0% encontró este documento útil (0 votos)
18 vistas22 páginas

Un Día en la Granja con el Abuelo

El documento narra varias historias sobre diferentes personajes que viven aventuras significativas en sus vidas cotidianas. Juan visita la granja de su abuelo, Ana se atreve a viajar a las montañas, Mateo asiste a una exposición de arte y Valeria disfruta de un día en el parque, cada uno descubriendo algo nuevo sobre sí mismo y el mundo que los rodea. Estas experiencias resaltan la importancia de la conexión con la naturaleza, la familia y la búsqueda de nuevas oportunidades.

Cargado por

David Steenson
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como RTF, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
18 vistas22 páginas

Un Día en la Granja con el Abuelo

El documento narra varias historias sobre diferentes personajes que viven aventuras significativas en sus vidas cotidianas. Juan visita la granja de su abuelo, Ana se atreve a viajar a las montañas, Mateo asiste a una exposición de arte y Valeria disfruta de un día en el parque, cada uno descubriendo algo nuevo sobre sí mismo y el mundo que los rodea. Estas experiencias resaltan la importancia de la conexión con la naturaleza, la familia y la búsqueda de nuevas oportunidades.

Cargado por

David Steenson
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como RTF, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Era un día soleado en el pueblo de San Pedro.

Juan, un niño de ocho años, se despertó temprano.

Se levantó de la cama, se lavó la cara y se vistió rápidamente.

“Hoy voy a la granja de mi abuelo,” pensó con alegría.

Después de desayunar, Juan salió de casa con su mochila.

Dentro de la mochila llevaba una botella de agua, un bocadillo de


queso y una libreta para dibujar.

Su madre le dijo: “Ten cuidado, Juan. Y saluda a tu abuelo de mi parte.”

Juan caminó por el camino de tierra.

El sol brillaba y los pájaros cantaban en los árboles.

Después de unos minutos, llegó a la granja.

Su abuelo estaba en el jardín, regando las plantas.

“¡Hola, abuelo!” gritó Juan.

“¡Hola, Juan!” respondió el abuelo con una sonrisa.

“¿Quieres ayudarme hoy?”

Juan asintió con entusiasmo.

Primero, ayudó a su abuelo a dar de comer a las gallinas.

Había muchas gallinas blancas y marrones en el corral.

Juan tiró maíz en el suelo, y las gallinas corrieron rápidamente para


comer.
Luego, fueron al establo.

Allí, el abuelo mostró a Juan cómo ordeñar una vaca.

Juan estaba un poco nervioso al principio, pero su abuelo le enseñó con


paciencia.

“Mira, Juan. Es fácil. Solo tienes que apretar suave.”

“¡Lo logre, abuelo!” dijo Juan, feliz, cuando salió la leche.

Después de trabajar, se sentaron bajo un árbol grande para descansar.

El abuelo sacó un poco de pan y queso de su cesta. “¿Tienes hambre,


Juan?”

“Sí, mucha,” respondió Juan. Comieron juntos mientras hablaban.

El abuelo le contó historias de cuando era joven.

“Cuando tenía tu edad, también ayudaba en la granja.

Me gustaba correr por los campos y jugar con los animales.”

“¿Había muchos animales antes?” preguntó Juan.

“Sí,” dijo el abuelo. “Había más vacas, cerdos y hasta caballos.

Ahora solo quedan las gallinas y las vacas.”

Después de descansar, Juan quiso dibujar.

Sacó su libreta y empezó a dibujar las gallinas.

Hizo un dibujo muy colorido, con el cielo azul y el sol amarillo.

“Mira, abuelo. Este dibujo es para ti.”


“¡Gracias, Juan! Es muy bonito,” dijo el abuelo, orgulloso.

Cuando empezó a oscurecer, Juan se despidió de su abuelo.

“Gracias por todo, abuelo. Me divertí mucho hoy.”

“De nada, Juan. Vuelve pronto,” dijo el abuelo.

