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EL ARTE Y EL OFICIO DE REDACTAR SIMPLIFICADAMENTE
THE ART AND SKILL OF WRITING IN A SIMPLIFIED WAY
Amador Esteban Navarrete Canales*
Escuela Profesional de Ciencias de la Comunicación
Del pensamiento a la palabra
Aprender a redactar es aprender a pensar. Se trata, en verdad, de un aprendizaje muy personal,
difícil, único e intransferible, pues nadie enseña a pensar como tampoco nadie enseña a escribir
bien, estrictamente hablando. Se puede impartir normas para orientar el razonamiento metódico
(pensamiento lógico), así como se dan normas para expresarse con corrección y cierta elegancia
(estilística), pero nada de ello es suficiente. Puede uno, incluso, conocer un manual de estilo y
pese a ello redactar con mucha deficiencia.
Normalmente, el que piensa bien, el hombre de mente organizada, quien piensa con lógica, ha
de escribir bien. Pero no siempre sucede así, precisan René Fell y Gonzalo Martín Vivaldi (1967:
43).
Escribir bien es un arte y un oficio. Así lo anotan quienes han pasado por estos difíciles
menesteres y alcanzan luego brillante pluma. Es un arte porque se cultiva cada día y cada día se
aprende más, a partir de los propios errores, y conociendo y leyendo –en realidad deleitándose y
apropiándose del secreto de los grandes escritores–; y es un oficio, casi artesanal, porque es una
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tarea dura, azarosa, constante, que obliga a un esfuerzo personal por doblegar nuestros vicios al
redactar, a la par que se deja de lado el ego y la autosuficiencia.
La forma simplificada de divulgar. Quienes nos adentramos como investigadores en materias
de Ciencias, el Derecho, la Ingeniería, la Administración, el Turismo, la Psicología, las
Comunicaciones o en cualquier otra disciplina tenemos la imperiosa necesidad de escribir libros y
artículos con el fin de darlos a conocer a la comunidad científica y al público en general, y para
ello tenemos que valernos de la respectiva divulgación.
¿Y qué es la Divulgación Científica? En palabras del biólogo y académico francés Jean
Rostand, expuestas en la Casa de la Unesco, en París, al recibir el Premio Kalinga, el 21 de abril
de 1960, «consiste, lisa y llanamente, en hacer participar al mayor número posible de personas en
la dignidad soberana del conocimiento, en velar porque la multitud reciba un poco de lo que
constituye el honor del espíritu humano y no se mantenga al margen de la grandiosa aventura de
la especie; en acercar a los hombres entre sí en la lucha por reducir esa distancia tremenda aunque
invisible: la ignorancia; en combatir el hambre espiritual y la consiguiente falta de desarrollo,
proporcionando a cada uno una ración mínima de calorías espirituales» (Calvo, 1977: 90).
En síntesis, la divulgación científica tiene la finalidad de integrar en cada ser humano una
imagen del mundo e incorporar a su lenguaje los conceptos de la moderna ciencia, a través de
diferentes medios que la propia ciencia y la tecnología ponen hoy a su servicio.
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El término Divulgar equivale a reivindicar la palabra vulgarizar, que algunos califican
peyorativamente, a decir del profesor Calvo Hernando. Por el contrario -anota- vulgarizar
significa poner a disposición de todos lo que, de otra manera, quedaría reservado a unos pocos
iniciados, en una razón excluyente y cerrada.
Su objeto –agrega– no es permitir que el beneficiario (el público común y corriente) utilice
por sí mismo las técnicas o los conocimientos que se le describen, ni que domine todas las
temáticas y los vocabularios, sino darle una idea adecuada de los progresos de la sabiduría, una
actitud abierta frente a la investigación y los investigadores, y ofrecerle la posibilidad de tratar de
comprender, por lo menos, el sentido de una invención o un descubrimiento de actualidad…La
vulgarización es una pedagogía para adultos con sus particulares exigencias y servidumbres
(Calvo, 1977: 93).
La divulgación o vulgarización escrita no es lo mismo que un tratamiento vulgar del lenguaje
sino saber utilizar el lenguaje científico, pero obligándonos a ser concisos, simples, utilizando
para ello la redacción simplificada, a fin de que las ideas expuestas sean fácilmente captadas.
En el campo de la ciencia en general no se puede ni se debe hacer literatura, tal como se
entiende esta, también, de forma peyorativa. La literatura es expresión de estética (belleza) en
cuanto al manejo de la lengua; recrea y eleva el espíritu a las cimas del arte, e incluso contribuye
a dar mayor contenido a las aspiraciones humanas. En la difusión de la ciencia, el lenguaje tiene
otra función y otra finalidad: se mueve en un nivel distinto, quiere dar a conocer aquello que se
ha descubierto y que significa un avance en determinada disciplina.
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RESUMEN
En toda actividad humana, nadie discute hoy que es indispensable la simplicidad en la
comunicación. Y más aún en el nivel de la comunicación escrita. Pero la comunicación escrita
tiene sus propias reglas, que exigen ser observadas con detenimiento y prolijidad. En todo caso,
lo prudente es saber ajustar este tipo de lenguaje a los distintos grupos y personas con los que
tratamos de comunicarnos. Tal es el caso de la divulgación o vulgarización científica y
tecnológica, donde tenemos la obligación de ser concisos en el escrito a fin de que las ideas
expuestas sean fácilmente captadas por el público lector. Por eso, hoy se da la necesidad y la
exigencia de una redacción simple o simplificada. Palabras clave: Claridad, corregir, divulgar,
escribir, pensar, redacción simplificada.
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Referencias Bibliográficas
Fell, R. & Vivaldi, M. (1967). Apuntes de Periodismo, presente y futuro de una profesión.
Paraninfo. Madrid.
Castillo, H. Charles De Gaulle, hombre solemne, alto, arrogante. (25 de setiembre de 1964, fecha
en que se publicó la semblanza en el diario Correo de Lima). El texto ha sido transcrito de: El
Libro Diario del Periodista, publicado por la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), en julio
de 2002.
Grijelmo, A. (2002). El Estilo del Periodista. Taurus. Madrid.