopista para no tener que
entrar con ellos.
Todavía tengo el estómago revuelto y casi me excusé para ir al baño a
vomitar cuatro veces, pero logré contenerme por el niño que está
sentado en mi regazo, jugando con un iPad.
El olor a cobre y antiséptico me hace dar vueltas en una niebla de
recuerdos que estoy desesperado por reprimir.
¿Ganaste tu juego, Matty?
Mis médicos dijeron que podría ir al siguiente.
Lo siento, Matty, pero no creo que ella...
Sacudo la cabeza con demasiada fuerza. Mi rodilla rebota antes de que
pueda detenerla, lo que provoca un agudo «¡Oue!» de Liam, que perdió
su racha en el juego de colores brillantes que estaba ganando.
―Lo siento, amigo. ―Sonrío para ocultar el profundo dolor que
atormenta cada uno de mis músculos y que amenaza con hundirme cada
minuto que paso en este maldito edificio.
Mis ojos siguen hasta la esquina, donde Rhys sigue hablando con un
Oliver casi desconsolado. Estaba al borde de la histeria cuando
aparecimos sin Sadie, gritándole a las enfermeras que no lo tocaran
hasta que Rhys colocó sus manos sobre los hombros del niño de doce
años y le susurró algo al oído. El cuerpo entero de Oliver se desplomó
inmediatamente en los brazos de mi capitán, la lucha lo abandonó tan de
repente que no quedó nada más que miedo.
Un miedo que solo Rhys parecía poder calmar.
Se siente como otro disparo directo a mi centro expuesto.
Un recuerdo más difuso, aún envuelto en dolor, surge de la memoria:
un hombre de cabello oscuro devastado y un joven de dieciocho años
aterrorizado, ambos vestidos con ropas negras incómodas. Demasiado
asustados para abrazarse como Rhys abraza ahora al hermano de Sadie.
Me estremezco y exhalo respiraciones entrecortadas, abrazando a
Liam un poco más fuerte mientras él se acomoda contra mi pecho.
La puerta hace clic detrás de nosotros y, antes de que pueda darme la
vuelta, Liam salta de mi regazo y grita por su hermana. Me da un
codazo mientras se va, pero verlo reunido con ella es suficiente para
distraerme.
―Hola, bicho ―sonríe Sadie. Me doy cuenta de que nunca había oído
su voz así, tranquilizadora y calmada, de una manera que me recuerda a
Anna Koteskiy. Eso me recuerda a mi propia mamá―. ¿Te hicieron un
examen completo?
―Está bien, solo se raspó un poco el codo, ¿verdad, hombrecito?
―digo, alborotando el cabello de Liam.
Ahora la miro con más dulzura. Tal vez sea el mar de recuerdos
enfermizos en los que aún me encuentro, o la imagen de ella actuando
como una mamá con sus hermanos menores, tal vez sea el
arrepentimiento persistente por los juicios que hice sobre ella en el
pasado.
―Freddy dijo que tengo la misma edad que él cuando empezó a jugar
hockey ―dice Liam. ¿Lo dije? Probablemente cuando intentaba
desesperadamente evitar cualquier pensamiento que implicara las
palabras hospital, mamá o papá. El hockey es mi forma predeterminada
de pensar.
―Dice que algún día seré incluso más grande que él.
Ahora eso definitivamente no lo dije. La pequeña amenaza.
―No lo hice ―me río, empujándolo con mi rodilla para que tropiece y
comience otra ronda de risas que parecen más curativas que cualquier
otra cosa hasta ahora.
Oliver finalmente libera a Rhys, mirando a su hermana desde el otro
lado de la sala del hospital. Hay una conversación entera sin palabras
antes de que Rhys presione una mano de apoyo en la espalda de Oliver
y lo lleve hacia ella. Le da un beso en la sien antes de saludar a su mamá,
una forma discreta de darles a Oliver y Sadie un momento a solas.
Aparto la mirada de su pequeña mirada preocupada.
Rhys me agarra el hombro y me empuja hacia la puerta.
―Oye, ¿te importaría ir a ver cómo está Ro? Quizá puedas llamarla...
La pregunta funciona como una inyección de adrenalina y asiento y
tomo mi teléfono antes de que pueda terminar su oración.
―¿Todo bien?
―Sí ―se frota la nuca y exhala―. Es que... no me gusta la forma en
que le hablé en ese momento. Le pediré disculpas después de que Sadie
y los chicos se instalen, pero...
―¿Qué le dijiste?
Él me entrega su teléfono abierto, obligándome a guardar el mío
nuevamente en el bolsillo para verlo.

Ro: No estaban ahí cuando llegué. Entré en pánico y comencé a llamarte. Fui
a la pista de patinaje, pero nadie vio con quién se subieron al auto.
Rhys: Al parecer, su papá los recogió y tuvo un accidente. Ahora se dirigen
al hospital. ¿Ok?
Ro: Estoy yendo ahora. Te espero ahí.
Rhys: Está bien, quédate en casa. Solo estresarás a Sadie aún más de lo que
ya está. Te mantendré informada.

No hay respuesta para eso, y sé exactamente por qué.


Mantengo la voz tranquila y susurro suavemente:
―Tenías que saber cómo se lo tomaría, Rhys. Maldita sea.
―Lo sé ―suspira, frotándose los ojos con cansancio. Están rojos,
llorosos, como si hubiera estado conteniendo las lágrimas. Como si
hubiera sido el capitán fuerte en el que toda la familia Brown se apoyaba
como una muleta, pero apenas es lo suficientemente fuerte para eso.
Pero sé por experiencia que Rhys Koteskiy es leal y muy fuerte en su
amor, y es solo por ese conocimiento que sé que está diciendo la verdad:
no quiso hacerle daño a Ro.
―La llamaré y me ocuparé de eso ―le digo antes de darle un fuerte
golpe en el pecho―, pero discúlpate ahora. Rosalie es la persona más
desinteresada que conozco. Probablemente esté llorando sola en su
apartamento por eso.
Se me revuelve el estómago.
―¿Rosalie? ―pregunta, levantando las cejas.
―Vete a la mierda ―suspiro―. Me voy, pero mantenme informado, y
cuida de ellos.
―Lo haré ―promete―. Y… ¿Freddy?
―¿Sí?
―Lamento haberte dicho que te mantuvieras alejado de ella. Eres un
buen amigo y parece que Ro necesita eso.
Un buen amigo. Sonrío, pero me duele.
―Sí. En cualquier momento.
Los dormitorios están vacíos y tranquilos un viernes por la noche,
pero después de varias llamadas y mensajes de texto sin respuesta a
Rosalie, decido hacer una visita a domicilio.
―Sé que estás ahí, princesa ―digo de nuevo, golpeando la puerta un
poco más fuerte. Me sentiría mal si pensara que ya está dormida, pero
conozco a Ro lo suficiente como para saber que no podrá dormir
después de eso.
Conozco a Ro… Dios, qué bien se siente que eso sea verdad, conocerla
por dentro y por fuera lo suficiente como para poder estar aquí, ser su
sistema de apoyo cuando ella tantas veces ha sido el mío.
―Por favor, Rosalie ―suplico, presionando mi boca contra la madera
y proyectando mi voz.
Finalmente, la puerta se abre. Me apoyo tanto en ella que tropiezo un
poco y extiendo los brazos para sostenerme agarrándome de los brazos
de Ro.
¿Para controlarte? ¿O simplemente para sentir su piel?
Ro es tan hermosa que verla siempre me hace sentir como si un
enorme defensor me hubiera empujado contra las tablas y me hubiera
dejado sin aliento.
Su cabello está encrespado, más grande de lo que lo he visto antes,
como si sus rizos hubieran soportado el estrés y la ansiedad de la noche
tanto como su cuerpo. Supongo que todavía lleva puesto lo que llevaba
en el trabajo: jeans y una blusa suelta de color verde salvia. La cinta que
le sujeta el cabello ahora está triste y caída, toda la cola de caballo está
casi deshecha.
Manos temblorosas con uñas color perla se extienden para secar las
lágrimas recién formadas, su labio inferior tiembla mientras sacude la
cabeza. Su rostro está pálido, sus ojos color avellana están rojos y
llorosos.
―Lo siento.
Cierro la puerta detrás de mí.
―Ven aquí, Rosalie ―susurro, y ella se derrumba en mis brazos.
Aprieto mi espalda contra la puerta y tomo todo su peso, rodeándola
con mis brazos y besando su cabello y su frente mientras susurro―: Está
bien. Sadie, Liam, Oliver... están todos bien. Todos están bien y a salvo.
Tú estás bien, Ro.
―Es mi culpa...
―No es tu culpa ―le digo, empujándola un poco para que se aleje de
mí―. Oye, oye. ―Espero hasta que sus ojos se fijen firmemente en los
míos para que pueda ver la ferocidad en mi mirada―. Nada de esto es
tu culpa, ¿okey? Tú no hiciste nada.
―Traté de llamar...
―Lo sé, princesa ―la aprieto contra mi pecho―. Eres tan perfecta, tan
desinteresada. Haces todo por todos los que te rodean... y esta noche fue
un accidente extraño. Podría haberle pasado a Sadie si los hubiera
recogido, a Rhys, a Anna o a Max... a cualquiera de ellos. ¿Querrías que
Sadie se castigara a sí misma por esto?
Ella niega con la cabeza y frota su frente contra mi camisa rígida
abotonada y mi saco del traje.
―¿Pensarías que Rhys sería malo para Sadie si esto le pasara a él?
Ella vuelve a negar con la cabeza.
―Exactamente, así que deshagámonos de todo ese sentimiento de
culpa, ¿okey
―Okey.
Espero a que me suelte, pero ella solo me abraza más fuerte, lo que me
envía una emoción de ser deseado, necesaria para mi puro consuelo, que
recorre mi columna vertebral.
Hasta que siento que sus temblores aumentan y me doy cuenta... que
está sollozando. Fuerte.
―Whoa ―intento separarla con suavidad de mi cuerpo, pero ella no
se mueve―. Rosalie, por favor.
Finalmente la empujo hacia atrás lo suficiente, puedo ver que ahora
está llorando desesperadamente y mi estómago se hunde.
―Oye, oye, oye ―le aparto el cabello de la cara una y otra vez―. Me
mata verte llorar, princesa. Por favor.
―Lo-lo siento ―balbucea, con las palabras destrozadas y atrapadas
en sollozos.
―No te disculpes, bebé, solo dime qué puedo hacer para solucionarlo.
¿Qué pasa?
―No lo sé. Creo que… ―hipa unas cuantas veces, tratando de
conseguir suficiente aire para hablar, antes de susurrar en la habitación
silenciosa y oscura―: Extraño a mi familia.
Mi cuerpo se calma con la punzada de un dolor familiar. Yo también,
princesa.
―Está bien ―asiento, le doy otro beso en la frente y la abrazo con más
fuerza para un último apretón―. Esto es lo que vamos a hacer. Quiero
que te bañes, que hagas lo que necesites para relajarte y sentirte bien de
nuevo. Llora si lo necesitas, tómate tu tiempo.
No puedo dejar de dejarle pequeños besos en la piel, sobre todo
porque parece suavizar sus llantos hasta que son menos frecuentes y
espaciados.
―Bueno.
―¿Puedo usar tu computadora mientras estás en eso, princesa?
Ella asiente antes de deslizarse de mis brazos hacia su habitación con
mi mano en la suya. Me deja sentarme en el borde de su cama con su
computadora portátil ahora abierta en mi regazo antes de juntar más
ropa y dirigirse al baño.
Espero hasta que el agua está abierta antes de morderme la lengua
para tragarme la ansiedad de lo que estoy a punto de hacer y presionar
el botón de llamada en su pantalla.
Contestan al segundo timbre.

Ella se lavó el cabello, lo que lleva mucho más tiempo con su rutina de
rizos, una vez me lo explicó sin pensar cuando se lo pregunté. Esperaba
a que me aburriera después de cada paso, pero podría escucharla hablar
sobre el proceso científico del secado de la pintura sin pestañear. Todo lo
que dice me fascina.
Sin embargo, significa que he tenido casi treinta minutos para charlar
y reírme con la amable y gentil mujer en la pantalla.
Aun así, me quedo en silencio mientras Ro sale.
Está en la puerta de su baño. Sus pantalones de pijama de rayas rosas
le cubren los tobillos y apenas alcanzan la longitud de sus piernas,
mientras que una camiseta enorme con un osito de peluche con lentes
leyendo un libro y letras brillantes y llamativas que dicen Beary Yourself
in a Book la cubre hasta la mitad del muslo.
Sonriendo aún más, levanto mi dedo hacia la cámara y lo apoyo en la
esquina de su cama a medio hacer.
―¿Es mi mamá?
Tomo la mano de Ro y la guío.
―Te pedí que te trajeran algo de comida de The Chick ―le digo,
sabiendo perfectamente que no hacen entregas y que usé mis
aterradores privilegios de senior para conseguir que uno de los novatos
del equipo hiciera un viaje por mí―. Debería llegar pronto. La dejaré
afuera de la puerta de tu habitación con un golpecito.
Ella parece un poco conmocionada, pero no infeliz mientras se gira
hacia la pantalla donde su mamá todavía está sonriendo como si hubiera
ganado un crucero gratis.
No espero el resto de su reacción antes de salir del dormitorio y entrar
en la sala de estar.

―¿Sigues aquí?
Mi cuerpo se levanta de golpe, casi me quedo dormido en el sofá. Me
levanto y la miro.
Me aclaro la garganta y digo:
―Rhys llamó. Sadie se quedará en su casa con los chicos. Y… no
quería que estuvieras sola. ―No ahora... ni nunca, si puedo evitarlo―.
¿Cómo te fue con tu mamá?
―Increíble ―dice, acercándose a sentarse frente a mí en el sofá―.
Gracias, Matt. No... no puedo explicarte lo que eso significó para mí.
―Bien. ―Le sonrío suavemente.
―Y gracias por la comida también.
Me río levemente.
―The Chick realmente ayuda cuando uno se encuentra en un estado
de profunda agitación emocional. No puedo decir cuántas veces me he
comido mis sentimientos ahí.
Ella sonríe y niega con la cabeza.
―Todavía llevas puesto el traje.
Apenas me doy cuenta de que, de hecho, todavía estoy
completamente vestido, con traje y todo, cuando ella me lo señala.
―Solo para ti, princesa ―coqueteo―. Pensé que querrías admirar tu
elección en persona.
Sus mejillas están sonrojadas.
―Sabía que te quedarías bien de azul, pero no puedo imaginarte con
un esmoquin.
―¿No?
Ella niega con la cabeza mordiéndose el labio.
―Tienes razón ―digo, levantándome para quitarme el saco y tirarlo
sobre el respaldo del sofá. Aprovecho la oportunidad para sentarme más
cerca de ella esta vez, con el brazo estirado detrás de ella―. Nunca he
llevado uno antes.
Ro sonríe de nuevo, con la boca apoyada en la pajita mientras toma
otro sorbo fuerte.
―Mi acompañante en el baile de graduación llevaba un esmoquin
azul bebé horrible que no combinaba para nada con mi vestido: un
vestido de jacquard rosa al que le hice el dobladillo y le cambié el escote
yo misma. Lo compré en una tienda de segunda mano.
―Sabes que voy a necesitar ver esas fotos ―digo, y ella sonríe, con los
ojos brillando de orgullo.
―Como sea, con su traje azul pálido de los años ochenta y mi vestido
rosa y mis tacones, nos veíamos ridículos. Como huevos de Pascua
torcidos.
Una risa estalla inesperadamente en mi pecho, inclino la cabeza hacia
atrás mientras mi brazo se desliza hacia sus hombros y la atraigo un
poco más cerca.
―Estoy segura de que tú estabas hermosa y él era solo un mal
complemento. ―Tiro de un hilo suelto de la costura del hombro de su
camiseta―. ¿Te redimiste al año siguiente?
Ro niega con la cabeza.
―No, eh… ―Se queda callada, vacilante, mordiéndose el labio sin
piedad―. Mi papá sufrió un derrame cerebral en mayo, cuando yo
estaba en tercer año. Estuve en una situación muy delicada durante un
tiempo.
Mi corazón late un poco más mientras la aprieto más fuerte en mis
brazos, un dolor familiar y similar palpita en mi pecho.
―Después pasé mucho tiempo cuidándolo.
―No lo sabía ―susurro―. Eso es... eso es horrible, Ro.
―Sí ―asiente, moviendo la cabeza para librarse de mi agarre―, pero
ahora está mejor. Ya no puede moverse muy bien y tiene problemas para
hablar; a veces se queda atascado con las palabras ―hace una pausa―.
Por eso empecé a llamarme Ro, en lugar de Rosalie. Para él era más fácil
decirlo.
―Eso es...
No hay palabras para decir, todas se me quedan atrapadas en la
garganta. Eres la persona más increíble y maravillosa que he conocido y a veces
casi me enfermo pensando en lo que haré sin ti cuando esto entre nosotros
termine.
En mis sueños, te cuido como tú cuidas a otras personas, y estás relajada y
tranquila, y antes de dormir, me dices lo fácil que es amarme. Estoy empezando
a pensar que renunciaría a todo, incluso al hockey, por esa vida contigo.
En vez de eso, me inclino y le beso la frente con fuerza, tomándome
un minuto para sentir su piel contra mis labios, todavía húmeda y cálida
por la ducha humeante. El aroma fresco de flores tropicales y coco que
emana de sus rizos húmedos y elásticos llega a mi nariz.
―Eres perfecta, ¿lo sabías?
Ella se ríe.
―Sí, sí. ―Se acurruca en mis brazos, completamente relajada de una
manera que funciona como una droga relajante para mi sistema. Sus
risas se apagan lentamente antes de preguntar―: ¿Qué hay de tu fiesta
de graduación?
Quiero sonreír y preguntar:¿Cuál? ¿Esa en la que mi profesora de historia
me enseñó a devorar a una chica en un armario? ¿O en la que mi novia, para
quien ya había planeado una noche romántica y había gastado cada centavo a mi
nombre para que fuera especial para ella, me preguntó si quería probar un trío
con su mejor amiga en el hotel?
Pero algo en la forma en que me mira, sus grandes ojos color avellana
y una pequeña sonrisa suave, me hace querer ser diferente. Me hace
desear ser alguien diferente. Su vulnerabilidad me atrae, pero me estoy
ahogando en la humillación.
Así que miento.
―Fue increíble. Me veo genial en azul bebé, princesa.
Al darse cuenta de que no diré más, Ro se coloca el cabello detrás de
la oreja y se acerca un poco más, de modo que nuestros muslos quedan
completamente presionados juntos, desde la rodilla hasta la cadera.
―¿Quieres quedarte aquí esta noche? ―Inclina la cabeza casi
demasiado cerca y su voz se convierte en un susurro.
―Sí ―susurro, y la respuesta me resulta más fácil de lo que
esperaba―. ¿Quieres que lo haga?
―Sí.
Mi respiración sale lenta pero irregularmente mientras nuestras bocas
se acercan cada vez más. Besarla ahora sería más fácil que no hacerlo, y
sin embargo...
―¿Quieres que te bese? ―pregunto, rozando mis labios con los suyos.
Ella gime levemente en el fondo de su garganta, pero hay un toque de
vacilación, y eso es más que suficiente para que me aleje.
―Espera, yo...
―Está bien, Rosalie ―susurro, alisándole el cabello hacia atrás―,
pero debes saber que, en cuanto me pidas que te bese de nuevo, no me
contendré.
Y aunque tengo autocontrol, no soy un santo, así que le robo un beso
en la mejilla, cerca de la comisura de la boca.
―¿Lo único que tengo que hacer es pedirlo? ―me pregunta,
levantando la mano hacia donde acababan de estar mis labios.
Asiento.
―Todo lo que tienes que hacer es pedirlo.
CUARENTA
Ro

―Vamos, princesa, toma lo que necesites.


Su voz es ronca, sus brazos me aprietan la cintura mientras me muevo hacia
abajo. Estoy jadeando, mi pecho se agita mientras me agarro a sus hombros para
hacer palanca.
―Eso es, Rosalie.
El sonido de mi nombre completo saliendo de sus labios me sacude, me
balanceo cada vez más alto, casi coronando esa ola misteriosa y esquiva. Mi
estómago se vacía, con un borde de miedo mientras...
―Rosalie...
Mis ojos se abren de golpe y el sudor me perla la frente. Eso sonó
como...
Oh, Dios.
Matt Fredderic.
Matt Fredderic en mi pequeña cama matrimonial, presionado
completamente contra mi espalda mientras me retuerzo y tengo mi
mano (miro hacia abajo brevemente) en mis pantalones de pijama.
La vergüenza me recorre el cuerpo tan rápido que siento que me voy a
desmayar por la intensidad de la vergüenza. Eso, o llorar, mis ojos están
un poco llenos de lágrimas mientras me quedo completamente
congelada, mirando hacia la pared de mi habitación.
Había elegido ese lado por su insistencia después de pedirle que se
quedara conmigo en la noche. Me sentía demasiado mal para estar sola y
Matt estaba preocupado de que me cayera de la cama demasiado
pequeña al intentar que cupieran nuestros cuerpos de extremidades
largas.
―¿Ro? ―pregunta Matt de nuevo, apoyando la barbilla ligeramente
en la curva de mi hombro y respirando en mi cuello, lo cual no ayuda en
absoluto a mi situación actual.
―Yo... yo...
Nada. No tengo palabras, tengo un nudo en la garganta y la piel me
arde de vergüenza. La vergüenza me recorre las entrañas como lava.
―Rosalie ―susurra, mientras su mano se acerca a mi cintura y me
hace mover las caderas. El ángulo me empuja contra mi mano y casi
grito.
En vez de eso, solo un gemido ahogado sale de mi boca con los labios
apretados.
―Necesito...
La mano de Matt se posa sobre la mía, sobre mis suaves y finos
pantalones de pijama, y actúa como un shock de agua helada para mi
sistema sobrecalentado, o como un galón de gasolina y una cerilla
encendida, por la rapidez con la que mi necesidad y desesperación
alcanzan un nivel insuperable.
―Tranquila, princesa ―dice con voz severa, pero con una picazón
matutina que me hace erizar los dedos de los pies―. ¿Quieres que te
ayude?
Quiero que me haga cualquier cosa.
―Sí, por favor ―susurro.
Se ríe entre dientes y me da un beso en la piel debajo de la oreja.
―Qué educada ―me elogia―. Qué buena chica.
―Freddy...
―No ―dice con brusquedad―. Llámame Matt, por favor.
La mano de Matt se aplana y presiona firmemente mi propia mano
contra mi sexo. La presión me hace jadear y empujar mis caderas hacia
adelante un poco desesperadamente.
―¿Puedes correrte así? ―pregunta, sin siquiera un rastro de broma en
su tono. Solo una pregunta suave y genuina―. Quiero saber qué te hace
sentir bien, princesa.
―Así se siente bien ―digo, tan temblorosamente que me preocupa
que haya sido un galimatías―. Por favor.
―Mueve los dedos ―me ordena, aunque su voz permanece serena―.
¿Quieres sentirme?
―Por favor. Por favor.
No estoy segura de si asentí o si mi visión se volvió borrosa, pero me
indica que me recueste más boca arriba, con uno de sus brazos todavía
debajo de mi cuello.
Los dedos de Matt recorren mi estómago hasta llegar a la cintura de
mis pantalones, con un toque ligero como una pluma deslizándose sobre
mi piel hipersensible hasta que el calor de su mano se encuentra con la
mía.
No es lo que pensé que quería decir con sentirlo, pero es perfecto.
Mis dedos se arremolinan sobre mi clítoris, en círculos lentos pero
cerrados. Su bíceps roza mis pezones a través de mi camiseta, y eso
combinado con la sensación de su piel desnuda contra la mía, tan cerca
de donde lo necesito, provoca un vergonzoso gemido de necesidad que
sale de mí.
La vergüenza amenaza, pero antes de que un solo pensamiento pueda
descarrilar mi excitación, Matt está en mi oído nuevamente.
―Qué hermosa, Ro. Sigue haciendo lo que te haga sentir bien. Justo
así, princesa. Buena chica.
Sus halagos son tan agradables como sus caricias. Los ruidos que hago
solo aumentan cuando inclina su mano y presiona mi entrada con la
punta de sus dedos.
Casi me trago la lengua y un sonido fuerte y agudo, casi un sollozo,
sale de mis labios. Aparto mi mano, me muerdo el labio y frunzo el ceño
mientras él empieza a penetrarme lentamente.
Hace una pausa y mis nudillos se ponen blancos por el agarre en las
sábanas a mi lado.
―Respira, Ro. Puedes tocarme, bebé ―me dice para tranquilizarme,
dándome un beso en el cabello.
Sus dedos se sienten gruesos, pero estoy vergonzosamente mojada,
apretándome a su alrededor mientras me estimula lentamente.
―Necesito… ―Es vergonzoso. Tyler odiaba esto, que no pudiera
correrme como las otras chicas. Que no me sintiera lo suficientemente
bien con solo él, odiaba cuando yo intentaba tocarme mientras…
Matt deja de tocarme y esta vez casi lloro. Se me encoge el estómago y
el calor de la lujuria recorre mi cuerpo mezclándose con la ansiedad de
pedir lo que quiero.
Pero no lo necesito.
Su mano encuentra la mía, guiándola de regreso a mi piel húmeda e
hinchada, moviendo las yemas de mis dedos en un círculo ligero y
practicado.
―No dejes de hacerlo ―dice―. Está bien querer ambas cosas al
mismo tiempo, si eso te hace sentir bien.
El alivio es instantáneo, al igual que la oleada de calor cuando mueve
su dedo hacia adentro para empujarse dentro de mí, suave y gentil.
―Quiero que te sientas bien, Ro ―susurra, presionando hacia adentro
y hacia afuera, una vez, dos veces, antes de agregar un segundo dedo
que hace que mi otra mano agarre su antebrazo. La necesidad de
mantenerlo ahí y alejarlo hace que mi estómago se apriete.
Él curva sus dedos y yo me sacudo, moviéndome hasta que su sólida
longitud se presiona contra mi cadera. Siento una embriagadora oleada
de confianza al saber que esto le afecta tanto como a mí, que me desea
tanto como yo a él.
Es suficiente para que me relaje un poco en su agarre mientras trabaja
mi cuerpo. Él es un músico galardonado y yo soy su instrumento,
aunque los sonidos que sigue extrayendo de mí son todo menos
musicales. Aun así, no me contengo y me dejo llevar por completo por
él.
El calor se hace cada vez más intenso en mi interior, apretándose hasta
que no puedo contenerlo más.
―Rosalie ―gime en mi oído, y yo me deshago en un susurrante
“Matt” para acompañarlo, subiendo a la ola con desenfreno, sabiendo
que él me sostendrá a través de ella. Me mantendrá a salvo.
Todo está en silencio, solo se oyen los sonidos jadeantes de nuestra
respiración y la ligera presión de sus labios sobre mi cuello una y otra
vez. Mi cuerpo permanece alerta, pero la energía cambia y se transforma
en pánico y vergüenza. Me aparto bruscamente de su brazo y casi corro
hacia el baño, cierro la puerta y me hundo contra ella.
Pasa un momento y luego:
―¿Rosalie?
Dios ¿Me cansaré alguna vez de oír mi nombre de sus labios?
―Necesito un segundo ―digo, apoyando la barbilla en mi hombro―.
En realidad... eh... tengo que trabajar. Tengo que prepararme.
―Okey. ―Me lo imagino asintiendo repetidamente fuera del baño―.
Okey... eh, puedo irme. A menos que necesites que te lleve.
Tengo el corazón en la garganta.
―No, estoy, eh, estoy bien.
Otra pausa más larga.
―Okey. Te veo luego entonces, ¿sí? ―Odio la tristeza que puedo
percibir en su tono, marcando líneas en mi piel como si rodara sobre
vidrios rotos.
―Sí.

La doctora Tinley me llamó a su consultorio el lunes por la mañana, lo


que me dejó sin poder dormir el domingo por la noche debido a la
ansiedad que me recorría el organismo. Los sueños sobre perderme la
reunión por completo o incluso sobre que me despedían me
atormentaron toda la noche.
Toco rápidamente y echo un vistazo a su oficina, el ambiente cálido
siempre es relajante.
―Entra, Ro ―me sonríe por encima de su taza de café.
―Buenos días ―digo, sentándome frente a su escritorio y dejando
caer mi mochila al suelo. Cruzo y descruzo las piernas.
―Ya sabes que te adoro, nena ―se ríe, recogiéndose el cabello―. Eres
muy inteligente y talentosa, y tengo mucha suerte de tener a una chica
como tú en nuestro equipo de tutoría y en mi grupo de preparación.
―Gracias. ―Me sonrojo y el alivio calma mis nervios.
―Por supuesto. ―Le da otro sorbo a su café y se inclina hacia
adelante sobre el escritorio―. Ahora, hay algo de lo que realmente
necesito hablar contigo: tu equipo.
Trago saliva con más fuerza y deseo tener algo para beber para
aclararme la garganta. Estoy enojada conmigo misma por haber
olvidado mi botella de agua.
―Tyler me dijo que rompieron, lo cual ―levanta las manos―, no es
asunto mío. Sin embargo, también dijo que has sido difícil, que le has
complicado las cosas al equipo y que ya no asistes a los eventos.
No soy difícil. Apenas veo al equipo lo suficiente como para ser un
“problema”. No voy a los eventos porque no me invitan. Tyler está a
cargo de todo; lo hace a propósito.
―Okey… ―Me quedo en silencio, incapaz de pensar en cómo
responder.
―Escucha, Ro, me gustas. De verdad, pero necesito jugadores en mi
equipo. Aquellos que estén dispuestos a dejar de lado sus diferencias, a
no amargarse por el pasado y a ser capaces de trabajar con personas con
las que tal vez no se lleven bien.
Me arden las mejillas y su tono es como si estuviera reprendiendo a
un niño. Lo odio, me retuerzo en el asiento, desesperada por preguntarle
si puedo renunciar e irme.
―Oye...
Como si de alguna manera hubiera caído en los pozos del infierno y
hubiera convocado al mismísimo diablo, Tyler aparece en su puerta.
―¡Oh! Lo siento, doctora C., no sabía que tenía una reunión tan
temprano. Volveré.
―En realidad, Tyler, estábamos hablando del desempeño de Ro en el
equipo.
―¿En serio? Bueno, si está buscando más oportunidades de trabajar y
conocer mejor a su equipo, hoy vamos a almorzar.
―¡Genial, Tyler! ―le sonríe la doctora Tinley como si hubiera
anunciado una cura para el cáncer―. Perfecto, ¿verdad, Ro?
No, no es perfecto. Hoy tengo clases particulares con Matt y le prometí
que me reuniría con él para almorzar antes. No solo eso, sino que
después de lo que pasó la otra noche, realmente quiero saber cómo están
las cosas entre nosotros.
―Claro ―digo.
―Y ―dice Tyler―, nos reuniremos todos en mi casa el jueves por la
noche para repasar un par de cosas antes de la fecha límite para
presentar las solicitudes. Creo que sería muy importante que estuvieras
ahí, Ro.
Creo que es muy importante para mí estar en otro lugar que no sea
con Tyler, por mi propia salud mental y mi sanación, pero perder mi
lugar en el equipo o el respeto de la doctora Tinley son dos cosas que
realmente no puedo permitirme en este momento. No con las decisiones
sobre el programa de pasantías que se avecinan en el futuro cercano.
―Suena genial ―digo, a pesar del arrepentimiento que siento
inmediatamente.
Cuando llego a la cafetería que hay dentro de la biblioteca, nuestro
lugar de encuentro habitual, Matt ya abrió su mochila e hizo la mitad de
la tarea de la semana pasada. Sus ojos me absorben mientras me deslizo
frente a él, mis mejillas se calientan al igual que su piel ya sonrojada.
Es más fácil ver la vergüenza ahora que su bronceado de verano se ha
desvanecido por completo, su piel es mucho más pálida que mi tono
más oscuro, pero los dos estamos rojos como tomates y evitamos el
elefante que se apoya pesadamente sobre la mesa entre nosotros.
―No te avergüences del sábado ―dice, golpeando la mesa con las
manos y con el bolígrafo al soltarse―. En serio, podemos olvidarnos de
lo que pasó.
Es como un puñetazo en el estómago.
―¿Eso es…? ―Trago saliva con fuerza, tomo su bolígrafo y lo hago
girar entre mis dedos―. ¿Eso es lo que quieres?
Su ceño se frunce, la frustración y el miedo se mezclan claramente en
su rostro, los muros caen, la vulnerabilidad es embriagadora incluso
ahora.
―¿No es eso lo que tú quieres? Quiero decir... somos amigos.
―Finalmente logra pronunciar las palabras―, pero yo...
―Sí ―digo, sintiéndome más como si me estuviera tragando un
cuchillo que cualquier otra cosa―. Sí, tienes razón. Somos amigos,
podemos olvidarnos de lo que pasó. ―Le entrego el bolígrafo. Él duda,
como si le hubiera ofrecido veneno en lugar de un utensilio para escribir,
antes de tomarlo.
Apenas hablamos durante el resto de la sesión y cada pocos minutos
me encuentro frotando el punto adolorido en mi pecho.
Me duele más cuando me doy cuenta de que Matt también lo está
haciendo.
Toda la semana ha sido un infierno y el entrenador Harris nos está
machacando el trasero nuevamente en la práctica del jueves por la tarde,
pero no puedo borrar la estúpida sonrisa de mi rostro. Incluso cuando
Garcy, Roman Garcia, un defensor de segundo año, me golpea un poco
bruscamente contra las tablas.
Por lo general, ese es el juego de Kane, pero actualmente está
recibiendo la regañada del siglo por parte del entrenador asistente
Johnson. Es tan malo que hasta Holden está haciendo muecas por estar
cerca de su compañero defensivo.
Los dos se han vuelto más cercanos, todo lo cercanos que imagino que
Toren Kane le permitirá al chico. Aun así, Holden lo sigue a todas partes
como un golden retriever que intenta hacerse amigo de un dóberman.
De cualquier manera, estoy en un momento de euforia temporal. Mis
calificaciones están mejorando gracias a que me deshice del crédito
imposible de matemáticas para el semestre, y todos mis deberes y
exámenes están hechos y calificados. Me siento bien por mi examen de
biología del lunes, al igual que Ro. No la he visto desde el lunes, y los
tres días de conversaciones breves por mensajes de texto y el hecho de
que ella esté relativamente ocupada han hecho que me resulte un poco
más difícil concentrarme, principalmente por el cambio en mi rutina.
O porque después de correrme en mis pantalones como un
adolescente en su cama, y de la sesión de tutoría más incómoda de mi
vida, no hemos hablado de nuestra relación.
Tal vez, si puedo esperar hasta que ella ya no me dé clases
particulares, la invite a salir. Lo único que me queda son los exámenes
finales antes de aprobar y salir de mi período de prueba.
Oye, ahora que ya no te pagan por pasar tus días conmigo, ¿quieres pasar el
día conmigo?
Sacudo la cabeza un poco al pensarlo. A Ro le gusto, le gusto de
verdad. Necesito demostrarle que no soy un chico fiestero ni "el zorro de
la escuela" que todos creen que soy. Puedo ser serio e inteligente, como
ella.
―Una vez más y habremos terminado por hoy ―dice el entrenador
Harris antes de hacer un gesto a los otros dos entrenadores asistentes,
así como a sus dos estudiantes internos, para que terminen la práctica―.
Los veo mañana, chicos. Freddy, ¿tienes un momento?
Un par de chicos hacen ooo cuando me llama, pero ya no hay nervios
con el entrenador. Después de verlo respaldar a Ro en mi reunión con
asesores, defenderme y creer en mí lo suficiente como para hacerlo, me
siento más que cómodo con él.
―¿Sí? ―pregunto, deteniéndome bruscamente sobre una pierna junto
al banco y apartándome de la jaula.
―Tienes un visitante que exige que lo dejes entrar a mis prácticas
privadas.
―¿Quién? ―pregunto, mientras un sudor que no tiene nada que ver
con el duro entrenamiento comienza a acumularse en mi sien.
―Tu papá.
Se me cae el estómago y siento una pequeña oleada de náuseas
mientras aprieto los puños en mis guantes.
El entrenador Harris observa cada uno de mis movimientos, pero
también lo hace Bennett, actualmente sentado en el banco mientras su
pareja trabaja el último ejercicio.
No hablo de mi papá, pero no es difícil hacer la conexión,
especialmente con la frecuencia con la que mi papá me ruega que le
consiga una entrevista en los medios, donde sea que pueda tenerla, solo
para poder llamarme su hijo, burlándose del término, antes de destrozar
mi técnica y mis habilidades en un escenario nacional.
A veces no puedo decir si él quiere que tenga éxito, como parece
presionarme, o si solo está poniendo todos los obstáculos que puede,
deseando desesperadamente que fracase.
―Está bien ―le digo―. ¿Quieres que hable con él?
―Es insistente. Nada que no pueda manejar, pero necesito que me
digas cómo quieres lidiar con esto. ―Muy sutilmente, los ojos de Harris
se dirigen a Bennett y luego a mí.
Bien, porque de los tres legados de la NHL en este equipo, Max y Rhys
no son la única pareja dorada de papá e hijo. Bennett y su papá tienen
una relación tensa en privado, algo que es fácil de ver si estás cerca de
ellos el tiempo suficiente. El papá de Bennett no se atrevería a
presentarse a una práctica, mientras que Max Koteskiy tendría una
alfombra roja desplegada para su aparición.
El entrenador no sabe cómo manejar a mi papá, porque en los tres
años que llevo aquí, nunca ha aparecido en el campus.
Él está esperando mi señal.
―Yo me encargaré de eso ―digo, esperando hasta que el entrenador
Harris asiente, dándome permiso para salir temprano.
―Vestidor ―grita, cruzándose de brazos―. Tienes veinte minutos
como máximo, Fredderic.
Apenas puedo escucharlo por el torrente de sangre en mis oídos,
pisando fuerte por el túnel hacia el vestidor.
―Tu pequeño entrenador necesita algo de coraje si te envió aquí para
lidiar conmigo.
Como solo escucho su voz por teléfono desde hace tres años, su
sonido en persona es tan paralizante que mis rodillas se debilitan y
tengo que agarrarme de la pared para apoyarme.
No nos parecemos, algo que me molestaba cuando era niño. Hubo un
tiempo en que quería ser su gemelo, antes de que su veneno infectara
todo lo que me rodeaba hasta que la descomposición se comió todo lo
bueno de mi vida.
Su piel está bronceada y manchada, como si hubiera estado bebiendo
en una playa de Miami durante los últimos tres años, y tal vez así sea. Su
cabello es una mezcla de gris y rubio, más brillante que el mío de una
manera que inmediatamente niega la personalidad seria que está
tratando de crear con el traje barato y mal ajustado. Soy más alto, un
hecho que sé que le molesta incluso ahora, sobre todo porque casi lo
derribo con los centímetros de más que me dan mis patines y mis
protecciones.
Sus ojos castaños y planos me observan lentamente desde el otro lado
de la habitación, tan opuestos al verde brillante de los míos. ¿La ve
cuando me mira? ¿Le causa dolor? Espero que así sea.
Y sin embargo no quiero que piense en ella. Ni siquiera merece el
recuerdo de ella.
―¿Qué estás haciendo aquí?
―Estoy aquí para ver a mi hijo patinar. Para comprobar su progreso.
Soy yo quien paga esta estúpida escuela, ¿verdad? ―Levanta las manos
hacia un lado y sonríe. Nuestra única similitud. La maldita sonrisa de
los Fredderic y las líneas de expresión: los seductores; el playboy de
Dallas y su prometedor reemplazo.
Alguna vez quise ser como él. Me enferma pensar en eso ahora, en
cuánto tiempo perdí con él cuando podría haber estado al lado de ella.
Estúpido. Estúpido. Estúpido.
―Qué curioso ―digo con seriedad―. Tengo una beca. ―No podrías
pagar esta escuela de mala calidad ni aunque quisieras, viejo.
Me siento y empiezo a desatarme los cordones. Quiero que se vaya
antes de que un solo patinadores abandone el hielo.
Uno de los periódicos lo tituló en letras gigantes y en negrita "El
mayor arrepentimiento de Dallas" después de su segunda renovación de
contrato. Lo recuerdo porque Archer dejó el periódico junto a mi
desayuno y me guiñó el ojo antes de escabullirse a un rincón de la cocina
para beber su café sin que nadie se diera cuenta cuando entró mi mamá.
Ella se rió más fuerte de lo que la había escuchado en mucho tiempo
antes de besarme la parte superior de la cabeza y alborotar mi cabello
demasiado largo, leyéndolo en voz alta antes de que tuviera que
preguntarle qué decía.
Estoy seguro de que John Fredderic fue el mayor arrepentimiento de
mucha gente, pero de nadie más que de mi mamá y de mí.
―Voy a traer a algunos entrenadores de otros equipos para que te
vean practicar. Quiero que prepares algunas de tus cosas más
sofisticadas, las aceleres, las muestres...
―El entrenador realiza los entrenamientos a puerta cerrada.
Me ignora por completo.
―Y hablé con tu asesor y tus profesores sobre dar de baja la materia
de matemáticas...
―¿Qué? ―Me quedo paralizado, con la incredulidad recorriendo mi
cuerpo.
―Esa linda señora Tinley cree que es una mala idea. Que te estás
tomando una salida fácil. Tu asesor pareció culpar a una chica...
―No puedes saber nada de mis asuntos con la escuela. Esa es la regla.
Él sonríe.
―No, firmaste ese formulario de excepción durante el registro.
Supongo que pensaste que Elsie estaría cerca, que era para ella, pero...
―Se encoge de hombros, como si estuviera hablando del clima y no
dando un golpe tras otro.
―¿Por qué no puedes dejarme en paz? ―Estoy sin aliento, como si
hubiera pasado nueve rounds en el ring y no teniendo una conversación
con mi papá.
―En serio, hijo...
―Jodidamente no me llames así.
Mi voz es peligrosa, un poco demasiado alta y resuena en el vestidor
vacío. Resoplo, me quito los patines y las protecciones, pasándome una
mano por el cabello húmedo de sudor, tratando de calmarme.
Su voz se eleva para igualar la mía. De la misma manera que tiene que
ser el mejor en todo, tiene que ser el que habla las fuerte en la sala.
―Soy tu maldito papá, te guste o no, Matthew. Cualquier veneno que
esa perra te haya puesto en la cabeza todos esos años es basura.
Reprimiendo un grito, apenas logro hablar.
―Es sorprendente, John, que ella nunca haya dicho una sola palabra
mala sobre ti. Esos eran tus juegos. ―Me pongo una camiseta gris, sin
molestarme en ducharme ahora. Quiero salir de aquí lo más rápido
posible―. Hasta Archer se mordía la lengua cada vez que te
mencionaba, es más hombre de lo que tú has sido nunca.
John resopla.
―Cierto. ¿La inocente Elsie, siempre haciéndose la víctima para que
algún hijo de puta mayor la rescatara? ¿También llamas a Archer papi?
¿O era un término específico de Elsie...?
Lo tengo inmovilizado contra la pared antes de poder parpadear, con
las manos en su garganta.
Quiero detenerme, no quiero ser como él, pero no hay forma de
detener la furia aterradora que me recorre. No puedo escuchar nada
hasta que alguien me agarra, me aleja y todo mi cuerpo se pliega.
¿Alguien está gritando? ¿Soy yo?
―¿Freddy?
La voz de Holden. Holden. Jodidamente gracias que no es...
Kane está detrás de él, de pie hacia la salida con los brazos cruzados
como un extraño guardaespaldas, manteniendo de alguna manera a mi
papá dentro y al resto del equipo fuera.
―Sal de aquí antes de que te mate.
Mi papá se pone de pie de un salto y lanza una mirada nerviosa al
defensor con cicatrices que todavía lleva su equipo y sus patines, lo que
lo deja en un aterrador metro noventa y ocho: una oscuridad
descomunal con la quietud de un cazador con su presa a la vista.
―Le rogué que se deshiciera de ti ―dice John, mientras se acomoda el
horrible saco de cuadros y se dirige a la salida―, y mira esto: de alguna
manera, te conviertes en una decepción aún mayor con cada respiración.
Desearía que sus palabras se me resbalaran, pero no es así.
Nunca lo hacen, no importa cuánto sonría o me ría a mis expensas; mi
corazón está expuesto como una segunda piel, sin armadura. Cada
palabra golpea como una flecha en su objetivo hasta que me desangro en
el suelo del vestidor.
No pierdo ni un segundo después de que él se va, me cambio y salgo
furioso, ignorando a mis dos compañeros de equipo mientras rezo para
que nunca vuelvan a mencionar esto.

