Los españoles peninsulares y americanos que pertenecían a los estratos
más altos, según se sabe, eran los principales seguidores de las modas
francesas […]
Entre los mestizos y demás grupos formados por mezclas raciales
resulta interesante la pluralidad en la indumentaria.
Había un traje que predominaba, compuesto por camisa blanca plisada,
amplio puño de encaje u olán, corpiño ceñido, aunque frecuentemente
con las cintas desatadas y semiabierto, por lo cual dicha prenda
formaba una especie de chaleco en una época en que éste aún no se
ponía de moda entre las élites.
La saya o enagua era de diversos colores y amplia, seguramente por el
uso de diversas sayas interiores y no por ahuecadores, salvo en días
festivos o entre las mestizas de familias pudientes.
Era la mujer de grupos mezclados quien lucía con más garbo el rebozo,
generalmente listado (con rayas) sobre fondo blanco y una gran
variedad de motivos decorativos. […]
La pierna casi siempre lucía desnuda y la zapatilla era de tacón de
distintos colores.
En los varones mestizos o de castas, también predominaba la
diversidad; desde los que usaban trajes a la francesa hasta los que
andaban semidesnudos.
Pero, por lo general, el atuendo era menos formal que entre los
elegantes.
Pocas veces vestían chupa, de modo que sobre la camisa se colocaban
la chaqueta o la casaca. En lugar de chupa, muchos se ponían una
especie de sayo o jubón (que cubría de los hombros a la cintura) […]
En los indígenas se apreciaban variaciones de acuerdo con sus
condiciones.
Las mujeres, por lo general, portaban huipil, con una gran variedad de
diseños y bordados.
Había una variante del huipil tradicional: una pieza transparente que se
ponía sobre la camisa, en color blanco, bordada o con cintas de colores,
posiblemente de gasa o de encaje, que no tuvo antecedentes en el
mundo prehispánico. Se acompañaba con una amplia basquiña.
La elegancia y delicadeza de este huipil y la basquiña con ahuecador
permite suponer que este atavío lo lucían solamente indígenas
pertenecientes a un alto rango social.
Sin embargo, el huipil común se combinaba con el enredo, tipo de falda
pegada hasta el tobillo o la espinilla, de origen prehispánico.
Otra prenda indígena tradicional que sobrevivió fue el quexquemitl,
formado por dos piezas unidas caídas en forma triangular sobre el pecho
y la espalda.
Por otra parte, era frecuente en las mujeres indígenas el uso de ayates,
que data de la época prehispánica, para cargar objetos o niños en la
espalda.
El indígena de las ciudades acostumbraba como prenda superior el
xicolli prehispánico, parecido al sayo, pero también llegaba a usar
camisa. Y encima una tilma, especie de capa que en la época
prehispánica era sólo para gente de alto rango, pero que durante el
virreinato se popularizó.
Asimismo, como el mestizo, el indígena se cubría con manga o jorongo,
e incluso con capa española, aunque en los sectores humildes lucía
raída. La mayoría de los indígenas cambió el taparrabos por los
calzones, al igual que las mujeres, iban descalzos y unos cuantos con
huaraches o zapatos.
Con la llegada de la dinastía de los Borbones a España, la influencia
francesa se introdujo en la cultura; incluida la vestimenta, la cual poco
después llegó a la Nueva España.
La clase alta compraba telas y accesorios de moda en el mercado del
Parián, que se ubicaba en el actual zócalo de la Ciudad de México:
vestidos bordados de oro, de plata, encajes, sedas, botonaduras,
alhajas, cigarreras.
La clase baja adquiría su vestimenta en el mercado del Baratillo, donde
compraba prendas usadas o robadas, telas y accesorios a bajo costo,
creando atuendos similares a los de Francia, España y Oriente.
Conoce de cerca la vestimenta de los habitantes novohispanos. A
continuación, en las siguientes pinturas, observa la forma de vestir de
las y los españoles, fíjate en los colores, los peinados y los accesorios
que portan.
¿Qué observas en el vestuario y estilo de los españoles?
Sigue observando las siguientes pinturas, de las castas de la Nueva
España. Pongan atención en la forma de vestir de las mujeres indígenas,
los accesorios que portan y la ropa que las distingue. ¿Qué coincidencias
y diferencias hay en su vestuario?
En el 2015 se presentó en la Ciudad de México la exposición Hilos de
Historia: Colección de Indumentaria del Museo Nacional de Historia en el
Castillo de Chapultepec.
