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La visión griega del ser humano: de Homero a Sócrates

Los mitos y las leyendas de la Antigüedad ya nos ofrecen algún tipo de reflexión sobre la
condición humana. Por ejemplo, en la Ilíada, Homero presenta una comprensión trágica del ser
humano, frágil y sometido al destino.

Esta concepción se desarrolla después en buena parte de la poesía y del teatro griegos, por
ejemplo, en Píndaro, en Sófocles o en Esquilo.

Más tarde, con el movimiento conocido como la «Ilustración ateniense» (hacia el siglo iv a.
C.), los filósofos llamados «sofistas» plantean la imagen del ser humano como dueño de sí
mismo y capaz de dominar la naturaleza. Protágoras llegó a afirmar que el ser humano es la
medida de todas las cosas.

En el mismo contexto que los sofistas, Sócrates, figura clave para el despliegue de la filosofía
occidental, propone ya una imagen del ser humano como ser racional y moral, cuya educación
debe ir orientada a hacer de su razón la guía de su existencia.

El dualismo antropológico de Platón


Platón, discípulo de Sócrates, sostiene que el ser humano es un compuesto de dos elementos o
sustancias: el cuerpo y el alma.

Según Platón, el alma es inmortal, concepción que complementa con la creencia en la


metempsicosis, es decir, en la reencarnación del alma en otro cuerpo tras la muerte.

El alma es la sede de la racionalidad, rasgo característico de los seres humanos frente a los
demás seres vivos.

La razón es, pues, el órgano del conocimiento verdadero y de las virtudes éticas del individuo.
Frente a ella, el cuerpo es mortal, está sometido a las pasiones, a las necesidades y a los
impulsos, es fuente de conocimiento poco fiable y es la sede de las virtudes físicas inferiores.

En definitiva, Platón critica el materialismo, corriente de pensamiento para la que el alma solo
es un producto derivado de la actividad del cuerpo, sin el que no podría existir. Para el
materialismo, el alma, o la mente, sería un efecto que tendría causas físicas y que estaría
determinado por estas condiciones materiales.

La psicología aristotélica
A diferencia de su maestro Platón, Aristóteles piensa que el alma es un principio
vital compartido por todos los seres vivos que los diferencia de los seres inanimados.

Esta perspectiva naturalista de Aristóteles implica que el alma no se considera una entidad
específica de los seres humanos frente al resto de seres vivos, sino que se identifica en buena
medida con la vida. Por tanto, sirve para comprender la conexión entre los seres humanos y los
demás seres vivos.

El alma está unida al cuerpo, dando lugar a una sustancia, el ser vivo, cuya materia es el cuerpo
y cuya forma es el alma. El alma y el cuerpo mantienen entre sí una unión e interdependencia
mutuas, de modo que el alma es la forma esencial del ser vivo.
En el caso de los seres humanos, el alma tiene dos funciones fundamentales: es el principio del
movimiento y de la sensación, y también es el órgano del conocimiento (imaginación, sentidos,
memoria y pensamiento).

Tomás de Aquino: creación a imagen divina


Tomás de Aquino, filósofo medieval que vivió en el siglo xiii, concibe al ser humano
como creado por Dios a su imagen y semejanza, y, continuando con la tradición clásica, lo
define como un compuesto de dos sustancias: la material y la espiritual.

Para Tomás de Aquino, el alma está estrechamente ligada al cuerpo, que es materia. El cuerpo
necesita de otra entidad, el alma, para conformar un ser humano completo. En esto consiste la
dualidad materia-forma en el ser humano: la materia es el cuerpo y la forma es el alma.

Siguiendo a Aristóteles, Tomás de Aquino enseña que el alma es el principio vital del cuerpo,
esto es, es el principio del movimiento del cuerpo (lo anima) y el principio del conocimiento
(sin alma, el cuerpo no podría conocer el mundo que lo rodea).

Pico della Mirandolla: antropocentrismo y humanismo


Recogiendo la influencia de la Antigüedad clásica y de las tradiciones religiosas basadas en el
Libro (judaísmo, cristianismo, islamismo), el filósofo renacentista Pico della Mirandola describe
al ser humano como un ser capaz de adaptarse a todas las situaciones y ambientes: el ser
humano está dotado de una libertad que ningún otro ser vivo puede igualar.

Además, los seres humanos destacamos por nuestra racionalidad, por la capacidad de dominar
la naturaleza y de transformarla, y por nuestra creatividad y nuestra versatilidad.

Pico della Mirandola retoma el mito clásico de Prometeo, que reinterpreta desde una
perspectiva cristiana: Dios ha creado todas las criaturas y, una vez repartidas todas las
capacidades y todas las habilidades entre ellas, decidió crear al ser humano, pero no quedaba
ya ninguna cualidad específica con lo que dotar a esta especie. Esta indefinición es la raíz de la
libertad humana.

Para Pico della Mirandola, los seres humanos no estamos constreñidos ni limitados por nuestra
naturaleza, sino que somos libres para construir nuestras vidas y para transformar la naturaleza
y adaptarla a nuestra voluntad. En definitiva, el ser humano es un ser que puede transformarse
y recrearse a sí mismo.

De Heidegger a Foucault: el debate contemporáneo


Cada una de estas definiciones históricas descubre algún aspecto característico del ser
humano. Pero a todas ellas, según Heidegger, hay que añadir el hecho de que el ser humano
nunca es un ser definitivo que siempre se repite de acuerdo con esas características de su ser,
sino que es constitutivamente autotransformación y autodespliegue.

Cualquier otro animal no hace sino repetir lo que ya es; en cambio, para Heidegger, lo
específico del ser humano es su vacío a disposición del ser, su constitutivo éxodo de sí mismo
en busca del ser.

En cambio, según el estructuralismo, el ser humano no es, en absoluto, un proyecto en busca


de sí mismo, sino el que opera transacciones, mediaciones entre las cosas según reglas
establecidas y observadas.
El ser humano no realiza, o no intenta realizar, la historia indeterminada de su libertad, sino
que edifica reglamentadamente un conjunto arquitectónico de formas culturales.

Michel Foucault expresa esta perspectiva diciendo que es preciso ir, de ahora en adelante, de
un contenido animado y percibido por una conciencia, a una organización descubierta y
descrita, sin preguntarse ya por la conciencia que la ha concebido o sentido.

Con Foucault, nos alejamos del ser humano como subjetividad creadora, para subrayar la
imagen de otro ser humano, producto, arquitecto y testigo de las objetividades organizadoras
que ponen orden en las cosas.

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