Cierro la puerta de mi habitación de un golpe demasiado fuerte,


queriendo disculparme un momento y luego darle una patada al
siguiente.
Mierda. No puedo pensar así. Apenas puedo respirar.
Me veo en ese mismo maldito barco a los seis, a los doce, a los quince,
una y otra vez, con mi mamá sentada a mi lado y convenciéndome de
que vuelva a la normalidad, pero ella no está aquí. Tengo que afrontarlo
sin ella. Sin nadie, porque no tengo a nadie...
Tienes a Ro.
Le marco antes de poder pensarlo dos veces, la línea suena durante
tanto tiempo que estoy casi seguro de que no contestará.
Y aún así, cuando lo hace, casi deseo que no lo hubiera hecho.
―Hola ―susurra, con voz alegre y temblorosa.
―¿Ro?
Al escuchar mi voz, la escucho maldecir en voz baja. Se cierra una
puerta y se escuchan unas cuantas inhalaciones suaves y un susurro
antes de decir:
―¿Freddy?
―Necesito que hables conmigo, princesa. ―Empujo las palabras a
través de mi boca aunque siento que estoy vomitando hojas de afeitar.
Tan jodidamente patético.
Me paso la mano por el cabello y me froto los ojos, que me han
empezado a arder, mientras espero algo... cualquier cosa. Ro puede
hacer que esto mejore, solo necesito...
No tengo ni puta idea de lo que necesito, no puedo pensar con los
golpes que siento en mi cráneo, pero ella es lo único que quiero necesitar.
―Freddy, ¿estás bien? ―pregunta, todavía susurrando.
―¿Te desperté? ―Miro de nuevo mi teléfono para darme cuenta de lo
tarde que es―. Mierda, ni siquiera... odio pedírtelo, pero ¿puedes hablar
conmigo hasta que me calme? No puedo hablar jodidamente de eso.
Mis palabras son duras, pero mi tono es doloroso. ¿Puede escuchar lo
desesperado y suplicante que estoy a través del altavoz?
―Matt ―susurra, un suave murmullo de mi nombre que hace que mi
siguiente respiración sea un poco más fácil―. Oye, necesito que respires,
¿okey?
Obedecer sus órdenes es más fácil que cualquier cosa que haya hecho
en los últimos veinte años de intentar desesperadamente hacer lo
correcto y fallar repetidamente, pero puedo sentir que estoy cayendo,
que el odio hacia mí mismo crece, y que necesito que me tranquilice.
―¿Crees que soy una mala persona, Ro?
Se me entrecorta la voz y toso, desesperado por ocultar exactamente
cuánto me estoy rompiendo ahora. Me alejo de la puerta y camino en
círculos por el piso desordenado.
―No ―susurra―. Oye, oye. No, Matt. Eres una buena persona. El
mejor. Eres... eres increíble...
―¿Puedo ir a tu casa? ―pregunto con la voz temblorosa, porque
escucharla no es suficiente. Y no me importa lo patéticamente necesitado
que suene.
Se queda en silencio durante mucho tiempo, que se me revuelve el
estómago y el mareo regresa a mis entrañas.
―Freddy ―dice, y el cambio de nombre, el tono de su voz... mierda,
un cuchillo en el estómago hubiera dolido menos―. No puedo... yo...
―Dios... lo siento. ―Me muerdo el labio―. Por supuesto que estás
ocupada. Lo siento... por favor, ignórame.
―No, Matt, puedo…
―Todos están muy ocupados en este momento y estoy siendo egoísta.
―Asiento, dándome la razón mientras me salen las palabras. Mi camisa
está empapada de sudor y se me pega, haciendo que mis pensamientos
se dispersen hasta que consigo quitármela.
Acerco el teléfono a mi oído frenéticamente, respirando con dificultad.
Se escucha otro sonido, y luego una voz más grave, apagada y lejana.
Ro dice:
―Voy enseguida ―pero no se dirige a mí, sino a él.
Ya estoy demasiado frenético como para no decir:
―¿Es Tyler?
Hace una pausa y luego dice:
―Freddy...
―Mierda. Lo siento. No debería haberte llamado. Te dejaré ir.
No quiero dejarla ir, pero está con Tyler, el maldito supergenio que no
se acuesta con cualquiera y es mayor, más inteligente y menos salvaje.
Pienso que sería muy fácil amarte.
Me siento tan jodidamente estúpido.
Todo mi cuerpo se hunde en el suelo, mi cabeza se inclina hacia atrás
para descansar contra la puerta con una risa amarga y mi rodilla rebota.
―Matt, detente.
―No ―digo con voz áspera y mis ojos arden mientras dejo caer el
teléfono en mi regazo. Si dice algo, no lo escucho por el zumbido de los
latidos de mi corazón en mi cabeza y el temblor que empieza a
apoderarse de mí.
Le rogué que se deshiciera de ti.
¿Es cierto que te has acostado con tus profesoras por las notas?
Apenas sabes leer, apenas sabes sumar números... ¿Para qué diablos sirves?
Fue divertido, Freddy, pero no soy... no eres una opción seria.
―Lo siento, Ro ―digo, todavía con la respiración agitada. Estoy
seguro de que sabe que estoy llorando, puede darse cuenta por el sonido
de mi voz, pero se queda callada mientras continúo―. No sé por qué te
llamé. Estoy bien. Estás ocupada, todo el mundo está ocupado en este
momento con los exámenes finales y nadie tiene tiempo para este tipo de
cosas. Lo siento, debería colgar.
Intenta decir algo, pero cuelgo antes de poder escuchar otra palabra.
Mis mensajes de texto a Bennett, Rhys y Holden quedan sin respuesta
en el chat grupal. Incluso Toren Kane, que sigue retirándose del grupo
mientras Holden lo vuelve a agregar, no responde.
Toco el contacto de Archer, la foto en el centro todavía es de él
conmigo en mi día de firma con Dallas.
Pero abrir nuestros mensajes de texto es como recorrer un año de
mensajes sin respuesta. Mis dedos se ciernen sobre las teclas.
Pero no puedo.
Cuando era más joven, mi papá me llevó a Las Vegas a ver un partido
de fútbol, y luego a un casino y a un club de striptease. A los once años
me sentí incómodo y mareado, sobre todo por cómo sus amigos y él se
comportaban con las chicas, que parecían tan tristes.
Tenía demasiado miedo de contárselo a mi mamá, así que usé un
teléfono en la gasolinera de al lado y llamé a Archer al número que me
había hecho memorizar.
Archer voló a Las Vegas esa noche para ir a buscarme, todavía vestido
con su pijama. Cenamos en un restaurante abierto las veinticuatro horas
y, después de que me disculpé por haberlo obligado a ir a rescatarme,
miró el desayuno, hamburguesas y pasteles, y dijo:
―Si necesitas algo, Matty, siempre estoy a una llamada de distancia.
Siempre.
Entonces fue fácil deshacerme de la vergüenza que llevaba como una
segunda piel, dejándola atrás con las luces neón mientras Archer me
llevaba a casa.
Ahora es difícil. La vergüenza que llevo es tanto una protección como
una prisión.
Hay una desesperación por usar esa carta de salir de la cárcel gratis
una vez más, pero después de seis meses de silencio es injusto para él.
No debería tener que lidiar con esta versión de mí.
Hago una bola con la camiseta y la tiro con fuerza por la habitación
desordenada antes de cerrar los ojos y hundirme aún más en las sombras
de mi autodesprecio. Es como saludar a un viejo amigo.
No estoy en mi cama. Ese es el primer pensamiento que me viene a la
cabeza cuando me despierto.
Me froto los ojos furiosamente con una mano, mientras con la otra
busco a tientas entre las sábanas sedosas hasta que tengo el teléfono en
la mano. Miro la pantalla:

11:30 am
16 llamadas perdidas y 24 mensajes de texto de Princesa
10 llamadas perdidas de Captain PeanutButterCup
4 llamadas perdidas de Rein o Shine
30 mensajes de texto en FIRST LINE FLIRTS

Mierda.
La mano de alguien se arrastra sobre mi pecho, sus uñas luciendo una
perfecta manicura francesa, se deslizan sobre la piel desnuda, abajo,
abajo, abajo hacia el hueso de mi cadera antes de agarrar la muñeca
cubierta por la pulsera.
Una sensación de hundimiento golpea mi estómago mientras giro la
cabeza para ver a Carmen Tinley, envuelta en una sábana con manchas
de rímel en sus mejillas, sonriendo brillante y seductoramente a la vez.
He estado aquí antes, varias veces, pero esto se siente...
Incorrecto. Siempre ha estado jodidamente mal. Esto es una mierda.
―Me alegro de que estés aquí, cariño ―susurra, y por un momento se
siente bien saber que hice algo bien por alguien. Que la complací. Que
fui suficiente para...
No. Detente.
―¿Cómo llegué hasta aquí? ―pregunto, levantándome para
apoyarme en la cabecera y frotarme los ojos. Un profundo dolor ya se ha
instalado entre ellos.
Ella se ríe condescendientemente, levantándose de la cama y
poniéndose una bata que combina con su habitual conjunto de seda
negra.
―Alguien se volvió un poco loco en The Howler anoche.
The Howler.
Maldita sea.
No debería sorprenderme tanto que buscara consuelo en el único
lugar en el que juré no volver a poner un pie. En concreto, The Howler,
un bar de mala muerte situado entre Waterfell y Boston, que de alguna
manera está en ambas ciudades y en ninguna de ellas al mismo tiempo.
Creo que era su cliente más joven cuando llegué ahí por primera vez en
mi primer año, siguiendo a mi profesora como un perro atado.
Probablemente seguía siendo su cliente más joven anoche, teniendo en
cuenta la clientela habitual, significativamente mayor.
Carmen y yo usamos el lugar para citas porque no la podían ver
conmigo en Waterfell. En ese momento, pensé que era porque era
estudiante, nunca imaginé que ella podría avergonzarse de mí.
O estar casada.
Pero para ella yo era un juego, probablemente el más fácil que jamás
había jugado.
Pensar en mí, en lo que hice, en las cosas por las que estaba tan
desesperado que me rebajé una y otra vez, hace que las náuseas
aumenten, así que sacudo la cabeza y me concentro en lo que puedo
recordar.
Lo cual es casi nada.
―¿Cómo llegué aquí?
―Me llamaron para que te recogiera.
Eso no me hace sentir mejor.
―¿Hicimos...
―No, Freddy, no nos acostamos. No querías hacerlo. Ni siquiera
intentaste besarme ―dice condescendientemente, dando un paso hacia
donde yo saqué las piernas al costado de la cama para ponerme de
pie―. Estabas vergonzosamente borracho.
Frunzo el ceño un poco y miro hacia arriba, donde ella me observa
con preocupación.
―Estaba muy borracho. ―Probablemente más de la mitad del tiempo que
dormimos juntos antes.
Ahogándome en un dolor que parecía un océano interminable del que no
podía salir.
Pero... No quisiste, se hacen eco sus palabras. Le dije que no, no engañé
a...
¿Engañar a Ro? No estás saliendo con ella. Maldito estúpido. Dios, me da
vueltas la cabeza.
―Estábamos... juntos entonces. Ahora ya no, es diferente ―dice, con
el mismo tono que ha usado conmigo desde siempre, como si estuviera
corrigiendo a un niño desobediente.
Y por un segundo, es esa misma frustración y ardor, el mismo
sentimiento extraño que solía fluir a través de mí cuando era estudiante
de primer año, afligido y enojado, con el permiso de tomar el poder de
esta mujer con tanto poder sobre mí, y ser elogiado por eso.
―Si sirve de algo que lo diga, creo... creo que eres increíble, Matt. Eres un
buen hombre. ―La voz de Ro suena como mi disco favorito en un bucle
en mi cabeza, reconstruyéndome ladrillo a ladrillo de nuevo―. Pienso
que sería muy fácil amarte.
―¿Cómo te va con Ro?
Todo se derrumba de nuevo.
Me siento mal, tanto que me levanto y paso medio desnudo junto a
Carmen hacia el baño, odiando los tres pasos que hay que dar para
llegar ahí. Odio aún más saber dónde está, la familiaridad de esta
situación.
―Bien ―digo de golpe, inclinándome sobre el lavabo. Ojalá no
tuviera que decir nada, pero sé que tengo que decir algo. Hay una
necesidad imperiosa de defender a Ro, especialmente ante Carmen.
Especialmente después de lo que hice.
Idiota playboy egoísta. Por eso Rhys y Bennett querían que mantuvieras la
distancia.
Salpicarme la cara con agua fría no ayuda y siento como si mi cabeza
estuviera dando vueltas, como si no pudiera tomar suficiente aire
porque estoy en pánico y no puedo lograr que un pensamiento perdure
lo suficiente como para decidir qué hacer.
―Debe estar yendo bien. Randall me dijo que le rogaste que la
llamara a ella y no a mí.
Randall, el mesero que probablemente llamó a Carmen.
Carmen se apoya contra la puerta, retorciéndose y desenroscándose el
cabello liso y rojo. Hubo un tiempo en el que tanta cercanía, la sensación
de que ella quisiera hablar conmigo más allá del sexo, me habrían hecho
hacer trucos para conseguir un premio extra.
Ahora, mis hombros se tensan congelándose como un ciervo
acorralado en el inmaculado baño de mármol.
―Me entristeció mucho saber que ella y Tyler se separaron; eran una
pareja muy poderosa.
Mi agarre en el lavabo se hace más fuerte.
No digo ni una palabra. Probablemente no lo haría si pudiera. Incluso
pensar en hablar de Ro con Carmen me hace temblar las rodillas.
Maldita sea ¿Bebí lo suficiente como para tener algún tipo de
intoxicación alcohólica?
―Pero parece que las cosas están funcionando bien para ustedes dos.
Mi cabeza se gira rápidamente hacia ella.
―¿Qué?
Carmen parece un poco sorprendida por mi reacción y cierro los ojos,
intentando un ejercicio de respiración o una docena. Jodidamente,
Contrólate.
―¿Estás... Freddy, estás aprobando. Eso es increíble para ti.
Como suele suceder con Carmen, todos sus elogios son suavemente
ambiguos.
―Debería irme ―murmuro mientras mis extremidades empiezan a
entumecerse.
―Freddy ―chasquea―. Tan sensible. ―Esa maldita palabra. Todavía
me irrita igual de fuerte, como papel de lija sobre una herida sangrante
que no se ha cerrado desde aquel día en el porche delantero de la
maldita casa en la que me encuentro en este momento.
Si nota que el color desaparece de mi cara por su tono burlón, no dice
ni una palabra y continúa.
―Solo pregunto como su amiga. Tyler mencionó que ella ha sido
difícil con su grupo... ¿Te ha parecido diferente?
―¿Qué? ―Un destello de ira por Ro me centra nuevamente y me
encuentro agradecido por eso.
―Ro... Últimamente ha estado diferente. Es más asertiva, pero está
causando revuelo entre los chicos de mi equipo.
Quiero poner los ojos en blanco. Carmen Tinley no se pondría del lado
de otra chica ni aunque fuera una balsa salvavidas en el mar. Preferiría
ahogarse esperando a que un grupo de jóvenes pescadores estuviera a
su disposición.
―Es una gran tutora ―le digo―. Mejor de lo que Tyler lo fue jamás.
Ella responde bruscamente y sus ojos se iluminan.
―¡Ah, es cierto! Fue tu tutor en segundo año. ¿Sabes que fue entonces
cuando empezaron a salir?
No me sorprende que ella lo sepa. Carmen siempre ha tenido una
relación demasiado estrecha con sus alumnos, bordeando la línea de lo
apropiado, pero moderándola al ser tan querida. Recuerdo haberla
criticado borracho en una reseña en Internet, molesto por su puntuación
casi perfecta y la cantidad de cuentas anónimas que la llamaban
atractiva.
―No me importa ―sacudo la cabeza―, pero no le gusto y me lo ha
dejado muy claro.
Bien podría haber dicho que me ayudó a aprobar astrofísica por la
forma en que reacciona, riendo y asintiendo.
―Yo... oh. ―Gira la cabeza hacia la cama y se aleja, volviendo con mi
teléfono en la mano―. Tienes otra llamada
―Necesito contestar.
Ella sonríe, y no siento nada más que una bola de culpa y
arrepentimiento que se hunde en mi estómago.
―Te prepararé un poco de café antes de que te vayas, cariño.
Me estremezco de nuevo ante el inquietante apodo, pero espero con la
mandíbula apretada hasta que se va antes de responder.
―¿Ro?
―Maldita sea, Freddy ―la voz ronca de Bennett resuena por el
altavoz―. ¿Dónde demonios estás?
La vergüenza amenaza con abrumarme.
―Yo... yo, yo....
―Tuvimos práctica esta mañana y tú, ¿qué? ¿Te quedaste dormido?
―Deja escapar un largo suspiro y casi puedo ver cómo su pulgar e
índice comienzan a masajearse la frente―. ¿Al menos estás con Ro?
―¿Qué? No... espera, ¿por qué?
―No está con ella ―grita, alejándose del altavoz―. Mierda.
―¿Qué le pasa a Ro? ¿Qué pasa, Ben? ―El pánico me atenaza la
garganta.
―No lo sabemos ―murmura―, pero anoche dejó mensajes de voz
para Rhys y Sadie en estado de pánico diciendo que estaba preocupada
por ti y que la llevarían a tu casa, pero nunca apareció y nadie sabe nada
de ella.
El miedo se agolpa en mi estómago y siento que me estoy ahogando.
Mi mano tiembla mientras aparto el teléfono de mi oído y pulso en los
mensajes sin abrir.
―¿Freddy? ―Carmen entra en la habitación y se acerca a darme un
café―. ¿Todo bien?
―¿Es Ro? ―pregunta Bennett.
―No ―digo entre dientes por el altavoz. Escucho a Bennett maldecir
antes de colgarme, pero su decepción me acompaña mucho tiempo
después.
Su hilo de texto se burla de mí en la pantalla brillante de mi teléfono.

Princesa: Llámame.
Por favor, devuélveme la llamada. Envíame un mensaje de texto. Hazme
saber que estás bien.
Freddy, por favor, contesta el teléfono. Tengo miedo.

Se me revuelve el estómago al leer eso, pero sacudo la cabeza y


continúo lentamente. Los textos son bastante difíciles de leer, pero si a
eso le sumamos mi corazón palpitante y mi terrible dolor de cabeza, son
casi indescifrables.
Princesa: Solo dime dónde estás e iré a buscarte. Todo estará bien, Matt. Te
lo prometo. Sea lo que sea, lo arreglaré.

Salgo de los mensajes y veo casi siempre los mismos sentimientos una
y otra vez. Como si estuviera tratando de tranquilizarme mientras yo no
estaba disponible.
Mientras bebía hasta quedar inconsciente y dormía en la costosa cama
de Carmen Tinley.
Si bien me deshice de algo antes, el odio hacia mí mismo regresó en
masa mientras tomo mis pantalones y mi camisa del piso antes de llamar
un Uber demasiado caro que me lleve directo al campus.
No importa que sea mediados de noviembre, estoy sudando mientras
regreso a través del campus hacia los dormitorios, una caminata más
larga de lo normal.
Pasé el día estudiando en la biblioteca de la facultad de veterinaria,
encerrada en una sala privada desde que el edificio abrió a las 6 am.
Ser un jugador de equipo es una mierda. Practico la frase una y otra vez
como si esa fuera mi respuesta a cualquier cosa que la doctora Tinley me
diga la semana que viene. Ya no quiero jugar en su equipo.
Anoche me presenté en el apartamento de Tyler, ubicado fuera del
campus, con mi mochila a cuestas, lista para trabajar durante horas con
los demás compañeros. En vez de eso, me encontré con Tyler, solo, y con
una cena a base de espaguetis (con vino caro incluido) servida en su
mesa del comedor.
Me disculpé para ir al baño y casi llamé a Matt en mi pánico, solo para
detenerme cuando una llamada entrante con su tonta foto de contacto se
desplazó por mi pantalla: la selfie de Matt con el tatuaje de Hello Kitty.
Me hizo sonreír antes de que su pánico derritiera mi propia ansiedad.
―No sé por qué te llamé. Estoy bien. Estás ocupada. Todos están ocupados en
este momento con los exámenes finales y nadie tiene tiempo para este tipo de
cosas. Lo siento, debería colgar.
―Matt, por favor, dime dónde...
El tono cuando cuelga me interrumpe, y luego los golpes, que estoy segura de
que no han parado, pero los he bloqueado.
De pie, con un gruñido, me acurruqué contra la puerta del baño y abrí la
puerta de golpe.
―¿Qué quieres, Tyler?
Está claro que mi repentino cambio de comportamiento lo ha sorprendido, con
la boca abierta como un pez.
Pongo los ojos en blanco y paso a su lado, agarro mi mochila y me dirijo hacia
la puerta.
―¡Espera! Ro, escucha...
―¡No! ―Me giro hacia él―. Tú tienes que escuchar. Estamos separados.
Terminamos, para siempre.
―¿Porque te acuestas con Freddy? ―se ríe―. De verdad, RoRo. Eso es
patético, incluso para ti.
―Matt es una mejor persona de lo que tú podrías llegar a ser ―le digo―,
pero, para que conste, esto ―hago un gesto entre nosotros―, no tiene nada que
ver con él. Freddy es mi amigo. Eso es algo que nunca fuiste para mí. Debería
haber hecho esto hace mucho tiempo.
Tomo una respiración profunda para tranquilizarme, tratando de transmitir
una calma que no siento a cada miembro.
―Esto fue, como mínimo, inapropiado y, como máximo, un abuso de poder.
He dejado pasar demasiadas cosas y tal vez haya sido ingenuo por mi parte, pero
voy a informarle de esto a Tinley.
―Tinley no se pondrá de tu lado en esto. Soy el líder de su grupo.
Es una verdad que me desagrada, algo que he intentado evitar que me moleste
o me haga sentir mal en el pasado. He intentado convencerme de que ella no
estaba favoreciendo a los chicos de nuestro grupo sobre mí, he intentado no
tomármelo como algo personal.
―Tal vez Tinley no lo haga ―digo―, pero apuesto a que el decano sí lo hará.
Especialmente si acompaño eso con una prueba de que has ignorado el
formulario de adaptación de un estudiante.
Sus fosas nasales se dilatan ante la amenaza.
―¿Fredderic te lo dijo? ―Se ríe y siento un escalofrío en la espalda―. Es un
maldito mentiroso e idiota. Inténtalo, Ro. Te garantizo que tengo más apoyo en
todo nuestro departamento del que puedes reunir tú.
Quiero discutir más, pero puedo sentir la amenaza, la forma en que está
rompiendo pedazos de mí para hundir sus garras nuevamente.
Pero no voy a permitir que eso suceda. No conseguirá que reaccione como
tanto desea.
―Déjame en paz. Deja a Matt en paz. Basta, o voy a involucrar a nuestro
departamento. Ya no me importa, Tyler.
Salir de su casa fue lo más fácil que había hecho en relación con Tyler.
Quería ir a ver a Freddy inmediatamente, pero no había manera de
comunicarme con él.
Y todavía estaba muy sensible por la energía que me llevó
enfrentarme a Tyler, y todavía lo estoy, casi veinticuatro horas después,
después de pasar la noche estudiando y perfeccionando mi propuesta de
investigación (mi propuesta original, antes de que Tyler intentara
redirigirme).
Habían pasado años desde que me quedé despierta toda la noche,
pero después de la situación con Tyler y la incapacidad de calmar mi
mente pensando en lo que podría haber pasado con Matt, decidí que ser
productiva era mi mejor opción. Mi teléfono se apagó en algún
momento del día y todavía no tenía energía para irme, así que
simplemente... me desconecté.
Aproveché las horas posteriores a que terminé la propuesta para
escribir un diario, como lo hacía cuando estaba en la preparatoria.
Después del derrame cerebral de mi papá, nuestro terapeuta familiar lo
sugirió y me ayudó, pero dejé de hacerlo cuando me mudé a Waterfell y
me puse a trabajar, dejé de cuidarme o de ponerme a mí misma en
primer lugar.
Y entonces leí los libros que Freddy me regaló, en el viaje a la librería
que sentí como un recuerdo central, fundido en lo que me hace ser yo,
yo.
Ser amado es ser visto.
Un viejo adagio, pero también una cita del tímido personaje de mi
romance favorito, cuando recupera su fuerza y se convierte en la heroína
de su propia historia.
¿No era eso lo que Matt estaba haciendo? ¿Viéndome?
Intento no pensar demasiado en eso, porque si hay algo que la tutoría
de Freddy me ha demostrado es su extrema inteligencia emocional.
Eso, unido a su desesperación por complacer y mantener felices a
todos los que le rodean.
El sol se pone a las cuatro y el viento se está volviendo brutal mientras
subo las escaleras hacia Millay y paso mi tarjeta, cerrando la puerta con
fuerza contra la brisa. Subir las escaleras en lugar de usar el ascensor que
definitivamente no cumple con las normas me deja un sudor húmedo en
el cuello y una vergonzosa respiración entrecortada antes de llegar a...
―¿Freddy?
Matt Fredderic está en la puerta de mi dormitorio, con la cabeza
inclinada hacia atrás y los ojos cerrados.
Es demasiado grande para este pasillo ridículamente antiguo y
pequeño. Su metro noventa está estirado perezosamente en el suelo, lo
que me hace preguntarme si alguien lo pateó accidentalmente mientras
saltaba sobre sus largas piernas. Su sudadera está arrugada alrededor de
sus hombros, casi como si lo hubiera convertido en una almohada
improvisada, su cabello dorado está desordenado y sostiene la mochila
como un osito de peluche en su regazo.
―¿Matt? ―digo.
Se estremece y pestañea. Es tan hermoso que parece un príncipe de
Disney en una versión de La Bella Durmiente con cambio de género.
―Ro ―susurra con una sonrisa―. Estás aquí.
Estás aquí, en ese tono suave y feliz que me hace sentir querida y
necesaria.
―¿Qué haces aquí? ―Quiero reírme y abrazarlo, lo suficiente como
para que mi puño apriete la correa de mi mochila.
―Primero fui a la biblioteca, luego a tu oficina, a todas partes. Empecé
aquí, así que… ―Se calla y se encoge de hombros―. Volví después de
mi clase. Pensé que tendrías que aparecer en algún momento.
Su clase... ¿quiere decir que ha estado sentado aquí desde las 2 de la tarde?
―Son las nueve de la noche.
―Mierda, ¿en serio?
Lucha por ponerse de pie por un momento antes de que extienda mi
mano para ayudarlo. No la usa de palanca, pero de todos modos busca
el contacto con mi piel, sin molestarse en soltarme una vez que toma mi
mano entre las suyas.
―¿Estuviste sentado aquí siete horas esperándome?
―Estoy realmente sorprendido de que no hayan llamado a la
seguridad del campus. ―Frunce el ceño, como si realmente lo estuviera
considerando―. En realidad eso es preocupante. Tal vez ya no deberías
vivir aquí. Puedes quedarte en la Casa del Hockey.
Su sugerencia es tan rápida y ligeramente absurda que no puedo
evitar reírme. Hasta que se disuelve en sollozos.
―Oye, Ro…
Me abraza, pone sus brazos sobre mis hombros y empujo mi cara
hacia su cuello.
―Me asustaste. ―Sacudo la cabeza, rozando su capucha y su
garganta con la nariz―. Pensé que tú... estuve preocupada por ti toda la
noche, tonto.
Me alejo y empujo su pecho suavemente.
―Lo sé ―se rasca el cuello, con el rostro todavía un poco pálido
mientras se muerde el labio inferior―. ¿Puedo entrar? Quiero decir, a
menos que estés ocupada. Lo cual... ―Se da una palmada en la frente―.
No puedo creer que no haya pensado en eso. Sé que has estado muy
ocupada y lamento ocupar tanto de tu tiempo, pero lo estoy haciendo
mejor.
Apenas se detiene para respirar, incluso cuando abro la puerta y
entro, con Matt siguiéndome.
Entra mientras continúa discutiendo si puedo invitarlo a entrar.
―¿Lo de sustituir la clase de matemáticas? Es genial, me siento muy
bien por eso. Y… ―Se muerde el labio rosado―. Quería darte las gracias
de nuevo.
―No es nada ―digo, dejando mi mochila junto a nuestros zapatos, al
lado de la puerta principal―. En serio, es lo que deberían haberte
ofrecido desde el principio. ¿No hiciste el examen para obtener tu
crédito de matemáticas?
―Yo, eh... no, en realidad. Me dejaron posponerlo, porque... eh...
porque mi mamá estaba enferma, y luego creo que me perdí en la
confusión. ―Se encoge de hombros otra vez, con los ojos clavados en las
baldosas del suelo de nuestra cocina.
Matt tira del cordón de su sudadera, enrollándolo una y otra vez
alrededor de su dedo, desenrollándolo y enrollándolo una y otra vez.
―Como sea ―resopla y se sonroja mientras mira alrededor del
dormitorio―. No recuerdo a dónde quería llegar con eso.
―Me preguntaste si estaba demasiado ocupada para que entraras y
hablaras ―digo antes de tomar dos cajas de jugo (lo único que tenemos
actualmente que no es del grifo) y entregarle una.
―Claro ―niega con la cabeza, la vergüenza tiñe aún más sus
mejillas―, y me invité a entrar de todos modos. Puedo irme...
―Siéntate, Matty ―le digo suavemente, pasando junto a él y
apretándole el brazo antes de acomodarme en una de las sillas de
madera desiguales.
―En realidad no tengo por qué hacerlo ―sonríe―, pero me gusta que
me des órdenes.
El coqueteo sería divertido, pero no es real. Se lo pone como si fuera
una máscara, la misma que ha usado antes, pero está lo suficientemente
dañada y deteriorada como para que pueda verlo a través de ella. La
inseguridad. La vergüenza.
―Te quiero aquí.
Las palabras lo golpean y la falta de sinceridad se disuelve en una
confianza vacilante.
―Matt ―le digo―, te llamé como doce veces.
―Dieciséis, en realidad ―dice bruscamente, agitando el teléfono en la
mano―. Lamento no haber respondido. Estaba... fue una mala noche
para mí.
―Todos tenemos malas noches ―respondo―, pero me ayudaste con
las mías. Me dolió no poder ayudarte con las tuyas. Heriste mis
sentimientos, pero realmente me asustaste.
―Tengo muchas cosas que decir ―dice―, pero no sé por dónde
empezar.
La confesión es genuina, al igual que la capa de ansiedad que lo cubre.
Así que me levanto y le tiendo la mano con una suave sonrisa.
―¿Qué tan bueno eres en la cocina?
Él palidece.
―¿Dónde está tu extintor?

―Sobre lo de ayer, ¿quieres hablar de eso?


