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Poesía de la vida y la muerte en la ciudad

El documento presenta una serie de poemas que exploran temas como la búsqueda de identidad, la memoria, la naturaleza y la vida cotidiana en la ciudad. A través de imágenes evocadoras y reflexiones profundas, el autor, Alejandro Nicotra, captura la esencia de la existencia humana y sus emociones. Además, se incluye una breve biografía del autor, destacando su trayectoria literaria y premios recibidos.
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Poesía de la vida y la muerte en la ciudad

El documento presenta una serie de poemas que exploran temas como la búsqueda de identidad, la memoria, la naturaleza y la vida cotidiana en la ciudad. A través de imágenes evocadoras y reflexiones profundas, el autor, Alejandro Nicotra, captura la esencia de la existencia humana y sus emociones. Además, se incluye una breve biografía del autor, destacando su trayectoria literaria y premios recibidos.
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En uno y otro día

Y ahí, el panorama de la gran ciudad


donde caminan los perdidos, nosotros,
los que creyeron que hallarían
casa, oficio, nombre.

Ahora, ¿en dónde te pondremos,


antigua imagen,
pasión de nuestras vidas inútiles,
hermosa y sucia como un vicio?

Resistirás,
sin embargo.

Alimentada de muerte
en uno y otro día,
aunque quisiéramos,
ninguno te podrá abandonar.
El llamado

-Llamo a las palabras


como a los pájaros en el jardín,
ofreciéndoles
agua y pan de un silencio,
que se parece a mi vida.

Ellas vendrán,
si vienen, a decir su aleteo,
su trino alegre o lúgubre
en torno a mi mano:

para que yo sepa, de verdad, escuchándolas,


cuál ha sido la ofrenda.
Venus

Cuando llegas, nadie te anuncia,


aún oscurece piedra y piedra la tarde
y apaga arriba o halcón o paloma,
sus animales de fuego.

Y los árboles ya son objetos de la noche.

Todo cicatriza, como un párpado;


damos la espalda al cielo.

Pero tú abres puertas,


te instalas y desnudas,
e inicias, en los declives de la sombra
-fijo planeta, rara diosa-,
el esplendor de la mujer y el rocío.
La estrella fugaz
A Alejandro Bekes

No la línea que se cierra en el círculo,


sino la tangente:
la ventura de la estrella fugaz
que ha rozado la noche
(porque la mente elude toda afirmación,
flotante en lo incierto,
en lo improbable).

Así amaste otra vez su travesía,


por suburbios del cielo.
A sí mismo

Tema del anochecer,


última luz,
materia
apta, tal vez, para ilustrar la estela
de este día -y su fe:
y no, ahí
la dejas, virgen
en las canteras que ya oculta la noche,
como una veta de amatista o ágata
inexplorada.

*
(Coda)

Así el día se va
como el amor que alentó las mañanas,
que dio al Oeste su declive
lento -de valle,

y ahora es el turno, dices, de la sombra


aún tenue, y su piedad.
El pan de las abejas
(En memoria de Antonio Esteban Agüero)

El pan de las abejas, la miel de todos.

Sopla el tiempo
sobre la galería de tu casa: nadie
sino la luz sorda, vacía,
entre pilares rotos.
Ni tu sombra, ni el rumor del poema.

(“El agua con racimos y la luz con abejas”…)


Patio sin parras. Seco aljibe.

Ayer,
la madre pasa con un plato de miel.

He visto las colmenas devastadas


y en el aire de marzo,
espacio azul,
el humo que subía desde los panales.

He visto al hombre enmascarado,


los torpes guantes,
y el pueblo de la brisa
y de la flor:
gota a gota,
los pequeños
cadáveres.

He visto al sapo gordo


saciado de saqueo.

Sopla el tiempo
desde la fresca sombra de las parras,
los cántaros, las flores. (El temblor
y la luz de las abejas.) Oigo
tu voz.

Un niño pasa con un plato de miel.

He visto las colmenas devastadas,


el humo por el aire de marzo.

Y he visto,
entre las ruinas y la sombra,
el pan hecho de sol;
quiero decir
-lo sabes-: vi tu muerte
y tu vida. (La galería rota
de tu casa, las páginas
doradas.) Y mi vida
y mi muerte,
seguramente iguales.

