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Reflexiones sobre la simplicidad y el ser

El documento presenta una serie de relatos y reflexiones sobre la vida, la naturaleza y la iluminación, utilizando metáforas y enseñanzas de figuras como Wordsworth, Basho y Chuang Tzu. A través de historias sobre un hombre en la montaña, la tortuga, y la catarata de Luliang, se exploran temas de simplicidad, libertad y la búsqueda del conocimiento. Las enseñanzas zen enfatizan la importancia de vivir en el presente y la conexión con el vacío y la naturaleza.

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Reflexiones sobre la simplicidad y el ser

El documento presenta una serie de relatos y reflexiones sobre la vida, la naturaleza y la iluminación, utilizando metáforas y enseñanzas de figuras como Wordsworth, Basho y Chuang Tzu. A través de historias sobre un hombre en la montaña, la tortuga, y la catarata de Luliang, se exploran temas de simplicidad, libertad y la búsqueda del conocimiento. Las enseñanzas zen enfatizan la importancia de vivir en el presente y la conexión con el vacío y la naturaleza.

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Escucha estas palabras de Wordsworth:

El gallo cacarea,
el arroyo fluye,
los pajaritos gorjean,
el lago refulge,
los verdes prados dormitan al sol.

Tenemos el famoso haiku de Basho:

El viejo estanque,
salta la rana.
Plaf.

El hombre de la montaña
Érase una vez que había un hombre sobre una elevada montaña.
Tres viajeros que pasaban a lo lejos, se fijaron en él empezaron a discutir sobre él. Uno dijo:
-Probablemente ha perdido a su animal favorito.
-No, lo más seguro es que ande buscando a sus amigos –terció otro.
-Está ahí arriba para disfrutar del aire puro –dijo el tercero.
Los tres viajeros no pudieron ponerse de acuerdo y continuaron discutiendo hasta el momento en que llegaron a lo
alto de la montaña.
Uno de ellos preguntó:
-Amigo que estás encima de esa montaña, ¿has perdido a tu animal favorito?
-No, señor; no lo he perdido.
El segundo también preguntó:
¿Has perdido algún amigo?
-No, señor, tampoco he perdido a amigo alguno.
El tercero acentuó:
-¿Estás aquí sólo para disfrutar del aire puro?
-No, señor.
-¿Entonces qué estás haciendo aquí, ya que has respondido negativamente a todas nuestras preguntas?
El hombre de la montaña respondió:
-Simplemente estoy aquí.

Al escuchar el ruido de una teja rota


de repente olvidé todo lo que había aprendido.
Corregir mi naturaleza es inútil.
Al vivir mi vida cotidiana
camino a lo largo del antiguo sendero.
No estoy descorazonado, en un vacío absurdo.
Allí donde voy no dejo huellas
pues no moro en el color o el sonido.
Los iluminados de todas partes han dicho:
“Así es la realización”.

“Tú eres esa conciencia, disfrazada de persona.”

Cuando el calzado es cómodo

Chu’i el delineante trazaba circunferencias


más perfectas a pulso que con la ayuda de un compás.
Sus dedos creaban formas espontáneas salidas de la nada.
Mientras tanto, su mente permanecía libre y
despreocupada por lo que hacía.
No necesitaba aplicarse,
su mente era perfectamente simple y no conocía obstáculos.
Por ello, cuando el calzado es cómodo, se olvida uno del pie;
cuando el cinturón es cómodo, se olvida uno de la cintura;
y cuando el corazón está apaciguado, se olvida uno
de “a favor” y “en contra”.

Si no hay impulsos, compulsiones, necesidades ni atracciones,


entonces tus asuntos están bajo control.
Entonces eres un hombre libre.
Lo sencillo es lo adecuado.
Empieza bien y será fácil.
Continúa con sencillez y lo estarás haciendo bien.
El camino adecuado para ir de una manera sencilla
es olvidar que el camino es adecuado
y olvidar que se hace con facilidad.