Resulta que Matt Fredderic no es tan malo como pensaba en la cocina.
Es cierto que se dedica principalmente hierve pasta y usa la salsa pesto
que hice, mientras que yo he cocinado y cortado en dados el pollo.
Hicimos la mayor parte de la preparación en silencio, dejando que los
movimientos y las instrucciones lo mantuvieran concentrado y más
tranquilo, mientras Phoebe Bridgers cantaba “Smoke Signals” a través
del altavoz Bluetooth que estaba sobre el mostrador, peligrosamente
cerca del fregadero.
Hace una pausa y se levanta de donde está revolviendo la comida
junto a la estufa. Espero que se ría y diga una rápida excusa al estilo
Freddy, pero, en vez de eso, respira profundamente.
―Mi, eh... ―Se frota el cuello y se niega a darse la vuelta para
mirarme―. Mi papá fue a la práctica.
Su papá. Un tema que nunca hemos abordado. Al principio supuse
que Archer era su papá (por la forma en que habla de él con tanta
reverencia), pero no entendía por qué Matt lo llamaba por su nombre de
pila.
―¿Tú y tu papá no se llevan bien? ―Intento hacer la pregunta, sin
dejar de concentrarme en la última tira de pollo, cortando un poco más
lento mientras espero su respuesta.
Él suelta una risa que hace que me duela el pecho, un dolor que solo
empeora cuando me mira por encima del hombro.
Hay un dolor profundo grabado casi permanentemente en sus ojos, el
efecto de una acumulación de rechazo.
―Mi papá preferiría que no existiera ―dice con franqueza. Es como si
lo hubiera aceptado, pero todavía lo siente como una herida fresca―.
Pero sí existo.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y me exijo ser fuerte por él,
para que pueda compartir este trocito de sí mismo sin tener que
consolarme.
―¿Él… él jugaba hockey? ―Creo que lo mencionó una vez, o tal vez
lo vi en un artículo.
―Sí. Creo que él desearía que yo nunca hubiera tomado un palo.
―¿Odia el deporte ahora?
Niega con la cabeza, inclinándola ligeramente mientras cruza los
brazos y se apoya contra la crujiente encimera de la pequeña cocina de
mi dormitorio.
―Creo que no quiere que sea mejor de lo que él fue.
Deslizo la tabla de cortar hacia un lado y encuentro su mirada.
―Me presiona para ser mejor, a trabajar más duro, está ahí
constantemente para recordarme cada error que cometo en el camino,
pero no quiere que triunfe, no si eso significa que alguien me verá como
el mejor Fredderic.
―¿Siempre fue así?
―No así de malo, pero… ―Se encoge de hombros y asiente―. Sí.
Matt se gira hacia el armario y toma unos tazones, diciéndome que me
siente en la mesa, pero decido ponernos cómodos en los almohadones
del suelo de la sala de estar, como de costumbre.
No es hasta que estamos sentados bajo el resplandor de la luz dorada
de la lámpara sobre almohadas de tonos joya con tazones calientes de mi
comida reconfortante favorita que él se abre aún más.
―Mi mamá solía hacer esto ―dice, con la boca todavía medio llena.
Sonríe un poco descaradamente y traga.
―¿Sí?
―Sí ―asiente.
―¿Qué edad tenías cuando tu mamá se enfermó?
Nunca me he expresado de forma tan directa sobre este tema, y he
tratado de manejarlo con cuidado. Ambos hemos evitado el dolor del
otro, desesperados por hacernos feliz, incluso si eso significaba ignorar
lo malo.
Pero esto es importante. Quiero que me vea como un lugar suave
donde aterrizar.
Su cuenco hace ruido cuando lo deja sobre la mesa de café, pasándose
una mano temblorosa por el cabello.
―Um, ¿creo que dieciséis? Originalmente, pero esa vez mejoró
rápidamente: hizo quimioterapia y funcionó por un tiempo, y luego
volvió a aparecer, pero estaba en el corazón. Un angiosarcoma, muy raro
y muy agresivo. Le dieron seis meses después del diagnóstico.
Mi corazón se aprieta, pero permanezco quieta y en silencio,
dejándolo hablar sin interrupciones.
―Pero solo fueron cuatro.
―Matt ―digo, pero me detengo porque... ¿qué puedo decir? No hay
nada que pueda decir que mejore la situación, que haga que duela
menos. ¿Cuántas veces, después del derrame cerebral que sufrió mi
papá, alguien me dijo: «Lo siento mucho» o, Dios no lo quiera, «Todo
sucede por una razón»?
Cuatro meses.
Sería difícil asimilar una estimación de diez años: la expresión no tan
segura de mi papá de que “probablemente será así por el resto de su
vida” fue una forma viviente de dolor para mi mamá y para mí, pero al
menos está aquí, sigue respirando, todavía puede sonreírme en su sillón
reclinable de cuero favorito.
―Cuéntame sobre ella.
Cuéntame sobre ella.
¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó eso?
Una sonrisa se dibuja en mi rostro; incluso pensar en la fuerza que
tenía mi mamá me hace sentir una descarga de alegría en la columna
vertebral. No estoy seguro por dónde empezar, así que digo:
―Era muy inteligente.
Ro recompensa la rápida confesión con una sonrisa.
―¿Sí?
―Sí ―asiento―. Terminó su maestría antes de tiempo -medicina
deportiva-, y recibió ofertas en todas partes, pero tenía un amigo de la
preparatoria que ya jugaba hockey, así que aceptó la oferta con Dallas
porque no quería estar sola, creo. Sus papás eran un poco fríos y no muy
agradables; solo los conocí una vez, cuando era muy joven. Apenas
recuerdo la visita, pero Archer dice que nunca fueron muy amables con
ella.
―¿Archer era su amigo?
―Sí. ―Sonrío de nuevo, recordando la foto de ellos en la pared de
nuestra sala de estar, una Polaroid metida en el marco que contenía su
diploma. Una foto borrosa de mi mamá y Archer en su graduación de la
preparatoria justo cuando él la levantó en el aire, con una alegre
sorpresa en su rostro, y una mano en su birrete para mantenerlo seguro,
ella lo está mirando, y Archer está sonriendo a la cámara, con la mitad
del birrete fuera de su cabeza por la conmoción.
―Era muy nueva en el equipo todavía, cuando conoció a mi papá…
―Me interrumpo en ese momento, la mención de mi papá comienza a
alejar la buena sensación que traen los recuerdos de mi mamá.
―No tienes que hablar de él ―dice Ro con voz distante.
Pero... pero quiero hablar de él.
―Él era... es un narcisista. Pensaba que era el mejor del equipo y creo
que, al principio, mi mamá lo encontró encantador. La perseguía
desesperadamente en público. Aparecía con ella en todos los
entrenamientos o sesiones de estiramiento, armado con flores y regalos
extravagantes.
»Archer ya no jugaba; se había lesionado gravemente el primer año
que mi mamá trabajó ahí y empezó a entrenar. Ella lo ayudó a superar
su lesión, pero entonces apareció John Fredderic y atrapó a mi mamá.
Me aclaro la garganta y añado:
―Mi mamá era la mejor persona que he conocido. Era...
Me llevo la mano al ojo, siento una picazón, pero al retirarlo tengo los
dedos mojados.
Mierda. ¿Estoy llorando?
―Lo siento. ―Me río y sacudo la cabeza, secándome los ojos con
seriedad―. No puedo creer que esté llorando. Han pasado como cuatro
años.
―Oye ―dice Ro antes de arrastrarse hasta mi lado en el piso y
abrazarme, el cual rápidamente le devuelvo con toda mi fuerza.
―Me hubiera gustado que la hubieras conocido. Te dije que me
recuerdas mucho a ella: amable y gentil. Agradable con todos. Servicial
y genuina, pero mi papá... lo arruinó todo el tiempo.
―¿Se casaron alguna vez?
Niego con la cabeza.
―No. Me dio su apellido porque iban a casarse, ¿creo? No lo recuerdo
muy bien.
Nuestra pasta ya está fría, a medio comer y olvidada por completo, y
me siento como una toalla usada, escurrida y seca.
Enciende nuestro programa favorito de Internet y lo deja que se
reproduzca automáticamente mientras apoyo mi cabeza en su hombro y
ella apoya la suya en el mío. Sus rizos me hacen cosquillas en el cuello y
la mejilla; el olor de su champú y su perfume es embriagador y fresco.
Giro la cabeza lentamente hasta que puedo presionar mis labios contra
su cuello. Una vez, dos veces, y luego presiono mi nariz para inhalar su
piel.
Me aparto de ella y la observo: mejillas sonrojadas, pupilas dilatadas y
respiración superficial.
Creo que verla debajo de mí, estando dentro de ella, me cambiaría
para siempre. Es tan perfecta, inteligente, gentil y amable. Esa misma
necesidad desesperada de complacer es como un ser vivo dentro de mí,
que me ruega que la empuje hacia atrás, que ponga mi cabeza entre sus
muslos hasta que ella se sienta bien y feliz, relajada, saciada.
Quiero eso.
Pero ahora hay algo inquietante en el sexo, especialmente con Ro. La
necesidad de complacerla de la manera que mejor sé se enfrenta a mi
necesidad de su amistad, su respeto... y para mí esas cosas nunca han
ido de la mano.
Entonces sonrío y salto del suelo.
―Debería irme.
―¿Quieres quedarte esta noche?
He dormido a su lado suficientes veces para saber que mi respuesta es
un rotundo sí, pero no debería. No importa… asiento antes de poder
convencerme de irme.
Ella aparece de repente a mi lado, tambaleándose un poco por la
emoción. Es conmovedor y humillante a la vez.
―Solo necesito bañarme.
¿Por qué siento como si me hubiera pedido que me desnudara?
Se me seca la garganta.
―Okey.
―Pero puedes entrar. ―¿A la habitación? ¿Al baño? ¿A ella?
―Por supuesto. ―Asiento con la cabeza estúpidamente y la sigo hasta
la habitación, que está a oscuras, solo iluminada por una lámpara. Es
una inyección instantánea de dopamina; toda la habitación es ella. La
misma ropa de cama de retazos de color verde salvia y las sábanas con
motivos florales. Las mismas luces de colores y la máquina de coser en
medio de un proyecto en su escritorio. Su calendario de pared perfecto,
meticulosamente completado con... me detengo a mirarlo y levanto la
mano para tocarlo. Ro ha estado en todos los partidos que hemos jugado
en casa y ahora sé por qué.
Mi dedo roza la escritura negra: todos mis juegos están escritos en sus
respectivas fechas.
―Oh ―dice ella. Se sonroja al darse cuenta de lo que estoy
mirando―. Sí, es solo que... no quiero perderme ni uno, ¿sabes? Así que
los anoté todos.
No puedo tragar, tengo un nudo en la garganta.
―Vuelvo enseguida ―dice antes de girar rápidamente sobre sus
talones y dirigirse al baño.
Mis pensamientos corren a toda velocidad en guerra entre sí. Como
un juego mental de arrancar los pétalos de una flor: le gusto, no le gusto...
Ro marcó mis partidos en un calendario. Me hizo una corbata bordada
con estrellas y mi número. Me preguntó por mi mamá. Me pidió que me
quedara a pasar la noche.
No te hagas esto, pienso apretando los puños. Ya te has equivocado antes.
La voz de Carmen resuena en mis oídos antes de que pueda detenerla.
Fue divertido, Freddy. No seas ridículo. Tú... eso no es lo que necesito.
Ro es diferente. Tengo que creerlo. Ro no jugaría con mis sentimientos
como lo han hecho tantos antes. Ella es real.
Irrumpir en el baño no parece correcto, pero no puedo evitarlo. El
vapor me rodea mientras me cubro los ojos y digo:
―¿Te gusto?
―Matty, ¿qué estás haciendo?
―¿Te gusto? ¿Sientes algo por mí?
Se escucha un crujido de metal contra metal y me destapo los ojos por
instinto. Ro asoma la cabeza por detrás de la cortina de ducha de
colores, con los rizos amontonados en lo alto de la cabeza, algunos
mojados y pegados a la parte posterior de su largo cuello.
Sus ojos color avellana me inspeccionan hasta que me doy cuenta de
lo que acabo de hacer. ¿En qué diablos estaba pensando? No...
―Matt ―susurra, con los ojos suavizados―. Por supuesto que me
gustas. No hay ninguna parte de ti que no me guste.
¿Quieres apostar? Dice esa misma voz que suena demasiado parecida a
la mía mezclada con la de mi papá.
Sus dientes blancos muerden su labio inferior mientras nos miramos
fijamente en la habitación húmeda y vaporosa.
―¿Quieres besarme?
―¿Qué? ―casi tropiezo, plantando mis pies un poco más separados
para no hacer el ridículo más de lo que ya hice.
Un toque de inseguridad se hunde en sus rasgos, su mano agarra la
cortina un poco más fuerte como si fuera a cerrarla de golpe y decirme
que me vaya de aquí.
―Dijiste que solo tenía que preguntarte...
No la dejo terminar, me acerco a ella y apoyo mi mano en la pared
junto a la ducha, con la otra mano agarro su cuello mientras la beso.
Sabe a caramelo y a verano, cálida, con los labios húmedos por la ducha
mientras bebo de su boca.
Mi lengua se introduce entre sus labios y el ruido que hace me
provoca escalofríos en la espalda. Aun así, me devuelve el beso con la
misma excitación. Ro besa como una adolescente demasiado ansiosa,
como si estuviera descubriendo el beso francés por primera vez. Eso
enciende algo en mí, algo que hace que cada caricia se sienta como si
fuera mi primera vez.
Especial.
Me aparto, sonriendo y respirando con dificultad. Ella me iguala,
hasta que ambos nos quedamos con los ojos como platos mirándonos.
―Entra, Matty ―dice antes de meter la cabeza de nuevo en la ducha.
Me quedo sin aliento. Ella no...
―No tienes por qué hacerlo ―grita por encima del sonido del chorro
de agua―, pero te deseo.
Te deseo.
Me siento como si me estuviera desvistiendo por primera vez, tirando
mi sudadera y mi camisa en una pila en la esquina antes de sacarme los
pantalones demasiado apresuradamente, teniendo que mantener el
equilibrio apoyándome en la pared.
Por un momento dudo si debería quitarme la ropa interior, lo cual es
ridículo. Nadie se ducha en ropa interior. Lo hacen cuando no quieren
presionar a la chica que se ducha, pero ella ya está desnuda...
Mierda. Rosalie Shariff está desnuda, y mojada. En la ducha,
esperando a que me una a ella.
No pienso, solo corro la cortina y entro en el espacio reducido.
Me recibe la larga y desnuda línea de su columna vertebral, su piel
bronceada y dorada de la cabeza a los pies, y me trago la lengua
mientras mi mirada baja y baja hasta su pequeño y coqueto trasero. Es
alta, delicada y tan hermosa que no puedo dejar de mirarla porque no sé
dónde mirar primero.
Ella ve por encima de su hombro hacia mi cuerpo, antes de...
―¿Por qué llevas ropa interior?
¿Qué?
Oh, mierda. Es cierto, aunque ahora el gris de mis bóxers está pegado
a mi piel, húmedo por el aire cálido y húmedo.
Ella se gira, pero se lleva los brazos hasta el pecho, cubriéndose.
―Mierda.
Me agito, mi mano pasa por la baldosa mojada mientras llego y me
quito los bóxers, enredándolos alrededor de mis pies hasta que puedo
quitármelos de una patada y arrojarlos al piso del baño.
Ro inhala con fuerza mientras me absorbe.
Me equilibro con ella, ambos mirando abiertamente, admirándonos.
Su cerebro, su bondad, por eso la quiero, pero Dios, su cuerpo me
tiene listo para caer de rodillas y quedarme ahí, mirándola como una
obra de arte, sin saciarme nunca.
―Rosalie ―susurro, tragando saliva con fuerza―. Eres tan hermosa.
Se sonroja, dejando caer sus brazos alrededor de su pecho, revelando
unas pequeñas tetas rematadas con pequeños pezones marrones.
Se me hace agua la boca. Quiero presionar mis labios sobre cada
centímetro suyo, bajando lentamente por su cuerpo apretado hasta
llegar a los suaves rizos castaños entre sus piernas. Conozco su
sensación, sueño con ella a menudo, pero quiero verla sentirme, mis
dedos dentro de ella, arrancándole placer.
―¿Puedo tocarte?
Oírla hacer esa pregunta me hace gemir, con mi propia mano
sosteniéndome a mí mismo. Estoy duro como una roca, prácticamente
tensando hacia ella.
―S-sí.
Me alcanza, lenta y cuidadosamente. Su delicada mano, envuelta en
pequeñas pulseras de cuentas de la amistad, envuelve mi cuerpo. Sus
dedos son largos, pero apenas se tocan.
Soy muy consciente de lo que puedo aportar en lo que respecta al
sexo: cara bonita, cuerpo musculoso, objetivamente atractivo de un chico
blanco. Mi pene es indiscutiblemente perfecto: de una longitud
agradable y grueso. Y, lo más importante, sé cómo usarlo. Soy bueno en
el sexo, igual que soy bueno en el hockey.
Y, sin embargo, mi polla llora como si fuera un virgen en su agarre
vacilante.
―No sé si voy a hacer esto bien.
Casi me río ante la ridícula idea de que haya hecho algo malo, pero
me muerdo la lengua y me acerco un poco más, tocando su hombro
desnudo con mis dedos.
―Simplemente acaríciala; no puedes hacerlo mal.
No recuerdo la última vez que me masturbaron, pero mierda, la
sensación de su mano sobre mí me hará explotar en cinco segundos
como un maldito adolescente.
―¿Así?
―Sí, princesa ―susurro, y le acaricio la mejilla con la mano. Está
caliente por el agua y el rubor de su excitación―. Quiero besarte
―jadeo―. Por favor, por favor, déjame besarte.
Es casi un gemido, y tal vez debería sentirme avergonzado, pero mi
deseo por ella es tan grande que no me importa.
Ella asiente rápidamente y sus ojos se encuentran con los míos, que
finalmente se apartan de su intensa mirada sobre mi pene. Se chupa el
labio inferior y me derrumbo sobre ella. La aprieto contra las baldosas
frías y el agua salpica mi costado cuando me inclino hacia ellas.
Gime en mi boca, casi frenética, mientras siento más que ver cómo
junta sus piernas.
―Rosalie ―le digo con voz suave, presionándome contra su cuerpo.
Su puño sigue sujetándome mientras deslizo mis rodillas entre sus
piernas―. ¿Te duele algo, princesa?
―Sí ―susurra―. Por favor, Matt...
―Monta mi muslo, bebé. Hazte sentir bien.
Lo hace, frotándose contra mí con desenfreno. Me siento salvaje,
frenético en mis movimientos para besarla, mordiendo su cuello y
tratando desesperadamente de no correrme.
Hasta que...
―Pienso en ti cuando me toco ―gime en mi cuello, mordiéndose―.
Yo…
Me corro, fuerte, con un gemido profundo y entrecortado. Me
atraviesa como un rayo, sin tiempo para prepararme o decírselo. El
semen salpica su piel bronceada y se va inmediatamente con el rocío.
Ella deja de moverse sobre mi muslo inmediatamente y la beso, más
fuerte ahora, como si estuviera presionando un «gracias» en su boca.
Espero que siga, que se balancee contra mí, impaciente mientras agarro
sus caderas.
―No tienes que… ―dice Ro, estremeciéndose mientras empujo mi
muslo contra su clítoris―. Ya terminaste. Podemos parar…
Niego con la cabeza.
―No es así como funciona. No pararemos hasta que te corras, Ro.
La atraigo hacia mí con un ligero agarre en su cuello, mirándola a los
ojos. Se abren cómicamente mientras digo:
―Normalmente más de una vez, pero el agua se va a enfriar.
―Pero...
―¿Se siente bien?
Ella asiente.
―¿Quieres correrte?
Su rubor es salvaje, pero logra asentir otra vez. Sus dedos se enredan
en la cadena de mi cuello y la jalan un poco bruscamente. Podría
arrastrarme con ella y la seguiría como un maldito cachorrito.
Le beso la sien y la levanto de nuevo.
―Entonces sigue adelante, princesa. Igual que la última vez.
Ro jadea y se derrite en un gemido bajo y desesperado. Mueve las
caderas más rápido ahora, sus uñas afiladas se hunden en mi piel
mientras sube más y más alto, antes de llegar a la cima.
―Eso es, niña bonita ―murmuro en su cuello, besándola mientras la
animo―. Vamos, Rosalie. Déjate llevar. Córrete para mí, por favor, Ro,
necesito sentirte...
Su gemido se transforma rápidamente en un grito agudo, casi un
sollozo de alivio que hace que mi polla se levante de nuevo en un
tiempo récord. Agarro sus caderas, moviéndola lentamente mientras ella
se hunde cada vez más en mi cuerpo.
La coloco de nuevo de pie y espero hasta que recupere el equilibrio y
me sonría, saciada y feliz. Pensé que complacer a alguien liberaba
endorfinas en mi cuerpo, y que me hacía sentir necesitado y querido al
mismo tiempo, pero con Ro, es una sobredosis y estoy ansioso por seguir
así.
Agarro su esponja, le aplico una cantidad exorbitante de jabón (un
jabón que huele a flores, a coco y a ella) y le froto el pecho, el estómago y
con suavidad entre las piernas. Me arrodillo para lavarle las piernas con
movimientos lentos y amplios.
La miro y me detengo. Sus ojos están fijos en mí, respira con
dificultad, pero no veo excitación, sino gratitud y asombro, como si no
estuviera segura de estar soñando.
Siento lo mismo.
Pienso que sería muy fácil amarte.
Amar a Rosalie Shariff sería lo más fácil que hice en mi vida. Lo sé
porque ya lo hago. Creo que la he amado desde el día en que me
defendió en aquella sala de conferencias. Como amiga, en primer lugar,
algo que nunca tuve, pero ahora es más.
Es abrumador, de repente me cuesta tragar o incluso mirarla. Así que
le doy la vuelta y le lavo la espalda con reverencia. No puedo evitar
darle un beso en la espalda, justo en la parte superior de la columna.
Pienso que amarte sería lo más grande de mi vida.
Estoy drogada con Matt Fredderic.
Me deja en la ducha y me ordena en voz baja que me enjuague. Me
envuelvo en una gran toalla verde y me siento en el borde de la bañera,
sintiéndome aturdida y confundida. Como si caminara entre nubes.
Mi ropa está doblada cuidadosamente sobre la encimera del lavabo,
pero me siento mal al volver a ponérmela. En vez de eso, me pongo una
camiseta demasiado grande que se parece un poco a una obra de arte de
Lisa Frank y me suelto el cabello. Mis rizos están sueltos, pero más
encrespados por la ducha de vapor prolongada.
Debería sentirme cohibida, pero es imposible sentir algo similar
cuando se trata de Matt Fredderic.
En vez de eso, es solo una alegría flotante que burbujea en mi piel. Es
como una ducha y sábanas frescas después de secarse bajo el sol del
verano. Una siesta después de la playa, todo a la vez reconfortante y
vigorizante.
Curación.
Se produce un silencio un poco incómodo cuando entro en el
dormitorio y me quedo de pie frente a Matt con una toalla alrededor de
su cintura. Ambos dudamos, con sonrisas tímidas y manos temblorosas.
Se aclara la garganta.
―Hey.
―Hey.
Matt se inclina sobre mi escritorio, apartando los papeles extendidos
para desenterrar el cartón que está debajo, señalándolo mientras inclina
la cabeza sobre su hombro para preguntar:
―¿Qué es esto?
Toda la calidez se evapora y se me hiela en las venas.
―Yo no… una estupidez.
Frunce el ceño, pero decide seguir adelante. No puedo decidir si lo
odio o lo amo por eso.
―¿Por qué? Parece una lista divertida.
Es un desafío, esperando que juegue con su comentario coqueto.
Mueve las cejas mientras lee algunos de ellos en voz alta.
No necesito que me los mencione: los recuerdo todos.

Bailar sobre una barra como Coyote Ugly.


Tercera base en un auto.
¡Nadar desnuda! (¡Pero que no te atrapen ni vayas a la cárcel!)
Hacer un viaje de vacaciones de primavera alocado. (¡Pero que no te
arresten!)
Perder mi virginidad con alguien que me ame.

Hay más, pero me quedo con la última. Me duele pensar en eso.