Juan caminó de regreso a casa, cansado pero feliz.

Cuando llegó, su madre le preguntó: “¿Cómo estuvo tu día?”

“Fue maravilloso,” dijo Juan. “Ayudé al abuelo, dibujé gallinas y aprendí


a ordeñar una vaca.”

Su madre sonrió y le dio un abrazo.

“Me alegra mucho, Juan. Ahora, a cenar y luego a dormir.”

Juan cenó sopa caliente y un poco de pan.

Luego se fue a la cama, pensando en el día tan especial que había


tenido.

Antes de dormir, dijo en voz baja: “Gracias, abuelo. Hoy fue un gran
día.”

El viaje inesperado de Ana

Ana vivía en un pequeño pueblo cerca de las montañas.

Siempre había soñado con viajar, pero nunca había salido de su pueblo.

Trabajaba en una panadería, y cada día empezaba muy temprano.


Ana preparaba el pan, los pasteles y atendía a los clientes que llegaban
en busca de algo delicioso.

Un día, mientras organizaba los panes en el mostrador, entró un


hombre con una mochila grande.

Parecía cansado pero feliz. “Hola”, dijo él,

“¿puedo comprar algo de pan para mi viaje?”.

Ana, curiosa, le preguntó: “¿A dónde vas?”.

El hombre respondió: “Estoy viajando por el país.

Me encanta caminar y descubrir lugares nuevos”.

Ana escuchó con atención mientras el hombre hablaba de sus


aventuras.

Él le contó sobre los ríos que había cruzado, los bosques donde había
dormido y las personas interesantes que había conocido.

Ana no podía creerlo. Su vida era tan diferente.

Después de comprar el pan, el hombre le dijo: “Si algún día decides


viajar, no tengas miedo.

El mundo está lleno de cosas maravillosas”.

Ana sonrió, pero pensó que eso era imposible para ella.

Esa noche, mientras Ana preparaba su cena, no podía dejar de pensar


en lo que el hombre le había dicho.

Miró un mapa viejo que tenía en su habitación. “¿Y si intento hacer un


viaje corto?”, pensó.
Aunque tenía un poco de miedo, también sentía emoción.

Al día siguiente, Ana habló con su jefa en la panadería.

“¿Puedo tomar unos días libres?”, preguntó. Su jefa, sorprendida, le


dijo:

“Por supuesto, Ana. Te lo mereces”.

Ana preparó una mochila con ropa, comida y una botella de agua.

Decidió que iría a las montañas cercanas.

Nunca había estado allí, pero siempre las había visto desde su ventana.

El camino no fue fácil. Había piedras, subidas empinadas y mucho sol,


pero Ana seguía caminando.

En el camino, conoció a una pareja que también estaba explorando las


montañas.

Ellos le dieron consejos y le ofrecieron un poco de fruta.

Cuando llegó a la cima, Ana no podía creer lo que veía.

El paisaje era increíble: árboles verdes, un río que brillaba con el sol y
pájaros volando en el cielo.

Ana se sentó en una roca y respiró profundamente.

“Lo hice”, pensó. Por primera vez en su vida, se sintió realmente libre.

Esa noche, Ana durmió en una pequeña tienda de campaña que había
llevado.

Las estrellas eran tan brillantes que parecían iluminar todo a su


alrededor.
Ana escuchaba el sonido de los grillos y sentía el aire fresco de la
montaña.

Cuando regresó al pueblo unos días después, Ana se sentía diferente.

Había descubierto algo nuevo en ella misma: el valor para explorar el


mundo.

Desde ese momento, cada vez que podía, Ana planificaba pequeños
viajes.

Visitaba pueblos cercanos, lagos y otros lugares hermosos.

Aunque siempre regresaba a su panadería, ahora veía su vida de una


manera diferente.

Un día, un cliente nuevo llegó a la panadería.

Era una mujer que también viajaba.