Gallo de pelea
Chi Hsing Tzu criaba gallos de pelea para el emperador Hsuan.
Estaba entrenando un ave muy buena. El emperador no dejaba de preguntarle si el gallo estaba listo para pelear.
-Todavía no –contestó el criador-. Está que arde. Está dispuesto a iniciar una pelea con cualquier otro gallo que
vea. Se muestra engreído y demasiado seguro de sí mismo.
Al cabo de diez días volvió a contestar:
-Todavía no. Se enciende en cuanto oye cacarear a otro gallo.
Y diez días más tarde:
-Todavía no. Sigue teniendo esa mirada fiera y encrespa las plumas.
Después de otros diez días, el criador dijo:
-Ahora está casi listo. Cuando oye cacarear a otro gallo ni siquiera pestañea. Se queda inmóvil como un pedazo de
madera.
Es un luchador maduro. Los otros gallos le pondrán la vista encima y saldrán corriendo.

Crecidas de otoño
Chuang Tzu explica la historia de las crecidas de otoño:
habían llegado las crecidas de otoño. Miles de torrentes
embravecidos vertían sus aguas en el río Amarillo.
Y tamaña era la anchura de su curso que, de orilla a orilla, no
se podía diferenciar a un buey de un caballo a lo lejos.
Entonces el dios del río se rió, complacido al pensar que toda la
belleza del mundo había pasado a su cuidado.
Así que braceó hasta llegar al océano. Una vez allí miró más
allá de las olas, hacia el horizonte vacío por el este, y se le
demudó el rostro.

Mirando hacia el lejano horizonte, recuperó el sentido y le


murmuró al dios del océano:
-El proverbio tiene razón: “Aquel que aprende cien cosas cree
que sabe más que nadie”. ¡Ese refrán se refiere a mí! ¡Ahora
sé lo que significa vastedad!
El dios del océano le contestó:
-¿Puedes explicarle el mar a una rana que vive en un pozo?
¿O explicarle lo que es el hielo a una libélula estival? ¿Y acaso
puedes hablarle del Tao a un doctor en filosofía?

La tortuga

Chuang Tzu pescaba con su caña de bambú en el río Pu. El


príncipe de Chu le envió dos vicecancilleres con un importante
documento: “Por la presente os nombro primer ministro”.
Chuang Tzu siguió sosteniendo su caña de bambú. Sin apartar
la mirada del río Pu, dijo:
-He oído decir que hay una tortuga sagrada que fue ofrecida y
canonizada hace tres mil años, que es venerada por el príncipe,
y se halla envuelta en paños de seda, guardada en un precioso
sanitario en un altar en el templo.

-¿Qué creéis? ¿Es mejor morir dejando un caparazón como


objeto de veneración envuelto en una nube de incienso durante
tres mil años, o vivir como una simple tortuga arrastrando la
cola por el fango?
-Para la tortuga –dijo el vicecanciller-, hubiera sido mejor
vivir arrastrando la cola por el fango.
-¡Volved a casa, pues! –dijo Chuang Tzu-. Dejad que
arrastre la cola por el fango.

Cielo vacio
Al igual que el cielo vacío, carece de límites, y no obstante
está justo aquí, profundo y despejado. Cuando intentas conocerlo no puedes verlo, no puedes
aprehenderlo, pero tampoco perderlo. Al no poder aprehenderlo acabas teniéndolo. Cuando guardas silencio, él
habla; cuando hablas, él permanece en silencio. La gran puerta está abierta de par en par para repartir ofrendas, y
ninguna multitud oculta el camino.

La importancia del zen

Alguien preguntó al maestro, Bokuju:


Tenemos que vestirnos y comer cada día;
¿cómo nos salimos de todo esto?

Bokuju respondió:
Nos vestimos, comemos.

El interlocutor dijo:
No comprendo.

Bokuju respondió:
Si no comprendes,
viste tu ropa y come tu comida.