Tratar de analizar en profundidad lo que realmente sentía Tyler por mí.
―Fue algo que Sadie y yo hicimos en primer año. Para que pudiera
marcar todas las cosas que nunca había hecho pero que quería hacer.
Lo piensa un segundo antes de tomar la lista y correr hacia mi cama.
Me cuesta apartar la mirada de él. Se da la vuelta y me guiña el ojo por
encima del hombro, como si supiera lo que estaba mirando.
―¿Tatuajes? ―pregunta―. Tacharé ese. ¿Tienes un rotulador? ―Abre
el cajón de mi escritorio sin esperar un segundo y toma uno verde y uno
negro de mi ordenado montón―. ¿Cuál deberíamos hacer a
continuación?
Está emocionado, y libera una parte de mí que ha estado encerrada
durante años.
Tyler también estaba emocionado cuando lo vio por primera vez.
Luego se le pasó la emoción. Entierro la esperanza bajo los recuerdos de
su risa, previniéndome a mí misma.
―Ninguno ―le digo, quitándole el cartón―. En serio, es algo
estúpido de primer año.
Mis propias palabras suenan tan llenas de odio que cierro los ojos,
pero no es hacia él. El odio y la ira son todos internos, hacia mí misma,
porque hubo un momento en que esto era importante para mí. Un rayo
de esperanza después de irme de casa, pero se desvaneció, junto con mi
emoción. Ahora, cuando miro la lista, los garabatos y las huellas de
labial, solo siento el dolor de la pérdida de tiempo.
―Probemos esto de otra manera ―dice Matt, pero es casi como si
estuviera hablando consigo mismo―. Me gustaría hacer contigo estas
cosas de tu lista. En realidad, me encantaría, pero solo si tú quieres.
¿Quieres probar una conmigo?
Su voz es lindo. Siento un poco de ganas de llorar.
―¿Ahora?
Se encoge de hombros con una débil sonrisa.
―Sí. ¿Por qué no? Si soy yo con quien quieres hacer estas cosas,
entonces lo único que nos detendrá eres tú, porque estamos juntos en
esto, pero tú tienes el control de nuestra dirección, Ro.
Sus palabras son hermosas, tiernas, pero algo no cuadra Lo siento
como un pinchazo en el brazo.
―¿Qué pasa contigo?
―¿Yo? ¿Qué pasa conmigo?
Él sigue sonriendo, con sus ojos tontos y su apuesto aspecto juvenil.
―También es tu cuerpo, Matt. Tienes tanto control como yo.
Las palabras me resultan pesadas y extrañas, y una parte de mí quiere
alejarse, pero hay otra parte más grande que insiste en que esto es
importante.
Mis palabras hacen que su expresión despreocupada desaparezca de
su rostro y frunce el ceño mientras me observa. El hecho de que la idea
le resulte tan ajena me hace sentir una chispa de ira en el estómago.
Levanta las manos como si quisiera alcanzarme, pero luego aprieta los
puños y los apoya sobre la cama, entre nosotros. Una risa amarga...
luego una sonrisa, con los labios entreabiertos.
Espero en silencio, observándolo mientras intenta revertir su
movimiento habitual aquí, como si estuviera desaprendiendo
activamente el coqueteo protector que es tan cómodo para él.
Da un vistazo a la lista como si fuera un salvavidas antes de exclamar:
―Creo que empezaremos con la crema batida, ¿tienes?
Sería mucho más fácil llegar a un acuerdo y cambiar de tema por
completo.
―Lo sabes, ¿verdad? ―le digo―. ¿Que tú también tienes el control?
¿Que tienes voz y voto?
Se hace el silencio durante un largo momento. Lo suficiente para que
ambos podamos permanecer sentados en la incomodidad de la
conversación, pero al mismo tiempo sentirnos reconfortados por la sola
presencia del otro.
―Yo no... ―Se detiene y aprieta la mandíbula―. Sé que me acuesto
con cualquiera. Sé cómo me llama la gente, pero... no es... no soy así
contigo.
Me duele el estómago y el pecho se me encoge de empatía.
―Lo sé, Matt.
Él asiente.
―Es solo que… esto es nuevo para mí. ―Se ríe un poco, rascándose la
nuca y alborotándose el cabello dorado y húmedo―. Y puede que no sea
bueno en esto, así que… lo siento si lo arruino.
Es más amable conmigo de lo que Tyler jamás lo fue. Es más empático
y comprensivo, está más en sintonía con quienes lo rodean que cualquier
otra persona que yo conozca, y se disculpa porque mucha gente le hizo
creer que no es bueno en esa parte, que no vale nada más que el sexo.
Como si ni siquiera mereciera la oportunidad de intentarlo.
―No lo haces ―digo con calma.
Él hace una mueca.
―Podría hacerlo.
―Según tu lógica ―digo, acercándome―, definitivamente yo lo
arruinaré.
―¿Tú? ―Sacude la cabeza con vehemencia―. Nunca.
Levanto las cejas y extiendo los brazos como si dijera: ¿Ves?
―¿Quieres salir conmigo? ―le pregunto.
Él palidece, deja caer el cartón al suelo y lucha por alcanzarlo, casi
golpeándose la cabeza contra el marco de mi cama al volver a levantarse.
―¿Qué? ¿Cómo… como en una cita? O…
―Sí ―asiento, un poco mareada por la emoción. Nunca le había
pedido a alguien una cita. Es estimulante, liberador cuando pensaba que
estaría ansiosa.
Matt se toma un minuto, mirándome de arriba abajo, leyendo mi
lenguaje corporal. Una sonrisa entrañable, vacilante y brillante a la vez,
se extiende por su rostro y asiente rápidamente.
―Sí. Eso es... sí, Ro. Tendré una cita contigo.
Esta no es una conversación mágica y curativa para Matt. Todo aquí
se siente delicado, como si estuviera al borde de algo, pero es un
comienzo, y una cita real es exactamente por donde deberíamos
empezar. Para hacer esto bien.
Matt se arrastra por mi cama y se recuesta contra mi cabecera,
haciéndome señas con una sonrisa traviesa.
―Ahora ven a leerme la lista, princesa. Algunas letras son horribles.
La letra de Sadie se parece a los garabatos de un médico, mientras que
la mía es intencionada y alocada, decorativa.
―Okey ―digo, cayendo sobre él otra vez.
Es la última semana de clases antes de las vacaciones de Acción de
Gracias. Casi todos ya hicieron las maletas o se fueron a sus hogares; la
mitad de nuestros profesores cancelaron sus últimas clases de la semana,
lo que significa que me siento muy feliz.
Principalmente, porque una linda tutora me propuso salir.
Nos hemos visto solo una vez esta semana, para nuestra sesión de
tutoría habitual, que estuvo llena de mí tratando de distraerla. Mis
dedos trazaban la suave piel de sus muslos, susurraba “Me gusta tu
falda, princesa” mientras intentaba que rompiera las reglas del piso
silencioso.
Aparte de eso, ha estado ocupada. Entre ayudar a Sadie con sus
hermanos y terminar su solicitud para la pasantía a la que se está
postulando, no he querido distraerla.
Perdimos nuestro partido contra Harvard el fin de semana, lo que
intento no ver como una razón para que necesitemos a Toren Kane,
quien, resulta, tiene prohibido jugar en el estadio de Harvard. Encontré
unas imágenes preocupantes de su último partido ahí antes de que nos
fuéramos, solo después de ver demasiadas ediciones de fanáticos del
defensa de 1,96 m.
Un fin de semana sin Toren ha funcionado como unas vacaciones,
pero ahora volvemos a nuestros chascarrillos habituales en nuestro
último entrenamiento cuando pasa a mi lado dando vueltas, rozándome
el hombro.
―Cuidado, superestrella ―gruñe Toren.
Lo miro, listo para responderle, cuando me doy cuenta de que la burla
es una verdadera advertencia: hay un grupo de hombres de traje de pie
junto a la barandilla de los asientos, con el entrenador Harris y los otros
entrenadores asistentes merodeando. Todos tienen los brazos cruzados,
como si se tratara de un extraño enfrentamiento de dominación grupal.
Me acerco patinando, seguido por Rhys y Bennett detrás de mí;
Holden corre hacia mí desde el otro lado. Incluso Toren se queda un
poco más cerca; casi toda mi fila está junta.
―Se lo dije tres veces, señor Fredderic, es una práctica cerrada.
Mi papá se ríe con desdén, pero lo disimula rápidamente.
―Solo unos minutos para ver a Matthew jugar. Traje a algunos
cazatalentos de...
El entrenador Harris lo interrumpe.
―¿Les dijo que Matt Fredderic es agente libre? Porque firmó con
Dallas y no tiene planes de cambiar eso. ¿Verdad, Freddy?
―Cierto.
Mi papá pone los ojos en blanco.
―No creo que seas el experto en esto. Y, como futuro agente de
Matthew...
―No eres mi agente.
La atención de John Fredderic se desvía hacia mí, su rostro se pone
rojo de frustración apenas disimulada.
―Tu mamá no está aquí. ―Su voz es apenas baja―. Una maldita
zorra...
Mi sangre hierve.
―No hables jodidamente de mi mamá ―gruño, se me aprieta el
estómago y tengo dolor en el corazón.
Es imposible borrar el recuerdo de mi mamá del hockey. Están
entrelazados, más que mi papá jugador de la NHL.
A mi mamá le encantaba el hockey, siempre le gustó. Cuando yo era
pequeño, íbamos juntos a todos los partidos, pero algo cambió.
Recuerdo que se ponía más triste, su expresión era menos esperanzada y
feliz con cada partido, hasta el último al que asistimos.
Mi papá tiene otra chica aquí, vestida con su camiseta y sentada en nuestro
lugar. Es joven, hermosa, pero no como mi mamá.
Mamá está de pie en las escaleras, a solo unas pocas filas de nuestros asientos
reservados, congelada en su lindo overol negro y su gorro de Dallas con la parte
superior esponjosa con la que le pedí jugar durante todo el camino. Llevo puesta
mi camiseta de Dallas con el número de papá, mirando el hielo con una sonrisa
brillante mientras trato de llamar su atención.
Pero él le está lanzando besos a la mujer que está en nuestros asientos. Sus
ojos se posan ligeramente sobre mi mamá con una ligera vacilación antes de
saludarme rápidamente con la mano y volver a los ejercicios de calentamiento.
Me dijo hola, pero hay algo que no me gusta.
La sensación empeora cuando mamá me empuja escaleras arriba demasiado
rápido y me hace tropezar. Estamos en el pasillo trasero vacío, en dirección a la
salida, cuando alguien la llama a gritos.
―¡Elsie!
Miro por encima del hombro al hombre del traje, entrecerrando los ojos hasta
que me doy cuenta de que es el entrenador Ace.
Es tan alto como mi papá, más ancho, pero viste un traje oscuro con una
corbata verde de Dallas. Cabello oscuro, ojos oscuros y piel color caramelo que
hace que el color claro de mi mamá parezca aún más claro.
Tiro un poco del brazo de mi mamá, intentando asegurarme de que pueda
escucharlo gritarle. Ella aminora el paso, pero no se detiene, secándose con la
manga larga de la camisa debajo de los ojos de una manera que me hace doler el
estómago cuando la miro.
―¿Estás bien, mami?
―Sí, cariño ―dice, sorbiendo por la nariz, intentando sonreírme, pero no
parece que esté bien. Es tan bonita, incluso con los ojos rojos y las mejillas
sonrojadas. Dice que tengo sus ojos, pero los suyos son mucho mejores, como la
hierba primaveral bajo la luz del sol.
―Elsie, espera ―dice el entrenador Ace, deteniéndose justo frente a nosotros
y sonriéndome rápidamente mientras me acaricia la cabeza―. Hola, campeón.
―Entrenador. ―Sonrío. Siempre es amable conmigo, siempre juega conmigo
cuando vengo a practicar y papá está demasiado ocupado. Me dice que lo llame
Archer o Ace, pero a veces me gusta llamarlo entrenador; me hace sentir que soy
parte de su equipo.
Mi mamá mira al entrenador Ace como si fuera a llorar, y algo en su
expresión lo hace respirar profundamente y envolverla con sus brazos en un
fuerte abrazo.
―Archer.
―Lo siento, Els. ―La abraza como he visto a mamás y papás abrazarse, con
manos suaves. Le besa la frente y le acaricia el cabello como lo hace mi mamá
cuando siento que mi cerebro está demasiado ruidoso.
Nunca he visto a papá tocar a mamá así.
Pero ya había visto al entrenador Ace abrazar a mamá antes, lo recuerdo.
Cuando papá chocó el auto y me sacó de mi asiento, recuerdo que lloré por ella,
pero mi papá nos estaba alejando, dejándola ahí mientras me sentaba en el pasto,
y alguien gritaba, corriendo detrás de nosotros hacia ella.
Entonces llegó el entrenador Archer, abrió de golpe la puerta de mi mamá y la
sacó, sosteniéndola en sus brazos.
Lo recuerdo más porque él lloraba mucho, más que yo, y le gritaba a mi papá.
―¡Llama al 911! ―gritaba mientras la dejaba sobre el césped como si fuera
una princesa dormida, presionando con fuerza su pecho. Ella estaba bien, pero a
veces todavía tenía pesadillas al respecto, y ahora, con Archer sosteniendo a mi
mamá mientras llora, tengo esa misma sensación de dolor que me hace usar
ambas manos para presionar con fuerza mi pecho. Como si pudiera detenerlo.
Haz que se detenga.
Sacudo la cabeza y siento que se me forman las lágrimas. Haz que se
detenga. Haz que se detenga.
―Vete a la mierda ―es todo lo que puedo decir, con la voz rota y
desgarrada.
―No sabrías lo que es bueno para ti ni aunque te diera una bofetada
en la cara, hijo ―gruñe.
―Sal de mi maldita pista.
Todos se quedan paralizados ante el tono ligeramente amenazante del
entrenador Harris.
―Ahora ―grita, y siento la respuesta de mi equipo.
Los hombres de traje que están detrás de mi papá ya se están yendo, y
no puedo evitar sonreír burlonamente y agitar mis dedos enguantados
hacia ellos mientras suben corriendo las escaleras y salen.
Mi papá, sin embargo, no se mueve.
―William...
―Harris, idiota ―le dice―. Estás expulsado. No puedes entrar a los
juegos, ni entrenamientos, ni a ningún lugar que implique poner un pie
en este estadio. ¿Me entiendes?
―¿Estás jodidamente bromeando?
―De ninguna manera. ¡Demonios! Te prohibiría la entrada al campus
si fuera posible, y si te encuentro husmeando en el Dallas GM o en
cualquier lugar cerca del contrato de Freddy, te encontraré y me ocuparé
de ti yo mismo. Lárgate de aquí.
―¿Sabes quién soy? ―El cliché sale de la boca de mi papá un poco
tembloroso.
―¿Un fracasado que nunca tocó una Copa Stanley? Sí, sé quién eres.
¿Cuántos años llevas castigando a Freddy por ser mejor que tú?
Se me cae el estómago.
Espero a que la vergüenza me supere por completo, mis patines
resbalen y se deslicen sobre el hielo debajo de mí antes de que alguien
(Rhys, me doy cuenta) me agarre por la espalda. Me hace un rápido
gesto con la cabeza, para preguntarme si estoy bien, todo mientras
mantiene su brazo a mi alrededor.
Asiento y resoplo levemente. Afortunadamente, mi jaula cubre parte
del enrojecimiento de mis mejillas; agradezco aún más el pilar de fuerza
que personifica Rhys.
―Eso es lo que pensé. ―El entrenador Harris asiente cuando mi papá
no le responde―. Ahora, lárgate de mi estadio.
Esta vez, John Fredderic hace algo que nunca lo había visto hacer
antes: escuchar y seguir instrucciones.
Bennett y Toren, los gigantes de los Wolves, se mantienen de pie como
centinelas a ambos lados de nuestro grupo central, mientras el resto del
equipo que estaba practicando antes observa desde los costados de la
pista. Apostaría mi beca y mi contrato con Dallas a que es por los gritos
del entrenador Harris, un hombre que nunca levanta la voz.
Toda la pista está tan silenciosa que el sonido de la puerta cerrándose
en lo alto de las escaleras parece reverberar.
―Se acabó la práctica. Nos vemos mañana para la última antes del
Día de Acción de Gracias. El hecho de que no tengamos un partido este
fin de semana no significa que estemos descansando. ―Da dos
palmadas y todos se ponen en movimiento, dispersándose hacia los
túneles en pequeños grupos silenciosos.
―¿Y Freddy? ―me llama antes de que pueda despegar mi patín del
hielo lo suficiente para girar.
―¿Sí?
―Mantén la cabeza en alto, chico.
Su voz es tan suave que me recuerda a Archer, y cierro los ojos,
aunque sea para disfrutar de su calidez por un momento más.
Rhys y Bennett se quedan conmigo en el hielo mientras todos los
demás salen, ambos ofreciendo su apoyo en silencio, pero es Rhys quien
finalmente dice:
―Tu papá es un idiota, Freddy.
Resoplo y asiento.
―Sí. No puedo decir lo mismo, Rhysie.
Bennett levanta la mano y se quita la mascarilla, sacudiendo sus rizos
con una sonrisa.
―A mí no me mires. Adam Reiner nunca lo haría.
Se escucha una leve risa entre los tres antes de darles una palmada en
la espalda para comenzar a caminar hacia el túnel.
―Vamos, holgazanes. Tengo lugares a los que ir y gente a la que ver
―digo, con mi típica sonrisa burlona de Freddy.
La verdad es que nada de lo que dijo mi papá hoy puede detener por
completo la sensación de euforia que siento en mi interior. La defensa
del entrenador Harris hacia mí solo me encendió aún más.
Tengo una cita con Rosalie Shariff. Estoy radiante por dentro, aunque
esté un poco atenuada con una pizca de ansiedad. Estoy decidido a ser
lo suficientemente bueno.
Tengo las manos sudorosas, demasiado sudorosas para apoyarlas
sobre su muslo, aunque lo deseo con todas mis fuerzas. Tocar la
longitud expuesta de su pierna bajo su falda pantalón de mezclilla,
recorrerla hasta la parte superior de sus botas altas de tacón.
También intenté arreglarme bien, cambiándome unas cinco veces
antes de decidirme por unos pantalones negros, una camiseta blanca y
una chaqueta de lana color crema oscuro. La combinación hizo que mi
piel pareciera más dorada de lo que era ahora que había estado sin el
calor del sol durante unos meses y mi bronceado de verano se estaba
desvaneciendo.
Casi me tragué la lengua cuando Ro salió de Millay, con la puesta del
sol danzando sobre su rostro brillante y su sonrisa radiante.
Ambos nos quedamos ahí por unos minutos, mirándonos fijamente el
uno al otro, igual de ruborizados y manos inquietas.
Finalmente me acerqué para darle un rápido y fuerte abrazo antes de
conducirla al asiento del copiloto de mi auto.
La música suena suavemente desde el altavoz, por supuesto, ella la
eligió. Nat y Alex Wolff cantan “Glue” mientras ella me dirige cada vez
que nos acercamos a Boston.
―¿Sabes? Creo que es la primera vez que alguien planea una cita
conmigo ―digo, mientras tomo la salida de la autopista. En realidad, es
una de las pocas citas que he tenido, pero no lo digo.
―¿Es egoísta que me alegre de ser tu primera?
Una risa estalla antes de que pueda evitarlo y Ro palidece.
―No... quiero decir...
―Sé lo que quisiste decir ―digo, inclinándome hacia la luz roja para
besarla en la mejilla, dejando mi palma justo debajo de su rodilla
mientras me enderezo.
Ahí está. Tan fácil como puede ser.
―¿Aquí? ―pregunto, mirando un poco desconcertado hacia el
anodino edificio con ventanas pintadas de negro y lámparas antiguas en
el que se encuentra un portero solitario―. ¿Me estás trayendo hasta aquí
para matarme en este frío glacial?
Ella asiente y reduzco la velocidad para detenerme en el
estacionamiento extendido cerca de la parte de atrás para tener una
salida más fácil si el estacionamiento medio vacío se llena un poco más.
―Todavía no está nevando...
La miro con atención.
―Pensé que eras una chica californiana.
―Tal vez no soy una bebé cuando se trata del frío ―dice antes de
abrir la puerta y saltar al frío.
Riendo entre dientes, la sigo y la rodeo con el brazo para protegerla
del viento.
―Dios, hace frío. Lamento arruinarte la diversión, princesa, pero creo
que me congelaré antes de que tengas la oportunidad de asesinarme al
estilo Saw en este espeluznante edificio.
Me da un ligero puñetazo en el hombro con un brillo en sus ojos que
me hace querer hacer una voltereta hacia atrás o convertirme en un
bufón de la corte a tiempo completo y mantenerla riendo toda la noche.
―Llevas cuatro años fuera de Texas. Uno pensaría que ya te habrías
hecho más fuerte ―Sonríe, orgullosa de sí misma, y me trago cualquier
respuesta a cambio de mirarla.
Es tan hermosa, sonriendo mientras le muestra su identificación al
portero y espera dentro de la puerta a que la siga.
Hace calor, hay un poco de humo y parece que no ha cambiado
mucho desde que abrió en los años 60, como indican los carteles
pintados sobre la barra. En su mayoría, hay mesas altas y algunos sofás
de vinilo rojo. Las luces son tenues, con destellos azules y verdes que
brillan en el piso a cuadros blancos y negros.
Hay un cantante con una guitarra en el pequeño escenario de la
esquina, cantando una hermosa versión acústica de algún éxito popular
de la radio. Incluso la pista de baile está llena de gente, parejas bailando
lentamente al ritmo de la música.
Ro me advirtió de que era un lugar de "bocados pequeños", lo que
significaba que me costaría todo mi presupuesto de primavera para
alimentarme. Al mirar el menú brevemente mientras nos acercamos a la
barra, me alegro de haber comido antes.
Pido una bebida para los dos, elijo el especial de whisky y le pido a Ro
un refresco con gas de frutas. Brindamos y nos sonreímos, y todo es
perfecto, teñido de la incomodidad de la sobreexcitación. Puedo sentir la
emoción vibrando entre nosotros.
―¿Quieres bailar? ―le pregunto.
Ella asiente inmediatamente, sonriendo como una loca mientras tomo
mi bebida y espero a que ella termine la suya antes de agarrar su mano y
guiarla hacia la multitud de cuerpos que se balancean lentamente.
La cabeza de Ro está sobre mi pecho, con sus suaves rizos sobre mi
brazo, mientras los ha dejado casi todos sueltos en una cascada de
remolinos de color marrón oscuro. La mujer en el escenario canta,
ardiente y hermosa, mientras entona “We Don't Have to Take Our
Clothes Off” con el piano y las cuerdas relajantes haciendo eco detrás de
ella.
Quiero presionar las palabras en la piel de Ro, para asegurarme de
que pueda escuchar lo que estoy pensando sin el terror de decirlo.
Tu tacto se siente diferente. Tus palabras se sienten diferentes. Todo contigo
se siente diferente, mejor. Le doy un beso en el cabello, luego en la frente y
observo cómo sus labios carnosos se deslizan en una sonrisa y sus ojos
me miran fijamente.
Las palabras casi se me escapan en ese momento. Es nuestra primera
cita, pero olvida el resto. Ya he terminado, lo decidí.
Sé mía. Déjame llamarte mi novia, no solo mi amiga. Seré muy bueno
contigo.
Cierro los ojos y respiro con satisfacción el familiar aroma de su
perfume limpio, floral y de coco. Todo aquí con ella parece perfecto,
como las fotografías que ya están enmarcadas en la tienda de familias
felices: momentos hermosos y congelados. Quiero un millón de ellos con
ella.
Pero cuando abro los ojos, veo un fantasma.
Carmen.
Carmen Tinley está aquí, en mi burbuja de felicidad, como un
recordatorio inquietante de todo lo que no quiero ni cerca de Ro. Intento
parpadear, esperando que de alguna manera sea un truco de la luz, que
simplemente desaparezca.
Pero ahí está ella, en el bar, bebiendo una copa de vino del mismo
color que sus labios pintados y su cabello vibrante, luciendo
exactamente igual que la mujer triste y solitaria que era la primera noche
que estuvimos juntos. Y, al igual que la última vez, me está mirando.
Abrazo a Ro más fuerte contra mí, casi accidentalmente, y ella deja
escapar un suspiro de satisfacción.
―Me gusta esto ―susurra, y su vulnerabilidad me hace sentir un
poco mareado y enfermo. Lo suficiente como para alejarme de ella y
pasarme las manos por el cabello.
―¿Matt?
Incluso en su confusión, su tono no es más que un suave y gentil
estímulo.
―Déjame, un... ―Sacudo la cabeza―. Voy a traernos más bebidas y a
pagar. ―Porque por mucho que necesite un poco de alcohol en mi
organismo, mi necesidad de salir de aquí es mucho mayor.
―Okey ―sonríe―. Voy a ir corriendo al baño.
La observo mientras me estremezco en el cuello con la misma
sensación de estar siendo observado. Una vez que Ro está a salvo, me
doy la vuelta y camino hacia la pequeña barra y pido un trago de
whisky para mí y un refresco con sabor a fruta para Ro.
Estoy lo suficientemente lejos como para que no podamos tocarnos,
pero cuando ella se gira en su taburete, presiona su hombro
directamente contra el mío, donde estoy apoyado en la barra.
―Es curioso verte por aquí ―dice Carmen sonriendo. Sus dientes
blancos brillan bajo sus labios rojos y sus ojos se oscurecen con una
sombra brillante que una vez me encantó.
―¿Me estás vigilando? ―es mi pregunta cortante.
Ella toma un largo trago de vino y sacude la cabeza.
―Una divertida coincidencia, lo juro ―dice, cruzando el dedo en su
corazón como una promesa.
―Estoy aquí con Ro ―digo, con la mandíbula apretada y todo mi
cuerpo enrollado como un juguete de resorte, apenas manteniendo todo
abajo.
―Lo vi.
Se acerca lo suficiente para que un poco de su cabello rojo brillante
caiga sobre mi chaqueta. Me hace temblar el hombro, como si hubiera
tocado mi piel desnuda.
―¿Cómo va todo entonces? ¿Ella te da las respuestas y tú le das
orgasmos?
La acusación hace que el alcohol en mi organismo se vuelva amargo y
venenoso, y no tengo muchas ganas de tomar el trago que el mesero me
pone delante. En cambio, me gustaría correr al baño, tocar a la puerta
hasta que Ro me deje entrar y besarla. Decirle exactamente lo que siento.
La acusación de Carmen hacia mí es una cosa, puedo soportarla, estoy
acostumbrado. Es el desaire a Ro lo que me pone furioso.
Finalmente me muevo, bebo el trago y sacudo la cabeza mirando a la
mujer que una vez vi como si fuera todo lo que siempre deseé, cuya
atención disfrutaba casi constantemente, cuya aprobación ansiaba.
Dejando que las llamas del whisky laman mi garganta, me empujo de
la barra.
―No es así y lo sabes.
―Claro ―dice ella y sacude la cabeza.
Empiezo a irme, pero Carmen se pone de pie, sus tacones hacen ruido
mientras camina hacia mí y envuelve una mano alrededor de mi bíceps
para detenerme.
―No intento ser cruel, Freddy ―susurra y me detengo un momento,
dándole la espalda. La compasión en su voz hace que mi cabeza se llene
de recuerdos―. Me preocupo por ti. Tienes estas fantasías en la cabeza y
no quiero que te lastimen.
―Ella no me va a lastimar ―digo, pero la convicción en mi voz ha
desaparecido.
Carmen es inteligente, al igual que Rosalie. Ambas están destinadas a
hacer grandes cosas y quieren a alguien estable, brillante y bien educado
a su lado. Yo era una distracción para Carmen. ¿En eso se convertirá esto
con Ro? ¿Llegará a resentirse por lo que no puedo ser para ella?
Eres la diversión, hombre. La voz de Tyler se burla de mí.
Le rogué que se deshiciera de ti. Mi papá, una burla de mi propia voz.
Fue divertido, Freddy. No seas ridículo... no es lo que necesito.
Sacudo la cabeza para aclararme las ideas de la vieja Carmen,
mientras le hablo suavemente a un Freddy más joven y que llora en el
porche delantero mientras su esposo observa.
―Ro es brillante y tiene una vida hermosa por delante. No te burles
de ella, y no esperes que ella quiera...
Ella se queda en silencio y mis ojos brillan.
―No esperes que ella quiera más de mí, ¿verdad? ―Me río,
sintiéndome mal―. Créeme, no volveré a cometer ese error.
Lo digo como una promesa, para ella y para mí.
Me la quito de encima, dejo unos cuantos billetes en la barra y me
alejo, viendo a Ro caminar hacia mí con una sonrisa brillante que
desaparece lentamente a medida que me mira más de cerca.
―Oye ―susurra Ro―. ¿Estás bien?
―Quiero irme ―le digo, en tono desesperado e inquieto―. ¿Podemos
irnos?
Ella asiente con aprensión, pero no pregunta antes de tomar mi mano.
Me abro paso a empujones tan rápido como puedo porque no puedo
jodidamente respirar. Ni siquiera la caminata en el frío hasta el auto hace
nada para calmarme o enfriar mi piel sobrecalentada. Estoy seguro de
que mi agarre en su mano es demasiado fuerte, pero mis músculos no
cooperan.
―¿Era la doctora Tinley? ―pregunta cuando veo mi auto.
―No ―miento tan rápido que me sorprendo a mí mismo.
Ella hace una pausa por un segundo antes de preguntar:
―¿Quién era?
―Nadie ―resoplo, con los ojos desorbitados mientras me giro hacia
ella y abro la puerta trasera del auto―. Entra aquí, princesa. Hace
mucho frío y quiero calentarte.
Esto lo puedo hacer. Esto es lo que soy: lo único que se me da bien.
Algo está mal.
Mis oídos no se han adaptado al silencio, y la última canción que
tocaron (una versión acústica y etérea de “You're Somebody Else” de
Flora Cash) todavía se repite en mi cabeza lo suficiente como para que
casi empiece a tararear durante nuestro camino hacia la parte trasera del
estacionamiento.
Hasta que veo la mirada salvaje y desgarrada en los ojos de Matt
cuando me hace girar y me levanta para entrar al auto.
―Oye...
Sus manos están húmedas y temblorosas mientras me agarra la
cintura. Me inclino hacia atrás y me dejo caer satisfecha contra el asiento
trasero de cuero. Quiero tomarme un minuto para apreciar lo delicada
que me siento debajo de él, pero no puedo. Porque Matt parece
devastado debajo de sus jadeos y su máscara resbaladiza.
―Freddy ―digo, mientras su boca presiona la mía otra vez, su mano
juega con la cintura de mi falda pantalón, deslizándose por debajo y
haciendo que mi vientre caiga placenteramente a pesar de la guerra en
mi cabeza.
―¿Te gusta eso, bebé? ―pregunta, con la cara hundida en el hueco de
mi cuello. Quiero relajarme debajo de él, dejar que su tacto me lleve
lejos, pero esto está mal. Todo en esto está mal.
Se siente... falso.
Detenlo. No está bien. Detenlo.
―Freddy...
Me interrumpe con un gemido.
―Sí, bebé. Di mi nombre.
Pasa los dedos por mi estómago ahora expuesto, donde se ha subido
la tela de mi camisa. Mis abdominales se tensan, sus manos temblorosas
se mueven torpemente con los cierres de mi falda pantalón de cintura
alta, pero su rostro está pálido y sus ojos rojos.
―Matt ―le digo, con el estómago adolorido por la gimnasia de
sentirlo, pero sin sentirlo realmente a él. La mezcla de deseo y
preocupación y todas las emociones confusas entre eso es nauseabunda.
Se detiene al escuchar su nombre y dirige la mirada hacia mi rostro;
sus pupilas absorben todo el verde. La luz parpadeante de la farola del
estacionamiento medio vacío es la única luz real. El resplandor
anaranjado que se proyecta sobre su piel lo hace parecer casi etéreo.
Etéreo pero roto, como un ángel caído.
Hay un momento entonces en el que él duda, sus ojos se deslizan, su
máscara cae mientras fija su mirada en la mía.
Pero tan pronto como su vulnerabilidad aparece, desaparece.
―Déjame hacerte sentir bien ―dice, apretando mis caderas con fuerza
mientras se lame los labios y la vulnerabilidad que había ahí desaparece
detrás de la máscara de Freddy―. Al menos soy bueno en eso, ¿verdad?
―Su voz suena entrecortada, como si hubiera corrido una maratón―.
Soy tan jodidamente bueno en eso. Déjame mostrarte.
Algo pasó esta noche que lo hizo volver a esto. Y... lo odio. Quiero
gritar y llorar, porque quiero a Matt más que a nada, pero no así, nunca
así.
―Matt, no ―susurro, con el corazón roto por él, por el chico debajo
de la máscara que tiene miedo de que le hagan daño―. Detente.
Eso es todo lo que se necesita. Su cuerpo se sacude hacia atrás, casi
cayendo al suelo mientras se aleja. El miedo y la vergüenza se reflejan en
su rostro, enrojecido por el viento o el esfuerzo o la agitación emocional
que lo desata. No estoy segura.
Parece casi horrorizado, con las manos en alto en señal de rendición
antes de que otro jadeo pesado escape de su boca, como si estuviera al
borde de hiperventilar.
―Yo... Dios. Rosalie. Lo siento mucho. No...
―Oye ―susurro, empujándome torpemente sobre mi espalda
mientras salgo del auto para caminar hacia él. Se tropieza de nuevo
mientras intenta poner aún más distancia entre nosotros―. Matt...
―Necesito… ―Mira a su alrededor desesperadamente y por un
segundo pienso que podría salir corriendo a pesar de estar a media hora
del campus―. Necesito ir a casa. ¿Podemos irnos a casa?
La presión aumenta detrás de mis ojos y oídos, y parpadeo para
quitarme las lágrimas. No quiero asustarlo ni molestarlo más. Quiero
que esté bien. Parece que hubiera matado a alguien por accidente, no
que se hubiera puesto demasiado intenso mientras me besaba. Algo más
está mal.
―Sí. ¿Quieres que conduzca yo?
―No ―sacude la cabeza, luego baja la barbilla hasta el pecho y se seca
los ojos―, pero no creo que yo pueda hacerlo―susurra, con voz
pequeña y entrecortada, como un niño asustado.
No digo ni una palabra, solo camino hasta pararme a su lado. Tengo
cuidado al deslizar mi mano en su bolsillo delantero para sacar las
llaves, mientras lo distraigo con un suave beso en su mejilla caliente.
―Okey, Matt. Siéntate un momento adelante y yo podré llevarnos a
casa.
Él se acomoda en el asiento del copiloto mientras subo al lado del
conductor y enciendo el auto.
―Has estado bebiendo...
―Tomé un refresco. Eso es todo. No bebí la que me regalaste antes de
irnos.
Algo que dije ahí lo hizo estremecerse, pero asiente e inclina su cabeza
contra el frío cristal de la ventana, alejando todo su cuerpo de mí.
Es un viaje lento. Suena música de fondo, como una triste banda
sonora de la ruptura fundamental de Matt Fredderic. Tengo que apretar
el volante para resistir la tentación de frotarme el dolor punzante en el
corazón.
Apenas me estaciono delante de la Casa del Hockey cuando Matt abre
la puerta y sale rápido del auto. Lo sigo tan rápido como puedo sin
correr riesgos.
―Espera, Matt...
―Lo siento, Ro. Solo que... necesito estar solo, ¿okey?
La puerta principal se abre y Bennett sale con las llaves en la mano.
Pasa junto a Matt y le dice algo. Le quita el brazo al portero, sacude la
cabeza y le responde en un susurro.
―Dijiste que no me echarías ―digo detrás de él, con un pequeño hilo
de pánico tirando de mi pecho.
―Créeme, esto es algo que realmente no quieres saber. ―Matt suelta
una risa amarga―. Me odiarías.
Entra en la casa y cierra la puerta de un portazo.
Bennett camina hacia mí, pareciendo exhausto y triste.
―Te llevaré a casa―dice en voz baja.
Me limpio los ojos; el ardor supera mi necesidad de no correrme el
rímel.
―No, no tienes que hacerlo, puedo llamar un Uber...
―Ya me estaba yendo. Además... ―Se encoge un poco de hombros―.
A estas alturas, soy como un servicio de autos de cinco estrellas.
Si lo dijo en broma, no hay ni una pizca de humor. En todo caso,
parece frustrado.
―Lo siento, de verdad, no necesito...
―No, no. Lo siento. Para mí también fue una mala noche.
―¿Sí?
―Sí.
Subimos al auto y su música comienza a sonar, suave en la cabina,
relajante como siempre he encontrado su presencia.
Se aclara la garganta antes de decir en voz baja:
―A veces, las personas que más amamos son las que nos lastiman
más fácilmente, incluso si no es su intención.
Hago una pausa, un poco impactada por la declaración.
―¿Y los perdonas?
―Sí. Al menos... a ella. Siempre la perdonaré a ella. ―Agarra el
volante con más fuerza―. No creo que pudiera guardarle rencor aunque
lo intentara.
La confesión me impacta un poco. Es lo más que le escuché decir, la
verdad.
―¿Por qué?
―¿Por qué qué?
―¿Por qué seguir intentándolo cuando duele? ―Casi me ahogo con
las palabras, pero Bennett solo me concede una sonrisa triste, frotándose
un poco la boca mientras gira hacia South College.
―Porque los ha decepcionado mucha gente ―dice―, y no seré uno de
ellos. ―Hace una pausa y suspira profundamente―. Y... ella se lo
merece.
Matt también.
Todos los que han tocado a Matt Fredderic solo han alimentado ese
monstruo en su cabeza, el que le dice que no es lo suficientemente bueno
más allá de lo que puede hacer por ellos.
Seré paciente esta vez, porque está sufriendo mucho, y él ha estado
ahí cuando yo sufrí, repetidamente. Matt necesita a alguien que se
quede, que esté dispuesto a demostrar que vale todo. Que merece cosas
buenas en su vida.
Esto está mal.
Tengo dieciocho años, soy estudiante de primer año y tengo demasiada resaca
para ver con claridad.
Mi cuerpo choca contra alguien más pequeño, casi tirándonos a ambos al
ladrillo afuera de la esquina del edificio. ¿Es en el que se supone que debería
estar?
―¡Oye! ―dice una voz mientras me ayuda a apoyarme en la pared―. No
tienes muy buen aspecto. ¿Estás bien?
¿Me veo bien? Quiero gritar, pero eso solo hace que el dolor en mi cabeza sea
peor, así que sonrío y asiento, con los ojos todavía cerrados.
―Estoy bien. Lo prometo.
Sigue sonriendo. No es eso lo que dijo el pez de la película de Disney?
De cualquier manera lo hago.
La ducha se enfría antes de que me dé cuenta de cuánto tiempo he
estado bajo el chorro de agua. Sacudo la cabeza, desesperado por
librarme de los demonios que se aferran a mí como si se me fuera la vida
en eso, pero no funciona, no realmente.
Al permanecer de pie frente a mi tocador durante mucho tiempo,
empiezo a olvidar por qué estoy ahí.
―¿Cómo te llamas? ―pregunta la voz femenina. Consigo abrir los ojos, pero
la neblina hace que todo se vea un poco borroso, pero puedo verla, con su
elegante cola de caballo roja vibrante y la preocupación grabada en su piel
pálida. Es hermosa, de una manera sorprendente.
―Freddy ―digo. Hace una semana no me llamaba así, pero todo el mundo
me llama así, y escuchar Matty de boca de cualquier otra persona podría
hacerme perder el control... otra vez.
Un golpe fuerte y contundente contra mi puerta: tres en rápida
sucesión.
―¿Freddy? ―grita la voz de Bennett―. ¿Estás bien?
―Sí ―jadeo.
Cuando no responde de inmediato, me preocupa hasta qué punto mi
tono ha delatado exactamente lo mal que me siento.
―Okey, Freddy ―suspira ella―. Creo que estás... enfermo. ―Quiere decir
borracho, pero es demasiado educada para decirlo―. Tal vez deberías irte a casa.
Asiento, pero no me muevo, esperando que finalmente se dé por vencida y se
aleje.
―Déjame llevarte.
―Practica en quince minutos. Súbete al auto, yo te llevo.
―Estoy bien.
―Puedo conducir yo mismo...
―No lo estás. ¿Estás en los dormitorios?
―Sí, puedo caminar. ―Si logro averiguar dónde están los dormitorios, y
posiblemente dónde estoy.
―Eso es del otro lado del campus. Déjame llevarte. Mi auto está justo detrás
del edificio, en el estacionamiento.
―Yo te llevo. ―Las palabras de Bennett no dejan lugar a discusión,
así que no me molesto en responder.
―No puedo faltar a clase ―reprimo un sollozo furioso, sintiéndome estúpido
y asustado, pero cada respiración me duele más―. Necesito...
―Es sábado ―dice. De alguna manera, eso es más vergonzoso que llegar
borracho a clase, confundir mis días. Ya me había pasado antes, pero tenía un
sistema, y tenía a mi mamá...
Trago saliva con fuego puro y me froto los ojos con fuerza para contener las
lágrimas, pero no sirve de nada y se derraman de todos modos.
―Oh ―susurra―. ¿Tú...? Yo no...
Suena tan incómoda como yo, lo que solo empeora todo, la vergüenza se
amplifica por mil. Niego con la cabeza.
―Lo siento, yo... solo dame un minuto.
Ella lo hace, se aleja y me mira de una manera un poco extraña, como si no
estuviera segura de qué hacer con un desastre de un metro noventa. Me trago
todo lo que puedo, hasta que siento que vuelvo a tener el control, con un agarre
firme en mis propias riendas.
Le sonrío y eso parece relajarla, como le pasa a todo el mundo, mientras la
sigo hasta su auto.
―¿Cómo te llamas? ―pregunto, a mitad de camino del estacionamiento,
sintiéndome arrepentido por no haber preguntado antes.
―Carmen ―dice―. Un placer conocerte, Freddy.
Apenas me visto para la práctica cuando decido acostarme
nuevamente.
Solo por unos minutos.
La cama es toda una suavidad sedosa contra mi espalda desnuda mientras
estiro los brazos sobre la cabeza, relajándome un poco después de una ronda
extenuante. Carmen sonríe, satisfecha y radiante mientras lleva dos vasos de
licor oscuro a la habitación, su piel brilla a la luz de la luna que entra por su
balcón y sus grandes ventanales.
Paso mi dedo por el dobladillo de su camisón de satén negro, sonriéndole
mientras la habitación finalmente deja de girar.
―¿Te sientes mejor? ―pregunta, entregándome mi vaso. Asiento y bebo el
trago rápidamente―. Lo hiciste muy bien esta noche, Freddy. Tienes mucho
talento.
El elogio me hace sonrojar y me revuelve el estómago ante la extraña mezcla
de elogio y sarcasmo.
―Tengo una buena maestra ―digo, viendo como sus ojos se encienden un
poco.
Nos volvimos a encontrar, una vez, antes de que empezaran las clases, y
darme cuenta de que la mujer a la que había besado impulsivamente en su auto
delante de los dormitorios era mi nueva profesora debería haberme disuadido. Al
principio, todo el asunto me dio vergüenza, hasta que me pidió que la
acompañara a casa.
Así que lo hice.
Y me hizo sentir bien.
Voy tarde.
Llego casi veinte minutos tarde, algo que no me pasaba desde el
primer año. Estoy completamente fuera de onda.
Me pierdo un lazo en los cordones distraídamente, maldiciendo en
voz baja.
Cuando ella quiso seguir adelante, fue casi demasiado fácil decir que sí. Era
sexualmente activo desde muy joven, y, por desgracia, esta no sería la primera
vez que lo hacía con una maestra.
Pero esto era diferente. Era extraño cómo ella quería que fuera con brutal con
ella, y quería complacerla. Quería sus elogios, que solo recibía cuando la follaba
duro y rápido, furioso. Como si...
Como si la odiara.
No me gustaba, pero sí me gustaba la forma en que me tranquilizaba después.
Me dejaba abrazarla o quedarme a pasar la noche. Aceptaba cenar o hacer viajes
conmigo en los momentos de calma posteriores a la atención. A menudo se
oponía a eso, pero yo cada vez me desesperaba por más.
Mi portero no me mira mientras salgo a patinar sobre el hielo, con la
cabeza agachada y avergonzado. El entrenador Harris no dice nada, solo
me lanza una mirada de desaprobación, lo que me hace pensar que
alguien le dijo algo que no debía haberle dicho.
Esto solo alimenta la ira y el odio hacia mí mismo que me invaden.
―¿En serio? ―Los gritos son lo que me despiertan, mi mejilla se desliza
sobre las sábanas de seda, mi ceño se frunce ante la profunda voz masculina que
grita en la distancia―. ¿No podías haber esperado unas semanas más?
―Henry, por favor, vete. Podemos hablar de esto mañana.
Esa voz es Carmen, la conozco. El mismo hilo de sarcasmo impregna cada
palabra hasta que no sabes su verdadero significado.
―No. Esta es mi casa. Déjame pasar.
Estoy en el entrenamiento, pero no estoy ahí, casi tengo que
recordármelo a mí mismo.
Eso me hizo saltar, ponerme la ropa deportiva y casi tropezar con mis pies,
tratando frenéticamente de llegar al alboroto en el vestíbulo, no, en la puerta
principal.
Carmen está en la puerta, con la cadera pegada al marco, impidiendo que
alguien entre.
―¿Puedes volver mañana? No se suponía que regresaras hasta...
―Déjame entrar, Carmen.
No puedo concentrarme. Mi patinaje es entrecortado, mis tiros son
descuidados y desviados. Toren me acusó una vez de jugar a la
defensiva, pero esta vez sí lo estoy haciendo.
En lugar de eso, trato de pinchar al oso, es decir, Toren Kane.
La protección surge en mí como un maremoto, ignorando la molestia de lo
incorrecto que pellizca mi mente.
Carmen me mira por encima del hombro antes de salir y cerrar la puerta
detrás de ella.
Me hace reflexionar por un momento. Ella ha intentado dejarme afuera una y
otra vez, pero quiero que vea cuánto me importa.
Abro la puerta, con el corazón palpitando fuerte, listo para defender a Carmen
y mostrarle cuánto me importa.
―¿Qué está pasando? ―pregunto, mirando al hombre mayor, alto y con
traje completo, que está de pie frente a Carmen. Me pongo a su lado, con los
brazos cruzados sobre mi pecho desnudo mientras los miro de un lado a otro.
Ella parece... avergonzada.
―¿Todo bien?
Toren no lo intenta las primeras veces, incluso mientras espero su
rápido golpe en el hombro y su empuje contra las tablas una vez que
juega en defensa contra mí. Es brutal, pero tiene más control con el
equipo. A propósito.
―Dios ―el tipo -Henry, recuerdo-, se ríe―. Tienes que estar bromeando,
Car.
―Henry ―suspira Carmen, poniendo los ojos en blanco―. No...
―Es un maldito niño, Car. Por favor, dime que no es un maldito estudiante.
Ella no dice nada, sus mejillas prácticamente están de un rojo brillante ahora.
La vacilación de Carmen funciona como una confirmación y él niega con la
cabeza, mirándome con una expresión extraña y comprensiva.
No quiero a ese Kane, quiero al imbécil que casi arruinó la carrera de
Rhys, que casi lo mató.
―Déjalo en paz. No es... no es nada. ―Da un paso adelante y me mira con
pesar―. Freddy, ¿puedes irte? Estamos...
―¿Qué? ―pregunto. No es la pregunta correcta, pero me siento perdido y
confundido. ―Pensé... pensé que éramos como... yo te amo ―digo de golpe. No
es lo que debería haber dicho. Carmen maldice y Henry se ríe antes de pasar
junto a nosotros en dirección a la puerta.
―Lo siento, muchacho ―dice, dándome una palmadita en la espalda―.
Dudo que me haya mencionado, pero soy su esposo, Henry.
Me estremezco y me echo hacia atrás como si fuera a intentar pelear conmigo,
pero él niega con la cabeza.
―Hace esto a menudo. Está bien.
―Te estás portando bien, ¿eh? ―le digo con la voz entrecortada,
empujándolo mientras él me rodea―. Vi el vídeo de tu ataque de
nervios. El que hizo que te expulsaran de Harvard...
Mal, mal, mal. Todo esto está mal y al revés y no puedo entender qué se
supone que debo hacer.
―Carmen...
―Freddy ―dice, hundiendo la cabeza entre las manos. Está avergonzada, lo
ha estado todo el tiempo... pero ahora me doy cuenta de que es de mí de quien se
avergüenza―. Creo que tienes que irte a casa.
Los ojos de Toren brillan como llamas doradas y se detiene en seco.
―¿Tienes algo que decir?
―Pensé que estábamos... pensé que estábamos juntos. ―Las palabras suenan
tan estúpidas como me siento, y me froto la cara, las lágrimas mojan mis
mejillas.
―¿Por qué? ¿Tú sí? ―Me acerco más, nuestros cuerpos están tan cerca
que parece que estamos susurrando planes de juego, no al borde de una
pelea―. ¿Quién fue? ¿El chico? ¿O la pelirroja...
―Fue divertido, Freddy ―dice Carmen con voz aguda―. No seas ridículo,
tú... eso no es lo que necesito.
Ella se da la vuelta y regresa a su gran casa, llamando a su esposo. Mantengo
la cabeza agachada, la humillación brilla en mi rostro mientras me quedo de pie
en el amplio porche delantero de un barrio rico como un cachorro perdido y
triste.
Sin dudarlo, Toren me lanza contra las tablas y me agarra por el
cuello.
―Déjalo, superestrella. Estás en terreno muy peligroso. Eso está fuera
de los límites.
Él me suelta y empieza a patinar, y no estoy seguro de si es porque no
quiere pelear o porque fui demasiado lejos, aunque me inclino por lo
último.
De cualquier manera, estoy demasiado desesperado por algo que me
quite el dolor que siento debajo de la piel.
Lo empujo un poco más fuerte mientras pasa a mi lado nuevamente,
agarrándolo del cuello para dejar claras mis intenciones.
―Pégame ―le digo. Los ojos de Toren se abren un poco y una extraña
sonrisa se dibuja en su rostro.
―Oigan ―grita Rhys, poniendo fin a la jugada y corriendo hacia
nosotros. Está más irritado con Toren desde el fin de semana del partido
contra Harvard, pero no nos dice a ninguno por qué―. Apártense.
Él le está gritando a Kane, no a mí, el instigador.
―Vete a la mierda, Koteskiy ―dice Kane lentamente por encima del
hombro.
―Si quieres pelear con alguien, puedes pelear conmigo ―dice Rhys,
lo que me hace sentir un poco avergonzado sabiendo que soy yo el que
quiere pelear.
¿A Kane le molesta que todos asuman que él es el que intenta pelear?
¿Siente lo mismo que yo cuando la gente me llama playboy, el zorro de
la escuela?
―¿Sí? ―Kane se ríe, ligeramente distraído por nuestro capitán
mientras me mantiene agarrado―. No lo sé, Rhys, parece que tú eres
todo ruido y tu novia todo mordida.
Rhys salta hacia nosotros. Casi nunca lo he visto pelear, pero la
mención de Sadie lo pone furioso y arroja sus guantes al suelo.
―Basta ―dice Bennett, deslizándose hacia la pelea. Arranca su
jaula―. Retrocedan, todos ustedes. ―Tira a Rhys hacia atrás,
alejándolo―. Cálmense. Tú también, Kane.
―No ―dice Toren con desdén, soltándome finalmente la camiseta y
quitándose los guantes―. Nuestra preciosa superestrella necesita esto,
¿verdad?
―Vamos ―gruño.
―Duele, ¿eh? ―resopla Toren con una sonrisa de gato de Cheshire.
―Solo golpéame, maldito imbécil.
―Claro ―Kane sonríe, agarrándome del cuello y jalándome hacia
adelante―, pero no te sentirás mejor. Créeme.
―Sí, sí.
―Lo digo en serio ―dice Toren, tirándome de nuevo―. Llevo años
haciendo esto.
―¿Y?
―¿Y qué? Todavía siento como si me hubieran disparado en el
maldito estómago y me estuviera desangrando. ―Me asesta un golpe
directo al abdomen, pero me tenso al verlo venir―. Nunca se detiene y
nunca duele menos.
Y luego Kane lo deja pasar.
Soy un instigador, un gran provocador, pero no soy un luchador. Me
he metido en algunos problemas, pero soy un jugador demasiado bueno
como para luchar de verdad, para arriesgarme a una suspensión o a una
sanción por eso, pero esta vez lo quiero para distraerme del dolor.
Pero no funciona.
―Tienes estas fantasías en la cabeza y no quiero que te lastimes.
Lo golpeo de nuevo, lastimándole la mandíbula.
―Le rogué que se deshiciera de ti.
Otro más, pero ya se siente lento, perezoso. Estoy jadeando, el sudor
me corre por la cara.
―Claro que me gustas. No hay ninguna parte de ti que no me guste.
Destellos de su última noche, hermosa y dolorosa, recorren mi mente.
En el asiento trasero de mi auto, tendida debajo de mí, con las farolas
iluminando la longitud bronceada de sus piernas. Su rostro
desmoronado, los ojos abiertos como si no me reconociera...
―Matt, no. Detente.
―Dijiste que no me echarías.
Estoy distraído, tanto que Toren me golpea lo suficientemente fuerte
como para derribarme, saltando sobre mí rápidamente como si fuera a
seguir adelante.
Pero él se detiene.
―Lo que sea que hayas hecho ―dice Kane, mientras todo el placer de
la pelea se desvanece rápidamente―. Arréglalo.
Me deja ahí tendido, con la oscura advertencia de sus palabras
flotando sobre mí.
Sé que es Freddy incluso antes de que toque la puerta.
Abro la puerta lentamente, como si tuviera miedo de arrancarme la
tirita, pero el dolor es aún peor. Lo voy descubriendo centímetro a
centímetro, con la cabeza agachada y los ojos en el suelo. Se ve tan
pequeño de pie en mi puerta, con un corte en el labio y la ceja, y
enrojecimiento alrededor del ojo, lo cual es algo que esperaba,
considerando el mensaje de texto que Bennett me envió hace diez
minutos.
Lo esperaba, pero no así. Está sudado, con el cabello húmedo y no por
haberse duchado. Parece que se quitó los patines y los pantalones de
hockey, se puso un pantalón deportivo y corrió por el campus hacia los
dormitorios.
―Hola ―digo, suave y tranquilamente. Él no levanta la mirada.
El dormitorio está vacío, el día antes de que comiencen oficialmente
las vacaciones de Acción de Gracias, y Sadie se fue con sus hermanos a
pasar las vacaciones, alojándose en casa de los Koteskiy, lo que me llena
de una sensación agridulce desbordante. Estoy infinitamente feliz por
Sadie, Oliver y Liam, que tienen una familia a la que llamar hogar, pero
me siento un poco sola en nuestro apartamento vacío del dormitorio.
Ahora me siento agradecida por eso mientras doy un paso atrás para
dejar que la triste figura de Matt Fredderic entre en la habitación.
―Pasa ―le digo, como si le diera una orden. Me sigue, arrastrando
los pies, pero se detiene justo en el umbral, sosteniendo su bolso sobre el
hombro con los nudillos blancos.
―Yo… ―Se detiene en seco, con la voz ronca mientras se aclara la
garganta―. Lo siento.
Todavía no me mira.
―¿Estás bien, Matty?
Me da un gesto de asentimiento, lento y tembloroso.
Necesita que alguien se ocupe de él, que lo cuide. Así que tomo su
puño apretado en mi mano y lo abro lentamente, sacando el bolso de su
hombro. Lo apoyo junto a la puerta de mi habitación.
―Ven conmigo.
Mantengo mi voz en un susurro y lo arrastro por mi habitación hasta
el baño. Abro el grifo del agua caliente, tomo una toalla esponjosa de
debajo del lavabo del baño y la coloco sobre la encimera.
Se queda donde lo dejé mientras saco su ropa de su bolso y la llevo al
baño también.
―Báñate. Tómate tu tiempo y traeré algo para limpiarte el corte que
tienes en la cara, ¿okey?
Él asiente y finalmente levanta la mirada para encontrarse con la mía.
―Está bien.