Ana, emocionada, empezó a contarle sobre sus propios viajes y


aventuras.

La mujer sonrió y dijo: “Tal vez el próximo viaje podamos hacerlo


juntas”.

Ana aprendió que no es necesario viajar lejos para vivir aventuras.

A veces, los pequeños pasos son los que cambian nuestras vidas para
siempre.
Una aventura inesperada

Mateo era un joven fotógrafo que vivía en una ciudad costera. Su pasión
era capturar momentos únicos con su cámara. Aunque su vida era
bastante tranquila, siempre buscaba oportunidades para explorar
lugares nuevos y encontrar inspiración.

Un sábado por la mañana, mientras revisaba su correo electrónico, vio


un mensaje invitándolo a una exposición de arte en un pueblo cercano.
Curioso, decidió asistir. Empacó su cámara, un par de bocadillos, y salió
de casa con entusiasmo.

El viaje al pueblo fue agradable. Mateo tomó un autobús que recorría la


costa, permitiéndole admirar el mar brillante bajo el sol. Llegó al pueblo
justo a tiempo para la exposición, que se llevaba a cabo en una galería
pequeña pero acogedora. Allí, fue recibido amablemente por los
organizadores, quienes le explicaron la temática de la muestra: paisajes
naturales y su impacto emocional.

Mateo recorrió la galería detenidamente, observando cada obra con


atención. Había pinturas de montañas majestuosas, fotografías de ríos
tranquilos y esculturas inspiradas en el viento y las olas. Mientras
miraba una fotografía particularmente impresionante de un bosque
cubierto de niebla, escuchó a alguien decir detrás de él:

—Es hermosa, ¿verdad?


Era Elena, la autora de la foto. Conversaron animadamente sobre el
proceso creativo y sus experiencias con la fotografía. Mateo quedó tan
impresionado con las historias de Elena que decidió pedirle
recomendaciones sobre lugares para explorar en el área. Ella, con una
sonrisa, le sugirió visitar una colina cercana desde donde se podía ver
toda la costa.

Con el tiempo justo antes del atardecer, Mateo siguió las instrucciones
de Elena y comenzó a subir la colina. El camino era empinado pero no
demasiado difícil, y estaba rodeado de flores silvestres que llenaban el
aire con un aroma fresco. Cuando llegó a la cima, quedó asombrado. La
vista era espectacular: el océano se extendía hasta el horizonte,
reflejando los colores dorados y rosados del atardecer.

Mateo colocó su cámara cuidadosamente en un trípode y comenzó a


tomar fotos, ajustando los ángulos para capturar la luz perfecta. En ese
momento, se dio cuenta de que la belleza de aquel lugar no solo estaba
en el paisaje, sino también en la paz que sentía estando allí. Permaneció
en la colina hasta que las estrellas comenzaron a aparecer en el cielo,
brillando suavemente sobre el mar oscuro.

De regreso al pueblo, pasó por la galería para agradecer a Elena por su


recomendación. Ella le sonrió y dijo:

—La próxima vez que vengas, te enseñaré más lugares como ese.
Mateo regresó a casa agotado pero lleno de inspiración. Esa noche,
mientras revisaba las fotos en su computadora, pensó en cómo un
simple correo electrónico lo había llevado a vivir una experiencia tan
especial. Se prometió a sí mismo buscar más aventuras como esa,
porque cada una de ellas le recordaba lo maravillosa que podía ser la
vida

El día de Valeria en el parque

Valeria era una joven arquitecta apasionada por el diseño y la


naturaleza. Aunque trabajaba en una oficina elegante en el centro de la
ciudad, siempre buscaba tiempo para desconectarse de la rutina y
disfrutar del aire libre. Su lugar favorito era un parque extenso que
combinaba senderos tranquilos, estanques serenos y áreas llenas de
árboles altos que parecían susurrar historias al viento.