Un hombre pasa con un plato de miel.

El pan de las abejas,


la miel de todos.
Árboles

"¿Ya son, los árboles, invernales?"


La pregunta regresa,
con más razón ahora.

Como de otros labios,


la escucha el hombre;
sin sonido, parecida a algún pájaro
lejos, sobre las cumbres.

Son invernales.

Los árboles en el alba,


tras el reflejo de una oblicua luna
que aún se despide...

[de Hogueras de San Juan, 1989-1993]


Marina

El grito de la gaviota,
en la medianoche de invierno,
eriza la atención
sonámbula,

y el ojo ve
de súbito, su hora: acantilado, espina.
(Y sombra,

en la memoria -que te pierde, como


un mar sus islas.)

[de Cuaderno abierto, 1994-2000]


Antes de la tormenta

La tormenta,
que avanza
y ha cubierto ya el ángulo
del sur:
pero los árboles,
sus hermanas menores del jardín,
las cazuelas con agua,
no mueven ni siquiera una hoja, una onda:

Yo atiendo a esa quietud, como a un asunto


personal.

[de De una palabra a otra, 2006-2008]


El viejo poeta

Allá al fondo,
como una madre o una muerte,
la montaña nevada;
y a su lado,
las hojas nuevas de los árboles, labios
de balbuceo y aleluya....
Sube,
hablando a solas,
despidiéndose.
Bar otoño

En medio del humo


y la confusión de las voces y las luces
cae una hoja
apenas
una hoja
de árboles distantes
y leo, una vez más
la escritura del amor

como en las manos o en los ojos


ofrecidos, sonrientes
en una hoja
de relámpagos ocres
que brilla y que se extingue
con su verdad, sus días
sobre la noche
ciega
de la ciudad.
Canción

Podré reír o llorar o amar o combatir:


detrás de la risa, el llanto, el fuego,
habrá unos ojos matinales, serios,
y unas hojas de álamos en el cielo.

También
detrás de mis palabras
estarán esas hojas y esos ojos.

Y en mis palabras.

Ojos con que me mirará la muerte;


hojas vivas de Dios
en octubres y marzos y noviembres.
Cielo

Detrás de las torres y el humo


hay una hora de ángeles extendidos
pero ya no sabemos qué anuncian.

Poblado de perfiles sin destino aparente


el cielo es, entonces, igual a tu ausencia
y si un ala o un brazo o una cabeza se apagan
volvemos a las calles, damos la espalda
-incrédulos de milagros-
a la fiesta y las máscaras de la noche.
Ciudad

Enredado en la trama de las calles


zumba el corazón su agonía.

(¿Y ésta será tu muerte?)

Hay una plaza: frondas.


Y una fuente en el centro de la plaza.

¿Qué dice el agua cuando sube


y cae
sobre el agua? ¿Una hoja
a otra hoja?
Hay una conversación interrumpida.

(¿Y has de morir de nada,


de silencio?)

Alejandro Nicotra nació el 15 de enero de 1931. Licenciado en Letras en la Facultad de


Filosofía y Letras (UNC, 1959). Publicó una decena de libros, tales como El tiempo hacia
la luz (1967); Detrás, las calles (1971); Puertas apagadas (1976); Lugar de
reunión (1981); El pan de las abejas y otros poemas (1983); Desnuda
musa (1988); Hogueras de San Juan (1993); Cuaderno abierto (2000); Lugar de reunión,
obra poética (1967-2000) (2004); El anillo de plata (2005) y De una palabra a
otra (2008). Trabajó como Profesor de Lengua y Literatura en Institutos de Enseñanza
Media y Superior de Villa Dolores (1959-89). Colaboró con los diarios La Nación (PK),
La Prensa (PK), La Capital, La Gaceta de Tucumán, La Voz del Interior, entre otros.
Director de Cultura de la Municipalidad de Villa Dolores (1992). Miembro
Correspondiente de la Academia Argentina de Letras. Recibió, entre otros premios, la Faja
de Honor otorgada por la Sociedad Argentina de Escritores (1977), El Premio de la
Fundación Konex del quinquenio 1984 – 1988, el Premio Esteban Echeverría (1991) y
Premio Consagración del Gobierno de la Provincia de Córdoba.

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