Matt se ve peor de alguna manera cuando sale del baño, con el cabello
goteando y vestido solo con los bóxers que le dejé. Revisa su mochila,
que está en el suelo junto a la puerta, y toma unos pantalones deportivos
grises suaves.
Está exhausto.
Mazzy Star suena suavemente en el altavoz en una lista de
reproducción en bucle, “Quiet the Winter Harbor” nos da una serenata
suave.
―Ven aquí ―le digo, llamándolo. Me he cambiado y estoy sentada
contra la pared en mi cama. Las luces están apagadas, solo el centelleo
de las luces de colores brilla mientras Matt se arrodilla pesadamente en
la cama, inseguro.
―Quieres que yo...
―Acuéstate. ―Otra orden, suave pero clara.
Él yace a mi lado, con la cabeza en mi regazo.
Tomo la toallita antiséptica, la abro y la paso por los cortes de su
rostro. No hace ningún gesto de dolor, pero yo sí, como si un dolor
compasivo me estremeciera.
Una venda de Hello Kitty, que me hizo reír cuando la encontré en
nuestra pequeña caja de primeros auxilios, se siente mal ahora, pero me
deja ponerla sobre la piel rota de su ceja sin quejarse.
Solo mirándome, con los ojos muy abiertos y asombrado.
―Yo no estaba ahí cuando sucedió ―gruñe mientras se da la
vuelta―. Y, después... no estaba... yo no estaba bien.
Quiero detenerlo, hacerle preguntas de una vez, porque estoy
desesperada por comprender a este hombre hermoso y sensible, pero no
lo hago, en cambio levanto mi mano para rascarle suavemente la espalda
desnuda.
―No estuve ahí cuando murió mi mamá. Cuando llegué, ella ya no
estaba, y Archer estaba... ninguno de los dos podía soportar estar en esa
casa. Regresé una semana después.
―No era nada bueno, ya no quería sentir nada de eso. Así que
comencé a beber mucho, y entonces ella estaba ahí...
Cierra los ojos y sacude la cabeza, su cuerpo se tensa por un momento.
―¿Quién? ―digo.
―Carmen ―responde, con las mejillas coloreadas de vergüenza―.
Yo... tuve una relación con la doctora Tinley.
Se me cae el estómago de las manos. No sé por qué, pero no es para
nada lo que esperaba, pero no me sorprende. Me da náuseas, porque mi
imaginación está desbocada. Quiero hacer mil preguntas, pero me
contengo.
Solo le dejo espacio para que hable.
―Ella fue mi profesora de biología en el primer año, y yo estaba...
Estaba dañado, Ro. Fue una estupidez, ni siquiera sé por qué...
Se interrumpe con un fuerte trago.
―Es estúpido ―repite―. Pero… nunca dejé de beber. Estaba muy
deprimido y bebía todo el tiempo. No fue inteligente y ahora me
avergüenza...
―No es vergonzoso ―susurro, sin poder evitar que las palabras se me
escapen―. Estabas de luto.
Asiente levemente.
―Creo que ella lo sabía, y creo que para ella era más fácil tenerme así.
Mantenerme... pero estaba casada. ―Su voz se vuelve casi frenética―.
Estaba casada y yo no lo sabía. Te juro que no lo sabía, Ro.
―Te creo, Matt.
La confesión lo tranquiliza, su cabeza se relaja en mi regazo, su cabello
se siente húmedo y suave contra mi muslo desnudo donde mi camiseta
se ha subido.
―Fue vergonzoso. Su esposo estaba ahí de pie y se peleaban mientras
yo me quedaba ahí pie, como un maldito niño. Es repugnante y odio...
Me odié después. Estaba borracho y fui descuidado durmiendo con mi
profesora, destinado a convertirme exactamente en lo que todos decían
que sería. El zorro de la escuela.
Las palabras de odio quedan estranguladas, atrapadas en su garganta
mientras las obliga a salir.
―Pero yo pensaba que era real. Pensé que estaba enamorado de ella
―se ríe, pero no hay humor en eso―. Y pensé que ella me amaba.
La confesión es desgarradora, me parte el corazón y me duele el
pecho. ¿Le ha contado esto a alguien alguna vez?
―Me dijo que lo sentía, que no quería que yo tuviera una «impresión
equivocada» ―dijo con un resoplido―, pero estaba tan sorprendido que
pensé...
Hace una pausa casi demasiado larga, con los ojos llenos de lágrimas
contenidas. Revivir esta época de su vida lo está agotando, su cuerpo se
vuelve cada vez más pesado.
―Pensé que significaba algo para ella, que no era nada más sexo. Que
era una “opción seria”, y que yo era bueno en el sexo, que me manejaba
bien con mi cuerpo, pero pensé que a ella le gustaba por algo más, y
luego, cuando me di cuenta de que todos me iban a ver solo así, lo
acepté. Y... a todos les agradé más por eso, así que me convertí en
Freddy, el chico divertido, la estrella del hockey. Una leyenda fiestera y
playboy.
Matt se estremece y luego se transforma en temblor.
―Mi mamá estaría muy decepcionada de mí.
―No, Matt, no digas eso.
Ahora todo su cuerpo tiembla y las lágrimas finalmente caen sobre sus
mejillas. Se da la vuelta y levanta las manos para taparse los ojos y
frotárselos, tratando de esconderse, pero sin su habitual máscara
coqueta y llena de humor.
Lo giro, lenta y deliberadamente, hasta que queda frente a mi
abdomen, mis dedos rascan su cuero cabelludo y acarician su cabello
suavemente.
―Lo siento, no sé por qué tiemblo ―dice en voz baja, mientras las
lágrimas siguen cayendo en silencio―. No tengo frío.
―Está bien, Matt. ―Apoyo su cabeza en mi estómago y me inclino
sobre él para besarle la sien―. Está bien.
Espero hasta que sus sollozos se calman, lo saco de mi regazo, le
pongo una almohada debajo de la cabeza y lo cubro con una manta. Está
muy cansado, sus ojos parpadean rápidamente, pero no los cierra; está
demasiado concentrado en tratar de seguir observándome. Apago la
música y alargo la mano hacia las luces del costado de la cama antes de
que su mano se deslice para detenerme.
―Déjalas encendidas ―susurra―. Quiero poder verte.
―Okey ―le digo, con el corazón todavía en la garganta mientras me
arrastro en la cama demasiado pequeña a su lado.
Esta vez no nos abrazamos, en lugar de eso nos tomamos de la mano y
juntamos nuestras frentes.
―Duerme un poco ―le digo, dándole un suave beso en la nariz.
Sé que no dormiré. Pasaré la noche cuidándolo, porque no puedo
hacer nada más. Es tanto un deseo como una necesidad cuidarlo,
protegerlo. Mi mente vuela a un millón de kilómetros por minuto con la
información que ha vertido en mi regazo.
Por un momento creo que está dormido y empiezo a alejarme para
tomar mi computadora portátil y poner en marcha todos mis planes,
pero él se acurruca más cerca de mi cuerpo mientras agarra mi mano un
poco más fuerte.
―Extraño a mi mamá.
Mantengo mi llanto en silencio mientras lamento la pérdida de la
mujer que nunca conoceré y del chico que ella amó más que a su vida. El
chico del que sé que ella estaría orgullosa, incluso si él no lo sabe.
Me encargaré de él, le prometo en silencio. Lo prometo.
Me siento un poco como si me hubiera atropellado un camión, con
una resaca terrible por alcohol que definitivamente no bebí.
Con un dolor de cabeza por culpa del gancho de izquierda de Toren
Kane, finalmente abro los ojos y veo a Ro, incómodamente apoyada en la
cama, todavía dormida con la cabeza apoyada contra la pared. Mi
cabeza está aplastada contra su muslo y mis brazos abrazan su pierna
contra mi pecho como una almohada corporal.
Los recuerdos de la noche anterior inundan mi sistema, pero en lugar
de arrepentimiento o ansiedad, siento... alivio. Como si la roca gigante
que siempre había descansado sobre mi pecho y mis hombros
finalmente se hubiera desprendido. No se ha ido, pero ahora es más
liviana.
Me desenredo lentamente de ella, feliz de que no se despierte, para
poder inclinarla suavemente hacia abajo para que se acueste en la cama,
arropándola con una manta. Se mueve, relajando su cuerpo sobre las
almohadas con una sonrisa serena.
Hay tantas cosas hermosas en ella, su vitalidad y su alegría
contagiosa, pero ver a Ro así -acogedora, soñolienta y deshecha-, me
hace papilla el corazón.
Le recojo el cabello hacia atrás y le beso la mejilla.
Intentar activamente no pensar demasiado en la noche anterior no
evita que la ansiedad me invada. No saber cómo se siente ella con
respecto a mi confesión y mi posterior colapso me está poniendo de los
nervios.
Debería hacer algo por ella.
La cocina del apartamento de Ro y Sadie está demasiado vacía en mi
opinión, pero hay una lata de biscuits en el fondo del refrigerador que
son bastante fáciles de hacer y un cartón de huevos medio lleno.
Eso es suficiente, excepto...
Agarro mi suéter (lo huelo rápidamente) y las llaves del dormitorio de
Ro, me pongo los zapatos junto a la puerta antes de bajar las escaleras y
salir al campus frío y vacío.
Hay una cafetería dos edificios más allá (que, por suerte, sigue abierta
durante las vacaciones) donde compro un chai latte helado para ella y
un café negro caliente para mí. Solo hay un hombre trabajando y es tan
lento que estoy inquieto mientras espero a que termine, principalmente
porque olvidé mi teléfono y no tengo idea de cuánto tiempo me está
tomando.
Cuando regreso al dormitorio de Ro, está despierta y luce un poco
sorprendida al verme.
―Estás aquí.
―Estás despierta.
Hablamos uno encima del otro, y ambos nos reímos mientras
terminamos.
―Lo siento ―dice sacudiendo la cabeza―. Yo no... ¿Eso es café?
―Um, no ―arrastro los pies, arrepintiéndome por un momento―. Es
un té helado. Pensé... puedo volver y comprar café caliente, o puedes
tomar el mío.
Ella da un paso adelante y toma la bebida fría de mi mano helada.
―Esta es mi bebida favorita.
Asiento.
―Lo sé.
Los dos nos quedamos quietos, pero el silencio es demasiado. Intento
no preguntarle qué está pensando, trato de darle espacio para que sea
vulnerable, hasta que estoy demasiado nervioso como para no empezar
a hablar.
―Lo siento ―digo de golpe―. Lamento lo de anoche y... y sé que no
debería... no sé si debería seguir aquí o si quieres que me vaya, pero
antes de que digas nada, te prometo que no sabía que estaba casada.
―¿Casada? ―dice Ro―. ¿De qué estás hablando?
―No quiero que pienses que soy una mala persona... o, mejor dicho,
más mala persona de lo que soy....
―Detente ―dice―. Matt, yo...
Empieza, abre y cierra la boca una y otra vez, pero no logra
pronunciar las palabras.
―Me retiraré de su programa ―dice bruscamente, frunciendo el ceño.
No es en absoluto lo que esperaba que dijera.
―¿Qué?
―El programa de Tinley ―dice entre dientes, con un tono de molestia
evidente―. Me retiro de él.
Nunca había escuchado esa voz en Ro... nunca. Tampoco había visto
la mirada furiosa y acalorada en sus ojos. Es dura y resuelta, pero apenas
es capaz de pronunciar el nombre de Carmen sin estremecerse de furia.
―¿Lo que ella te hizo? Eso es imperdonable, Matt. Se aprovechó de ti,
te usó, te manipuló...
―No me presionó, yo estaba dispuesto. Quería...
―El hecho de que tú estuvieras dispuesto y quisieras hacerlo no
significa que ella no estuviera en una posición de poder sobre ti, que lo
usara en tu contra, lo usara para manipularte, y sé que lo hizo, incluso
sin que me lo dijeras, ¡porque lo hace todo el tiempo!
Ella está casi gritando al final de su diatriba, mientras vapor
metafórico sale disparado de sus oídos.
Está... enojada. Está enojada con Carmen, no conmigo. Está enojada con
Carmen por mí. Me da vueltas la cabeza.
―¿No quieres trabajar con ella ahora? ―Trago saliva para aliviar el
nudo que tengo en la garganta―. Estaba... estaba preocupado de que te
enojaras conmigo.
―¿Por qué estaría enojada contigo? ―Suena genuinamente
confundida.
―Porque arruiné tu pasantía, todo tu plan para la escuela de
posgrado, todo. Y, Ro, te prometo que si quieres trabajar con ella, nunca
me enojaré contigo por eso...
―¿Enojarme? ―La incredulidad se apodera de sus hermosos
rasgos―. Matt, nadie que se preocupe por ti querría volver a estar cerca
de esa mujer. Yo no... Dios, ni siquiera sé cómo voy a lograr estar en la
misma habitación que ella hasta el final del semestre. Por supuesto que
voy a retirar mi solicitud para su programa.
La admiración se arremolina con afecto, y se me corta la respiración al
ver la feroz determinación en su rostro. Es la misma mirada que tenía en
mi reunión con los asesores, enfrentándose a profesores titulares que le
doblaban la edad y la experiencia, sin pestañear ante su frustración o sus
dudas sobre ella.
La amo.
Lo hago, y es más que eso: la admiro, cada pieza que la convierte en
mi Rosalie.
―Okey ―digo, asintiendo estúpidamente.
―Ya comencé a enviar mi solicitud para el programa de Khatri y, en
realidad encajará mucho mejor. La había elegido primero de todos
modos, antes de que Tyler arruinara mis planes.
―Ro
―Y no necesitarás un nueva tutora el próximo semestre. Estás
aprobando, lo harás bien, y si necesitas ayuda, me la pedirás. Así que ni
siquiera tenemos que preocuparnos por que eso sea un factor en enero, y
puedo dar clases particulares.
Ella habla de “nosotros” tan casualmente que mi pecho se oprime y
me resulta difícil hablar.
―¿Ro?
―Los chicos de mi programa son simplemente… ―sacude la cabeza y
pone los ojos en blanco―, simplemente terribles. Un ambiente de trabajo
horrible que ya me preocupaba. Además, me siento mucho más segura
de que todo el plan de estudios de la doctora Khatri se adapta mejor a lo
que quiero. Y...
La interrumpo.
―¿Estás haciendo esto por mí? ―Se detiene, parpadeando y
mirándome con sus grandes ojos color avellana.
―Y por todas las razones que dije, pero... sí ―dice en voz baja.
Una sonrisa estalla y mi corazón se convierte en un montón de masa
viscosa en mi pecho porque es lo más desinteresado, protector e
increíble que alguien ha hecho por mí.
―Estás haciendo esto por mí ―repito la frase, no estoy seguro si a ella
o a mí mismo.
Los tres pasos que hay que dar para llegar hasta ella se me hacen
demasiado largos. Tenerla entre mis brazos siempre ha sido sanador,
como algo suave que presiona para alejar las heridas persistentes que
nunca he logrado curar.
―Te voy a besar ahora.
―Por favor ―gime, apenas logra pronunciar las palabras antes de que
mis labios estén sobre los suyos. Intento ser amable, pero la libertad de
estar realmente con ella me pone frenético, necesito tocar cada parte
suya.
Nos tropezamos de espaldas contra la pared, riéndonos un poco
mientras nos besamos, y respiro aliviado. No tengo ninguna presión
para actuar, para ser lo que Ro quiere que sea, porque lo que ella quiere
es que sea yo.
Con o sin sexo. Con o sin hockey. Cree que soy inteligente, amable y
buena persona. Y, por difícil que sea admitirlo, es la primera que
realmente me ve así.
Si soy sincero conmigo mismo, esta es la primera vez que me siento
cómodo y emocionado de entregarme por completo.
Ro se aparta y me presiona el pecho con firmeza durante un segundo
mientras rompo el beso. Esta vez, son sus ojos los que buscan los míos,
con sus labios recién besados, y sus mejillas sonrojadas. Ella me distrae
mucho, y sin embargo, mi atención es mejor cuando está en ella.
―¿No vas a ir a casa para Acción de Gracias? ―me pregunta.
Niego con la cabeza y ella sonríe tímidamente.
―¿Y tú? ―pregunto, frotando mis manos arriba y abajo por sus
brazos desnudos, debajo de las mangas grandes de su camiseta
extragrande.
Niega con la cabeza y sonrío, levantándola en mis brazos.
―Genial, entonces podemos pasar todas las vacaciones juntos. ―Le
muerdo el cuello y la arrojo suavemente hacia su cama desordenada,
disfrutando del calor de su risa mientras la sigo.
Pasamos nuestro primer día de vacaciones viendo una cantidad
ridícula de videos de YouTube, durmiendo la siesta y comiendo en la
cama, después de dejar que la Chef Ro me mande en la cocina y me
critique por mis continuos intentos de distraerla.
Por la noche intento enredarnos entre las sábanas y deslizar mis
manos por su cuerpo, pero Ro no quiere.
En cambio, me hace acostarme boca abajo en la cama para que me dé
un masaje que hace que de mi boca salgan ruidos de los que no estoy
orgulloso, pero a juzgar por el rubor en sus mejillas cuando
inevitablemente la miro, tampoco me molestan los ruidos. El efecto en
Ro siempre vale la pena.
Después de que termina y mi cuerpo se siente como una sustancia
viscosa, nos abrazamos y ponemos una película que ninguno de los dos
ve, compartiendo el aliento en silencio y demasiado asustados para
cerrar los ojos o alejarnos.
―Quiero hacértelo ahora ―digo finalmente, apartando la camisa de
su cuerpo, y los ojos de Ro se abren de golpe.
Riendo, sacudo la cabeza y la hago rodar hasta quedar boca abajo,
inclinándome hacia su oído para murmurar:
―Qué mente tan sucia. ―Sus manos agarran las sábanas y se le eriza
la piel en el cuello, los hombros y los brazos.
Mis manos buscan la loción con aroma a lavanda que ella usó en mí,
calentándola en mis manos antes de presionarla sobre su piel.
Un gemido se escapa de ella, bajo y espontáneo, y mi pene se pone
duro como una roca de inmediato. Hubiera sido duro de cualquier
manera: tocar a Ro es una de mis obsesiones, pero ¿escucharla? Otro
nivel de felicidad.
―No tienes que… ―Su voz se corta en otro gemido.
―Quiero hacerlo, y también te lo mereces ―susurro, depositando
egoístamente unos cuantos besos en su columna. Busco la parte trasera
de encaje de su sujetador, cuyo pequeño broche me provoca. Bajo la
mano para aplicar la loción, pero me detiene.
―Puedes quitármelo.
Su sugerencia es tan silenciosa como la brisa, pero la escucho como un
megáfono en mi oído.
Sin dudarlo, abro hábilmente el broche y masajeo su piel con
reverencia, volviéndome más valiente a medida que acaricio el
dobladillo inferior de sus suaves y finos pantalones cortos para dormir.
Sus gemidos de alivio por la tensión de sus músculos se convierten
lentamente en... algo más.
Me aparto cuando me doy cuenta de lo rápida y pesada que es su
respiración, de lo fuerte que agarra las sábanas de su cama. Ro está
jadeando, frotándose suavemente contra el colchón, ondulando las
caderas.
Es tan sexy que tengo que tragarme un profundo gemido, agarrando
mi polla con fuerza a través de la tela de mi ropa deportiva.
―Lo siento ―dice de repente, dándose la vuelta y escondiendo la cara
y sacudiendo la cabeza―. No sé qué me pasa...
―Ro ―me quedo flotando sobre su cuerpo―. Detente, ¿okey? No te
disculpes. No te pasa nada.
―Yo... eso no...
Descaradamente tomo su mano de las sábanas y la acerco a mi polla,
dura como una roca y tensa contra mi ropa deportiva.
Sus ojos se abren de golpe, sus pupilas se vuelven negras mientras me
mira fijamente sin protestar. Vacilante, retira las manos de mi cuerpo y
las esconde detrás de ella, sentándose a medias sobre los codos.
―Quiero hacer algo ―digo, sentándome de nuevo sobre mis
rodillas―. Quiero que te toques.
―¿Contigo observándome?
Hay ansiedad en todo su rostro, pero también interés y curiosidad.
Sigue excitada, pero está nerviosa. Puedo con los nervios.
―¿Tú lo harás también? ―pregunta―. ¿Por favor?
―¿Quieres que me toque para ti? ¿Qué te dé un pequeño espectáculo
mientras juegas con tu lindo coñito?
Ella suelta un jadeo y sus piernas se juntan, apretándose. Su
vergüenza, empapada de lujuria, es tan embriagadora como siempre. Es
tan descarada y deseosa, incluso por debajo de la ansiedad que sé a
ciencia cierta que Tyler puso ahí.
Estoy seguro de que llegará un día en que Ro se hará cargo de su
propio placer. Cuando no tenga ningún miedo de pedir lo que quiera,
pero hasta entonces, estoy feliz de guiarla, de mostrarle que quiero que
quiera cosas, que pida cualquier cosa. Que se sienta bien.
―Quítate los pantalones cortos, Rosalie, y acuéstate.
Lo hace, lenta y cuidadosamente, mientras mantiene sus ojos fijos en
mí.
―Buena chica ―gime y me siento, quitándome la sudadera y
tomándome en la mano―. Ábreme las piernas, princesa.
Una vez más, sin dudarlo, lo hace, sus relucientes y bronceados
muslos muestran lo excitada que está.
―Eres tan jodidamente hermosa, Ro ―susurro―, y estás tan mojada
para mí.
Su mano se extiende hacia el lugar que sé que le duele, pero me
muevo hacia adelante a través de la pequeña cama y agarro su muñeca,
disfrutando de su mohín de necesidad.
La beso, rápido y castamente, antes de inclinarme hacia su oreja y
morderla.
―Matt...
―Shhh, bebé, lo sé. Te prometo que te dejaré tocarme, pero lo harás
cuando yo te lo diga, ¿okey?
Ella gime mientras me alejo, pero asiente profusamente.
―Esa es mi chica buena. ―Me quedo arrodillado entre sus piernas,
pero lo suficientemente atrás para poder ver todo su cuerpo moverse
con el contoneo de la lujuria y la necesidad.
―Quiero que primero te lamas los dedos y luego juegues con tus
pezones, ¿okey, Ro?
―Okey ―susurra, siguiendo mis instrucciones. Su pecho se agita y su
piel brilla con un tono dorado rosado.
Mantengo un firme agarre en la base de mi polla, tratando de apretar
mi punta un poco más fuerte para detener el continuo hormigueo en la
base de mi columna.
―Ahora, lentamente, quiero que deslices tu mano hacia tus muslos.
―Mi voz es ronca, estoy muy excitado, pero me inclino ante eso―.
Puedes tocar cualquier parte menos tu coño.
Hace lo que le digo, con las manos temblorosas deslizándose por la
sonrojada longitud de su cuerpo, haciendo rodar su pezón entre los
dedos de una mano. La otra agarra su muslo por un segundo, como si
estuviera tratando de contenerse para no tocarlo.
Espero pacientemente mientras ella se burla de sí misma por...
Sus caderas se elevan hacia el aire vacío y sus dedos de los pies se
curvan.
―Matt ―gime, casi como un sollozo―. Por favor...
―Tócate, Rosalie ―susurro.
No hay vacilación, su mano se sumerge entre sus piernas y presiona
firmemente contra su clítoris antes de retirarse y hacer círculos con dos
dedos una y otra vez.
Empiezo a acariciarme y ella detiene inmediatamente todos sus
movimientos, con sus ojos fijos en el lugar donde mi mano frota
bruscamente mi pene. Gruño:
―Eso es. Muéstrame cómo te corres cuando estás sola ―la veo
regresar al momento, aunque sus ojos nunca dejan de mirar el
movimiento entre nosotros.
Ro se muerde el labio, como si estuviera tratando de detener sus
propios ruidos de excitación.
Inclinándome sobre su cuerpo nuevamente, aparto su labio inferior
con mis dientes.
―Quiero escucharlo todo. Todos esos ruidos. Quiero saber que mi
chica se la está pasando bien.
Un gemido la recorre con solo mis palabras, y ver sus ojos de cerca de
esa manera es demasiado embriagador, así que me acomodo para
apoyarme en un codo junto a su rostro, masturbándome con la otra
mano, mientras observo su rostro cuando se frota más rápido y con más
fuerza entre sus piernas. Las sacudidas en su respiración me indican lo
cerca que está realmente.
―¿Así es como te corres cuando no estoy aquí para ti, princesa?
―Mmm… ―gime―. Pienso mucho en ti.
Mierda. Lo dijo antes, en la ducha, pero ahora, mientras me aferro a
hilos de autocontrol para no correrme antes de que ella lo haga, es
suficiente para que casi rompa mi mandíbula en dos con la fuerza que la
aprieto.
―¿Sí?
―Te imagino. Cómo te comportarías durante el sexo. Lo bien que lo
haces... ―susurra―. A veces pienso en ti enseñándome, como si fuera tu
alumna y tú mi tutor.
Maldita sea. No puedo aguantar, mi orgasmo está creciendo, corriendo
a través de mí casi demasiado rápido.
―Rosalie...
―Voy a correrme ―gime, y me rodea con las piernas, donde todavía
estoy arrodillado entre sus muslos―. Matt.
El sonido de mi nombre cuando se corre con la fantasía que pintó para
llegar ahí son suficientes para hacer que me corra tan fuerte que veo
estrellas, mi brazo tiembla para mantenerme erguido mientras me corro
sobre su estómago.
Ambos nos quedamos quietos, jadeando por un largo momento, antes
de que me gire para besar su mejilla, la comisura de su boca, su frente,
con reverencia.
―Quédate ahí ―le digo suavemente―. Voy a limpiarte.
―Okey ―murmura, relajada y somnolienta, con los brazos estirados
por encima de la cabeza mientras camino de espaldas hacia el baño y
tropiezo con fuerza contra la pared. Ro, que está en la cama, se ríe, lo
que me basta para agradecer el dolor de hombro que sentí de inmediato.
Vuelvo con una toallita húmeda y tibia para limpiarle la piel y luego
la hago girar para deslizarme detrás de ella. La acerco a mi pecho, juego
con su cabello y le doy besos persistentes en sus rizos mientras se vuelve
más suave y pesada en mis brazos.
―Duerme, princesa.
Tengo una cita con Matt Fredderic.
No es nuestra primera cita, pero estoy decidida a que ésta será la
mejor.
Después de desayunar tostadas y mermelada, Matt me dejó para que
me preparara para nuestra primera cita real, aconsejándome únicamente
que me vistiera abrigada y cómoda.
Pero es una cita, una que me emociona muchísimo, lo que significa
que pruebo unas quince combinaciones diferentes de ideas de atuendos
hasta que parece que mi guardarropa se derrumbó. Cuando comienzan
a brotar las lágrimas de frustración, abro mi computadora portátil y
llamo a mi mejor amiga.
―Hola ―dice Sadie lentamente, luciendo medio dormida. Su cabello
es una trenza enredada, con un ojo todavía cerrado, y una camisa gris
que casi le cuelga del hombro por lo estirado que está el escote.
―¿Te desperté?
Ella resopla, para algunos puede sonar sarcástico, pero es una risa
típica de Sadie Brown.
―Teniendo en cuenta que son casi las 11 de la mañana, sí, pero
debería haberme levantado hace horas ―murmura en voz baja algo
sobre los excesivamente sobreprotectores.
―¿Cómo está tu tobillo? ―pregunto mientras me siento en el borde
de la cama con la computadora en mi regazo.
Sadie se torció el tobillo el fin de semana del partido de visitante de
los chicos en Harvard. No me dijo directamente qué había pasado, pero
tenía que ver con el exceso de entrenamiento del músculo. A esto se
sumó el repentino despido de su entrenador de patinaje artístico, y
ahora tengo una idea más clara, especialmente porque su novio y toda
su familia son muy protectores con Sadie y sus hermanos.
―Bien.
Ella pone los ojos en blanco, justo cuando una voz masculina lejana
grita:
―No está bien.
Me río y sacudo la cabeza.
―¿Es Rhys?
―No ―dice ella antes de que él aparezca por encima de su hombro en
el marco y se desplome sobre la cama.
―Sí ―sonríe a la cámara y se baja la camiseta como si se la hubiera
puesto para ser educado conmigo―. Me alegro de verte, Ro.
―Hola, Rhys.
Su ceño se frunce levemente mientras envuelve su brazo alrededor del
abdomen de Sadie y la atrae hacia su pecho.
―¿Estás en los dormitorios?
―No hay nada como Millay para las fiestas ―decimos Sadie y yo
juntas, cantando. Hemos pasado casi todas las fiestas juntas en Millay,
además de mi viaje de una semana a casa en Navidad. En el pasado, me
he dedicado a hacer decoraciones ridículas o fiestas temáticas para los
chicos.
Nos reímos de nuestra broma interna, pero a Rhys claramente no le
parece divertida.
―Tenemos espacio aquí ―dice Rhys―. Si quieres salir de los
dormitorios, siempre puedes venir a pasar el rato con nosotros.
Sadie se ablanda, sus ojos grises se llenan de asombro mientras mira a
su novio con el rabillo del ojo.
―Sí, Ro. Sería divertido. A Liam y a Ollie les encantaría.
Sacudo la cabeza con una sonrisa.
―Gracias, chicos, lo aprecio mucho, pero esta noche voy a tener una
cita―. Me coloco el cabello detrás de las orejas y me muerdo el labio―.
Con Freddy.
Sadie se ríe y asiente.
―Lo sabía. Me debes como treinta dólares, genio.
Rhys se sonroja furiosamente y sacude la cabeza.
―Te lo juro, Ro, no aposté por ti y Freddy...
―Está bien, apostaste en contra. Me debes.
Rhys le sonríe y los ojos le bailan.
―¿Quieres hacer esto ahora, Gray...?
Se oye una oleada de golpes en la puerta antes de que tanto Sadie
como Rhys miren por encima de sus hombros, y sus expresiones se
suavicen cuando alguien la abre.
―Hola, amigo ―dice Rhys.
―¿Alguien puede jugar conmigo, por favor? ―es Liam, su vocecita tir
de mi corazón―. Oliver está con su nueva novia y no quiere jugar...
―Yo iré ―dice Rhys, besando a Sadie dos veces, una en la mejilla y
otra en la comisura de la boca, antes de hacerle una mueca de Yiuck a
Liam y deslizarse fuera de la cama.
―Las chicas son muy desagradables ―lo escucho decir fuera de
cámara, provocando la risa contagiosa de Liam. Sadie les saca la lengua
a ambos mientras escucho que se cierra una puerta.
―¿Nueva novia? ―pregunto yo también riendo.
Sadie sacude la cabeza.
―Liam no para con eso. Oliver se pone de los nervios: es una nueva
amiga suya que resulta ser una chica. Apenas la ha mencionado, pero
Dios no permita que Liam desaproveche una oportunidad de molestar a
su hermano.
―Aww ―sonrío―. Extraño esos pequeños bocaditos.
―Nosotros también te extrañamos. Ahora, cosas importantes. ―Sadie
entra al baño, apoya el teléfono contra el espejo y abre el grifo para
lavarse la cara mientras hablamos―. ¿Qué nos vamos a poner para la
cita?
Mis ojos se abren de par en par.
―¿No tienes preguntas? Sobre...
―¿Acerca de que salgas con Matt Fredderic? Mmm, déjame pensar.
―Se frota la barbilla de forma dramática y frunce los labios antes de
decir con seriedad―: ¿Es amable contigo?
―Sí.
―¿Y a ti te gusta?
―Mucho, sí.
―¿Y tú eres feliz? ¿Te diviertes?
Me sonrojo y asiento en silencio. Una extraña sonrisa dibuja los labios
permanentemente pintados de Sadie y ella asiente.
―Entonces no, no tengo ninguna pregunta, y estoy muy feliz por ti.
―Yo también ―le digo―, pero por ti, por fin pareces más relajada.
―Relajación forzada ―refunfuña―. Rhys no me deja hacer nada con
el tobillo vendado. Probablemente se pondría histérico si se diera cuenta
de que entré aquí sola.
―No me digas que te lleva al baño todas las mañanas.
Sadie se sonroja y su piel pálida se pone roja.
―Sin comentarios.
Me echo a reír y sacudo la cabeza, poniéndome de pie e inclinando la
computadora portátil hacia mi armario y el desorden que se derrama
sobre el suelo.
―Okey, muéstrame tus opciones.

Estoy caminando de un lado a otro por mi apartamento, con la


excitación nerviosa retumbando en mis venas hasta convertirme en un
cable vivo que se estremece y emite descargas eléctricas con cada
movimiento.
Lo cual es un poco ridículo, teniendo en cuenta que todavía faltan
veinte minutos para que llegue.
Toc, toc, toc.
Una serie rápida de golpes en la puerta de mi dormitorio me hace
entrar en mi habitación para revisar mi atuendo: un cómodo pantalón de
mezclilla oscuro, una blusa delgada de manga larga blanca y mi gruesa
camisa de lana verde y violeta que actualmente está colgada junto a la
puerta.
Y un lazo en el cabello. Me siento una chica femenina y, lo más
importante, me siento yo misma.
Sonriendo una vez más a mi propio reflejo, feliz con mi maquillaje y
estética, corro a abrir la puerta.
Matt Fredderic parece nervioso, como si a pesar de los golpes
constantes en la puerta no estuviera listo para que se la abriera. Vestido
con pantalones negros técnicos y un suéter verde oscuro, con el cabello
recién lavado, Matt luce atractivo como siempre, pero por una vez, no es
él lo que me deja sin aliento y con el corazón en la garganta.
Es un ramo gigante de flores fuera de temporada envuelto en
pergamino, con escritura en tinta negra Sharpie sobre el papel, que no
puedo leer porque su brazo la bloquea, casi de manera protectora.
―Oh, Dios.
―Hey ―tartamudea―. Te ves muy hermosa.
Me sonrojo ante su atención, sintiéndome hermosa bajo su mirada.
―Gracias.
―Lo siento, sé que llego antes...
Sacudo la cabeza y trato de interrumpirlo.
―Matt...
―Y está bien si quieres que espere aquí afuera, puedes tomarte tu
tiempo, pero yo... ―Hace una pausa, sacude la cabeza y sonríe, luciendo
tan aturdido y atontado como yo―. Estaba demasiado emocionado para
esperar más, así que vine y te compré esto, pero yo... Hay algo ahí. Le
pedí a la chica de la tienda que lo escribiera por mí porque no había
forma de que pudieras leer mi letra, y mis manos temblaban,
honestamente...
―He estado leyendo tu letra desde principios del semestre, Matty
―me río, tomando las flores de su mano extendida.
Se sonroja y se rasca la nuca.
―Claro, claro.
Suena distraído y me toma un minuto, mientras entro en la cocina y
retiro las flores de donde tenía los pétalos colocados debajo de mi nariz,
antes de verlo.

¿Quieres ser mi novia?