Un domingo, después de una semana agotadora, Valeria decidió pasar


el día en el parque. Se levantó temprano, preparó una mochila ligera
con agua, frutas y un cuaderno donde a menudo escribía ideas o
bocetos para sus proyectos. Salió de casa con una sonrisa, lista para
disfrutar del sol suave y la brisa fresca.

Cuando llegó al parque, respiró profundamente. El aroma de la tierra


húmeda y las flores frescas la llenaba de tranquilidad. Caminó
lentamente por un sendero rodeado de arbustos llenos de flores rojas y
amarillas. A su alrededor, escuchaba el canto de los pájaros, que parecía
una melodía perfecta para el momento.

—Hoy será un día diferente —pensó, emocionada.

Mientras avanzaba, llegó a un pequeño puente que cruzaba un arroyo


cristalino. El agua corría suavemente, reflejando los rayos del sol.
Valeria se detuvo un momento para observar cómo el movimiento del
agua creaba patrones que parecían bailar. Sacó su cuaderno y comenzó
a dibujar el paisaje, trazando líneas delicadas con lápiz.

Más adelante, Valeria encontró un grupo de personas reunidas cerca de


una fuente. Había niños corriendo y riendo, mientras los adultos
charlaban animadamente. Una mujer mayor ofrecía globos de colores a
los niños, quienes los recibían con rostros radiantes. Valeria se sintió
inspirada por la escena y decidió capturarla en su cuaderno.

—La vida está llena de detalles hermosos —pensó mientras dibujaba.

Continuando su recorrido, llegó a un área menos concurrida, donde el


silencio era interrumpido solo por el crujido de las hojas bajo sus pies.
Allí, encontró una banca junto a un gran árbol que ofrecía sombra. Se
sentó cómodamente, sacó una manzana de su mochila y la mordió
mientras contemplaba el paisaje. A lo lejos, una pareja paseaba en
bicicleta, moviéndose con un ritmo constante y relajado.
De repente, una ardilla se acercó curiosamente a Valeria. La observaba
con sus ojos brillantes y movimientos rápidos. Valeria, divertida, partió
un trozo pequeño de su manzana y lo dejó en el suelo. La ardilla lo
tomó rápidamente y corrió hacia un árbol cercano. Valeria sonrió ante
el momento simple pero encantador.

Después de descansar un rato, decidió explorar una colina que nunca


había visitado antes. Subió con pasos firmes, disfrutando del reto físico
y de la vista que se ampliaba con cada paso. Cuando llegó a la cima, el
panorama era espectacular. Desde allí podía ver todo el parque: los
senderos serpenteantes, los estanques que brillaban como espejos y las
familias que disfrutaban del día. El cielo azul parecía infinito, salpicado
de nubes blancas que se movían lentamente.

Sacó su cámara para capturar la escena, asegurándose de que cada


detalle quedara inmortalizado. Mientras tomaba fotos, un hombre que
también disfrutaba del paisaje se le acercó.

—Es una vista impresionante, ¿verdad? —comentó él.

—Sí, es perfecta —respondió Valeria, sin dejar de mirar el horizonte.

El hombre, que se presentó como Esteban, era un fotógrafo profesional


que trabajaba en proyectos documentales. Conversaron durante un
rato, compartiendo historias sobre sus trabajos y las maneras en que el
arte y la naturaleza los inspiraban. Esteban le mostró algunas de sus
fotografías y Valeria quedó impresionada por su talento.
Antes de despedirse, Esteban le dio una tarjeta con su contacto y le
dijo:

—Si alguna vez necesitas fotos para tus proyectos de arquitectura, no


dudes en llamarme.

Valeria agradeció el gesto y guardó la tarjeta cuidadosamente en su


mochila. Al bajar la colina, reflexionó sobre cómo un simple día en el
parque podía ofrecer tantas experiencias significativas.

Al llegar a casa esa noche, se sentó en su escritorio para revisar los


dibujos que había hecho durante el día. Cada trazo en el papel le
recordaba un momento especial: el arroyo, los niños jugando, la ardilla
y la vista desde la colina. También pensó en su conversación con
Esteban y cómo el arte podía unir a las personas de maneras
inesperadas.