Maestro y Discípulo

Cada vez que Lie Tse no estaba ocupado, Yin Sheng aprovechaba la oportunidad para mendigar secretos.
Lie Tse siempre lo despedía y no le decía, nada hasta que finalmente le dijo: Pensaba que eras inteligente,
¿realmente eres así de vulgar? Ven, te diré lo que aprendí de mi propio maestro.
Tres años después de empezar a servir al maestro, mi mente ya no se atrevía a pensar en lo correcto y lo
incorrecto, y mi boca ya no se atrevía a hablar de beneficios y daños. Solo entonces recibí algo tan importante
como una mirada del maestro.
Cinco años más tarde mi mente de nuevo estaba pensando en lo correcto y lo incorrecto, y mi boca de nuevo
estaba hablando de beneficio y daño. Por primera vez la cara del maestro se relajó en una sonrisa.
Siete años más tarde pensaba en cualquier cosa que me viniera a la mente, ya sin distinguir entre lo correcto
y lo incorrecto, y decía todo lo que me venía a la boca ya sin distinguir entre el beneficio y el daño. Y por la primera
vez el maestro tiró de mí para que me sentara con él en la misma estera.
Nueve años más tarde pensaba sin comedimiento todo lo que me venía a la mente, y decía sin
comedimiento todo lo que me venía a la boca sin saber si lo correcto y lo incorrecto, el beneficio y el daño, eran
míos o de otro, y sin saber si el maestro era mi profesor o no. Todo era igual.
¡Ahora tú vienes a ser mi discípulo, y antes de que haya pasado un año tú estás indignado y resentido una y
otra vez!

El Vacío Y La Nariz Del Monje

Sekkyo le dijo a uno de sus monjes:


¿Puedes agarrar el vacío?

Lo intentaré, contestó el monje,


y juntó sus manos huecas en el aire.

Eso no está muy bien, observó Sekkyo,


ahí no tienes nada.

Bueno, maestro, dijo el monje,


por favor enséñame un camino mejor.

Acto seguido, Sekkyo agarró la nariz del monje


y le dio un fuerte tirón.

¡Ay!, gritó el monje. ¡Me has hecho daño!

Así es como se agarra el vacío,


dijo Sekkyo.

La Catarata De Luliang

Confucio estaba mirando a la catarata de Luliang. El agua cae desde una altura de unos 30 metros, y su
espuma se extiende alrededor de 24 kilómetros. Ninguna criatura podría sobrevivir en esas aguas.
Sin embargo Confucio vio cómo un anciano se metía en ellas. Pensando que quizá el anciano tenía
problemas y pretendía acabar con su vida, Confucio mandó a uno de sus discípulos que corriera para intentar
salvarlo desde la orilla.
El anciano emergió a unos cincuenta pasos de distancia y, con los cabellos chorreando, se acercó
alegremente a la orilla.
Confucio lo siguió, y cuando lo alcanzó le dijo: Por un momento pensé, señor, que era usted un espíritu, pero
ahora veo que es un hombre. Por favor, dígame: ¿hay algún sistema para manejarse así en el agua?
No, respondió el hombre, no tengo ningún sistema; salto con el remolino, salgo con la corriente. Yo me
acomodo al agua, no intento que el agua se acomode a mí. Y de esta manera puedo manejarme en ella.

Despertar

Durante tres años de severo entrenamiento bajo el gran maestro Gizan,


Koshu fue incapaz de alcanzar satori.
Al comienzo de una sesión especial de disciplina de siete días, pensó que por fin había llegado su
oportunidad. Escaló la torre de la fachada del templo, y subiendo por las imágenes de los arhat hizo esta promesa:
O realizo mis sueños aquí arriba, o encontrarán un cadáver a los pies de esta torre.
Estuvo sin comer ni dormir, entregándose a un constante zazen, a menudo gritando cosas como: ¿Cómo
será mi karma que a pesar de todos estos esfuerzos no puedo encontrar la vía?
Al final admitió el fracaso, y, decidido a acabar con todo, se acercó a la barandilla y lentamente pasó la
pierna sobre ella. En ese mismo instante tuvo un despertar.
Entusiasmado, bajó a toda prisa las escaleras y corrió bajo la lluvia hasta la habitación de Gizan.
Antes de que pudiera hablar, el maestro gritó: ¡Bravo!, por fin has tenido tu día.

No uno muerto

Un ex emperador preguntó al maestro Gudo:


¿Qué le ocurre a un hombre de iluminación
después de la muerte?

Gudo contesto:
¿Cómo voy a saberlo?

El ex emperador inquirió:
¿Cómo? Porque eres un maestro.

Gudo replicó:
Sí, señor, ¡pero no uno muerto!

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