-Matty

Firmado Matty, no Freddy. En ese sentido, es mío. Para los demás,


podría ser Freddy, sonriendo y bromeando a expensa propia. Para mí, es
Matty, o Matt, sin tapujos, el verdadero él.
―Matt, esto es... ―Me quedo en silencio porque no tengo palabras
para expresarlo, por la abrumadora y contagiosa alegría que me recorre
el cuerpo.
―No tienes que decir nada ahora ―dice lentamente―, pero así es
como me siento. Quiero salir contigo, oficialmente, y no quiero que te
sientas confundida sobre mi posición contigo. Y... ―Su voz se suaviza,
más tranquila en el espacio mientras mira hacia abajo. Como si estuviera
avergonzado―, y no quiero estar confundido sobre cómo te sientes. No
quiero jugar.
Mi corazón se aprieta.
Le da vergüenza pedir algo más porque nadie le ha dado eso nunca.
Dejo las flores sobre el mostrador, me doy la vuelta y tropiezo hacia él,
agarrando sus manos entre las mías.
―Matt ―susurro, con las emociones a flor de piel en la garganta,
desbordándose―. Esto es lo más romántico y maravilloso que alguien
ha hecho por mí, y ni siquiera es la primera vez que te lo digo. ―Ambos
nos reímos, pero la risa se desvanece rápidamente entre la energía
nerviosa que llena el aire de forma casi sofocante.
―Solo quiero dejar claro cómo me siento.
―Quiero estar contigo. Me encantaría ser tu novia, y quiero ser clara
al respecto también. ―Siento el peso de mis propias palabras mientras
las digo―. Sé cómo te sientes, antes me he sentido confundida por cómo
se siente la gente. Tyler me hizo sentir avergonzada por el hecho de que
no me querían cuando yo pensaba que sí. Jugaba juegos todo el tiempo,
y nunca quiero volver a sentir eso; y no quiero que tú te sientas así otra
vez.
―Entonces, prometemos no hacernos sentir así jamás. ―Duda un
momento, buscando las palabras―. ¿Ser... cuidadosos el uno con el otro?
Matt lo dice todo como si fuera tan simple como respirar.
Y quizás lo sea.
―Sí. Cuidémonos el uno al otro. ―Sonrío y aprieto sus manos entre
las mías, llevándome una a la boca para besarlo solo porque puedo
hacerlo―. Creo que eres una de las mejores personas que he conocido, y
creo que sería casi demasiado fácil enamorarme de ti.
Algo que dije hace que todo su rostro se ilumine mientras me abraza
fuerte.
―¿Sí?
Él tiembla en mi agarre, pero su sonrisa es contagiosa, presionada
contra la piel de mi cuello.
―Sí ―susurro―. Ahora quiero tener una cita con mi novio.
Él me besa, y tal como la primera vez que me besó en primer año, mis
rodillas se debilitan
―¿Patinaje sobre hielo?
―Sí ―le sonrío a Ro desde donde estoy arrodillado con su pie metido
en un patín de alquiler de mala calidad. Casi me encojo de nuevo con solo
mirar la cuchilla sin afilar―. Fue una de esas cosas que nunca hice y que
no hicimos en nuestro día de no hacer nada.
―Está un poco ocupada por las vacaciones ―dice Ro, mirando a
todas las familias que patinan en la pista comunitaria, y se sonroja―.
Estoy un poco nerviosa. Tal vez podamos volver cuando haya
practicado más en una pista vacía.
―Nop ―digo la p con más fuerza―. Mira, era esto o «bailar encima
de una barra» de tu lista de cosas por hacer, y todos los bares que abran
el día de Acción de Gracias van a ser tristes y raros. Preferiría no ponerte
encima de una barra mientras suena una canción de papá divorciado y
la gente ahoga sus penas en cerveza.
Ella se ríe y todo mi cuerpo se aligera.
Agarro sus manos, mirando sus débiles tobillos tambalearse mientras
permanece parada frente a mí, todavía más baja que yo, pero más alta
que todas las otras chicas aquí.
―Soy muy alta y descoordinada ―gime, leyendo mis pensamientos
con facilidad. Intenta inclinar la cabeza, avergonzada―. Voy a parecer
una cría de jirafa.
―Aww ―susurro, dando un paso atrás sobre el hielo con sus manos
en las mías mientras ella camina lentamente sobre el hielo ya cortado―,
pero eres una jirafa muy, muy linda.
Ro se tambalea mientras camina sobre el hielo, sus piernas se deslizan
de inmediato como si fuera a resbalarse y romperse los jeans. Ella grita
levemente antes de que yo rodee su cintura con mis brazos para sujetarla
mejor.
Ro, que resopla para apartarse los rizos despeinados de la cara, me
lanza una mirada feroz por encima del hombro. Yo logro mantener mi
actitud inocente.
―Pensé que eras una superestrella del hockey.
Se me escapa una carcajada.
―Pensé que ponerte en el hielo sería más fácil que esto. ―Ajusto mi
agarre, hundiendo las manos un poco más en su cintura―. Voy a
soltarte...
―Espera, no…
Su tono es desesperado y llega fácilmente a mi corazón.
―Relájate, princesa ―intento tranquilizarla―. Voy a ponerme frente
a ti. Solo tienes que ponerte de pie y yo voy a tirar de ti, ¿okey?
―Por favor, no me dejes caer ―dice, y sus nervios hacen que sus
palabras salgan un poco con pánico. Se me hace un hueco en el
estómago, pero asiento y ordeno mis rasgos para que adopten una
expresión tranquila y neutral. Sé firme, como Bennett. Deja que ella confíe en
ti.
―No lo haré ―le prometo antes de soltarle las manos con cuidado y
ponerme delante de ella. La agarro de nuevo y abro un poco más los
patines―. ¿Lista?
―No ―dice, sacudiendo la cabeza rápidamente―, pero
probablemente deberíamos alejarnos de la entrada.
―Probablemente. ―La verdad es que me quedaría aquí con ella todo
el tiempo que fuera necesario, pero mi chica es feroz y decidida de una
manera que no muchos conocen o aprecian.
Patino hacia atrás con facilidad, empujando a Ro hacia la curva del
hielo. Ro corrige demasiado y casi se cae hacia atrás inmediatamente.
Unos niños pasan a nuestro lado, luchando junto a sus papás, yendo
fácilmente a tres veces nuestra velocidad. Ro los mira con preocupación.
―Creo que necesito uno de esos.
Moviendo la cabeza por encima del hombro, suelto una carcajada al
ver al niño agarrado a un andador, haciendo un buen progreso a través
del hielo hacia su mamá que está parada en la línea roja de patinaje
artístico.
―¿Un andador? ―Sacudo la cabeza, el cabello me cae lentamente
sobre los ojos antes de echarlo hacia atrás de nuevo―. No, me tienes a
mí. Estás bien. Ya estás mejorando.
Mis palabras son seguras y fuertes, pero la verdad es que ella no lo
hace. Apenas nos movemos, somos los más lentos en el hielo, y cada vez
que una de los pequeños idiotas del hockey se acerca demasiado a Ro, se
tensa y casi se cae de nuevo. Tengo la tentación de tirar a uno de ellos
contra los tablones, pero probablemente tienen doce y haría que nos
expulsaran fácilmente.
Una sonrisa tira de la comisura de mi boca. Puede que valga la pena.
Ella progresa un poco más, pero sigue corrigiendo demasiado porque
tiene demasiado miedo.
―Creo que debería soltarte.
―Por favor, no lo hagas.
Su voz es desesperadamente suplicante. Me duele oírla. Aprieto un
poco más sus manos.
―No lo haré. Te lo prometo, no te soltaré hasta que tú me lo digas.
―Dudo un poco y finalmente digo―: Pero creo que necesitas caer. De
forma segura.
―¿Caer? Eso es exactamente lo que no quiero hacer.
―Lo sé, pero creo que te dará más confianza. Te caerás una vez y
verás cómo te sientes, y luego tendrás menos miedo de volver a caerte.
Puede que patines un poco mejor.
Sus ojos son expresivos estanques de color avellana, y a medida que se
llenan de aún más miedo, empiezo a arrepentirme de haberla traído
aquí.
―¿Puedo probar otro día?
―Por supuesto ―digo, feliz de abrazarla y apretarla una y otra vez.
Patinamos un poco más antes de que el rostro de Ro se endurezca y
adopte una expresión de determinación.
―Okey, suéltame. Voy a intentarlo.
Mi sonrisa es incontenible. Suelto sus manos, revoloteando alrededor
del cuerpo de Ro mientras se tambalea como uno de esos hombres con
flotadores inflables frente a un concesionario de automóviles. Aun así, se
las arregla para mantenerse erguida, impulsándose solo con su pie
derecho, manteniendo el izquierdo plantado mientras se mueve.
―¡Lo estoy logrando! ―grita Ro, muy emocionada. Gira la cabeza por
encima del hombro, como si quisiera asegurarse de que la estoy
mirando, antes de perder el equilibrio y caerse de nalgas sobre el hielo.
Y se me cae el maldito estómago. Corro hacia ella, me detengo y me
arrodillo a su lado para revisarla.
―¿Estás bien?
Ella asiente con la cabeza, con los ojos un poco soñadores mientras me
mira fijamente. Respiro hondo y tomo sus manos para ayudarla a
levantarse.
―No me gustó eso ―me quejo en voz baja, pasándome una mano por
el cabello.
―¡Me dijiste que me cayera! ―dice con una risa incrédula.
Niego con la cabeza.
―Porque soy idiota. ¿Cuándo aprenderás a dejar de escucharme?
Creo que me asusté más yo que tú.
Ella se da la vuelta en mis brazos, acariciando mi cabello mientras nos
apoyamos en las tablas cercanas.
―Pero me siento mejor. Tenías razón. Ya no tengo tanto miedo.
Mis ojos parpadean mientras me inclino hacia su palma.
―Sí. Yo tampoco.
Las palabras se sienten más pesadas, como si ya no estuviéramos
hablando de patinaje.
―Okey, ¿estás lista?
―¿Para patinar más? ―Ro sonríe, esta vez más sinceramente, y
asiente―. Sí. Creo que puedo hacerlo tomándote de la mano esta vez.
Me muerdo el labio, tratando de resistir la tentación de inclinarme
para besarle la mejilla, pero entonces me doy cuenta de lo estúpido que
es todo ese pensamiento. Me inclino hacia adelante y presiono mis labios
contra su mejilla sonrojada.
―Quiero hacerte girar un poco más rápido. ¿Confías en mí?
―Sí. ―Sonríe como si esa pregunta la hubiera hecho más feliz que el
beso.
Empiezo despacio, mirando por encima del hombro de vez en cuando.
Ya se acerca la hora de la cena, por lo que la pista está empezando a
despejarse un poco y hay menos tráfico entre el que maniobrar.
Los altavoces, que han estado reproduciendo cortes profundos de
música navideña -en su mayoría versiones indie-, activan “I Don't
Wanna Wait Til Christmas” de Summer Camp mientras aumentamos la
velocidad.
―¿Estás segura de que Sadie ya no trabaja aquí? ―pregunto con una
sonrisa burlona. El gusto musical de su compañera de piso se ha
infiltrado en mi vida, y no solo a través de Ro, sino a través de mi
obsesionado capitán del equipo de hockey. Su música está en nuestra
casa, en nuestro vestidor, en todas partes.
A Ro se le escapa una pequeña carcajada mientras se tambalea y
mantiene el equilibrio, yo tomo la curva rápidamente, y los cruces hacia
atrás me ayudan a ganar más velocidad. También parecen hipnotizar a
mi novia, que observa mis patines como si estuviera haciendo un truco
de magia.
―¿La música? ―pregunta. Asiento y ella se encoge de hombros,
moviendo la cabeza al ritmo de la música―. No me sorprendería que
ella haya diseñado toda la pista solo para reproducir su música a través
del sistema de altavoces.
―No me quejo. Tiene muy buen gusto.
―Sí, lo tiene. ―La expresión de Ro cambia ligeramente antes de
confesar―: Yo, eh, les conté sobre nosotros.
Mi rostro se derrumba antes de poder controlar mi reacción y me
detengo contra las tablas. Ro se apresura a disculparse, lo que solo hace
que mi estómago se revuelva de nuevo.
―Lo siento. Debería haberte preguntado primero. Pensé que...
―No ―me apresuro a decir―. Me alegro de que se lo hayas contado.
No es un secreto. Quiero que todos sepan que estamos saliendo.
Sin juegos. Solo tú y yo, princesa, siendo reales.
Un rubor oscurece sus mejillas.
―¿Sí?
―Sí ―sonrío por un momento. Antes de que mi mente sea asaltada
por cada una de las veces que Bennett y Rhys me advirtieron que me
aleje de ella... diablos, incluso de Sadie. Mi rostro se desmorona, la
inseguridad altera mis palabras, por lo que me toma un poco más de
tiempo hablar―, pero, um... ¿dijeron algo? ¿Estaban enojados? O... no
sé. ¿Qué dijeron?
―Estaban felices por nosotros.
―¿De verdad?
Ahora es el turno de Ro de fruncir el ceño en tono suave.
―¿Por qué pareces sorprendido por eso?
―No es eso. Es solo que... creo que estoy un poco ansioso.
―¿Acerca de?
Es muy difícil decirlo. Ojalá estuviéramos de nuevo en casa. Las duras
luces fluorescentes de la pista, la música... todo parece demasiado
abrumador como para desnudarme para ella. Para ser tan vulnerable
como estoy a punto de serlo.
―Sé que tengo cierta «reputación» y eso es culpa mía ―digo, con el
corazón en la garganta. Incluso mi voz suena tensa, incómoda. Me cubro
la cara con las manos porque tengo un poco de miedo de ponerme a
llorar―. No quiero que seas tú quien tenga que explicar por qué estamos
juntos o que la gente se burle de ti por eso...
―Matt ―dice, deteniéndome y jalando mis manos. Dejo que me vea
el rostro, mordiéndome el labio―. En realidad, me importa una mierda
tu reputación. Es estúpida y completamente infundada. Lo único que me
importa es quién eres conmigo y con todos los que te rodean. Eres una
buena persona, la persona más inteligente emocionalmente que creo
haber conocido.
Cada palabra que dice se instala en mi alma, construyendo algo nuevo
alrededor de las partes blandas y dañadas de mi corazón que se han
sentido indignas de ser amadas por tanto tiempo. Alrededor de la
versión de mí a los diez, quince, dieciocho años, ahora, que ve a su papá
elegir no amarlo, que vio a las mujeres aprovecharse de su
desesperación por ser amado... que se rompió a sí mismo una y otra vez.
También oigo las palabras que ella no dice: No te abandonaré. Tu
corazón está seguro conmigo.
Sin juegos.
―Lamento que te sorprenda que nuestros amigos estén felices de que
estemos saliendo. Rhys y Sadie están emocionados, el resto de tus
compañeros de equipo y amigos también lo estarán. ―Rosalie me sonríe
cuando nos detenemos antes de la salida―. Yo solo tengo como dos
personas a las que contárselo, pero si eso te demuestra lo poco que me
importa lo que piense la gente, usaré una camiseta con tu cara que diga
Soy La Novia De Matt Fredderic.
Una risita se escapa de mis labios.
―Creo que probablemente te verías muy bien con eso.
―Mmm... ―suspira, relajándose en mis brazos mientras la abrazo. No
quiero soltarla―. Apuesto a que sí.
―Aunque creo que mi camiseta sería mejor.
―Trato hecho ―dice―. En el próximo partido en casa llevaré tu
camiseta.
Mis ojos brillan de humor y alegría.
―¿Quieres dar una vuelta otra vez?
―Claro ―me dice, volviendo a agarrarme las manos―, pero quiero
verte ir más rápido, Veintisiete.
El desafío me emociona y salgo corriendo, arrastrando a Ro
rápidamente detrás de mí hasta que se convierte en un desastre risueño
y mareado.
Después de cenar en la mejor pizza de Massachusetts, optamos por ir
a la Casa del Hockey vacía esta noche. Matt pasa por los dormitorios
para que yo tome todo lo que necesito para quedarme con él.
Me acompaña a la ducha y me prepara una toalla. Todo me resulta
familiar y, sin embargo, la tensión aumenta al máximo.
Matt Fredderic es el hombre más sexy que he visto en mi vida. Lo era
cuando yo era estudiante de primer año, recién había cumplido los
dieciocho años y podía contar con una mano la cantidad de chicos con
los que había interactuado. Ahora, es impresionante, tumbado en su
cama desordenada, aunque el suelo está despejado.
―¿Has limpiado aquí? ―pregunto después de mi ducha.
Él resopla y se rasca la nuca con timidez.
―Sí. No creí que vendríamos aquí, yo... quería que se viera mejor para
ti.
―¿Tienes una camiseta que pueda usar?
Se me enciende la cara en cuanto le pregunto. Espero a que me
reclame: acaba de pasar quince minutos parado en un auto para que yo
guarde mis cosas en una bolsa, y ahora le estoy pidiendo ropa que
definitivamente tengo.
―Sí ―asiente como un muñeco cabezón, deteniéndose por un
segundo antes de entrar en acción.
Hurgando en uno de sus cajones, saca una vieja camiseta de
voluntario de algún evento navideño. Es suave y está muy usada y, lo
más importante, huele a él.
Después de agradecerle, me doy la vuelta para darle la espalda y dejo
caer mi toalla descaradamente, deslizando la camiseta hacia arriba y
sobre mi cabeza antes de deshacer mi moño desordenado, dejando que
mis rizos caigan en cascada por mi espalda sobre la tela verde.
Ahora todo parece más ligero, en lugar del peso de alguna
responsabilidad desconocida que siempre implicó ser la novia de Tyler.
No hay juegos, ni dudas constantes ni miedo de cometer un error o
hacer algo mal. No siento ansiedad por el futuro, solo una excitación
vibrante por lo que viene después.
Matt está ahora junto a la cama, parpadeando como un búho, incapaz
de apartar la mirada de la longitud de mis piernas. Eso hace que mi paso
sea mucho más seguro antes de arrastrarme hasta el final de la cama y
relajarme entre las sábanas con un gemido suave y calculado.
Matt traga saliva audiblemente, mirándome atentamente.
―¿Ro?
―¿Matt?
―Yo, eh... Eres realmente bonita.
Le sonrío felizmente.
―¿Te quedarás ahí parado o vendrás a abrazarme?
―Me gustaría hacer algo más que abrazarte ―dice bruscamente,
apagando las luces y encendiendo la lámpara de su mesita de noche
antes de acercarse al pie de la cama para mirarme donde estoy sentada.
―¿Cómo se sienten tus pies? ―me pregunta, con voz tranquila y
dulce, pero no puedo concentrarme en nada más que en él, arrodillado
frente a mí, sabiendo que no llevo nada más que su camiseta. Sabiendo
que él sabe que no llevo nada más que su camiseta.
―Hinchados ―le digo. Matt es todo un atleta, mientras que yo soy
alta y tengo las habilidades atléticas de un niño pequeño que está
aprendiendo a caminar. Sadie lo llamaría Bambi sobre hielo, así que los
músculos inexistentes de mi torso y de mis piernas me duelen, y mis
pies tienen un latido cardíaco.
Él levanta mi pie y masajea la planta, mientras un gemido sale de mi
garganta.
―¿Eso se siente bien?
A estas alturas, mi imaginación me va a llevar a que me arresten por
indecencia pública. No hay ni una pizca de pasión en su voz, pero bien
podría haberlo oído decir: “¿Quieres que me desnude para ti, princesa?”
―Sí, sí.
Matt me mira como si supiera exactamente cuán bajo han llegado mis
pensamientos, lo que solo hace que el rubor en mis mejillas se sienta tan
cálido que estoy convencida de que me han prendido fuego.
Masajea cada pie lentamente, sacando ruidos obscenos de mi boca
mientras sus manos frotan pausadamente mi pantorrilla hasta la parte
inferior de mis rodillas. Me estremezco. Su toque se vuelve más suave,
más provocativo que otra cosa.
Mientras sus manos suben, suben y suben por mis muslos, siento que
todo mi cuerpo tiembla, mis manos tiemblan mientras lucho por
mantenerme en pie. Ahora está cerca, inclinándose sobre mí.
―Deberíamos tener sexo.
La frase sale a borbotones de mí, las sílabas se juntan hasta formar una
sola palabra larga.
―¿Deberíamos? ―pregunta Matt en tono de broma, sin dejar de
acariciar con el pulgar la parte interior de mi muslo. Asiento con la
cabeza como un personaje de dibujos animados en mi entusiasmo,
moviendo la cabeza de un lado a otro de forma extravagante.
―Sí, pero…
El fuego se apaga, mi cuerpo se siente más frío mientras la voz de
Tyler acecha en los bordes de mi mente.
Matt percibe el cambio inmediatamente, se cierne sobre mí y me
aparta el cabello de la cara.
―¿Qué pasa? ―Cuando no respondo, vuelve a preguntar,
apartándose para mirarme detenidamente―. Ro, ¿a dónde te fuiste?
¿Qué pasa?
Tengo la garganta espesa, la voz rasposa y baja mientras le digo:
―Puede que no sea buena en esto. No creo… no lo he sido en el
pasado, y sé que tienes experiencia, así que no quiero ser una decepción.
―¿Una decepción? ―dice, incrédulo. Asiento, cubriéndome la cara
con las manos y él las aparta al instante―. Rosalie... yo... yo ni siquiera...
maldita sea ―gruñe, sacudiendo la cabeza con la mandíbula apretada.
Toda su relajación y su felicidad despreocupada se han ido, borrados―.
En realidad pensé que no podía odiar a nadie más que a mi papá, pero
creo que Tyler se lleva las palmas.
Comienzo a abrir la boca, pero ni siquiera sé qué pienso decir.
―Lo siento, Ro, porque Tyler sea un pedazo de mierda y te haya
hecho sentir así. Lamento que haya hecho esto, que te haya ido minando
hasta quebrantar tu confianza. Eres tan perfecta, tan real, sincera y
entusiasta. Tan receptiva. ―Se estremece―. Si alguien era malo en algo,
era él. ¿Lo entiendes?
Asiento.
―Di que lo entiendes, princesa.
―Entiendo.
―Bien ―suspira.
―Ahora dame tu boca, Rosalie. Te necesito.
Todo cambia, la habitación se vuelve más caliente, mi sangre se espesa
por la necesidad.
Se me corta la respiración en el silencio mientras su calidez invade mi
espacio. Él se cierne sobre mí, ambos en silencio. Suena una música
suave de fondo “Kissing in Swimming Pools” de Holly Humberstone, lo
que me indica que la encontró en mi lista de reproducción, no en la de
Sadie.
Me besa lentamente, con propósito, menos frenético que antes.
―Ha pasado mucho tiempo ―susurro, mordiéndome el labio.
―¿Sí? ¿Cuánto tiempo, princesa?
Mi trago debe ser visible desde el espacio exterior.
―Desde febrero.
Matt deja escapar un sonido de aprobación mientras besa mi
mandíbula y su nariz inhala mi piel.
―¿Y estás necesitada por eso? ¿O estás tan necesitada por mí?
―Por ti ―gimo. Es casi vergonzoso lo desesperadamente que lo
deseo, se me hace agua la boca solo con ver su cuerpo sobre el mío―.
Por ti.
―Esa es mi chica.
Sus elogios me invaden como una droga que relaja cada músculo de
mi cuerpo. Matt Fredderic es embriagador.
Siempre ha sido muy táctil, incluso como amigo, pero tener toda su
atención es casi abrumador. Podría ahogarme en él.
Pasando la mano por mi cuerpo, agacha la cabeza para lamerme y
chuparme los pezones. Me arqueo en su boca con un grito silencioso,
cada centímetro de mi piel está insoportablemente sensible.
Demasiado pronto, se aparta y se queda de pie junto a mí al final de la
cama, con la mirada abrasadora recorriendo mi cuerpo acalorado. Pasa
la mano por mi piel mientras se acerca a su mesita de noche y toma un
condón.
―Iba a tomarme mi tiempo contigo ―dice, mientras se acerca a la
cama para volver a subirse y se queda flotando sobre mí mientras me
excita de nuevo―. Enterrar mi cara entre tus muslos hasta que mojaras
las sábanas antes de que te follara.
Se me escapa un gemido mientras sus dedos juegan suave y
provocativamente, sobre mi sexo hinchado.
―Por favor.
―Pero ―dice―, estás tan empapada, tan lista para mí, que no quiero
esperar.
―No esperes ―jadeo―. Por favor, Matt, te necesito.
Se sienta de rodillas entre mis muslos, se quita los pantalones
deportivos y su polla dura y gruesa se eleva hacia su abdomen. Incluso
el simple hecho de verlo ponerse un condón se siente como una
actuación privada al estilo Magic Mike, atrevida y sensual.
Lentamente, tan lentamente que me da miedo explotar antes de que se
meta dentro de mí, Matt coloca su gran cuerpo sobre el mío,
hundiéndose en mí con suavidad. Jadeo ante el primer empujón,
agarrándolo.
―Te sientes tan bien, princesa ―susurra en mi oído, y un gemido
patético y necesitado sale de mí. Lo sostengo alrededor del cuello,
apretándolo como una cobra, mientras mi corazón retumba contra mi
caja torácica. El colgante de su cadena se hunde entre nosotros,
pegándose a la piel entre mis pechos.
Vuelve a besarme la mandíbula, baja por mi cuello y llega hasta mi
pecho, deslizándose furtivamente de mi agarre sobre él. Planto mis
manos sobre las sábanas, agarrándolas con fuerza entre mis dedos para
anclarme, mi cuerpo es tan ligero que me preocupa flotar. Es tan
abrumador.
―¿Me vas a dejar entrar, dulce niña? ―dice. La sonrisa en su rostro es
suave, pero su rostro está marcado por la tensión, como si fuera
físicamente agotador mantenerse así.
―M-Matt ―jadeo, tomando aire entrecortadamente. Luego, otro,
mientras los elogios comienzan a brotar de su boca.
―Lo sé, princesa. Lo sé. Eso es. ―Un beso. Dos más, cubriéndome la
cara con suavidad―. Respira y relájate. Déjame entrar.
Lo hago, respirando lentamente mientras lo absorbo, centímetro a
centímetro, y sintiéndome un poco ridícula por la sensación de mareo
que hace que mi cuerpo parezca casi flotar.
―Dios ―dice, estremeciéndose, apretando sus caderas contra las
mías. Estoy tan llena que siento que podría abrirme de golpe y
convertirme por completo en luz de estrella―. Te ves tan hermosa, llena
de mí así.
―Eres muy grande ―digo arrastrando las palabras, embriagada de
lujuria. Muevo las caderas y me doy cuenta de que me siento aún mejor
al moverme. Levanto las manos y las hundo en sus bíceps, rogándole
que se mueva.
Me besa de nuevo, nuestros labios y lenguas se enredan, antes de
moverse, lento al principio, con embestidas profundas y duras que se
vuelven más rápidas, ligeramente más frenéticas.
Y él nunca deja de hablarme, elogiándome una y otra vez.
―Buena chica.
―Me tomas muy bien, princesa.
―No, quiero oír lo bien que te hago sentir.
―Quiero mantenerte así para siempre, conmigo dentro de ti.
―Eres tan perfecta, Rosalie. Córrete para mí.
Lo hago, montar la ola es más fácil ahora. Sus dedos acarician mi
clítoris, ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Ya domina mi cuerpo
y sabe todo de mis reacciones.
―Quiero que te corras ―jadeo―. Quiero saber qué se siente cuando
te corres dentro de mí.
―Mierda ―gruñe, embistiendo frenéticamente, ahora desigual y más
fuerte mientras sube conmigo esta vez―. Oh, mierda, Ro, me estás
apretando otra vez. ¿Vas a correrte conmigo, princesa?
Asiento con la cabeza frenéticamente.
―Buena chica. ―Pronuncia las palabras lentamente y yo grito,
corriéndome con fuerza. Él me sigue, estremeciéndose mientras explota
dentro de mí.
Matt se derrite sobre mí, su cuerpo se apoya contra el mío. Quiero
quedarme así, con su peso sobre mi piel tan cálido y reconfortante.
Se me llenan los ojos de lágrimas porque el sexo nunca fue así para mí
y siempre quise sentir esto. Quiero decírselo. Quiero agradecerle por
hacerme sentir tan querida, deseada y libre. Decirle que me estoy
enamorando de él.
Pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta.
―¿Estás bien, Ro? ―me pregunta, sonriéndome y apartándome el
cabello húmedo de sudor hacia las orejas―. ¿Te... te sentiste bien?
―Eso fue increíble, Matt ―digo, sonriendo tan fuerte que siento que
mis mejillas se están partiendo en dos. Juego con la cadena que cuelga
de su cuello―. Yo... ¿cuánto tiempo pasará hasta que podamos hacerlo
de nuevo?
Me da vergüenza haber preguntado casi inmediatamente, pero la
sensación desaparece con la risa resoplando de Matt contra mi cuello
mientras inclina la cabeza.
―Sé amable conmigo, ninfómana ―dice, bromeando.
Me deshago en risas, acurrucándome en sus brazos mientras nos
susurramos en voz baja hasta bien entrada la noche
Pasamos el resto de las vacaciones de Acción de Gracias abrazados.
Pasan demasiado rápido.
Pero al final, me siento emocionada por volver a empezar a pesar de la
ansiedad de lo que viene después, porque Matt Fredderic es mi novio y
me respalda.
Es como una dosis extra de confianza, de la que dependo mucho
cuando me despierto temprano el domingo por la mañana y me instalo
en la cocina vacía de la planta baja de la Casa del Hockey para escribir
mi correo electrónico.
Comencé a redactar el borrador la noche en que Matt me contó sobre
su relación con la doctora Carmen Tinley. El odio impulsó la mayor
parte del texto, por lo que fue poco profesional y grosero. Al volver a
leerlo ahora, no estoy en desacuerdo con una sola palabra de lo que
escribí, pero no funcionará enviar una copia al decano en un correo
electrónico como ese.
La puerta de entrada se cierra ruidosamente y me pongo pálida,
mordiéndome el labio mientras espero a ver quién llega primero a casa.
Bennett Reiner entra tranquilamente, se detiene en la puerta de la
cocina y me mira fijamente durante un momento.
―Hola ―grito, mientras me recojo el cabello―. Solo necesitaba
trabajar un poco en silencio, pero no quiero interponerme en tu camino.
Él niega con la cabeza.
―Está bien, Ro―. Las palabras son amables, pero completamente
inexpresivas, su ceño fruncido nunca se relaja mientras gira su gorra de
béisbol hacia atrás con un profundo suspiro y comienza a tomar
ingredientes de los estantes y el refrigerador metódicamente.
Sus grandes hombros se agitan con una respiración profunda,
agachando la cabeza entre ellos antes de arrojar una toalla sobre su
hombro y girarse hacia mí.
―¿Tienes hambre?
―¿Yo? ―Todos los pensamientos se dispersan; el contacto visual
directo con Bennett es intenso―. Yo, eh, sí, pero no tienes que...
―Cocinar me ayuda a pensar ―admite, girándose hacia el fogón―.
También me tranquiliza.
La admisión es suave, gentil, a pesar de la brusquedad de las palabras
que suenan como si lo hubieran cortado al decirlas.
―Coser me provoca eso, no quiero ser diseñadora de moda ni
costurera ni nada por el estilo. Simplemente me gusta.
Bennett asiente y me dedica lo que creo que es su versión de una
sonrisa por encima del hombro.
―Sí, igual. No quiero ser chef. Simplemente me gusta cocinar para la
gente.
El resto de la mañana transcurre en silencio, salvo por los diversos
sonidos de Bennett cocinando y el clic de mi teclado mientras escribo y
reescribo mi correo electrónico. Finalmente, Matt baja las escaleras
tropezando y me da un beso en la mejilla, sentándose a mi lado en la
barra. Bennett coloca un plato de waffles de vainilla con fruta fresca, una
tortilla francesa tradicional con guarnición y un plato de tocino fresco
glaseado con miel (que creo que él hizo así) frente a mí, y me quedo con
la boca abierta.
―No me gusta eso. ―Matt frunce el ceño y su dedo empuja mi
barbilla hacia arriba para cerrarme la boca.
―¿Qué?
―Estás mirando a mi portero como si hubiera hecho algún tipo de
milagro ―dice dramáticamente.
―Entonces aprende a cocinar ―dice Bennett en voz baja, con un
atisbo de sonrisa en su rostro mientras le entrega a Matt un plato con
una tortilla rellena, verduras y pollo rebosante.
―Oooo ―dice Matt lentamente, mirándome con una sonrisa
traviesa―. Puedo llevarte de vuelta arriba y...
―Aquí parece una reunión familiar ―dice otra voz profunda, en el
momento justo. ―Y huele como la casa de Bennett.
Sadie está sobre la espalda de Rhys como un koala muy reticente y
muy enojado. Su tobillo todavía está vendado con fuerza, pero sé que es
un esguince y que puede caminar bien. Es posible que incluso esté casi
lista para patinar.
Mi compañera de cuarto me saluda con la mano antes de golpear con
el puño el pecho del capitán de hockey. Él le aparta el brazo como si
fuera una mosca zumbadora.
―Sadie ―dice Matt mientras saluda―. Te ves... más alta.
―Ja, ja ―dice con seriedad―. Mi cabeza rueda dándome vueltas.
―¡Rodar! Es una gran idea. Deberíamos conseguirte una silla de
ruedas para que puedas dar vueltas por Waterfell. Incluso me ofreceré a
empujarte.
―Puedo caminar ―se queja―. Bájame, genio.
Rhys gira la cabeza para atrapar sus labios con una pequeña sonrisa
antes de ordenarle a su extremo izquierdo que salga de la silla y dejar a
Sadie a mi lado.
―Es ridículo ―se queja, tomando una pieza de fruta de mi plato
intacto―. ¿Ves esto?
Rhys le chasquea el dedo, con el rostro serio mientras ordena:
―Si necesitas levantarte, dímelo.
―¿Quieres apostar?
Ella parece un gatito salvaje enfrentándose a un labrador tranquilo y
severo.
―Camina y verás lo que pasa, kotonyok. ―Habla en ruso con un
marcado acento y me derrito un poco. Incluso los ojos de Sadie se
nublan un poco antes de que pueda evitarlo.
―Oye ―espeta Matt, soltándose del abrazo que acababa de
concederle a su amigo―. No está bien, ninguno de los dos. Nada de
hablar un idioma extranjero, eso es hacer trampa. ―Señala a Bennett―.
¿Y tú? Nada de cocinar delante de mi novia, eso es... creo que es aún
peor.
Asiento con una sonrisa radiante y muerdo los waffles con un
gruñido.
―¿Ves? ―dice Matt con un bufido molesto.
Sadie se ríe a mi lado, agarrando mi comida y asintiendo conmigo.
―Sin duda la comida, eso es lo más romántico.
Rhys y Matt nos miran con los brazos cruzados. Bennett se sonroja y
se disculpa para salir de la habitación.
―Tenemos práctica esta noche ―le dice Rhys a Matt―. ¿Quieres que
te lleve? Las chicas pueden quedarse aquí.
Las palabras por sí solas me marean: mi mejor amiga y yo pasando
una noche de chicas, mientras nuestros novios van a la práctica de
hockey. Parece una película, pero mejor porque son Sadie y Matt. Son
mejores que cualquier cosa que pudiera haber inventado en mi cabeza.
Se siente como el calor de estar en casa. Por primera vez desde que me
fui de California, no siento nostalgia.

Las oficinas de COSAM están tranquilas el lunes por la mañana, lo


que me da tiempo para repasar mi discurso varias veces.
Afortunadamente no tengo que hablar directamente con la doctora
Tinley para retirarme.
Lamentablemente, debo hablar con Tyler Donaldson, director GTA
del programa.
Aclarándome la garganta, finalmente reúno el coraje para caminar
hacia él.
―¿Puedo hablar contigo un minuto, Tyler?
Está rodeado de sus amigos, su grupo, que básicamente son todos los
que trabajan con nosotros. Durante años intenté no sentirme aislada y
sola. Como estaba saliendo con Tyler, pensé que tal vez podría contar a
estos chicos como mis amigos, pero no lo son. Nunca lo fueron.
Está bien. Tengo verdaderos amigos, gente que se preocupa por mí. Sadie,
Matt, Rhys, Bennett, Holden.
Personas reales que me apoyan y que me quieren tal y como soy.
―¿Ahora? ―gruñe Tyler, dándose la vuelta para decir algo
condescendiente, sin duda sobre mí. Lo ignoro y me concentro en mi
tarea.
―Solo tomará un minuto.
Suspira profundamente, cruza los brazos y pone los ojos en blanco
mientras se gira hacia mí.
―Sea lo que sea, adelante.
―Okey. ―Muevo la mirada sobre su grupo. Algunos de ellos apartan
la mirada de mí con torpeza, sin querer realmente ser parte de esto.
Mark sonríe, imitando por completo la postura de Tyler―. Voy a retirar
mi solicitud para la pasantía de Tinley. Solo quería informarte
formalmente.
Tyler frunce el ceño y la sonrisa de Mark no hace más que crecer.
―¿Por qué? ―pregunta mi exnovio, sorprendido. Observo cómo
recupera lentamente la compostura; estoy segura de que no era lo que
esperaba que dijera―. Quiero decir, es evidente que de todos modos no
ibas a entrar en el programa, pero estabas muy decidida a intentarlo. Así
que, por favor, RoRo, ilumíname. ¿Por qué cambiaste de opinión?
―En primer lugar ―le espeto, al ver que mi actitud lo hace dar un
paso atrás―. No me llames así. No estamos saliendo, y siempre he
odiado ese nombre. En segundo lugar, en realidad no es asunto tuyo por
qué me estoy retirando.
La furia pinta sus mejillas y las puntas de sus orejas de un rosa
brillante.
―¿Sabes qué, Ro? Traté de ser amable contigo, de guiarte con
delicadeza por el camino correcto. Nunca has estado a nuestro nivel.
Nunca fuiste un contendiente serio para Tinley o para mí, así que me
alegro de que te hayas dado cuenta de eso lo suficientemente pronto
como para no sentirte avergonzada por el rechazo.
Trago saliva, tengo un nudo en la garganta. La vergüenza burbujea en
mi estómago como ácido.
No es que le crea, pero no por eso deja de dolerme oír a alguien que
una vez me dijo que me amaba decir todo lo que puede para herirme.
―Me gané mi lugar en el equipo tanto como cualquiera de ustedes.
Bien. Una oleada de orgullo me invade por mi rápida defensa.
―¿Y de verdad crees que viniste aquí por méritos propios? ―Se ríe y
yo me desanimo. Intento desesperadamente contener las lágrimas, pero
si lloro delante de ellos, les estoy demostrando que tienen razón.
―Tyler...
Él entra en mi espacio y jala suavemente el lazo de seda atado a una
de mis trenzas, y de repente tengo diez años y mi maestra me dice que
no me oponga a los chicos, aunque sean ellos los que se burlan de mí.
―Te vistes como una niña y actúas como tal. No sé por qué pensé que
podría tomarte en serio como novia. ―Mira por detrás a todo nuestro
equipo y se ríe de nuevo.
Quiero gritar, o llorar. Tal vez vomitar.
―Ya basta ―espeto, ahogada por la ira que me hacía llorar―. Basta.
Mi obvia reacción hacia él, el enfrentamiento con sus pullas, solo lo
incita a seguir adelante.
―No ―Tyler sacude la cabeza―. Deberías agradecerme que me haya
arriesgado contigo. Nunca fuiste suficiente para mí.
―Estás tratando de lastimarme y sabes que no eres más inteligente
que yo. ―Me cruzo de brazos, tratando de reprimir la abrumadora
necesidad de correr y esconderme. Para apaciguarlo lo suficiente como
para poder irme―. Entonces, ¿estás tratando de atacar qué? ¿Mi ropa?
¿Mi error anterior al salir contigo? Madura y sigue adelante, Tyler.
Es como si ni siquiera hubiera hablado, su voz solo creció en volumen
para continuar a pesar de mis protestas.
―Actuaste como una puta cuando estábamos juntos, así que no creo
que le sorprenda a nadie que te metieras en la cama con el zorro de la
escuela.
No escucho que alguien más haya entrado en la habitación. Solo
puedo escuchar la furia, la ira y el dolor rugiendo en mis oídos hasta que
todo sale de mí.
―Teniendo en cuenta que yo escribí todo el trabajo de investigación
que te llevó a este programa en primer lugar, creo que eres tú quien
debería agradecerme.
Alguien está intentando llamar nuestra atención, llamándonos a
ambos, pero estamos atrapados en este enfrentamiento. Años de
frustración acumulada contra un argumento circular narcisista.
―¿Agradecerte a ti? ―se burla Tyler, bajando la voz―. Perra patética,
la única razón por la que trabajas aquí es porque yo respondí por ti. Yo
le pedí a la doctora Carmen que te incluyera, que te considerara para la
pasantía. ―Se acerca más, todo furia amenazante. Es como si se hubiera
activado un interruptor y hubiera revelado al monstruo enterrado bajo
la máscara de privilegio y falsa confianza.
―Nadie pensó que llegarías a entrar al programa. Madura, Ro.
Tyler me quita la cinta del cabello al pasar junto a mí, golpeándome el
hombro con tanta fuerza que alguien grita.
Matt… Matt está aquí.
En mi esquina, tal como lo prometió.
―Aléjate jodidamente de ella ―gruñe mi novio mientras acecha por
la habitación.
No sé cuánto tiempo lleva aquí, pero en el momento en que su mano
hace contacto con la mía, el alivio inunda mi sistema como una onda
expansiva. Me hundo hasta que estoy casi en sus brazos y dejo escapar
algunas lágrimas. Porque no importa que no deba escuchar a Tyler.
Incluso sabiendo que no creo ni una palabra de lo que dijo sobre mí, el
dolor sigue ahí. Sigue siendo real.
La entrada de Matt Fredderic solo ha reavivado el frenesí de Tyler.
―¿Le contaste a tu nuevo noviecito lo obsesionada que estabas con él?
―pregunta, girándose hacia nosotros. Apenas noto que la doctora
Tinley también está aquí, prácticamente escondida detrás de la puerta de
su consultorio observándonos a todos.
―¿Cómo mentiste sobre haberlo conocido en primer año?
¿Diciéndome que él fue tu primer beso? ―Se ríe a carcajadas y me guiña
el ojo―. Quiero decir, sabía que eras patética, Ro, pero...
―¿Qué?
Matt frunce el ceño y me mira, solo por un milisegundo antes de
volver a mirar fijamente a Tyler.
―Oh, ¿nunca te lo dijo? ―Tyler aplaude, casi con regocijo―. Pensé
que esas habrían sido tus primeras palabras para él: recordarle que él fue
tu primer beso, en primer año, ¿verdad? Qué romántico.
―¿Ro?
―Yo… yo…
No sale nada. La humillación y la ansiedad compiten por el dominio
en un partido que me tiene buscando el cubo de basura más cercano por
si decido vomitar.
―Dios, para ser una chica tan inteligente, a veces actúas de forma
patéticamente estúpida. ―Tyler pone los ojos en blanco―. RoRo está
enamorada de ti desde el primer año. Le dijo a todo el mundo que fuiste
su primer beso, que compartieron una noche mágica juntos.
Él niega con la cabeza hacia Matt, como si estuviera charlando con
uno de sus amigos y no con un chico del que se ha burlado sin descanso,
un estudiante al que dio clases particulares por error y alguien a quien
dice odiar durante años.
―Al principio pensé que era para ponerme celoso, luego quería ir a
tus partidos todo el tiempo, y finalmente, nos rogó que la dejáramos ser
tu tutora, justo después de que rompiéramos. ―Tyler suelta una
carcajada y se mete las manos en los bolsillos―. Odio decírtelo, Freddy,
pero es como una acosadora. Quiero decir, empezamos a salir después
de que yo empecé a ser tu tutor.
La habitación queda en silencio, un frío helado roza mi piel, que
todavía parece estar en llamas.
Eso... eso no es verdad.
Quiero decir, sí, hay partes de eso, pero... pero, yo le rogué que no me
dejaran ser la tutora de Matt, y nunca tuve la menor idea de que Tyler
fuera el tutor de Freddy.
Aterrada de mirar a Matt, de ver la creencia o la molestia en su rostro,
cierro los ojos con fuerza.
―Matt, te juro que...
Levanta la mano y detiene el vómito de palabras en mi lengua. Mis
mejillas arden aún más, la vergüenza me carcome por dentro y por
fuera.
―Escúchame, Donaldson, eres un imbécil. Si hay alguien patético
aquí, eres tú. Sé que piensas que soy demasiado estúpido para recordar
exactamente cómo nos conocimos, pero todavía no he recibido tantos
golpes en la cabeza.
»Ro es la mejor persona en este departamento: es inteligente, una
genio, en serio, y te sientes tan amenazado por ella que no puedes
soportar no tener algún tipo de control extraño sobre ella, pero ya no
puedes evitar que sea mejor que tú.
―Ella no es...
―No he terminado, Donaldson ―lo interrumpe Matt con calma―. Mi
papá es igual que tú. Un imbécil narcisista y abusador, y resultó ser tan
fracasado y miserable como estoy seguro de que serás tú. Ahora, déjalo.
Te encanta decirles a los demás que son estúpidos, pero tú eres un
completo idiota.
Se ríe y sus ojos bailan mientras me mira fijamente.
―¿Me estás diciendo que mi novia y yo nos besamos en primer año?
¿Que ella ha estado enamorada de mí desde entonces, mientras salía
contigo? ―La sonrisa que se apodera del rostro de Matt es radiante, sus
brazos se extienden alrededor de mis hombros lentamente―. Eso es lo
mejor que escuché en todo el año.
Tyler está furioso, y mis emociones están tan confusas que siento un
poco de náuseas y me inclino hacia el cuerpo de Matt en busca de apoyo.
―Ahora, princesa. ―Matt se gira hacia mí y me besa la mejilla―.
¿Necesitas algo más? ¿Hay algo que quieras decir antes de que nos
vayamos?
Niego con la cabeza, con los ojos muy abiertos y llenos de asombro
mientras lo miro.
―Excelente.
Se acerca a mi escritorio y deja a todos los demás paralizados por la
sorpresa mientras toma todo lo que hay en él y lo coloca todo dentro de
mi mochila verde salvia con una cinta colgando. Se la pone a la espalda
sin pensarlo dos veces, me agarra la mano y empieza a guiarme hacia
afuera.
Pasamos delante de Tyler y mi novio se acerca para susurrarle:
―Gracias por la información. No te imaginas lo bien que me siento al
saber que las cinco veces que te acostaste con mi novia, ella estaba
pensando en mí. ―Agarra el hombro de Tyler y lo empuja
ligeramente―. Buena charla, hombre, y oye, si vuelves a hablar con ella,
te patearé el trasero. De verdad esta vez.
Termina con una gran sonrisa radiante, agarrando mi mano
nuevamente mientras salimos del área principal, pasando por la puerta
de la oficina de la doctora Tinley en el camino.
Carmen Tinley sigue de pie, medio adentro, medio afuera, luciendo
un poco conmocionada por todo el estallido.
―Se acabó, doctora Tinley ―digo, apenas conteniendo mi tono―.
Dejé de ser tutora, asistente de cátedra, todo eso. Quiero que no me
considere para su grupo en la primavera.
Ella se aclara la garganta.
―¿Puedo preguntar por qué?
Su mirada se dirige a Matt y yo me levanto un poco más, deseando
poder cubrirlo por completo.
―Creo que sabe por qué.
Salimos por la puerta en silencio, esperando hasta que hayamos
pasado todo el edificio COSAM y estemos caminando por la vegetación
del campus central antes de que Matt se dé vuelta y me abrace.
―¡Estoy tan orgulloso de ti!
Nuestras palabras son idénticas, se superponen tan perfectamente que
nos disolvemos en una risa feliz.
Se siente como un nuevo comienzo, uno real, esta vez.
Puedo ser quien quiera ser.
Termino mi último examen final con una sonrisa radiante en mi cara.
Estoy seguro de que parezco un idiota sobreexcitado cuando salgo del
aula donde se llevó a cabo mi prueba privada de bloque de tiempo extra,
pero no puedo obligarme a preocuparme, porque sé que aprobé. Puedo
sentirlo en mis entrañas.
Es como disparar el tiro de la victoria.
Porque no solo aprobé, sino que tengo a alguien que me apoya y sé
que me voy a graduar, algo que mi papá juró que nunca haría, algo que
mi mamá quería.
Dios, espero estar haciéndote sentir orgullosa, mamá.
Entro corriendo por la puerta de mi dormitorio y regreso a la Casa del
Hockey, donde Rosalie Shariff está sentada con las piernas cruzadas en
mi cama, con un libro de texto junto a sus pies acurrucados y su
computadora portátil en precario equilibrio sobre su rodilla.
Ella me ve y casi deja caer su computadora en su prisa por levantarse
y saludarme.
―¡Hey!
Ahora estoy sonriendo como el Joker; puedo sentirlo, pero ella sabe
por qué.
―¡Pasaste! ―grita, lanzándose a mis brazos―. Oh, estoy muy
orgullosa de ti, Matty.
Ella me presiona el elogio en el cuello y yo la hago girar.
―Yo también estoy orgulloso de mí ―le digo riendo, poniéndola de
pie y ahuecando su cabello juguetonamente―. ¿Cómo estuvo tu
reunión?
Ro se reunió con la doctora Khatri, la otra profesora que tiene un
programa de prácticas en el marco de su plan de posgrado. Tiene algo
que ver con las pruebas neurológicas y la creatividad. Estoy tratando de
aprender más sobre el tema, de entender mejor su trabajo y sus intereses,
pero es tan brillante que la mayor parte de lo que dice no lo entiendo.
Eso, y que normalmente me distrae la necesidad urgente de besarla o
acostarla y arrancarle más de esos ruiditos que hace, que es exactamente
lo que me gustaría para celebrar ahora.
―Genial ―dice riendo, dejándose caer de nuevo en la cama. Me dejo
caer sobre ella con suavidad, empujando sus hombros contra mi
colchón. Mi boca presiona su cuello, mis manos se hunden en su cintura,
mientras sus manos encuentran mis hombros, empujándome
ligeramente hacia arriba―. De hecho, hay algo de lo que quiero hablar
contigo.
―¿Qué? ―Se me cae el estómago. «Tenemos que hablar» nunca es
algo bueno, pero me trago esos pensamientos frenéticos―. ¿Todo bien?
―Sí, es que… ―se aclara la garganta―. Me voy a casa para pasar la
Navidad.
―Oh ―asiento―. Sí, eso es genial.
Es genial, imbécil. Entusiásmate un poco más por ella: extraña a sus
papás tanto como tú. Anímala a que los vea.
―Es un vuelo largo ―dice, pero parece que está dándole vueltas al
tema―. ¿Quieres ir conmigo?
―¿A California?
―Mm-hmm... ―Me mira tímidamente―. Sé que probablemente sea
demasiado pronto para conocer a mis papás, pero me encantaría que los
conocieras en persona. Ya conoces a mi mamá.
―Sí, y ella es increíble.
―Claro ―sonríe―. Entonces... ¿lo pensarás?
―No necesito pensar en eso, Ro. Estoy dentro. ―Apenas logro
esperar un segundo antes de preguntar―: ¿Puedo besarte ahora?
Ella se muerde el labio y asiente. Me libero, la agarro en mis brazos y
la levanto de la cama, lo que provoca un rápido chillido.
―Tengo trabajo esta noche...
―Tenemos tiempo.
Ro sonríe antes de morderse el labio y pedirme que la ponga de pie.
―Tengo una petición. Que me enseñes algo―. Se aclara la garganta y
dice―: Sexualmente, quiero decir.
Todo mi cuerpo se ilumina, mis ojos bailan sobre su figura inquieta.
―¿Sí?
―Sí. No... quisiera saber cómo hacerlo.
―¿Hacer qué, princesa?
―A… ―Vuelve a dudar y puedo ver que comienza a alejarse, como si
el ligero miedo a lo que sea que quiera fuera suficiente para hacerla
encogerse.
―Rosalie ―mi voz es más alta, una mezcla de tonos bajos y suaves
con un tono más agudo―. ¿Hacer qué? Dímelo.
Ella se estremece.
―Como chuparte la polla.
―Qué buena chica ―digo, apretando mi mano en un puño,
reflexivamente, ante las palabras sucias que salen de sus labios. Me
inclino para besarle la mejilla, le aparto el cabello a un lado y acerco mi
boca a su oído―. Creo que, ya que tengo la calificación, puedo enseñarte
algo ahora.
Un gemido sale de sus labios y ella asiente, casi frenéticamente.
―Sí, sí, sí ―sus palabras salen arrastradas―. Señor Um...
―Matthew, por favor, señorita Shariff. ―Sus ojos brillan―. La
primera lección... ella es lo primero.
La empujo hacia la cama y me arrodillo para poder quitarle la ropa
interior y la sudadera. Su piel está cálida y suave bajo mis manos,
flexible cuando le separo las piernas.
Lamiendo una línea continua por su coño, introduzco mi lengua
ligeramente en su abertura antes de hacer círculos hacia arriba y
alrededor de su clítoris. Mis dedos la presionan con precisión mientras
mantengo la boca concentrada y firme hasta que se corre, hermosa y sin
reservas.
―Perfecta ―susurro, dándole un beso en el muslo y luego en el
estómago ligeramente expuesto―. Hermosa. Sobresaliente, Rosalie.
Ella se ríe, se tapa los ojos con el brazo y sacude la cabeza.
―Eso no es… eso no era lo que quería.
―¿No? ―pregunto frunciendo el ceño con fingida sorpresa.
―¿Por favor?
Cada parte de mi acto se derrite bajo sus súplicas. Desabrocho mis
jeans, me los quito por completo, antes de comenzar a bajar mis bóxers,
pero sus manos me interrumpen, empujando las mías para que no le
estorben, sus pulseras me arañan la piel levemente mientras termina de
desvestirme y se deja caer al piso nuevamente sobre sus pies.
―¿Así? ―pregunta con los ojos muy abiertos mientras me mira desde
su posición de rodillas en el suelo. Me tambaleo hacia atrás al verla, con
las rodillas débiles, golpeándome contra la cama.
―Justo así, princesa. ―Intento mantener la voz baja y sensual, pero
tiemblo. Apenas puedo detener el temblor en mis manos mientras ella
busca mi polla con cautela, sacando la lengua para lamerse los labios… y
luego mi piel.
Mis manos se extienden hacia ella: cabello, hombros, cualquier cosa
con la que pueda sostenerme, la sensación de su boca caliente y húmeda
sobre mi punta es suficiente para que todo mi cuerpo se tense.
Controla tu mierda. Me regaño a mí mismo, cerrando los ojos porque
verla, oírla y sentirla me tiene a punto de estallar.
Ella se aparta de nuevo, mirando hacia arriba.
―Enséñame, por favor.
La ayudo suavemente, guiando su boca hacia mí y a un ritmo que
normalmente disfrutaría ir aumentando lentamente; con Rosalie, es
como si estuviera caminando sobre el filo de una navaja en busca de
control.
―Perfecta ―susurro―. Dios, Rosalie, no voy a durar.
Sus ojos se arrugan, como si ese pensamiento le agradara, y acelera el
ritmo y succiona más fuerte.
―Mierda ―gimo―. Voy a correrme, princesa.
Chupa más fuerte, con más firmeza, moviendo las caderas como si
estuviera embistiendo contra el aire, buscando fricción. Me corro, fuerte,
logrando mantener mis manos suaves en su cabello mientras ella me
traga con una sonrisa feliz y enérgica.
Después de recuperar el aliento, murmuro:
―¿Te excitaste de nuevo, Rosalie?
Ella asiente con entusiasmo, con las mejillas sonrojadas. Me inclino
para levantarla del suelo y depositarla sobre la cama, listo para
complacer de nuevo a mi insaciable novia.