Valeria se acostó con una sensación de plenitud, prometiéndose


regresar pronto al parque para encontrar más inspiración en los detalles
cotidianos. La naturaleza, concluyó, siempre tenía algo nuevo que
ofrecer.

Mi tía

Mi tía Te-re-sa te-ní-a u-na tie-nda pe-que-ña en el cen-tro del pue-blo.


La tie-nda es-ta-ba en u-na ca-lle tran-qui-la, cer-ca de u-na fuen-te
gran-de.

En su tie-nda, Te-re-sa ven-dí-a to-ma-tes, té, tor-ti-llas, y a ve-ces fru-


tas co-mo plá-ta-nos y pe-ras.

To-dos los dí-as, Te-re-sa a-brí-a la tie-nda muy tem-pra-no.

Pri-me-ro, ba-rrí-a el sue-lo con u-na es-co-ba,

lue-go or-ga-ni-za-ba los to-ma-tes en ca-jas y co-lo-ca-ba las tor-ti-llas


en u-na me-sa cer-ca de la en-tra-da.

Tam-bién pre-pa-ra-ba té ca-lien-te en u-na te-te-ra.

Te-re-sa de-cí-a que un buen té a-tra-í-a a los clien-tes.

Los sá-ba-dos por la ma-ña-na, me gus-ta-ba ir a la tie-nda pa-ra a-yu-


dar-la.

Te-re-sa siem-pre me re-ci-bí-a con u-na son-ri-sa y un a-bra-zo.

Me de-cí-a: “To-ma a-sien-to, so-bri-no, a-ho-ra te trai-go al-go ri-co pa-


ra de-sa-yu-nar”.

A ve-ces me da-ba u-na tor-ti-lla con to-ma-te,

o-tras ve-ces me ser-ví-a un va-so de té dul-ce.

U-na tar-de de ve-ra-no, la tie-nda es-ta-ba muy o-cu-pa-da.


Ha-bí-a mu-cha gen-te com-pran-do to-ma-tes y tor-ti-llas pa-ra sus ce-
nas.

Te-re-sa co-rrí-a de un la-do a o-tro a-ten-dien-do a los clien-tes.

Me di-jo: “So-bri-no, ¿pue-des tra-er-me más to-ma-tes del mer-ca-do?


¡Ya ca-si se ter-mi-nan!”.

To-mé u-na ces-ta y fui rá-pi-da-men-te al mer-ca-do.

El mer-ca-do es-ta-ba lle-no de gen-te ha-blan-do y com-pran-do.

Ha-bí-a pues-tos de fru-tas, ver-du-ras y es-pe-cias.

En-con-tré un pues-to con to-ma-tes muy ro-jos y fres-cos.

Com-pré va-rios y los lle-vé de vuel-ta a la tie-nda.

“¡Per-fec-to, so-bri-no!”, di-jo Te-re-sa cuan-do lle-gué.

“Es-tos to-ma-tes son jus-to lo que ne-ce-si-ta-ba”.

Co-men-zó a or-ga-ni-zar los to-ma-tes en las ca-jas y lue-go pre-pa-ró u-


na so-pa es-pe-cial pa-ra los clien-tes.

Yo la a-yu-dé a cor-tar to-ma-tes, ce-bo-llas y a-jos.

Mien-tras co-ci-na-ba, Te-re-sa me con-tó his-to-rias de su in-fan-cia.

Me ha-bló de cuan-do tre-pa-ba ár-bo-les con su her-ma-no, mi pa-pá.

Tam-bién me con-tó que de pe-que-ña le gus-ta-ba to-mar té con su a-


bue-la ca-da tar-de.

“E-ra un té muy sen-ci-llo, pe-ro siem-pre sa-bí-a de-li-cio-so por-que lo


com-par-tí-a-mos jun-tas”, di-jo Te-re-sa.