En esta exposición, que reunió una selección de prendas de vestir de
distintas épocas y respecto a las que corresponden al Virreinato de la
Nueva España, la historiadora del arte María del Carmen Arechavala
señala que: “En el siglo XVIII, las mujeres mostraban sin pudor casi todo
el busto, y, era socialmente aceptado, pero nadie enseñaba los pies y
menos las piernas. […] A las mujeres de la Nueva España se les
entrenaba desde muy temprana edad para usar el corsé, aunque en
ocasiones tal ceñidor les provocaba fracturas en la caja torácica. Cuando
eran adultas, sus embarazos no se lograban por lo ajustado de las
prendas, lo que no ocurría con las señoras del pueblo, que procreaban
gran número de hijos porque no fajaban su cuerpo”.
Continúa la historiadora: “La estética virreinal también impulsaba a las
mujeres a calzar zapatos pequeños, pero a costa de verse casi
imposibilitadas para caminar. También usaban guantes de dos tallas
menos, con el propósito de que les entraran los anillos y brazaletes,
símbolos de estatus.
En la capital virreinal, las mujeres mestizas adecuaron el vestir europeo
en blusas lisas y faldas estampadas, como se aprecia en los siguientes
biombos.
Observa las faldas estampadas que no se conocían en Europa, pero se
popularizaron en Nueva España y las usaban las mujeres de todas las
clases.
Los hombres también adquirieron las tendencias europeas en el vestir
con sus trajes de tres piezas (chaqueta, chaleco y pantalón), ya que tan
importante era ser noble como parecerlo.
Los españoles peninsulares y criollos privilegiados siguieron el modo de
vestir europeo, importando las prendas o adquiriendo las producidas en
la Nueva España en los talleres gremiales o de manera independiente en
los domicilios.
El atuendo masculino del último tercio del siglo XVIII constaba de casaca
decorada a base de galones tejidos con hilos de seda o plata o con
llamativos bordados, pantalón –entonces denominado calzón–, chaleco
bordado, camisa blanca, chorrera, puños con volantes y medias de seda.
En la siguiente imagen observa cómo portaban estos atuendos.
En la primera pintura observas a José Velázquez de Lorea, coronel de los
reales ejércitos y alguacil mayor del Santo Oficio. Viste casaca militar
color azul oscuro y jubón rojo con botonadura dorada, camisa de cuello
alto y puños de encaje y pantaloncillo obscuro.
En la segunda pintura aparece Don Manuel, ministro contador de la real
hacienda de Puebla, usando casaca larga negra con bordados de hilo de
oro y pantaloncillo rojo.
Notan que porta peluca blanca con rolos blancos recogidos por un moño
negro, este accesorio se fabricaba con cabello natural, crin de caballo y
lana de cordero y era signo de estatus y elegancia.
En cuanto a las casacas que muestran ambas personalidades, esta
prenda militar fue utilizada durante el siglo XVII, y con la llegada de la
dinastía Borbón formó parte obligada del traje civil.
Observa y escucha el siguiente video. Conocerás con más detalles las
características de la forma de vestir de los hombres y mujeres de la
Nueva España.
Entre lo público y lo privado: la moda
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La vestimenta en la Nueva España fue diversa y variada, tal y como se
muestra en la siguiente pintura, donde aparece el Niño Juan Crisóstomo
con un traje de seda con hilo de oro y plata, jubón, camisa con cuello de
organza plisado y banda rosada.
En la Nueva España los niños vestían como adultos pequeños. El
pensamiento ilustrado señala que las fajas que sujetaban a los niños
desde que nacían perjudicaban la circulación, obstaculizaban el
crecimiento y el fortalecimiento del cuerpo.
Ahora que conociste que por medio de la vestimenta los novohispanos
mostraban su estrato económico, observa qué pasaba en torno a la
comida.
Como se mencionó al principio de la sesión, otro de los aspectos en
donde se expresa el mestizaje cultural es en la alimentación de la
población de la Nueva España.
Comúnmente, los hábitos alimentarios no estaban necesariamente
relacionados con la procedencia étnica de las personas sino con los
costos de los alimentos y la capacidad adquisitiva para obtenerlos.
En las ciudades, era común que el consumo de alimentos siguiera este
orden: a las cinco de la mañana tomaban una taza de chocolate o atole
con pan dulce.
En el almuerzo degustaban un guiso de carne de res, pollo o puerco y un
plato de frijoles, acompañado de un buen vaso de pulque.
A la hora de la comida, consumían una sopa o un caldo de gallina con
limón seguido por una porción de arroz o fideos, después el plato
principal, que consistía en un guiso de carne y, para terminar, el postre,
que consistía en una fruta.
Transcurrido el día, mientras que en Europa a las seis de la tarde
tomaban un té, en la Nueva España se consumía un chocolate caliente
acompañado de un pan dulce.
Finalmente, para la cena comían un plato fuerte acompañado de frijoles.
Se sabe que, ante algunos excesos, la Iglesia invitaba a los habitantes a
moderar el comer y el beber, evitando el pecado de la gula.