Una vez que se relaja de mi boca y lengua demasiado ansiosas, la llevo


a la ducha y me escabullo para buscar algo para picar en la cocina, sin
molestarme en vestirme porque sé que estamos solos. Comemos en la
cama, riéndonos y jugando con la comida más de lo que la comemos.
He esperado demasiado tiempo y ha sido una tortura incluso esperar
los pocos días hasta que sus exámenes finales y mis bloques de tiempo
extendidos terminaron por completo, pero no creo que pudiera esperar
más para preguntar si lo intentara.
―Bueno ―me aclaro la garganta y le paso una bebida energetizante
azul que ella bebe con avidez. Su evidente cansancio me hace sentir una
oleada de satisfacción―. Quiero hablar de lo que dijo Tyler.
Todo su cuerpo se congela y luego se calienta, como si no hubiera
estado llorando y pidiendo a gritos “Por favor, por favor, haz que me
corra” mientras la elogiaba y la ayudaba a superar todo el proceso. Mi
corazón se hincha de nuevo, como si quisiera saltar de mi pecho y
hundirse en el suyo.
―Oh ―tartamudea, recogiéndose el cabello con timidez y evitando
mi mirada―. Cierto... mmm... gracias, por cierto. Por defenderme.
Niego con la cabeza y levanto su barbilla con un dedo.
―Siempre te apoyaré, Rosalie.
Se produce otro silencio profundo, pero como siempre, con ella se
siente cómodo. Como si ambos estuviéramos reservando espacio para el
otro.
―Él... no fue todo mentira. Quiero decir, nos conocimos en primer
año. En una fiesta, y tú fuiste mi primer beso.
Mi sonrisa me está matando, es tan grande que me duelen las mejillas.
―¿Fui tu primer beso? ―Bien podría haberme dicho que gané la
lotería o la Copa Stanley.
»¿Sí? ―Agacho la cabeza para mirarla a los ojos y mostrarle mi
sonrisa. Parece que eso la tranquiliza y sus palabras fluyen más rápido.
―Sí, bebí mi primer trago de alcohol gracias a ti, y luego me besaste.
―¿Fue un buen beso? ―No puedo dejar de preguntar.
―Sí ―susurra, mordiéndose el labio para sonreír. Mi corazón late más
rápido, reaccionando a un recuerdo que no tengo. También me hace
desear una máquina del tiempo para darme un golpe en la cabeza por
haber hecho algo claramente estúpido y a tientas con esta chica.
Esta chica que se preocupa por mí, me defiende, me quiere, no por mi
cuerpo ni por mi habilidad, sino por mí. Por lo que soy. Con Rosalie
Shariff, soy yo mismo, sin lugar a dudas, tal vez por primera vez.
―Pasamos la noche juntos. Jugando al beer pong y riéndonos y...
―Sacude la cabeza con una sonrisa agridulce―. Y fue increíble.
―Pero… ―dejo que la palabra flote en el aire, sintiendo la carga que
nos rodea. Algo pasó. Pienso, pero no puedo, no tengo ningún recuerdo
de eso, cero.
―Pero luego simplemente… desapareciste.
―¿Qué?
―Me dijiste que volverías enseguida y me dejaste ahí.
Piensa, piensa, piensa. Mi corazón late fuerte y mi estómago se
revuelve mientras revivo los horribles y confusos recuerdos de mi
primer año en la universidad. Piensa, piensa, piensa.
Solo cada recuerdo que alcanzo incluye cosas que desearía poder
olvidar, y nunca querría olvidarla a ella. Sé que, incluso a los dieciocho
años y sumido en el dolor, habría estado arrastrándome hacia su luz y
su bondad.
―Y… ―Sacude la cabeza y esconde la cara entre las palmas de las
manos―, y sé que no lo recuerdas. Está bien, yo solo…
―¿Recuerdas cuándo fue esto? ¿En primer año?
Ella asiente.
―Fue el fin de semana anterior al inicio del semestre de otoño.
El corazón se me cae al suelo y la piel se me enfría. Me cubro la
cintura con una manta y bajo la mirada. No me parece bien estar
desnudo ahora, cuando sé exactamente de qué fin de semana está
hablando.
Primer año, mi primera gran fiesta con el equipo después de pasar el
verano en los entrenamientos y volar de vuelta a Texas para estar con mi
mamá. Fue una condición por debajo de la mesa al firmar con Waterfell,
una condición, en realidad, que me compró el respeto eterno por el
entrenador Harris y me hizo totalmente leal a este equipo., y él guardó
mi secreto.
Había planeado jugar para ellos, pero tenía ausencias justificadas
siempre que me necesitaban en casa. Resultó que no necesitaría ni una.
Ella murió antes de que el semestre comenzara.
Ahora busco ese recuerdo: una escena borrosa de una fiesta, ni
siquiera el rostro claro de un miembro del equipo que estaba conmigo, y
luego, una llamada telefónica, estridente e inolvidable.
Dolorosa, incluso ahora.
Archer susurró un “Matty” entrecortado y luego “Lo siento mucho”.
Un camino tropezando hacia los dormitorios, que estaban casi
demasiado lejos, y Bennett jodido Reiner, con su papá, encargándose de
todo. Volé en un maldito avión privado, temblando, con las piernas
rebotando, todo el tiempo.
El resto se vuelve borroso y mis ojos se llenan de lágrimas, mientras
extiendo mis manos para frotarlos.
―Matt ―pregunta con voz temblorosa―. ¿Puedo abrazarte?
―Por favor ―digo con voz áspera.
Ella no sabe por qué lloro, pero no pregunta, ni siquiera lo intenta. Ro
me abraza, sus largos brazos rodean mis anchos hombros y me acercan
más.
―Lo siento, Matty ―dice, pero su voz se superpone a la de Archer en
mi cabeza.
Después de que se me pasan las lágrimas, logro sacar la historia de mi
cabeza y de mi boca. Me lleva un rato y tartamudeo mucho, pero Ro se
sienta pacientemente, escucha, todo mientras mantiene mi mano en la
suya.
Paciencia. Amabilidad. Amor. Todo fluye de ella como agua.
―Tengo que dejar de descargarme contigo de esta manera ―me río,
apartando mi mano de la suya y limpiándome los ojos hasta que me
recupero―. Es ridículo. ―Siento que estoy robándote tu fuerza, tu amor y tu
calidez, no lo digo, y no quiero ser eso para ti.
―No ―me dice con ligereza―. Quiero estar ahí para ti. Tú has estado
ahí para mí más veces de las que puedo contar, y además, me gusta esta
parte de una relación. Creo que es saludable y nunca había tenido eso.
―Yo tampoco.
En el silencio de mi habitación, nos miramos el uno al otro hasta que
sonrisas de adoración estallan bajo nuestras miradas brillantes y
enamoradas. Todo es calma y perfección.
Ella se levanta, lentamente y casi de mala gana, para prepararse para
su turno. La agarro y la atraigo hacia mí.
―No puedo creer que me estés dejando ―murmuro, haciendo
puchero con el labio inferior y gruñendo. Ella se ríe y me empuja con
cuidado, agarrando su ropa y vistiéndose despacio.
―Voy a trabajar, no al ejército. ―Se muerde el labio y entra al baño
abierto, retocándose el cabello. Toma unas cuantas pinzas de mariposa
de mi mesita de noche y la sigo, acercándome por detrás. Es cómico: yo,
completamente desnudo; ella, completamente vestida. Peino algunos
mechones hacia atrás como la he visto hacer miles de veces antes, fijando
una pinza en un lado y luego repitiendo el proceso con el otro.
―Perfecta ―susurro, inclinándome para besarla, rodeándole la
cintura con los brazos. Ella se sonroja y mi polla comienza a endurecerse
de nuevo, lo que solo funciona como un círculo vicioso, haciendo que
sus mejillas se calienten aún más―. Dame un segundo y te llevaré.
―Okey ―dice con aire soñador. La siento en la encimera para que
pueda verme cambiarme de la misma forma que yo la miraba a ella.
Bajamos las escaleras de la mano y salimos a la entrada, donde me
estacioné en la acera.
―Tengo una petición ―dice una vez que estamos dentro del auto, con
la música sonando suavemente.
―¿Cuál es?
―Creo que deberías llamar a Archer.
Casi inmediatamente se me cierra la garganta y el sudor se me
acumula en la frente.
―No... no creo que quiera hablar conmigo ahora. Lo ignoré por
siempre...
Ella sacude la cabeza y me mira con dulzura. Su mirada refleja afecto
y calidez.
―No creo que eso sea cierto, Matt. Creo que él te ama y
probablemente desearía que lo llamaras.
Odio que ella trabaje hoy, mientras me estaciono frente a Brew Haven
para dejarla en su turno. Quiero pedirle que se quede, que hable
conmigo hasta que los ecos de la vergüenza se ahoguen con su cercanía.
Me besa dos veces en la boca, luego una vez más en la mejilla antes de
saltar, temblando por el viento helado que inmediatamente la azota.
―No tienes que hacer nada que no quieras hacer ―dice―. Solo
piénsalo. Creo que sería muy bueno para ti. Para los dos.
El teléfono suena tan fuerte como el claxon del equipo contrario en un
partido fuera de casa, pero estoy más nervioso que nunca en cualquier
partido de hockey.
Archer responde al primer timbre.
―Hola ―dice con voz lánguida, mientras se oye un portazo de
fondo―. Pero si es mi chico favorito. ¿Cómo estás?
Una calma instantánea me invade, como el agua que baña una playa
demasiado seca.
Mi chico favorito.
Pero sus palabras se mezclan, voces antiguas y nuevas. El recuerdo
resuena en mi interior como una descarga eléctrica.
Yo a los nueve años. Practicando en una pista privada con un
entrenador de la NHL.
Los sábados después de la primera hora de patinaje son mis días favoritos,
especialmente cuando el entrenador Ace viene a buscarme, porque eso significa
que tengo tiempo extra de práctica con él, pero hoy es más difícil, porque se
supone que mi papá pasará el resto del fin de semana conmigo.
El resto porque no se presentó el viernes como debía, otra vez.
―No creo que a mi papá le guste mucho.
Las palabras salen de mi boca sin querer, la vergüenza y el bochorno tiñen
mis mejillas. No quise decir eso, pero siempre se me escapan cosas cuando hablo
con el entrenador Archer.
Archer frunce el ceño y siento que no debería haberlo dicho, pero... tal vez
debería saberlo. No soy bueno siendo un hijo.
Cuando los demás miembros de mi equipo me preguntaron por mi papá
jugando al hockey conmigo, casi les conté sobre Archer. A veces, en mi cabeza,
pretendo que Archer es mi papá, especialmente antes de irme a dormir por la
noche, imaginando una escena en la cocina con mi mamá, Archer y yo, como si
mi papá no existiera.
Aún así, me pongo un poco pálido.
―No le digas a mi mamá que dije eso ―agrego mientras patino hacia el
siguiente disco que me pasa―. No quiero que piense que está haciendo un mal
trabajo.
―Okey ―dice Archer―. Que quede entre nosotros.
Él espera para hablar de nuevo hasta que hago mi siguiente tiro, perfecto
arriba, apenas debajo de la barra.
―Buen tiro, Matty. ―Me da una palmadita en el casco antes de patinar para
mirarme de frente y agachar la cabeza para poder mirarme a los ojos a través de
la jaula. Me agarra por los hombros y dice―: Y para que conste, creo que eres el
mejor de todos los chicos.
Mis ojos se abren de par en par.
―¿En toda la clase?
Sacude la cabeza.
―En el mundo. Eres mi chico favorito en todo el mundo.
No puedo evitar sonreír durante el resto de la práctica y la cena de esa noche.
Archer lo imita, sentado al lado de mi mamá.
―Hey ―digo, tragándome la oleada de emociones que me invade―.
No demasiado. Acabo de terminar los exámenes finales, de hecho.
―¿Sí? ¿Cómo va todo?
―Bien. ―Asiento con la cabeza como si pudiera verme, pero luego
me siento un poco ridículo y me doy un golpe en la cabeza―. Fue difícil,
por un tiempo, pero conseguí una tutora genial y aprobé. Es decir, más
que solo ser elegible, ahora soy un estudiante con promedio.
―Dios, qué bueno oír eso, muchacho. Estoy muy orgulloso de ti.
Me calienta el pecho y sana algo que ha estado roto en mí durante
mucho más tiempo del que puedo recordar.
―Sí ―suspiro, sintiendo una punzada de nervios en mi interior. ¿Qué
más puedo decir? ¿De qué quiere hablar?
Ahora debo sentirme como un extraño para él, así que elijo el único
tema que puedo, el único tema que a la gente le gusta hablar conmigo.
―El hockey es genial, estamos teniendo una temporada espectacular.
Rhys ha vuelto, no sé si lo ves o nos sigues...
―Siempre te sigo, Matty.
Frotándome el leve pulso en el pecho, continúo:
―Bueno, entonces sabes que Rhys se lastimó en la última Frozen
Four, y ¿el tipo que lo golpeó? ¿Ese chico Kane que estuvo en todas las
noticias hace unos años? Ahora está en nuestro equipo, es un defensor
en mi línea. Por cierto, ahora estoy en la primera línea, de hecho llegué
ahí en mi segundo año.
Estoy divagando, lo siento, incluso lo oigo, pero no puedo detenerme.
Aun así, Archer nunca me interrumpe.
Finalmente logro callarme y trago saliva ruidosamente.
―Así que… sí. Eso es todo.
¿Eso es todo? ¿Alguna vez he tenido una conversación con un ser humano?
―Eso es genial, muchacho. El hockey siempre ha sido genial para ti,
pero... ¿Y tú, Matty? ¿Cómo estás?
―Bien. Aprobé mis asignaturas. ―Ya lo había dicho, sin duda. Me
aclaro la garganta y vuelvo a intentarlo―. Tuve una tutora estupenda,
pero ya no es mi tutora.
―¿Ah?
―No por nada malo, ella... de hecho, ahora es mi novia. Se llama Ro.
O, bueno, es Rosalie, pero le dicen Ro, y es muy inteligente. Una especie
de genio, como mamá.
Hundo mi cabeza entre las manos y me quedo en silencio, como si
hubiera lanzado una bomba en la conversación. Me asalta una extraña
necesidad de colgar, pero logro aguantar.
―¿Sí? ―pregunta, y su voz suena tan aliviada como yo.
Archer es la única persona que conocía a mi mamá y que comparte
recuerdos de ella conmigo. Me pareció que excluirlo de mi vida era lo
correcto cuando me hundía cada vez más en mi dolor, desesperado por
no arrastrar a la única persona que me importaba al caos que era mi
cerebro.
Pero perder esa conexión, el lugar donde podía hablar de ella cuando
finalmente sentía que era el momento adecuado, fue más brutal de lo
que esperaba.
La forma en que Archer lamentó la pérdida de mi mamá fue como
imaginé que uno lamentaría la pérdida de su alma gemela.
Recuerdo que me sentí muy confundido y frustrado después de lo
ocurrido. La forma en que mi papá reapareció, preocupado de repente
por mi carrera de hockey, o cuando volví a la escuela, y trató de sacarme
de todo cuando sabía lo mucho que significaba para mí y para ella que
me graduara. A mi papá nunca le importamos ni ella ni yo.
Cuando mamá enfermó, Archer dejó su trabajo y se mudó con
nosotros. Le daba de comer con cuchara cuando estaba demasiado
cansada, y yo estaba tan cegado por mi propio dolor y mi ira que no me
di cuenta de que era porque él estaba tan enamorado de ella, devoto y
luego angustiado.
Recuerdo la noche en que lo encontré doblado en un ataque de pánico
porque no podía respirar entre sollozos.
Si hubiera sido aceptable, creo que la habría seguido, pero no lo hizo,
y me estoy dando cuenta de que no lo hizo por mí.
Para cuidarme. No debería importar que mi papá nunca haya sido un
papá para mí porque Archer está aquí, y él habría sido mi papá, si yo lo
hubiera dejado.
―Te extraño ―le digo de golpe, sintiéndome aliviado solo por
decirlo―. Tal vez podamos... almorzar un día, si es que alguna vez estás
cerca de Waterfell, o incluso de Boston.
―Dime la fecha y la hora, muchacho ―dice con nostalgia. Su voz es
tan profunda y tranquilizadora como cuando yo era niño―. Ahí estaré.

―¿Estás seguro de que estarás bien?


―Sí ―le digo―. No estoy enfermo, Rosalie. Solo estoy nervioso.
―No sabía que tenías miedo a volar.
No lo tengo. Me da mucho miedo conocer a sus papás oficialmente, como su
novio, pero no puedo decírselo, así que me quedo callado.
Su mano delgada descansa sobre la mía, deteniendo el incesante
tamborileo de mis dedos sobre el apoyabrazos. Ro entrelaza nuestros
dedos y dobla las esquinas de la hoja que está leyendo en uno de sus
libros de romance sexy antes de verificar la trayectoria de vuelo en la
pantalla que he estado observando diligentemente todo el tiempo.
―¿Quieres escuchar un libro conmigo?
Me animo ante eso.
―¿Uno de tus sexys?
―Lo que quieras ―dice, y me deja el teléfono en el regazo―. Tú
eliges.
Me decido por el que tiene la mejor portada, en mi opinión, y Ro ya se
ríe mientras comienzo el primer capítulo.
En el quinto capítulo, estoy totalmente sonrojado.
Casi doy un salto de un metro cuando la azafata me pregunta qué
quiero beber. Ro apenas puede dejar de reírse y pide un ginger ale.
―Sigue así, Señorita Cara De Póquer Mientras Escucho Escenas De Sexo
En Un Avión.
―Es un apodo muy largo ―se ríe.
―Solo debes saber que, lo que sea más picante en este libro, eso es lo
que te haré en tu cama de la infancia cuando lleguemos ahí.
Su risa se disipa casi de inmediato, su piel se enrojece mientras se
muerde el labio inferior. La necesidad de besarla es fuerte, pero la
necesidad de burlarme de ella es aún más fuerte, así que logro mantener
la distancia.
Mientras aterrizamos, intento secarme discretamente algunas lágrimas
de los ojos, pero Ro las atrapa fácilmente.
―Es un libro angustiante, lo sé ―dice, y me frota la espalda mientras
guardo los auriculares en el bolso―. La primera vez que lo leí, lloré a
mares.
―No sabía que iba a ser tan emotivo. La portada muestra a dos
personas sexys arrancándose la ropa mutuamente.
Ella se ríe y asiente.
―Son novelas románticas, no eróticas, pero me alegro mucho de que
te haya gustado.
―Me encantó, de hecho ―le digo―. Asegúrate de elegir uno bueno
para nuestro vuelo de regreso.

Los Shariff viven en una modesta casa estilo bungalow de madera de


color marrón oscuro cerca de Solvang, que me estoy dando cuenta de
que es un importante destino turístico, especialmente para Navidad.
Nuestro Uber nos llevó directamente a través de la ciudad y me quedé
asombrado por el estilo ecléctico y los diseños únicos de todo el centro.
Se me debe haber notado en toda la cara lo cautivado que estaba, ya que
Ro se inclinó hacia mí y susurró:
―Te prometo que volveremos y lo veremos de noche.
Ahora, mientras sacamos nuestras maletas del maletero y el auto se
aleja, los nervios me invaden.
En el porche está la mamá de Ro, de piel aceitunada y cabello oscuro y
rizado corto hasta los hombros, vestida como una hippie moderna. A su
lado, en una mecedora de madera, se sienta quien supongo que es su
papá.
Es un hombre curtido, con una abundante cabellera gris y una barba
más oscura. Su cuerpo parece alto cuando está de pie, y puede que en
algún momento haya sido musculoso, pero ahora es delgado y frágil. Le
sonríe a Ro, más lento que su mamá, pero no menos entusiasmado por
ver a su hija.
Me quedo atrás y dejo que ella los salude a solas primero.
―Mamá ―suspira, dejándose caer en los brazos de su alta y esbelta
mamá. Se abrazan durante un largo, largo momento, y su papá me mira
brevemente.
Sonriendo como un loco, mantengo la distancia, sudando bajo el sol
de California.
―Hola, papá ―sonríe, le acaricia el cabello y se inclina para abrazarlo
en su silla. Lentamente, él la envuelve con sus brazos a cambio,
abrazándola fuerte.
―Ro ―grazna―. ¿Quién...?
―De hecho, traje a mi novio. ―Ro me hace un gesto para que me una
a ella―. Mamá, papá... este es F...
―Matt ―digo interrumpiéndola―. Un placer conocerlos a ambos.
Por lo general, es Freddy. Prefiero que Ro solo me llame Matt o Matty,
con excepción de Archer, pero sé que será mucho más fácil para su papá
decir Matt. Quiero que se sienta cómodo conmigo. Quiero agradarle.
Y no he tenido mucha suerte con eso en el departamento paterno.
―Qué bueno verte fuera de la pantalla, Matt ―dice la señora Shariff,
apretando los hombros de su esposo―. Entremos y comamos. Estoy
segura de que ambos están hambrientos.
Agarro nuestras maletas y las dejo en el vestíbulo, fuera del camino,
pero rápidamente regreso a donde Ro y su mamá están ayudando a su
papá a levantarse de su silla.
―Puedo caminar ―él dice, hablando con lentitud.
―Adelante ―les digo a mi novia y a su mamá―. Yo lo ayudaré a
entrar, señor Shariff.
―No necesito ayuda ―se queja el señor Shariff mientras me agarra el
brazo y usa mi cuerpo como muleta.
Tenía razón, es alto y gruñón, aunque ese parece ser un rasgo
reservado para mí.
―¿A dónde quiere ir? ¿A la mesa de la cocina o al sofá?
Al principio no habla, solo me mira escépticamente.
―O puedo dejarlo afuera y dejarlo empezar de nuevo.
Su mano me agarra con más fuerza y al principio creo que está
enojado, pero luego me doy cuenta de que está... riéndose. Se ríe tan
fuerte que está a punto de caerse, así que le rodeo la cintura con el brazo
para estabilizarlo.
―Cocina ―dice, sonriendo mientras caminamos lentamente hacia la
casa. Lo acomodo en el asiento que elige. Ro revolotea alrededor de él y
de su mamá como si no pudiera decidir qué hacer.
―¿Ro dijo que juegas hockey? ―pregunta su mamá mientras
continúa revolviendo una olla grande en la estufa.
―No dijo si eres bueno ―resopla su papá, con un brillo en los ojos. Ro
me explicó que a veces habla con facilidad y las palabras fluyen. Otras
veces le cuesta dar una respuesta de una sola palabra.
―Sí, señora, juego hockey en nuestra escuela, pero, de hecho, después
de graduarme, me contrataron para jugar en Dallas, en la NHL.
―Oh, eso es increíble ―dice la señora Shariff, mientras intenta
alcanzar algo que está detrás de Ro, quien la detiene y le quita la pila de
platos―. Tus papás deben estar muy orgullosos.
El dolor que se me queda grabado en el pecho me palpita un poco. Ro
rodea la mesa y se coloca detrás de mí para apretarme los hombros.
―Sí. Mi mamá falleció hace unos años, pero estaba muy orgullosa de
mí.
Ahora me resulta más fácil sentir una oleada de dolor, pero hay algo
hermoso en permitirme hablar tan abiertamente de ella, de su pérdida.
Ro desvía la conversación y me siento agradecido por eso. El respiro
es suficiente para que me adapte a su rutina de cena, con el estómago
rugiendo mientras me ponen un cuenco de curry delante y una taza más
pequeña de arroz.
Comemos, reímos y hablamos en la mesa del comedor y luego nos
trasladamos al patio trasero, donde comemos, reímos y hablamos un
poco más. La mamá de Ro cuenta historias de su juventud. Su papá le
toma la mano y le rasca la palma y los dedos mientras ella apoya la
cabeza en su hombro.
Ver a Ro con sus papás es revelador.
La miman y ella se queja, pero se ablanda ante sus atenciones, y es tan
jodidamente hermosa. Quiero mantenerla aquí, cómoda, lejos de la
mierda de la escuela y de Tyler y de mi maldito pasado. Quiero que
pueda ser así. Siempre.
―Realmente no era necesario que hicieras todo esto.
―Yavrum ―dice mi mamá. Aprieta mis bíceps y mira por encima de
mis hombros para inspeccionar la masa que estoy moldeando―. Quería
hacerlo. Creo que el manti es bueno para la cena, ¿no? ¿Cuánto crees que
deberíamos hacer?
Los ojos de mi mamá recorren rápidamente las enormes pilas de
bolitas de masa rellenas de cordero sobre las que acaba de espolvorear
más harina. Sus manos todavía están empolvadas cuando las coloca
sobre sus caderas.
―Creo que esto es más que suficiente, de hecho.
―Matt es un niño que está creciendo...
―No es un gigante ―me río, sacudiendo la cabeza mientras termino
el último dumpling. Mi mamá me lanza una mirada que dice que
definitivamente es un gigante―. Ya hiciste mucha comida, ¿okey? Vamos a
ponerlas en el agua antes de que hierva.
Empiezo a preparar la salsa y saco los ingredientes del refrigerador
mientras mi mamá canta en voz baja. La nostalgia que me rodea (su voz,
el olor de su comida) me tranquiliza. Mis músculos se relajan aún más,
más de lo que lo habían hecho en años.
Ella me observa trabajar, pero no de una manera que dé la impresión
de que está buscando errores, sino de que está absorbiendo mi vista,
grabando en su memoria esa imagen que alguna vez le resultó familiar.
―¿Qué? ―le sonrío, apartándome un rizo de los ojos con un soplido.
Somos las que más nos parecemos: la tez más clara y los ojos azules de
mi papá no tienen ninguna oportunidad contra su piel bronceada, sus
ojos color avellana y su masa de rizos negros. Puede que mis propios
mechones sean un poco más claros, de un tono castaño más parecido al
de mi papá, pero soy la hija de mi mamá.
Tienes mi corazón. Escuché el sentimiento de mis papás, que me aman
demasiado. Mientras que mi papá tiene un exterior brusco, mi mamá es
tan suave como cualquiera. Frágil, sí, pero fuerte en su fragilidad y
vulnerabilidad. De una manera en la que siempre he aspirado a serlo.
Me perdí un poco en el camino.
―Mamá ―digo con voz temblorosa mientras me concentro en
revolver la salsa roja que tengo delante―. Estoy muy, muy feliz de que
conozcas a Matt. Él me ayudó mucho este semestre y... es muy especial
tenerlo aquí contigo y con papá.
Actualmente mi novio está viendo los partidos preparatorios para el
Mundial Juvenil (en el que participa un jugador de Waterfell) y, por lo
que escuché, está pasando la mayor parte del tiempo explicándole el
hockey a mi papá y respondiendo todas sus preguntas.
Matt es paciente, y verlo tan cómodo con mi papá, nunca molesto por
la lentitud de su habla o sus respuestas, hace que mi corazón lata aún
más fuerte con esa única verdad.
Estoy enamorada de Matt Fredderic.
―No conocimos a tu otro novio.
Vuelvo a centrar mi atención, aparto la olla del fuego mientras
revuelvo. Observo la mirada intensa y llena de amor de mi mamá. Dice
estoy aquí y que nada de lo que digas cambiará el amor que siento por ti.
Admitirlo es una vergüenza, es un arma de doble filo: me avergüenza
que haya sucedido, pero me avergüenza aún más saber que nunca se lo
dije.
―Es difícil expresarlo con palabras ―digo. Mi mamá es paciente,
extiende las manos para tomar la salsa de las mías y la deja a un lado,
alejándonos un poco más hacia la cocina, lejos del pasillo abierto que
lleva a la sala de estar―. Tyler fue... muy malo conmigo.
Hablo. Ella escucha, nunca me interrumpe, solo asiente aunque sus
ojos se llenan de lágrimas.
Al final, ambas lloramos.
―No quería decírtelo porque... solo quería que las cosas fueran
fáciles. Para ti. Para papá... y sé...
―Rosalie Defne Shariff ―susurra, mientras se estira para agarrarme
los hombros y sacudirme un poco―. Eres todo para tu papá y para mí.
Has sido la mayor bendición de nuestra vida. No cambiaría ni un
segundo, solo desearía que hubieras sentido que podías decirme esto
antes. ―Hace una pausa y mira a su alrededor por un momento,
aclarándose la garganta antes de agregar―: Y tal vez, me hubiera
gustado que trajeras a este chico Tyler aquí para poder abofetearlo yo
misma.
―Mamá ―me río.
―Crees que estoy bromeando.
Nos abrazamos, la risa se convierte en más lágrimas. Ella me anima
con cada susurro de “Eres tan fuerte, yavrum. Estoy tan orgullosa de ti”, me
calienta el corazón y sana aún más mis partes sensibles y tristes.
―Prepararé simit por la mañana ―dice ella, alejándose con decisión.
―Mamá ―le digo, pero no quiero decirle que no. Es mi plato favorito,
especialmente con mermelada, pero ella solo lo prepara en ocasiones
especiales. El pan lleva mucho tiempo, así que es un placer para ella
prepararlo.
―Lo preparé ―responde bruscamente, dándome un codazo mientras
retira la olla de manti cocido y comienza a emplatarlos―. Te lo mereces,
yavrum.

Espero llevar a Matt a la ciudad hasta el día después de Navidad,


nuestro último día antes de volar a casa.
Solvang está abarrotado de gente, pero es tan hermoso que te olvidas
de las multitudes bajo las luces centelleantes.
Hemos pasado los últimos cuatro días con mis papás, intercambiando
regalos en silencio. Mis papás dicen que no celebran la Navidad, pero
siempre nos damos un regalo y vemos la película navideña favorita de
mi mamá, A Charlie Brown Christmas. Es una de mis tradiciones favoritas,
y me encanta incluir a Matt en ella. Con los cuatro, de alguna manera
nos sentimos aún más en casa.
Compramos dulces daneses en una de las múltiples panaderías del
centro y pedimos todo lo que sea de temporada. Matt se pone un gorro
de Papá Noel y pone unos cuernos de reno rojos y verdes con cascabeles
en mis largos rizos sueltos.
Hacer de turista en una ciudad en la que he estado miles de veces es
algo completamente diferente. Como es con él, me siento como si fuera
la primera vez: llena de emoción y de ataques de risa interminables.
Tomamos fotos en cada parada, hasta que se me acaba el espacio de
almacenamiento en mi teléfono y cambiamos al suyo.
Al caer la noche, terminamos el último sorbo de chocolate caliente que
hemos estado bebiendo y lo cambiamos por vino caliente con especias
de un bar tiki en la esquina.
Matt paga la rocola (que en realidad es un servicio de streaming por
solicitud) para reproducir la canción de nuestra aventura de patinaje
sobre hielo a través de los parlantes crepitantes.
―Es hora de marcar otra, Rosalie ―dice, dándome una palmada en el
trasero suavemente mientras me levanta y me sube a la parte superior
de la barra.
―…pero solo por un momento, antes de que nos echen ―mis largas
piernas arrojadas sobre sus hombros mientras me carga, ambos
riéndonos mientras cantamos “I Don't Wanna Wait Til Christmas”
balbuceando la mayoría de las palabras.
Matt me regaló una suscripción a un servicio de manualidades que me
permite probar todo tipo de cosas artísticas que siempre quise hacer. Mi
regalo para él fue esta pequeña escapada antes de nuestro vuelo de
regreso a casa. Solo nosotros esta noche.
Me baja antes de tambalearse hacia adelante con una risa, se da la
vuelta hacia mí con los brazos estirados mientras sigue cantando. Mi voz
se apaga, solo lo miro. Estoy completa y locamente enamorada de él.
Matt también me mira y se da cuenta de que me he quedado
congelada en la acera bajo las luces brillantes, lo que me hace sentir
como si estuviéramos en una romántica bola de nieve. Está sonriendo,
con líneas que le marcan las mejillas y bailando de un lado a otro.
―¿Qué?
Me río, una sensación brillante y burbujeante me recorre el cuerpo
como estrellas en el cielo nocturno.
―Te amo ―le digo.
Él se congela, y una tierna sonrisa se extiende vacilantemente,
nervioso, preocupado de que me retracte de mis palabras.
―¿Sí? ―pregunta, incrédulo y deseándolo de una manera que me tira
del pecho.
―Sí ―le digo para tranquilizarlo, con voz firme―, y no tengo miedo,
porque eres tú. Me aterrorizaba que me costara volver a confiar en
alguien, que fuera vulnerable, pero... ―Me muerdo el labio antes de que
las palabras se escapen como vino derramado―. Creo que enamorarme
de ti es lo más fácil que hice en mi vida.
Ahora le toca reír a él, pero sus ojos brillan, relucientes de lágrimas.
Un hilo de preocupación me recorre el estómago.
―¿Qué?
Sacude la cabeza y da un paso hacia mí.
―Nada. Es que... una vez dijiste algo muy parecido.
Frunzo el ceño.
―¿Lo hice?
―Sí. ―Matt se acerca y toma mi cintura entre sus manos―. ¿En la
fiesta, en agosto?
―Oh, Dios ―gimo, intentando cubrirme la cara con las manos. Él las
aparta con la nariz―. Esa en la que cantaste karaoke en tu auto como
una loca borracha.
Sonríe ampliamente.
―Esa en la que me llamaste tu crush famoso...
―Yo no...
―Y saltaste del cobertizo a la piscina para 'sentir algo'.
―Yo… ―Esta vez no me salen las palabras, sacudo la cabeza mientras
me arden las mejillas―. Dios, es terriblemente vergonzoso…
―No ―me interrumpe con un rápido beso de sus labios contra los
míos. Luego, otro, mucho más lento y suave. Manteniendo nuestras
frentes juntas, continúa―: Salté contigo y, cuando estábamos juntos en
el agua, me dijiste que pensabas que sería muy fácil amarme.
Mis ojos se apartan del punto fijo entre sus pectorales y se encuentran
con el verde primaveral de su intensa mirada.
―¿Lo hice?
―Sí ―susurra―. Pensé mucho en eso. Todos los días. Es la primera
vez que alguien dice que soy fácil de amar. ―Intenta bromear, pero
puedo ver lo mucho que esto lo afectó y quiero abrazar a mí yo
borracha, por ser honesta.
―Oh ―es todo lo que logro decir, intoxicada por él en ese momento.
Nos besamos, suavemente, casi vacilantemente, y aún así nos deja a
ambos sin aliento.
―Y, por si no quedó claro, yo también te amo ―dice―. Creo que te
amo desde hace mucho tiempo.
Cuando llegamos a la habitación del hotel, me aprieta contra el
colchón y yo me acicalo bajo sus caricias. Nos desvestimos el uno al otro
con movimientos lentos y lánguidos.
Ahora, cada vez que estamos juntos, en intimidad, es cómodo. Matt
capta por completo toda mi atención y elimina la amenaza de los
pensamientos autodestructivos y dolorosos del pasado.
Se arrodilla en el suelo de madera, coloca mis rodillas sobre sus
anchos hombros mientras besa mis muslos, provocándome y evitando el
lugar que anhela hasta que le suplico, sin aliento. Apenas puedo
pronunciar las palabras antes de que su lengua se ponga firme e
insistente sobre mi clítoris.
Mis orgasmos son tan embriagadores que apenas noto lo fuerte o
intensa que me vuelvo vocalmente, pero a Matt le agrada, y le saca
gemidos guturales y “Eso es, princesa. Déjame escucharte” de su boca
una y otra vez mientras me convierto en líquido en sus manos.
Se mueve sobre mí lánguidamente, su boca brilla con mi liberación
mientras sonríe y se apoya sobre sus antebrazos. La presión
reconfortante del metal frío sobre mi piel acalorada me enciende aún
más, sus manos se extienden y se enredan en su cabello.
Esta vez, debajo de la intensidad, hay una suavidad inherente.
Siempre estuvo ahí, en un rincón de la habitación mientras
explorábamos nuestros cuerpos, pero ahora, con el peso de los “te amo”
compartidos, se filtra en cada movimiento. En cada toque.
Matt es mucho más que su cuerpo, más que sexo, pero siempre ha
demostrado amor físicamente, y puedo sentirlo con cada presión de su
piel contra la mía. Cada beso prolongado, su respiración entrecortada
mientras se desliza dentro de mí. Nuestras bocas casi se tocan, pero no
nos besamos, compartimos el aliento; el aroma del vino caliente se siente
fuerte en el aire mientras jadeamos y él me provoca otro orgasmo.
Su ritmo es lento, siento que gotea como si fuera jarabe sobre mi piel.
Quiero sentirme así para siempre, mantenerlo apretado entre mis
muslos, quieto mientras busco mi propia liberación, cabalgando cada
ola.
―Te sientes tan bien ―gimo, viendo cómo el elogio lo enciende―.
Dios, Matt... por favor, bebé. Másmásmás ―digo arrastrando las palabras,
echando la cabeza hacia atrás.
Las caderas de Matt aceleran el ritmo y la lenta intimidad se funde en
una energía ligera y frenética a medida que se acerca.
―Córrete para mí―yo digo esta vez.
Él se corre, gimiendo mi nombre. Le doy besos en el cuello y la
mandíbula. Él me los devuelve, sus labios rozan la piel húmeda de
sudor de mi nacimiento del cabello, antes de mirarme a los ojos.
Nos miramos asombrados el uno al otro, preguntándonos en silencio:
¿eres real?
―Te amo, Rosalie ―susurra, sonriendo ampliamente, con líneas de
expresión que cortan sus mejillas con fuerza―. Dios, se siente tan bien
decir eso.
―Te amo, Matty ―susurro, metiendo los dedos en la cadena de oro y
enrollándola. Él se acurruca a mi lado, nariz con nariz, ambos sonriendo
aún, incluso mientras nos besamos, casi castañeteando los dientes, la
alegría burbujea bajo mi piel como champán.
Esto, con él, es para siempre. Es lo mejor que he sentido nunca, y es
amor, y es real.
Pasamos la Nochevieja besándonos bajo las sábanas floreadas de color
pastel de Rosalie y las luces centelleantes que cuelgan alrededor de su
dormitorio, diciéndonos “te amo” hasta que aparentemente se nos cansa
la voz.
Lo que nunca sucede.
Nuestro primer entrenamiento de hockey siempre es antes del
comienzo del semestre, así que necesitaba estar en Waterfell. Ahora
estamos en la primera semana del nuevo semestre, preparándonos para
el primer partido del nuevo año. Ro y Sadie están abajo, en la Casa del
Hockey, ataviadas con sus chaquetas ahora características y nuestros
números pintados en sus mejillas, mientras Rhys, Bennett y yo bajamos
las escaleras con nuestras mochilas a cuestas.
―¿Qué es esto, Gray? ―pregunta mi capitán, con una sonrisa
evidente en su tono.
Cuando Ro y Sadie disfrutaron de una noche de chicas la semana
pasada, Rhys pasó la velada conmigo, sin Bennett. Comimos
hamburguesas en nuestro restaurante local favorito y me contó todo: sus
problemas después del golpe de la primavera pasada, su trastorno de
estrés postraumático y sus terrores nocturnos, su asistencia a terapia.
Todo.
Y luego, después de varios abrazos fuertes, me contó un poco más
sobre su enojada novia patinadora artística y sus hermanos.
―Debería disculparme con Sadie ―le dije, llevándome la mano a la
frente en lo alto.
Rhys niega con la cabeza.
―No. Casi puedo garantizar que la respuesta no será la ideal, y ella se
siente igual de mal por juzgarte con Ro. ―Me sonrió y extendió una
mano para apretarme el brazo―. Ambos son personas protectoras, y eso
me encanta de ti, Freddy. Tú y Bennett... no habría podido superar los
últimos seis meses sin ninguno de los dos. Te necesito, tanto como
necesito a Sadie.
A partir de ahí, todas las grietas que se habían formado entre nosotros
comenzaron a cerrarse. No estaba mal que nuestras novias fueran las
mejores amigas.
―¿Animadoras personales? ―pregunta Rhys, cruzándose de brazos.
―Ya quisieras, genio ―espeta Sadie al mismo tiempo que Ro sonríe y
grita―: ¡Sí!
Me río abiertamente y salto los dos últimos escalones para agarrar el
cuerpo larguirucho de mi novia en mis brazos. La hago girar,
deleitándome con su chillido, antes de besarle la frente mientras
observamos a la otra pareja en la habitación.
Rhys le murmura a Sadie en ruso, en voz baja y sensual, y aunque sé
que Sadie no entiende las palabras, se sonroja ante su atención.
―Estoy muy orgulloso de ti ―dice Ro, llamando mi atención―. Vas a
triunfar, Matty.

Antes de irnos, Ro ató una de las cintas de su cabello a mi mochila.


Para la buena suerte, me dijo. Yo prácticamente me pavoneo,
arrastrando mi mochila casi hasta el centro del probador para que los
chicos lo vean y que me pregunten sobre él.
Es de mi novia. Casi grito cuando Holden finalmente pregunta.
Estoy hecho de sonrisas. Todas ellas finalmente reales.
Cuando salgo del túnel y piso el hielo para calentar, los veo.
Rosalie, está en su lugar habitual, pero no sola: está rodeada por un
grupo entero vestidos con los colores de Waterfell, pero no solo Sadie y
los chicos: también están sus papás. Su papá está abrigado y sentado,
sonriendo. Su mamá sostiene un cartel junto con Ro que dice ¡Amo al 27!
con corazones y estrellas garabateados por todas partes.
Y a la izquierda de Ro, justo en el cristal, está Archer.
Mi estómago da un vuelco y los recuerdos se arremolinan. Archer en
mis partidos; o Archer y mi mamá en mis partidos, juntos, gritándoles a
los árbitros y animándome.
Niego con la cabeza y me doy cuenta de que estoy parado justo al lado
del hielo, bloqueando el camino de todos, cuando Rhys me empuja
suavemente a un lado.
―¿Estás bien? ―pregunta.
―Sí ―sonrío―. Solo estoy sorprendido.
―Me gusta el club de fans de ahí. ―Mi capitán me da una palmada
en el casco y me sacude―. Nadie lo merece más, Freddy. Vamos a ganar
un partido de hockey.

Estoy jugando el partido de mi vida, apenas estoy en el segundo


tiempo. El sudor empapa mi uniforme, tengo el cabello mojado mientras
me acomodo mi jaula y salto sobre las tablas para otro enfrentamiento.
Rhys gana fácilmente, es casi perfecto en los enfrentamientos directos,
lanzándome la pelota rápidamente. Se la devuelvo a mi capitán, pero
uno de los jugadores oponentes la atrapa. Me detengo bruscamente
sobre mis patines, sacudiendo la cabeza y tratando de no dejarme llevar
demasiado por la ira.
No puedo evitar mirar a Archer y ver su mirada concentrada en mí,
siempre en mí. “Tú puedes, chico” grita cuando me acerco lo suficiente
para oírlo. Me bombea la sangre como una inyección de adrenalina pura.
Tú puedes con esto.
Uno de los chicos del otro equipo hace un mal pase y el disco rebota
en la bota de su defensor y se dirige directo hacia mí. Compruebo mi
posición: no hay nadie a mi alrededor, la mayoría en medio de un
cambio.
Así que yo lo hago: corro hacia la red en una escapada. Puedo
escuchar los gritos aumentando a niveles inconmensurables, lo que solo
me impulsa a seguir adelante.
Mi tiro es una maldita belleza, volando sobre un lado del guante, alto.
Los aplausos estallan por todos lados mientras toda mi fila choca
contra mí con entusiasmo; pero yo los miro a ellos: A Archer, con sus
brazos alrededor de mi novia en un abrazo mientras saltan arriba y
abajo y gritan por mí.
Están aquí para mí. Mi familia.
¿Así se siente Rhys cuando sus papás aparecen? ¿Y Bennett cuando
Adam Reiner está en las gradas? No puedo imaginar que estén tan
emocionados en cada partido, y Dios, es una gran emoción tener el
apoyo de gente que quiero, gente que me quiere, animándome en el
juego que amo, en el deporte en el que soy increíble.
Es el mejor juego que he jugado, y se lo debo todo a la chica que amo.

Ganamos.
Marqué mi primer triplete de la temporada y sumé puntos. Mi tercer
gol fue del lado donde estaba sentado Archer y me estrellé de cara
contra el cristal, como si pudiera abrazarlo a través de él.
Es una noche de momentos destacados.
Los chicos me entregan el trofeo: una cuerda deshilachada hecha de
redes cortadas y unidas. Una tradición sagrada para los Wolves. Apenas
puedo hablar, porque estoy demasiado emocionado por ver a mi... a mi
familia.
Doy un discurso rápido, me ducho y me cambio más rápido que
nunca. Todo mi cuerpo está tenso y con espasmos, vibrando de energía
mientras me despido y me dirijo hacia la salida donde amigos, familiares
y fanáticos esperan que abandonemos el estadio.
Es lo suficientemente temprano como para que solo queden unos
pocos cerca, pero los evito, mirando a mi alrededor hasta que lo veo.
Archer, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans, está de pie
en un pequeño pasillo, lejos del alboroto de la multitud que sale.
Una parte de mí quiere correr hacia él, abrazarlo, aunque sea para
liberar parte de la energía nerviosa acumulada que llevo dentro. En vez
de eso, me apresuro hacia él y me detengo, captando su atención de
inmediato.
―Hola, niño.
Su voz es exactamente como la recuerdo, suave y tranquilizadora,
profunda. Nunca lo escuché alzar la voz con enojo, ni como entrenador
ni como hombre. También parece el mismo: cabello negro, una barba
con mechones plateados y grises, piel aceitunada y una nariz que parece
que se la han roto demasiadas veces. Ojos marrones, amables y
empáticos, que ahora me ven con una mirada llorosa.
―Estuviste increíble ahí afuera, Matty.
―Gracias ―logro decir con los ojos brillantes―. Por venir.
Archer sonríe y sacude la cabeza.
―Dale las gracias a tu chica. Ella y sus papás me trajeron aquí, pero
me alegro de que... ―Se aclara la garganta, como si sintiera la opresión
de la emoción atrapada ahí de la misma manera que yo―. Me alegro de
que me hayas querido aquí.
Luego hay una pausa en la que ambos nos miramos fijamente,
inseguros, aprensivos.
Pero entonces inclina la cabeza hacia mi cuello.
―¿Recuerdas cuando ella consiguió esa cadena?
Me acuerdo de todo lo que ocurrió ese día. Ella repasó cada mito que
aparecía representado en todos los colgantes de la tienda, me contó cada
historia, siendo paciente con todas mis preguntas.
―Pero este es mi favorito―dijo, mientras sus dedos recorrían la talla de
Psique y Cupido y me contaba su historia, con su mano en mi brazo, y la
de Archer en su hombro.
―Sí ―asiento―. En el viaje a la playa, después del funeral del abuelo.
Yo tenía unos cinco años o...
―Tenías seis años.
Sus palabras son seguras y confiadas. No creo que mi papá supiera mi
edad ahora, y mucho menos en aquel entonces, cuando tenía mucho más
en qué concentrarse, pero Archer... siempre ha estado ahí.
―Estabas… estabas ahí, pero pensé que era porque te mandó mi
papá. Que no podía ir y no quería que mi mamá estuviera sola.
Archer niega con la cabeza.
―No, fui porque tu mamá acababa de perder a su papá y no
necesitaba estar sola, por mucho que pensara eso, y porque la amaba.
―Las lágrimas corren por sus mejillas rápidamente y él intenta
desesperadamente limpiarlas antes de que realmente caigan―. Todavía
lo hago, siempre lo haré.
»Y lamento no haber estado ahí para ti después de su muerte. Debí
haberme esforzado más. Conozco la mentalidad de John y sabía que no
era buena, que él no era bueno contigo, pero... es tu papá, y yo era...
―Tú también eras importante para mí ―le digo, pero no me parece
suficiente―. Eras importante para mamá. Ella... ella te amaba, creo.
Antes no lo entendía, pero estoy empezando a hacerlo.
Sonríe, cegador y brillante incluso con el enrojecimiento de sus ojos y
sus mejillas manchadas de lágrimas.
―Elsie fue lo mejor de mi vida. La amaba cuando éramos niños. Era
mi mejor amiga, mi animadora personal en el equipo de hockey de
nuestro pueblo, y luego me enamoré de ella cuando pasó un verano
entero dedicada a ayudarme a recuperarme lo suficiente para poder
jugar. Cuando lloró conmigo después de la segunda lesión, bebió
conmigo toda la noche cuando me enteré de que nunca volvería a
jugar... siempre supe... supe que era suyo, y para mí, eso era suficiente.
Simplemente estar ahí para ella, incluso si ella nunca sería solo mía.
Dios, ¿por qué siento que mi corazón va a explotar?
Saca la cadena de su propio collar; el colgante es brillante, claramente
bien cuidado y es idéntico al que llevo alrededor de mi cuello.
―Fue lo único que tuve de ella durante mucho tiempo ―resopla casi
sollozando―. Aparte de ti.
―¿Yo?
―Matty ―da un paso adelante y me pone una mano en el cuello―. Te
quiero como si fueras mi propio hijo, y siempre, siempre estaré aquí
para ti. Si me quieres.
Un sonido entrecortado sale de mis labios mientras presiona su frente
contra la mía antes de envolverme en su abrazo.
―No seas tan duro contigo mismo ―murmuro en su abrazo―. Yo
tampoco lo estaba haciendo muy bien. Hice algunas estupideces en mi
primer año.
Él se aparta.
―Sí, bueno, al menos mantuviste la calma durante su servicio.
Frunzo el ceño.
―¿Qué quieres decir? Parecías una maldita estatua mientras yo
lloraba a lágrima viva.
Archer casi se ahoga con la risa.
―Matty, casi intenté asesinar a tu papá cuando apareció en el funeral.
Nos peleamos en el pasillo hasta que unos tipos nos separaron.
Suelto una carcajada y nos miramos fijamente.
No me parezco a Archer, pero en este momento lo siento: ojos llorosos
y sonrisas felices y tristes a juego.
Lo abrazo de nuevo y él me deja. Eso es mejor que cualquier gol.
“Jump Rope Gazers” de The Beths suena desde el altavoz Bluetooth.
Se oye un leve zumbido, lo suficiente para que mis ojos se dirijan
hacia donde Matt está tumbado lentamente, como si acabara de
despertarse de una siesta y no en medio de una sesión de estudio. Su
piel brilla bajo las lámparas y las luces de cadena que brillan alrededor
de mi habitación, luciendo más grande que la vida en mi cama
matrimonial.
Es tan hermoso que duele.
―¿Estás cantando?
Él sonríe.
―Tocas mucho ésta.
―Me hace pensar en ti―. Matt presta atención. Conoce la letra, lo que
realmente estoy diciendo.
―¿Sí? ―Sonríe―. A mí también.
Me río levemente y lo miro mientras se levanta y camina, inclinándose
sobre mí mientras coloca sus palmas sobre mi escritorio, enjaulándome
efectivamente en sus brazos.
―Deberías estar estudiando ―lo regaño, pero mi voz tiembla.
No soy su tutora este semestre y su carga de materias es bastante
sencilla, pero preferimos estudiar juntos y estar juntos tanto como sea
posible.
Matt tararea profundamente, presionando su rostro contra el mío para
que pueda sentir su piel, antes de que su nariz roce la piel expuesta de
mi hombro, y suba por mi cuello hasta mi oreja.
―Lo hacía, pero me estás distrayendo.
―¿Oh?
Bien podría ser un gemido, y mis mejillas se calientan de vergüenza
por lo bien que conoce mi cuerpo. Apenas me ha tocado y ya estoy
excitada.
―Sí. Muerdes tus lápices.
―¿Y eso es una distracción?
―Es cuando no puedo dejar de mirarte la boca. ―Sus manos se
deslizan por debajo de mi suéter hasta la piel desnuda de mi estómago.
Juega con la cintura de mis pantalones deportivos antes de extender la
mano para abrir los paneles cerrados de mi espejo de tocador vintage.
―Oh ―suspiro.
―¿Sabes cuánto me torturaste el semestre pasado? ¿Cuántas veces
tuve que irme a casa antes de mis prácticas, apenas llegando a la pista,
porque necesitaba masturbarme después de ver tu boca mientras
mordías ese maldito lápiz durante nuestras sesiones de tutoría?
Otro gemido se escapa de mi garganta mientras me muerdo
desesperadamente el labio para ahogar mis sonidos. Él chasquea la
lengua, retirando sus manos del lugar donde habían comenzado a rozar
mis bragas de encaje, usando su pulgar cálido para separar mi labio de
mis dientes.
―Ya hemos hablado de esto, Rosalie ―dice, alargando las sílabas de
mi nombre de esa manera tan ronca que parece que lo estuviera
gimiendo―. Quiero oír cuando mi chica se la está pasando bien. Ahora,
no interrumpas mi historia.
―Yo… o-okey...
Él sonríe frente al espejo, me mira fijamente y me da un rápido beso
en la mejilla.
―Buena chica ―susurra y toma una profunda bocanada de aire, que
sopla sobre mi cuello y mis hombros expuestos.
Mis ojos amenazan con cerrarse mientras sus manos recorren
lentamente el frente de mi cuerpo, rozando mis pezones endurecidos
debajo de mi suéter.
―Desafortunadamente ―susurra en mi oído, mientras sus dedos
juegan con el dobladillo de mis pantalones―, tengo práctica.
Matt se aleja de mí de un salto, dejándome un beso firme y húmedo en
la mejilla y riéndose de mi expresión de puchero.
―Deberías descansar un poco ―dice―, pero no duermas una siesta
demasiado larga, princesa. Tenemos una cita importante esta noche.
Él inclina mi barbilla y me mira fijamente.
―Oye, te amo.
Me derrito en un charco.
―Yo te amo más.
Él agarra su mochila (su equipo de hockey está en el auto donde no
apestará toda la habitación) y me da suficientes besos de despedida
como para que lo lleve de regreso a la cama conmigo.

Nuestro restaurante tailandés local está lleno, pero no demasiado


concurrido para un día de semana.
Y estoy sentada en una gran mesa de madera con mi novio, mi mejor
amiga y su novio. En mi primera cita doble.
Una sonrisa se ha instalado permanentemente en mi rostro, plena y
resplandeciente, porque mi alegría parece tan inmensa e incontenible
que podría estallar de alegría. Es como una película.
Sadie se ve un poco ridícula a nuestro lado, sentada a la misma altura
de la silla, diminuta en comparación con nuestros cuerpos más largos.
Pasa su bebida y la bebe con la boca, dejando una marca en la pajita con
sus labios rojos oscuros. Mientras tanto, su novio se relaja y la mira
como si fuera a desaparecer. Está completamente absorto en cada uno de
sus resoplidos o movimientos.
―¿No se suponía que debías graduarte temprano e irte ya? ―le
pregunta Matt a Sadie, poniendo su brazo sobre mi silla.
―¿No se suponía que debías mantener tu polla alejada de mi mejor
amiga?
Rhys niega con la cabeza, pero observa en silencio la arisca discusión
entre ellos, y solo se acerca para besar la sien de Sadie o tomar un sorbo
de su agua helada.
Me preocuparía, pero me he dado cuenta de que así será la amistad
entre Matt y Sadie: comentarios mordaces y sarcásticos.
Matt con una sonrisa burlona, Sadie con el ceño fruncido.
―Touché ―asiente y se inclina hacia adelante para beber un sorbo de
su margarita afrutada―. ¿Pero puedes culparme? Mírala.
Me sonrojo cuando Matt me pellizca la mejilla y me señala como si
fuera una obra de arte en la pared de un museo. El ceño fruncido de
Sadie se transforma en una sonrisa amable. Secretamente romántica
debajo de su apariencia dura, está feliz de vernos juntos.
Y yo estoy feliz de que estemos todos juntos.
Es casi surrealista, si pienso en el año pasado en comparación. Mi
compañera de cuarto que apenas se sostenía de un hilo, herida y
enojada, ahora es feliz y amada y cuidada por alguien que la ama. Mi
miseria en un trabajo donde cada persona con la que trabajaba me
odiaba abiertamente o me trataba de manera diferente. Ahora, estoy
aprendiendo de la profesora de mayor rendimiento en nuestro
departamento con una línea directa a dos de mis mejores escuelas de
posgrado, estudiando el tema que siempre quise. Mi desesperación por
ser lo suficientemente buena para un chico que no me amaba, que no lo
merecía, ahora es reemplazada por la dulce seguridad de que Matty me
adora total y completamente.
Estoy muy agradecida por todo.
Matt ahora llama a mis papás más que yo. Almuerza con Archer una
vez al mes, a veces más si su agenda no es una locura. Tenemos una cita
cada dos semanas, pero ambos somos comprensivos cuando los planes
cambian.
Estar con él es fácil. Amarlo es aún más fácil.
―Intentaremos ir a Boston el próximo fin de semana, ya que el sábado
no trabajamos. ¿Quieren venir los dos? ―pregunto.
Matt suspira un poco y sacude la cabeza.
―Le dije a Archer que podía pasar el día con él. ―Se gira hacia mí y
acerca mi silla hacia él para que nuestras rodillas choquen―, pero tú
deberías ir.
―Oh ―sacudo la cabeza―. No, en realidad no tengo por qué hacerlo.
―Vamos, princesa. Puedes pasar el día con tu mejor amiga. Confío en
que Rhys y Bennett te cuidarán. Estarás a salvo.
Confianza. Preocupación, pero solo por mi seguridad y comodidad. A
veces parece surrealista, pero tengo que recordarme a mí misma que
esto es normal. Esta es una buena relación, como se supone que debe ser.
―Y… ―Matt se acerca y me da un beso rápido en la mejilla―. Yo los
alcanzaré enseguida. Podemos pasar la noche del sábado y el domingo
juntos, ¿okey?
―No acortes tu tiempo con Archer.
―Nunca. Será perfecto.
Ya lo es.
―Vas a llegar tarde.
――No llegaré tarde, señora Shariff. Se lo prometo.
―Lo harás ―gime, en un tono metálico, a través del altavoz―. Puedo
sentirlo.
Me río un poco en voz baja mientras agarro uno de los programas del
hombre de la puerta que mira el teléfono en mi oído como si fuera
alguna especie de alimaña que agarré de la calle.
―Tengo que irme. Ya llegué.
―Matt…
―¿Ves? Te dije que no llegaría tarde.
Suspira profundamente y su voz tiembla levemente.
―Me siento como una mamá horrible por no haber estado ahí...
―Termina con eso ―le digo―. Tienes que estar ahí para Daniel.
Además, me aseguraré de filmarlo todo, ¿okey?
El estado de Daniel Shariff empeoró al año siguiente de su
graduación: un segundo derrame cerebral lo dejó casi completamente
postrado en cama. Estaba en conversaciones con un contratista para
construirles una casa de un piso más cerca de Dallas, pero Daniel casi
me regañó con la sugerencia.
Así que todavía estamos negociando.
De todos modos, sé que tanto la mamá como el papá de Ro se
sintieron muy mal por no haber podido asistir a su graduación hoy.
Afortunadamente, se está transmitiendo en vivo y pasé la mayor parte
del vuelo de regreso a casa de anoche usando todo el Wi-Fi para
asegurarme de que pudieran encontrar y cargar la página para verla.
―Está bien, oğlum. ―Mi hijo. Me ha llamado así desde mucho antes de
casarnos―. Llámame después.
Acepto rápidamente antes de colgar y poner mi teléfono en modo No
molestar. Veo a Archer cerca del frente, sabiendo que probablemente
llegó tan temprano como le permitieron para conseguir buenos asientos.
Me saluda con la mano, usando la suave y pequeña mano de bebé que
actualmente agarra su muñeca.
Me arrastro hasta el centro de la fila y sonrío cálidamente al ver a
Archer sosteniendo a la bebé Elsie, la niña más linda y adorable que he
visto en mi vida. La bebé más linda del mundo entero. Si Ro me dejara
inscribirla en competencias, tendría un trofeo para demostrarlo.
―¿Cómo está mi niña? ―pregunto, tomándola de sus brazos para
frotar mi nariz en su mejilla regordeta, absorbiendo el olor a bebé recién
nacido.
―Está emocionada de ver a su papá ―sonríe Archer mientras le
acaricia el cabello. Se gira hacia la bolsa de pañales gigante que siempre
lleva consigo y saca un pequeño gorro para sus lindos rizos. ―Pero hace
mucho frío aquí, así que ponle esto.
Hablando de mamá osa… ese ha sido Archer desde el hospital.
Superar mi miedo a los hospitales sucedió en segundos, lo cual creo que es
normal cuando tu esposa entra en labor de parto a medianoche y espera hasta las
2 a. m. para despertarte, porque le preocupa que no duermas lo suficiente.
El terror realmente hace que el cuerpo reaccione.
Ningún mal recuerdo me atormentó mientras estuve demasiado preocupado
por los gritos de dolor de Rosalie y el agarre mortal que tenía sobre mi mano.
Archer llegó primero, caminó de un lado a otro fuera de la habitación de ella
hasta que finalmente lo invité formalmente a pasar. No importaba que hubiera
sido una parte importante de nuestras vidas durante cuatro años. Aún había
una ligera vacilación en él de vez en cuando, esa misma duda que he visto
reflejada en mí una y otra vez.
Ambos queríamos lo mismo, pero temíamos el mismo resultado: aceptación y
rechazo.
―Es hermosa ―dijo, inclinándose sobre el moisés que había junto a la cama.
Ro sonrió somnolienta desde la cama y me miró.
Lo habíamos planeado y Ro dejó claro que sería yo quien se lo dijera.
―Su nombre es Elsie. Elsie Rose Shariff.
Ro puso los ojos en blanco cuando dije el segundo nombre, pero yo estaba
radiante. Nombré a mi chica favorita en honor a las dos mujeres más
importantes de mi vida.
Y ella era una Shariff. Como su mamá. Como yo, porque adopté el apellido de
Ro después de casarnos. Mi mamá no era una Fredderic. La única figura
paterna que realmente conocí, Archer, no era un Fredderic. Me deshice del
apellido con los recuerdos atormentados de mi pasado. Mis amigos de Waterfell
todavía me llaman Freddy, pero para todos los demás soy Matt, Matty o el
Sheriff, mi nuevo apodo del equipo.
Además, llevar el apellido de Ro en mi espalda en cada partido se había
convertido en una especie de regalo para mí. Me sentía incluso mejor que verla
con mi camiseta.
Las lágrimas mojaron las mejillas de Archer casi de inmediato, y las mías
también. Hasta que ambos nos miramos fijamente, mirando a la niña dormida
una y otra vez, llorando. Había tanto amor en la habitación que sentía que iba a
estallar.
―¿Puedo…? ―Se aclaró la garganta con la voz ronca―. ¿Puedo abrazarla?
Asentí y él se desinfectó las manos antes de levantar mi posesión más
preciada y abrazarla. La abrazó, hipnotizado, mientras la miraba.
―Hola, Elsie ―susurró―. Soy tu tío Archer.
Ro se aclaró la garganta y sus cejas saltaron un poco mientras me hacía un
gesto no tan sutil.
―En realidad, sobre eso ―dije, con los nervios sacudiendo mi voz. Me
incliné un poco más hacia Ro para tener fuerzas―. Quiero que la pequeña Elsie
sepa sobre su tocaya, sobre mamá, y quiero que sepa cuánto se amaban. ―Me
aclaré la garganta, sintiéndome casi mareado por la mezcla de nervios y
emoción―. Siempre has sido un papá para mí, y quiero que ella te conozca como
mi papá, como su abuelo.
Ahogó un sollozo y asintió con la cabeza.
―Me siento... Dios, niño. Me siento honrado. ―Sus ojos se dirigieron
inmediatamente a la bebé que tenía en brazos y susurró aún más suave―. Soy
tu abuelo Ace y te amo tanto.
―¿Soy tu segundo favorito ahora? ―Me reí, masajeando el hombro de Ro.
Archer me miró con una sonrisa cegadora.
―No, Matty. Siempre serás mi chico favorito.
Ya casi se muda a nuestra casa y ha sido niñera interna durante los
últimos meses, mientras Ro terminaba la escuela y yo viajaba.
Afortunadamente, la pequeña Elsie llegó a casa después de que
terminara mi temporada, sin pasar de la primera ronda de los playoffs.
Me compadecí de los chicos, pero estaba emocionado de tener ese
tiempo extra con mi esposa y nuestro nuevo bebé.
Además, encontré un nuevo pasatiempo: hacer vlogs.
Bueno, vlogs privados, debo aclarar.
Ro lloró casi todas las noches de su cuarto año, inmersa en la
investigación para su tesis y sintiendo constantemente que le faltaba
algo cada vez que salía por la puerta para ir a la escuela.
Así que comencé a grabar en video todo lo que hacíamos Elsie y yo -
Archer también-, con la esperanza de que Ro nunca sintiera que se
perdía un segundo. Realmente aproveché bien mi tiempo libre.
Leen los nombres rápidamente antes de que Archer se incline hacia mí
y diga rápidamente: “Ella es la siguiente”. Me quita a Elsie para que
pueda filmarla justo fuera del escenario, donde puedo ver a Ro, cuyos
tacones altos verdes son el único detalle de color, además de la gran
cantidad de cordones que adornan su túnica negra.
―¡Doctora Rosalie Shariff!
―¡Esa es mi esposa! ―grito, ahuecando la mano para proyectar mi
voz. Archer levanta a Elsie para que pueda ver a su mamá. Ella arrulla y
se ríe, aplaudiendo con sus pequeñas manos. Filmo con una mano y le
hago un gesto con el pulgar hacia arriba a Ro mientras su profesora le
coloca la capucha sobre sus hombros. El birrete raro casi se le cae de la
cabeza, pero Ro pone una mano sobre él y me devuelve el gesto con el
pulgar hacia arriba con uno de los suyos.
Su sonrisa es deslumbrante.
Siento las mejillas húmedas y las lágrimas corren por mis mejillas
mientras la miro. Ella nos saluda nuevamente y miro a Archer, dándome
cuenta de que él también está llorando.
Nunca he estado tan orgulloso en toda mi vida.
Te amo, articulo con los labios. Estamos lo suficientemente cerca para
que ella lo vea y me lanza un beso y repite las palabras con los labios.
Estas chicas, esta familia que hemos creado. Para eso nací, para
amarlas, para protegerlas.

Estoy teniendo uno de mis días malos. Con mi nuevo trabajo, estos
días son pocos y distantes entre sí, pero hoy fue agotador. Hoy me he
mareado demasiadas veces, hasta que el profesor con el que trabajo
actualmente finalmente me envió a casa.
Las lágrimas me queman los ojos mientras estoy sentada en el auto
dentro del garaje, así que abro mi teléfono y hojeo los videos en mi
carpeta Vida con Elsie de todos los vlogs de Matt y Elsie juntos.
―Hey, mamá ―el tono alegre de Matt resuena en el altavoz de mi
teléfono. El video no lo muestra a él, solo a la bebé Elsie en su silla
alta―. Hoy vamos a probar algo nuevo.
Elsie da una palmada en la bandeja de plástico rosa y se ríe, con los
ojos brillantes mientras observa a su papá. Está enamorada de él desde
que nació, sus ojos brillan cada vez que entra en una habitación y la
llama.
De tal madre, tal hija.
Matt abre el recipiente y levanta el teléfono para que pueda verlos a
ambos en la toma panorámica. Toma una de las cucharitas pequeñas y la
sumerge en la papilla de color beige.
―Okey, yo iré primero, Els ―le dice a nuestra hija, alborotándole la
cabeza de rizos rubios oscuros mientras se mete la comida para bebé en
la boca y su rostro se arruga―. ¡Dios, esta mierda es asquerosa!
Elsie se ríe y grita como si pudiera entender lo que le dice. Él se
sonroja y sacude la cabeza, una sonrisa le parte el rostro mientras lucha
por tragar la comida de bebé.
―Me siento mal incluso por dártelo ―murmura, pero lanza la
cuchara hacia ella como si fuera un avión, con ruidos fuertes y
animados. Elsie se la come fácilmente, sin perder la sonrisa.
Hago clic para salir, y me siento más liviana, como siempre me pasa
cuando miro uno de los videos que me envía. La mayoría de ellos eran
para cuando yo estaba fuera demasiado tiempo en la escuela, pero he
comenzado a devolverle el favor cuando él está fuera por juegos o
prácticas, incluso Archer envía videos a nuestro chat grupal.
Al entrar a nuestra casa, escucho a Mouse antes de verlo: nuestro
bóxer, que es torpe y demasiado ansioso mientras se apresura hacia mis
piernas con un ladrido. Justo después de él, escucho un emocionado:
―¡Mami!
Elsie entra tambaleándose, seguida de cerca por Archer. Es rápida, y
alta para una niña de casi dos años. La levanto y saludo a Archer
rápidamente mientras ella balbucea palabras que son mitad reales,
mitad incoherentes.
―¿Matt ya está en casa?
Archer asiente con una sonrisa.
―Sí, yo la estaba cuidando mientras él preparaba la cena.
Mis cejas se alzan.
―¿Preparó la cena? ―Ante esto, Archer se sonroja y se encoge de
hombros antes de besarme la mejilla y luego la de Elsie.
―Nos vemos más tarde, chicos.
―¡Adiós, abuelo Ace! ―grita Elsie, saludando con la mano mientras
se va. No tiene que ir muy lejos: cuando construimos la casa, hicimos
construir una suite para el abuelo frente al garaje. Así que todos tenemos
privacidad, pero él siempre está aquí.
Mi papá finalmente aceptó la oferta de Matt de construirles una casa
de una sola planta que les facilitaría seguir viviendo de forma
independiente, pero en Dallas, donde podrían estar más cerca de mí y
del centro de investigación médica en el que trabajo.
No espero que se produzca ningún gran avance que pueda curar a mi
papá. Estoy agradecida de que esté aquí, de que sea feliz y de que ambos
puedan vernos lo más a menudo posible.
Las fotografías que cubren nuestras paredes: cenas de equipo que
hemos organizado durante dos años mientras Matt obtenía la C que
ahora luce con orgullo en su camiseta; fotos nuestras en nuestra boda;
nosotros en la boda de Rhys y Sadie: la red familiar que hemos
construido juntos durante seis años.
La música suena en la cocina, Matt baila “Forever” de Noah Kahan
mientras cocina pollo para lo que parece una noche de tacos.
―Hola, Matty ―grito por encima de la música. Él se da la vuelta con
una enorme sonrisa, con profundas arrugas en la cara. Lleva el cabello
más corto, rapado a los lados y perfectamente peinado en la parte
superior. Ahora es más grande, tiene músculos tallados en su cuerpo por
su intensa disciplina, que lo mantiene en la cima de la perfección del
rendimiento deportivo. Sus ojos tienen las arrugas de una sonrisa
constante, su piel bronceada por nadar en la piscina con nuestra hija, sus
brazos gruesos y cálidos nos envuelven a ambas.
―Princesa ―me dice, inclinándose para besarme los labios antes de
besar la cabeza de Elsie―, y mi sirenita.
Ambas nos reímos de nuestros respectivos apodos.
―Elsie ―le digo, dejándola caer sobre sus tambaleantes pies―.
¿Puedes ir a buscar los juguetes de Mouse?
Una vez que nuestra hija se aleja donde todavía podemos verla, me
giro hacia Matt con ojos llorosos.
Deja caer la espátula, agarra mis bíceps y me acerca un poco más.
―¿Rosalie?
Miro sus ojos esmeralda, su preocupación y su naturaleza protectora
se reflejan en él. Este hombre, a quien besé a los dieciocho años, de quien
me enamoré por su corazón tierno, quien ha crecido a mi lado durante
los últimos seis años de nuestra vida... a quien amo más cada día.
―Sé que teníamos un plan... ―Mi voz se quiebra―, pero... estoy
embarazada otra vez.
Habíamos planeado esperar, disfrutar nuestro tiempo con Elsie y no
agregar nada más a nuestras vidas increíblemente agitadas, aunque muy
felices.
Matt inclina la cabeza hacia atrás y maldice al techo antes de
abrazarme fuerte.
―Dios, Ro. Pensé que algo andaba mal. ―Me besa cada rincón de la
cara al que puede llegar, riendo. Su tono es de pura alegría―. ¿Vamos a
tener un bebé?
―Vamos a tener otro bebé ―me río, con lágrimas corriendo por mi
rostro, al igual que las de sus mejillas―. ¿Estás feliz?
―Más de lo que te imaginas. ―Mira a nuestra hija, que le balbucea a
nuestro perro y juega con él―. Nunca pensé que ser tan feliz fuera real.
Que fuera posible. Te amo.
―Te amo.
Amarlo es la cosa más fácil que hice jamás.
―Y amo esta vida que hemos construido juntos.
Nunca estamos solos. Siempre nos tenemos el uno al otro.
En nuestra casa hay tanto amor que se desborda.

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