Cuan-do la so-pa es-tu-vo lis-ta, Te-re-sa sir-vió un pla-to pa-ra mí.

“Pru-e-ba es-to, so-bri-no”, me di-jo.

Pru-e-bé un po-co y es-ta-ba de-li-cio-sa.

“E-res la me-jor co-ci-ne-ra, tía”, le di-je.

E-lla se rí-o y me dió más so-pa.

Des-pués, a-yu-dé a Te-re-sa a cer-rar la tie-nda.

Jun-tos ba-rri-mos el sue-lo, lim-pia-mos las me-sas y guar-da-mos los


to-ma-tes y las tor-ti-llas que so-bra-ron.

An-tes de ir-me, Te-re-sa me dió u-na bol-sa con tor-ti-llas fres-cas y u-


na ca-ja pe-que-ña de té.

“Pa-ra que re-cuer-des nues-tra tar-de jun-tos”, me di-jo.

E-sa no-che, en ca-sa, me pre-pa-ré u-na ta-za de té ca-lien-te.

Mien-tras lo be-bí-a, pen-sé en la tie-nda, en Te-re-sa y en los to-ma-tes


fres-cos.

Siem-pre re-cor-da-ré esas tar-des con mi tía, los clien-tes fe-li-ces y el


a-ro-ma del té en su tie-nda.

Mi tía Teresa

Mi tía Teresa tenía una tienda pequeña en el centro del pueblo. La


tienda estaba en una calle tranquila, cerca de una fuente grande. En su
tienda, Teresa vendía tomates, té, tortillas, y a veces frutas como
plátanos y peras.

Todos los días, Teresa abría la tienda muy temprano. Primero, barría el
suelo con una escoba, luego organizaba los tomates en cajas y colocaba
las tortillas en una mesa cerca de la entrada. También preparaba té
caliente en una tetera. Teresa decía que un buen té atraía a los clientes.

Los sábados por la mañana, me gustaba ir a la tienda para ayudarla.


Teresa siempre me recibía con una sonrisa y un abrazo. Me decía:
“Toma asiento, sobrino, ahora te traigo algo rico para desayunar”. A
veces me daba una tortilla con tomate, otras veces me servía un vaso
de té dulce.

Una tarde de verano, la tienda estaba muy ocupada. Había mucha gente
comprando tomates y tortillas para sus cenas. Teresa corría de un lado a
otro atendiendo a los clientes. Me dijo: “Sobrino, ¿puedes traerme más
tomates del mercado? ¡Ya casi se terminan!”.
Tomé una cesta y fui rápidamente al mercado. El mercado estaba lleno
de gente hablando y comprando. Había puestos de frutas, verduras y
especias. Encontré un puesto con tomates muy rojos y frescos. Compré
varios y los llevé de vuelta a la tienda.

“¡Perfecto, sobrino!”, dijo Teresa cuando llegué. “Estos tomates son


justo lo que necesitaba”. Comenzó a organizar los tomates en las cajas y
luego preparó una sopa especial para los clientes. Yo la ayudé a cortar
tomates, cebollas y ajos.

Mientras cocinaba, Teresa me contó historias de su infancia. Me habló


de cuando trepaba árboles con su hermano, mi papá. También me
contó que de pequeña le gustaba tomar té con su abuela cada tarde.
“Era un té muy sencillo, pero siempre sabía delicioso porque lo
compartíamos juntas”, dijo Teresa.

Cuando la sopa estuvo lista, Teresa sirvió un plato para mí. “Prueba
esto, sobrino”, me dijo. Probé un poco y estaba deliciosa. “Eres la mejor
cocinera, tía”, le dije. Ella se rió y me dio más sopa.