En contraste, las familias campesinas consumían principalmente maíz,
frijol, chile, verduras, vegetales o frutas que cultivaban u obtenían de los
campos, manteca y pocas cantidades de carne. Ocasionalmente bebían
chocolate, tamales y pan.
El chocolate era una bebida consumida habitualmente por casi toda la
población novohispana, había quienes lo tomaban varias veces al día,
pero variaba el modo de prepararlo. La base de la bebida era el cacao, lo
mezclaban con azahar, azúcar, almendra, achiote, chile o anís. Los
grupos más desfavorecidos lo mezclaban con maíz para darle mayor
rendimiento.
El chocolate era acompañado con una buena pieza de pan, puedes
identificar distintos tipos, el más caro y apreciado fue el pan blanco,
hecho con harina blanca y refinada, era esponjado y ligero.
El más barato y consumido por los sectores menos privilegiados era el
de salvado, harina sin cernir (integral) o restos de otros granos, un pan
pesado, llamado pan bajo o “pambazo”.
En la cotidianeidad colonial era común observar en las plazas y bajo los
portales puestos de atole, chocolate, pulque, tamales, aguas frescas,
aunque no lo creas muchas personas comían en la calle, tal y como
puede apreciar en la siguiente pintura titulada: “La vendedora de
buñuelos” o en la pintura “vendedoras de horchata” de la mediateca del
INAH.
Algo que en la actualidad se recomienda consumir con moderación son
los ricos postres, pues deben saber que en la Nueva España la repostería
era la especialidad de las monjas, puesto que pasaban horas fabricando
dulces, buñuelos, bizcochos, mazapanes y ates.
Se dice que como no tenían reloj para medir los tiempos de preparación,
cuando tenían que batir los huevos debían hacerlo durante dos
padrenuestros o tres avemarías, dependiendo de la consistencia que se
necesitara.
En las siguientes pinturas observa la presencia de una o varias mujeres
echando tortillas, esto era común en las casas de los españoles
peninsulares o criollos.
Ahora observa la siguiente pintura: ¿Reconoces alguno de los alimentos
que se presentan? ¿Los han comido?
Los frutos que observaste en la imagen son frutas cristalizadas,
destacan productos como membrillos, cítricos, duraznos, peras, ciruelas
que se comían cubiertas de azúcar, en dulces y mermeladas.
En la Nueva España durante una festividad en honor a algún santo o
virgen, o cualquier otro tipo de celebración, los sectores privilegiados
organizaban banquetes con platillos diversos y abundantes como
carnero, pecho de ternera, pichones, pollos, guajolotes, lomo de puerco,
verduras, frutas, panes, vino y chocolate.
Para la gente común: artesanos, trabajadores, criados, no faltaban los
puestos de comida y el pulque. Las autoridades se quejaban a menudo
de que esas fiestas acababan en riñas y asesinatos por la falta de
moderación en la bebida.
Recuerda las preguntas guía con las que iniciaste el estudio de este
tema, al dar respuesta podrás concluir que la forma de vestir y de comer
en los habitantes de la Nueva España era muy diversa y respondía al
grupo social al que pertenecían las personas.
Todo era entrar en la ciudad y empezar a recorrerla. Españoles, indios,
mestizos, negros y mulatos, ricos y pobres, “circulaban por las calles de
la ciudad entre grandiosos conventos e iglesias, imponentes edificios
gubernamentales, suntuosos palacios y modestas ... vecindades ... A la
muchedumbre plebeya de peatones, se sumaban la élite a caballo o en
finos carruajes y los numerosos carros que transportaban alimentos y
materiales de construcción... los aguadores llevaban el agua de las
fuentes públicas a las casas... los artesanos, carpinteros, pintores...
obligados por la estrechez de sus locales se veían obligados a trabajar
también [en las calles]".
A la Plaza Mayor se llegaba siguiendo el aumento de una algarabía
multicolor, por calles mal empedradas y lodosas, transitadas sin cesar
por vendedores ambulantes que anunciaban a gritos sus mercancías.
Léperos, limosneros, mutilados y ciegos deambulaban sin reposo por la
ciudad.
Al llegar a la gran plaza enseguida podía verse que había sido remozada
y llamaba la atención la monumentalidad de la Catedral en contraste
con la Iglesia del Sagrario, joyel de lenguaje abigarrado, rico en
imágenes y adornos".
La Plaza Mayor estaba siempre abarrotada de puestos, algunos
totalmente descubiertos, otros bajo los portales, que vendían dulces,
juguetes, sarapes, rebozos, sombreros, flores naturales y de papel, ropa,
limas, navajas, martillos, machetes y todo tipo de objetos viejos, a
menudo robados. ... Bajo el portal de las Flores, los escribanos públicos
redactaban cartas o peticiones de licencias. […]”: