Ciclo de Licenciatura en Historia
Seminario de Técnicas de la Investigación Histórica
UNIDAD I. CLASE 1
La investigación como proceso (I):
Aspectos generales de la metodología de la investigación histórica
Dr. Ricardo Pasolini
I. Consideraciones básicas:
a) Metodología y técnicas de investigación
La metodología de la investigación científica consiste en la "formación a la
concepción y puesta en marcha de un dispositivo de elucidación de lo real" (Quivy,
1988), que permite realizar la "evaluación de nuevos conocimientos” (Pardinas, 1984, p.
107). A diferencia de otras formas de pensamiento, dicha evaluación no se fundamenta
en criterios doctrinarios o filosóficos, sino en el análisis empírico del material histórico
ya sea mediante criterios estadísticos de significancia, mediante análisis cualitativos o
mediante la combinación de ambos (triangulación metodológica).
La utilización de estrategias cuantitativas, cualitativas o mixtas constituye un
debate importante de la disciplina que se analizará en detalle en la clase 4. Conviene, sin
embargo, dejar sentado desde ahora que no se considera que ninguna de estas estrategias
tenga a priori superioridad epistemológica o metodológica sobre las restantes,
dependiendo su elección de la naturaleza del objeto de investigación y de las preguntas
formuladas por el investigador.
A diferencia de las técnicas, la metodología supone una dirección global del
conocimiento, común a toda actividad de investigación, mientras que las técnicas
remiten a cualquier procedimiento específico que aporta nuevos conocimientos:
búsquedas bibliográficas, estudios de campo, historia oral, reconstrucción de
información nominal, etc. De tal suerte, el campo de estas últimas es en principio
inmenso y varía significativamente según el tipo de historia, los períodos analizados y
las disponibilidades heurísticas.
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Un punto capital de la definición de metodología es, como se ha visto, la
consideración de que el resultado de toda investigación debe ser la producción de
nuevos conocimientos, vale decir conocimiento que pueda ser considerado original. La
originalidad del conocimiento puede ser de dos tipos: 1) el análisis de nuevos “hechos”
históricos (originalidad empírica) o 2) el descubrimiento de nuevas "relaciones entre
hechos" (originalidad teórica). Si bien existen razones para argumentar que la segunda
tiene mayor impacto en la renovación del conocimiento científico, la primera resulta
igualmente esencial para el avance de la disciplina. Por tal razón, toda investigación
orientada al estudio de un problema histórico mediante el uso de fuentes apropiadas es
relevante y original, siempre que aporte nuevo conocimiento empírico, aun cuando sus
conclusiones y/o la teoría que la sustenta no lo sean. Es precisamente este aporte de
conocimiento “nuevo” lo que diferencia un trabajo de investigación de una simple
monografía.
b) El rol de la metodología en la investigación histórica: una breve mirada
histórica
Una consideración importante que debe tenerse presente al momento de hablar
de metodología de la investigación histórica es la relativa a la notable “polisemia” que
los términos de método y teoría asumen en la disciplina. En el segundo caso suelen
distinguirse dos grandes tipos de teorías: a) las “teorías substanciales o teorías
materiales de la historia” que tratan de explicar las características de la historia como
proceso (por ejemplo, la teoría de Marx acerca del desarrollo histórico como un proceso
de lucha de clases) y b) las “teorías cognitivas de la historia”, preocupadas por las
características del conocimiento histórico (ilustradas por ejemplo por los debates
clásicos entre enfoques nomotéticos e ideográficos, explicativos y comprensivos,
cualitativos y cuantitativos, etc.). Ambos tipos de teorías se encuentran desde luego
relacionadas; así, por ejemplo, las teorías substanciales que consideran que el proceso
histórico se caracteriza por mecanismos y regularidades se vinculan naturalmente con
las teorías cognitivas que postulan que el conocimiento histórico debe orientarse al
establecimiento de leyes generales (como lo muestra el ejemplo de la corriente
positivista). Análogamente, la postulación de que el proceso histórico se caracteriza por
el caos y la contingencia y no por regularidades trae aparejada la teoría cognitiva de que
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el conocimiento de la historia es sólo el conocimiento de hechos particulares y no de
leyes generales. Ambos tipos de teorías implican, a su vez, diferentes modos de
concebir el método histórico.
Con respecto al concepto de “método” pueden distinguirse en principio dos
grandes sentidos: a) el de las ciencias matemáticas, que refiere tanto a métodos
axiomático-deductivos como a métodos inductivos y que implica un conjunto de
procedimientos técnicos y formales orientados a la solución de problemas específicos;
b) el de la filosofía, que no constituye un conjunto de reglas definidas y formales, sino
una compleja amalgama de ideas, conceptos y reglas sobre como analizar dominios
específicos (el conocimiento científico, la formación de conceptos, el lenguaje, etc.) y
que, a diferencia del anterior, no implica un conjunto de técnicas sino un programa
global de investigación. Este sentido difuso y no formal del método es también
característico de las ciencias humanas (por ejemplo, el método dialéctico de Marx, la
fenomenología de Husserl, etc.).
En el caso de la historia, el término “método histórico” fue introducido por
primera vez en el siglo XVI por Jean Bodin con un sentido muy preciso, ya que remitía
al conjunto de técnicas específicas para la crítica y análisis de las fuentes históricas. La
preocupación fundante del método histórico, no abandonada desde entonces, se
vinculaba directamente con la posibilidad de construir un conocimiento verdadero a
partir de los siempre escasos y sesgados testimonios del pasado. Esta acepción del
método histórico continuó en los tratadistas posteriores, aunque ampliándose en el siglo
XVIII con la inclusión de las reglas acerca de la producción del discurso histórico en
tanto texto y de las formas de presentación del conocimiento al público. Si bien esta
segunda preocupación, que hunde sus raíces en la tradición de la retórica clásica, no fue
dominante durante los siglos XVIII y XIX, será redescubierta en el siglo XX por las
corrientes historiográficas que insisten en los aspectos narrativos y literarios del
discurso histórico. Durante el siglo XIX, el Positivismo (en particular la escuela
histórica alemana de Leopold Ranke y autores franceses como Langlois y Seignobos)
dará lugar al surgimiento de la “historia científica”, limitando la concepción del método
a las técnicas de crítica de fuentes, en un sentido similar a su acepción original del siglo
XVI.
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La crítica y superación del positivismo, durante la primera mitad del siglo XX,
realizada por diversas escuelas históricas y en particular por la escuela de los Annales,
trajo aparejada la incorporación de métodos y perspectivas de otras disciplinas. Desde
entonces, la historia, al igual que el resto de las ciencias sociales, se caracterizará por ser
una ciencia “poli-paradigmática” que recurre al uso de una amplia variedad de métodos
y de teorías. En ese contexto historiográfico, que perdura hasta nuestros días, aparece
una acepción más amplia de método histórico que caracteriza como tal a conjuntos
específicos de orientaciones, reglas y técnicas, como lo ilustran los términos habituales
de método cuantitativo, biográfico, comparativo, ideal-tipo, causal, de análisis del
discurso, micro-histórico, psicoanalítico, etc. Paradojalmente, esta masiva recurrencia a
métodos y teorías de otras disciplinas ha sido vista como una señal de la actual “crisis
de la historia”. En tal sentido, un punto a destacar de esta breve evolución histórica es
que la reflexión sobre el rol de los métodos y las teorías puede ser vista como un
síntoma de crisis en la disciplina ya que ha estado asociada a dudas más generales
acerca de su status cognitivo (por ejemplo en los períodos 1880-1920 o 1920-1965).
En síntesis, pueden mencionarse varias acepciones y tipos de método en historia:
a) la acepción filosófica más general (método dialéctico, hermenéutico, etc.); b) la
acepción propia de las ciencias formales (método hipotético deductivo, especialmente
evidente en la historia cuantitativa); c) la acepción histórica tradicional (análisis crítico
de las fuentes); d) la acepción pluralista actual (método comparado, biográfico, etc.).
Más allá de debates puntuales, todas estas formas conviven en la disciplina,
dependiendo su uso tanto del tipo de relato histórico como del área de indagación y las
perspectivas del investigador. Por razones evidentes, se otorgará en el presente curso
una atención preferencial a las acepciones (b) y (d).
c) Los límites de la metodología: la investigación es un oficio y no un
conjunto de reglas
Si bien la metodología suministra elementos teóricos y conceptuales de gran
utilidad para el desarrollo de la investigación, debe quedar claro que la investigación
histórica es, ante todo, un oficio y que como tal depende estrechamente tanto de la
experiencia (de muy difícil transmisión) acumulada por el historiador como de su
formación intelectual personal. En palabras de Catalina Wainerman (2001) “se aprende
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a investigar investigando" (más que leyendo manuales o materiales de metodología),
afirmación que implica otorgar toda la importancia que merece al entrenamiento en
grupos de investigación y a la tarea de los directores de estudio (como lo evoca la
imagen maestro-discípulo de los gremios medievales evocada por la autora), como así
también a las actitudes personales como la sensibilidad, la imaginación y la capacidad
de empatía, entre otras.
Por otro lado, como lo sostuviera Comte, "el método no es susceptible de ser
estudiado separadamente de las investigaciones en que se lo emplea”, como ocurre por
regla general en las ciencias sociales en nuestro país, afirmación compartida por autores
de muy diversas disciplinas como Bourdieu, Wacquant, Mills, Gagnon, José Luis
Romero o Chiaramonte, por citar sólo a algunos.
d) Los límites de la investigación: la personalidad del historiador
A diferencia de otras ciencias en que el conocimiento de la metodología aparece
como cierta garantía del éxito de la investigación (aunque desde luego no independiente
de factores personales como la inteligencia y la creatividad), el saber producido por las
ciencias sociales se halla íntimamente asociado al capital cultural del historiador. El
hecho histórico no existe independientemente del historiador (Marrou, 1954) sino que
deriva de su “utillage mental” para retomar, aunque en otro contexto, el concepto
acuñado por Febvre. La proposición anterior no es válida desde el punto de vista
ontológico (la realidad existe independientemente del sujeto cognoscente) aunque sí
desde el punto de vista epistemológico y metodológico, ya que la visión de la historia,
las lecturas realizadas a lo largo de toda la vida (y no sólo las específicas utilizadas en el
diseño de la investigación), la experiencia vital y emocional (particularmente en algunas
áreas como la historia política), condiciona, tanto como las fuentes (o probablemente
más que ellas), la significatividad de los hechos retenidos y las interpretaciones
resultantes. Las preguntas “históricas” son asimismo preguntas “personales” y la
historiografía muestra que los textos realizados por los historiadores son tanto más
ricos, cuanto más estrecha es la asociación entre planteos científicos e intereses vitales.
La importancia del capital cultural debe tenerse en cuenta como un factor limitante al
momento de elegir temas que apelan a él de manera decisiva, especialmente en el caso
de las áreas más cualitativas de la investigación histórica que -contrariamente a la
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presunción habitual- presentan problemas de mucha más difícil solución que las
historias de tipo cuantitativo o las que recurren a métodos muy formalizados.
e) El diseño o proyecto de investigación como producto central del curso
Uno de los objetivos centrales de todo proceso de investigación es la elaboración
de un diseño o proyecto de investigación en el que se vuelcan los aspectos esenciales de
la investigación a realizar. Independientemente de sus aspectos formales (los que
variarán de acuerdo a las corrientes historiográficas, las áreas temáticas y, sobre todo,
las instancias de evaluación), todo diseño debe reflejar adecuadamente un conjunto
mínimo de referencias metodológicas y conceptuales sin las cuales su viabilidad como
producto intelectual se vería seriamente afectada. Ese conjunto mínimo de referencias,
al que dedicaremos las tres primeras clases de este curso, no constituye desde luego una
simple acumulación o enumeración de aspectos formales sino una arquitectura dotada
de coherencia lógica, rigor historiográfico y viabilidad metodológica. De tal suerte, la
validez final de todo diseño de investigación debe buscarse en esa armazón razonada
entre objetivos y medios, antes que en la evaluación analítica de cada aspecto particular.
La importancia del diseño en tanto output central del curso radica en que
constituye la expresión por antonomasia del proceso de investigación (especialmente,
como luego veremos, del llamado contexto de justificación). Por otra parte, desde un
punto de vista didáctico, constituye la instancia que mejor permite la evaluación del
aprendizaje realizado por el alumno, ya que presupone tanto la comprensión previa de
los conceptos y técnicas a utilizar como de la lógica general de la investigación
histórica.
En función de lo expuesto, en el presente curso se tenderá a una doble
evaluación del diseño: a) una analítica, atenta a la comprensión de los conceptos de base
ya que la metodología de la investigación implica, en gran medida, la adquisición de un
vocabulario específico y b) una global, atenta a la coherencia lógica del diseño
considerado como un todo. Las consignas para la elaboración del diseño final pueden
consultarse en el aula.
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II. El proceso de la investigación histórica
a) Contextos de investigación, ordenes lógico y psicológico
La investigación científica es una tarea intelectual, psicológica y material e
involucra procesos cognitivos y emocionales de muy diversa índole. Moviliza recursos
materiales (en ocasiones mínimos, pero nunca inexistentes) y en particular tiempo. A
esta caracterización elemental, responde la distinción habitual de tres tipos de contextos:
a) el contexto de descubrimiento, que remite a cómo surgen los temas, las ideas
iniciales, los objetivos y, sobre todo, las hipótesis; b) el contexto de justificación, que
consiste en la forma de presentación de las fases de la investigación a realizar y c) el
contexto de financiación, en el que se justifican los medios materiales, humanos y el
tiempo previsto para la realización efectiva de la investigación. Dada la naturaleza del
curso, nos centraremos fundamentalmente en el contexto de justificación y en los
elementos centrales que debe contener cualquier diseño de investigación. Dicho de otro
modo, se considera que un curso de metodología permite aprender los elementos
conceptuales que guían la elaboración de un diseño pero no suministra indicaciones para
formular ideas novedosas o plantear temas originales, aspectos que dependen, como se
ha dicho, de otros factores no fácilmente transmisibles y sobre todo de la formación
historiográfica del investigador. Más claramente aún, si bien existe una metodología de
la investigación, no hay una metodología de la creación capaz de asegurar la
formulación de investigaciones originales. De todos modos, se espera que la lectura de
recorridos de investigación personales de algunos historiadores y cientistas sociales
(literatura que habitualmente se engloba en el moderno concepto de “ego-historia”)
pueda ser de utilidad para la discusión y orientación de los diseños.
Otra forma de plantear el problema de los contextos (especialmente de a y b) es
la distinción entre el orden lógico y el psicológico de la investigación. Así, si bien en
teoría toda investigación parte de un problema y se propone una hipótesis que se somete
a verificación, el orden psicológico (vale decir el proceso real que realiza el
investigador) no necesariamente recorre tales pasos lógicos en el orden previsto ya que
el planteo del problema y de la hipótesis puede ser, en muchos casos, posterior a la
recopilación y análisis de las fuentes. En tal sentido, todo diseño de investigación
ficcionaliza en cierto modo la actividad realizada y la expone mediante un esquema
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lógico-secuencial orientado por las exigencias del contexto de justificación, en
particular la necesidad de comunicabilidad a un interlocutor (otros investigadores, una
instancia de evaluación o financiamiento, el público en general, etc.) al que se intenta
demostrar la viabilidad y coherencia de la propuesta.
b) Las etapas del proceso de investigación
Todo proceso de investigación en ciencias sociales, cualquiera sea el tema o la
orientación teórica que persiga, supone una serie de etapas que, siguiendo una
exposición canónica, puede ser resumida del siguiente modo:
Etapa 1: La pregunta de base o la delimitación de un problema.
Etapa 2: La exploración o la heurística.
Etapa 3: La problemática o elaboración de un marco teórico.
Etapa 4: La construcción del modelo de análisis.
Etapa 5: La observación.
Etapa 6: El análisis de la información.
Etapa 7: Las conclusiones.
c) Bases epistemológicas
Dichas etapas presuponen un conjunto básico de proposiciones de índole
epistemológica (que han sido objeto de cursos precedentes) que, a grandes rasgos,
pueden ser resumidas como siguen:
1) Existe una metodología general de la investigación científica común a todas
las ciencias sociales (dejaremos de lado aquí los debates acerca de la unidad del método
entre las ciencias sociales y las ciencias físico naturales), afirmación válida desde luego
en lo atingente a los pasos lógicos que recorre toda investigación y no a las modalidades
y técnicas de cada disciplina.
2) La historia, en tanto disciplina científica, no posee en un sentido estricto una
metodología propia distinta de la metodología general de las ciencias sociales (a
excepción del sentido tradicional de método histórico indicado antes, concerniente al
análisis crítico de las fuentes). Más aún, se argumentará que la historia es una disciplina
que produce pocos métodos propios pero que tiene una notable capacidad para
incorporar técnicas y métodos provenientes de otros campos disciplinarios. Una
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enumeración no exhaustiva de tal capacidad incluye la historia oral y el análisis de redes
sociales (provenientes de la antropología), la cuantificación en general y la recurrencia a
las series temporales en particular (demografía, estadística), el uso de encuestas,
cuestionarios y muestreos (sociología), la espacialización de variables (geografía), el
análisis de discurso (lingüística), etc. Lejos de constituir un problema, tal capacidad
representa un punto fuerte de la disciplina, aunque en ocasiones contribuya a la
parcialización excesiva del conocimiento histórico (historia económica, historia social,
sociología histórica, demografía histórica, etc.), problema que, por otra parte, no es
específico de la ciencia histórica.
3) El postulado de base según la cual el punto de partida de toda investigación se
halla en la formulación de un problema constituye una negación radical del empirismo
ingenuo según el cual la base de la ciencia es la observación y, en sede historiográfica,
de la afirmación de la escuela positivista de que el punto de partida es el documento o,
en términos más generales, el archivo. La anterioridad lógica del problema equivale a
afirmar la omnipresencia de la teoría en todo el proceso de investigación, aspecto sobre
el que insistiremos en repetidas ocasiones.
4) Las hipótesis deben ser falsables, o en términos más generales verificables por
la información aportada por la experiencia y/o por los documentos históricos. La
afirmación precedente puede ser enmarcada en el programa falsacionista de K. Popper
o, más modestamente, en la afirmación de que el conocimiento científico debe ser
corroborado por material empírico.
5) En función de lo anterior, el conocimiento histórico es un conocimiento
científico, vale decir un conocimiento racional, sistemático, “verificable” y por
consiguiente “falible”, caracterizado por la “racionalidad” (incluye conceptos, juicios y
razonamientos y no meras sensaciones u opiniones, que se organizan en sistemas de
ideas y proposiciones llamados teorías) y por la búsqueda de la “objetividad”, ya que
dichas proposiciones deben ser verificadas por medio de la observación de la realidad.
Esta afirmación equivale a decir que, en contra de las concepciones que ven en las
ciencias sociales un simple discurso, un acto de poder, o una simple recreación literaria,
la ciencia histórica busca producir discurso racional y objetivo. La noción de
objetividad no equivale desde luego a la obtención de conocimientos universales,
aceptados por todas las personas, sino al esfuerzo de objetivación de la producción del
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conocimiento mediante un método y un conjunto de pruebas históricas claramente
explicitadas.
Los considerandos 1), 2) y 5) han sido y son objeto de profundas discusiones y,
desde luego, los alumnos pueden tener opiniones diferentes a las aquí expresadas.
Independientemente de las eventuales discrepancias sobre el particular, se parte de la
convicción de que los aspectos metodológicos que se verán a continuación son de
utilidad para cualquier persona que desea reconstruir el pasado, aun cuando se adhiera a
otras formas de hacer historia o se considere que ésta no constituye una ciencia.
III. Las etapas de la investigación histórica
Etapa 1: la pregunta de base o la delimitación de un problema
Como se ha dicho, toda investigación científica parte -al menos en la teoría- de
un problema, al que se pretende dar una respuesta aproximativa mediante la
investigación. Esta afirmación es desde luego válida ya que sólo es posible dar un
principio de respuesta o construir un relato histórico cuando existe un punto de
interrogación inicial, hecho que por otra parte fundamenta la distinción entre la simple
crónica histórica (la enumeración secuencial de hechos en el tiempo) y la historia en
tanto disciplina científica.
En los hechos, sin embargo, una parte significativa de las investigaciones
históricas comienza con un tema, definido en un sentido amplio a partir de sus
coordenadas espacio-temporales, y no necesariamente con un problema, cuyo
planteamiento puede ser incluso el objetivo final de la investigación, como se verá más
adelante. Así, por ejemplo, el proceso revolucionario de Mayo de 1810 es un tema
inicial de trabajo que, mediante una teoría o una indagación histórica precisa dará lugar
a un problema relevante, por ejemplo ¿cómo el proceso revolucionario genera la
militarización? (en el caso de Revolución y Guerra de Tulio Halperin Dongui). Del
mismo modo, la integración de los inmigrantes en la sociedad argentina durante la etapa
de inmigración masiva en un determinado partido de la provincia de Buenos Aires es un
tema que dará lugar al planteamiento de problemas históricos relevantes del tipo: ¿qué
rol jugaron las redes de familiares y originarios del mismo espacio social pre-migratorio
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en el acceso a la propiedad de la tierra? o, ¿en qué medida hubo una integración
matrimonial, política o social exitosa?
En el caso de la historia, la elección del tema deriva con mucha frecuencia del
acceso previo a los archivos o del hallazgo de una fuente importante, poco o totalmente
inexplorada. Este tipo de estrategia inductiva, propio de la investigación histórica, suele
implicar en los hechos comenzar el proceso de investigación a partir de la fase
heurística o de observación. Sin embargo, tarde o temprano (y cuánto antes mejor), la
investigación deberá dar lugar al planteamiento de un problema significativo para el
historiador.
El problema de investigación adopta en el plano lógico la forma de una pregunta
(rasgo esencial que lo diferencia de la hipótesis), que debe responder a una serie de
criterios básicos, muy bien analizados por Quivy (1988). Tales criterios son en esencia
los siguientes: 1) la claridad, entendiendo por tal una formulación dotada de precisión,
susceptible de tener un referente empírico y unívoca o no polisémica; o sea
comprensible en términos similares por los lectores; 2) la factibilidad de poder ser
respondida por el investigador, aspecto que supone la disponibilidad del tiempo y de los
recursos necesarios (variables lógicamente según el problema) y, en el caso de la
historia, de las fuentes documentales pertinentes. El problema planteado debe ser
realista, siendo preferible -en todos los casos- un problema acotado pero susceptible de
investigación a un gran problema teórico o histórico que exceda las posibilidades de
respuesta; 3) la pertinencia: la pregunta de partida no debe ser “moralizante”, ni
filosófica, ni normativa, ya que la tarea del cientista social no consiste en “juzgar” cómo
fueron las cosas o cómo deberían haber sido de acuerdo a parámetros morales (y, por
regla general, anacrónicos), sino en comprender o explicar cómo y por qué razones
ocurrieron los hechos históricos. Esto no significa que el historiador no deba tener
opiniones personales de carácter valorativo sobre los hechos del pasado, sino que las
mismas no deben ser un obstáculo para su tarea de investigador. Los planteamientos
éticos por parte del historiador son desde luego inevitables y, en muchos casos,
altamente productivos para el desarrollo de la investigación (actividad que, no debe
olvidarse, requiere de una fuerte motivación personal). Sin embargo, tales
planteamientos (explícitos o implícitos) no deben constituir el fin de la investigación
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sino que deben dar lugar al desarrollo de preguntas y de respuestas de carácter
científico, es decir construidos metódicamente.
Existen dos aspectos fundamentales que destacar en relación a la formulación de
problemas:
a) En el plano lógico, el problema es la base de la elaboración de hipótesis y
difiere de éstas en el sentido de que se presenta en forma interrogativa. Se comprende
fácilmente a este respecto que el planteamiento de un problema presupone ya alguna
hipótesis implícita, sin la cual sería imposible formularlo. Así, por ejemplo, el problema
¿cuál fue el impacto de la sustitución de importaciones en el tejido industrial argentino?
lleva implícita la siguiente hipótesis: “La sustitución de importaciones implicó
transformaciones en el tejido industrial”, que, como toda hipótesis, establece relaciones
entre dos o más conjuntos de fenómenos o conceptos.
b) En el plano historiográfico, un problema es fecundo y susceptible de dar lugar
a una investigación relevante cuando constituye una verdadera pregunta abierta de
interés historiográfico y/o de interés personal para el investigador. Deben por tanto
evitarse las falsas preguntas o los simples interrogantes retóricos.
Desde luego, no todas las investigaciones históricas se orientan a responder a un
único problema sino que pueden implicar diversos interrogantes. Sin embargo, rara vez
tales interrogantes poseen la misma jerarquía (particularmente en investigaciones más
acotadas), de modo que todos ellos pueden ser remitidos a un problema central de
investigación y a problemas secundarios derivados del problema de fondo que
estructura la investigación. Esta estructuración de la investigación en problemas de
diversa jerarquía suele llamarse sistema de problemas (u otros nombres similares). Lo
anterior supone que el diseño deberá presentar un problema de investigación que sea
relevante para la obtención de nuevo conocimiento histórico, del que pueden
desprenderse problemas secundarios, pero que -en ningún caso- deberá implicar el
planteamiento de problemas cuya resolución aparezca como desproporcionada en
función de los materiales de archivo y del tiempo disponible.
Etapa 2: la exploración o la heurística
La elección de un tema y el planteo de un problema (o incluso simplemente la
primera de ellas), da lugar a una fase exploratoria que en el caso de la historia se conoce
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con el nombre de heurística. Orientada a sobrepasar el conocimiento inicial sobre el
tema, sea académico o de sentido común, la labor de investigación presupone expandir
el campo de lo conocido a partir de la realización de: a) lecturas exploratorias; b)
entrevistas con informantes claves (el rol del director de la investigación es aquí
fundamental) y c) el análisis preliminar del archivo.
Las lecturas exploratorias se orientan a sistematizar lo escrito sobre el tema por
otros investigadores o por contemporáneos del período en estudio. Contrariando una
presunción habitual de los alumnos, rara vez existe un tema de investigación sobre el
cual no exista producción alguna y, cuando esto ocurre, debería preguntarse sobre la
factibilidad del mismo. El historiador debe conocer los escritos sobre el particular ya
que la historia, como cualquier otra actividad humana, es una actividad que se inscribe
en el continum de las actividades realizadas por otros hombres en el pasado y no una
recreación puramente individual y sin referentes. Las lecturas deben orientarse en varias
direcciones: a) lectura empírica sobre el período y el espacio elegido; b) lectura teórica
sobre los conceptos claves para la explicación del problema, lo que supone la
recurrencia a literatura de otras disciplinas (así, por ejemplo, una investigación sobre el
clientelismo político en la Argentina deberá presuponer un conocimiento del concepto
de “clientelismo” y sus significados para diversos autores) y c) lectura sobre el mismo
problema en otros espacios y períodos, clave como se verá en la clase 4 para la
utilización del método comparativo. Los estados de la cuestión o las síntesis
bibliográficas son aquí inestimables.
Una de las peculiaridades básicas del conocimiento histórico (para muchos “la”
peculiaridad esencial) es la recurrencia prioritaria al archivo, como elemento fundante
de cualquier recreación histórica. Como sostiene el célebre adagio positivista “sin
documentos, no hay historia”, frase que permanece como una verdad admitida por todos
los investigadores. A pesar de los múltiples cambios en la disciplina, la existencia de
testimonios del pasado sigue siendo el requisito indispensable para la indagación
histórica ya que la peculiaridad del conocimiento histórico radica en que los hechos que
estudia, por definición, han dejado de existir. En palabras de Marrou (1954) se trata de
“algo real que ha sido” y que, por lo tanto, no puede aprehenderse directamente, sino a
partir de los testimonios que subsisten en el presente. La naturaleza fragmentaria de los
materiales históricos (existencia de lagunas en la información, sesgos de las fuentes,
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influencia de las ópticas particulares de los productores de las mismas, etc.) impone un
límite preciso a la tarea del historiador, el cual (a diferencia de lo que ocurre en otras
disciplinas sociales y en los temas históricos relativos al pasado reciente) no tiene la
posibilidad de “producir” nuevos materiales. Si bien el establecimiento de técnicas para
transformar informaciones del pasado en datos útiles para responder preguntas del
presente ha tenido un gran auge durante todo el siglo XX en todas las áreas del
conocimiento histórico (así, por ejemplo la reconstrucción de familias permitió utilizar
los registros parroquiales para el estudio de la demografía preindustrial; la historia de
las mentalidades posibilitó el análisis de la arquitectura de los cementerios y las obras
de arte para el análisis de la actitud ante la muerte, etc.), la cantidad y calidad de las
fuentes disponibles permanecen como un factor limitante de primer orden de la
investigación, constituyendo una “marca de distinción” de la disciplina.
La definición tradicional del método histórico, tal como fuera sistematizada en el
siglo XIX por el positivismo, incluye los siguientes elementos: a) la heurística, vale
decir el conjunto de técnicas sobre cómo ubicar fuentes relevantes; b) la crítica de
fuentes, orientada a la determinación de los orígenes espacio-temporales de las fuentes y
su autenticidad y c) la interpretación de las mismas.
Del mismo período es la distinción entre fuentes primarias y fuentes secundarias.
Las fuentes primaras consisten en el material escrito contemporáneamente a los hechos
históricos que se estudian, registrado por testigos confiables en un lapso temporal no
demasiado alejado de los hechos. Las fuentes secundarias, por su parte, remiten a los
registros escritos considerable tiempo después de los hechos y no por testigos directos
de los mismos y, de tal suerte, representan información de “segunda mano” basada en
fuentes primarias o en otras fuentes secundarias. Si bien esta distinción decimonónica
ha perdido parte de su validez (no sólo lo escrito constituye una fuente de valor para el
historiador, no sólo los “documentos” políticos de las clases elevadas son importantes
como lo demuestran los estudios basados en los sectores subalternos, etc.) la misma
conserva su utilidad para la clasificación de los materiales que garantizan la viabilidad
del proyecto de investigación.
Lo mismo ocurre con la también tradicional distinción entre crítica interna
(interpretación del contenido y establecimiento de la autoría y autenticidad del texto) y
crítica externa (procedimientos que permiten contextuar la fuente en cuestión gracias a
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la recurrencia a otras fuentes y a las ciencias auxiliares dela historia). El ejemplo más
claro a este respecto es la paleografía para las fuentes coloniales hispanas o la
arqueología para el estudio de las sociedades indígenas previas a la aparición de relatos
escritos.
Las transformaciones de los últimos tiempos (en particular el desarrollo de las
nuevas tecnologías informáticas) y las críticas a las concepciones positivistas han
implicado cambios revolucionarios en la concepción de archivo, diluyendo en parte las
tradicionales distinciones entre archivo y fuentes publicadas, entre fuentes primarias y
secundarias y entre los métodos de la historia y de las otras ciencias sociales. El término
archivo remite tanto al lugar que almacena las fuentes como al corpus mismo de fuentes
y, en el primer caso, incluye tanto a las organizaciones (estatales, religiosas, etc.) como
a los archivos personales. En todos los casos, los archivos se organizan
idiosincráticamente, existiendo una enorme variedad de formas de organización,
extremadamente variable de un archivo a otro. El dominio de un archivo particular
requiere, en consecuencia, un trabajo significativo de búsqueda, paciencia e
imaginación. Debe tenerse presente que los archivos públicos, tal como los conocemos
en la actualidad, son la herencia directa de la Revolución Francesa que acabó con el
secreto y el monopolio de la información, característico de las monarquías de Antiguo
Régimen. En tal sentido, el desarrollo de los archivos modernos constituye una pieza
importante del desarrollo del poder estatal y de la esfera pública, íntimamente
relacionado a la puesta en valor de la herencia cultural nacional y al derecho de los
ciudadanos de acceder a la información.
El concepto de archivo tuvo asimismo una extraordinaria revolución desde fines
del siglo XIX, caracterizada por la expansión constante de los criterios que permiten
caracterizar a una fuente como dotada de “valor” para el historiador. Para el positivismo
decimonónico, sólo las fuentes primarias (particularmente aquellas de carácter político-
militar y ubicadas en archivos importantes) eran merecedoras de la atención del
historiador. Las consecuencias de esta concepción son bien conocidas, y dieron lugar a
un perfil de historiador caracterizado por su especialización en la historia nacional
(correlato obvio de la organización de los archivos estatales), orientado a la
construcción de la identidad nacional, limitado al estudio de las élites y de las áreas
occidentales y poco atento a discusiones metodológicas y teóricas explícitas. El relato
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histórico, por su parte, se caracterizó por la importancia otorgada al aparato erudito
(recurrencia sistemática a notas y a una bibliografía extensa) de los textos producidos.
Como puede verse, la fase heurística de toda investigación tiene por función: 1)
formular o reformular la pregunta de base y elaborar o re-elaborar la/s hipótesis; 2)
rechazar o detectar nuevas variables no contempladas anteriormente; 3) situar el trabajo
en función de los marcos intelectuales preexistentes y, sobre todo, 4) garantizar
parámetros mínimos de factibilidad de la investigación, especialmente en lo relativo a la
existencia y acceso a las fuentes (ya sea materiales documentales en archivos públicos,
documentos personales en manos de personas privadas, acuerdo de los informantes en el
caso de la historia oral, etc.).
Cualquiera sea el caso, la reformulación del problema y la/s hipótesis (o incluso
el abandono liso y llano del tema o el problema y su reemplazo por otros) no deben ser
concebidos como fracasos traumáticos sino como una instancia normal de todo proceso
de investigación, a condición que no ocurra en fases muy avanzadas de la investigación
con la consiguiente pérdida de inversión en tiempo y esfuerzo. Antes bien, debe partirse
de la constatación cuasi universal de que rara vez el problema o las hipótesis
permanecen inalterados tras la fase heurística y que cuando ello ocurre puede ser tanto
el resultado de que el problema original estaba bien planteado como que el investigador
no ha tenido la suficiente sensibilidad para ver los necesarios cambios que la realidad
impone a las concepciones iniciales.
La fase heurística corresponde sobre todo al proceso de descubrimiento y no al
de justificación y, por lo tanto, aunque es una fase esencial del proceso real de
investigación, su explicitación no constituye un elemento decisivo ni obligatorio del
diseño del proyecto de investigación escrito (aunque sea recomendable y útil su
inclusión en la introducción o en algún capítulo o anexo metodológico del producto
final, tesina, libro, etc.). Por el contrario, la descripción general de las ventajas,
problemas y contenido de las fuentes es un elemento esencial que debe estar presente en
el diseño y que garantiza su factibilidad.
Etapa 3: la problemática o elaboración del marco teórico
Como queda dicho, todo el proceso de investigación se halla “impregnado” de
teoría. La teoría, en efecto, orienta tanto la definición del problema, como las hipótesis,
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las formas de medición, la elección y uso de las técnicas y la interpretación final de los
resultados. Tal/es teoría/s pueden ser explicitadas o subyacentes, pero cualquiera sea el
caso contribuyen decisivamente a la construcción del conocimiento. Tanto por la
influencia de las corrientes constructivistas del conocimiento, como de las corrientes
históricas críticas del positivismo decimonónico, la explicitación de las teorías de base
se ha ido imponiendo progresivamente como un rasgo necesario de la investigación
histórica, constituyendo lo que se conoce como el marco teórico de la investigación.
El marco teórico puede ser definido sencillamente como el "instrumento de
crítica de la investigación anterior" (Pardinas, 1984) o como la "perspectiva teórica que
se adopta para analizar la pregunta de base" (Manheim, 1988) o, utilizando una
definición que cobrará todo su sentido en la clase siguiente, como la “investigación aún
no operacionalizada”. En tal sentido, es el resultado lógico de la fase heurística (y, de un
modo más general, de todo el capital cultural del investigador), y supone tanto teorías
formalizadas, como supuestos epistemológicos más generales y visiones del mundo de
naturaleza filosófica, aunque éstas últimas no requieren una explicitación detallada en el
diseño escrito.
La explicitación del marco teórico es más relevante en la tradición latina (por
ejemplo, la francesa), en la que se inscribe la historiografía argentina, que en otras
tradiciones académicas (el ejemplo paradigmático aquí es la tradición anglosajona
orientada por preocupaciones de tipo más empirista y centradas más claramente en el
conocimiento del período histórico que en el de teorías). Por esta razón, las instancias
de evaluación en nuestro país (cursos, proyectos, requisitos para la presentación a becas,
etc.) prestan usualmente particular atención a la cobertura de este aspecto.
El marco teórico de un diseño supone esencialmente los siguientes componentes:
a) el análisis conceptual de la producción (obras y autores) existente tanto histórica
como de otras disciplinas (desde luego no de la totalidad de la misma sino de aquella
que se considera relevante); b) la explicitación de la/s teoría/s que se juzgan más
fructíferas para estudiar el fenómeno objeto de la investigación, lo que supone desde
luego su comparación con teorías rivales y c) las hipótesis fundamentales, las variables
relevantes y los mecanismos de prueba.
Como se comprende fácilmente, es el resultado lógico del estado de la cuestión
realizado por el investigador y de la frontera de conocimiento que éste ha detectado.
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Más claramente aún, se trata de mencionar los antecedentes y autores relevantes y la/s
teoría/s pertinentes que permiten definir “hasta dónde” se ha llegado en el conocimiento
del tema, para seguir avanzando a partir de allí. En tal sentido, la inversión realizada por
el investigador en la fase heurística le permitirá posicionarse en un punto avanzado de la
frontera o (en caso de que dicha inversión haya sido insuficiente) en un punto de la
retaguardia que ignora los avances realizados. Cuando este es el caso, el riesgo natural
es el de realizar “descubrimientos” que ya han sido hechos por otros autores y producir
conocimientos no originales.
Si hemos insistido hasta aquí en el plural (eventual) de la/s teoría/s elegida/s para
comprender el fenómeno en estudio, es para dejar en claro un elemento que se considera
importante: una investigación no se inscribe -necesariamente- en “una” sola teoría
general sino que puede recurrir a teorías diferentes a condición, claro está, de que las
mismas guarden cierta compatibilidad lógica e ideológica entre sí (así, por ejemplo, si
se cree que el materialismo dialéctico explica mejor la estructuración en clases de la
sociedad no se puede definir a éstas en base a criterios funcionalistas como el status o, si
se adhiere a la perspectiva funcionalista, no tiene sentido incorporar la distinción
marxiana entre “clase en sí” y “clase para sí”). Desde luego, resulta una opción lícita
considerar que una teoría única explica todos los aspectos de la realidad. Sin embargo, y
sobre todo en fases iniciales de la investigación, resulta conveniente contemplar teorías
alternativas por al menos tres razones: a) evitar el doctrinarismo propio de la teoría
única (la fidelidad a priori a las teorías no es menos ingenua y cuestionable que la
fidelidad a los hechos, aunque sí más peligrosa y menos productiva); b) evitar forzar los
hechos y las interpretaciones sobre los mismos (riesgo más frecuente cuanto más sólida
y general sea la teoría en cuestión) y c) estar más atentos a los fenómenos socio-
históricos no previstos por la teoría que pudieran ser tanto o incluso más relevantes que
el problema inicialmente planteado. Dicho más claramente, sin teoría la investigación
puede perderse en un empirismo acrítico, con una teoría única la investigación puede
derivar en una simple constatación de postulados que (sea por razones ideológicas,
psicológicas, intelectuales o simple comodidad) se consideran demasiado sólidos para
ser cuestionados por la realidad. Los trabajos de Hirschman (1970) y Chiaramonte
(1995) ilustran algunos de estos peligros.
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Segunda observación importante, la referencia a la teoría tampoco supone
necesariamente teorías de gran alcance (macroteorías como el funcionalismo, la
economía neoclásica, el marxismo, el estructuralismo, etc.), ya que puede referirse
también a teorías de alcance medio o incluso a perspectivas teóricas muy específicas
(microteorías) orientadas a explicar un fenómeno muy concreto. Así, por ejemplo, la
formación de matrimonios mixtos entre hombres extranjeros y mujeres argentinas
durante la inmigración masiva puede ser explicada recurriendo a la teoría antropológica
del “intercambio compensatorio recíproco” según la cual los matrimonios mixtos
implican el aporte por parte de cada uno de los miembros de la pareja de capitales
específicos (en este caso, una mejor posición económica por parte de los inmigrantes y
la pertenencia a la sociedad local por parte de las mujeres nativas), sin necesidad de
recurrir a cosmovisiones abarcadoras.
Por último, desde el punto de vista formal, toda teoría supone: a) postulados,
vale decir proposiciones no demostrables que se aceptan como supuestos; b) axiomas,
proposiciones derivadas lógicamente de los postulados y no de la experiencia y c)
hipótesis, que son proposiciones derivadas de los axiomas destinadas a ser comprobadas
por la experiencia. Aunque el término axioma no es frecuente fuera de las ciencias
formales, la distinción permanece válida para las ciencias sociales, ya que no todos los
elementos que componen la teoría serán sometidos a prueba en la investigación. La
importancia de los postulados es desde luego muy elevada ya que una investigación no
puede intentar demostrar todas y cada una de las proposiciones que fundamentan los
resultados. Así, por ejemplo, el principio según el cual la estructura determina la
superestructura o el principio de que los seres humanos realizan estrategias tendientes a
maximizar sus beneficios son postulados típicos de la teoría marxista y neoclásica
respectivamente que un investigador enrolado en alguna de esas corrientes dará por
supuestos al estudiar un problema específico. Al igual que en otros aspectos del proceso
de investigación, debe buscarse aquí un equilibrio entre la cantidad, calidad y
pertinencia (un postulado puede ser aceptable para el estudio de una realidad y
perfectamente inútil para el análisis de otra) de los supuestos no demostrables y las
afirmaciones con sustento empírico ya que una investigación basada exclusivamente en
postulados no puede ser falsable por la realidad. Por otra parte, la recurrencia (explícita
o implícita) a postulados muy fuertes, como los mencionados, aporta a la investigación
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la solidez de que son capaces tales teorías, pero también sus debilidades ante las críticas
formuladas por esquemas teóricos alternativos o rivales.
Una vez definido un tema y un problema de investigación, realizada la fase
heurística y establecido el marco teórico, el investigador debe proceder a la
construcción del modelo de análisis (etapa 4), que le permitirá recoger la información
pertinente para la investigación (etapa 5: observación), para luego proceder al análisis
de la información (etapa 6) y verificar o refutar las hipótesis. Al análisis de esas etapas
se dedicarán las dos clases siguientes.
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Bibliografía obligatoria
Pardinas, F. (1984). El problema objetivo de la investigación y El marco teórico
de una investigación. En Metodología y técnicas de investigación en
ciencias sociales (pp. 62-76 y 76-88). México: Siglo XXI.
Hirschman, A. (1970). La búsqueda de paradigmas como un impedimento a la
comprensión. En Desarrollo Económico, 10(37), 3-20.
Chiaramonte, J. C. (1995). El oficio del investigador en la historia: una
experiencia personal. En F. Schuster et al, El oficio de investigador (pp.
95-114). Buenos Aires: UBA.
Otra bibliografía citada
Manhein, J. y Rich, R. (1988). Análisis político empírico. Métodos de
investigación en ciencia política. Madrid: Alianza.
Marrou, H. (1954). De la connaissance historique. Paris: Seuil.
Quivy, R. y Van Campenhoudt (1988). Manuel de recherche en sciences
sociales. Paris: Dunod.
Wainerman, C. y Sautu, R. (2001). La trastienda de la Investigación. Buenos
Aires: Editorial de Belgrano.
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