Después, ayudé a Teresa a cerrar la tienda. Juntos barrimos el suelo,


limpiamos las mesas y guardamos los tomates y las tortillas que
sobraron. Antes de irme, Teresa me dio una bolsa con tortillas frescas y
una caja pequeña de té. “Para que recuerdes nuestra tarde juntos”, me
dijo.
Esa noche, en casa, me preparé una taza de té caliente. Mientras lo
bebía, pensé en la tienda, en Teresa y en los tomates frescos. Siempre
recordaré esas tardes con mi tía, los clientes felices y el aroma del té en
su tienda.

Camila

Camila vivía en una ciudad moderna, rodeada de edificios altos y calles


llenas de actividad. Cada mañana, salía temprano de su casa, una
pequeña vivienda en un barrio tranquilo. Caminaba lentamente hacia la
estación del metro mientras escuchaba música en sus auriculares. Le
gustaba empezar el día relajada, disfrutando del aire fresco y de las
conversaciones ocasionales con sus vecinos.

Ese día, sin embargo, todo parecía diferente. Cuando llegó al metro,
notó que la estación estaba inusualmente vacía. Normalmente, cientos
de personas llenaban el lugar, moviéndose rápidamente de un lado a
otro. Camila se sintió inquieta pero decidió esperar pacientemente el
tren. Mientras tanto, revisaba su teléfono y leía un artículo interesante
sobre tecnología y el futuro de la inteligencia artificial.

De repente, una voz por los altavoces anunció que el servicio de metro
estaba suspendido debido a un problema técnico. La noticia fue
recibida con frustración por las pocas personas presentes, pero Camila
reaccionó tranquilamente. Decidió caminar hasta su trabajo, aunque
estaba a más de treinta minutos de distancia. Pensó que sería una
buena oportunidad para hacer ejercicio.

Durante el camino, Camila pasó por un parque donde los árboles


brillaban bajo la luz del sol. Había niños jugando alegremente en los
columpios y parejas sentadas en los bancos conversando
animadamente. Camila sonrió al ver esas escenas tan llenas de vida.
Continuó su recorrido y, de repente, vio una cafetería nueva en la
esquina de una calle. Decidió entrar y probar un café. El lugar estaba
decorado de manera creativa, con colores vivos y cuadros modernos en
las paredes.

El barista la saludó amablemente y le recomendó un latte especial.


Camila lo aceptó con gusto y se sentó cerca de una ventana grande.
Mientras tomaba el café, observaba la calle y reflexionaba
tranquilamente sobre su día. Aunque su mañana había empezado de
manera inesperada, estaba disfrutando del cambio de rutina.

Finalmente, llegó a su oficina, donde sus compañeros de trabajo la


recibieron cálidamente. Camila les contó lo que había pasado en el
metro y todos se rieron, comentando que esas cosas siempre sucedían
en la ciudad. Durante el día, trabajó eficientemente en sus proyectos y
terminó sus tareas antes de lo esperado.
Al final de la jornada, Camila salió de la oficina sintiéndose orgullosa de
su productividad. Caminó de regreso a casa mientras el sol se ponía,
tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Llegó a su casa
agotada pero contenta. Se preparó una cena sencilla y se relajó viendo
su serie favorita. Antes de dormir, pensó en cómo los pequeños
cambios en la rutina podían convertir un día común en algo especial.

A as in casa

E as in mesa

I as in tía

O as in tomate

U as in tú

Practice Words with "T" and "TE":

Mi tía limpia las tortillas.


Corto los tomates para la sopa.

Tú nunca tomas té.

Tengo tomates tiernos en la tienda.

Teresa toma té todas las tardes.

Mi tía tiene una tetera bonita.

Te gusta el té caliente.

Teresa tiene tomates frescos.

Trae té para tu tía Teresa.

Tenemos té caliente.

Teresa tiene una tienda.


La tía Teresa tiene una tienda pequeña.

Te traje tortillas y té caliente.

Corto tomates frescos todas las tardes.

Trae tu taza de té.

Tengo tortillas tiernas.

Te contaré toda la historia.

También podría gustarte